Читать книгу: «Tal vez somos eléctricos»

Шрифт:

Tal vez somos eléctricos
Val Emmich
Traducción de Cristina Zuil


Contenido

Página de créditos

Sinopsis

El día de la tormenta

17:52

18:39

18:54

19:31

15:23

20:02

20:37

21:22

21:43

22:31

16:46

22:50

23:27

00:12

00:54

01:02

01:19

10:47

01:30

12:26

01:52

02:21

16:24

02:39

03:04

17:13

03:42

Unas semanas más tarde

08:23

08:52

13:35

16:11

Agradecimientos

Sobre el autor

Página de créditos
Tal vez somos eléctricos

V.1: noviembre de 2021

Título original: Maybe We’re Electric

© Val Emmich, 2021

© de la traducción, Cristina Zuil, 2021

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021

Publicado mediante acuerdo con Folio Literary Management, LLC y con International Editors’ Co.

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Tawatchai Khid-arn | Dreamstime.com - miniwide | Shutterstock

Corrección: Cristina de la Calle y Carmen Romero

Publicado por Wonderbooks

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009, Barcelona

www.wonderbooks.es

ISBN: 978-84-18509-30-8

THEMA: YFM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Tal vez somos eléctricos
«No hay electricidad en ningún otro lugar. Solo aquí, entre nosotros»

Tegan Everly es una chica tímida de dieciséis años. En el instituto, solo habla con su amigo Neel, pero ahora mismo las cosas entre los dos no van bien, y no tiene a nadie con quien ser ella misma. Así que, cuando se ve obligada a enfrentarse a una verdad desagradable, huye durante una tormenta de nieve al pequeño museo local dedicado a Thomas Edison, un refugio al que suele acudir en busca de paz y tranquilidad.

Sin embargo, no está sola. Allí se encuentra con Mac Durant, el chico más popular de su instituto. Tegan no lo soporta, pero el Mac que tiene delante no se parece al futbolista magnético que conoce: es alguien que pide ayuda. Durante una noche inolvidable, Tegan y Mac dejarán a un lado las presiones y sus prejuicios y forjarán una conexión inesperadamente electrizante que cambiará sus vidas para siempre.

La novela perfecta para los amantes de Nina Lacour y David Arnold

«Una novela maravillosa y conmovedora sobre el duelo, el arrepentimiento y la soledad. La historia de Tegan es emocionalmente vívida, está escrita con una prosa hermosa y es sumamente emotiva.»

Kathleen Glasgow, autora best seller del New York Times

«Un retrato hermoso de dos adolescentes complejos que descubren sus secretos para sacar a la luz su verdadero yo a través de una conexión inesperada. Escrito con ternura y empatía, Tal vez somos eléctricos es un libro que iluminará a los lectores.»

Abdi Nazemian, autor de Like a Love Story

«Una historia de aprendizaje y crecimiento personal absorbente y llena de compasión.»

Kirkus Reviews

«Un libro adictivo lleno de amor, rabia adolescente y duras decisiones sobre la identidad de uno mismo.»

School Library Journal

#wonderlove

Estás presenciando algo que nadie ha visto nunca antes de esta noche o fuera de esta habitación.

Thomas Edison

No quieres ser un monstruo. Ya no. No quieres sentirte fea. Ni por dentro ni por fuera.

Thomas Edison dijo que el fracaso está garantizado. Lo importante es lo que haces después. Antes dudabas al respecto, pero ahora lo crees. Por eso vuelves sobre tus pasos. Porque quizá todavía haya un modo de arreglar el daño que has causado. De enfrentarte a la fealdad y conseguir un futuro más bonito.

El día de la tormenta

17:52

Estoy acurrucada en el duro suelo del museo, con la espalda pegada al rodapié que se calienta poco a poco, a la espera de que los temblores cesen. El suelo cuadriculado que hay bajo mi cuerpo está agrietado en algunas partes, lo que me duele porque me recuerda que todo es nuevo y casi perfecto al comienzo, pero, al final, se resquebraja en varios puntos.

A mi alrededor hay cientos de caras, todas en blanco y negro. La mayoría pertenecen al reputado caballero, al inventor que en el pasado convirtió este lugar cualquiera de Nueva Jersey en un destino internacional y que, luego, se ganó que el pueblo llevara su nombre. Junto a estas fotografías de Thomas Edison hay muestras de sus numerosos inventos. Bombillas incandescentes. Aparatos de sonido. Transmisores de teléfono. Algunas de las cuatrocientas patentes desarrolladas en Menlo Park cubren la pared. Expuesta en una vitrina hay una maqueta del laboratorio que hace años se erigía en este suelo. Todo se encuentra apiñado en un espacio de dimensiones similares a mi salón.

Sin embargo, es mejor que mi salón. Ahora mismo no quiero estar en ningún lugar cerca de mi casa. Solo desearía haber cogido algunos objetos imprescindibles antes de salir de allí. Sobre todo el móvil, aunque una chaqueta también habría sido una elección inteligente.

En mi mente, redacto un correo para mi padre: «Es lo peor. Lo digo en serio. Lo ha fastidiado todo. Por favor, no te pongas de su parte esta vez. No es lo que necesito». Me imagino su respuesta: «Mamá lo hace lo mejor que puede. No me estoy poniendo de su parte, lo prometo. Sí, a veces es lo peor. Le puede pasar a cualquiera».

Me abrazo las rodillas y hundo mi cara, húmeda, en el abismo que he creado entre ellas. Tiemblo en silencio durante un minuto, una hora. Hasta que un pitido familiar me sobresalta. Todos los que trabajamos aquí conocemos ese insoportable sonido. Desvía nuestra atención de lo que estemos haciendo en ese momento y nos avisa de que alguien ha entrado en el museo. Se me ha olvidado cerrar la puerta con llave.

Tal vez mi madre haya venido a buscarme, a pesar de la nieve. No puede ser Charlie, tenía un bolo y ya se ha marchado, por lo que se ha perdido el drama en casa. Si es mamá, estoy acorralada. El Thomas Edison Center tiene muchas cosas, pero espacio no es una de ellas. Consiste en una sala principal, el cuarto trasero en el que me encuentro, un baño y un diminuto armario para las herramientas. La puerta de atrás conduce al exterior, a un cobertizo y a un monumento conmemorativo, pero, si la abro, sonará otro pitido.

—¿Hola? —saluda una voz que, sin duda, no es la de mi madre.

Me quedo muy quieta con la esperanza de que la voz y su propietario, sea quien sea, se marchen tan rápido como han llegado. Una sombra se mueve por el pasillo y se adentra en el cuarto trasero. Se detiene y, cuando levanto la mirada, veo que una figura encapuchada se cierne sobre mí. La nieve cae al suelo cuando se baja la capucha.

Lo conozco. Vamos al mismo curso, otro estudiante de cuarto de secundaria. Se llama Mac Durant. Mac Durant reúne todos los atributos deseables en un chico (es guapo, inteligente, encantador, popular, estrella del deporte, el típico rompecorazones que aparece en todas las comedias románticas que hayas visto y que es demasiado bueno para ser real). Y, además, ese nombre le pega a alguien como él, Mac Durant. ¿Qué narices hace aquí?

¡Estoy hecha un desastre! Hace dos días que no me lavo el pelo. Llevo una sudadera cutre, unas mallas desgastadas y un calcetín de cada color. Tampoco es que me encante mi aspecto ni siquiera en los días en los que me esfuerzo al máximo, cuando sé que alguien me va a ver, pero calificar como trágico mi aspecto ahora mismo, junto a mis ojos rojos e hinchados, se queda corto.

Me froto la cara con la manga para limpiármela y trato de imitar lo mejor posible a una persona estable. Me mira confuso con esos enormes ojos dorados. Es probable que esté intentando recordar mi nombre. ¿Quién es esta chica junto a la que paso todos los días, pero con la que nunca he hablado? ¿Y por qué está hecha un ovillo como si fuera una pelota temblorosa en este suelo sucio y agrietado?

—Necesito usar el teléfono —dice Mac Durant—. Es una emergencia. —Esas no son las palabras para las que me había preparado ni la voz que me había imaginado que las pronunciaría. Oír la inquietud en una persona que siempre rezuma confianza me sorprende todavía más. «El museo está cerrado», quiero decir. No debería estar aquí, y yo tampoco—. Por favor —me suplica, con educación, pero con una nota de desesperación en la voz.

Levanto la mano y señalo con el dedo. Se gira a toda velocidad con su sombra a la zaga. Me pongo en pie y salgo al pasillo como una espía escondida en una esquina. Se acerca al viejo teléfono, pero no coge el auricular. En ese momento, me doy cuenta de que tiene la mano ensangrentada. Entonces, levanta la cabeza y me ve.

—Hazlo tú —me pide. Me cuesta hablar. Me tiende el auricular—. Necesito que hagas la llamada. Yo te diré lo que tienes que decir.

No veo maldad en sus ojos, solo apremio. Lo observo mientras presiona tres números con la mano ensangrentada. No quiero tener nada que ver con ninguna llamada que se pueda hacer con solo tres números. Estoy a punto de advertirlo de esta nueva política no escrita que me he inventado, pero me hace un gesto con un movimiento rápido de la mano y pronuncia mi nombre.

—Tegan —dice. Acaba de decir mi nombre, sabe mi nombre… Es demasiado.

Dejo que me pase el auricular. Una débil voz dice:

—911. ¿Cuál es su emergencia?

Mac me hace un gesto para que me lleve el auricular a la oreja. Es como si me enseñara a utilizar un aparato que no he visto antes, como si perteneciera a la época de Edison. Es lo que hace cualquier persona cuando llama por teléfono: colocarse la parte superior en la oreja y la inferior junto a la boca antes de hablar, pero ¿qué se dice?

—Me gustaría informar sobre algo que ha pasado —susurra Mac para indicarme lo que tengo que decirle a la operadora.

No puedo. Me he quedado muda. Me suplica con sus enormes ojos y, claro, me oigo repetir la frase palabra por palabra:

—Me gustaría informar sobre algo que ha pasado.

Mac entorna los párpados por el dolor antes de dictar la siguiente frase.

—Hay un hombre dentro de un garaje.

—Hay un hombre… —comienzo.

—Dentro de un garaje —me apremia Mac.

—Dentro de un garaje.

—Tiene el coche en marcha. Dentro del garaje.

—Tiene el coche en marcha dentro del garaje —repito.

—Creo que está intentando autolesionarse —prosigue.

Me detengo. Mac asiente. No pasa nada. No pasa absolutamente nada. Con los ojos me promete que estamos juntos en esto, por lo que le digo a la operadora:

—Puede que esté intentando autolesionarse.

Levanta los pulgares. Alejo el auricular de mi boca y le informo de que la operadora me ha pedido una dirección.

—El número 88 de Anchorage Road —contesta Mac.

Le doy la dirección a la operadora y solo entonces asimilo la información. Mac vive en Anchorage, cerca del museo, en la dirección opuesta a mi casa. El centro cultural se encuentra más o menos a medio camino.

La operadora me pregunta cómo me llamo. Al oír esto, Mac me indica mediante señas que cuelgue. Vacilo, pero me arrebata el auricular y cuelga. El museo está en silencio, tranquilo. Me doy cuenta de que tiene la mano ensangrentada, pero se la mete en el bolsillo del abrigo.

Mac Durant respira hondo, levanta los hombros y exhala. Toda la tensión con la que ha entrado en el museo ha desaparecido. Una transformación. Vuelve a ser el chico de siempre, con sus distendidos hoyuelos, ojos de un dorado líquido y eterna fanfarronería. Y me está mirando a mí, a mí, mientras pronuncia la palabra más directa en la situación menos directa de todas:

—Gracias.

18:39

El teléfono permanece en silencio entre ambos. Lo observamos como si se tratara de un cadáver abandonado en una fosa. Me enfrento a la idea de que acabo de participar en algo gordo y que no sé qué es.

—Ha sido raro. Iba caminando y he visto a un tipo sentado en el coche, en su garaje —comienza a explicarme Mac.

Espero a que siga contando el resto de la historia, pero se limita a sonreír como si dijera: «Bueno, ha sido divertido. ¿Qué hacemos ahora?». Un momento. Después de lo que me ha obligado a hacer, me debe una explicación seria. ¿A dónde iba en mitad de una tormenta de nieve? ¿Qué le ha hecho pensar que el tipo trataba de hacerse daño? ¿La puerta del garaje no tendría que estar cerrada? Entonces, ¿cómo lo ha visto? Además, si estaba tan cerca de casa, en su propia calle, ¿por qué no ha llamado desde allí? Ah, sí, y ¿qué le ha pasado en la mano?

Es una pena que no pueda verbalizar nada de esto. Las cosas no funcionan así. Hablar significaría romper con las reglas de nuestro universo compartido en el que él impone su voluntad y yo obedezco en silencio. Mi sorpresa aumenta todavía más cuando se mete la mano en el bolsillo del abrigo y enciende el móvil. ¡Su móvil, el que podría haber usado perfectamente para pedir ayuda! No puedo dejar pasar esto. A la porra el universo.

—Bonito teléfono —suelto.

Lo examina como si buscara qué tiene de bonito.

—Gracias —comenta y me mira como si yo fuera la rara de los dos. Acto seguido, se mete el móvil en el bolsillo y echa un vistazo a la sala—. Nunca había entrado. Paso por aquí a todas horas, pero…

Entonces, se pone en movimiento con un aspecto elegante incluso en mitad de una crisis: chinos holgados, deportivas blancas y un abrigo acolchado con la capucha de pelo artificial. Se acerca al busto de Thomas Edison que da la bienvenida a todos los visitantes cuando entran en el museo. Lo llaman «El mago de Menlo Park». A Edison, no a Mac Durant, aunque, sinceramente, el nombre sirve para ambos.

—Así que aquí está —dice Mac con el tono más neutro posible—. El hombre, el mito, la leyenda.

—El mito —repito y mi propia voz me sorprende.

Mac me muestra uno de sus profundos hoyuelos.

—¿No te gusta?

Me encojo de hombros. Como mi padre, antes admiraba a Thomas Edison, pero ahora creo que está sobrevalorado. De todas maneras, ¿de qué estamos hablando? ¿Por qué Mac sonríe como si todo esto le divirtiera? Al mismo tiempo, el miedo ante la desconocida gravedad de la situación me sacude y la gran predictibilidad de esta me desconcierta. ¿Me encuentro en peligro o solo atrapada en el mismo programa de telebasura adolescente que vivo todos los días? Porque, en cierto modo, es muy típico de los chicos como Mac Durant colarse aquí como si el lugar fuera suyo mientras todas las puertas del patio de los dioses se abren para él y todas las mujeres que cree que merecen su mirada dorada se pliegan a su mandato, incluso si eso supone implicarse en posibles actos criminales. ¿Y ahora qué? ¿Estamos pasando el rato y hablando de forma inocente?

Centro los ojos en el suelo. Junto al patrón cuadrado ahora hay una nueva imperfección: puntos rojos. Sigo la trayectoria hasta la mano de Mac, que hasta hace un momento estaba tocando el busto de Edison.

—No —digo.

—¿Qué pasa?

—No, no, no.

—¿Estás bien?

Señalo a Thomas Edison, al que ahora le sangra la nariz.

—Mierda, culpa mía —comenta Mac.

Desaparezco a toda velocidad y vuelvo con servilletas de papel y espray de limpieza. Me encargo del suelo y atiendo al señor Edison mientras Mac trata de taparse la fea herida, aunque no lo hace demasiado bien, por lo que saco un botiquín de detrás del mostrador principal. Solo se ha usado una vez (para una picadura de abeja) y, a juzgar por lo amarillentas que están las tiritas, debe de tener más años que los artilugios con los que comparte espacio. Lo coloco sobre el mostrador, abro la tapa y suelto un suspiro dramático.

—Ven —le ordeno.

Mac acerca la mano al mostrador de cristal que exhibe los artículos de regalo de Thomas Edison, como un llavero con forma de bombilla, unas pelotas antiestrés con forma de bombilla, una libreta con forma de bombilla o una bombilla con forma de bombilla, además de botellas de agua Genius por un dólar (una ganga). Hay un Edison cabezón sobre la caja. Mac le da un golpecito y la cabeza asiente. Sí, sí, sí, sí, sí.

Cuando señalo la mano, se muestra inseguro. De nuevo, es difícil entender lo que estoy presenciando. El chico que siempre flota mientras el resto camina ahora tiene los pies en la tierra. Y no me refiero a que sea más estable, sino que parece incapaz de volar con libertad. Conozco el sentimiento mejor que nadie; no hay nada más vulnerable que enseñar una mano.

—En otra circunstancia, dejaría que te desangraras todo lo que quisieras —comento—. Pero ahora no me viene bien.

Me sonríe con una expresión que rompería un átomo. Extiende los dedos y coloca la mano abierta sobre el mostrador. Utilizo las mías, las dos, para hurgar en el botiquín y sacar todo lo necesario. Vendas, tijeras, crema. Primero, alcohol. Hago una bola de algodón y presiono la parte húmeda contra la piel de Mac, que esboza una mueca.

—Esto te va a escocer un poco —advierto.

—Creo que eso se dice antes de ponerlo.

Cierto. Le palpo el cardenal rosa y púrpura, el corte interno. La realidad se filtra dentro de mí. El pensamiento de lo que estoy haciendo y con quién. ¿Me huele el aliento? ¿Cómo tengo el pelo? ¿Y las cejas? Tampoco es que importe. Cuando la gente me mira, se suele centrar en otra cosa. En el mostrador hay cuatro manos y es evidente que una de ellas no es como las demás. Solo tengo dos dedos en la mano izquierda. Estoy segura de que Mac la está mirando. Para comprobar mi teoría, aparto la mano izquierda de la acción y observo los ojos de Mac para ver si la siguen. Lo hacen.

Escondo la mano, lo pilla y trata de actuar con naturalidad. Al menos no se disculpa. Eso es lo peor, cuando la gente se excusa como si hubieran irrumpido en tu habitación mientras estabas desnuda y hubiesen visto una parte que debía estar oculta. Cojo un tubo de crema.

—Frótatela —le indico y me doy cuenta demasiado tarde de lo mal que suena. Aprieto el tubo y se oye algo similar a un pedo antes de que la crema caiga sobre su mano ilesa. No es incómodo, para nada. Ahora soy yo la que intenta actuar con naturalidad—. Diviértete.

Se ríe un poco y se aplica la crema sobre la herida. La extiende hasta que se convierte en una película fina, transparente y brillante y la piel se le vuelve resbaladiza. Se cubre el área sensible y la masajea con los dedos. Debería hacerlo en privado, sea lo que sea. Mac se lleva la mano a la nariz y la olfatea antes de acercarla a mí.

—Huele.

—No —contesto mientras me echo hacia atrás.

—¿Estas cosas caducan?

Inspecciono el tubo enrollado.

—Caducó en 2003.

Vuelve a olerla y se aparta. La curiosidad me supera.

—Bueno, deja que la huela.

Me tiende la mano. Es evidente que desprende cierto aroma, no son imaginaciones suyas. Olfateo el tubo para ver si coincide, pero la crema apenas tiene olor.

—Creo que eres tú —comento—. Es tu sangre.

—¿A qué te refieres con que es mi sangre?

—A que te has hecho mala sangre.

—Mi sangre no es mala —contesta, seguro.

—Me refiero a… En plan… Por lo que te haya pasado.

Se mira la mano y la sonrisa atómica se desvanece. Tal vez he dicho algo que no debía. Mientras tanto, la pobre herida sigue ahí, al aire.

—Deberíamos tapártela.

Comienzo a vendarla, por lo que tengo que sacar la mano izquierda y volver a colocarla sobre la mesa. Mientras lo hago, una y otra vez, mi antigua frustración regresa. Tengo preguntas y él, respuestas, pero, en lugar de llegar y formularlas, no paro de dar rodeos envuelta en la ignorancia y la cobardía. Quizá la oportunidad de romper el círculo no vuelva a presentarse, por lo que digo:

—¿Qué ha ocurrido?

Entonces, él cierra los ojos. Déjame adivinar. Estaba cortando leña para encender una hoguera. Estaba salvando a un gatito subido a un árbol. Se había ofrecido voluntario para quitar la nieve con una pala.

—He golpeado un ladrillo —responde Mac, y aleja la violencia de lo que parece un acto violento, como si fuera lo único que se podía hacer.

Trato de imaginarme el puñetazo y a Mac dándolo, pero no puedo. No entiendo lo que debe de haber ocurrido para que esta apacible persona haya perdido los nervios de ese modo. Lo que sí comprendo es cómo debe de sentirse por lo ocurrido: una confusa mezcla de vergüenza, arrepentimiento y algo parecido al orgullo. Abre los ojos y espera mi reacción.

—Bueno —digo tras reflexionar—, tu mano sigue teniendo mejor aspecto que la mía.

Sonrío ante la broma, por lo que se siente lo bastante seguro como para hacer lo mismo.

Naciste diferente. Los bebés tienen cinco dedos en cada mano y en cada pie. Tú no. A ti te ha tocado una mano con solo dos dedos, el pulgar y el anular, y apenas se pueden considerar como tal. La malformación se conoce como simbraquidactilia. Es una palabra que daña el cerebro solo con escucharla, de modo que alguien muy creativo inventó un nombre más simple. Cuando una persona tiene un miembro con aspecto distinto decimos que tiene (redoble de tambores, por favor) una extremidad diferente. Por otra parte, los padres van a su rollo. A tu mano izquierda la llaman «mano especial».

Cuando eres pequeña, tus padres reflexionan seriamente sobre someterte a cirugía, pero, al final, deciden no hacerlo. En lugar de eso, depositan todas sus esperanzas en un enfoque arriesgado llamado autoaceptación. Al principio, parece que funciona. Eres una niña distraída y despreocupada. No sabes qué es tener diez dedos y no parece que haya nada malo en ello. Mamá y papá dejan que lo entiendas por ti misma. Abrocharse las camisas es un rollo y nunca sientes que estés agarrada con la fuerza suficiente al manillar de la bicicleta, pero estas cosas no parecen raras, solo son así.

Luego, creces. Te percatas de que el resto te mira. Siempre te han mirado, pero no te habías dado cuenta hasta ahora. Tu mejor amiga desde la guardería, Isla, te defiende con fiereza de las risitas de los chicos. Comienzas a verte con nuevos ojos. Por primera vez, un doctor te describe como «discapacitada». Siempre has sabido que eres diferente, pero este nuevo término, a pesar de la objetividad con la que se pronuncia, hace que parezca que hay algo mal en ti. Te surge la duda sobre lo «normal» que eres. Empiezas a obsesionarte con tus diferencias de una manera que sabes que no resulta ni saludable ni útil. Te miras la mano hasta que deja de ser tal. Es una pequeña calzone unida a tu muñeca. O una serpiente que se ha tragado una vieja antena de televisor. Es el último fragmento de cinta adhesiva extraído de un rollo que no para de pegarse a sí mismo y se vuelve un nudo frustrante.

Tratas de atraer la atención de los demás para alejarla de lo que te diferencia de ellos. Llevas manga larga en verano, camisetas con eslóganes atrevidos e hipnóticos en la parte delantera. Bromeas, mucho, sobre todo a tu costa.

Cuando llegas a la adolescencia, lo superas. Te aburre el tema. En serio, ¿a quién le importa? Solo es una mano. Nada especial, ni mucho menos. Nadie le presta atención a una mano. Tú no. Ni tus amigos o familia. Eres consciente de ella, pero no te obsesionas. Solo parece que les importa a los desconocidos. El problema es que hay muchos extraños, siempre aparecen más y te recuerdan lo que habías olvidado. Resulta agotador. No tienes energía para educar a cada persona nueva que conoces. O para enfrentarte a los adultos de tu vida que aún no han aprendido. Es más fácil hundirte en la última fila, evitar sus ojos, hacerte pequeñita y callarte, callarte siempre.

18:54

Recojo el botiquín de primeros auxilios y vuelvo a colocarlo en el último estante. Me quedo agachada detrás del mostrador y lo toqueteo durante más tiempo de lo normal. Necesito pensar. ¿A qué ha venido esa llamada telefónica? ¿Por qué me ha pedido que la haga yo? ¡Y la sangre! ¡No podemos olvidar la mala sangre! Tal vez, al ponerme de pie, Mac haya desaparecido por arte de magia para que pueda volver a centrarme solo en mí.

Me levanto y mis plegarias han sido escuchadas, porque se ha desvanecido. No ha costado nada. Miro por la ventana, pero no hay rastro de él. A continuación, me apresuro hacia la puerta principal y echo el pestillo pegajoso para abstraerme del mundo. Suspiro de alivio. ¿O es de decepción? ¿Acabo de desaprovechar el momento más interesante de mi vida? Juro que estaba aquí hasta hace un segundo. Mac Durant. Se ha marchado sin despedirse. Ni darme las gracias por vendarle la mano. De repente, un ruido en la habitación de atrás hace que me gire. Cuando llego, Mac está sujetando uno de los fonógrafos.

—Cuidado —le advierto, aliviada al encontrarlo aquí y, a la vez, asustada de nuevo. Da tanto miedo como toparse con un unicornio: porque has asumido que no es real.

Doy un paso hacia delante y alcanzo el brazo del gramófono antes de que toque el disco. Ya hemos manchado la cara del señor Edison. Lo último que necesito es ser responsable de dañar uno de estos valiosos aparatos.

—Es de los años treinta —le informo—. No se puede romper.

—Tenemos un tocadiscos en casa.

—No es como este.

—Bastante similar. —Supongo que es genial que haya recuperado la confianza al máximo, pero, por desgracia, no tiene ni idea de lo que habla—. ¿Funciona? —pregunta.

Incluso en su estado actual, con el pelo grasiento y desaliñado y un claro rubor en las mejillas, Mac desprende un poder del que es difícil defenderse. Sí, el tocadiscos funciona, aunque no con cualquier disco, solo con los que pertenecían a Edison y estos se usan únicamente durante las visitas guiadas. El museo abre cuatro días a la semana. Hoy, sábado, ha cerrado a las cuatro y volverá a abrir mañana a las diez, si el tiempo lo permite. Sin embargo, hace meses que no trabajo en el Thomas Edison Center y ninguno de los dos debería estar aquí.

Pero aquí estamos. Genial. Vamos a darnos prisa. Abro el panel frontal del fonógrafo más grande y dejo caer la aguja. La música suena alta y llena de vida. La escuchamos durante un largo minuto (aunque me cueste). Por injusto que parezca, me siento responsable de lo que estamos escuchando, como si fuera el artista que ha grabado la canción y lo que pensase Mac me afectara personalmente. Marca el compás con un pie y lo mueve a un ritmo rápido. Echa un vistazo al móvil antes de guardarlo. Cuando la música termina, enfundo la aguja y cierro el panel.

—Es un gran éxito para el público de más de noventa años —comento con la esperanza de que no me asocie con el rollo que le he obligado a soportar.

Entonces se dirige hacia otra exhibición. Su forma de andar, pausada e inquisitiva, crea la absurda sensación de que esto era lo que tenía planeado para la tarde del sábado, repasar la historia de Thomas Edison que llevaba mucho tiempo ignorando. Sigo sus movimientos y lo estudio de perfil (por razones de seguridad, por supuesto). Tiene una nariz pronunciada que le queda bien. Los labios parecen pintados con un caro pincel. Para ser sincera, he soñado despierta con difamar su cuadro.

—¿No deberíais haber cerrado ya? —pregunta Mac—. La cosa se está poniendo fea ahí fuera.

Me dedica una mirada rápida y solo entonces asimila mi apariencia, cada curioso centímetro de ella. La sudadera roja encogida en la lavadora con la que llevaba holgazaneando todo el día es mi apuesta segura de comodidad y vaguería, pero no es un atuendo de trabajo muy convincente. Quizá parezca una empleada del museo por la forma de hablar, pero es evidente que mi aspecto indica lo contrario.

—El taxi está a punto de llegar —contesto—. En cualquier momento. —Una mentira en toda regla.

—Puede que el Gobierno declare el estado de emergencia. —Niega con la cabeza—. Siempre exageran este tipo de cosas. A la gente le encanta el drama.

Gente. Es decir, otras personas. A él no. A Mac Durant no le gusta el drama. Ese es el mensaje que trata de mandar. Aun así, es él quien está provocando el drama ahora mismo. Planeaba esconderme en el museo durante un tiempo, pero, por su culpa, mi refugio ya no es un lugar seguro. Debería irme. Ya.

No quiero volver a casa, pero ¿qué otra opción me queda? No tengo dinero ni móvil. Ninguno de mis amigos vive lo bastante cerca como para llegar a su casa a pie. Tal vez acudiría a Neel en un momento así, pero nos hemos peleado. Volver a casa no tiene por qué significar que vaya a hablar con mi madre. Podría ir directamente a mi habitación y esconderme bajo la manta. Sin embargo, antes de eso, tengo que conseguir que Mac se vaya. Me aclaro la garganta.

—Estoy segura de que tienes… ya sabes, planes o lo que sea.

No responde, está demasiado ocupado leyendo con atención las paredes del museo. Voy a apagar las luces para que pille la indirecta. Es una decisión extrema y tal vez lo descoloque, pero ha llegado el momento de atreverse a hacer las cosas. Supero la aversión a mí misma y me escabullo hasta el interruptor de la luz; sin embargo, cuando lo alcanzo, Mac se interpone en mi camino sin darse cuenta y me veo obligada a retroceder.

—¿Todavía vas en bus? —me pregunta mientras hace una pequeña pirueta para interceptarme.

—Sí —respondo, sorprendida de que lo recuerde—. Por desgracia.

Mac no ha cogido el bus desde primaria y, entonces, casi siempre estaba dormido por las mañanas. Este es un tema del que me encantaría oírle hablar largo y tendido: el pasado, nuestro pasado, los pequeños momentos que compartimos, pero abandona el recuerdo de forma tan abrupta como lo ha evocado.

Decido que es hora de enviar el mensaje que está demostrado que funciona: un bostezo. Mientras Mac explora, hago mi primer intento, pero apenas es audible. En mi segundo intento, proyecto la voz y lo preparo para que suene como un viejo mago que está expulsando una piedra del riñón.

—Tío —digo, sobreactuando—. Estoy supercansada.

Sin percatarse, Mac mira el móvil por millonésima vez y se lo vuelve a meter en el bolsillo. Su siguiente pregunta es absurda dado que he visto lo que ha hecho en los últimos cinco minutos.

—¿Puedo usar el teléfono otra vez?

«¿Por qué no utilizas el tuyo?» sería la respuesta más lógica, pero no la formulo.

—Claro —digo.

Acto seguido, regresa a la sala principal. Cuento hasta diez y lo sigo antes de detenerme al final del pasillo y aferrarme al último trozo de pared. Me inclino con lentitud hacia un lado hasta que uno de mis indiscretos ojos capta una pizca de la escena. Mac mantiene el auricular alejado de su cara mientras piensa sin moverse. Lo levanta, marca y escucha. Cuelga y espera. En ese momento, se gira hacia la ventana, aunque no se ve nada ahí fuera. Se da la vuelta y sé que debería esconderme, pero la mitad de mi cara queda a la vista, lo cual resulta mucho más raro que ver mi cara completa.

—Hola —dice Mac.

Doy un paso al frente y le muestro mi rostro entero.

—Hola.

Se sienta en un taburete detrás del mostrador. Reposa los brazos sobre el cristal, deja caer la cabeza y se la sostiene con las manos. Solo hay una buena razón por la que Mac no querría hacer una llamada desde su propio teléfono: no quiere que la persona a la que está llamando lo identifique. Eso explica la primera llamada al 911. Pero ¿y esta nueva llamada? ¿A quién habrá llamado esta vez?

Levanta la cabeza y mira al techo. Estira el torso y echa el cuello hacia atrás. Suelta un gruñido grave y deja caer la cabeza hacia un lado, sobre la almohadilla de su mano. Lo observo sorprendida. Distraído, pregunta:

—¿Tus padres siguen juntos?

Es una pregunta que no viene a cuento pero que, a la vez, resulta oportuna. Niego con la cabeza. No, no lo están.

—¡Qué suerte!

¿Suerte? No, no estoy de acuerdo. No es ninguna suerte. Si Mac supiera por lo que he tenido que pasar justo hoy porque mi núcleo familiar se ha hecho pedazos…

Se sienta erguido frente a la ventana. Fuera, la nieve es espesa. Los copos se toman de la mano mientras caen. No se ve nada a través de la barrera que forman. Su atención se desvía hacia la pared antes de centrarse en la puerta principal.

—Llega bastante tarde —comenta Mac.

—¿Quién?

—El taxi.

Ah, sí, mi taxi imaginario.

—Será por el temporal —respondo. Me parece bastante creíble.

Se pone en pie y sale del mostrador. A medida que se acerca, su tamaño aumenta. La mano vendada le cuelga. Hundo la espalda en la pared. Cuando pasa a mi lado, oigo el roce de su abrigo, que se desvanece a medida que se aleja de mí. Parece que se dirige hacia la puerta. Por fin, Elvis se marcha del edificio. Sin embargo, no lo hace, pasa por delante de la puerta.

Qué tortura. Cuando me he marchado de casa, me sentía la persona más sola del mundo, pero, ahora que tengo compañía, de hecho con alguien guay, también me resulta aterrador y confuso. Además, no es un buen momento.

—Necesito cerrar —digo para que concluya este rollo coloquial—. ¿Te puedo ayudar en algo más o…? —Mira el móvil de nuevo. ¿Está esperando a alguien? ¿Qué narices ocurre? No lo soporto más—. ¿Por qué sigues aquí?

Levanta la cabeza.

—¿Yo? ¿Y tú?

¿Va en serio? ¿Hola?

—Trabajo aquí, es evidente.

—No has pedido un taxi. Ningún mensaje. Nada.

—Porque… me he olvidado el móvil en casa.

Me dedica una sonrisa de superioridad.

—¿En serio? Hay un teléfono justo ahí. —Siento un nudo en la garganta. Da un paso hacia mí e invade mi espacio vital—. No quiero parecer un capullo, pero no creo que nadie vaya a venir a buscarte.

Toco la pared por si necesito ayuda para mantenerme en pie.

—¿Por qué dices eso?

Señala a la puerta principal. Antes, cuando se ha acercado a la ventana, debe de haber visto el cartel donde se indica el horario del museo.

—Has cerrado a las cuatro —contesta—. Ya pasan de las siete.

En la enorme patraña que he entretejido, llevo tres horas esperando con paciencia desde que ha acabado mi jornada laboral, sin preocuparme de contactar con nadie ni acercarme a la ventana para ver si venía el taxi. Voy vestida como toda una adicta a la televisión. Además, hasta hace un momento estaba hecha un ovillo en el suelo del cuarto de atrás. Y Mac se ha dado cuenta de todo esto. Pensaba que yo era la experta a la hora de prestar atención.

—¿Y?

Sigo sin entender por qué le importa o de qué estamos hablando.

—Y… —dice Mac mientras comienza a trazar con lentitud un círculo por la habitación—, ¿me vas a contar por qué estás aquí?

Me encojo de hombros. Llevo meses, años en realidad, manteniendo la compostura, o intentándolo, pero, después del día que he tenido, me rindo con facilidad. En voz baja, admito:

—No quiero irme a casa.

—Yo tampoco —suspira.

Lo observo. Sigue trazando círculos constantes, aunque ahora parece que deambula nervioso. Lo que debería haber captado desde el principio es que este chico, por alguna razón, no puede quedarse sentado y quieto.

—Bueno… —comenta antes de levantar los brazos en el aire como si se hubiera rendido—, ninguno de nosotros quiere irse a casa. —Sus ojos dorados se topan con los míos al otro lado de la sala—. Pues no lo hagamos.

19:31

Mac se abre el abrigo como un superhéroe y lo cuelga en la pared sobre un gancho inexistente. El abrigo cae al suelo, pero no le importa.

—¿Tenéis algo para comer? —pregunta—. ¿Una máquina expendedora o algo así?

Niego con la cabeza y él tararea una melodía de decepción. Lo he observado en clase, en el bus y en internet. Siempre desprende intensidad, un carácter juguetón inagotable, pero ahora su energía parece desenfrenada. Se balancea sobre los talones, preparado para correr en círculos en nuestra pequeña jaula para hámsteres. Reconozco la camiseta que lleva. Es negra y en ella se lee «Sneaker World», en letras bordadas a la altura del corazón. Me pilla mientras la miro y lee las palabras del pecho como si se hubiera olvidado de que estaban ahí.

—He venido directamente del trabajo —comenta—. Antes has pasado por la tienda, ¿verdad?

—Ah, sí, puede.

Sí que lo he visto. He pasado por Sneaker World esta tarde cuando estaba con mi madre en el centro comercial. Sin embargo, me cuesta creer que me recuerde, ni siquiera vagamente. Soy bastante habilidosa a la hora de pasar desapercibida para los de su especie. Aun así, es la segunda vez que evoca mi presencia en algún lugar. Busca con los ojos algo en lo que centrarse y vuelve a posarlos en mí.

—Quizás podrías hacerme una visita guiada.

—Sí, claro. Son cinco dólares.

Saca la cartera.

—¿Tienes cambio de veinte?

—Era broma. —Pensaba que era evidente.

Se detiene, se encoge de hombros y guarda el dinero. Todavía no se ha dado cuenta de que en ningún momento he aceptado su propuesta de que los dos nos quedemos aquí.

—Lo siento, pero no entiendo nada…, quiero decir, ¿de qué va esto? Todo esto. Es muy… —digo.

Me mira y creo que espera que defina a qué me refiero con «todo esto», pero no lo voy a hacer porque no puedo.

—Créeme —responde Mac cuando deduce que no voy a seguir hablando—. No tenía en mente pasar la noche así.

En eso estamos de acuerdo. Por fin se ha percatado de lo extraña que resulta esta situación. Además, ¿acaba de insultarme? No lo sé. Puedo imaginar qué estaría haciendo esta noche si no estuviera aquí. Asanas de yoga frente al espejo, cervezas compartidas con sus «colegas», mensajes guarros para una chica cualquiera. Ni idea. Por lo que sé, no sale con nadie. Al menos no de forma pública.

—¿Seguro que no tenéis nada para comer? —Se inclina sobre el mostrador y lo olfatea como un carroñero. Tal vez haya algunos caramelos de menta de recuerdo en algún lugar, pero no hay nada más.

—Ahora vuelvo.

Por la cara de interés con la que me mira, cree que voy a regresar con comida, pero, en realidad, solo voy al baño. Necesito tiempo para procesarlo todo.

Sola en el aseo, me miro a los ojos para buscar algún rastro de lágrimas. Espero que mamá esté en casa ahora mismo, asfixiada de preocupación por mí mientras camina de un lado a otro, se muerde las uñas y llama a todas las personas a las que conocemos. Se lo merece después de lo que ha hecho. Aquello me convence: de ninguna manera pienso volver a casa tan rápido. Antes dejaría que mi madre se preocupara. Supongo que eso significa que me voy a quedar aquí con Mac. Espera, dilo de nuevo: me voy a quedar aquí con Mac Durant.

Es el chico que quedó tercero en las votaciones a delegado de la clase en sexto de primaria, a pesar de que ni siquiera se había presentado. En segundo de secundaria, Brian Slatin, el primer chico abiertamente gay que recuerdo haber conocido, le pidió que fuera con él al baile de primavera y Mac aceptó, lo que enfadó a las chicas y confundió a los chicos. En tercero de secundaria, se unió al club LGBTQIA y demostró a cualquiera que pensara que había sido una tontería para llamar la atención (como si Mac estuviera ansioso por conseguirla) que estaba equivocado.

Es hetero, eso está claro. Ha estado con algunas de las chicas más guapas del colegio, incluida la infame (para mí) Finley Wooten. Su relación más larga fue con Claire Wong, un año mayor que nosotros, y duraron casi tres meses. Se dice que Claire se echó a llorar cuando Mac volvió en el semestre de otoño al colegio con la cabeza rapada. Puede que sea la única persona que Isla, Brooke y yo hemos incluido en una de nuestras rondas de FCM, juego en el que se elige entre follar, casarse o matar a los distintos candidatos, y a él nunca lo hemos sacrificado. Parece que nadie está dispuesto a perderlo.

Es amigo de casi todo el mundo. A los profesores se les ilumina la cara cuando hablan de él como si tuvieran que hacerle la pelota. Y a los entrenadores también. Al parecer, Mac tiene tal don como atleta que ha jugado en algunos equipos preprofesionales de fútbol, en lugar de jugar en el del colegio.

Cruza los pasillos como una gacela, nunca se queda merodeando, lo que ensalza cada rápido vistazo a su persona. Al pasar frente a su casa un día, desde el asiento del copiloto del coche de mi madre, lo vi sin camiseta mientras empujaba un cortacésped y nunca me he arrepentido más que en aquel momento de ser demasiado lenta para sacarle una foto. Se rumorea que suele nadar en el YMCA, pero no voy a ponerme un bañador en público para conseguir echarle un vistazo a un chico (bueno, quizá por Timothée Chalamet sí).

Hay deportistas más musculosos, personalidades más provocativas, cerebritos más impresionantes, ligones mucho más encantadores, pero ninguno de ellos es un híbrido hipnotizante de integridad y provocación, conciencia y despreocupación, como Mac. En serio, no es justo que una persona tenga tantos talentos. Quienes lo conocen bien lo llaman por su apellido o, a veces, Doc (porque sus iniciales, M. D., son las siglas en inglés de «Doctor en Medicina»), aunque para mí siempre ha sido Mac Durant.

Verme obligada a quedarme aquí con él no debería entenderse como un castigo, sino como un milagro, algo que te cambia la vida. ¿Cuántas veces he soñado despierta con que algún tío bueno se colara en mi vida para salvarme del eterno aburrimiento? Bueno, pues ha ocurrido. Por fin. Ahora. Está aquí. Por alguna razón inexplicable, está aquí. Conmigo. Asimílalo. Por una vez, deja de darle vueltas y disfrútalo.

Me aliso el pelo y me lo vuelvo a alborotar a propósito para que parezca creíble y accidental. Luego, regreso a la mezcla de fantasía y pesadilla.

Me encuentro a Mac en la sala principal, donde observa una de las fotos más populares y que muestra la torre de acero original que se construyó en la propiedad, muy distinta al edificio de estilo art déco que la sustituye hoy en día.

—La Luz Eterna —Mac lee el letrero de la pared—. ¿Es cierto?

No solo se habla largo y tendido de la Luz Eterna en la entrada del museo, sino que se repite verbalmente a todos los visitantes que pasan por el interior de la torre. La historia es la siguiente: la torre de metal original se construyó para la celebración del quincuagésimo aniversario de la bombilla de Thomas Edison en 1929. Se colocó una bombilla especial al fondo y se la llamó «Luz Eterna». Edison la nombró así porque aseguró que seguiría brillando para siempre. Dos años después, un rayo alcanzó la torre y se desmoronó. Lo sorprendente es que la bombilla nunca dejó de emitir luz y más sorprendente aún es que lleve encendida desde entonces. Todavía sigue brillando.

—Otro mito —digo, de forma que contradigo la historia que he contado a miles de visitantes. Él me mira confundido—. A ver, no estuve allí, claro, pero no hay forma de que inventara una bombilla que lleva encendida casi cien años.

Sonríe.

—Si odias tanto a Edison, ¿por qué trabajas aquí?

Esto es lo que una consigue al ser sincera, que luego tiene que dar explicaciones.

—Edison vendió la imagen de sí mismo como la de un genio, pero lo cierto es que la mayoría de sus inventos fueron un fracaso. Además, era un hombre de negocios terrible, en plan el peor. Sus compañías siempre andaban cortas de dinero. No me gusta que la gente actúe como si fueran más de lo que en realidad son.

Asiente como quien no ha entendido nada y está preparado para dejar de intentarlo, solo que él no para. Este Elvis es incansable.

—¿Así funciona? —pregunta Mac—. Cuando haces visitas guiadas, ¿no paras de criticar? Porque siento que me estoy perdiendo un tour buenísimo.

¡Qué chico!

—No estoy criticando. Considero que algunas de estas cosas son increíbles. Es solo la historia que contamos, la imagen que presentamos al mundo… No todo es…

—Cierto —termina la frase por mí.

Intercambiamos una mirada. Parece que lo está pillando, aunque no sé muy bien qué parte.

—¿Me has pedido que gastase una broma al 911? —pregunto—. Porque estoy bastante segura de que eso es un delito.

Exhala como si lo hiciera por primera vez en toda la noche.

—En realidad conozco al tipo del garaje. No quería que se enterara de que había llamado yo. Por eso te he pedido que lo hicieras tú. No ha estado bien que te haya cargado el muerto de esa manera. Lo siento.

Oh, una disculpa. De modo que ahora va a disculparse. Mi cuerpo se destensa.

—No pasa nada.

Pero ¿será cierto? Nada tiene sentido todavía. Puede que Mac conozca al tipo, que sepa su dirección, ya que viven en la misma calle, pero ¿por qué le iba a importar que se enterara de que había llamado para pedir ayuda? Además, eso no justifica la mano amoratada. Debería haber pedido alguna explicación adicional, pero ya parece demasiado tarde para preguntar.

Entonces, él señala otro tocadiscos.

—¿Cómo suena este?

El fonógrafo al que se refiere es el favorito de todo el mundo. Tiene un enorme cuerno decorado. Cuando la gente se imagina un tocadiscos antiguo, suele pensar en algo así. La guía turística que llevo dentro no puede evitarlo y quiere que cambie la imagen que tiene de mí como mala docente. Debería haber visto las propinas que consigo en verano.

—Los británicos, para decir «cierra el pico», utilizan la frase «put a sock in it», que significa literalmente «ponle un calcetín». —Preparo el gramófono mientras hablo—. La gente quería que sus fonógrafos sonaran más alto, por lo que la compañía de Edison creó este. El problema era que el volumen era demasiado intenso. —Pongo la melodía para mostrarle a qué me refiero y elevo la voz. Me preocupa que esta repentina confianza que he descubierto no merezca la pena y, en realidad, haya malinterpretado su curiosidad, pero ya es demasiado tarde. Me convierto en un autómata y comienzo a recitar el guion de memoria—: Las mujeres que daban fiestas o cenas no querían que sus invitados tuvieran que gritar para oírse. Querían música ambiental. Sin embargo, como no había un adaptador de volumen en estos primeros aparatos, ¿cómo resolvieron las amas de casa este problema? —Estiro la mano tras el tocadiscos para coger el atrezo—. Metieron un calcetín dentro —contesto mientras tapo el agujero de sonido con un par enrollado y, al instante, el volumen se reduce a la mitad.

El público que suelo tener responde con risas, aplausos y «ahhh» audibles, pero Mac no es mi público habitual. No hace ninguna de esas cosas. Entonces, apago la música y se queda mirando el fonógrafo durante un buen rato tras haberlo silenciado.

—Creo que tenemos mil canciones en casa. —La intimidad de lo que acaba de revelar me desorienta, pero intuyo otro rasgo, algo que describiría como tristeza si pensara que Mac Durant es susceptible a ese sentimiento. Se gira hacia mí—. Tienes una voz bonita. —Cada vez que habla, el universo cambia de forma. ¿En qué nuevo mundo estoy ahora?—. Di algo —me pide.

De repente, no se me ocurre ninguna palabra buena que soltar.

—Guay… pizza… bebé…

Mac se echa a reír.

—Es como la de esa actriz, la rubia. —Una descripción muy concreta—. La de las pelis de superhéroes, aunque ahí tiene el pelo en plan rosa o algo así.

Conozco la respuesta, pero no puede ser verdad.

—¿Scarlett Johansson?

—Sí, esa.

Es como si acabara de identificar a un famoso olvidado de los años veinte (algo que podría hacer porque soy una friki de los museos) en lugar de a una de las estrellas actuales más importantes del planeta. Johansson interpreta a Viuda Negra, cuyo pelo es rojo la mayor parte del tiempo, aunque Neel es capaz de explicar por qué le cambia de color en las distintas películas de Los Vengadores. Pero no se trata del pelo.

—Me gusta mucho —dice Mac sobre mi voz.

De repente quiero asaltarlo con sílabas, pero estoy demasiado sorprendida como para mover los labios. No estoy acostumbrada a que chicos que no sean Neel me piropeen. Además, nunca me ha gustado el sonido de mi voz porque suena más grave que el de la mayoría de las chicas. Siempre me ha parecido que tenía una voz aburrida y aletargada, como una persona que despierta de un coma de diez años y se da cuenta de que no todos están emocionados porque vuelva a vivir.

—Creo que, desde que te conozco, nunca te había oído decir más de dos palabras —comenta.

¿Acaso me conoce?

—Gracias —respondo, aunque me siento demasiado incómoda—. Soy una persona callada, supongo. —Sin embargo, hay algo más que él nota y rumia en su mente. Entonces, cambio de tema—. Supongo que te puedo hacer la visita guiada oficial, si te apetece —me oigo decir a mí misma mientras compruebo mi preciosa voz.

—Vale —contesta con un asentimiento, como si no le importara nada—. Oye, pero… —Lo estoy oyendo, de verdad. Continúa—: Me muero de hambre. No he podido cenar nada. —Dímelo a mí. Estoy aquí porque me he saltado la cena—. Vamos a pillar algo —propone.

—¿Te refieres a ahí fuera?

Las ventanas se están volviendo blancas. Es como mirar a través del cristal de una lavadora en funcionamiento.

—Deberíamos irnos —señala mientras coge el abrigo—. Antes de que el tiempo empeore.

Bueno, vale.

15:23

Charlie estaba aporreando el teclado silencioso en el salón y el sonido solo surgía a través de sus cascos. Las partituras se encontraban en un atril frente a él con las canciones que iba a tocar en la boda de esta noche. Me daba la espalda, pero apostaría lo que fuera a que no estaba mirando las partituras. Solía tocar con los ojos cerrados y una sonrisa bobalicona al mismo tiempo que movía la cabeza ante una multitud imaginaria de cientos de personas.

Yo estaba tumbada en el sofá detrás de él con el móvil. Antes de que Charlie se mudara, el salón era territorio neutral. Ahora, con el teclado, a pesar de que estaba pegado a la pared y en silencio (más o menos), sentía que invadía su espacio. Podría haberme ido a mi habitación, pero a veces necesito un cambio de escenario.

Estaba navegando por las redes sociales mientras esperaba que Neel me escribiera. Solo hacía unas horas que nos habíamos visto en el centro comercial, pero la conversación había sido uno de esos desastres que solo se olvidan al tener una nueva charla que comience desde cero.

De repente, la puerta principal se ha abierto de par en par y ha enviado una ráfaga de aire gélido por toda la casa. Charlie ha mirado por encima de su hombro. Mamá ha dejado dos bolsas de comida dentro de casa antes de desaparecer y volver con otras dos. Luego, ha cerrado la puerta.

—Menuda locura —ha comentado y ha ululado como un búho agotado—. Algunos estantes estaban totalmente vacíos.

—¿Qué hay de cenar? —he preguntado.

—Bueno —ha respondido, enfatizando la palabra para crear expectación—, voy a hacer algo especial.

En ese momento, he bajado el móvil, que estaba a la altura de mi rostro.

—¿A qué te refieres con que vas a hacerlo?

—Lo voy a cocinar.

—¿Por qué no lo está cocinando Charlie?

Justo en ese momento, Charlie ha aporreado el teclado con mayor insistencia, como si estuviera haciendo un solo en su concierto mental.

—Ven a la cocina, hablemos allí —ha propuesto mamá antes de desaparecer con la comida, por lo que me ha obligado a abandonar mi lugar de descanso—. Trae las otras bolsas, por favor —me ha pedido.

Al cogerlas, he pisado una de sus huellas de nieve y se me ha mojado el calcetín, lo cual me ha molestado todavía más.

—Charlie tiene un bolo esta noche, por lo que voy a cocinar yo —ha comentado mamá cuando he llegado a la cocina—. Esta mañana te he dicho que íbamos a hacer algo especial.

—¿Por qué no pedimos la cena?

—¿Por qué?

—Porque es lo que siempre hacemos.

—¿Acaso no sé cocinar? —ha preguntado antes de echarse a reír.

—Sí, pero no lo haces.

—Bueno, esta noche será distinto porque voy a cocinar.

Ahí he notado que ocurría algo y he decidido que no me gustaba. Entonces he dejado las bolsas en el suelo con más fuerza de la que pretendía.

—Cariño, ¿qué hay mejor que una sopa de pollo en un día como este?

Ahí estaba, la enorme sorpresa. Ha esperado con los ojos abiertos como platos y una sonrisa. Podría haberle contestado a esa ridícula pregunta si hubiera querido que lo hiciera, pero no tenía suficiente energía, de modo que me he dirigido escaleras arriba. En mi habitación, me he cambiado el calcetín mojado, pero me he dejado el seco puesto sin importarme que ahora no fuesen a juego. Nadie me vería esta noche, excepto quizá, con suerte, el repartidor de comida.

He intercambiado mensajes con Isla y Brooke en el grupo porque las tres nos preguntamos por qué parece que nunca nieva tanto en los días que hay clase. Brooke estaba capeando el temporal mientras se dirigía a casa de su padre (era su fin de semana) y, en privado, me ha contado lo de su relación a través de mensajes con Anton Metza, del que, por alguna razón, no le ha hablado a Isla todavía. Conozco a mis amigas desde hace más tiempo del que conozco a Neel, pero en muchos sentidos mi amistad con él es más sencilla, más sincera y, normalmente, menos dramática.

Antes, en el centro comercial, Neel ha explotado conmigo por nada y me ha dicho que estaba actuando como una loca. ¿Por qué cuando una chica habla de lo que piensa de forma pasional se le dice que está actuando como una loca? Esperaba ese tipo de gilipolleces de cualquier otra persona menos de mi mejor amigo.

Entonces, he roto el silencio con un mensaje: «¿Todavía por ahí con Ezra?».

Ezra es el otro amigo de Neel, su pequeño amigo porrero.

Neel ha contestado: «¿Todavía en casa con Belladona?».

Decirme eso en un mensaje no ha sido lo correcto. Neel puede ser demasiado apasionado, para bien o para mal. Bien para contarle una idea brillante para la feria de inventores y mal para, bueno, momentos como ese.

Nos conocimos en segundo de secundaria en un grupo llamado Nuevos Comienzos y, desde entonces, he buscado en él a mi gurú personal en todos los aspectos de mi vida. No en el sentido de un maestro (y no porque sea indio), sino como ayudante demasiado cualificado. En nuestra relación, yo soy la jefa. Valoro y aprecio sus consejos, pero al final soy yo quien tiene la sartén por el mango.

He pensado en todas las posibles respuestas que podría darle, pero no iban a cambiar nada. En lugar de eso, he encendido el portátil y he leído algunos mensajes nuevos que acababa de recibir. El tiempo se ha esfumado y Charlie, antes de marcharse a su bolo, ha asomado la cabeza por la puerta para apremiarme de manera sutil a que bajara las escaleras y hablara con mamá. Entonces lo he hecho, pero ha sido un error. De haber sabido que tenía algo guardado para mí, no habría salido de mi habitación.

No siempre has sido callada. Cuando eras mucho más joven, te acercabas a los niños del patio y te presentabas. Te mostrabas como eras, sin vergüenza.

Mamá dice que tenías seguridad, un carácter fuerte y ningún miedo a dar tu opinión. En una reunión de padres en la guardería, la profesora dijo que a veces hablabas demasiado, sobre todo cuando te juntabas con Isla, por lo que tenía que separaros.

Luego, perdiste tu voz. Ocurrió en torno a los ocho o nueve años. De repente, solo se centraban en la diminuta diferencia entre ellos y tú. Sin embargo, la mano no lo era todo. No era nada comparado con tu corazón roto. Bastó con que tu padre se fuera: prácticamente enmudeciste. Tenías trece años, por lo que podía considerarse como la típica gilipollez de adolescente. Cuando hablabas, utilizabas un tono mordaz. Sarcasmo ante cualquier comentario. O un chiste. La mayor parte del tiempo te quedabas callada, en silencio durante días. Mamá veía que le dabas vueltas a la cabeza.

«Cuéntame qué pasa», decía.

Pero tú no sabías cómo.

«Cuéntame qué pasa».

¿Por dónde empezar?

«Cuéntame qué pasa».

No abrías la boca.

Era más fácil hablar en redes sociales, pero incluso ahí te llevó un tiempo encontrar tu voz. Intentaste encajar en varios perfiles para ver cuál se ajustaba más a ti.

Totes Tegan: tu alter ego al que le encanta divertirse y es superoptimista. Todo le sorprende, desde unos videojuegos hasta los gusanos en la acera. Además, este perfil incluye frases inspiradoras como «Haz algo hoy que tu futura yo pueda agradecerte».

Guía turística durante el fin de semana: un perfil sobre la vida en el trabajo. Incluye trivialidades divertidas sobre Thomas Edison y cosas que enorgullecen a tu padre. También se crea con el objetivo de que la gente venga al museo. Quizá, si te ven en acción, te miren con otros ojos. Sin embargo, no viene ningún estudiante. Tus amigos no cuentan.

Chica Sriracha: No incluyes tu nombre en esta cuenta. El tema es la comida cubierta de sriracha. Pretzels y sriracha. Uvas y sriracha. Café y sriracha. Solo como efecto, no para el consumo. Pero nadie pilla el efecto. ¿Cuál era el objetivo de este perfil?

Todos Vamos A Morir: ¡glaciares que se derriten, hábitats destruidos, especies en peligro! Todos los días es el juicio final. De nuevo, no hay ninguna mención a Tegan Everly en esta cuenta. Ni siquiera tus amigos más cercanos saben que esta cuenta es tuya. La foto del último rinoceronte blanco vivo ha conseguido diecinueve «me gusta», lo que en tu cabeza significa que prácticamente te has hecho viral. Mientras tanto, mamá consigue ciento no sé cuántos «me gusta» por las publicaciones en las que muestra cómo es posible encontrar el amor de nuevo. Me alegro por ella.

Neel piensa que se te dan mal las redes sociales. «¿Qué te hace única?».

Tienes dificultades para contestar.

«Tu mano», dice. «Sácala al mundo, lúcela».

Lo odias por eso.

Lo cierto es que ya eres bastante popular. Por la razón más estúpida. Tegan Everly es la chica de la mano. Todos lo saben. Pero ¿quién querría verse reducido a algo tan intrascendente? Es una pequeña parte de lo que te hace ser tú. ¿Por qué convertirla en el centro? Hay personas en el mundo que prefieren exhibir su extremidad diferente: YouTubers, locutores de podcasts, autores, atletas… Por mucho que admires en cierta medida a estas personas, nunca has entendido cómo lo hacen o por qué quieren hacerlo.

Las intenciones de Neel son buenas, pero no, no vas a «lucirla». No te vas a meter en el porno motivacional.

Si ni siquiera tu mejor amigo lo entiende, nadie lo hará. Intentas hablar con él, con Isla o con Brooke, con mamá o los profesionales a los que te envían, pero no sabes qué decir sobre cómo te sientes en realidad. La única persona con la que puedes hablar es tu padre. Le escribes correos y dices con exactitud lo que sientes acerca de cualquier cosa, sea lo que sea, y nunca te dice que te equivocas. Solo escucha y, cuando te contesta, usa las palabras que necesitas oír.

Papá:

He conseguido un trabajo de verano en el Edison Center. Estoy bastante segura de que Maggie solo me ha contratado por ti, porque prácticamente mantenías el lugar a flote, por lo que supongo que te debe una. Me queda mucho por aprender, pero estoy en ello, así que presto atención como me aconsejaste. El lugar es muy parecido a como lo recordaba… aburrido. Es broma.

Te quiere,

Tegan

Tegan:

¡Esa es mi chica! Me encantaba llevarte allí. Nuestro pequeño Smithsoniano. ¿Puedes creer que un solo hombre lograra tanto? Me da mucha pena pensar que tantas personas no dediquen tiempo a visitarlo ¡cuando lo tienen ante sus narices!

Deja de ser tan dura contigo misma. Estoy seguro de que lo vas a hacer genial.

Te quiere,

Papá

Papá:

Siento algo especial cuando estoy en el museo. Supongo que me recuerda a ti porque me traías a todas horas. Es genial tener un lugar como este. Sobre todo cuando la casa se llena de demasiada gente. A veces necesito salir de allí.

Te quiere,

Tegan

Tegan:

Confía en mí. Lo entiendo. ¿Te acuerdas de cuando iba a dar aquellos largos paseos y mamá se volvía loca porque me necesitaba para algo y nunca me llevaba el móvil? Quizá no te dabas cuenta en aquel momento, pero solo necesitaba espacio. Todos lo necesitamos. Lo encuentras donde puedes.

Te quiere,

Papá

20:02

Ya se ha acumulado bastante, al menos algunos centímetros. Parece que no haya nevado en años y que se estén deshaciendo de toda la nieve ahora mismo. El frío es cortante y el viento, fiero, pero apenas los siento. Estoy haciendo lo que me he propuesto hacer: vivir el momento. Ver a dónde me lleva la noche.

Estoy dando un paseo espontáneo con el único y maravilloso Mac Durant. Isla y Brooke no se lo creerían. Apenas me lo creo yo. Sí, lo he criticado a él y a los de su especie en el pasado, pero con razón. Sin embargo, no quiero pensar en eso ahora mismo. Solo quiero centrarme en el presente.

Cuando salimos del museo, Mac señala el monumento conmemorativo del patio trasero. Su altura, de casi cuarenta metros, es impresionante, pero, al parecer, lo que capta su atención entre la nieve es la luz brillante de su cima.

—La bombilla más grande del mundo —le digo—. Justo aquí, en Nueva Jersey. Casi dos veces la altura del jugador más alto de baloncesto. Dentro de la torre, al fondo, está la Luz Eterna.

Mac no hace ningún comentario cuando pasamos por delante. Tal vez ahora que hemos salido del museo, la cultura general y la historia ya no son suficientes, de modo que decido no pronunciar ni una palabra más hasta que él lo haga.

Minutos después, nos encontramos en Route 27 y casi estoy sudando. Es la persona que camina más rápido de todas las que he conocido y no tiene ni idea de lo mucho que me estoy esforzando para seguirle el paso. Aun así, moverme me hace sentir bien. Papá tenía razón sobre caminar: te aclara las ideas.

En este tramo ya no hay acera, por lo que nos apretujamos a un lado de la carretera llena de sal. Un coche esporádico maniobra cerca de nosotros. Los faros alumbran durante un momento a dos pirados en la carretera, uno de ellos sin chaqueta. Ese es Mac, que se está enfrentando al frío en mangas de camisa. Cuando se ha dado cuenta de que no tenía abrigo, ha insistido en que me pusiera el suyo. Bombazo: tal vez sea la emoción de llevar la ropa de Mac, en lugar del material o nuestro paso frenético, lo que me mantiene caliente.

Hurgo en los bolsillos. Se ha quedado con el móvil, pero hay otros tesoros. Un rectángulo de cartulina, puede que una tarjeta de fidelidad de su hamburguesería favorita. Una especie de caramelo duro o chicle antiguo. Un juego de llaves. Y, por último, una pequeña maraña de pelusas sin la que ningún bolsillo es perfecto. Juego con ella mientras camino a su lado. Quizá su cuerpo no lo sienta, pero su mente es totalmente consciente del frío que hace.

—Blancanieves. Jon Snow. El presidente Snow de Los juegos del hambre.

Me suelta todos estos nombres sin previo aviso. Tras terminar la lista, se gira hacia mí.

—¿Edward Snowden? —propongo, aunque no estoy muy convencida de haber captado las reglas del juego.

—Esa es buena —responde.

Tengo un talento innato, al parecer. Pronto se me ocurre un segundo nombre, Simon Snow, de Fangirl entre otras novelas, un personaje del que, estoy segura, Mac no ha oído hablar en su vida, pero me corta con una nueva pregunta:

—¿Crees que es cierto lo que se dice sobre los copos de nieve? ¿Que no hay dos iguales?

—Supongo —respondo. Es difícil seguirle el ritmo en muchos aspectos. Desde que ha entrado en el museo, me ha costado pillarle el ritmo. Me trago el orgullo y suplico—: ¿Podemos ir más despacio?

Me mira y se percata de que estoy sin aliento.

—Lo siento. —Se disculpa de un modo que parece indicar que no es la primera vez que le piden que pare el carro.

Cambia el ritmo de las zancadas, pero acelera la boca.

—Solo digo que tendrían que estudiar todos y cada uno de los copos de nieve para estar seguros. ¿Crees que, de entre los millones que están cayendo ahora mismo en un solo pueblo, no hay ninguna posibilidad de que dos sean iguales?

Observa el ajetreado cielo con la esperanza depositada en su idea. Esta conversación me recuerda a las que suelo tener con Neel, lo que me sorprende. En el espectro de posibles personalidades, Mac y Neel estarían en puntos opuestos. Quiero decir que aunque ambos trabajaran de alguna manera para SpaceX, el segundo estaría haciendo cálculos en la base de operaciones mientras que el primero pilotaría el cohete más allá de las estrellas. Le ofrezco la respuesta que Neel me daría si le formulara una pregunta así:

—Hay demasiadas variables posibles. Es como cuando las personas hablan sobre que el universo es infinito. ¿Y si hay otro planeta como el nuestro en algún lugar? Imaginemos que es así y que, en la otra Tierra, tú y yo estamos haciendo lo mismo en este momento, ir hacia una tienda en plena nevada. Incluso en ese planeta, donde todo es un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento similar, ¿crees que la otra yo y el otro tú estarían teniendo la misma conversación?

—¿Por qué no? —pregunta.

Tiene una forma de parecer despistado y cultivado al mismo tiempo que ni siquiera puedo vislumbrar cómo lo hace.

—Porque podríamos estar hablando sobre cualquier cosa —explico—. Podríamos estar hablando sobre escalar rocas, pistachos o vodeviles.

—Y también sobre buzones.

—Oh, sí, claro.

—O por qué te has marchado de casa en mitad de una tormenta de nieve sin chaqueta. —Me giro hacia él—. A ver, sé que eres dura de pelar, pero aun así… —De repente, me detengo en medio del camino y suelto la pelusa.

—¿De qué narices hablas? ¿Cómo que soy dura de pelar?

Titubea y me sonríe acobardado.

—Bueno, es un poco lo que estás haciendo ahora, ¿no?

Entonces, pongo los ojos en blanco y sigo caminando. Él trota para alcanzarme y se vuelve a poner a mi lado. Las ruedas de un coche solitario que pasa a nuestro lado sisean sobre la carretera húmeda. Cuando el camino parece seguro, cruzamos la calzada hacia la acera, donde la nieve está inmaculada. El único sonido que se oye es el de nuestro calzado al aplastarla y el silbido de mi abrigo (el de Mac) cuando la tela se frota. Me da vueltas la cabeza. En el fondo sabía que irme con él esta noche era correr un riesgo, pero el peligro era parte del atractivo. Aun así, me siento como si me hubieran dado un golpe bajo.

—¿Es eso lo que piensa la gente de mí? —Necesitaba preguntarlo.

—No —contesta Mac, en un intento por restarle importancia—. Es la sensación que me da, eso es todo.

No se va a librar de esta. Necesito más.

—¿Qué sensación?

Cuando por fin habla, lo hace con delicadeza.

—Es solo que te dan pereza, ya sabes, las personas.

En el pasado, me han descrito de forma similar: dura, reservada y distante. Mis padres y amigos. Una terapeuta ocupacional una vez me llamó «cabecidura» y me juró que era un halago, aunque no lo parecía. No es que quiera distanciarme del mundo. Solo soy cautelosa sobre con quién quiero juntarme, quién se lo merece de verdad. Además, para ser sincera, Mac lo ha entendido al revés; la mayoría de las veces soy yo la que le da pereza al resto.

Mientras tanto, miradlo a él. Tiene tantas ganas de enfrentarse al mundo que no puede reducir la marcha. No hay nada ahí fuera que pueda hacerle daño. Es fascinante observarlo, incluso inspirador. Sin embargo, también me hace pensar que él y yo existimos en dos planetas diferentes y que la galaxia entre nosotros es demasiado extensa como para que nos encontremos en un punto intermedio.

—Lo digo en serio —asegura Mac, todavía con aspecto arrepentido—. No he oído a nadie que te critique. No hay ningún rumor que te compare con Belladona o algo así.

Me encantaría verle la cara mientras suelta esas palabras, pero me obligo a mantener la vista al frente. Si hubiera algún rumor que me comparase con ella, lo sabría.

—Está bien —contesto—. Sigamos caminando.

Se produce un largo silencio incómodo hasta que vislumbramos unas luces de neón en la distancia. La tienda más cercana es EZ Mart, y allí es donde acabamos. Dentro del local, la cálida temperatura nos produce alivio. Mac se sacude la nieve de la cabeza. Yo, sin embargo, todavía no estoy preparada para bajarme la capucha. Con la calidez, de repente me doy cuenta de que necesito hacer pis… enseguida, de modo que me dirijo al baño, pero me encuentro la manivela bloqueada y un cartel en la puerta. Mac se percata de mi nerviosismo cuando regreso.

—¿Qué pasa?

—El baño está averiado. Y necesito ir. —Estoy enfadada conmigo misma por no haberlo hecho en el museo, cuando estaba escondida en el servicio.

Recorremos los estantes, que contienen una colección aleatoria de objetos: desatascadores, correas para perros, pruebas de embarazo, seguros para bicis… En cuanto a la comida, opto por lo que me resulta familiar: pretzels, regaliz y Oreos. Ah, y Doritos con sabor a sriracha. Tengo más hambre de lo que pensaba. Mac elige dos barritas energéticas, cecina de ternera y un plátano demasiado verde. Ya casi no queda agua en la zona de refrigerados porque la gente se la ha llevado para prepararse para la tormenta. Es inquietante. Un Frappuccino embotellado me llama a gritos y respondo a su petición.

Me reúno con Mac en la caja registradora con las manos llenas. Entonces, me muero de vergüenza otra vez.

—Me acabo de dar cuenta de que no tengo dinero.

—Deberías haberme dejado pagar por la visita guiada —me provoca Mac—. No te preocupes. Corre a cuenta mía. —Lo ha dejado todo alineado en el mostrador, pero aún no ha terminado de comprar—. Voy a buscar una cosa más —comenta y se marcha.

Coloco mis aperitivos junto a los suyos. Cuento los artículos para asegurarme de que no voy a comprar más que él. El dependiente me observa, aunque no me he quitado la capucha, y no parece muy seguro de si debe esperar o empezar a cobrarnos. Da la impresión de que no tiene ninguna prisa porque somos los únicos clientes ahora mismo.

Me coloco de espaldas a la caja registradora. Un par de faros alumbran la tienda cuando un coche entra en el aparcamiento. Al apagar las luces, consigo una visión más clara del exterior de la ventana. Es el mismo coche que estaba aparcado en el camino de acceso a mi casa esta tarde.

Me lanzo al suelo como un recluta militar, lo que pone nervioso al atento dependiente. Me olvido por un momento de que ya estoy oculta dentro de la enorme parka de Mac. Me escabullo y espero, agazapada detrás de ositos de golosinas y frutos secos cubiertos de chocolate hasta que oigo que la puerta tintinea al abrirse. Cuando distingo el enorme cuello brillante de la camisa de Charlie al pasar, salgo a toda prisa por la puerta antes de que se cierre a sus espaldas. Fuera, doy un último vistazo al interior del EZ Mart y echo a correr.

Бесплатный фрагмент закончился.

627,82 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
212 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788418509308
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги