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Las aventuras del derviche Murad y el fraile Guevara en
El tesoro escondido
Ulises Pastor Barreiro

Ulises P. Barreiro, nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1976. Al mes de vida se fue a vivir a Río de Janeiro, hasta los 12 años. Luego volvió a Argentina, donde vivió en varias ciudades como La Lucila del Mar, San Carlos de Bariloche, y muchas otras.
Esta narración de Ulises Barreiro es un homenaje a la literatura de J. R. R. Tolkien y R. L. Stevenson. El autor se ha nutrido de historias maravillosas y fantásticos, inspirándose en ellas para la realización de esta novela de aventuras, que ocurre a principios del siglo XVIII. Donde una tripulación, a bordo de la "Santísima Trinidad", se embarca en un viaje oscuro, repleto de intrigas. A lo largo de la novela nos volvemos íntimos de cada personaje, descubriendo sus facetas, su pasado, sus acciones. Esta historia comienza con una búsqueda de un tesoro y termina con el descubrimiento de un tesoro. Pero aquello que buscamos al principio, nunca es lo que terminamos encontrando. En el libro hallamos un tinte autobiográfico, puesto que el autor es un personaje amante del mar, con infinitas aventuras para contar. Con sus historias, nos invita a apropiarnos de nuestro pasado y nuestras culturas, mostrando que todos tenemos algo que contar.
La escritura no tiene por que ser intrínsecamente ajena a las culturas populares; la cuestión fundamental es quienes la usan para qué la usan".
Elsa Rockwell
El escritor Ulises P. Barreiro es autor de otras obras literarias como "La caída" (2011), "Fantásticas historias de San Telmo" (2012), "Cuentos de la Vía Láctea" (2014). Haunebu II (2015), y "La Magia de Molinari" (2019). Además de varios ensayos históricos y pedagógicos.
Barreiro, Ulises Pastor
El tesoro escondido : las aventuras del derviche Murad y el fraile Guevara / Ulises Pastor Barreiro. - 1a ed. - Tres de Febrero : Imaginante, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8447-08-7
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. I. Título.
CDD A863
Editor: Oscar Fortuna.
Correcciones: Melanie Delobelle.
Diseño de cubierta: Raquel Chanampa.
© 2021 Ulises Barreiro.
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
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Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright
ISBN 978-987-8447-08-7
Conversión a formato digital: Libresque
Dedicado a M. L. Barreiro Gromez
Agradezco a Dominique Lucía Gromez
PRÓLOGO
Esta historia, como muchas historias, se repite infinitas veces y, como muchas historias, es dedicada a quienes conservan en su interior una utopía, un sueño esperado con gran intensidad, entre la denuncia de una realidad y el anuncio de nuevas condiciones, como dijo una vez un gran pedagogo. Porque la fantasía puede convertirse en realidad, sin importar su magnitud. Es así que, a aquellos que desean descubrir un tesoro, les recomiendo siempre examinar su interior, fuente colectiva de tesoros primordiales.
Esos tesoros incrustados en cada uno de nosotros no son más que el instante en el cual el aliento entra y sale del corazón. Eso nos conecta y nos hace parte del mundo. A esta compleja realidad la construimos, subjetividad de por medio, y le damos un esqueleto, su principal característica, que es ser realidad viva, en movimiento.
Una de las principales propuestas de esta obra es que no importa la religión de cada uno, que esta no puede ser nunca motivo ni pretexto para la discriminación. Somos todos parte de la misma especie; las razas no existen. Podemos convivir en paz más allá de las creencias religiosas, reconociendo la alteridad.
Este libro quisiera decir a las futuras generaciones que es posible vivir en paz.
La saga de aventuras que protagonizarán el fraile Guevara y el derviche Murad en El Tesoro Escondido presentarán en todo momento la posibilidad de un camino transitado en conjunto.
Memento Mori
CAPÍTULO 1 EL ELFO VERDE
Era una encantadora mañana del 27 de julio de 1710. En una cabaña en las afueras del poblado de Málaga, sobre la costa del mar Mediterráneo, habitaba una familia pequeña de dos integrantes: don Bernardo Segovia y su nieto, Rafael Segovia. Infortunadamente, los padres de Rafael habían fallecido en un naufragio cuando el niño tenía cinco años. Desde entonces, su abuelo, don Bernardo, se había hecho cargo del pequeño, cobijándolo en su hogar.
Rafael, que ya era un joven de dieciocho años, en la mañana del 27 de julio de 1710 estaba sentado sobre la arena blanca de la costa del mar Mediterráneo. Posaba sus ojos en el oleaje, como inerte, con el mentón encima de las rodillas, contemplando en silencio el ritual de las aguas danzantes. Este joven, como amante insatisfecho, imponía sinuosos trazos de saliva sobre la plana superficie de la arena. Esta parecía flirtearle portando en su infinita figura el pálido ornamento de caracoles fallecidos. Por aquellos días finales de julio, el joven Rafael y su abuelo, don Bernardo, llevaban en el rostro el tostado que de a poco les había maquillado el sol.
Débiles restos del oleaje besaron sus pies descalzaos, pero solo una flota de gaviotas que pasó ligera logró disuadir sus conciencias y quebrar el encanto de ese momento. Más allá, a unos pocos pasos, una botella consumaba movimientos breves, como los que puede producir cualquier boto, con sus amarras echadas sobre el muelle. Rafael, en un santiamén, recogió la botella y se dirigió hacia donde se encontraba su abuelo Bernardo; sus huellas se fueron dibujando de golpe, sinuosamente, hasta dar con la humilde pero confortante casa costera.
El viejo Bernardo en ese momento estaba terminando de aprontar dentro de un tonel algunas redes y líneas de pesca para peces de agua profunda. Su oficio en la actualidad era el de pescador. Bernardo advirtió que su nieto Rafael izaba en lo alto de su mano derecha un trozo de papel.
El viejo lobo de mar frunció el entrecejo y luego llevó una de sus callosas manos hacia la tupida barba grisácea bajo su labio superior. Entre dientes descansaba la pipa color caoba, aguardando lumbre para la combustión del tabaco. Rafael le entregó el trozo de papel a Bernardo. Este, al observarlo, se dio cuenta de que se trataba de una carta, acompañada por el dibujo de un mapa. Lo leyó rápidamente y supo casi espontáneamente que las rutas marítimas allí sentenciadas no se correspondían en forma alguna con las actuales, pero sí se ajustaban a los modelos de carta de navegación utilizados por los marineros de antaño, que navegaban los mares en los albores del sigo XVI. Sobre el dorso de aquel plano, un manojo de palabras imprecisas y un poco desordenadas despertó la curiosidad del joven y su abuelo. don Bernardo se dirigió al joven:
—¡Vamos! Rafael, léeme estas palabras que no tengo mis lentes a mano.
—Está bien, abuelo.
Rafael comenzó a leer las palabras de la parte superior del mapa.
10 de diciembre de 1540
Mi nombre es Miguel Ángel Treyes, mi rango es el de capitán, capitán de una embarcación. La ubicación donde me encuentro está dada en el mapa que dibujé en la parte inferior. El resto de la tripulación ha perecido en el naufragio. Una carga de cañón enemigo, creo que se trataba de un barco pirata portugués, ha interceptado el casco del buque en el buque llamado Santa María. La carga del cañón dio en la parte baja del lado estribor.
Dada la escasa visibilidad, ocasionada por un espeso banco de nieblas, me ha sido imposible eludir el curso de ese galeón. En un bote cargué dos de los muchos cofres colmados de piezas de oro y de piedras preciosas que habíamos conquistado de una ciudad del Nuevo Mundo. La ciudad era del imperio Azteca, su nombre es Tenochtitlan. Fue conquistada por don Hernán Cortés. El buque Santa María era una de las seis naves que regresaban del viaje de conquista de esta ciudad. Desconozco la suerte de las otras naves, puesto que, debido al bando de nieblas y al intenso combate de los cañones, me ha sido imposible distinguirlas u oírlas.
Como dije, la ubicación en donde me encuentro la describo en el siguiente mapa y doy por fiel palabra de entregar la mitad del tesoro a quien acuda a este pedido de auxilio. Coloco en una botella de jerez la suerte de este pobre marinero. Si esta carta no llegase a tiempo para que me rescaten con vida, dejo para el afortunado que encontrase este mapa la ubicación donde estará enterrado el tesoro.
Dios guarde al bienaventurado que encuentre esta carta muchos años de vida.
M. A. T.
El joven Rafael le había hecho entrega al viejo Bernardo del pedazo de papel. Bernardo, con gesto de intriga, añadió unas palabras:
—Rafael… ¡Estos papeles parecen antiguos de verdad! Dudo que se trate de alguna broma, así que por el momento no te preocupes, que me llevaré esta carta a mi biblioteca para estudiar el asunto por la noche, más detenidamente.
El joven Rafael le dijo a su abuelo:
—Parece que conoces mucho sobre este asunto de mapas antiguos, abuelo.
—Así es. En mi juventud fui marinero, cartógrafo; algo comprendo de mapas antiguos y asuntos de antaño. Pero esa es otra historia que algún día te contaré, ¿de acuerdo?
—Sí, abuelo.
—Pero, por el momento —continuó el viejo lobo de mar—, quiero que aprontes el bote. Mañana junto al alba saldremos de pesca. No te olvides de las redes, las hachas, las cuerdas y de todo lo que creas que será necesario y útil.
—De acuerdo, así lo haré —dijo el muchacho con un tono afirmativo.
Mientras Rafael se dirigía hacia la playa donde se encontraba la embarcación de pesca, su mente era dominada por muchas ideas sobre piratas, tesoros escondidos y otros sucesos fantásticos de la más variada índole. Por otro lado, el viejo lobo de mar se dirigía a su posada. No se trataba de una posada tradicional como la de cualquier pescador vulgar, sino más bien de una persona muy culta y amante de la escritura. La posada estaba construida sobre una base de piedra para que la humedad no la deteriorase con el tiempo.
La cabaña había sido construida al estilo de “el Lafting”, una forma tradicional de construcción que se utiliza por el norte de Europa. El Lafting es un tipo de construcción realizada con troncos de madera; consiste en cortar los troncos de madera y encajarlos unos con otros de manera horizontal para crear muros enormes y fuertes, resistentes a todo tipo de bravura climática.
Lo que muy pocas personas sabían de Bernardo era que el viejo lobo de mar era una persona culta realmente. Le fascinaba el mundo de las letras. Después de navegar, su gran pasión se concentraba en la lectura.
Cuando don Bernardo ingresó en la cabaña, se dirigió a su biblioteca. Podríamos decir que lo acompañó la buena suerte, puesto que muchos libros trataban sobre el tema de navegación.
La historia de la carta lo había entusiasmado bastante, pero, sin hacérselo saber a su nieto, mantuvo oculta su emoción por este asunto.
De hecho, dedicó casi toda la tarde y noche a recolectar la mayor cantidad de información posible sobre naufragios ocurridos durante los años 1500 d. C. al 1600 d. C.
Cuando el sol marcaba las 7:30 pm, juntó todos los libros que había recolectado de su biblioteca y los desplegó sobre el escritorio. También desplegó un mapa con la zona del naufragio y depositó en cada uno de sus extremos unas estatuillas de mármol con la figura de Poseidón. Las estatuillas tenían el tamaño que tiene el antebrazo de un ser humano. Poseidón, en la mitología griega, es el dios que representa al mar, al océano y a la cólera. En latín lo conocemos como Neptuno, pero siempre se trata del mismo dios. Por esta razón, todos los marineros y amantes del mar lo veneran y lo alaban. Y don Bernardo, como todo hombre ligado a las tareas del mar, tenía sus mitos y sus creencias con respecto a él, así que le rezaba a diario. Las estatuillas de mármol habían sido confeccionadas por el famoso escultor español Gregorio Fernández, quien se las había obsequiado al bisabuelo de don Bernardo, Francisco Segovia, íntimo amigo de Gregorio Fernández.
Bernardo tomó del cajón del escritorio una pluma y un cartómetro que depositó del lado izquierdo del mapa. Luego agarró su pipa de raíz de sauce y le echó fuego. Permaneció sentado sobre su sillón como las gaviotas sobre la arena. De pronto, se encontraba observando detalladamente todos los libros de los estantes que tenía en su biblioteca. Se detuvo justamente en el libro de Miguel Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte. Recogió el libro que estaba a su izquierda, un libro bordó con letras doradas que se titulaba Rutas cartográficas del Nuevo Mundo. Lo adjuntó con los otros libros que ya tenía arriba de su escritorio. Antes de buscar otro libro, pudo constatar que los grados de longitud y de latitud descritos en el mapa coincidían exactamente con los grados que el libro tenía. Esto lo alegró bastante, porque eso significaba que el mapa, geográficamente, era cien por ciento real.
La isla estaba ubicada a 22,5° de longitud oeste de Greenwich y 90° de latitud este. Hoy en día, a esa isla se la conoce con el nombre de isla Pérez, está ubicada en el golfo de México, pero en los años que esta historia ocurría todavía no había sido descubierta. Por lo pronto, don Bernardo había oído sobre los territorios más cercanos a la isla, los cuales sí habían sido descubiertos. Comprobó que la zona del naufragio descripta por el capitán M. A. T. era correctamente una ruta de navegación antigua que usaban las embarcaciones españolas de antaño para el trajino de mercancías valiosas desde el nuevo continente hacia el viejo continente.
Al terminar de leer el libro, tomó otro cuyo título era Combates marítimos entre España y Portugal. Pudo comprobar que, durante ese período, en las aguas del Nuevo Mundo, y sobre todo en esa zona, se libraron muchos combates por tesoros de los nuevos territorios conquistados. A don Bernardo esto lo llevó a pensar que todo encajaba perfectamente. Apoyó los dos libros sobre el mapa y sacó de la biblioteca un tercer libro, Las islas descubiertas hasta mil setecientos. Esta isla todavía no figuraba en el registro. Cerró suavemente el libro y lo dejó caer sobre los dos libros anteriores. Colocó su mirada fija sobre el alfanje exhibido en la pared, sobre la salamandra que daba de cara al escritorio.
Don Bernardo comenzó a reflexionar sobre la posibilidad, a su edad, de emprender una empresa de tamaña magnitud. También reflexionó sobre la posibilidad de conseguir un buque para cruzar todo ese enorme océano y llegar al otro lado del mundo. Esto sería lo más difícil, si conseguía el capital inicial para costar la expedición. Para este entonces, el día ya se estaba despidiendo y la noche se estaba haciendo presente. A don Bernardo lo invadían muchas ideas, como sobrevuelan los vientos del este por la costa del Atlántico. “¿Será cierto que un mensaje de auxilio puede permanecer dentro de una botella de jerez durante ciento setenta navidades y a la deriva del mar? ¿Puede ser que ninguna persona en estas ciento setenta navidades haya descubierto las islas y, aún más, no haya descubierto el tesoro? ¿No se estaría tratando de alguna trampa de algún galeón pirata? Para que presas fáciles se acerquen, y así puedan ser abordados…”.
La tarde se había ido y la noche era la reina del cielo. Como acompañante, el viento cantaba la dulce danza del frío. El viejo lobo de mar comenzó a oír pasos que provenían desde el exterior de la casa. En efecto, se trataba de su nieto Rafael, que apresuradamente ingresó a la cabaña y se dirigió hacia la biblioteca, pero antes depositó un manojo de leños contra la pared del living. Entró a conversar con su abuelo, luego cenaron y se fueron a descansar.
Amaneció el día 28 de julio, era una mañana muy agradable en la que la costa del Mediterráneo se estaba sintiendo un clima cálido y estupendo. Don Bernardo se dirigió a la costa a depositar unas redes llamadas “tramayos”, las cuales actúan de una manera muy simple. Se trata de una red larga, de aproximadamente diez metros. En sus extremidades, está compuesta de unos hierros, los cuales se clavan en la arena. De esta manera, la marea sola se encarga de depositar los peces en esa maraña de hilos que conforman una mortal red de pesca.
Bernardo se decidió por la pesca en red desde la costa, debido a que los planes del día, de realizar la pesca embarcada, habían cambiado. Las pescas del día la realizarían con el tramayo y desde la costa. Bernardo utilizaría ese tiempo para ir hasta el poblado de Málaga. Terminadas de depositar las redes en la costa, fue hasta la posada a despertar a su nieto Rafael. La posada estaba ubicada a unos cientos cincuenta metros del mar. Detrás de la cabaña se extendía una enorme superficie cubierta por una vegetación muy boscosa. Tanto Bernardo como Rafael eran amantes de la naturaleza y rara vez le hacían daño a la vegetación. El trato que tenían con la vegetación era casi el mismo que tenían con los humanos, un trato basado en el amor y el respeto. Toda persona que llegaba a conocer este lugar acababa fascinada, difícilmente se olvidaba ese bello paisaje.
La posada estaba compuesta por seis habitaciones, una cocina, un salón comedor, una biblioteca y tres dormitorios. La cocina tenía una mesada larga en la cual se fileteaban los peces, una cocina de hierro a leña y una estantería llena de vasijas de plata que eran utilizadas en ocasiones especiales. En los almuerzos cotidianos utilizaban vasijas de madera, como todos los pescadores. En el salón comedor se distinguía una mesa de madera de roble, de unos tres metros de largo, con tres sillas ubicadas en cada uno de sus laterales y una en cada uno de sus extremos. De cara mirando hacia la entrada del salón comedor se encontrada exhibido un tapete de tela tisú con el espléndido dibujo de un leopardo, el cual tenía en su rostro la expresión de dar la bienvenida a todas las personas que ingresaban en la casa. Don Bernardo había conseguido el tapete en uno de sus viajes como marinero, en un intercambio de mercaderías en el puerto de Londres. Terminaban de decorar el salón comedor dos sillas de un cuerpo, enfrentadas con una mesa redonda de por medio. En el centro del salón había una salamandra y algunos cuadros colgados. La biblioteca tenía escritorios de roble, un candelabro de plata, una pequeña chimenea y muchos libros de los más variados autores.
Las otras tres habitaciones eran todas de dimensiones iguales; una pertenecía a don Bernardo, otra, a Rafael, y había una tercera que siempre permanecía libre para los huéspedes. Don Bernardo despertó a su nieto y lo invitó a desayunar al salón comedor. Ya cuando los dos estaban sentados le contó las novedades con respecto al mapa y el plan que tenía en mente para el día que comenzaba. Rafael estaba desbordado de alegría por todo el asunto, pero era consciente de que él y su abuelo no estaban en condiciones económicas para emprender una expedición de semejante magnitud.
—Rafael, hablaré con algunos amigos que tengo en el pueblo y veremos cómo proceder; mientras tanto, cuida la cabaña y no olvides retirar las redes del mar antes de que caiga el sol.
—¡No te preocupes! —respondió el joven—. Me encargaré.
Don Bernardo se despidió y se dirigió hacia el establo; montó en la carreta y salió rumbo al pueblo. Mientras iba sentado en el pescante, guiaba a los dos caballos sobre un camino sinuoso que se perdía en el bosque. Esta vía salía a una carretera que llevaba directamente al poblado de Málaga.
Mientras Rafael desayunaba tenía la mente puesta en Ana.
Ana Jiménez era una muchacha de cabellos dorados como el sol. Tenía dieciocho años y era hija de un aristocrático personaje del pueblo de Málaga. El padre de la muchacha se llamaba don Marcos Jiménez y se oponía a que su hija estableciese cualquier tipo de relación con cualquier persona del pueblo, pues consideraba que nadie en Málaga tenía el dinero suficiente para casarse con ella. Rafael solía verla todos los domingos en la iglesia y ambos sentían una mutua atracción. Por lo tanto, el tema del tesoro lo ilusionaba con la posibilidad de poder hacerse acreedor de una muy buena suma de dinero y, de esta forma, poder casarse con Ana. Esa sería la única manera de tener el consentimiento de don Marcos.
Unas cuantas horas ya habían pasado desde la partida de don Bernardo, que se encontraba cabalgando en su carreta hacia el pueblo, y comenzó a divisar a lo lejos la posada El Elfo Verde.
Bernardo habitaba a cincuenta kilómetros de la ciudad de Málaga y la posada estaba ubicada aproximadamente a unos quince kilómetros de la ciudad, así que ya le quedaba poco viaje por recorrer a nuestro viejo lobo de mar. La posada El Elfo Verde era muy bonita. Diariamente era transitada por los viajeros que entraban y salían de la ciudad de Málaga. Los viajantes que querían llegar bien alimentados y saciados consumían los servicios de esta posada.
Al llegar a la puerta, Bernardo divisó amarrados unos seis caballos y un carro aguatero tirado por una yunta de bueyes marrones. En el carro aguatero había un joven fraccionando unos toneles con agua potable para beber.
El agua era extraída de un arroyo que corría por una serranía cercana. Don Bernardo descendió de la carreta y la amarró en el establo que estaba junto a la posada. Saludó a los dos hijos del posadero que se encontraban en el establo, Diego y Hernán Pérez. Luego se dirigió hacia la posada, caminando los treinta pasos que la separaban del establo. Sus tranquilos pies aplastaban el verde pasto bajo el sol que caía desde el espacio exterior, con el rocío depositado sobre sus espaldas todavía.
Mientras Bernardo hacía su ingreso, en un solo instante, se percató de las personas que allí se encontraban. Y el detalle fue el siguiente: en una mesa observó que había tres pescadores bebiendo y sonriendo. Estaban bebiendo vino y dando grandes carcajadas. En otra, dos hombres, con ropas elegantes y modales más finos. Bebían cerveza y conversaban, pareciera que se trataba de dos comerciantes. En el fondo del salón comedor había un solo hombre sentado. Se encontraba en la parte más oscura del salón comedor, allí donde a la luz solar no le estaba permitido ingresar. Este misterioso hombre tenía una jarra de agua y un costillar de carne vacuna servidos sobre la mesa, junto a un enorme trozo de pan. Terminaban de complementar el salón comedor de la posada unas diez mesas más, todas vacías, pero prolijamente ordenadas.
Lo más atractivo de la posada El Elfo Verde era la pintura que vivamente sobresalía desde el fondo del salón, justo detrás de donde se encontraba sentado nuestro solitario hombre. La pintura era una representación de la última cena de Jesús, muy bien pintada. El dueño de la posada, Joaquín Pérez, era un amante de las pinturas, pero no de todas, sino de aquellas temáticas sobre paisajes bíblicos. Bernardo, al ingresar a la posada, saludó a Joaquín, pues ya hacía tiempo que se trataban. El posadero cariñosamente saludó a Bernardo y brevemente comenzaron a dialogar sobre un tema en particular como lo era la cantidad de personas que estaban merodeando últimamente por los caminos de la zona. Finalizada la conversación, miraron a todos los comensales y el tabernero se fue hasta la cocina. Bernardo concluyó, así, la conversación con el tabernero Joaquín, y se dirigió a saludar al resto de las personas que se encontraban dentro del salón.
—¡Buen día a todos los presentes! —dijo Bernardo.
—¡Buen día! —respondieron todos, a excepción del comensal del fondo, que finalmente saludó.
—¡Sí! Buen día —contestó el solitario—. Mi viejo amigo, don Bernardo, venga, hombre, ¿que ya no me reconoces?
En efecto, Bernardo se quedó unos instantes observándolo y lo reconoció. Se trataba de su amigo moro, el derviche Murad Shami. Don Bernardo se dirigió hacia la mesa y le estrechó un fuerte abrazo a su amigo moro, dado que hacía un año que no lo veía, pues el moro había estado enfermo de malaria por las costas del norte de África. Gracias al Todopoderoso, ya se había recuperado y no le habían quedado secuelas, más que algunas terribles pesadillas por las noches.
El viejo lobo de mar se acercó, tomó asiento y le pidió a Joaquín que les sirviese una jarra de cerveza, un poco de pollo asado y algunas batatas. El derviche y Bernardo se quedaron conversando sobre sus temas y asuntos personales por un buen momento, hasta que Joaquín, el pasadero, los interrumpió. Traía el almuerzo del viejo lobo de mar. Bernardo comenzó a engullir y el derviche continuó arrasando con todos los alimentos depositados sobre su plato. Quedaba comprobado que tanto moros como cristianos comían y se alimentaban como respuesta ante el mismo síntoma, el hambre. Al fin y al cabo, alimentarse es uno de los placeres más bellos de esta vida.
Ambos se tomaron un intervalo para llegar y saciar ese maravilloso órgano humano, el estómago. Luego de que los dos amigos estuvieron llenos, porque el hambre había desaparecido, al menos por el momento, el posadero se hizo presente y retiró los platos, limpió la mesa y se retiró.
Don Bernardo le contó a Murad Shami el asunto por el cual se estaba dirigiendo al pueblo. Al derviche le interesó el asunto del tesoro, más precisamente no el tesoro material, sino el tema del tesoro mismo, por la aventura que representaba. Pues los derviches son personas nómadas que acostumbran a viajar por todos los rincones del mundo transmitiendo su sabiduría. Por lo general, recorren el mundo musulmán. Pero este era un derviche aventurero. El tema del tesoro le agradó a Murad Shami, porque podría compartir muy buenas historias junto a su amigo Bernardo, al cual hacía bastante tiempo que no veía. Así que Murad aceptó participar de la expedición. Luego de contarle en voz muy baja el asunto del tesoro, Bernardo se dirigió hacia Murad Shami.
—Pero, dime, Murad… ¿Qué estabas haciendo aquí?
—Justamente estaba pensando en almorzar algo para luego partir hacia tu cabaña. Es una coincidencia increíble, ¿no crees tú?
—¡Los dados del destino cayeron para el mismo lado, Shami! —dijo don Bernardo con una pícara sonrisa, tocándole la oreja.
Terminado el almuerzo y el diálogo, se despidieron del posadero Joaquín. Pagaron su almuerzo, luego se fueron cabalgando hasta el pueblo de Málaga. El derviche acompañó a Bernardo hasta allí.
Mientras cabalgaban, el derviche le hizo saber a Bernardo que conocía a un reconocido comerciante, perteneciente a la alta aristocracia de Málaga, que tal vez les podría brindar ayuda con la organización de la expedición.
—¿Crees que este comerciante esté dispuesto a brindarnos su ayuda? —preguntó descreído el viejo lobo de mar.
—Sí, Bernardo. Me debe algunos favores menores desde hace algunos años, y, por otro lado, sabe que soy una persona de fiar. De esta forma, creo que no tendrá ninguna objeción para brindarnos su ayuda. Es el momento oportuno para que me devuelva esos favores. No te preocupes por el dinero, que a esta persona no le hace falta, pues ya tiene bastante. En el peor de los casos, si tiene un ataque de codicia, nos rentará una embarcación a cambio de una determinada suma de dinero. En cuanto a si es de fiar o no, en un simple razonamiento te diría que es de fiar, pero también me vienen a la mente unas palabras que señalan que “no en todas las personas se puede uno fiar, porque en las profundidades de la mente humana se encuentra el camino hacia el reino de la maldad”.
—¡Sí! Son muy sabías tus palabras, Murad… la influencia de lo material en la mente humana… son combinaciones que nunca se sabe con certeza qué pueden llegar a provocar —concluyó Bernardo.
Era un importante comerciante de la ciudad; no se trataba de un simple comerciante, sino de un codicioso prestamista usurero, el cual poseía a su disposición dos galeones y otras seis embarcaciones menores, con las cuales realizaba viajes y negocios de distinta índole por todo el mar Mediterráneo, principalmente, aunque en ocasiones llegaba hasta el puerto de Londres. Pero la actividad económica principal de Cirilo Villaverde era el acarreo de mercancías desde los puertos de toda la costa Mediterránea hasta la zona costera del puerto de Málaga como principal puerto. Luego de acabar la conversación, los dos compañeros siguieron cabalgando en silencio. Murad Shami cabalgaba en su corcel negro, a su lado don Bernardo lo acompañaba en su carreta, la cual iba bastante ligera de peso.
CAPÍTULO 2 LOS PREPARATIVOS INICIALES
Al llegar, se encontraron cabalgando por las calles de la ciudad, las cuales era angostas y empedradas. Se dirigían hacia la casa de Cirilo Villaverde cuando se percataron de que pasaban por el frente de la Iglesia del Císter. Esta era muy bella, la cubría una capa de escultura barroca.
En todo su entorno había estatuas de los santos. La Iglesia del Císter, más que una iglesia, es una obra de arte que uno podría pasar horas observando.
Los dos amigos se detuvieron un momento para observarla; luego continuaron cabalgando hacia la casa de Cirilo Villaverde, quien vivía a tan solo algunas calles de esta iglesia.
Gracias a estos negocios marítimos, el señor Villaverde había amasado una fortuna. Dentro del mundo de los negocios de Málaga era una persona respetable e importante. Cirilo Villaverde era un hombre caucásico de unos cincuenta años aproximadamente, un metro setenta de estatura, una panza pronunciada y una cabeza calva.
Al llegar a la casa de Villaverde, los caballos fueron llevados hasta el establo y el mayordomo los hizo pasar. Los acompañó hasta el salón principal y les comunicó que en breve los atendería el señor Villaverde. Ahí los hicieron esperar un momento. Mientras tanto, pudieron observar que el comerciante tenía un muy buen gusto por la decoración y el arte.
Luego de unos instantes, se abrió una puerta del salón e ingresó Cirilo. Con una gran emoción, se dirigió hacia el derviche y le dio una cálida bienvenida.
—¡Buen día, Murad! —dijo Cirilo con emoción; con emoción de comerciante, al fin y al cabo—. Qué grata sorpresa verte por estos pagos. Veo que, a pesar de las estaciones que van pasando, unas tras otras, siempre te conservas igual.
—Igual de grato es el encuentro para mí, Cirilo —continuó platicando el derviche—, y la clave con respecto a la conservación del físico humano es no beber alcohol.
Y los tres hombres comenzaron a reír; el derviche presentó a don Bernardo y se dirigieron hacia la biblioteca. Ya dentro de esta, los tres tomaron asiento. El mayordomo les acercó una jarra con agua bien fresca y sabrosa.
Luego, el derviche le contó sobre el tema del tesoro, el cual era el verdadero motivo de la visita. El señor Villaverde se detuvo un instante pensando si le brindaría apoyo, o no, y después de reflexionar dijo que no tendría ningún problema en darles una de sus embarcaciones, pero que el préstamo de la embarcación tenía un precio. Ese precio sería que, a cambio, le darían un cuarto del tesoro que se encontrase, y si, por algún motivo, la expedición fracasase, o si la embarcación naufragase, ellos no contraerían ninguna deuda. Pero sus favores con Murad Shami quedarían cancelados, así que ya no le debería nada al derviche.
Tanto don Bernardo como el derviche no tuvieron ningún problema en aceptar esos términos, puesto que si los datos de Treyes eran correctos había suficientes riquezas para todos. Hasta para pagar los gastos del trajino del tesoro y un resto para la devolución a la Corona.
Luego estuvieron conversando sobre algunas cuestiones menores del viaje, como el abastecimiento de las provisiones, la tripulación y qué tipo de embarcación les convendría utilizar.
Sobre la embarcación, Cirilo dijo que, en su opinión, les convendría utilizar la goleta Santísima Trinidad, debido a que era una de las últimas embarcaciones que Cirilo había incorporado a su flota. Esta embarcación tenía algunas cualidades a favor, como que podía navegarse con pocos tripulantes. Además, por dimensiones, era más rápida que un galeón, en el caso de que tuvieran que escapar deprisa de algún buque pirata.
Dispusieron que la fecha de partida sería exactamente dentro de una semana, el 4 de agosto. Decidieron, asimismo, que el verdadero motivo del viaje tendría que mantenerse en secreto, pues, si no, correrían el riesgo de que esa información llegara a manos de algún buque pirata.
A los curiosos que quisieran saber el porqué del viaje, les dirían que sería para traer especias desde el Nuevo Mundo. También se repartieron algunas tareas para realizar una organización exitosa de la expedición. Don Bernardo se encargaría de traer dos tripulantes para la expedición, el derviche, otros tres, y el resto de la tripulación la conseguiría Cirilo Villaverde. Para ultimar los detalles de la partida, se encontrarían en la goleta dentro de cinco días. Así que, ya acordados estos detalles, Cirilo los acompañó hasta la puerta de su casa y luego se despidieron. Murad Shami y Bernardo se fueron cabalgando lentamente rumbo al mercado, que estaba a un costado de la plaza central. Entonces el moro le dijo a su amigo:
—¿Sabes, amigo Bernardo? Somos muy dichosos de poder compartir juntos un viaje de estas características, pues nos traerá muchas aventuras y no hay cosa más linda en la vida que compartir aventuras con amigos.
—Sí, Murad, tienes razón, se manifiesta en mi mente ese dicho popular que dice: “la amistad es más fuerte que la muerte, y ni la tumba puede destrozarla” —concluyó Bernardo.
—¡Eruditas son tus palabras, sabio pescador! —dijo Murad con alegría.
Luego de estas emotivas palabras, continuaron cabalgando. Al cabo de unas diez cuadras, se disgregaron; el derviche se dirigió a terminar unos asuntos personales y don Bernardo regresó rumbo a su tranquila cabaña. En el viaje de regreso a su cabaña, se le aconteció una brillante idea.
Le propondría al posadero Joaquín que su hijo, Hernán, los acompañara en el viaje. Los hijos del posadero ya estaban en la edad de plena juventud. Diego Pérez era el hijo menor de tan solo veintitrés años, y Hernán Pérez era el mayor con veintiocho. Para esa época, a los veintiocho años se era todo un hombre.
Don Bernardo tenía pensado contratar los servicios de estos dos muchachos. Hernán, el mayor, iría en la embarcación de ellos, y Diego, durante todo el tiempo que durase la travesía, se quedaría cuidando la cabaña costera de don Bernardo. De esta manera, la cabaña permanecería segura siempre. La aventura de cruzar el océano hacia el Nuevo Mundo duraría al menos tres lunas para llegar hasta allí y otras tres de regreso.
Bernardo cabalgó unas tres horas hasta llegar a la posada El Elfo Verde. Joaquín, el posadero, no tendría ningún problema con que sus hijos ayudaran en la expedición de don Bernardo, pues confiaba muchísimo en él.
Bernardo tenía pensado ofrecerle, por trabajar en esta expedición, una muy buena paga, para nada despreciable. Le daría unas veinte monedas de oro a cada uno de los muchachos.
Al llegar a la posada, conversó con Joaquín y le explicó detalladamente todo el plan al posadero (a excepción del verdadero motivo del viaje). Añadió todos los detalles con respecto al cuidado de la cabaña que debería tomar su hijo Diego Pérez y otros pormenores.
Acordó con el posadero que en cinco días pasaría a buscar al joven Hernán para que, juntos, se dirigiesen rumbo a la embarcación Santísima Trinidad. Luego terminaron de ultimar algunos detalles menores sobre las cosas que el joven debería llevar. Bernardo se despidió. De esta manera, continuó rumbo a su cabaña. El tema de la paga con respecto a los jóvenes no le preocupaba demasiado, puesto que en sus alrededores tenía enterradas, en un lugar secreto, cuarenta y nueve monedas de oro. Las había obtenido como pago en sus diversos viajes, realizados cuando navegaba como cartógrafo. Así que, encontrasen el tesoro o no, a Bernardo le daba igual, porque no contraería ninguna deuda con los dos jóvenes.
Mientras marchaba cabalgando, Bernardo se percató de que en la posada El Elfo Verde simplemente se había detenido un breve instante, pues, interiormente, la ansiedad que tenía sobre el asunto del tesoro era grande. Estaba aumentando a cada momento que pasaba, aunque por fuera él se mostrase tranquilo.
Cuando miró al cielo, este se encontraba todo de un color gris oscuro, como el color de un corazón sufriendo por amor.
El viento reposaba soplando del sector sureste en todos los sectores costeros, esto significa sudestada. Bernardo pudo constatar que a los lejos se avecinaba una gran tormenta, así que apuró el paso para llegar rápido a su hogar.
Ya llegando a su cabaña, observó que Rafael regresaba de recoger las redes del mar. Este se acercó hasta el establo, donde Bernardo estacionó la carreta. En el camino que unía el establo con la cabaña, Rafael le dijo a su abuelo:
—¡Abuelo! Qué suerte que regresaste, puesto que se está acercando una tormenta y ya estaba comenzando a preocuparme. Pero, antes de conversar de cualquier asunto, cuéntame qué hay de nuevo sobre el asunto del tesoro —concluyó, entusiasmado, el joven.
—De acuerdo, Rafa, pero te contaré dentro de la cabaña. Porque tengo el presentimiento de que Zeus se encuentra de nuestro lado —concluyó Bernardo. Al terminar de decir esto, proyectó con su sonido una enorme carcajada, mientras que, en el rostro de Rafael, podía verse, en la mirada, la expresión de una gran esperanza.
Cuando ingresaban a la cabaña, comenzaron a escuchar los sonidos que provenían desde lejos. No era otro que el sonido de las olas, las cuales colisionaban contra la arena costera. Las olas parecían dados que eran tirados por algún dios para marcar el destino de algún hombre. En combinación con las olas, los sonidos del bosque eran sonidos de felicidad. Los árboles agrestes cercanos a las cabañas daban el agasajo a la refrescante sudestada, la cual brindaría un poco de agua fresca para los bellos árboles. Por su parte, a todo esto, el derviche se dirigió hacia la casa en donde se encontraba hospedado, un hogar de origen árabe. Siempre con mucho gusto, aceptaban que Murad Shami se hospedara ahí porque les encantaban sus pláticas. A su vez, el derviche se sentía muy cómodo con esta familia, porque estos integrantes tan bonitos poseían un alma maravillosa y carente de codicia y ambiciones. Pero, antes de llegar, pasó por un mercado. Allí vio a un joven de aproximadamente unos veinticinco años con un cuerpo bastante imponente y con músculos bien marcados. Este muchacho se hallaba levantando unas bolsas de batatas que estaba trasladando de un sitio hacia otro.
El derviche juzgó que este muchacho sería convenientemente útil para la expedición, entonces se dijo a sí mismo: “Veré si puedo persuadirlo para que nos acompañe”. Murad se detuvo delante de él.
—¡Oye, muchacho! ¿Te puedo interrumpir un momento?
En ese instante, el muchacho lo contempló y, lentamente, acabó de depositar la bolsa de batatas que tenía cargada sobre su hombro. Accedió a entablar una conversación con este hombre de aspecto morisco.
—Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarlo? — manifestó el joven.
—¡Disculpe la interrupción! —dijo Murad—. No es mi intención molestarlo, pero le seré breve. En siete días salgo en una expedición rumbo al Nuevo Mundo, y, por el motivo de que me están faltando algunos integrantes para completar la nómina de tripulantes, quisiera saber si a usted no le gustaría acompañarnos. La paga será buena y, si usted gusta, se la puedo dar antes de zarpar. ¿Qué opina?
—¡Pero, moro! ¡Mi conocimiento con respecto a la navegación es muy pobre! —exclamó el muchacho.
—¡No te preocupes por ese asunto! —respondió el moro—. Habrá suficientes marineros con muchos conocimientos sobre la navegación y el mar. Pero, también, aparte de los conocimientos, necesitamos personas con fuerzas para poder izar las velas y realizar otras tareas menores.
—¡De acuerdo! Si, a pesar de no tener experiencia en el mar, igualmente le soy útil, acepto. Y, con respecto a la paga anticipada, con mucho agrado, preferiría que me paguéis anticipado. Pues vivo con mi madre, y en tal caso me veo con la obligación de alimentarla, pues la amo con toda mi vida, entonces, de esta forma, en el caso de que la embarcación naufragase, mi madre tendría dinero para alimentarse, al menos por un tiempo. Y yo podré descansar en paz, pues ella no tendrá la necesidad de trabajar o, peor aún, acostarse con algún hombre por dinero. Si llegase a ser por placer, que lo haga tranquila y con gusto —al concluir sus palabras, se lanzó a reír.
Murad Shami sonrió del mismo modo y asintió con la cabeza.
—¡Razón tienes, muchacho! Y no hace falta que te inquietes por la paga, que la tendrás antes de levar anclas. Preséntate dentro de cinco días en el puerto, en la embarcación Santísima Trinidad, te daré la paga anticipada. Así, de esta forma, se la podrás dejar a tu madre y viajar tranquilamente.
—¡De acuerdo! Ahí nos veremos en cinco días —dijo el joven—. Y, con respecto a la paga, confío en usted, pues tiene un aire de honestidad que envuelve su cuerpo, y eso me da confianza, ya que es muy fácil proclamar algo verbalmente, pero muy difícil convertirlo en una realidad… y en su rostro, señor, veo el aura que usted tiene. Es verdaderamente trasparente y pura —dijo el joven.
—¡Sabias son tus palabras, joven! —dijo el moro—. Veo que durante el viaje tendremos muchos temas de qué conversar, pero disculpa mi descortesía, ¿cómo te llamas?
—¡Discúlpeme usted a mí! Nunca le dije mi nombre, mi nombre es Diego de Mora —se presentó el muchacho—, y es un placer haberlo conocido, dado que, hoy en día, es muy difícil toparse con personas como usted.
—¡Así es! Lo bueno cuesta encontrarlo — dijo el moro—. Pero disculpa mi desatención, no te he dicho mi nombre. Mi nombre es Murad Shami, soy un moro errante y me caracterizo por ser un moro amante de las aventuras.
—¡Entonces la pasaremos bien! Puesto que yo no sé nada sobre navegación, pero sí tengo otros dones —dijo Diego de Mora—, como distinguir el canto de los pájaros y cocinar carne de ciervo, y algunos otros más, pero no puedo perder más tiempo, debo terminar con las tareas que me han sido encomendadas.
—¡Sí! Es verdad, ya te he demorado una considerable cantidad de tiempo, así que me despido —dijo Murad Shami—. Pero, recuerda, nos veremos en cinco días en la embarcación Santísima Trinidad.
—Ahí estaré —dijo Diego de Mora.
Y, diciendo estas palabras, se despidieron. Diego se dirigió hacia el sector donde lo esperaban muchas bolsas de batatas, y, al mismo tiempo, el derviche siguió su marcha hacia la casa en la cual se estaba alojando.
En el trayecto entre el mercado y su casa, pasó por el centro de Málaga. Mientras tanto, comenzaba a oscurecer. Ya faltaba poco tiempo para que la luna y el concierto de estrellas, con los cometas como invitados, hicieran su aparición en el escenario del cielo. Así concluyó ese día.
Ya habrían transcurrido cinco días cuando amaneció el 2 de agosto de 1710. Un banco de espesa niebla cubría todo el puerto. La goleta Santísima Trinidad se encontraba en la dársena menos transitada del puerto de Málaga. La postal de esa goleta en el embarcadero era tan bella como lo es la imagen de un cisne descansando sobre el agua de una laguna azul con flores de loto a su alrededor. La goleta se encontraba con todos los preparativos listos, solo faltaban algunos detalles menores. Varios integrantes de la tripulación ya estaban sobre la cubierta de la embarcación, como el capitán Stotebecker y algunos tripulantes más: Hernán Pérez, Francisco Varallo, Juan L. Valiente, Natalio Pescia y Roble Juncal. En la cocina de la embarcación estaban las dos cocineras junto al derviche y al viejo lobo de mar. El capitán tenía estatura mediana, era nervudo y fuerte, poseía rasgos aquilinos y su rostro tenía siempre la impresión de que a nada le temía. Era oriundo del noreste de Germania. Cuando era niño, sus padres, que tenían una muy buena posición económica, lo habían enviado a perfeccionar sus estudios al real colegio naval de Portsmouth, en Inglaterra. Esta escuela naval era destacada porque dentro de su establecimiento se brindaba la mejor educación posible en matemáticas, geometría, mecánica, esgrima e idiomas.
Describiré algunos rasgos de los otros marineros. Roble Juncal: este marino poseía dientes de conejo y unos cabellos negros holgados. El marinero Juan Lápiz Valiente era de una estatura aproximada de un metro noventa, pelo escaso, nuez prominente, figura musculosa y fuerte carácter. En su tiempo libre le fascinaba dibujar. Siempre, en sus viajes de ultramar, llevaba consigo un gran libro con páginas en blanco para completar con dibujos que él mismo realizaba. El muchacho Pérez era una persona muy sencilla y, como buen hombre de campo, era demasiado tranquilo, le gustaba tanto la caza como la pesca. En cuanto a las cocineras, Guadalupe Salguero tenía 24 años, pelo largo y hasta la cintura. La cocinera Victoria Vicvapuru tenía unos veinte años recién cumplidos, cabello lacio y de color castaño, el cual le llegaba hasta los hombros. En su tiempo libre, la lectura la entretenía. En la cubierta de la goleta platicaban Juan L. Valiente, Roble Juncal, Hernán Pérez, Rafael y el capitán Stotebecker. En la cocina de la embarcación se encontraban conversando las dos cocineras con el viejo lobo de mar y el derviche. Bernardo supervisaba que todas las provisiones estuvieran completas y que no faltara nada. La duración del viaje sería de aproximadamente unos noventa días, así que tendrían que estar bien provistos de todas las materias primas para tener una adecuada alimentación, pues en altamar solamente se abastecerían de peces para sustentarse y de agua de lluvia para beber. Pero, como pudo constatar Bernardo, en la bodega de la goleta estaban bien provistos de unos veinte toneles de vinos, otros treinta de agua potable, dos de jerez y uno de ron. Junto a estas provisiones había otros tantos barriles con cereales bien variados, como cebada, trigo y maíz. Completaban el cargamento otros dos barriles llenos de tabaco. El cargamento más curioso era el del derviche, quien se había provisto de un barril lleno de hierba para fumar similar al tabaco, pero con un sabor mucho más sabroso. Sus efectos eran más risueños que el tabaco. Esta hierba provenía de unas regiones lejanas e inhóspitas, a las cuales solo los viajeros más aventureros podían llegar. Haciendo estas cuestiones estuvieron toda la mañana. Ya pasadas algunas horas, Murad Shami miró por la escotilla que estaba en la cocina. Vio que el sol no producía ningún tipo de sombra, así que dedujo que serían las doce del mediodía. Entonces Murad se dirigió hacia su amigo Bernardo:
—¡Bernardo! Casi me olvidaba de un detalle… todavía me falta conseguir dos tripulantes para la expedición, pues el otro día, cuando salimos de la casa del señor Villaverde, conocí a un joven muy interesante, su nombre era Diego de Mora. Este muchacho es uno de los tripulantes para la expedición, pero se me ha olvidado conseguir a los otros dos tripulantes.
—¡No te preocupes, Murad! —sentenció Bernardo.
Después de unos segundos, el derviche miró a Guadalupe y le dijo:
—¿Sabes de alguien que quiera emprender este viaje junto a nosotros?
—¡Sí, señor Murad! —dijo la cocinera con muy bonitas facciones—. Yo conozco a una muy buena persona, quien ya se ha embarcado en varias oportunidades y, para bien de todos, es fraile.
—¡Fraile! —exclamó Bernardo—. Eso es estupendo, así tendremos conversaciones muy interesantes durante el tiempo que dura esta travesía. Mientras Bernardo hablaba, Murad observaba a la cocinera Victoria. Era hermosa. Para los ojos de Murad, se trataba de una auténtica princesa del mar. Bernardo se percató de esto y, en tono gracioso, le dijo al derviche:
—¡Murad! Ten presente siempre que un gesto o una expresión facial pueden revelar más que cien palabras —y esbozó una sonrisa.
—¡Es verdad! —respondió Murad Shami, asintiendo con la cabeza en gesto afirmativo y con aspecto gracioso—. ¡Discúlpame, Bernardo! Y razón tienes, pero sigamos con el tema del fraile. Sería agradable contratar a esa persona para esta expedición. ¿Dónde puedo encontrar a ese fraile? ¿Cuál es su nombre? ¿Y tú crees que estaría interesado en embarcarse con nosotros?
—Con respecto a si estaría o no interesado —respondió Guadalupe—, le digo, señor Murad, que hace unos días me lo crucé en la plaza que se encuentra enfrente de la Iglesia del Císter y me hizo saber que estaba con ganas de embarcarse. Su nombre es Bartolomé de Guevara, y, por la hora que es, debe de encontrarse almorzando en la taberna El cofre con patas. Está ubicada a dos calles de la Iglesia del Císter, en dirección norte.
—¡Muchas gracias, Guadalupe! —dijo Murad—. Entonces, Bernardo, me iré a toda prisa hacia la taberna para ver si doy con ese fraile. Pues creo que tienes razón, es ventajoso tener un fraile en la embarcación, no faltará ocasión de que la tripulación necesite que le levanten el ánimo. Y ahí nos será más que útil este fraile.
—¡Sí, Murad! —dijo Bernardo—. No solo les levantará el ánimo, sino además que los ayudará a pescar…
Al decir estas palabras, las dos cocineras y el derviche se echaron a reír.
—¡No veo lo gracioso de las palabras que dije! —añadió don Bernardo, mientras él también se echaba a reír.
Luego, el derviche se despidió de todos los presentes, en especial de la cocinera Victoria Vicvapuru. Acto continuo, se dirigió hacia la cubierta. Ya estando allí, observó que el capitán Stotebecker mantenía una interesante conversación con el resto de la tripulación sobre las distintas actividades que tendría que realizar en altamar. Como dije, entre los tripulantes se encontraban Juncal, Rafael, H. Pérez y Juan Lápiz Valiente. El capitán Stotebecker era famoso por el buen léxico y la excelente manera en la que se expresaba. La buena comunicación que mantenía con el resto de la tripulación se lograba a través de la imposición de una conducta correcta y la transmisión constante de información.
Personas así, cuando se juntan con mentes débiles e ignorantes, suelen ser peligrosas, pues mentes dañinas y perversas pueden acarrear a los seres humanos a realizar ciertas actitudes siniestras.
El derviche, con unos movimientos de manos, saludó a los tripulantes que se encontraban en la proa y descendió del barco. Ya en la calle se dirigió hacia la taberna El cofre con patas. Mientras tanto, sobre la goleta soplaba viento constante y de estribor.
Por su parte, Bernardo, Victoria y Guadalupe se quedaron controlando que en la bodega todos los granos estuvieran debidamente estibados, pues siempre que se llevan cargas parciales de alimentos hay que tomar todas las medidas de seguridad disponibles para, de esta forma, evitar los corrimientos de las mercaderías en altamar, los cuales pueden ser muy peligrosos hasta el punto de hundir la embarcación. Solamente aquellas personas que han vivido una violenta tormenta en altamar pueden dar fe de la tremenda fuerza y lo peligroso que llegan a resultar los objetos sueltos en el navío.
Debido a esto, los barriles con cereales fueron sellados con las tapas de maderas colocadas a presión y con fuertes puntales que se apoyaron en el techo de la bodega. Una bodega de una embarcación que tenga la estiba bien hecha no correrá peligro de naufragio, porque estiba mal hecha, en las inclinaciones habituales de altamar, tendría como efecto, como ya dije, que, si gira tanto a estribor como a babor, la carga también se desplaza e inclina la embarcación. Con esto, la nave comenzaría a inundarse y en poco tiempo zobraría.
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