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OSTRACIA

Teresa Moure

OSTRACIA

Teresa Moure

PARTE I: LA PERSUASIÓN 1

La última vez que nos acostamos, en el momento mismo en que él me penetraba, percibí por fin en su mirada cuánto me odiaba. Estaba encima de mí, con los ojos orientados hacia mi boca, evitando los míos. Aun presumiendo que no le gustaba mucho esa posición, la convencional del misionero, había insistido en pedírsela. Siempre me ha encantado levantar las piernas; no solo para el amor. Mis amistades saben que habitualmente hago las posturas complicadas del yoga –la vela, que consiste en mantenerse tiesa como un palo, patas arriba, y el arado, en una flexión fuerte sobre el cuello que deja el cuerpo en arco– siempre que las circunstancias me lo permiten. Las hago en la playa o en la hierba como una exhibición de flexibilidad. La flexibilidad es mi fortaleza. En la política y en la cama. Aunque podría haber accedido, no estaba atada. Pero mantenía voluntariamente las manos sobre la cabeza, tal y como él me había indicado que debía hacer: sin trastocar su estabilidad. Estirada de manos y pies, el cuerpo es materia entregada. Al placer. A él. Mientras pujaba rítmicamente, con ese sentido de la melodía que me hace estremecer, fue colocándose sobre un costado, y me fue volteando con él. Se mantenía, sin embargo, ligeramente separado de mí. Me observaba atento. Apenas abría yo los ojos −cuando podía− para advertir en los suyos la indiferencia de un científico que atendiese al comportamiento de una criatura en la cama.

Las biografías de Spinoza insisten en que al filósofo le gustaba observar, en las horas de descanso de su trabajo de pulidor de lentes, cómo se comportaban las arañas. Tiraba una mosca a alguna telaraña en una esquina de su habitación y estudiaba los movimientos de la víctima y de la depredadora. Esa escena brutal, donde los personajes se lo jugaban todo, causaba en el filósofo una carcajada descreída. Podría llamarlo a él en estas páginas Spinoza, aunque su pesimismo radical, libre de los significados firmes e inmutables que adoro, fuese más del estilo de Schopenhauer. Sí, prefiero Schopenhauer como nombre posible. Schopenhauer, Schope, Sch en la versión más breve, casi una onomatopeya que transmite elocuentemente la clandestinidad de nuestra relación, tan incomprensible para el mundo como para nosotros mismos. Sch, el silencio. Sc, o simplemente S., él. La pasión que me había aprisionado tanto tiempo en una zozobra inexplicable se jugaba el futuro en aquella partida, igual que en las luchas entre moscas y arañas. Podía haber llegado a término. O podía evolucionar y volverse otra cosa diferente. Lo único que no cabía era la continuidad; se veía en esa mirada suya que decididamente me hurtaba. Porque yo tenía la voluntad anulada: no era quien decidía. Yo, que parecía el espectáculo, era en realidad la espectadora. Él, que parecía el observador, tenía el reglamento en las manos. No cabía siquiera la posibilidad de existir un nosotros, puesto que él gobernaba. Habló:

−Me pregunto qué puede darte tanto placer.

Contesté algo, falso como casi todo lo que digo cuando me siento atacada. Callé la verdad porque con él practico un deporte en que no soy hábil: el silencio defensivo. Continuó durante muchos minutos aún, pujando con su ritmo de marea; un observador que mueve fatigado un abanico para avivar el fuego de la chimenea, así de entregado estaba. Mis orgasmos a veces me avergüenzan. No es fácil de contar. Nadie en su sano juicio preferiría ser frígida, está claro. Pero en aquel momento me gustaría que no fuesen tan notorios, tan intensos y, sobre todo, tantos. Me gustaría poder decir “¡no!”: levantarme bien digna y marchar por haber recibido una pregunta que trasparentaba su displicencia. Pero yo era solo una araña avergonzada por el estudioso S., que me encontraba demasiado excitada. Excesivamente araña.

−No hay más que verte para intuir que debes de ser muy promiscua.

Ni una palabra salió de mi boca. Solo me acuesto con él, pero no presumo de mi fidelidad; simplemente soy obsesiva. La intimidad es más fuerte así, con una entrega total y me entusiasman todas las formas de intensidad; la intimidad en particular. Estaba castigándome porque sabía que me duelen los rumores que acompañan la vida de las mujeres, incluso sabiendo que no deberían importarme. Me instalé, pues, en aquel silencio defensivo. Se quejó entonces de haber bebido demasiado aquella noche. Sonreí. Si no bebiese, no estaríamos allí. Recordé mis lecturas de los últimos tiempos que invitaban al valor, a las ganas de recrearnos en lo que no se espera de nosotras, las buenas mujeres. Pero nació de mí, como siempre, la dulzura. La dulzura me invade y aconseja que me reprima; no quiero que piense que preciso algo distinto de él. Me satisface él. Absolutamente.

–No tenías que haberme hecho beber tanto.

Dijo así, pero era él quien había encargado el vino, quien había insistido en pasar por un par de locales donde todos nos seguían a medida que la noche se consumía, a medida que la noche anunciaba lo que vendría después. Yo apenas había bebido una cerveza. Siempre soy comedida, calculadora, sobria. El autocontrol, la disciplina hacen parte natural de mí; me liberan de toda esclavitud. Soy decididamente leninista. Por eso siempre limito con toda moderación la comida y la bebida, igual que me niego en redondo a experimentar cualquier tipo de sustancia prohibida. Siempre llevo el control; menos con él. Ahí me juego todo: las arañas saben reservarse para la cama.

Le pedí que se concentrase en sí mismo en un momento en que la respiración me dejó recuperarme. La respiración de la nadadora es eficiente. La expiración debe duplicar en tiempo a la inspiración para evitar cualquier fatiga adicional y que el oxígeno llegue rápido a los músculos, tensos por el trabajo. Esta vez estoy fatigada. O tal vez es esa vergüenza de no poder reprimirme: él no tiene que esforzarse para que entre en plena ebullición; puede ofenderme y continuar tan a gusto su estudio sobre el comportamiento erótico de la araña. De pronto, me veo obligada a celebrar el carpe diem con solvencia: exploto, y todo mi control diario salta por los aires. Noto que insiste en no concentrarse en sí mismo. Será que ha decidido no llegar al orgasmo solo para no concederme tanta importancia... Soy una araña que está siendo minuciosamente observada y, por eso mismo, el vientre manda sobre el cerebro. Cuando en el clímax –el clímax número treinta o así– siento esas inmensas ganas de llorar, no es por emotividad. El cuerpo no soporta más. Las lágrimas caen. Y él se aparta para decir:

−¿Lloras ahora? ¡Estás como una cabra!

Me río de mí misma: es fácil estar de buen humor en el después. Me pongo de medio lado, insinuante. No quiero más y, sin embargo, preciso que me vea hermosa, incitante, provocativa.

Las arañas son animales controladores, cerrados en su propio territorio, insociables, a pesar de las apariencias. El observador que decida estudiarlas atentamente podrá ver que tejen una red para unir todo, como activistas de corpúsculos marxistas. Es inútil ensayar con ellas el tierno mensaje de la democracia. Por mucho que procuren presentarnos como seres repugnantes, como animales sanguinarios que devoran moscas, somos hermosas. Construimos obras de arte efímeras, las telarañas, transparentes y delicadas. Somos artistas de la transparencia y de la disciplina. No va con nosotras el discurso de la horizontalidad tan de moda: las arañas no acudimos a asambleas. No creemos en el ruido. Sabemos que ser araña es un destino, un fado, que nos convierte en depredadoras o depredadas. Por eso nunca se han visto tres o cuatro arañas compartiendo un espacio; ni sabríamos cómo actuar en un triángulo. Cada una tiene su propia misión: la revolución depende de que cada araña en su rincón haga una red perfecta. No nos permitimos fallos. De pura perfección, cuando amamos, nos entregamos al orgasmo múltiple, tan intensas y exageradas.

Como todas las revolucionarias, las arañas no tenemos buena fama. Insisten en decir de nosotras que somos cazadoras solitarias, condenadas a devorar lo que llegue a la tela, con excepción −tal vez− de las propias crías. Repiten que la biología nos ha programado para trazar células de acción autónoma y convocar a otras criaturas que se quedan presas, con las patitas tiesas en la pegajosa trama. Observadores rigurosos testimonian sin pruebas que, en el apareamiento, la araña se ve en la obligación de zamparse lo que llegó a la tela, para limpiarla, como parte del destino genético, sin sentimentalismos. Nada de eso es cierto. A pesar de nuestra obstinación militante, no escogemos. Somos escogidas por algún animalucho, que se atreve a adentrarse en nuestro territorio, previamente marcado: lo habíamos tejido nosotras mismas, inconscientemente, segregando con paciencia los hilos. Amamos con profundidad a ese que nos escogió. Abrazamos, besamos, nos entregamos. El problema es que esta araña no contaba con que también pudiese acostarse con ella un científico social, con el único objetivo de aumentar su ego. Los científicos hacen todas las actividades de manera fría, rigurosa y sistemática. No es extraño que ahora el mío observe y anote en su libretita cuánto puede gozar una araña −dará un cálculo exacto si no hago antes reventar sus aparatos de medida− ni que se levante y cierre cuidadosamente la puerta de la terraza: estará comprobando si el cambio de temperatura puede afectar mi comportamiento.

−¡No cierres! –protesto con voz mimosa–. Hace mucho calor.

−Por eso mismo. Vas a ver.

Y en los minutos siguientes me ahogaré. Perderé seis patas para quedarme con la vulgar silueta de una mujer, yo que antes era pura materia arácnida. Me ahogaré sin verlo, porque no entra ya la luz de la luna en la habitación repentinamente escurecida. Me ahogaré sintiendo cómo me ocupa: carne resbaladiza que sueña ser eterna. No importa si me desprecia: me enamoro.

Inessa Armand (sin fecha).Papeles encontrados por su hija Várvara. Inédito.

2

Es simplemente un hombre. Está en su despacho, dando vueltas con unos papeles en la mano. Atendiendo a los principios que rodean el escenario político donde se mueve, debería ser descrito en términos económicos e históricos, como hijo de Ilia Nikolaevich y de María Alexándrovna, de la familia de los Uliánov, que llega a ostentar un título nobiliario por la absoluta dedicación paterna a progresar en la escala social subiendo, pasito a pasito, en la escala profusa de inspectores de escuela. Considerando la cuestión de género, como le gustaría a la señora Kollontai, tal vez habría que recordar que la desahogada situación económica de sus progenitores permitió a este hombre dedicarse a sus proyectos políticos, puesto que la madre, viuda, administró la hacienda de manera suficientemente ingeniosa como para sostener y dar estudios a los hijos y, en un arrebato de modernidad, también a las hijas. Y la determinación materna, la misma que tiene este hombre que anda dando vueltas por su despacho, no se detuvo, ni siquiera cuando los hijos, –y, ¡ay, también las hijas!–, comenzaron a mostrar atracción por esas nuevas ideas; que si agrarismo, que si terrorismo, que si el mayor es ajusticiado por intentar asesinar al zar, que si las chicas, en vez de aprovechar la oportunidad de ser universitarias, dan en formar parte de células revolucionarias. Que el objetivo de una madre en esta vida es acompañar a los hijos, darles dinero, quererlos, darles dinero, perdonarlos, darles dinero, evitar que se descarríen y, si se descarrían, ir corriendo por un fajo de billetes para sobornar a quien haya que sobornar, que la maternidad es oficio complicado. Menos mal, por tanto, que no es obligatorio describir a este hombre según los principios histórico-dialécticos y podemos tomarnos ciertas licencias, como la de describir a este que pasea por su despacho, hoy bien inquieto, como el animal que también es.

Entonces habrá que decir que este hombre tiene una boca sensual, de labios carnosos y nariz redondeada, con las fosas nasales algo dilatadas. Como todavía no ha ascendido a la posición de poder que la historia le tiene reservada, va sin barba. El cabello batiéndose en retirada y las ojeras hablan elocuentemente de unas preocupaciones que probablemente no lo dejan dormir bien; el color de la piel denuncia dificultades digestivas y escasa actividad sexual. Pero lo principal en su rostro es una mirada perturbadora, una mirada que atraviesa toda entera a la persona que tiene delante, una mirada que trae la fuerza de otro mundo, aunque no sepamos bien dónde está ese mundo, tal vez en el futuro que sus ojos contemplan esperanzados. Los enemigos de fuera van a exagerar su determinación, ese rasgo materno, como rotunda e inapelable, y su violencia, la contenida y la no contenida. Los enemigos internos, que también los tiene, hablan de que sus ojitos de mongol no se cansan de orientarse para esa linda francesita. Los de fuera y los de dentro, con ideologías opuestas, coinciden sin embargo en asegurar que la francesa, además de haberlo hechizado, duerme en una cama grande y blanda que nunca está fría y ahí se ríen todos al unísono, olvidando las diferencias, que nunca hubo acuerdo más firme que el de criticar a las mujeres por su predisposición al erotismo. Pero él no sabe nada de esto. Porque no es un dios omnisciente, sino apenas un hombre que da vueltas por su despacho. Cualquiera que lo contemplase a través de un agujerito practicado en la pared, si no supiese el personaje que él es, destinado a producir adhesión o repugnancia máximas, vería a alguien que es todo voluntad. Eso, claro está, si no se atreve a más, porque si fuese realmente osada, la observadora afirmaría que esa boca ha sido específicamente diseñada para la voluptuosidad. Lástima que él no lo sepa.

El hombre, que está viviendo su única vida y, por tanto, no es todavía historia, sino carne humana que palpita, cogió la carta entre las manos otra vez. En la soledad del despacho le resulta posible a veces atender a la correspondencia con su madre, con su hermano Dmitri, con Inessa... ¡Esta mujer es inquietante! Cuando está trabajando se ajusta a la disciplina de manera poco común: le había encargado varias misiones en distintos puntos de Europa y se desenvolvía siempre de forma óptima, por complejo que fuese contactar con alguien, por adversas que fuesen las condiciones meteorológicas o de viaje. Era una mujer fuerte como un caballo, que nunca se intimidaba. Pero cuando entraba en danza la cuestión sentimental, se volvía vulnerable como una criatura. El hombre sonrió con un rictus de tristeza en la boca mientras calibraba si podría pensarse que las mujeres eran todas así, un poco predispuestas a exagerar los sentimientos y para eso comparó mentalmente los comportamientos de Inessa y de su esposa, Nadia Krupskaia, de su madre, de sus hermanas −Anna Ilínichna y María Ilínichna− y concluyó que, al menos sus mujeres, las suyas en particular, lo cierto es que no tenían nada en común que permitiese establecer una inferencia razonablemente válida. Tras el tiempo pasado en Galitzia, Inessa estaba en París y era desde aquella ciudad donde se habían conocido que escribía:

<<Tu y yo hemos roto... ¡¡¡Hemos roto, querido mío!!! Lo sé, lo siento: ¡ya nunca vendrás aquí! Cuando miro para los mismos lugares de siempre, veo con claridad, como nunca vi antes, qué espacio tan grande ocupabas en mi vida aquí, en París, de manera que casi todas las actividades estaban ligadas por mil hilos a pensamientos relacionados contigo. Por aquel entonces no estaba enamorada de ti, desde luego, pero ya entonces te quería muchísimo. Ahora podría arreglarme sin los besos: solo verte y hablar contigo de vez en cuando sería un placer... y eso no podría hacer mal a nadie. ¿Qué razón podría haber para privarme de eso? Me preguntas si estoy enfadada contigo por decidir la ruptura. No, creo que no lo hiciste solo por ti.>>1

1 Los textos situados entre aspas fueron escritos por los personajes reales

Él era un hombre casado, fiel, comprometido con Nadia. Inessa, por muy encantadora criatura que fuese, no debía..., no podía acercarse a él con semejantes objetivos, más propios de un romanticismo decadente que de la praxis real. Menos aún podría aceptarse de ningún modo que escribiese esas cartas. El documento escrito queda fijado y siempre caerá en manos enemigas. Inessa era plenamente consciente de ese peligro: lo que hubiera y lo que no hubiera pasado entre ellos sería reproducido y agigantado. Mancharía la historia. Y no era solo eso. Un revolucionario tiene que saber controlarse, aunque no fuese eso precisamente lo que le gustaba hacer a su gente. Tampoco es que a él le preocupase especialmente lo que hiciesen en sus vidas íntimas, siempre que supiesen que todo estaba sujeto a una causa superior. Taratuta y Andrikanis, dos bolcheviques auténticos, de pies a cabeza, habían engañado a unas muchachas para que se casasen con ellos cuando lo único que querían era financiar con su dote la facción bolchevique. El hombre que es todo voluntad, que se llamaba a sí mismo Vádia cuando estaba solo, acompaña de gestos su reflexión. Todos en casa sabían que, si no hacían ruido antes de entrar por la puerta de su despacho, era fácil sorprenderlo y provocarlo a dar un grito de alarma, como si estuviese en otro mundo y fuese obligado a regresar abruptamente, tal era de potente su vida interior. Su fama de reflexivo no era, esta vez no, un rumor más: Vladimir Ilich se concentraba en sus asuntos exactamente como el jugador frustrado de ajedrez que era. Por eso, en ese instante, al recordar la bravuconada de Taratuta y Andrikanis, pega un fuerte puñetazo en la mesa. Inmediatamente, lo asalta también el caso de Kamo, que había llegado a cometer la animalada de asaltar bancos para la causa. Siempre los había defendido en público a los tres. Era una reacción casi automática. Porque V.I. sabía que los revolucionarios no deben dejarse escandalizar. Cuando algunos de sus colaboradores se llevaban las manos a la cabeza y hablaban de dignidad, lamentando los excesos de estos camaradas, se sentía especialmente ajeno. No habían hecho tan largo recorrido para luego llorar por un poco de leche derramada. Lo que realmente lo hacía sentirse asqueado era que se dejasen pillar en falta, Taratuta, Andrikanis y Kamo. Un buen revolucionario tiene que dar solo las batallas que puede ganar, tiene que planificar cuidadosamente cada movimiento; tiene que asegurarse de vencer.

Había que mantener la cabeza fría. ¡Menos mal que Inessa no mencionaba en su escrito el incidente que había motivado su distancia...! ¡Menos mal! ¿Cómo decía ella? ¿Que podría aguantarse sin los besos? ¡Que solo deseaba verlo y hablar con él! ¿Cómo podía haber escrito algo tan directo? Imprudente. Aunque ella siguiese en combate, él ya se había retirado. Tarde o temprano entendería la muy obstinada. Desistiría. Pero esta mujer era imprevisible. Y linda. Imprevisible, obstinada, inteligente y loca... Pero linda. Ya en la carta anterior se había atrevido a acusarlo de arrogante. Debía medir sus palabras con Inessa. Él, inocentemente, había pretendido lisonjearla diciendo que solo había mantenido a lo largo de su vida estrechas relaciones de amistad y respeto con muy pocas mujeres. Y ella había respondido con una protesta enérgica, tergiversándolo todo, admirándose de que hubiese habido solo dos o tres mujeres en su vida que le mereciesen respeto. Nunca había escrito tal cosa. ¡Que solo había valorado a tres mujeres él, que siempre se preocupaba en sus intervenciones públicas de insistir en la importancia de la cuestión femenina! Lo que había dicho es que su amistad incondicional, su respeto absoluto y su confianza más extrema estaban consagrados a unas pocas personas que, por casualidad, eran mujeres; algo completa y absolutamente diferente a la interpretación que ella daba. Estaba claro que debía hablar con ella de estos asuntos, el cuándo no importaba mucho. Buscaría el momento. Detestaba perder la cohesión con la gente que realmente valía la pena, como ella. Inessa contaba con su afecto y su admiración, como su madre y como Nadia. Y, además, era la única persona que podía emprender algunas misiones imprescindibles para el Partido. Ahora respondería su carta sin sentimentalismos, dándole consejos sobre lo que debía decir en la reunión de marxistas rusos en Bruselas y dejando esos irritantes tira-y-afloja de enamorados. La carta debía ser tan transparente que, si Nadia la viese, no hubiese nada en ella que la pudiese molestar. ¡Qué estaba diciendo! La carta debía estar redactada de manera que nadie pudiese leerla en otra clave distinta... una carta breve, con sujetos y predicados claros, que no diese lugar a equívocos. Inessa siempre había actuado como si el lazo de unión entre ellos fuese particularmente estrecho, como si no hubiese más mundo, aunque él fuese un hombre casado con una mujer irreprochable y se viese obligado a ser un ejemplo para los suyos. “Nuestras vidas no las decidimos nosotros: arrastramos lo que la historia les va poniendo encima”, pensó, y se sintió viejo al instante.

Y, por mucho que él quisiese atenderla, no tenía tiempo ni ganas para hacerlo. Ya no. Menos aún estando tan lejos. Él seguía viviendo apartado de todo en Polonia, en la tierra de los malditos Habsburgo, donde recibía diariamente noticias de Rusia. Había sabido de las huelgas en Petersburgo contra el gobierno y contra los propietarios de las fábricas. Por primera vez, su intuición le soplaba en la oreja que los Románov podían tener los días contados. Pero, antes de mandar cualquier directriz, precisaba mayores certezas. Solo podemos dar las batallas que estemos seguros de ganar, se repitió cansinamente, como quien encuentra consuelo en pronunciar una letanía, mientras abandonaba la carta de Inessa. Decididamente con esa jaqueca que lo perseguía, no lograba reunir fuerzas para contestarle a alguien tan vehemente, con quien debía medir las palabras que usaba. Tenía, eso sí, que ocuparse de mandar instrucciones a Inessa para el encuentro en Bruselas, si quería triunfar en las discusiones con los demás socialistas de Europa, pero también tenía que ocuparse de otros fuegos. Comenzaba a repetirse insistentemente la insinuación calumniosa de que Malinovski era un agente de la policía. Al principio no le había dado mucha importancia, pero el rumor seguía creciendo, aunque él confiase en Malinovski. Pertenecía a la Duma y al Comité central y, sobre todo, era el mejor orador de Rusia, el único que sabía hablar el mismo lenguaje de los obreros, el que se portaba en todo momento tal y como debe hacer un bolchevique. Formaría una comisión investigadora y punto. Metería a Zinoviev también... y, si era necesario, que juzgasen al propio V.I... Sí, ¡saldría reforzado de un juicio interno! Menos mal que, al menos Malinovski no andaba pidiéndole besos. ¡Cuánto más simples eran las cosas entre hombres! ¿Besos? Un poco de aire expelido con un movimiento de los labios... ¿eso era lo que ella quería? Bastaría con que él acabase la carta con la palabra besos para que ella se sintiese aceptada de nuevo... ¡Qué lío era ese! ¡Alguien debería traerle un té! Si seguía doliéndole tanto la cabeza, el día de trabajo que tenía por delante se estropearía. Mañana mismo escribiría a Inessa. ¿Cómo era eso de que podría aguantar sin los besos? ¡Quién puede preocuparse de besos en medio de una revolución! ¡Qué desastre!

3

Cuando Várvara entró en el vestíbulo del Grand Hotel de Estocolmo, no tuvo más que echar un vistazo alrededor para saber cuál era la mujer con quien iba a encontrarse. En un ángulo del vestíbulo, apoyada en una mesita tomando notas apresuradas, estaba quien, con toda certeza, tenía que ser ella: un rostro amable, enmarcado por unas cejas en forma de arco, con el cabello corto que dictaba la moda. Vestía una blusa blanca de lazo y en ese momento tiraba de él como quien quiere calmar sus nervios sin pensar en serio en deshacerlo, mientras inclinaba el cuerpo como si tuviese ganas de abandonar el teléfono pegado a la oreja, pero no consiguiese cortar el discurso de quien estaba al otro lado. Al batallar con el aparato, los ojos de ellas dos se encontraron fugazmente y Várvara se sintió analizada y comparada. La mujer de arcos sobre los ojos dejó por fin el auricular y avanzó, con paso decidido, a su encuentro.

−Várvara Armand, ¿verdad? –pronunció sonriendo y le tendió la mano sin esperar respuesta–. Te reconocería entre un ciento.

−Sí, señora... –La voz de Várvara sonó muy baja. Se había sentido molesta con la frialdad del saludo, pero ¿qué esperaba? ¿Que la abrazase dulcemente? ¿Que la besase en la cara? ¡Eran dos desconocidas! Se sorprendió de cuánto se castigaba siempre. Su diálogo interior estaba lleno de recomendaciones que se dirigía, de instrucciones. Tal vez nunca madurase bastante.

−Eres el vivo retrato de tu madre.

La sombra de las madres raramente es tan alargada, pero Várvara ya estaba habituada. Para todos aquellos que tenían algo que contar en esta investigación que había emprendido sin mucha convicción, ella era simplemente la hija de Inessa. Se esforzó por parecer decidida, aunque aquella mujer mítica que tenía delante, que había participado en la revolución rusa y que ahora vagaba por el mundo en extraña misión diplomática, la intimidase. Sí, debía reconocerlo: estaba reservada y dispuesta a replegarse a la primera dificultad.

Las conversaciones, incluso cuando son pautadas previamente, con correspondencia y llamadas telefónicas, son campos de batalla: una alusión inconveniente, una pregunta mal formulada y aquella mujer que sin duda tenía una opinión no muy positiva de su madre, se cerraría en sí misma. Várvara era una mujer culta, con desenvoltura natural, pero de escasa experiencia política, apenas la justa para saber que no se permitiría parecer insegura. ¡Si por lo menos tuviese con ella a Inna! Su hermana era la digna hija de Inessa, dotada como ella de mano hábil para las cuestiones problemáticas. Várvara, en cambio, con una formación que consideraba menor, básicamente artística, orientada al teatro y a la escenografía, donde no entraban las raras artes del periodismo, estaba intimidada. Ahora, cuando tenía que abordar la entrevista, echaba en falta disponer de mejores recursos. No contaba con la predisposición general de su entrevistada por las mujeres osadas, aquellas que rompen con lo establecido, las que desafían, las que se sacuden. En los minutos siguientes la reconfortó la facilidad con que se sucedieron las primeras frases, esa cortesía inevitable, las preguntas por el lugar de residencia, la ocupación o la familia. Nunca se habían visto antes y, sin embargo, varios hilos de araña tejían entre ellas una sólida red.

Un camarero llegó para servir el té que habían pedido al sentarse, listo para actuar con esa eficiencia que el cliente ha pagado por adelantado en los grandes hoteles. Contemplaron divertidas cómo se desgastaba en un ceremonial que ambas tenían por excesivamente refinado: “Su té... La leche fría para añadir una nube... ¿Quieren las señoras azúcar? ¿Una pasta? ¿Algo en que pueda ayudarlas?”. Los ojos brillantes bajo los arcos de aquella que se llamaba Alexandra Kollontai tenían algo de provocador en su forma de contemplar el ritual de las buenas maneras. Hizo un gesto y Várvara hubo de retener las carcajadas. En cuanto desapareció el camarero de su vista, las dos ya se estaban riendo como niñas. Si alguna vez flotó alguna reserva entre ellas, heredada de otros tiempos y otras personas, acababa de diluirse entera en sus risas. A continuación, la charla espontánea va a fluir como un río. Aunque sea un experto en estas lides, el camarero no consigue escuchar el principio de la conversación... y, a su pesar, hablan ruso.

–No te olvides de que, para cuando entré en el Partido Bolchevique, tenía detrás una experiencia revolucionaria de veinticinco años. Con los camaradas siempre mantuve diferencias importantes. Ya sabes: la política es de los hombres... mientras no se demuestre lo contrario. Aunque ya había colaborado con ellos en diferentes formas, digamos que me afilié al Partido Bolchevique en el año 15 e inmediatamente expresé a Vladimir Ilich mi interés por trabajar en la organización de las mujeres trabajadoras. No tardé en comprobar que, a pesar de tantas declaraciones en boca de los revolucionarios, acababa de comenzar una batalla desigual.

−E incierta –añadió abruptamente Várvara.

−Incierta para mí no era. Visto ahora, tal vez haya que reconocer que no teníamos los mejores materiales para construir el edificio, pero por entonces yo conservaba el vigor de la juventud: era una mujer libre y sabía perfectamente dónde quería llegar: no era una estúpida, ni una niñata. ¿Sabes? Siempre nos cuentan que las mujeres son lindas a los quince... ¡Tonterías! No es sino a los treinta que las mujeres pueden comenzar a dar lo mejor de sí mismas. –La mujer de los arcos sobre los ojos la atravesó con el azul de su mirada–. Tu edad ahora... Andas por los treinta, ¿no es así?

−Veintinueve. Pero, continúe, no quería interrumpirla...

Várvara da muestras de nervosismo. Un observador imparcial diría que no le ha gustado revelar su edad, pero tal vez no sea así de simple. Será que algo oculta y por eso acaba de apoyar el pocillo en el plato de manera algo brusca. La cuchara cae al suelo y ese pequeño ruido es suficiente para que un lord inglés de cabello blanco deje momentáneamente su periódico y dedique un gesto de desaprobación a todo en general. La modernidad es lo que trae. Ahora gente de cualquier calado y condición puede entrar en un local reservado como este. Para hacer ruido. ¡Oh, qué vulgaridad! Solo alguien de buena familia y cuidada educación como él puede contener el natural impulso de rogar al encargado que expulse del hotel a esa gentuza. Eso por no hablar de lo nunca visto de que dos mujeres estén a solas en un hotel sin ocuparse de su reputación. Porque es sabido para qué van las mujeres a los hoteles. Menos mal que tantos años de internado lo han adiestrado en el comedimiento: incluso si durante un momento se abandonó a los lascivos pensamientos relativos a las posturas en que puede colocarse un cuerpo de mujer en una habitación de hotel, ahora ya vuelve al periódico. ¡Mujeres! Estarán hablando de cosas absurdas. Probablemente del adorno que se pondrán en el sombrero...

−Bien, supongo que conoces lo importante. El Partido Bolchevique se consideraba bastante avanzado en la cuestión femenina, por mucho que las contradicciones saltasen a cada paso. ¡Ay, hija, qué asuntos me haces recordar! Ahora, contigo ahí, tan pendiente de lo que digo, me vienen a la memoria insistentemente los señores del gran bigote que hablaban de mujeres todo el día... sin contar con ellas. ¡En serio! ¡No hagas reír así a esta vieja revolucionaria, no sea que hable de lo que por decoro debe callar!

A esta altura de la conversación, Várvara ya ha caído seducida por la oratoria brillante de la mujer que tenía delante. Nunca se habría imaginado que pudiese revelarse como una rebelde ligeramente crítica, ella que aparecería algún día en los libros de historia. No podía más que entusiasmarse con esa forma de habla cómplice, alegre, terriblemente persuasiva. Su ruso sonaba extrañamente popular, aunque estuviese salpicado de palabras en otras lenguas, especialmente en francés, como es habitual en el discurso de los diplomáticos. Además, sus insinuaciones no distaban mucho de las que podría hacer una campesina a otra en un mercado; imposible no sentirse a gusto con ella. Era, antes de ninguna otra cosa, una mujer. Así de simple.

−August Bebel, un alemán a quien había tratado mucho durante mi época en el Partido Social Demócrata, me había pedido un prefacio para la edición rusa de Mujeres bajo el Socialismo, una de sus obras más conocidas y, bueno..., intenté ser tan laudatoria como correspondía. La disciplina socialista nunca atendió cortesías y adornos excesivos, pero tampoco permite dejar abandonado a un camarada, así que hice el prefacio calificando la obra de auténtica Biblia para las mujeres. Además de eso, Bebel era un hombre lúcido, que había escrito aquel texto treinta años antes, pero, hay que reconocerlo, había ido dejándose influir por lo que estábamos haciendo en el movimiento de mujeres durante ese lapsus de tiempo. No obstante, en medio de las flores, dejé también mi contribución. Bebel demostraba que la posición de las mujeres se había visto histórica y no naturalmente determinada, y que apenas podríamos liberarnos con una revolución socialista. El movimiento de las mujeres debía, en su opinión, formar parte del movimiento socialista general, pero este también debía reconocer de manera explícita el hecho de que las mujeres sufrían una doble opresión, sexual y económica. Yo me limité a resaltarlo.

−Pero los camaradas entendieron mal esto último.

−Por lo menos lo entendieron poco. Todo lo que fuese argumentar sobre las ventajas del socialismo era rápidamente asimilado; el resto iba entrando mucho más lentamente. El asunto, que para mí fue crucial en los años siguientes, era divulgar esa doble opresión. Fue para muchas de nosotras frustrante observar cuánto costaba reconocer las especiales dificultades de las mujeres.

−Y eso radicalizó su postura...

−¿La mía? ¿Radical? Oh, tal vez... No siempre sé juzgar aquel tiempo... Todo avanzaba aprisa. Mira, antes de que fuese publicado ese libro, los marxistas rusos pensaban que la cuestión femenina era un movimiento burgués. Hubo un antes y un después de aquello...

Las tazas estaban vacías, aunque el vapor todavía formase una pequeña columna de humo. El lord inglés, tras haber comprobado en su reloj que faltaban apenas tres minutos para la cita que pensaba tener en la puerta, había desaparecido. En el vestíbulo del Grand Hotel ya nadie repara en esas dos mujeres de apariencia moderna y modales refinados que hablan tranquilamente sobre cómo adornar sus sombreros. Los tales sombreros y los abrigos reposan olvidados en una silla de terciopelo rojo como la revolución, pero adornada de unas molduras decadentes. Si un viajero, parado en las escaleras para encender un cigarro, percibió la belleza de la rubia Várvara, alta y esbelta; si uno de los empleados del hotel reparó en ellas, seguramente pensó en una madre y una hija que confidenciaban asuntos de familia. No eran madre e hija, ni amigas, ni parientes. No hablaban de vestidos ni adornos. No eran camaradas ni tenían una misión secreta que las obligase a confiarse durante un tiempo. Eran solo una mujer de unos sesenta años que había escapado de las purgas de Stalin por la inopinada fortuna de haber caído en desgracia antes que otros, y otra de unos treinta empeñada en recomponer una memoria rota para entender a su madre. Eran, entonces, dos criaturas que sobrevivían por casualidad y que se habían encontrado por pura voluntad. Con todo, aquella tarde en Estocolmo, entre el té que las protegía del frío, Alexandra Kollontai conseguía persuadir a Várvara Armand de lo que era la Nueva Mujer, obligada por las circunstancias a desarrollar una conciencia de sí y una personalidad independientes. Tal vez Alexandra, la de las cejas en arco, concentrada en su discurso, no se daba cuenta de que esa que tenía delante era la encarnación de la Nueva Mujer que había soñado. O tal vez sí, y estaba satisfecha de haber trabajado por esa nueva generación.

−No sé cómo podía suceder −continuó explicándose la Kollontai− que mentes tan brillantes como las de los camaradas no entendiesen que las condiciones de la revolución debían desencadenar algo radicalmente diferente. Igual que el agua no es una suma de oxígeno e hidrógeno, la revolución nunca fue la suma de una serie de presupuestos aislados. Cuando las ideas se entrelazan, adquieren una capacidad de cambiar la realidad que no se puede vislumbrar en los tratados donde apenas son expuestas teóricamente, ¿me entiendes?

−Creo que sí...

−Eso, querida, es la praxis revolucionaria: hacer frente no solo a los aspectos materiales que contemplamos, sino también a aquello que se nos escapa...

−¿Quiere decir que la revolución no fue lo que esperaba?

−¡¡¡No!!! ¿Por qué le das la vuelta a lo que digo? Yo siempre procuré no esperar demasiado. Soy un ser práctico y no me gusta perderme en debates escolásticos. Pero... cuando has hecho una tarta, ya no puedes volver atrás para recuperar la harina, la leche y los huevos por separado, ¿verdad? Pues cuando transformas realmente lo que hay, ningún aspecto de la existencia humana puede regresar a lo que era antes. El Mundo Nuevo implicaba que las mujeres habíamos sido expulsadas de la familia antigua, privadas de la protección del padre o del marido. Pero someterse a la autoridad de otro libera también de tener que tomar decisiones. Las mujeres, infantilizadas durante siglos, se quedaron desorientadas. Por así decir, de alguna manera habíamos catapultado a las mujeres hacia la lucha de clases...

−¡Igual que a los hombres!

−No es cierto, Várvara, no igual. De una manera bien distinta.

El lord inglés entra de nuevo enfadado porque finalmente el caballero con quien estaba citado no ha acudido a su hora. Se decide a fumar como método infalible de espera cuando divisa otra vez a esas dos comadres con poca vergüenza y muchas ganas de hacerse ver. Tendrá que recurrir de nuevo al periódico para controlar esos nervios suyos. La mayor está aleccionando a la joven. ¿Estará explicándole cómo comportarse en un galanteo? Sin duda.

−La Nueva Mujer −y los ojos de Alexandra Kollontai brillan cuando habla– debe negarse a ser sumisa. Nuestro tiempo demanda características distintas de la pasividad y de la gentileza. Precisamos rasgos como la determinación y la hiperactividad, tenidos tradicionalmente por masculinos. Si en el mundo previo el eje de la vida de una mujer era el matrimonio, el crecimiento de la industria rompió el modelo tradicional de familia: estamos desesperadamente a solas. Como el demonio cuando declaró: “no serviré”.

−Pero el espíritu revolucionario exige servir. No sé cómo decirlo... Servir una causa, servir una idea, servir a quien pueda llevar a buen término esa causa... Por mucho que nos pueda repugnar, ¡eso forma parte del deber militante!

−De acuerdo, querida. Lo que estoy rechazando es que las mujeres se apoyen exclusivamente en sus emociones. La dependencia material de los hombres deja a las mujeres sin ayuda, forzándolas a estructurar sus relaciones de un modo con que asegurar su sustento. La Nueva Mujer experimentará el matrimonio como una forma de prisión. En vez de someterse a la tiranía de la emoción, deberá demandar respeto de los hombres y consideración como su igual.

−No sé... Visto lo que hay, y alguna experiencia tengo, tampoco estoy completamente segura de querer ser exactamente igual que los hombres.

Las dos mujeres acomodadas en sus asientos rompen a reír de nuevo. Cualquiera sabrá qué le ven de gracioso a la igualdad, pero ellas, que no se preocupan de ser respetuosas con los camareros elegantes ni con los lores ingleses, no van a privarse de reír de ese imponente concepto de la igualdad ahora que les ha venido en forma de broma obscena a la cabeza. El ruido de sus carcajadas, My God, es francamente irritante. Parecería que todo el jolgorio de las calles –llenas de perezosos, de vagabundos, de desheredados– estuviese colándose dentro de los cristales del Grand Hotel con esas risas desmedidas. Of course, exclama el lord inglés, no son bien criadas y carecen de toda la distinción de una dama. Y si les preguntasen, ellas habrían de reconocer que el señor sabía de mujeres porque daba completamente en el blanco.

4

–“¡Habla de eso con Sverdlov!”. Era la frase que Lenin repetía cuando alguien le venía con quejas de un camarada. Los detalles cotidianos le daban igual... es lógico: siempre habría asuntos que resolver y, por grande que fuese su genio como político, no podría revisar personalmente todo.

A Várvara, de la tribu de los teatreros, le gusta la manera dramática y algo exagerada con que su amante relata cualquier episodio. Le gusta cómo se explica, cómo desmenuza cada aventura. Porque él es, sobre todo, un aventurero. Eso trae algunas nubes a su mente: tendrá que dejarlas pasar para seguir, atenta, lo que está contándole. Sentada en la cama, con la cabeza apoyada en las tres almohadas que les pusieron en aquel pequeño hotel de Estocolmo, se concentra en escuchar atentamente.

–¡No estás atenta, Vavushka...! Deberías valorar más lo que hago para complacerte. –Y un gesto de enfado se pinta en su cara de rasgos rectos y viriles.

−¿Hace unos minutos o cuándo?–dice ella, provocativa.

−En Moscú todo el tiempo era poco para atender a las investigaciones de la señora y ella, bien ingrata, me paga interrumpiéndome...

−¡No era interrupción! Solo decía que valoro tu esfuerzo por complacerme hace unos minutos...

−Debe tomar lo de antes simplemente como un regalo de la casa...

El enfado debió de ser momentáneo porque ahora es una sonrisa seductora lo que amanece en aquel rostro, dejando ver unos dientes blancos y regulares. Várvara tiende el brazo y levanta el cuerpo en dirección al hombre, que, contra todo pronóstico, besa su mano, pero esquiva el abrazo, convencido como está de que debe continuar hablando. ¡Ay, la estación del amor es inestable como el tiempo en primavera! Y por mucho que los estereotipos repitan que los hombres siempre están dispuestos para el amor, bien sabe Várvara que, cuando se trata de hablar...

−Oye, señora insaciable, lo que quiero que valores es cómo me arriesgo por ti. Pedí entrevistarme con la propia Lidia Fótieva que lo tenía que saber todo. ¡Por algo fue secretaria de Lenin en los últimos años!

−¡La buena de Lidia Fótieva! La conozco.

−Me lo imaginaba. Le dije que era amigo tuyo...

−No deberías haber dicho nada, Yákob. Conviene que seamos prudentes... Son tiempos complicados. –Ahora es el cuerpo del hombre el que se vuelve hacia ella. Se diría que las confidencias en esta habitación de hotel son una danza bien pautada.

−Está hecho, amor. ¡Et... voilà! Aparece en escena una revolucionaria de toda la vida a quien Lenin dictó penosamente sus cartas en la última etapa de la enfermedad, cuando no podía ni escribir. ¿Sabes? Me dijo que, después del último ataque, le costaba tanto trabajo poner sus ideas en orden y poder expresarlas que Lidia aguardaba en su despacho hasta que la llamaba haciendo sonar una campanita.

−¡No te pierdas en anécdotas, Yákob! ¡Vete rápido adonde quieres llegar!

−Eso no lo decías antes...

−Touchée! −Sonríe ante esa alusión erótica, pero la broma no prende en ella, situada ahora en un punto bien distante de las sábanas–. Recuerdo bien aquella triste época. La apoplejía lo había dejado trastornado. Hasta le costaba hablar... y los médicos no le permitían entregarse a la política. María Ilínichna, su hermana, llegó a prohibir la música en casa. Si encontraba alivio en algo, era en estar rodeado de juventud. Nos llamó, a mí y a mis hermanos... a pesar de que María no nos podía ver. Aunque lo visité, como todos, fueron Andrei e Inna los que pasaron más tiempo con él. Creo que también estaban su sobrino Víctor y Vera, la hija de una de las criadas...

−¡Qué extraño que os llamase a vosotros! ¿No?

−No seas chismoso. Nadia y él no tenían hijos y siempre les gustó tener en casa la alegría de los juegos de los niños.

−¡¡Várvara!! Inna andaba por los veintitantos. Hasta Andrei pasaría de los veinte. ¿Quién era el niño?

−¡Bah! Ese no es el asunto. Quería rodearse de un entorno afectuoso y la solterona esa de María Ilínichna empezó a intrigar con que si no era bueno que se supiese que los hijos de Inessa Armand estaban en Gorki, en la casa donde él permanecía para reponerse, así que mandó a Piotr, el guardia personal de Lenin, que los echase. Yo ya me había ido a Moscú unas semanas antes para incorporarme a las clases en el Instituto de Arte. Pero para ellos fue muy frustrante. Nadia le escribió después a Inna, entristecida. Ella solo deseaba que su Vádia se sintiese querido. ¡María estaba tan preocupada por el qué dirán...!

−¿Te das cuenta de que el cuadro que pintas siempre de las mujeres a su alrededor es un poco servil?

−¿Servil? −Várvara no puede evitar recordar su entrevista con Alexandra Kollontai, unos pocos días atrás, cuando la revolucionaria había insistido en que la Nueva Mujer debía permanecer vigilante contra cualquier servilismo, pero el asunto que la ocupa es demasiado irritante como para abandonarse a los recuerdos.

−Sí, Várvara. Leo tus notas y son... buenas, sí... pero extrañamente tiernas. Nadia Krupskaia fue la abnegada y perfecta esposa, Anna y María, las hermanas de Lenin, nunca se rebelaron a cuidarlo, su madre se pasó la vida orgullosa de un hijo a quien tenía que sostener económicamente y hasta tu madre se saltaba las fronteras de un lado a otro en épocas peligrosas solo para cumplir sus deseos... No sé si todo pudo ser así tan melifluo.

−¡No! ¿Pretendes decir que mi visión de chiquilla me engañaba? ¿Que mi madre nos había traspasado su ternura? ¡Bah...! Fue Trotski, creo, quien describió a Nadia como una asistente entregada, competente y extraordinariamente diligente. Y es cierto. Pero eso no significa servilismo.

−No quiero discutir, linda, pero da la impresión de que todas las mujeres de su ámbito de acción se quedaban fascinadas por él. Dudo si no se serviría de ellas como un tirano. Construyó un mito donde las mujeres aparentemente figuraban en la historia, aunque en realidad fuesen las sumisas de siempre.

Várvara percibe cómo se repiten los términos sumisión o servidumbre que también había pronunciado Alexandra Kollontai y piensa que tendrá que reflexionar sobre ello más tarde. El tema es espinoso. Ahora se pone en guardia e intenta que su voz suene relajada:

−¡Bueno! Déjalo. ¿Y qué traes para combatir el estereotipo?

−¿Recuerdas que Lenin sufrió un atentado en el 18?

−¡Oh, claro! Todo el mundo lo sabe...

−No todo el mundo tiene que acordarse de aquel episodio de unos tiempos tan turbulentos, pero tú sí... Pues la acusada fue una mujer: Fanny Kaplán.

−Me suena ese nombre, sí.

−Kaplán era una obrera en Odesa, de origen judío, que en la fábrica debió de unirse a grupos anarquistas. Fue acusada de participar en un atentando contra el gobernador de Kiev y condenada de por vida a un campo de trabajo de Siberia.

−¿Tuvo éxito el atentado?

−No. El gobernador salvó el pellejo, pero en la explosión murió alguien accidentalmente y la prendieron. En la cárcel entra en contacto con otras mujeres, socialistas y anarquistas, más formadas políticamente que ella. Le cuentan historias de terroristas que participaron en asesinatos a las autoridades y, al ser detenidas, fueron golpeadas, violadas y enviadas al exilio. Muchas de esas historias serían las suyas propias…

−Vuelves a perderte en anécdotas literarias… ¡Qué portento de imaginación! ¡Estás ya dentro de la cárcel asistiendo a las conversaciones de las presas!

−Me gusta siempre complacer trabajando con lentitud –dice Yákob con mirada insinuante.

−Broma repetida es broma no aplaudida... Por favor, necesito saber… ¡Continúa!

−Bien, parece que en la prisión se queda ciega y pretende suicidarse, pero no lo consigue por la intervención de sus compañeras y, en una muestra de auténtico coraje, aprende a leer Braille y a moverse en su nueva situación hasta recuperar la vista.

−¿Ahora vas a contarme que sucedió un milagro? −Y Várvara ríe, escondiendo la cara entre las manos, francamente divertida.

−Un poco de seriedad, ¿sí? En la cárcel las presas desarrollaban muchas enfermedades, algunas físicas por la pésima alimentación, y otras nerviosas. Calculo que se trataría de una ceguera inducida por el estado de ánimo.

−¿Eso realmente existe? ¿O continúas fantaseando con tu relato particular?

−Eso es de la máxima actualidad científica. ¿Acaso no lees a Freud...? La Kaplán se recupera y es liberada cuando la revolución de febrero acaba con el gobierno imperial. Con distintas andanzas, en las que ahora la Señora-toda-rapidez no estará interesada, la Kaplán se siente decepcionada por Lenin y marcha a Simferópol.

−Donde distintas facciones socialistas habían formado el gobierno rival…

−¡Exacto! Y ahí consigue un trabajo en la administración hasta que, en el 18, el ejército bolchevique recupera el control de la ciudad y disuelve las instituciones. Cuando las diferencias políticas determinan que los bolcheviques ilegalicen a los demás partidos, pues…, ella no se lo piensa dos veces y decide matar a Lenin.

−¡Qué extraña decisión! ¡Y qué cruel!

−Sí. Debía de ser un personaje peculiar. Aguardó a que Lenin saliese de una fábrica de armamento donde había pronunciado un discurso y, en cuanto lo vio, gritó su nombre y le disparó tres tiros. Uno de ellos quedó alojado en su cuello, creo...

−Sí, cuando entró en la parte más penosa de la enfermedad, los médicos decían si el plomo de una bala estaría envenenando su cerebro… Sería esa la bala, supongo...

−Pero, pequeña investigadora mía, lo que tienes que saber es que no hubo testigos de que fuese ella quien disparó. Estaba oscuro, había una multitud congregada y nadie estaba seguro de nada.

−¿Y qué pasó con ella?

−Aunque Lidia se empeñaba en pasar rápido por ese incidente, entiendo que el asunto nunca fue aclarado completamente. La mujer tenía un comportamiento extraño: no daba datos sobre su identidad, pero insistía, muy nerviosa, en que era ella quien había disparado.

−No lo comprendo. ¿Qué hay ahí de sospechoso?

−Aguarda, todavía falta un detalle. En el primer momento no encontraron el arma. Lidia me aseguró que en la Cheka ejecutaron a Fanny Kaplán a finales de agosto, aunque, por la documentación que vi en Moscú, oficialmente la fecha fue el 3 de septiembre... Lo justo para explicar que el arma apareciese misteriosamente el 2 de septiembre, como también tuve oportunidad de descubrir.

−Has hecho un gran trabajo…, pero no veo qué tiene que ver el asunto de la terrorista y el tema de lo melifluo en las mujeres de Lenin. Ni mucho menos cómo relacionas todo eso con mi madre... ¿Estás intentando demostrar que la Kaplán no fue la autora del atentado?

−Oh, es posible... Intento demostrar que no es verosímil que las mujeres de la revolución rusa fuesen tan dóciles. El espíritu de revuelta tenía que haberles dado madera de políticas, de instigadoras, de ejecutoras de actos...

−Querido, para eso no tenías que ir tan lejos: yo podría contártelo. La principal virtud de una mujer bolchevique es la tverdost, la dureza. Debemos ser eficientes, trabajadoras, determinadas y poco sentimentales; implacables con los adversarios, francas y leales...

−Bien, bien, bien... eso estaba claro en Lidia. Dijo cinco veces por lo menos que había que tener lealtad a la revolución y siempre creer en la victoria final... No sé qué veía en mí, pero me quedé bien enterado: nada de dudas. ¡Es dura como una roca esa mujer!

−¡Está claro que no eres el mejor ejemplo de militante, Yákob! Tú eres un artista, no un verdadero revolucionario... Y has estado fuera de Rusia demasiado tiempo. No sabes bastante quiénes somos.

−Haré como que no oigo... pero estoy introduciendo también la idea de que Sverdlov, ese que se ocupaba de la intendencia, de quien te hablaba al principio, daría orden de ejecutar a una pobre mujer, antes de que se probase su culpabilidad. Que uno de los líderes del mundo pueda ser asesinado por una obrera sin conexión con organizaciones armadas es preocupante para un servicio de seguridad, ¿no? Pero que una obrera algo neurótica sea ajusticiada por un funcionario bolchevique sin comprobar mucho su culpabilidad, ¿no significa algo?

−¡Bah! ¡Siempre estás buscando un fallo! Eso no es ser fiel a la revolución...

−Ahora vas a ver. Lidia fue secretaria toda su vida y ya sabes la afición de las mujeres próximas a Nadia por la documentación y la biblioteconomía. Me sacó este papel que tú misma puedes leer:

Várvara desenvuelve el papel y lee en voz alta:

<<Mi nombre es Fanya Kaplán. Hoy he disparado a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de asesinar a Lenin hace mucho tiempo. Lo considero un traidor a la revolución. Estuve exiliada en Akatúy por participar en la tentativa de asesinato de un funcionario zarista en Kiev. Permanecí once años en régimen de trabajos forzados. Tras la revolución fui liberada. Aprobé la Asamblea Constituyente y sigo apoyándola.>>

−¿Quieres decirme, Várvara, para qué se hizo la revolución?

Efectivamente, Yákob no es muy ortodoxo. Por circunstancias familiares anduvo aquí y allá recorriendo el mundo y su condición de artista muy instruido en la cultura europea hace de él un crítico perpetuo. Tampoco es un podrido capitalista... Tiene muchas ideas renovadoras en la cabeza en una época en que todo está desintegrándose y los viejos valores parecen sobrepasados. Pero, aunque fuese un reaccionario, Várvara tendría que reconocer que encuentra en él algo que no se mide en parámetros políticos, algo más salvaje, más primario. Y, dado que conviene cambiar de tema, en los siguientes minutos se dedicará a buscar ese algo fogosamente.

5

Carta de Lidia Alexándrovna Fótieva a Várvara Armand:

Vavushka:

En las pasadas semanas recibí la visita del señor Yákob Blomas. Se presentó como amigo tuyo, pero, por muy vieja estúpida que parezca, es imposible aceptar esa expresión. En mi generación estaba claro que un hombre y una mujer nunca son amigos. Pueden ser camaradas, pueden ser compañeros de misión, pero el sentimiento entrañable de la amistad, esa camaradería, siempre se enturbia con las necesidades del cuerpo y sus atracciones. Soy una mujer que hizo una revolución, vengo de una cultura materialista y sé dar al cuerpo lo que es del cuerpo: no me vengan con esos tabúes europeos. Te escribo hoy sin detenerme en las preguntas habituales sobre la salud y los proyectos. Hace años que no nos vemos, pero tu “amigo” ya me informó de que trabajas para escribir sobre tu madre. Si me hubieses pedido consejo, te diría que abandonases esa locura. Los muertos, muertos están, y no conviene dar vueltas sobre lo que ya no es. Pero, tras la entrevista, me quedé algo inquieta porque el señor Blomas, creo yo, está intentando levantar testimonios inadecuados sobre unos acontecimientos que son historia y donde no cabe la ficción. Por eso me decido a proporcionarte algunas explicaciones, tal vez innecesarias, pero tú, fiel a la revolución y a sus principios, sabrás sin duda tratarlas con la debida confidencialidad y utilizarlas cuando sea estrictamente imprescindible. ¡Que ese amigo tuyo no salpique a las figuras históricas que tuvimos la fortuna de conocer íntimamente!

Seguramente recordarás que, en el 22, en el período en que el camarada presidente V.I. estaba postrado, fuiste llamada con tus hermanos para visitarlo en Gorki. Y sin duda también vendrán a tu recuerdo las tristezas de aquellos días que los Armand contribuisteis a mitigar. Cuando Piotr Pakaln os indicó que debíais marchar, Nadia Krupskaia se quedó desorientada. Todo había sido determinado por María Ilínichna que hoy es una mujer de corazón delicado, pero en aquellos años era una auténtica leona, de puro luchadora. Nadia, unos días después, le escribió a Inna; en fin, ella escribía cientos de cartas por semana, con toda su eficiencia, que bien conoces. Mucha de esa correspondencia era secreta y, por razones de estado, acabó desarrollando cierta pericia en usar tintas invisibles, igual que se deshacía de muchas de las respuestas que recibía quemándolas. Sin embargo, conserva todas las cartas familiares. Fui a verla el otro día y hablamos de este encuentro con Blomas, de manera que la propia Nadhezka me ofreció copia de la carta que dirigió a Inna por aquel entonces y que dice así:

<<Bien, y ¿por qué no vas a poder estar con nosotros? No hay ningún problema. Este año vamos a tener que vivir más al estilo de las familias y también más abiertamente, dado que es imposible ocupar a V.I. más de ocho horas al día y, de todos modos, le hace falta un descanso dos veces por semana. Así que estaremos encantados de tener invitados. Él se preocupó mucho cuando le conté que estabas enferma y escribió una carta especial a Zhidelov hablándole de ti y de Lidia Alexándrovna y pidiéndole que cuidase de vosotras.>>

Puedes concluir, Vavushka, que todas las sospechas de ese amigo tuyo no valen nada al lado de las palabras de Nadia. Y no creerás que ella pudiese inventar sin más en lo que respecta al propio Lenin. Él siempre os quiso bien a ti y a tus hermanos, como quiso fraternalmente a vuestra madre –a quien, por cierto, nunca llamaría amiga, pienso yo, que tuve la fortuna de tratarlo y de recibir su estima–. Nadia sabía que las visitas le hacían bien, especialmente las de la gente joven, y quería, como siempre, ayudarlo. Pero debo decir que la disputa por vosotros creó cierto malestar. De todos es sabido que el carácter conciliador de Nadia tuvo mil veces que enfrentar la histeria de María, su cuñada. Recuerdo que en una ocasión V.I. fue visitado por el médico, el camarada Meshcheriákov, y aunque se demoró un par de horas, no le fue ofrecido ni un mísero té. Esto indignó a Nadia y, como los asuntos domésticos eran de la incumbencia de María, se quejó a V.I., quien entró en cólera contra su hermana y le gritó: “¡Un camarada hace un viaje hasta una casa apartada como esta y no hay nadie que le dé de comer! ¿Qué sabes de hospitalidad?”. E indicó normas explícitas sobre lo que en adelante debían dar de comer y beber a quien se acercase a la Casa Grande de Gorki. Pero María respondió que era Nadia quien debía haber dispuesto eso, dado que estaba presente en el reconocimiento y no ella. Lenin no quiso enfrentarse con las dos y suavizó: “Bien, todo el mundo sabe lo descuidada que es ella. No se le puede confiar esa tarea”. Cierto que esto no enmendaba la riña con su hermana, pero, al llamar descuidada a la propia esposa, pues... digamos que las dos quedaban igualmente reprendidas.

Cuando te muestro todas estas interioridades pretendo ser todo menos chismosa. Si investigas sobre la relación de tu madre con V.I., ya te aviso yo, que conozco toda la documentación con que próximamente levantaremos un museo que glorifique el noble nombre de Lenin, que no encontrarás nada interesante. Inessa era bolchevique y a veces tuvo un trato más estrecho con V.I. porque así correspondía en la historia. Que las lenguas rápidas y las mentes febriles que no saben someter a disciplina el propio cuerpo atribuyan un enamoramiento a quien nunca tuvo un momento de laxitud, puede ser inevitable, pero no somos nosotras quienes debemos alimentar ese supuesto. El malestar que me produjo tu enamorado con sus preguntas sobre la Kaplán me hizo reflexionar sobre el alcance de tu tentativa. Nadie se interesa por la vida de una bolchevique. Nuestra revolución es colectiva, y solo un blando puede pensar que ella o ninguna otra persona en particular pueda ser una pieza decisiva. Yo quería bien a tu madre: era lista, era trabajadora, era linda... pero la revolución no fue asunto de heroínas. Esa concepción burguesa de la historia debe ser abandonada. Por eso vengo, con esta carta, a darte los detalles relativos a vuestra estancia en Gorki; para clarificar todo bien.

Nadia y María se pasaban la vida discutiendo; eso es sabido. Nadia era la mano derecha de Lenin, pero María se entregó con tal devoción a su causa que merecía también todo el respeto de su hermano. Otra cosa es que su fuerte carácter originase algunos problemas domésticos. Tampoco es cierto que una y otra estuviesen luchando por poseer a Lenin, como dicen por ahí. No es verdad que, mientras él estaba enfermo, cada una soltase en su oreja los defectos de la otra. ¡Falsedades! Pero sí tenían puntos de vista diferentes, lo cual es perfectamente normal. María, por ejemplo, comentaba a quien quisiese escucharla que era una tontería permitir que el profesor Klemperer, que no se había distinguido mucho proponiendo la operación quirúrgica de extracción de la bala del atentado, permitiese a Lenin leer periódicos para seguir la actualidad política. Pero Nadia fue quien hasta el final lo mantuvo informado, lo que todavía nos está causando bastantes problemas a todos nosotros en esta etapa de gobierno que vivimos. Por este tipo de tensiones, tan incómodas, creo que cualquier cuestión relativa al atentado debe ser tratada con la máxima cautela. Con todo mi afecto,

Lidia Alexándrovna

Post-Data: Envío para tu conocimiento, algunos cuadernos de tu madre que Nadia conserva y que piensa serán un buen regalo y te consolarán de esa nostalgia de ella que te llevaba al erróneo proyecto de escribir. Me ruega que añada sus más cariñosos saludos.

6

Ostracia no es un destino.

Es apenas un tiempo

caduco,

como todas las estaciones,

un lugar que se mantiene sin derruir

porque ella quiere castigarse,

no porque ella deba ser justamente castigada,

sino porque ella DESEA

ser castigada.

Inessa Armand (1914). Cuadernos apócrifos. París.

7

−¿Puedo hacerle una pregunta algo indiscreta?

Várvara Armand lleva varios minutos dando vueltas a la cuchara y el té ya está completamente frío. Esos minutos no son nada si los comparamos con las horas que tardó en acordar los términos de una nueva entrevista con Alexandra. Y esas horas tampoco son nada comparadas con el número de años que ha pasado atormentada por la cuestión que va a afrontar justamente ahora. Hay momentos en que el universo se juega el futuro en un tiro de dados.

−¡Adelante! −Alexandra Kollontai es directa: está acostumbrada a tomar decisiones rápidas y nunca fue amiga de cortesías ni melindres.

−¿Mi madre solo era la amante de Lenin?

−¡Fue amante de Lenin sin duda! −Los ojos de Alexandra se vuelven a Várvara con cierta sorpresa–. No estarás preocupada con eso ahora, ¿no?

−He preguntado si solo era su amante. No me preocupan las conductas sexuales. Me he criado en el país y en el régimen que ha dado más libertad a las mujeres...

−Mucha menos de la que necesitaban −interrumpe su interlocutora.

−¡Oh!, sí, bien, es posible. No se trata de eso. No estuve junto a mi madre tanto tiempo como es habitual, pero los tiempos que viví con ella fueron bastante para saber que no era una monja. Y el camarada Lenin tuvo tanto cuidado de mí y de mis hermanos que siempre supe que algo había existido... aunque el hecho de que Nadia también nos mimase y nos quisiese tanto determinó que reordenase mentalmente todo y llegase a imaginar si serían solo habladurías. En cualquier caso, no es un asunto de puritanismo.

−Me alegra saberlo. No me veía preparada para tener una conversación de ese tipo con una mujer hecha y derecha como tú.

−Lo que me ha preocupado todos estos años es saber si mi madre habría tomado sus decisiones políticas solo por amor. Confieso que no me gustaría que fuese así.

−Entiendo. ¿Estás pensando que tal vez él la utilizase?

−No albergo dudas sobre Lenin. Lo que dudo es si mi madre actuaría movida ciegamente por su amor a él.

−Pues sin duda que la utilizaría... Todos éramos piezas indispensables, piezas insustituibles en el mecano. Yo también la utilizaría si fuese el caso. Entiéndeme bien: no hay nada de inmoral ahí. La política tiene mucho de química y las atracciones personales desempeñan siempre un papel definitivo. La política es un juego de persuasión y, hasta cierto punto, de seducción también.

−Bien sé que una revolución no es una broma. Bien sé que apostaban todos por un cambio tan radical que las existencias particulares disminuirían de valor, pero preciso saber cuándo actuó por convencimiento propio y cuándo fue impulsada por sus sentimientos hacia otras personas.

−¿Por qué? Somos lo que hacemos.

−No. Somos aquello en lo que creemos... y apenas hacemos lo que podemos.

−Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación en estos términos tan filosóficos. Ahora por fin entiendo la entrevista del otro día, ¿sabes? No era muy lógico que estuvieses escribiendo una biografía sobre tu madre en estos momentos, ni mucho menos que vinieses a preguntarme a mí.

Grethel, la criada que se ocupa de la casa de Alexandra Kollontai, ya ha visto prácticamente todo cuanto puede ser visto en esta vida. Sabe que lo que corresponde a su oficio es ver, oír y callar. Sin embargo, cuando va a retirar la bandeja con las tazas, su instinto la avisa de que la señora está suficientemente divertida como para ser molestada. Aunque muchos de los tés que se ofrecen a los visitantes de esa casa sean pura rutina, aunque la señora haya repetido muchas veces que es bueno que alguien del servicio entre para hacer recordar a la visita que ya ha pasado un ratito y que es hora de ir levantado las alas, Grethel entiende con solo ver la sonrisa que tiene en la cara, que se siente feliz delante de la joven señora rusa. Es justo reconocer la entrega y el buen oficio de esta criada. Tras la revolución nadie es valorado por la familia de procedencia o por la ocupación más o menos elegante que desempeñe, sino por la constante dedicación a la tarea encomendada. Grethel cumple y cumple bien, debe ser dicho, sobre todo teniendo en cuenta que las señoras hablan en una lengua que suena como el canto de las aves en primavera y que ella no entiende ni una palabra de lo que dicen. En el tiempo que demora Grethel en intentar retirarse, calentar agua de nuevo, y traer otra tetera, la conversación seguramente habrá avanzado.

−Mi prometido y sus amistades son bastante críticos con el rumbo que va tomando Rusia y debo confesar que, por primera vez, tengo algunas dudas.

−Si le preguntases a cualquiera de los que vivieron aquel tiempo, te dirían que tu madre y yo no éramos amigas. La palabra que más veces se repitió para hablar de nosotras era rivales. Pero yo apreciaba a tu madre y, con toda probabilidad, el sentimiento era recíproco. Creo que Inessa se sintió muchas veces frustrada por la lentitud con que progresaba la causa femenina que, al tiempo, era lo que más le atraía de la revolución. No es de extrañar; fue una mujer castigada por su libertad. Cuando entró en el Partido, ya tenía un pasado que no sé si conoces...

−Sé que mi hermano pequeño, Andrei, no era hijo de mi padre. ¿Se refiere a eso?

−No solo eso, es que era hijo de tu tío Volódia...

−Lo sé, ¡claro!

−Lo sabes, pero no sé si lo valoras. Una mujer entonces de casi treinta años, con cuatro hijos paridos y uno adoptado, no se mete en la cama de su cuñado de diecisiete... y ¡rayos!, si lo hace, no va corriendo a contárselo al marido ni decide cambiar de pareja. ¿Sabes lo que fue eso?

−Lo sé, sí.

−No lo sabes, chiquilla... no lo sabes... ni te imaginas las insinuaciones que tendría que soportar ya para siempre. Ni te imaginas qué tipo de institución era el matrimonio en la alta burguesía rusa... Ella nunca lo escondió. Es cierto que se había casado siendo poco más que una niña, como hacían todas. Pero hay una osadía inmensa en flirtear con tu tío Volódia... y contarlo. Y en irse con él al Mediterráneo y volver embarazada.

−Reconozco que no puedo valorarlo igual que usted. Usted tenía otra edad, conocía de otra manera cómo eran las cosas... De entre nosotros la confidente de mi madre era Inna. Pero, en fin, vivimos todos juntos en Moscú, en el número ocho de la calle Ostozhenka, con el tío Volódia... en una casita linda, que permitía ver las torres y cúpulas del Kremlin en la distancia.

−Veo que tienes recuerdos algo nostálgicos de aquella época...

−La infancia es el tiempo de la felicidad, ¿no? Fui feliz ahí. Recuerdo apenas hilos sueltos, pero, de tanto hablar de ellos con mi hermana Inna, puedo interpretarlos. Los estudiantes entraban y salían, había reuniones políticas a diario y la actividad subversiva contra el zar era continua. Aunque los niños teníamos específicamente prohibido aparecer en el despacho donde conspiraban, digamos que nos beneficiábamos del jaleo general... Por no decir que, a veces, debíamos salir con las nannies por la puerta delantera para confundir a la policía. Así, los que estaban en la reunión podían escapar por la puerta de atrás...

−Sí, a tu madre le gustaba el vodevil –rio Alexandra–. Se atrevía a ser tan libre como era posible. Con todo, creo que no tendría todos los amantes que se le atribuyeron... Era una mujer hermosa y activa y, desgraciadamente, eso siempre implica que los demás imaginen cierta predisposición a la promiscuidad.

−No me está entendiendo. No necesito justificación para lo que hiciese en su cama. No creo en la moral burguesa... Solo me interesa su actuación política.

−Pues allí donde vayas, verás que es interpretada siempre como la amante de Lenin, como si no hubiese hecho nada más que acostarse con un camarada tan feo y tan poco dado a la voluptuosidad.

−Dicen que los calvos tienen buena disposición erótica −Várvara se va atreviendo porque esta mujer la provoca para decir todo lo que le pasa por la cabeza.

−Lo dicen ellos, para consolarse de no tener pelo...

Grethel oye las carcajadas en la cocina y hace un gesto de agradecimiento a una estampa del Sagrado Corazón que tiene escondida dentro de un armario para que la señora no la vea. Estos comunistas son algo maniáticos contra la religión y ella no quiere problemas con su señora, que merece todo lo bueno del mundo y aún más, por lo bien que la trata siempre; de ahí que agradezca a Dios-nuestro-señor que le haya traído esta visita alegre, que andaba la señora más que tristona en estos días.

−Voy a ser totalmente sincera. Nunca aprobé la postura de tu madre. Cuando vio la lentitud con que avanzaba el trabajo de persuasión feminista, se retiró... Digamos que volcó todas sus energías en el marxismo, en exclusiva. Y siempre tenemos la obligación de atender las causas menos asistidas si son justas. Hay que reconocerle, sin embargo, a Inessa el mérito de intentar convencer a los líderes del Partido de que había que hacer esfuerzos para organizar a las mujeres trabajadoras. Y fueron fundamentales su trabajo y su influencia para fundar el periódico Rabotnitsa en el 14, para las Comisiones Especiales de Trabajo entre Mujeres en el 18 y para el Zhenotdel en el 19.

−¿Ahí fue usted quien la sucedió a su muerte, ¿verdad?

−Sí. Pero mira bien lo que te digo: Inessa no quiso nunca ser la mano derecha de Lenin, que además ya tenía en Nadia a esa colaboradora ideal. Hasta se atrevió a pensar de manera diferente en algunos asuntos...

−Asuntos... ¿políticos?

−Claro, ¿en qué estás pensando?

−Algo sé acerca de que defendió el amor libre y de que Lenin no se lo perdonó... y no me extraña. Eso es más bien de anarquistas.

−Relájate con eso de las etiquetas... Ella tenía buen juicio e ideas propias, ¿no era justo eso lo que te preocupaba? A mí me incomodaba porque nunca fue una verdadera feminista. Parecía falta de sensibilidad hacia los problemas de la vida diaria de las mujeres. Digamos que se ocupaba más de elevar la conciencia militante de las trabajadoras que de defender sus intereses.

−Eso sería perfectamente ortodoxo...

−¡Sí! −Y la revolucionaria vuelve a reír, francamente divertida–. Probablemente la heterodoxa aquí soy yo... Pero entiéndeme. Ahora han pasado los años y muchos de los camaradas en esa lucha están ya criando malvas. Pero entonces, la actitud de ella y de alguna más me movió hacia posiciones de vanguardia en el feminismo. Por ejemplo, Inessa perdió interés por el periódico cuando vio que el comité de redacción, y especialmente Anna Ilínichna, preferían informes de asuntos domésticos o poesía y ficción hecha por mujeres a los ensayos teóricos y de propaganda escritos por ella y otras emigradas. No pretendo insinuar que se desentendiese de organizar a las trabajadoras, pero creo que fue incapaz de tender un puente entre ellas y las preocupaciones intelectuales. Mira, pasó buena parte del 17 en Moscú pero solo tomó parte mínimamente en la revolución...

−¡Teníamos a Andrei enfermo! Casi se nos va aquella primavera... Disculpe, pero... ¿no hablaba usted de los problemas reales de las mujeres? ¿Cómo no iba a tener mi madre sensibilidad para esos problemas si eran exactamente los suyos?

−¡Claro! Tanto ella como yo vivíamos bajo la presión de compatibilizar la política y la vida. Y ella no lo tenía fácil con tantos hijos... Tal vez debería haber pensado en eso antes de entregarse a la pasión, ¿verdad?

−Eso es profundamente injusto. Tuvo cuatro hijos en un matrimonio, como la mayoría de las obreras rusas...

−En nuestra generación, querida, la principal lucha política de una mujer era la de convertirse en sujeto de pleno derecho, la de ser soberanas de nosotras mismas...

−Dentro de una revolución socialista...

−Va a ser que eres tú, con todas las dudas que haya podido trasladarte tu prometido, más bolchevique que yo, Várvara. Sí, lógicamente, el asunto consistía en convertirse en sujeto político dentro del socialismo, ¿quién duda de eso? Pero el socialismo que no libera a la mitad del pueblo no es socialismo ni es nada. Y era necesario presionar continuamente para que los camaradas llegasen a aceptar un mínimo de todas aquellas ideas. En mi opinión, en aquel contexto, la vida personal y los romances eran lujos que una mujer radical no podía permitirse; eso era propio de las terroristas, no de las mujeres marxistas.

−Y mi madre se entregaba a los romances...

−No tanto como dicen, ya lo dije antes. Pero seguramente más de lo que debería porque la verdad es que se enamoró perdidamente de V.I. y para siempre... Ahí fue donde perdió la batalla.

−Así que yo estaba en lo cierto.

−No. Ella nunca haría algo en lo que no creyese. Era una mujer de gran fortaleza... Pero no tuvo la astucia de rodearse de otras mujeres que pudiesen entenderla.

−¿De usted tal vez?

−Tal vez, pero no tenía que ser yo. Cualquiera de las que estuvieron siempre en Rusia habría servido para asistirla cuando, por decirlo de algún modo, cayó en desgracia. Nosotras dos habíamos pasado años en el exilio, ya no teníamos la mentalidad de una rusa, por no mencionar que, en ese tipo de viajes, en la soledad del exilio se aprende cuánto vale un cuerpo para calentar las noches... pero Zhenia Egorova, mucho más modosa que nosotras en los términos habituales, declaró alguna vez en los grupos de trabajo lo feliz que se sentía de ser soltera y sin hijos... aunque acabase casándose y teniendo hijos. Liza Pylaeva, la típica mujer rusa que se unió a la causa bolchevique, no muy sofisticada ella, también fue una mujer independiente y sabría escuchar lo que le dijese. Acabó colaborando con Nadia en el movimiento juvenil, por cierto... Lo que quiero decirte es que, si Inessa amaba a Lenin, debería haber buscado aliadas entre otras mujeres que estaban luchando por unas condiciones de vida diferentes... pero ella trabajó en solitario, más arisca que una araña, y nunca pretendió explicarse; mientras que Nadia, completamente entregada al avance de la revolución, construía a su alrededor una red de aliadas que acabarían enfrentadas a tu madre.

−Entiendo que era difícil ser una revolucionaria: todo estaba estrenándose, también la ética de relación entre oprimidas.

−Así era. Por eso debes dejar descansar en paz a tu madre. Las mujeres tenían al mismo tiempo que ganarse la vida, ocuparse de las familias y agitar en el centro de trabajo. Era demasiada carga, más aún sin referentes previos. Eso volvió a muchas de nuestras camaradas gentes más interesadas por el día a día que por sentimentalismos. Y tu madre era, si me permites, excesivamente sentimental. Sentimental y poco táctica, dado que no supo hacer de puente.

−Y así dejó ese papel para usted...

−¿Qué papel?

−Usted es ese puente entre socialismo y feminismo.

−A lo mejor sí, nunca lo había pensado en esos términos. Pero... ¿sabes para qué sirven los puentes? Cualquier mujer con experiencia política lo sabe: ¡para ponerles dinamita!

8

Mi deseo choca con la realidad mil veces al día,

tal vez más.

Si fuese a ser eterna, podría soportar

la tensión.

Pero, siendo tan breve el tiempo que me resta,

pensé que debía cambiar la realidad.

−La ingenuidad, ¡qué linda!−.

Hoy tantos mensajes levemente repetitivos

me aconsejan situarme fuera, en los márgenes

y mirar desde ahí la catástrofe.

El deseo, bien lavado, puede quedar colgado al sol,

con las banderas y sus emblemas revolucionarios.

Pero... malditas sean las cínicas.

Inessa Armand (1914). Cuadernos apócrifos. París.

9

Como feminista bolchevique, Alexandra Kollontai (1872-1952) eclipsó a su contemporánea Inessa Armand (1874-1920), que acaba reducida a mera amante de Lenin. Alexandra Kollontai, que tras el fallecimiento de Inessa, la sucedió en algunas de sus tareas, era, sin duda, la más carismática de las dos, aunque Inessa fuese más fina en la táctica política. En la visión de Kollontai anterior al 17, las feministas formaban parte de una élite privilegiada, a pesar de su falta de derechos políticos, porque al trabajar para la reforma del zarismo y no para la destrucción del sistema, estarían dándole legitimidad. Además, veía una enorme brecha entre la mayoría de las mujeres, empujadas fuera de casa hacia un trabajo a causa de la pobreza, y la minoría que buscaba su realización personal a través de una equitativa participación con los hombres en la fuerza de trabajo y en la trama política. Irónicamente, su posición no tuvo credibilidad ni para las feministas, que tenían serias dudas sobre su sinceridad, ni para sus camaradas socialistas, que sospechaban que estaba abogando por el separatismo de las mujeres trabajadoras. Para Kollontai, el asunto no era sencillo. Probablemente veía a las feministas, incluso estando divididas, como una amenaza para el movimiento de la clase trabajadora donde estaba implicada y en el que creía profundamente. Pero, a pesar de la férrea oposición de sus camaradas socialistas, intentó por todos los medios introducir a las mujeres trabajadoras en la óptica de la lucha de clases haciendo clubes separados para ellas. Podría ser vista como un puente entre socialismo y feminismo.

Várvara Armand. Apuntes para su Biografía de Inessa Armand (inédita).

10

No es que tuviésemos un trato estrecho, una confianza de íntimas amigas. Si estás buscando confidencias, no seré yo quien pueda informarte. Pero eran tiempos de mucha ebullición y ella estaba en el centro de todos los comentarios, así que, incluso no queriéndolo, acababas por saber... y en Moscú nos conocíamos todos. Las familias de origen francés, como la tuya y la mía, al establecerse en Rusia a comienzos del XIX, fueron obligadas a nacionalizarse, pero no teníamos estatus de verdadera ciudadanía; éramos solo “ciudadanos honorarios”, lo que significaba en realidad que éramos gente de segundo grado. Los nobles ni nos miraban, así que nuestro círculo de amistades era más bien reducido. Yo asistía todos los jueves a las reuniones en casa de Mina Gorbunova, que fue la primera mujer a quien escuché, no sin escándalo, llamarse a sí misma feminista. Decían que era una matemática eminente, dedicada a la estadística sobre todo, aunque lógicamente nunca hablábamos de eso, pero lo que sí tengo por seguro es que era una convencida defensora de la cuestión femenina. Nos animaba a todas a fundar escuelas, a informar a otras mujeres. Allí, en su salón, empecé a coincidir con tu madre con regularidad, aunque ya nos conocíamos superficialmente de frecuentar la misma sociedad –ya sabes, los mismos bailes, las mismas tiendas– de solteras. Ella era –estoy hablándote del año 93 o 94–, una joven madre que a veces dejaba Eldigino, donde vivía, cerca de la fábrica de vestimenta militar que había dado fortuna a tu familia, para acercarse en tren a Moscú. Hacían una bonita pareja, ella y tu padre –porque Alexandre era tu padre, probablemente– cuando se dejaban caer por las fiestas de sociedad: ¡ópera, ballet, teatro, de todo cuanto hay! ¡Éramos jóvenes y nos gustaban las salidas y las fiestas...! Pero las diversiones, creo, pasaron a segundo plano cuando Inessa comenzó a frecuentar la tertulia de Mina Gorbunova. Pienso que dejó de salir tanto como hacía antes. Ella era muy temperamental, no sé cómo decir… Digamos que tomaba decisiones impetuosas muy firmemente. Alexandre Evgenevich, tu padre, era miembro de la Zemstvo de la región de Moscú. ¡Bah! Era un cargo que ni sé bien decirte en qué consistía, pero tenía que velar por las cuestiones de educación y salud públicas. Así que Inessa se decidió rápidamente a aplicar las ideas que circulaban por el salón de Mina en su propia casa, contando con esa predisposición filantrópica de tu padre. Recuerdo que primero tuvo que discutir con la familia Armand por eso de establecer una escuela para los hijos de los trabajadores y de los campesinos locales. Imagínate lo que sería… Por entonces se veía como una excentricidad dedicar energías a educar a los criados. Porque en nuestras familias, la servidumbre nunca existió, no sé bien por qué, tal vez porque los abuelos ya habían llegado de Francia con otra mentalidad distinta a la del zarismo. ¡Rusia estaba atrasadísima! Pero, de ahí a poner los criados a estudiar, todavía había un trecho... Lo que Inessa pretendía, con todo, según contaba en el salón, era tener a los niños ocupados para poder dedicarse a las madres. Ella era así: cuando se fijaba un objetivo, buscaba el medio para conseguirlo como fuese. No era que no le importasen los niños, ¿eh?, entiéndeme bien. ¡Si todavía tenía unos pocos meses Alexandre, tu hermano, y ya adoptó a un niño de una familia pobre! Sí, Vladimir, que después traía con ella como un hijo más, todo lindo y con zapatos de hombrecito. Pero le había prendido dentro el fuego de la cuestión femenina. Y como tu padre tenía esa encomienda de observar la región, se empeñó en visitar con él muchas familias pobres. Nunca había visto nada igual, nos contaba, y no me sorprende: cuando empezó el noviazgo con tu padre era aún una niña. Todas éramos muy ingenuas; nada que ver con lo que son ahora las jóvenes... Si te digo la verdad, al principio pensé que estaba jugando... Era siete u ocho años menor que yo, así que podía valorarla con perspectiva. Mira, entonces estaba de moda tener un diario e Inessa nos contó a todas las señoras de las reuniones de Mina que había anotado en el suyo la primera carta que le envió a Alexandre, bajo pretexto de pedirle la dirección de un amigo común para mandarle una invitación. Aprovechó la circunstancia para invitarlo a él también y para explicarle cuánto la había hecho pensar su conversación y todo lo que había hecho desde su visita. Parece todo muy normal, hasta que Inessa nos reveló entre carcajadas que había escrito la carta... ¡la noche siguiente a esa primera visita! ¡Pues sí que aprovechaba las horas ella! Sí, era vehemente, pero también calculadora; no sabría yo determinar qué cualidad predominaba en ella... Digamos, que era por días que se presentaba como pasional o madura. En aquel tiempo tenía algo especial, sin embargo, como si precisase poner su energía en algún sitio y no supiese todavía dónde.

Al poco de nacer tú, Mina consiguió el permiso para fundar la Sociedad Moscovita para mejorar el Destino de las Mujeres y le pidió a tu madre que hiciese de secretaria. Creo que fue en ese momento cuando empezó a ser vigilada por la Okhrana, la policía zarista. Pero lo único que pretendía era obtener fondos para escuelas de mujeres, para libros..., todo bien pedagógico, orientado a un buen fin..., aunque su sueño, siempre insistía, fuese fundar un periódico. Entonces llegó lo de preocuparse tanto con la prostitución y fue ahí cuando se estropeó todo... ¡Ah! ¡Qué difícil de explicar!

Éramos hijas de la burguesía, nos habían hablado siempre de las malas mujeres que inducían a los hombres al pecado. Si un matrimonio no funcionaba, era porque una mujer licenciosa, cobrase o no por su dedicación, seducía al pobre hombre, el cabeza de familia. La sífilis era pan de todos los días. Por primera vez, en las tertulias de Mina pensamos en la prostitución como la única opción de las mujeres pobres, expulsadas fuera de casa, golpeadas por los maridos, embarazadas cada invierno. Aunque yo siempre creí que para hacer eso, había que estar hecha de un material especial, muchas, ella en especial, debatían y debatían sobre si era la única salida posible para llevar algo de comer a unos hijos mal nutridos... no lo sé, el mundo es muy ancho y habrá de todo... Pero para hacer eso, no sirve cualquiera.

La verdad es que me fui alejando del grupo cuando comenzaron a simpatizar tanto con las mujeres de mala vida... Como que se pasaban el día justificándolas, buscándoles las virtudes y yo, si te digo la verdad, no sé... Si le das la mano o así a una de esas mujerzuelas, ¿no podrás contagiarte de algo? De sífilis o de algo peor... Todo el mundo sabe que la indecencia es contagiosa. ¡Pues claro que es contagiosa! Inessa era muy sentimental, ya te digo: cuando abrazaba una causa lo hacía por entero. Y no te creas que a los hombres les gustaba esa filantropía, ni las feministas todas... No confiaban en tanta modernidad. En la iglesia siempre nos habían dicho que una mujer de perdición es alguien degradado, alguien que ya nace así, como predispuesto al pecado. Que tu madre, como otras casadas en ese momento, se decidiese a defender a las mujeres desviadas del buen camino era algo absolutamente insólito en Moscú. Nunca se había visto algo igual. Pero ella se empeñaba en asegurar que se trataba solo de una expresión de la caridad cristiana. No, allí nunca se habló de política. No sé por qué me preguntas eso... Detesto la política. No yo en particular, ¿eh? Creo que todas nosotras detestábamos la política... o, más bien, no sabíamos una palabra: de eso hablaban los hombres cuando fumaban un cigarro después de la cena. Las mujeres no. Teníamos bastante con las casas, los niños, ya sabes... Podía entenderse que las señoras se ocupasen de las mujeres descarriadas como buenas cristianas ortodoxas, que deben ser caritativas, simplemente. Pero Inessa se tomó en serio la defensa de las prostitutas. Para mí que se excedió. Porque ¿qué puede pensar un hombre que no sea tu esposo, si te pones a defender prostitutas? Pues que ves con buenos ojos el pecado, ¿no? Y si ves como aceptables esos pecados, tiene que ser porque estás pensando en pecar. No hay vuelta de hoja.

No quiero ofenderte pero... en aquel tiempo creía que Inessa debía de estar pensando todo el día en... bueno... en... eso que se hace con el marido. Y tu padre que iba mucho fuera, de caza y así ¿eh?, que yo no pienso que visitase nunca un prostíbulo un hombre recto como él, pero faltaba de casa, y su mujer pensando en prostitutas... ¡Eso no podía llevar a nada bueno! Porque, por muy liberales que fuésemos, por muy modernas y convencidas de mejorar las condiciones de vida del prójimo, yo siempre tuve para mí que una cosa es enseñar a leer y otra justificar el pecado. Que las mujeres que supiesen leer sabrían llevar las cuentas de gastos de la casa o del negocio del marido, y eso no da reparo. Ni se me pasó nunca por la cabeza la idea de mujeres que viviesen fuera de la casa familiar y, como después se vería, tu madre vislumbró ahí un camino de libertades que no podía llevarla a buen sitio. Porque… ¿qué es mejorar el destino de las mujeres? ¡Hacer que puedan leer el periódico o un libro de cantos de misa! Efectivamente. Pero siempre hay alguna que da en imaginar que, a lo mejor, puede llegar a ser como un hombre, con su capacidad de ir y venir y, digo yo, si Dios nos quisiese así, libres y decididas como hombres, nos habría hecho a todos iguales, y no lo hizo. Y para hacernos distintos, tuvo Dios-nuestro-señor que pensar en cómo y en por qué, y decidió hacernos distintos por ahí abajo... Y bien se sabe que esa pequeña diferencia, destinada a que todo encaje y sean una sola cosa lo que antes estaba separado, le ha causado a Dios-nuestro-señor innumerables problemas ya desde el Paraíso. Si te digo la verdad, todo eso es demasiado complejo para mí. Pero creo que, si Dios tuviese que volver a hacer el mundo hoy, procedería de otra manera bien distinta.

Y si escribes algo de todo esto, que no salga mi nombre así en el de mujeres a favor de la modernidad ni devotas de los salones, que finalmente lo mejor del socialismo fue que se dejasen esas cosas todas pecaminosas. Que para mí lo único malo de los bolcheviques era el ateísmo, aunque yo continué siempre teniendo mi icono en casa y recé cuanto quise. Por lo demás los bolcheviques fueron siempre gente de orden... Sí, tenían respeto por la esposa y devoción por los hijos. Mira a tu padre, si no, que cuando Inessa le vino con la barriga de otro, y encima, siendo el otro su propio hermano, bajó los santos todos del cielo, que es cosa de perdonar en un momento así en un hombre siempre sobrio y gentil, pero después le dio trato de hijo y le puso su Alexandrievich tras el nombre, para no llamar la atención. Que, en mi opinión, el mejor bolchevique de la casa era tu padre, aunque no entrase nunca en el partido ese. De hecho, lo prendieron una vez por tener libros marxistas o no sé qué, por esa época, cuando tu nasciste. Después, claro, no entraría en el Partido, porque ya los cuernos le llegaban a la Luna, pero era un puro bolchevique, vamos, eso creo yo. No como otras que se apuntarían a un bombardeo con tal de no estar en casa. Y, si escribes algo finalmente con todo esto, no te olvides de poner mi nombre, que yo nunca he salido en un libro... Pero no como amiga de prostitutas ni feminista, pon algo así más normal...

Várvara Armand (sin fecha). Entrevistas para aclarar la figura de mi madre: Extracto 21, anónimo.

[Las entrevistas fueron transcritas de acuerdo con el modelo taquigráfico para el ruso de Anna Grigórievna, por cierto, esposa que fue de Fedor Dostoievski, autor de Los hermanos Karamazov, obra prohibida hasta 1953 por Stalin, por ser representativa de la moral individualista burguesa. V. Armand].

11

Si un viajero quisiese instalarse en Ostracia

y viniese a pedirme consejo,

le mentiría.

Con toda tranquilidad,

le hablaría de las lechuzas que cantan por la noche,

de los corzos que a veces salen a los caminos.

Le cantaría las bellezas todas de Ostracia:

la humedad de los bosques,

la intensidad de las puestas de sol,

y el canto de mil pájaros al amanecer.

Mentiría.

No hablaría de que los vecinos nunca saludan,

ni de la suciedad que rodea todo cuando cortan la hierba en las últimas horas de la tarde.

No hablaría de que es imposible venirse a vivir a Ostracia

voluntariamente

en un acto de decisión individual.

Imposible.

A Ostracia solo se puede venir desterrada.

Inessa Armand (abril de 1908). Cuadernos apócrifos. Mezen.

12

¿Escribir sobre Inessa? ¡Quítate esa idea de la cabeza inmediatamente! Tu madre no puede ser explicada en un libro. No es que no quiera ayudarte. Tienes que saber que me estás pidiendo algo íntimo y lo íntimo no puede ser recogido en la Historia, por definición. Compartí con ella una parte insignificante de nuestras vidas. Estuvimos presas juntas en Moscú, antes de ir a Mezen. ¡Aquel destierro fue cruel! Ya sé que lo sabes... Era tan excesivo para una madre que apenas podía ser acusada de que en su casa se celebrasen reuniones antizaristas o de imprimir material informativo sobre marxismo... que solo podía explicarse como un castigo ejemplar. Las autoridades de ese viejo mundo que estaba derrumbándose se complacían de que todo el peso de las leyes fuese a caer sobre una extranjera rica... Finalmente, ella traía modelos de existencia que rompían la familia de siempre. Sí, extranjera, porque apellidándose Armand nadie puede ser verdaderamente ruso, ¿no? La política estaba por todas partes y en cierta manera era consentida; las nuevas costumbres, no. Cuando volví a verla, había intentado recomponer mi vida, había salido de Rusia y habitaba otros horizontes. Si tuviese que contar la verdad de Inessa no hablaría de ella, sino de otras mujeres que llevaban décadas desafiando esas costumbres. Voy a contártelo... pero nada de tu madre.

En Rusia, antes de la revolución, muchas mujeres en el campo se casaban antes de tener la primera menstruación. En el tiempo en que trabajé en un hospital en Petersburgo, supe de muchos usos antiguos que todavía eran frecuentes entre nosotros. En cierta ocasión entró una mujer de parto porque, aunque lo habitual era parir en casa, por cualquier complicación podía aparecer una parturienta y también era atendida. Me sorprendió, al quitarse la ropa, ver que traía sus partes llenas de azúcar. Una partera que había ido a atenderla valoró que el parto iba a ser difícil, así que la mandó al hospital, no sin antes haber hecho esa curiosa recomendación: puesto que el bebé no quería salir a ver la luz del día, lo mejor era intentar persuadirlo poniéndole algo dulce ¡No te rías...! Antes de la revolución, Rusia era un país salvaje, de hielo y osos. Por eso no quise regresar allí... Durante años las clases altas habían procurado educar a sus hijas y las niñas solicitaban el ingreso en las universidades que, invariablemente era denegado. Ante la reiterada falta de éxito, muchas marchaban a Zúrich, de manera que en el 73 el zar decretó que les fuese negado el acceso a los trabajos del estado a las mujeres que hubiesen estudiado allí. Insistía el decreto en la inmoralidad de las estudiantes rusas fuera de casa... Todo fue muy difícil. ¿No conoces el caso de Sofía Kowalevsky? Moriría cuando tú naciste... Pues, contando las cosas por el principio, tres muchachas deseosas de estudiar, por los setenta, escogieron a un hombre con fortuna, el tal Kowalevsky y se le ofrecieron para una singular aventura: él podía decidir con cuál de ellas se casaba y las otras dos acompañarían al matrimonio y así podrían salir de Rusia para estudiar... Sofía, que fue la elegida, llegó a ser una matemática mundialmente famosa... Cuento todo así tan mal que pensarás que estoy loca pero aquel tiempo es difícil de explicar. Lo que quiero decirte es que el mundo no necesita de una historia verídica de tu madre. Ella llegó a relacionarse con personas tan importantes para el futuro de la humanidad que su verdadera vida carece de interés. Se publicarán obras y más obras sobre ella y apenas dirán que fue la amante de tal señor o de tal otro, pero realmente solo puede ser entendida en la tragedia que nos afectaba a todas. Cuando la prendieron, tu madre tenía cinco hijos, entre los trece y los cuatro años. ¿Cómo pudieron hacerle eso? El 21 de noviembre, en la Estación Yaroslavsky, el tren que la llevaba al exilio hizo una parada para que ella, custodiada por dos guardias, pudiese saludarnos −éramos unas pocas personas congregadas para despedirla, además de todos los miembros de tu familia−, ¿te acuerdas? Marchaba a Arcángel, y después todavía más al norte. Sé que lo viviste, pero no siempre entendemos el desgarro que puede producir en los otros el castigo. La sentencia dictaba que Elizaveta Fedorovna Armand era un peligro para el orden público. ¿Qué significa un peligro para el orden público, puedes decírmelo? Pues probablemente que nadie entendía cómo podía estar viviendo con su cuñado y tener consigo a sus hijos. Kamo, aquel bandido tuerto que era bien amiguito de Stalin en la infancia, no sé si después, atracó el Banco del estado en Tiflis y se llevó 341.000 rublos, ¿sabes? Hasta fue capaz de mandarlos a la frontera en una caja de sombreros... y no fue enviado al Ártico. ¿Entiendes lo que era actividad subversiva y lo que no lo era? Se vengaron de ella por su vida personal.

Cuando volví a verla dos años después era toda melancolía. Estaba pálida y flaca, y tenía el ánimo bajísimo... Durante esos meses había estado apartada de sus niños, había pasado hambre, había padecido malaria y desnutrición y había visto, finalmente, cómo moría su amante, aquel por quien había arriesgado su posición social y su buen nombre... ¿Sabes qué me dijo? “Estoy destruida. Vengo de Suiza donde acaba de morir alguien muy cercano a mí, de tuberculosis...”. Ella sabía que yo sabía... Ella sabía que todos sabíamos quién podía ser ese alguien muy cercano a ella... pero pretendía ser comedida. Anna Asknazy, con quien tenía más intimidad que conmigo, me escribió pidiéndome que la cuidase. Me contó que le había dicho en una carta muy emotiva que la muerte de Volódia había sido para ella una enorme pérdida, porque formaba parte de su felicidad personal y que sin felicidad personal el camino era demasiado duro. Eso fue lo que recuerdo que me dijo Anna, pero a mí no me contó tantos detalles. Ahora vosotros, los jóvenes, sois diferentes, pero entonces la discreción era tenida por virtud importante y entre nosotros, entre las gentes que habíamos padecido los sufrimientos de la prisión y tanta injusticia, todo se leía entre líneas. Si ella no me confió nada de esa relación personal, sería porque no deseaba contarlo y no voy yo a ir transmitiendo mis opiniones que pueden estar equivocadas. Tienes que entenderme. Te ayudaría si pudiese. Solo puedo decir que al regreso del destierro estaba cerrada dentro de sí. No podía volver a Rusia por miedo a que la detuviesen. Y no era sencillo llevaros a todos vosotros al extranjero en aquellos tiempos peligrosos. Si en algún momento había pensado pasar inadvertida entre la multitud en un lugar grande como Petersburgo, probablemente ya no se veía con fuerza para hacerse cargo de vosotros en esas condiciones. Estaba deprimida, como dicen ahora. Nos encontrábamos con frecuencia en aquellos tiempos e insistía siempre en su falta de energía, en su incapacidad para concentrarse en el trabajo. Por eso se vino a París, para conocer el Partido Socialista francés y valorar lo que podía hacer. Nos veíamos en la avenida de Orleans, en el Café des Manilleurs, donde se reunía toda la emigración rusa. Nos dejaban un local reservado en el primer piso, para hablar con mayor comodidad. Allí, conmigo delante, tu madre conoció a Lenin. Con él entró en otro capítulo de su vida, del que ya apenas sé lo que cuentan por ahí. Por eso no quiero ni puedo hacer contribuciones interesantes para tu libro. Pasé por su vida un par de veces, en episodios sueltos. En la primera vi a una mujer intensa, cargada de luz y de ganas de poner todo patas arriba. En la segunda, vi lo que hacen las prisiones con las personas: las vacían por dentro. Se había vuelto cautelosa, medida, no exactamente fría... Creo simplemente que carecía de toda esperanza... Pero cuando en el Café des Manilleurs, adonde fue conmigo, conoció a Lenin, su vida cambió para siempre. Se colocó al servicio de su causa y fue..., no te ofendas, pero fue como si se tatuase en la frente: “soy tuya”.

Várvara Armand (3 de abril de 1930). Entrevistas para clarificar la figura de mi madre: Extracto 17, Elena Vlasova.

PARTE II: LA HEGEMONÍA 13

En el largo viaje en tren, Inessa, maltratada por la fiebre, se explica ante sí misma. Cuando la acusada recibe el veredicto, debe experimentar el sabor de la ansiedad, de la angustia. Así está escrito. Pero ella, tras escuchar el nombre del castigo –irse desterrada– se sorprende: ¿cómo puede ser la ley tan leve? ¡Desterrada! Sin tierra. Eso significa sin propiedad. Parecería marxista y revolucionario si no fuese que en un país de campesinos todos tienen una tierra que legar a la descendencia, a menos que sean perezosos y carentes de amor propio. ¡Desterrada! Porque sus mayores nunca pensaron en dejarle una tierra. O, aún peor, porque ella sola hizo cuanto fue posible para merecer un castigo. La acusada hasta encuentra justa esa condena: irse para un destino caduco, como todas las estaciones, apenas eso. Está claro que la condena insulta a sus mayores, pero no exactamente por nunca haber pensado en darle una tierra, sino por haber permitido que sea así; rebelde. Desde luego, ella sola se ha hecho merecedora de un castigo: el de ser expulsada, por peligrosa, por algún comportamiento inconfesable que la sentencia ni siquiera menciona. Por eso ahora tiene que padecer el ostracismo. Las leyes son todas justas, por eso se llaman leyes, porque regulan el desorden y esta terrible rebeldía... Las leyes demuestran cuánto brillo tiene el poder y cómo resulta perverso escapar del camino habitual, el que siempre han recorrido todos. Como le han quitado de las manos todas las armas, también los libros, solo le queda habitar esta fuerte pulsión de la ironía.

Si no fuese por los niños, hasta celebraría el castigo. Irse a Arcángel, a Mezen, adonde sea... Llamará a ese destino obligado su Ostracia. Llegará a una tierra donde no la conocen; no podrán juzgarla. Una revolucionaria, por mucho que haya sido criada entre sedas y sábanas de Holanda, no puede temer nada. Ni el frío, ni el hambre, ni la soledad. Se instalará en una casa nueva y ella adora ese momento creativo de los comienzos donde todo está por descubrir, donde todas las palabras se pronuncian con la autenticidad de la primera vez. Debe concentrarse en la posibilidad de contemplar Ostracia como un destino de vacaciones, como una elección deliberada, como si fuese ella quien se exiliase.

Pero, al llegar, ve los habitáculos alineados, todos levantados en sentido contrario a la calle, para que los vecinos nunca hablen y respeten la tierna intimidad del adentro y la oscura hostilidad del afuera. En las puertas solo permanecen los enanos de piedra, iguales en todos los jardines, con las sonrisas disecadas, mirándola, observando todo con sus caras necias. En Ostracia, avisan, no está permitido llorar. En Ostracia, avisan, los enanos ocupamos el jardín para evitar que nadie ponga la ropa a secar en el exterior porque la ropa, si está sucia, debe ser lavada dentro; nunca exhibirse a la contemplación pública. Además, la ropa interior femenina es provocativa y podría causar estragos entre el vecindario. Ella no entiende por qué las leyes protegen a esas otras personas que, al final, también han sido condenadas. Ingenuamente pregunta si está vigente una sola ley que atienda a lo que pueda provocarla a ella. Los enanos se callan. No está allí para preguntar, ni para pedir, ni para solicitar. No está allí para reivindicar, ni para suplicar, ni para rezar, ni para rogar. No está allí para hacer más justa la justicia. Está allí solo para expiar sus culpas. Para acatar la Ley.

14

Nadie sabe cuándo va a tener que instalarse en Ostracia. Algunos nunca llegan a ir allí. Esos son los vencedores, los que siempre saben, reptando, encontrar tierra firme bajo los pies. Tampoco van a ser desterrados nunca los que caminan mirando al suelo, sin levantar la vista al cielo, implorando, para que el poder no perciba su presencia. Ni mucho menos los que responden como ovejas a los mandatos, es decir, los que pastan tranquilos en la hierba y bajan seductoramente las pestañas para flirtear con el poder. Todos los rebeldes, sin embargo, deben pasar una estancia en Ostracia, a fin de aprender en carne propia el peligro de escoger la desobediencia. Habitualmente son acusados de llevar dinamita entre los dientes o, aún peor, de ir por libre, olisqueando el camino, entreteniendo la marcha del rebaño. Tampoco es preciso que Ostracia sea una prisión con excepcionales medidas de seguridad. Ostracia puede ser un tiempo donde las ideas propias ofenden a los que antes se llamaban “los tuyos”, un paréntesis de distancia con aquello que antes nos constituyó, un tiempo para ser una apestada, una disidente, una que debe ser señalada con el dedo, a ser posible por un dedo con varios anillos bien colocados. Ostracia, la mayoría de las veces, ni siquiera exige un viaje. Puede tratarse de un arresto domiciliario o de un espacio virtualmente alejado del circuito social, donde antes de la condena era posible reír con los camaradas, debatir los matices todos, sin sospechar que nadie pudiera ofenderse. En algunas versiones, Ostracia es uno de tantos desiertos domésticos que la política usa para castigar a los militantes entregados que, de pronto, no lucen tan bonitos como antes. Para resistir, hay que entrenarse en la escasez voluntaria de bienes. Hacerse anacoreta. Para pasar por Ostracia y salir viva es preciso superar doce pruebas: un juicio injusto, una amistad traidora, el desprecio de los tuyos, la saña de los guardianes, el hambre, la sed, el sueño, el dolor, el frío, la ausencia de caricias, la falta de noticias y, la peor de todas, la autocrítica. Porque Ostracia está diseñada para que la presa entienda que podría verse a salvo del castigo si hubiese renunciado a tanta rebeldía en tiempo y forma, de manera que el castigo es siempre merecido.

Mientras así medita, Inessa dobla cuidadosamente la carta que intentará enviar a Alexander. Le habla de la compañera que han trasladado a otro lugar, ni siquiera sabe dónde, el día anterior. Llevaba nueve meses en ese exilio y comenzó a padecer alucinaciones: veía por todas partes rostros fantasmagóricos. Pero Inessa no cuenta eso para preocupar, todavía más, a su familia; es que la denuncia es ya en ella una costumbre. La presa tenía solo dieciocho años: “¡Es una niña!”, insiste. Le cuenta también, sin medias tintas, al todavía marido que Volódia la acompaña y le brinda todo su apoyo. Hasta ha escrito a un miembro de la Duma solicitando que intercediese por ella, retenida en Arcángel dos semanas sin derecho a recibir visitas ni reconocimiento médico, aunque haya contraído malaria. Finalmente, la mandaron a Mezen, en un viaje de siete días en dirección norte absolutamente penoso: <<En todas las estaciones era igual: la cama estaba tan sucia que preferíamos dormir en el suelo>>.

Como Ostracia adopta tan diferentes formas, lo único importante es no derrumbarse; es imprescindible mantener el control. Ostracia es también el aura de silencio que puede rodear a una mujer en las calles de Moscú cuando es amante de su cuñado, especialmente si él tiene doce años menos, y si no deja por eso de querer tiernamente al marido durante el resto de su vida. Inessa continúa durante horas y horas tejiendo pensamientos subversivos y escribiendo cartas para los niños con dibujitos y preguntas cotidianas sobre las clases de francés, los deportes, sobre el eczema en la piel de Fedor, que debe aplicarse una solución diaria de aloe-vera, sin olvidarse nunca-nunca-nunca... Inessa, en medio del frío, cubierta hasta las orejas por una manta de pelo, escribe para así vivir, que a veces la vida consiste solo en escribir. Se detiene en minucias con humor, hasta que parecen enormes relatos, igual que convierte lo enorme en un detalle sin importancia para alejar de los niños cualquier angustia. Perfeccionista en el oficio de madre, se empeña en practicarlo en la, poco habitual, modalidad de madre a distancia. Pero, sobre todo, se aplica a la resistencia. “Por aquí realmente hace frío; para ser exacta, 37 grados bajo cero, pero eso mismo explica la naturalidad del trato entre los presos y las gentes. Aquí, un preso es apenas otro animal con frío, igual que todos los demás”. Inessa distrae su atención del espectáculo de las miserias, pero no miente. Exhibe fortaleza para animar a los suyos, porque permitirse la mentira sería tanto como presumir de estar hecha de madera de heroína, cuando no puede ser, que los humanos todos estamos compuestos de la misma sustancia: un poco de carne y sangre apenas envuelta en una piel finísima, que cualquier casualidad puede perforar. <<Me habló un guardián de que pensaban mandarme aún más lejos, a Kódia, aunque es improbable que lo hagan a estas alturas del invierno y sería horrible para mí. En Kódia no hay presos políticos. Prefiero Mezen, donde podré hablar y tal vez formarme un poco más. Y Volódia lo prefiere también porque aquí tenemos hospital>>. Inessa escribe desde Ostracia para el mundo, y todas las presas, también las que habitan otras Ostracias más cálidas, podrían reconocerse en su voz. <<Tenemos cuatro horas de luz, entre las diez y las catorce. Todo el resto de la vida se hace en la más absoluta oscuridad. Eso fomenta que las personas estén especialmente atentas a cooperar, a trabajar juntas... porque comparten muchas horas de conversación junto al fuego>>. Como quien llevase una cesta de pícnic para sentarse a celebrar una fiesta en un volcán, así Inessa pasa el exilio enseñando a leer a sus compañeros de infortunio. Mientras tanto, aprende de sus relatos lo que es verdaderamente la lucha de clases, además de una frase en los libros que acabaron por llevarla a este lugar, distante de la mano de Dios, pero no mucho de la mano del zar. <<Me gustaría saber escribir mejor para pintaros con palabras como son estos bosques. Tal vez, en verano, cuando los días sean algo más largos, tengamos un encuentro, si venís todos por aquí>>. Por supuesto que, como todas las presas, esta tiene que soñar con futuros para levantarse cada mañana, incluso si eso de levantarse es solo una forma de hablar, porque en los días más duros, casi no puede caminar a causa del frío: todo ejercicio físico debe ser evitado para economizar energías. Sumergida en esa eterna oscuridad, Mezen se vuelve para ella un espacio onírico, tan irreal como las figuras que pueblan los sueños, y la presa subsiste porque está sin estar de todo, con una parte de su mente allí fuera, donde habita la realidad, durante dos años lentos, dos años duros, dos años inmensos, que harán crecer a sus hijos hasta convertirlos en seres irreconocibles. Más vale soñar con una visita donde ella pueda mostrar esos bosques de su Rusia del norte, tierra salvaje, de una belleza mortífera. <<Para llegar hay que usar trineos tirados por perros. ¡Cuánto os gustaría, mis niños, montar en ellos sobre la nieve, que se ve casi azul, iluminada por esta luz apagada del norte!>>.

Ostracia es un tiempo para sacar fuerzas de algún recóndito lugar sin nombre. Es posible que las cartas no lleguen a destino; incluso así, hay que intentar siempre escribir. Escribir para que Inna no se olvide de mamá. Escribir para que Vladimir se sienta querido como los otros hijos. Escribir para que Alexander y Fedor entiendan que ella no ha hecho mal alguno. Escribir para que Várvara y Andrei no vean cómo se borra la imagen vaga de su madre. Escribir para que el marido sepa que todo continúa en orden, que ella es quien quiere ser. Escribir para ser. Escribir para matar el tiempo y que discurra rápido. Escribir para olvidar que el mar es blanco, que son blancos los lagos y el estuario, que todo es tan blanco como las lápidas del cementerio, que todo es frío e inerte, que en estas tierras abunda la sífilis y la malaria, que el alimento es escaso, que los animales salvajes vagan próximos y en las largas noches aúllan a la puerta. <<Siguiendo hacia el norte, ni os imagináis cómo son los osos: ¡Son blancos! ¡Y tan lindos!>>. Pero no todo en la vida es escribir. Las largas horas de espera dan para ensayar las artes de la cocina, para aprender todos los dialectos del ruso, todas las formas de la camaradería y el humor. <<A decir verdad, debería levantarme para poner el samovar, pero tengo fama de ser perezosa. Me levanto más tarde que los demás y, cuando consigo llegar, el té ya está listo>>.

Una tarde, un poco antes de las dos, cuando el sol se pone, sale por leña. Es difícil caminar entre la nieve sin mojarse completamente. El aire glacial quema la nariz por dentro y, aun protegiendo las manos con guantes gruesos, el frío no permite que la tarea mínima de coger unos cuantos troncos se resuelva con rapidez. Todo es lento, lento y blanco, como los fantasmas, que tal vez haya comenzado, ella también, a padecer alucinaciones. Entonces es cuando lo ve. A pocos pasos de ella, un ejemplar magnífico de lobo ártico está mirándola intensamente. De los labios del animal sale el humo de la respiración, como si fuese un dragón de las leyendas infantiles. Inessa no grita; es probable que esté asustada pero no corre. Una camarada no hace pucheros como una burguesita moscovita, aunque lo sea. El lobo podría ser un hombre, tan atrayente le parece. En sus ojos se aprecia que guarda la tenacidad de los seres míticos, la firmeza de los rebeldes que no se dejan domesticar. Por eso, tal vez, Inessa permanece quieta: para merecer esa mirada. Para merecerlo. No mueve un músculo y cualquiera que pudiese ver la estampa pensaría que el pánico la ha dejado paralizada, pero las cosas no son tan simples. Los cuentos de la infancia relataban que quien sostenía la mirada del lobo durante unos segundos se quedaba para siempre cautivo de su belleza, del poderío. El lobo nunca se excede en nada, se ajusta a la disciplina de su manada y caza en grupo, respetando la jerarquía y actuando de manera organizada, como un comando revolucionario. El lobo no es sanguinario: a veces tiene que llevarse una oveja, de ahí el relato de su ferocidad, pero es raro que mate el rebaño entero. El lobo no habla. No se fatiga en transmitir su pasión por la libertad. El lobo recorre enormes distancias a medio trote, eficaz, sin correr y sin pararse nunca, concentrado, como si hiciese un esfuerzo por resumirse, por atender lo esencial y olvidar los lujos. Igual que las gentes de esta tundra inmensa; igual que los revolucionarios, todos ellos gente sobria. El lobo tiene una figura imponente pero bien cara le hacen pagar esa buena planta, el sigilo de sus movimientos y, sobre todo, ese fulgor de la mirada: la belleza. El lobo que Inessa contempla tiene los ojos rasgados, como un mongol, y exhibe la luz brillante de su poder. O de su voluntad de poder, más bien. La belleza del lobo le mete a Inessa el bosque entero dentro. Pasados unos segundos, esos segundos de entendimiento fuera del código ancestral de dos especies enfrentadas, se marcha a trote ligero. Inessa recoge los leños que ha de devorar el fuego en esa noche ártica y regresa a casa sin darse la vuelta. Está segura de que no será atacada. En los años siguientes ha de vivir a la espera de perderse, una vez más, en unos ojos como esos: unos ojos que anuncian el placer de caminar al lado del lobo, de ser suya.

15

Todos los días a esta misma hora, a las once en punto de la mañana, el Café des Manilleurs hierve de animación. Cómo es de linda París es cosa para no contar por falta de palabras, pero la ciudad es demasiado grande y algo hostil al viajero, pues todo cuesta dinero, así que los rusos en la emigración, entre pasear y buscarse un trabajo, se refugian del frío y hablan y hablan de política y aquí Gaston, el propietario, sabe atender a su clientela, porque, si le hablan de lo buenos que eran los tiempos antiguos, él dirá oui, oui!, con todo convencimiento, pero si le hablan de socialismo y de la imprescindible reorganización para un último ataque antes de que los Románov paguen sus pecados con las propias cabezas, él responderá bien sûr. Quien tiene la fortuna de poseer un local como el Café des Manilleurs no debe nunca contradecir a quien habla, pues hasta un perro sabe que debe lamer la mano que le da de comer. Así que Gaston −que un día llegará a regentar tres cafés y casar a sus hijas, todas feas, con auténticos monsieurs− va danzando al ritmo que marca la música. A los nostálgicos les sirve algo de un vodka pésimo que destilan en Poitiers, aunque él asegure que se lo mandan directamente de Kiev, que es el único nombre ruso que conoce con certeza. Cuando finalmente beben, tiene que sacar el pañuelo del bolsillo para secarles las lágrimas, que el carácter ruso es así, tendente a la melancolía y puede emocionarse con un vodka cualquiera. A los otros, a los más enérgicos, les sirve un té al estilo ruso y hace luego indicación oportuna con el dedo índice para que suban al piso superior, que es donde, en un cómodo reservado, pueden hablar a gusto de sus cosas. En caso de que hagan un día todo lo que prometen, por lo menos cuando hablan en francés –que esos rusos son todos educados y políglotas–, mejor será que se acuerden de él como amigo que como enemigo. Porque si todo puede suceder –y según estos conspiradores puede suceder cualquier cosa– incluso puede florecer un desierto y llegar el día en que los obreros sean iguales a los ricos, aunque eso exigirá derramar algo de sangre y ahí Gaston está atento a vigilar que no sea la suya la derramada. Mientras se mesa el bigote y baja las escaleras con la bandeja en la mano, Gaston ve entrar a un asiduo de las últimas semanas, que apenas un ojo de águila como el suyo podría haber distinguido y reconocido entre el grupo, porque este, que está ahora recorriendo el local hasta el fondo, es un hombre como todos, ni muy alto ni muy elegante, ni muy afable ni bebedor; un hombre como tantos otros hombres en el mundo. Gaston se tiene a sí mismo por un especialista en la rara arte de catalogar a la gente porque, sin haber asistido a universidad alguna, aprovechó en tantas conversaciones profundas que ha escuchado, la buena inteligencia que le legó su madre, una campesina de Poitiers, lista como una ardilla. Es por todo eso que Gaston sabe reconocer a alguien importante en cuanto lo ve. Esa nueva ciencia de la psicología es fundamental para quien lucha por el progreso de un local como el suyo, un local donde se cocinan algo más que lentejas todos los días. Gaston, algo distraído en tantos pensamientos sobre sí mismo, contempla cómo el hombre gris, seguido por su gris esposa, sube decidido las escaleras para encontrarse con la señora Elena Vlasova, asidua de tiempo atrás, y también con una mujer de esas que uno querría tener en la cama por la mañana para poder cantar bien alto en el bar lo que pasó por la noche. Porque esa rusa de unos treinta y tantos, palidísima y con ojeras, triste y distante, es toda una mujer, adornada con lo que las mujeres deben tener en la medida justa, sin defecto ni exceso; y en eso no hay ideas ni opiniones, que un buen ejemplar como este debe ser justamente reconocido lo mismo en Rusia que en Poitiers, y más aún en París, que es la ciudad del amor.

Gaston tiene que dejar de reflexionar tan sesudamente para revisar si sus empleados están haciendo lo correcto, no le vayan a dar vodka del bueno a quien no lo va a pagar, que uno debe tener mil ojos en los negocios, por mucho que estos rusos todos, cualquiera sabe de qué vivirán, pero siempre tienen dinero en el bolsillo. Y como ahora toca bajar y subir y atender esa hacienda suya que va a ser acrecentada en los próximos años con los matrimonios de sus hijas, ni tiempo tiene de comprobar cómo discurre de animada y franca la pequeña reunión de esos cuatro que hablan en ruso. Y como un hombre que vive para su café y su progreso social no puede distraerse, ni siquiera percibe que los ojos de la linda han perdido esa nube que se veía en las semanas anteriores, para concentrarse completamente en lo que cuenta el hombre ese, el que no tiene color, según Gaston, que ahí el psicólogo hecho en la escuela de la vida se equivoca, porque es más bien especialista en mujeres, y a los hombres los encuentra a todos invariablemente feos. Pero, si por un momento pudiese atender, y observar con toda su psicología, vería que el hombre gris se ha puesto rojo, que habla su lengua incomprensible con una fuerza insólita, y las palabras, incluso si no se entienden, irradian el calor de un leño que estuviese quemándose en la chimenea, que el hombre tal vez no era tan gris como él pensaba cuando tiene a las tres mujeres en silencio y atentas, puesto que conseguir que se calle una mujer es difícil, pero conseguir que se callen tres al tiempo es cosa nunca vista. Menos mal que Gaston siempre tiene ayuda en las investigaciones que emprende. Sergei, un cliente de los más antiguos, con quien tiene ya una verdadera amistad, viene a avisarlo:

−Ese de arriba sabe calentar a las mujeres, ¿no?

Un poco vulgar, ese Sergei hoy, que él cuando mira arriba solo ve una conversación educada. Cualquiera diría con eso de calentar y, sobre todo, con la forma en que ha pronunciado el comentario, con ese gesto algo libertino con que lo ha acompañado, que estaba produciéndose un verdadero escándalo en el piso superior. Nada de eso. Arriba solo hay tres señoras que escuchan respetuosamente a un hombre que podría pasar desapercibido entre el ruido del bar pero que allí, en un espacio más tranquilo, brilla con luz propia. Debe de estar explicando de manera óptima algo tremendamente interesante porque las tiene a las tres comiendo de su mano. Y Gaston nunca podrá sentirse bien ya en adelante con Sergei, en todo el tiempo que le reste de vida, por haber insultado a su distinguida clientela y, especialmente, por hacer insinuaciones indecentes sobre una mujer tan linda y tan triste, con ese aire respetable, que debe de ser por lo menos una condesa, aunque de una condesa rusa igual no se esperaría que se pusiese a hablar en el piso superior de su café con el grupo de los conspiradores. Y si Gaston no le va a perdonar a Sergei el comentario ese maledicente es porque él es un hombre de los de siempre, a carta cabal, que protege a las mujeres que le gustan, porque si no se protege a una mujer pues... ¿qué? ¿Eh? ¿Qué le queda a uno en la vida? ¡Sería el fin del mundo!

Mientras lustra una copa, Gaston ve despedirse y salir al hombre que ahora no es gris sino rojo con la que debe de ser su esposa, porque paga los tés todos con diligencia de secretaria. Tras haber aguardado por ella en la puerta, los dos se van, momento que él aprovecha para comprobar el estado de agitación de las señoras de arriba con la disculpa de preguntarles si quieren algo más. Su subida, sin embargo, coincide en el tiempo con el movimiento de otra de sus clientas, madame Chervel, esta por suerte francesa, que se acerca a las otras dos, nerviosa, para preguntarles:

−Amigas, ¿era Vladimir Ilich el caballero que las acompañaba?

Que nunca se alegró tanto Gaston de tener en su bar a alguien de esos que pueden ser entendidos, que hoy la lengua rusa con todas sus dificultades le está arruinando la mañana. Las señoras afirman y continúan explicándose animadamente, de manera que Elena Vlasova, tal vez por estar delante madame Chervel, le pregunta a la linda en un francés musical:

−Inessa, ¿cuál es tu opinión? ¿Interesante o no?

−¡¡Nunca había escuchado a nadie hablar así!!

Y Gaston, enfurruñado, desciende las escaleras con el ánimo bajo mínimos, convencido de que las mujeres son todas infieles y malvadas y no hay dios que las entienda ni diablo que las soporte, que hablar, hablar, sabe hablar cualquiera, ¿no?

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9788409329564
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