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Traducción de Isabel González-Gallarza

Para Marian Lloyd
1
Matthew Burton
Tenéis que recordar bien esta imagen de Sam López el primer día que llegó a mi casa. Conservad esta estampa porque más adelante aparecerán otras, más bonitas, como por ejemplo, Sam con una coleta, Sam enseñando a Elena y a su pandilla a jugar al fútbol americano en el patio, Sam cantando al frente de su maravilloso grupo de chicas, Sam, el bombón de la clase.
Porque este, recordadlo bien, este es el verdadero, el auténtico Sam López.
Estaba de pie en la puerta de entrada, con una bolsa de lona hecha polvo colgada del hombro, vestido con un abrigo que le quedaba enorme, y unos vaqueros anchos y largos que le arrastraban por el suelo. De su cara solo se veía un trocito muy pálido que aparecía detrás de una cortina de pelo lacio que le llegaba hasta los hombros.
–Hola, Matthew. –Mi madre, que estaba justo detrás de él, tenía toda la pinta de estar agotada, aunque se esforzaba por aparentar lo contrario–. Este es tu famoso primo Sam.
Lo saludé sin mucho entusiasmo, y entonces mi primo pasó por mi lado, lo suficientemente cerca para que pudiera notar a) lo bajito que era, y b) que llevaba mucho tiempo sin ducharse.
–Dame tu abrigo, Sam –dijo mi padre, que estaba detrás de mí en el pasillo. Pero el recién llegado también pasó de él, y se fue derechito a la cocina. Cuando lo seguimos, vimos que estaba mirándolo todo a su alrededor, casi husmeando el aire, como si fuera una rata.
–Así que este es mi nuevo hogar –dijo con una voz áspera pero sorprendentemente aguda.
Entonces recordé que una vez que mi madre estaba hablando de la madre de Sam, mi tía Galaxy, dijo que Sam había sido «un accidente». Por aquel entonces yo no entendí muy bien qué quería decir con eso, pero ahora que lo veía ahí de pie en nuestra cocina, lo tuve bastante claro.
Ese era el aspecto que tenía un accidente, un accidente con forma humana, un accidente a punto de ocurrir.
La señora Burton
Nunca me había alegrado tanto de volver a casa. Cuando vi a Matthew esforzándose por parecer contento ante la llegada de su primo americano, y a mi querido David, allí de pie en el recibidor, esbozando su sonrisa amable y educada, casi me echo a llorar.
Había sido un viaje horrible. El funeral, el encuentro con el abogado, y a la vuelta, tantas horas encerrada en ese avión sobrevolando el Atlántico con un adolescente de trece años malhumorado y traumatizado. Vivir con Sam no iba a ser tarea fácil, pero por lo menos ya estaba de vuelta con mi familia. Juntos conseguiríamos que esta historia saliera bien.
Matthew
Hace ocho días, la vida todavía era sencilla para mí. Acababan de empezar las vacaciones de verano. Yo estaba bastante hecho polvo después de un trimestre muy largo y estaba preparado para pasarme muchas mañanas tirado en la cama sin hacer nada, muchas tardes con mis amigos, y muchas noches viendo la tele.
Entonces llegó la noticia desde Estados Unidos. La hermana pequeña de mi madre, mi tía Galaxy, había sufrido un accidente de coche muy grave. Primero estuvo muy mal, luego entró en coma, y poco después se murió. Mi madre cogió un avión hasta allí para asistir al funeral.
Yo sabía que tenía que estar afectado por lo de la muerte de mi tía Galaxy y todo eso, pero como no la había conocido nunca, y mis padres solo habían hablado de ella alguna vez, de pasada, y con un tono como medio avergonzado, medio en broma, pues digamos que muy presente en mi vida no había estado. De hecho, lo único que sabía de ella es que parecía muy, muy rara.
La señora Burton
Mi hermana Gail se convirtió en Galaxy en una ceremonia de renacimiento en el Festival de Glastonbury, cuando tenía dieciocho años. Siempre le había gustado ser diferente de los demás.
Un par de años después se fue de vacaciones a Estados Unidos con una pandilla de amigos melenudos. Ellos regresaron, pero ella se quedó allí, pues se había liado con Tod Strange, el guitarrista de un grupo de heavy metal bastante desagradable llamado 666.
Perdimos el contacto con ella hasta justo después de casarme, cuando estaba embarazada de Matthew. Galaxy entonces me mandó una postal. Tod ya era historia, dijo. En aquellos días estaba con un tío llamado Tony López, que era el dueño de una discoteca. Ah, ¿y a que no sabéis una cosa? Iba a tener un bebé.
Así que las dos empezamos a tener familia más o menos a la vez, yo en una casa en las afueras de Londres, Galaxy, como se hacía llamar ahora, recorriendo Estados Unidos en una caravana. De vez en cuando recibíamos alguna postal suya, fotos de su hijo, Sam, y alguna que otra noticia. Un par de años después nos dijo que Tony López se había ido de casa «para viajar y encontrarse a sí mismo», como lo expresó mi hermana. Después nos enteramos de que estaba en la cárcel.
Mantuvimos el contacto a lo largo de los años, pero lo cierto es que cada vez teníamos menos cosas en común; Galaxy vivía en la Costa Oeste con una panda de indeseables, eso es lo que nos imaginamos siempre, y nosotros llevábamos una vida tranquila en Londres.
Y entonces llegó la horrible noticia.
Me sorprendió que me afectara tanto. De pequeñas, mi hermana y yo nunca habíamos estado muy unidas, y cuando con el paso de los años se fue convirtiendo en una adulta rara e irresponsable, tan distinta a mí, cada vez me fue pareciendo más una extraña que, por pura casualidad, había nacido en la misma familia que yo.
Pero ahora me daba cuenta de que iba a echar de menos a mi hermana y a sus rarezas. En el vuelo rumbo a Estados Unidos para asistir al funeral, no pensaba en Galaxy la rockera y sus impresentables amigos, sino en Gail, la niña que nunca cuadró bien con el resto del mundo, y que aún así pensaba que eso era problema de los demás, no suyo. Pese a tener mi propia familia, tan bonita y tan unida, me sentía sola sin mi hermana.
En San Diego, donde había vivido últimamente, me encontré con un hombre llamado Jeb Durkowitz, que resultó ser su abogado. Me dijo que todo era bastante complicado. Sam, que acababa de cumplir 13 años, estaba solo en el mundo. En una carta a su abogado, Galaxy había dejado bien claro que, si le ocurría algo, la familia Burton habría de ocuparse de su hijo.
Pobre Gail, pobre Galaxy. Incluso después de muerta, tenía el don de causar problemas.
Matthew
Mi primo apestaba, y me daba la impresión de que le traía sin cuidado. Era como si atufar así fuera una manera de dejar claro desde el principio que no le importaba un pimiento lo que la gente pensara de él.
Se repanchingó en uno de los taburetes de la cocina, observando a su nueva familia con unos ojillos oscuros y brillantes como botones.
–Así que estos son el señor y la señora Burton –dijo–. Y este es su único hijo, Matthew.
Al oírlo hablar, me pareció que su acento americano dejaba traslucir más desprecio del que parecía adecuado, o educado, para un chico de su edad.
Miré a mis padres, esperando que le soltaran algún corte para bajarle los humos, pero los dos se quedaron ahí mirando a ese tontaina, como si fuera el niño más especial que habían visto en su vida.
Al cabo de un rato, mi padre se volvió hacia mí.
–A lo mejor a Sam le apetece un vaso de zumo de la nevera –dijo.
–El zumo da asco –dijo Sam.
Mi padre sonrió.
–Como quieras –dijo.
Pronto descubrimos que, para Sam López, todo daba asco.
Ir de paseo en coche por Londres para hacer un poco de turismo daba asco. Lo que nos cocinaba mi padre daba asco. Toda la familia Pantucci, nuestros vecinos, que se asomaron a saludar, daba asco. La televisión inglesa daba más asco que nada, sobre todo cuando Sam descubrió que no teníamos televisión por cable («¿Cinco cadenas?», dijo. «Por favor dime que es una broma»). Acostarse a cualquier hora antes de medianoche daba asco, lo mismo que levantarse a cualquier hora antes de mediodía.
El segundo día esta actitud empezó a cansarme.
–¿Cómo es que todo en tu vida da asco? –le pregunté mientras cenábamos.
Se volvió hacia mí, mirándome con unos ojos muy grandes y oscuros, y me di cuenta demasiado tarde que no era exactamente lo mejor que se le puede decir a alguien cuya madre acaba de morir.
–No tengo ni idea, tío –me contestó tranquilamente–. Yo me hago esa misma pregunta todos los días.
El señor Burton
Fue una época difícil. Siempre hemos sido una familia que gusta de enfrentarse a los problemas juntos, hablando las cosas, pero Sam prefería estar solo. Se pasaba horas en su habitación, a solas, escuchando música con los auriculares, o se sentaba delante del televisor, mirando la pantalla sin expresión alguna.
Cuando se decidía a hablar, lo hacía con un tono de voz áspero y enfadado, que irrumpía en la atmósfera de la casa, antes tan pacífica, como una bomba. Y tenía unas expresiones alarmantes para un niño de su edad. Sam tal vez no había recibido una educación muy buena, pero cuando se trataba de echarle imaginación a lo que decía, era el mejor de la clase.
Pero a mi modo de ver, los silencios, el mal humor, los arranques de genio, las palabrotas, todo ello era una llamada de socorro de un niño que sufría. Era el deber de la familia Burton ayudar a Sam a superar aquellos momentos tan difíciles.
Matthew
Unas palabras sobre mis padres. Para un extraño –como por ejemplo, Sam López– podían resultar un pelín raros. Que yo recuerde, mi madre siempre ha sido la principal fuente de ingresos de la familia, pues trabaja en una agencia de empleo, un trabajo que, por lo menos, le causa una crisis nerviosa diaria.
Mi padre trabaja media jornada, desde casa. Revisa documentos para un despacho de abogados, pero su verdadera pasión, su carrera profesional, casi, es ocuparse de la casa. Y no lo hace como la mayoría de los hombres, en plan para salir del paso, qué va, para nada. A mi padre le encanta que todo esté como los chorros del oro. Es un amo de casa hecho y derecho. Se puede pasar una tarde entera preparando la cena. Tiene un día especial para pasar la aspiradora, y no le da vergüenza llevar un delantal. De vez en cuando lo observo mientras tiende la ropa, despacio y con cuidado, con la boca llena de pinzas, y me doy cuenta de que la familia y el hogar es lo que más le importa, más que ningún trabajo, o que ninguna carrera profesional.
Se podría decir que tengo una versión cruzada de lo que es una familia normal y corriente: mi padre hace de madre, y mi madre de padre.
Elena Griffiths
Para mí, no era en absoluto el verano de Sam López. Era el verano de la esperanza, del amor, de los secretos, y de los planes para un nuevo futuro. Era el verano de Mark Kramer.
En el colegio Bradbury Hill todo el mundo conocía a Mark. Los chicos querían ser como él. Intentaban dejarse el pelo largo y suelto como él. Llevaban el mismo estilo de ropa que él, les gustaban las marcas que le gustaban a él. Algunos imitaban (absoluta, triste y patéticamente) su sonrisa y su manera de hablar.
¿Y las chicas? Por supuesto, todas querían salir con él.
A lo mejor solo me estaba haciendo ilusiones –yo estaba en segundo de secundaria, y él también en segundo, solo que de bachillerato–, pero cuando se puso a hablar conmigo mientras estábamos en la cola de la cafetería, la última semana de curso, de verdad pensé que eso significaba algo. Él había estado charlando con Justin, un amigo suyo, sobre la nueva peli de Cameron Díaz que pensaban ir a ver. Daba la casualidad de que yo acababa de ver el preestreno (mi madre trabaja en el mundo del cine), así que, como quien no quiere la cosa, dije que la peli no estaba mal. De hecho, estaba bastante bien.
Mark me miró con esa expresión suya, como amable y aristocrática, como si me viera por primera vez, y me preguntó que por qué sabía tanto de una película que todavía no se había estrenado. Le dije que mi madre era directora de casting. Y que de hecho, había estado con Cameron en un par de fiestas del mundillo del cine (lo cual es cierto). «Cameron es muy simpática», le dije. «Como muy normal, ya sabes».
–Fiestas del mundillo del cine, ¿eh? –Mark se rió, y su amigo también. Dijo que iba a ir a ver la peli el sábado, y yo dejé caer que no me importaría verla otra vez.
–Guay –dijo Mark.
A lo mejor quise ver muchas cosas en esa mirada, en ese «guay» que dijo, pero en ese momento me pareció que estaba todo claro. Entre nosotros había ocurrido algo secreto y mágico, algo que hacía que las palabras fueran irrelevantes. Tenía una cita con Mark, una cita que él acababa de decidir sin revelarle a Justin nuestro plan.
Era un notición, un momento importantísimo para mí. Normalmente suelo compartir cualquier secreto con mis mejores amigas, Charley y Zia, pero esto era diferente. Una de dos, o se reirían de mí, o se pondrían celosas.
Y eso era lo último que yo necesitaba en esos momentos.
Matthew
En ese punto de las vacaciones de verano, parecía que las cosas nunca más volverían a ser sencillas, fáciles, o agradables. Cuando en mi familia solo éramos mi madre, mi padre y yo, sabíamos por dónde pisábamos. Como cualquier familia, de vez en cuando nos peleábamos, y algunos días eran mejores que otros, pero ya nos conocíamos lo bastante para saber, instintivamente, cómo arreglar las cosas. Sabíamos cuándo había que hablar, y cuándo era mejor callarse, cuándo había que pedir perdón, en fin, lo típico entre padres e hijos.
Pero cuando de tres pasamos a ser cuatro, y esa cuarta persona tenía dentro de sí más rabia y tristeza que nosotros tres juntos, todo el equilibrio se fue al traste. Oía a mis padres hablar en voz baja sobre Sam. Sus sonrisas se volvieron falsas, forzadas. Todo lo que decían y pensaban parecía girar en torno a mi primo, y a cómo se estaba acostumbrando a su nueva vida sin su madre.
Al lado de esa enorme y dolorosa tragedia, las cosas de todos los días de mi pequeño mundo de pronto parecían raquíticas e insignificantes.
En cuanto a Sam, había aprendido una lección muy importante: ser huérfano te da poder. La mejor manera de lidiar con el dolor es esparcirlo a tu alrededor. Cuando mis padres estaban delante, Sam no abría el pico y se hacía el afligido. Pero en cuanto estábamos a solas, se dedicaba a tomarme el pelo.
Una tarde estábamos viendo la tele, Sam miró por la ventana y vio a mi padre lavando el coche en el jardín.
–¿Pero a este tío qué le pasa? –murmuró, lo suficientemente fuerte para que yo lo oyera.
Cometí el error de contestar:
–¿Te refieres a mi padre?
–Se pasa el día limpiando, ordenando, y quitando el polvo. ¿Qué le pasa, está chalado, o qué?
Yo me quedé mirando la tele fijamente, decidido a no entrar al trapo.
Sam se volvió hacia mí.
–¿Tú crees en la reencarnación?
Yo me encogí de hombros.
–Lo digo porque estaba pensando en que, a lo mejor, en otra vida tu padre fue mayordomo. O asistenta.
Yo apreté los dientes y no dije nada.
–Mi padre, en cambio, no ha quitado el polvo en su vida –dijo Sam de repente–. Mi padre mola tanto que ya solo de oír hablar de él te desmayarías. Tu cerebro no podría ni asimilar la información.
Yo seguí mirando la tele fijamente sin decir ni mu.
–No te puedes ni imaginar las cosas que solíamos hacer juntos. –Sam se rió, sacudiendo la cabeza de lado a lado–. Sí, era un padre de verdad, ¿sabes a lo que me refiero?
Sin decir una palabra, me levanté, salí de la habitación y de la casa y me fui con mi padre. Lavar el coche no es algo que me vuelva loco, pero era la única forma de hacerle ver a Sam de qué lado estaba.
–Me parece que no voy a poder aguantarle mucho tiempo más –le dije a mi padre.
–Las cosas irán mejor cuando Sam vaya al colegio.
Yo solté un gruñido.
–No me puedo creer que vaya a estar en mi clase. Va a ser una pesadilla, papá.
Mi padre me miró desde el otro lado del coche, con una esponja en la mano, y dijo algo que me ponía enfermo cada vez que lo oía.
–Tal vez sea hora de que Sam conozca a algunos de tus amigos.
Tyrone Sherman
Estábamos en el parque, en nuestro sitio de siempre, junto a la cabaña, esperando al famoso primo americano de Matt.
Llegaba tarde. Según Matt, siempre llegaba tarde a todo.
–A lo mejor no existe –dijo Jake–. A lo mejor es el amigo imaginario de Matt.
–Ojalá –dijo Matt.
El tiempo pasaba. Jake se puso a dar patadas a un balón contra la pared de la cabaña. Matt y yo mirábamos el mundo pasar, como lo habíamos hecho un millón de veces antes. Ese era nuestro territorio. A lo mejor no es más que una cabaña en un parque infantil, pero los tres llevábamos unos cinco años reuniéndonos aquí. Cuando éramos más pequeños, solíamos refugiarnos aquí cuando llovía y estábamos jugando en los columpios o en el tobogán. Ahora ya solo nos sentábamos aquí para charlar. Aunque de vez en cuando los padres de los niños nos miraran mal al pasar por delante de nosotros, o camino de los servicios públicos que había a la vuelta del edificio, no nos importaba. Este era nuestro rincón privado.
De niños nos gustaba llamarnos la Banda de la Cabaña. De alguna manera, medio en broma medio en serio, el nombre se nos había quedado.
–Aquí viene –dijo Matt de repente.
Seguí la dirección de su mirada.
En ese momento entraba en el parque un chico bajito con el pelo largo.
–¿Es ese? –pregunté–. Es un poco enano, ¿no?
–Y al loro con el pelo que lleva –añadió Jake.
–Ya os lo había dicho –dijo Matt–. Es un hippy.
–Pues yo diría que es más bien una chica –comentó Jake, y Matt se rió.
–Pues todavía no habéis visto nada, esperad y ya me contaréis –dijo.
Matthew
Se dirigió hacia nosotros con andares de chulo, con la melena rubia, la camiseta y los vaqueros ondeando al viento como si fuera un barquito de vela. Cuando llegó a pocos metros de donde estábamos, aflojó el paso, y se acercó a nosotros con las manos en los bolsillos.
–Hola, ¿qué hay? –dijo, dedicándonos una de sus escasas sonrisas–. Soy Sam López.
Tyrone y Jake rezongaron un saludo.
–Así que esta es la famosa cabaña. –Sam se sentó en el banco y miró a su alrededor. Yo estaba esperando uno de sus típicos cortes, pero en lugar de eso hizo un sonido con los dientes, como de aprobación–. No está mal.
–A nosotros nos gusta –contesté yo fríamente.
–Bueno, ¿y qué se cuece por aquí?
–Poca cosa –dijo Tyrone.
–¿Juegas al fútbol? –le preguntó Jake.
Sam le lanzó una ojeada al balón que estaba a los pies de Jake.
–¿Al fútbol de aquí, te refieres? En Estados Unidos es un deporte de chicas.
–Eso es porque en Estados Unidos no sabéis jugar. –Jake lanzó la pelota contra la cabaña de un patadón.
–Claro que sí, si nos diera la gana hacerlo. –Sam alargó el brazo, cogió el móvil de Tyrone y se puso a jugar como con desgana–. Lo que pasa es que preferimos el fútbol de verdad. –Le devolvió el móvil–. Toma, ya te he pasado de nivel –le dijo como si nada.
Se levantó, se escupió en las manos, y cogió la pelota justo cuando esta rebotaba de la pared. La sostuvo un momento entre las manos, y luego la lanzó hacia arriba. La pelota se quedó un segundo pegada a su mano antes de elevarse.
–Mira –Sam se quedó de pie delante de Jake, haciendo círculos con los hombros con un movimiento relajado, como para calentar los músculos–. Esto es fútbol –dijo. Se agachó, con las manos en las rodillas, y luego miró a derecha e izquierda–. ¡Dos! ¡Cinco! ¡Nueve! ¡Seis! –gritó, tan alto que las madres que estaban al otro lado del parque levantaron la cabeza para ver qué pasaba.
Y de repente Sam echó a correr en zigzag medio bailando, empujando con los hombros a jugadores imaginarios, girándose de medio lado para recibir un pase largo, y echando a correr de nuevo hacia delante, y al llegar a los columpios hizo como que tiraba la pelota hacia arriba con un gesto de triunfo.
–¡Ensayo! –gritó–. ¡Hemos ganaaaaaaaaaaaado!
Bailó junto a la verja de metal, con la cabeza hacia atrás, moviendo los bracitos y las piernecitas como un demonio loco y melenudo.
Nos reímos. No había otra reacción posible.
–Está chalado –comentó Jake.
–¿De qué planeta es este tío? –quiso saber Tyrone.
Sam volvió hacia nosotros y se dejó caer sobre el banco, sin resuello.
–Esto sí que es fútbol –dijo–. Aunque claro, es mejor con una pelota.
Jake lo miró sacudiendo la cabeza de lado a lado.
–Estás chalado, Yanqui.
–Pues todavía no has visto nada, chaval. –Sam se limpió la nariz con la manga de la camiseta.
La señora Cartwright
Uno no llega a director de un gran colegio si no aprende a encajar bien los golpes y a seguir siempre al pie del cañón. Eso es lo que suelo decir, pero cuando la señora Burton, la madre de Matthew, uno de los alumnos más jóvenes, me llamó para decirme lo de este sobrino suyo americano, no es que me hiciera sentir muy optimista, ni muy dispuesta a ofrecerle una plaza en el colegio.
Bradbury Hill tiene ya muchos alumnos –es un excelente colegio– y la idea de que irrumpiera un alumno americano, así de buenas a primeras, no me hacía mucha ilusión que digamos.
Pero la señora Burton sabe ser muy persuasiva. Me explicó que Sam no tenía a nadie en el mundo, y que era exactamente de la misma edad que Matthew. Dio a entender que Bradbury Hill podría sacar provecho de la publicidad que le daría toda esta historia.
«Sacar provecho de la publicidad.» Para ser sinceros, diré que esas palabras me llegaron al corazón.
Daba la casualidad de que había un hueco en una clase que este tal Sam podía ocupar. Incluso cuando la señora Burton me explicó que no tenía el historial académico de Sam porque su madre –un caso perdido, por lo que me dio a entender– lo había cambiado de colegio mil veces, no fui capaz de oír las sirenas de alarma que sonaban en mi cabeza.
Toda la culpa es mía. Tendría que haber obrado con lo que yo llamo una mayor cautela.
2
Charley Johnson
Nosotras, las Brujas, estamos súper unidas. Cuando estábamos en primaria, teníamos una regla tácita: si alguien se metía con una de nosotras, tendría que vérselas con las tres.
Elena Griffiths, Zia Khan y Charley Johnson. Éramos como las diferentes facetas de una personalidad ganadora. Cada una por nuestra cuenta no éramos nada especial, pero juntas éramos imbatibles.
Elena era guapa, muy delgada, algo chalada, un poco afectada por el rollo de los actores famosos y el trabajo de su madre.
Zia venía de una familia de origen indio, muy grande y muy importante. En algún momento de su existencia aprendió que ir de buena y de calladita puede llevarte tan lejos como ir por la vida pisando fuerte, como hacemos Elena y yo. Zia es sensible, tiene mucho encanto, y un talento especial para tocar la guitarra (a nadie le extraña que cuando se trata de ser la enchufada de la profe, Zia es siempre la número uno). Y nadie sospecha nunca que detrás de esa fachada inocente se esconde la verdadera Zia Khan: astuta, salvaje y peligrosa.
Yo le envidio lo del encanto. Parece que yo soy demasiado grandona y escandalosa para tener encanto. Por otro lado, siempre he sido la primera de la clase, así que, ¿para qué quieres encanto si tienes cerebro?
Zia Khan
Ese verano Elena se saltó una de nuestras reglas de oro: la que tiene que ver con los chicos.
Cuando teníamos nueve años, decidimos que los chicos eran una pérdida de tiempo. Nuestros enemigos eran un trío patético que se hacía llamar a sí mismo (¡y de verdad que no me lo invento!) «La Banda de la Cabaña». Nos daban la lata, y nosotras nos vengábamos metiéndoles en líos siempre que teníamos ocasión. Esto no era muy difícil, después de todo eran chicos.
Cuando los de la Cabaña –Jake, Tyrone y Matt– empezaron a llamarnos cosas feas, cogimos su insulto favorito, lo convertimos en un piropo, y lo elegimos como nombre para nuestra banda: las Brujas.
Todo iba de película hasta que Elena decidió enamorarse del tío bueno de segundo de bachillerato, Mark Kramer.
Jake Smiley
¿Queréis que os diga la verdad? A mí al principio no me cayó tan mal. Matt llevaba varios días contándonos horrores sobre su primo, y tengo que reconocer que el chaval no tenía muy buena pinta, pero cuando le vi hacer ese numerito en el parque el día que lo conocimos, se me ocurrió que tal vez fuera un pesado, pero por lo menos nos animaría un poco el cotarro.
Las vacaciones de verano a veces pueden resultar un rollazo. Te pasas el tiempo haciendo el vago, pruebas nuevos juegos de ordenador, charlas con los colegas, pero y luego, ¿qué? La respuesta a esa pregunta llegó cuando nos enteramos de más cosas sobre Sam López.
Ese americano tenía algo que sacudió de arriba abajo a nuestro grupito, que nos hizo hablar de nosotros mismos como no teníamos costumbre de hacerlo.
¿Por qué? Porque por muy raras y locas que nos parecieran nuestras vidas, no eran nada comparadas con la de Sam.
De modo que, mientras recuperaba el aliento después de su exhibición de fútbol americano, nos contó cómo solía jugar en uno de los colegios en los que había estado.
–¿En cuántos colegios has estado? –le pregunté.
Sam frunció el ceño, se puso a contar con los dedos un momento, y luego se encogió de hombros.
–Pues unos doce o trece. Mi madre y yo nos mudamos unas cuantas veces. Así que unos trece colegios, más o menos.
Tyrone silbó, impresionado.
–Matt nos dijo que tu madre era un poco «salvaje» –comentó.
Sam dejó escapar un pequeño suspiro, que lo mismo podía haber sido de sorpresa como de dolor.
–Tyrone dice lo de «salvaje» de buen plan –se apresuró a añadir Matt.
El americano sonrió, y luego se puso a reír bajito.
–Sí, así era mi madre –dijo–. ¡Salvaje!
Así que nos pusimos a hablar. Había algo en ese chico desconocido, no sé si por lo de que su madre había muerto, o porque había ido a mil colegios, que hacía que nos resultara más fácil hablar de cosas personales.
Yo conté que mis padres se habían separado el año pasado, y que me sentía como fuera de lugar en mi casa, ahora que solo estaban mi madre y mis hermanas. Veía a mi padre una vez a la semana, pero eso tampoco molaba mucho que digamos. Íbamos al cine, o a comer a algún sitio, y hablábamos de lo que fuera salvo de lo que nos preocupaba de verdad. De repente era como si no nos conociéramos.
Tyrone se metió entonces en la conversación y contó lo de que nunca había conocido a su padre porque al poco de nacer él, este se había marchado de vacaciones a su lugar de origen, las Antillas, y no había vuelto más. Habló de su problema de sobrepeso, de cómo en el colegio lo llamaban Jumbo, y El Tanque, y que su madre se pasaba la vida poniéndolo a régimen, y que cuando estaba a dieta se sentía débil y enfermo, pero que nunca conseguía adelgazar.
Hasta Matt se puso a contarnos cosas, y nos confesó que a veces se avergonzaba de que fuera su padre quien se ocupara de la casa, y se paseara por ahí con un delantal, o que no le gustaba cuando su madre llamaba al colegio para quejarse de algo.
–Vaya un puñado de perdedores estáis hechos, tíos. –Sam nos guiñó un ojo, y su expresión tenía un algo, no sé, como de adulto ya, pero el caso es que a los tres nos hizo gracia y nos echamos a reír–. Bueno, chavales –añadió–, ¿qué soléis hacer aquí para divertiros?
Elena
No pienso hablar de lo de Mark Kramer. Tal y como yo lo veo, lo que pasó (lo que no pasó) entre Mark y yo no le interesa a nadie. No es relevante, vamos. Fin de la historia.
Vale, a lo mejor sí que necesitáis saber algo, solo lo esencial. Me presenté ese sábado en el cine para la peli de Cameron Díaz. Mark también. Cuando entró en el cine, me acerqué hasta él, y noté que me estaba poniendo un poco colorada debajo del maquillaje que había tardado como dos horas en aplicarme. Entonces vi que Tasha, una chica de su clase, estaba detrás de él. Lo cogió del brazo, y los tres nos quedamos mirándonos, durante lo que me pareció una eternidad, sin saber qué decirnos.
Al final fue Tasha quien terminó rompiendo el silencio.
–¿Tienes algún problema? –me dijo.
Me di la vuelta y me fui corriendo de allí, salí por la puerta giratoria y me perdí en la noche. Odiaba a Tasha, me odiaba a mí misma, pero por encima de todo, odiaba a Mark Kramer. De hecho, odiaba a todos los chicos.
Así que a lo mejor, ahora que lo pienso, la cosa no fue tan irrelevante como pensaba.
Matthew
En los días que siguieron, mientras le enseñábamos a Sam el barrio, o como insistía él en decir «donde se mueve aquí la peña», nos fue contando de su vida en Estados Unidos. Al parecer, a juzgar por lo que contaba, se pasaba el día recorriendo la ciudad con bandas de moteros, metiéndose en peleas, y todas las noches asistía entre bastidores a algún concierto de rock con su querida madre.
Escuchábamos sus historias, intentando que no se nos notara lo impresionados que estábamos. Hasta entonces, siempre nos había gustado pensar que los tres éramos lo bastante duros como para poder apañárnoslas solos si las cosas se ponían feas en el parque, en la calle, o en el patio del colegio. Éramos lo suficientemente malos y duros como para que los profesores se quejaran de vez en cuando a nuestros padres sobre nuestros «problemas de actitud».
Pero si las cosas que nos contaba eran verdad, Sam jugaba en otra liga en lo que a maldad se refiere, y era más duro de lo que nosotros mismos queríamos ser. En San Diego, su banda robaba en las tiendas para divertirse. También robaban coches, y llevaban navaja. Se metían en sangrientas y violentas peleas, como en las pelis. Eran viejos conocidos de la poli.
Cuanto más sabíamos del mundo loco y salvaje de Sam y su banda, menos a gusto nos sentíamos con él. Una de dos, o era un fantasma y un mentiroso, o era un delincuente. En un caso o en otro, era una fuente de problemas, y los tres teníamos ya bastante con los nuestros.
Y eso fue antes de la bronca en la hamburguesería de Burger Bill.
Burger Bill
Si pudiera, prohibiría la entrada a todos los chavales de entre doce y dieciocho años. No causan más que problemas, especialmente los chicos.
Especialmente esos chicos.
Matthew
Estábamos sentados en una hamburguesería que se llama Burger Bill cuando Jake se puso a hablar sobre su padre, que había empezado a darle plantón cuando le tocaba verlo, por lo que parecía que ahora se iban a ver aún menos que antes.
Dos noches antes, cuando su padre volvía a casa en coche después de una cena de trabajo, la policía lo paró para hacerle la prueba de alcoholemia. Dio positivo, por lo que se pasó toda la noche en el calabozo.
Entonces me di cuenta de que mientras hablábamos de todo esto, y compadecíamos a Jake, Sam estaba extrañamente callado. Miraba a su alrededor, tamborileando con los dedos sobre la mesa, como si nada lo aburriera tanto como la historia del padre de Jake.
–¿Y aquí qué pasa si te pillan conduciendo con un buen pedo? –preguntó de pronto, sin venir a cuento–. ¿Te pegan una paliza, o qué?
–El padre de Jake podría quedarse un tiempo sin carné –le contesté.
–Y mi padre necesita el coche para venir a verme –añadió Jake con tristeza.
Sam hizo un ruido con la nariz.
–Qué pena, me voy a echar a llorar –dijo.
Todos lo miramos sorprendidos. Se reclinó sobre el respaldo de la silla y levantó las palmas de las manos.
–Eh, tíos, tampoco es para tanto –dijo–. De modo que el viejo de Jake pasó una noche en el trullo y ahora no podrá conducir un tiempo. No veas qué tragedia.
Jake se inclinó hacia él por encima de la mesa.
–No te pases –le dijo–. Esto no es ninguna broma.
–¿Y a ti te parece que estoy de coña? –Sam se pasó la mano por el pelo, en un gesto brusco y hostil–. Cuidado, Jake, a ver si te vas a creer que me importa algo lo que le pase a tu papaíto.
–Cuidado con lo que dices, Sam –le advirtió Tyrone.
Pero Sam siguió mirando a Jake fijamente a los ojos.
–Mira, cuando tienes un padre que se ha pasado la vida en el trullo, y que sigue ahí en este preciso momento, la idea de que alguien esté unas horitas entre rejas… –Se encogió de hombros–. Qué quieres que te diga, digamos que no me parte el corazón.
–Vaya –dijo Tyrone–. ¿Y qué ha hecho tu padre?
Sam se encogió de hombros.
–Cosas. Eso es lo que hizo. Cosas a lo grande. Cuando yo nací era el dueño de varias discotecas. Se metió en unas cuantas cosillas que tal vez no fueran del todo limpias. Una noche se cabreó con un colega, y este tío tuvo un accidente. Uno bien gordo. Mi padre pagó el pato. Y nada, eso fue lo que pasó.
Lo había vuelto a hacer otra vez. Incluso cuando algo inusualmente dramático ocurría en nuestras vidas, Sam se las apañaba para venirnos con algo más gordo, más trágico, y más amenazador.
–Eso es… –Con valentía, Tyrone intentaba encontrar la palabra adecuada para una de esas ocasiones tan difíciles en que te enteras que el padre de tu amigo está en la cárcel por asesinato–. Eso es… o sea, quiero decir, eso es terrible.
–Así son las cosas, coleguita. –Sam sorbió su bebida por la pajita–. Mi viejo lleva en el trullo desde que yo tenía cinco años. De vez en cuando me enteraba por mi madre de su último encontronazo con la ley. Mi madre solía bromear con eso, lo llamaba «la gaceta de noticias de Siniestro».
–¿Siniestro? –repitió Tyrone.
–Ese es su nombre. Su verdadero nombre es Tony, pero con todas las broncas, los accidentes, y tal en los que se anda metiendo, todo el mundo lo llama Siniestro, Siniestro López. –Sam pronunció esas palabras con orgullo.
Nos quedamos en silencio un momento. Entonces Jake se interesó por la conversación por primera vez en un buen rato.
–Siniestro –dijo, y por su mirada me di cuenta de que seguía cabreado por lo que había dicho Sam sobre su padre–. Es un nombre un poco raro, ¿no?
Sam pareció sorprendido, y un poco receloso también.
–¿A qué te refieres con eso de raro, tío?
Jake se echó a reír y añadió:
–¿Y tiene un par de colegas llamados Desguace y Chatarra?
Sam soltó una especie de gruñido de rabia, y antes de que pudiéramos hacer nada, se levantó del asiento, saltó encima de la mesa, tirando todos los vasos, y se lió a puñetazos con la cara de Jake.
–¡No insultes a mi padre! –gritaba–. ¡Como insultes a mi padre te mato!
Bill, el dueño de la hamburguesería, un hombre gordo y sudoroso, se acercó corriendo y los separó. Sin hacer caso de los gritos y las maldiciones del americano, lo llevó a rastras hasta la puerta y lo echó a la calle como si fuera un perro. Cerró la puerta con llave y volvió a nuestra mesa.
Nos miró y apoyó unos puños regordetes sobre la mesa.
–¿Y vosotros tres cómo os llamáis? –preguntó.
–Smith –contestó Tyrone–. Los tres nos apellidamos Smith.
Bill se quedó ahí parado un momento, como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación. Luego se dirigió a paso rápido hacia la puerta, la abrió, y dijo:
–Fuera de aquí. –Acompañó sus palabras con un gesto de cabeza–. Y no volváis más a no ser que queráis que os lleve a la comisaría.
Pasamos los tres por delante de él y salimos, Jake cubriéndose el ojo con la mano.
Una vez fuera miramos a nuestro alrededor. El centro comercial estaba desierto. No había ni rastro por ninguna parte del chalado del hijo de Siniestro López.
Tyrone
Estaba asustado, y me apostaba cualquier cosa a que Matt y Jake también. Era una de esas veces en que los acontecimientos escapan a tu control, y te sientes perdido, impotente, y pequeño.
Caminamos por el centro comercial hasta alejarnos lo suficiente de Burger Bill.
–No me lo puedo creer –dijo Matt, temblándole la voz.
–No era más que una broma –dijo Jake, suspirando y limpiándose la nariz.
Yo sacudí la cabeza de lado a lado.
–Este Sam es la pera. Que si trece colegios, que si las bandas callejeras, su madre que se mata en un accidente de coche, y ahora resulta que su padre es un psicópata asesino en serie.
–Eso lo dice él –rezongó Jake.
–Supongo que no es culpa suya –dijo Matt.
–¡Y tampoco nuestra! –exclamó Jake, furioso–. Porque su vida sea un desastre, ¿por qué tiene que fastidiarnos también la nuestra? Yo ya tengo bastantes problemas.
Su voz rebotó en los escaparates de las tiendas y en las paredes del centro comercial. Y de repente, en ese momento de desesperación, descubrimos que no estábamos solos.
Charley
Para nuestra buena o mala suerte, qué más da, esa noche nosotras también estábamos en ese centro comercial.
Estábamos pensando en ir a ver Ratz, una peli de dibujos animados sobre ratones, o algo así, y habíamos decidido ir a tomarnos un refresco en Burger Bill antes del cine.
Cuando subíamos por la escalera nos encontramos con un grupito de lo más patético. Eran los de la Cabaña, y parecían enfadados.
Sonreímos al verlos. Vale, eso no es del todo verdad. Nos reímos. Lo siento, pero hay que ser de piedra para no reírse al ver a El Napias, El Orejas y El Tanque, más conocidos como Jake, Matt y Tyrone.
Jake tenía una pinta bastante normal antes de llegar a Bradbury Hill, pero el año pasado empezó a crecer por todos los sitios equivocados. Es como si distintas partes de su cuerpo –los brazos, las piernas, las orejas, la nariz, incluso el pelo– estuvieran haciendo una carrera, a ver quién conseguía alejarse más de él. Y apuesto a que adivináis quién ganó. Pues sí, tiene una nariz como para no creérsela, hay que verla. Fue Zia quien se inventó un nuevo apodo para él: El Napias.
Matt tenía una pinta bastante normal, pero algo en él daba como mala espina, eso de que hablara siempre tan poco, pero estuviera a la vez al tanto de todo, escuchando y mirando de reojo. Seguro que al final termina siendo un espía, poniendo la antena para ganarse la vida.
En cuanto a Tyrone, es normal, salvo por el pequeño detalle de que está como un tonel. No es que yo misma sea un fideo, pero a su lado me siento casi invisible.
En cualquier otra ocasión habríamos pasado de largo sin más, pero por motivos que solo descubrimos más adelante, Elena tenía ganas de sangre aquella noche.
–Anda, mirad quién anda por aquí –dijo en voz alta al acercarnos a ellos. Los tres chicos pasaron de ella–. ¿Cómo está la Banda de la Cabaña? –preguntó.
–Olvídanos, Elena. –Este era Tyrone–. Estamos buscando a alguien.
–¿A quién? ¿A alguien que quiera ser amigo vuestro? –intervino Zia, entrando enseguida en el juego–. Pues lo tenéis chungo.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Jake andaba escondiéndose detrás de los otros dos. Se tapaba el ojo con una mano.
–¿Te has metido en una pelea? –le pregunté.
–No –me contestó entre dientes–. Me… me he chocado con una puerta.
Elena se echó a reír otra vez.
–Ese es el problema que tienen los de la Cabaña –dijo–. Se chocan contra las puertas.
Los adelantó, dirigiéndose hacia Burger Bill, y nosotras la seguimos.
Elena
Vale, lo reconozco, no debería haber hecho lo que hice. Pero estaba de un humor de perros. Alguien tenía que pagar el pato.
Bill estaba limpiando una de las mesas.
–Hola, Bill –lo saludé–. Vaya, parece que acaba de estar aquí la pandilla de los cerdos.
Bill rezongó no sé qué de prohibir la entrada a su hamburguesería a todos los menores de dieciséis años. Al incorporarse para dejar que nos sentáramos, señaló con un gesto de cabeza el exterior del local, allí donde hacía un momento estaban El Napias y sus colegas.
–Gamberros –dijo–. Si supiera sus nombres, les daba su merecido de una vez por todas.
–¿Sus nombres? –dije–. Vaya, me parece que en eso sí puedo ayudarlo.
Agente de policía Chivers
Consta en el registro de la comisaría que recibimos una llamada del dueño de una hamburguesería, un tal William Patterson. El sargento me pidió que fuera a visitar a las familias de los chicos supuestamente implicados en el incidente. Da la casualidad de que era la primera vez que me encargaban un asunto doméstico sin la ayuda de un compañero. Si mal no recuerdo, fue la clásica labor de advertencia, y la llevé a cabo sin el menor problema. Más allá de eso, poco podría añadir.
La señora Burton
Fue más o menos por esa época cuando nuestras vidas empezaron a parecerse a un culebrón desquiciado.
Una tarde, justo cuando acababa de volver del trabajo, recibimos la visita de un agente de policía. No era uno muy imponente, es cierto –apenas tendría más de veinte años, y el uniforme le quedaba grande–, pero su sola presencia en la puerta de nuestra casa bastó para dar que hablar a los vecinos. La policía no suele aparecer por Somerton Gardens.
Me dijo que su visita estaba relacionada con una denuncia por alteración del orden público en un establecimiento de comida rápida del barrio. Uno de los implicados era un tal Matthew Burton.
3
Matthew
Nos la cargamos nosotros. Es increíble. A Sam se le va la olla, y a quien amonesta la policía es a Jake, a Tyrone y a mí. Era demasiado.
Cuando el policía se marchó, y mi padre y mi madre terminaron de hacerme el típico interrogatorio, me fui al cuarto de Sam. Había llegado el momento de que Sam López y yo tuviéramos una pequeña conversación.
Su puerta estaba cerrada. Entré sin llamar.
Sam había cambiado el cuarto de invitados, como también había cambiado todo lo demás en nuestras vidas. Hacía tan solo unos días, esta era una habitación limpia, fresca, y soleada. Ahora parecía una guarida. Las cortinas estaban corridas, y el suelo, totalmente cubierto de montones de ropa y de viejas revistas de música. El aire apestaba a calcetines sucios.
Sam estaba en la cama, jugando con una gameboy que se había traído de Estados Unidos. Ahí tumbado, con el ceño fruncido por la concentración, parecía pequeño e inocente, nada que ver con el loco violento que habíamos visto en Burger Bill.
–¿Problemas? –murmuró sin apartar la vista de la pantalla–. Juraría que he oído gritos en el hogar de los Burton.
–Ha venido un policía. Por algo de una pelea en Burger Bill.
Sam soltó una risita.
–Vaya, parece que la poli ya conoce a la Banda de la Cabaña.
–Sí, eso parece. Muchas gracias, Sam.
–Ese tío insultó a mi familia. –Sam dijo esto con un soniquete como aburrido–. Para mí eso es un delito muy grave. Tiene suerte de que no le haya partido las piernas.
–Y para mí una persona puede hacer una broma sin tener que llevarse un puñetazo por ello.
–Cada uno tiene su propia ley –dijo Sam con la mayor naturalidad del mundo–. Me imagino que de ahora en adelante no se volverá a burlar de mi familia.
Le dediqué una sonrisa helada.
–Eso es verdad –le dije–. Porque ya no lo vas a ver más.
–¿Eh? –Un minúsculo gesto de concentración se dibujó en la frente de Sam–. ¿Y eso por qué?
–Búscate tu propia pandilla, Sam. Nosotros no queremos problemas.
Sam dejó la maquinita.
–Eh, vamos, Matthew. Estas cosas pasan en las pandillas. Yo me he llevado palizas de los tíos de mi pandilla montones de veces. Así son las cosas.
–Sí, bueno, esto es como has dicho tú antes. Cada uno tiene su propia ley.
–¿Y cuando vaya al colegio, qué?
–Hay muchos chavales más. Ya te las apañarás.
Sam se quedó mirando al frente. En una estantería en la otra punta de su cama había colocado tres fotos enmarcadas. En una salía él con su madre en la puerta de una especie de tienda india. Otra era una foto promocional del grupo de rock 666 en la que se veía a Galaxy de rodillas a los pies de un guitarrista melenudo. Al lado, en un marquito de plástico, había una foto de Galaxy con un bebé en brazos. Junto a ellos, con una sonrisa de oreja a oreja, salía un tío bajito de pelo oscuro. Me imaginé que sería el famoso Siniestro.
–No quiero estar solo. –Sam pronunció estas palabras tan bajito que era casi como si hablara consigo mismo.
–Eso tal vez tendrías que haberlo pensado antes de hacer papilla la cara de Jake.
–No quiero estar solo, Matt. –Cuando repitió estas palabras, en su voz había un deje de desesperación.
Se volvió y levantó sus ojos oscuros hacia mí, sin pestañear, y por primera vez vi algo diferente que no conocía en Sam López, algo que había logrado mantener oculto hasta ese momento. Estaba asustado. Estaba perdido. Durante toda su vida, la gente que le había importado se había ido. Siempre que había empezado a sentirse seguro, algo había cambiado, se había alterado, y ahí se había quedado él, solo una vez más. Por mucho que Sam se las diera de tipo duro, detrás de esa máscara solo había un niño asustado.
–¿No puedes decirles a Jake y a Tyrone que siento mucho lo que ha ocurrido? –dijo–. Diles que haré lo que sea para arreglarlo.
–¿Como qué?
Sam se incorporó en la cama.
–En Estados Unidos, los nuevos miembros de una pandilla tienen que hacer una especie de prueba de iniciación para demostrar que son dignos de formar parte de ella. –Ahora en su voz se había colado una nota de seguridad, que me recordaba al Sam de antes–. Así que para mi iniciación, os podría robar cosas de una tienda. Podría hacerle un puente a un coche y llevaros a dar una vuelta. O, ya lo tengo, podría encontrar a los tipos que os vendieron a la pasma. Les enseñaría que nadie que se meta con la banda de la cabaña vive para contarlo.
–Hablaré con Jake y Tyrone –le dije–. Pero yo que tú no me haría muchas ilusiones.
–Gracias, Matt.
–Y además –añadí–, algo me dice que los tipos que nos vendieron a la pasma de tipos no tienen nada.
Zia
Lo que hizo Elena en Burger Bill nos aguó un poco las vacaciones. En ese momento Charley y yo debimos de poner una cara de alucine al ver la tranquilidad con la que le dio a Bill los nombres de los chicos, porque cuando nos sentamos con ella a la mesa, se echó a llorar.
Tratándose de Elena, esta es una señal segura de que tiene algo que ocultar.
Bill estaba hablando por teléfono detrás del mostrador, y en ese momento nos dimos cuenta de que su amenaza de denunciar a Jake y a los demás a la policía iba totalmente en serio. Charley empezó a echarle un sermón a Elena, diciéndole que se había pasado, que una cosa era hacer que alguien se la cargara en el colegio, y otra muy distinta meterle en líos con la policía.
Y entonces nos enteramos de todo el gran desastre de Mark Kramer.
Bueno, la verdad es que nos pareció fatal. Elena hace el ridículo a lo grande, con un guaperas del tres al cuarto, y luego, para sentirse mejor, mete en un buen lío a tres chicos que no tenían culpa de nada.
Le dije que la encontraba patética.
–Más que patética –corroboró Charley–. Eres trágica.
Y eso fue todo. Elena nos insultó y se largó de Burger Bill.
Nunca llegamos a ver la peli de los ratones.
Matthew
¿Por qué? Pero vamos a ver, ¿por qué? Incluso antes de que nos vendieran a la policía, de vez en cuando me preguntaba por qué exactamente estábamos en guerra con Charley Johnson, Elena Griffiths y Zia Khan.
Las conocíamos desde primero de básica, cuando estábamos todos en el mismo colegio. Juraría que las tres eran unas chicas normales y simpáticas hasta que llegamos a tercero o cuarto. Me acuerdo perfectamente de que solíamos jugar al fútbol todos juntos en el patio.
Entonces, ¿por qué cambiaron? ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que, de repente, cuando teníamos unos diez años, era como si fueran de otra galaxia, una especie extraña y hostil a toda señal de civilización?
Era un misterio. Lo único que sabíamos era que cuando las Brujas andaban cerca, nos llovían los problemas, y cuando eso ocurría, nunca pagaban el pato ellas. Siempre nosotros.
Luego, cuando cambiamos de colegio en secundaria, las cosas se pusieron aún más feas.
Era como si nuestra sola presencia en Bradbury Hill les recordara cosas de ellas mismas que preferían olvidar. Querían ser mayores, adultas, pero cuando nos veían por ahí, de alguna manera eso les recordaba que no eran más que unas crías todavía.
Al principio les dio por pasar de nosotros, o cuando nos cruzábamos con ellas, se murmuraban algo entre dientes unas a otras y se alejaban soltando risitas. Les dijeron a otros de la clase que en nuestro antiguo colegio nos llamaban «los perdedores» (falso: todos querían unirse a nuestra banda). Hicieron correr el rumor de que Tyrone había roto un muelle de la cama elástica en nuestro antiguo colegio (falso: nunca se acercó siquiera a la cama elástica). Dijeron que hacía unos años yo había sido el causante de un brote de piojos (falso, o casi falso: mucha gente tuvo piojos un trimestre). Decidieron que la nariz de Jake era la cosa más ridícula del mundo, y se inventaron un mote a mala idea para él.
Pero donde más problemas nos causaban era en clase de Steve Forrester, porque allí las chicas sabían que, hicieran lo que hicieran, nunca les echarían la culpa.
Tal y como yo lo veo, la guerra la empezaron ellas, no nosotros.
Steve Forrester
Es totalmente falso que yo en mis clases me pusiera siempre en contra de los chicos. Daba la casualidad de que los tres chicos en cuestión eran una mala influencia para todos los demás alumnos, aunque su participación oral en clase fuera aceptable. Esos tres chicos, juntos, causaban problemas. Juzgué que era mi deber controlar esa fuente de conflictos antes de que las cosas se pusieran demasiado serias.
Matthew
Ese lío con la justicia afectó nuestras vidas de maneras distintas. La madre de Tyrone, una mujer alta y resultona, que creo que es diseñadora interior de casas, o algo así, lo castigó una semana entera. Incluso cuando las cosas van bien, trata a Tyrone como si fuera una especie de castigo privado suyo, y que venga un policía a tu casa es algo muy serio. Las cosas no iban nada bien en el hogar de los Sherman aquel verano. La señora Sherman empezó a lamentarse en voz alta de no haber tenido una hija normal en lugar de un hijo como Tyrone, lo cual era bastante irónico si uno piensa que las que causaron todo el lío fueron tres chicas.
Para la señora Smiley, no era sino un motivo más para echarle la culpa al padre de Jake, el rey de los cerdos, que abandonan a sus familias. Le daba la vara a Jake con todas las cosas horribles que había hecho su padre, y le decía que no le sorprendía en absoluto que Jake estuviera enfadado. La mayoría de las noches, según Jake, encontraba consuelo en otra cosa: la botella de ginebra.
¿Y mis padres? Durante un tiempo se mostraron muy severos, antes de relajarse de nuevo y permitir que Sam y yo siguiéramos con nuestras vidas. Normalmente solíamos irnos una o dos semanas de camping en verano, pero este año mi madre había agotado sus vacaciones en el viaje a Estados Unidos, así que poco después ya estaban otra vez los de la Cabaña en las calles.
Pero, en lo que a nosotros respecta, Sam era ya historia. Les había mencionado a mis colegas la conversación que había tenido con él, su idea de hacer algo fuerte y deslumbrante para volver a ganarse nuestra amistad, pero a Jake todavía le dolía lo que había ocurrido en Burger Bill, mientras que Tyrone seguía furioso por la bronca continua que le echaba su madre en casa.
Y tal vez el más enfadado de los tres fuera yo. En ese momento me sentía como si mi primo hubiera pisoteado toda mi vida, mi familia y mis amigos, y solo me hubiera dejado un montón de ruinas. Jake y Tyrone podían echarlo de la banda, pero mi futuro con Sam López se extendía ante mí como una sentencia a cadena perpetua.
Así, sin discutirlo con todo detalle, habíamos llegado a la conclusión de que le permitiríamos ir con nosotros lo que quedaba del verano, pero cuando empezara el colegio, tendría que apañárselas solo.
Sam intuyó lo que pasaba y se lo tomó sorprendentemente mal. Trató de convencernos de que alguna pelea de vez en cuando no tiene nada de malo, que eso era el pegamento que mantenía unida a una banda, decía.
Y luego, una y otra vez volvía a la misma idea de que le hiciéramos una prueba que le permitiera demostrar que merecía pertenecer a nuestra banda.
Al principio no le hicimos ni caso. Luego se nos ocurrió una idea mejor. Le haríamos la prueba que quería, y cuando fracasara, entonces tal vez por fin nos dejaría en paz.
Lo único que teníamos que hacer era encontrar una tarea imposible.
Tyrone
Fue idea de Matt, pero yo lo ayudé en todo.
Una noche estaba hablando con él por teléfono. Matt me decía que solo había una manera de hacer callar a Sam de una vez por todas: teníamos que plantearle una prueba que demostrara, sin el menor asomo de duda, que jamás podría ser uno de los nuestros.
–Sí, claro –le dije con pesimismo–. Y él entonces formará una banda rival en el colegio. Y tendremos dos grupos de enemigos: Sam y las Brujas. A lo mejor se podría unir a las Brujas –mascullé–. Después de todo, parece una niña, con esa carita tan mona y esa mata de pelo.
–Y con ese cuerpecito como de nena que tiene –dijo Matt riéndose. Charlamos un rato más y luego colgamos.
Cinco minutos después, me volvió a llamar, y juro que nunca lo había visto tan nervioso.
–Tyrone –me dijo–, se me ha ocurrido una idea.
4
Matthew
Nos reunimos los cuatro en casa de Tyrone.
Tyrone, Jake y yo nos sentamos en tres sillones, como si estuviéramos en un juicio. Sam paseaba por la habitación, inquieto y nervioso, haciendo bromas que no tenían ninguna gracia, para disipar la tensión. Desde que le había dicho que la Banda de la Cabaña había pensado una manera de que se volviera a ganar un puesto entre nosotros, Sam estaba tan animado que ya resultaba pesado.
–Venga, tíos, poned las cartas sobre la mesa. –Sam se movió por la habitación como bailando, y me di cuenta de que Tyrone lo miraba nervioso. La casa de los Sherman es la típica casa donde todo está en su sitio, no se ve una mota de polvo, y hasta los objetos de adorno están ordenaditos como los soldados cuando les pasan revista.
–Bueno, tíos, ¿entonces, qué queréis que haga? –decía Sam–. ¿Queréis que salte a un tren desde un puente? ¿Que haga una pintada en la pared de un rascacielos? ¿Una que diga algo así como «LA BANDA DE LA CABAÑA ES LA DUEÑA DEL BARRIO»?
–No es nada tan difícil –dije con mucha tranquilidad.
Sam se quedó quieto un momento.
–¿Nada difícil? Estás de coña. Pídeme algo verdaderamente chungo, colega.
–Es algo un poco menos físico de lo que estás pensando –dijo Jake, cuyo ojo izquierdo en los últimos dos días se había tornado de un precioso color a medio camino entre el rosa y el púrpura.
–Aunque no sé –dijo Tyrone sonriendo–. En cierta manera es físico, bastante físico incluso.
–Eh, tíos, ya basta de torearme, ¿vale? –dijo Sam–. Decidme de una vez lo que tengo que hacer.
Jake cogió una bolsa de plástico, y la volcó despacio. Un montón de ropa cayó al suelo.
Ropa de uniforme de colegio.
Ropa de uniforme de chica.
–¿Qué es esto? –preguntó Sam, empujando con la punta de su zapatilla de deporte una falda color violeta.
–Es el uniforme del colegio de mi hermana –dijo Jake.
–¿Y?
–Y ahora es tuyo –dijo Tyrone.
–No lo pillo. –Sam se agachó y extendió la ropa: la chaqueta y la falda del uniforme, la camisa y los calcetines blancos. Parecía un cuerpecito estirado en el suelo–. Esto qué es, ¿un chiste inglés de esos que no tienen gracia? –preguntó.
Me incliné hacia delante en el sillón y se lo expliqué bien clarito.
–Si quieres formar parte de nuestra banda, esta es tu prueba de iniciación. Durante una semana, cinco días de clase, te pedimos que seas un actor, que interpretes un papel –le dije–. Cada mañana, camino del colegio, te pondrás este uniforme en la cabaña del parque. Cuando llegues al colegio, serás Sam, la nueva incorporación a Bradbury Hill, pero Sam con una diferencia.
–Sam no de Samuel, sino de Samantha –dijo Jake.
El americano se levantó despacio.
–¿Queréis que me convierta en una piba? Siempre he sabido que estabais de la olla, tíos –dijo despacio–. Pero esto es… esto es muy fuerte, colegas.
–Tú eliges –dijo Tyrone con mucha naturalidad–. Lo único que tienes que hacer es hacerte pasar por una chica durante cinco días en el colegio. Si aceptas, vuelves a estar dentro. Eres uno de los nuestros.
–Pero… yo soy Sam López. –Se rió como si hubiera habido un espantoso malentendido–. A ver si me entendéis, Sam López no se pasea por ahí vestido de tía. Sam López no hace algo así por nadie, ni por nada. Ni hablar.
–Bien. –Jake se arrodilló en el suelo, recogió la ropa y la volvió a meter en la bolsa–. Has tenido tu oportunidad. Teníamos entendido que Sam López se atrevía a hacer cualquier cosa. Pero supongo que nos habían informado mal.
–A ver, tíos, sed razonables. ¿Aceptaría alguno hacer esta broma?
–No –contesté sonriendo–. Pero claro, nosotros no lo necesitamos.
Sam se quedó pensando un momento, y luego dijo entre dientes:
–Olvidadlo, chalados. –Se dirigió a paso rápido hacia la puerta. Lo oímos subir pesadamente la escalera y encerrarse dando un portazo en el cuarto de baño de Tyrone.
Nos miramos unos a otros, algo avergonzados por lo que había ocurrido.
–Valía la pena intentarlo –dijo Jake.
–Sí, Matt, era una idea fantástica –comentó Tyrone.
–Hay que reconocer que sí que da un poco de mal rollo –añadió Jake–. Pedirle a un tío que se vista de chica.
–Vale –corté de pronto–. A lo mejor me he equivocado.
–Espero que no lo esté destrozando todo en el cuarto de baño –murmuró Tyrone–. Mi madre se pondría furiosa.
En ese momento se abrió la puerta. Era Sam.
–Dame la bolsa –dijo, haciendo un gesto impaciente con la mano.
Jake se acercó a él y le tendió la bolsa.
–No prometo nada, ¿vale? –dijo Sam.
–Claro –contestó Jake.
–Solo me lo estoy pensando.
–Vale –dijo Jake–. Ah, y otra cosa más. –Rebuscó en su bolsillo y sacó una goma de colores–. Mi hermana se pone una de estas.
Sam sostuvo la goma entre dos dedos y se la quedó mirando con una expresión de asco mezclado con incredulidad, y durante un segundo pensé que Jake estaba a punto de llevarse otro ojo morado.
–Es para que no se te caiga el pelo a la cara –explicó.
–Ya sé para lo que es, idiota –dijo Sam. Entonces, para mi sorpresa, se echó a reír–. Desde luego, tíos, lo vuestro no tiene nombre. –Y se marchó.
Esperamos. Unos minutos después, oímos pasos en la escalera. La puerta se abrió y Sam entró en la habitación.
El silencio se adueñó de la habitación durante varios segundos.
–¿Y bien? –dijo Sam por fin.
–Oh… Dios… mío –murmuró Jake.
–Esto es una locura –dijo Tyrone.
–Guau –comenté yo.
Sam se quedó ahí de pie, en jarras, con el pelo recogido en una cola de caballo.
–¿Qué? –preguntó–. ¿Qué pasa?
Oír la voz de tipo duro de Sam salir de esa nueva persona, esa chica, tuvo el mismo efecto en todos nosotros al mismo tiempo.
El primero en echarse a reír fue Jake.
–Es ridículo –dijo sin aliento.
Tyrone se tapó la cara con las manos y luego echó una ojeada entre los dedos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
–Increíble –dijo.
–¿Se puede saber de qué estáis hablando exactamente, tíos? –preguntó Sam enfadado.
Por algún motivo, esa situación había hecho que me pusiera colorado.
–Siento decírtelo, Sam –dije, tratando de borrar esa sonrisa de mi cara–, pero no hay duda de que estás perfecto: eres una chica al cien por cien.
Con una expresión dura y peligrosa en los ojos, avanzó unos pasos hacia delante. Cuando llegó al centro de la habitación, se vio reflejado en el espejo que hay encima de la chimenea, y se volvió para contemplarse detenidamente.
–Pues sí –dijo sombríamente–. Tengo toda la pinta de una piba.
Tyrone
De repente dejó de ser una broma. El caso es que Sam estaba tan bien disfrazado de chica que lo que unos segundos antes había parecido una broma, de repente se había convertido en algo súper serio.
Se repanchingó en el sofá y se puso a hurgarse en la nariz con aire agresivo y provocador, como para tranquilizarse a sí mismo de que, incluso vestido de chica y con una cola de caballo, seguía siendo el mismo de siempre.
–Bueno, entonces, ¿de qué va esto? –preguntó–. Aparte de hacerme quedar como un idiota, me refiero.
–No queremos que hagas el ridículo –dijo Matthew–. Solo necesitamos vengarnos de las Brujas. Hacerles quedar mal. Enterarnos de algunos de sus secretitos más patéticos.
–Venga, tíos, ¿y todo esto para vengaros de tres pavas?
–No son pavas –rezongué–. Que las odiemos no quiere decir que tengamos que ser machistas.
–Eh, ¿aquí quién lleva falda, eh? –dijo Sam–. De ahora en adelante, yo decido lo que es machista y lo que no, ¿entendido?
Ahí sentado, jugueteando con su coleta, Sam parecía extrañamente a gusto, como si ahora que era el centro de atención por fin pudiera relajarse. Como si, ahora que llevaba una falda, fuera más él mismo.
–Voy a necesitar echarle morro. Con esto de ir a un nuevo colegio, y tal.
–Estaremos ahí para ayudarte –le dije.
Sam se quedó pensativo un momento.
–Estamos juntos en esto, ¿verdad? Nunca antes había sido una chica.
–Por supuesto –declaró Jake–. Somos los de la Cabaña. Somos un equipo, somos iguales.
Sam apoyó la pierna en el reposabrazos del sillón.
–Vale, contad conmigo en el equipo –dijo con naturalidad. Se rascó la cadera y entonces asomó peligrosamente un trocito de sus calzoncillos azules–. Y a ver si paráis ya de mirarme las piernas, tíos.
La señora Burton
Fue más o menos entonces cuando noté un cambio en el pequeño Sam. Estaba menos a la defensiva, parecía menos desconfiado. Sus comentarios inapropiados se fueron haciendo menos frecuentes. Compartía las tareas con Matthew. Yo estaba contenta. Pensé que lo habíamos conseguido.
Matthew
La vida se hizo más fácil después de esa fatídica tarde en que los cuatro acordamos que cuando retomáramos las clases en Bradbury Hill, habría una nueva alumna llamada Samantha López.
Quedaba un mes de vacaciones. Jake se fue de camping a Francia con su madre y su hermana. Tyrone y Sam descubrieron que a los dos les encantaban los juegos de ordenador. Sam me pidió que lo llevara a un partido de lo que insistía en seguir llamando «fútbol europeo» y me obsequió con su inevitable veredicto: era un deporte de nenas.
Sería una exageración decir que mi primito ya no era irritante –su talento para molestar era inquebrantable– pero saber que muy pronto iba a sacrificar su masculinidad en lo que yo me había acostumbrado a llamar la «Operación Samantha» lo había calmado. Ya no parecía sentir la necesidad de demostrar que era más duro, más listo, y más experimentado que nosotros. Todavía hacía algún comentario agresivo y en plan listillo de vez en cuando, pero los demás éramos capaces de encajarlo entre risas, y muchas veces también Sam acababa riéndose.
Aunque la sombra de la muerte de su madre seguía planeando por encima de él –todavía de vez en cuando caía en esa especie de trance silencioso, con la mirada sin expresión, cuando ocurría algo que le recordaba a su vida pasada– mis padres y yo vimos que podíamos llegar hasta él de una manera que antes no nos había sido posible. Mi madre había cogido la costumbre de mencionar a Galaxy en sus conversaciones de cada día, como si ya no fuera un enorme tabú del que no se podía ni hablar, y para mi sorpresa esa táctica disipó parte de la tensión que cargaba la atmósfera en casa.
La última semana de vacaciones me di cuenta de que Sam empezó a estar más callado, y a pasar más tiempo en su habitación. Se había adueñado de la bolsa de ropa de Christie Smiley después de nuestra reunión. Me lo imaginaba solo en su cuarto, vistiéndose el uniforme, preparándose para su debut como chica, como si fuera un actor justo antes del gran espectáculo, que es lo que era, en cierto sentido.
Me hubiera gustado hablar de todo eso con él, decirle para tranquilizarle que aunque fuera él quien llevara la falda, estábamos todos juntos en eso, pero desde que habíamos decidido el plan, apenas lo había vuelto a mencionar.
Daba la impresión de que en algún momento había decidido que la Operación Samantha era una función de un solo actor, de una sola actriz en este caso.
El señor Burton
Me pareció un gesto adecuado llevar a los chicos a una buena comilona la víspera del primer día de colegio de Sam. Elegí la Trattoria La Torre, un restaurante italiano del barrio que tenía un buen menú y un servicio agradable, al cual nos gusta ir a Mary y a mí en ocasiones especiales.
Me había percatado de que Sam había estado algo callado esos últimos días –no cabía duda de que su debut en Bradbury Hill lo preocupaba un poco– y Matthew también parecía algo taciturno.
De modo que no era una salida demasiado fácil. Los modales de Sam en la mesa, por decirlo de alguna manera, dejaban bastante que desear. Según nos hizo saber, el restaurante era «raro». Luigi, el dueño, no tenía «un pelo de italiano». Apartó su cóctel de gambas, anunciando con una voz algo más alta de lo necesario que era «comida para maricas».
La familia Burton sonrió haciendo como si ese tipo de comentarios no le incomodara lo más mínimo.
Matthew
Esa noche Sam fue la peor pesadilla de mi vida. Sé que el pobre estaba muy preocupado, con todo eso de tener que aparecer en el colegio disfrazado de chica y tal, pero ¿era obligatorio que por su culpa todo el restaurante se nos quedara mirando? Juro que la manera en que se comió los espaguetis fue la cosa más repugnante que he visto en mi vida.
El señor Burton
Elegí hacer caso omiso de la actuación de Sam en el restaurante, más propia de un animal en el zoo a la hora de comer.
Hacia la mitad de la cena, Mary me hizo una señal con la cabeza. Carraspeé y alcé mi copa.
–Hagamos un brindis –dije– por el primer día de Sam en Bradbury Hill. Y por el inicio del trimestre de Matthew en este nuevo curso.
–Lo que me faltaba –masculló Sam.
Matthew se quedó mirando su plato de pasta como si encerrara la clave del misterio del universo.
–Solo quería decir –proseguí–, que estoy muy impresionado por cómo os habéis comportado estas últimas semanas. La situación en la que nos hallamos inmersos no ha sido fácil, pero pienso que tanto Sam como Matthew habéis estado absolutamente fantásticos. ¿No te parece, Mary?
–Desde luego que sí –contestó ella.
Sam soltó un ruidito a medio camino entre el gruñido y el resoplido sin levantar la mirada, y me percaté de que un pequeño y peligroso surco estaba empezando a dibujarse en el entrecejo de Mary. Mi esposa es una mujer maravillosa en múltiples aspectos, pero he de reconocer que no tiene lo que se dice mucha paciencia.
–¿Tienes algo que decir, Sam? –preguntó con un deje de tensión en la voz.
Sam levantó la mirada, y la visión de su rostro embadurnado de carne y salsa de tomate bastaba para revolverle las tripas al más pintado.
–No –contestó.
–Mañana os llevo al colegio en coche –anuncié–. Por ser el primer día de clase.
Por alguna razón, este comentario hizo que ambos chicos dejaran instantáneamente de comer. Ambos se me quedaron mirando con una expresión que se me antojó alarmada.
–No hace falta, papá –dijo Matthew–. Son solo diez minutos a pie.
–Creo que sería lo más apropiado –comentó Mary.
–No –protestó Matthew, con una firmeza que no dejó de sorprenderme–. Ya sabes cómo son los colegios. Es mejor que yo le enseñe el lugar a Sam.
–Tal vez deberíamos dejar que fuera Sam quien lo decidiera –contesté con firmeza.
Todos nos volvimos hacia Sam, que parecía estar cavando un agujero en sus espaguetis.
–¿Sam? –dijo Mary.
Este levantó la vista despacio, masticando con la boca abierta. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y al descubrir unos pedacitos de carne pegados a sus nudillos, frunció el ceño antes de hacerlos desaparecer de un lametón.
–Quiero ir a pie –dijo por fin.
Jake
Matthew me mandó un mensaje de texto un poco más tarde aquella noche, que decía: «DCIDIDO: SAM S SAMANTHA».
5
Matthew
Había llegado el momento de la verdad. A la mañana siguiente, vestido con el nuevo uniforme que le había comprado mi madre, Sam y yo salimos para el colegio unos minutos antes de lo habitual, y nos despedimos de mis padres en la puerta, como si fuéramos escolares normales y corrientes, y no mercenarios a punto de iniciar una misión de venganza.
Caminamos en dirección al colegio. Cuando llegamos a la esquina, nos dimos la vuelta y dedicamos un último gesto de saludo al señor y la señora Burton. Desaparecimos de su vista, y pusimos rumbo al parque.
Tyrone ya estaba en la puerta de la cabaña. Jake, como siempre, llegaba tarde.
Nos saludamos con un gesto. Sin decir una palabra, Sam metió la mano en la nueva mochila que mi padre le había comprado para el colegio y sacó la bolsa de plástico que contenía su otro uniforme.
–Es hora de convertirme en mi nuevo yo –dijo con total tranquilidad, y luego se metió en el lavabo de caballeros que estaba detrás de la cabaña.
Pasaron dos minutos, tres. Entonces llegó Jake, con los faldones de la camisa fuera del pantalón y el pelo todo revuelto.
–No he oído el despertador –explicó–. ¿Dónde está Sam?
Tyrone señaló con la barbilla la puerta cerrada.
–Se está convirtiendo en una chica –dijo.
Consulté mi reloj. Teníamos ocho minutos para cubrir la distancia que nos separaba del colegio, que estaba a diez minutos de allí.
–Tenemos que irnos –dije con toda la naturalidad de que fui capaz.
–Que ya lo sé –contestó Sam con voz cortante–. Me estoy arreglando el pelo, ¿vale?
Jake suspiró.
–Mujeres –dijo entre dientes.
La puerta se abrió y apareció Sam, metiendo su ropa en la bolsa de plástico.
–Vamos –dijo.
Jake se colocó delante de él.
–Una última comprobación –dijo.
Nos dispusimos en círculo, inspeccionando al nuevo Sam. Para ser sincero, mi primera impresión fue algo decepcionante. En el salón de Tyrone, en su debut con falda y coleta, Sam parecía una chica de verdad. Ahora era más un chico con un torpe disfraz. Tenía el pelo enmarañado. La falda le quedaba demasiado larga. Y lo peor de todo, la camisa blanca flotaba hacia los lados como una vela al viento.
–¿No puedes hacer algo con la camisa? –Tiré de la tela–. ¿Remetértela por la espalda, o algo así?
–Me está demasiado grande –contestó Sam–. ¿Qué le pasaba a tu hermana, Jake? –Este parecía algo incómodo.
–Digamos que estaba muy desarrollada para su edad –explicó.
–Genial –comentó Sam, mientras trataba de meterse los faldones dentro de la falda–. Típico tuyo tener una hermana con unas lolas descomunales.
–Ya sé lo que podemos hacer –declaró Tyrone–. Mañana traigo un par de calcetines, y te los metes debajo de la camisa, por delante.
Los ojos de Sam brillaron peligrosamente.
–¿Quieres saber una cosa, gordinflón? Te los puedes meter donde te quepan. –Levantó el índice como para amenazarlo, pero luego pareció vacilar, y su atención se desvió hacia algo que estaba detrás de nosotros.
A unos metros de distancia, mirándonos con una expresión preocupada de metomentodo, había una anciana que estaba paseando a un perrito.
La señora Wheeler-Carrington
Recuerdo los tiempos en que este parque era un lugar agradable. No había basura por el suelo, ni perros deambulando como lobos, ni se oían palabrotas. Era un placer venir aquí.
Algunos piensan que uno no debería preocuparse por cosas como el mal comportamiento y las palabras malsonantes, pero me temo que soy un poquito anticuada con respecto a ese tipo de actitud.
Aquella mañana, cuando vi a esa chiquita, rodeada por varios chicos, evidentemente asustada, pálida y enfadada, me hirvió la sangre. Sabía que no podía pasar de largo sin más. No es mi naturaleza.
Jake
La viejecita se quedó ahí parada con su perro, los dos mirándonos a la defensiva, como si fuéramos criminales o algo así.
–¿Estás bien, pequeña? –gritó.
Nos miramos unos a otros, confundidos.
–¿Cómo dice? –preguntó Matthew.
–No estoy hablando con vosotros, chicos –contestó ella en tono cortante. Estirando el cuello, como si fuera un pájaro, miró detrás de nosotros, hacia donde estaba Sam–. ¿Te están molestando estos chicos, bonita? –le preguntó. Sam tardó un momento en entenderlo. Luego sonrió.
–No, qué va –dijo.
–Ah, bien, mejor así –dijo la mujer. Echándonos una última mirada hostil, se alejó. El problema es que Sam, típico de él, no podía dejar las cosas como estaban.
–Señora, si me da la gana les puedo dar una patada en el culo sin problemas –gritó.
La mujer la miró, escandalizada, y luego se alejó deprisa, tirando del perrito.
Matthew
Sam caminaba con aire arrogante delante de nosotros, con las manos en los bolsillos, su falda moviéndose de lado a lado agresivamente, como no caminan las chicas, ni lo harán jamás.
Nosotros lo seguíamos, pensando los tres en lo mismo. Como nadie iba a decir nada, pensé que me correspondía a mí tener unas palabritas con la señorita Samantha.
–Eh, Sam –dije con un tono muy natural, como si se me acabara de ocurrir lo que iba a decirle–, tal vez sería buena idea que te molestaras mínimamente en interpretar el papel.
Sam empezó a silbar entre dientes, otra cosa que jamás he visto hacer a ninguna chica. Así que volví a intentarlo:
–Me refiero a antes, por ejemplo, digamos que no te comportaste exactamente como una chica en el parque, cuando hablaste con la viejecita.
Sam se rió y de una patada mandó a la carretera una lata vacía que había en la acera.
–Eso es porque no soy una chica normal, tontaina –dijo.
–Pero Sam, el caso es que si no te metes bien en el papel, vamos a tener todos muchos problemas –dijo Tyrone–. No sirve de nada vestirse de mujer y actuar como un hombre, encima tan a lo bestia como lo estás haciendo ahora. No va a funcionar.
–El plan ha sido idea vuestra, tíos –dijo Sam–. Es un poco tarde para lamentaciones.
–No se trata de eso –le dije–. Lo único que te decimos es que si queremos que esto funcione, tendrás que ser un poco… –Vacilé un momento, buscando en mi cabeza la palabra adecuada–. Un poco… femenina.
Sam se detuvo y se volvió para mirarnos, sin parar de mascar chicle.
–Vale, acepto ponerme una falda –dijo tranquilamente–. Pero nadie dijo nada de que tuviera que comportarme como una nena.
Antes de que pudiéramos contestar nada, ya había echado a andar de nuevo.
–Así es como somos las chicas modernas –gritó. Lanzó un puñetazo al aire, como si estuviera apartando a golpes a un enemigo invisible–. Si no os mola, es vuestro problema.
Charley
Camino del colegio aquel primer día de clase del trimestre, tomamos una gran decisión. No, bueno, cuidado… no era una gran decisión. Era más bien pequeña.
–He estado pensando –exclamó Zia de repente–. Creo que he superado a la Banda de la Cabaña.
–Dime algo que no sepa, tía –dijo Elena–. Todas hemos superado a la Banda de la Cabaña.
–Quiero decir que ya no me voy a meter con ellos. Lo he decidido. Esos chicos ya han sufrido bastante.
–Son unos críos –dijo Elena.
El caso es que yo también había estado pensando lo mismo que Zia. Todo el lío de la policía y lo de Burger Bill me había hecho sentir mal.
–Estoy contigo, Zia –intervine–. Me enteré de que al pobre Tyrone lo castigaron una semana entera sin salir de casa.
–Nadie se mete con las Brujas –dijo Elena entre dientes.
–Párate a pensarlo un segundo: las Brujas contra los de la Cabaña –dijo Zia–. ¿No te parece patético?
Elena se nos quedó mirando.
–Vale, pasaremos de ellos y listo –declaró–. Les dejaremos que sigan con sus tristes vidas.
–O también –dijo Zia con paciencia–, podríamos incluso pedirles perdón. Hacer borrón y cuenta nueva.
–Me parece bien –dije.
–Ni hablar. –Elena negó con la cabeza con aire muy decidido.
Zia y yo nos miramos sin decir nada. La verdad es que Elena nunca ha sido tan dura como a ella le gusta fingir que es.
Después de menos de treinta segundos, se encogió de hombros con aire malhumorado.
–Vale, como queráis. Tal vez haya llegado el momento de empezar un nuevo capítulo.
Se alejó por delante de nosotros con el aire de quien ha resuelto un problema sin ayuda de nadie.
Matthew
Llegamos un par de minutos tarde. El patio ya estaba vacío. Corrimos al salón de actos y entramos. Todo el mundo estaba de pie en su sitio, esperando la llegada de la señora Cartwright, la directora, y los profesores. Mientras nos dirigíamos los cuatro por el pasillo central hasta los sitios libres de la primera fila, percibí un murmullo de interés a cada lado. Miré a mi izquierda y vi a Sam repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, como si fuera de la familia real.
No cabía duda: lejos de sentirse incómodo por toda esta historia de vestirse de chica, Sam estaba disfrutando de ser el centro de atención.
Elena
Vi a Matthew avanzando entre las filas de asientos. Estaba a punto de hacer algún comentario sobre lo típico que era que llegaran tarde cuando recordé que los chicos antes llamados los Cabañas eran supuestamente nuestros amigos desde ese mismo instante, así que cerré la boquita.
Entonces vi a una chica rubia caminando por delante de ellos, con un estilazo tremendo. Recuerdo que solo pensé: ¿quién será esa?
Zia
¿Que si me fijé en ella? ¿Cómo podría alguien NO fijarse en ella? Caminaba por el salón de actos como si fuera la dueña de todo el colegio.
Charley
Estaba mascando chicle. Eso fue lo primero en lo que me fijé. Bradbury Hill tampoco es que sea un colegio superestricto, pero sí tiene una política antichicle que siguen a rajatabla todos los profesores, como si el chicle fuera una droga, o algo así. Y ahí estaba esa nueva alumna, mascando chicle en el salón del actos, el día de la inauguración del curso.
Hay que reconocerlo: eso sí que es tener narices.
Gary Laird
No la vi. Supongo que estaría dormido en ese momento.
Mark Kramer
Era un bombón. Todos los tíos se la quedaron mirando, y la mayoría estaría pensando lo mismo en ese momento. Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí…
Matthew
Nos sentamos, y Sam se dejó caer en su silla junto a mí con toda la delicadeza femenina de un boxeador en un descanso entre dos asaltos.
Los profesores entraron en tropel y tomaron sus asientos al fondo del estrado y, unos momentos después, hizo su aparición la señora Cartwright, más conocida como la Caballo.
Cuando uno ve por primera vez a la directora, lo primero en lo que se fija no es en el pelo teñido de negro azabache, ni en esos hombros tan anchos que tiene, ni en esa forma de andar tan rápida y brusca, sino en su sonrisa de santa. Cuando estaba estudiando Magisterio, alguien debió de decirle alguna vez que la mejor manera de tratar con niños es sonreír todo el rato, porque la señora Cartwright se pasa el día en el colegio con el aire feliz y medio bobalicón de alguien que tiene una noticia maravillosa que se muere por contarte.
El efecto de esa sonrisa cuando se enfrenta a lo que ella gusta en llamar «comportamiento inapropiado» es de lo más espeluznante, porque cuanto mayor es el lío en el que te has metido, mayor es su sonrisa. A veces, como si quisiera mantenerse a la altura de su reputación de psicópata sonriente, la directora se permite de vez en cuando explotar de rabia, y entonces reúne a todo el colegio en el salón de actos cuando ve que algún tipo concreto de comportamiento inapropiado amenaza con írsele de las manos. Se rumorea que, cuando el estrés de la vida en el colegio se convierte en algo insoportable para ella, se mete en un armario que hay en su despacho, cierra la puerta, y se pone a gritar como una loca durante varios minutos, antes de volver a salir, más relajada que antes, y con la famosa sonrisa plantada de nuevo en la cara.
Así que la Caballo se lanzó pues a su discurso de inauguración del curso. Habló un poquito de las vacaciones, y dijo cuatro tonterías sobre la función escolar que tendría lugar al final del trimestre. Presentó a un par de nuevos profesores, una mujer de veintipocos años y un tío cuarentón con pinta de cerdito que se iba a ocupar de los de primero. Luego hizo algo bastante inesperado y que nos dio un poco de miedo.
Cuando terminó de presentar a los nuevos profesores, nos dedicó a todos una gran sonrisa, y dijo:
–Ha llegado el momento de mencionar a otra persona. Tenemos un recién llegado muy especial en segundo de secundaria.
Oh-oh…
A mi izquierda, Tyrone soltó un pequeño gruñido.
–Llega desde la Costa Oeste de Estados Unidos –decía la directora–. Estoy segura de que todos haréis cuanto esté en vuestra mano para que se sienta como en casa.
Intenté tragar saliva, pero entonces me di cuenta de que tenía la boca totalmente seca.
–Sam López. –La señora Cartwright miró hacia el público, poniéndose la mano delante de los ojos a modo de visera, como si estuviera oteando el horizonte–. ¿Dónde está?
Durante unos segundos una oleada de confusión y nervios recorrió a la asistencia, mientras todos miraban a un lado y a otro buscando al recién llegado.
Entonces, tomándose su tiempo, con un gesto natural para alisarse la falda, Sam se levantó de su asiento.
–Estoy aquí, señora –dijo.
Zia
Nos entró la risa. El primer día del curso siempre es algo tenso, y cuando ese Sam López resultó ser una chica, el ambiente se relajó por completo. Mola cuando ocurre algo que hace que un profesor quede como un tonto, y si da la casualidad de que ese profesor es la directora, y está de pie delante de todo el colegio, haciendo su numerito en plan Hitler dirigiéndose a sus tropas, entonces mola el triple.
La americana se volvió para mirarnos, y nos dedicó una sonrisa de oreja a oreja, lo que nos hizo reír aún más. La directora necesitó varios segundos para conseguir que nos calláramos.
Matthew
La sonrisa de la directora se volvió aún más fija y más rara que de costumbre.
–Hubiera jurado que Sam López era un chico –dijo.
–La Sam López que tiene usted delante, no, de chico no tiene nada –dijo Sam, y se oyeron más risas en el salón de actos.
–¿Eres Sam, de Samantha? –le preguntó.
–No. –Sam no se movió de donde estaba, disfrutando claramente de la situación–. Soy Sam, señora. Ese es el nombre que me puso mi madre.
–¿Te bautizó con el nombre de Sam?
–Era una feminista, señora.
La mención de la difunta madre de Sam, o tal vez la referencia al feminismo, hizo que la señora Cartwright se pusiera colorada.
–Ah, bien, muy interesante. Bueno, pues esta es la primera sorpresa del curso. –Soltó una risita que sonó quebradiza y falsa–. Ahora que hemos descubierto exactamente de qué sexo eres, Bradbury Hill te da la bienvenida, Sam López.
–Gracias, señora. –Sam se sentó despacio.
Solo llevábamos quince minutos de colegio y Sam ya se había hecho notar.
La señora Cartwright
La inauguración del curso escolar en el salón de actos es una ocasión importante, y francamente, no me hizo muy feliz que un error administrativo causara ese incidente. Como le expliqué más tarde a Steve Forrester, la culpa no fue totalmente mía. La señora Burton me había llamado durante las vacaciones. No recibí toda la información pertinente. El… bueno, la americana había cambiado de colegio tantas veces que no había historial académico suyo.
Me pareció que la señora Burton había hablado de un chico, pero supongo que la entendí mal. Para mí no había habido motivo para no dar por hecho que Sam era el diminutivo de Samuel.
En cuanto a la chica en cuestión, digamos que percibí que se comportaba con una cierta falta de respeto, pero si hemos de ser justos, este incidente de confusión de género había ocurrido en una situación inesperadamente pública. Di por hecho que su aparente insolencia era una estrategia para disimular su vergüenza. Sam era una chica tímida de trece años. De verdad lo creí.
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