Читать книгу: «La escala»
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LA ESCALA
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
La escala
V.1: Enero, 2021
Título original: The Stopover
© T L Swan, 2019
© de esta traducción, Eva García Salcedo, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Esta edición se ha hecho posible mediante un acuerdo contractual con Amazon Publishing,
www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Agencia Literaria.
Diseño de cubierta: @blacksheep-uk.com
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17972-39-4
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
La escala
Bienvenida a bordo del mejor viaje de tu vida, Emily. Agárrate, vienen turbulencias.
El champán y el servicio fueron impecables. Y el hombre de ojos azules sentado a mi lado fue incluso mejor. Íbamos a Nueva York e hicimos escala en Boston. Disfrutamos de una noche de pasión y nos despedimos para siempre. De eso hace un año. Así que imaginad mi cara al verlo en la oficina en mi primer día de trabajo. Pero, por mucho que lo desee, estoy decidida a no dejarme tentar por los malditos ojos azules de mi jefe.
Descubre el mundo Miles High Club, de la autora best seller del Wall Street Journal
«Una obra maravillosamente escrita que me ha atrapado por completo. ¡Una lectura obligatoria!»
TDC Book Reviews
Quisiera dedicar este libro al alfabeto,
pues sus veintiséis letras me han cambiado la vida.
Me encontré a mí misma en esas veintiséis letras,
y ahora estoy viviendo mi sueño.
La próxima vez que digáis el alfabeto,
recordad su poder.
Yo lo hago todos los días.
Capítulo 1
—Apártate —gruñe una voz a mi espalda.
Sorprendida, me giro hacia el hombre que hace cola detrás de mí.
—Perdona —digo, azorada—. ¿Querías pasar?
—No. Quiero que los imbéciles del mostrador se den prisa, que voy a perder el vuelo —responde con desprecio, y huelo el alcohol que emana de él—. Qué asco de gente.
Me giro hacia delante. Estupendo, un borracho en la cola de facturación. Lo que me faltaba.
El aeropuerto de Heathrow está a reventar. El mal tiempo ha retrasado la mayoría de los vuelos y, si soy sincera, no me importaría que retrasaran el mío también. Así podría dar media vuelta, volver al hotel y dormir una semana.
El horno no está para bollos.
Oigo que el hombre se gira y empieza a quejarse con los que tiene detrás. Pongo los ojos en blanco. ¿Acaso hace falta ser tan maleducado?
Me paso los siguientes minutos escuchándolo despotricar, bufar y refunfuñar hasta que no puedo más. Me doy la vuelta para mirarlo.
—Van lo más rápido que pueden. No hace falta ponerse así —le suelto.
—¿Cómo dices? —grita mientras dirige su ira hacia mí.
—Ser educado no cuesta nada —digo entre dientes.
—¿Que ser educado no cuesta nada? —chilla—. ¿Qué eres? ¿Profesora? ¿O es que te gusta tocar los huevos?
Lo fulmino con la mirada. Se va a enterar. Me he pasado las últimas cuarenta y ocho horas en el infierno. He cruzado medio planeta para ir a una boda a la que también ha asistido mi ex, que se ha pasado todo el tiempo en brazos de su nueva novia. Ahora mismo podría arrancarle la cabeza a alguien.
Que no me toque las narices.
Vuelvo la vista al frente. Me hierve la sangre.
Le da una patada a mi maleta. Me giro.
—Ya vale —le espeto.
Me mira a los ojos y me estremezco al notar su aliento.
—Haré lo que me salga de los cojones.
Veo que llegan los de seguridad. No le quitan ojo. El personal ha visto lo que está pasando aquí y han pedido refuerzos. Finjo una sonrisa.
—Deja de darle patadas a mi maleta, por favor —le pido con amabilidad.
—Le daré patadas a lo que me salga de los cojones.
Levanta la maleta y la tira.
—Pero ¿se puede saber qué te pasa? —chillo.
—Eh —grita el hombre que tenemos detrás—. Deja sus cosas. ¡Seguridad!
Don ebriedad y alteración del orden público le pega un puñetazo a mi salvador y se enzarzan en una pelea.
Los guardias llegan corriendo de todos los rincones y me apartan mientras el tío se pone a lanzar puñetazos y gritar palabrotas. No necesitaba esto precisamente hoy.
Cuando al fin lo tienen bajo control, se lo llevan esposado. Un guardia muy amable recoge mi maleta.
—Lo lamento mucho. Acompáñeme —dice mientras desengancha la cuerda de la fila.
—Gracias. —Sonrío avergonzada a los de la fila. No me gusta saltarme la cola, pero, llegados a este punto, me da igual—. Qué bien.
Lo sigo tímidamente hasta el mostrador. Allí, un chico levanta la vista y sonríe de oreja a oreja.
—Hola.
—Hola.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Sí, estoy bien. Gracias por preguntar.
—Atiéndela —le ordena el guardia de seguridad al vendedor de billetes. Nos guiña el ojo y desaparece entre la multitud.
—Identificación, por favor —me pide el hombre.
Saco el pasaporte del bolso y se lo entrego. Mira la foto y sonríe. Es la peor foto del mundo, en serio.
—¿Salgo en los más buscados? —pregunto.
—Puede. ¿Esta eres tú? —dice, y se ríe.
Sonrío, avergonzada.
—Espero que no o estoy en un buen lío.
Escribe mis datos.
—Vale. Vas a Nueva York con…
Deja de escribir y lee.
—Sí. A poder ser no con ese tío.
—Ese no va a ir a ningún sitio hoy —repone mientras continúa escribiendo a una velocidad vertiginosa—. Aparte de al calabozo.
—¿Qué hace alguien emborrachándose antes de ir al aeropuerto? —pregunto—. Ni siquiera había pasado aún por los bares del aeropuerto.
—Te sorprendería lo que se ve por aquí —masculla, y suspira.
Sonrío. Qué majo es este chico.
Me imprime la tarjeta de embarque.
—Te he subido de categoría.
—¿Cómo?
—Te he pasado a primera clase como gesto de disculpa por lo que le ha hecho a tu maleta el tío ese.
Abro los ojos como platos.
—No hace falta, en serio —tartamudeo.
Me entrega el billete y sonríe de oreja a oreja.
—Disfruta de tu vuelo.
—Muchas gracias —exclamo entusiasmada.
Me guiña un ojo. Me dan ganas de darle un abrazo, pero no lo voy a hacer, obviamente. Fingiré que me pasan cosas geniales como esta todos los días.
—Gracias otra vez —digo, y sonrío.
—Tienes acceso a la sala VIP. Está en la primera planta. Invita la casa. Que tengas un buen viaje. —Tras una última sonrisa, mira a la cola y dice—: Siguiente, por favor.
Paso los controles de seguridad con una sonrisa tonta.
Primera clase, justo lo que necesitaba.
* * *
Tres horas después, subo al avión como una estrella de rock. Al final, no he ido a la sala VIP porque, bueno…, estoy hecha un cuadro. Llevo una coleta alta, mallas negras, un jersey holgado de color rosa y deportivas, pero me he retocado un poco el maquillaje, ya es algo. Si hubiese sabido que me iban a subir de categoría, habría intentado estar a la altura y me habría puesto algo elegante para no parecer una vagabunda. Total, ¿qué más da? Tampoco es que me vaya a encontrar con alguien que conozca.
Le entrego mi billete a la azafata.
—Vaya por el pasillo izquierdo y gire a la derecha.
—Gracias.
Miro mi billete mientras avanzo y veo mi asiento.
1B.
Vaya, no tengo ventanilla. Llego a mi asiento, y el hombre que hay junto a la ventanilla se vuelve hacia mí. Me mira con unos ojazos azules y sonríe.
—Hola.
—Hola.
Ay, no. Estoy sentada al lado del hombre con el que sueñan todas las mujeres… Solo que este está más bueno.
Estoy hecha un asco. ¡Qué mala pata!
Abro el compartimento superior y él se pone de pie.
—Te echo una mano.
Me quita la maleta y la coloca en su sitio con cuidado. Es alto y corpulento, lleva vaqueros azules y una camiseta blanca. Huele a la mejor loción de afeitado del mundo.
—Gracias —murmuro mientras me paso la mano por la coleta para desenredarme el pelo. Me flagelo mentalmente por no llevar algo decente.
—¿Quieres sentarte aquí? —me pregunta.
Me lo quedo mirando sin entender nada.
Señala el asiento que hay al lado de la ventanilla.
—¿No te importa? —pregunto sorprendida por su gesto.
—Qué va —sonríe—. Viajo mucho. Quédatelo tú.
Fuerzo una sonrisa.
—Gracias.
Es como si me hubiese dicho «sé que te han subido de categoría, pobre persona sin hogar, y me das pena».
Me siento y miro nerviosa por la ventanilla con las manos cruzadas en el regazo.
—¿Vuelves a casa? —me pregunta.
Me giro hacia él. Por favor, no me hables. Me pones nerviosa solo con estar ahí sentado.
—No, he venido a una boda. Ahora voy a Nueva York porque tengo una entrevista de trabajo. Solo estaré allí un día, y después cogeré un vuelo a Los Ángeles, que es donde vivo.
—Ah —musita, y sonríe—. Entiendo.
Me quedo mirándolo un momento. Ahora es cuando tendría que preguntarle algo yo.
—¿Tú… vas a casa? —pregunto.
—Sí.
Asiento. No sé qué más decir, así que me decanto por la opción aburrida y miro por la ventanilla.
La azafata trae una botella de champán y copas.
Copas. ¿Desde cuándo las aerolíneas te dan un vaso como Dios manda?
Ah, sí, primera clase. Cierto.
—¿Una copa de champán antes de despegar, señor? —le pregunta la azafata. Veo que en su identificador pone que se llama Jessica.
—Me encantaría. —Sonríe y se vuelve hacia mí—. Que sean dos, por favor.
Frunzo el ceño mientras nos sirve dos copas de champán y le pasa una a él y otra a mí.
—Gracias —digo, y sonrío.
Espero a que Jessica no pueda oírme.
—¿Siempre pides bebidas para los demás? —pregunto.
Diría que le ha sorprendido que haya sido tan directa.
—¿Te ha molestado?
—Para nada —resoplo. Vaya con el pijo este, se cree que puede pedir por mí—. Pero me gusta pedirme mis propias bebidas.
Sonríe.
—Vale, pues las próximas las pides tú.
Levanta su copa hacia mí, sonríe con suficiencia y da un sorbo.
Diría que le hace gracia verme enfadada.
Lo miro inexpresiva. Podría ser la segunda víctima de mi matanza de hoy. No estoy de humor para que un viejo podrido de dinero me mangonee. Le doy un sorbo al champán mientras miro por la ventanilla. A ver, tampoco es que sea viejo. Tendrá unos treinta y tantos. Me refiero a que es viejo comparado conmigo, que tengo veinticinco. De todas formas, da igual.
—Me llamo Jim —se presenta mientras extiende la mano para estrecharme la mía.
Ahora tengo que ser educada. Le doy la mano.
—Hola, Jim. Me llamo Emily.
Le brillan los ojos con picardía.
—Hola, Emily.
Tiene unos ojos de ensueño, grandes y azules. Podría sumergirme en ellos. Pero ¿por qué me mira así?
El avión empieza a moverse despacio y yo miro los auriculares y luego el reposabrazos. ¿Dónde los enchufo? Son de alta tecnología, como los que usan los youtubers pedantes. Ni siquiera tienen cable. Miro a mi alrededor. Parezco tonta. ¿Cómo los conecto?
—Van por Bluetooth —me interrumpe Jim.
—Ah —mascullo. Me siento tonta. Claro que van por Bluetooth—. Cierto.
—¿Nunca has ido en primera clase? —inquiere.
—No. Me han subido de categoría. Un chalado borracho ha tirado mi maleta por los aires. Creo que le he dado pena al chico del mostrador.
Le dedico una sonrisa torcida.
Se humedece los labios como si algo le hiciese gracia y da un sorbo al champán. No deja de mirarme. ¿En qué estará pensando?
—¿Qué? —le pregunto.
—A lo mejor el chico del mostrador pensó que eras preciosa y te subió de categoría para intentar impresionarte.
—No se me había ocurrido.
Doy un sorbo al champán mientras trato de disimular mi sonrisa. Qué cosas dice este hombre.
—¿Eso es lo que harías tú? —pregunto—. Si trabajaras en el mostrador, ¿subirías de categoría a las mujeres para impresionarlas?
—Por supuesto.
Esbozo una sonrisita.
—Impresionar a una mujer que te atrae es crucial —prosigue.
Lo miro fijamente mientras me esfuerzo para que mi cerebro no se pierda. ¿Por qué parece que está coqueteando?
—Y dime… ¿Cómo impresionarías a una mujer que te atrae? —pregunto, fascinada.
Me mira a los ojos.
—Ofreciéndole el asiento que hay al lado de la ventanilla.
Saltan chispas entre nosotros. Me muerdo el labio para que no se me escape una sonrisa tonta.
—¿Intentas impresionarme? —pregunto.
Me dedica una sonrisa lenta y sexy.
—¿Qué tal lo estoy haciendo?
Esbozo una sonrisita. No sé qué responder.
—Lo único que digo es que eres atractiva, ni más ni menos. No le busques más. Era una afirmación, no una pregunta.
—Ah.
Me quedo mirándolo. No tengo palabras. ¿Qué contesto a eso? Era una afirmación, no una pregunta. ¿Qué? No le busques más. Qué raro es este tío… pero qué bueno está.
El avión coge velocidad para despegar y yo me aferro a mis reposabrazos y cierro los ojos con fuerza.
—¿No te gustan los despegues? —pregunta.
—¿Tengo pinta de que me gusten?
Me estremezco mientras me agarro como si me fuera la vida en ello.
—A mí me encantan —responde con total naturalidad—. Me encanta la fuerza que sientes a medida que acelera. Cómo la gravedad te empuja hacia atrás.
¿Alguien me explica por qué todo lo que dice suena tan erótico?
Madre mía, necesito echar un polvo… ya.
Exhalo y miro por la ventanilla a medida que ascendemos más y más. No estoy de humor para que este chico se ponga lindo hoy. Estoy cansada, tengo resaca, voy hecha un cristo y mi ex es un capullo. Quiero dormir y no despertar hasta el año que viene.
Decido que veré una película. Echo un ojo a las opciones que aparecen en pantalla.
Jim se acerca y dice:
—Las grandes mentes piensan igual. Yo también voy a ver una peli.
Finjo una sonrisa. «Solo deja de ser tan sexy y de invadir mi espacio. Seguro que estás casado con una vegana a la que le van el yoga, la meditación y esas cosas».
—Qué bien —mascullo.
Tendría que haber ido en turista. Así, al menos, no habría tenido que respirar el aroma de este hombre tan guapo durante ocho largas horas sin sexo.
Deslizo las películas por la pantalla y luego hago una selección de lo que me gustaría ver.
Cómo perder a un chico en 10 días.
Orgullo y prejuicio.
Cuerpos especiales.
Jumanji… En esta sale la Roca, así que tiene que ser buena.
Notting Hill.
La proposición.
50 primeras citas.
El diario de Bridget Jones.
Pretty Woman.
Algo para recordar.
Magic Mike XXL.
Sonrío a la pantalla. He puesto todas mis favoritas en cola. Este vuelo va a ser una gozada. Aún no he visto la secuela de Magic Mike, así que podría empezar por esa. Miro a ver cuál ha escogido Jim. Justo sale el título.
Lincoln.
Buf, política. ¿A quién le divierte ver eso? Tendría que haber imaginado que sería un tío aburrido.
Cuando levanta la mano para tocar la pantalla, veo el reloj que lleva. Un Rolex enorme de color plata. Y encima está forrado.
Típico.
—¿Qué vas a ver? —me pregunta.
Ay, no. No quiero que piense que soy una pánfila.
—Aún no lo he decidido —contesto.
Vete por ahí. Quiero ver a tíos desnudándose.
—¿Qué vas a ver tú? —pregunto.
—Lincoln. Llevo mucho tiempo queriendo verla.
—Qué rollo —digo.
Mi comentario le hace sonreír.
—Ya te diré.
Se pone los auriculares para ver la peli y yo vuelvo a desplazarme por mis opciones. Me muero de ganas de ver Magic Mike XXL. ¿Importa si mira? Qué vergüenza, no. Parezco una necesitada.
¿A quién quiero engañar? Estoy necesitada. Hace más de un año que no veo a un hombre desnudo.
Pongo La proposición. Cambiaré una fantasía por otra. Siempre he soñado con tener a Ryan Reynolds de asistente personal. Empieza la peli y sonrío a la pantalla. Me encanta esta película. Da igual cuántas veces la vea, siempre me río. Me parto con la abuela.
—¿Estás viendo una peli romántica? —me pregunta.
—Una comedia romántica —contesto.
Qué cotilla es este hombre, por Dios.
Sonríe como si fuese mejor que yo.
—¿Más champán? —pregunta la azafata.
Ojos Azules me mira.
—Va, es tu oportunidad para pedir lo que quieras.
Lo miro fijamente.
—Que sean dos, por favor.
—¿Qué te gusta de las comedias románticas? —pregunta sin dejar de mirar su peli.
—Que los hombres no hablan mientras veo una peli —le susurro a mi copa de champán.
Sonríe de oreja a oreja para sí.
—¿Qué te gusta de…? —Me callo porque ni siquiera sé de qué trata Lincoln—. ¿Las películas de política? ¿Que son un rollo?
—Me gustan las historias reales, independientemente del tema.
—Y a mí —replico—. Por eso me gustan las pelis románticas. El amor es real.
Ahoga una risa mientras bebe como si le hiciese gracia.
Lo miro.
—¿A qué viene eso?
—Las comedias románticas son lo más alejado que hay de la realidad. Seguro que también lees novelas románticas de pacotilla.
Lo miro sin emoción en el rostro. Creo que odio a este hombre.
—Pues sí. Y para que lo sepas, después de esta peli, voy a ver Magic Mike XXL para ver a tíos buenorros quitarse la ropa. —Enfadada, le doy un sorbo al champán y añado—: Y pienso pasarme toda la peli sonriendo, independientemente de lo que opines.
Se ríe a carcajadas. Su risa es profunda, fuerte y hace que note mariposas en el estómago.
Me vuelvo a poner los auriculares y finjo que me concentro en la pantalla. Pero soy incapaz: he hecho el ridículo y me he puesto colorada.
Se acabó la cháchara.
* * *
Dos horas después, me dedico a mirar por la ventanilla. La peli se ha acabado, pero su aroma sigue ahí. Me envuelve y me incita a pensar en cosas en las que no debería pensar.
¿Cómo huele tan bien?
No sé qué hacer para no parecer incómoda, así que decido que me echaré una siesta y que me pasaré las próximas horas durmiendo, pero antes tengo que ir al baño. Me levanto.
—Perdona.
Jim mueve un poco las piernas, pero no lo bastante para que quepa, por lo que tengo que pasar por encima de él. Me tropiezo y para no caerme, le pongo la mano en el muslo; es grande y robusto.
—Lo siento —tartamudeo avergonzada.
—No importa —dice, y sonríe con suficiencia—. En serio.
Me quedo mirándolo un segundo. ¿Eh?
—Hay una razón para que me comporte así.
Frunzo el ceño. ¿Qué significa eso? Salgo y voy al baño. Me paseo para estirar un poco las piernas mientras reflexiono sobre lo que ha dicho. Estoy perpleja, no se me ocurre nada.
—¿Qué has querido decir con eso? —pregunto mientras vuelvo a sentarme.
—Nada.
—¿Me has cedido tu asiento para que tuviese que pasar por encima de ti?
Ladea la cabeza.
—No, te he cedido mi asiento porque sabía que lo querías. Que hayas tenido que pasar por encima de mí ha sido un añadido.
Lo miro mientras me esfuerzo por responder. ¿Son imaginaciones mías? Los hombres ricos mayores que yo no suelen hablarme así… Para nada.
—¿Estás coqueteando conmigo, Jim? —pregunto.
Me obsequia con una sonrisa lenta y sexy.
—No sé. ¿Tú qué crees?
—He preguntado yo primero. Y no contestes a mi pregunta con otra pregunta.
Sonríe con suficiencia mientras vuelve a dirigir su atención a la pantalla.
—Ahora es cuando te tocaría coquetear a ti…, Emily.
Noto que me estoy poniendo roja de la vergüenza. Intento disimular mi sonrisa tonta.
—Yo no coqueteo. O me gusta un tío o no me gusta —digo.
—Ah, ¿sí? —indaga como si le fascinase—. ¿Y cuánto tardas en tomar esa decisión después de conocer a un hombre?
—Al instante —miento. No es verdad, pero voy a fingir que sí. Fingir seguridad en mí misma es mi superpoder.
—¿En serio? —susurra mientras la azafata pasa por nuestro lado—. Disculpe, ¿podría traernos dos más, por favor?
—Ahora mismo, señor.
Vuelve a mirarme a los ojos.
—Va, dime, ¿qué es lo primero que has pensado de mí?
Finjo que busco a Jessica.
—Es posible que necesites algo más fuerte para oír esto, Jim. Porque no te va a gustar.
Se ríe a carcajadas y yo lo miro sonriendo de oreja a oreja.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunto.
—Tú.
—¿Por qué yo? —digo mientras frunzo el ceño.
—Por lo recta que eres.
—Como si tú no lo fueses, don «que sean dos».
Llegan nuestras copas y me pasa la mía sonriendo. No deja de mirarme mientras prueba la suya.
—¿Qué hacías en Londres?
—Buf —pongo los ojos en blanco—. He ido a la boda de una amiga, pero, si te soy sincera, desearía no haberlo hecho.
—¿Por?
—Me he encontrado a mi ex con su nuevo ligue, y él ha sido excesivamente cariñoso con ella para molestarme.
—Y le ha funcionado, está claro —añade mientras me señala con su copa.
—Mmm —mascullo, y doy un sorbo a mi bebida con cara de asco—. Solo un poco.
—¿Cómo es la chica?
—Rubia de bote, labios operados, tetas de silicona, pestañas postizas y bronceado de cabina. Vamos, todo lo contrario a mí.
—Mmm.
Me escucha con atención.
—Vamos, una barbie facilona.
Se ríe entre dientes.
—A todo el mundo le gustan las barbies facilonas.
Lo miro con cara de asco.
—Ahora es cuando tendrías que decir que los hombres odian a las barbies facilonas. ¿No sabes el protocolo que hay que seguir para entablar una conversación en un avión o qué?
—Es evidente que no. —Frunce el ceño mientras piensa en lo que acabo de decir—. ¿Por qué tendría que seguirlo?
Abro mucho los ojos para enfatizar mi razonamiento.
—Para ser amable.
—Ah, es verdad —accede, y me mira como si se dispusiera a mentir—. Emily, a los hombres les dan asco las barbies facilonas.
Sonrío mientras le hago un gesto con la copa.
—Gracias, Jim.
—Aunque… —hace una pausa—. Si la chupan bien…
¡Qué diantres!
Se me mete el champán por la nariz y me ahogo. Es lo último que esperaba que dijese.
—Jim —consigo balbucear mientras escupo el champán.
Se ríe mientras me pasa sus servilletas y me limpio la barbilla.
—Los hombres como tú no hablan de mamadas —exclamo entre toses.
—¿Por qué no? —pregunta, incrédulo—. ¿Y a qué te refieres con hombres como yo?
—Serios y ese rollo.
Me mira inexpresivo.
—Define «y ese rollo».
—Pues eso, mayores, ricos y mandones.
Le brillan los ojos. Está disfrutando con esto.
—¿Y qué te hace pensar que soy rico y mandón?
Exhalo de manera exagerada.
—Pareces rico.
—¿Por?
—Tu reloj sofisticado. El corte de tu camisa. —Le miro los zapatos—. Nunca he visto unos así. ¿De dónde los has sacado?
—De una tienda —replica, y se mira el reloj—. Y el reloj me lo regaló una antigua novia.
Pongo los ojos en blanco.
—Seguro que es vegana y le va el yoga.
Sonríe con suficiencia.
—Sé cuál es tu tipo de chica.
—No me digas —musita, y se acerca más a mí—. Por favor, continúa. Este análisis de personajes es fascinante.
Sonrío mientras la vocecilla de mi subconsciente grita que deje de beber.
—Doy por hecho que vives en Nueva York.
—Correcto.
—En un piso.
—Afirmativo.
—Y diría que trabajas en una empresa pija.
Sonríe; le gusta este juego.
—Puede.
—A lo mejor tienes novia o… —me interrumpo, y miro hacia abajo—. No llevas alianza; quizá le pongas los cuernos a tu mujer cuando viajas por trabajo.
Se ríe por lo bajo.
—Tendrías que dedicarte a esto. Qué precisión. Estoy asombrado.
A mí también me gusta este juego. Sonrío de oreja a oreja.
—¿Qué piensas tú de mí? —pregunto—. ¿Qué ha sido lo primero que has pensado cuando me has visto?
—Veamos… —Piensa en la respuesta—. ¿Quieres la versión políticamente correcta?
—No. Quiero la verdad.
—Vale. Bueno, en ese caso, me fijé en que tenías las piernas largas y un cuello esbelto. Un hoyuelo en la barbilla. Y que eres la mujer más atractiva que he visto en mucho tiempo, y cuando sonreíste, me puse de pie.
Sonrío con dulzura mientras el aire gira entre nosotros.
—Entonces hablaste… y lo arruinaste todo.
¿Qué?
Me echo a reír.
—¿Cómo que lo arruiné todo? ¿Cómo?
—Eres mandona y tienes un punto sarcástico.
—¿Y qué hay de malo en eso? —tartamudeo, indignada.
—Que yo también soy mandón y sarcástico —dice, y se encoge de hombros.
—¿Y?
—Pues que no quiero salir conmigo mismo. Me gustan las chicas dulces y recatadas, las que hacen lo que yo digo.
—Bah. —Pongo los ojos en blanco—. Las que limpian la casa y tienen sexo los sábados.
—Exacto.
Me río y choco mi copa con la suya.
—No estás mal para ser un viejo aburrido con zapatos raros.
Se ríe.
—Y tú no estás mal para ser una jovencita arrogante y sexy.
—¿Quieres ver Magic Mike XXL conmigo? —pregunto.
—Vale, pero que sepas que yo también fui stripper, así que esto no es nuevo para mí.
—¿En serio? —inquiero, e intento que no se me escape una sonrisa—. ¿Te mueves bien en la barra?
Me mira a los ojos.
—Mi trabajo en el poste es el mejor del país.
Saltan chispas entre nosotros. Tengo que concentrarme para que el alcohol no me haga decir alguna guarrada.
Toca la pantalla, le da a Magic Mike XXL y yo… sonrío de oreja a oreja. Este hombre es imprevisible.
No hay nada como volar en primera.
Seis horas después
—Vale, siguiente pregunta. El sitio más raro en el que lo has hecho —susurra.
Sonrío con suficiencia.
—No puedes preguntarme eso.
—Sí puedo. Lo acabo de hacer.
—Es de mala educación.
—¿Quién lo dice? —Mira a su alrededor—. Solo es una pregunta, y nadie nos oye.
Jim y yo nos hemos pasado el vuelo hablando, susurrando y riendo.
—Mmm —digo como si reflexionara en voz alta—. Esta es complicada.
—¿Por qué?
—Porque estoy pasando por un período de sequía. Ya casi ni recuerdo cómo era.
—¿Cuánto hace? —pregunta con el ceño fruncido.
—Pues… —Miro al techo mientras pienso—. Llevaré sin sexo… año y medio.
Me mira horrorizado.
—¿Cómo?
—Es patético, ¿no? —pregunto, y me estremezco.
—Mucho. Tendrás que esforzarte más. Son estadísticas muy malas.
—Lo sé —repongo, y me entra la risa tonta. Madre mía, qué pedo llevo—. ¿Y yo por qué te cuento esto? Solo eres un tío cualquiera al que he conocido en un avión.
—Que resulta que está muy interesado en el tema.
—¿Y eso por qué?
Se acerca para que no nos oigan las azafatas y me susurra:
—Alguien tan sexy como tú merece que se la follen tres veces al día.
Lo miro de hito en hito mientras me recorre un escalofrío hasta la punta de los pies. Un momento. Este tío es demasiado mayor para mí y no es mi tipo.
Me mira a los labios y el aire se carga de electricidad.
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Nueva York? —pregunta.
Saca la lengua y se humedece el labio inferior a cámara lenta. Casi puedo sentirlo entre mis…
—Una tarde. Tengo la entrevista hoy a las seis, y luego tomaré el último vuelo —susurro.
—¿Y no puedes cambiarlo?
¿Por qué?
—No.
Sonríe con suficiencia mientras me mira; está claro que se imagina algo.
—¿Qué? —digo, y sonrío.
—Ojalá estuviésemos en un jet privado.
—¿Y eso por qué?
Vuelve a mirarme los labios.
—Porque acabaría con tu sequía y te iniciaría en el Miles High Club.
Me imagino subiéndome encima de él aquí y ahora.
—Es Mile High Club, no Miles —susurro.
—No, es Miles —me corrige, y sonríe al tiempo que se le ensombrecen los ojos—. Créeme, es Miles.
Algo se desata dentro de mí, y de pronto me apetece decirle algo raro y loco. Me echo hacia delante y le susurro al oído:
—Nunca he follado con un desconocido.
Inhala con fuerza sin apartar sus ojos de los míos.
—¿Quieres follar con un desconocido? —murmura. Los dos estamos cada vez más calientes.
Lo miro fijamente. Esto no es propio de mí.
Este hombre me hace…
—No seas tímida. Si estuviésemos solos… —susurra, y hace una pausa para escoger sus palabras—. ¿Qué me darías, Emily?
Lo miro a los ojos. Tal vez sea el alcohol o la falta de sexo o saber que no lo volveré a ver en la vida… o que en el fondo me excitan estas cosas.
—A mí —susurro—. Me entregaría a mí misma.
Nos miramos a los ojos y, como si hubiese olvidado dónde estamos, se inclina hacia delante y me envuelve la cara con la mano. Qué ojos más azules. Su roce me excita de arriba abajo.
Deseo a este hombre.
Hasta el último centímetro de él.
—¿Una toalla caliente? —pregunta Jessica.
Nos separamos de un salto, avergonzados. ¿Qué pensarán de nosotros? Seguro que nos han visto coquetear descaradamente durante todo el viaje.
—Gracias —tartamudeo mientras acepto la toalla.
—Una ventisca está azotando Nueva York y vamos a sobrevolar la ciudad hasta que podamos aterrizar —nos informa.
—¿Y si no podemos? —pregunta Jim.
—Haremos escala en Boston y pasaremos la noche allí. Los alojaríamos en un hotel, por supuesto. Lo sabremos en los próximos diez minutos. Los mantendré informados.
—Gracias.
Se va a la otra punta del avión y, cuando ya no puede oírnos, Jim se acerca y me susurra:
—Espero que caiga la del quince.
Noto mariposas en el estómago.
—¿Y eso por qué?
—Tengo planes para nosotros —susurra con aire sombrío.
Lo miro mientras espero a que me vuelva a funcionar el cerebro. Me he puesto en plan calientabraguetas, pero yo en realidad no soy así. Es fácil ser valiente y descocada cuando piensas que no va a pasar nada. Estoy sudando. ¿Y quién me mandaría beber tanto? Mira que hablarle de mi sequía… Esas cosas no se dicen, boba.
—¿Otra copa? —susurra Jim.
—No puedo, tengo una entrevista de trabajo esta tarde.
—No creo.
—No digas eso —tartamudeo—. Quiero el trabajo.
—Buenas tardes, pasajeros, les habla el comandante —se oye por megafonía.
Cierro los ojos. Mierda.
—Con motivo de la ventisca que se ha desatado en Nueva York, pasaremos la noche en Boston. Pondremos rumbo a Nueva York mañana temprano. Disculpen las molestias que esto les pueda causar, pero su seguridad es nuestra prioridad.
Lo miro a los ojos y él me obsequia con una sonrisa lenta y sexy y arquea una ceja.
Ay, madre.
Capítulo 2
—No te emociones tanto —dice con una sonrisita.
—Jim… —tartamudeo. A ver cómo se lo digo—. No soy la clase de chica que…
Y ahí lo dejo.
—¿Que folla en la primera cita? —acaba por mí.
—Exacto. —La crudeza de esa afirmación me da escalofríos—. No quiero que pienses…
—Lo sé. Por supuesto, ni se me ocurriría —repone—. No lo pienso.
—Vale —digo, aliviada—. Si he coqueteado contigo ha sido porque pensaba que una vez que aterrizásemos, no nos volveríamos a ver.
—Vale. —Sonríe como si algo le hiciese gracia.
—No es que no me gustes. Porque si fuese esa clase de chica, estaría como loca por ti. Follaríamos como…
Me callo mientras trato de dar con un símil.
—¿Conejos? —propone él.
—Exacto.
Levanta las manos.
—Entiendo; solo ha sido algo platónico.
Sonrío de oreja a oreja.
—Me alegro de que lo entiendas.
Siete horas después
Me estampa contra la pared mientras se esfuerza por subirme la falda y se ceba con mi cuello.
—La puerta —digo jadeando—. Abre la puerta.
Madre mía, nunca he sentido esta química con nadie. Hemos bailado, nos hemos reído y nos hemos besado en Boston, y, por alguna razón, estoy a gusto con él. Es como si hiciera estas cosas todos los días, como si fuese lo más natural del mundo. Lo raro es que parece que estemos haciendo lo correcto. Que la situación sea tan espontánea me envalentona. Este hombre es ingenioso, divertido y está más salido que el pico de una mesa, y, en mi opinión —que quizá esté afectada por el consumo de alcohol—, vale la pena correr el riesgo porque sé que jamás volveré a tener la oportunidad de estar con un hombre como él.
He muerto y he ido al cielo de las chicas malas.
Jim introduce la llave con torpeza y entramos a trompicones en mi habitación. Me tira encima de la cama.
Mi pecho sube y baja mientras nos miramos. El aire se carga de electricidad.
—No soy esa clase de chica —le recuerdo.
—Lo sé —susurra—. No quisiera corromperte.
—Pero hay una sequía… —musito—. Una sequía que ya dura mucho tiempo.
Levanta las cejas y jadeamos al unísono.
—Eso es cierto.
Lo miro un instante mientras intento que la excitación no me nuble la mente. Me palpita la entrepierna, que pide a gritos que me haga suya.
—Sería una pena que…
Y lo dejo ahí.
—Lo sé —dice, y se humedece los labios en señal de gratitud mientras me da un repaso de arriba abajo—. Una pena.
Cuando se quita la camisa, me quedo sin aire. Su pecho, de piel aceitunada, es ancho y musculoso. Un reguero de vello baja desde su ombligo y se interna en sus pantalones. Es moreno y sus ojos son de un azul reluciente, pero es la intensidad que se oculta tras ellos lo que hace que me muera de ganas de que me la meta. Su roce tiene algo que no he sentido nunca.
Es un macho dominante puro y duro. No hay duda de quién manda aquí.
Algo en él ha hecho que muestre una parte de mí que no sabía que existía. Soy consciente de que podría estar con quien quisiera.
Pero en este momento me quiere a mí.
Es innegable que tenemos química; es fuerte, verdadera y arrasa con todo. Apenas me ha tocado y ya sé que esta noche va a ser especial.
Quizá, por una vez, el destino me haya dado una buena baza.
Con sus ojos clavados en los míos, se desabrocha los pantalones a cámara lenta y se saca la polla. Es grande y la tiene dura, y mi pecho sube y baja mientras lo miro. El corazón me va a mil. No puedo creer que esté pasando esto.
Ay. Madre.
Se la acaricia poco a poco, y yo lo miro boquiabierta.
Ningún tío se ha tocado delante de mí.
Joder, me va a dar algo. Menuda envergadura.
Pone un pie en la cama y empieza a recrearse. Flexiona los brazos y los hombros mientras se la sacude con fruición. Mis entrañas se retuercen de placer al imaginar que soy yo quien se lo hace a él.
Esto es como ver porno en la vida real… solo que diez veces mejor.
¿Qué narices hago yo aquí? Soy una niña buena, y las niñas buenas no hacen cosas malas con hombres como este.
No nos juntamos con la misma gente, no vivimos en la misma ciudad, y es posible que no lo vuelva a ver jamás, pero eso me brinda una libertad que no esperaba. Puedo ser otra.
Lo que él quiera que sea.
Con los ojos fijos en los míos, tensa la mandíbula.
—Chúpamela, Emily —murmura en tono amenazante.
Bien, sí. Pensaba que no me lo iba a pedir nunca. Desesperada por complacerlo, me arrodillo al instante.
No sé nada de este tío, pero lo que sí sé es que quiero ser el mejor polvo de su vida. Me la meto en la boca como si fuese la campeona de garganta profunda. La agarro con fuerza y paso la mano por donde he usado los labios.
Ha pasado tanto tiempo que se me contrae la entrepierna y siento que voy a tener un orgasmo solo con saborear su líquido preseminal.
—Joder, qué rico —murmuro con la boca rodeando su miembro—. Me voy a correr de lo bien que sabes.
Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
—Desnuda. Quiero verte desnuda —gruñe por la necesidad.
Me baja de la cama y en menos que canta un gallo, mi falda y mis bragas están en el suelo. Me quita la camisa por encima de la cabeza y se deshace de mi sujetador.
Entonces, se queda quieto y, a cámara lenta y con las manos apretadas a los costados, me mira de arriba abajo. Me come con los ojos. Hace que me arda la piel.
Mi mundo deja de girar. Estoy plantada delante de él, desnuda y vulnerable, a la espera de recibir su aprobación.
Esto es nuevo para mí. Nunca he estado con un hombre tan dominante y autoritario. Sus ojos, su voz, cada toque me recuerdan con quién estoy y cuánto significa su placer para mí.
Quiero estar a la altura del desafío. Me invade la imperiosa necesidad de satisfacerlo.
Cuando vuelve a mirarme a los ojos, los suyos arden de deseo. Una corriente subterránea de oscuridad y ternura fluye entre nosotros. Quizá haya olvidado cómo un hombre mira a una mujer cuando cada ápice de su ser la desea. Porque juro por Dios que no he visto esa mirada en mi vida.
—Túmbate —murmura.
Mi cara se contorsiona en una mueca de terror.
Me estrecha entre sus brazos y me besa con pasión mientras me acuna el rostro con las manos.
—¿Qué pasa? —susurra.
—Hace… Hace mucho… —digo con la voz entrecortada.
—Iré con cuidado —musita con dulzura, lo que espanta mis temores.
Se apodera de mi boca y, despacio, mete la lengua y succiona lo justo.
Por poco me fallan las rodillas.
Me tumba y me separa las piernas. Sonríe con aire enigmático mientras va depositando besos por todo mi cuerpo.
Miro al techo en un intento por calmar mi respiración, que se ha vuelto irregular. Ni todo el alcohol del mundo podría haberme preparado para esto. Me levanta las piernas, se pone mis pies sobre los hombros y me separa más las rodillas.
Estoy totalmente abierta para él, que me toma sin reservas y chupa con fuerza.
Doy un respingo.
—¡Ah! —grito.
Pero en vez de apiadarse de mí, me mete tres dedos y los mueve con frenesí.
Joder, ¿no podemos ir más despacio?
Su lengua está en mi clítoris y sus dedos en mi punto G. ¿Qué narices pasa aquí? Mi cuerpo tiembla como una marioneta… Su marioneta.
Este hombre es un dios.
Se me elevan las piernas solas. Cuando el orgasmo arrasa conmigo como si fuese un tren de mercancías, me convulsiono.
Habrá tardado cinco segundos. Madre mía, qué vergüenza. Que no se te note. Él suelta una risita como si estuviese orgulloso y yo me tapo los ojos con el brazo para que no me vea la cara.
Me aparta el brazo y me sujeta del mentón para acercarme a su rostro.
—No te escondas de mí, Emily. Nunca —ordena.
Lo miro a los ojos. Este tío no se anda con chiquitas. Es demasiado intenso.
—Contéstame.
—¿Qué quieres que te diga? —susurro.
—Di que sí para que sepa que lo entiendes.
El aire cruje entre nosotros.
—Sí —musito—. Lo entiendo.
—Buena chica —susurra, y vuelve a besarme. Su lengua es suave y me acaricia a la perfección. De nuevo, las piernas se me abren solas. Se incorpora y saca cuatro condones de la cartera. Abre uno y me lo da—. Pónmelo.
Lo acepto, le beso con ternura el pene y se lo pongo.
—Qué mandón eres. —Sonrío con suficiencia.
Él sonríe de oreja a oreja. Se tumba, me pone encima de él y acerca mi rostro al suyo.
—Primero me follarás tú —murmura contra mis labios—, y cuando ya hayas entrado en calor, te follaré yo.
Sonrío.
—Yo solo follo una vez y luego me duermo, grandullón.
Me obsequia con una sonrisa lenta y sexy.
Me siento a horcajadas encima de él y nos besamos con más pasión. La polla le toca la barriga. Se la agarra, me sujeta de las caderas y me baja.
Auch, escuece; es grande.
—Ay —gimoteo.
—Tranquila —susurra—. Muévete de lado a lado.
Me acaricia los pechos mientras me mira con asombro.
Le sonrío.
—¿Qué?
—Desde que te he visto subir al avión he querido tenerte así.
Me entra la risa tonta.
—¿Siempre consigues lo que quieres?
—Siempre.
Me coge de las caderas y me baja de golpe. Ahogamos un grito de placer.
Dios… Es…
—Joder, cómo te noto —masculla con los dientes apretados.
Sin dejar de mirarme a los ojos, me sube y me baja poco a poco. Noto hasta la última vena de su miembro.
Mientras me mira con los ojos entornados, me inclino hacia delante y lo beso con dulzura.
—¿Tienes idea de lo bien que encajas dentro de mí? —susurro, y le paso la lengua por la boca, que está abierta.
Pone los ojos en blanco.
—Qué buena estás, joder.
Me agarra de los huesos de la cadera y me baja hasta metérmela entera. La sensación es tan abrumadora que no puedo evitar soltar una carcajada.
—Métemela más. Dámelo todo —le ruego.
Me encanta que pierda el control. Me alucina. Entonces, como si estuviésemos en un universo paralelo, pego la boca a su cuello y succiono con fuerza mientras me muevo.
Sisea y, como si se hubiese desatado del todo, me alza y me tumba en la cama. Se pone mis piernas encima de los hombros y me la mete hasta el fondo con tanto ímpetu que me quedo sin aire.
Sonrío. Conque le gusta que le digan guarradas, ¿eh? Pues resulta que es mi especialidad.
Que empiece el juego.
Le acaricio la cara con las manos.
—Qué polla más gorda tienes. ¿Vas a hacer que chorree para mí? —susurro mientras me contraigo a su alrededor—. Noto cómo late.
Me dedica una sonrisa lenta y sexy mientras me embiste.
—Me voy a quitar el condón y me voy a correr en esa boca tan sucia que tienes.
—Sí, por favor.
Me río mientras me empotra con fuerza, y en un momento de lucidez, gira la cabeza y me besa con ternura el tobillo. Nos miramos mientras algo íntimo fluye entre nosotros. Una cercanía impropia de las circunstancias.
—Como me sigas mirando así —susurro para quitarle hierro al asunto—, te hago otro chupetón.
Abre mucho los ojos.
—Me cagaré en ti como tenga alguna marca.
Me río a carcajadas cuando veo el moretón que tiene en el cuello. Madre mía, he leído demasiadas novelas románticas de vampiros.
—¿Tu mami te va a echar la bronca? —digo para chincharlo.
Se ríe y me la clava en el punto justo. Gimo. ¡Dios! Este hombre conoce el cuerpo de una mujer.
Cada toque está perfectamente medido y magnificado. Sabe perfectamente cómo llevarme al cielo. Me levanta de la cadera y traza círculos amplios, y mi cuerpo toma la iniciativa porque tengo que correrme. Ya.
—Fóllame —le suplico—. Bendíceme con esa polla tuya. Más fuerte. ¡Más fuerte, no pares!
Cierra los ojos a causa del placer y me embiste a ritmo de pistón. Me aferro a él lo más fuerte que puedo mientras me convulsiono. Él se mantiene en mi interior y grita con la cara enterrada en mi cuello. Noto cómo se le mueve el pene cuando se corre.
Empapados en sudor y pegados el uno al otro, jadeamos. El corazón nos va a mil. Entonces sonríe contra mi mejilla como si hubiese recordado algo.
—¿Qué?
—Bienvenida al Miles High Club, Emily.
Se me escapa una risita y lo beso.
—No hay nada como volar en primera.
* * *
Jim me obsequia con una sonrisa de lo más sensual mientras estoy tumbada en la cama tal y como Dios me trajo al mundo. Él está vestido y tiene la maleta en la puerta.
—Tengo que irme.
Hago un mohín y alargo los brazos.
—No, no me dejes —le digo en broma con voz quejumbrosa.
Se ríe entre dientes y me coge en brazos por última vez. No vamos en el mismo avión a Nueva York; su vuelo sale antes que el mío. Me besa con cariño.
—Vaya noche —susurra.
Sonrío mientras entierra la cara en mi cuello y me da un mordisquito en la clavícula.
—No voy a poder caminar en un mes. Qué digo en un mes, en un año —mascullo en tono seco.
Doy un respingo cuando me muerde en el pezón. Entonces me mira de nuevo a los ojos. Le acuno ese rostro tan bello que tiene.
—Me lo he pasado muy bien esta noche.
Esboza una sonrisita.
—Y yo.
Le toco el chupetón que tiene en el cuello, y sus dedos van hacia él también.
—¿En qué diantres pensabas?
—No sé qué me ha dado. —Me río como una tonta—. Tu polla me ha convertido en una salvaje.
Vuelve a morderme.
—¿Cómo me subo yo ahora a un avión con esta cosa gigante en el cuello? —dice a modo de regañina—. Con la de reuniones importantes que tengo esta semana…
Nos echamos a reír, pero en cuanto me mira le cambia la cara. No estoy de broma, no quiero que se marche. Este hombre es todo lo que no estoy buscando, pero, de alguna forma, cumple con todos los requisitos.
¿Y si no vuelvo a verlo en la vida?
¿Cómo voy a seguir adelante después de esta noche? ¿Cómo voy a borrarla de mi memoria y fingir que nunca ha pasado? Enfadada conmigo misma, cierro los ojos. Por eso no tengo líos de una noche. No estoy hecha para el sexo sin compromiso; no soy así y nunca lo seré.
Pero detesto que él sí.
—Llevo una bufanda en la maleta. ¿La quieres? —pregunto.
—Sí —contesta al segundo.
Salgo de la cama y rebusco en la maleta. Aprovecha que estoy de espaldas y se planta detrás de mí. Me sujeta de las caderas y me provoca con las suyas. Me pongo de pie y me giro para mirarlo.
—Lo digo en serio, quédate esta noche también.
Me acaricia el rostro con un dedo y me levanta la barbilla sin dejar de mirarme a los ojos.
—No puedo —susurra. Es como si sus ojos quisieran decirme algo.
¿Le espera alguien en casa? ¿Por eso no me ha pedido mi número? Me embarga la inquietud. No estoy hecha para esto de los líos de una noche.
Me vuelvo, saco la bufanda y se la doy. Es de color crema, de cachemira y tiene mis iniciales.
E. F.
Las compañeras de tenis de mi madre me la regalaron cuando acabé la universidad. Me encanta…, pero bah, qué más da.
Frunce el ceño al ver las letras bordadas. Se la quito de las manos y se la pongo de manera que le tape el moretón. Sonrío con suficiencia mientras lo miro. Ni siquiera sabía hacer un chupetón. Pues sí que me habré dejado llevar.
—¿Qué significa la F? —pregunta.
—Feladora profesional —digo, y sonrío para disimular mi decepción. No quiero que sepa que me ha sentado mal lo último que ha dicho.
Se ríe entre dientes y, sin una pizca de delicadeza, me toma en brazos y vuelve a llevarme a la cama.
—Qué descripción más apropiada.
Me agarra una pierna, se la lleva a la cintura y nos recreamos con el último beso que nos damos.
—Adiós, mi hermosa conejita —susurra.
Le paso los dedos por el pelo mientras contemplo su rostro.
—Adiós, Ojos Azules.
Se acerca la bufanda a la nariz e inspira.
—Huele a ti.
—Póntela cada vez que te vayas a hacer una paja —murmuro y sonrío con dulzura—. Imagina que soy yo quien hace todo el trabajo.
Le brillan los ojos de la emoción.
—Para alguien que no se ha liado con nadie en dieciocho meses, eres una ninfómana de categoría.
Se me escapa una risita.
—Volveré a mi sequía. Se está bien ahí… y puedo caminar sin ayuda.
Se le descompone el semblante. Me da la sensación de que quiere decirme algo, pero que se está conteniendo.
—Vas a perder el vuelo —le apremio, y finjo una sonrisa.
Volvemos a besarnos y lo abrazo con fuerza. Qué pasada de hombre, Dios.
Se queda ahí plantado, y tras un último repaso a mi cuerpo desnudo, se da la vuelta y se va.
Miro la puerta por la que se acaba de ir y sonrío con tristeza.
—Sí, ten mi número —susurro al aire.
Pero no lo ha querido. Se ha ido.
Doce meses después
Exhalo y me llevo la mano al corazón mientras me planto en la acera y miro el rascacielos de cristal que tengo delante. Me suena el móvil; la pantalla se ilumina con el nombre de mi madre.
—Hola, mamá —digo, y sonrío.
Pienso en mi preciosa madre. Tiene una melena rubia perfecta, ni una arruga, y siempre va impecablemente vestida. Si cuando tenga su edad estoy la mitad de bien que ella, habré triunfado en la vida. Ya la echo de menos.
—Hola, cielo. Llamaba para desearte suerte.
—Gracias. —Doy golpecitos con la punta de los pies, incapaz de estarme quieta—. Estoy tan nerviosa que he vomitado esta mañana.
—Te van a coger, tranquila.
—Jo, eso espero —exhalo con pesadez—. He tenido que pasar seis entrevistas para conseguir este trabajo, y recorrer medio país.
Pongo cara de asustada.
—¿He hecho lo correcto, mamá?
—Claro. Es el trabajo de tus sueños. Y así te alejas de Robbie. Te vendrá bien poner tierra de por medio.
Pongo los ojos en blanco.
—No metas a Robbie en esto.
—Estás saliendo con un hombre que no tiene trabajo y vive en el garaje de sus padres. No entiendo qué ves en él.
—Es que no le sale nada —suspiro.
—Pues si no le sale nada, ¿por qué no se va contigo a Nueva York?
—No le gusta Nueva York. Es demasiado bulliciosa para él.
—Por Dios, Emily, ¿oyes cómo lo justificas? Si te quisiera, iría allí y te animaría a cumplir tu sueño, dado que él no tiene ninguno.
Exhalo con fatiga. Yo misma he pensado eso mismo, pero no lo reconocería ni harta de vino.
—¿Me has llamado para estresarme por lo de Robbie o para desearme suerte? —pregunto, cortante.
—Para desearte suerte. Suerte, cariño. Demuéstrales de qué pasta estás hecha.
Me muevo nerviosa mientras miro el imponente edificio que se cierne sobre mí.
—Gracias.
—Esta noche te llamo para que me hagas un informe completo.
—Vale —accedo y sonrío—. Entro ya.
—A por ellos, tigresa —me anima, y cuelga.
Miro el edificio y las elegantes letras doradas que hay encima de las enormes puertas dobles de la entrada.
MILES MEDIA
Exhalo y relajo los hombros.
—Vale, tú puedes.
Es la oportunidad de las oportunidades. Miles Media es el mayor imperio de medios de comunicación de Estados Unidos y uno de los más grandes del mundo, con más de dos mil empleados solo en Nueva York. Mi fascinación por el periodismo empezó cuando estaba en octavo y presencié un accidente de tráfico mientras volvía del instituto. Como era la única testigo, tuve que dar parte a la policía, y cuando más tarde se descubrió que el coche era robado, el periódico local vino a entrevistarme. Ese día me sentí como una estrella de rock. En ese momento, se prendió una chispa en mí que nunca se apagó. Me saqué la carrera de Periodismo e hice prácticas en las mejores empresas del país. Pero siempre tuve la mira puesta en Miles Media. Sus historias superan con creces las de los demás; ningún otro medio las publicaría. Me he postulado para todas las vacantes que ha habido en los últimos tres años y nunca me habían contestado hasta hace nada. Y aun así he tenido que pasar por seis entrevistas para que me ofreciesen el puesto, así que por tu madre no la cagues.
Me cuelgo la tarjeta de identificación y miro el móvil.
No hay llamadas perdidas. Robbie ni siquiera me ha escrito para desearme suerte. Hombres…
Me dirijo a recepción. El guardia de seguridad de la entrada comprueba mi identificación y me da un código para que pueda subir a mi planta. El corazón me va a mil cuando me meto en el ascensor con todos los pijos. Pulso el número cuarenta. Me miro en el reflejo de las puertas. Llevo una falda de tubo negra que me llega por la pantorrilla, medias negras transparentes, tacones de charol y una blusa de seda de manga larga color crema. Mi intención era parecer profesional y elegante. No sé si lo habré conseguido; ojalá que sí. Me paso la mano por la coleta conforme el ascensor sube. Miro de reojo a mis acompañantes. Los hombres van con trajes caros y las mujeres parecen megaprofesionales y van pintadas hasta las cejas.
Mierda, tendría que haberme puesto un pintalabios fuerte. Me compraré uno en el descanso para comer. Cuando se abren las puertas en mi planta, salgo como si me fuera a comer el mundo.
Fingir seguridad en mí misma es mi superpoder, y hoy no pienso parar hasta que lo borde.
Eso o moriré en el intento.
—Hola —digo, y sonrío a la mujer de aspecto amable que aguarda en recepción—. Me llamo Emily Foster. Empiezo hoy.
Ella sonríe de oreja a oreja.
—Hola, Emily, me llamo Frances. Soy jefa de planta —me estrecha la mano—. Encantada de conocerte.
Parece maja.
—Te acompañaré a tu mesa.
Echa a andar. Me fijo en lo grande que es la oficina. Las mesas se dividen en grupos de cuatro o seis y están separadas por tabiques.
—Como sabes, cada planta pertenece a una sección de la empresa —explica mientras camina—. De la uno a la veinte están internacional y revistas. De la treinta a la cuarenta, actualidad, y más arriba están los de la tele.
Asiento, nerviosa.
—En las dos últimas plantas solo están los jefes, por lo que no podrás acceder allí con tu tarjeta. Tenemos la costumbre de hacer una visita guiada por el edificio a los nuevos empleados, y Lindsey, de recursos humanos, vendrá y te acompañará a las dos en punto de esta tarde.
—Vale, genial. —Sonrío cuando siento que la seguridad en mí misma se queda en la moqueta.
Madre mía, qué profesional es esto.
—La mayoría empiezan en la planta cuatro y van subiendo, así que felicidades por empezar en la cuarenta. Es asombroso —me dice con una gran sonrisa.
—Gracias —digo, nerviosa.
Me conduce a un grupo de cuatro escritorios que hay junto a la ventana y saca una silla.
—Tu mesa.
—Vaya.
Me quedo blanca. Quien mucho abarca poco aprieta. Nada más sentarme, noto cómo el pánico empieza a apoderarse de mí.
—Hola, me llamo Aaron —dice un hombre mientras toma asiento a mi lado. Me estrecha la mano con una gran sonrisa—. Tú debes de ser Emily.
—Hola, Aaron —musito.
Me siento una inepta total.
—Te dejo con Aaron. Estarás bien —me indica Frances, y sonríe.
—Gracias.
—Que tengas un buen día —se despide, y vuelve a su mesa.
Miro el ordenador mientras el corazón me late desbocado.
—¿Estás emocionada? —pregunta Aaron.
—Estoy muerta de miedo —susurro mientras me vuelvo hacia él—. Nunca he estado en un puesto así. Normalmente, encuentro las historias con mis colegas.
Me sonríe con cariño.
—No te preocupes, todos estamos igual el primer día. No te habrían dado el puesto si no confiasen en ti.
Esbozo una sonrisa torcida.
—No quiero decepcionar a nadie.
Me cubre la mano con la suya.
—Eso no va a pasar. Este equipo es muy bueno y nos ayudamos mucho los unos a los otros.
Miro su mano.
—Uy. —Se da cuenta de que estoy incómoda y la aparta—. Soy gay y me encanta tocar a la gente. Si ves que invado tu espacio, me lo dices, que yo no me corto un pelo.
Sonrío. Agradezco su sinceridad.
—Vale —digo, y veo que la gente llega—. ¿Cuánto llevas aquí?
—Cuatro años. Me encanta —exclama moviendo los hombros para darle énfasis—. Es el mejor trabajo que he tenido en mi vida. Me mudé de San Francisco por él.
—Yo de California —digo, y sonrío orgullosa.
—¿Has venido sola? —pregunta.
—Sí —respondo y me encojo de hombros—. He alquilado un pisito de un solo dormitorio. Llegué el viernes.
—¿Y qué has hecho este finde? —pregunta.
—Flipar por lo de hoy.
Se ríe.
—No te preocupes. Todos hemos pasado por lo mismo.
Miro a las dos sillas vacías.
—¿Con quién más trabajamos?
—Con Molly. —Señala la silla que tengo delante—. Ella ficha a las nueve y media. Es madre soltera y tiene que llevar a los niños al cole.
Sonrío. Me parece bien.
—Y con Ava, que seguro que salió anoche y por eso llega tarde.
Sonrío y pongo los ojos en blanco.
—Se pasa el día de fiesta y nunca está en su mesa; siempre se las ingenia para estar en otro sitio.
—Hola —saluda una chica. Llega corriendo por el pasillo y se sienta en su silla. Para cuando me extiende la mano, está jadeando—. Me llamo Ava.
Le estrecho la mano y sonrío.
—Yo soy Emily.
Ava es más joven que yo. Es muy guapa, lleva el pelo corto en tono miel y su maquillaje es espectacular. Es muy moderna, muy neoyorquina.
—Enciende el ordenador y te enseñaré qué programas usamos —me dice Aaron.
—Vale —acepto, y me concentro en mi tarea.
—Bua, Aaron —exclama Ava—. Anoche conocí al tío más sexy del mundo.
—Y vuelta la burra al trigo —suspira Aaron—. Conoces al tío más sexy del mundo todas las noches.
Caigo en la cuenta de que estoy sonriendo al escucharlos.
—No, esta vez es en serio, lo juro.
Miro a Aaron, que sonríe con suficiencia y pone los ojos en blanco como si ya hubiese oído eso antes.
Ava se pone a trabajar y Aaron me explica cómo van los programas mientras yo tomo notas.
—A las diez nos llegan las historias.
Escucho con atención.
—Nosotros, como periodistas, tenemos que leerlas, decidir si se les puede sacar chicha o no y si vamos a documentarnos al respecto.
Frunzo el ceño.
—¿Y cómo tomáis esa decisión?
—Apostamos por lo que nos interesa —interviene Ava—. A ver, es obvio que las noticias de última hora son importantes, pero no nos pagan por eso.
Lee un correo.
—Por ejemplo, tres cafeterías a dos manzanas de distancia han cerrado esta semana. —Pone los ojos en blanco—. En serio, ¿a quién le importa? Esto no es noticia.
Se me escapa una risita.
—Tengo una —dice Aaron, que procede a leerla—: «Un conductor que viajaba a doscientos cincuenta kilómetros por hora se ha saltado un control policial. La persecución acabó cuando…
Ava asiente.
—¿Ves? Esto sí.
—Esta me la guardo.
Escribe algo y guarda el archivo en una carpeta.
—Entonces, ¿esto cómo va? —pregunto.
—A ver, nosotros recopilamos historias, hablamos de lo que ha encontrado cada uno y hacemos una lista. Investigas tus historias, y para las cuatro o así ya tienes que haber preparado unas cuantas para que salgan en las noticias del día siguiente. Se las enviamos a Hayden, que a su vez se las envía a redacción. Obviamente, si nos llega una buena, esa tendrá prioridad sobre el resto y saldrá en las noticias al momento.
Frunzo el ceño a medida que voy escuchando.
—Entonces, ¿cada uno recibe sus historias con su encabezado?
—Sí. Otros compañeros de esta planta nos las envían al correo.
Echo un vistazo a los demás empleados.
—Estamos al tanto de lo que vende y de lo que de verdad es noticia —añade Ava—. Es el trabajo más chulo del mundo.
Sonrío. Quizá sí pueda hacerlo.
—Abre tu bandeja de entrada —me indica Aaron, que abre algo en mi ordenador que no deja de pitar mientras yo observo.
—¿Todo eso son posibles historias? —pregunto con el ceño fruncido.
—Sí —dice, y me guiña el ojo con aire juguetón—. Espabila, que no paran.
Sonrío emocionada.
—Pero asegúrate de que todos los datos estén bien. Nada cabrea más a los de arriba que encontrar algo mal. Te meterás en un buen lío.
—Entendido.
* * *
Justo cuando vuelvo de almorzar, me suena el teléfono.
—Hola, Emily, soy Lindsey, de recursos humanos. Te recojo en cinco minutos —dice una voz muy amable.
Me estremezco. ¡Ostras, es verdad, la visita guiada!
—Vale, gracias.
Cuelgo.
—Tengo que hacer la visita guiada —les susurro a mis compañeros.
—No pasa nada —dice Aaron sin dejar de leer el correo.
—Tengo muchos encabezados —tartamudeo—. No puedo seguiros el ritmo.
—No te preocupes, no pasa nada —me dice a modo de consuelo.
—¿Y si se me escapa un bombazo?
—No te va a pasar eso, tranquila. Echaré un vistazo a tus correos mientras no estés.
—¿En serio?
—Pues claro. No se espera que lo sepas todo el primer día.
—Tienes que ir arriba —indica Ava, que hace una mueca.
—¿Qué hay arriba? —pregunto.
—Los despachos de los altos cargos.
—¿Y son majos?
—No, son más malos que la hostia, y es muy probable que te despidan ahí mismo.
—¿Cómo?
—Bah, chorradas —exclama Aaron, que pone los ojos en blanco—. Lo que pasa es que no… —Se le descompone el gesto mientras elige sus palabras—. No se andan con chiquitas. Si te tienen que decir algo, te lo van a decir alto y claro. No están para aguantar tonterías.
—¿Y quiénes son? —susurro.
—Bueno, el señor Miles no estará. Nunca está. Creo que está en Londres.
—¿El señor Miles? —pregunto con los nervios a flor de piel.
—El jefazo.
—Sí, sé quién es. Como todo el mundo, creo. Aunque nunca lo he visto. Son él y sus hermanos, ¿no?
—Sí, la familia Miles dirige el cotarro. Él y sus tres hermanos.
—¿Y están todos arriba? —susurro mientras me retoco con el pintalabios que me he comprado durante la pausa del almuerzo. Un poco de valentía no me vendrá mal.
—Tú no digas tonterías y ya está —me aconseja Ava.
Abro los ojos como platos.
—¿Por ejemplo? ¿Qué es una tontería para ellos?
Me estoy empezando a asustar de verdad.
—Tú no abras la boca, haz la visita y no le cuentes nada a la de recursos humanos.
—¿Por?
—Porque tienen contacto directo con los de arriba. Lo de la visita es solo una pantomima para evaluar tu personalidad en las dos horas que te tendrá dando vueltas.
—Ay, madre.
Suspiro.
—Hola. Emily, ¿no? Soy Lindsey.
Me giro para ver a una mujer rubia muy guapa. Al instante me pongo de pie y extiendo la mano.
—Hola.
Sonríe a mis compañeros.
—En marcha. Empezaremos por la planta uno e iremos subiendo.
Me despido de mis colegas con gesto nervioso y la sigo hasta el ascensor.
Allá vamos.
Hora y media después
—Y este es el gimnasio del que disfruta nuestro personal.
Echo un vistazo a la sala. Es grande, estilosa y está en la planta sesenta.
—Caray.
—Está abierto desde las seis de la mañana hasta las seis y media de la tarde. Obviamente, está más concurrido antes de que empiece la jornada laboral, pero también puedes venir a la hora de almorzar. Muchos adelantan o retrasan su almuerzo para que no haya tanta gente cuando vengan.
Este sitio es una pasada. Una cafetería en el segundo piso que ocupa toda la planta, un cine, un gimnasio, una oficina de correos, una planta para frikis. Lo han pensado todo al detalle.
—Vale, sigamos —dice Lindsey con una sonrisa—. A continuación, vamos a subir a los despachos de los altos cargos.
Me entran retortijones mientras volvemos al ascensor.
Lindsey entra y mira los botones.
—Anda, mira, estás de suerte.
Frunzo el ceño con aire inquisitivo.
—El señor Miles está aquí.
Finjo una sonrisa.
—Te lo presentaré primero.
Ay, madre.
«No hables ni digas tonterías», me recuerdo. Nerviosa, retuerzo los dedos delante de mí mientras subimos a la última planta. Se abren las puertas, salgo del ascensor y me paro en seco.
¡Vaya!
Mármol blanco hasta donde alcanza la vista, ventanales hasta el techo y lujosos muebles de cuero blanco.
—Hola, Sammia —saluda Lindsey con una sonrisa mientras yo miro a mi alrededor con cara de pasmo.
Este lugar es alucinante.
La mujer de recepción deja de mirar la pantalla y sonríe amablemente.
—Hola, Lindsey.
—Te presento a Emily. Es nueva y ha empezado hoy en la planta cuarenta.
Sammia me estrecha la mano.
—Encantada de conocerte, Emily.
—¿El señor Miles acepta visitas? —pregunta Lindsey.
—Sí —sonríe—. Le diré que estás aquí.
Le va a decir que estoy aquí. Socorro.
Lindsey encorva los hombros como si también estuviera nerviosa.
Sammia levanta el auricular.
—Señor Miles, tenemos a un nuevo miembro del personal deseando conocerle en recepción. —Calla un momento y sonríe—. Sí, señor.
Cuelga.
—Ya puedes pasar.
—Por aquí.
Lindsey me hace pasar por una sala de juntas. Hago ruido al caminar. ¿Por qué no hacen ruido los zapatos de Lindsey?
Mañana mismo me compro unos zapatos con suela de goma.
Cruzamos la sala y vamos por otro pasillo acompañadas por el repiqueteo constante de mis tacones. Me molesta hasta a mí. Parezco un caballo. Me dan ganas de quitármelos y tirarlos a la basura. Tranquilízate e intenta aparentar profesionalidad.
Llegamos ante unas puertas dobles de color negro. Lindsey llama. Se me va a salir el corazón del pecho.
Tú no digas ninguna tontería y ya está.
—Adelante —dice una voz grave.
Lindsey abre las puertas y entro al despacho.
Unos ojos azules que me resultan familiares me miran tras un escritorio de caoba. Me detengo en seco.
¿Qué?
—Emily Foster, te presento al señor Miles —dice Lindsey.
Lo miro. No puedo hablar. Me he quedado sin aire.
Enarca las cejas y se recuesta en su silla con una sonrisa.
—Hola, Emily.
No deja de mirarme con esos ojos enormes; los mismos ojos azul oscuro que me hipnotizaron hace doce meses.
Es él.
Capítulo 3
Madre mía.
Se pone de pie y avanza hasta mí para estrecharme la mano.
—Jameson Miles.
Es él, el tío con el que hice escala, el que no me pidió el número. Me quedo mirándolo. Se me ha frito el cerebro.
No me lo puedo creer. ¿Él es el jefazo?
—Emily, háblale de ti al señor Miles —me insta Lindsey.
—Ah —musito, distraída, y le estrecho la mano—. Me llamo Emily Foster.
Su mano es fuerte y cálida, y al instante recuerdo cómo me tocó. Aparto la mía como si me hubiera dado un calambre.
Me mira a los ojos con picardía, pero su rostro no trasluce emoción alguna.
—Bienvenida a Miles Media —dice con calma.
—Gracias —murmuro con voz ronca.
Miro a Lindsey. Madre mía, ¿sabrá que soy una guarra con la boca sucia que se tiró al jefe del jefe de nuestro jefe?
—Me encargo yo a partir de aquí. Emily saldrá en un momento —anuncia el señor Miles.
Lindsey frunce el ceño y me mira.
—Pero…
—Espera fuera —ordena.
Mierda.
—Sí, señor. —Se va zumbando hacia la puerta.
Nada más cerrarla, vuelvo mi atención a él.
Es alto, moreno y no existe una persona a quien le siente mejor un traje que a él. Sus ojos azules no abandonan los míos.
—Hola, Emily.
Nerviosa, retuerzo los dedos delante de mí.
—Hola.
«No te pidió el número. Mándalo a la mierda».
Alzo el mentón en actitud desafiante. Tampoco quería que me llamase.
Le brillan los ojos. Se sienta en el escritorio y cruza los pies. Le miro los zapatos. Recuerdo esos zapatos ostentosos y caros.
—¿Le has hecho un chupetón a algún pobre incauto que has conocido en un avión últimamente? —pregunta.
¡La madre que lo trajo! Se acuerda. Noto que me estoy poniendo roja. No puedo creer que hiciera eso. Mierda, mierda, mierda.
—Sí, anoche, precisamente. —Hago una pausa dramática—. En el vuelo a Nueva York.
Aprieta la mandíbula y enarca una ceja. No parece impresionado.
—Entonces, ¿no eres Jim? —pregunto.
—Para algunas personas soy Jim.
—Para tus rollos de una noche, querrás decir.
Se cruza de brazos como si estuviera molesto.
—¿A qué viene eso?
—¿A qué viene qué? —replico.
Vuelve a arquear la ceja. Me dan ganas de zarandearlo. Echo un vistazo a su lujoso y sofisticado despacho. Es excesivo. Desde aquí se ve toda Nueva York. En la sala de estar hay una barra llena hasta los topes, taburetes de cuero alineados delante y una mesa para reuniones. Un pasillo conduce a un baño privado y, más al fondo, se adivinan otras salas.
Se toquetea el labio inferior mientras me evalúa, y es como si me tocase de arriba abajo. Madre mía, qué guapo es. Durante este último año he pensado en él a menudo.
—¿Qué haces en Nueva York? —pregunta.
—Trabajar para Miles Media.
Se me pasa una idea por la cabeza y frunzo el ceño al recordar algo que me dijo entonces.
«Bienvenida al Miles High Club…».
Dios, y yo pensando que se refería al club de los que han practicado sexo en un avión… y resulta que se refería a las mujeres que se habían acostado con él.
Miles… Él es Miles… ¿Y hay un club?
Joder. El mejor polvo de mi vida fue solo un rito de iniciación para ingresar en un club de lo más sórdido.
Durante los últimos doce meses, el recuerdo de la noche que pasamos juntos ha sido algo especial que he atesorado con cariño. Este hombre despertó algo en mí que ni yo misma sabía que existía, y ahora me entero de que soy una de tantas. Qué decepción. Se me parte el alma. Tenso la mandíbula para no cantarle las cuarenta y hacerle el mismo daño que él me ha hecho a mí.
Cabrón.
Como no me vaya pronto, me van a acabar echando, y eso que solo es mi primer día.
—Me alegro de volver a verte —digo.
Finjo una sonrisa y, con el corazón a mil, me giro, abandono su despacho y cierro la puerta al salir.
—¿Ya estás? —pregunta Lindsey, y sonríe.
—Sí —contesto al tiempo que asiento con la cabeza.
Pasamos por recepción hasta llegar al ascensor y regresamos a mi planta.
—No te sulfures —me consuela Lindsey con ternura.
La miro con gesto inquisitivo.
—Es borde y desabrido, pero su mente no tiene parangón.
Igual que su miembro viril.
—Ah, vale —murmuro mirando el suelo—. Está bien saberlo.
—¿Te ha dicho algo?
—No —miento—. Ha sido muy educado.
Lindsey sonríe.
—Deberías sentirte una privilegiada. Jameson Miles no es educado con nadie.
—Vaya —digo frunciendo el ceño. Se abre la puerta y salgo corriendo para eludir la conversación—. Muchas gracias por enseñarme las instalaciones.
—De nada, y si tienes algún problema relacionado con recursos humanos, llámame de inmediato.
—Lo haré. —Le estrecho la mano. ¿Formar parte del club de tías a las que se ha cepillado Miles se considera un problema relacionado con recursos humanos?—. Muchas gracias.
Voy a mi mesa y, sin que me vean, abro el cajón y cojo el móvil.
—Ahora vuelvo.
Me encierro en el baño, me aseguro de estar a solas y busco «Jameson Miles» en Google.
Cierro los ojos mientras espero a que se cargue la información. El corazón me retumba. «Que no esté casado, por favor, que no esté casado…».
Esa duda lleva atormentándome todo este tiempo; esa y por qué ni siquiera fingió que quería mi número. Sentí que habíamos conectado, pero se calló algo. Y no sé por qué, luego intuí que estaba casado… o que tenía novia.
Lo que me convierte en una guarra. Nunca he estado con un tío que tuviese pareja, y las mujeres que lo hacen de forma consciente me dan asco.
De haber sabido que no podría sacármelo de la cabeza, no me habría acercado a él aquella noche.
«Jameson Grant Miles es un empresario e inversor estadounidense. A sus treinta y siete años, Miles es el hijo mayor del magnate de la comunicación George Miles hijo y el nieto de George Miles. En 2012 se hizo con el control del imperio familiar, Miles Media Holdings Ltd., y heredó las inversiones en televisión, cine y varias empresas más. Es el expresidente ejecutivo de Publishing and Consolidated Media Holdings, que posee intereses en una amplia gama de plataformas, y el expresidente ejecutivo de Netflix.
En mayo de 2018, se estimó que el patrimonio neto de Miles ascendía a los cinco mil millones y medio de dólares, lo que lo situaba entre los cien estadounidenses más ricos del mundo junto con sus tres hermanos».
Arrea. Sigo.
«Vida personal. Celoso de su intimidad, siente predilección por las mujeres hermosas. Entre 2011 y 2015, salió con Claudia Mason. Se desconoce si ha tenido pareja desde entonces».
Me pongo la mano en el pecho y suspiro de alivio. Menos mal. Hago clic en el enlace de Claudia Mason. ¿Quién es? Me salen un montón de imágenes y siento que la seguridad en mí misma se va por el desagüe.
«Claudia Mason (treinta y cuatro años) es una empresaria inglesa y un icono de la moda.
Mason es una periodista británica. Es la jefa de redacción de la edición británica de la revista Vogue, así como la editora más joven de la historia de esta edición. Tomó las riendas de Vogue en 2014. Mason es una de las voces más citadas del país en cuanto a tendencias. Además de trabajar para Vogue, Mason ha escrito artículos para Miles Media y ha publicado diez libros.
Vida personal.
Mason es la mayor de cinco hermanos y es hija del político francés Marcel Angelo.
Estuvo prometida con el heredero mediático Jameson Miles, con quien salió de 2011 a 2015, pero, según ella, la relación terminó a causa del trabajo de ambos y de sus compromisos en diferentes partes del mundo. Actualmente, sale con Edward Schneider, un abogado que reside en Londres».
Prometida… ¿Estuvieron prometidos?
Exhalo con pesadez y cierro la búsqueda con cara de asco. Pues claro que salieron juntos.
Me estoy deprimiendo. Por Dios, es la editora de la edición británica de Vogue. No puedo competir con eso. He tardado tres años enteros en conseguir un puesto de poca monta en Miles Media. Me lavo las manos y me atuso el pelo delante del espejo. Tampoco es que importe.
Tengo novio, y Jameson Miles no significa nada para mí. Vuelvo a mi mesa hecha una furia. Noto un fuego en el estómago. Tampoco es que lo vaya a ver en la oficina. Me desplomo en mi asiento.
—¿Qué tal la visita? —pregunta Aaron.
—Bien. —Sonrío mientras abro mi bandeja de entrada.
—¿Has ido hasta arriba?
—Sí.
Echo una ojeada a los tropecientos mil correos que me han llegado en las dos horas que he estado fuera. Madre mía, qué montón de noticias.
—¿Y cómo son los despachos? —inquiere Aaron—. Son otra historia, ¿no? Con su mármol blanco ahí…
Me humedezco los labios en un intento por aparentar normalidad.
—Sí.
—No llegué a ver los despachos de los jefes cuando empecé —dice Molly—. No recibía visitas aquel día.
La miro.
—Yo entré pero no estaba —interviene Aaron.
—¿Quién? ¿Jameson, dices? —pregunto como si la conversación no fuera conmigo.
—Sí. ¿Lo has visto?
—Sí —digo, y abro un correo—. Lo he conocido.
Y me lo he tirado unas cuantas veces.
—¿Ha sido un cerdo asqueroso? —pregunta Molly, frunciendo el ceño—. La gente le tiene un miedo que no veas.
—No, ha sido majo. He estado en su despacho. Parecía majo.
—¿Has estado en su despacho con él? —pregunta Aaron frunciendo el ceño.
—Sí —respondo, y sigo escribiendo.
«Dejad de hablar de él, por favor».
—¿Qué planes tenéis para esta noche? —pregunta Molly—. Los niños se quedan con su padre y yo me voy a poner ciega a pizza y cerveza. A la mierda la dieta y el gimnasio.
—Me apunto —dice Aaron.
—¿En serio? —inquiero con una sonrisa.
No me puedo creer que me propongan salir el primer día.
—Claro, ¿por qué no? ¿Tienes otra cosa que hacer? —pregunta Molly.
—Teniendo en cuenta que sois las únicas personas que conozco en Nueva York, ¿qué otros planes podría tener? —respondo encogiéndome de hombros, feliz de la vida.
—Pues a comer y beber se ha dicho —exclama Molly sin dejar de teclear.
Estoy leyendo los correos pendientes cuando veo que uno es de Jameson Miles.
¿Cómo?
Miro a mi alrededor con sentimiento de culpa y lo abro. Seguramente será el típico mensaje de bienvenida que se le envía a todo el mundo.
Emily:
Preséntate en mi despacho mañana a las ocho en punto para una reunión privada.
Diles a los de seguridad que te he citado yo. Te llevarán a mi planta en un momento.
Jameson Miles
Director ejecutivo de Miles Media
Nueva York
—¿Pero qué es esto? —susurro.
—¿Eh? —pregunta Molly.
—Nada —tartamudeo mientras minimizo la pantalla.
Mierda. ¿Qué pretende? «Hazte la tonta».
Le contesto.
Estimado señor Miles:
¿Le gustaría que fuese con mis compañeros?
Emily
Doy golpecitos a la mesa con el boli y, nerviosa, echo un vistazo a mi alrededor mientras espero a que conteste.
Emily:
No. No quiero ver a tus compañeros ni quiero que le hables a nadie de nuestra reunión.
Esta reunión es privada.
Jameson Miles
Director ejecutivo de Miles Media
Nueva York
Abro mucho los ojos. Ay, madre. ¿Cómo que «privada»? ¿Qué rayos significa eso?
Me pellizco el puente de la nariz. A mí también me hacen falta una buena pizza y un trago de cerveza. Ojalá fuesen ya las cinco.
* * *
El bar es un hervidero de actividad y hay mucho ruido, pero a duras penas soy capaz de borrar la sonrisa tonta que se me pone al ver a la gente que acaba de salir del trabajo. Estoy sentada en un banco con Molly y Aaron en un bar deportivo, y me siento superneoyorquina.
Es lunes por la noche, he salido y me parece estar con lo mejor de lo mejor.
—Yo solo digo —masculla Molly mientras mastica su pizza— que si te has pasado todo el fin de semana sin verlo y a él le resulta indiferente, hay un problema.
—A lo mejor estaba liado —se mofa Aaron.
—A lo mejor es idiota —resopla Molly.
Estamos hablando del nuevo novio de Aaron y, no sé por qué, me siento lo bastante cómoda como para levantarle el ánimo contándole mi situación.
—Pues a ver qué os parece esto. —Trago y añado—: A ver quién es más idiota. Estoy saliendo con el tío por el que llevo colada desde que tenía trece años. Una estrella del fútbol que solo se interesó por mí cuando se lesionó. Estuvimos unos cuantos meses muy bien, pero luego le entró una crisis existencial. —Le doy un trago a mi cerveza—. No ve más allá del fútbol. Está en el paro y no tiene un objetivo en la vida. Vive en el garaje de sus padres y se cargó su coche hace poco. —Meneo la cabeza en señal de fastidio y saco el móvil del bolso—. No quiere venir a vivir conmigo porque no le gustan las ciudades bulliciosas. No me ha llamado esta mañana para desearme suerte, y ahora son —Miro el reloj— las diez menos veinte y ni siquiera se ha molestado en llamar para ver qué tal me ha ido el primer día.
Gimen horrorizados.
—¿Qué demonios haces con él? —exclama Aaron con una mueca.
Pongo los ojos en blanco mientras doy un trago a mi cerveza y me encojo de hombros.
—Yo qué sé.
Se ríen entre dientes.
—Yo solo quiero echar un polvo como Dios manda —suspira Molly—. Cada vez que veo a alguien que me llama la atención, estoy con los niños y no puedo lanzarme.
Frunzo el ceño.
—¿No quieres presentarles a ningún hombre?
—¡Quita, quita! Si ya les están haciendo la vida imposible a su padre y a su novia.
Aaron se ríe como si recordara algo.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Molly sonríe con suficiencia.
—Son más malos los dos…
Me da la risa tonta.
—¿Qué edad tienen?
—Mischa tiene trece y Brad, quince —explica Molly—. Y se han propuesto amargarnos la existencia a no ser que volvamos a estar juntos.
—¿Y eso? —inquiero, y me río.
—A Brad lo han expulsado dos veces este curso, y Mischa se me está descarriando también. Hace unos fines de semana, se fueron a dormir con un amigo a casa de su padre mientras él y su novia salían a cenar.
Frunzo el ceño a medida que escucho.
—Se emborracharon con el minibar de su padre y le rajaron las bragas a su novia.
Aaron se echa a reír y yo la miro horrorizada.
—Y… —Hace una pausa y le da un trago a su bebida—. Cuando su padre les preguntó al respecto, dijeron que se le habían podrido las bragas porque su vagina estaba contaminada.
Me parto de risa.
—No te creo.
Ella menea la cabeza con fastidio.
—Ojalá fuese una broma.
Aaron echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Eso es un clásico. ¡Qué malvados! Me encantan.
—No, es una pesadilla —replica Molly sin emoción en la voz.
—¿Por qué te divorciaste? —pregunto.
—Pues no lo sé, la verdad. —Se lo piensa un momento—. Se nos apagó la llama. Trabajábamos mucho y acabábamos reventados, así que nunca teníamos ganas de sexo. Y entre los niños, la hipoteca… —Se encoge de hombros—. No salíamos por la noche ni éramos atentos el uno con el otro. No sé el momento exacto en el que acabó todo. Nos distanciamos y punto.
—Qué pena —digo, y suspiro.
—Me contó que había conocido a una chica en el trabajo. No habían pasado a mayores, y me dijo que me lo contaba porque quería luchar por nosotros y volver a lo que teníamos antes.
—¿Y no luchaste? —pregunto.
—No —suspira con tristeza—. Ni yo ni él. Nos fuimos cada uno por su lado. En ese momento fue muy duro. —Reflexiona unos segundos—. Ahora me arrepiento. Es un buen hombre. Y en retrospectiva, creo que muchos de los problemas que teníamos eran culpa de la edad. Mantener encendida la llama era cosa de los dos, pero no nos dimos cuenta hasta que fue demasiado tarde. —Sonríe con dulzura—. Somos muy buenos amigos.
Mmm… Guardamos silencio.
—Menos mal que tienes unos hijos que le rajan las bragas a tus rivales —dice Aaron con una sonrisa.
Nos reímos todos a carcajadas.
—Que tiene la vagina contaminada. ¿De dónde habrán sacado eso?
* * *
Me pruebo el vestido negro por encima y me miro en el espejo. Mmm… Lo dejo con la percha sobre la cama. Me pruebo la falda y la chaqueta grises.
¿El negro?
Mierda. ¿Qué narices te pones cuando quieres estar sexy sin que parezca que quieres ir sexy? Son las once y aquí estoy, decidiendo cómo iré a la reunión de mañana con el señor Miles. ¿Para qué querrá verme?
Creo que iré con el vestido negro. Lo pongo en la silla. Cojo los zapatos de charol y los coloco debajo del vestido. ¿Qué pendientes? Mmm… Aprieto los labios mientras me lo pienso. Perlas. Sí, al contrario que los dorados, las perlas no gritan «fóllame». Las perlas son pendientes apropiados para ir a trabajar.
Bien.
Me lavaré el pelo y me lo rizaré por la mañana. Me miro en el espejo y me hago una coleta alta. Sí, una coleta alta. Le gustan las coletas altas. «Para».
Me siento en el borde de la cama y echo un vistazo a mi pisito. Solo tiene un dormitorio y está en la planta treinta. Es pequeño y pintoresco, pero a la vez es moderno y el edificio es bonito. No es a lo que estoy acostumbrada; esto de vivir sola y salir a tomar algo un lunes por la noche me resulta muy ajeno. Cojo el móvil y leo los mensajes. Mis tres mejores amigas me han escrito esta noche para ver qué tal me había ido el día. Mi madre también. En cambio, Robbie no.
Me invade una oleada de tristeza. ¿Qué nos pasa? A lo mejor debería llamarlo. Al fin y al cabo, la que se ha ido soy yo. Marco su número. Da señal. Al cabo de un rato, lo coge.
—Eh.
—Hola —digo con una sonrisa—. ¿Qué tal?
—Aquí, durmiendo —masculla—. ¿Qué hora es?
Me cambia la cara mientras miro la hora.
—Perdona.
—No pasa nada. Mañana te llamo.
Se me cae el alma a los pies.
—Vale. —Hago una pausa—. Perdón por despertarte.
—Adiós.
Y cuelga.
Exhalo con pesadez.
—El primer día muy bien, gracias por preguntar —mascullo.
Con el corazón dolorido y el estómago revuelto, me meto en la cama y sonrío en la oscuridad al recordar mi noche con Jim.
He pensado en él muchas veces cuando estoy sola por la noche. Sin ninguna duda, el mejor polvo de toda mi vida. Pero tampoco hace falta que se entere nadie; con saberlo yo me basta y me sobra. Y mañana lo voy a ver. Noto retortijones en el estómago. A ver qué me dice.
Jameson
Me siento a la mesa y reviso el expediente de Emily Foster. Leo sus datos personales, sus notas, sus referencias y, por último, su carta de solicitud.
¿Este era el trabajo para el que se iba a entrevistar hace doce meses?
Me llaman por el interfono.
Es seguridad, en la planta baja. Me miro al espejo y pulso un botón. Al instante, aparece una pantalla.
—¿Sí?
—La señorita Emily Foster desea verlo, señor.
Ahí está. Sonrío al verla.
—Que suba.
El guardia la acompaña hasta el ascensor. Voy a recepción. Al poco, se abren las puertas y la veo.
—Hola —digo con una sonrisa de suficiencia.
—Hola —susurra. Parece nerviosa.
Le hago un gesto para que vaya a mi despacho.
—Pasa.
Camina delante de mí, por lo que se me van los ojos a su trasero. Lleva un vestido negro ajustado, medias transparentes y tacones altos. Su coleta oscila de un lado al otro. Me dan ganas de cogerla y… «Para».
—Toma asiento —le indico mientras yo me acomodo en mi silla.
Se sienta con el bolso en el regazo y me mira a los ojos.
Me giro en la silla sin dejar de mirarla. Es tan guapa como recordaba, y un aura sexual muy potente emana de ella como un arma oculta.
Melena oscura, ojos marrones y labios carnosos y follables. He pensado en ella a menudo; ha sido imposible olvidarla.
Ninguna me ha cabalgado como ella, ni antes ni después ni nunca.
El chupetón que me hizo en el cuello no fue lo único con lo que me marcó aquella noche.
—¿Querías verme? —pregunta en voz baja.
Su voz tiene un efecto físico en mí. Recuerdo las guarradas que me decía y lo mucho que me puso que me las dijera con esa voz tan dulce.
—Sí —digo mirándola a los ojos—. Quería verte.
Hacía tiempo que no estaba con una mujer que no tuviese ni idea de quién era. Por extraño que parezca, no necesitaba ser nadie esa noche.
Con ser Jim bastaba.
—¿Y bien?
Me recuesto en mi silla, molesto con su actitud. La mayoría de las mujeres no dejan de halagarme. Ella, en cambio, no.
—¿Qué haces en Nueva York? —pregunto en un intento por entablar una conversación educada.
—Ya me lo preguntaste ayer —me suelta—. Ve al grano.
—Pues te lo pregunto otra vez. Relájate.
Entorna los ojos como si estuviera molesta.
Me acerco a la mesa.
—¿Qué te pasa? —pregunto con desprecio.
—Tú. Tú eres lo que me pasa.
—¿Yo? —exclamo, ofendido—. ¿Qué te he hecho yo?
—¿Vas a decirme algo relacionado con el trabajo o no, Jim?
La fulmino con la mirada.
—Eres muy maleducada.
—Y tú muy rico.
—¿Y?
Se encoge de hombros.
—¿Qué significa eso? —espeto.
—Nada —dice, y endereza la espalda—. Si no vas a decirme nada relacionado con el trabajo, me voy.
Aprieto la mandíbula mientras la miro fijamente; hay tensión en el ambiente.
—¿Quedamos esta noche?
—No —contesta sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿Por qué no?
—Porque soy una persona profesional y no tengo intención de mezclar negocios y placer.
Hago un esfuerzo para no sonreír. Cada vez me interesa más esta chica.
—¿Cómo estás tan segura de que sería placer?
—La historia tiende a repetirse —susurra mientras se le van los ojos a mis labios.
Me la imagino desnuda encima de mí. Noto que se me está poniendo dura e inhalo fuerte.
—La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla.
—¿Citando a Winston Churchill, señor Miles? —musita.
Sonrío, divertido por su inteligencia.
—Hay que mirar a los hechos porque ellos te miran a ti.
—Nunca me preocupo por la acción, sino por la inacción —responde sin vacilar.
—Exacto. Así que, como compañero de fatigas de Churchill, te exijo que cenes conmigo esta noche.
Emily sonríe y se pone de pie.
—No puedo.
—¿Por?
—Porque me voy a lavar el pelo.
—¿Por qué lavártelo cuando podrías ensuciártelo?
Se encoge de hombros como si nada.
—No me interesas. No eres mi tipo.
Ay. Le doy vueltas a sus palabras mientras la miro.
Aprieto los labios sin dejar de mirarla a los ojos. Es la primera vez que me rechazan con tanta rotundidad.
—Vale. Tú te lo pierdes.
—Tal vez —dice, y se da la vuelta—. Aunque me alegro de volver a verte. Debes de estar muy orgulloso de tus logros.
Me levanto y corro a abrirle la puerta. Me mira, y yo cierro el puño y lo pego al costado para no tocarla.
—Adiós, Emily.
—Adiós —susurra ella mientras el aire se arremolina entre nosotros. Y con una sonrisa añade—: Gracias por darme trabajo.
Asiento una sola vez. «No es el único trabajo que tengo para ti».
Se mete en el ascensor y yo cierro de un portazo y vuelvo a mi despacho hecho una furia.
Que no soy su tipo… ¿Desde cuándo?
Apunto con el mando al monitor de seguridad y lo vuelvo a encender.
—Quiero ver la planta cuarenta —le pido al control de voz.
La pantalla parpadea y aparece una imagen del piso cuarenta. Veo que sale del ascensor.
—Síguela.
Veo cómo cruza el pasillo y se sienta en su mesa.
—Vete a esa zona —ordeno.
La pantalla parpadea y sale ella. La oficina está vacía. Está mirando algo en el móvil. Cruza las piernas y yo me acerco a la pantalla. Se le ve el muslo por la raja del vestido. Me estoy excitando solo de verla.
Qué buena está, joder.
Está buscando algo.
—Amplía —ordeno.
La cámara amplía la imagen y entorno los ojos en un intento por leer lo que está buscando en Google.
«Jameson Miles».
Me recuesto con una sonrisa. Bingo.
Capítulo 4
Emily
—¿Y esta? —pregunta Aaron con una sonrisa—. Bombero buenorro salva a gatito de irse por el desagüe.
—Te la compro —digo.
—Y yo —replica él con una sonrisita de suficiencia.
—¿Qué vais a hacer este fin de semana? —pregunta Molly sin dejar de trabajar.
—Nada —contesta Aaron—. Con suerte ver a Paul.
—Yo tampoco tengo nada —suspiro.
Molly aparta la vista de la pantalla.
—Pensaba que te ibas a casa a ver a tu novio.
Me encojo de hombros.
—Sí, iba a ir, pero hemos hablado cuatro minutos en diez días y no me ha llamado ni una vez.
Doy una vuelta en la silla mientras pienso en lo deprimente que es mi situación.
—Rompe con él y líate con Riccardo.
Pongo los ojos en blanco. Riccardo trabaja en nuestra planta, y estos días ha estado deambulando cerca de mi mesa y dándole a la lengua.
—Le molas —masculla Molly—. Se pasa el día aquí revoloteando como una mosca.
—Qué pena —Sonrío al verlo hablar con otros— porque no está nada mal.
Riccardo es italiano, y es tan alto, moreno y atractivo como cabría esperar y más. Por desgracia, su personalidad no es ni la mitad de bonita que su cara. Se burla de la gente y habla de sí mismo en tercera persona.
—Buf —resopla Aaron, que abre los ojos con asco—. ¿Y de qué hablaríais?
—No hablaría con él; le pondría una mordaza en la boca y se lo follaría, tonto —explica Ava sin dejar de mirarlo. Y añade en un susurro—: Seguro que la tiene como un toro.
Nos entra la risa a todos.
—¿Y tú qué haces este fin de semana? —pregunto a Ava.
—Irá a ver si pilla a algún ricachón —dice Aaron.
—Ya ves.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Y eso qué significa?
—Que voy a las mismas discotecas que los tíos con pasta.
—¿Por? —pregunto frunciendo el ceño.
—Me niego a acabar con uno que esté tieso.
Se me desencaja la mandíbula del horror.
—Entonces… ¿te casarías con un tío solo por dinero?
—No —dice mientras se encoge de hombros—. Puede. —Aparta la vista de la pantalla y susurra—: Ay, no, que viene.
Llega Riccardo y se sienta en la esquina de mi mesa. La jefa de planta se ha cogido el día libre, por lo que ni se molesta en fingir que trabaja.
—Hola —saluda con una sonrisa.
—Hola —respondo sin emoción.
«Vete, que solo haces el ridículo».
—A Riccardo le apetecía ver a su compi favorita.
Miro al estúpido ser humano que tengo delante.
—¿Por qué hablas de ti en tercera persona? —pregunto.
Aaron se ríe disimuladamente mientras finge que no escucha.
—Riccardo se pregunta por qué nunca vas a verlo a su mesa.
—A Emily le gusta hacer su trabajo —mascullo sin emoción.
—Ah. —Se ríe y me señala con el dedo—. A Riccardo le gusta tu estilo, Emily.
Me pongo a trabajar y él se queda ahí sentado hablando solo. Apenas respira. De vez en cuando, nos miramos los cuatro sin dar crédito a lo tonto que es este tío.
Por el rabillo del ojo, veo que las puertas del ascensor se abren y, al instante, alguien vuelve corriendo a su mesa. ¿Eh? Aparto la vista de la pantalla y veo que Jameson Miles viene a grandes zancadas hacia mi escritorio. Mira con odio a Riccardo.
Todo el mundo se levanta para fisgonear y, cuando ven quién es, se vuelven a sentar del miedo.
¿Qué narices hace este aquí?
Veo que se planta delante de mi mesa como a cámara lenta. Riccardo casi se traga la lengua al verlo. Se pone en pie de inmediato.
—Señor Miles —tartamudea—. Hola, señor.
—¿Qué haces? —gruñe el señor Miles.
—Estaba enseñando a nuestra nueva empleada —balbucea—. Le presento a Emily.
Aaron me mira a los ojos horrorizado.
—Sé muy bien quién es Emily Foster y con qué frecuencia visitas su mesa. Primer y último aviso —gruñe—. Vuelve a tu sitio y que no te pille merodeando por aquí otra vez.
Riccardo se queda blanco.
—Sí, señor —susurra.
El señor Miles lo fulmina con la mirada y aprieta la mandíbula con ira.
—Vete. Ya.
Riccardo vuelve casi corriendo a su mesa y yo miro a la hermosa criatura que tengo ante mí.
Traje gris, camisa blanca y corbata de cachemira. Es el porno de oficina en persona.
—Emily, a mi despacho. Ya —me ordena hecho un basilisco.
Se va al ascensor sin esperar a que conteste siquiera.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta mientras me pongo en pie.
Aaron, Ava y Molly me miran con cara de espanto.
—¿Pero qué acaba de pasar aquí? —masculla Aaron moviendo los labios mientras me aprieta la mano en señal de compasión.
Exhalo con pesadez y sigo al dios de oficina con las miradas de mis compañeros sobre mí. Las puertas del ascensor se cierran.
Jameson las fulmina con la mirada y yo retuerzo los dedos con actitud nerviosa mientras subimos. Madre mía, me va a despedir. El cabrón de Riccardo me ha metido en un lío. Es todo culpa suya.
Si ni le estaba hablando…
Llegamos a la última planta y se abren las puertas. De nuevo, se aleja a paso airado. Dudo. ¿Espera que lo siga o qué? No soy su cachorrita.
¡Será engreído! ¿Quién se ha creído que es?
Le esbozo una sonrisa falsa a la recepcionista y lo sigo echando chispas. Me aguanta la puerta y lo rozo al pasar. Cierra con pestillo.
—¿Qué haces? —me suelta.
—¿Es una pregunta trampa? —digo, y extiendo los brazos—. Pues estar en tu despacho. ¿A ti qué te parece?
—Me refiero a por qué narices coqueteas descaradamente con el imbécil ese de abajo —exige saber.
Se me desencaja la mandíbula.
—No estaba coqueteando.
—Y una mierda. Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Cómo? —le suelto—. No me digas que me has traído aquí para regañarme por hablar con otro empleado en horario laboral.
—No te pago para que te tiren los tejos —gruñe.
Pongo las manos en jarras mientras noto cómo me hierve la sangre.
—Escúchame bien. —Levanto un dedo—. Primero. Me va a tirar los tejos quien quiera.
Entorna los ojos e imita mi pose.
—Segundo. —Y levanto otro dedo—. Eres mi jefe y, como tal, no tienes nada que decir sobre mi vida amorosa.
—Ja —dice, y resopla mientras pone los ojos en blanco en señal de desagrado.
—Y tercero. —Levanto un tercer dedo—. Acabo de llegar y no tengo amigos, así que no pretenderás que sea maleducada con alguien amable, ¿no?
—En horario de trabajo, no —gruñe.
—¿En serio me has traído aquí para decirme eso? —pregunto con el ceño fruncido.
—No —brama—. Quiero saber por qué no quieres salir conmigo.
Se me descompone el gesto.
—¿Lo dices en serio? —susurro.
—Completamente en serio.
El ambiente cambia y pasamos de la ira a otra cosa.
—Porque no voy a arriesgarme a perder mi trabajo si lo nuestro no funciona.
Se me queda mirando.
—¿La entrevista que tenías hace doce meses era aquí?
No contesto al instante. Va a pensar que soy una pringada.
—Sí.
—¿Cuánto llevas intentando trabajar aquí?
—Tres años —digo, y resoplo—. Así que perdóname por no querer desperdiciar la oportunidad por un rollo de una noche.
—¿Por qué crees que te despediría?
—¿No es lo que hacen los directores ejecutivos cuando cortan con sus secretarias? ¿Echarlas?
Frunce el ceño sin dejar de mirarme.
—No sabría decirte, nunca me ha atraído ninguna compañera. Además, este sitio es lo bastante grande como para que no nos crucemos.
—¿Aún te atraigo? —pregunto en un susurro.
—Sabes que sí, y solo es una cena —me suelta—. Nadie tiene por qué enterarse, y te aseguro que no te despediría a la mañana siguiente.
—Entonces… —digo, y me miro las manos mientras trato de averiguar qué narices pretende—. ¿Sería tu secretito?
Se acerca tanto que nuestras caras están a escasos centímetros. Nos miramos a los ojos.
Saltan chispas entre nosotros y noto que me estoy excitando.
—¿Salías con alguien la noche que estuvimos juntos? —pregunto.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No me pediste el número.
Me brinda una sonrisa lenta y sexy mientras me coloca un mechón detrás de la oreja.
—¿Acaso te lo piden todos? —inquiere en un tono más bajo y sexy.
—Sí, suelen pedírmelo.
—No buscaba nada por aquel entonces, y no soy de los que dice que va a llamar si no tengo la intención de hacerlo.
Me pasa el pulgar por el labio inferior mientras miro absorta sus ojos azules.
—Esta noche —susurra.
Su aliento me hace cosquillas. Sonrío con dulzura. Mira que es…
—Te paso a buscar. Cena en mi restaurante italiano favorito…
Y lo deja ahí como si imaginase algo más.
Qué nervios. Se acerca más y sonrío. Me besa con ternura mientras me coge del mentón. Cierro los ojos y me pongo de puntillas.
Robbie… ¿Qué mosca me ha picado?
Maldito sea el tío este. ¿Qué hechizo me habrá echado para que haga las cosas más inapropiadas? Como tener un rollo de una noche y olvidar que ya estoy con alguien… o respirar.
Madre mía, que tengo novio. Mierda.
—Lo siento si te has hecho ilusiones —murmuro mientras me aparto de él—. Pero tengo novio.
La cara le cambia.
—¿Cómo?
—Ya, ya lo sé. —Me estremezco—. Pues… Pues… —Niego con la cabeza porque no sé qué decir para salir del paso—. Pues eso, que tengo novio y no puedo salir contigo.
—Déjalo —me suelta.
—¿Qué? —digo con voz ronca.
—Ya me has oído. Déjalo —masculla mientras avanza de nuevo hacia mí.
Retrocedo para que haya distancia entre nosotros.
—¿Estás loco o qué?
—Tal vez.
—No puedo dejar a mi novio por una noche de sexo.
—Claro que puedes.
—Jameson… —Me paso las manos por el pelo—. ¿Se te va la pinza o qué?
—Es posible —dice, y me da una tarjeta de visita—. Llámame y te recojo.
Jameson Miles
Miles Media
212-639-8999
Miro la tarjeta con la cabeza hecha un lío. Lo miro a los ojos. Sé que para él lo de esta noche es solo un rollo más.
Un rollo que podría mandar al traste mis planes de futuro y comprometer mi carrera profesional. Me he dejado la piel para estar aquí y no pienso mandarlo al garete por pasar una noche con un golfo. Lo más curioso es que no me pareció un golfo cuando estuvimos juntos, pero cuanto más lo conozco, más me doy cuenta de que no sabía nada de él.
Lo peor es que sé que Jameson Miles es la clase de droga a la que no me conviene engancharme.
El recuerdo de la noche que pasamos juntos basta por sí solo.
—Lo siento, no puedo. —Me dispongo a irme. El cuerpo me grita que dé media vuelta. Entonces reparo en algo y me detengo en seco. Me vuelvo hacia él—. ¿Cómo lo sabías?
Alza el mentón y lo miro a los ojos.
Deshago el camino que había andado.
—¿Cómo sabías que Riccardo estaba en mi mesa?
Busco por la sala, pero solo veo un espejo en la pared.
—¿Aquí hay cámaras? —pregunto.
—No te preocupes por eso.
—Claro que me preocupo —digo con desdén—. Tengo derecho a saberlo si me afecta a mí.
Coge un mando y pulsa un botón.
—Enséñame la planta cuarenta —ordena.
El espejo se convierte en una pantalla de televisión. Parpadea varias veces y entonces se ve mi oficina. Veo a Aaron, a Molly y… mi mesa.
¡Qué diantres!
—¿Me has estado espiando? —exclamo con un grito ahogado—. ¿Por qué?
—Porque me pone —suelta sin dejar de mirarme a los ojos.
Me coge la mano y la lleva a la entrepierna. Noto lo dura que la tiene debajo de sus pantalones de vestir.
Me quedo sin aire mientras lo miro. No puedo evitarlo y le acaricio el miembro.
Nos miramos mientras el deseo se adueña de nuestros cuerpos.
—No puedo —susurro.
Me acaricia la cara.
—Te deseo.
—Uno no siempre consigue lo que desea —musito.
—Yo sí —asegura, y, a cámara lenta, me lame desde la clavícula hasta el cuello y me susurra al oído—: Rompe con él.
Se me eriza el vello de la espalda y, abrumada por el efecto físico que tiene en mí, retrocedo.
Se recoloca el paquete sin dejar de mirarme.
—Tengo que volver al trabajo —digo con voz queda.
Me fulmina con la mirada. Su rostro inexpresivo contrasta con mi pecho, que sube y baja mientras lucho contra mi excitación. Necesito reunir todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre él aquí y ahora.
La tiene tan dura… Qué desperdicio.
No.
Me giro, salgo, tomo el ascensor y, antes de darme cuenta, ya vuelvo a estar en mi planta. El corazón me late desbocado; estoy alucinando. Es probable que sea lo más excitante que me ha pasado nunca.
Claramente alterada, me desplomo en mi silla.
—Madre mía —susurra Aaron.
Molly se acerca.
—¿Qué ha pasado?
—No tengo ni idea —murmuro mientras se me van los ojos al techo. ¿Dónde están las cámaras?
Recuerdo el ángulo que he visto en la pantalla y miro en esa dirección. Ahí está. Una redondita negra de cristal. Como sé que me estará mirando, le lanzo una mirada asesina.
Siento que me mira. ¿En qué estará pensando mientras lo hace?
Me invade una oleada de emoción de lo más inoportuna al imaginármelo ahí arriba con su miembro tieso mirándome.
Me entran ganas de quitarme la ropa, tumbarme en la mesa y abrirme de piernas para darle un buen motivo para mirar. ¿Oirá lo que decimos? ¿La cosa esa tendrá micro?
—¿Qué ha pasado? —susurra Aaron.
—Ahora no puedo hablar. Hay cámaras —murmuro con la cabeza gacha—. Nos tomamos algo fuerte luego y os cuento.
—Joder —susurra Molly mientras vuelve a su sitio.
—Maldito Riccardo —dice Ava, y resopla—. Va a conseguir que nos echen a todos. ¿Por qué no se lo habrá llevado a él?
—Ya, tío, ¿por qué será?
Abro la bandeja de entrada y reviso el correo mientras trato de serenarme.
Yo sé por qué. Porque Jameson Miles no quiere follarse a Riccardo; quiere follarme a mí.
Me muerdo el labio inferior para disimular mi sonrisa de pervertida.
Qué divertido es vivir aquí.
* * *
Son las cinco y media, acabamos de salir del trabajo y nos hemos parado delante de Miles Media mientras decidimos dónde iremos a cenar. Esto es rarísimo, es como si además de mi puesto hubiese conseguido tres amigos nuevos y opciones ilimitadas. Todas las noches son sábado en Nueva York.
Tenemos edades diferentes, estilos de vida diferentes, pero, por alguna razón, nos llevamos estupendamente. Ava ha quedado y no vendrá con nosotros, pero Aaron y Molly están aquí conmigo.
—¿Qué os apetece cenar? —pregunta Molly mientras busca un restaurante en el móvil.
—Algo grasiento y que engorde. Paul no me ha llamado —dice Aaron, y suspira—. Paso de él, tío.
—¿Lo vas a dejar ya? —inquiere Molly, que resopla y pone los ojos en blanco—. Seguro que está con otro. Además, tú estás más bueno que él.
Un hombre con traje negro abre la puerta y nos giramos los tres. Jameson Miles sale con otro hombre. Están tan metidos en su conversación que no se fijan en nadie.
—¿Quién es ese? —susurro.
—Uno de sus hermanos, Tristan Miles. Se encarga de las adquisiciones a nivel mundial —susurra Aaron sin quitarles el ojo de encima—. No pueden estar más buenos.
Desprenden carisma; son el poder personificado.
Todos se detienen a mirarlos.
Trajes caros y entallados, guapos a rabiar, cultos y ricos.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta mientras los observo en silencio.
Como si se movieran a cámara lenta, se meten en el asiento trasero de la limusina negra que los espera. El chófer les cierra la puerta y vemos cómo se van.
Me dirijo a mis nuevos amigos.
—Necesito hablar con alguien urgentemente.
—¿Sobre qué? —pregunta Aaron, frunciendo el ceño.
—¿Sabéis guardar un secreto? —susurro.
Intercambian miradas.
—Claro.
—Pues vamos al bar —digo, y suspiro mientras entrelazo mis brazos con los suyos y cruzamos la calle de esta guisa—. No os vais a creer lo que os tengo que contar.
* * *
Molly llega con nuestras bebidas en una bandeja y se deja caer en su asiento.
—Va, cuenta. ¿Te ha puesto una falta?
Doy un sorbo a mi margarita.
—Mmm, qué rico —musito mientras examino el frío líquido amarillo.
Aaron da un sorbo a su bebida.
—Buf, qué asco de barman —dice con una mueca.
—Deja de quejarte, hombre —le suelta Molly—. Es como salir con mis hijos, leñe.
—Es que está muy fuerte —jadea mientras se atraganta—. Ya veo cómo te lo has pedido tú.
Molly vuelve a dirigirse a mí.
—Bueno, ¿qué? ¿Cuál es el secreto?
Los miro fijamente. Ay, madre, no sé si debería contarlo, pero es que necesito alguien con quien hablar.
—Prometedme que no diréis nada a nadie. Ni a Ava —pido.
—Que no —me dicen con los ojos en blanco.
—Vale —digo—. Recordáis que os conté que llevaba tres años intentando conseguir un puesto en Miles Media, ¿no?
—Sí.
—Vale, pues hace más o menos un año fui a una boda en Londres, y a la vuelta iba a venir directamente aquí a hacer una entrevista.
Aaron frunce el ceño mientras se concentra en mi historia.
—En el aeropuerto de Londres, al chalado que tenía detrás en la cola se le fue la pinza y se puso a darle patadas a mi maleta.
Ambos me miran confundidos.
—El caso es que un guardia me llevó al mostrador de facturación y le dijo al tío que había ahí que me atendiese. Total, que me subió a primera.
—Qué guay —exclama Aaron con una sonrisa al tiempo que alza su copa la mar de contento.
Me mentalizo para la siguiente parte de la historia.
—Estaba sentada al lado de un hombre. Bebimos champán y… —Me encojo de hombros—. A medida que bebíamos, nos fuimos soltando y acabamos hablando de nuestra vida sexual.
—¿Os echaron del avión? —pregunta Aaron con unos ojos como platos.
—No —digo, y doy un sorbo a mi bebida—. Pero no me habría extrañado.
Aaron se lleva la mano al pecho en señal de alivio.
—Luego se desató una ventisca en Nueva York que nos obligó a hacer escala en Boston y pasar la noche allí. El tío estaba… como un tren. —Sonrío al recordarlo—. No era mi tipo ni yo el suyo, pero no sé cómo acabamos haciéndolo como conejos toda la noche. El mejor polvo de mi vida.
—Me encanta esta historia —exclama Molly con una sonrisa—. Sigue.
—No lo volví a ver.
Le cambia la cara.
—¿No te llamó?
—No me pidió el número.
—Oh —musita Aaron con una mueca.
—Ya… Pues imaginad mi cara cuando me lo he encontrado esta semana en la oficina.
—¡¿Cómo?! —dicen los dos, y ahogan un grito.
—Ay, madre, que es el Riccardo de los cojones —espeta Aaron emocionado. Le da un lingotazo a su bebida—. No puedo con esta historia. No me digas que te lo zumbaste y te pasó una ETS porque no lo podré superar.
—Era Jameson Miles.
A Molly por poco se le salen los ojos de las órbitas.
—¡¿Cómo?!
—Es broma, ¿no? —pregunta Aaron, que ahoga un grito. Se le sube la bebida por la nariz y le da un ataque de tos.
Ambos me miran con los ojos muy abiertos.
—Cuando fui a su despacho durante la visita, echó a Lindsey para quedarse a solas conmigo.
Molly niega con la cabeza.
—¿Lo dices en serio?
Asiento.
—Me he quedado sin palabras —susurra.
—Ya ves. Madre mía, esto es de locos —dice Aaron mientras le da golpecitos en el brazo a Molly con entusiasmo—. ¿Y qué ha pasado?
—Me ha invitado a cenar.
—¡Qué cojones! —grita Molly bastante fuerte.
—Shhh —susurro, y miro a nuestro alrededor—. Baja la voz.
—Pero ¿vais en serio? —pregunta.
—Le he dicho que no.
—¡¿Cómo?! —grita ahora Aaron.
—Que bajéis la voz —exijo—. No puedo salir con él. Tengo novio.
—Tu novio es imbécil. Tú misma lo dijiste —balbucea Molly.
—Lo sé, pero yo no soy así. Nunca le pondría los cuernos a nadie.
Aaron niega con la cabeza.
—Yo por Jameson Miles haría lo que él quisiera.
—¿Verdad que sí? —conviene Molly—. ¿Y qué ha pasado hoy?
—Me ha llevado a su despacho y me ha acusado de dejarme tirar los tejos en horario laboral.
Se les desencaja la mandíbula.
—Y… —Hago una pausa. No creo que deba decirles que nos vigila. Eso me lo reservaré para mí.
Saco su tarjeta del monedero y la pongo en la mesa. Molly la coge y la mira.
—Hasta su nombre es sexy —dice, y luego lee en voz alta—: Jameson Miles. Miles Media. 212-639-8999.
—Le dije que no podía tener todo lo que deseara, y él dijo que sí, y acto seguido me lamió el cuello —digo sin pensar.
—¡¿Que te lamió el cuello?! —chilla Aaron—. Por el amor de Dios —jadea, y empieza a abanicarse con el menú—. Dime que vas a salir con él esta noche.
—No —respondo y me encojo de hombros—. No puedo. Además, es la forma más rápida de que me echen.
—Ningún trabajo vale tanto —me suelta Aaron—. No lo rechazaría ni por ser el puto presidente.
Nos da la risa tonta a todos, y entonces me empieza a vibrar el móvil.
—La madre que me parió —susurra Molly mientras mira mi móvil—. Es él.
—¿Qué? —tartamudeo al ver el número que ilumina la pantalla.
Molly sostiene en alto la tarjeta de presentación y comparamos los dígitos.
—No me lo puedo creer, es él.
Abro un montón los ojos. Mierda.
Capítulo 5
—Contesta, contesta —grita Aaron.
—¿Qué hago? —digo. Las manos me tiemblan de los nervios.
—Contesta, venga —me insta Molly mientras coge el móvil.
—No contestes —tartamudeo mientras intento quitárselo. Ella lo mueve de un lado al otro.
—Venga, va, contesta —me apremia.
Se lo arrebato de las manos y lo observo mientras vibra.
—No voy a contestar.
Aaron me quita el teléfono y contesta por mí.
—Hola —dice, poniendo voz de chica, y me lo pasa.
—¿Qué haces? —exclamo articulando solo con los labios.
—Hola, Emily —susurra Jameson con voz de terciopelo.
Abro un montón los ojos al ver las caras de asombro de mis amigos. Aaron se santigua como si estuviera en la iglesia y hace como que reza.
—Hola.
—¿Dónde estás? —pregunta.
—En un bar.
Miro a mi alrededor mientras me tapo la otra oreja con la mano para oírlo mejor. No le voy a decir dónde estoy exactamente porque voy hecha un asco. Contengo la respiración mientras escucho.
—Quiero verte.
Me muerdo el labio inferior. Me he quedado paralizada de los nervios. Molly me da un golpe en el brazo para sacarme del trance.
—Ya te he dicho que tengo novio —insisto—. No puedo verte.
—Madre mía —le dice Aaron a Molly solo con los labios mientras se tira del pelo.
—Y yo ya te he dicho que rompas con él.
—¿Quién te has creído que eres? —tartamudeo.
Aaron y Molly escuchan con atención.
—Sal a la calle, que no te oigo bien —brama.
Salgo fuera. Todo está en silencio.
—Mucho mejor —dice.
Echo un vistazo a los taxis dispuestos en fila.
—¿Qué quieres, Jameson?
—Ya sabes lo que quiero.
—Tengo novio.
—Y ya te he dicho qué hacer al respecto.
—No es tan sencillo.
—Sí lo es. Dame su número y te ahorro el trabajo.
Sonrío por lo descarado que es.
—No me pone nada lo arrogante que eres.
Qué mentira más gorda; nada más lejos de la realidad.
—Tú, en cambio, me pones un montón. Me he pasado el día empalmado. ¿Qué tal si vienes y acabas con mi sufrimiento?
Oigo los latidos de mi corazón. ¿Esto va en serio?
Un par de borrachos pasan por mi lado tambaleándose y me tengo que apartar para que no choquen conmigo.
—Perdona —gritan.
—Mañana me voy a California —confieso.
—¿A verlo?
—Sí.
—¿No ha venido contigo?
Arrugo la frente. Mierda. ¿Para qué habré dicho nada?
—No.
—Pues cuando lo veas, quiero que hagas algo por mí.
—¿El qué?
—Pregúntale si siente que se muere si no te toca.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué le preguntaría eso? —susurro.
—Porque otro hombre sí —dice, y cuelga.
Me quedo embobada mirando el móvil. Noto que me hormiguea todo el cuerpo.
Madre mía.
Me tapo la boca. No puedo creer que me esté pasando esto.
Vuelvo al bar a trompicones y veo a mis dos amigos dando botes en la silla mientras esperan a que vuelva.
—¿Qué ha pasado? —gritan al unísono.
Me desplomo en mi asiento y me acicalo el pelo.
—Quería pedirme que fuera a su casa y acabase con su sufrimiento.
—Jodeeeer —grita Aaron—. ¿Me firmas un autógrafo?
—¿Vas a ir? —tartamudea Molly—. Dime que vas a ir.
Niego con la cabeza.
—No —reflexiono un momento—. Me ha dicho que le pregunte a mi novio si siente que se muere si no me toca.
Fruncen el ceño mientras escuchan.
—Porque otro hombre sí.
—¡¿Qué?! —chilla Molly—. Madre mía, aquí hace falta tequila.
Se levanta y va a la barra.
—¡¿Te ha invitado a su casa?! —grita Aaron.
Asiento con la cabeza.
—¿Sabes dónde vive?
—No.
—En Park Avenue, con vistas a Central Park.
—¿Cómo lo sabes?
—Por Google. Antes vivía en el One57 Billionaire Building, pero se fue a un apartamento en Park Avenue. Su casa valdrá unos cincuenta millones.
—Cincuenta millones —digo, y ahogo un grito—. ¿En serio? ¿Cómo va a valer algo cincuenta millones de dólares? No me entra en la cabeza.
Aaron se encoge de hombros.
—A mí tampoco. Tendrá váteres de oro o algo así.
Me entra la risa tonta al imaginarme a alguien sentado en un retrete de oro.
Molly vuelve a la mesa y me pasa un chupito de tequila.
—Bébete esto y luego vas y te lo follas como si no hubiera un mañana.
—No —espeto.
—¿Y qué piensas hacer? —pregunta—. ¿Te harás la dura?
—No voy a hacer nada. Volveré a casa y mañana iré a ver a Robbie —digo, y exhalo con pesadez—. Tenemos que arreglar lo nuestro, y con suerte se vendrá conmigo.
Aaron, decepcionado, pone los ojos en blanco.
—¿Y no podrías al menos emocionarte con nosotros por lo de Jameson Miles?
—No, no puedo. Y recordad, ni una palabra a nadie. —Doy un trago al chupito—. Sé muy bien lo que pasará con Jameson Miles. Nos acostaremos una vez, se buscará otra víctima y se inventará una excusa para despedirme. —Fastidiada, niego con la cabeza—. Me he dejado la piel por conseguir este puesto, y os recuerdo que estamos hablando del hombre que no quiso mi número la última vez que estuvimos juntos.
Aaron hace una mueca.
—Jo, ¿por qué eres tan sensata?
—Es una mierda, lo sé —suspiro.
Suena el móvil de Molly.
—Por favor, que sea Jameson Miles buscando un plan B —dice. Resopla y pone los ojos en blanco—. Hola.
Frunce el ceño.
—Ay, hola, Margaret. Sí, sé quién eres. Eres la madre de Chanel.
Escucha con una sonrisa hasta que de pronto le cambia la cara.
—¡¿Cómo?! —exclama con los ojos muy abiertos—. ¿En serio? —Se pellizca el puente de la nariz—. Sí. —Parece que no la deje hablar—. Entiendo que estés molesta.
Entorna los ojos y menea la cabeza.
—Lo siento mucho.
Aaron y yo nos miramos con expresión interrogante.
—¿Qué ha pasado? —articulo yo con los labios.
—¿Cómo de explícitos? —pregunta Molly. Abre los ojos como platos—. Madre mía, lo siento mucho. —Escucha—. No se lo digas al director, por favor. Te agradezco que me hayas llamado a mí primero.
Escucha con los ojos cerrados.
—Mis más sinceras disculpas. Gracias. Lo arreglaré, sí. Adiós.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunto.
Molly se lleva las manos a la cabeza.
—Madre mía. Era la madre de Chanel, mi hijo está coladito por ella. Pues resulta que le ha cotilleado el móvil a su hija y ha visto que se han estado enviando mensajes subidos de tono.
Me muerdo el labio para no sonreír.
—Bueno, eso es normal hoy en día, ¿no? —digo para intentar animarla—. Todos lo hacen.
—¿Qué edad tiene la chica? —pregunta Aaron.
—Quince —aúlla Molly.
Me entra la risa tonta. Madre mía, no me imagino lo que es criar a un adolescente hoy en día. Molly marca el número de su exmarido.
—Hola —dice con brusquedad—. Ve al cuarto de tu hijo, cógele el móvil y tíralo al váter. Está castigado de por vida.
Se para a escuchar.
Aaron y yo nos tronchamos de risa.
—Michael —dice, y respira hondo para calmarse—. Sé que han estado saliendo y que es probable que a ella le guste. Tiene quince años —susurra enfadada—. Como no le quites el móvil, voy yo y se lo rompo.
Cuelga sin pensar, apoya la cabeza en la mesa y finge que se la golpea una y otra vez.
Aaron y yo nos echamos a reír. Le toco la espalda a Molly.
—¿Quieres más tequila? —pregunto con cariño.
—Sí, por favor. ¡Y que sea doble! —grita enfadada.
Miro la mesa desde la barra y veo que Aaron se está tapando la boca porque no se aguanta la risa. Agacho la cabeza para que no se vea que estoy sonriendo.
Me meo… pero solo porque esto no me pasa a mí.
* * *
—Eh —saludo con una sonrisa cuando Robbie me abre la puerta.
—Eh, ¿qué pasa? —dice sonriente y me abraza—. Qué sorpresa.
—Ya. Es que te echaba de menos, así que he venido esta mañana para pasar la noche aquí.
—Adelante —me invita y me mete en su garaje adaptado.
Anoche no pegué ojo. Me preocupaban mis sentimientos, y no me quito de la cabeza al idiota de Jameson Miles. Me he levantado, he ido directa al aeropuerto y he tomado el primer vuelo. Echo un vistazo al diminuto estudio de Robbie y a las cajas de pizza vacías y a los vasos sucios que hay por ahí.
—¿Y qué has estado haciendo estos días? —pregunto.
—No mucho —contesta con una sonrisa.
Se tumba en la cama y da unos golpecitos a su lado. Me tumbo y me toca sin dejar de mirarme.
—¿Has ido a alguna entrevista esta semana? —pregunto.
—No, es que no me convencía nada.
Frunzo el ceño.
—Cualquier trabajo puede ser bueno, ¿no? —pregunto esperanzada.
—Estoy esperando a que aparezca el definitivo —dice, y me besa con ternura.
Lo miro fijamente. Noto su erección en la pierna.
—Ven conmigo a Nueva York. Hay mucho trabajo, y así podrías empezar de nuevo allí. Sería una buena oportunidad para descubrir la ciudad juntos.
Me quita la mano del pecho y se aleja de mí.
—No empieces otra vez. Ya te dije que no me voy a ir a Nueva York.
Me incorporo como un resorte.
—¿Por qué no? Aquí no tienes trabajo. ¿Qué te frena, eh? Dime.
—Me gusta vivir aquí. No tengo que pagar alquiler y mi madre me prepara la comida. Esto es un chollo. ¿Por qué me iría?
—Robbie, tienes veinticinco años.
—¿Qué quieres decir con eso? —espeta.
—¿No te apetece valerte por ti mismo y vivir algo diferente?
—No. Estoy bien aquí.
—Tienes que madurar —le suelto, y los dos nos levantamos.
—Y tú tienes que bajar de las nubes. No eres el ombligo del mundo.
—Quiero vivir en Nueva York —digo, y lo tomo de la mano para que trate de entenderlo—. Tendrías que verla. Te encantaría. No me he sentido igual en ningún otro sitio.
—Nueva York es tu sueño, Emily, no el mío. No me iré a vivir ahí.
Joder. Hay un abismo entre nosotros.
—¿Y cómo vamos a estar juntos si cada uno vive en una punta del país? —pregunto en voz baja.
Se encoge de hombros.
—Eso deberías haberlo pensado antes de solicitar el trabajo de mierda ese.
—No es un trabajo de mierda —exclamo, y le digo—: ¿No quieres apoyarme para que persiga mi sueño? ¿Vendrás a visitarme, al menos?
—Ya te lo dije, no me gustan las ciudades grandes.
—O sea, que me estás diciendo que a menos que venga yo a California, no nos vamos a ver.
Se encoge de hombros, se sienta y coge el mando de la Play.
—Es broma, ¿no? —estallo, furiosa—. ¿Me estás diciendo que he cogido un vuelo para que hablemos de nuestro futuro y que tú te vas a poner a jugar al Fortnite de las narices?
Robbie pone los ojos en blanco y empieza a jugar.
—No molestes, anda.
—¿Que no te moleste? —espeto—. ¡Que no quiero vivir en el garaje de tus padres, joder!
—Pues no lo hagas.
—Pero ¿a ti qué te pasa? —grito fuera de mí—. ¿Por qué quieres desperdiciar tu vida aquí? Tienes veinticinco años, Robbie. Madura.
Él pone los ojos en blanco.
—Si solo has venido a darme el coñazo, te podrías haber ahorrado el viaje.
Estoy que echo humo.
—Como salga por esa puerta hemos terminado.
Me mira a los ojos.
—Lo digo en serio —susurro—. Te quiero en mi vida, pero no voy a renunciar a mi felicidad porque seas tan vago como para no querer labrarte un futuro por ti mismo.
Tensa la mandíbula y vuelve la atención a su juego. Se pone a jugar.
Con el corazón desbocado por la rabia, rompo a llorar.
—Por favor, Robbie —susurro—. Ven conmigo.
Sin apartar los ojos de la pantalla, empieza a disparar con el mando.
—Cierra la puerta al salir.
Se pone los auriculares para no oírme.
Se me hace un nudo en la garganta cuando al fin veo lo que nuestra relación es en realidad.
Una farsa.
Miro detenidamente su cuarto mientras él juega a la consola, y sé que ha llegado el momento.
El momento de decidir qué merezco y qué quiero en la vida.
Si no quiere que lo salven, no puedo salvarlo.
Quiero a alguien dispuesto a madurar conmigo aunque ni siquiera sepa a dónde me llevará eso. Pero me niego a quedarme estancada en el garaje de sus padres.
Ya ni siquiera sé quién es él, pero sé que esta no soy yo.
La mujer que aspiro a ser vive en Nueva York y tiene el trabajo de sus sueños.
Me abruma la tristeza. Sé perfectamente lo que tengo que hacer.
Me acerco a él y le quito los auriculares.
—Me voy.
Me mira fijamente.
—Vales más que esto —susurro.
Se queda callado.
—Robbie —musito—. Eres mucho más que un as del fútbol. Créetelo. Busca ayuda. —Echo un vistazo a su cuarto—. Ya es tarde para nosotros, pero no para ti.
Baja la cabeza y mira al suelo. Lo tomo de la mano.
—Ven conmigo —susurro—. Por favor, Robbie, sal de aquí. Si no lo haces por mí, al menos hazlo por ti.
—Em, no puedo.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Me agacho y lo beso con ternura. Le acaricio la barba incipiente y lo miro a los ojos.
—Espero que encuentres lo que te haga feliz —susurro.
—Tú también —musita con tristeza.
Me doy cuenta de que ni siquiera quiere luchar por la relación. Esbozo una sonrisa agridulce y, con las lágrimas deslizándose por mis mejillas, lo beso con ternura una última vez.
Me subo al coche de mi madre y me quedo mirando su casa un buen rato.
Ha sido mucho más fácil y mucho más duro de lo que pensaba.
Enciendo el motor y, poco a poco, me adentro en la carretera. Me seco las lágrimas con el antebrazo y la sensación de que acabo de cerrar un capítulo de mi vida.
A medida que me alejo con el coche, salgo de la vida de Robbie McIntyre.
—Adiós, Robbie —susurro—. Fue bonito mientras duró.
Lunes por la mañana
—¿Y qué cree usted que pasaría si le contara a la policía sus sospechas? —pregunto.
—Nada. Nada de nada —contesta la frágil anciana. Tendrá por lo menos noventa años. Tiene el pelo ondulado y cano y lleva un vestido de un bonito color malva—. Son unos inútiles.
Garabateo su respuesta en mi bloc de notas diligentemente. Hoy he decidido seguir mi instinto y hacer trabajo de campo. Últimamente, han pintado grafitis satánicos en las fachadas de las casas y, la de esta mujer en concreto, la han pintado tres veces. Como estaba harta de que la policía no hiciera nada, se ha puesto en contacto con Miles Media y, afortunadamente para mí, he sido yo quien ha descolgado el teléfono.
—Dígame cuándo empezó todo esto —pregunto.
—En noviembre —me explica, y hace una pausa mientras se esfuerza por recordar—. El 16 de noviembre fue la primera vez. Un mural enorme del mismísimo demonio.
—Vale —asiento, y dejo de mirar la libreta—. ¿Cómo era?
—Diabólico —murmura con la mirada perdida—. Diabólico y muy realista. Con unos colmillos enormes y sangre por todas partes.
—Debió de asustarse mucho.
—Sí. Esa noche robaron en una joyería que hace esquina, así que lo recuerdo bien.
—Vaya —digo con el ceño fruncido. Esto no lo había dicho antes—. ¿Cree que está relacionado?
Me mira sin comprender.
—Me refiero al grafiti y el robo —le aclaro.
—No lo sé. —Se calla un momento y hace una mueca de dolor—. No lo había pensado, pero ahora todo tiene sentido. La policía está metida en el ajo. —Empieza a pasearse—. Sí, sí, estoy segura —dice al tiempo que se da golpecitos en la coronilla mientras camina de un lado al otro.
Mmm… Aquí pasa algo. ¿Esta mujer está bien de la cabeza?
—¿Qué hizo cuando vio el grafiti?
—Llamé a la policía, pero me dijeron que no tenían tiempo para venir a ver un grafiti, que le hiciese una foto y la enviara por correo electrónico.
—¿Y lo hizo?
—Sí.
—¿Qué pasó luego?
—Mi hijo borró el grafiti con ácido, pero tres noches después, ahí estaba de nuevo. Solo que esta vez era el dibujo de un asesinato. Habían apuñalado a una mujer. El grafiti era tan elaborado que parecía un cuadro.
—Ajá. —La escucho y tomo notas—. ¿Y qué hizo esa vez?
—Fui a la comisaría y exigí que viniese alguien a ver mi casa. A mi vecino también le habían destrozado la suya.
—Vale —asiento mientras escribo su historia deprisa y corriendo—. ¿Cómo se llama su vecino?
—Robert Day Daniels.
Sorprendida por su nombre, dejo de mirar la libreta.
—¿Se llama Robert Day Daniels?
—¿O es Daniel Day Roberts? —dice cada vez más bajo mientras piensa—. Mmm…
La miro mientras espero a que me confirme cuál es.
—Se me ha olvidado el nombre —masculla, y se empieza a tirar del pelo como si le fuese a dar algo.
—No pasa nada. De momento, me quedo con «Robert Day Daniels» y luego podemos retomar el tema.
—Está bien —acepta con una sonrisa, feliz de que no la presione para que me diga el nombre correcto.
—¿Qué dibujaron en la casa de su vecino? —pregunto.
—Una estrella del diablo. Qué cosa más fea, por Dios.
—Entiendo. Y dígame, ¿qué hizo la policía esa vez?
—Nada. Ni siquiera se pasaron por aquí.
—Están muy ocupados —le aseguro sin dejar de escribir—. Hábleme de la última vez.
—Lo pintaron todo de rojo.
La miro sorprendida.
—¿Toda la casa?
—Toda la calle.
Empiezo a inquietarme.
—Qué raro —exclamo frunciendo el ceño.
Se acerca para que solo yo la oiga.
—¿Crees que es el demonio? —susurra.
—¿Cómo? —inquiero con una sonrisa—. No, seguro que solo son unos adolescentes haciendo de las suyas —digo para tranquilizarla—. ¿Se lo ha contado a alguien más?
—No, solo a Miles Media. Quiero que publiques la historia para que la policía tome cartas en el asunto. Me da miedo que se trate de algo más siniestro.
La tomo de la mano.
—Creo que tenemos material suficiente para seguir adelante con la historia.
—Gracias, cariño —me dice al tiempo que me aprieta la mano.
—¿Se le ocurre algo más que pueda ser relevante? —pregunto.
—Que vivo con miedo de que el demonio vuelva a atacar. Mis vecinos me han dicho que también quieren hablar contigo.
—Perfecto —respondo y le tiendo mi tarjeta—. Si se le ocurre algo más, llámeme.
—Eso haré —me asegura, y acepta la tarjeta.
Aprovecho que estoy en la zona y entrevisto a siete personas más. Todas las historias tienen relación. Definitivamente, tengo pruebas suficientes para seguir adelante. Vuelvo a la oficina, redacto el artículo y se lo entrego a Hayden. Esto huele a bombazo.
* * *
Me siento en mi mesa y me quedo mirando la pantalla del ordenador. Es lunes, son las cuatro de la tarde y estoy desanimada. Me siento culpable desde que volví anoche a Nueva York. Aunque sabía que a Robbie y a mí nos quedaban dos telediarios, siento que he acelerado las cosas y no he dejado que la relación siguiera su curso. Pero luego pienso que hacía meses que la cosa no tiraba, y que si acepté este puesto sabiendo que no vendría conmigo es porque, en el fondo, sabía que lo nuestro no tenía futuro.
—Está aquí el dios —susurra Aaron.
Levanto la vista.
—¿Cuál de ellos?
—Tristan Miles —susurra.
Miro por encima de la mampara de mi mesa y veo que está hablando con Rebecca, la jefa de planta.
Lleva un traje azul marino a rayas y el pelo perfectamente ondulado. Sonríe con aire distraído mientras habla. Tiene los dientes más blancos que he visto en mi vida y unos hoyuelos gigantescos.
—Rebecca se ríe como una colegiala —dice Aaron con picardía.
—Nunca se pasa por aquí —murmura Molly.
—¿A qué creéis que habrá venido? —susurra Aaron sin quitarle el ojo a tan bello espécimen.
—Pues a hacer su trabajo —contesto tajante—. No es por nada, pero trabaja aquí.
Cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que he idealizado mi relación con Jameson Miles. No le gusto, solo está cachondo; hay una gran diferencia. Seguro que se habrá acostado con cinco mujeres desde que hablamos el viernes por la noche. No he sabido nada de él desde entonces… Tampoco es que me apetezca hablar con él.
No he roto con Robbie porque me lo haya ordenado Jameson; he roto con Robbie porque ha dejado de esforzarse. Si Jameson se entera de que hemos roto, pensará que es porque quiero acostarme con él… Y no es así.
Para nada. Hombres…
No les voy a decir a mis compañeros que lo hemos dejado. No quiero que la cosa se complique. Quiero darme un tiempo para procesarlo todo.
Tristan Miles dice algo y Rebecca se ríe. Se mete en el ascensor y todos volvemos al trabajo.
* * *
Me peleo con mi paraguas mientras camino afanosamente por la calle. Nueva York no es tan bonita cuando llueve. Cojo un ejemplar de la Gazette mientras espero a que el semáforo se ponga en verde y me lo guardo como puedo en el bolso. Lo leeré mientras espero a que me sirvan el café. Me suena el móvil.
—Hola —digo mientras me abro paso entre la multitud.
—Hola, Emily —saluda una voz familiar.
Frunzo el ceño, pues no la ubico.
—¿Quién es?
—Soy Marjorie. Hablamos ayer.
Mierda, la señora de los grafitis.
—Ah, sí, hola, Marjorie. Es que tengo problemas con la línea, por eso no te oía —miento.
—Es Danny Rupert.
—¿Cómo? —pregunto.
—Mi vecino, que se llama Danny Rupert. Ayer no me acordaba.
Hago una mueca y me entra un escalofrío. Que no haya ido a imprenta ya, por favor. Se me ha pasado por completo. Noto retortijones en el estómago por el pánico.
Mierda.
—Creo que el artículo ya ha ido a imprenta, Marjorie. Siento mucho no haber vuelto a comprobar ese dato contigo.
—No pasa nada. No importa, tranquila. Me sentía tonta por no acordarme y me apetecía decírtelo.
Se me contrae el estómago. ¡Claro que importa! No se puede publicar un artículo con los nombres mal escritos. Llamando al 101.
Joder.
Hincho las mejillas mientras me hundo cada vez más. Mierda. Esto no es un fallito de nada; es una cagada de las gordas.
—Gracias por llamarme, Marjorie. Te avisaré cuando llegue a la oficina y se publique el artículo.
Con suerte, eso será mañana y me dará tiempo a modificarlo.
Cuelgo. Me quiero morir. «A ver, céntrate».
Entro en la cafetería que hay delante de Miles Media y pido un café. Saco el periódico del bolso y lo estampo en la mesa.
No voy a durar mucho en este trabajo si sigo haciendo estas chapuzas. Estoy muy enfadada conmigo misma.
Hojeo el periódico y algo me llama la atención.
Grafitis satánicos en Nueva York
La extraña aparición de grafitis en casas del West Village tiene en vilo a sus habitantes. Han pintado la casa de Marjorie Bishop hasta en tres ocasiones, pero la policía se niega a tomar medidas. Robert Day Daniels, vecino de Marjorie, también ha sido víctima de estos ataques.
Frunzo el ceño mientras leo el artículo. ¿Cómo es posible?
Marjorie me dijo que no se lo había contado a nadie más. Lo leo una y otra vez. Es casi lo que he escrito yo palabra por palabra. No entiendo nada.
¿Le dio a otro periodista el nombre mal? Marco su número. Responde al momento.
—Hola, Marjorie, soy Emily Foster.
—Ay, hola. ¡Qué rápida!
—Marjorie, ¿has hablado con algún otro periódico sobre la historia de los grafitis?
—No.
—¿No se lo has dicho a nadie? —pregunto con el ceño fruncido.
—A nadie. Mis vecinos y yo decidimos conjuntamente que solo queríamos que se hiciese eco de la noticia Miles Media. Así la policía nos escucharía seguro.
El corazón me va a mil. ¿Qué narices pasa aquí?
—Café para Emily —me gritan desde la caja.
—Gracias.
Cojo el café y salgo a la calle hecha un lío.
* * *
Es la una, hora de almorzar. Subo al último piso y voy a recepción.
—Hola —digo con una sonrisa nerviosa—. Vengo a ver al señor Miles. Es urgente.
Llevo todo el día devanándome los sesos y la única teoría que se me ocurre no me hace ninguna gracia. Tengo que hablar con Jameson.
La recepcionista rubia sonríe.
—Un momento, por favor. ¿Su nombre?
—Emily Foster.
—Señor Miles, Emily Foster desea verle —le informa por el interfono.
—Que pase —susurra con voz dulce pero firme.
Noto retortijones por los nervios. Sigo a la recepcionista por el pasillo. Los zapatos con suela de goma, ¡mierda! Pruebo a ir de puntillas para no hacer ruido al andar.
—Llama a la puerta del fondo.
El corazón me va a tope.
—Gracias —le digo con una sonrisa forzada.
Se pierde en el horizonte y yo me planto delante de la puerta, cierro los ojos y me preparo para lo que viene ahora. «Venga, llama».
Toc, toc, toc.
—Adelante —me invita Jameson.
Cierro los ojos con fuerza. Estoy de los nervios.
Abro la puerta y ahí está él con su traje azul marino, su camisa blanca, su pelo oscuro y sus penetrantes ojos azules. Parece un regalo del cielo. Tal vez lo sea.
—Hola, Emily —susurra mientras me mira con esos ojos tan sexys.
—Hola.
Jameson se levanta y nos miramos a los ojos. Hay tensión en el ambiente.
—Siéntate.
Me desplomo en la silla, y él hace lo propio en la suya y se recuesta sin dejar de mirarme.
—Quería comentarte algo —digo mientras me fijo en el vaso de whisky que tiene al lado. No sé qué habrá tenido que hacer para necesitar un whisky, pero ¿y el mío?
No me vendría mal un trago, o diez, ahora mismo.
Se reclina y sonríe como si algo le hiciese gracia.
—Mmm… —digo, y trago saliva. Tengo la boca seca—. Ha pasado algo que me va a meter en un buen lío seguro, pero siento que tienes que saberlo —suelto de carrerilla.
—¿Y es?
—He escrito mal un nombre en un artículo.
Jameson me mira a los ojos sin inmutarse.
—Pero lo más raro de todo —tartamudeo— es que justo hoy la Gazette ha publicado mi artículo con mi error.
—¿Cómo? —inquiere con el ceño fruncido.
—Yo qué sé, a lo mejor me equivoco, ni siquiera sé por qué te estoy diciendo esto, pero creo…
—¿Crees qué? —insiste.
—Estoy segura de que la Gazette no ha conseguido la historia por medios propios, y no es posible que cometiesen el mismo error que yo. La anciana del artículo se puso en contacto conmigo directamente porque solo quería hablar con Miles Media.
Le planto la Gazette delante. Lee el artículo y me mira como si estuviese asimilando mis palabras.
—¿Estás segura?
—Segurísima. Me he equivocado de nombre. —Se lo señalo—. Aquí.
Jameson, sumido en sus pensamientos, se acaricia el labio inferior mientras mira el periódico.
—Gracias. Hablaré de esto con Tristan. Ya te diré algo.
—Vale. —Me pongo en pie—. Lamento el error. No ha sido profesional por mi parte. No volverá a ocurrir.
Miro a Jameson y espero a que diga algo. ¿Eso es todo?
—Adiós, Emily —dice sin emoción en la voz.
Me está echando.
—Adiós.
Abatida, me giro y vuelvo a mi planta. No sé si habré hecho bien contándole mi teoría. Quizá solo me perjudique.
* * *
Son las cuatro. Me estoy tomando el café de la tarde cuando suena el teléfono. Lo cojo.
—Hola.
—Hola, Emily, soy Sammia. El señor Miles desea que subas a su despacho.
—¿Ahora? —pregunto, frunciendo el ceño.
—Si eres tan amable, sí.
—Vale, voy.
Diez minutos después, estoy llamando a su puerta.
—Adelante —dice.
Entro y lo veo sentado detrás de su mesa. Se le dibuja una sonrisa sexy nada más mirarme a los ojos.
—Hola.
Noto mariposas en el estómago.
—Hola.
—¿Qué tal el día? ¿Bien? —pregunta, y veo a cámara lenta cómo se humedece el labio inferior. Está distinto, más juguetón.
—¿Querías verme? —pregunto.
—Sí, he estado hablando con Tristan y nos gustaría proponerte un proyecto muy especial —dice mientras se recuesta en su silla.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Queremos que publiques un artículo.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta.
—Vale —accedo y me encojo de hombros—. ¿De qué se trata?
Jameson entorna los ojos con aire pensativo.
—Tal vez algo relacionado con los mordiscos.
Frunzo el ceño, confundida.
—¿Los mordiscos?
Intenta aparentar que está serio, pero en realidad se está riendo.
—Los mordiscos del amor.
Me quedo mirándolo hecha un lío. No entiendo nada.
Ay, madre. Está hablando del chupetón que le hice. ¡Cómo se atreve! ¡Mira que sacar ese tema!
Alzo la barbilla con gesto desafiante.
—Creo que estoy más preparada para escribir un artículo sobre la eyaculación precoz. Así podrías echarme una mano —replico con una sonrisa encantadora.
Le brillan los ojos. Disfruta con esto.
—Ah, ¿sí?
—Sí —contesto, seria—. Las noticias son mucho mejores cuando hay pruebas que las respaldan.
Pone cara de que le hace gracia mientras da un sorbo a su whisky. No sé qué estará maquinando esa cabecita suya esta tarde. Demasiados whiskies, quizá. Nos miramos fijamente. Me entran ganas de soltarle un «¿piensas en mí?», pero no puedo porque estamos trabajando y estoy fingiendo que no me interesa. No, corrijo: no estoy interesada, solo ligeramente fascinada. Hay una gran diferencia.
—¿Qué tal el fin de semana? —pregunta.
—Bien.
—¿Solo bien? —insiste arqueando una ceja.
Asiento con la cabeza.
—Sí.
No quiero decirle que he roto con Robbie, pero tampoco quiero mentirle.
—¿Volviste el domingo por la noche?
—Sí.
Me mira a los ojos. Noto que quiere preguntarme por Robbie y por mí, pero se está conteniendo.
—¿Qué tal el tuyo? —pregunto.
—Muy bien —contesta y me mira a los labios—. Me lo he pasado muy bien este fin de semana.
Frunzo el ceño. ¿«Muy bien» es «muy bien» y ya está o significa «me he pasado todo el fin de semana cepillándome a una diosa»?
Para.
—Lamento interrumpir —dice Tristan mientras entra como si nada. Sonríe amablemente y me estrecha la mano—. Soy Tristan.
Es algo más joven que Jameson. Su pelo es ondulado, castaño claro, y tiene los ojos grandes y marrones. Es muy diferente a Jameson, pero, a la vez, emana la misma fuerza.
—Yo soy Emily.
Me mira a los ojos.
—Hola, Emily.
Jameson y él se miran, y es entonces cuando comprendo que Tristan sabe lo que pasó entre Jameson y yo. Nerviosa, trago el nudo que se me ha formado en la garganta.
¿Por qué le habrá hablado de mí a su hermano?
Tristan mira el whisky de Jameson.
—¿Qué hora es? ¿Ya ha empezado la happy hour?
—Las cuatro y media. Y sí —contesta Jameson.
Tristan va a la barra y se sirve una copa de líquido ambarino. Me la enseña.
—¿Quieres?
—No, gracias. Estoy trabajando —contesto, nerviosa.
Jameson pone cara de que le hace gracia mientras se lleva el vaso a los labios.
A ver, ¿esa cara qué es? ¿Una sonrisilla condescendiente o casi una sonrisa? Este hombre es un enigma para mí.
Jameson se pone derecho y me mira fijamente a los ojos. Hay tensión en el ambiente.
—¿Querías verme? —insisto. No sé qué clase de reunión incluye whisky. A lo mejor debería tomarme una copa. «No, por Dios, no. Recuerda lo que hiciste la última vez que te emborrachaste con este hombre. Intentaste chuparle toda la sangre».
—Como te comentaba, nos gustaría que colaborases en un proyecto muy especial —dice Jameson.
Asiento mientras miro a uno y a otro.
—Bien. En vista a lo que me has contado esta mañana, queremos que escribas un artículo para que lo publiquemos.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta.
—Vale —digo mirando a uno y a otro—. ¿De qué se trata?
—Proponlo tú —dice, y cuando se pasa la lengua por el labio inferior, me siento como si me lamiese de arriba abajo—. Estamos preparando un proyecto secreto, y quiero que colabores en él, pero necesito saber si puedes informar sobre algún tema.
—Sabes que sí. He trabajado cinco años en periódicos regionales.
—Esto es confidencial —explica Tristan—. Es fundamental que no se lo digas a nadie.
—No lo haré —aseguro mientras miro a uno y a otro.
—Llevamos tiempo pensando que alguien de tu planta está vendiendo nuestros artículos a la competencia para que ellos tengan la exclusiva. Lo que me has dicho esta mañana casi lo confirma.
—¿Cómo lo sabéis? —pregunto con curiosidad.
—Créeme, lo sabemos —contesta Jameson—. Nuestras acciones están bajando a la misma velocidad que nuestra credibilidad. Esto tiene que acabarse.
Frunzo el ceño mientras escucho.
—Queremos que te inventes una noticia y que la mandes como siempre. A ver si sale en los periódicos de la competencia.
Lo miro fijamente mientras me esfuerzo por no perder el hilo.
—¿Y sobre qué escribo?
—Sobre algo que vaya a vender. No tiene que ser verdad. Cuanto más falso, mejor, así será más fácil de identificar.
—¿Quién creéis que es? —pregunto, emocionada. Es mi oportunidad. Si lo hago bien, demostraré que soy una trabajadora valiosa. Ya no os digo si encima resuelvo el caso.
Me muerdo el labio inferior para que no se me escape una sonrisa. Tengo que fingir que me pasan cosas así de emocionantes todos los días.
—Ni idea, pero sabemos que no eres tú.
—¿Cómo estáis tan seguros?
—Porque empezó antes de que te incorporaras a la empresa —dice Jameson mientras se dirige a la barra.
—Vale. —Reflexiono un momento—. Lo haré. —Los miro alternativamente—. ¿Para cuándo lo queréis?
—Para mañana por la tarde, si no es mucho pedir.
—Sin problema.
—Tristan, Londres por la dos —se oye una voz por el interfono.
Se levanta y pulsa el botón.
—Espera, que voy a mi despacho.
—De acuerdo —responde la recepcionista.
—Lo siento, pero tengo que atender la llamada. Vamos a adquirir una nueva empresa. Mañana por la tarde seguimos hablando.
—Vale —digo con una sonrisa.
Me cae bien. Es más amable que su hermano.
Me estrecha la mano.
—Recuerda, ni una palabra a nadie. No me gustaría tener que despedirte —me dice con un guiño juguetón, pero tengo el presentimiento de que no bromea.
Frunzo el ceño. ¡Qué diantres!
—Claro.
—Me muero de ganas de leer tu artículo —añade.
Se va y cierra la puerta.
Me vuelvo hacia Jameson, que tiene los ojos más oscuros y un whisky en la mano. Se lo toma lentamente, y yo sonrío nerviosa mientras el corazón me late desbocado.
Arquea una ceja y da otro trago. El aire se carga de electricidad.
—Volveré a mi mesa —susurro.
Me mira como si quisiera decirme algo, pero, en vez de eso, guarda silencio.
—¿Desea algo más, señor? —susurro mientras me pongo de pie.
Deja el vaso en la mesa y se acerca a mí.
—Sí, la verdad es que sí.
Se detiene a escasos centímetros de mi cara. Lo miro fijamente.
Su cercanía me deja sin aire y, como si de una ola se tratase, la excitación nos ahoga.
—¿Lo notas? —musita.
Asiento porque es innegable.
—Me pones tanto que no me aguanto —susurra—. Desde que te vi en el avión.
Lo miro y me lo imagino tumbándome en su enorme escritorio.
Me acaricia con el índice. Primero la cara, luego el escote, la barriga y, por último, el pubis, y me agarra de la cadera.
—Tengo una petición.
—Dime —susurro, y cierro los ojos; siento que me derrito.
Acerca los labios a mi oreja sin llegar a tocarla. Su aliento me hace cosquillas y me pone el vello de la espalda de punta.
—Quiero que mañana te pongas la falda gris, la de la raja.
Frunzo el ceño mientras escucho.
—La blusa de seda blanca y el sujetador de encaje que llevas debajo.
Joder.
—Sin medias.
Mueve la mano sobre mi cadera y siento cómo se contrae mi sexo.
Me chupa la oreja.
—Quiero que te hagas una coleta para que pueda enrollármela y tirar de ella.
Me lo imagino tirándome del pelo y casi exploto.
Este hombre es un dios.
Lo miro fijamente.
—¿Algo más? —musito.
—Sí. —Se le oscurecen los ojos y me acaricia el labio inferior con el índice—. Quiero que esta noche cojas tu vibrador —añade con un susurro grave que me remueve las entrañas como no habría imaginado nunca.
Me separa los labios con el dedo y yo abro mucho los ojos. Me lo mete en la boca y, antes de que me dé cuenta, se lo estoy chupando. Se le ensombrecen los ojos mientras me mira, y esboza una sonrisa lenta y sexy.
—Quiero que te masturbes. Que te lo metas hasta el fondo…, despacio.
Madre del amor hermoso.
—¿Por qué haría eso? —musito.
—Porque sé que cuando te corras verás mi cara.
Me lame el cuello y me muerde la oreja; por poco me fallan las rodillas.
—Si haces tu trabajo, tendrás tu recompensa —me susurra al oído.
Entonces, se lanza a por mi cuello.
Soy como masilla en sus manos. Ni siquiera voy a fingir que quiero luchar contra esto… Sea lo que sea esto.
Me roza los labios con los suyos, pero entonces recula y doy un respingo. Jadeo mientras lo miro fijamente.
—Haz tu trabajo, Emily. Hasta mañana.
Me quedo mirándolo. Me está echando.
Frunzo el ceño cuando se gira y vuelve a sentarse como si no hubiese pasado nada.
Da un sorbo a su whisky sin dejar de mirarme a los ojos. Deja una llave de seguridad en el escritorio.
—Con esto podrás venir aquí.
¿Eh?
¿Y esto?
Cojo la llave y, con la cabeza hecha un lío, salgo de su despacho. Entro en el ascensor con el corazón latiendo a toda prisa.
Madre mía. Necesito autocontrol, y lo necesito ya.
Porque él va sobrado.
Capítulo 6
Estoy en la cafetería que hay enfrente de Miles Media. Me he dicho a mí misma que he venido a comprar algo para cenar, pero en el fondo quiero ver cómo se va. Quiero verle la cara, ver si está tan roja como la mía. No tiene gracia, estoy a punto de tener un orgasmo en público. ¿Cómo es posible que me excite tanto que me acaricie con un dedo por encima de la ropa? Este hombre me convierte en un charco, un charco húmedo, sentimental y maleable. No puedo resistirme a su toque.
Me he pasado doce meses fantaseando con Jim, el hombre divertido y despreocupado con el que pasé la noche. Y ahora que he conocido otra versión de él, no tengo tan claro si me gusta. A ver, que sí, que está buenísimo. Para mojar pan.
Pero ¿quién es Jameson Miles?
Me siento en la banqueta que hay junto a la ventana y veo llegar su limusina.
Me enderezo. El corazón me da un vuelco y contengo la respiración mientras veo cómo se abre la puerta. Sale lentamente, como una estrella de rock, y todos se vuelven a observarlo.
Don orgásmico.
Se sienta en la parte de atrás, el chófer le cierra la puerta y poco a poco se alejan.
Sigo la limusina hasta perderla de vista, y entonces me entra el bajón.
Me pregunto qué hará esta noche. Son casi las seis y media, es tarde y ya se ha ido todo el mundo. No me creo que me haya quedado aquí para ver cómo se marchaba. Qué pringada. Ya que estoy, podría cenar aquí. Total, en casa estoy sola. Estudio las opciones que hay en la carta cuando se abren las puertas de Miles Media y sale Tristan. Lo miro entrecerrando los ojos. Está con una mujer. Es rubia, guapa y lleva un vestido de lana ajustado de color gris y botines altos de color negro. Se la ve moderna. Su coleta oscila al andar. Ella dice algo y él se parte de risa. Doblan la esquina, pero aún los veo. Tristan le toca el culo y la besa.
¿Quién será?
La coge de la mano y se pierden en el horizonte.
¿Trabajará en la empresa? Pensaba que no estaba permitido salir con los empleados. A lo mejor me equivocaba.
Quizá es un «tonto el último» y están todos con todos.
¿Seré la única con quien Jameson coquetea? ¿Hará que vaya alguna otra a su despacho?
Cierro los ojos, asqueada.
Para.
Madre mía, necesito una tila.
* * *
Rebusco en mi armario y saco la ropa de mañana. Es tarde. He estado redactando el artículo que me han pedido. Espero que esté todo bien. Mi plan es diferente esta vez. ¿Qué me pongo mañana? ¿Me pongo lo que me ha dicho Jameson?
Cojo la ropa que Jameson me ha pedido que me ponga y la extiendo sobre la cama. La miro.
La falda gris con la raja, la camisa de seda blanca. ¿Cómo sabe que me pongo un sujetador de encaje blanco con esta camisa? ¿Cómo sabe que tengo esto, siquiera?
Me espía.
Menudo tío. Cómo me manipula.
Tengo las hormonas revolucionadas y eso que apenas me toca.
Imaginad si lo hiciera.
Pienso en esta tarde, en cómo ha dibujado una línea en mi cuerpo con el dedo y en cómo me lo ha metido en la boca y se lo he chupado.
Sus palabras me vienen a la cabeza.
«Quiero que te masturbes. Que te lo metas hasta el fondo…, despacio».
Cierro los ojos cuando noto que me hierve la sangre de lo excitada que estoy. Quiere que piense en él mientras me corro.
Saco el vibrador de la mesita y lo miro.
—Es un sustituto muy frío, señor Miles —susurro en el silencio de la noche.
Me tienta llamarlo para decirle que venga él a hacer el trabajo.
Pero, obviamente, no lo voy a hacer. Apago la luz, me meto en la cama y me acaricio los pechos.
Cierro los ojos, abro las piernas e imagino que Jameson Miles está aquí, conmigo.
* * *
—¿Queréis ir a cenar luego? —les pregunto a Aaron y Molly.
—Vale, guay. Pero algo sano —sugiere Molly sin dejar de teclear—. Que como no adelgace, a este paso no voy a echar un polvo en la vida. —Teclea un poco más—. Pero a las ocho me voy, que tengo que ir a recoger a los niños.
—Sí, vale —dice Aaron, que suspira—. Me parece bien.
—Esta tarde tengo prácticas —respondo como si nada.
Dejan de mirar la pantalla y se centran en mí.
—¿Dónde?
—En dirección.
—Ay, madre —exclama Molly con una sonrisita—. ¿Te ha dicho algo?
Agacho la cabeza y miro a las cámaras.
—Luego os cuento.
—Madre mía, vivo por y para estas historias —susurra Aaron—. Dime que te lo has tirado en su mesa.
Me entra la risa tonta mientras acabo lo que estoy haciendo.
—Qué dices, anda. —Cojo mi carpeta de papel manila con mi noticia falsa—. Hasta luego.
Me miran con una sonrisita.
—Suerte.
Al cabo de cinco minutos, ya estoy en la última planta. Se me va a salir el corazón por la boca. No me he puesto la ropa que me dijo; no quiero parecer ansiosa.
¿Y qué le hace pensar que puede decirme qué ponerme?
Sammia sonríe nada más verme.
—Señor Miles, ya está aquí Emily Foster.
—Que pase —dice con voz aterciopelada.
Voy de puntillas por el pasillo de mármol mientras vuelvo a recordarme que tengo que comprar zapatos con suela de goma. ¿Por qué siempre se me olvida? Llamo a la puerta.
—Adelante.
Abro la puerta y lo veo sentado en su escritorio hablando por teléfono. Me mira a los ojos.
—Hola, Emily —saluda solo moviendo los labios.
—Hola —digo con una sonrisa mientras abrazo la carpeta.
—Toma asiento. —Señala una silla y levanta un dedo—. Un momento.
Sonrío y asiento mientras me pongo cómoda.
—Si eso lo entiendo, Richard. Que sí, que lo sé. —Calla un momento—. Me da igual que sea trabajadora. Se ha saltado el protocolo y eso tiene sus consecuencias.
Frunzo el ceño. ¿Con quién hablará?
—¡Richard! —espeta—. O la echas tú o lo hago yo. Y ambos sabemos quién será menos cruel.
Pone los ojos en blanco.
—Tristan ya lo sabe, sí —replica con brusquedad—. Pero el director ejecutivo soy yo, así que tienes dos horas para sacar a Lara Aspin del edificio o lo haré yo.
Y, con toda la rabia, cuelga.
Lo miro con los ojos muy abiertos. ¿Qué habrá hecho esa chica?
Se muerde el labio con rabia mientras me mira a los ojos.
—Tengo el artículo que me pedisteis —murmuro.
—Perfecto.
Me quita la carpeta, echa la silla hacia atrás y empieza a leer.
Hoy está diferente, está enfadado. Aunque a lo mejor solo se deba a la conversación que acaba de mantener.
Respira hondo y pasa las páginas, claramente frustrado.
—¿Está bien?
Alza las cejas como si no le convenciera.
Me muerdo el labio.
—Un seísmo no es que sea una noticia muy impactante que digamos, ¿no?
—¿Y sobre qué quieres que escriba? —tartamudeo—. No puedo mencionar a personas, lugares ni nada de eso porque es una noticia falsa. No quiero que nos demanden.
—Soy muy consciente de lo que es, señorita Foster.
—¿Qué te pasa hoy? —susurro.
Hojea el artículo.
—Nada —contesta sin dejar de leer—. Esto no servirá. Ya lo haré yo.
—Anoche me tiré cuatro horas escribiéndolo —murmuro.
Levanta la vista de los papeles y me encojo cuando me mira.
—Pues ¿de qué quieres que escriba? —pregunto.
—¡De lo que sea menos del clima, joder! —espeta, y cierra la carpeta de malas maneras y la deja encima de la mesa.
—Tristan, ven —dice por el interfono.
—Vale.
Me hago pequeñita. Madre mía, no veas cómo se pone cuando se enfada.
Tristan entra y Jameson exhala con pesadez.
—La señorita Foster ha escrito el artículo —indica señalando la carpeta.
—Genial —exclama Tristan con una sonrisa.
Lo coge y empieza a leerlo.
—Un seísmo no servirá —brama Jameson.
Tristan hace un mohín mientras lee.
—Pero es muy bueno —comenta.
«Mmm, definitivamente, me estoy pillando del hermano equivocado; el mío es idiota».
—Gracias —digo con una sonrisa falsa—. Con el debido respeto, Jameson, si le ponemos nombre al seísmo y decimos que se va a producir dentro de cuatro meses y que causará daños considerables, dará que hablar. Sin nombres que identificar, ni personas ni lugares. No sé de qué otra cosa podría haber escrito sin poner en peligro nuestra integridad.
—No hacemos esto para demostrar nuestra integridad —gruñe—, sino para ocultarla.
Me recuesto en la silla, molesta.
—Quiero que digas que el FBI está investigando un caso de asesinato. —Entorna los ojos con aire pensativo—. Invéntate un nombre y un asesinato falsos y di que están a punto de cerrarlo.
Me hierve la sangre.
—Si sabías lo que querías, ¿por qué no me lo dijiste ayer? —espeto—. Me pediste que escribiese sobre lo que me diese la gana y me he tirado cuatro horas escribiendo eso para vosotros.
Tristan esconde los labios para que no se le escape la sonrisa.
—Tengo cosas que hacer. Ya me diréis qué artículo publicamos al final —dice mientras se dirige a la puerta—. Gracias, Emily. Lo has hecho muy bien.
Y cierra.
Le lanzo una mirada asesina al idiota que tengo delante.
—A ver, ¿qué quieres que haga?
Me mira a los ojos con frialdad.
—Ya te dije ayer lo que quería que hicieses, pero no lo has hecho, ¿a que no?
Frunzo el ceño. ¿De qué habla? No entiendo nada.
No hace falta ser tan borde. Cojo la carpeta.
—Vale —espeto—. Redactaré un artículo falso sobre el falso asesinato de un falso director ejecutivo por parte de su falsa nueva empleada.
Me fulmina con la mirada.
—Con un hacha falsa —añado.
—Vale —replica con desprecio—. Pero asegúrate de que lleva una puta falda gris.
Se me desencaja la mandíbula. Está cabreado porque no me he puesto la ropa que me dijo.
¡Tendrá huevos el tío!
—No, no va a llevar una falda gris porque tú lo digas. Está desnuda porque se acaba de tirar al buenorro de su novio y justo después le ha cortado la polla al consentido de su jefe.
Pone mala cara.
Me levanto.
—Tendrás tu artículo a las cinco. Te lo enviaré por correo.
—No, me lo traerás en persona.
—Con el debido respeto, señor Miles —digo con una amable sonrisa—, no tengo ganas de volver a verlo hoy. Se lo llevaré a Tristan.
—Tú llévaselo a Tristan y ya verás lo que pasa —brama.
Me giro y salgo del despacho echando humo.
Será cabrón.
* * *
Son las cinco y media cuando tecleo la última palabra de mi artículo falso. Odio admitirlo, pero este es mejor que el anterior. Mis compis se han ido al bar, que es adonde voy yo. Se supone que tengo que llevarle el artículo al despacho, pero paso.
Que le den.
Hago clic en «enviar», apago el ordenador y recojo mis cosas.
Me suena el móvil y veo que aparece una J en la pantalla. Me guardé su número con la inicial por si me llamaba. Cuelgo y, consciente de que me está mirando, sonrío amablemente a la cámara.
No he roto con un egoísta para empezar a salir con otro.
Me llega un mensaje.
Coge el puto teléfono.
Lo miro furiosa y contesto.
No tenemos nada de que hablar.
He acabado por hoy.
Ya tienes tu artículo.
Que te aproveche.
Su respuesta no se hace esperar.
Es una llamada personal.
Qué asco de tío. Pongo los ojos en blanco y contesto.
Búscate a otra con falda gris para que te la chupe cuando y como quieras. No estoy interesada en el puesto.
Pongo el móvil en silencio, lo guardo en el bolso y sigo recogiendo.
Tomo el ascensor y bajo al vestíbulo, y me dirijo a la salida cuando veo a un guardia de seguridad al teléfono.
—Disculpe, señorita —me dice.
—¿Sí?
—Me han ordenado que le diga que espere aquí.
Mierda. Está de camino.
—Uy, no, no puedo. Lo siento. Dígale que lo siento —tartamudeo mientras lo rozo al pasar y salgo a la calle.
Doblo la esquina corriendo y, cuando dejo de ver al guardia, cruzo la calle y me meto en la cafetería en la que estuve ayer por la tarde para mirar desde aquí.
¿Qué querrá?
Me busco un sitio junto a la ventana y veo que Jameson sale como una exhalación y mira a un lado y a otro. Saca el móvil y llama a alguien. Me empieza a vibrar el móvil en el bolso.
Mierda. Voy a echar a perder esta oportunidad y me van a despedir.
¿Por eso han despedido a esa chica hoy? ¿Se acostaba con él y las cosas se pusieron feas? Mira a un lado y a otro y me vuelve a llamar. Dejo que suene.
Está que trina. Se abren las puertas de entrada y sale Tristan. Jameson le dice algo y Tristan se ríe.
¿Qué le habrá dicho?
Con el corazón a mil, veo que miran a un lado y a otro. Entonces, llega la limusina. Me vuelve a llamar y yo cierro los ojos. «Deja de llamarme».
Al fin, se meten en la limusina y se van. Desesperada, me paso la mano por la cara.
Su carácter y el mío son una mala combinación.
Sería mala idea juntarlos.
Una hora después
—¿A qué te refieres? —pregunta Molly con una mueca—. No lo entiendo.
—Es que vaya lío —digo, y suspiro.
—Volví a California, y como a Robbie le dio igual, corté con él. Pero no se lo he dicho a Jameson porque no quiero que piense que lo hice por él.
—Sí, si eso lo entiendo —dice—. Pero ¿por qué Jameson se ha portado como un imbécil?
—Porque Emily no se ha puesto la falda gris —interrumpe Aaron—. ¿No oyes o qué?
—Pero ¿por qué? —grita Molly—. Es que menuda tontería.
—Ya ves —exclamo con brusquedad.
—No es por la falda —explica Aaron mientras mastica—. Es cuestión de poder. Él quiere que ella haga lo que le pida.
Frunzo el ceño mientras escucho.
—¿Tú crees?
—Sigo sin pillarlo —dice Molly.
—Para él es algo simbólico. Quiere que se someta a él.
—Pues lo lleva claro —resoplo—. En serio, es idiota si cree que lo voy a hacer.
Molly pone los ojos en blanco.
—Me pide a mí que lleve una falda hecha de riñones y os digo yo que me la pongo —resopla mientras mira al infinito—. Hasta mataría a cincuenta hombres para conseguirlos.
Aaron se ríe entre dientes.
—¿Verdad que sí? Yo también. Creo que no hay nada que no haría por él —dice, y levanta las manos y añade—: Haría lo que fuese.
Pongo los ojos en blanco y nos quedamos un rato pensando.
—¿Sabes lo que haría si fuera tú? —dice Molly.
—¿Qué?
—Me pondría la falda gris mañana y pasaría de su culo.
La miro fijamente.
—Que sufra el muy cabrón.
—Eso —añade Aaron con una sonrisa de oreja a oreja—. Que vea cómo luces palmito.
Sonrío con suficiencia mientras me lo pienso.
—No es mala idea, eh.
Alzo la copa con una sonrisa.
—Por la operación «Guarrilla de oficina».
Molly sonríe al chocar su copa con la mía.
Esbozo una sonrisita sin dejar de mirarla.
—Que empiece el juego.
* * *
Entro en la oficina como una estrella de cine.
¿Piernas al aire? Hecho.
¿Sujetador de encaje blanco? Hecho.
¿Camisa de seda blanca? Hecho.
¿Coleta? Hecho.
¿Falda gris con una raja? Hecho, hecho y requetehecho.
—Buenos días —les digo a mis amigos con una sonrisa cuando llego a mi mesa.
Me miran y sonríen al ver que llevo el conjunto que me pidió Jameson. Aaron me guiña un ojo y vuelve a centrarse en la pantalla.
—¿Alguien quiere café? —pregunto.
—Yo, por favor —me dicen los dos.
Entro en la cocina seguida de Riccardo.
—Hola, guapa. Te estaba esperando.
Esbozo una sonrisa superfalsa. ¿Acaso hay un candidato mejor con el que fingir que coqueteo que el tío este?
—Hola —saludo con entusiasmo—. ¿Qué tal?
—Bien. —Mi entusiasmo lo hace sonreír—. Eh, perdón por meterte en un lío el otro día.
Sonrío y me toco la coleta.
—No te preocupes. Pero pásate a verme luego, ¿vale?
Los ojos le hacen chiribitas.
—Vale, trato hecho.
Vuelvo a mi mesa con tres cafés, abro el correo y me pongo a trabajar. Jameson me llamó seis veces anoche; no sé por qué.
No sé si quería disculparse o discutir, pero me niego a darle el gusto de cogerle el teléfono para que haga una cosa o la otra.
Voy a tener un buen día y no voy a pensar en Jameson Miles ni una vez.
* * *
Son las tres y la operación «Guarrilla de oficina» va viento en popa. Me he echado unas risas con todos los pringados del edificio. Ni siquiera sé si Jameson estará mirando, pero estoy a punto de subir la apuesta. Estoy de camino al despacho de Tristan para hablar del artículo que he escrito.
Se abren las puertas del ascensor y le sonrío amablemente a la recepcionista.
—Hola, vengo a ver a Tristan.
—Claro, un momento… —dice, frunciendo el ceño mientras intenta recordar mi nombre.
—Emily Foster.
—Eso, perdona. —Y por el interfono añade—: Tristan, Emily Foster ha venido a verte.
—Vale, que pase —dice alegremente.
—Ve a la sala de juntas principal, pero en vez de girar a la izquierda como si fueras al despacho de Jameson, tuerces a la derecha y cruzas el pasillo que hay en la otra punta.
—Gracias.
Hago lo que me ha dicho y me dirijo a la otra punta del edificio. Frunzo el ceño; hay cuatro puertas. Vacilo. ¿Qué puerta me ha dicho?
Mientras voy por el pasillo, veo una puerta abierta. Jameson está hablando con un hombre.
—Perdonen, ¿el despacho de Tristan? —pregunto.
La cara de Jameson es un poema.
—Al lado —contesta el otro hombre.
—Gracias —digo sonriendo amablemente.
Llamo a la puerta de Tristan.
—Pasa —dice.
Entro y cierro la puerta.
—Hola —saludo con una sonrisa.
—Hola, Emily. —Me sonríe con cariño mientras me señala la silla que hay delante de su mesa—. Toma asiento.
Nada más sentarme, me doy cuenta de que Tristan no me pone nada nerviosa. Ojalá estuviera igual con su hermano.
—Me preguntaba si has tenido un rato para leer el artículo que he escrito.
—Sí, sí. Me ha encantado. ¿Estás contenta tú también?
—Sí, creo que es mejor que el otro. No sé qué queréis que haga ahora.
Frunce el ceño.
—Tendremos que enviarlo como si te hubiese llegado a ti. ¿Has hablado con Jameson?
—Mmm…
Se abre la puerta y Jameson entra.
—Hola.
—Hablando del rey de Roma —dice Tristan con una sonrisa.
—Hola —saludo mientras vuelvo a dirigir la atención a Tristan.
Cuesta no mirar a Jameson cuando está en una habitación; se adueña de cualquier espacio.
Esto de hacerse la dura es más difícil de lo que parece.
—Emily ha venido a hablar del artículo que ha escrito.
—Ya veo.
Me mira y noto que una fuerza magnética me atrae hacia él.
—¿Estaba bien? —pregunto.
—Sí —musita mirándome a los ojos—. Muy bien.
—¿Lo enviamos como si le hubiese llegado a ella? —pregunta Tristan.
—Vale, sí —dice sin dejar de mirarme a los ojos.
Miro a uno y a otro.
—Vale. Lo mando y os digo qué pasa.
—Necesito que añadas una cosa. Está en mi ordenador. Ven y te la enseño —dice Jameson mirándome a los ojos.
Estoy de los nervios.
—Vale —accedo mientras me levanto.
Jameson extiende la mano.
—Las damas primero.
Me vuelvo hacia Tristan.
—Gracias. Adiós.
Tristan sonríe de oreja a oreja.
—Adiós. Que pases una buena tarde.
El fuego de la mirada de Jameson me quema el culo de camino a su despacho.
«Tú disimula. Nada de coqueteos ni tocamientos. Tú tranquila».
He venido a calentarle la polla. Ni más ni menos. Llegamos a su despacho y él abre la puerta. Paso por su lado y cierra con llave.
Me vuelvo hacia él, que se acerca a mí dolorosamente lento. Pone su cara a milímetros de la mía.
Nos miramos a los ojos y, sin mediar palabra, me coge de la coleta, se la enrolla en la mano y tira de ella.
—No pelees conmigo —musita, y acto seguido me lame los labios.
—No te portes como un imbécil —susurro.
Se inclina y me acaricia la pierna sin soltarme el pelo. Me lame el cuello, que estiro para él, y me coge del culo.
—Dime que ya no estás con el tío ese —me susurra al oído mientras me besa la oreja con ternura.
«Ah…». Esto no era lo que tenía en mente. Tendría que estar rechazándolo.
«Aborto misión…».
—Ya no estamos juntos —musito.
Se apodera de mis labios y me mete la lengua sin esfuerzo. Mis sentidos despiertan.
Lleva mi mano a su erección mientras pasamos a besarnos con frenesí. Me estampa contra la pared, me sube la falda y me mete los dedos por debajo de las bragas.
—Esta noche follamos —me dice con ojos oscuros.
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