Читать книгу: «E-Pack HQN Susan Mallery 1»

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack HQN Susan Mallery 1, n.º 235 - febrero 2021
I.S.B.N.: 978-84-1375-649-3
Table of Content
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
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A mis amigas de Facebook.com/SusanMallery:
Habéis ayudado a darle forma a Fool’s Gold.
Le habéis dado nombre a personajes, habéis puesto en común ideas y sugerencias para ayudarme a crear tramas, e incluso habéis ejercido de equipo de animadoras de Fool’s Gold.
¡Gracias por vuestra amistad y por vuestro apoyo!
Capítulo 1
Nunca accedas a ir a una entrevista de trabajo si el entrevistador te ha visto desnuda.
Nevada Hendrix estaba segura de que ese consejo estaría bordado en alguna almohada o que sería el texto de algún póster, pero, por desgracia, nadie lo había compartido con ella. Ahora, frente a Tucker Janack por primera vez después de diez años, descubrió que era un consejo muy, muy, acertado.
Había tenido todo pensado, había pulido su curriculum, había practicado sus respuestas ante distintas preguntas, se había comprado una chaqueta nueva e incluso había pagado un extra en la peluquería para que le aplicaran un tratamiento de brillo en el pelo. Ella, que siempre que había podido había evitado las cosas de chicas, había acabado hundida por un antiguo amante y por un tratamiento capilar de brillo.
–Hola, Nevada.
–Tucker.
Tuvo la precaución de no mostrar ningún tipo de emoción porque sabía que quedarse con la boca abierta y tener mirada de asombro no la harían parecer una mujer competente.
–Esperaba encontrarme a tu padre –admitió. Después de todo, en la llamada que había recibido sobre la última entrevista le habían dicho específicamente que hablaría con el señor Janack y ese no era el nombre con el que asociaba a un chico al que había conocido en la universidad.
–Dirijo el sector de construcción y me encargo de la contratación personalmente en este proyecto –respondió él indicándole que tomara asiento.
Se encontraban en una sala de reuniones en un hotel de Fool’s Gold. Ronan’s Lodge, conocido para los lugareños como Ronan’s Folly, era un edificio de preciosa construcción con carpintería tallada a mano y elegante mobiliario; todas ellas, cosas que se habría detenido a admirar en distintas circunstancias, pero resultaba que ahora mismo no podía ver más que al hombre que tenía sentado al otro lado de la mesa.
El paso del tiempo había sido amable con Tucker. Seguía siendo alto, aunque eso no debería ser ninguna sorpresa... No muchos hombres suelen encoger. Su cabello era oscuro y con las ondas justas para evitar que resultara demasiado guapo. Esos ojos oscuros, su mandíbula cuadrada y ese ápice de sonrisa en su apetecible boca seguían exactamente tal y como los recordaba.
Eh... no, nada de apetecible. Se trataba de su posible jefe... o no... dependiendo de lo que él recordara del pasado.
Maldijo para sí y se preguntó por qué su padre no podía haberse ocupado de ese proyecto.
–Ha pasado mucho tiempo –dijo él esbozando su típica y sutil sonrisa, la misma que la había hecho sentirse la chica más especial del mundo, aunque todo había resultado ser una mentira y le había roto el corazón hasta el punto de que ese dolor se hubiera vuelto irreversible.
Respiró hondo, apartó todos los recuerdos del joven Tucker y estiró los hombros.
–Como puedes ver en mi curriculum, he estado ocupada. Al terminar la universidad, trabajé en Carolina del Sur durante un par de años aprendiendo todos los aspectos de la construcción. Construimos muchos espacios comerciales y, antes de marcharme, estuve al cargo de un edificio de cinco plantas.
Tal vez para él eso resultaba insignificante, pero para ella era todo un orgullo.
–Lo terminamos antes de tiempo y por debajo del presupuesto inicial con los mejores resultados de inspección que la empresa había tenido nunca.
Él asintió, como si ya supiera todo eso.
–¿Por qué no te quedaste? Seguro que no querían que te marcharas.
–No, pero yo quería volver a casa.
–¿Raíces?
–Sí –él nunca había experimentado lo que era establecerse en un mismo lugar, ya que había crecido por todo el mundo, dado que Construcciones Janack era una multinacional. Recordaba cómo Tucker le había hablado sobre veranos en Tailandia e inviernos en África.
Sintió el peligro de adoptar una actitud demasiado personal y se recordó que quería ese trabajo.
–Desde que he vuelto a Fool’s Gold me he ocupado, principalmente, de proyectos pequeños, como algún que otro residencial. He trabajado con cuadrillas de obreros de distintos tamaños y entiendo los códigos de construcción locales y estatales –siguió hablando y dando ejemplos de sus diversas habilidades.
–El equipo que trabajará aquí es uno de nuestros mejores. Llevan juntos mucho tiempo y no aceptan bien a los intrusos.
–¿Con eso de «intrusos» quieres decir «mujeres»?
Tucker se recostó en su silla y le lanzó otra de sus matadoras sonrisas.
–Construcciones Janack es una empresa que aboga por la igualdad de oportunidades y que cumple todas las directrices laborales, tanto federales como estatales.
–Muy políticamente correcto. No me da miedo un equipo de hombres, si eso es lo que quieres decir. Crecí con tres hermanos mayores.
–Lo recuerdo. ¿Cómo está Ethan?
–Bien. Casado. Feliz. Si vas a estar por aquí un tiempo, deberías ponerte en contacto con él.
Sin embargo, si los mandamás así lo decidían, Tucker estaría allí solo para contratarla y después se marcharía a cualquier otra parte del mundo.
–Lo haré. Estaré aquí durante la fase inicial de la construcción.
«¡Maldita sea!».
–Trabajas para Ethan –dijo Tucker–. ¿Por qué quieres venir a trabajar para mí?
No quería. Quería trabajar para su padre, pero esa no era una opción.
–Estoy buscando un desafío –dijo admitiendo la verdad.
–¿Has visto la magnitud del proyecto?
Ella asintió. Construcciones Janack había comprado alrededor de cien acres al norte del pueblo. Iban a construir un resort y un casino en una zona india y, además, la empresa le había arrendado unos acres adicionales a un promotor especializado en centros comerciales, lo cual tenía a la población femenina emocionada y expectante.
–Deberíamos hablar de ello.
Nevada lo miró preguntándose por qué ese proyecto de construcción merecía un gesto tan serio por su parte, pero entonces lo supo: «ello» no se refería al trabajo.
–No –luchó contra las ganas de levantarse y apartarse–. Sucedió hace mucho tiempo.
–Nevada... –comenzó a decir él en voz baja.
–No. Ya ha pasado. No significó nada.
Él enarcó las cejas.
–¿En serio?
¿Por qué no podía ser como el resto de los hombres del planeta y evitar hablar de algo incómodo? ¿Es que tenían que darle vueltas al pasado?
–Tucker, eso sucedió hace diez años y fueron cinco minutos difíciles e incómodos en mi vida. En serio, no importa.
–¿Así es como lo ves?
–Eso fue lo que sucedió. Estabas borracho, yo era... –apretó los labios. Bajo ningún concepto pronunciaría la palabra «virgen» en una entrevista de trabajo–. Déjalo estar.
–No fueron cinco minutos. Yo nunca...
–¡Oh, Dios mío! –no pudo contenerse y se levantó–. ¿Se trata de tu ego? ¿No puedes soportar el hecho de que nuestro breve encuentro sexual de hace una década sea un mal recuerdo para mí? Madura, Tucker. No es importante. No pienso en ello. He venido aquí por una entrevista de trabajo, no para... –se detuvo, aunque tuvo la sensación de que ya era demasiado tarde–. También éramos amigos por entonces, ¿es que no podemos recordar eso?
Él se levantó.
–Tú no nos veías como amigos. No, después.
No era una persona gritona y esa fue la única razón por la que no le gritó. Por el contrario, se obligó a mostrarse absolutamente calmada y a no perder el control.
–¿Tienes alguna otra pregunta sobre mi experiencia laboral?
–No.
–Pues, entonces, ha sido un placer volver a verte, Tucker. Gracias por tu tiempo.
Y con eso, se giró y salió de la sala de reuniones. Mantuvo la cabeza alta y los hombros echados hacia atrás, y así, nadie que estuviera mirándola podría haber adivinado que, por dentro, se sentía humillada y hundida.
Tener que revivir aquella vergonzosa noche con Tucker ya era suficientemente malo, pero perder la oportunidad de alcanzar el trabajo de sus sueños era aún peor. Había querido la oportunidad de trabajar con Construcciones Janack. Eran una gran compañía y ella habría podido ampliar sus miras profesionales sin tener que salir de Fool’s Gold. Pero ahora, él la ignoraría sin tener en cuenta sus aptitudes, ¡muy típico de un hombre! ¡Qué injusticia!
Se giró y volvió a la sala de reuniones, donde la puerta seguía abierta. Vio a Tucker guardando una carpeta en su maletín; la carpeta que contenía su curriculum, la misma que contenía los papeles que representaban sus sueños y esperanzas.
–Soy buena en lo que hago. Me esfuerzo mucho y conozco este pueblo –le dijo cuando él alzó la mirada y la vio–. Entiendo a la gente que vive aquí y podría haber sido una gran aportación para la empresa, pero eso no va a pasar, ¿verdad? Y todo por un acto insignificante que sucedió hace años. ¡Eso sí que es integridad!
Tucker vio a Nevada darle la espalda por segunda vez en un minuto y salir. La puerta se cerró firmemente y él dejó de ver su corta melena y su estirada espalda.
–¿Cuándo os habéis acostado? –preguntó Will Falk al salir por una puerta lateral.
Tucker miró al hombre.
–No es asunto tuyo.
–¿Creías que quería oír todo esto? Basándome en lo que ha dicho sobre tu actuación, tienes que hacer algo –añadió sonriendo Will, amigo de la familia y ayudante de Tucker–. ¿Cinco minutos? ¡Qué humillante!
Tucker apretó los dientes.
–Gracias por recordármelo.
Quería gritar que había durado más de cinco minutos a pesar de que, técnicamente, no podía recordar mucho sobre aquella noche porque, tal y como Nevada había señalado, había estado borracho. Eso sin mencionar que además había estado como loco perdido en una tempestad llamada Caterina Stoicasescu. Por desgracia, Nevada también se había visto atrapada en el huracán de la vida de Cat, por muy breve que hubiera sido.
–Lo has estropeado todo –dijo Will–. Me parecía que tenía potencial.
–Y lo tiene. Aún no he terminado con ella.
Will soltó una risita.
–¿En serio? ¿Crees que vendrá a trabajar para ti después de esto?
–Quiere el trabajo.
–No. Lo quería. Aquí la clave es usar el tiempo en pasado. Ahora sabe que eso supone trabajar para ti. ¡Caramba, Tucker! ¿Cinco minutos?
–¿Puedes dejar eso de una vez?
–Supongo que tendré que hacerlo. Pero eras un chico guapo, no tan feo como para romper un espejo. Creía que alguna mujer se habría compadecido de ti y te habría enseñado a hacerlo, pero supongo que me equivocaba.
Tucker señaló la puerta.
–Largo.
–¿O qué? ¿Vas a sacarme a rastras tirándome del pelo?
Will seguía riéndose cuando salió cojeando de la sala.
Si hubiera sido otro el que se burlara de él, Tucker se habría enfurecido, pero Will era prácticamente de la familia. Apenas le sacaba diez años y llevaba trabajando para Construcciones Janack desde que había salido del instituto, de modo que Tucker siempre lo había visto como el hermano mayor que no había tenido. Rápidamente, Will había ido subiendo puestos en la empresa hasta que un accidente sucedido seis años atrás le había roto las dos piernas y le había fracturado la espalda.
El seguro médico se había ocupado de las facturas y el padre de Tucker había mantenido a Will en nómina a pesar de que, incluso después de un año de recuperación, Will no había podido volver a las obras.
Justo en ese momento, Tucker había empezado a dirigir sus propios proyectos y le había ofrecido a Will un puesto como su mano derecha. Llevaban trabajando juntos desde entonces. Formaban un buen equipo y esa era la razón por la que Tucker estaba dispuesto a aguantar tantas bromas y burlas de su amigo. Sin embargo, nada de eso resolvía el problema de Nevada.
El proyecto del hotel casino era enorme, el mayor que había dirigido nunca. Necesitaba un buen equipo y Nevada aportaría mucho. El hecho de que la conociera y confiara en ella hacía imposible que pudiera dejarla marchar sin más, pero, ¿cómo podía convencerla de que dejara el pasado de lado y fuera a trabajar para él?
Mientras salía de la sala detrás de Will, se dio cuenta una vez más de que los problemas de su vida podían encontrar su origen en Caterina Stoicasescu. Cat siempre había sido un infierno sobre ruedas. Los que la rodeaban tenían la opción de apartarse o de dejarse atropellar y quedar desangrándose y destrozados a un lado de la carretera. A él lo había atropellado muchas veces, hasta que había entendido que llevaba demasiado tiempo haciendo el tonto por amor. No valía la pena tantos problemas a cambio de esa emoción y ahora encima, por desgracia, Cat le había dejado con un desastre más que arreglar.
Nevada se encontraba fuera del hotel preguntándose adónde ir. Si volvía al trabajo, Ethan, su hermano, estaría allí y querría saber cómo había ido la entrevista, algo muy razonable dadas las circunstancias. Desafortunadamente, la respuesta no era fácil. ¿Qué tenía que decir, exactamente? Por mucho que Ethan pudiera considerar a Tucker un buen amigo, de ningún modo aceptaría el hecho de que se hubiera acostado con su hermana pequeña, virgen y de dieciocho años.
Descartando lo de volver al trabajo, buscó otra opción. Ir a casa era una, pero no quería estar sola, porque pensar en soledad te conducía a la locura, pensó mientras recorría la calle con gesto adusto.
Diez minutos después, entró en el bar de Jo. Como siempre, estaba bien iluminado y resultaba muy femenino y acogedor. Hasta hacía poco tiempo el pueblo había sufrido una escasez de hombres y el bar de Jo se aprovechaba de ello y servía, principalmente, a mujeres. Los aperitivos iban acompañados de una lista de calorías, las televisiones estaban sintonizadas en canales de Teletienda y reality shows y, siempre que era posible, ofrecía versiones bajas en calorías de cócteles y otras bebidas.
Poco después de las tres, y a mitad de semana, no había muchos clientes. Jo Trellis, la propietaria del bar, se había mudado a Fool’s Gold hacía unos cuatro o cinco años y, a pesar de haber reformado el local ignorando la sabiduría popular según la cual los bares debían estar hechos para hombres, había abierto sus puertas con un gran éxito.
Nadie sabía mucho sobre el pasado de Jo, una mujer alta y musculosa aunque no en exceso. Lo único que todos sabían con seguridad era que Jo guardaba una pistola bajo la barra y que sabía cómo usarla.
Salió de la trastienda y vio a Nevada sentándose en un banco.
–Has llegado pronto.
–Lo sé. He tenido uno de esos días en los que emborracharse parece la mejor opción.
–Lo pagarás caro por la mañana.
Mientras oía ese consejo, la mañana le parecía estar muy lejos.
–Un vodka con tónica. Doble.
–¿Quieres comer algo? –preguntó Jo más como una madre preocupado que como una mujer que se ganaba la vida sirviendo copas.
–No, gracias. No quiero ralentizar el proceso –si bebía lo suficiente, olvidaría y, en ese momento, olvidar le parecía lo más inteligente.
Jo asintió y se marchó para volver unos segundos más tarde con un gran vaso de agua.
–Hidrátate. Ya me lo agradecerás después.
Nevada se tomó el agua hasta que llegó su bebida y, prácticamente, se bebió la mitad de un asalto. Ahora había que esperar; esperar a que el vodka le nublara la mente y disipara la espantosa tarde que había tenido.
Como norma, era una firme creyente en el hecho de enfrentarse a sus problemas; en encontrar lo que funcionaba mal, dar con varias soluciones y elegir la mejor para actuar. Siempre había sido valiente y emprendedora y hacía todo lo que podía por quejarse lo mínimo, pero todo ello no significaba nada cuando se trataba de Tucker Janack.
No podía cambiar el pasado, no podía retroceder en el tiempo y modificar una decisión mal tomada. La realidad era que había estado locamente enamorada de ese hombre y que había actuado precipitadamente. Era culpa suya y podía aceptarlo. Lo que la reventaba era tener que pagar por todo ello ahora.
Se terminó la copa y pidió otra. Antes de que se la sirvieran, la puerta del bar se abrió y entraron sus hermanas. Miró el reloj rápidamente y vio que habían pasado menos de quince minutos desde que se había sentado en ese banco.
–¡Impresionante! –le gritó a Jo.
Su amiga se encogió de hombros.
–Ya sabes lo que pienso de la gente que bebe sola.
–Es medicinal.
–¡Si tuviera un centavo por cada vez que he oído eso...!
Nevada centró su atención en las dos mujeres que caminaban hacia ella. Tenían su altura exacta y el mismo cabello rubio y ojos marrones, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta que eran trillizas.
Cuando eran niñas, distinguirlas había sido una pesadilla para casi todo el mundo, incluso para su familia, pero desde entonces habían ido cultivando diferencias hasta en la forma de vestir y en su estilo personal. Montana llevaba el pelo largo y ondulado, bonitos vestidos de flores y todo en tonos suaves. Por otro lado, Dakota era la que mejor vestía, aunque ahora mismo el hecho de que estaba embarazada habría facilitado aún más la identificación entre las tres.
Nevada, particularmente, siempre se había considerado la más sensata de las hermanas, pese a su presente situación. Pasaba gran parte de sus días en obras donde los vaqueros y un par de botas eran un requisito más que una elección de moda, tomaba decisiones inteligentes, solucionaba problemas y hacía todo lo que podía por evitar tener que lamentarse de algo. Tucker era el bache más grande en ese, de lo contrario, tranquilo y ligeramente solitario trayecto que era su vida.
–¡Ey! –exclamó Dakota sentándose en el banco frente a ella–. Jo nos ha llamado.
Montana se sentó junto a Dakota y ladeó la cabeza.
–Ha dicho que estabas bebiendo.
Nevada agitó su vaso vacío mientras miraba a Jo.
–Y también una quesadilla.
–Creía que no querías comer nada.
–He cambiado de opinión.
–Bien –Jo fue hacia ella, agarró el vaso vacío y tomó nota de los pedidos de Dakota y Montana–. Ojalá fuerais lo suficientemente inteligentes como para parar cuando todavía podáis evitar una resaca.
–Lo siento, pero eso no va a pasar –Nevada esperó a que Jo se marchara y después miró a sus hermanas–. Habéis llegado más deprisa de lo que me esperaba.
–Es por este nuevo invento llamado «teléfono» –le respondió Montana–. Acelera la comunicación.
Dakota posó las manos sobre la mesa.
–¿Qué está pasando? Esto no es propio de ti. Tú no bebes en mitad del día.
–Técnicamente ya ha pasado la mitad del día –apuntó Nevada. Ahí estaba ya: un ligero zumbido atravesándole el cerebro.
–Bien. Normalmente estarías en la oficina, pero en cambio... –Dakota suspiró–. Tu entrevista. Ha sido hoy.
–¡Ajá! –miró hacia la barra deseando que Jo se diera prisa.
–Tendría que haber salido bien –dijo Montana, tan leal como siempre–. ¿No sabía el señor Janack lo cualificada que estás? Necesita a alguien con tu experiencia para ocuparse del factor local. Además, estás muy guapa.
Nevada inhaló el aroma de las tortillas y del queso y su estómago bramó. No había almorzado porque los nervios provocados por la entrevista la habían obligado a seguir trabajando.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Dakota, al parecer menos interesada que su hermana en el aspecto de Nevada–. ¿Por qué crees que la entrevista no ha ido bien?
–¿Qué te hace pensar que yo creo eso? –preguntó Nevada, sintiendo cómo el zumbido tomaba fuerza con cada segundo que pasaba. Incluso así, cuando Jo le llevó la segunda copa, dio un gran trago.
–Verte beber así ha sido la primera pista.
Tener una hermana psicóloga era un arma de doble filo.
–No quiero hablar de ello. Si quisiera, habría ido a veros a las dos, pero no lo he hecho. Estoy aquí emborrachándome. Dejadme tranquila.
Sus hermanas se miraron y, si Nevada se paraba a pensarlo, probablemente descubriría en qué estaban pensando ellas. Después de todo, genéticamente eran iguales. Pero ahora mismo lo único que le preocupaba eran los olores que emanaban de la cocina de Jo.
–Nevada... –comenzó a decir Montana con una suave voz.
No hizo falta más. Una sola palabra. ¿Por qué no podía ser como el resto de la gente y odiar a su familia? En ese momento, un buen distanciamiento le parecía el plan perfecto.
–De acuerdo –refunfuñó–. La entrevista no ha sido con el señor Janack, Elliot, el padre. Ha sido con Tucker.
–¿El chico que era amigo de Ethan? –preguntó Dakota como si no estuviera segura del todo, y era normal, teniendo en cuenta que solo lo había visto en una ocasión, un verano cuando eran niños.
–No lo entiendo –dijo Montana–. ¿Ahora lleva la empresa?
–Dirige todo el proyecto –respondió Nevada sin dejar de mirar la puerta de la cocina.
–¿Y por qué es un problema? –preguntó Dakota.
Nevada abandonó toda esperanza de recibir su comida pronto y miró a sus hermanas.
–Conozco a Tucker. Cuando me marché a la universidad, Ethan me dijo que lo buscara y lo hice.
–De acuerdo –interpuso Montana algo confundida–. ¿Pero entonces no es bueno el hecho de que lo conozcas?
–Me he acostado con él. Y, como entenderéis, eso hace que la entrevista resulte muy incómoda.
Jo apareció con la quesadilla y varias servilletas. Dejó el té de hierbas delante de Dakota y le entregó a Montana su cola light antes de dejar una cesta de patatas fritas y un cuenco de ensalada en el centro de la mesa.
Nevada agarró una porción de quesadilla y le dio un mordisco ignorando las miradas de asombro de sus hermanas.
–Pero hoy no –susurró Montana–. ¡No estarás diciendo que te has acostado hoy con él!
Nevada terminó de masticar y tragó.
–No. No he mantenido sexo durante mi entrevista. Fue antes. En la universidad.
Comió un poco más mientras sus hermanas la miraban expectantes. Montana fue la primera en romper el silencio.
–¿Qué pasó? No nos lo habías contado nunca.
Nevada se limpió las manos con una servilleta y dio un sorbo a su bebida. Ahora el zumbido era más fuerte y eso haría que expusiera su secreto con mayor facilidad.
–Cuando me fui a la universidad, Ethan me pidió que buscara a Tucker porque estaba trabajando por la zona.
Aunque sus hermanas y ella habían estado extremadamente unidas, habían tomado la decisión de ir a universidades distintas, y esos cuatro años separadas les habían dado la oportunidad de afirmar sus identidades. Y mientras que en su momento había parecido una buena idea, ahora se preguntaba si las cosas habrían ido mejor de haber estado sus hermanas cerca.
–No me interesaba especialmente pasar algo de tiempo con un amigo suyo, pero no dejaba de insistir, así que lo hice y Tucker y yo quedamos en vernos.
Aún recordaba el momento en que entró en la enorme sala del complejo industrial. Los techos probablemente medían unos diez metros y entraba mucha luz por todas las ventanas. Había una gran plataforma en el centro y una bella mujer sosteniendo un soplete. Pero lo que le había llamado la atención era el hombre que se encontraba también en aquella plataforma. Ese Tucker, ya maduro, se parecía poco al chico que recordaba.
–Fue una de esas cosas que pasan –dijo después de darle otro bocado a la quesadilla, masticar y tragar–. Lo miré y caí rendida. No tuve elección.
Montana se inclinó hacia ella.
–Pues eso no es algo malo.
–Lo es cuando el tipo en cuestión está locamente enamorado de otra. Tenía novia. Yo estaba loca por él y él lo estaba por otra y quería ser mi amigo. Fue un infierno.
–¿Quién era ella? –preguntó Dakota–. ¿Otra estudiante?
Nevada se encogió de hombros.
–No importa –de ningún modo pronunciaría su nombre porque existía la posibilidad de que lo reconocieran y ella no quería hablar de Cat–. Salí con ellos unas cuantas veces, pero después no pude soportarlo más y me distancié. Una noche me enteré de que habían roto y fui a ver a Tucker. Estaba muy borracho y tuvimos una relación sexual bastante mala.
No mencionó que básicamente ella se había abalanzado sobre él y que le sorprendía que él se acordara de que había estado con ella porque, después de todo, había pronunciado el nombre de Cat en el momento crucial.
Suspiró.
–Fue un desastre. Volvieron, yo me quedé destrozada y eso fue todo. No volví a verlo. Hasta hoy.
Pero había mucho más porque el hecho de que Tucker hubiera elegido a Cat antes que a ella la había hundido, aunque eso no había sido ninguna sorpresa en realidad porque Cat era preciosa y habían estado juntos antes. Aun así, le había partido el corazón y se sentía humillada y, por si eso fuera poco, el sexo con él había sido espantoso. Tanto que había esperado casi tres años antes de arriesgarse a volver a intimar con nadie.
–Quería el trabajo –dijo levantando su vaso–. Quería esa oportunidad.
–No sabes que no te vaya a contratar –le dijo Montana–. Eres la mejor candidata.
–No creo que eso sea un factor decisivo.
Dakota le dio un sorbo a su té.
–¿Ha sido duro volver a verlo?
–Ha sido un gran impacto. Me esperaba encontrarme a su padre, aunque eso no es lo que estás preguntándome, ¿verdad?
–No.
Nevada pensó en la pregunta no formulada.
–Lo he superado, ya lo he olvidado. Fue hace mucho tiempo y yo era joven y tonta. Ahora todo es distinto.
–¿No queda ningún sentimiento? –preguntó Dakota.
–Ni uno.
Nevada habló con tanta rotundidad como podía permitirse una persona casi borracha. La buena noticia era que estaba segura de que ni siquiera estaba mintiendo.
Capítulo 2
Tucker nunca se había parado a pensar demasiado en los pueblos pequeños de Estados Unidos. Principalmente su trabajo lo llevaba a lugares remotos donde tenían que crear su propia infraestructura para poder realizar el trabajo, o a zonas urbanas que, normalmente, estaban viniéndose abajo. No estaba acostumbrado a ver alegres escaparates y gente simpática paseando por aceras limpias. En los diez minutos que había tardado en ir de su hotel al centro del pueblo, lo habían saludado en multitud de ocasiones, le habían dicho que pasara un buen día, le habían comentado qué agradable era el tiempo que estaban teniendo y un diminuto caniche con un jersey rosa se había acurrucado contra él.
Ya había estado en Fool’s Gold antes, cuando tenía unos dieciséis años. Su madre había muerto cuando él era muy pequeño, así que su padre lo había llevado con él a todas las obras de construcción. Había crecido por todo el mundo y se había educado entre escuelas locales y tutores. A su padre le había preocupado que no estuviera relacionándose socialmente lo suficiente con niños de su edad, así que cada verano lo enviaba a un campamento distinto de Estados Unidos. Un año había sido un campamento espacial, otro un campamento de arte dramático, y el año en que había cumplido los dieciséis, un campamento de ciclismo donde había conocido a Ethan Hendrix y a Josh Golden.
Los tres habían sido inseparables durante todo el verano. Josh y Ethan se tomaban muy en serio el ciclismo e incluso Josh había terminado dedicándose a ello. Tucker había entrado en el negocio familiar y había ido allí adonde lo llevaba el siguiente gran proyecto. Ethan se había quedado en Fool’s Gold.
Cruzó una calle estrecha y vio el cartel de Construcciones Hendrix. Durante su época de instituto, Ethan había planeado ir a la universidad para luego marcharse de Fool’s Gold, y Tucker y él habían hablado sobre el hecho de que Ethan trabajara para Construcciones Janack. Habían soñado con construir una presa en Sudamérica o un puente en la India, pero el padre de Ethan había muerto dejándolo a él como responsable del negocio familiar. Siendo el mayor de seis hermanos, y con una madre destrozada, a Ethan no le habían quedado muchas opciones.
Tucker abrió la puerta de la oficina y sonrió a la recepcionista.
–Me gustaría ver a Nevada, por favor.
Había llegado lo suficientemente pronto como para encontrarla allí antes de que se hubiera marchado a alguna obra, pero aun así se esperaba que le preguntaran si había concertado cita. Por el contrario, la recepcionista señaló una puerta en la parte trasera de la gran sala.
–Está en su despacho.
–Gracias.
Rodeó un par de mesas vacías y llamó a la puerta abierta.
Nevada estaba de espaldas a él junto a un archivador y durante el segundo que tardó en girarse, él vio que llevaba unos vaqueros y una camiseta en lugar de los pantalones y la chaqueta del día anterior. Unas gruesas botas de trabajo le sumaban unos cuantos centímetros a su estatura y la acercaban más a la altura de sus ojos. Era alta y esbelta y con curvas ahí en los lugares adecuados.
Atractiva y sexy, pensó, y seguro que también lo había sido durante la época de la universidad, aunque por aquel entonces él ni se había fijado. Estar con Cat había sido como mirar al sol: no había podido ver ninguna otra cosa. La vida habría sido mucho más sencilla si se hubiera enamorado de alguien normal como Nevada en lugar de Cat.
Cuando Nevada se giró, vio que no llevaba mucho maquillaje y que su tez era pálida.
–Buenos días.
Ella lo miró asombrada.
–Tal vez lo sean para ti.
Tenía los ojos rojos y un poco hinchados. A juzgar por las ojeras, supuso que había pasado una mala noche.
–¿Resaca? –le preguntó en voz baja.
–No quiero hablar de ello.
¿Había estado bebiendo por su culpa? Esperaba ser la causa de su malestar mañanero, aunque solo fuera porque eso demostraba que su encuentro la había causado tanto impacto como a él.
–Sea lo que sea lo que estás pensando, para.
–¿Por qué?
–Tienes actitud de engreído y resulta irritante. Es más, deberías irte. ¿Por qué estás aquí? ¿Estás buscando a Ethan?
–Estoy buscándote a ti.
Ella se tocó la frente, como intentando borrarse el dolor.
–Pues no sé por qué.
–Seguro que sí.
A pesar de las ojeras y de la lividez, seguía resultando atractiva. Le gustaba ver a Nevada con vaqueros y camiseta más que vestida formalmente para una entrevista. Con esa ropa se parecía más a la mujer que recordaba.
–Quiero que lo repitamos... me refiero a la entrevista –añadió, por si ella se pensaba que se refería al sexo, aunque él no le diría que no a una oportunidad de demostrarle que no era tan malo en ese campo.
–No me queda nada por decirte. Ya tienes mi curriculum, con eso basta.
–Tienes razón. Basta. Quiero contratarte como directora de construcción.
–Vete al infierno.
–¿Es eso un «me lo pensaré»?
–Es un «vete al infierno». No me interesa que jueguen conmigo.
–¿Y por qué crees que estoy jugando contigo?
–Solo estás ofreciéndome el puesto porque dije que eras pésimo en la cama.
Él se estremeció.
–Este proyecto tiene un valor de diez millones de dólares. ¿Crees que lo arriesgaría por mi ego? –se movió hacia ella–. Estás más que cualificada y eso es importante, pero como señalaste ayer, eres de la zona y sabes cómo se hacen las cosas por aquí. Puedes ayudarnos a evitar errores.
Esa era una lección que había aprendido por las malas en más de una ocasión. Prestarle atención a las aparentemente tontas expectativas y costumbres de los lugareños podía suponer la diferencia entre llegar a tiempo con un proyecto sin salirse del presupuesto y que todo se viniera abajo.
–Sé que te interesa. De lo contrario, no te habrías molestado en presentar la candidatura ni en ir a la entrevista.
–Se suponía que hablaría con tu padre, no contigo –dijo bruscamente–. No quería volver a verte nunca.
–Pues yo estoy al mando.
–Exacto, y por eso lo mejor es que te marches ahora.
Fue muy clara y, aunque a él no le gustó, no estaba dispuesto a suplicarle. Asintió y se marchó, aún algo confuso por lo que estaba pasando. Un momento después estaba cruzando el aparcamiento cuando una camioneta se detuvo a su lado.
–¡Estás muy lejos del Amazonas! –le gritó una voz familiar.
Tucker vio a Ethan salir de la camioneta y sonreír.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó Tucker.
Ethan y él se estrecharon la mano y se dieron unas palmaditas en la espalda.
–Dirijo este lugar –respondió Ethan señalando al cartel–. Aunque últimamente no estoy mucho por aquí, estoy con los aerogeneradores.
Tucker sabía que su amigo se había introducido en la construcción de molinos; la energía eólica era un campo en constante crecimiento y el producto de Ethan era muy demandado.
–Tengo unos cuantos nombres para ti –le dijo Ethan sacando un maletín del asiento del copiloto–. Son unos buenos tipos a los que querrás contratar. Un par de ellos trabajan para mí, pero les dejaré irse. Ahora que Nevada se marcha, habrá menos trabajo de construcción.
–¿Se marcha? ¿Adónde?
–A trabajar para ti –Ethan parecía sorprendido–. Sé que ha solicitado el puesto.
–Sí, y acabó de ofrecérselo, pero lo ha rechazado.
–No lo entiendo. Estaba emocionada con la oportunidad.
–Y yo quería que se uniera a nosotros.
Tenía que pasar algo más, pensó Tucker, no podía ser solo por el pasado. Suponiendo que lo que había dicho fuera verdad, que el tiempo que habían pasado juntos hubiera sido espantoso, ni siquiera eso era suficiente para rechazar trabajar con él. No era un cretino como jefe.
–Estaba pensando en darle una cuadrilla de mis mejores hombres.
Ethan frunció el ceño.
–Deja que hable con ella.
Tucker sacudió la cabeza.
–No. O quiere el trabajo o no lo quiere. Tiene que ser su elección.
–De acuerdo, pero no creas que esto significa que vas a estar en el pueblo y vas a poder evitarme. Quiero que vengas a cenar. Así podrás conocer a Liz y a los niños. Verás todo lo que te has perdido con tu nómada estilo de vida.
–Me gusta mi nómada estilo de vida.
–Eso es porque nunca fuiste tan listo como nosotros.
Nevada hizo lo que pudo por ignorar el golpeteo que sentía dentro de su cabeza. Había tomado tantas aspirinas como eran seguras y se había hidratado lo suficiente como para regar quince acres de maíz, pero aún se sentía como si lo más inteligente hubiera sido pegarse un tiro esa misma mañana.
Jo había intentado advertirla; había sido muy específica sobre las consecuencias de beber tanto, especialmente tratándose de una persona que solía limitarse a una sola copa. Pero, ¿la había escuchado? Por supuesto que no. Y ahora estaba pagando el precio con una jaqueca y un cuerpo al que le dolía todo menos las pestañas.
–No me puedo creer que hayas rechazado el trabajo.
Esas inesperadas palabras la hicieron sobresaltarse. Alzó la mirada y vio a su hermano de pie en la puerta de su despacho. Tucker sí que había ocupado bien ese espacio, pensó al recordar lo guapo que lo había visto y lo mucho que eso la había enfurecido.
–No quiero hablar de ello –farfulló preguntándose cuándo el alcohol abandonaría su organismo de una vez por todas.
–Pues vas a tener que hacerlo. Esto es lo que querías. Dijiste que querías un desafío, un reto, y Tucker está ofreciéndotelo. Cree que serías muy buena para su equipo.
Haberle contado a sus hermanas lo que había pasado era una cosa, pero explicarle los detalles a su hermano no era algo que le apeteciera.
–Ya no me interesa.
–¿Por qué? No lo entiendo. ¿Tienes miedo?
–No.
–Entonces, ¿qué?
Ethan era un fantástico hermano mayor. En el colegio, había cuidado de sus hermanas pequeñas y, siendo adulto, había renunciado a sus sueños para poder dirigir el negocio familiar y que sus hermanas fueran a la universidad. Había convertido a Construcciones Hendrix en una empresa mucho mayor y había iniciado un exitoso negocio de molinos de viento, también. Era un buen tipo y, precisamente por eso, no podía contarle lo que había pasado con Tucker. Ethan sentiría la necesidad de hacer algo y eso no haría más que complicar la situación.
–Ethan, te quiero. No pasa nada, olvídalo.
Se quedó mirándola y después se encogió de hombros.
–Tucker es un gran tipo. ¿Por qué no quieres trabajar para él?
–No quiero.
–Estás siendo una idiota. Lo sabes, ¿verdad?
–Sí.
–De acuerdo. Es tu decisión.
Se marchó.
Nevada se quedó sola en su despacho con el pasado amenazando con colarse en el presente. Intentó mantenerse ocupada con el trabajo, pero no era capaz ni de mirar la pantalla del ordenador. No, con semejante dolor de cabeza. De modo que, rindiéndose ante lo inevitable, dio por terminado el día y se marchó a casa.
El final del verano era una época preciosa en las faldas de Sierra Nevada. Fool’s Gold se encontraba a setecientos sesenta metros, lo suficientemente alto como para disfrutar de las cuatro estaciones, pero no tanto como para seguir teniendo nieve hasta junio. Al este se encontraban las escarpadas cimas, al oeste los viñedos y la autopista que conducía a Sacramento.
Nevada tomó un camino a casa ligeramente más largo, especialmente porque quería pasar por calles más tranquilas donde era menos probable que se topara con alguien conocido y tuviera que pararse a charlar. Entre que se encontraba fatal y que tenía la extraña necesidad de llorar, quería simplemente estar, sin más, sin mayores pretensiones.
Como siempre, ver su casa la hizo sentirse mejor. La había construido en los años veinte un hombre al que le encantaba el estilo victoriano. La casa de tres plantas se alzaba sobre el resto de las casas y parecía fuera de lugar entre esas mucho más modernas. La había comprado hacía tres años y ella misma se había encargado de la reforma.
Era de color gris claro con torrecillas a cada lado; en una de ellas se encontraba el baño principal y la otra formaba parte de la habitación de invitados.
Había convertido la planta principal en dos pequeños apartamentos que alquilaba a universitarios. Ese año sus inquilinos eran dos estudiantes que hacían algo con ordenadores. No estaba segura de qué, pero eran muy tranquilos y pagaban las mensualidades a tiempo, así que por ella todo estaba perfecto.
Subió la escalera principal hasta su casa, que ocupaba dos plantas. Después de pasar por el salón, subió otro tramo de escaleras hasta la tercera planta y entró en su baño.
Había invertido gran parte de su tiempo y de su presupuesto en ese baño y en la cocina y le encantaba el resultado final. El baño era enorme, con una ducha separada y una bañera de cuatro patas. Unas grandes ventanas tintadas dejaban entrar el sol a la vez que le daban privacidad y, cuando se tumbaba en la bañera, podía ver la chimenea del dormitorio principal.
Ahora, aún con la cabeza golpeteándole, abrió el grifo del agua y echó un puñado de sales con aroma a jazmín. En cuestión de segundos, el agradable olor se había mezclado con el vapor y ya empezaba a relajarla.
Entró en el dormitorio y se quitó las botas y la ropa. Se puso un albornoz y volvió al baño donde esperó a que la bañera se llenara. Sin querer, recordó la vez que conoció a Tucker. Tendría unos diez años y Ethan y Josh lo habían llevado a casa al salir del campamento de ciclismo. Lo más emocionante de su visita fue que su padre había ido a buscarlo en un avión privado y eso le había resultado más interesante que el propio muchacho. Unos ocho años después, cuando se había marchado a la universidad, Ethan le había dicho que buscara a su viejo amigo. Ella lo había llamado y se había quedado sorprendida al ver lo entusiasmado que había quedado Tucker ante la idea de volver a verla.
Le había dado la dirección del complejo industrial junto al aeropuerto de Los Ángeles, y ahora Nevada recordaba lo mucho que la había sorprendido la ubicación. La dirección era la de un edificio casi tan grande como un hangar y lo primero en lo que se fijó al salir de su pequeña camioneta fue en el sonido de la música: un ritmo rock que había hecho que traquetearan las ventanillas.
Había llamado a la puerta medio abierta, pero nadie había respondido, probablemente porque nadie habría podido oírla. Había empujado la puerta y había entrado.
Era un lugar enorme con altos techos y, tal vez, unos mil metros cuadrados. Los grandes ventanales dejaban que el sol de Los Ángeles lo iluminara todo, el suelo era de cemento y la música sonaba mucho más fuerte incluso ahí dentro. El bajo hizo que le vibrara el pecho.
Pero lo que más le llamó la atención fue el andamiaje en el centro de la impresionante sala. Llegaba casi hasta el techo y era una estructura llena de plataformas y barandillas que rodeaba a una gigantesca y retorcida pieza de metal.
La pieza parecía enroscarse sobre sí misma a la vez que ascendía. Mientras la observaba, tuvo la sensación de que los fragmentos se habían venido abajo y que se habían vuelto a colocar, pero no en el orden correcto. Era una obra que generaba una sensación de tragedia, de pérdida.
Al cabo de unos segundos se fijó en una mujer situada en lo alto del andamiaje y rodeada de chispas. Era alta y delgada.
–¡Has venido!
La voz venía de su izquierda, y fue un grito que se pudo oír por encima de la música. Se giró y vio a Tucker, con la diferencia de que ya no era el chico alto y delgado que recordaba. Ese tipo era guapo y tenía unos hombros anchos, una agradable sonrisa y unos ojos que resplandecieron al verla. A pesar de la fuerte música, el extraño edificio y esa obra nada convencional, todo desapareció y el mundo se redujo a Tucker.
Nevada nunca había creído en el amor a primera vista, nunca había creído que fuera posible que un alma reconociera a otra, nunca había sabido lo que era que le robaran el aliento. Se quedó allí clavada al suelo, incapaz de moverse o de hablar. Solo podía mirar al hombre al que sabía que amaría durante el resto de su vida.
Él dijo algo porque ella vio cómo se movían sus labios, pero no pudo captar el sonido. Después se rio, le agarró el brazo y la llevó afuera.
–Hola –dijo cuando estaban en la relativa tranquilidad del aparcamiento–. Has venido.
–Sí.
La abrazó y su cuerpo resultó cálido contra el de ella. Quería apoyarse en él, perderse en su fortaleza y en su calor, pero Tucker se puso derecho demasiado deprisa a pesar de que Nevada no estaba preparada para dejarlo marchar. Aún no.
–¿Qué tal la universidad?
–Bien. Estoy adaptándome a las clases.
–¿Y te encuentras cómoda en tu habitación?
Parecía más un padre que un amigo, pero ella asintió de todos modos.
–¿Está bien Ethan?
–Sí, va tirando.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Tucker.
–Siento lo de tu padre.
–Gracias.
Su padre había muerto inesperadamente ese verano dejando a toda la familia impactada y devastada. Aunque sus hermanas y ella habían protestado por no querer marcharse a la universidad, su madre había insistido. Ethan había sido el único que había renunciado a sus sueños para ocuparse del negocio familiar.
–Es complicado. Aún no me puedo creer que haya muerto.
Tucker la rodeó con el brazo y la besó en la cabeza.
–Quiero decirte que irás encontrándote mejor aunque ahora mismo eso no signifique mucho.
–Sé que no dolerá tanto dentro de un tiempo, pero ahora mismo es muy duro.
La miró a los ojos e hizo que ese vacío se disipara. Seguía rodeándola con el brazo y Nevada se preguntaba si él también habría sentido esa conexión.
Por primera vez deseó haber tenido más experiencia en lo que concernía a los hombres. En el instituto nunca le había dado importancia y había salido con algún que otro chico, pero nunca había tenido un novio de verdad.
–¿Quieres almorzar? –le preguntó él.
El corazón le dio un brinco. Sí, de acuerdo, no era una cita, pero se acercaba mucho.
–Me gustaría.
–Bien –bajó el brazo–. Deja que vaya a ver si Cat quiere tomarse un descanso –sacudió la cabeza–. Tiene el típico temperamento de artista y nunca sé cuándo va a echarme la bronca, así que no te sorprendas si oyes muchos gritos.
Parecía más emocionado que molesto ante la idea.
–¿Cat? –preguntó ella recordando a la soldadora, pero Tucker ya había entrado en el edificio.
Nevada fue hacia la puerta y lo vio subir por el andamio. Cuando llegó a la soldadora, le tocó el hombro. Las chispas cesaron y la mujer se quitó la máscara protectora. Incluso desde la distancia, pudo ver que era una belleza. Una melena larga y oscura le caía a mitad de la espalda en forma de ondas. Su rostro poseía una belleza clásica: ojos grandes, pómulos altos y carnosa boca. La mujer se quitó el mono de trabajo y dejó ver una ajustada camiseta y unos pantalones cortos sobre unas largas y perfectas piernas y una cintura tan fina como la de una modelo.
Tucker y ella descendieron del andamio juntos.
De nuevo, Nevada se vio incapaz de moverse, pero ahora no por la presencia de Tucker, sino por sentirse insignificante. La mujer era mayor que ella y, probablemente, un par de años mayor que Tucker. A pesar de llevar ropa informal, tenía un aire de sofisticación. Era de esa clase de mujeres a las que los hombres escribían canciones y por las que iban a la guerra. Era una de esas mujeres a los que los hombres amaban.
Cuando la pareja se acercó, Nevada quiso echar a correr, pero se obligó a permanecer allí sabiendo que si lo intentaba, probablemente acabaría tropezándose con su propio pie.
–Así que tú eres la amiga de Tucker –dijo la mujer con una sensual voz y un ligero acento–. Estoy encantada de conocerte al fin. Soy Caterina Stoicasescu –extendió una larga y delgada mano.
–Nevada Hendrix.
Nevada estrechó la fuerte y arañada mano evitando en todo lo posible quedarse con la boca abierta. Miró a la mujer, a la escultura, y de nuevo a la mujer.
¿Caterina Stoicasescu? Era famosa, todo un talento. La habían descubierto cuando era pequeña, antes incluso de ser adolescente. Sus esculturas eran consideradas brillantes y Nevada sabía que su obra estaba expuesta por todo el mundo, que era una persona muy conocida y rica.
–¿Vienes de un pueblo pequeño, verdad? –preguntó Caterina.
–Fool’s Gold. Está en las laderas de la cordillera de Sierra Nevada. Es precioso y muy pintoresco. Probablemente un sitio muy distinto a los que usted suele frecuentar en su vida habitual.
Caterina sonrió y estrechó sus penetrantes ojos verdes.
–Así que has oído hablar de mí. Eso está bien.
–No soy una experta, por supuesto, pero sí. Su trabajo... –señaló a la escultura–. Es precioso.
Caterina se acercó a ella y ambas contemplaron la pieza.
–Dime, ¿qué sensación te produce?
Nevada tragó saliva.
–Yo... eh... no sé muy bien qué está preguntándome.
–Cuando la miras, ¿qué piensas? ¿Qué has pensado al verla?
–Soy estudiante de Ingeniería –comenzó a decir mientras se sonrojaba. Miró a Tucker esperando que él la rescatara, pero no estaba mirándola. Tenía la mirada clavada en la otra mujer.
–Eres inteligente, lo veo. ¿Qué has sentido?
–Tristeza. Como si hubiera pasado algo malo.
Caterina alzó las manos al aire y dio una vuelta.
–¡Sí, exacto! –agarró a Nevada por los hombros y la besó en las mejillas–. Gracias.
Nevada estaba atónita.
–De nada, señorita Stoicasescu.
–Cat, por favor. Todos mis amigos me llaman así –se agarró del brazo de Nevada y señaló el metal–. Es el final de la guerra. No es algo muy probable, pero lo he hecho como recordatorio del dolor que todos sentimos. No tenía planeado qué iba a ser. Yo soy solo un conducto por el que sale el arte.
Cat se giró hacia ella.
–Bueno, cuéntamelo todo sobre ti. Sé que vamos a ser grandes amigas.
Nevada estaba asombrada.
–¿Qué quieres saber?
–Todo. Empieza por el principio. Yo soy de Rumanía. ¿Tienes hermanos? Sí, debes de tenerlos porque Tucker te conoce por eso. Tenemos que hacer algo juntas. Tal vez ir a una fiesta.
–Había pensado en que fuéramos a almorzar –apuntó Tucker.
Cat soltó a Nevada y se giró hacia él. Ladeó la cabeza ligeramente y su melena negra azulada cayó sobre su hombro.
–Pensé que íbamos a quedarnos aquí.
En el momento en que Cat pronunció esas palabras, todo cambió y fue como si la electricidad y el calor llenaran el aire. Nevada había estado mirando a Tucker y por eso pudo ver cómo se le dilataron las pupilas y se le tensaron los hombros.
Sin dejar de mirar a la bella mujer, él respondió:
–¿Lo dejamos para otro momento, Nevada?
Incluso con su absoluta carencia de experiencia en el terreno de los hombres y el sexo, Nevada supo lo que había pasado y lo que pasaría en el momento en que se marchara. Harían el amor, allí mismo, en el suelo. Porque estaban juntos y Cat era la clase de mujer que despertaba una increíble pasión en los hombres.
–Claro –susurró ella ya dirigiéndose hacia la puerta.
Se sintió como una estúpida y como si estuviera fuera de lugar. Le dolía el corazón al verse forzada a aceptar que Tucker no había sentido la conexión y que la veía como la hermana pequeña de Ethan porque amaba a Cat.
Cuando salió a la calle, los ojos le ardieron bajo la brillante luz del sol. Quería volver, decirle que se equivocaba, que debía darle una oportunidad. Y lo hizo, pero vio que Cat y Tucker ya estaban abrazándose. Su beso fue más intenso y más apasionado que nada que hubiera visto o imaginado nunca. Las manos de él acariciaban su cuerpo como reclamándolo.
Avergonzada, cerró la puerta y corrió a su camioneta. Se dijo que no importaba, que no volvería a ver a Tucker y que lo que fuera que había sentido por él se desvanecería tan rápido como había llegado. En un par de días se habría olvidado de él.
Capítulo 3
–Sabes que no me gusta entrometerme –dijo Denise Hendrix mientras vertía pepitas de chocolate en un cuenco.
–Ojalá eso fuera verdad –Nevada se apoyó contra la encimera y vio cómo su madre removía la masa de galletas–. Te encanta entrometerte.
–No. Me encanta llevar la razón –su madre le sonrió–. Hay diferencia.
–Una muy sutil.
Estaban en la cocina de su madre, en la casa familiar de los Hendrix donde Nevada había crecido. Habían hecho distintas reformas a lo largo de los años y la más reciente había sido la remodelación de la cocina, pero nada podría cambiar el hecho de que esa casa fuera su casa del alma.
Su madre comenzó a colocar hileras de masa sobre el papel de horno.
–¿Quieres hablar de ello?
–No hay mucho que decir. La entrevista ha ido mal. Esperaba encontrarme a Elliot Janack, pero era Tucker.
–Creía que te caía bien Tucker.
Nevada pensó en lo enamoradísima que había estado de Tucker todos esos años, aunque tal vez no había sido amor de verdad porque, cuando todo empezó, ella era joven e ingenua y se había visto metida en un mundo para el que no estaba preparada.
–Que me caiga bien no es el problema.
Le relató brevemente su corto pasado juntos y el único encuentro sexual ahorrándole a su madre los detalles.
–Estaba avergonzada por lo que había pasado entre los dos, pero él no dejaba de sacarlo a relucir. Te juro que solo quiere contratarme ahora para limpiar su reputación y eso no me interesa. El trabajo es una gran oportunidad, pero no bajo estas circunstancias.
–¿Te ha pedido que volváis a tener sexo para poder redimirse?
–No, pero yo no quiero un trabajo por lástima.
Denise soltó la cuchara y la miró.
–¿Estás diciendo que quiere darte un trabajo para compensar que fue malo en la cama?
Nevada se estremeció.
–Tenía más sentido cuando estaba pensándolo dentro de mi cabeza, pero ahora que me lo has preguntado, suena estúpido.
–Seguro que hay una razón para eso.
Denise Hendrix se había casado joven y había tenido tres chicos en menos de cinco años. Decidida a tener una hija, se había quedado embarazada una última vez y se había encontrado con trillizas. Había asumido el impacto con su habitual humor y había criado a sus seis hijos sin problemas y dejando asombrada a la mayoría de la gente.
Viuda desde hacía once años, por fin había empezado a salir, pero su vida social no la mantenía tan ocupada como para no tener tiempo para decirle a sus hijos exactamente lo que pensaba y eso era tanto una bendición como una maldición.
–Si a Tucker le preocupara de verdad su reputación, no te contrataría. Saldría corriendo todo lo deprisa que pudiera o intentaría acostarse contigo para luego marcharse. ¿Por qué iba a arriesgarse a que le contaras a toda la cuadrilla que pasaste una noche con él?
–Porque sabe que yo jamás haría eso.
–¿Lo sabe? Pues no parece que se tomara el tiempo suficiente para conocerte.
–Las cosas eran complicadas por entonces –murmuró sin querer entrar en el asunto de Cat. Sí, Tucker había sido un horror en la cama, pero había sido ella la que se había echado sobre él en cuanto se había enterado de que Cat y él habían roto. Prácticamente le había suplicado que se acostara con ella. Por desgracia, su breve encuentro no le había aportado nada y, por el contrario, sí que le había partido el corazón.
–Si te importan tus sueños, entonces te han dado una oportunidad excelente. Odiaría ver cómo la echas a perder y luego te lamentas por ello. Vivir con eso debe de ser muy difícil.
Nevada miró a su madre.
–¿Tú te lamentas de algo?
–No de mucho. He tenido suerte, tuve un marido maravilloso y tengo a mis hijos.
–Y tus hijos somos increíbles.
Denise se rio.
–Sí, sí que lo sois –acarició el brazo de Nevada–. Esto es lo que dijiste que querías, ¿por qué dejar que una sola noche se interponga? Sois adultos. Podéis dejar esto atrás y decidir seguir con vuestras vidas.
–Estás siendo racional y eso siempre es desconcertante.
–Es importante hacerte pensar.
Nevada respiró hondo.
–Tienes razón. Quiero el trabajo y solo fue una noche. ¡Pero si solo fueron cinco minutos! Tendría que ser capaz de olvidarlo.
En lugar de volver con sus galletas, Denise levantó el teléfono.
–Puedes llamar ahora mismo.
Nevada gruñó.
–Esto me recuerda a cuando me traje a casa la Barbie Adolescente de Pia. Me hiciste volver y disculparme.
Se quedó mirando el teléfono.
–De acuerdo, llamaré.
Sabiendo que pensar demasiado en ello solo complicaría más las cosas, sacó la tarjeta de visita de Tucker del bolsillo de sus vaqueros y marcó. Dos tonos después, oyó su voz.
–Janack.
–Hendrix –respondió ella antes de poder evitarlo–. Eh... soy Nevada.
–Ey, hola, ¿qué tal?
Ella se aclaró la voz.
–He pensado que podríamos terminar nuestra entrevista.
El silencio se prolongó entre los dos y ella se tensó por dentro. ¡Maldita fuera! Iba a decirle que no, iba a decirle que había cambiado de opinión.
–Genial. ¿Estás libre ahora? Voy a la obra y me gustaría enseñarte lo que estamos haciendo.
Ella abrió la boca y la cerró.
–Eh... claro.
–Te veo en veinte minutos.
Colgó y Nevada hizo lo mismo.
–Voy a verlo en la obra. Vamos a hablar.
Su madre sonrió.
–¿Seguro que es lo único que vais a hacer?
–Maaaaamá.
Denise se rio y la abrazó.
–Todo irá bien.
–Eso no puedes saberlo.
Denise sonrió.
–Estoy segurísima.
Tucker estaba a un lado de la carretera. El primer trabajo que había hecho su cuadrilla había sido despejar una zona para aparcamiento y para guardar el material pesado. Ahora con eso terminado, el verdadero esfuerzo comenzaría. Construir un hotel casino supondría cientos de miles de horas y millones de dólares durante casi dos años. Él tenía planeado terminar antes y por debajo del presupuesto, y para eso necesitaba al equipo correcto y mucha suerte.
Se giró cuando un Ford Ranger azul claro se detuvo a su lado.
Nevada estaba muy guapa, pensó al fijarse en sus vaqueros y su camiseta. Era una de sus combinaciones favoritas y le resultaba muy sexy, aunque eso no se lo diría a ella. Quería que trabajara para él y eso significaba que iban a pasar muchas horas juntos y el mejor modo de superarlo era comportarse como un profesional. Además, hacía tiempo había aprendido que encontrar a una mujer irresistible era un desastre y no necesitaba volverse a ver en una situación así.
–¿Qué te parece? –preguntó asintiendo hacia la vasta extensión de tierra.
–Son cien acres, ¿verdad?
–Sí –señaló al este–. Hasta la arboleda tenemos aproximadamente una tercera parte –indicó el resto del camino–. Nos meteremos en la montaña.
–¿No levantará eso a los espíritus? –preguntó ella con humor en sus ojos marrones.
–Olvidas que soy uno de ellos, así que estarán encantados de verme.
–Eso es verdad. ¿Eres parte de la tribu Máa-zib por tus dos padres?
Él asintió.
–Entonces, técnicamente tu padre o tú teníais que ser los que comprarais la tierra. Una empresa no podría poseerla.
–Eso es. Se la hemos alquilado a la corporación para el proyecto.
–Eres un magnate inmobiliario.
–Soy propietario de una parte.
–Aun así, es impresionante.
–¿Estás impresionada?
Ella sonrió.
–Es posible.
–Dime qué más haría falta.
–Podrías enseñarme los planos.
Fueron hasta la camioneta de Tucker y él sacó del asiento una copia de los planos. Bajó la puerta trasera y extendió sobre ella los planos.
–Vamos a utilizar cada centímetro de tierra. Habrá una carretera que rodee todo el complejo. El casino estará aquí junto con el hotel.
–Vais a mantener los árboles más antiguos –dijo ella sin levantar la mirada–. Me gustan los senderos para pasear –desplazó el dedo hasta la montaña–. Van a hacer falta importantes labores de voladura para poder quitar toda esta tierra.
–¿Alguna vez has hecho voladuras?
Ella se giró hacia él.
–No, pero me gustaría.
–Pues quédate conmigo, pequeña.
–Es tentador.
No le sorprendió que Nevada se viera más atraída por la promesa de una gran voladura que por la de un gran despacho. Ella siempre había sido así: entusiasta e inteligente. Recordaba su habilidad de pillarlo en cada mentira y cada broma. En varias ocasiones se habían quedado despiertos hasta tarde discutiendo sobre todo tipo de temas, desde política hasta la construcción sostenible. Era una persona con la que había disfrutado hablando... siempre que había logrado salir del ensimismamiento producido por Cat lo suficiente como para mantener una conversación.
Quería decirle que lamentaba lo que había sucedido entre los dos. No lo de la mala experiencia con el sexo, aunque era bastante humillante pensar en ello, sino sobre lo demás. Había querido ser su amigo, pero no había sido capaz de pensar en nadie que no fuera Cat.
–Pensé que iba a haber un centro comercial.
Él sacó otro gran rollo de papel.
–No vamos a desarrollarlo nosotros. Es un proyecto demasiado pequeño. Lo último que he hecho ha sido construir un puente suspendido de mil metros en África. Yo no construyo centros comerciales.
Ella esbozó una media sonrisa.
–Por supuesto que no.
Tucker se apoyó contra la camioneta.
–Ya no estás enfadada.
–No estaba enfadada. Esta es una gran oportunidad. Vais a aportarle mucho al pueblo.
–Les agradecemos su cooperación.
–¿No la tenéis siempre?
–Hay pueblos a los que no les interesa ni el cambio ni el crecimiento.
–Fool’s Gold no es así. Este proyecto generará mucho empleo y mucho turismo. Ya tenemos un buen mercado de turismo, pero nada comparado con las cantidades que esto atraerá.
–¿Por qué volviste? Podrías haber encontrado muchos trabajos en otros sitios.
–Esta es mi casa. Crecí aquí. Mi familia fundó este lugar –sonrió–. Aunque claro, la tribu Máa-zib estuvo antes.
–Claro.
Él entendía el concepto de las raíces, pero no podía identificarse con ello. Nunca había tenido un lugar en particular al que llamar «hogar». Su padre tenía un piso en Chicago, pero rara vez habían estado allí. Su casa estaba donde hubiera un proyecto.
–¿Quieres que te hable de tu equipo?
–Claro.
Le habló de los chicos que trabajarían para ella. Ella estaría al mando de las labores de desmonte de la zona de construcción y cuando eso estuviera hecho, su equipo pasaría a trabajar con algunos otros en la construcción del hotel.
–También me interesa que nos sirvas de enlace con el pueblo, por si nos metemos en problemas.
–No creo que lo hagáis, pero claro, puedo hablar con quien tú quieras.
–Ya sabes que puede que los chicos te lo pongan un poco difícil al principio.
Ella se encogió de hombros.
–Tengo tres hermanos y no creo que haya mucho que puedan hacer que me impresione. Además, llevo mucho tiempo en el mundo de la construcción.
Tucker quería decirle que estaría allí para protegerla, pero no lo hizo porque la protección implicaba un nivel de sentimientos inapropiado para una relación laboral. Eran colegas, nada más. El hecho de que ahora pudiera inhalar su suave y dulce aroma era algo sin importancia, como lo era el modo en que el sol hacía que su pelo mostrara cientos de matices distintos de rubio.
Pero había trabajado con muchas mujeres y nunca se había fijado en ellas como algo más que compañeras, así que en cuestión de días le pasaría lo mismo con Nevada y ella no sería más que uno más de la cuadrilla.
–Comenzaremos con la agrimensura el lunes. ¿Quieres estar aquí?
–¿Estás ofreciéndome el trabajo?
–Ya lo he hecho y lo has rechazado. ¿Vas a hacer que te suplique?
–Seguramente sí.
–Pues no se me da muy bien.
Ella le sonrió.
–Pues tienes que practicar más.
Tucker se apartó de la camioneta y se situó frente a ella.
–Nevada, me gustaría que fueras uno de mis directores de construcción. ¿Sí o no?
–Eso no es suplicar, exactamente.
–Tal vez no, pero es sincero.
–Los dos vamos a fingir que el pasado nunca sucedió –le dijo, más que lanzarle una pregunta–. Empezaremos de cero.
–Hecho.
–Pues entonces sí que quiero el trabajo.
Complacido, él extendió la mano.
–Bien. Vamos al pueblo para hablar de los detalles.
Nevada le estrechó la mano, pero Tucker no estaba preparado ni para el roce de su piel, ni para el cosquilleo que recorrió su entrepierna.
Después del apretón de manos, él la soltó e hizo todo lo que pudo por actuar con normalidad. Nevada, por su parte, parecía haberse quedado como si nada tras el contacto, lo que hizo que se sintiera estúpido por partida doble.
–¿Vas a alojarte en un hotel mientras estés aquí? Si quieres alquilar una casa, podría preguntar.
–Prefiero un hotel. Es más sencillo.
–¿Porque otros te hacen la comida y limpian por ti?
–Por supuesto.
–Eres el típico chico.
–La mayoría de los días lo soy –la acompañó a su camioneta–. Nos vemos en el vestíbulo del Ronan’s Lodge dentro de veinte minutos. Llevaré el contrato de trabajo.
Ella asintió y se subió al coche, pero no cerró la puerta.
–¿Hablas con ella? ¿Con Cat?
La pregunta lo sorprendió.
–No. Hace años que no. No, desde que rompimos. ¿Y tú?
Nevada sacudió la cabeza.
–Cat no era mi amiga.
–Le caías bien. Todo lo bien que podía caerle alguien.
–Que ya es decir mucho.
–Ya sabes cómo era.
En ese momento, Nevada sí que lo miró y él vio algo iluminarse en sus ojos. Incapaz de identificar la emoción, no pudo más que preguntarse: ¿Será dolor? ¿Será rabia? Pero no había forma de adivinarlo. Los sentimientos eran una complicación que se les escapaba a la mayoría de los hombres mortales.
Una camioneta pasó por la carretera y aparcó junto a ellos.
–Ese es Will –dijo Tucker–. Tienes que conocerlo. Es mi mano derecha, aunque te dirá que él está al mando.
–Yo estoy al mando –dijo Will caminando hacia ellos–. Pregúntale cuántas veces le he salvado el trasero.
–¿Alguien puede contar tanto? –preguntó Nevada saliendo de su camioneta y sonriendo.
Will le guiñó un ojo y después se giró hacia Tucker.
–Sabía que me caería bien. Dime que ha dicho que sí.
–Ha dicho que sí.
–Bienvenida al equipo –dijo Will estrechándole la mano–. Will Falk.
–Nevada Hendrix.
–Tucker iba a darme el contrato de empleo para que le echara un vistazo. ¿Quieres venir a verme firmar?
–No hay nada que pudiera gustarme más. Nos vemos en el pueblo.
«Probablemente sea mejor así», se dijo Tucker mientras se subían a vehículos distintos y se ponían en marcha hacia Fool’s Gold. Hasta que descubriera por qué le había impactado tanto el roce de Nevada lo último que necesitaba era pasar tiempo a solas con ella en el hotel. Ahora que iban a trabajar juntos, cualquier cosa dentro del ámbito personal tenía que quedar al margen. De eso estaba seguro.
–¿Qué? –preguntó Ethan–. ¿Algo va mal?
Denise Hendrix miró a su hijo mayor. Aún recordaba el día que lo llevaron a casa desde el hospital. Llevaba casada un año, apenas era una veinteañera y no tenía idea alguna de lo que estaba haciendo. Su suegra aún vivía por entonces y, aunque las dos mujeres nunca habían estado unidas, Eleanor se había presentado en la casa a los quince minutos de que Denise y Ralph hubieran llegado con su bebé.
–Estoy aquí si me necesitas –había anunciado la algo severa y delgada mujer–. Sé por lo que estás pasando, pero no quiero entrometerme.
Denise le había asegurado que estaría bien, pero ese grado de valentía duró solo hasta la mañana siguiente, cuando Ralph se marchó a trabajar y Ethan empezó a llorar. No paró, no comió y aunque no tenía fiebre, a Denise le entró el pánico. Había llamado a Eleanor y le había suplicado que fuera.
La abuela de Ethan no tardó más de dos minutos en calmarlo. Había estado al lado de Denise mientras ella aprendía a cuidar de su bebé, le había ofrecido consejos de lo más sensatos y nunca le había dicho ni una sola palabra a Ralph sobre sus visitas diarias.
–Echo de menos a tu abuela –dijo Denise.
Ethan la miró.
–¿Por eso has venido a la oficina? Hace como veinte años que murió.
–No es eso por lo que he venido, pero estaba pensando en ella. Fue maravillosa conmigo. ¿Te acuerdas de ella?
–Claro. Cuando nos quedábamos a dormir con ella podíamos estar levantados hasta la hora que quisiéramos y podíamos ver lo que quisiéramos por la tele. Yo siempre elegía alguna peli de miedo de las que tú no me dejarías ver, y me asustaba tanto que luego no podía dormir. Después me metía en la cama con ella y el abuelo y ella me cantaban hasta que se me pasaba el miedo.
Denise sonrió.
–Eso es muy propio de ella.
–Pero no es la razón por la que estás aquí.
–No. No sé qué hacer con Tucker Janack y necesito tu consejo –nada de lo que dijo era cierto; sabía muy bien qué hacer con Tucker, pero eso no se lo dijo a Ethan. Mejor dejarle sacar sus propias conclusiones.
Ethan frunció el ceño.
–¿Sobre qué? Nevada va a trabajar para él, me ha dicho que iba a aceptar el trabajo.
–Lo sé y me alegro. Es solo que... –respiró hondo–. Tienen un pasado juntos. ¿Te acuerdas de cuando Nevada fue a la universidad y le pediste que buscara a Tucker?
–Claro. Pensé que era bueno que lo conociera por si pasaba algo o necesitaba algún consejo sobre la universidad. Ingeniería es muy difícil y él ya había pasado por ello.
–Sí que fue a verlo y se hicieron amigos. Y entonces... –sacudió una mano–. Bueno, da igual. No debería hablar esto contigo.
–Pues ya es demasiado tarde. ¿Qué pasó?
–Él se emborrachó y se acostaron. Tucker tenía una relación con otra persona, pero acababan de romper. Se aprovechó de Nevada y después volvió con su novia. Nevada se quedó hundida, por supuesto. Me pongo enferma solo de pensarlo. Ese hombre y mi pequeña.
Lo cierto era que a Denise no le hacía ninguna gracia lo que había pasado y sí que quería ver a Tucker castigado. Por otro lado, creía que a veces los hijos tenían que aprender de sus errores y asumir las consecuencias, pero Tucker había ido demasiado lejos.
Ethan asintió.
–Me ocuparé de ello, mamá. No te preocupes.
–Sabía que podía contar contigo. Siempre has estado a mi lado y al lado de toda la familia.
Se levantó y Ethan hizo lo mismo para acompañarla hasta la puerta.
–No te preocupes –repitió y la besó.
–Gracias.
Aliviada y, en absoluto, sintiéndose culpable, Denise salió del despacho. Habría quien no aceptara lo que había hecho, pero no le importaba. ¡Nadie se metía con su familia!
Jo Trellis miraba las cajas apiladas en la parte trasera de su todoterreno, preguntándose si tal vez se habría dejado llevar demasiado. Suponía que parte del problema era que estaba emocionada con la idea de que sus amigas fueran a tener bebés y que ella podría ver a esos niños crecer. No tenía hijos y tampoco era probable que fuera a tenerlos, así que viviría la experiencia indirectamente a través de sus amigas y sería «la tía Jo» para la nueva generación de Fool’s Gold.
En cuestión de meses, la hija de Charity estaría gateando y unos meses después, los gemelos de Pia se unirían a ella. La hija de Dakota ya tenía casi nueve meses y Dakota estaba embarazada de su segundo hijo, lo cual explicaba la cantidad de juguetes que Jo había comprado.
Ya había decidido que la esquina del fondo de la sala principal del local sería la zona de juegos. Ethan había enviado a uno de sus chicos allí para instalar paneles movibles. Había comprado vallas de protección infantil para evitar que los niños salieran de la zona y que los clientes entraran en ella. Con un poco de remodelación, podría colocar mesas junto a la zona de juegos para que sus madres pudieran verlos mientras los niños jugaban y, así, todos contentos.
Levantó la caja más pequeña y la llevó dentro sin problema, aunque la caja con la cocina de juguete sí que iba a resultar complicada.
–¿Necesitas ayuda?
Miró hacia atrás y vio a un hombre alto yendo hacia ella. Cojeaba levemente, pero tenía unos brazos y unos hombros fuertes. Su cabello rubio rojizo tenía el largo justo y sus oscuros ojos azules se iluminaron con diversión.
–¡Pero si esa caja es casi tan grande como tú!
Su primer instinto fue decirle que estaba bien, ya que seguía la política de no mantener conversación con hombres extraños. En realidad, habría dicho «con todos los hombres», pero eso no era una opción teniendo en cuenta su trabajo. Por eso había aprendido a ser amable sin dejar que nadie sobrepasara los límites. Por otro lado, llevaba en Fool’s Gold el tiempo suficiente como para saber que la vida se basaba en la comunidad y, a lo largo de los años, había aprendido a confiar en la gente y, sobre todo, en sí misma.
El hombre se detuvo junto a su coche.
–Will Falk.
–Jo Trellis –se fijó en sus vaqueros desgastados y su camisa de batista–. Estás con Construcciones Janack.
–Ese soy yo –agarró la caja grande y la levantó con facilidad.
Ella recordó lo mucho que le había costado meterla en el coche y tuvo que aceptar la realidad: que los hombres, por naturaleza, tenían más fuerza física que las mujeres.
–¿Dónde quieres que lo ponga?
Ella lo guió a través del almacén y hasta llegar a la sala principal del bar. Señaló la esquina que había despejado.
–Allí.
Will dejó la caja y se puso derecho.
–¿Juguetes de niños en un bar?
–Muchas de mis clientas van a tener bebés o ya los tienen.
–¿Y los traen al bar? –parecía impactado.
Ella sonrió.
–Aquí la gente viene a comer y a relacionarse más que a emborracharse. Guardaré los juguetes antes de que lleguen los clientes de la noche. No te preocupes. Nadie de Fool’s Gold va a corromper a los niños.
Pero Will no estaba escuchando, sino que estaba girando sobre sí mismo lentamente mientras se fijaba en las paredes color malva, en las grandes pantallas de televisión emitiendo una maratón de Súper Modelo, y en las cómodas sillas con respaldo y ganchos para colgar los bolsos que recorrían la barra.
–¿Qué es este lugar?
–Es un bar.
–He estado en muchos bares.
–Los hombres tenéis una sala en la parte trasera. Es muy tradicional. Colores oscuros, una mesa de billar y mucho deporte.
Él seguía pareciendo perdido.
–Fool’s Gold cuenta con una gran población femenina –explicó ella–. La mayoría de los negocios van dirigidos a las mujeres, incluyendo el mío.
–Ya veo –dijo lentamente.
Ella se rio.
–Si vas a estar aquí un tiempo, tendrás que acostumbrarte a esto.
Jo volvió al coche y él la siguió.
–No me malinterpretes. Me gustan las mujeres. Nunca había estado en un bar dirigido especialmente a ellas, pero me parece muy bien.
A Jo se le pasó por la cabeza advertirlo de que, aunque hubiera muchas mujeres por allí, eso no significaba que él lo fuera a tener más fácil para ligarse a alguna. La mayoría de sus clientas iban allí para estar un rato con sus amigas y charlar de sus problemas. No les preocupaba conocer a hombres, pero eso ya lo descubriría por él mismo.
Will la ayudó a llevar el resto de las cajas y, justo cuando Jo estaba a punto de darle las gracias y sugerirle que ya se podía ir, comenzó a abrirlas.
–Eres director de obra, ¿verdad?
Él se rio.
–¿Por qué?
–Porque estás tomando el mando.
–¿Quieres que lo deje?
–Te agradezco la ayuda –admitió ella, consciente de que no le daría tiempo a desembalarlo todo antes de que llegaran los clientes a la hora del almuerzo.
–Y yo me alegro de poder dártela –sacó una nevera de plástico de vivos colores–. Qué mona.
–Me ha parecido graciosa.
Después sacó el horno en miniatura.
–¿Cuánto llevas viviendo aquí?
–Desde hace unos años. Es un buen sitio, la gente es muy amable –gente que la había aceptado sin hacer muchas preguntas. Sabía que sentían curiosidad, pero nadie la presionó y ella lo agradeció.
–Bien. Nosotros vamos a estar aquí un par de años con el nuevo proyecto. Un lugar como este es mejor que la construcción de un puente en mitad de África. Me encanta estar al aire libre como al que más, pero de vez en cuando también me apetece poder tomarme una hamburguesa.
–¿Te mueves mucho?
–Eso va con la profesión. Construcciones Janack es una multinacional y llevo trabajando con ellos desde que me gradué en el instituto. Conozco a Tucker desde que era un crío –se puso con la siguiente caja, que contenía un triciclo–. Y ahora él es el que está al mando de lo que vamos a hacer aquí. ¡Cómo pasa el tiempo!
Jo supuso que Will tendría cuarenta y pocos años.
–¿Y qué piensa tu familia sobre que pases tanto tiempo fuera? –lanzó la pregunta sin pensar, pero en cuanto las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de cómo podían interpretarse.
Will se puso derecho y la miró.
–Solo estoy yo.
Ella asintió y desvió la mirada. Un nerviosismo algo familiar la recorrió y en cuanto reconoció esa sensación, quiso alzar las manos y formar una «T» con ellas, como para pedir tiempo muerto.
«¡No!», se dijo rotundamente. Nada de sonreír, ni de charlas, ni de encariñarse. Ya había pasado por todo eso y solo la había conducido al desastre por el que ahora seguía pagando. Las relaciones eran peligrosas y, para algunas personas, incluso letales.
–Eso hará que viajar sea más sencillo –dijo dando un paso atrás–. Te agradezco tu ayuda, pero ahora si me disculpas, tengo que prepararme para abrir.
Se metió detrás de la barra y la larga extensión de madera la hizo sentirse un poco más segura. A veces algo tan sencillo como una barrera física ayudaba a recordarle que ahora tenía control sobre su propia vida.
Will terminó rápidamente de desembalar los juguetes. Partió las cajas, las metió en la más grande y la sacó al cubo de reciclaje. Después volvió y se situó junto a la barra.
–Gracias por tu ayuda.
–De nada. Estaba pensando que podría almorzar aquí.
Ese hombre la atraía y no podía negarlo. Tenía una mirada noble y hacía tiempo que había aprendido que esa virtud estaba infravalorada en las personas.
–Pareces un hombre encantador, pero la respuesta es «no».
Él enarcó una ceja.
–Estás dando mucho por hecho.
–Tal vez, pero no voy a cambiar de opinión.
Él seguía allí sin moverse, tan alto y con esa cordial actitud. Era muy agradable, pero nada más. Will Falk era un tipo amable. La había ayudado y ella estaba evitándolo, intentaba darle esquinazo. Tenía razones para ello, aunque él no lo sabía. Suspiró.
–No es nada personal, pero no salgo con hombres.
–¿Es que juegas con el otro equipo?
A pesar de la incómoda situación, Jo sonrió.
–No, no soy lesbiana.
Esperaba que él dijera que no tenían por qué salir juntos, que podría ser solo sexo, porque sabía que en el fondo una oferta de ese estilo la tentaría y es que hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre.
La puerta se abrió y varias mujeres del Ayuntamiento entraron. Saludaron a Jo antes de sentarse en una mesa junto a la ventana. Al minuto llegaron doce clientes más, incluyendo a un par de hombres que no reconoció, pero que parecían venir de la obra. Saludaron a Will, pero se sentaron en un banco.
–Veo que estás ocupada. Ya seguiremos con esto más tarde.
–No hay necesidad de hacerlo.
–No estoy tan seguro.
La puerta volvió a abrirse y Ethan Hendrix entró. Miró a su alrededor y se acercó a la mesa donde se habían sentado los obreros. Uno de ellos se levantó. Antes de que Jo se diera cuenta de lo que estaba pasando, Ethan echó el brazo atrás y le lanzó un puñetazo en la mandíbula al hombre.
Jo miró el reloj. ¡Ni siquiera era mediodía! Todo apuntaba a que iba a ser un día muy largo.
Capítulo 4
Tucker se colocó la bolsa de hielo en la mandíbula mientras la dueña del bar, Jo había dicho Ethan que se llamaba, lo observaba con cautela.
–Ya he dicho que no voy a devolvérselo –dijo sabiendo que se había merecido ese puñetazo y alguno más.
–Perdóname si no te creo –le contestó ella antes de mirar a Ethan–. Y tú, hazlo otra vez y tendrás la entrada prohibida a este bar.
–No he roto nada.
–Ya sabes lo que pienso sobre que haya peleas en mi bar. ¿Quieres que hable con Liz?
–No –respondió Ethan al instante algo asustado–. No se lo digas a mi mujer. No volveré a hacerlo.
–Más te vale –y con eso Jo se marchó para atender a un cliente.
–Qué bar más raro –murmuró Tucker mientras se palpaba la mandíbula. No le dolía mucho y esperaba que el hielo controlara la hinchazón y el moretón. A lo largo de los siguientes días llegarían dos cuadrillas más de hombres y no quería tener que dar explicaciones sobre el hematoma ni tener que escuchar sus especulaciones sobre por qué lo habían golpeado.
A su lado, Ethan abría y cerraba la mano derecha.
—Me ha dolido.
—No esperes compasión por mi parte —le dijo Tucker—. ¿En qué demonios estabas pensando?
—¿Quieres que te haga la misma pregunta?
—No. Si tuviera una hermana, yo habría hecho lo mismo.
—Y tanto que lo habrías hecho —Ethan lo miraba—. Esperaba que la protegieras, no que te acostaras con ella.
—Te das cuenta de que eso sucedió hace diez años.
—¿Crees que importa?
Tucker dejó la bolsa de hielo sobre la barra.
—Probablemente no. Si sirve de algo, diré que no pretendía que sucediera. Estaba borracho.
La mirada de Ethan se volvió gélida de nuevo.
—¿Quieres contarme los detalles?
—Eh, no. Tienes razón.
Ethan le dio un golpe en el brazo.
—Confiaba en ti.
—Lo sé.
—Y me traicionaste.
Tucker se vio invadido por un sentimiento de culpabilidad.
—Lo siento. No sé qué decir —ya era terrible que Ethan supiera lo de aquella noche, y mucho peor sería si conociera las circunstancias en que sucedió todo.
—Mi madre cree que fue la primera vez para Nevada.
Tucker contuvo el aliento mientras la potencial verdad lo golpeaba con fuerza por dentro.
¿Virgen? No, no era posible. No solo había estado borracho, sino que además le había susurrado el nombre de Cat a una chica virgen...
—Mátame directamente —murmuró apoyando los codos sobre la barra y la cabeza sobre las manos—. Espera —se puso derecho—. ¿Tu madre lo sabe?
—Está muy unida a sus hijas.
—Eso parece... ¿Quién más...? —sacudió la cabeza—. No me lo digas.
¿Nevada era virgen? Tenía dieciocho años... Era posible y, con la suerte que él tenía, más que probable.
No podía recordar mucho sobre aquella noche excepto que había sido rápido y un desastre. ¿Cómo iba a disculparse por eso? ¿Qué iba a decir? Se había visto arrollado por el amor que sentía por Cat y todo lo demás estaba borroso. Pero, sin duda, había aprendido una lección: nunca hagas el tonto por amor. Pero eso no justificaba nada, y menos su actitud para con Nevada.
Jo dejó una cerveza delante de cada uno.
—Mejor. Parece que habéis hecho las paces. ¿Vais a comer algo?
—No me vendría mal almorzar —dijo Tucker débilmente.
Ethan agarró las dos cervezas.
—Vamos a sentarnos en una mesa al fondo. Dos hamburguesas, ¿vale?
Tucker asintió y siguió a su amigo hasta un espacio que le recordaba más a los bares a los que estaba acostumbrado a ir. Ahí, las pantallas de televisión estaban emitiendo deportes, había sillas sin acolchar y una gran mesa de billar en el centro.
—Un lugar interesante —dijo Tucker cuando se sentaron uno frente al otro.
—Es mi hogar —dijo Ethan—. Exceptuando la universidad, no he estado en ninguna otra parte —le dio una cerveza a Tucker—. Debes de estar cansado de estar viajando todo el tiempo.
Tucker dio un trago.
—Es lo único que conozco. Dime por qué esto es mejor.
Ethan le lanzó una lenta sonrisa de satisfacción, se metió la mano en el bolsillo trasero del vaquero y sacó su cartera. Le pasó una fotografía en la que aparecía con una preciosa pelirroja que estaba mirándolo como los hombres desean que se los mire, con una combinación de amor, orgullo y felicidad.
—No te la mereces.
Ethan se rio.
—¡Y qué lo digas! Liz es increíble. Muy sexy, inteligente y una madre fantástica. Adora todo lo que tiene. No sé por qué me eligió a mí, pero lo hizo y no pienso dejarla escapar.
Esas simples palabras pronunciadas con honestidad hicieron que Tucker se sintiera incómodo, como si accidentalmente se hubiera colado en algo íntimo, algo que no tenía que ver. No podía imaginar sentimientos de ese tipo, amar a alguien y ser amado. En su mundo, el amor era una trampa. Un hombre podía perderse en el amor y a veces escapar de eso significaba acabar despertándose con alguien inesperado.
—Y luego están estas tres personas.
Ethan le pasó una segunda foto en la que aparecían dos niñas y un niño. Las niñas eran pelirrojas, la mayor parecía tener unos catorce años y seguro que ya estaba robando corazones en el instituto. La pequeña era adorable y tenía pecas. El niño, que tenía aproximadamente la misma edad que la pequeña, era igual que Ethan.
—Has estado muy ocupado —dijo Tucker devolviéndole la foto—. No sabía que llevaras tanto tiempo casado.
—Liz y yo nos casamos el verano pasado. Tyler es mío y es una larga historia, pero las niñas son sobrinas de Liz. Su madre murió y su padre está en la cárcel, así que ahora están con nosotros —volvió a guardar las fotos—. Si me hubieran hablado hace un año sobre adoptar a dos niñas, habría dicho que si no son hijos tuyos no puedes quererlos tanto —sacudió la cabeza—. Pero no podía haberme equivocado más. Esas niñas me quitan el sueño tanto como Tyler. Melissa quiere empezar a salir con chicos y yo quiero encerrarla en su cuarto hasta que tenga cuarenta años —sonrió—. Estamos buscando un acuerdo.
—Se te ve muy feliz.
—Lo soy —Ethan levantó su cerveza—. No podría estar mejor —miró a Tucker—. ¿Tú tienes pensado formar una familia?
—No soy de esa clase. Me muevo demasiado.
—Cuando tomes la dirección de la empresa, viajarás menos.
—Tal vez, pero no estoy seguro de querer cambiar eso. Me gusta vivir por el mundo y ver cosas nuevas.
—¿No te sientes solo?
Tucker se recostó en su silla.
—Hay mujeres preciosas por todas partes, ¿o es que estás tan casado que lo has olvidado?
—Simplemente, no me interesa. ¿Por qué buscar por ahí cuando tienes lo mejor del mundo esperándote en casa?
«El fervor del recién converso», pensó Tucker. Ya lo había visto antes, los tipos recién casados o recién enamorados querían que todos los demás tuvieran lo que ellos tenían. El problema era que no veían que el amor los haría a todos volverse idiotas hasta que fuera demasiado tarde. Cat se lo había hecho a él y las mujeres de su padre se lo habían hecho a su progenitor de manera regular. Por todo ello, él ya había aprendido la lección.
Con la diferencia de que ahora, mientras hablaba con Ethan, sentía algo que podía acercarse un poco a la envidia. Echar raíces y sentar cabeza podría estar bien, tener un lugar al que llamar «hogar» y a alguien que estuviera esperándote.
«De ninguna manera», se recordó. Eso ya lo había intentado una vez y Cat casi lo había destruido. Y no por nada que hubiera hecho, sino por cómo él había reaccionado ante ella. Había permitido que se convirtiera en su todo y había sido poco más que su esclavo. Para cuando había logrado escapar, apenas se reconocía a sí mismo. No. El amor era para los idiotas que no habían aprendido la lección.
—¿Cuánto tiempo vas a estar por aquí? ¿Un año?
—Más o menos. No me quedaré hasta que finalicen las obras, pero querré asegurarme de que lo principal está en su sitio.
—¿Habías pasado una buena temporada en un pueblo pequeño alguna vez?
—No.
Ethan se rio.
—Pues prepárate. No es lo que crees. Dentro de un mes, todo el mundo sabrá quién eres, qué haces durante el día y con quién. No podrás dar un paso sin toparte con alguien que conozcas. Mantente alejado de las mujeres de por aquí. Te comerán vivo... y no en el buen sentido.
—Suena peor que realizar obras de construcción en una selva tropical. ¿Por qué sigues aquí entonces?
—Porque no hay ningún otro lugar donde me gustaría estar. Crecí aquí. Es el lugar al que pertenezco. Quiero conocer a mis vecinos y saber cuándo un amigo tiene problemas. Ellos me tienen a mí y yo los tengo a ellos.
—No puedo imaginarme lo que es eso —admitió Tucker.
—Ya lo verás. Pero asegúrate de venir al centro del pueblo todos los fines de semana. Fool’s Gold es famoso por sus muchos festivales, se celebran con regularidad. La comida siempre es buena y cuando llega el invierno podemos subir a la montaña y esquiar.
—Eso me gustaría. Hace años que no esquío.
—Bien. Si crees que puedes soportarlo, te invitaremos a cenar. ¿O te parece una escena demasiado hogareña?
—Podré sobrevivir unas horas.
Ethan sonrió.
—Incluso podríamos invitar a un par de solteras del pueblo para que se peleen por ti.
—Me has dicho que me mantenga alejado de las mujeres.
—Pero tal vez quieras un desafío. Siempre que no sea mi hermana...
Tucker pensó en Nevada.
—Manos quietas. Te doy mi palabra.
—Más te vale.
Dio un trago de cerveza. Treinta minutos antes, habría pensado en Nevada como una tentación, pero ahora no tanto. Aunque seguía encontrándola atractiva e intrigante, ya había sobrepasado los límites en una ocasión y no era ningún cretino. Sabía cuándo mantenerse al margen y, con ella, lo haría desde ya.
Nevada estaba tan emocionada que, a pesar de no haber dormido, no necesitó un café para estar completamente espabilada en su primer día de trabajo. Llegó a la obra casi una hora antes de lo previsto y estuvo en el tráiler principal abriendo y cerrando los cajones vacíos de su nuevo escritorio y repasando la agenda de la semana.
Lo primero que tenía que hacer era llevar el equipo al lugar de la obra y empezar a limpiar el terreno. Una parte de esa labor incluiría la voladura de una sección de la colina este. Hojeó los formularios y documentación requeridos por el Ayuntamiento, por el condado y por el estado. Vio que había que notificar al Departamento de Bomberos de Fool’s Gold sobre la voladura y que un miembro del departamento tenía que estar presente en la zona. Al menos eso era algo en lo que podía ayudar porque conocía a todos los bomberos.
Una vez la tierra estuviera despejada, comenzaría la instalación de cañerías. Agua dentro, alcantarillas fuera. Gracias a unas planificaciones a largo plazo que había realizado el pueblo hacía unos cincuenta años, el resort podría conectarse con el alcantarillado y sistema de aguas ya instalados, lo que supondría un enorme ahorro de dinero y esfuerzos para Construcciones Janack. El aspecto negativo era que para ello necesitaban muchas más autorizaciones, pero merecía la pena.
Había empezado a leer un estudio sobre el impacto medioambiental de las obras cuando oyó pisadas. Will Falk entró.
—Alguien ha sido muy madrugadora —dijo antes de dar un largo trago de café.
—Es mi primer día, no he podido evitarlo.
—El entusiasmo es algo bueno. Me hace sentir viejo, pero sigue siendo bueno aun así —sostuvo la puerta—. Vamos, te presentaré a los chicos con los que vas a trabajar.
Se levantó, agarró su casco y lo siguió afuera.
Mientras había estado familiarizándose con el proyecto, un puñado de obreros habían llegado a la obra y ahora varias camionetas ocupaban la zona contigua al tráiler. Todos esos hombres estaban juntos y vestían vaqueros, botas y camisetas. A medida que se acercaban, se quedaron en silencio observándola. Ella mantuvo la cabeza bien alta y los hombros echados hacia atrás. «Proyecta seguridad en ti misma», se dijo. Nadie tenía por qué darse cuenta de las mariposas que parecían estar haciendo kickboxing en su estómago.
—Buenos días —dijo Will—. Me gustaría que conocierais a nuestra nueva directora de obra, Nevada Hendrix. Es de aquí, así que si tenéis algún problema en el pueblo, tenéis que recurrir a ella. Si dais algún problema en el pueblo, ella os pateará el trasero —la miró—. ¿Te parece bien?
—Puedo patear traseros —respondió con firmeza.
La edad de los obreros oscilaba entre los veinte y los cuarenta y muchos. Los veteranos eran los primeros a los que se tenía que ganar, pensó, porque les importaría menos que ella fuera mujer y estarían más interesados en sus aptitudes. Los más jóvenes tendrían el inconveniente de unos egos más altos.
Will hizo las presentaciones, ella les estrechó la mano a todos e hizo lo posible por recordar sus nombres. Le llevaría un poco más de tiempo conocer sus personalidades, pero disponía de ese tiempo.
El equipo de topografía llegaría en una hora y Will propuso a los chicos que echaran una mano con eso. Ella se mostró de acuerdo y puso a los demás a trabajar en el desmonte del terreno. Durante un segundo, miró con envidia la maquinaria, pero supo que tenía mucho tiempo para poder usar la excavadora.
La mañana pasó volando y Nevada solo dejó de trabajar el tiempo necesario para dirigirse a los aseos portátiles, donde vio que a uno le habían puesto un lazo rojo. Miró dentro, se aseguró de que estaba libre de roedores y bichos, y después lo utilizó. Tras lavarse las manos, volvió a la oficina, hizo un cartel que decía «Solo chicas», y lo pegó en la puerta del aseo. A continuación, fue a unirse con el equipo de topografía.
Will llegó al mediodía para decirles que podían parar a almorzar. Nevada había pensado en comer con los chicos, pero Will la llevó a un lado antes de que pudiera sentarse.
—¿Lo llevas bien? —le preguntó mientras se dirigían al tráiler.
—Claro.
—Me gusta lo que has hecho con el aseo.
—Gracias. Me gusta el rosa.
Él se rio. Entraron en el tráiler y sacaron el almuerzo de la pequeña nevera. Will se sentó en el borde del escritorio.
—¿Qué sabes sobre Jo Trellis?
Nevada se quedó mirándolo.
—Vas directo al grano. ¿He de dar por hecho que te interesa?
—Podría ser.
Nevada pensó en la pregunta. Jo había llegado a Fool’s Gold hacía unos años y había comprado el bar. Era una persona simpática que participaba de manera habitual en «la noche solo para chicas» y que siempre estaba ahí cuando alguien tenía un problema. Pero desde que la conocía, nunca había visto a Jo tener una cita ni la había oído hablar sobre ningún hombre.
—Jo es amiga mía.
—No me interesa acostarme con ella y luego largarme. Ya soy demasiado viejo para eso. Me gustaría llegar a conocerla bien, pero ella parece resistirse.
Nevada sonrió.
—No me sorprende. Jo es muy reservada. Es mi amiga, pero ni siquiera yo sé nada sobre su pasado. Nunca habla de ello.
—¿Hay algún hombre?
—No. Ha tenido ofertas, pero siempre los rechaza.
—¿Sabes por qué?
Nevada negó con la cabeza.
—Hay decenas de teorías, desde que Jo es una princesa de la Mafia que ha huido de su padre hasta que ha escapado de un marido maltratador. Dudo que alguna sea verdad.
La alcaldesa Marsha seguramente lo sabía todo sobre el pasado de Jo, al igual que parecía saberlo todo sobre todo el mundo. Nevada nunca había llegado a descubrir de dónde sacaba la información, pero incluso aunque la alcaldesa lo supiera, ella sabía que jamás compartiría la información con Will.
—No puedo darte ningún consejo en lo que respecta a Jo, pero sí que te advertiré que no le hagas daño. Es una de nosotras y nosotras nos protegemos entre sí —Will era un buen tipo y le caía bien, pero la familia era lo primero.
—Me alegra que tenga amigas que cuidan de ella.
—Es una de las ventajas de vivir en un pueblo pequeño. ¿Vas a pasarlo bien aquí o se te van a caer las paredes encima?
—Me gusta. He oído que pronto celebrareis un festival y lo estoy deseando.
—No te preocupes. Si te pierdes este, habrá otro en las semanas siguientes. Somos famosos por nuestros festivales.
Oyó pisadas en los escalones del tráiler y al instante la puerta se abrió. Se esperaba que fuera uno de los chicos, pero fue Tucker el que cruzó el umbral.
Will miró el reloj.
—Ya es casi mediodía.
—Estaba haciendo papeleo en el Ayuntamiento. Fool’s Gold no se ha acogido a la era digital —miró a Nevada—. Lo siento. Tenía intención de haber estado aquí esta mañana a primera hora. ¿Ya te ha puesto al día Will?
—Sí, todo va bien. No te preocupes.
Logró responder y actuar con normalidad, pero su mirada no pudo evitar posarse en el ligero moretón de su mandíbula.
La noticia de que Ethan había golpeado a Tucker había corrido como la pólvora y ya que solo su familia más cercana conocía el motivo, la gente había empezado a especular.
Will se disculpó diciendo que tenía que hablar con el topógrafo y, durante un segundo, Nevada pensó en ir con él, pero sabía que tarde o temprano tendría que hablar con Tucker.
—Siento lo que ha pasado con mi hermano —dijo en cuanto Will cerró la puerta al salir.
Tucker se tocó la mandíbula.
—Él está bien.
Nevada hizo lo posible por recordarse que no había motivos para sentirse avergonzada, que su hermano solo había querido protegerla y que no había nada de malo en ello, pero era la idea de imaginarlos pegándose en público lo que hacía que se retorciera por dentro. Eso... y el hecho de que todo el mundo se enterara de los motivos.
—No debería haberte pegado.
—Si hubiera sido al revés, yo habría hecho lo mismo.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Y todo porque no podíais simplemente mantener una conversación? No lamento que me haya defendido, pero había modos mucho mejores de hacerlo.
—No opino lo mismo, pero de acuerdo —fue hacia la pequeña nevera y sacó una botella de agua—. Ethan ha dicho algo interesante —le dijo antes de pararse a beber.
A ella la invadió el pánico y eso hizo que se le encogiera el pecho. Esperaba que no fuera algo como «Nevada no te ha olvidado nunca» o «Es curioso lo muy enamorada que estaba de ti mientras que tú solo tenías ojos para Cat». Aunque no era muy probable, ya que Ethan no sabía nada de eso, pero aun así tuvo miedo...
Tucker bajó la botella y la miró.
—Me ha dicho que fue tu primera vez.
Sintió cómo un rubor ardía en sus mejillas e intentó ignorar esa sensación agarrando su sándwich y alzándolo como si fuera un escudo protector.
—No te lo creas tanto, tuve un novio en el instituto.
Tucker la miró un segundo mientras el alivio se debatía con la preocupación.
—¿Seguro?
—Es algo que recordaría —le dio un mordisco al sándwich y se forzó a masticar. Después de tragar, soltó una ligera carcajada—. No fuiste mi primera vez, no sufras.
—Bien, porque eso habría cambiado mucho las cosas.
—Estabas muy borracho, así que no creo que esa información hubiera podido cambiar anda.
—Probablemente no —sacudió la cabeza—. Entonces, ¿ya hemos zanjado el tema?
—Eres tú el que lo ha sacado, pero sí, podemos darlo por zanjado.
—¿Amigos?
—Por supuesto. Eso siempre.
Nunca se había visto como amiga de Tucker, ella era la chica en la que no se había fijado, a pesar de amarlo. ¿Amigos? Tal vez valía la pena intentarlo. Después de todo, iban a trabajar juntos y no era tan estúpida de volverse a enamorar de él una segunda vez.
Después de almorzar, Nevada salió y fue a ver al equipo de topografía. Cien acres eran muchos, así que trabajaban sobre una cuadrícula. Mientras, ella dividía su atención entre eso y el punto donde los chicos estaban utilizando el equipo de verdad para desmontar el terreno.
Una empresa maderera ya había arrancado los árboles más grandes mientras que la vegetación más espesa se dejaría intacta y a través de ella se extendería el paseo.
Uno de los chicos, Brad, creía que se llamaba, se acercó a ella sujetándose una mano.
–Me he cortado. ¿Tienes vendas en tu camioneta?
–Claro, pero hay un kit de primeros auxilios en la oficina.
Él sacudió la cabeza.
–Si lo utilizo tengo que rellenar unos papeles.
Ella vaciló. Lo último que quería alguien eran más papeles, así que si el corte era pequeño, le haría caso a su petición. Más tarde hablaría con Will y descubriría si había hecho lo correcto o si los chicos querían meterla en problemas. Después de todo, era nueva en el equipo y, sobre todo, era una mujer.
Corrió a su camioneta y abrió la puerta del copiloto. Mientras alcanzaba la caja de guantes, vio algo moverse en el asiento. ¡Había una serpiente enroscada en el asiento del conductor!
Nevada se controló para no empezar a dar saltos, más por una cuestión de autoprotección que por valentía. Observó el color marrón oscuro, las franjas claras que se extendían por su costado y supo que era una culebra de jaretas. Inofensiva, y no demasiado vieja, a juzgar por su longitud.
Y entonces lo entendió todo. La prueba no se basaba en romper reglas, sino en tener «huevos». Apostaría lo que fuera a que Brad no se había cortado, sino que los chicos habían querido que abriera la puerta de la camioneta y viera la serpiente.
Esas criaturas no eran de sus favoritas, pero había crecido con tres hermanos y, como dirían los texanos, «ese no era su primer rodeo».
Respiró hondo, alargó el brazo y agarró a la culebra. Por lo que recordaba, mordía, aunque no era venenosa para los humanos. No obstante, la agarró por detrás del cuello para evitar que le mordiera.
El pobre animal prácticamente gimoteó mientras intentaba alejarse. Su cuerpo se enroscó alrededor de su brazo, pero lo soltó de inmediato. Nevada se puso derecha y se apartó de la camioneta. Al girarse, vio a todo su equipo tras ella.
–¿Alguno estáis echando en falta a vuestra novia? –preguntó.
Los chicos se miraron y comenzaron a reírse. Ella fue hasta la maleza más espesa y soltó al animal.
–¿Cuánto habéis tardado en atraparla?
–Casi toda la mañana –le respondió Brad–. Pensamos que te pondrías a gritar.
–Pues siento decepcionaros.
Uno de los obreros mayores sonrió ampliamente.
–No estamos nada decepcionados.
–Me alegra oírlo. Ahora, vamos a trabajar.
El viernes por la tarde, Nevada se vio paseando por Fool’s Gold con Tucker. Había ido con él a rellenar unos papeles y ahora se dirigían a su camioneta para volver a la obra.
–Bueno, ¿y cuándo es el próximo festival? No dejo de oír cosas sobre ellos.
–El próximo fin de semana, aunque mañana pasarán muchas cosas. Las animadoras de Fool’s Gold vuelven del campamento y harán una demostración de todo lo que han aprendido. Eso siempre es divertido.
–¿El pueblo tiene animadoras?
–Son del instituto. Aquí nos gustan mucho las celebraciones, así que nos sirve cualquier excusa.
–Ya lo he oído.
Doblaron una esquina y fueron hacia el aparcamiento.
–¿Estás divirtiéndote en el trabajo?
Ella asintió, consciente de lo cerca que estaba de él. Los días seguían siendo cálidos, así que llevaba una camiseta... y por eso sus brazos se rozaban. Se dijo que no debía hacerle caso a ese detalle, que el calor que sentía no tenía nada que ver con ese hombre y sí mucho con...
Suspiró. Tendría que buscarse varias excusas a las que poder recurrir cuando las necesitara.
Trabajar con Tucker era más fácil y también más complicado de lo que había creído. Era un jefe justo que confiaba en su equipo, y eso era bueno. Pero además era un hombre muy guapo con el que compartía un espacio de oficina relativamente pequeño. Tanto en el tráiler, como ahí en las estrechas aceras, era difícil ignorarlo.
–Pensé que los chicos me meterían una serpiente más grande en la camioneta, pero supongo que he superado la prueba –lo miró–. A menos que tú les hayas dicho que no me hagan nada.
–No. Si quieres el trabajo, tienes que ser capaz de apañártelas con los chicos. Pensé que me pegarías más fuerte de lo que me pegó Ethan si te enteraras de que estoy protegiéndote.
–Bien, porque es verdad. Lo haría.
Él sonrió.
–Para eso primero tendrías que atraparme.
Un grupo de chicas caminaba hacia ellos, y los dos se movieron a la derecha para dejarlas pasar. El espacio era pequeño y Nevada se vio pegada a él, con su trasero contra su cadera. Se dijo que tenía que ignorar el calor y cómo sus manos se habían rozado.
–¡Ey, Nevada!
Tardó un segundo en darse cuenta de que una de las chicas era Melissa.
–Ah, hola. ¿Qué tal?
–Vamos a por un helado –la chica miró a Tucker y enarcó las cejas.
–Es mi nuevo jefe. Tucker Janack, Melissa Sutton. Es mi sobrina.
Melissa sonrió.
–Más o menos. Supongo que explicar nuestra relación sería demasiado complicado –la chica se despidió y mientras corría hacia sus amigas, añadió–: ¡Encantada de conocerte!
–Es una de las chicas de Ethan, ¿verdad? –dijo Tucker cuando retomaron el paseo.
–Sí.
–La vi en una foto cuando almorzamos.
Ya habían llegado a la camioneta y él abrió la puerta del copiloto.
–Explícame eso –dijo ella sin subirse–. ¿Cómo puede golpearte y que luego almorcéis juntos?
–Ya lo habíamos arreglado todo. ¿Por qué no íbamos a almorzar y a ponernos al día de lo que pasa en nuestras vidas?
–Los hombres sois muy raros.
Él se rio.
Nevada subió a la camioneta, pero se le resbaló la bota sobre el metal y comenzó a caer hacia delante. Tucker la rodeó por la cintura y tiró de ella hacia atrás y, por segunda vez en pocos minutos, se vio contra él en un espacio reducido.
Su cuerpo disfrutó de ese momento y le recorrió un cosquilleo, pero sabía que era potencialmente peligroso, por no decir estúpido, así que se dijo que tenía que actuar como si no hubiera pasado nada y todo estuviera bien.
–Estoy bien.
–No quiero que mi nueva empleada se haga daño en el trabajo y demande a la empresa –le dijo al soltarla.
–Yo no haría eso.
Iba a subir a la camioneta, pero se giró hacia él sin poder evitarlo. Sus cuerpos seguían estando cerca, y él estaba mirándola con intensidad.
Sin previo aviso, se vio retrocediendo en el tiempo y, en lugar de estar en un aparcamiento de Fool’s Gold, estaba en el salón de una mansión en Hollywood Hills.
Solo había ido a la fiesta porque era una oportunidad de volver a pasar un rato con Tucker. Había sabido que la noche sería deprimente, pero no había podido evitarlo.
En mitad de un mar de gente a la que no conocía, se dio cuenta de que debería haberse quedado en la residencia de estudiantes porque, a pesar de todos los famosos que pululaban por allí, solo tenía ojos para Tucker y él solo podía ver a Cat.
Tucker la seguía como un perrillo y, prácticamente, con la lengua fuera, pero Nevada, incluso a pesar de su falta de experiencia en el terreno amoroso, sabía que Cat no sentía el mismo deseo por Tucker.
–¿Te conozco?
Nevada miró al alto y guapo hombre que caminaba hacia ella y al instante cayó en la cuenta de que era un actor cuyo gran éxito del verano había recaudado millones y que había sido la portada de la revista People.
–No lo creo.
–Pues tú podrías... llegar a conocerme.
Obviamente, estaba borracho y tal vez un poco colocado, si sus dilatadas pupilas no mentían.
–No, gracias.
–Puedo hacerte cambiar de idea.
Él le había agarrado del brazo y tiraba de ella; Nevada estaba a punto de empezar a utilizar los trucos que le habían enseñado sus hermanos cuando Tucker apareció a su lado.
–No tan deprisa –había dicho apartando las manos del hombre de su brazo–. Viene conmigo.
–Oh, lo siento tío, no lo sabía.
El otro hombre se marchó y Tucker acercó a Nevada a su cuerpo.
–Veo que no me puedo fiar de dejarte sola. Te comerán viva en un sitio como este. Mantente cerca de mí, niña. Te sacaré de aquí de una pieza.
Y después la había besado. Un leve y amistoso beso que probablemente no había significado nada para él, pero que a ella le había desbaratado su mundo.
Y entonces Cat había aparecido y fue como si Nevada no existiera. Tucker no se había movido de allí, pero ella pudo ver un gran cambio en él. En su mundo, solo existía Cat, nada más. Nadie más importaba.
–¿Nevada?
Volvió al presente bruscamente y vio que estaba pegada a Tucker.
–¿Estás bien?
–Bien –respondió y subió a la camioneta.
–¿Lista para volver? –le preguntó Tucker una vez estuvo detrás del volante.
Nevada sabía que se refería a la zona de obras, así que asintió. Pero lo que en realidad estaba pensando era que jamás volvería al lugar donde había estado antes porque desear a alguien a quien nunca podría tener había sido una de las peores experiencias de su vida.
Capítulo 5
El lunes por la mañana, Nevada vio un coche y un pequeño todoterreno en un lado de la carretera. Iba de camino a la obra, al norte del pueblo, y no había mucho tráfico. Había dos mujeres junto al coche y Nevada se acercó para preguntarles si podía ayudarlas.
Al bajar de la camioneta, reconoció a la guapa y alta rubia, Heidi Simpson. Su abuelo y ella acababan de mudarse a la zona y habían comprado Castle Ranch, justo al oeste de la zona de obras. Años antes, el rancho había sido un negocio viable, con ganado y caballos. Recordaba haber ido al rancho de niña a montar en pony.
El propietario había muerto y el rancho había estado abandonado hasta que Heidi y su abuelo lo habían comprado. En lugar de criar ganado, Heidi tenía cabras y elaboraba queso artesanal.
–¡Hola! –gritó Nevada mientras se acercaba a las mujeres–. ¿Va todo bien?
Heidi se acercó a ella sacudiendo la cabeza.
–Tenemos una rueda pinchada –señaló a la bajita pelirroja–. Es Annabelle Weiss.
–La nueva bibliotecaria –respondió Annabelle–. Llegué ayer y estaba dando una vuelta para conocer el lugar, pero el plan me ha salido mal –señaló el neumático pinchado.
–Puedo llamar a alguien para que venga a ayudarte –dijo Nevada sacándose el móvil del bolsillo.
–No hay cobertura –respondió Heidi–. Y tampoco tenemos en el rancho. Pero tengo una línea fija, así que iba a llevar a Annabelle allí. ¿Tienes el nombre de alguien con quien podríamos contactar?
–Claro. Hay un par de buenos talleres. El hijo adolescente de Donna siempre está buscando una excusa para conducir la grúa, así que os aconsejo que la llaméis a ella. El chico estará aquí en un santiamén.
–¿Donna? –preguntó Annabelle frunciendo el ceño.
Nevada se rio.
–Es algo a lo que te acostumbrarás en Fool’s Gold. Somos un pueblo de mujeres. Durante años no hubo suficientes hombres, así que muchos de los trabajos desempeñados tradicionalmente por ellos, aquí los realizan las mujeres. La jefa de policía es una mujer, como la jefa de bomberos, la mayoría de los empleados de la oficina del sheriff y casi todos los del Ayuntamiento –extendió la mano–. Yo soy Nevada Hendrix.
Heidi suspiró.
–Lo siento. Debería haberos presentado. Estoy un poco dispersa. Unas vacas salvajes han entrado en el establo de las cabras esta mañana y nos han dado un buen susto.
–¿Vacas salvajes? –preguntó Nevada.
–Las vacas que parecían venir con la tierra. Son silvestres, suponiendo que las vacas puedan serlo. Llevan años viviendo solas, pastando. El rebaño es de un tamaño considerable y creo que están intentando convencer a las cabras para que se rebelen y se vayan a vivir con ellas.
Nevada miró a Annabelle, que enarcó las cejas.
–¿Te preocupa que corrompan a las cabras?
Heidi se rio.
–Dicho así, suena estúpido, pero te juro que cada vez que aparece una vaca, las cabras se ponen como locas.
–A lo mejor son territoriales –apuntó Annabelle–. A lo mejor no les gusta compartir.
–No había pensado en eso. Nunca antes había tenido que lidiar con vacas salvajes.
Nevada sonrió.
–Deberías buscarte un guapo vaquero para que se ocupara del problema. Tendrías que importarlo, porque por aquí no tenemos, pero podría ser divertido.
–Tal vez... –Heidi parecía dudosa. Se encogió de hombros y miró a Annabelle–. Bueno, vamos al rancho para que puedas hacer esa llamada –se giró hacia Nevada–. Gracias por parar.
–De nada. Es lo que hacemos por aquí.
–Lo sé. Es una de las razones por las que me alegra tanto que mi abuelo y yo nos hayamos instalado aquí. La gente es muy agradable y cordial, y les encanta el queso, lo cual es muy bueno para el negocio.
–Encantada de conocerte –le dijo Annabelle.
–Avísame si puedo ayudarte en algo mientras estás instalándote.
–Lo haré.
Comenzaron a dirigirse hacia sus coches cuando una gran camioneta se detuvo a su lado y Charlie asomó la cabeza por la ventanilla.
–Un lugar interesante para tener una reunión –gritó la mujer antes de ver el neumático–. ¡No puede ser! No me digáis que ninguna sois capaces de ocuparos de eso.
–Departamento de bomberos –murmuró Nevada mientras Charlie aparcaba delante de la hilera de vehículos.
–Seguro que nos grita –susurró Heidi.
Charlie salió de su camioneta y fue hacia ellas. Medía casi metro ochenta y tenía pinta de poder con las tres. Sus rasgos eran bonitos, pero nunca llevaba maquillaje y la ropa que vestía era de lo más práctica. Incluso Nevada, que solía preferir vaqueros y una camiseta antes que algo estiloso, se ponía un poco de brillo de labios de vez en cuando. Sin embargo, tenía la sensación de que Charlie preferiría hacerse una endodoncia antes que ponerse pintalabios.
–Es una rueda pinchada.
Nevada señaló a las otras mujeres.
–Annabelle Weiss, la nueva bibliotecaria, y Heidi Simpson. Heidi y su abuelo han comprado Castle Ranch.
–La cabrera. He oído hablar de ti. Haces un queso fantástico.
–Gracias.
–Y ella es Chantal Dixon.
Charlie miró a Nevada.
–No me creo que hayas pronunciado ese nombre.
–Es que es muy bonito –dijo Nevada sonriendo.
–No me obligues a hacerte daño –se giró hacia las otras dos mujeres–. Llamadme «Charlie» y todas nos llevaremos bien.
–¿Por qué no te gusta tu nombre? –preguntó Heidi.
–¿Tengo pinta de llamarme «Chantal»? Mi madre tenía delirios de grandeza en lo que respectaba a mí. Esperaba que fuera a ser pequeña y delicada como ella, pero salí a mi padre. ¡Gracias a Dios! –caminó hacia el coche–. Esto parece muy sencillo.
–Íbamos a llamar a la grúa para que nos echaran una mano –murmuró Annabelle, que apenas le llegaba a Charlie a la altura del hombro.
Charlie sacudió la cabeza.
–Es una rueda pinchada, chicas, no el fin del mundo.
Todas se miraron.
–Se me da muy bien reparar graneros –dijo Heidi.
–Pero eso no sirve de nada si quieres conducir –Charlie se giró hacia Nevada–. Tú deberías saber cómo hacerlo, tienes tres hermanos.
–Mis tres hermanos son la razón de que nunca haya tenido que preocuparme por mi coche –dijo alegremente Nevada antes de reírse por el gesto tan serio que puso Charlie–. Sí, podría haber aprendido a cambiar una rueda, pero preferí no hacerlo. Si te sirve de algo, soy genial con las excavadoras.
–Estáis dándole a las mujeres una mala reputación –dijo Charlie–. Tengo que daros clases sobre cómo ser autosuficientes. Seguro que tampoco sabéis arreglar un grifo que gotea.
–Yo sí que puedo hacer eso –dijo Nevada–. Se me dan mucho mejor las reparaciones domésticas que los coches.
–Pero eso ahora mismo no sirve de nada.
Nevada se inclinó hacia Annabelle y Heidi, y dijo:
–No suele ser tan gruñona.
–Sí, sí que lo soy –contestó bruscamente Charlie mientras abría el maletero–. Por lo menos tienes un neumático de repuesto. Vale, a ver vosotras tres, vamos a hacer esto juntas. Os iré diciendo lo que tenéis que hacer.
–Yo ya llego tarde al trabajo –dijo Nevada yendo hacia su coche–, así que no voy a poder quedarme.
Charlie sacudió la cabeza.
–Ni lo sueñes. Hoy todas vais a aprender algo.
–Los chicos de la obra me han metido una serpiente en el coche y no me ha importado. ¿Eso cuenta?
–¿Era venenosa?
–No.
–Entonces no cuenta. Vamos. Poneos a mi alrededor –sacó una herramienta con forma de «X»–. ¿Alguien sabe lo que es esto?
Jo terminó de cargar las botellas de vodka, aplastó la caja y la dobló antes de meterla en el cubo de reciclaje. Era una cálida y soleada tarde de verano, esa clase de día en el que a casi todos les apetecería estar en la calle y no metidos en un bar. A casi todos menos a ella. Dejó atrás el brillante cielo azul y se metió en la tranquilidad de su negocio.
Todo iba bien, pensó contenta. Tenía una buena y constante clientela que hacía que su cuenta bancaria gozara de buena salud y que le permitía ahorrar un poco cada mes para emergencias, para la jubilación y cosas así. Tenía un gato al que adoraba y muchas amigas. Una buena vida, pensó con un leve sentimiento de culpabilidad.
Había oído que la gente que tenía mucho éxito a veces se sentían como impostores. Les preocupaba que les dijeran que su buena fortuna no era más que un error, que no tenían talento, y a veces ella se sentía así. No en lo que concernía a su trabajo, sino en lo que respectaba a su vida.
Nunca se había imaginado que pudiera estar tan tranquila, tan feliz. No se había esperado encontrarse una cálida y hospitalaria comunidad, ni tener amigas y una bonita casa. La verdad era que no se lo merecía, pero no había forma de evitarlo.
Fue hacia la cocina donde Marisol, su cocinera a tiempo parcial, estaba metiendo aguacate en un cuenco para preparar guacamole.
–¿Lo tienes todo?
La diminuta mujer, que tendría unos cincuenta y tantos años, le sonrió.
–Siempre me lo preguntas y siempre te digo que todo va bien. Los proveedores son gente buena. Hacen los repartos cuando lo dicen.
–Me gusta asegurarme.
–Te gusta mantenerlo todo bajo control –Marisol arrugó la nariz–. Necesitas un hombre.
–Eso llevas diciéndomelo años.
–Y sigo teniendo razón –comenzó a hablar en español y probablemente lo que estaba diciéndole era que todos sus problemas podrían resolverse con el amor de un hombre.
–Pero tú no eres nada objetiva. ¿Con cuántos años te casaste? ¿Con doce?
–Dieciséis. Hace casi cuarenta años y ya tenemos ocho nietos. Tú deberías tener la misma suerte.
–Debería, pero no la tengo. Y, además, así estoy bien.
–«Bien» no significa «feliz».
A ella «bien» le parecía suficiente, pensó mientras se dirigía a la barra. Estar «bien» la hacía sentirse segura y le permitía dormir. Si tuviera mucha felicidad en su vida, le preocuparía que alguna fuerza equilibrante quisiera castigarla arrebatándole algo de esa felicidad. Por eso prefería estar «bien», sin más. Así estaba segura.
Escribió el especial de la hora feliz del día en la pizarra y encendió la televisión. En la pausa entre el almuerzo y la hora feliz disfrutaba de ese momento de tranquilidad, pero pronto los clientes empezarían a llegar.
La puerta se abrió y un hombre entró. Jo reconoció a Will Falk y no supo si eso la agradó o la molestó.
–¿Qué tal? –preguntó él yendo hacia ella.
–Bien –Jo puso una servilleta sobre la barra–. ¿Qué te sirvo?
–He venido para ver si podía ayudarte a montar los juguetes.
–Ya lo he hecho. Hoy han venido dos niños a la hora del almuerzo y lo han pasado genial.
–Me alegra oírlo –se sentó en un taburete–. Me tomaré una cerveza, de la que tengas en el barril. ¿Quieres acompañarme?
–No bebo mientras trabajo.
–Yo no soy mucho trabajo.
–Lo siento, pero no –le respondió con una leve sonrisa.
Era un buen tipo, probablemente uno de esos hombres a los que le gustaban los deportes, una buena comida casera y que se conformaba con tener sexo dos veces por semana. Había aprendido a hacer juicios rápidos y acertados sobre la gente, y suponía que él no engañaba ni jugando a las cartas, ni a las mujeres, que tenía muchos amigos y que se regía por un fuerte código moral.
No era alguien con quien pudiera tener una relación, definitivamente no.
Dejó el vaso de cerveza frente a él y fue hacia el otro lado de la barra.
–¿Es por la cojera?
La pregunta la hizo detenerse en seco. Se giró lentamente y volvió a situarse frente a él.
–No.
Will se encogió de hombros.
–A algunas mujeres no les gusta, les va más la perfección.
–Pues yo no soy así. No me atrae la perfección.
–De acuerdo. ¿Entonces por qué es?
Le parecía un hombre atractivo, a pesar de ser muy normal. Sus amigas se habían enamorado de hombres normales y agradables, de buenos tipos, y las envidiaba por ello.
–¿Qué te pasó? –le preguntó ignorando su pregunta.
–Un accidente en una obra. Me caí por un puente y casi me rompí todos los huesos del cuerpo. Me llevó mucho tiempo recuperarme.
Jo sentía que había algo más en esa historia; seguro que pasó semanas o meses en el hospital y cientos de horas haciendo rehabilitación.
–¿Tienes mucho dolor ahora?
–Sé cuándo va a llover, pero estoy bien –esbozó una sexy sonrisa–. ¿Quieres ver mis cicatrices?
Ella se vio queriendo decir «sí» para seguirle la broma, pero también para permitirse bajar la guardia aunque solo fuera por un momento, para recordar cómo era ser como todos los demás.
–Tal vez en otra ocasión.
–Estaré aquí un par de años. Tengo mucho tiempo.
–Pero luego te irás a hacer otro proyecto.
Él asintió.
–Es la naturaleza del negocio. He visto gran parte del mundo y viajar es emocionante.
–Yo prefiero quedarme en un mismo sitio –dijo ella admitiendo una verdad–. Me costó mucho encontrar este pueblo.
–¿Qué te gusta de él?
–La gente. Son muy amables y cálidos, como el clima. Es una ubicación genial.
Lo que no le dijo fue que ahí podía fingir que todo era verdad, que ella era como todos los demás, que su pasado nunca había sucedido. Ahí era simplemente Jo, la propietaria de un bar.
–Pues muéstramelo. Soy el nuevo, ¿no me merezco, al menos, una vuelta por el pueblo?
Ella lo miró y se vio tentada a flirtear, a acariciarlo y dejarse acariciar. Hacía años que no estaba con un hombre, años desde la última vez que se había permitido ser tan vulnerable. La última vez las consecuencias habían destruido a gente y por su gran deseo de amar y ser amada un hombre había muerto.
–No puedo –respondió con brusquedad–. No es por ti... no es nada personal. Lo siento, pero así tiene que ser.
Will asintió lentamente y se levantó del taburete lanzando un billete de diez sobre la barra.
–La cerveza corre por cuenta de la casa.
–No, gracias. Solo acepto invitaciones de mis amigos.
Y con eso se marchó. Ella lo vio alejarse cojeando y, cuando la puerta se cerró tras él, le dio un vuelco el estómago y se preguntó si acabaría vomitando.
Le había hecho daño, y lo sabía. Pero también se había hecho daño a sí misma, aunque no había tenido elección. No podía arriesgarse. En esa ocasión, habría demasiado que perder.
–Me encanta este pueblo –dijo Tucker al cerrar el correo electrónico–. Nos han aprobado los permisos antes de lo previsto –miró a Nevada–. ¿Has tenido algo que ver con esto?
–Aunque me encantaría llevarme el mérito, no. Ya te lo he dicho. Todo el mundo está emocionado con el proyecto porque traerá mucho empleo y turistas a la zona. Estas obras no tienen nada negativo.
Sus palabras tenían sentido, pero la facilidad con que estaba marchando todo le hacía tener cierta aprensión. Cada obra en la que había trabajado había tenido problemas y prefería enfrentarse a ellos directamente y lo antes posible para así poder solucionarlos y seguir adelante con el proyecto.
–No te preocupes.
–Preocuparme me hace bueno en mi trabajo –se levantó y fue hacia la cafetera–. ¿Quieres?
–Claro.
Ella se levantó y acercó su taza. Tucker se movió hacia ella. Ella se echó a la izquierda y él a la derecha, de modo que los dos fueron en la misma dirección y casi se chocaron. Nevada retrocedió con una velocidad cómica.
–Lo siento –susurró.
–Estás un poco nerviosa.
–No lo estoy –respondió a la defensiva, más que indignada.
–Es un tráiler muy pequeño, así que vamos a chocarnos mucho.
–Soy consciente de eso y no tengo ningún problema.
–Pues estás actuando como si lo tuvieras.
Ahora se mostró furiosa.
–Estás viendo más de lo que hay.
–¿Ah, sí?
Alzó la barbilla.
–Sí –acercó su taza–. ¿Podría tomarme mi café, por favor?
–Creo que te sientes atraída por mí y no sabes cómo sobrellevarlo.
Ella abrió la boca y volvió a cerrarla.
–¿Estás loco?
–Nunca me ha evaluado ningún profesional, pero creo que no.
–Todo esto es por lo que pasó y estábamos de acuerdo en olvidarlo.
Le llenó la taza, dejó la cafetera en su sitio y se apoyó contra el escritorio de Will. Hacerla de rabiar era mucho más divertido de lo que se había esperado.
–No soy yo el que ha sacado el tema.
–Estabas pensando en ello.
–Yo no, pero tú sí. Y mucho.
Un rubor tiñó sus mejillas.
–No del modo que crees. Estás intentando demostrar algo. Pues bien, no puedes. Te he olvidado y...
Dejó de hablar y apretó los labios.
–¿Que me has olvidado?
–Cierra la boca.
–¿Que me has olvidado?
–Te juro, Tucker, que te achucharé a Ethan.
–Esto se pone cada vez más interesante –le gustaban los derroteros que estaba tomando su conversación–. Con eso estás diciendo que te sentías atraída por mí.
Ella soltó la taza y se cruzó de brazos. Sus marrones ojos brillaban de furia.
–Me acosté contigo. ¿Qué creías?
–Que soy irresistible.
–Hoy no.
–Sigues sintiéndote atraída por mí.
Ella puso los ojos en blanco.
–¿Qué pasa contigo? Trabajamos juntos y es un proyecto a largo plazo. ¿Por qué intentas ponerlo difícil?
–Es algo natural en mí.
–No me siento atraída por ti.
–Venga, no pasa nada, puedes decírmelo. Te guardaré el secreto. Me deseas.
–Solo deseo poder pasarte por encima con el coche.
Tucker sentía curiosidad sobre si ese enfado era real o era una forma de autoprotección. Ella se mostraba cauta y recelosa a su lado y eso era algo que él no se habría esperado. ¿También sentía la química que existía entre los dos?
Hizo todo lo que pudo por recordarse que trabajarían juntos y que una relación supondría una complicación que ninguno de los dos necesitaba, pero aun así, Nevada era inteligente, divertida y sexy, y eso era algo que no podía ignorar de ningún modo.
–Adelante –dijo con voz suave–. Bésame. Vamos, sácatelo de la cabeza de una vez y así podrás concentrarte.
–Puedo concentrarme muy bien –le respondió Nevada apretando los dientes–. Tienes un ego del tamaño de Marte.
–También tengo las manos grandes.
–¡Lárgate!
–Gallina.
–No soy gallina, soy sensata.
Intentar no perder el control estaba suponiendo un desafío mayor del que había imaginado. Por razones que no podía explicar, Tucker pulsaba unos botones que ella no sabía que tuviera y, por mucho que quería golpearlo, también quería besarlo. O tal vez más, incluso.
Y lo más inexplicable de todo era que no había pensado en besarlo hasta que él lo había mencionado. Ahora esa idea ocupaba su cabeza, hacía que se le encogieran los dedos de los pies y que todo su ser temblara de excitación. ¡Qué locura!
Tucker comenzó a cacarear.
–¡Para!
–Oblígame.
Ese hombre sí que sabía cómo jugar, pensó Nevada mientras lo agarraba por los hombros, se ponía de puntillas y se echaba hacia él... hasta que sus labios rozaron los suyos. En ese segundo de contacto, se sintió como si se hubiera transportado, como si hubiera salido del tráiler climatizado y hubiera caído en mitad de Misisipi en pleno agosto. Había calor por todas partes. Un calor intenso y sofocante, de ese que se te pega a la piel y no se va en tres días.
El aire parecía pesar, igual que su cuerpo. Su sangre se había espesado aunque aún se movía con rapidez, transportando un intenso deseo a cada parte de su ser.
Se echó atrás y lo miró. Era difícil interpretar la mirada en los oscuros ojos de Tucker.
–¿Es todo lo que quieres? –le preguntó él en voz baja.
–No.
Volvió a acercarse y ladeó la cabeza ligeramente antes de posar la boca sobre la de él. El calor volvió y deseó poder arrancarse la ropa. No solo para refrescar su cuerpo, sino para que Tucker también pudiera tocarla.
Sintió también un cosquilleo en lugares de lo más interesantes. Quería rodearlo con sus brazos, llevarlo hacia ella con fuerza. Quería deslizar los dedos por su torso e ir descendiendo para descubrir si él estaba sintiendo lo que ella sentía.
Pero no lo hizo y, por el contrario, se quedó quieta y callada sin intentar profundizar el contacto. Su intención había sido darle un beso que él jamás olvidaría, pero no había podido porque había temido demasiado su propia reacción.
Se puso derecha y se apartó, consciente de que, probablemente, él volvería a burlarse. Y en esa ocasión no sabía cómo iba a defenderse, porque besarlo no era una opción. No, cuando un simple y platónico besito la había dejado temblando. ¿Qué pasaría si él hiciera algún esfuerzo?
–¿Contento? –le preguntó mientras volvía a su escritorio.
–Mucho.
Ella respiró hondo y se dijo que tenía que mantenerse fuerte.
–Todo esto es por tu ego, ¿verdad?
Tucker parecía estar divirtiéndose aunque, también, un poco asombrado por la pregunta.
–Eso era antes. Ahora es diferente.
Se quedaron mirándose, pero ella no preguntó por qué, ya que temía tanto la respuesta como volver a besarlo. Si él también lo había sentido, si había estado a punto de perder el control, entonces estaban metidos en un buen lío. Mejor no arriesgarse a provocar de nuevo esa situación.
La última vez...
«No», se dijo firmemente. Ya había recordado bastante y no iba a hacerlo más.
–Tenemos que repasar el programa y la agenda –dijo eligiendo al azar un papel del escritorio y esperando que fuera algo relevante–. Hay que coordinarse con distintas agencias, incluyendo el Departamento de Bomberos de Fool’s Gold. Si te parece bien, yo me encargaré de eso.
–Claro. Sería genial.
–Es mi primera vez –dijo y contuvo un gemido–. Quiero decir, nunca antes he realizado una voladura en una obra.
–Pues vas a alucinar.
A pesar de sentirse incómoda y más que un poco asustada, se rio.
–No estoy segura de querer alucinar.
–Pruébalo, puede que te guste.
Él la miraba fijamente y ella quiso tomar la iniciativa y besarlo de nuevo. Quería saber cuánto más podría sentir en sus brazos y qué más podría él hacerle a su cuerpo.
El problema era que eso sería una absoluta estupidez. El trabajo era lo primero y las fantasías lo segundo, se dijo al dejarse caer en su silla y centrar la atención en el ordenador. Pero en lugar del informe de la pantalla, lo que vio fueron los fuegos artificiales que había experimentado y la nube negra que amenazaba si se atrevía a rendirse y entregarse.
El problema no era Tucker. El problema era ella. No había sido capaz de resistirse a él diez años atrás y eso que por entonces él ni siquiera lo había intentado. ¿Qué iba a hacer si Tucker decidía que quería más que solo jugar?
Ese hombre se marcharía al cabo de un año, se recordó. Y lo más importante, le había dejado claro que no le interesaba echar raíces. Para ella, su hogar lo era todo y Tucker ya le había roto el corazón una vez. ¿De verdad necesitaba una segunda lección de Tucker Janack? Lógicamente, era una mala elección y se preguntó cuánto tiempo tendría que seguir diciéndose eso antes de empezar a creérselo.
Capítulo 6
Después de una larga semana en la obra, Nevada estaba más que preparada para pasar una tranquila noche sin pensar en Tucker. Desde «el beso» había estado invadiendo sus pensamientos mucho más de lo que era razonable. Así que, cuando su madre la había invitado a una cena familiar, le había parecido la escapada perfecta.
Llegó alrededor de las seis, como le habían pedido, y se encontró a Dakota, Finn y Hannah.
–¿Quién es mi chica favorita? –preguntó quitándole el bebé a su hermana y abrazándola con fuerza.
–¡Na-na-na! –gritaba Hannah encantada mientras agitaba sus regordetes brazos.
–Nevada. ¡Eso es! ¿Quién es mi chica lista? –la acunó y sonrió a su hermana y a su futuro cuñado–. Hola a vosotros también. ¿Cómo va todo?
–Genial –Finn rodeó a Dakota con un brazo–. Está creciendo, como puedes ver, y gatea por todas partes. Ya intenta caminar.
Parecía feliz y orgulloso, pensó Nevada, contenta de que su hermana hubiera encontrado a un tipo tan genial.
Solo unos meses antes, Finn había llegado al pueblo a rescatar a sus hermanos gemelos del reality show Amor verdadero o Fool’s Gold. Los chicos tenían veintiún años y eran más que capaces de tomar sus propias decisiones, pero Finn no lo había visto así.
Dakota había dado por hecho que nunca encontraría un amor para siempre y ya había contactado con una agencia de adopciones. Mientras se enamoraba de Finn, le habían comunicado que la habían aprobado para adoptar a Hannah, que por entonces tenía seis meses. Pero la situación se había complicado cuando se había quedado embarazada y el resultado había sido unos meses muy ajetreados.
Ahora Finn se había trasladado a Fool’s Gold, había comprado una empresa aérea de transporte de mercancías y pasajeros y estaban planeando la boda.
–¿Ya habéis fijado la fecha? –preguntó Nevada cuando los tres caminaban hacia la puerta principal.
Dakota miró a Finn y después a Nevada.
–No. Seguimos hablando.
Finn abrió la puerta y se sumergieron en el bullicio.
El resto de la familia ya estaba allí, junto con una perra cruce de golden retriever y labrador llamada Fluffly que hizo lo que pudo por saludar a todo el mundo lamiéndolos hasta que tuvieron que rendirse.
–Parece que somos los últimos en llegar –le dijo Nevada a Hannah cuando el bebé miró a su alrededor y se rio al ver a toda la gente que quería.
Ethan y su esposa, Liz, estaban junto a sus tres niños. Kent y su hijo, Reese, estaban intentando acorralar a una nada colaboradora Fluffy, mientras Montana, la otra trilliza, les ofrecía consejo. Su prometido, Simon, se mantuvo al margen y callado, como siempre hacía, pero esos días parecía mucho más feliz y más relajado. Tucker estaba charlando con Denise y... Nevada volvió a mirar. ¿Tucker?
–¡Estás aquí! –Denise le dio una palmadita en el brazo y corrió hacia la puerta–. Ahí estás, Hannah. Ven con la abuelita, cariño.
Hannah extendió los brazos hacia su abuela y se dejó abrazar por ella. Nevada dio un paso atrás.
–Finn, ¿conoces a Tucker? –preguntó Denise–. Es un viejo amigo de Ethan y ahora Nevada trabaja para él. Su empresa es la que va a construir el resort y el casino a las afueras del pueblo.
Los hombres se dieron un apretón de manos.
–¿Qué está haciendo aquí? –le preguntó Nevada a su madre susurrando la pregunta para que nadie la oyera.
–Está solo y he pensado que le gustaría compartir una cena en familia.
–Le contaste a Ethan que me había acostado con Tucker y Ethan lo golpeó.
Su madre no parecía sentirse culpable en absoluto.
–Tenía que hacer algo. Ahora ya está avisado y podemos seguir adelante.
Muy típico de su madre, pensó Nevada diciéndose que no tenía por qué sorprenderse.
–¿Qué eres? ¿Un miembro de la mafia? ¿No se te ha ocurrido pensar que esto podría resultarme incómodo?
–¿Cómo podría resultarte incómodo? Trabajas con él.
Cierto. Porque ahora no tenían una relación personal... si se dejaba a un lado lo del beso.
–Bien –dijo Nevada suspirando.
–Me alegra que te parezca bien porque te he sentado a su lado en la mesa.
Denise llevó a Hannah a la cocina y Nevada se quedó allí, no muy segura de si debería seguirlas o subir al piso de arriba y esconderse. Antes de poder decidirse, Tucker se acercó con una copa de vino y se la pasó.
–Había olvidado cómo era estar con tu familia.
–Ha pasado mucho tiempo.
–Desde aquel verano en el que Ethan y yo fuimos al campamento de ciclismo con Josh Golden. Teníamos dieciséis años.
Y ella tenía diez y no se había fijado en él por entonces porque para ella no era más que uno de los aburridos amigos de su hermano.
–Ahora somos más ruidosos –le dijo.
–Y habéis aumentado. Aún no me creo lo de la familia de Ethan.
Ella miró a los adolescentes, que estaban riéndose juntos.
–Me gusta que estén en la habitación con nosotros en lugar de desaparecer en el salón para jugar con la Wii que mamá les compró.
–Y Montana y Dakota están comprometidas.
–Así es. Simon es cirujano y Finn es piloto de transporte de mercancías y de pasajeros en vuelos privados. Es de Alaska.
–Nosotros hicimos una obra allí.
–¿Hay algún lugar donde no hayáis hecho una obra?
–La verdad es que no –miró a su alrededor–. Nunca tuve algo así que me esperara en casa. Mi madre murió cuando yo era un bebé y mi padre contrató a una niñera y nos llevó a los dos con él.
–No puedo imaginarme viviendo sin mi familia. Lo son todo para mí.
Tucker se tocó la mandíbula.
–No hay duda de que tu hermano cuida de ti.
–Te lo merecías.
Él la sorprendió echándose a reír.
–Tienes razón. Me lo merecía. ¿Me he disculpado?
–Sí, y no tienes por qué volver a hacerlo.
Ethan se acercó.
–¿Va todo bien por aquí?
–Deja de librar mis batallas. Puedo hacerlo sola.
–A veces un hombre tiene que intervenir y ocuparse de los suyos. Tucker lo entiende.
Tucker asintió.
Ethan preguntó si Tucker tenía pensado ver los partidos de la pretemporada ese domingo y, mientras los chicos hablaban de rugby, Nevada se preguntó dónde pasaría las tardes habitualmente Tucker. Siempre había estado solo, y no solo se había visto en un colegio distinto cada un par de años, sino que había tenido que verse en un país distinto y una cultura distinta, eso sin mencionar las barreras del idioma. No podía imaginarse lo que sería no tener raíces.
–Ten cuidado –estaba diciendo Ethan–. Hay un millón de mujeres solteras en el pueblo.
–Estás exagerando –Tucker dio un sorbo de vino–. No me preocupa.
Nevada sonrió.
–Pues deberías preocuparte. Hasta hace poco hemos tenido escasez de hombres, así que te rodearán las mujeres. Un fuerte y rico constructor –parpadeó varias veces.
Tucker se rio.
–Puedo apañármelas solo.
Nevada se giró hacia su hermano.
–En un par de semanas, acabarás diciéndole: «Te lo dije».
–Estoy deseándolo –se rio Ethan.
Tucker cambió de postura, incómodo.
–No puede ser tan malo.
–Sigue diciéndote eso –dijo Nevada antes de dirigirse a la cocina para ayudar a su madre.
–Me conozco el camino a casa –dijo cuatro horas después, tras una enorme cena.
–No voy a acompañarte a casa –le respondió Tucker–. Tú me vas a acompañar a mí. Si lo que Ethan y tú me habéis dicho es verdad, necesito protección.
–Oh, ¡por favor! Creo que puedes con unas cuantas mujeres hambrientas de amor.
–No al mismo tiempo –se inclinó hacia ella y bajó la voz–. Nunca me han ido los grupos. Después de las primeras cinco o seis veces, no es tan divertido.
–No estás impresionándome con historias como esa.
–¿Y qué clase de historias te impresionan?
–Viaja a través del tiempo como Kyle Reese en la primera película de Terminator. Eso sí que llamaría mi atención.
–Trabajaré en ello.
La noche era cálida y clara y el cielo estaba moteado de estrellas. Aún había mucha gente paseando, así que pasear al lado de Tucker no habría resultado nada íntimo. Aun así, no podía ignorar su presencia, la anchura de sus hombros y el sonido de su voz.
–Tu familia es genial y tu madre lo tiene todo bajo control.
–Se le da muy bien dirigir a una multitud.
–Lleva sola mucho tiempo. ¿Sale con alguien?
–Ha empezado este año. No puedo creerme que ya hayan pasado diez años desde que mi padre se fue. Ha estado sola mucho tiempo –miró a Tucker–. Tu padre no ha vuelto a casarse.
–Es verdad, pero no estaba solo. Cree firmemente en el concepto de «una chica en cada puerto». O, en su caso, de una mujer en cada obra. Ese hombre ha hecho el tonto con más mujeres de las que puedo contar.
–¿Y eso te molesta?
Tucker se encogió de hombros.
–Nunca se toma un respiro. Se acerca a los sesenta, pero se comporta como un chaval de diecisiete. Como he dicho, está actuando como un tonto. Pero eso hace el amor.
–El amor no hace tonta a la gente.
–Puede hacerlo.
Ella sabía en quién estaba pensando.
–Solo si eliges a artistas locas.
–No fue ella quien cambió mi opinión.
Doblaron una esquina y Nevada se dio cuenta de que estaban en su calle.
–Pensé que yo iba a acompañarte a tu casa.
–Me ocultaré entre las sombras.
Cruzaron la calle y se dirigieron hacia su puerta. Había luz en los dos apartamentos, pero no había ruido.
–Quien fuera que inventara los auriculares se merece que lo hagan santo –dijo ella–. Mis dos inquilinos son universitarios y no dan un solo paso sin estar escuchando algo, pero yo no tengo que oírlo.
–Qué suerte tienes.
Estaban en el porche. La luna acababa de salir y podía verla sobre el hombro de Tucker. Cualquiera podría pensar que un gran objeto blanco pendiendo del cielo capturaría su atención, pero ella solo parecía estar viendo al hombre que tenía delante.
–Gracias por el paseo –le dijo preparada para darse la vuelta y entrar. «Rápidamente», pensó. Porque si no lo hacía, corría el peligro de querer algo que no era sensato.
–De nada.
La mirada de él era intensa y buscaba algo en su rostro. Ella lo miraba también, no segura de en qué estaría pensando Tucker ni de cuál sería el mejor modo de protegerse. En realidad sí que sabía cómo, pero lo cierto era que no quería.
Él rodeó su mandíbula con una mano y puso la otra sobre su cintura antes de besarla.
Nevada había visto el beso venir y podría haberse apartado, pero no lo hizo y entonces la boca de él se había posado sobre la suya y ya nada más había importado.
El calor había vuelto, igual de pegajoso y dulce, y cuando la devoró, se rindió. Lo rodeó por el cuello y se acercó dejándose llevar por la locura de un mal juicio y una fantástica manera de besar.
Él reclamó sus labios con una seguridad en sí mismo que la hizo estremecerse. Lo único de lo que era consciente era de que ese hombre estaba abrazándola y de cómo estaba haciéndola sentir.
Bajó las manos hasta su cintura y deslizó la lengua sobre su labio inferior. Ella separó los labios instintivamente, dándole la bienvenida a su delicada invasión.
Tucker sabía ligeramente al brandy que habían tomado después de cenar y cada caricia que le daba la fue excitando más y más hasta perder la poca fuerza de voluntad que le quedaba. Cuando él se acercó más, Nevada no se apartó.
Sus pechos parecían sentirse cómodos contra su torso y su ombligo pareció acurrucarse contra la dureza de su erección. Tucker se apartó lo justo para besarla por el cuello y le mordisqueó el lóbulo de la oreja antes de lamer la sensible piel situada bajo ese punto.
Al instante, ya estaban besándose otra vez y Tucker estaba excitándola con su lengua. Ella deslizaba las manos sobre su espalda y sus pechos querían recibir su atención. Entre las piernas, sintió sus zonas más íntimas inflamadas y hambrientas de deseo.
En algún punto en la distancia, Nevada oyó el motor de un coche y el chirrido de los grillos y ello la hizo volver a la realidad y entender que estaba en el porche delantero de su casa besando al hombre para el que trabajaba.
Invitarlo a pasar sería la elección más sencilla, pensó consciente del deseo que brillaba en la mirada de Tucker. Pero en esta ocasión, él la elegiría a ella en lugar de tomar lo que le estaba ofreciendo. Además, tener sexo con Tucker no demostraría mucho y ella ya estaba cansada de tener que arrepentirse de cosas en la vida.
–Me gusta mucho mi trabajo –dijo en voz baja y después se aclaró la voz–. Y no quiero estropearlo acostándome con el jefe.
Tucker asintió una vez y después maldijo.
–Nevada... –comenzó a decir.
Ello lo interrumpió sacudiendo la cabeza.
–¿Aquella vez? No fuiste tú solo el que metió la pata. Yo sabía que estabas enamorado de Cat, ella me dijo que había acabado y quise creerla, pero sabía que te llevaría mucho tiempo olvidarla.
–No. No fue culpa tuya ni tampoco fue mía. Cat creía en la manipulación como forma de entretenimiento. Nosotros no éramos más que simples mortales y no tuvimos oportunidad.
Nevada se preguntó si eso era verdad.
–Era preciosa.
–Era una droga –apuntó él rotundamente–. Y yo era su bufón. Pensé que perderla me mataría, pero fue lo mejor que pudo pasarme.
Nevada no estaba segura de cómo habían terminado las cosas con Cat y decidió que tampoco necesitaba saberlo.
–En cuanto a lo de esta noche...
Él le rodeó la cara con las manos.
–Lo entiendo. Trabajamos juntos y seguiremos haciéndolo durante un tiempo. Yo solo estaré en la obra un año, así que haremos como si no hubiera sucedido nunca –su boca se curvó en una pícara sonrisa–. Hasta que me marche. Será un fin de semana terrible.
Sus palabras la hicieron derretirse por dentro.
–Estás dando por sentado que yo seguiré interesada.
–Lo estarás –contestó él con confianza y la besó suavemente. Bajó las manos y dio un paso atrás.
–¿Y si cambio de opinión?
–Te convenceré de lo contrario.
Y eso era algo que estaría deseando, pensó Nevada mientras se despedía de él. Entró en casa, aún atrapada por esos besos y por el pasado. Tucker era una complicación, pero una que podía manejar. Ahora que había reglas, sería más fácil trabajar juntos y no estaría pensando en él todo el tiempo.
Subió las escaleras hasta su apartamento y abrió la puerta con la llave. Al entrar, alargó el brazo hacia la derecha y encendió las luces, pero en lugar de ver su salón, vio otro lugar y otro momento. Cat estaba en la puerta de la habitación de su residencia.
–Ha terminado –le había dicho la otra mujer con su oscura mirada encendida–. Tucker y yo hemos terminado. Ya está hecho. Sé que estás enamorada de él y esta noche te necesita, Nevada. Deberías ir a verlo.
Estar al lado de Cat era como estar mirando al sol: era difícil ver cualquier otra cosa, centrar la mirada. Todo lo demás estaba borroso. Por ello, Nevada tardó un segundo en procesar lo que estaba oyendo y poco a poco la vergüenza fue invadiéndola mientras se preguntaba desesperadamente quién más habría descubierto su secreto. ¿Lo sabía Tucker? ¿Se compadecía de ella? Porque eso sería lo peor.
–No lo entiendo –susurró.
Cat le agarró los brazos y la zarandeó.
–Te necesita. Ve con él. Está solo en casa ahora mismo.
–Yo...
Antes de poder decir nada más, Cat se había ido dejando tras de sí una estela de exótico perfume.
Nevada pasó los siguientes veinte minutos intentando descifrar qué hacer. ¿Debería ir con Tucker? ¿Podía hacerlo? Él amaba a Cat y no podía ver ni a nadie más ni nada más, pero si habían roto, entonces estaba disponible. Y dolido.
Al final, su corazón había ganado la batalla y había agarrado las llaves de su coche y había bajado corriendo las escaleras para dirigirse al aparcamiento. Y así, antes de lo que había creído posible, ya estaba en casa de Tucker llamando a la puerta.
Él abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperándola, pero cuando la vio, su expresión pasó de la expectación a la decepción.
–Creía que eras Cat –dijo pronunciando con dificultad.
–Me he enterado de lo que ha pasado –lo siguió adentro.
–Me ha dejado.
Se dejó caer en el sofá, apoyó los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos.
–Me ha dejado –repitió como si no pudiera creérselo.
Nevada nunca había estado en su casa; sabía dónde vivía, ya que había ido a recogerlo un par de veces, pero no había pasado del aparcamiento.
Ahora, rápidamente, se fijó en los sofás de piel y en las mesas talladas; era una habitación elegante, que parecía sacada de una revista más que pertenecer a un soltero. Los cuadros parecían originales y caros. Había una escultura de metal en una esquina y le daba la sensación de que la había hecho Cat.
De hecho, todo el apartamento parecía estar gritando el nombre de esa mujer y no solo en las paredes color gris pálido o en las cortinas, sino en las montañas de libros en francés e italiano. El London Times descansaba sobre la mesita de café.
Los celos le revolvieron el estómago. ¿Había vivido ahí? No quería creer que fuera cierto, pero tampoco podía negar la evidencia. Si Cat no había vivido allí de manera permanente, sí que había pasado el tiempo suficiente para dejar su huella.
–No puedo hacer esto –murmuró Tucker.
Nevada fue hacia el sofá y se sentó a su lado.
–No puedo vivir sin ella –se giró para mirar a Nevada con los ojos inyectados en sangre–. Es mi mundo. Sin ella... –el dolor tensaba sus rasgos–. No quiero volver a sentirme así. El amor es una mierda, pero no he podido resistirme. No con ella.
–No pasa nada –le dijo Nevada tocándole el hombro tímidamente–. Sé que ahora duele, pero encontrarás a otra persona.
–No. Jamás. Solo está ella.
Su dolor llegó hasta lo más hondo de Nevada y le hizo desear desesperadamente poder hacerle sentir mejor. Ignoró su propio dolor mientras oía al hombre al que amaba declarar sus sentimientos por otra mujer.
–No –le giró la cara hacia ella–. No está solo ella –respiró hondo, se armó de valor y dijo–: Estoy yo.
Él juntó las cejas en un gesto de clara confusión.
–Te quiero –se apresuró a decir antes de perder el valor–. Te quiero desde hace tiempo. A Cat no le importas. A ella no le importa nadie. Pero a mí sí me importas, Tucker. Mucho.
Lo besó, aunque sus bocas se toparon torpemente. Él no respondió y tampoco se apartó, pero no le devolvió el beso. Se quedó sentado, inmóvil. Ella ignoró esa humillación y la voz que le gritaba que saliera corriendo mientras aún le quedara algo de orgullo.
–Tucker, por favor –susurró contra sus labios antes de agarrarle la mano y posarla sobre uno de sus pechos.
Era la primera vez en su vida que hacía algo así, y en parte se debía a que nunca había tenido una relación sexual. Aunque había salido con chicos en el instituto, lo más lejos que había llegado había sido que un chico le tocara suavemente los pechos por encima de la ropa.
Pero eso era diferente. Era Tucker y Tucker era su mundo. Por mucho que él creía que quería a Cat, ella lo amaba a él mucho más. Su amor era mayor y más fuerte y sobreviviría ante cualquier cosa.
De pronto, él comenzó a devolverle el beso y cerró la mano alrededor de su pecho, apretándolo con tanta fuerza que le dolió. Deslizó la lengua dentro de su boca y le subió la camisa para intentar desabrocharle el sujetador.
Un sujetador que no llegó a desabrochar. En lugar de eso, le sacó un pecho por la copa y le frotó el pezón.
Todo era muy extraño, pensó ella intentando averiguar a qué debía prestar atención. Él sabía y olía a whisky, y eso no era algo a lo que estuviera acostumbrada. Y aunque la mano que tenía sobre el pecho ya no le hacía daño, no tuvo tiempo de decidir si le gustaba o no, porque justo cuando pensó que podría sentir un cosquilleo, él estaba agarrándola por la cintura y tendiéndola en el sofá. Coló sus manos entre los dos cuerpos.
Nevada sintió unos dedos sobre su vientre y al momento notó cómo le estaba bajando los vaqueros y la ropa interior. Tucker le sacó una pierna por el pantalón, pero la otra la dejó metida.
Era todo lo que ella quería, pero estaba sucediendo demasiado deprisa. Una voz dentro de su cabeza le susurró que no se había imaginado que fuera a ser así. No, en un sofá con él borracho y ella...
–Tucker, yo...
Mientras intentaba averiguar qué quería decir, él se agachó entre sus piernas y acercó la boca. ¡Tucker estaba besándola «ahí abajo»!
Había leído algo sobre el tema, había oído a amigas hablar de ello, pero nada la había preparado para ese profundo y lento beso. Sus labios eran muy suaves y, cuando movió la lengua hacia delante y hacia atrás, pensó que se iba a morir.
Era perfecto, pensó hundiéndose en el sofá y entregándose a la extraña sensación de cosquilleo que la recorría. Era mejor que perfecto y eso tenía que demostrar que Tucker sentía algo por ella. No podía hacerle eso si no la amaba.
La acarició con la lengua una y otra vez mientras ella se contoneaba sin saber muy bien qué pasaría a continuación. Lo único que sabía era que quería más. Separó las piernas todo lo que pudo e hizo lo posible por controlar sus gemidos de placer.
Él se puso derecho y la miró a los ojos.
–Te deseo. ¿Tú también me deseas?
–Sí –le respondió con la voz entrecortada–, más que nada.
A Nevada le recorrió una ráfaga de deseo y lo acercó a sí. Tucker se situó entre sus piernas y el primer movimiento de sus caderas la pilló por sorpresa. Pasó de la excitación a sentirse incómoda en un segundo, y tuvo que morderse el labio para evitar gritar.
Él seguía moviéndose hacia dentro y hacia fuera, despacio al principio y después más deprisa. Nevada acababa de empezar a sentir las primeras oleadas de placer cuando él gritó:
–Siempre has sido tú, Cat. Solo tú. ¡Oh, sí! Así.
Se quedó tan impactada, tan rota, que no pudo decir nada.
¡Él ni siquiera sabía quién era!
Se quedó inmóvil mientras Tucker se hundía en su interior un par de veces más antes de emitir un gemido y parar.
Cuando terminó, se apartó y ella apretó los dientes ante la extraña sensación. Tucker se levantó y se abrochó los vaqueros y Nevada se quedó tendida un segundo esperando a que él se diera cuenta de lo que había pasado.
–Ahora mismo vuelvo –le dijo con una sonrisa torcida y fue hacia el cuarto de baño.
Nevada se quedó allí tumbada, con una pierna del pantalón puesta y la otra quitada, mientras las lágrimas comenzaban a humedecerle el pelo. Al final, se levantó y se vistió.
Todas sus esperanzas y sueños y todo su amor se derrumbaron a su alrededor y se sentó en el sofá sollozando. Todo lo que había imaginado se había desvanecido, había quedado roto por la realidad. A Tucker no le había importado en un sentido romántico porque estaba enamorado de Cat. Para él, ella no era nada más que la hermana pequeña de su amigo. Ella había malinterpretado su amabilidad, la había considerado afecto y se había construido una fantasía apoyándose en nada más sustancial que la arena.
Aún conteniendo las lágrimas, se levantó y volvió a su residencia. Tras pasar una hora en la ducha, seguía sintiéndose fatal. Peor aún, se sentía estúpida. Había sido una idiota y no podía culpar a nadie más que a sí misma.
Había pasado la noche despierta, regodeándose en la autocompasión y preguntándose cuándo tardaría en olvidar a su primer amor.
A la mañana siguiente había ido a clase como si nada hubiera pasado. Había hablado con sus amigos, se había reído cuando había tenido que hacerlo y había actuado como si se encontrara bien.
Pero no había servido de nada.
Dos días más tarde, Cat la había llamado.
–¿Fue maravillosa? –le preguntó la otra mujer.
–¿Qué?
–Tu noche con Tucker. Estabas enamorada de él así que quise que lo tuvieras.
–No lo entiendo. Me dijiste que habías roto con él.
–Eso es lo que le dije también a él porque, de lo contrario, no se habría acostado contigo. Ha sido mi regalo para ti, Nevada. Somos amigas y eso es lo que hacen las amigas.
Comenzó a pensar en aquella noche, en lo borracho que había estado él y en el hecho de que ni siquiera había sabido quién era ella. Al menos, no al final.
–¿Acaso se acuerda de lo que pasó? –preguntó odiándose por querer saberlo.
–Recuerda algunas cosas –Cat se rio–. Tenía una buena resaca cuando hablé con él. Me lo confesó todo esperando que me enfadara, pero claro, yo no estaba enfadada. Que estuvieras con él había sido idea mía y ahora está agradecido de que haya vuelto con él.
–¿Que vas a volver con él?
–Sí, ya te lo he dicho. Te regalé una noche con él. Así que, vamos, cuéntamelo todo. ¿Fue maravillosa?
Nevada sacudió la cabeza y volvió al presente, al salón que había remodelado y decorado ella misma. A la vida que se había creado.
Diez años atrás le había colgado el teléfono a Cat y no había vuelto a hablar con ella, al igual que tampoco había vuelto a hablar con Tucker. Había logrado seguir adelante con su vida, recuperarse, pero nunca había olvidado ni aquella noche ni la humillación que le causó. A cualquiera que le hubiera preguntado le habría dicho que ya había olvidado a Tucker y ahora tenía la oportunidad de demostrarse a sí misma que no estaba mintiendo al decirlo.
Denise Hendrix estaba sentada en el salón con el periódico extendido sobre la mesita de café y sabiendo que estaba flirteando con el desastre. A su edad, saltarse su clase de yoga no era algo que pudiera permitirse hacer. Corría el riesgo de que todo el cuerpo le empezara a chirriar o, peor, que le sucediera eso de lo que hablaban en esos anuncios de la tele tan espantosos sobre la rotura de huesos y las operaciones de cadera.
Pero la idea de pasar una hora intentando perfeccionar la postura del perro cabeza abajo no la atraía nada. Como tampoco la atraían ninguna de sus actividades cotidianas. Se sentía inquieta, como una niña sabiendo que solo faltaban unos días para Navidad, y esa expectación hacía imposible que pudiera centrarse en nada. Ahora la diferencia era que no sabía qué estaba esperando.
Todos sus hijos eran felices y habían tenido éxito. Sus amigos estaban sanos y sus inversiones marchaban muy bien. Ya había revisado la caldera, había mandado limpiar los canalones del tejado y tenía mucha comida en la nevera. Así que, ¿a qué estaba esperando? Tenía que seguir adelante con su vida.
El timbre de la puerta sonó salvándola de más introspección. Aunque era excelente a la hora de comprender las vidas de los demás, nunca se le había dado bien reflexionar sobre la suya propia.
Cruzó el salón y, al abrir la puerta, allí se encontró a un hombre con el que hacía más de treinta y cinco años que no hablaba.
Ahora comprendía el motivo de su inquietud: era el aniversario de la última vez que había visto a Max.
Max Thurman había sido su primer amor, su primer amante, su primer todo. Había creído que lo amaría para siempre hasta que había conocido a Ralph Hendrix. Los dos hombres no podían haber sido más distintos. Max siempre había sido salvaje, conducía una moto y era algo problemático. Ralph había sido responsable y ya con planes de meterse en el negocio de su padre.
Movida por un impulso, había aceptado una cita con Ralph durante una de sus frecuentes peleas con Max y, aunque había esperado aburrirse, había quedado encantada.
Max se había marchado del pueblo unas semanas después y nadie sabía adónde había ido. Hacía aproximadamente un año había reaparecido, y ella se había mantenido apartada de su camino al no saber bien qué sentía por el hecho de que su antiguo novio hubiera vuelto a la escena del crimen.
Tenía buen aspecto, pensó distraídamente. Su cabello rubio se había vuelto gris, pero le sentaba bien. Sus ojos azules seguían siendo tan penetrantes como recordaba, la sonrisa igual de natural y el cuerpo igual de musculoso.
–Hola, Max.
–Denise.
Ella dio un paso atrás para dejarlo pasar y cuando Max pasó por su lado, sintió una emoción que recordaba, como si no hubiera pasado el tiempo. Resultaba reconfortante saber que ahora podía ser tan tonta como cuando había tenido diecinueve años.
Se miraron.
–Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo estás?
–Bien. Me mudé aquí el año pasado.
–Eso había oído.
–Te he visto por el pueblo un par de veces.
Ella asintió y miró a otro lado.
–Yo te he evitado.
–Ya me he fijado. Suponía que necesitabas tiempo.
Denise se rio.
–Han pasado treinta y cinco años. ¿Cuánto tiempo más ibas a darme?
Él sonrió y fue como si no hubiera pasado el tiempo entre los dos. Las rodillas le flaquearon y su corazón dio un brinco.
–Hasta hoy.
No sabía ni qué quería ni qué esperaba de ella, pero eso no importaba. Era Max. Su Max.
–Ralph murió hace casi once años.
–Lo sé. Lo siento.
–Lo quería mucho. Tuvimos una vida maravillosa juntos y me dio seis hijos preciosos.
Max asintió lentamente.
–Vi lo que estaba pasando después de tu primera cita con él. Por eso me marché. Sabía que no podía competir con él. Podría haberte seducido para llevarte de nuevo a mi cama, pero no habría podido retenerte por mucho tiempo. Y tampoco me lo merecía.
Se quedaron mirándose.
–Bueno, y ahora que eso lo hemos superado, ¿qué pasa?
–Creía que podríamos empezar con una taza de café. Tenemos mucho que contarnos.
Capítulo 7
Tucker estaba a un lado del camino de tierra y parecía asombrado. Tenía un recipiente de comida entre las manos.
Nevada suspiró.
–¿No decías que podías apañártelas solo? ¿No fue lo que dijiste? ¿Que unas cuantas mujeres solteras no podían asustarte?
–Están por todas partes.
Un poco exagerado, pensó ella divertida.
–Solo hay tres.
–En una mañana.
Nevada sabía que no era solo por la comida, ya que Tucker también había recibido dos invitaciones para cenar y una para tomar un café.
–Te lo advertí, pero no quisiste escucharme.
–Me equivoqué –se giró hacia ella–. ¿Qué hago?
Ella sonrió.
–¿Me equivoco al asumir que no estás interesado en tener ninguna aventura amorosa con una de las encantadoras chicas de este pueblo?
–No, no me interesa. Pero tampoco quiero que se enfaden conmigo. Tienes que ayudarme.
–Técnicamente no puedo.
Tal vez estaba mal disfrutar viéndolo pasar ese mal rato, pero estaba más que dispuesta a vivir con esa culpa.
–Admítelo, Tucker. Este pueblo tiene escasez de hombres y tú eres un hombre.
«Un hombre que sabe besar», pensó antes de apartar esos recuerdos de la noche anterior. Había sido mucho más fácil no pensar en Tucker cuando no tenía que verlo todos los días y cuando el último recuerdo del tiempo que habían pasado juntos había sido tan terrible. Ahora sabía lo que era besarlo cuando estaba sobrio y con tanto interés como tenía ella.
–Tienes que hacer que paren –le dijo.
–¿Qué me darás si lo hago?
La pregunta fue automática y fruto de la costumbre por el hecho de tener cinco hermanos. Antes de que él pudiera decir nada, alzó las manos.
–No importa. No respondas a eso. Te ayudaré porque soy una buena persona y eso hará que mi madre se sienta orgullosa. No hay otra razón. Vamos.
Comenzó a dirigirse a su camioneta.
–¿Adónde vamos?
–Al pueblo.
Estuvieron allí en menos de quince minutos. Aparcó junto al lago y apagó el motor.
–Vamos a pasear por el pueblo y vas a fingir que estás coladito por mí. Para cuando hayamos vuelto a la obra, se habrá extendido el rumor y tu problema estará solucionado.
–Eso puedo hacerlo.
Agradeció que él no insistiera en el porqué de su ayuda. Sí, claro, en parte lo hacía por su madre, pero aunque era cierto que había disfrutado viendo a Tucker pasándolo mal, no le gustaba que otras mujeres se acercaran a él.
Por mucho que Tucker y ella hubieran acordado que se iban a centrar solo en el trabajo todo el tiempo, eso no hacía que pudiera ignorarlo.
–Iremos al supermercado y a la librería de Morgan. Después, daremos un rápido paseo por Frank Lane y entonces ya serás intocable.
–Te debo una –dijo al salir de la camioneta.
Y en más sentidos de lo que él se creía, pensó Nevada.
Comenzaron a caminar hacia el centro y, cuando llegaron a una esquina y pararon en un semáforo, Tucker le agarró la mano. Ella tardó un segundo en recordar que eso formaba parte del plan, que había sido su propia idea. Mientras que su cerebro estaba ocupado procesando la información, su cuerpo hervía bajo un estallido de calor y sus partes más femeninas despertaron.
No, de ningún modo, se dijo. No podía permitirse reaccionar así ante Tucker, pero aleccionarse de ese modo no ayudaría mucho, no cuando él estaba entrelazando sus dedos con los suyos y apretándole fuerte.
Pasaron por el supermercado mientras ella le ofrecía una chispeante conversación e intentaba no fijarse en cómo se rozaban sus hombros y en cómo él le sonreía.
De nuevo en la calle, se sintió aliviada al ver a Pia y a Raúl, que empujaba un carrito de bebé doble, yendo hacia ellos.
–Hola –dijo soltándole la mano a Tucker y corriendo hacia sus amigos–. Habéis salido.
–¡Por fin! –exclamó Pia–. Pensamos que ya era hora de presentarle a las niñas su pueblo. Además, hoy empiezan a trabajar en el Festival del Otoño y quiero ver cómo van las cosas. Luego vendrán las jornadas de artistas con un invitado especial y también tengo que comprobar el inventario para la decoración de Halloween.
Nevada les presentó a Tucker y los dos hombres se dieron la mano.
–Son preciosas –dijo él sorprendiéndola.
Pia asintió.
–No puedo llevarme el mérito, así que lo único que puedo decir es que estoy de acuerdo contigo. Además, son muy buenas. He estado leyendo toneladas de artículos en Internet sobre cólicos y noches sin dormir, así que tenemos suerte. ¿Qué hacéis por aquí?
–Estoy protegiendo a Tucker de las mujeres solteras del pueblo.
Tucker la miró.
–¿Tenías que decir eso?
Nevada le sonrió.
–Lo siento. ¿Era un secreto?
Raúl sacudió la cabeza.
–Las mujeres de este pueblo son decididas y resueltas –rodeó a Pia con un brazo–. Mira cómo me cazaste tú.
–Fuiste tú el que me suplicó que me casara contigo y me diste lástima.
–Sigue diciendo eso y puede que algún día sea verdad.
Nevada sabía que se habían enamorado de un modo inesperado mientras Pia estaba embarazada de los embriones de su amiga.
–Si la cosa se pone fea, podéis salir con nosotros –dijo Pia acercándose a Raúl.
–Gracias.
Dejaron a la joven familia y siguieron con su paseo por el pueblo.
En la esquina de la librería de Morgan, Nevada estaba a punto de sugerir que podían parar a comprar un dulce antes de entrar cuando Tucker la sorprendió llevándola hacia él.
–¿Qué? –preguntó ella.
En lugar de responder, la besó.
Sentir su boca fue algo delicioso y su ya alertado cuerpo reaccionó. Consciente de que estaban en mitad de la calle y de que cualquiera podía verlos, quiso echarse atrás, pero no pudo. Había algo en él que hacía imposible que se moviera, imposible que hiciera nada más que perderse en la sensación de sus labios contra los suyos.
La rodeó con los brazos y tanto sus hombros como sus muslos se tocaron. Ella deseó devolverle el abrazo, pero justo cuando estaba a punto de separar los labios para poder intensificar el beso, él se apartó.
–¿Qué ha sido eso?
Tucker le sonrió y volvió a tomarle la mano.
–Solo he hecho lo que me has dicho. Que parezca que estoy loco por ti.
¡Oh, claro! El plan para protegerlo.
–Ah... eh... vale –se aclaró la voz–. Lo has hecho bien.
Tucker le guiñó un ojo.
–A mí también me ha gustado.
¿Y esas reglas de «solo trabajo»? ¿Y eso de ser solo amigos? La verdad era que Tucker Janack siempre lograba encandilarla y siempre lo haría. El truco sería descubrir cómo lograr controlar sus reacciones ante él y no perder la cordura al mismo tiempo.
Al cabo de un par de días esquivando a Tucker, haciendo su trabajo y sin querer nada más que escapar de la desmoralizante tensión sexual que sentía cada vez que estaba cerca de ese hombre, Nevada quedó aliviada cuando recibió una llamada de Montana. Dakota y ella querían una reunión de mellizas. Quedaron en una hora y sugirieron reunirse en casa de su madre.
Nevada llegó pronto; había sido una gran excusa para marcharse de la obra. Esperaba que después de que sus hermanas hablaran de lo que tuvieran que hablar, pudiera pedirles consejo sobre cómo aclararse la mente en cuanto a Tucker porque, por sí sola, no encontraba ninguna idea.
Centrarse en el pasado y odiarlo no era una opción de verdad. Habían pasado diez años, ella había tenido tanta culpa como él y prefería mirar hacia delante que mirar atrás. Además, le encantaba su trabajo y quería seguir trabajando con él. Que Tucker se pusiera una máscara de gorila cada día la ayudaría mucho, pero no estaba segura de cómo pedirle que lo hiciera.
Llamó a la puerta, como siempre hacía, antes de abrirla.
–¡Soy yo! –gritó–. ¿He llegado la primera?
No obtuvo respuesta. Oyó un ruido procedente de la cocina y recorrió el pasillo preguntándose de qué querrían hablar. Tal vez Montana estaba embarazada. Eso sí que sería divertido. Simon era un tipo genial. Tal vez iban a anunciar su compromiso, lo cual significaría que sus dos hermanas estaban felizmente enamoradas.
Bien por ellas, pensó diciéndose que no debía dejarse afectar por ello porque, con el tiempo, ella también encontraría a su chico. Tenía que ser positiva.
Perdida en sus propios pensamientos, apenas se fijó en que volvió a oír ese extraño sonido, y a la vez que se daba cuenta de que era más un gemido que una palabra, entró en la cocina y se encontró a su madre con Max Thur-man.
Desnudos.
Sobre la mesa de la cocina.
Teniendo sexo.
Fue uno de esos momentos que hizo que el tiempo se ralentizara. Se sintió como si estuviera bajo el agua, incapaz de moverse con rapidez o de respirar. La imagen pareció quemarle el cerebro. Gritó y se cubrió los ojos, pero ya era demasiado tarde.
–¡Nevada!
–¡Lo siento! –gritó antes de salir corriendo todo lo deprisa que pudo. Salió afuera y se quedó en mitad del jardín intentando recuperar el aliento.
–¡No, no, no!
Cerrar los ojos no la ayudó en nada, como tampoco lo hizo canturrear. Hiciera lo que hiciera, seguía viéndolos desnudos y haciéndolo.
–¿Qué está pasando?
Vio a sus hermanas correr hacia ella y salió corriendo en la otra dirección. La persiguieron por la calle.
–¡Para! –gritó Montana–. Dakota está embarazada y no puede correr detrás de ti.
Eso la hizo detenerse, pero no podía mirarlas.
–¡Oh, Dios, es horrible! Voy a tener que necesitar terapia psicológica el resto de mi vida.
Sus hermanas la rodearon, parecían preocupadas.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Dakota agarrándole el brazo–. ¿Estás enferma?
Nevada señaló a la casa.
–Ahí dentro. Encima de la mesa.
Montana se quedó pálida.
–¿Le ha pasado algo a mamá?
Nevada sacudió los brazos.
–Está bien. No puedo... No me hagáis decirlo.
Pensó en gatitos, en chocolate y en barcos y se preguntó si había alienígenas en Marte antes de ceder ante lo inevitable y dejar que la sintonía de la atracción de Disney «El pequeño mundo» le llenara la cabeza, pero eso tampoco ayudó.
Dakota la zarandeó.
–¿Puedes decirnos qué está pasando?
–He visto a mamá practicando sexo con Max. ¡Encima de la mesa de la cocina! –gritó y volvió a cubrirse la cara–. No puedo sacármelo de la cabeza.
Bajó las manos y vio a sus hermanas mirándose. Montana hizo ademán de reír.
–No tiene gracia –insistió Nevada–. Hemos desayunado en esa mesa. Hemos decorado galletas y hecho los deberes ahí. ¿Cómo voy a poder volver a mirar a mamá a la cara?
–Creo que eso va a ser más un problema para ella que para ti –le dijo Dakota–. ¡Vaya! No me puedo creer que mamá estuviera teniendo sexo con Max. Supongo que es el tipo del tatuaje.
Su madre tenía el nombre de Max tatuado en la cadera.
–Pues yo voy a tener más problemas con Max que con mamá –admitió Montana–. Es mi jefe y podría ser algo complicado.
–¡No quiero volver nunca! –gimoteó Nevada–. Crecí en esa casa, adoro esa casa, pero no quiero volver a entrar ni hablar con mamá.
–Lo superarás –le dijo Dakota, demasiado calmada y con voz de estar divirtiéndose demasiado.
–Eso no lo sabes. Solo es una suposición.
–Soy una profesional. Confía en mí. Seguro que te pondrás bien.
–Me pregunto si funcionaría la terapia de electroshock –murmuró Nevada pensando en si merecería la pena el dolor que ese procedimiento conllevaba. No era que no quisiera a su madre ni quisiera que fuera feliz, pero ¿tenía que hacerlo en la mesa de la cocina?
–Son viejos, ¿no deberían preocuparles sus articulaciones y esas cosas? ¿No sería mejor una cama? En una cama no habría sido tan impactante.
–Creo que es impresionante –anunció Montana–. ¿Cuándo ha sido la última vez que has practicado sexo encima de una mesa de la cocina?
–No puedo recordar ni la última vez que he practicado sexo –dijo Nevada suspirando. Tendría que aceptar simplemente que estaba emocionalmente herida.
Echó a andar hacia el centro del pueblo, pero sus hermanas se interpusieron en su camino.
–¿Creéis que un café con leche me ayudará a olvidarme de esto más que un helado?
–¿Y qué tal un Frappuccino de moca? –Dakota le dio una palmadita en el hombro–. Es lo mejor del mundo.
–Perfecto.
–Es muy dulce –comenzó a decir Dakota.
Nevada se detuvo y la miró.
–No vayas por ahí. No eres tú la que lo ha visto. Hasta que no hayas visto a tu madre practicando sexo sobre la mesa de la cocina, no te permito que des ninguna opinión. ¿Entendido?
–Sí, y tanto.
–Apuesto a que Max tiene un buen trasero –dijo Montana–. No es que quiera pensar mucho en ello, pero se cuida mucho.
Dakota sonrió.
–Seguro que sí.
–Os odio a las dos.
Sus hermanas la abrazaron.
–No puedes odiarnos –dijo Montana besándola en la mejilla–. Tenemos tu adn.
–Pues quiero que me lo devolváis.
Sus hermanas se rieron y ella, si bien algo reticente, se unió a ellas. Siempre había sabido que tener una gran familia conllevaba altibajos en las relaciones, tenía sus más y sus menos, y ese en concreto era un gran menos al que tendría que reponerse.
Agarró a sus hermanas del brazo.
–De acuerdo. Ya basta de mi trauma emocional. ¿De qué queríais hablar conmigo?
Sus hermanas se detuvieron en seco, obligándola a ella a parar también. La miraron con una mezcla de preocupación y algo más que parecía culpabilidad.
–¿Qué? No quiero jueguecitos, he tenido un día muy duro.
Aunque haber visto a su madre con Max había puesto sus problemas con Tucker en perspectiva.
–Estamos planificando una boda –dijo Dakota.
–La tuya. Lo sé –Nevada miró a Montana–. A menos que Simon y tú lo hayáis hecho oficial. Por cierto, todos sabemos que estáis enamorados y que pensáis casaros, así que ¿qué le pasa a ese tipo para no haberte puesto ya el anillo?
Montana se rio y alzó su mano izquierda, donde un gigantesco diamante resplandecía bajo el sol de la mañana.
Nevada gritó.
–¡El tipo sí que tiene buen gusto!
Las tres se abrazaron y, cuando comenzaron a caminar de nuevo, Dakota respiró hondo.
–Hemos estado hablando...
–¿Qué? –preguntó Nevada extrañada porque su hermana siempre sabía qué decir.
–Hemos estado pensando que nos gustaría mucho una boda doble, pero luego hemos pensado que podrías sentirte mal por ello, así que hemos decidido no hacerlo, aunque por otro lado, económicamente estaría muy bien, pero si te hace daño o es mezquino por nuestra parte, no lo haremos.
Dakota se quedó quieta y callada.
–Te queremos –añadió Montana.
–Lo sé –respondió ella atónita por lo que acababa de oír. Una boda doble. Claro. Estaban comprometidas, eran hermanas y además Dakota estaba embarazada, así que casarse tenía sentido. En cuanto a lo de hacerlo al mismo tiempo... las tres lo habían compartido todo, así que ¿por qué no también una boda?
Con la diferencia de que en esta, ella se quedaría fuera porque ni siquiera estaba saliendo con nadie.
–Me parece una idea genial –dijo sonriendo y esperando sonar emocionada y feliz–. ¿Habéis elegido alguna fecha?
–Estábamos pensando en el fin de semana de Acción de Gracias –respondió Dakota–. Mamá cree que Ford vendrá a casa para las fiestas.
Ford era el más pequeño de sus hermanos aunque, aun así, era mayor que ellas. Estaba en la Marina.
–Querréis que Ford esté aquí, así que creo que ese fin de semana sería el momento perfecto.
Las dos la miraron como si estuvieran buscando la verdad en su expresión y Nevada contuvo un suspiro. ¿Qué tenía que decir? ¿Que se sentía sola y abandonada? ¿Que aunque estaba emocionada porque sus hermanas hubieran encontrado la felicidad, ella también quería un poco? Por otro lado, por mucho que lo quisiera, jamás se interpondría en las bodas de sus hermanas.
–Más vale que os decidáis pronto, porque no hay muchos sitios donde quepan la familia entera y medio pueblo –les sonrió–. Estoy segura de que es lo correcto.
–Gracias –susurró Dakota.
–No sé por qué estabais preocupadas. Ahora, venga, id corriendo a planear vuestra boda. Yo voy a buscar algo que tenga la misma parte de azúcar que de grasas para intentar despejarme la cabeza.
Dejó a sus hermanas hablando sobre lo que hablaban las futuras novias y echó a correr hacia el Starbucks más cercano. Una vez allí, pidió un Frappuccino de moca con nata y se dijo que era una buena noticia que sus hermanas fueran a casarse. Se merecían ser felices y estar enamoradas... Y el hecho de que ella también se lo mereciera era algo con lo que ya se pelearía en otro momento.
El sábado por la tarde, con la cabeza aún dándole vueltas porque el recuerdo de la aventura de su madre seguía grabado en ella y algo aturdida por el anuncio de la boda de sus hermanas, Nevada se vio sin nada que hacer ni ningún sitio adonde ir. Entró en el bar de Jo pensando que allí podría encontrarse a alguna amiga, y así fue: Heidi, Charlie y Annabelle estaban en una mesa del centro y le hicieron gestos para que se acercara.
–Estamos huyendo de la alegría del Festival del Otoño –anunció Charlie acercándole un cuenco de patatas fritas–. Me encantan los festivales, pero todos esos niños... –se estremeció.
Heidi se rio.
–¿No te gustan los niños?
–De manera individual están bien, pero ¿en grupo? No, creo que no. ¿Habéis leído el Señor de las moscas?
Annabelle ladeó la cabeza.
–No trata de niños. Es una alegoría de...
Charlie gruñó.
–Tú sí que eres una buena bibliotecaria.
–¿Porque miento sobre ello?
Se rieron.
Nevada se relajó por primera vez en días. Ahí sí que podía escapar de las complicaciones de su vida y entretenerse un poco. ¿Por eso le gustaban tanto los bares a los hombres?
Observó a las tres mujeres sentadas a la mesa. Heidi llevaba unos vaqueros y una camiseta muy acordes con su estatus de cabrera. Su larga melena rubia caía en una gruesa trenza y tenía una belleza fresca y limpia. Annabelle, por otro lado, era una chica pequeña con gusto por los estampados delicados y que llevaba vestidos con mangas abullonadas. Un poco recargados para el gusto de Nevada, pero le sentaban bien. Charlie se encontraba en el otro extremo absoluto. Nevada siempre se había considerado muy informal en estilo, pero comparada con Charlie, prácticamente podía decirse que vestía alta costura. El uniforme de Charlie cuando no estaba de servicio consistía en unos pantalones anchos de bolsillos y una gran camisa abierta sobre una camiseta de tirantes. Además, parecía que ella misma se cortaba el pelo porque era más sencillo que ir a una peluquería.
Jo se acercó a la mesa.
–¿Hoy vas a beber? –le preguntó a Nevada.
–No, tomaré una Coca-Cola Light –miró a sus amigas–. ¿Queréis compartir una ración de nachos? Estas patatas me han abierto el apetito.
Annabelle gruñó.
–Me encantan los nachos y a ellos les encantan mis caderas. ¡Claro, yo comparto!
Heidi y Charlie asintieron.
Jo miró a Heidi.
–¿Quieres que utilice un poco de aquel queso que me trajiste?
–Claro –Heidi sonrió–. Voy a traer muestras a todos los locales del pueblo para despertar el interés. Un gran rancho supone una gran hipoteca.
–Creo que no quiero saber cómo van a utilizar el queso en la tintorería –murmuró Charlie.
–Tú nunca vas a la tintorería –le recordó Nevada.
–Y me enorgullezco de ello –respondió Charlie sonriendo.
Jo miró a Nevada.
–¿Es verdad? ¿Estaba tu madre montándoselo con Max en la mesa de la cocina?
Nevada se estremeció.
–¿Cuál de mis hermanas te lo ha contado?
–Las dos.
¡Muy típico! En ese pueblo nadie guardaba secretos.
–Tengo que decir –continuó Jo– que siempre me ha caído bien tu madre, pero ahora siento un absoluto respeto hacia ella. Ha criado a seis hijos, ha superado la muerte de su marido y ahora esto. Espero ser como ella cuando tenga su edad –guiñó un ojo–. Tienes buenos genes. Espero que sepas estar agradecida por ello.
–Sí, pero también estoy algo traumatizada por haber visto a mi madre practicando sexo.
Jo se rio y volvió a la barra.
–¿De verdad viste así a Denise? –preguntó Charlie.
–¿Por qué está todo el mundo a su favor?
–Porque yo no puedo contar aún que haya hecho el amor encima de la mesa de la cocina –admitió Heidi–. ¿No será frío e incómodo?
–Depende de la superficie –respondió Annabelle–. Puede que el cristal te deje helada, pero la madera no es... –se aclaró la voz–. Teóricamente, claro.
Charlie enarcó las cejas.
–Alguien tiene un pasado.
Jo volvió con el refresco y después se dirigió de nuevo a la barra.
–¿Cómo van las cosas por el rancho? –le preguntó Nevada a Heidi.
–Bien. Ya casi hemos terminado de reparar el granero y las cabras están genial. Elaborar el queso lleva tiempo, así que ahora estoy vendiendo lo que hice antes de mudarnos aquí. El año que viene nos irá mucho mejor con el queso, pero hasta que eso pase andaremos algo justos de dinero. Estamos pensando en dar alojamiento a algunos caballos. ¿Creéis que hay mercado para eso?
–Yo estoy buscando un lugar donde dejar al mío –dijo Charlie.
Las tres se miraron.
–¿Tienes un caballo? –preguntó Nevada intentando imaginarse a Charlie montando.
–Claro. Me gustan los caballos y me gusta estar al aire libre.
–Jamás te he visto montada a caballo.
–Lo tengo en un lugar que está a unos cincuenta kilómetros de aquí y me gustaría tenerlo más cerca. Y no soy la única. Morgan acaba de comprarle un pony a su nieta y lo tienen en el mismo lugar.
Heidi sonrió.
–Gracias por decírmelo. El granero está listo. En serio, ¿por qué no vienes y le echas un vistazo?
–Lo haré.
Fijaron una hora para la tarde siguiente y Jo llegó con los nachos. Después, la conversación pasó a centrarse en el Festival del Otoño y en lo que estaba pasando por el pueblo.
–Tengo los papeles de los permisos para la voladura en la obra –le dijo Charlie a Nevada.
–Bien. ¿Vas a ser nuestra representante del Departamento de Bomberos?
Charlie agarró una patata cubierta de queso.
–Estaré allí manteniéndoos a raya.
–No tengo pensado pasarme de la raya, créeme. Queremos hacerlo todo bien.
–¡Oh, mirad! –Annabelle se giró en su asiento y señaló hacia la puerta.
Nevada se giró y vio a Will entrar, ir hacia la barra y esperar a que Jo se percatara de su presencia.
–La otra noche estaban discutiendo en el callejón –dijo la bibliotecaria–. Bueno, no peleando exactamente, pero sí que parecía una discusión acalorada –bajó la voz–. Quiere salir con ella y ella no deja de decirle que no. No estoy segura de por qué. Es muy mono y parece simpático.
–Sí que lo es –dijo Nevada viendo a Jo sacudir la cabeza, ignorando lo que fuera que Will estaba diciéndole–. Trabajo con él. Es un encanto.
–No lo entiendo –dijo Charlie–. No hay muchos buenos tipos por ahí, así que si alguien como él está interesado, debería lanzarse.
Nevada miró a Charlie, que parecía hablar casi con tono nostálgico.
–A Jo le han hecho daño –les dijo Heidi–. Tiene esa mirada. Confiad en mí. Algún tipo le ha roto el corazón y no quiere que se lo vuelvan a hacer.
–Nadie lo sabe con seguridad –dijo Charlie–. En el caso de Jo, todo son rumores.
Unos minutos después, Will se marchó y Jo fue a la mesa de las chicas para preguntar si necesitaban algo.
–¿Qué tal vais las cuatro?
–¿Qué pasa con el tipo ese? –preguntó Charlie, tan delicada como siempre.
Nevada creía que Jo le respondería que no era asunto suyo, pero en lugar de eso se encogió de hombros y dijo:
–Está interesado, pero yo no. Fin de la historia.
–Sabes que es un tipo genial, ¿verdad? –apuntó Nevada antes de alzar las manos y añadir–: Lo siento. No puedo evitarlo. Trabajo con él.
–Pues entonces querrás lo mejor para él –le contestó Jo–. Y esa no soy yo.
Se alejó y las chicas se quedaron mirándola. Annabelle agarró una patata.
–Me encanta este pueblo. Es mejor que la televisión.
–¿No has podido venir en coche? –gritó Tucker al bajar de la camioneta y dirigirse hacia el hombre que bajaba del avión privado que acababa de aterrizar en el aeropuerto de Fool’s Gold.
Nevada se quedó atrás, no muy segura de por qué Tucker le había pedido que lo acompañara a recoger a su padre. Los dos hombres se dieron la mano y se abrazaron. Eran aproximadamente de la misma estatura, con el cabello oscuro y la misma sonrisa fácil. Nevada vaciló un instante antes de ir hacia ellos.
–Señor Janack –dijo extendiendo la mano.
–Elliot, por favor. Me alegro de volver a verte, Nevada. ¿Estás manteniendo a mi hijo a raya?
–Hago lo que puedo.
Subieron a la camioneta de Tucker y Nevada ocupó el asiento trasero. Elliot se giró hacia ella.
–Me alegra que estés en el equipo. Tener a alguien del pueblo es una gran ventaja. Recuerdo cuando estábamos trabajando en Sudamérica y cabreé a uno de los granjeros de la zona. Me cortó el suministro de agua hasta que me disculpé y compré bolsos de diseño para sus ocho hijas –se rio–. No quiero volver a cometer ese error.
–Te alegrará saber que nuestro Ayuntamiento no es tan difícil de tratar.
–Me alegra oírlo –Elliot volvió a mirar al frente–. ¿Vamos dentro de la agenda programada? –le preguntó a su hijo.
Tucker le puso al día, le explicó el tema de los permisos para el suministro de agua y de alcantarillado y le dijo que iban a comenzar con las voladuras. Para cuando llegaron a la zona de obras, Elliot ya sabía tanto como ellos.
Después de que Tucker hubiera aparcado, Nevada bajó de la camioneta con la idea de despedirse de Elliot y volver al trabajo, pero el hombre le indicó que se quedara con él.
–Tucker tiene que hacer unas llamadas –dijo mientras su hijo se dirigía al tráiler–. Enséñame lo que tenemos por aquí.
Sonó más como una orden que como una petición, pero a ella no le importó. Los equipos estaban haciendo un trabajo fantástico y estaba orgullosa de enseñarlo y presumir de ello.
Señaló las zonas donde se estaban llevando a cabo las obras de desmonte y le explicó que estaban conservando los árboles más grandes.
–A la gente le gusta eso –dijo Elliot–. Es bueno para el medioambiente y a nosotros no nos supone mucho trabajo, así que salimos ganando. ¿Te gusta trabajar con Tucker?
–Es un buen jefe –respondió no muy segura de que esa fuera la información que quería oír el hombre. Se apostaba lo que fuera a que Elliot no sabía nada de su pasado con Tucker, así que probablemente la pregunta fuera más general que específica.
–Me sustituirá dentro de un año aproximadamente.
–No lo sabía.
Elliot le sonrió.
–Dice que no estoy preparado para jubilarme, pero podría empezar a ir apartándome poco a poco. Dice que este proyecto es su última prueba, su oportunidad de demostrar que tiene lo que hace falta.
Aunque Nevada sabía que Tucker estaba asumiendo cada vez más responsabilidad, no se lo había imaginado dirigiendo una empresa multimillonaria.
–Lo hará bien.
–Estoy de acuerdo.
–Entonces, tendrá que ubicarse ahí donde esté la sede principal de la empresa, ¿verdad?
–Sí. En Chicago. Yo tengo pensado pasar parte del año en el Caribe.
Dijo algo sobre comprar un velero, pero ella ya no escuchaba. Tucker se marchaba. Siempre había sabido que lo haría, que su trabajo era temporal, pero ahora entendía que ese proyecto era simplemente un trampolín para algo más grande: dirigir la empresa familiar. Por supuesto querría hacerlo, así que no podía decir que se hubiera esperado que él se quedara en Fool’s Gold.
La ubicación no era exactamente el mayor problema, admitió, sino la actitud de Tucker sobre las relaciones. Estar enamorado no significaba ser un tonto, por mucho que él lo creyera. Y no es que tuvieran una relación que no fuera otra cosa que amistad, porque sabía muy bien que no debía volver a enamorarse de él.
Uno de los chicos corrió hacia ella.
–Siento interrumpir, jefe –dijo asintiendo hacia Elliot–. Tenemos un problema.
Enarcó las cejas esperando a oír los detalles.
–Cabras. Tenemos cabras.
Capítulo 8
–Esto sí que no me había pasado nunca –admitió Tucker arreando a las dos cabras por la carretera. Al menos no eran hostiles.
–Pobre Heidi –dijo Nevada ocupándose de sus dos cabras–. Creo que daba por hecho que la valla era segura. Sé que va a culpar a las vacas.
–¿También tiene vacas?
–Más o menos. Son salvajes.
Tucker se rio.
–¿Vacas salvajes? ¿Eso es posible?
–Según ella, sí. Venían con el rancho, pero llevan años correteando libres. El antiguo propietario de Castle Ranch murió hace mucho tiempo. Apenas puedo recordar cuándo vivió aquí. Ha estado abandonado cerca de veinte años.
¡Y a él que le preocupaba que construir un hotel y un casino en Fool’s Gold fuera a ser aburrido!
–Ya sabes cómo son esas vacas –dijo con una carcajada–. Pueden causar toda clase de problemas como saltarse las clases y fumar detrás del gimnasio.
Ella le sonrió.
–¿Es aquí cuando te recuerdo que tienes cabras en tu zona de obras? No te burles de las vacas, pueden venir a por ti.
Él se rio.
–Puedo con unas vacas salvajes.
–Eso lo dices ahora. Me he fijado en que tu padre no se ha presentado voluntario para devolvérselas a Heidi.
–Él es más un hombre de hotel. Ha pasado demasiados años detrás de un escritorio.
–Supongo que desde que tú empezaste a dirigir los grandes proyectos.
Él asintió. Después de que su desastrosa relación con Cat hubiera terminado, se había volcado en el trabajo y al cabo de un año había estado dirigiendo la construcción de un edificio de diez pisos en Tailandia. Al año siguiente había construido un puente en la India y su padre había empezado a pasar más tiempo en la oficina.
–No creo que pudiera vivir con eso –dijo ella–. Eso de ir de un sitio a otro. Me gusta tener un hogar.
–Pues yo lo único que conozco es estar moviéndome.
La miró. El sol iluminaba los distintos matices de su melena rubia y su perfil era perfecto, junto con su carnosa boca.
Apartó la mirada al preferir no ahondar demasiado en ello. Resultaba tentador, pero era peligroso. Mejor era pensar en el día, en el brillante cielo azul, en los árboles, en el rítmico sonido de las pisadas de las cabras.
–Háblame de Fool’s Gold –dijo él.
Ella sonrió.
–No estoy segura de que tengamos tanto tiempo. Tiene una historia muy distinguida.
–Estoy seguro. Por aquí seguro que no hubo ni piratas ni villanos.
–Puede que unos cuantos, pero yo soy descendiente directa de una de las familias fundadoras. Aunque los primeros en vivir aquí fueron tus parientes, la tribu Máa-zib.
–Fuertes mujeres guerreras que utilizaban a los hombres para el sexo y después los abandonaban. Es algo que tú respetarás.
–«Apreciar» sería una palabra más apropiada. O se marcharon o se extinguieron. La historia no se pone de acuerdo en eso. En el siglo XIX, una joven llamada Ciara O’Farrell estaba a punto de casarse con un hombre muy rico mayor que ella mediante un matrimonio concertado. Se fugó de su barco en San Francisco para buscar oro y ganar una fortuna para no tener que estar jamás a merced de un hombre.
–Este lugar provoca algo en las mujeres, así que tendré que advertir a mis chicos.
–Pueden cuidarse solos. ¿Quieres oír la historia o no?
–Sí. Cuenta.
–El capitán del barco, Ronan Kane, siguió a Ciara.
–Ronan, ¿como el tipo que construyó el hotel en el que me alojo?
–Por entonces no era un hotel. Fue tras ella y se enamoraron y encontraron oro. Él le construyó una preciosa mansión para demostrarle a todo el mundo su amor por ella –lo miró–. Ese es tu hotel.
–De acuerdo, eso me gusta. Dramatismo, persecución, un final feliz.
–Nos complace mucho que apruebes nuestra historia.
–¿Sigue habiendo oro en las montañas?
–Probablemente, pero ya nadie lo busca. Los niños a veces juegan a buscar oro, pero hace años que nadie ha descubierto nada.
–Tal vez Heidi podría entrenar a las cabras para olfatear oro.
–Se lo diré.
Doblaron una esquina y al fondo vieron una vieja granja. Se había construido en los años treinta, por lo que Tucker suponía. El tejado no estaba en mal estado, pero a toda la casa le hacía falta una buena mano de pintura. Se preguntó si aún perduraría la carpintería original. Le gustaba la artesanía en cualquier forma.
Una mujer salió corriendo por el portón hacia ellos.
–Heidi –supuso.
–Está buscando a las cabras.
–A lo mejor debería comprarme una cabra.
Nevada se rio.
–Empieza por algo pequeño, como un pez. Si puedes mantenerlo con vida, ya hablaremos.
–Me has hecho daño.
–¡Lo siento! –gritó Heidi–. Es todo culpa mía. No estaba prestando atención y he dejado el portón abierto.
–No te preocupes –le dijo Nevada–. Han llegado hasta la zona de obras y han asustado a los chicos, así que me lo he pasado muy bien.
Heidi le dirigió una triste sonrisa.
–Nos ha distraído una mala noticia –la sonrisa se desvaneció–. Un amigo de mi abuelo nos ha dicho que está enfermo y que necesita una operación y medicamentos, pero no tiene seguro médico. Es una situación terrible –miró las cuerdas con que llevaban a las cabras–. Gracias por traérmelas.
–De nada –Nevada le acarició un brazo–. ¿Qué puedo hacer para ayudar a vuestro amigo?
Tucker se fijó en que no dijo: «¿Puedo hacer algo?», sino «¿Qué puedo hacer?». Había diferencia e implicaba una intención de implicarse. ¿Una característica de la vida en un pueblo pequeño?
–Ahora mismo nada, pero te avisaré si la situación cambia.
–Por favor, hazlo. Ahora eres uno de los nuestros y nosotros nos cuidamos.
Los ojos azules de Heidi se llenaron de lágrimas.
–Gracias –dijo y abrazó a Nevada antes de volver al rancho con las cabras.
–Has sido muy amable –le dijo Tucker cuando caminaban en dirección a la zona de construcción.
–Lo he dicho en serio. Si necesita ayuda, estaremos aquí para ayudarla. Podemos organizar una recaudación de fondos o hablar con el hospital local para ver si pueden darle un respiro al hombre con los gastos de la operación. Iré luego y les expondré el caso. Tal vez hable incluso con la alcaldesa.
–¿Y por qué iba a implicarse la alcaldesa?
–Ahí está la belleza de un pueblo pequeño. O, al menos, de Fool’s Gold. Si alguien intenta ponérselo difícil a Heidi o a su abuelo, tendrá que vérselas con todo el pueblo.
–Deberíais poner carteles de advertencia.
–Preferimos la emoción del factor sorpresa.
El hotel Gold Rush Ski descansaba sobre la montaña a más de mil doscientos metros. Había mucha nieve en el invierno para el esquí y el snowboarding y las frías temperaturas eran también una gran excusa para los que simplemente deseaban estar frente a la chimenea. El elegante hotel albergaba el único restaurante de cinco estrellas de Fool’s Gold y tenía una cena mensual elaborada por un chef que atraía a gente de lugares tan dispares como Nueva York y Japón. Era la clase de lugar al que cualquiera que disfrutara con la comida estaría deseando ir. Eso significaba que Nevada tendría que estar emocionada de estar allí, pero no era el caso.
La invitación había surgido cuando su madre le había dejado un mensaje en el buzón de voz:
Cena familiar a las siete. Conoceréis a Max.
Ya que Nevada ya había visto a Max desnudo, no estaba segura de que una presentación fuera a ser necesaria. Por otro lado, no era una invitación especialmente bien recibida. ¿Qué iba a decir? ¿Adónde tendría que mirar? Había docenas de riesgos potenciales y no confiaba en su habilidad para evitarlos. Aunque, por otro lado, quedarse en casa no era una opción.
Por un instante había pensado en llevarse a Tucker a modo de distracción, pero si se lo pedía tendría que darle explicaciones y no quería tener que revivir el momento hablando de ello. En lugar de eso, llegó tarde unos minutos deliberadamente esperando que la multitud formada por sus hermanos y hermanas y sus respectivas familias le sirvieran de escudo.
Vio a Simon, el prometido de Montana, hablando por el móvil en el vestíbulo. Su expresión era intensa, así que ella esperó a que terminara la llamada y después fue hacia él.
–Hola, Simon.
Se guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, le sonrió y le agarró las manos.
–Nevada. ¿Cómo estás?
Después de besarla en la mejilla, la agarró del brazo y la condujo hacia el salón privado situado junto al vestíbulo.
Ella se detuvo obligándolo a él a hacer lo mismo.
–Tengo que hacerte una pregunta médica.
–Por supuesto, ¿cómo puedo ayudarte?
Posiblemente, Simon era el hombre más guapo que Nevada había visto en su vida. Poseía una belleza en el rostro que lo distinguía claramente de otros hombres guapos o atractivos. Pero eso era solo la mitad de la fotografía. La otra mitad era un conjunto de cicatrices de quemaduras que parecían devorar sus rasgos.
Era el bello y la bestia al mismo tiempo. Por lo que Nevada sabía de él, era un gran médico que lo sacrificaba todo por sus pacientes y que amaba a su hermana con una devoción que haría sentir envidia a la mujer más feliz.
–¿Hay algún modo de borrar un recuerdo específico? ¿Hipnosis o tal vez alguna sonda eléctrica en mi lóbulo frontal?
El lado perfecto de la boca de Simon se elevó ligeramente.
–Esto no es divertido.
–Sí que es un poco divertido.
–Vale –suspiró ella–. Diviértete, pero sigo queriendo una respuesta.
–¿Qué sabes de tu lóbulo frontal?
–No mucho.
–Confía en mí. No es un lugar en el que querrías ahondar mucho –volvió a besarla en la mejilla–. Tu madre es una mujer increíble y vital. Deberías estar feliz por ella.
–Lo estoy, pero es que no quería ver su lado más «vital». Es mi madre. No es natural.
Él se rio.
–Lo siento. No puedo ayudarte, pero si te sirve de algo, el recuerdo se desvanecerá con el tiempo.
–Pues no me sirve de mucho.
–Es lo mejor que puedo ofrecerte.
–¡Y yo que creía que eras un médico genial!
Él seguía riéndose cuando entraron en el salón y Nevada se quedó en la puerta viendo cómo se dirigía hacia Montana. Se fijó en el resto de la familia y vio a Kent con su hijo y a Ethan con Liz. Sus hijos estaban riéndose y charlando. Dakota estaba con Finn, que tenía en brazos a Hannah. Nevada se preparó para que volviera a asaltarla el recuerdo y miró a su madre y al alto y bien vestido hombre que estaba a su lado.
«Aquí está otra vez», pensó intentando no estremecerse cuando el recuerdo la golpeó con fuerza y le hizo querer taparse los ojos y chillar. Por el contrario, agarró una copa de champán de la mesa que había junto a la ventana y se tragó la mitad de un sorbo. Como dijo ese alemán ya fallecido: «lo que no me mata, me hace más fuerte».
Hizo la ronda de saludos entre sus hermanos y sobrinos, esposos y prometidos y, finalmente, cuando ya no le quedó nada más por hacer, fue al encuentro de su madre y Max.
Denise la vio acercarse y le susurró algo a Max antes de reunirse con Nevada en el centro del salón junto a la elegantemente vestida mesa.
–¿Cómo estás? –preguntó Denise–. No estaba segura de si debía llamarte o ir a verte.
–Estoy bien, mamá.
–Pues no es lo que he oído.
Nevada contuvo el aliento.
–Me alegra que Max y tú seáis felices. De verdad. Es genial. No me malinterpretes, pero no quiero volver a encontrarme jamás con los dos haciendo el amor... y mucho menos en la mesa de la cocina.
Denise sonrió.
–¿No crees que te impresionó demasiado?
–No. Eres mi madre y he comido cereales en esa mesa. Fue demasiado retorcido para mí.
–Lo sé. Lo siento. Me aseguraré de cerrar la puerta con llave cuando... ya sabes... cuando lo hagamos.
–Por favor, no digas «lo hagamos». Te lo suplico. Vamos a llamarlo «armadillo». Cerrarás la puerta con llave cuando vosotros «armadillo» y así nadie os sorprenderá. ¿Qué te parece?
Su madre se rio y la abrazó.
–Estoy deseando que tengas tus propios hijos.
–Vale, pero no creo que eso pueda llegar a pasar en un futuro inmediato.
–¿Estamos bien?
Nevada asintió.
–Estamos bien.
–Genial, ahora ven a conocer a Max. Te va a caer muy bien. Es genial.
–Seguro que sí y, oye, ¡vaya trasero tiene!
Denise comenzó a reírse y Nevada se unió a ella pensando que tal vez, después de todo, todo marcharía bien entre las dos.
Después de la cena, Nevada condujo hasta casa, pero se sintió demasiado inquieta como para quedarse dentro. Se puso unos vaqueros y unas deportivas, agarró las llaves y una chaqueta de capucha y salió a la calle. Eran casi las diez y el cielo estaba claro. Prácticamente podía tocar las estrellas mientras paseaba y hacía un poco de frío, pero aunque se acurrucó contra su chaqueta, no se subió la cremallera.
Era finales de septiembre. Cualquier mañana se despertaría y las hojas ya habrían cambiado, y entonces después llegaría el invierno y las montañas estarían cubiertas de blanco. Durante gran parte del tiempo en Fool’s Gold solo había una pequeña porción de nieve que se acumulaba en los puntos más altos, pero que podía ser suficiente para ralentizar las obras. Se anotó en la cabeza que tenía que repasar la agenda para asegurarse de que contaban con las contingencias ocasionadas por el mal tiempo.
Una vez llegó al centro del pueblo, se detuvo al no saber qué camino elegir. El bar de Jo era siempre una opción, pero los viernes y los sábados por la noche era más un lugar para ligar que un lugar para reuniones de amigas. Algo positivo para el negocio de Jo, pero no tan divertido para las mujeres solteras que se sentían inquietas y agobiadas.
–¿Qué tal ha ido la cena?
Se giró y vio a Tucker yendo hacia ella.
–Hola. Ha ido bien. He aguantado todo el rato sin chillar.
Él sonrió.
–Seguro que eso ha complacido a todo el mundo. ¿Estáis bien tu madre y tú?
–Siempre hemos estado bien. No estaba enfadada con ella, solo un poco impactada. ¿Te gustaría encontrarte a tu padre practicando sexo con una mujer?
–Depende de la mujer.
Ella le dio un golpecito en el brazo.
–Estás mintiendo. Te pondrías como un loco, igual que me pasó a mí.
Él enarcó las cejas.
–¿Has visto a mi padre practicando sexo? ¿Cuándo?
–Déjalo ya. Ya sabes a lo que me refiero.
–Sí, sí que lo sé. Venga, vamos a mi hotel. Te invitaré a una copa y así podrás contármelo todo.
–¿Lo del sexo o lo de la cena?
–Lo de la cena.
Ella asintió por mucho que la vocecilla dentro de su cabeza le advirtió de que no era un buen plan. Salir con Tucker de manera social era meterse en problemas. No podían estar juntos sin que surgiera alguna clase de reacción física, al menos por parte de ella. ¿De verdad quería correr ese riesgo?
Pero entonces, él le agarró la mano y tiró de ella, que no pudo más que seguirlo porque echarse atrás sería como darle demasiada importancia al asunto... y tal vez, solo tal vez, quería que sucediera algo porque él era Tucker y ella no había podido olvidarlo del todo.
Respiró hondo.
–¿Qué has hecho esta noche?
–He cenado pronto y después he visto una película.
–¿Te sigue gustando el pueblo?
–Claro. Todo el mundo es muy simpático. Todos saben quién soy, lo cual asusta un poco, pero lo llevo bien.
Ella sonrió.
–¿Algún encuentro más con las señoritas?
–No. Eres una protección excelente y esa es la razón por la que hoy yo invito a las copas.
El bar del vestíbulo del Ronan solo estaba medio lleno y se sentaron en un pequeño banco en una esquina al fondo donde pidieron dos copas de coñac.
–¿A todo el mundo le ha caído bien Max?
Ella asintió.
–Es el jefe de Montana, así que no es que sea un extraño. Es básicamente un buen tipo. Por lo que sé, conoció a mi madre cuando eran adolescentes y fue un romance muy ardiente. Después mi madre conoció a mi padre y supo que era el hombre de su vida. Así que Max se marchó del pueblo.
–¿Y no luchó por la chica?
–Supongo que sabía que iba a perder. Dakota ha hablado con mamá de ello y le dijo que Max no estaba preparado para echar raíces y asentarse, pero que mamá quería un marido y una familia.
–Ha pasado mucho tiempo desde que tu padre murió, así que me alegro de que haya encontrado a alguien.
–Yo también. Siempre que no tenga que volver a presenciar una escenita de sexo ardiente.
El coñac llegó y ella dio un sorbo que fue quemándole la garganta.
–Sube a la habitación conmigo.
Las palabras la pillaron desprevenida y miró a Tucker aunque no supo qué decir. Comenzaron a temblarle las manos y por eso las metió debajo de la mesa.
–Tucker, yo...
Apretó los labios, más que nada para controlarse y no acceder a su petición. Sabía lo que significaba subir a su habitación: que se acariciarían y acabarían haciendo el amor. Que sentiría su terso cuerpo contra el suyo, sus manos dándole placer. Quería saber cómo sería tenerlo dentro esta vez, cuando ella estaba preparada y deseosa.
Los oscuros ojos de Tucker ardían de pasión y ella estaba segura de que los suyos reflejaban lo mismo.
–Te deseo –murmuró él antes de acariciarle la cara.
Sus dedos eran cálidos y ella ya estaba derritiéndose por dentro, así que qué pasaría si se entregaba a él.
–Me gusta mucho mi trabajo –le susurró.
–Esto no tiene nada que ver con eso.
Sabía lo que quería decir, que entregarse al momento o negarse no afectaría en nada a su empleo. Tucker no iba a despedirla por decirle que no, pero hacer el amor con él lo cambiaría todo.
Se acercó para besarla, y ella se esperó un intenso, sensual y apasionado beso. Por el contrario, Tucker apenas le rozó los labios, pero el ligero roce de esa sensible piel contra la de su temblorosa boca la excitó más que nada que pudiera imaginar. Sus pechos ansiaban sus caricias y entre sus muslos ya estaba preparada. Y solo intentar no pensar en cómo sería que la tocara hacía que la imagen quedara incluso más clara.
Quería entregarse, ceder.
–No puedo –susurró contra su boca antes de levantarse del banco–. No puedo.
Se quedó junto a la mesa, frustrada, al borde de las lágrimas y, aun así, decidida.
–Esto tiene que limitarse estrictamente al trabajo.
–Ya es demasiado tarde.
Tal vez, pero por el momento podía fingir. Abrió la boca, la cerró, se giró y salió corriendo del bar. Llegó a casa sin mirar atrás, sin admitir que esperaba que él la siguiera, pero no lo hizo. Cuando llegó a su casa, lo hizo sola y, así, se vio ante una cama muy fría y muy vacía.
A Tucker no le gustaba perder ni en el trabajo ni en su vida personal. Había pasado una noche terriblemente larga deseando lo que no podía tener. Estaba enfadado y no le importaba que Nevada hubiera tomado la decisión correcta y la más sensata.
Lo que había comenzado provocado por tener algo que demostrar se había convertido en algo más, algo más importante, y eso no ayudaba a que el dolor y el deseo cesaran. A veces la vida era una mierda.
Fue a su tráiler pensando que el café le animaría, y al entrar no solo se encontró con una cafetera vacía, sino con una mujer de cabello blanco y bien vestida sentada en la silla que había junto a su escritorio.
–Señor Janack –dijo levantándose–. Soy la alcaldesa Marsha Tilson.
–Alcaldesa Tilson –le estrechó la mano.
–Llámame «alcaldesa Marsha». Casi todo el mundo lo hace.
–De acuerdo, alcaldesa Marsha. ¿En qué puedo ayudarla?
–Quería hablar con usted sobre el proyecto, sobre lo que están haciendo y cómo está yendo.
Las visitas oficiales no solían llevar buenas noticias, pensó. Fue hacia la cafetera, cambió el filtro, la cargó de café y la encendió antes de girarse hacia la mujer.
–Vamos dentro de la agenda programada, aunque, claro, eso podría cambiar esta misma tarde. Tenemos todos los permisos en regla y empezaremos a excavar para meter el alcantarillado y las tuberías en una semana o dos.
Se apoyó contra la encimera y se cruzó de brazos. Ahora era la mujer la que tenía que hablar.
La alcaldesa se levantó y se acercó. Su traje azul claro y la recargada blusa quedaban fuera de contexto dentro del tráiler de construcción, pero lo raro era que ella no resultaba fuera de lugar. Había conocido a gente como ella, gente que encajaba en cualquier lugar y ese era un importante don, sobre todo tratándose de un político.
–El pueblo está muy feliz con su trabajo. Prestan atención a las normativas locales y trabajan de manera óptima sin hacer recortes de calidad. Además, sus obreros son respetuosos –sonrió–. Y también dejan propinas muy generosas.
Él enarcó una ceja.
–Un dato interesante a tener en cuenta.
–Este es mi pueblo y me importa lo que pase aquí y pasa muy poco de lo que yo no me entere.
Se preguntó si iba a intentar recriminarlo por haber intentado acostarse con Nevada, aunque si fuera un hombre en lugar de una mujer que ya era abuela, estaría felicitándolo por su buen gusto y deseándole suerte.
–Agradecemos lo que el hotel traerá a Fool’s Gold. Trabajo, turistas, negocios... Habrá complicaciones, claro, ya que algo de semejante tamaño necesitará de tiempo para asentarse, pero lo superaremos como siempre hacemos.
Él sentía que había algo más y esperó.
–Su empresa no dirigirá el hotel.
No estaba preguntando, pero él respondió de todos modos.
–No.
–Pero ustedes tienen algo que decir en cuanto a quién se contratará. Construcciones Janack es propietario de una parte.
–Aportaremos algo. ¿Por qué? ¿Es que tiene algún sobrino a quien quiera recomendar?
Ella sonrió.
–No, pero me gustaría que se me consultara cuando se tomaran las decisiones de dirección. La gente que vaya a trabajar aquí tiene que encajar y respetar al pueblo. No me interesa una mentalidad opuesta a la nuestra.
Por fuera parecía una de esas señoras mayores que iba a la peluquería una vez por semana, que hacía galletas y chasqueaba la lengua al ver a «los jóvenes de hoy en día», pero sabía que esa imagen no se correspondía con la realidad.
–Es usted muy dura, ¿verdad?
–Lo soy, cuando la situación lo requiere. ¿Hará lo que le pido?
–Claro, pero a cambio quiero saber por qué Jo Trellis no deja de darle calabazas a Will. Solo intenta conocerla.
–Está dando por hecho que tengo esa información.
–Y no me equivoco.
La alcaldesa sacudió la cabeza.
–No, no se equivoca. Hay una razón.
–¿Y va a decirme cuál es?
Ella recogió su bolso y fue hacia la puerta.
–No, no es mi secreto y no soy quien para compartirlo.
–Entonces, hay un secreto.
–Todo el mundo tiene secretos, señor Janack. Incluso usted.
Бесплатный фрагмент закончился.
