Читать книгу: «El arte de poner límites»

Шрифт:


© ING Edicions, S.L.

Av. de Josep Tarradellas, 118, 1B

08029 Barcelona

T. +34 93 419 59 59

ing@ingedicions.com

www.ingedicions.com

© Texto: Sonia Kliass

Traducción: Marta Busquets

Corrección: Javier Peláez

Coordinadora de la edición: Laia López Arboleda

Asesora de la colección: Àuria G. Galcerán

Maquetación: Susanna Pérez

© Fotografía de portada y de inicio de capítulos: Sandra Artigas

© Fotografías interiores: Joan Segura

Todos los derechos reservados para la versión castellana

© 1a edición en castellano: octubre de 2020

ISBN: 978-84-948300-9-9

Producción del ePub: booqlab

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni su transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

«Como consecuencia de las palabras que usemos y las acciones que realicemos, el cerebro del niño cambiará»

Disciplina sin lágrimas: una guía imprescindible para orientar y alimentar el desarrollo mental de tu hijo. Daniel J. Siegel, Tina Payne Bryson (introducción)

Agradecimientos

Quiero dar las gracias a mi compañero Pep, por ser la primera persona en animarme a escribir y por su apoyo incondicional durante todo este proceso, y a mi hijo Joan, por todo lo que he aprendido con él a lo largo de estos dieciocho años.

A mi madre Rosa y a mi hermano Paulo, por la fuerza y la confianza que siempre he recibido de ellos, y a mi padre Wlademir, ya ausente, por su gran sensibilidad y empatía.

También quiero dar las gracias a todos los amigos y los compañeros que me han animado a escribir, y al equipo de ING Edicions, por confiar en este proyecto.

Prefacio

Hace muchos años que suelo alojarme en casa de Sonia cuando hago seminarios en Cataluña, y estuve muchas veces mientras ella criaba a su hijo Joan. Recuerdo una ocasión en que Joan tenía alrededor de dos años y estaba muy interesado en abrir la puerta de la nevera. Al ver a su madre abrirla de vez en cuando, él también quería hacerlo, pero todo el rato. Como yo no entendía el idioma, Sonia me explicó que le había dicho: «Veo que te gusta mucho abrir la nevera; ahora no es un buen momento, pero siempre que la tenga que abrir te lo pediré a ti, y entonces tú la podrás abrir». Ella actuó en consecuencia con lo que había dicho y Joan se sintió satisfecho de estar incluido en las necesidades del día a día del hogar. Este pequeño episodio me mostró la profunda comprensión que tiene Sonia de la naturaleza y las necesidades de un niño pequeño y cómo responder a su comportamiento de una forma adecuada y respetuosa.

Yo viví los primeros años de mi maternidad en países extranjeros, sin el apoyo de familiares ni amigos íntimos. Recuerdo que, como madre joven, me sentí insegura y sin recursos algunas veces, cuando tenía la necesidad de establecer unos límites firmes, y también recuerdo lo difícil que era hacerlo de una forma amable. Por eso estoy muy contenta de que Sonia Kliass ofrezca ahora un libro con ejemplos prácticos que puede ayudar a hacer frente a esas situaciones difíciles que influyen tanto en la atmósfera de la familia.

A lo largo de muchos años he estado ofreciendo seminarios a profesionales de muchos países del mundo, y veo en todas partes la necesidad de desarrollar este tema. Así que estoy segura de que también será un libro muy útil para educadores y maestros.

Lo que me impresionó más profundamente cuando en Budapest visité por primera vez el orfanato de Emmi Pikler, en el año 1979, fue el hecho de que hubiera un lugar en el mundo donde no se gritaba ni se regañaba a los niños; al contrario: cuanto más seria era la situación, más tranquila era la voz de la cuidadora. En los cuatro días que estuve allí ni siquiera oí un tono de reproche. Esta fue una de las cosas que me impulsaron a difundir la visión pikleriana por todo el mundo.

En el año 1995, Sonia y yo nos conocimos en uno de mis primeros seminarios en Barcelona. Sensibilizada por los mensajes que yo compartía, me siguió a otros seminarios de Alemania, Suiza y España. Nos hicimos amigas y ha sido mi traductora todos estos años en Gerona. Con este libro, gozo del fruto de nuestro trabajo conjunto.

Ute Strub

Índice

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1 UNA NECESIDAD VITAL

1. UNA NECESIDAD ENTRE OTRAS

2. ¿LES FALTAN LÍMITES?

3. QUEREMOS QUE SEAN FELICES

4. QUEREMOS QUE SEAN LIBRES

5. DISCIPLINA

6. AUTORIDAD

CAPÍTULO 2 EL ADULTO EDUCA

1. ¿POR QUÉ ESTABLECER LÍMITES ES DIFÍCIL PARA EL ADULTO?

2. LA IMPORTANCIA DEL VÍNCULO

3. EL MODELO Y LA IMITACIÓN

CAPÍTULO 3 EL NIÑO APRENDE

1. ES UN PROCESO Y QUIEREN APRENDER

2. PRIMERO NACEN...

3. CUANDO AÚN NO DICEN «YO»

4. LAS FRUSTRACIONES

5. LAS PATALETAS

6. ACEPTAR EL LLANTO DE LOS NIÑOS

7. SER EDUCADOS: PEDIR POR FAVOR, PEDIR DISCULPAS, DECIR GRACIAS, ETC.

8. SER OBEDIENTES O COLABORAR CON EL ADULTO

9. ¿TIENEN QUE ENTENDER LAS NORMAS?

10. ¿TIENEN QUE APRENDER A ESPERAR?

CAPÍTULO 4 ¿LO ESTAMOS HACIENDO BIEN? ¿LO PODEMOS HACER MEJOR?

1. HÁBITOS Y RITMOS REGULARES

2. CLARIDAD EN LA COMUNICACIÓN

3. MACHACANDO EN HIERRO FRÍO

4. MOMENTOS PARA JUGAR Y MOMENTOS PARA HACER OTRAS COSAS

5. MOMENTOS DE TRANSICIÓN

6. LOS NIÑOS VIVEN INMERSOS EN LOS SENTIDOS

7. UTILIZAR UN LENGUAJE PERSONAL

8. EVITAR EL NO Y PONER LOS LÍMITES EN POSITIVO

9. PONER LÍMITES CON EMPATÍA

10. LAS AMENAZAS

11. LOS PREMIOS

12. ALABAR

13. CASTIGOS Y CONSECUENCIAS

14. LÍMITES EN LA ETAPA DE LA IMAGINACIÓN

15. CUIDADO CON EXCITARLOS

16. ESTAR SEGUROS DE LO QUE LE ESTAMOS PIDIENDO AL NIÑO

17. UN EJEMPLO PRÁCTICO: UNA MACETA EN EL COMEDOR

CAPÍTULO 5 SITUACIONES ESPECIALES

1. EL MOMENTO DE COMER

2. MOMENTOS PARA DESCANSAR Y DORMIR

3. CONTROL DE ESFÍNTERES

4. PANTALLAS Y NUEVAS TECNOLOGÍAS

5. ANTES DE SALIR DE CASA POR LA MAÑANA

6. UN ESPACIO DE JUEGO PROTEGIDO DURANTE EL PRIMER AÑO DE VIDA

7. MOMENTO DE CAMBIAR PAÑALES, VESTIR Y DESVESTIR, Y BAÑO

8. RECOGER LOS JUGUETES

9. CUANDO QUIEREN QUE JUGUEMOS CON ELLOS

CAPÍTULO 6 CONVIVIENDO CON OTROS NIÑOS

1. CONVIVIR NO SIEMPRE ES FÁCIL

2. EL JUEGO LIBRE

3. COMPARTIR

4. CONFLICTOS POR LOS OBJETOS

5. ¿POR QUÉ TIENEN COMPORTAMIENTOS AGRESIVOS?

6. LAS PALABROTAS

7. NORMAS EN RELACIÓN CON LA AGRESIVIDAD: ¿PUEDEN JUGAR A SER TIGRES?

8. TIRONES DE PELO, PELLIZCOS Y MORDISCOS

9. ¿CÓMO ATENDER AL NIÑO QUE HA RECIBIDO LA AGRESIÓN?

10. ¿CÓMO ATENDER AL NIÑO QUE HA TENIDO UN COMPORTAMIENTO AGRESIVO?

11. CONFLICTOS ENTRE HERMANOS

12. ESPACIOS FAMILIARES Y GRUPOS DE CRIANZA

CAPÍTULO 7 MOMENTOS ESPECIALMENTE INTENSOS

1. LOS DOS AÑOS

2. LOS CINCO AÑOS

CAPÍTULO 8 PARA TERMINAR. ÚLTIMAS PALABRAS

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

SOBRE LA VISIÓN PIKLERIANA

SOBRE LA NEUROCIENCIA

SOBRE LA PERSPECTIVA DE MAGDA GERBER

OTRAS REFERENCIAS

Introducción

Cuando se trata de educar, las pautas del pasado ya no nos sirven, queremos hacer las cosas de una forma distinta. Estamos en proceso, buscando referentes y modelos que nos satisfagan, que sean coherentes con una nueva forma de educar a nuestros hijos o a los niños1 que tenemos a nuestro cargo como profesionales. Además, vivimos en un contexto social que ha cambiado muchísimo en poco tiempo y que tiene algunas dificultades añadidas. Seguramente es más complejo educar, por ejemplo, entre elevados niveles de consumismo y con las nuevas tecnologías tan a nuestro alcance.

Actualmente nos encontramos con muchas modas, propuestas, ideas innovadoras y teorías diversas, pero muy pocas se fundamentan en una experiencia sólida. Que sean muy populares no significa necesariamente que sean válidas para todos. Teniendo tanta información disponible, ¿cómo podemos saber qué es fiable y qué no? A mí, personalmente, me sirven los referentes que están construidos sobre una base firme. Yo también, como madre y como profesional, he recorrido mi camino personal buscando, experimentando, construyendo. En este camino he recibido muchas ayudas, pero hay dos modelos principales que me han servido especialmente, porque he encontrado en ellos esa solidez que necesitaba: la propuesta de la visión pikleriana y la pedagogía Waldorf.

En este camino personal, quiero dedicar un especial agradecimiento a Ute Strub, a quien conocí en 1995 y quien ha sido, desde entonces, un modelo, una maestra y una amiga. Ute me mostró una visión tan nueva del niño y de sus procesos que lo trastocó todo y ya nada volvió a ser como antes.

De la mano de Ute conocí el trabajo de Emmi Pikler (entre muchas otras cosas) y más adelante me formé en el Instituto Pikler de Budapest. Pocos años después de conocer a Ute me introduje en el mundo de la pedagogía Waldorf, primero participando en grupos de estudio que se hacían en Gerona y más adelante apuntándome a la primera formación de maestros que se hizo en Cataluña, en 1999.

En este libro hablo de cómo podemos ayudar a los niños a integrar límites y normas sociales. Es un tema complejo y este es un libro que quiere aportar una reflexión, pero también dar herramientas prácticas para el día a día con los niños. Me dirijo tanto a profesionales como a familias, del mismo modo que cuando hago cursos y charlas me gusta tener a ambos colectivos presentes. Estoy convencida de que unos y otros se pueden nutrir de los ejemplos y las reflexiones, independientemente de si hacen referencia a situaciones de espacios educativos o si describen situaciones más propias del ámbito familiar. El ámbito educativo incluye un amplio abanico de profesionales, como cuidadores, canguros, educadores, maestros, etc. Y siempre es bueno recordar que el ámbito familiar no se reduce a los progenitores, por lo que puede ser interesante compartir estos contenidos también con abuelos, tíos, padrinos, etc.

Cuando descubrí cómo trabajan los límites y la gestión de conflictos en el Instituto Pikler de Budapest entendí que poner límites puede llegar a ser un verdadero arte, de aquí el nombre El arte de poner límites. Las reflexiones que los profesionales del Instituto Pikler comparten acerca de este tema son de una gran profundidad y hacen patente el amplio conocimiento que tienen sobre los niños. Las educadoras y las formadoras del Instituto Pikler son unas verdaderas artistas y estoy muy agradecida de haber podido beber de esa fuente. No es mi única referencia, pero, en relación con la temática de este libro, es la principal. Aunque el trabajo que se hace en el Instituto se centra principalmente en la etapa de cero a tres o cuatro años, su visión y su puesta en práctica conforman en realidad una verdadera «escuela» que nos sirve para lo que encontraremos más allá de los 3-4 años. Quiero aclarar que nunca hablaré en nombre del Instituto Pikler, y que cuando digo desde la perspectiva pikleriana me refiero a la forma en que yo, personalmente, entiendo e integro estos conocimientos. Espero sinceramente que el contenido de este libro esté a la altura de lo que he aprendido con los profesionales del Instituto.

He querido incluir muchos ejemplos prácticos de situaciones reales, pero todos los nombres están cambiados para preservar la privacidad de los adultos y los niños implicados. Aprovecho la ocasión para agradecer la confianza de las familias y de los profesionales que compartieron conmigo sus experiencias y sus dificultades en consultas y asesoramientos. Deseo que el material que encontraréis en este libro sea de ayuda para todas las personas que, como yo, quieren educar a los niños con respeto, favoreciendo su potencial para que puedan crecer como personas sanas, con recursos y una buena autoestima.

1 A lo largo de este libro, y para agilizar su lectura e interpretación, se utilizan las palabras niños(s) y adulto(s) en su interpretación genérica, es decir, con el valor de niño(s) y niña(s) y adulto(s) y adulta(s). Se debe considerar, por lo tanto, que estas expresiones incluyen personas de ambos sexos, excepto cuando se indica lo contrario.

CAPÍTULO 1
UNA NECESIDAD VITAL


1. UNA NECESIDAD ENTRE OTRAS

Hace muchos años, en un curso, Ute Sturb nos propuso la siguiente imagen: si, estando en un cuarto con los ojos cerrados, necesitáramos movernos por el espacio, ¿qué haríamos? Seguramente pondríamos las manos delante intentando encontrar algún elemento: una pared, por ejemplo, que nos sirviera de referencia. Un límite físico que nos ayudara a orientarnos. Si, estando en esa situación, no encontráramos nada, nos sentiríamos muy desorientados e inseguros.

Janet Lansbury, en su libro Los niños malos no existen, haciendo referencia a la educadora Janet Gonzalez-Mena, da otra imagen también muy ilustrativa de cómo nos sentimos sin límites claros: ¿cómo avanzamos por un puente sin barandilla? Tenemos que ir poco a poco y vacilando. En cambio, ¡qué confiados y seguros nos sentimos cuando hay barandilla!

Estas imágenes, que hacen referencia a límites físicos, nos pueden servir como metáfora para entender la importancia de los límites para los niños. Si los niños no encuentran límites que los ayuden a orientarse en el mundo de las relaciones sociales, se encuentran igualmente perdidos, desorientados e inseguros. Necesitan tener a su lado a adultos que sean capaces de ayudarlos en este proceso, es una necesidad vital de los niños. Por este motivo, Magda Gerber dice que «lack of discipline is not kindness, it is neglect»: la falta de disciplina no es amabilidad, es negligencia (Dear Parent: Caring for Infants with Respect, p. 108).

Sin embargo, poner límites no es lo único que tiene que hacer el adulto. Los niños tienen otras muchas necesidades: necesitan sentirse queridos, seguros, protegidos, que alguien se interese por ellos; necesitan jugar, moverse, experimentar, desarrollar ciertas capacidades. Muy a menudo me encuentro con adultos, familiares o profesionales, que me piden ayuda porque creen que sus niños tienen problemas relacionados con los límites. Pero, cuando observo, veo que, a menudo, esos niños no tienen realmente un problema de límites. Lo que me encuentro a menudo es alguna carencia en la atención de sus otras necesidades vitales; por ejemplo, que los niños no pueden jugar o moverse todo lo que necesitan, o que el adulto no tiene suficiente presencia o atención hacia ellos. Las dificultades que experimentan los adultos son el resultado, al final, de estas carencias, porque los niños, con sus comportamientos, están expresando un malestar.

2. ¿LES FALTAN LÍMITES?

Hoy en día oímos a menudo que los niños no tienen límites. Quizás esta afirmación no es del todo correcta. Nada más entrar en una tienda de artículos para familias se hace evidente que gran parte de los productos buscan la inmovilidad de los niños: cochecitos, sillitas, hamacas, tronas, mochilas, etc. Así pues, ¿qué pasa con la libertad de movimiento y juego? La tendencia general es justamente privarlos de libertad. O sea que, en realidad, en relación con el juego y el movimiento no les faltan límites, al contrario: ¡tienen demasiados! Tienen demasiados límites donde no corresponde, están demasiado limitados en el juego y en el movimiento, justamente donde necesitan mucha libertad. Y, por otro lado, quizás algunos niños tienen pocos límites donde realmente los necesitan, que es en el ámbito de las relaciones sociales. Y esta conciencia nos puede ser muy útil: no es que tengan pocos límites, solo es cuestión de que hay un desequilibrio y confusión sobre dónde tiene que haberlos.

Hay capacidades que los niños desarrollan sin la intervención directa del adulto. Lo vemos, por ejemplo, cuando los bebés empiezan a querer coger objetos: no se lo tenemos que enseñar, ni los tenemos que estimular, lo hacen por ellos mismos y saben cómo y cuándo hacerlo. Si el niño está a gusto, se encuentra bien de salud y tiene las condiciones necesarias (por ejemplo, si tiene objetos al alcance), lo hará. Más bien llega un punto en que tenemos que empezar a apartar objetos de él, porque, en un niño que está sano, el impulso de juego y experimentación es imparable.

Podríamos decir que ellos ya saben qué tienen que hacer, cómo y cuándo. Esta capacidad se irá desarrollando y el niño cada vez será más diestro y capaz.

Ahora bien, imaginemos una situación en la que el objeto que quiere coger está en manos de otro niño. La inteligencia que vive dentro del niño solo sabe agarrar, menear, experimentar, etc., pero desconoce completamente las normas sociales. No sabe que cuando queremos un objeto que está en manos de otra persona no podemos simplemente cogerlo, sino que lo tenemos que pedir. Este sería un ejemplo de una norma social que el niño tiene que aprender: cuando necesito algo que tiene alguien, se lo tengo que pedir.

O sea, que tenemos dos ámbitos distintos:

a. Por un lado, observamos una inteligencia universal que rige toda actividad autónoma de los niños y que solo necesita unas condiciones concretas para desplegarse (tiempo, espacio, materiales, etc.). En este ámbito, el papel del adulto es confiar plenamente en esta inteligencia y conocer los procesos de desarrollo del niño para poder proveerle de estas condiciones evitando intervenir directamente en su actividad. Una vez hecho esto, después de crear un entorno seguro, su papel es dar mucha libertad de juego y movimiento y dejar que el niño lo haga por sí mismo.

b. Por otro lado, observamos aprendizajes que necesitan desarrollarse en un contexto social y que no responden a patrones universales. Por ejemplo, cuando el niño ve un objeto, lo coge directamente, porque lo que actúa en él es el impulso de manipular. No se preocupa por las normas sociales porque al principio simplemente las desconoce. Y aquí el papel del adulto es muy diferente del que tiene en el primer ámbito. Aquí, si el adulto «se retira» y da libertad al niño para que aprenda por sí mismo, comete un grave error, porque el niño necesita ayuda para aprender todo lo relacionado con los límites y las normas de convivencia. De hecho, lo tiene que aprender justamente del adulto, él es quien lo introduce en este mundo de las relaciones. Así que, en este segundo ámbito, distinto del primero, el adulto educa activamente enseñando, guiando, orientando y ofreciendo un modelo adecuado. Es su responsabilidad.

¿Y de quién es la responsabilidad de ayudar a los niños a desarrollar herramientas sociales para poder convivir en sociedad? Del adulto.

3. QUEREMOS QUE SEAN FELICES

Tener como objetivo de la educación de los niños que sean felices puede ser una trampa y complicar mucho el tema del que es objeto este libro. Uno de los motivos es que tenemos una cultura que confunde la felicidad con el entretenimiento y con la satisfacción inmediata de los deseos.

Tener una vida llena y significativa no significa estar siempre contento, y menos aún significa conseguir todo lo que uno quiere y desea. A veces obtenemos una gran satisfacción de hacer algo difícil que supone un esfuerzo o un sacrificio. Incluso podemos llegar a sentirnos muy realizados al renunciar a un deseo por un ideal más alto. Los deseos no terminan nunca: cuando consigues algo que deseabas, ya empiezas a desear otra cosa, por lo que ese camino nunca puede aportar una satisfacción real. Mihaly Csikszentmihalyi nos lo explica en su libro Fluir (flow), resultado de la investigación que, durante más de 20 años, hizo sobre la «psicología de la felicidad» para intentar entender qué hace que las personas se sientan felices.

Tampoco la satisfacción derivada del entretenimiento es la mejor forma de cultivar la felicidad. El entretenimiento nos distrae un rato y, cuando termina, queremos más. Cuando la fuente de entretenimiento se agota, no necesariamente nos sentimos llenos y satisfechos con nosotros mismos. Además, si toda la satisfacción deriva del entretenimiento lo tenemos difícil, porque, si tenemos que esperar siempre que algo externo nos aporte satisfacción, dejamos de ser proactivos y nos volvemos emocionalmente dependientes.

Los niños ya llegan preparados para encontrar satisfacción en su actividad espontánea y natural, como moverse, jugar, manipular, experimentar, etc. Tienen una voluntad infinita y están dispuestos a «trabajar duro» con gran satisfacción. Son proactivos si nosotros no estropeamos esta tendencia innata. ¿Os habéis fijado alguna vez, por ejemplo, en cómo los bebés pasan largos ratos intentando mantener sus manos dentro de su campo de visión para poder observarlas? Tienen mucho interés en las manos, pero, como aún no controlan del todo sus movimientos, es una tarea difícil. Necesitan mucha voluntad y perseverancia, pero no les importa, lo siguen intentando hasta que lo consiguen.

Por tanto, si realmente queremos educar a niños «felices», es imprescindible promover y respetar su libertad de juego y movimiento, cuidar su impulso natural de tener una actividad propia y espontánea. De esta forma desarrollarán recursos para encontrar satisfacción en lo que hacen y saber gestionar lo mejor posible las situaciones difíciles. Debemos poner especial atención en ello para que sean más capaces de gestionar las frustraciones, una capacidad muy importante para la salud emocional que necesitan desarrollar porque, de lo contrario, quedará desaprovechada. Esto implica intentar educarlos en la resiliencia, en la voluntad y en la capacidad de mantenerse «enteros» aunque a veces las cosas no sucedan como uno espera. Así su experiencia vital será mucho más satisfactoria y veremos niños «felices», o, como yo prefiero decirlo, ¡satisfechos!

Como es un tema complicado, más adelante dedicamos un apartado entero a hablar especialmente de las frustraciones.

4. QUEREMOS QUE SEAN LIBRES

Hoy en día, muchas familias quieren educar a sus hijos en la libertad. Pero ¿qué significa eso exactamente?

He dicho antes que educamos en dos ámbitos distintos: por un lado, debemos dejar que los niños expresen libremente los impulsos de juego y movimiento; por el otro, tenemos que ayudarlos a controlar otros impulsos para que desarrollen herramientas sociales, de forma que libertad y límites no son opuestos, sino compatibles y complementarios. Libertad no significa ausencia de límites porque, si así fuera, el mundo sería «la selva». Queremos ayudar a los niños a desarrollar unas capacidades que les permitan, cuando sean mayores, relacionarse a partir de unos valores y una ética social.

Los niños necesitan juego y movimiento libres durante toda la etapa infantil. Pero esta libertad de juego y movimiento debe ir acompañada de un proceso de construcción de herramientas sociales que implica un trabajo que se debe hacer con la ayuda del adulto. Es precisamente de este trabajo de lo que hablamos en este libro. En la pedagogía Waldorf se habla mucho de la cuestión de la libertad, se suele decir que las escuelas Waldorf no son exactamente «escuelas libres», según como se suele entender este concepto. De hecho, si entramos en una escuela Waldorf de primaria, por ejemplo, vemos mesas, sillas, pizarra, un maestro que explica cosas, un temario que se sigue, etc. Y uno puede pensar que los niños de estas escuelas no son tan libres porque no pueden hacer siempre todo lo que quieren.

Lo que le interesa realmente a la pedagogía Waldorf es un objetivo a largo plazo, la intención es educar a niños que se conviertan en personas libres. ¿Qué educación necesitan para llegar a ser personas libres? Si a un niño le dejo hacer de todo, quizás en un primer momento parecerá que es muy libre. Pero si no aprende a controlar sus impulsos, si no aprende a gestionar la frustración, si no puede ser empático, si tiene dificultades para convivir socialmente, ¡no lo será en absoluto! Así que, al final, lo que nos tenemos que preguntar en realidad es: ¿qué necesitan los niños en cada etapa para poder crecer de forma saludable y convertirse en personas libres?

Los límites se relacionan con la convivencia social. Un día, en una charla, un padre me planteó la dificultad que tenía para hacer entender a su hijo de un año y medio que no podía pintar la pared de su casa. Yo le pregunté cuántas personas vivían en su casa y me dijo que cuatro: padre, madre y dos hijos. Le recordé que eran cuatro las personas que tenían que convivir en esa casa y que necesitaban unas normas de convivencia. Es totalmente aceptable que los adultos no quieran tener las paredes rayadas. Se trataba de un niño con mucha pasión por pintar, y eso es genial, pero en ese caso le podemos ofrecer papel y colores o una pizarra, no es necesario que pinte en las paredes.

Puede ser que una familia decida que en su casa todo el mundo puede rayar las paredes. Esto no es ni bueno ni malo, son distintos criterios y si todos están de acuerdo no hay ningún problema. Pero ¿dejar que rayen las paredes es importante para educar a niños libres? ¿Es de este tipo de libertad de lo que estamos hablando? Claramente no. En cambio, tener la capacidad de integrar normas sociales sí que es básico para convertirse en una persona libre.

5. DISCIPLINA

Buscando disciplina en el diccionario de la Enciclopedia Catalana vemos que esta palabra se puede referir al «conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo». Esta es una connotación que quizás nos provoca cierto malestar si queremos educar dentro de un marco de respeto, porque hace referencia a una práctica de carácter «militar». Esta idea de disciplina está vinculada con la obediencia, que es un concepto importante del que hablaremos más adelante. Pero esta no es la única definición que encontramos de esa palabra.

Daniel Siegel comenta en su libro Disciplina sin lágrimas que la raíz latina de la palabra disciplina tiene que ver con discípulo, discipulus, persona que recibe la enseñanza de un maestro.

En el diccionario encontraremos también una definición relacionada con este concepto: «Materia de estudio y enseñanza, rama del conocimiento», como pueden serlo las «disciplinas filosóficas». Y todavía encontraremos otra definición: «Regla de enseñanza impuesta por un maestro a sus discípulos».

Pensemos un momento en este proceso de aprendizaje que están haciendo los niños en relación con las normas de convivencia en sociedad: el adulto es el maestro, quien enseña, y los niños son los discípulos, quienes aprenden. Ya lo he comentado antes: los niños aprenden infinidad de cosas por ellos mismos, pero no las normas sociales. Muchas de las reglas sociales serán impuestas, es inevitable, y sería interesante que estuviéramos en paz con este hecho, puesto que no aceptarlo provoca mucha confusión y dificultades a la hora de educar a los niños. Un ejemplo de esa imposición es el caso que hemos comentado antes: aunque un niño quiera rayar la pared, no puede hacerlo porque en su casa no está permitido.

Podríamos decir que aprender las normas para poder convivir con los demás es una rama del conocimiento, una «disciplina» que forma parte del «currículum» de hacerse miembro de una sociedad.

6. AUTORIDAD

La palabra autoridad no cae muy simpática en los ambientes de educación respetuosa. Volviendo al diccionario, encontramos la siguiente definición: «Derecho o poder de mandar, de regir, de dirigir. La autoridad del presidente. La autoridad de la ley. La autoridad paterna». ¿Los padres tienen derecho a mandar sobre los hijos? ¿Los adultos tenemos derecho a mandar sobre los niños? Es una buena pregunta que podría generar mucha discusión.

Pero también encontramos otra definición: «Persona que tiene poder o que merece poder sobre la opinión de los demás. Es una autoridad en microbiología».

Me gusta este matiz de «merece poder». A los que quizás tenéis algún problema con la palabra autoridad, porque la asociáis con autoritarismo, pensad que esta palabra la usamos también cuando decimos: «Esta persona es una autoridad en el tema». Cuando digo que alguien es una autoridad reconozco que es una persona que sabe mucho de un tema.

En este sentido, normalmente a partir de los siete años los niños empiezan reconocer al adulto como una autoridad, como alguien que sabe mucho. En esta etapa dicen cosas como «¡es que lo ha dicho la maestra!» o «¡me lo ha enseñado mi padre!» con una gran admiración. Pero está claro que lo que necesitan es una autoridad positiva, amorosa y respetuosa que no abuse del poder que puede tener sobre el otro. En la etapa de la primaria, a partir de los siete años, si el adulto asume su papel de autoridad positiva, los niños están muy satisfechos, porque es lo que esperan de él. Debemos tener presente que cuando educamos desde el respeto en realidad no imponemos la autoridad, sino que dejamos que sea el otro quien nos reconozca como autoridad, como aquel que «merece poder sobre la opinión de los demás» porque se lo ha ganado. Los niños son los que reconocen al adulto como autoridad y esto está acorde con su experiencia vital en esta etapa.

Quizás alguien está pensando, y con razón, que nosotros no lo sabemos todo, no sabemos más y no tenemos siempre razón... ¡No tenemos que preocuparnos, porque esto lo verán claramente en la adolescencia! Durante el segundo septenio, en la etapa de la primaria, los niños nos ven, en cierta forma, como dentro de un marco arquetípico: «la madre», «el padre», «los abuelos», «el maestro», etc. Los adolescentes se ponen unas gafas con otros cristales, lo ven todo con otros filtros y finalmente nos empiezan a percibir con más objetividad. Ya no somos un «arquetipo», quieren saber cómo es esa persona que tienen delante. Nos hacen preguntas, nos cuestionan, nos ponen a prueba. Quieren saber qué pensamos, cuál es nuestra visión y nuestra opinión. Nos miran con una mirada crítica, empiezan a percibir nuestros defectos... Nos enseñan puntos débiles de nosotros mismos de los que quizás no éramos conscientes. Recuerdo un día que mi hijo me dijo: «Mamá, ¿te das cuenta de cómo interrumpes a la gente cuando habla?». ¡Tenía toda la razón! Vi claramente que había dejado de ser un niño de primaria que cree que su madre lo hace todo bien para convertirse en un adolescente que te ve como una persona con grietas. La verdad es que hay que tener cierta autoestima para llevar bien la adolescencia de nuestros hijos, pero si no nos lo tomamos como algo personal ¡podemos aprender mucho con ellos en esta etapa!

Hemos hablado de cómo se percibe la autoridad en primaria y en secundaria, pero el ámbito de la etapa infantil es muy distinto. En este período todavía no somos una «autoridad» para los niños. Para el niño de primer septenio, el adulto es un modelo a imitar. Más adelante hablaremos de la imitación.

Es interesante, de todos modos, tener presente que durante los dos últimos años del primer septenio, o sea, entre los cinco y los siete años, puede haber niños que empiezan a «tener un pie» en la siguiente etapa y que quizás empiezan a pedir una respuesta distinta del adulto, más próxima a la que esperaría un niño de primaria. Conciben un adulto que «sabe» cómo tienen que ser las cosas. Sería algo parecido a lo que pasa durante los dos últimos años de la primaria: a partir de los doce, los empezamos a llamar «preadolescentes» porque hacen un cambio y, al estar próximos a la adolescencia, quizás también piden una actitud un poco diferente de los adultos. ~

CAPÍTULO 2
EL ADULTO EDUCA


1. ¿POR QUÉ ESTABLECER LÍMITES ES DIFÍCIL PARA EL ADULTO?

Poner límites es una parte del proceso de educar que cuesta esfuerzo y es pesada. Pero, si entendemos que es una tarea que solo los adultos podemos hacer, nos damos cuenta de que, aunque sea dura, es importante intentar hacerla bien.

Cuando hago formaciones suelo plantear a los participantes la siguiente pregunta:

«¿Qué cualidades necesitamos nosotros, los adultos, para poner bien los límites a los niños?»

Digo expresamente cualidades porque una cualidad la puedes desarrollar. No se trata de una característica, un don o una tendencia, aunque haya personas que lo puedan tener más fácil o más difícil según ciertas características individuales.

A partir de esta pregunta, entre todos los participantes empezamos a construir una lista y surgen palabras como paciencia, empatía, calma, firmeza, claridad, seguridad, coherencia, confianza, constancia, perseverancia, autocontrol, respeto, flexibilidad, autoconocimiento, capacidad de planificar, capacidad de comunicar, capacidad de observar, etc. La lista puede ser mucho más larga.

Muchas veces alguien propone amor como cualidad. El amor no es exactamente una cualidad, pero ser amoroso sí. Supongamos que trabajo con niños y recibo un grupo nuevo: todavía no conozco a esos niños, no los «amo», pero quedo ser amorosa y amable con ellos. Por otro lado, esta cualidad se puede desarrollar. Por lo tanto, añadimos ser amoroso o amable a nuestra lista.

En general, vivimos constantemente pendientes de mil cosas al mismo tiempo, y la llegada de los móviles dotados de internet ha sido clave en el incremento de este estado permanente de dispersión. Si no podemos estar presentes, con nuestra conciencia en el aquí y el ahora, no podemos estar disponibles para los niños. Estamos de cuerpo presente, pero los niños perciben que nuestra mente está lejos de ellos. Con la cabeza en otro lugar, de ninguna forma podemos establecer bien los límites, así que añadimos presencia a la lista.

Otro punto importante es recordar que necesitamos tiempo para hacer este trabajo. Así que también añadimos capacidad de gestionar el tiempo para tener una disponibilidad real. A veces nos sentimos impotentes ante la falta de tiempo, pero muchas veces es una cuestión de organización. Por lo tanto, también añadimos capacidad de organización.

¿Y qué ocurre cuando no hemos dormido en toda la noche? Nada sale bien, ¿verdad? Pues añadimos a la lista energía vital, de la cual estamos muy faltos en general. Si no tenemos energía no podemos educar. Nos tenemos que mirar y descubrir qué necesitamos para recuperar la vitalidad. En este sentido, solemos encontrarnos con una dificultad importante, que es la carencia de un ritmo regular en nuestra vida cotidiana. Cuando podemos mantener una regularidad en el ritmo (por ejemplo, a la hora de comer, dormir, trabajar, etc.), nos sentimos más descansados y vitales. La falta de regularidad, como puede serlo comer, dormir y trabajar a deshoras, por ejemplo, nos lleva rápidamente al agotamiento. No solo los niños necesitan un ritmo regular, tema que abordaremos en otro capítulo, también a los adultos nos conviene muchísimo, y más aún a los adultos que tenemos hijos o que trabajamos con niños.

Seguramente podríamos ampliar mucho más esta lista, pero sobre todo no quiero dejar de añadir el humor, ¡una cualidad de gran ayuda!

Cuando tenemos la lista escrita en la pizarra, invito a los participantes a reflexionar. Normalmente se quedan sorprendidos y a menudo les entra una risa nerviosa, porque de repente se dan cuenta de la dificultad que supone hacer bien este trabajo. Mirando esta lista, ¡rápidamente entienden por qué suele ser tan difícil poner límites! ¿Cómo tener tantas cualidades? ¿Tenemos que ser perfectos, entonces, para educar a los niños? No, por supuesto que no. Pero tampoco deja de ser verdad que si desarrollamos estas cualidades haremos mejor este trabajo. No se trata de hacerlo todo perfecto, pero sí de saber que esta lista nos da una dirección, «un norte», nos recuerda que cuanto más desarrollemos estas cualidades mejor lo haremos.

Cuando uno mira esta lista se da cuenta de que no es suficiente leer un manual sobre «cómo poner límites». Un libro o una charla nos pueden dar muchas pistas, guías e indicaciones de cosas muy concretas que nos pueden ayudar, esto es evidente. Justamente de ello hablaremos en este libro. Pero al final hay un punto que depende de un mismo y de cómo está. Esta es una primera lección que podemos extraer de la lista: si asumo mi responsabilidad a la hora de poner límites, entiendo que seguramente tengo que hacer un esfuerzo personal para hacer bien este trabajo.

Si las cosas no funcionan con los niños, primero tenemos que mirarnos a nosotros y hacer un repaso de la lista. Quizá nos falta paciencia, o no podemos ser empáticos, o no nos sentimos seguros, o estamos demasiado cansados, o no podemos controlar nuestra ira. Está claro: la cosa no funciona si no cumplimos unas condiciones mínimas. Y no pasa nada, porque, faltaría más, ¡a veces no estamos bien! Nosotros también estamos aprendiendo, por lo que también tenemos que ser pacientes, amables y respetuosos con nosotros mismos.

Por supuesto que este trabajo no será igual para todo el mundo, porque todos somos diferentes, adultos y niños, y las combinaciones pueden ser múltiples. Por ejemplo, si juntamos a un niño con una fuerte impulsividad y a un adulto con poca paciencia, la tarea de establecer límites será más difícil, está claro. El niño necesitará tiempo para aprender a controlar su impulsividad y el adulto se tendrá que poner las pilas y desarrollar la paciencia. Pero cuando nos concienciamos ya no podemos culpar a los niños de todas las dificultades con las que nos encontramos.

Parece difícil, pero los niños nos necesitan y no podemos tirar la toalla. Tenemos que recordar que es un trabajo y que depende de nosotros. También podemos pensar que, si gracias a los niños desarrollamos tantas capacidades, ¡al final este proceso es una ganancia importante para nosotros mismos! Yo misma soy el instrumento, y si lo afino sonaré mejor, me sentiré más satisfecha y todo funcionará con mayor fluidez.

A lo largo del libro, en algunos momentos utilizaré las expresiones estar en la lista o no estar en la lista para referirme a si cumplo unas mínimas condiciones para poner bien un límite de acuerdo con lo que hemos comentado en este apartado.

2. LA IMPORTANCIA DEL VÍNCULO

No podemos hablar de nada en educación si no situamos primero lo que es primordial: los niños necesitan sentirse seguros, protegidos, necesitan ser vistos y escuchados, necesitan sentir que hay alguien que se interesa profundamente por ellos.

Hoy sabemos que, aunque estén alimentados y limpios y aunque puedan descansar, si durante los primeros años los niños no experimentan el contacto afectivo de crear vínculo con alguien, puede ser que no alcancen un desarrollo físico, emocional o cognitivo satisfactorios.

Actualmente, la neurociencia también nos habla de la importancia de construir un vínculo de seguridad y de las implicaciones que llega a tener esta cuestión en el desarrollo de los niños. Daniel Siegel, por ejemplo, en el libro El poder de la presencia, nos habla de las «cuatro condiciones» que tenemos que ofrecer a los niños para crear una relación sana y empoderadora: seguridad, protección, consuelo y visibilidad. Poder construir una relación con quien sentirse seguro, protegido, reconfortado y visto es la base para el desarrollo global óptimo del niño.

En relación con el tema de este libro, durante los primeros años de vida los niños integran las normas sociales justamente a través de la relación con las personas con quienes tienen un vínculo profundo. Es una realidad que tienen clara los profesionales del Instituto Pikler de Budapest: lo que los niños viven en la vida cotidiana cuando se están relacionando con las personas de referencia los educa en el ámbito social. Observan qué hacen los adultos, cómo se relacionan, cómo responden a sus comportamientos, cómo los miran, el lenguaje verbal y no verbal que utilizan, etc. El aprendizaje social se produce en las situaciones cotidianas, en los detalles, en los aspectos concretos de las relaciones, seamos conscientes de ello o no. Los adultos de referencia transmiten una cultura social y un modelo, por eso es tan importante observar cómo estamos en relación con la «lista» del apartado anterior. Es en la interacción con estos adultos de referencia donde los niños encuentran el primer modelo a integrar sobre cómo nos relacionamos socialmente. Por esto, la calidad de la relación con el adulto es básica en la educación de las herramientas sociales.

Cuando los niños están en casa durante los tres primeros años de vida, si no ocurre nada grave en el núcleo familiar, el vínculo suele estar garantizado. Pero en el ámbito institucional esto no es tan evidente. Las situaciones más delicadas son aquellas en las que el niño tiene poco contacto con la familia; por ejemplo, cuando pasa muchas horas en un espacio educativo, cuando vive situaciones que lo alejan de ella (por ejemplo, si tiene que estar hospitalizado) o cuando directamente no tiene familia, como en el caso de los niños que viven en una institución.

Este fue un trabajo extraordinario que inició la doctora Emmi Pikler en Budapest: garantizar un primer vínculo de seguridad a los niños que vivían en un orfanato. Lo hizo comprendiendo que el vínculo con el adulto se puede construir en los momentos de contacto individual propios de la vida cotidiana, como dar de comer, cambiar un pañal, acompañar a dormir, bañar al niño, etc. Son momentos en los que niño y adulto se encuentran, e inevitablemente ocurren muchas veces al día, cada día, puesto que en estas actividades el niño todavía depende del adulto. Este es un punto muy importante que hay que tener en cuenta en la educación de la convivencia social: tenemos que revisar qué modelo estamos ofreciendo los adultos en esos momentos de atención individual a los niños.

Mucha gente piensa que el vínculo de seguridad está cubierto si ofrecemos brazos y garantizamos el contacto piel con piel. El contacto piel con piel es muy importante durante los primeros años, sobre todo en los primeros meses, pero nos equivocamos si pensamos que llevar al niño siempre encima garantiza el vínculo. La experiencia de vínculo va bastante más allá, por eso no comulgo con los mensajes que se han puesto de moda últimamente y que transmiten la idea de que, durante el primer año de vida, cuanto más lleves al niño a cuestas, mejor. Es más interesante buscar un equilibrio entre la construcción del vínculo de seguridad y el respeto a la autonomía del niño, teniendo siempre presente su momento evolutivo, tal y como propone la visión pikleriana.

Tuve una experiencia en un jardín de infancia que puede ayudar a comprender lo que estoy diciendo sobre la necesidad de estar en brazos. Yo observaba a un grupo de niños de un año, y había uno que había llegado al grupo pocos días antes y que todavía no se sentía a gusto, de forma que pedía constantemente estar en brazos y lloraba. La situación se hacía muy estresante para la maestra, que la vivía con una angustia exacerbada por el hecho de que hacía poco ella misma había sido madre. Estaba más sensible y le daba mucha pena no poder atender al niño de una forma satisfactoria. En aquel momento la maestra creía que solo si lo cogía en brazos lo podría atender bien y, como no podía hacerlo porque tenía que atender también a otros niños, lo pasaba bastante mal.

Yo, observando desde fuera, veía que la situación en realidad no era tan dramática. Cuando el niño estaba en brazos estaba tranquilo, o sea que el adulto ya era una referencia para él. No había una situación difícil en el grupo que pudiera provocar una experiencia de caos y generar inseguridad. Intenté transmitir a la maestra esta mirada más objetiva y le dije: «Mira, todo está bien. Él está en un ambiente seguro y tú no lo estás abandonando. Puede estar cerca de ti aunque no esté en brazos y tú le puedes transmitir esta confianza. Dile: “Yo estoy aquí, tú puedes jugar cerca de mí mientras le cambio el pañal a María”. Deja algún juguete que le guste en un espacio cerca de ti donde él se pueda sentir seguro, de forma que pueda verte y jugar mientras atiendes a los demás niños. Mientras tanto lo puedes ir reconfortando con palabras, recordándole que tú estás aquí, que lo ves, que él puede jugar, etc.». Otra propuesta que le hice fue que, en vez de decirle al niño «te tengo que dejar en el suelo», que conlleva una sensación de abandono, le dijera «ahora te pondré en el suelo». También le sugerí que el concepto de «hacerlo por uno mismo» que proponemos en la actividad autónoma es mejor que la idea de «hacerlo solo», porque en realidad no lo estamos dejando solo.

Fue impresionante porque, de repente, el niño empezó a jugar. Ya no había drama. Entró otra maestra en el aula y se sorprendió mucho de verlo jugando. Cuando llegó su madre, por supuesto también se sorprendió muy alegremente de que estuviera tan tranquilo. Cuando el adulto le dio esta confianza, el niño se pudo sentir seguro. Además, cuando el entorno lo reconoció como un niño capaz de sentirse seguro, le transmitió todavía más confianza. Fue un muy deseable movimiento de retroalimentación en positivo que no pasaba necesariamente por cogerlo en brazos.

Lo mismo puede ocurrir en el ambiente familiar. En casa, cuando el niño reclama la atención del adulto, es muy importante que reciba una respuesta. Pero a veces nos reclaman en situaciones que no son graves ni urgentes, y no siempre es necesario cogerlos en brazos. En esos casos, el adulto también puede intentar encontrar esta tranquilidad interior si, mirando con un poco de objetividad una situación que puede parecer difícil para el niño, comprende que no le está pasando nada grave. De esta forma puede transmitir al niño un mensaje que le aporte seguridad y confianza: «Yo estoy aquí cerca, te escucho. Necesito terminar de doblar la ropa y en un momento estaré contigo. Mientras tanto, puedes jugar con tus juguetes».

3. EL MODELO Y LA IMITACIÓN

Si educamos, tanto en el ámbito familiar como en el ámbito profesional, deberíamos intentar ser un buen modelo. Especialmente durante los primeros siete años de los niños, el modelo que damos tiene una importancia vital, porque todavía están en una etapa de total imitación. Todo lo que los rodea les impacta; tienen unas «antenas» extrasensibles para captarlo todo, incorporarlo, integrarlo y expresarlo a su manera. Todavía no tienen filtros para saber qué deben imitar y qué no.

En general, creo que no damos suficiente importancia a las fuerzas imitativas de los niños. Sobre esta cuestión tuve una experiencia interesante en un asesoramiento en una escuela maternal. El equipo quería profundizar en el tema de la gestión de conflictos, y una de las situaciones que les preocupaban eran los conflictos por los objetos. Una de las maestras tenía dificultades especialmente con una niña de dos años que continuamente les quitaba los objetos de las manos a los otros niños, lo que creaba una dinámica difícil en el grupo. Me propuso hacer una sesión de observación y entré en su aula. Era un momento un poco complejo porque los niños habían vuelto del patio y tenían que esperar un rato para comer, estaban cansados y tenían hambre. La maestra estaba ocupada preparando el carro de la comida y les había dado cuentos para que los estuvieran mirando mientras tanto. Era una buena idea, puesto que así estaban ocupados y no tenían que esperar sin hacer nada. Cuando ya estaba todo preparado para que se sentaran a la mesa, la maestra, sin decir nada, empezó a quitarles los cuentos de las manos a los niños. ¡Ella misma hacía lo que no quería que hiciera la niña! Estaba ofreciendo un modelo de comportamiento que no quería ver en los niños. Pero lo que es más interesante es que la maestra, una profesional con sensibilidad y ganas de hacerlo bien, no era consciente de sus propios gestos.

Muy a menudo no nos damos cuenta de cómo nos comportamos, qué hacemos, cómo hablamos y qué decimos delante de los niños, porque suelen ser impulsos inconscientes. El modelo que recibimos de pequeños de padres y maestros, lo que vemos en el ambiente donde vivimos, la cultura, lo que aprendemos en las formaciones profesionales o en la universidad, todo nos condiciona. Como dice una educadora del Instituto Pikler en la película Lóczy, un hogar para crecer, de Bernard Martino, no es sencillo educar con respeto cuando uno mismo no lo ha recibido. Aprender a hacerlo exige un trabajo personal constante.

Los niños imitan acciones, gestos, actitudes, expresiones e incluso estados internos. Los adultos tenemos que ser conscientes de esta responsabilidad: si queremos que integren ciertos comportamientos y actitudes, tenemos que empezar dando ejemplo nosotros mismos. Por ejemplo, si quiero que los niños tengan una actitud respetuosa hacia los demás lo primero que tengo que preguntarme es si yo tengo una actitud respetuosa hacia ellos y si me ven teniendo una actitud respetuosa hacia los demás.

En el Instituto Pikler pudieron grabar imágenes sorprendentes que muestran que, desde muy pequeños, los niños integran algunas actitudes, como, por ejemplo, ofrecer un objeto a otro niño a cambio de algo. Es un modelo que ven y reciben diariamente de los adultos que los rodean: necesito eso que tienes en la mano y te puedo dar esto a cambio.

Evidentemente, en otros ambientes donde el trato no es respetuoso podemos observar cómo imitan comportamientos que no son deseables, como por ejemplo el abuchear a otros niños o gritarles para que se callen.

Existe una cita de Rudolf Steiner que dice que lo primero que influye en la educación es la personalidad del educador, después la forma en que actúa y solo en tercer lugar lo que dice. Esto es algo fácilmente comprobable. Podemos dar largos discursos, pero, al final, lo que ellos integrarán es la forma en que nos mostramos y lo que hacemos. Por lo tanto, si queremos que integren un comportamiento o un valor tenemos que empezar dando ejemplo e intentando ser un buen modelo a imitar.

Si tenemos presente este hecho, incluso con pequeños detalles podemos hacer que todo sea mucho más fluido. Recuerdo el caso de un jardín de infancia en el que tenían dificultades para hacer que los niños se pusieran sombreros para salir al patio en verano. Era un tema importante porque los árboles todavía eran pequeños y el sol era muy intenso. Les sugerí que, antes que nada, las maestras también se los pusieran. Lo empezaron a hacer y, cuando ellas llevaban los sombreros, los niños se ponían los suyos con mucha naturalidad. Fue realmente sorprendente para las maestras comprobar que este hábito cambió la actitud de los niños y al mismo tiempo facilitó un momento que se había convertido en difícil.

Debemos tener siempre presente que durante los primeros siete años de vida los niños están en plena acción e imitación. Es una condición muy singular; en ese periodo, su forma de estar en el mundo consiste principalmente en hacer (actuar, moverse, jugar, experimentar, manipular, investigar, etc.) e imitar. Tienen gran interés por lo que los rodea y también por cómo actuamos los adultos, qué hacemos y cómo lo hacemos. Están constantemente «escaneando» el ambiente en busca de «personas que hacen cosas». También observan cómo se comportan los demás niños e incluso los animales. Pero el adulto de referencia, o, mejor dicho, los adultos de referencia, son para ellos los primeros y principales modelos. No es fácil la posición de ser modelo y referente por la responsabilidad que conlleva, pero no tendríamos que rehuirla.

Por supuesto, estas referencias ya no bastan en la adolescencia, y podemos observar que en esta etapa los jóvenes empiezan a buscar modelos también fuera de casa, como pueden serlo compañeros, profesores u otros adultos a los que admiran. Pero estoy convencida de que los criterios y valores recibidos durante la infancia les pueden servir de ayuda para mantener un centro y no perderse en este mundo tan amplio y confuso. ~

CAPÍTULO 3
EL NIÑO APRENDE


1. ES UN PROCESO Y QUIEREN APRENDER

Quizá nos gustaría que poner límites fuera más fácil y que los niños respondieran inmediatamente a lo que les pedimos, pero la realidad es que están en un proceso de aprendizaje y necesitan su tiempo. Si los observamos atentamente, veremos una y otra vez que quieren aprender y que ponen mucho esfuerzo en ello.

Observando un espacio educativo veo cómo Eva, de dieciocho meses, golpea la mesa con un trozo de madera. Hace ruido y ese es su objetivo. El adulto le dice que si da golpes en la mesa hace demasiado ruido, pero que puede golpear el suelo con la madera, si quiere. Eso hace, pero, precisamente porque no hace tanto ruido, no le parece tan interesante. Vuelve a la mesa. El adulto le tiene que volver a poner el límite.

Podemos interpretar que Eva actúa expresamente para que el adulto se enfade. Pero también podemos observar con más atención y entender que le es muy difícil contener ese impulso y renunciar al juego de experimentar, de descubrir, con el que disfruta tanto.

Cuando Eva golpea la mesa y mira al adulto, alguien que observe la escena fácilmente pensará que es una niña traviesa y dirá: «¡Mira qué pilla!». Pero también podemos observar la escena con otros ojos y pensar que, en realidad, aunque no pueda resistirse al impulso de dar golpes en la mesa, Eva mira al adulto después de golpearla porque ha entendido que el adulto tiene algo que decir sobre el tema «golpear la mesa con la madera». Quiere saber más.

Necesitará que se le recuerde la norma una y otra vez hasta que la tenga integrada, pueda responder a la expectativa del adulto y deje de golpear. Pero quizás entonces experimentará golpeando con un objeto que no sea la madera que tenía en las manos. ¡Y quizás será otra madera! Pero ¿cómo puede saber ella, por adelantado, que la norma se refiere a todas las piezas de madera? Lo tendrá que comprobar. Y quizás veremos que este impulso de investigar la empuja también a comprobar si puede golpear otra mesa con esta misma madera. ¿Cómo puede saber que la norma se refiere a todas las mesas? Esto también lo tendrá que comprobar. Como una cientista rigurosa, tendrá que experimentar con muchas variables. Los niños son grandes investigadores y es fascinante observarlos. La lástima es que esto nos lo perdemos si tenemos una mirada parcial que solo ve una realidad estrecha y egocéntrica: «¡Lo hace expresamente para hacerme enfadar a mí!».

Otro momento de observación me sirve para ilustrar muy claramente este proceso. Tres niños (dos de dos años y uno, Álex, que tiene uno y medio) están sentados alrededor de una mesa y Laia, el adulto que los acompaña, les ofrece fruta. La fruta está cortada y en un cuenco y los niños la cogen con la mano. Álex coge un trozo de manzana, lo muerde un poco y quiere coger otro. Laia le dice que cuando se termine el trozo que tiene en la mano podrá coger otro. A Álex no le gusta oír eso. Laia le tiene que decir dos veces más que ella ya ve que quiere otro, y que lo podrá coger cuando se haya terminado el que se está comiendo. Se lo dice con tranquilidad y sonríe porque puede empatizar con él. Además de explicárselo, Laia tiene que poner la mano suavemente delante del cuenco para impedir que Álex coja otro trozo de fruta. Finalmente, Álex acepta el límite y responde a lo que el adulto le está pidiendo; termina la fruta que tiene en la mano y cuando está listo para coger un nuevo trozo mira a Laia para confirmar que, ahora sí, puede coger otro.

Es muy interesante observar cómo los niños tienen tantas ganas de aprender. Álex y Laia se conocen bien y tienen una buena relación. Álex confía en ella y es capaz de renunciar al impulso que vive dentro de él para atender a lo que ella le pide. De esta forma puede ir integrando las normas del momento de la merienda.

Los momentos para comer son complejos y se puede sacar mucho jugo de ellos, por lo que dedicaremos un apartado especialmente a este tema.

2. PRIMERO NACEN...

Podemos decir que, cuando los niños están en el vientre de su madre, son «uno» con la madre. Con el nacimiento hay una separación evidente, puesto que a partir del momento del parto pasan a ser dos cuerpos separados. Es una separación física, pero sabemos que, en otros aspectos, los niños continúan sintiéndose «uno» con la madre. Por ejemplo, hacia los ocho meses pasan por una crisis de angustia de separación. Sienten por primera vez que su madre está separada de ellos y si no la ven se pueden angustiar porque no están seguros de que continúe existiendo. Es un momento en el que, por ejemplo, un niño que era muy autónomo y podía pasar ratos jugando tranquilo a su aire de repente se angustia mucho cuando su madre sale de su campo de visión. Es una crisis madurativa y está relacionada con capacidades cognitivas más evolucionadas y complejas, como la integración del concepto de permanencia del objeto: aunque no lo vea sé que continúa existiendo. En cuanto el niño integra la experiencia de que su madre continúa existiendo aunque no la vea, desaparece la inquietud.

Este momento que viven los niños alrededor de los ocho meses es un claro ejemplo de que este proceso de separación no había terminado con el nacimiento. Durante el proceso de desarrollo de los niños nos encontramos con otros momentos críticos, pequeñas «crisis» donde se hace más evidente que el niño está convirtiéndose en una individualidad, alguien que va creando una conciencia de sí mismo separado de los demás.

Este proceso de separación es natural y deseable, pero pasa por momentos que pueden llegar a ser difíciles para el adulto. Un ejemplo es cuando, alrededor de los dos años, los niños experimentan con la palabra «no». Cuando dicen «no» crean una distancia con el otro, ponen un límite que, de alguna forma, los separa. El niño que poco tiempo atrás era un «sí al mundo» de repente dice que no. Es un cambio brutal y normalmente pilla al adulto desprevenido: «¿Cómo que no?».

La llegada de la capacidad de denominarse a uno mismo como un «yo», alrededor de los dos años y medio o tres años, es otro momento clave. En esta etapa los niños empiezan a ser más conscientes de que son una individualidad separada. Pero este proceso es largo y podemos observar con claridad que, ya adolescentes, siguen buscando esa identidad, experimentando quién quieren ser, cómo quieren pensar y cómo quieren actuar. De hecho, la pedagogía Waldorf considera que hasta los 21 años, momento que antes se consideraba la mayoría de edad, este proceso no termina del todo.

Cuando los niños todavía son bebés no suelen mostrar muchas dificultades relacionadas con los límites. Esto no significa que no haya otro tipo de dificultades, pero las que hay no suelen estar relacionadas con esta cuestión, sino que normalmente se presentan cuando al adulto le cuesta saber qué necesitan y cómo atenderlos para que vuelvan a estar bien. Si el niño manifiesta un malestar y no sabemos cómo ayudarlo, será difícil.

Cuando los niños van creciendo y desplegando sus capacidades motrices, llega la cuestión de la movilidad, porque un niño que ya se puede desplazar solo empezará a explorar y querrá ir a lugares que quizás no le convienen. Gestionar esas situaciones no es complicado: basta con poner una barrera física para solucionar rápidamente el límite de movilidad. Quizás el niño se frustrará (más adelante hablaremos del tema de la frustración), pero se puede decir que todo es bastante sencillo por ahora.

Entonces, ¿cuándo empieza a dejar de ser sencillo?

Existe un momento, alrededor del año y medio, en que los niños empiezan a expresar que quieren cosas. Eso es nuevo, ya no solo expresan que tienen necesidades (por ejemplo, hambre), sino que empiezan a desear cosas. En esta etapa, no es que el niño necesite comida, sino que quiere galleta. Y nos encontramos con situaciones en las que le damos galleta porque era lo que pedía, pero entonces ya no quiere galleta, quiere pan, quiere yogur o quiere mandarina. Seguramente conocéis esta situación y aquí la pregunta clave es: ¿el niño sabe realmente lo que quiere? Probablemente la respuesta a esta pregunta es que aún no. Así pues, el adulto, que había estado intentando afinar qué necesita el niño para poder atenderlo de forma adecuada, ahora se encuentra con una dificultad, porque ya no solo estamos hablando de necesidades, sino que entra en juego este «querer cosas». Si vamos detrás del niño intentando darle lo que pide, como ni él mismo sabe qué quiere, nos perdemos. Porque la otra pregunta básica que tenemos que hacernos aquí es: ¿el niño sabe lo que le conviene?

Solo el adulto puede saber qué es lo más conveniente para el niño. A partir de esta etapa, el adulto se tiene que poner las pilas para ayudar al niño a integrar el hecho de que, aunque quiera una cosa concreta, quien decide lo que le conviene es el adulto. Y lo hace por su bien: solo el adulto puede ir más allá del deseo del niño y, asumiendo su rol de responsabilidad, reconducir la situación. Si lo que quiere el niño no le conviene, el adulto, como responsable, no se lo puede permitir.

Aquí empieza una dificultad importante: gestionar la frustración de los niños. Hablaremos específicamente de eso más adelante.

3. CUANDO AÚN NO DICEN «YO»

Hay un momento en que los niños pasan de referirse a ellos mismos en tercera persona (como «Laura» o «el niño», o a veces incluso llamándose «tú», imitando lo que dice el adulto) a llamarse «yo». Es un cambio importante y un paso crucial en este camino de ser conscientes de ellos mismos, una característica propia del ser humano. Una vez, una maestra me explicó el recuerdo que tenía de la primera vez que se miró en un espejo y fue consciente de que la que veía en la imagen era ella: «¡Estos son mis ojos!», pensó. ¡Qué impresión! Es fascinante el proceso por el cual uno llega a construir esta identidad de ser un «yo»: un proceso que solo se puede hacer desde dentro, porque no podemos enseñar al otro a decir «yo», solo podemos llamarnos «yo» a nosotros mismos.

Este proceso suele tener lugar entre los dos años y medio y los tres años, a pesar de que algunos niños lo viven antes. ¿Qué implica el hecho de que antes de esta edad no sepan decir «yo»? Implica que todavía no tienen construida esa estructura psíquica de autoconciencia, no tienen la experiencia clara de percibirse como una individualidad consciente, separada de los demás. Este hecho tiene unas consecuencias que a menudo no tenemos en cuenta. Por ejemplo, si todavía no tienes una conciencia clara de ti mismo, ¿cómo puedes tener una conciencia clara de los demás? ¿Qué herramientas tienes para ponerte en el lugar de otra persona? ¿Cómo puedes pensar en lo que has hecho? ¿Quién lo piensa, si todavía no hay una conciencia clara de quién eres? ¿Quién se puede responsabilizar de tus actos? Todas estas capacidades se van construyendo despacio a partir de esta conciencia de ser un «yo».

Por eso, en la etapa de los cero a los tres años, tenemos que tratar el tema de los límites con mucho cuidado, entendiendo que según qué cosas no se las podemos pedir porque los niños aún no tienen recursos para atender a algunas demandas de los adultos. Imaginemos, por ejemplo, que un niño de dos años está pegando a otro. Quizás nuestra respuesta es decirle: «¿Qué haces? ¿No te das cuenta de que le haces daño? Siéntate aquí y piensa en lo que has hecho». Sin embargo, este discurso es totalmente inadecuado para un niño de dos años. Estamos interactuando con él como si ya tuviera conciencia de sí mismo. Esperamos que internamente el niño pueda llevar a cabo un proceso que pasa, por fuerza, por tener esta estructura psíquica y hacer una reflexión: «Yo he pegado, ahora lo pienso y entiendo que el otro ha sufrido, puedo reflexionar sobre estos hechos, me arrepiento, asumo mi responsabilidad y así puedo reparar los daños que he ocasionado». Suelo decir que esto es «de la estratosfera» para un niño tan pequeño.

Esto no significa en absoluto que, cuando los niños son pequeños, no tengamos que hacer nada en este tipo de situaciones. Más adelante hablaremos detalladamente sobre cómo poner los límites en las situaciones de conflicto.

Me gustaría añadir algunos comentarios en relación con la empatía. Actualmente hay distintos autores y estudios que señalan que puede que la empatía empiece antes de lo que nos imaginábamos. Esto es interesante porque sabemos que, desde muy pequeños, esta capacidad existe y el adulto lo debe tener en cuenta: tiene que educar al niño en la empatía, sobre todo teniendo presentes las fuerzas imitativas y siendo un modelo empático. Pero, desde mi experiencia, considerar que los niños tienen una verdadera capacidad empática antes de los cinco años puede confundirnos y dificultar la educación, porque ponemos el listón muy alto. Podemos observar que hay niños con una especial sensibilidad por los otros, pero esto quizás no significa que sean del todo empáticos. Por ejemplo, recuerdo un grupo de juego en el que una niña de tres años estaba siempre pendiente de los demás y cuidaba de los más pequeños: les daba el chupete si lloraban, los abrazaba, avisaba a los adultos cuando pasaba algo, etc. Pero ¿qué pasaba cuando los otros niños no querían recibir su atención? Entonces se enfadaba e incluso podía llegar a hacerles daño. Es cierto que cuidaba de los otros niños, pero no era exactamente por el bienestar de los demás. Quizás imitaba a los adultos o quizás lo hacía porque ella disfrutaba cuidándolos. Si en situaciones como esta el adulto la ve como una niña madura, sensata y empática, no puede entender su actitud de frustración y es muy probable que se enfade con ella cuando reaccione mal con los demás. Si el adulto comprende que está construyendo esta conciencia de «yo», puede ser más empático con ella y poner el límite sin enfadarse.

Бесплатный фрагмент закончился.

900,76 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
208 стр. 14 иллюстраций
ISBN:
9788494830099
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги