Читать книгу: «La vida instantánea»
© Círculo de Tiza, 2018
El infiltrado
Conocí a Sergio C. Fanjul como Txe Peligro, que era su seudónimo en Facebook antes de que Zuckerberg decidiera que ese alias no valía y que debía dar la cara con su nombre real. No sé cómo llegó a mi pantalla, pero sí cómo se ganó mi atención en un mundo de hiperestímulos y distracciones: con narraciones fabulosas. Triunfó en el mundo digital con las armas más viejas del mundo analógico, las mismas que utilizó Homero o quien puso en verso Gilgamesh.
Sospeché por aquellos días que Fanjul era un infiltrado. Ya sé que se repite mucho que Facebook es la red más carpetovetónica de todas, con su gusto por la parrafada extensa y permitiendo que se pueda triunfar en ella sin usar fotos ni vídeos. Es, de lejos, la red más literaria, la que mejor entienden los ancianos que nacieron con tocadiscos, pero no deja de ser un invento de púberes listillos del siglo xxi. Facebook, por más que los adolescentes la desprecien, es contemporánea y modernísima, y disfrutar de ella requiere de una mente contemporánea y modernísima. Una mente como la de Fanjul: rápida, precoz para la ocurrencia, atenta a cualquier novedad, urbana, alérgica a la tragedia, cultivada en el sarcasmo, celebrativa de la parodia y un poco autodespectiva. Curiosa, muy curiosa, en lucha perpetua contra los prejuicios propios y acercándose al mundo sin soberbia ni escándalo. Es decir, lo contrario de un moralista o un intelectual de tribuna y dedo acusatorio. Fanjul prefiere describir a prescribir, y la risa al lamento.
Pero tras esa fachada informal y veloz del mundo nuevo, con su peterpanismo y su desvergüenza juvenil, se oculta un espécimen del mundo viejo, un infiltrado del ayer. Porque lo que hace Fanjul es lo que han hecho siempre los grandes cronistas: pasear, observar y contar. Si sus textos suenan frescos y contemporáneos no se debe solo a su talento literario, sino a que se componen al contrapunto: entre tanto cascarrabias y tanto inquisidor vocacional, alguien que se pregunta sin ánimo de responderse categóricamente, que no teme encogerse de hombros y que se muestra feliz donde solo parece caber la indignación es por fuerza un punki o un guerrillero cultural.
Es difícil ser más vintage que Fanjul: escribe poesía y la convierte en espectáculo juglaresco con su pareja, Liliana Peligro; se gana la vida con el periodismo de papel, el de mandar textos a tantas palabras para publicar mañana; es un aficionado a los menús del día de los figones menos recomendables de Lavapiés, y para rematar el cuadro ha sido nombrado paseador oficial de la Villa de Madrid. Sin olvidar que es un asturiano emigrado a la capital, lo que le deja a un paso de ser un indiano o un déspota ilustrado. Todo ello hace de él un situacionista o un flâneur, un bohemio pertinaz, un gacetillero y un bardo. Nada, en definitiva, a lo que se pueda añadir el epíteto numérico 2.0. El Madrid de Fanjul tiene más que ver con el de Cansinos Asens que con el de los instagrameros, y su vida y su trabajo están más cerca de un personaje de Galdós que de uno de Lena Dunham, y sin embargo ha engañado a todo el mundo y se ha hecho con una reputación de vanguardia.
No hay que descartar que Fanjul sea un viajero en el tiempo, alguien venido de la época de los duelos, las levitas, las tertulias y los sablazos para impartir una lección de humildad a los babilonios de Facebook. Como no puedo demostrar esta hipótesis, recurriré al eterno retorno, que se entiende mejor en la era digital que en la de Nietzsche: si todos los relatos de viajes son actualizaciones del programa original de la Odisea, Sergio C. Fanjul es la última versión del de Herodoto, aquel tipo que escribía antes de que nadie supiera distinguir a un historiador de un cronista o de un poeta: contadores de historias, al fin, poco disciplinados y sin preocupación ninguna por encajar en géneros o disciplinas.
Como los buenos contadores de historias, Fanjul es adictivo. Facebook impone una forma de narrar rápida y sin método, mitad diario y mitad performance con público. La intimidad confesional recibe de inmediato una lluvia de megustas que suenan a aplauso y condicionan lo que se dice y cómo se dice. El viejo Txe Peligro modula perfectamente esta cuasiparadoja de la red social y triunfa donde muchos de sus cultivadores explotan, incapaces de encontrar el equilibrio entre la construcción literaria de un yo intimista y la invasión de los mirones que buscan espectáculo.
Los encuentros con la cultura en el Carrefour de Lavapiés, las miserias del trabajo freelance, los descubrimientos urbanos y el sabor recalentado de los menús del día son partes de un proyecto narrativo mucho más complejo y ambicioso de lo que la actitud de su autor da a entender. Fanjul ha construido un mundo de ficciones que suenan a verdad poderosa para sus lectores. Un Madrid post-15M, desencantado y a la vez ilusionado, en el que el narrador sabe situarse en otro dilema dialéctico: es un representante de esa juventud destruida por la crisis, y a la vez es un individuo único que vive a contracorriente sin parecerse a nadie.
Una de las virtudes más sobresalientes de Fanjul es su capacidad para encontrar destellos de bondad y belleza en medio de un paisaje agostado y bombardeado. En una ciudad sucia, colapsada, asediada por los especuladores inmobiliarios, con miles de jóvenes que pasean alucinados de desahucio en desahucio, sorteando las maletitas con ruedas de los turistas que buscan su apartamento de alquiler con Google Maps, él señala la brizna, el rincón del bar o la anécdota luminosa que derrota el apocalipsis.
No debería condicionar más la lectura de las piezas que siguen. Me temo que he dicho demasiado (en los prólogos siempre se habla de más), y no quisiera que el lector neófito se perdiera ninguna sorpresa ni leyese con mis gafas. Solo añadiré que Fanjul, precisamente por ser un cronista clásico que habría encajado muy bien en el Madrid de Valle-Inclán, es un escritor furibundamente actual, que representa como pocos lo que es hoy la literatura: una mirada libre de imposiciones canónicas y de categorías genéricas que intenta sobreponerse a su propia perplejidad. Una forma de estar en el mundo contándolo. O de contar el mundo estando en él.
Me empiezo a poner escolástico. Es mejor que me olviden y lean a Sergio C. Fanjul.
Sergio del Molino
Introducción
Escribo desde que tengo uso de Internet.
A decir verdad, un poco antes ya emborronaba cuartillas con relatos y poemas, Microsoft Word offline, bolígrafo Bic azul, libretas cuadriculadas de bazar, textos que no llegaban a los ojos de nadie, vergüenzas varias escondidas en el legendario cajón lleno de prodigios y basura que antes tenían los escritores. La llegada de Internet supuso un salto definitivo: ahí fuera, en el ciberespacio, había de pronto decenas, cientos, miles de personas a las que hacer llegar lo que escribíamos. Ya no había que guardar nada en el proverbial cajón. Ni siquiera la basura.
Al principio estábamos solos en la red, y ni siquiera había blogs. Yo inventé mi propio blog avant la lettre cuando, a comienzos del siglo xxi, me mudé a Madrid y estaba solo y tenía poca gente con quien hablar, y ni siquiera tenía teléfono móvil. Tampoco ordenador: me veía obligado a teclear en máquinas prestadas, locutorios ecuatorianos o en los (entonces) precarios ordenadores personales de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), donde me amueblaron la cabeza.
Aquella especie de blog que yo había inventado se llamaba Comunicados desde Capitol City, y eran, simplemente, los mails que yo iba enviando a mis amigos contando todo lo que me pasaba en la gran ciudad, que no era poco, sobre todo visto con las pupilas de un veinteañero recién llegado (aunque no frecuentase el café Gijón). Mi público se fue ampliando a medida que conocía gente e iba incluyendo en la lista de correo a mis compañeros de piso, a los colegas de la carrera y, sobre todo, a personas random con las que me topaba en fiestas y bares. Cuando conocía a alguien nuevo, enseguida le pedía el mail para suscribirle a los Comunicados. Aún los guardo, por ahí, en algún disco duro vintage.
Lo de los blogs lo facilitó todo, porque era lo mismo pero como Bill Gates mandaba: ahora no se trataba de mails cutres, sino de una página web en toda regla que cualquiera podía crear o visitar. Aquello lo llamaron la web 2.0: Internet dejaba de ser unidireccional. ¡Viva el pueblo conectado! ¡Arriba el módem popular! Así hasta que la revista Time dijo en una de sus famosas portadas que el Personaje del Año 2006... eras Tú.
Mi blog, que cosechó cierto éxito en aquella prehistoria digital, se llamaba PlanetaImaginario, y debe de seguir encallado, naufragado como un pecio en los procelosos mares del ciberespacio, igual que tantos miles de blogs errantes que uno visita como si visitase un cementerio de ballenas o ese camino empedrado de buenas intenciones que dicen que conduce al infierno.
Escribir en el blog ampliaba mucho las posibilidades de expansión de esta industria literaria: la gente no solo te podía leer, sino que podía incluso comentar, dar feedback, un hecho inédito para los escritores primerizos que no tenían público: había alguien ahí, al otro lado. Hasta se formó una blogosfera, un anillo infinito de blogs enlazados unos con otros que se devolvían las visitas como hacen las familias bien educadas en las urbanizaciones de extrarradio.
Blogs sigue habiendo, pero lo que ya no hay tanto son aquellas bitácoras con ínfulas literarias o vocación de diario. Los blogs que sobreviven se especializan en temas muy concretos: política, videojuegos, mascotas, fontanería, cualquier cosa, muchos de ellos al abrigo de grandes y pequeños medios de comunicación.
El mundo del blog creativo, diarístico, literario o poético, del blog confesional o vital, fue de alguna manera borrado por las redes sociales, que permitían contar tu inane vida al instante y sin tanto esfuerzo. Las fotos resolvían gran parte del asunto. A pesar de la triste importancia en la guerra informativa cotidiana que tiene Twitter, para estos objetivos letraheridos siempre fue más importante Facebook, que permite una lectura más pausada y, por supuesto, una extensión mayor que los tuits de 140 caracteres (que ahora son de 280). Hubo otras aventuras, como el entrañable Fotolog o el MySpace que utilizaban los músicos, pero se quedaron en el arcén de la historia digital y hoy los recordamos como quien recuerda a Espinete.
Yo no entendía para qué podría servir el Facebook, y de hecho tardé un tiempo en abrir una cuenta propia. Una vez que fui miembro todavía me costaba entender su uso, pero ya sentía esa fascinación por cotillear la vida de los demás y hacer algún chiste. Ya empezaba a infoxicarme, y los problemas de ansiedad y procrastinación no tardarían en aparecer. En aquel entonces, de hecho, mantenía de manera paralela mi blog, en el que seguía escribiendo mis cosas, si bien con un vigor exponencialmente decreciente. A nadie le interesaba ya aquella plataforma. De modo que me dediqué full time a la experiencia Facebookera, primero con mi pseudónimo habitual, Txe Peligro, y más tarde con mi nombre real, Sergio C. Fanjul (aunque no sé cuál es más «real»), un cambio obligado por las normas de Mark Zuckerberg: hay que dar la cara en la red social azul oscuro.
Reconozco al menos tres momentos en la breve Historia de las Redes Sociales. El primero fue el que llamaré «Vamos a Tomar unas Cañas». Al principio fue el Verbo, aún estábamos perdidos en el Facebook, tanteando el terreno, tratando de entender qué era todo esto y, sobre todo, reencontrándonos virtualmente con viejos amigos y conocidos: era alucinante, qué tiempos y qué avance tecnológico teníamos entre las manos. Los mensajes solían supurar amor del bueno, y la forma de volver a afianzar los contactos perdidos era la siguiente: «A ver si quedamos para tomar unas cañas». Por lo general, ese «a ver» nunca se materializaba. La industria cervecera ganó menos de lo esperado.
El segundo momento de la Historia de las Redes Sociales lo llamaré «Chiste & Marco Polo». «Chiste» porque lo que predominaba era el humor, porque surgían los memes y el cachondeo masivo, y «Marco Polo» porque también era época de compartir las maravillas del mundo a las que teníamos acceso a través de la red: colecciones de fotos curiosas, grandes historias de superación en países lejanos, teorías de la conspiración y, sobre todo, imágenes de tiernos gatitos. En esta época surgen engendros pseudoperiodísticos para mentes fofisanas como las listas (yo elaboré unas cuantas) y los vídeos rotulados. Los textos en los medios empiezan a titularse con pereza mental e hiperliteralidad en busca del clic masticado: «Hablamos con...», «Así es la verdadera...», «Estas son las razones por las que no debes...». La poesía había muerto y Mister Wonderful campaba a sus anchas.
El tercer momento, que todavía no hemos agotado, lo denomino «Tercera Guerra Mundial», y, como saben, consiste en la conversión de la red social azul oscuro en una jungla y en una guerra, es decir, en el Vietnam de los setenta. No conviene adentrarse aquí alegremente si uno tiene un día depresivo, puteado o ansioso, porque el paseo virtual puede agravar la dolencia. Facebook es ahora para los fuertes de espíritu, para los indómitos, para los impermeables y reflectantes, para los que nunca dudan y siempre la devuelven más fuerte. Es curioso: aunque uno de los temas de «debate» más frecuentes sea el feminismo en varias de sus facetas, parece que la red se ha machirulizado, a la par que cuñadizado.
Descubrimos, después de tantos miles de años, que el prójimo es medio idiota, que el homo sapiens no era tan sapiens, solo que disimulaba porque no podíamos leer dentro de las cabezas ajenas. Lo peor es que con frecuencia acabamos por darnos cuenta de que idiotas también somos nosotros mismos. Facebook, pues, nos ha hecho desvelar el espejismo: no valemos nada ni como individuos ni como sociedad ni como especie, y cabe preguntarse, ahora que sabemos la incómoda verdad, si tiene sentido luchar por el futuro de la humanidad o solo cabe esperar que se extinga en unas pocas generaciones, como predican la Iglesia de la Eutanasia y otros movimientos por la extinción voluntaria de la raza humana. Total, ¿qué importa? Dejemos paso a las cucarachas.
En medio de este violento desaguisado pensé que podría (y debía) valerme del Facebook como una forma de escribir esta escritura que tampoco sé cómo describir. Durante el año 2017 me esforcé en ofrecer gratuitamente al personal textos que no fueran simples chistes, anécdotas de bajo octanaje, reflexiones airadas o comentarios sin filtro. Traté de escribir bien y de cosas bien. El resultado, que se presenta a continuación, es un maremágnum textual en el que el lector encontrará columnismo, relatismo, poesía en prosa, crónica, diarismo, etcétera. Un texto misceláneo, heterodoxo y heterogéneo, como muchos de los que a mí mismo me gusta leer, y que también trata de aportar un poco de cariño y dignidad a ese mundo paralelo en el que tantas horas pasamos al día y en el que ocurren tantas cosas que determinan y determinarán nuestra existencia: el amor y la guerra. Tenemos que cuidarnos.
A lo largo de muchos años de escritura he publicado varios libros de relatos y poemas, he ejercido como ghostwriter en numerosas ocasiones, he participado en puñados de antologías y, como audaz periodista freelance, colaborado con puñados de medios de comunicación que me han dado de comer durante toda mi vida laboral, sobre todo el diario El País y sus diversos suplementos, tentáculos y estribaciones. Todo me ha gustado, todo me ha servido, pero donde más a gusto me he encontrado siempre juntando letras ha sido en la electrónica libertad de Internet, en sus diversas formas: es donde más yo he sido yo mismo, y donde una voz que reconozco como mía se ha ido formando bit a bit.
El agradecimiento es para todas esas personas que muy amablemente han leído, «gusteado» y comentado este chorro de palabras. Muy especialmente para Liliana Peligro, que está en el origen y fin (y en el medio) de todos estos textos y del resto de cosas del mundo. Por supuesto, también para las sagaces y arriesgadas editoras de Círculo de Tiza, que seguramente con este volumen estarán haciendo historia.
Este libro, y libros como este, son hitos históricos para que algún día se diga en los libros de texto de bachillerato que el post de Facebook también es un género literario.
Los diarios electrónicos
9 de enero de 2017 · 237 likes
Estoy algo nervioso porque mañana es como mi primer día de cole: empiezo en un coworking. Llevo ocho años currando en casa, con la oficina (o sea, la mesa del comedor) a unos escasos cuatro segundos de la cama, y fue para mí un orgullo hacerlo, y hacerlo bien. La gente me decía, pero ¿cómo puedes?, y yo decía, ¡pero si es genial! ¡Currar en casa, qué delicia! Quizá es que era joven e insensato.
Sucede que en los últimos meses entré en un proceso de burnout brutal. Mi productividad cayó en picado al tiempo que aumentaba la temible procrastinación y caí en espirales aún más frecuentes de ansiedad y depresión. Vaya, le cogí asco a mi propia casa, porque la relacionaba con esa angustia de tener que ponerme a trabajar y no acabar de hacerlo. El puercoespín okupa que habita mi estómago no paraba de girar. Hasta escribí un libro de poemas sobre la problemática del freelancer (y tan mal lo pasaba que quedó gracioso).
Así que he decidido salir de casa y compartir espacio de trabajo con otros bucaneros del mercado laboral, porque Madrid está lleno de trabajadores errantes que casi pasan desapercibidos fundiéndose con el paisaje, ocultos en las cafeterías tras la pantalla de su MacBook, pidiendo otro café con el que quedarse dos horas más. Yo me voy a gastar una pasta que espero amortizar en una mayor productividad y me voy a arriesgar, incluso, a pillar la legionela o a hacer nuevos amigos. No sé si es que he madurado o sencillamente lo contrario.
15 de enero de 2017 · 122 likes
La fila del Carrefour de Lavapiés, el sábado a medianoche, es una hilera de hormigas que se pierde en el tatuaje de la reponedora más triste. Tú tendrías que estar roneando en la discoteca, yo he venido a por dos bolsas de palomitas Top Corn Frit Ravich (saladas), y a por una razón para vivir.
Los traperos cubiertos de miel la lían en las escaleras mecánicas que llevan a la sección soviética; los clientes de Airbnb exigen pizzas congeladas; en la cola me veo atrapado entre una hermosa hipster que se lleva una docena de rollos de papel higiénico Scottex doble hoja y un bengalí de mermelada y de limón: ahí estoy, congelado en mitad del mundo y la existencia y la compraventa: todo me es simétrico.
Miro las redes sociales y recuerdo cuando me dijiste que te gustaba el arroz blanco con ajo y las formas más deformes del amor. Según se agota la fila y llego a la caja número siete entiendo que todos vamos a morir, pero este Carrefour seguirá abierto, igual que seguirán las olas del océano Pacífico lamiendo las costas de Japón. Entre estos lineales, allá donde se acaba el suavizante y nadan los atunes en sus latas, en los confines donde el osito de Bimbo juega con los estropajos, se cifra nuestra esperanza.
Al salir nunca sé dónde cojones tengo que dejar la cesta, y fuera me vuelvo a encontrar a ese perrito que mira hacia dentro en busca de su dueño, y que siempre me da tanta pena.
27 de enero de 2017 · 149 likes
Ahora que trato de llevar una vida ordenada, dada mi ya provecta edad, me encuentro con diversos problemas prácticos. El más insidioso: el desayuno. A mí el desayuno, como el uso del paraguas, siempre me ha parecido un vicio burgués, por eso no he desayunado en mi vida, en parte porque siempre he tendido a levantarme a la hora de almorzar (otro vicio burgués, que sí practico).
Así que si ahora madrugo (a eso de las diez) para ir al coworking, me veo en el trance de desayunar, qué dilema. Lo primero, porque no tomo café: con mi acusada tendencia a la nerviosidad absoluta, un cafelito mañanero puede sumirme en un ataque de pánico. Luego porque no me gusta el dulce, cosa que descarta el cruasán, la caracola, el brioche y otras bollerías, así como toda la panoplia galletil. Me congratulan bastante los huevos fritos con beicon, los huevos revueltos y todo tipo de frankfurts, solo que preparar eso en casa de buena mañana y sin servicio es un engorro, mientras que comerlo fuera se me sale del presupuesto.
Un buen pincho de tortilla siempre alegra la vida ciudadana, pero pedirlo es como participar en una ruleta rusa. El sándwich mixto es casi la opción más factible, pero a diario me aburre. Por supuesto que rechazo de plano todo tipo de panes con semillas, tostadas cuquis y cafés con un corazón tatuado en la espuma, fruto de la gentrificación rampante. Así que me acabo apretando un sol y sombra cual albañil que, por ladrillos, junta letras.
8 de febrero de 2017 · 74 likes
Salió Sílvia Pérez Cruz en la ceremonia de los Goya, con esa voz umami y reventona, primavérica y celeste, esa voz de jamón serrano (del güeno), y cantó una coplilla que incluía la frase esa de «gente sin casas y casas sin gente». Es una frase hermosa, a la vez ingenua y revolucionaria, que no sé de dónde salió, si es que salió de algún dónde, pero que ha sido tradicionalmente utilizada por el movimiento okupa.
Ingenua porque no acaba de entender cómo funciona el capitalismo, y revolucionaria porque ataca su mismo fundamento: aquí hay gente sin curro y gente con demasiado, gente que tira comida y gente que no la tiene, gente con tres chalets y gente sin vacaciones. Porque aquí no se distribuye a cada uno según sus necesidades ni se le pide a nadie según sus capacidades, como dicen las escrituras rojas.
A mí lo que más me preocupa es el tema robótico: se supone que las máquinas nos iban a librar de la bíblica maldición del trabajo, y lo que al final van a hacer los descendientes de Número 5 de Cortocircuito es dejar a la mitad del personal en el paro y que eso se lo ahorren los de siempre. Pero para cantar esto, mejor que una coplilla, un tecnillo de los Kraftwerk.
9 de febrero de 2017 · 77 likes
Esos dos que se están besando acaban de salir del bar, del Josealfredo, afortunadamente no hay mucha gente fuera: otro tipo, yo que fumo, un gato, y esos se han puesto ahí en medio de la calle a darse el lote, se están abrazando por todas partes, se están comiendo como si estuvieran muy famélicos y no hubieran probado bocado al menos en tres días; a él, que lleva una horrenda cazadora amarilla salmonela y unos pantalones blancos, se le ha caído la copa al abrazarla a ella con la mano derecha, es decir, cuando ha querido dar más énfasis a la escena y abrazarla con la mano (la derecha) con la que sostenía la copa; entonces la copa, un vaso de tubo lleno de ron Pampero con Coca-Cola (lo sé porque le oí pedirlo en la barra), se le ha caído, o él la ha dejado caer, quién sabe, y se ha roto en el suelo en decenas (que no miles) de pedacitos, como si una gota de vidrio del tamaño de un puño se hubiese estrellado contra el suelo ahí, al lado de esos dos, y se hubiese quedado desperdigada como una pequeña cantidad de agua, shattered que dicen muy gráficamente en inglés; ahora el suelo está lleno de gotitas de vidrio, y por ahí pasa también un reguero de alcohol o de orina (no llego a olerlo desde esta pared) que discurre en medio de las piernas de esos dos que se están besando; ella las lleva desnudas, las piernas, una minifalda muy torera que él, por fin a dos manos, puede manipular a gusto como si estuviese manipulando la masa para hacer el pan (precisamente a esta hora deben de estar los cientos de panaderos de la ciudad amasando el pan que comeremos mañana, es decir, dentro de unas horas, si es que comemos pan), al tiempo que se amasan esas lenguas como babosas rosas, se pueden ver desde aquí, las babosas, ni siquiera las mantienen dentro de la boca, puedo ver su brillo desde aquí, el brillo de esas dos babosas de carne que parecen estar luchando a muerte al tiempo que a él, detrás del pantalón blanco hortera, se le forma una erección, por qué no decirlo, como una breve barra de pan, si es que hay barras de pan breves o se puede utilizar ese adjetivo para adjetivar el pan nuestro de cada día: a mí me da un poco de vergüenza todo esto, me da vergüenza verlo, la verdad, menos mal que somos pocos: yo que estoy aquí fumando, el tipo que toma el aire enfrente porque debe de estar borracho, el gato callejero que ya no está, el coche aparcado, la farola que da luz a todo esto y a esos dos que se están besando que, digo yo, deben de acabar de conocerse.
15 de febrero de 2017 · 36 likes
El universo, fuera de la Tierra, impresiona por su majestuosidad, por su violencia, por tener un tamaño que ni siquiera cabe en nuestras cabezas. Sin embargo, es bastante simple. Sus procesos son difíciles de desentrañar desde la Tierra: no podemos meter el universo en un laboratorio y hacerle cosas para ver cómo reacciona, y solo podemos analizar la luz que nos llega para entender lo que pasa ahí fuera.
Sin embargo, descubrimos que son cosas sencillas: los procesos que ocurren dentro de una estrella (y que condicionan su evolución), la composición del medio interestelar o el movimiento de las galaxias son sencillos comparados con la complejidad de una célula eucariota, unas fabes con almejas, un cerebro o un iPad. En este planeta hay (pocas veces) vida inteligente y hay sociedades: hemos inventado la política y el fútbol, las ferias de arte, los coches, los memes, las polémicas en Facebook, los coworkings y el Carrefour de Lavapiés, y en ese estrecho pero fascinante mundo nos movemos.
Pero no estemos tan tranquilos: hay múltiples amenazas que pueden borrar nuestro mundo incluso antes de que usted termine de leer este post: la explosión de una supernova cercana, una fulguración solar demasiado intensa o una estrella errante que se lleve por delante este Sistema Solar de periferia galáctica, entre muchos otros exabruptos cósmicos, arrebatos de un universo indiferente y cruel.
Piénselo la próxima vez que tome violentamente bando por un candidato a representar a España en el Festival de Eurovisión.
17 de febrero de 2017 · 168 likes
Llevaba una prisa astronómica: cuando vi a lo lejos la parada del 27, delante del Teatro Circo Price, el autobús ya estaba llegando. Milagrosamente, el semáforo se puso en verde y pude echar a correr a toda velocidad, cruzar una calle, dos calles, esquivar un carrito de reparto, un galgo y a una señora. Aun así, cuando llegué a la parada el conductor ya cerraba las puertas. Me quedé fuera. Por poco. Enseguida me di cuenta de que había bastante tráfico y de que el 27 estaba atascado en una hilera de automóviles que esperaban al verde. «Si voy corriendo a toda hostia por la acera —me dije—, lo cojo fijo en la próxima parada». Entonces todos los músculos de esta máquina de guerra ingobernable que suelo llamar mi cuerpo se pusieron a funcionar como un prodigio extraterrestre. Alcancé velocidades relativistas, esquivé otro carrito de reparto, otro galgo y a otra señora, la peña estaba flipando muy fuerte conmigo, jamás habían visto nada semejante, torcí la esquina y enfilé cuesta abajo la recta final: la siguiente parada se vislumbraba ya al final de la calle. Lo sorprendente es que le llevaba una ventaja considerable al 27, ni siquiera se oía su rugido ahí detrás, pisándome los talones. Seguí bajando a toda velocidad, con el corazón tricotando como el de un bakala, era el Carl Lewis del transporte público, el condenado Usain Bolt que humilla a la Empresa Municipal de Transportes (EMT), el héroe veloz de los oprimidos peatones. Entonces apareció el autobús a mi izquierda, adelantándome. Pensé: «El conductor debe de estar flipando, a ver qué cara pone cuando me suba victorioso, laureado, bien sudado». El 27 llegaba ya a la parada y yo estaba a unos veinte metros. Entre que frenaba y abría la puerta yo ya estaría allí, dispuesto a abordarlo... Pero se dio la circunstancia de que no había nadie esperando en la parada, así que el 27, pilotado por el conductor de los perros del infierno, pasó de largo. Pasó absolutamente de largo, sin acercarse siquiera un poquito a la acera. Ahí me quedé yo, con la rodilla hincada en el asfalto, aparentemente derrotado pero en realidad vencedor moral de la carrera imposible del hombre contra la máquina. Mientras mi corazón se calmaba, ya en el barrio de Palos de la Frontera, mi mente me decía: «A partir de ahora irás corriendo a todas partes».
20 de febrero de 2017 · 170 likes
Hay una tienda de muelles ahí donde Atocha, es una tienda especializada, solo de muelles, la veo cuando voy al Mercadona, o a La Casa Encendida, o al bar Marfe, o al bar La Rosa, o al Teatro Circo Price, o a la tornillería López Calvo, siempre está ahí la tienda de muelles, en la penumbra, con la puerta cerrada y los cristales algo sucios, no se ve a nadie dentro, no sé quién es el dueño si es que lo hay, nunca me atrevo a llamar al timbre y entrar (porque hay que llamar al timbre para entrar), llevo diez años diciéndoles a diferentes tipologías de redactores jefe que quiero hacer un artículo sobre la tienda de muelles, ahí donde Atocha, y no me hacen caso, creo que es porque suena absurdo, a quién le puede interesar una tienda de muelles, pero es porque no la han visto con sus propios ojos, hay muelles de dos metros de altura y del grosor de la polla de un ogro, hay otros muelles tan pequeños y finos que cabrían dentro del ojo de un insecto, yo no sé qué pinta ahí esa tienda de muelles, no sé nada de la compraventa de muelles, quién los compra, quién los vende, hay miles de millones de muelles en este sitio, todo rebota, todo sigue la ley de Hooke de los materiales elásticos, quisiera reunir el valor para entrar en la tienda de muelles, pero me imagino a su propietario como un hombre hosco con una escopeta en una mano y un muelle en la otra, ¿para qué sirve un muelle, qué paradoja existencial plantea? Siempre paso por delante de la tienda de muelles que tiene dentro el Aleph de Borges y siempre temo que a la próxima vez la hayan cerrado y en su lugar hayan puesto una tienda de boles de cereales a precio de centollos.
22 de febrero de 2017 · 108 likes
Si la NASA anuncia hoy que hay vida extraterrestre en un exoplaneta lejano, será probablemente la noticia más importante de la historia de la humanidad. Primero (Copérnico) nos echaron del centro del universo, luego (Darwin) nos echaron del centro del asunto biológico, luego (Freud) nos echaron del centro de nuestra propia mente. A muchos los echaron hace poco (los malos) de sus trabajos y de sus casas. Ahora nos pueden echar de la molonitud de ser la vida exclusiva en el universo. Se planteará entonces una nueva y acuciante pregunta: si hay vida extraterrestre en ese lejano exoplaneta..., ¿cómo puede uno agregarla al Facebook?
1 de marzo de 2017 · 95 likes
Hay en el Carrefour de Lavapiés unas manzanas muy brillantes. Parecen kriptonita. Son tan brillantes y tan verdes que si las miras mucho rato te quedas ciego. Como no les pongan un telón opaco encima, la empresa va a tener que dar indemnizaciones. O gafas de sol en la puerta para todos los clientes (entonces el súper molaría aún más). Brillan tanto que si te colocas una placa fotográfica detrás te sale una radiografía, sin listas de espera. Yo siempre oculto mis genitales de esas manzanas con una lámina de plomo de dos centímetros de grosor, no vaya a ser. Más que manzanas golden son manzanas gamma. Para acercarse hay que ponerse un traje como los que se enfundan para entrar en las ruinas de la central de Fukushima. Son tan brillantes esas manzanas que deben de ser doctoras honoris causa por la Universidad de Harvard. Probablemente pronto les darán un cargo de responsabilidad en el Banco Mundial. Esas manzanas son la Idea Platónica de la Manzana si Platón fuera Andy Warhol y si Andy Warhol estuviera de tripi y si el tripi estuviera revenido. Pasan los días, y no se acaban.
7 de marzo de 2017 · 67 likes
Tengo un recuerdo muy fuerte y tremendo de mi infancia. Concha Velasco anunciaba Cola Cao en un programa de la tele en el que colaboraba y cada día tenía que ponerse una gorra de visera promocional de la marca chocolatera y hablar a cámara de esta guisa, pero con naturalidad. Lo traumático era que, como no quería estropearse el peinado, se la ponía encima de la cabeza, pero sin calársela, es decir, estaba la cabeza de la icónica actriz y luego, encima, la gorra de Cola Cao, sin solución de continuidad, la gorra como si un arcángel la hubiera posado tal cual en la testa de Velasco. Yo pensaba: vaya cutrez llevar la gorra así, sin calar, como si fuese un vaso sobre la bandeja de un camarero. Pero resulta que ahora la chavalería hipster y trapera lleva la gorra así. Se ve que de niño yo no era muy avispado en eso de detectar tendencias, y Concha Velasco estaba creando una que, si bien permaneció larvada largo tiempo, resurgió con fuerza al cabo de los años. Nunca sabes.
13 de marzo de 2017. 185 likes
Me acabo de cruzar con la alcaldesa Manuela Carmena por la calle Argumosa, en la que sobrevivo. Iba con su jefe de prensa, Jesús Duva, que fue profe mío, y otras personas que no supe identificar. Le dije:
—¡Alcaldesa!
—Vaya —dijo ella—, ¿y tú quién eres?
—Me llamo Sergio y no tengo sindicato ni esperanza. La vida me resulta una monótona sucesión de días idénticos, con la única salvedad de que vamos envejeciendo. El Ibex 35 controla nuestros designios desde la sombra y no permite que nuestra calidad de vida regrese a los estándares socialdemócratas. Oh, la poesía ha perdido su razón de ser en esta época en la que los robots están prestos a dejarnos sin trabajo. La ilusión voló, aflora el desencanto y las droguillas ni siquiera son lo que eran. Alcaldesa, fenezco.
Entonces Carmena me cogió con las manos de Carmena y me apoyó la cabeza contra el pecho de Carmena. Los dedos de Carmena, como en un titular de prensa, me revolvieron el pelo.
—Fanjul, don’t worry —me dijo la amable señora—. Te voy a poner una avenida.
Ahora, para celebrarlo, me he ido a comer un menú del día. Tallarines con gambas, merluza a la plancha, cortado, 10,50 euros. La vida cobra otro matiz.
15 de marzo de 2017 · 204 likes
Desde que Liliana trabaja fuera, la casa está triste, el aire se aburre de estar quieto y el parqué extraña sus pisadas élficas: un silencio freelance recorre Europa. Cocinar para solamente uno es la muerte de la madre de Bambi, así que estoy comiendo pésimo: como Whopper (es más, como doble Whopper), como pizza Tarradellas cuatro quesos con latas de atún, como Chilli Cheese Bites, y torcidas de fresa, y tallarines parmesanos de sobre Gallina Blanca, y devoro uñas, y pelusas, y pequeños pedazos de gotelé. Liliana, los camellos del barrio te echan de menos, el árbol de enfrente quiere que admires sus progresos primavéricos y el espejo del baño ya no tiene a nadie brillante a quien reflejar. Los electrodomésticos amenazan con una huelga salvaje de carácter revolucionario si no les das una fecha de regreso. Yo me asomo a la balconada, la gente pasa y disimula, me fumo un piti, hablo largo rato con la tostadora, que me cuenta cosas increíbles sobre ti, todo tipo de tips y curiosidades. De ahí extraemos kilométricas listas de tus principales virtudes (la séptima te va a sorprender). Cada hora y media repaso mentalmente tu jepeto, porque tengo miedo de olvidarlo, de que un día, cuando vuelvas al anochecer, si es que vuelves, piense que eres una loca que se ha colado en casa a matarme para siempre.
27 de marzo de 2017 · 111 likes
Durante tres años y medio, poco después de llegar a Madrid, viví muy cerca de la plaza del Callao. Era extraño ser arrojado al centro del universo español casi recién llegado de provincias. Mi casa, nuestra casa, estaba, por fortuna, en una calle escondida y muy tranquila donde cantaban los pájaros, se oía el rumor de las hojas besadas por la brisa y los niños molestaban; pero, aun así, a veces me resultaba agobiante estar inmerso en el territorio donde sucedía todo.
Ponía la tele y veía un anuncio rodado en Callao. Veía una peli y salían los alrededores de Callao. Las noticias políticas sucedían muy cerca. La boda real nos cogió allí mismo, casi en primera fila, y la policía vino a pedirnos el DNI casa por casa. Aquel día histórico, como he contado tantas veces, no pude regresar del after hours porque la Gran Vía estaba cortada para que pasasen Felipe y Letizia (me enganché a otro reafter, tranquis). Veía entonces mucho cine japonés y coreano, porque estaba de moda y porque en aquellas pelis no salía la plaza del Callao.
Ahora, la verdad, no vivo tan lejos, pero supongo que me he acostumbrado al ajetreo capitalino. Total, que el otro día me topé con una foto de Callao sin peatonalizar (es un decir, más bien sin hormigonear y comercializar) y me entraron dudas sobre si yo había conocido la plaza de esa guisa. No me sonaba. Pero, claro, durante aquellos tres años y medio la plaza era aún recorrida por incesantes vehículos circunvalantes. La memoria es plastilina.
Ahí, recuerdo, donde había un quiosco y autobuses rojos, en esa barandilla metálica que ya no está, me sentaba a esperar a los entonces exiguos coleguis para ir a incendiar Malasaña, en la medida de nuestras posibilidades. Recuerdo que entonces eso me llenaba de nervios ante los prodigios nocturnos que se avecinaban, y también recuerdo que a la vuelta, en Callao, al final de la noche, los chinos ambulantes, como dealers del denostado carbohidrato, aún vendían callejeramente arroz tres delicias y tallarines con gambas, y que aquello me parecía el cielo, aunque dijese la peña que estaban aliñados con saliva y semen oriental. Como el Marqués de Sade en aquel cuento guarro pensaba yo: ¡que me engañen siempre así!
1 de abril de 2017 · 253 likes
Una vez tuve una novia que siempre que estaba en casa se ponía una gorra de visera verde oliva. La llamaba su «gorra de andar por casa». En aquellos momentos de amor primerizo me parecía un rasgo genial de su personalidad, un punto excéntrico que la hacía aún más atractiva. Qué cosa, su «gorra de andar por casa». Qué persona tan especial.
Pronto empecé a visitarla con frecuencia en su apartamento, por Conde Duque, e incluso a pasar allí algunas noches, sobre todo durante los fines de semana. No tardó en regalarme una gorra de visera verde oliva: era mi propia gorra de andar por casa. Lo cierto es que me hizo mucha ilusión, porque con esa gorra en la cabeza yo entraba también en su excitante y creativo mundo.
El siguiente paso fue arrejuntarnos en un único piso, por Atocha. Al fin y al cabo, no tenía sentido pagar dos alquileres y tener siempre un inmueble inutilizado. Con la confianza y la convivencia dejé de ponerme la gorra de andar por casa. Es curioso: al principio solo me la quitaba cuando ella estaba fuera, currando en el teatro, y en cuanto escuchaba el ruido de las llaves girando en la cerradura me la volvía a colocar. Yo sabía que aquello de la gorra no era otra cosa que una costumbre divertida y excéntrica, pero de alguna manera tenía miedo de que ella me viera en casa sin la gorra. No quería decepcionarla.
El tiempo lo hizo todo más laxo: no cuidábamos tanto nuestro aspecto, hablábamos menos, salíamos poco y yo volvía a beber cada noche en el salón. Entonces, no sé por qué, dejé de ponerme mi gorra de andar por casa. Ella montaba en cólera: «Ponte tu gorra de andar por casa», me decía, y yo le respondía que era libre de ponerme o no ponerme lo que quisiera, que la gorra era mía y la casa también. Y la cabeza, claro. Ella decía que no podía vivir conmigo ni mantener una relación si no cumplía las normas que habíamos establecido desde el principio, si no me ponía la gorra de andar por casa. Yo le dije que eso no era una norma sino un juego ingenuo, y hasta estúpido. Ella me dijo que me fuera a la mierda. Yo le dije que eligiera: o yo o la gorra sobre mi cabeza. Ella me dijo que eso era una elección imposible, porque si yo me iba tampoco iba a poder dejar la cabeza con la gorra puesta, así que me rechazaba a mí, a mi cabeza y a la gorra.
Apenas unos días después yo ya estaba viviendo en otro apartamento que encontré barato en Marqués de Vadillo. En las noches más tristes me aliviaba mirando su Facebook. Movido por la nostalgia, una tarde bajé al bazar chino y me compré una gorra de visera verde oliva. Una gorra de andar por casa.
4 de abril de 2017 · 76 likes
Ahora soy un almorzador solitario. Como Liliana se pasa el santo día en una oficina lejana, yo salgo a comer el menú del día. Es una experiencia agridulce. A mí me gusta porque soy un acérrimo foodie de los menús del día. Y porque almorzar solo todo el rato tiene un punto romántico. Yo soy un periodista freelance, pero cuando me veo a mí mismo sorbiendo la sopa sobre el mantel de cuadros y observando fríamente al personal circundante bien podría ser un agente de inteligencia en misión secreta, un novelista depauperado o un comerciante que recorre el mundo trajinando con materiales extraños. Otras ventajas de comer solo son que uno elige restaurante (cada día pruebo uno) y que, como no tomo postre ni café, tampoco tengo que esperar a que otros lo tomen, cosa que odio, sobre todo cuando me entra el sueño de la sobremesa. Además, al no comer en casa (es muy triste cocinar para uno solo) me ahorro el riesgo de ser atrapado por los largos tentáculos de la cama en una siesta sin fin. Como ven, la vida freelance es un continuo combate contra las propias perezas y contra la propia soledad. Comer menú del día es uno de los pocos vicios que me permito, una de las pocas alegrías que me da la vida. Sin embargo, después de comer así, arroz caldoso con langostinos y almejas, albóndigas guisadas con patatas fritas, sin postre ni café, como hoy, al regresar al coworking unas veces me siento animado y otras desolado. Mi madre me dice que no es sano, pero no sé si se refiere al menú o a la melancolía. Lo que es seguro es que regreso empachado. Pese a todo, me he propuesto un reto: jamás, y cuando digo jamás es jamás, comeré de tupper.
10 de abril de 2017 · 83 likes
A Carme Chacón la mató una cardiopatía congénita que se conocía vulgarmente como «tener el corazón al revés». Es buena muestra de la perversidad del lenguaje, que hace sonar poético algo que anatómica y fisiológicamente es horroroso y te acaba matando. Esta condición del cuerpo bien cabría en un poema o en una novela de Boris Vian, de esas en las que a Chloé le crece un nenúfar en el pulmón. Se asemeja a la dextrocardia, configuración que consiste en tener el corazón en el lado derecho (puede ocurrir con otros órganos) pero que, a diferencia de la afección de la exministra, no supone ningún peligro para el usuario. A pesar de todo, esta mujer llegó a jugar al baloncesto, a ocupar dos ministerios y a ser madre. Agilizó los desahucios, como recuerda la hemeroteca, lideró el Ejército embarazada. Tenía casi tan pocas pulsaciones como Miguel Indurain, pero estaba enferma. Ojalá todos los hipocondríacos cardíacos, los que cada noche escuchamos angustiados retumbar nuestro corazón en la almohada, los que no comprendemos cómo nuestro corazón puede latir todo el rato entre la cuna y la tumba, los sindicalistas orgánicos que estamos en contra de tal explotación muscular, tuviésemos ese ímpetu para subir el Tourmalet nuestro de todos los días.
11 de abril de 2017 · 119 likes
No siendo yo fascista ni nada de eso, siempre me emocionó sobremanera la canción esa del Novio de la Muerte. Mi padre, que en paz descanse, tampoco era nada de eso, pero le tocó la mili en Melilla, en la Legión, donde conoció el alcohol y la grifa.
Una vez encontré una foto en blanco y negro de mi padre vestido con el uniforme legionario de gala, una foto de estudio en la que papá miraba al infinito con arrogancia y altivez, esperando las grandes hazañas que estaban aún por llegar y que al final no fueron tantas ni tan señaladas. Se la dedicaba a mi madre así: «De un caballero legionario a su dama».
La canción del Novio de la Muerte, por alguna razón, tal vez porque está muerto, siempre me recuerda a él, y eso que nunca me la cantó. La historia que cuenta es tremebunda: un legionario que recupera heroicamente la enseña al enemigo y muere feliz en el campo de batalla porque así puede reunirse con su amada en el otro barrio.
Total, que al parecer el otro día unos legionarios fueron con sus barbas y su mentón en alto a cantársela a unos niños que se mueren de cáncer en un hospital. La delicadeza, eso ya lo sabíamos, nunca fue uno de los atributos más valorados en un caballero legionario, pero bueno, quién sabe, quizá a alguno de esos niños enfermos le reconforte saber que a esos valientes hombretones no solo no les da miedo morir, sino que hasta lo desean. Que la muerte no es nada.
A mí me gustaría que me resbalase la muerte como a los legionarios, pero en realidad vivo acojonado con mi propia finitud. Qué tontería: no disfrutar de la vida por tener miedo a que se acabe. Es como amargarse en una fiesta porque va a tener un final. Por lo demás, siempre que aparece la Legión tengo una extraña sensación de bilocación temporal: con sus uniformes chulos, con sus maneras chulescas, con su deriva fascistoide, levantando en el aire un enorme crucifijo, con su simpática cabritilla, es como si vinieran de otra época a través de las puertas del Ministerio del Tiempo.
18 de abril de 2017 · 128 likes
Cuando llegué a Madrid, a principios de siglo, Lavapiés era un barrio en el que la gente no quería vivir, por cutre y por peligroso. Había quien accedía a tomarse una caña en sus terrazas, pero los visitantes eran avisados de que tenían que agarrar bien sus bolsos y objetos personales porque probablemente se los iban a birlar. Aunque estadísticamente el barrio no era más inseguro que los alrededores de Gran Vía, en el imaginario colectivo eran calles relacionadas con la delincuencia, que se asociaba con fuerza a las primeras oleadas de inmigración. Había peleas entre etnias, tirones, atracos a punta de navaja, y los niños del pegamento de la plaza de Cabestreros campaban a sus anchas. Como en todo proceso de gentrificación y turistificación, hacer el barrio seguro era fundamental —las cámaras de videovigilancia y la mayor presencia policial fueron importantes en esto—, y hoy Bambi puede pasearse por la madrugada lavapiesera sin que le toquen un pelo.
Ahí está la clave: propongo a los activistas antigentrificación formar una banda criminal que siembre el caos en el barrio: atracos, peleas en bares, disfraces de payaso en la noche, secuestros, predicadores de los Testigos de Jehová, disturbios de todo tipo. Se trata de recrear la inseguridad ciudadana para que nadie quiera venir aquí, ni cogerse un Airbnb cuqui en una corrala. Que nadie salga entero de un agradable paseo por Argumosa, que nos vayamos, horrorizados, hasta los propios vecinos y se quede el barrio como un Belchite del crimen, asolado por la delincuencia y abandonado. Si no es para nosotros, que no sea para nadie. Que lo conviertan en Museo de la Maldad Penal. Yo me ofrezco a liderar esa banda.
19 de abril de 2017 · 102 likes
Fuimos a comernos una paella al lago de la Casa de Campo, como si fuéramos madrileños de bravura, y volvimos a flipar con lo desconocido que es este extenso bosque tan cercano al Primark de Gran Vía. Allí, entre los restaurantes de la orilla, sucede una feria popular donde se arremolinan la clase obrera, los mediopensionistas y algún miembro de la Trama que ha ido a comerse una buena parrillada en el Urogallo y a fumarse un puro al fresco. Faltan los ponis, y hay quien aprovecha para estrenar biquini, que ya hay ganas melanómicas. Nosotros fuimos al Montaloya, el más barato, que dice Tripadvisor que es «pésimo», pero que no estaba tan mal: la vida es mejor cuando tienes expectativas bajas. Es difícil distinguir al patricio de la plebe porque hoy en día todo el mundo viste de Inditex, iguales como en la China de Mao. Yo preferí hablar con un pato que surcaba la ondulante superficie del lago (en medio del estanque surge un imponente chorrazo muy heteropatriarcal). Era un ánade de cabeza verde botella (Anas platyrhynchos), lo típico.
—Oye, pato, este sitio donde vivís, este lago, este parque, estas barcas, hoy que hace sol, me hacen sentir como si viviese en una de esos cientos de películas escandinavas que ha comprado Radio Televisión Española (RTVE) y que emiten por las tardes soporíferas.
—¡Cuac! —dijo el pato, que parecía sueco—. ¡Cuac!
Luego caminamos muy largamente por esos pinares poblados de brócolis extraterrestres gigantes y vimos a los conejos escapar de nosotros a toda leche. Estos conejos son pequeños, como una explosión de pelo entre la hierba, y andan acojonados por lo de la depredación. Debe de ser un rollo ser un conejo, vivir en la naturaleza, siempre con un ojo mirando a ver si te comen. Es que la naturaleza es muy neoliberal, y a eso vamos, a la jungla del comernos unos a otros, de la mano de los grandes organizadores, o desorganizadores, de la economía mundial.
Al borde del lago había un árbol que parecía caerse al agua, pero que estaba quieto. Una señora muy grande llevaba a una tía buena en su camiseta, como si se la hubiese comido. La paella (mixta) bien, pero algo cara dada la exigua ración. Yo es que a las paellas siempre encuentro que les falta arroz entre tanto tropezón, porque yo amo el carbohidrato. Vaya usted a perderse a la Casa de Campo: en algunas partes se pilla wifi.
24 de abril de 2017 · 132 likes
He comenzado mi sutil guerrilla mental contra el turismo hipertrofiado en Lavapiés. El otro día estaba yo comiéndome un stromboli de champiñones en la plaza cuando se me apareció una familia de Stuttgart, capital del estado de Baden-Wurtemberg, Alemania. Todo muy civilizado: padre talludito, delgado y canoso con polo rosa, madre socialdemócrata y un par de niños lavados con Perlan.
Me preguntaron muy amablemente dónde estaba la calle Sombrerete (imagínense pronunciar Sombrerete en alemán) porque tenían que arrastrar hasta allí sus trolleys, supongo que en pos del apartamento de Airbnb en el que iban a vivir la auténtica experiencia lavapiesera para regocijo de los flujos de capital internacionales. Muy amablemente les indiqué el camino. Pero añadí mi ataque mental.
Les dije: cuidado en este barrio con vuestras cosas, que aquí se roba mucho y bien y hay bastante inseguridad. Beware pickpockets, y tal. Es solo un comienzo, un virus cerebral, un meme, que se extenderá de Baden-Wurtemberg a todos los länder de la Alemania federal, y de ahí a toda la zona euro, y a la Unión Europea entera, y hasta al Imperio otomano y la Ancient China, y bueno, ya podremos hablar aquí de otras cosas soleadas, como las flores y los menús del día. O eso o nos mandan a los marines a pacificar la zona y a la Mother of All Bombs. Es la Teoría del Caos.
24 de abril de 2017 · 190 likes
Esperanza, fue bonito mientras duró. El otro día me conmovieron tus lagrimones de agua del Canal de Isabel II, que venían a inundar el mundo entero y a salvar solo a parejas populistas embarcadas en el arca de Noé. No llorabas por Ignacio, ni por la corrupción, ni por el hipotético calvario; llorabas porque a ver si te van a trincar a ti, porque, por lo pronto, ya no vas a pasar a la Historia por presidir España, porque ya no serás la Thatcher española, porque ahora igual una señora te llama choriza por Serrano. Esperanza, you sexy motherfucker, me resultabas sexualmente atractiva, como otras personas que caen mal al español medio (Cayetana Guillén Cuervo o Willy Toledo, por ejemplo), eras la domadora del circo en los saraos del Ritz o en los colegios de Villaverde y por ahí, donde llevaste el metro (hubo quien dijo que se iba a llenar el centro de gentuza).
Desde que Pablo Carbonell te quiso hacer pasar por tonta, las cámaras quieren robarte el alma y hacer embutido gourmet (al final va a ser todo culpa de Carbonell, Wyoming y Sara Mago). Casi destruyes el Estado madrileño, eras anarka, y rubia, y malasañera, más que noble, nobiliaria, y privatizaste lo que era de todos en la medida de tus posibilidades, que eran muchas, como cuando la bruja de Embrujada movía la punta de la naricilla. Esperanza, tenías la cara más dura que el cemento Portland, que el diamante, que el grafeno vasco, y según dices, no te hubieras enterado ni de una explosión nuclear en Hiroshima (y eso que sobreviviste a accidentes de helicóptero y tiroteos sin quitarte los calcetines).
Lo que más te dolió fue cuando llegó Manuela y todo el mundo pensó que ella era la tierna abuela y tú la bruja mala. Dicen que cuando mediste a zancadas las aceras de Gran Vía ibas un poco piripi, pero eso me gusta. En fin, que si tu tío Jaime Gil de Biedma levantara la cabeza, te diría que ya vas descubriendo que la vida va en serio, pero como el poeta ya se ha ido, ya te escribo yo este post: como todas las jóvenes neoliberales, venías a llevarte el Estado por delante. Luego descubriste que la corrupción era el único argumento de la obra.
26 de abril de 2017 · 43 likes
Ya me percaté yo de muy niño que muchos de mis mayores gustaban de dormirse con la radio puesta, a lo que mis tiernos oídos infantiles consideraban un volumen estruendoso. Allí, metidos dentro del radiodespertador ochentero, ya se apretujaban los tertulianos con sus discursos aburridos, que a mí me sonaban a chino mandarín; la habitación se quedaba a oscuras, iluminada únicamente por el intelecto de José María García, el Butanito, y la luz rojiza de los mortecinos números que marcaban la hora de la madrugá.
Nunca fui yo niño, ni chaval, ni hombre de radio. Quién me iba a decir que acabaría, en uno de mis múltiples desempeños laborales, hablando en un programa radiofónico de M21 sobre poesía y alrededores (se llama Poesía o barbarie). Sobre todo en aquellas clases de radio en las que la gran maestra jedi de las ondas, Macu de la Cruz, nos ponía a locutar y yo me ponía tan nervioso que parecía un rapero hasta las cejas de anfetas.
Total, que ahora yo también escucho la radio por las noches, me pongo podcasts de anarquistas, de arte excéntrico, de historias curiosas, de misterio, de economía global, y así me voy quedando plácidamente dormido a la par que absorbo diversas informaciones: del radiodespertador al radiodormidor. Ya entiendo yo, ahora que soy un señor de mediana edad, eso de temer al silencio y la oscuridad de la noche en laborable, que es cuando se nos aparecen los miedos, los fantasmas, las ansiedades, los insomnios, y a aquellos que somos hipocondríacos cardíacos nos retumban los galopes del corazón en los oídos, en el pecho, en el colchón, como si la cama-saltamontes kafkiana fuese a empezar a brincar y a salir de viaje por la ventana hasta la Hispania Citerior, donde la brisa hace la vida más tal.
30 de abril de 2017 · 139 likes
Oh, Liliana, los skinheads te traen ramos de flores y tú flotas sobre las aceras chocolateadas: cuando te ven llegar, los cajeros del súper se ponen contentos y les importan una mierda sus condiciones laborales. Generas tanto bienestar que resultas contrarrevolucionaria, los niños antilloran a tu paso, y no solo antilloran sino que sienten otra panoplia de emociones que aún nadie ha bautizado, de lo escasas.
Oh, Liliana, los skinheads, me refiero a los skinheads buenos, te preparan tartas de queso con arándanos y los árboles del barrio te hacen reverencias cuando vas a reciclar el papel y los envases. Eres Big Data, tienes Dual-Core para amar el doble y comes demasiados yogures de ciruela, pero nueve de cada diez expertos dicen que eso es sano.
Oh, Liliana, la gente arroja tortillas de patata cuando pasas por la calle Lavapiés, y caen de los balcones y ruedan calle abajo como si fueran las ruedas del carro en el que el Sol cruza el firmamento cada día. Oh, Liliana, eres glutamato monosódico y canela en rama. Te adoran los parques y jardines, los traperos, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Voy a hacerte un contrato indefinido porque, oh, Liliana, deberías ser consejera delegada en el Ibex 35.
1 de mayo de 2017 · 244 likes
Primero de Mayo: tú antes molabas. Hoy es el día ese que cierra el Carrefour 24 Horas de Lavapiés. Hace un par de años, tal día como hoy, me asomé al balcón de casa y al ver las negras verjas del Carrefour bajadas (muy pocos han podido ver esa insólita imagen) pensé que ocurría algo terrible, una invasión alienígena, una guerra nuclear, y estuve a punto a darme a las benzodiazepinas. Luego caí en la cuenta de que era el Día del Trabajador, y bueno, pues mucho mejor. Pero ¿quién es hoy la clase trabajadora?
Hoy en día los oficinistas altivos, los diseñadores web, los analistas Big Data, los coachs y nutricionistas, los escritores de éxito, los periodistas freelance, pensamos que somos clase media, que más que una clase es una manera de estar en el mundo. Aunque trabajemos, creemos que la clase trabajadora es otra, la que tratan de cambiar los estilistas de Cámbiame, la que llevan al circo de Mujeres y hombres y viceversa, los forococheros, los que viven al otro lado del río o regresan a casa en autobús, allá a lo lejos, por donde el sol se pone. El trabajador, como el hipster, es siempre el otro.
Mientras tanto vamos perdiendo derechos a ritmo de plusmarquistas, reformas laborales y leyes mordaza mediante. Hasta nos han puesto un smartphone en la mano y un iPad en casa para que no tengamos escapatoria. Nos creemos unos bon vivants con Netflix, Primark e Instagram, pero somos unos arrastraos con ínfulas. ¿Cómo no serlo, si la izquierda se derrumba y la peña pasa olímpicamente de los sindicatos?
Yo digo «sindicato» y lo que oigo alrededor es el mantra habitual: «vagos», «mafia», «liberados», etcétera; en realidad, lo que escucho es la voz de la hegemonía neoliberal hablando a través de las bocas poseídas de mis amigos para deslegitimar a los representantes de los trabajadores. Pensamos que los sindicalistas son ewoks decimonónicos adictos a las mariscadas, nos molesta que un estibador cobre más que nosotros, somos partidarios de la «solidaridad negativa»: que todo el mundo esté igual de mal que yo, o peor.
Es cierto que los sindicatos andan a contrapié en estos tiempos atomizados (¿por qué hay nuevos partidos y no nuevos sindicatos?), pero el sindicalismo, el juntarte con tus colegas para que no te pisoteen, porque tú solo no eres nada, es una de las ideas más hermosas. Al sindicalismo, compañeros y compañeras, ese que el neoliberalismo rampante ha jurado destruir (y le va bien), le debemos la jornada de ocho horas, las vacaciones pagadas, el subsidio de desempleo, los servicios públicos, millones de pegatinas y banderines gratis que ondear por las calles, y tantas otras cosas buenas en miles de pequeñas empresas y conflictos.
Hoy la clase obrera no es que no exista (existe como siempre, también fuera de las minas y las fábricas), es que nadie se apunta, y los sindicatos van en retroceso perseguidos por los mentecatos. ¿Qué fue de la vieja clase obrera consciente, sindicada y poderosa? Joven nacional: sindícate y prepárate para flipar.
4 de mayo de 2017 · 62 likes
Conocí a un tipo que solo podía hablar utilizando #hashtags. No digo que utilizase los #hashtags cuando quería llamar la atención sobre un concepto y que el resto de la humanidad interesada pudiera llegar a él, sino que #solo #podía #hablar #usando #hashtags. La vida de este tipo resultaba harto inquietante, y siempre tenía que tener cuidado con lo que decía, porque si decía, en petit comité, #megustamiculito, miles de millones de personas podrían llegar a conocer este orgullo secreto a través de mecanismos metafísicos aún por explicar.
Más tremendo aún es el caso de otra persona a quien pude entrevistar y que solo podía pensar usando #hashtags. No digo que utilizase los #hashtags cuando quería llamar la atención sobre uno de sus pensamientos, sino que #todo #lo #que #pensaba #lo #pensaba #en #hashtags, de tal manera que su mente era completamente transparente y su completo pensamiento era de dominio público: había perdido cualquier intimidad consigo mismo y #vivíasoloparafuera.
Era a la vez pura autenticidad y pura máscara, una cáscara vacía, una interfase entre dos eternidades, siempre aquí y ahora, pero nada más allá. La autocensura, la mentira piadosa, la compasión, toda esa arquitectura oculta que permite que la sociedad no implosione en ese estado de naturaleza que decía Hobbes, no tenía ningún sentido para él. Vivía asustado de existir. Por supuesto, nunca podría dedicarse ni a la #política ni al más verdadero #amor. Señoras y señores, cuídense de esto: #.
9 de mayo de 2017 · 123 likes
Shaza y Jimena: estas tipas son unas jefas, deberían convertirse en un símbolo en este tiempo propicio al odio, un soplo de aire fresco y lesbiano dentro de un mundo donde Arturo Pérez-Reverte hace arriesgados experimentos sociológicos.
Son varias las razones. 1. Porque su historia es una historia de aventuras, una huida a través de varios países, con retenciones en aeropuertos y comisarías, con fronteras lejanas cruzadas a pie, con perseguidores bloqueándoles el paso o pisándoles los talones, con riesgo, valentía y determinación. 2. Porque, aunque no nos guste ya, el amor romántico un poquito al año no hace daño, y sobre todo este, que es más romántico que Cumbres borrascosas: son tan jóvenes y tienen el corazón tronchado como un lirio. 3. Porque las he oído por ahí, en los medios, en su rueda de prensa, y tienen la locuacidad del trueno, son decididas e inteligentes, dentro de su feliz locura, saben lo que quieren, por qué lo quieren y cómo decirlo. Y 4. Por su imagen icónica y potente: Shaza es la dulzura cleopátrica que viene del delta del Nilo, Jimena tiene esa agresividad punk que le confieren el peinado asimétrico y la retahíla de piercings, como sacada del lavapiesero punto de partida del Orgullo Crítico. Por lo demás, podrían ser hermanas, es curioso.
Como digo, tendrían que convertirse en un símbolo indeleble de lo lesbiano (que siempre denuncia su falta de visibilidad) y de lo perseguido, un símbolo de esos con los que se estampan camisetas en el Rastro. Y un recuerdo de que no solo reina la intolerancia en los países más terribles, en lejanas montañas y desiertos poblados de talibanes y ayatolás de ceño fruncido, sino también en el lujosísimo e hipercapitalista Dubai o en la Gran Madre Rusia. Así que espero que les vaya muy bien y que alguien les haga una película, una mezcla de Mi nombre es Harvey Milk, Las mil y una noches, La vuelta al mundo en ochenta días y El fugitivo. Sea.
10 de mayo de 2017 · 59 likes
La media luna de nalga asoma bajo el short caliente. Se acerca el verano y las hordas antigentrificadoras de jipis, punks y otros morlocks van llegando a Lavapiés desde las frías tierras del norte. Con el torso descubierto y la rasta al viento se tumban sobre el asfalto recalentado: la luz, cada vez más blanca y más pesada, reverbera en la litrona de pis. La chinche local está alegre, y también yo: no hay días en el año más hermosos. El ángulo de inclinación del astro sobre el ecuador, desde el pasado equinoccio, es cada día mayor, y la frondosidad de los ramajes primaverales produce, filtrando la luz del sol, esas sombras móviles, como la espuma de la mar, como las disco lights, que los japoneses llaman komorebi. Todo es óptimo, todo es flex, todo anda aflamencao. Los vecinos, de aquí y de Anglosajonia, se arrojan como ropa abandonada por las terrazas de Argumosa, como si no les importase morir en este preciso momento. La basura comienza a oler mal. Pronto los días durarán hasta medianoche.
12 de mayo de 2017 · 138 likes
Ayer llegó Mamá Peligro para pasar unos días en la capital. Fui a buscarla a Atocha y cuando veníamos camino a casa, llevando yo muy amablemente su trolley, me di cuenta de que con el coñazo que estoy dando últimamente con la turistificación salvaje del barrio y con las maletas trolley, ahora alguien me podría confundir a mí mismo y a mi señora madre con turistas recién llegados caminando hacia su Airbnb. A vivir su auténtica experiencia lavapiesera.
Me dio vergüenza pasar por delante de todas esas terrazas de Argumosa, donde mis conciudadanos me reconocen y me admiran, donde ven en mí un referente moral, así que traté de poner cara de vecino, cara de «no es lo que parece, vivo aquí, puedo explicarlo: solo vengo de recoger a mi madre en Atocha», y me di cuenta de lo difícil que es poner cara de vecino, que es como una cara de tranquilidad, de satisfacción, de total falta de novedad, de esto ya me lo he visto yo muchas veces, todos los días, porque vivo aquí, aquí mismo, un poco más allá, en aquel portal, te lo juro.
Pensé en comprar el pan, o algo, o en hilvanar un chotis rapidito. En fin, no sé qué cara me habrá salido al final, seguro que una mezcla de terror y estreñimiento a juzgar por el asombro con el que me miraban mis conciudadanos desde las terrazas, y no sé si la cosa funcionó, porque un grupo de daneses nos hizo señas para que nos acercásemos a sentarnos con ellos, como compatriotas en tierra extraña, y eso que mi madre y yo somos agitanados, pero el trolley nos hacía parecer de Copenhague. Total, que corrimos a casa y decidimos no salir nunca más con la maleta, lo que hará que de ahora en adelante viajemos con lo puesto, y además le ahorrará al planeta recursos y energía. Enfilemos de una vez la necesaria senda del decrecimiento.
13 de mayo de 2017 · 71 likes
Yo siempre veo Eurovisión, lentejuela, caspa, tupé, Profidén, porque hay que ver Eurovisión para saber lo que pasa en el mundo. Usted ve Eurovisión ¿y qué pasa en el mundo? Pues lo contrario de lo que sale en Eurovisión.
No hay mejor forma de tomarle el pulso a la actualidad, aunque sea en negativo. Fíjense: hace algunos años Eurovisión era como un objeto arqueológico, un reducto del pasado que solo generaba interés en cuatro gatos; eran años en los que el proyecto de la Unión Europea iba como un avión, todo recubierto de prestigio. Ahora Eurovisión vive un momento de dulce revival, mientras que la UE se derrumba. En Eurovisión cada vez hay más países (meter a Corea del Norte sería una buena forma de limar asperezas y disfrutar de sus espectáculos comunistas), mientras que en la UE cada día hay menos. Eurovisión y la UE son inversamente proporcionales. Cuando una pierde legitimidad, el otro la gana. Si en los alrededores de la UE miles de personas van formando una alfombra de cadáveres sobre el fondo del mar, en los alrededores de Eurovisión miles de eurofans se van de loca romería (tiene algo de danza macabra). Si las personas cada vez tienen gustos musicales más eclécticos gracias a Spotify, en Eurovisión cada vez suena todo más igual, y más en inglés.
A Eurovisión la gente tendría que llevar su folclore nacional: España joteros y flamencas y Bielorrusia lo que canten y bailen en Bielorrusia. Entonces Eurovisión sería un espectáculo enriquecedor de coros y danzas que nos haría reconocernos en nuestra propia diversidad, como dicen las guías turísticas que hacemos en Lavapiés. Pero lo que nos muestra Eurovisión, sobre todo en los minirreportajes previos a las actuaciones de los artistas, es que todos los países son idénticamente hipsters y misterwonderfulescos; que en todas partes, hasta en Albania, la gente persigue sus sueños y toma rooibos en grandes mesas de madera avejentadas. La apaleada Grecia es indistinguible de la apolínea Dinamarca. Lo mejor de Eurovisión, ya lo saben ustedes, son las votaciones, esa pequeña clase de geopolítica estilo Risk: Portugal y España siempre se votan generosamente, como Venezuela e Irán. Eso sí, Eurovisión tendría que basarse más en la cooperación que en la competición y, por tanto, celebrarse en esperanto.
17 de mayo de 2017 · 37 likes
Ah, los pajarracos, los vi el otro día sobrevolando las señoriales cúpulas del barrio de Goya, se recortaban en negro veloz contra el cielo herido de Madrid al atardecer. No sé lo que son, si vencejos, o gorriones u oscuras golondrinas, el caso es que no se enteran de nada, los pajarillos, uno los mira desde la parada del C1 Circular que viene con retraso, sentado al lado de una maquilladora de El Corte Inglés que acaba la jornada kilométrica y regresa a su hogar en el cinturón sur, y que no se sabe si tiene cara de morir o de matar. Los pájaros lo ignoran todo (y eso que dicen que dentro de cada poema hay un pájaro, y viceversa), están siempre revoloteando en extrañas órbitas espirales en un plano superior de la ciudad: aquí abajo transcurren los problemas humanos y sus soluciones químicas.
Yo creo que esos pájaros acrobático-suicidas que veo son siempre los mismos, que son los que me siguen a mí, que me conocen, y que siempre revuelan a mi alrededor. Cuando cojo el C1 Circular siguen al autobús, pero, es más, cuando cojo el metro ellos siguen la trayectoria del tren subterráneo desde las alturas, al otro lado del asfalto, como atraídos por una extraña fuerza zoológico-magnética. Cuando duermo se echan a dormir justo encima de mi cuerpo, en la azotea, y comen cuando yo como y sufren cuando yo sufro. Cuando vuelo en avión por fin los supero en altura y velocidad, jodeos, alados animales, pero aun así emigran concienzudos hasta llegar a su destino transatlántico, en el que me tomo un daiquiri, que es un pájaro líquido.
Quizá cada uno de nosotros tenga sus propios pájaros y cuando morimos se queden volando sobre nuestra tumba, y si nos incineran y tiran nuestras cenizas por ahí, y son desperdigadas por el viento, también se desperdigan ellos, los pájaros, y se les rompen todos los huesos y caen, cataplof, sobre la tierra, muertos.
18 de mayo de 2017 · 162 likes
La imagen de un ejecutivo comiéndose una ensalada envasada o un sándwich sintético siempre me resulta grotesca. Se puede ver en los alrededores de las zonas negociantes y financieras, o en el AVE, donde lo estoy viendo ahora. A los ejecutivos les gusta alimentarse así y que los vean hacerlo, forma parte desde los años ochenta de la idiosincrasia del yupi, igual que el cinturón de balas forma parte de la del jevi.
Ahí lo llevo, al ejecutivo, con el pelo engominado, el smartphone humeante en una mano y el tenedor de plástico de la ensalada (New Yorker con beicon de Florette) en la otra. Da la imagen de ser un tipo sano, porque come verde, y de ser un tipo ocupado, porque no tiene tiempo de zamparse un grasiento menú del día con dos platos, postre, café y lo que surja.
A mí me da la imagen de un tío esclavizado por sus rutinas laborales (como todos, por lo demás, aunque nuestro trabajo pronto lo harán los robots y nosotros estaremos en el arroyo) que antepone esas llamadas, esos guasaps, esas cotizaciones bancarias a su propia salud y su siestica, y eso que es rico: es una ambición antihedonista, contrabiológica, calvinista, rara.
También me llama gastronómicamente la atención la relación entre comida, bebida y trabajo. Antes, en los productos culturales que reflejaban el curro nadie comía: ni Jack Lemmon comía en la alienante oficina de El apartamento, ni José Luis López Vázquez en las grises oficinas franquistas. Luego, desde USA, se implantó esa imagen del ingeridor laboral, amante de la comida basura, patatas de bolsa, perrito caliente, sándwich cutre, bebedor de grandes mugs de café, cómo no, americano. La taza de marras llegó hasta las mesas de los presentadores de late nite (que en realidad la tenían vacía o llena de whisky), y la máquina de café, donde se cotillea y conspira, se convirtió en epicentro de comedietas de ficción.
Ahora, cada vez que aparece una oficina, o una comisaría, o una redacción en una serie o película la gente come y bebe, y hasta cruza los pies encima de la mesa, eso le da un toque de informalidad muy chulo al capitalismo, al capitalismo cool, al capitalismo con rostro humano que se queda a currar hasta la madrugada, pide una pizza y la comparte con la limpiadora afroamericana, el único ser vivo que queda en el rascacielos. En la Unión Soviética no había migas.
20 de mayo de 2017 · 89 likes
Aquí me llaman Rey Gaviotu.
Estamos en la isla de Tabarca, una isla mínima a una hora en barco de Alicante. Es tan pequeña que desde una punta se ve la otra. Hay un puñado de restaurantes (donde sirven un plato tradicional llamado caldero), un espacio natural protegido (poblado de posidonia oceánica) con una casa en ruinas en medio, un faro, un fortín militar y un par de tiendas. Si quieres tabaco por la tarde, cuando todo cierra y el lugar se queda desierto, hay un par de ancianitos que te lo venden en el salón de su casa mientras ven Pasapalabra, como si fuera droga.
—En invierno solo vivimos aquí quince personas, incluyendo al ATS —dice la tabernera, que expone fotos originales de Elvis haciendo la mili; se las regaló una amiga alemana—. Son meses muy duros, este año hubo cuatro temporales y nos quedamos días incomunicados. Así que hay que tener reservas.
La cobertura es escasa y el wifi va fatal, así que publico esto como quien envía un télex desde la guerra de los Balcanes. En verano ya viene todo el turisteo y hasta han abierto un hotel-boutique (¿gentrificación en Tabarca?), pero ahora hay poquísima gente y muchísimos gatos que pululan por todo el trazado ortogonal del minúsculo pueblo, unos ciento cuarenta felinos me dicen, diez por persona. Están por todas partes, moviéndose sinuosamente, haciendo poco ruido. Es como si fueran los espíritus de los tabarqueños muertos. El pueblín, blanco y polvoriento, bien podría ser escenario de un wéstern crepuscular o la Comala de Juan Rulfo, por aquello del calor y los difuntos.
En 1769 Carlos III repobló este islote con doscientas familias recolectoras de coral rescatadas del turco en la Tabarka original, Túnez, así que aquí aún se mantienen muchos apellidos italianos, como Russo o Parodi.
—Todos los animales que hay en la tierra los hay en el mar —me dice un marinero con cara de italiano y piel curtida de salitre al borde de las olas—. La rata, la araña, el gallo, el tigre, el buey, el león... Hay peces que parecen escorpiones.
—¿Y el elefante? —pregunta Liliana, despeinada por la brisa.
—Seguro, tiene que haber.
Lo que hay aquí es mar por todas partes y, claro, gaviotas. Lo de Rey Gaviotu a mí me viene de una de mis expediciones a Algeciras, ciudad silvestre, portuaria, mestiza y malcarada, pero flipante. Una noche subí a la azotea a fumar y a mirar el puerto, ese monstruo tentacular que se mueve lento y brilla en la oscuridad, el reino de los heroicos estibadores nocturnos. Entonces una bandada de gaviotas se acercó y voló en círculos a mi alrededor, muy cerca, graznándome, como rindiéndome pleitesía, como coronándome. Desde entonces, allí donde voy, las gaviotas, así como otras aves de diferente envergadura, doblan la cerviz, y me hacen reverencia, y me cuentan secretos de mar adentro.
Hay en Tabarca un recoleto camposanto traspasado por la brisa, rodeado por la mar salada. Yo quiero yacer aquí eternamente. Y que en mi lápida ponga: aquí yace el Rey Gaviotu. Y que un gaviotu cague encima.
23 de mayo de 2017 · 39 likes
Una vez conocí a un ninja que podía andar de forma hipersigilosa sobre los cantos exteriores de sus pies gatunos, que podía colarse en cualquier sitio, y hasta meter sus genitales para dentro y encajar cualquier tipo de golpe en la entrepierna. Era invencible. Lo entrevisté, vaya, y me enseñó el arte de los shinobis. Hice un poco el ridículo porque cuando se acercó a mí se agachó a por su cartera, apoyada en el suelo, y yo también me agaché porque pensaba que él se agachaba para saludarme al modo oriental (era japonés), lo que creó una situación ortopédica y ridícula que hizo carcajearse extensamente al fotógrafo.
Total, que aprendí mucho de aquel maestro ninja que había traído a España la Fundación Japón.
Ahora que hay tanta opresión, a veces le gusta a uno pasar al lado sigiloso y hackear el Sistema de la forma menos probable, como un cracker raro, como un saboteador poético. Yo lo hago sobre todo en superficies comerciales o grandes tiendas de libros (en las pequeñas no, que me conocen). Cuando lo hago me siento como Luke Skywalker entrando con su X-Wing en la Estrella de la Muerte, dejando su bomba y escapando de una pieza y a velocidades prodigiosas.
Me presento allí como un lector cualquiera, un ciudadano normal (es importante no dejar ver que uno es un shinobi), voy a la sección de poesía, busco algunos de mis títulos, que son buenísimos, y los saco de las estanterías del olvido para colocarlos en las mesas de novedades, probablemente encima de uno de Marwan, o de Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma, o de la poesía completa de William Carlos Williams, que ahora está de moda con lo de la película Paterson.
Los que curran en la Fnac, la Casa del Libro, La Central o El Corte Inglés deben de estar hartos de mí y considerarme algo así como el más peligroso ninja de la poesía contemporánea. No puedo decir que me arrepienta. ¡Kiai!
24 de mayo de 2017 · 72 likes
Hoy se reúnen el papa Francisco y Donald Trump, representantes en la Tierra de Dios y del Diablo. Se reunirán en el Vaticano, supongo que en un despacho más o menos austero, más o menos historiado, rodeados de intérpretes y subalternos. Sin embargo, yo me los imagino reunidos, de pronto, en un espacio vacío, todo blanco, la pura nada, sin arriba ni abajo, ni izquierda y derecha, ni antes o después, ni ninguna otra dimensión espaciotemporal. Trump y Francisco flotan en ese vacío. Francisco comienza echándole en cara a Trump lo del muro de México, que «no es cristiano». Y Trump hace su primer ataque.
—America fiiiiiiiiirst!!!
De su dedo sale un rayo cósmico que se enfila hacia el pontífice y que el pontífice, milagrosamente (claro), consigue esquivar. En vista de que han comenzado las hostilidades, ambos hacen aparecer sobre su cuerpo sus armaduras de combate, rollo Caballeros del Zodíaco. Es el turno del papa, que lanza una Doble Hostia Voladora Sagrada, pero Trump se agacha y recontraataca con su Puño de Detroit Industrial, que le da a Bergloglio en pleno crucifijo. El papa está dañado, pero toma aliento con rapidez y lanza su Rosario de la Aurora Anti-Abusos Sexuales, que impacta de lleno en la tripa de Trump. Al POTUS se le cae el peluquín pero enseguida se lo lanza al papa a velocidades ultrasónicas convertido en el Genuine Vidal Sassoon Ultra Attack. Lo cierto es que el sumo pontífice tiene ahora un buen problema. Parece que el tiempo se detiene mientras ese peluquín mortal avanza hacia él irremediablemente. Pero, gracias a Dios, en el último momento coloca su Escudo Bendito con Choripán y Trump recibe, de rebote, su propio ataque, quedando noqueado.
El presidente de Estados Unidos está ahora cabizbajo, mareado, renqueante, es un pelele delante de Francisco. Los ojos del papa se ponen en blanco y todo su cuerpo empieza a ser recorrido por rayos azulados, al tiempo que su mitra se vuelve dorada, señal de que se ha convertido en un supersaiyajin (o superpapín). Toma carrerilla y en dos metros entra en el hiperespacio para salir justo delante de Trump y propinarle, en cámara ultralenta, un Blessed Uppercut lleno de Verdadero Amor de Dios LETAL.
Trump cae destruido en el propio vacío. Dios ha ganado, como siempre ganará.
En la rueda de prensa posterior, ambos declararán que ha sido un encuentro «cordial a pesar de sus diferencias en algunos asuntos».
Amén.
29 de mayo de 2017 · 193 likes
Me dijeron que persiguiera mis sueños. Que saliera de mi cálida zona de confort. Que mejorara mi liderazgo y potenciara mi talento. Que aumentase mi valor profesional. Que me preparase para triunfar. Me hablaron de la importancia de la ilusión y la gestión positiva del cambio. Me animaron a que revolucionase mis presentaciones, a que aprendiese a hablar en público para influir. Me contaron los secretos del éxito. Optimiza, prioriza, inspírate y escucha: tú puedes ser un high potential. Aprovecha las sinergias. Negociar es intercambiar. Sin resultados estás muerto. Tú eres tu propia marca. Impossible is nothing. Me contaron que el fracaso es experiencia, fracasa otra vez, fracasa mejor. Me explicaron la importancia de mantener una actitud positiva en el trabajo, así como durante el afterwork y el networking: sonríe, despliega confianza, brilla con luz propia. Para ser líder no basta con tener poder, hay que adquirir autoridad. Me zarandearon violentamente para que dejara huella, para que generase un impacto en el mundo, para que persiguiese la excelencia (incluso cuando ya fuera excelente) y la innovación; siempre, sin aliento, la innovación.
Que fuera yo mismo, porque todos somos especiales.
Pero yo solo quería huir, implementarme en la cama, marcar la diferencia entre las sábanas, perseguir mis sueños, sí, cuando la siesta.
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