Читать книгу: «El último tatuaje»

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Sergi Garcia-Martorell

El último

tatuaje


Ilustraciones interiores:

Aitor Irimia

Ilustración portada:

Nick Dancy


Primera edición: julio de 2021

© del texto: Sergi Martorell, 2021

© Ilustraciones interiores: Aitor Irimia, (@aitoririmia)

© Ilustración portada: Nick Dancy (@nickdancytattooartist)

Editado por BubbleBooks

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editorial@bubblebooks.es

ISBN: 978-84-122982-9-1

Diseño y maquetación de interiores:

Grafime

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Capítulo 1

Diamante en Penang

La luna rielaba sobre el mar, lenta y tímidamente como si el miedo a que la terrible tormenta que acababa de amainar despertase de nuevo y se la llevase de vuelta al cielo. Pero, a pesar de sus temores, nada de eso sucedió, la calma reinó durante el resto de la noche. Incluso alguien tan poderoso como el mar necesitaba descansar después de tal esfuerzo, y fueron los surcos dejados por el paso de nuestro barco los que durante un instante rompieron ese reflejo de la luna en brillantes pedazos.

Navegábamos a bordo del Pistis Sofía, un viejo pailebote mercante de treinta y cinco metros de eslora que conservaba ese encanto de las embarcaciones de antaño, al que habían sacrificado parte de su bodega para incorporar un motor marino. Y, aunque era objeto de burla por los capataces de otros barcos más afines a los tiempos que corrían, los tumultuosos principios del siglo veinte, Matías, su capitán, jamás pensó en desprenderse de su nave. Estaba orgulloso y tenía motivos para ello, pues esa reliquia, como la llamaban despectivamente, jamás naufragó, y eso que había cruzado en más de una ocasión el peligroso Cabo de Hornos. Esta gesta dio derecho al capitán, y al resto de la tripulación, a colgarse un pendiente en la oreja, siguiendo con esa tradición tan extendida entre marineros de marcar los éxitos en el cuerpo.

Aquel fuerte temporal que se levantó esa noche en el estrecho de Malaca tampoco pudo con el Pistis Sofía, cuyos tres robustos mástiles de madera volvían a desplegar el velamen camino a Singapur. La tripulación, tras haber vencido una vez más la ira del mar, bajó a la cocina y se dispuso a celebrarlo de la mejor manera que sabía: ron jamaicano y tabaco. Nos sentamos los tres alrededor de la mesa, que por primera vez en mucho tiempo estaba totalmente vacía. Los numerosos vaivenes del barco habían tirado al suelo cuanto tenía encima: cacerolas y platos, así como alguna herramienta que poco o nada tenía que ver con la cocina. No sé qué clase de duende viajaba con nosotros, que siempre que perdíamos algo, ya fuera una llave, una sierra o un martillo, bastaba con bajar a la cocina para que sobre la mesa, como por arte de magia, apareciese el objeto en cuestión.

Matías, como buen capitán, hizo los honores. Destapó una botella y se la llevó a la boca. Los colores perdidos durante la batalla bajo la lluvia volvieron a sus mejillas. Era un tipo corpulento, pero a pesar de su tamaño, la poblada barba y el rostro severamente agrietado por el sol y la sal, su expresión era tranquila y afable. Eso, junto con su mirada, marcada por unos intensos ojos azul grisáceos, le conferían un carisma sin igual, y aunque jamás le vi vanagloriarse como hacía la mayoría de los marineros, estaba seguro de que en sus años mozos debió de haber roto unos cuantos corazones. Tras ese larguísimo trago, ofreció la botella a John el irlandés, un malcarado lobo de mar curtido en cientos de peleas tabernarias; una verdadera bomba de relojería, su poca paciencia lo encendía de tal manera que era especialista en provocar todo tipo de problemas allá donde fuera. Así lo atestiguaban todas las cicatrices que competían por hacerse un lugar entre decenas de tatuajes. Empinó el codo, mojando su barba pelirroja, y me pasó la botella a mí, al último miembro de la tripulación, un flaco marinero que contaba con mucha menos estatura, años y tatuajes.

Esa primera botella apenas duró una ronda. Abrimos otra y luego otra. Y sin darnos cuenta, entre salomas, bromas y risas, acabamos enfrascándonos en una partida de cartas.

—Subo la apuesta —dijo Matías sacando diez de sus preciados cigarrillos Players de su cajetilla para dejarlos en el centro, donde ya descansaba un interesante montoncito.

—¡Me cago en Neptuno! —exclamó John, y arrojó sus cartas contra la mesa soltando grandes improperios, lo único que salía de su boca y que constituía la base de su lenguaje.

—Pues yo sí los veo —dije con seguridad—; y subo a treinta cigarrillos, más ocho días seguidos limpiando las cacerolas… y, además, el reloj de la compañía.

—David, se te nota cuando vas de farol —sonrió Matías al tiempo que se acomodaba un rebelde mechón de pelo que se atrevía a salir de su gorra de capitán, la única parte de su indumentaria (y de todo el barco) que mantenía siempre impecable.

—Bueno, si tan claro lo ves, juégate el tuyo también —repuse dejando mi reloj en el centro de la mesa.

—¡Quién pudiera volver a tener esa insensatez de la juventud! —exclamó mientras daba un codazo a John, lo que, a juzgar por su mirada, no pareció hacerle demasiada gracia.

El capitán se arremangó entonces su chaqueta, dejando ver sus emborronados tatuajes entre los que destacaban dos cañones cruzados y una pin-up desnuda, se quitó su reloj de pulsera con gran parsimonia. Ese fue un regalo que la compañía cafetera con la cual trabajábamos nos dio una Navidad y que a todos nos encantaba, pues tanto la caja como la correa estaban bañados en oro.

—Aquí lo tienes —dijo sin mostrar el menor nerviosismo mientras dejaba su reloj al lado del mío, y reveló su juego: trío de reinas.

¿Pero cómo podía ser posible? En todos los confines del mundo se sabía que el capitán era el peor jugador de cartas de la historia, y no obstante ahí estaba con esa increíble mano, mirándome con expresión adusta.

—Vamos, grumete, ¿a qué esperas?

Todas las miradas se posaron en mí. Me negaba a desvelar mis cartas. Los demás, al ver mi cara de preocupación estallaron en sonoras risotadas.

—¡Está bien! —grité lanzando las cartas sobre la mesa—. ¡No sé mentir! ¿Contentos?

Mis compañeros siguieron riendo mientras yo no dejaba de negar con la cabeza, repitiéndome una y otra vez que era imposible que aquello me estuviera pasando a mí.

—Vamos, recoge tu reloj —dijo Matías recuperando aliento tras las carcajadas—. Si no eres bueno en el arte de la mentira, nunca debes jugártelo todo a una sola carta. Y si lo haces, aparte de tenerlos muy bien puestos, tienes que estar totalmente seguro de que esa carta no solo es buena, ¡sino buenísima!

Levantó el reloj de la mesa e hizo un gesto para que lo cogiera. Al ver que mi cabezonería me impedía aceptarlo, me lo lanzó con fuerza; mis reflejos me traicionaron: lo agarré al vuelo. Matías clavó su mirada en la mía, tal como hacía cuando me daba una orden. No me quedó otra que obedecer y volver a colocar el reloj en su sitio, recuperando la que era, junto a una fotografía de color sepia de mi padre, mi pertenencia más preciada.

—Gracias —musité en voz baja.

—De nada, ¡pero de lo de fregar las cacerolas no te libras! Ocho días, grumete, ocho días en que John y yo nos vamos a rascar a gusto las pelotas.

Volvieron las risas y continuamos bebiendo y jugando a las cartas, pero a mí, aún tocado en el orgullo, se me quitaron un poco las ganas de fiesta y cuando mis compañeros subieron a cubierta para proseguir con la celebración, preferí quedarme en la cocina. Me fumé el último cigarrillo que me quedaba, pues los demás ya estaban en el abarrotadísimo bolsillo de Matías, y empecé ya mismo a saldar la deuda. Cogí un estropajo y luchando contra el cansancio y una ya evidente borrachera me puse a limpiar los utensilios de cocina. Al terminar, me quedé dormido sobre la mesa; si alguien me buscaba, sabía perfectamente dónde encontrarme.

Un fuerte ruido me despertó. En el sobresalto, de un manotazo envié al suelo los utensilios que había a mi lado. Su sonido metálico al rebotar por la estancia acabó de espabilarme. Me incorporé, recogí las ya no tan relucientes cacerolas maldiciendo todo lo que pude y, antes de volver a limpiarlas, salí a cubierta para averiguar qué había pasado.

Acabábamos de atracar, pero no en el puerto de Singapur. Se trataba de una parada técnica para cargar combustible, pues habíamos gastado una buena cantidad para mantener la nave a flote durante la tormenta. Hasta ahí, todo dentro de la normalidad; lo que no era normal era el hecho de que durante el repostaje ni Matías bajara a proveerse de más botellas de ron, ni John fuera a alguna taberna para mejorar su colección de cicatrices. Los dos, apoyados en la barandilla, observaban con semblante serio el lugar.

—¿Qué tiene de malo este puerto? —les pregunté poniéndome a su lado—. A mí me parece bonito.

—A mí también me lo pareció —contestó Matías—, pero luego juré no volver a pisarlo nunca.

—Por todos los infiernos, a ver si se llena el jodido depósito de una vez —masculló el irlandés.

—Son solo veinte minutos, John —le tranquilizó el capitán—. Antes de que te des cuenta, estaremos lejos de aquí.

—Veinte malditos y sangrientos minutos.

Cuanto más nerviosos se ponían aquellos dos, más curiosidad sentía. Saqué medio cuerpo por la barandilla para poder ver más de cerca ese oscuro cuadro que me pintaban mis compañeros, pero lo único oscuro que había era el negro plumaje de una pareja de cormoranes que danzaban en el aire hasta que acabaron por desaparecer entre las nubes. Estábamos en Penang, una isla del sudeste asiático bajo dominio de la Corona británica, que, al menos en lo referente a la arquitectura, había sabido integrar las cuatro culturas que allí convivían: malaya, india, china e inglesa, que era la mayoritaria. Mis ojos iban de un lado a otro, maravillándose ante ese contraste asiático-europeo y, sin quererlo, se cruzaron con la mirada de una chica rubia. Ella, al verme, me dedicó una amplia sonrisa, antes de seguir su camino haciendo balancear el cesto de mimbre que llevaba colgado del brazo.

—¡Capitán, me tomo el día libre!

—¡¿Qué?! —contestaron ambos al unísono, con los ojos tan abiertos como los platos metálicos que acababa de limpiar en la cocina.

—Lo que habéis oído.

—Vamos a ver —objetó Matías—, ¿me estás diciendo que quieres gastar ese día de fiesta que te prometí… aquí?

—Así es —asentí, y sin darle tiempo a una réplica, me fui corriendo hacia mi camarote.

Cogí mi chaquetón de lana azul, regalo de mi buen amigo Jake y algo de dinero; solo iba a ser una noche, por lo que no precisaba mucho más. Salí a cubierta con el abrigo puesto, pues me confería ese aspecto de auténtico marinero que tanto me gustaba; fuera la época del año que fuese, siempre que bajaba a puerto lo hacía enfundado en él. Coloqué rápidamente el tablón de madera que nos servía de puente, pero antes de que pudiera poner un pie encima Matías me asió por el hombro.

—David, si estás seguro y quieres ir, ve —dijo con gesto de preocupación—, pero nosotros no te vamos a esperar. Hay quinientas millas hasta Singapur, y otras más de vuelta; con viento favorable, eso no debería suponer más de treinta horas. Y, como debemos pasar por aquí de vuelta a Mombasa, tu locura no va a alterar la hoja de ruta.

—Hasta mañana, pues —sonreí, y tras estas palabras bajé por el tablón.

Sentí al momento una fuerte atracción hacia ese lugar, bien fuera por el innegable encanto de esa ciudad colonial, por el nerviosismo que generaba entre mis compañeros o, ¿por qué negarlo?, por la posibilidad de conocer a la propietaria de esa dulce sonrisa. Me despedí de mis compañeros ondeando la mano, pero no me respondieron. Se me quedaron mirando con unas caras más largas que las tardes de tormenta en el mar; no les gustaba que el repostaje estuviese tardando tanto, y menos aún la perspectiva de tener que volver a recogerme. No hice ni el más mínimo caso a ese par de cascarrabias, y entusiasmado como estaba por conocer esa pequeña ciudad, me metí por una calle que, por su tamaño y la cantidad de personas que la recorrían, supuse que debía de tratarse de una de las arterias principales que me llevaría directo al corazón del lugar.

Penang estaba tomada enteramente por los británicos. La Union Jack se veía por todos lados, así como los graciosos buzones de correo rojos que coloreaban la metrópoli. La policía, con el emblema británico en la pechera, velaba por la seguridad del gran número de empresarios que había fijado su residencia en esa tierra cuyo sol era tan brillante que uno se veía obligado a entrecerrar los ojos para protegerlos de tanta luz. ¡Qué distinto clima de su Londres natal! No era de extrañar que toda la gente con la que me cruzaba me saludase con la mejor de sus sonrisas, tal como hizo la muchacha del puerto. Habían escapado de su lluviosa isla para instalarse en otra donde existía una única estación, el verano, como evidenciaban los cientos de flores que adornaban los balcones, y eso que estábamos en pleno diciembre. Ciertamente, era un lugar precioso para vivir.

Mi instinto no me falló esta vez: la calle por la que andaba desembocaba en la plaza principal, que ese día estaba invadida por puestos callejeros hechos con troncos y cubiertos con una finísima lona negra a modo de techo. Ríos de gente de todas las etnias que allí convivían llenaban el mercado, y tampoco yo tardé en zambullirme en ese torrente de música, olores y colores. Entendí entonces la prisa de la chica de la sonrisa: sin duda, debía de dirigirse aquí. Si quería encontrarla, tan solo tendría que dar con el puesto adecuado.

Comencé a buscar en todos y cada uno de ellos, pero mis curiosos ojos me boicoteaban constantemente y se detenían en cualquier cosa que encontraban: artesanías hechas con bambú y hojas de palmera seca, aceites elaborados con veneno de serpiente que aseguraban mayor vigor sexual, o instrumentos musicales fabricados con alargados huesos que recordaban tanto a los humanos que preferí no preguntar y quedarme con la duda. Pero a pesar de su exotismo, no eran esos los puestos que atraían más gente, sino los que vendían fruta.

Expuestos en cajones de madera había mangos, piñas, plátanos, y una gran cantidad de curiosas frutas tropicales de las que una se erigía como la reina indiscutible; no encontré a nadie que no llevase una en las manos, incluso había quien se peleaba para conseguir la pieza más grande. Se llamaba durián y lo que la hacía peculiar no era su aspecto, ya de por sí terrible, erizado de espinas, sino su espantoso olor. Uno de los vendedores al ver mi expresión de asco, se echó a reír mostrando unos dientes severamente enrojecidos por el beetlenut, y con ademanes para que me acercara, me animó a que probara un trozo. Me comentó que tanto su horrible forma como su penetrante olor a cebolla podrida eran estrategias del fruto para proteger su delicioso jugo. Me convenció, tomé el trozo que me ofrecía y me lo metí en la boca. Sí, el durián olía realmente mal, pero su sabor ¡era aun peor! Tuve que hacer un enorme esfuerzo para tragármelo, lo que generó grandes carcajadas entre los que se habían congregado a mi alrededor. Por entonces ya había comido escorpiones fritos en China, grillos en México e incluso ranas vivas en el sur de Camboya, pero nada de eso llegó ni por asomo al nivel de repugnancia que me produjo aquella fruta.

—Es como el alcohol —explicó el vendedor al ver mis muecas—. La primera vez que lo pruebas lo detestas, pero luego no puedes vivir sin él.

Convaleciente del golpe que recibieron mis papilas gustativas, no pude sino darle la razón y amablemente decliné el otro trozo que me ofrecía. Me marché lo más rápido que pude, escapando de ese persistente olor que tanto agradaba a sus clientes, y me quedé a la entrada del mercado, buscando desde ahí a la muchacha. De repente, algo impactó en mi cabeza. Era una pelota hecha con tiras de bambú que ya había visto en una de los puestos. Me agaché para recogerla y al momento apareció un niño con un gracioso chaleco y un lazo atado en el cuello, que, vencido por su timidez, se detuvo de golpe. Hice rodar la pelota hacia sus manos, y cuando la tuvo, salió corriendo a esconderse tras las piernas de su madre, quien, en la distancia, me regaló una sonrisa. Esa gente era encantadora, solo por cruzarse con ellos ya le alegraban el día a uno.

El sol del mediodía empezó a brillar con mucha fuerza. Me vi obligado a rendirme a su grandeza y me quité mi querido abrigo en su honor. Busqué entonces algo de sombra donde poder cobijarme, ya que, por extraño que pueda parecer en un marinero, nunca fui un gran amante del sol. Y fue justamente esta nueva búsqueda lo que me llevó, sin quererlo, a dar con aquello que buscaba desde que desembarqué. En uno de los bancos situados bajo una reconfortante sombra estaba la chica del puerto. Leía un libro y su cesto, como no, estaba lleno a rebosar de durians. Me dirigí a ella con ese aire de conquistador que, tras varios desencantos, ya dominaba casi a la perfección.

—Perdona que te moleste, pero estabas antes en el puerto, ¿verdad?

Levantó la mirada del libro y, en lugar de dedicarme la sonrisa que tanto me había cautivado, se incorporó asustada y se alejó con tanta prisa que dejó olvidado el cesto con los durians.

—¡Oye, no era mi intención molestarte! —aseguré mientras avanzaba hacia ella—. Solo quería tener una conversación contigo.

Al ver que la seguía, echó a correr como si en ello le fuese la vida. No comprendía esa reacción; había sido cortés con ella en todo momento. Miré a mi alrededor: habían desaparecido las sonrisas, y las antes afectuosas miradas se tornaron frías y llenas de menosprecio. «¡Qué extraño!» Pensé, pero no le di mayor importancia. Decidí sentarme en el banco que había dejado libre la muchacha y descansar a la sombra. Tiempo que hubiese disfrutado de lo lindo si en la huida hubiese olvidado el libro y no ese maldito cesto con los durians.

Cuando parecía que el sol iba de baja, me volví a poner mi abrigo y aproveché para visitar los lugares más emblemáticos: el fuerte con sus cañones y el faro. En todas partes me dedicaron las mismas sonrisas que recibí al llegar. Disfruté especialmente de la compañía del viejo farero, un antiguo pescador malayo de no más de metro y medio de estatura, que quiso invitarme a tomar el té de las cinco con él y un pequeño macaco que tenía como mascota. Me habló de los Hantu Luat, unos seres demoníacos, que según la tradición local, habitaban las profundidades de esos mares. Todo marinero que se precie tiene alguna historia sobrenatural que contar, situaciones vividas que al carecer de explicación lógica suelen caer en el olvido —muchas veces a propósito— tras unos cuantos tragos de ron. Ese no era el caso del farero, que no solo no quería olvidar lo que sus ojos habían visto, sino que se empeñaba en contar su experiencia con el afán de mostrar a los demás que esos demonios eran reales y no mera palabrería de los ancianos. Cuando me despedí de él, también lo hizo el sol de nosotros, lo cual me llevó a darme cuenta de algo que me había pasado por alto: no tenía lugar donde dormir.

Alrededor del puerto suelen encontrarse las mejores opciones para los delgados bolsillos de un marinero, y Penang no iba a ser la excepción. No tuve que dar muchas vueltas para descubrir un lugar que cumplía mis preferencias, una destartalada posada cuyo nombre, El Tigre Oscuro, estaba escrito en un chirriante cartel que se balanceaba por el viento del anochecer. Al entrar descubrí al momento que la elección del nombre no era casual, allí olía a ese felino y tanto las paredes como el suelo estaban llenos de mugre. Pero el sitio era barato y eso entonces pesaba más que cualquier otro aspecto.

Me acerqué al mostrador y vi que las hojas del libro de registro estaban manchadas por goterones de tinta. De repente, apareció detrás de mí una mujer, dándome un buen susto. Su blanca tez contrastaba con el negro con que vestía su cuerpo. Sin dejar de inspeccionarme tras unas diminutas gafas se situó detrás del mostrador.

—¿Hay habitaciones libres? —pedí.

—¿Para uno solo? —preguntó con poco interés.

—Sí, solo yo.

La mujer consultó el libro de registro y me acercó una pluma estilográfica.

—Habitación número cuatro —dijo señalándome una de las casillas libres de goterones para que firmase en ella.

Cogí la pluma y con ánimo de no manchar mi querido abrigo, pues a juzgar por lo sucedido con huéspedes anteriores la tinta iba a salir a chorro, me arremangué hasta el codo. La mujer cerró el libro.

—Lo siento, no quedan habitaciones.

—¿Pero no me habías dicho que sí? —pregunté confundido.

—Sí. Pero eso era antes.

—Antes… ¡¿de qué?!

—Antes de recordar que no había habitaciones libres —concluyó mientras guardaba el libro en un cajón del mostrador.

¡Era de locos! Estuve a punto de lanzarle la pluma a la cabeza, pero entonces recordé lo que me había enseñado Matías. Me dijo que debía escoger siempre la opción que menos problemas causara, a no ser que se tratase de algo que quisiera de corazón; en tal caso, era obligación elegir el camino que me llevase a lo que deseara por muchas dificultades que ello pudiera acarrear. Quedarme a dormir en aquel antro no era un sueño que ansiase cumplir, así que, apretando los dientes de rabia contenida, dejé la pluma sobre la mesa y me largué.

Fui de pensión en pensión, de taberna en taberna; pero, para mi sorpresa, todo estaba lleno. No había una sola cama libre. A las dos de la madrugada ya empezaba a hacerme a la idea de que pasaría la noche en la calle, lo cual no sería nada agradable, pues si durante el día el sol calentaba con ganas, en su ausencia el frío se metía en los huesos. Me disponía a acurrucarme en un portal y hacerme un ovillo con el abrigo, cuando un soplo de aire cálido me acarició las mejillas. Esa suave caricia me lanzó hacia el lugar de donde provenía tan agradable calor. De un oxidadísimo cubo de basura sobresalía una llama. Me acerqué y, sin importar el crepitar del fuego, extendí las manos hacia su calor.

Al poco rato llegó un andrajoso vagabundo de pelo largo cargado con una bolsa llena de restos de comida. Sin apartar la mirada de mí, echó su contenido al cubo. Me sentí como si estuviera robándole algo suyo y bajé los brazos.

—Adelante, chico —ofreció con una sonrisa—. Hay suficiente para los dos.

Alargué de nuevo las manos, y esta vez lo hice con tantas ganas que casi me quemo la yema de los dedos.

—Gracias.

—No, gracias a ti por acompañarme —replicó el vagabundo con efusividad—. Es la primera vez que tengo invitados.

Esa afirmación me hizo sonreír, y lo agradecí, pues era señal de que mi cuerpo iba recuperando el calor, tanto que incluso noté gotas de sudor resbalar por mi espalda. Me quité el abrigo.

—¡Diantres, sí que llevas tatuajes! —exclamó mi anfitrión al ver los dibujos que adornaban mis brazos.

—Es costumbre entre marineros; utilizamos la piel a modo de diario, en ella escribimos nuestros progresos y aventuras.

—Y el de esa chica, ¿qué significa? —quiso saber, y señaló el tatuaje de la pin-up que llevaba en el antebrazo, que a diferencia de la que llevaba Matías, era mucho más recatada.

—Es una larga historia —contesté bajando la voz mientras acariciaba con cariño la pin-up y la flor amarilla debajo de ella.

—¿Es tu mujer?

—Se puede decir que sí.

—¿Y dónde está ahora?

—Lejos… —pese a que habían transcurrido tres años de nuestra separación, aún se me humedecían los ojos al recordarla—. Muy lejos.

—Me parece muy interesante lo de tus tatuajes, pero está claro que debo de ser el único en todo Penang que así lo cree.

—¿A qué te refieres?

—Me apuesto la vida, que como ves es lo único que tengo —dijo extendiendo sus escuálidos brazos—, a que la razón por la que estás compartiendo esta fría noche conmigo no es otra que la de que alguien ha visto tus tatuajes.

—Pero ¿y qué tiene eso que ver?

—Mucho —sentenció—. La gente en esta ciudad está llena de prejuicios, por si no te habías dado cuenta. A todos los que no somos como ellos, nos marginan. A mí, por ejemplo, me dejaron de lado por llevar el pelo largo.

Solté una carcajada.

—Perdona, no lo he podido evitar —me disculpé.

—¡Puedes reír todo lo que quieras! Que te desprecien por ese motivo es tan estúpido que da risa. Fue por esto —dijo agarrando un mechón de pelo— por lo que no conseguí que me dieran trabajo.

—Entonces, ¿por qué no te lo cortaste?

El vagabundo me miró y, con gran seguridad en sí mismo, contestó:

—¿Y por qué diablos tendría que hacerlo?

No supe qué decir. Con orgullo, se recogió el cabello y se anudó un curioso moño en la parte superior de la cabeza que le hizo parecer uno de esos dioses hindúes cuyas estampas presidian las puertas de los negocios indios. Entendí entonces por qué el pueblo desagradaba tanto a Matías y a John el irlandés, también ellos debieron de sentirse menospreciados, obligados a pasar la noche en la calle y quién sabe cuánto más, pues, a diferencia de mí, ellos no podían esconder sus tatuajes tan fácilmente: el trébol de cuatro hojas en el cuello de John o el hold-fast en los nudillos del capitán no eran de lo más discreto que digamos. El vagabundo sacó una manta y me la ofreció.

—Cuando se apague el fuego, la vas a necesitar.

—Pero ¿y tú? —dije aceptando la manta.

—No te preocupes. Mi piel no está tatuada, pero sí curtida de tantas noches en la calle.

Acomodó sus ropas a modo de cojín y se tumbó. Ya era bien entrada la madrugada, y a decir verdad no tenía otro plan que no fuera el de dormir un poco. Extendí la manta contra el muro y me cobijé con ella. No se trataba de un lugar cómodo, pero sí barato, muchísimo más que cualquiera de las posadas donde no me habían admitido. ¡Hasta podía sacar algo positivo! Aunque a buen seguro que, al despertar, mi espalda no diría lo mismo. Debido al cansancio acumulado de ese día, y de la anterior noche luchando contra la furia del mar, me quedé dormido prácticamente al instante.

Cuando desperté estaba solo; ni rastro de mi nuevo amigo. Me levanté y, tras revisar mis músculos y articulaciones para ver su grado de deterioro, me alegró comprobar que, salvo un entumecimiento general, todo seguía en orden. Dejé la manta debajo del cubo y, al hacerlo, las mangas del abrigo se subieron y una pequeña parte de mis tatuajes quedó al descubierto. Me quedé pensativo. ¿Y si aquel hombre tenía razón y ese era el motivo por el cual la gente cambiaba tan repentinamente su actitud hacia mí? Por si acaso, me abroché bien los botones del chaquetón y estiré bien las mangas, de forma que taparan cualquier rastro de tinta. Y así, escondido bajo mi ropa de camuflaje me dirigí al mercado, pues mi estómago había empezado a lanzarme serios ataques que seguro acabarían conmigo si no los contrarrestaba con comida; cualquier cosa valdría, siempre y cuando no fuese redonda, espinosa y se llamase durián.

El sol resplandecía con más fuerza aún que el día anterior. Mi cuerpo se me derretía bajo el abrigo, al que vigilaba constantemente para que no dejara asomar ninguno de mis tatuajes. La cosa funcionó. Pese a mi gesto desencajado por el agobiante calor y a llevar el pelo pegado a la frente por el sudor, la gente volvía a mostrarme su lado más amable. Sonreí, pues aunque me estaba asando como un pollo, prefería mil veces eso al desprecio.

Una pareja, que a juzgar por su refinada manera de vestir debería de formar parte de la clase alta británica, salió de una de las casas coloniales más ostentosas. Al momento, un gran coche plateado se detuvo ante ellos. Para alguien que pasa la mayor parte del tiempo en el mar ver un vehículo semejante era todo un acontecimiento; me aproximé para memorizar sus detalles, y así luego contárselo a mis compañeros. Un alargado motor, con unas finas hendiduras en los costados que dejaban respirar al potente y ruidoso motor, ocupaba las tres cuartas partes del coche, dejando el resto para la cabina, alta y cuadrada. El conductor, que iba uniformado con gorra y guantes blancos, ayudó a los dos ricachones a subir a los asientos traseros. Al acomodarse, al caballero se le deslizó algo que acabó cayendo al suelo. Fui a avisarlos, pero las puertas se cerraron y, con una humareda, aquella joya sobre ruedas se puso en marcha. Traté de detener el vehículo haciendo aspavientos con las manos, pero así solo conseguí que se alejase a mayor velocidad. Frustrado, bajé los brazos y fui hacia el objeto caído.

Se trataba de una cajita de terciopelo verde. La curiosidad era demasiado fuerte. La abrí y su contenido me cegó. Cerré la cajita de golpe. No podía ser que lo que había allí dentro fuese real. Me froté los ojos y, preparado ante lo que me iba a encontrar, volví a abrir la cajita, pero esta vez mucho más despacio: un diamante del tamaño de una nuez volvió a aparecer ante mí.

Fui corriendo a la policía a devolverlo; pero, cuando estaba a punto de llegar a la comisaría, un pensamiento sacudió mi cuerpo: ¿Y para qué iba a devolverlo? ¿Para qué, en lugar de agradecérmelo, al ver mis tatuajes me escupieran en la cara? La idea de quedarme con él empezó a tomar forma. Deseaba volver a verlo, aunque esta vez como su nuevo propietario.

Mis dedos temblorosos recorrieron la aterciopelada cajita, la abrí y la luz inundó el lugar, nació un nuevo día dentro del mismo día. Me sentía rico, poderoso, pero tenía que ser cauto, no podía arriesgarme a que alguien lo viera y me lo arrebatase. Cerré la caja y la metí en el bolsillo interior del chaquetón. Tenía el pulso descontrolado, mi mente no paraba de darle vueltas a las miles de posibilidades que de repente se habían abierto ante mí. El diamante debía de valer una fortuna. Mi cabeza estaba a punto de estallar, y eso, unido al sofocante calor que me había obligado a soportar encarcelándome en mi abrigo, acabaría por mandarme al suelo de un desmayo si no hacía nada para evitarlo. Un estrecho callejón en sombra se abría cerca de mí, así que sin pensarlo, me metí en él, y después de lanzar una rápida mirada a mi alrededor para cerciorarme de que no había nadie, me quité el abrigo, como estaba deseando desde hacía horas. ¡Qué alivio! Hasta aproveché y me quité la camiseta a rayas azules y blancas que pesaba más del doble por el sudor absorbido.

Apoyado en el muro y a pecho descubierto, dediqué unos largos cinco minutos para recuperar el aliento antes de volver a prestarle atención a mi nuevo tesoro. Fascinado, lo abrí de nuevo y ahí estaba, mi diamante, proyectando imágenes en mi retina, imágenes que tenían nombre y forma, el Johanna, mi propio barco. Mi sueño de ser capitán iba a hacerse realidad mucho antes de lo que esperaba. Realmente la vida es del todo imprevisible, te levantas un día tirado en la calle y por la noche te acuestas en el camarote de tu propio barco.

Un murmullo me sacó de la ensoñación: dos chicas estaban embocando el callejón. Mis reflejos reaccionaron y me puse el chaquetón tan rápido que ellas no notaron nada; pasaron por mi lado y me dirigieron una sonrisa tan bella que consiguieron llevarse mi atención hasta que desaparecieron calle adelante. Ya liberado de ese hechizo, pude sumergirme de lleno en el otro: contemplar mi diamante.

Metí la mano en el bolsillo del chaquetón, pero allí no había nada. Se me heló la sangre. Busqué y rebusqué por todos lados. Nada. Busqué en mis pantalones. Solo restos de tabaco. El diamante seguía sin aparecer. Me entró un sudor frío, y más cuando al mirar al suelo vi una rejilla por debajo de la cual corría el agua.

Me agaché y mis temores se confirmaron. Entre la corriente y su orilla, una cajita de terciopelo hacía equilibrios para no caer al agua. Agarré la rejilla y tiré de ella con todas mis fuerzas, una y otra vez; pero no cedió lo más mínimo. Lo único que conseguí fue que la cajita cayese al agua y se alejase de mí navegando sobre la corriente con la misma clase y majestuosidad con la que el Johanna lo habría hecho por el mar.

Lancé gritos de rabia y dolor. Igual que los golpes del herrero forjan el arma, esos gritos forjaron mi alma y, al levantarme, lo hice con otro porte, con otra mirada. Había nacido una nueva persona. Me quité el chaquetón y lo lancé lejos de mí. Salí del callejón sin abrigo ni camiseta, con todos los tatuajes a la vista. La gente, escandalizada, me lanzó hirientes miradas cargadas de odio y repugnancia, a las que respondí con una sonrisa, pero no una sonrisa cualquiera, sino una cargada de orgullo. Los tatuajes formaban parte de mi vida y, por mucho que a esa gente le disgustasen, no iba a volver a renunciar a ellos. Por querer esconderlo perdí el diamante, pero gané una lección aún más valiosa: cada cual es como es, y jamás hay que avergonzarse de ello. ¡Al contrario! Uno tiene que sentirse orgulloso; y a quien no le parezca bien, ese es su maldito problema. El vagabundo al que conocí no iba a dejar de ser quien era para encajar en esa sociedad, tampoco lo iba a hacer yo. Por ello, para que no se me olvidase, lo anoté en mi diario personal, mi propia piel, en un lugar que estuviese bien visible para mí y para el resto del mundo: el dorso de mi mano.

La afilada aguja empezó a hacer su trabajo. El dolor del tatuaje, el dolor de la experiencia vivida, tinta y sangre mezcladas para dar vida a una persona que ya no volvería a ser la misma. Pinchazo a pinchazo dieron forma a mi nuevo tesoro, un diamante; y este, ya no podría escaparse nunca de mis manos.



Tras contar esta historia, el viejo marinero repasaba con el dedo el diamante como si lo estuviera dibujando por primera vez. Bastaba mirarle a los ojos en ese momento para darse cuenta de lo mucho que le gustaba ese tatuaje, fiel reflejo de la persona que él era: fuerte, brillante y con un orgullo desmedido de sí mismo y de su excepcional vida. Un auténtico superhéroe, y no como esos que llenan las páginas de los tebeos, pues cuando alguien llega a brillar como lo hizo él, no hay absolutamente nada que pueda herirle, del mismo modo que no existe en la naturaleza nada que pueda arañar la superficie del diamante, el mineral más duro del mundo, pero también el más preciado. Es por ello que no podía empezar a hablar del viejo marinero, de su vida y su viaje personal, sin contar la historia de ese tatuaje, que sin ser la primera ni la más apasionante, fue la que más veces me contó, seguramente por su afán de despertar en mí esa fuerza y ese orgullo que no dejaban que mi diamante brillara.

Me conocía al dedillo todas sus historias, cada una de sus palabras, sus expresiones, así como sus pausas escénicas, que repetía siempre en los mismos momentos, con tal teatralidad, que parecía haber estado ensayando horas ante el ovalado espejo del armario de su habitación. Qué extraño se me va a hacer oír esas mismas historias a través de mi voz ahora que, a sus ochenta y cinco años, decidió emprender ese último viaje al puerto más desconocido de todos.

Su infancia no fue nada fácil: estuvo marcada por la temprana desaparición de su padre, un apuesto marino murciano al que el mar se tragó. Su madre, obrera de una fábrica textil del barrio del Raval de Barcelona, tuvo que doblar turnos para poder sacar al niño adelante. Eran tiempos duros, la pobreza planeaba sobre la ciudad como aves de rapiña dispuestas a cobrarse una nueva víctima, y ser madre soltera complicaba aún más las cosas. A veces, un mendrugo de pan y un par de huevos fritos era cuanto tenía que ofrecer a su hijo. Viendo esa miseria y la tristeza en los cansados ojos de su madre, a los ocho años sin que nadie se lo pidiese se puso a trabajar en la fábrica. Como era pequeño y delgado, lo emplearon para que limpiase las chimeneas desde dentro. Sus pulmones se llenaron de cenizas, pero a diferencia de otros niños, que murieron o enfermaron, él siguió adelante, sabía que si caía también lo haría su madre. Era un trabajo que odiaba con todas sus fuerzas, así que cuando se le presentó la oportunidad de salir al mar, no se lo pensó dos veces y zarpó. Empezó de grumete en su amado Pistis Sofía, luego como segundo de a bordo en el monumental Coloso, siguió de «pirata» en el cazatesoros Sumerian y acabó cumpliendo su sueño de ser capitán de su propio barco, el Gerdien-Johanna.

El viejo marinero era a los tatuajes lo que los libros a las palabras: no se entiende el uno sin el otro. Veintitrés dibujos decoraban su cuerpo, testigos directos de los momentos clave en su vida que lo ayudaron a crecer y convertirse en ese carismático cuentacuentos. Y aunque a mí me encantaban sus tatuajes, jamás pensé en hacerme ninguno. Les tenía un profundo respeto. No por el dolor o el estigma social que me pudieran causar, sino porque, tal como él me decía, el tatuaje nace, no se hace, y en mi caso aún no había nacido ese momento especial por el cual el tatuaje actúa como sello de aquello que merece ser recordado.

Tuve la suerte de conocer las historias de todos sus tatuajes excepto la de uno: cinco números cinco que llevaba tatuados en su muñeca. Sabida era de todos aquellos que lo conocieron su devoción hacia ese número, que de un modo u otro siempre estuvo presente en los momentos más importantes de su vida. Fuera ese el motivo o no, jamás quiso contármelo, y cuando se lo preguntaba, me decía que un día lo sabría, que no quisiera correr, que todo tiene su momento, y que este aún no había llegado; era como si quisiera guardarse la mejor de sus historias para el final. ¡Y vaya si lo fue! Sería una más de las rocambolescas sorpresas a que me tenía acostumbrado.

El destino quiso que el viejo marinero fuese abuelo y que conociera a su nieto en la habitación 505 del hospital en el que trabajaba su única hija como contable. Circunstancia que favoreció mucho las cosas, pues cuando rompió aguas, tan solo tuvo que tomar el ascensor para bajar un par de plantas. No recuerdo nada de ese día, pero por lo que me han contado cientos de veces, al entrar en la habitación, el viejo marinero abrió la puerta gritando con su vozarrón de lobo de mar: «¡Vamos a ver a ese grumete!». Y, al verme tan pequeño y tan poca cosa, lo corrigió al instante: «Bueno… a ese grumetillo». Todo el mundo se echó a reír, incluso mi madre que todavía estaba recuperándose de los problemas que le di en el parto; por lo visto yo era uno de esos de los que no quieren salir, de los que están demasiado bien ahí dentro.

Como mi padre tenía que estar siempre fuera de casa intentando vender alguna de las colecciones de ropa de la que era representante y mi madre hacía más horas que un reloj en las oficinas del hospital, gran parte de mi educación recayó en las tatuadas manos de mi abuelo. Y resultó ser un gran acierto, pues a pesar de sus locuras y de su carácter indomable, se mostró siempre muy comprensivo conmigo y trató con el mismo respeto cualquier problema que me afectara, fuese uno serio o una chiquillada propia de un niño en su difícil camino a la madurez.

Recuerdo esa vez en mi segundo año de carrera en que iba yo de un lado a otro como alma en pena, tratando de librarme del sufrimiento que me producía estar enamorado de una de mis profesoras, una mujer diez años mayor que yo y que evidentemente no me hacía caso alguno. Cada vez que ella entraba en clase, perdía el mundo de vista. Embobado, seguía cada uno de sus movimientos. Pero ¿qué podía hacer este pobre estudiante? Era mayor que yo, y seguro que estaría casada, y no con uno cualquiera, sino con algún directivo de una multinacional. Y aunque era consciente de todo ello, y trataba de quitarme ese pensamiento de la cabeza, lo que conseguía con ello era metérmelo todavía más adentro.

Al ver que mi humor cambió y que estaba entrando en una peligrosa espiral obsesiva de la que me sería difícil salir, el viejo marinero vino a buscarme a mi cuarto. Se sentó sobre mi cama y encendió uno de sus cigarrillos Ducados. Se desabrochó su camisa dejando a la vista parte de sus tatuajes, y tras dar una honda calada que llenó de humo toda la habitación, empezó:

Capítulo 2

Primeros pasos

Tenía diecisiete años cuando recibí mi primer tatuaje: una golondrina en la parte derecha del pecho, mis primeras cinco mil millas navegadas. Me costó decidirme, pero Jake, mi compañero de camarote, a quien consideraba como un hermano, me convenció; decía que yo nunca sería un auténtico marinero sin tatuajes que acreditasen mis progresos en el mar. Acepté, pues lo que deseaba por encima de todo no era solo ser marinero, sino el mejor de todos. Jake, que tenía un maletín con material de tatuaje, remojó la aguja en tinta y, a modo de bautismo, la introdujo en mi piel. Mis gritos se oyeron en todo el Pistis Sofía. El dolor era tremendo. Jake empujaba a pulso la aguja que iba montada en un palito de madera, solo parando para cambiar dicho palo por otro armado con seis agujas Apreté los dientes a cada picadura hasta que al fin llegaron las liberadoras palabras.

—¡Ya tienes tu primer tatuaje! —exclamó Jake con su encantadora sonrisa—. El primero de una larga serie.

—No lo creo —contesté intentando sobreponerme a un terrible mareo, que fue a más al ver cómo mi compañero me limpiaba la sangre con el mismo trapo que utilizábamos para quitar la grasa de las herramientas.

—¿Y tú quieres ser marinero?

—¡A mí no me engañas más! —grité apartando el trapo de un manotazo—. ¡Vete a torturar a otro con tus tatuajes!

—Coño, pero qué blandito es mi Davy —dijo mientras me pellizcaba el moflete a modo de broma—. Si no eres capaz de soportar el dolor de un simple tatuaje, ¿cómo harás para aguantar el de los envites de la vida?

A punto estuve de responderle con un puñetazo, pero logré contenerme y me fui, no sin antes insultarlo a él y a toda su familia. Jake sabía perfectamente qué tecla pulsar en cada momento para hacerme saltar, y eso le divertía tanto que acabó por convertirse en su pasatiempo favorito. Él a mí también me tenía como un hermano, el pequeño en este caso, y me trataba como tal, para lo bueno y para lo malo. Una vez, en una de estas peleas entre hermanos, Matías tuvo que terciar para separarnos, pues lo que empezó siendo una de las habituales bromas de Jake acabó por convertirse en una encarnizada pelea en la que casi destrozamos el barco. Desconozco cómo lo hizo, pero lo cierto es que, sacando una fuerza más propia de un dios griego que la de un veterano marinero, Matías nos agarró a los dos por el pescuezo y nos lanzó por la borda. Y ahí nos tuvo, nadando detrás del Pistis Sofía durante más de dos horas, hasta que se nos pasó el enfado y nos dejó subir a bordo. Ya en cubierta no nos quedaban fuerzas ni para mantenernos en pie y, tumbados en el suelo, tuvimos que aguantar tanto las risas de John el irlandés como la bronca del capitán y su advertencia de que, la próxima vez que quisiéramos quemar energías, esa iba a ser la manera.

Jake me sacaba solo tres años, pero parecía mucho mayor que yo. Danés de nacimiento, su sangre vikinga se portó generosamente con él y le otorgó un físico envidiable: era alto, fuerte y muy bien parecido; pero eso a él le daba lo mismo e incluso disfrutaba afeando su aspecto. Se hacía cortes en los pómulos o se afeitaba a menudo los lados de la cabeza, dejándose una cresta que a todos nos parecía ridícula pero a él le encantaba; claro que la suerte que tuvo en el físico no corría pareja con su cerebro: estaba como una auténtica regadera. Lo llevaba todo al extremo, incluidos los tatuajes. No tenía en el cuerpo un solo hueco libre de tinta. Supersticioso como era y partidario del «vale más que sobre que no que falte», se llenó el cuerpo de todo tipo de símbolos e imágenes religiosas a modo de protección. Para él, sus tatuajes eran sus talismanes, y sus preferidos los de tradición marinera, como el gallo que llevaba en el pie izquierdo y el cerdo en el derecho. En ese caso no solo el tatuaje era importante, sino también su lugar: si no estaba donde le correspondía, la protección no tendría ningún efecto. Se creía que el marinero que lo llevase en los pies, en caso de naufragio se salvaría de morir ahogado, como sucedía a gallos y cerdos que, al viajar en cajas de madera, siempre salían a flote.

Limpié la sangre de mi tatuaje con el agua de lluvia que usábamos para ducharnos. La golondrina tenía muy buena pinta, no así mi pecho. Tras volver a maldecir a Jake y a mí mismo por haber caído en su trampa, salí a cubierta y me puse a fregarla de arriba abajo sin descanso.

—David, deja ya el fregoteo, que acabarás por agujerear el barco —ordenó Matías parándose a mi lado.

—Sí, capitán —contesté levantándome de un salto, estropajo en mano.

—No por fregar la cubierta ochenta veces vas a ser mejor marinero.

—Yo solo quiero…

—Ya sé lo que quieres —me interrumpió, y llevó su mano a mi hombro—, y valoro muchísimo tu actitud, pero ser un buen marinero es algo más que limpiar cubiertas.

Me acompañó hacia la barandilla, miró el mar e inspiró profundamente.

—Es sentirte parte de lo que ves, del cielo, del aire y especialmente del mar.

Sacó una botella de ron de uno de los amplísimos bolsillos de su chaquetón de la marina americana a la que sirvió de joven. Eso, junto a los tatuajes de los dos cañones cruzados y la descarada pin-up, era cuanto le quedaba de aquel tiempo al que jamás se refería. Levantó la botella a modo de brindis y dio un largo y sonoro trago. Se secó de la barba algunas de las gotas de ron que no encontraron el camino hacia la boca y me acercó el ron.

—Eh… no creo que ahora sea el momento… —negué nervioso, pues no me gustaba el alcohol y no quería que se diese cuenta.

—¡Vamos! —exclamó con firmeza—. ¡Es orden directa del capitán!

No tenía elección: un buen marinero no puede contradecir las órdenes de su superior. Tembloroso, di un sorbo y mi cuello ardió, provocándome un fortísimo ataque de tos. ¡Ese licor era puro fuego!

—Ron jamaicano, el más fuerte de todos —dijo entre risas—. Siempre que tengas un problema, te lo quitará de cuajo. Por cierto, ya me contó Jake que tienes tu primer tatuaje. El primero es siempre el más doloroso; los siguientes apenas los notarás, es más, ya verás cómo los disfrutarás.

Dio otro buen trago a la botella y, antes de irse hacia el puesto de mando, me arrebató el estropajo de mis manos.

—¡Y guarda esto por hoy, grumete! En tres horas llegamos a puerto, aprovecha para darte una buena ducha; te aseguro que la tripulación lo agradecerá mucho más que el tener una cubierta resplandeciente.

Olí mi camiseta y casi caigo por la borda. El capitán tenía razón; de hecho, siempre la tenía.

Llegamos a nuestro destino, Niza, la joya de la Costa Azul francesa, y nos afanamos en descargar los cincuenta sacos de café etíope que llevábamos como mercancía. El café, con el azúcar y las hojas de tabaco, eran nuestros envíos más recurrentes, aunque aceptábamos transportar cualquier tipo de producto siempre y cuando no fuera opio o armas. Iba en contra de los principios de Matías, y eso que recibía constantemente suculentas ofertas que le hubiesen hecho rico al instante. Tanta era esa insistencia, que se tatuó una pequeña ancla al lado del ojo para recordárselo a sí mismo cuando se miraba cada mañana en el espejo. Los principios, me decía, son como una buena ancla, te mantienen firme y centrado incluso en la peor de las tormentas. También yo, mucho tiempo después, acabaría por hacerme uno igual.

Descargados los sacos se nos pagó por el trabajo y el capitán repartió el dinero de la manera que teníamos establecida. John el irlandés, con su parte en el bolsillo y una bravucona sonrisa en la cara, se fue directo a alguna taberna de mala muerte. No sé si él amaba las peleas tanto como las peleas le amaban a él, pero el caso es que esa relación que empezó siendo muy jovencito, lejos de desgastarse con el tiempo, fue creciendo en pasión e intensidad. Sus estrellas roja y verde tatuadas a ambos lados del pecho daban fe de ello: solo los vencedores de peleas tabernarias en el extranjero tenían derecho a ellas. John, al ver que no tendría suficiente espacio en su cuerpo para tantas estrellas, decidió que a cada nueva victoria añadiría una pequeña línea a modo de brillo alrededor de las que ya tenía tatuadas. Los demás, a quienes no nos apasionaba tanto perder los dientes como a nuestro compañero, nos fuimos a pasear por esa bella ciudad de pasado italiano.

La brillante luz del Mediterráneo conseguía sacarle al mar su mejor azul, circunstancia que no pasó desapercibida para aristócratas y celebridades que decidían disfrutar de los veranos allí, alojados en alguno de los lujosos hoteles de la avenida Promenade des Anglais, cuya famosa cúpula rosada del Negresco Hotel se llevaba todas las miradas. Ese paisaje también atraía a otro tipo de personas menos pudientes: los artistas, quienes, con la gorra de lado, plantaban sus caballetes para plasmar en su lienzo un trocito de ese lugar de ensueño. Lujo y arte se daban la mano en ese paseo frente al mar; los ricos y ociosos veraneantes paseaban vestidos a la última moda, mientras por todos lados sonaban las jazzísticas notas del «Minor Swing» de Django Reinhardt tocadas por simpáticos músicos callejeros. Pero lo que más me maravilló de Niza no fue ni el azul de su mar, ni el lujo, ni mucho menos el jazz, sino sus mujeres. Todas eran hermosísimas, y cada vez que alguna de ellas pasaba por nuestro lado, tanto Jake como yo torcíamos el cuello hasta los límites humanamente posibles para seguir mirándolas.

—¡Qué chica! —solté asombrado.

—¡Y qué culo!— completó Jake—. Qué ganas tenía ya de volver.

—¿Y eso? —preguntó el capitán—. ¿Acaso te espera aquí alguna de tus conquistas?

—La más guapa.

—¡Vamos!— se echó a reír— ¡Pero si en cada puerto nos dices lo mismo!

—¿Sí? Bueno… pero esta de aquí os juro que las gana a todas —afirmó cruzando los dedos a modo de juramento—. No sé qué comen aquí, pero están todas de muerte, ¡justo como esta sirena que viene!

Una exuberante mujer, al que su ceñido vestido de tafetán dejaba muy poco para la imaginación, se aproximaba hacia nosotros.

—¡Qué pechos! —exclamó Jake mordiéndose el labio; solo había una cosa que le gustara más que sus tatuajes: las mujeres—. Si es que le metería todo mi timón y la guiaría hasta la estrella polar.

—¿Eso le harías, Jake? —preguntó Matías con una divertida mirada.

—¡Eso y mucho más, capitán! Además, me sería muy fácil. No deja de sonreírme. Y cuando una desconocida sonríe de ese modo, amigos míos, es que quiere guerra ¡y con el danés!

En eso sí llevaba razón: la mujer no solo nos miraba, sino que nos sonreía con descaro. Mi compañero se pasó la mano por la cresta y cuando se disponía a atacar, ella se adelantó. Se lanzó a los brazos, pero no de él sino de Matías, a quien acabó estampando un beso en la boca. Nos quedamos de piedra.

—Os presento a Sara, mi mujer —dijo el capitán mientras la enlazaba por la cintura.

—No sabía que… estuvieras… casado —tartamudeó Jake.

—Pues lo estoy —afirmó orgulloso—. Y ahora, ¿por qué no le dices lo que me estabas contando hace un momento de ella?

—¿En serio hablabais de mí? —soltó Sara, entusiasmada—. Quiero oírlo.

Al sinvergüenza de Jake no le salían las palabras.

—Venga, Don Juan, que no tenemos todo el día —le apremió Matías dándole un codazo en las costillas.

—Esto… le decía al capitán, tu marido… algo así como… que no hay flor en el mundo capaz de igualar tu belleza.

—¡Eso mismo! —corroboró Matías entre risas.

Fue la única vez que vi cómo el caradura de Jake se sonrojaba de pies a cabeza. Ni los tatuajes pudieron camuflar su estado.

—Es precioso —le agradeció Sara.

—Ya ves que mi Jake es todo un poeta.

El seudoliterato asintió con una sonrisa tan amplia como falsa.

—Grumetes, mañana a las doce os quiero en el barco ¡y puntuales! Esta vez no voy a esperaros como hice en Egipto; si no estáis, me largo yo solo con el irlandés.

Y tras lanzar esa seria advertencia, se fue con su mujer del brazo a uno de los bonitos cafés que había debajo de los hoteles.

—Se ha casado —murmuró Jake trastornado—. Nuestro capitán se ha casado… qué desgracia.

—¿Desgracia? A mí me parece guapísima.

—¿Pero no lo entiendes? —replicó alterándose todavía más—. Es terrible, cuando uno se casa, pasa de ser un poderoso tiburón a un enclenque boquerón.

También para él Matías era un referente, y el hecho de que estuviera casado le restaba muchos puntos. Pero lo peor no fue que el nivel de admiración hacia el capitán cayera en picado, sino que durante todo el paseo me martilleó los oídos con sus inaguantables teorías en contra del matrimonio.

—Por cierto, Davy, ¿tú tienes alguna princesita en este puerto? —me preguntó haciendo un inciso en su inacabable tesis doctoral.

—No.

—¡¿Cómo que no?! —gritó mientras se detenía en medio de la calle—. Pues debes buscarte una, ¡y ya mismo! Jamás serás un buen marinero sin mujeres que te esperen y que lloren luego, cuando zarpes.

Mi mirada cayó al suelo. Cada vez descubría más cosas que me alejaban de convertirme en ese auténtico y respetado marinero que tanto ansiaba ser.

—Mira, como me siento generoso hoy, te voy a dar un consejo que te va a servir para toda tu vida —prosiguió dándoselas de sabelotodo tras ponerse un cigarrillo en la boca —. Deja que las cosas fluyan, y verás cómo cuando menos te lo esperas salta la liebre… Bueno, el conejito.

—¡Jake! —gritó alguien por encima de nuestras cabezas.

Asomada a un diminuto balcón de un segundo piso estaba una muchacha de tez morena, melena rizada y con las venas del cuello a punto de estallar.

—¡Yo te mato! —añadió hinchando aún más sus venas, y se fue para dentro.

—Esa es mi chica —dijo el danés sin dejar de mirar el balcón que acababa de quedar vacío.

—Es un bellezón —alabé con estupor, pues todo lo que había contado acerca de ella era verdad—. ¿Cómo has hecho para conseguir una chica así?

—Amigo, para comerte a una sirena como esta, antes tienes que haberte comido muchísimos calamares.

Se oyó un portazo y luego un fuerte bofetón en la cara de Jake que mandó su cigarrillo a la otra punta de la calle; la chica aún conservaba sangre italiana en las venas.

—¡¡Me dijiste dos meses y han pasado dos años!!

—Los asuntos de la mar son del todo imprevisibles —dijo tratando de zafarse de los golpes que le iban cayendo—. ¿Cómo iba a saber…?

—¡Manda una carta!

—Cariño, en el mar hay buzos, no buzones —se justificó al tiempo que conseguía inmovilizarle los brazos—. ¿Qué querías, que te la enviara en una botella?

—¡Y yo qué sé! ¡Haber buscado la manera!

Al final, como todo acaba cayendo por su propio peso, la efervescencia bajó y terminaron dándose un largo beso. Pero no uno bonito y elegante como el del capitán y su mujer, sino uno bien cerdo. Cuando finalizaron, Jake le dio una palmada al trasero para que volviese a entrar en casa.

—Te dejo, Davy —dijo guiñándome un ojo—, tengo que manejar una buena barca.

Y entre gritos y forcejeos se fueron los dos hacia arriba. Estaba claro que tanto Matías como Jake aprovecharían muy bien su tiempo en ese puerto. Ahora era mi turno: si quería ser un verdadero marinero tenía que conseguir a mi chica. Anduve un buen rato por el Promenade des Anglais, pero la mayoría iban acompañadas y si había alguna que paseara sola, al momento aparecía su pareja a su encuentro. Lejos de desistir, me propuse hacer una pequeña pausa, comer algo y llenarme de energías.

Me dirigí a la parte vieja. Estaba seguro de que allí habría lugares mucho más baratos, pues no quería gastarme la paga en una sola comida, por muy buena que esta fuese. Aprovecharía además para explorar ese lugar cuyas casas e iglesias de estilo veneciano se conservaban en un muy buen estado, así como sus colores rojo pastel originales. Parecía como si las agujas del tiempo se hubiesen detenido en los albores del Renacimiento italiano. Entusiasmado, crucé rápidamente la carretera que me llevaba a las puertas de la antigua Niza ¡y cerca estuve de no poder contarlo! Un coche de carreras de los que iban a participar en el Gran Premio de automovilismo de la vecina Mónaco pasó a toda velocidad y me golpeó el brazo. Me quedé helado, no por el golpe, que fue nada, sino por el hecho de que, si hubiese cruzado tan solo dos segundos antes, me habría atropellado. La adrenalina empezó a correr por mis venas. Dos míseros segundos —y qué importantes eran— me salvaron de acabar bajo las ruedas de aquel bólido amarillo. Color que desde entonces se convirtió en mi favorito, a pesar de todo el parloteo que tuve que aguantar por parte de mi supersticioso compañero para que me lo quitase de la cabeza.

Me recuperé del golpe, tanto del físico, como del emocional, y me interné en la parte veneciana de Niza. Paseé alrededor de una alargada plaza que acogía un animado mercado de flores. La mayoría de los floristas tenían en sus manos una torta gruesa de color marrón oscuro que, a pesar de lo poco apetitoso de su aspecto, se la comían con deleite. Sentí curiosidad y le pregunté a uno de ellos por esas tortas. Sin dejar de comer, y con poca amabilidad de su parte, me contestó señalando a un lado de la plaza donde se concentraba un grupo de gente. Si lo quería saber debía descubrirlo por mí mismo, él no iba a perder ni un segundo de su tiempo en explicármelo. Sin darle las gracias, dejé su puesto de flores y me uní al gentío que hacía cola entre el espeso humo que salía de un puesto callejero.

A medida que iba avanzando, pude ver de qué se trataba, era una tortilla de harina de garbanzos que servían plegada haciendo un saquito. Socca la llamaban, y aunque no era nada del otro mundo, su sabor sí tenía algo de adictivo. Tras acabar mi trozo, me incorporé de nuevo a la cola en busca de otra porción y, más por aburrimiento que por otra cosa, inspeccioné a la gente que me precedía. Cuando llegué a la primera persona de la fila se me pasó el apetito de golpe: recibiendo su ración estaba una chica incluso más guapa que la de Jake. Tenía cara de ángel pero cuerpo de diablo, e iba sola.

Se me pasó el hambre de golpe. Olvidé la socca y la seguí. Solo tenía que acercarme y decirle algo, pero ¿qué? Además, ¿a qué podía aspirar un simple mortal como yo ante una diosa semejante? La mente me sugería que la olvidara y me fuese a buscar alguna más normal, pero mis pies no obedecían, iba detrás de ella como una polilla hacia la luz. Cuanto más la seguía, más ansioso me ponía. Subió una empinada callejuela en la que me ganó unos pasos y entró en un café de estilo modernista.

Me detuve ante la puerta. La simple idea de entrar y verme ante ella me producía un miedo terrible. Irracional y estúpido, pero un miedo en toda regla. Mis piernas empezaron a temblar, la respiración a acelerarse y el sudor a resbalar por la piel. No podía seguir así, no al menos allí, plantado frente la puerta como un espantapájaros. Agarré el pomo, y al tirar de él me sorprendió que me costara horrores abrir y más habida cuenta de que ella entró sin problema alguno. Una de dos: o debajo de su vestido la muchacha tenía unos músculos de hierro, o el miedo había atrofiado los míos.

El lugar era encantador. El suelo era de baldosas blancas y negras alternando como el tablero de ajedrez, sobre el cual me tocaría jugar esa partida en la que quedaba claro quién era la reina y quién un simple peón. La barra, cubierta por una capa de mármol, cruzaba la estancia de pared a pared, ante la cual, varias mesillas redondeadas acogían a los vecinos de ese barrio más humilde. En una de ellas, entre la ventana y un gran cartel en el que una sensual hada verde anunciaba la absenta parisina, estaba mi chica.

Presa de la excitación de haberla visto y de ser descubierto, me fui a esconder a la barra. Observaba sus movimientos, me tenía atrapado; la polilla atraída por la luz cayó presa en la telaraña. No podía aguardar más, tenía que ir allí y hablar con ella, pero antes…

—Ponme un ron —le pedí al camarero, que me miró con cara de sorpresa pues ese licor no era algo que se acostumbrara servir en ese café.

Sacó una botella del almacén y me sirvió un vaso. Lo bebí de un trago. La tos volvió, aunque no tan fuerte como antes en el barco. Dirigí de nuevo la mirada a la chica.

—Ponme otro —dije con voz ronca al camarero mientras señalaba el vaso vacío.

—¿A qué esperas? —soltó alguien a mi lado—. ¡Ve a por ella!

A mi derecha estaba un tipo de edad incierta cuyo aspecto daba algo de grima. Estaba tan delgado que parecía un esqueleto con piel y pelo. Si eso no fuera suficiente, le faltaba un trozo de oreja, y a su sonrisa unos cuantos dientes.

—Pero ¿qué le digo? —le contesté—. «Perdona, ¿sabes? Eres la puta mujer perfecta».

—Pues eso mismo.

—¡Cómo le voy a decir eso!

—Lo que importa es cómo se lo dices. Puedes decirle cualquier estupidez, que, si lo haces de la manera adecuada, querrá conocerte.

—Lo que tú digas —mascullé menospreciando su consejo—, pero he de buscar algo mejor para decirle.

—Cuanto más pienses, peor. Ve allá, dile eso o lo primero que se te ocurra. Tempus fugit, marinero.

Me acabé el ron de un trago. Miré a la chica con determinación, me levanté del taburete y… me volví a sentar.

—¡No puedo! —exclamé frustrado—. Es demasiado perfecta. Voy a ir allí y pensará que soy un tipo asqueroso que no se ha duchado en años.

Germain se echó a reír.

—¿Y desde cuándo le preocupa eso a un marinero?

Tenía razón, ese comportamiento no era propio de alguien acostumbrado a lidiar con la furia del mar. Hablar con la chica, por muy guapa que fuera, no iba a costarme la vida; no había motivo real para tener miedo. Era tiempo ya de comportarse como un auténtico marinero. Justo en ese momento, cuando la decisión ya estaba tomada, ella se incorporó, comprobó que no se dejaba nada en la mesa y se dirigió a la salida.

—Tu última oportunidad —me susurró Germain.

La chica pasó por mi lado acomodándose su pequeño bolso en el antebrazo. Era ahora o nunca; un «hola», un «perdona», un lo que fuera. Abrí la boca; las palabras no salieron. Ella siguió su camino sin darse cuenta siquiera de mi existencia y se esfumó igual de rápido que los sueños lo hacen al abrir los ojos.

—¡Soy un desgraciado! —exclamé dando un golpe en el mostrador.

—La desgracia te la labras tú solo, muchacho.

—Ponme otro ron —pedí con agresividad al camarero.

—Así no vas a conseguir nada —me recriminó Germain.

—¡Y quién coño eres tú para darme consejos!

Se arremangó la camisa y me mostró el tatuaje que llevaba: una calavera.

—¿Un pirata?—solté asustado.

—No —contestó con una carcajada tan violenta que casi manda al suelo los pocos dientes que le quedaban—. Me llamo Germain, soy escritor, y esta calavera no tiene nada que ver con la piratería, es el Memento mori. Lo usaban los religiosos en la Edad Media como recordatorio de lo corta que es la vida terrenal. Hoy estas aquí, pero mañana no lo sabes. Hay que aprovechar cada instante y, por supuesto, no dejar escapar las oportunidades.

Señaló entonces a un hombre de unos cincuenta años que, sentado a lo lejos, tomaba un triste vaso de leche. Se distraía retocando las alas de su viejo sombrero, a juego con unos zapatos tan gastados que, a su lado, mis botas parecían recién salidas de fábrica.

—¿Cuánto dinero dirías que tiene ese?

—Muy poco, la verdad.

—Pues es uno de los hombres más ricos de la ciudad.

—¡Qué! —grité alzando tanto la voz que me acabó oyendo todo el local menos aquel tipo, que seguía sumido en su mundo.

—Es Jean Louis y tiene una verdadera fortuna, pero no se gasta un céntimo por miedo a lo que le pueda pasar mañana. Y ahí lo tienes, bien entrado en la madurez sin disfrutar de su dinero. En su lugar, yo me dejaría de tonterías y me pediría el licor más caro; y además, invitaría a todo el mundo.

Levantó su taza de café a modo de brindis imaginario hacia todos esos clientes a los que él habría invitado, el tal Jean Louis incluido.

—Pobre hombre —siguió Germain—. Me recuerda a esa gente que se guarda la mejor botella de vino para una ocasión especial. ¡Qué estupidez! Ábrela hoy, estás vivo, ¿acaso hay una ocasión mejor?

Al decir eso me lanzó una mirada como si esperase una respuesta por mi parte que jamás llegó.

—Bueno, marinero —concluyó tras darle un último sorbo a la taza y dejarla sobre el mármol de la barra—. Me encantaría seguir conversando contigo, pero debo irme. Hay un asunto del que tengo que ocuparme y ya llego tarde.

Me dio un fuerte apretón de manos, y alargó un par de billetes al camarero para que se cobrara mi ron. Obviamente rechacé su ofrecimiento, pero no quiso atender a razones y se fue a toda prisa. Fuese pirata, escritor o viajero, no cabía duda de que había algo misterioso en su persona. Su penetrante mirada, su particular manera de gesticular al hablar, así como su acento, que no tenía nada de francés, me dejaron un buen rato pensativo. Desde luego, no era de Niza, pero ¿de dónde?

Me puse a recorrer las calles con el objetivo de conseguir una chica, y esta vez ya no hacía falta que fuese un monumento a la belleza; no me podía permitir el baldón de partir de ese puerto sin un beso de alguna de ellas. Cansado de dar vueltas sin éxito, me senté un momento en un banco de la plaza mayor y me quedé mirando la estatua del personaje que le prestaba su nombre, Giuseppe Garibaldi. Aventurero y militar a partes iguales, sus campañas se saldaban con victorias, siendo la unificación de Italia su mayor éxito y por lo que se le acabaría recordando. No era alto ni fuerte; pero a pesar de ser poca cosa, su porte infundía respeto y admiración. Unos orígenes muy humildes y un físico nada privilegiado no le frenaron en absoluto para salir a la conquista de sus sueños. Quizá también yo debería hacer como él, dejarme de tantas historias, pensar menos y actuar más.

La noche cayó y me encontró paseando de nuevo por el Promenade des Anglais. Un bullicioso grupo de jóvenes pasó por mi lado: los chicos iban con levita y pelo engominado; las chicas engalanadas con sus mejores joyas. Se dirigían al Palais de la Jetée, un casino flotante a cincuenta metros de la orilla que se asemejaba ligeramente al Taj Mahal indio, aunque hecho de hierro y cristal. Entre risas y comentarios jocosos —e impacientes por reventarse su dinero, que seguro sería mucho—, cruzaron la pasarela que les llevaría a ese majestuoso templo del juego.

Aunque no disponía de mucho contante en mis bolsillos, sí tenía lo suficiente como para jugar un par de partidas al blackjack. Me gustaba el juego y me tenía por buen jugador, así que me fui envalentonando y, presuroso, también yo crucé la pasarela. Adelanté a un hombre con un gracioso bigote tipo cepillo que llevaba del brazo a una preciosa pelirroja a la que doblaba en edad y estatura. Rico y con una mujer así del brazo, ¿qué más se podía pedir en la vida?

El sonido de la ruleta se mezclaba con los gritos de los apostantes. Las luces de las lámparas árabes que colgaban del techo empezaban a revelarme parte del exotismo oriental con el que estaba decorado su interior. Mis ojos brillaban de la emoción, ¡era mucho más grande y lujoso de lo que parecía desde fuera! Una mano frenó mi avance.

—Lo siento, pero es obligado vestir de etiqueta —dijo uno de los tres gorilas que vigilaban la puerta.

—¿En serio me lo dices? —contesté quitándome su mano de encima—. ¿No puedo entrar ni siquiera cinco minutos?

—Las normas son claras.

El señor del bigote entró sin ningún problema, y al hacerlo me dirigió una altiva mirada; la chica que iba con él fue más amable y, aunque en un primer momento me miró confundida, acabó dedicándome una fugaz sonrisa. A mis espaldas, los empujones de la gente ansiosa por jugar me echaron al fin para atrás.

Divagando por las ya oscuras calles de Niza me daba cuenta de que mi paso por ese puerto no iba a ser nada productivo. Por mucho que me dijera Germain, sin una buena apariencia no tenía absolutamente nada que hacer. Se me cerraban todas las puertas, y no solo las de los casinos. Las princesas buscan príncipes, no malolientes marineros de tres al cuarto. Pero, aunque era consciente de ello, no podía sacarme de la cabeza aquella chica. La deseaba, la quería tener en mis brazos.

—¿A dónde vas, marinero? —me interpeló una voz carrasposa.

Repasándome con la mirada estaba una prostituta entrada en carnes y años. Iba maquillada con tan mal gusto que parecía escapada de un circo. La ignoré por completo.

—¿Estás seguro de que no quieres pasar la noche conmigo? —insistió—. A estas horas ya no encontrarás a ninguna niña, y partir de un puerto sin haber estado con ninguna no es propio de un auténtico marinero.

Un ardiente sentimiento de rabia me embargó. Lo que me decía era cierto, ni conseguí ni conseguiría ya ninguna chica, a no ser que… Bueno, quizá Jake no andaba errado, y uno tenía que comerse muchos calamares antes de poder aspirar a una sirena. Pero, ¿realmente hacía falta empezar con ese gigantesco calamar sacado de las profundidades marinas? No era en absoluto un buen comienzo, pero había que empezar con algo; y quién sabe, puede que mi compañero también pasara por lo mismo antes de coleccionar tantas amantes como tatuajes. Decidido: iba a pensar menos y actuar más, me comportaría de una vez por todas como lo haría un verdadero marinero. Di media vuelta y fui en busca de la mujerona.

Media hora más tarde salía de un apestoso burdel, tan aturdido que apenas podía mantenerme en pie. No tanto por el olor a orines y colonia barata que desprendía la cama en la que nos acostamos sino por la experiencia vivida bajo sus sábanas, en la que, entre otras cosas, descubrí que a las prostitutas francesas les gustaba llevar tatuajes tanto como a los marineros. Tenía cinco corazones tatuados bajo los cuales lucían las iniciales de los que fueron sus amantes preferidos. Mis iniciales jamás figurarían en su piel. Vomité. Mi cuerpo quería quitarse de encima ese horrible momento; pero, por mucha bilis que echara, no conseguía arreglar nada. Quise irme de allí a toda prisa pero tropecé con mis propios pies y di de bruces en el suelo. Me levanté y las arcadas volvieron, con tal violencia que me hicieron perder el equilibrio de nuevo. Quise frenar la caída apoyándome en una farola, con tan mala suerte que, del impacto, el poste se torció y dejó caer uno de sus globos de cristal sobre mi cabeza mandándome de vuelta al suelo. Ahí me quedé, tendido entre vómito y cristales.

Un grito desgarró la tranquilidad de la noche. El miedo primero y luego la curiosidad me despejaron. No sabía qué sucedía, pero debía de ser algo grave, pues el ruido y el alboroto crecían por momentos. Me puse en pie, el dolor de cabeza era tremendo, pero decidí ir a echar una ojeada.

Un corrillo de gente se había formado en la entrada de la ciudad vieja. A codazos, conseguí hacerme un lugar y lo que vi me sobrecogió sobremanera. En el asfalto yacía un cuerpo inerte y a su lado, un coche de carreras con capó abollado. Dos segundos, solo dos segundos y se habría salvado. Sus ojos, abiertos pero carentes de vida, me miraban. El color azulado de su piel, la expresión de dolor del rostro y su extraña postura, como si de una marioneta sin hilos se tratase, me dejaron temblando. Pero había algo aún más terrorífico si cabe: ¡conocía a ese hombre!

Llegaron los gendarmes, y con el pretexto de que no había nada que ver, dispersaron a todo el mundo. La cortina de mirones se fue abriendo, y como me quedé quieto sin responder a sus requerimientos en francés, usaron el lenguaje universal, el de la fuerza: me asieron de la camiseta y me lanzaron lejos. En la distancia logré ver cómo un oficial le echaba una manta encima, cerrándole los ojos al mundo.

Mi cabeza empezó a dar vueltas como un tiovivo. Sentía una angustia terrible en el pecho que apenas me dejaba respirar y, sin saber muy bien cómo, me metí en una iglesia, lugar donde, con independencia de la fe que uno profese, se respira calma y sosiego; sensaciones que necesitaba recuperar con urgencia. Me senté en uno de los bancos, intentando pensar en otra cosa que no fuese la muerte. ¡Pero qué difícil me resultaba! Cerré los ojos y traté de buscar algo que alejase esa traumática imagen de mi cabeza, y entonces acudió ese enorme calamar para rescatarme de las profundidades. No se trataba de un pensamiento agradable, pero era lo bastante potente como para alejar ese terror que tanto me estaba privando del aire. Jamás hubiese pensado que la experiencia vivida con esa prostituta fuese a traerme nada positivo. La respiración recobró su ritmo natural, los temblores menguaron y mi mente pudo al fin relajarse. Dejé entonces que los ojos se adaptaran a la penumbra y, al hacerlo, vi cómo debajo de mis pies había una calavera grabada en piedra. Era una lápida. Y no era la única: el suelo estaba lleno de ellas. Volvió el ataque de pánico, y con muchísima más fuerza. Me levanté de un salto y salí de allí procurando no pisar ninguna de esas calaveras que me recordaban a cada paso que no importaba quién fuese ni el dinero que tuviese, la muerte me había echado el ojo y me acabaría encontrando.

Me cobijé en la playa esperando a que el sol se alzara y con ello se llevase la oscuridad del cielo y, con un poco de suerte, de mi alma. Me senté en la orilla. Estaba formada por piedrecillas y me pasé el resto de la noche contemplando cómo las olas, en su ir y venir, las movían de arriba abajo y de abajo arriba, creando con ello un sonido singular. Parecía como si el mar se estuviese riendo por esas cosquillas; ¿o era de mí de quien se estaba riendo?

Amaneció. Los comerciantes abrieron sus negocios, los artistas y los bañistas empezaron a ocupar los mejores sitios. Un nuevo día de verano daba comienzo, pero yo seguía en la noche. Continuaba sintiéndome mal y el aire todavía no acababa de encontrar el camino a mis pulmones. No sabía qué hacer ni dónde ir, así que cuando la playa estuvo atestada de gente y sus miradas puestas sobre mí en lugar de la cúpula del Negresco, decidí volver al café del día anterior; un lugar conocido, aunque carezca de encanto, siempre da una reconfortante sensación de seguridad. Abrí la puerta, que no me pareció nada pesada, y me senté en la barra.

—¿Oui, monsieur? —dijo uno de los camareros.

—Un ron.

—¿Tan temprano? —soltó Germain detrás de mí con una humeante taza de café en las manos.

—¿No te has enterado? —pregunté nervioso.

—¿Enterarme de qué?

—El tipo que estaba sentado aquí, el que era rico…

—Sí, Jean Louis. ¿Qué pasa con él?

—Está muerto —conseguí articular con voz trémula—. Lo atropellaron anoche.

A Germain la noticia pareció afectarle muy poco. Negó levemente con la cabeza, mojó los labios en su café y, al notar que aún estaba caliente, lo dejó para luego.

—¿Sabes lo que más pena me da, muchacho?

—¿Qué?

—Que murió sin haber vivido. Esa estúpida manía de guardarse todo el dinero, ¿para qué? ¿De qué le sirve ahora? ¿Acaso los billetes que tiene guardados bajo el colchón le van a devolver la vida? El dinero, como la vida, no vale nada si no se usa.

El escritor volvió de nuevo a su taza y esta vez sí la terminó. Al pasar el camarero por nuestro lado, le silbó y, una vez tuvo su atención, depositó en la barra unos billetes.

—Cóbrate de aquí mi café, el ron del chico y los dos más que se va a tomar.

—¿Dos más? —repetí confundido.

Germain me señaló la puerta a modo de respuesta. Estaba entrando la chica que me tenía enamorado. Esta vez no iba hacia su mesa al lado de la ventana, sino que venía a la barra. Mi corazón no estaba para más trotes, pero aun así tuvo que recibir un último varapalo. Ella pasó ante mí, tan cerca, que me rozó el brazo con su cabello y le estampó un beso en la mejilla del desdentado Germain.

—Tuviste tu oportunidad y sabes que la respeté —me aclaró cogiéndola de la mano—. Pero cuando salí de aquí fui a hablar con ella. Le dije un par de cosas y ya ves, acabamos juntos.

—Además fue muy divertido —intervino la joven con aire risueño—. Ni te imaginas lo primero que me dice Germain, nada más y nada menos que si era la puta mujer perfecta.

—¿Y acaso no es verdad? —apostilló él guiñándome un ojo.

—Pero mira que eres descarado —dijo ella dándole juguetonamente un golpe en el pecho.

Mi cara era un poema, y de los malos.

—Ha sido un placer conocerte —añadió el escritor—. Te deseo lo mejor, y estoy seguro de que la próxima vez que nos veamos ya te habrás convertido en un auténtico marinero.

Se puso la chaqueta sobre sus delgados hombros y se fue con la chica, la mujer más guapa de todo Niza. Esto me acabó impactando mucho más que el cadáver de Jean Louis. Tras los dos vasos de ron que me sirvió el camarero, más otros cuatro que cayeron por mi cuenta, me juré a mí mismo que jamás iba a volver a perder una oportunidad. En adelante dejaría atrás cualquier miedo y me lanzaría por todas. Pero para que ese juramento tuviera validez necesitaba su sello.

Subí a bordo del Pistis Sofía y lo primero que hice tras saludar al capitán y a John, que lucía otra muesca más en su estrella y un ojo morado tan brillante como su sonrisa, fue pedirle a Jake que me hiciera un tatuaje. Estirado en su camastro, me pidió que lo dejase para otro día, que agotado como se encontraba no se veía capaz de hacer un buen trabajo. Pero a mí eso me daba lo mismo, lo necesitaba ya. Sabía qué tatuaje quería y dónde lo quería. Como ocurría con sus talismanes, donde el lugar era tan importante como el dibujo, el mío iría en el brazo, allí donde me llevé el golpe del bólido que, por dos segundos, casi me cuesta la vida. Jake, ante mi insistencia, acabó por incorporarse. Resoplando, sacó aguja y tinta, y me tatuó. Esta vez casi ni me dolió pues conocido el dolor emocional, el dolor físico ya no me pareció ni la mitad de fuerte. Otro dibujo nació en mi piel: una calavera, mi memento mori.



El viejo marinero esperó unos segundos para crear cierta expectación y me mostró ese tatuaje que el paso del tiempo se había encargado de darle un toque aún más terrorífico, si cabe. Parecía que la calavera estuviese riendo, como si disfrutara siendo la protagonista de esta historia que me armó del valor necesario para afrontar esa situación que tanto sufrimiento me estaba causando.

Al día siguiente, me arriesgué. Esperé a que acabase la clase y, luchando contra todos mis temores, bajé las escaleras hacia la mesa de la profesora. No sabía qué le iba decir, pero tenía claro que no iba a dejar escapar esa oportunidad, no quería un tatuaje de una horrenda calavera que me lo recordase toda la vida. Ella me miró tras sus elegantes gafas de diseño italiano y me preguntó qué quería. Tartamudeando, la invité a salir a tomar algo conmigo. Me dio un par de palmaditas en la espalda y me dijo que me fuese a casa a hacer los deberes. El amor no era correspondido, pero ni quería tirarme por un puente, ni nada por el estilo; al contrario, me sentía bien, bueno, avergonzado como nunca en la vida, pero contento con la decisión que había tomado. Lo único de lo que me arrepentí fue de no haberlo hecho antes.

No tenía a la chica, de acuerdo; pero me había quitado un buen peso de encima. Era como si todo ese tiempo hubiera estado cargando con una abultada mochila y ese día la hubiese dejado abandonada en la clase de Microbiología, asignatura clave de la carrera de Medicina que estaba cursando y que detestaba con toda mi alma.

El viejo marinero me preguntó cómo me había ido y, al contarle lo sucedido, me dijo que cada acción tiene su reacción y que en ese caso no conseguí lo que quería, pero en cambio sí logré algo más importante: dar un gran salto para dejar de ser un grumete y convertirme en un auténtico marinero. Le contesté que, amante como era de la vida tranquila —y del espectacular sofá de cuatro plazas que teníamos en casa—, lo último que deseaba era surcar los mares y que eso, sintiéndolo mucho, me alejaba de ser marinero. Él, lejos de enfadarse, dibujó una sonrisa que distendió su barba cana. Me confesó que todo el mundo lo es, incluso yo, inmerso como estaba en mis libros, discos y películas. En el mar de la vida, todos acabamos recalando en los mismos puertos, creciendo como persona en cada uno de ellos. Aprendiendo de cada caída, pero aún más de cada vez que nos levantamos, tal y como sucedió esa vez en la playa.

Era medianoche y la abuela nos telefoneó diciendo que el abuelo no había vuelto a casa. El desaparecer así, sin avisar, no era su estilo, y eso, junto al hecho de que ya contaba con una edad avanzada, hizo que nos asustáramos. Salimos todos a buscarlo excepto mi abuela, que aunque quería patearse las calles, pues de energía iba sobrada, logramos convencerla para que se quedase en casa por si él volvía. Mi madre fue a preguntar al hospital, mientras mi padre y yo nos repartimos los lugares que sabíamos que él frecuentaba.

Llevaba más de dos horas buscándole cuando se me ocurrió ir a la playa. Me acerqué a la orilla. Estaba todo oscuro, apenas se veía el mar. No había nadie, y con razón, ¿quién en su sano juicio estaría contemplando el mar a las dos de la madrugada de un frío martes de febrero?

—Hola, grumetillo.

Allí, tumbado en la arena, estaba él.

—¿Estás bien? —dije poniéndome de rodillas a su lado.

—Mejor que nunca.

—Entonces, ¿qué haces en el suelo?

—Túmbate conmigo.

—¡Déjate de juegos ahora! Tienes a toda la familia preocupada.

—Hazme caso.

—Abuelo, vamos a casa.

—¡Después! —dijo tajante.

—¿Después de qué?

—Después de que te tumbes a mi lado.

Ya estábamos otra vez. Cuando se ponía cabezota, uno tenía que armarse de paciencia y hacer lo que él pedía. Me tumbé y comprendí el motivo al momento: encima de nuestras cabezas se veían miles de estrellas que brillaban con todo su esplendor. La Luna, al encontrarse en fase menguante, cedió esa noche todo el protagonismo a las estrellas que no dejaron pasar esa ocasión.

—Es increíble —exclamé atónito.

—¿Sabes lo que es increíble? Que lo tenías sobre ti todo el tiempo y no te habías dado cuenta.

—Te estaba buscando…

—¿Te das cuenta? Nos pasamos la vida buscando y buscando ¡y no nos damos cuenta de que lo mejor lo tenemos justo delante! Pero no te culpo, a mí me pasó exactamente lo mismo; estaba paseando por la playa sumido en mis pensamientos, cuando me falló la rodilla y caí al suelo. Pensé: «Maldita suerte la mía, me habré roto algo». Pero al girarme y encontrarme con eso, me di cuenta de lo afortunado que había sido por caerme. ¿Y sabes qué?

—No lo sé… pero me da la sensación de que eso tiene toda la pinta de ser la introducción a una de tus historias.

—Cuánto me conoces —comentó con una de sus entrañables sonrisas.

Y con las relucientes estrellas como telón de fondo, sus palabras empezaron a tomar forma.

Capítulo 3

Johanna

Contaba veinte años cuando tuve por primera vez en mis manos un mango mexicano. Acostumbrado a las frutas del Mediterráneo, el exotismo de esta de color amarillo me tenía fascinado, y más teniendo en cuenta que ahí no había solo una, ¡sino más de mil!

Estábamos transportando ese cargamento desde el puerto de Veracruz al de Nueva Orleans, donde nuestro cliente, un importante comerciante de origen libanés, quería introducir el mango en el mercado norteamericano tras el éxito conseguido con el plátano. Para él, era la ocasión perfecta de hacer crecer aún más su empresa frutera, y para nosotros, el trabajo soñado: tres días de viaje que nos reportarían muchísimo dinero, pues nos pagaban por pieza y a precio de oro. Matías vio allí su gran oportunidad y compró la máxima cantidad de mangos que le permitieron sus ahorros. Una vez a bordo, nos tocó a Jake y a mí cargar las cajas y apilarlas al fondo de la bodega.

Cuando lo tuvimos todo listo, no pude evitar sacar un mango de la caja. ¿Cuál debería ser su sabor?, ¿ácido como el limón?, ¿amargo como el pomelo? No tenía ni la menor idea, pero lo que sí sabía era que, fuera el sabor que fuese, tenía que ser delicioso; si no, ¿por qué iban a pagarnos tanto dinero por ellos? Cuanto más los miraba, más curiosidad me entraba. Entonces, recordé lo que el capitán siempre decía: que es mejor arriesgarse, probar una cosa por uno mismo antes que romperse la cabeza imaginando cómo sería tal experiencia. Le hice caso, me lo llevé a la boca, pero antes de que pudiera pegarle un buen bocado, desapareció de mis manos.

—¡Ni se te ocurra! —me advirtió Jake con mi mango en su poder.

—No vendrá de un mango.

—Davy, no nos podemos permitir perder ni uno —replicó tajante mientras lo colocaba de nuevo en la caja—. Solo con este envío vamos a ganar más dinero que en todo un año, y… podré cumplir mi sueño.

—¿Pero tú tienes un sueño? —pregunté sorprendido—. ¿Y cómo es que no me hablaste nunca de ello?

—¡Pero qué pregunta más estúpida! Los sueños hay que mantenerlos en secreto; si no, no se cumplen.

—¿Hasta en eso tienes que ser supersticioso? —exclamé llevándome las manos a la cabeza—. Va, dime qué es, ¿tú también quieres ser capitán?

Jake soltó una de sus peculiares risotadas en las que abría tanto la boca que podría caberle sin problemas un mango entero.

—Está bien, te lo voy a contar. —Se acercó, y con voz muy baja, me lo confesó—: Quiero irme a vivir a una pequeña isla de la Polinesia que está llena de chicas, y que además, corretean medio desnudas por la playa.

—¿Y… puedo ir contigo? —le propuse mientras se me escapaba a mi también una sonrisita que delataba claramente mis intenciones; pasear por una playa de aguas turquesa rodeado de chicas con los pechos al aire se ajustaba bastante a lo que entonces creía yo que sería la felicidad.

—¡Por supuesto que sí, Davy! —contestó echándose a reír al ver la expresión de mi rostro.

Cada vez que nos cruzábamos en cubierta, en la cocina o en cualquier otro lado del Pistis Sofía, nos dedicábamos una sonrisa que se iba agrandando a medida que nos acercábamos a destino. Nuestra nueva vida en el paraíso estaba a punto de empezar.

Vencidos por ese optimismo que se respiraba a bordo, decidimos montar por la noche una pequeña fiesta en cubierta. Nos sentamos todos sobre cajones de madera y empezamos a brindar por nuestra inminente fortuna y esta vez con tequila, excepto John que quiso su ron. ¡Vaya un sibarita estaba hecho el irlandés! Tras apartarse su botella de añejo ron cubano, sacó su guitarra, cuyas cuerdas, oxidadas, doblaban su grosor original, y empezó a tocar. A pesar del terrible estado del instrumento consiguió sacar de él música, y muy buena; poco me podía imaginar que ese bravucón lobo de mar de pocas y malsonantes palabras fuera capaz de hablar con tanta belleza a través de su guitarra.

Después de escuchar unas cuantas canciones irlandesas, acabamos todos entonando las tradicionales salomas marineras. Drunken sailor la cantamos como treinta veces y cada vez que por lo que fuere nos quedábamos en silencio, bebiendo o tomando una bocanada de aire, Jake arrancaba con la primera estrofa y, claro, seguíamos todos al unísono con el resto: «Way hay and up she raises! Way hay and up she raises! Way hay and up she raises! Early in the morning!». Los cantos se mezclaron con las risas; la brisa, con el sudor de la embriaguez; y los golpes de pie que dábamos contra el suelo, con tímidas gotas de lluvia que, sin invitación, decidieron apuntarse a la fiesta.

Fue tanta la cantidad de tequila que tomé ese día, que era incapaz de distinguir el mar del cielo; solo veía un gran manto negro que nos cubría y no sabía si esas lucecitas que ahí veía eran las estrellas o bien su reflejo sobre unas olas, que al ritmo de la lluvia, crecían en altura. El barco zozobró. Nos lo tomamos a guasa, y más aún cuando una de estas olas rompió con violencia a babor lanzándonos a todos contra el suelo. Las risas fueron tan fuertes que eclipsaron el sonido del goteo de la lluvia que estaba empezando a virar en tormenta. El alcohol se había llevado todo raciocinio; incluso Matías, nuestro sensato capitán, tenía que hacer grandes esfuerzos para respirar entre carcajada y carcajada. De repente, un relámpago iluminó la noche y tras el estruendo…

—¡Fuego! —gritó alguien— ¡Fuego a bordo!

El palo mayor y la entrada que daba a la cocina estaban ardiendo. Nos dispusimos a apagar las llamas, pero pronto nos dimos cuenta de que mantenerse en pie iba a ser una tarea igual de complicada que mantener el fuego a raya, si no más. Las embestidas de las olas contra el barco eran terribles, pero más terrible aún era la borrachera que llevábamos encima. Las llamas crecían y se abrían paso hacia nosotros cubriendo el Pistis Sofía con una asfixiante nube de polvo y ceniza. Cada segundo era de vital importancia, pues el fuego jamás da tregua; no hace juicios morales y devora todo lo que se pone en su camino, tanto lo bueno como lo malo.

Atamos cuerdas en cubos. Jake y yo nos encargamos de tirarlos al mar y llenarlos de agua; una vez arriba, se los dábamos a Matías y John, que corrían a lanzarlos sobre las llamas. En más de una ocasión los vaivenes del barco nos hicieron resbalar y echar el agua por el suelo, complicando aún más esa batalla que tomaba tintes épicos bajo una tormenta cuyos relámpagos seguían cayendo y a muy pocos metros de la nave.

—¡Vamos, David! —gritó Matías— ¡Ya casi lo tenemos!

Mis venas estaban a punto de explotar, el dolor era inaguantable, pero después de pegar un desgarrador grito nacido de lo más profundo de mis entrañas, conseguí llenar otra serie de cubos. Era increíble ver cómo el cuerpo reaccionaba ante esas situaciones extremas, sacando una fuerza y una resistencia que jamás hubiese creído que tenía.

La frecuencia con la que iban y venían mis compañeros a por los cubos disminuyó. Tenían la situación controlada. El fuego acabó por extinguirse y, salvado ese duro contratiempo, nos dejamos caer sobre la cubierta del barco vencidos por el cansancio. La lluvia caía sobre nuestros cuerpos. Pero lejos de limpiar nuestro sudor, lo que hizo fue abrirnos cortes en la piel. ¡Esas gotas eran como flechas de vidrio! El suelo se tiñó de sangre. Atónito, dirigí la mirada a mis compañeros: el color rojo había sustituido el blanco de sus camisetas. Ellos, al igual que yo, no daban crédito a lo que estaba sucediendo y miraban sus cortes en la piel desconcertados. ¿Serían los efectos del tequila? Fuera lo que fuese, lo que sí era real era el dolor que nos producía cada una de esas afiladas gotas. ¡Qué castigo más implacable nos estaba cayendo del cielo! A quien mandase allí arriba, no le debió de gustar un pelo que estuviésemos celebrando algo que aún no habíamos conseguido.

Nos pusimos de pie, y tratando de protegernos la cabeza con las manos buscamos rápidamente cobijo en nuestros camarotes. Las paredes estaban aun impregnadas del humo del fuego que acabábamos de extinguir, lo que nos produjo a todos un terrible ataque de tos; a buen seguro, este acabaría con nuestros maltrechos pulmones de fumadores si no salíamos, pero el aire fresco de fuera había que pagarlo ¡y con sangre! El barco dio un fuerte bandazo que casi lo hace volcar. Ahí sí que nos asustamos de verdad y nos dimos cuenta de que no podíamos dejarlo a la deriva: teníamos que empuñar el timón y mantener la nave a flote.

Salimos de los camarotes y afrontamos esa lucha contra los elementos como los auténticos marineros que éramos. Matías saltó a los lomos de un Pistis Sofía que iba como caballo desbocado para domesticarlo, pero el barco no respondía, el timón se había trabado. John, el primero en darse cuenta, subió a agarrar también el timón y al ver que juntos tampoco podían, nos gritó a Jake y a mí para que nos uniéramos al grupo. Éramos cuatro personas, pero ni así fuimos capaces de doblegar el maldito timón y hacerlo ceder a nuestros deseos. Entonces, un halo de luz atravesó los negros nubarrones: la luz de un faro. Estábamos muy cerca de tierra y de la salvación, solo teníamos que conseguir llevar el barco en esa dirección. No fue preciso intercambiar ninguna palabra entre nosotros, tiramos todos del timón hacia estribor. Los gritos de dolor ganaron a los de los truenos. Ni el cansancio, ni la sangrienta lluvia que no dejaba de azotarnos iban a echarnos para atrás. Tiramos una y otra vez, hasta que el timón cedió y pudimos orientar la nave hacia el faro. Habíamos ganado el control, pero el barco avanzaba a una velocidad endiablada, si seguíamos a ese ritmo íbamos a estrellarnos contra el puerto.

El faro se hacía cada vez más grande en el horizonte. El capitán, asustado, se aprestó a echar el ancla para tratar de disminuir la velocidad y, entonces, el barco se detuvo violentamente mandándonos a todos al suelo, menos a John que seguía bien agarrado al timón. Nos miramos y por el brillo que vi en los ojos de mis compañeros comprendí que acabábamos de salir de una peripecia que fácilmente podría habernos costado la vida. La lluvia amainó, el mar se replegó y ahora sí, caímos dormidos en cubierta. Después de la tempestad llega la calma. Sí, cierto, pero a veces esa calma es más efímera que una botella de licor en manos de Matías.

Al despertar me sorprendió encontrarme en la cama de mi camarote. Llevaba puesta mi camiseta, llena de agujeros y manchas de sangre. Iba a cambiármela, pero antes quise salir a cubierta a buscar a mis compañeros. Al primero que encontré fue a John el irlandés, sentado en el suelo y con su espalda apoyada en el palo mayor que de mitad para arriba había perdido su grosor y cambiado su bonito color marrón por un negro ceniza.

—¿Ya estás mejor? —me preguntó sin dirigirme apenas la mirada.

—Sí. Creo que sí.

—Llevas durmiendo dos malditos y sangrientos días.

—¡Qué dices!

John asintió, y aprovechó ese movimiento de cabeza para soltar un escupitajo que tras dibujar una parábola en el aire acabó fundiéndose con el mar.

—Bueno… supongo que mi cuerpo no está preparado para tanta guerra —contesté algo avergonzado—. ¡Pero conseguimos salvar el barco!

—Salvamos el maldito barco pero no sirvió para nada.

—¿Cómo que no?

—Tenemos que quedarnos aquí al menos una semana para reparar el palo mayor y las velas. —Apretó fuertemente los dientes y siguió—: No vamos a poder entregar el maldito cargamento.

Es curioso que, cuando te dan una mala noticia, la primera reacción que se tiene es la de no creer lo que te están contando. Salí directo hacia la cocina con la esperanza de encontrarme con Matías y que me dijera que aquel cuento del irlandés era mentira. Pero en vez de dar con el capitán allí estaba Jake, y obtuve al momento la respuesta que buscaba sin necesidad de preguntarle: estaba comiéndose un mango.

—Entonces… —solté con voz temblorosa—. Lo que me acaba de contar John es verdad.

—Sí, Davy —dijo mientras me ofrecía un trozo del mango que estaba cortando con su cuchillo, el mismo que usaba para afeitarse la cabeza—. ¿Quieres probar?

—¿Y qué se supone que va a pasar ahora? —dije rechazando ese trozo, que acabó al instante en la boca de Jake.

—Pues que tenemos ciento veinticuatro cajas llenas de mangos para comernos, eso pasa.

—¿Me estás diciendo que… no hay manera de… cumplir con el envío?

—No —respondió entre mordiscos—; la fruta no va a aguantar tanto tiempo.

—¿Y nuestra isla?

—Tendrá que esperar.

—¡No! —grité, al mismo tiempo que apaciguaba mi rabia dando un puñetazo contra la pared de la cocina.

—Davy, estas cosas pasan a menudo. Cuanto antes nos hagamos a la idea, mejor. Además, míralo por el lado bueno: ¿no querías comerte un mango? Ahora tienes todos los que quieras.

—¿Sí? Pues ya te los puedes meter todos por el culo.

Me fui de allí airado. Pero Jake, en lugar de enojarse y correr a buscarme para empezar una de nuestras habituales peleas, se quedó allí, sentadito en su taburete comiendo mangos sin parar, uno detrás de otro.

Busqué al capitán por todos lados, pero no aparecía. Me propuse bajar a puerto, y cuando iba a saltar me di cuenta de por qué esa noche el barco frenó de golpe. El puerto era de bajo calado, con lo que el Pistis Sofía acabó clavando la quilla en el fondo del mar y quedó varado a unos veinte metros del muelle. Todos los otros barcos que había atracados estaban a una distancia parecida y eran unos pequeños botes de remos los que cubrían el trayecto al puerto. Llamé a uno de esos muchachos, y tras el pago de media docena de cigarrillos, pues no tenía ninguna moneda en los bolsillos, me dejó en el muelle. El capitán estaba sentado sobre un banco de piedra sin su habitual gorra, con el pelo alborotado y amorrado a una botella de tequila

—Buenos días, grumete —soltó al verme, y le pareció una ocasión inmejorable para tomar un nuevo trago.

—Me contaron lo del cargamento —comenté con pesar.

—¡Bah! No le des más vueltas —dijo intentando quitarle hierro al asunto, aunque su tristeza era más que evidente—. De todos modos, grumete, no hay que olvidar lo más importante: conservamos la vida. El barco, necesita unos arreglos, arreglos bastante importantes por cierto; pero, una vez solucionados, volveremos a ser los reyes del océano.

Consiguió sacarme una sonrisa. Él ni se inmutó, siguió sin mudar su porte serio y sombrío. Aunque uno esté acostumbrado a esos vaivenes de la vida, no por ello dejan de ser menos dolorosos.

—Lo que me revienta enormemente —añadió elevando el tono de voz— es que no podré pagaros vuestros honorarios. Todo lo que tenía lo gasté en esos condenados mangos.

—¡Para mí no es problema, capitán! —exclamé al momento— Esperaré lo que haga falta. Es más, voy a ayudarte a recuperar todo el dinero perdido.

Matías me dirigió una larga mirada en silencio, que conociéndolo, sabía que era su manera de expresar agradecimiento sin tener que usar la palabra «gracias». Entre tantas virtudes que atesoraba el capitán, también se le colaba algún defectillo, pues le costaba horrores pronunciar esa palabra. Creía que hacerlo, no solo lo ponía en una situación de inferioridad, sino que le daba la sensación de quedar en deuda con la otra persona.

—¿Sabes? Tienes mucha energía ahí dentro —dijo al fin, rompiendo ese silencio— Sin ti no hubiésemos podido mover ese timón.

El capitán quiso tomar un nuevo trago, pero a la botella ya no le quedaba líquido.

—¡¡Maldición!! —gritó, con tal desespero, que cualquiera que pasara por ahí hubiese creído que le entristecía más no tener tequila que haber perdido su dinero—. ¿Puedes hacerme un favor? Ve a la tienda que hay en la plaza y tráeme otra botella.

Del bolsillo de su chaquetón sacó un par de billetes, sus últimos billetes. No se los acepté. Lo menos que podía hacer era invitarle a un trago, sobre todo teniendo en cuenta que ahora mis ahorros eran una fortuna comparado con lo que a él le quedaba.

Siguiendo por el muelle entré por un arco de piedra de piedra, que casi se caía de lo antigua y desgastada, a la mexicana ciudad amurallada de Campeche. Al parecer, su localización al norte de la península de Yucatán, muy cerca del mar Caribe, así como su fama como puerto exportador de palo de tinte, hicieron de ella una golosina demasiado tentadora para piratas, filibusteros y demás bandidos del mar. Los ataques fueron tan frecuentes que los gobernadores de la época se vieron obligados a protegerla, construyendo una reforzada muralla circular de la que ya solo se conservaban en estado aceptable los baluartes, de donde los cañones asomaban orgullosos sus abolladas cabezas.

Dentro de las murallas el pasado colonial estaba muy vivo en sus amplias calles. Las casas, cuadradas, de no más de un piso de altura, tenían la peculiaridad de estar pintadas de un solo color y distinto del vecino. Había casas rojas, azules, verdes, púrpura, naranja o amarillas, no faltaba ni un solo color del arcoíris. Sus habitantes en cambio, eran algo más sobrios al vestir. Pantalones oscuros y camisa clara para los hombres, en tanto que las mujeres, con su tradicional huipil blanco, le ponían un punto de color con sus flores estampadas. Mi atuendo desentonaba con esa moda mexicana, y más con mi camiseta, llena de cortes y goterones de sangre. Hasta entonces no había sido consciente de mi deplorable aspecto; solo al compararme con los demás me preocupé por estas cosas, y ya estaba más pendiente de comprar ropa nueva que de lo que realmente importaba: conseguir esa botella para el capitán.

La torre de la catedral se alzaba por encima de las casas lo que me ayudó para acabar de orientarme. La plaza principal de Campeche era mucho mayor de lo que pensaba. Agrupaba a su alrededor, formando un recinto rectangular, a los edificios más importantes de la ciudad y que compartían una misma planta baja con una larga e impresionante colección de arcos que acogía tiendas de todo tipo. De una de ellas vi salir a un par de mujeres con sus cestos llenos. Supuse que aquel sería el lugar del que me habló el capitán; entré y por poco no caigo al suelo del golpe que me llevé. Su dependienta me robó el corazón —y ya no me lo iba a devolver—. Era diferente a las chicas de esa ciudad: solo compartía con ellas la misma piel morena, pues por todo lo demás parecía de fuera; su cabello era trigueño y ligeramente ondulado; por no hablar de sus ojos, de un verde difícilmente descriptible cuyo brillo eclipsaba todo lo demás, incluso el collar de pequeñas perlas con el que decoraba su cuello.

—¿En qué puedo ayudarte? —me preguntó con su suave y melodiosa voz, que lo que hizo fue liberarme del influjo de sus ojos para caer en una celda, cuyos barrotes, dos finos trazos rosados, pintaban la obra de arte más bella que jamás había visto: su sonrisa.

La sangre corría como mar embravecido por mis venas. Todo mi cuerpo estaba temblando; y cuando digo todo, quiero decir absolutamente todo, desde las puntas del pelo hasta la uñas de los pies.

—¿Hola? —insistió ella—. ¿Hablas mi idioma?

—Sí… —balbuceé, luchando contra mis nervios, mucho más punzantes que aquella extraña lluvia que llenó de cortes nuestra piel—. Estoy buscando una botella de tequila. ¡Eso es! Una botella de tequila. Pero oye, no pienses que es para mí. ¡No! Es para mi capitán, yo no soy alcohólico. Es más, nunca bebo. ¡Bueno, sí! Sí bebo. Cada día, y los licores más fuertes del mundo; soy un marinero, un tipo duro ¿sabes? Pero bueno… esta botella es para mi capitán, sí, para mi capitán.

Y ahí, delante de la mujer más hermosa del mundo, estaba el hombre más estúpido del universo.

—¿Esta te va bien, marinero? —dijo mientras me mostraba la botella más cara de tequila que tenía.

—¡Sí! Esa es perfecta —dije sin discutirle el desorbitado precio.

Cogí el tequila, le dejé el dinero sobre el mostrador y, como si tuviese delante a una bestia salvaje, salí de allí a toda prisa.

Ya en la calle, me di cuenta de lo bobo que había sido. No me podía permitir perder otra oportunidad de conocer a una chica como esa, y mucho menos después de lo aprendido en Niza. Había mucho que ganar y poco que perder. ¡De hecho, no había absolutamente nada que perder! Si la invitaba a salir y aceptaba, ganaría una fantástica cita; y si no, bueno, habría ganado la experiencia de haberlo intentado. ¿Por qué tanto miedo, pues? Sí, decidido, esta vez iba a comportarme como un marinero de verdad. Di media vuelta y entré de nuevo en la tienda.

—¿Te has dejado algo? —me preguntó ella regalándome otra de sus letales sonrisas.

—No. Es solo que quería decirte que…

—¿Qué?

—Que, vaya, que me gustaría…

—Sí, dime.

—Que me dieses uno de esos sacos de azúcar que he visto que tienes ahí detrás.

La muchacha se giró y se encontró ante sí con unos enormes sacos de azúcar de cincuenta kilos cada uno.

—¿Estás seguro? —dijo sorprendida—. ¿No será mucho peso para ti?

—¡Para nada! Puedo con él, soy marinero y…

—Sí, ya sé. Me lo contaste —cortó dejando escapar una tímida risa que le hizo marcar aún más sus hoyuelos.

—¡Pues eso! Puedo con este saco y muchos más.

Lo agarré y ¡cómo pesaba el condenado! Lo levanté y mi espalda lanzó tal crujido que debieron de oírlo hasta en el Pistis Sofía. El saco cayó al suelo.

—¿Te ayudo? —dijo ella detrás de mí.

—¡No! —contesté intentando disimular mi gesto desencajado por el dolor.

Cogí aire, levanté otra vez el saco y, tras chocar contra una estantería, conseguí cargármelo al hombro. Realmente, la chica tenía razón, el peso era mucho para mí, pero resoplando y dando pasos cortos conseguí salir de la tienda con el azúcar a cuestas. La sangre quemaba mis mejillas, no sabía si debido al brutal esfuerzo que estaba haciendo o por la vergonzosa escena que acababa de protagonizar.

—¡Marinero! —gritó ella.

No podía creerlo, ese ángel estaba viniendo hacia mí. El cielo me daba otra oportunidad. Cuando me atrapó, me miró y me dijo:

—Te dejaste el tequila.

¡Qué despiste! Lo había olvidado por completo. Ella me iba a ahorrar tener que volver a la tienda, pues llevaba la botella consigo. Al querer dármela, nos encontramos con el problema de que no tenía manos libres para cogerla. Balbuceé algo sin sentido, y al ver ella que yo no acababa de reaccionar del todo, tomó la iniciativa y me puso la botella debajo del brazo.

—Espero que no la pierdas —comentó acomodándose uno de sus dorados mechones detrás de la oreja.

—No. Seguro que no.

Fue lo único que logré decir. Seguí mi camino hacia el puerto haciendo malabares para que no se me cayesen ni el saco ni la botella. Fueron cuarenta minutos muy duros pero, al final, conseguí mi objetivo: darle la botella al capitán y librarme de ese saco de azúcar. Lo dejé a la entrada de la cocina ante la atenta y pasmada mirada de Jake que aún seguía comiendo mangos.

—¿Pero se puede saber dónde vas con eso?

—No preguntes —dije apoyándome en la pared para recuperar fuerzas.

—¿Que no pregunte? Vamos a ver: si vienes con un saco de azúcar tan grande como el culo de un cachalote sin que nadie te lo haya pedido, es normal que te pregunte, ¿no crees?

—Lo tenían de oferta, ¿vale? —contesté, notando cómo se me enrojecían las mejillas.

—Y si resulta que están de oferta las bragas de encaje, ¿también te las vas comprar?

—¡Pues puede que sí! —grité enrabietado.

—Davy, ¿a ti qué coño te pasa?

—Perdona, Jake —dije tratando de calmarme—. Mira, que sí, que tienes toda la razón. Lo voy a devolver ¡y ahora mismo!

Me marché con tal cabreo encima que dejé el saco ahí olvidado. Jake no salía de su asombro y, después de negar con la cabeza unas cuantas veces, decidió continuar con lo suyo: pelar y comer mangos. Supersticioso como él era, creía que no había nada que trajese peor suerte que el tirar comida. Por nada del mundo iba a permitir que eso sucediese, y aunque sabía que por mucho que comiera jamás llegaría a terminarse ni un uno por ciento de toda la fruta, no desistió y siguió firme con su propósito, comiendo mangos durante más de media hora, hasta que un extraño ruido lo detuvo: alguien acababa de irrumpir en la cocina.

—¡¡Pero Davy!! —exclamó Jake al ver que aparecía yo con otro saco de azúcar cargado a mi espalda.

—No preguntes —murmuré.

—No preguntes, no preguntes… —rezongó—. ¡Pero qué quieres que haga con tantísimo azúcar!

—¡Y yo qué sé! —contesté descargando esos nuevos cincuenta kilos de azúcar—. Haz mermelada.

Me fui. Estaba furioso conmigo mismo, mucho más que la primera vez. Jake, en cambio, se quedó tranquilo sentado en el taburete valorando mi último comentario. Lanzó una mirada hacia los sacos; otra hacia los mangos.

—Davy, eres un genio —dijo Jake emocionado.

Yo, por mi parte volvía a emprender otro viaje a la ya más que familiar tienda. Iba a ser el último, eso lo tenía clarísimo.

—¿Vienes a por más azúcar? —me soltó ella nada más verme entrar.

—¡No! —contesté con firmeza—. Vengo a decirte… —y ahí me volví a encasquillar.

—¿Qué?

No sabía qué decir, pero sí que tenía que ser algo distinto a «dame otro saco de azúcar»; cualquier cosa bastaría, lo primero que se me ocurriera, lo que fuera…

—Creo que eres la puta mujer perfecta.

—¡¿Qué?! —exclamó ella muy ofendida.

—¡No, no! —negué nervioso—. No me malinterpretes, no quería decir ninguna grosería, es solo que… ¡Mierda! ¿Ves? No sé qué decirte. Mis ojos no están acostumbrados a tanta belleza y me quedo bloqueado. De verdad, no sé cómo empezar a hablarte y, cada vez que lo intento, acabo comprándote uno de esos sacos. Créeme, ya no tengo espalda, ni espacio en el barco para más azúcar.

A ella le dio un ataque de risa, lo que no me hizo ni puñetera gracia, pues mi discurso era de lo más serio. Pero, a pesar de ello, me acabé contagiando de su buen humor y nos reímos juntos.

—Bueno, lo que quería pedirte —añadí, ya más relajado— era si querrías acompañarme a dar una vuelta. Voy a estar unos días en Campeche y no me perdonaría zarpar sin haber pasado una tarde contigo.

Se hizo el silencio. Su preciosa mirada se cruzó con la mía. No iba a poder aguantar mucho…

—¿Qué… me… dices? —tartamudeé; mis nervios ya empezaban a hacer de las suyas.

—Pásame a buscar hoy a las cinco.

—Aquí estaré.

¡Lo había conseguido! Me giré para irme lo más rápido posible antes de que la euforia se subiese a mi cabeza y empezara a decir alguna tontería que le hiciese cambiar de idea.

—¡Disculpa! —dijo ella frenando mi huida.

—¿Sí?

—¿Cuál es tu nombre?

—David y… ¿el tuyo?

—Johanna.

Mi gran historia de amor había empezado.

La espera se me hizo eterna. Me fumé hasta el último de mis cigarrillos mirando el reloj de la catedral segundo tras segundo, como si de ese modo tratase de empujar las manecillas para que fuesen más rápido. Tantas veces miré el número cinco, que lo encontré el número más bonito de todos; además, reparé en que mi nombre tenía cinco letras y estábamos en el día cinco del quinto mes de un año terminado en cinco, ¿cómo no iba a convertirse desde entonces en mi número favorito?

El momento tan esperado llegó con su correspondiente sonar de campanas. Fui hacia la tienda, y de camino, me alisé con las manos un par de arrugas de mi nueva camisa de algodón que había comprado ese mismo día. No es que renegara de mi condición de marinero ni mucho menos, pero cada ocasión requiere lo suyo: no iba a navegar en traje y corbata, como tampoco me pondría a escalar el Everest vestido de campo y playa. La clave del éxito está en saber proveerse bien de lo que se necesita en cada caso, y no hacía falta ser muy avispado, para darse cuenta de que una camiseta ensangrentada no era la mejor arma para conquistar a una dama.

—Llegas muy puntual —exclamó ella con aire risueño.

—Eh… Sí —dije controlando mis temblores, que despertaban siempre que ella estaba cerca.

—¿Conoces ya la ciudad?

—No.

—Entonces, ¿qué has estado haciendo todo ese tiempo?

—Mirar las agujas del reloj.

Johanna se rio con ganas.

—No, no es ninguna broma, te lo aseguro.

—Deja, pues, que te la muestre como es debido —propuso ella con una mirada que desarmó aún más un corazón que ya hacía rato que había capitulado.

Cerró el portón de madera de la tienda y nos pusimos en marcha. Ella a los pocos pasos se cambió rápidamente de lado, lo que me dejó algo perplejo.

—Cuando camino con alguien no me gusta tenerlo a mi izquierda —explicó al ver mi reacción.

—¡No me digas que también tú eres supersticiosa!

—Sí, un poco —dijo mordiéndose el labio—. ¿Acaso los marineros no lo sois?

—Algunos lo son, y mucho —contesté pensando, obviamente, en Jake—. Pero ese no es mi caso.

—Entonces no te importará que yo camine por tu lado izquierdo.

—Para nada. Mientras pueda encontrarte en un lado o en el otro, yo feliz.

Sonreímos y seguimos paseando por la ciudad intercambiándonos alguna que otra tímida mirada. Campeche era tierra de leyendas y Johanna se las sabía todas. Ella disfrutaba contándomelas y yo más escuchándolas; aunque a decir verdad poco me enteraba de qué iban, pues toda mi atención estaba en sus ojos, sus gestos o sus labios. Me habló de una famosa esquina con nombre de animal, no recuerdo si dijo toro o gallo, y otra que llamaban esquina de los vientos, pues por alguna extraña razón, como pude comprobar por mí mismo, el viento soplaba con mucha más fuerza que en ningún otro lugar de la ciudad.

Unos viejos peldaños de piedra salpicados de moho nos llevaron a la parte superior de la muralla. La vista era espectacular: el mar, al no encontrar ninguna montaña o acantilado que sirviesen de marco, se expandía a lo ancho en su tremenda inmensidad haciendo curvar el horizonte ante mis ojos. Sus olas brillaban de un modo especial y, por un momento, como si hubiera sido transportado en el tiempo, me pareció ver los barcos pirata de antaño surcando esas aguas caribeñas. Nos quedamos en silencio contemplando el paisaje. Habría permanecido horas así, realmente sentía que no me faltaba nada.

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328 стр. 14 иллюстраций
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9788412298291
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