Читать книгу: «No me digas que no podrás»
NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS
Sebastián Escudero
NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS
Editorial Claretiana
Índice
Portada
Portadilla
Legales
Agradecimientos
Prefacio
Introducción
Testigo del poder de Dios
No me digas que no podrás
Capítulo 1: Reconciliados con nosotros mismos
1. Cambia tu manera de pensar
2. El cambio empieza por casa
Las mentiras del diablo
3. Parecemos
4. Sanación desde la raíz
Depende del alimento
Capítulo 2: Heridos en la autoestima
1. Nuestra imagen de nosotros mismos
2. Imágenes negativas
Sentirse como langosta
Sentirse como perro muerto
3. ¿Quién, yo?
1. No me digas que eres un muchacho
Algún día
2. No me digas que eres un impuro
3. No me digas que eres un tartamudo
Capítulo 3: Guerrero valiente
1. Un héroe bastante particular
2. El señor está contigo
3. El último de los últimos
4. Yo estaré contigo
No hacen falta tantos
Capítulo 4: Volver al futuro
1. No es el final
2. Dios del mañana
3. Un visitante del futuro
4. La fórmula romanos 4, 17
5. El granito de mostaza
Capítulo 5: Sé que triunfarás
1. El DeLorean de la Turquita
2. Entre libros de latín
3. La asignatura pendiente
4. El discurso de oro
Capítulo 6: Enfrentando gigantes 1. Sin miedo a las alturas
El pastorcito valiente
El guerrero griego
2. Las cinco piedras contra los gigantes
a. Recordar correctamente
b. Enfrentar correctamente
c. Escuchar correctamente
d. Mirar correctamente
Hablar correctamente
3. No tengas miedo
Identificar la raíz de los temores
Capítulo 7: Puedes cambiar tu estrella 1. Un corazón de caballero
Nuestro escudo de nobleza
2. La ranita persistente
3. Las abejas y la NASA
4. Un gigante dormido
5. Falta un agradecimiento
6. La fortaleza de tu debilidad
El secreto del campeón
El poder de Dios en tu debilidad
El manual de la debilidad
Capítulo 8: Una nube de testigos
1. Testigos de todos los tiempos
2. Testigos contemporáneos
3. Una lista interminable
Capítulo 9: Metamorfosis
1. Cambia tu programación
2. Los fracasados
3. Los mediocres
Mentalidad de aprobado
4. Los ganadores
Conclusión
| Escudero, SebastiánNo me digas que no podrás / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.Libro digital, EPUB - (Sanación en el espíritu)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-762-087-01. Superación Personal. 3. Autoestima. I. Título.CDD 158.1 |

Editorial Claretiana es miembro de
Claret Publishing Group
Bangalore • Barcelona • Buenos Aires • Chennai • Colombo • Dar es Salaam • Lagos • Madrid • Macao •
Manila • Owerri • São Paulo • Warsaw • Yaoundè
Diseño de tapa: Equipo Editorial
1ª edición, libro papel, septiembre de 2016
1ª edición libro digital, marzo de 2021
Todos los derechos reservados
Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723
© Editorial Claretiana, 2016
ISBN 978-987-762-087-0
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
EDITORIAL CLARETIANA
Lima 1360 – C1138ACD Buenos Aires
República Argentina
Tel: 4305-9510/9597 – Fax: 4305-6552
E-mail: contacto@claretiana.org
www.claretiana.org
AGRADECIMIENTOS
A Belén Valdez, mi mariposita, mi mejor día de primavera; este es nuestro primer libro, juntos. Somos un equipo. Gracias por llenar de vida mi ministerio. Te amo.
A mi hermano de sangre, Hugo, quien junto a Dany y Juani son mi soporte familiar en esta vida.
A Matías Bermúdez, mi amigo, ahijado y hermano del alma; Dios nos sigue permitiendo trabajar juntos, mi negrito, tienes un talento extraordinario, te quiero mucho.
A todos los Misioneros Mensajeros de Jesús, quienes saben que cuando escribo un libro se trata de un “proyecto comunitario”; en especial a mi comunidad de origen La Visitación, en Córdoba.
A mi hermosa madre Ramona Taborda y al Instituto Religioso de las Mensajeras de Jesús en la Familia; su oración marca la diferencia en mi ministerio.
A mis alumnos, mis estrellas en esta vida, de quienes aprendo cada día mucho más de lo que quiero enseñarles. Sin ustedes todo sería distinto.
A los cientos de amigos que el Señor me ha regalado a lo largo del país y del mundo en mis viajes de evangelización. Gracias por estar siempre allí.
Al padre Alonso Sánchez M. y a todo el equipo de la Editorial Claretiana, por confiar en mí y abrirme las puertas de la familia editorial como plataforma de distribución y venta.
Y finalmente te agradezco a ti, señor Jesús, pasión de mi ser, por haberme ido a buscar en mi cueva personal y levantarme para ser una influencia para tantos hijos tuyos. Gracias por seguir creyendo en mí, porque pase lo que pase peleas a mi lado, porque nunca consultaste mi pasado para usarme, por decirme una y mil veces estos últimos 18 años: “No me digas que no podrás”.
PREFACIO
El anciano de 100 años está a punto de entrar a la habitación a contarle a su esposa que hoy es el día que Dios les había prometido hace 25 años atrás. Parado al frente de esa puerta, las dudas entran galopando a su corazón. No hay precedentes de semejante milagro. No es humanamente posible. ¿No será un invento de la mente, una ilusión humana después de tantos años esperando el hijo? De pronto, una suave voz le susurra en su interior: “Abraham… no me digas que no podrás”.
El anciano de 76 años está llorando emocionado en la sala de las Lágrimas del Vaticano. Miles de personas afuera están esperando que aparezca el nuevo pastor universal que guíe a toda la Iglesia. Millones y millones están observando en sus televisores que se abra la ventana mayor. De pronto un pensamiento viene a su mente como un aluvión: ¿es posible que un argentino sea el nuevo Papa? ¿Crees que estás capacitado para semejante misión? Pero otra voz interrumpe en su corazón: “Jorge… no me digas que no podrás”.
El joven judío acaricia los barrotes de ese oscuro calabozo en Egipto. Un suspiro acompaña un sueño que se le cruza por la mente: ser una persona de gran influencia para el mundo entero. Pero otro pensamiento corta ese suspiro como un rayo: “Nunca saldrás de este lugar”. Estaba destinado a convivir con las ratas hasta la muerte. De repente, una voz mansa le impide quebrarse por dentro: “José… no me digas que no podrás”.
El anciano está contemplando un nuevo atardecer, tan similar al de los últimos 27 años en esa cárcel de Sudáfrica; ya no quedan motivos para tener una esperanza de liberación, ya no queda tiempo para marcar la historia, demasiado anciano para soñar. Pero otra voz luchando en su interior le devuelve la paz: “Nelson… no me digas que no podrás”.
La muchacha de 15 años está todavía temblando luego de hablar con un Arcángel. La misión que se le acaba de encomendar es demasiado sublime, demasiado trascendental. Algo le quiere causar angustia en su corazón. Algo le dice que es imposible para un ser humano. Pero otra voz le susurra dándole la paz de que todo está en el plan perfecto de Dios: “María… no me digas que no podrás”.
Una monja jovencita está llorando mientras viaja en ese tren contemplando los cientos de rostros en su pobreza, en su miseria radical, clamando ayuda. Ella eleva una plegaria: “Señor, déjame ser la pluma que escriba la historia de Calcuta”. De golpe, el temor se apodera de su corazón: “No vas a poder hacer nada por ellos. Lo que intentes será inútil. Limítate a orar por ellos”. Pero en lo profundo de su ser, en un rincón de aquel tren, una voz le dice: “Teresa… no me digas que no podrás”.
El adolescente está retrocediendo frente a la violenta agitación de la espada de un gigante. El destino de toda una nación depende de esa pelea. Mientras procura recoger del piso alguna piedra, una voz le grita con vehemencia: “¡Jamás lo podrías vencer! Eres solo un niño frente al mayor guerrero de los filisteos. Esto no es un juego. Vuelve a tu casa.” Pero en su interior puede aún oír otra voz diciéndole: “David… no me digas que no podrás”.
Un niño está sentado en la oficina del director de su escuela. Están a punto de despedirlo del colegio porque es demasiado distraído y porque parece un enfermo mental. El niño no le presta demasiada atención, su mente está en algún lugar de las galaxias diseñando la teoría de la relatividad. Quiere marcar la historia cuando sea grande. De pronto escucha al director decirle a su padre: “Su hijo es un autista… nunca llegará a nada”. Pero algo dentro de él le dice con cariño: “Albert… no me digas que no podrás”.
El joven de 33 años está llorando lágrimas de sangre en el Huerto de Getsemaní. La antigua serpiente se le aparece para mentirle que no podrá. Es demasiado para una sola persona hacerse cargo de la culpa de toda la humanidad. No se puede. No podrá resistir tanto dolor. En medio de su angustia, el joven pide ayuda al Único que puede salvarlo. No sabe si va a poder resistir esa pasión dolorosa. Pero la voz de su Padre le dice con cariño: “Jesús, mi Hijo amado…. no me digas que no podrás”.
Una persona extraordinaria está empezando a leer este libro. Como corresponde, empezó por el prólogo. Después de leer solo unos párrafos, algo le inquieta en su corazón. Es el entusiasmo de saber que sí se puede cambiar la historia, de que quizás su misión es también demasiado grande en esta vida. Pero el enemigo de su alma le está queriendo convencer que jamás lo logrará. Una persona así no tiene destino, no podrá llegar demasiado lejos. Dios la mira a los ojos… pronuncia su nombre… la abraza con fuerza un rato largo. Y luego vuelve a mirarle para decirle las seis palabras con las que comenzará el resto de su vida: “No me digas que no podrás”.
Sebastián Escudero
sebaescudero3@hotmail.com
INTRODUCCIÓN
Una de las principales excusas que ponemos para triunfar en la vida es la afirmación “no puedo”. Eso es ridículo; todos los seres humanos tenemos un potencial extraordinario dentro de nosotros. El gran problema es que el enemigo se encarga de mentirnos acerca de nuestro valor. Y la mayoría le cree, por eso son muy pocos los que terminan marcando la historia.
Sin embargo, está comprobado por numerosos estudios que todo ser humano cuenta con cientos de habilidades no explotadas, no reconocidas y no usadas. Una persona promedio posee entre 500 y 700 habilidades y destrezas. ¿Sabías eso? La tragedia es que la gran mayoría de la raza humana ni siquiera explota una de estas.
Nuestra mente puede manejar 15.000 decisiones en un solo segundo, y todas ellas pueden quedar truncada con una sola convicción mental: “no puedo”. Por eso, soy muy consciente de que tengo la grave responsabilidad de ayudar aunque sea a un solo ser humano a identificar sus habilidades y motivarlo a creer que sí, se puede. Mi propósito en esta vida tiene que ver con eso. Mientras escribo estas líneas acabo de recibir hace solo algunas horas un mensaje por Facebook de una de mis alumnas diciéndome: “¡Graaciias proofeeeeee!!! Todo es posible. Ahora gracias a sus canciones, a sus anécdotas y a Dios ¡gané el torneo de taekwondo nacional! ¡Gracias, gracias, gracias! Por haberme dicho que soy una ganadora, ¡gracias! Mi vida cambió.”
Escribí este libro para eso. Si una sola persona en la historia de la humanidad, al leer este libro, se convence de que todo lo puede en Cristo que lo fortalece (Cf. Fil 4, 13) habrán valido la pena las cientos de horas invertidas en este cuarto libro que el Señor me pidió que escribiera.
Es solo una minoría la que alcanza las cimas, ¿sabes porqué? Porque la gran mayoría piensa que es imposible alcanzarla, entonces no pueden encontrar los peldaños que los conduzcan a las alturas. Cuando uno cree que puede hacerlo el “cómo” hacerlo surge; Dios y el universo conspiran providentemente para hacer realidad eso que parece tan imposible. Y podemos así llegar a la cima.
Este es un libro de superación personal a la luz de los principios que establece la Palabra de Dios. No es un libro de control mental ni de autoayuda. No creo en absoluto que la mente tenga esa autosuficiencia. Pero creo que si no dejamos que Dios cambie nuestra manera de pensar, nunca cambiaremos nuestra manera de vivir. La Biblia puede ayudarnos, porque de hecho es el mejor libro de superación de todos los tiempos. Con humildad, intentaré ayudarte a descubrir en ella los testimonios y palabras que te ayuden a creer que sí se puede.
Pero no solo me centraré en la Biblia. Toda la historia, de punta a punta, nos da testimonio de hombres y mujeres de todos los tiempos que demostraron con sus vidas que siempre que pensamos adecuadamente, siempre que luchamos por nuestros sueños, sea cual sea nuestro comienzo, podemos triunfar en la vida. Adornado con películas de Hollywood, con cuentos y con anécdotas personales, mi libro intentará llegar a tu corazón y mantenerte enfocado en esa verdad: sí puedes, sí tienes, sí eres. Y lo más original e importante que tengo para contarte es que soy testigo personal de todo lo que te escribiré.
Testigo del poder de Dios
Cuando conocí al Señor, a los quince años, el primer sueño que puso Dios en mi corazón fue el de ser un predicador. Por las noches soñaba literalmente con estadios llenos de jóvenes escuchándome predicarles mensajes llenos de esperanza. Anhelaba viajar por todos lados hablándole a la gente del amor de Dios, que nos perdona y nos sana, como lo había hecho conmigo. Pero ese deseo estaba muy lejos para mí, por varios motivos que quisiera comentarte.
Por un lado, estaba el hecho de que aún no conocía bien la Biblia; y en ese tiempo yo imaginaba que solo los sacerdotes podían predicar la Palabra de Dios. Por otro lado, no me sentía digno aún. Me parecía hasta un sacrilegio que un pecador como yo, con el tipo de vida que había llevado hasta poco tiempo atrás, se atreviera a predicar la Palabra de Dios. Incluso, había pecados que aún arrastraba de aquella vieja vida.
Pero, sin lugar a dudas, la razón más importante era la siguiente: desde niño sufría una especie de fobia social que me provocaba pánico a la exposición pública. Al punto que la única vez que recuerdo haber hablado en público fue a los 10 años, cuando una maestra me hizo pasar a dar una lección oral, y de los nervios me oriné en los pantalones al frente de todos mis compañeros. Esa experiencia fue realmente lo más traumático de mi infancia. Fue sin duda ese día el que marcó un antes y un después en mi vida. Recuerdo que tuve que dejar el colegio por la vergüenza que ese hecho me había causado. En los siguientes meses tuve tres intentos de suicidio y durante unos meses, quedé casi mudo; sólo cruzaba algunas palabras con mi madre y mi hermano.
Esto, sumado a otros problemas familiares que estaba viviendo, hizo que mi madre tuviera que tomar la decisión de llevarme un tiempo con dos psicólogas que me hacían hacer dibujos durante horas porque no podían sacarme palabra alguna.
Una de las cosas que supe desde ese entonces es que nunca jamás volvería a exponerme públicamente. Se trataba de un monstruo demasiado gigante como para volver a lidiar con él. Sin embargo, mi realidad hoy es que vivo hablándole a las masas y no quedan ni rastros de aquellas dificultades de mi pasado. Déjame contarte cómo empezó todo.
No me digas que no podrás
Tenía 17 años cuando le conté a mi madre que soñaba con ser predicador. Le pregunté qué opinaba. Ella hizo una pausa fatal de varios segundos. Su respuesta era letal, porque podría determinar un destino, y quizás el de miles más. Me miraba como la madre del chico que le pregunta si puede ser tenista faltándole los brazos. Era un sueño demasiado difícil de apoyar. Pero me abrazó y me dijo: “Sí… vas a ser un gran predicador”.
Recuerdo que empecé a entrenarme con ella. Pobre, se quedaba dormida a veces sentada en el sillón escuchándome inventar historias bíblicas. Ella me asentía en todo lo que decía, aunque estuviera diciendo puras barbaridades; parecido a esas mujeres que gritan “amén” a cualquier cosa que dicen los predicadores. Quizás el predicador está diciendo herejías del calibre de: “Satanás está enamorado de ustedes”. Y ellas gritan con pasión: “Amén, amén… ¡Amén!”. Así estaba mi mamá.
Al no conocer en profundidad la Biblia, ella me miraba con asombro y admiración. El tema es que en mi Biblia, la que yo le predicaba a ella, mi propia versión de la Palabra de Dios, Thomas Edison y Leonardo Di Caprio estaban entre los apóstoles. La virgen María tomaba mates con Moisés, mientras Pablo le tiraba una piedra al gigante Goliat y los jinetes del apocalipsis subían al arca de Noé. De todos modos, lo importante es que con ella hablaba fluido… y eso era maravilloso y prometedor.
También solía entrenarme mirándome al espejo y hablándome a mí mismo como si se tratara de una multitud de jóvenes. La otra espectadora que me admiraba mucho era mi perrita Daiana. Ella movía la cola en señal de asentimiento.
Así fue que, una tarde como cualquier otra, salí de casa para ir a misa. Era sábado. Lo que no sabía era que estaba a punto de cambiar para siempre mi destino. Como no pude confesarme antes de empezar la misa, esperé al sacerdote y le pedí que me confesara al terminar la celebración. Él aceptó. Era un sacerdote carismático que dirigía un grupo de oración de jóvenes. Luego de darme la absolución me preguntó:“¿No te gustaría predicarle a unos jóvenes?” Mis ojitos seguramente brillaron de la emoción. Pensé me iba a invitar a formarme, para algún día llegar a ser un predicador como él. “Me encantaría padre” – contesté con entusiasmo. “Bueno, vamos. Es un grupo de jóvenes que están esperando que les predique yo. ¿Te animarías a predicarles tú?” – Me dijo el sacerdote cambiando absolutamente el clima de la conversación. Yo me negué rotundamente. Tuve pánico. “No voy a poder – le respondí – soy muy joven aún. Es que, en mi mente, la única idea que tenía de poder ser un predicador era siendo un hombre mayor y vestido con una sotana.(1) “¿Quién te dijo que tienes que ser cura para predicar? Todos los bautizados pueden y deben predicar el evangelio” – me dijo el sacerdote, ya en un tono de exhortación. Luego empezó a explicarme de algunos personajes bíblicos que siendo jóvenes fueron usados poderosamente por Dios.
Entonces me puso la mano en el hombro y me empezó a conducir hacia el salón donde tendría que predicar. Solo me atreví a hacerle una pregunta más: “¿Y de qué tengo que predicar padre?” “De la santidad – me respondió, como para terminar de acrecentar mi pánico. Yo solo largué una carcajada… supongo que por los nervios. Pero tenía la suficiente confianza como para plantearle mis miedos: “Acabo de confesarme, Padre, y ¿tengo que predicar sobre la santidad?”. Entonces me dio una respuesta sabia, que yo las escuché como si viniera del mismo Dios, que me acompañarán toda la vida: “Si vas a esperar a ser santo para empezar a predicar no vas a empezar nunca”. Sin duda percibió que esas palabras no eliminaban mi miedo. Así que entregándome en mis manos su Biblia me dijo: “Cuando no sepas qué decir, cuéntales tu testimonio. Eso será muy fuerte para ellos”.
Y allí estábamos los dos parados frente a ese bendito salón lleno de jóvenes carismáticos. Qué desafío el mío, esos jóvenes no eran de una asociación intelectual de la Iglesia, eran jóvenes esperando un mensaje poderoso para ir a buscar a los muertos y resucitarlos.
Cuando comprendí que el momento de mi presentación era inminente no tuve mejor idea que recurrir a la lástima. Quizás así se conmovía el curita y entendía que no podía yo predicar; no al menos ese día. Entonces le recordé mi testimonio, mis enormes crisis de la infancia que me incapacitaban para poder dar este mensaje. Pero, como si no le hubiera contado nada, el sacerdote me hizo pasar, e ignorando completamente mi planteamiento, me presentó a los jóvenes anunciándoles que yo sería el encargado del mensaje de hoy.
Tremendo momento histórico de mi vida. Era un punto sin retorno, un momento decisivo para mi destino. Si volvía a fracasar quizás nunca más me pararía delante de dos o más personas a predicarles. Había que hacerlo. Así que empecé a hablar. Me invadieron los nervios y comencé a decir literalmente cualquier cosa. Hacía bibliomancia: abría la Biblia al azar y en el personaje que me salía hablaba acerca de su santidad. Debo haber canonizado hasta a Caín y a Judas. Pero de “algo” tenía que hablar.
El sacerdote me miraba con cara de arrepentimiento. Los jóvenes se reían disimuladamente; y otros se miraban con asombro por la capacidad que tenía para inventar cualquier cosa. Entonces recordé las palabras del sacerdote: “Cuando no sepas qué decir cuéntales tu testimonio”. Así que les pedí perdón por estar así de nervioso y empecé a narrarles de mi conversión. Sé con claridad que en ese momento exacto recibí el don de la Palabra. Algo sucedió en el ambiente. Mi lengua se soltó. Empecé a hablar fluido (2). Era la primera vez en mi vida que sentía su unción en mi ministerio. Los jóvenes quedaron impactados, varios de ellos no paraban de llorar, entre ellos el mismo sacerdote en primera fila.
Cuando terminé de predicar, el sacerdote me invitó a acompañarlo dar charlas a jóvenes de su congregación el siguiente fin de semana; sería un viaje al norte del país que incluía jornadas de evangelización en tres provincias.
Llegué a casa y le dije a mi mamá que tenía dos cosas para contarle: la primera, que acababa de dar el primer mensaje de mi vida, y me había ido perfecto. La segunda, si me daba permiso para viajar el sábado siguiente a predicar a Catamarca, Tucumán y Salta.
Así empezó mi ministerio, hace más de 15 años. Sin darme cuenta, mi agenda estaba llena de viajes alrededor de mi país y luego, del mundo, para hablarle a la gente acerca de su Amor. He visto a miles y miles de personas ser tocadas por Dios a través del tesoro que llevo en mi frágil vasija de barro. Y cuando alguien me pregunta cómo puede hacer para ser un predicador, como lo soy yo, solo les respondo que tiene que estar preparado, en el lugar exacto y a la hora indicada en que el Señor quiera levantarlos para dar un testimonio.
Y a todos los jóvenes que me dicen que quieren triunfar en el deporte, en la política, en la música, en el baile, en lo que sea, pero que tienen miedo, que se sienten demasiado jóvenes, demasiado sucios, inexpertos, con sueños que superan sus posibilidades reales, con incapacidades físicas, con una marca negativa en sus infancias…les respondo con una sonrisa lo que siempre me dice Dios a mí: “No me digas que no podrás”. Así se titula una canción que hicimos con el Espíritu Santo y que resume lo que entendí que me había dicho el Señor en aquellos primeros tiempos de mi ministerio:
NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS
No me digas que no podrás
que eres muy joven para hablar
que estás impuro para empezar
a predicar la santidad
No me digas que no lo harás
que empezarás a tartamudear
que es muy difícil la ruta
y que no vas a llegar
No me digas que no podrás
Porque mi gracia te sostendrá
Debes sacar de tus labios
Las palabras “imposible de lograr”
Y no me digas que no lo harás
Porque mi brazo te ayudará
Debes sacar de tu mente el concepto
“Imposible de alcanzar”
No te debes acobardar
con las mentiras de satanás
ni se te ocurra mirar atrás
no dejes de soñar.(3)
1. Dicho sea de paso, en esa época me encontraba haciendo un discernimiento para entrar a una congregación religiosa y allí prepararme para ser sacerdote. Sentía el llamado a evangelizar y creía que la única manera posible era siendo sacerdote.
2. Así ha sido hasta el día de la fecha. Jamás volví a tener problemas de tartamudez en público, ni fobia social, ni pánico escénico, ni nada de eso. Ahora soy un predicador verborrágico que he llegado a predicar durante ocho horas seguidas en una ocasión; solo descansando para almorzar media hora. Es que cuando Dios hace los milagros, los hace bien.
3. Sebastián Escudero, Soy tu guardián, Levitas producciones. 2006.
CAPÍTULO 1
RECONCILIADOS CON NOSOTROS MISMOS
1. CAMBIA TU MANERA DE PENSAR
Muchos psicólogos y libros de autoayuda proclaman este principio: “Somos lo que pensamos que somos”. Pero esto no es cierto. Si yo pienso que soy un cocodrilo, eso no me convierte en un cocodrilo. Seguiré siendo humano. Hay que distinguir entre el “ser” y el “actuar”. El pensamiento no puede cambiar lo que somos, sino lo que hacemos. Es en nuestro actuar donde interviene el poder de la mente afectando nuestras vidas, no nuestro ser. Por lo tanto, la frase correcta sería: “Actuamos conforme a lo que pensamos que somos”. Y aquí sí podría suceder que si yo pienso que soy un cocodrilo voy a actuar como un cocodrilo… aunque no lo sea.
De allí lo importante que es tener un correcto pensamiento, porque lo que pensemos de nosotros mismos, así será nuestro actuar. San Pablo lo dice así: transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios (Rom 12, 2).
Ahora bien, la frase podría completarse de la siguiente manera: “No somos lo que pensamos que somos, pero actuamos como pensamos que somos, y la gente nos trata como nosotros pensamos que merecemos ser tratados”.(4) Es muy importante tener en cuenta esto último, porque tal como nos vemos a nosotros mismos, así nos ven los demás, y así como nos consideramos a nosotros mismos, así nos considerarán los demás. Siempre pongo este ejemplo en clases cuando estoy predicando a mis alumnos estos principios: si yo pienso de mí que soy un profesor que no merece ser escuchado, sino que merezco que se me rían en la cara y que hablen encima de mi voz… pues entonces eso mismo sucederá de seguro en el aula: mis alumnos empezarán a burlarse de mí, hablarán encima de mi voz y ninguno me prestará atención. Por el contrario, como generalmente pienso que merezco ser escuchado, que merezco que me respeten y que nadie hable encima de mi voz por una cuestión básica de respeto, eso es lo que sucede. Los demás nos tratan como nosotros creemos que merecemos ser tratados.
Haber conocido estos principios me hubiese salvado muchos años de infierno en la infancia. Aquella vez a los 10 años, cuando me paré por primera vez en mi vida a dar una lección oral en clase, nadie me escuchaba, todos mis compañeritos se burlaban de mi manera de pararme, de mi aspecto físico, de mi modo de hablar. Y hoy, mirando para atrás, puedo descubrir que uno de los principales responsables de todo eso que viví fui yo mismo; soy yo el que no se valoró lo suficiente, soy yo el que me consideré a mí mismo eso que los demás vieron en mí. No tengo que andar señalando a tantas personas con el dedo. Tengo que reconocer, después de más de 20 años, que soy el gran responsable. Me trataron como yo creía que merecía ser tratado. De allí lo sumamente importante que es entender estos principios.
Tener una sana imagen de nosotros mismos nos permite avanzar hacia lo que Dios quiere de nosotros. Hoy la gente paga por escucharme hablar como la lógica consecuencia de que creo que tengo un mensaje del Señor para transmitir y que merezco que la gente me escuche. El pensamiento tiene ese poder de dirigir nuestras actitudes. Es conocida la comparación que hace Rick Warren al respecto:
Para cambiar tu vida debes cambiar tu manera de pensar. Detrás de todo lo que haces hay pensamientos. Toda conducta es motivada por una creencia y toda acción es incitada por una actitud. Dios reveló esto miles de años antes de que los psicólogos lo entendieran: Tengan cuidado de cómo piensan; la vida es modelada por sus pensamientos (Prov 4, 23 parafr.)
Imagina un paseo en un bote con motor en un lago, con el piloto automático puesto en dirección hacia el este. Si decides dar vuelta atrás y dirigirte al oeste, tienes dos posibles maneras de cambiar el rumbo del barco. Una es tomar el timón y físicamente obligarlo a que se dirija en la dirección opuesta a la que señala el programa del piloto automático. A pura fuerza de voluntad podrías vencer al piloto automático, pero sentirías la resistencia todo el tiempo. Finalmente tus brazos se cansarían de la tensión, soltarías el timón y el barco retomaría inmediatamente el rumbo en dirección al este, de acuerdo con su programación interna.
Esto es lo que sucede cuando tratas de cambiar tu vida a fuerza de voluntad. Dices: “Me obligaré a comer menos... haré más ejercicio. Dejaré de ser desorganizado y de ser impuntual”. Sí, tu fuerza de voluntad puede producir un cambio a corto plazo, pero crea una tensión interior constante porque no has tratado la causa desde su raíz. El cambio no se siente como algo natural, así que finalmente te rendirás, abandonarás la dieta, y dejarás de hacer ejercicios. Rápidamente volverás a tus viejos patrones.
Hay una mejor y más fácil manera. Cambia el piloto automático: tu manera de pensar. El primer paso en el crecimiento espiritual es empezar por cambiar la manera de pensar. El cambio siempre comienza en la mente. La manera en que pienses determinará cómo te sientes, y cómo te sientes influirá en cómo actúas. Pablo dijo: renovarse en lo más íntimo de su espíritu (Ef 4, 23).(5)
Esta renovación es más urgente aún si el fracaso ha tomado lugar en nuestra mente. Porque si nuestra mente es conquistada por malos pensamientos de nosotros mismos y de lo que somos capaces de lograr, estos pensamientos dirigirán nuestra vida. Y mientras no renovemos nuestra mente, nuestras acciones estarán dirigidas por emociones y no por decisiones correctas.
El primer paso para este cambio de mentalidad tiene que ver con aceptarnos a nosotros mismos, con reconciliarnos con nuestro propio ser.
2. EL CAMBIO EMPIEZA POR CASA
Muchas veces vivimos odiando a los demás como consecuencia del odio a nuestra propia persona. Nos rechazamos a nosotros mismos y, como efecto de proyección, terminamos rechazando a los demás. Terminamos siendo nuestros peores enemigos y lo triste es que nos vivimos encontrando en los demás.
Tengo numerosos alumnos en las aulas enemistados con todo el mundo, histéricos, negativos, pesimistas, que parecen llevar un gato furioso adentro suyo. Pero todas estas reacciones son consecuencia de un detonante interior: la manera como se ven a sí mismos. Es fácil descubrir en estos casos que es su autorechazo la raíz de cómo ven a la sociedad y a la vida.
Cuenta una historia que a la entrada de un pueblo estaba sentado sobre una roca un anciano con su bastón, un hombre cuya faz reflejaba el paso de los años. El anciano se pasaba todo el día sentado sobre esa roca, y de repente, un día apareció un joven en un automóvil, frenó ante él y le preguntó:
— Perdone señor, ¿lleva usted mucho tiempo viviendo en este pueblo?
— Toda mi vida — contestó el anciano.
— Verá, es que vengo de otra ciudad y he tenido que trasladarme por motivos de trabajo. Perdone, pero ¿podría decirme cómo es la gente de este pueblo?
— Pues verá usted — dijo el anciano pensativo — no sabría decirle. ¿Cómo era la gente de su ciudad, de allá de donde viene? — preguntó.
— Ah, pues maravillosa — contestó el joven — Son fantásticos, lo niños juegan por la calle, la gente siempre está alegre, los vecinos se ayudan. Todo allí era felicidad.
— Pues verá — contestó el viejo — puede usted alegrarse, la gente de aquí es exactamente igual.
— Muchas gracias, señor.
El joven arrancó su coche y entró en el pueblo. Al poco rato llegó otro joven en otro automóvil, de nuevo se volvió a parar delante del anciano y le preguntó:
— Perdone, señor, ¿lleva usted mucho tiempo viviendo en este pueblo?
— Toda mi vida — contestó el anciano.
— Verá es que vengo de otra ciudad y me he tenido que trasladar por motivos de trabajo. Perdone, pero ¿podría decirme como es la gente de este pueblo?
— Pues verá usted — dijo el anciano pensativo — no sabría decirle. ¿Cómo era la gente de su ciudad, de allá de donde viene? — preguntó.
— Ah, pues horrible — contestó el joven — Son terribles, los niños corren por la calle, la gente camina entristecida, los vecinos ni se conocen. Todo allí es amargura.
— Pues verá — contestó el anciano – lamento decirle esto, pero aquí la gente es exactamente igual.
— Muchas gracias, señor.
El joven arrancó su coche y entró en el pueblo.
Otro hombre, que había permanecido callado mirando estas escenas, se enfadó con el anciano y le dijo:
—¿Cómo puedes tener tan poca vergüenza? ¡Te hacen la misma pregunta y a uno le dices una cosa y al otro lo contrario!
—No he dicho ninguna mentira, amigo— le replicó el anciano — Cada uno de nosotros no puede ver más allá de lo que su corazón le permite. Cuando estoy enfadado, tengo miedo o estoy feliz, mis maneras de ver la realidad son completamente distintas. Estoy seguro que el primer muchacho estará feliz compartiendo su bondad con la de nuestra gente, mientras que este otro solo encontrará maldad y violencia entre nuestros paisanos, porque es lo que llena su corazón; solo encontrarás lo que lleves dentro. Y es que en definitiva el mundo no es mejor ni peor, sino que depende de los ojos con que lo miremos.
Constantemente estamos echándole la culpa de nuestro descontento a los demás, así como el segundo joven de esta historia que intentaba alejarse, según él, de las causas de su infelicidad. Casi siempre le echamos la culpa al sistema, a los políticos, a nuestros jefes “explotadores”, a nuestros padres, amigos, profesores, a los que nos cobran las deudas, a los ricos, a la pobreza, a la Iglesia, a la contaminación, al tráfico, etc. Es mucho más fácil culpar a todo lo externo a nosotros, porque es lo que hemos hecho desde que éramos niños y ahora, inconscientemente, forman parte de nuestras acciones diarias.
Optamos por una nueva pareja, por un nuevo partido político, una nueva religión, nos convertimos a una nueva fe, nos mudamos, intentamos cambiar las cosas externas llegando hasta límites insospechados; sin embargo, nada cambia. Es que todo lo que sentimos o percibimos del espacio externo es un reflejo de nuestro mundo interno; nosotros proyectamos nuestro malestar a los demás y lo que recibimos son reacciones, así como cuando se aplica una fuerza a algo, ése algo reacciona con la misma intensidad, pero en dirección contraria.(6)
Tu contrincante más difícil en la vida eres tú mismo. Así que quizás es hora de buscar dentro de nosotros aquello que necesita ser sanado para poder estar en paz con todo lo demás.
De lo contrario, nos puede pasar como el abuelo aquel que lucía un bigote largo y frondoso. Un día, celebrando una ocasión familiar en la casa de su hijo, después de un abundante almuerzo, se acostó para tomar una siesta. Su nieto preferido, al verlo tendido y roncando, por hacerle una broma, le untó, sin que se despertara, un queso francés fermentado en su bigote. Momentos después, el abuelo dejó de roncar, se reacomodó y olfateó profundamente. Detectó un extraño aroma e hizo un gesto de desagrado. De repente se levantó quejándose. Comenzó a deambular por toda la casa, buscando el origen de ese putrefacto hedor. Cada vez que se acercaba a cada una de las personas que estaban en la casa, repetía para sí mismo:
— Todo y todos apestan en esta casa. Es imposible que no se den cuenta.
Al no soportar más el olor, aseguró en voz alta:
— No me aguanto esta porquería.
Se dirigió hacia la puerta y salió de la casa dando un fuerte portazo.
Siempre buscamos el olor en los demás cuando en realidad primero hay que buscarlo empezando por nosotros mismos. Por algo el señor Jesús nos enseñó a mirar primero la viga que tenemos en nuestro ojo antes de querer limpiar la pelusa que hay en el ojo de nuestro prójimo (Cf. Mt 7, 1-5).
Escribí este libro para motivarte a que cambies el mundo. Pero antes de llegar a esos capítulos finales de motivación, tengo que empezar por decirte que primero tienes que cambiar tu propia vida, tu propia mente. En las criptas de la abadía de Westminster, en Londres, se encuentra el siguiente epitafio en la tumba de un obispo anglicano:
Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me hice más viejo y sabio, descubrí que el mundo no cambiaría: entonces restringí mis ambiciones, y resolví cambiar a mi país. Pero el país también me parecía inmutable. En el ocaso de la vida, en una última tentativa, quise cambiar a mi familia, pero ellos no se interesaron en absoluto, arguyendo que yo siempre repetía los mismos errores. En mi lecho de muerte, por fin, descubrí que si yo hubiera empezado por corregir mis errores y cambiarme a mí mismo, mi ejemplo podría haber transformado a mi familia. El ejemplo de mi familia tal vez contagiara a la vecindad, y así yo habría sido capaz de mejorar mi barrio, mi ciudad, el país y -¿quién sabe?- cambiar el mundo.
Así sucede con nosotros muchas veces, estamos tan interesados en que otros cambien que se nos olvida a nosotros cambiar. Lo primero que debemos cambiar es nuestro corazón. Cuando lo hacemos, empezamos a buscar soluciones y a ser parte de la solución de los problemas que se presentan diariamente. Permite que Dios cambie tu corazón y verás cómo cambia todo en tu vida, tu manera de ver las cosas, tu trato con los demás. Antes de querer cambiar a los demás, cambiemos nosotros y veremos cómo comienza a cambiar el mundo.
Las mentiras del diablo
Estar peleado con nosotros mismos le pone un freno al correcto desarrollo de nuestras capacidades, nos traba nuestra manera de relacionarnos con los demás, nos debilita la posibilidad de triunfar en la vida.
Obviamente que ya sabrás bien quién es el que está interesado de vernos así y que trabaja permanentemente por enemistarnos con nosotros mismos: el demonio, ¿quién más? Habrás tenido de seguro en tu vida alguien que te vive hablando mal de otra persona: de un amigo, de tu padre, de un profesor, director, presidente, lo que sea. Eso lo que logra es crear dentro tuyo una imagen negativa de esa persona.
Ese efecto es más agresivo cuanto más niños somos, por la sencilla razón de que de niños no tenemos el filtro del discernimiento crítico que poseemos de jóvenes o adultos. Por eso siempre aconsejo a esas madres separadas de sus esposos de mala manera y, que tienen hijos pequeños, que no les hablen a ellos mal de su padre. Porque eso puede producir una herida incurable del niño no solo respecto de su padre, sino del concepto de paternidad. Y esto puede, entre otras cosas, anular su posibilidad de establecer una buena familia el día de mañana; además del odio y rencor almacenado en el corazón, que nos llena de amargura y veneno el alma, porque eso no le hace mal al padre, sino al hijo.
Bueno, de la misma manera hay un personaje invisible que te ha estado hablando mal desde niño acerca de ti mismo: el diablo. Y eso ha creado una imagen pobre de ti. No existe persona humana que no esté sometida a estas voces del diablo tratando de destruir nuestra imagen. Gracias a Dios muchas personas cuentan con un estímulo correcto de los padres, de los maestros, de la sociedad, para crecer sin prestarle demasiada atención a estas voces. Pero aun así todos llevamos adentro esa marca que nos hace dudar de nuestras capacidades, que nos hace desconfiar de algún piropo, que nos hace rechazar un cumplido.
Frente a esta situación, el Señor irrumpe con poder en nuestras vidas tratando de romper esas cadenas y de devolvernos la seguridad, la libertad de los hijos de Dios. No para convertirnos en soberbios o vanidosos, sino para equilibrar esa balanza tan despareja de voces en nuestro interior. Es que Dios más que nadie sabe que la única forma de cumplir su gran mandamiento del amor es empezando por uno mismo. Él mismo lo da a entender cuando nos exhorta que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Este nosotros mismos se convierte así en el parámetro, en la medida para poder amar a los demás. Por lo cual, si Él no restaura nuestro amor a nosotros mismos es inútil insistir en amar a los demás, porque no se puede dar lo que no se tiene. Ignacio Larrañaga enseña al respecto:
Ayúdate tú primero. Sólo los amados aman. Sólo los libres libertan. Sólo son fuente de paz quienes están en paz consigo mismos.
Los que sufren hacen sufrir.
Los fracasados necesitan ver fracasar a otros.
Los resentidos siembran violencia.
Los que tienen conflictos provocan conflictos a su alrededor.
Los que no se aceptan no pueden aceptar a los demás.
Es tiempo perdido y utopía pura pretender dar a tus semejantes lo que tú no tienes. Debes empezar por ti mismo.
Motivarás a realizarse a tus allegados en la medida que tú estés realizado.
Amarás al prójimo realmente en la medida en que aceptes y ames serenamente tu persona y tu pasado.
Amarás al prójimo como a ti mismo, pero no perderás de vista que la medida eres “tú mismo”.
Para ser útil a otros, lo importante eres “tú mismo”.
Sé feliz tú, y tus hermanos se llenarán de alegría (7).
Y Joyce Meyer lo dice de esta manera:
Todos sabemos que es una agonía trabajar día tras día con una persona con la que no nos llevamos bien, pero por lo menos no tenemos que llevarnos a esa persona a nuestra casa en la noche. En cambio, estamos con nosotros mismos todo el tiempo, día y noche. Nunca tenemos un minuto lejos de nosotros, ni siquiera un segundo. En consecuencia, es de vital importancia que tengamos paz con nosotros mismos.(8)
Estar enemistados con nosotros mismos nos hace aferrarnos de manera tóxica y enfermiza a los demás. Los que no se aman buscan alguien a quien apegarse para sentirse completos. No pueden decidir nada por sí mismos, necesitan el aval, el punto de vista, la opinión de otro. No pueden vivir sin esa persona, “amuleto emocional” que se han buscado para sobrevivir afectivamente. Son profundamente celosos, asfixiantes, inseguros, controladores, manipuladores. Exigen al otro que los haga felices, porque creen que ellos no pueden hacerlo por sí mismos. Buscan en el otro el vacío que no pueden llenar en sus vidas.
Son personas que se han convencido de que no valen nada y de que los demás son superiores. Se viven descalificando y auto-agrediendo por medio del maltrato verbal, de la manera de alimentarse, de la manera de beber, de vestirse, de fumar, etc.
Pero no tenemos que hacer eso cuando sabemos bien quiénes somos. Podemos amarnos y cuidarnos, sin esperar que otro lo haga por nosotros. Podemos estar en paz con nosotros mismos. Y debiéramos hacerlo antes de empezar una relación sentimental, por ejemplo. Somos cien por ciento la persona con la que tenemos que unirnos antes de unirnos a alguien más. De lo contrario seremos codependientes.
El mejor momento para comenzar una relación amorosa es cuando estamos en paz con nosotros mismos y cuando no tenemos necesidad de estar con alguien más. Ese día, el día que nos amamos bien a nosotros y somos felices conviviendo con nuestro ser, ese día estamos capacitados para incorporar a alguien más en nuestro corazón. De lo contrario, meter a alguien en nuestra vida será solo compartir nuestras miserias y soledades, las cuales, sumadas a las del otro, pueden provocar más heridas que estando solos. No podemos respetar al otro si no hemos aprendido a respetarnos a nosotros mismos. No podemos pretender ser respetados por los demás si nosotros no somos capaces de respetarnos.
3. PARECEMOS
Nuestro problema es que, a diferencia de Dios, terminamos odiando de la misma manera nuestro ser y nuestro actuar. Ambas cosas terminan cayendo en la misma bolsa. Dios sabe separar lo que somos de cómo actuamos. Por eso es que puede odiar el accionar de la persona pero seguir amando su ser. Dios odia el pecado, no a la persona. Nosotros odiamos nuestra persona y nuestras acciones. Nos rechazamos y condenamos tanto que hasta le ahorramos el trabajo al diablo en ocasiones. De la misma manera tenemos que separar lo que “somos” de lo que “parecemos”.
Hace poco escuché de un pastor evangélico que en un programa televisivo famoso se refirió a un travesti muy conocido en el país llamándole: “usted, señor”. Y obviamente el travesti le objetó diciéndole:
—¿Cómo “señor”? “Señora” querrá decir
—No señor, es usted un varón – le refutó el pastor – Por más que usted así vestido se parezca a una mujer, eso no cambia lo que le fue dado por naturaleza. Usted nació hombre y morirá siendo hombre, aun cuando parezca una bellísima mujer.
Obviamente que al pastor lo tuvieron que sacar con seguridad del programa. Pero declaró una gran verdad: no podemos cambiar lo que nos fue dado por naturaleza. Y he aquí algo maravilloso que no debemos olvidar: nuestra naturaleza a partir del bautismo es la de ser hijos de Dios. Así que aunque actuemos como si no lo fuéramos; aunque en lugar de vivir como príncipes vivamos como mendigos; aunque la gente nos diga fracasados, maldecidos o hijos del demonio…. todo es apariencia. Parecemos, pero no lo somos. Porque no podemos cambiar, hagamos lo que hagamos, lo que nos fue dado por naturaleza.
Hace un tiempo, meditando estas cosas en mi propia vida, me levanté a la madrugada y le di forma a una canción que quisiera compartirte, titulada nada más y nada menos que Parezco.
PAREZCO
Aunque a veces el fracaso diga que ya se acabó,
aunque a veces parezco un mendigo más que un luchador,
aunque a veces ya no sople tanto viento a mi favor,
seguiré cantando firmemente mi mejor canción.
Y AUNQUE A VECES NO ESTOY DONDE QUIERO
Y NO SOY PERFECTO, SÉ MUY BIEN QUIÉN SOY,
AUNQUE A VECES PAREZCO CAÍDO…
SOY UN VENCEDOR.
Y AUNQUE A VECES PAREZCO UNA HOJA
QUE LA ARRASTRA EL VIENTO DE LA MALDICIÓN,
AUNQUE A VECES PAREZCA QUE NO…
TENGO TU BENDICIÓN.
Aunque a veces la muerte susurre que no hay solución,
aunque a veces parezco el herido más que el sanador,
aunque a veces ya no tenga fuerzas, ni motivación,
seguiré cantando firmemente mi mejor canción (9)
Бесплатный фрагмент закончился.
