Читать книгу: «Lo que no sabemos de Malvinas»

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Dedicatoria

Introducción. Malvinas, su gente y nosotros

1. Viajeros (1936-1971)

Conocer para crear conciencia: Juan Carlos Moreno (1936-1937)

Hacia una familiarización con “lo que nos pertenece”: Hipólito Solari Yrigoyen (1957)

La década del optimismo: informes periodísticos (1962-1971)

El futuro de las Malvinas: informes técnicos (1968-1969)

“Un mundo aparte”: tres miradas disruptivas (1963-1971)

2. Isleños (1960-1971)

El problema económico

El problema político

El problema humano

3. Comunicaciones (1971-1982)

El puente aéreo

Conociendo al “otro”: argentinos en las islas e isleños en el continente

La política bifronte de la Argentina

Las islas en la opinión pública argentina

“¿Habrá que invadirlas?”

Dependencia o limitación

Percepción de abandono y reforma constitucional

La Misión Shackleton: crisis diplomática afuera de las islas, crisis política adentro

Cooperación y soberanía

El fantasma de la invasión y la fragmentación de la comunidad isleña

Condominio, congelamiento o retroarriendo

Del hostigamiento a la guerra

4. Cantores (1941-1982)

La causa nacional se hace canción

Elogio del coraje y la masculinidad

“Llegó el momento de jugarnos enteros la patriada”

El regreso de Antonio Rivero

De la ocupación a la guerra

La comunidad emocional

Epílogo. “Solo el viento es el mismo”

Sebastián Carassai

LO QUE NO SABEMOS DE MALVINAS

Las islas, su gente y nosotros antes de la guerra


Carassai, Sebastián

Lo que no sabemos de Malvinas.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2022.

Libro digital, EPUB.- (Hacer Historia)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-151-6

1. Islas Malvinas. 2. Historia Argentina. I. Título.

CDD 997.11

© 2022, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de portada: Ariana Jelik

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: abril de 2022

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-151-6

A mi padre

Introducción

Malvinas, su gente y nosotros

¿Hace falta un libro más sobre las islas Malvinas? ¿Hay algo que todavía no sepamos, o sobre lo que tengamos ideas vagas o no hayamos reflexionado lo suficiente? Este libro es resultado de una respuesta afirmativa a esos interrogantes. Para varias generaciones de argentinos, las Malvinas están ligadas a la histórica reivindicación de su soberanía y, desde 1982 hasta la fecha, al conflicto armado con Gran Bretaña y sus interminables secuelas. Mucho de lo que hace a su historia reciente, tanto anterior como posterior a la guerra, y en especial lo que se refiere a la relación entre las islas y el continente, entre los isleños y los argentinos, ha quedado en cierto modo eclipsado por el carácter casi excluyente que han ocupado esos tópicos. Este libro explora algunos de los capítulos menos visitados de esa historia y aspira a contribuir a una reflexión colectiva sobre las islas Malvinas, su gente y nosotros.

Haciendo tarea de archivo para una investigación anterior, publicada por Siglo XXI en 2013 como Los años setenta de la gente común, encontré más referencias a las islas Malvinas en la prensa argentina de los sesenta y setenta de las que imaginaba que habría. Ese material, que no incluí entonces porque me parecía lo suficientemente rico como para iniciar un proyecto aparte, fue la base de este libro, que fue cobrando forma en torno a preguntas de investigación, esto es, preguntas cuya respuesta desconocía cuando las formulé. Comencé a trabajar revisitando ese archivo original y busqué expandirlo siguiendo la pista que me daban mis propias preguntas. Golpeé muchas puertas y, aunque no todas se abrieron, pude acceder a archivos públicos y privados en los que encontré documentos valiosos, inéditos o desconocidos, que hicieron que la a veces tediosa labor de revisar papeles con ácaros y polvo me deparara momentos de revelación que espero haber sabido transmitir en el texto. El libro no está estructurado en torno a un solo tema ni hay una única tesis que se va desplegando a lo largo de sus páginas, sino que está organizado en función de lo que yo quería saber. Corresponde, entonces, que presente mis preguntas y los caminos que seguí para intentar responderlas.

En la década del sesenta del siglo XX, la “cuestión Malvinas” convocó el interés de muchos en la Argentina, probablemente más que nunca hasta entonces. En el libro analizo las razones de ese interés, pero el hecho mismo de que en ese momento las Malvinas hayan comenzado a gravitar de un modo inédito en la opinión pública llevó a que me preguntara: ¿qué sabían aquellos argentinos de las islas y, sobre todo, de la comunidad que las habitaba, más allá de lo que enseñaban los manuales escolares o aparecía ocasionalmente en el periódico? Es cierto que, aún en los sesenta, incluso los interesados en el tema no lo estaban con la misma intensidad o se focalizaban en distintos aspectos, de modo que la pregunta original pasó a ser otra: ¿qué representaciones sobre los isleños y la vida en las islas tenían disponibles quienes, en el continente argentino, se interesaban en la cuestión Malvinas? En el capítulo 1 intento responder ese interrogante analizando las crónicas de viaje de los argentinos que visitaron las islas y luego difundieron sus experiencias bajo diversas formas de intervención pública. Examino todas las crónicas que encontré en el siglo XX, desde los años treinta, en que se publica la primera, hasta 1971, cuando la comunicación con las islas dejó de ser excepcional y las visitas de argentinos se multiplicaron. Estos viajeros ofrecieron en la Argentina las primeras imágenes e ideas informadas por la experiencia personal acerca de cómo era la comunidad que habitaba las islas y cuáles eran sus inquietudes y anhelos. Todos tuvieron en común la intención de conocer y dar a conocer entre sus connacionales representaciones más nítidas de una realidad y una población a las que juzgaban desconocidas o poco conocidas. Algunos adquirieron luego notoriedad en la cuestión del reclamo por la soberanía y sus voces fueron escuchadas, cuando no convocadas, en foros públicos. Algunos ocuparon cargos en el Estado, ya sea en la política o en la diplomacia. El análisis de estas crónicas invita a una reflexión de carácter más general acerca de la relación entre las convicciones y la visión de la realidad que se aspira a comprender. La época, como siempre y en todos, tiñó el prisma a partir del cual los viajeros realizaron sus interpretaciones. Sin embargo, los matices y las distintas visiones, aun en quienes viajaron en la misma época, confirman que no todos vemos lo mismo y recuerdan que las circunstancias condicionan pero no determinan las ideas que nos formamos del mundo.

Con todo, la realidad que describían no necesariamente debía coincidir con la que se percibía en las islas. La próxima pregunta obligó a un cambio en el punto de vista. Si antes interesaba analizar cómo interpretaron los viajeros argentinos lo que vieron en las islas y en los isleños, ahora se trataba de desentrañar qué percepción tenían los propios isleños de la sociedad colonial que el Reino Unido había edificado tan lejos de la metrópoli, cuáles eran sus problemas y cuáles las soluciones que imaginaban para hacerles frente. A responder esa pregunta dedico el capítulo 2. Me concentro en la década del sesenta porque, aun teniendo en cuenta los sobresaltos generados durante la Primera Guerra Mundial –cuando en las aguas de las islas la armada británica venció a la germana, comandada por el célebre almirante Graf von Spee–, esta fue la época en la que el futuro de las islas comenzó a percibirse amenazado por razones primero internas y luego externas. Estas últimas cobraron forma una vez que la diplomacia argentina logró que la Organización de las Naciones Unidas reconociera la existencia de una disputa de soberanía sobre las islas. Indago aquí cómo se siguieron en el archipiélago las alternativas en torno a esa disputa. Estos fueron los años, además, en que algunos argentinos realizaron incursiones aéreas no oficiales y aterrizaron imprevistamente en Puerto Stanley. Esa historia, habitualmente analizada con el foco en los argentinos que la protagonizaron, en este capítulo se aborda desde la perspectiva de la comunidad isleña. Por último, intento responder la misma pregunta del capítulo 1, solo que ahora en sentido inverso. Aparte de esas incursiones aéreas, que capturaron la atención de todos en las islas, y de las noticias sobre la disputa de soberanía, ¿qué sabían los isleños de la Argentina y de los argentinos? La cuestión adquiría entonces vital importancia, porque la historia marchaba hacia un mayor contacto entre isleños y argentinos. También aquí, como en el capítulo anterior, las convicciones influyen sobre la manera de percibir a los otros.

Las preguntas que ordenan el capítulo 3 fueron, en términos cronológicos, las primeras que formulé. Leyendo la prensa argentina de los años setenta era fácil percibir que esa década fue única en cuanto a la relación entre isleños y argentinos. A mediados de 1971, el Reino Unido y la Argentina llegaron a un acuerdo mediante el cual se estableció una comunicación fluida entre las islas y el continente. Fue un tiempo de grandes cambios para los isleños: la Argentina emplazó el primer aeródromo de las islas, y el Estado, a través de sus empresas y de la Fuerza Aérea, alcanzó una presencia significativa en Puerto Stanley, decenas de niños fueron a estudiar al continente, turistas argentinos comenzaron a visitar con frecuencia las islas. Como desconocía casi todo al respecto, la primera pregunta, elemental, fue: ¿qué pasó entonces? A medida que avanzaba con la investigación, las preguntas se multiplicaron: ¿cómo experimentaron argentinos e isleños ese mutuo conocimiento?, ¿qué impacto tuvo esta nueva etapa en la opinión pública del continente y de las islas?, ¿cómo afectó la discusión diplomática? Y, en términos más conjeturales: ¿podría haberse evitado la guerra? En este capítulo intento responder estos interrogantes a partir de un análisis del período que se abrió en 1971 y que se extendió hasta la invasión argentina del 2 de abril de 1982. Este capítulo retoma el hilo en el año en que lo dejaron los dos primeros. A diferencia de estos, centrados uno en el continente y el otro en las islas, aquí el foco se bifurca y cubre lo que sucedía en ambos lados del mar. El fondo sobre el cual se desenvolvió esta nueva etapa continuó siendo el de la disputa acerca de la soberanía, con momentos de agitación en el continente y coyunturas críticas en las islas, que forman parte del análisis.

Desde el comienzo de esta investigación hubo un interrogante transversal, que cruzaba todas las décadas analizadas en el libro. Los viajeros, los diplomáticos, los políticos, los periodistas, los intelectuales, en resumen, las voces a las que predominantemente recurrí para escribir los capítulos 1 y 3, en mayor o menor medida pertenecían a élites profesionales; pero ¿qué otras representaciones existían en la Argentina, por afuera de esos circuitos, acerca de la cuestión Malvinas, su evolución y eventual desenlace? El capítulo 4, el más exploratorio de todos, ensaya un camino posible para responder ese interrogante a partir del análisis del cancionero popular argentino dedicado a las islas entre la primera marcha compuesta a las Malvinas, en 1941, y el final de la guerra, en junio de 1982. La indagación se concentra en las letras de las composiciones porque no en todos los casos están disponibles las partituras ni se cuenta con registros grabados de las obras. En conjunto, según propongo, esa poética puede analizarse como expresión de una comunidad emocional que, con matices, énfasis y exhortaciones diferentes, convergía en la convicción de que “las Malvinas fueron, son y serán argentinas” y a partir de ella leía y traducía al canto tanto la historia del diferendo territorial como los acontecimientos contemporáneos referidos a las islas. El arte de componer canciones, uno de los más populares en cuanto no demanda necesariamente herramientas culturales sofisticadas ni cuantiosos recursos económicos, en lo que respecta a las islas tendió, en la posguerra, a mirar hacia atrás, hacia el conflicto armado y sus secuelas. En la preguerra y durante el tiempo que duró la ocupación argentina de 1982, que es lo que analizo en este capítulo, la mirada estuvo puesta en el futuro, aun cuando se hablara del presente o se evocara el pasado.

Las islas de la posguerra son analizadas en el epílogo, un texto menos atado a las fuentes y a las referencias, en el que me permito ir y venir en el tiempo y exponer mi propio punto de vista sobre algunos de los temas del libro. El pasado es revisitado ahora desde la actualidad de unas islas que ya poco se parecen a lo que eran cuarenta o cincuenta años atrás. El cambio es tan significativo que sorprendería a cualquiera de los protagonistas de los capítulos de este libro, ya sean isleños, británicos o argentinos. Con una impronta más etnográfica, en este último texto describo el presente de las islas procurando trazar una breve historia de las políticas y decisiones que lo hicieron posible, me detengo a analizar su nueva población y estructura social, y finalmente abordo sintéticamente la relación con la Argentina y la cuestión de la identidad de los isleños. No habría podido escribir este epílogo si no hubiera visitado las islas, algo que hice en diciembre de 2017. En cierto sentido, el libro termina como empezó, dado que la sección final se basa, al menos parcialmente, en la experiencia personal, como sucedía con las crónicas de los viajeros del siglo XX. Las preguntas que motivaron mi viaje, además, no difieren de las que se formularon muchos de ellos: ¿cómo son las Malvinas?, ¿cómo es su población?, ¿cuál es su identidad? Pero esos viajeros tuvieron una ventaja en relación conmigo: visitaron las islas antes de la guerra. Tengo por máxima que, en este oficio de escribir historia, es posible comprometerse con lo que se estudia sin dejarse arrastrar por el compromiso. El historiador no toma distancia porque pasen los años, sino porque es capaz de crear esa distancia. En ese sentido, confieso que donde más esfuerzo debí hacer fue en el epílogo. No me fue indiferente pisar las islas. No me sentí turista ni local. Ajenas y familiares a la vez, no creo que haya muchos argentinos con recuerdos de la guerra que puedan visitarlas sin experimentar algo parecido a un duelo.

Fechas, acontecimientos e interpretaciones de una historia compleja

La historia de las islas está en disputa. Es decir, no hay acuerdo en cómo sucedieron algunos eventos clave y mucho menos en su significado e implicancia. Sin embargo, aunque con énfasis diferentes según quién refiera los hechos, hay algunos que están fuera de toda controversia. Nadie discute, por ejemplo, que las islas carecían de habitantes autóctonos cuando comenzaron a llegar los europeos y que quienes primero establecieron un asentamiento fueron los franceses, en 1764, al mando de Louis Antoine de Bougainville, en un sitio al que llamaron Port Louis, al noreste de la isla Soledad (East Falkland). Provenientes del puerto de Saint Malo, en Francia, los franceses bautizaron las islas como Malouines, nombre que al hispanizarse derivó en Malvinas. También hay acuerdo en que el segundo asentamiento fue británico y se erigió en 1766 en lo que, en una expedición realizada un año antes por encargo del almirantazgo real, el capitán John Byron, en nombre del rey George III, había llamado Port Egmont, en la isla Trinidad (Saunders), próxima a la Gran Malvina (West Falkland). Lo mismo vale para el hecho de que la Corona española, a cargo de Carlos III, reclamó a Francia y a Inglaterra que se retiraran del archipiélago porque estaba dentro de sus dominios y que solo el gobierno francés aceptó hacerlo, en 1767, a cambio de una indemnización. Hay acuerdo en que los españoles, que rebautizaron Port Louis como Puerto de la Soledad y establecieron una guarnición militar bajo la autoridad de la entonces Capitanía General de Buenos Aires, expulsaron a los británicos de Puerto Egmont en 1770 (un incidente que casi lleva a la guerra a Inglaterra y España). Y en que los españoles aceptaron que los británicos regresaran allí al año siguiente y a partir de entonces hubo dos asentamientos, uno español y otro británico, hasta que Gran Bretaña abandonó el suyo en 1774. Nadie discute tampoco que entre ese año y 1811 las islas estuvieron bajo exclusivo control español.

La primera diferencia sustancial en cuanto a la historia de las islas (aparte de la relativa al descubrimiento, en la que hay desacuerdo, aunque es considerado de menor importancia ya que no es determinante para la cuestión de la soberanía) reside en cómo interpretar la espontánea retirada británica de 1774. Los británicos sostienen que Gran Bretaña dejó Puerto Egmont por razones económicas y que expresamente no renunció a la soberanía de las islas: sus hombres dejaron una bandera británica y una placa que hacía saber a todas las naciones que las islas Falklands, y no solo Puerto Egmont, eran de exclusiva propiedad del rey George III. La Argentina argumenta, en cambio, que el retiro británico se hizo en cumplimiento de un acuerdo secreto entre Gran Bretaña y España en virtud del cual la segunda concedió la restitución exclusivamente de Puerto Egmont, en 1771, a condición de que más tarde la primera, salvado el honor, abandonara las islas, cosa que sucedió en 1774. Ese acuerdo secreto nunca pudo probarse, aunque hay documentos que hablan de su existencia desde el siglo XVIII. En cualquier caso, no hay unanimidad en cuanto a la soberanía de las islas durante el dominio español. Gran Bretaña no concede que la soberanía española luego de 1774 fuera tácitamente reconocida por Londres, como sostiene la Argentina.

Mayor controversia existe sobre lo que sucedió luego de que los españoles abandonaron las islas, en el contexto de las revoluciones de la independencia de América del Sur, y sobre cómo interpretarlo. El argumento jurídico en el que la Argentina funda su derecho a la soberanía es el principio que se conoce como utis possidetis iuris, en virtud del cual los Estados surgidos de las independencias son legítimos herederos de los territorios que durante la época colonial pertenecían a las potencias imperiales, con sus mismas fronteras, más allá de la ocupación efectiva. Con la Revolución de Mayo de 1810, de acuerdo con este principio, la soberanía de las islas Malvinas pasó de España a las Provincias Unidas del Río de la Plata, luego la Argentina. Gran Bretaña niega a ese principio validez universal, considera que no aplica para este caso particular porque fue un instrumento de las repúblicas latinoamericanas para resolver sus disputas limítrofes y se adoptó recién en 1848, y además sostiene que, de aceptarse, las islas Malvinas no podrían formar parte de los territorios a heredar porque las Provincias Unidas, cuyas fronteras no coincidían con las que más tarde definirían a la República Argentina, se independizaron de España recién en 1816 y para entonces los españoles hacía cinco años que habían abandonado las islas.

Desde entonces y hasta 1833, casi todo es controversia. En noviembre de 1820, David Jewett, un marino estadounidense que había arribado a Buenos Aires cinco años antes, llegó al Atlántico sur a bordo de la fragata Heroína y, en nombre del gobierno de las Provincias Unidas, tomó posesión de las islas Malvinas en su calidad de coronel del ejército al servicio de la marina del nuevo Estado, algo que notificó a los buques de varias nacionalidades que se encontraban en sus aguas. La ausencia de protesta o represalia por parte de Gran Bretaña ante esta toma de posesión, de la que se hizo eco la prensa internacional, incluso la londinense, para la Argentina constituye una prueba de que el gobierno británico no se consideraba ya titular de la soberanía. El argumento británico resta trascendencia a ese hecho. Sostiene que Jewett era un corsario, que no hubo protesta británica porque el Estado en nombre del cual realizó esa toma de posesión aún no había sido reconocido por Londres (recién lo reconocería en 1825), y que la caótica situación política por la que atravesaba la futura Argentina resta sustancia a los actos de un gobierno incapaz de garantizar su propia continuidad ni de llevar a la realidad los deseos que expresaba en declaraciones escritas (Buenos Aires fracasó en constituir en lo inmediato una colonia permanente, aun cuando en 1824 lo intentó, nombrando capitán de las islas a Pablo Areguatí).

El 10 de junio de 1829, el gobierno de Buenos Aires creó la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas y las Adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico, con sede en la isla Soledad, y nombró a su cargo al comerciante franco-argentino nacido en Hamburgo Luis Vernet, que hacía tres años explotaba concesiones otorgadas por el mismo gobierno en esa isla. En noviembre, Londres protestó. Esa protesta, que afirmaba que el decreto contravenía los derechos de soberanía de Su Majestad británica, y el hecho de que Vernet, luego de la ocupación de 1833, abogó para que el gobierno británico lo indemnizara por sus propiedades en las islas, son dos de los argumentos británicos para desacreditar la autoridad de Buenos Aires para crear aquella comandancia. Para la Argentina, Vernet fue quien levantó la primera colonia exitosa bajo la autoridad de Buenos Aires. Para Gran Bretaña, fue un oportunista privado que, para asegurar sus inversiones en las islas, buscó respaldo en el gobierno de las Provincias Unidas.

En agosto de 1831, tres buques balleneros y loberos estadounidenses fueron capturados en las aguas de las islas por incumplir las normas referentes a la pesca promulgadas por Vernet. El hecho desencadenó una represalia de Estados Unidos, que no reconocía a Buenos Aires autoridad para efectuar esas capturas. A fines de ese año, la fragata de guerra Lexington, que estaba en el Río de la Plata, descendió hasta las Malvinas, desmanteló la colonia levantada por Vernet, apresó a varios de sus pobladores y declaró a las islas libres de todo gobierno. El hecho ocasionó la interrupción de las relaciones diplomáticas entre Washington y el gobierno de Buenos Aires. Al año siguiente, este último designó interinamente un sucesor de Vernet, José Francisco Mestivier, quien viajó al Puerto de la Soledad con mujeres y hombres, entre los cuales se contaban presos por delitos comunes, que poco después de un mes de arribar se amotinaron y lo asesinaron. La colonia quedó a cargo del teniente coronel José María Pinedo, comandante de la goleta Sarandí, que había llegado con Mestivier. Los acontecimientos se precipitaron: a fines de 1832, por orden del gobierno británico, el capitán John Onslow, al mando de la corbeta militar Clio, tomó posesión de Puerto Egmont. El 2 de enero de 1833 Onslow llegó al Puerto de la Soledad y anunció a Pinedo que al día siguiente debía abandonar las islas. Aunque la colonización no fue inmediata (la decisión de llevarla a cabo se definió en 1841 y Puerto Stanley, la actual capital de las islas, fue fundada en 1845), desde el 3 de enero de 1833 hasta el presente, con la excepción de la ocupación argentina de 1982, las islas permanecen bajo la administración británica.

El desacuerdo en torno a ese desenlace podría sintetizarse así: para la Argentina, Gran Bretaña, en virtud de haber advertido que las islas ocupaban un lugar estratégico para el tráfico interoceánico (entonces no existía el canal de Panamá), utilizó sus antecedentes en Puerto Egmont en el siglo XVIII para reflotar una pretensión de soberanía que había abandonado y aprovechó la debilidad del gobierno de Buenos Aires, que no podía ni resistir ni contrarrestar una amenaza de fuerza como la que representó la llegada de la Clio, para expulsar a los argentinos y apoderarse del archipiélago. Para Gran Bretaña, Londres nunca renunció a la soberanía invocada en el siglo XVIII, Buenos Aires no ejercía una soberanía reconocida por otras naciones, la acción de la Lexington había convertido a las islas en tierra de nadie (res nullius), la ocupación de 1833 fue una consecuencia natural de su anterior dominio de Puerto Egmont (cuya legitimidad considera probada por la restitución que España concedió en 1771) y los habitantes de las islas no fueron expulsados sino invitados a quedarse, con excepción de la guarnición militar, y así lo hicieron algunos. En otras palabras: para la Argentina, fue un acto de colonialismo nunca convalidado por ella, como lo prueban, en el siglo XIX, las protestas formales realizadas a Londres entre 1833 y 1840, reanudadas a partir de 1888; para Gran Bretaña, uno de ejercicio de su soberanía nunca resignada, convalidada por el silencio argentino entre 1840 y 1888. Los hechos sobresalientes de esta disputa en el siglo XX serán aludidos en el libro.

Estas son, sucintamente explicadas, las posiciones en pugna sobre la historia de las islas. El propósito de exponerlas conjuntamente, sin sopesar su mayor o menor justicia o fundamento, obedece a que no es este un libro destinado a intervenir en el terreno jurídico, sino a indagar en la historia reciente de las islas, con un énfasis particular en la relación entre isleños y argentinos y, a mi juicio, ese ejercicio es más fructífero si se conocen los argumentos históricos de ambas partes. Podría agregarse más en apoyo de una u otra posición. A casi doscientos años de 1833, existe una extensa bibliografía, también dividida, que impugna los argumentos de la parte contraria.[1] En favor de la brevedad y la claridad, sacrifiqué detalles, simplifiqué acontecimientos y omití referirme a bulas, tratados y convenciones. Sin embargo, a los fines de este libro, creo que lo dicho es suficiente para comprender en qué lectura de la historia funda cada parte su pretensión de soberanía.

Precisiones metodológicas y fuentes

Aunque cada capítulo provee información y análisis útiles para comprender los otros, procuré escribirlos de modo que pudieran leerse como textos independientes. Dado que la comunidad de las islas es pequeña, importan los nombres propios y el análisis pormenorizado de hechos y situaciones en apariencia nimios. Pero al estar atravesada por una disputa territorial que involucra al Reino Unido y a la Argentina, a veces es preciso alejar la lupa y examinar un mismo fenómeno desde una perspectiva más amplia. Así, los cambios de escala en el análisis son frecuentes y, espero, complementarios. Dependiendo del contexto y de quién hable o a quién me esté refiriendo, escribo Malvinas o Falklands; lo mismo vale para otros nombres en las islas. Creo que el texto perdería claridad y coherencia de otro modo. Las traducciones del inglés me pertenecen.

Las fuentes que informan los capítulos y el epílogo son diversas: las crónicas que en distinto formato difundieron los viajeros al regresar de las islas, la prensa argentina, británica e isleña, artículos de opinión en revistas especializadas, informes técnicos encargados por el gobierno británico o por el gobierno de las islas, documentos escritos y visuales de civiles, diplomáticos y militares relacionados con la cuestión Malvinas, diarios personales, cartas, material audiovisual producido por argentinos, isleños y británicos, el registro de obras musicales de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic), los censos y estadísticas producidos por el gobierno de las islas, la información exhibida en el Museo Histórico Dockyard de Stanley, entrevistas a isleños y argentinos realizadas a lo largo de los últimos cinco años y la literatura secundaria relevante para los temas analizados.

Agradecimientos

Las siguientes personas me proveyeron información, facilitaron materiales o concedieron entrevistas relevantes para esta investigación: Carlos Darío Albornoz, María Paula Ansolabehere, Wayne Bernhardson, Alec Betts, Carlos Bloomer Reeve, Jorge Calandrelli, Bernardo Cané, María Fernanda Cañás, María Teresa Cañás, Rodolfo Carnelli y familia, Luis Santos Casale, Daniela Clavel, Mario Clavell, Alejandra Conti, Jorge Durietz, Raúl Espínola, Ronaldo Field, Héctor Gilobert e hijos, Alfredo Lo Balbo, Dora Moneta, Jorge Nesviginsky, Víctor (Tuto) Pérez, Luis Remorino, Enrique Saguier Fonrouge, Juana Sapire de Gleyzer, Hipólito Solari Yrigoyen, Santina Toranzo, Graciela Tricotti y Roberto Vicchio. En las islas, por las mismas razones, agradezco a Richard Anderson, Arlette Betts, Emma Brook, Jan Cheek, John Fowler, Robert King, Pamela McLeod, Alex Olmedo, James Peck, Leona Roberts, Janet Robertson, Gavin Short, Diane Simsovic, Michael Summers y a las personas que me pidieron preservar sus nombres.

La colaboración de varias instituciones y de sus responsables fue indispensable para llevar adelante este proyecto. Gracias al National Humanities Center de los Estados Unidos, a quienes integran el equipo de su biblioteca, Brooke Andrade, Sarah Harris y Joe Milillo, y a mis colegas de la cohorte 2016-2017; al servicio de bibliotecas de la Universidad de Duke, a su directora, Deborah Jakubs, y a su staff, especialmente a Amy Ravenel-Baker; y al Ministerio de Educación de la Argentina, cuyo subsidio “Malvinas en la Universidad” cubrió parcialmente los gastos de mi viaje a las islas. Gracias también a quienes me asistieron en o permitieron el acceso a los archivos de la Academia Nacional de la Historia, el Automóvil Club Argentino, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso de la Nación, el Jane Cameron National Archive de Puerto Stanley, el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán, el Museo del Cine de Buenos Aires y la Sociedad Argentina de Autores y Compositores, en especial a su directorio y a María Lía Bagnoli. Cancillería no permite a los investigadores consultar buena parte de su archivo sobre el tema Malvinas. Debo agradecer, sin embargo, a Juan Echeverri, que me facilitó información sobre exfuncionarios. Gracias también a los responsables de los archivos de los periódicos Clarín, Claudio Reino, y La Gaceta, Sebastián Rosso. Dos de los archivos privados que consulté merecen un agradecimiento especial: el de José Da Fonseca Figueira y el del coronel (RE) Luis González Balcarce. María Carlota de Urquiza Anchorena, viuda de González Balcarce, ya no está con nosotros; vaya mi agradecimiento a sus hijos.

Carlos Altamirano, Oscar Chamosa, Fernando Devoto y Roy Hora leyeron y comentaron generosamente distintos capítulos del libro. Agradezco también la conversación que sobre estos temas mantuve con Maud y Bob Cox, Angélica y Ariel Dorfman, Federico Finchelstein, Danny James, Ariel Lucarini y Nino Tribuzzio, y el diálogo periódico con mis colegas del Centro de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes, dirigido por Elías Palti. Lynn Di Pietro y Deborah Jakubs viajaron conmigo a las islas en 2017 y fueron de vital importancia para recabar los datos y materiales que informan el epílogo. Gracias a Helvecia Frías y Hugo Carassai, por el apoyo de siempre, y a Magalí Novillo, por escuchar más de una vez estas historias.

Distintas versiones en inglés del capítulo 4 fueron discutidas en seminarios y talleres en los programas de historia de la New School for Social Research (2016), la Universidad de Wake Forest (2017) y la Universidad de San Andrés (2021), y en los congresos organizados por el Consorcio de Estudios sobre Latinoamérica y el Caribe de las universidades de North Carolina y Duke (2017) y la Asociación de Estudios Latinoamericanos (2020). Versiones previas del epílogo fueron presentadas en el Instituto de Economía y Desarrollo de la ciudad de Bell Ville, Córdoba (2018), en la Fundación Centro de Estudios Presidente Arturo Frondizi de Buenos Aires (2018) y en el Truman Institute de la Universidad Hebrea de Jerusalén (2019). En todos esos encuentros recibí comentarios que me ayudaron a mejorar mi trabajo. Gracias a Carlos Díaz y a los miembros del comité de la colección Hacer Historia de la editorial Siglo XXI por confiar en este proyecto, y a Ana Galdeano por sus preguntas y consejos.

[1] En años recientes, la historia de las islas fue motivo de una controversia en la que puede encontrarse una discusión actualizada. Véase Marcelo Kohen y Facundo Rodríguez, Las Malvinas entre el derecho y la historia. Refutación del folleto británico “Más allá de la historia oficial. La verdadera historia de las Falklands/Malvinas”, Buenos Aires, Eudeba, 2015; y Graham Pascoe, Falklands Facts and Fallacies: the Falkland Islands in History and International Law. A refutation of Marcelo Kohen and Facundo Rodríguez, disponible para la compra en línea, sin editorial, 2020.

1. Viajeros

(1936-1971)

El 12 de septiembre de 1886, el primer gobernador del recientemente creado territorio nacional de Santa Cruz, el capitán de navío Carlos María Moyano (1884-1887), se casó con la joven Ethel Turner, sobrina del comerciante británico James Felton, nacida y criada en las islas Malvinas.[2] Moyano había conocido a su futura esposa en Puerto Stanley a finales de 1884, adonde había llegado en busca de ovejas y colonos. A propuesta suya, Bernardo de Irigoyen, ministro del Interior del presidente Julio A. Roca (1880-1886), lo había facultado a convenir arrendamientos del suelo santacruceño con habitantes de las Malvinas y la zona de Magallanes.[3] Así, el gobierno nacional intentaba subsanar los fracasados esfuerzos por establecer colonias modernas y fructíferas, en tierras cuya soberanía apenas tres años atrás había asegurado mediante el tratado de límites con la República de Chile. En breve tiempo, apellidos isleños como Halliday, Rudd, Scott, Blake, Patterson, Welden, MacGeorge, Hamilton, Woodman, Redman, Waldron y Wood pasaron a ser también patagónicos. Muchos de estos isleños fundaron prósperas estancias como la Cóndor, sede de The Patagonian Sheep Farming Company, durante mucho tiempo la empresa ganadera más importante del sur argentino.[4]

En los mismos meses en que Moyano lograba cooptar para la Patagonia a algunos de los “hijos más ambiciosos de las Falklands”,[5] funcionarios de los gobiernos de Gran Bretaña y la Argentina iniciaban un filoso cruce diplomático que se extendería por varios meses, a raíz de un mapa elaborado por el Instituto Geográfico Argentino en el que figuraban las islas Malvinas como parte de la República Argentina.[6] El intercambio no fue menor. Edmund Monson, embajador británico en Buenos Aires, quería que el gobierno argentino manifestara que el mapa no revestía carácter oficial. Francisco J. Ortiz, ministro de Relaciones Exteriores de Roca, aprovechó el episodio para proponer discutir “el fondo del asunto”, es decir, la cuestión de la soberanía de las islas, que el Reino Unido consideraba clausurada con el intercambio diplomático entre Manuel Moreno y Lord Palmerston cuarenta años atrás.[7] Que el gobierno argentino haya dado impulso al mismo tiempo a una asociación con isleños y a una discusión con Gran Bretaña da cuenta de dos criterios que en el futuro dejarían de coexistir. Por un lado, el relativo a la zona geográfica, en virtud del cual los habitantes de las islas y los de la Patagonia son vecinos (en el censo argentino de 1914 figuran veinte personas nacidas en las islas). Por el otro, el correspondiente a la relación entre naciones que, aunque desde el punto de vista comercial era amistosa, al menos para la Argentina involucraba un diferendo territorial pendiente de resolución.

Agotada aquella especie de colonización contratada promovida por Moyano, en la que la Argentina adquiría el know how isleño (los colonos británicos estaban habituados al clima del Atlántico sur, conocían el oficio de la cría y esquila de ovejas y podían trasladar a la Patagonia animales desde una corta distancia) a cambio de generosas ventas de tierra y otros beneficios (la estancia Cóndor, la más grande, tenía 200.000 hectáreas), la política británica de desvinculación del continente, al iniciarse la Primera Guerra Mundial, y el despertar de grupos nacionalistas en la Argentina después contribuyeron a que la relación entre naciones fuera desplazando a la relación entre vecinos. Esto no significó una total interrupción de los contactos entre las islas y “the coast”, como allí se llamaba a la zona del continente próxima. El Falkland Islands Gazzette, boletín oficial de la colonia, informa la importación de animales, fundamentalmente caballos, desde “Patagonia”, “Argentina”, o en ocasiones desde un genérico “South America”, que probablemente incluía animales provenientes de la Argentina continental y el Uruguay.

Hacia 1930, sin embargo, visitar las islas desde la Argentina se había convertido en algo excepcional. Hacerlo implicaba tramitar una autorización y probar que se contaba con alojamiento en un archipiélago todavía virgen de infraestructura turística. Superando esos obstáculos, algunos argentinos visitaron las islas y luego hicieron públicas las impresiones de sus viajes en libros, artículos, entrevistas, películas o conferencias. Este capítulo reconstruye esas visitas desde 1936-1937, cuando Juan Carlos Moreno se convirtió en el primer argentino en escribir un libro sobre su viaje a las islas, hasta el Acuerdo de Comunicaciones de mediados de 1971, cuando el contacto entre las islas y el continente se transformó sustancialmente. A partir de esa reconstrucción busco responder un interrogante: ¿qué representaciones sobre los isleños y la vida en las islas tenían disponibles quienes, en el continente argentino, se interesaban en la cuestión Malvinas, ya sea desde esferas de poder o desde el llano?

Algunos de los viajeros aspiraron a elaborar estudios de la población y del archipiélago; otros persiguieron objetivos periodísticos; otros se propusieron difundir una realidad poco conocida. Algunos pertenecían a círculos nacionalistas, otros no. Casi todos proveyeron reflexiones no solo sobre la actualidad sino también sobre el porvenir de las islas y su comunidad. Distintas en su tono y propósito, sus crónicas sumaron, al conocimiento que existía en el país sobre las Malvinas (de índole histórico, geográfico y jurídico), una perspectiva poco común y, para algunos, inapelable: una visión in situ de islas e isleños –difícil de contrastar o contradecir, ya que las crónicas escritas por los británicos no eran de fácil acceso en el país–. Los argentinos que en el siglo XX visitaron las islas y luego hicieron públicas sus impresiones expresaron su convicción acerca de la soberanía argentina del archipiélago. El objeto de sus comunicaciones, por tanto, no estuvo relacionado con la controversia histórica. Lo novedoso de sus aportes fue que acercaron a los argentinos relatos en primera persona de aquellas tierras lejanas cuya realidad, como afirmó uno de ellos, no debía abandonarse a la imaginación.

Conocer para crear conciencia: Juan Carlos Moreno (1936-1937)

“En la Argentina y en el Uruguay existe un criterio equivocado acerca de las Malvinas y de su condición de vida. La mayoría las desconocen. Algunos saben que están habitadas, aunque suponen que sus puertos son insignificantes, de escasa población y de míseras viviendas, sin comodidades, y con un frío glacial y un viento huracanado durante todo el año”, escribió Juan Carlos Moreno (1904-1988) durante su primer viaje a las islas realizado entre finales de 1936 y comienzos de 1937.[8]

Ese desconocimiento, sumado al deseo de propagar una conciencia nacional acerca de la soberanía argentina de dicho territorio, llevó a la Comisión Nacional de Cultura a confiar a él la misión de viajar a las islas, “conocer objetivamente [su] actual fisonomía” y escribir un libro con las conclusiones.[9] Venezolano de nacimiento, naturalizado argentino, Moreno era abogado y profesor de enseñanza media, entre otras materias, de religión, y buena parte de su vida la dedicó a difundir el culto católico. Ejerció la docencia en el colegio Reconquista, en el barrio de Villa Urquiza de la ciudad de Buenos Aires. Prolífico escritor, además de sus trabajos sobre el archipiélago austral –de los cuales Nuestras Malvinas, el libro que resultó de este viaje, fue el primero–, Moreno publicó novelas, cuentos y ensayos. Entre estos últimos, dos trabajos dedicados a la figura de Gustavo Martínez Zuviría (cuyo seudónimo era Hugo Wast), tal vez el novelista más popular en la Argentina de los años treinta, a quien Moreno veía como modelo de hombre católico y nacionalista y de quien era amigo y discípulo. Es probable que haya sido el propio Martínez Zuviría quien propusiera el nombre de Moreno para llevar a cabo la misión a las Malvinas. Desde 1931 y hasta 1954, Martínez Zuviría dirigió la Biblioteca Nacional, institución que integraba la Comisión Nacional de Cultura.[10] Pocos meses después del viaje de Moreno, el primer mandatario de la Nación, Agustín P. Justo (1932-1938), nombró a Martínez Zuviría presidente de esa comisión.

El viaje

Cuando Moreno realizó su primera visita a las Malvinas se podía viajar desde Montevideo o, una vez al año, desde Punta Arenas. El buque Lafonia realizaba el trayecto Montevideo-Puerto Stanley una vez al mes. Los nombres de los buques tuvieron siempre gran significación para los isleños. La prensa de las islas cubría el paradero de muchos de ellos, aun luego de que dejaran de navegar esas aguas, como si se tratara de viejos amigos. Durante un siglo y medio fueron sinónimo de comunicación entre los diferentes puntos de las islas y de único contacto entre estas y el resto del mundo. El Lafonia debía su nombre a los hermanos Samuel y Alexander Lafone, comerciantes británicos de Montevideo que en 1844 adquirieron la mitad austral de la isla Soledad (East Falkland), que hoy se conoce como Lafonia.

El Lafonia en que viajó Moreno era un viejo barco de carga reparado, de 1961 toneladas, cuyo primer viaje al archipiélago austral coincidió con la visita del profesor argentino. Antes, el viaje se realizaba en un buque homónimo, aunque de una capacidad muy inferior (768 toneladas). El “nuevo” Lafonia contaba con lugar para cincuenta y seis pasajeros distribuidos en veintiséis camarotes de segunda clase y cuatro camarotes de clase superior. Tres veces al año el buque conectaba Puerto Stanley con la isla Georgia del Sur, en la que en verano vivían unas mil personas, en su mayoría vinculadas a la South Georgia Company Limited y a la Compañía Argentina de Pesca. Moreno no llegó hasta aquella isla ni tampoco a la lejana Sandwich del Sur, desde principios del siglo XX ambas consideradas por la Corona británica dependencies de las Falklands.[11] Sí realizó viajes de cabotaje a bordo de otro buque, el FitzRoy, que como el Lafonia pertenecía a la Falkland Islands Company (FIC).[12]

Moreno anotó en su crónica que al expedirle el pasaje le advirtieron que el régimen de entrada a las islas era exigente. Antes de viajar consultó al Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina si su viaje no podría sentar un mal precedente para la posición del país en el litigio de soberanía. En ausencia del ministro Carlos Saavedra Lamas, que se encontraba en Europa, el subsecretario de esa cartera le sugirió “proceder con prudencia para evitar todo rozamiento con el gobierno inglés” y permitir que se visara su pasaporte.[13] Moreno, que concebía su viaje como una misión oficial, desoyó sin embargo esa instrucción y gestionó ante la embajada británica de Montevideo la elusión del visado (que no sabemos si consiguió). Como afirmó en la primera edición de su libro, “el deseo de reivindicación [de la soberanía de las Malvinas] se ha[bía] convertido en una cruzada de honor para la pujante generación nacionalista”, de la cual se sentía parte. A ella, más que al gobierno, debía lealtad.

La agencia naviera Maclean & Stapledon, que en Montevideo representaba a la londinense Pacific Steam Navigation Company, tenía la atribución de oficiar de autoridad de migración. Sorteado el escollo migratorio, Moreno pagó las £14 que costaba la travesía (“un alto precio fijado a propósito para evitar el intercambio de pasajeros entre el continente y las Malvinas”) y embarcó rumbo a las islas en la tarde del 24 de diciembre de 1936. El Lafonia partió con las banderas inglesa, uruguaya y argentina pero, según cuenta Moreno, en altamar solo la última desapareció del mástil. Viajó con él César Migone, hermano del capellán salesiano en Puerto Stanley, Mario Luis Migone, a quien Moreno deseaba conocer. De origen uruguayo, Migone había retratado su experiencia en las islas en un libro titulado Treinta y tres años de vida malvinera, cuyo manuscrito Moreno llevaría consigo de regreso a Buenos Aires con el propósito de encontrarle editor. Más de diez años más tarde la editorial porteña Club de Lectores lo publicó, con un prólogo escrito por él. En Nuestras Malvinas Moreno dedica un capítulo a realzar la figura de Migone, “el único defensor eficaz en las islas de los derechos argentinos”.

En la mañana del 29 de diciembre, luego de cuatro días de travesía, Moreno desembarcó en Puerto Stanley, entonces una pequeña aldea de 1300 habitantes a la que encontró “triste y hospitalaria”. En esos años las islas tenían una población total de 2500 habitantes. Las autoridades que lo recibieron le advirtieron que no podía quedarse a trabajar, algo que lo tomó por sorpresa pues nada estaba más lejos de su plan. Se hospedó en lo de una familia de isleños, los Grierson. Todos supieron de su llegada. El mismo día que desembarcó, el periódico de las islas anunció su arribo junto al de otros cinco pasajeros, una práctica habitual en el archipiélago.[14]

Los habitantes

Moreno distingue en los habitantes dos tipos de psicología: la de los nativos y la de los “ingleses”. De acuerdo con su crónica, los últimos no querían hablar con él mientras que los primeros “conversaban amablemente”. Es probable que esa conversación pueda haberse visto entorpecida por la incomprensión recíproca del idioma. Moreno no hablaba inglés. “Busqué desde un principio a los habitantes que hablaban castellano”, cuenta, “principalmente a los argentinos”, que entonces eran cuatro. Lamenta que pocos isleños hablaran castellano y que casi ninguno lo hiciera bien. La excepción eran los latinos que vivían en las islas: el padre Migone, en primer término, pero también las hermanas del colegio para niñas María Auxiliadora, entre quienes se contaban dos argentinas, una chilena y otra italiana. Es factible que en este círculo católico e hispanoparlante recalara Moreno entre tarea y tarea. Con el resto de las personas debía hacerse entender por señas. En ocasiones recurrió a un isleño oriundo de Chile para que oficiara de traductor.

A los nativos los llama “malvineros”, tal como “ellos prefieren llamarse a sí mismos”, traduciendo al español el término Falkland Islanders. Mientras que a estos los describe como ingenuos, sin maldad ni refinamiento, de mediana cultura y modalidades rústicas, a los “ingleses” los retrata como ilustrados y elegantes, en ejercicio de funciones jerárquicas que las autoridades no confiaban a los isleños. Aunque compartan “origen racial”, escribe, “el inglés es como un intruso entre los malvineros”. Si logra hacerse respetar y obedecer, agrega, no es por amor sino porque los nativos constituyen una población temerosa propensa a la superstición. Además, entre los isleños “no hay literatos”. La relación entre nativos e ingleses no solo estaba limitada por el estatus sino también por el tiempo. Una vez concluidas sus funciones, explica Moreno, los ingleses retornaban a Europa.

Católico de oración diaria, Moreno juzga la proliferación de vicios, como el de la bebida, como un rasgo de “incultura” de los isleños, a su vez fruto de la falta de religiosidad. Este parecer tenía en su admirado Migone un antecedente. Luego de más de tres décadas dedicadas a sostener el culto católico en las islas, hacia el final de su tarea Migone escribió que la misión de los padres salesianos, tanto la de sus antecesores como la suya, había fracasado. Y que la principal causa había sido “la indiferencia religiosa” de los pobladores. No se refería a una religión en especial. Una mayoría en las islas “se dice protestante”, sostuvo, “pero ojalá lo fuera de verdad”.[15] Según Mignone, la religión que allí se practicaba era la de “la más completa despreocupación en cuanto se refiere a los intereses religiosos y morales. La mayoría de los católicos están contagiados del mismo mal”. Para Migone primero y para Moreno después, los numerosos divorcios o las prácticas promiscuas también obedecían a la ausencia de verdadera fe.

Críticas aparte, Migone era una personalidad respetada y querida. Muchos isleños guardaban por él un aprecio probablemente fundado más en que había introducido la primera instalación eléctrica y el primer cinematógrafo en Stanley, había creado sin ayuda gubernamental el colegio para niñas María Auxiliadora y había enseñado dibujo técnico, carpintería, francés y castellano, que en su posición favorable a la Argentina en lo que respecta a la soberanía del archipiélago. Cuando falleció a los 74 años, el 1º de noviembre de 1937, el diario Penguin dedicó un obituario breve ese día y uno más extenso cuatro días después, en los que lamentó la pérdida y lo despidió como “un viejo y estimado amigo”.[16] El lector del libro de Migone, al que Moreno conoció ya enfermo, puede constatar que el salesiano uruguayo fue para el profesor argentino no solo fuente de inspiración sino también de información.

Como Migone en su libro, Moreno no deja de notar en el suyo que esa población, que a veces describe como rudimentaria, había sabido construir una sociedad en varios sentidos admirable. Entre sus virtudes anota que en las islas “no existe […] aquel menosprecio hacia los más indigentes” como tampoco existen “pobres en el sentido corriente del vocablo”. “No se conoce el crimen ni la maldad refinada”, la vida pública es ordenada e higiénica y la administración es buena y prolija. Repara en que los obreros rurales ganan el doble que sus pares de la Patagonia a pesar de que el costo de vida sea similar, anota con envidia que “no hay lucha de clases en las Malvinas. No hay miseria. No hay desocupación”, y se sorprende de que casi todos los isleños tengan ahorros en el modesto banco de Stanley.[17] Subraya también la tenacidad de los isleños para vivir en un clima durante muchos meses hostil; admira “la intrepidez de estos isleños fuertes y tranquilos, que nunca protestan ni rehúyen el trabajo”.

Economía y gobierno

Nuestras Malvinas provee una descripción de la economía de las islas y de sus cuentas fiscales, probablemente la primera tan detallada a la que hayan tenido acceso los lectores argentinos. Enseña que la industria principal era la cría de ovejas, que los animales se alimentaban de pastos más abundantes que los de la Patagonia, y que la exportación de lana había arrojado ese año (1936) un saldo positivo de £98.684 (el equivalente a 2 millones de pesos argentinos de entonces).[18] Otros productos, como el cuero y el sebo, explicaban un porcentaje mucho menor de los ingresos (respectivamente, £7825 y £2089). A esa primera actividad, basada en la explotación ovina, le seguía en importancia la caza de ballenas y lobos marinos que, aunque menos relevante que antaño, seguía representando una fuente de divisas.[19] Estas actividades no se realizaban en las islas Malvinas sino en la Antártida y en las islas Shetland del Sur y Georgia del Sur, cuya estación ballenera, Grytviken, todavía era la más importante del mundo.[20] Moreno provee tablas que demuestran el descenso de esta actividad, así como el rendimiento decreciente del aceite extraído de estos animales, dado que la población de ballenas se extinguía y cada año se cazaban ejemplares más pequeños. La tercera industria era el guano, que en 1936 representó £56.266, y la cuarta, muy menor en términos de divisas, era la pesca.

Moreno repara también, como lo harán todos los viajeros argentinos, en la importancia que revestía la Falkland Islands Company. “Un tercio de la tierra con hacienda es de la FIC, que tiene 250.000 cabezas de ovinos”, escribe. Los establecimientos productivos que no eran de ella, informa, pertenecían a compañías establecidas en Londres. El día a día de las estancias estaba a cargo de un administrador y su familia. Las estancias tenían entre 10.000 y 60.000 hectáreas y albergaban entre 8000 y 35.000 ovejas. En conjunto, el stock de ovejas ascendía entonces a 600.000 (aunque Moreno informa que alcanzaba las 800.000) y producían 2 millones de kilos de lana anuales.[21] La población vacuna era notablemente inferior (20.000) y la equina más aún (3000). Como observa Moreno, la FIC ejercía el monopolio de la navegación insular y también, a partir de 1931, de la que conectaba las islas al mundo. Además de ser propietaria de los buques Lafonia y FitzRoy, en 1936 era dueña de doce de las veinte islas pequeñas entonces destinadas a hacienda, sostenía dos escuelas rurales y se encargaba de realizar las operaciones bancarias. Moreno fue pionero en identificarla como uno de los principales enemigos de las pretensiones argentinas.

Es probable que ya en los años treinta haya habido isleños disconformes con el monopolio que ejercía la FIC en la vida económica y social. Moreno les atribuye severas quejas. Varios isleños le habrían confiado que sufrían por parte de la compañía una “opresión económica irritante” y que miraban “con repugnancia [sus] maniobras envolventes”. Consustanciado con el discurso antiimperialista del revisionismo nacionalista, Moreno compara esa opresión con la expoliación de riquezas al servicio de intereses extranjeros en la Argentina continental: en las Malvinas “el espíritu que anima a la FIC es el mismo que se encuentra latente en las grandes empresas explotadoras, al estilo de las que soporta el pueblo argentino”. En las ediciones posteriores al advenimiento del peronismo, hará una salvedad al respecto: “téngase presente que esta obra fue publicada en 1938”.[22]

En cuanto al intercambio comercial entre las islas y el mundo, en 1936 el 80% de las mercancías provenía del Reino Unido y el 20% restante mayormente del Uruguay y de Chile. Moreno anota que el comercio con la Argentina era “nulo”. En rigor existía, como lo prueban los avisos publicitarios de mantecas de primera y segunda línea de origen argentino y algunos otros pocos productos en el diario Penguin, pero su volumen era irrelevante. Con todo, el manejo de la economía despertó admiración en Moreno. En 1936, tanto la balanza comercial (exportaciones por £116.657 contra importaciones por £102.087) como la cuenta fiscal (ingresos por £58.000 y egresos por £52.000) eran superavitarias.

En su visión, sin embargo, la descripción positiva de finanzas y gobierno queda contrarrestada por las deficiencias. Entre ellas, el estancamiento demográfico (en 1936 hacía tres décadas que la población permanecía en torno a las 2500 personas), el provincialismo (una mayoría de isleños nunca había salido de las islas), la dificultad para promover desarrollos económicos alternativos a la lana, la necesidad de importar muchos de los alimentos que consumían, y la escasez de leche de vaca que, junto con un deficiente servicio odontológico, explicaba el alto número de dentaduras enfermas. Esas dificultades, que privaban a los isleños de un futuro promisorio, pensaba Moreno, se mantendrían en tanto las islas permanecieran bajo control británico.

No quieren ser británicos

Durante 1936 y 1937, antes, durante y después del paso de Moreno por las islas, el periódico isleño dedicó artículos a la guerra civil en España, al ascenso del nazismo en Alemania, a la figura de Mussolini en Italia y, sobre todo, a la actualidad británica y particularmente a la londinense, que abarcaba tanto los resultados de los partidos de fútbol de primera, segunda y tercera división de Inglaterra y los de la liga escocesa como noticias de color al estilo “Heavy Rains in England” o “Princess Elizabeth’s Birthday”. La Argentina, y más en general América Latina, no formaban parte de la agenda noticiable del periódico. A pesar de ello, Moreno afirma que “a los malvineros les interesa lo que sucede en Buenos Aires”.

El único artículo que en esos años apareció en Penguin referido a un argentino fue la traducción del texto que Moreno escribió para Caras y Caretas, citada al comienzo. Es probable que no le haya faltado razón a Moreno cuando sostuvo que ese artículo gustó a todo el mundo en las islas. Su tono es amigable, elogioso tanto del paisaje como de la población, y omite referencias a la cuestión de la soberanía. Pero aquel artículo distaba en tono y contenido de Nuestras Malvinas, donde Moreno parece querer convencer al lector argentino de que los isleños, como mínimo, no querían ser británicos. Partía de premisas ciertas, como que “Inglaterra está muy lejos y [los isleños] no la conocen”, o que “[los isleños] no han nacido en Inglaterra” y prefieren llamarse a sí mismos “malvineros” [por Falkland Islanders]. A partir de ellas, infería que Inglaterra era, para los nativos, “un país extranjero al que están obligados a reconocer”, o que en el hecho de verse más como “malvineros” que como británicos “despunta[ba] un germen de independencia”.

Moreno incluyó en su libro anécdotas de las que extrajo conclusiones sobre la población isleña y su relación con la Argentina. Menciona “los repetidos casos de malvineros que ingresan al país y se hallan abocados a modificar la nacionalidad británica consignada en sus documentos originarios”. Destaca el caso del “patriota Vicente Biggs”, un isleño que había sido consejero del gobierno de las islas, que un día, según le habrían contado, se “irritó de tal modo con las autoridades locales, a causa de ciertas arbitrariedades, que llegó a declarar en público que prefería una administración argentina antes que la británica”. Afirma que la esposa de un funcionario inglés, cuyo nombre omite, le manifestó su preferencia por una administración argentina. En una edición posterior agregará que en 1949 el juez argentino en lo civil, Roberto Palmieri, resolvió favorablemente el pedido “del súbdito británico” Juan Howard Poynor, que solicitaba la inscripción en el Registro Civil de la Capital Federal de sus hijos Miguel y Valeria por haber nacido en el territorio argentino de las islas Malvinas.[23] Más allá de la mayor o menor precisión de los hechos narrados, lo significativo es que su lectura conjunta daba sustento a la idea de que algunos isleños no solo no querían ser británicos sino que, secretamente, deseaban ser argentinos.

La distinción entre ingleses y nativos le sirvió para diferenciar las reacciones que su presencia suscitó en las islas. A los primeros los describe molestos por la visita de un argentino. De acuerdo con su crónica, el padre Migone primero le aconsejó esconder su nacionalidad y, cuando ello se tornó imposible, le advirtió que la Secretaría Colonial estaba buscando una excusa para encarcelarlo. A los segundos, en cambio, les atribuye una simpatía implícita hacia él y hacia una eventual administración argentina. “Los ingleses defienden ciegamente la ocupación británica y lo expresan sin ambages”, escribe, “el nativo, en cambio, es más reservado en su opinión, porque él no es inglés, porque a él no le interesa defender la situación inglesa”. Convencido de que los isleños estaban a disgusto con la Corona, llega a especular que la esporádica presencia de barcos británicos en las costas de las islas podría obedecer al temor de Londres a un alzamiento local contra la autoridad colonial. “El corazón me anuncia”, escribió ya en la primera edición de su libro, “que no está lejano el día en que las islas Malvinas tornen a sus verdaderos dueños”.

Durante su visita Moreno se sintió vigilado. Entre quienes sospechaban del propósito de su viaje se encontraba uno de los argentinos que entonces vivía en las islas. Moreno supo de él en el viaje de ida a bordo del Lafonia cuando un pasajero, nativo de las islas, le recomendó que no dejara de visitar a su compatriota. El consejo era malicioso. Hijo de británicos, nacido en Buenos Aires y crecido en Rosario, Ernesto Guillermo Rowe (1896-1975) era un defensor del derecho británico a las islas. Administraba el Estate Louis Williams, el negocio más importante en Puerto Stanley después de los que pertenecían a la FIC. Además, era cónsul de Chile y de Francia ante Gran Bretaña. Cuando se conocieron, Rowe le advirtió que no tomara fotografías a los tanques de petróleo alojados frente a la bahía del puerto porque el almirantazgo británico lo tenía prohibido. “En la primera oportunidad propicia”, cuenta Moreno, “registré en mi cámara fotográfica el panorama que abarcaba a los dos tanques de petróleo”, fotografía que incluyó en su libro. Nuestras Malvinas tiene un capítulo dedicado a Rowe, “un argentino que piensa con cabeza forastera”. Moreno anota que los argentinos que viven en las islas desconocen los antecedentes del litigio de soberanía. “Como no se ha producido ningún suceso trascendental que lo justifique”, explica, “acaban por no dar importancia a la cuestión”.


Fotografía de los tanques de petróleo en la bahía de Stanley (1937) tomada por Moreno.

Aunque solo al padre Migone haya podido confesar “el verdadero propósito en [su] viaje”, Moreno no era un espía ni un agente de inteligencia. Era un nacionalista católico que en los hechos y con la pluma comenzaba a asumir como propio, y colaboraba a diseminar entre sus conciudadanos, el propósito de recuperar las islas. En este último sentido, Nuestras Malvinas contiene mensajes que parecen dirigidos no tanto a una audiencia general como a la clase política argentina. “Los ingleses no temen de nuestros actuales gobiernos una invasión animada con deseos de reconquista”, escribe. Inmediatamente después lamenta que las relaciones diplomáticas y comerciales entre la Argentina y Gran Bretaña fueran “demasiado amistosas”. Informa las posibilidades defensivas con que contaban los británicos en la zona (“no tienen buena defensa, no hay barcos de guerra permanentes”). Aunque las islas tuvieran “un cuerpo de voluntarios de unos 200 hombres, no existe una sólida guarnición permanente y organizada en Stanley”, de modo que “en tiempos de paz, cuando nadie espera allí el ataque de ningún país beligerante, la reconquista por sorpresa de las Malvinas no sería imposible de realizar”.

En el último capítulo, la cuestión de la “recuperación” del territorio se aborda con mayor detalle. Allí reflexiona sobre los pros y contras de las distintas alternativas, incluida la de una invasión. Luego de rechazar la posibilidad de un arbitraje internacional y de descartar por inviable una penetración paulatina en la población (“las autoridades británicas […] se hallan en una actitud de constante alerta […]. La entrada de un solo hombre es rigurosamente controlada”), analiza la opción de una ocupación por la fuerza. “Hay quienes piensan en la conveniencia de medidas radicales, de hechos consumados”, escribe, “como, por ejemplo, de una invasión por sorpresa, con el apoyo o sin el apoyo de las fuerzas navales”. Moreno primero desestima esa opción, pero luego plantea una condición que introduce un matiz: una ocupación sorpresiva constituiría “una actitud aventurada y destinada a fracasar si no se tienen presentes los recursos defensivos con que cuentan las islas y la posición de las relaciones diplomáticas existentes entonces entre los gobiernos argentino y británico”. Descartada como aventura, la invasión parecería no desestimarse como jugada táctica de una estrategia más amplia. Su apuesta final, sin embargo, combina una propuesta pedagógica hacia adentro con un alegato moral hacia afuera. Debiera procurarse, dice, expandir la conciencia acerca de la soberanía de las islas a lo largo de toda la Argentina hasta que Gran Bretaña escuche (“debe escuchar”, escribe) “el clamor unánime de toda una gran nación que le formula una acusación grave y que aspira a recuperar un patrimonio legítimo”.

Conseguidas las Malvinas, ¿qué harían los argentinos con ellas? Es probable que Moreno haya sido el primer intelectual que responde en forma escrita ese interrogante. Como se señaló, estaba convencido de que las islas serían tarde o temprano gobernadas por la Argentina. Advierte, entonces, que a la reconquista física deberá seguirle “la reconquista espiritual”. ¿Cómo la imagina? Los residentes ingleses emigrarán, al igual que los isleños con intereses en Londres y los que por alguna razón no deseen someterse a Buenos Aires. Sin embargo, la “gran masa de nativos permanecerá”, pues para ellos “será lo mismo una u otra dependencia”, dado que no se sienten británicos sino “isleños o patagónicos”. A los que queden habrá que enseñarles el idioma español y la religión católica. Las calles y localidades deberán rebautizarse con nombres hispanos –una idea que se hará parcialmente realidad en 1982, mientras duró el gobierno argentino de las islas–. “Esta visión no es un sueño”, concluye, “no es un vago anhelo engendrado por el sentimiento patriótico […], es una esperanza halagüeña que veo cumplida en un futuro cercano del engrandecimiento nacional”.

Regreso al continente

Viaje y libro de Moreno constituyeron una empresa pionera y él lo sabía. Pensaba que, después de la batalla de Caseros, la conciencia nacional sobre el archipiélago austral había quedado “recluida en la subconsciencia argentina”. En 1944, al publicar la tercera edición de Nuestras Malvinas, ubicará precisamente en los años treinta el final de esa reclusión, fruto del “despertar de grandeza que agita a las nuevas generaciones, totalmente divorciadas de las concepciones liberales del siglo pasado”.[24] En sintonía con el revisionismo que había despuntado en los años veinte, Moreno adjudicaba al liberalismo una ideología extranjerizante y antinacional.

¿Dónde veía el ocaso de esa ideología y el despertar nacional en la cuestión Malvinas? En 1932 una estampilla postal de 1 peso incluyó a las Malvinas dentro del territorio nacional. Al año siguiente, al cumplirse cien años de la administración británica, el gobierno argentino negó valor franqueable a una emisión de estampillas conmemorativas que hizo el Reino Unido. Pero los actos que consideraba más significativos habían comenzado en 1934, cuando el senador socialista Alfredo Palacios impulsó en el Congreso de la Nación la afirmación de los derechos argentinos sobre el archipiélago. Palacios fue también autor del proyecto de ley 11.904 que ese mismo año ordenó traducir al español la obra de Paul Groussac, Les Îles Malouines: nouvele exposé d’un vieux litige, publicada en francés en 1910, y distribuir una versión abreviada en las escuelas. En esa obra se reunieron por primera vez los argumentos y documentos históricos favorables a la posición argentina.[25]

La Comisión Nacional de Cultura que envió a Moreno a las islas había inaugurado un nuevo tipo de aporte: una observación in situ de territorio y habitantes, una reflexión investida de la autoridad de provenir, por primera vez en el siglo XX, directamente del territorio en litigio. En breve tiempo, libro y visita convirtieron a Moreno en una voz reconocida sobre el tema. Nuestras Malvinas se publicó en octubre de 1938, con un subtítulo que aclaraba contenido y financiación: “Viaje de estudio y observación, con beca otorgada por la Comisión Nacional de Cultura”. Agotado en pocos meses, su segunda edición (septiembre de 1939) sumó un prólogo de los responsables de la editorial La Cruz y la Espada, que realzaba la importancia de la obra. En ediciones posteriores incluyó una nueva sección sobre la Antártida. A instancias de Oscar Ivanissevich, ministro de Educación del gobierno peronista (1946-1955), a mitad de siglo Nuestras Malvinas se convirtió en lectura obligada en todas las escuelas e institutos oficiales del país.[26] Para 1956, la obra había alcanzado siete ediciones y su autor era un referente de la “causa Malvinas”.[27]

Las islas fueron tema de numerosas conferencias que Moreno dictó en colegios nacionales, universidades públicas y círculos literarios en las principales ciudades del país. Realizó entrevistas radiales, escribió decenas de artículos para periódicos y revistas.[28] Además de sus intervenciones como especialista, luego de su viaje de 1936-1937 Moreno formó parte de varias iniciativas oficiales sobre la cuestión Malvinas. En 1939 participó en calidad de secretario de la Junta de Recuperación de las Malvinas, cuyo primer presidente fue Alfredo Palacios.[29] Esa Junta estuvo encargada de organizar, en 1940, el concurso nacional del que surgió ganadora la “Marcha de las Malvinas”, con letra de Carlos Obligado y música de José Tieri, compulsa en la que Moreno fue jurado. A partir de entonces, las ediciones futuras de Nuestras Malvinas incluyeron la letra íntegra de ese himno, que será analizado en el capítulo 4.

Moreno vio con satisfacción que con el peronismo la causa Malvinas adquiriera un impulso estatal inédito. El 2 de septiembre de 1946 el gobierno estableció que los mapas argentinos no debían adolecer de fallas que lesionaran la soberanía nacional.[30] El 15 de febrero de 1947 el canciller Juan Atilio Bramuglia rechazó el ofrecimiento de ayuda logística que la embajada británica le había cursado para brindar asistencia a una expedición científica argentina, por considerar inaceptable que se calificara a sus miembros de “visitantes”, y Moreno escribió al canciller celebrando la firmeza de su contestación. En 1948 el Congreso aprobó una declaración que reafirmaba la soberanía nacional en las islas Malvinas y la Antártida y, por decreto presidencial, creó la División Antártida y Malvinas, que funcionó bajo la dependencia de la Subsecretaría Política del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. El 7 de octubre de 1948, la Argentina afirmó por primera vez en el ámbito de Naciones Unidas su soberanía sobre las Malvinas. En 1950, una novedad editorial apuntaló la causa. Bajo el título La pugna por las islas Malvinas, el Servicio de Informaciones Navales del Ministerio de Marina publicó la primera edición en español de The Struggle for the Falkland Islands de Julius Goebel Jr., editado por la Universidad de Yale en 1927. Los documentos de los archivos de Simancas y de Madrid analizados por Goebel Jr. lo convencieron de la justicia del reclamo argentino. A partir de 1950, Goebel Jr. será citado entre argentinos como imparcial por su condición de extranjero. Así lo hará Moreno, que en el mismo sentido invocaba la condición de uruguayo del padre Migone.

Dado que el tema de este capítulo son las crónicas de los viajeros, concentré mi análisis en el relato que Moreno realizó de su visita a las islas. Su libro, sin embargo, comienza con un prefacio, que en ediciones posteriores llamará “Breve historia de las islas Malvinas”, que sintetiza la historia nacionalista del archipiélago. Allí rescata las incursiones francesa y española del siglo XVIII y las de Buenos Aires, de comienzos del siglo XIX, restando importancia y asidero legal a las británicas y denunciando por falsa su versión de los hechos. La colonización llevada a cabo por Buenos Aires reaparece en uno de los capítulos en forma de herencia idiomática, en una observación destinada a perdurar hasta nuestros días: la presencia de vocablos criollos en las islas y el hecho de que los isleños entremezclan en su inglés palabras castellanas como “campo, estancia, recado, apero, palenque”, o distinguen los caballos según su pelo con los vocablos “zaino, alazán, tordillo, malacara”. Las palabras hispanas que se utilizan en las islas han sido y aún son motivo de nostalgia patria en la Argentina. La conclusión que a menudo se extrae de ello no difiere de la de Moreno: “¡He ahí una auténtica tradición criolla todavía latente después de un siglo de usurpación!”. Moreno volvió a viajar a las islas al iniciarse la década del setenta y, ya vigente el Acuerdo de Comunicaciones, escribió La recuperación de las Malvinas, su segundo libro sobre el tema.

Hacia una familiarización con “lo que nos pertenece”: Hipólito Solari Yrigoyen (1957)

“Hasta no hace muchos años la mayoría de nuestros compatriotas tenía una vaga e incierta idea del sur argentino […] Los tiempos modernos, con el aumento de las comunicaciones, han permitido rectificar, o al menos precisar en sus alcances, conceptos erróneos y genéricos en lo que a la Patagonia se refiere. Pero esa antigua versión negra de nuestros territorios austrinos subsiste sin ningún fundamento con respecto al archipiélago de las Malvinas […] Así como el país posee una conciencia inequívoca de su soberanía, es hora ya de que tenga también una exacta visión de esas comarcas que nos pertenecen y de que se familiarice con ellas”, escribió Hipólito Solari Yrigoyen (1933-) en la década del sesenta.[31] Veinte años después del viaje de Moreno, Solari Yrigoyen juzgaba firme la conciencia nacional sobre las islas, pero deficiente el conocimiento de los argentinos sobre ese territorio y su población. Mientras que todos las amaban como a cualquier otra parte del país, sostuvo, “existe una gran ignorancia sobre todos los aspectos de nuestro archipiélago austral”.[32] Admirador de la empresa llevada a cabo por Moreno,[33] en 1957 visitó por primera vez las islas junto a su mujer, Teresa Marta Hansen, con el propósito de sumar conocimiento al sentimiento.

Solari Yrigoyen compartía con Moreno el anhelo de conocer personalmente la realidad de las islas y la intención de difundir sus reflexiones en forma escrita y “con sentido pedagógico”.[34] A diferencia del viaje de Moreno, que había sido financiado por un ente de cultura estatal, los fondos para el viaje de Solari Yrigoyen provinieron de una empresa privada, el periódico La Razón. También su trayectoria ideológico-política era diferente. Mientras que Moreno pertenecía a círculos nacionalistas de la élite de la década del treinta y luego devino partidario y funcionario del peronismo, Solari Yrigoyen –en 1957 un joven abogado y periodista de 24 años– se desempeñó desde muy temprano dentro del ámbito de la Unión Cívica Radical (UCR) y, entre otros datos de su destacada carrera política posterior, fundó junto con Raúl Alfonsín el Movimiento de Renovación y Cambio, fue dos veces senador de la Nación por la UCR y vicepresidente del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas.[35]

Un ornitólogo estadounidense

En 1957, La Razón, el periódico de mayor tirada en habla hispana (imprimía entre 250.000 y medio millón de ejemplares diarios), atravesaba una situación irregular. La “Revolución Libertadora” que había derrocado al general Juan Domingo Perón (1946-1955) había intervenido la sociedad anónima propietaria del periódico y Ricardo Peralta Ramos, su principal accionista, había sido conminado a abandonar su dirección. Solari Yrigoyen, subdirector del vespertino, era en los hechos la máxima autoridad de la redacción y tenía autonomía respecto de quienes administraban la intervención. En 1956 propuso enviar a las diferentes regiones del país a sus mejores redactores para informar desde cada geografía las vicisitudes de los habitantes de todo el territorio nacional. Las notas que resultaron de estos viajes integraron una sección especial titulada “Más allá de la General Paz”. Patagónico por adopción, Solari Yrigoyen reservó para sí la región austral: las provincias del Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, y las islas Malvinas.[36]

Privado de viajar, dado que su solicitud había sido denegada por las autoridades británicas por no cumplir con el requisito de que un residente le garantizara lugar para hospedarse, las notas sobre las Malvinas que escribió para el diario estuvieron dedicadas a comentar las impresiones que las islas habían dejado en un ornitólogo estadounidense que, dos años atrás, las había recorrido con su mujer durante cuatro meses. Solari Yrigoyen se abocó a analizar “el testimonio serio y responsable” de Olin Sewall Pettingill Jr., investigador de la Estación Biológica de la Universidad de Michigan, autor de un extenso artículo científico sobre los palmípedos de las islas publicado en The National Geographic Magazine. Pettingill Jr. había sido enviado a las Malvinas por Walt Disney Productions con la misión de observar y filmar hábitos de los pingüinos para informar una nueva película de la serie “Disney True Life Adventure”, cuyo título sería “Islands of the Sea”.

Las breves anotaciones que el estadounidense desliza sobre la historia de las islas y su población alcanzaron a Solari Yrigoyen para justificar una intervención de tono denuncialista no contra el ornitólogo, a quien trata con respeto excepto cuando lo acusa de “transcribir los disparates” que enseñan los británicos, sino contra Gran Bretaña. Los títulos de sus tres columnas en La Razón dan idea de su contenido: “Nuestras islas Malvinas, aisladas del mundo y sin perspectivas de progreso, se hallan sometidas a un anacrónico régimen colonial”, “El monopolio de una compañía [en alusión a la FIC], a la vez banquero, almacenero y prestamista, estrangula la economía de las islas Malvinas” y “La vida de los pobladores de las Malvinas acusa un atraso de más de medio siglo: no tienen diario y hay muy pocas escuelas”.

Paradójicamente, esas notas reabrieron la posibilidad del viaje abortado semanas atrás. Luego de leerlas, el responsable del servicio de informaciones de la embajada británica en Buenos Aires, Sir Randoll Coate, se comunicó con Solari Yrigoyen, a quien conocía de antes, lo invitó a almorzar y allí se comprometió a facilitar su viaje a las islas. Los trámites llevaron tres meses. Antes de terminar julio, viajó junto a su mujer a Montevideo y embarcaron rumbo a las Malvinas en un viaje que, según él destacó, nunca había hecho un matrimonio de argentinos. Solari Yrigoyen volcó las impresiones que dejó su propio paso por las islas en un libro, una película y dos extensos artículos. El libro se llamó Así son las Malvinas y fue publicado en Buenos Aires por la editorial Hachette, en 1959. La película homónima, con imágenes en 16 mm tomadas por él, de cincuenta minutos de duración, circuló sin haberse editado de modo oficial.[37] Los artículos aparecieron en un pequeño libro de difusión titulado Las Malvinas de hoy, publicado por la editorial Oriente en Puerto Madryn, Chubut, en 1966.

El viaje

Así son las Malvinas comienza con una confesión. Viajar a las islas constituía, para Solari Yrigoyen, “una vieja ambición”. Había venido preparándose desde antes de presentar la idea a La Razón, reuniendo y estudiando bibliografía. Las obras que más influyeron en su ánimo, cuenta, fueron cinco: dos vinculadas a la cuestión de los derechos soberanos sobre el territorio, las tres restantes a su aspecto humano. Las primeras dos son las ya mencionadas La pugna por las islas Malvinas, de Julius Goebel Jr., y Las islas Malvinas, de Paul Groussac. Al igual que Moreno, Solari Yrigoyen consideraba que el hecho de que ambos autores fueran extranjeros bastaba para “no poder tacharlos de parciales en sus alegatos”. Las obras relativas a la población y a la vida cotidiana son Toponimia criolla en las Malvinas (Editorial Raigal, Buenos Aires, 1956), de Martiniano Leguizamón Pondal, y “dos obras que son fundamentales”: Nuestras Malvinas, de Moreno, y Treinta y tres años de vida malvinera, de Migone. Al igual que sucedía con Moreno, la bibliografía considerada relevante se ceñía a un conjunto reducido y coincidente de textos.

Solari Yrigoyen también consultó a las autoridades argentinas si su viaje podría ocasionar un inconveniente diplomático. La consulta la realizó al entonces canciller, Alfonso de Laferrère, quien la redirigió a la Dirección de Soberanía Territorial, División Antártida y Malvinas. A diferencia de la respuesta que obtuvo Moreno, esta oficina sostuvo que un argentino no podía viajar a las islas porque permitir el visado de documentos por el gobierno inglés lesionaba la soberanía. La asesoría legal de cancillería, sin embargo, opinó en sentido opuesto, en tanto el viaje se realizase a título individual. Más allá de lo que cada ventanilla estatal sostuviera al respecto, lo que interesa destacar es que Solari Yrigoyen no quería viajar sin antes asegurarse de que ello no lesionaría la posición argentina. Como antes Moreno, percibía su viaje como una misión que involucraba intereses de la nación. Es cierto que el anfitrión que Sir Coate había conseguido para que el matrimonio se hospedara en Stanley favorecía esa percepción. Se trataba de Aubrey Denton-Thompson, secretario colonial de las islas, autoridad por encima de la cual solo estaba el gobernador. Siendo la de ellos, probablemente, la primera visita de argentinos en los últimos veinte años y habiendo debido intervenir la embajada británica para hacer posible el viaje, es comprensible que sintieran que sus actos y palabras podrían tener, en ese contexto, ecos oficiales. La crónica que Solari Yrigoyen escribió refleja ese sentimiento.

El viaje desde Montevideo seguía demorando aproximadamente cinco días, según las condiciones de navegación, pero el buque que a finales de julio de 1957 transportó a Solari Yrigoyen y su mujer a las islas no fue el Lafonia sino el famoso R.M.S. (Royal Mail Ship) Darwin. Charles Darwin (1809-1882), el célebre científico nacido en Shrewsbury, visitó las islas en los otoños de 1833 y 1834. Sus notas sobre esos viajes pueden leerse en el libro The Voyage of the Beagle y en el capítulo XII de The Works of Charles Darwin. A pesar de que se refiere a ellas como “islas miserables”, la historia oficial isleña sostiene que su paso por allí gravitó en el desarrollo de su célebre teoría de la evolución. La localidad de mayor importancia después de Stanley lleva su nombre y sus viajes son mentados en el Historic Dockyard Museum, el museo de Stanley. Para quienes vivieron en las islas entre 1957 y 1971, “Darwin” fue por sobre todas las cosas el nombre de su nexo con el mundo. No solo por el transporte de pasajeros. En ese buque llegaban periódicos, libros, películas, correspondencia y los bienes y productos que se consumían.

Como si faltaran coincidencias con el viaje de Moreno, a los Solari Yrigoyen también les tocó el primer viaje de la embarcación en esa ruta. El Darwin era un buque de 1793 toneladas con capacidad para unos 40 pasajeros y estuvo en actividad hasta que en los años setenta la comunicación aérea con la Argentina reemplazó la marítima con el Uruguay (véase capítulo 2). Entre sus compañeros de viaje estaban la señora y la hija del gobernador colonial, Sir Edwin Arrowsmith (1957-1964). Al divisar Puerto Stanley, Solari Yrigoyen dice haber recordado las palabras de otro argentino, el comandante Augusto Lasserre, que en 1869, en carta a José Hernández, había retratado el panorama que ofrecía esa aldea como de “una indescriptible belleza”. Así, Solari Yrigoyen inscribía su viaje en una saga que se remontaba al siglo XIX. Una vez en tierra, cuenta, “debí convencerme de que se había cumplido un deseo que por tanto tiempo creí inalcanzable. Estaba en las islas Malvinas”.

Las islas: actualidad y destino

Como en el caso de Moreno, Solari Yrigoyen proveyó información novedosa para los argentinos, especialmente en lo que respecta a la economía y cultura de los isleños. Contó, por ejemplo, que pese a no existir tráfico comercial formal entre Buenos Aires y las islas, llegaban artículos “con el sello de la industria nacional”. La firma Waldron S.A., empresa con oficinas en el microcentro porteño, compraba mercadería, la enviaba a Montevideo y luego la FIC (de cuya propiedad participaba Waldron, un dato que Solari Yrigoyen quizá no conocía) se encargaba de hacerla llegar a destino. “La fruta, el queso, la manteca, el jamón, la panceta, el tocino y el trigo que se consumen en las islas”, escribió, “tienen origen argentino, y no inglés”. Todo lo demás se importaba del Reino Unido y de algunos otros lugares, como las Antillas holandesas y Noruega. El grueso de lo exportado (“grasa de ballena, lana, carne de ballena, hueso molido, cueros, pieles, aceite”) tenía como destino Londres. Contrariando un juicio difundido en Buenos Aires, proveyó estadísticas de inversión y beneficios que probaban que el Reino Unido obtenía más dinero de las islas del que invertía en ellas. Unos años más tarde, cuando actualizó esa información, dio las cifras correspondientes a los presupuestos anuales de 1958-1963, casi todos ligeramente deficitarios. La balanza comercial, sin embargo, arrojaba de manera sistemática un saldo favorable.[38]

Solari Yrigoyen puso al día mucha de la información provista por Moreno. El mismo stock de ovejas, de aproximadamente 600.000, en 1957 representaba £5.000.000 anuales. Los otros animales no alcanzaban números relevantes: 11.500 vacunos, 3000 equinos, 2200 aves y 25 porcinos. La población de las islas había decrecido a 2132 habitantes, pero Stanley se había expandido: ocupaba 30 cuadras perpendiculares a la bahía por cuatro de ancho. El edificio municipal [Town Hall] que había conocido Moreno, construido en madera, ya no existía más debido a un incendio que lo devoró en 1944; en su reemplazo se había erigido uno nuevo de concreto, “corazón de Stanley”, donde funcionaban la oficina postal y la biblioteca. De acuerdo con el doctor Robert Slessor, con quien Solari Yrigoyen trabó amistad, la salud general de la población era buena y las enfermedades que requerían mayores cuidados eran la tuberculosis y las de origen respiratorio. Cuando Slessor atendía afuera de Stanley debía ir a caballo; en caso de urgencia, recurría a las pequeñas avionetas de los Falkland Islands Government Air Services (Figas), que desde 1948 hasta hoy comunican por aire los distintos puntos de las islas.

Una parte de la información del libro, sin embargo, es consignada mediante lo que podría considerarse una retórica de la falta. El suelo de las islas produce un combustible natural, la turba (peat), que entonces se utilizaba tanto para la calefacción como para la cocina. En la descripción de Solari Yrigoyen esa información aparece en una secuencia que señala todo lo que las islas no tendrían: “el peet [sic] es una bendición del cielo en estos parajes donde no hay madera, ni carbón, ni petróleo”. La misma retórica se reitera a propósito de otras descripciones: en las islas “falta alojamiento”, “no hay hoteles [y] al no haber turismo, nadie va”; “solo hay una compañía de navegación que une regularmente las islas con el resto del mundo civilizado, [una] triste realidad”; “no es exacta la versión que da a las Malvinas como ricas en minerales. Hasta el momento no se ha descubierto ninguno digno de destacarse”. Y así continúa: hay solo veinte kilómetros de caminos, no hay periódicos, no hay oculistas, dos dentistas y un mecánico dental están a cargo de más de dos mil dentaduras, el intento de montar un frigorífico fracasó por antieconómico. Casi todo cierto. Lo que no lo era, por otra parte, obedecía a lo que entonces se desconocía, por ejemplo, que sí había petróleo. Lo que interesa resaltar es que el modo en que esta información se presentaba al lector alimentaba la idea de que la Argentina era el destino inexorable y progresista de las islas, “atrasadas respecto de nuestra Argentina austral en más de medio siglo”.[39]

A esa idea contribuía una serie de anécdotas de la que era fácil derivar conclusiones favorables a los deseos argentinos. Un isleño dedicado a la doma de caballos, regresado de su primer viaje en setenta años al Reino Unido, confió a Solari Yrigoyen que su madre patria lo había decepcionado; en cambio, había visitado Buenos Aires y consideraba que era “una gran ciudad”: “ahí sí que lo pasé bien”, cuenta Solari Yrigoyen que le dijo el isleño, “estuve en el hipódromo de San Isidro. ¡Qué caballos! No he visto otros iguales en mi vida”. El escudo colonial de las islas, modificado en 1948 y reproducido en su libro, exhibía una oveja blanca sobre un fondo azul; de acuerdo con su crónica, un empleado de Stanley le confesó que ese escudo le gustaba más que el anterior, porque tenía “los colores de la bandera: azul y blanco”.

Anécdotas y retórica de la falta, ambas colaboran en el texto para fortalecer la tesis ya sugerida por Moreno según la cual muchos nativos preferían la nacionalidad argentina “aunque solo sea tácitamente, sin expresarlo”, aun cuando la actitud explícita de la población hacia el litigio fuera de “indiferencia”. Cuando analiza el vínculo entre los isleños y Gran Bretaña, Solari Yrigoyen reitera lo dicho veinte años atrás por Moreno: “los nativos se sienten muy poco unidos [a Gran Bretaña], no conocen su territorio […], [allí solo] tienen, en el mejor de los casos, parientes remotos”. Enfatiza que no se llaman a sí mismos ingleses sino “malvineros”, escribiendo al igual que Moreno el gentilicio en español y omitiendo el término en inglés. Dedica un capítulo crítico a la FIC, cuyo poder se había expandido respecto de 1937. Atribuye a los isleños la afirmación de que “tienen dos gobiernos: el de la ocupación y el de la Company”, algo que, si cierto respecto de los “dos gobiernos”, resultaba una proyección en cuanto a la calificación, dado que no hay evidencia de que los isleños considerasen “de ocupación” al gobierno colonial. En síntesis, en lo que respecta a los isleños, la crónica de Solari Yrigoyen daba nuevo impulso a la idea de que no se sentían ligados al Reino Unido y de que algunos de ellos, incluso, deseaban una soberanía argentina.

El padre Migone: el gaucho Rivero del siglo XX

Solari Yrigoyen guardó siempre admiración por el salesiano Mario Luis Migone. En su libro de memorias, publicado en 2019, consagró a su figura una sección del capítulo correspondiente a las islas Malvinas, titulada “Recuerdo de un gran luchador”.[40] Sesenta años antes, en el capítulo que le dedicó en Así son las Malvinas, cuenta que en su primera visita a Stanley acudió a la tumba de Migone y le dirigió “un recuerdo especial al hombre que ocupa el sitio de honor en la historia de la reivindicación argentina de las islas Malvinas”. En 1957, la capilla católica Santa María, donde Migone había ejercido su ministerio, estaba a cargo de Juan Landman, un sacerdote holandés de unos 50 años. Cuando Solari Yrigoyen lo visitó y recordó junto a él a Migone, Landman le confesó que en las islas se sabía muy poco del salesiano y que nadie conocía su libro Treinta y tres años de vida malvinera. Al despedirse, Solari Yrigoyen “imagin[ó] que era la figura prócer de su antecesor de veinte años atrás la que [lo] despedía en el ocaso de su vida ofrendada a la Misión de sus islas argentinas”.

Católico practicante, Solari Yrigoyen describe el lugar de la religión en las islas de un modo más sociológico que Moreno. Informa que no hay habitantes judíos ni musulmanes y que todos los creyentes pertenecen a alguna rama de la religión cristiana. Describe los templos que hay en Stanley, el anglicano, el católico y el del tabernáculo o de la Iglesia Libre Unida. Traba amistad con uno de los pastores anglicanos, Jack Gould, quien estaba casado con una argentina, hija de padres escandinavos, y había permanecido cinco años en las misiones anglicanas del norte argentino. La Iglesia anglicana de las islas era entonces la sede central de esa religión en Sudamérica y el obispo correspondiente, monseñor Evans, visitaba Puerto Stanley una vez al año para luego regresar a su lugar de residencia en la ciudad de Buenos Aires. En cuanto al catolicismo, Solari Yrigoyen informa que estaba en retroceso desde que las hermanas del colegio María Auxiliadora, fundado por Migone, abandonaron las islas al promediar la Segunda Guerra Mundial.

La admiración que Migone despertaba en Solari Yrigoyen solo encontraba equivalente en la figura de Antonio Rivero, un gaucho llevado a las islas por Luis Vernet para desempeñarse como peón de campo, al que por entonces comenzaba a atribuírsele haber liderado una revuelta contra la autoridad británica de las islas. El 26 de agosto de 1833, por motivos difíciles de precisar, junto con otros tres gauchos y cuatro indios acabó con la vida de cinco personas.[41] La omisión de Rivero en el libro de Moreno obedece a que su figura cobró dimensión heroica más tarde. Moreno conocía el episodio de los asesinatos de 1833 porque Migone lo menciona en su libro, aunque desprovisto de todo cariz patriótico. Esa significación aparecerá recién en el libro Toponimia criolla en las Malvinas, de Martiniano Leguizamón Pondal, publicado el año anterior al viaje de Solari Yrigoyen, que, como se dijo, lo incluye entre los trabajos que más influyeron en él.[42] En Así son las Malvinas afirma que Rivero intentó “recuperar el dominio de las islas”, aunque la referencia es imprecisa (ubica la rebelión en 1834). En cualquier caso, Rivero en el siglo XIX y Migone en el XX constituían para Solari Yrigoyen ejemplos de “la lucha de los que desde adentro [de las islas] bregaron por la restitución del archipiélago a sus legítimos dueños”. Rivero será también objeto de un prólogo y un ensayo que escribirá años después a pedido del folclorista Eduardo Díaz Blasco para su disco El Gaucho Rivero. Héroe de las Malvinas (sobre el que regresaré en el capítulo 4). En ese ensayo también dedica un apartado a reivindicar la labor del padre Migone.

Antes de regresar a la crónica de viaje de Solari Yrigoyen, conviene detenernos brevemente en su respaldo a la leyenda de Rivero. Pocos años antes de su colaboración con la obra musical de Juan de los Santos Amores, seudónimo artístico de Díaz Blasco, la Academia Nacional de la Historia había producido un dictamen en el que analizaba los documentos históricos existentes sobre Rivero y sus hombres, a propósito de un monumento que se planeaba erigir en su homenaje. “Los antecedentes documentales hasta ahora conocidos no son nada favorables para otorgar a Rivero títulos que justifiquen el homenaje que se proyecta con más buena fe y entusiasmo patriótico que verdad histórica”, escribieron Ricardo R. Caillet-Bois y Humberto F. Burzio.[43] El veredicto de la Academia generó acalorados intercambios que trascendieron los claustros. Solari Yrigoyen, entonces secretario general del flamante Instituto y Museo Nacional de las Islas Malvinas y Adyacencias, integró junto a Juan Carlos Moreno y Carlos Barreiro Ortiz una comisión para dar su propia visión del tema.[44] Los debates al interior de este organismo oficial, del que también participaban miembros de la Academia Nacional de la Historia, acabaron en la renuncia de su presidente, Ernesto J. Fitte, y poco después su disolución por decreto presidencial, firmado por el entonces subsecretario de Relaciones Exteriores, Jorge A. Mazzinghi.[45]

Partícipe de la controversia en torno a Rivero, al prologar el disco sobre su figura Solari Yrigoyen adoptó una posición entre telúrica y semiológica. “Juan de los Santos Amores”, escribió, “sintió en sus lecturas malvinenses que una trilogía golpeaba a su espíritu creador. Era el llamado de una tierra: el archipiélago de las Malvinas; el de una figura: el gaucho; y el de un anhelo nacional insatisfecho que exige la reivindicación de un despojo, la reparación de una injuria y el desagravio de una afrenta. Las tres voces –suelo, hombre y conciencia– se amalgaman en la filosofía única que inspira esta obra excepcional, heroica, histórica para unos, mitológica para otros, argentina para todos”.[46] Es decir, importa menos lo que los documentos históricos puedan probar que el “mandato histórico innominado” que Rivero simboliza. En palabras de Solari Yrigoyen, “su imagen está latente en el alma popular […], [el gaucho Rivero] es el personaje que los argentinos quieren que exista”.[47] A la fuerza de los documentos históricos, que en su opinión daban razón al reclamo argentino, Solari Yrigoyen sumó su aval a la del mito, por lo demás destinado a perdurar hasta nuestros días.

¿De quién son las Malvinas?

Volvamos a Así son las Malvinas. Cuenta Solari Yrigoyen que durante su estadía y la de su mujer en las islas la cuestión de la soberanía fue tema de conversación recurrente. Esta es una diferencia relevante respecto de Moreno. Mientras que este mantuvo una actitud hacia los habitantes de las islas, tanto británicos como isleños, de cautela e indagación, Solari Yrigoyen dejó en su libro la impresión de haber adoptado una posición abiertamente confrontativa. La mañana de su arribo a Puerto Stanley, narra en su crónica, encontró ocasión para mantener la primera conversación con Denton-Thompson sobre la materia. El funcionario británico conocía desde antes su parecer por haber leído sus artículos en La Razón. Así son las Malvinas informa que ambos mantuvieron al respecto charlas de “amable ironía” y “a diario volv[ían] sobre el mismo tema: de quién son las Malvinas”.

Al día siguiente de haber llegado a las islas, los Denton-Thompson invitaron al matrimonio argentino a un cocktail. Fue esa “la primera oportunidad en que [se vio] asediado a preguntas sobre la cuestión malvinera”. Allí discutió y cruzó ironías con Norman Ewen Keith Cameron, administrador de la estancia Port San Carlos (o San Carlos North), con John Francis (Jack) Bonner, propietario del establecimiento San Carlos, y con un funcionario de la Falkland Islands Company, cuyo nombre no consigna. Solari Yrigoyen conversaba en francés con su anfitrión, Denton-Thompson. Cuando la comunicación era en inglés, idioma que no dominaba, lo ayudaba su mujer Teresa. Cuando los interlocutores hablaban algo de castellano, las conversaciones eran en ese idioma.[48] Tanto Cameron como Bonner habían vivido un tiempo en el continente, el primero en la estancia Los Yngleses de la familia Gibson en la provincia de Buenos Aires, el segundo en la ya mencionada estancia Cóndor, en la Patagonia, de modo que es probable que el siguiente diálogo se haya mantenido en castellano. “Los argentinos, ¿aún reclaman las islas Malvinas?”, cuenta Solari Yrigoyen que le preguntó Cameron. A lo que él respondió: “¡Usted sabe muy bien que es así!”. “¿Pero siempre se habla en Buenos Aires de las Malvinas?”, le repreguntaron. “Bueno”, respondió burlonamente Solari Yrigoyen, “no es un tema de todos los días, lo que no quita que nadie dude sobre los derechos argentinos en las islas. No se comenta a diario que hay leones en el África, pero todos saben que los hay”. El diálogo muestra bien si no el tono de aquellas conversaciones, al menos el que Solari Yrigoyen quiso imprimirles al escribir su crónica, que es lo que interesa analizar.

A pesar de que al abandonar la casa de Denton-Thompson Solari Yrigoyen haya sentido que se despedía de un amigo, ambos reivindicaban sus lealtades nacionales frente a frente. Para el primero, el suelo que pisaban era jurisdicción de Sir Edwin Arrowsmith y en última instancia de la reina de Inglaterra; para el segundo, el verdadero gobernador de las islas era el capitán de fragata Pedro Carlos Florido, gobernador del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Con esas diferencias sobre la mesa, conversaron incluso sobre la historia del archipiélago. En Así son las Malvinas esa conversación asume la forma de una lección impartida por Solari Yrigoyen al secretario colonial. Vale la pena reseñarla: las Malvinas son argentinas por herencia española; las descubrió el holandés Sebald de Weert; la primera colonia fue francesa y la ocuparon habitantes de Saint Malo; los ingleses se instalaron “solo” en una pequeña isla del norte y fundaron “Puerto Egmont o Puerto de la Cruzada”; Francisco de Paula Bucarelli ordenó el desalojo de los ingleses; España finalmente permitió que los ingleses permanecieran a cambio de la promesa de que se fueran años después y así lo hicieron; proclamada la independencia, las Provincias Unidas del Río de la Plata se hicieron cargo de las islas; Luis Vernet fundó “una próspera colonia”, que en ejercicio de sus funciones apresó “tres barcos piratas norteamericanos”; los Estados Unidos reaccionaron enviando una nave militar que destruyó la colonia argentina; y “aprovechando este momento de debilidad, la nave inglesa Clio […] expulsó por la fuerza al destacamento argentino” y así “se consumó la usurpación”. Como en su artículo sobre el ornitólogo estadounidense, la prosa de Solari Yrigoyen parece destinada a generar en el lector argentino la satisfacción de que, al menos en el plano retórico, alguien ponía las cosas en su sitio. En este caso, además, se trataba de una satisfacción especial, porque la lección impartida sucedía en el escenario de la disputa y aleccionaba nada menos que a la propia autoridad colonial.

Esta pedagogía, sin embargo, no se tradujo en especulaciones respecto de cómo reconquistar las islas. Así son las Malvinas informa sobre la defensa y seguridad del archipiélago al igual que lo hace sobre otros aspectos de la administración pública. Al respecto Solari Yrigoyen señala que “contrariamente a lo que se cree, las Malvinas no son una base militar”.[49] Conjetura que eventualmente podrían convertirse en tal, si bien por el momento no había barcos de guerra de modo constante, solo los que pasaban en tránsito hacia la Antártida. Así, confirmaba su indefensión y la inexistencia de ejército señaladas por Moreno, y actualizaba la información respecto de la guarnición permanente (“no hay más tropa que un reducido batallón de unos veinte voluntarios”). Con todo, apuesta a una solución política del diferendo. En Las Malvinas de hoy, su segundo libro sobre las islas, suscribirá las afirmaciones de su amigo Ricardo Rojas. En su ensayo sobre Tierra del Fuego, escrito en 1933 en la ciudad de Ushuaia, Rojas había afirmado, refiriéndose a las islas: “un siglo han durado nuestras reclamaciones y de nada han valido viejos documentos ni envejecidos discursos. Trátese de una situación de fuerza que es necesario contestar con hechos. No me refiero a hechos militares, sino a hechos políticos”.[50]

En los nueve años que transcurrieron entre sus artículos en La Razón y Las Malvinas de hoy, el optimismo de Solari Yrigoyen se había robustecido. Si en 1957 su “convencimiento de que, en días no lejanos, los argentinos tendremos también el gobierno efectivo de las islas” estaba basado en “la precariedad del título inglés”,[51] en 1966 consideraba que el camino hacia la restitución llevaba ya tres años de “contornos brillantes” y que solo cabía esperar “un desenlace justo”.[52] El punto de partida lo ubicaba en la asunción de Arturo Illia (1963-1966) como presidente de la Nación. En su discurso inaugural, Illia había colocado “el problema de las Malvinas en el primer plano de las preocupaciones de la República”. Durante su gestión, la diplomacia argentina había logrado que la Asamblea General de Naciones Unidas adoptara la resolución 2065 que, en el marco del proceso de descolonización por ella impulsado desde 1960 y la creación al año siguiente de un Comité Especial encargado de monitorear tal proceso, reconocía la existencia de una disputa entre Gran Bretaña y la Argentina por las islas Malvinas e invitaba “a proseguir sin demora las negociaciones […] a fin de encontrar una solución pacífica al problema”.[53] Solari Yrigoyen no se equivocaba respecto de que esa resolución jerarquizó el reclamo argentino colocándolo por primera vez en la agenda internacional.

Una nueva autoridad sobre el tema

En Las Malvinas de hoy Solari Yrigoyen resumió y actualizó con datos del año 1963 una parte de la información de Así son las Malvinas. Además, incluyó noticias de la recepción de su primer libro en el continente y en las islas. Se mostró conforme respecto de la acogida que tuvo en el país. “Ha cumplido un fin útil”, escribió, “pues ha contribuido a difundir la realidad actual del archipiélago”.[54] Además, consideró que los estudios sobre la controversia histórica tenían ahora en el suyo un complemento actualizado del aspecto humano. En cuanto a la recepción en las islas, la información que pudo reunir era heterogénea. Sir Arrowsmith, que había finalizado su mandato como gobernador en 1964, envió “un saludo verbal”. Denton-Thompson le hizo llegar una carta que consideró un “reconocimiento valioso”. “Por lo que puedo ver”, escribió en 1959 su anfitrión en Stanley, “Ud. ha sido muy justo en su apreciación del lugar [position] aquí, aunque hay uno o dos puntos en los que no esperará que esté enteramente de acuerdo”. La carta no terminaba allí. El secretario colonial le contaba que en tan solo dos años (1957-1959) se habían producido avances positivos en las islas que matizaban lo escrito por él. En 1958, además, a instancia suya, las islas habían vuelto a tener un periódico (una ausencia que Solari Yrigoyen había destacado como rasgo de atraso).[55] Pero quizá la frase más intrigante de su carta sea la que refiere a la situación argentina. “Parece que todavía están pasando tiempos difíciles en la Argentina; espero que las cosas mejoren para ustedes en un futuro cercano”. Si bien el mensaje terminaba con buenos deseos, no se privaba de poner el foco en la situación del país que reclamaba esas islas.[56]

Otros comentarios no fueron tan políticamente correctos. Por una tercera persona, Solari Yrigoyen supo que Madge Brigid Biggs, responsable de la biblioteca de las islas, no había leído el libro por desconocer el idioma, pero sabía que decía “falsedades”. Solari Yrigoyen había hecho llegar varios ejemplares a la biblioteca. César Greslebin, que visitó Puerto Stanley en 1963 (volveré sobre este viaje), a pedido suyo acudió a la entidad a verificar si estaban y no los encontró. “La bibliotecaria se encargó de poner fuera de circulación los ejemplares que le obsequié”, concluyó Solari Yrigoyen. El comentario más hostil que escuchó provino de Rowe, el argentino probritánico que en los años treinta había exasperado a Moreno por su “ausencia de sentido patriótico”. Para 1957 Rowe había pasado de administrador a propietario de una parte del negocio Estate Louis Williams y ya no era cónsul de Chile y de Francia sino vicecónsul del Uruguay, el país más importante del continente para las islas por constituir su nexo con el mundo. En carta a otro argentino, Rowe opinó que la pluma de Solari Yrigoyen estaba “mojada ocasionalmente en veneno”, y que el monopolio de la Falkland Islands Company que aquel denunciaba era en realidad un buen monopolio y sus servicios eran “reconocidos y aceptados por la mayor parte de la población”. Pero además anotó un razonamiento que algunos isleños reiteran hasta hoy: en vez de preocuparse tanto por las Malvinas, ¿por qué no se ocupan de la miseria que hay en la Argentina? Rowe, que cada tanto visitaba su país natal, lo formuló así: “en vez de demostrar tanta preocupación sobre ‘las disputadas Malvinas’, ¿por qué [Solari Yrigoyen] no encara el problema del ‘vaciadero de basuras’ de Olivos? ¿O el de los suburbios que desmienten y descalifican las riquezas del país, en los alrededores de Buenos Aires?”.[57]

Críticas de este tipo, sin embargo, ninguna mella podían causar a la autoridad sobre el tema Malvinas de la que viaje, película y libros invistieron a Solari Yrigoyen, como antes había sucedido con Moreno. Durante los años que siguieron escribió artículos para periódicos metropolitanos y provinciales, fue entrevistado en programas radiales (Radio Nacional le dedicó dos series de audiciones en julio y agosto de 1959) y televisivos (entre ellos, Libro de actas, conducido por Nicolás Cócaro, en junio de 1960), organizó una mesa redonda en Canal 7 (de la que participó Juan Carlos Moreno) y otra en Canal 13, emitidas el 27 de diciembre de 1965 y el 5 de enero de 1966 respectivamente, realizó proyecciones de su película Así son las Malvinas, y dictó conferencias en todo el país.

De su trabajo tomaron nota altas esferas del gobierno. El 21 de julio de 1960, el vicepresidente de la Nación, Carlos Perette, solicitó que se insertaran fragmentos de Así son las Malvinas en su discurso del diario de sesiones de la Cámara de Diputados. En septiembre y octubre de ese año, el diputado Carlos Camet presentó proyectos de ley relativos a las islas en colaboración con Solari Yrigoyen. En uno se solicitaba reemplazar el nombre de la capital de las islas (Puerto Stanley) por el de Hipólito Yrigoyen, presidente de la Nación del partido radical (1916-1922 y 1928-1930), tío abuelo de Solari Yrigoyen. En otro se proponía un régimen legal especial para que los habitantes de las islas pudiesen ingresar a la Argentina continental sin ser penalizados por desertores al servicio militar obligatorio. En julio de 1964, el canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz invitó a Solari Yrigoyen a disertar sobre el tema en un acto oficial.

Solari Yrigoyen ocupó cargos relacionados a las islas. En 1965 integró la Comisión Nacional Honoraria de las Islas Malvinas, entidad dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores, en nombre de la cual el 29 de diciembre de 1965, a días de haber sido adoptada la resolución 2065 por la Asamblea General de Naciones Unidas, se entrevistó con el presidente de la Nación, Arturo Illia. En abril de 1966 fue designado vocal de la Junta de Recuperación de las Malvinas, ahora presidida por el exembajador argentino en el Reino Unido, Alberto María Candioti (1955-1958). Poco después, como se mencionó, fue nombrado secretario general del Instituto y Museo Nacional de las Islas Malvinas y Adyacencias, creado a propuesta suya, y a consecuencia de su temprana disolución, en febrero de 1967, participó de la creación de una versión privada de esa iniciativa, el Instituto de las Islas Malvinas y Tierras Australes Argentinas. Entre otras cosas, este editó la partitura y realizó la grabación de una Marcha de las Malvinas, gestionó una condecoración oficial para Goebel Jr. y, más importante, confeccionó el programa oficial de historia y geografía sobre las Malvinas que se incorporó a la educación secundaria por resolución del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, en marzo de 1969.

Ese año Solari Yrigoyen quiso regresar a las islas. Según una denuncia que elevó al secretario general de Naciones Unidas, el birmano U Thant, la FIC le negó el pasaje de regreso y debió cancelar su viaje. Años después logró concretar dos viajes más, uno en 1975 y otro en los años 2000. Luego del primero, que realizó con cuatro estudiantes del bachillerato del Instituto José Manuel de Estrada de la localidad de El Bolsón, en Río Negro, escribió un breve artículo sobre su visita al paraje de Puerto Luis, en el que Vernet estableció su comandancia en 1829.[58] Al regresar presentó en el Senado de la Nación un proyecto de ley para declarar ese sitio lugar histórico y habilitar a las autoridades a tomar “las medidas necesarias para salvaguardar las ruinas del viejo asentamiento”.[59] El proyecto obtuvo media sanción el 11 de septiembre de 1975, pero antes de convertirse en ley el Congreso fue clausurado por el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Durante la guerra de 1982, desde el exilio, pronunció dos conferencias tituladas “La soberanía argentina de las islas Malvinas” en Pekín, China, invitado por la Chinese Association for International Understanding.[60] El segundo viaje lo realizó en los años 2000, pero no escribió sobre él.[61] Previo a ese último viaje publicó el libro Malvinas. Lo que no cuentan los ingleses (1833-1982), el más documentado y maduro de su producción sobre las islas.[62]

A Moreno y a Solari Yrigoyen los separaba la política. El golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón llevó pesar al primero y alivio al segundo. Para uno significó, además de un retroceso de las causas nacionales, la expulsión de su cargo de profesor. Para otro, la caída de un régimen autoritario. Sus preferencias políticas no impidieron la comunión en torno a las Malvinas. No los unía solo el hecho nada menor de haber visitado aquellas tierras. Allí los había llevado un mismo propósito. Más importante, Solari Yrigoyen sumó su pluma a la de Moreno en algunas tesis significativas. En perspectiva histórica quizá la más relevante sea la de que las islas volverían a estar bajo dominio argentino no simplemente porque así lo avalaba el derecho internacional sino porque los propios isleños, o al menos una parte considerable, preferían un gobierno argentino a uno británico o, en el peor de los casos, eran indiferentes ante esa opción.

La década del optimismo: informes periodísticos (1962-1971)

En los años sesenta, “Malvinas”, como tema nacional, ocupó un lugar destacado del debate público en la Argentina. En la escuela, los manuales de historia y, con más énfasis, los de geografía, llevaban ya dos décadas vigorizando el nacionalismo territorial.[63] A partir de 1966, varias encuestas comenzaron a incluir la cuestión Malvinas en sus mediciones (índice de que el tema ocupaba un lugar en la opinión pública, no solo en la publicada).[64] Nuevos emprendimientos llevaron por título “Islas Malvinas”, como por ejemplo la gigantesca isla flotante emplazada en el centro del lago San Roque, en Villa Carlos Paz.[65] Para muchos argentinos, la cuestión Malvinas era entonces una “cuestión pendiente”, como escribió Groussac en su obra sobre las islas, cuya versión abreviada hacía tiempo circulaba en los institutos de enseñanza.[66] El régimen militar de la “Revolución Argentina” (1966-1973), encabezado durante sus primeros años por el general Juan Carlos Onganía, continuó la senda negociadora con el Reino Unido iniciada por la administración civil por él depuesta, al tiempo que los trascendidos de esa negociación mantuvieron la cuestión presente en los titulares de los diarios, a veces en sus portadas. No sorprende, entonces, que en estos años las visitas de argentinos a las Malvinas se hayan diversificado. A los viajeros que, al igual que Moreno en los treinta y Solari Yrigoyen en los cincuenta, ingresaron formalmente a las islas, se sumaron incursiones de argentinos que, burlando la autoridad colonial, aterrizaron imprevistamente en ellas, denunciaron la ocupación británica y reivindicaron la soberanía argentina. La crónica y el análisis de estas incursiones ya han sido suficientemente realizados.[67] En el próximo capítulo volveré sobre ellas desde una perspectiva menos explorada: la de los isleños. En este capítulo solo las refiero en la medida en que se vinculan con las crónicas analizadas.

Además de diversificarse en su tipo, las visitas de argentinos a las islas en los años sesenta aumentaron en número. La mencionada resolución 2065 de Naciones Unidas, en diciembre de 1965, estimuló el interés y la curiosidad acerca del territorio y los habitantes. Aun en la primera mitad de la década, cuando pocos imaginaban que la Argentina lograría posicionar su reclamo en la agenda internacional, hubo argentinos que visitaron las Malvinas, en una travesía que seguía siendo inusual. En este apartado analizo las crónicas del periodismo, en sí mismas síntoma del creciente interés que las islas despertaban en una sociedad que atravesó parte de esta década con un espíritu optimista respecto de lo que el futuro le deparaba, optimismo del que no estuvo exenta la cuestión Malvinas. El análisis sigue el orden cronológico en que se dieron a conocer.

“Con nuestros propios ojos”: Panorama (1963 y 1966)

En la primavera de 1963, los lectores de la revista Panorama, flamante mensuario de la Editorial Abril, de Cesare Civita, se encontraron con un ejemplar atípico. Su portada exhibía una fotografía de dos pingüinos erguidos en primer plano sobre el fondo de una playa pedregosa y soleada. Al pie, un titular anunciaba el tema del número: “Detrás de la cortina de niebla: Las Malvinas”. Jorge De Angeli, director de la revista, presentó el número distinguiendo los términos “sensacional” y “sensacionalismo”. Este último, explicó, aludía a una característica negativa de un tipo de periodismo que explota la capacidad humana de emocionarse apelando más a los instintos que a la razón. El primero, en cambio, refería a “algo que causa emoción”.[68] El número de Panorama dedicado a las Malvinas era, a su juicio, este segundo caso. Las ilustraciones del artículo abonan esa aseveración. Las imágenes que capturó Francisco (Paco) Vera, el enviado de la revista, fueron para muchos argentinos las primeras fotografías de las islas captadas por un ojo profesional. Las treinta y tres publicadas en este número –Vera exhibió una selección mayor en una muestra realizada en la sede argentina de la Organización de Estados Americanos, en septiembre de 1963– combinan paisajes, naturaleza y fachadas de Puerto Stanley con instantáneas de los isleños en quehaceres cotidianos.

Menos claro resulta evaluar cuán lejos permaneció la revista del sensacionalismo en lo que respecta al texto que las acompaña, escrito por Mario Bernaldo de Quirós, que alterna información y pensamientos atribuidos a los isleños con diálogos aparentemente mantenidos por su autor. Aparentemente, porque aunque ni el artículo ni el editorial lo aclaren, De Quirós no viajó a las islas. The Falkland Islands Monthly Review, que informaba el movimiento de pasajeros, anunció la visita de Vera pero no la suya. Y aun la de Vera es exagerada. De Angeli afirma que Panorama “permaneció en las islas Malvinas […] casi dos semanas” cuando en realidad Vera estuvo ocho días: llegó el 18 de mayo, se fue el 26.[69] En estas licencias de realidad que la revista se permitía puede leerse un indicio más del aura que entonces investía al que hablaba de las islas en virtud de un conocimiento directo. En ello hizo descansar Panorama la novedad de este número: no en que hablara sobre las Malvinas sino en que lo hiciera desde ellas. Hasta allí había llegado su periodismo movido “simplemente [por] el deseo de comprobar con nuestros propios ojos qué había más allá de esa cortina de niebla, cómo se vive en esas islas poco habitadas y conocidas aun menos, y hasta qué punto sus pobladores se sienten argentinos”.[70] La nota no se había gestado de improviso. De hecho, la idea de realizarla había precedido la aparición del mensuario, cuyo primer número salió después del viaje de Vera.

Acaso basada en el testimonio del fotógrafo, la crónica de De Quirós se inicia con un diálogo en el que un isleño de apellido Davis niega ser tanto súbdito inglés como ciudadano argentino y afirma considerarse “kelper, como todos los nativos”. Ante la incomprensión del periodista, Davis aclara: “se lo diré en su idioma: alga. Somos algas”. Y a la repregunta “¿por qué?”, responde: “Pregúnteselo a los que se adueñaron de la tierra, de las ganas de vivir, de todo… Ahora vegetamos. Algas: ¿comprende ahora?”. Panorama retrata a una población disconforme con y abandonada por Gran Bretaña, sometida a un poder indolente (“las ovejas tienen más derechos que nosotros”, dice un isleño) y atrasada en comparación con la Argentina (“Stanley, capital del pasado”, dice el periodista). El propio título de la nota remitía a una analogía entre progreso y atraso. Así como la cortina de hierro en Europa dividía el Berlín occidental del oriental, en el Atlántico sur una cortina de niebla separaba a la Argentina continental de las islas Malvinas; “del otro lado de ese muro invisible”, escribió De Quirós refiriéndose al archipiélago, “el tiempo está detenido”.[71]

La información sobre las islas es escasa. Unos pocos datos urbanísticos de Puerto Stanley, cantidad de habitantes, número de niños en edad escolar, estadísticas de exportación. Incluye datos sobre la defensa: desde 1955 hasta la fecha, sintetiza, “el presupuesto militar no alcanza a las 800 libras anuales (unos 330.000 pesos)”. Aunque informe su grado de indefensión (“las fuerzas de tierra se reducen a un batallón de 20 voluntarios […] No hay emplazamiento de artillería ni aeródromo formal. Tampoco hay naves de guerra estacionadas en el archipiélago”), el espíritu del artículo no es confrontativo. La solución al diferendo la imagina “indefectiblemente” en el terreno de las cordiales relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña. Segura como el resto de la prensa nacional de las razones en las que se fundaba la posición argentina, la conclusión de Panorama fue una “crítica severa” por partida doble, a “Inglaterra, que las está gobernando con métodos derivados de un sistema colonial superado desde hace cien años, sin estimular su desarrollo”, y a “nuestro país, que ha limitado su acción a periódicas reclamaciones diplomáticas, sin preocuparse suficientemente de arbitrar medios eficaces y prácticos para hallar una solución tan realista como política al problema”.[72] Así, Panorama colocaba a los isleños en medio de una disputa entre dos naciones y, a su modo, tomaba partido por ellos.

Los isleños a los que De Quirós da voz en su artículo critican tanto al Reino Unido como al gobierno de las islas, a cargo de Sir Arrowsmith. Como se verá en el próximo capítulo, efectivamente había isleños insatisfechos con su situación y con la política de Londres hacia ellos. De Quirós exagera ese malestar y traza un panorama en ebullición: llama “dictadura” al poder ejercido por la Falkland Islands Company, afirma que “en Stanley, ser periodista es ser el diablo” y que “hablar de la Argentina es hablar del pecado original”, atribuye equivocadamente un origen argentino al isleño Gerald Biggs (cuyo apellido escribe mal varias veces), le adjudica el deseo de que los argentinos vayan a las islas y “echen” al gobernador, anota que “en algún lugar de la isla Soledad, donde los algas aun toman mate, creyendo hablar inglés nombran las cosas y animales del campo como los nombraban sus bisabuelos gauchos”, en resumen, elabora una imagen ajustada al deseo nacional.

El artículo se cierra con una sección titulada “El regreso de Antonio Rivero” en la que, quizá consciente de que su crónica podría alentar falsas esperanzas, el autor pide a los lectores que no se engañen: “el pueblo [de las islas] no nos recuerda ni nos espera”. Contrarrestando este desengaño, sin embargo, agrega que “quien sí nos recuerda con fidelidad es la tierra. A cada paso, el duro paisaje, con sus lomas, sus ríos de piedra, sus rugientes acantilados y sus bahías serenas, evoca el pasado, con un nombre de pájaro, de hierba, de mujer” (sobre la feminización del archipiélago, véase el capítulo 4). En el artículo de Panorama, “la ignorada epopeya” de Rivero y sus hombres (a los que menciona con nombre y apellido) es asociada al anhelo de su retorno: “Antonio Rivero y los suyos volverán”. Cuando esto último suceda, imagina De Quirós, “quizá Port Stanley se llame Puerto Rivero”.

La historia pronto develó el carácter profético de aquella imaginación. Tres años después, el 28 de septiembre de 1966, un grupo de dieciocho jóvenes nacionalistas liderados por Dardo Cabo secuestró un avión comercial DC4 de Aerolíneas Argentinas que volaba de Buenos Aires a Río Gallegos, lo desvió hacia Puerto Stanley y, una vez en tierra, cantó el himno nacional y rebautizó la pequeña capital como Puerto Rivero.[73] Allí mismo había descendido dos años antes, en un aeroplano Cessna 185 de 260 HP, el argentino Miguel Lawler FitzGerald, con el propósito de reivindicar la soberanía argentina del archipiélago.[74] Los dos acontecimientos, sin embargo, eran diferentes. FitzGerald había permanecido unos pocos minutos en las islas, solo, sin armas y en un pequeño avión de su propiedad. Ahora era distinto: un grupo de jóvenes armados, un avión comercial secuestrado, toma de rehenes, en una aventura que se extendió varios días, el primero de ellos no exento de episodios de máxima tensión.

La idea de invadir las islas, según reveló mucho después Carlos Velazco, entonces secretario de redacción de Panorama, se había gestado en el mensuario, para el que trabajaba María Cristina Verrier, compañera y luego esposa de Dardo Cabo.[75] La acción se realizó, en palabras de sus responsables, no para “promocionar siglas y sectores partidarios” sino “para despertar el orgullo nacional de todos los argentinos”.[76] El número correspondiente a octubre de 1966 de Panorama salió de modo anticipado, horas después de la invasión a la que los jóvenes habían dado el nombre de “operativo Cóndor”. A su nota principal, un “sensacional reportaje exclusivo” a las islas titulado “Viaje a una Argentina desconocida: Nuestras Malvinas, hoy”, se sumó un suplemento que anunciaba “Último momento. Panorama extra. Operación comando en las Malvinas”, con la crónica del acontecimiento y una fotografía del avión secuestrado antes de abandonar Buenos Aires (una imagen que probaba que la revista conocía de antemano el operativo).

El “reportaje a las islas”, que continuó en el número de noviembre, repetía la fórmula utilizada tres años atrás por De Quirós, ahora a cargo de la dirección de la revista.[77] Esta vez las imágenes de los dos artículos sobre las Malvinas habían sido capturadas pocos meses antes por el cineasta Raymundo Gleyzer –en un viaje al que regresaré–. Panorama ofrecía a sus lectores, así, treinta y dos páginas a color en dos entregas que combinaban numerosas postales de calidad profesional tomadas por Gleyzer y breves textos firmados por De Quirós, además del suplemento mencionado, en blanco y negro, con fotografías de todos los jóvenes que integraron el operativo.

En la primera de las notas la revista adjudicaba a su número de 1963 un rol de parteaguas en la historia reciente de los isleños. “Todo comenzó el 10 de septiembre de 1963, al bajar la noche”, cuando en el Darwin llegaron a las islas dos paquetes que “contenían dinamita pura […] Eran unos cien ejemplares de la revista Panorama”. De Quirós atribuyó a Albert Clifton, el repartidor de leche, haber dicho que en aquel número “se hablaba de [ellos] de una manera muy distinta de todo lo que hasta entonces [le]s había llegado de la Argentina. Por primera vez Buenos Aires, siempre preocupado por enviar a Londres las consabidas y amables reclamaciones a la reina, entraba a estas olvidadas islas y sin pelos en la lengua decía en una publicación toda la verdad acerca de nuestro pueblo”. “Aquel número de Panorama”, continuaba De Quirós, “descorría con impaciencia la secular cortina de niebla para mostrar por primera vez, en ciento treinta y tres años, el drama social, político y humano de unas Malvinas secuestradas en el pasado”. El isleño Joe Booth, de origen chileno, había traducido aquel texto al inglés y así, de acuerdo con la crónica de De Quirós, “el mensaje de Panorama, reproducido en mimeógrafo, [había seguido] adelante por calles, cantinas, leguas, estancias” hasta preocupar a las autoridades, alarmadas ante el hecho de que “en cualquiera de las cuatro cantinas de Port Stanley no había borracho que no terminara proclamándose argentino”.[78]

Más allá de la retórica, atribuible al género literario-periodístico en el que De Quirós escribía sus notas, es probable que la sustancia del relato no haya resultado inverosímil al abundante público de la revista que no tenía modo de sopesar la justeza de sus crónicas. En cuanto al operativo Cóndor, los dos números que Panorama le dedicó lo presentan como un paso más en la dirección acertada. Una dirección respecto de la cual, además, se sentía precursora. “Panorama se enorgullece de haber trabajado en la vanguardia de esta pacífica reconquista de lo nuestro”, escribió el editor al presentar el número de octubre, “pero no se conforma. Y una vez más, tres años después de su primer abordaje a las islas, ha vuelto a ellas con la ilusión de ofrecer al país, en imágenes vivientes, este adelanto de lo que será, acaso pronto, el viaje a una Argentina desconocida, ausente por ciento treinta y tres años, llamada Malvinas”. En la segunda de las notas, a las fotografías de Gleyzer se sumaron otras tres sobre “los cóndores”, entre ellas “la primera foto en colores del avión de Aerolíneas que aterrizó en la pista de carreras cuadreras de Port Stanley”.[79]

¿Qué quieren los isleños?: Federico Mirré (1962)

Un mes antes del operativo Cóndor había aparecido en las librerías argentinas una obra en tres tomos publicada por editorial Oriente que ofreció a los lectores una historia de las Malvinas de “carácter enciclopédico”, desde mediados del siglo XVIII hasta entonces.[80] La editorial había encargado a José Luis Muñoz Azpiri, diplomático de carrera dedicado al tema, reunir documentos y opiniones de especialistas indispensables para comprender la historia completa del litigio. La obra fue entregada a personalidades de la cultura y la política, comenzando por el general Onganía, entonces presidente de facto, que la recibió de mano de Muñoz Azpiri y de Moreno.[81] Cada uno de los tomos venía acompañado por una serie de ocho diapositivas de las islas, “inaugurando así en nuestro país el sistema del librofilm”. En las páginas finales, un largo párrafo explicaba cada imagen, a veces agregando información sensible para el lector argentino. Por ejemplo, a partir de la imagen de un partido de fútbol en Stanley, se anota que ese deporte “es una de las pocas diversiones del malvinero” y que “a poca distancia del solar [retratado en la diapositiva] aterrizó el 8 de septiembre de 1964 el piloto argentino Miguel FitzGerald, quien luego de desplegar una bandera argentina entregó a un poblador un mensaje escrito dirigido a las autoridades de las islas expresando que el territorio era argentino y reclamando su devolución”.[82] El autor de esas explicaciones, el joven Federico Mirré, había visitado las islas en abril de 1962 y, a solicitud de Muñoz Azpiri, sumó a Historia completa de las Malvinas los textos que acompañan las diapositivas y un escrito que combina una memoria de su experiencia en las islas con reflexiones sobre su futuro. El trabajo de Mirré ampliaba una primera reflexión que había aparecido en el diario La Nación al regresar de su viaje.[83]

Entonces estudiante de teología en el Seminario Mayor Metropolitano de la ciudad de Buenos Aires, docente particular de inglés y francés y periodista free lance, más tarde Mirré ocuparía cargos diplomáticos de jerarquía, entre ellos el de embajador argentino en el Reino Unido durante las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner (2003-2009). El artículo que aquí analizamos constituye una aproximación amateur a un tema que más tarde debió abordar, en un contexto histórico diferente, de modo profesional. El joven Mirré llegó a Stanley en el Darwin, movido, según sus palabras, por su espíritu deambulatorio, por el hecho de ser “dos veces” argentino (refiriéndose a que había nacido en la Argentina y le gustaba que fuera así) y por considerar que la lectura de libros y antecedentes históricos no podía suplir el conocimiento directo de un problema que siempre lo había apasionado.[84]

Dedica solo una mitad de su testimonio al viaje que realizó en 1962. Arrastrado por el optimismo que sobrevino a la resolución 2065 de Naciones Unidas, en la otra mitad aborda los desafíos y las oportunidades que entrañaban, en el futuro, unas islas Malvinas gobernadas por la Argentina. En las primeras secciones subraya la cordialidad y hospitalidad que, con algunas excepciones, encontró en los isleños y funcionarios que conoció –un elemento mencionado en otros relatos–, analiza su actitud frente al reclamo argentino y describe cómo veían el futuro de esa comunidad. En las últimas secciones se pregunta por las consecuencias económicas para el erario argentino de una integración de las islas, por la forma de gobierno que más convendría al nuevo territorio, y por la modalidad y el plazo de la restitución.

Como otros viajeros antes y después, divide a la población en “ingleses” y nativos. En lo que hace al reclamo argentino, explica, los primeros o bien rechazaban su legitimidad o bien no se pronunciaban sobre el tema. En una actitud provocativa, dice, sugerían que los argentinos intentaran usar la fuerza “para recuperarlas”. Esta actitud tenía antecedentes. Tanto Moreno como Migone la consignaron en sus trabajos. El primero la atribuyó a un gobernador de las islas, el segundo a un ministro anglicano.[85] Los nativos, en cambio, no tenían una idea formada sobre el litigio. De acuerdo con Mirré, ello obedecía a tres razones: al “escaso o nulo conocimiento que tienen en materia de antecedentes sobre el asunto”, al “pobrísimo aporte cultural e informativo que el gobierno ocupante les ofrece”, y a que “ese mismo gobierno se ha preocupado con singular empeño en falsear la verdad histórica con respecto al descubrimiento, ocupación y títulos sobre el archipiélago”. A este respecto, entonces, los nativos eran a sus ojos una combinación de ignorancia, indiferencia y engaño.

La otra segmentación de la población que realiza Mirré está relacionada con la clase social, que a su juicio incidía en la opinión de los isleños sobre qué convendría más al futuro de las islas. Los de arriba (funcionarios británicos, propietarios o administradores de estancia) preferían la continuidad con el régimen vigente; los de abajo (los poquísimos británicos y muchos nativos sin grandes intereses que proteger), “sin renegar del sistema colonial vigente”, cavilaban y se preguntaban “qué ocurriría si las islas pasaran a ser administradas efectivamente por la República Argentina”. Mirré especula con que este segundo grupo podría terminar viendo en esa segunda opción “alguna esperanza de salir de su aislamiento, su soledad y su vida cerrada”. Sin embargo, no deposita allí la posibilidad de alcanzar un gobierno argentino de las islas. Niega que sea procedente realizar un plebiscito para conocer la opinión isleña, a la que supone contraria a esa posibilidad, contradiciendo su propia caracterización de los isleños como indiferentes frente al litigio de soberanía. Que la Argentina gobernara las islas dependía, en su opinión, exclusivamente de ella. “Es de esperar que nunca se haga necesaria la utilización de la fuerza para obtener la recuperación del archipiélago”; de llegar a serlo, imagina (y acierta) Mirré, la administración argentina necesariamente sería de tipo castrense, una opción que juzgaba menos deseable que la de un gobierno civil.

Menos deseable, porque un gobierno civil estaría en mejores condiciones de instrumentar los medios para desarrollar el potencial económico de las islas. Un Consejo Asesor Especial, integrado por representantes de distintas oficinas públicas relacionadas a la pesca, la agricultura, la minería, el turismo y la educación, sería la mejor alternativa de organización gubernamental, siempre que esté coordinado por el gobierno nacional. El nivel de detalle de su reflexión sugiere que solo imaginaba una resolución favorable a los deseos argentinos y próxima en el tiempo: necesidad de una burocracia reducida, libertad de empresa para los productores privados y expropiación de tierras y bienes de la FIC, entre otras medidas. El balance económico podría llegar a ser deficitario al principio, debido a los gastos de indemnización y a las inversiones iniciales, pero luego de tres o cuatro años “no hay ningún motivo razonable para pensar que puedan invertirse las actuales estadísticas” de las islas que, por lo general, arrojaban superávit. La conclusión de su escrito la realiza en un registro narrativo menos pragmático que poético. Citando un verso de la Marcha de las Malvinas de Obligado y Tieri, para entonces ya bastante difundida, afirma “rotundamente” que no está lejano el día en que los argentinos verían brillar “oh patria, en tu dilema, la perdida perla austral”. Siempre y cuando, agrega, “la sangre de todas las generaciones de hoy y de las por venir t[engan] siempre la edad de la esperanza, el coraje y el amor a la patria”.

Las Malvinas en la pantalla de TV: Raymundo Gleyzer (1966)

A mediados de los años sesenta, Canal 13 contrató al joven cineasta Raymundo Gleyzer (1941-1976) con el objeto de realizar notas especiales para el flamante noticiero Telenoche, cuyo director periodístico era Tomás Eloy Martínez. De acuerdo con Juana Sapire, viuda de Gleyzer, su idea de viajar a las Malvinas para mostrar la realidad de los kelpers lo entusiasmaba desde tiempo atrás y gracias al nuevo empleo pudo concretarla en el invierno de 1966.[86] Con dos cámaras de fotos, una cámara Bolex y un grabador Uher 1000, Gleyzer llegó a las islas en el buque Darwin el 24 de julio, se alojó en lo del matrimonio de Willie y Heather May por falta de lugar en el Ship Hotel, único en Stanley, y permaneció allí una semana. Su visita y propósito fueron anunciados por el periódico de las islas. Además de las fotografías que publicó Panorama pocos meses después, de este viaje resultó una película de media hora de duración, Nuestras Islas Malvinas. La narrativa que construye el film, cuyo guion escribió el propio Gleyzer, combina información, notas de color y posición editorial en un tono coloquial que a veces recurre al humor, todo sobre un fondo de cortinas musicales que va enhebrando fluidamente voz e imagen.

La película permitió a los televidentes argentinos aproximarse a la realidad de las islas de un modo inédito.[87] Pocos meses después de la resolución 2065, un noticiero de horario central acercaba por primera vez al gran público escenas cotidianas de un territorio hasta entonces más imaginado que visto. Gleyzer resumió formidablemente la vida en Stanley y el camp (nombre con el que los isleños aluden a todo lo que no es Stanley): el viaje en el Darwin, un pequeño pero activo puerto cubierto de nieve, la intimidad de algunos hogares, el reparto de leche, niños que juegan en las calles, jóvenes que cruzan miradas cómplices “como en todas partes”, un cortejo fúnebre, la cantina del Globe Hotel (que no era un hotel), la producción lanera en la estancia Teal Inlet y la actividad de las principales instituciones (la escuela primaria, los templos religiosos, la estación de rastreo de satélites, la radio, el hospital, la FIC, la gobernación). Además, la voz en off provee información estadística de las islas: temperaturas que en el año van de -7 a 21 grados, lluvias regulares, 2172 habitantes, 330 alumnos en la escuela primaria, 350 casas en Puerto Stanley, 200 yardas de turba por hogar para abastecer estufas y cocina.[88]

Como otros viajeros, Gleyzer señala problemas: la imposibilidad de los nativos de acceder a la propiedad de la tierra, el whisky “sin medida” que se toma en los bares, la ausencia de futuro (esperan “que el mar los lleve, como botellas, hasta Nueva Zelanda, hacia donde lentamente emigran ahora los malvineros”), la despoblación (“el cementerio se agranda en Stanley”), la alta tasa de divorcios (“un problema que crece con el aislamiento del territorio”), las limitaciones del hospital (“tal vez uno de los mayores problemas para los malvineros”), el atraso (“en los noticiosos [del cine], todavía Churchill es ministro inglés”). Aunque la locución del film menciona con nombre y apellido a los isleños que van apareciendo en escena, ninguno habla. La única excepción es Cecil Bertrand, “uno de los cuatro argentinos que viven en las islas”, a quien Gleyzer conoció en el Darwin, cuando regresaba de visitar a su hermana en Montevideo. “Tengo 57 años. Soy casado. Tengo dos hijas”, dice Bertrand, y luego comenta los oficios que desempeñó en el archipiélago desde su juventud hasta el presente como propietario de la isla de Carcass.

El mensaje editorial del film aparece hacia el final, como suele pasar en el cine de Gleyzer. Con imágenes aéreas de Puerto de la Soledad [Port Louis], la locución menciona que “hasta el primer día de 1833 [allí] ondeó la bandera argentina” hasta que la nave Clio “consumó la ocupación de las islas argentinas” y luego recuerda la incursión en las islas de Miguel FitzGerald, el 8 de septiembre de 1964 (el operativo Cóndor no había sucedido todavía). Con imágenes del nuevo gobernador, Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard, a cargo de la colonia desde finales de 1964, la voz en off reflexiona: “Sir Cosmo fue el último gobernador de Malawi, hoy independiente, ¿será el último gobernador inglés en Malvinas?”.[89] La escena final es protagonizada, como las del inicio, por un argentino, Reinaldo Reid. Como veremos en el epílogo, Reid había llegado a las islas seis años atrás y, de los argentinos que allí vivían, era el único que reivindicaba los derechos de su tierra natal sobre el archipiélago. En Nuestras Islas Malvinas aparece con una radio a batería al hombro en una de las calles de Stanley, en su cita semanal con Racing Club, equipo de fútbol del que era hincha. “Hace más de treinta partidos que no perdemos, dice este argentino de 42 años”, comenta el locutor, y agrega: “en su casa tiene una bandera azul y blanca. Pero hoy, otra bandera ondea aún sobre Stanley”. La frase final de la película testimonia el clima optimista de esos años: “al volver al Darwin, para el viaje de regreso, brota la esperanza: que un acuerdo permita muy pronto sustituir esa bandera [la británica] por la argentina. El viaje de Telenoche ha terminado”. El programa se emitió por Canal 13 a finales de agosto. Un mes después, los integrantes del operativo Cóndor plantaron siete banderas argentinas en Puerto Stanley.[90] Por caminos inesperados, la historia parecía suceder de acuerdo al deseo nacional.

Gleyzer abandonó las islas el 1º de agosto.[91] Regresó gravemente enfermo, tanto que encargó al capitán del Darwin que, si fallecía a bordo y su cadáver era arrojado al mar como se acostumbraba, conservara el material que había grabado.[92] Dos días antes de embarcarse hacia Montevideo escribió a su prometida, con quien se casaría poco tiempo después, una postal de su “histórico viaje a Stanley”.[93] En el número de septiembre del Falkland Islands Monthly Review, Gleyzer publicó un mensaje de agradecimiento a los isleños. Manifiesta allí que el propósito de su viaje había sido realizar un documental que diga la verdad sobre el pueblo de las islas y su forma de vida. Confiesa haber quedado encantado con lo que vio y, más aún, con el excelente trato que recibió de los isleños. Agradece uno a uno a quienes conoció, desde el gobernador y el personal de la oficina colonial hasta quienes lo hospedaron y abrieron las puertas de sus hogares.[94] Al terminar 1966, su film fue galardonado como “impacto periodístico del año”.[95]

A dos años del Operativo Cóndor: Germán Rozenmacher (1968)

Aunque el Darwin era el único buque que comunicaba periódicamente el continente con las islas, otros barcos navegaban esas aguas y algunos hacían escala en ellas. Este fue el caso del transporte Navarino, perteneciente a la Empresa Marítima del Estado de Chile, que en una expedición (todavía no se hablaba de cruceros) a la Antártida realizó breves paradas en West Point Harbour y en Puerto Stanley, el 6 de febrero de 1968. A bordo del vapor viajaban turistas, en su mayoría estadounidenses y europeos, y un único argentino, el escritor y periodista Germán Rozenmacher (1936-1971),[96] que había conseguido una plaza para realizar la costosa travesía gracias al empresario de turismo Alejandro Nesviginsky.[97] Dos meses después, el semanario Siete Días publicó un “Reportaje a las Malvinas” que presentó a sus lectores como el resultado del “primer viaje de un periodista argentino a las islas luego del frustrado asalto del grupo Cóndor”, con textos y fotografías de Rozenmacher.[98] El propósito del semanario era, según anunciaba la bajada del artículo, evaluar los cambios producidos en el lapso transcurrido desde el aterrizaje del DC4, en septiembre de 1966, hasta entonces.

Como se verá en el próximo capítulo, en 1968 el ánimo isleño estaba intranquilo. Que los rumores de un acuerdo entre Londres y Buenos Aires en torno a la cesión de soberanía hubieran llegado a las páginas del cauto Falkland Islands Monthly Review era síntoma de que podrían constituir más que rumores. En las pocas horas que permaneció en Stanley, Rozenmacher logró captar ese clima de incertidumbre que preocupaba a muchos isleños. Su crónica recoge algunas voces hostiles a la idea de una soberanía argentina de las islas. Ian Strange, un naturalista británico devenido isleño, que más tarde se casaría con la argentina María Marta Villanueva (quien había llegado a las islas en 1972, casada con un sobrino de Ernesto Rowe), le aseguró que si algún día los argentinos llegaban a las Falklands “todos nos vamos”. “No queremos ser argentinos”, cuenta Rozenmacher que afirman los miembros del Consejo Ejecutivo de las islas. Y anota también una advertencia que le habría hecho un trabajador chileno: “¿Usted va a hacer una nota como las que hacen siempre los argentinos: que acá todo anda mal y la gente delira por depender de la Argentina?”.

Rozenmacher subraya en su texto que el confort y el nivel económico de los isleños eran altos. Sin embargo, el espíritu general de su crónica contribuía a alimentar ideas que iban en el sentido de las ya difundidas por Panorama un lustro atrás. A la serie de problemas resaltada por otros viajeros, que él retoma, Rozenmacher agregó un generalizado sentimiento de asfixia política por parte de los nativos; “aquí todo está permitido menos hacer política”, le habría dicho Albert Clifton, el isleño que, de acuerdo con De Quirós, consideraba que el número de Panorama de 1963 había revelado la verdad acerca del pueblo de las islas, el mismo que registró Gleyzer realizando el reparto de leche en Stanley. Basado en su testimonio, Rozenmacher afirma que en las islas se había creado el “Partido del Progreso” con el fin de entablar conversaciones con la Argentina y “defender los intereses malvineros contra la potencia de ocupación”, pero que la Secretaría de Colonias lo declaró ilegal; y que el sistema electoral vigente era, según los propios isleños, “una farsa”. De todo ello hablaremos en los próximos dos capítulos. Aquí vale la pena reparar en las conclusiones que esta nueva crónica ofrecía al público argentino.

“¿Cómo se solucionarían todos estos problemas?”, se pregunta Rozenmacher. Y responde: “integrarse a la Argentina resulta lógico para los isleños”. El resto de la respuesta aparece en boca de ellos: “La verdad es que ahora nosotros estamos acá y ustedes tienen que tomarnos en cuenta. ¿Qué sabemos de la Argentina? ¿Qué hicieron para acercarse a nosotros? Ustedes, en cuanto pueden, hacen esos discursos famosos, dicen ‘son nuestras’ y amenazan con venir a salvarnos en cualquier momento [pero] no toman ninguna iniciativa real y ahí está el error. La política inglesa consiste en esperar, como lo vienen haciendo desde 1833, mientras los reclamos diplomáticos van y vienen, y las hazañas al estilo FitzGerald o grupo Cóndor quedan como gestos solitarios. Los gobiernos argentinos van al juego de los ingleses: dejar hacer. ¿A algún gobierno argentino se le ocurrió consultarnos cada vez que se presenta una queja ante la ONU?”. En la senda de Moreno y de Solari Yrigoyen, Rozenmacher afirma que algunos isleños se sienten ciudadanos argentinos. Agrega que, previendo el futuro, algunos malvineros buscan vincularse de cualquier forma con la Argentina (aprendiendo su idioma, por ejemplo) y que, en ese sentido, “las insólitas amistades creadas entre isleños y pasajeros del avión DC6 [por el DC4] que la Operación Cóndor condujo a Puerto Stanley en septiembre de 1966” habían significado “el golpe más subversivo que recibió la autoridad colonial”.

Así, Siete Días informaba que entre 1966 y 1968 el sentimiento prointegración con la Argentina se había fortificado entre los isleños. Si ese sentimiento portaba algún reclamo para los argentinos no tenía que ver con sus incursiones aéreas, aquí llamadas hazañas, ni con sus reclamos en Naciones Unidas. Más bien remitía a la necesidad de pasar de las palabras a los hechos y de las iniciativas aisladas a una política como nación. “‘Ha llegado la hora de que dejen de hablar de nosotros y hagan algo por nosotros y con nosotros’, afirman los más lúcidos habitantes de Puerto Stanley”, escribió Rozenmacher. El final de su texto alude primero a los piratas ingleses del siglo XIX, luego a los “seis gobernadores argentinos” a cargo del archipiélago entre 1820 y 1833, y finalmente a “la epopeya del gaucho Rivero que con siete hombres resistió durante siete meses a la fragata inglesa Clio”, sumando así una cuota épica extra a la leyenda de Rivero, dado que la Clio se retiró poco después de cumplida su misión, a comienzos de 1833. Como Rozenmacher no viajó a las islas en el Darwin sino que arribó como turista en un buque que recaló unas horas en ellas, la prensa isleña no registró su visita. Sí dedicó un artículo a informar sobre la escala del Navarino. Allí celebra que los Falkland Islanders hayan podido ser anfitriones de una tripulación y un buque de origen chileno, “un país que tiene con nosotros una larga y amigable relación, aunque nosotros no entendamos el español”.[99]

“Gente vivió un mes en las Malvinas”: Alejandro Sáez Germain (1970)

En septiembre de 1969, Gran Bretaña y la Argentina acordaron avanzar en el terreno de las comunicaciones, en lo que llamaron “conversaciones especiales”, con el objetivo de permitir el libre movimiento de bienes, correspondencia y personas entre la Argentina continental y las islas en ambas direcciones. La primera ronda de esta nueva serie de conversaciones tuvo lugar en Londres, el 14 de julio de 1970; la segunda en Buenos Aires, a mediados de 1971. Entre una y otra, el semanario Gente y la actualidad envió a las Malvinas al periodista Alejandro Sáez Germain (1945-1997) y al fotógrafo Carlos Abras. En el primer número de enero de 1971, la revista anunció en tapa la crónica del viaje bajo el título “Gente vivió un mes en las Malvinas”.[100] Al igual que Panorama en 1963, había multiplicado por dos la estadía de sus enviados, que llegaron el 31 de agosto y se fueron el 14 de septiembre de 1970.[101] En términos de imágenes, el artículo se parece a los que ilustraron los trabajos de Vera y Gleyzer en años anteriores: fotografías de calidad, principalmente de Stanley y de la vida cotidiana. Sáez Germain, autor del texto, había sido miembro del Movimiento Nacional Revolucionario Tacuara y en 1968 se había sumado, junto a otros compañeros de ese grupo, al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, que nucleaba a figuras del revisionismo nacionalista entre las que se contaba Muñoz Azpiri.[102]

Gente decidió viajar a las islas porque juzgaba, como parte del periodismo argentino entonces, que las conversaciones sobre comunicaciones se encaminaban hacia un reconocimiento de la soberanía argentina por parte del Reino Unido. “El gobierno británico, clausurado ya su imperio”, se lee en la bajada del artículo, “parece dispuesto a devolver el archipiélago que capturó por la fuerza en 1833”. El texto de Sáez Germain, sin embargo, no presenta a unos isleños deseosos de devenir argentinos. Por el contrario, les atribuye escepticismo y hasta temor a lo que pueda provenir de sus vecinos, aunque a la vez los imagina “poseídos de enorme interés por saber cómo son y cómo piensan sus acreedores”, es decir, los argentinos.

¿Qué sumó esta crónica a las que ya analizamos? Algunas observaciones novedosas en lo que respecta al turismo, la vida social y la defensa. El turismo era prácticamente inexistente en las islas, pero algunos habitantes esperaban revertir esa situación. El antiguo y desvencijado Ship Hotel, que pertenecía a la Falkland Islands Company, había sido remodelado por un matrimonio isleño en 1969 con un préstamo del gobierno y ahora, bajo el nombre de Upland Goose Hotel, ofrecía buenas habitaciones, servicio de bar y restaurante. Sus propietarios preguntaron a Sáez Germain si, de prosperar “la cuestión de las comunicaciones”, él creía que recibirían turismo argentino. En cuanto a la vida social, Sáez Germain observa con perspicacia que la pertenencia a los clubes Working Men’s Club, Colony Club y Falklands Club, donde la noche continuaba luego de los bares, era índice de distinción social: de perfil trabajador el primero, aristócrata el segundo y de clase media el tercero. La sociabilidad, en cualquier caso, es descripta bajo la forma del “tedio”. Cualquiera sea el bar que se elija, la noche ofrecía “las mismas monótonas características: fuera de los dardos, las copas y la conversación, nada”. A la observación de que “se toma en exceso”, advertida por otros, Sáez Germain agregó que “los parroquianos –una extraña gama que incluye ancianos, jóvenes, mujeres, marineros y obreros– se esfuerzan por disimular su soledad”, agregando así una nota de melancolía a la imagen decadentista de esa comunidad provista por otras crónicas. Otra sección de su artículo, “La improbable guerra”, informa sobre la defensa de las islas. Luego del operativo Cóndor, “el Ministerio de Defensa de Gran Bretaña resolvió dotar a las islas de una defensa algo más severa: las fuerzas son, ahora, alrededor de cincuenta infantes de marina y un puñado de oficiales de mar que conducen el Overcraft, veloz lancha que atracó en Stanley hace dos años y se desliza sobre las aguas afirmada en un colchón de aire”. Abras no pudo tomar fotografías del cuartel por prohibición expresa del teniente Anthony Peebles, de la Royal Navy.

La sección final de la crónica, “Una tierra para la lealtad”, puede leerse hoy como una descripción de las dos lógicas entonces en juego entre isleños y argentinos. Los primeros consideraban que si ellos eran británicos, y si así lo eran también sus antepasados por varias generaciones, el suelo que pisaban no podía ser extranjero; los segundos, que si el suelo era argentino, quienes allí nacían también lo eran, más allá de lo que considerasen. La incomunicación entre ambas lógicas queda expuesta en la pluma de Sáez Germain: “es inútil explicarles [a los isleños] que la tierra que pisan es criolla. ‘¿Cómo puede serlo, si nosotros somos británicos?’, se enfadan. El argumento tiene toda la solidez de las perogrulladas”, escribe el periodista argentino. “Cuando el Darwin retorna a Montevideo”, así concluye el artículo, “quedan fuertes ganas de volver”. Sáez Germain no regresó. Dijo querer hacerlo en 1982 para combatir como voluntario en la guerra. Al menos fue ese el motivo que esgrimió al abandonar la Legión española, fuerza militar de élite en la que se enroló cuando abandonó el país, luego del golpe militar de 1976.

El futuro de las Malvinas: informes técnicos (1968-1969)

El horizonte de la disputa de soberanía, que en la primera mitad de los años sesenta podría caracterizarse como “de esperanza”, en la segunda mitad se deslizó hacia uno “de inminencia”. En él había justificado Gente la necesidad de su viaje en 1970. La idea de un inminente fin de la dominación británica del archipiélago, presente en la prensa argentina desde comienzos de 1966,[103] hacia finales de 1968 pareció fundarse sobre base cierta. A mediados de agosto de ese año, los representantes de Gran Bretaña y de la Argentina redactaron conjuntamente un memorándum de entendimiento ad referéndum, de acuerdo con el cual la primera reconocería la soberanía sobre las islas de la segunda una vez que considerara apropiadas las garantías y salvaguardas que se ofrecieran a los isleños. Canal 11 emitió un programa especial con entrevistas al canciller Costa Méndez, al historiador Ricardo Callet-Bois y al periodista Héctor Ricardo García; el noticiero televisivo Sucesos Argentinos presentó “el documento gráfico más importante sobre las islas”, en el que se afirmaba que “nuestro pabellón volverá a ondear sobre ellas”; el semanario Primera Plana anunció en su portada la devolución de las islas, sin signos de interrogación, y el humorista Landrú dibujó en la tapa de su revista a un Onganía disfrazado de Papá Noel trayendo el archipiélago de obsequio a los argentinos para esas navidades.[104]



Por motivos que se analizan en el próximo capítulo, el memorándum no fue refrendado a nivel gubernamental. El 17 de diciembre de 1968, el embajador José María Ruda informó en Naciones Unidas que Gran Bretaña pretendía supeditar la cuestión de la soberanía a los deseos de los pobladores de las islas y que la Argentina no podía aceptarlo. La libre determinación de los pueblos y el principio de integridad territorial, ambos consagrados en la resolución 1514 [1960] sobre descolonización del organismo, en el caso de las Malvinas probaban ser incompatibles. En la Argentina, sin embargo, el clima optimista respecto de una resolución favorable de la disputa no desapareció. En marzo de 1969, el semanario político Confirmado reiteró la existencia de un “entendimiento definitivo” entre ambas naciones.[105] Menos determinante pero en igual sentido, en noviembre de ese año Juan Benedicto Martín, efímero ministro de Relaciones Exteriores, declaró que las negociaciones se encaminaban hacia un acuerdo que constituiría “un paso positivo hacia una solución” –en referencia al comienzo de las “conversaciones especiales” sobre comunicaciones–.[106]

Aquel horizonte de inminencia vino así a justificar un nuevo interrogante que demandaba un saber menos periodístico que técnico. No ya ¿cómo son las Malvinas? o ¿quiénes son y cómo piensan los isleños?, sino ¿qué haremos con las islas cuando las gobernemos? Aunque no había estado completamente ausente antes, solo entonces cobró, a los ojos de muchos, inédita urgencia. En los veranos de 1968 y 1969, dos profesionales argentinos visitaron las islas y luego publicaron libros que, a diferencia de los textos de otros viajeros, se caracterizaron por realizar un diagnóstico de la situación de las islas sobre el fondo de su inminente traspaso a control argentino.[107]

El Informe Crosby (1968)

Ronald K. Crosby llegó a las islas a bordo del Darwin con su mujer, Mariquita, y sus cuatro hijas, el 16 de enero de 1968.[108] Veterinario y ganadero, este argentino descendiente de británicos permaneció un mes en las Malvinas recabando información y conversando con referentes isleños. A su regreso publicó El reto de las Malvinas, al que presentó como un informe que aborda “únicamente el problema económico y el problema humano” de las islas (es decir, omitía la cuestión histórico-jurídica, que consideraba favorablemente saldada).[109] En lo que respecta al problema económico, Crosby proveyó información técnica y desagregada del tipo de suelo de las islas, el estado de los campos y las pasturas, el tipo de vegetación, la evolución de la producción ovina desde comienzos del siglo XX, las razas de los animales existentes y la propiedad de la tierra. Recabó información en Stanley y en las estancias. Viajó a Roy Cove, Hill Cove, West Point Island, Port Stephens, Port San Carlos, Douglas Station, Salvador y Port Howard. Clasificó las estancias según su desarrollo distinguiendo las progresistas, aquellas cuyos dueños invertían para mejorar su producción, de las atrasadas, y conjeturó que la “estabilidad política”, es decir, el entendimiento entre la Argentina y Gran Bretaña sobre la cuestión de fondo, crearía condiciones para que las segundas siguieran el ejemplo de las primeras.

Crosby aborda el tema de las posibilidades de diversificación de la industria, es decir, de exportar algo más que lana. Aunque no es muy optimista al respecto, su conclusión es que la única alternativa viable es congelar carne ovina y producir un capón o cordero exportable a los países de Europa. Tampoco es muy optimista en cuanto a la posibilidad de hallar petróleo en el área, a pesar de que sabía que la New Zeland Petroleum Co. estaba realizando exploraciones. Ese escaso optimismo económico contrasta con su optimismo político. En ocasiones, escribe como si las islas ya estuvieran bajo administración argentina. “El futuro económico […] depende del precio mundial de la lana, lo cual escapa a nuestro control, y de los costos de producción, que sí podemos alterar produciendo más lana por hectárea”. Advierte también sobre los riesgos que imagina podrían derivarse de la nueva situación. La monopólica Falkland Islands Company, razona, “con todos sus defectos, produce ganancias”; ¿qué haría con ella la Argentina cuando tomara las riendas de las islas? La alternativa de nacionalizarla estaría a la orden del día: “si se nacionalizara, ¿seguiría dando ganancias? Nuestra experiencia nos dice que no”. Crosby formaba parte de un sector de opinión de ideas liberales, tan interesado en la soberanía de las islas como en que ella no acabara resultando un nuevo déficit para el fisco. De lo que se trataba, entonces, era de planificar una reintegración de las islas “a bajo costo”. Con ese objetivo en mente, luego de rechazar como “inaceptable” la opción de un condominio o de una entrega paulatina, ambas en danza cuando se imaginaban soluciones concretas, anota en el epílogo un conjunto de sugerencias para cuando la Argentina gobernara las islas.

La segunda parte de su informe está dedicada a analizar “el problema humano”. Destaca, en primer lugar, la cuestión del descenso poblacional. Traza una progresión histórica de inmigración-emigración y muestra que, entre los años 1957-1965, el balance negativo había sido de treinta personas promedio por año. Adjudica la emigración a la incomunicación, las deficiencias en el sistema de educación, la falta de oportunidades y de entretenimiento para los jóvenes, el litigio angloargentino por la soberanía, el deseo de radicarse con otros familiares que emigraron previamente, y los vicios sociales como el alcoholismo. De todos estos problemas considera que el más delicado para “nuestro gobierno” será el de la educación. “Todo cambio que se haga tendrá que ser paulatino para no provocar un estado de confusión en los niños”, escribe, y aclara que el tema requerirá un “plan de acción” que contemple, entre otras cosas, la resistencia de los padres “hacia todo lo nuevo y revolucionario”.

El último apartado del “problema humano” refiere a la actitud de los malvineros hacia los argentinos. Crosby considera “malvineros auténticos” a 1450 de los 2079 habitantes que entonces vivían en las islas. Solo ellos eran “argentinos nacidos en las Malvinas”, como los llama Roberto Alemann, autor del prólogo de El reto de las Malvinas. Crosby los clasifica en cuatro grupos. El primero lo integran isleños que, por propio razonamiento, se oponen a una administración argentina; el segundo engloba a la población que, sin juicio propio, “repite lo que dice el anterior” con “la seguridad que da al mediocre el contarse entre la mayoría” (lo que implica que el primer grupo era el más numeroso); un tercer grupo lo forman isleños que, aunque tienen reservas, consideran que podría resultarles ventajoso “anexarse al territorio argentino”; finalmente, el último grupo está compuesto por “oportunistas irresponsables”. Crosby señala a las autoridades argentinas cuál debería ser el camino del diálogo. Con el primer y tercer grupo, explica, se puede dialogar; con el segundo, no vale la pena porque obedecerá al primero; en cuanto al cuarto, es peligroso hacerlo porque podría conducir a actos demagógicos.

Luego de la publicación de su libro, en 1968, Crosby fue “invitado a todos los confines de la tierra” para hablar del tema con una heterogénea audiencia: “presidentes, ministros, autoridades, seres anónimos que luchan desde el llano, sindicalistas, religiosos, exiliados, presos (políticos y de los otros), y líderes revolucionarios (pacifistas y guerrilleros)”.[110] Muñoz Azpiri lo invitó a compartir las impresiones de su viaje en el Instituto de las Islas Malvinas y Tierras Australes Argentinas.[111] Su libro conoció dos ediciones más. Los prólogos a esas ediciones, al igual que el que escribió Alemann para la primera, tienen la particularidad de estar fechados en días patrios. Su posición pareció ir endureciéndose. En el prólogo a la edición de 1975 afirmó que los argentinos habían optado por la vía pacífica para la restitución del archipiélago en función de la tradición nacional, pero que “el camino violento”, variante omitida en la edición de 1968, “podría justificarse” aunque “restaría brillo”. En el prólogo a la edición de 1981 aseguró que los argentinos “simultáneamente pasaremos a luchar en otro frente”, sin especificar cuál. Agregó además una “Advertencia” al final, en la que deja planteada una pregunta retórica: “¿No se nos estará pasando el momento?”.[112]

El Informe Moneta (1969)

La idea de que el momento para que la Argentina recuperase las islas podría estar escapándose, incluso para siempre, incidió en el ánimo de los militares que decidieron la invasión del 2 de abril de 1982.[113] Más de diez años antes, una idea similar había transmitido José Manuel Moneta (1900-1972) en su libro ¿Nos devolverán las Malvinas?… Los actuales problemas malvineros, escrito luego de una visita al archipiélago en el verano de 1969. En el capítulo titulado “Estrategia”, después de mencionar que, a diferencia de la época de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña ya no tenía en las islas “más que una pequeña fuerza policial incapaz de paralizar un ataque armado que realicen cincuenta hombres bien pertrechados y organizados” y que, por lo tanto, “le sería imposible defenderlas en caso de conflicto generalizado”, Moneta dejó planteado el interrogante: “¿es que hoy las Malvinas, al igual que la Antártida, están a disposición de la primera potencia que quiera tomarlas?”.[114] Moneta temía, y otros con él, la intromisión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyos buques pesqueros operaban en aguas del Atlántico sur.

Malvinas y la Antártida, sin embargo, revestían situaciones jurídicas diferentes. La primera era una colonia británica cuyo territorio disputaba la República Argentina. La Antártida se encontraba bajo el paraguas del Tratado Antártico, firmado el 1º de diciembre de 1959 en Washington por los países que reclamaban derechos o tenían intereses en el continente blanco. Moneta no ignoraba esta diferencia. Más aún, se contaba entre los pocos argentinos que conocía el territorio antártico. En los años veinte había participado como meteorólogo de cuatro expediciones científicas a la isla Laurie, en las Orcadas del Sur, dos de las cuales presidió. En 1927 instaló el primer equipo transmisor de radiotelegramas en la Antártida y al año siguiente estrenó en el cine París de Buenos Aires Entre los hielos de las islas Orcadas, una película filmada por él para la empresa cinematográfica de Federico Valle.[115] En 1939, en el libro Cuatro años en las Orcadas del Sur –que para 1969 llevaba más de diez ediciones– narró su experiencia como miembro de esas expediciones. Fue gracias a ellas que Moneta conoció el puerto de Grytviken, en la isla Georgia del Sur, escala en la que los expedicionarios cambiaban embarcación. En ese libro no dice mucho sobre la situación jurídica de aquella isla. Se limita a afirmar que “South Georgia […] se encuentra bajo la jurisdicción del gobierno inglés, que de hecho ocupa las islas Malvinas”.[116] Sí menciona, más de una vez, que era ese gobierno el que ejercía la fiscalización de la caza de ballenas y otorgaba derechos en los mares antárticos.

En las décadas que siguieron a sus expediciones antárticas Moneta fue becado para realizar estudios balleneros en los Estados Unidos y más tarde desempeñó cargos diplomáticos en Checoslovaquia, Hungría, Turquía y Filipinas. “Luego de ese deambular mundial”, cuenta en ¿Nos devolverán las Malvinas?…, a los 68 años viajó a las Malvinas para conocer su realidad, en un contexto político en el que “no transcurre semana sin que los diarios argentinos o británicos publiquen bajo grandes titulares alguna noticia relacionada con el pleito de las Malvinas”. Un tercio de su libro lo dedica a repasar la historia de las islas, desde las colonizaciones europeas hasta 1833. Como otros textos escritos por argentinos, la narrativa salta de 1833 a 1965, del comienzo de la ocupación británica permanente a la resolución 2065 de Naciones Unidas.[117] El resto está dedicado a informar sobre la organización de las islas, su economía y sus finanzas, y a reflexionar sobre su inminente futuro.

Moneta arribó a Stanley el 29 de enero de 1969 y permaneció casi un mes, alojándose en el buque Darwin en el que había llegado.[118] El libro lo publicó al año siguiente. Allí provee datos que muestran que el “laborioso y pacífico” pueblo de las islas “goza[ba] de un elevado standard de vida desconocido en los países sudamericanos”. Describe positivamente los sistemas de salud y educación elemental, subraya los altos porcentajes que el gobierno colonial destinaba a cada uno y destaca algunos rasgos que contrastaban con la situación en la Argentina, como que el hospital de Stanley distribuía de manera gratuita la píldora anticonceptiva. Aunque mucho en su descripción de la sociedad isleña podría sugerir que Moneta respondía la pregunta con la que titula su libro de manera negativa, sus principales argumentos abonan más bien una respuesta afirmativa.

Entre esos argumentos sobresalen los de índole económica. El presupuesto 1968-1969, informa, había arrojado un déficit entre ingresos y erogaciones de £128.544, las posibilidades de que hubiera petróleo eran “muy remotas”, el uso creciente de fibras sintéticas seguiría empujando a la baja el precio de la lana, el servicio que prestaba el Darwin requería para funcionar de un importante subsidio del gobierno; en pocas palabras, para Moneta, los indicadores económicos pronosticaban que “la situación económica ir[ía] desmejorando”. La “devolución” de las Malvinas, así, sería el desenlace de la situación estructural de la economía isleña. “La evidencia señala”, escribe, “que es el propio gobierno británico quien no tiene ya interés en poseer las Malvinas”, una idea también presente en la prensa argentina de la época.[119]

Si las Malvinas, por así decirlo, venían hacia la Argentina, urgía entonces abordar lo que Crosby había llamado “el problema humano”. La población isleña aparece a los ojos de Moneta como un actor manipulable. Durante sus días en Stanley, la imprenta de las islas todavía imprimía y distribuía gratuitamente carteles con la leyenda “Keep the Falklands British”, con la que los isleños habían recibido a Lord Chalfont semanas atrás. Chalfont, ministro adjunto del Foreign Office, había visitado las islas con el propósito de informar a Londres acerca del parecer de los isleños sobre la cuestión de la soberanía (volveré sobre esta visita en el próximo capítulo). En sintonía con las explicaciones que circulaban en la prensa argentina, Moneta considera que el ambiente hostil que encontró Chalfont en las islas había sido “previamente preparado por la conocida compañía [en referencia a la FIC]”, perseverante opositora a los derechos argentinos. Durante la visita del funcionario británico, una avioneta, propiedad del periódico Crónica, aterrizó imprevistamente en Puerto Stanley; los tres argentinos que viajaban en ella fueron detenidos y trasladados por la autoridad colonial a la fragata de guerra Endurance. Moneta menciona el episodio, como también las previas incursiones aéreas de argentinos en 1964 (FitzGerald) y 1966 (operativo Cóndor), pero no le otorga incidencia en la disposición que los isleños tenían hacia la Argentina.

¿Cuál era esa disposición? En la época más álgida de las negociaciones entre la Argentina y el Reino Unido, Moneta afirma no haber hallado una actitud agresiva en los isleños hacia él por su nacionalidad, pero sí una “actitud negativa” hacia los argentinos, que explica por la política de los gobiernos argentinos de mantener físicamente aisladas a las islas. “Si comerciamos con Gran Bretaña”, razona, “también podemos hacer lo mismo con las Malvinas”. Así, el libro abonaba los argumentos en favor de un acuerdo que permitiera una relación más natural entre las islas y la Argentina continental. Para él, lo que caracterizaba entonces el vínculo entre argentinos e isleños era el recíproco desconocimiento. Pocos en las islas habían visitado alguna vez Buenos Aires. “No tienen idea definida de lo que es hoy nuestro país”, escribe Moneta, “ignoran las libertades de que gozan los argentinos”, una frase paradójica si se tiene en cuenta que desde 1966 gobernaba la Argentina un régimen militar.

Moneta comulgaba con el optimismo sobre el futuro de las islas. Afirma que el archipiélago “retornará al poder argentino” y que ello sucedería pronto. Por la razón que ya se mencionó, aconseja que la Argentina se dé una política de comunicación no solo hacia los isleños sino también, y sobre todo, hacia las entidades económicas de las islas. “Es necesario que [esas entidades] conozcan los beneficios que podrían obtener con el cambio de soberanía que se proyecta”. Hasta tanto, escribe, “nadie [en las islas] estará dispuesto a aceptar una transformación que origina interrogantes a los que los propios malvineros no pueden responder”. Rechaza de forma expresa el camino de una invasión. Aunque inicialmente sería un éxito seguro, razona, las consecuencias serían nocivas porque la opinión pública mundial no la apoyaría. Rechaza también la idea de que la Argentina compre las islas al Reino Unido, propuesta que había leído en un trabajo de J. C. J. Metford, porque “no hay necesidad de comprar lo que es nuestro”. A su juicio, un control argentino de las islas que garantizara la salvaguarda de los intereses económicos británicos en el archipiélago y los derechos civiles de los isleños conformaría a todas las partes. A su regreso, Moneta escribió artículos (Crónica publicó varios fragmentos de su libro) y ofreció conferencias sobre las Malvinas, una de ellas junto con Moreno, de quien era amigo.[120]

“Un mundo aparte”: tres miradas disruptivas (1963-1971)

Aunque la cuestión Malvinas no interpelara por igual a todos los argentinos, durante la década del optimismo fue cobrando forma un diagnóstico que podía encontrarse por igual en la prensa y en la política. En un contexto en el que la sociedad aparecía dividida en muchos temas, “Malvinas” era motivo de unidad. Así lo expresaba un editorial de Clarín, a fines de 1968: “existe entre los habitantes del país una unanimidad de criterios absoluta que hace de la recuperación de las islas una creencia arraigada como convicción desde la infancia de los argentinos de todas las generaciones”.[121] Así Panorama, dos años después: “pocos temas como el de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas han concitado la opinión unánime de todos los sectores, desde liberales a nacionalistas, pasando por conservadores y revolucionarios”.[122] Cuarto Nivel era, para la misma época, todavía más enfática: “los argentinos estamos divididos y desunidos en todo; sin embargo, hay por encima de todo una circunstancia, un hecho o un nombre que obra el milagro de unirnos, sin discusión alguna. Es algo así como la tabla de salvación de la que se ata la argentinidad […] Porque en algo los argentinos estamos de acuerdo, total e inequívocamente –vaya, ¡por lo menos en algo!–: ‘Las Malvinas son argentinas’. Eso es lo único que auténticamente nos une, de Misiones a Mendoza, de La Quiaca a la Antártida”.[123]

Los argentinos que viajaron a las islas, en ese sentido, no fueron una excepción. Sus miradas no fueron, acaso no podían serlo, análogas a la de un antropólogo que visita una comunidad distante a la que busca descifrar. Pisaban un suelo cuya soberanía consideraban adulterada. Sus experiencias de las islas y de la comunidad isleña estaban condicionadas por ese punto de partida. Sin embargo, ese condicionamiento no afectó de manera homogénea a todos los viajeros. En esta última sección analizo tres crónicas que proveyeron imágenes e ideas disruptivas respecto de las analizadas anteriormente. Hasta donde pude reconstruir, con estas crónicas se completa el mapa de las impresiones que las islas dejaron en los argentinos que las visitaron y luego dieron testimonio de sus experiencias durante el siglo XX, hasta el Acuerdo de Comunicaciones de mediados de 1971.

Un viajero prefiere el anonimato: César Greslebin (1963)

Pocos días antes de que el fotógrafo de Panorama visitara las Malvinas, lo hizo por su propia cuenta otro argentino, el ingeniero César Greslebin, que dos años después dio una entrevista a la revista Siete Días, entonces editada por el periódico La Razón. La entrevista, que llevó por título “Las Malvinas: ¿un drama triste y sin futuro?”, apareció a mediados de 1965, y al año siguiente fue reproducida en el t. III de Historia completa de las Malvinas, la obra enciclopédica de Muñoz Azpiri.

Greslebin llegó a las islas el 27 de marzo de 1963 y permaneció hasta el 15 de abril.[124] De su motivación para viajar sabemos poco. Según dice, era “el único lugar del país que [le] faltaba conocer”.[125] En líneas generales, su crónica contrariaba el clima de optimismo que comenzaba a generalizarse precisamente el año en que se publicó su entrevista. En primer lugar, consideró un hecho “evidente” que tanto en Puerto Stanley como en las estancias todos sostenían, “en forma unánime”, la legitimidad de los títulos británicos. Agregó que, aunque nadie supiera argumentar bien por qué, la permanencia durante más de ciento treinta años era prueba suficiente para ellos de que el territorio era “legalmente británico”. En segundo lugar, manifestó que los isleños, que nada conocían sobre la Argentina, se extrañaban al oír que una de las pocas cosas en la cual todos los argentinos coincidían era en la actitud respecto de las Malvinas. Muchos imaginaban que esa convicción se reducía a minorías nacionalistas. En tercer lugar, negó que pudiera hablarse de abandono, estancamiento o atraso. Lo fundamentó en estadísticas sociales y de consumo: el número de automotores registrados, medido por habitante, era el más alto del mundo, incluidos los Estados Unidos; la cantidad de energía eléctrica per cápita de la que disponía un habitante en Stanley era muy superior a la de quienes vivían, por ejemplo, en el Gran Buenos Aires; no había desempleo y los salarios eran comparativamente altos; las islas se autoabastecían; el confort del que estaban provistas las casas, la limpieza de las calles, la organización del servicio médico sobresalían al punto de que “merecerían tomarse como modelos”. Finalmente, proveyó interpretaciones diferentes de los mismos fenómenos que habían abonado la visión de Panorama dos años atrás. Por ejemplo: el éxodo a países como Australia o Nueva Zelanda obedecía más a las “excelentes condiciones” que ofrecían esos países que al oscuro futuro que esperaba a las islas de no integrarse a la Argentina; los vocablos castellanos en los enseres del campo debían más al contacto que varias generaciones de isleños habían mantenido con el continente (administradores de estancias educados en colegios argentinos, isleños que trabajaron en estancias inglesas de la Patagonia, familias con ramificaciones en las islas y en el continente, etc.) que “a la persistencia de la tradición rural argentina en el sitio, anterior a 1833”. Así, las reflexiones de Greslebin corroían el sustento de algunos lugares comunes que en esos mismos años comenzaban a diseminarse en la opinión pública argentina.

La pregunta con la que Siete Días encabezó esta entrevista, “Malvinas: ¿un drama triste y sin futuro?”, anunciaba más una confirmación que una refutación de uno de esos lugares comunes. A juicio del entrevistado, Malvinas no representaba un drama triste ni carecía de futuro, al menos desde la perspectiva isleña. Aunque también advirtiera debilidades, como la deficiente educación y en consecuencia el “bajo nivel cultural” de la población nativa, no entreveía que el único destino de la sociedad isleña fuera su anexión a la Argentina. Cuando fue llevado a ese hipotético escenario por el periodista, Greslebin sugirió que, en esa situación, lo mejor sería crear un distrito autónomo, separado del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y ceder el gobierno a un isleño “que no despierte desconfianza entre los pobladores”.

No resulta sorprendente, aunque sí significativo, que Greslebin haya solicitado a Siete Días conservar el anonimato y atribuir sus opiniones a “un viajero de las Malvinas”. Tampoco figura su nombre en la reproducción que hizo de esa entrevista Muñoz Azpiri, que por lo demás atribuyó su inclusión al propósito de “certificar el espíritu objetivo e imparcial” que animaba su empresa. La entrevista “desm[entía] noticias y juicios sobre la actualidad en las islas que hemos recogido en nuestra obra”, admitió Muñoz Azpiri, obra en la que se incluían, entre otros trabajos, textos de Solari Yrigoyen, Mirré y Moreno.

Un argentino predica en las Malvinas: Arnoldo Canclini (1967)

Aun antes de que Gran Bretaña tomara posesión de las islas, pastores anglicanos incursionaron en la Patagonia en el esfuerzo por establecer misiones entre los yamanes.[126] Las expediciones británicas a menudo sumaron a sus propósitos científicos empeños religiosos, como la comandada por FitzRoy en 1833-1834, en la que coincidieron el naturalista Charles Darwin y el misionero Richard Matthews.[127] A lo largo del siglo XIX, Allen Gardiner, Waite Stirling, Thomas Bridges, George Humble y John Lawrence asumieron la tarea de llevar su religión y su civilización a lo que, en el célebre libro sobre las experiencias de su familia con los nativos de la Tierra del Fuego, Esteban Lucas Bridges llamó “el último confín de la tierra”.[128] De cada uno de ellos escribió una biografía el pastor evangélico de nacionalidad argentina Arnoldo Canclini (1926-2014), cuyo trabajo historiográfico hemos citado.[129] En parte inspirado en el espíritu de sus hermanos en la fe, en parte motivado por un deseo personal, Canclini visitó las Malvinas en 1967 y cuatro años después, a instancias de Ricardo Caillet-Bois, publicó un extenso relato de su viaje en la revista de la Academia Nacional de la Historia.[130] Canclini arribó a Puerto Stanley en el Darwin el 27 de mayo de 1967 y se embarcó de regreso el 5 de junio.[131] Se alojó en lo de sus colegas, los pastores Peter J. Millam, anglicano, y Paul Charman, independiente, a quienes conoció en ese viaje.

El pastor argentino compartía mucho con sus connacionales que lo habían precedido en la travesía. En el plano histórico, no albergaba dudas sobre el derecho de su país a la soberanía de las islas. En el plano personal, las islas movilizaban en él sentimientos tan intensos como en Moreno o Solari Yrigoyen. Al avistarlas sintió “una emoción muy especial e inexpresable”. Al visitar Puerto de la Soledad, lugar donde Vernet erigió su comandancia en 1829, tuvo “el deseo de tocar aquellas destruidas paredes, casi como acariciándolas”, se arrodilló y culminó ese momento “realmente religioso” con un ruego a Dios para que las islas retornaran a su patria. La conciencia de que, al hablar de las islas, “naturalmente, no nos podemos quitar la mente argentina” no le impidió proveer una imagen de ellas y de sus habitantes en muchos sentidos diferente a la ofrecida por la mayoría de sus antecesores.

Como Moreno en los treinta y Solari Yrigoyen en los cincuenta, Canclini describe minuciosamente Puerto Stanley, sus instituciones y monumentos, y provee estadísticas actualizadas de salud, educación, economía, seguridad social, cuentas públicas y defensa. Pero a diferencia de ellos, su narrativa tiende a valorar positivamente el tipo de sociedad que los británicos y sus descendientes levantaron en las islas. No niega las carencias que a ojos de otros y de él mismo tenía esa comunidad. Hombre culto, quedó impresionado por “estar en un lugar totalmente carente de la más mínima expresión folklórica”, en referencia a que no conoció libros escritos o grupos de música formados por isleños. Sin embargo, Canclini contextualiza esos datos y trata de comprenderlos en función del tipo de comunidad que allí se forjó. Todo lo que pueda decirse acerca de la psicología y carácter de los isleños, explica, debe partir del hecho de su “situación insular” y el tipo de relación que tienen con el mundo exterior. “Queremos insistir que no se trata de una población abúlica, monótona y apática”, escribe, “todo lo contrario. Dadas las circunstancias, llama la atención la cantidad de distracciones con que cuentan y la alegría reinante”. Destaca el “notable número” de clubes sociales, la pasión deportiva de los isleños (fútbol, pesca, tiro, cricket), las carreras de caballo de diciembre, el baile de mayo en que se elige a una reina, los bazares que organizan las iglesias, la existencia de instituciones de caridad centenarias como el Benefit Club y las celebraciones patrias, “que naturalmente son las del calendario británico”.

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