Читать книгу: «Grace y el duque»

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Índice de contenido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

El futuro

Nota de la autora

Título ori­gi­nal: Daring and the Duke Book 3 in the Bareknuckle Bastards Series. Published by arrangement with Avon, an imprint of HarperCollins Publishers.

© 2020 by Sarah Trabucchi

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Traducción: María José Losada

Corrección: Xavier Beltrán

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: julio 2021

Nueva edición corregida: junio 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­p­ia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del editor.

Para las chicas rebeldes, especialmente la mía.

Capítulo 1

Burghsey House, sede del ducado de Marwick, en el pasado.

No existía nada en el mundo como la risa de él.

No importaba que ella no estuviera cualificada para hablar del vasto mundo, porque nunca se había alejado de aquella enorme casa solariega situada en la tranquila campiña de Essex, a dos días en carruaje desde Londres, donde las onduladas y verdes colinas se convertían en trigo a medida que el otoño ganaba terreno.

No importaba que no conociera los sonidos de la ciudad o el olor del mar. Ni que nunca hubiera oído hablar en otra lengua que no fuera el inglés, ni hubiera visto una obra de teatro, ni hubiera escuchado una orquesta.

No importaba que su mundo se limitara a los tres mil acres de tierra fértil cubiertos de mullidas ovejas blancas y enormes fardos de heno, y a una comunidad de personas con las que no tenía permitido hablar, para las que era prácticamente invisible; porque ella era un secreto que debía guardarse a toda costa.

Era la niña que habían bautizado como el heredero del ducado de Marwick. La que habían envuelto en el arrullo de encaje reservado para una larga estirpe de duques, la que habían ungido con aceites esenciales destinados exclusivamente para los residentes de Burghsey House más privilegiados. A la que habían otorgado nombre y título de varón ante Dios. El duque —un hombre que no era su padre— había pagado a sirvientes y a sacerdotes para que guardaran silencio, había falsificado documentos y había trazado planes para sustituir a la hija bastarda de su esposa por uno de sus propios hijos bastardos —nacido el mismo día que ella, de mujeres que no eran la duquesa—; de esa manera, ofrecía a uno de sus hijos el único camino hacia el legado ducal…, un legado robado.

Con esta estratagema estaba abocando a esa niña inútil, el bebé que lloraba en los brazos de la enfermera, a una vida a medias, llena de una dolorosa soledad que emanaba de un mundo tan grande y, al mismo tiempo, tan pequeño.

Y entonces había llegado él, hacía ya un año. Tenía doce años y estaba lleno de fuego, poseía toda la fuerza del mundo que había ahí afuera. Era alto y delgado, y tan inteligente como astuto. Le parecía el ser más hermoso que jamás hubiera visto, con un flequillo rubio tan largo que caía sobre unos brillantes ojos de color ámbar, unos ojos que guardaban mil secretos. Tenía una risa queda, apenas un susurro, tan poco frecuente que, cuando aparecía, era como un regalo.

No, no había nada en el vasto mundo como la risa de él. Ella lo sabía, aunque el vasto mundo estuviera tan lejos de su alcance que ni siquiera fuera capaz de imaginar dónde empezaba.

Él sí.

Y le encantaba contarle cosas sobre ese mundo. Eso fue lo que hizo aquella tarde, en uno de los preciosos momentos robados a las maquinaciones y manipulaciones del duque, justo el día antes de la noche en la que el hombre que manejaba su futuro regresó para deleitarse atormentando a sus tres hijos varones. Pero, en esos momentos, en aquella tranquila tarde, mientras el duque estaba fuera, en Londres, haciendo lo que fuera que hicieran los duques, los cuatro niños aprovechaban la felicidad allá donde podían encontrarla: al aire libre, en el salvaje y serpenteante terreno de la finca.

El lugar favorito de ella estaba en el límite occidental del terreno, lo suficientemente alejado de la casa solariega como para perderla de vista. Allí había un magnífico bosquecillo de árboles que se elevaba hacia el cielo, bordeado por un pequeño y burbujeante riachuelo, o más bien un arroyo, para ser precisos, pero que le había proporcionado horas, días y semanas de parlanchina compañía cuando era más niña y la conversación con el agua era lo único que cabía esperar.

Pero allí, en aquel momento, no estaba sola. Reposó entre los árboles, donde los rayos de sol moteados inundaban el suelo en el que yacía de espaldas, exhausta después de haber recorrido los campos, y aspirando grandes bocanadas de aire cargado del aroma del tomillo silvestre.

—¿Por qué siempre venimos aquí? —Él se sentó a su lado, cadera con cadera, mientras su propio pecho subía y bajaba por la respiración agitada mientras la miraba a la cara, con sus piernas, cada vez más largas, estiradas más allá de la cabeza de la chica.

—Me gusta estar aquí —dijo ella con sencillez, y volvió la cara hacia la luz del sol, y el son de los latidos de su corazón se calmó al mirar a través del dosel de ramas que jugaban al escondite en el cielo—. Y a ti también te gustaría si no estuvieras siempre tan serio.

El aire tranquilo del lugar se transformó, se volvió más pesado ante la certeza de que no eran niños de trece años corrientes y sin preocupaciones. Protegerse formaba parte de su supervivencia. La seriedad formaba parte de su supervivencia.

Ella prefería no pensar en ello mientras las últimas mariposas del verano danzaban bajo los rayos de luz, por encima de sus cabezas, llenando aquel lugar con una magia que mantenía a raya lo peor. Así pues, cambió de tema.

—Cuéntame cosas del mundo.

—¿Otra vez? —Pero en realidad, él no estaba pidiéndole explicaciones. No las necesitaba. Se giró, y ella movió las faldas para que él se tumbara a su lado, como había hecho docenas de veces antes. Cientos. En cuanto se acomodó de espaldas, con las manos apoyadas en la nuca, él empezó a hablar al cielo—. Nunca hay tranquilidad.

—Por el golpeteo de las ruedas de los carros contra los adoquines.

—Las ruedas de madera hacen ruido, pero es más que eso. —Ella asintió—. Son los gritos de las tabernas y de los vendedores ambulantes de la plaza del mercado. Los ladridos de los perros de los almacenes. Las peleas de las calles. Yo solía subir al tejado del lugar donde vivía y apostaba en las peleas.

—Por eso eres tan buen luchador.

—Siempre pensé que sería la mejor manera de ayudar a mi madre. Hasta que… —Se encogió levemente de hombros. Interrumpió sus palabras, pero ella sabía el resto. «Hasta que cayó enferma y el duque le ofreció un título y una fortuna a ese hijo que habría hecho cualquier cosa para ayudarla». Se volvió para mirarlo; tenía una expresión tensa, la vista clavada en el cielo, los dientes apretados.

—Háblame de los improperios —lo incitó.

—Hay mucho lenguaje soez. Eso te gusta, ¿eh? —Él soltó una risilla de sorpresa.

—Ni siquiera sabía que existían las palabrotas antes de conoceros a vosotros tres. —Los chicos que habían llegado a su vida eran puro alboroto: rudos, malhablados y maravillosos.

—Antes de conocer a Diablo, querrás decir. —Diablo, bautizado como Devon, era uno de sus otros dos hermanastros; había sido criado en un orfanato para niños abandonados, y para demostrarlo se expresaba con un lenguaje malsonante—. Él te ha transmitido sus amplios conocimientos. Sí. Los improperios. En especial los de los muelles. Nadie maldice como un marinero.

—Dime cuál es el mejor improperio que has oído.

—No. —Él le lanzó una mirada socarrona.

—Háblame de la lluvia. —Le preguntaría a Diablo más tarde.

—Es Londres. Nunca para de llover.

—Cuéntame algo bueno. —Le dio un codazo en el hombro.

—La lluvia hace que las piedras de la calle estén resbaladizas y brillantes. —Sonrió, y ella hizo lo mismo. Adoraba la forma en que le seguía la corriente.

—Y, por la noche, las luces de las tabernas las vuelven doradas —terminó ella.

—No solo las de las tabernas, también las de los teatros de Drury Lane. Y las lámparas que cuelgan delante de las casas de alterne. —Las casas de mala muerte donde su madre había aterrizado después de que el duque se negara a mantenerla cuando eligió tener a su hijo. Donde había nacido aquel hijo.

—Para mantener la oscuridad a raya —susurró ella.

—La oscuridad no es tan mala —adujo él—. Lo que ocurre es que la gente que vive en ella no tiene más remedio que luchar por lo que necesita.

—¿Y consiguen lo que necesitan?

—No. No tienen lo que necesitan, y tampoco lo que merecen. —Hizo una pausa y luego susurró al dosel de ramas, como si realmente fuera mágico—. Pero vamos a cambiar todo eso.

No le pasó desapercibido que había usado el plural. No solo ellos dos, sino todos. Aquel cuarteto que hizo un pacto para iniciar aquella loca competición: quien ganara protegería al resto. Y luego escaparían de aquel lugar en el que los habían forzado a luchar en una batalla de ingenio y armas que le daría a su padre lo que quería: un heredero digno de un ducado.

—En cuanto seas duque… —empezó ella, en voz baja.

—En cuanto uno de nosotros sea duque. —Se volvió para mirarla.

Ella negó con la cabeza y buscó su brillante mirada ambarina, tan parecida a la de sus hermanos. Tan parecida a la de su padre.

—Vas a ganar tú.

—¿Cómo lo sabes? —dijo él, después de observarla durante un buen rato.

—Lo sé, y punto. —Apretó los labios.

Las maquinaciones del viejo duque se volvían más desafiantes cada día. Diablo era como su nombre, demasiado fuego y furia. Y Whit era demasiado pequeño y demasiado amable.

—¿Y si no quiero?

—Por supuesto que quieres. —Cualquier otra cosa era una idea absurda.

—El ducado debería ser tuyo.

—Las chicas no pueden ser duques. —Ella no pudo reprimir una risita exagerada.

—Y, sin embargo, aquí estás: eres la heredera.

Pero no lo era. No de verdad. Ella era el producto de una aventura extramatrimonial de su madre, una apuesta ideada para darle un heredero bastardo a un marido monstruoso, y manchar así para siempre su preciado linaje, que era lo único que realmente le importaba al duque. Pero, en lugar de un niño, la duquesa había dado a luz a una niña, por lo que no podía heredar. Era la sustituta. Una simple nota al pie en el ancestral ejemplar del Libro de la nobleza de Gran Bretaña e Irlanda. Y los cuatro lo sabían.

—No importa —aseguró, ignorando sus palabras.

Y no importaba. Ewan ganaría. Se convertiría en duque. Y lo cambiaría todo.

Él la observó en silencio durante un rato.

—Cuando sea duque… —fantaseó en un susurro, como si las palabras fueran a convertirse en realidad al pronunciarlas en voz alta—. Cuando sea duque, yo cuidaré de todos. De nosotros y de todo el Garden. Manejaré su dinero. Su poder. Su nombre. Y me alejaré de aquí y nunca miraré atrás. —Las palabras volaron alrededor de ellos, reverberando en los troncos de los árboles antes de que él se corrigiera—. Su nombre no —susurró—. El tuyo.

Robert Matthew Carrick, conde de Sumner, heredero del ducado de Marwick.

Ignoró el ramalazo de emoción que la recorrió y suavizó el tono.

—Te quedará bien ese nombre. Es nuevo. Yo nunca lo he usado. —Había sido bautizada como el heredero, pero no podía hacer uso de su nombre.

A lo largo de los años, siempre se habían dirigido a ella como «niña», «chica» o «señorita». Un día, cuando tenía ocho años, hubo una criada que la llamó «mi amor», y eso le gustó mucho. Pero la criada se había marchado al cabo de unos meses, y ella había vuelto a ser invisible.

Hasta que más tarde llegaron tres chicos que sí la veían, y el que estaba con ella no solo parecía verla, sino también entenderla. Y la llamaron de mil maneras: «Liebre», por la forma en que atravesaba los campos a la carrera, «Fuego», por las llamas de su cabello pelirrojo y «Rebelde», por la manera en que se enfadaba con su padre. Y ella respondía a todos aquellos apodos, sabiendo que ninguno era su nombre, sin importarle demasiado, porque ellos estaban allí. Porque tal vez estar con ellos fuera suficiente.

Porque para ellos era alguien importante.

—Lo siento —susurró él. Y lo decía en serio.

Para él, ella sí era alguien importante.

Permanecieron así durante unos instantes, con las miradas entrelazadas mientras la verdad pesaba a su alrededor, hasta que él carraspeó y apartó los ojos, rompiendo así aquella conexión. Lo observó cuando giró su tronco para volver a prestar atención a las copas de los árboles.

—De todos modos, mi madre decía que le encantaba la lluvia, porque era el único momento en que veía joyas en el barrio de Covent Garden.

—Prométeme que me llevarás contigo cuando te vayas —susurró ella para romper el silencio.

Los labios de Ewan se convirtieron en una línea firme, la promesa quedó escrita en las arrugas de su cara, más vieja de lo que debería ser. Más joven de lo que iba a necesitar que fuera.

—Y tendrás muchas joyas. —Asintió con seguridad.

Ella se giró, y sus faldas se desplegaron sobre la hierba.

—Por supuesto —bromeó ella—. Y vestidos confeccionados con hilo de oro.

—Vivirás entre bobinas de hilo oro.

—Sí, por favor —dijo ella—, y una doncella que sepa hacerme preciosos peinados.

—Para ser una chica de campo, eres muy exigente —se burló.

—He tenido toda la vida para elaborar una lista con mis necesidades. —Le dirigió una sonrisa.

—¿Crees que estás preparada para Londres, chica de campo?

—Creo que se me dará bien, chico de ciudad. —La sonrisa se transformó en un ceño fruncido.

Él se rio, y el preciado (por infrecuente) sonido de su risa llenó el espacio que los rodeaba, reconfortándola. En ese momento, sucedió algo. Algo extraño e inquietante, maravilloso e inaudito. Ese sonido, que no se parecía a ningún otro del vasto mundo, la liberó.

De repente, lo sintió. No solo el calor de él a su lado, donde se tocaban de hombro a cadera. No solo el lugar donde su codo descansaba junto a su oreja. No solo el contacto de sus manos en los rizos cuando él extrajo una hoja de ellos. Sino en todas partes. En el ascenso y descenso uniforme de su respiración. En su segura quietud. Y esa risa…, en su risa.

—Pase lo que pase, prométeme que no me olvidarás —le pidió en voz baja.

—No podré. Estaremos juntos.

—La gente se va.

—Yo no. No me iré. —Frunció el ceño y negó con fuerza.

—A veces no se elige. A veces, la gente, simplemente… —Asintió—. Pero aun así…

Su mirada se suavizó al comprender que se refería a su madre. Rodó hacia ella y quedaron frente a frente, con las mejillas apoyadas en las palmas de las manos, lo suficientemente cerca como para contarse mil secretos.

—Ella se habría quedado de haber podido —dijo él con firmeza.

—No lo sabes —susurró, y cuánto detestó el picor que le provocaban aquellas palabras en los ojos—. Nací y ella murió, y me dejó con un hombre que no era mi padre, que me dio un nombre que no es el mío, y nunca sabré qué habría pasado si ella hubiera vivido. Nunca sabré si… —Él esperó. Siempre paciente, como si fuera a aguardar toda la vida—. Nunca sabré si me habría querido.

—Claro que sí. —La respuesta fue inmediata.

—Ni siquiera me puso un nombre. —Sacudió la cabeza y cerró los ojos. Quería creerle.

—Lo habría hecho. Te habría puesto un nombre, y habría sido precioso.

La certeza de sus palabras hizo que ella buscara su mirada, segura e inflexible.

—Entonces, ¿no me llamo Robert?

—Ella te habría puesto un nombre digno de ti. El nombre que te mereces. Te habría dado el título. —No sonrió. No se rio. La comprendía y, luego, añadió—: Como voy a hacer yo.

Todo se detuvo: el susurro de las hojas en el dosel de ramas; los gritos de sus hermanos en el arroyo, un poco más allá; el lento transcurrir de la tarde; y ella supo, en ese momento, que él estaba a punto de hacerle un regalo que nunca había imaginado recibir.

—Dime… —Le sonrió, con el corazón palpitando en el pecho.

Quería ese regalo en los labios y en la voz de él, en los oídos de ella. Quería que se lo diera y sabía que le resultaría imposible olvidarlo, incluso después de que se marchara y la dejara atrás.

Y él se lo dio.

—Grace —la llamó.

Capítulo 2

Londres, otoño de 1837.

—¡Por Dahlia!

Una estridente ovación se elevó en respuesta al brindis; la multitud concentrada en la sala principal del número 72 de Shelton Street —un club de alto nivel y el secreto mejor guardado de las mujeres más elegantes, sabias y escandalosas de Londres— se volvió al unísono para brindar por su propietaria.

La mujer conocida como Dahlia se quedó quieta al pie de la escalera central, observando la enorme estancia, ya repleta de socias del club e invitadas a pesar de lo temprano que era.

—Bebed, queridas, os espera una noche inolvidable. —Dirigió al público una amplia y brillante sonrisa.

—¡O para olvidar! —exclamó alguien desde el otro extremo de la sala. Dahlia reconoció al instante la voz de una de las viudas más alegres de Londres, una marquesa que había invertido en el 72 de Shelton Street desde sus inicios y que amaba aquel club más que a su propia casa. Allí, una alegre marquesa gozaba de la privacidad que en Grosvenor Square nunca había tenido. Sus amantes también se sentían totalmente libres.

Los enmascarados rieron al unísono y Dahlia se libró de la atención general el tiempo suficiente para que Zeva, su lugarteniente, apareciera a su lado. La alta belleza de pelo oscuro había estado con ella desde que fundó el club y se encargaba de atender a las socias, asegurándose de que tuvieran todo lo que desearan.

—Es un éxito —dijo Zeva.

—Y va a serlo más. —Dahlia echó un vistazo al reloj que llevaba en la cintura.

Era temprano, apenas pasadas las once; gran parte de las mujeres de Londres solo podían escabullirse de sus aburridas cenas y bailes poniendo excusas como el abatimiento y su naturaleza delicada. Dahlia sonrió al pensar en ello, ya que conocía la manera en que las socias del club utilizaban la delicadeza que se atribuía al sexo débil para tomar lo que deseaban sin que la sociedad lo supiera.

Se adjudicaban esa debilidad y jugaban con ella, al tiempo que convocaban a sus cocheros en las puertas traseras de sus casas; al tiempo que cambiaban sus respetables ropas por otras más provocativas; al tiempo que se despojaban de las máscaras que llevaban en su mundo y se ponían otras diferentes, otros nombres, otros deseos…, lo que ansiaban fuera de Mayfair.

Pronto llegarían y abarrotarían el 72 de Shelton Street para deleitarse con lo que el club les ofrecía cualquier noche del año —compañerismo, placer y poder— y, en concreto, con lo que ocurría el tercer jueves de cada mes, cuando las mujeres de todo Londres y de cualquier otra parte del mundo eran bienvenidas para explorar sus deseos más profundos.

El célebre acontecimiento, al que llamaban Dominio, era en parte baile de máscaras, en parte juerga salvaje, en parte algo así como un casino y, sobre todo, algo completamente confidencial. Diseñado para ofrecer a los miembros del club y a sus acompañantes de confianza una velada dedicada exclusivamente a su placer… Fuera este cual fuera.

Dominio tenía un único propósito: las damas eligían.

No había nada que le gustara más a Dahlia que proporcionar a las mujeres acceso al placer. En el mundo real, el sexo débil no recibía la más mínima consideración, y su club se había creado para darle la vuelta a esa situación.

Desde que había llegado a Londres, veinte años atrás, había ganado dinero de muchas maneras. Había trabajado como camarera en pubs y teatros. Había picado carne en carnicerías y doblado metal para hacer cucharas, y nunca había ganado más de un penique o dos por jornada. Enseguida descubrió que el trabajo diurno no era rentable.

Lo cual le parecía bien, ya que nunca se había adaptado a los horarios diurnos. Después de que los orinales y los pasteles de carne le revolvieran el estómago, y que trabajar con el metal le dejara las palmas de las manos en carne viva, había encontrado un trabajo como florista y se había esforzado por conseguir vaciar la cesta de unos ramilletes que se marchitaban rápidamente antes del anochecer. Pasaron dos días antes de que un vendedor ambulante del mercado de Covent Garden notara su buen ojo para los clientes y le ofreciera trabajo vendiendo fruta.

Eso había durado menos de una semana, hasta que él la había golpeado cuando, accidentalmente, se le cayó una manzana roja brillante en el serrín. Cuando se puso en pie, ella misma lo rebozó a él en serrín antes de salir corriendo del mercado con tres manzanas en la falda que valían más que su sueldo de una semana.

El suceso había sido lo suficientemente sorprendente como para atraer la atención de uno de los mejores luchadores del barrio del Garden. Digger Knight siempre andaba buscando chicas altas con caras bonitas y puños poderosos. «Los brutos son una cosa», solía decir, «pero las bellas se ganan al público». Dahlia resultó ser ambas cosas.

Le había enseñado bien.

La lucha no era un trabajo diurno. Era un trabajo nocturno y se pagaba como tal.

Se pagaba bien. Y se sentía mejor, en especial para una chica que no era nadie y estaba llena de rabia. No le importaba el dolor de los golpes, se recuperaba pronto del mareo que experimentaba a la mañana siguiente de un combate… Y en cuanto aprendió a anticiparse a los golpes y a evitar los que hacían daño de verdad, no miró atrás.

Dejó las flores y la fruta, y vendió sus puños en su lugar, en peleas justas y también en las sucias. Y cuando vio la cantidad de dinero que ganaba con las últimas, vendió su cabellera a un peluquero de Mayfair que compraba en el Garden al por mayor. El pelo largo era una debilidad para una chica que peleaba sin guantes.

Con casi quince años, pelo corto y piernas largas, se había convertido en una leyenda de los rincones más oscuros de Covent Garden. Era una chica delgada y fibrosa, y con un puño duro como el roble con el que ningún hombre deseaba encontrarse en una calle oscura. Sobre todo cuando iba flanqueada por los dos chicos que la acompañaban, y que luchaban con una rabia adolescente y feroz capaz de acabar con cualquiera que se enfrentara a ella.

Juntos habían ganado dinero a espuertas con los puños y habían levantado un imperio. Dahlia y los chicos, que rápidamente se convirtieron en hombres —sus hermanos de corazón y de alma, no de sangre—, los Bastardos Bareknuckle. Y el trío vendió los puños hasta que ya no tuvieron que hacerlo. Hasta que, finalmente, se tornaron imbatibles. Irrompibles.

Los reyes.

Y solo entonces la reina Dahlia construyó su castillo y reclamó su lugar, ya no en el negocio de las flores ni de las manzanas ni del cabello ni de las peleas.

Y a sus súbditos les ofrecía algo magnífico: podían elegir. No era el tipo de elección que se le había concedido a ella —el menor de los males—, sino el que permitía a las mujeres alcanzar sus sueños. Fantasías y placer hechos realidad.

Lo que las mujeres querían, Dahlia se lo proporcionaba.

Y Dominio era la forma de hacerlo.

—Veo que te has vestido para la ocasión —dijo Zeva.

—¿Ah, sí? —respondió Dahlia con una ceja arqueada. El corsé escarlata que llevaba por encima de unos pantalones negros, perfectamente ajustados, acariciaba sus exuberantes curvas bajo un largo y elaborado abrigo bordado en negro y oro, forrado con una rica seda dorada.

Rara vez llevaba faldas. Los pantalones le permitían mayor libertad de movimientos para trabajar, por no mencionar que eran un valioso símbolo de su papel como propietaria de uno de los secretos mejor guardados de Londres y de reina de Covent Garden.

—Sé dónde has estado los últimos cuatro días. Y no ha sido envuelta en terciopelo y seda, precisamente. —Su lugarteniente la miró de arriba abajo.

Una estruendosa ovación surgió de la ruleta, salvando a Dahlia de tener que responder. Se giró para observar a la multitud y vio la amplia y feliz sonrisa de una mujer enmascarada, anónima para todos menos para la dueña del club, que atrajo a Tomas, su compañero de esa noche, para darle un beso de celebración. Tomas se mostró muy dispuesto a festejar, y el abrazo terminó entre silbidos y aplausos.

Nadie creería que para todo Mayfair ella era una florero que había perdido toda oportunidad con los hombres. Las máscaras tenían un poder infinito cuando se usaban bien.

—¿La dama está en racha? —preguntó Dahlia.

—Tercera victoria consecutiva. —Por supuesto, Zeva llevaba la cuenta—. Y Tomas no es lo que se dice una influencia negativa.

—No se te escapa nada. —Dahlia le ofreció una media sonrisa.

—Me pagan muy bien por ello. Me entero de todo —dijo—. Incluyendo tu paradero.

Dahlia miró a su factótum y amiga.

—Esta noche no —dijo en voz baja.

—La votación de mañana fracasará. —Zeva tenía más cosas que decir, pero calló. En su lugar, hizo un gesto con la mano en dirección al extremo de la sala, donde un grupo de mujeres enmascaradas se apiñaban en una conversación privada.

Aquellas mujeres eran esposas de aristócratas, la mayoría más inteligentes que sus maridos, y todas tan cualificadas (o mucho más) para ocupar un escaño en la Cámara de los Lores. Sin embargo, el hecho de carecer de las vestimentas apropiadas no impedía a las damas legislar y, cuando lo hacían, lo hacían allí, en los aposentos privados, a espaldas de Mayfair.

Dahlia dirigió una mirada de satisfacción a Zeva. La votación podría ilegalizar la prostitución y otras formas de trabajo sexual en Gran Bretaña. Dahlia había pasado las últimas tres semanas convenciendo a las esposas en cuestión de que esa era una votación en la que ellas —y sus maridos— debían tomar partido para asegurarse de que no se aprobara.

—Bien. Es inconveniente para las mujeres en general y, para las pobres, todavía más.

Era inconveniente para Covent Garden, y ella no iba a permitirlo.

—También lo es para el resto del mundo —dijo Zeva secamente—. ¿Tienes tu propio proyecto de ley?

—Dame tiempo… —respondió Dahlia mientras atravesaban la sala hasta llegar a un largo pasillo, donde varias parejas aprovechaban la oscuridad—. Nada se mueve tan despacio como el Parlamento.

—Tú y yo sabemos que no hay nada que te guste más que manipular al Parlamento. Deberían darte un escaño. —Zeva soltó una carcajada.

El pasillo se abría a un espacio amplio y acogedor, lleno de juerguistas, con una pequeña banda de músicos en un extremo, que tocaba una animada melodía; buena parte del público bailaba con desenfreno, sin pasos torpes, sin espacios entre las parejas, sin ojos exigentes que vigilasen el escándalo o, si lo hacían, buscaban disfrutar y no censurar.

Las dos se abrieron paso entre la multitud por los laterales de la sala. Pasaron por delante de un hombre corpulento que les guiñó un ojo mientras la mujer que tenía en sus brazos acariciaba su pecho musculoso, que parecía que iba a reventar las costuras del abrigo. Era Oscar, otro empleado; su trabajo consistía en dar placer a las damas.

A los pocos hombres que asistían y no eran empleados los habían investigado de antemano debidamente; investigados y reinvestigados gracias a la información que obtenía Dahlia de su amplia red, formada por empresarias, aristócratas o esposas de políticos; mujeres que conocían y ejercían el poder más complejo: la información.

La orquesta descansaba mientras una cantante se dirigía al centro de la tarima del escenario, donde estaba sentada una joven negra cuya voz se alzaba lo bastante alto como para resonar en toda la sala. Los bailarines se quedaban sin aliento al oírla trinar y escalar un aria brillante que provocaría que cualquier sala del Drury Lane estallara en vítores.

Una sucesión de jadeos de asombro se adueñó de la sala.

—Dahlia.

Dahlia se giró para encontrarse con una mujer vestida de verde brillante y con una elaborada máscara a juego. Nastasia Kritikos era una legendaria cantante de ópera griega que había hecho caer rendida a sus pies a toda Europa. Con un cálido abrazo, señaló el escenario con la cabeza.

—Esa chica. ¿De dónde la has sacado?

—¿A Eve? —Una sonrisa se dibujó en los labios de Dahlia—. De la plaza del mercado. Cantaba allí para ganarse unas monedas.

—¿Y no es eso lo que hace esta noche? —Levantó una ceja oscura, divertida.

—Esta noche canta para ti, vieja amiga. —Era la verdad. La joven cantaba para tener acceso a Dominio, un evento que había catapultado al estrellato a un puñado de talentosos cantantes.

Nastasia echó una mirada perspicaz al escenario, donde Eve emitía una serie de notas imposibles.

—Era tu especialidad, ¿verdad? —dijo Dahlia.

—Es mi especialidad. Y no puedo decir que su técnica sea perfecta. —La otra mujer le lanzó una mirada.

Dahlia le dedicó una breve sonrisa de complicidad. Era perfecta, y ambas lo sabían.

—Dile que venga a verme mañana. Le presentaré a algunas personas. —Con un enorme suspiro, la diva agitó una mano en el aire.

—Qué bondadosa eres, Nastasia. —La chica estaría de gira por los escenarios antes de darse cuenta.

—Como se lo digas a alguien, provocaré un incendio que hará arder este lugar hasta los cimientos. —Los ojos castaños brillaron detrás de la máscara verde.

—Tu secreto está a salvo conmigo. —Dahlia sonrió—. Peter ha preguntado por ti. —Era la verdad. Además de ser una auténtica celebridad londinense, Nastasia también era un premio codiciado entre los hombres del club.

—Por supuesto que sí. Supongo que dispongo de unas horas libres. —La mujer se pavoneó.

Dahlia se rio y señaló a Zeva.

—Lo encontraremos para ti, entonces.

Tras finalizar la conversación, avanzó atravesando la multitud, que se había reunido para escuchar a la que pronto sería una famosa cantante, hasta una pequeña antesala, donde las partidas de faro solían ser bastante tensas. Dahlia percibía la emoción en el aire y la absorbió junto al poder que llevaba consigo. Las mujeres más poderosas de Londres, reunidas allí para su propio placer.

Y todo gracias ella.

—Tendremos que buscar a una nueva cantante —refunfuñó Zeva mientras se movían entre los jugadores.

—Eve no va a pasarse la vida amenizando nuestras juergas.

—Pero podemos permitírnosla un tiempo más, ¿no?

—Tiene demasiado talento para nosotros.

—Eres tú la que es demasiado bondadosa. —Fue la réplica.

—… La explosión… —Dahlia se detuvo al oír el fragmento de una conversación cercana y su mirada se encontró con la de una sirvienta que llevaba una bandeja de champán al grupo de chismosos. Un asentimiento apenas perceptible le indicó que la otra mujer también estaba escuchando. Le pagaban, y bien.

Sin embargo, Dahlia se demoró.

—He oído que son dos —añadió una mujer que desprendía escandalizado deleite. Dahlia resistió el impulso de fruncir el ceño—. Y que han diezmado los muelles.

—Sí, e imagínate, solo dos muertos.

—Un milagro. —La mujer susurraba las palabras como si de verdad lo creyera—. ¿Hubo algún herido?

—El periódico dice que cinco.

«Seis», pensó, y apretó los dientes mientras se le aceleraba el corazón.

—Estás mirando —dijo Zeva en voz baja, y aquellas palabras apartaron a Dahlia de la conversación. ¿Qué más había que saber? Ella estuvo allí apenas unos minutos después de la explosión. Conocía el recuento de heridos.

Pasó la mirada por encima de Zeva y de la multitud hasta llegar a una pequeña puerta, que estaba camuflada en el otro extremo de la sala, cuyos laterales quedaban ocultos por los profundos revestimientos color zafiro de las paredes, atravesados en plata. Incluso los miembros que habían visto al personal utilizarla se olvidaban de aquella modesta abertura antes de que se cerrara, y creían que lo que había detrás era mucho menos interesante que lo que tenían delante.

Pero Zeva sabía la verdad. Aquella puerta se abría a una escalera trasera que subía a las habitaciones privadas y bajaba a los túneles subterráneos del club. Era una de la media docena instalada en torno al número 72 de la calle Shelton, pero la única que conducía a un pasillo privado de la cuarta planta, oculto tras una pared falsa. Solo tres miembros del personal sabían de su existencia.

—Es importante que sepamos lo que se comenta en la ciudad sobre la explosión. —Dahlia ignoró el ansia por desaparecer a través de la ranura.

—Creen que los Bastardos Bareknuckle perdieron dos cargueros, una bodega llena de carga y un barco. Y que la dama de tu hermano estuvo a punto de morir. —Hizo una pausa. A continuación, añadió con tono mordaz—: Y tienen razón. —Dahlia ignoró las palabras. Zeva sabía cuándo no iba a ganar la batalla—. ¿Qué les digo?

—¿A quiénes? —Dahlia la miró.

—A tus hermanos. ¿Qué quieres que les diga? —La mujer levantó la barbilla en dirección al laberinto de habitaciones por el que habían llegado.

Dahlia maldijo en voz baja y echó un vistazo a la multitud que aguardaba en la oscuridad. Junto a la entrada de la sala, una distinguida condesa terminaba de contar un chiste verde para un puñado de admiradores.

—¡Es más estimulante por la puerta de atrás, querida!

Se oyeron carcajadas y Dahlia se volvió hacia Zeva.

—Dios, no estarán aquí, ¿verdad?

—No, pero no podemos mantenerlos alejados para siempre.

—Podemos intentarlo.

—Tienen que saber…

—Deja que yo me encargue de ellos —la interrumpió Dahlia, con una mirada dura y una respuesta aún más dura.

—¿Y qué hay de eso? —Zeva levantó la barbilla hacia la puerta oculta y las escaleras que se extendían más allá. A Dahlia la invadió una sensación de calor, algo que habría sido un rubor si fuera el tipo de mujer que se ruboriza. Lo ignoró, así como los latidos de su corazón.

—Deja que yo también me encargue de eso.

—Te tomo la palabra. —Zeva arqueó una ceja para dar a entender que tenía mucho más que decir. En cambio, se limitó a asentir. Se dio la vuelta y se abrió paso entre la multitud, dejando a Dahlia a solas.

Sola para presionar el panel oculto de la puerta, activar el pestillo y cerrarlo con fuerza a su espalda para dejar atrás la cacofonía de sonidos.

Sola para subir las estrechas escaleras a un ritmo tranquilo y constante, un ritmo que no se acompasaba con el de su corazón, que aumentó al llegar al segundo piso. Y al tercero.

Sola para contar las puertas del pasillo del cuarto piso.

«Una. Dos. Tres».

Sola para abrir la cuarta puerta a la izquierda y cerrarla tras de sí, quedando envuelta en una oscuridad lo bastante densa como para olvidar la fiesta alocada que se desarrollaba unas plantas más abajo. El mundo entero se había concentrado en esa habitación —que estaba dotada de la única ventana que daba a los tejados de Covent Garden— y en su escaso mobiliario: una mesita, una silla y una cama individual.

Sola en esa habitación.

Sola con el hombre que yacía inconsciente en la cama.

Capítulo 3

Los ángeles lo habían rescatado.

La explosión hizo que volara por los aires hasta hacerlo caer en la parte más oscura de los muelles. Dio varias vueltas de campana en el aire, pero en el aterrizaje se había dislocado el hombro y no podía mover el brazo izquierdo. Se decía que la dislocación era uno de los peores dolores que podía soportar un cuerpo, y esa era la segunda vez para el duque de Marwick. Las dos veces se había puesto en pie tambaleándose, con la mente en blanco. Las dos veces se había esforzado para soportar el dolor. Las dos veces había buscado un lugar donde esconderse de su enemigo.

Las dos veces los ángeles lo habían rescatado.

La primera vez, el ángel tenía un rostro radiante y amable, con un alboroto de rizos rojos, mil pecas en la nariz y las mejillas, y los ojos castaños más grandes que él hubiera visto nunca. Ella lo había encontrado en el armario donde se escondía, se había llevado un dedo a los labios y le había sujetado la mano buena mientras con la otra —más grande y fuerte— le recolocaba la articulación. Se había desmayado por el dolor y, cuando despertó, ella estaba allí como la luz del sol, esperándolo con una suave caricia y una voz melodiosa aún más amable.

Y se había enamorado de ella.

La segunda vez, los ángeles que lo rescataron no habían sido amables ni habían cantado. Habían ido a por él con fuerza y sin miramientos, encapuchados para ocultar el rostro en la sombra, con abrigos ondeando como alas mientras se acercaban y las botas resonando sobre los adoquines. Iban armados como soldados del cielo, flanqueados por espadas, que se convertían en dagas de fuego a la luz del barco que ardía en los muelles, destruido por la orden que él había dado, y que casi había acabado también con la vida de la mujer a la que su hermano amaba.

La segunda vez, los ángeles eran soldados y venían a castigarlo, no a salvarlo.

Aun así, era un rescate.

Se había puesto en pie cuando se acercaron, preparado para enfrentarse a ellos, para recibir el castigo que le infligirían. Se estremeció ante un dolor en la pierna que no había notado antes, provocado por una esquirla del mástil del carguero destruido que se le había clavado en el muslo y le cubría de sangre la pernera del pantalón, lo que le impedía luchar.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para golpearlo, perdió el conocimiento.

Y fue entonces cuando llegaron las pesadillas; no de bestias y brutalidad, ni llenas de dientes afilados y un terror todavía más agudo. Eran peores que todo eso.

Los sueños de Ewan estaban repletos de ella.

Durante días había soñado con el alivio de sus agradables caricias en la frente. Con el brazo de ella levantándole la cabeza para que bebiera el líquido amargo de la taza que le acercaba a los labios. Con los dedos de ella recorriendo sus doloridos músculos, aliviando el agudo dolor de su pierna. Con el aroma de ella, a sol y a secretos, como la sonrisa de aquel primer ángel que lo había atendido tantos años atrás.

Estuvo a punto de despertarse una docena de veces, quizá cien… Y eso también convertía el sueño en una pesadilla: el miedo a que el paño frío en la frente no estuviera realmente allí. El terror a que pudiera perderse aquellos cuidados, cómo le cambiaba el vendaje en la herida del muslo, a que el sabor del caldo amargo que ella le daba de comer fuera pura fantasía. A que la delicada aplicación del bálsamo sobre sus heridas no fuera más que una alucinación.

Y siempre soñaba que el tacto permanecía mucho tiempo después de que el bálsamo desapareciera, suave y persistente, recorriéndole el pecho, bajando por su torso, explorando las crestas y valles.

Siempre soñaba con que sentía los dedos de ella sobre su cara, que le acariciaba las cejas y trazaba los huesos de sus pómulos y de su mandíbula.

Siempre había soñado con sentir sus labios en su frente. En su mejilla. En la comisura de su boca.

Siempre había ansiado tener su mano en la suya, enredar sus dedos con los de ella, notar su palma cálida contra la de él.

Y el sueño lo había llegado a convertir en una pesadilla: en la dolorosa conciencia de que lo había imaginado. De que no era ella. De que no era real. De que él no podía devolver las caricias. Los besos.

Así que se quedaba tumbado, dispuesto a soñar, a revivir la pesadilla una y otra vez, con la esperanza de que su mente le diera lo último de ella, su voz.

Nunca fue así. El contacto llegaba sin palabras; los cuidados, sin susurros. Y el silencio escocía más que la herida.

Hasta esa noche, cuando el ángel habló, y su voz llegó como un arma malvada: un largo suspiro, y luego, intenso y delicioso, como el whisky caliente: «Ewan».

«Como si hubiera vuelto a casa».

Estaba despierto.

Abrió los ojos. Todavía era de noche, ¿otra vez de noche? Una noche eterna… en una habitación oscura, y su primer pensamiento fue el mismo que había tenido cada día al despertar durante veinte años: «Grace».

La chica que había amado.

La que había perdido.

La que se había pasado media vida buscando.

Una letanía que nunca curaba. Una bendición que nunca obtendría porque jamás la encontraría.

Pero allí, en la oscuridad, el pensamiento era más persistente que de costumbre. Más urgente. Llegó como un recuerdo, como el roce de un fantasma en su brazo. En su frente. En su pelo. Llegó con el sonido de la voz de ella en su oído: «Ewan».

«Grace».

Un susurro apenas.

«¿El roce de una tela?».

La esperanza estalló, dura y desagradable. Entrecerró los ojos en las sombras. Negro sobre negro. Silencio. Vacío.

«Fantasía».

No era ella. No podía ser ella.

Se pasó una mano por la cara. El movimiento le produjo un dolor sordo en el hombro, un dolor que recordaba de años atrás, cuando se había dislocado el hombro y se lo habían vuelto a colocar. Intentó sentarse, pero el muslo herido, casi curado y rígidamente vendado, se lo impidió. Apretó los dientes por la persistente punzada de dolor, aunque la acogió con agrado porque lo distraía del otro dolor, mucho más familiar. El de la pérdida.

Se le estaba despejando la cabeza rápidamente y reconoció que la niebla que se disipaba era un efecto del láudano. ¿Cuánto tiempo llevaba drogado?

¿Dónde estaba?

¿Dónde estaba ella?

Muerta. Le habían dicho que estaba muerta.

Ignoró la angustia que siempre acompañaba a ese pensamiento, se acercó a la mesilla cercana a la cama, buscando una vela o un pedernal, y derribó un vaso. El sonido del líquido cayendo al suelo le recordó que debía intentar escuchar.

Y, entonces, se dio cuenta de que oía lo que no podía ver.

Una sucesión de sonidos apagados, gritos y risas próximos, pero más allá de la habitación, y un estruendo que venía de más lejos, quizá de fuera del edificio. ¿Dentro, pero no cerca? El ruido sordo de una multitud, algo que nunca había oído en los lugares en los que solía despertarse. Algo que apenas recordaba. Pero la memoria llegó con aquel sonido desde una distancia similar, desde más lejos, desde hacía una vida.

Y, por primera vez en veinte años, el hombre conocido por todo el mundo como Robert Matthew Carrick, duodécimo duque de Marwick, tuvo miedo. Porque lo que oyó no era el mundo en el que había crecido.

Era el mundo en el que había nacido.

Ewan, hijo de una cortesana de alto copete caída en desgracia por un bebé en el vientre, que se había acabado convirtiendo en una de las mejores prostitutas de Covent Garden.

Se puso de pie y atravesó la oscuridad, tanteando a lo largo de la pared hasta que encontró una picaporte. Una puerta.

Estaba cerrada.

Los ángeles lo habían rescatado y trasladado a una habitación de Covent Garden cerrada con llave.

No tenía que salir de allí para saber lo que encontraría al otro lado: tejados de pizarra con chimeneas torcidas. Un niño nacido en el Garden no se olvidaba de sus sonidos por mucho que lo intentara. Sin embargo, se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Llovía, las nubes bloqueaban la luz de la luna y se negaban a dejarle ver el mundo exterior. Le negaban ver, pero le permitían oír.

«Una llave en la cerradura».

Se giró con los músculos tensos, preparado para enfrentarse a un enemigo. O a dos. Listo para la batalla. Llevaba meses, años, toda una vida en guerra con los hombres que gobernaban Covent Garden, donde los duques no eran bienvenidos. Al menos, no los duques que habían amenazado sus vidas.

No importaba que fuera su hermano.

Tampoco le importaba a él. Habían roto la confianza que depositó en ellos, incapaces de mantener a salvo a la única mujer a la que había amado.

Y, por eso, presentaría batalla hasta el fin de los tiempos.

La puerta se abrió y él cerró los puños. El muslo le escoció mientras se mantenía de pie, preparado para el golpe que iba a recibir. Preparado para asestar un golpe similar.

Se quedó inmóvil. El pasillo que había más allá apenas era más luminoso que la habitación en la que se encontraba, pero sí lo suficiente como para revelar una figura. No en el exterior. Sino dentro. No entraba, salía.

Había habido alguien en la habitación cuando se había despertado, en las sombras. Había acertado, pero no eran sus hermanos.

El corazón comenzó a palpitarle en el pecho, salvaje y violento. Sacudió la cabeza para despejársela.

Había una mujer en las sombras. Era alta, esbelta y fuerte. Llevaba unos pantalones que se ceñían a unas piernas increíblemente largas, un par de botas de cuero que terminaban por encima de las rodillas y un abrigo que podría haber sido el de un hombre sin problemas, si no fuera por el forro dorado que, no sabía cómo, brillaba en la oscuridad.

«Hilo de oro…».

No lo había acariciado un fantasma. No se había imaginado la voz.

Dio un paso hacia ella para alcanzarla, dolido con ella y por ella.

—Grace… —pronunció su nombre con desgarro, como el traqueteo de ruedas sobre adoquines rotos.

Una pequeña inhalación. Apenas un sonido. Apenas estaba allí.

Pero era suficiente.

Y entonces lo supo.

«Estaba viva».

La puerta se cerró de golpe y ella desapareció.

Él rugió de tal manera que temblaron las vigas.

Capítulo 4

Grace giró la llave en la cerradura como un rayo. Apenas la había sacado cuando la manilla vibró: alguien intentaba abrir desde dentro. Y no, nadie quería huir, sino perseguirla.

Oyó un grito furioso y herido. Y algo más…

El grito finalizó con un golpe que reconoció al instante. Un puño contra la madera, lo bastante fuerte como para aterrorizar a cualquiera.

Aunque ella no estaba asustada. Apoyó una mano en la puerta, la palma sobre la hoja de madera, y contuvo la respiración, esperando.

Nada.

«Y si él hubiera golpeado de nuevo, ¿qué habría pasado?».

Retiró la mano cuando aquella idea le atravesó la mente.

No entraba en sus planes que se despertara. Le había dado una dosis de láudano suficiente para derribar a un oso. Suficiente para mantenerlo en cama hasta que su hombro y su pierna estuvieran listos para afrontar un esfuerzo. Hasta que estuviera preparado para el enfrentamiento que ella ansiaba.

Pero lo había visto ponerse de pie sin vacilar, una prueba de que sus heridas estaban sanando con rapidez. Que sus músculos eran tan fuertes como siempre.

Conocía bien esos músculos. Incluso aunque no debiera.

Había querido ser lo más fría posible. Atender sus heridas y curarlo para luego mandarlo a paseo, para darle el castigo que se merecía desde aquel día, hacía ya dos décadas, en que destruyó sus vidas. Sobre todo la de ella.

Había planeado esa venganza con años de anticipación y rabia, y estaba preparada para llevarla a cabo.

Aunque había cometido un error. Lo había tocado.

Estaba quieto, y era fuerte y muy diferente al chico que no había vuelto a ver; sin embargo, en los ángulos de su cara, en la forma en que el pelo demasiado largo le caía sobre la frente, en la curva de sus labios y en el corte de sus cejas, era demasiado parecido. No había tenido elección.

La primera noche se había dicho a sí misma que estaba buscando lesiones, palpando las costillas de su torso, fijándose en las crestas y los valles de los músculos. Estaba demasiado delgado para su constitución, como si apenas comiera o durmiera.

Como si hubiera estado demasiado ocupado buscándola.

No tenía excusa que justificara el modo en que había explorado su rostro, acariciándole las cejas, maravillándose con la suave piel de sus mejillas, notando la aspereza de la barba incipiente que le cubría la mandíbula.

No tenía forma de catalogar los cambios que él había sufrido, la forma en que el niño que había amado se había convertido en un hombre fuerte, anguloso y peligroso.

Y fascinante.

Pero él no debería resultarle fascinante. Y ella no debería sentir curiosidad.

Lo odiaba.

Durante dos décadas, él la había perseguido. Había amenazado a sus hermanos. En última instancia, los había perjudicado a ellos y a los hombres y a las mujeres de Covent Garden, a quienes los Bastardos Bareknuckle habían jurado proteger.

Y eso lo había convertido en su enemigo.

Así que no debería resultarle fascinante.

Y no debería haber deseado tocarlo.

Tampoco debería haberlo tocado, no tendría que haberse quedado con los ojos clavados en su torso, en el ascenso y descenso uniforme de su respiración, en la aspereza de la barba de su mandíbula, en la curva de sus labios, en su suavidad…

Las tablas del suelo de la habitación cerrada crujieron cuando él se agachó.

Grace retrocedió y se arrimó a la pared en el lado opuesto del pasillo, lo bastante lejos como para que el hombre que estaba dentro no la viera cuando mirara por el ojo de la cerradura. Era él quien le había enseñado a espiar por las cerraduras cuando era tan joven para creer que una puerta cerrada suponía el final de la historia.

Se quedó mirando el pequeño vacío negro que había bajo el pomo de la puerta, consumida por el potente recuerdo de otra puerta. Del tacto de otro picaporte en la palma de su mano, de la fría caoba contra su frente cuando se había inclinado cerca de ella, en otra vida, para mirar dentro.

La oscuridad absoluta del interior.

El tacto de la estructura metálica de la cerradura contra sus labios mientras susurraba a la habitación de al lado: «¿Estás ahí?».

Dos décadas más tarde, todavía notaba cómo le palpitaba el corazón al acercar el oído a la misteriosa abertura, buscando el sonido donde no podía usar la vista. Todavía percibía el miedo. El pánico. La desesperación.

Y entonces, desde la nada…

«Estoy aquí».

La esperanza. El alivio. La alegría al repetir sus palabras.

«Yo también estoy aquí».

El silencio. Y luego…

«No deberías».

«Qué tontería».

¿Dónde más iba a ir?

«Si te descubren…».

«No me descubrirán».

Nadie la veía nunca.

«No deberías arriesgarte».

«Riesgo». La palabra que llegaría a serlo todo entre ellos. Por supuesto, ella no lo había sabido entonces. Solo sabía que hubo un tiempo en el que nunca se habría arriesgado en esa enorme y fría finca, a kilómetros de cualquier lugar. El hogar que le dio un duque, el que le dijeron que debía estar agradecida de tener. Después de todo, había sido la bastarda de otro hombre, nacida de su duquesa.

Había tenido suerte, le dijeron, de que no la hubiera mandado lejos al nacer, con una familia del pueblo. O algo peor.

Como si una vida escondida, sin amigos ni familia ni futuro, no fuera ya lo peor.

Como si no la consumiera la certeza siempre presente de que algún día se le acabaría el tiempo. De que se quedaría sin metas.

Como si no supiera que llegaría el día en que el duque recordaría que ella existía. Y entonces se libraría de ella.

Y luego, ¿qué?

Había aprendido pronto la lección de que las chicas eran prescindibles. Y por eso más valía mantenerse fuera de su vista y de sus oídos. Su meta era sobrevivir. Y no cabía lugar para el riesgo.

Hasta que llegó, junto con otros dos chicos —sus hermanastros—, todos ellos bastardos, como ella. No. No eran como ella.

Eran chicos.

Y por eso eran tambien infinitamente más valiosos.

Se olvidaron de ella en el instante en que nació: una niña, la hija bastarda de otro hombre, indigna de recibir atención o, incluso, de tener un nombre propio, valiosa solo por haber nacido como sustituta de un hijo varón.

El único modo de que el duque mantuviera su posición en la aristocracia.

Y, aun así, se había arriesgado por él. Para estar cerca de él. Para estar cerca de todos ellos —tres chicos a los que había llegado a querer, a cada uno de manera diferente—, dos de ellos hermanos de corazón, no de sangre, sin los cuales nunca habría sobrevivido. Y el tercero… era él. El chico sin el que nunca habría vivido.

«No…».

«¿Qué?»

«No te vayas. Quédate».

Ella lo había querido. Había querido quedarse con él para siempre.

«Nunca. Nunca me iré. No hasta que puedas irte conmigo».

Y ella no se había ido…, hasta que él no le dio otra opción.

Grace negó con la cabeza al recordarlo.

En los veinte años transcurridos, había aprendido a vivir sin él. Pero esa noche tenía un problema, porque él estaba allí, en su club, y cada segundo que él estuviera consciente era una amenaza para todo lo que había construido Grace Condry, empresaria de éxito, emprendedora y líder de una de las redes de inteligencia más codiciadas de Londres.

No era solo el chico al que una vez susurró a través del ojo de la cerradura.

En la actualidad, él era el duque. El duque de Marwick, y su prisionero. Rico y poderoso, además de lo suficientemente loco como para derribar los muros, y su mundo.

—Dahlia… —Zeva de nuevo, en la distancia, con tono de advertencia.

Grace negó con la cabeza. ¿No le había dejado claro a Zeva que no debía seguirla?

«¿Qué narices había hecho?».

—¿Qué narices has hecho? —Ah, de ahí la advertencia de Zeva.

Grace cerró los ojos al oír la voz de su hermano en la oscuridad, aunque los abrió un segundo después. Se apartó de la puerta cerrada y del inquietante silencio que rodeaba a su prisionero, y caminó por el estrecho pasillo levantando un dedo para pedir silencio.

—Aquí no. —Se encontró con la mirada de Zeva, oscura y cargada de intención. Ignoró su expresión—. La habitación necesita un guardia. Que no entre nadie —dijo.

—¿Y si sale? —Zeva señaló la puerta.

—No saldrá.

Intercambiaron un asentimiento para mostrar que estaban de acuerdo, y Grace pasó de largo para encontrarse con su hermano en la oscura entrada de la escalera trasera.

—Aquí no —repitió ella, viendo que él iba a hablar de nuevo. Diablo siempre tenía algo que decir—. En mi despacho.

Él arqueó una de sus negras cejas con irritación, algo que enfatizó con un rápido golpe del bastón que siempre llevaba consigo. Grace aguantó la respiración esperando que él aceptara…, sabiendo que no tenía ninguna razón para hacerlo. Consciente de que tenía todas las razones del mundo para ignorarla y enfrentarse al duque. Pero no lo hizo. En lugar de ello, hizo un gesto con la mano en dirección a la escalera, y Grace soltó el aliento que contenía para guiarlo hacia el último piso del edificio, donde sus habitaciones privadas colindaban con el despacho desde el que dirigía su reino.

—Ni siquiera deberías estar aquí —le recriminó a su hermano en voz baja mientras se abrían paso por el espacio oscuro—. Sabes que no me gusta que estés cerca de las clientas.

—Y sabes tan bien como yo que no hay nada que tus distinguidas damas quieran más que ver a un rey de Covent Garden. No les gusta que yo ya tenga una reina.

—Al menos esa parte es cierta —dijo ella, burlándose de sus palabras. Ignoró cómo le latía el corazón, pues sabía tan bien como Diablo que, en cuanto estuvieran dentro de sus aposentos, esa conversación intrascendente llegaría a su fin—. ¿Dónde está mi cuñada? —Haría cualquier cosa por tener a Felicity allí en ese momento, distrayendo a Diablo de su propósito con su sentido común.

—En casa de Whit, haciéndole compañía a su señora —dijo cuando llegaron a la puerta de sus aposentos.

—Y Whit no le está haciendo compañía a su señora porque… —Lo miró por encima del hombro, con la mano quieta en el pomo de la puerta. Su hermano levantó la barbilla, indicando la habitación que había más allá—. ¡Maldita sea, Diablo!

—¿Qué se supone que debía hacer? ¿Decirle que no podía venir? Tienes suerte de que lo convenciera de que esperara allí mientras te buscaba. Quería registrar el edificio. —Se encogió de hombros.

Grace apretó los labios en una delgada línea y abrió la puerta para enfrentarse al hombre que estaba dentro y que ya cruzaba la habitación hacia ella, enorme y tenso.

Una vez que estuvieron dentro, Grace cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, fingiendo no sentirse inquieta por la evidente furia de su hermano. En los veinte años que hacía que lo conocía, desde que escaparon de su pasado común y se reinventaron como los Bastardos Bareknuckle, nunca había visto a Whit tan enfadado. Lo había visto castigar con frialdad letal, pero solo después de que agotaran su paciencia, que era de una mecha tan larga como el Támesis.

Pero eso había sido antes de enamorarse.

—¿Dónde diablos está?

—Abajo. —No intentó hacerse la despistada.

—¿Dónde? —gruñó Whit, con un sonido grave apenas audible pero amenazante, como un animal salvaje, listo para atacar. Conocido por todo Covent Garden como Bestia, esa noche estaba en tensión; lo había estado durante toda la semana desde que la explosión en los muelles, obra de Ewan, casi había matado a Hattie.

—Encerrado.

—¿Es eso cierto? —Miró a Diablo.

—No sé. —Diablo se encogió de hombros.

Que Dios la librara de tener hermanos odiosos.

—¿Es cierto? —Whit la miró.

—No —dijo ella—. Está abajo bailando una giga.

—Deberías habernos dicho que estaba aquí. —No mordió el anzuelo.

—¿Por qué?, ¿para que lo matarais?

—Exactamente.

—No vais a matarlo. —Se enfrentó a su ira de frente, negándose a acobardarse.

—No me importa que sea duque —dijo cada centímetro de aquella Bestia a la que Londres había apodado así—. Lo destrozaré por lo que le hizo a Hattie.

—Y que te cuelguen por ello —dijo ella—. ¿De qué le servirá eso a la esposa que te ama?

Su hermano rugió de frustración y se dirigió al enorme escritorio que había en un rincón, encima del cual se apilaban decenas de papeles con los asuntos del club: expedientes de las socias actuales, cotilleos, facturas y correspondencia.

—¡Oye! Ese es mi trabajo, patán. —Ella avanzó mientras él pasaba una mano por una torre de solicitudes de nuevas socias y hacía volar papeles por la habitación.

Bestia se llevó las manos al pelo y se volvió hacia ella, ignorando su protesta.

—¿Qué tienes planeado, entonces? Casi la mata. Estuvo a punto de… —se interrumpió, sin querer pronunciar las palabras—. Y eso después de dejar que Diablo casi muriera congelado. Después de casi matarte a ti, hace tantos años. Dios, todos vosotros podríais haber…

A Grace se le encogió el corazón. Whit siempre había sido su protector. Se desesperaba por mantenerlos a salvo, incluso cuando era demasiado pequeño y estaba demasiado herido para hacerlo.

—Lo sé. Pero todos estamos aquí. Y tu mujer está a salvo. —Asintió.

—Esa es la única razón por la que mi espada no está en sus entrañas. —Dejó escapar un suspiro áspero y aliviado.

Ella asintió. Merecía venganza. Todos la merecían. Y ella pretendía que la obtuvieran. Pero no así.

—Y tú, no entiendo por qué estás tan tranquila, Grace. De alguna manera, sigues dispuesta a dejarlo vivir —dijo Diablo junto a la puerta, donde estaba apoyado en la pared, falsamente relajado, con una larga pierna cruzada sobre la otra.

—Las mujeres no tenemos permitido el lujo de la ira. —Sabía a dónde quería llegar y lo miró con los ojos entrecerrados.

—Dicen que has estado suspirando por él.

Entonces la rabia se apoderó de ella, y enredó los dedos en el pañuelo rojo que llevaba a la cintura.

—¿Quién lo dice? —Cuando Whit no respondió, se volvió hacia Diablo—. ¿Quién lo dice?

Diablo golpeó lentamente el suelo dos veces con el bastón.

—Tienes que admitir que es extraño que lo hayas curado. Zeva dijo que te encargaste tú misma. Lo recogiste de las puertas de la muerte. Te negaste a llamar a un médico. —Dirigió una incisiva mirada al escritorio desordenado—. Y el trabajo del club se amontona mientras haces de niñera.

Fue el turno de Grace de fruncir el ceño.

—Primero, Zeva habla demasiado. Segundo, mi escritorio siempre tiene ese aspecto, y lo sabes —añadió cuando no le contestaron—. Y tercero, cuanta más gente sepa que está aquí, menos probabilidades habrá de que reciba su castigo.

Eso era. Por eso le había limpiado las heridas. Por eso le había puesto la mano en la frente para comprobar si tenía fiebre. Por eso había permanecido en la oscuridad, escuchando el ritmo de su respiración.

Eso era todo.

No tenía nada que ver con el pasado.

—Y cuantas más personas sepan que está aquí, más peligro representa para todos nosotros —añadió.

—Ya es un peligro para todos nosotros —dijo Diablo.

Su frustración se disparó ante aquellas palabras, tranquilas y tajantes, como si su hermano estuviera hablando del próximo cargamento que llegaba al puerto. Sabía que su hermano se mostraba tan firme porque la razón estaba de su parte. Sabía también que mantener al duque de Marwick prisionero en el cuarto piso del 72 de Shelton Street no era lo más sensato.

—Dame una buena razón por la que no debería matarlo después de todo lo que ha hecho. Después de lo que le hizo a Diablo. Después de lo de Hattie. Después de los envíos que nos robó. Los hombres a los que atacó. Los que no sobrevivieron. Cinco hombres. Al Garden se le debe su sangre. —La voz de Whit se volvió ronca mientras la sorpresa inundaba a Grace. No lo había oído decir tantas palabras seguidas desde… Quizá desde nunca.

Los ojos de Diablo se abrieron de par en par con un asombro similar y la miró, pero se recuperó con rapidez.

—Lleva razón, Grace. Merecemos cobrarnos la venganza.

—No. —Ella negó con la cabeza.

—Entonces más vale que tengas una razón. —La terrible cicatriz que cruzaba el rostro de Diablo se volvió blanca cuando el músculo de su mejilla se contrajo.

Ella apretó los labios con los pensamientos desbocados por la frustración, el miedo, la ira y la desesperación de décadas de injusticia.

—Porque fue a mí a quien le quitó lo más importante. —Se hizo un silencio denso y poderoso, finalmente interrumpido por una maldición de Whit en voz baja. Se volvió hacia Diablo, alto y delgado, con la horrible cicatriz causada por Ewan—. No hace mucho, estuvimos juntos en los muelles y me lo dijiste, hermano. Se llevó más de mí que de ti.

—Y entonces… ¿Qué? ¿Recibe tus cuidados? ¿Obtiene ternura en la convalecencia de la mujer que ama? —Diablo la observó durante un rato mientras golpeaba el bastón contra su bota.

—Vete al infierno —dijo ella—. No me quiere. —Dos miradas de color ámbar se dirigieron hacia ella. El corazón comenzó a latirle con fuerza—. Que no. —No hubo respuesta—. Lo que siente… nunca ha sido amor.

No importaba que lo hubieran llamado así cuando eran niños y jugaban a una versión tierna y bondadosa del amor: inocente, nueva y demasiado agradable para ser real. Algo que no estaban destinados a vivir en la edad adulta.

Les pidió a sus hermanos que dejaran el tema, y, milagrosamente, lo hicieron.

—¿Qué hacemos, pues? —preguntó Whit—. ¿Lo dejamos libre? ¿Permitimos que vuelva a Mayfair? Por encima de mi cadáver, Grace. No me importa lo que te haya quitado a ti; llevamos años esperando este día, y que me aspen si le permito volver a la vida que robó.

—Me confundes —dijo ella. Dos décadas antes, cuando Ewan los había traicionado, habían jurado vengarse si alguna vez iba a por ellos. Ella misma se lo había prometido mientras los curaba—. No fuisteis los únicos que le prometisteis venganza. Yo también estaba allí.

Whit acabó con las costillas rotas, Diablo con la cara acuchillada.

Y Grace, con el corazón roto y, lo que era peor, la confianza hecha trizas.

—¿Y crees que eres lo bastante fuerte como para mantener esa promesa, Gracie? —quiso saber Whit, en voz baja y grave.

—Yo sé que sí. —Grace bajó la mano hacia el pañuelo de su cintura, sus dedos enredados en la tela. Sonó un golpe en la puerta que interrumpió su promesa—. La venganza es mía. —Miró a Bestia—. Soy capaz de luchar contra vosotros dos para que así sea, y no os gustará el resultado.

Silencio de nuevo, mientras los dos hombres más temidos de Londres asimilaban sus palabras. Diablo fue el primero en mostrarse de acuerdo. Un golpecito de su bastón. Un rápido movimiento de cabeza.

—Como no… —Whit gruñó desde el fondo de su garganta.

—Que sí —le prometió.

El golpe de la puerta se repitió, más fuerte y más rápido.

—Adelante —gritó, y apenas acabó de decirlo la puerta se abrió para revelar a otra de sus lugartenientes, Veronique.

Mientras que Grace llevaba las finanzas y gestionaba el negocio más allá de las paredes del 72 de Shelton Street y Zeva se encargaba del funcionamiento interno y de las necesidades de la clientela, Veronique se ocupaba de la seguridad. En esos momentos, la mujer negra estaba de centinela en la puerta, con el abrigo abierto que mostraba su camisa de lino, los pantalones ajustados y unas botas altas de cuero por encima de la rodilla iguales que las que llevaba Grace. Lo que no coincidía era la pistola atada a un muslo, a la altura perfecta para poder desenfundarla sin vacilar.

«Todavía está enfundada».

Aunque no era eso lo más importante.

—Dahlia… —Los ojos oscuros buscaron los de Grace con un propósito urgente.

—¿Dónde está? —Grace no vaciló.

La mirada de Veronique se dirigió a Diablo y a Whit, y luego volvió a ella.

«¿Qué había hecho Ewan?».

—Ha arrancado las bisagras de la puerta.

Bestia maldijo moviéndose por la habitación, y Diablo se puso tenso como un arco.

—¿Dónde está? —repitió Grace interponiéndose en el camino de su hermano e ignorando el torrente de emociones que acompañaban a la pregunta.

—¿Se ha ido? —Bestia miró a la otra mujer.

Algo parecido a una afrenta apareció en el rostro de Veronique.

—No. Lo hemos derribado. —Se encontró con los ojos de Grace—. Está consciente.

Experimentó otra emoción que no quiso analizar.

—Apuesto a que le ha encantado —dijo Diablo con una risotada.

Veronique dirigió una amplia sonrisa a los Bastardos Bareknuckle.

—Se ha llevado una buena tunda, eso se nos da muy bien —respondió ella con su acento caribeño.

—No tengo ninguna duda —dijo Diablo. Los guardias del 72 de Shelton Street eran los mejores luchadores del Garden, y todos lo sabían.

Sin embargo, no era momento de dejarse llevar por el orgullo.

—Pregunta por Grace. —El nombre sonaba extraño en los labios de Veronique; nunca se había pronunciado delante de ella y, sin embargo, la otra mujer sabía a quién se refería.

Y ahí estaba: el pasado venía a ajustar cuentas.

—Te ha visto. —Bestia la miró.

Pensó en negarlo. Después de todo, la habitación estaba a oscuras. Era imposible que él la hubiera visto de verdad. Y aun así…

—Un segundo.

«Lo he tocado».

«No debería haberlo hecho, pero no he podido evitarlo».

—Me sorprende que lo hayan derribado, entonces —respondió Bestia.

—¿Por qué?

—Porque acabas de darle un motivo por el que luchar.

No le pidió que se lo aclarara. Se sentía demasiado inquieta por lo que quería decir.

—¿Qué hacemos con él, Dahlia? —Veronique rompió el silencio.

No dudó, el nombre le recordó su objetivo. El de la vida que había construido en las dos décadas transcurridas desde que lo dejó. El del dominio sobre el que reinaba.

—Si está lo bastante fuerte como para arrancar la puerta del marco, está lo bastante fuerte como para luchar.

—Así es, ha plantado cara en la pelea con los muchachos.

Gracie asintió. Cruzó la habitación hacia su cámara privada y se desanudó el pañuelo de la cintura.

—Entonces, que me plante cara a mí también. Esta noche se acaba todo.

Las palabras de Diablo la siguieron:

—Casi siento pena por ese malnacido. No verá de dónde le llueven los golpes.

—Casi… —Fue la respuesta de Whit.

Capítulo 5

Estaba viva.

Incluso allí, de rodillas, con las manos atadas a la espalda, cegado por el saco con el que le habían cubierto la cabeza cuando lo habían sometido, con los músculos tensos por el forcejeo que le había hecho caer a escasos metros de la puerta donde la había visto, estaba consumiéndose por ese único pensamiento.

Estaba viva y había huido de él.

No lo habían dejado inconsciente en la refriega; lo habían tirado al suelo y luego lo habían arrastrado, atado y con los ojos vendados, hacia una habitación lo bastante grande como para que hubiera eco; en algún lugar, en la distancia, se oía un susurro ininteligible. Las personas que lo habían llevado allí habían reforzado sus ataduras y, en cuanto estuvieron seguros de que era imposible que lograra escapar, se habían marchado. Mientras esperaba, notó que los tablones del suelo bajo sus rodillas estaban encerados y que eso le facilitaba el movimiento, así que se dejó las muñecas en carne viva luchando contra las cuerdas, que se negaban a ceder. Había esperado allí mientras los segundos se convertían en minutos, en un cuarto de hora. En media hora.

Contar el tiempo era una habilidad que había perfeccionado de niño, encerrado en la oscuridad, esperando volver a ver la luz. Esperando que ella volviera. Y por eso contar los minutos le parecía tan natural como respirar, aunque lo atormentara la idea de que esta vez no la esperaba.

Tal vez estaba dándole tiempo para huir.

Y, aun así, el temor de que hubiera huido se vio eclipsado por el alivio absoluto de que estuviera viva. ¿Cuántas veces le habían dicho sus hermanos que estaba muerta? ¿Cuántas veces había estado en la oscuridad —en Covent Garden, en Mayfair, en los Docklands— y había oído sus mentiras? Sus hermanos, que habían escapado de su casa de la infancia con Grace a su cargo, ¿cuántas veces habían mentido?

«Huyó al norte», le dijeron. «Se convirtió en una criada. Perdimos el contacto. Y luego…».

¿Cuántas veces había sentido la tentación de creer sus palabras?

Cientos. Miles. Con todo su ser desde el primer momento en que Diablo le contó aquella mentira.

Y luego, cuando finalmente les había creído, se volvió loco de dolor. No quería otra cosa que castigarlos con sus propias manos, aplastarlos con sus botas, con su poder. Hasta el punto de que había prendido fuego a los muelles de Londres, dispuesto a verlos arder como castigo por lo que le habían arrebatado.

La única persona a la que había amado.

No se había ido.

Estaba viva.

Esa idea, y la paz que la acompañó, llegó a lo más profundo de su alma. Durante años, había anhelado encontrarla. Saber que estaba bien. Durante años, se había dicho a sí mismo que le bastaría con ver con sus propios ojos que ella estaba bien y era feliz. Y ahora lo sabía. Estaba bien. Vivía.

Esa única idea lo estaba consumiendo mientras esperaba, incapaz de pensar en nada más que en la oscura sombra de su figura en la puerta de la habitación cuando había huido. Incapaz de dejar de preguntarse cómo habría cambiado la chica a la que amó tiempo atrás. En la forma en que ella lo miraría en la actualidad. Otra vez.

Se abrió una puerta a la izquierda, detrás de él, y se volvió hacia allí, con la visión cegada por el áspero saco de arpillera que le cubría la cabeza.

—¿Dónde está?

No hubo respuesta.

La incertidumbre y la desesperación se encendieron cuando el recién llegado se acercó con pasos lentos y uniformes. Detrás había otras dos personas. Dos, quizá tres, pero no se acercaron. Guardias.

Le dio un vuelco el corazón.

¿Dónde estaba?

Giró el cuello, volviéndose sobre sus rodillas e ignorando la punzada en el muslo mientras se movía. El dolor no era una opción. Ya no.

—¿Dónde está?

No hubo respuesta cuando la puerta se cerró en el extremo más alejado de la habitación. Se hizo el silencio, unos pasos lentos se acercaban cada vez más, una promesa siniestra. Se enderezó preparándose para lo que pudiera venir. Tener tanto la vista como la capacidad de movimiento anuladas no presagiaba nada bueno y, cuando el audaz recién llegado se acercó, se preparó para el ataque.

Ningún golpe físico que pudieran asestarle sería nada comparado con el daño que le infligía la tortura mental.

«¿Y si la he perdido, ahora que la había encontrado?».

Aquel pensamiento resonó en su interior como un grito. Se retorció, el saco que cubría su cabeza se volvió repentinamente sofocante, sentía las ataduras de las muñecas demasiado apretadas mientras luchaba y se retorcía en vano.

—¡Decidme dónde está!

La orden resonó en la silenciosa habitación y, durante un instante, no hubo ningún movimiento, todo estaba tan en calma que se preguntó si se habría quedado solo una vez más. Si lo habría imaginado todo. Si la habría imaginado a ella.

«Por favor, que esté viva. Dejad que la vea».

«Solo una vez».

En ese momento, el saco desapareció. Y su ferviente oración recibió respuesta.

Se sentó sobre sus talones, con la mandíbula floja, como si acabara de recibir un golpe.

Durante veinte años, había soñado con ella, el ser más hermoso que había visto nunca. Había imaginado cómo habría madurado, cómo habría crecido y cambiado, cómo habría pasado de niña a mujer. Y, aun así, no estaba preparado para ello.

Sí, veinte años la habían cambiado. Pero Grace no había pasado de niña a mujer; había pasado de niña a diosa.

Había pequeños indicios de su adolescencia, solo visibles para alguien que la hubiera conocido entonces. Que la hubiera amado entonces. Los brillantes rizos anaranjados de su infancia se habían oscurecido hasta convertirse en cobrizos, aunque seguían siendo espesos y salvajes, y caían alrededor de su cara y sus hombros como un viento otoñal. La cicatriz que atravesaba una de sus cejas apenas se notaba, la veías solo si sabías buscarla, como él. Él estuvo allí cuando se la había hecho al aprender a luchar en el bosque. Ewan le dio un puñetazo a Diablo por habérsela causado, antes de limpiarle la sangre de la ceja con la manga de su camisa.

Ella no dijo nada mientras lo miraba fijamente, y Ewan se demoró observando las finas líneas de las comisuras de su boca y los bordes exteriores de sus ojos, líneas que demostraban que sabía bien cómo reír y que lo había hecho a menudo durante los últimos veinte años. ¿Quién la había hecho reír? ¿Por qué no había sido él?

Hubo un tiempo en que era el único capaz de hacerlo. Allí, de rodillas, con las muñecas atadas, se enfrentó al impulso primitivo de volver a hacerlo.

Aquel pensamiento lo consumió cuando se encontró con sus hermosos ojos marrones y esos anillos limbales, igual que cuando eran niños, pero sin la expresión que habían tenido cuando lo miraban. Nada de esa adoración. Nada de aquel amor.

El fuego de sus ojos no era de amor, sino de odio.

Aun así, se quedó prendado de ella.

Siempre había sido alta, pero había crecido desde la adolescencia hasta adoptar una altura de más de un metro ochenta y unas curvas que lo martirizaban. Estaba rodeada de una luz imposible; de alguna manera, la estancia se había inundado de un resplandor dorado, a pesar de la escasez de velas en la habitación. Había otras personas, las había oído entrar, ¿no era así?, pero no las veía y ni siquiera lo intentó. No iba a perder un momento mirando a los demás cuando podía admirarla a ella.

Grace se dio la vuelta y salió del foco de la luz, desapareciendo así de su vista.

—¡No!

Ella no respondió, y Ewan contuvo la respiración, esperando que volviera. Cuando lo hizo, fue con una larga tira de lino en la mano derecha y otra colgada del hombro. Comenzó a envolver metódicamente el material alrededor de los nudillos y la muñeca izquierda.

Fue entonces cuando lo entendió.

Llevaba los mismos pantalones de antes, negros y ajustados a las piernas, largos y perfectos. Las botas que los cubrían eran de cuero marrón oscuro y flexible, se ceñían a sus pantorrillas y terminaban medio metro por encima de las rodillas. Estaban rayadas en la punta, no lo suficiente como para parecer descuidadas, pero sí para demostrar que las usaba con regularidad y quizá hacía negocios con ellas.

En la cintura, dos cinturones. No. Un cinturón y un pañuelo de color escarlata, con incrustaciones de hilo de oro, el hilo de oro que él siempre le había prometido cuando eran niños y con el que se atrevían a soñar. Seguramente lo había comprado ella misma. Por encima del cinturón y el pañuelo, una camisa de lino blanco que dejaba desnudos sus brazos hasta algo más allá de los codos. La camisa estaba metida por dentro con cuidado y atada por el centro, ceñida a su cuerpo.

Nada de telas sueltas, porque las telas sueltas eran un lastre en una pelea.

Y mientras envolvía su muñeca con cuidado, dando una y otra vuelta, como si lo hubiera hecho cientos o miles de veces antes, Ewan supo que había venido a buscar pelea.

No le importaba. No mientras fuera con ella con quien tuviera que enfrentarse.

Le daría lo que deseara.

—Grace —dijo, y aunque había intentado que sonara como un simple susurro que se pierde en el serrín que se extendía por el suelo de la estancia, la palabra, su nombre, su título, resonó como un disparo en la habitación.

Ella no reaccionó. Ni un respingo, ni siquiera un parpadeo de reconocimiento en el rostro. Ningún cambio de postura.

—Me han dicho que has arrancado mi puerta de la pared —dijo ella con un susurro de desagrado; su voz era baja, cadenciosa y magnífica.

—He puesto Londres patas arriba buscándote —respondió—. ¿Creías que una puerta me retendría?

—Y, sin embargo, aquí estás, de rodillas, así que parece que algo te ha alejado de mí después de todo. —Arqueó las cejas.

—Te estoy mirando, amor, así que no me siento alejado de ti en absoluto. —Levantó la barbilla. Un ligero estrechamiento de su mirada fue la única señal de que había dado en el clavo. Grace terminó de vendarse la muñeca y metió el extremo de la venda en la palma de la mano antes de empezar a envolver la otra. Y solo entonces, una vez iniciado el movimiento medido y metódico, volvió a hablar.

—Es extraño, ¿no?, que lo llamemos lucha a puño limpio, pero no luchemos a puño limpio. —Él no respondió—. Por supuesto, luchamos con los nudillos desnudos. Cuando llegamos aquí… —Se detuvo para buscar su mirada—. A Londres. —Las palabras fueron un golpe, más duro que cualquiera que ella hubiera podido darle, con o sin las vendas. El recordatorio de aquello a lo que se habían enfrentado cuando llegaron a la ciudad hizo que se quedara inmóvil—. Todavía recuerdo la primera noche —continuó Grace—. Dormimos en un prado a las afueras. Hacía calor, estábamos bajo las estrellas y sentíamos pavor, pero nunca habíamos sido tan libres… ni tenido tanta esperanza. —Lo miró a los ojos—. Nos habíamos deshecho de ti. —Otro golpe que casi lo hizo retroceder—. Cosí la cara de Diablo en ese prado, con una aguja que había robado al salir de la mansión, e hilo sacado de mis faldas. —Hizo una pausa—. No se me ocurrió que para encontrar trabajo iba a necesitar faldas sin rasgar.

Ewan cerró los ojos. ¡Dios! Habían corrido peligro.

—Aprendí rápido. Después del tercer día de no tener trabajo ni nadie que se ocupara de nosotros tres, sin comida y sin un techo sobre nuestras cabezas, asumimos que nuestras opciones eran limitadas. Pero yo era una chica y tenía una más a mano que Diablo y Whit.

Ewan aspiró un poco, la rabia endureció su mandíbula y enderezó su columna vertebral. Habían huido juntos, su único consuelo había sido la idea de que se protegerían mutuamente. Que sus hermanos la protegerían.

Grace buscó su mirada y arqueó una ceja oscura.

—No tuve que elegir. Digger nos encontró pronto.

Encontraría a ese Digger y lo destriparía.

—¿Te puedes creer que hay un mercado para niños luchadores? —Grace sonrió y terminó de envolverse la muñeca. Se acercó, y él creyó percibir su olor a crema de limón y a especias—. Era algo que sí sabíamos hacer, ¿no? —Así era. Habían aprendido juntos—. Digger no nos dio vendas la primera noche. No son solo para proteger los puños, ¿sabes? El acolchado, en realidad, hace que la pelea dure más. Fue un detalle: pensó que las peleas terminarían antes para nosotros si peleábamos con los puños desnudos. —Hizo una pausa, y él observó cómo el recuerdo la atravesaba, la vio recomponerse—. Y sí, las peleas terminaban antes.

—Las ganabas tú. —Las palabras salieron ásperas, como si durante un año no hubiera usado su voz. O durante veinte.

Tal vez no lo había hecho. No se acordaba.

Sus ojos volaron hacia los de él.

—Por supuesto que las ganaba. —Una nueva pausa—. Aprendí a luchar con los mejores. Aprendí a pelear sucio. Precisamente del mejor, del chico que ganaba, aunque llevara a cabo la peor clase de traición.

Ewan evitó estremecerse ante aquellas palabras, que destilaban repulsión. Al recordar lo que había hecho para ganar. Se encontró con su mirada, directa y honesta.

—Te agradezco el cumplido.

Ella no respondió, sino que continuó su relato.

—No tardaron en darnos un nombre.

—Los Bastardos Bareknuckle. —Ewan hizo una pausa—. Pensaba que eran solamente ellos. —Solo Diablo y Whit, uno con una horrenda cicatriz que le cruzaba la cara, una cicatriz que él se encargó de colocar allí, y el otro con puños que caían como piedras, impulsados por la furia que Ewan había desatado aquella noche hacía tanto tiempo. Solo los dos chicos, ya hombres, que se habían convertido en contrabandistas. En luchadores. En criminales. En los reyes de Covent Garden.

Cuando en el barrio siempre había habido una reina.

—Todo el mundo piensa que son solamente ellos. —Grace curvó la comisura de los labios en un amago de sonrisa.

Estaba lo suficientemente cerca como para tocarla y, si hubiera tenido las manos desatadas, la habría tocado. No habría podido contenerse cuando ella estaba allí, de pie, cerniéndose sobre él.

—Salimos del lodo y construimos un reino, aquí, en el Garden, este lugar que había sido tuyo —le recordó—. Pensaba en ello cuando descubría la curva de Wild Street. Cuando trepaba por los tejados, fuera del alcance de los matones de Bow Street. Cuando robaba carteras en Drury Lane y luchaba a sangre en los cuadriláteros móviles de la colonia.

Él volvió a concentrarse en sus ataduras, aunque estaban demasiado apretadas para liberarse.

En ese momento, deshacerse de las ligaduras era imposible, porque ella lo tenía a su alcance. Iba a tocarlo; le recorrió la mejilla con las yemas de los dedos, dejando un rastro de fuego a su paso. Inspiró con fuerza cuando las uñas le recorrieron la barba de varios días, pasando por el vello incipiente hacia la barbilla. Se quedó quieto temiendo que, si se movía, ella se detendría.

«No te detengas…».

No se detuvo. Le puso los dedos debajo de la barbilla y le alzó el rostro hacia el de ella, ensombrecido por ángulos y curvas. Lo miró fijamente a los ojos, y su mirada lo cautivó.

—¿Por qué me miras así? —dijo Grace en voz baja, un susurro apenas perceptible y lleno de incredulidad.

Pero ¿por qué lo preguntaba? ¿No la había mirado siempre así?

Dios, se estaba acercando, inclinándose sobre él, bloqueando la luz. Convirtiéndose en esa luz.

Sus ojos examinaron cada centímetro de él y lo dejaron al descubierto con su análisis. Y no pudo contenerse mientras ella se acercaba más y más, haciendo que su pulso palpitara con fuerza, hasta que la habitación se desvaneció y no había nada más que ellos dos; y entonces él también desapareció, y solo quedó ella.

—Te escondieron de mí.

Ella negó con la cabeza y aquel movimiento lo envolvió en su aroma, como un dulce que hubiera comido y que pudiera recordar perfectamente sin haber vuelto a disfrutarlo jamás.

—A mí nadie me esconde —dijo. Dios, estaba muy cerca. Estaba justo ahí, con sus voluptuosos y perfectos labios, a un milímetro de los suyos—. Me cuido yo sola.

Tensó las ataduras, duras como el acero. Duras como él. Se desesperaba por acortar la distancia entre ellos. ¿Cuánto tiempo hacía que no la tocaba? ¿Cuánto tiempo había soñado con ella?

Toda una vida.

Sus pupilas estaban dilatadas por el deseo, los ojos fijos en su boca, y él se lamió el labio inferior sabiendo que ella también lo deseaba, no le cabía la más mínima duda. Lo deseaba tanto como él a ella.

Imposible. Nadie podría amar nada como él la quería a ella.

«Hazlo», deseó.

«Por favor, Dios. Bésame».

—Por fin te he encontrado —dijo como en una especie de rezo.

—No —le corrigió ella suavemente—. Yo te he encontrado a ti, Ewan.

Su nombre, el nombre que ya nadie usaba, lo atravesó. No pudo evitar susurrar el nombre de ella en respuesta.

Sus ojos se posaron de nuevo en los de él, como un regalo.

Sí.

—Tómalo —dijo. «Lo que necesites. Todo lo que desees»—. ¿Qué necesitas, Grace? —susurró.

Ella se inclinó y a él le dolió más de la cuenta.

Dos golpecitos, agudos e insistentes, desde la oscuridad, reconocibles al instante como de Diablo, su hermano de sangre.

Hermano de ella por un vínculo mucho más fuerte.

Grace desapareció al instante, como si una cuerda tirara de ella, y perderla de vista lo hizo enloquecer. Ewan se volvió hacia el sonido con un gruñido grave, como un perro al que le han prometido un filete y se lo han arrebatado en el último segundo.

—Me dijo que habías muerto —dijo, volviéndose hacia ella, entusiasmado por su cercanía—. Pero no estás muerta. Estás viva —añadió. Y luego otra vez, sin poder ocultar el alivio de su voz. La veneración—. Estás viva.

—Has intentado matarlo. —Ella lo miró fríamente, impasible.

—¡Me dijo que habías muerto! —¿Es que no lo entendía?

—Casi matas al amor de Bestia.

—¡Pensé que te habían dejado morir! —Casi se había vuelto loco al enterarse.

«No casi, se había vuelto loco del todo».

—Esa no es razón suficiente. —Negó con la cabeza.

Él levantó la barbilla. La idea de que no hubiera destruido Londres para vengar su muerte le arrancó una risa amarga.

—Tienes razón. No fue suficiente. Lo fue todo. —Se encontró con su mirada, cálida y dorada, una mirada que había envejecido como el resto de ella. En ese instante, estaba llena de conocimiento y poder—. Lo haría de nuevo. Desátame.

Ella lo observó durante un buen rato en silencio.

—¿Sabes?, pensaba en ti cuando caminaba por esos adoquines y aprendía a amarlos. Cuando aprendía a protegerlos, como si hubiera sido yo quien hubiera nacido en una alcantarilla de Covent Garden y no tú.

—Desátame. Déjame…

«Deja que te abrace».

«Deja que te toque».

—Pensaba en ti… hasta que dejé de pensar en ti. —Ella lo ignoró y permitió que las palabras lo golpearan—. Porque ya no eras uno de nosotros. ¿Verdad, duque?

Grace blandió el título como un cuchillo y lo clavó tan profundamente como para tocarle el hueso, pero Ewan no mostró dolor alguno.

En cambio, hizo lo único que se le ocurrió. Lo único que creía que la mantendría cerca de él. El único regalo que ella aceptaría de él.

—Desátame y te daré la pelea que deseas —le prometió mientras la miraba a los ojos.

Capítulo 6

Lo que quería era una pelea.

Estaba en el último piso del edificio que poseía, en el mundo sobre el que reinaba, un mundo que tiempo atrás había sido de Ewan; había mirado a sus hermanos a los ojos y les había dicho que anhelaba venganza. Era lo único que anhelaba, si era sincera. Todo lo demás, lo que tenía y lo que era, era un medio para ese fin. Al fin y al cabo, era lo único que le pertenecía solo a ella. Todo lo demás —su casa, su negocio, sus hermanos, la gente de la colonia— lo compartía. Pero la venganza era solo suya.

Desde el momento en que nació, nada había sido suyo. Le habían robado el nombre. El futuro. Una madre que la quería. Un padre que nunca conocería. Y luego, cuando descrubrió las cosas buenas que había en el mundo, también se las robaron. La felicidad. El amor. La comodidad. La seguridad. Todo desapareció. Se lo arrebataron.

Y él había sido la única persona a la que había amado, pero la idea de una vida con ella no había sido suficiente para Ewan. No cuando podría tener un ducado.

Era la promesa que su padre le había hecho cuando convocó a sus hijos, los tres medio hermanos, a su finca del campo. Competirían como perros por un título que no le pertenecía a ninguno. Un título que llevaría consigo fortuna y poder sin medida, suficiente para cambiar muchas vidas.

Al principio, la competición había sido fácil. Bailes y conversaciones. Geografía y latín. Luego, tomó un cariz peor. Los desafíos dejaron de versar sobre el aprendizaje y empezaron a implicar sufrimiento. Lo que el duque llamaba «fortaleza mental».

En ese momento, la separaron de los chicos, que fueron trasladados a cuartos oscuros, fríos. Aislados.

Y luego se habían visto obligados a luchar entre sí. Todo por la promesa del poder. De la fortuna. Del futuro. De un nombre que había sido el de ella en el bautismo: Robert Matthew Carrick, conde de Sumner. Futuro duque de Marwick.

Pocos supieron que el bebé en los brazos de la niñera era una niña, y el duque los tenía tan aterrorizados que ni se les pasó por la cabeza denunciar aquel incumplimiento de las leyes de Dios y del país.

Y a la larga no importó, ya que al final un chico usó el nombre. El que había ganado, a pesar de que Grace, Diablo y Whit habían huido antes de que completara su último cometido.

Habían intentado olvidar, construyendo una familia y un imperio sin él. Pero ninguno de ellos encontró la paz, aunque Diablo y Bestia lo habían conseguido al enamorarse de sus esposas.

Pero ella nunca había tenido paz.

Sin embargo, la experimentaría esa noche, cuando cumpliera la promesa que había hecho a sus hermanos y enviara al hombre que estaba de rodillas ante ella a la calle con la certeza de que nunca más iría a por ellos. Ewan se había pasado años buscándolos. Diablo y Whit se habían pasado años escondiéndola de él. Había llegado la hora de que comprendiera de una vez que lo que buscaba no existía, algo que en veinte años no había entendido.

Los recuerdos acudieron a su mente. Diablo y Whit gritaron mientras Ewan avanzaba hacia ella, espada en mano. No se había movido lo bastante rápido. Se había quedado helada al darse cuenta de que iba a atacarla de verdad. No importaba lo que el monstruoso duque le hubiera prometido: Ewan le había dicho que la amaba. Y había jurado protegerla. Todos habían jurado protegerse mutuamente. ¿Cuántas veces habían luchado los tres hermanos como uno solo? ¿Cuántos planes habían trazado los cuatro en la oscuridad de la noche?

¿Cuántas promesas se habían hecho los dos?

Futuro. Familia. Seguridad. Amor.

Nada de eso importó aquella noche, cuando se jugaron el ducado. Cuando Ewan lo tuvo en la mano. Él ganó ese día el título, el poder y los privilegios. Los demás resultaban ya, en el mejor de los casos, inútiles y, en el peor, peligrosos.

Y Grace era la más peligrosa de todos, porque era la prueba de que Ewan, ahora Robert Matthew Carrick, conde de Sumner, duque de Marwick, era un farsante.

A medida que Grace, Diablo y Whit se hacían más fuertes; a medida que construían su propio imperio a partir del hollín de la colonia, donde aún vivían y desde donde dirigían negocios que daban empleo a cientos de personas y les hacían ganar cientos de miles de libras, sabían que estaban construyendo algo más que un cargo o un título. Habían estado acumulando el poder que necesitarían para protegerse de lo inevitable: de la llegada de ese hombre, su enemigo, que sabían que un día vendría a por ellos, las únicas personas del mundo que conocían su secreto. Un secreto que podría llevarlo directo a la horca por traición.

Esa noche todos los años de preparación tocaban a su fin. En ese instante. En las manos de Grace mientras sus hermanos la observaban.

Pero, antes de castigarlo, lo había tocado.

No sabía por qué.

No fue porque quisiera.

Tampoco había querido besarlo.

«Mentira».

Ella no había querido amarlo.

Pero allí, en la oscuridad de aquella habitación subterránea, con los sonidos de la fiesta que se celebraba arriba amortiguados por el serrín, no había podido resistirse. Era un hombre apuesto, más alto que la mayoría, delgado como un fideo, con unos ojos ámbar que lo veían todo y una sonrisa pausada que podía tentar a cualquiera a seguirlo hasta el fin del mundo. Como todos habían estado dispuestos a hacer.

Ewan. El niño rey.

Ahora no había sonrisa alguna. Había desaparecido de su magnífico rostro. Los tres —Diablo, Bestia y Ewan— llevaban los genes de su padre en los ojos y en la mandíbula, pero Diablo se había vuelto alto y desgarbado, y Bestia era ahora en un peligroso armario con cara de ángel. Ewan no era ninguna de las dos cosas. Se había convertido en todo un aristócrata: facciones marcadas, larga nariz aguileña, mentón hendido, mejillas hundidas, frente noble… y unos labios que eran pura tentación.

Grace era la dueña y señora del número 72 de Shelton Street, el burdel para damas más discreto y de más alto nivel de Londres, y un lugar que era conocido por ofrecer a una clientela exigente un selecto grupo de hombres, cada uno de ellos era un modelo de perfección masculina. Se consideraba a sí misma una gran conocedora de la belleza. Comerciaba con ello.

Y él era el hombre más atractivo que jamás había visto, incluso en ese momento. A pesar de estar demasiado delgado para su constitución, de tener las mejillas demasiado hundidas y de ese aire demasiado salvaje en los ojos.

Así que sí que se había sentido tentada, por supuesto. Solo por un momento. Un segundo. Una fracción de una milésima de segundo. Hubiera besado a cualquiera con ese rostro. Hubiera tocado a cualquiera con ese cuerpo.

«Otra mentira».

Lo había tocado porque no volvería a tener otra oportunidad de tocar al chico al que había amado. De mirarlo a los ojos y, quizá, de encontrar un atisbo de él escondido dentro del frío y duro duque en que se había convertido.

Y, tal vez, si lo hubiera visto, se habría detenido. Tal vez. Pero no lo había hecho, y por eso nunca lo sabría.

—Desátame y te daré la pelea que quieres.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras ella analizaba su rostro, toda la suavidad de niño que el tiempo le había robado para transformarse en los duros rasgos de un hombre.

Él siempre había sabido lo que ella quería.

Y esa noche ella quería una pelea. Las largas tiras de lino que envolvían con fuerza sus puños no eran tan cómodas como de costumbre. No las notaba como una segunda piel, como las había percibido durante años, noche tras noche, cuando se había tirado al suelo cubierto de serrín en rings improvisados en las habitaciones más oscuras, sucias y lúgubres del Garden.

Raspaban, como veinte años atrás, cuando se vendó las manos por primera vez. Ya no estaba acostumbrada. No quería. Sacudió la mano mientras lo rodeaba, antes de inclinarse para extraer una cuchilla de su bota y cortar las ataduras de sus muñecas.

Una vez libre, él se movió, se puso en pie como si hubiera estado descansando en una chaise longue, en lugar de haber estado arrodillado en el serrín del ring del sótano de un club de Covent Garden. Se enderezó con la facilidad y la habilidad de un luchador, algo que debería haberla sorprendido. Después de todo, los duques no se movían como los luchadores. Pero Grace sabía que no era así. Ewan siempre se había movido como un luchador. Siempre había sido ágil y veloz…, el mejor luchador de los cuatro, capaz de simular un golpe que iba a destrozar un hueso y, de alguna manera, milagrosamente, conseguir que fuera suave como una pluma. Grace vio que él no había perdido su habilidad. Pero iba a ganar ella.

Ewan había entrenado donde entrenaban los caballeros, en Eton, en Oxford, en Brooks o dondequiera que la gente bien aprendiera a luchar con sus bonitas reglas.

Esas reglas no lo ayudarían en el Garden.

Ella siguió sus movimientos mientras él bailaba hacia atrás, fuera de la luz, sacudiendo los brazos para que la sangre volviera a sus dedos.

Grace Condry había sido una luchadora callejera, una ganadora desde que era una niña, pero no era la fuerza lo que le daba la victoria —las chicas rara vez podían competir en ese terreno— y tampoco la velocidad, aunque Dios sabía que era rápida. Grace poseía la capacidad de visualizar los puntos flacos de su contrincante, por muy ocultos que estuvieran. Y el duque los tenía.

Sus pasos eran demasiado largos: lo llevarían al borde del cuadrilátero antes de que se diera cuenta.

Mantenía los anchos hombros demasiado rectos, dejando el pecho expuesto al ataque. Iba a tener que inclinarse, atacar por un lado y protegerse el costado para no recibir ningún golpe.

Y luego estaba la pierna derecha, que arrastraba de forma apenas perceptible…, un gesto tan leve que ni siquiera podría llamarse arrastre. Nadie lo percibía, una leve cojera que desaparecería con el tiempo, en cuanto la herida del muslo —que sufrió cuando hizo saltar por los aires la mitad del muelle de Londres y a la futura esposa de su hermano— sanara por completo.

Y se curaría porque Grace le había cosido la herida a la perfección.

Pero esa noche en concreto suponía una ventaja, y no dudaría en aprovecharla. Tanto hacía dos décadas como hacía una hora, les había prometido venganza a sus hermanos y también a sí misma, y por fin la tenía allí, al alcance de la mano.

Se volvió hacia la esquina más alejada de la habitación, donde Diablo y Whit permanecían sentados en la oscuridad, invisibles.

—¿Dejas que ella pelee tus batallas por ti?

—Sí, hermano. —Fue la clara respuesta de Diablo—. Nos jugamos a los dados la pelea por el honor. Y ella siempre ha sido la afortunada en el juego.

—¿Ganaste tú? —Ewan la miró.

—Estoy en el ring, ¿no? —Grace levantó la barbilla y se balanceó sobre los talones.

Un músculo de la mandíbula de Ewan se tensó, parecía valorar su siguiente movimiento. Grace esperó tratando de ignorar los largos músculos, la forma en que le caía el cabello rubio oscuro sobre la frente, la manera en que sus miembros permanecían relajados incluso cuando se enfrentaba a ella, preparada para la pelea.

Cuando eran niños, había sido un luchador nato. Del tipo que todas las ratas callejeras de Londres querrían ser. La clase de rata callejera de Londres a la que todos deseaban golpear. Incluida Grace.

Respiró hondo, dispuesta a calmarse. ¿Con cuántos había luchado antes? ¿Y a cuántos había vencido? Los latidos de su corazón se ralentizaron hasta acompasarse con los segundos. Él se acercó y ella levantó los puños, preparada para el combate, mientras él acortaba la distancia entre ambos.

Pero no se acercó del todo. En su lugar, lanzó un ataque diferente. Uno para el que no estaba preparada: comenzó a desvestirse.

Grace se detuvo cuando él levantó los brazos, agarró la parte de detrás del cuello de la camisa de lino que llevaba, la sacó de la presión de la cinturilla de los pantalones y, luego, se la quitó por encima de la cabeza sin vacilar. La arrojó a un lado, olvidada en el polvo.

—Un burdo maltrato a la única ropa que tienes —dijo ella siguiendo con la mirada la camisa desechada.

—Luego iré a por más.

Cuando volvió a mirarlo, fue para descubrir que estaba más cerca de lo que hubiera imaginado. Resistió el impulso de dar un paso atrás, negándose con ese gesto a reconocer la autoridad con la que él dominaba el centro del ring. Era muy diferente verlo allí a postrado inconsciente en una cama.

Si su rostro había cambiado en las últimas dos décadas, su cuerpo se había revolucionado. Era alto, bastante más de un metro ochenta; su espalda, coronada por unos anchos hombros, se iba estrechando hasta llegar a las caderas, a través de una vasta extensión de músculo duro y tenso, ligeramente salpicado de vello. El rastro de pelo se oscurecía a medida que descendía más allá del ombligo, hasta la cinturilla de los pantalones. Si el color tostado de su piel era un indicio, ese cuerpo se había esculpido al aire libre. A la luz del sol.

¿Haciendo qué?

Podría habérselo preguntado si la cicatriz del pectoral izquierdo no la hubiera distraído. Tres centímetros de largo, cuatro líneas irregulares y pálidas sobre una piel lisa y bronceada. Se quedó paralizada; aquella era la prueba de que aquel hombre era el chico al que había conocido. Ella lo había presenciado todo.

Su padre lo había castigado por protegerla. Para hacerle ver lo que era verdaderamente valioso. Aún recordaba cómo había mordido el puño apretado contra sus labios, desesperada por acallar los gritos mientras la hoja cortaba la piel de Ewan. Sin embargo, él no acalló sus gritos. Había chillado por ella mientras recibía el castigo.

Días después, con la letra «M» aún fresca en su piel, había dejado de protegerla.

Y había ido a por ella.

Ese pensamiento la devolvió al presente. A la lucha. Dirigió la mirada al pecho de él y a los tendones de su cuello, a la línea de su mandíbula, a los altos ángulos de sus pómulos y, finalmente, a esos ojos que la observaban.

—¿Te gusta lo que ves? —Y entonces, el muy cretino sonrió.

—No. —Entrecerró los ojos.

—Mentirosa.

Esa palabra le produjo un gran rubor. Veinte años antes, el rubor podría haber sido placer o vergüenza. Un síntoma de que él había visto lo que guardaba en su corazón. Hoy, sin embargo, era ira. Frustración. Y rechazo a creer que él seguía desentrañando sus secretos. Que ella seguía siendo la misma que había sido tantos años atrás. Que él seguía siendo el mismo.

—Te sentí —dijo, lo suficientemente bajo como para que solo ella lo oyera—. Sé que me has tocado.

Imposible, le habían dado una gran dosis de láudano.

—No fui yo —protestó ella sin poder evitarlo.

—Sí. Fuiste tú —dijo él en voz baja, avanzando hacia ella despacio, como un depredador—. ¿Creías que olvidaría tus caricias? ¿Que no las reconocería en la oscuridad? Las reconocería incluso en la batalla. Atravesaría el fuego por ellas. Las reconocería en el camino al infierno. Las reconocería en el infierno, que es donde he estado, anhelándolas, cada día desde que desapareciste.

Grace ignoró los latidos de su corazón al oír esas palabras. Vacía y sin sentimientos, se armó de valor.

—Desde que intentaste matarme, querrás decir —le espetó levantando la barbilla—. Tengo un edificio lleno de hombres decentes; no necesito a un duque chiflado.

Una sombra cruzó el rostro del duque y desapareció en un instante. ¿Celos? Ella ignoró la sensación de placer que la recorrió al darse cuenta y se concentró en él. Lo tenía a su alcance.

—Adelante, entonces. —Extendió los brazos de par en par.

Tal vez pensaba que ella no lo haría. Tal vez pensaba en la chica a la que había conocido, que nunca le habría pegado. Que nunca le habría hecho daño.

Se equivocaba.

Dejó que su puño derecho volara para darle un golpe potente. Sonó un fuerte chasquido que envió la cabeza de Ewan hacia atrás por la fuerza del impacto. Retrocedió unos pasos mientras él recuperaba el equilibrio.

Grace dejó escapar un suspiro, lento y uniforme.

El bastón de Diablo golpeó dos veces en la oscuridad a modo de aprobación.

—Siempre has sabido dar un buen golpe —comentó Ewan.

—Tú me enseñaste.

Vio cómo el recuerdo cruzaba su rostro. Las tardes escondidas en el claro de Burghsey House, cuando los cuatro habían planeado y conspirado contra el viejo duque, que había jurado robarles el futuro junto con la infancia. Las tardes en que se hiceron aquella promesa: quien ganara el perverso torneo del duque protegería a los demás. Quien se convirtiera en heredero acabaría con la línea de sucesión.

Los habían reunido porque no había ningún otro heredero posible, ni hermanos ni sobrinos ni primos lejanos. A la muerte del duque, el ducado, con siglos de antigüedad, volvería a la Corona. El trío de niños era su única oportunidad de legarlo.

Y se lo quitarían.

Nunca ganaría, prometieron. No a largo plazo.

Grace lo vio recordar esas tardes, trabajando duro para coreografiar las peleas, una idea que Ewan había tomado prestada a los luchadores de teatro que su madre había conocido en Drury Lane. Aquello no les evitaría la violencia que provocaba el duque, lo sabía, pero, al menos, no se harían daño unos a otros.

Y Ewan no quería hacer daño a sus hermanos. Hasta que se lo hizo.

El recuerdo hizo que su puño volviera a volar. Años de furia y frustración hicieron que el golpe lo alcanzara de pleno en las costillas, luego otro más, y el tercero lo desplazó hacia el borde del ring, fuera de la luz.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba defendiéndose.

Grace se detuvo. Dio un paso atrás. Trazó una línea en el serrín con la punta de la bota. Levantó los puños.

—Comencemos de nuevo, duque.

Dio un paso adelante, hacia ella, pero no levantó los puños.

—Pelea —dijo enfadada.

—No. —Negó con la cabeza.

—Pelea conmigo. —Ella se acercó a él alzando la voz por la frustración.

—No.

Bajó las manos, se apartó de él y cruzó el cuadrilátero para alejarse. Una maldición sonó desde la oscuridad, casi feroz. Bestia quería entrar. Se apoyó en la pared del ring y el roce de los tablones de madera fue bienvenido en sus dedos desnudos.

¿En cuántas de esas peleas habría participado? ¿En cuántas había triunfado, y todo gracias a ese hombre? ¿Cuántas noches había llorado hasta quedarse dormida pensando en él?

—He esperado veinte años para esto —dijo—. Para este castigo. Para mi venganza.

—Lo sé. —Él estaba detrás de ella, más cerca de lo que esperaba—. Te la estoy dando.

Ella giró la cabeza al oír aquellas palabras y lo miró por encima del hombro.

—¿Vas a dármela? —Se rio con un sonido carente de humor y se volvió a mirarlo—. ¿Crees que puedes darme lo que quiero? ¿Que vas a ofrecerme mi venganza? ¿Tu propio castigo? ¿Tu destrucción? —Lo acechó de nuevo en el ring—. Qué tontería. Tú, que me lo has robado todo. Mi futuro. Mi pasado. Mi maldito nombre. Por no hablar de lo que le quitaste a la gente a la que quiero.

»¿Qué crees?, ¿que una noche en el ring, aceptando mis golpes, te hará merecedor de mi perdón? —continuó, estallando con toda su rabia por ese regalo envenenado. Estaba ardiendo en un infierno—. ¿Crees que el perdón es un premio al que tienes acceso? —Estaba desequilibrado. Se había dado cuenta. Podía leer en sus ojos los pensamientos salvajes tan claramente como si fueran suyos—. Bah, quizá piensas que, si no presentas batalla, yo no querré golpearte. —Sacudió la cabeza—. Convertirte en duque seguramente te ha adormecido el cerebro. Permitidme que os recuerde algo, alteza —dejó que el Garden se colara en su voz—: Si algo es gratis, aceptadlo.

Él se quedó quieto, y ella lo golpeó de nuevo.

—Uno por lo que le hiciste a Whit al amenazar a su dama. —Otro—. Y por la dama, que tienes suerte de que no haya muerto, o dejaría que te matara. —Un puñetazo rastrero en las tripas, y no se defendió. A Grace no le importó—. Otro más por la mujer de Diablo, a quien estabas dispuesto a arruinar. —Y dos más en una rápida sucesión; su respiración se aceleró, su frente brillaba por el sudor. La furia la alimentaba—. Son por Diablo. El primero, por prácticamente dejarlo morir de frío el año pasado, y el segundo, por el corte que le hiciste en la cara hace veinte años. —Hizo una pausa—. Debería hacerte uno en la cara a juego. —Ewan aceptó todos los golpes. Una y otra vez, y ella se nutrió de su inacción y cogió aire para alimentar su fuego. Otro golpe, que le hizo sangrar la nariz—. ¿Y ese? Ese es por los chicos que ya no están en la colonia por tu culpa. Desaparecidos, porque tus secuaces buscaban sangre, porque buscabas tu propia seguridad como un loco.

Esas palabras le llamaron la atención. Ewan alzó la vista y su mirada ambarina encontró con la de ella al instante.

—¿Qué has dicho?

—Ya me has oído —escupió—. ¡Eres un maldito monstruo! Has hecho que todos nos escondiéramos de ti porque no bastaba que te hubiéramos dado todo lo que querías. También necesitabas nuestras vidas. —Se apartó de él cruzando el ring.

—¡Atrás! —La advertencia de Bestia hizo que se diera la vuelta cuando Ewan iba a por ella desde el otro lado del ring. Antes de que pudiera resistirse, la levantó por la cintura y la llevó hasta la pared, apoyándole la espalda contra ella. Sin contundencia; si hubiera habido fuerza, la habría agradecido. Se habría alegrado de tener por fin un oponente.

Se quedaron quietos, con las fuertes y rápidas respiraciones de alguna manera sincronizadas. Los labios de él junto a su oreja, lo suficientemente cerca como para que oyera las palabras desgarradas que susurraba:

—No he venido por mí. He venido por ti. Te juré que te encontraría. ¿Cuántas veces te prometí que te encontraría?

«Te encontraré, Gracie. Preocúpate de mantenerte a salvo. Yo te encontraré».

Una promesa susurrada hacía décadas por un niño que ya no existía.

—Nunca dejé de buscarte —dijo deslizando los labios sobre su piel. Sobre su pelo.

Ella jadeó. ¿Cómo era posible que todavía oliese a cuero y a té negro después de días en una habitación cerrada? ¿Cómo conseguía que ella volviera a sentirse así tras años siendo enemigos?

¿Por qué la hacía arder?

—Nunca dejé de echarte de menos —le susurró al oído con su cálido aliento.

La hacía desearlo.

«No». No iba a caer en la trampa.

Grace se retorcía de su agarre; tenía los puños lo bastante libres como para golpearle en la cabeza y en los hombros, pero sin el ángulo necesario para ocasionarle daño.

—Me dijeron que habías muerto. —Podía sentir su dolor en esas palabras y, por un instante, inexplicablemente, quiso consolarlo.

—¡La pierna! —gritó Diablo desde la oscuridad, apartándola de sus desvaríos. Había visto lo que ella había percibido desde el principio. Su punto débil. Una fuerte patada en la herida del muslo de Ewan y lo pondría de rodillas. La liberaría. Se acabaría.

Grace dejó caer una mano hacia el pañuelo de su cintura. Se envolvió el puño con la tela.

—Lo que te han dicho es cierto. Aquella chica está muerta. Asesinada por un chico en el que confiaba, que se acercó a ella con un cuchillo, dispuesto a hacer cualquier cosa para ganar. —Tiró del pañuelo, soltándole los nudos y, sujetando un extremo con peso, dejó que el otro navegara sobre sus cabezas en un amplio arco escarlata. Lo cogió con la otra mano y lo tensó. En un instante, la tela apretaba su garganta, con tanto peligro como el filo de un cuchillo cuando lo manejaba alguien que sabía cómo hacerlo.

Grace se había pasado años aprendiendo a hacer este tipo de cosas.

Ewan agarró el pañuelo, la reacción natural y equivocada. Con un movimiento de muñeca, sus manos quedaron atrapadas en la tela, esposadas e inmóviles. No tuvo más remedio que retroceder bajando las manos.

—Suéltame. —En su lugar, anudó la seda, sabiendo que haría imposible el movimiento—. Nunca te habría matado —dijo—. Nunca te habría hecho daño.

—Mentira. —Lo miró con desdén.

—Es la verdad.

—No —escupió ella—. Me has hecho daño. —¿Lo decía en pasado o en presente? Él gruñó como respuesta, el sonido pareció escapar de lo más profundo de su garganta. Ella lo ignoró—. Y, aunque fuera cierto, les has hecho daño. Whit acabó con media docena de costillas rotas, y Diablo con un corte que podría haberlo matado, si no por la pérdida de sangre, sí por la fiebre. ¿Olvidas que yo estaba allí? ¿Que te vi convertirte en esto? —Lo miró de arriba abajo, como se mira a una rata o a una cucaracha.

»Te observé, Ewan. Te vi convertirte en esto. Te vi convertirte en duque. —Casi escupió la palabra—. Te vi elegir el maldito título por encima de nosotros, que se suponía que éramos tu familia. —Hizo una pausa y buscó sus ojos, pero antes de que él pudiera hablar, lo hizo ella—: Lo elegiste por encima de mí. Y entonces me mataste. A la chica que era. Todo lo que soñaba. Tú lo hiciste. Y nunca podrás volver atrás. —Se quedó en silencio y se negó a dejar que él apartara la mirada. Quería que él la escuchara. Necesitaba escucharlo ella misma—. Nunca podrás recuperarla. Porque está muerta.

Se dio cuenta de cómo lo golpeaban sus palabras. Vio que la verdad lo atravesaba. Vio que la creía.

«Bien».

Se apartó, concentrándose en el dolor de sus nudillos, la prueba de que por fin se había vengado cómo quería.

Se negó a reconocer el otro dolor, el que demostraba algo más.

Sus hermanos estaban de centinelas más allá del cuadrilátero; dos hombres que la protegerían sin dudarlo. Dos hombres que habían estado protegiéndola durante años.

«Me dijeron que habías muerto».

La desesperación de sus palabras hizo eco en ella.

—¡Grace! —gritó él desde el centro del ring, y ella se volvió para mirarlo, bañado en luz dorada, insoportablemente guapo, incluso ahora, incluso destrozado.

Veronique se materializó desde las sombras detrás de él, flanqueada por otras dos mujeres cuyos brazos rivalizaban con los de un estibador de los muelles de Londres. Se acercaron y lo agarraron, y el contacto lo hizo enloquecer; luchó por liberarse mientras se negaba a apartar la mirada de Grace.

No tenía ninguna posibilidad. Las mujeres eran más fuertes de lo que parecían, y él no era el primer hombre al que echaban del 72 de Shelton Street.

Tampoco sería el último.

Ewan maldijo y gritó su nombre por segunda vez.

—Deberías habernos elegido. —Ella ignoró el sonido que salió de sus labios. Ignoró los recuerdos. Se refería a los tres, a Bestia, a Diablo y a ella, ¿no era así?

Él se calmó al oírla, y su mirada encontró la de ella en la oscuridad.

—Nos elegí a nosotros dos —dijo—. Tú ibas a ser duquesa.

«Nos casaremos», le había prometido hacía toda una vida, cuando eran demasiado jóvenes para saber que su matrimonio no estaba en las cartas del destino. «Nos casaremos y serás duquesa». Bonitas promesas para una chica que ya no existía de un chico que nunca había existido.

El recuerdo debería haber entristecido a Grace, pero ya había desperdiciado suficiente tristeza con Ewan. Así pues, permitió que el pasado le fuera indiferente.

Se giró hacia él, hacia el presente. Ya no era Grace, solo Dahlia.

—¿Por qué iba a conformarme con ser duquesa? —preguntó con la oscuridad de la noche cubriendo su furia y su sed de venganza—. Nací duque. —Vio que sus palabras lo golpeaban—. No vuelvas por aquí —le advirtió—. La próxima vez no recibirás una acogida tan cálida.

Y acto seguido le dio la espalda al pasado y se alejó.

Capítulo 7

72 de Shelton Street, un año después.

—Seguro que quieres ver esto.

Al pasar por las cocinas del 72 de Shelton Street, Dahlia se detuvo a inspeccionar una bandeja de petits fours con destino a uno de los salones del club.

—La experiencia me dice que muy pocas cosas buenas vienen precedidas de: «Seguro que quieres ver esto». —Con un gesto de aprobación hacia los pasteles perfectamente elaborados, dirigió su atención a Zeva.

—Esto sí, aunque no lo creas —dijo su persona de confianza pasándole a Dahlia una hoja de contabilidad—. Enhorabuena.

Miró la fila inferior de cifras. Al analizar el documento, primero la invadió la curiosidad y luego la sorpresa. Repasó una larga columna de números para asegurarse de que estaba leyendo correctamente. Zeva arqueó una de sus cejas oscuras, divertida.

—El mes más rentable del club.

—¡Dios salve a la reina! —dijo Dahlia en voz baja pasando por la puerta del salón ovalado, el epicentro del club, magníficamente decorado, mientras comprobaba los números una vez más.

A la reina Victoria la habían coronado solo unos meses antes, lo que había alargado la temporada londinense más de lo habitual, ocupando también el verano y el otoño. Había convencido a las damas más destacadas de la ciudad de que podían conseguir cualquier cosa que desearan; y eso había sido una suerte para Dahlia, ya que era precisamente a lo que ella se dedicaba.

—Sí, aunque, yo no diría tanto —dijo Zeva—. No me cabe duda de que estará tan involucrada como sus tíos en la expansión del imperio, y sin remordimientos.

—Sin duda —dijo Dahlia—. La única certeza para un líder es el poder a cualquier precio.

Zeva mostró su acuerdo con un leve resoplido mientras cruzaban la gran sala. Sus ricas faldas color berenjena brillaban al rozarse con los pantalones azul oscuro de Dahlia, cosidos con hilos de plata.

El salón ovalado del número 72 de Shelton Street era uno de los más exuberantes de Londres, decorado con lujosos azules y verdes que se mezclaban con tonos champán y chocolate; y todo ello antes de que las clientas fueran recibidas por lo que realmente venían a buscar.

Dahlia echó un vistazo al salón, diseñado para servir a varios propósitos. Las clientas esperaban allí mientras se preparaban las habitaciones de arriba, donde dispondrían de la comida y la bebida que hubieran pedido y de los complementos que desearan. Las damas elegían los refrigerios allí mismo; las cocinas del 72 de Shelton eran famosas por su gran variedad de manjares, y Dahlia se aseguraba de que las mesas estuvieran a rebosar de las preferencias de las clientas habituales.

Anotaban los caprichos de todas las señoras y se los facilitaban con la mayor discreción. Una prefería la tumbona verde junto a la ventana; otra sentía aversión por los frutos secos; otra se sentaba en el rincón más oscuro, aterrorizada por la posibilidad de que la reconocieran, y aun así era incapaz de resistirse al influjo del club.

No es que fuera fácil reconocer a nadie. Incluso en los días más tranquilos, las clientas debían llevar máscaras para asegurarse el anonimato. Las más nuevas solían escoger máscaras menos complicadas, algunas tan sencillas como un antifaz negro, pero otras se parapetaban tras magníficas elaboraciones, diseñadas para mostrar el poder y la riqueza de su portadora sin revelar su identidad. En ese momento había seis mujeres enmascaradas en el salón, y todas ellas disfrutaban del tercer propósito de la sala: la compañía.

Junto a cada mujer había un acompañante masculino cariñoso, vestido para satisfacer la fantasía de la dama en cuestión: Matthew, con su apuesto uniforme de soldado, agasajaba a una solterona de edad avanzada con una máscara de color malva decorada con cuentas; Lionel, con una vestimenta de etiqueta oscura por la que Brummell renunciaría a su carrera y a su dinero, susurraba al oído de la joven esposa de un viejo conde; y Tomas, con la camisa amplia, los pantalones ajustados y el pelo largo recogido en una coleta, un parche en el ojo y una cicatriz torcida en la ceja, agasajaba a una dama con una imaginación desbordante… que sabía muy bien lo que quería: a Tomas.

Sonó una carcajada fuerte, auténtica y decididamente más libre que la que su dueña solía soltar en Mayfair; Dahlia no tuvo que mirar para saber que procedía de una marquesa viuda que reía con la baronesa casada a la que había amado desde que eran niñas. Más tarde, irían a una habitación del piso superior para compartir el placer de su mutua intimidad.

En el extremo más alejado del óvalo, donde las ventanas daban al Garden, Nelson, uno de los acompañantes más solicitados del club, y que recibía buenos dividendos por sus habilidades, se inclinaba hacia el oído de una viuda particularmente rica. La condesa viuda en cuestión tenía más de cincuenta años y solo acudía al 72 de Shelton Street cuando Nelson estaba disponible.

Ambos se rieron cuando él hizo una sugerencia, sin duda escandalosa, y le hizo un gesto a un lacayo con una bandeja de plata cargada de champán. Ya de pie, Nelson la animó a levantarse, tomando dos copas en una mano y a la viuda de la otra, y la acompañó a la escalera exuberantemente decorada con una magnífica alfombra para desplazarse a la sala que les habían preparado. Los amantes pasaron justo por delante de Dahlia y Zeva, pero Nelson no prestó atención a la dueña del club, sino que permaneció pegado a su dama.

—Si no lo conociera bien —dijo Dahlia en voz baja cuando la entrada privada a las habitaciones del personal se abrió detrás de ella—, diría que pronto perderemos a Nelson, porque se mudará a un lugar más distinguido.

—Estoy segura de que no sabes lo mejor —intervino Veronique, que se encontraba tras ellas.

—¿De verdad? —Dahlia le lanzó una mirada.

—Se ha puesto a su disposición todas las noches de esta semana —respondió Zeva en voz baja. Los empleados del club podían elegir a sus clientas y, aunque las citas regulares eran bastante frecuentes, citas diarias regulares eran algo digno de mención.

—Mmm… —dijo Veronique—. Creo que está más que dispuesto a… levar anclas.

—Ajá —convino Dahlia con un sabio asentimiento—. Así que la viuda se ha asegurado a su propio almirante.

—No bromearás tanto cuando perdamos a uno de nuestros mejores hombres. —Zeva soltó una carcajada.

—Todo lo contrario. Si Nelson es feliz con la viuda, le deseo lo mejor. —Dahlia cogió una copa de champán de la bandeja que pasaba y brindó en el aire—. Por el amor.

—Dahlia, brindando por el amor —se burló Veronique—. No se encuentra bien.

—Bobadas —dijo ella—. Estoy rodeada de amor: mis dos hermanos siguen viviendo sus idilios, y mira esto. —Agitó una mano para abarcar la habitación—. ¿Has olvidado a qué me dedico?

—Tú te dedicas a la fantasía —la corrigió Zeva—. Es algo totalmente diferente.

—Bueno, pero esta fantasía es poderosa —comentó Dahlia—. Y, seguramente, en algún momento la fantasía se convierte en realidad.

—No te vendría mal tener tu propia fantasía de vez en cuando —dijo Veronique echando una mirada cínica a las parejas que tenían delante—. Deberías aceptar alguna de las ofertas que te hacen los hombres cada dos por tres.

Dahlia llevaba más de seis años dirigiendo el club, tras decidir que no había ninguna razón para que las damas de Londres no tuvieran el mismo acceso al placer que los caballeros sin experimentar vergüenza ni albergar temor a salir perjudicadas.

Tras contratar a Zeva y Veronique, el trío había convertido el 72 de Shelton Street en un club de señoras, especializado en satisfacer las expectativas y los deseos de una clientela exigente. Contrataron a los mejores cocineros, al mejor personal y a los hombres más guapos que encontraron, y construyeron un lugar famoso por su discreción, el respeto, la seguridad y los altos salarios que ofrecía.

Y por el placer que proporcionaba.

A todo el mundo menos a Dahlia.

Como propietaria del club, Dahlia no se beneficiaba de las ventajas de las clientas por varias razones. Entre ellas, que los hombres del club, por muy bien pagados que estuvieran, eran sus empleados.

—Fantasead vosotras si queréis. —Echó una mirada irritada a sus lugartenientes.

Nunca sucedería. Pero no por los motivos de la dueña del club; Veronique estaba felizmente casada con un capitán de barco que, aunque pasaba demasiado tiempo en el mar, la amaba sin medida. Y, aunque a Zeva nunca le faltaba compañía, se aburría con facilidad y mantenía sus relaciones lejos del número 72 de Shelton Street para no complicar su inevitable final.

—Dahlia no necesita fantasías —añadió Zeva con una sonrisa dirigida a Veronique—. Apenas necesita la realidad, aunque Dios sabe que de vez en cuando le iría bien.

—Cuidado. —Dahlia miró a la otra mujer. A lo largo de los años había tenido uno o dos amantes que, como ella, no estaban interesados en nada más que en el placer. Pero una noche solía bastar, y no había tenido ningún problema en poner fin a su relación con ellos. Aun así, no pudo resistirse a morder el anzuelo de Zeva—. Ya he vivido suficiente realidad.

Las dos mujeres se volvieron hacia ella con las cejas arqueadas.

—¿De verdad? —Fue Veronique quien habló primero.

—Por supuesto. —Tomó un sorbo de champán y miró hacia otro lado.

—¿Cuándo fue tu última dosis… —preguntó Zeva, toda inocencia— de realidad?

—Me temo que no es de vuestra incumbencia.

—Oh, claro que no lo es… —Veronique sonrió—. Pero nos gustan los cotilleos.

Dahlia puso los ojos en blanco.

—No lo sé. Estoy ocupada. Dirigiendo un negocio. Pagando tu sueldo.

—Mmm… —Zeva no parecía convencida.

—¡Yo sí lo sé! Más que un negocio, un imperio, teniendo en cuenta la cantidad de chicas que tenemos en los tejados. —El club era el centro neurálgico de una amplia red de informantes y espías que mantenía a Dahlia al corriente de todo lo que ocurría en Londres y en el negocio—. Dos años —dijo Veronique.

—¿Qué?

—Han pasado dos años desde tu última dosis de realidad.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Dahlia ignorando el calor que subía a sus mejillas.

—Porque me pagas para saberlo.

—Desde luego te pago para que sepas de mí…

—¿Realidad? —preguntó Zeva.

—¿Podemos dejar de llamarlo así? —dijo Dahlia mientras depositaba su copa en la bandeja de un lacayo.

No importaba que Veronique tuviera razón ni que hiciera dos años que no buscaba… compañía. Ni que hubiera una razón particular para ello.

—¿No fue hace dos años cuando el duque de Marwick volvió a Londres y empezó a causar estragos?

—¿Fue entonces? —preguntó Dahlia, ignorando la sacudida que le produjo su nombre—. No lo sé. No ando pendiente del duque de Marwick.

«De todos modos, se ha ido…».

—Ahora ya no —dijo Veronique en voz baja.

—¿Qué? —Dahlia la miró con los ojos entornados.

—Solo comentaba el tiempo que ha pasado —respondió Veronique.

—No lo suficiente, diría yo —añadió Zeva moviendo las cejas—. Si no, habría estado más satisfecha. —Veronique resopló, y Dahlia puso los ojos en blanco—. Y pensar que se supone que este es un lugar adecuado…

En el momento oportuno, se oyó un chillido acentuado por un fuerte «¡Aargh!», y Dahlia se giró para descubrir que el pirata Tomas había cargado a su dama sobre el hombro. Las faldas se movían en todas direcciones, revelando unas medias de seda de gasa sujetas con elaboradas cintas también de seda, de color rosa.

Mientras la observaba, la condesa enmascarada soltó otro gritito de placer y enseguida empezó a golpear a Tomas en sus anchos hombros.

—¡Déjame bajar, bruto! Nunca revelaré la ubicación del tesoro.

El francés deslizó una mano por la parte posterior del muslo de la dama, lo bastante arriba como para que Dahlia imaginara que había llegado a unas curvas amplias y secretas.

—¡Ya conozco la ubicación de tu tesoro, moza! —gritó él confirmando sus suposiciones.

Mientras el resto de la sala vitoreaba y aplaudía el entretenimiento, la condesa se deshizo en risas y Tomas comenzó a subir las escaleras para dirigirse a la habitación seis, donde una gran cama aguardaba cualquier actividad que la pareja quisiera practicar.

—Oh, sí. Muy adecuado —replicó Veronique.

—Como decía antes, si las damas de Londres desean jugar a ser más atrevidas por tener una reina, las ayudaremos en sus propósitos. Y este mes las ganancias extra se compartirán con el personal, vosotras dos incluidas, si dejáis de incordiarme. —Dahlia sonrió.

—No me negaré, eso está claro —dijo Zeva deteniéndose en el extremo del salón, donde una discreta salida conducía a través de un pasillo oscuro a la parte delantera del club y una sala de recepción estaba lista para los invitados adicionales—. Sin embargo…

—Vamos, Zeva —dijo Dahlia—. Eres la única persona del mundo capaz de ver problemas en doblar los beneficios.

—Tu reina ha aumentado los beneficios, sí, pero también el número de clientas. —Zeva era todo números. Giró por el pasillo y dejó a Dahlia sin otra opción que seguirla—. Hoy hemos recibido a nueve clientas nuevas sin cita previa.

Al oír estas palabras, uno de los miembros de la seguridad de Veronique apareció en la puerta más cercana a la entrada del club e hizo un gesto que daba a entender que estaba sucediendo algo que requería la experiencia de la dueña. Con un movimiento de cabeza, miró a Dahlia y a Zeva.

—Vamos a ver qué está pasando.

No era raro que alguien llegara sin avisar. La doble promesa del club era la discreción y el placer, y las socias solían ir y venir a su antojo, deseosas de probar la amplia oferta del 72 de Shelton Street. Pero nueve mujeres era un número mayor de lo habitual, algo que iba a poner a prueba los recursos del club.

—Recordad: a más socias, más poder —dijo Dahlia mientras ella y Zeva avanzaban rápidamente por el pasillo. Cada socia del club se convertía en un activo potencial para Dahlia y sus hermanos, a menudo relacionado con el Parlamento, con los agentes de Bow Street, con el barrio pudiente de Mayfair y con los muelles de Londres.

—¿Y pondrás más habitaciones arriba?

—Hay otras formas de entretenerse además de en una cama —dijo Dahlia. Las clientas tenían acceso a salas de cartas y comedores, a teatros y bailes. Todo cuanto podían desear estaba ahí para ellas.

—¿Tú crees? —Una ceja negra se arqueó como respuesta.

Sin duda…, la mayoría de las socias iban por la compañía.

—¿Qué socias han venido hoy?

Zeva enumeró la lista de las asistentes de esa noche: tres esposas adineradas y dos mujeres más jóvenes, españolas, que se unían a ellas por primera vez.

—Todas tienen citas.

Las tres habían llegado a la sala de recepción antes de que Dahlia pudiera preguntar quién más estaba presente. Y entonces ya no tuvo que preguntarlo.

—¡Dahlia, querida!

Dahlia se volvió hacia el saludo cantarín y sonrió al aceptar el abrazo de la alta y hermosa mujer que se le acercaba.

—Duquesa… —Dahlia se apartó del abrazo—. Y sin máscara, como siempre —añadió.

—Oh, por favor… —La duquesa de Trevescan agitó la mano en el aire—. Todo el mundo sabe que soy un escándalo; creo que se decepcionarían si no frecuentara Shelton Street.

La sonrisa de Dahlia se convirtió en una mueca. La duquesa no había exagerado su reputación: era la viuda alegre, pero, en lugar de un marido muerto, le habían regalado uno ausente: un duque desaparecido que no sentía devoción por la animada vida londinense y vivía en una remota finca en las salvajes Islas Sorlingas.

—Siempre me sorprende verla en las noches que no son de Dominio.

—Tonterías. El Dominio es para el espectáculo, querida —dijo inclinándose hacia ella—. Esta noche es para los secretos.

—¿Secretos desenmascarados?

—No son mis secretos, cariño. Soy un libro abierto, como dicen. —Sonrió—. Los secretos son de las demás.

—Bueno. Sea cual sea la razón, le estamos muy agradecidas. —Dahlia sonrió.

—Estás agradecida por el dinero que gasto aquí —dijo la duquesa riendo.

—Por eso también —admitió Dahlia. La duquesa había sido una clienta clave desde el principio, alguien con acceso a las estrellas más brillantes de Mayfair, y un apoyo incondicional para las mujeres que deseaban explorarse a sí mismas, su placer y el mundo que habitualmente se ofrecía a los hombres. Ella y Dahlia se tenían el respeto mutuo de dos mujeres que comprenden el inmenso poder de la otra, un respeto que podría haber sido la semilla de la amistad, pero que nunca habían cultivado, por la única razón de que ambas guardaban demasiados secretos para que resultara una amistad sincera.

Secretos que ninguna de las dos mujeres había intentado averiguar, algo que Dahlia agradecía, pues sabía que, con la motivación adecuada, la duquesa de Trevescan sería sin duda una de las pocas personas en el mundo capaz de descubrir su pasado.

Un pasado que no tenía interés en volver a recordar jamás.

El recuerdo llegó de la nada, como un carruaje desbocado llegado desde veinte años atrás con los ojos del color del whisky, ondas de pelo rubio oscuro y mandíbula severa y cuadrada que había recibido los golpes como si se los mereciera.

Se los había merecido.

Se quedó quieta, y perdió la sonrisa por un instante. Se sintió desubicada.

—¿Dahlia? —La duquesa frunció el ceño.

Dahlia sacudió la cabeza para despejarla, e hizo un gesto para despedirse de ella. Se tomó un tiempo para volverse hacia el cuarteto de mujeres enmascaradas que ocupaban un sillón tapizado de seda detrás de la duquesa.

—¡Disfruten de la noche! Bienvenidas, señoras. —Se alejó con su mejor sonrisa.

Nadie en el 72 de Shelton Street pronunciaba jamás el nombre o el título de las mujeres, pero Dahlia catalogó de inmediato al cuarteto que solía acudir a Shelton Street sin previo aviso siguiendo la estela de la duquesa: lady S., una célebre y polémica dama que disfrutaba más de Covent Garden que de Mayfair; la señorita L., una medio noble que habitualmente decía lo que no debía y se enfrentaba a la sociedad; lady A., una solterona tranquila y de avanzada edad cuya agudeza valía más que la de la media docena de espías de Dahlia que vigilaban desde las azoteas; y, por último, lady N., hija de un duque muy rico, muy ausente y muy complaciente, y amante de la lugarteniente de los hermanos de Dahlia.

—Veo que has venido sin tu dama. —Dahlia se encontró con los ojos sonrientes de lady N.

—Tus hermanos tienen un barco en el puerto, y una noche larga por delante. Sabes tan bien como yo que sin ella se ahogarían en la bodega del barco. Pero eso no es razón para que me quede en casa y me rasgue las vestiduras, ¿verdad? —Agitó una mano en señal de despedida.

Los Bastardos Bareknuckle introducían en Londres, a bordo de barcos cargados de hielo, mercancías sujetas a fuertes impuestos de la Corona; el cargamento, trasladado con rapidez y siempre al amparo de la oscuridad, proporcionaba unos ingresos que eran a la vez perfectamente legales y excesivamente ilegales. Así eran los negocios en Covent Garden.

—Estamos más que contentos de tenerla con nosotros esta noche, milady. —Dahlia se rio, antes de volverse hacia la duquesa—. Supongo que no estáis aquí en busca de compañía, ¿no?

—De hecho, no. Solo hemos venido para intercambiar cotilleos. Te alegrará saber que tenemos un amplio surtido esta noche. —Y también habían venido para enterarse de cualquier nuevo chisme. Aquellas mujeres eran más que bienvenidas al club, donde rara vez aprovechaban las ventajas más sensuales de ser socias, sino que preferían languidecer en las salas de recepción y asistir a las peleas de la planta baja. Al fin y al cabo, las salas privadas no daban lugar a cotilleos, y ese grupo comerciaba con la información por encima de todo.

—Tenemos tres peleas programadas para esta noche y un número de miembros cada vez mayor, así que Zeva está un poco malhumorada.

—Me pagas para que refunfuñe. —Zeva levantó la vista de la tranquila conversación que mantenía con un lacayo uniformado en la esquina.

La duquesa se rio antes de bajar la voz para hablar con Dahlia.

—Confieso que esperaba que esta noche hubiera más personal de seguridad… —Miró por encima del hombro hacia la puerta, custodiada por un par de los hombres más brutos que se podían encontrar en Covent Garden—. Aunque supongo que esos dos se ocupan bien.

Ellos, y la media docena de informadoras de los tejados que rodeaban el club, pero nadie necesitaba saber eso.

—¿Por qué íbamos a necesitar más seguridad?

—He oído que hay redadas. —La duquesa bajó la voz para ganar intimidad y se volvió. Su mirada viajó por las mujeres esparcidas por la sala, ricamente tapizada de escarlata e inundada de un decadente brillo dorado.

—¿Qué tipo de redadas? —Dahlia enarcó las cejas.

—No lo sé. El Otro Lado cerró hace dos noches. —La duquesa negó con la cabeza.

El Otro Lado era uno de los casinos secretos de Londres más frecuentados por la mitad femenina de la población; la mayor parte de las socias eran aristócratas. Dahlia frunció el ceño.

—Es propiedad de tres de las aristócratas más queridas de Londres, que casualmente están asociadas con el hombre más poderoso que se ha visto jamás en la ciudad. ¿Creéis que la Corona iría a por ellas?

La duquesa se encogió de hombros con indiferencia.

—Creo que El Ángel Caído no cerraría la mitad de sus negocios sin razón. Tienen información sobre todos los miembros…, y esos secretos por sí solos son suficientes para organizar una redada. —Hizo una pausa—. Pero… tú también sabes muchos de esos secretos, ¿no? Te enteras de todo por las esposas.

Una escultural morena entró por uno de los accesos a la sala, con una máscara muy elaborada, y Dahlia inclinó la cabeza para saludar a la baronesa que pasaba por allí antes de responder.

—Las mujeres suelen saber más de lo que los hombres creen —comentó en voz baja.

—También más de lo que los hombres saben, ¿no? —La duquesa inclinó la cabeza a un lado.

—Eso también. —Dahlia sonrió.

La conversación fue interrumpida por una carcajada desde la otra punta de la sala, donde un grupo de mujeres enmascaradas conversaban a la espera de ser acompañadas al interior del club.

—¡Juro que es verdad! —dijo una con urgencia—. Allí estaba yo, esperando a los sospechosos habituales, ¡y allí estaba él! En Hyde Park, a lomos de un magnífico caballo gris.

—Oh, a nadie le importa el caballo —replicó su amiga—. ¿Qué aspecto tenía? He oído que está totalmente cambiado.

—¡Así es! —respondió la primera, agitando sus rizos rojos—. Y para mejor. ¿Recuerdas lo arisco que fue la temporada pasada?

Dahlia intentó apartarse de la conversación, pero la duquesa le puso una mano enguantada de esmeralda en el brazo para detenerla.

—Es imposible que estéis interesada en el soltero del que hablan… —Dahlia le lanzó una mirada.

—Disfruto tanto como cualquiera con una buena historia de transformación personal. —La duquesa sonrió, pero no movió la mano.

—Estuvo en el baile de Beaufetheringstone la semana pasada: ¡bailó todas las piezas! Una de ellas conmigo, y fue como danzar en una nube. Se mueve con tanta destreza. Y está tan guapo. ¡Y esa sonrisa! Ya no es arisco. —Una nueva participante se unió a la conversación.

—¡Qué suerte tienes! —Le siguió un suspiro.

—Sea quien sea el pobre hombre del que hablan, está claro que está en el mercado para buscar esposa. Un gran cambio si en un año ha pasado de arisco a bailar todos los bailes. —Dahlia puso los ojos en blanco.

—Mmm… —murmuró la duquesa.

—Mi hermano dice que lleva una semana en el club, presentándose a los… ¡padres! —Se oyó un jadeo.

—Está en el mercado, efectivamente. —La duquesa miró a Dahlia.

—La historia de siempre. Y no tiene el menor interés, a menos que queráis hacer una apuesta. —Dahlia ofreció a la otra mujer una sonrisa de satisfacción.

—He oído que el próximo miércoles organiza un baile de máscaras. —La delgada mano de la joven tocó el borde de su deslumbrante máscara dorada mientras se reía—: ¡Y aquí estamos, ya enmascaradas!

—Bueno. —Fue la respuesta—. Eso lo hace porque todo el mundo sabe que la máscara es para los devaneos. Apuesto a que ya ha elegido. Habrá una nueva duquesa antes de Navidad.

«Duquesa…».

La palabra cortó el aire.

«No puede ser él».

—Eso sí que es interesante —dijo en voz baja la duquesa presente—. No es que abunden los duques disponibles.

—No —dijo Dahlia, distraída—. Vos tuvisteis que huir a una isla remota para encontrar al vuestro.

—Y nunca viene cuando se le llama —respondió la duquesa refunfuñando—. Pero este…

—¿Quién es? —La curiosidad pudo con Dahlia. La duquesa se encogió de hombros, dando a entender que lo desconocía, y Dahlia alzó la voz hacia las mujeres que estaban hablando—: El duque del que habláis —espetó, diciéndose a sí misma que era una curiosidad sin importancia. Diciéndose a sí misma que era simplemente porque la información era moneda de cambio—. ¿Tiene nombre ese dechado de hombría?

«No es él. No puede ser».

La joven del sencillo antifaz contestó la primera, con voz entusiasmada, como si hubiera estado esperando el momento de hablar con Dahlia. Sus labios se curvaron con el tipo de sonrisa cómplice que acompaña a un magnífico secreto, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para compartirlo.

—¿Quién es? —repitió Dahlia con voz aguda y urgente, sin poder contenerse.

¿Qué demonios le pasaba?

Los ojos de la joven se abrieron de par en par tras su máscara.

—Marwick —dijo simplemente. Como si no estuviera aspirando todo el aire de la habitación.

A Grace se le llenaron los oídos de sangre, un rugido de furia, frustración e ira que nubló todo su buen juicio. Y ese nombre, que la atravesaba: Marwick.

Imposible. Tenían que estar equivocadas.

¿Acaso no lo había enviado bien lejos? ¿No se había marchado para adentrarse en la oscuridad?

—No me lo creo. —Se volvió hacia la duquesa. No podía haber vuelto. Se había ido hacía un año y había desaparecido, no había razón para que volviera.

Si había regresado, tenía que haber un motivo.

Con un movimiento lánguido e informal, la mujer cogió una copa de champán de una bandeja que le ofreció un sirviente, sin darse cuenta del estruendo que se adueñaba del corazón de Grace. De la forma en que se agitaba su mente.

—¿Y por qué no? Todo duque necesita una duquesa. —«Elegí el título para convertirte en mi duquesa. Ibas a ser duquesa»—. Está aquí para casarse —dijo.

—Qué aburrimiento —respondió la duquesa.

Grace sentía muchas cosas, pero aburrimiento no era una de ellas. Dios… Ewan había vuelto.

Había vuelto.

Y así, sin más, la tormenta se calmó. Supo lo que debía hacer.

Miró a los ojos de la duquesa.

—Necesito una invitación para ese baile de máscaras.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
10 июля 2025
Объем:
380 стр.
ISBN:
9788418883019
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:
Третья книга в серии "Los bastardos Bareknuckle"
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