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Cómo luchamos por nuestras vidas

Saeed Jones

Traducción de Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent


Primera edición: marzo de 2021

SPANISH LANGUAGE TRANSLATION COPYRIGHTS © 2021 by Dos Bigotes How WE FIGHT FOR OUR LIVES: A MEMOIR COPYRIGHT © 2019 by Saeed Jones

All Rights Reserved

Published by arrangement with the original publisher, Simon & Schuster, Inc.

© de la traducción: Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-122617-5-2

eISBN: 978-84-122925-3-4

Depósito legal: M-1222-2021

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Cómo luchamos por nuestras vidas es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Para Carol Jean Sweet-Jones

Contenido

PRELUDIO

PARTE UNO

I Mayo de 1998 Lewisville, Texas

II Junio de 1998 Lewisville, Texas

III 7 de junio de 1998 Jasper, Texas

IV Verano de 1999 Memphis, Tennessee

PARTE DOS

V Otoño de 2001 Lewisville, Texas

VI Primavera de 2002 Lewisville, Texas

VII Verano de 2002 Lewisville, Texas

VIII Primavera de 2004 Lewisville, Texas

IX Mayo de 2004 Lewisville, Texas

PARTE TRES

X Agosto de 2004 Bowling Green, Kentucky

XI Primavera de 2005 Bowling Green, Kentucky

XII Primavera de 2006 Bowling Green, Kentucky

XIII Verano de 2006 Lewisville, Texas

XIV Septiembre de 2007 Bowling Green, Kentucky

XV 31 de diciembre de 2007 Phoenix, Arizona

XVI Enero de 2008 Bowling Green, Kentucky

PARTE CUATRO

XVII Abril de 2011 Jersey City, Nueva Jersey

XVIII 7 de mayo de 2011 Jersey City, Nueva Jersey

XIX Mayo de 2011 Memphis, Tennessee

XX Junio de 2011 Jersey City, Nueva Jersey

XXI Septiembre de 2011 Barcelona, España

AGRADECIMIENTOS

TÍTULOS DE DOS BIGOTES

Preludio

Elegía con música de mayores

Suena I Wanna Be Your Lover en la radio de la cocina

y, durante un momento, tu madre no es tu madre;

al igual que cuando, si el falsete le sale bien, un hombre negro

vestido con calzoncillos negros no es un maricón, sino un príncipe,

un prodigio; y la mujer que posee tu lugar de nacimiento entre las caderas

bailotea mientras se quema sobre la encimera la orden de desahucio

y mueve el cuerpo como si nunca te hubiera dado a luz.

La voz de la radio suplica: «Quiero ser el único que te haga venir corriendo».

Hay canciones que llevan a las mujeres a sitios a los que los hombres

no las pueden seguir. Dando vueltas, te mira, pero no te ve;

dando vueltas, canta la letra demasiado rápido como para que la sigas;

dando vueltas, no tiene tiempo para preguntas como:

Qué canción es esta, tan desagradable, y dónde ha aprendido mi madre

a bailar así y por qué, y quién es ese desgraciado

con esa voz tan aguda que canta como una mujer

y convierte a tu madre en algo que no es tu madre, sino una mujer,

ni siquiera una mujer, sino una niña negra con el pelo trenzado,

una chica fácil, una piba, una de las Vanity 6, y lo lejos que está de ti

estando aquí mismo, en el mismo salón, bailando con el estribillo

de la canción en la garganta. Y odias la voz que sale de la radio

porque otro mariquita te ha arrebatado los sueños

y ha huido con ellos, y porque eres joven

y no sabes la diferencia entre abandonado y solo,

al igual que el corazón de tu madre no sabrá la diferencia entre

latido y ataque. Dentro de una década habrá muerto, y quizás tú ya sepas

lo que estás perdiendo sin saber cómo, pero por ahora solo eres un niño,

y tu madre es solo una mujer, solo una niña, moviendo el cuerpo,

chasqueando los dedos y con serpientes en la sangre.

PARTE UNO

«Ya que nadie le ha hablado de esos sentimientos, no sabe lo que son. Y, aun así, se siente atraído por ellos, le atrae esa sensación onírica de hacer algo que nunca ha hecho, aun sabiendo, de algún modo, cómo hacerlo».

David Mura

I
Mayo de 1998 Lewisville, Texas

El hombre del tiempo con cara de muñeco de cera del Canal 8 dijo que llevábamos diez días seguidos a más de treinta y dos grados. Día tras día con la camiseta adherida a la espalda por el sudor, el olor del repelente de insectos mezclado con la crema solar pegajosa, el zumbido de las cigarras en el aire, la hierba seca amarillenta crujiendo bajo cada paso y el asfalto hirviendo en las carreteras. No se me pasó por la cabeza preocuparme por la pared de humo blanco que en ocasiones se veía en el horizonte durante aquel verano. Todo parecía ya quemado, muerto o a punto de estarlo.

Yo tenía doce años y acababa de terminar primaria. Casi todos los días, después de que mi madre se fuera a trabajar al aeropuerto, me quedaba en el apartamento, junto a la ventana. Cody y su hermano pequeño, Sam, dos chicos blancos que vivían a unos cuantos bloques de nosotros, siempre jugaban a la pelota en el aparcamiento, pero yo nunca bajaba a jugar con ellos. No se me daba bien lanzar la pelota y hacía demasiado calor para salir y fingir.

Cuando no estaba en mi puesto de la ventana, haciendo como que no les estaba mirando, hojeaba los antiguos libros de bolsillo de mi madre. Por entonces, ya había intentado leer, sin éxito, La isla de los caballeros y El color púrpura. Las frases de Toni Morrison eran como ríos con el fondo turbio. No seguían las reglas que estaba aprendiendo en clase. Cuando me adentraba en ellas, no me veía los pies, de modo que volvía a la orilla. Con Alice Walker no seguí porque, tras solo unas pocas páginas, una chica empezaba a hablar sobre el color de su vagina. Me imaginé que el libro no tendría mucho más que ofrecerme después de eso.

Aquel día lo intenté otra vez. Cogí un ejemplar muy usado de Otro país, de James Baldwin, me senté con las piernas cruzadas en el suelo y comencé a leer. Un hombre triste caminaba por las calles de Nueva York a altas horas de una noche de invierno. Entraba en un club de jazz buscando a alguien o algo, pero no decía por qué.

Los minutos se convirtieron en horas. Negros que se acostaban con blancos. Hombres que besaban a hombres, después a mujeres y luego a hombres otra vez. Cada pocas páginas, levantaba la vista del libro y echaba un vistazo a la puerta del apartamento. Mi madre aún no había vuelto del trabajo, y me daba la sensación de que me metería en problemas si me veía leyendo ese libro. Me fui a mi habitación seguido por Kingsley, nuestro cocker spaniel, y cerré la puerta.

La novela me excitó. No sabía que los libros pudieran hacerte sentir así. Hasta ese momento me había gustado leer, pero lo veía solo como algo que se hacía sin más. Algo bueno, como beber agua en un día caluroso, pero nada especial. Al sostener Otro país en las manos, sentí que en realidad era el libro el que me sostenía a mí. Esa historia triste, sensual y que apestaba a jazz me tenía agarrado por la cintura. Podía introducirme en la escena, quitarme la ropa y meterme en la cama con una de las parejas. Podía saborear sus lenguas.

Cuando llevaba más o menos un tercio de la novela, encontré una instantánea que hacía las veces de marcapáginas. Era una fotografía de un hombre al que no había visto nunca. No se parecía a nadie de mi familia, pero podría haber sido un tío o un primo lejano. Estaba apoyado sobre un sedán con los brazos cruzados y una sonrisa extraña, como si quien estaba detrás de la cámara le hubiera contado un chiste que solo ellos entendían. O quizás era el hombre el que había contado el chiste. Parecía una sonrisa íntima, inapropiada, como una mano que se desliza hacia donde no debería.

Alguien había escrito «Jackson, Misisipi, 1982» en el dorso, aunque podría haberlo adivinado yo solo. El hombre iba vestido como un extra de algún vídeo de Michael Jackson. Llevaba un jersey de punto y unos vaqueros negros desteñidos que le quedaban demasiado apretados. Se le veían los calcetines blancos. Y sabía que estaba en Misisipi por la tierra rojiza que le cubría los zapatos. Una vez, en un viaje a Misisipi que había hecho con mi tía, había visto ese polvo rojo que ensuciaba cada coche, que se aferraba a las paredes de las casas como si la marea lo hubiera dejado allí y que me manchaba los mocasines. «Es lo que tiene Misisipi», me dijo mi tía cuando me vio los zapatos. Yo intentaba quitarme la tierra roja de un pie con el otro todo el rato, pero no hacía más que empeorarlo.

Llegué a la conclusión de que no me gustaba el hombre de la foto. La suciedad de sus zapatos me irritaba, y cuanto más miraba su sonrisa, mayor era la sensación de que me estaba mirando directamente a mí. No a la cámara, en 1982, sino a mí, dieciséis años después. Sonreía como si supiera algo de mí, un chiste que yo no entendía aún.

Cuando mi madre llegó de trabajar, fue directa a la cocina para servirse un vaso de agua de la cantimplora del Walmart. Formaba parte de su rutina. Se bebía el vaso entero de pie delante de la nevera. Luego se metía en su habitación y veía un rato la televisión, oyendo como el hombre del tiempo ofrecía un pronóstico —«más calor»— que ella ya sabía.

Mi madre era guapa, pero parecía estar siempre al borde del agotamiento. Cuando tenía veintitantos, trabajó de modelo durante un tiempo. A veces me dejaba ver las fotos de aquella época, con sus trenzas, con su cuerpo esbelto envuelto en vestidos que había diseñado su hermana, posando en las pasarelas. Ni siquiera una larga jornada de trabajo le arrebataba los colores que se reflejaban en su pelo negro, como plumas de cuervo, cuando le daba la luz de la manera adecuada. Me enorgullecía de su belleza; fue mi primera diva. Incluso cuando la pubertad empezó a destrozarme el cuerpo, me consolaba pensar que venía de una mujer como ella: una mujer que leía tres periódicos al día, que era capaz de hacer reír a todo el que estuviera en la habitación con ella, que metía notitas cada día en mi fiambrera, en las que se despedía con un: «Te quiero más que a nada en el mundo».

Después de trabajar todo el día en el aeropuerto, estaba demasiado cansada para mis preguntas, así que decidí esperar a que se hubiera fumado un cigarro. Después de fumar, estaría lista para hablar.

Me vio la fotografía en la mano cuando me acerqué a ella.

—No tenía ni idea de dónde se había metido esa foto.

La cogió con delicadeza, como si fuera a hacerse añicos si no llevaba cuidado. Se le suavizó un poco la expresión.

—¿Quién es? —le pregunté.

Miró hacia el roble al que daba la ventana del salón. Lo observó durante un buen rato, como si estuviera esperando una señal. Esa clase de momentos me habían enseñado a guardar silencio y esperar a que llegara la respuesta. Cuando era más pequeño, me rendía durante las pausas de mi madre porque creía que la respuesta no iba a llegar nunca. Al final, aprendí que solo estaba poniéndome a prueba para comprobar lo interesado que estaba por averiguarla.

Miré por la ventana con ella y arqueé una ceja.

Mi madre suspiró.

—Un amigo del colegio. Solíamos irnos de viaje en coche juntos de vez en cuando. Una vez fuimos a Jackson.

Volvió a detenerse, aún mirando el árbol. Durante un instante, reinó el silencio tanto dentro como fuera del apartamento, como si el calor hubiera hecho que toda la ciudad contuviera la respiración. Entonces, Cody y Sam empezaron a liarse a gritos en el aparcamiento.

Mi madre frunció el ceño y se giró hacia mí.

—Poco después de aquel viaje, descubrió que estaba enfermo y… se suicidó.

Ya había empezado a caminar hacia la cocina a por más agua, lo cual era su forma de decir que la conversación se había acabado. Hacía demasiado calor. Estaba siendo un día demasiado largo.

Yo quería ver la foto del hombre una vez más. A mí me había parecido un hombre sano. Era joven, de unos veintitantos. ¿Y qué tenía que ver estar enfermo con suicidarse?

—¿Enfermo de qué? —grité, aunque me sentí mal por preguntar.

Había entrado en el hogar de alguien sin su permiso, pero ahora que estaba dentro, no podía evitar curiosear.

—Sida —respondió.

Se fue a su habitación como si nada y cerró la puerta. La oí abrir un cajón y encender la televisión. Traté de escuchar las predicciones del hombre del tiempo, pero el volumen estaba demasiado bajo.

Volví a mi cuarto y saqué Otro país de debajo de la almohada. Tras leer y releer el mismo párrafo varias veces, volví a dejar el libro.

«Sida —pensé—. Joder».

Ni siquiera había mencionado el nombre de su amigo.


No me podía ni imaginar a mi madre diciendo la palabra «gay» en voz alta. Si me la imaginaba moviendo los labios, lo que salía en su lugar era «sida». Pero durante los días posteriores a nuestra conversación sobre la fotografía, sentí la palabra «gay» —o quizás su tan evidente ausencia—vibrando a nuestro alrededor.

Había leído en uno de mis libros sobre naturaleza que existen algunos sonidos que se producen a una frecuencia que solo detectan los perros y algunas radios especiales. Sonidos que solo oyes si estás diseñado para oírlos. Yo oía la palabra como un pitido por encima de cada conversación, a cada instante, porque me pasaba todo el tiempo pensando en ser gay.

La oía como un zumbido en el aire cuando veía a Cody y a sus amigos jugando al baloncesto en el parque, con las camisetas transparentes y pesadas a causa del sudor y los pezones marcados contra la tela. También la oía cuando pensaba en el hombre de la fotografía. Me habría gustado seguir teniéndola, pero habría sido raro pedírsela otra vez a mi madre. Quería ver su sonrisa; pensaba que ahora la entendería mejor.

No me pude sacar esa sonrisa de la cabeza durante tres días, hasta que el gesto se convirtió en una risa, una burla, un aullido. Una mañana, mientras mi madre se preparaba para ir a trabajar, me quedé mirando al techo y cerré los ojos cuando abrió la puerta de mi habitación para dejar que entrara el perro. Siempre que se iba, Kingsley se asustaba y pegaba la cabeza contra la ventana para ver como se alejaba en el coche. Ocurría cinco días a la semana, pero todas las mañanas estaba igual de desesperado, como si ese fuera a ser el día en que se marchara y no volviera jamás.

Con Kingsley ladrando entre los tobillos, me adentré en la habitación de mi madre. La fotografía no estaba en la cómoda, y pensé en revisar los cajones para encontrarla. Pero la última vez que lo había hecho, había encontrado su vibrador. El descubrimiento había sido a la vez el castigo.

Aun así, sabía que había un lugar al que podía acudir para obtener las respuestas que no encontraba en casa. Me puse algo de ropa sin comer siquiera, abrí la puerta del apartamento y la cerré con llave. Kingsley ladraba y arañaba la puerta como si tratara de advertirme de algo.


Al fresco del aire acondicionado de la biblioteca, decidí que no era buena idea preguntarle a la mujer arrugada del mostrador dónde podía encontrar libros sobre ser gay. En lugar de eso, me recorrí despacio cada estantería, ojeando los lomos de los libros, hasta que encontré lo que estaba buscando. El primer libro que me llamó la atención fue uno para padres que lidiaban con hijos gais. La introducción estaba escrita como si fuera dirigida a lectores que tuvieran que hacer frente al diagnóstico de un cáncer en fase avanzada. Volví a dejar el libro en la estantería, con el lomo hacia dentro.

Acabé reuniendo cinco o seis libros y me senté en el suelo con los ejemplares en el regazo. Como cualquier adolescente con experiencia en leer cosas que no debe, miré a ambos lados antes de abrirlos, luego me levanté y cogí un libro cualquiera como distracción. Era uno sobre la «sociología de los niños». Lo dejé abierto en el segundo capítulo y a mano, por si algún conocido pasaba por ese pasillo y necesitaba una coartada.

Mientras leía un libro sobre «definir la homosexualidad», empecé a notar una erección. No es que la escritura fuera sensual, ni mucho menos; usaban un lenguaje anticuado y cortante. Pero, aun así, mi cuerpo respondió.

Aunque eso cambió conforme fui leyendo más libros del montón. Todos los que había encontrado sobre ser gay trataban también sobre el sida. Hombres gais que morían de sida como si fuera una secuencia lógica de acontecimientos, una fórmula matemática, un ciclo vital. Oruga, capullo, mariposa; chico gay, hombre gay, sida. Era innegable. El amigo de mi madre había pillado sida porque era gay. Porque era gay se había suicidado. Porque sabía que moriría de todos modos.

Leí sobre hombres gais abandonados por sus familias al salir del armario. O, peor aún, hombres que no le contaban a nadie que eran gais, incluso cuando las lesiones en la piel comenzaban a brotar como flores terribles. En cualquier caso, parecía que los hombres de esos libros siempre morían solos. Me consoló pensar que mi madre estaba al tanto de la enfermedad de su amigo. Quizás había podido contárselo a la gente de su alrededor. Quizás mi madre era de la clase de persona a la que se lo podías contar.

Cuando me levanté para devolver los libros a la estantería, me di cuenta de que me temblaban las manos. Me sentía como si le hubiera pedido a una vidente que me adivinara el futuro y ahora me estuvieran castigando por intentar ver un futuro demasiado lejano. Sentí alivio al toparme con una ráfaga de aire caliente al salir de la biblioteca.

Pasé por el parque de camino a casa, y los chicos de siempre estaban en la cancha de baloncesto. Camisetas y piel. Observé sus cuerpos, pero solo por un instante. No podía concentrarme. En los gestos de cada hombre, titilantes entre las olas de calor, buscaba el rostro del hombre de la fotografía; buscaba algún indicio de aquella sonrisa, aquella hermosa e imperdonable sonrisa.

II
Junio de 1998 Lewisville, Texas

Cuando Cody me preguntó si quería ir con él y con su hermano al bosque que había cerca de nuestro bloque, yo ya llevaba semanas frotándome contra la almohada y susurrando su nombre entre jadeos.

Estaba en mi habitación, leyendo otro de los libros de la estantería de mi madre —esa vez era la autobiografía de Tina Turner—, cuando Cody llamó a la puerta. Al principio pensé que la invitación sería un truco, el comienzo de alguna broma. Parte de mí seguía pensando lo mismo mientras caminábamos hacia el bosque.

—No te lo vas a creer, tío. El hombre se ha construido una cabaña y todo —me dijo Cody.

—¡Joder! —añadió Sam, que tenía la tendencia de remarcar todo lo que decía su hermano mayor con una palabrota.

Nos detuvimos un momento bajo un árbol de Júpiter gigantesco para aprovechar la sombra. Cody lanzó un escupitajo y volvimos a salir al calor. En realidad, ni aquel loco ni su cabaña me importaban lo más mínimo; lo que me entusiasmaba era estar con Cody.

Aunque estaba esquelético y tenía más granos que yo, Cody era popular en el colegio. Durante la hora del almuerzo podía sentarse donde quisiera (excepto con los chicos negros); yo me sentaba con los de la banda y evitaba, con discreción, sentarme en la mesa de los chicos negros, que se metían conmigo a la primera de cambio. Una vez se pasaron diez minutos metiéndose conmigo por los pantalones chinos que mi madre me obligaba a llevar, y me enfadé tanto que grité «¡Y tú te haces llamar cristiano!», lo que no hizo más que aumentar las risas. Podía entender que Cody hiciera como que no me conocía, como si no nos viéramos cada día en las escaleras de nuestro bloque.

—¡Claro que sí, hostias! —chilló Sam, como si hubiera oído lo que estaba pensando. Cogió una rama del suelo y la levantó por encima de su cabeza como si fuera una lanza. Con los dientes de conejo y las pecas, parecía uno de los niños psicópatas de El señor de las moscas, pero con acento de Texas.

—Baja eso, me cago en todo —dijo Cody, hablando con un chupachups en la mejilla derecha—. No vamos a matarlo, Sam.

El hecho de que Cody tuviera que aclarárselo me preocupó.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —pregunté. Traté de imitar sus acentos, aunque me costaba; al fin y al cabo, era hijo de mi madre.

Cody se detuvo y se acercó tanto a mí que podía olerle el chupachups de manzana en el aliento. Tenerlo tan cerca me puso nervioso, como si fuera a besarle por accidente. Di un pasito hacia atrás.

—Soplaremos, soplaremos y su casa derribaremos —dijo, inclinándose más aún hacia mí. Habló en una voz baja que se debatía entre la amenaza y la seducción.

—Que… ¿qué? —balbuceé.

Cody suspiró y rebuscó en los bolsillos, probablemente en busca de otro caramelo.

—Que nos vamos a cargar la cabaña del viejo ese.

—¡Pues claro, coño!

—¿Por qué? —Me sentí estúpido solo por preguntar.

Los hermanos aspiraron entre dientes al oír la pregunta y se alejaron sin decir ni una palabra, como si les hubiera decepcionado. Yo sabía la respuesta de sobra. Estábamos aburridos. Hacía calor. Y no había nada mejor que hacer que romper cosas.


Nadie lo admitía, pero estábamos nerviosos y poco preparados. Al adentrarnos unos metros en el bosque, nos dimos cuenta de que nuestras deportivas —que ya estaban bastante destrozadas— no eran rivales para las zarzas y los cactus que se ocultaban bajo la hierba espesa. No hablábamos demasiado porque estábamos ocupados haciendo muecas de dolor, evitando espinas y atentos por si veíamos alguna sombra con forma de hombre chiflado. Las ramas de los árboles no tardaron en eclipsar la vista de los edificios de ladrillo. Las cavidades sombrías sustituyeron al brillo del sol. Se oían pájaros y, en algún sitio que no alcanzábamos a ver, el murmullo de un arroyo.

Al fin, llegamos a una zona a pocos metros de la choza, casi asombrados por que existiera de verdad. Una mezcla de tablones de madera, cartón, franjas de metal por aquí y por allá y algunos restos más de chatarra; no parecía que fuera a sobrevivir a la próxima tormenta. Pero también parecía llevar allí más tiempo del que llevábamos vivos nosotros tres.

Nos agachamos detrás de unos mezquites. Cody hizo señas militares inventadas que indicaban que debíamos quedarnos quietos y esperar a que saliera el viejo. Me mordí el labio para evitar reírme de lo serio que estaba. Sam se quitó el zapato e inspeccionó los pinchos que se le habían clavado en la suela.

Cuando Cody decidió que ya llevábamos esperando el tiempo suficiente, aún sin rastro del hombre, me susurró:

—Entra tú.

—Ni de coña.

—Mocoso de mierda.

—¡Que te jodan!

Frustrados y con los ojos como platos, nos insultamos en voz baja hasta que acordamos entrar juntos. Cogí yo también una rama por si el hombre resultaba estar tan loco como pensábamos. Cody me miró como si fuera un cobardica, pero él también se hizo con otra.

Con las armas por encima de la cabeza, preparados para atizar a cualquier cosa que se moviera, nos acercamos con sigilo a la cabaña. Si en ese momento hubiese salido disparado un conejo o una ardilla de entre la hierba, lo habríamos aporreado por puro pánico.

Al rodear la cabaña, sin embargo, la encontramos vacía, excepto por el olor a pis, unos envoltorios de caramelos y unas latas de cerveza. Parecía el escondite de unos niños algo mayores que nosotros, no el de un viejo salvaje.

—Pues vaya mierda —dijo Sam—. Todo esto para nada.

—Sabía que era una chorrada —dijo Cody, aunque había sido idea suya.

Yo ya me había dado la vuelta y había empezado a abrirme paso a través de la hierba alta cuando Sam comenzó a soltar tacos una vez más.

—¡Hostia! ¡Hostia! ¡Hostia puta!

Al principio creí que solo sostenía un montón de periódicos destrozados. Al acercarme, atisbé, justo debajo de la parte de la página que estaba sosteniendo, una mujer con el torso desnudo. Con la cabeza hacia atrás, la boca abierta y los labios pintados. Sam tenía en las manos tres revistas empapadas por la lluvia.

Antes de que me diera tiempo a pronunciar la palabra «porno», Cody ya había salido disparado hacia su hermano. Se abalanzó sobre él para arrebatarle una de las revistas de las manos, pero Sam se tiró al suelo y se las metió bajo la barriga. Cody le dio unas cuantas patadas bien dadas, pero Sam no cedió.

—Que te follen —escupió Sam mientras Cody miraba la rama que sostenía como si estuviera listo para usarla.

—Parad —les dije antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo—. He visto tres.

—¿Qué?

—Que Sam tenía tres revistas.

Cody se agachó de nuevo para darle la vuelta a su hermano, pero Sam no desistía. Tenía la barbilla manchada de barro.

—¡Son mías! ¡Las he encontrado yo! ¡Que os den!

—Me cago en Dios —exclamó Cody. Alzó la rama como si se tratara de un martillo y la rompió sobre la espalda de su hermano pequeño. La rama se partió en dos, y Cody se alejó, como para buscar algo más grande.

—¿Y si las compartimos? —les propuse, vigilando a Cody mientras él comprobaba el peso de otra rama—. Sam, hay tres, ¿no?

—Sí.

—Vale. ¿Y si nos quedamos cada uno con una revista y nos las vamos intercambiando… o algo así?

Sam volvió a apoyar la barbilla en el suelo y le dio vueltas a la idea. Cody, a mis espaldas, había dejado de moverse.

—Las he encontrado yo, así que yo elijo qué revista me quedo primero —dijo al fin Sam.

—Vale —asentí, girándome hacia Cody—. ¿Te parece bien?

—Sí —respondió, dirigiéndose más a la rama que sostenía que a nosotros.

Sam nos obligó a mantener las distancias mientras hojeaba las revistas para decidir cuál de ellas quería. Cada uno tendría la revista durante dos noches, y luego nos las intercambiaríamos.

—Venga ya, coño —gritó Cody.

—¡Que te jodan!

—Sam… —dije, empezando a disfrutar de mi papel como negociador de rehenes.

—Vale, yo quiero la Hustler —afirmó, y nos lanzó las otras dos. Yo cogí la High Society, así que Cody se quedó con la Playboy. Nos metimos las revistas que habíamos escogido bajo la camiseta, sin pensar ni por un momento en lo asqueroso que era eso, y regresamos a nuestro bloque. Ya no nos importaban las espinas. En lugar de decir palabrotas, empezamos a canturrear otras palabras que se usan para referirse al porno. Cuando llegamos a «guarrerías», nos gustó cómo sonaba y sustituyó a todas las demás palabras de nuestra canción. «Guarrerías, guarrerías, guarrerías», susurrábamos de camino a nuestros apartamentos.

Justo donde la acera se dividía en dos, con una parte que conducía a mi edificio y la otra al suyo, le di una palmadita a la revista que llevaba bajo la camiseta y les dije:

—Dos días.

Cody asintió.

—Dos días.

—Guarrerías —añadió Sam.


A oscuras, a solas en la cama con mi ejemplar de High Society, me deslicé bajo las sábanas, pero dejé la luz del armario encendida para poder ver. Mi madre estaba en su cuarto, al otro lado del apartamento, viendo la televisión. Cada vez que oía sus pasos, metía la revista bajo la almohada y fingía estar dormido hasta asegurarme de que no había peligro. Me latía el corazón a mil por hora y después volvía a calmarse.

Pasé las páginas con cuidado, temiendo que la revista se me deshiciera en las manos. Estaban descoloridas y rugosas al tacto. Durante un instante, me vino a la cabeza la imagen de un viejo andrajoso masturbándose en una choza con esta misma revista; intenté apartarla, pero no logré deshacerme de ella. Recorrí con los dedos la superficie de una de las ásperas páginas y pensé en una piel arrugada y descuidada. ¿Había estado siempre ahí el vagabundo, observándonos desde la seguridad de los árboles de los alrededores? ¿Había visto, con la cara pegada a las hojas y a la corteza, como tres niños se adentraban en el bosque, decididos a acabar con hombres que ya estaban acabados tan solo porque era verano, porque el aburrimiento estaba hecho para romperlo, destrozarlo y robarlo? ¿Dónde estaría ahora ese hombre? ¿Habría vuelto a la cabaña a descansar? ¿Vería las estrellas desde donde dormía esa noche?

Volví a intentar apartarlo de mi mente. Lo más seguro es que ni siquiera existiera. Eso fue lo que me dije a mí mismo. Hojeé la revista distraído hasta que llegué a un reportaje de dos páginas que comenzaba con un ama de casa rica que invitaba a su chófer a entrar para tomar una copa de vino.

Me sorprendió encontrar unos reportajes tan sofisticados. Pensé que serían fotos y más fotos de mujeres desnudas posando, pero la revista resultó tener hasta tramas. Las fotos parecían fotogramas de una telenovela en la que cada escena conducía a la misma conclusión inevitable. Una mujer blanca y rica tomando el sol junto a la piscina mientras el chico de la piscina la contempla. Una mujer blanca y rica dándose un baño con todas las joyas puestas mientras su marido se afeita la barba.

Las mujeres, con el maquillaje perfecto y los tacones que no se quitaban en ningún momento, se convirtieron en un borrón. Quien destacaba era un hombre: el chófer. Tenía la piel morena, los ojos verdes y un cuerpo que me hizo desear saber algún idioma extranjero. Por suerte, la página en la que aparecía él no estaba descolorida ni estropeada por la lluvia. Con la chaqueta negra puesta, y nada más, se reclinaba en un sillón mientras el ama de casa se arrodillaba ante él. Ella posaba de lado, con las piernas extendidas de un modo imposible.

Hay algo especial en poder estudiar el cuerpo de otro hombre. No una miradita, ni un vistazo a escondidas, ni fingir que estás mirando hacia otro lado, sino poder contemplarlo sin necesidad de protegerte. En una ocasión, en el colegio, en clase de Educación Física, estábamos todos sentados en el suelo del gimnasio mientras el entrenador nos enseñaba a lanzar un tiro libre. Apuntaba siempre hacia la esquina superior derecha del tablero y tiraba una y otra vez para demostrar la técnica. Tyler, un chico que estaba sentado cerca de mí, tenía las piernas cruzadas y llevaba unos pantalones de fútbol. Recorrí con la mirada sus muslos desnudos hacia arriba hasta que descubrí que los huevos se le habían salido de los calzoncillos holgados que llevaba. Tenían un color rosado y parecían suaves, aunque con algo de vello. Quería seguir mirando —quería verlo todo de él—, pero me obligué a girarme hacia el entrenador, que seguía lanzando tiros libres perfectos, uno tras otro. Durante el resto de la clase, los ojos se me seguían yendo hacia Tyler, y me obligaba a apartar la vista un segundo después. Un último buen vistazo, eso era lo único que quería. Evidentemente, no era lo único que quería. Pero era lo único que quería hasta que lo consiguiera.

En la cama, con el ejemplar mugriento de High Society, podía contemplar el cuerpo desnudo del chófer en su totalidad y durante todo el tiempo que quisiera. A veces posaba como si me estuviera mirando; otras, miraba al ama de casa a los ojos. Sus cuerpos estaban conectados. Sabían que no estaban solos. En una de las fotos, la mujer posaba con una sonrisa socarrona que me recordó, durante un instante, a la expresión de un hombre que ya había visto antes. «Me has vuelto a pillar», imaginé que decía, justo antes de volver a agacharse.


Con la revista metida en la parte delantera de los pantalones, volví a quedar con Cody y Sam en la acera que separaba nuestros edificios. Después de que se acercaran, fui a sacar la revista, pero Cody levantó la mano para que me detuviera.

—Aquí no. Vamos a nuestra casa. —Al verme la incomprensión en la cara, añadió—: Es más seguro.

No sé qué aspecto pensaba que tendría su apartamento, pero los tapetes, las pantallas de las lámparas de color rosa y los animales de porcelana me descolocaron. Supongo que pensaba que el apartamento se parecería a Cody y a Sam, que tendría una decoración acorde a las camisetas de deporte manchadas, los vaqueros desgastados y las Vans. Cuando hice un amago de coger un elefante blanco de porcelana, Cody me miró como si estuviera a punto de pegarme, así que lo dejé donde estaba y le seguí hasta su habitación.

Sam se desplomó sobre la litera y se sacó la revista de debajo de la camiseta.

—¿Cuál quieres? —preguntó, hojeando su ejemplar de Hustler por última vez. Entreví a una mujer sin sujetador arqueando la espalda. Sin perlas ni copas de champán a la vista.

—Quiero la Playboy —respondí mirando a Cody. Él se encogió de hombros y me la dio. Pasé las páginas de la revista y fingí no estar decepcionado ante el hecho de que hubiera tantos artículos y ni un solo hombre desnudo. Cody fingió no mirarme.

—Demasiadas palabras —dijo Cody mientras le daba mi ejemplar de High Society a su hermano a cambio de la Hustler—. Pero, eso sí, unas tías que no están nada mal.

Todos nos quedamos en silencio durante un instante, mientras pasábamos las hojas de nuestras revistas. Puesto que Cody estaba de pie delante de mí, no tenía que apartar demasiado la vista de mi Playboy para ver el bulto que se le empezaba a formar en los pantalones, cada vez un poco más grande. Quería la respuesta a la pregunta que estaba floreciendo. Cuando levanté la vista, Cody estaba mirándome.

—¿Listos? —preguntó con los ojos, intensos e inescrutables, clavados en los míos.

Me metí la revista en la camiseta y me dirigí hasta la puerta principal sin abrir la boca. Los ojos de Cody se me clavaron en la espalda como puñales hasta que llegué al salón. Ninguno de los dos se tomó la molestia de acompañarme. Conocía el camino. Su apartamento tenía la misma disposición que el mío.


Cuando llegó el momento del siguiente intercambio, quedé con ellos en la puerta de su apartamento. Cody abrió, pero me detuvo antes de que pusiera un pie dentro.

—Fuera —dijo. Sam sonrió con superioridad.

Retrocedí, fingiendo que no sabía o no me importaba el motivo por el que no me querían dentro de su casa. Caminamos hasta llegar al lateral del edificio, donde unos arbustos altos ocultaban los equipos de aire acondicionado.

—Venga —dijo Cody mientras se sacaba la revista de la camiseta. Sam asintió, aún con la sonrisa de superioridad marcada en su cara rosada.

—Quiero la Hustler —les dije, intentando encarrilar de nuevo aquel momento.

—Muy bien. —Se detuvo, miró a Sam y me miró a mí—. ¡Ahora!

Cody me arrancó la Playboy de las manos y ambos echaron a correr; sus camisetas blancas se convirtieron en borrones que se alejaban de mí. Corrí tras ellos antes siquiera de darme cuenta de lo que hacía. Los hermanos estaban huyendo hacia su apartamento con las tres revistas. Al principio, les perseguí porque pensaba que estaban haciendo el tonto y estaba seguro de que pararían en cualquier momento. Pero luego me di cuenta de que iban en serio.

—¡Cabrones! —grité.

Vi un bate de béisbol de plástico sobre la hierba y lo recogí sin detenerme. Justo cuando Cody acababa de llegar a la puerta de su apartamento, y Sam se encontraba tan solo a unos pocos pasos de él, levanté el brazo y le di con el bate con todas mis fuerzas. Golpeé a Sam justo encima de la oreja derecha, pero consiguió colarse en el apartamento y cerró de un portazo.

Fuera, a solas, bateé con fuerza contra la puerta cerrada. Estaba bañado en sudor. Desde el otro lado se escapaban risas. Empecé a golpear con violencia, como si el bate fuera un hacha y la puerta, leña. Entonces, justo cuando estaba a punto de caer rendido, Cody dio un golpe desde dentro y gritó:

—¡Maricón!

Golpeé la puerta con el bate y se partió en dos mitades negras inútiles. Me lie a puñetazos con la puerta hasta que me dolieron los puños y se me entumecieron. Seguí incluso cuando escuché a los hermanos reírse una vez más antes de alejarse de la puerta. Finalmente, me dejé caer al suelo. No sé cuánto tiempo me quedé sentado en su felpudo, con las rodillas contra el pecho.

«Nunca ibas a ser uno de ellos», dijo el rayo en mi hombro. «Estúpido, estúpido, estúpido», respondieron los truenos de mis puños. Sentía como si me hubieran partido en dos. Y la voz de Cody resonaba en mi cabeza.

«¡Maricón!».

Casi me sentía aliviado: por fin alguien lo había dicho.

III
7 de junio de 1998 Jasper, Texas

Tras una larga jornada de trabajo, James Byrd Jr., un hombre negro, accedió a que tres hombres blancos le acercaran en coche a casa. Tres supremacistas blancos, como descubrió demasiado tarde. Le dieron una paliza, le encadenaron a la parte trasera de la furgoneta y le llevaron a rastras durante más de un kilómetro a través de un camino rural desierto. Jasper, donde Byrd había vivido y muerto, está a cuatro horas en coche desde el salón en el que mi madre y yo nos encontrábamos aquella tarde.

Separados por un silencio abrumador, mirábamos cómo la boca del presentador de las noticias se transformaba y se torcía en busca de la forma apropiada para pronunciar la palabra «descuartizado». No recuerdo si entonces nos miramos, después de que mi madre cogiera el mando del televisor y lo apagara. Ojalá lo recordara. Espero que lo hiciéramos. Me gustaría creer que juntos fuimos capaces de ponerle nombre al miedo que anidó en nosotros aquella húmeda tarde.

Yo era la clase de niño que coleccionaba piedras. En la cama, siempre tenía al alcance de la mano un libro rojo de mitología griega «para niños», al lado de una libreta de, bueno, no poemas, pero sí frases sueltas que anotaba cuando me cansaba de repetírmelas a mí mismo. Aquella noche, cuando me fui a la cama, en vez de coger mi libreta, rebusqué en mi colección de piedras hasta que encontré mi trozo de jaspe. La piedra pulida era suave al tacto y de color rojo óxido. Vi la imagen de tres chicos con ramas en las manos, dando pisotones mientras se adentraban en el bosque. Durante un instante no fui tan inocente. No estaba aterrorizado; más bien sentía que yo mismo podía encarnar el terror. Durante un instante, fui el lobo al otro lado de la puerta. Pero entonces volví a ser un niño negro en Estados Unidos, tumbado en posición fetal sobre la cama, con una piedra del color de la sangre en las manos y el golpeteo de las cadenas zumbándome en los oídos. En silencio, atormentado e impotente.

Al igual que algunas culturas tienen cien palabras para decir «nieve», debería haber cien palabras en nuestro idioma para todas las formas en las que un niño negro puede permanecer despierto por la noche.

IV
Verano de 1999 Memphis, Tennessee

Mi madre, soltera y con dos trabajos, me enviaba todos los años a Memphis para que me quedara con mi abuela durante la segunda mitad del verano. Los adolescentes consumen electricidad, neveras llenas, despensas y paciencia, y mi madre no se podía permitir esos gastos cuando yo no iba al colegio.

Durante esas visitas de verano, mi abuela me llevaba a la Iglesia Bautista Ebenezer todos los domingos. Me presentaba ante sus amigas como «Saeed, mi nietecito de Texas». Ellas se agachaban mientras se sujetaban los sombreros extravagantes que se ponían para ir a la iglesia y, con la otra mano, me daban un caramelo de fresa. Solían decir: «Muchacho, te conozco desde antes de que tu madre pensara en tenerte», o a veces solo «Muchacho, te conozco de toda la vida». Adoraba escuchar esa frase tan a menudo.

Pero en el verano de mis trece años, algo cambió. Mi abuela empezó a ir a una iglesia nueva, una con una vena evangélica muy fervorosa. Dejó de presentarme como su nietecito y empezó a decir: «Este es mi nieto, Saeed. Su madre es budista». La primera vez que lo oí, pensé que estaba de mal humor, que tal vez el calor le había arrebatado parte de la calidez que siempre oía en su voz. Después volví a escucharlo una y otra vez… Ese mismo tono seco y monótono, como si no supiera, o no le importara, que semejante frase pudiera levantar ampollas en el santuario de cualquier iglesia del sur.

Mi madre llevaba practicando el budismo desde los veintipocos, mucho antes de que yo fuera siquiera una idea, de modo que resulta complicado explicar por qué todo cambió aquel verano. Hasta ese momento, sus diferencias religiosas no me habían parecido motivo de tensión real en la familia. Mi madre era budista; mi abuela y mi tío eran cristianos. En Texas, iba a reuniones budistas con mi madre; en Memphis, iba a la iglesia con mi abuela. La primera vez que escuché «Su madre es budista», observé a mi abuela por el rabillo del ojo, intentando leerle la mente. No vi nada. Era como leer un código desconocido. Yo, por otro lado, era todo mayúsculas. Quizás me hubiera pasado el verano así de todas maneras. Con los brazos cruzados, esperando algún motivo por el que poner los ojos en blanco, y con una mano que siempre encontraba la forma de llegar hasta la cadera.

Una tarde, sentado en el salón, mi abuela me miró desde la otra punta de la habitación y retomó una conversación que yo ni siquiera era consciente de que había empezado.

—Mundanal. Así es tu comportamiento últimamente —anunció. Después siguió con su novela de Pat Robertson. La palabra había permanecido en su lengua como una gota de ácido—. Mundanal.

Un cura evangelista visitó la iglesia de mi abuela durante aquel verano y predicó sus sermones con asiduidad durante gran parte del tiempo que estuvo en Memphis. Parecía que lo único que decía era que teníamos —¿teníamos?— que salvar a tanta gente como fuera posible de las llamas del infierno. La sangre de todos nuestros seres queridos que no consiguiéramos salvar mancharía nuestras manos el día del Juicio Final.

En vez de ir a la iglesia solo los domingos, como antes, mi abuela y yo íbamos tres o cuatro veces a la semana. Al principio, de camino, nos pasábamos por casa de mi tío para recoger a mis primos, que iban a la misma iglesia. El tío Albert era un hombre de Dios. A veces lo observaba mientras hablaba con su mujer y sus hijos y juro que lo veía relacionar sus decisiones con los versículos exactos de la Biblia por los que se guiaba. Admiraba ese sentido de la determinación, pero al mismo tiempo me parecía, bueno, bastante agotador. Aunque me caía bien, por norma general intentaba mantenerme alejado de Albert, ya que por entonces ya sabía yo que encontraría el modo de no estar a la altura de todos esos versículos de la Biblia.

A medida que pasaban las semanas, me di cuenta de que mi abuela y yo éramos los únicos que llenaban el banco de la iglesia, día tras día. Ni mi tío, ni mis primos. Ahora lo veo claro. Yo necesitaba ir a la iglesia de un modo distinto al de mis primos. Yo era la sangre que manchaba sus manos.


Una noche, al volver de la iglesia, fui a bañarme en la piscina comunitaria que había frente al parking del apartamento de mi abuela. Estaba oscuro, por lo que no había niños pequeños chapoteando. Salvo por los pocos adultos que bebían cerveza alrededor de las mesas del jardín, tenía toda la piscina para mí. Me pasé casi todo el tiempo agarrado al borde de la parte honda mientras me estiraba y movía las piernas. Me hacía sentir largo. Cuando se puso el sol, me di la vuelta boca arriba para poder contemplar las estrellas.

Cuando mi abuela me llamó por primera vez, creí que ya era la hora de la cena. Pero cuando me llamó por mi nombre completo —el primero, el segundo y el apellido—, salí del agua de golpe. Venía a paso rápido desde el apartamento hacia la piscina.

—Sedrick Saeed Jones —gritó de nuevo, estirando las sílabas hasta convertirlas en algo que solo mis oídos podían reconocer como mi propio nombre. Jadeaba cuando llegó a la verja—. Sal de la piscina y métete en casa. Ahora mismo.

Los adultos que bebían en el jardín dejaron escapar una risita. Mientras me enrollaba la toalla alrededor de la cintura y caminaba hacia la puerta, los engranajes de mi cerebro giraban como los de un reloj roto, intentando adivinar en qué lío me había metido y qué tenía que decir para salir de él. Cuando llegué a la puerta de la zona de la piscina, se dio la vuelta sin dirigirme ni una sola palabra y se encaminó de nuevo hacia la casa conmigo detrás.

Entré en el apartamento y cerré la puerta trás de mí. Al darme la vuelta, me encontré a mi abuela en el pasillo con el recorte de una revista arrugada en un puño que no dejaba de temblar. No podía apreciarlo en detalle, pero no me cabía la menor duda de lo que era. Antes de marcharme de Lewisville, había hojeado la pila de ejemplares de Vogue de mi madre y recortado todas las imágenes de hombres sin camiseta que había encontrado. Mi recorte favorito pertenecía a una retrospectiva de anuncios de Calvin Klein icónicos en la que aparecía una fotografía enorme de Mark Wahlberg apoyado contra un muro de ladrillos y en la que solo llevaba una gorra de béisbol y unos Calvin Klein blancos. Pensaba que había sido listo al guardar los recortes dentro del libro de mitología griega.

—¿Y esto? —dijo. Era una pregunta que sabía que era mejor no responder—. No. No. No. —Las palabras provenían de algún lugar profundo de su ser. Cada una de ellas más parecida a un rugido que a una palabra—. No. No. No. No.

Vi que hacía una bola con los recortes y la arrojaba a la papelera. Entró dando pisotones en el salón, se detuvo frente a la mesa de centro, me cogió de la mano y tiró de mí hacia la moqueta, a su lado.

—No quiero nada mundanal en esta casa. Vamos a rezar ahora mismo.

Me arrodillé a su lado, junté las manos, mojadas y arrugadas, y cerré los ojos con fuerza. Tenía la cabeza repleta de pensamientos, y ninguno de ellos era una disculpa.


Un par de veranos antes había tenido un encontronazo con mi abuela. En retrospectiva, podría parecer un disparo de advertencia. Estábamos paseando por el centro comercial Southland cuando, de repente, se dio la vuelta y me dijo que dejara de sujetar los libros «como una chica». Ni siquiera me acuerdo de por qué llevaba una pila de libros, pero ahí estaban, tres libros delgados que tenía apretados contra el pecho, protegidos por mis brazos cruzados.

—Bueno, pues dime cómo llevan los chicos los libros —le discutí. Y, sin darse la vuelta para mirarme, ni detenerse, mi abuela me cruzó la cara con el dorso de la mano. Recuerdo sentir el aire vibrar entre nosotros. Las puertas automáticas que teníamos delante se abrieron con un zumbido y con la repentina mezcla del aire acondicionado del centro comercial y el calor pegajoso del exterior. Las atravesó y se detuvo en el borde de la acera, esperándome bajo la fulminante luz del sol.

Yo me quedé plantado en la entrada del centro comercial, boquiabierto, con los libros apretados contra el pecho. Ese mismo año había aprendido a revestir mis frases con sarcasmo y tenía respuesta para todo. Pero en aquel momento no me salían las palabras. Ni siquiera podía farfullar.

La bofetada me había pillado desprevenido; aquello no era propio de mi abuela, que a menudo me parecía demasiado callada para su propio bien. ¿Me equivocaba al pensar que la conocía? ¿De qué otro modo podía explicarse el escozor que sentía en el lado izquierdo del rostro?

Levanté la mano, me toqué la mejilla y sonreí ligeramente, como un chiflado. Al darme cuenta de que no iba a pedirme perdón, y de que tan solo podíamos permanecer allí unos pocos segundos más antes de que la gente empezara a mirarnos, eché a andar de nuevo. Las puertas automáticas se abrieron y caminé a su lado mientras nos adentrábamos en el calor.


El día después de que mi abuela me obligara a ponerme de rodillas para rezar con ella, tomé una decisión. Mi abuela llamaría a la puerta en cualquier momento para anunciarme que era la hora de prepararse para ir a la iglesia. La misa de los miércoles por la noche empezaba a las 18:30, y ella querría evitar el atasco de la hora punta. Por eso, era cuestión de tiempo que viniera a despertarme de la siesta. Yo ya estaba despierto, pero me había dado la vuelta, dándole la espalda a la puerta, confiando en que pensara que seguía dormido y me dejara tranquilo.

Un compañero de clase me había dicho que las personas respiran más despacio cuando duermen, de modo que aguanté la respiración, intentando controlarla. Estaba tan concentrado que la sangre se me subió a las orejas. Oía mi propio pulso. Lo oía todo: los petirrojos del álamo que crecía junto a la ventana, los niños que chapoteaban en la piscina, a mi abuela fregando los platos, a mi abuela guardando los platos, a mi abuela apagando la televisión, a mi abuela caminando hacia el cuarto de invitados en el que yo fingía estar dormido.

Abrió la puerta sin llamar.

—Hora de levantarse, Saeed —pronunció las palabras con un suave canturreo. La sentía de pie junto al marco de la puerta, observándome. Sabía que estaba fingiendo.

—Saeed, levántate. —Ya no canturreaba.

Sin darme la vuelta, sin apartar la mirada de la ventana, le dije:

—No voy a ir.

Le había dado unas cuantas vueltas. «No quiero ir» habría quedado como un lloriqueo. «No me obligues a ir» habría quedado como una súplica. Quería que me tomara en serio, así que pronuncié las palabras con la mayor lentitud y firmeza posibles.

Cambió el peso de un pie a otro. No recordaba si de verdad había pronunciado las palabras en voz alta o si solo lo había hecho en mi cabeza, así que las repetí. Esperaba que, por una vez, cuando abriera la boca, surgiera de ella la voz de un hombre:

—No voy a ir.

Se acercó a la cama y se quedó de pie a mi lado.

—Sal de la cama.

Hice todo lo que pude para decirlo sin que me fallara la voz, sin lloriquear:

—No.

Con un movimiento ágil, mi abuela agarró las sábanas y las arrancó de la cama. Como si se tratara de un mago que retiraba el mantel sin que se cayera la vajilla de la mesa. Me di la vuelta para mirarla. Teníamos el mismo brillo en los ojos.

Y supe que aquello era el fin. Iría a la iglesia. Me sentaría a su lado. No nos miraríamos. Yo apretaría los dientes al oír la voz del cura. Pondría los ojos en blanco al escuchar las oraciones de mi abuela.

Me observó mientras salía de la cama e iba hacia el armario. Me vestí en silencio. Mi abuela no abandonó la habitación hasta que tuve los zapatos puestos.


Aquella noche, al terminar la misa, el cura se bajó del púlpito y extendió los brazos. No veía su sonrisa. Le veía la grasa de la nariz y las perlas de sudor en el cuello. Siempre hacía lo mismo. Se quedaba de pie con los brazos abiertos hasta que alguien, sollozando en alto, se acercaba a él.

—Acercaos al púlpito y recemos juntos.

Habló con el mismo tono que había empleado durante las últimas semanas, tres noches por semana. Intentaba que todo aquello pareciera espontáneo, como si hubiera estado ahí de pie y, de repente, hubiera sentido nuestra necesidad de rezar.

Había empezado a cogerle un gusto extraño a aquel momento porque implicaba que la celebración estaba a punto de terminar. Pronto, mi abuela y yo estaríamos en el coche de vuelta a casa. Nuestras miradas se encontraron, y me di cuenta de que le brillaban los ojos, como si estuviera a punto de llorar. Tenía la mano apoyada sobre la mía. Me estaba dando la mano. Pensé que iba a acercarse y a disculparse. Le sonreí.

Tiró de mí para ponerme en pie. Me ardía todo el cuerpo y me quedé paralizado. Estábamos caminando hacia el frente de la sala. La gente estiraba el cuello para vernos cuando pasábamos por su lado. Aplaudían y decían amén. Intenté apartarme, pero mi abuela no me soltaba.

Cuando llegamos al púlpito, el cura estaba limpiándose el sudor de la cara con un pañuelo. Se arrodilló, y mi abuela tiró de mí hacia el suelo para que lo imitásemos. Volví a sentir ese mismo sobrecogimiento con el que, años atrás, me había llevado la palma de la mano a la mejilla escocida. En esta ocasión, sin embargo, ese sentimiento se convirtió en una nueva especie de calor. Podría haber incendiado la habitación entera.

—Este es mi nieto Saeed. Su madre es budista.

El cura asintió con la cabeza, como si aquello fuera lo único que necesitaba saber sobre mí: no que agarraba los libros como una chica, ni que era mundanal, ni que coleccionaba imágenes de hombres desnudos del mismo modo en que antes coleccionaba piedras. Empezó a rezar en voz alta para que toda la iglesia pudiera escucharlo.

—Dios santo, escúchame rezar por uno de tus corderos. Su madre ha elegido el camino de Satanás y ha decidido arrastrarlo con ella.

Me estaba mareando. Me sentía como si todas las luces de la habitación estuvieran dirigidas hacia mí. No dejaba de pensar en qué aspecto tendría, de espaldas, para la gente que estaba sentada en los bancos de la iglesia. Con la cabeza inclinada, seguro que parecía que estaba llorando. Quería darme la vuelta y gritar que yo no era culpa de mi madre.

—Contraataca, Dios. Haz que esa mujer sufra.

Me impactó oírlo decir «esa mujer». Deseé poder controlar el fuego que me abrasaba y aferrarme a él durante el tiempo suficiente para gritarle a ese señor: «¿Quién coño te crees que eres? ¡Más te vale no hablar de mi madre!». Pero no pude. Mantuve la cabeza gacha, aturdido y callado. Sentí que me temblaban las rodillas, como si estuviera a punto de caerme.

—Que recaigan sobre ella todas las dolencias y enfermedades posibles, hasta que se derrumbe bajo el peso del Espíritu Santo.

Giré un poco la cabeza y observé a mi abuela. Mi madre tenía problemas de corazón. Cuando yo tenía cincos años, mi madre estuvo en una lista de espera para un trasplante de corazón. Mi abuela era consciente de todo eso. Conocía el corazón de su hija. Mantenía la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Tenía el ceño fruncido, pero no sabía si era por mí o por él. Por el hombre que estaba maldiciendo a su hija. ¡A su hija! El cuerpo que unía el suyo con el mío.

—Muéstrale tus plagas y salva a este niño. Amén.

—Amén.

El cura terminó y mi abuela le dio las gracias en voz baja. Yo no sabía qué decir, así que me quedé mirándola con la boca y los ojos muy abiertos, desconcertados, punzantes. Me cogió de la mano y me dio unas palmaditas, y después, poco a poco, se puso en pie. Le costó un poco levantarse —nunca olvidaré ese ligero tambaleo—, así que la ayudé a incorporarse. Durante un instante, mi abuela volvió a transformarse en ella misma; volvió a ser tan solo una anciana negra, afable, mansa, incluso. Entonces se rompió el hechizo. Buscó algo en el bolso, encontró las llaves y se bajó del púlpito sin siquiera mirarme. Vi como, uno tras otro, todo el mundo le daba palmaditas en la espalda y le estrechaba la mano mientras recorría el pasillo y se dirigía hacia la salida.

No recuerdo haberla seguido. En ese instante, el recuerdo empieza a titilar como un rollo de película roto. Se quema hasta quedarse en blanco y luego aparecemos en el coche de mi abuela.

Íbamos con las ventanas bajadas porque el aire acondicionado llevaba todo el verano roto. Una corriente se infiltró en el coche y se marchó como si supiera que le convenía dejarnos a solas. Yo no apartaba la mirada de la carretera que teníamos delante; las líneas amarillas se sucedían mientras me aferraba a lo único esperanzador de aquella tarde: que el verano terminaría y que yo me marcharía de Memphis. Que nunca volvería allí, que nunca volvería a pasar un verano con mi abuela. Era un hecho tan palpable como el silencio que nos envolvía.


Al echar la vista atrás, creo que ella también era consciente de la velocidad a la que me estaba alejando de ella. Es posible que lo hubiera sentido durante todo el verano y que las visitas a la iglesia fueran un último recurso desesperado para aferrarse a mí, a su «nietecito de Texas», que ahora se había vuelto «mundanal». Ojalá hubiera sabido que, en realidad, de un modo u otro, las cosas iban a ser siempre así entre nosotros. Precisamente porque mi abuela me quería —me quiere—, intentaba mantenerme bien agarrado hasta que me dolió tanto que no tuve más remedio que liberarme de ella por la fuerza.

Las personas no somos como somos porque sí. Sacrificamos versiones anteriores de nosotros mismos. Sacrificamos a las personas que se atrevieron a educarnos. La identidad parece no existir hasta que puedes decir «Ya no te pertenezco». Mi abuela y yo, sin saberlo, seguíamos al pie de la letra un guion que alguien ya había escrito para nosotros. Una mujer educa a un niño hasta convertirlo en todo un hombre, amándolo con tal intensidad que su dedicación termina por resultar repulsiva.

Callado, al lado de mi abuela, en ese viaje en coche de veinte minutos que habíamos recorrido en tantas ocasiones a lo largo del verano, sentía que la distancia entre nosotros aumentaba, pero en ese momento no era capaz de entenderlo. En su lugar, un sentimiento de certeza enraizó en mí.

Me prometí a mí mismo: aunque para ello tuviera que convertirme en un extraño para mis seres queridos, aunque tuviera que guardar secretos, tendría mi propia vida.

Es posible que, a pesar de todo, mi abuela tuviera razón sobre mí. Mundanal: «Perteneciente o relativo al mundo como sociedad humana, con sus placeres y vanidades».

Pues claro que quería ver mundo, experimentar al máximo todo lo que nos ofrece. Quería ser una parte auténtica de él, en vez de la sombra pasajera que me sentía a menudo. Quería comerme el mundo.

Me quedé sentado, ardiendo por dentro, intentando comprender esa nueva identidad radiante y siniestra. Me sentía peligroso, perverso, incluso.

Si esta era la sensación de la que hablaba mi abuela, no estaba seguro de poder sobrevivir a ella, después de todo.

Pero no podía contar con mi abuela —ya no— para ponerle nombre a lo que fuera que se estaba abriendo camino en mi interior. Así que seguimos conduciendo, una anciana y su nieto, juntos y aislados, pasando una última tarde de verano preciosa en Memphis.

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