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Rosario Costa

El vuelo de las golondrinas


Costa, Rosario

El vuelo de las golondrinas / Rosario Costa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-14-4

1. Relatos Personales. I. Título.

CDD 808.883

© 2022, Rosario Costa

Primera edición, febrero 2022

Diseño y diagramación Lara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Ilustraciones Cami Macca

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

info@pampublicaciones.com.ar

www.pampublicaciones.com.ar

A mis raíces y al pabellón, mi familia ampliada.

Con amor,

Saio

Prólogo
De cuando aprendí a manejar

Nueve años es la edad en la que, con certeza, todos debemos poner en marcha nuestra autonomía, al menos así es en mi familia.

En esta casa, el género no categoriza. Mamá es la mejor tirando al blanco con el aire comprimido y la única que manejó, a sus doce años, un camión con acoplado.

Mi familia no es una familia tipo, pero sí “mi tipo de familia”. Cálida, despierta, activa y, sobre todo, con una gran capacidad de amar, disfrutar y reír. Incluso cuando la vida da mil motivos por los cuales llorar.

Como buena hija aprendí a manejar a los nueve, en el Gol azul de papá, sin alcanzar los pedales y temiendo por las personas que pudieran aparecer en el estacionamiento del Hipódromo, a las siete de la mañana de un domingo. Claro, eran muy pocas.

Sin embargo, no fue hasta los diecisiete años cuando empecé a manejar en la ruta. En esto último, tardé más que mis hermanos. Supongo que me refugié en ser la “pichona” del hogar. Aunque tenía sus muchas desventajas, me llenó de “mal-crianzas”.

Al fin, llega mi revolución y demando a papá llevarme a la ruta sin tanta cháchara.

Nos dirigimos a un pueblo vecino a Lincoln, donde también crecí, y digo también porque en realidad fui criada en la ciudad.

Nos toca visitar el campo donde papá trabaja. Es mi cuarta o quinta vez en la ruta, pero la distancia es bastante más larga.

Hablamos. Suena Sui Generis. De vez en cuando aparece un semáforo, esos insólitos semáforos que indican que la velocidad debe reducirse a sesenta kilómetros por hora cuando no hay manera de bajar a menos de cien kilómetros por hora sin que a uno lo atropellen.

Aprovecho el viaje, el momento, y bajo la ventanilla para que el aire fresco de un día nublado me llene de amor. El viento es el elemento que me permite escuchar a mi hermano, supongo que por la capacidad que lo caracterizó de hacerse sentir en todos lados. Quizás ese también sea el motivo por el cual elijo viajar para sanar, para sentirlo un poco más. E ir momento a momento sin perderme la letra chica del texto.

Papá ensilla el mate. Aún guarda en la guantera, justo al lado del cuchillo con mango de cuero hecho a mano que todos recibimos llegados los dieciocho años a cambio de una moneda, aquella linternita que compró en la calle, esa que le permite cebar incluso cuando está anocheciendo, sin molestar al conductor. Casi siempre, “el conductor” somos nosotros, aprendices de su arte.

Es el tercer mate, la música sigue sonando hasta llegar a “Rasguña las piedras”, y hoy no abundan las palabras, sí la música.

Sonrío.

Faltan solo cien kilómetros para llegar a destino y sé que vamos bien porque las indicaciones se limitaron a unas treinta señas con las manos que vienen en combo, pues se reducen a: “dale, avanzá”, “aflojá la pata”, “acá girá”, “atenta velocímetro”, junto con algún que otro monosílabo para nada expresivo, que son más que habituales en papá y demuestran que todo está en su lugar.

Suena el teléfono. Mamá habla del otro lado en el altavoz del auto, curiosa por mi performance.

—¿Y? ¿Qué me contursi? ¿Se defiende?

—¡Bastante bien, eh! —contesta papá confirmando mi intuición—. Ya estamos por llegar, te llamamos cuando estemos saliendo, que está chispeando un poco.

Pero, como por arte de magia, el cielo empieza a cerrarse y, justo cuando estamos por adentrarnos en el último tramo, la llovizna que apenas mojaba se convierte en diluvio. Si bien la fe en mí no es poca, en este momento mi suelo parece tambalearse. Frenar no es una opción.

A papá, sin embargo, no se le mueve un pelo. Tiene el inmenso poder de confiar.

—Vos, tranquila. Siempre que llovió, paró —dice incentivándome a seguir, con la expresión tranquila.

Hoy, en lo que parece una inmensidad de años después, puedo afirmar que siempre que llovió, paró.

Y un arcoíris, al fin, se dibujó.

La perla: mi pequeña y sus caracoles

No es que me voy, es que la vida me lleva.

No es que me voy, es que mi viaje me eleva.

LOLITA

Los Mirasoles, enero de 2002

Ojalá pudiera congelarme en este lugar por siempre; tendría el ruido del mar donde quiera, y podría llamar a todos los ángeles de la Tierra.

Me despierto en un sueño, el día está increíble, la casa de Los Mirasoles hace que todo sea perfecto. Hay olor a tostadas con manteca. Escucho los pájaros desde la habitación, la paz me invade. La playa y el bosque… podría seguir escuchando por horas, pero mi corazón está saltando por salir a sentir la sal.

Tengo cinco a seis años. Es el origen. Corro a la galería: son todas casitas parecidas, tal vez, en unos días incluso lleguen el Turco Juan y la Rusa. Hay un jardín que todos compartimos, digo jardín porque ahí es donde todos los nenes juegan juntos, pero en realidad es un jardín de arena, y a unos pasos hay un bosque y la entrada a la playa. Un jardín con más arena y un mar enorme.

Mi pasatiempo favorito es andar a caballo, aunque acá me gusta mucho juntar caracoles.

—Papá, mi tostada con manteca y dulce de leche, por favor.

Intento acomodarme en esas sillas siempre mucho más altas que yo.

—Bueno, bueno, sentate bien, reina, te vas a enchastrar toda —dice mientras me alcanza comida, señalando con la cabeza mis piernas despatarradas por la mesa.

—¡Ay! ¡Pero estoy incómoda!

Quedarme quieta me resulta aburrido y sentarme bien, molesto. ¿Será que no se dan cuenta de que no puedo ver lo que hay en la mesa?

—Vamos, ¿te preparo la leche, te cambiás y vamos a juntar caracoles?

Salto, me lleno de dulce de leche y me echo a reír a carcajadas. Había sido una mala estrategia para tenerme quieta. Puedo ver a papá intentando hacerse el serio, pero rendirse a la risa. Sí, riamos que la vida es una.

—Vamos, tomate la leche y vamos —dice mientras se toma un mate y me limpia la remera.

—Gracias, papá. Ya tengo muchas ideas.

—Sí, me imagino.

En dos minutos estoy lista, cargo mi bidón y le doy a papá el suyo. Sacamos las tapas y caminamos. Por suerte, es de mañana y los pies no queman. Me encanta sentir la arena y el ruido del mar.

Me pregunto cuánta gente desafió a los guardavidas y nadó hasta el fondo. Vuelvo a preguntarme si las gaviotas nos verán como extraños y también si los caracoles que habitaban en estos caparazones huyeron al sentir nuestros pasos. Intuyo que sí, pues de los berberechos no hay rastros, así que serán todos llamadores de ángeles esta vez. Los caracoles son mis preferidos para las tardes de lluvia o la hora de la siesta. Decoré el jardín entero de la abuela Esther y quiero uno para el balcón de la casa nueva.

Caminamos y en la playa no hay nadie, solo un montón de caracoles que casi forman un colchón. Los hay de todos los colores y formas. Me agacho y junto cuantos puedo, hasta que descubro que son tantos que tengo que empezar a elegirlos.

Los rosas y blancos son mis preferidos, y si tienen un poco de violeta, se convierten en mi tesoro.

Los que hacen ruido y son chiquitos me gustan.

Las piedras raras pueden ser amuletos para papá o mamá, los adultos siempre necesitan algo que les haga creer en la magia.

—¡Papááááááá!

No sé por qué tarda tanto. Viene con su paso lento y apenas lo veo allá a lo lejos.

No sé cómo hace para no saltar, seguro se está conteniendo para dejarme jugar. Pero este bidón pesa mucho y ya no lo puedo arrastrar.

—Vení, te lo cambio, que tenés muchos —dice dándome el suyo casi vacío. Tendría que haber traído a la Naranja, mi yegua favorita, ella es una gran ayuda cuando las tareas incluyen caminatas por la playa y zanahorias de recompensa.

Volvemos. Tengo un botín de caracoles en el deck debajo de la parrilla, no puedo dejar de sonreír. Espera a que le muestre a mamá todo lo que junté. Es el mejor día de todos.


El aire y las golondrinas

—¡Asia! ¡Asia! —gritaba Fran desde el medio del patio.

No es que no lo escuchara, simplemente intentaba evitar el choque entre Juanita y Felu en el transitado tobogán del jardín.

—¿Todo bien, Fran? Ahora te ayuda Sami —dije al tiempo que hacía señas a mi compañera de equipo. Aunque yo fuera la maestra titular, nunca me sentí cómoda con la jerarquía. Además, sé que no podría haber cumplido mi rol sin su ayuda.

Sami me guiñó el ojo en respuesta y fue cálida a contener a Francisco, que, de todas formas, no parecía estar en problemas.

—Juani, esperamos el turno así podemos jugar todos —dije volviendo a mi función de poner orden en el tobogán, mientras sostenía a Felu hasta que perdiera el miedo.

Dos minutos más tarde, un tirón en el delantal demandó mi atención. Los ojos de Francisco me miraban atentos y serios como solo pueden los de un niño de dos años y medio que tiene muy claras sus prioridades en la vida.

—Sami no me entiende —alegó con compungida expresión.

—¿Cómo que no te entiende? ¿Qué pasó?

—Quiero ver las golondinas —respondió señalando el centro del patio. No señaló el cielo, señaló el piso. Y fue esta clara indicación la que desorientó a mi compañera.

La ternura atravesó todo mi cuerpo. Buscar las golondrinas era una actividad que disfrutábamos en las mañanas de sol. Consistía en acostarse en el piso y mirar el cielo a la espera de que aparecieran para exhibir su alma migratoria.

—Tenés razón, vamos —dije retomando mi lenguaje de señas con Sami para hacer el cambio.

Claro que sí, era tiempo de simplemente admirar el vuelo.

Florencia 2021
1

Son casi las once de una mañana de invierno, ayer no dormí. Tengo un cuarto nuevo que da al jardín. Mi compañero me dejó un par de llamadas que aún no estoy lista para escuchar.

Está ocurriendo, al fin. Puedo ver la luz al final del túnel, me escribió como si leyera mi mente, eligiendo no preguntar pero acompañando mi silencio.

¿Será que tengo miedo a ver la vida?

Me acostumbré tanto a la penumbra de una herida que casi casi quiero quedarme abrazada y fingir que acá no pasó nada. Sin embargo, acá estoy.

Es enero, hace casi un año que viajo y estoy en casa. Planeo un nuevo destino, la publicación de un libro y un sinfín de aventuras.

Jamás creí que los sueños se cumplían con simples elecciones, pero lo siento en la piel: los sueños se cumplen cuando elegimos, una y otra vez. Eligiéndote a vos, por sobre todas las cosas para llenarte de amor, con la tranquilidad de que viniste a este mundo a ser feliz, a disfrutar y a vivir.

Por muchísimo tiempo temí no saber qué sería de mi vida. Me desesperaba no tener el control. Estudié Veterinaria y Psicología. Hice diversas terapias alternativas. Buscaba sin cesar para ver dónde estaba la vida que se me había perdido. Buscaba un sentido, una pasión, pero nada afuera podía darme las respuestas. Nada afuera podía asegurarme que las cosas iban a salir bien y, sobre todo, nada ni nadie podía elegir por mí. Al menos, nadie podría elegir por mí y hacerme feliz.

En este camino, en el que cada paso valió la pena, lo más simple y lindo que descubrí es que no hay forma de controlar el futuro. Que lo impensado es lo más lindo, y que las curvas son lo rico de la vida.

Una vez escuché una analogía sobre las mujeres latinas y sus cuerpos, sobre cómo mostraban la apertura a los ciclos, es decir, los ciclos que viven los cuerpos que laten de acuerdo con los ritmos de la naturaleza. Las curvas que permiten un nacimiento, una gestación, una lactancia. Las curvas que permiten hacer el amor, gozar de un buen plato de pasta o de un beso carnoso y sin pudor. Las curvas que permiten el baile de carnavales.

Recuerdo pensar: y yo que siempre creí que las curvas significaban que algo andaba mal, digo, que algo estaba fuera de control.

Pienso que mi vida tomó su curva, dejó el control y siguió el vuelo de la golondrina hasta su próxima migración.

2

Estoy sentada en la terraza en mi jardín. Me preparo unos mates y me pongo a escribir. Es de esos días en los que, luego de tres pavas de mate, sigo en la misma página y me pregunto si no debería dedicarme a ser vendedora, visto que se me da muy bien la “charla”.

Un centenar de golondrinas se posa en el pino que abunda en la Toscana, es un poco distinto del pino de la montaña, y no logro recordar su nombre. El cielo está limpio y celeste. Es invierno, pero me despojé de vestiduras para sentir el calor que hace tiempo no sentía en Florencia. Empiezan a volar, de acá para allá y de allá para acá.

Entre su sonido y la increíble cantidad que revolotea, parecen expresar algo.

¿Qué me están queriendo decir?

La aceptación

Esa noche soñé con vos, Álvaro. Me diste un enorme abrazo. Te reías, te reías como un loco. Nos tiramos al mar.

Sabía muy bien que mi hermano había muerto años atrás, pero era tan real.

Papá me acompañó a la playa y ahí estabas, en la orilla, parecía esa de Mar Azul o la de La Pedrera, que nos alojó tantos veranos entre vecinos y amigos. Jugabas al vóley. Me mirabas, como si me estuvieras esperando. Me abrazaste y me levantaste por los aires, riendo a carcajadas. Con tu metro noventa, yo parecía minúscula a tu lado. Me hacías girar, tu hermanita había crecido. Me tiraste al mar, como cuando éramos chicos. Las olas salpicaban ese revoltoso celeste, se me mezclaban las lágrimas con la alegría. Sabía que te estaba despidiendo, era una sensación agridulce. Pero estabas tan feliz que reía también. De la emoción, de la felicidad, del sinfín de emociones que se había desplegado entre dejarme vivir y dejarte morir.

Supe solo entonces que una parte mía te siguió, como hacen las golondrinas, esas que llevan las almas al cielo y son leales a sus raíces. Pero otra parte mía quizá se detuvo ahí, en aquel verano de noviembre cuando te fuiste de mis pagos y de la Tierra. Solo entonces supe que despedirte era la única forma en que podía volver a pisar tierra firme. A disfrutar esta vida llena de sensaciones, de amor, de dolor, de angustia, de pasión y de vida.

Nada es justo cuando se trata de una muerte temprana. Nada es justo cuando pensamos en el sinfín de mandatos con los que nacemos, pero no sería quien soy si no fuera por cada uno de los momentos que me trajeron hasta acá. Los buenos y los no tan buenos.

Aunque a veces tengamos que pujar hacia la luz, como los bebés antes de nacer. Aunque duela salir del calor que da el útero, igual que duele salir del caparazón de nuestro hogar, vale la pena.

En Inglaterra, en la época de los navegantes, dicen que una golondrina significaba la esperanza de estar cerca de tierra firme.

Y hoy puedo gritar, y celebrar, pues divisé al fin que había tierra a la vista.

El final

Como un preso que al fin ve la luz del Sol,

como un rayo en medio de la tormenta,

como ese apagón que te obligó a encender una vela.

La sombra se volvió mi refugio, la muerte era moneda corriente.

¿Cómo se vive la vida?, me pregunto.

Como un alma renacida

que pujó y pujó a través de ese estrecho canal de parto.

Puedo oír mi canto,

mi voz,

mi grito.

Puedo oírme y me pregunto,

¿cómo se vive?

Si un día todo recomenzara,

como si el velo se corriera y

pudieras divisar el mundo entero que espera por vos,

¿qué harías de tus días?

Siento un latir muy nuevo. Al fin veo el Sol.

Después de tanta agua, de tanta lluvia, de tanto cicatrizar el dolor.

Al fin veo el cielo.

Resplandece despejado el canto de mis golondrinas

y me pregunto: hoy, el primer día de mi vida…

¿qué quiero en esta vida?

Sé que elijo menos prejuicios

y me prometo todos los días el amor infinito,

que es inagotable y que se encuentra hasta en lo más mínimo.

La muerte fue uno de los capítulos más importantes de mi vida,

pero de ella aprendí a saborear los colores del mundo,

el gusto de mi hermosa Italia,

el melodioso acento de cada tonada,

el privilegio del amor primero

que nace de uno a uno:

de mí y para mí.

En este viaje-hacia-mí aprendí que soñar implica responsabilidad,

que nadie va por esta vida desligado de mandatos,

y que cada uno tiene su batalla.

Que, con una sonrisa y un buen gesto,

damos esa cuota de amor que todos merecemos.

Aprendí que maternar es una cualidad hermosa a la que dedicaré mis días.

Aprendí a construir de a dos y a deconstruir creencias.

¿Qué es este libro?

Pues mi paso de la muerte a la vida.

Y el arcoíris que se despliega cuando uno se dispone

y decide a vivir sus sueños.

Hay batallas, hay amor, hay desafío y un fuerte legado que cuesta mucho trascender.

Como dije, cada uno está acá abriendo su camino.

Como un preso que apenas ve la luz del Sol,

mi libertad se siente fresca e imparable,

¿qué harías si te invitara a soñar sin fronteras?

Vamos, soñemos juntos, la vida invita. La muerte es nuestra fiel compañera:

esa que hace que cada cierre abra a una aventura nueva.

La “furgo”

Praia do Rosa, 7:35 a.m., enero de 2017

1. El instante

El fuego que se asomaba en el mar se reflejó en la ventana. Cierro y abro los ojos varias veces, quiero confirmar que es real. Me levanto medio dormida y espío en puntas de pie la galería que da a la playa. Es la hora de la caminata.

Sigo el recorrido de costumbre, el mar como objetivo final.

Praia do Rosa es un pueblito chiquito, al sur de Brasil, que visité por primera vez a mis diez años. Once años después, volví. ¿Qué puedo decir? Mi familia siempre tuvo una debilidad por la naturaleza repleta de carácter y las playas grandes. Además, dicen que uno siempre regresa a los lugares donde fue feliz. Aquel verano de 2006, entre la escuela del Capitán y nuestras primeras tablas de surf, los mates, las risas y los vecinos/amigos, los recuerdos se estamparon a fuego vivo.

Hay una “furgo” estacionada en mi lugar, ese estratégico punto desde el cual se puede divisar la marea sin problemas.

Una pareja inaugura la jornada. Semidesnudos y entrelazados, se pierden en el horizonte. Desayunan mate en el techo de la camioneta. El pareo turquesa que los envuelve es sutil y deja entrar esa brisa salada que tanta vida nos regala.

Una puntada me aprieta el pecho, siento que están viviendo un sueño. Mi sueño.

La ruta, el viaje, el agua, el azar.

Entregarse a la brújula del alma.

No sé si estoy siendo clara: ¿vieron ese momento en el que el pecho nos guiña el ojo y nos tira un centro? Ese, sí. Directo. Preciso.

Como si por un segundo todos los pensamientos, mandatos y etiquetas que nos respaldan se ocultaran y pudiéramos ver, por solo un instante, con muchísima claridad. Como si nos atreviéramos a dejarnos llevar por el viento. A creer, a sentir y a latir.

Veo, también, que me estoy mintiendo. Que mi sueño no está en los libros de veterinaria, ni en un haras o un hipódromo.

Mi sueño está en el mundo, en el viaje, en el recorrido.

¿Pueden sentirlo?

Es exactamente como cuando escuchamos cantar una voz que nos traslada al paraíso, tanto que ni nos animamos a soñar, que parece demasiado bueno para ser real.

Nos vemos cumpliendo los sueños. Se eriza la piel, se acelera la sangre, y todo tiene sentido.

Por esos escuetos minutos en los que una melodía nos lleva exactamente donde deberíamos estar, donde alguien hace arte con sus malabares.

Donde alguien deja todo para pegar el salto.

Todo tiene sentido.

Resuena el pecho y uno no sabe siquiera en qué tiempo se encuentra:

“Que esta canción me dé el coraje, ay si tuviera coraje”, pensamos.

Y resignamos otra vez el sueño.

Seguimos caminando, adormilados, como siempre hemos hecho.

Casi como si tuviéramos miedo a andar despiertos.

Como si no supiéramos que los sueños son para creer y apostar por ellos.

A veces, una semillita queda de eso que vivimos. Una tecla suena más fuerte y de a poco empezamos a confiar en el destino que nos llama una y otra vez. Que espera que le demos el voto de confianza.

2. La visión

Los miro con admiración, casi embobada por el cuadro que dibujan al alba.

Sigo camino hacia otra piedra, una que me haga sentir en medio del mar. Dejo que la pendiente del morro me sostenga y Praia do Rosa amanece en su mayor esplendor.

El mar me sana con su aire, como si pudiera entrar por mis poros y renovar cada una de las células que me forman.

La energía me rebalsa.

Vuelco mi atención en la pareja, ahora desde otra perspectiva, estoy tan cerca de esta fuente que me siento sirena.

No paro de pensar en los sueños que no nos atrevemos a soñar. Intento convencerme, encontrar en mí el coraje de jugarme por amor. Por amor a mí, a mis incesantes ganas de volver a latir.

Me siento a reconstruir un camino de vuelta a una niñez que fue encerrada en el mismo espacio y tiempo que se llevó a mi hermano y que jamás he vuelto a espiar.

Me sorprende cómo nunca confesé lo poco que recuerdo de mi vida antes de eso. No me atrevo a ver la muerte tan de cerca. Y el resto, como llevado por un imán, queda atrás, con la pequeña que iba a juntar caracoles al mar.

3. El salto

Pasaron algunas noches, no muchas, desde aquella puntada en el corazón cuando vi mi sueño manifiesto en aquel cuadro de surfistas, libres y despojados de prejuicios.

Decidí que iba a aprender a surfear como cuando no tenía miedo.

Una noche me quedé dibujando hasta tarde una flor naranja, como el amanecer que esperaba ver la mañana siguiente.

Aunque me quedé dormida para contemplarlo, me despertó un terrible sueño.

La flor naranja esperaba apoyada sobre la mesa.

A la madrugada tomé una decisión: iba a dejar la carrera de Veterinaria.

Me dormí abrazada a mí, sabiendo el pesado, difícil y acalorado paso que iba a dar.

Sentirme diferente era a la vez doloroso y liberador, supongo que esto explica por qué mi cuerpo cambió de forma y color.

Era liberador porque algo en mí sabía que al fin estaba escuchando esa voz que callé tantas veces.

Dolía por lo mismo que dolió ver esa pareja despertando a contemplar el amanecer. Dolía porque sabía todo lo que tenía que dejar ir.

Tal vez dolía también porque estaba empezando a ver la gran parte de mi vida que alguna vez silencié.


La tierra: las raíces y el pasaje

Resiliencia: capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA

En psicología, capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc.

“La resiliencia potencia la felicidad.”

OXFORD LANGUAGES

Alfredo Timón

Siempre fui curiosa. Estudiar Veterinaria era para mí un despliegue de muchísima información, lo que alimentaba sin cesar mi sed de conocimiento. Sin embargo, mi mayor aprendizaje en esta carrera fue que no hay mejor escuela que la práctica.

Aunque en mi casa la práctica con animales era cotidiana, nada me hacía zafar de las muchísimas horas de cursada que venían en combo.

Así fue que conocí a Alfredo Timón.

Primer parcial de Genética. Alfredo Timón se presentó, junto con su ayudante de cátedra y de vida. Jamás fui buena con los nombres, pero el suyo valió la pena memorizarlo.

Después de un accidente de rugby a los dieciséis años, Alfredo Timón quedó cuadripléjico. Pero eso no lo detuvo para convertirse en uno de los especialistas más reconocidos en genética. Al menos, de los más reconocidos por mí. Por haber tenido el coraje de honrar la vida después de que esta le pusiera una gran piedra y lo sentara en una silla de ruedas.

Alfredo hacía chistes en sus clases y de a ratos se dormía. Él fue el único que consiguió que entendiera la importancia de lo que portamos en cada célula de nuestro cuerpo.

Las raíces son las que nos dieron la vida, la fuerza, y el amor para crecer.

Las raíces I

Todo es más fácil entre hermanos, lo que sea que transitemos, hagámoslo acompañados.

La Maga y Azul, hermanas del alma

Margarita tiene los ojos claros como el agua. Se las ha arreglado para encontrarme en un café, dos días antes de partir. No ha sido una cita programada, como casi todas nuestras citas, fue imprevista y perfecta así.

Tiene ojos claros como el agua, ¡ah!, ¿ya lo dije? Deberían verlos para entender. En ellos alberga el cielo.

Su melena salvaje fue siempre la razón por la que quise tener rulos.

Su piel es blanca como la nieve, sus cachetes y la punta de su nariz se ponen rojos las tardes en las que sus ojos llueven.

Casi no llora, pero si lo hace, el mar se refleja en cada una de las lágrimas que deja.

Ha sido siempre mi hermana mayor, aunque mamá no la parió. Pero bien podría haberlo hecho. Comparte la altura que casi me duplica, y en sus abrazos siempre encontré consuelo.

Muchas palabras o pocas no podrán engañarla. Va directo al alma, no se anda con vueltas a la hora de buscar respuestas.

—Tengo algo para vos —dijo después de que subiera y bajara la misma escalera tres veces para encontrarla.

Supongo que ninguna de nosotras quería despedirse. Por más acostumbradas que estuviéramos a la distancia, nos perdimos en un shopping con tal de no despegarnos.

En una bolsita pequeña había un regalo que, por supuesto, era el mejor que me podrían haber hecho: una etiqueta para equipaje. Hay dos motivos por los cuales se llevó el premio:

1. Perder las cosas está en mi lista de “frecuentes”.

2. La etiqueta tiene escrita en el dorso muchísimos destinos. Y un avión, claro que sí.

No hay verdad que se le escape. Ni siquiera las verdades que no están dichas.

Para ese entonces, no había reconocido la verdad de que yo viajaría conmigo misma. A decir verdad, aún hoy no lo hago. Exactamente dos meses y dos semanas más tarde recién estoy empezando a entregarme a esta vida de viaje.

Supongo que en el fondo siempre lo supe. Y que, aunque traté de taparme los oídos, escuché cada palabra del sermón de papá, cuando olfateó la misma verdad que la Maga mostró sin tapujo alguno.

A Margarita se le escapan las sonrisas, las verdades y las carcajadas tentadas de risa.

Pero nunca, nunca se le escaparán los ojos que gritan.

Fue ella quien, sin querer queriendo, inauguró mi partida. Su corta carta de despedida cantaba:

En otro momento te hubiera dicho: “Nunca cambies”. Hoy te digo: cambiá las veces que sea necesario para convertirte en la versión que más ames de vos.

¿Sabría ella el arcoíris que desplegaría? ¿Las verdades que descubriría y los anclajes de los que me liberaría? Intuyo que sí, pues no por nada honra la sabiduría y la filosofía.

Tarde de Club Lincoln

Azul se llenaba de bloqueador, aunque no se movía de abajo de la sombrilla. Dos miradas cómplices y una charla alcanzaron para pactar la hermandad.

Un partido de Mao, un tereré y la vecindad de nuestros hogares inauguraron las caminatas que se volverían costumbre. A la vuelta, pasamos por un helado. Ella no quiso, prefería el chocolate con rocklets adentro, y eso compró. Yo, en cambio, respeté mi fiel costumbre del sándwich de Romano, rito que jamás faltaría en los treinta grados a la sombra de un enero linqueño.

Desde ese entonces, nuestras rutinas de verano se coordinaban a la perfección. Los miércoles a la noche eran de ravioles con vino, la Maga llegaba siempre un poco tarde porque era el día que comía con Estelita, su abuela, así que a ella la recibíamos con una Stella Artois.

El clan

Azul pasaba a las tres. Con el termo de agua fría y su bolso de playa. A veces, en combo, venían las tortas para el mate que preparaba su mamá.

“Te veo en la esquina a las quince”, decía su telegrama.

Si me demoraba cinco minutos, me la encontraba esperando en el banquito de enfrente de casa, ese de azulejos entre el celeste y el marrón. La Maga reservaba la sombrilla, visto que llegaba más temprano para su clase de natación.

Se reservaba cada fin de semana, al menos una noche, para nosotras.

Ni hablar de los puchos en la vereda viendo las estrellas, cuando el insomnio atacaba nuestra entrada adolescencia.

El Trío Los Panchos se volvió inseparable.

La música, las vueltas al parque, las caminatas a la rotonda, las fiestas y los días de resaca. Los ocasos y los amaneceres, cuando el mate con yuyos de Aníbal estaba casi patentado y las “milas con mayo” del abuelo Jorge amortiguaban nuestra llegada a las seis de la mañana.

Los eneros en los que, de tanta risa, el Nesquik escapaba por mis fosas nasales. Cuando la cumbia creaba el rejunte que no se iba hasta que la fiesta estuviera vacía. Esas tardes, esas noches, esas madrugadas…

Con la migración de mi par a la capital mi vida se facilitó; tenía ya un colchón en la casa de la Maga, y el monoambiente de Azul nos hizo volver a los pijama party de los quince años. Palermo Soho se volvió el ideal para los paseos de música y charla, junto con las birras que actualizaban la semana. Con el tiempo, fueron ellas también quienes viajaron a mi barrio para empaparse de sol y refrescarse de río.

Gucha y Cami

Hacía tiempo que no recordaba lo instantánea que es la amistad: la primera sonrisa de complicidad en Veterinaria, con ese aguante que vivió la mutación más grande de mi vida.

Las tardes con la Gucha y los viajes con Cami. Doscientos mil mates y largas horas de estudio. Caballos, perros y caminatas por largos campos. Épocas de parto, de vacaciones, de pasantías. Despertarse con la helada en las patas, y beber un whisky en el Perito Moreno.

Sara e Isa

Sara fue así. Mi amiga en la vida, mi hermana en Italia. Igual que Ámbar y Greta en capital, igual que Sofía desde el maternal y para toda la vida. Instantánea e infinita.

Nos encontramos por una birra en la plaza que hacía estratégica la salida del trabajo. Las madres para quienes cumplíamos el rol de au pair asistían a la misma oficina y nos habían conectado. Éramos dos argentinas en medio de Italia y de una pandemia mundial.

No sabía de su historia o su vida, solo sabía que, entre tanto caos, un abrazo con el cual festejar la victoria de conquista del territorio italiano sería más que bienvenido para mí.

Como les dije, fue instantáneo. Incluso con barbijo tardamos diez segundos en reír, veinte minutos en actualizar nuestras vidas y media hora en pactar que nos llenaríamos de aventuras.

Recorrimos el sur de Italia, organizamos varias expediciones: Venecia, Cinque Terre y una mudanza a la casa que sería la sede de integración argento-italiana. Nos dedicamos exclusivamente a disfrutar la vida y a construir nuestros sueños.

En este caso, la distancia física con nuestra tierra natal ayudó a la perspectiva. Habíamos dejado gran parte de la seguridad desde el momento en que emprendimos la aventura. Supimos desde el primer brindis que nuestras almas se conocían desde hacía rato y que no habría con qué darle; seríamos hermanas para toda la vida.

El amor por los viajes, la raíz de pueblo y nuestra diferencia en el enfoque de la vida; cuando yo no aguantaba, cuando estaba a punto de darme por vencida, ella me daba el empujón que a todos nos hace falta de vez en cuando. Y viceversa.

Ella tenía las acciones, yo las palabras. Fue quien organizó mi primer cumpleaños italiano y fui yo quien convenció a su aventurero espíritu de que, aún sin un mango en el bolsillo, siempre se podía encontrar una forma de recorrer el mundo.

Así vivimos La Puglia y el verano por La Toscana. Llorábamos, pero casi siempre de la risa, el don que siempre destacó esta dupla.

Poco tiempo después, nuestra hermandad se extendió e incorporamos también a Isa, la italiana que robó nuestro corazón. Su amor a Lari, el pueblito en el que había nacido y que es maldecido por los florentinos, la lealtad a su tierra, y su Ciao bella cada vez que pisaba la casa fueron más que suficiente.

El toque final fue la despedida de Sara, a quien en nuestro hogar apodamos cuore grande en honor a su sentido corazón y su afilado coraje.

Como de costumbre, jameábamos entre coinquilinos. Isa jamás había tocado un instrumento antes. Ese día empezó con la pandereta y terminó con el charango. Yo me ocupé de la batería, formada por una caja de vino y algunos vasos que daban el toque artístico. Rico y Tommi hicieron dúo de guitarras, indicando la melodía. Sara manejó el ukelele y, por primera vez, se apoderó del micrófono.

Un espectáculo que sólo puede sentir quien ha visto la complicidad de ese círculo que había convivido en pandemia de Coronavirus. Un espíritu que nos dio familia.

Este fue el día en que vimos la cara de Isa, cuando inesperadamente recitaba Calle 13, imitaba la tonada de Pablo Escobar y pedía cumbia argentina, ¿cómo negarse a semejante conquista? Fue incorporada inmediatamente como la tercera mosquetera.

Ahora, planeamos una expedición a nuestra tierra de origen. Morimos por saber cómo sería viajar juntas y ella tiene intriga de la cultura que ha dado a estas dos hermanas que acamparon por un tiempo en Italia.

Cuore migró a Londres y yo estoy a punto de trasladarme a Holanda, pero mi corazón ya no cuenta los kilómetros para medir distancias. Sé que ellas tienen su permanente e indeleble lugar en el mío.

Pues, una vez más, me dieron la fuerza que La Maga y Azu me habían otorgado para despegar. Lo que Isa llamó “la tierra donde juntar fuerzas para saltar”, ¡y sí que vendrían grandes saltos en mi vida!

Sofía

Sofía es el orgullo del viento.

Se atrevió a jugarse por amor.

El amor al río, a la adrenalina,

al kite, al vuelo.

Si la han visto danzar su arte,

sabrán de lo que hablo.

Ella se entregó a su alma.

Y el alma se desplegó

en la naturaleza más consciente

y humana.

Vivimos con este erróneo concepto

de que todo cuesta sangre,

de que la abundancia se gana

con sudor y lágrimas.

El camino es mucho más consciente:

Entregarse a un motor

que no entiende de números,

que solo entiende

de latidos.

El camino es

hacia ese lugar

que yace en cada uno.

Conectado con el universo.

Conectado con la naturaleza.

Conectado con uno mismo.

El camino es hacia adentro.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
95 стр. 10 иллюстраций
ISBN:
9789878924144
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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