Читать книгу: «El ataúd en uso»

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© 2019 Britton, Rosa María 1ª ed. / @ 2019, Sin Fronteras Grupo Editorial / ISBN: 978-958-5564-34-3 Impresión en Colombia_ Octubre 2019 / Coordinador editorial: Mauricio Duque Molano. /

Edición: Marcela Zaraza D. / Diseño & diagramación: parentesisdc.com /

Imagen de portada: Cuadro de Eugenio Dunn 1986 / Impreso por Editora Geminis S.A.S.

Reservados todos los derechos. No se permite reproducir parte alguna de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado - impresión, fotocopía, etc. -, sin el permiso previo del editor. / Sin Fronteras Grupo Editorial, apoya la protección de Copyright.

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

«A mi madre, doña Carmen, sin cuya memoria todo esto habría sido imposible».

A MANERA DE PRESENTACIÓN

En primer lugar, agradecer el gesto loable y desprendido de Orit Btesh, Gerente de las librerías El hombre de la Mancha, en la misión de proteger y promover el legado literario de Rosa María Britton, publicada en esta ocasión bajo el Grupo Editorial Sin Fronteras.

Nos convoca el cariño, la admiración, el respeto a esta mujer excepcional, referente de nuestra literatura con valiosas aportaciones sobre el pasado y presente cultural, con un alto sentido humanista de carácter universal y con participación activa en la vida pública, especialmente en defensa de los derechos humanos, de la mujer y la salud.

Rosa María es un ser extraordinario, firme en sus convicciones y decisiones. Hablar de su legado literario es una aventura y cada una de sus obras, una lección de vida.

Se describía como cuentacuentos, sin grandes pretensiones ni maestrías literarias, motivada por la pura comprensión humana y buen sentido del humor, demostrando dignidad y forjando un camino de valentía y voluntad. Tuvo como talento irrefutable: tanta disciplina como espontaneidad.

Como gestora cultural, ayudó a crear la Cámara Panameña del Libro y participó activamente en la realización desde la primera Feria Internacional del Libro en Panamá.

Desde que la conocí fui favorecida con el privilegio de su amistad. Como escritora fue mi escuela, mi oportunidad de aprender sobre la trascendencia y la dimensión humana de un escritor. Ayudó a posicionar la literatura panameña a nivel internacional, los que trabajamos con ella sentimos el apoyo y el estímulo siempre solidario con firmeza, retando nuestras propias capacidades. Impulsó el proyecto Editorial Biblioteca Nacional, para rescatar la obra de autores panameños en defensa del patrimonio cultural. Durante las presentaciones, conferencias y conversatorios en giras por todo el país, acudía un nutrido grupo público ávido de escucharla. Por sus enseñanzas gozó de amplio reconocimiento… Recuerdo ver gente inclinarse ante ella, casi con gesto de reverencia. Venció desafíos conquistando a las nuevas generaciones.

A gente como Rosa María no se le despide, se le lleva puesta, se le lleva aprehendida. Hasta el último momento mostró fuerza, valentía, honor y gloria, y cuando consideró que era el momento, pidió champagne para brindar por la vida, por su maravillosa vida…

Es un honor proteger el legado de sus libros, sus frases célebres, sus declaraciones sin restricciones. Me siento muy orgullosa de haber sido su amiga y que haya sido mi mentora; por hacerme también en parte, lo que soy y por impregnar con su esencia los caminos de muchos jóvenes con noble gesto patriótico. Estar con ella, era de por sí, un homenaje propio.

¡Gracias Rosa Maria!

¡Tú sabiduría innata nos fortalecerá para siempre!

Briseida Bloise Navarro

Viernes 19 de julio de 2019

Homenaje de despedida

Hotel Sheraton. Panamá, República de Panamá

EL HOMBRE SI MUERE, QUEDA POSTRADO; SIN EXPIRAR ¿A DÓNDE VA A PARAR?

JOB 14:10

¡OH MUERTE! CUÁN AMARGA ES TU MEMORIA PARA UN HOMBRE QUE VIVE EN PAZ, EN MEDIO DE SUS RIQUEZAS.

ECLESIASTES 41:1

CUANDO YO ME MUERA, ENTERRADME SI QUERÉIS, EN UNA VELETA.

¡CUANDO YO ME MUERA!

F. GARCÍA LORCA

Nunca se supo exactamente cómo empezó el asunto del ataúd. Muchos años después de la muerte de don Manuel, todavía se hablaba en Chumico de todos aquellos acontecimientos, claro está, con más exageraciones de la cuenta. Como ya se sabe, «Pueblo chiquito, infierno grande.«y si algún pueblo merece esta descripción es Chumico. El chisme allí es «modus vivendi» para la mitad de sus ciudadanos. Los otros, pacientemente escuchan y callan. ¡Gracias a Dios! Si no fuera así, ya los gallotes se habrían llevado al pueblo entero creyéndolo carroña.

Volviendo a lo del ataúd, que en realidad es el asunto que nos atañe, mucho se dijo y mucho se exageró. Unos, contaban después que el ataúd era de ébano traído de África y tenía las agarraderas de oro puro. Otros, aseguraron que estaba forrado de sándalo para que el muerto no apestara y hasta hubo quien juró que debajo del terciopelo del tapiz, don Manuel había colocado abultados fajos de billetes de a diez y veinte dólares para llevarse su plata en el último viaje. Esta última versión de los hechos era narrada por doña Higinia Gómez, matrona de Chumico, asidua lectora de los folletines Romance a la antigua que encargaba a Panamá mensualmente. Las malas lenguas adujeron después que doña Higinia había inventado esa historia del dinero en el ataúd después de leer una novela acerca de una princesa egipcia, calumnia que la buena señora rechazó indignada.

En realidad, el ataúd fue construido de madera de cedro que el mismo don Manuel cortó en su propiedad y pulió con infinito esmero. Las asas eran de plata pura mandadas a hacer en el Perú por el cura Juan, y por dentro tuvo toda clase de forros en su larga historia. Para entender lo que realmente pasó, es necesario no hacer caso de habladurías de comadres que jamás llegaron a entender las acciones del hombre más famoso que hubiera salido de Chumico.

01

—Francisco… Francisco… Ven a comer. —La mujer gritaba desde la entrada de la casita, protegiéndose los ojos del resplandor del sol con una mano, mientras se esforzaba por distinguir la figura del hombre, en la playa que comenzaba a unos metros cuesta abajo. En el horizonte, el sol ya iba desplomándose en el confín del mar, llenando las aguas con un rubor de sangre. Con gestos de cansancio, el hombre comenzó a recoger las herramientas regadas alrededor del esqueleto de un barco a medio hacer, montado sobre caballetes colocados debajo de un almendro.

—¡Francisco! —La voz insistente rompía el silencio.

—Ya voy mujer, no grites tanto, —masculló el hombre.

Echándose al hombro la caja de herramientas, subió la empinada cuesta arrastrando los pies. En un rincón de la humilde habitación la mujer abanicaba un fogón de leña llenando de humo toda la casa.

—Juana, ¿dónde están los muchachos? —Preguntó entre dientes.

Sin voltear la cabeza la mujer contestó:

—Nicolás está bañándose en el chorro antes de que anochezca y Manuel no ha regresado aún. Se fue bien temprano con los Vásquez a buscar perlas en las islas.

De repente, Francisco comenzó a toser fuertemente, casi ahogándose mientras la mujer lo miraba con ojos de alarma.

—Esa tos suya no me gusta; ya lleva meses enfermo a pesar de todos los remedios que ha tomado. Debiera ir a la capital a ver al doctor.

—No es nada —susurró Francisco, casi sin aliento, cubriéndose la boca con un trapo que sacó del bolsillo.

—Es este clima tan húmedo. En San Miguel nunca me enfermaba.

—Bueno, haga lo que le dé la gana, pero cada día lo veo peor. Yo creo que tiene la tisis. Ya me di cuenta que está tosiendo sangre.

Encasquetándose el sombrero de paja, Francisco salió sin contestar y se alejó de la casa por el sendero rumbo al pueblo. Juana lo dejó partir sin decirle nada. Acercándose al fogón, quitó la olla del fuego y la colocó a un lado en el piso de tierra. Salió al patio y se sentó en un taburete desvencijado con la mirada perdida en el horizonte. Por el lado de la playa venía corriendo un muchacho con dos remos al hombro. Al llegar junto a la mujer jadeando le gritó con alegría.

—Mamá, mire lo que le traigo. —Orgulloso le mostraba un puñado de perlas envueltas en un trapo. Cuando vaya a Panamá, le voy a mandar a hacer un collar bien bonito.

Un rictus de tristeza marcó el rostro surcado de arrugas de la mujer prematuramente envejecida. Con un gesto de abandono apartó una greña de pelo gris que le caía lacio sobre la mejilla.

—Mejor guarde sus perlas hijo para cuando le hagan falta. A mí esas cosas no me gustan. Vaya ahora a bañarse antes de que oscurezca y de vuelta pase por casa de Juancho a ver si tiene carne de monte. Felicia me dijo que él había salido de cacería ayer.

Juana entró en la casa y fue a sentarse al lado del fogón en una banqueta. Del bolsillo sacó un rosario y se puso a repasar las cuentas, recitando a media voz letanías interminables. El muchacho se encogió de hombros y entró en el cuarto adyacente. Empinándose, agarró un canuto de bambú que tenía escondido encima del horcón. Allí era donde guardaba su tesoro de perlas. Lo cerró cuidadosamente y lo volvió a colocar en su escondrijo. Salió de la casa y silbando alegremente se dirigió cuesta arriba por el sendero que conducía al pueblo. Por el camino venía cabizbajo Francisco y al ver al muchacho se detuvo bruscamente.

—Hijo, buceó algo bueno hoy, —preguntó.

—Sí papá. Viera Usted qué perlas más bonitas sacamos. No son grandes, pero sí de las redonditas. Ya casi llené el canuto.

—Bien, bien. Mañana me las enseña.

Sin más, Francisco siguió caminando hasta llegar a la playa. Iba descalzo pero casi no notaba las puyadas de las espinas en los matojos. La arena aún mostraba las huellas misteriosas de las patas de cangrejos. Al llegar a la orilla se sentó en una de las rocas negras que aquí y allá sobresalían de la arena. La marea iba retrocediendo apresurada y alguna que otra gaviota todavía buscaba afanosa el pescado desde el cielo, aprovechando los últimos destellos de luz. A esa hora ya comenzaba a sentirse el fuerte olor, mezcla de salitre y marisco podrido, característico de la lama de las playas del Pacífico. El hombre suspiró hondamente. Se sentía muy mal y a pesar de sus negativas sabía bien que estaba enfermo. Le dolía el pecho de tanto toser. A veces, sentía como si una mano gigante lo estuviera estrujando y cada día el trabajo se le hacía más difícil.

«Tendré que irme a la capita», pensó. «La vieja tiene razón. No puedo seguir así. Mañana temprano le aviso a Pastor que saldré con ellos en este viaje de “La Princesa”».

Tristemente, dibujaba con la mano en la arena cosas y nombres casi olvidados. Regresó tarde, cuando la oscuridad envolvía la casa. Juana, todavía rezando, había prendido una lámpara de querosene que alumbraba la habitación débilmente.

—Coma algo Francisco, todavía el arroz está caliente, —le dijo al verlo entrar.

—Está bien, está bien. No moleste más. Mañana salgo para Panamá —musitó—. Arrégleme la ropa temprano.

Tres días más tarde se embarcaba. Tuvo suerte, porque a veces transcurrían meses sin que pasara una nave por esas aguas. En el día de las despedidas, Manuel le entregó el canuto lleno de perlas.

—Aquí tiene papá. Quiero que le mande a hacer un collar bien bonito a mi madre. Ella dice que no le gustan esas cosas, pero usted sabe cómo son las mujeres. A veces dicen lo que no sienten.

Juana oyó la conversación del muchacho con el padre. Discretamente, esperó la oportunidad de hablar a solas con Francisco.

—Use las perlas para pagarle a los doctores. Los buenos cobran bastante y las medicinas cuestan mucho. Yo no necesito adornos.

Francisco no dijo nada. Se echó al hombro el saco de yute con sus pertenencias y con los pantalones arremangados bajó a la playa en donde lo esperaba una panga para llevarlo a bordo del barco que se mecía en aguas tranquilas en medio de la bahía.

Francisco regresó a Chumico tres meses más tarde pálido y delgado. El viaje de vuelta había sido largo y difícil; las velas, empujadas por vientos contrarios, casi hicieron zozobrar la nave. Juana lo vio venir desde la playa cuando desembarcó y salió a su encuentro en un revuelo de polleras recogidas. Al Ilegal cerca de él y notar su cara desencajada, paró bruscamente.

—¿Cómo le fue? ¿Vio al médico? ¿Qué le dijeron en el hospital? ¡Dios mío, pero qué delgado está! —dijo entrecortadamente. Sin tocarla, ni siquiera extendiendo la mano para saludar, el hombre la interrumpió de malhumor.

—Cállese la boca mujer. Usted habla demasiado.

Siguió rumbo a la casa dejándola sola en medio del camino sin volver la mirada. Con un gesto de resignación Juana siguió caminando detrás, arrastrando los pies, como quien lleva un peso inmenso. Jamás volvieron a discutir el asunto de la salud de Francisco. Tampoco los hijos se atrevieron a preguntarle nada, pero se dieron cuenta de lo desmejorado que se veía su padre. Manuel se le acercó unos días después.

—Papá ¿qué hizo con las perlas? ¿Mandó a hacer el collar?

—Tuve que venderlas hijo —contestó hosco y malhumorado—, los doctores son muy caros.

—No se preocupe usted. Ya bucearé más, —dijo el muchacho resignado.

Francisco se hizo un cuarto para él solo con la puerta hacia afuera y una ventana con vista al mar. Allí colgó su hamaca y no dejaba entrar a nadie. Separó su plato de tagua y su cuchara y él mismo lavaba su ropa en el río. Solamente dejaba que Juana le cocinara los pocos alimentos que consumía. Siguió trabajando todos los días, construyendo un hermoso barco con el esmero y la paciencia del artesano que sabe lo que hace. Pasaba los días retraído y solo; era la preparación silenciosa del hombre a su muerte sin querer compartir el camino con nadie, ni siquiera con Juana la compañera de toda su vida, como si al aislarse del resto de la familia la enfermedad que lo poseía se tornara muda y secreta y solamente él pudiera reconocerla. Ni el compadre Juancho lograba arrancarle más de tres frases cuando venía a visitarlo a diario trayéndole las últimas noticias del pueblo. Cuando él llegaba, se sentaba en el suelo fuera del cuarto de Francisco, fumando una pipa rellena de una brea que exhalaba un olor espantoso de «mona en celo» como decía Juana. Con voz rasposa el amigo le comentaba los acontecimientos locales y hasta rumores de guerra sin desanimarse por el silencio y la indiferencia de Francisco.

«Compadre, usted se está muriendo, compadre. Déjese ayudar un poco. No es bueno irse así solo», pensaba, «para eso somos amigos».

Juana sentada en su taburete y los muchachos en el suelo, escuchaban la verborrea de Juancho que se divertía desnudando las intimidades del pueblo entre chupada y chupada de su pipa infernal. Los ávidos oídos de sus interlocutores recogían sus frases y comentarios, interrumpiéndole de vez en cuando para hacerle preguntas y retorciéndose de risa.

Dentro de su cuarto, Francisco indiferente, contemplaba su muerte lenta sin prestar oídos a las divagaciones de los que afuera trataban de romper el cerco de su terca soledad. La vigilia de la muerte no duró mucho. Tres meses más tarde, la noche en que el negro Eustaquio se peleó con Pastor y le prendió fuego al pueblo, Francisco comenzó a toser por última vez. La agonía fue corta; su deseo de ausentarse de este mundo sin testigos se cumplió. Murió solo, ahogado en el chorro de su propia sangre. El resto de la familia estaba ayudando con lo del fuego que consumía a medio pueblo.

Cuando le llegó su hora, aún tuvo tiempo para asombrarse a pesar de que estaba preparado. Los segundos se convertían en horas, detenidos en su garganta que se negaba a abrirse para recibir el aire que tanto necesitaba. Juana y los muchachos regresaron en la madrugada y lo encontraron en su hamaca frío, con la mirada perdida en el techo, ojos de angustia de muerto sin paz ni consuelo. Todos se dieron cuenta enseguida a pesar de la poca luz que había en la habitación. La mujer comenzó a llorar con lágrimas de despedida sin ternura y los hijos, sobrecogidos ante la presencia de la muerte, no atinaban a consolar a la madre. Salieron al frescor del amanecer y comenzaron a construir un ataúd con tablas arrancadas del hermoso barco de Francisco ya casi terminado. Todo el pueblo vino al velorio. Los autores del gran fuego de la noche anterior, ya repuestos de su borrachera, llegaron a ofrecer sus respetos.

—Mi sentido pésame doña Juana. Ya descansó el pobre, —una y otra vez le repetían al oído a la mujer que en silencio asentía tratando de secarse los ojos hinchados de tanto llanto. Lo enterraron ya de tarde, cuando el sol deja de quemar la piel como hierro candente y la brisa del mar hace susurrar de placer a los árboles en la loma del cementerio. Esa noche no hubo rezos. Rosa, la comadrona, tenía que atender un alumbramiento y ella era la única que se dedicaba a esos menesteres. Cuando Juana regresó del cementerio entró en el cuarto de Francisco y quitándose los zapatos se sentó en la hamaca. Del bolsillo sacó el rosario mientras musitaba el ora pro nobis rodando las cuentas entre los dedos temblorosos. Al día siguiente, bien temprano, llegó Juancho a visitar a la viuda.

—Tenga usted buenos días comadre —comenzó a decirle obsequioso—. Perdone mi atrevimiento. No quisiera tener que molestarla en un día como hoy, estando mi compadre como quien dice acabado de enterrar; pero él me hizo varios encargos antes de partir y quisiera cumplir lo antes posible.

Juana lo miró sin entender lo que le decía. Juancho volvió a insistir.

—Óigame comadre, Francisco no quería que se contagiaran. El doctor que vio en Panamá dijo que esa enfermedad que él tenía se pega. Me dejó encargado de quemar toda su ropa y las cosas que tenía en este cuarto. Por favor salga usted de esa hamaca—.

Juana continuaba meciéndose sin hacerle caso, los labios rumiando sus eternas letanías. A pesar de ella, Juancho entró en el cuarto y comenzó a recoger del suelo la ropa, zapatos y el sombrero de paja, compañero inseparable de Francisco. En una esquina, debajo de unos sacos de yute, encontró un estuche negro, de esos en que los joyeros exhiben sus alhajas a la codicia femenina. Juancho lo abrió lleno de curiosidad y atónito contempló un hermoso collar de perlas, que descansaba en todo su esplendor sobre el terciopelo oscuro que resaltaba su oriente. En una esquina del estuche, reposaba una tarjeta de pergamino casi transparente. En ella se leía escrito, con la elegante caligrafía de un letrado, la leyenda: «A mi Madre en su día», firmado Manuel. •

02

Chumico es uno de esos pueblos perdidos en el litoral del país, encajonado entre el mar y la montaña. Está situado en la desembocadura del río Tatumí en la costa Sudeste del país, ya casi llegando al Darién. Nadie sabe exactamente quiénes fueron sus primeros habitantes, pero se dice que hasta Vasco Núñez de Balboa pasó por sus playas en su búsqueda del Mar del Sur. ¡Vaya usted a saber si esto último es historia o puro cuento, como el resto de las cosas que allí se dicen!

—Somos descendientes directos de los españoles, —afirmaba sentenciosamente doña Leonor, una de las matronas del pueblo.

—Aquí todos somos negros de pura raza, descendientes de cimarrones, —decía don Manuel, con la consiguiente indignación de unos cuantos que culpaban al sol del color de su piel.

—Los habitantes de Chumico, de pelo lacio y piel oscura, parecían más bien una mezcla de las razas que habían poblado la región, aunque no faltaba el negro timbo ni las mulatas de piel amarillenta y pelo ensortijado. Eran mestizos en su mayoría con sangre española bastante diluida, por cierto. Los indios chocoes habitaban las montañas más allá del pueblo y empeñados en conservar su nación intacta, poco se relacionaban con los habitantes. Todas estas descripciones vienen al caso solamente como explicación de la conducta un tanto atávica de los chumiqueños.

A fines del siglo diecinueve, allá por los años en que Francisco se moría lentamente, en Chumico vivían solamente unas seiscientas almas. Sesenta años más tarde, el censo seguía igual. Pueblo de poco porvenir, sin agricultura ni caminos por falta de tierras a nivel y aislado por la montaña y el mar, cada vez que nacía un niño, alguien abandonaba el pueblo dispuesto a radicarse en regiones más prósperas.

El pueblo consistía, en aquella época, en un conglomerado de casas encaramadas en pilotes, la mayoría de ellas a orillas del mar; casas construidas con paredes de caña brava y techos de hojas de guágara. Tenía una sola calle estrecha, incrustada de conchas de coca leca, comenzaba junto a la playa y subía serpenteando hasta el cementerio. En todo el pueblo no había un terreno plano ni dos casas al mismo nivel. Durante los meses de invierno, cuando las marejadas eran fuertes, a veces el agua subía hasta el atrio de la iglesia y si no fuera por los altos pilotes, más de una casa habría sido inundada por la fuerza del mar. Algunas, erguidas loma arriba, tenían el piso de tierra o de tablones, pero esas eran las menos. Por el medio del pueblo bajaba una quebrada que desembocaba en la playa. La iglesia estaba ubicada en una pequeña playa cerca de donde comenzaba la única calle del pueblo. Antigua fortaleza de paredes espesas y troneras en sus muros blanqueados con cal era el orgullo de los habitantes de Chumico. Esa iglesia era la prueba palpable de que en realidad los españoles se habían detenido lo suficiente para construir un fuerte y colonizar el área. Allí se albergaba la estatua un poco desvencijada del. Milagroso Cristo de Chumico. Nadie sabía cómo había ido a parar la imagen del Cristo al pueblo pero su fama se extendía por toda la región. Todos los años en el mes de marzo se celebraba una gran fiesta en su honor a la cual acudían devotos desde muy lejos. El Obispo de Panamá siempre enviaba a algún cura que durante esa semana se dedicaba a bautizar a los niños nacidos el año anterior y a casar a aquellos que sin esperar la bendición de la iglesia se decidían a vivir bajo el mismo techo. En realidad esto sucedía en la mayoría de los casos, siendo los chumiqueños de naturaleza ardiente y poco dados a la espera. Los más pudientes, iban a la isla de San Miguel a casarse porque allí había cura todo el año.

El camposanto de Chumico queda aún loma arriba casi llegando a la montaña, desde allí se divisa la bahía hasta Punta Pericos y toda la desembocadura del río Tatumí. A un lado, el cementerio termina abruptamente en un acantilado que desciende verticalmente hasta el mar erizado de negras rocas. La tierra rocosa y dura es difícil de cavar, pero no hay otro lugar en dónde enterrar a los muertos a menos que uno se decida por tirarlo al mar. Cuesta trabajo llegar a la cima de la loma cargando un difunto a cuestas y cómo será de difícil el tirón de canillas después de una noche de velorio regada de aguardiente y lágrimas. En medio de la bahía desemboca el río Tatumí profundo y peligroso, lleno de lagartos y caimanes corriente arriba. Esta es la única vía de comunicación fácil con el interior del país ya que resulta casi imposible cruzar las montañas a pie.

En la época de nuestra historia el pueblo había limpiado río arriba unos terrenos más o menos planos y era allí donde se cultivaban los pequeños sembrados de arroz, plátanos y caña de azúcar que alcanzaban modestamente para alimentar a todas las familias. Los alimentos se repartían entre todos aunque en más de una ocasión algunos peleaban por querer acaparar una porción más abundante de lo que en realidad les correspondía. Los hombres salían a cazar al monte y todo era distribuido equitativamente. La plata circulaba poco en Chumico. Solamente en la tienda del chino Ah Sing, se compraban en pesos contantes y sonantes baratijas, sal, café, jabón y telas medidas meticulosamente. El chino no le daba crédito a nadie, pero a veces cambiaba mercancía por pescado o arroz que eran los alimentos que él necesitaba. En realidad, ninguno de los habitantes de Chumico se mataba trabajando. La mayoría se contentaba con satisfacer sus necesidades básicas porque no tenían muchas ambiciones. Algunos se dedicaban a la pesca de la ostra perlífera, a pesar de los peligros del buceo a catorce varas de profundidad. A más de dos se los comió un tiburón y otros, como Manuel, quedaron medio sordos. Las perlas traían buena ganancia en la capital y los muchachos se arriesgaban, aunque cada vez se hacía más difícil el buceo porque ya escaseaban los moluscos. Así transcurría la vida en el pueblo totalmente ignorado por el gobierno central que desde Bogotá trataba de controlar al Istmo.

Al llegar el atardecer, las mujeres apoyadas en los primitivos balcones pasaban las horas entre chisme y chisme. Doña Leonor hablaba con Felicia cuesta abajo y si torcía un poco el pescuezo alcanzaba a ver la punta del balcón de doña Matilde González, a quien había que gritarle porque estaba algo sorda. Ello no era obstáculo para que la buena señora no se diera por vencida hasta extraer la última migaja de información de labios de sus vecinas.

—Leonor, Leonor. Hay carne en casa de Pastor. Mande a su hija a buscarla antes de que se acabe, —gritaba doña Felicia.

—Felicia… hoy me dijeron en la tienda del chino que los liberales se habían levantado en Coclé. Sólo es cuestión de tiempo y la guerra va a llegar hasta aquí.

—¡Dios nos ampare a todos!

La pobre doña Matilde, con el torso estirado sobre el balcón trataba de adivinar si los liberales se habían llevado la carne o si Pastor había sucumbido a algún pecado de la carne. Secretamente, a doña Matilde esa expresión de «pecados de la carne» siempre le había parecido pecaminosa «per se».

Una vez al año, por órdenes del Obispo, venía al pueblo el cura don Venancio y el tema favorito de sus sermones era el susodicho pecado. Cuando el cura comenzaba con sus diatribas, los oídos de doña Matilde comenzaban a acariciar las palabras —en contra de su voluntad claro está— ¡Carne Carne! y sus partes íntimas se prendían de recuerdos de humedades ya perdidas. —¡Jesús, María y José! —musitaba la vieja–. Mea Culpa, mea culpa. ¡NO! Era por culpa de don Venancio y sus sermones que tenía que rezar tres rosarios completos, penitencia que ella misma se imponía porque no es verdad que le iba a confesar al cura las flaquezas que sus sermones provocaban.

—Doña Felicia por favor, hable usted más alto, que no la oigo, —les chilló Matilde con medio cuerpo fuera del barandal.

Sin hacerle caso, las mujeres seguían su conversación, atentas a todo lo que pasaba en la calle.

Una bandada de chiquillos correteaba loma abajo perseguidos por los perros del vecindario, levantando una nube de polvo. Manuel venía de la playa, con el paso rápido de juventud arrogante que no teme a nada. Muchacho alto, de tez oscura y pelo lacio, dientes muy blancos que la boca de gruesos labios dejaba al descubierto por la fácil sonrisa. En la cabeza, un sombrero de paja, colocado de medio lado y camisa de cotona bien estirada que le daba un aire de elegancia poco común por esos lados. Por su labia fácil y educada hacía suspirar a más de una, sobre todo porque sabían que tenía una pequeña fortuna en perlas. Los ojos negros, de aspecto lánguido a veces y otras llenos de picardía, lo hacían aún más apuesto. Era uno de los pocos muchachos del pueblo que sabían leer y escribir bien. La familia Muñoz había completado su escuela primaria. Después, Josefa lo había mandado a la capital a casa de una hermana para que aprendiera un oficio que no fuera carpintero de ribera como el padre. Pero Manuel, luego de dos años, regresó a Chumico y no quiso volver a la zapatería en donde lo había colocado la tía. Años más tarde, cada vez que estrenaba un par de botas, confesaba que el olor a cuero nuevo lo mareaba y le daba ganas de vomitar.

Al verlo pasar por la calle, las mujeres comenzaron a cuchichear nuevamente.

—Ya va a molestar a la pobre maestra. Vergüenza debía de darle, con su padre acabado de enterrar y el asunto de la hija de Tiburcio sin resolver. Dicen que estaba embarazada y lo perdió y Tiburcio lo andaba buscando para darle una golpiza.

Doña Matilde exasperada al no poder oír la conversación entre Leonor y Felicia comenzó a gritarle a Manuel que silbando seguía su camino sin prestarle atención a las miradas acerbas de las viejas.

—Manuel, Manuel. ¿Cómo está Juana? Hace días que no la veo.

—Está bien, doña Matilde. Sólo un poco acabangada después del velorio.

—Dígale que mañana temprano paso por allá.

—Amén, Jesús, —susurró Felicia—, Juana no gusta de ella por santurrona y chismosa.

—Pobre Juana, —musitaba Leonor—, con esos hijos que tiene, ¿qué va a ser de ella? Son tan egoístas como Francisco. Mira que tener la ocurrencia de morirse solo en un cuarto en el que no dejaba entrar a nadie. Dicen que se murió de pura terquedad.

—Voy mañana temprano, ¿oyó Manuel? Mañana bien temprano —chillaba Matilde.

Manuel haciéndole señas de haber comprendido siguió su camino por la empinada cuesta que llegaba a la escuela.

—Ese muchacho va a terminar mal, ya verá usted Felicia —insistió Leonor— muy mal…

«Parecen cotorras en palo de mango —pensó Manuel— Dios me libre de sus lenguas». Y despreocupado continuó la marcha silbando entre dientes.

03

La señorita Carmen había llegado de la capital hacía dos meses. Era la primera maestra que llegaba al pueblo, como gesto tardío de algún político que de repente se acordó que Chumico existía. Los habitantes del pueblo habían mandado peticiones por muchos años para que se les asignara una maestra, pero estas fueron ignoradas. A pesar de que San Miguel estaba más lejos, allá tenían cura y maestra permanentemente con la consiguiente indignación de los chumiqueños.

La maestra que llegaba era muy joven. De ojos oscuros, serios y la boca de labios delgados apretados casi en un mohín de amargura; el largo pelo negro estirado sobre las sienes y amarrado detrás de la cabeza en un rodete. No era bonita, pero sus delicadas facciones de piel muy blanca no acostumbrada a los rayos del sol, inspiraban simpatía al momento de conocerla a pesar de que sonreía poco. Había desembarcado de una panga que la trajo del barco anclado bahía afuera, muy erguida y sin pedir apoyo. Al pisar la playa se notaba turbada cuando los alborozados chiquillos que la esperaban gritaban al unísono: ¡Viva la Maestra! ¡Viva la Maestra!

Carmen Teresa Bermúdez era la hija menor de un matrimonio pobre de la capital. La madre, doña Evarista, quedó viuda a los treinta y cinco años y se dedicó a sus hijas con lo que le producía una pequeña fonda en donde daba de comer a casi toda la guarnición de colombianos acantonados en Panamá. Educó a las muchachas con la gentileza de las clases pudientes. Las cuatro aprendieron a pintar al óleo, a bordar primorosamente al pasado y punto de cruz, y algo de latín, además asistían a diario a los actos piadosos de las iglesias vecinas. Las muchachas pasaban los días entre misas, lecciones y novenas. La viuda se entendía sola con el trabajo en la fonda y nunca permitió que las hijas se rozaran con la soldadesca que acudía a comer allí.

—Yo no he criado a mis hijas para manos de soldados, —solía decir.

Carmen era la única que a diario se rebelaba en contra de la gentileza artificial impuesta por la madre. A ella, poco le gustaba la costura y siempre acababa la clase de dibujo tirando los pinceles contra la pared ante las constantes críticas del maestro, un español pintor de santos de iglesia que llevaba muchos años en Panamá. Él, le decía a doña Evarista después de cada lección:

—Carmen no tiene paciencia señora. A ella lo que le gusta es leer. No tiene ninguna vocación para el arte. Sería mejor que no la fuerce usted; a empujones no va a aprender nada.

—Déjese usted de tonterías. Mi hija es inteligente y va a aprender como las hermanas. Usted cobra bien por las clases que da y yo le pago con puntualidad, así que no tiene porqué quejarse tanto.

Resignado, el español no se atrevía a contrariar a la señora, pero de continuo le prestaba a Carmen tomos y volúmenes que él había traído consigo de España, una mezcla de novelas clásicas, libros de historia y filosofía. Finalmente, Carmen acabó por convencer a la madre de que ella no había nacido para artista del pincel y le expresó su deseo de matricularse en la Escuela de las señoritas Rubiano en donde las jóvenes recibían educación superior. Sus hermanas trataron de disuadirla de sus propósitos de estudiar, arguyendo que nadie se iba a casar con una sabionda. Carmen se encogía de hombros negándose a escucharlas.

—No me importa —le decía—, prefiero quedarme soltera a ser una ignorante toda la vida.

Doña Evarista, espantada, no sabía qué hacer con la hija cada día más retraída en su mundo de libros y que poco participaba de la vida social de la familia. Cuando cumplió los catorce años, acabó por acceder a dejar que se matriculara en la Escuela de las Rubiano.

Las veladas transcurrían alegres en la vieja casa de madera grande y cómoda situada en la loma de Las Perras. Las muchachas conversaban animadamente con los jóvenes invitados, bajo la atenta mirada de doña Evarista que desde su mecedora bien situada supervisaba la tertulia. En verano, el aroma del jazmín del Cabo que crecía en profusión en el patio central de la casa, inundaba las habitaciones con su dulzura. La mayor de las hijas llamada Irene, ya tenía novio a los diecisiete años. Se había comprometido con un joven español, dueño de una pequeña mueblería situada cerca de la playa de San Felipe. Las otras dos se entretenían con los oficiales de la guarnición y algunos jóvenes del vecindario. Carmen participaba muy poco en la conversación del grupo. De costumbre se sentaba en una esquina de la salita enfrascada en la lectura de uno de los libracos que el Profesor español le prestaba y hasta entrada la noche leía a la luz de una lámpara de querosín, sin importarle las idas y venidas de visitantes y parientes. En secreto, doña Evarista era de la opinión que la muchacha acabaría por aburrirse de tanto estudio.

—Ya se le quitarán los humos de la cabeza, —les decía a las otras hijas.

Pero Carmen, imperturbable, siguió estudiando bajo la tutela de las Rubiano. Por tres largos años se levantaba bien temprano y recogiendo sus libros salía veloz sin hacerle caso a las amonestaciones de Evarista que la llamaba a desayunar, aunque fuera un pedacito de bollo. En el día de la graduación, la madre por primera vez sintió el orgullo de tener una hija educada. Con su vestido vaporoso de volantes blancos y el negro pelo amarrado sencillamente detrás de las orejas con una cinta rosada, la muchacha se veía casi hermosa, con el rostro ruborizado de emoción al leer el discurso de graduación que tuvo el honor de pronunciar por ser la mejor alumna.

Armada con su flamante diploma, la joven comenzó la ardua labor de solicitar trabajo de las autoridades del Gobierno. Por esos días se preocupaban por las actividades liberales de los pueblos del interior y tratando de apaciguar las quejas por falta de atención, que a diario llegaban a las oficinas del Estado, decidieron despachar a las jóvenes maestras a los pueblos del litoral sur que nunca antes habían recibido educación formal. Es así como Carmen fue nombrada maestra de Chumico, el último pueblo de la región del sudeste del Istmo de Panamá. •

04

—Mamá, me voy a trabajar a un pueblo que se llama Chumico, —anunció Carmen.

—¡Dios mío! ¿y en dónde queda eso? —Preguntó Evarista.

—En la costa sur. Hay que embarcarse tres o cuatro días para llegar hasta allá.

Al oír la palabra «embarcarse» a doña Evarista le dio un vahído.

—¡Dios mío, Dios mío! ¿qué he hecho yo para merecer este castigo? Mi pobre hija quiere irse a la selva a trabajar. ¡Quién sabe qué clase de peligros hay por allá! ¡Todos esos pueblos son de negros casi salvajes! —La pobre mujer se retorcía las manos con desesperación y lágrimas en los ojos.

—No importa de qué color es la gente por allá, —replicó la muchacha—. Han pedido una maestra y el Gobierno me pagará diez pesos al mes por trabajar. Para eso estudié mamá, para enseñar a los que más lo necesitan.

—Hija mía, piénselo bien. Ese trabajo es una locura. Usted es todavía una niña. ¿Cómo va a irse tan lejos?

Fueron días de discusiones y llanto. Finalmente la madre acabó por acceder a los deseos de la muchacha. A regañadientes aceptó que Carmen se fuera a Chumico, pero eso sí: tenía que ir acompañada de la tía Eugenia, vieja solterona hermana de Evarista que había vivido con ellas desde hacía muchos años.

—Una chiquilla no puede viajar sola tan lejos por muy maestra que sea. Eugenia irá con usted o no va. —Carmen accedió. En el fondo le daba un poco de miedo la gente desconocida. Además, ella se llevaba muy bien con la vieja Eugenia, a pesar de lo rezongona que era. Las hermanas de Carmen se persignaban cada vez que se mencionaba Chumico en su presencia.

«¿Habrase visto, loca? —comentaban con burla—, quiere irse a un pueblo de negros y culebras. Allí no hay más que mosquitos y enfermedades.

—Irene ya se había casado con el español de la mueblería y llegaba todas las tardes a regañar a la hermana menor, vanidosa luciendo sus prendas y vestidos de tafetán y el coche nuevo. Carmen, sin hacer caso de sus argumentos, seguía preparando su baúl para embarcarse en el próximo bongo que saliera rumbo a Chumico.

Por esos días doña Evarista estaba pensando seriamente en volver a casarse con un Oficial de la guarnición que por meses la había estado cortejando entre bocado y bocado en la fonda. Don Francisco Biendicho y Larrañaga era hijo segundón de una familia muy importante de Madrid, como decían los rumores que de él corrían por el Cuartel. Solterón empedernido y asiduo concurrente de la fonda, el romance comenzó con alabanzas a los guisos que salían de las manos primorosas de Evarista y terminó con una proposición formal de matrimonio.

—Por favor Evarista, cásese conmigo. Yo necesito compañía en este destierro a que mi pobreza me condena y usted también está muy sola.

A Evarista el corazón se le saltaba del pecho entre suspiros y silencios y para disimular su turbación, tapaba y destapaba ollas en la cocina tratando de librarse sin conseguirlo de las manos del español cada vez más audaces que hasta allá iban a buscar su cintura. Cuando Carmen anunció que había conseguido trabajo de maestra en Chumico, en el fondo de su alma se alegró aunque jamás lo hubiera confesado a sí mismo. Al librarse de la responsabilidad de la hija más joven podría realizar los deseos que tenía de casarse con el español. Las otras dos ya tenían novio y era seguro que se irían de la casa en pocos meses.

Cuando Evarista anunció sus intenciones de contraer nupcias con don Francisco Biendicho, el escándalo en la familia fue de tales proporciones que todas se olvidaron de Carmen y de su trabajo en Chumico. Las hijas se ahogaban de vergüenza por la conducta de la madre y la llenaron de recriminaciones. Ella se sentía tan feliz que olvidó a las hijas y la fonda. Por las calles de Panamá paseaba su romance sin importarle el qué dirán; después de todo, tenía solamente cuarenta años cumplidos y todavía se sentía joven y atractiva. Los años de viudez no habían apagado los fuegos de la cama matrimonial. Había sido una buena madre para sus cuatro hijas y ya necesitaba pensar en sí misma. Aunque la fonda prosperaba, era un trabajo muy agotador y ninguno de los empleados había logrado aprender a cocinar como ella. Anhelaba dejar todo ese trabajo atrás y dedicarse solamente a las labores hogareñas en compañía de don Francisco. Cada vez que veía el apuesto perfil del oficial, se decidía aún más a casarse con él, a pesar de las objeciones de sus hijas.

Irene acudió llorosa a consultar al párroco de la familia. Ella deseaba que el cura bonachón disuadiera a la madre de la locura que estaba a punto de cometer. Pero el sacerdote, sabio conocedor de la naturaleza humana, acabó por convencerlas de que no había nada pecaminoso en los deseos de Evarista y les aconsejó resignarse a los hechos para bien de toda la familia.

Doña Evarista Muñoz contrajo matrimonio con don Francisco Biendicho el día antes de salir Carmen hacia Chumico. En sencilla ceremonia en la Catedral después de la Misa de seis, unieron sus destinos acompañados por las cuatro hijas llorosas y acongojadas, la tía Eugenia rezongando y algunos oficiales de la guarnición, compañeros de armas del español.

—Bonita que está la viuda. Y dicen que tiene dinero. ¡Suerte que tiene el Capitán!

—¡Bah! Las hijas están mejor y son jóvenes.

—¿Será verdad lo que dicen que él estuvo casado en España y dejó a la mujer allá?

—Yo nunca me tragué el cuento de que era de familia noble. Todos estos españoles vienen a América con esas historias de grandeza para hacerse los importantes.

Las frases malévolas de los oficiales eran recogidas por el fino oído de Carmen. Con los ojos llenos de lágrimas y la tez cada vez más pálida trataba de concentrar su atención en el altar mayor, mientras rezaba fervorosamente para no oír las habladurías de cuartel.

Después de la ceremonia, los recién casados se dirigieron a la casa de Evarista, acompañados por los invitados que a pie seguían el coche nupcial. A esa hora de la mañana aún quedaba en el ambiente la caricia de las brisas de la madrugada y la caminata se hacía agradable por las estrechas calles. Felizmente no llovió en todo el día. El decoro exigía que siendo Evarista viuda, se sirviera a los invitados un sencillo desayuno compuesto de chocolate caliente y bizcochos mandados a hacer en la panadería francesa. A medida que llegaban los celebrantes la conversación subía de tono en la salita mientras Eugenia y las muchachas ayudadas por algunas amigas se esforzaban por atender a todos los invitados y curiosos que venían a presentar sus felicitaciones a los novios. Carmen era la única que se mantenía alejada del bullicio de la fiesta. Encerrada en su cuarto se dedicó a empacar su baúl para el viaje a Chumico. Todo el día fue un entrar y salir de gente casi hasta el anochecer. Al partir el último huésped fueron cerradas las puertas de la calle. Los novios se retiraron a la habitación de Evarista con un «buenas noches» lleno de reticencias y rubores. Eugenia se encargó de llevar los platos y tazas a la cocina, rezongando entre dientes. La pobre vieja no comprendía nada. Primero fue el asunto del viaje de Carmen a Chumico que la había llenado de terror. Accedió a acompañarla pero estaba segura de que algo terrible les iba a suceder durante ese viaje.

—Embarcarme yo que nunca he metido ni los pies en el mar! ¡Qué locura! Te ofrezco Señor este sacrificio como expiación a mis culpas, —recitaba piadosa arrodillada al lado de su cama.

Carmen sin poder conciliar el sueño deseaba intensamente que la mañana llegara cuanto antes. Los ruidos del amor se filtraban a través de las paredes y la llenaban de una intensa desazón. Estaba convencida de que nunca más podría vivir junto a la madre y el nuevo marido. Le sería difícil adaptarse a la presencia del militar en la casa. Todos fueron temprano a despedirla a la playita del mercado. Con la marea llena ella y Eugenia se embarcaron en el bongo caracaballo dejando atrás los consejos y recomendaciones que les hicieron hasta el último minuto las mujeres, mientras se enjugaban los ojos de un llanto de despedida lleno de temores. •

05

El calor pesaba en el cuerpo como un puño de hierro presagiando la lluvia que se avecinaba. Los muchachos, que en forma desordenada iban saliendo de la escuela, se entretenían tirando piedras a los pájaros.

—Sigan directo a sus casas y no se distraigan en la playa que va a llover —amonestó la maestra desde la puerta de la escuela.

Con gesto de cansancio volvió a entrar y se puso a recoger los útiles escolares regados por la mesa que le servía de escritorio. A lo lejos se escuchaban los truenos que desde la montaña anunciaban con sus redobles la tormenta que se aproximaba. La improvisada aula de pisca de tierra y paredes de caña brava, malamente acomodaba a los cincuenta y tres chiquillos de todas las edades que allí acudían a recibir sus enseñanzas. Algunos sentados en banquetas y la mayoría en el suelo a duras penas trataban de aprender el abecedario.

—Usted se queda castigado Pedro —dijo la maestra dirigiéndose a uno de los alumnos—. Se ha portado peor que nunca. No crea que no me di cuenta de que estaba halándole los moños a sus compañeras. Si continúa así voy a tener que decirle a su mamá que no puedo tenerlo más en la escuela.

—¡Ay no maestra! No llame a mi mamá que me van a dar una buena rejera. Le prometo que no volverá a suceder. ¡Por favor! Que no se entere mi papá que me mata.

—Bueno, bueno, ya veremos si cumple sus promesas. Coja una escoba y póngase a barrer.

La lluvia comenzó de golpe batiendo con furia el alero de pencas, hasta apagar con su estruendo los ruidos de la tarde. Casi sin aliento, Manuel entró corriendo en la escuela sombrero en mano y un ramo de flores en la otra, mojado de pies a cabeza por el torrente de agua que arreciaba.

—Buenas tardes, Carmencita. ¡Qué barbaridad de lluvia tan fuerte! Aquí le traigo estas flores que recogí en la montaña. Espero que sean de su agrado.

Sin poder disimular la turbación que le producía la presencia del hombre, la muchacha las aceptó sin decir nada e hizo un gesto al chiquillo que había interrumpido la tarea y curioso los contemplaba.

—Pedro, haga el favor de traerme una vasija con agua para las flores y termine de barrer que se hace tarde.

Con una mueca traviesa en los labios, Pedro agarró un pote de barro de un rincón y saliendo del aula lo llenó con agua de lluvia.

—Gracias Manuel son muy bonitas, pero no debía haberse molestado, —dijo Carmen mientras las arreglaba en el improvisado florero. Aprovechando la distracción, el chiquillo salió corriendo sin importarle la lluvia que seguía cayendo torrencialmente, contento de haberse librado de su castigo tan fácilmente.

Desde el día en que Carmen llegó a Chumico, Manuel la cortejaba asiduamente. A él le tocó llevarle los baúles hasta la casita que le habían asignado a la maestra, situada a un costado de la improvisada escuela. A su llegada, casi todo el pueblo había bajado a la playa a recibirla y algunos escépticos al verla murmuraban entre sí.

—¿Esta es la maestra que nos han mandado? ¿Qué podrá saber si es casi una niña?

Eugenia tuvo que ser cargada desde la panga a la playa todavía mareada por la travesía. Con ademanes hoscos, rechazaba las ofertas de ayuda de las mujeres del pueblo que solícitas acudían a sujetarla, cuando puso pie en tierra. Ella y Carmen se sentían tan cansadas que preferían que las dejaran solas lejos de la curiosidad de los chumiqueños. Juancho y Manuel cargando los pesados baúles, las llevaron hasta la casa que le habían construido a la maestra. De eso ya habían transcurrido casi cuatro meses. Manuel pasaba por la humilde vivienda todos los días, haciéndose útil en varios menesteres. Algunas veces ayudaba a la vieja a encender el fogón o a arreglar el aula que malamente acomodaba a todos los alumnos.

Las primeras semanas habían sido muy difíciles para Carmen. No se imaginó que las cosas estuvieran tan mal en Chumico; la mayoría de los muchachos, algunos hasta de quince años de edad, nunca habían tenido ningún tipo de enseñanza. Estaban acostumbrados desde niños al bregar del trabajo diario pero muy pocos dispuestos a aprender el abecedario. Lo peor de todo era tener muchachos de edades tan distintas en la misma aula. Los más grandecitos añoraban la libertad de la playa y el monte y no era fácil dominarlos pero poco a poco los fue domando. Algunos acabaron interesándose en aprender a leer y escribir y otros acataban la disciplina que administraba con la fuerza de su personalidad, ya que a pesar de sus cortos años, Carmen impresionaba a los que bajo su tutela estudiaban. A veces, comenzaba leyéndoles algo interesante y para mantener la atención de sus pupilos los dejaba en suspenso con la promesa de continuar la historia al día siguiente. Manuel se las arreglaba para llegar siempre a la hora de la lectura y embelesado escuchaba las palabras de la maestra. Era entonces cuando ella leía más elocuentemente páginas y más páginas de las historias que había traído de Panamá. Las hazañas de Napoleón eran seguidas por las vicisitudes de Ulises o la historia de los emperadores romanos.

Por las tardes, después de terminar sus labores en la escuela, iba al chorro de las mujeres a bañarse acompañada por la vieja Eugenia que no la dejaba salir sola ni un instante.

—No confío en esta gente, —refunfuñaba—, y menos de ese joven Manuel. Está viniendo demasiado por aquí.

A regañadientes, accedió a acompañar a la pareja en largos paseos hasta la playa y a veces al otro extremo del pueblo cerca del río Tatumí. Caminando lentamente no se le escapaba la más mínima palabra que los jóvenes intercambiaban. Varios meses habían transcurrido desde su llegada a Chumico pero Eugenia tenía poca amistad con los habitantes del pueblo porque los consideraba inferiores a su persona. Ella venía de la capital y desdeñaba las costumbres sencillas y algo primitivas de los chumiqueños.

—Este pueblo de micos y alacranes, —le decía a Carmen— la mayoría vive en pecado mortal. Ni siquiera hay un sacerdote permanente y además todos son negros.

—Tía, por favor, déjese de hablar así —le suplicaba Carmen—. Alguien la puede oír y me daría mucha vergüenza. Estas señoras han sido muy amables con nosotras.

—¡Bah! —Continuaba la terca vieja—, esta gente vale poco. Comen hasta carne de loro; carne negra y dura. ¡Qué asco me da… Nosotras seguiremos comiendo solamente pescado. Por lo menos es más civilizado. Gracias a Dios que ya llegaron las camas de Panamá, de tanto dormir en hamaca la reuma me está matando.

Habían arreglado la casita poco a poco con muebles y cortinas que Evarista les había mandado a petición de Eugenia. Hasta un viejo armario que tenía en la casa de la capital llegó a Chumico y fue desembarcado con gran dificultad del bongo.

—Habrase visto tal lujo, —murmuraban las comadres del pueblo—, ni que fueran ricas…

La mayoría de las mujeres no gustaban de Eugenia por sus ademanes altaneros y desplantes, pero la joven maestra con su dedicación al trabajo y sus modales amables se había ganado el respeto y cariño de todo el pueblo. A diario le traían de regalo pescado, verduras o carne de monte. Los tiempos eran duros, pero en Chumico la comida no faltaba. Mientras que los hombres cortaban monte adentro los preciosos maderos que tan buena ganancia traían en las mueblerías de la capital, los muchachos jóvenes se dedicaban a la pesca en la bahía en pequeños chingos que manipulaban con gran destreza. Unos cuantos como Manuel, buceaban la ostra perlífera, tarea peligrosa porque a catorce varas de profundidad abundan los tiburones. Ya a los veinte años, Manuel estaba un poco sordo del oído derecho, dolencia que se le agravó con el transcurrir de los años. Carmen se estremecía al oír las historias que contaban los buzos. Rocas negras en las profundidades del abismo que guardaban sus tesoros. Los muchachos más tímidos se tiraban del barco amarrados con una soga por la cintura; otros más arriesgados, no tomaban tal precaución y buceaban en las áreas más profundas aguantando hasta casi dos minutos debajo del agua sin salir. Cada día las perlas disminuían y los riesgos aumentaban.

—Manuel, hasta cuándo va a seguir arriesgándose usted tanto?, —le preguntaba Carmen.

—No se preocupe Carmencita. Después de este mes no buceo más. Tengo suficientes perlas para comenzar un buen negocio. Quiero comprar dos barcos grandes para transportar mercancía a la capital, —anunció Manuel ufano.

La amistad entre los jóvenes asustaba a Eugenia. Ya no encontraba la forma de disuadir a Carmen del interés que le despertaba la persona de Manuel. Con sus modales corteses y las muchas atenciones que a diario les hacía, se había hecho casi imprescindible en el hogar de las dos mujeres. A menudo, se quedaba hasta tarde leyendo en voz alta a la luz de la guaricha, con el pretexto de refrescar los conocimientos adquiridos hacía años en la escuela de San Miguel. Las comadres del pueblo trataban por todos los medios de enterarse de los pormenores de la vida que llevaban las capitalinas y con cualquier pretexto se llegaban a visitar a Carmen muy llenas de motivos, precisamente a las horas en que Manuel se encontraba allí estudiando. Maliciosamente una que otra le comentó a Eugenia:

— ¡Habrase visto el enamoramiento que tienen esos dos. Si parecen tortolitos…!

Ante estas insinuaciones, ¡la vieja tía negaba lo que a la vista de todos saltaba! Carmen y Manuel se notaban muy enamorados. Ese batir de miradas y rubores por cualquier frase sin consecuencia, esas sonrisas misteriosas, esos enfados por tonterías, esas interminables despedidas Sin embargo, entre los dos no se había intercambiado ni una sola frase de amor.

«¿Cómo me declaro si ella es tan seria», se preguntaba Manuel.

«¿Por qué no me dirá nada, será porque soy fea y no le agrado?», suspiraba Carmen.

Ya le habían contado los rumores cada vez más persistentes de las aventuras amorosas del muchacho.

—Tenga cuidado con Manuel, hija. Él es muy mujeriego, —le comentaba Leonor—. No estoy segura, pero dicen que la hija mayor de Tiburcio Peña, la que se llama Lastenia, estuvo muy enredada con Manuel.

El ir y venir de beatas y comadres que a su puerta llegaban con toda clase de chismes y rumores de Manuel llenaban a Carmen de angustia. A veces, le parecía injusto no darle oportunidad al muchacho para que se defendiera de sus acusadoras. Ella no tenía derecho a reclamarle nada; eran solamente amigos y la vida privada de Manuel no era de su incumbencia. Eugenia, mientras tanto, rezaba para que llegara el verano y la hora de regresar a la capital. A través de las influencias del flamante marido, Evarista le había conseguido el traslado a Carmen para una escuela en Panamá a partir del próximo año. En vano le había rogado a la muchacha que regresaran antes del final del año escolar. Evarista se sentía muy preocupada por el tono ominoso de las cartas de Eugenia, quien no se había atrevido a contarle a la madre que el motivo de su ofuscación era el romance de la hija con el pescador. En sus cartas, insinuaba toda clase de oscuros problemas, si la muchacha no era trasladada cuanto antes a un lugar más civilizado. Por todos los medios trataba de mantener a Carmen y a Manuel alejados, pero sin tener mucho éxito en sus gestiones. Por lo menos, nunca los dejaba solos, aunque a veces le costaba trabajo ahuyentar el sueño que se apoderaba de ella durante las largas tertulias que sostenían los jóvenes. En esas ocasiones apelaba a todas las huestes celestiales para que le dieran fuerza y resistencia. Ella tenía el deber sagrado de cuidar a su sobrina y por nada iba a cejar en este empeño.

Y fue así como en una tarde lluviosa Carmen se quedó sola en la casa. Eugenia había ido a visitar a la partera Rosa, una de sus pocas amigas, que se encontraba postrada con un mal en las piernas. Como era sábado no había clases y Manuel se había ido a bucear a las islas hacía más de cuatro días. Agobiada por el calor, Carmen se sentó cerca de la ventana a leer uno de sus libros. La humedad de la tarde pegaba la fina camisola de batista al cuerpo sudoroso de la muchacha. Gruesos nubarrones negros cubrían el cielo, presagiando la tormenta que estaba por caer. De vez en cuando una ráfaga de aire refrescaba el ambiente, levantando en vuelo las cortinas de la casa. La lluvia llegó de repente con la fuerza de un torrente.

De la puerta llegó el sonido urgente de una mano presurosa. La fuerza del toque sobresaltó a Carmen que no esperaba que Eugenia regresara tan rápidamente de su visita. Al abrirla se sintió gratamente sorprendida al ver a Manuel en el umbral, mojado de pies a cabeza, cargando una canasta llena de pescados y jaibas que pugnaban por salirse de su prisión.

—No lo esperaba hasta mañana, Manuel. Pase adelante.

—El buceo se hacía difícil. La mar está muy picada y tuvimos que regresarnos. Aquí le traigo estas jaibas y unos pescados. Espero que le gusten.

Silenciosa, la muchacha lo dejó entrar, cerrando la puerta.

—Perdone que haya tocado tan fuertemente. Está lloviendo muy duro y temía que no me oyeran.

La sintió temerosa y turbada. La intimidad de la tarde, oscura por el aguacero, les golpeaba los sentidos y por primera vez notó la sencilla camisola que dibujaba el cuerpo joven.

—¿Y doña Eugenia? —preguntó Manuel extrañado de no oír la voz estridente de la vieja, que acudía corriendo en cuanto se daba cuenta de que él había llegado.

—Fue a casa de la señora Rosa. Le avisaron que estaba enferma y usted sabe que mi tía la aprecia mucho.

—Entonces me retiro. Usted perdone Carmen.

—Está lloviendo mucho Manuel. No se moje más que puede hacerle daño.

—No se preocupe; yo estoy acostumbrado, —le contestó riendo. La idea que un poco de agua fuera a enfermarlo le parecía jocosa. Él, que había pasado la mitad de su vida en el agua.

«Estas capitalinas tienen cada ocurrencia, pensó, la gente por allá es medio melindrosa».

—Espere a que escampe. Por favor, siéntese acá.

—Gracias Carmencita, le agradezco su amabilidad.

Pero en vez de sentarse ambos se dirigieron a la ventana para contemplar la lluvia que seguía cayendo con fuerza. La cortina gris oscurecía la calle y casi no se divisaba el mar.

«Estamos solos; finalmente puedo hablarle», pensó Manuel. «¡Cómo me excita verla así con esa ropa pegada al cuerpo!». La agarró por los hombros estrechándola contra su pecho con fuerza y sus labios buscaron los de ella besándola con pasión. La sintió palpitando entre sus brazos con la timidez del deseo incipiente y le besó la frente, los ojos, la boca, él cada vez más ardiente y ella muy asustada.

«¡Dios mío, ayúdame! No quiero cometer un pecado», pensaba la muchacha tratando de negar el placer que sentía por las caricias del hombre.

Al darse cuenta del intenso desasosiego de la joven, abruptamente Manuel la soltó.

—Perdóneme Carmencita. No he querido faltarle el respeto. No sé qué bicho me picó. Perdone mi atrevimiento.

Carmen no atinaba a decir nada. Se sentía tan nerviosa que las palabras no le salían. Inclinó la cabeza sobre el pecho mientras las lágrimas se deslizaban por sus tersas mejillas. Él, al verla llorar, se sintió aún más culpable.

—Carmen no he querido ofenderla, créame. Usted se merece todo mi respeto y admiración. La quiero mucho Carmen, perdóneme.

Lágrimas y más lágrimas. La muchacha sollozaba inconsolable y el asustado Manuel acabó por cogerla entre sus brazos nuevamente esta vez con gran ternura. Entre besos y caricias le declaró sus honestas intenciones.

—Cásese conmigo Carmen. Yo quiero tenerla de esposa. Quiero compartir el resto de mis días con usted. Desde el primer día que llegó a Chumico me di cuenta de que era la mujer para mí. Cásese conmigo. Poco a poco la fue calmando y la muchacha se entregó de lleno a la emoción que la embargaba.

Cuando Eugenia regresó después del aguacero, Carmen radiante, le anunció su compromiso con Manuel y sus intenciones de casarse con él cuanto antes mejor. La tía cayó en un desmayo que le duró casi tres horas. Cuando se recuperó comenzó a increparla.

—No se puede casar con ese hombre Carmen, sería una locura. Él es un simple pescador y además negro. ¿Qué van a decir su madre y sus hermanas? Se morirán de la vergüenza cuando se enteren. Piense en su padrastro. Un hombre tan importante que nos ha hecho el honor de querer pertenecer a esta familia. Un hombre como él, que proviene de una raza tan distinguida no puede emparentar con un negro.

La joven se indignó ante estos argumentos de la tía que sofocada se abanicaba sin parar no fuera a desmayarse otra vez.

—Vergüenza debía darle, usted que tantos golpes de pecho se da. ¿Cómo se atreve a hablar así de Manuel, usted que se dice tan cristiana? ¿Es que no somos todos iguales ante los ojos de Nuestro Señor? Manuel no es un cualquiera y después de todo, nosotros no somos importantes. Nuestra familia siempre ha vivido una mentira, tratando de aparentar más de lo que es. Mi madre no tiene por qué disgustarse. ¿No es acaso peor casarse con ese español aventurero y a su edad…? Nosotros hemos sido tan pobres como cualquier pescador en Chumico.

—¡No diga eso hija!, usted se equivoca. Ni sus amigas ni su familia le aceptarán nunca más si usted se casa con ese hombre. Razone Carmen. Esa unión es una locura.

Pero la muchacha se negó a escucharla y a pesar de todos los esfuerzos de la vieja, Carmen persistía en su decisión de casarse.

Finalmente, Eugenia decidió hablarle a Manuel. Ansiosa, vigilaba la ocasión de encontrarse a solas con el muchacho. Carmen presintiendo lo que se avecinaba no se separaba de Manuel cuando este venía a visitarla. Cada tarde después que terminaban las clases, él llegaba, cargando algún regalo para la vieja, tratando de apaciguar su furia. Eugenia logró sus propósitos de quedar a solas con él, utilizando la estratagema de enviar a Carmen a la tienda del chino a buscar un ovillo de hilo que dizque le hacía falta. Al llegar Manuel lo hizo pasar a la salita y lo invitó a sentarse en un taburete.

—Siéntese Manuel. Tengo que hablarle.

—Dígame doña Eugenia. ¿En qué puedo servirle?

—Mire Manuel, yo sé que usted le tiene mucho afecto a mi sobrina Carmen.

—Perdone que la interrumpa señora Eugenia. Es más que afecto. Yo estoy enamorado de ella y quiero hacerla mi esposa.

—Bueno, bueno. Como sea, pero quiero advertirle que esa unión es imposible.

—¿Y por qué señora? Carmen y yo nos amamos y somos libres. ¿Qué obstáculos ve usted a este matrimonio?

—No se haga el tonto, joven. ¡Una señorita como Carmen que viene de una familia importante no puede casarse con alguien como usted!

—Señora dígame sus razones, y no me ande con rodeos, —le gritó alterado Manuel.

Ante la cólera del joven la vieja no supo qué otra cosa decir. Angustiada, se exprimía las manos tratando de buscar palabras que con delicadeza expresaran la enormidad del prejuicio que la envenenaba. Los últimos destellos de humanidad le impedían herir al muchacho que tanto las había ayudado desde que llegaron al pueblo. El muy tonto no se daba cuenta de que podía traerle toda clase de problemas a Carmen si se casaba con ella.

La conversación fue interrumpida bruscamente por el estruendo de cañonazos que provenían de la bahía. Carmen entró corriendo casi sin aliento y al darse cuenta de la presencia de Manuel anunció con gran agitación:

—Ha llegado una fragata de guerra a la bahía y está tirando cañonazos al aire. Todos corren a esconderse. ¿Qué querrán Dios mío?

Manuel salió disparado de la casa sin despedirse. Con toda la velocidad de sus piernas jóvenes corrió hasta la tienda de Ah Sing en donde quizás podía obtener alguna información de lo que estaba sucediendo. Allí se habían reunido todos los hombres que estaban en el pueblo ese día. Juancho, que era el más viejo y el más locuaz, trataba de hacerse oír a través del estruendo de voces que al unísono trataban de explicar lo que significaba la presencia de un barco de guerra en las tranquilas aguas de la bahía de Chumico.

—¡Por favor, señores! Déjenme hablar, —en vano gritaba.

—Es un barco de guerra del Gobierno. Seguro que viene a supervisar las elecciones.

—Malditos conservadores! Todo lo quieren hacer a la fuerza…

—Ahora vienen por votos y el resto del año nos tienen abandonados.

—¡Vivan los liberales! No dejaremos que nos asusten con cañonazos.

En medio del tumulto de hombres y bravuconadas, el chino silenciosamente sacó de una alacena una bandera china que tranquilamente enarboló en una improvisada asta en medio del patio.

—Yo sel chino y no quelel ploblemas —anunció gravemente. El estruendo de los cañonazos fue seguido por un largo silencio. Algunos se atrevieron a asomarse a la calle. A lo lejos se distinguía la fragata anclada en medio de la bahía. Quedaron ansiosamente en espera de los acontecimientos.

—Ya desembarcan, —anunciaron unos chicuelos que desde la playa corrían asustados calle arriba. El pueblo entero vigilaba al bote que se acercaba. El mar encrespado presagiaba tormenta.

—No vienen a nada bueno —musitó un viejo— ¡mi Santo Cristo de Chumico, ampáranos! •

06

Corría el año 1898. Los liberales colombianos habían estado planeando toda una década la revolución armada en contra del Gobierno. El Istmo de Panamá era importante para los liberales ya que por su posición aislada era un lugar ideal para iniciar tácticas divisionarias.

Casi todos los pueblos del litoral eran simpatizantes del movimiento liberal sin ser Chumico la excepción. La consigna ya estaba dada por los dirigentes liberales. Había que iniciar una serie de pequeñas rebeliones que mantuvieran al ejército colombiano acantonado en Panamá entretenido, de modo que no fueran transferidos a Colombia cuando la revolución final comenzara. Chumico por ser un pueblo tan aislado, recibía noticias de los movimientos liberales esporádicamente. Cuando regresaba «La Princesa» de sus viajes mensuales, todos trataban de obtener información de lo que estaba sucediendo en el resto de la región. Así se enteraron del exilio del Dr. Belisario Porras, una figura muy destacada del liberalismo, quien andaba por Centroamérica solicitando ayuda para el movimiento.

Francisco antes de enfermarse había estado muy ligado al partido liberal por los años noventa. Por eso, tuvo que salir huyendo de San Miguel apresuradamente con su familia, cuando el Alcalde de la isla mandó a ponerlo en prisión por sus actividades políticas. Fue así como la familia Muñoz llegó a Chumico. Manuel, desde chico había oído a su padre contar las atrocidades cometidas por los conservadores y cómo la prensa había sido amordazada por las fuerzas gubernamentales. Lo que más le molestaba al pueblo era el aumento desaforado de los impuestos y los fueros y privilegios concedidos por la iglesia católica a los aliados del movimiento oligarca de los conservadores. En el noventa y seis el Gobierno envió a Chumico un destacamento militar compuesto de cinco soldados, quienes pronto fueron aborrecidos por el pueblo.

Les vendían los alimentos a precio de oro y ni Ah Sing aceptaba en pago el papel moneda que el Gobierno había fabricado últimamente. Los soldados, a culatazos obligaban a los chumiqueños a recibir el papel que todos consideraban sin valor alguno. Pero a pesar de las amenazas e injurias no pudieron obtener ningún alimento de los sufridos pescadores. Por dos semanas nadie en el pueblo salió a pescar o a cazar y con el ayuno voluntario le dieron una lección a los obstinados colombianos que de casa en casa registraban en busca de comida. Soldados criados en tierra adentro, tenían miedo a salir a pescar en la bahía por temor a los tiburones que por esas aguas abundaban. Al final, el hambre los apretó y se dieron por vencidos. Fueron a la tienda del chino a comprar pescado, arroz y carne de monte a cambio de pesos de plata. Milagrosamente, en pocas horas pudieron obtener todos los artículos que necesitaban.

—Eso es para que aprendan a respetarnos. No somos esclavos de nadie, —decían los chumiqueños muy ocupados contando sus ganancias.

Cuando estallaron las primeras rebeliones liberales en Coclé, la noticia llegó a Chumico a las pocas semanas y los cinco soldados abandonaron la guarnición, dirigiéndose a la capital en la nave que trajo las nuevas.

La fragata que arribaba cañoneando al pueblo, era el primer indicio de que el Gobierno no olvidaba del todo a los pueblos del litoral. Después de mucha discusión, Juancho organizó una comitiva para que bajara a la playa a recibir a los militares. Manuel fue incluido en el grupo a última hora por su insistencia y, además, porque Francisco Muñoz había sido un liberal importante.

—No digan nada hasta que ellos nos hablen, —les amonestaba Juancho—. Tenemos que conservar la calma; acuérdense de que tienen las armas. Las mujeres que vuelvan a sus casas. Usted también, niña Carmen. Mandaremos a buscarla si hace falta.

Bajaron por la calle con paso solemne, hasta llegar a la playa, una veintena de hombres, en su mayoría viejos, porque los jóvenes estaban trabajando río arriba en el sembrado. Sin hacer el menor esfuerzo por ayudar a los soldados que trataban de encallar el bote que los traía a la playa, esperaron a que los militares llegaran hasta ellos. Las fuertes olas de la marea les impedían maniobrar los pesados botes y con grandes esfuerzos en medio de los juramentos de los oficiales trataban por todos los medios de desembarcar en la playa sin mojarse las botas. Finalmente lograron bajar y marcharon hacia el grupo de hombres que los esperaban al lado de la plaza de la iglesia.

—¿Quién es el Alcalde de este pueblo?, —preguntó el oficial de más rango del grupo, un Capitán, evidentemente de muy mal humor por lo difícil del desembarque.

Obsequioso y con cierto dejo de malicia Juancho le contestó:

—Yo soy el alcalde su Honor. ¿En qué puedo servirle?

—¿Dónde está el destacamento militar asignado a este pueblo?

—Se fueron hace meses sin decir ni adiós mi Capitán, —contó Juancho.

—Bueno, sírvase guiarme a una casa o cualquier lugar donde podamos dialogar. No quiero permanecer más tiempo hablando tonterías en esta playa infernal, —les gritó el Capitán, mientras el viento cada vez más fuerte casi ahogaba sus palabras.

En silencio se dirigieron a la iglesia. Romualdo Pérez con gran esfuerzo abrió las enormes puertas que crujían con pereza. Ese era el único lugar en el pueblo lo suficientemente amplio como para albergar a todo el grupo. Uno a uno se fueron sentando en las desvencijadas bancas todas carcomidas por el comején y el tiempo. El Cristo de Chumico con ojos de mudo asombro contemplaba la extraña reunión.

—¿Qué los trae por aquí Capitán?, —preguntó Juancho con voz tímida para no aumentar más la ira que vivamente reflejaba el rostro curtido del militar.

Con voz cortante el Capitán inició su discurso. Primeramente anunció la elección de Don Manuel Sanclemente a la Presidencia de Colombia.

—Pero si nosotros no votamos, —murmuraron algunos asombrados—. ¿Cuándo?

—¡Silencio! Dentro de media hora deseo que se reúna toda la población, —los interrumpió con un ademán de impaciencia el Capitán.

—Pero Capitán, ¿qué está pasando?, —preguntó Juancho.

—Hemos sido informados de que existe un foco de insurrección cerca de esta costa y queremos advertirles a todos las consecuencias si cooperan con los rebeldes. El grupo que operaba en San Miguel ha sido capturado y todos han sido ajusticiados.

Un murmullo de indignación acogió las palabras del Capitán. La mayoría de los presentes tenía parientes en San Miguel, o por lo menos amigos, y la crueldad de la noticia los cogió de sorpresa. Unos a otros se miraban sin saber qué hacer y algunos a duras penas trataban de contener los deseos de violentarse con los militares que los observaban con desprecio al ir desfilando por el atrio de la iglesia. Romualdo se quedó detrás luchando en vano por cerrar las inmensas puertas que empujadas por el viento se negaban a obedecer. El Capitán detuvo bruscamente a Juancho sujetándolo con fuerza por el brazo.

—Ya sabe Señor Alcalde. En media hora quiero a todo el pueblo aquí. Además, deseo que nos consiga algunas provisiones que necesitaremos antes de zarpar con la próxima marea. Sin contestarle siguieron todos loma arriba dejando a los soldados que en la plaza despreocupadamente conversaban entre sí. Las noticias se fueron propagando por el pueblo de balcón en balcón, de casa en casa. Algunas mujeres angustiadas lloraban al enterarse del asunto de San Miguel. Otras más aguerridas, como Leonor y Felicia, estaban dispuestas a sacar las viejas escopetas y comenzar a disparar allí mismo en contra de los soldados para vengar a los muertos.

Como una sombra, Juancho iba por todo el pueblo calmando los ánimos y prometiendo que cuando llegara el momento oportuno tomarían algún tipo de represalia. Manuel lo acompañaba. A pesar de sus cortos años, el muchacho se daba cuenta de la gravedad de la situación y sabía que no era el momento para hacer demostraciones de fuerza. Los bien armados soldados podrían diezmarlos con facilidad. ¡Ya llegaría el día de la retribución!

Carmen esperaba en la escuela las noticias ansiosamente en compañía de un grupo de mujeres y sus hijos que habían acudido a ella para obtener información. Doña Eugenia se había quedado en la casa, metida en su cama, vuelta un mar de lágrimas. Carmen le había hecho un té de tilo para calmarla sin lograrlo y por fin, a la fuerza, la había obligado acostarse, mientras que ella se iba a la escuela.

—Niña Carmen, ¿qué está pasando? Díganos por favor, —preguntaban nerviosas las mujeres—. Dicen que han llegado muchos soldados y que están en la iglesia con los hombres. ¡Dios nos ampare a todos! Son muy capaces de fusilar a alguien.

Juancho llegó con Manuel. En tono lúgubre les contó rápidamente los últimos sucesos y aconsejó a todos que debían conservar la calma. El viejo tenía el alma desgarrada. Sus hermanos vivían todos en San Miguel y Juancho sabía que eran activos del partido liberal. Temía por su seguridad pero no se había atrevido a preguntar nada a los soldados por miedo a represalias. En su fuero interno, maldecía a los invasores con todas sus fuerzas, pero sabía que de su presencia de ánimo dependía la tranquilidad en el pueblo. Manuel no saludó a Carmen. Ella se dio cuenta de su preocupación y mantuvo la distancia entre los dos.

—No hay por qué asustarse señoras. Vamos todos a la iglesia. El Capitán quiere hablarnos y es preferible escucharlo sin interrupciones. Los niños que se queden en sus casas. Tenemos que mantener la calma.

Juntos salieron dirigiéndose al atrio de la iglesia en donde ya estaba reunida la mayoría del pueblo. Entraron en silencio, las mujeres sentándose en las bancas mientras que los hombres se quedaban de pie a los lados. Con paso firme el Capitán marchó hasta el altar colocándose en el medio detrás del comulgatorio para que todos lo vieran bien. Con un gesto altanero mandó a hacer silencio, mientras que el resto de los soldados permanecía parado en la entrada de la iglesia. El militar comenzó a hablar con la voz cortante del que está acostumbrado a mandar. Volvió a informarles de la elección del conservador Manuel Sanclemente a la Presidencia de la República y cómo él sería implacable con cualquier intento de revolución armada por parte de los sediciosos liberales que atentaban en contra de la seguridad y paz en el país.

—Un foco de rebeldes ha sido diezmado en San Miguel, algunos escaparon pero estamos seguros de capturarlos pronto. Si algunos de ustedes saben algo de esto, es su deber patriótico informarnos sobre el paradero de estos malhechores. Y les aseguro que los que se atrevan a esconderlos o darles albergue ante los ojos de la ley son tan culpables como los fugitivos y serán castigados duramente. ¡Ya lo saben! Después no reclamen que no se les advirtió.

Las palabras del Capitán eran recogidas por los oídos hostiles de los chumiqueños. Mientras hablaba el militar, más se enardecían los ánimos y menos dispuestos se sentían a obedecer las órdenes impartidas con tanta arrogancia.

«¿Amenazas a mí?», pensaba Juancho, «¿qué se habrán creído?».

—¡Váyanse al demonio!, —musitó doña Leonor entre dientes.

«En cuanto llegue el primer grupo de rebeldes liberales nos unimos al movimiento», pensaban los jóvenes.

—Se dará una buena recompensa al que nos informe el paradero de los fugitivos, —prosiguió el Capitán—. Aquí dejaremos un destacamento de diez soldados en el cuartel. Ellos se encargarán de mantener la seguridad en el pueblo. El Teniente Jaramillo estará al mando del grupo.

Señaló a un joven oficial, parado con el resto de los soldados cerca de la puerta de la iglesia, ojeando a las jovenzuelas que coquetas sonreían a los soldados sin hacer caso de las palabras del Capitán. Al darse cuenta de que el militar se refería a él, con paso apresurado se dirigió al frente para que todos pudieran verlo mejor.

—¿Y por cuánto tiempo se quedará el destacamento aquí en Chumico?, —preguntó Juancho.

—El tiempo que sea necesario para mantener el orden, —anunció el Capitán.

Súbitamente, la voz de doña Leonor se alzó indignada.

—Pero Capitán, aquí no ha habido ningún desorden. Este siempre ha sido un pueblo pacífico. Somos gente humilde y de costumbres sencillas y no podemos mantener un destacamento tan grande. ¡Sus soldados comen cada uno por diez y luego quieren pagarnos con papeles que no valen nada!

Un murmullo de asentimiento, ahogó las últimas palabras de la mujer. El recuerdo de las dos semanas de ayuno forzado a que se vieron obligados por la terquedad de los otros soldados seguía fresco en el estómago de todos. Con voz estridente la mujer volvió a insistir.

—Los soldados comen demasiado y no quieren pagar por sus alimentos.

El Capitán levantó las manos con un ademán de impaciencia para hacerla callar.

—Los soldados pagarán con dinero legal del Estado y los que no quieran obedecer las órdenes del Teniente Jaramillo se atendrán a las consecuencias.

—Esto es ley marcial, —protestó otra voz.

Vivamente irritado el Capitán contestó:

—Efectivamente: es ley marcial. Cuanto antes lo entiendan será mejor para todos. El Teniente Jaramillo tiene órdenes de mantener la paz y de fusilar a los rebeldes en cuanto caigan en sus manos. Todo el peso de la ley caerá sobre aquellos que colaboren con los fugitivos. Los soldados se quedan y pagarán sus alimentos con dinero del Estado.

—¡Carajo! Ya veremos, —musitó Juancho.

Fue así, con esta declaración, como empezó en Chumico la guerra de los ochenta y cuatro días en contra del ejército colombiano.

Dando por terminada la reunión, el Capitán se dirigió al destacamento, ordenando que recogieran de la playa sus pertenencias y marcharan al pequeño cuartel situado al lado de la loma del cementerio. La tarde caía majestuosa y algunos pericos, alborozados, discutían en un árbol cercano los acontecimientos del día. La brisa del mar había disminuido su furia. A lo lejos se divisaba la fragata que había traído a los soldados, anclada en la bahía, sacudida por la marea que bajaba con rapidez. En un silencio preñado de hostilidad el pueblo vio partir a los soldados con un «ya veremos», prendido en todos los labios. •

07

Durante los primeros días después que partió la fragata, la tranquilidad reinó en Chumico. Todos desconocían la presencia de los soldados que deambulaban por el pueblo y la playa en su patrullaje. Algunos de los militares trataron de entablar conversación con los vecinos pero sólo obtenían respuestas en monosílabos o miradas hostiles.

Lilia, la sordomuda del pueblo, lavaba la ropa y cocinaba para los diez soldados y el Teniente. Ella siempre había cuidado del Cuartel desde los años ochenta cuando llegó a Chumico el primer destacamento. Todos en el pueblo la apreciaban mucho por su hábito de hacerse útil cuando alguien estaba enfermo.

Los extraños sucesos comenzaron tres semanas después de la llegada de los militares a las playas de Chumico. El agua de la tinaja del Cuartel amaneció un día llena de renacuajos. Los soldados que metieron la totuma y bebieron sin darse cuenta, escupían asqueados al tragarse los resbalosos bichos. Esa tarde el Teniente mandó a recoger el agua a un lugar distinto; al Cuartel llegó limpia y transparente pero otra vez amaneció llena de los ágiles batracios que en la tinaja nadaban con gran desparpajo, ante el asombro de los soldados.

—Esto parece cosa de brujería, —murmuraban mientras subían al chorro en busca de agua limpia.

El viernes, el Cuartel se vio inundado de una plaga de alacranes. Aparecieron primero anidando en las botas de los soldados que al calzarse en la madrugada, medio dormidos todavía, recibieron tremendas picadas. Por la noche antes de acostarse, tenían que revisar cuidadosamente las hamacas porque invariablemente estaban ocupadas por dos o tres de los mortíferos bichos. Exasperado, el Teniente le gritaba toda clase de insultos a Lilia pero ella le hacía señas de no entender ni saber lo que estaba pasando y tranquila seguía pegada a su fogón cocinando para los soldados. Una noche, uno de los reclutas fue picado en sus partes privadas cuando trataba de hacer sus necesidades en una bacinilla. Los alaridos del pobre hombre se oyeron por todo el pueblo que aparentaba estar dormido. A consecuencia de este último ataque el soldado estuvo muy enfermo con los huevos que parecían caimitos maduros y el miembro hinchado, negro y muy dolorido. Lilia le contó los pormenores del incidente a los vecinos que a la tienda de Ah Sing fueron a enterarse de lo ocurrido la noche anterior. Muertos de risa, la veían gesticular y abanicarse entre las piernas, imitando los gestos del soldado con la picada fatal. El Teniente ordenó una búsqueda exhaustiva de los arácnidos en el Cuartel, encontrando más de veinte especímenes. Mandó a montar una guardia permanente alrededor de la vivienda, convencido de que los bichos eran traídos por alguien del pueblo. Pero a pesar de todas las precauciones, los alacranes siguieron apareciendo como por arte de magia en todos los rincones y los soldados vivían en constante sobresalto. A los veinticuatro días amaneció una culebra enroscada en una esquina del Cuartel que por fortuna no picó a nadie pues era de una especie muy venenosa. Enardecido, el Teniente Jaramillo fue en busca de Juancho. Lo encontró remendando tranquilamente unas redes, sentado debajo de su casa a la orilla de la playa.

—¡O usted para estos abusos en contra de la autoridad o nos veremos en la necesidad de arrestarlo por desacato! —Amenazador, le gritó a Juancho que lo miraba con asombro.

—¿A qué se refiere Teniente? ¿En qué le he faltado yo para que me amenace así?

—Usted sabe bien a qué me refiero, no se haga el inocente. El Cuartel está lleno de alimañas y no es por arte de magia que han aparecido allí. Estoy seguro de que es una conspiración de parte de alguien en este pueblo que quiere amedrentarnos. Y usted como Alcalde es el responsable de la conducta de sus habitantes.

—Pero Teniente, ¿qué culpa tengo yo de los alacranes?

Usted sabe que tenemos toda clase de bichos en este pueblo estando como dicen al pie del monte. Sin ir más allá, la semana pasada mi mujer mató a una culebra dentro de la casa. Ustedes deberían tener más cuidado. Hay que cerrar las ventanas de noche y revisar las hamacas.

—Mire Juancho: vuelvo y repito, o estos incidentes cesan o me veré obligado a tomar medidas que no le van a gustar a nadie en este pueblo. ¡Ya están avisados!

Marchó calle arriba, rabioso, dejando a Juancho con una protesta en los labios.

Como una sombra apareció Manuel a su lado, poniéndose a trabajar con las redes para disimular.

—¿Qué quería el Teniente?, —preguntó en voz baja.

—Anda algo asustado con una plaga de alacranes que ha aparecido en el Cuartel, —le contó Juancho burlón—. Yo le expliqué que por ese lado del pueblo hay muchas alimañas y que debería tener más cuidado Está enfurecido y la quiere coger conmigo como si el ser alcalde me hiciera responsable de todas las cosas que suceden por aquí.

Siguió trabajando en silencio. En un tono de seriedad le dijo al muchacho:

—Ten cuidado Manuel, puede ser peligroso lo que hacen; el Teniente es capaz de hacerle mucho daño a este pueblo.

Manuel asintió. Ya estaba cansado de triquiñuelas y prefería una acción más directa en contra de los soldados. Pero una confrontación armada estaba fuera de toda posibilidad. En todo el pueblo habían cuatro a cinco escopetas de caza bastante viejas y muy pocas municiones. Además, pocos se iban a atrever a arriesgar su vida peleando con soldados bien entrenados para esos menesteres de guerra. Entre él y doña Leonor habían planeado la estrategia a seguir en contra de los soldados. Con el pretexto de ir a la iglesia a recitar novenas, reunía a los muchachos por las tardes para darles las instrucciones de ataque. Ah Sing también participó en la guerra a pesar de mantenerse refugiado a la sombra de su bandera. Estaba muy molesto por el papel moneda que los soldados le obligaban a tomar a cambio de las provisiones que a diario requisaban.

—Este papel no silve pala nada…!, —decía moviendo los ojos oblicuos desconsoladamente a la vista de los billetes. El arroz que llegaba al Cuartel estaba lleno de gorgojos; el pescado un poco pasado y la sal, negra y llena de pedruscos. Cada vez que el Teniente Jaramillo, indignado, le reclamaba la mala calidad de los productos que le vendía, el chino se disculpaba haciendo reverencias. El arroz limpio y la sal blanca la despachaba de noche por la puerta de atrás de la tienda en un entrar y salir de sombras silenciosas.

Desde la llegada de los soldados el modo de vivir de los chumiqueños cambió radicalmente. Las viejas ya no chismorreaban por las tardes de balcón a balcón. Con el paño en la cabeza rezaban a todas horas en la iglesia delante del Milagroso Cristo, por las almas de los mártires de San Miguel. Los jóvenes no salían a bucear. En grupos de dos o tres pasaban las horas en la playa dirigiendo miradas hostiles a los soldados que por allí patrullaban. El Teniente había prohibido las reuniones a menos que fueran rezos en la iglesia. Tampoco dejaba a los hombres irse río arriba a los sembrados de maíz y arroz a menos que fueran acompañados por una escolta, armados hasta los dientes. Habían pasado seis semanas desde la invasión de los militares y Carmen se sentía cada día más preocupada porque casi nunca veía a Manuel. Las pocas veces que logró hablarle lo encontró distante y con el pensamiento fijo en la situación que estaba viviendo el pueblo. La joven no podía entender su actitud y se sentía herida y abandonada. Eugenia, que nunca le había contado de su entrevista con Manuel, aprovechó la coyuntura política para sembrar cizaña entre los dos novios.

—Ese joven no tiene seriedad. Ya se lo había advertido pero no quiso hacerme caso. Ahora, cuando más lo necesitamos, no aparece por aquí. ¡Gracias a Dios que nos vamos de este pueblo! —repetía una y otra vez.

Así era. Terminaba el año escolar y cada día era más difícil mantener el orden entre los intranquilos chiquillos. Por la escuela corrían historias de renacuajos y alacranes que Carmen no lograba entender. Los alumnos, encantados con sus fechorías, recolectaban toda clase de alimañas para echarlas en el Cuartel bajo la dirección de Manuel y Leonor. Las jovencitas se encargaban de distraer a los soldados, coqueteando con ellos cuando subían al chorro a buscar agua; era fácil distraer a esos hombres con un contoneo de caderas.

El Teniente Jaramillo de vez en cuando llegaba a la escuela a conversar con doña Eugenia, una de las pocas personas en el pueblo que lo recibía con amabilidad.

—Siéntese un rato mi Teniente. ¡Qué tarde tan calurosa! ¿Le gustaría un vaso de chicha de tamarindo?, —solícita le preguntaba.

Las visitas cada vez más frecuentes del Teniente dejaban a Carmen indiferente. Desde sus años de niña se había acostumbrado a los uniformes de los cachacos y nunca se había visto obligada a escoger entre partidos políticos. Preocupada por sus relaciones con Manuel, el asunto de la guerra la tenía sin cuidado. No se daba cuenta de que el joven Teniente se sentía solo en el medio hostil en el que su deber lo había situado y buscaba la compañía de la maestra, joven culta y de su agrado. Finalmente, la insistencia del hombre acabó por despertar su curiosidad. Así se enteró de que el Teniente era oriundo de Cali, de familia distinguida y que a instancia del padre había escogido la carrera militar, que no era muy de su agrado.

—Preferiría estudiar leyes o filosofía señorita Carmen, pero mi padre opina que esas son ocupaciones de hombres débiles. Él alcanzó el grado de Coronel en el ejército de Bolívar en las guerras de los años veinte, cuando tenía mi edad y está empeñado en que yo siga el mismo camino. Ya está muy viejo y no quiero contrariarlo. No sé cómo ustedes se han acostumbrado a vivir aquí. Yo no entiendo a esta gente y créame usted que podría ser más rígido en el cumplimiento de mis órdenes de mantener la disciplina pero no quiero crear un conflicto armado en este pueblo. ¿Sabía que estos imbéciles se han dedicado a mortificar a la tropa echando toda clase de alimañas en el cuartel?

—¿A qué clase de alimañas se refiere?, —preguntó Carmen comenzando a entender los chismorreos de los alumnos. A duras penas reprimió una sonrisa.

—Renacuajos, alacranes y hasta culebras, —le dijo el Teniente—. Algunos de los soldados más exaltados son de la opinión de que una buena zurra a unos cuantos agitadores en este pueblo serviría de escarmiento a los otros. Sobre todo a ese chino sinvergüenza que solamente nos vende porquerías. A ese me gustaría retorcerle el pescuezo con su propia coleta... ¿Qué opina de todo esto?

—Por favor Teniente, me parece que sus sospechas son infundadas. Un acto de violencia en contra de alguien en este pueblo sería peligroso. Usted no puede culparlos a ellos por sus simpatías liberales. Por muchos años el Gobierno central no ha hecho nada por estos pueblos, solamente cobrarles impuestos. Esta gente es pobre pero tiene mucho orgullo y ustedes han aparecido como invasores y no como autoridad debidamente constituida, —le contestó vivamente, con el corazón sobrecogido por la angustia que las palabras del Teniente le producían.

—¿Invasores? Nos llama invasores?, —indignado le reclamó—. Señorita, hemos sido enviados para mantener el orden en la República. Nuestra República, recalcó con acento grave. Este país está siendo amenazado por una banda de cuatreros que quieren destruirlo para satisfacer sus mezquinos intereses. Yo quiero que usted le haga entender a esos salvajes que tienen que obedecer órdenes y dejarse de triquiñuelas o me veré obligado a tomar represalias.

Eugenia, preocupada por el tono de voz que la conversación estaba adquiriendo y la actitud un tanto agresiva de Carmen, los interrumpió afanosa.

—¿Un poquito más chicha Teniente? Hace tanto calor, qué barbaridad no pareciera que estuviéramos en diciembre.

—No gracias, señora. Ya me iba, tengo mucho qué hacer.

Partió con el ceño fruncido haciendo un saludo marcial a la maestra desde la puerta. Siguió con paso rápido rumbo al Cuartel situado al pie de la loma del cementerio. La guarnición dominaba casi todo el pueblo. Sólo una casa quedaba más arriba medio oculta por matojos y un gran palo de mango. Era la choza en donde vivía Amelio Recuero, negro viejo de quien se rumoraba que poseía poderes diabólicos. Casi nunca hablaba con nadie y vivía solo. De noche, de la casita salían ruidos de animadas conversaciones y algunos juraban haber oído música extraña y el sonar de tambores. Una vez por semana el viejo iba a pescar en su panga y siempre regresaba con el bote lleno para envidia de unos cuantos. El resto del tiempo se lo pasaba colgando filetes de pescado al sol y plátanos maduros para hacer pasaos que luego cambiaba al chino por otros víveres.

La gente decía que los pasaos de Amelio eran potentes afrodisíacos y se vendían rápidamente. El viejo se las arreglaba para vivir cómodamente sin tener que depender de nadie.

El Teniente se cruzó con Amelio, que encorvado y con un saco lleno al hombro, se dirigía a la tienda del chino.

—Perdone usted señor Recuero, —cortés lo detuvo—. ¿Me permite unas palabras?

Amelio se paró descargando el saco sobre las rocas del camino. Ceñudo miró al Teniente sin contestarle.

—Quisiera que me vendiera el pescado que lleva, a un precio razonable desde luego, —le dijo el Teniente.

Sin decir nada, el viejo santiguándose, escupió en el suelo muy cerca del pie del Teniente. Recogió su saco y siguió loma abajo, dejando al otro con el rostro enrojecido por la cólera que lo poseía.

—Maldito Pueblo!, —musitó—. Ya me las pagarán. ¡Maldito pueblo.!

A lo lejos, el mar tranquilo se aprestaba a recibir al sol a punto de sumergirse en su dorada superficie y los pájaros bullangueros se disputaban un lugar en los árboles vecinos. La belleza del atardecer por unos momentos distrajo al Teniente que rabioso se golpeaba las botas con una ramita que había recogido.

Los soldados que descansaban sentados afuera del Cuartel habían sido testigos del desplante del viejo Amelio y el Teniente lo sabía. Por largo rato se quedó parado contemplando el mar y añorando el terruño de la montaña que lo vio nacer.

—¡Maldito pueblo!, —volvió a repetir, marchando al Cuartel, sin contestar el saludo de los soldados que lo miraban con sorna. •

08

Carmen llegó a casa de Juancho ya bien entrada la noche, envuelta en un paño negro. Subió presurosa las desvencijadas escaleras de madera que crujían en cada peldaño. Desde la quebrada llegaba el furioso parlotear de las ranas y el graznido de las aves nocturnas en busca de presa. Al entrar en la pequeña sala encontró a Felicia sola leyendo un libro de oraciones a la luz vacilante de una guaricha.

—Señora Felicia, necesito hablar con el señor Juancho urgentemente, —dijo Carmen sin aliento.

La mujer, extrañada por lo intempestivo de la visita y la cara de preocupación de la muchacha, la invitó a sentarse antes de contestar a su pregunta.

—¿Qué sucede Carmencita? ¿Qué le pasa?

—El Teniente me ha pedido que hable con el señor Juancho. Los soldados están muy molestos por los incidentes que están ocurriendo en la guarnición y amenazan con tomar represalias, lo cual me ha dejado muy preocupada.

Felicia, maliciosa, se reía, los negros ojos ardiendo de picardía.

—Ah, sí, ya me han contado los incidentes a los que se refiere, Carmen. Son tonterías de muchachos y estos soldados son unos flojos. No están acostumbrados a la vida en el monte, se asustan con cualquier cosa.

—No es asunto de risa señora Felicia. Hasta pueden fusilar a alguien. El Teniente me aseguró que la cosa va en serio. Le suplico que convenza a los responsables para que desistan de molestarlos. Con los ojos húmedos retorcía las manos en un ademán de súplica. Ella sospechaba que Manuel era uno de los culpables.

—¡Bah! No se atreverán. Por cada uno de ellos hay treinta de nosotros y aunque no tenemos armas hay cosas por estos montes que le meterían el temor de Dios a cualquier hijo de puta colombiano que se atreva a matar a un chumiqueño! Nosotros no somos nuevos en esta pelea. Llevamos años de rencores, desde los tiempos del libertador Bolívar. Ese sí era un hombre de honor, pero como esos ya no hay. Estos sólo son un hato de políticos sinvergüenzas dispuestos a oprimirnos más y más —la vieja, alterada, levantó la voz—. Desde los años ochenta cada vez que uno de estos filibusteros pisa nuestras playas es para denigrarnos y extorsionarnos. Usted ha sido la primera maestra aquí y eso fue porque las elecciones se acercaban y querían el voto para el Gobierno. Mire lo que pasó en San Miguel, los pescadores que han llegado de allá nos cuentan que el alzamiento se produjo porque querían subir aún más los impuestos. ¡Impuestos y abusos! Es lo único que este maldito gobierno conservador sabe hacer bien. Si el Teniente quiere guerra abierta se la daremos y ya veremos quién tiene las de perder.

De repente, la perorata de doña Felicia fue interrumpida por un silbido sordo que salía desde la oscuridad de afuera. Haciéndole un gesto a Carmen para que guardara silencio apagó de un soplo la luz de la guaricha. Las mujeres quedaron sumidas en la más profunda oscuridad. A Carmen se le encogió el corazón del temor que sentía. Se oyó el crujir de los viejos escalones como si viniera mucha gente subiendo. Desde la puerta una voz preguntó quedamente:

—Felicia… Felicia. ¿Está sola?

A Carmen se le quitó el miedo que la oscuridad y la actitud misteriosa de Felicia le producían al reconocer la voz de Juancho que llegaba.

—No estoy sola Juancho, —contestó Felicia—, la maestra está aquí acompañándome.

Del bolsillo de la amplia pollera sacó unos fósforos y nuevamente encendió la guaricha. En la salita entraron Juancho y Manuel, seguidos por dos hombres desconocidos para Carmen. Los cuatro venían armados con sendas escopetas a la bandolera y un machete en la cintura, como si regresaran de cazar. Al ver a Carmen, Manuel no pudo contener la alegría y cogiéndola por la cintura le plantó un beso en la mejilla con el consiguiente desconcierto de la joven que se ruborizó hasta la raíz de los cabellos.

—Felicia prepare algo de comer para nuestros huéspedes, — ordenó Juancho señalando a los dos extraños que sin saludar permanecían en la entrada de la sala—. Llevan días caminando por la costa. El barco en que salieron de San Miguel encalló por Darién. Están muy cansados. Acérquese usted Abilio para presentarle a mi esposa Felicia y a la señorita Carmen Bermúdez, maestra del pueblo.

Saludaron con una inclinación de cabeza quitándose los sombreros de paja, las frentes sudorosas y los cuerpos exudando olor a animal perseguido.

—Abilio Vargas, para servirles, —dijo el más viejo, un hombre alto y delgado de piel oscura y ojos hundidos.

—Valerio Ríos, a sus órdenes, —dijo el otro visitante, un cholo de facciones cuadradas y de mirar hosco y receloso. ¡Los rebeldes! Finalmente llegaban a Chumico. Carmen los examinaba interesada distinguiendo con dificultad las facciones de los hombres en la pálida luz de la habitación. Felicia la cogió del brazo llevándola a la cocina para que la ayudara a preparar la comida. En el fogón tenía una gran paila de arroz con almejas todavía caliente. Fue sirviendo rápidamente en los platos de tagua sin decir nada. Desde la sala llegaba el rumor de las voces de los hombres que discutían animadamente.

—Tenemos que salir esta noche, —decía Abilio Vargas—, hay que conseguir un bote grande y si es posible un bongo para ir a recoger a los compañeros que nos esperan en la costa. Hay dos heridos aunque no de gravedad y no pueden caminar mucho.

—Podemos coger el bote de Pastor Gutiérrez. Estoy seguro de que no le importará si lo usamos. Yo voy a acompañarlos, conozco estas aguas mejor que nadie.

—Yo también iré con ustedes, —añadió Manuel con el entusiasmo de la juventud ante la primera aventura bélica.

—¡No! Nadie viene con nosotros. Ustedes se quedan aquí hasta que reciban instrucciones, —dijo el cholo con voz de autoridad—. Si Juancho desaparece del pueblo los soldados se darán cuenta de que andamos cerca y es posible que nos sigan. No conviene despertar sospechas. Ustedes deben concentrarse en acabar con la guarnición cuanto antes. Si regresan los otros en la fragata, digan solamente que los soldados se fueron a la capital por órdenes superiores. Les avisaremos cuando necesitemos que se reúnan con el resto del grupo. El ejército liberal ya se está formando y todos tenemos que participar. No sabemos cuándo será el golpe final pero esperamos y confiamos en Dios que será pronto.

Las mujeres entraron repartiendo los platos de comida a los hombres que en silencio devoraron su contenido sentados en el suelo. Carmen trataba de cruzar su mirada con la de Manuel pero era en vano. El joven absorto en sus pensamientos no le prestaba atención. Hubiera querido partir con los insurgentes pero comprendía la validez de las razones que tenían para irse solos. No podía arriesgar la seguridad del resto del pueblo con un gesto inútil. Ya llegaría la hora de participar con los demás. Su mente hervía con un fervor patriótico. Cuando terminaron de comer se fueron con el mismo sigilo con que habían llegado, seguidos por Juancho y Manuel. Iban en busca del barco que tanto necesitaban para rescatar a los compañeros varados en la costa. Antes de partir, Manuel le susurró a Carmen en el oído:

—Espéreme mañana en la playa bien temprano cerca de la Punta. Tengo que hablarle. —Con un beso fugaz en la mano se perdió en la oscuridad con Juancho y los otros. Felicia la amonestó:

—No le cuente a nadie lo que ha pasado aquí esta noche niña Carmen. Los soldados tienen oídos por todas partes y puede ser muy peligroso para todos.

Carmen sabía que Felicia se refería a su tía Eugenia, abierta partidaria de los conservadores. Asegurándole su discreción se despidió con un apretón de manos y salió de la casa. El frescor de la noche le golpeó el rostro, todavía enrojecido por la emoción que sentía. La nitidez de un cielo bordado con millones de estrellas la hicieron olvidar por unos segundos la preocupación que la embargaba. Suspirando siguió cuesta arriba con paso ágil. Deseaba ardientemente que llegara la mañana y con ella el prometido encuentro con Manuel en la playa. En su apuro no se dio cuenta de la mirada curiosa del soldado que la seguía al verla pasar por la estrecha calle.

Se levantó temprano cuando el sol comenzaba apenas a salir de su refugio en el mar. La tía ya estaba removiendo ollas en la cocina y se asombró de verla arreglarse para salir a esa hora.

—¿A dónde va Carmen?, —preguntó curiosa.

—Voy a caminar un rato por la playa tía. Dormí muy mal y me duele la cabeza.

—Si quiere la acompaño, —le dijo solícita la vieja.

—No tía. Con la reuma que usted tiene la humedad le puede hacer daño. Es mejor que se quede. Yo regreso enseguida contestó la muchacha tratando de no reflejar en su voz la ansiedad que la invadía al darse cuenta de que la tía estaba dispuesta a salir con ella.

Sin desconfianza, Eugenia asintió.

—Tiene razón. Tengo la reuma muy mal y las rodillas me duelen mucho. No se demore que tengo el desayuno casi listo.

Camino a la playa Carmen se detenía a saludar a los vecinos que se encontraba. Caminaba lentamente, con paso casual como el que no tiene prisa para no despertar sospechas. Miró hacia la loma del cementerio ansiosamente para asegurarse de que los soldados permanecían aún en el Cuartel. Al pasar por la iglesia se persignó dirigiendo al Cristo una plegaria silenciosa de ayuda. Los recientes acontecimientos la tenían en un estado anímico tan confuso que ni ella misma sabía lo que quería. Pero se sentía cada vez más asustada por la situación y la incertidumbre del momento político que vivían. Al llegar a la playa se quitó los apretados botines; le gustaba la humedad de la arena en los pies descalzos. La frialdad del agua le daba una sensación de bienestar y paz y se sintió aliviada. Así caminó hasta Punta Pericos en donde Manuel la esperaba. Al resguardo de las rocas se encontraron solos por primera vez desde que los soldados habían llegado al pueblo. Carmen tímidamente alargó la mano para saludarlo como si se tratara de un encuentro casual, él la atrajo hacia su pecho y la estrechó largamente entre sus brazos venciendo con dificultad los pudores de la soledad.

—Manuel, qué le ha pasado? Hace tanto tiempo que no nos vemos.

—¿Su tía no le ha dicho nada? No le ha contado de la discusión tan violenta que tuvimos hace cuatro semanas, casualmente el día que llegaron los soldados?, —le contestó Manuel visiblemente molesto—. Ella dice que yo no soy digno de usted y me dijo cosas muy desagradables. Soy pobre pero de una familia muy digna a Dios gracias y me ofendió mucho su actitud.

Carmen lloraba en silencio con la cabeza baja. Sabía de memoria todas las objeciones de la tía y no quería agraviar a Manuel más de lo que estaba.

—Quiero casarme con usted, —le dijo con voz trémula— pero antes deseo tener el permiso de mi madre. En cuanto regrese «La Princesa» iremos a Panamá y le suplico que me acompañe para que conozca a mi familia. Allá podremos desposarnos.

—Yo no puedo ir a la capital ahora. Usted estaba en casa de Juancho anoche y sabe el compromiso que tenemos. Hay que acabar con la guarnición lo antes posible.

—Si no viene conmigo me temo que tendré que dar por terminadas nuestras relaciones, —le dijo sollozando.

No era caprichosa, pero estaba utilizando todos los subterfugios femeninos para alejarlo del peligro que significaba un enfrentamiento con los soldados. Quería alejarlo de allí apelando al amor que el muchacho sentía por ella.

—Señorita, ¿y usted me quiere cobarde? He empeñado mi palabra y no puedo fallarle a la patria, —le contestó altivo y distante.

El momento de intimidad se había roto por lo que el hombre sentía que era una necedad de mujer. No estaba dispuesto a dejarse manipular por nadie y menos por la maestra que no parecía entender el fervor patriótico que lo dominaba. Carmen adivinó que la decisión de Manuel era irrevocable y escogió el momento para reprocharle los chismes que había escuchado acerca de su conducta con otras mujeres del pueblo.

—Usted no me quiere, —le reclamó—. Tiene amigas íntimas por todas partes. Ya me han contado algunas de sus aventuras. Me doy cuenta ahora que soy una más. Por eso me trata así. Si realmente me quisiera vendría conmigo a la capital.

Y fue así que por la insistencia de la mujer en remover cenizas comenzaron las mentiras entre los dos. Él le juró amor eterno, negando que fueran verdad todas las historias que a ella le habían contado y ella, vanidosa, mujer al fin, creyó todas sus promesas, olvidando consejos bien intencionados. Acordaron encontrarse en la capital en enero después que Carmen hubiese tenido la oportunidad de convencer a su madre que le diera su aprobación para el matrimonio. Se despidieron tiernamente con besos y abrazos y se citaron para el día siguiente en el mismo lugar. Manuel la vio partir y su mente se encendió con la imagen de las anchas caderas de Lastenia, que las reclamaciones de Carmen le habían hecho recordar. Cuando la perdió de vista se fue en dirección contraria rumbo a su casa. Desde la muerte de Francisco, Juana se había convertido en una reclusa y raras veces iba al pueblo. Manuel encontró a su madre ocupada en darle de comer a las gallinas que con gran desorden revoloteaban alrededor de sus pies levantando una nube de polvo en el patio.

—Mamá, en dónde está Nicolás, —le preguntó.

—Adentro durmiendo, —le contestó Juana—. Todavía tiene fiebre.

El muchacho entró en el cuarto en donde el hermano dormía las fiebres del paludismo. Lo despertó, sacudiéndolo por el brazo suavemente. El enfermo se incorporó bruscamente al notar la presencia de Manuel.

—¿Qué pasa?, —preguntó mientras su mente luchaba por disipar la bruma del sueño.

—¿Cómo se siente?, —le preguntó Manuel.

—Creo que ya voy mejor. ¿Qué está pasando? Lo noto preocupado.

—Anoche llegaron dos hombres de San Miguel. El barco en que huyeron de la isla naufragó costa abajo y vinieron caminando hasta acá. La consigna está dada, tenemos que deshacernos de los soldados cuanto antes. Aquí se reunirá el grupo de San Miguel y los de monte adentro para ir a juntarse con el ejército que los liberales están formando por Chiriquí. Nosotros también iremos. No vamos a aguantarnos más a este Gobierno. Nicolás escuchó las palabras de Manuel con el entusiasmo reflejado en el rostro.

—¿Tienen algún plan de acción? El Teniente no es ningún imbécil y será difícil de engañar.

—Ya pensaremos en algo. Mientras tanto, ponte mejor. Vamos a necesitarte.

Lo dejó, haciéndole señas que guardara silencio del asunto porque no quería que Juana se enterara. Salió de la casa rumbo al pueblo y a los brazos de Lastenia que lo esperaban como siempre, sin preguntas ni reproche. •

09

Cuando los primeros retortijones de barriga lo hicieron correr al Cuartel en busca de una bacinilla, el Teniente no se imaginaba los acontecimientos que se avecinaban. Al encontrar media docena de hombres en el mismo predicamento, la sospecha de que habían sido envenenados por algo en la sopa se convirtió en certidumbre. A pesar de los dolores que sentía, colérico, ordenó la inmediata captura de Lilia, la cocinera responsable de la confección del guiso emponzoñado. La pobre mujer había querido contribuir al esfuerzo de guerra echando unas cuantas cucharadas de hojas de sen molidas en la sopa. El fuerte purgante no mató a nadie pero los fundillos de los soldados quedaron al rojo vivo y ardiendo por varios días. A Lilia no la encontraron aunque registraron al pueblo casa por casa. Después de recuperarse aprovecharon la ocasión para maltratar a cuanto chumiqueño se les ponía por delante. Rabiosos, montaron guinidia permanente alrededor del Cuartel, como si estuviera en estado de sitio y salían de patrulla por el pueblo en grupos de tres. A pesar de las protestas del chino, saquearon la tienda confiscando todos los víveres que almacenaba. El Teniente prohibió las novenas vespertinas y las beatas del pueblo tuvieron que dejar al Cristo solo en la penumbra de la Iglesia tristemente rodeado de flores marchitas y murciélagos. Juancho maldijo la iniciativa de Lilia; ahora los soldados estaban avisados de que algo se tramaba en su contra y no iban a dejarse atrapar tan fácilmente.

Cuando los militares se dieron cuenta de la desaparición del barco de Pastor Gutiérrez de su lugar habitual en la playa, la situación empeoró. El Teniente no podía interrogarlo porque Pastor llevaba días trabajando en el sembrado río arriba y tampoco podía acusarlo de nada. Todo el pueblo lo había visto salir en una panga acompañado de dos soldados que lo escoltaban a cosechar el arroz y el maíz, ya que el Teniente había dado órdenes de no perder de vista a ningún hombre del pueblo. Uno de los soldados reportó al Teniente que había divisado a la maestra Carmen sola saliendo a altas horas de la noche de la casa de Juancho.

—Urrutia, ¿está usted seguro de que era la maestra?, —preguntó el Teniente.

—Sí señor. Aunque estaba oscuro la reconocí enseguida y la seguí hasta la casa, —contestó el hombre—. No le di importancia al asunto pero sí me extrañó que la señorita saliera sola tan tarde. Usted sabe que la tía la acompaña a todas partes.

El Teniente no había visitado a Carmen desde el día de las cagaderas a consecuencia del patriótico sancocho de sen que les había preparado Lilia. Entró en la casa sin tocar, con la altivez del militar que por cumplimiento del deber olvida la cortesía de la amistad. Carmen se sobresaltó al verlo entrar sin anunciarse.

—Buenas tardes, Teniente. ¿Qué lo trae por aquí?, —le preguntó levantándose de la mecedora en donde cosía cerca de la ventana.

—Tengo un asunto muy grave que discutir con Usted, —anunció con voz severa.

Eugenia, al oír la voz del Teniente, salió de la cocina, en donde se encontraba como siempre, entre guisos y tisanas.

—Ah Teniente, buenas tardes, –le dijo melosa—. ¿Cómo está usted? ¿Puedo brindarle una chicha de naranja?

Él prosiguió sin prestarle atención a la vieja. El sudor perlaba su frente y se veía visiblemente molesto. Con ademán nervioso se retorcía los bigotes caminando de un lado a otro de la sala sin mirarla de frente.

—Señorita Carmen, ¿qué hacía usted en casa de Juancho el martes a las diez de la noche? ¿No sabía que hay toque de queda después de las ocho y que está prohibido salir a visitar a esas horas?

—No podía dormir porque tenía un fuerte dolor de cabeza y fui a casa de Felicia a buscar un remedio, —respondió Carmen mirándolo desafiante.

Eugenia la contempló de hito en hito asombrada por lo que acababa de oír. Ella no se había dado cuenta de que la joven había salido de noche. El militar la contempló con ojos de desconfianza; el ardor que tenía en el trasero le recordaba la negra ingratitud y maldad de los chumiqueños.

—Señorita, quiero que sepa que usted ha infringido la ley y merece un castigo por su atrevimiento. Por desobedecer el toque de queda es merecedora de una sanción ejemplar. La multa será de dos pesos y queda confinada a su casa por un período de diez días. Si fuera usted hombre tendría que ir al calabozo por ese tiempo. Así se advirtió cuando se ordenó el toque de queda. Tenemos que mantener la disciplina y usted como maestra debería dar el ejemplo.

Carmen enrojeció de indignación. Estaba a punto de largar al Teniente de la casa pero se contuvo al notar la cara de angustia de la tía Eugenia y decidió guardar silencio.

—No tiene usted alguna cosa que decir?, —continuó el militar. Este asunto no le gustaba para nada pues sabía que había llegado la hora de la fuerza.

—Pero Teniente, cómo va usted a castigar así a mi sobrina? Su padrastro es el Capitán Biendicho y Larrañaga. Usted abusa de su autoridad.

El Teniente titubeó al oír el nombre del Capitán, a quien sólo conocía de referencias.

—Tía no se preocupe usted y no interfiera. Estoy dispuesta a pagar la multa y a cumplir el castigo que me ha impuesto el Teniente, —la interrumpió Carmen.

Levantándose fue al otro cuarto a buscar el dinero que tenía guardado en una pequeña cajita de madera en el estante. Con un gesto de desprecio, extendió la mano con las monedas hacia el Teniente que, pálido de rabia, se negó a aceptarlas. No le estaba gustando el cariz que estaban tomando las cosas. Se sentía ridículo ante la actitud de desafío que había tomado la maestra.

—Señorita Carmen, la multa la tiene que pagar en el cuartel y no me obligue a tomar otras medidas. Usted quebrantó la ley.

—Adelante Teniente. Señale el camino hacia el calabozo. Estoy dispuesta a seguirlo, —le dijo Carmen haciéndole una pequeña reverencia.

El Teniente salió de la casa furibundo seguido de Carmen unos pasos atrás y Eugenia que la acompañaba enjugándose las lágrimas a cada paso. Varios chiquillos que habían seguido al militar hasta la casa de la maestra, curiosos se habían asomado por las ventanas y habiendo presenciado la escena que se había desarrollado entre los dos, entendieron a medias lo que estaba pasando. Al verla salir detrás del soldado salieron corriendo por todo el pueblo anunciando a voz en cuello:

—¡Se llevan presa a la maestra! ¡Los soldados la van a fusilar!

De las casas salieron las mujeres rápidamente hacia el Cuartel seguidas por un enjambre de chiquillos. La mayoría de los hombres, a esa hora de la mañana, andaban por el monte o el mar cumpliendo con sus menesteres. Unos minutos después que Carmen y el Teniente llegaron al Cuartel se inició el alboroto. Las mujeres gritaban improperios a los soldados y algunos chiquillos comenzaron a tirar huevos podridos por las ventanas del Cuartel. Los soldados acudieron de inmediato de los alrededores y a empellones trataban de dispersar al grupo resistiendo los escobazos que les propinaban las mujeres y alguna que otra mordida de los muchachos que trataban de agarrar. El Teniente salió al patio, rifle en mano y comenzó a disparar al aire tratando de imponer el orden.

Una pedrada bien dirigida le dio en la cara y al levantar el brazo para protegerse se le disparó el arma que encañonaba a la multitud. Se oyó un fuerte gemido y todos se volvieron horrorizados al ver a doña Matilde caer al suelo con una flor roja creciendo lentamente en el hombro derecho. Carmen corrió al lado de la vieja al darse cuenta de lo ocurrido. El silencio más absoluto ahora rodeaba al grupo. Los chiquillos se pegaban de las faldas de sus madres asustados y los soldados, sin saber qué hacer, se quedaron inmóviles. Carmen se inclinó sobre el cuerpo de la anciana tocándole el rostro y la boca para ver si aún respiraba.

Felicia se asomó al balcón cuando oyó el alboroto.

—¿Qué dice niño? ¿Qué le pasó a la maestra?

—Que los soldados la van a fusilar, —afirmaron los chiquillos. Hasta doña Matilde oyó la noticia a pesar de su sordera.

—¡Carajo! ¡Eso sí que no vamos a permitirlo!, —dijeron todos.

—Está viva todavía, —anunció—. Vamos a llevarla a mi casa con cuidado y que alguien vaya a avisarle a la Señora Rosa de lo que ha sucedido. Ella sabrá qué hacer. Los soldados intentaron ayudarlas a cargar el cuerpo de la vieja pero fueron rechazados bruscamente. Entre todas las mujeres levantaron el cuerpo inerme de la viejita sorda cuya lengua todos temían, pero ahora, gracias al Teniente Jaramillo, se convertía en la mártir de Chumico. Se fueron alejando cuesta abajo en solemne procesión llevando a Matilde entre cuatro, en un silencio preñado de hostilidades. El Teniente que después del desafortunado disparo no había dicho ni hecho nada se quedó parado en la puerta del Cuartel mirando el cortejo que se alejaba. Un sudor frío le rodaba por la nuca; este asunto no le gustaba. Los soldados lo miraban en silencio y en todos los rostros se reflejaba la inquietud que sentían ante el hecho de sangre.

—¡Maldito pueblo!, —musitó el Teniente—. ¡Ya no aguanto más.! •

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
283 стр. 6 иллюстраций
ISBN:
9789585564343
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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