Читать книгу: «Un lugar para soñar»

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

Un lugar para soñar

Título original: Virgin River

© 2007, Robyn Carr

© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.

© Traductor: Ana Peralta de Andrés

Publicada originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Diseño de cubierta: Harlequin Enterprises, Ltd.

Imágenes de cubierta: iStock y Shutterstock

ISBN: 978-84-18623-27-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Mel aguzó la mirada a través de la lluvia y la oscuridad que envolvían la carretera estrecha y serpenteante por la que conducía y se preguntó, no por primera vez, si se habría vuelto loca. Justo en ese momento, sintió un golpe. Una de las ruedas traseras del BMW acababa de patinar en la carretera y se había hundido en la cuneta. El coche se detuvo bruscamente. Mel aceleró y oyó girar las ruedas, pero el coche se negaba a moverse.

Estaba perdida, fue lo siguiente que pensó.

Encendió la luz interior del coche y miró hacia el teléfono móvil. Se había quedado sin cobertura una hora atrás, en cuanto había dejado la autopista para dirigirse hacia las montañas. De hecho, estaba teniendo una animada conversación con su hermana cuando la acusada inclinación de las montañas y la altura de los árboles le habían dejado sin cobertura.

–No me puedo creer que estés haciendo una cosa así –le había dicho Joey–. Creía que habías recobrado la razón. Ésta no eres tú, Mel. Tú no estás acostumbrada a vivir en un pueblo tan pequeño.

–Pues me temo que voy a tener que acostumbrarme. He aceptado el trabajo y lo he vendido todo para no sentir la tentación de volver.

–¿Y no podrías haberte limitado a pedir una excedencia? También podrías haberte ido a alguna clínica privada más pequeña.

–Necesito cambiar completamente –había sido la respuesta de Mel–. No quiero volver a saber nada de hospitales de grandes ciudades. No sé si estaré en lo cierto, pero supongo que aquí, en medio del bosque, no voy a tener que ver a muchos niños que nacen adictos al crack por culpa de la adicción de sus madres. La mujer con la que hablé me dijo que Virgin River es un pueblo tranquilo y seguro.

–Y está metido en medio del bosque, a miles de kilómetros de cualquier Starbucks, y seguramente te pagarán con huevos y manitas de cerdo.

–Y ninguno de mis pacientes vendrá esposado y vigilado por un policía –se había echado a reír–. ¿Manitas de cerdo? Vaya, Joey, voy a pasar por otra zona rodeada de árboles. Es posible que pierda…

–Espera, Mel, te arrepentirás. Todo esto es una locura…

Justo en aquel momento, afortunadamente, se había interrumpido la comunicación. Pero Joey tenía razón, con cada kilómetro que recorría, aumentaban las dudas que tenía sobre sí misma y sobre su decisión de escapar al campo.

Y con cada curva se estrechaba la carretera y aumentaba la fuerza con la que arreciaba la lluvia. Eran sólo las seis de la tarde, pero aquello estaba oscuro como la boca del lobo. Los árboles eran tan densos y tan altos que no dejaban entrar ni un rayo de luz. Por supuesto, no había farola alguna en kilómetros a la redonda. Según la dirección que le habían dado, la casa en la que debería encontrarse con su nuevo jefe no estaba lejos, pero no se atrevía a salir del coche para continuar andando. Podría perderse entre el bosque.

De modo que lo que hizo fue sacar las fotografías de su maletín, en un intento de recordarse las razones por las que había aceptado aquel trabajo. Eran las fotografías de un pueblo pequeño, con casas con porche delantero y ventanas abuhardilladas, una vieja escuela, una iglesia, campanillas, rododendros y manzanos en flor. Contaba también con una cafetería y una biblioteca. Además, tenía la fotografía de una acogedora cabaña de madera que sería suya durante el año que durara el contrato.

El pueblo estaba situado tras un bosque impresionante de secuoyas que se extendía durante cientos de kilómetros sobre las cordilleras de Trinity y Shasta. El río Virgin, que daba su nombre al pueblo, era un río ancho, largo y profundo y en sus aguas abundaban los esturiones, los salmones y las truchas. Mel había encontrado en Internet las fotografías de aquel rincón y se había convencido a sí misma de que no había un lugar más hermoso en el mundo. Por supuesto, en aquel momento lo único que veía era barro, lluvia y oscuridad.

Decidida a abandonar Los Ángeles, había llevado su currículum al registro de enfermeras y una de las encargadas del registro le había tramitado la oferta de Virgin River. El médico del pueblo, le había dicho, estaba envejeciendo y necesitaba ayuda. Una mujer de allí, Hope McCrea, ofrecía la casa y el primer año de salario. El condado se encargaba de pagar un año de seguro médico para la enfermera, que también debía hacer las veces de comadrona.

–Envié un fax a la señora McCrea con su currículum y la carta de recomendación –le había dicho–, y quiere ofrecerle el puesto de trabajo. Pero quizá debería ir antes por allí para conocer el pueblo.

Mel había anotado el teléfono de la señora McCrea y había llamado esa misma noche. Virgin River era mucho más pequeño de lo que ella en un principio quería, pero tras una conversación telefónica de al menos una hora, había decidido abandonar Los Ángeles. Todo eso había ocurrido dos semanas atrás.

Lo que no sabían ni en el registro ni en Virgin River era que Mel estaba desesperada por salir de Los Ángeles. Llevaba meses soñando con una nueva vida; una vida tranquila y sin sobresaltos. No podía recordar la última vez que había dormido plácidamente durante toda una noche. Los peligros de la gran ciudad habían comenzado a devorarla. Le bastaba con ir al banco o a la tienda de ultramarinos para que la dominara la ansiedad; el peligro parecía estar acechando en cualquier parte. Su trabajo en el hospital del condado y en el centro de traumatología le obligaba a ocuparse de las víctimas de muchos delitos, por no hablar de los propios delincuentes. Todo aquello había hecho mella en su espíritu. Y eso no tenía nada que ver con la soledad de su cama.

Sus amigos le decían que no cediera al impulso de huir hacia un lugar desconocido, pero en los últimos nueve meses, Mel había estado asistiendo a una terapia de grupo, se había tratado con una psicóloga y había visitado más iglesias que en los últimos diez años de su vida, y nada de eso la estaba ayudando. Lo único que le proporcionaba alguna paz mental era fantasear sobre la posibilidad de refugiarse en un lugar en el que la gente no tuviera que cerrar las puertas de su casa con llave y en el que lo único que hubiera que temer fueran las malas hierbas del jardín. Por eso Virgin River le había parecido un auténtico paraíso.

Pero en aquel momento, sentada en el interior de su coche y contemplando las fotografías, comprendió lo ridícula que había sido. La señora McCrea le había recomendado que se llevara solamente ropa fuerte, como vaqueros y botas. Y sí, eran botas las que llevaba en la maleta, y también vaqueros, pero todos de marca y a la última moda. Después de haber estado ahorrando durante años para poder pagarse la universidad y los cursos de postgrado, en cuanto había conseguido un puesto de trabajo por el que le pagaban un buen salario, había descubierto que le gustaban las cosas bonitas. Podía trabajar rodeada de miseria, pero cuando salía del trabajo, quería sentirse atractiva.

Aunque no creía que los peces o los ciervos fueran a dejarse impresionar por su aspecto.

Durante la última media hora, sólo se había cruzado con una vieja camioneta. La señora McCrea no le había advertido de lo peligroso de aquellas carreteras, llenas de curvas y empinadas cuestas, tan estrechas en algunos lugares que era casi imposible que se cruzaran dos coches por ellas.

Y allí continuaba, perdida en medio de un bosque. Con un suspiro, dio media vuelta y sacó su abrigo de una de las cajas que llevaba en el asiento de atrás. Esperaba que la señora McCrea tuviera que pasar por aquella carretera para ir o para regresar de la casa en la que iban a encontrarse, porque de otro modo, era probable que terminara durmiendo en el coche. Todavía le quedaban un par de manzanas, unas galletas y un poco de queso. Pero los refrescos de cola se le habían terminado, y al día siguiente por la mañana, la falta de cafeína se traduciría en un dolor de cabeza.

Apagó el motor, pero dejó las luces encendidas por si aparecía alguien por la carretera. En el caso de que no la rescataran, terminaría quedándose sin batería. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Un rostro muy familiar asomó a su mente: Mark. A veces, la necesidad de volver a verle una vez más, de tener una conversación con él, era sobrecogedora. Más allá de la tristeza, le echaba de menos. Echaba de menos tener una pareja de la que depender, a la que esperar, con la que despertarse en la cama.

Mark le había dicho en una ocasión que lo suyo, su relación, era para siempre. Y «para siempre» había durado cuatro años. Ella sólo tenía treinta y dos años y durante el resto de su vida estaría sola. Mark estaba muerto. Y ella estaba muerta por dentro.

Una firme llamada en la ventanilla del coche le hizo abrir los ojos. No sabía si se había quedado dormida o sólo estaba pensando. Vio el haz de luz de la linterna con la que habían golpeado la ventanilla y se fijó en el anciano que la sostenía. Su ceño era tan pronunciado que por un momento, Mel pensó que el fin que durante tanto tiempo había temido estaba a punto de producirse.

–Señorita –le dijo el anciano–. Señorita, se ha quedado atascada en el barro.

Mel bajó la ventanilla y sintió la niebla humedeciendo su rostro.

–Sí, ya lo sé.

–Esa porquería de coche no le va a servir de mucho por esta zona.

¡Esa porquería de coche! Era un BMW descapotable, uno de los caprichos que se había consentido para intentar borrar el dolor de la soledad.

–Bueno, la verdad es que nadie me lo dijo, pero gracias por el consejo.

El ralo pelo blanco del anciano se le pegaba a la cabeza y las gotas de lluvia se deslizaban por su enorme nariz.

–Agárrese fuerte, voy a enganchar su coche a una cadena y la sacaré de ahí. ¿Iba hacia la casa de McCrea?

Vaya, eso era exactamente lo que quería, un lugar donde todo el mundo se conocía. Quería advertirle que no le arañara el parachoques, pero apenas fue capaz de farfullar un «sí».

–No está muy lejos. Cuando la saque, puede seguirme hasta allí.

–Gracias.

Por lo menos iba a dormir en una cama. Y si la señora McCrea tenía un buen corazón, también podría comer y beber algo. Comenzó a imaginar el fuego de la chimenea y el sonido de la lluvia contra los cristales mientras ella se hundía en una cama mullida, con sábanas de lino y montones de mantas, sintiéndose segura, a salvo.

Entre chirridos y tirones, el coche salió de la cuneta. El anciano tiró durante varios metros para dejarlo completamente a salvo en la carretera, salió de la camioneta para desenganchar la cadena y le hizo un gesto, indicándole que le siguiera. Allí no había discusión posible.

Al cabo de unos cinco minutos, Mel vio que la camioneta encendía el intermitente y giraba hacia la derecha. El camino de la casa estaba lleno de baches, pero, afortunadamente, no tardó en abrirse a un claro. La camioneta giró en el claro para marcharse y dejó a Mel justo delante de… ¡una cabaña que parecía a punto de derrumbarse!

Aquélla no era la adorable casita que había imaginado. Tenía porche, sí, pero medio alero prácticamente hundido. El viento, la lluvia y los años habían oscurecido los tablones que cubrían las ventanas. No había luz ni en el interior ni en el exterior de la casa. Y no había ningún humo acogedor saliendo de la chimenea.

Mel hizo sonar la bocina, salió del coche, agarró las fotografías y se puso la chaqueta de lana encima de la cabeza. Corrió hacia la camioneta y cuando el anciano bajó la ventanilla, le preguntó:

–¿Está seguro de que ésta es la casa de la señora McCrea?

–Sí.

Mel le enseñó entonces la fotografía de una bonita casa con mecedoras en el porche y macetas llenas de flores.

–Mmm. Esa fotografía debe de tener muchos años.

–Pues no fue eso lo que me dijeron. La señora McCrea me dijo que podría quedarme viviendo en la casa durante todo un año. Se supone que tengo que ayudar al médico del pueblo. ¿Pero cómo es posible que esto…?

–No sabía que el médico necesitara ayuda. No fue él el que la contrató, ¿verdad?

–No. Me dijeron que era demasiado anciano como para satisfacer las demandas del pueblo y que necesitaban otro médico, pero que yo podría prestar alguna ayuda hasta entonces.

–¿Para hacer qué?

Mel elevó la voz por encima de la lluvia.

–Soy enfermera de práctica clínica avanzada. Y también comadrona.

Aquello pareció divertirle.

–¿De verdad?

–¿Conoce al médico? –preguntó Mel.

–Aquí todo el mundo se conoce. Pero creo que debería haberse pasado por aquí y haber hablado con el médico antes de tomar una decisión como ésa.

–Sí, a mí también me lo parece –dijo Mel–. Déjeme buscar mi bolso para darle algo de dinero por haberme sacado de… –pero su interlocutor ya lo estaba rechazando con un gesto.

–No quiero que me dé dinero. La gente de por aquí no cobra por ayudar a sus vecinos. Así que –dijo con humor, arqueando una de sus pobladas cejas–, parece que se han quedado con usted. Esta casa lleva años vacía –se echó a reír.

En ese momento vieron los faros de un nuevo vehículo que acababa de llegar al camino de la casa. Cuando llegó a donde estaban ellos, el anciano dijo:

–Aquí está McCrea. Buena suerte –y soltó una carcajada antes de marcharse.

Mel guardó la fotografía debajo de la chaqueta y permaneció bajo la lluvia, al lado de su coche, mientras la recién llegada aparcaba. Podría haberse acercado al porche para protegerse de la lluvia, pero no le parecía suficientemente seguro.

El coche, aunque bien cuidado, era un modelo antiguo. La conductora iluminó la casa con los faros y los dejó encendidos mientras abría la puerta. Del todoterreno salió una anciana de pelo blanco con unas gafas de montura negra que resultaban excesivamente grandes para su rostro. Llevaba unas botas de goma y un impermeable y debía de medir alrededor de un metro cincuenta. Tiró un cigarrillo al barro y se acercó a Mel con una enorme sonrisa.

–¡Bienvenida! –la saludó con una voz ronca que Mel reconoció al instante.

Aquélla era la mujer con la que había hablado por teléfono.

–¿Bienvenida? –repitió. Sacó la fotografía del bolsillo interior de la chaqueta y se la mostró a la mujer–.¡Esto no se parece nada a lo que aparece en la fotografía!

Sin alterarse lo más mínimo, la mujer contestó:

–Sí, la casa podría haber estado un poco más arreglada. Pretendía haber venido ayer a limpiar, pero al final no tuve tiempo.

–¿Un poco más arreglada? Señora McCrea, esta casa se está cayendo. ¡Usted me dijo que era un lugar adorable! ¡Me dijo que era preciosa!

–Dios mío –fue la respuesta de la señora McCrea–. En el registro no me dijeron que era tan melodramática.

–Y a mí tampoco me dijeron que usted me iba a engañar.

–Bueno, bueno, esta conversación no nos va a llevar a ninguna parte. ¿Quiere continuar debajo de la lluvia o prefiere que vayamos dentro a ver lo que nos encontramos?

–Francamente, ahora mismo, lo que preferiría es marcharme inmediatamente de aquí, pero no creo que pueda llegar muy lejos sin un coche con tracción a las cuatro ruedas, algo que, por cierto, también podría haber mencionado.

Sin hacer ningún comentario, la señora McCrea subió los tres escalones de la entrada y llegó al porche. Para abrir la puerta de la cabaña, no utilizó la llave, sino que la empujó con el hombro.

–La madera se ha hinchado con la humedad –le dijo, y desapareció en el interior.

Mel la siguió, pero no subió al porche con la misma seguridad que su anfitriona, sino que tanteó los escalones vacilante. Aunque había una ligera pendiente delante de la puerta, la madera parecía sólida, por lo menos, en aquella zona. Justo en el momento en el que acababa de llegar a la puerta, se encendió una luz en el interior. Al tenue resplandor, le siguió inmediatamente una nube de polvo, levantada por la señora McCrea al sacudir un mantel. Mel retrocedió de nuevo hasta el porche, presa de un ataque de tos. Cuando se recuperó, tomó una bocanada de aire y se aventuró de nuevo al interior de la cabaña.

La señora McCrea parecía estar muy ocupada intentando poner orden en la casa. Se dedicó a bajar las sillas de encima de la mesa, a quitar el polvo de las pantallas de las lámparas y a enderezar los libros de las estanterías. Mel se obligó a mirar a su alrededor, aunque sólo fuera para saber hasta qué punto podía ser sórdido aquel lugar, porque no tenía ninguna intención de quedarse. Había un sofá tapizado con un desgastado diseño floral, una butaca a juego y una alfombra. Un arcón antiguo hacía las veces de mesita de café y a la estantería, hecha a base de ladrillos y tablas de madera, le faltaban algunos tablones. Unos metros más allá y dividida por un mostrador, estaba la cocina, diminuta, por cierto, y que no debían de haber limpiado desde la última vez que alguien había cocinado en ella, presumiblemente años atrás.

La puerta de la nevera estaba abierta, al igual que las de la mayoría de los armarios. El fregadero estaba lleno de tazas y platos y los que estaban en los armarios, tenían tal capa de polvo encima que sería imposible utilizarlos.

–Lo siento, pero esto me parece inaceptable –dijo Mel.

–Sí, bueno, está un poco sucia, pero eso es todo.

–¡Y hay un nido en el horno! –exclamó Mel, completamente atónita.

La señora McCrea entró en la cocina con las botas llenas de barro, abrió la puerta del horno y sacó el nido. Se dirigió después a la puerta y lo dejó en el jardín. Mientras se volvía hacia Mel, se colocó las gafas.

–Se acabaron los nidos de pájaros –dijo en un tono que sugería que Mel estaba haciéndole perder la paciencia.

–Mire, he estado a punto de no llegar. El anciano de la camioneta ha tenido que sacarme el coche del barro. No puedo quedarme aquí, señora McCrea, de eso no hay ninguna duda. Además, estoy hambrienta –se rió con ironía–. Usted me dijo que tendría una casa preparada para mí, así que yo di por sentado que se trataría de una casa limpia y con comida suficiente como para pasar un par de días hasta que pudiera hacer mi propia compra. Pero esto es…

–Usted ha firmado un contrato –señaló la señora McCrea.

–Y usted también, y no creo que nadie estuviera dispuesto a aceptar estas condiciones.

–Por lo menos no tiene goteras, eso ya es una buena señal.

–No lo suficientemente buena, me temo.

–Se suponía que esa condenada de Cheryl Creighton tenía que haber venido a limpiar, pero no ha parado de poner excusas. Supongo que se habrá dedicado a beber. Tengo ropa de cama en la camioneta y puedo llevarla a cenar. Seguro que la casa tiene mejor aspecto mañana por la mañana.

–¿No hay ningún otro lugar en el que pueda pasar la noche? ¿Un hostal? ¿Una pensión?

–¿Un hostal? –preguntó riendo–. ¿Acaso le parece esto un lugar turístico? La autopista está a más de una hora y esta lluvia no es normal. Tengo una casa enorme, pero no me queda espacio para nada, está completamente abarrotada. Cuando me muera, seguro que le prenden fuego. Pero podría hacerle un sitio en el sofá…

–Pero tiene que haber algo…

–Lo que tenemos más cerca de aquí es la casa de Jo Ellen; encima del garaje, tiene una habitación de invitados que está bastante bien. Pero no creo que quiera quedarse allí. Su marido es un pulpo. Más de una mujer de Virgin River ha tenido que darle una bofetada. Ese hombre es todo manos.

Oh, Dios, aquello se ponía cada vez peor.

–Le diré lo que vamos a hacer. Encenderé el termo del agua caliente, la nevera y la calefacción y después iremos a buscar una cena caliente.

–¿En la cafetería que aparece en la fotografía?

–Esa cafetería lleva tres años cerrada.

–Pero usted me envió una fotografía, como si quisiera decirme que ése era el lugar en el que podría almorzar durante todo este año.

–Todo eso son pequeños detalles. Lo que tiene que hacer ahora es montarse en mi camioneta –le ordenó–. Yo no tardaré.

Ignorando completamente a Mel, se acercó a la nevera y la enchufó. La luz se encendió inmediatamente; ajustó la temperatura y cerró la puerta. La nevera comenzó a hacer un ruido que no auguraba nada bueno.

Mel, tal como le habían ordenado, se dirigió a la camioneta. Pero la puerta estaba a tanta distancia del suelo que tuvo que aferrarse a la manilla para poder trepar a su interior. En cualquier caso, se sentía mucho mejor allí que en el interior de la casa, donde su anfitriona estaría en aquel momento encendiendo el termo del agua caliente. Por un momento, se le ocurrió pensar que si el termo explotaba y destrozaba la cabaña, podrían dar por terminado su contrato en ese mismo instante.

Una vez sentada en la camioneta, miró por encima del hombro y vio que el asiento de atrás estaba lleno de almohadas, mantas y cajas. Provisiones para esa casa en ruinas, dedujo. En fin, si al final no encontraba ningún otro lugar en el que hacerlo, siempre podría dormir en su coche. Con todas aquellas mantas, por lo menos no moriría congelada. Y en cuanto amaneciera…

Pasaron varios minutos hasta que la señora McCrea salió de la casa y cerró la puerta. Sin llave. A Mel le impresionó la agilidad con la que aquella anciana se subió al todoterreno. Puso un pie en el estribo, se agarró a la manilla con una mano y con la otra al brazo del asiento y se sentó prácticamente con un solo movimiento. Para poder llegar a los pedales, tenía un cojín colocado en el asiento. Sin decir una sola palabra, metió la marcha y retrocedió por el camino de entrada de la casa hasta llegar a la carretera.

–Cuando hablamos hace un par de semanas, me dijo que era una mujer bastante dura –le recordó la señora McCrea.

–Y lo soy. He estado a cargo del ala de mujeres de un hospital con tres mil camas durante dos años. Teníamos los casos más difíciles, pacientes sin remedio y, no es porque yo lo diga, hice un trabajo muy bueno. Antes de eso, estuve trabajando durante años en el servicio de urgencias de un hospital del centro de Los Ángeles, un lugar muy duro para cualquiera. Pero cuando hablaba de dureza, me refería a mi experiencia médica, no a que estuviera dispuesta a vivir como una pionera.

–Dios mío, ya está otra vez. Seguro que cambia de humor en cuanto coma algo.

–Eso espero –contestó Mel.

Pero continuaba diciéndose que no podía quedarse allí. Era una locura.

No hablaron durante el trayecto. Mel no tenía mucho que decir y, además, estaba fascinada por la facilidad, y la velocidad, con la que la señora McCrea conducía aquel todoterreno bajo la lluvia.

Ella pensaba que Virgin River sería un lugar en el que mitigar el dolor, la soledad y el miedo. Que sería un remedio contra el estrés que le causaban sus pacientes. Cuando había visto las fotografías de aquel pueblo, le había resultado imposible no imaginar un lugar acogedor y amable en el que la gente necesitaba de sus servicios. Se había imaginado a sí misma floreciendo gracias a sus saludables pacientes del campo. Por no hablar de lo tentador que le parecía escapar de la contaminación y el tráfico y regresar a la naturaleza, a la prístina belleza de los bosques.

La posibilidad de ayudar a dar a luz a las mujeres de Virgin River había sido el último argumento definitivo para convencerla. Trabajar como enfermera le gustaba, pero su verdadera vocación era la de comadrona.

Joey era la única familia que le quedaba. Su hermana quería que se mudara a Colorado Spring para que estuviera cerca de ella, de Bill, su marido, y de sus tres hijos. Pero Mel no quería cambiar una ciudad por otra, aunque Colorado Spring fuera considerablemente más pequeña que Los Ángeles. Sin embargo, tras aquella decepción y en ausencia de una idea mejor, se vería obligada a buscar trabajo allí.

Cuando cruzaron lo que parecía ser un pueblo, Mel volvió a esbozar una mueca.

–¿Éste es el pueblo? Porque así no salía en las fotografías que me envió.

–Virgin River –contestó–. Tal como es. Aunque parece mucho más bonito a la luz del día, eso es indudable. Maldita sea, no para de llover. En marzo siempre hace un tiempo terrible. Ésa de ahí es la casa del médico, ahí es donde van a verle sus pacientes. Y también hace muchas visitas a domicilio. Eso es la biblioteca –señaló otra casa–. Abre los miércoles.

Cruzaron ante la iglesia, que aunque estaba completamente cerrada, por lo menos era tal como aparecía en las fotografías. Había también un supermercado, mucho más viejo que en las fotografías. El propietario acababa de cerrarlo. La calle la conformaban otra docena de casas, todas ellas diminutas y muy viejas.

–¿Dónde está la escuela? –preguntó Mel.

–¿Qué escuela?

–La que aparecía en la fotografía que envió a la oficina de empleo.

–Humm. No puedo imaginarme de dónde ha sacado eso. No tenemos escuela, todavía.

–Dios mío –gimió Mel.

La calle era ancha, pero estaba oscura, vacía. No había farolas. La señora McCrea debía de haber rescatado fotografías de álbumes de décadas atrás. O a lo mejor había enviado fotografías de otro pueblo.

La señora McCrea aparcó delante de lo que parecía una cabaña enorme situada enfrente de la casa del médico. El letrero de neón y el cartel de «cerrado» evidenciaban que se trataba de una taberna o una cafetería.

–Vamos –le dijo a Mel–. A ver si con el estómago caliente le mejora el humor.

–Gracias –contestó Mel, intentando ser educada.

Estaba hambrienta y no quería que una mala cara le costara la cena, aunque en aquel momento no tenía ninguna esperanza de poder meterse algo caliente en el estómago. Miró el reloj. Eran las siete en punto.

La señora McCrea sacudió el impermeable en el porche antes de entrar, pero Mel no tenía ningún impermeable que sacudir. Tampoco llevaba paraguas y su chaqueta olía como una oveja mojada.

Una vez en el interior, quedó gratamente sorprendida. La cabaña estaba tenuemente iluminada y había una chimenea encendida en una esquina. Los suelos, de madera, resplandecían de limpio y olía bien, a algo apetecible. A lo largo de la barra, por encima de las estanterías en las que se amontonaban los licores, había un pez enorme disecado; en otra de las paredes, una piel de oso tan grande que tapaba casi la mitad y encima de la puerta habían colgado la cornamenta de un ciervo. ¿Sería un refugio de cazadores? Aunque había por lo menos una docena de mesas, sólo quedaba un cliente en el bar. Casualmente, era el anciano que la había sacado del barro.

Detrás de la barra y vestido con una camisa de cuadros, un hombre alto estaba sacándole brillo a una copa con un trapo de cocina. Parecía rondar los cuarenta años. Al verlas entrar, arqueó las cejas con un expresivo gesto y curvó los labios en una sonrisa.

–Siéntese aquí –le ordenó la señora McCrea a Mel, señalando una mesa que estaba al lado del fuego–. Yo voy a buscar algo de comer.

Mel se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla. Intentó entrar en calor frotándose vigorosamente los brazos y colocando las manos delante de las llamas. Aquello era mucho más de lo que esperaba: una cabaña limpia y acogedora, un buen fuego y comida caliente. Podía haber prescindido de los animales muertos, pero no podía esperarse otra cosa en una zona de cazadores.

–Tome –le dijo la señora McCrea colocándole un vaso con un líquido ambarino en la mano–. Esto la ayudará a entrar en calor. Jack ha puesto el estofado al fuego y ha metido el pan en el horno.

–¿Qué es?

–Brandy, ¿cree que será capaz de beberlo?

–Por supuesto –replicó.

Bebió un sorbo y sintió un río de fuego descendiendo desde su garganta hasta su estómago vacío. Cerró los ojos un instante, como si estuviera apreciando la inesperada calidad de aquel licor y volvió a mirar hacia la barra, pero el camarero había desaparecido.

–Ese hombre –dijo por fin, señalando al único cliente del local– ha sido el que me ha sacado de la cuneta.

–Es el doctor Mullins –le explicó ella–. Si no le importa alejarse de la chimenea, puedo presentárselo.

–¿Para qué molestarse? Ya le he dicho que no pienso quedarme.

–Estupendo –dijo la mujer–, en ese caso, podrá saludarle y despedirse de él al mismo tiempo. Vamos –se volvió y se dirigió hacia el médico con un suspiro de cansancio. Mel la siguió–. Doctor, por si no se ha enterado antes de su nombre, ésta es Melinda Monroe. Señorita Monroe, le presento al doctor Mullins.

El anciano alzó la mirada hacia ella, pero no apartó sus manos artríticas de su vaso. Se limitó a saludarle con un movimiento de cabeza.

–Gracias otra vez por haberme sacado de la cuneta.

El doctor asintió de nuevo y volvió a fijar la mirada en su copa.

Para que luego hablaran de la hospitalidad de la gente del campo, pensó Mel. La señora McCrea se acercó de nuevo a la chimenea, pero Mel se sentó al lado del médico.

–Perdone –le dijo al doctor.

El médico desvió la mirada hacia ella, frunciendo sus pobladas cejas.

–Es un placer conocerle –continuó Mel–. Así que necesitaba a alguien que le ayudara… –el médico la fulminó entonces con la mirada–. ¿No quería ayuda? ¿Por eso parece tan enfadado?

–No necesito ninguna ayuda –contestó malhumorado–. Pero esa mujer lleva años intentando encontrar un médico que me sustituya. Está completamente loca.

–¿Y eso por qué?

–No acierto a imaginármelo –volvió a clavar la mirada en su vaso–. A lo mejor es que no le gusto. Pero a mí me da igual. Al fin y al cabo, tampoco ella me gusta a mí.

El camarero, que presumiblemente era también el propietario, se disponía a llevar un cuenco humeante a una de las mesas, pero se detuvo al final de la barra y miró a Mel mientras ella hablaba con el médico.

–Bueno, pues no tiene por qué preocuparse –le respondió Mel–. No pienso quedarme. Me han engañado y pienso irme mañana por la mañana, en cuanto deje de llover.

–Le han hecho perder el tiempo, ¿verdad? –preguntó el médico sin mirarla.

–Eso parece. Ya es suficientemente malo que la casa esté en pésimas condiciones como para que encima ahora me digan que usted no necesita ni una enfermera ni una comadrona.

–Desde luego.

Mel suspiró. Esperaba poder encontrar un trabajo decente en Colorado.

Un hombre joven, un adolescente de hecho, salió en aquel momento de la cocina con un montón de vasos. Tenía un aspecto muy parecido al del camarero, con el pelo rapado, la camisa de cuadros y los vaqueros. Era un muchacho atractivo, pensó Mel, fijándose en su mandíbula cuadrada, su nariz recta y sus ojos negros. Cuando estaba a punto de colocar los vasos debajo de la barra, el joven miró a Mel sorprendido. Abrió los ojos como platos y pareció quedarse boquiabierto. Mel inclinó ligeramente la cabeza y le sonrió. El joven cerró la boca lentamente, pero continuó petrificado con los vasos en la mano.

Mel dio entonces media vuelta y se dirigió a la mesa de la señora McCrea. El camarero dejó el cuenco humeante junto con los cubiertos y la servilleta sobre la mesa. Permaneció donde estaba, esperándola y cuando Mel se acercó, le sostuvo la silla. Sólo entonces se fijó Mel en su corpulencia; debía de medir casi un metro noventa y tenía unos hombros de una anchura considerable.

–Para ser su primera noche en Virgin River, ha tenido muy mala suerte con el tiempo –le dijo con amabilidad.

–Jack –intervino entonces la señora McCrea–, te presento a la señorita Melinda Monroe.

Mel sintió entonces la necesidad de corregirle, de decirle que no era señorita, sino señora, pero no lo hizo porque no quería explicar que el señor Monroe había muerto.

–Encantada de conocerle. Y gracias –añadió mirando el estofado.

–Cuando el tiempo colabora, este lugar es muy bonito.

–Estoy convencida –respondió Mel sin mirarle.

–Debería quedarse un día o dos.

Mel hundió la cuchara en el guiso y lo probó. Jack continuó a su lado. Mel alzó la mirada hacia él y dijo sin disimular su sorpresa:

–Está delicioso.

–Son ardillas.

Mel tosió entonces atragantada.

–Era una broma –le aclaró Jack sonriendo–. Es ternera, alimentada con maíz.

–Perdóneme mi falta de sentido del humor –contestó Mel irritada–. He tenido un día muy difícil.

–¿De verdad? –preguntó–. En ese caso, es una suerte que haya abierto una botella de brandy.

Volvió detrás de la barra y Mel le miró por encima del hombro. Pareció consultarle algo al joven, que continuaba mirándola fijamente. Debía de ser su hijo, pensó Mel.

–No sé por qué tiene que ser tan antipática –observó la señora McCrea–. Cuando hablé por teléfono con usted, no me pareció que fuera ésa su actitud –metió la mano en el bolso y sacó un paquete de cigarrillos. Dio unos golpecitos a la cajetilla para sacar uno y lo encendió.

–¿Tiene que fumar en este momento? –le preguntó Mel.

–Desgraciadamente, sí –respondió ella, dándole una larga calada a su cigarrillo.

Mel se limitó a sacudir la cabeza en un gesto de frustración y a morderse la lengua. Lo tenía claro, se iría al día siguiente por la mañana e iba a tener que dormir en el coche, así que no tenía ningún sentido empeorar la situación con sus continuas quejas. Con un poco de suerte, la señora McCrea ya habría entendido la indirecta.

Mel disfrutó del delicioso estofado, terminó el brandy y se sintió mucho más segura en cuanto tuvo la tripa llena y comenzó a sentir los efectos del alcohol. Ya estaba, se dijo. En esas condiciones, se veía capaz de pasar la noche en aquel agujero. El cielo sabía que había pasado por situaciones peores.

Habían pasado nueve meses desde que Mark, su marido, había parado en una tienda de alimentación después de una larga noche atendiendo urgencias en el hospital. Quería comprar leche para los cereales del desayuno. Pero se había encontrado con tres tiros en el pecho que le habían matado al instante. Había sido víctima de un atraco en una tienda por la que Mark y Mel pasaban por lo menos tres veces a la semana. Y aquello había puesto fin a una vida que Mel adoraba.

En comparación, pasar la noche en un coche, bajo la lluvia, no sería nada.

Jack le sirvió una segunda copa de brandy a la señorita Monroe, pero ésta rechazó un segundo cuenco de estofado. Jack había continuado detrás de la barra mientras ella comía, bebía y parecía enfurecerse al ver fumar a Hope. Aquello le hizo reír. Era una mujer con espíritu. Y también le había parecido atractiva. Pequeña, rubia, con los ojos azules, la boca en forma de corazón y un trasero que sus vaqueros realzaban de forma notable. Cuando la mujer se marchó, le comentó al doctor Mullins:

–Muchas gracias. Podría haber sido un poco más amable. Desde que murió el perro de Bradly el otoño pasado, no hemos vuelto a tener en este pueblo nada digno de admiración.

El médico se limitó a soltar un bufido.

Ricky salió en aquel momento de detrás de la barra y se sentó al lado de Jack.

–Sí –se mostró de acuerdo–. Dios mío, doctor, ¿qué le pasa? ¿Es que no puede pensar en los demás?

–Tranquilízate, muchacho –se rió Jack, pasándole el brazo por los hombros–. Esa mujer está fuera de tu alcance.

–¿Ah, sí? Pues también está fuera del tuyo –dijo Ricky riendo.

–Puedes largarte cuando quieras. Ya no va a venir nadie esta noche –le dijo Jack a Ricky–. Y llévale un poco de estofado a la abuela.

–Sí, gracias –contestó él–. Hasta mañana.

Cuando Ricky se fue, Jack se inclinó hacia el médico y le dijo:

–Si tuviera a alguien que le ayudara, podría dedicar más tiempo a pescar.

–No necesito ayuda, gracias.

–Oh, así que ya está otra vez con eso –dijo Jack con una sonrisa. Cada vez que Hope le había sugerido al médico que contratara alguna ayuda, éste se había negado en redondo. El doctor Mullins podía ser el hombre más cabezota del mundo. Y también era un anciano artrítico que parecía estar apagándose año tras año.

–Esta maldita lluvia me está matando. Me está enfriando los huesos –alzó la mirada hacia Jack–. He sido yo el que ha sacado a esa fulana de la cuneta.

–No creo que sea una fulana –replicó Jack–, nunca tengo tanta suerte.

Inclinó la botella de brandy para servirle otro trago al anciano y la dejó de nuevo en la estantería. Le gustaba cuidar del médico y si no le controlaba, podía llegar a beber demasiado. Sabía que el médico no tenía nada de alcohol en casa, de modo que no le resultaba difícil vigilarle. Aunque la verdad era que tampoco podía culpar al anciano por su afición a la bebida. Estaba sobrecargado de trabajo y solo. Y cada vez más irritable.

–Podría haberle ofrecido a la pobre muchacha una habitación en la que dormir –dijo Jack–. Es evidente que Hope no ha dejado su cabaña en condiciones para recibirla.

–No tengo ganas de compañía –replicó el médico y alzó la mirada hacia Jack–. En cualquier caso, parece que tú tienes más interés en ella que yo.

–No creo que ahora mismo esa pobre mujer esté en condiciones de fiarse de nadie de por aquí. Pero reconozco que es bastante guapa, ¿verdad?

–La verdad es que ni me he fijado –bebió un sorbo de brandy–. Pero no parecía que tuviera la fuerza que se necesita para llevar adelante este trabajo.

Jack soltó una carcajada.

–Creía que había dicho que no se había fijado en ella.

Pero él sí que se había fijado. Debía de medir cerca de un metro sesenta y pesar unos cuarenta y cinco kilos. Tenía el pelo rubio y rizado, seguramente más rizado de lo habitual por culpa de la humedad. Sus ojos eran capaces de pasar de la alegría a la más absoluta tristeza en cuestión de segundos. Le había gustado la chispa que había visto en ellos cuando le había dicho que no tenía muchas ganas de humor. Y cuando se había dirigido al médico, había en sus ojos una luz que sugería que era capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Pero lo que más le había gustado de ella había sido su boca, aquella boca con forma de corazón. O a lo mejor su trasero…

–Sí –dijo Jack–, definitivamente, podría haber sido un poco más amable. No nos habría venido nada mal mejorar el paisaje de la zona.

Capítulo 2

Cuando Mel y la señora McCrea volvieron a entrar en la cabaña, el ambiente era mucho más cálido. Por supuesto, estaba tan sucia como antes. Mel se estremeció al ver tanta suciedad a su alrededor y la señora McCrea dijo abiertamente:

–Cuando hablé con usted, no sabía que era una persona tan remilgada.

–Y no lo soy. Ni un parto ni la sala de partos de un gran hospital son especialmente glamurosos.

Y a ella misma le sorprendía el haberse sentido más segura en aquel ambiente caótico y a veces terrible que en un lugar infinitamente más sencillo. Decidió que había sido la decepción sufrida lo que en realidad la había afectado. Eso, y el hecho de que por terribles que hubieran sido las situaciones vividas en el hospital, siempre había tenido una casa limpia y confortable a la que regresar.

Hope le dejó un cargamento de almohadas, colchas y toallas y Mel decidió que era más fácil enfrentarse a la suciedad que al frío. De modo que salió a buscar la única maleta que llevaba en el coche, se puso una sudadera y unos calcetines gordos y se preparó una cama en el viejo sofá. Se envolvió en las colchas como si fuera un burrito mexicano y se acurrucó en el sofá. Dejó la luz del baño encendida y la puerta ligeramente abierta, por si tenía que levantarse en medio de la noche. Y gracias a los dos brandys, al largo viaje y al estrés provocado por las expectativas defraudadas, cayó rendida en un profundo sueño que, por primera vez en mucho tiempo, no fue interrumpido ni por la ansiedad ni por las pesadillas.

El ruido de la lluvia sobre el tejado tuvo el efecto de una nana. La despertó la tenue luz de la mañana y se dio cuenta de que no había movido un solo músculo en toda la noche. Se sentía descansada, con la cabeza vacía, algo que no le ocurría desde hacía mucho tiempo.

Era una sensación extraña.

Permaneció tumbada durante un buen rato, sin podérselo creer apenas. Sí, pensó, aunque en aquellas circunstancias pudiera parecer imposible, se sentía bien. Casi inmediatamente, apareció el rostro de Mark ante sus ojos y Mel no pudo por menos que preguntarse que qué demonios esperaba. Era ella misma la que le conjuraba; de alguna manera, sabía que era imposible escapar a aquella tristeza, de modo que, ¿por qué intentarlo?

Había habido otra época de su vida en la que se levantaba siempre contenta. Tenía un don misterioso que era una música interior. Cada mañana, lo primero que oía era una canción, y la oía con tanta nitidez como si estuviera encendida la radio. Una canción nueva cada día. Aunque a la luz del día Mel no era capaz de tocar ningún instrumento, se despertaba todas las mañanas tatareando una melodía. Mark, despertado por aquellas notas desafinadas, se incorporaba apoyándose sobre un codo, se inclinaba sobre ella y esperaba sonriente a que abriera los ojos.

–¿Qué canción toca hoy? –le preguntaba siempre.

Y ella contestaba, «Begin the Beguine», o «Deep Purple», y los dos reían.

Pero la música había acabado con la muerte de Mark.

Mel se sentó en el sofá, envuelta entre las colchas. A la luz del día, destacaba todavía más la suciedad de la cabaña. El sonido del canto de los pájaros la invitó a levantarse y a acercarse a la puerta. La abrió y la recibió un día claro y radiante. Salió al porche, todavía envuelta en las mantas, y alzó la mirada. Los pinos eran inmensos, mucho más altos que la cabaña. De sus ramas todavía goteaban las gotas de la lluvia de la noche anterior y colgaban piñas de un tamaño tan grande que si una de ellas le cayera a alguien en la cabeza, podría causarle una conmoción. Bajo los pinos, crecían los helechos, verdes y frondosos, y Mel advirtió que de al menos cuatro especies diferentes. Todo a su alrededor parecía limpio y saludable. Los pájaros cantaban saltando de rama en rama y el cielo era de un color azul zafiro que no había visto en Los Ángeles durante años. Un águila planeaba por encima de su cabeza, con las alas extendidas, y terminó desapareciendo entre los pinos.

Mel respiró el aire fresco y limpio de la mañana. Ah, se lamentó, era una pena que ni la cabaña ni el médico hubieran estado a la altura de sus expectativas, porque aquel lugar era maravilloso. Un lugar virgen y estimulante.

Oyó un crujido y frunció el ceño. Sin previa advertencia, el final del porche, la zona que estaba más inclinada, cedió completamente, golpeándole los pies y haciéndole caer en un agujero húmedo y fangoso. Y allí se quedó, como un burrito mexicano helado y cubierto de barro.

–Mierda –musitó deshaciéndose de la colcha para regresar gateando hasta el porche y meterse después en la casa.

Hizo la maleta decidida a poner punto final a aquella situación.

Por lo menos las carreteras estaban mejor que el día anterior y a la luz del sol no corría peligro de acabar en la cuneta. Pero diciéndose que no iba a poder llegar muy lejos si no tomaba antes un café, se dirigió de nuevo al pueblo, a pesar de que su intuición le gritaba que saliera cuanto antes de allí y tomara el café en cualquier otro lugar. No esperaba que el bar estuviera abierto, pero no tenía muchas opciones y estaba tan desesperada que habría sido capaz de aporrear la puerta de la casa del médico y suplicarle una taza de café.

De todas formas, la casa del médico parecía estar cerrada a cal y canto. Tampoco había mucho movimiento alrededor de la de Jack, ni tampoco en la tienda de alimentación. Pero su absoluta dependencia de la cafeína la llevó a comprobarlo y al empujar la puerta del bar, descubrió que estaba abierto.

La chimenea estaba encendida y el bar, aunque más luminoso que la noche anterior, parecía seguir dándole la bienvenida. Pero se sobresaltó al ver detrás de la barra a un hombre calvo, con un pendiente en una oreja. Iba vestido con una camiseta negra y por debajo de la manga le asomaba un enorme tatuaje de color azul. Si no le hubiera impactado el tamaño de aquel hombre, lo habría hecho su expresión hostil. En aquel momento, tenía las dos manos apoyadas en la barra y la miraba con el ceño fruncido.

–¿Puedo ayudarla en algo?

–¿Podría… servirme un café? –le pidió.

El hombre se volvió para agarrar una taza, la colocó sobre la barra, agarró la jarra del café y la llenó. Mel pensó en llevarse la taza a una mesa, pero, francamente, no le gustaba el aspecto de aquel hombre y no quería ofenderle, así que se acercó a la barra y se sentó en un taburete.

–Gracias –dijo sumisa.

El camarero se limitó a contestar asintiendo con la cabeza, se alejó de la barra y se cruzó de brazos. A Mel le recordaba a un gorila de discoteca.

Bebió un sorbo de aquel negro brebaje. Para Mel, el efecto de una taza de café superaba a cualquier otro placer en su vida.

–Ah. Está delicioso –exclamó.

Pero no recibió ninguna respuesta. Mejor, se dijo. No tenía ganas de conversación.

Habían pasado varios minutos en los que le pareció un extrañamente cómodo silencio cuando la puerta del bar se abrió y entró Jack cargado de leña para la chimenea. Cuando la vio, sonrió de oreja a oreja, mostrando unos bonitos dientes blancos. Los bíceps se tensaban bajo la camisa por el esfuerzo y Mel se fijó entonces en cómo la anchura de sus hombros realzaba la estrechez de su cintura.

–Vaya, buenos días –la saludó Jack.

Llevó la leña a la chimenea y cuando se inclinó para dejarla en el suelo, Mel no pudo evitar fijarse en su musculosa espalda y en la perfección de su trasero. La vida rural debía de obligar a hacer mucho ejercicio a los hombres de la zona.

El hombre calvo estaba levantando la jarra del café para volver a llenarle la taza cuando Jack dijo:

–De eso ya me ocupo yo, Predicador.

Jack se colocó detrás de la barra y «Predicador» se dirigió a la cocina. Jack le sirvió una segunda taza.

–¿Predicador? –preguntó Mel casi en un susurro.

–En realidad se llama John Middleton, pero hace tiempo que le pusimos ese apodo. Si le llamaras John, ni siquiera se daría la vuelta.

–¿Pero por qué le llamáis así?

–Ah, porque es un hombre de costumbres intachables. Nunca bebe, jamás dice una mala palabra, no le verá nunca borracho y no se mete con las mujeres.

–Pero tiene un aspecto amenazador –repuso Mel, manteniendo la voz baja.

–Qué va. Es un buenazo –dijo Jack–. ¿Qué tal ha pasado la noche?

–Más o menos –respondió Mel, encogiéndose de hombros–. Creo que no podría haberme ido del pueblo sin tomar antes una taza de café.

–Supongo que estará deseando matar a Hope. ¿Ni siquiera le ha preparado un café?

–Me temo que no.

–Siento mucho todo lo que le ha pasado, señorita Monroe. Deberían haberla recibido mejor. No la culpo por tener una pésima opinión de este lugar. Y ahora, dígame, ¿le apetecen unos huevos? –señaló por encima de su hombro–. Es un cocinero estupendo.

–No voy a decirle que no –contestó Mel–. Y puedes llamarme Mel.

Jack asomó la cabeza a través de la puerta de la cocina.

–Predicador, ¿qué tal si le preparas un buen desayuno a la señorita? –regresó a la barra–. Bueno, lo menos que podemos hacer es despedirte con un buen desayuno, ya que parece que no vamos a poder convencerte de que te quedes un par de días.

–Lo siento, pero esa cabaña es inhabitable. La señora McCrea comentó que se suponía que alguien debería haber ido a limpiarla pero que, si no le entendí mal, se había dedicado a beber.

–Sí, supongo que se refería a Cheryl. Me temo que tiene un pequeño problema con el alcohol. Debería haber llamado a otra persona. En esta zona hay muchas mujeres desando trabajar.

–En cualquier caso, eso ya no tiene importancia –respondió Mel, bebiendo un sorbo de café–. Jack, éste es el mejor café que he tomado en mi vida. O es eso, o es que llevo un par de días tan terribles que soy fácilmente impresionable.

–No, es un café muy bueno –frunció el ceño, alargó la mano y le tomó un mechón de pelo–. ¿Tienes barro en el pelo?

–Probablemente. Estaba en el porche, apreciando la belleza de esta bonita mañana primaveral cuando el suelo ha cedido y he terminado sobre un repugnante charco de barro. Y no he sido suficientemente valiente como para atreverme a darme una ducha. El baño estaba indescriptiblemente sucio. De todas formas, pensaba que había conseguido quitármelo todo.

–Oh, Dios mío –dijo Jack, sorprendiéndola con una enorme carcajada–. Menuda forma de empezar el día. Si quieres, tengo una ducha en mi casa, y limpia como una patena –sonrió otra vez–. Y las toallas hasta huelen a suavizante.

–Gracias, pero creo que será mejor que continúe el viaje. Cuando esté cerca de la costa, buscaré un hotel y disfrutaré de una cama caliente y limpia. A lo mejor hasta alquilo una película.

–Una agradable perspectiva. Entonces, ¿vuelves a Los Ángeles?

Mel se encogió de hombros.

–No –contestó.

No podía volver. Todo en el hospital conjuraba los dulces recuerdos del pasado y hacía aflorar la tristeza. Sabía que no sería capaz de continuar su vida si se quedaba en Los Ángeles. Además, allí ya no había nada que la retuviera.

–Ha llegado el momento de hacer un cambio, pero éste al final me ha parecido excesivo. Supongo que tú siempre has vivido aquí.

–¿Yo? No, sólo llevo unos cuantos años. Crecí en Sacramento, pero estaba buscando un lugar agradable en el que pudiera pescar e instalarme definitivamente. Encontré esta cabaña, la convertí en un bar y en un asador y construí un edificio anexo para vivir. Es pequeño, pero acogedor. Predicador tiene una habitación en el piso de arriba, encima de la cocina.

–¿Y por qué se te ocurrió quedarte? No pretendo ofenderte, pero no parece haber nada especial en este pueblo.

–Si tuvieras tiempo, te lo enseñaría. Ésta es una región increíble. Viven unas seiscientas personas en esta zona. Hay mucha gente de la ciudad que tiene cabañas por Virgin River, un lugar tranquilo y en el que la pesca es excelente. No tenemos mucho turismo en el pueblo, pero hay muchos pescadores que vienen de manera regular y en la temporada de caza, también se acercan muchos cazadores. Predicador ya se ha hecho un nombre por la calidad de su cocina y esta cabaña es el único lugar del pueblo en el que se puede tomar una cerveza. Y en verano, se acercan muchos excursionistas a los bosques. Además, un cielo como el de aquí no puedes encontrarlo en la ciudad.

–¿Y tu hijo trabaja contigo?

–¿Mi hijo? Oh –se echó a reír–. ¿Te refieres a Ricky? En realidad es un chico del pueblo. Viene a trabajar al bar al salir del instituto. Es un buen chico.

–¿Tienes familia?

–Mis hermanas viven en Sacramento. Mi padre todavía está allí, pero perdí a mi madre hace unos años.

Predicador salió en aquel momento de la cocina sosteniendo un plato humeante. Mientras lo colocaba frente a Mel, Jack se metió detrás de la barra y le llevó los cubiertos. En el plato había una apetitosa tortilla de queso con pimientos, salchichas, patatas fritas y una tostada. Jack le sirvió también un vaso de agua fría y volvió a llenarle la taza de café.

Mel se metió un trozo de tortilla en la boca y la sintió derretirse en su interior.

–Mmm –dijo, cerrando los ojos para disfrutar plenamente de su sabor–. He comido aquí dos veces y tengo que reconocer que la comida es de las mejores que he probado en mi vida.

–Sí, de vez en cuando hacemos las cosas bien. Predicador tiene un auténtico don para la cocina. Y eso que no se había dedicado a ello hasta que vino aquí.

Mel comió otro trozo. Al parecer, Jack pensaba quedarse a mirarla hasta que terminara.

–¿Cuál es entonces la historia entre el doctor y la señora McCrea? –le preguntó Mel.

–Veamos –dijo él, apoyando la espalda contra el mostrador que había detrás de la barra–, digamos que les gusta discutir. Son dos personas muy dogmáticas y cabezotas que, además, nunca están de acuerdo en nada. La cuestión es que, en realidad, el doctor necesita ayuda, pero supongo que ya te has dado cuenta de que no está dispuesto a dar su brazo a torcer.

Mel afirmó con la cabeza. Continuaba con la boca llena de la tortilla más maravillosa que había probado en toda su vida.

–El problema en un pueblo tan pequeño es que pasan días y días sin que nadie necesite ningún tipo de atención médica y de pronto, durante unas semanas, todo el mundo tiene que ir al médico porque hay una epidemia de gripe, tres mujeres están a punto de dar a luz y, además, alguien se cae de su caballo. Siempre es igual. Y aunque no quiere admitirlo, el doctor tiene setenta años –Jack se encogió de hombros–. El médico más cercano está a más de media hora de aquí y para las personas que viven en las granjas o en los ranchos, a más de una hora. El hospital está más lejos incluso, así que tenemos que pensar en lo que haremos cuando muera el doctor, aunque, por supuesto, esperamos que eso no ocurra pronto.

Mel tragó y bebió un sorbo de agua.

–¿Y por qué está tan interesada la señora McCrea en este proyecto? ¿Es porque está intentando sustituirle, como dice el doctor?

–No, pero tiene edad suficiente como para necesitar alguna clase de ayuda. El marido de Hope le dejó dinero suficiente como para que disfrute de una situación económica desahogada y ella parece estar dispuesta a hacer cuanto esté en su mano para que el pueblo siga unido. También está buscando un predicador, un policía y un maestro de escuela para que los pocos niños que hay en el pueblo no tengan que desplazarse en autobús a otros pueblos. Pero de momento no ha tenido mucho éxito.

–El doctor Mullins no parece apreciar sus esfuerzos –dijo Mel mientras se limpiaba los labios con la servilleta.

–Defiende su territorio. Todavía no quiere jubilarse y a lo mejor le preocupa que aparezca alguien, tenga más éxito que él y le deje sin trabajo. El doctor Mullins nunca se casó y le ha dedicado al pueblo toda su vida… Hace varios años, justo antes de que yo llegara, hubo un incidente en el pueblo. Se produjeron dos casos urgentes al mismo tiempo. Una camioneta se salió de la carretera y el conductor quedó gravemente herido y, por otro lado, un niño cuya gripe había dado paso a una pulmonía, dejó de respirar. El doctor consiguió detener la hemorragia del herido, pero para cuando llegó a casa del niño, ya era demasiado tarde.

–Dios mío. Estoy segura de que eso provocó todo tipo de reacciones en el pueblo.

–No creo que nadie le culpara. Es un hombre que ha salvado muchas vidas, pero sí comenzó a comentarse que necesitaba ayuda –sonrió–. Tú has sido la primera en aparecer.

–Humm –Mel dio un último sorbo a su café.

Justo en ese momento, oyó que la puerta se abría tras ella para dar paso a un par de hombres.

–Harv, Ron –les saludó Jack.

Los recién llegados le devolvieron el saludo y fueron a sentarse al lado de la ventana. Jack se concentró de nuevo en Mel.

–¿Qué te ha llevado a venir aquí?

–Estaba quemada. Estaba harta de tratar con policías y detectives de la sección de homicidios.

–Dios mío, ¿qué clase de trabajo hacías?

–¿Has estado alguna vez en una guerra?

–La verdad es que sí.

–Bueno, pues los grandes hospitales y los centros de traumatología vienen a ser algo parecido. He pasado años en el área de urgencias de un hospital de Los Ángeles. Trabajaba allí mientras estudiaba un postgrado para poder llegar a ser comadrona y enfermera especialista y había días que aquello era como un campo de batalla. Detenidos que habían resultado heridos mientras los arrestaban, gente tan fuera de control que hacían falta al menos tres policías para contenerlos, víctimas de crímenes violentos, drogadictos, víctimas de accidentes de coche… Enfermos psiquiátricos sin supervisión. Pero no quiero que te lleves una impresión equivocada. Hacíamos un trabajo excelente. Estoy muy orgullosa de lo que he hecho.

Desvió la mirada durante unos segundos. Sí, el entorno era salvaje, caótico, aunque cuando trabajaba con su marido, le resultaba emocionante y se sentía completamente realizada. Sacudió la cabeza ligeramente.

–Al cabo de un tiempo, pasé del área de urgencias a la sala de partos y descubrí que aquélla era mi verdadera vocación. Pero no siempre eran experiencias reconfortantes –se rió con tristeza–. A mi primera paciente me la trajeron dos policías y tuve que pelearme con ellos para que le quitaran las esposas. Querían que diera a luz esposada a la cama.

Jack sonrió.

–Vaya, en ese caso, estás de suerte. No creo que haya esposas en el pueblo.

–No siempre fueron las cosas como aquel día, pero lo fueron bastante a menudo. Estuve supervisando a las enfermeras del área de partos durante un par de años. Durante algún tiempo, la excitación y lo imprevisible de aquel trabajo consiguieron llenarme, pero al final, volví a golpearme contra un muro. Me encanta ese trabajo, pero ya no soporto seguir ejerciéndolo en la ciudad. Necesito un lugar más tranquilo.

–Por lo visto, hasta ahora has tenido trabajos muy estresantes.

–Sí, incluso me han acusado de ser adicta a la adrenalina. Algo frecuente en las enfermeras que trabajan en urgencias –le sonrió–. Ahora estoy intentando superar mi adicción.

–¿Has vivido alguna vez en un pueblo pequeño? –le preguntó Jack mientras le llenaba la taza.

–No, la ciudad más pequeña en la que he vivido tenía un millón de habitantes. Crecí en Seattle y fui a la universidad en California del Sur.

–Los pueblos pequeños pueden ser muy agradables. Y también pueden tener su buena dosis de drama. Y de peligro.

–¿Ah, sí? –preguntó Mel, dando un sorbo de café.

–Tenemos inundaciones, fuegos. Los cazadores no siempre respetan las normas. Por la zona se cultiva marihuana, aunque, al menos que yo sepa, no en Virgin River. La cultiva un grupo muy cerrado de gente y normalmente, la consumen sólo entre ellos, no quieren llamar la atención. Sin embargo, de vez en cuando tenemos algún delito relacionado con las drogas –sonrió–. Pero este tipo de cosas no son las que pasan en la ciudad, ¿verdad?

–Cuando decidí cambiar de vida, debí darme cuenta de que no hacía falta un cambio tan drástico. Tendría que haber sido algo más gradual. A lo mejor lo intento en una ciudad de unos doscientos mil habitantes que tenga por lo menos un Starbucks.

–No irás a decirme que en un Starbucks puedes conseguir un café mejor que el que estás bebiendo ahora.

Mel sonrió, decidiendo que aquel hombre le gustaba.

–El café es inmejorable. Pero debería haber pensado también en las carreteras. No creo que tenga sentido cambiar el terror de las autopistas de Los Ángeles por unas carreteras llenas de curvas al borde de unos precipicios sin final… –se estremeció al recordarlo–. Si me quedara en un lugar como éste, lo haría por tu comida.

Jack se inclinó hacia ella, apoyándose en la barra. Sus ojos brillaban con calor bajo la seriedad de su ceño.

–Puedo arreglarte la cabaña en nada de tiempo.

–Sí, eso ya lo he oído antes –le tendió la mano y él se la estrechó. Mel sintió su piel callosa contra la suavidad de la suya–. Gracias, Jack. Tu bar es la única parte del experimento que me ha gustado –se levantó y comenzó a buscar la cartera en el bolso–. ¿Qué te debo?

–Paga la casa. Es lo menos que puedo hacer por ti.

–Vamos, Jack, nada de esto es culpa tuya.

–Estupendo. En ese caso, le pasaré la cuenta a Hope.

En ese momento, salió Predicador con un plato cubierto por un paño de cocina. Se lo tendió a Jack.

–Es el desayuno del doctor. Saldré contigo.

–De acuerdo –dijo Mel.

Cuando estaban ya en el coche de Mel, Jack insistió.

–No estaba bromeando. Me gustaría que pensaras en la posibilidad de quedarte.

–Lo siento, Jack, pero esto no es para mí.

–Bueno, pues es una pena. Andamos muy escasos de chicas guapas por la zona. Que tengas un buen viaje –le apretó cariñosamente el hombro con la mano.

Y en lo único en lo que pudo pensar Mel fue en que tenía a su lado a un pedazo de hombre. Sus ojos derrochaban sensualidad, al igual que su mandíbula cuadrada con una pequeña hendidura en la barbilla y aquellos gestos tan naturales que sugerían que no era en absoluto consciente de su atractivo. Seguramente, alguna mujer le atraparía antes de que hubiera tenido tiempo de averiguarlo, en el caso poco probable de que no le hubieran atrapado ya.

Mel le vio cruzar la calle y se metió en el coche. Giró en la calle desierta y, al pasar por delante de la casa del médico, aminoró la velocidad. Jack estaba en cuclillas en el porche, mirando algo. Continuaba con el plato en una mano y levantó la otra para indicarle que se detuviera. Cuando miró hacia el coche, su expresión era de absoluto aturdimiento.

Mel detuvo el coche y salió.

–¿Estás bien?

Jack se levantó.

–No –contestó–. ¿Puedes venir un momento?

Mel salió del coche a toda velocidad, dejó la puerta abierta y subió al porche. Delante de la puerta del médico había una caja que Jack continuaba mirando completamente atónito. Mel se agachó a su lado y miró hacia el interior. Allí, envuelto en una manta, descansaba un bebé.

–¡Jesús! –exclamó Mel.

–No –respondió Jack–, no creo que sea Jesús.

–Este bebé no estaba aquí cuando he venido antes hacia el bar.

Mel levantó la caja y le pidió a Jack que aparcara su coche. Llamó al timbre de la casa del médico y, al cabo de varios segundos de tensión, éste abrió la puerta con un batín a medio atar sobre su enorme barriga.

–Ah, es usted. Parece que no está dispuesta a darse por vencida, ¿eh? ¿Me ha traído el desayuno?

–Algo más que el desayuno. Mire, alguien ha dejado esto en la puerta de su casa. ¿Tiene idea de quién ha podido ser?

El doctor apartó la manta y miró al bebé.

–Es un recién nacido –dijo–. Probablemente sólo tenga unas horas de vida. No será suyo, ¿verdad?

–Vamos, por favor –replicó Mel ofendida. Como si el médico no se hubiera dado cuenta de que no sólo estaba demasiado delgada, sino también demasiado activa como para haber dado a luz–. Créame, si hubiera sido mío, no le habría dejado aquí.

Pasó al interior de la casa y se encontró de pronto con una clínica: había una sala de espera a la derecha y una zona de recepción con un ordenador y un archivador a la izquierda. Dejándose llevar por la intuición, encontró la sala de reconocimiento. En ese momento, su única preocupación era asegurarse de que aquel niño no estuviera enfermo o necesitara algún tipo de ayuda médica. Dejó la caja sobre la camilla, se quitó el abrigo y se lavó las manos. Había un estetoscopio sobre el mostrador, así que buscó el algodón y el alcohol. Después, limpió las olivas del estetoscopio con alcohol y escuchó los latidos del corazón del bebé. La consiguiente exploración reveló que era una niña y que todavía tenía el cordón umbilical recién cortado. Con mucha delicadeza, sacó a la niña de la caja y, arrullándola, la dejó sobre el peso para bebés.

–Dos kilos ochocientos gramos –informó–. El ritmo cardiaco y la respiración son normales y tiene buen color –la bebé comenzó a llorar–. Y buenos pulmones, también. Alguien ha abandonado a una niña en perfecto estado de salud. Debería llamar ahora mismo a Servicios Sociales.

El doctor soltó una risa seca justo en el momento en el que Jack entraba en la habitación.

–Sí, seguro que vienen inmediatamente.

–¿Entonces qué piensa hacer?

–De momento, prepararle algo de comer. Parece hambrienta.

Se volvió y salió de la sala de reconocimiento.

–Por el amor de Dios –susurró Mel, levantando a la niña en brazos.

–No seas muy dura con él –le recomendó Jack–. No estamos en Los Ángeles. Aquí no podemos llamar a Servicios Sociales y esperar que aparezcan inmediatamente. Normalmente, nos toca ocuparnos de nuestros problemas.

–¿Y la policía?

–No tenemos policía local. El departamento del sheriff del condado es bastante bueno, pero no es exactamente lo que estamos buscando.

–¿Por qué?

–Porque cuando no se trata de un delito serio, suelen tomarse su tiempo en aparecer –le explicó–. Tienen que cubrir un territorio inmenso. Además, lo único que podrían hacer sería escribir un informe y enviárselo a Servicios Sociales, que a su vez tardarán una eternidad en enviarnos a un trabajador social o en buscar un hogar de acogida para este pequeño… –se aclaró la garganta–, problema.

–Dios mío, no la llames problema –le regañó Mel. Comenzó a abrir las puertas de los armarios–. ¿Dónde está la cocina? –le preguntó a Jack.

–Por allí –contestó él, señalando hacia la izquierda.

–Ve a buscarme unas toallas –le ordenó–. Preferiblemente suaves.

–¿Qué vas a hacer?

–Voy a lavarla –salió de la habitación con el bebé en brazos.

No tardó en encontrar la cocina, una cocina espaciosa y limpia. Si Jack se encargaba de llevarle la comida al médico, probablemente llevaba años sin ser utilizada. Mel puso un escurreplatos en el suelo y dejó a la niña sobre el mostrador. Debajo del fregadero, encontró estropajo y limpiador con los que lavó rápidamente el fregadero. Probó la temperatura del agua del grifo y lo llenó mientras la niña, más disgustada a cada segundo, comenzaba a hacerse notar.

Mel se remangó la camisa, agarró a la niña en brazos y la deslizó en el agua caliente. Los llantos cesaron al instante.

–Te gusta el baño, ¿verdad? Ahora te sientes como en casa.

El médico entró en ese momento en la cocina, ya vestido y con un bote de leche maternizada. Detrás de él, llegaba Jack con las toallas que Mel le había encargado.

Mel frotó delicadamente la espalda de la bebé para quitar los restos de sangre dejados por el parto.

–Este cordón umbilical necesita un poco de atención –dijo Mel–. ¿Se sabe quién puede haber sido la madre?

–No tenemos la menor idea –respondió el médico mientras echaba agua en el medidor.

–¿Había alguna mujer embarazada en el pueblo? Porque supongo que ésa es la manera más lógica de empezar.

–Ninguna mujer embarazada de Virgin River que hubiera asistido regularmente a mi consulta habría dado sola a luz. Quizá sea alguien de otro pueblo. Es posible que se trate de una mujer que ha dado a luz sin ninguna clase de asistencia médica, de modo que quizá pronto nos encontremos ante la segunda crisis del día, como estoy seguro usted ya sabe –añadió en tono de suficiencia.

–Por supuesto que lo sé –respondió Mel en el mismo tono–. Entonces, ¿cuál es el plan?

–Supongo que darle de comer, ponerle unos pañales y ponernos de mal humor.

–En su caso, querrá decir de peor humor.

–No veo otras muchas opciones.

–¿Por aquí no hay ninguna mujer que pueda ayudarnos?

–A lo mejor –llenó un biberón y lo metió en el microondas–. Pero ya me encargaré yo de todo, no se preocupe –después añadió, como si estuviera hablando con una tercera persona–. A lo mejor no todo el mundo se enteró, pero anoche dijo que pensaba marcharse.

–Tendrá que encontrarle un hogar a esta niña.

–Usted vino aquí buscando trabajo. ¿Por qué no se encarga de esto?

Mel tomó aire, sacó a la niña del fregadero, la envolvió en una toalla y se la tendió a Jack. Inclinó después la cabeza, asombrada por la confianza y la seguridad con las que Jack acurrucaba al bebé en sus brazos.

–Se te da muy bien –le dijo.

–Estoy acostumbrado a mis sobrinas –dijo estrechando a la pequeña contra su pecho–. Las he tenido en brazos más de una vez. ¿Piensas quedarte algún tiempo más para encargarte de esta niña?

–Bueno, la verdad es que sería problemático. Para empezar, no tengo ningún lugar en el que quedarme. Esa cabaña no sólo es inaceptable para mí, sino que no reúne las condiciones para albergar a una niña. El porche está hundido, ¿recuerdas? Y no hay escalones en la puerta de atrás. La única manera de salir de la casa es gateando, literalmente.

–Yo tengo una habitación en el piso de arriba –dijo el médico–. Si se queda, le pagaremos por su trabajo –la miró por encima del borde de sus gafas y añadió con firmeza–: Y no se encapriche de la niña. Su madre terminará apareciendo y tendrá que devolvérsela.

Jack se despidió de ellos, se dirigió al bar e hizo una llamada desde el teléfono de la cocina. Le contestó una voz somnolienta.

–¿Diga?

–¿Cheryl?¿Estás despierta?

–Jack –contestó la mujer–, ¿eres tú?

–Sí, soy yo. Necesito que me hagas un favor, y ahora mismo.

–¿Qué favor es?

–¿No te pidió a ti la señora McCrea que dejaras limpia la cabaña porque iba a utilizarla la enfermera que pensaba venir a trabajar al pueblo?

–Eh… sí. Pero no pude hacerlo. He estado con… con gripe.

Y con una buena botella de vodka, pensó Jack.

–¿No podrías hacerlo hoy? Voy a acercarme a la cabaña a reparar el porche y necesitaría que limpiaran la casa. Que la limpiaran de verdad, quiero decir. De momento la enfermera va a quedarse en casa del doctor, pero de todas formas, habría que arreglar la cabaña. ¿De acuerdo?

–¿Tú vas a estar allí?

–Sí, por lo menos durante la mayor parte del día. Pero si tú no puedes ir, llamaré a otra persona. Ah, y necesito que estés sobria.

–Estoy sobria –insistió ella–. Completamente.

Pero Jack lo dudaba. Esperaba poder tener una conversación con ella mientras limpiaba. Sabía que estaba corriendo el riesgo, y no era un riesgo agradable, de que Cheryl hiciera ese trabajo porque se lo había pedido él. Cheryl se había enamorado de él cuando había llegado al pueblo y siempre encontraba alguna excusa para estar a su alrededor. Jack, por supuesto, había hecho todo lo posible para desalentarla y, en cualquier caso, a pesar de sus problemas con el alcohol, era una mujer fuerte y una buena limpiadora cuando se lo proponía.

–La puerta está abierta. Puedes empezar antes de que yo llegue.

Cuando colgó el teléfono, Predicador le preguntó:

–¿Necesitas que te eche una mano?

–Pues la verdad es que sí. Creo que vamos a cerrar el bar y a ir a arreglar la cabaña. Necesitamos convencer a Mel de que se quede.

–Si es eso lo que quieres…

–Es eso lo que el pueblo necesita.

–Sí –replicó Predicador–, claro.

Si Mel hubiera practicado cualquier otro tipo de medicina, habría dejado al bebé en las manos artríticas de aquel médico, se habría montado en su coche y se habría largado. Pero una comadrona no era capaz de hacer una cosa así, no podía darle la espalda a una recién nacida. Y tampoco era capaz de olvidar su preocupación por la madre de la niña. Lo había decidido en cuestión de segundos: no podía marcharse dejando a aquella niña con un médico tan anciano que quizá ni siquiera la oyera llorar por las noches. Y tenía que estar cerca por si aparecía la madre de la niña y necesitaba algún tipo de atención médica, puesto que la atención posparto era su especialidad.

Durante el resto del día, Mel tuvo tiempo de sobra para recorrer el resto de la casa del médico. La habitación de invitados resultó ser mucho más que una simple habitación para pasar una noche. Contaba con dos camas de hospital, una bandeja portátil, un escritorio y una botella de oxígeno. La única silla que había en la habitación era una mecedora y Mel estaba convencida de que estaba destinada a las madres que acababan de dar a luz.

La casa del médico hacía las veces de una verdadera clínica. El cuarto de estar del piso de abajo era una sala de espera y el comedor estaba colocado frente al mostrador de recepción. Había una sala para las revisiones médicas, otra para los tratamientos y una consulta para el médico. En la cocina, había una mesa que, sin duda alguna, utilizaba el médico para comer cuando no lo hacía en el bar de Jack. Por supuesto, no era tampoco una cocina normal, sino que había también un autoclave para esterilizar y un armario cerrado con llave en el que se guardaban los estupefacientes. En la nevera, además de comida, había bolsas de plasma y sangre. De hecho, había más sangre que comida.

Sólo había dos dormitorios en el piso, el de las camas de hospital y el del doctor Mullins. El que iba a utilizar Mel no era muy acogedor. Aunque era mucho mejor que aquella cabaña mugrienta, era un lugar frío y aséptico: suelo de parqué, una alfombra gruesa, estanterías de madera, sábanas ásperas y protectores de plástico en los colchones. Mel ya echaba de menos su edredón, sus sábanas, sus toallas de algodón egipcio y una alfombra mullida.

Cuando había emprendido aquel viaje, había decidido que era preferible dejar todos los recuerdos atrás.

Sus amigos y su hermana habían intentado quitarle aquella idea de la cabeza, pero, desgraciadamente, habían fracasado. Mel apenas había superado la experiencia traumática de deshacerse de los objetos personales y la ropa de Mark. Había conservado una fotografía suya, los gemelos que la propia Mel le había regalado en su último cumpleaños y la alianza de la boda. En cuanto le habían dicho que podía trasladarse a Virgin River, había puesto en venta todos los muebles de su casa. A los tres días ya había recibido una oferta, aunque la verdad era que los había vendido por un precio ridículo. Después, había hecho tres cajas con sus libros y sus discos favoritos, las fotografías y cuatro baratijas. El ordenador fijo se lo había regalado a una amiga, pero había conservado el portátil y la cámara digital. Había hecho tres maletas con la ropa y la que no le había cabido, la había regalado. Se habían acabado para ella los vestidos de noche con los que asistía a los actos benéficos y los camisones atrevidos para aquellas noches en las que Mark llegaba pronto a casa.

Mel quería empezar de cero. No había querido dejar nada que pudiera atarla a Los Ángeles. Y aunque las cosas en Virgin River no hubieran salido tal como las había planeado, decidió quedarse a ayudarles un par de días y marcharse después hacia Colorado. Al fin y al cabo, pensó, le vendría bien estar cerca de su hermana, de Bill y de los niños, y Colorado era un lugar tan bueno para comenzar como cualquier otro.

Durante mucho tiempo, Joey había sido todo lo que Mel tenía. Su hermana tenía cuatro años más que ella y llevaba casada quince con Bill. Su madre había muerto cuando Mel tenía sólo cuatro años y su padre, mucho mayor que su madre, había muerto diez años atrás.

Los padres de Mark continuaban viviendo en Los Ángeles, pero Mel nunca había tenido mucha relación con ellos. Siempre habían mostrado una actitud fría y distante hacia ella. La muerte de Mark les había unido durante algún tiempo, pero Mel pronto se había dado cuenta de que jamás iban a verla. Ella les llamaba con regularidad, pero parecía que querían perderla de vista. A Mel no le sorprendió darse cuenta de que no les echaba en absoluto de menos y la verdad era que ni siquiera les había dicho que pensaba abandonar la ciudad.

Tenía unos amigos maravillosos, eso era cierto. Muchas de sus amigas eran antiguas compañeras de la escuela de enfermería. La llamaban, la sacaban de casa y le dejaban llorar y hablar de Mark a su antojo. Pero al cabo de un tiempo, Mel había comenzado a asociarlas con Mark. La compasión que reflejaban sus ojos cada vez que la veían era suficiente para reavivar su dolor. Por eso tenía tantas ganas de volver a empezar, de llegar a un lugar en el que nadie supiera lo vacía que estaba su vida.

Más tarde, ese mismo día, Mel dejó a la recién nacida con el médico para poder darse una ducha y restregarse bien con una esponja de la cabeza a los pies. Después de ducharse, secarse el pelo y ponerse un camisón de franela y las zapatillas, bajó a buscar un biberón a la consulta del médico. Al verla de esa guisa, el médico abrió los ojos como platos.

–A menos que tenga usted otros planes –le dijo Mel–, voy a darle a la niña de comer y después la meteré en la cama.

–Haga lo que quiera –repuso el médico, tendiéndosela inmediatamente.

Una vez en el dormitorio, Mel estuvo acunando y dando de comer a la pequeña. Y, por supuesto, los ojos no tardaron en llenársele de lágrimas.

La otra cosa que nadie sabía en aquel pueblo era que Mel no podía tener hijos. Mark y ella habían estado buscando ayuda para su problema de infertilidad. Como ella tenía veintiocho años y él treinta y cuatro cuando se habían casado y llevaban ya juntos dos años, no habían querido esperar. No habían utilizado ninguna clase de método anticonceptivo, pero al ver que iban pasando los años sin que ella se quedara embarazada, habían decidido consultar a los especialistas.

Al parecer, Mark no tenía ningún problema, pero a ella habían tenido que limpiarle las trompas de Falopio y quitarle el tejido endométrico del exterior del útero. Aun así, no habían conseguido nada. Después, había tomado hormonas y hacía el pino cada vez que hacían el amor. Se tomaba la temperatura vaginal cada día para saber cuándo estaba ovulando y se había comprado tantas pruebas de embarazo que podría haber acabado con todas las existencias de una empresa. Y estaban a punto de completar el proceso de fecundación in vitro cuando Mark había muerto. Pero si alguna vez estaba lo suficientemente desesperada como para intentar hacerlo sola, en algún congelador de Los Ángeles, tenía más de un óvulo fecundado.

Sola. Aquélla era la palabra clave. Eran tantas las ganas que tenía de ser madre. Y de pronto se encontraba con una niña abandonada entre sus brazos. Una niña preciosa, de piel rosada y pelo oscuro que le arrancaba lágrimas de añoranza por aquello que no podía ser suyo.

Era una niña fuerte y saludable, comía con gusto y eructaba con fuerza. Y se durmió profundamente, a pesar del llanto que no abandonaba a la adulta que tenía a su lado.

Aquella noche, el doctor Mullins permaneció sentado en la cama durante un largo rato, con un libro en su regazo. Así que sufría. Sufría desesperadamente. Y ocultaba su dolor tras una máscara de sarcasmo.

Nada en la vida era nunca como parecía, pensó, y apagó la luz.

Capítulo 3

A Mel le despertó el sonido del teléfono. Miró a la pequeña; sólo se había despertado dos veces durante la noche y en aquel momento dormía profundamente. Buscó las zapatillas y bajó al piso de abajo en busca de una taza de café. El doctor Mullins ya estaba en la cocina, vestido.

–Tengo que ir a ver a los Driscoll. Al parecer, Jeananne podría tener un ataque de asma. Hay una llave de la casa en el buzón y le he dejado escrito el número de mi busca. En este pueblo no funcionan los móviles. Si se acerca alguno de mis pacientes mientras estoy fuera, puede hacerse cargo de él.

–Creía que sólo quería que cuidara a la niña.

–Usted ha venido aquí a trabajar, ¿no es cierto?

–Pero usted dijo que no me quería –señaló ella.

–Sí, y también dijo usted que no nos quería a nosotros, pero continúa aquí –se puso la chaqueta y recogió su maletín.

Después, alzó la barbilla y arqueó las cejas como si estuviera preguntando «¿Y bien?».

–¿Tiene a algún paciente citado para hoy? –le preguntó Mel.

–Sólo cito pacientes los miércoles. El resto de los días los dedico a las visitas a domicilio.

–En el caso de que viniera alguno, ni siquiera sabría qué cobrarle.

–Yo tampoco –respondió el médico–, pero no creo que eso sea muy importante. Esta gente no tiene mucho dinero y son muy pocos los que tienen seguro. Asegúrese de registrar el historial como es debido y yo me encargaré de lo demás. De todas formas, me temo que hasta eso está por encima de sus posibilidades. No me parece una mujer muy brillante.

–¿Sabe? He trabajado con algunos cretinos legendarios, pero creo que usted los supera a todos.

–Me lo tomaré como un cumplido –gruñó el médico.

–Y lo era –respondió Mel con cansancio–. Por cierto, no ha habido ningún problema durante la noche.

Aquella vieja cabra no hizo ningún comentario. Comenzó a dirigirse hacia la puerta y al llegar allí, agarró un bastón.

–¿Está cojeando? –le preguntó Mel.

–Es la artritis –replicó el médico. Sacó una tableta contra la acidez del bolsillo y se la metió en la boca–. También tengo ardor de estómago. ¿Alguna pregunta más?

–¡Dios mío, no!

–Estupendo.

Mel preparó un biberón y mientras lo calentaba en el microondas, subió a vestirse. Justo cuando terminó, comenzó a despertarse la niña. Mel le cambió el pañal, la levantó en brazos y se descubrió a sí misma diciendo:

–Tranquila, Chloe, tranquila, bebé…

Si Mark y ella hubieran tenido una hija, pensaban llamarla Chloe. Y si hubiera sido un niño, Adam. ¿Pero qué estaba haciendo?

–De todas formas –le dijo a la bebé–, tendrás que tener un nombre.

Cuando estaba bajando las escaleras con la pequeña en brazos, Jack abrió la puerta de la casa. Llevaba un termo bajo el brazo y un plato cubierto con un paño.

–Lo siento, Jack, pero el doctor acaba de marcharse.

–Esto es para ti. El doctor ha pasado por el bar y ha dicho que deberíamos traerte algo de desayunar, que estabas esquelética.

Mel se echó a reír a pesar de sí misma.

–Así que estoy esquelética, ¿eh? Ese hombre es insoportable. ¿Cómo lo aguantas?

–Me recuerda a mi abuelo. ¿Qué tal habéis pasado la noche? ¿La niña ha dormido bien?

–Sí, muy bien. Sólo se ha despertado un par de veces. Estaba a punto de darle de comer.

–¿Por qué no le doy yo el biberón mientras tú desayunas? Te he traído café.

–La verdad es que no sabía que había hombres como tú –dijo Mel, dejando que la siguiera a la cocina. Cuando Jack dejó el plato y el termo sobre el mostrador, le tendió el bebé–. Pareces sentirte muy cómodo con un recién nacido para ser un hombre. Un hombre con algunas sobrinas en Sacramento, sí, ya lo sé.

Jack se limitó a sonreír. Mel le tendió el biberón y sacó dos tazas.

–¿Has estado casado alguna vez? –le preguntó, e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho. Sabía que eso la conduciría a tener que responder la misma pregunta.

–Estuve casado con el cuerpo de marines. Y no fue muy agradable.

–¿Durante cuántos años? –preguntó Mel mientras servía el café.

–Sólo durante veinte años. Entré siendo un niño. ¿Y tú?

–Yo nunca he pertenecido al cuerpo de marines –contestó Mel con una sonrisa.

Jack le sonrió.

–¿Pero has estado casada?

Mel no era capaz de mirarle a los ojos mientras le mentía, así que se concentró en la taza de café.

–Estuve casada con el hospital y nuestra relación fue tan mala como la vuestra –y no era del todo falso. Mark solía quejarse de que tenían unos horarios agotadores.

Él se dedicaba a la medicina de urgencias. El día que le habían matado, acababa de salir de un turno de treinta y seis horas. Mel se estremeció involuntariamente y empujó una taza hacia Jack.

–¿Has estado en muchas guerras?

–Sí, en muchas –contestó él mientras le daba el biberón a la niña con mano experta–. Somalia, Bosnia, Afganistán, Irak… Y en Irak dos veces.

–No me extraña que quisieras dedicarte a la pesca.

–Veinte años en los marines le hacen desear dedicarse a la pesca a cualquiera.

–Pero pareces demasiado joven para haberte retirado.

–Tengo cuarenta años. Y decidí que había llegado el momento de retirarme cuando me dieron un tiro en el trasero.

–Vaya. ¿Y ya estás completamente recuperado? –preguntó Mel, y se sorprendió al descubrir que se había sonrojado.

Jack sonrió de soslayo.

–Ya sólo me queda una pequeña cicatriz, ¿quieres verla?

–No, gracias. ¿Sabes? El doctor Mullins me ha dejado a cargo de su consulta y no tengo la menor idea de lo que me espera. A lo mejor deberías decirme dónde está el hospital más próximo, y de dónde vienen las ambulancias al pueblo.

–El hospital más cercano es el Valley Hospital. De él depende el servicio de ambulancias, aunque tarda tanto en llegar hasta aquí que normalmente el doctor utiliza su propia camioneta. Si estás muy desesperada, los médicos de Grace Valley tienen su propia ambulancia, pero creo que no he visto una sola ambulancia en el pueblo desde que llegué. Tengo entendido que en una ocasión vino un helicóptero a llevarse a un hombre que había sufrido un accidente.

–Dios mío, espero que nadie tenga un problema grave hasta que haya vuelto el médico –dijo Mel mientras probaba el desayuno. Parecía una tortilla de patata y estaba tan buena como el desayuno del día anterior–. Humm. Hay otra cosa que me inquieta. No consigo llamar por el teléfono móvil y me gustaría avisar a mi familia de que estoy aquí.

–La altura de los pinos y la inclinación de las montañas impide que haya cobertura para los móviles. Tendrás que utilizar la línea fija, y no te preocupes por el precio de la llamada. Tienes que buscar la manera de mantener el contacto con tu familia. Por cierto, ¿tienes mucha familia?

–No, sólo una hermana mayor que vive en Colorado Springs. Su marido y ella no estaban muy de acuerdo con esta decisión. Lo veían como si estuviera a punto de sumarme a los Cuerpos de Paz o algo parecido. Debería haberles hecho caso.

–Aquí habrá mucha gente que se alegrará de que no lo hayas hecho –dijo Jack.

–Cuando quiero, puedo ser muy cabezota.

Jack sonrió con expresión de admiración.

«No te hagas ilusiones», pensó inmediatamente Mel. Ella estaba casada con otro hombre. El hecho de que no estuviera allí, no significaba que su relación hubiera terminado. Sin embargo, había algo especial en aquel hombre que medía más de un metro ochenta, tenía los músculos duros como una piedra y, sin embargo, era capaz de sostener con ternura y seguridad a un recién nacido entre sus brazos.

Justo en ese momento, le vio posar los labios sobre la cabeza de la pequeña y sintió que el hielo que rodeaba su corazón comenzaba a derretirse.

–Voy a ir a Eureka a comprar provisiones, ¿necesitas algo?

–Pañales, y como tú conoces a todo el mundo, podrías encargarte también de preguntar si alguien puede ayudar a cuidar a la niña. Creo que para ella sería mucho mejor estar en una familia que continuar con el doctor y conmigo.

–Además, tú quieres marcharte de aquí.

–Puedo encargarme de ella un par de días, pero nada más. No puedo quedarme aquí, Jack.

–Preguntaré por el pueblo –respondió Jack, pero decidió olvidarlo inmediatamente. Porque él pensaba que sí, que Mel podía llegar a quedarse allí.

La pequeña Chloe sólo llevaba media hora dormida después de haberse tomado el biberón cuando llegó el primer paciente del día. Era una joven granjera de aspecto saludable, vestida con un peto y con una enorme barriga. Llevaba dos tarros de lo que parecían moras en conserva. Dejó los tarros en el suelo, al lado de la puerta.

–Me han comentado que había una nueva médica en la ciudad.

–No exactamente, soy enfermera.

La joven mostró inmediatamente su desilusión.

–Oh, me habría gustado que hubiera una médica para cuando llegue el momento.

–¿Te refieres al momento de dar a luz?

–Sí. Estoy muy contenta con el doctor, no quiero que se lleve una impresión equivocada, pero…

–¿Para cuándo está previsto que nazca el bebé? –le preguntó Mel.

La joven se frotó la abultada barriga.

–Creo que para dentro de un mes, pero no estoy segura –llevaba botas de trabajo, un jersey amarillo debajo del peto y el pelo recogido en una cola de caballo. Debía de rondar los veinte años–. Es mi primer hijo.

–También soy comadrona –le aclaró Mel y a la chica se le iluminó el semblante–. Pero tengo que advertirte que sólo voy a estar aquí unos días. Pienso marcharme en cuanto… –pensó en lo que debería decir y, en vez de explicar lo de la niña abandonada, preguntó–: ¿Te has hecho alguna revisión recientemente?

–Hace varias semanas. Pero supongo que ya me tocaría hacerme otra.

–Pues ya que estás aquí, ¿por qué no aprovechamos? Siempre y cuando pueda encontrar lo que necesito, claro. ¿Cómo te llamas?

–Polly Fishburn.

–Seguro que anda por aquí tu historial –dijo Mel.

Se colocó detrás del mostrador y comenzó a abrir los cajones del archivador. No tardó en encontrarlo e, inmediatamente, se fue a buscar el instrumental que necesitaba a la sala de revisiones.

–Ven aquí, Polly –la llamó desde allí–. ¿Cuándo te hicieron un examen interno por última vez?

–La verdad es que después del primero, no he vuelto a hacerme otro –hizo una mueca–. Pasé mucho miedo en el primero.

Mel sonrió, pensando en los dedos artríticos del doctor. No debía de haber sido un examen muy agradable.

–¿Quieres que le eche un vistazo? Así podré ver si estás dilatando y de esa forma te ahorrarás una visita con el médico. Sólo tienes que desnudarte, ponerte esta bata y yo vendré inmediatamente.

Mel fue a ver cómo estaba Chloe, que dormía plácidamente en la cocina, y regresó después con su paciente. Polly parecía estar perfectamente; no había ganado más peso del debido, tenía la tensión normal, pero…

–Oh, vaya, Polly, el bebé ya está bocabajo –Mel se incorporó y presionó el vientre de la joven con una mano mientras exploraba con la otra el cuello del útero–. Apenas estás empezando a dilatar. Ahora mismo estás teniendo una pequeña contracción. ¿No sientes una ligera tensión? Son las contracciones de Braxton Hicks. También las llaman falsas contracciones. ¿Dónde piensas dar a luz?

–Aquí, creo.

Mel se echó a reír.

–Pues si te das prisa, seremos compañeras de habitación. Yo estoy durmiendo en el piso de arriba.

–¿Cuándo cree que me pondré de parto? –preguntó Polly.

–Dentro de unas cuatro semanas, pero no podemos estar seguras –respondió.

Retrocedió y se quitó los guantes.

–¿Podrá atender usted mi parto?

–Seré sincera contigo, Polly. Estoy pensando en irme en cuanto pueda, pero si todavía estoy aquí cuando te pongas de parto, y el doctor Mullins también está de acuerdo, estaré encantada de atenderte –le tendió la mano a Polly para ayudarla a sentarse–. Ahora, vístete. Te veré en la puerta.

Cuando salió de la sala de revisiones y se acercó al vestíbulo, descubrió que la sala de espera estaba llena de gente.

Para cuando terminó el día, había visto a cerca de treinta pacientes, la mayor parte de los cuales habían ido para conocer a la nueva doctora. Todos querían conocerla, hacerle preguntas sobre su vida y ofrecerle regalos de bienvenida.

Fue una enorme sorpresa para Mel, pero, al mismo tiempo, era precisamente ésa la respuesta que en secreto esperaba cuando había aceptado aquel puesto de trabajo.

Cuando llegaron las seis de la tarde, Mel estaba agotada, pero el día había fluido como la seda. Tenía a Chloe apoyada en el hombro y la acariciaba delicadamente.

–¿Ha comido algo? –le preguntó al doctor Mullins.

–¿Cómo voy a poder comer algo durante una jornada como ésta? –replicó el médico.

Pero no se mostró ni la mitad de sarcástico de lo que Mel esperaba.

–¿Quiere ir al bar mientras yo le doy de comer a la niña? –le preguntó–. Porque en cuanto usted y Chloe hayan comido algo, quiero salir a tomar un poco el aire. La verdad es que estoy desesperada por cambiar de ambiente. Y no he comido nada desde el desayuno.

–¿Chloe? –preguntó el médico.

Mel se encogió de hombros.

–De alguna manera tenía que llamarse.

–Váyase. Después buscaré por casa algo de comer.

Mel le tendió a la niña con una sonrisa.

–Sé que está intentando darme lástima, pero no va a conseguirlo –dijo Mel–. De todas maneras, gracias. Me encantaría poder salir por lo menos durante una hora.

Agarró la chaqueta que había dejado colgada en la puerta y salió a disfrutar de aquella noche primaveral. Allí, lejos de la contaminación y de la vida de la ciudad, había por lo menos un millón de estrellas. Respiró hondo. Se preguntó si una persona podría llegar a adaptarse a un aire como aquél, mucho más limpio que el aire contaminado de Los Ángeles.

En el bar de Jack había varios clientes, no estaba tan vacío como el día que había llegado. Las dos mujeres a las que había conocido el día anterior estaban allí con sus maridos; Connie y Ron eran los dueños del supermercado y Joy la mejor amiga de la primera. Bruce, el marido de Joy, era el encargado de repartir el correo y también la persona que llevaría las muestras al laboratorio del Valley Hospital cuando fuera necesario. Connie y Joy le presentaron a Fish Bristol, a Doug y a Sue Carpenter. Había un par de tipos en la barra y otros dos en una mesa jugando a las cartas. Por los chalecos que llevaban, Mel dedujo que debían de ser pescadores.

Mel colgó la chaqueta, se estiró ligeramente el jersey por encima de la cintura del pantalón y se sentó en uno de los taburetes de la barra. No era consciente de que estaba sonriendo, ni de cómo le brillaban los ojos. Todas aquellas personas habían ido a la consulta para verla, para darle la bienvenida, para pedirle consejo. Y después de haber pasado un día atendiendo a personas que la necesitaban, aunque no estuvieran estrictamente enfermas, se sentía llena por dentro. Casi feliz, aunque ni siquiera se atreviera a decírselo.

–Tengo entendido que hoy ha habido una gran actividad en la consulta del médico –comentó Jack mientras limpiaba la barra.

–Pero vosotros habéis tenido cerrado el bar.

–Tenía cosas que hacer. Y Predicador también. Normalmente, siempre tenemos el bar abierto, pero si surge cualquier cosa, ponemos el cartel de cerrado e intentamos volver para la hora de la cena.

–¿Si surge algo?

–Sí, como la posibilidad de ir a pescar –contestó Predicador.

Colocó unos vasos debajo de la barra y regresó después a la cocina. Justo en ese momento, llegó Ricky, que estaba atendiendo las mesas. Cuando vio a Mel, sonrió de oreja a oreja y se acercó a la barra con una bandeja llena de platos.

–Señorita Monroe, ¿todavía está aquí? Es increíble –y se dirigió a la cocina.

–Es una monada.

–Procura que no te oiga decir eso –le aconsejó Jack–. Está en la edad de los enamoramientos. ¿Qué te apetece tomar?

–¿Sabes? Creo que no me vendría mal una cerveza fría –dijo, y Jack se la sirvió al instante–. ¿Qué hay de cenar?

–Carne asada –contestó–. Y el mejor puré de patatas que hayas probado en toda tu vida.

–No tenéis nada parecido a una carta, ¿verdad?

–No. Ofrecemos lo que a Predicador le apetece cocinar. ¿Quieres disfrutar tranquilamente de la cerveza o quieres que te sirva la cena cuanto antes?

–Dame un minuto –bebió un sorbo de cerveza–. Ahhh –Jack sonrió al verla–. Creo que hoy he conocido a medio pueblo.

–Qué va. Todavía te falta mucha gente por conocer. Pero los que han ido a verte hoy hablarán de ti. ¿Has tenido algún paciente de verdad o sólo han ido a verte?

–He tenido un par de pacientes. ¿Sabes? Ni siquiera me habría hecho falta venir al bar esta noche. Tenemos la casa llena de comida. Todos y cada uno de los que han venido, enfermos o no, han traído algo de comer. Pasteles, tartas, embutidos, pan recién hecho… Todo muy… rural.

Jack se echó a reír.

–Ten cuidado. Al final esto va a terminar gustándote.

–¿Crees que podrías darle algún uso a un par de tarros de moras en conserva? Creo que ha sido el pago de una paciente por la consulta.

–Desde luego. Predicador hace las mejores tartas de la zona. ¿Se sabe algo sobre la madre de la niña?

–He decidido llamar Chloe a la niña –le explicó, esperando sentir que se le llenaban los ojos de lágrimas al pronunciar aquel nombre, pero, curiosamente, no fue así.

–Teniendo en cuenta lo rápido que corren las noticias por aquí, si hubiera una mujer enferma, ya lo sabría.

–A lo mejor la dejó aquí alguien de otro pueblo.

–Pareces casi contenta.

–Y casi lo estoy –respondió–. La chica que me ha traído las moras me ha pedido que la asista en el parto, y me ha gustado que lo hiciera. El único problema parece ser que va a tener el bebé en mi dormitorio, y que quizá lo tenga que dejar pronto.

–Ah, Polly. Sí, al parecer, el bebé está a punto de salir.

–¿Cómo lo sabes? Oh, no importa. Aquí todo el mundo lo sabe todo.

–Además, tampoco hay muchas mujeres embarazadas por los alrededores –dijo Jack riendo.

Mel giró en el taburete y miró a su alrededor. Dos ancianas estaban cenando en una mesa, al lado del fuego. Las parejas a las que Mel había saludado, que debían de andar entre los cuarenta y los cincuenta años, parecían estar compartiendo una agradable velada. En total, debía de haber una docena de clientes.

–Esta noche va bien el negocio, ¿eh?

–Cuando llueve, la gente no suele salir. Supongo que están demasiado ocupados arreglando goteras. Pero bueno, ¿todavía estás loca por irte cuanto antes de aquí?

Mel bebió un poco más de cerveza. Comenzaba a ser consciente de que, en un estómago vacío, el efecto era instantáneo. Y delicioso.

–Voy a tener que irme, aunque sólo sea porque aquí no hay ningún lugar en el que ponerme mechas.

–Hay tiendas de todo tipo en la zona. Y Dot Schuman tiene una peluquería en un garaje.

–Eso parece interesante –alzó la mirada hacia Jack y le confesó–: Estoy empezando a marearme. Creo que será mejor que empiece con la carne –hipó y los dos se echaron a reír.

Cerca de las siete de la tarde, Hope McCrea se dejó caer por el bar y se sentó a su lado.

–He oído decir que ha tenido mucha compañía a lo largo del día.

Sacó los cigarrillos del bolso y cuando estaba a punto de encenderse uno, Mel la agarró de la muñeca.

–Tendrá que esperar hasta que haya terminado de cenar.

–Oh, qué tonte… Es usted una aguafiestas –guardó la cajetilla–. Ponme lo de siempre –le pidió a Jack, y se volvió hacia Mel–. ¿Cómo ha ido su primer día de trabajo? ¿Ya le ha perdido el miedo al doctor?

–El doctor me parece absolutamente manejable. Incluso me ha dejado dar un par de puntos. Por supuesto, en ningún momento ha alabado mi trabajo, pero me ha dicho que no estaba mal –se inclinó hacia Hope y le dijo–: Creo que incluso se atribuye el mérito de mi presencia en la consulta.

–¿Entonces piensa quedarse?

–Pienso quedarme durante unos días, hasta que solucionemos un par de cosas que requieren de atención urgente.

–Sí, ya me he enterado de lo de la recién nacida.

Jack le sirvió a Hope un vaso de whisky.

–¿Tiene idea de quién puede ser la madre? –le preguntó Mel.

–No, pero todo el mundo parece recelar de todo el mundo. Si la madre es de aquí, aparecerá. ¿No piensa comer? Porque estoy dispuesta a ponerme a fumar en cualquier momento.

–Sabe que no debería fumar.

Hope McCrea miró a Mel con una mueca de impaciencia y se empujó las gafas con un dedo.

–Y a estas alturas, ¿qué demonios me importa? Ya he vivido más de lo que esperaba.

–Eso son tonterías. Es posible que todavía le queden muchos años de vida.

–Oh, Dios mío, espero que no.

Jack no pudo evitar una carcajada, y lo mismo le ocurrió a Mel.

Hope, con la actitud de una mujer que tuviera un millón de cosas que hacer, se bebió rápidamente la copa, se fumó un cigarrillo, dejó unas monedas sobre la barra y se levantó del taburete.

–Estaremos en contacto –dijo–. Si me necesita, yo puedo ayudarla con la pequeña.

–No se puede fumar delante de un bebé –le informó Mel.

–No he dicho que vaya a pasarme todo el día con ella –replicó Hope–. Pero no lo olvide –y se fue, no sin antes detenerse a saludar en un par de mesas.

–¿Hasta qué hora abrís? –le preguntó Mel a Jack.

–¿Por qué? ¿Estás pensando en venir a tomar algo antes de dormir?

–Esta noche no, estoy agotada. Pero a lo mejor otro día, sí me acerco.

–Normalmente cierro a las nueve, pero si alguien me lo pide, puedo esperar hasta más tarde.

–Éste es el bar más complaciente con sus clientes que he conocido nunca –miró el reloj–. Será mejor que vaya a ver al doctor. No sé si tendrá mucha paciencia con un bebé. Nos veremos en el desayuno, a no ser que el doctor tenga que salir a hacer una visita.

–Aquí estaremos.

Mel se despidió de él, fue a buscar el abrigo y se marchó, no sin antes despedirse de la gente a la que acababa de conocer.

–¿Crees que se quedará? –le preguntó Predicador a Jack con voz queda.

–Lo que creo es que unos vaqueros como ésos deberían estar prohibidos –miró a Predicador–. ¿Te importa quedarte aquí? Porque estoy pensando en ir a tomar una cerveza a Clear River.

Era un código que tenían entre ellos. En Clear River había una mujer.

–No, claro que no.

Mientras Jack conducía hacia Clear River, no estaba pensando en Charmaine, y eso le hizo sentirse culpable. Aquella noche, estaba pensando en otra mujer. Una preciosa rubia capaz de hacerle ponerse a un hombre de rodillas vestida con unos vaqueros y unas botas.

Hacía un par de años, Jack se había acercado a una taberna de Clear River para tomar una cerveza y había entablado conversación con la camarera, Charmaine. Era una mujer divorciada y madre de un par de hijos ya crecidos. Una buena mujer, y muy trabajadora. Amiga de las diversiones y de los coqueteos. Al cabo de algunas visitas y muchas cervezas, Charmaine le había invitado a su casa. Jack le había explicado que le gustaba asegurarse de que las mujeres comprendieran que no era la clase de hombre al que le gustara sentirse atado a una mujer y que en cuanto ella comenzara a sentir esa necesidad, lo dejaría.

–¿Y qué te hace pensar que todas las mujeres van en busca de un hombre? –le había preguntado ella–. Yo ya me deshice de uno, así que no voy a atarme ahora a otro, después, había añadido con una sonrisa–: De todas formas, todo el mundo se siente un poco solo de vez en cuando.

Habían empezado una aventura que Jack había sostenido durante un par de años. No se veían muy a menudo; una vez a la semana, cada quince días, y a veces incluso pasaban un mes sin verse. Jack no estaba seguro de lo que hacía Charmaine cuando no estaba con él. Quizá hubiera otros hombres, aunque jamás había visto nada que se lo hiciera pensar. Nunca la había visto hablando con otros hombres en el bar y tampoco había visto muchos hombres alrededor de su casa.

Él guardaba una caja de preservativos en la mesilla del dormitorio de Charmaine y le había comentado en alguna ocasión que le gustaba ser el único hombre con el que se divertía.

En cuanto a Jack, tenía claro que no quería estar con más de una mujer al mismo tiempo. A veces la relación podía durar un año, otras, una noche, pero no era un mujeriego. Y aunque tampoco pudiera decirse que estuviera rompiendo la regla aquella noche, no se sentía del todo tranquilo.

Él nunca había pasado la noche en Clear River y tampoco había invitado a Charmaine a Virgin River. Y durante aquellos dos años, sólo en un par de ocasiones le había llamado Charmaine para que fuera a verla, una demanda que a Jack no le había parecido en absoluto excesiva. Al fin y al cabo, él no era el único que necesitaba estar con alguien de vez en cuando.

Le gustaba llegar a la taberna y ver en el rostro de Charmaine, la emoción que le producía el que hubiera ido a verla. Sospechaba que lo que sentía por él era más fuerte de lo que quería admitir y Jack era consciente de que tendría que dejar la relación antes de que las cosas fueran más lejos. De modo que a veces, se dejaba caer por la taberna sólo para tomar una cerveza, sin que pasara nada después.

Aquel día, en cuanto se sentó en la barra, Charmaine le llevó una cerveza. Se ahuecó el pelo, era una rubia impresionante. Una rubia teñida. Medía más de un metro setenta y cinco y conservaba una gran figura. Jack no sabía qué edad tenía, pero sospechaba que había cumplido ya los cincuenta. Vestía ropas ajustadas y tops que realzaban la plenitud de sus senos. En un primer momento, podía parecer una mujer un tanto vulgar, aunque tampoco podía decirse exactamente que tuviera mal gusto. En cualquier caso, en cuanto se la conocía y se descubría lo bondadosa y lo generosa que era, todo eso se olvidaba. Jack imaginaba que de joven tenía que haber sido una auténtica belleza.

–Hola, cariño. Hacía tiempo que no pasabas por aquí.

–Creo que sólo han sido un par de semanas.

–Pues a mí me han parecido cuatro.

–¿Cómo has estado?

–Ocupada, trabajando. La semana pasada estuve en Eureka viendo a mi hija. Está soportando un matrimonio pésimo, pero teniendo en cuenta que la crié en uno casi peor, no se podía esperar otra cosa.

–¿Está pensando en divorciarse? –preguntó, aunque en realidad no le importaba mucho. No conocía a los hijos de Charmaine.

–No, pero debería. Déjame ir a atender esa mesa. Ahora mismo vuelvo.

Se marchó para asegurarse de que los otros clientes fueran atendidos. No había muchos clientes y en cuanto Jack vio que también andaba por allí el propietario del local, comprendió que Charmaine querría que se fueran pronto. La vio llevar una bandeja llena de vasos a la barra y hablar con su jefe, que asintió a algo que le decía. Después regresó a su lado.

–Sólo quería pasar a saludarte y a tomarme una cerveza –le explicó Jack–. Tengo que volver, estoy metido en un proyecto importante.

–¿Ah, sí? ¿Y qué es?

–Estoy arreglando una cabaña de una mujer del pueblo. Hoy le he colocado el porche y mañana tengo que pintar la casa y arreglar las escaleras de la puerta de atrás.

–¿Ah, sí? ¿Y es una mujer guapa?

–Supongo que podría decirse que sí, por lo menos para los setenta y seis años que tiene.

Charmaine soltó una carcajada. Charmaine tenía una risa magnífica. Una risa que parecía nacer de lo más profundo de sus entrañas.

–En ese caso, supongo que no hará falta que me ponga celosa. ¿Pero crees que podrás acompañarme hasta mi casa?

–Sí, claro que puedo –respondió y apuró su cerveza–, pero esta noche no voy a subir.

–No importa –respondió Charmaine–. Voy a buscar el abrigo.

Cuando salieron, Charmaine le agarró del brazo y comenzó a hablarle de lo que había hecho durante aquellas dos semanas. A Jack le gustaba el sonido de su voz, una voz profunda y ligeramente ronca. Charmaine podía pasarse horas y horas hablando, pero de una forma agradable, en absoluto irritante. Le hablaba del bar, de la gente del pueblo, de sus hijos, de lo último que había comprado o del libro que se estaba leyendo. Las noticias la fascinaban, antes de ir a trabajar, veía los informativos de la CNN y le gustaba conocer su opinión sobre las noticias de actualidad. Siempre tenía algún proyecto que llevar a cabo en su casa, ya fuera empapelar las paredes o comprar un nuevo electrodoméstico. Tenía la casa pagada gracias a una herencia o a algo parecido, así que todo el dinero que ganaba lo invertía en ella y en sus hijos.

Cuando llegaron a la puerta de su casa, Jack le dijo:

–Tengo que irme, Charmaine, pero nos veremos pronto.

–De acuerdo, Jack –respondió ella e inclinó la cabeza para que le diera un beso. Jack la besó rápidamente–. No ha sido un gran beso.

–No quiero subir a tu casa esta noche.

–¿Crees que estás demasiado cansado para darme un beso que pueda recordar durante dos o tres horas?

Jack volvió a intentarlo. En aquella ocasión, cubrió su boca con la suya y deslizó la lengua entre sus labios mientras la estrechaba contra él. Ella le agarró el trasero. ¡Maldita fuera!, pensó Jack. Charmaine se restregó ligeramente contra él y succionó su lengua. Después, deslizó la mano por la cintura de sus pantalones y dejó que la mano descendiera hacia su vientre.

–De acuerdo –le dijo con voz débil–, subiré unos minutos.

–Ése es mi chico –contestó Charmaine con una sonrisa radiante. Empujó la puerta y él la siguió al interior de la casa–. Será sólo como una pastilla para dormir.

Jack dejó la cazadora en una silla. Charmaine todavía no se había quitado el abrigo cuando él la agarró por la cintura y la devoró con un beso repentinamente ardiente y cargado de deseo. Le quitó el abrigo, caminó sin soltarla hasta el dormitorio y la dejó caer en la cama. Le bajó la parte superior del top y devoró sus senos. Después, le quitó los pantalones y descendió sobre ella. Deslizó las manos por su cuerpo lujurioso, por los hombros, la cintura, los muslos y buscó después los preservativos en la mesilla. Rasgó el envoltorio de uno de ellos, se lo puso y se deslizó tan rápidamente en el interior de Charmaine que incluso a ella le sorprendió. Comenzó a moverse, rodeado por los gemidos placenteros de Charmaine.

Estaba a punto de explotar, pero intentó contenerse mientras Charmaine le rodeaba la cintura con las piernas. Sabía que había ocurrido algo dentro de él, que había perdido la cabeza. No sabía dónde ni con quién estaba. Cuando por fin Charmaine se tensó a su alrededor, él también se dejó llevar. Los jadeos de su amante le indicaron que había quedado completamente satisfecha.

–Dios mío –dijo Charmaine cuando por fin recuperó la respiración–, ¿por qué estabas tan excitado?

–¿Mmm?

–Jack, no te has quitado ni las botas.

Jack, más sorprendido que ella, se incorporó en la cama. Dios santo, pensó, no se podía tratar a una mujer de esa manera. No sabía en qué estaba pensando, pero por lo menos podía asegurarle que no estaba pensando en nadie más, se consoló. Y no había habido nada cerebral en lo que allí había ocurrido; había sido algo completamente visceral.

–Lo siento, Charmaine, ¿estás bien?

–Estoy mejor que bien. Pero, por favor, quítate las botas y abrázame.

Jack estuvo a punto de decirle que tenía que marcharse; era eso lo que en realidad quería decirle, pero no podía hacerlo después de haberla tratado así. Se sentó, se quitó las botas, los pantalones y la camisa y los dejó en el suelo. Después de una rápida visita al cuarto de baño, regresó a la cama, la abrazó, la besó y, al cabo de un rato, volvió a hacer el amor con ella, en aquella ocasión de forma menos salvaje, pero igualmente satisfactoria. A la una de la madrugada, estaba buscando sus pantalones en el suelo.

–Pensaba que esta noche te quedarías a dormir –le dijo Charmaine desde la cama.

Jack se puso los pantalones y se sentó en la cama para calzarse. Dio media vuelta y le dio un beso en la mejilla.

–No puedo, pero ahora ya estarás tranquila –le sonrió–. Considéralo como una especie de pastilla para dormir.

Mientras conducía de vuelta hacia Virgin River, se dijo que aquello había terminado. Tenía que terminar. No podía volver a hacerlo, por lo menos con la conciencia tranquila. Porque había otra mujer que había despertado su atención.

Capítulo 4

Jack se dirigía a la cabaña con la parte trasera de la camioneta llena de provisiones. Era el tercer día que iba. Cuando llegó, Cheryl salió al porche a recibirle.

–Eh, Cheryl –la saludó–. ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Ya casi has terminado?

Cheryl tenía un trapo en la mano.

–Voy a necesitar el resto del día. La cabaña estaba hecha una porquería. ¿Mañana también vendrás?

Sí, iba a ir, pero aun así, contestó:

–No, ya casi he terminado. Quiero terminar el porche esta mañana, ¿crees que podrás salir por la puerta de atrás? Todavía no he colocado los escalones nuevos.

–Puedo saltar. ¿Qué traes? –preguntó mientras bajaba los escalones del porche.

–Sólo cosas para la cabaña –contestó, mientras descargaba una enorme tumbona para el porche. Había comprado dos iguales.

–Vaya, estás tirando la casa por la ventana.

–Alguien tiene que hacerlo.

–Debe de ser muy buena enfermera.

–Ella dice que no va a quedarse, pero, de todas formas, había que arreglar esta cabaña.

–No todo el mundo se tomaría tantas molestias. Eres muy buen tipo, Jack.

Se asomó a la camioneta. Jack había comprado también un colchón, una alfombra para el comedor, sábanas y toallas, geranios en maceta para el porche, madera para los escalones de la puerta de atrás, pintura y todo tipo de utensilios de cocina.

–Esto es mucho más que arreglar la casa –comentó Cheryl.

Se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja. Cuando Jack se arriesgó a mirarla, distinguió en sus ojos una enorme tristeza teñida de anhelo. Inmediatamente desvió la mirada.

–¿Por qué iba a quedarme a medias? Quiero que la cabaña se convierta en un lugar agradable. Así, cuando la enfermera se vaya, Hope a lo mejor puede alquilarla a veraneantes.

–Sí, claro.

Jack continuó descargando mientras Cheryl merodeaba a su alrededor. Intentó ignorarla, no darle ni la menor conversación.

Cheryl era una mujer alta, que acababa de cumplir los treinta años, pero no tenía muy buen aspecto. Llevaba bebiendo en exceso desde que era adolescente. Tenía el rostro rubicundo, el pelo apagado y ralo y los ojos siempre enrojecidos. De vez en cuando, era capaz de estar sobria durante un par de semanas, e incluso había llegado a estarlo en alguna ocasión durante meses, pero siempre volvía a recaer. Continuaba viviendo en casa de sus padres, que estaban desesperados por su afición a la bebida, pero nadie parecía poder hacer nada para ayudarla. Jack jamás la servía, pero cada vez que se acercaba a ella, sentía su aliento apestando a alcohol. Afortunadamente, aquel día parecía bastante serena. No debía de haber bebido mucho.

Dos años atrás, se había producido un incidente en el bar que tanto Cheryl como Jack habían intentado olvidar. En una ocasión en la que Cheryl se había emborrachado, se había presentado en la habitación que Jack tenía justo detrás de la zona de la barra en medio de la noche, se había arrojado a sus brazos y le había declarado su amor. Desgraciadamente para ella, Cheryl recordaba todo lo ocurrido.

Días después, Jack la había pillado por banda cuando estaba sobria y le había dejado muy claro que no quería que volviera a repetirse un episodio parecido. Cheryl había terminado llorando.

A partir de entonces, había mantenido su relación con ella en los mejores términos que había podido y se alegraba de que hubiera dejado de beber en el bar, aunque en casa continuara consumiendo cantidades ingentes de vodka y, cuando lo conseguía, también de Everclear, un licor de maíz prohibido en la mayoría de los estados, pero que continuaba vendiéndose a escondidas.

–Me gustaría poder ser enfermera –dijo Cheryl.

–¿Has pensado alguna vez en retomar los estudios? –le preguntó Jack mientras trabajaba.

Procuró no dar la impresión de estar especialmente interesado. Sacó la alfombra del remolque de la camioneta, se la colocó al hombro y la llevó a la casa.

–No puedo permitírmelo –contestó Cheryl tras él.

–Podrías, si encontraras trabajo. Tienes que irte a un pueblo más grande, ampliar tu campo de búsqueda y dejar de depender de estos trabajos que sólo te salen muy de cuando en cuando.

–Sí, ya lo sé –contestó Cheryl mientras le seguía–, pero me gusta estar aquí.

–¿De verdad? Pues no pareces muy feliz.

–Oh, a veces lo soy.

–Eso es estupendo –contestó Jack mientras dejaba la alfombra en el cuarto de estar. Ya se encargaría de desenrollarla más tarde–. Si tienes tiempo, ¿podrías lavar algunas de las sábanas que he traído? Y pon un juego en la cama cuando coloque el colchón, ¿de acuerdo?

–Claro. Déjame ayudarte a traer el colchón.

–Gracias.

Entre los dos, lo llevaron hasta el interior de la casa. Una vez en el dormitorio, Jack lo apoyó contra la pared y quitó el colchón viejo de la cama.

–Llevaré el colchón viejo al vertedero cuando vaya a casa.

–He oído decir que hay un bebé en casa del doctor. Que lo dejaron abandonado allí.

Jack se quedó helado. Oh, Dios, pensó. ¿Cheryl? ¿Podría ser hija de Cheryl? Involuntariamente, la recorrió de pies a cabeza con la mirada. Era una mujer gruesa, pero no obesa. Aun así, tenía una barriga considerable. Sin embargo, había estado limpiando la cabaña el día que había aparecido la niña. No, no podía ser ella, ¿o sí? A lo mejor no era resaca lo que tenía el día que no había podido ir a limpiar la cabaña. Pero, si fuera ése el caso, tendría hemorragias, o pérdidas de leche.

–Sí –dijo por fin–. ¿Sabes quién puede haber hecho una cosa así?

–No. ¿No es un bebé indio? Porque hay varias reservas por la zona.

–La niña es blanca –contestó él.

–¿Sabes? Cuando termine aquí, a lo mejor puedo hacerme cargo de la niña.

–Eh, creo que ya hay alguien que se encarga de ella, Cheryl, pero gracias. Se lo diré al doctor.

Se llevó el colchón viejo a la camioneta y lo dejó en el remolque. Estaba realmente repugnante. Mel tenía razón, la cabaña no podía encontrarse en peor estado. ¿En qué estaría pensando Hope? ¿Cómo creía que bastaría con limpiarla para que pudiera pasar allí la noche la enfermera? A veces Hope podía llegar a ser muy descuidada y olvidadiza.

Buscó en el remolque y sacó las bolsas de las sábanas.

–Toma –le dijo a Cheryl–. Ahora ya puedes quedarte dentro. Voy a empezar a pintar. Me gustaría volver al bar para la hora de la cena.

–De acuerdo –contestó ella–. Y si el doctor me necesita, no dejes de decírmelo.

–Claro, Cheryl –aunque, por supuesto, jamás la dejaría con un recién nacido. Le parecía demasiado arriesgado.

Jack estaba de vuelta en el bar para la media tarde. Tenía tiempo suficiente para hacer un inventario de las bebidas de la barra antes de que comenzara a llegar la gente a cenar. El bar estaba vacío, como ocurría a menudo a esa hora del día. Predicador estaba en la cocina, preparando la cena, y todavía faltaba una hora para que apareciera Ricky.

Entró un hombre solo en el bar; no iba vestido de pescador. Llevaba unos vaqueros, una camiseta y un chaleco de tela vaquera. Tenía el pelo largo y llevaba una gorra de béisbol en la cabeza. Era un hombre corpulento, con una sombra de barba en la mandíbula. Se sentó en uno de los taburetes de la barra, dejando algunos taburetes de distancia entre él y Jack, lo que indicaba que no tenía ganas de conversación.

Jack se acercó a él.

–Hola, ¿le apetece tomar algo?

–Humm –contestó el hombre–. Un chupito de whisky y una cerveza.

–Ahora mismo –contestó Jack mientras se los servía.

El hombre se bebió el whisky de un trago. Después, tomó la cerveza evitando establecer contacto visual con Jack. Cerca de diez minutos después, éste oyó que su cliente le decía:

–Eh, tío, ¿me pones otra?

–Claro –contestó Jack, y le sirvió otra ronda.

Volvieron a quedarse en silencio. El hombre tardó más en terminar la segunda cerveza, lo que le permitió a Jack terminar de hacer el inventario.

Pero continuaba sentado tras la barra, cuando sintió una sombra cayendo sobre él. Alzó la mirada y vio al hombre en el otro extremo del bar, preparándose para pagar. Cuando metió la mano en el bolsillo, Jack se fijó en el enorme tatuaje que aparecía por debajo de la manga de la camisa, un bulldog que reconoció al instante, el Devil Dog, un tatuaje típico del cuerpo de marines. Jack estuvo a punto de comentárselo, pero justo entonces, el hombre sacó un fajo de billetes, separó uno de cien dólares y le preguntó:

–¿Tienes cambio?

Jack ni siquiera tuvo que tocar el billete. Inmediatamente sintió el olor del cannabis. Aquel hombre acababa de recolectar la cosecha y, a juzgar por el dinero que llevaba encima, la había vendido. Jack tenía cambio suficiente, pero no quería que aquel tipo pudiera hacerse una idea de la cantidad de dinero que guardaba en la caja y tampoco le interesaba un dinero ganado de esa manera. Había muchas personas que cultivaban marihuana en la zona. Algunas para uso legal, conscientes de sus efectos benéficos para algunas enfermedades. Había quienes pensaban que la marihuana era una planta como otra cualquiera, como el maíz, y veían en ella una forma de hacer algún dinero. Y había otros que se dedicaban a la venta de droga porque podían sacarle un gran provecho económico. Aquella parte del país era popularmente conocida como el Triángulo Esmeralda debido a los tres condados en los que se traficaba con cannabis. Resultaba llamativa la cantidad de gente que trabajaba por salarios mínimos y, sin embargo, conducía camionetas de millonario.

Eran muchas las personas de la zona que trabajaban para los cultivadores de marihuana, vendiéndoles suministros, abonos, tubos de riego, luces, lonas, cubiertas de plástico, cosechadoras y tijeras de podar. Escaleras, generadores, coches todoterreno para poder adentrarse por los caminos más recónditos de aquellos bosques… Había algunos comercios de la zona que tenían un cartel en el escaparate de sus establecimientos que decía CCPM. Aquí no vendemos. CCPM eran las iniciales de la Campaña Contra las Plantaciones de Marihuana. Era una campaña que llevaban a cabo conjuntamente el Departamento del Sheriff del Condado y el estado de California. Clear River era un pueblo en el que pocos estaban a favor de aquella campaña y no tenían ningún inconveniente en que los propietarios de las plantaciones gastaran en sus establecimientos su dinero. Charmaine no aprobaba los cultivos ilegales, pero Butch, su jefe, no estaba dispuesto a renunciar a aquella entrada de dinero.

En Virgin River la situación era muy diferente.

Normalmente, los cultivadores mantenían un perfil bajo y no causaban ningún problema, pero a veces, surgían conflictos territoriales entre ellos y peleas en las que podía resultar herido algún ciudadano inocente. Había habido todo tipo de delitos relacionados con el tráfico de drogas, desde robos hasta asesinatos. No mucho tiempo atrás, habían encontrado el cadáver de un importante cultivador de la zona enterrado en los bosques, cerca de Garbeville; llevaban ya dos años echándole de menos y él mismo había sido siempre un hombre sospechoso.

En Virgin River no podía encontrarse nada que animara a los cultivos ilegales. Si había plantadores de marihuana en la zona, procuraban mantenerlo en secreto porque en el pueblo siempre terminaban echándoles. Pero aquél no era el primero que pasaba por allí.

–Mira –dijo Jack mirando al hombre a los ojos–, esta vez invita la casa.

–Gracias –contestó él.

Dobló el billete, lo incorporó de nuevo al fajo y se lo guardó en el bolsillo. Se volvió después hacia la puerta.

–Eh –le llamó Jack antes de que se fuera. En cuanto se volvió, le explicó–: Y que sepas que en este bar siempre están invitados el ayudante del sheriff y la policía de California.

El hombre levantó los hombros, como si estuviera riendo para sí, se llevó la mano al ala del sombrero y se marchó.

Jack salió de la barra y se acercó a la ventana para ver si se metía en su coche, un Range Rover de color negro último modelo, con ruedas enormes, cristales tintados y faros en el techo. Aquel coche costaba un buen puñado de dólares, lo que significaba que el tipo que lo conducía no era ningún aficionado. Memorizó la matrícula.

Predicador estaba pasando el rodillo sobre la masa de una tarta cuando Jack entró a la cocina.

–Acabo de servirle a un tipo que pretendía pagar su consumición con un fajo de billetes del tamaño de mi puño –le dijo.

–Esa gente es escoria.

–Conducía un Range Rover nuevo y era un tipo alto y corpulento.

–¿Crees que estará dedicándose a cultivar por aquí?

–No tengo ni idea, pero deberíamos prestar atención. La próxima vez que se pase el ayudante del sheriff por el pueblo, se lo comentaré. Pero de momento, no hay nada ilegal en tener un fajo de billetes y conducir un todoterreno.

–Si es rico, seguramente no se dedica a vender pequeñas cantidades –dijo Predicador.

–Lleva tatuado un bulldog en el brazo derecho.

Predicador frunció el ceño.

–Supongo que te da rabia ver a un compañero acabando de esa forma.

–Sí, desde luego. Aunque a lo mejor no tiene ninguna plantación por la zona. Es posible que haya decidido darse una vuelta por aquí para ver si es un buen lugar para el cultivo. Pero creo que le he dejado muy claro que no. Le he dicho que en este bar las fuerzas del orden nunca pagan.

Predicador sonrió.

–En ese caso, quizá deberíamos empezar siendo fieles a tu palabra.

–¿Y si empezamos por hacerles un pequeño descuento? Tampoco hace falta que ahora nos volvamos locos.

Mel por fin pudo hablar con su hermana por teléfono.

–¡Oh, Dios mío, Mel! Me has dado un susto de muerte. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no has llamado antes?

–Estoy en Virgin River, no tengo teléfono fijo y el móvil no tiene cobertura. Además, he estado muy ocupada.

–¡He estado a punto de llamar a la Guardia Nacional!

–¿Sí? Pues creo que no habría servido de nada. No creo que hubieran podido encontrar este lugar.

–¿Va todo bien?

–Bueno, probablemente lo que voy a decirte va a hacerte inmensamente feliz –comenzó a decir Mel–. Tenías razón. No debería haber hecho esto. Creo que he cometido una locura.

–¿Tan terrible es?

–La verdad es que comenzó de una forma terrible. La casa que me ofrecían para pasar un año estaba cayéndose literalmente y el médico es un viejo gruñón que no quiere ninguna ayuda. Estaba a punto de marcharme del pueblo cuando, y esto no te lo vas a creer, dejaron a una recién nacida abandonada enfrente de la casa del médico. Pero, bueno, aunque no mucho, tengo que reconocer que las cosas han mejorado. Voy a quedarme unos días más para hacerme cargo de la recién nacida. No creo que el médico fuera capaz de oír sus berridos en medio de la noche. ¿Sabes? La primera impresión que me dio fue que era el médico más antipático que había conocido en mi vida. Mezquino como una serpiente y amargo como la leche agria. Afortunadamente, en Los Ángeles he conocido a suficientes médicos y cirujanos como para estar preparada para lo peor.

–Has dicho que ésa fue tu primera impresión, ¿has cambiado ahora de opinión?

–Al final ha demostrado ser una persona tratable. Como la casa en la que se suponía que tenía que alojarme era inhabitable, me estoy quedando en la habitación de invitados que tiene en su casa. En realidad es como la habitación de una clínica. La casa no está mal, es limpia y funcional. Pero en cualquier momento puede surgir un ligero inconveniente, porque hay una joven en el pueblo que me ha pedido que la asista en el parto y si tiene aquí a su bebé, tendrá que alojarse en el que es ahora mi dormitorio. Imagínate el panorama. Una enfermera compartiendo habitación con una mujer que acaba de dar a luz.

–¿Pero de verdad piensas compartir la habitación con ella?

–Probablemente tenga que colgarme en una esquina y dormir de pie. En cualquier caso, eso sólo ocurrirá si da a luz la semana que viene, mientras yo esté todavía aquí. Seguramente, para dentro de una semana ya habrán encontrado un hogar de acogida para esta niña. Aunque la verdad es que no me importaría asistir a un parto. Al feliz nacimiento de un niño con unos padres contentos y saludables.

–No creo que haga falta que te quedes para asistir al parto. Al fin y al cabo, ya tienen un médico.

–Lo sé, pero la futura madre es tan joven… Y no sabes lo contenta que se puso cuando se enteró de que podría ayudarla a dar a luz una mujer y no ese viejo médico con artritis.

–Mel, quiero que te montes inmediatamente en tu coche y vengas a Colorado. Aquí podremos cuidarte durante una temporada.

–No necesito que nadie me cuide –contestó riendo–. El trabajo me está ayudando mucho. Necesito trabajar para poder pasar algunas horas sin pensar en Mark.

–¿Cómo llevas eso?

Mel suspiró profundamente.

–Ésa es otra cuestión. Aquí nadie sabe lo que me pasó y no tengo que enfrentarme a miradas compasivas ni a expresiones de tristeza. Y como nadie me mira de esa forma, yo no me derrumbo tan a menudo. O por lo menos, no me derrumbo delante de nadie.

–Oh, Mel, me encantaría encontrar la manera de consolarte.

–Pero Joey, tengo que pasar por esto, es imposible no hacerlo. Además, tengo que ir haciéndome a la idea de que quizá nunca llegue a superarlo del todo.

–Espero que eso no sea cierto, Mel. Conozco a otras mujeres viudas. Algunas de ellas incluso han vuelto a casarse y ahora son muy felices.

–Prefiero que no sigamos hablando de esto.

Entonces Mel le habló a Joey de todo lo que sabía sobre el pueblo. Le contó que habían ido docenas de habitantes de Virgin River a la consulta sólo para verla y le habló también de Jack y de Predicador. Le habló de los miles de estrellas que se veían por las noches, de las montañas y del aire, tan frío y tan limpio que casi le pillaba a uno por sorpresa. También quiso que su hermana supiera de toda la comida que le habían llevado y de toda la que ella a su vez había llevado al bar para que Predicador la utilizara en sus suculentas creaciones y le explicó que Jack no aceptaba un solo centavo ni suyo ni del doctor y que les invitaba a todo lo que comieran o bebieran.

–Pero todo esto es muy rural. El médico ha avisado a los servicios sociales del condado de la aparición de la niña, pero supongo que nos habrán puesto en una lista de espera. Es posible que tarden en encontrarle un hogar. Y, francamente, no sé cómo este médico ha podido arreglárselas sin ayuda durante todo este tiempo.

–¿Y la gente en general es amable?

–Las personas que he conocido hasta ahora son encantadoras. Pero el principal motivo por el que te he llamado, además de para que supieras que estoy a salvo, es para decirte que puedes localizarme en casa del médico. Como aquí el móvil no sirve de nada, te daré su número de teléfono.

–Bueno –dijo Joey–, por lo menos parece que estás bien. De hecho, hacía tiempo que no parecías tan animada.

–Como te he dicho, tengo pacientes, desafíos. Eso me mantiene ocupada. El primer día, me dejaron sola en la consulta con el bebé y la llave del armario de los estupefacientes y me dijeron que atendiera a los pacientes que llegaran. Sin preparación de ningún tipo. Pasaron por la consulta cerca de treinta personas, aunque la mayor parte de ellas sólo a saludar. Por eso te parezco más animada. Vuelves a notar en mi voz el influjo de la adrenalina.

–Así que la adrenalina otra vez. Yo creía que eso ya lo habías dejado.

Mel se echó a reír.

–Esta vez es algo completamente diferente.

–Pero entonces, cuando termines ahí, ¿piensas venir a Colorado Springs?

–No se me ocurre otra opción mejor.

–¿Y cuándo será eso?

–Ya te he dicho que no lo sé. Espero poder marcharme dentro de unos días. Como mucho, aguantaré aquí otras dos semanas, pero de todas formas, te llamaré para decirte cuándo voy.

–De acuerdo. Pero me quedo tranquila. Tu voz suena realmente animada.

–Aquí ni siquiera hay una auténtica peluquería a la que ir a darse reflejos. Por lo visto, hay una mujer en el pueblo que tiene una especie de peluquería en el garaje –dijo Mel.

–¡Oh, Dios mío! –exclamó Joey–. Entonces será mejor que vengas antes de que se te empiecen a ver las raíces.

–Sí, estaba pensando justo en eso.

* * *

Llegó el miércoles, el día de la consulta. Mel se aseguró de que la niña estuviera dormida y atendió después a varios pacientes con dolencias menores. Un tobillo torcido, un resfriado, otra revisión prenatal y varias vacunas. Después tuvo que dar unos puntos en la cabeza a un niño de diez años; cuando vio el resultado de su trabajo, el médico le premió con un escueto «no está mal» y se fue a hacer un par de visitas a domicilio.

Para ir a comer al bar, tuvieron que turnarse. Las personas con las que Mel se encontró allí volvieron a felicitarse de la presencia de una enfermera en el pueblo.

–Pero esto es sólo algo temporal –se apresuró a aclararles ella–. En realidad, el médico no necesita ninguna ayuda.

Después de pasarse por el bar, se acercó al supermercado, para encargarle a Connie más pañales. El supermercado era minúsculo y le informaron de que la gente del pueblo solía acercarse a uno más grande para comprar los productos más básicos y el pienso para los animales y utilizaban la tienda únicamente para compras de emergencia. También pasaban por allí los cazadores y los pescadores que se acercaban al pueblo. En la tienda podía encontrarse de todo, desde botellas de agua hasta calcetines, pero siempre en pequeñas cantidades.

–Me han comentado que sigue sin saberse nada de la madre del bebé –dijo Connie–. Y no soy capaz de imaginarme a nadie del pueblo teniendo un hijo y renunciando a él.

–¿Y puedes imaginarte a alguien capaz de dar a luz un hijo sin ayuda médica de ninguna clase? Sobre todo sabiendo que hay un médico en el pueblo.

Connie, una mujer guapa que debía de andar por los cincuenta, se encogió de hombros.

–Normalmente, las mujeres del pueblo dan a luz en sus casas, pero siempre con la ayuda del doctor. Hay algunas familias que viven completamente aisladas en el bosque. Apenas se acercan por el pueblo –se inclinó hacia ella y le susurró al oído–: Es gente muy rara, pero llevo viviendo toda mi vida en el pueblo y jamás he sabido de nadie que haya abandonado a su hijo.

–¿Cuánto crees que pueden tardar en intervenir los servicios sociales?

Connie soltó una carcajada.

–No tengo la menor idea. Cuando tenemos algún problema, normalmente lo arreglamos entre nosotros. Nunca buscamos ayuda de fuera.

–Bueno, en ese caso, ¿cuánto tiempo crees que tardarán en llegarte los pañales?

–Ron hace el pedido una vez a la semana, y mañana le toca, así que para mañana por la tarde tendrás el problema solucionado.

En ese momento, entró una adolescente en el supermercado y dejó la mochila en el suelo.

–Hola, Lizzie –la saludó Connie–. Mel, te presento a mi sobrina. Acaba de llegar al pueblo y va a quedarse una temporada conmigo.

–Hola, ¿qué tal? –la saludó Mel.

–Bien –contestó Lizzie con una sonrisa.

Tenía una melena castaño oscuro que caía seductoramente sobre sus hombros, los ojos, azules, estaban enmarcados por unas cejas perfectas y pintados con abundante maquillaje. Los labios, generosos, los llevaba también pintados.

Una pequeña reina del sexo, se descubrió pensando Mel al verla con aquella minifalda vaquera, las botas altas y el jersey ajustado.

–¿Necesitas que te ayude?

–No, cariño. Vete a la trastienda a hacer los deberes. ¿Ha ido bien el primer día de instituto?

–Sí, supongo que sí –se encogió de hombros–. Encantada de conocerte –le dijo a Mel, y desapareció en la trastienda.

–Es preciosa –dijo Mel.

Connie frunció ligeramente el ceño.

–Tiene catorce años.

Mel abrió los ojos como platos y susurró:

–¿Catorce? Es increíble.

Lizzie podría hacerse pasar fácilmente por una chica de dieciocho.

–Sí, por eso está aquí. Su madre, mi hermana, está desesperada con ella. Era una niña de lo más alocada. Pero eso era en Eureka. Aquí no hay muchos lugares en los que hacer el loco –sonrió–. Aunque la verdad es que si consiguiera que se cubriera un poco más, me sentiría mucho mejor.

–Sí, te comprendo –Mel se echó a reír–. Te deseo suerte –pero, pensó Mel, si ella estuviera en su lugar, le recomendaría que utilizara algún método anticonceptivo.

Cuando Mel iba a comer o a cenar al bar y no coincidía con nadie, como Connie, Joy, Ron o Hope, se sentaba en la barra y hablaba con Jack. A veces él comía con ella. Durante esos ratos, aprovechaba para aprender más cosas sobre el pueblo, sobre los veraneantes que acampaban y hacían excursiones por la zona, los cazadores y los pescadores y las actividades en piragua, que prometían ser divertidas.

Ricky le presentó a su abuela, que un día apareció en el bar a la hora de la cena. Lydie Sudder debía de rondar los setenta años y tenía el dificultoso caminar de los enfermos de artritis.

–Tiene usted un nieto muy guapo –observó Mel–. ¿La familia la forman sólo los dos?

–Sí –contestó ella–. Perdí a mi hijo y a mi nuera cuando él sólo era un bebé. Si no fuera por Jack, estaría muy preocupada por él, pero la verdad es que Jack lo ha estado cuidando desde que llegó al pueblo. De hecho, cuida de mucha gente.

–Sí, ya me he dado cuenta.

El sol de marzo había calentado la tierra y habían comenzado a brotar algunas flores. Mel tenía la impresión de que cuando estallara la primavera, aquel lugar sería glorioso, pero inmediatamente se recordó que ella no lo vería. La pequeña Chloe estaba cada día más fuerte y ya se habían ofrecido varias mujeres a cuidarla.

Mel era consciente de que llevaba allí ya casi una semana y de que había pasado como si nada. Por supuesto, no había podido dormir más de cuatro horas seguidas. Pero también era cierto que la vida en la casa del doctor Mullins estaba resultándole mucho más soportable de lo que jamás habría imaginado. Podía ser un anciano cascarrabias e irritante, pero ella era capaz de contestarle sin dejarse amilanar, algo que el médico parecía disfrutar en secreto.

Un día en el que Chloe estaba durmiendo y no había ningún paciente esperando su visita, el doctor sacó una baraja de cartas de su mesa, las barajó y dijo:

–Vamos, veamos si es capaz de jugar a algo –se sentó a la mesa de la cocina y repartió las cartas–. ¿Sabe jugar al gin?

–Me temo que sólo sé lo que es un gin tonic.

–Estupendo. Jugaremos con dinero.

Mel se sentó a la mesa.

–¿Piensa aprovecharse de mí?

–Por supuesto –esbozó entonces una sonrisa, algo muy raro en él, y procedió a explicarle cómo se jugaba.

Cada punto valdría un penique, le advirtió y, en menos de una hora, Mel no sólo estaba disfrutando, sino ganando cada partida y consiguiendo que la expresión del médico fuera cada vez más sombría, lo que sólo servía para aumentar su diversión.

–Vamos –le dijo al médico mientras repartía las cartas–. Veamos si es capaz de jugar a algo.

El sonido de alguien que acababa de entrar interrumpió el juego.

–No se mueva. Iré yo a ver quién es –le palmeó la mano–. Así tendrá tiempo de ir ordenando la mesa.

En la puerta de la entrada se encontró con un hombre esquelético con una barba larga y canosa. Llevaba un mono bastante sucio, con los botones descosidos, y las botas cubiertas de barro. Los puños de su camisa estaban tan desgastados que parecía llevar años con la misma ropa. No entró en la casa, probablemente para no manchar el suelo con el barro de sus botas, sino que continuó en la puerta, retorciendo nervioso un ajado sombrero de fieltro.

–¿Puedo ayudarle en algo? –le preguntó Mel.

–¿Está el doctor?

–Eh, sí, claro. Déjeme ir a buscarle.

Fue a buscar al médico y mientras éste hablaba con el recién llegado, se acercó a comprobar cómo estaba Chloe. Cuando el médico regresó a la cocina, lo hizo con expresión muy poco complacida.

–Tenemos que ir a hacer una visita. A ver si es capaz de encontrar a alguien que se quede con la niña.

–¿Necesita que le ayude? –preguntó Mel, más esperanzada de lo que pretendía.

–No, pero creo que debería venir conmigo para ver lo que hay más allá del bosque.

Chloe comenzó a moverse y Mel la levantó en brazos.

–¿Quién era ese hombre?

–Clifford Paulis. Vive en los bosques con parte de su familia. Su hija y su marido se fueron a vivir con él hace algún tiempo. Suelen tener problemas de vez en cuando y me gustaría que les conociera.

–De acuerdo –dijo Mel, perpleja.

Después de varias llamadas poco exitosas, decidieron que lo mejor que podían hacer con la niña era dejarla con Jack. Mel se encargó de la cuna mientras el doctor llevaba a la niña en un brazo y sostenía en la otra mano su inseparable bastón.

–¿Estás seguro de que puedes quedarte con ella? –le preguntó a Jack–. A lo mejor tienes que cambiarle el pañal.

–Ya sabes que todas esas cosas las he aprendido con mis sobrinas.

–¿Pero cuántas sobrinas tienes exactamente?

–La última vez que las conté, eran ocho. Cuatro hermanas y ocho sobrinas. Por lo visto, no son capaces de concebir niños. ¿Adónde vais?

–No estoy segura.

–A ver a los Paulis –contestó el médico y Jack soltó un silbido.

Mientras salían del pueblo en la camioneta, Mel comentó:

–Todo esto me da muy mala espina. Al parecer, todo el mundo ha oído hablar de esa familia. Todo el mundo menos yo, claro.

–Supongo que tiene derecho a estar informada de lo que va a encontrarse. Los Paulis viven en un asentamiento de casuchas y caravanas. No se les suele ver, beben mucho y rara vez se acercan al pueblo. Se dedican a destilar alcohol de maíz. Son gente muy pobre, pero jamás han causado un problema en el pueblo. Pero Clifford me ha dicho que ayer hubo una pelea en el campamento y hay que atender a alguien.

–¿Qué clase de pelea?

–Los Paulis son gente fuerte. Si me han llamado, es porque se trata de algo serio.

Recorrieron una larga carretera plagada de baches y curvas y al cabo de un buen rato, llegaron a un claro en el que, tal como el médico le había advertido, había un par de chozas y unos viejos remolques que parecían haber conocido mejores días. Rodeaban en círculo un claro del bosque, en medio del cual había una barbacoa de ladrillo. Entre las cabañas y los remolques, habían extendido unas lonas que daban cobijo a los muebles más variopintos. No eran muebles de jardín, ni nada que pudiera parecérseles, sino mesas y sillas viejas o sofás con los muelles rotos. A su alrededor se amontonaban ruedas, todo tipo de desechos inclasificables y una lavadora oxidada. Mel intentó distinguir algo entre los árboles y parpadeó varias veces para aguzar la mirada. Le pareció ver un tráiler semienterrado en el suelo y cubierto con varias lonas con estampado de camuflaje. A su lado había un generador.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
381 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788418623271
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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Первая книга в серии "UN LUGAR PARA SOÑAR"
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