Читать книгу: «La flecha negra»


© Letra Impresa Grupo Editor, 2020
Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-1267 Whatsapp +54-911-3056-9533
contacto@letraimpresa.com.ar / www.letraimpresa.com.ar
Stevenson, Robert Louis
La flecha negra / Robert Louis Stevenson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2019.
Libro digital, EPUB - (Sonsoles ; 4)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4419-66-8
1. Narrativa Inglesa. I. Título.
CDD 823
Reservados todos los derechos.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
LA FLECHA NEGRA
/ PRÓLOGO
JOHN ENMIENDA TODO
Una tarde, al final de la primavera, sonó la campana del Castillo del Foso, en Tunstall, a una hora poco habitual. La gente abandonó sus tareas en el bosque y en el campo, y corrió hacia donde provenía el toque de alarma.
En la época en que reinaba Enrique VI en Inglaterra, Tunstall era una aldea con unas veinte casas de madera esparcidas a lo largo de un extenso valle verde, junto al río. Al pie del valle, el camino cruzaba un puente, luego se perdía en el bosque y llegaba al Castillo del Foso. Desde allí continuaba hacia la abadía de Holywood.
Cerca del puente, sobre una loma, se elevaba una cruz de piedra. En ese lugar, algunas mujeres y un hombre alto, de casaca roja, se habían reunido a discutir sobre el motivo de las campanadas de alarma. Sabían que, media hora antes, un mensajero había cruzado rápidamente la aldea, rumbo al Castillo del Foso. Llevaba una carta sellada de sir Daniel Brackley, el señor del castillo, dirigida a sir Oliver Oates, el cura encargado de cuidar sus posesiones cuando sir Daniel no estaba.
De pronto, escucharon el galope de un caballo y vieron que, desde el bosque, llegaba Richard Shelton, a quien apodaban Dick. Como era el protegido de sir Daniel, supusieron que sabría lo que ocurría y le pidieron que se lo explicara. El muchacho de ojos grises y piel tostada no tenía aún dieciocho años. Lucía una chaqueta de cuero con cuello de terciopelo negro y una capucha verde sobre la cabeza. Y llevaba una ballesta de acero colgada en la espalda.
Dick les contó las noticias que había traído el mensajero: la batalla era inminente. En su carta, sir Daniel ordenaba que todo hombre capaz de usar un arco o un hacha marchara de inmediato a Kettley. Pero el joven ignoraba para qué bando iban a pelear y dónde sería la batalla. Solo sabía que sir Oliver se les uniría pronto y que Bennet Hatch ya estaba preparándose para comandar la tropa.
–¡Será la ruina de esta hermosa tierra! –exclamó una mujer–. Si los nobles viven en guerra, los campesinos tendremos que alimentarnos de raíces.
–Nada de eso –le contestó Dick–. Todo el que se nos una recibirá seis peniques por día, y los arqueros, doce.
–Si sobreviven, no está mal. Pero, ¿y si mueren? –volvió a quejarse la mujer.
–No hay mejor forma de morir que dar la vida por su señor –respondió Dick.
–No es mi señor –aseguró el hombre de la casaca roja–. Hace dos años, todos en esta aldea teníamos otro señor. ¡Y ahora tengo que luchar en el bando de Brackley! ¿Qué me importan a mí sir Daniel o sir Oliver? El único señor al que respondo es el pobre rey Enrique VI, que Dios lo bendiga, esa pobre criatura que no sabe distinguir su mano derecha de su mano izquierda.
–Tienes lengua larga, amigo, al hablar tan mal de tu buen amo y del rey –respondió el joven Shelton–. El rey Enrique recobró el buen juicio y pondrá todo en orden pacíficamente. Y en cuanto a sir Daniel, eres valiente a sus espaldas. Pero no te preocupes, que no le iré con el chisme.
–No digo nada malo de usted, señor –aclaró el campesino–. Usted todavía es joven. Pero cuando llegue a hombre, verá que tendrá los bolsillos vacíos.
–Clipsby, no puedo aceptar lo que dices –le contestó Richard–. Sir Daniel es mi buen señor y, además, mi tutor.
–Muy bien. Entonces, ¿se atrevería a resolver un acertijo? –lo desafió Clipsby–. ¿De qué lado está sir Daniel? ¿Con los York o con los Lancaster?
–No lo sé –admitió Dick, poniéndose un poco colorado, porque su tutor había cambiado de bando continuamente y, con cada cambio, había aumentado su fortuna.
–¡Claro! –continuó Clipsby–. No lo sabe ni usted, ni nadie. Porque, de hecho, se acuesta siendo partidario de los Lancaster y se levanta convertido en un seguidor de los York.
Justo en ese momento, los cascos de un caballo retumbaron en el puente: era Bennet Hatch que se acercaba al galope. Venía armado con espada y lanza. Llevaba un yelmo de acero sobre su cabeza y una coraza de metal y cuero cubría su cuerpo. Era un hombre importante en esas tierras, la mano derecha de sir Daniel en tiempos de paz o de guerra.
–¡Clipsby! –gritó–. Corre hasta el Castillo del Foso y envía allí a los rezagados. Les darán armaduras y cascos. –Y dirigiéndose a una de las mujeres, le preguntó–: Nance, ¿está el viejo Appleyard en la ciudad?
–Apuesto a que está en sus campos –respondió la mujer.
El grupo se dispersó y, mientras Clipsby cruzaba el puente con toda tranquilidad, Bennet Hatch y el joven Shelton atravesaban la aldea en busca de Appleyard.
La casa de Appleyard era la última. Más allá, se extendía la pradera hasta los límites del bosque. Bennet y Dick se acercaron a donde el viejo soldado trabajaba, enterrado hasta las rodillas entre sus repollos y canturreando con su voz cascada. Por el color y por las arrugas, la piel de su cara parecía una cáscara de nuez. Pero sus viejos ojos grises conservaban el brillo y su vista era perfecta. Tal vez estuviera algo sordo, o bien pensara que no era digno de un viejo arquero prestar atención a un alboroto tan insignificante, el caso es que ni las campanadas de alerta ni la cercanía de Bennet y de Dick parecieron inquietarlo en lo más mínimo.
–Nick Appleyard –dijo Bennet Hatch, al verlo–. Sir Oliver le ruega que, en una hora, vaya al Castillo del Foso para tomar el mando.
El viejo alzó la vista y contestó sonriente:
–¡Dios los guarde, mis señores! ¿Y tú, Bennet, a dónde te diriges?
–Voy a Kettley, con todos los hombres que puedan montar a caballo. Parece que pronto habrá una batalla y mi señor espera refuerzos.
–Ah, bien –respondió Appleyard–. ¿Y cuántos hombres me dejas para que defienda el castillo?
–Seis buenos hombres y a sir Oliver.
–Esa cantidad es insuficiente. Para resistir, se necesitan por lo menos cuarenta.
–¡Bueno, justamente por eso vinimos a buscarlo, viejo zorro! Solo usted puede defender el castillo con tan poca gente.
–¡Claro, cuando les duele el pie se acuerdan del zapato viejo! –se quejó Appleyard–. Entre ustedes no hay ni un hombre que pueda montar a caballo o sostener un hacha. Y en cuanto a los arqueros, les daría una moneda por cada tiro que acierten.
–Vamos, Nick, hay hombres que pueden disparar un arco –dijo Bennet.
–¡Disparar un arco, sí! –exclamó Appleyard–. ¿Pero alguno daría en el blanco? Para eso hay que tener buen ojo y una buena cabeza sobre los hombros. Por ejemplo, ¿a qué llamarías un tiro a larga distancia?
–Sería como de aquí al bosque –calculó Bennet, mirando a su alrededor.
–Claro, eso sería un tiro larguísimo –contestó el viejo, girando para mirar sobre su hombro. Luego, se puso la mano en visera sobre la frente y se quedó observando.
–¿Qué mira? –preguntó Bennet, mientras sonreía.
El anciano siguió observando la colina en silencio. El sol brillaba sobre la pradera. Algunas ovejas pastaban aquí y allá, y todo estaba en silencio, excepto por el tañido lejano de la campana.
–¿Qué pasa, Appleyard? –preguntó Dick.
–Los pájaros –contestó el viejo.
En el bosque, no lejos de donde ellos estaban, una bandada de pájaros volaba bajo, yendo y viniendo en desorden.
–¿Qué pasa con los pájaros? –preguntó Bennet.
–¡Ah, qué gran soldado eres, Bennet! –se burló Appleyard–. Los pájaros son buenos centinelas. En los bosques, son los primeros en dar el alerta. Miren, si estuviéramos en un campamento, yo diría que allá hay arqueros escondidos, listos para atacarnos. ¡Y tú estás aquí, como si no sucediera nada!
–Vamos, viejo zorro –dijo Bennet–. No hay más hombres en los alrededores que los de sir Daniel, en Kettley. ¡Aquí estamos más seguros que en la Torre de Londres, y usted intenta preocuparnos porque vio unos gorriones!
–¡Escúchenlo! –volvió a burlarse Appleyard–. ¿Cuántos crees que arriesgarían sus dos orejas con tal de atravesarnos de un flechazo? ¡Por San Miguel, hombre, si nos odian como si fuéramos la peste!
–Bueno, es cierto que odian a sir Daniel –aceptó Bennet, pensándolo un poco.
–Odian a sir Daniel y a todos los hombres que lo sirven –corrigió Appleyard–. Y siguiendo el orden de odios, tú y yo encabezamos la lista. Piensa, Bennet: si allá en el bosque hubiera un buen arquero y nosotros estuviéramos a su alcance, como lo estamos ahora, ¿a cuál de los dos elegiría?
–Apuesto a que a usted –respondió Bennet.
–¡Y yo apuesto a que te escogería a ti! Tú incendiaste Grimstone y nunca te perdonarán por eso. En cuanto a mí, pronto, si Dios quiere, estaré en un muy buen lugar, fuera del alcance de flechas, balas de cañón y otras malas intenciones. Estoy viejo y marcho rápido hacia mi última morada. Pero tú te quedas aquí, enfrentando todos los peligros. Y si llegas a mi edad sin que te hayan ahorcado, será porque el verdadero espíritu inglés ha muerto.
–Usted es el más cascarrabias de todos los tontos que habitan el bosque de Tunstall –replicó Bennet Hatch, irritado por esas amenazas–. Deje de parlotear y busque sus armas, antes de que venga sir Oliver.
En ese instante, una flecha silbó en el aire, como una enorme avispa, y se clavó en medio de la espalda de Appleyard. El viejo cayó de cara sobre sus repollos. Bennet Hatch contuvo un grito y saltó en el aire. Después, agachado, corrió a refugiarse en la casa. Mientras tanto, Dick Shelton, que se había ocultado detrás de unas lilas, apuntaba con su ballesta hacia el bosque. No se movía ni una hoja. Las ovejas seguían pastando tranquilamente y los pájaros se habían calmado. Pero ahí yacía el viejo arquero, con una flecha clavada en la espalda.
–¿Ves algo? –gritó Bennet.
–No se mueve ni una hoja –respondió Dick.
–No podemos dejarlo ahí, es una vergüenza. ¡Que los santos nos protejan! ¡Ese sí que fue un buen tiro!
Bennet se acercó, pálido, levantó al viejo arquero y lo apoyó en sus rodillas. Todavía no estaba muerto.
–¡Arranca la flecha y déjame ir, por la Virgen María! –rogó Appleyard–. ¡Arráncala!
Dick se acercó y, con un fuerte tirón, arrancó la flecha. El viejo arquero intentó ponerse de pie, invocó el nombre de Dios y cayó muerto. Bennet, de rodillas entre los repollos, rezó por su alma. Pero mientras lo hacía, mantenía un ojo fijo en el punto del bosque desde donde había salido el disparo. Y cuando terminó de rezar, se puso de pie y se sacó uno de sus guantes de malla de acero.
–Yo soy el que sigue –dijo mientras se secaba la cara pálida, empapada de terror.
–¿Quién hizo esto, Bennet? –le preguntó Dick, todavía con la flecha en su mano.
–Solo Dios lo sabe. Debe haber unos cuarenta hombres a los que él y yo dejamos sin casa ni tierras. Él pagó su deuda y no creo que falte mucho tiempo para que yo pague la mía. Sir Daniel es demasiado cruel.
–Esta es una flecha extraña –comentó Dick.
–¡Sí que lo es! Negra y con plumas negras. ¡Fue hecha con un propósito maligno, ya lo creo! Dicen que el negro anuncia la muerte. Y tiene algo escrito. ¿Qué dice?
–“Para Appleyard, de John Enmienda Todo” –leyó Dick–. ¿Qué significa esto?
–No sé, pero no me gusta –respondió Bennet Hatch, moviendo la cabeza–. ¡John Enmienda Todo! ¡Ese sí que es un buen nombre para un rebelde! Pero no podemos quedarnos acá, como un blanco fácil.
Entre los dos alzaron a Appleyard y lo llevaron a su casa. Era limpia y sencilla. Había una cama, un armario, un baúl grande, un par de bancos y una mesa junto a la chimenea. Las armas del viejo soldado colgaban de la pared. Bennet Hatch comenzó a mirar todo con curiosidad.
–Nick tenía dinero –dijo–. Debe haber unas sesenta libras guardadas. ¡Cómo me gustaría encontrarlas! Cuando uno pierde a un buen amigo, el mejor consuelo es heredarlo. Dick, mira ese baúl. Apostaría a que ahí dentro hay una buena cantidad de oro. Appleyard tenía mano firme para recoger y mano dura para guardar. Durante casi ochenta años anduvo recolectando, pero ya no necesita nada. Y creo que se sentirá más feliz en el Cielo, si sus pertenencias quedan en poder de un buen amigo suyo.
–¡Por favor, Bennet! –exclamó Dick–. ¿Le robarías a su cadáver? ¡Se levantaría para impedirlo!
Bennet Hatch se persignó varias veces. Pero no era fácil hacerlo cambiar de opinión y lo único que lo detuvo fue que, en ese momento, entró en la casa un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento, colorado y luciendo un hábito negro.
–Appleyard –dijo el recién llegado, pero se paró en seco–. ¡Ave María! ¿Qué desastre es este?
–Un frío desastre para Appleyard, sir Oliver –respondió Bennet Hatch–. Le dispararon en la puerta de su casa y ahora está golpeando las puertas del purgatorio.
Sir Oliver se tambaleó hasta llegar a uno de los bancos y se sentó, pálido y descompuesto.
–¡Esto es un castigo! –sollozó, y comenzó a recitar una cadena de oraciones.
Bennet Hatch se quitó respetuosamente el casco y se arrodilló.
–¿Y cuál de nuestros enemigos pudo haberlo hecho? –preguntó el cura, algo repuesto.
–Sir Oliver, aquí está la flecha. Vea, tiene unas palabras escritas –respondió Dick.
–¡Esto lo explica! –exclamó el cura–. ¡John Enmienda Todo! Un buen nombre para un rebelde. ¡Y una flecha negra, como anunciando algo malo! Señores, no me gusta esta maldita flecha. Piensa conmigo, Bennet. Entre nuestros muchos enemigos, ¿quién puede estar enfrentándonos de esta manera?
–¿Podría ser Ellis Duckworth, señor? –sugirió Bennet Hatch.
–No, él seguro que no. Las rebeliones nunca se inician en las clases bajas. Cuando veas que los hombres simples empuñan sus hachas, averigua qué señor se beneficia con eso. Ahora sir Daniel se unió nuevamente a los Lancaster, y por eso está enemistado con los partidarios de York. De ellos viene este golpe.
–Con todo respeto, sir Oliver –dijo Bennet Hatch–, los ánimos están muy caldeados en este país y hace rato huelo el desastre. Lo mismo pensaba Appleyard. Y si me lo permite, le diré que los hombres están tan disgustados con todos nosotros, que no se necesita un York o un Lancaster para aguijonearlos. Esto es lo que en verdad pienso: usted, que es un sacerdote, y sir Daniel, que va para donde lo lleva el viento, se quedaron con los bienes de muchos hombres y castigaron y colgaron a otros tantos. Tarde o temprano deberán responder por eso. Ustedes, no sé cómo, siempre tienen la ley a su favor y creen que así arreglan todo. Pero los hombres a los que han dejado sin nada están furiosos. Y algún día, cuando el diablo los pinche, se aparecerán con su arco y los atravesarán con una flecha.
–No, Bennet, estás equivocado –lo corrigió sir Oliver–. Eres un charlatán, un bocón, un lengua larga.
–Está bien. No diré nada más, si eso es lo que quiere.
El cura se levantó del banco, sacó cera y una vela de la cajita que colgaba de su cuello. Con ellas, estampó el sello de armas de sir Daniel en el baúl y en el armario, para que nadie pudiera abrirlos. Bennet lo miraba desconsolado. Luego, los tres abandonaron la casa, algo atemorizados.
–Yo ya debería estar en camino a Kettley, sir Oliver –dijo Bennet Hatch, mientras sostenía el estribo para que el cura montara.
–Sí, pero ahora las cosas cambiaron. Ya no lo tenemos a Appleyard para que defienda el castillo, así que te quedarás conmigo. En estos tiempos de flechas negras, necesito alguien en quien confiar. Cabalguemos, Bennet. Nuestros hombres ya deben estar esperándonos en la iglesia.
Pasaron algunas casas de la aldea y, después de una curva, apareció la iglesia frente a ellos. En la entrada al cementerio, que estaba atrás, se había reunido un grupo de unos veinte hombres. Algunos iban armados con lanzas, otros con hachas, otros con arcos. Y algunos montaban caballos de arar, salpicados con el barro del surco. Estos hombres eran los más incapaces. Los mejores y mejor equipados ya estaban con sir Daniel en Kettley.
–Nada mal. Sir Daniel estará más que satisfecho –observó el cura, contando la tropa.
–¿Quién anda ahí? ¡Detente, si eres de los nuestros! –gritó, de pronto, Bennet Hatch, porque había visto a alguien deslizarse entre los pinos.
Al escuchar la orden, el desconocido echó a correr por el bosque. Los hombres reunidos frente al cementerio, que hasta ese momento no habían notado su presencia, salieron a caballo en persecución del fugitivo. Pero tuvieron que esquivar las tumbas y era evidente que su presa escaparía. Bennet, maldiciendo, dirigió su caballo hacia el cerco, para interceptarlo. Pero el animal se negó a saltar y su jinete quedó desparramado en el polvo. Y aunque se incorporó enseguida, ya era tarde: el fugitivo había sacado demasiada ventaja.
El más astuto fue Dick Shelton. En lugar de entregarse a una inútil persecución, colocó una flecha en su ballesta y se dio vuelta, para preguntarle a Bennet Hatch si debía disparar.
–¡Dispara! ¡Dispara! –gritó el cura, con una violencia sanguinaria.
–¡No falles, Dick! –exclamó Bennet–. Hazlo caer como una manzana madura.
A pesar de que el hombre corría más lentamente, porque la pradera era muy empinada, la oscuridad del atardecer y sus movimientos irregulares no lo hacían un blanco fácil. Y mientras Dick levantaba su arma, sintió piedad y, en parte, deseó fallar. Por fin, la flecha voló.
El hombre se tambaleó y cayó, y sus perseguidores celebraron. Pero cantaron victoria antes de tiempo. Enseguida, el fugitivo se puso de pie, giró hacia ellos y agitó su gorro burlonamente. Al instante, desapareció en el bosque.
–¡Que la peste se lo lleve! –exclamó Bennet Hatch–. ¡Vaya si sabe correr!
–¿Qué lo habrá traído a la iglesia? –preguntó sir Oliver–. Me temo que nada bueno. Clipsby, bájate del caballo y búscalo entre los pinos.
Clipsby partió y, un instante después, regresó con un papel, que le entregó a sir Oliver.
–Esto estaba clavado en la puerta de la iglesia. No encontré nada más, señor cura –le dijo.
–Pero, ¿qué tenemos aquí? Ya no hay mucha luz. Dick, tú que tienes ojos jóvenes, léeme esta nota, te lo ruego.
Dick tomó el papel y leyó en voz alta. Eran unos versos bastante toscos, escritos con una letra torpe y pésima ortografía. Algo mejorados, decían más o menos esto:
Tenía en mi cinto cuatro flechas negras
para aliviar mis cuatro penas,
para cuatro hombres que fueron mi condena
y que siempre me oprimieron con cadenas.
He disparado una y fue a buen puerto:
el viejo Appleyard ya está muerto.
El señor Bennet Hatch es de otra dueño,
por quemar Grimstone con tanto empeño.
Otra sir Oliver Oates se ganó,
cuando a sir Harry Shelton el cuello cortó.
La cuarta, sir Daniel, castigará tu codicia
y todos dirán que se ha hecho justicia.
Cada uno de los cuatro su merecido tendrá,
una flecha en cada negro corazón habrá.
Ahora arrodíllense y comiencen a rezar.
¡Bandidos, están muertos, nadie lo ha de dudar!
John Enmienda Todo y sus alegres compañeros.
PD: Tenemos más flechas y buenas sogas para todos sus seguidores.
–¡Señores, este mundo está enfermo y empeora cada día! –se lamentó sir Oliver–. Yo les juro por la cruz de Holywood que no tuve nada que ver con la muerte de sir Harry Shelton. Además, su cuello no fue cortado, ahí hay otro error. Algunos testigos confiables aún viven y pueden demostrarlo.
–No hace falta, señor cura –dijo Bennet Hatch–. Esta conversación no es oportuna.
–No lo creas. Yo demostraré mi inocencia. No perderé mi vida por un error. Pongo a todos por testigos de que no tengo nada que ver con ese asunto. Ni siquiera estaba en el Castillo del Foso. Me habían enviado a llevar un mensaje antes de las nueve...
–Sir Oliver –lo interrumpió Bennet–, ya que no quiere terminar con este sermón, recurriré a otros métodos. Goofe, da la señal de que monten.
Y mientras sonaba la trompeta, Bennet se acercó al sorprendido cura y comenzó a murmurar en su oído, violentamente.
Dick Shelton vio que, por un instante, el cura lo miraba asombrado. Tenía motivos para inquietarse, porque ese sir Harry Shelton del que hablaban era nada menos que su padre. Pero no pronunció palabra y su rostro permaneció inmóvil.
Bennet Hatch y sir Oliver decidieron que diez hombres cabalgarían con ellos a través del bosque, hasta el Castillo del Foso. El resto iría a encontrarse con sir Daniel, al mando de Dick Shelton. El joven podía hacerlo, pues Bennet Hatch le había enseñado a manejar las armas.
Mientras sir Oliver escribía un resumen de los últimos sucesos para enviarle a sir Daniel Brackley, Bennet se acercó a Dick para desearle buena suerte.
–Debes tomar el camino más largo –le recomendó–. Rodea el puente y avanza lo más rápido que puedas. Que un hombre de confianza vaya siempre adelante, para saber cuándo vienen los tiros. Y marcha con cuidado hasta que hayas atravesado el bosque. Si los bribones te atacan, galopa. No conseguirás nada si te quedas parado. Y nunca retrocedas. Recuerda que en Tunstall no hay nadie que pueda ayudarte. Ahora que vas a una gran guerra a pelear por el rey, te daré mis últimos consejos. Cuídate de sir Daniel porque es inconstante. Tampoco confíes en este cura porque sir Daniel lo maneja a su antojo. A donde vayas, busca buenos amos y hazte amigo de los poderosos. Y siempre reza por mí. En el mundo, hay bribones peores que yo. Entonces, ¡buena suerte!
–¡Y que el Cielo esté con usted! –le respondió Dick–. Ha sido mi buen amigo, mi protector, y siempre lo diré.
–Algo más –agregó Bennet, un poco avergonzado–. Si este Enmienda Todo me atravesara con una flecha, tal vez podrías dar una limosna en mi nombre.
–Haré lo que me pide –le respondió Dick–. Pero vamos, ¡alégrese, hombre! Nos veremos de nuevo y beberemos cerveza.
–¡Dios lo quiera! Pero aquí viene sir Oliver. Si fuera tan rápido con la ballesta como lo es con la pluma, valiente hombre de guerra sería.
Sir Oliver le entregó un pliego sellado, con este encabezado: “A mi Amo y Señor, sir Daniel Brackley, para que le sea entregado con urgencia”. El joven juró hacerlo, lo guardó en su casaca y emprendió la marcha.
/ LIBRO I
LOS DOS MUCHACHOS
CAPÍTULO 1.
EN LA POSADA DEL SOL, EN KETTLEY
Esa noche, sir Daniel Brackley y sus hombres se quedaron en Kettley, cómodamente alojados en la Posada del Sol. El caballero de Tunstall nunca descansaba cuando se trataba de obtener dinero. Incluso en ese momento, a punto de iniciar una aventura que tanto podía favorecerlo como arruinarlo, sir Daniel estaba levantado a la una de la madrugada, dispuesto a vaciar los bolsillos de sus arrendatarios. Sacaba provecho de las herencias por las que se peleaban varios herederos. Su método consistía en comprarle su parte al que no tenía chances de ganar. Y luego, valiéndose de su influencia sobre el rey, se aseguraba de que este resolviera a su favor. Y si eso era muy complicado, simplemente se apoderaba de la propiedad por la fuerza y, para conservarla, confiaba en la astucia con la que sir Oliver burlaba la ley. Así había sucedido con Kettley. Hacía poco que se había apoderado de ese lugar y todavía luchaba contra la oposición de los vecinos. Precisamente, sus tropas estaban allí con el fin de aplacar el descontento.
A eso de las dos de la mañana, sir Daniel se sentó en el salón de la posada, junto a la chimenea. Una docena de hombres montaba guardia frente a la puerta o dormía sobre los bancos y, bastante cerca, un joven estaba tendido en el suelo, sobre una capa.
–Escúchame, estimado posadero –le dijo sir Daniel al dueño de la posada–. Necesito buenos hombres en mis territorios. Así que castigaré a todos los que le hayan pagado rentas a su antiguo señor, tú entre ellos.
–Mi buen señor –contestó el posadero–, juro por la cruz de Holywood que pagué porque me obligaron.
Sir Daniel, que era el caballero más alegre de toda Inglaterra, tomó un trago de cerveza y se recostó en su silla, sonriendo.
–Puede ser –dijo–. Entonces pagarás el doble, porque ahora debes darme mi parte.
El posadero hizo un gesto de horror. Pero en esos tiempos caóticos, los arrendatarios estaban acostumbrados a esos abusos, y tal vez hasta debía alegrarse de sellar la paz tan sencillamente. Entretanto, el chico se había sentado y miraba temeroso a su alrededor.
–Ven aquí –le dijo sir Daniel, riendo a carcajadas, mientras el joven se levantaba y caminaba lentamente hacia él–. ¡Por Dios! ¡Qué joven tan valiente!
El muchacho se puso rojo de rabia y sus ojos negros lanzaron una mirada de odio. Era difícil saber su edad. Por la expresión de su rostro, parecía más grande. Pero tenía la piel de un niño. Su delgadez era poco común y se movía de un modo extraño.
–Sir Daniel, ¿me llamó solo para burlarse de mi triste situación?
–Vamos, deja que me ría. Si pudieras verte, serías el primero en reír, créeme.
–Cuando pague por todo lo demás, también tendrá que pagar por esto. ¡Ríase mientras pueda!
–Vamos, chico –respondió el caballero, algo más serio–. No pienses que me burlo de ti. Voy a arreglar una boda que te asegurará mil libras y te demostrará todo mi cariño. Fui algo cruel cuando me hice cargo de ti por la fuerza, lo reconozco. Pero me obligaron las circunstancias. Serás la señora de Richard Shelton. Y ese muchacho sí que promete. ¡Ahora ríete un poco! Posadero, trae algo de comer para mi amigo, el joven John. Siéntate, cariño, y come.
–No –dijo el joven–. No probaré bocado. Ya que me obliga a cometer el pecado de llevar esta ropa, ayunaré para que Dios me perdone. Eso sí, buen posadero, le agradecería un vaso con agua.
–Para obtener el perdón, ¡una buena confesión y listo, ya está solucionado! –exclamó el caballero–. Ahora come.
Pero el muchacho era testarudo. Tomó un vaso de agua, se envolvió en su capa y se sentó en un rincón alejado.
Una o dos horas después, un gran revuelo se armó en el pueblo. El grito de alto de los centinelas se confundió con el ruido de las armas y los caballos. Una compañía de soldados llegó hasta la posada y Dick Shelton, salpicado de barro, entró y saludó a sir Daniel.
–¡Dick Shelton! –exclamó el caballero. Y en cuanto mencionó ese nombre, el otro muchacho lanzó una mirada curiosa–. ¿Dónde está Bennet Hatch?
–Señor, le ruego que lea esta nota que le envía sir Oliver. Ahí está todo explicado –respondió Dick y le entregó la carta del cura–. Además, debería marchar a Risingham sin demora. En el camino me crucé con un mensajero y, por lo que me dijo, lord Risingham sufrió una brutal derrota y lo necesita desesperadamente.
–¿Cómo dices? ¿Brutal derrota? –repitió sir Daniel–. Bueno, entonces ganaremos tiempo si nos sentamos. Tal como van las cosas en Inglaterra, el que cabalga más lento cabalga más seguro. Dicen que la demora trae el peligro, pero es más bien la urgencia lo que destruye a los hombres. Recuérdalo, Dick. Pero primero, déjame ver qué ganado trajiste.
Sir Daniel caminó hacia la calle y, bajo la luz de un farol, inspeccionó su nueva tropa. Los vecinos no lo querían. Pero en tiempos de guerra, era muy respetado. Su valentía, su probado coraje, su preocupación por que sus soldados estuvieran cómodos y hasta sus crueles burlas, todo agradaba a los que luchaban bajo su mando.
–¡Oh, por Dios! –exclamó–. ¿Qué perros son estos? Hay algunos encorvados como arcos y otros flacos como lanzas. Amigos, irán a la vanguardia en la batalla. No importa si los pierdo. ¡Miren a este miserable en su caballo! Un corderito montando un cerdo tendría más aspecto de soldado que él. Clipsby, ¿estás ahí? De buena gana te perdería. Irás al frente de todos, con un blanco dibujado en tu armadura, para que los arqueros te apunten mejor. Sí, amigo, tú me mostrarás el camino.

–Le mostraré cualquier camino, sir Daniel, excepto el que lo lleve a cambiar de bando –se envalentonó Clipsby.
–¡Bien dicho! –exclamó sir Daniel, riendo–. ¡Vean qué lengua astuta tiene! Te perdonaré esas palabras tan graciosas. –Luego, entró en la posada y le dijo a Richard Shelton–: Bueno, amigo, aquí tienes cerveza y tocino. Come, mientras yo leo.
Sir Daniel abrió el pliego y, a medida que leía, su rostro se ensombrecía. Cuando terminó, se sentó un momento a pensar y, después, clavó los ojos en su protegido.
–Dick, ¿leíste estos versitos? –preguntó.
El joven asintió.
–Aquí se menciona a tu padre. Y un loco acusa a nuestro pobre cura de haberlo asesinado.
–Él lo negó rotundamente –respondió Dick.
–¡¿En serio?! Algún día, cuando tenga tiempo, yo mismo te contaré todo sobre ese asunto. En aquel momento, acusaron a un tal Ellis Duckworth. Pero eran épocas violentas y no se podía esperar que se hiciera justicia.
–¿Sucedió en el Castillo del Foso? –se animó a preguntar el joven Shelton, mientras el corazón le golpeaba el pecho.
–En el camino entre el Castillo del Foso y Holywood –le respondió sir Daniel, con calma pero mirándolo con desconfianza–. Apura tu cena. Regresarás a Tunstall con una carta mía.
–Sir Daniel –suplicó Dick–, envíe a uno de los campesinos. Déjeme ir a la batalla. Créame, puedo ser de gran ayuda.
–No lo dudo. Pero aquí no hay honor en juego. Me quedaré en Kettley hasta que reciba noticias ciertas de la guerra y luego marcharé a unirme con el ganador. No creas que es cobardía. Es prudencia. En este reino, donde el nombre del rey cambia constantemente, ningún hombre puede estar seguro del mañana.
Sir Daniel se dio vuelta y escribió, atragantado por el asunto de la Flecha Negra.
El joven Shelton desayunaba con ganas, cuando sintió que alguien le tocaba el brazo y escuchó un suave murmullo en su oído.
–No hagas ningún gesto, te lo ruego –dijo la voz–, pero por lo que más quieras, indícame cómo llegar a Holywood. Te lo suplico, buen chico, ayuda a esta pobre alma en peligro.
–Toma el camino del molino –respondió Dick, en el mismo tono–. Te llevará hasta el embarcadero. Allí pregunta nuevamente.
Y sin voltear la cabeza, siguió comiendo. Pero por el rabillo del ojo, pudo ver al joven muchacho, al que llamaban John, saliendo sigilosamente de la habitación.
«Es tan joven como yo –pensó–. ¿Y me llamó “buen chico”? Si logra atravesar el pantano, seguramente me lo encuentre y aclararemos el asunto».
Media hora más tarde, sir Daniel le dio la carta a Dick y le pidió que fuera hasta el Castillo del Foso, a toda prisa. Y media hora después de la partida de Dick, llegó un mensajero de lord Risingham, muy preocupado, y le dijo:
–Sir Daniel, ¡está perdiendo la oportunidad de obtener grandes honores! La batalla recomenzó esta mañana, antes del amanecer, y ya derrotamos a la vanguardia y dispersamos el ala derecha. Si contáramos con sus hombres, lanzaríamos a todos los enemigos al río. ¿Qué sucede, caballero? ¿Usted será el último en llegar? Eso no le hace honor a su fama.
–Justo iba a ponerme en marcha –respondió sir Daniel–. La mayor parte de mi tropa llegó aquí hace menos de dos horas. ¡Apúrense, muchachos!
El toque de alarma sonó y, desde todos los rincones, los hombres de sir Daniel salieron a la calle principal y se formaron en línea, delante de la posada. Habían dormido sin quitarse sus armas y sin desensillar los caballos, y ya estaban listos. Muchos vestían de morado y azul, los colores de sir Daniel, y esto daba más espectacularidad al grupo. Los mejor armados cabalgaban al frente. Y cerrando la columna, iban los pobres refuerzos conseguidos la noche anterior.
–Estos son los hombres que lo sacarán del aprieto, buen mensajero. Será el final de la batalla y el comienzo del banquete –dijo el caballero, con orgullo, y montó en su caballo–. ¡Pero...! ¿Qué...? ¡John! ¡Joanna! ¿Dónde está? Posadero, ¿dónde está la chica?
–¿La chica, sir Daniel? Señor, no vi a ninguna chica –respondió asombrado el posadero.
–¡El chico, entonces, tonto! –exclamó el caballero–. ¿No te diste cuenta de que era una muchacha? La que estaba envuelta en la capa morada, la que tomó agua, bribón, ¿dónde está?
–Usted lo llamó joven John –dijo el posadero–. Se fue y no pensé que estuviera mal. Lo..., la vi en el establo hace, por lo menos, una hora. Estaba ensillando su caballo gris.
–¡Oh, por Dios! –exclamó sir Daniel–. La muchacha vale quinientas libras o más.
–Señor –insistió el mensajero, amargamente–, mientras usted permanece aquí, chillando por quinientas libras, en otro lado de Inglaterra se gana y se pierde el reino.
–Tienes razón –respondió sir Daniel. Y le ordenó a su lugarteniente–: Selden, llévate seis arqueros y cácenla. No me importa cuánto les cueste pero, cuando regrese, quiero encontrarla en el Castillo del Foso. Hazlo o te costará la cabeza. Y ahora, señor mensajero, en marcha.
Las filas comenzaron a avanzar a buen paso, mientras Selden y seis hombres se quedaban atrás, en la calle de Kettley, frente a los ojos asombrados de los aldeanos.
CAPÍTULO 2.
EN EL PANTANO
De camino a su casa, Dick llegó al pantano después de cabalgar toda la noche. Eran alrededor de las seis de la mañana. El cielo estaba despejado y soplaba un viento agradable, que hacía girar las aspas de los molinos. Los sauces ondeaban sobre sus aguas quietas y lo hacían parecer un campo de maíz.
Desde donde estaba, Dick solo podía ver, a sus espaldas, el molino de Kettley sobre la loma y, lejos, al frente, la parte más alta del bosque de Tunstall. A cada lado, había enormes campos cubiertos de juncos y sauces, charcos de agua que se agitaban con el viento y ciénagas traicioneras, verdes como la esmeralda, que tentaban y engañaban al viajero. El camino prácticamente atravesaba el pantano. Era un antiguo sendero que se había ido hundiendo a lo largo de los siglos y que, en algunos lugares, estaba sumergido bajo las aguas estancadas. En uno de esos tramos del camino, Dick recordó al muchacho al que había dado indicaciones tan imprecisas. Los juncos y los sauces crecían dispersos como pequeñas islas y confundían la vista. Cualquiera que no conociera el lugar habría tenido dificultades allí. Pero Dick se orientaba con solo mirar hacia atrás, donde se veían las aspas del molino que se ennegrecían contra el cielo azul y, hacia adelante, donde aparecían las copas de los árboles más altos del bosque de Tunstall. El agua mojaba las rodillas de su caballo y, aun así, él iba tan seguro como sobre una carretera. A mitad de camino, oyó un fuerte chapoteo a su derecha y vio un caballo gris, enterrado en el barro hasta la panza.
–¡Dios! –murmuró–. ¿Habrá muerto el joven muchacho? Ahí está su caballo, un valiente caballo gris.
Siguió cabalgando, algo amargado, mirando alrededor, por si encontraba algún rastro del infeliz viajero que había marchado antes que él.
«Ojalá me hubiera animado a darle más indicaciones –pensaba–. Me temo que se hundió en el pantano».
Entonces, una voz gritó su nombre desde un costado del camino. Al girar, Dick vio la cara del muchacho, asomando entre una mata de juncos.
–¿Estás ahí? –dijo, tirando de las riendas de su caballo–. Casi no te veo. Sal de tu escondite. Aquí no hay nadie que te vaya a molestar.
–Buen chico, es que voy desarmado –explicó el otro, saliendo al camino.
–¿Por qué me llamas “chico”? –preguntó Dick–. No me parece que seas más grande que yo.
–Buen joven Shelton, te ruego que me perdones. No tengo intención de ofenderte. Más bien, suplicaría tu generosidad y ayuda, ya que ahora estoy en más aprietos que nunca. Perdí el rumbo y el caballo. Tengo látigo y espuelas, pero no tengo caballo que montar. Y encima –agregó, mirando su ropa, tristemente– estoy tan sucio.
–¡Vamos! –exclamó Dick–. ¿Qué importa un chapuzón? Los adornos del hombre son la sangre de las heridas y el polvo del camino.
–Yo prefiero la ropa limpia –comentó el muchacho–. Pero, ¿qué puedo hacer? Por favor, buen Richard, ayúdame con tu consejo. Si no llego a Holywood a salvo, estoy perdido.
–Te daré más que un consejo –dijo Dick, desmontando–. Toma mi caballo y yo correré un rato. Cuando esté cansado, tú correrás y yo cabalgaré. Y así iremos los dos más rápido.
Hicieron el cambio y avanzaron por ese camino irregular, a tanta velocidad como se animaron.
–¿Cuál es tu nombre? –preguntó de repente Dick.
–Llámame John Matcham.
–¿Y qué te lleva a Holywood?
–Busco escapar de un hombre que me tiene prisionero. El abad de Holywood me protegerá.
–¿Y por qué estabas con sir Daniel, joven Matcham?
–Justamente, ¡por un abuso de fuerza! Me arrancó de mi hogar con violencia, me vistió con esta ropa, me hizo cabalgar hasta que desfallecí, me insultó hasta hacerme llorar. Y cuando algunos amigos intentaron rescatarme, me mandó a la retaguardia para recibir sus flechas. Un disparo me rozó el pie derecho y ahora rengueo. Créeme, algún día me las pagará.
–¿Intentarías bajar la luna de un tiro de flecha? –observó Dick–. Es un caballero valiente y tiene mano de acero. Si se hubiera dado cuenta de que te ayudé o tuve que ver con tu fuga, se habría enfurecido conmigo.
–Ah, pobre chico –respondió John–. Es tu tutor, lo sé. Parece que también es el mío. O al menos eso dice, para obtener algo por mi matrimonio. No sé de qué se trata, pero seguro es alguna de sus tretas.
–¡De nuevo me llamas “chico”! –se quejó Dick.
–Bueno, ¿prefieres que te llame “chica”, buen Richard?
–Nunca lo hagas. ¡Las detesto a todas ellas en su conjunto!
–Hablas como un niño. Te importan más de lo que crees.
–De ningún modo. Ni siquiera pienso en mujeres. ¡Creo que son una plaga! –aseguró Dick–. Prefiero la caza, la guerra y los banquetes, y los hombres alegres del bosque. Nunca supe de alguna doncella que sirviera para algo. Salvo una, y a esa pobre niña la quemaron por bruja y por usar ropa de hombre.
El joven Matcham se persignó y pareció rezar.
–¿Qué haces? –preguntó Dick.
–Rezo por su alma –respondió John, con la voz algo perturbada.
–¿Por el alma de una bruja? Bueno, reza por ella, si quieres. Esa Juana de Arco sí que fue una mujer valiente, la mejor mujer en toda Europa.
–Bueno, buen Richard –continuó John–. Si te gustan tan poco las mujeres, no eres un verdadero hombre. Dios creó a hombres y mujeres, y puso el amor en el mundo para que fuera la esperanza del hombre y el consuelo de la mujer.
–¡Déjate de eso! –dijo Dick–. Eres un bebé de pecho si piensas así de las chicas. Y si crees que no soy un verdadero hombre, bájate del caballo y te probaré mi hombría con los puños, la espada, o el arco y la flecha.
–Pelear no es lo mío –dijo John–. No quería ofenderte, sino ser amable. Y si hablo de mujeres, es porque escuché que te ibas a casar.
–¡¿Casarme yo?! –exclamó Dick–. Bueno, es la primera vez que lo oigo. ¿Y con quién voy a casarme?
–Con una tal Joanna Sedley –fue la respuesta de John, y se puso colorado–. Sir Daniel arregló la boda para ganar dinero con tu dote y la de ella. Es más, escuché a la pobre muchacha quejarse por la suerte que le tocó. Parece que piensa lo mismo que tú de los hombres. O tal vez no le gustó el novio que le eligieron.
–Bueno, el matrimonio es como la muerte: tarde o temprano, a todos nos toca –dijo Dick, con resignación–. ¿Y dices que se quejaba? Mira qué poca inteligencia tienen las mujeres: ¡se queja y ni siquiera me ha visto! ¿Acaso yo me quejo? No lo hago. Si debo casarme, me casaré sin derramar una lágrima. Pero ya que la conoces, cuéntame. ¿Qué tal es ella? ¿Es linda o fea? ¿Es simpática o malhumorada?
–¿Qué importa eso? Si tienes que casarte, tendrás que aceptar lo que sea. Si es linda o fea, son solo detalles. No eres ningún cobarde, Richard, y como sea, te casarás sin derramar una lágrima.
–Tienes razón. No me importa.
–Tu esposa tendrá un noble marido.
–Tendrá el marido que Dios le dé –respondió Dick–. Habrá mejores y peores.
–¡Ah, pobre chica!
–¿Y por qué la compadeces? –preguntó Dick.
–Por tener que casarse con un hombre tan frío. ¡Pobre de ella, con un marido tan frío!
–Sí, sí, debo ser bastante frío si ando a pie mientras tú vas en mi caballo. Supongo que esa frialdad te conviene –se quejó Dick.

–Tienes razón, perdóname. Eres el hombre con mejor corazón de Inglaterra. Simplemente bromeaba. Perdóname, querido Dick.
–Bueno, basta de eso –respondió Dick, algo incómodo por las cariñosas palabras de su amigo–. No es nada. No soy tan sensible, por suerte.
En ese momento, el viento, que soplaba detrás de ellos a medida que avanzaban, trajo el sonido de la trompeta de sir Daniel.
–¡Escucha! Tocaron la alarma.
–Sí. ¡Se dieron cuenta de que hui y ahora no tengo caballo! –se lamentó John y se puso pálido como un papel.
–¡No te desanimes! Les llevas una gran ventaja y estamos cerca del embarcadero. Además, creo que soy yo el que no tiene caballo.
–¡Pobre de mí, me atraparán! –exclamó el fugitivo–. ¡Dick, amable Dick, te ruego que me ayudes, al menos un poco!
–¿Cuál es tu problema? Me parece que estoy ayudándote bastante. Pero me da vergüenza ver un joven con tan poca valentía. Escucha, John Matcham, si es que John Matcham es tu nombre. Yo, Richard Shelton, pase lo que pase, caiga quien caiga, te llevaré a Holywood a salvo. Que los santos me castiguen si te fallo. Vamos, arriba tu coraje, Señor Palidez. El camino mejora de aquí en adelante. Espolea el caballo. ¡Vamos, más rápido! ¡Más rápido! No te preocupes por mí: puedo correr como un ciervo.
Y así, el caballo a todo galope y Dick corriendo a su lado sin mucho esfuerzo, cruzaron lo que quedaba del pantano y llegaron hasta la orilla del río, donde estaba la cabaña del barquero.
CAPÍTULO 3.
LA BARCA EN EL PANTANO
El río Till era ancho y sus aguas, lentas y arenosas, llegaban desde los pantanos. En esta parte de su curso, pasaba entre unos veinte islotes cubiertos de sauces y nacía un arroyito que subía hasta el camino. Cerca de la orilla, estaba la casa del barquero. Dick fue hasta la puerta, la abrió y lo encontró recostado sobre una capa vieja.
–Ey, joven Shelton –dijo Hugh, el barquero–. ¿Necesitas la barca? ¡Mal momento, mal momento! Ten cuidado: un grupo de hombres anda ahí afuera. Deberías dar media vuelta e intentar cruzar por el puente.
–No. Llevaría mucho tiempo cruzar a caballo –respondió Dick–. Estoy muy apurado.
–¡Qué hombre terco! Considérate afortunado si llegas sano y salvo al Castillo del Foso. Pero no diré nada más. ¿Quién es ese? –preguntó, señalando a John Matcham, mientras se levantaba.
–Un pariente mío, el joven Matcham –respondió Dick.
El barquero se quedó mirándolo.
–¡Por todos los santos! –exclamó al fin, y lanzó una sonora carcajada.
John se sonrojó, avergonzado. Dick tomó al irrespetuoso barquero por el hombro, enojado.
–¡Vamos, bribón! –exclamó–. Haz lo que te piden y deja de reírte de tus superiores.
Hugh desató su bote, refunfuñando. Dick hizo subir al caballo y Matcham lo siguió.
–Si eres lo que dices, no vales mucho, joven –dijo Hugh, con una amplia sonrisa–. Pero tal vez…, el molde esté equivocado. Joven Shelton, yo estoy contigo –agregó, tomando los remos–. Un gato puede mirar a un rey y yo lo único que hice fue mirar al joven Matcham.
–Cállate, viejo –le advirtió Dick–. Y obedece.
Para ese entonces, estaban en la boca del arroyito. En ese laberinto de aguas e islas, no había signos de vida humana.
–Mi señor –dijo el barquero, manteniendo el equilibrio del bote con un remo–, podría adivinar que John del Pantano está en la isla. Se la tiene jurada a todos los de sir Daniel. ¿Qué tal si vamos contra la corriente y los dejo a unos pocos metros, sobre el camino? No les conviene meterse con ese hombre.
–¿Él pertenece al otro bando? –preguntó Dick.
–Mejor no hablemos de eso. Pero yo remontaría la corriente. ¿Qué pasaría si una flecha hiriera al joven Matcham? –dijo Hugh, y se rio nuevamente.
–Está bien, hazlo, Hugh –respondió Dick.
–Entonces, cuidado. Y prepara tu arco. Bien. Ahora, estate listo. Coloca la flecha. Eso, quédate así y mírame serio.
–¿Qué significa esto?
–Que te cruzaré, mi señor, pero será bajo amenaza. De otro modo, si John del Pantano se enterara, se convertiría en el más peligroso de mis vecinos.
–¿A tanto llegan esos bribones? ¿Tienen poder sobre la barca del mismo sir Daniel?
–Sir Daniel caerá –susurró el barquero, guiñando un ojo–. Su tiempo se acabó. Caerá. ¡Ahora calla!
Navegaron en silencio un largo trecho río arriba, rodearon una isla y desembocaron en un canal angosto, cerca de la orilla opuesta. En medio del agua, Hugh se detuvo.
–Deben desembarcar aquí, cerca de los sauces –les dijo.
–Pero aquí no hay camino. Son solo pantanos.
–Joven Shelton, por tu propia seguridad no me atrevo a llevarlos más abajo. John del Pantano vigila mi barca con el arco en la mano. A cualquiera que pase por aquí y tenga simpatía por sir Daniel le dispara como si fuera un conejo. Si no te conociera desde hace tanto, te habría dejado seguir. Pero por los viejos tiempos, y porque llevas contigo este juguete que nada sabe de guerras o heridas, arriesgué mi pellejo y te crucé. Confórmate con eso. No puedo hacer nada más.
Hugh seguía hablando, apoyado sobre sus remos cuando, de entre los sauces de la isla, se oyó un fuerte grito. Luego, llegó el sonido de un hombre, abriéndose paso a través del bosque.
–¡Maldición! ¡Está en esa isla! –exclamó Hugh, y comenzó a remar con fuerza hacia la orilla–. Amenázame con el arco, buen Dick, hazlo. ¡Intenté salvarles el pellejo, ahora salva tú el mío!
El bote chocó estrepitosamente contra un matorral de sauces. John Matcham, aunque pálido, estaba tranquilo y alerta. Y ante una señal, saltó a la orilla. Dick tomó el caballo por las riendas, dispuesto a seguirlo. Pero estaban tan cerca de las ramas de los sauces que él y el animal quedaron atascados. El caballo relinchó y pateó. El bote, que se hamacaba en un remolino, iba y venía, y se movía con violencia.
En la orilla de la isla, apareció un hombre alto, con un arco en sus manos. Dick lo miró de reojo por un instante y lo vio tensar el arco con la cara roja por el apuro y el esfuerzo.
–¿Quién va? –gritó el desconocido–. Hugh, ¿quién va?
–Es el joven Shelton –contestó el barquero.
–¡Quieto, Dick Shelton! –gruñó el hombre–. ¡No te lastimaremos, lo juro por Dios! ¡Quieto! Vete, Hugh.
Dick lanzó una respuesta ofensiva.
–Bueno, entonces irás a pie –respondió el hombre y disparó.
El caballo, herido por la flecha, se encabritó. El bote se dio vuelta y, en un instante, todos luchaban contra los remolinos del río.
Dick salió a la superficie como a un metro de la orilla. Y antes de que se secara el agua de los ojos, su mano ya se había aferrado a algo firme y resistente que lo arrastró hacia adelante. Era la fusta que John le había acercado en el momento justo.
–¡Por Dios! –exclamó mientras John, sosteniéndose de un sauce que se inclinaba sobre el río, lo ayudaba a llegar a la orilla–. Ahora sí que te debo la vida. Nado tan bien como una bala de cañón.
Más allá, el barquero Hugh flotaba junto a su bote dado vuelta, mientras John del Pantano, furioso por el resultado inesperado de su tiro, le gritaba que se apurara.
–Vamos, John. ¡Por tu vida, corre! –gritó Dick y, para dar el ejemplo, comenzó a correr, esquivando sauces y saltando charcos.
Subieron una cuesta cubierta de césped. Hasta que John, que se había rezagado, se echó al piso.
–¡Déjame! –exclamó, agitado–. No puedo seguir.
Dick volvió hasta donde estaba su compañero.
–¡¿Cómo podría dejarte?! Eso sería vil, después de que te expusiste a las flechas y también a ahogarte, para salvar mi vida. Solo el Cielo sabe cómo no te arrastré conmigo.
–Igual los dos nos habríamos salvado, porque yo sí sé nadar.
–¿De verdad? –se sorprendió el joven Shelton. Era la única destreza masculina que no tenía, y una de las que más admiraba–. Mira, he aquí la enseñanza: no se debe menospreciar a ningún hombre. Prometí cuidarte hasta Holywood, y tú eres más capaz de cuidarme a mí.
–Bueno, somos amigos ahora.
–Nunca fuimos enemigos –respondió Dick–. Eres un joven valiente a tu modo, aunque algo aniñado también. Nunca conocí a nadie como tú. Pero, por favor, recupera el aliento y sigamos. Este no es lugar para charlas.
–Me duele horriblemente el pie.
–Había olvidado tu pie. Iremos más lentamente. Ojalá supiera dónde estamos. Perdí el rumbo. Aunque tal vez sea mejor así. Si vigilan el embarcadero, seguro vigilan también el camino. Desearía que llegara sir Daniel con cuarenta hombres. Me sacaría a estos bribones de encima como el viento desprende las hojas de los árboles. Vamos, John, apóyate sobre mi hombro. Ah, no llegas, no eres tan alto. ¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
–No, tengo dieciséis –dijo Matcham.
–No has crecido mucho en altura, entonces. Pero toma mi mano. Iremos despacio, no te preocupes. Te debo la vida y siempre pago mis deudas, las buenas y las malas.
Comenzaron a ascender por la cuesta.
–Nos toparemos con el camino, tarde o temprano. ¡Por Dios! Tienes una mano muy pequeña y delicada, John. Me daría vergüenza tener una mano así –continuó Dick y lanzó una breve carcajada–. Hugh, el barquero, te confundió con una doncella.
–¡No, nunca! –exclamó el otro, sonrojándose.
–¡Sí! Y no lo culpo –insistió Dick–. Pareces más una mujer que un hombre. Y te digo más: te ves raro para ser un varón. Pero como mujer, John, serías bastante linda.
–Bueno, sabes muy bien que no soy una muchacha.
–Claro que lo sé. Solo bromeaba. ¡Arriba el ánimo! Me pregunto cuál de nosotros será armado caballero primero. Porque yo seré caballero o moriré en el intento. Sir Richard Shelton. Suena bien. Sir John Matcham tampoco suena mal.
–Dick, déjame beber –rogó John, y se detuvo frente a un manantial de agua cristalina, que brotaba desde la cuesta hasta un charquito no más grande que un bolsillo–. ¡Ah! ¡Si encontrara algo que comer! Me duele el corazón del hambre que tengo.
–Tonto, ¿por qué no comiste en Kettley?
–Había hecho una promesa –tartamudeó John–. Me hicieron cometer un pecado. Pero ahora, aunque fuera pan seco, lo devoraría.
–Entonces, siéntate ahí y come, mientras inspecciono un poco el terreno. –Y le acercó un morral, donde había pan y trozos de panceta seca.
Mientras John se ocupaba de eso, Dick se internó en la arboleda. Un poco más adelante, un arroyuelo se perdía entre las hojas secas. Detrás de él, otra vez los árboles eran altos y robustos. El sonido del viento agitaba las hojas y ocultaba el ruido de los pasos del muchacho. Su caminar era para el oído lo que una noche sin luna es para el ojo. Pero Dick igual avanzaba con cuidado, deslizándose desde un grueso tronco a otro, mirando a su alrededor. Hasta que eligió el árbol más alto y trepó. Desde allí vio, a su espalda, el pantano, Kettley y el río Till; al frente, la línea blanca del camino serpenteando por el bosque. El bote, ya enderezado, regresaba al embarcadero. Aparte de ellos, no había más señales de vida y solo el viento se movía.
Estaba a punto de descender cuando, en el último vistazo, sus ojos se detuvieron en una línea de puntos en movimiento, en el centro del pantano. Era evidente que una pequeña compañía se acercaba por el camino a paso ligero. Esto lo preocupó. Se deslizó rápidamente hacia abajo por el tronco y volvió a donde estaba su compañero.
CAPÍTULO 4.
LA HERMANDAD DE LA FLECHA NEGRA
Los dos muchachos corrieron, cruzaron el camino sin problemas y comenzaron a ascender hacia el bosque de Tunstall. Los árboles crecían en grupos cada vez más densos y el terreno se hacía irregular, con lomas y pozos. A cada paso, el viento silbaba más fuerte y los árboles se doblaban como cañas de pescar.
Acababan de entrar en un claro cuando, de repente, Dick se echó de cara al suelo y se arrastró lentamente hacia atrás, buscando el refugio de los árboles. John, sin entender por qué retrocedía, imitó a su compañero. Solo cuando estuvieron seguros bajo un matorral, lo miró y le pidió que le explicara. Dick señaló con el dedo y esa fue toda su respuesta.
En la parte más alejada del claro, se veía un abeto de unos quince metros que se abría en dos grandes ramas. Desde allí, como un marino subido al mástil de su barco, un hombre envuelto en un abrigo verde vigilaba el lugar. El sol brillaba sobre él. Usaba una mano como visera para observar a lo lejos y giraba la cabeza de un lado al otro, con la regularidad de una máquina.
Los muchachos se miraron.
–Probemos hacia la izquierda –dijo Dick–. Casi caemos como tontos, John.
Diez minutos después, comenzaban a caminar por un sendero. Subieron una loma y luego bajaron hasta una hondonada. Allí, junto a un bosque espeso de espinos en flor, unos muros sin techo, ennegrecidos por el fuego, y una chimenea indicaban las ruinas de una casa.
–¿Qué será esto? –preguntó John, en voz muy baja.
–En verdad no lo sé. Estoy confundido. Vayamos con cuidado.
Descendieron entre los espinos, con el corazón palpitando. En medio de los matorrales, crecían árboles frutales y hierbas aromáticas, había un reloj de sol caído y lo que pisaban parecía haber sido un jardín alguna vez. Se acercaron a las ruinas de la casa: una mansión fuerte y cómoda en otro tiempo. La rodeaba una zanja seca que una viga caída atravesaba como un puente. Las dos paredes de atrás estaban todavía en pie y el sol brillaba a través del esqueleto de las ventanas. Pero el resto de la casa se había derrumbado y era una pila de escombros oscurecidos por el fuego.
–Ahora que lo pienso –murmuró Dick–, esto debe ser Grimstone. ¡Sir Daniel destruyó a su dueño! Bennet Hatch la quemó, hará unos cinco años. Una verdadera pena, porque era una casa hermosa.
Allí abajo, donde no soplaba el viento, no hacía frío y todo estaba quieto. Matcham tocó el brazo de Dick y levantó un dedo para advertirle que callara. Un sonido extraño rompió la quietud y se repitió dos veces antes de que reconocieran su origen. Era un hombre aclarándose la garganta. Después, una voz ronca y desafinada comenzó a cantar:
Entonces, el rey de los sin ley, preguntó así:
“¿Qué los trae, alegres camaradas, por aquí?”
Y Gamelyn respondió, sin acobardarse jamás:
“¡Vive en el bosque quien por la ciudad no puede andar!”.
Quienquiera que fuese el vecino invisible para los dos muchachos estaba justo detrás de las ruinas. De repente, la cara de John se iluminó y, un momento después, ya había cruzado por la viga caída y trepaba con cuidado la montaña de escombros que llenaba la casa sin techo. De haber llegado a tiempo, Dick lo hubiera detenido. Pero como estaban las cosas, solo podía seguirlo.
En un rincón de la ruina, dos tablones protegían un pequeño espacio vacío. Se acurrucaron allí, ocultos y en silencio, y echaron un vistazo al otro lado. Lo que vieron los paralizó de terror. A menos de diez metros, un caldero de hierro hervía sobre el fuego. Y cerca, atento como si hubiera oído sus movimientos entre las ruinas, estaba parado un hombre alto, de tez rojiza y aspecto cansado, con una cuchara de acero en la mano derecha, y un cuerno y una daga en su cinto. Claramente era el cantante, que estaba revolviendo el caldero, cuando el sonido de unos pasos entre los escombros llegó a sus oídos. Un poquito más allá había otro hombre durmiendo, envuelto en un abrigo marrón. Estaban en un claro cubierto de margaritas blancas. En el otro extremo, colgando de un espino, había un arco, un haz de flechas y restos de carne de ciervo.
Poco después, el hombre retomó la canción donde la había dejado. De tanto en tanto, mientras cantaba, tomaba una cucharada de su guiso, la soplaba y la probaba con el aire de un experto cocinero. Por fin, aparentemente, juzgó que estaba listo. Tomó el cuerno de su cinto y lanzó tres llamadas. El otro hombre se despertó, se dio vuelta y miró a su alrededor.
–¿Qué pasa, Lawless? ¿La comida?
–Sí, la comida está lista, y será una comida seca, sin cerveza ni pan –contestó el cocinero–. Ya queda poco de los viejos placeres en la verde floresta. Antes, un buen hombre podía vivir aquí como un señor, porque nunca faltaban el vino y la cerveza. Pero ahora, todos andan desanimados y este John Enmienda Todo, ¡que Dios nos proteja!, no es sino un muñecote tonto que apenas puede espantar a los cuervos.
–Solo piensas en comer y beber, Lawless. Espera. Ya vendrán buenos tiempos.
–Mira, estoy esperando esos buenos tiempos desde que era así de alto. Fui fraile franciscano, arquero del rey y marinero. ¿Y qué gané? ¡Nada! Debí quedarme en el convento.
Unos veinte hombres se acercaron en silencio. A medida que llegaban, apenas gruñían un saludo y cada uno tomaba una vasija, se servía guiso del caldero y se sentaba en el pasto a comer. No todos estaban equipados igual: algunos llevaban una camisa anaranjada y solo contaban con un cuchillo y un viejo arco; otros iban con todo el esplendor posible, vestidos con saco de paño verde, chaleco y capucha, y en sus cinturones llevaban flechas adornadas con plumas de pavo real, un cuerno en bandolera, y espada y daga a los costados.
De repente, un grito ahogado se oyó cerca, entre los espinos. Cinco o seis hombres aparecieron llevando una carretilla. Ellis Duckworth, alto y robusto, algo canoso y de tez oscura, venía al frente con aire de autoridad, con el arco a la espalda y una jabalina en la mano.
–¡Muchachos! –exclamó–. Mis buenos amigos, hasta ahora tuvieron la boca seca y vivieron con poca comodidad. ¿Pero qué les digo siempre? “Soporta la fortuna, porque esta cambiará y pronto”. ¡Vean! Aquí traemos su primera mejora: ¡cerveza celestial!
Hubo un murmullo de satisfacción mientras los transportadores mostraban un gran barril.
–Y ahora, apúrense –continuó Ellis Duckworth–. Tenemos trabajo que hacer. Un puñado de arqueros llegó al embarcadero. Visten de azul y morado, y serán nuestro blanco, porque todos probarán nuestras flechas. Ningún hombre atravesará este bosque. Muchachos, aquí somos como cincuenta y cada uno de nosotros fue injustamente perjudicado. Perdimos tierras, perdimos amigos y nos convertimos en forajidos. ¿Quién causó todo esto? ¡Sir Daniel, por supuesto! ¿Lo dejaremos hacer lo que quiera? ¿Dejaremos que se siente cómodamente en nuestras casas? ¿Cultivará nuestros campos? ¿Saboreará lo que nos robó? No lo creo. La ley le dio la fuerza que tiene y ganó muchos casos. Pero hay uno que no ganará: tengo un escrito aquí, en mi cinturón que, si los santos nos ayudan, será su perdición.
Para ese momento, Lawless, que ya iba por su segundo jarro de cerveza, lo levantó, como si fuera a brindar con quien hablaba.
–Ellis Duckworth –dijo–, buscas venganza y eso te sienta bien. Pero tus pobres hermanos, que nunca tuvieron tierras que perder o amigos por los que preocuparse, más bien buscan sacar algún provecho de la cosa. Una moneda o una jarra de vino valen más para ellos que todas las venganzas.
–Lawless –le respondió Ellis–, para llegar al Castillo del Foso, Sir Daniel debe atravesar el bosque. Eso le costará más que cualquier batalla. Y entonces, cuando hayan caído sus hombres y sus grandes amigos estén derrotados o hayan huido y nadie lo pueda ayudar, sitiaremos a ese viejo zorro y su derrota será terrible. Es un conejo gordo y alcanzará para una buena cena.
–Claro –respondió Lawless–. Comí muchas de esas cenas antes. Pero cocinarlas da bastante trabajo, buen Ellis.
Ellis Duckworth se apoyó en su jabalina, mirando al resto de los hombres que comían con voracidad y apuro, pues había asuntos urgentes que atender.
Todo este tiempo, los dos muchachos, muy cerca uno del otro, escucharon. Richard había desenfundado su arco y, en una mano, sostenía el garfio que usaba para tensarlo. No se habían animado a realizar ningún otro movimiento, y toda la escena de vida en el bosque había sucedido frente a sus ojos, como una escena de teatro. Pero entonces, se produjo una extraña interrupción. Se oyó un silbido en el aire y los pedazos de una flecha rota les rozaron las orejas. Alguien, desde la parte más alta del bosque, tal vez el centinela sobre el abeto, había disparado una flecha contra la chimenea de la casa en ruinas.
John ahogó un gritito. Dick pegó un salto y el garfio se le cayó de las manos. Pero para los hombres del bosque, la flecha era una señal conocida. Todos se pusieron de pie, ajustándose los cinturones, chequeando la cuerda de sus arcos, desenvainando espadas y dagas. Ellis levantó la mano. Una energía salvaje invadió su cara oscura y el blanco de sus ojos brilló en ella.
–Muchachos –dijo–, cada uno sabe cuál es su lugar. Que nadie escape. Appleyard fue un bocadito antes de la cena. Ahora nos sentaremos a la mesa. Hay dos personas a las que juro que la Hermandad de la Flecha Negra vengará: Harry Shelton y Ellis Duckworth.
Otro hombre llegó, colorado por el apuro.
–¡No es sir Daniel! –dijo, agitado–. Son solo siete.
En un minuto, algunos corriendo, otros caminando a buen paso, según sus puestos estuvieran más lejos o más cerca, los hombres de la Flecha Negra desaparecieron de los alrededores de la casa en ruinas. El caldero, el fuego y los restos de ciervo quedaron como únicos testigos de su paso por ahí.
CAPÍTULO 5.
SANGUINARIOS COMO EL CAZADOR
Los muchachos se quedaron inmóviles hasta que el viento se llevó la última pisada. Entonces, pasaron por encima de las ruinas y cruzaron nuevamente la zanja. John había recogido el garfio e iba al frente. Dick lo seguía, alerta, con la ballesta sobre el brazo.
–Y ahora –dijo el joven Matcham–, a Holywood.
–¿A Holywood? ¿Mientras mis buenos compañeros están a merced de las flechas? ¡De ningún modo! ¡Antes dejaría que te ahorquen, John!
–Me dejarás, ¿verdad?
–¡Oh, por Dios! Si no llego a avisarles a esos hombres a tiempo, iré a morir con ellos. ¿Qué esperas? ¿Que abandone a mis compañeros de toda la vida? No lo creo. Devuélveme el garfio.
–Dick, juraste que me llevarías sano y salvo hasta Holywood. ¿Romperías tu juramento? ¿Me abandonarías?
–Cuando juré, yo tenía las mejores intenciones. Iba a llevarte a Holywood. ¡Pero ahora...! Mira, John, hagamos esto. Déjame avisarles a mis compañeros y, si es necesario, resistir con ellos. Después, cuando todo haya terminado, iremos a Holywood y cumpliré mi promesa.
–Te estás burlando de mí –respondió John–. Esos hombres a los que vas a socorrer son los mismos que me persiguen.
–No puedo evitarlo –dijo Dick, mientras se rascaba la cabeza–. No puedo hacer otra cosa. Tú no corres gran peligro, hombre, y ellos están al borde de la muerte. ¡Al borde de la muerte! Piensa en eso y devuélveme el garfio. Por San Jorge, ¿quieres que todos mueran?
–¿Entonces te unirás al bando de sir Daniel? –le preguntó John, mirándolo a los ojos–. ¿No tienes orejas? ¿No escuchaste a ese Ellis Duckworth? ¿O es que no tienes corazón y no te importa tu propia sangre ni tu padre, a quien esos hombres asesinaron? Dijo: “Harry Shelton”. Y sir Harry Shelton era tu padre, tan seguro como que el sol brilla en el cielo.
–¡¿Y qué esperas que haga?! –gritó Dick–. ¿Quieres que les crea a unos forajidos?
–No. Yo lo había escuchado antes –respondió John–. Circula el rumor de que sir Daniel lo asesinó. Juró respetar su vida y lo mató. Derramó su sangre inocente en su propia casa. ¡Y tú, que eres su hijo, solo piensas en ayudar y defender al asesino!
–A mí no me consta. Tal vez fue así, ¿cómo puedo saberlo? Pero sir Daniel me crio y es mi tutor. Y con esos hombres compartí juegos, cacé. No los dejaré ahora que están en peligro. ¡Eso iría contra mi honor! No, John, no me pedirás que haga eso. No me pedirás que caiga en semejante deshonra.
–¿Y tu padre? –dijo John, titubeando–. ¿Y el juramento que me hiciste?
–¿Mi padre? Él me aconsejaría advertir a mis compañeros que están en peligro. Si en verdad sir Daniel lo asesinó, esta mano lo matará cuando llegue la hora. Pero en un momento de peligro no lo abandonaré, ni a él ni a sus hombres. Y en cuanto a mi juramento, buen John, me liberarás de él ahora mismo. Tienes que hacerlo para salvar mi honor y la vida de esa gente que no te ha hecho nada.
–¿Yo? ¡Jamás! Si me abandonas, habrás jurado en falso, y eso es lo que diré.
–¡John, devuélveme el garfio! ¡Dámelo o te lo quitaré!
–Inténtalo.
Se pararon frente a frente, mirándose a los ojos, listos para pelear. Dick hizo el primer movimiento y, aunque John inmediatamente se dio vuelta y empezó a correr, lo alcanzó, le arrancó el garfio y lo tiró al piso violentamente. Después, se paró frente a él, colorado y amenazante, con los puños cerrados. Matcham permanecía tendido en el piso, la cara contra el pasto, sin intención de resistir. Entonces, Dick se dio vuelta y comenzó a correr. John se puso de pie inmediatamente, y corrió tras él.
–¿Qué es lo que quieres? –aulló el joven Shelton– ¿Por qué me sigues? ¡Aléjate de mí!
–Te seguiré si quiero –dijo John–. El bosque es de todos.
–¡Aléjate! –insistió Dick y elevó su arco.
–¡Ah, eres un chico valiente! ¡Dispara!
Dick bajó su arma, algo confundido.
–Escucha –dijo–. Ya me perjudicaste bastante. Ahora vete. Sigue tu camino o, de lo contrario, te obligaré a hacerlo.
–Eres el más fuerte. Haz lo que quieras. No dejaré de seguirte, a menos que me detengas.
Dick estaba fuera de sí. Golpear a una criatura tan indefensa iba contra sus principios. Pero no encontraba otro modo de liberarse de ese compañero inoportuno y, aparentemente, desleal. Entonces, exclamó:
–¡John, creo que estás loco! Tonto, tengo prisa por encontrar a tus enemigos.
–No me importa. Si vas a morir, yo también moriré. Preferiría estar preso contigo que ser libre sin ti.
–Bueno –aceptó el otro–. No tengo más tiempo para discutir. Sígueme si quieres. Pero te advierto que si me traicionas, te meteré una flecha en el cuerpo.
Dick reemprendió la marcha a paso rápido, atento a lo que sucedía a su alrededor. Hasta que vio una pequeña elevación. «Desde allí podré mirar», pensó y comenzó a subir.
Matcham le tocó el brazo y señaló con el dedo. Hacia el Este, el terreno descendía y había una especie de valle cubierto de arbustos. Allí se veía una decena de hombres con chalecos verdes, subiendo la cuesta, uno detrás del otro. A la cabeza, iba Ellis Duckworth con su jabalina. Uno a uno llegaron a la cima y bajaron por el otro lado, hasta que el último desapareció.
Dick miró a John con mejores ojos.
–¿Entonces me serás leal? Pensé que eras del otro bando.
John empezó a sollozar.
–¡Vamos! ¿Vas a llorar por lo que dije?
–Me lastimaste –lloriqueó el jovencito–. Me lastimaste cuando me tiraste al suelo. Eres un cobarde que abusa de su fuerza.
–Dices tonterías –le respondió Dick, secamente–. No tenías derecho a quedarte con mi garfio. Te merecías una buena paliza. Si vas a venir conmigo, debes obedecerme. Ahora, muévete.
Por un momento, Matcham pensó en quedarse donde estaba. Pero al ver que Dick continuaba a paso firme sin mirar atrás, lo pensó mejor y empezó a correr. El suelo era empinado y difícil. Su compañero, que tenía los pies más veloces, le sacó una buena ventaja. Hacía rato que había llegado a la cima, se había arrastrado entre los abetos y escondido detrás de unos arbustos, cuando Matcham lo alcanzó, agitado, y se echó a su lado en silencio.
Al pie del gran valle, un atajo unía la aldea de Tunstall con el embarcadero. El camino estaba bien marcado y era fácil seguirlo con la vista. Por momentos, pasaba por el medio del claro. Luego se internaba en el bosque y, cada cien metros, había peligro de una emboscada. Cuando los árboles se abrían, Selden y sus hombres quedaban a la vista, cabalgando enérgicamente para cumplir la misión de sir Daniel. De haber estado ahí, Appleyard se lo habría advertido, al ver la conducta extraña de los pájaros.
–Mira –susurró Dick–. Ya entraron en el bosque. ¿Ves ese enorme claro frente a nosotros? El que tiene en el centro un grupo de árboles que forman una especie de isla. Ahí estarían a salvo. Si lograran llegar hasta allí, yo podría avisarles. Son siete contra toda una banda, y solo llevan ballestas. Más que nunca, necesitarían un arco largo.
Mientras tanto, Selden y sus hombres avanzaban por el camino, sin notar el peligro que corrían. En un momento se detuvieron, se reunieron y pareció que señalaban algo y escuchaban. Pero lo que había llamado su atención era el lejano gruñido de un cañón, que el viento traía. Si el sonido de las armas llegaba hasta el bosque de Tunstall, significaba que ahora se peleaba más al Este y que, por lo tanto, el día no era favorable para sir Daniel ni para los nobles de la Rosa Roja. Pero la pequeña tropa pronto reanudó la marcha hasta un claro donde apenas una lengua del bosque se unía con el camino. Entonces, brilló una flecha en el aire. Uno de los hombres levantó los brazos, su caballo se encabritó y los dos cayeron. Desde algún lugar lejano, brilló una segunda flecha y dibujó un enorme arco. Un segundo jinete mordió el polvo. A un hombre que estaba desmontando se le escaparon las riendas y su pie quedó atrapado. Su caballo se lanzó al galope y lo arrastró por el camino, golpeándolo contra las piedras y lastimándolo con sus cascos. Los cuatro que permanecían montados se dispersaron. Uno pegó la vuelta y cabalgó hacia el embarcadero, gritando. Los otros tres tomaron el camino a Tunstall a todo galope. Pero desde atrás de cada grupo de árboles que pasaban, salía disparada una flecha. Un caballo cayó. Aunque su jinete pudo ponerse en pie y siguió a sus camaradas, una segunda flecha lo liquidó. Otro hombre cayó y solo quedó uno en pie.
Este único sobreviviente estaba desconcertado, parado al costado del camino, junto a su caballo herido. Los jóvenes, escondidos a unos quinientos metros, lo veían mirar a uno y otro lado, a la expectativa. Pero no hubo más flechas. El hombre recobró el valor y, de pronto, desenfundó su arco y lo tensó. Dick lo reconoció: era Selden.
Frente a este intento de resistencia, un rumor de risas llegó desde todos los escondites del bosque. Eran las risas de al menos unos veinte forajidos que participaban de la emboscada. Entonces, una flecha brilló por sobre el hombro de Selden. Este saltó y corrió unos pasos hacia atrás. Otro dardo se clavó justo detrás de sus pies. Corrió hacia adelante. Un tercer disparo cruzó delante de su cara y se clavó en el suelo, frente a él. Las risas se repitieron. No había duda de que sus agresores estaban acosándolo. El ataque había terminado. Camino abajo, un hombre de verde recogía tranquilamente las flechas. Y otros disfrutaban con perverso placer del espectáculo que daba el pobre torturado.
Selden comprendió. Rugió de furia, cargó su ballesta sobre el hombro y disparó una flecha hacia un punto cualquiera del bosque. Un grito leve le respondió. Inmediatamente, tiró su arma y empezó a correr, casi en línea recta, hacia donde estaban Dick y John.
Los compañeros de la Flecha Negra comenzaron a disparar en serio. Selden corría dando grandes zancadas y, cada tanto, una flecha lo seguía, pero no lo tocaba. Pensó que escaparía. Dick tenía su ballesta preparada y estaba listo para defenderlo. Y hasta John, dejando de lado sus intereses, se solidarizó con el fugitivo.
Ya estaba a unos cincuenta metros de ellos, cuando una flecha le dio y lo tumbó. De inmediato, se puso de pie, pero ahora se tambaleaba mientras corría y, como un ciego, cambió de dirección. Entonces, una segunda flecha se clavó entre las placas de su armadura y lo hirió en el hombro. Selden se desplomó.
Dick se puso de pie, petrificado en la cima, como un blanco fácil para los arqueros. Los hombres del bosque estaban furiosos consigo mismos, y la aparición de Dick por detrás de su posición los tomó por sorpresa. Podrían haberle disparado pero, en ese momento, se oyó la voz potente de Ellis Duckworth, sorprendentemente cerca de los dos muchachos.
–¡Alto! –rugió–. ¡No disparen! ¡Tómenlo con vida! Es el joven Shelton, el hijo de Harry.
Entonces, sonó un silbido estridente, imitado por otro, y otro, y otro, más allá. Al parecer, para John Enmienda Todo el silbido era como la trompeta que le permitía transmitir sus órdenes.
–¡Ah, mala suerte! –exclamó Dick–. Estamos perdidos. ¡Rápido, John!
Los dos muchachos se dieron vuelta y corrieron entre los pinos que cubrían la colina.
Бесплатный фрагмент закончился.
