Читать книгу: «Nombres y animales»
LARGO RECORRIDO, 50
«Are we not men?»
H. G. Wells, The Island of Doctor Moreau
Rita Indiana
NOMBRES Y ANIMALES
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: octubre de 2013
PRIMERA REIMPRESIÓN: julio de 2014
SEGUNDA REIMPRESIÓN: diciembre de 2016
DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez
© Rita Indiana Hernández, 2013
© de esta edición, Editorial Periférica, 2013. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN:978-84-18264-63-4
El editor autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
1
What was that thing that came after me?
Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros, sin embargo, cualquier cosa les queda bien, uno tira una o dos sílabas y se les quedan pegadas con velcro: Wally, Furia, Pelusa, etc. El problema es que sin un nombre los gatos no responden, ¿y para qué quiere uno un animal que no viene cuando lo llaman? Mucha gente se conforma, dicen Aníbal, Abril, Pelusa, etc. y los nombres rebotan como el agua sobre los pelos de gato. Dicen Merlín, Alba, Jesús y los gatos, como si no fuera con ellos, van a lamerse el culo en la dirección opuesta. Cualquiera se tira de un puente.
Abro la puerta y en el aire siento el golpe de cloro con el que repasan los pisos y paredes de este lugar, como todas la mañanas recorro las salas abrien do las ventanas y en mi mente comienzo a darle vueltas en una tómbola a todos los nombres que he escrito en mi libretita durante la noche anterior.
Atila
Cianuro
Picasso
Arepa
Meter
Peter
Alcanfor
Meca
Rómulo
Liliput
Goliat
Kayuco
Kawasaki
Meneo
Bambi
Burbuja
Abu
Amadeus
Danny
Núcleo
Apuesto a que esa c con a de meca y esa c con l de núcleo van a quedarse enganchadas del pellejo del animal como anzuelos. Las persianas del sótano están oxidadas y la manivela tarda un poco en ceder, cuando finalmente entra un rayo que ilumina desde la pileta de bañar a los perros hasta la jaula más grande, donde cabría un san bernardo, una bolita surge de la tómbola hacia mi boca con el nombre ganador.
Y allí está el gato, acostado en uno de los peldaños de la escalera del sótano; es junio y lo único fresco en toda la República son los pisos de granito. Antes de que me mire digo el nombre que he elegido, pero se queda allí con esa respiración regular e imperceptible tan común en las figuras de cerámica barata. Tirarle el nombre ahora ha sido un desperdicio, sabiendo como sé que la cerámica es aún más resistente a los nombres que los gatos. Subo espantando al gato con mis zancadas hacia la recepción, tanteando mis opciones para el almuerzo: albóndigas o chuletas, halo la silla para sentarme y allí, sobre el escritorio, encuentro un conejo muerto.
«¿Qué es esta vaina?», pregunté con el volumen de mi voz desajustado, mirando el blanquísimo conejo que alguien, que recién captaba con el rabillo del ojo, había colocado frente a mi silla. El pegote en la esquina de la sala de espera se convertía en persona y se acercaba, supe que tendría que levantar la vista del conejo e hice un rápido inventario: dos canicas de sangre donde van los ojos y una patita tiesa como en esas fotos en las que un jugador de fútbol intenta alcanzar la bola estirando la pierna entre los tobillos de otro sin éxito. «Es mío», dice un hombre joven con la piel de la cara llena de marcas, la camisa polo azul clarito y el pelo como baba. Se me ocurre saludar, pero me tardo demasiado y él comienza a decirme: «se me están muriendo como cosa loca, yo creo que quieren hacerme daño, tú sabes, los vecinos envidiosos». Me introduce en el mundo de sus vecinos envenenadores y hallo tiempo para concentrarme en su piel llena de cráteres donde pueden, como en las nubes, encontrarse formas divertidas, chuchutrenes y tribilines que el acné fue dibujando con la ayuda de dos manos nerviosas que extirpaban antes de tiempo cualquier cosa que creciera sobre la superficie del planeta. Sacude al animal y me dice: «necesito que me le hagan una autopsia». Toma aire y se sienta en una de las butacas de la sala de espera, el conejo en una mano sobre la pierna y en la otra mano un encendedor. Imagino que quiere fumar y le doy permiso ofreciéndole un cenicero en forma de media bola de basketball que Tío Fin trajo porque, según él, combinaría de maravilla con la fibra de vidrio naranja de las butacas.
Suena el teléfono y es una mujer. Quiere saber sobre las tarifas de estadía. Se va a Miami a hacerse una cirugía y necesita dejar a su perro en el hospital varias noches. Mientras me da detalles sobre el costo de su operación, razón más que suficiente, según ella, para que le rebajásemos el precio, me fijo en los filos del pantalón del muchacho. En un segundo calculé el miedo o el amor que había detrás de aquella plancha, pero sobre todo el tiempo que alguien dedicaba a aquellos y a muchos otros pantalones convirtiendo el kaki en acero.
Tan pronto se me terminó la conversación con la señora de la cirugía saqué la guía telefónica detrás de un número que puede estar entre las letras P, J o W. Este truco para matar el tiempo no me lo ha enseñado nadie y es muy efectivo, sobre todo cuando uno no quiere bregar con dueños de enfermos terminales y más aún cuando el único paciente posible está muerto. Espero a que quien levante el teléfono cuelgue y es entonces cuando empiezo a mover la boca. «Buenas, le hablamos del hospital veterinario Doctor Fin Brea para informarle de que ya puede venir a recoger a Canquiña.» Durante un cuarto de hora comparto con el inexistente dueño de Canquiña anécdotas sobre el buen comportamiento de la perra, la dieta de bolitas orgánicas que le habíamos suministrado, los comentarios del doctor sobre la inteligencia y el carácter de Canquiña, la vaguada que azotó la costa este de la isla la semana pasada y el precio de los artículos de primera necesidad. Cuando el tema comenzó a oscilar entre Canquiña y la momia hermafrodita en el último número de la revista National Geographic, la camioneta de Tío Fin se detuvo frente a la clínica.
Colgué y avisé al loco: «llegó el doctor».
Los pantalones de Tío Fin también tienen filos, pero son tan viejos que el filo está grabado en ellos y Armenia, la mujer que trabaja en casa de Tío Fin, ni tiene que plancharlos. Estos filos permanecen sin mucho trabajo, con sólo colgarlos en el clóset respetando el filo o lo que queda de él se mantienen, gracias a que otra Armenia de nombre Bélgica, Telma o Calvina los planchó a dos centavos la libra durante los años que Tío Fin duró para graduarse. Si fuera por Tía Celia, los pantalones estarían en la basura hace tiempo, y cuando lo ve salir con ellos puestos le grita por el pasillo: «¡coño Fin, ¿cuándo es que tú vas a soltar esos malditos pantalones de cuando tú’taba etudiando?!». Pero Tío Fin sigue caminando como un camello tierno, arrastrando los mismos zapatos de gamuza y los lentes de sol RayBan con los vidrios verde oliva con que aparece en la foto de mi primer cumpleaños.
Tío Fin lleva al conejo y a su dueño al consultorio, coloca al primero sobre la camilla de acero inoxidable y junta la puerta. Es entonces cuando vuelvo a pensar en el gato y digo en mi mente el nombre que tenía bajo la manga, «núcleo». Como un resorte da un brinco y se trepa al escritorio, oliendo el frío residuo del roedor envenenado. Se acerca más a mi cara, estrujando su cabezota en mi barbilla. Por un momento creo ver el milagro ejecutado, el gato ha respondido a mi llamado telepático, lo llevo de nuevo hasta la escalera y colocándome detrás del escritorio, repito en mi mente la palabra mágica, pero esta vez ni me mira, comienza a subir la escalera lentamente y desaparece.
Así llevamos un mes. Todos los días, después de cerrar la clínica, camino hasta la casa acumulando nombres, cuando ya estoy allí los apunto todos y añado unos cuantos más. A veces cuando me voy a la cama el zumbido de todos esos nombres, susurrados por una voz que no es la mía, me mece como en la panza de un gran barco. Cuando cierro los ojos el susurro se hace más fuerte y dibuja figuras geométricas en el interior de mis párpados. Así hasta que me quedo dormida y sueño que he encontrado el nombre, pero el gato ha muerto o desaparecido y yo ando por una calle muy agitada, buscando un supermercado donde el nombre del gato pueda ser canjeado por una vajilla de cuarenta y cuatro piezas.
El viento abre la puerta del consultorio y sin estirar el cuello puedo ver a Tío Fin sentado detrás de su escritorio, el dueño del conejo frente a él, demasiado cómodo en su silla, con un pie sobre la rodilla izquierda. Tío Fin junta el pulgar y el índice en el asa de una taza imaginaria y se la lleva a los labios queriendo decir haz café. Voy a la cocinita y abro la cafetera, descubro que en el fin de semana de agua y oscuridad se ha desarrollado una película de hongos en el fondo, blancos filamentos por todo el metal del interior cuya resistencia compruebo al tratar de fregarla con un brillo verde. La relleno de agua y coloco la parrilla para el polvo. Cuando enciendo la estufita eléctrica comienzo a pensar en el gato otra vez y me pregunto si será sordo, si no responde a mis nombres porque no puede oírlos. El café sube y el olor llega hasta la calle, coloco las tazas, el azúcar y la Cremora en una bandeja de plástico verde que Tío Fin compró por diez pesos porque pegaba con el verde institución de las paredes. Empujo la puerta con la cadera y encuentro a Tío Fin de pie junto a la camilla metálica, situado justo a la mitad de la misma con el conejo levantado en el aire, como si quisiera quemarlo con la luz de la lámpara blanca que tiene encima. Yo he visto esto antes y no sé dónde, entonces me doy cuenta de que el dueño se ha ido y pongo la bandeja en la camilla, echo azúcar para Tío Fin y para mí en las pequeñas tazas de florecitas azules, remuevo y espero a que él ponga al muerto en su sitio para levantar la mía. Entonces Tío Fin da los dos pasos hacia el teléfono y marca un número de memoria, dice: «aló, Bienvenido, ¿eres tú?».
Bienvenido es el mejor amigo de Tío Fin. Ellos compraron un velero juntos cuando todavía tenían pelo en la cabeza y todas las muchachas querían subirse a ese velero. Hay muchas fotos para comprobarlo, lo de los pelos, el velero y las muchachas, y todas están en casa de mi abuela en una caja de metal con llave para que Tía Celia no las coja y las bote en la basura, adonde pertenecen. Bienvenido es además el único veterinario forense graduado del país, cosa que en boca de Tío Fin suena como si estuviera diciendo el único hombre que puede abrir una botella con el culo.
Tío Fin tranca el teléfono y no he terminado de escuchar su voz en mi mente diciendo «el único veterinario forense del país» cuando deja caer, muy espontáneo, que Bienvenido está de camino para bregar con el conejo, ya que es el único veterinario forense del país. Luego se toma su café despacio y añade que «en un país como éste, en el que los animales no tienen derechos y las gentes son animales, ¿de qué sirve un veterinario forense? Si fuera en Estados Unidos sería otra cosa, allá sí que saben apreciar a un profesional». De inmediato imagino a Bienvenido en una serie del cable, recogiendo con una espátula milimétrica pequeños residuos de semen humano del cuerpo inerte de una tortuga hallada en el sótano de una discoteca. Para cuando Bienvenido llega unos minutos más tarde, mi opinión sobre él ha cambiado totalmente, hasta me parece más inteligente. La arruga que siempre tiene en la frente es ahora la marca de un hombre con una misión: resolver un crimen. Cuando entra en la clínica me levanto y le ofrezco agua, café, un churro y a todo me dice que no, poniéndose unos guantes de goma que Tío Fin le ofrece a manera de saludo; entran los dos al consultorio y cierran la puerta con seguro. Era extraño pensar que allá adentro había dos hombres muy altos, con guantes y mascarillas buscando en el interior del conejo muerto las huellas de un grupo de vecinos envidiosos armados con cianuro o Tres Pasitos. Afuera sonaba el radito, un aparato del año uno que Tío Fin puso a mi disposición el primer día que vine. Yo le propuse traer mi Discman, traer mis audífonos y mis CDS. «¿Y cómo vas a oír el teléfono?», me dijo, «¿y cómo vas a oírme a mí cuando te llame?». «Realmente», me dijo, «el radio es para los pacientes y sus dueños, pon Clásica Radio que ahí ponen música relajante, música buena para un hospital.»
Frente al escritorio hay una puerta de vidrio por la que se ve la avenida Rómulo Betancourt; es una avenida más bien fea, como son casi todas las avenidas de esta ciudad. La puerta permanece abierta el día entero para que entre aire, pues aunque tenemos dos abanicos encendidos el calor se concentra y hasta las fotos de perras paridas con que hemos decorado comienzan a sudar. Lo único es que Tío Fin me ha pedido que cuando vaya al baño cierre la puerta del frente con seguro, cosa que a veces hago y a veces no. Tío Fin lo dice porque un día se metieron unos ladrones y se llevaron toda la mercancía para perros que encontraron en la sala de espera, champús, correas y juguetes para mascotas más que nada, chucherías que tenía Tío Fin para que los dueños compraran si querían. Aunque él no me lo diga, yo sé que Tío Fin sospecha de Cutty, el hijo de la mujer de la casa de al lado. Cutty es difícil y dice muchas palabras similares a «mamañema» en cada oración, tiene unos brazos musculosos que a mí la verdad me gustaría tener y en uno se ha tatuado con una máquina de hacer tatuajes hecha en casa un dragón chino color rojo sangre. Cutty es muy compacto y cuando digo compacto me refiero a que toda la ropa que se pone parece ser parte de él. Es como si él siempre estuviera desnudo, porque los jeans, el t-shirt y las chancletas de goma que siempre tiene puestas parecen haber venido con él.
Si Tío Fin esta aquí (Cutty lo sabe porque ha visto la camioneta) Cutty viene y hace unas preguntas que ha estado planeando toda la tarde para tener algo que decir al llegar y habla muy fuerte con una voz que hace que los choferes que cruzan la avenida volteen la cabeza. A Tío Fin se le pone la carne de gallina, sale a la sala de espera y le hace un chiste tonto. Cutty entonces se ríe de una manera que hace que Tío Fin se arrepienta de haberle hecho el chiste y de haber estudiado veterinaria. Luego Cutty nos cuenta de un chef italiano que vive en San Cristóbal que tiene las luces que le faltan a su Vespa y de cómo estas luces y este italiano son los únicos en el país. Cutty está reconstruyendo esta Vespa desde hace un año, cuando encontró el cascarón oxidado cerca del 28, a la vuelta de visitar a su mamá en el manicomio. Tío Fin, que ha visto la Vespa y también a la mamá de Cutty, se mete la mano en el bolsillo y saca cincuenta pesos. «¿Con eso te da?», le pregunta, y Cutty, sin mirar a Tío Fin a la cara, dice «vamo a ve» y sale corriendo como loco no sin antes escupir en la acera.
Si Tío Fin no está, Cutty entra en la sala, se dobla sobre el escritorio hasta que el olor a queso frito en aceite de motor que sale de su boca y yo somos una sola cosa. Si está contento porque ha conseguido una bujía o una tuerca milenaria me cuenta una película de muertos y se agarra la bolsa, dando brinquitos al ritmo de la implosión de su risa, celebrándose como un bebé al que unas manos invisibles zarandean alzándolo por debajo de las axilas. Si hace calor y la Vespa no tiene futuro, se sienta sobre el escritorio y pone un pie sobre cada brazo de mi asiento, se abre el zipper y se saca un pene rosado del largo de un lapicero Paper Mate. Yo me quedo muy tranquila porque la verdad no sé qué hacer mientras él echa un vistazo hacia atrás para comprobar que no viene nadie con un movimiento de cuello muy rápido, tan rápido que por un momento Cutty no tiene cabeza. «Mira», me dice, moviendo su mano hacia arriba y hacia abajo, y me golpea la mejilla con la punta y pienso que si yo abriera la boca y la mordiera mis dientes se quedarían marcados como en una goma de borrar. Luego, casi siempre, Cutty se cierra el zipper, se ríe y se va y el aire se queda hecho sopa. Yo entonces me voy al baño y me hago una paja detrás de la otra pensando que he dejado la puerta sin seguro y que los ladrones a su regreso van a darse cuenta de que en esta clínica no hay nada que valga la pena robar.
Tío Fin y Bienvenido abren la puerta y salen quitándose los guantes; los dos están sudados y parecen haber visto un fantasma. Bajo el volumen del radio para poder oír lo que dicen pero ninguno dice nada. Entran muy juntos al baño y los imagino compartiendo la pastilla de jabón para lavarse las manos, las muñecas, los antebrazos, como hacen los doctores en las películas. Bienvenido sale primero y dice que tiene que ir a resolver un asunto, y lo dice como si el asunto, en vez de un picapollo con plátanos fritos para su esposa, fuese un caballo con los ojos sacados en el parque Independencia. De mí ni se despide y de Tío Fin apenas, se quita la bata sucia que trajo en una funda y se mete en un Mitsubishi Lancer del 79.
Bienvenido arranca y yo le pregunto a Tío Fin por el conejo. Él me acerca un frasco de mayonesa a la cara. El frasco es uno de tantos que Tío Fin trae de su casa para reciclar. Por lo general yo misma les quito el olor a pepinillos o Cheese Whiz con un estropajo para que Tío Fin los llene de mierda de perro o, como en este caso, coloque dentro una bola de pelo, porque eso encontraron en el estómago del conejo: una bola de pelo maciza de un gris brillante, tan perfecta que daba ganas de ponerla en un árbol de navidad. Al ver aquella perla peluda detrás del vidrio recordé la excursión que habíamos hecho antes de que acabara el año escolar al Museo del Hombre Dominicano, donde los trigonolitos y las espátulas de los arawacos palidecían bajo luces artificiales. El guía del museo, recién convertido a Testigo de Jehová, nos explicó en voz baja que los taínos estaban atrapados en una fantasía satánica como también lo estaban los españoles que venían supuestamente en nombre de Dios, y cuando llegamos al diorama de la pesca y la caza aprovechó para vendernos un par de revistas Atalaya y ¡Despertad!
«Los conejos no vomitan, por eso hay que darles mucha fibra», me dice Tío Fin sonriendo, «para que puedan deshacerse de todos esos pelos que se tragan». Ahora está listo para salir y se arremanga hasta por encima de los codos. Está claro que no va a atender a ningún otro animal esta mañana. Se monta en la camioneta y arranca, pero antes de avanzar tres metros viene de reversa y me grita desde la calle: «¡si llama el dueño del conejo no le digas nada, si le decimos la verdad no va a venir a pagar!».
Cuando Tío Fin se ha ido y estoy sola en el hospital, quiero decir, sola con el gato, abro la libreta donde a veces dejo algunos nombres en remojo. Si ya los he gastado todos, apunto unos cuantos más. La libretita está siempre muy cerca de mí y los bordes de las páginas están llenos de garabatos que dibujo cuando hablo por teléfono que es casi todo el tiempo que no paso buscando nombres. A veces llaman amigos de Tío Fin, amigos míos o los dueños de los pacientes, pero la mayoría de las veces quien llama es Tía Celia.
Tía Celia es la esposa de Tío Fin y es, como quien dice, la dueña del hospital, porque ella lo construyó con su dinero y eso se lo recuerda a todo el mundo, todo el tiempo. Mi mamá dice que lo que pasa con Tía Celia es que nunca pudo tener hijos y toda la energía que debió poner en criar y parir la pone en joder a la humanidad. Yo que casi nunca estoy de acuerdo con mi mamá, estoy muy de acuerdo cuando ella dice «joder a la humanidad» y hasta creo que Tía Celia por la noche cuando se acuesta ve letreros en neón en su mente que dicen «joder a la humanidad» y creo que hasta le gustan.
En lo que respecta al hospital, Tía Celia quiere saberlo todo y para eso tengo otra libreta en la que apunto cada movimiento del doctor, a qué hora tomó el café y con cuánta azúcar, por ejemplo, y si me fuera posible comprobarlo, la cantidad de papel de inodoro que usa cada vez que va al baño. Esto es en serio y por cada página de la libreta Tía Celia me da veinte pesos o una entrada al cine, que es la misma cosa. Lo que Tía Celia no sabe es que yo en la libreta pongo lo que me da la gana y un día de éstos si me jode mucho se lo digo a Tío Fin porque Tío Fin también me da dinero, además del salario con el que me pagan las diez horas que me paso en este hoyo, dizque porque hay que aprender a trabajar.
La idea no fue de ellos sino de mi mamá y mi papá, con las maletas hechas para su segunda luna de miel. A mí no me dijeron nada hasta una semana antes de irse, cuando encontré cinco conjuntos idénticos de bermudas y chaqueta (lima, salmón, rosado, azul cielo y lila) en el asiento trasero del carro de mami junto con un brochure que decía SEVILLA 92. Para entonces mi papá ya se había memorizado las rutas y los nombres de cada uno de los monumentos que iban a visitar y en su cabeza todo el mundo en Grecia hablaba español y él por supuesto allá como aquí hablaría hasta por los codos y se sentiría complacido en ilustrar a todo el que se le acercara sobre la plaga de la mosquita blanca, dónde estaba él cuando mataron a Trujillo y el gemelo que se le murió al nacer.
Lo peor no es el trabajo, pues Tío Fin y yo nos llevamos muy bien. Lo peor es que el mamagüevo de Mandy se queda sólo con la casa y a mí que me lleve el diablo, o sea, Tía Celia. Mami trató de explicarme que porque Mandy se acababa de graduar del bachillerato y se iba del país al final del verano a estudiar en Miami, ellos entendían que él necesitaba tiempo y espacio para despedirse de sus amigos. Mandy es el favorito de mami, y aunque no es hijo de papi, él también lo prefiere. Mami le puso Armando José por una telenovela que veía cuando estaba embarazada y le salió igualito que el galán, dice ella, y cuando lo dice pueden verse residuos de mazorca de maíz entre sus dientes. Cuando este tipo de cosa pasa, a mí me da un chin de miedo, o sea, cuando la gente se convierte en otra gente. No es que se disfracen ni nada, a veces basta con que enciendan la lámpara de la mesita en vez de la del techo para que pasen de ser el señor que vino a instalar el cable a ser Amanda Miguel. Mandy por ejemplo, con tanto músculo y tanto cabello, sale del baño recién afeitado y con la toalla amarrada a la cintura, yo lo miro desde el pasillo y entiendo lo que piensa un bistec: me van a comer si no salgo corriendo, por eso Mandy siempre tiene las rodillas flexionadas como si estuviera en una cancha de voleibol.
Cuando mami terminó el discurso sobre lo que se podía y no se podía hacer en casa de Tía Celia me hizo poner en la maleta sólo la ropa que ella consideraba apropiada para una «niña que ya va a empezar a trabajar» y me hizo dejar todos mis t-shirts y jeans en el clóset. «Te va a hacer bien vestirte diferente, salir de la rutina», me puso en un taxi, le pagó al taxista y prometió llamarme del aeropuerto para despedirse.
2
I could see the Thing rather more distinctly now.
It was no animal, for it stood erect.
Cuando Mauricio llegó a la casa no se llamaba así. Así le pusieron porque según doña Moni con ese pelo y ese porte ya desde los dos meses se parecía a Mauricio Garcés, un actor que, decía ella, tenía mucho sex appeal. Se lo trajo de regalo a Palola, la hija de doña Moni, un novio argentino que le duró a Palola lo que duró Palola en encontrarse un italiano.
Mauricio al principio era chiquito y dormía donde le cogía la noche, en la cama de doña Moni, encima de la mesa del comedor o en el tupido nido de sábanas recién lavadas del clóset de la ropa blanca. Mauricio, casi como un gato, se pasaba el día durmiendo, y cuando no estaba durmiendo estaba o comiendo o mirando un punto fijo en la pared. A doña Moni esto le parecía encantador y aunque el perro técnicamente era de Palola, esos primeros meses ella cogió a Mauricio para ella, alimentándolo, llamándolo «cosa bella», acariciándolo día y noche, encontrando en aquel ejercicio una serenidad tan grande que se preguntaba si no se estaría volviendo loca.
Pero Mauricio, como todo pastor alemán, comenzó a crecer y con el tamaño adquirió una súbita torpeza que le hacia llevarse de camino lámparas y botellas, jarrones y abanicos de pedestal. Las lluvias de marzo cocinaron un lodo perfecto que Mauricio iba a recoger entre las patas para venir corriendo hasta la habitación de doña Moni e imprimir con sus huellas todas las alfombras y las almohadas. A doña Moni este jueguito no le hizo ninguna gracia y de repente se acordó de que el perro no era de ella, recordando también que tenía una hija, y así sucesivamente. Palola dijo que cuando ella pariera se ocuparía de limpiar mierda y esto se lo dijo por el teléfono a no sé quién mientras sacaba a Mauricio al callejón, cuya única conexión con la casa era una puerta de hierro que daba a la cocina, puerta que desde ese momento permanecería cerrada, pues la comida le podía ser suministrada al perro a través de los barrotes.
Aquella primera noche Mauricio pensó que estaban jugando con él y que si él adivinaba cuál era el fin de este juego alguien vendría, abriría la puerta y lo dejaría entrar a la casa para acomodarse en la cama de doña Moni o en cualquier otro lugar, incluso allí mismo en el piso de la cocina. Dio saltos, corrió de un lado a otro, colocó las dos patotas en la puerta de hierro, ladró feliz, luego ladró fingiendo estar enojado como a veces hacía cuando doña Moni jugaba «perro bravo» gruñendo para que él le respondiera. Así la noche entera. Cuando salió el sol y alguien vino a prepararse café, él estaba tan cansado que ni movió la cola. Palola lo miró desde la estufa y le dijo: «sigue ahí, jugando con tierra». Él se acordó de Palola y se incorporó listo para estar allí con Palola, poner sus dos patas en el pecho de Palola, mover las patas a toda velocidad hasta que los olores a alcanfor, Anais Anais, trementina, cloro, cedro, mimbre, gamuza con moho, restos de una salsa curry que se derramó hace tres años en el pasillo y licra que provenían del cuarto de Moni, y que Mauricio reconocía con claridad, se le metieran dentro. Pero esa cosa que estaba entre él y Palola seguía allí y seguiría allí para siempre.
De vez en cuando la señora que venía a limpiar abría la puerta, pero antes de que Mauricio se diera cuenta, ella ya estaba afuera con una manguera a presión y una botella de shampoo restregándolo y enjuagándolo, y la puerta, vista desde los ojos jabonosos del perro, allá al fondo, otra vez cerrada. De vez en cuando un vientecillo arrastraba partículas del cuarto de doña Moni hasta su hocico iluminándole la noche a Mauricio, y ni los gatos ni las ratas, ni la lluvia ni el piso de concreto le amargaban ese gustico.
Con el tiempo Mauricio encontró el triángulo de sombra que un vértice de la casa proyectaba en el callejón al mediodía, donde una película de musgo hacía más suave el cemento y aprendió a lamer manos y caras a través de los hierros del portón, su lengua se hizo más larga y sus reflejos más precisos. Los domingos doña Moni recibía familiares y amigos y cocinaba para todo el mundo, a media tarde una lluvia de muslos de pollo a medio comer le caían a Mauricio en la cabeza, y él, si venían directamente de la mano de doña Moni, movía el rabo frenético, feliz con el olor de su amor en aquellos huesos, triturando con los ojos bien abiertos hasta el tuétano.
Un domingo de ésos doña Moni le trajo un sobrinito de dos años a la puerta, «mira, perrito», Mauricio vio aquella cosita que había estado durmiendo en la cama de Moni, con las sábanas de Moni, en el cuarto de Moni, y Mauricio en un segundo olió a Moni y en Moni el perfume y en el perfume químicos como arañitas de hierro diciendo «fuá», y debajo del perfume el sudor de Moni, capas y capas de rastros de lociones, jabones y sudores ajenos que ni el agua ni el ácido de batería arrancan de la piel, picapollo, wasakaka, ajo, pimienta, enemocada, yuca con cebollita, envases de foam, fábrica de foam, sillas de plástico, marquesinas con grasa, el algodón, el detergente con que se lavó el t-shirt, la mano de Mela, la lavandera de Moca, tierra negra, lombrices de tierra, Moca, leche, tetera de goma, leche cortada, leche empegotada, azúcar, olor a hormiga, olor a aceite y talco y el olor de una encía nueva por donde empieza a salir un diente, y cada olor era un rascacielos en la nariz de Mauricio y encima del olor a gente, del olor a niño y a Moni, estaba el olor a óxido de hierro de la puerta, el olor a cemento de la casa y el olor de todos los trabajadores haitianos que un día la levantaron, el humo de la calle y los vecinos con el café puesto, la tinta negra de los periódicos que había en el suelo de la cocina, las veintitrés medicinas que Moni tenía en el botiquín del baño y allá al fondo de todas las cosas, la mancha de curry en el pasillo.
Cuando Mauricio llegó al hospital ya el papá del niño le había reventado un ojo y doña Moni le había sellado la boca con una tira de tape. Imaginé una pelea con otro perro o un camión a toda velocidad por la avenida Las Américas, le avisé a Tío Fin y él abrió la puerta para que lo colocaran sobre la camilla. Doña Moni estaba lista para ir al trabajo, conjunto sastre tipo Jackie Onassis con sobrepeso y un moño con mucho spray y muchos pinchos. Imaginé un banco donde entró de cajera y terminó de gerente, igual que mami, o una compañía de seguros en bancarrota. Salió del consultorio de Tío Fin y se recostó sobre mi escritorio para hacer un cheque, me lo entregó y se fue.
Cuando los dueños de los animales se van Tío Fin siempre tiene algo que decir y yo corro hasta su consultorio para escucharlo. La mayoría de las veces son chistes tontos que nos hacen reír un ratito, pero esta vez Tío Fin no dijo nada. Por lo menos por un buen rato. Se quedó fumando sentado en su sillón con los zapatos de gamuza sobre el escritorio.
«¿Qué le pasó?», le pregunté.
«Mordió a alguien.»
«¿Y qué va a pasar?»
«Ya no lo quieren, ve y búscate unos mangos.»
3
He says nothing, said the Satyr. Men have voices.
A mi abuela se le cruzan los cables.
Esto viene de lejos, yo creo que desde siempre, pero ahora que cumplió los ochenta como que se nota más.
A mí no me gusta cuando mi mamá se enoja porque mi abuela la llama tres veces seguidas para contarle el mismo cuento de un travesti que le tocó la puerta para pedirle trabajo como cocinera o de unos perros que vienen a sentársele en el frente de la casa y que ella espanta con una olla de agua fría. Primero porque a la abuela le pasan tan pocas cosas recientemente que es normal que las cuente una y otra vez. Lo otro es que la abuela cuando hace el cuento del travesti lo goza tanto, porque no se acuerda que ya te lo contó, que es, por lo menos para mí, como si me lo contara por primera vez, eso sin añadir que cada vez que lo cuenta el travesti tiene algo nuevo, y ese algo, un pañuelo, una voz de ultratumba, unas medias de nylon por donde se cuelan pelos de medio centímetro de diámetro, hace que a la abuelita se le iluminen los ojos, y si uno tiene suerte, ella hasta hace la señal de la cruz, riéndose.
En la primera versión ella está recostada, porque la abuela nunca está acostada sino recostada, cuando ve una mano de hombre que entra por la ventana. Son las tres de la tarde y la mano le ha amargado la siesta, la abuela se levanta y dice: «¿quién es?». Y una voz de hombre le responde: «Ramona». Luego ella corre a despertar a mi abuelo, que también está siempre recostado y él se levanta y encuentra con la mano pesada un martillo que tiene debajo de la cama junto a la bacinilla y con el que ha matado para la gloria de no se sabe qué santo más de siete ratas preñadas.
La abuela se le engancha del codo y él se engancha de su andador y van los dos a dos pasos por minuto arrastrando las pantuflas hasta la puerta, lo que quiere decir que les toma su buena hora y media llegar hasta donde está Ramona, preciosa, tocando el timbre como si la luz eléctrica no costara dinero. El timbre de la casa de la abuela es otro tema y yo creo que es parte del problema, es un ding dong que sólo se encuentra en telenovelas, en baladas de los setenta y en la casa de mi abuela, que es como decir que el timbre es casi imaginario o que es el último timbre que queda en toda la República con ese sonido, y para probarlo sólo hay que ir conmigo (como hice una tarde) tocando todos los timbres del vecindario y escuchar el brrrrr, el buzzzz o el bididididi.
Cuando los viejos llegan a la puerta están listos para cualquier cosa. Desde que unos ladrones se metieron en la casa de al lado para robarse un radito de pilas y dejaron al señor que cuidaba amarrado a una silla y con el cerebro afuera, los viejos están listos para cualquier cosa. Por eso cierran las puertas de madera que dan a la galería día y noche, abriéndolas cuando vengo yo o cuando viene algún vecino con el teléfono cortado a hacer una llamada.
Mi abuelo ya tiene levantado el martillo cuando mi abuela abre la puerta, Ramona se presenta y dice que sabe lavar, planchar y cocinar, tiene experiencia y se sabe todas las canciones de Marisela. Mi abuela habla entonces con una voz que oyó una vez en alguna emisora de radio en los años 30 y le dice que no necesitan una sirvienta, que ya están viejos y despacharon a las que tenían, que ahora comen de cantina, una comida desabrida y que llega cada vez más tarde, que mis hijos vienen a vernos y nos traen empanadas y helado de ron con pasas.
Cuando al abuelo el brazo con el martillo se le cansa, sale de atrás de la puerta para encontrar a su esposa recostada de la puerta contándole a Ramona el cuento de cuando ella vio unos submarinos alemanes en la Romana, y Ramona, que tiene tiempo para escuchar el cuento tres, cuatro, cinco veces, se sienta encima de una maleta color carne con las piernas cruzadas y va añadiendo detalles a la historia. Cuando la abuela le dice que ella vivía en un ingenio azucarero, Ramona dice: «como una princesa». Cuando la abuela dice que el ingenio estaba cerca de la playa, Ramona dice: «como en una película». Cuando la abuela le dice que ella tenía un caballo, Ramona dice: «fabulosa». Cuando la abuela entra en detalles sobre el vestido de organdí y las botitas de charol, Ramona dice: «con bucles de agua de azúcar y camomila», y cuando la abuela se da cuenta de que el abuelo está de pie junto a ella con un martillo colgándole de la mano, no lo ve a él sino a Felina, la negrita que llegó al ingenio cuando ella tenía tres años y que sus papás criaron «como a otra hija», y le dice: «ve, cuélate un cafecito, ¿no ves que tenemos visita?».
El viejo emprende el largo camino a la cocina, a tres milímetros la hora, lo que quiere decir que en lo que llega a la cocina la abuela ya ha terminado el cuento de los submarinos y ha comenzado el cuento de los submarinos, y para cuando el abuelo ha vuelto, con una bandeja con café y galletitas de soda con mantequilla, Ramona ya sabe por qué el segundo hijo de la abuela se llama Fin y dónde estaba mi papá cuando mataron a Trujillo.
En la segunda versión del cuento del travesti el abuelo no aparece sino hasta al final o está tan enfermo que no puede levantarse y mi abuela se la bandea sola en medio de la oscuridad, porque esta vez es de noche y hay un apagón del carajo y lo que la despierta es una voz igualita a la de su madre, o sea mi bisabuela, diciéndole que juegue el 14 o el 78 o el 36. Mi abuela dice que cuando oyó la voz se puso a llorar y a decir «ay, mamá, es como si estuvieras viva», y que al decir esto cogió tanta energía que quiso levantarse de la cama como si fuera a pitchar un juego de béisbol. «Y cuando me vi en el piso lo único que alcancé a hacer fue a tirarme un pote de alcoholado en la cabeza, un potecito que tengo siempre junto a la bacinilla por si acaso. Cuando de repente oigo pasos en el callejón. Ese maldito callejón que yo no sé cuántas veces le he dicho a mi hermano Rolando que termine de clausurarlo, ésa es una madriguera en la que cualquier tigre va a terminar metiéndose, y nos encontrarán a tu abuelo y a mí, panqueaos, como dos turpene, mejor sería que nos cogiéramos de las manitas y saltáramos del Malecón y ya nadie tendría que bregar con nosotros.»
A este último fragmento siguen unas cuantas lágrimas que yo le seco a la abuela con la manga de mi t-shirt para que me siga contando y ella sigue: «después de tres avemarías y un padre nuestro logré sacar fuerzas y me levanté, mejor dicho, me levantó Jesús, porque yo la verdad no fui, cogí la linterna, acuérdate que no hay luz, y cuando la prendo no tiene pilas, mierda, lo raro es que encontré las pilas dentro de una cartera dentro de una gaveta en el cuarto que era de tu tío, no me preguntes cómo llegué porque no sé, sería Jesús también, que es la luz de este mundo. Cuando cargué la linterna, los pasos seguían en el callejón, pasos con tacones altos, caminé hasta la puerta que da al patio y pregunté ‘¿buenas noches?’ y una voz gruesa respondió: ‘Ramona’. Abrí la persiana e iluminé con la linterna una boca y luego unos ojos pintados de azul violeta, la voz me dijo que quería trabajo y yo le dije que aquí no había y además que mi esposo tenía muy mal genio y dos pistolas cargadas y que si se despertaba se iba a armar un lío, la tal Ramona se fue corriendo y yo le oí los pasos con tacos saliendo del callejón, empecé un rosario a esa hora pero me quedé dormida como al quinto avemaría».
En la tercera versión el abuelo llama a la policía y a Ramona le parten el sieso. La abuela dice que le dio pena porque «se ve que por lo menos el muchacho quería trabajar y que si hubiera encontrado una mano dura a tiempo no andaría dando pena en una falda».
Como mi mamá no es muy buena hija que digamos y mi tío Fin está muy ocupado haciendo avioncitos de papel en su consultorio, Tía Celia se ha encargado de mantener a mis abuelos por lo menos aseados. Ella le paga a una enfermera para que venga una vez por semana y los meta obligados a la bañera y los restriegue con una esponja a ver si se les sale ese olor a sofá orinado que cogen los viejos con el tiempo. Tía Celia también le paga a otra muchacha para que venga una vez cada dos semanas y le pegue manguera a la casa, levante las alfombras, sacuda los cojines y los muebles de caoba centenaria y oiga el cuento de los submarinos, de Ramona y de cómo mi abuelo se ganó la lotería en 1939. Las muchachas, a menos que Tía Celia se quede para supervisar, terminan haciendo nada, comiéndoselo todo y viendo televisión, al abuelo lo empolvan y a la abuela le echan un chin de colonia en la cabeza, la hacen cambiarse la bata y la sacan al sol del patio una hora para que el olor a moho se le evapore. Pero, como dice Tía Celia, a esos viejos hay que bañarlos, y como nadie es indispensable, que es otra cosa que Tía Celia dice todo el tiempo, me saca del hospital veterinario los días que las muchachas van a casa de los abuelos para que yo las supervise. Este trabajito, la verdad, es peor que la clínica, se supone que yo les diga lo que tienen que hacer, pero al final termino yo haciéndolo todo, barriendo el patio, desempolvando los biscuises, estrujando con agua y jabón las espaldas arrugadas de los viejos, que tienen que sentarse en una silla de plástico dentro de la ducha porque tenerlos allí de pie en la superficie mojada y hacerles un chiste sería una manera muy sencilla de aniquilarlos.
Un día, sin aviso, Tía Celia llegó con dos haitianos y como diez galones de pintura blanca. Pusimos a los viejos en la habitación del fondo con las ventanas abiertas en lo que los haitianos pintaban la sala. Luego rodamos a los viejos a la habitación del centro y allí les rodé también el tocadiscos con un LP de Eduardo Brito para que escucharan una musiquita. Cuando le tocó a la habitación del medio, los rodamos al patio y allí se quedaron toda la tarde muy callados preguntando, más por quedar bien que por interés real, qué cuánto cobraban los haitianos por pintar la casa. Tía Celia, que es arquitecta e ingeniera y tiene haitianos hasta para regalar, les dijo que no se preocuparan por eso, que eso era un asunto entre ella y sus haitianos. Cuando empezó a atardecer la abuela se quejó de frío y le traje un suéter color fucsia que a ella le gusta mucho y al abuelo un pedazo de pan para que lo repartiera a las palomas. Allí estuvieron entretenidos un rato y cuando llegó la hora de la cena los entramos a la casa, que olía a pintura fresca y donde habíamos encendido todos los abanicos para que se secara. Mi mamá llegó con unos pastelitos y Tío Fin trajo varios envases de foam con bollitos de yuca y picapollo, un big leaguer de Coca-Cola y un tetra pack de leche, nos sentamos en la mesa del comedor y les servimos a los viejos primero. Mami le cortó todo en trocitos al abuelo, que derramó sin querer su vaso de leche sobre el mantel de plástico.
Mi mamá, como nunca hace nada por los viejos, se siente un poco culpable y se pone muy nerviosa delante de Tía Celia, así que o habla de un problema en la oficina o hace muchos chistes muy malos de los que sólo se ríen ella y mi abuela. A pesar de los chistes todo el mundo estaba contento, incluso yo, si mantenía la posición de mi cabeza, tratando de no ver a los viejos masticando con sus dientes postizos aquel vendaval de comida rápida y buenas intenciones. Cuando terminamos Tío Fin trajo café y leche y todos quisimos; de repente la abuela levantó la cabeza de su taza y con la cuchara del azúcar todavía en la mano preguntó: «¿y dónde es que estamos?, ¿y de quién es esta casa?». Tío Fin, como un papel crepé al que le cae un chorro de sopa, se acercó muy rápido y tocó el hombro de su mamá apretando y soltando, diciendo «oh, mamá, en tu casa, ésta es tu casa» y ella, volviendo a meter la cuchara en su café con leche, dejó escapar un «ah» con menos peso que el humo que salía de la cafetera.
Desde ese día la abuelita está convencida, aunque esto sólo me lo dice a mí, de que la llevaron a otra casa, idéntica a la suya y que está en la misma cuadra que la suya, pero que no es la suya o, y esto me gusta más, que su casa la han rodado, o sea que ésta es su casa de antes pero que la rodaron unos cuantos metros y aunque nadie se da cuenta ella sí. Yo imagino a Tía Celia con sus dos, tres, mil haitianos poniendo la casa sobre un conveyor belt para rodarla y confundir a la abuela, pero la abuela se las sabe todas y se da cuenta comparando el espacio que hay ahora en el callejón donde antes cabía un policía dándole macanazos a tres ramonas y ahora solamente cabe una bicicleta.
4
I found myself that the cries were singularly irritating,
and they grew in depth and intensity as the afternoon wore on.
Son las once de la mañana y Tío Fin no aparece. Tengo dos perros y un hámster en la sala de espera y el especial de Fleetwood Mac que suena en la radio ya tiene a todo el mundo viendo manchitas en las paredes. La doña del chow chow se me está desesperando y qué decir de la gordita del pug que prometió traer una muestra de heces fecales para un examen coprológico, pero el perro está estreñido y ni metiéndole un palito con algodón saca uno algo digno de estudio. Me ha confiado todos los esfuerzos que hizo para lograr que Derek, su pug, cagara. Y yo se lo creo, cómo no creerle todo a una mujer que sostiene a un pug como a un bebé mientras le da un biberón de jugo de ciruela.
El hámster tiene un tumor en el ano del tamaño de una nuez, siendo las nueces por lo general más grandes que las cabezas de hámster; este caso no tiene futuro, pero la niña que lo trae en su jaulita tiene dos cerezas en los ojos de tanto llorar, así que le digo que todo va a estar bien, que he visto a un hámster arrastrando un tumor como una casa y salir de aquí nuevecito, y este tumor gigante en otro hámster hace que en algún bosquecillo oscuro en el interior de la niña dos unicornios muevan los labios imitando a Stevie Nicks.
Armenia, la doña que trabaja donde Tía Celia, tampoco ha venido a limpiar la clínica y hay un vaho a mierda de labrador con pipí de cotorra que funciona mejor que la música clásica que Tío Fin quiere que yo ponga para mantener a la gente adormilada, haciéndoles perder la noción del tiempo y de ellos mismos. A las once y media Tía Celia se aparece de sorpresa y encuentra, en el panorama que describí con antelación, la confirmación de todas sus sospechas. Como Tío Fin no estaba y Armenia tampoco, tuve que chuparme todas las quejas de Tía Celia delante del hámster, el chow chow y el pug sin decir ni ji, pues yo sabía que el show no estaba dirigido a mí sino a calmar su propia vergüenza delante de aquellas gentes. Tía Celia se colocó de manera que su cuerpo estaba de frente a los pacientes pero su cara me hablaba a mí, culpándome de la suciedad y la tardanza, de mi falta de profesionalidad a la hora de administrar una clínica, etc.
Las cosas que la gente hace cuando tiene vergüenza son muy interesantes. Yo estaba tranquila y sentía pena, y hasta me sentía útil pudiendo servir como blanco de sus insultos si esto aliviaba el fuego que le quemaba la cara, y es que en su cabeza hay muchos letreros que se encienden con demasiada frecuencia, y uno de ellos dice «si la gente ve la clínica de un hombre sucia y vacía, la culpa la tiene la esposa» en bombillitos rosados, «la culpa la tiene la esposa». Cuando terminó de rellenarme como a un pastelito se dirigió a la audiencia y los invitó a comerse unos turcos con café con leche a nombre de ella. La gente aturdida y disminuida gracias al sufrimiento de sus mascotas no tenía energía suficiente para decidir por sí misma, así que Tía Celia, en lo que canta un gallo, fue al colmado, armó un pleito, trajo refrigerios, distribuyó y elogió la calidad del queso en los turcos y le partió uno en pedacitos al hámster para que la niña se lo diera a través de las rejas de su jaulita.
Tío Fin llegó y se encontró a todo el mundo masticando y a Tía Celia en el piso recogiendo con un periódico la montañita de vómito con la que el gato sin nombre acababa de homenajearla. Como si nada hubiese pasado, Tía Celia se levantó y entró con Fin en el consultorio, cerraron la puerta y susurraban de una manera tan violenta que el aire que tiraban por la boca, aunque a un volumen inaudible, movía los afiches de la sala de espera. Tía Celia salió con una bata de Tío Fin con ambas manos enlazadas y con un aire de serenidad que ni la madre Teresa, anunció que Derek podía pasar, que el Doctor estaba listo para recibirlo y así hasta que el último paciente fue atendido. Cuando todos se fueron salí de la clínica para comer algo y me tardé un poco más de la cuenta para que pudieran decirse hija e hijo de la gran puta a gusto.
Cuando volví Tía Celia se había marchado y Tío Fin estaba en «el hotel», una sala al fondo del primer piso en el que las jaulas casi siempre estaban vacías, pues sólo se usaban para los animales que venían a pasar días y noches, no por enfermedad sino porque sus dueños necesitaban un break. Tío Fin estaba mirando por la ventana hacia el patio de la casa de Cutty, fumándose un cigarrillo con una mano en la cintura.
«Toy aquí», le dije y él apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, un grumito de ceniza le salpicó la camisa y su mano la sacudió con un solo gesto. Su mano es muy larga y amplia, los dedos, gracias a años de comerse las uñas, terminan redondeados como los de un sapo, pero esto no resta elegancia a la tierna manera con que Tío Fin sostiene un animal que está examinando o uno que va a comerse. Esta elegancia yo creo que le viene de mi abuela, que creció en una plantación con lujos que ni él ni mi mamá tuvieron gracias al criterio que mi abuela utilizó para elegir un marido.
Mientras Tío Fin se comía un sandwich de pavo dijo «maldita mujer» con la boca llena y en ese momento me di cuenta que todavía no había intentado llamar al gato con nombres femeninos. Saqué mi libreta y apunté algunos nombres que se me ocurrieron.
Rosario
Layla
Eva
Renata
Esther
Gertrudis
Teresa
Ruth
Katrina
Ingrid
Susana
Penélope
Andrea
Patricia
Romelia
Lucía
Pero ninguno me gustaba. ¿Y si intentaba con mi propio nombre? Después de todo, ¿no ponían los padres sus propios nombres a los hijos?
En unos segundos mi nombre estuvo escrito en letras de molde, arranqué la página y me la metí en el bolsillo. Cogí el café con leche que quedaba en uno de los vasos y lo eché por el inodoro. Tenía muchas ganas de llamarlo por mi nombre, pero las escasas ocasiones en las que el gato había respondido eran producto de decir el nombre en el lugar y el momento adecuado, cada vez que esto pasaba el aire era más pesado y en la distancia grillos diurnos o la neverita de la clínica zumbaban con más intensidad.
Esperé un ratito viendo al gato subirse al borde de la ventana, pero antes de que los grillos empezaran a chillar con el sol afuera Tío Fin me llamó para que viera la mierda de Derek en un frasquito negro de los que traen rollos de fotografías. El cómo Tío Fin consiguió sacársela al pug es un secreto, acercó el frasco a la llave y dejó caer agua dentro hasta el borde, lo tapó y lo batió para que la mierda se ligara con el agua. Yo ya había visto cosas en el microscopio de la escuela, células de cebolla teñida con azul de metileno, pero la idea de contemplar la causa de todos los males de Derek era aún más excitante. Caminé las cinco cuadras hasta el laboratorio para entregar la muestra en su potecito Kodak a una muchacha delgada que recibió con una sonrisa aquellos mojones mojados donde las bacterias serían reveladas a todo color en una plaquita de vidrio.
La clínica tiene un parqueo con espacio para tres automóviles. Realmente son cuatro líneas pintadas en la acera, de la que Tía Celia se adueñó cuando construyó el edificio. Si Tía Celia también está en la clínica, como ahora que había regresado, su jeepeta y la camioneta de Fin ocupan los tres espacios, dejando a los pacientes con la opción de dar la vuelta a la manzana para conseguir un hueco. Entré con cautela para no sorprender una pelea o una reconciliación, pero lo que me encontré no hubiera podido preverlo. Detrás del escritorio en la sala de espera había un hombre sentado en mi silla, con una mano movía el dial del radio y con la otra trataba de captar la señal con la antena. Tía Celia salió y me presentó a Radamés, un obrero haitiano con camisita a cuadros amarillos y negros al que se le escapó una sonrisita. Tío Fin también salió del consultorio y le puso una mano en el hombro al haitiano, como usualmente hacía con la abuela cuando empezaba a disparatar. Así los tres, Radamés en el medio y mis tíos detrás, parecían listos para una foto familiar en la que yo, al parecer, no iba a aparecer. «Levántese de ahí», le dijo Tía Celia, «¿no ve que llegó la señorita?». Y Radamés se levantó rápido dejándome en la radio una emisora de bachata y la silla caliente como un muro al sol. Tía Celia le señaló un asiento en la sala de espera a Radamés y él fue a sentarse de una vez. Se quitó la gorra de Sherwin Williams que llevaba y vi que tenía una frente muy amplia en la que dos cejas que parecían sacadas con pinza se disputaban el protagonismo que los ojos, dos huevos manchados como de codorniz, no reclamaban.
Tía Celia puso cara de anuncio católico y me dijo: «Armenia está mala, así que no va a bregar con el hospital esta semana. Radamés está aquí para hacer lo que Armenia hacía y para que bañe a los perros cuando haya que bañarlos». Radamés, que seguía con la sonrisita, se tapaba la boca con la gorra y yo me preguntaba si se reía de mí, de mis tíos o del viejo que acaba de entrar con una poodle gris con la greña llena de nudos. La fuente de aquella enredadera era un chicle que se le había pegado hacía unos días a la pobre perra más el descuido del viejo, que con una catarata en un ojo todo lo veía bonito. Tío Fin se quedó con el señor hablando de política y enfermedades del sistema digestivo mientras Radamés descendía conmigo y la perra hacia el sótano. Como venía de la calle mis ojos se tardaron un rato en acostumbrarse a la oscuridad. Mientras yo me agarraba a la baranda para no tropezarme, Radamés ya tenía a la poodle sobre las piernas como a una niña, y con un peine de metal que encontró junto a la pileta de bañar a los perros comenzó a desenredarla. Palpando la pared encontré la luz y encendí la bombilla que reveló el rojo del óxido en los barrotes de las jaulas que había aquí abajo, donde podría caber un ser humano de tamaño normal junto a una bandeja con comida. En la jaula del fondo se oyó un aullido, Radamés volvió a la sonrisita de antes, ahora sin taparse la boca, y preguntó: «¿y quié eh eso?».
La voz de Radamés es como un jarabe para la tos. Tardé un minuto en responderle y cuando lo hice ya Radamés estaba frente a la jaula de Mauricio, de quien Tío Fin no sabía cómo deshacerse. Con la mano que no cargaba a la poodle acarició a Mauricio, que agradeció el gesto con su ojo único. Luego el haitiano volvió a su labor, y mientras trataba de desamarrar los nudos me preguntó si yo sabía leer y le dije que sabía leer desde hacía ocho años; se sacó un papelito del bolsillo de la camisa y me pidió que se lo leyera. El papelito contenía una historieta evangélica de esas que te dan en la calle, en la que un joven sucumbía al alcohol y las mujeres y terminaba ensartado como un puerco en puya en el mismísimo infierno. Se incluían citas del Apocalipsis y la Carta a los Corintios, los cuerpos de los demonios, ángeles y humanos no tenían muchos detalles y las boquitas abiertas de las caras estaban siempre como diciendo la letra A o la letra O. A mitad de mi lectura la sonrisita de Radamés se convirtió en una carcajada y Mauricio lanzó el primer ladrido completo desde el día en que doña Moni lo trajo hecho puré de papa.
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