Читать книгу: «Un golpe brutal»

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Título original: The Smack

© Richard Lange, 2017.

© de la traducción: V. M. García de Isusi, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO661

ISBN: 9788491876212

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Agradecimientos

Notas

PARA KIM TURNER

Tengo tantas cosas que decirte...

o puede que una sola,

pero inmensa como el mar,

como el mar, profunda e infinita...

La Bohème, acto IV

Aquí tienes un dólar, mamá. Un dólar ganado bajo la lluvia. Aquí tienes un dólar, mamá. Un dólar ganado bajo la lluvia. Es un dólar de los buenos.

Un dólar ganado con esfuerzo.

MANCE LIPSCOMB

Rocks and Gravel Makes

a Solid Road

1

Rowan Petty valoró las alternativas. Podía ver el partido de los Packer en su habitación o abajo, en uno de los bares del hotel. El casino incluso tenía una sala de apuestas pequeña y soporífera con cinco televisores en los que transmitirían el partido. Era el día de Acción de Gracias, así que le apetecía cambiar de escenario. Se estaba volviendo un poco loco después de haber pasado la última semana encerrado en una suite diminuta, colgado del teléfono mientras miraba por las enormes ventanas que iban del suelo al techo lo que quedaba de la franja de Reno y las colinas nevadas que había más allá. Estaría bien dar un paseo y tomar algo que no fuera el café del hotel.

—¿Señora Carson? ¿Qué tal está? Bien, bien, me alegro mucho. Me llamo Bill Miller y soy el vicepresidente del Departamento de Crecimiento y Beneficios de la empresa minera Golden Triangle. Tengo entendido que habló usted ayer con el señor Bludsoe, mi socio, ¿no es así? Estupendo. La cuestión es que el señor Bludsoe me ha comentado que está usted interesada en recibir más información acerca de las acciones que estamos ofreciendo actualmente y, si tiene dos minutos, me gustaría hablarle de ellas. Genial. La cuestión es la siguiente: nuestros ingenieros han encontrado hace poco un depósito descomunal de un mineral de alta densidad en nuestras minas de Perú y, por lo tanto, por tiempo limitado, estamos ofreciendo a un grupo selecto de inversores la oportunidad de unirse a nuestro negocio minero, en expansión por todo el mundo. ¿Qué le parece?

Era todo mentira, claro. No había veta, no había mina. Lo único que había era una página electrónica muy lograda, y papel de carta y sobres muy caros. La base de la estafa la componía una cuadrilla de borrachos y heroinómanos sin techo de Miami que llamaban, cada día, a cientos de números al azar en busca de personas tan crédulas o que se sintieran tan solas como para morder el primer anzuelo. El nombre de esos gilipollas se lo pasaban a Petty, cuyo trabajo consistía en tirar del sedal, para lo que les prometía un veinticinco por ciento de beneficio libre de impuestos al tiempo que intentaba extraer tanta información personal como fuera posible: cuentas bancarias, tarjetas de crédito, el número de la Seguridad Social, etc. Todo el que siguiera picando después de aquello le llegaba a Avi, que cerraba los tratos y le enviaba a Petty el diez por ciento de lo que hubiera conseguido que invirtieran.

A Petty no le gustaba estar tan abajo en el escalafón. De hecho, lo consideraba humillante, en especial porque había sido él quien le había enseñado a Avi cómo dirigir una estafa igual que esta cuando el tipo aún vendía droga puerta por puerta y lo único que le preocupaba eran los granos que le salían en la cara. Por aquel entonces, Petty tenía veinticinco años y vivía en Nueva Jersey. Llevaba desde los quince buscándose la vida y había ganado lo suficiente de varias estafas como para que a su esposa y a su hijita no les faltase de nada y permitirse unas pocas extravagancias de esas que distinguen a los seres humanos de las bestias.

Un amigo de un amigo había llegado con Avi un día y le había pedido a Petty que ayudara al chaval. Petty había hablado con él y el chaval le había parecido espabilado, así que lo acogió bajo el ala, le enseñó los tejemanejes del negocio y lo dejó que metiera el hocico en una estafa de primera en la que andaba metido por aquel entonces. Supuso que aquello sería bueno para su karma.

De vuelta al presente, quince años después, resulta que Petty se queda colgado en Sacramento con un timo inmobiliario que no ha salido bien. Se dirige a Reno con la intención de recuperar sus pérdidas en las mesas de póquer, pero su coche revienta nada más cruzar los límites de la ciudad. El mecánico le dice que le va a costar mil pavos que vuelva a arrancar. Petty no tiene una buena racha. Busca entre sus contactos y ve el nombre de Avi. Decide llamarle para ver en qué anda metido y si hay un hueco para él. Pero ¿qué le dice el tipejo ese? «Puedes dedicarte a llamar y soltar el rollo, eso es lo mejor que te puedo ofrecer».

¿Soltar el rollo? ¿El mismo trabajo que Petty le había dado a él hacía no sabía cuándo? Aquello era una afrenta, pero, al mismo tiempo, lo comprendía. La ley de la selva es la ley de la selva: a nadie le importa una mierda un perdedor. Marcó otro número, se aclaró la garganta y empezó una vez más con la perorata.

—¿Señora Fedor? Feliz día de Acción de Gracias. ¿Qué tal está?

Apenas había comenzado con la presentación cuando el señor Fedor se puso al teléfono y empezó a increparle, a decirle que debía de ser un verdadero gilipollas para intentar colársela en un festivo. Petty cortó al tipo, que seguía con la bronca, y pasó al siguiente número de la lista. Antes de que llegara a marcarlo, le sonó el teléfono, pero el suyo personal, no el de prepago que utilizaba para trabajar.

Era Don O’Keefe, Don el Dandi, que había sido amigo del padre de Petty. Lo último que Petty había oído de él era que había caído muy bajo antes de verse obligado a pasar un tiempo en la sombra. Petty se planteó dejar que la llamada fuera al buzón de voz, pero le picaba la curiosidad.

—¿Diga?

—¿Rowan?

—Don.

—Me han dicho que estás en Reno.

—¡Ah!, ¿sí?

—Sí, ¿y sabes qué?, que yo también. Ahora vivo aquí.

—Ah.

Don se dio cuenta de lo cauteloso que se mostraba Petty.

—Vale, vale, quieres que te diga quién me ha dado el soplo, ¿verdad? La cuestión es que he llamado a Avi por un asunto que tengo entre manos y me ha dicho que no podía abarcar más, pero que quizá tú estuvieras interesado.

Petty se levantó de la cama y fue a la ventana. La tarde, encapotada, estaba yendo a peor y, abajo, en la calle mojada, una figura solitaria se encorvaba para protegerse del frío y marchaba resoluta hacia su destino. Petty tocó el cristal con un dedo y se quedó mirando la huella que había dejado. Avi no hacía favores, así que eso de que hubiera avisado a Don tenía que ser una broma. Sin embargo, Petty no quería colgar al anciano. Después de que su padre los hubiera abandonado, Don había cuidado de Rowan y de su madre. Les daba cien pavos de vez en cuando y llegaba con comida y se aseguraba de que los pagos del gas y la electricidad siempre estuvieran al día. Petty le debía, por lo menos, una pizca de respeto, así que siguió al aparato.

—Yo también estoy servido, pero tengo un minuto.

—¿Por qué no quedamos?

—¿No me lo puedes contar por teléfono?

—Es mejor que lo hablemos en persona. Te invito a una copa y te lo cuento.

La desesperación que a duras penas se ocultaba en el tono de voz de Don apenaba y asqueaba a Petty.

—¿Hoy? —dijo Petty.

—¿Por qué no? —contestó Don—. Vivo con mi hija..., y no me vendría mal descansar un rato de esos críos. Hablan a gritos. ¿Será culpa de la tele?

—Pues no lo sé.

—Cenamos a las siete, ¿quedamos a eso de las cuatro y media?

Petty se alojaba en el hotel del casino Sands Regency. El sitio estaba a dos manzanas al oeste de Virginia Street, donde se concentraban la mayoría de los casinos del centro de Reno. Dado que la noche costaba la mitad que en otros hoteles de Virginia, que las habitaciones estaban limpias —aunque deterioradas— y que el personal tenía buena disposición, el Sands les gustaba a los jubilados, a los viajantes, a los adictos a las tragaperras y a los amantes de los casinos con poco dinero para apostar. El casino satisfacía a un público local, al que atraía con bebidas baratas y con cinco dólares para jugar al blackjack en mesas con tapetes desgastados. Entre las opciones para comer, el hotel ofrecía una cafetería decorada como en la década de 1950 que ofrecía desayunos especiales las veinticuatro horas del día, un «asador italiano» pretencioso que servía raciones generosas y los viernes, un bufé de marisco típico de Carolina a diez dólares con noventa y nueve centavos.

Petty se había alojado en sitios mucho peores, dado que había tenido que ir saltando de hotel barato en hotel barato desde que, hacía seis meses, el banco hubiera embargado el edificio de apartamentos de Phoenix en el que vivía. No obstante, había algo en el hecho de que se viera atrapado en el Sands en aquel momento de su vida que le pesaba y le hacía pensar que iba por el hotel con aire de rey destronado y humillado. Hacía poco que había cumplido cuarenta años y era incapaz de dejar de darle vueltas al tema cuando veía las quemaduras de cigarrillo de la estridente colcha de poliéster, mientras cenaba un perrito caliente de un dólar, cuando se lavaba los calzoncillos en el lavamanos o cuando le colgaban el teléfono viudas de Des Moines.

Si aquella mala racha era temporal, vale. Tampoco es que fuera la primera. Lo que le preocupaba era que aquel parón fuera peor que los demás, que se le hubiera acabado la suerte. Porque, no nos engañemos, uno no tiene oportunidades ilimitadas. Es cierto que todos tenemos algún traspié de vez en cuando, pero, los traspiés, con la edad, se curan más despacio y dejan grietas..., grietas por las que acaba filtrándose la poca suerte que te queda.

Como en el caso de Don O’Keefe, por ejemplo. Hacía diez años, Don era el operador por excelencia. Estaba en lo más alto, le caía pasta de media docena de timos diferentes. Ahora, en cambio... ¡Joder! Las cosas habían empezado a irle de mal en peor después de que su esposa falleciera. La había amado con toda su alma y aquella pérdida lo había vuelto descuidado. Don había llenado el gran agujero que había dejado la mujer con alcohol, había pasado las horas solitarias apostando y, al final, le habían echado el guante en Seattle por un estúpido timo de la estampita y había pasado ocho meses en la cárcel del condado de King. Don el Dandi, el que no había pasado ni una noche en comisaría. Desde entonces, no había levantado cabeza. Llevaba seis meses en la calle y no conseguía que le saliera nada. Setenta años y viviendo de sobras, de lo que dejaban los peces gordos. Los antiguos socios lo ponían a parir y se cambiaban de acera cuando lo veían venir. Nadie quería mirarle a los ojos. Nadie quería pillar lo que fuera que tuviera.

Petty brindó por el pobre desgraciado con la primera copa de la tarde. Lo hizo porque él mismo estaba tirando de sus últimos cinco mil dólares y, si aquello era todo, el final de los buenos tiempos, quería que, por lo menos, hubiera alguien que brindara por él mientras lo recordaba en la cresta de la ola.

Estaba sentado en el salón Jackpot, su bar preferido de entre los tres del Sands y que atendía una vieja vaquera escuálida de horrenda sonrisa. Para compensar, la mujer llevaba el pelo, pelirrojo y brillante, cardado e iba maquillada como si hubiera pasado por unos grandes almacenes y la hubieran maquillado para intentar venderle una tonelada de mierda que, en realidad, ninguna mujer necesita. Petty y ella habían intimado, la mujer lo llamaba «Rowan» y él la llamaba «cariño». Petty deseaba de corazón que la mujer tuviera a alguien en casa que la hiciera feliz —un gato, un programa de televisión preferido.

Después de hablar por teléfono con Don, Petty se había duchado y afeitado, se había secado el pelo y palmeado un poco de colonia Armani de noventa pavos el bote. Unos vaqueros elegantes, una camisa de vestir y una chaqueta de cuero. No se ponía anillos en el meñique o cadenas de oro, como los macarras; él prefería que fueran su reloj y sus zapatos los que hablaran por él. El Submariner que llevaba era falso, y a sus Bruno Maglis empezaba a notárseles que tenían unos cuantos años, pero ambos estaban más que bien para Reno. Había tenido cuidado con la bebida en cuanto empezó a trabajar para Avi porque quería tomarse el trabajo en serio, así que el primer sorbo de Black Label le supo a gloria. Paladeó el whisky antes de dejar que bajara despacio por la garganta. Feliz día de Acción de Gracias de los cojones.

—¿Vas a querer pavo para cenar? —le preguntó la vaquera.

—Si he de serte sincero, nunca me ha gustado mucho el pavo. Es una tradición y todo eso, lo entiendo, pero prefiero un buen filete de ternera.

—Me recuerdas a mi padre. Solía decirnos: «¿Sabéis por qué los colonos comían pavo? ¡Porque no tenían KFC!».

—Debía de ser un tipo divertido.

—Si tenemos en cuenta que era un miserable borracho... ¿Has oído hablar del pavopatopollo?

—¿Qué es eso?, ¿un pavo dentro de un pato y, a su vez, dentro de un pollo?

La vaquera se rio y dejó a la vista sus dientes mellados y torcidos.

—Al revés, un pollo dentro de un pato, dentro de un pavo.

—¡Ah, vale, eso tiene que estar mucho más rico!

Petty se giró en el taburete para examinar el casino. Como era festivo, estaba más lleno de lo normal a las tres de la tarde. Los jugadores que ocupaban las mesas del blackjack que tenía delante aullaban y abucheaban al crupier, pero no eran más que una panda de capullos. Jugaban una partida de cinco dólares con un solo mazo, lo que podría estar bien, dado que las probabilidades de ganar a la banca siempre eran mejores con un mazo que con el clásico «sabot», o dispensador de cartas, ¿no? Pues no. No cuando el pago por un blackjack en una mesa con un solo mazo estaba seis a cinco en vez de al habitual tres a dos, que era lo que lo cambiaba todo.

Un jugador con veinticinco dólares y una estrategia básica en una mesa de tres a dos con un zapato que contuviera ocho mazos solía perder once dólares con veinte centavos a lo largo de ochenta manos. En una mesa con un solo mazo pero que estuviera seis a cinco, perdería veintinueve dólares.

A lo largo de los últimos años, los casinos de todo el mundo habían ido cambiando, poco a poco y en silencio, las mesas de un solo mazo a esta versión del juego y, aunque lo que se pagaba estaba impreso en el fieltro, los incautos que llegaban para pasárselo bien el fin de semana se sentaban de todos modos y entregaban al casino esa pasta que tanto sudor les había costado ganar, lo que suscribía el viejo dicho de que las mesas de un solo mazo estaban donde tenían que estar.

Petty no tenía nada en contra de sacarles un poco más, pero, en este caso, la estafa era tan descarada que hasta a él le molestaba. No eran necesarias ni habilidad ni profesionalidad. No era necesario tener huevos. Los cicateros de la industria del juego estaban aprovechando el hecho de que los jugadores ocasionales acostumbraran a aferrarse a la sabiduría popular en vez de hacer números. Petty no tenía claro quién le tocaba más la moral, si los don nadie corporativos que repartían cartas en las mesas o los que se sentaban a jugar y dejaban que los desplumaran con impunidad.

Le dolía la cabeza de pensar en aquello. Llevaba una semana respirando únicamente el aire reciclado del hotel, y el apestoso humo de los cigarrillos, la desesperación y la desilusión se le habían pegado a los huesos como un cáncer. Con la esperanza de preservar la tímida chispa de ánimo festivo que había conseguido encender en su corazón, apuró el whisky y se apresuró a la salida.

2

Petty sintió el mordisco del frío en cuanto salió a la calle. Se encogió y buscó la cremallera de la chaqueta. A pesar de haberse subido el cuello y de haber metido las manos en los bolsillos, aún temblaba. No tenía ropa adecuada para aquel clima, pero es que su primera intención había sido trasladarse a un sitio más cálido.

La nieve plumosa que había empezado a caer iluminó la nieve a medio derretir del día anterior. Copos delicados caían sobre los coches abollados y las camionetas embarradas que había en el aparcamiento del Sands y se enredaban en las pestañas de Petty. Petty odiaba la nieve. Odiaba el hielo. Aquella antipatía provenía del miedo a resbalarse; miedo que, de hecho, había empezado a convertirse en una fobia. La mera posibilidad de dar un traspié lo ponía muy nervioso. No es que le preocupara hacerse daño si se caía, le inquietaba más el ridículo que pudiera hacer; no soportaba que se rieran de él. Subió por la calle Cuarta en dirección a Virginia vigilando cada paso que daba.

Un coche pasó muy despacio a su lado, con los faros ya encendidos. Aún faltaban dos horas para que anocheciera, pero parecía que fuera mucho más tarde. Las nubes oscurecían la luz del sol y la nieve amortiguaba el sonido, mientras que el gris e implacable avance de un invernal anochecer prematuro intensificaba la sensación melancólica que producían las luces de neón del casino que tenía delante.

La calle estaba llena de moteles viejos, la mayoría de ellos con puertas y ventanas entabladas. Los pocos que seguían en marcha, aunque a trancas y a barrancas, alquilaban habitaciones por meses o por horas con intención de captar a cualquier tipo de cliente. En la entrada de coches del hotel Rancho Sierra Motor había una negra alta y delgada con una gabardina rosa y unos tacones de vértigo. Quería hacer ver que estaba hablando por teléfono, pero levantaba la vista y sonreía cada vez que pasaba un coche. Tendría unos veintiuno o veintidós años, tenía los labios carnosos y los dientes grandes, y llevaba una peluca rubia que hacía que pareciera famosa. Petty le devolvió la sonrisa cuando la mujer dio un paso adelante para bloquearle el camino.

—¿Cómo estás, cielo? —le arrulló la mujer.

—Muy bien —contestó él—. ¿Y tú?

—Helada. ¿Te gustaría hacerme entrar en calor?

La mujer se abrió la gabardina y Petty se fijó en que llevaba un top con la bandera de Estados Unidos de América y unos minúsculos shorts vaqueros. Con aquel tiempo. Una fortaleza digna de admiración.

—Resulta tentador —respondió Petty.

—Pues venga, déjate tentar. Date un capricho el día del Pavo.

—¿Y si el capricho te lo doy yo a ti? Ven, que te invito a una copa.

—¿Para qué perder el tiempo? Tengo una habitación aquí al lado. Podríamos entrar en calor enseguida.

—Es que yo soy de la vieja escuela. A mí me gusta coquetear primero.

—¿Coquetear? —repitió la prostituta con cara de «pero ¿qué coño...?»—. Te das cuenta de que estoy trabajando, ¿no?

—Claro, pero también sé que las leyes de Nevada te dan derecho a parar para tomar un café.

—¡Ja! ¡Qué gracioso! Me gustas, Vieja Escuela.

La mujer tecleó un número en su teléfono móvil y se volvió para hablar en voz baja con quien fuera que hubiera respondido a la llamada.

Petty esperó. Cambiaba el peso del cuerpo de un pie al otro. Sentía debilidad por las prostitutas. No por las enganchadas a la droga o por las siniestras que odian a los hombres, sino por esas que tienen las ideas claras y que consideran la prostitución un trabajo más. Había conocido a unas cuantas putas muy inteligentes a lo largo de los años, damas que se las sabían todas.

—Te llamo cuando acabe —le dijo la prostituta a su interlocutor, que siguió hablando hasta que, de pronto, le soltó—: ¿Es que no te das cuenta de que no te estoy escuchando?

Y colgó.

—No quiero meterte en problemas —le dijo Petty.

—Aún no ha nacido el guapo que me mangonee —le contestó la mujer antes de cogerlo del brazo y atraerlo hacia ella—. Tienes unos ojos muy sexis, ¿lo sabías?

—No tanto como los tuyos. Ve con cuidado con el hielo, ¿eh?

Por mucho que le disgustara la nieve, Petty tenía que reconocer que ver nevar era realmente bonito. Se fijó unos instantes más en cómo caían los copos por entre lo que quedaba del día mientras caminaba junto a la prostituta hacia los casinos y se preguntaba si de verdad todas las personas serían diferentes o si aquello no era sino otra de las chorradas que a uno le soltaban de pequeño.

La prostituta se llamaba Tinafey.

—Como la blanca esa de la televisión, pero en una sola palabra —le explicó.

Petty no le preguntó cuál era su nombre de verdad. No había por qué. Se sentaron a una mesa en el bar del Silver Legacy, donde un tipo al piano cantó una canción de los Beatles primero y, después, algo de Neil Diamond. Tinafey pidió Kahlúa y café.

—Lo mismo —le dijo Petty a la camarera.

—¿De dónde eres? —le preguntó Tinafey a él.

—¿Te refieres a dónde nací?

—Claro.

—Nací en Detroit, pero nos mudamos en varias ocasiones. —Petty siempre les contaba la verdad a las prostitutas, porque eran capaces de calar una mentira a la legua—. Mi padre era jugador y mi madre, la esposa de un jugador.

—Pobrecito...

—Seguíamos a mi padre allí adonde lo llevara la suerte. Un par de años aquí, un par de años allí... Chicago, Las Vegas, Atlantic City... Montó un casino ilegal durante un tiempo en Filadelfia...

—¿Te gustaba eso de mudarte tanto o lo odiabas?

—¿Qué más daba? Era un niño. A nadie le preocupaba lo que yo pensara. Mi padre nos abandonó en Florida y se largó con una vendedora de Mary Kay. Debió de ser por el Cadillac rosa.*

—¿Y qué tal saliste?

—¿Habiendo crecido así?

Petty se encogió de hombros y barrió con la mano un poco de ceniza de cigarrillo que había en la mesa.

—Así que tú también eres trotamundos y te dedicas a las apuestas, ¿eh?

—Tengo casa en Phoenix, pero, en estos momentos, estoy de paso.

—Bueno, el mundo necesita trotamundos y apostadores.

—¿Y tú? ¿De dónde eres?

—De Memphis.

—Se te nota en el acento.

—Puede, pero he estado en todos los lados; incluso en México, en Cabo San Lucas.

—¿Y cómo fue?

—Cielo, fue como un sueño. El océano y el desierto juntos. Me tumbaba al sol, bebía margaritas y me quedaba dormida cada noche escuchando las olas y respirando aquel aire. Con aquello me valía. Recuerdo que le dije a la amiga con la que había ido: «Te juro por Dios que aquí podría vivir aunque fuera pobre». Allí no necesitas más que una hamaca, un poco de arroz y alubias..., y toda aquella belleza.

La mujer sonrió mientras pensaba en ello y, por primera vez, Petty vio su verdadero rostro, ese del que uno se enamora. Él también sonrió.

—¿Vas a llevarme a Cabo San Lucas? —le preguntó Tinafey con cara de pena.

—¡Coge el bolso y vamos!

—Un chico de allí me preguntó si era modelo, y no bromeaba.

La camarera les llevó las bebidas. Tenían nata montada encima, como si hubieran pedido chocolate caliente. Tinafey se comió la suya con cucharilla, por separado, y después empezó a lamerla para juguetear con Petty. Este le preguntó por sus clientes. Las prostitutas siempre tienen buenas historias de clientes, de lo raros que son. Tinafey se le acercó y empezó a susurrar. Tenía clase, no quería que todo el bar se enterara de que a don Calabacín le gustaba que le metiera un calabacín mientras él se la tiraba, o de lo del anciano que le pagaba veinticinco dólares por cada condón usado. Aunque la historia que más le gustó a Petty fue la de un tipo que se ponía a cuatro patas en una alfombra que él mismo llevaba. Al parecer, le había dicho a Tinafey que se convertía en un gatito cuando se ponía en la alfombra y, en efecto, había empezado a maullar y a ronronear nada más subirse a ella; cuando la mujer puso un pie en la alfombra, el hombre empezó a lamérselo con su lengua de gato.

—Me hacía cosquillas —dijo Tinafey—, pero se enfadaba si me reía.

Petty consultó el reloj y vio que faltaban quince minutos para reunirse con Don. Sacó un billete de cien y lo deslizó por la mesa.

—Tengo que irme pitando —le dijo él.

Tinafey fingió sorpresa.

—Pensaba que esto eran los preliminares.

—Esto ha ido de dos colegas tomando una copa, pero descuida, que, si alguna vez nos ponemos con los preliminares, no los confundirás.

Tinafey cogió el dinero y lo guardó en su bolso de mano de lentejuelas.

—Cuando decidas que quieres algo más, ya sabes dónde encontrarme.

Petty se puso de pie y se embutió en su chaqueta.

—Que tengas un feliz día de Acción de Gracias —le deseó.

—Y tú —respondió ella mientras contestaba el teléfono.

El pianista, un esqueleto vestido con un esmoquin que le quedaba grande, estaba en medio de una interpretación insustancial del Fire and Rain de James Taylor. Era muy probable que odiara tener que tocarla noche tras noche y que lo hiciera con el piloto automático puesto mientras se preguntaba cuántos cigarrillos le quedarían en el paquete. Sea como fuere, aquella era una de las canciones favoritas de la madre de Petty, una tonada que la mujer tarareaba mientras fregaba los platos, así que, de camino a la salida, le dejó cinco dólares en el bote.

En el cavernoso salón de apuestas del segundo piso del Club Cal Neva había tantos vagabundos guareciéndose del frío que aquello parecía un refugio para gente sin hogar. Recostados en las butacas y en los sofás enfocados a la televisión había hombres desgreñados y zarrapastrosos vestidos con chaquetones acolchados llenos de manchas, con las bolsas de plástico y mochilas sucias en las que transportaban sus pertenencias a sus pies. La mayoría de ellos fingía ver la televisión, pero en realidad muchos roncaban y dormían con la boca abierta de par en par, lo que violaba la prohibición de dormir en los casinos. Como era Acción de Gracias, los guardias de seguridad les daban un respiro.

Un terrible olor a cuerpos desaseados y a ropa húmeda asaltó la nariz de Petty cuando salió de la escalera mecánica que lo había subido al casino. Miró por entre los restos de aquel naufragio humano en seco y deseó que Don hubiera elegido otro lugar en el que reunirse. Estar tan cerca de suertes tan malas y de tantas malas decisiones le ponía nervioso, sobre todo cuando su propio barco se dirigía a las rocas.

Don lo saludó con la mano desde su taburete, en el bar cuadrado que había en el centro del salón, y le hizo un gesto para que se sentara en el taburete vacío que tenía al lado como diciendo: «¡Mira lo que tengo para ti!». Habían pasado quince años desde la última vez que se habían visto. El hombre se había rendido a las canas y había dejado de teñirse de moreno. Por debajo de la barbilla tenía los colgajos de piel típicos de la edad.

—Si hubiera sabido que te ibas a arreglar, habría venido con traje —le dijo Don mientras señalaba el cuello de su camisa hawaiana Tommy Bahama. La camisa la acompañaba de unos pantalones caqui anchos y de unos zapatos de tenis de abuelo, de esos con velcro en vez de con cordones. Ya no vestía bien, no tenía nada de dandi—. Ahora voy más informal —lo dijo a modo de disculpa.

—Cada uno va como quiere —le dijo Petty.

—Así es, así es —le respondió Don, que se reía entre dientes mientras se estrechaban la mano.

Al hombre se le había olvidado afeitarse parte de la cara, una zona de pelo blanco en la barbilla, pero Petty decidió darle una oportunidad. Recordó que los ancianos van a menos revoluciones. Es normal.

—Un escocés, ¿no? ¿Con hielo? —le preguntó Don.

—Veo que te acuerdas.

—Yo lo recuerdo todo.

El anciano le hizo una señal al camarero y pidió el whisky.

—¿Qué tal Reno? ¿Te gusta este sitio? —le preguntó Petty.

Don se encogió de hombros.

—Bueno, digamos que es donde estoy ahora, donde he acabado, pero mis opciones eran limitadas, ¿sabes?

—Me enteré de lo de Myra.

—No me cabe duda. A la gente le encanta contar las noticias tristes de otras personas y comportarse como si les importara una mierda. La cuestión es que aquello acabó conmigo. No he levantado cabeza desde entonces, y no me da vergüenza admitirlo. Estuvimos casados cuarenta y dos años. Tuvimos y criamos a tres chicos. Ella era lo único que me importaba en la vida. Los hijos también, sí..., pero eso es diferente. Me tocó la lotería cuando la conocí, Rowan. ¡Me tocó el gordo!

Le brillaban los ojos y se le enronqueció la voz. El camarero les sirvió las bebidas y se esfumó.

—¡Por Myra! —exclamó Petty mientras levantaba su vaso.

—Venga, no me jodas..., si apenas la conocías.

—Sí, es verdad, pero cualquiera que te soportara tantísimo tiempo es digno de admiración.

Don chocó su vaso con el de Petty y soltó:

—Y por tu viejo.

—No, a ese que le jodan.

—Hizo lo que pudo.

—Esa es la excusa que pone todo dios.

Ambos permanecieron un rato en silencio, haciendo como que veían el programa previo al partido en uno de los televisores, hasta que, por fin, Don dijo:

—Bueno, da lo mismo. Dime, ¿qué tal estás? Carrie y tú os separasteis, ¿no? ¿Te has quedado con Samantha?

Petty frunció el ceño, pero se escondió detrás del vaso de whisky. Así que la gente también hablaba de él, ¿eh?

—Más o menos —dijo Petty—. Digamos mejor que Carrie se piró con Hug McCarthy hace doce años y que no la he visto desde entonces.

—¿Con Hug McCarthy? Es un mal tipo. ¿En qué estaría pensando Carrie?

—Eso vas a tener que preguntárselo a ella. Tuve a Sam conmigo un tiempo, pero acabé mandándola a vivir con mi madre. Era mejor para escolarizarla y para todo. Ahora, va a la universidad en Los Ángeles.

Don resopló.

—¿Ya? Aún la recuerdo en pañales.

A Petty estaba empezando a molestarle que el anciano estuviera haciéndole pensar en el pasado. Ya estaba bien de cháchara, era hora de ir al grano.

—Bueno, ¿de qué querías hablar?

Don miró al camarero, a una camarera que pasaba, a un vagabundo que estaba pidiendo una Bud Light de un dólar.

—Vamos a otro sitio más recogido —comentó Don como si todos los del salón estuvieran prestándoles atención.

Fueron a una mesa que había al fondo del salón, lo más lejos posible de la muchedumbre que rodeaba el bar. Petty esperó con los dientes apretados mientras Don se tiraba cinco minutos intentando calzar la mesa con un pedazo de cartón de un posavasos. Cuando, por fin, el anciano se quedó contento, se puso bien aquella ridícula camisa que llevaba, le dio un sorbo a su bebida y se inclinó para hablar en voz baja.

—Tengo algo gordo entre manos.

—Vale.

—Avi se va a arrepentir de no haberme prestado atención cuando se lo expliqué.

—Es un tipo ocupado.

Don resopló.

—¡No me vengas con esas! No sé cómo tragas a ese gilipollas.

—No lo trago. Le ayudo temporalmente.

—Pues no es eso lo cuenta por ahí. Él explica que llegaste arrastrándote, de rodillas, pidiéndole cualquier cosa, lo que fuera. Dice que estás desesperado.

—Ah, ¿sí?

—«Yo estoy a tope ahora mismo, pero Rowan está desesperado por apuntarse un tanto. ¿Por qué no se lo ofreces a él?». Palabras textuales.

Petty mantuvo su cara de póquer, como si aquello no fuera con él; por dentro, sin embargo, estaba que se subía por las paredes. Que le dieran por culo a Avi y que le dieran también a Don. Un año atrás, a esas alturas de la conversación ya estaría camino de la puerta; aunque, claro, por mucho que estuviera atravesando un bache, tampoco es que estuviera dispuesto a aguantar según qué cantidad de mierda. Respondió con un tono de voz más enfadado del que había pretendido:

—No estoy desesperado, Don. Es cierto que, ahora mismo, la cosa está floja, pero no estoy desesperado, joder, así que no me vengas con un trabajito de mierda porque creas que me voy a agarrar a cualquier cosa como a un clavo ardiendo.

—¡Oye, oye, oye, que te estoy ofreciendo algo bueno!

—Lo único que digo es que llevo dedicándome a esto el tiempo suficiente para saber que la gente como tú..., como yo..., somos caníbales que, si tuviéramos el hambre suficiente, no nos lo pensaríamos dos veces antes de comernos a uno de los nuestros, y, por lo que tengo entendido, cabe la posibilidad que tú tengas mucha hambre.

—Deja que te dé dos pinceladas del asunto, y si quieres participar en el negocio entro en materia. De lo contrario, nos olvidamos del tema, nos damos la mano y tan contentos.

Petty cogió el vaso y le dio vueltas al hielo con el dedo.

—Tres minutos.

Don se inclinó aún más hacia él.

—Sabes que he pasado una temporada a la sombra hace poco, ¿no? Porque seguro que eso también te ha llegado. Bueno, pues mientras estaba allí dentro conocí a un chaval, el típico niñato, el típico drogata, de esos que vuelven a entrar en cuanto salen, ya sabes, y nos hicimos amigos. A ver, amigos no, pero cuando uno está ahí dentro se aburre tanto que... Bueno, la cuestión es que no dejábamos de darle al pico, de compartir historias.

»La cosa es que el chico tenía un cerebro más pequeño que una nuez. Me refiero a que era incapaz de mantener la boca cerrada respecto a temas que mejor habría sido que hubiera mantenido en secreto, ya me entiendes. La mayor parte de lo que decía no eran más que chorradas, bobadas para fardar de todos los hijos de puta que conocía fuera y de los trabajitos que le habían encargado. La cosa es que, un día, una de sus historias me llamó la atención. No, más que llamarme la atención me puso en funcionamiento el corazón. Hizo que sintiera chispas en las palmas, Rowan. Así que me esmeré por engancharle. Le di sellos, le hacía depósitos para la cantina y, poco a poco, fui sacándole los detalles. Lo que conseguí..., bueno, digamos que, con lo que me contó y con unos cuantos preparativos, podríamos tener delante el golpe de nuestra vida.

Petty se recostó y sonrió.

—¿Lo dices de verdad, Don? ¿De una rata carcelaria?, ¿de un bocazas?

—El chaval era un inútil, de eso me di cuenta a las primeras de cambio, pero si tan solo la mitad de lo que me contó de este asunto es verdad... Te lo aseguro, merece la pena ponerse con ello.

—¿Y de qué se trata? ¿De qué va?

—¿Así?, ¿sin más?

—¿Para qué ibas a traerme aquí si no pretendías contármelo?

—Pues..., pues...

El anciano se puso nervioso. Don el Dandi, el tipo con más labia que Petty había conocido, balbuciendo en medio de un discurso. Al descubierto.

«Joder, tío..., todos vamos para abajo», pensó Petty.

—Sí, claro, por qué no —respondió Don después de haberse rehecho—, te lo voy a contar. ¿Por qué no? Todo empieza en Afganistán, con un soldado destacado en el aeropuerto de Bagram, la base principal de la zona. El soldado es el encargado de pagar a las empresas afganas de camiones por las entregas que hacen en otras bases, de suministros y mierdas de esas, y todos los pagos se hacen en metálico, en dólares, porque los de la toalla en la cabeza es lo único en lo que creen. Lo que acabó sucediendo..., porque no sé qué tipo de idiotas dirigen aquello, pero es que hasta un ciego lo habría visto venir a la legua..., lo que acabó sucediendo es que el soldado hizo un trato con los de los camiones: les pagaba por envíos que no llegaban a hacer y las empresas le daban a él un porcentaje de esos pagos.

»Luego, el tipo le pasaba la pasta a otro soldado de la base, uno cuyo trabajo consiste en llenar contenedores con material que el ejército envía de vuelta aquí, a Estados Unidos. Este otro soldado escondía el dinero en contenedores, a los que les ponía un sello militar especial para que los de aduanas no pudieran abrirlos, y los contenedores llegaban a una base militar de Carolina del Norte. Otro soldado de allí sacaba el dinero de ellos y se lo enviaba a un tipo que se encargaba, no te lo pierdas, de almacenar el dinero en la caja fuerte que tiene en su apartamento con la intención de dividir lo que hayan conseguido en cuanto todos vuelvan a casa.

Cuando acabó su relato, Don se echó hacia atrás y sonrió.

—Vale, ¿y cuál es tu plan? —preguntó Petty.

—Bueno, pues está claro que alguien tiene que abrir esa caja fuerte.

—Alguien.

—¡Tú!

Petty sacudió la cabeza, le dio un sorbo a su whisky y dijo:

—A ver, que no es que me crea ni una palabra de esto, pero, dime, ¿de cuánto dinero estamos hablando?

—Si no te has creído lo que te he contado hasta ahora, desde luego no te vas a creer la cantidad.

—Prueba.

—¡Dos millones!

—¿Dos millones de dólares?

—Eso es lo que me dijo mi colega.

—Tu colega el yonqui. ¿Y de dónde dices que sacó la información?

—Su hermano es el soldado de la base de Carolina del Norte, el encargado de sacar la pasta de la base. Al parecer, un día le dio el siroco y le enseñó la morterada de billetes a mi colega. Por lo visto, son una familia de putos bocazas.

Oyeron cierto escándalo cerca de las ventanillas de apuestas porque dos vagabundos se peleaban por una batería de teléfono móvil.

—¡Dame eso, hijo de puta! —gritó el más grande de los dos antes de darle un puñetazo en la cara al otro.

El vagabundo más liviano cayó al suelo y el grandullón levantó una pierna para pisarlo con la bota, pero un guardia de seguridad se acercó para separarlos. Un segundo guardia de seguridad levantó al pequeñajo de malos modos y lo empujó hasta las escaleras mecánicas mientras aplaudía un gilipollas acodado en la barra del bar.

Petty observó el alboroto pensando en que había dos millones de dólares en la caja fuerte del apartamento de un cretino y en lo increíble que sonaba todo. No obstante, no pudo evitarlo: empezó a pensar en formas de conseguir aquella pasta.

—La caja fuerte complica el asunto —le dijo a Don—. No puedes limitarte a entrar para llevarte la pasta mientras el tipo está fuera.

—Correcto. ¿Y cómo lo resolvemos?

—Hay que hacerlo mientras el tipo está en casa. Tendrías que conseguir que te dejara entrar y, después, convencerle para que te diera la combinación; y, claro, eso implica llevar un arma.

—Me parece bien.

Dos millones de dólares. El golpe con el que Petty había soñado toda la vida. ¡Abracadabra!, y todos sus problemas resueltos en un instante y para siempre, aunque la realidad era muy diferente.

—La cuestión es que creo que ese yonqui estaba diciéndote lo que querías oír —le dijo a Don.

—Ya, pero ¿y si no fuera así?

—En ese caso, llegamos al segundo punto: yo no me dedico a esto. Robar es algo muy chungo. Yo me dedico a convencer a los pardillos para que me den su dinero.

—Eres un tipo listo. Seguro que algo se te ocurre. ¡Joder, pero si ni siquiera sería necesario hacerse con todo el botín para que fuera un gran golpe! Con coger un poco sería más que suficiente para alegrarle la vida a cualquiera.

En eso tenía razón, pero Petty no se veía con una pistola y haciéndose el duro hasta el punto de conseguir convencer a otro tipo de que apretaría el gatillo si no le decía lo que quería. No estaba tan desesperado.

—Paso del tema —soltó Petty.

—Te doy un tiempo para que lo pienses —dijo Don.

—No, no es necesario. Esto no es para mí.

—No me digas eso, Rowan. Dime que sí.

—No puedo, Don. Lo siento.

—¡Vamos!

—No.

Don se dejó caer en la silla. Parecía que estuviera cansado, cansado de todo. A Petty le quedó claro que él era el último cartucho del anciano. Después de unos segundos de un incómodo silencio, Don soltó un suspiró profundo, se levantó con dificultad y se puso un plumas morado horrible.

—Tengo que irme —le dijo.

—Tomemos otra copa —le ofreció Petty.

—Mi hija me espera para cenar. Para ella es importante celebrar las festividades.

Se dieron la mano.

—Conduce con cuidado por la nieve —le dijo Petty.

—Sí, sí —respondió Don mientras se alejaba arrastrando los pies.

Petty volvió a la barra y, en esa ocasión, pidió una cerveza. Empezaba el partido de los Packers. Se quedó mirando la pantalla, pero era incapaz de dejar de pensar en el pasado y de preocuparse por el futuro. En un momento dado, alguien se le acercó y le preguntó cómo iba el marcador. No tenía ni idea. Al otro lado del local, uno de los sintecho se echó las manos a la cabeza y empezó a girar en el taburete mientras musitaba:

—¡No, no, no!

Petty ya no podía más. Bajó y se sentó a una de aquellas mesas de blackjack de seis a cinco con una sola baraja y perdió doscientos pavos en veinte minutos.

3

Cuando Petty salió del Cal Neva ya era noche cerrada. Había dejado de nevar, pero la chaqueta apenas le protegía del frío. Virginia Street estaba desierta; la gente estaba viendo el partido, comiendo pavo en un bufé o malgastando su dinero en los casinos. Las luces embarraban la acera húmeda con rojos urgentes, azules eléctricos y amarillos ácidos; salía vapor por conductos de ventilación y rejillas.

Cenó unos tacos en un restaurante mexicano encajonado entre un salón de tatuajes abandonado y una casa de empeños cerrada porque era festivo. El restaurante estaba abarrotado de familias numerosas que ocupaban dos o incluso tres mesas y, por la manera en que la camarera le preguntaba si quería que le rellenara el vaso de agua antes incluso de que lo hubiera apurado, Petty se dio cuenta de que lo compadecía porque estaba solo. Aquello le tocó las narices.

Después de cenar se le ocurrió que podía ir a ver al mago del Harrah’s. Trucos con barajas de cartas cursis, palomas que desaparecían... Puede que el tipo incluso partiese a un pibonazo por el medio. Sin embargo, cuando comprobó en el móvil la hora a la que empezaba el espectáculo, se dio cuenta de que ya estaba muy avanzado. Vale, no pasa nada. Volvería al Sands, pillaría una cogorza y jugaría al póquer en una mesa en la que no hubiera límite de apuestas. Gracias a la televisión y a Internet, cualquier mono capaz de sujetar unas cartas creía que sabía jugar, y Petty siempre disfrutaba haciéndoles ver que no era así.

De vuelta en la calle Cuarta, vio a Tinafey a dos manzanas de distancia. La mujer seguía en su puesto de trabajo. Petty empezó a pensar en lo largas que tenía las piernas y en aquella sonrisa pícara, en el hueco que tenía entre las palas y por el que, de vez en cuando, se veía un destello de su lengua rosada. Puede que lo que necesitara fuera pasar un rato con ella, solo que, esta vez, dejaría que la mujer se encargara de todo. Hacía dos meses que no echaba un polvo. Había estado tan ocupado con sus problemas que ni siquiera se lo había planteado, y de pronto era lo único en lo que podía pensar. Tinafey levantó la vista del móvil y sonrió en cuanto vio que se acercaba. Petty se dio cuenta de que temblaba, pero más por emoción y nervios que por frío.

—Ya era hora —le dijo ella.

—Así que sabías que iba a volver, ¿eh?

—Pues claro. Te he hipnotizado.

—Has dicho que tenías una habitación, ¿no?

—Aquí mismo. —La mujer hizo un gesto para señalar el motel que tenía detrás—. ¿Estás preparado para que te haga flipar?

—Estoy preparado.

—Te daría la mano, pero es que la tengo congelada. Ven.

Tinafey enarcó el brazo y se pegó a Petty cuando este le pasó el suyo. Recorrieron el aparcamiento hasta una habitación que estaba en la planta baja. La mujer abrió la puerta, que estaba cerrada con llave, y entraron.

La habitación olía a marihuana amarga y a algún tipo de producto de limpieza de esos con aroma a «fresco». Cama, cómoda, televisión. En la pared había un cuadro de un indio a caballo, como abatido, y la lamparita de la mesita de noche daba más problemas de los que resolvía, porque las sombras que proyectaba hacían que la colcha resultara siniestra y que la sucia moqueta pareciera un animal atropellado.

—Disculpa el desorden —comentó Tinafey mientras recogía del suelo un tanga rojo y una sandalia y los tiraba al interior de una maleta con ruedas que había sobre la cómoda. Luego, subió la cremallera de la maleta, cerró la caja de pizza que había al lado de la maleta y juntó un poco más un par de botellas de dos litros de soda, una jarra de vino y un quinto de tequila. Los Doritos y los dónuts de chocolate los metió en un cajón—. ¿Quieres beber algo?

—Claro.

Tinafey sirvió tres dedos de Cuervo en un vaso de plástico y se lo tendió. Petty le dio un sorbo y se preguntó qué debería hacer a continuación. Lo peor de estar con una prostituta era dar con la forma de entrar en materia, porque cada vez era diferente. Se sintió agradecido cuando fue ella quien tomó la iniciativa y lo guio.

—Venga, siéntate en la cama.

La mujer se retiró un par de pasos y representó la típica rutina sexi en la que se abría la gabardina poco a poco y la dejaba caer por los hombros y los brazos para que Petty pudiera ver lo buena que estaba con aquel top y aquellos shorts minúsculos.

—Te va a costar doscientos.

Petty sacó la cartera, apartó los billetes y se los enseñó. Ella cogió el dinero y se lo guardó en uno de los bolsillos de los shorts.

—¿Quieres verme las tetas? —le preguntó mientras se ponía las manos a los lados para juntarlas.

—No estaría mal para empezar.

Petty tuvo que aclararse la garganta antes de hablar.

Ella fue ayudándolo: «¿Quieres que me quite la ropa?». «¿Quieres que te quite la ropa?». «¿Quieres tumbarte?». «¿Quieres que te chupe la polla?».

Petty respondió que sí a todo y acabó desnudo en la cama, intentando no correrse demasiado pronto mientras Tinafey hacía magia con la boca. Estaba pensando en que aquello iba a valer cada centavo invertido cuando, de pronto, un negro enorme con una chaqueta de los Atlanta Falcons abrió la puerta de la habitación de golpe y entró. El tipo corrió hasta la cama, apartó a Tinafey de malos modos, se lanzó encima de Petty y lo cogió por el cuello con ambas manos.

—¡Bo, tío, pero ¿qué coño estás haciendo?! —le increpó Tinafey.

—¿Qué coño estás haciendo tú?

Petty intentaba zafarse del tal Bo metiendo un dedo entre su cuello y las manos de este, pero el cabrón le pegó un puñetazo en la cara con tanta fuerza que le pareció que se lo había propinado con una maza de diez kilos y se le quitaron las ganas de seguir intentando zafarse.

—¿Quién coño crees que eres, follándote a mi mujer? —El tipo se sentó a horcajadas en el pecho de Petty y empezó a apretarle el cuello con más fuerza—. ¡Podría matarte ahora mismo! ¡Podría matarte y no me harían nada!

Tinafey saltó a la espalda de Bo y empezó a pegarle. Él le soltó un codazo que la alcanzó en la cabeza y la mujer se vio forzada a retirarse. El tipo le sacudió otro puñetazo a Petty, esta vez en la oreja.

—Qué vas a hacer para arreglarlo, ¿eh? ¿Qué vas a hacer? —le preguntó a Petty antes de aflojarle el cuello para que pudiera responder.

—¡Tengo doscientos dólares en la cartera! —respondió Petty.

—¿Doscientos pavos? Si me pillases follándome a tu esposa, ¿te bastaría con doscientos pavos?

Tinafey volvió a aparecer en escena, en esta ocasión con la jarra de vino. La levantó con ambas manos, soltó un rugido y golpeó a Bo con ella en la nuca con todas sus fuerzas. Bo soltó a Petty y se sentó, azorado. Tinafey volvió a atizarle. El tipo puso los ojos en blanco y empezó a caérsele la baba. Se derrumbó de lado.

—¡Eso te pasa por pegarme! —le soltó la mujer.

Petty se levantó de la cama a toda prisa, recogió su ropa y empezó a vestirse.

—¿Estás bien? —le preguntó a Tinafey.

—Ese cabrón no puede hacerme daño.

No obstante, Petty se fijó en que la mujer estaba temblando. Se le había movido la peluca y estaba empezando a hinchársele el ojo derecho. La mujer cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirando a Bo, que yacía inconsciente en la cama.

—¿Lo habré matado?

Petty también se lo preguntaba, así que se inclinó sobre el tal Bo y lo miró a la cara. El cabrón tenía el aliento apestoso y seguía respirando. Además, cuando le levantó uno de los párpados, el globo ocular se movió.

—Está vivo, pero lo has noqueado.

Petty empezó a abrocharse la camisa.

—¡Ojalá lo hubiera matado! Cabrón de mierda...

—¿De verdad es tu marido?

—Lo era, hace tiempo que estamos divorciados. Apareció por aquí como salido de la nada hace un par de días diciendo que iba a volver a ser mi hombre. Lo mandé a la mierda y le dije que me gustaba estar sola, pero no me hizo caso.

—Así que le permites que robe a tus clientes.

—¿Estás ciego? ¿Acaso no acabo de partirle la crisma?

—Tiene llave de la habitación.

Tinafey cogió la gabardina del suelo y se la puso.

—Le he dejado que se quede aquí... porque no tiene dinero ni coche ni nada. Me daba pena. Sé que no debería haberlo hecho, pero no pude evitarlo. Se suponía que se marcharía mañana, que una de sus putas le iba a mandar dinero para el billete de vuelta a Atlanta. Aunque, claro..., lo más probable es que fuera mentira. Solo sabe mentir.

Bo gruñó y comenzó a roncar. Tinafey se echó a llorar.

—Cuando se despierte... me va a matar.

Petty tampoco quería estar allí cuando el tipo recuperara la conciencia, así que se puso los zapatos y cogió la chaqueta.

—Mira —le pidió Tinafey mientras se levantaba la manga de la gabardina y se inclinaba hacia la luz.

Petty vio cuatro o cinco cicatrices circulares en la cara interior del brazo.

—Esto me lo hizo con un cigarrillo la primera vez que le abandoné, y me amenazó con coserme el coño y tirarme lejía a la cara.

—Y, aun así, ¿dejaste que se quedara aquí?

—¡Ya te lo he dicho..., me daba pena! Me juró que había cambiado. Me dijo: «Entiendo que no quieras volver conmigo, pero, al menos..., seamos amigos». —La mujer se dejó caer en la única silla que había en la habitación y empezó a lloriquear y a sacudir la cabeza a ambos lados—. No soy estúpida..., pero supongo que ser blanda de corazón se le parece bastante.

Petty buscó la cartera en los pantalones y el móvil en la chaqueta. Todo estaba donde se suponía que tenía que estar. Fue hasta la puerta y se detuvo. A decir verdad, era muy probable que Tinafey le hubiera salvado la vida al sacudir a Bo. No podía dejarla allí y que recibiera una paliza... o algo peor.

—Coge tus cosas. Te llevaré en taxi a otro hotel. Podrás quedarte allí hasta que este cabrón se largue o hasta que se te ocurra cómo salir de esta.

—Es que..., es que...

Petty se arrodilló frente a ella y la obligó a que lo mirara a los ojos.

—Es que nada. A este hijo de puta le importas una mierda. Tienes que largarte de aquí, así que vístete, coge tus cosas y vámonos.

Tinafey lo miró unos segundos, mientras se limpiaba la nariz con el envés de la mano, y tomó una decisión.

Una de las ruedecitas de la maleta estaba rota, así que Petty acabó llevándola bajo el brazo las dos manzanas que había hasta el Sands. Tinafey trotaba a su lado con sus tacones de aguja y un bolso de lona colgado al hombro. Una camioneta que pasó a su lado les pitó sin razón aparente, y Petty se encogió. La pelea de la habitación lo había puesto tenso y, de hecho, ya ni siquiera tenía frío.

Tinafey y él no habían hablado desde que escaparan del motel. Petty estaba molesto con ella porque le había dejado cien dólares a Bo en la cómoda. La compasión inagotable e irracional de algunas mujeres siempre le había confundido. Lo que tendrían que haber hecho era enrollar a aquel cabrón en la colcha y turnarse para molerlo a palos.

Petty llevó a Tinafey hasta la entrada principal del Sands. Había un taxi aparcado junto a la acera. Petty le pidió al taxista que abriera el maletero y el tipo lo hizo sin salir del vehículo, sin intención alguna de bajar. Petty guardó la maleta en él. Tinafey se quedó un tanto confundida cuando Petty se volvió y le echó mano al bolso.

—¿Adónde me envías? —le preguntó ella.

—A un sitio agradable que hay cerca del aeropuerto —respondió él—. Bo jamás te encontrará allí.

—¿Estás seguro?

—Allí solo te encontrará si le llamas y le dices dónde estás y, claro, eso no lo vas a hacer, ¿verdad?

La mujer frunció el ceño para quejarse de su sarcasmo.

Del hotel salieron dos vaqueros, ambos fumando grandes puros. Tinafey esperó a que pasaran y le dijo a Petty:

—¿Y no podría quedarme contigo esta noche?

—¿A qué te refieres?

—Aún te debo una fiesta.

—No te preocupes por eso.

—Te prometo que, en cuanto amanezca, me largo. —Le tocó las manos—. Tengo miedo.

Y era evidente que lo tenía. Petty la miró a los ojos y se dio cuenta de que aquello no era un timo. Aunque sabía que no era buena idea, sacó la maleta del maletero y, si bien se sintió como un gentil caballero al hacerlo, no pudo evitar pensar que algo malo se le venía encima.

—¡Qué coño! Un par de copas y unas risas.

—Así me gusta, cielo —respondió ella con un ronroneo—. Copas y risas.

Tinafey se le acurrucó mientras pasaban por la puerta doble del hotel y se dirigían al casino, donde los recibió la eterna promesa de calidez, luz y un futuro que podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos.

4

En su sueño, Petty era incapaz de leer las señales de tráfico. Estaba perdido, desesperado, en una interestatal por la que, sin duda, no era la primera vez que conducía. Se le mezclaban números y letras que pasaban a toda velocidad y las flechas luminosas apuntaban en todas las direcciones. Qué alivio sintió cuando despertó de repente y se dio cuenta de que estaba en la habitación del Sands, tumbado en la cama en vez de sudoroso, al volante de su coche. El sol quemaba con fuerza las rendijas de las opacas cortinas y Tinafey dormía en silencio, lejos de su alcance, dándole la espalda, tirando de la sábana.

La noche anterior habían necesitado más de dos copas para relajarse, para echarse esas risas. Sin embargo, en el momento en que habían empezado a pasarlo bien, se habían entregado a ello con el celo de la gente que sabe lo escasos que son los buenos momentos. Bailaron un poco, juguetearon un poco y se olvidaron por completo de la posibilidad de que Bo apareciera por allí, tambaleándose, ávido de venganza. «Le he dado tan fuerte que, ese, ahora mismo, es incapaz hasta de arrastrarse —le había asegurado Tinafey—. Le he dado tan fuerte que está viendo las estrellas... en otro planeta».

Acabaron en la cama, con la mujer cabalgando encima de él como si fuera un caballo corcoveando. Petty recordaba cada uno de los movimientos de cabeza de ella, cada brinco de sus pechos, y que su coño lo sujetaba como si no fuera a soltarlo jamás. Cuando terminaron, la mujer se inclinó para darle un beso, pegó su pecho sudoroso al de él y le susurró: «Cariño, me has dejado para el arrastre». Petty se quedó frito con una sonrisa en los labios.

Y volvió a sonreír al verla dormida a su lado.

«Me gusta esta chica».

Y a ella debía de gustarle él si se había sentido tan cómoda como para quedarse con él toda la noche. Se planteó despertarla para ver si quería un café del bar de la planta baja, pero decidió dejar que siguiera durmiendo.

Se vistió con unos pantalones de chándal y una sudadera con capucha y se peinó. Antes de salir de la habitación se puso el reloj y cogió la cartera y el teléfono. En una ocasión, en Las Vegas, una prostituta se había largado con toda la pasta que le quedaba y, por mucho que le gustara Tinafey, no era de esos que tropezaban dos veces con la misma piedra.

La fila del bar llegaba hasta el casino. Petty se puso a la cola. El cotorreo incesante de las tragaperras incrementaba el dolor de cabeza que tenía por culpa de la resaca. «¡Rueeeda... de... la... fortunaaa!», gritó una de las máquinas por encima de oleadas de aplausos enlatados mientras otra emitía a todo volumen el sonido de monedas tintineando en una bandeja de metal a pesar de que pagara con un tique de papel que se tenía que canjear en el cajero.

Justo delante de él, en la fila, había dos mujeronas que llevaban collares de cuentas del Mardi Gras y una tiara de cartón. Su camiseta, a conjunto, era de color púrpura y conmemoraba la despedida de soltera de Sarah. Una de ellas llevaba en brazos un chihuahua que no dejaba de temblar. La mujer le acariciaba la cabeza y le hablaba como si fuera un bebé mientras el perro le daba besos en la cara.

—¿A qué hora os fuisteis a la cama? —le preguntó la del perro a su amiga.

—Ni idea. Lo único que recuerdo es que a eso de las tres comimos unos nachos.

—¿Ganasteis algo?

—No quiero hablar de eso.

—¿Cuánto perdisteis?

—Ya te he dicho que no quiero hablar de eso.

Petty se tocó un punto de la mejilla allí donde Bo le había soltado un puñetazo. Le dolía tantísimo que le sorprendía que no le hubiera salido un moratón. Su teléfono se volvió loco. Lo cogió y vio que era Avi quien le llamaba. A las siete y media de la mañana del día después de un festivo.

—Ayer no me mandaste ningún incauto —le dijo Avi.

—Lo dejé temprano —le respondió Petty.

—¿Y eso lo decidiste por tu cuenta?

—Nadie habla con comerciales el día de Acción de Gracias, con la familia de por medio, los preparativos y todo eso.

—¿Y qué hay de la gente que no tiene familia?

Las mujeres que Petty tenía delante en la fila vieron a una de sus amigas y empezaron a llamarla a voces. Aquello incomodó al chihuahua, que se puso a ladrar.

—¿Dónde coño estás?, ¿en el zoo? —exclamó Avi.

—En el zoo, sí. Esquivando mierda de mono.

—Deberías estar trabajando. ¿Qué hora es ya?

Petty imaginó que Avi miraba su reloj e intentaba recordar dónde estaba su vendedor para calcular la diferencia horaria entre Reno y Miami, sin tener muy claro si era de dos o de tres horas.

—¿Las ocho?, ¿las nueve? —continuó Avi—. Aquí ya son las once. Deberías estar haciendo llamadas.

En su día, en Jersey, cuando enseñaba a Avi, Petty se había enterado de que el chaval dormía en un coche y le había dejado que se quedara en su sofá. Incluso bajaba a por comida para que no se alimentara de bollos y del McDonald’s, y le pedía a Carrie que le pusiera un plato en alguna que otra cena. Al parecer, el cabrón se había olvidado de todo eso. Ahora, tenía la cabeza tan lejos del culo que era incapaz de ver de dónde venía o adónde iba. Desde que Petty había empezado a trabajar para él, Avi lo había tratado como una mierda y, a decir verdad, Petty estaba ya hasta el gorro.

—Oye, vigila ese tono, que ni yo soy un reloj ni me pagas por horas, así que me pondré al puto teléfono cuando me salga de los cojones.

—¡Eh!, que fuiste tú quien me llamó implorando que te diera trabajo con el cuento de la lástima ese de que fuiste tú quien me enseñó todo lo que sé, ¿recuerdas?

—¿Y acaso no es verdad? ¿Acaso no te enseñé todo lo que sabes?

—¿Y qué? Quiero gente que trabaje duro, gente con ganas de pasta. Si pretendes tomártelo con calma, echa un currículum en Walmart. Quiero que estés en esto al mil por mil. Quiero que te impliques en esto hasta los tuétanos.

—No me jodas, que te he conseguido la hostia de pasta.

—Nunca se gana suficiente pasta, y tú eres el mejor ejemplo. No quiero verme pidiendo limosna, como tú.

Pidiendo limosna. Así es como le veía el cabrón. Así es como le veía todo el puto mundo. A Petty se le encogió el estómago.

—Oye, ya te he dicho que te anduvieras con ojo con el tono.

—Si no te gusta lo que hay, ¡puerta!

—¿Sabes?, me voy a tomar el día libre.

—No me has oído, ¿verdad?

—Te ha oído la ciudad entera, la cuestión es que no te estoy prestando atención.

—Ah, ¿no? Muy bien, pues que te quede claro: como mañana no me envíes cinco peces que piquen, olvídate de seguir trabajando conmigo. Y peces que, por lo menos, se dejen cinco de los grandes.

—Eso yo no lo puedo controlar; eres tú el que los aprieta.

—¡Así son las cosas! ¡La vida es dura! Cinco peces que se dejen cinco mil o te vas a pedirle limosna a otro.

Avi no iba a recular, no era de esos, así que Petty decidió dejar el tema de momento, antes de que le explotara la cabeza.

—Te tengo que dejar.

—Sí, me tienes que dejar, porque tienes que ponerte a llamar como un loco.

Avi colgó y Petty se encontró delante de la cajera, que lo miraba de manera extraña.

—¿Qué pasa? —le soltó.

—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó la cajera por tercera vez.

—Dos cafés largos y..., ¿qué más tenéis? ¿Dónuts?

Ahora lo veía claro: había llegado el momento de tomar una decisión. Una decisión importante. Llevaba veinte años poniendo en práctica los mismos timos de mierda, y esos timos de mierda no lo habían llevado a ningún sitio. Además, eso de que un cabrón como Avi le hablara así... era inaceptable. Inaceptable. Dos segundos después, volvía a estar al teléfono y le pidió a la cajera con la mano que se callara cuando esta le preguntó si quería el pedido para tomar allí o para llevar.

Tinafey seguía dormida cuando Petty volvió a la habitación. De hecho, parecía que ni siquiera se hubiera movido de posición. Petty cogió algo de ropa y fue al cuarto de baño de puntillas para cambiarse.

Se miró en el espejo mientras se cepillaba los dientes. Conocía a gente que se había arruinado de la noche a la mañana, que había pasado de parecer que tuviera treinta años a parecer que tuviera cincuenta con tal rapidez que uno se preguntaba si estaría enferma. Él, sin embargo, aguantaba. Además, a decir verdad, no era su apariencia lo que más le preocupaba. Tenía entendido que la gente envejecía de dos maneras: en lo físico y en lo mental, y lo cierto era que, en lo mental, aún se sentía con todos los cilindros a pleno rendimiento. Vale, a ver, puede que aquella mañana no, por la resaca y todo eso, pero la mayoría de días ¡era mejor que echases una mano a la cartera y otra a tu esposa porque era más que capaz de convencerte de que le dieras las dos!

Se sorprendió al darse cuenta de que estaba soltándose un discurso motivacional, así que dejó de mirarse al espejo, avergonzado por sentirse tan inseguro. Tan patético.

Cuando Petty salió del baño, Tinafey se volvió, aún en la cama, y le guiñó un ojo. Petty se alegraba de que la hinchazón que le había provocado el codazo de Bo en el ojo hubiera bajado.

—Te he traído café —le dijo él—. Puedo calentártelo en el microondas.

La mujer bostezó y se rascó la cabeza. Llevaba el pelo, el suyo, el de verdad, muy corto, casi al cero.

—¿Qué hora es? —preguntó ella.

—Las ocho —respondió él.

—¿Y ya estás vestido y todo?

—Tengo una reunión.

—¿Cuándo?

—Dentro de media hora. Recogeré mi coche en el taller de camino. Cuando vuelva, iremos a desayunar y te llevaré al otro hotel.

Tinafey se sentó en la cama y se cubrió con la sábana.

—¿Puedo darme una ducha antes de irme?

—Claro.

—Qué bueno eres. ¿Me acercas el café? No me importa que esté frío.

Petty le tendió el vaso.

—¿Sabes qué? Estás tan guapa como anoche.

—¡Ja!

—Lo digo en serio.

Tinafey sacudió la cabeza. Le quitó la tapa al vaso de café y le dio un sorbo.

—¿Te importaría abrir las cortinas?

Petty se acercó a la ventana y las abrió. Una luz perlada iluminó la habitación. Fuera, un fino velo de nubes amortiguaba la luz de un brillante cielo azul y el sol resplandecía al reflejarse en la nieve de las colinas nevadas.

—Tengo que marcharme —le dijo él.

—Ven un momento.

Petty se acercó y ella tiró de él y le dio un beso en los labios.

—Para que te dé buena suerte.

—¿Qué te hace pensar que necesito suerte?

—Todos necesitamos suerte.

Petty no podía decir nada en contra de aquello. Petty cogió un taxi hasta el taller que le estaba cambiando el alternador del Mercedes, un E550 plateado de 2010. Le había comprado el coche nuevo a un «corredor de bolsa» ruso por la mitad de lo que ponía en la pegatina, había pagado en metálico y no había hecho preguntas. Ahora, el coche tenía una abolladura en la puerta del copiloto y un rasgón —poca cosa— en el cuello de los asientos traseros, pero había ido a las mil maravillas hasta el día en que le había dejado tirado. La reparación le costaba mil dólares, así que se iba a quedar con cuatro de los grandes en metálico y unos pocos cientos en las tarjetas de crédito.

El Starbucks que había en la calle Quinta era igual que cualquier otro Starbucks del mundo. Petty daba por hecho que por eso le gustaba a la gente; uno no se encontraba con sorpresas. Un par de valientes fumadores se sentaban en el patio que había delante de la cafetería, mientras que, dentro, el habitual contingente de usuarios de portátil se afanaba en lo que fuera que tuvieran entre manos. Don había elegido una mesa al fondo. El anciano tenía un periódico abierto sobre la mesa y lo leía con los ojos entornados a través de unas gafas que tenía en la punta de la nariz. Llevaba otra camisa de Tommy Bahama, pero el mismo plumas horrible y las mismas zapatillas de deporte aún más horripilantes.

—Aquí llega —comentó cuando vio aparecer a Petty.

Luego, se puso de pie y le tendió la mano, henchido de emoción.

Petty se la estrechó y ambos se sentaron, el uno frente al otro.

—Una mañana bonita, ¿eh? —le comentó Don.

—Mejor que la de ayer —le contestó Petty.

—¿Quieres un café?

—No gracias. —Petty señaló el periódico y le preguntó—: ¿Qué pasa por el mundo?

—¿Lo dices por el periódico? ¡Bah!, esto no es más que un panfleto local. Solo lo cojo para leer las páginas de sucesos. La semana pasada a un genio lo pillaron en una chimenea por la que había entrado a robar en una casa. ¿Lees tú el periódico?

—No, no tengo tiempo.

—Yo, por la mañana, tengo que tomarme un café mientras leo el periódico. Cuando era pequeño creía que en eso consistía ser mayor.

Petty prestó atención a la canción que sonaba. Alguien cantaba Jingle Bell Rock. Hay que joderse, acababa de pasar Acción de Gracias y ya estaban bombardeando con la Navidad. Gasta, gasta, gasta.

—Veo que no has dormido bien esta noche —soltó Don.

—¿Por qué lo dices? —le respondió Petty a la defensiva.

¿Qué coño sabía el viejo de lo que había pasado la noche anterior?

—Me has llamado tan temprano que estoy seguro de que los dos millones han estado dándote vueltas por la cabeza.

Petty se relajó.

—No voy a negar que he pensado en ello.

—Bien.

—Pero voy a necesitar mucha más información antes de seguir adelante.

—Te lo aseguro, ayer te conté todo lo que te puedo contar sin que hagamos un trato primero.

—Pues no es suficiente. Quiero más.

Don se quitó las gafas y entornó los ojos.

—Más... ¿como qué?

—Pues como de dónde estamos hablando. ¿Dónde está la pasta, en Nueva York, en Chicago, en la puta..., dónde dijiste..., en la puta Carolina del Norte?

—En Los Ángeles. Está en Los Ángeles.

Que era donde estaba viviendo Sam. Vaya... Petty apartó aquel pensamiento de su cabeza, porque no quería que lo influenciara.

—¿Y qué más sabes? Algo más específico —le preguntó a Don.

—Sé el nombre del tipo que guarda el dinero y dónde vive.

—Información que te dio un yonqui en la cárcel.

—Que le compré a un yonqui en la cárcel.

—¿Y cuánto le pagaste?

—Eso es cosa mía.

—¿Cien dólares? ¿Cincuenta? ¿Dos paquetes de fideos para el microondas?

Don guardó las gafas en el bolsillo de la camisa y dobló el periódico.

—¿Qué más da eso? —le respondió.

—Claro que da. Hay que saber el valor que tiene cada cosa.

—Vale diez de los grandes y el diez por ciento de lo que consigamos.

—¿Cómo?

—Eso es lo que vale. Esa es mi parte. Diez de los grandes y el diez por ciento.

—Ni loco te voy a anticipar diez de los grandes. Si tuviera diez mil dólares ni siquiera estaría hablando contigo.

—Pues es lo que vale.

—Pues ni sueñes con que te vaya a pagar eso, así que ya te estás buscando otra solución.

Don hizo una pausa y tocó el borde de su taza de cartón.

—Hazme una oferta —dijo.

Petty quería sonreír. Cuando alguien le viene a uno con eso de «hazme una oferta», ya ha ganado; aunque, si quiere asegurarse la victoria, su siguiente movimiento tiene que ser valeroso. Petty sacó la cartera y cogió dos billetes de dólar.

—¿Sabes qué es un símbolo? —le preguntó a Don.

—Por supuesto.

—Bien —empezó a decir Petty con los billetes en la mano—, pues esto es un pago simbólico por la información que vas a darme. Dos dólares contra tus doscientos mil.

Dejó el dinero en la mesa.

Don resopló disgustado.

—No sé con quién te crees que estás hablando.

—Me has pedido que te hiciera una oferta, que es, exactamente, lo que estoy haciendo. Esto —tocó los billetes con el índice un par de veces— es todo lo que estoy dispuesto a pagar por anticipado por lo que, en esencia, no es más que un rumor carcelario. Al mismo tiempo, estoy dispuesto a invertir mi tiempo y mi dinero en ir a Los Ángeles para ver si hay algo de cierto en la historieta de tu yonqui. Si doy con el tipo cuyo nombre me vas a facilitar y con la caja fuerte de la pasta..., y si encuentro la manera de echarle el guante... —volvió a golpear los billetes con el índice—, esto es lo que garantiza tu diez por ciento.

Don se recostó en la silla. Miró a Petty con una sonrisa amarga.

—¡Esta sí que es buena! —exclamó.

—No estoy de broma, Don. Lo digo en serio.

—¿Vas a ir allí?, ¿vas a averiguarlo todo?, ¿vas a conseguir la pasta y vas a darme mi parte?

—Ese es el trato.

Petty sabía que, para Don, su palabra era suficiente. Ambos eran personas honestas cuando había que ser honestos.

Don tamborileó con los dedos en la mesa, cogió el dinero y se lo metió en el bolsillo. Había empezado a sonar otra canción, Rudolph, the Red-Nosed Reindeer.

—Dime, el yonqui ese... no irá a contárselo a alguien más, ¿verdad?

—No es muy probable. Una semana después de que me soltaran lo dejaron seco de una cuchillada por un tema de drogas.

—Mejor —pronunció la palabra con un tono más duro de lo necesario, pero puede que fuera el momento de mostrarse duro.

Don le dio un sorbo al café.

—¿Te he contado alguna vez el primer timo que di? —le preguntó Don.

—No, creo que no —contestó Petty.

—Lo aprendí de un estafador de la vieja escuela, un mexicano que se hacía llamar Rudy Rodeo. El tipo había bautizado aquel timo como «Cambiazo». Solíamos pegar el palo en los bares de El Paso y de Juárez cuando volví de Vietnam. Lo primero que había que hacer era entablar conversación con un paleto que anduviera corriéndose una juerga, ya sabes, con uno que estuviera de borrachera, y hacerle hablar de sus días en el ejército, o de cuando jugaba al béisbol o a lo que fuera que se le diera bien en su pueblucho. «Te invito a una cerveza», les decía yo. «Ahora te invito yo», me decían ellos. Fumábamos un porro, esnifábamos un poco de coca y, en un abrir y cerrar de ojos éramos amigos íntimos.

»Entonces, aparecía Rudy y se hacía pasar por un sudaca borracho. Entraba en nuestra conversación por las bravas y se hacía odiar todo lo posible. En un momento dado, nos enseñaba un fajo de billetes y nos contaba que acababa de vender un coche y que se iba a fundir la pasta tirándose a mujeres blancas. Empezaba a explicarnos que se lo tragaban todo y que se las follaba por el culo, y se jactaba de lo que les gustaban las pollas mexicanas; y, así, hasta que el paleto blanquito estaba que echaba humo por las orejas.

»En ese momento, yo sugería un juego con monedas. Nada gordo, un pasatiempo para divertirnos. Teníamos que poner, los tres, una moneda de cuarto de dólar en la barra, boca arriba o boca abajo, y taparla con la mano. A la de tres, dejábamos la moneda al descubierto. La moneda que no estuviera repetida ganaba, es decir, que si dos de nosotros teníamos cara, el que tuviera cruz se llevaba los tres cuartos de dólar. Si todas las monedas mostraban lo mismo, esa mano no contaba.

»Nos tirábamos así un rato. Todos ganábamos y perdíamos. Entonces, Rudy iba a mear. En cuanto desaparecía, yo le soltaba al paleto: “Vamos a darle una lección a este sudaca. A partir de ahora, tú pones la cara de la moneda y yo, la cruz y, de esa manera, uno de nosotros siempre gana. Luego, cuando el tipo se largue, nos repartimos las ganancias”.

»El juego empezaba de nuevo en cuanto Rudy volvía y, después de que hubiera perdido cuatro o cinco veces seguidas, fingía que empezaba a frustrarse. Nos decía que si éramos hombres de verdad deberíamos jugar con dinero de verdad y que a ver qué nos parecía jugar a cinco pavos la partida. El paleto y yo dudábamos, pero, claro, como ya nos habíamos puesto de acuerdo... Rudy perdía unas cuantas partidas más y se ponía como loco: “¡A la mierda con este juego de niños!”, soltaba antes de poner el fajo de billetes en la barra. “Una última ronda”, decía. Ya sabes, que si todo o nada, que si igualaría cualquier apuesta que hiciéramos...

»Resulta que yo siempre llevaba quinientos pavos que aseguraba que mi tío rico me había mandado por mi cumpleaños y el paleto echaba mano al banco que llevaba en la bota o salía corriendo a cobrar un cheque. Entonces, poníamos nuestra apuesta en la barra, la vez que más pasta recuerdo había mil pavos por cabeza, y destapábamos la moneda. Cómo no: o ganaba el paleto o ganaba yo, y Rudy la liaba parda. Escupía, maldecía y aseguraba que teníamos al demonio de nuestra parte. Airado, al rato se iba del bar.

»Era entonces cuando llegaba la resolución del timo. Yo le decía al paleto que la gente del bar estaba empezando a mirarnos, y conseguía convencerle de que me pasara sus ganancias. Metía su dinero en un sobre, junto con el mío, y lo lamía y lo cerraba allí mismo, en sus narices. A continuación, quedábamos en ir a un sitio más tranquilo a dividirnos las ganancias. “Quédate tú el dinero hasta que lleguemos”, le decía. Sin embargo, mientras le pasaba la pasta, le soltaba que acababa de ver a un poli y me metía el sobre en el bolsillo. Un momento después, le decía que me había equivocado, que no se trataba de un policía, y le tendía otro sobre al pobre paleto, uno lleno de recortes de periódico. “Espérame, que voy a echar una meada”, le decía, y me escapaba por la puerta de atrás con el dinero. Fuera, Rudy me esperaba en un coche.

Don pegó una palmada en la mesa y se rio a voz en cuello cuando acabó la historia.

—¿Te puedes creer que hubo un tiempo en el que estuve tan loco? Te lo aseguro, Rowan, el subidón que nos daba aquello... ¡Aunque solo hubiéramos ganado cincuenta pavos! Para nosotros, aquellos memos se merecían que los desplumáramos. Les estábamos dando una lección.

—Es que no se puede engañar a una persona honesta.

—No me vengas con esas. Yo puedo engañar a quien me proponga.

De pronto, apareció una mujer con un loro al hombro. Don le preguntó el nombre del animal y se levantó para acariciarlo. El pájaro graznó y Don apartó la mano haciendo como si se hubiera pegado un susto del copón. Petty miró la hora. Estaba empezando a esbozar el horario que tendría que seguir los dos días siguientes. Por fin tenía un plan propio, una dirección, un destino. Se sentía bien.

—Vale, pues dime el nombre del tipo y la dirección —le pidió Petty a Don.

5

Cuando Petty volvió al Sands, había despejado y el cielo parecía una perfecta cúpula celeste, en la cima de la cual se encontraba un débil sol de invierno que hacía cuanto podía para derretir la nieve de la noche anterior. Petty ni siquiera se molestó en subirse la cremallera de la chaqueta mientras recorría el aparcamiento. Avanzó esquivando los charcos, que parecían pequeños espejos en los que se miraban los coches, el casino e incluso una bandada de pájaros que pasó justo en ese instante; espejos en los que el viento no dejaba de hacer ondas.

Tinafey, recién duchada y muy maquillada, estaba sentada en el borde de la cama, viendo uno de esos programas de televisión dedicados a la venta de productos variopintos. Llevaba puesta la peluca rubia, unos vaqueros ajustadísimos y una camiseta sin mangas de un concierto de Rihanna. La habitación olía a jabón y a perfume y, una vez más, a marihuana acre.

«¡Bienvenida, Barb de Kentucky!», graznó la vendedora en la televisión.

Tinafey se levantó para saludar a Petty, que se dio cuenta de que la mujer ya había hecho la maleta.

—Es hora de desayunar —le dijo él.

—Huevos revueltos, beicon muy hecho y panecillos con carne de cerdo en salsa.

—¡No cabe duda de que eres de Memphis!

Lo excitó ver cómo la mujer se ponía los tacones altos. De hecho, cada uno de sus movimientos hacía que notara la sangre fluyendo por todo el cuerpo. Tuvo incluso que recolocarse el paquete para que no se le notase la erección. No recordaba la última vez que se había sentido tan cachondo.

Bajaron al restaurante y se sentaron a una mesa que daba al aparcamiento. Su camarera, que tendría unos sesenta años e iba vestida como si trabajara en uno de aquellos antiguos autorrestaurantes, mascaba chicle. En el hilo musical sonaba Buddy Holly.

—¿Y tú, guapo? —le preguntó a Petty después de que Tinafey hubiera pedido.

Por lo normal, Petty no desayunaba mucho, un café y una tostada, pero esa mañana se sentía como si fuera capaz de comerse un caballo, así que pidió un Wolfman Jack, que era como si a uno le emplataran un infarto de miocardio: tortitas, huevos, beicon, jamón, salchichas y tortitas de patata.

Se fijó en que Tinafey le sonreía a una niña que estaba sentada en una trona, con su familia, en una mesa de la entrada, una niña negra con trenzas. La madre le estaba dando de comer una papilla de avena mientras el padre hacía ruidos con la boca fingiendo tragar para animarla a comer.

—Qué mona es —comentó Petty.

—¡Ya te digo! —Tinafey adelantó la mano por la mesa y le hizo cosquillas en el envés de la mano a Petty con una de aquellas uñas rojas suyas—. ¿Tienes hijos?

—Una hija. Acaba de cumplir veintiuno.

—¿Estáis unidos?

«No, en eso también la cagué», fue la primera respuesta que se le vino a la cabeza.

—No mucho. Hace años que no hablamos. No quiere saber nada de mí.

—Bueno, a ver..., tú eres el padre y quien tiene que dar el primer paso para arreglar la situación.

—¿Tú crees?

—¡Por supuesto! Los niños no tienen la culpa. Ellos no pidieron que los trajeran al mundo.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes hijos?

—No puedo. Me pasa algo en los ovarios, pero no me importa. Yo creo que no tendría paciencia. —Toqueteó los botes de salsas, acorralados al final de la mesa—. Deberían tener tabasco, ¿no? Todo el mundo tiene tabasco.

Petty le dio la vuelta a la taza de café para alcanzar el asa. La última vez que había visto a Sam, la muchacha tenía catorce años. Para entonces, la chica llevaba cinco años viviendo con su abuela, la madre de Petty. Sus llamadas semanales habían degenerado en que él le hacía preguntas y ella respondía musitando monosílabos, así que, en una ocasión, camino de Miami, se había desviado en Tampa y le había hecho una visita sorpresa. Había sido él el que había llevado el peso de la conversación mientras comían una hamburguesa y tomaban un batido de cereza en un Sonic, pero ella estaba más interesada en quitarse y en ponerse las chancletas y en mirarse en el espejito de su polvera fucsia. Cada año, desde que Carrie los había abandonado, padre e hija habían hecho un viaje juntos en verano y, aquel año, Petty estaba pensando en llevarla a Cancún. En un momento dado, le había preguntado qué le parecía.

—A decir verdad, no quiero ir a ninguna parte contigo.

—Ah, ¿no?

—No. De hecho, no sé ni qué haces aquí. ¿Es para sentirte mejor o por algo así?

—Eres mi hija. Me gusta verte cuanto puedo.

—¡Venga, por favor...! ¿Ahora me vienes con que somos familia? Ni lo somos, ni lo hemos sido, ni lo vamos a ser. No pienso ser una mentirosa, como mamá y tú.

Así que nada de Cancún. De hecho, no había vuelto a haber viajes. Las llamadas de teléfono también terminaron; Sam había dejado de ponerse al teléfono, así que Petty había dejado de marcar el número. Era su madre la que lo ponía al día y él siguió enviándole dinero a través de ella hasta que esta le comunicó que Sam se había propuesto donar a una organización dedicada a rescatar gatos callejeros todo el dinero que le enviase. A lo largo de los años, había logrado convencerse de que había hecho cuanto había podido; desde luego, había hecho más que la madre. Nunca se había planteado forzar a su hija a que mantuvieran una relación, le parecía que no tenía derecho, pero, a decir verdad, siempre había albergado la esperanza de que, algún día, la muchacha se lo pensara mejor y le llamara.

—¿Tiene jacuzzi el otro hotel? —le preguntó Tinafey.

—Es probable que sí. Es un sitio bonito.

—Me gustan los jacuzzis...

La mujer, que estaba mirando por la ventana, se quedó de piedra, boquiabierta.

—¿Qué sucede? —le preguntó Petty mientras se volvía para lograr entender qué había hecho que Tinafey se quedara así.

—Bo —respondió esta mientras se deslizaba hacia abajo por la butaca como para esconderse.

Y, en efecto, allí estaba el cabrón, caminando a toda prisa por la acera como si llegara tarde a alguna parte. Petty se quedó mirando cómo se alejaba y, entonces, le dijo a la mujer:

—Tranquila, se ha ido.

—Tengo que largarme de aquí.

—Nos iremos en cuanto hayamos desayunado.

—No me refiero a este hotel ni al otro al que pretendes llevarme..., me refiero a largarme mucho más lejos.

—¿Tienes algún lugar en mente?

—Pienso volver a Memphis. Allí tengo familia y sitios en los que quedarme.

Petty sabía que aquello era lo más inteligente, pero no es que se sintiera ansioso por despedirse de ella. Hacía mucho que no conocía a una mujer así. Tinafey era divertida, sexi y tenía los pies en la tierra, y Petty era capaz de sentirse relajado con ella; no se veía obligado a mentirle acerca de a qué se dedicaba y de los círculos que frecuentaba. Y era agradable, muy agradable, de hecho; una cualidad difícil de encontrar en el mundo. Se le ocurrió una idea y, de pronto, se vio compartiéndola con la mujer antes siquiera de haberla pensado del todo.

—Mira, yo salgo para Los Ángeles esta misma mañana. En coche. ¿Por qué no vienes conmigo y me haces compañía? Nos alojamos en un hotel cuando lleguemos, nos damos un garbeo por la ciudad y, después, puedes tomar un vuelo a Memphis desde allí.

Tinafey cerró un ojo y miró a Petty de reojo.

—¿A Los Ángeles? —dijo ella—. ¿A visitar la ciudad?

—¡Claro! ¿Por qué no?

—Hace menos de veinticuatro horas que me conoces ¿y ya quieres llevarme de vacaciones?

—No son unas vacaciones, tan solo pretendo ayudarte a que pongas tierra de por medio con Bo. Si no te parece bien, me vale con un «no, gracias».

—¿Acaso te da la impresión de que no sepa cuidar de mí misma?

—No es eso. Ya vi lo que le hiciste a ese gilipollas anoche.

—Eso es..., y será mejor que no se te olvide.

Permanecieron callados mientras la camarera les servía el desayuno. Los llamó «cariño» y «muñeco», y Petty se preguntó si aquella pronunciación suya, arrastrando las palabras, sería real o si la fingiría con los clientes.

—No te habrás enamorado de mí, ¿verdad? —le preguntó Tinafey en cuando se marchó la camarera.

La mujer se quedó mirando a Petty mientras untaba mermelada de uva en la tostada.

—Puede que un poco —dijo él—. Eres tan bonita que es difícil no caer rendido a tus pies.

Tinafey se rio.

—Qué labia tenéis los timadores. ¿Cuánto se tarda en llegar en coche a Los Ángeles?

—En ocho horas estamos allí.

—No irá a dejarnos tirados tu coche en medio del desierto, ¿verdad?

—Acabo de repararlo. Ahora mismo, va de maravilla.

—Porque no quiero quedarme en medio del desierto con todos esos asesinos en serie y toda esa mierda.

Petty sonrió y centró la atención en las tortitas.

Petty llamó a Avi desde el coche mientras Tinafey y él salían de la ciudad. Conectó el manos libres y le dijo que se podía meter el trabajo de pesca por el culo. Avi empezó con el clásico: «Desgraciado hijo de puta», y siguió con un: «Con todo lo que he hecho por ti», pero Petty le cortó.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Es que te has olvidado de Jersey? Aún seguirías viviendo en aquel Corolla de no ser por mí.

—No me jodas. Lo que tengo lo he conseguido por iniciativa propia, y tú me llamarás dentro de una semana implorándome que te deje limpiarme los zapatos.

—No me esperes, que prefiero verme obligado a comer mierda.

Al oír aquello, Tinafey empezó a carcajearse y dio un brinco en el asiento.

—¿Es que tienes a alguien escuchando? —rugió Avi—. ¡A mí no me pongas en manos libres!

—Que te jodan —le soltó Petty.

—¡Eres un perdedor, Rowan! Nadie te lo dice a la cara, pero todos lo piensan.

—Claro, claro.

Petty colgó y tiró el teléfono al salpicadero.

—Qué hombre tan duro, ¿no? —le dijo Tinafey.

—Bah, ese de hombre no tiene nada —le respondió Petty.

—Me refería a ti. —Y le dio una palmada en el muslo para dejarle claro que estaba de broma.

Petty se puso cómodo y sonrió mientras dejaban atrás la maleza de las zonas altas del desierto. Los copetes de hierba amarilla que asomaban por entre la nieve a medio derretir parecían llamas titilantes. A Petty siempre le emocionaba echarse a la carretera. Era como si algo estuviera a punto de pasar, bueno o malo, pero algo, y esa posibilidad hacía que desapareciera cualquier decepción que la hubiera precedido.

Petty estaba tan ocupado disfrutando del momento que no se fijó en el todoterreno que los había estado siguiendo desde que salieron del Sands: un Ford Explorer cubierto de barro que había estado manteniendo dos coches de por medio mientras ambos vehículos aceleraban en la carretera.

6

Petty cogió la 395, que bajaba casi en línea recta hasta Los Ángeles. Les hizo buen tiempo, por lo que tuvieron buenas vistas de los picos nevados de las Sierras, al oeste, y de las extensiones de desierto, al este, durante todo el camino.

Se detuvieron en el lago Mono y caminaron para ver las tobas volcánicas, que eran unas formaciones rocosas altas y delgadas que parecían castillos en ruinas o huesos rotos. No obstante, un viento frío que se levantó de repente proveniente del agua y unos enjambres de mosquitas negras los obligaron a salir corriendo de vuelta al coche a los pocos minutos. Pararon de nuevo en Bishop para echar gasolina y comieron en el Carl’s Jr., y pararon una vez más en Lone Pine, porque Petty quería enseñarle a Tinafey el lejano monte Whitney, que estaba cubierto de nubecillas.

—Es la montaña más alta de los estados contiguos del país —le explicó.

—¿Los estados contiguos?

—Todos menos Alaska y Hawái.

—Ah, vale.

—Y allí —Petty señaló hacia el este—, a ciento cincuenta kilómetros, está su punto más bajo, el valle de la Muerte.

—Debiste de ser bueno en el colegio.

—No creas, pero nunca sabes con qué te vas a quedar y con qué no.

—El área del rectángulo es el largo por el ancho. El área del triángulo es la mitad de la base por la altura. El área del círculo es pi por el radio al cuadrado.

—¡Vaya! —exclamó Petty.

—Ahora bien, no me pidas que te lo explique.

Tinafey se quedó dormida cuando se acercaban al Mojave, acurrucada en el asiento, y no se despertó hasta que Petty no salió de la autopista, a la altura de Hollywood. Para entonces, el sol ya se había puesto y la mujer parpadeó como una niña somnolienta por culpa de las luces, del tráfico y de la multitud de viandantes. En un momento dado, exclamó:

—¡Oye, pero si ya hemos llegado!

Petty consultó en el móvil una aplicación de descuentos en hoteles y encontró una oferta por una habitación en el Loews Hollywood: doscientos dólares la noche. Si hubiera estado solo habría buscado uno más barato, pero le había prometido a Tinafey que se lo pasarían bien. El hotel no admitía dinero en metálico, así que pagó con una de las tarjetas y cruzó los dedos para que hubiera suficiente dinero.

Desde las ventanas de la austera habitación en negros y grises de la décima planta tenían vistas al famoso letrero de Hollywood, que quedaba al otro lado de la autopista, y de una colina cubierta por chaparros. Tinafey acompañó su sorpresa de muchos ooohes y aaahes y sacó una decena de fotos que apenas tenían luz. Petty se puso detrás de ella sigilosamente y le dio un beso en el cuello. Ella ronroneó y se estiró cuando él le cogió las tetas por encima de la camiseta; luego, se volvió y lo empujó hasta que cayeron en la cama. La mujer lo desvistió a él y él la desvistió a ella. En un momento dado, tiraron la lámpara de la mesita de noche, pero la dejaron en el suelo hasta que acabaron.

Después, se ducharon y se prepararon para salir a cenar.

—No me lleves a un sitio demasiado elegante, que no tengo nada que ponerme —le pidió Tinafey, que se había vestido con unos vaqueros ajustados, una blusa roja de seda y unas botas negras que le llegaban por la rodilla.

—¡Pero si estás estupenda! —Lo pensaba de verdad.

—¿No te importa que las mujeres lleven el pelo corto? —le preguntó mientras se daba los últimos retoques de pintalabios.

—Me gusta cómo te queda. Te sienta bien a la cara.

Cruzaron un centro comercial al aire libre que estaba atestado para llegar al teatro Chino y echaron una ojeada a las estrellas de cine que habían dejado inmortalizadas sus huellas allí, en el cemento. Entre la multitud, por todos los lados, había artistas del disfraz posando para hacerse fotos con la gente a cambio de una propina. Superman, Darth Vader, una princesa, un Bob Esponja andrajoso.

Tinafey quería sacarse fotos con todos ellos y Petty le dio el gusto. Le daba un dólar a uno, otro dólar a otro, apuntaba con el teléfono de ella y exclamaba: «¡Sonríe!». Todo fue bien hasta que Eduardo Manostijeras le exigió cinco dólares después de que hubieran acordado hacerse la foto por dos. El tipo se puso a vociferar y a Petty no le quedó otra que acercarse a él y susurrarle:

—No me obligues a noquearte delante de todos estos niños.

Le dio al mierda aquel un par de dólares y lo mandó a tomar por el saco.

«¡Michael Jackson!», «¡Jackie Chan!», «¡Britney Spears!». Tinafey recorría Hollywood Boulevard y gritaba los nombres inscritos en las estrellas de terrazo rosa que había en la acera. «¡Tom Selleck! Me suena...», «¡Los Teleñecos!», «¿Chill Wills? ¡Ja! ¿Chill Wills? ¿Quién es ese?».

Petty tampoco conocía la mayoría de los nombres. Nunca le había interesado el cine, siempre estaba demasiado ocupado. Había llevado a Sam a ver películas de Disney de vez en cuando, Shrek y Buscando a Nemo, pero, por lo general, se quedaba dormido en cuanto atenuaban la luz de la sala.

De todos modos, aquella era la primera vez que estaba en Hollywood, y encontrarse allí, donde se desarrollaba la acción, le resultaba emocionante. Los autobuses turísticos con la megafonía a todo volumen que hacían un recorrido por las casas de las estrellas, la música a todo trapo de los bares para turistas, los óscares de juguete que había en los escaparates de las tiendas de recuerdos. Petty disfrutaba de todos aquellos pasatiempos como el que más, y le parecía bien salir de vez en cuando y tropezar por la calle con gente de verdad, con personas que no fueran jugadores o timadores.

Algo estaba pasando en uno de los cines, un acontecimiento con limusinas de por medio, con alfombra roja y un enjambre de periodistas. Tinafey tiró de Petty entre la muchedumbre hasta que llegaron a una valla metálica que separaba al público de las celebridades recién llegadas. Desde allí, la mujer observaba con gran atención a las estrellas que salían de relucientes limusinas y de Cadillacs Escalades, y se desgañitaba cada vez que veía a alguien a quien reconocía.

—¡Angie! ¡Angie! —empezó a gritarle a una pelirroja muy arreglada que llevaba unos shorts—. Es la de ese programa, ¿sabes? La que sale con su hermana.

Petty no solo no sabía de quién le estaba hablando, sino que le daba lo mismo. Sin embargo, mientras Tinafey se lo estuviera pasando bien, él estaba contento.

Después de un rato, los acomodadores cerraron las puertas del cine, momento en que los fotógrafos empezaron a fumar y a guardar las cámaras, y la multitud se esfumó. Hasta la próxima.

—Oye, me muero de hambre —le dijo Tinafey.

Petty vio un cartel una manzana más arriba: «Asador Musso & Frank, el más antiguo de Hollywood». Petty y Tinafey llegaron hasta allí y entraron en un silencioso salón con el techo muy alto y una caja registradora a un lado y mesas de estilo antiguo al otro. A Petty le gustaba lo que veía: manteles blancos de tela inmaculados, camareros con chaleco rojo. El olor a carne asada y a patatas fritas hizo que su estómago lanzara un rugido primitivo.

El jefe de sala les señaló una barra en un segundo comedor y les dijo que enseguida tendrían mesa. Detrás de la barra, un camarero que parecía un gnomo arrugado con gafas de culo de vaso los obsequió con una tierna sonrisa y les preguntó qué querían tomar. Tinafey pidió una copa de vino y Petty, un Johnnie Black.

—Me gusta el sitio —comentó Tinafey.

—Es de la vieja escuela.

—Como tú.

—¿Sois de fuera?

Se lo preguntaba un tipo bajito y con el pecho como un barril, que llevaba una chaqueta de color amarillo chillón, una camisa azul celeste, unos vaqueros desgastados y unos náuticos de lona sin calcetines. Aunque debía de rondar los sesenta, tenía la cabeza llena de un sospechoso pelo moreno peinado hacia atrás y que le llegaba hasta el cuello de la camisa.

—Sí, señor. Soy de Memphis —respondió Tinafey.

—¡Adoro Memphis! —exclamó el hombre.

Cuando el tipo se ajustó las gafas de aviador con cristales tintados y cogió su martini, Petty se fijó en que llevaba un par de anillos.

—En 1967 estuve destinado en el fuerte Campbell y solía ir a Memphis en autobús cada vez que me daban un permiso. Beale Street... ¡oh, tío! Un lugar jodidamente salvaje. Se suponía que los soldados no podíamos ir allí, pero a mí me importaba una mierda. A muchos de los míos les robaron, les dispararon..., pero a mí nunca me pasó nada malo.

—Ahora está limpia y solo van turistas.

—Hoy en día, todo está limpio y lleno de turistas. Fijaos ahí fuera. Antes uno podía meterse en problemas, divertirse un poco.

A Petty le daba la impresión de que había visto antes a aquel tipo. De hecho, tenía la sensación de que habían jugado juntos a las cartas. En esa ocasión, sin embargo, sospechaba que el anciano pretendía algo más.

—¿Has salido alguna vez en la tele? —le preguntó Petty.

El hombre se irguió en el asiento y mostró sus dientes perfectos.

—Alguna. Bastantes, a decir verdad.

—Dime algún programa en el que podría haberte visto.

—¿En su día? Pues, en La ley del revólver, en The Rockford Files, en Se ha escrito un crimen, en La doctora Quinn... ¿Recientemente? En Hijos de la anarquía, en Boardwalk Empire, en CSI... y he hecho multitud de apariciones. ¡Bruce Willis me pegó una paliza en La jungla de cristal!

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Petty.

—Stanley Beckett. —Les tendió la mano—. Pero llamadme Beck.

—Yo soy Rowan Petty y esta es Tinafey.

—Como la que sale en televisión —comentó la mujer.

—Sí, pero tú eres más guapa —la lisonjeó Beck.

—¡Venga ya! —dijo Tinafey.

Beck le guiñó un ojo y le dio un sorbo a su martini.

—¿Habéis venido de vacaciones? —preguntó el hombre.

—Digamos, más bien, que estamos mezclando negocios con placer —respondió Petty.

—¡Muy inteligente! ¿A qué te dedicas? —dijo Beck.

—Soy agente inmobiliario —contestó Petty.

Beck miró a Tinafey.

—¿Y tú?

—Canto un poquito..., bailo... Siempre he querido probar en el mundo del cine.

—Pues has venido al lugar indicado. Puede que te descubran mientras estás aquí.

—Pero esas cosas no pasan de verdad, ¿no? —le dijo ella.

Petty le dio un sorbo a su escocés. Se preguntaba cuánta pasta se levantaría alguien como Beck. Siempre se decía que en las películas pagaban de escándalo, pero se dicen muchas cosas que son mentira. En cualquier caso, lo único que decía de él la ropa que vestía era que cabía la posibilidad de que fuera daltónico. Aunque, claro, a veces la gente viste de manera informal. La cuestión era cómo de inteligente había sido con la pasta que había ganado. Petty había estafado a médicos, a abogados, a profesores de universidad..., pero nunca a actores. Sería un reto eso de engañar a un mentiroso profesional.

En medio de aquel pensamiento, se regañó. Ahí estaba el hombre, más agradable imposible, contándole a Tinafey anécdotas sobre las estrellas con las que había trabajado, y él, pensando en cómo desplumarlo. A ver, que resultaba aterrador que solo le quedaran tres de los grandes, pero tampoco era necesario que le entrase el pánico, y menos ahora que tenía la posibilidad de hacerse con dos millones de dólares.

Tinafey le pidió un autógrafo a Beck, que le pidió un bolígrafo al camarero. «Para mi belleza de Memphis», le escribió en una servilleta antes de estampar una rúbrica ornamentada.

El jefe de sala llegó y les dijo que la mesa estaba preparada. Beck se puso de pie al mismo tiempo que ellos.

—Ese también es mi pie de salida —comentó el anciano, que echó mano al bolsillo de atrás y puso cara de estar confundido. Luego, se dio unos golpecitos en los bolsillos de la chaqueta—. No me lo puedo creer... He debido de salir de casa sin la cartera.

—No te preocupes —le dijo Petty, que aún se sentía culpable por haber estado a punto de intentar timar al tipo—, yo te invito.

—Pues muchas gracias, amigo. —Beck le estrechó la mano a Petty y a Tinafey le dio un abrazo rápido—. Manny —se dirigió al camarero—, este apuesto diablo me invita.

Manny trajo la cuenta del anciano y la dejó delante de Petty. ¡Treinta y seis pavos! Resultó que el tipo se había tomado tres martinis, no uno solo. Petty se rio para sus adentros. Aquel cabrón se había reído de él a base de bien.

El jefe de sala llevó a Petty y a Tinafey a una mesa desde la que se veía todo el comedor: vigas de madera formando arcos, percheros y candelabros antiguos, una clientela sofisticada concentrada en sus chuletas. La acústica del sitio amortiguaba las muchas conversaciones y las convertía en un gentil murmullo, y el revestimiento y el papel amarillecido impregnaban la luz del cálido brillo color caramelo del barniz envejecido. Aquel era el típico sitio en el que los viejos se sienten jóvenes y los jóvenes, sabios.

Petty pidió tiras de ternera al estilo de Nueva York y Tinafey, espaguetis con albóndigas. Todo era a la carta: la ensalada, el aliño, los espárragos, pero Petty dejó de sumar mentalmente en un momento dado e incluso se permitió tomar postre. Ya se preocuparía al día siguiente por el dinero, que esa noche lo iba a despilfarrar.

7

Al fondo, en el horizonte, la tremenda tormenta de arena que avanzaba hacia el aeródromo de Bagram parecía una nube de color rojo ladrillo en plena ebullición. Aquello hacía que la búsqueda de Keller por parte del sargento segundo Armando Díaz resultara más urgente. Como a alguien le cogiera una de esas hijas de puta, el polvo lunar lo iba a asfixiar e iba a estar soltando mocos negros una semana. Díaz asomó la cabeza por la puerta de la cantina, pero Keller no estaba allí, zampando perritos calientes y patatas rebozadas junto con el resto de la tropa.

—¡Qué pasa, Campanitas! —le saludó a gritos alguien desde una de las largas mesas de la cantina.

Díaz devolvió el saludo mirando hacia donde le había parecido que provenía la voz y salió. Le llamaban «Campanitas» porque era el encargado de los «camiones de campanitas», es decir, de los vehículos afganos que el ejército contrataba para transportar suministros a las diferentes bases. ¿Para qué contratar camiones y conductores estadounidenses cuando se podía pagar a los locales y que fueran ellos los que se arriesgasen a pisar un Artefacto Explosivo Improvisado —como los denominaba el ejército— o a que les volase la cabeza un francotirador de los talibanes? Y los llamaban «camiones de campanitas» porque aquellos camiones pintados de mil colores, ya fueran semirremolques, camiones de plataforma o camiones cisterna estaban llenos de cadenas que hacían un ruido de la hostia mientras recorrían las carreteras sembradas de baches del país.

El viento caliente arrastraba basura por el campo de béisbol que había pintado entre la cantina y el edificio de Moral, Bienestar y Recreación. Vasos y bolsas de plástico que giraban sobre sí mismos y que, en un momento dado, antes de abandonarlos entre los arbustos, el viento lanzaba contra la alambrada.

Keller no estaba al teléfono en el edificio de MBR. No estaba al ordenador. Por fin, Díaz dio con él en una butaca del pequeño cine de la base. Estaba solo, viendo el deuvedé de Resacón en Las Vegas. Díaz le dio unos toquecitos en el hombro y le señaló la salida con el pulgar.

Se dirigieron a uno de los búnkeres que había repartidos por toda la base. La tormenta estaba a punto de romper sobre ellos como una ola de trescientos metros de altura; daba la impresión de que su peso fuera a desequilibrar el mundo y era imposible apartar la mirada. Cuando la nube tapó el sol, pareció que acabara de anochecer.

Dentro del búnker, no obstante, estaba incluso más oscuro. Aquello era como una tumba larga y estrecha; una construcción sin ventanas hecha a partir de secciones de hormigón y reforzada con sacos de arena. Díaz y Keller entraron justo cuando la tormenta les caía encima. El viento era tan potente que las paredes temblaron y por las uniones del techo cayó arena como si lloviera.

En aquellos días, los búnkeres proporcionaban privacidad. Hacía meses que no había habido ni ataques con morteros ni ataques con cohetes. De hecho, por no haber no había habido ni falsas alarmas. Los malos sabían que las tropas estaban de retirada, por lo que no tenía ningún sentido gastar munición para intentar cargarse a uno o dos más. Aquel búnker en concreto, además, estaba lleno de telarañas como cortinas que Díaz y Keller tuvieron que apartar para llegar hasta las sillas de oficina cascadas que alguien había requisado para aquel sitio. Se dejaron caer en las sillas y Keller encendió un cigarrillo.

—Eso lo va a oler alguien —comentó Díaz.

—¿Durante una puta tormenta de arena? —Keller le dio una larga calada al pitillo y exhaló el humo despacio—. ¿Cuántos días te quedan?

—El lunes sale mi vuelo.

—¡Qué puto cabrón!

—¿Y a ti?

—Me queda un mes más.

El sargento Daniel Keller era un pueblerino de Maine con la cara llena de granos y que seguía tan blanco como Poppy Fresco aun después de tres periodos de servicio. Trabajaba en un hangar preparando cargamentos que se enviaban de vuelta a Estados Unidos y, ahora que el ejército había vuelto a activar la reducción de tropas, no paraba de trabajar. Había que meter en cajas, etiquetar y cargar de todo en los aviones: ordenadores, impresora, microondas, lavadoras.

Keller se llevaba un cuarto del tesoro de Díaz. Campanitas era el responsable de pagar a los camioneros afganos por los viajes que hacían, importes que cogía de una montaña de dinero en metálico que había en una cámara de la base. Díaz no había tardado en darse cuenta de que había fisuras en el sistema y de que podía beneficiarse de ello. En el momento álgido de sus robos, entre los sobornos que recibía de las empresas de transporte y los envíos fantasma por los que se pagaba a sí mismo, había estado sacándose cien mil al mes.

Díaz tampoco había tardado en darse cuenta de que iba a necesitar una manera de sacar el dinero del país y llevarlo a Estados Unidos, que era donde entraba Keller. Ambos habían sido socios ya en otro timo, en el que habían comprado televisores, reproductores Blu-ray y videoconsolas en el economato militar y las habían revendido en tiendas locales. Cuando Díaz le contó a Keller lo que pensaba hacer con los camiones de campanitas, este se mostró de acuerdo de inmediato. Díaz le entregaría el dinero robado y él lo haría pasar por envíos legítimos al fuerte Bragg, donde un colega suyo, que se quedaría con otra cuarta parte, recogería el dinero y lo enviaría a Los Ángeles.

Keller adelantó la mano con la palma hacia arriba y le hizo un gesto con los dedos a Díaz.

—Dame, dame —dijo.

Díaz le pasó una papelina de heroína. Se la había comprado a Izat, la rata que llevaba la tienda de los moros de la base. Izat les vendía alfombras, ropa de hombre y DVD piratas a las tropas y, en paralelo, tenía un negocio de drogas. A Keller le encantaban los subidones, pero era un cobarde y no quería pasarlos a solas, por lo que, con intención de tenerlo contento, Díaz solía hacerle el favor de estar con él.

Keller sacó una funda de gafas Oakley en la que había una jeringa, una cuchara, bolas de algodón y vitamina C en polvo —todo lo que necesitaba para meterse un pico—, y empezó a cocinar el subidón.

—En cuanto baje de las nubes —comentó Keller mientras ponía la heroína en la cuchara—, tendremos una reunión importante.

—Sobre cómo repartir la pasta.

—Deberíamos hacerlo en Las Vegas. Nunca he estado allí.

—Por mí, vale.

Díaz se removió en la silla, puso un pie en la pared y empujó para apartarse de ella. Fuera, el viento aullaba y la arena susurraba.

—Allí hay putas que chupan con tanta fuerza que serían capaces de arrancarle los cromados a un camión —comentó Keller—. Putas con tetas nucleares. —Encendió el mechero por debajo de la cucharilla y la burbujeante droga despidió un olor amargo—. Pienso comprarme un traje púrpura de chuloputas para follarme a todo el mundo. Porque seré rico, ¿sabes? Y un sombrero de esos enormes, ¡con su pluma y todo!

—Tan rico no vas a ser.

—¿Quinientos mil pavos? Allí de donde yo vengo, tío, eso es ser rico. Además, pienso doblar mi parte jugando al bacarrá mientras estoy allí.

Keller dejó un poco de algodón en la droga y se ató su cinturón amarillo reflectante al brazo.

—¿Qué coño sabes tú del bacarrá? —le dijo Díaz.

—Sé que todos los putos amarillos ricos juegan a eso —respondió Keller mientras se masajeaba una gran vena azul—, ¡y ellos saben muy bien lo que se lleva!

Díaz contuvo el aliento mientras la aguja entraba en el brazo de Keller y hasta que este empujó el émbolo de la jeringa hasta el fondo.

—¡Guau! —soltó Keller cuando se desabrochó el cinturón y mientras se recostaba en la silla. Lo dijo como si estuviera perdiendo el equilibrio—. ¡Guau! —Parpadeó y sacudió la cabeza—. Esta mierda...

Díaz le había pedido a Izat que le vendiera la mejor que tuviera, una que fuera del todo pura, no mierda cortada, y le había pagado el triple de lo habitual.

Keller se derrumbó en su silla, con la barbilla en el pecho. Ya iba camino de desmayarse. Aquella droga pura era demasiado para él. Intentó llevarse una mano a la cara, puede que para limpiarse la baba, pero la mano se detuvo a medio camino, vaciló y se le cayó en el regazo. La respiración de Keller empezó a enlentecerse. Un par de segundos después, se cayó de la silla y se quedó en el suelo, inmóvil.

Díaz se inclinó sobre Keller y vio polvo bailando alrededor de su nariz y de su boca, así que se recostó y se quedó un rato escuchando la tormenta. Cuando volvió a comprobarlo, Keller ya no respiraba. Ese ya estaba donde sea que van los imbéciles blancos de Maine cuando sufren una sobredosis.

«Uno menos».

Dejó al tipo allí y salió a la tormenta de arena, un entorno lóbrego donde el sol no era sino un punto de color rojo sangre en el cielo.

8

Petty se despertó al amanecer con la sensación de que su cabeza llevaba horas trabajando. Se levantó de la cama con cuidado para no despertar a Tinafey y observó cómo la luz del sol iba iluminando el letrero de Hollywood. Intentó valerse de aquel silencio para planear los primeros pasos a dar, pero se sentía como si pretendiera dibujar un mapa en un tornado. Demasiados pensamientos dando vueltas a su alrededor demasiado rápido. Además, todo lo que sucediese más adelante dependía de lo que pasara a lo largo de aquel primer día. Se lavó los dientes, se vistió y bajó al vestíbulo.

Junto a la barra del café había una legión de huéspedes que empezaban el día temprano porque tenían mucho que visitar. Un par de alemanes miraban un catálogo de Disneylandia, una familia de japoneses se esforzaba por descifrar el menú y un británico tatuado que llevaba un sombrero de paja apuñalaba su teléfono con el índice mientras gritaba: «¡Diga! ¿Diga?». A Petty no le apetecía hacer cola, así que salió del hotel en busca de otra opción.

Por el día, el boulevard parecía resacoso, mareado. Se le veían los moratones a través del colorete y del carmín. Las aceras estaban vacías; las papeleras, a rebosar. Las persianas de acero de los comercios estaban decoradas con horribles pintadas de estrellas del cine en blanco y negro, y Petty pensó en buitres a la espera de algo de comida cuando vio el ruidoso grupo de cuervos que se habían posado en las decoraciones de estilo art déco de un viejo edificio cercano.

Compró chicle y un café de mierda que le sirvieron en un vaso de plástico en una tienda que había enfrente del museo de cera. En el banco del autobús en el que se sentó, también enfrente del museo de cera, había un anuncio de un dentista económico. Algún gracioso le había pintado los dientes de negro con un rotulador y le había dibujado un 666 en la frente. Petty le dio un dólar al primer vagabundo que se lo pidió, pero ignoró a los dos siguientes.

En un momento dado, le llamó la atención un tipo alto con barba, gorra de camionero y botas de vaquero. El tipo en cuestión estaba al final de la manzana, apoyado en una farola, fumando un cigarrillo. Al principio, a Petty le pareció que era uno de los artistas del disfraz que se hacían fotos con los turistas, uno de esos que fingía que acababa de salir de alguna peli, pero ni su camisa ni sus pantalones vaqueros parecían parte de un disfraz. A Petty le daba la sensación de que el tipo lo estaba observando e intentó pillarle, para lo que apartó la mirada y, al rato, la volvió de golpe. En efecto, se encontró con los ojos del interfecto durante un instante violento, hasta que ambos decidieron dejar de mirarse.

Aquella interacción lo incomodó, así que se levantó del banco y se dirigió hacia el hotel. De camino, miró por encima del hombro para ver si el vaquero le seguía, pero el tipo se había quedado donde estaba, apoyado en la farola, observando el tráfico como si nada. Debía de ser un tarado, un paleto con una buena cogorza, azorado de tanto sol y tanto destello.

Petty hizo mucho ruido al entrar en la habitación, silbó y cerró la puerta de golpe, porque no quería asustar a Tinafey, que estaba en la ducha.

—¡He vuelto! —dijo gritando.

—Salgo enseguida.

Petty se sentó en la cama y encendió el televisor para ver las noticias. En un momento dado oyó que el agua dejaba de correr y, poco después, la mujer salió del cuarto de baño envuelta en una toalla.

—Hoy tengo que encargarme de unos negocios —le dijo Petty.

—¿Y lo de ir a ver la ciudad?

—Iremos, te lo prometo.

Tinafey estaba decepcionada, pero intentó que no se le notara.

—Bueno, en ese caso, creo que iré a nadar. Aquí tienen una buena piscina.

Petty sacó doscientos dólares de la cartera y se los tendió.

—Toma, para que te compres un traje de baño.

—Ya tengo dinero.

—Venga, cógelo, que quizá la próxima vez no pueda darte nada.

Tinafey dejó que Petty le pusiera los billetes en la mano, pero se quedó delante de él.

—¿De verdad vas a volver?

—¡Por supuesto! Y tú seguirás aquí, ¿verdad?

—¿Es lo que quieres?

Petty la sentó en la cama, a su lado.

—Ven, que quiero ser sincero contigo.

—¿A qué viene eso? ¿Acaso has estado mintiéndome todo este tiempo?

—Solo me quedan unos pocos miles de dólares. He venido aquí con intención de apuntarme un tanto, pero puede que tenga que apretarme el cinturón antes de que lo consiga. Me gustas mucho y me gustaría que te quedases, pero, en cuanto quieras marcharte, dímelo y te compro un billete de avión para Memphis.

Tinafey se apartó de él y se subió la toalla.

—No pienso ser tu puta. Si es eso lo que estás pensando, olvídalo.

—Nunca te lo he pedido, ¿no?

—Ya, es lo que todos decís hasta que se os vacía el bolsillo.

—No soy ningún chuloputas, Tinafey. No es a eso a lo que me dedico.

La mujer entornó los ojos y miró a los ojos a Petty en busca de la verdad. Entonces, dijo:

—Nadie me espera en Memphis, así que puedo quedarme un poco más. ¡Pero si ni he ido a la playa!

—Iremos.

—¿Y a Beverly Hills? ¿Y a Rodeo Drive?

—Adonde quieras.

—Y si alguien me lo pregunta, ¿puedo decir que soy tu novia?

Aquella pregunta pilló por sorpresa a Petty.

—¿Te gustaría decir que eres mi novia?

—Facilitaría el asunto.

—¿Puedo decir yo que soy tu novio?

La mujer puso cara rara y dijo:

—Eso sonaría raro, ¿no te parece?

—A mí no.

—«Novio» —dijo con voz rara—. «Novia».

—¿Alguna vez has tenido un novio blanco?

—Una vez, en el instituto. Su padre era un mierda. Le obligó a que cortara conmigo.

—Eso es lo que te espera en Memphis.

—Es lo que te espera a ti en todos los lados.

Petty jugueteó con una gota de agua que la mujer tenía en el hombro.

—¿Alguna vez has tenido una novia negra?

—Claro.

—Pero digo sin pagar.

De la calle les llegó el sonido de las sirenas, que ascendía en espiral. Tinafey corrió a la ventana para ver qué sucedía y Petty la acompañó. Vieron tres camiones de bomberos y una ambulancia serpenteando entre el tráfico, luces que relumbraban, bocinazos. A lo lejos, una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo como un puñetazo iracundo.

—Alguien está teniendo un mal día —comentó Tinafey.

Petty miró el reflejo de la mujer en la ventana. Quería besarla, pero decidió no empezar algo que quizá no fuera capaz de terminar.

—¿Y bien? —le había preguntado a Don el día anterior en el Starbucks—. ¿El nombre? ¿La dirección?

Fue entonces cuando Don empezó a balbucir. Resultó que la única información que de verdad le había sacado al yonqui era que el tipo que guardaba la pasta se llamaba Tony, que vivía en la zona este de Los Ángeles y que su madre tenía una tienda, Fiestas Alma, en Cesar Chavez Avenue. Petty buscó la tienda en Google en el mismo Starbucks, confirmó que, en efecto, existía y dejó que Don se quedara con el depósito de dos dólares. Ya había decidido mandar a tomar por el culo a Avi y largarse de Reno, y, como quien dice, Los Ángeles estaba de camino a Phoenix, que era adonde pensaba ir a continuación, así que, ¡qué más daba! El par de horas que iba a perder si resultaba que lo del dinero del ejército no era sino una quimera no eran nada en comparación con el pelotazo que iba a dar si resultaba que era verdad.

Tardó veinte minutos en llegar de Hollywood a Boyle Heights. Cogió la 101, que recorría el centro, cruzó el canal de cemento del río Los Ángeles y salió a las calles de la superficie en una barriada mexicana de mala muerte.

La tienda de la madre del tal Tony estaba en una manzana de viejos edificios de ladrillo construidos en la década de 1930. A un lado tenía un salón de belleza que ofrecía tintes, rayitos y facials, y, al otro, una farmacia regentada por una familia. Petty aparcó en una zona de carga y descarga que había al otro lado de la calle, a la sombra de un ficus gigante cuyas enormes y retorcidas raíces habían abombado y quebrado la acera de tal manera que las ancianas que volvían a casa con las bolsas de la compra se tropezaban cada dos por tres con las baldosas de cemento levantadas. Se quedó observando la entrada de la tienda desde el coche. En veinte minutos solo entró una persona, una joven con una sillita de bebé, y no tardó en salir.

Petty arrancó, volvió a incorporarse al tráfico y dobló la esquina para aparcar donde el Mercedes no se viera desde la tienda. Se miró en el espejo retrovisor, salió del coche y fue hasta Fiestas Alma.

En aquel sitio se vendía de todo lo que uno pudiera necesitar para organizar una fiesta, y en aquella época del año estaba lleno de decoraciones navideñas. Las había de todos los tipos y tamaños, además de abetos de pega, Santa Claus que no paraban de carcajearse y ángeles, muchos ángeles. También había cajas de refrescos de marca blanca apoyadas contra la pared y un expositor de productos de limpieza. Colgando del techo había piñatas polvorientas que se movían a un lado y a otro por efecto del ventilador que había sobre la puerta.

—¿Alquilan ustedes juguetes hinchables? —le preguntó Petty con una sonrisa en los labios a la mujer que había detrás del mostrador.

La mujer andaría por los cincuenta años, era rubia de bote, tenía un lunar en la mejilla y llevaba las uñas largas y pintadas a rayas naranjas y negras, como un tigre.

—Sí, tengo unos cuantos —respondió la mujer sin devolverle la sonrisa y, acto seguido, le enseñó fotografías en un álbum de fotos.

Había uno que representaba un castillo, otro que representaba un pastel de cumpleaños y uno que era como un coche de carreras. Petty fingió interés, para lo que pidió precios y detalles sobre los envíos y el montaje. Entonces, de pronto, se quedó callado y entrecerró los ojos.

—¿No es usted la madre de Tony?

La mujer frunció el ceño.

—¿Por qué lo pregunta? ¿Quién es usted?

—Mi primo fue al colegio con Tony.

—¿Al Garfield?

—Claro, al Garfield. ¡Qué casualidad! Llevo un rato pensando: «Pero cómo me suena esta mujer». Nos vimos en un par de ocasiones.

—¿Cómo se llama su primo?

—José. Se mudó a Texas después de graduarse. ¿Qué es de Tony? ¿Sigue por aquí?

—Entró en los marines, pero volvió hace un par de años. ¿José qué?

—¿Cómo dice?

—Que cómo se apellidaba su primo.

—Garza. José Garza. ¿Suele ver usted a Tony?

—A diario. Es él quien me hace los envíos.

—¿Sigue conduciendo aquel... aquel...? ¿Cómo era?

—Nunca tuvo coche, pero le regalaron una camioneta cuando volvió de Afganistán. —En la cabeza de la mujer había saltado una alarma y era evidente que estaba rebuscando en su memoria para situar a Petty—. ¿Dónde vive usted? No es de por aquí, ¿verdad?

—Vivo en Hollywood, pero mi novia es de por aquí.

Petty había ido bastante lejos y la mujer estaba a punto de empezar con preguntas más complicadas, así que sacó la cartera y le preguntó qué señal tenía que dejar para reservar el coche de carreras hinchable para el segundo sábado de diciembre.

—Veinte dólares.

Petty le dio el dinero y ella sacó un formulario de alquiler.

—Mi novia la llamará y le dará todos los detalles. Es para su hijo.

—Pero tengo que poner un nombre en el formulario. ¿Cómo se llama su novia?

—María Rosales. Le llamará esta misma tarde.

La mujer estaba aturullada. Primero aparecía un amigo de su hijo del que no se acordaba y, ahora, le entregaba una señal sin pedirle que le diera un comprobante ni nada parecido. Petty se llegó a la puerta antes de que la mujer pudiera rehacerse.

—¡Me ha alegrado volver a verla! —le dijo Petty antes de salir—. ¡Dígale a Tony que Bill Miller le manda un saludo!

Petty apretó el paso para dar la vuelta a la esquina cuanto antes. El sol había convertido su coche en un horno en el poco tiempo que había estado en la tienda. Bajó las ventanillas y condujo sin rumbo hasta que llegó a un puesto de tacos, donde se detuvo para comer un burrito de huevo y chorizo.

Una hora después, Petty había vuelto y vigilaba la tienda. Estaba aparcado a media manzana de distancia, al otro lado de la calle, arrellanado en el asiento del conductor. Nadie entró en la tienda durante la primera hora y solo lo hizo uno de UPS durante la segunda. Petty encendió la radio en un momento dado, pero no tardó en apagarla, preocupado porque se le agotara la batería del coche. Un perro callejero pasó trotando por la acera. Parecía que tuviera muy claro a donde iba. Durante un rato, un helicóptero de la policía estuvo dando vueltas por la zona. Petty se quedó mirándolo hasta que desapareció. Luego, jugó a chasquear la lengua cada vez que pasaba un coche.

Pensó en Tinafey y en qué estaría haciendo. Se preguntó cuánto tiempo más se quedaría ahora que sabía que estaba arruinado. Pensó en Sam, su hija. No se podía creer que hubieran transcurrido siete años desde que no se veían y cinco desde que no hablaban por teléfono. Era increíble lo rápido que pasaba el tiempo. Quizá la llamara mientras estaba en Los Ángeles. Tendría que telefonear primero a su madre para preguntarle el número.

Se le quedó el pie dormido, así que salió del coche para estirar las piernas. Mientras deambulaba y empezaba a sentir los dedos de los pies de nuevo, una F-150 negra aparcó en la zona de carga y descarga que había delante de la tienda de artículos de fiesta. De la camioneta bajó un muchacho mexicano fornido y de baja estatura vestido con una camiseta blanca y unos vaqueros. Daba la impresión de que caminara un poco raro, renqueando, como si cojeara.

Petty subió al Mercedes y arrancó el motor. Condujo hasta pasada la tienda, cambió de sentido en la siguiente esquina y volvió a aparcar a media manzana, por detrás de la camioneta, en la misma dirección. La matrícula de la Ford le llamó la atención porque en ella aparecía una silla de ruedas junto a las letras VM. Petty se metió en Internet para ver qué significaba aquello y descubrió que en aquel vehículo viajaba un veterano minusválido.

Cinco minutos después, el muchacho salió de la tienda cojeando y volvió a la camioneta. Petty esperó a que se reincorporara al tráfico para hacerlo también él y ponerse detrás. Pasaron la siguiente hora dando vueltas por el vecindario. Petty tuvo que esperar frente a un supermercado, frente a una barbería y frente a un Burger King. Su última parada fue junto a un edificio de apartamentos estucado situado en una calle ruidosa llena de edificios de apartamentos. El muchacho tomó una rampa que daba a un aparcamiento subterráneo justo debajo de su edificio, metió una tarjeta en una ranura y una valla de acero empezó a subir. La valla sonaba como si fuera de cadena. Entonces, el chico entró en el garaje y Petty lo perdió de vista.

Petty dio dos vueltas a la manzana antes de encontrar un hueco en el que aparcar. Dejó el Mercedes entre Nissans, furgonetas y camionetas de jardinero abolladas, viejas y con pegotes de masilla. A Petty le preocupaba más perder el rastro del muchacho que la posibilidad de que le robaran el coche. Abrió el maletero y cogió un chaleco reflectante. Se puso el chaleco por encima de la camiseta negra, se cubrió con una gorra y cogió un portapapeles. Aquel disfraz le resultaba muy adecuado cuando quería timar a las inmobiliarias para pujar por una propiedad sin que llegaran a enterarse de su interés, porque podía hacerse pasar por lector de contadores, instalador de televisión por cable o repartidor.

La mayoría de los edificios de apartamentos por delante de los que pasó Petty de camino al edificio del muchacho casi ni se tenían en pie. Las ventanas rotas las habían tapado con tablones de madera en vez de cambiar los cristales, se veían cables sueltos allí donde habían robado apliques y luces, y las pintadas ascendían por las paredes como si fueran hiedra, tan alto como alcanzara un gilipollas con un espray. No obstante, no todo el mundo se había rendido. Aquí y allí se veía un retroceso de aquella «maleza»: una maceta llena de flores, un santuario consagrado a la Virgen María bien cuidado, tres tonos de rosa diferentes allí donde alguien había tenido que tapar una y otra vez las marcas de las pandillas locales...

Parecía que, aquella tarde de sábado, todos los que vivían en la zona hubieran decidido salir a la calle. Había niños que pasaban junto a Petty con sus patinetes, chavales que jugaban al vóley en patios llenos de basura y gente que se hablaba a gritos de una acera a la otra. Junto a una furgoneta de reparto había una serie de mujeres reunidas y, en la parte de atrás, un hombre les vendía verduras, tortillas y bolsas de arroz. Un hombre acuclillado a la sombra de una marquesina dejaba que su cachorro de pitbull lamiera la condensación de su lata de Bud Light y contó un chiste con el que sus amigos se echaron a reír.

Petty consultó el directorio del edificio del muchacho, pero la mayoría de los números no tenían nombre. La puerta de seguridad de acero estaba abierta porque alguien la había calzado con un bloque de hormigón, así que Petty entró para echar una ojeada.

Dos edificios de apartamentos daban pie a un patio central con palmeras y bananeros en macetas. El sitio tenía su encanto, pero los barrotes de las ventanas hicieron que Petty pensara en una penitenciaría. Supuso que el muchacho, tullido como estaba, viviría en la planta baja, así que empezó a dar una vuelta por el patio y a mirar por las ventanas de los apartamentos al tiempo que fingía que inspeccionaba las cañerías. En el 101, las cortinas estaban echadas. A través de la puerta abierta del 102 vio a un anciano en un sofá, frente a la televisión. En el 103 no había nadie, pero la sala la ocupaban casi por completo una cuna y un colchón hinchable; en la nevera había un calendario de Jesucristo.

El muchacho vivía en el 104. Petty vio cómo salía cojeando del cuarto de baño, donde se había cambiado los vaqueros por unas bermudas. Su pierna derecha era una complicada prótesis de metal y plástico. Petty estudió la habitación y vio una bandera del cuerpo de marines de Estados Unidos de América y un televisor de sesenta pulgadas. Allí, sin embargo, no había ninguna caja fuerte. Se apartó antes de que el muchacho se fijara en él porque, desde luego, si era cierto que tenía toda aquella pasta en el apartamento, lo más seguro es que estuviera ojo avizor, y Petty no quería ponerlo sobre aviso. Mejor ir despacio. Ahora que sabía dónde vivía el tal Tony, podría trazar un plan.

Mientras volvía al coche, un par de vatos que pasaron en un Caddy con la suspensión bajada se quedaron mirándolo como si fuera un pinche gabacho. Decidió ignorarlos y mantener la vista en el portapapeles. El Mercedes seguía donde lo había dejado ¡y con las cuatro ruedas! Se subió, arrancó y entonces se dio cuenta de que tenía la camiseta empapada de sudor.

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Дата выхода на Литрес:
14 февраля 2026
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360 стр. 1 иллюстрация
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9788491876212
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