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Colección Investigaciones
El cine sonoro en el Perú
Primera edición, digital, marzo 2016
©Universidad de Lima
Fondo Editorial
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Apartado postal 852, Lima 100
Teléfono: 437-6767, anexo 30131. Fax: 435-3396
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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Ilustración de carátula: Afiche de la película El guapo del pueblo (Sigifredo Salas, 1938)
Versión ebook 2016
Digitalizado y distribuido por Saxo.com Peru S.A.C.
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Dirección: calle Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-314-4
Índice
Prólogo. Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX
Presentación
Capítulo 1. Los años treinta
Y todos hablaron
Nuevas salas
El estado del negocio
Cineclubes
El periodismo cinematográfico
El caso Wong Rengifo
La primera producción sonora
Otras películas sonoras
La formación de Amauta Films
Una labor compartida
La producción de Amauta Films
Las películas de Amauta Films
Otras producciones del período
La censura en los años treinta
Capítulo 2. Los años cuarenta
El final del empeño de Amauta Films
Los documentales militares
La Lunareja y otras ficciones
Noticiarios nacionales
Reflexiones sobre la industria
Capítulo 3. Los años cincuenta
Los filmes que no se verán
El cine en diarios y otros medios de comunicación
Las intervenciones de la censura
Nuevas tecnologías
Las películas Movius
Noticiarios y documentales
El Perú como escenografía
El imperio del sol
El Cine Club de Lima
El cine del Cusco
Dibujos animados en los años cincuenta
La polémica sobre La muerte llega al segundo show
Capítulo 4. Los años sesenta
Una ley de cine y la llegada de la televisión
Cultura cinematográfica
Nuevas salas
Hablemos de Cine
Armando Robles Godoy: Primeras películas
Capítulo 5. Período 1972-1992
La Ley de Cine
Los cortometrajes iniciales
Los problemas de la exhibición obligatoria
Largometrajes de los años setenta
Películas de referente andino
Películas de episodios
Coproducciones, una vez más
Primeras películas de Francisco Lombardi
Los años ochenta. El regreso a la democracia representativa
Largometrajes de los ochenta: La apuesta por los géneros
Lombardi en los ochenta
Alberto Durant
Las biografías fílmicas
De la Amazonia
Gregorio y Juliana
Cintas de explotación en vídeo
El largometraje documental
Otras cintas del período
El cortometraje en los años ochenta
El final de la Ley de Cine
Capítulo 6. Los años noventa
El nuevo régimen legal
El mercado del cine en el Perú
Largometrajes del período
La guerra interna
Lombardi desde los noventa
Epílogo: El cine peruano en la primera década del siglo XXI
Bibliografía
Anexos
1. Largometrajes del período sonoro
2. Cortometrajes y documentales de los años cincuenta y sesenta
3. Filmes producidos desde 1996 en diversas regiones del Perú (relación no exhaustiva)
Prólogo
Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX
Ahora mismo, millones de peruanos están vinculados a un medio de comunicación mientras miran la televisión, escuchan radio, asisten a una sala de cine o leen un medio impreso. La información, el entretenimiento, la reflexión y la experiencia artística modelada al contacto con otras miradas, opiniones y formas de ver la vida y la cultura provienen de un trato colectivo con los medios de comunicación, que fue afianzándose hasta adquirir una importancia central en el curso del siglo XX.
En consideración a esa realidad, el equipo de investigadores responsable de este proyecto editorial, profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, se propuso elaborar, en el seno del Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima (IDIC), una “Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX”. Es decir, examinar el desarrollo del periodismo, la radio y los medios audiovisuales (cine y televisión) peruanos, así como del marco regulatorio expresado en la legislación dictada sobre la materia, a lo largo de la centuria anterior.
Uno de los impulsos para emprender el proyecto fue constatar la carencia de bibliografía sobre el tema. No se ha publicado ninguna historia general de los medios de comunicación en el Perú. Solo existen trabajos parciales sobre cada medio, algunos muy logrados. Ellos trazan horizontes del desarrollo de la radio, el cine y la televisión, describiendo etapas específicas u ofreciendo opiniones críticas y de enjuiciamiento a los “productos mediáticos”, sean películas o programas televisivos.
Creímos necesario, por eso, realizar una investigación basada en el acopio minucioso de datos ciertos y testimonios plurales, con el fin de aportar bases documentales que ayuden a ordenar la información dispersa y parcial sobre el tema tratado, sistematizando lo que se mantiene fragmentario y facilitando las investigaciones que, más adelante, amplíen y profundicen los estudios sobre los medios de comunicación en el país.
Sabemos que no existe una Gran Historia, única, total y abarcadora que examine hechos, motivos y consecuencias a partir de una clave interpretativa capaz de descifrar el sentido de todos los fenómenos y ocurrencias. Hay, en cambio, muchas historias y relatos que abordan los temas relevantes de una investigación desde horizontes y propósitos diversos. Este trabajo es una de esas historias, la primera que busca acercarse, en forma general, al asunto del desarrollo de los medios de comunicación en el Perú durante el siglo XX. En el futuro, otros estudiosos hallarán nuevas informaciones e intentarán otros abordajes, planteándose nuevas preguntas, las que dicte cada época, ofreciendo conclusiones a partir de las evidencias que no se hallaron aquí y ahora.
La investigación que ofrecemos es un acercamiento realizado por profesionales de la comunicación, no por historiadores profesionales. Nuestra intención y objetivo ha sido comprender el pasado de nuestros campos respectivos de trabajo para tener bases más firmes en el desarrollo de nuestra labor cotidiana como investigadores y profesores universitarios.
Una periodista, María Mendoza Michilot, trabaja el tema del periodismo diario durante el siglo pasado; Emilio Bustamante, comunicador interesado en el fenómeno de la radio popular y en la creación de ficciones para los medios de comunicación, aborda el pasado de la radio; el abogado José Perla Anaya ofrece su visión del marco legal y normativo que sirvió para propiciar la creación y canalizar el desarrollo y regulación de los medios; un abogado y crítico de cine, Ricardo Bedoya, se encarga de los medios audiovisuales. Cada autor eligió los datos relevantes de acuerdo con su propio derrotero de investigación. En casi todos los casos, este trabajo amplía, modifica o ratifica las investigaciones realizadas por cada uno de los autores en los campos de sus especialidades respectivas, publicadas en obras previas.
Abordamos esta investigación como un trabajo interdisciplinario. Cada uno de los tomos que la conforman tiene su propio diseño y entidad, y corresponde a la visión personal y la interpretación del autor que la suscribe aun cuando el conjunto se gestó como una investigación propiciada por el IDIC.
Centrar la investigación en el siglo XX no ha impedido el análisis de datos relevantes de fechas anteriores. Es el caso del periodismo, cuyos antecedentes son básicos para entender el desarrollo que obtuvo en el período tratado. Lo mismo ocurre con el cine, aparecido en los años finales del siglo XIX, a los que se remonta la investigación. Solo la radio y la televisión nacieron y se asentaron en el siglo que estudiamos.
Sin imponer una rígida división o establecer una periodización fija y cerrada, los investigadores convinimos en la necesidad de organizar los períodos estudiados en cada capítulo teniendo en cuenta algunos hitos reconocibles en el desarrollo político del país. Así, la primera parte de los trabajos sobre la prensa, el cine y la legislación de los medios de comunicación remiten a la situación de fines del siglo XIX y se proyectan hasta el advenimiento del llamado Oncenio, o “Patria Nueva”, el período del segundo mandato de Augusto B. Leguía que, a su vez, constituye un segundo período de estudio. Es entonces que empieza la investigación sobre la radio, instalada en el Perú a mediados de las décadas de los años veinte. Una tercera etapa abarca desde los inicios de los años treinta, acabado el período de la “Patria Nueva”, hasta llegar a la interrupción del período democrático del presidente José Luis Bustamante y Rivero, lo que marcó el comienzo del gobierno de Manuel A. Odría. Una cuarta etapa comprende lo ocurrido en los años cincuenta –cuando empieza la televisión, en 1958– y sesenta hasta la irrupción del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, presidido por el general Juan Velasco Alvarado, en su primera fase, entre 1968 y 1975, y por el general Francisco Morales Bermúdez, en su segunda fase, hasta 1980. Las dos últimas décadas del siglo conforman la quinta etapa de la investigación.
En algún caso, como el del cine, esta periodización se altera de algún modo debido a características propias del medio, que divide su existencia en dos épocas netas, el período silente y el sonoro. En lo relativo a la producción fílmica peruana, la periodización encuentra una demarcación adicional: la ley de promoción de la industria cinematográfica, dictada en 1972, hito que hay que considerar en la fijación de los períodos de la historia del cine en el Perú.
Estudiar el desarrollo de los medios de comunicación supone examinar las características y singularidad de sus productos, en cualquier género o formato, en soporte escrito o fílmico, de proyección mecánica o transmisión electrónica. Pero también requiere entender el marco general en que se produjeron: desde el encuadre legal y sus circunstancias políticas y económicas hasta el estado del equipamiento técnico empleado para su hechura, pasando por la identidad de las empresas que financiaron o elaboraron los diarios, películas, telenovelas, series televisivas y programas radiales en general, sin olvidar la identificación de los profesionales, creativos o técnicos, que los imaginaron y diseñaron.
Aunque la investigación de cada medio señala sus propias formas de acceso y metodología, en aras de conseguir un trabajo de coherencia orgánica los investigadores participantes decidimos establecer algunas directivas de organización para emprender y desarrollar la labor de acopio de información y las tareas posteriores de explicación y análisis. Las mencionamos a continuación.
En primer lugar, para uso del equipo de los investigadores y no como objeto de investigación, establecimos un marco temporal, cronología o línea del tiempo, con indicación de hechos del contexto histórico, político, social, económico, cultural y tecnológico, nacional e internacional, a modo de referente para situar los procesos de comunicación en nuestro medio.
En segundo lugar, prestamos atención al estudio de las formas y modos de propiedad, organización y producción de los medios, examinando las actividades de las empresas de comunicación, de productoras de películas y de emisoras radiales y televisivas, identificando sus “productos”, sean diarios, películas, programas de radio y televisión. La tónica del acercamiento se moldeó a las características de cada medio: en el cine, la “obra” acabada, la película estrenada o exhibida es el elemento distintivo y el objeto de estudio; en la televisión y la radio importan más los “flujos”, las corrientes de programación, la lógica que se encuentra en la determinación de las grillas y en los horarios en los que se ubica un programa u otro.
Atendimos a los avances tecnológicos de cada medio, sobre todo en el horizonte de un siglo que ha visto la sustitución de las técnicas de registro y difusión basadas en la reproducción analógica de imágenes y sonidos a las sustentadas en su codificación binaria o digital. La relación entre técnicas, lenguajes y mensajes en los medios de comunicación reviste un grado de significación fundamental.
En tercer lugar, tuvimos presente las relaciones de los medios con el Estado, examinando las políticas gubernativas en cada época, la legislación, la censura, las formas de promoción y, en general, los modos de intervención, directa o indirecta, del Estado en los medios. Ello sin perder de vista la influencia relevante de otras instituciones sociales, los grupos de poder económico y las decisiones de los individuos, protagonistas de circunstancias económicas y de negocios que llevaron a tal o cual orientación empresarial.
En cuarto lugar, nos interesamos en estudiar los géneros y formatos documentales y de ficción trabajados y difundidos a través de los años, con sus particularidades expresivas, estilísticas y semánticas, sobre todo los de producción peruana, pero con referencias puntuales a productos extranjeros con influencia en los medios audiovisuales.
En quinto lugar, prestamos atención al examen de la formación, ampliación e integración de los públicos al circuito de la comunicación, rastreando esa participación en testimonios aparecidos en espacios periodísticos y en las informaciones sobre recaudaciones de películas, índices de asistencia a las salas de espectáculos o mediciones de las audiencias radiales y televisivas. Algunos productos de los medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, son mercancías que se distribuyen en un mercado, anunciándose como espectáculos masivos, pero también elementos distintivos de la historia social y cultural: testimonian identidades y formas de pensar, representan mentalidades, documentan la realidad a la vez que promueven la circulación de valores, estereotipos, pautas de comportamiento, modas. De allí la importancia de tener en cuenta las características de su consumo público.
Esos fueron los cinco vectores metodológicos que articularon la investigación, con las singularidades propias del estudio de cada medio y el acento particular aportado por los investigadores. No es posible acercarse con un bagaje metodológico invariable a medios de naturaleza distinta que cumplen funciones diversas, generando una pluralidad de mensajes que trascienden –como lo postula la semiótica– la identificación con el mero “contenido”.
Nuestra propuesta de investigación tuvo desde el inicio la voluntad de poner por delante el establecimiento de datos e informaciones ciertas, como una forma de describir el estado de las cosas, preguntándonos cuándo y dónde pasó tal hecho y ubicando su ocurrencia en el panorama general de la historia internacional de los medios. El trabajo de campo se desarrolló a partir de búsquedas en archivos, hemerotecas, filmotecas, videotecas y museos, aprovechando también los testimonios personales, las fuentes estadísticas, las visitas a lugares y la observación in situ, entre otros.
En este punto, es preciso hablar de los problemas y limitaciones que tuvimos en el desarrollo de la investigación que se prolongó durante un lustro. Por ejemplo, de las dificultades para obtener informaciones indispensables para explicar una situación, corroborar una hipótesis, confirmar un dato o sustentar una afirmación.
Investigar la existencia, forma, acabado, identidad o influencia de películas o programas televisivos o radiales es hacer una pesquisa sobre “productos mercantiles” que no se consideraron en su momento como obras culturales, dignas de comentario, preservación o memoria. En su época, muchos de esos productos audiovisuales fueron vistos como pasatiempos transitorios, fiascos insalvables o productos de la fungible y pasajera vida del espectáculo y la farándula. Por eso, su existencia apenas si se consigna en un pie de página o un comentario marginal. Las fuentes para conocerlos no son los estudios académicos, ni los propios “productos” audiovisuales, que se han deteriorado o perdido y no existen más, sino periódicos, revistas especializadas de espectáculos o documentos de existencia azarosa.
Si estudiar los productos de la industria audiovisual es muy difícil en países de Europa o en Estados Unidos, lo es mucho más en el Perú, donde nunca existió conciencia de la necesidad de preservar las obras audiovisuales y cuyos archivos documentales son mantenidos en precarios estados de conservación. No abundaremos en anécdotas como la del hallazgo en una biblioteca municipal de dos buscados tomos del diario La Crónica, del año 1930 (en el período crucial que siguió al derrocamiento de Leguía), envueltos por telarañas y transitados por insectos, pero es preciso lamentar la incuria con que se manejan en nuestro país las tareas de mantenimiento del acervo documental –del que forman parte las grabaciones de programas radiales y los archivos audiovisuales– por no mencionar la inexistencia de políticas de restauración y preservación del patrimonio audiovisual.
Por último, anotamos que el ámbito geográfico de la investigación se concentró en la ciudad de Lima, capital del Perú, lo que no cancela la inclusión de referencias puntuales a hechos o sucesos ocurridos en otras regiones del país.
Destinatarios de este trabajo son los estudiantes y los profesionales de la comunicación, pero también los interesados en la historia social y cultural del Perú.
Ricardo Bedoya
Coordinador de la investigación Marzo del 2009
Presentación
El cine sonoro es el segundo volumen sobre la historia del cine en el Perú dentro del marco general de la Historia de los medios de comunicación en el Perú: Siglo XX. El volumen previo se centró en el estudio del período silente. Ambos son parte de una investigación impulsada por el Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima, que da cuenta de la historia de los medios de comunicación en el Perú durante el siglo anterior.
En líneas generales, el presente trabajo busca ofrecer un panorama de la producción de películas peruanas, pero también de la distribución y exhibición cinematográficas durante el período tratado, con extensiones al estudio de la cultura cinematográfica o a la producción de cintas extranjeras en el territorio del Perú hasta los años setenta. Desde los años setenta en adelante, y específicamente desde la promulgación de la Ley de Cine en 1972, este trabajo se ciñe a estudiar la producción fílmica peruana exhibida en salas públicas, dejando los temas de la cultura cinematográfica y la distribución y exhibición de películas –más allá de algunas referencias puntuales– para investigaciones específicas.
Este tomo prolonga, amplía, matiza, modifica y complementa investigaciones sobre el cine peruano que publiqué en años anteriores con los títulos 100 años de cine en el Perú: Una historia crítica (1992); Un cine reencontrado. Diccionario ilustrado de las películas peruanas (1997); Entre fauces y colmillos. Las películas de Francisco Lombardi (1997) y Breve encuentro, una mirada al cortometraje peruano (2005). Es decir, aquí se desarrollan algunos temas no tratados en esos libros o se retoma y actualiza la línea de recopilación informativa que se hallaba en ellos.
El ámbito geográfico de esta investigación sobre el cine sonoro en el Perú se concentra en la ciudad de Lima, aunque no falten menciones eventuales a lo ocurrido en otras ciudades y regiones del Perú.
Como en el volumen sobre el cine silente, el tratamiento del tema se realiza a través de tres formas complementarias de acceso. La primera es la exposición factual, a la manera de un relato ordenado y cronológico de acontecimientos relativos a la actividad fílmica, con el fin de situar al lector en el entorno que produjo los hechos significativos de la historia narrada.
La segunda consiste en la inclusión de textos diversos, artículos periodísticos, reportajes y entrevistas con personajes significativos de la época, empleando como fuentes principales los diarios y revistas publicadas. A partir de las películas producidas en los años sesenta –y en algunos casos de cintas de décadas anteriores– el acercamiento incluye observaciones personales, en los casos de haber tenido la posibilidad de ver las películas en cuestión.
Por último, el trabajo pretende ofrecer un catálogo de la producción de largometrajes peruanos filmados durante el período cubierto por la investigación. Aparecen consignadas las cintas exhibidas en funciones públicas anunciadas en los diarios consultados durante la investigación.
Deseo expresar mi agradecimiento a las siguientes personas: a José Perla Anaya, que como director del desaparecido Centro de Investigación en Comunicación Social de la Universidad de Lima (Cicosul), apoyó las investigaciones previas a este libro; a Salomón Lerner Febres y Norma Rivera, presidente del directorio y coordinadora general, respectivamente, de la Filmoteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por permitirme consultar los archivos de la Filmoteca; a Mario Lucioni, asistente en la etapa inicial de la investigación. También al doctor Jorge Puccinelli, a Isaac León Frías, Irela Núñez del Pozo, Violeta Núñez Gorriti, Nelson García Miranda, Mónica Manrique y Juan Gargurevich.
Capítulo 1
Los años treinta
Y todos hablaron
La llegada del cine sonoro obligó a la reconversión de los equipos de las salas de exhibición de todo el mundo, iniciándose una competencia destinada a obtener resultados inmediatos en el campo de la sonorización de las películas.
Entre nosotros, las salas de cine se enfrentaron al dilema de renovarse o cerrar.
La renovación requería inversiones para la instalación de sistemas de proyección sonora cuyas posibilidades futuras de desarrollo o perfeccionamiento no eran aún percibidas con claridad, a falta de la consolidación de los estándares técnicos aceptados.
Así, el sistema de sonido Vitaphone, de discos reproducidos en sincronía con el pase de la película, no utilizaba los mismos proyectores que el Photophone, de sonido óptico o incorporado a la banda de imágenes.
Poco después, el sonido por discos quedó obsoleto y fuera del mercado, multiplicándose los fabricantes de equipos de sonido óptico que lanzaban procedimientos con diferencias mínimas entre ellos, pero suficientes para causar incertidumbre entre los usuarios.
El conflicto principal se entabló entre los poseedores de patentes para el registro fotográfico del sonido. Por un lado estaban los norteamericanos de Western Electric y por el otro los alemanes de Tobis. Ambos buscaban establecer el dominio monopólico mundial de sus aparatos de sonido celebrando contratos de exclusividad con los exhibidores, que debían tomar solo cintas suministradas por sus compañías.
La disputa se zanjó con acuerdos comerciales que dividieron el mundo a favor de las dos empresas fabricantes. Western Electric se benefició con los mercados de Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Rusia. Tobis se hizo cargo de Alemania, Austria, Suiza, Hungría, los países escandinavos, entre otros europeos. El resto del mundo se convirtió en zona de competencia comercial exacerbada por el progresivo éxito del sonido. En 1932, la disputa entre las dos grandes empresas dejó de tener carácter excluyente al ingresar al mercado algunas marcas que conquistaron un prestigio propio.
En el Perú, como en buena parte de los países de América Latina, la empresa Western Electric ganó la partida. La filial cubana de esa compañía se instaló en Lima con el fin de equipar a decenas de cines de la capital y provincias.
Pero no solo la Western Electric impuso la tecnología norteamericana en materia de sonido; algunos cines se equiparon con aparatos De Vry, fabricados en Chicago, o por Photophone de R.C.A, y proyectores Simplex, importados por J. Calero Paz y Compañía, también distribuidora de películas. Los aparatos europeos de las marcas Tobis, Zeiss Ikon y Saxonia llegaron sucesivamente a través de Saxonia Import Co., empresa dirigida en el Perú por L. Herbert Moebius.
Los empresarios radiales –y más tarde productores cinematográficos– José Bolívar y Jorge Cárcovich cumplieron una importante función en la importación de equipos de sonido para su instalación en las salas peruanas. A través de la Empresa Peruana Parlante introdujeron, a partir de 1931, los primeros equipos de sonido de las marcas De Vry y Western instalados en Lima y en los cines de su propiedad ubicados en Cayaltí, Pomalca, Ferreñafe, Lambayeque, la zona del Callejón de Huaylas y Huaraz.
Nuevas salas
La llegada del sonido impulsó la construcción de nuevas salas de cine. En el Cercado de Lima se inauguraron diecisiete nuevos cines durante la década de 1930, entre ellos el Folie Rouge de la empresa de Julio Riva e hijos, ubicado en la avenida Nicolás de Piérola, convertido luego en el cine Venecia; Roxy, de la empresa de Alejandro Parró, ubicado en la avenida España, luego conocido como cine Conquistador; Campoamor, de Julio Riva e hijos, ubicado en el Jirón de la Unión, llamado Biarritz después de una refacción realizada en 1952; Columbia, de la empresa de Carlos Sáinz, ubicado en el jirón Arequipa; Grau, de la empresa Aspíllaga Delgado; República, con mil ochocientas localidades, abierto el 23 de enero de 1937, formando parte del circuito de la Empresa de Teatros y Cinemas. El Colonial, de Tomás Persivale, fue un cine popular de entonces.
La construcción de salas se extendió a otros barrios limeños. En 1937 se edificó el Metropólitan, del barrio de La Victoria, propiedad de Segundo Boy Mercado, diseñado para la presentación de películas y la actuación de compañías teatrales y de ópera. En noviembre de ese mismo año se inauguró el cine De Vry, que publicaba una revista semanal anunciando los próximos estrenos de su sala.
En Breña, los cines más frecuentados fueron el Capitol (1930) y el Rívoli (1933), ambos de propiedad de Jean Conia, exhibidor que estableció en ellos una exitosa modalidad, el lunes femenino, con rebaja a la mitad del precio de las entradas para las mujeres que asistiesen a las funciones de matinée de los días lunes. La fórmula tuvo un suceso inmediato, levantando los índices de recaudación en un día de escasa asistencia. Al poco tiempo, salas de todo el Perú usaban similar promoción. Jean Conia también fue el responsable de la iniciativa de dividir la platea o patio de butacas de una sala en localidades de precios diferentes. “Laterales” y “delanteros” se convirtieron en las localidades más asequibles de la platea para los espectadores que no tenían reparos en colocarse en los costados o en la zona más cercana a la pantalla.
En Miraflores se produjo el incremento de la construcción de locales. En 1933 se abrió el cine-teatro Leuro, en la cuarta cuadra de la avenida Benavides. En 1935 se inauguraron el Ricardo Palma, ubicado en el Parque Central del distrito, y el Surquillo, de la calle Huáscar. Esas salas se unieron a los ya existentes cines Excelsior, de la calle Bellavista, y Marsano. En Chorrillos, la empresa de César A. Jibaja abrió el cine Olaya en 1938. En Barranco se inauguraron el Paramount (en 1931; refaccionado en 1936) de la avenida Grau, más tarde vuelto a refaccionar y conocido como Premier; el Progreso (1939) del óvalo Balta, más tarde llamado cine Balta; y Zénith (1936), de Luis Rospigliosi, ubicado en la avenida Grau. En el Callao se abrieron el Porteño (1932), de la empresa Marchessi y Pozo; el Alhambra (1935), de Valentín Díaz, y el Dos de Mayo (1935), de Pedro A. Jorrat.
El estado del negocio
La presencia del cine parlante en castellano y la abundancia en la oferta fílmica fueron los hechos significativos del período. Entre 1936 y 1940 se exhibieron en el Perú dos mil trescientas ochenta y cuatro nuevas películas. El año más abundante en estrenos fue 1936, con quinientas cinco cintas exhibidas. Esas películas fueron presentadas por más de tres decenas de compañías distribuidoras en cerca de doscientas cuarenta salas de todo el país.
Para algunos distribuidores esa oferta presentaba los riesgos de la saturación del mercado y de una competencia encarnizada y estéril:
[…] a pesar de haberse desarrollado enormemente la cinematografía en nuestro medio, no es para estrenar 60 películas mensuales, o lo que es lo mismo, dos por día, ni siquiera por la cantidad de cines que hay instalados. Es lógico prever que con este exceso de películas varios distribuidores no encontrarán mucha acogida en los cines […]. (Radiocine 7, enero de 1938.)
Era la opinión del presidente de la Asociación de Distribuidores, opuesta a la actitud del dirigente de los exhibidores que celebraba la gran cantidad de películas importadas. Luciano García, presidente de la Asociación de Exhibidores Cinematográficos del Perú en 1937, señalaba:
[…] la cantidad innumerable de películas que hay en plaza para exhibirse este año, beneficiará al exhibidor en el sentido de darle la oportunidad de escoger buenas películas y de esta manera interesar ampliamente a sus habitúes. Si, antes, una persona hacía su presupuesto solamente para concurrir al cine el domingo, con las estupendas y tentadoras películas que se exhibirán, se les hará quebrantar la idea de concurrir solamente ese día. (Radiocine 7, enero de 1938.)
Los dueños de salas buscaban liberarse de los contratos de exhibición exclusiva impuestos por las compañías distribuidoras más poderosas. La creciente oferta de películas en el mercado les permitía escoger el proveedor más ventajoso. Así lo explicó Luciano García:
La excesiva cantidad de películas que hay en Lima, ha hecho que la programación sea libre –con ciertas excepciones– de tal modo que ya no se podrá presentar al público películas mediocres, como consecuencia de los contratos realizados con determinados distribuidores […]. (Radiocine 7, enero de 1938.)
En 1937 se produjo el inmenso éxito internacional de Allá en el rancho grande (1936), la película mexicana de Fernando de Fuentes, que influyó en la formación de la fisonomía de una parte significativa del cine latinoamericano. En el Perú, el suceso de la cinta fue considerable desde su estreno, el 13 de mayo de 1937. Tres meses después, el diario Universal la consideraba la película “más exitosa del año” (Universal, 24 de agosto de 1937) y en octubre, su protagonista, el cantante Tito Guízar, llegó a Lima en olor de multitud para actuar en el teatro Municipal.
El distribuidor José Calero Paz, representante desde 1931 de R.K.O. en el Perú, fue uno de los primeros en percibir el potencial de las películas mexicanas. A mediados de 1937, al acabar el contrato que lo vinculaba con el sello norteamericano, adquirió un lote de treinta cintas mexicanas con las que pretendía abastecer a las salas con un promedio de tres cintas por mes. Entre los títulos de su catálogo se contaban Jalisco nunca pierde, Cielito lindo, Suprema ley, Malditos sean los hombres, Allá en el rancho chico, A la orilla de un palmar, Las cuatro milpas.
La exhibición de las cintas mexicanas, impulsada por el recuerdo de Allá en el rancho grande, dio resultados óptimos y la compañía de Calero Paz logró estrenar treinta y cuatro películas en 1938, siendo superado en cantidad de estrenos solo por las compañías norteamericanas Warner Bros (con cuarenta y cuatro películas), Paramount Films (cuarenta y tres películas), Metro Goldwyn Mayer (treinta y ocho películas) y Universal Pictures Corporation (treinta y cinco películas).
Las consecuencias del éxito se sintieron muy pronto y Calero no pudo evitar que otras empresas distribuidoras adquirieran películas mexicanas, tan bien recibidas en el Perú.
El cine mexicano, como también el argentino, importado con asiduidad por Amauta Films y por Eduardo Ibarra y compañía, se exhibían con mayor éxito en las salas de barrio de Lima. Guillermo Delgado, presidente de la Asociación Peruana de Distribuidores de Films durante 1937, comentó al respecto:
[…] les diré que parte del público ha preferido […] películas habladas en castellano, que hoy acaparan casi todos los cines de barrio, y que reflejan el interés que han despertado dichas cintas en el público que no conoce el idioma inglés y que además, sobre todo el público de cazuela, demora en leer las traducciones que aparecen en cada escena […]. En cuanto a la otra parte del público, el que concurre a los cines centrales, prefiere las películas habladas en inglés […]. (Radiocine 7, enero de 1938.)
El distribuidor Marcos Kisner mantuvo durante el período la importación de cintas argentinas, sobre todo las producidas por Argentina Sono Film.
La investigadora Violeta Núñez Gorriti consigna el estreno en Lima de 519 películas mexicanas y 354 cintas argentinas durante la década de los años cuarenta, lo que indica que la tendencia iniciada en los años treinta se reforzó luego (Núñez Gorriti, 2006).
Cineclubes
Al iniciarse los años treinta, los cineclubes, instituciones dedicadas a la difusión de la cultura fílmica, formadas en Europa al amparo del entusiasmo de Louis Delluc, solo se concebían en el reclamo de intelectuales como Aurelio Miró Quesada o Luis Alberto Sánchez. El primer registro de un cineclub en el Perú data de 1931, por iniciativa del escritor y político Luis Alberto Sánchez, que impulsó su formación en el seno de la Universidad de San Marcos.
Poco se conoce de la existencia de este proyecto de cineclub que gestó el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de San Marcos en junio de 1931. El diario Tribuna, del 7 de junio de 1931, informó que la nueva institución “[…] se encargará de contratar en los estudios principales de Alemania, Rusia, Francia y España películas culturales y de arte de vanguardia que las empresas cinematográficas locales no importan”.
En esquela firmada por Luis Alberto Sánchez, publicada en el mismo diario, destinada a captar socios, se describió el proyecto como
[…] obra de tan alto valor cultural y de inaplazable necesidad en nuestro medio. Tan luego como este departamento haya reunido un número de adherentes suficiente para sostener el funcionamiento del Cine Club convocará a una reunión plenaria con el fin de darles a conocer el plan completo de esta organización […]. Las respuestas deberán ser enviadas al Jefe del Departamento de Extensión Cultural, Secretaría General de la Universidad.
El proyecto se puso en marcha pero sin alcanzar la continuidad buscada por sus organizadores. Aunque se tiene noticias de algunas funciones llevadas a cabo en la Universidad de San Marcos, no es posible determinar la programación ni la regularidad y vigencia de esta institución.
Mayor apertura hacia el público en general tuvo la Sociedad Cultural Ínsula, que echó a andar el viejo proyecto de un cine club dirigido a un auditorio abierto y diverso. Usando la colección de películas reunida por el estudioso del teatro peruano Fernando Tovar Carrillo, y bajo la denominación de “Cine Retrospectivo”, Ínsula anunció, en febrero de 1939, el inicio de sus actividades.
Dentro de pocos días, y bajo los auspicios de la activa sociedad artística y cultural “La Ínsula” [sic], Miraflores contará con un Cine Club, cuya actividad se iniciará con una función de cine retrospectivo, sugestiva rememoración de las primeras épocas de este gran arte contemporáneo. El espectáculo aludido será presentado en el Teatro Leuro, con una gran orquesta y reviviendo fielmente los detalles de las primeras funciones de cine dramático y de intriga, como tuvieron lugar en nuestra capital a principios de siglo. El programa inaugural que La Ínsula ha preparado para esta original función comprende la Rapsodia satánica de Lyda Borelli, algunos fragmentos de Los misterios de Nueva York, con Pearl White y la famosa revista titulada Historia del traje. Todas estas cintas, así como los Affiches que las anuncian, pertenecen a la valiosa colección reunida por el señor Fernando Tovar, socio de La Ínsula, quien las ha cedido gentilmente para los fines que persigue la sociedad. La presentación del Primer Cine Club y la enunciación de sus propósitos la hará, en nombre de La Ínsula, el doctor Manuel Beltroy. Dirigirá la orquesta el maestro Nello Cecchi.
Se advierte gran interés, tanto en el público aficionado de Lima como en el de balnearios por asistir a este festival de arte, que iniciará un ciclo de conferencias ilustradas sobre Historia y evolución del Cine, desde sus comienzos hasta la época actual. (La Noche, 13 de febrero de 1939.)
La función inaugural del cine club tuvo lugar el 15 de febrero de 1939, en el teatro Leuro de Miraflores. Además de las cintas anunciadas se proyectaron Charlot en las carreras, La perla negra, con el comediante Larry Semon, conocido en Lima como Agapito, y Assunta Spina, con Francesca Bertini. A pesar del entusiasmo por la nueva actividad, la trayectoria del cineclub fue breve.
El periodismo cinematográfico
A fines de la década de 1930 se impuso la modalidad del comentario cinematográfico radial. Uno de sus precursores fue Juan Colich, que mantuvo durante casi un lustro el programa La hora cinematográfica, en radio Lima. Esta variante del comentario fílmico alcanzó aún mayor éxito y difusión en el curso de los años cincuenta.
En el periodismo impreso se multiplicaron los cronistas fílmicos, como Florentino Iglesias, titular de la sección cinematográfica del diario Universal, y Allan Sills (nombre de pluma de Luis Felipe Arizaga), en El Comercio.
Aparecía de modo regular la revista Radiocine, dirigida por el periodista Ordóñez Lugo, que documentó con minucia el desarrollo del cine peruano del período. En 1934 se editó el semanario La Pantalla, de Óscar Trigo Raffo, con profusión de insertos publicitarios de las compañías distribuidoras norteamericanas. La revista Excelsior, dirigida por el periodista Lucas Oyague, daba cuenta puntual de las actividades del negocio cinematográfico.
En 1926 apareció La Semana Cinematográfica, fundada por Carlos Barreto, revista gremial dedicada a la publicación de informaciones relativas a la marcha del negocio cinematográfico en el país. Se publicó hasta 1982, manteniéndose luego de la muerte de su creador, en 1965. También dedicada a la difusión de informaciones gremiales, El Exhibidor fue fundada por Ernesto Zegarra en 1941. Administrada por Florentino Iglesias y luego por César Augusto Huerta, se editó durante más de una década.
El caso Wong Rengifo
El de Antonio Wong Rengifo fue un caso singular en la producción fílmica peruana, ya que produjo las únicas películas de corte profesional rodadas en el interior del país durante los años treinta.
Afincado en Iquitos, donde mantuvo un establecimiento fotográfico, hacia 1932 el periodista y músico Wong Rengifo empezó a rodar vistas de la vida cotidiana de su ciudad, situada en la ribera del río Amazonas. En poco tiempo logró conformar una crónica cinematográfica de las actividades cotidianas en toda la región. Con esas vistas, Wong editó siete cortometrajes, exhibidos, hasta 1934, con el título genérico de Revista Loretana. Según el periodista Luis de Cáuper, en artículo reproducido en la revista Amazonia, Wong filmó vistas documentales del conflicto con Colombia que estalló en los meses finales de 1932.
Esta cinta, exhibida en Iquitos con notable éxito, fue llevada a Lima a mediados del citado año de 1933 por su propietario y filmador con el objeto de exhibirla también en la capital de la República, lo que no fue posible, ya que se había firmado hacía poco el Protocolo de Río de Janeiro, poniendo término al incidente fronterizo entre ambas naciones. No obstante las dificultades surgidas por esa circunstancia, la cinta se exhibió en Palacio, y Wong recibió calurosas felicitaciones por lo bien presentado de la obra, tanto de parte de destacadas personalidades del gobierno, como de los representantes de todos los diarios de Lima que asistieron a la prueba. Posteriormente se realizaron gestiones encaminadas a que el Supremo Gobierno adquiriese por compra dicha película, gestiones que no lograron progresar. (Amazonia 4. Iquitos, 30 de octubre de 1936.)
El veto a esa cinta no llegó a trascender a la prensa limeña y el conocimiento de la labor de Wong apenas fue más allá de los límites de su ciudad.
A diferencia de Chile o México, donde hubo producción fílmica regional desde los días del cine mudo, en el Perú la realización de películas fue, por esos días, una actividad privativa de empresarios y cineastas de la capital.
La experiencia de Wong Rengifo resultó singular también por la diversidad de las funciones que asumió en la producción de sus cintas. Fotógrafo de profesión, no solo desempeñó labores tras la cámara, sino que ofició de guionista, productor y director. Su proyecto más ambicioso fue el largometraje Bajo el sol de Loreto, estrenado en la ciudad de Iquitos en diciembre de 1936.
Bajo el sol de Loreto era una película silente, según lo revelan las informaciones periodísticas, que echaban de menos la “sincronización” sonora. Narraba una historia protagonizada por caucheros de la zona y nativos de la tribu de los Aushiris. El rodaje fue realizado por Wong internándose en la selva para seguir la trayectoria del río Tarapoto. En las labores de filmación y de producción contó con la colaboración de los técnicos Enrique León Morejón y Julio Baldeón. Luis de Cáuper dio cuenta, en la revista Amazonia, del estreno de Bajo el sol de Loreto:
Los obstáculos que hasta hoy ha encontrado Wong, ha sabido dominarlos fácilmente, y con el pensamiento siempre puesto en el porvenir, ha emprendido la filmación de una nueva película de carácter netamente regional, cuyas primeras pruebas, presenciadas en unión de varios miembros del Bureau Amazónico de Estudios Sociales y Literarios, prometen un éxito rotundo para el día del próximo estreno, puesto que a nuestro humilde criterio, corroborado por el de cuantos asistieron al primer ensayo de un par de rollos, la cinta Bajo el Sol de Loreto reúne todas las condiciones de nitidez, plasticidad y hondo dramatismo que se requiere en los argumentos para cautivar al público, no faltándole para ser perfecta en su género, sino la sincronización que hubiera dado al conjunto la sensación real de la vida en la selva.
Para filmar esta obra, ha tenido que trasladarse al río Napo, e internarse en la selva siguiendo el curso del río Tarapoto, afluente de aquel por su margen derecha, hasta ponerse en contacto con la tribu semisalvaje de los Aushiris, lugar que ha servido de escenario natural al desarrollo de las principales escenas. Este nuevo y valiosísimo aporte a la industria cinematográfica regional, revela hasta donde pueden llegar la constancia y el esfuerzo unidos a un ponderado sentido artístico.
Naturalmente que Wong, no podía producir solo con sus escasos medios económicos, esta nueva película, y es así como ha recibido colaboración eficaz de parte de los señores Enrique León Morejón y Julio Baldeón, quienes han contribuido con su trabajo personal, dinero y gente para la improvisación de los escenarios en plena selva, cuya labor ha durado alrededor de cinco meses.
Para la filmación de las primeras Revistas, Wong empleó una máquina De Vry, estadounidense, la que fue sustituida por otra, marca Pathé de mayor potencia en los lentes, fijeza y nitidez fotográfica para esta segunda película, condiciones que revelan también la experiencia adquirida por el destacado amateur.
Animados como se hallan Wong y los señores León y Baldeón para seguir adelante con sus propósitos, piensan asociarse y adquirir en los Estados Unidos de América un equipo moderno para filmar películas sonoro-parlantes, que pongan a la industria regional a tono con el actual progreso de la técnica peliculera.
Tal es la evolución operada en la industria cinematográfica iquitense durante treinta años, según datos que hemos podido conseguir; desde la proyección por sistema de lámpara a carburo hasta la de sistema sonoro-parlante que hoy apreciamos, y por si esto no significara bastante, la incipiente filmación de películas a que acabamos de aludir en el acápite anterior, dicen muy alto de nuestro ritmo progresista al que todos debemos contribuir de manera indirecta, prestando nuestro apoyo desinteresado con miras a un engrandecimiento común que es el que todos esperamos hacer de esta bella “Amazonía”. (Amazonia 4. Iquitos, 30 de octubre de 1936.)
La primera producción sonora
La carrera del sonido fue ganada en el Perú por el cine documental, campo en el que se realizaron las primeras experiencias de sonorización.
El documental Inca Cuzco (1934), de Pedro Sambarino, y la película de la manifestación aprista de 1933, tratada en el volumen dedicado al cine silente, fueron los primeros filmes con sonido que se hicieron en el país.
Pedro Sambarino, responsable de Inca Cuzco, la filmó como silente, sincronizándole música y efectos sonoros trabajados en laboratorios norteamericanos. De esta cinta, que mostraba imágenes de un prolongado viaje de Sambarino por parajes y monumentos del Cusco, no se conservan más que algunas imágenes y testimonios documentales.
Rivales en la lucha por lograr la producción de un largometraje peruano sonoro de naturaleza argumental fueron el español Manuel Trullen y el chileno Alberto Santana, ambos radicados en el país desde fines de la década de 1920. Aunque empezaron compartiendo trabajos e inquietudes durante el período silente, hacia 1934 el enfrentamiento entre ellos se impuso. Pretendían realizar un filme parlante de ficción, en la línea de los que se hacían en otras partes del mundo.
Trullen buscaba realizar una película de ambiente boxístico, con apuntes criminales, registro de las atmósferas turbias en lugares del bajo mundo y variados ingredientes melodramáticos. Todo ello girando en torno de canciones populares como valor agregado y aporte del nuevo sistema del cine sonoro. Su plan no era novedoso, pues contenía componentes similares, en su mixtura de melodrama y música, a los que fundaron los cines sonoros del resto de América Latina.
Santana, en cambio, se orientó hacia el ambicioso proyecto de “Desheredadas de la suerte”, una cinta musical con rodaje previsto en localizaciones de todo el país, que pretendía reunir en su reparto a las figuras más importantes del teatro de variedades y de la radio de entonces.
El proyecto de Trullen se consolidó, dando como resultado el largometraje Resaca, filmado en 1934 con Alberto Santana como director, que fue la primera cinta peruana argumental con sonido sincronizado.
Protagonistas de Resaca fueron Inés Torres y Enrique Besada, actor de Yo perdí mi corazón en Lima, en su última actuación para el cine peruano. Besada viajó poco después a Chile para trabajar en la compañía del comediante peruano Lucho Córdova pero, al poco tiempo de su llegada, murió de modo repentino.
Con Resaca el cine peruano entró en la era del cine sonoro, aun cuando el sonido de la cinta consistía en la sincronización, mediante discos, de las imágenes con algunas canciones y fragmentos de diálogos que aparecían en forma esporádica, pues la trama era expuesta mediante rótulos, a la manera de los primeros filmes sonorizados. La grabación de los diálogos y música de Resaca en Estados Unidos fue hecha con el sistema Vitaphone, que usaba discos de cera. El sonido se imprimía en el disco con una aguja de gramófono que efectuaba cortes en la materia blanda. “La totalidad del sistema de grabación debía de instalarse en un edificio carente de vibraciones para así evitar que la aguja introdujera ‘ruido’ en el disco” (Belton, 1995).
La grabación para este sistema se realizó en estudios insonorizados que no existían en el Perú. Intervino en el proceso de grabación el técnico Narciso Rada Palacios, propietario de una patente de reproducción de sonido llamado Countersound Film Rada. En la época de realización de Resaca, el sistema Vitaphone había quedado obsoleto, luego de una vida efímera. Warner Bros., que lo explotó como patente, lo mantuvo operativo en Estados Unidos entre 1926 y 1929, con un empleo restringido a la sincronización de las llamadas “películas híbridas”, a caballo entre el rodaje silente y el añadido parcialmente sonoro.
Los fragmentos conservados de Resaca muestran una película concebida según los códigos representativos de cierto cine silente, con énfasis del gesto, aparatoso maquillaje de los actores y la presencia de una cámara más bien fija y frontal. El relato era impulsado por el recuerdo de las vidas infelices de los protagonistas en una sucesión de flashbacks. La apelación publicitaria se centró en la actuación del popular boxeador Manuel “K. O.” Brisset.
En la revista Atlas apareció un comentario sobre Resaca:
Ayer se pasó en el teatro Segura, la cinta nacional intitulada Resaca en la que toman parte Inés Torres, Enrique Besada, y algunos pugilistas nacionales de prestigio. La película es un esfuerzo más por el progreso de la cinematografía nacional, y merece un aplauso.
La película, aunque todavía adolece de defectos técnicos, es meritoria. Poco a poco el cinema nacional se va abriendo campo y ojalá que muy pronto alcancemos un plano más elevado dentro de un futuro no lejano. (Atlas 54, 2 julio de 1934.)
El promotor financiero de Resaca fue Manuel Trullen Alcaino, que movilizó recursos y contrató a Alberto Santana, encargándole la dirección. Santana rodó la cinta mientras desarrollaba su propio proyecto de película íntegramente sonora, que llevaba como título de rodaje “Desheredadas de la suerte”, quedando inconclusa. Trullen recordó la filmación de Resaca:
El cine sonoro comenzó con el sonido [registrado] en discos. En la película estaba la imagen y el sonido en el disco. Cada disco correspondía a un rollo. El sistema no podía durar mucho por los inconvenientes que traía. Si se cortaba un pedazo de la película no se podía sacar el sonido del disco. Eran los operadores los que en esos casos hacían milagros. Movían la aguja en el disco para encontrar el sincronismo de la figura con el disco, o sea el movimiento de los labios con el sonido […]. Fui yo quien filmó la primera película sonora, Resaca. Algunos me tildaron de “loquillo” al pretender hacer una película sabiendo que en el Perú entonces no había grabadoras de discos. Pero yo me las ingenié. Mandé el guión a Estados Unidos para que me grabaran los diálogos y la música […].1
Trullen fue responsable también del rodaje de la primera cinta filmada en el Perú con el sistema de sonido óptico: Christus Vincit, un documental de corta duración sobre el Primer Congreso Eucarístico Nacional, en cuya realización intervino también Sigifredo Salas. Se exhibió en noviembre de 1935.
Otras películas sonoras
Federico Tong, propietario del cine Delicias, ubicado en Barrios Altos, constituyó en los primeros meses de 1934 la empresa Inti Sono Films, con el objetivo de filmar películas parlantes. Para ello contrató al argentino Francisco Diumenjo, que volvió a experimentar el sistema Vitaphone que había sido puesto a prueba en Resaca. La dirección de Cosas de la vida (estrenada en septiembre de 1934) fue compartida por Roberto Charles Derteano y César Solari. El reparto lo encabezaron tres famosos actores del teatro peruano: Ernestina Zamorano, Carlos Revolledo y Arturo Castillo.
Solari había sido asistente del actor Antonio Moreno en México, mientras que Derteano residió algunos años en Hollywood, dirigiendo en el Perú solo una película más: Corazón de criollo.
El filme Cosas de la vida tuvo una acogida desfavorable, recibiendo comentarios de este tipo:
En verdad, no hay nada en Cosas de la vida, nada que tenga sabor criollo. Todo [sic] la primera parte no es sino la reproducción en el ecran, con las naturales desventajas para los mismos artistas de varietés que vemos todos los días en los teatros centrales o de barrio. Rumbas, tangos argentinos. Apenas si una marinera (marinera tocada al piano y posiblemente al saxofón) da la nota, débil, de cosa criolla. La segunda parte de Cosas de la vida tiene gracia; la gracia que le dan estos tres artistas: Revolledo, la Zamorano, Castillo. No hay nada que hacer.
Desarrollan entre los tres, con la colaboración de la damita joven y un galán, sin experiencia alguna, escenas cómicas, en que hace rire [sic] el gesto y el chiste improvisado, “morcilla” oportuna de estos actores. Y en cuanto a la voz, nadie habrá de conocerla. Voz de lata, a veces imperceptible. No sabemos si esto es culpa de los técnicos, del aparato, o si se debe a que ninguno de los tres artistas mencionados tiene metal de voz apropiado para el cine parlante.
Mala, malísima, la película. No hay en ella nada de interés. Ni argumento ni táctica cinematográfica. Es una cosa pesada, oscura, vaga, imprecisa […]. (Buen Humor 459, 22 septiembre 1934.)
La apelación a los tres veteranos actores del teatro de comedias decidió la producción de Cosas de la vida. Ernestina Zamorano, figura legendaria del teatro peruano, aparecía por primera vez en el cine. Su especialidad era la caracterización de tipos populares, con la que mantuvo una vigencia que abarcó más de medio siglo, hasta su retiro de la actuación en 1939.
En la época de oro del teatro peruano, el nombre de Ernestina Zamorano cobró relieves extraordinarios. Pequeña de estatura, dueña de una simpatía innata, doña Ernestina, durante medio siglo, fue para los amantes del teatro como “el pan de cada día”. Con ella cobraron vida los personajes más celebrados de Leonidas Yeroví, Abelardo Gamarra “El Tunante”, Humberto del Águila, etc. […]. Hace 17 años que la comediante se retiró de la actividad. Con ese motivo y cuando había cumplido medio siglo de vida activa en el teatro, participando en los diversos géneros de este arte, de zarzuela a la alta comedia, se organizó una función de despedida […].
En 1939, con una emoción que todos percibieron, la Zamorano apareció la última vez en el viejo Teatro Segura […]. La figura mejor lograda del teatro de Segura es Ña Catita, la vieja chismosa, amiga de sacristanes y terror de doncellas. Dona Ernestina interpretó a ese engendro satánico como nadie en Lima. (Caretas, 14 de marzo de 1956.)
En julio de 1936 se estrenó Buscando olvido, filmada con sonido óptico (sound-on-film) en el sistema Movietone, que era una patente de la empresa Western Electric, filial de ATT.
Francisco Diumenjo, Manuel Trullen y Sigifredo Salas encontraron la financiación mayoritaria para la producción en el empresario Julio Barrenechea, que aceptó producir la cinta, facilitando la realización de experiencias de “toma de sonido” por parte de Diumenjo. Enrique Bermúdez aportó capital para la empresa.
Nueve años después de la introducción del sistema que permitía la inscripción del sonido sobre la banda de imágenes, Francisco Diumenjo lo obtuvo en el Perú, con un sistema de grabación construido por él, que era un fabricante de equipos de radiodifusión de vasta experiencia. Basado en el sistema de grabación de sonido de la Western Electric, fabricó, con medios artesanales, un amplificador de micrófono, paneles de mezcla y aparatos de grabación, reproduciendo el equipamiento técnico necesario para recoger, amplificar y mezclar el sonido. Buscando olvido le sirvió a Diumenjo para poner a prueba los equipos para filmación de películas sonoras que luego patentó como Sistema de Sonido Diumenjo y con los que se rodó la producción posterior de la empresa Amauta Films.
La película fue presentada por la publicidad como la cinta con la que al fin “el Perú se enfrenta a la producción cinematográfica extranjera…”.
La labor de Diumenjo afrontó con éxito los problemas derivados de la dependencia tecnológica en materia de grabación y reproducción de sonido. Los equipos sonoros importados resultaban extraordinariamente caros, por lo que Diumenjo se esmeró en obtenerlos a partir de sus propias experiencias como fabricante de aparatos.
Diumenjo intervino en la producción de Buscando olvido invirtiendo capital en calidad de socio minoritario, junto con Cinematográfica Heraldo. En esta película figuró como director el chileno Sigifredo Salas, más tarde realizador de varias películas de la empresa Amauta Films. Su estrecha vinculación amical con Diumenjo fue factor decisivo para su participación en Buscando olvido. El actor Armando Guerrini intervino dirigiendo a los actores, por lo que obtuvo crédito como colaborador del director.
Según lo testimonia Manuel Trullen, Buscando olvido se realizó con el fin exclusivo de aprovechar las posibilidades ofrecidas por el sistema de sonido que se inauguraba. Para lograrlo, se redactó un argumento que reservaba escenas de lucimiento para Amelia Altabas y Alejo López, cantantes que aceptaron trabajar en la cinta sin cobrar remuneraciones. “Entre todos hicimos el argumento, trabajamos juntos buscando un tema que fuera lo más fácil posible para el sonido, por suerte las cosas no marcharon mal, porque el público respondió […]” (texto mecanografiado).
La dimensión del humor popular fue aportado por los comediantes Blanca Rowlands y Alejandro “Álex” Valle, en su primera intervención fílmica.
En Buscando olvido se pueden apreciar ya los dos ejes sobre los que se construyó buena parte del cine popular sonoro de esos años: el componente musical y la comedia de abundancia verbal y gracejo criollo.
Estrenada en salas del Cercado de Lima, Callao, La Victoria, Breña y Rímac, la cinta se mantuvo en cartel durante dos días en las salas Delicias, de Barrios Altos, y Folie Rouge, del Cercado. No tuvo mayor repercusión periodística.
La formación de Amauta Films
Amauta Films, la empresa productora más importante e influyente del período, se constituyó como resultado de la asociación comercial de un conjunto de personajes vinculados con la actividad fílmica.
El primero fue el industrial Felipe Varela La Rosa, empresario en la rama de maunfacturas lumínicas y dirigente del gremio empresarial en el Callao. Le acompañaron los cineastas Ricardo Villarán, dramaturgo y director cinematográfico peruano que había residido muchos años en Buenos Aires, el fotógrafo español Manuel Trullen y el sonidista mendocino Francisco Diumenjo. Ellos aportaron los fondos indispensables de dinero, industria, trabajo y conocimientos técnicos que permitieron la actividad cinematográfica de la compañía.
Amauta Films se conformó en 1937. Su primer proyecto fue el rodaje de La bailarina loca, un largometraje de acentos folletinescos que resultó un éxito de público inesperado.
Antes del estreno de su primera producción, Amauta Films publicó un aviso publicitario que resumía en diez las razones de su formación:
1.- Para imponer nuestro idioma y nuestras costumbres en la pantalla.
2.- Para imprimirlos en libros de celuloide que son los que prefiere el público.
3.- Para terminar con el prejuicio de la película en castellano deficiente.
4.- Para revelar nuestro paisaje virgen a la contemplación del mundo.
5.- Para hacer admirar en el extranjero nuestra música y nuestro ambiente.
6.- Para exaltar nuestros mejores elementos de la escena y la radio.
7.- Para ensayar la conciliación del gusto y la taquilla.
8.- Para que se vean sus producciones por ser buenas y no por ser nacionales.
9.- Para conquistar el mercado continental a fuerza de capital y técnica.
10.- Para demostrar no sólo que podemos hacer, sino que podemos superar. (Radiocine 2, 22 de julio de 1937.)
Esta declaración revelaba la naturaleza de la compañía y la voluntad de sus fundadores de llevar al cine los paisajes, las costumbres, la música y los ambientes peruanos, haciendo películas capaces de competir en el “mercado continental” con el resto de la producción en lengua española. Manuel Trullen dio cuenta de las circunstancias que rodearon la fundación de Amauta Films:
Era muy difícil encontrar entonces quién invirtiera dinero para hacer una película. Nadie creía que fuera negocio algo relacionado con el arte. Entonces la mayoría de los artistas trabajaban y actuaban en el teatro […]. Por esos días había regresado de la Argentina el escritor peruano don Ricardo Villarán. Lo había conocido en la Argentina cuando dirigió una película, El poncho del olvido. Yo estaba aprendiendo cine entonces. Conversamos para hacer cine, y fue así como convenció al señor Felipe Varela La Rosa para que invirtiera capital. Yo aporté mi laboratorio y él 50,000 soles de entonces […]. (Texto mecanografiado.)
La constitución de Amauta Films fue comentada con expectativas por la prensa en general. El diario La Noche la presentó así:
En los días del cine mudo, se produjeron algunos intentos de establecer en el Perú la industria cinematográfica. Por la falta de capitales, escasa experiencia de fotógrafos y directores, la ninguna preparación de los actores, y, fundamental, por las deficiencias técnicas, la cinematografía nacional no prosperó. Pero, no obstante, se presentaron algunas películas que tuvieron regular acogida en el público.
Con el advenimiento del cine sonoro, la industria del cine nacional desapareció. Sólo después de muchos años, otros grupos entusiastas realizaron algunas películas que, desgraciadamente, por sus escasos méritos artísticos y técnicos, no merecieron el juicio favorable de la crítica.
Hace algunos meses, se estableció una nueva empresa, la Cinematografía Amauta, empeñada en hacer una realidad la industria fílmica nacional. Una empresa seria, con capitales, cuidadosamente orientada, con una verdadera concepción de lo que es el negocio, puede alcanzar gran éxito. El público acoge favorablemente todas las películas habladas en castellano, y el entusiasmo sería mayor si se presentaran buenas cintas rodadas en el Perú, y en las cuales se desarrollaran temas de la simpatía popular, con la intervención de los más destacados actores y músicos peruanos […]. La cinematografía nacional puede ser un hecho si hay inteligencia y voluntad de trabajo en los que han encarado la organización de una empresa que puede ser el punto de partida de una industria floreciente y esas condiciones existen en ella. (La Noche, 21 de julio de 1937.)
En la aparición de Amauta Films no faltaron los comentarios irónicos, como el que firma Pedro Pérez:
Ya tenemos los peruanos, después de los argentinos y de los mexicanos, nuestra empresa productora de películas. Ya rodamos cintas con argumentos nacionales, autores nacionales y escenas nacionales. Por ahí todo va más o menos bien, de no ser que hasta ahora las dos obras producidas tienen algo dramático, ya que, cuando no es una Bailarina loca corre Sangre en la Selva [sic]. Pero lo verdaderamente curioso de la empresa productora de películas es su título. Se llama Amauta Films. De no ser en el Perú no se hace nada tan original el juntar el quechua del “Amauta” con el “Film” del inglés, dando por resultado un Amauta Films que no lo traduce ni Dios. Esto aparte de que los Amautas nada tienen que ver con las películas. Pero, en fin, ya tenemos Films, y Films hechos por Amautas, que es como si el doctor don Julio C. Tello dirigiera películas. ¡Qué película! (Cascabel 125, 6 de noviembre de 1937.)
¿Quiénes eran Trullen, Villarán, Diumenjo, Salas, los impulsores del proyecto?
Manuel Trullen nació en Zaragoza en 1904. Hijo de agricultores, su padre emigró a la Argentina en 1905 para emprender luego una segunda migración hacia Chile, donde la familia se afincó algunos años, al cabo de los cuales regresó a Argentina. En Río Negro, Manuel Trullen empezó una carrera de boxeador profesional que le permitió volver a Chile y vincularse con la labor profesional de la fotografía fija, primero, y cinematográfica después. “Como mi inquietud era por la fotografía y el cine, estaba en Santiago de Chile cuando anunciaba la casa Hans Frey la llegada de las primeras cámaras fotográficas de cajón para el aficionado […] estuve en la cola para comprar, salí, tomé la primera foto y abrí la cámara para verla […]” (texto mecanografiado).
En Santiago de Chile, Trullen realizó sus primeros trabajos fotográficos. Lo hizo como dependiente y luego socio de un fotógrafo de apellido Seva, con el que instaló Unión Films, un laboratorio con capacidad para prestar servicios de procesado de cintas cinematográficas.
Un terremoto y maremoto azotó el norte de Chile en esos días. Con instrucciones de mi socio […] dos días después estaba navegando en el acorazado Almirante Latorre. En él iba la comitiva con el Presidente de la República don Arturo Alessandri para auxiliar a los damnificados. El sismo había destruido Coquimbo, Copiapó, Vallenar, Freirina, La Serena, etc. Para mí fue una verdadera prueba de fuego porque no tenía experiencia y porque lo que tenía que filmar era macabro […]. Había gran expectativa por ver la película del sismo, no recuerdo cuantas noches no dormimos para terminarla. Cuando se estrenó en el teatro Esmeralda fue todo un acontecimiento. Unos meses después conseguía otro triunfo al estrenar Un idilio en la montaña, la primera película que filmaba de largo metraje. Fue realizada en las termas de Chillán en plena cordillera. (“Manuel Trullen, ex-boxeador y cinematografista cuenta su historia”. La Crónica, 1958.)
En 1923, Manuel Trullen realizó trabajos técnicos en el rodaje de Por la razón o la fuerza, la primera cinta argumental de largometraje realizada en Chile por Alberto Santana, lo que marcó el inicio de la relación entre ambos cineastas. Gracias a ella, y a un inesperado contrato suscrito con el Estado peruano para realizar un álbum fotográfico de paisajes, Trullen arribó al Perú en 1928.
Desde el primer momento, Trullen se ligó a Alberto Santana, que intentaba realizar una cinta sonora. Pese a que el álbum fotográfico para el que fue contratado quedó inconcluso a causa del derrocamiento del presidente Leguía, Trullen se estableció en el Perú trabajando como camarógrafo y fotógrafo de películas documentales y argumentales.
También fundador de Amauta Films, Ricardo Villarán, nacido en Pacasmayo en 1897, residió varios años en la Argentina, donde cumplió una importante labor en el período silente de su cinematografía. El historiador Domingo di Núbila describió así ese momento de su carrera:
El peruano Ricardo Villarán filmó En un pingo pangaré, El hijo del riachuelo, Gorriones, una Manuelita Rosas multiestelar (Blanca Podestá, Miguel Fausto Rocha, Nelo Cosimi, Amelia Senisterra, Alberto Ballerini, Ricardo Passano y Blanca Vidal); la policial María Poey de Canelo, donde presentó a la protagonista del resonante hecho policial evocado por el título; otra del mismo género, Un robo en la sombra, El poncho del olvido y alguna más. (Di Núbila, 1960.)
Fogueado en el oficio cinematográfico, autor de varias obras teatrales representadas en Lima y Buenos Aires, Villarán regresó al Perú en los días de la llegada del cine sonoro. Hasta 1937 se mantuvo inactivo, hasta que decidió retornar a la actividad cinematográfica, lo que resultó determinante para la formación de Amauta Films.
Nacido en noviembre de 1901, mendocino, hijo de españoles, el sonidista Francisco “Pancho” Diumenjo se inició proyectando películas mudas en un galpón de su tierra natal. A los veinticuatro años de edad, partió en un largo viaje hacia el norte de Argentina, desvinculándose de las labores a las que por su formación y tradición familiar parecía estar destinado, el trabajo vitivinícola, actividad extendida y próspera en Mendoza.
Luego de una estadía en la localidad de San Juan, Diumenjo llegó al Perú, viajando en seguida hacia la sierra central, a La Oroya y Cerro de Pasco. Allí trabajó en la empresa minera Cerro de Pasco Copper Corporation, desarrollando labores administrativas. Se casó con una peruana y se trasladó a residir en Lima, donde montó un local comercial, sito en calle Bolivia 709. Bajo la razón social, SOS (Sales On Sound), vendía aparatos para proyección cinematográfica, nuevos o reacondicionados. Muchos de ellos eran fabricados por el propio Diumenjo, que mostró habilidades para la manufactura de equipos técnicos desde sus días en Mendoza. Se vinculó con el cine a partir de su amistad con Alberto Santana.
En 1929, Diumenjo interrumpió su residencia en el Perú viajando a Ecuador para filmar una cinta argumental de largometraje, Guayaquil de mis amores, estrenada en Guayaquil en octubre de 1930. En ella ofició de director, guionista, fotógrafo y responsable de sonido, mientras que Alberto Santana actuaba como colaborador en la realización.
La historiadora Wilma Granda Noboa afirma que Diumenjo fue propietario de la empresa Estudios y Laboratorios Cinematográficos Ecuatorianos, que produjo, en 1931, la película argumental La divina canción, con Santana como director artístico y Diumenjo en la fotografía. La cinta fue protagonizada por Ena Souza, actriz ecuatoriana de Las chicas del Jirón de la Unión, y por Max Serrano, actor de Mientras Lima duerme (Granda, 1995).
Cosas de la vida fue el primer trabajo acreditado de Diumenjo en el cine peruano, al que siguió Buscando olvido. Más adelante desarrolló una prolongada carrera como responsable del área de sonido, sobre todo en Amauta Films. Diumenjo también realizó labores de casting y de supervisión de guiones en Amauta Films.
En 1939, como parte de su actividad técnica, la compañía General Motors contrató a Diumenjo para realizar un raid automovilístico promocional. Recorrió la carretera Panamericana Sur desde Lima hasta Buenos Aires a bordo de un Pontiac. Se detuvo en Mendoza, entrevistándose con el gobernador Coromina Segura y el ministro de Gobierno Adolfo Vicchi, quienes lo persuadieron para regresar a la Argentina y apoyar la construcción de una “Hollywood mendocina”. El proyecto buscaba recuperar, a través del cine, las raíces y las tradiciones regionales. Con esa tentadora propuesta en consideración, Diumenjo regresó al Perú.
Pero la actividad fílmica limeña había perdido el impulso y Diumenjo encontró un panorama desalentador. Clausurada la experiencia de Amauta Films en 1940, el sonidista regresó a Mendoza con su familia, donde filmó cortometrajes documentales sobre sucesos de la actualidad mendocina y administró un circuito de salas de cine en Mendoza y en las provincias de San Juan y San Luis, fabricando equipos de proyección para cines pequeños de la región. Diumenjo falleció en Mendoza en 1967.2
Sigifredo Salas, por último, era un técnico chileno que empezó su carrera trabajando en Cinematográfica Heraldo, al lado de Trullen y Diumenjo. Realizó su primer largometraje, Buscando olvido, en colaboración con el actor Armando Guerrini y colaborando con Manuel Trullen en el rodaje de algunos documentales. Interesado por la fotografía, viajó por el Perú filmando paisajes diversos, que dieron origen a dos cortos documentales titulados en forma genérica Conociendo el Perú (1934).
Una labor compartida
El trabajo empresarial en Amauta Films fue una labor colectiva. Si bien la especialización de los técnicos era el objetivo deseado, la realidad del equipamiento y la estrechez de medios forzaron la alternancia en los cargos. Trullen, Diumenjo y el actor y técnico José Luis Romero fueron puntales de la sociedad. Trullen escribió:
Como no había gente especializada […] teníamos que estar en todo, aparte de la gran cooperación de los artistas […]. Como copropietario tenía que ver una serie de cosas como el visto bueno de los pagos […]. Iluminaba, filmaba, tomaba las fotos para la propaganda, desarrollaba el negativo de fotografía y sonido y [debía] hacer las copias para los cines […]. Los artistas cooperaban. Un artista era protagonista en una película y en otra que no trabajaba estaba haciendo de ayudante […] de los dueños de los cines recibimos ayuda siempre que la necesitamos. (Texto mecanografiado.)
Según testimonio de Trullen, cada película filmada por Amauta Films tenía un costo mínimo de treinta mil soles y uno máximo de cincuenta mil soles. El tiempo de preparación de una producción, desde los primeros ensayos hasta el estreno de la película, se extendía entre ciento veinte y ciento cincuenta días. Por entonces, el precio promedio de las localidades de las salas que exhibían las cintas de la compañía ascendía a 1,50 soles en la localidad de platea, 80 centavos en la localidad de balcón y 30 centavos en la llamada cazuela, ubicada en la parte más alta y distante del écran.
En un reporte presupuestal de Amauta Films, obtenido por el escritor argentino Gabriel Conte, se señala a Diumenjo como el dependiente mejor pagado de la sociedad. Sobre un presupuesto promedio de veintiséis mil doscientos soles por película producida por Amauta Films, él recibía mil doscientos soles, mientras Manuel Trullen recibía setecientos soles y a Armando Guerrini le correspondían cuatrocientos soles. El presupuesto total asignado para el rubro “artistas” (equivalente a actores) ascendía a dos mil quinientos soles (Conte, 1996).
Aunque no desarrolló papel creativo o técnico, el nombre de Hernando Cortés G. adquirió importancia en la empresa. Con el cargo de jefe de ventas, mantuvo la relación de la empresa con los exhibidores y diseñó las estrategias de comercialización de las películas producidas por Amauta Films.
Cortés se inició en el cine como propietario de la sala Mundial de Piura en los primeros años veinte. Luego de importar películas europeas y norteamericanas para su exhibición en el Perú, viajó a Argentina, donde radicó algunos años, siendo publicista y programador de Libertad Pictures. De vuelta al Perú, se asoció con Luis A. Carrillo, formando la empresa distribuidora Cinematografía Cruz Azul, luego llamada Selecciones Carrillo, importadora de filmes argentinos. Esa labor fue el paso previo a su incorporación a Amauta Films.
Allí desarrolló la tarea de persuadir a los dueños de las salas que programaran una película peruana y a los distribuidores para que no antepusieran sus propias películas. La lucha fue ardua y los ecos de ella llegaron a la prensa. El periodista y realizador cinematográfico Florentino Iglesias la narró así:
Aún está fresco en la memoria del gremio el recuerdo de cierto señor distribuidor que, valiéndose de ciertas prerrogativas que le concedía su contrato con algunos exhibidores, obligó a estos, por medio de carta notarial, a entregarle determinada fecha para exhibir un “bodrio” mejicano […] esa actitud se debieron [sic] a que para esa fecha habíase acordado el estreno de la segunda producción Amauta [se refiere a Sangre de selva] en las salas regentadas por los señores exhibidores amenazados. (Radiocine 8, febrero de 1938.)
La producción de Amauta Films
El proyecto fílmico y empresarial de Amauta Films se puso como objetivo realizar películas sonoras de modo continuo y permanente, apuntando a la consolidación de una industria. Coincidía en esa meta con empresas establecidas en otros países de la región. El cine sonoro había renovado las expectativas del público que esperaba escuchar los acentos nacionales y reconocer el ritmo y la gracia de sus entonaciones populares, así como de su música y canciones. Esos fueron los insumos del cine del período: gracejo verbal, música y canciones populares.
Las primeras películas de Amauta apelaron a los modelos dramáticos tradicionales, tomados del folletín literario o del costumbrismo llano, pretendiendo un encuadre realista para sus historias de desdichas familiares y sus comedias festivas. La transcripción de las tramas se hacía del original teatral o se basaba en la adaptación de los esquemas de la viñeta costumbrista representada en los teatros populares de la ciudad.
La existencia de Amauta Films fue un reflejo del éxito creciente que obtenía el cine mexicano en América Latina, sobre todo luego del suceso de Allá en el rancho grande, pero también de cintas argentinas que bebían de las fuentes comunes del folletín y del teatro popular urbano.
No fue casual, por eso, que se apelara a la cantera de actores del teatro limeño, desde Carlos Revolledo hasta Edmundo Moreau, incluyendo a Esperanza Ortiz de Pinedo, Pepe Soria, Alejandro Valle, entre otros, que marcaron con sus rostros y entonaciones lo que fue un fenómeno efímero de representación fílmica popular, potenciada por la posibilidad de registrar las melodías de solistas y orquestas.
A través de la mediación de los géneros, las películas de Amauta Films dieron cuenta de una Lima que, a fines de los años treinta, transformaba su apariencia y sus costumbres, modificando la convivencia gregaria en el callejón o el conventillo mientras se construían avenidas y se demolían solares. El desarrollo del capitalismo en el país, sobre todo a partir de la década de 1920, trajo consigo la modernización de la ciudad y el incremento del empleo asalariado, ampliando la dependencia laboral y la proletarización. El taller hogareño y los oficios realizados en el interior de las viviendas eran abandonados poco a poco. Las costureras se transformaron en obreras. El centro fabril creó nuevos modos de relaciones humanas. Afectos y vivencias se transformaron junto con la apariencia de la capital.
Las películas de Amauta Films no retrataron de modo realista o con intenciones documentales estos cambios de la ciudad y su entorno, pero sí los reflejaron en ficciones genéricas construidas con elementos inmediatos, paisajes cercanos, circunstancias familiares y personajes reconocibles. Sus relatos se urdían en función de la evocación, el recuerdo, la nostalgia de un pasado más atrayente y festivo, o respondían al diseño del arquetipo tradicional. La Lima figurada por las películas de Amauta Films estaba conformada por barrios donde aún se glorificaba a personajes añejos pese a que las costumbres se encontraban ya en transformación. Espacios urbanos habitados por abuelas y madres capaces de solucionar los conflictos familiares generados por la adopción de las nuevas rutinas y exigencias laborales, pero también por palomillas dicharacheros y enamorados, terror y goce de la esquina popular, del Rímac o Abajo el Puente, despreocupados por el impacto de los cambios y los nuevos tiempos, y por los criollos de parranda interminable, con jarana sostenida entre valses y peleas de gallos, así como por las parejas felices de la clase media baja asaltadas de pronto por el fatal designio de la enfermedad.
El barrio popular y los ambientes de la clase media o acomodada se reconstruyeron en precarios estudios, con toques de ambientación a la moda, mientras que la hacienda cercana a Lima, escenario de la franja criolla de la producción de la compañía, fue el refugio de todas las exigencias de la vida social y política, tan convulsionada en los años treinta a causa de la represión contra los rivales políticos, en particular el Partido Aprista, durante el régimen de Oscar R. Benavides, pero ausentes como asuntos por tratar o, al menos, como referencia aislada, dato suelto o telón de fondo en las cintas producidas por la compañía.
Elementos centrales en las películas de Amauta Films fueron las melodías y canciones de la música popular costeña, desde tonderos y marineras hasta valses limeños. Felipe Pinglo y Pedro Espinel fueron los autores de algunas de las melodías escuchadas con la ejecución musical de Filomeno Ormeño y orquestaciones y diseños musicales de Nibaldo Soto Carbajal y Enrique Jimeno.
Las películas de Amauta Films
La bailarina loca fue la primera cinta argumental producida por Amauta Films y uno de sus mayores éxitos económicos. Su rodaje empezó en junio de 1937 y se prolongó hasta fines de julio de ese año. La inversión inicial para su producción, que ascendió a setenta mil soles, fue especialmente elevada, pues incluyó la adquisición de diversos equipos técnicos indispensables para iniciar la actividad fílmica de la compañía (Radiocine 2, 23 de julio de 1937).
El suceso económico obtenido por el filme fue inesperado. Entonces, Felipe Varela La Rosa, principal inversionista de Amauta Films, decide continuar con la labor de producción, convirtiendo a su empresa en una de las más prolíficas de toda la historia del cine en el Perú.
No existen datos ciertos acerca del número de los espectadores que vieron La bailarina loca, pero su éxito se puede medir gracias al número de salas que acogieron el filme en su estreno (cinco salas) y en su explotación posterior (treinta y dos salas más). Trullen anota: “Se puede decir que con esta película se crearon las verdaderas colas en los cines de Lima. El día del estreno había filas de más de una cuadra” (texto mecanografiado).
Buena parte del atractivo de la cinta radicó en la presencia de la actriz y tonadillera española Carmen Pradillo, esposa del actor peruano Pepe Soria, con el que conformaba un grupo teatral.
La bailarina loca fue la primera película dirigida en el país por Ricardo Villarán, que aportó cualidades a la producción fílmica del período. La primera de ellas fue la exigencia para lograr un acabado profesional. Su experiencia como director en la industria del cine argentino le permitió valorar la importancia de la creación de ambientes verosímiles y de personajes diseñados con una lógica dramática articulada. Villarán se preciaba de conocer los gustos del público y desempolvó para la adaptación cinematográfica sus dramas de origen teatral e índole melodramática, concebidos según reglas dramáticas ortodoxas, con abundancia de diálogos y reflexiones en voz alta, a las que se agregaba el componente musical que justificaba el registro fílmico sonoro.
Sus películas eran dramas de folletín, condimentados por sufrimientos y revelaciones inesperadas de una identidad oculta o una fortuna desconocida, en giros melodramáticos marcados. Villarán no apeló al criollismo como carta segura ante la taquilla, como ocurriría después.
El primer rodaje de Amauta Films, realizado en gran parte en exteriores, fue accidentado, según recordó Manuel Trullen:
Como no teníamos set para las filmaciones de los interiores, alquilamos la carpa de un circo que no trabajaba, el circo Villanueva. Bajo esa carpa levantamos los decorados. Aunque el local que estaba en la calle Jorge Chávez en Chacra Colorada quedaba retirado no faltaban ruidos. Esas filmaciones las hacíamos en la noche, pero muchas veces hubo que cortar una escena por el ladrido de un perro, el paso de un avión, el grito de algún chiquillo o la bocina de un auto […]. Para la filmación de La bailarina loca fuimos a la isla guanera de Pachacamac. Tomamos a Alejo López cantando una canción entre las aves. Los primeros planos los hicimos en el estudio; al proyectar nos dimos cuenta que en la isla estaba con sombrero y en los primeros planos del estudio sin sombrero y faltaban dos días para el estreno. (Texto mecanografiado.)
El diario La Noche fue uno de los medios de prensa que mayor cobertura ofreció al primer proyecto de Amauta Films. En los días próximos al estreno se ocupó así de La bailarina loca:
Ayer se dio una exhibición privada en el Teatro Colón, de la película nacional La bailarina loca […]. La cinematografía americana está progresando en forma positiva, pudiéndose contar ya algunas superproducciones. El Perú, en esta materia, está bastante retrasado, y con ese concepto, derivado de las cintas anteriores, es que fuimos a la exhibición privada.
La bailarina loca, indiscutiblemente, supera a las anteriores. Hay un hecho que en el cine tiene gran importancia y que ahora se ha tomado en cuenta. Nos referimos a la vestimenta de los actores. Estos se visten a tono con el lujo de la presentación y de acuerdo a las necesidades del tema. La relación argumental, exigente en la presentación, no ha sido, como en otras oportunidades, descuidada.
En La bailarina loca se observa por primera vez la importancia del movimiento. Las escenas han sido tomadas en los locales adecuados y la máquina e intérpretes se han movido fuera de los interiores. Han ido hacia el propio lugar correspondiente. Es así como puede admirarse la realidad de una de las islas guaneras, el Castillo Rospigliosi, la playa de Pucusana, una sala de operaciones del Hospital Loayza y los interiores necesarios a las escenas internas.
Sonora y cantada, ha habido una verdadera selección de las canciones y de quienes corren a cargo de ellas. Buen sonido, permite captar el diálogo con propiedad. Los pequeños errores técnicos son superados por el movimiento de los actores. La fotografía bien tomada, las figuras se recortan con justeza y la realización resulta animada.
La construcción de La bailarina loca representa un verdadero esfuerzo en la industria cinematográfica nacional. Supera a todas las precedentes y da la promesa de que pronto sea posible contar con un desarrollo eficaz de la cinematografía nacional. En este caso, lo que puede anotarse de mínimas deficiencias, no es más que una cosa que es necesario dejársela al tiempo y a la constatación de ellas mismas. Mas estamos seguros de que esta cinta ha de tener éxito ante los aficionados al cine y ha de impulsar, también, a la construcción de otras nuevas. (La Noche, 4 de agosto de 1937.)
No se han encontrado copias ni negativos de La bailarina loca, por lo que las referencias solo tienen un sustento documental.
Sangre de selva (1937) fue el segundo largometraje producido por Amauta Films, que eligió filmarla en los exteriores de la región del río Perené. En ese ambiente rústico, el director Ricardo Villarán, basado en un relato del escritor y periodista Mario Herrera Gray, premiado en concurso convocado por la Municipalidad de Lima con ocasión del IV Centenario de la Fundación de la capital, diseñó el personaje de Tafichán, un hombre marcado por la fatalidad.
El diario La Noche anunció la producción de la cinta con un texto elocuente:
El arte cinematográfico se encuentra atravesando, en la época que corre, una etapa de franco desarrollo progresista […]. El público no sólo lee en los periódicos y revistas las descripciones, ilustradas con grabados, de la forma como en los sets se fabrican producciones filmísticas o tiene una idea más o menos aproximada de ello. En el mismo ecran sus ojos lo aprecian en detalle, siguiendo el proceso en que se desenvuelve la elaboración de películas, desde su iniciación. Pero de esto a la realidad misma de las cosas existe mucha distancia. El argumento puede ser de primera clase, los que actúan en la pantalla igualmente pueden ser magníficos artistas. Pero el hecho es que para adaptar un argumento a una cinta cinematográfica el esfuerzo resulta heroico si se tienen en cuenta las múltiples dificultades que se oponen en el camino y deben ser orilladas.
Decimos lo que precede no porque se nos venga en gana, u ocurra. No. Lo decimos por experiencia. Acabamos de presenciar, de cerca, la filmación de una obra nacional en pleno corazón de la región montañosa del Perú.
La Amauta Films es, sin duda el resultado del esfuerzo de un núcleo de hombres inteligentes y patriotas que merecen estímulo después de haber colocado la primera piedra de la industria cinematográfica nacional, entregando La bailarina loca, su primera película que, como nadie ignora, ha constituido todo un éxito ruidoso no sólo para esa casa productora peruana sino para la Nación entera […].
Con la Amauta Films el Perú se presenta en la industria cinematográfica mundial como uno de los países que se hallan a tono con los pueblos del orbe donde ella ha alcanzado positivo adelanto. Posee una empresa que dispone de fuertes capitales y de una inteligente dirección artística así como de competentes colaboradores técnicos.
Escenario para la película que esa firma está preparando y que, en breve entregará al público, ha sido la región selvática de Chanchamayo y el Perené. Nosotros hemos sido testigos de esta labor y por eso dijimos que resultaba complejísima la tarea de filmar películas principalmente si se trata de una obra cuyo argumento se desarrolla en plena selva. Sangre de Selva está inspirada en un cuento andino escrito por Herrera Gray, intelectual tarmeño que se llevara el primer premio en un concurso literario con esta producción el año 1925. Su argumento es movido e interesante. No deja de ser complicado. El señor Villarán ha sabido adaptarlo a la pantalla con acierto. Será una película sonora y parlante peruana típicamente nacional.
Pero aparte del argumento que tiene Sangre de Selva, que es interesantisimo, esa película demostrará al mundo entero, cuán enormes son las riquezas que encierra la selva del Perú y el privilegio que la naturaleza le ha otorgado.
Llenaríamos muchas cuartillas relatando los tropiezos y peligros que la selva ha presentado en la filmación de Sangre de Selva a cada una de las escenas de la obra, en la que su director y todo el personal de artistas, con verdadera abnegación, han cumplido su rol, venciendo las dificultades que la Naturaleza ha puesto en esos lugares al hombre civilizado: montes tupidos, llenos de animales fieros e insectos venenosos, ríos caudalosos, caminos al borde del abismo y puentes, o viaductos peligrosos. Cada paraje de la película era, indudablemente, un reto a la muerte.
Principal protagonista de Sangre de Selva es la señora Carmen Pradillo de Soria. En la correcta interpretación de su papel pone todo el caudal de su gran valía artística y de su delicada belleza de mujer hispana joven, hermosa e inteligente. Es intrépida. Lo ha demostrado penetrando a nuestra peligrosa selva por primera vez y encarnando su rol como si fuera una nativa del lugar. Alejo López, el conocido cantante y actor, es otro de los elementos principales que trabajan en esta cinta. Se produce con bastante naturalidad y espíritu artístico. Los demás protagonistas son un grupo de actores bastante conocidos que, como es natural suponerlo, han respondido, satisfactoriamente, a las exigencias del director artístico.
El saldo en contra dejado en la filmación de Sangre de Selva ha sido un accidente ocurrido al señor Trullen, cameramen de la Compañía, alegre boxeador de antaño, al tomar una escena, en la quebrada de Vitot, sobre el río Tulumayo, escena en la que la señora Pradillo pasaba encima del peligroso puente Simallacu y el señor Trullen por desempeñarse mejor, perdió el equilibrio, yendo a rodar en la quebrada. Como consecuencia de esta caída, el señor Trullen sufrió la fractura de la mano izquierda. También los señores Luis Vergiú y Luis Romero fueron víctimas de diversos accidentes. El primero se quemó en la cara y el segundo fue picado por un insecto.
Sangre de Selva será –sin hipérbole– un film nacional de gran valía, no sólo por su buen argumento y correcta interpretación sino por haber sido tomado en plena selva del Perú. (La Noche, 7 de septiembre de 1937.)
Las facciones severas, el gesto adusto, la voz gruesa y el talante bronco de Alejo López, el actor protagonista, fueron centrales en la caracterización del personaje de Tafichán, el justiciero recto, impasible y brusco, golpeado por el infortunio, tomado del modelo de la novela nativista latinoamericana o del cine argentino ambientado en el medio del trabajo agrario en la zona de Misiones. Talante que el argentino Alejo López cultivaba en su calidad de compositor y cantante de tangos, habilidad demostrada poco después en una secuencia de El miedo a la vida.
Perseguido por un crimen cometido en defensa personal, Tafichán enfrentaba en los poblados amazónicos a las mismas estructuras de poder y control social dominantes en una localidad serrana o una hacienda andina. Para desafiar el abuso del poderoso del lugar, el personaje congregaba a su familia para fugar por la selva virgen, única región alejada de la arbitrariedad de la justicia.
Ayudado por la comunidad campa, Tafichán elegía el mundo de lo primitivo, mientras Villarán y Trullen aprovechaban el rodaje en escenarios naturales para lucir la fotogenia del paisaje selvático y los ríos que los protagonistas atravesaban en su larga fuga, acompañada por una partitura musical de Daniel Alomía Robles. Todo filmado con una invariable cámara frontal, ubicada a la distancia de los planos de conjunto.
De Sangre de selva la prensa comentó:
Su fotografía y su sonido superan de manera indiscutible a la anterior [se refiere a La bailarina loca, producción precedente de Amauta Films]. Su dirección y su interpretación es mucho más acertada [sic]. Pero no radica el valor de la obra únicamente en la parte técnica y artística. Aparte de su dirección, de su interpretación, de su argumento y su diálogo, aparte de su técnica notablemente superior a la primera, tiene algo tal vez más valioso que todo lo dicho: el escenario que sirve de fondo a la obra, escenario que es la esencia misma de la riqueza máxima de la naturaleza, en su más amplio sentido artístico y económico. El Perené, verdadero rincón encantado, agreste, bello y exuberante.
Es allí donde se desarrolla y se ha filmado Sangre de selva, presentándonos todas las riquezas extraordinarias que se esconden entre esa maraña selvática, en la que habitan como guardianes de sus tesoros alimañas de todas clases.
Paisajes imponentes y de belleza indescriptible desfilan ante los ojos asombrados del espectador de Sangre de selva, obra esencialmente nacionalista, porque ella hace conocer a muchos peruanos su propio país.
El argumento de la obra, profundamente dramático, adaptado del cuento Chico a chico y revienta desarróllase en la yunga, que presenta en su majestad extraordinaria y grandiosa su belleza magnífica, que se pierde a veces en el intrincado infierno verde […]. La música, una de las partes más saltantes de la obra, pertenece al notable compositor Daniel Alomía Robles, destacando especialmente La noche andina, Himno a la selva y canciones de cuna. (Universal, 24 de octubre de 1937.)
Aunque exhibida en treinta y dos salas, un número menor que el de La bailarina loca, la cinta casi repitió el suceso de su antecesora, debido a la mayor permanencia de tiempo de exhibición en cada uno de los cines. Manuel Trullen aprovechó el viaje hacia la región de la selva para filmar las bases aéreas de San Ramón y Pucallpa. Esas vistas fueron incluidas en un documental sobre el estado de la aviación en el Perú que Amauta Films preparó para la Conferencia Técnica Interamericana de Aviación.
De doble filo (1937), tercera producción y primera comedia de Amauta Films, apeló al resorte humorístico de la sanción impuesta a un limeño majadero y prejuicioso. La cinta era un vehículo al servicio de la actriz y cantante española Carmen Pradillo, en su tercera aparición en una cinta peruana, junto con su esposo, el actor peruano Pepe Soria. Los diálogos veloces y las réplicas aceleradas y con gracia evocaban los de la comedia de situaciones norteamericana, pero la puesta en escena de Villarán restaba dinamismo a la acción. Convirtiendo en estilo expositivo la frontalidad de la cámara, se sucedían los planos de conjunto recorridos por movimientos panorámicos de búsqueda hacia un personaje o un detalle.
Apuntando claramente hacia la explotación de la cinta en mercados extranjeros, se insertaba en la trama cómica una línea argumental secundaria relativa al concurso nacional de cantos y bailes latinoamericanos, como pretexto para incluir un par de dilatadas secuencias musicales:
Argentina, Ecuador, México, Chile y Perú desfilan a través de una cadena ininterrumpida de música, de canciones y bailes sensuales movidos y picarescos. Y es así que vemos y oímos en escenas interesantísimas de cabarets de lujo y cafetines de bajo fondo, tangos, jarabes, maxixas, mambos, pasillos, cuecas, caxhuas, valses y marineras. Y entre todo ello, salpicándolo como lluvia menuda, alegres y picarescas canciones, escenas de comicidad única, de gracia y lisura criolla. Y en competencia con los tangos gauchos, Evocación, un tango incaico que encierra toda la tristeza infinita del indio. (Universal, 19 de diciembre de 1937.)
Valor agregado de color local y típico era el paisaje de la ciudad de Huancayo, con vistas de la feria dominical convertida en escenario de las últimas secuencias de la película.
De La falsa huella (1938), cuarta producción de Amauta Films, se conservan pocas secuencias en soporte de nitrato que corresponden a sus momentos culminantes. En ellas se aprecia claramente que Villarán optó por filmar de modo literal su obra teatral homónima, representada con éxito en el Buenos Aires de la década de 1920.
La trama giraba en torno de las tensiones familiares causadas por los “errores” de los hijos y su supuesta ingratitud e incapacidad para apreciar los sacrificios de los padres y sus exigencias de disciplina. El escenario era una casa familiar de la clase media acomodada, con sus espacios filmados en encuadres abiertos y distantes, de inequívoca concepción teatral.
La panameña Silvia Villalaz, protagonista de la cinta, actriz teatral de experiencia, había trabajado en Argentina, donde conoció a Villarán, y en Chile, rodando dos largometrajes silentes: Martín Rivas y Diablo fuerte, ambos en 1925.
Para el rodaje de La falsa huella, Amauta Films inauguró instalaciones de trabajo: “Para la cuarta película ya habíamos levantado un set con bastante buena acústica, cosa que entonces era un problema. También habíamos hecho una reveladora automática, evitando así tener que cortar la película y conseguir una copia más perfecta” (texto mecanografiado).
El diario Universal, sensible a la apariencia teatral del filme, opinó:
En acción lenta, quizá si por haber conservado con demasiada fidelidad el diálogo de la comedia, a base de extensos parlamentos, rueda La Falsa huella, la producción última de Amauta Films, vista en exhibición privada el lunes de esta semana.
Antes que nada es necesario anotar la superación técnica que hállase en esta película en relación con las anteriores de la misma casa filmadora. Con ello se demuestra que es posible hacer realidad la existencia de la industria cinematográfica nacional. La fotografía que al principio no es muy nítida, poco a poco va mejorando hasta conseguir justeza. El sonido, con una muy pequeña falla en la escena del Quinteto Nacional, es perfecto afirmándose un positivo mejoramiento. Estos son los aspectos técnicos superados.
Sería innecesario extenderse aquí sobre el argumento de la película anunciada. La comedia de Ricardo Villarán es sobradamente conocida. Sólo diremos que ha sido conservada toda su trama, la que, en estos tiempos, resulta atrasada. Para su adaptación bien pudo modificarse su desenlace y eliminarle algunas escenas. Lo mismo puede decirse de los diálogos. Si se hubiera utilizado el lenguaje de “bocadillos”, en lugar de extensos parlamentos, la acción habría ganado más y los actores no quedarían, como en muchos casos, casi inmóviles […]. (Universal, 9 de febrero de 1938.)
De carne somos (1938), quinta producción de la compañía, fue el primer largometraje dirigido para Amauta Films por el chileno Sigifredo Salas, siguiendo los lineamientos propios del folletín, característicos de las cintas de Villarán. Pero a diferencia de la inmediatamente anterior, La falsa huella, verbosa y teatral, De carne somos mostró el interés de Salas por dotar a la acción de una dinámica fílmica de mayor complejidad.
Formado en el puesto de técnico de edición y director artístico, Salas tenía una concepción más moderna del cine como medio de comunicación masiva y popular. De temperamento cercano al de Francisco Diumenjo, compartía con él la convicción de que el cine debía apelar de modo directo a las preferencias musicales, a las predilecciones sentimentales, al gusto medio de un público formado en el cultivo del folletín y el melodrama de gestos acendrados, por un lado, y de la comedia festiva y popular, por el otro. Aspiraba a igualar con sus películas los estándares alcanzados por las industrias argentina y mexicana.
Salas llegó a Amauta Films con el ánimo decidido de marcar el paso a la “modernidad” de la compañía y su producción. Buscó “airear” los rodajes, confinados en interiores en las cintas de Ricardo Villarán como La falsa huella o en la que realizaría luego, El miedo a la vida, y quiso hacer más fluidas las transiciones entre los momentos musicales y los dramáticos. Su estilo no conciliaba con el folletín tradicional, de acciones concentradas y multiplicación de personajes dolientes. Le interesaba la acción sumaria, las situaciones burlescas, la multiplicación de escenas musicales.
En De carne somos Salas imprimió una tónica particular, basada en el aprovechamiento de voces interiores para expresar la obsesión amorosa del protagonista, que abandona a su familia por una mujer que lo esquilma. Multiplicó los desplazamientos lentos y desoladores de la cámara y las disolvencias para marcar el efecto retórico del recuerdo doloroso del personaje luego de haber perdido un gran bien, trabajando además los matices fotográficos del claroscuro en momentos específicos.
La película fue protagonizada por un conjunto de actores extranjeros: los españoles Trini Delor, Esperanza Ortiz de Pinedo, Armando Guerrini, y el uruguayo José Muñiz.
Trini Delor, actriz teatral que llegó al Perú con la compañía de Sánchez Alpuente, tuvo en De carne somos su primera aparición en el cine peruano. Fue también el debut de Esperanza Ortiz de Pinedo, hermana del actor Óscar Ortiz de Pinedo, protagonista de algunas películas de Amauta Films que luego desarrolló carrera propia en el cine mexicano. Esperanza Ortiz de Pinedo había participado en el rodaje de algunas películas en Chile y Argentina.
Encara esta vez la producción Amauta un tema nuevo completamente entre sus obras. Un drama fuerte, profundo y atrevido. Un drama en el que se agitan gigantescas pasiones; que pone en la balanza por un lado el amor puro de la esposa digna y abnegada, capaz de todos los sacrificios y por otro, la fuerza de la pasión desenfrenada y el deseo tempestuoso. Y chocan esas dos fuerzas adversas en los sentimientos de un hombre sano, íntegro, que por su propia dignidad es víctima propicia. De carne somos, tal la nueva producción, es indiscutiblemente magnífica y evidencia la superación continua de Amauta. Buena en su adaptación y dirección, superando a sus anteriores en fotografía y sonido, reúne en su reparto un elenco completamente nuevo, pero de gran capacidad interpretativa: Trini Delor, bella y joven, tiene a su cargo el papel principal encarnando el personaje de una vampiresa inescrupulosa, capaz de todos los medios en procura de un fin. Esperanza Ortiz de Pinedo, la conocida dama joven de nuestros escenarios, es la esposa abnegada. José Muñiz, el notable tenor de fructífera temporada en Lima, es el hombre campechano cuya inexperiencia es causa de su ruina. Y con ellos Mary Cid, Antonia Puro, Armando Guerrini y otros. Todos ellos bien, discretos y mesurados en su interpretación. Todo lo cual asegura un nuevo y merecido éxito económico a Amauta Films, la primera productora Nacional. (Universal, 13 de marzo de 1938.)
Otro comentario se mostró atento al valorar los procedimientos formales empleados en la cinta:
Hay en esta última película nacional un franco progreso sobre las anteriores […]. Por primera vez se ha querido lanzar en los dominios de la tragedia sicológica y del drama social. Temíamos los resultados, pero han sido superiores a lo que se podía esperar. Esta clase de historias tienen un carácter casi litúrgico en el respeto de la forma que se le da a la trama. Pero se han solucionado los detalles con ingenio.
El tranquilo y feliz hogar, destruido y arruinado por la mujer –artista de circo, para colmo de males– cuyos seductores engaños disfrazan un amor venal, destinado a salvar el negocio del dueño del circo; la abuela que muere; la esposa y la hijita arrojadas a la calle por el propietario sin corazón. Nada de eso es muy original, claro está; ya se ha casi agotado ese tema en innumerables novelillas, piezas de teatro y películas. Pero por una parte su debut en el drama humano, el cine peruano ha hecho bien en escoger un argumento que se puede decir pertenece a la tradición y no arriesgarse en tramas cuya originalidad hubiera sido un peligro más, que se hubiera sumado a las dificultades inherentes a unos esfuerzos nacientes […].
La interpretación es buena. Tanto Trini Delor como Esperanza Ortiz se merecen aplausos. José Muñiz y Guerrini están muy bien. Los demás intérpretes, los cómicos en particular, son buenos.
Pero lo que más ha progresado es la técnica, las mejoras son enormes. La fotografía siempre es buena, el único defecto está en el alumbrado, la luz de los sunlights parece ser o demasiado intensa o mal distribuida, porque las caras a menudo se ven completamente blancas, sin distinguirse a veces los rasgos fisonómicos de los artistas; el sonido esta vez está perfecto, excepto algunos ratos de mudismo en los cambios de rollo.
Pero lo que nos ha producido mayor satisfacción es el esfuerzo del director Sigifredo Salas para hacer cinema: los símbolos, las transiciones ya sean fotográficas o del diálogo cuando termina una frase que pronuncia la mujer fatal. Cuando José Muñiz, arruga de una mano acongojada su librea de mozo de circo, y se ve a la esposa a la ropa que lava [sic].
Hay doble impresión y aún un procedimiento que no recordamos haber visto sino en una película de Rene Clair, El millón, en la que se oye la voz de la conciencia, aquí se oyen las voces que hablan a la memoria del infiel esposo.
Hay un agradable esfuerzo hacia la fotografía artística en la gran escena del amor al borde del riachuelo. (Universal, 27 de marzo de 1938.)
El miedo a la vida (1938) fue la sexta producción de Amauta Films y la prensa encontró valores en su construcción dramática, que multiplicaba situaciones en torno a un eje: el retrato de una matrona fuerte y autoritaria, capaz de encauzar las vidas de los miembros de su familia con frases altisonantes y declarativas.
Esta apología de la familia tradicional, encarnación de los valores de unidad y fidelidad enfrentados a la modernidad, fue comparada con Gran Hotel (Edmund Goulding, 1932) o Cena a las ocho (George Cukor, 1933), ejemplos clásicos de películas-mosaico, en las que el relato sigue la trayectoria de un grupo de personajes que se alternan como centros de interés dramático. Se dijo también que era un filme sin argumento, pues la proliferación de situaciones individuales terminaba por dejar a la película sin un núcleo dramático central.
Ricardo Villarán, recordando sus días como dramaturgo y hombre de teatro, filmó El miedo a la vida siguiendo al pie de la letra la estructura escénica de la obra original, construida en torno a la figura protagónica del personaje de la abuela, encarnada por Ana del Valle, casada con el actor José Luis Romero. Del Valle había trabajado en las cinematografías chilena y mexicana del período silente.
Más allá de algunos detalles de ubicación o imágenes de referencia, El miedo a la vida, como también La falsa huella, podían desarrollarse en Lima o en cualquier otra capital de Sudamérica, ciudades en trance de cambio. La concepción dramática de Villarán lucía un cosmopolitismo que facilitaba la representación de sus obras en Lima o en Buenos Aires. Esa característica, que a primera vista podía significar una ventaja para propiciar la exportación de las películas, fue, a la larga, una limitación. Y es que en materia de dramas humanos universales, el cine mexicano y, por cierto, el cine argentino, mantenían un liderazgo indiscutible. La pobreza de los medios, la técnica rudimentaria y el estilo primitivo de Villarán no fueron factores que permitieran a las cintas de Amauta Films resistir a su competencia.
El desarraigo de cualquier referencia local de los títulos dirigidos por Villarán fue causa de un progresivo alejamiento del público de las películas de la empresa. Algunos cronistas explicaron la indiferencia por la taquilla como resultado del desinterés de la compañía por el cine de calidad. En realidad, eran los signos de la necesidad de reorientar la producción de Amauta Films, adecuando las nuevas películas a las sensibilidades criollas que dominaban en el cine de habla castellana desde el éxito internacional de Allá en el rancho grande.
El miedo a la vida impresionó de modo favorable a la prensa, que le dedicó largos comentarios:
Con El miedo a la vida se da un gran paso adelante en el cine nacional […]. El miedo a la vida reúne varios argumentos en uno solo. Son muchas las vidas y las actitudes humanas que se desnudan en la pantalla entrelazados por un eje central que le da fuerza y unidad.
Son los hijos y nietos de una anciana noble y serena que los guía y aconseja. Dos son los hijos y cinco los nietos. Reunidos todos en la casa de la abuela que es el alma máter y regazo. Cada uno tiene sus problemas, sus inquietudes, sus vacilaciones. Viven intensamente la vida febril de la época. La anciana, como gran animadora de marionetas, los ayuda a salvar obstáculos, a vencer dificultades, a romper la cadena de los vicios. Pero invariablemente se encuentran en ella, el secreto del triunfo de los unos o el lenitivo del fracaso de los otros.
[…]. Enteramente vivida la intriga se resuelve fácil, sencilla, naturalmente. Las pequeñas tragedias cotidianas de la familia, que se retratan con pasmosa fidelidad en la pantalla, no tienen fin, como en la vida, pero tienen soluciones transitorias, como ocurre en la realidad. La trama que es fecunda en situaciones humanas, está aderezada de acertados números musicales que se desarrollan en el ambiente sugestivo de la radio, donde uno de los personajes trabaja como cantante para educar a su hija. Hay doce canciones […]. (Universal, 17 de abril de 1938.)
El diario Universal también comentó:
Los estudios Amauta presentan esta película como su sexta producción; en realidad es la primera. Los progresos que sobre los anteriores films se han hecho son enormes. La selección del argumento es un verdadero acierto. En primer lugar diremos que, como en muchas películas modernas, casi no hay argumento. Y sin casi, no lo hay. Son una serie de hechos y acontecimientos ordinariamente diarios, pero presentados o expuestos con una fina intención y con un innegable buen gusto. La dirección por fin es dirección y ha sabido sacar muy buen partido de este tema. Por algo el autor y el director es el mismo, Ricardo Villarán. Sigifredo Salas nos convence como compilador; es su fuerte y debería persistir en ello.
Es un relato de la vida íntima de una familia numerosa que se ha aglomerado alrededor de la abuela que es Ana del Valle, y que está en el papel estelar. Esta enorme familia, hijos, nietos, hermanos, tíos, primos, está representada en la pantalla por un núcleo de artistas que han sabido secundar admirablemente la dirección. Al menos, en la medida de sus fuerzas. Uno de los hijos, Auriol, se saca la lotería de cincuenta mil soles. Las escenas que se suscitan a raíz de este suceso son todo un hallazgo cinematográfico. Original, muy peruano y más amaútico. Este actor es la figura que más nos convence de toda la película. Loli hace un rol, no brillante, pero lleno de discreción. López Raygada, pomadoso y embandolinado, don Juan de barrio, está bien en el papel de morfinómano. Las escenas un poco crudas, señor Director. Entre las del bello sexo, las dos nietas sobre todo la del desliz, Angela Cobo, están muy ponderadas, cinematográficamente hablando. La chismosa Lila Cobo, mejor que las anteriores. Hay porvenir en esta actriz, siendo de esperar que con el tiempo pierda la inclinación a apoyar o exagerar los gestos o los ademanes, que sin esta exageración quedarían mucho mejor.
El sistema Diumenjo parece que llegará a cuajar totalmente, ya que la parte del sonido en este último film es perfecta. No podemos decir lo mismo de la fotografía, que está muy mal. Sospechamos que no lleva mucha culpa en ello Trullen, quien metido a actor está mejor. Es un buen cantinero, cinematográfico, insuperable. A lo mejor tiene el porvenir ahí.
La música y la dirección musical son deplorables. El número de La Elegía de Massenet –no pudieron escoger algo más manido– es un número cómico. Alejo López canta una canción argentina, Claveles, en una bomba que no ve. O al menos aparenta que está. A lo mejor estuvo. Pancho Gómez Negrón, que hace de consuetudinario en la cantina, aparece, súbitamente, en la estación de radio, llevando sobre las espaldas ponchos, sogas, charangos, atados, llamas, la Cordillera de los Andes, el lago Titi-cac… y todo lo que encontró a la mano.
En resumen es una película mejor y uno sale contento. Es muy superior a otros films de habla española. Al menos está animada por un espíritu mucho más noble y refinado. (Universal, 23 de abril de 1938.)
La prensa constató la indiferencia del público frente a esta película, estrenada con las galas del filme de prestigio y del “drama humano” de calidad:
En todas partes del mundo pasa que las películas fracasan porque no alcanzan el grado suficiente de bondad y perfección necesarias para alcanzar el éxito.
Lo que nos ha hecho ver el estreno de la producción nacional El miedo a la vida es simplemente pavoroso.
Ante nuestro público las producciones nacionales fracasan porque no son lo suficientemente malas.
Este estreno nos ha servido como índice o clave para darnos exacta cuenta de una serie de reacciones que el público de Lima sufría ante ciertas películas.
En primer lugar, nos explican la aceptación incondicional de cierta producción mexicana, llorona y ramplona, y en segundo lugar, sabemos a ciencia cierta el porqué del rechazo a las obras cumbres de la cinematografía. Este año, en Lima, Callejón sin salida (Dead End de William Wyler), Bajos fondos (Les bas fonds de Jean Renoir) y La gran ilusión (de Jean Renoir), han sido films que han ocasionado grandes pérdidas a los distribuidores que los han traído.
Lo que ha pasado con Amauta es algo que hasta da risa.
Las cinco primeras producciones fueron cinco enormes éxitos de taquilla. Llenos rebosantes, cinco folletones deplorables, impasables, capaces de dejar atrás a los mejicanos y argentinos juntos. Ante cierto sector de la crítica o ante circunstancias que ignoramos, Ricardo Villarán rueda una película que, por primera vez, salía de la ramplonería. Si no buena desde todo punto de vista, mucho menos mala que las anteriores, por su espíritu y su intención.
Pues bien, el público se pone furioso, la rechaza y, según cuentan, en algunos cines hasta rompen las sillas.
Lo sospechábamos y hemos tenido la evidencia. No hay más remedio que seguir por el camino de “Madre mía, yo la maté”, “Casada y monja, virgen y mártir” y de la ruta trazada por Sigifredo en De carne somos. A este propósito recuerdo la contestación de Fernando Villarán, jefe de publicidad de los estudios Amauta, un día que estigmatizaba yo, a la altura de De doble filo, las malas películas que hacían: “No hacemos películas para la crítica”.
El tiempo y a corto plazo, le ha dado la razón y hasta hemos tenido ganas de pedirle disculpas, ya que indirectamente nos sentimos un poco responsables de este desaguisado, si no fuera porque comprendemos que, aquí, un crítico para ser tal tiene que estar contra el público. Mejor dicho, la crítica es casi pedagogía…
Y lo más importante del caso es que estando contra el gusto basto del público, tiene que mostrar ser más austero aún contra el apetito o el inescrúpulo del productor. Este último no tiene por qué ser más que un comerciante y darle al público, sin preocupaciones de ningún otro género lo que más le gusta, lo que más fácilmente deglute; pues bien, en nuestro caso, esto es lo menos depurado. La crítica es la fuerza moderadora que obra entre estas dos potencias. Es el contacto entre todos los intereses. Su función es servir y orientar todos los intereses. Su virtud es más que nada, ecléctica.
Por estas causas nos sentimos [sic] a poner ciertas cosas en claro. Gran parte de los elementos o instituciones afines al cinema y numerosos cineastas, la mayor parte, condenaron sistemáticamente la producción de los estudios Amauta. Sobrada razón tenían. Pero a la aparición de El miedo a la vida esta consideración que siempre, como en nuestro caso, debió ser franca y autocrítica constructiva, toma ahora caracteres de complot y encamina a inducir al público en el sentido de que cada día la producción de estos estudios es peor. No hay tal. El primer escollo de Amauta ha sido su mejor película. El síntoma es pues grave. Quiere decir que el problema más peligroso que el de la misma producción es el que representa el público mismo.
Alerta, productores nacionales, estamos en un punto crítico. (Universal, 9 de mayo de 1930.)
La séptima producción de Amauta Films, Gallo de mi galpón (1938), fue uno de los éxitos mayores de la compañía, tal vez porque rompía con el molde tradicional de los dramas de Villarán, aportando el componente musical, festivo y criollo impuesto por el “filme de hacienda” mexicano luego del éxito de la cinta Allá en el rancho grande (Fernando de Fuentes, 1936), que prolongaba una tradición inaugurada en el cine de habla castellana por películas como la argentina Nobleza gaucha de Humberto Cairo (1915), la española Nobleza baturra (en la versión de 1925, filmada por Joaquín Dicenta y Juan Vilá Vilamala o en la versión de Florián Rey, realizada en 1935) o la mexicana En la hacienda, cinta muda de Ernesto Vollrath (1921). Modalidad fílmica descendiente de un tronco teatral, el de la representación costumbrista.
Gallo de mi galpón cambió los espacios tradicionales del hogar señorial queridos por Villarán por ambientes dispuestos a la celebración y la jarana, percibiéndose una modificación en la estrategia de la compañía, dispuesta a despabilarse por las vías de lo festivo y lo celebratorio con ingredientes criollos. En una hacienda cercana a Lima se produce un conflicto por el amor de la hija del propietario. El capataz y el administrador de la finca se enfrentan y se desacreditan mutuamente en su empeño por “quedarse” con la muchacha deseada y, de paso, en línea sucesoria, con la propiedad de la hacienda. Una visión patriarcal que modificaba apenas la línea argumental de Allá en el rancho grande.
El escenario de la hacienda de esta cinta se edificó en una zona de la localidad de Surco para facilitar el registro del sonido, evitando el estruendo causado por el viento. Trullen relata: “[…] para Gallo de mi galpón levantamos una casa-hacienda; llevamos tractores, arados, carretas, caballos y todo lo necesario […]” (texto mecanografiado).
La cinta impulsó la carrera del actor Edmundo Moreau Becker, convertido a partir de esta película en una presencia infaltable en las cintas de Amauta Films.
Moreau, nacido en el Rímac el 27 de octubre de 1900, era hijo de padre francés y madre alemana. Egresado del colegio Guadalupe, emigró a Francia, donde hizo el servicio militar y permaneció dos años. Hacia 1921 regresó al Perú y junto con Alberto Ego Aguirre fundó el Centro Artístico Bajopontino, donde representaron sainetes y comedias. Cantó como barítono en la zarzuela La alegría de la huerta en el teatro Royal del Rímac y viajó a Bolivia y Chile. En Santiago actuó con Ángela Járquez y José Luis Romero. En Lima nuevamente alternó en muchas comedias teatrales con Antonia Puro y Carlos Revolledo. Es en ese momento de su carrera que Amauta Films lo contrató para aparecer en sus cintas. Comediante gestual, sacaba provecho inmejorable a su físico menudo (un metro y cincuenta y siete centímetros de estatura; poco más de cincuenta kilos de peso). La carrera de Moreau, en actividad hasta los años sesenta, se prolongó en la radio y la televisión, sólo interrumpida por una permanencia de casi cinco años en Venezuela a partir de 1953.
Gallo de mi galpón inició en el cine peruano una modalidad de musical criollo, variante del cuadro costumbrista tradicional, apegado a la celebración de lo regional y lo popular. Siguiendo la pauta genérica del cine “de canciones” latinoamericano, una trama simple se alternaba con una seguidilla de intervenciones musicales y episodios jocosos basados en la exageración y la caricatura.
El comienzo de la etapa criolla de la compañía no fue muy apreciado por la prensa:
Ha llegado el momento feliz de decir que el cinema peruano está en condiciones de hacer cinema sin limitaciones territoriales. Es decir: hay una mano avezada capaz de dirigir, de mover las figuras, de elegir los paisajes y hasta de componer las escenas. Hay elementos, habitualmente llamados “técnicos” y que pudiéramos llamar mecánicos, como sonido, fotografía, etc., que han logrado el punto de la madurez […]. En vista de ello, después de decir que Gallo de mi galpón es una película digna de aplauso por lo que tiene de bueno y de plasmación de esperanzas que habíamos cifrado en la empresa que la ha producido y en los elementos que han intervenido en ella, es obligado hacer unas observaciones de carácter general sobre las cuales harán bien en meditar sus autores, puesto que están inspirados en el honrado deseo de ver llegar nuestro cinema hasta donde puede.
En primer lugar, una película no puede cargar con el peso de mostrar a lo largo de sus rollos todo nuestro rico folklore. Poco a poco. En pequeñas dosis. Los atracones son perniciosos y la acumulación de canción tras canción en una cinta, puede hacer de ésta un catálogo de discos o cosa análoga.
En segundo lugar, en el cinema tiene mucho más valor el boceto que el cuadro completo. La cosa esbozada, con sus rasgos característicos da a lo bueno un sabor de fugacidad que lo mejora. En cambio la insistencia, la machaconería, la redundancia, la vuelta a lo mismo, aburre y cansa. Lo que, esbozado, era agradable hasta lamentarse que acabara, lo minucioso se pesa hasta desear que se termine.
En tercer lugar, sentada la afirmación generalmente aceptada en los países de habla castellana, de que los actores de teatro no saben hablar con naturalidad –o no quieren; pero lo cierto es que no hablan– es urgente que los actores de nuestro cinema se olviden de que alguna vez han oído en el Campoamor, en el Segura o en Municipal hablar con tono doctoral y trascendental a unos señores que destilaban sabiduría a gotas en cada palabra. Bien es verdad que el diálogo que se les ha encomendado a los actores no tiene nada adentro, y los actores, con alguna honrosa excepción, han pensado que sería bueno ponerle algo por fuera: tonillo teatral, por ejemplo.
Estas son las observaciones que se nos ocurren que los dirigentes del cinema peruano podrán o no tomar en cuenta, pero que están inspirados en un deseo, muy justo y explicable, de verlo progresar desasiéndose de sus defectos. (Universal, 17 de junio de 1938.)
También se recusó la aparición de un personaje secundario, el homosexual encarnado por el actor Pepe Muñoz.
Lo que sí no entendemos claro es por qué la comedia peruana, el “cine” peruano, dan cabida al homosexual. Le dan cabida con gente que se presta a representarlo como un sujeto simpático, “detalloso”, que hace morisquetas como las mujeres.
Desde el punto de vista científico, el homosexual es un enfermo como aquel que sufre de ictericia. Ahora, si precisamente la trama de la obra para su mayor dramaticidad, obliga ictérico, que se lleve al ictérico, pero no para concitar la risa de la gente.
Hasta hoy, fueron la lepra, la tuberculosis y la sífilis las únicas enfermedades dignas de figurar en las obras de arte. Jamás a ningún novelista ni dramaturgo se le antojó llevar a las tablas o al libro los cólicos hepáticos, la tortícolis, ni los furúnculos. Entonces, ¿con qué objeto presentamos al público a nuestros homosexuales? ¿Para reirnos de él? Es una cosa tremenda y cruel. ¿Para provocar nuestra compasión? La compasión no es posible frente a un hombre que se maneja como una mujer… Decididamente, el homosexual no tiene cabida en el arte. Y si es que aparece en Gallo de mi galpón, no es, seguramente, para mostrarnos uno de nuestros tipos criollos, junto con nuestra música criolla, sino porque el autor del libreto o el director de la [sic] film han querido demostrarnos que si todavía es imperfecto el “cine” nacional, lo es aún más el hombre convertido en señora. (Puck. La Noche, 22 junio de 1938.)
De El guapo del pueblo (1938), octava producción de la compañía, se conservan solo fragmentos que comprueban que el tono, el ambiente, la topografía, el diseño de los personajes, las intervenciones burlescas de Edmundo Moreau, así como la caracterización del actor español Oscar Ortiz de Pinedo, son similares a las de Gallo de mi galpón, estrenada tres meses antes, presentándose como secuela de ella: “Este film es como segunda edición de Gallo de mi galpón. De ambiente campero y con música criolla” (La Noche, 16 de agosto de 1938).
El rodaje se desarrolló en un decorado construido al efecto, con calles donde transitaban extras y caballos. Según testimonio de Manuel Trullen, “[…] para El guapo del pueblo hicimos tres calles de un pueblo con iglesia, etc…” (texto mecanografiado).
La prensa ofreció una opinión favorable de la cinta:
El guapo del pueblo es una buena película. No es una maravilla, pero es buena, y eso ya es mucho. Pero la empresa, si es que desea hacer obra de verdadero valor, tiene que cuidar algunos detalles que la dirección pasa inadvertidos o no quiere corregirlos porque exigen un mayor gasto y un mayor trabajo. Y hay cosas que no se hacen bien sino trabajando mucho y no reparando en unos cuantos centavos. Si alguna escena, a pesar de los ensayos, sale mal en la filmación, hay que repetirla y repetirla hasta que quede bien. No importan los metros de celuloide que se pierdan, porque la pérdida se recupera pronto con la simpatía del público.
Vamos a señalar algunos detalles de la obra, que debieron ser corregidos. Comencemos con Carmencita Pradillo. Es una artista que siempre está bien, pero que tiene la desgracia de ser en la pantalla físicamente inferior a lo que es en la realidad. Y eso no es cuestión sino de buen maquillaje, y un buen maquillaje no puede hacerlo sino un técnico en la materia.
Sigamos con Moreau. Hace 15 años Moreau era un insignificante partiquino, pero se esforzó, trabajó, luchó trágicamente, y hoy es un buen actor cómico. Hay escenas en El guapo del pueblo, en que está muy bien. Pero de pronto se olvida que está trabajando para el cine y se pone a hacer payasadas. Esa escena del baile es imperdonable. Eso no es cinema ni teatro, sino circo. Hay que suponer que en esos momentos el director se encontraba lejos y no vio la escena, y que tampoco la vio proyectada en la pantalla, porque de lo contrario la habría cambiado, la habría suprimido, habría hecho cualquier cosa, menos dejarla. Ese mismo abuso de Moreau desdibuja su carácter, porque al final no se sabe si es un gracioso, un vividor, un vivo o un individuo que no está satisfecho con ser del género masculino.
Lo que el público quiere ver en la pantalla es algo que se parezca mucho a la realidad, y en El guapo del pueblo hay momentos en que se está viendo la farsa teatral. Un puñete debe ser un puñete, y un foetazo debe ser un foetazo y los puñetes que se reparten en la obra parecen caricias, y el golpe que da Romero a Ortiz de Pinedo más que un latigazo parece que quisiera colocarle algo, suavemente, en el hombro. Este detalle mata la escena. La dramaticidad del instante y de lo que sigue después, pierde toda su fuerza.
¿Por qué no se han estudiado mejor las escenas de conjunto? Las gentes parecen que no estuvieran pendientes sino del objetivo y cuando se mueven lo hacen uniformemente, como si fuesen manejados por un hilo.
¿Y el final? Lo que debe cantar Carmen Pradillo es casi una canción de cuna para adormecer al herido que necesita descanso pero la orquesta rompe en una marcha triunfal, y, claro, la artista tiene que levantar el diapasón de su voz.
Hacemos esta crítica no con ánimo de dañar sino, por el contrario. Por eso, para señalar defectos hemos comenzado diciendo que la obra es buena, como lo es efectivamente. La prueba es que ayer se ha exhibido en 10 teatros. (Universal, 3 de septiembre de 1938.)
Poco después del estreno, el autor original del argumento de El guapo del pueblo, Gabriel Delande, envió una carta a los diarios lamentando las diferencias entre su idea argumental original y los resultados de la película. El testimonio de Delande resulta de interés, pues revela algunos de los procedimientos de adaptación empleados por Amauta Films.
A principios del mes de julio último, al enterarme por la revista Radiocine de que la empresa arriba referida [Amauta Films] tenía encarpetados treinta argumentos infilmables, escribí un argumento de índole costumbrista, bajo el título de la película antes mencionada [El guapo del pueblo], y lo vendí a la empresa del señor Varela La Rosa por un precio irrisorio, precio que me avine a aceptar en vista del formal ofrecimiento que me formuló personalmente el citado caballero, de pagarme equitativamente por otros argumentos que le llevara […].
Según ha sido filmado, el citado argumento no conserva de lo mío sino el nombre, algo del temperamento del personaje principal y muy poco del personaje cómico. No es, pues, adaptación de mi argumento la que ha hecho la empresa tantas veces referida, sino modificación casi absoluta. No son míos los burdos chistes puestos en boca del buen actor Moreau en el papel de Serafín. Tampoco son míos los diálogos entre los personajes encarnados por Carmen Pradillo y Oscar Ortiz de Pinedo […]. Yo le vendí a Amauta Films un argumento de ambiente serrano y de costumbres pueblerinas. Amauta Films ha hecho con mínima parte de él, una película de ambiente indefinible.
Al iniciarse la obra de Amauta Films, gentes del pueblo donde la acción transcurre se hallan aglomeradas en una calle, esperando que el “guapo” aparezca y las atropelle con su caballo. En mi argumento, la presencia de numerosas personas en una plaza del pueblo, se haya justificada por la realización de una feria, en medio de la cual irrumpe Remigio Montes, “el guapo del pueblo”. En lugar del combate a estribazos que sostienen Remigio Montes y su rival en guapeza criolla y no un expresidiario, Eustaquio López, la película ofrece una escena que no cuadra con el temperamento del protagonista. Persigue éste a caballo a un secuaz del mayordomo López, le arranca un estribo de su montura, lo derriba de un estribazo y lo vapulea sobre caído. Si tan guapo es no tiene para qué apelar a un estribo para dirimir un pleito. Lo que hay es que Amauta Films ha aprovechado pésimamente lo del estribazo de mi argumento. Si Remigio Montes emplea un estribo contra su rival, es porque Eustaquio López, al pasar montado por delante de la tienda de don Seferino, ante cuya puerta se encuentra el caballo de Remigio, desprende y se lleva consigo para arrojarlo un poco mas allá, ese estribo de la cabalgadura del “guapo”, a guisa de provocación. En lugar del medroso don Seferino –tendero pueblerino en cuyo establecimiento, según mi argumento, se embriagan, comentan sucesos y trazan planes de jolgorio los mozos del pueblo–, Amauta Films ofrece un comerciante amatonado, estilo yanqui y marido de una mujer que lo engaña. No figuran en la película las burlas que de un tango bailado por primera vez en el pueblo, en casa de las solteronas Arias, hacen Remigio y sus amigos, quienes se han metido “de hombres” a la reunión y espectan desde la puerta de la sala. En mi argumento, es el hacendado don Juan Manuel Castillo quien hiere de bala a Remigio Montes al verlo descender de la ventana de la habitación de su hija, ignorando que el mozo es también hijo suyo, un hijo natural que tuvo en su juventud. Y es una carrera de cintas y no de caballos; y es una hija y no una sobrina del hacendado don Juan Manuel Castillo […] Y son 8 y no 16 números musicales; y es, finalmente, un desenlace enteramente distinto, todo lo que yo he puesto en mi argumento […]. (Universal, 7 de septiembre de 1938.)
Palomillas del Rímac (1938), novena producción de la empresa, fue un suceso popular, quedando identificada en la memoria de la época como la película más representativa del cine peruano del período. Desde su reestreno en 1957, la cinta no volvió a proyectarse y en la actualidad, a saber, no se conservan copias ni negativos de ella.
Como Gallo de mi galpón y El guapo del pueblo, Palomillas del Rímac apelaba a la abundancia de escenas criollas y costumbristas enmarcadas en un ambiente urbano, el del barrio popular más tradicional de Lima. Esa ubicación trajo consigo un particular diseño de los personajes, convertidos en “palomillas”, es decir en los típicos y jocosos muchachos de “la esquina”, que pasan una vida callejera sin demasiados estímulos, desarrollando pequeños trabajos o enamorando a las chicas del barrio. Se recreaba un arquetipo popular, presente no sólo en las cinematografías latinoamericanas, sino también en las europeas, en especial en la francesa. Con ocasión del estreno de Palomillas del Rímac, los escritores José Diez Canseco y Heraldo Falconí Sevilla, que habían recreado en la literatura costumbrista al palomilla limeño, hicieron la apología e ilustración de la decisión de Amauta Films de hacer saltar al palomilla de “la cazuela al ecran” (Universal, 30 de noviembre de 1938).
La actriz y cantante española María Manuela –actriz cómica de la compañía teatral española Alcoriza– y el comediante Edmundo Moreau fueron los atractivos de taquilla, que lograron convertir la cinta en una de las cuatro más exitosas de Amauta Films, junto con La bailarina loca, De carne somos y Gallo de mi galpón.
El filme se benefició de la opinión favorable de la prensa:
Amauta Films ha llevado a la pantalla una gran película. Si se entienden los esfuerzos que demanda, en nuestro país, la realización de una obra cinematográfica, debemos convenir en que el acertar con el temperamento de nuestras gentes y el hacer que se muevan en el ecran, es ya un triunfo. Por eso decimos que Palomillas del Rímac es una gran película. Hasta ahora el palomilla, producto genuino de nuestra costa, no había intervenido en el cinematógrafo. Francia tiene su Gavroche, amo y señor minúsculo de París; Madrid su golfillo; Chile, su patacalata santiaguino; Buenos Aires su canillita. En todas partes la infancia, al volverse pubertad y alcanzar una semihombría, manifiesta determinando espíritu y costumbres singulares. Es en esta virtud que la literatura se enriquece, cuando intenta retratar la vida de la calle, al interpretar a los tipos que hemos citado. Volviendo al Perú, nuestro palomilla es individualista y belicoso; sensual y aristócrata, un poco encanallado por el ejemplo del arroyo y otro tanto ennoblecido por la lucha desigual que tiene que librar con el medio […]. Nuestro palomilla ama el paraje típico, el rincón umbrío, el lugar pintoresco. Hijo de nadie –aun en el caso de tener padres siempre es el chico de la calle– estos rapazuelos esgrimen el apodo, la cuchilla, las chapas y el amor quemante por la libertad. Ansia de nuevos horizontes y frenético cariño a la hembra prestan sus mejores maneras zambas a los cimarrones. Enjutos, débiles, harapientos pero con la coquetería del pañuelo, chelina y el aire de hijos menor de rufián, los palomillas caracterizan una raza poderosa incapaz de los gestos ambiguos. De allí que cuando se escarba en las capas espirituales que forman el Perú de Cajamarca y Lambayeque; de Lima y Mollendo, de Ilo y Tarapaca [sic], lo palomilla surge como si fuera un alma, mitad emblema y mitad protesta.
El cine nacional ya está dejando los pañales. Cansado tanto en literatura como en el cinematógrafo yanqui, de divertirnos con temas occidentales o norteamericanos, por fin nos defendemos con lo nuestro. Lo peruano bien puede ser malo pero será siempre nuestro.
Y no debemos olvidar que lo típico, lo localista, es en la actualidad una obligación artística y una consigna de época […].
En Palomillas del Rímac está el chico de Abajo el Puente, el Juan trompeador y callejero; el vendedor de periódicos que tuvo al torno por cuna y al hospicio por hogar. Ese Juan que, como tantos otros vocean diarios, dan pruebas de su ingenio decidor, chispeante y corriente en todas las esquinas limeñas. Y en esta última cinta de Amauta hay música peruanita, música alegrona, hecha con llanto y piropos, con quejas y reclamos, como corresponde a nuestro pueblo violento y triste.
La película de Amauta es ingenuamente lírica y emocionadamente criolla. Juan se enamora de Julia, la hembra sencilla, tierna y caprichosa del callejón… Un golpe de fortuna, como corresponde a un peruano que lo espera todo de la suerte, le hace rico, de pronto. Pero sigue fiel a sus costumbres y a sus amores. Así es nuestro pueblo, capaz de meter un cabezazo, romperle el alma por un amigo y rendir la vida por un par de ojos negros de mujer. (Universal, 21 de noviembre de 1938.)
En Esa noche tuvo la culpa (1939), décima producción de Amauta Films, Carmen Paradillo encarnó a la joven cantante que busca salir adelante en el mundo del espectáculo limeño. La trama ofrecía el pretexto para combinar las dotes musicales de la española Pradillo con la recreación, a veces irónica y maliciosa, de un microcosmos bien conocido por los miembros de Amauta Films, insertando en la trama alusiones a las “malas artes” de directores cinematográficos como Alberto Santana: la empresa inescrupulosa que veíamos en la película llevaba el nombre de Patria Film. El tratamiento fílmico de Esa noche tuvo la culpa remitía a las dinámicas cintas norteamericanas de los años treinta interpretadas por Barbara Stanwyck o Jean Arthur, en las que una mujer joven, ambiciosa, pero inexperta, busca lugar en un mundo regido por normas patriarcales.
Almas en derrota (1939), la undécima producción de Amauta Films, fue dirigida por Sigifredo Salas en clave de folletín. La trama era una historia femenina de dolor conyugal, enfermedad súbita, sacrificio femenino y expiación. Como era usual en las cintas de Salas, el relato aparecía perforado por motivos diversos o situaciones incongruentes con el sentido o tono general del filme, inesperados cambios de tono y abundantes “oropeles” de arte cinematográfico.
La carga melodramática de esta historia de una pareja que ve la ruptura de su felicidad al cabo de pocos años de armonía conyugal pasaba en un tris a convertirse en comedia burlesca, con Edmundo Moreau y Lila Cobo asumiendo el protagonismo. Mientras tanto, Salas se ejercitaba en el montaje por analogía o asociación y abreviaba las situaciones con el uso de elipsis enérgicas, como aquella que omitía el nacimiento del hijo de la pareja.
La cinta se iniciaba con una secuencia coral en la que un coro femenino de cincuenta voces cantaba en escena filmada con disposición coreográfica. Un interés adicional de esta película era su recorrido por múltiples y variados ambientes de Lima recreados en estudio, trazando una geografía urbana de lugares reconocibles o típicos, desde el taller de confecciones ubicado en cualquier barrio popular de la ciudad hasta el auditorio de la radio, medio que por entonces fabricaba a todas las estrellas de la canción. Ventura López Píriz, protagonista de Almas en derrota, era una de esas estrellas de la radio, consagrada en radio Belgrano de Buenos Aires, desde donde pasó al cine para filmar Nobleza gaucha (1937), en compañía de Agustín Irusta.
Tierra linda (1939), duodécima producción de Amauta Films, retomó el ambiente campestre de Gallo de mi galpón y El guapo del pueblo, pero centrándose en la narración de una historia romántica combinada con situaciones burlescas.
La vida del espectáculo es la novedad; la constante renovación de todo lo que pueda traer nuevas emociones […]. Por eso la Amauta, una compañía productora de películas que tiene a su frente a avispados hombres de negocios, que saben qué es lo que los espectáculos necesitan para atraer público, de acuerdo con esa experiencia que ellos poseen van produciendo lo que saben que será de mayor atracción […]. Para la realización de Tierra linda se contó con los más modernos elementos técnicos, los que puestos en manos de los especialistas de los estudios rindieron resultados superiores a lo que se podía esperar. Nunca se ha incluido en una película nacional una escena que impresione tan profundamente al público como la del descubrimiento del hecho misterioso acaecido en la sierra. Su realismo es admirable.
En un momento del film vemos a Pepe Soria y Gloria Travesí entonando una canción que por su emoción llegará al corazón de todos los públicos. Esta escena se fotografió en un novísimo sistema.
Por estos detalles y por muchos más, como ser temas que muestran la belleza de la campiña peruana en todo su esplendor, etc., se puede decir que Tierra Linda es la película de técnica más perfecta que ha salido de estudios nacionales.
Sin embargo, no por ello se han olvidado o descuidado los demás aspectos. Sigifredo Salas, el director más experimentado de nuestro medio, tuvo a su cargo la dirección de Tierra linda […] todos los intérpretes viven sus roles ante la cámara, dirigidos por la mano experta de Salas. En cuanto a la trama, original de D. Bendezú, combina perfectamente romance, drama, estudio de costumbres, canciones, bailes y escenas francamente alegres […]. (Universal, 4 de noviembre de 1939.)
Otras producciones del período
En forma simultánea con la producción de Amauta Films, otras empresas intentaron la realización de largometrajes.
Su último adiós, dirigida por Sigifredo Salas, bajo la producción de Cinematográfica Heraldo, fue estrenada en enero de 1938. La película retomaba el personaje del bandolero Luis Pardo, origen de la cinta silente rodada en 1927 por el arequipeño Enrique Cornejo Villanueva.
El trágico Luis Pardo de esta cinta fue encarnado por el actor cubano Rogelio Hernández. En el rol de la amada figuró la madrileña Amelia Altábaz, compañera de María Guerrero en el elenco teatral de Jesús Tordesillas, con el que debutó en La Habana a los trece años de edad. Primera actriz de la compañía teatral del venezolano Arturo Saavedra, Altábaz llegó al país formando parte de la compañía teatral de Pilar Travesí. Su último adiós fue la segunda película que hizo en el Perú, luego de su participación en Buscando olvido.
Su último adiós se filmó inmediatamente antes de La bailarina loca y luego del documental Christus Vincit que Cinematográfica Heraldo realizó sobre el Primer Congreso Eucarístico Nacional. La unión en los principales rubros técnicos de Sigifredo Salas, Manuel Trullen y Francisco Diumenjo para la filmación de esta cinta hacieron pensar en una suerte de ensayo general de la labor que emprenderían en Amauta Films.
La cinta sufrió problemas en la posproducción; se detectó la imperfección y turbiedad del sonido, obligando a la productora a enviar los negativos a Estados Unidos para su tratamiento. Debieron rehacerse también algunas secuencias, debido a la fotografía deteriorada.
En la actualidad no se conserva copia de la cinta, quedando solo referencias documentales.
Un episodio romántico de la vida del tristemente célebre bandolero Luis Pardo, ha sido trasladado a la pantalla por la Cinematográfica Heraldo, con propiedad y verismo. Dados los escasos medios con que la productora ha contado para la realización del film, puede asegurarse que la obra denota un esfuerzo magnífico, digno de encomio y aplauso.
Decir que el film es perfecto sería mentir. Pero sí puede decirse en mérito a la verdad que es uno de los más perfectos entre los films nacionales. Acertado en sus detalles, con diálogo ligero y ameno, sin afectación ni rebuscamientos, con presentación muy en caja, Su último adiós, la obra en referencia, demuestra palpablemente el buen tino de Sigifredo Salas, director de la producción. No está demás [sic] afirmar que con un poco de práctica más, con un poco más de dominio de la escena, Sigifredo Salas, mozo joven, surgirá en la cinematografía nacional, delineando vigorosamente su capacidad directriz.
Técnicamente la obra es también aceptable, no obstante algunas fallas relativamente pequeñas. Clara en su sonido, clara en su fotografía, deja buena impresión en conjunto.
Innecesario es hablar sobre su tema. De sobra conocida es la historia de Luis Pardo y las leyendas innúmeras que se han tejido alrededor de su vida novelesca. Esas leyendas son las que han dado vida al film en que se presenta al bandolero rodeado de esa aureola extraordinaria con que los pueblos visten a sus personajes populares.
Rogelio Hernández, actor prestigiado, tiene a su cargo la labor de hacer revivir al individuo audaz, valiente, siempre decidido a dar un golpe de mano, pero en el fondo romántico y bondadoso que era Luis Pardo, a estar a lo que de él se dice.
Amelia Altabaz, la joven y bella actriz, es la hembra atrevida y a la vez sumisa que llega a enamorarse con loca pasión del temible bandolero, al que llega también a dominar con sus encantos y dulzura. Ambos artistas, bien dirigidos, están en su papel. En cuanto a los demás del reparto: Antonia Puro, muy discreta en su interpretación; Armando Guerrini, completamente en caja con el tipo que representa, demuestra con su hábil interpretación que una buena dirección es necesaria; Alejandro Valle interpreta con mucho acierto el papel cómico que se le ha encomendado, si bien en algunas partes está un poco afectado.
En conjunto, la obra es entretenida y agradable, dándole mayor vida la colaboración gentil de las Fuerzas de la Guardia Civil y Policía. (Universal, 16 de enero de 1938.)
Su último adiós fue la experiencia fílmica final de la compañía Cinematográfica Heraldo, constituida en 1936 para producir Buscando olvido, con la que Francisco Diumenjo puso a prueba su equipo de sonido óptico.
Del largometraje Melodía andina, estrenado en febrero de 1938, no se conservan fragmentos. Es difícil saber si se trataba de un documental, lo que parece probable por el tipo de presentación publicitaria que se hizo de la cinta, similar al de otros documentales peruanos del género de viajes o de descripciones geográficas.
Han sido infructuosas también las búsquedas destinadas a obtener la identificación de sus productores o de los responsables del equipo técnico. No se consignan esos datos en los diarios y documentos de la época.
El destino manda, de Florentino Iglesias, filmada por Productora Peruana de Películas S.A. (Proppesa), se estrenó en agosto de 1938.
Proppesa se formó a imagen y semejanza de Amauta Films, con la inversión de Teófilo Fiege, distribuidor de películas y propietario de salas de cine desde 1925. Para iniciar la producción instaló estudios en el barrio de Magdalena Vieja, bajo la dirección de Luis Iturriaga, un técnico que intentaba la realización de cintas sonoras desde 1930. Apartado de esta actividad por problemas económicos, volvió al cine al iniciarse las actividades de Proppesa.
La revista Radiocine hizo una visita a los estudios durante el rodaje de El destino manda, describiendo su equipamiento:
[…] un techo muy especial permite aprovechar la luz solar y mezclar ésta con la energía eléctrica que proporcionan 25 poderosos reflectores con los cuales suministran 40,000 watts. Las lámparas de iluminación que se van a emplear en la filmación son de la marca Westinghouse y del mismo tipo que usan los grandes estudios de Hollywood […]. Una sala para grabaciones anexa al set servirá para las grabaciones musicales, donde la acústica perfecta es necesaria […]. Vimos así la máquina de desarrollo automático, la primera de su clase que se instala en el Perú. Esta maravillosa máquina tomará los negativos que reciba de la máquina filmadora y se encargará de todo su manipuleo sin el mayor contacto con el operador que la colocación del rollo. La máquina se encarga de llevar la película por todos los baños, fijarla, lavarla y secarla, entregándola completamente revelada. Esta máquina permite desarrollar 3,000 metros por día […]. La sala de copiado está montada con una hermosa máquina Dúplex para negativos y positivos y el rendimiento de esta máquina es más o menos como la de desarrollo, es decir, unos 3,000 metros por día. (Radiocine 10, 1938.)
Las cámaras Bell & Howell estaban “equipadas con los lentes más finos y de diversas distancias focales” y las cintas acabadas se proyectaban con un equipo Holmes, capaz de ofrecer un “hermoso cuadro de 3x4 metros”, según lo anunciaba la publicidad.
Para su primera producción, Proppesa eligió trabajar no con estrellas del teatro, sino con “señoritas de la sociedad limeña” como Nella Cecchi Cáceres y Piedad Gutiérrez de Basurco. La prensa comentó con dureza la cinta:
Fotografia: pésima; sonido: casi es muda; escenarios: muy mal escogidos; argumento: pobre e insulso; ¿interpretación?: mejor sería cambiarle de nombre; y en conjunto… no es película; ¡Que el destino no mande tales cosas! […].
La señorita X hace de tamalera. El señorito Z se pone una canasta sobre la cabecita y hace de frutero. Hay quien se afana por transformar nuestra marinera en ballet y en darle al yaraví ritmo de rapsodia. ¿Qué de extraño tiene entonces que el cholo Revolledo haga de torero en la próxima película de Colonial Films?
Hay tantas empresas cinematográficas nacionales que no falta sino un argumento auténticamente peruano, un director capacitado –no importa de dónde haya que traerlo–, personal técnico competente y una buena selección de artistas. Nada más para empezar, ya que todavía nadie lo ha hecho. (Ímpetu 38, agosto de 1938.)
La misma publicación, Ímpetu, en la edición citada, aprovechó para reflexionar sobre la naturaleza de lo nacional en una película como El destino manda y, por extensión, en el cine del período:
Un problema fundamental afronta la industria cinematográfica en nuestro país, y es el de dilucidar por fin qué ES cine nacional. No estamos contentos con la respuesta dada hasta hoy al deseo del público que en gran número ha concurrido a los cinemas con la esperanza de espectar una cinta peruana. Las empresas movidas por el interés seguramente sincero de elaborar películas de ambiente nacional han cometido el imperdonable error de inspirarse en obras extrañas en las que han intercalado algunas marineras, uno que otro tondero, algún huaino y hasta los antiguos festejos. El resultado es el mismo que si a un sujeto extranjero se le hiciera adquirir carta de ciudadanía y que al preguntarle por su nacionalidad nos respondiera: “Mi ser tu paisano”.
Ninguna de las obras realizadas ha estado basada en el debate de nuestros problemas propios. Ninguna ha tomado como base el análisis de la vida del barrio, ninguna ha tratado de traducir, adaptándola a la pantalla, la tragedia colectiva de muchos hombres con los que nos tropezamos a cada momento por la calle.
El colegio en nuestro país tiene sus características propias, también las tiene la Universidad, también el barrio; las diferentes regiones del país manifiestan en una u otra forma su idiosincrasia, su espíritu. La práctica del deporte tiene sus expresiones propias entre nosotros. Pero para los productores parece que les interesara poco que vivamos y la forma cómo vivamos. Por eso nos dan una obra de ambiente extraño, le intercalan música mestiza y nos la presentan como película nacional.
Por otro lado, es un error pensar que sólo en la música está la expresión de lo nuestro. Si miráramos menos a México no nos equivocaríamos tan fácilmente. Miremos más bien a otro país. Las dos películas más argentinas que hemos visto son El maestro Levita y El canillita y la dama…. y en ellas no se toca ni se canta un solo tango.
Tenemos que encontrarnos señores productores. Tenemos que partir del Perú, aprehender nuestro espíritu. Nuestro propio espíritu. (Ímpetu 38, agosto de 1938.)
El niño de la puna, dirigida por Carlos Artieda, fue una producción de Colonial Films, empresa distribuidora y exhibidora de películas impulsada por el empresario Ántero Aspíllaga, en sociedad con Enrique Bermúdez Herz. Especializada en la importación de cintas francesas y argentinas, Colonial Films trajo al Perú algunos títulos del sello Argentina Sono Film.
El niño de la puna, estrenada en septiembre de 1938, reunió a los protagonistas de Cosas de la vida, Ernestina Zamorano y Carlos “Cholo” Revolledo, que lució su humor verbal abundante y macizo. Se filmó en lugares de Lima caracterizados por su tradicionalismo criollo, como el barrio del Rímac, lo que permitía desarrollar secuencias en la plaza de toros de Acho, en la calle de Sandia o en patios consagrados a la jarana.
La cinta fracasó en la taquilla y las críticas fueron demoledoras. No se conserva copia de esta película.
Cuando uno se enfrenta con la máquina para cumplir el deber de comentar una de las películas que nos sirven amparadas bajo el pabellón nacional, siente uno gravitar sobre sí todo el peso de una grave responsabilidad. Pesa sobre el comentarista algo así como la obligación de decir, no lo que a uno le parece, lo cual es fácil, sino lo que quieren que le parezca a uno, y esto es fuerte.
En el caso de El niño de la puna, después de vista su proyección íntegra, sin librarse de un solo metro, uno repasa todos sus recuerdos para empezar a hablar por algo agradable.
Recordemos, por ejemplo, la actuación concienzuda y bastante afortunada de Carlos Revolledo; recordemos una bronca movida al final de una juerga interminable; recordemos algún destello de gracia en la corrida de toros y lo demás mejor sería olvidarlo, si no fuese porque a uno le piden “crítica constructiva” y esto no se puede hacer más que mediante un análisis de lo que hemos visto y oído.
Lo más “constructivo” que podemos decir a los productores de la obra es que un mínimo de decoro propio y de respeto al público, les exige que las obras se presenten al estreno en estado definitivo, no en estado de gestación. No hemos pedido nunca a la producción nacional obras maestras; pero sí hay que pedir obras ya acabadas. No se puede anunciar la presencia de 500 extras para incluir en ese número al hombre que junta las dos maderas [se refiere a la claqueta] para anunciar el comienzo de una escena. No se puede sacar al mercado una película con ruidos sin articular, porque para ruidos ya tenemos en las calles de Lima bastantes y gratuitos. No se le puede pedir al público que siga durante quince minutos las idas y vueltas de una cámara que se ha vuelto loca, entre guitarras, piernas, copas y demás ingredientes de una juerga aburrida. En fin: no se puede incurrir, con la escasez de medios de nuestro cinema de hoy, en el despilfarro de hacer una película de la que se tenga que decir, como de ésta, que es más lo que le sobra que lo que le falta, con faltarle mucho.
A través de lo que vemos y de lo que oímos, poco o nada llega hasta nosotros del argumento y del diálogo. Lo poco que llega es premioso y lento. El desarrollo de las escenas, que en su mayor parte parecen diapositivas por su falta de movilidad, está adulterado por la torpeza de quien ha manejado la tijera cortando el celuloide por metros sin atender a los cuadros. La música, que en ocasiones es estimable, las más de las veces llega al espectador como una explosión salvaje de ruidos. Y la cámara, dispuesta a no ahorrarnos sacrificios inútiles, cuando no está plantada como la máquina de un fotógrafo especializado en retratos colectivos de familias, se marcha de paseo, como al dar fondo a la canción “Las campanas de Lima”, y nos ofrece un álbum completo de campanarios truncados para tarjetas postales […]. (Universal, 30 de septiembre de 1938.)
Corazón de criollo (1938), dirigida por Roberto Ch. Derteano para Proppesa, se rodó en los estudios que esa compañía montó en el barrio limeño de Magdalena Vieja. Allí, Derteano confió a Francisco Diumenjo –que hizo un paréntesis en su trabajo para Amauta Films– no solo la labor técnica de registro del sonido, sino también la fotografía de la cinta.
Se trataba de una adaptación libre de la letra del vals El plebeyo, de Felipe Pinglo Alva. El guión fue escrito por Mario Cornejo, antiguo empleado en los negocios de Teófilo Fiege, productor de la cinta.
Derteano ponderó ante los periodistas que visitaron el set de filmación las dificultades técnicas del rodaje y los efectos fotográficos logrados por Diumenjo: “Fíjese, fíjese en esta escena –dice Derteano–, Gloria Travesí es sorprendida por Alfredo Paredes, cuando habla por teléfono. Aquí la cámara de Diumenjo filma los movimientos de los personajes siguiéndolos de un decorado a otro, haciendo un viaje sobre carro, mientras el sonido trabaja con varios micrófonos” (Universal, 16 de octubre de 1938).
Santa Rosa de Lima, dirigida por Pepe Muñoz y producida por Cóndor Pacific Films, se estrenó en enero de 1939. El impulso para su realización fue obra del empresario Andrés A. Chocano, que, con otra sociedad cinematográfica, Pachacamac Film, había intentado adaptar algunas de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma. Luego de fracasar en ese proyecto, Chocano formó Cóndor Pacific Film en sociedad con otro empresario, de nombre Melchor Lozano, invirtiendo nueve mil soles de la época.
La dirección de Santa Rosa de Lima fue encomendada al actor peruano Pepe Muñoz (nacido José Antonio Rosario Bernabé Silvestre Muñoz Martínez), que debutó en el teatro a los quince años de edad, representando comedias en Buenos Aires. Su profesión le permitió viajar a España, donde acuó como cantante en la compañía de operetas de Aída Arce.
El rodaje de Santa Rosa de Lima transcurrió con algunas interrupciones, prolongándose por tres meses en estudios edificados en el barrio limeño de Magdalena del Mar, con exteriores en Quives y en los lugares de culto de la santa en la capital. Apoyada por el episcopado, la película se programó en las salas pero su exhibición quedó interrumpida como consecuencia de problemas legales suscitados entre los inversionistas. Intentó reestrenarse, sin éxito, en 1952.
Pepe Muñoz narró su experiencia fílmica:
Fui llamado por los dirigentes de la Cóndor Films, una nueva productora nacional de reciente formación. Se trataba de dirigir la película Santa Rosa de Lima. Acepté la oferta. De inmediato comprendí que este era un experimento decisivo en el futuro de mi vida. Lo lógico, pues, que pusiese de mi parte todo el interés posible por documentarme, con mayor razón aún puesto que yo debía hacer el guión. Todo el peso de la responsabilidad caía, mejor dicho, sobre mí.
— ¿Me dicen que el elemento artístico es integrado por aficionados, es verdad?
— En efecto, así es. Colaboran en la película […] los padres dominicos. A más de ellos, he podido contar con la buena voluntad de señoritas y jóvenes aficionados de quienes, cinematográficamente, he tratado de obtener todas las ventajas posibles. Ya comprenderá usted, y no porque lo diga yo, que el elemento aficionado tiene un límite reducido de capacidad interpretativa […].
La interpretación de todas las personas que colaboran en la cinta es muy aceptable. Quizás si por tratarse de una obra mística, es el aficionado el más indicado de lucir garboso en el papel. Y aún más, la actuación de los padres es excelente y completamente ajustada al papel.
— Está usted satisfecho con la labor realizada.
— Muy satisfecho no. Me he limitado a hacer una película dentro de los alcances económicos de la empresa. Si hubiese querido hacer la película Santa Rosa de Lima con toda propiedad, habría necesitado un capital mínimo de 250,000.00 soles oro y es probable que no hubiese sido yo el que dirigiese la obra. Al presentar Santa Rosa de Lima presento una película documental, esto es una cinta en la que no hay el premeditado propósito de deslumbrar al público con grandes escenas o derroche de fastuosidad. (Universal, 1 de octubre de 1938.)
Padre a la fuerza, de Roberto Ch. Derteano, se estrenó en junio de 1939, producida por Cosmos. No se conservan mayores informaciones sobre esta comedia, que tenía como protagonista a “un tío vivo con todas las de los criollos de ley, que consigue casa, comida y mujer”, según descripción de la publicidad.
Fue el tercer largometraje de Derteano, luego de Cosas de la vida y Corazón de criollo, y tuvo como protagonistas a actores sin experiencia o secundarios, como Miguel Márquez.
Es de notar que las estrellas son nuevas, careciendo de los defectos peculiares en los artistas que proceden del teatro o que se amaneran por una relativamente larga actuación en la pantalla. Alfredo Palacios es un galán joven que se desempeña bien. Rosita Belmonte reveló condiciones para el cinematógrafo. Las partes musicales han sido apreciadas por el público, no así los diálogos faltos de gracia y agilidad […]. La fotografía clara y el sonido bueno. (Universal, 16 de junio de 1939.)
Padre a la fuerza tuvo un deficiente desempeño comercial, que decidió de modo negativo la suerte de la compañía productora Cosmos y del director Derteano.
El vértigo de los cóndores, de Roberto Saa Silva, producida por la empresa Ollanta Film, estrenada en diciembre de 1939, se presentó como película de gran producción, colmada de escenas espectaculares, teniendo como núcleo argumental una historia de aviadores que recorren el país. El rodaje, encabezado por la recitadora cubana Dalia Iñíguez, duró casi un año, desde inicios de 1939. Su director, el chileno Roberto Saa Silva, barítono y antiguo residente en Hollywood, dirigió en Colombia las cintas Allá en el trapiche (1943), Anarkos (1944) y Pasión llanera (1947).
El diario La Noche publicó el siguiente comentario:
El Vértigo de los Cóndores es la primera película de una nueva etapa en la técnica cinematográfica peruana. Se han empleado nuevos métodos en la filmación de acuerdo con la técnica americana. Se ha utilizado un nuevo estilo en la argumentación; los derechos interiores obedecen también a la estética moderna en cinematografía, todo lo cual hace de El Vértigo de los Cóndores la gran novedad cinematográfica nacional.
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