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RENZO CIRNIGLIARO
522
Prisionero de Guerra


Renzo Cir

522 : Prisionero de Guerra / Renzo Cir. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2174-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mis héroes de nuestras Islas Malvinas

Prólogo

Durante algún tiempo, Renzo Cirnigliaro pensó en contar las emotivas historias de su padre Francisco, llamado amistosamente Ciccio (Chicho) en el ámbito familiar y de sus amigos, según una costumbre típicamente ragusana y siciliana.

Desde su adolescencia Renzo, junto a sus hermanos, había escuchado a su padre narrar, con una actitud de orgullo comprensible, sus extraordinarios acontecimientos de una juventud que, de pronto, con los horrores de la Primera Guerra Mundial en la que había participado, lo proyectó hacia una dimensión adulta. En ese momento todavía tenía sólo diecisiete años.

Largas noches, en las que su padre, mientras tanto convertido en un apreciado sastre en Argentina, con la ayuda de una tiza que usaba en su trabajo, había ilustrado repetidamente las hazañas, las trágicas tribulaciones y la ferocidad de un conflicto nacido y decidido en los cerrados salones grises de los poderosos de la época. Pero que, sin embargo, repercutió en la piel de millones de jóvenes que desconocían el escenario al que estaban destinados, con el sacrificio final de hasta 20 millones de personas inocentes, incluidos soldados y civiles.

A partir del orgullo de su padre, Renzo no podía dejar de permanecer emocionalmente involucrado para cultivar, durante muchos años, el deseo de sacar a luz una novela sobre estas circunstancias, para transmitir a la memoria futura las aventuras de su padre, como asimismo advertir y hacer sonar una alarma contra las atrocidades de las guerras, en cualquier momento y espacio que se decidan y pongan en marcha.

La novela 522 de Renzo es un verdadero y auténtico romance de la vida, en la que quizás muchos identificarán las hazañas de sus propios abuelos y familiares, tal vez siempre iguales, pero en este caso con algunos personajes y rasgos distintivos que la hacen única en su tipo.

Ciccio es un joven siciliano, nacido en Ragusa en 1901, de padre Giovanni y madre Rosa. Tercero de cuatro hermanos, con una personalidad somática un poco atípica para un sículo, con el pelo rubio y los ojos azules, vivaz y de pensamiento ágil, contaba con una particular velocidad corporal. Dotado de esos grandes ideales que sólo los jóvenes pueden cultivar. Era un personaje “rebelde”, que logró ser expulsado de la escuela primaria, pero al mismo tiempo se inició en el arte de la sastrería como aprendiz. Sólo tenía 10 años.

Como trasfondo aparece la imagen de una Ragusa campesina y artesanal, a principios del siglo XX, que el autor describe con muchos detalles y una conmovedora y atractiva letra poética, con su abuelo Giovanni experto en la molienda del trigo y en el arte de fabricar pastas; la madre Rosa perteneciente a una casta de albañiles, escultores y artistas en la decoración urbana.

Ambos dedicados a un amoroso cuidado de sus hijos, que crecieron con un fuerte sentido del deber y respeto por los valores familiares. Algunas escenas de la vida urbana quedan abiertas a la imaginación del lector con una visión onírica como, entre otras, la imagen de “Peppino u’vanniaturi”, un subastador clásico de aquellos tiempos que anunciaba en las esquinas de las calles los eventos públicos más importantes de la ciudad o la vida de los habitantes del barrio.

En esta ciudad laboriosa crece nuestro Ciccio afinando ideales aún inmaduros y primordiales, que adquieren una connotación más clara a medida que avanza hacia la adolescencia.

El concepto de amor a la patria comienza a abrirse paso en él, como un vínculo indisoluble con la nación, en el sentido amplio del que es un ciudadano orgulloso, cuando el clamor de una guerra lejana, de la que solo tiene una vaga percepción, llega a Ragusa y lo seduce en el alma. Siente con fuerza la necesidad, con sólo dieciséis años, de hacer una contribución a su pueblo, sin entender y sentir los riesgos relacionados con un conflicto que estalló en una tierra lejana y del que no conoce de ninguna manera su intensidad.

Pero la guerra era una cosa diferente de aquello que imaginaba de niño. La dura realidad que lo vio presenciar la muerte de tantos compañeros en la desgracia, con algunos de los cuales se había vinculado particularmente, abre sus ojos definitivamente.

El autor narra los acontecimientos de la guerra de trincheras con tal riqueza de detalles, con una sugestiva lucidez descriptiva y con un estilo literario bélico tan sofisticado y puntual, que acaba por sumergir al lector en una atmósfera surrealista, convirtiéndolo en un espectador vivo de un film experimentado en primera persona.

Una historia objetiva y precisa con tanto cuidado de los detalles, incluso los mínimos, y aparentemente de un fuerte impacto emocional, que bien podría ser el argumento perfecto para una película sobre la tragedia de la Primera Guerra Mundial y de cualquier guerra en general.

Ciccio había dejado de ser adolescente para interrogarse acerca de lo que vale una guerra, de qué mezquinos intereses se nutre, además de plantearse por qué se producen tantas víctimas humanas sin motivación aparente. Pensar en ello es una pregunta que se aplica a cada guerra, en cada tiempo y espacio en que se lleva a cabo. Su trajín, como soldado primero y prisionero de los alemanes después, lo envuelve en una cadena perversa de sufrimientos. Fueron dos años intensos codeándose con la muerte, que le acechaba a cada paso.

Sin embargo, el libro 522 contiene una gran novela dedicada al amor, en muchos aspectos y significados. Es el amor el hilo conductor que enhebra toda la historia de los acontecimientos juveniles del padre.

Una canción de amor para Ragusa, a la que siempre ha estado atado, gracias a la cultura paterna; una canción de amor para la familia de sus abuelos, que Renzo imagina en su mente haber conocido y vivido siempre, gracias a la lúcida descripción hecha por su padre; una canción de amor para Rosa, su abuela; y también para otra Rosa, una jovencita alemana, una muchacha hermosa, con rasgos delicados y rica en encantos simples, la protagonista principal de una historia de amor vivaz y atrevida.

También es una canción de amor para todos aquellos emigrantes que, aunque obligados a abandonar su tierra natal, han demostrado en todo el mundo las habilidades y el orgullo del pueblo italiano y que jamás cortaron los lazos con su tierra natal.

La orgullosa y auténtica “ragusanidad” que Ciccio ha entregado a sus hijos, y en particular al autor de la novela que, aunque nació en Argentina, siempre se ha definido con orgullo como “rausanu” (“ragusano” en dialecto siciliano), se manifiesta en todo el relato.

Ahora entiendo por qué, en aquella lejana noche del 28 de agosto de 2002, cuando en el escenario de la Piazza San Giovanni, en Ragusa, Renzo recibió el premio “Ragusanos en el Mundo”, por sus méritos académicos y compromiso político y social, sus ojos brillaban, su corazón palpitaba, mientras su mente se regocijaba en la memoria de su padre, a quien dedicó un largo y conmovedor memorial, lleno de gratitud por los valores que le había transmitido.

Un libro que consigue que todos los italianos se sientan orgullosos por el valor de sus hombres y mujeres, víctimas de las penurias de dos guerras desastrosas en el último siglo, y de sucesivas crisis económicas que obligaron a muchos de ellos a buscar fortuna fuera de las fronteras nacionales.

Un Romance de Vida único en su género; para leer sin dudarlo.

Sebastiano D’Angelo*

–

* El prologuista es un importante referente cultural, originario de Chiaramonte Gulfi (Italia) y graduado en Derecho y Jurisprudencia en la Universidad de Catania.

Como Director de la Asociación de Ragusanos en el Mundo, fue responsable de promover innumerables misiones culturales con las comunidades ibleas y sicilianas residentes en el extranjero, particularmente en Australia, Sudáfrica, EEUU, Canadá y en casi todos los países de Sudamérica.

Además, es promotor y organizador del Premio RAGUSANOS EN EL MUNDO, que se otorga a ilustres ciudadanos de Ragusa o a sus descendientes, destacados en el ejercicio de sus responsabilidades profesionales y ciudadanas. El prestigio de este evento, que se lleva a cabo anualmente desde hace un cuarto de siglo, ante una gran concurrencia popular, junto a autoridades políticas, civiles y militares, figura en lo más alto del ámbito nacional en su tipo.

Nota del autor

Visitando un museo de la Primera Guerra Mundial en Kovarid, Eslovenia, un calificado escritor de temas bélicos me aconsejó: “Escriba lo que me cuenta, porque conocemos mucho acerca de las acciones de esa guerra, pero casi no existen evidencias de la vida de los prisioneros italianos en un campo de concentración”. Le advertí que no soy un escritor. Me respondió: “yo tampoco lo era”.

Mi propósito inicial fue escribir una biografía de mi padre, acerca de sus penurias en el campo de concentración de prisioneros de guerra de Langensalza, en Turingia, Alemania, pues cuento con una base documental genuina. Sin embargo, entendí que para relatar lo referente a su cautiverio, previamente debía situar al lector en el escenario del conflicto militar, basándome en los relatos de un hombre escuchados medio siglo atrás.

Al final, me ocupé de los dos infiernos que soportó el protagonista, escribiendo una novela, basada en su vida real, sobre su participación en la contienda y su confinamiento posterior. El carácter abierto de este subgénero literario, me permitió introducir elementos ficcionales capaces de subsanar algunas faltas de información, sobre todo en la primera parte.

Hago llegar por adelantado mis pedidos de disculpas, por frustrar a los lectores esperanzados en gozar de la pericia de un escritor profesional. Lo hice con la expectativa de aportar un rayo de luz que despierte la conciencia de los hombres violentos, para que depongan su actitud y se pongan al servicio de la paz.

Renzo Cirnigliaro

1
El cartero

Ragusa es una antiquísima ciudad siciliana, al sureste de la isla. Nació con los Sículos, sus primeros habitantes, asentados allí dos mil años antes de Cristo. Del contacto con los griegos que ya vivían en la isla, los ragusanos se sintieron herederos de la legendaria cultura helénica, cuna de valores humanos que iluminaron la antigüedad. Montadas en dos colinas unidas por puentes, coexistieron Ragusa inferior y Ragusa superior. Probablemente porque aquella, también llamada Ragusa Ibla, estaba situada a 300 metros de altura sobre el nivel del mar, mientras la segunda se ubicaba a 600 metros.

Ragusa Ibla nació primero y fue invadida y ocupada sucesivamente, durante varios siglos, por cartagineses, romanos, bizantinos, sarracenos y normandos hasta la época feudal, como casi toda Sicilia. En 1693, un feroz terremoto sacudió la ciudad matando más de cinco mil habitantes, lo que obligó a los terratenientes, que constituían la aristocracia iblea, a buscar un lugar más seguro. Nacía así Ragusa superior. Hace casi un siglo, en 1926, quedaron unidas las dos ciudades que componían Ragusa, aunque ambas mantuvieron su fisonomía propia.

Hoy viven juntas bajo un solo nombre: Ragusa. Sin embargo estuvieron separadas por la historia, la geografía y su estructura social. Las rivalidades se manifestaron hasta en la propia religión católica, cuya fe profesaban ambas. Los ibleos, encabezados por su patrón San Jorge, a la sombra del dragón agonizante, miraban hacia la colina más elevada y, con recelo, a San Juan, “el bautista”, patrono de los ragusanos.

Estaban unidas por una escalera que los pobladores recorrían diariamente. En la entrada a cada ciudad, el visitante debía reverenciar al Santo de la ciudad a la que arribaba. “¿Cu vivva? ¿San Giuegi o San Giuanne? (¿Quién vive? ¿San Jorge o San Juan?)”. Éstas eran las preguntas, casi obligatorias, formuladas por jóvenes apostados ocasionalmente al ingreso de cada localidad hacia quienes arribaban. Vivar al santo de la ciudad vecina era el peaje que se debía tributar para poder entrar en ella.

A pocas cuadras del ingreso a Ragusa Superior, en el número 63 del Corso Vittorio Emmanuele II (hoy Corso Italia 13), vivía Don Giovanni Cirnigliaro con su familia. Era oriundo de Vizzini, pequeña ciudad entre Ragusa y Catania, desde donde tuvo que emigrar con apenas siete años. Su padre y su madre fallecieron víctimas del cólera, una epidemia que asoló esa región a mediados del siglo XIX. Acompañado por su hermano Salvatore, apenas dos años mayor que él, viajaron a la casa de una tía ragusana. Dejaron atrás el horror que les produjo, no sólo la muerte de sus padres, sino las propias circunstancias vividas.

Las autoridades sanitarias de la época se encargaban de arrasar, prácticamente, las viviendas de los afectados, so pretexto de desinfectar el lugar. El recuerdo de los cuerpos de sus padres, cubiertos con cal viva, acomodados en los cajones mortuorios como restos humanos execrables, los acompañó toda la vida. La casa paterna, que los regocijara en su niñez, estaba vacía y destrozada por los efectos de una despiadada desinfección, incapaz de respetar la paz de los muertos.

Vizzini, una colonia fundada por los griegos arribados en pequeñas embarcaciones desde el este, 800 años antes de Cristo, había quedado atrás. Ragusa se abría, entonces, como una tierra promisoria para aquellos dos hermanitos que aún no entendían qué había sucedido. Giovanni Verga, el célebre autor de la novela en que se basa la magnífica ópera la Cavallería Rusticana, también emigró desde Vizzini a la ciudad de Milán, como tantos otros, escapando a los peligros de “la peste”, como solían llamar a esa cruel y fatal enfermedad.

A medida que crecían, el destino de ambos hermanos también hubo de separarlos. Por razones laborales, Giovanni se quedó en Ragusa Superior, mientras Salvatore se instaló en Ibla.

La orfandad los templó para las durísimas condiciones imperantes en esas ciudades, de base agro cultural.

Antes de concluir sus estudios primarios, Giovanni comenzó a trabajar en tareas agrícolas vinculadas a la siembra y cosecha de trigo. Conocía a la perfección los misterios del alimento más antiguo del mundo. A las doradas espigas que habían curtido sus manos en tantas temporadas, empezó a transformarlas en la sémola proveniente del grano duro. Y, ya de joven, se armó de un molino rudimentario y artesanal para ese trabajo. Luego, se empeñaría en transformar esa misma sémola en el alimento indispensable del pueblo italiano: las pastas, en un esfuerzo por agregar valor a la materia prima. Todo el mundo lo conocía como Giuvanni “u’pastaru” o sea Juan “el que elabora fideos”.

Pero no poseía una fábrica. Apenas contaba con una gran piedra redonda con un agujero en el medio, atravesada por un cilindro perpendicular a la base que sostenía una barra horizontal. A las cinco de la mañana desparramaba sobre esa piedra cien kilogramos de sémola que, luego de mojarla, comenzaba a amasarla. Ante sus grandes manos, los gránulos de sémola se quedaban sin resistencia, por lo que terminaban por quedar integrados con el líquido elemento. Sus brazos alzaban la barra que, una y otra vez, sin cesar, caía pesadamente sobre la masa. Luego se encargaba de darle vuelta y plegarla para volver a castigarla con ese pesado hierro. No podía detenerse, ni perder un segundo, porque a las ocho en punto, el producto terminado debía estar en las góndolas de su pequeño negocio. Las mujeres sicilianas no dejan sus tareas para el último momento. Y, además, sabían muy bien que, si concurrían a comprar la pasta fresca después de las once, corrían el riesgo de no poder abastecerse.

Giovanni realizó ese ritual todos los días hasta cerca de cumplir los 80 años. Se detuvo poco tiempo antes de morir, el 3 de mayo de 1938. Esa actividad le proporcionaba las escasas liras por día que le permitían mantener a su familia.

Se había casado poco antes de cumplir 40 años con Rosa Bocchieri, también hija de artesanos, cuyos hermanos trabajaban en la construcción, casi todos con escasa instrucción. Sin embargo, no limitaron su actividad sólo a la albañilería, sino que eran sobresalientes escultores y pintores. El estilo barroco característico de la ciudad exigía una ornamentación particular en las construcciones edilicias. Las revolutas, los rostros colgados de los balcones, forjados por eximios herreros y las columnatas regaban la ciudad con su magnificencia. Requerían de aquellos hombres todo su esfuerzo e imaginación para dotar a las paredes de los adornos imprescindibles.

No solamente el estilo barroco, sino el gótico, el normando o el aragonés, retemplaron los muros de esa pintoresca ciudad, donde aún hoy se respira un aire medieval y renacentista. Ornados por las piezas cerámicas producidas en Caltagirone, las casas de la aristocracia, de los barones y de los marqueses que sobrevivieron a las invasiones sufridas, ostentaban una belleza clásica en el exterior de sus fachadas. Allí se albergaban misteriosas existencias que, por medio de exóticos pactos de sangre, dirigían los destinos de la ciudad.

De la unión de Giovanni y Rosa, nacieron cuatro hijos, Giovanni Paolo, Salvatrice - la única mujer -, Francesco y Angelo. El progenitor, con las escasas liras provenientes de su esfuerzo diario, debía criar y alimentar a todos. Los sufrimientos de su niñez y las propias dificultades de una vida dura, moldearon su espíritu melancólico y taciturno. Dueño absoluto de sus profundos silencios, conducía su familia férreamente. Sus firmes convicciones socialistas no le impidieron ambientar su hogar en una sólida cultura católica, donde diariamente bendecía la mesa que reunía a la familia. Sus hijos besaban su mano y pedían su bendición cuando regresaban de la misa dominical, sólo si habían comulgado.

En el verano solía contemplar extasiado, desde una silla en la vereda de su casa, cómo se extinguían los atardeceres ensolerados de esa ciudad que le dio todo cuanto poseía. Lo acompañaba una vieja pipa de su padre que logró rescatar a duras penas de la furia de los sanitaristas de Vizzini. En medio del humo que se elevaba lentamente, Giovanni pensaba mientras caía la noche y esperaba a sus hijos que regresaran a casa para cenar y dormir.

La actividad de sus hijos varones se repartía entre la escuela en horario matutino, el aprendizaje de un oficio a la tarde y la práctica musical a la noche. Casi todos los chicos del pueblo seguían esa rutina: educación, trabajo y cultura. Francesco, el tercero de sus vástagos, se destacaba por su rebeldía. Le llamaban “Cicciu pastaru”, que significaba Ciccio, un apelativo de Francisco, el hijo del que fabrica pastas. Todos los nombres de esa época, generalmente iban acompañados, además, por la actividad del padre.

Nacido el 15 de febrero de 1901, era un niño muy delgado, de cabellos rubios y profundos ojos celestes. Desentonaba con la generalidad de los sicilianos, de espesos cabellos y ojos negros, de barba tupida y tez oscura. Los rasgos árabes de los ocupantes que más perduraron en la isla aún permanecieron en sus habitantes tras la expulsión de los invasores. Crisol de razas, los sicilianos reflejan una multiculturalidad histórica con la predominancia de la intemporalidad griega.

La posesión de Sicilia, punto neurálgico del mar Mediterráneo, fue considerada siempre como un elemento invalorable en la cultura de la guerra. En las consideraciones y estrategias geopolíticas de los pueblos guerreros, su conquista jugaba un papel clave para la expansión. También tuvo una incidencia fundamental como sostén de las rutas comerciales para los mercaderes orientales, occidentales y africanos. Por ello, tuvo que sufrir el dolor de tantas invasiones, por lo que sus habitantes eran desconfiados, pero unidos en la defensa común de tantos agravios producidos por la historia de la prepotencia y la barbarie. Hasta el rasgo más peyorativo que le asignan los imperios, la mafia, nació para defender sus patrimonios, sus pertenencias, sus mujeres y sus hogares de las pretensiones de los invasores. Sus habitantes se forjaron, entonces, al influjo de códigos propios, secretos, cautelosos y de conductas netamente defensivas.

El patriotismo acendrado del siciliano ruge como un león herido de muerte. Los invasores históricos, entre los que se cuentan los propios italianos, cebaron su sed de venganza. Siempre acechados por el invasor y siempre al acecho. Jamás con resentimiento, pero sí con un indisimulado espíritu de oportunidad para asestar un golpe efectivo.

Así era Ciccio, ese niño rebelde. El tercero en edad de los hermanos. Querido por todos y comprendido por sus padres que, no obstante la aplicación de una sólida disciplina familiar, no conseguían frenar su rebeldía. Una rebeldía tierna y dulce, jamás contradictoria.

Cursando la escuela primaria en cuarto grado, sorprendió a su profesor con un gesto amenazante, levantando en la mano un tintero de vidrio. Pero no lo lanzó. La intimidación le valió ser expulsado del colegio. Su padre, avergonzado, apenas caminaba por la calle, como escondiendo una culpa. Como si todas las miradas de los demás se posaran sobre él, recriminándole la conducta de su hijo. Ciccio jamás confesó que, con ese ademán con el tintero, buscaba su expulsión de la escuela. Conocía el sufrimiento de su padre, sus esfuerzos por darles una vida digna, cada vez más imposible. Y no quería ser una carga más, en un contexto de pobreza. A los diez años dejó la escuela para siempre y fue a aprender el oficio de sastre, que le permitió, con el correr del tiempo, constituir, educar y mantener su propia familia.

Cuatro años más tarde, cuando contaba con catorce, al entrar Italia en la primera guerra mundial, sintió el aguijón que impulsa a los intrépidos; el grito interior que sacude a los que aman a su familia y a su pueblo; la motivación para acudir en defensa de sus hermanos. Pero nada podía hacer pues no contaba con edad militar. Su valentía y ansias de participar se diluían en fantasías infantiles. Su esmirriado cuerpo, delgado y frágil, no se asemejaba para nada a la tallada contextura de un guerrero, ya curtido en el campo de batalla.

En esa época, la medida del valor militar, la heroicidad que poblaban la mente de los niños y de los jóvenes, era una ilusión íntima. Todos querían ser Orlando, el furioso, el héroe de Roncesvalle, cuyas legendarias hazañas se relataban en los teatros de marionetas sicilianas. El cine comenzaba a insinuarse. Los hermanos Lumiére, apenas vislumbraban el descubrimiento que cambiaría la sociedad moderna, dominando gran parte de su cultura. “Allora Orlando con un colpo di spada fa cascare cinquecento uomini” (Ahora Orlando, con un golpe de espada, derriba quinientos hombres) repetía el titiritero, moviendo sus muñecos con frenesí.

Eran escenarios callejeros que abundaban en Sicilia. Las tradicionales “Opere i’Puppi” (Óperas de marionetas) que inundaban la mente de chicos y grandes, contando historias increíbles de hechos épicos. Allí se cultivaba una escala de valores preñados de desinterés y altruismo, donde el fuerte y el valiente se empeñaban en defensa y socorro de los débiles. Exultaban amor al prójimo, mezclado generalmente con la violencia. Esa misma violencia que los había sojuzgado a largos años de sometimiento por parte de sus invasores.

Ciccio era indómito y ya jugaba a la guerra con su cuerpo y con su mente. Aspiraba a ser un héroe, como todo chico de esa edad, en aquel tiempo. Era pobre, y sus espadas de palo y sus trajes de papel y lona invadían sus aposentos. Se ilusionaba con un mundo pletórico de justicia, donde su protagonismo lo llevara a ganarse el afecto de todos.

Su mejor amigo, de mayor edad, era Ianusso. Un joven de 20 años, vecino de su casa, con quien mantenía, además, una complicidad que los hermanaba, como muchos chicos que guardan en secreto absoluto una ambición compartida. Pretendían enrolarse en el Regio Esercito Italiano para participar en la Primera Guerra Mundial, iniciada dos años atrás. Sin embargo, su propósito común tenía para ambos diversas motivaciones. “Iannusso calzolaio” (Juancito el zapatero), que era la profesión de su padre, aunque compartía las ambiciones patrióticas de Ciccio, veía en su incorporación militar la oportunidad de una salida ocupacional. Necesitaba imperiosamente trabajar, mientras Ciccio soñaba con vestirse de héroe.

El padre de Iannusso, don Vincenzo Stefano, había emigrado a Argentina diez años atrás y había fallecido, atropellado por un carruaje, en una calle cercana al puerto de Buenos Aires. El amigo de Ciccio estaba desempleado y sin oportunidades. Corría de un lado al otro haciendo changas, y lo que ganaba no le alcanzaba para vivir. Su madre Concetta, viuda de Vincenzo, bordaba y junto a Iannusso llevaban una vida noble y austera. La falta de recursos había obligado al matrimonio a limitarse a un solo hijo. “Mi joya”, “il mio Ianusso” (mi Juancito), como llamaba a Giovanni Stefano doña Concetta Gianni, originaria de Catania.

Pese a la diferencia de edad, Ianusso y Ciccio eran amigos del barrio. Se encontraban de noche en las esquinas de sus casas. Hacían ronda esperando que se iluminen las veredas con el nuevo alumbrado público, como signo de las esperanzas venideras. Las lámparas de mercurio venían a reemplazar a las antiguas luminarias alimentadas con aceite. “I lummi” (los faroles), como se les llamaba entonces. Esa luz mortecina, débil y tenue, que había sido capaz de albergar las figuras de transeúntes nocturnos, agigantándolas, llegaba a su fin.

Casi al término de la primera década del siglo XX, los chicos se reunían a contemplar esa novedad. Se escuchaba su canto alegre, lleno de esperanzas en esa luz, que se encendía sola, sin ayudas. Pronunciaban a coro un “adduma, adduma” (enciende, enciende), mientras comenzaba a parpadear la lámpara, que terminaba en un “addumau” (encendió o se hizo la luz) cuando la magia de alumbrar se producía. Este último grito era estridente y festivo. Era el festejo del progreso que venía para quedarse. Esa etapa, dejaba atrás un pasado de miserias y permitía a las nuevas generaciones entusiasmarse con un futuro promisorio.

Iannusso lo festejaba con Ciccio y sus amigos de la infancia.

El progreso sustituye actividades y costumbres, transformándolas. En el campo del entretenimiento, el cine comenzaba a instalarse en las ciudades más importantes primero y, luego, en los pueblos. Muy precario, al principio, era un novedoso espectáculo que se instaló en Ragusa en los comienzos del siglo XX, después de la primera exhibición realizada en París por los hermanos Lumière en 1895. El reluciente “Cinema Parigino”, fue el encargado de introducir en Ragusa la magia del cine.

Los mismos niños que celebraban la aparición de los faroles de luz de mercurio, se ilusionaban por entrar a esa sala dotada con una pantalla casera, en donde se proyectaban las primeras películas del incipiente séptimo arte. En realidad, se trataba de documentales con imágenes mudas de paisajes que se desplazaban al ritmo del sonido de un violín, entre bambalinas, que “u’maestru Currau” (el maestro Conrado) se empeñaba en ejecutar, y de un relator que contaba las historias. Aun así, amenazaba reemplazar al popular teatro de marionetas, “U teatro i’puppi” callejero.

“I picciuotti” (los chicos) solían sentarse en la vereda, enfrente al Parigino, desde donde reclamaban a coro un descuento en el precio de la entrada. Enfrentaban la furia de Don Pappé, su dueño, y de su socio, Vanni Saluni, preocupados por el escándalo. Se necesitaban tres soldi (un soldo era una moneda de cinco centavos de lira) para abonar la entrada. Y, pese a los innumerables esfuerzos por ahorrar, haciendo trabajos menores a amigos y parientes durante la semana, los chicos, a duras penas, alcanzaban a juntar dos monedas de cinco centavos. De ahí surgía el pedido de descuento, que tenía éxito sólo cuando la sala carecía de perspectivas de llenarse totalmente.

Los inseparables amigos también solían descender hacia abajo del puente que cruzaba por “a Cava de Santa Doménica”, una larga y curiosa hondonada que separaba las colinas donde se erigían las dos Ragusa. Se entretenían con las travesuras propias de los niños. Pero también compartían los sueños y esperanzas de la adultez, generada por la miseria y la falta de oportunidades.

Iannusso fue a buscar a Ciccio un sábado a la tarde y le contó que su pedido de incorporación al Ejército había sido aceptado. Pronto habría de partir. Aunque temeroso, se veía contento. Dejaría de ser una carga para su madre y podría auto sustentarse. Ciccio se alegró por su amigo, pero sintió una profunda preocupación por su propio destino.

Sin embargo, tiempo después, a los dieciséis años, en marzo de 1917, consiguió finalmente su incorporación al Regio Esercito Italiano (Ejército Real), que se encontraba empeñado a fondo en una dramática lucha contra los imperios prusiano y austro húngaro, en la Primera Guerra Mundial.

Como por su edad fue rechazado como combatiente, usó un ardid temerario: al igual que Ianusso, se inscribió como voluntario para trabajar en la construcción de fortalezas militares. En ese caso las exigencias eran mínimas puesto que no requería instrucción militar para desempeñarse. Había conseguido entrar al Ejército como muchos jóvenes que se incorporaban para trabajar.

Una vez adentro de la contienda, Ciccio empezó a pensar cómo podría transformarse de trabajador en soldado, como era su sueño. Se sirvió del modo de incorporación de su amigo Ianusso, pero no tenía la más remota idea de lo que significaba una guerra, además de ignorar por completo las circunstancias por las cuales Italia estaba en ese conflicto. No sabía nada de armas. No era capaz de distinguir un soldado de un “carabiniere” (policía) o de un bombero. Y tampoco su imaginación alcanzaba a comprender por qué se peleaban. Apenas sabía leer y escribir, pero jamás había leído nada.

En ese momento, combatían en el frente de batalla las clases 1892, 1893 y 1894, convocadas por su patria. Ciccio pertenecía a la clase 1901, que estaba muy lejos de participar. A él no lo había convocado nadie. Se convocó solo, por su historia, por su sangre y su pasado.

Ahora, Giovanni ya no reposaba en su silla de cuero marrón con sus apoyabrazos gastados por el uso, contemplando el atardecer en la vereda, hasta que llegaban, de a uno, sus hijos para cenar y dormir. Ahora tenía una cita extraña. Un encuentro diferente que, además, no era vespertino. A las diez de la mañana, como un autómata, detenía su tarea. Sus hombros ya habían tomado la curvatura de los años, dejando atrás la robustez de su juventud. No se notaban sus canas porque se cortaba el cabello al ras. Unos largos y anchos bigotes oscuros, que terminaban en punta, conferían adustez a su rostro. Sus cejas enjutas y su mirada firme atemorizaban, pero no podían disimular su mirar dulce de niño con rostro de hombre. Dando una mirada al reloj de bolso que extraía de un ajado chaleco marrón que usaba por arriba de su camiseta, salía a la vereda al encuentro de una cita fatídica. A esa hora pasaba Peppino, el cartero del Regio Esercito Italiano, encargado de comunicar las novedades de los combatientes ragusanos en el campo de batalla.

Era un solterón de casi 50 años, campesino. Su ajada piel lucía siempre bronceada por el sol de la campiña siciliana. Vivía en Módica, una localidad cercana a Ragusa. Le llamaban “Peppinuzzo, u’muoricanu” (el Modicano). Tenía dos ocupaciones. A los gritos anunciaba los bandos administrativos de las autoridades políticas. Por ello le apodaban también Peppino “u’vanniature” (el anunciante). Recorría las calles a la oración anunciando las buenas y malas novedades. Como si fuera la campana de un reloj, daba también la hora. Sus gritos estentóreos, a veces, sacudían el alma del pueblo.

Pertenecía a esa legión de típicos personajes públicos pueblerinos, que caracterizaban a una ciudad pequeña como Ragusa. Uno de ellos le competía a Peppino en popularidad. Llamado “Turi u’pazzu” (El loco Salvatore) solía descender, al atardecer, desde las cercanías del cementerio local rumbo a Plaza San Giovanni, blandiendo un largo cayado, a la carrera, mientras gritaba: “tutti murierunnu i turchi, tutti murierunnu” (todos los turcos murieron). Símbolo de la ciudad era un hombre inofensivo, ex combatiente de la guerra Italo - Turca, un conflicto entre Italia y el imperio otomano desarrollado entre 1911 y 1912.

Una noche helada del invierno, mientras las familias cenaban junto al calor del fuego a leña de sus hogares, un alarido los estremeció: “s’è perdutu un picciriddu” (se extravió un niño). La voz clara e inconfundible de Peppino alertaba a quienes podían haber visto a un niño perdido en la ciudad o en el campo. La estridencia de su anuncio, apenas ahogada por el silbido del gélido viento en esa noche oscura, era lúgubre como el aullido de los pájaros de mal agüero. Los padres, instintivamente, recorrían con la mirada los lugares de la mesa familiar, como si quisieran cerciorarse de que ningún niño faltaba en la casa. Las mujeres cubrían sus cabezas con un manto negro, en señal del pesar que les causaba la noticia. Un breve intervalo silencioso estremecía a todos. Chicos y grandes se miraban asustados.

Por la mañana y cada tres días, Peppino descendía por una de las veredas del Corso Vittorio Emmanuele II. Venía desde la plaza San Giovanni. Esta vez reemplazaba la adusta capa negra, que le abrigaba en sus rondas nocturnas, por un ajustado uniforme marrón del Ejército. Una gorra brillante cubría su incipiente calvicie. Con paso firme marchaba con la mirada clavada al suelo. Repentinamente se detenía y muy pocas veces llegaba a golpear la puerta de una casa. Casi todos los vecinos lo esperaban en la vereda. Cuando frenaba su fatídica marcha y entregaba su mensaje de muerte, la familia del soldado caído y los vecinos rompían en llantos inextinguibles. La Patria había perdido un soldado, mientras la familia perdía a un hijo.

Giovanni esperaba a Peppino con la cabeza gacha de los condenados a muerte. Suspiraba cuando el cartero pasaba por la vereda de enfrente al número 63 del Corso Vittorio Emmanuele II, sin amagar con cruzar la calle. Por lo menos le quedaban dos o tres días más de esperanza, de que su hijo Ciccio retornaría algún día del infierno de la guerra. Una cruel enfermedad, el cólera, le arrebató a sus padres. No quería que otra enfermedad, la locura de los dirigentes políticos que habían declarado la guerra, le quitara a uno de sus hijos.

Sin embargo, Giovanni no pudo alcanzar un poco de calma en la tensa espera de ese día. Peppino no había recorrido cien metros en dirección al camino que lo llevaba a la otra Ragusa, a Ibla, cuando golpeó la puerta de una viuda para entregarle su recado de muerte. Tratábase de doña Concetta, la madre de Ianusso, el mejor amigo de Ciccio “u’pastaru”.

A Vincenzo y a Ianusso Stefano, la falta de trabajo los había llevado por los caminos de la muerte. Ianusso no tenía el mismo espíritu de Ciccio, que soñaba con ser héroe. La necesidad de trabajar lo llevó a enrolarse en una de las Compagnie di zappatori (Compañías de excavadores) que integraban la Brigada Siracusa. Estaban encargados de excavar trincheras, de levantar muros de defensas y de otros tipos de obras, a cambio de un sueldo miserable, que parecía una fortuna para esos jóvenes sin trabajo.

La fría “Cartolina postale” (tarjeta postal) que Peppino había entregado a Concetta esa mañana, solamente anunciaba que Ianusso había fallecido, pero no contaba cómo. Su Compañía realizaba tareas en auxilio de los combatientes. Aparentemente le tocó abrir una brecha en los densos e interminables reticulados de las defensas austro húngaras, con la ayuda de fuertes tenazas. Al atravesar esos tendidos metálicos, su cuerpo fue presa fácil del fuego de los francotiradores austríacos. Apostados cómodamente en los flancos, masacraban a voluntad a los intrépidos que osaban rebasar la línea de defensa, sin reparar si eran soldados o trabajadores.

Allí quedó Iannusso. Ahí sucumbieron sus ilusiones. El destino cortó de un tajo cruel las últimas esperanzas de una viuda que se aferraba a la vida de su único hijo.

Don Giovanni se abrazó con ella tiernamente, como si él hubiera perdido a Ciccio. Luego, entre sollozos y con los ojos empapados de lágrimas, posó sus brazos, ya casi sin fuerzas, sobre los hombros de doña Rosa Bocchieri, su esposa. Retornaban a su hogar a vivir dos días más de esperanzas, hasta que regresara el cartero de nuevo.

2
La Partida

El 15 de febrero de 1917, Ciccio había cumplido apenas 16 años. Dos semanas después consiguió su incorporación como voluntario a la Primera Guerra Mundial. Había esperado tanto ese momento que, cuando luego le fue notificada su admisión como civil y citado para alistarse en el Ejército Italiano, sintió una profunda satisfacción. Se cumplía un anhelado sueño. Había logrado el ansiado alistamiento. Su única preocupación fue como transformarse de civil en combatiente. Su modo de ingreso al ejército y sus planes se convirtieron en su más preciado secreto.

Cuando se lo comunicó a su familia, Don Giovanni reaccionó furioso. Le resultaba difícil convencerse que, por detrás de esa decisión no existiera un problema familiar, económico o de cualquier índole. Días después, y muy cerca de la fecha de su partida, su padre, con los ojos nublados de lágrimas, habló con Ciccio procurando por última vez que desistiera de sus propósitos. Pero la decisión de éste, a esta altura de los acontecimientos, era inquebrantable. Giovanni, confundido y desesperado, continuaba intentando hallar una explicación para lo que él consideraba una decisión absurda. Jamás llegaría a imaginar la verdadera génesis de estos acontecimientos.

Casi no hubo despedida. Tras los preparativos, Giovanni, convencido de la firme voluntad de su hijo, decidió respetarla, autorizándola. No lo acompañó a la estación, pero no le negó la Santa Bendición que Ciccio le pidió antes de partir.

Era una tarde fría. El bello sol siciliano estaba ausente.

Al llegar a la estación, y antes de ascender al tren, presenció un tumulto que quedaría grabado en su memoria para toda la vida. Se alegró, íntimamente, que sus padres no hayan concurrido a despedirlo. Las madres y familiares de un centenar de jóvenes que habían sido reclutados, se plantaron en la vías del tren, enfrente a la máquina, decididas a impedir su partida. Sus gritos de desesperación y llantos se entremezclaban con los insultos y maldiciones dirigidos al Regio Esercito y al Rey de Italia Vittorio Emmanuele II. Vestidas de negro en su mayoría, hacían sentir su enojo y desaprobación de que sus hijos marcharan al conflicto. Cuando las fuerzas públicas lograron finalmente despejar las vías, el convoy, como un lúgubre cortejo, se puso en marcha, sembrando la desesperanza en todos los familiares que prolongaban su lamento.

El viejo tren a leña, la llamada “Vaporiera”, después de atravesar una decena de túneles, se detuvo lentamente en el andén principal de la estación de Siracusa. La curiosidad, casi infantil de Ciccio, hizo que sus dos ojos celestes se fijaran en un cartel que decía “Binario 2” (andén 2), sin entender que se trataba de la identificación del andén o plataforma 2. No tuvo tiempo de contemplar esa estación que era más importante que la de su ciudad natal. Sus dos amigos, que le acompañaban circunstancialmente con idéntico destino, tomándole del brazo, casi lo arrastraron hacia la oficina de reclutamiento, donde debían presentarse. El camino emprendido con ribetes de aventura en búsqueda de glorias soñadas, no admitía recodos turísticos.

Gavrilo Princip, un joven estudiante serbio, pertenecía al movimiento nacionalista “Unidad o Muerte” que se oponía tenazmente a la ocupación austro húngara del país eslavo. Ese Movimiento propiciaba separar Serbia de Austria y, junto a Bosnia, constituir la Yugoeslavia. Cuando en la mañana del 28 de junio de 1914, en la ciudad de Sarajevo, apretó el gatillo de su revólver para terminar con la vida del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del trono de Austria, Gavrilo jamás debió haber pensado que su actitud habría de cambiar drásticamente la vida de innumerables personas de todo el orbe. Tampoco podría imaginar que esa bala dirigida al cuerpo del noble, iba a impactar también en el pecho de muchísimos jóvenes que, como él, pensaban y soñaban despiertos con un mundo mejor. Ese disparo fue la chispa maldita que sirvió como excusa a los “hombres grises” para desatar la Primera Guerra Mundial. Millones de jóvenes, como Gavrilo y Ciccio, que sin llegar a conocerse, se hallaron, de repente, envueltos en el holocausto pergeñado por el juego de las alianzas políticas de los imperios dominantes.

El conflicto entre las grandes potencias ya se había iniciado tiempo atrás, fuera de los campos de batalla. Solamente hacía falta un pretexto, una ocasión, para hacer realidad las pretensiones de dominación de quienes apostaban al juego de la guerra. La muerte del Archiduque y su esposa fue el estopín elegido para inflamar las armas de los imperios europeos.

Gavrilo deseaba vivir en un territorio libre de la ocupación extranjera. Ciccio también pretendía vivir en una Italia soberana. Ambos anhelaban convertirse en héroes de una causa. Ambos fueron víctimas de las ambiciones de quienes nunca llegarían a conocer el infierno de los campos de batalla, donde tributaron su vida más de nueve millones de combatientes. Quienes decidían las confrontaciones militares, jamás llegarían, ni siquiera, a imaginar las penurias de los campos de concentración de prisioneros de guerra.

Para ellos, la guerra no pasaba de ser un elemental tablero de ajedrez, donde seleccionaban las jugadas sin correr ningún tipo de riesgos. Sentados en los cómodos sillones de los despachos oficiales, o escudados en los vetustos salones donde se tejían intrigas palaciegas, decidían el destino de generaciones enteras, presentes y futuras. Los combatientes, los héroes y los protagonistas de esa infernal maquinaria militar que se ponía en movimiento, eran apenas un número y un botón en los mapas extendidos sobre las mesas donde configuraban sus estrategias.

Al poder político europeo, en el siglo XIX, lo ejercían las realezas que gobernaban los distintos imperios. Sus acuerdos de conveniencia se consolidaban, en muchos casos, por uniones matrimoniales entre herederos de las casas imperiales. Los reyes pactaban el casamiento de sus hijos para consolidar acuerdos de dominación. Estas prácticas, propias de las monarquías, fueron reemplazadas en las democracias nacidas en el siglo XX, por acuerdos entre los Estados. Los imperios alemán, inglés y ruso, principales protagonistas del conflicto, eran gobernados por monarcas descendientes de la Reina Victoria de Inglaterra, que eran primos entre sí. Esta reina fue llamada la “abuela de Europa” porque sus descendientes llegaron a ocupar los tronos de diez imperios europeos, a tal punto que un tercio de 120 miembros de su familia residían en territorio enemigo del imperio británico.

No es de extrañar, entonces, que hasta las peleas y disputas familiares pudieran llegar a influenciar en la gestación de conflictos militares.

El dolor del pueblo y el llanto de familias enteras se hallaban al margen de los maquiavélicos planes de monarcas, militares y políticos que originaban, propiciaban y decidían las guerras. Los eventuales huérfanos y mutilados, física y espiritualmente, no eran tenidos en cuenta. La soberbia ciega y feroz de sus ambiciones, amparada en la ineludible defensa de supuestos y ambiguos intereses colectivos, era la muralla que limitaba hasta la propia racionalidad de aquellos.

Mantenían inalterable una actitud ciega, muda y sorda, reemplazada por decisiones frías y calculadas con notable indiferencia al sentir popular. La gran mayoría del Pueblo italiano estaba en contra de la guerra. El Pueblo podía tener los ojos vendados, pero no era ciego. Tampoco dejaba de hacer presente a las autoridades su pensamiento y preferencias. A veces de manera frontal e intolerante, con una actitud donde se mezclaban irreverencia y falta de respeto.

Una carta clásica en la historia de la primera guerra mundial y firmada por una madre, estaba dirigida al Rey en estos términos:

“Le escribo a modo de advertencia. Si por desgracia Italia entra en guerra y merced a ello, yo que soy una pobre madre viuda, me sienta privada de mi único sostén y de mi hermano que mantiene a mi pobre madre, le aseguro que la vida de Su Majestad, el Rey, y los miembros de su familia tendrán mala suerte, porque la maldición de todas las madres italianas caerá sobre sus cabezas como un rayo del cielo. Creo que la guerra no se llevará a cabo porque antes de la guerra vendrá la revolución, que en Italia es muy necesaria, y de ese modo se podrá erradicar esa maldita Casa Savoia que sólo trae desventura a Italia con todos esos ministros ladrones. Además, los propios soldados, son tratados como bestias. Tienen razón de venir a decir que bajo la Casa Savoia se está peor que en la casa del buey (“sotto Casa Savoia si sta peggio che in casa del Boia”). Si vinieran los alemanes estaríamos mejor que con el rey Victorio”.

Ya en medio del conflicto, tampoco cesaban los reclamos, como esta otra carta, también dirigida al rey de Italia:

“Le enviamos a Vuestra Majestad esta carta porque es hora de terminar con esta matanza inútil. Usted dijo bien que es glorioso el morir por la Patria. Y a nosotros nos parece que Usted y sus pocos ministros que quisieron la guerra deberían ir a pelear en 1ª línea.

Sin embargo, usted y sus ministros no tienen vergüenza y se quedan atrás y mandan adelante a nosotros, pobres diablos, dejando la mujer y los hijos en casa, y que hoy gracias a esta horrible guerra deseada por ustedes, sufren hambre y miserias. Bellacos sin honor. Borrachos empestados, carniceros de carne humana, terminen con esto antes que nos maten a todos. En el frente de la guerra están cansados, internamente sufren hambre, entonces, ¿qué quieren?

Tengan vergüenza, ¿no se dan cuenta que no van a ganar?, pero ustedes quieren que lo mismo vayan hacia delante para matarnos. No ven cuántos jóvenes son inmolados y los padres de familia angustiados, que van quedando en medio de esta historia, y ustedes ¿todavía no se hallan contentos?

Vayan ustedes, bellacos, con vuestro cuerpo a defender vuestra patria, y después, cuando vuestra vida se halle en peligro como puercos que son, firmarán la paz a cualquier costo.

Nosotros por la Patria sufrimos bastante, y nuestra patria es nuestra casa, nuestra familia, nuestras mujeres y nuestros niños. Cuando terminen de matarlos a todos se quedarán contentos contemplando centenares de miles de niños sin padres? Y ¿por qué? Solamente por un ambicioso y desvergonzado capricho”.

Comenzaba la primavera de 1917, cuando empiezan a despuntar los botones de las primeras flores en Sicilia. Don Giovanni proseguía en su minuciosa rutina de todos los días. Al abrir la pesada puerta de su negocio, siempre lo esperaban dos o tres mujeres madrugadoras. Continuaba levantándose a las cuatro de la mañana y asistía con rigurosa puntualidad a su cita de las ocho con su clientela, pero sus días carecían de la alegría y el entusiasmo de otrora. Su cuerpo le parecía pesado y hasta su andar se hizo más lento. No alcanzaba a entender que Ciccio hubiera decidido partir sin escucharlo.

Mantenía firme sus esperanzas de reencontrarlo, pero el temor de perder a su hijo le sobrevolaba la mente y el corazón. Esa angustia interminable que le minaba por dentro, se transformaría en su compañera más temible.

Rosa, taciturna, recorría la casa como una sombra. Su delgadez se había acentuado. De mediana estatura, era notorio que su rostro de finas facciones se había asociado al sufrimiento. Sus manos suaves, siempre cultivadas con esmero, cubrían con caricias del alma a sus hijos. La mirada atenta de sus ojos, que comenzaban a sumergirse en sus cuencas, no había perdido el brillo de sus años juveniles. En sus íntimas meditaciones pretendía hallar en la severidad de Giovanni, quizá, la causa determinante de la decisión de su hijo. Pero de sus labios jamás partió un reproche. Nadie escuchó una queja. Ahogaba su llanto, en los rincones de su casa, en un gesto solidario a su familia y a sus convicciones.


Giovanni Cirnigliaro y Rosa Bocchieri, padres de Ciccio.

Mientras tanto, Ciccio exhibía con varonil orgullo el pase ferroviario que serviría para viajar a un centro militar en el norte de Italia. Había soñado con entrar en combate, luchar por su patria, y retornar vencedor y lleno de gloria. Su incorporación como voluntario civil y la necesidad del ejército de incorporar mano de obra para cavar trincheras, reforzar puentes, armar defensas y tender alambres, le permitió que casi ninguno de los suboficiales reparara en sus dieciséis años recién cumplidos, ni en su escuálido físico poco apto para el tremendo esfuerzo corporal que exigía la guerra de trincheras, como soldado o como auxiliar. Con sus escasos sesenta kilogramos de peso repartidos en apenas un metro y sesenta y cinco centímetros de estatura, carecía de la recia estampa de un soldado. Más bien se asemejaba a uno de los tantos niños hambrientos, los hijos de la pobreza, que asolaban la campiña italiana a comienzos del siglo XX.

Sin embargo, su mirada, que era vivaz, y sus movimientos casi felinos inspiraban respeto a su edad. Y gozaba de una virtud. En su pueblo, era imbatible entre los jóvenes de su edad en las carreras de velocidad. Hasta había sido cronometrado en trece segundos para los cien metros. Ciccio ni siquiera soñaba con que esa condición le serviría para salvar su vida varias veces en el curso de los próximos meses.

Leía con atención y curiosidad ese pase de tren que le abría definitivamente las puertas de su destino soñado. Había dejado de lado sus temores y superado los inconvenientes que obstaculizaban su partida. Estaba decididamente en el camino anhelado y nadie podría desviarlo.

3
El Ejército Real italiano

Entusiasmado, se trepó a un tren por segunda vez en su vida. A Ciccio no le costó mucho localizarse en una estación de tren como la de Siracusa. Después de transitar un par días por una oficina de reclutamiento donde le entregaron su identificación y el pasaje con las indicaciones para poder viajar, satisfecho y sonriente, se dispuso a abordar el tren que lo llevaría a Udine, sede del Comando General, su nuevo destino.

Su debut en tren había sido el viaje de Ragusa a Siracusa, donde arribó luego de largas horas, en esa locomotora a vapor, que al entrar a los túneles lo obligaba a resguardarse del humo que penetraba por todos lados. Sabía que partiendo de Siracusa debía hacer una escala en Roma para cambiar de tren con destino a Udine, donde arribaría dos días después. Un joven de 16 años, sin haber completado la instrucción primaria, siendo que su única experiencia viajera fue descender cerca de 400 escalones para trasladarse a visitar a sus primos en Ragusa inferior, jamás podría dimensionar el camino que había iniciado.

De la estación de Udine partió hacia una unidad del Ejercito Real, desde donde, dos días después de su arribo, lo trasladaron a un campo de adiestramiento militar localizado en la provincia del mismo nombre. Ese billete de tren que, apretado en sus manos cual preciado talismán, le abría el camino hacia su ansiada gloria, aún reposaba junto a sus pertenencias preferidas. Había ingresado al cuartel donde empezaría su preparación e instrucción para el desempeño de las tareas consignadas. Al fin, su sueño se había hecho realidad.

Se desplazaba con comodidad entre el amplio patio de entrenamiento y el campo adyacente, deslumbrado por el orden, la limpieza y la organización puesta en marcha. Esa maquinaria montada era capaz de albergar, equipar y poner en condiciones de combate a miles de hombres en poco tiempo. Las toscas manos de los jóvenes campesinos, acostumbrados a manejar un arado en tareas agrícolas, empuñaban ahora un fusil, algo absolutamente desconocido hasta ese momento.

Como sastre sabía manejar con firmeza una pesada tijera, que guiaba milimétricamente a través de una línea de tiza trazada en una tela. Sus ojos, atentos y traviesos, eran imprescindibles para enhebrar agujas con una precisión prusiana. Sus manos se hallaban habilitadas para sostener una plancha a carbón sin quemarse. Preparado para construir, para plasmar su incipiente arte, convirtiendo un corte de tela en una vestimenta elegante, ahora estaba obligado a desarrollar tareas más duras y peligrosas. Pero, enfrascado en su juvenil entusiasmo, no tenía condiciones de percibir cuan distinta era la diferencia entre el arte de crear y la obligación de luchar.

Solamente le interesaba empeñarse en aprender e incorporar velozmente las instrucciones que recibía a diario. Le fascinaba practicar los ejercicios complementarios que aprendía. Dotado de una habilidad especial para correr velozmente, se destacaba por completar el adiestramiento antes que sus futuros compañeros de la séptima compañía. Se había ganado el respeto de casi todos y el reconocimiento de los superiores que lo dirigían, por su notable y permanente disposición para el aprendizaje y desarrollo de sus tareas.

Orgulloso por haberse incorporado al Ejército Real Italiano, se sentía confortable e ilusionado por una probable inserción en un regimiento de infantería. Estaba atento a que se presentase una oportunidad.

Con su apariencia de niño Ciccio se ganó la confianza de los otros trabajadores y gozaba de la simpatía del capitán Cesare Colombo, un hombre muy serio, original de Taranto una ciudad del sur de Italia, sede de un importante puerto que contaba en ese entonces con 83.000 habitantes. Gracias a la docilidad y disposición al cumplimiento de las tareas encomendadas que poseía Ciccio, fue conquistando el aprecio del Capitán, de quien se había convertido casi en su asistente con el transcurso del tiempo. Una especie de “ayudante” civil, porque el capitán contaba con auxiliares militares.

En determinado momento, en una tarde preñada del sol lombardo, Cesare se acercó a Ciccio, mientras éste contemplaba embelesado el entrenamiento militar de los infantes. Sorprendido, el joven siciliano se puso en posición de firme ante la presencia de su superior, quien le preguntó si quería ser soldado. Ciccio quedó estático ante una pregunta que lo conmocionó, puesto que soñaba con esa posibilidad inalcanzable. Solo atinó a decir “Mi capitán, he venido como voluntario para servir a la Patria donde ella me necesite”.

El capitán Colombo ya no lo miró con la simpatía que le guardaba siempre, puesto que su espíritu militar, en ese momento, prevaleció por encima de sus valores humanitarios. Se acercó y le dijo secamente: “Tú tienes más actitud de combatiente que de soldado, y la Patria necesita combatientes” y agregó con carácter imperativo: “mañana te espero en mi oficina a las siete para comenzar tu preparación militar”. Ciccio se desmoronó. No lo podía creer. Saludó militarmente a su superior y se retiró.

Esa noche fue la más larga de su existencia. Desbordaba de entusiasmo y de esperanzas. Era la hora axial de su vida con su destino y no estaba dispuesto a desaprovecharla. Recordaba las sabias palabras de su padre, Don Giovanni, cuando al ser expulsado de la escuela le dijo: “Ciccio, te equivocaste. El tren pasa una sola vez en tu vida y acabas de dejarlo ir”. Y pensó para sus adentros que el tren estaba llegando recién ahora.

Había transcurrido un mes de un duro entrenamiento militar que lo capacitaba para el combate. Ciccio acariciaba entusiasmado su uniforme que lo llenaba de orgullo. Exhibía una chaqueta, amplia y cómoda y un pantalón de tela gruesa de un color verde gris, con un birrete del mismo tono. Debajo de la chaqueta tenía un chaleco de corte clásico. El pantalón largo, siempre de tela gris verdosa, que tenía cordones ajustados al final, sobre los que llegaban las pinzas para la ropa, era acompañado de botas marrones. Completaba su equipo un casco de acero.

En su pecho lucía con orgullo el “piastrino di riconoscimento”, (carta de identidad militar), que consistía en un estuche metálico rectangular que contenía una cédula de carta, en cuyo frente se consignaban los datos personales del soldado, el distrito militar y la clase a la que pertenecía. Se llamaba “Tessera Militare” (carnet militar) y al dorso figuraban las constancias de haber recibido las vacunas antivariólica, anticolérica y antitetánica.

Esa “carta de identidad” representaba el reconocimiento a su status de combatiente, tan anhelado. Estaba dotado de un cordón para colgarlo en el cuello que venía a reemplazar el centímetro de tela que pendía de sus hombros, cuando trabajaba en la sastrería en su Ragusa natal. Su amigo Giordano, su maestro en el arte del vestido, había sido reemplazado rudamente por un suboficial de voz estridente, de modales firmes pero bruscos, a quien no podía llamarle por el nombre, que ni siquiera conocía. En la fiereza de la mirada de su superior, con la precisión de sus órdenes y en la disciplina militar exigida, Ciccio empezó a tomar conciencia de la seriedad de su misión. No tuvo miedo, pero percibía que algo nuevo estaba naciendo dentro de él para cambiar su vida para siempre. No disponía de tiempo para nostalgias personales. Las exigencias de su preparación le insumían todo el día, de modo que al abordar las horas del descanso se dormía profundamente hasta que el sonido de la diana mañanera lo despertaba bruscamente. Le sorprendía e inquietaba un nuevo léxico: “attenzione” (atención), “parola di ordine” (palabra de orden), “signor sí” (si señor), etc., pero entendía que se encontraba obligado a incorporarlo. Todo era novedoso, pero atrapante.

Para un joven proveniente de un hogar pobre, no le resultaba difícil adaptarse a una nueva y disciplinada alimentación.

Su delgado cuerpo lucía perdido en medio de un equipo compuesto, además, por dos pares de cartucheras de cuero natural, teñido en verde grisáceo; correas con hebilla arqueada, bandolera con pinzas, la bayoneta en un bolso de cuero gris verdoso y funda de metal. En cada cartuchera había cuatro cargadores para su fusil que, al ser doble, contenía ocho cargadores para un total de cuarenta y ocho cartuchos que, sumados a los que llevaba en su mochila, alcanzaban a conformar una dotación de ciento sesenta y ocho proyectiles para su arma.

El casco y un birrete de tela gris verdosa completaban su indumentaria, junto a una mochila de lona gris impermeabilizada que contenía: una barra de pan, un pañuelo, un par de calcetines de lana, galletas y diversos alimentos en bolsas especiales, una taza de hojalata y unos calentadores de color naranja. Luego, un equipo de cocina con placa de hierro, con juego de tapas que contenía una cuchara y un tenedor metálicos, además de tres tipos de botellas de un litro.

Ciccio no podía creer que había cambiado sus ropas de niño y sus viejos zapatos abotinados, por una indumentaria que lo ponía de cara a una contienda para la que se sentía preparado e ilusionado.

Se vinculó rápidamente al compañero que ocupaba la cucheta de arriba de su cama. Se llamaba Luigi Crespi. Originario de la provincia de Varese, provenía de un pueblo de 30.000 habitantes que se llamaba Busto Arsizio. Era un joven de 25 años, alto y fornido, que se destacaba por una extraordinaria destreza física obtenida como nadador semiprofesional. Su aspecto e imponente complexión contrastaban con su personalidad taciturna. Era estudiante de letras, amante de la poesía y de la música, lo que le otorgaba un cierto aire intelectual. Fue convocado por el “Ejército real italiano” al inicio del año 1917.

Confiaba en Luigi, quien mantenía actitudes amistosas hacia él. Sin embargo, el ambiente le era hostil. Casi todos los soldados, especialmente quienes habían combatido en el frente de batalla, expresaban un particular encono hacia los voluntarios como Ciccio, rayano al desprecio. No entendían la motivación que podía haberles llevado a cambiar la tranquilidad del hogar por la elevada hostilidad de un escenario de una guerra tan cruel y mortal.

La relación entre ambos no comenzó bien por esa razón. Luigi lo llamaba “terrún” (terrón o “negro”), un apelativo peyorativo que se usa en el norte de Italia para identificar a los originales del sur. El popular “cabecita negra”, como llamaban los porteños, en la década del cuarenta a los trabajadores que provenían del interior del país, en Argentina. Y Ciccio le llamaba “cornuto” (cornudo) a Luigi, que es también un apodo despreciativo, largamente usado en Sicilia para menoscabar la virilidad masculina. Sin embargo, ellos no se sentían ofendidos porque advertían que estaba naciendo un afecto superior entre ambos.

Luigi le enseñó a fumar. En un momento de descanso le alcanzó un cigarrillo encendido que, para Ciccio, representó un preciado salvoconducto a su mayoría de edad.

Luigi lo observó compasivamente y, tras un breve silencio, disparó la pregunta sobre lo que más le intrigaba: “ma, ¿che cazzo ci fai tu qui?” (Pero, ¿qué carajo haces aquí?). No toleraba la idea de que un chico de apenas dieciséis años con apariencia de haber cumplido recién los catorce, se encontrara de cara al drama de la guerra, sin haber sido invitado, desposeído de condiciones físicas y sin esgrimir razones convincentes. Colombo y Ciccio guardaban un hermético y tácito pacto de silencio acerca de la conversión de su condición de obrero a soldado.

Luigi se superaba permanentemente en sus logros atléticos y en sus proezas físicas, de las que se sentía orgulloso. Siempre iba por más. Era un triunfador nato que conseguía todo lo que se proponía.

Para Ciccio, la gloria era un objetivo soñado, producto de fantasías infantiles propiciadas por la historia de personajes épicos de su Sicilia natal. Su naturaleza rebelde lo impulsaba a buscar logros fantásticos, sin medir las consecuencias. Sus pretensiones no se sostenían en mayores fundamentos que un fuerte voluntarismo antojadizo pero despojado de caprichos.

Al contrario, para Luigi la gloria era un objetivo planeado que sólo podía resultar inalcanzable de mediar circunstancias fortuitas. Había conseguido, prácticamente, todo lo que se había propuesto. Deportista destacado, dotado de un cuerpo envidiable. Dueño de una belleza física que hacía ilusionar a las muchachas de su pueblo, había transcurrido su adolescencia en un ambiente confortable, sin necesidades juveniles insatisfechas. Su padre era un arquitecto romano que, contratado en Busto Arsizio para un emprendimiento importante, poseía una tranquilidad económica sólida. Además, su madre pertenecía a ilustres familias, tradicionalmente ligadas a la industria del cuero en esa ciudad. Hijo único, con pinta y buen pasar económico, Luigi era un apasionado de sus logros personales, tanto en el estudio como en el deporte, y en su vida social y cultural.

Le molestaban las contradicciones que podían interferir en el logro de sus metas. Su espíritu audaz lo impulsó a integrarse a las famosas tropas de asalto “gli arditti” (los osados o atrevidos) que habían comenzado a formarse en 1917. Los “Reparti d’assalto” (Unidades de asalto), integrados por soldados de élite, tenían una preparación táctica militar extraordinaria puesto que, por sus características de tropas de choque, se encargaban de penetrar las defensas enemigas abriendo paso a la acción de la infantería. Eran combatientes muy especializados que no usaban las armas convencionales de las otras fuerzas de tierra y tenían una preparación distinta al ejército regular.

Luigi consiguió superar las exigentes pruebas de carácter, habilidad y psicológicas que le imponía un adiestramiento diferente y extremo. Sin embargo, los oficiales que al principio habían admitido su incorporación voluntaria, cambiaron de opinión, pasando a nutrirse, casi exclusivamente, de soldados alpinos y “bersagliere” (tirador certero) provenientes de dos unidades especiales italianas, cuyos integrantes eran conocidos por su resistencia y capacidad física. Y Luigi, desencantado, tuvo que conformarse con quedar incorporado a la infantería. Para el amigo de Ciccio fue un golpe moral, demoledor para sus aspiraciones, que intentaba superar. Mortificado, Luigi sentía que tuvo un duro tropiezo en sus ambiciones, no obstante no había cambiado para nada su idiosincrasia. Por ello, no podía entender a Ciccio y su opción por participar en un conflicto en extremo peligroso, sin razones aparentes y valederas.

El humo del cigarrillo dibujaba formas caprichosas en el aire. Ambos amigos recordaban cómo habían llegado a este centro de entrenamiento y a conocerse. Transitaban expectantes los momentos previos a su traslado inminente a la zona de guerra. Al día siguiente partirían hacia la ribera del Rio Isonzo, donde se libraron las batallas más sangrientas de esa guerra. Harían una pequeña escala de dos días en una ciudad cercana al campo donde recibieron su entrenamiento militar. Cascina Rinaldi se hallaba aproximadamente a unos cinco kilómetros de Manzano, donde ellos se encontraban. Allí se localizaba una base de abastecimiento de materiales, armamentos y provisiones que, cotidianamente, servía a todo el frente de guerra italiano.

Mientras pensaban en la marcha del día siguiente, alistaban sus equipos, tensos pero esperanzados en el desenlace. Al final habían venido a pelear y ya estaban cerca de las líneas de combate.

Mientras Luigi se dormía, Ciccio acariciaba una carta que escribiera a sus padres luego del almuerzo.

Cuando, después de varios días, la primera correspondencia con las novedades de Ciccio se hizo esperanza en las manos de sus padres, ellos la leyeron con avidez. Con ojos llenos de lágrimas, Giovanni notaba en su interior la extraña sensación de un orgullo incipiente. Tenía un hijo que, con todas sus limitaciones, había asumido, con seriedad, la obligación de defender a su Patria. Su madre, doña Rosa, elevaba su mirada al cielo buscando los ojos de Dios y su oración se hacía súplica en sus labios, sin entender todavía qué había pasado.

4
La antesala del espanto

Cuando el rey Vittorio Emmanuele convocó a los soldados italianos a la guerra diciéndoles:

“... soldati: A voi la gloria de piantare il tricolore d’Italia sui termini sacri che natura pose a confine della Patria Nostra. A voi la gloria di compiere finalmente l’opera con tanto eroísmo iniziata dai nostri padri... ”, (“ ... soldados, a ustedes deseo la gloria de plantar la bandera tricolor en los sagrados límites que la naturaleza colocó en los confines de Nuestra Patria. A ustedes deseo la gloria de cumplir finalmente la obra iniciada por nuestros padres...”), sus palabras sirvieron para anclar a Italia en una guerra innecesaria y cruel.

De este modo, se ponía en marcha un conflicto en el que participaron 51 divisiones italianas, tres británicas, dos francesas, una checa y un regimiento norteamericano que enfrentaron a 73 divisiones austro húngaras que, al finalizar, habían tomado 300.000 prisioneros y apresado 5.000 cañones, conforme a la Declaración y Manifiesto Público del 4 de noviembre de 1918 del General Díaz, al término de la contienda. La Primera Guerra Mundial fue uno de los más sangrientos enfrentamientos conocidos.

La guerra de trincheras, donde predominaban los combatientes, es decir, el esfuerzo humano por sobre la utilización de blindados, con el uso de armas químicas y la proliferación de enfermedades por el deficiente sistema sanitario, se caracterizó por el alto costo en vidas humanas, entre heridos y muertos. La sobrevivencia era harto difícil y aterrorizaba a todos, incluso a los más valientes.

Instalado en su nuevo destino, Ciccio preguntó a Luigi en qué lugar se desarrollaban los enfrentamientos, con la misma naturalidad de quien va a asistir o participar de un evento social. Luigi, abandonando sus pensamientos, y armándose de una buena dosis de paciencia, cruzó su brazo por sobre el hombro de su amigo. Comenzó explicándole de qué se trataba una guerra.

En los dos días siguientes, en los que no tenían asignadas tareas específicas, conversaron mucho sobre el conflicto. Luigi le habló de las razones de esta conflagración, de los intereses en juego y también algo de estrategia militar. Era muy exigente en sus planteos y estaba decidido a que Ciccio abandonara de a poco su orfandad de conocimientos.

Con sencillez, explicó a Ciccio dónde se hallaban geográficamente. Le ilustró con detalles hacia dónde iban y qué se esperaba de una conflagración mundial que había comenzado tres años atrás, en 1914, sin la participación italiana en el primer año de lucha. Ciccio comenzó a familiarizarse con los accidentes geográficos, de ríos y montañas, que comentaba Luigi, encontrándolos parecidos a las colinas de su Ragusa natal. La importancia del rio Isonzo le llamó mucho la atención. Se quedó admirado al saber que en sus riberas ya se habían desarrollado nueve batallas muy cruentas.

Le impresionó conocer que en la primera de las batallas, en cinco días, murieron alrededor de 30.000 soldados italianos y que se registraron casi veintisiete mil bajas en el ejército austro húngaro.

La actitud docente de Luigi se motivaba en la lástima que sentía de que alguien tan voluntarioso y decidido como Ciccio, no tuviera la mínima idea del conflicto donde se había sumergido.

El incipiente conocimiento que recibía de su amigo, lejos de abatirlo, encendió aún más su espíritu patriota y rebelde. Aumentaron sus ansias de participar cuanto antes en la contienda. Al parecer, comprendió porqué su patria estaba realmente en peligro. Algo tocó su cerebro y al mismo tiempo su corazón.

Su hombría comenzó a despuntar dejando atrás sus sueños juveniles. Empezó a asumir su misión con responsabilidad. Aumentó su aprecio por Luigi y celebró la suerte de haberlo encontrado. Con la aproximación que surgía entre los reclutas, empezaron a germinar afinidades en diversos grupos de soldados. La actividad en ese centro de aprovisionamiento era febril. La tarea resultaba compleja y el cumplimiento de órdenes, enmarcadas en una estricta disciplina militar, obligaba a redoblar esfuerzos.

Desde su llegada a Udine, el vértigo acompañaba a Ciccio, para quien los acontecimientos se precipitaban velozmente y, además, eran cambiantes, lo que dificultaba su completa asimilación.

A pesar de que se encontraban a unos quince kilómetros de la retaguardia italiana, las detonaciones de los cañones se hacían sentir, con lo que el clima de guerra ya era palpable. Todos los reclutas se esforzaban en permanecer calmos, pero el nerviosismo era creciente. El ambiente bélico se hacía sentir con fuerza. La aventura, aún plagada de incertidumbre, iba dejando lugar a temores y preocupaciones comunes, de una manera cada vez más sensible.

Sin embargo, el entusiasmo inicial de Ciccio no decaía; maduraba aceleradamente. Pero ante sus ojos, antes aviesos y centelleantes, surgían sentimientos de creciente preocupación. En poco tiempo, se iba tornando más reflexivo, mientras su mirada ganaba carácter y profundidad.

De cualquier manera, la hora estaba llegando. Ciccio sorprendió a Luigi preguntando por qué se concentraba el esfuerzo italiano en el rio Isonzo. Éste le dijo que el objetivo del Regio Esercito era abrir un callejón que lo llevara a Viena, el corazón de Austria, y al mismo tiempo impedir que se invadiera Italia desde Bosnia o Croacia, cruzando el Adriático. Ciccio lo miró con una sonrisa llena de asombro que denotaba que la explicación de su amigo lo había mareado y, por lo tanto, no entendía nada. Su perplejidad era tan impenetrable como su decisión de lucha. No sabía qué era Bosnia o Croacia. Tampoco si eran países o ciudades.

Transcurría la primavera italiana con todo su esplendor. En medio de tanta belleza y abundancia, resultaba inexplicable que existieran hombres ocupados en matar y destruir.

Una brisa suave envolvía ese coloquio, mientras las flores enmarcaban la inocultable belleza de las aves que volaban haciendo caso omiso al imperante clima de maldad y agresión. El ocaso, con sus primeras sombras, llegaría sin avisar. Una sopa caliente, quizá la última, era el plato principal de esa noche, en la víspera de su partida hacia las líneas del frente italiano en Goritzia. Su meta era llegar a la retaguardia y, ahí, esperar la eventualidad de reemplazar a las líneas de vanguardia.

Con lógica inquietud, los soldados comentaban que en los últimos diez días el trajín había sido muy intenso. Los vigorosos preparativos y traslado de tropas, armamentos y medios de comunicación, generaban rumores acerca de que, en la segunda semana de mayo, el Regio Esercito italiano desencadenaría una poderosa ofensiva sobre las líneas de defensas austro húngaras. También se conocía, por medio de algunos oficiales y soldados que retornaban del frente de batalla, que existía un gran desplazamiento y concentración de importantes contingentes de tropa y armamentos del lado enemigo.

La noche era serena y cálida. Mientras caminaban con Luigi hacia las barracas donde dormían, ambos amigos se preocupaban con “le zanzare” (los mosquitos) que, atraídos por la humedad y el calor, se ensañaban con los soldados.

Al día siguiente, el jueves 10 de mayo de 1917 comenzaría el traslado de los cuerpos de infantería rumbo al frente. Antes de acostarse, revisaron con mucho cuidado sus equipos. Mañana sería el día “D” de la activa participación en la contienda.

La tranquilidad de la barraca era propicia para descansar. Al apagarse las luces, Luigi ya se había dormido. Mientras se acostaba, Ciccio comenzó a rezar y así, orando, se quedó dormido sin percatarse de que estaba a pocas horas de su “bautismo de fuego”.

5
El bautismo de fuego

El 10 de mayo de 1917 era jueves. Para los chicos de esa edad cualquier día era un día sin preocupaciones. Para Ciccio no. La madrugada lo sorprendió aún despierto, orando, como lo hacía cada vez que el temor hacia lo desconocido se lo requería. Cuando tocaron diana, todos los soldados saltaron de sus camas. Terminando de acomodar su equipo de guerra, se aprestaban a la formación. Ciccio estaba consciente de que la guerra comenzaba para él. Antes de abordar los vehículos que los transportarían, los soldados ya habían tomado una taza de té caliente y comido un pan.

El clima había cambiado. El gris plomizo de un cielo lleno de nubes y una fina llovizna que los obligaba a desplegar la capa de lluvia, habían reemplazado al sol resplandeciente del día anterior. El ronquido brusco de los camiones de transporte era un presagio de la inminencia de la partida. Las compuertas de los vehículos comenzaron a abrirse al compás del lúgubre chirrido de sus metálicos goznes, cual una garganta gigantesca y diabólica que invitaba a un paseo sin retorno.

Impartida la orden de abordaje de los vehículos, se desvanecía la posibilidad de renunciar a un destino inexorable. Con todos arriba, el convoy en formación comenzó a desplazarse lentamente, esquivando los baches de un terreno que comenzaba a hundirse en el fango. A su lado no estaba Luigi quien había abordado otro vehículo. Ciccio se sentía solo, desprotegido y en medio de reclutas mayores que él, siempre molestos por la presencia de un soldado voluntario.

Algunos de sus ocasionales acompañantes llevaban algún tiempo combatiendo. Retornaban de una breve licencia, o bien eran soldados o suboficiales que provenían de otros lugares del extenso frente italiano y que estaban destinados a reforzar esas posiciones.

A medida que avanzaba, el convoy mantenía la velocidad inicial aunque tampoco disminuía su ritmo. Luego de casi 12 kilómetros de marcha, los camiones se detuvieron y la tropa descendió rápidamente. Eran las 9 de la mañana. Las órdenes partían estridentes desde los suboficiales que debían organizar la marcha a pie de sus hombres. Se organizaron varias columnas. El panorama era absolutamente sombrío. El cielo, oscurecido con negros nubarrones, empezó a poblarse de un color rojizo, donde se reflejaban, como relámpagos, los destellos del fuego de artillería de los dos ejércitos. Al poco de comenzar la marcha, Ciccio percibió que el barro dificultaba su andar.

A veces seguían un camino y, en otras, debían cruzar a campo traviesa, empapados por una persistente llovizna.

Atento a las rigurosas órdenes que impartían sus superiores, Ciccio se empeñaba en recordar las instrucciones recibidas en su adiestramiento militar. Habían sido dos semanas, más llenas de sorpresas y de acontecimientos nuevos que instrucciones militares. Sin embargo, recordaba que, antes de que avance la infantería, se llevaba a cabo un trabajo previo de reconocimiento del terreno, por parte del arma de caballería, aun cuando no habían arribado a la línea de la retaguardia italiana, donde debían incorporarse como refuerzos.

A lo largo del camino, era común cruzarse con hombres que retornaban del frente de batalla. Algunos estaban heridos y otros lucían desorientados y angustiados. Provenían de las trincheras italianas y eran los soldados que ellos debían substituir. Otros, formaban parte de las patrullas que venían de realizar tareas de reconocimiento.

Algunos convoyes, con vagones descubiertos, transportaban repletos, varios pertrechos de guerra y equipamiento militar, prestando un inestimable servicio a la movilización.

Ciccio pensaba que los soldados, que retornaban con alivio, debían haber sentido la misma euforia y orgullo que poseían ellos cuando comenzaron la marcha. Esos hombres, de repente, se transformaron en el espejo de una ignota situación que los esperaba.

La séptima Compañía contaba con 250 hombres comandados por un capitán, a quien le secundaban un teniente y dos suboficiales. Una columna detuvo su marcha y otras dos se fusionaron y retomaron su andar fuera del camino. Luego de ese movimiento, Ciccio percibió la voz de quien marchaba a su derecha. Era Luigi que, altivo y tranquilo, parecía un soldado con experiencia. La alegría que le invadió sirvió para tranquilizarlo. Su andar pasó a ser más decidido y animado. Retomaba la confianza que el temor inicial le había robado.

Luigi también se sentía más estimulado, pues reconocía su preocupación por Ciccio y no ocultaba su voluntad de protegerlo.

Animadamente comenzaron a marchar juntos. Sin percibirlo, se encontraban a la cabeza de su columna.

A medida que avanzaban hacia el frente de batalla, el ambiente se transformaba. Cobraba fuerza el resplandor provocado por la artillería que se descargaba sin piedad sobre los soldados ubicados en las líneas de vanguardia. El olor y el humo de los explosivos, empujados por el viento, producían extrañas y nuevas sensaciones.

Con ambas manos apretadas en torno a su fusil, Ciccio continuaba caminando rumbo a su destino. Su euforia inicial se desdibujaba lentamente, dando paso al asombro y la cautela.

En un recodo del camino, de pronto, tropezaron con un soldado que, con su fusil en los brazos, se hallaba sentado en el piso, recostado sobre una piedra de gran tamaño, mientras parecía dormir. Ciccio bromeó, preguntándose en voz alta: “¿qué hace éste, durmiendo tranquilamente mientras nosotros estamos marchando?” Un soldado que caminaba unos metros adelante, y con dos años de lucha en sus espaldas, como respuesta a la ingenuidad de Ciccio, solamente optó por levantar levemente el borde de su casco, al tiempo que sobre su rostro se trazó la señal de la Cruz. Luego, giró la cabeza hacia Ciccio y, mirándolo de soslayo, le espetó: “Qué dices, ¿no ves que está muerto?”.

Ciccio quedó tan impávido que se desdibujó su sonrisa, sintió que las piernas no le respondían, y su mente no podía terminar de entender que estaba cara a cara con la muerte. Con la misma muerte que otros querían evitar a cualquier precio. Sin pensarlo, su asombro se transformó en miedo. Sus sueños se desvanecían ante la brutalidad de la realidad. Ciccio perdió su aire juvenil y desinhibido.

La columna ya había disminuido su marcha y empezaba a concentrarse en un sitio a la espera de su destino final en la línea de combate, mientras la retaguardia se detenía.

La llovizna había cesado, el estruendo de la artillería parecía ir mermando, en paralelo a los sueños de gloria del joven siciliano.

Habían pasado apenas diez minutos y Ciccio no conseguía aún recomponerse. Por un instante, sintió que las fuerzas lo abandonaban y las piernas se negaban a sostenerlo.

En ese momento de vacilación, sintió la mano amiga de Luigi posarse en su hombro. Le dijo: “Felicitaciones Ciccio, eres el primer hombre en la guerra que tuvo su bautismo de fuego, sin haber disparado un tiro”.

6
El primer disparo

Ciccio no terminaba de sobreponerse de su primer encuentro cara a cara con la muerte. Acongojado, no podía quitar de su vista el cuerpo del soldado muerto. Yacía apoyado sobre una piedra y recostado con la cabeza inclinada y levemente sostenida en su hombro derecho. Sus ojos estaban cerrados, pero sus facciones lucían calmas. No tenía cara de haber sufrido una muerte violenta. Una extraña mueca en su boca se asemejaba a una sonrisa burlona y mostraba un hilo de sangre que descendía por la mandíbula rígida y sin tono muscular. Su uniforme, empapado por la llovizna, lucía cubierto por lo que podría haber sido un mugriento pedazo de papel que alguien piadosamente, había colocado sobre su cuerpo.

Ese escenario brutal que empezaba a tornarse dantesco, no era el que Ciccio frecuentaba en sus sueños. Quizá pensaba que la guerra se desarrollaba en un campo, donde briosos corceles se entrecruzaban, mientras sus jinetes se batían en caballerescos duelos. Lances que no incluían a la muerte, como la que acababa de vivenciar. Un elemento común y previsible para todos los demás actores.

En casi todo el frente de guerra, el terreno no era una planicie precisamente. Se trataba de una superficie montuosa, con zonas escarpadas llenas de piedras que debían transitarse forzosamente para alcanzar la altura de las montañas, en medio de profundos valles.

Ciccio recordaba perfectamente los comentarios de Luigi acerca del río Isonzo. Sus aguas atravesaban más de 130 kilómetros en Eslovenia, acompañando el límite con el territorio italiano, desde el noreste al sudoeste, desembocando en el mar Adriático, cerca de Montfalcone, en Italia. Se veía como un curso de agua caudaloso circulando en un cauce serpenteante y profundo que, en su mayor parte, era flanqueado por paredes de rocas escarpadas que caían a pico desde una altura que variaba entre siete y treinta metros. Recién cerca de Gorizia, el río atravesaba una llanura extensa que lo llevaba a desembocar en el mar.

Significaba un aliado singular para las fuerzas defensivas austro húngaras. En esos sectores rocosos resultaba una misión imposible trasponerlo, por lo que se convertía en una formidable muralla natural para las pretensiones italianas.

El Regio Esercito se planteó, como estrategia de guerra, atravesar el río donde era más plano, con el propósito de cortar el frente enemigo, abriendo un callejón que podría conducirlo directamente a Viena, la capital austríaca. La disposición del curso del río con kilométricos callejones infranqueables, le permitía al ejército austro húngaro concentrar los esfuerzos y recursos defensivos en las zonas donde las márgenes del Isonzo se presentaban accesibles para vadearlo.

El comando del ejército austro húngaro, desde el primer momento, cedió la iniciativa de la ofensiva a las fuerzas italianas y optó por una acción defensiva, retirándose de las llanuras y concentrando sus tropas en las alturas de los montes, desde donde controlaba estratégicamente cualquier movimiento enemigo. Bien parapetados y pertrechados, demandaban un esfuerzo colosal a sus atacantes, cuyos asaltos estaban obligados a superar una muralla de obstáculos físicos, además de los recursos militares que les oponía el imperio. Debían sortear senderos empinados, en medio de trincheras y cuevas cavadas en las rocas montañosas.

Desde el comienzo del conflicto, Italia lanzó sucesivas oleadas de ataques masivos contra esas posiciones, con magros resultados y elevadas pérdidas de vidas humanas y recursos. La historia le adjudica al comandante del Regio Esercito, General Luigi Cadorna, una obcecada, cruel y casi inútil estrategia, sin resultados positivos.

Desde el inicio de la guerra, sobre las márgenes del Isonzo, se desarrollaron las batallas más encarnizadas. Hacia principios de 1917, ya se habían librado feroces y cruentos combates, que le había costado a los italianos una pérdida de alrededor de 450.000 combatientes, entre vidas humanas y bajas. Ese panorama, brindado por Luigi, producía un sabor amargo en la boca de Ciccio, que percibía una realidad que amenazaba seriamente sus sueños de gloria.

Mientras tanto, el grueso de la columna avanzaba hacia la línea de retaguardia ubicada a una decena de kilómetros del enemigo. Se concentraba en un sitio ya previsto para que el comandante pudiera disponer de sus fuerzas y enviarlas, cuando conviniera, a la línea de combate.

Comenzaron a tomar posiciones en trincheras que les servirían de refugio y protección. Eran zanjas de un metro de ancho y aproximadamente dos metros de alto, por donde podían desplazarse tranquilamente. Estaban enclavadas normalmente a una altura que les otorgaba una ventaja defensiva que le servía como contención. Hacia el frente enemigo, se hallaba jalonado de ventanas pequeñas, desde donde un soldado podría abrir fuego, introduciendo su fusil en ellas, sin arriesgarse demasiado.

La parte superior de la construcción se protegía con bolsas de arena destinadas a detener las balas enemigas. Hacia el lado trasero, la montaña ofrecía pequeñas cuevas donde se internaban los soldados y les servían como lugares de reposo y espera de las tropas de refresco. Adentrado en una de ellas y apoyado en su fusil, Ciccio intercambiaba miradas con su amigo Luigi, también sentado, esperando órdenes.

La inactividad allí adentro era prolongada y nerviosa, hasta que, repentinamente, un par de cañonazos les recordaron que su martirio ya iba a comenzar.

Aunque ellos esperaban órdenes, todos se percataron de que estaban ante una operación gigantesca, por cuanto, al alba de ese sábado 12 de mayo de 1917, los italianos abrieron un despiadado fuego de artillería sobre las posiciones austro húngaras, en todo el frente del río Isonzo, que iba de Tolmin al mar. Varios kilómetros fueron sometidos a la acción de las armas de más grueso calibre usadas en la contienda. Ese infernal ataque continuó durante dos días.

En la trinchera todos sabían que, tras ese intenso bombardeo, tendría lugar el avance de la infantería italiana en diversos sectores entre la altura de los montes y en algunas planicies. El objetivo era abrir brechas en las líneas enemigas que posibilitaran un avance italiano a partir de los terrenos conquistados.

Sentado al lado de Ciccio, un suboficial del Regio Esercito lo miraba con curiosidad. Parecía sorprendido con su presencia. Era uno más que, seguramente, no alcanzaba a comprender qué hacía ese joven con rostro y cuerpo de niño en ese lugar. Encendió un cigarrillo y, con gesto amistoso, le ofreció otro a él; pero un cauteloso Ciccio se rehusó aceptar.

La espera era tensa. Sin embargo, pese a las circunstancias, algunos intercambiaban palabras de apoyo, gestos de cortesía y hasta bromas. El suboficial le preguntó su nombre y su ciudad de origen, como era la costumbre. Sonrió satisfecho cuando Ciccio le dijo que era siciliano, aunque un siciliano clásico, por lo general, es de tez morena y de pelo negro y rizado.

Filipo Grasso –tal el nombre del suboficial– era más bien moreno y robusto, de mediana estatura. Lucía un pelo corto pero tupido y de un color negro intenso. De finos bigotes, poseía un cuerpo atlético, acostumbrado al esfuerzo físico. Había nacido en la ciudad de Nápoles y, siendo joven, empezó su carrera militar. Ostentaba el grado de “Maresciallo”, el suboficial de menor rango, y estaba asignado a la misma Compañía de Ciccio. La brigada a la que pertenecían se había constituido a comienzos de ese año.

Por una cuestión de discreción conversaban en sus dialectos de origen, que eran similares. Ambos congeniaron desde el primer momento. Diez minutos después, dialogaban como si se conociesen desde siempre. Filipo, por las mismas exigencias de su grado, tenía toda la apariencia de un hombre de carácter aguerrido. De mirada penetrante, analizaba y estudiaba a su interlocutor ocasional. Acostumbrado a obedecer y ordenar, sus actitudes eran las resultantes de una dura disciplina militar. Enamorado de su carrera, se preocupaba mucho, hasta en sus más mínimos detalles, tanto del estado anímico de sus dirigidos, como de su voluntad de lucha. Había contraído enlace hacía un año con Angioletta, un amor juvenil, y vivía con sus padres.

Antes de dejar a Ciccio para proseguir con su tarea, interrogando a sus soldados, animándolos y exhortándolos al cumplimiento del deber, le preguntó al jovencito, inesperadamente, acerca de su verdadera edad, quizá convencido de que la habría fraguado para conseguir su incorporación. Cuando Ciccio le dijo que tenía 16 años, lo miró seriamente y se marchó. Filipo lucía impecable. Su amplia sonrisa contrastaba con su ceño adusto y parecía siempre dispuesto a entrar en acción. Se empeñaba en ser ejemplar, aun cuando no ocultaba un hondo grado de desprecio hacia aquellos que acometían su misión con reticencias. Caliente o frío, pero no tibio. Negro o blanco, pero jamás gris.

El Regio Esercito italiano se enfrentaba a las fuerzas armadas austro húngaras, reforzadas con tropas bosnias. Sus comandantes optaron por una estrategia típica de la guerra de trincheras en aquella época: machacar con fuego de artillería las posiciones enemigas. Sus baterías se hallaban camufladas de tal modo, que impedía al enemigo localizarlas. La metodología siempre era la misma: después del bombardeo, debían practicar un reconocimiento táctico previo con la caballería, hasta identificar las posiciones de sus contrincantes. Para ello se lanzaban contra las patrullas enemigas, haciéndolas huir, hasta que descubrían los primeros escuadrones de infantería. Descubiertas las fuerzas que tenían por delante y localizada su posición, pasaban la información a sus jefes para que éstos procedieran a elegir los lugares más favorables para ubicar las unidades de su propia vanguardia. El comandante definía un plan de combate y se lo comunicaba a los jefes que dependían de él, con el propósito de que todas las acciones reconozcan un objetivo común. Estas tropas abrían fuego para aquilatar debidamente las intenciones de los austríacos y marcar sus posiciones.

Ciccio recordaba que no se debía disparar el fusil sin recibir una orden, salvo cuando se entraba en zona de combate. Un tiro de fusil podría ser eficaz hasta 1.000 metros aproximadamente. Lo ideal era una distancia menor a 500.

Una vez que las posiciones contrarias estaban perfectamente identificadas, se abría un masivo fuego de artillería. Las baterías dividían su trabajo entre aquellas encargadas de contrarrestar la artillería enemiga, no dándoles tregua y procurando neutralizarlas, y otras que concentraban su accionar sobre la infantería del oponente. A partir del momento en que se trasponía la línea de los 1.200 metros de la trinchera enemiga, se accedía a la zona de real peligro, siempre apoyados por los disparos de sus cañones y morteros. Algunos de estos artefactos lanzaban unas bolas de acero con varias puntas salientes que, enviadas sobre los alambrados que protegían las trincheras enemigas, y por acción de su fuerza centrípeta, los elevaban al aire. De ese modo, conseguían eliminar hasta casi cincuenta metros lineales de durísimos alambres de púas entretejidos, que dificultaban el acceso a las trincheras y llegaban a constituir verdaderas murallas infranqueables.

A partir de ese momento, era incesante el tableteo de las ametralladoras, segando todo lo que se encontraba a nivel de las trincheras enemigas.

Cuando se había “ablandado” una posición, se iniciaba el ataque con masas de soldados que se desplegaban abandonando las trincheras en dirección a las filas enemigas. Con la bayoneta calada en sus fusiles, se lanzaban en veloz carrera, cayendo, levantándose y haciendo pequeños núcleos de fuego para sostener la acción de la vanguardia. Al llegar a los trescientos metros finales, el tiroteo era intenso. Los atacantes desplegaban una línea de avanzada, una línea media y la retaguardia, que se posicionaba a una distancia de un kilómetro de la trinchera enemiga. Se la mantenía expectante y debía entrar en acción cuando sus jefes lo decidieran, tanto para ayudar en el ataque a las líneas principales o para cubrir una retirada. Y, al entrar en contacto con el enemigo, se trenzaban en feroces combates cuerpo a cuerpo, tratando de ocupar la posición defensiva contraria.

Este aparentemente simple procedimiento, era de una inaudita ferocidad y repetido hasta el infinito por todos los ejércitos en combate. Configuró el monstruoso escenario de una crueldad, encarnizamiento y mortandad jamás vistas hasta entonces. Sin dudas, la Primera Guerra Mundial se destacó por su carácter sanguinario e inhumano.

Durante las dos noches que duró el incesante bombardeo, todos permanecieron en la trinchera. Expectantes y tensos. Casi no pudieron conciliar el sueño. Sin embargo, al despuntar el alba, los soldados veteranos de otras batallas en el Isonzo parecían estar en vigilia, esperando acontecimientos no comunes. Se hallaban a sólo un mes para cumplir dos años de combate sobre ese río.

El 23 de junio de 1915, se había llevado a cabo la primera de las nueve batallas allí libradas. La última había comenzado el 1 de noviembre de 1916 y finalizado el día 4 de ese mes. El Regio Esercito obtuvo un resultado mediocre, avanzando en algunos puntos y retrocediendo en otros. Se decidió suspender la ofensiva, en parte porque, en los casi dos años de luchas, no se obtuvieron resultados significativos en las repetidas operaciones realizadas en ese período. Y, ante el advenimiento de un invierno muy crudo, se decidió tomar un largo descanso.

Esas circunstancias, sumadas a la necesidad de dar un vuelco a un conflicto que inicialmente suponía una rápida victoria, más el intenso movimiento de tropas y equipos verificado en los últimos días, hacía presuponer que se estaba en la antesala de una nueva y vasta ofensiva.

Por ello, los veteranos se hallaban obligados a templar sus espíritus para afrontar una nueva batalla. Venían de seis meses de receso y sentían que el infierno se retroalimentaba nuevamente.

Transmitían su apreciación a los nuevos soldados, como advirtió Ciccio que, en su inocencia, suponía que el fin de semana, sábado y domingo, eran más bien días de descanso.

Después del mediodía del lunes 14 de mayo de 1917, Ciccio se encontraba participando en los inicios de la décima batalla del Isonzo. Ese fue su debut en la contienda. Había firmado su alistamiento militar apenas cumplió 16 años, siendo quizá el soldado italiano más joven que participaba en la Gran Guerra.

Clavado en el piso de la trinchera italiana, la incerteza le impedía sentir el barro que cubría sus botas hasta la mitad de sus pantorrillas. Llovía desde el jueves. La artillería italiana castigaba sin piedad las posiciones austro húngaras.

En medio del ruido ensordecedor producido por obuses y cañones, la tensión iba en aumento. Los nervios crispados, esperando la palabra de orden ¡AVANTI (adelante) SAVOIA!, que era el nombre de la casa real italiana, para saltar de la trinchera y partir al ataque, con la bayoneta calada en su fusil Máuser. El duro bombardeo, con proyectiles de diversos calibres alcanzaba también a la artillería del oponente, a las líneas de aprovisionamiento y parte de su retaguardia, convirtiendo el campo en un infierno de fuego y muerte. El Regio Esercito había desencadenado, como estaba previsto, la Xa. Batalla del Isonzo.

Hacía dos días que los soldados soportaban una llovizna fría y persistente mientras pasaban horas y horas en atención, parados en las trincheras con el barro casi a la altura de las rodillas. Comían una ración escasa, esperando la orden de atacar.

No era una situación cómoda, pues no se alimentaban bien y tampoco descansaban bien. La higiene no era la mejor, y era común la abundancia de roedores y de piojos entre los soldados.

En su segunda noche, Ciccio se despertó sobresaltado por un extraño movimiento en la frazada con que se cubría para dormir. Atinó a apresar al misterioso visitante, rodeándolo con su propia colcha y estrangulándolo con sus manos, al advertir que era un ratón muy grande.


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