Читать книгу: «Voces íntimas»

Шрифт:

Reina Roffé

Voces íntimas

Entrevistas con autores

latinoamericanos del siglo XX

Jorge Luis Borges

Manuel Mujica Lainez

Adolfo Bioy Casares

Álvaro Mutis

Griselda Gambaro

Antonio Benítez Rojo

Manuel Puig

Elena Poniatowska

Sergio Pitol

Fernando del Paso

Alfredo Bryce Echenique

Ricardo Piglia

Cristina Peri Rossi

Alberto Ruy Sánchez


© Reina Roffé, 2021

© De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2021

Todos los derechos reservados.

Primera edición: marzo, 2021

Publicado por Punto de Vista Editores

C/ Mesón de Paredes, 73

28012 (Madrid, España)

info@puntodevistaeditores.com

www.puntodevistaeditores.com

@puntodevistaed

Coordinación editorial: Miguel S. Salas

Corrección: Luis Porras

Diseño de cubierta: Joaquín Gallego

Ilustración de cubierta: Rafael Gómez Alejos

ISBN: 978-84-18322-50-1

Thema: DNS, DSK

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com

Sumario

Sueño de sueños

Jorge Luis Borges

Vivir de glamour

Manuel Mujica Lainez

Viajar por los días

Adolfo Bioy Casares

Casi todo es otra cosa

Álvaro Mutis

Libertad condicionada

Griselda Gambaro

El mismo mar

Antonio Benítez Rojo

Melodramas subversivos

Manuel Puig

La verdad más íntima

Elena Poniatowska

Arquitecto de cajas chinas

Sergio Pitol

La escritura como búsqueda

Fernando del Paso

Memoria individual

Alfredo Bryce Echenique

Una banda de nómadas

Ricardo Piglia

Palabras como fetiches

Cristina Peri Rossi

Manifestaciones del deseo

Alberto Ruy Sánchez

Nota preliminar

Este es un libro de acuerdos y disensos; es decir, de diálogos. Porque los escritores aquí convocados —Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Adolfo Bioy Casares, Álvaro Mutis, Griselda Gambaro, Antonio Benítez Rojo, Manuel Puig, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Alfredo Bryce Echenique, Ricardo Piglia, Cristina Peri Rossi y Alberto Ruy Sánchez— parecen dialogar entre sí, ya sea exponiendo puntos de contacto o divergencias, actualizando discusiones y planteando posturas estéticas.

Si algo me decidió a reunir en un volumen estas entrevistas que realicé en diferentes países y años, bajo circunstancias diversas, fue advertir, precisamente, la manera azarosa y natural en la que se organizó una suerte de diálogo entre los autores y las autoras, mucho más que conmigo, que traté de atenerme solo a formular preguntas o a realizar algún comentario, siempre con el propósito de obtener más información o extraer un nuevo matiz a lo ya vertido durante las conversaciones.

Cada entrevistado, único en la forma de reflejar su propio mundo y sus singularidades creativas, tiene algo en común con los otros; esto se manifiesta y va conformando una especie de correlato, incluso entre aquellos que son o pueden sentirse lejanos y disímiles. En principio, casi sin excepción, todos comparten vivencias propias de su actividad y los une, insoslayablemente, el hecho de escribir en las distintas modalidades de una misma lengua: el castellano.

Este correlato añade otro aspecto importante a lo que ofrecen a través de su historia personal y su mirada crítica: el espíritu de conjunto, la visión de una época y su proyección en el presente, no solo en cuanto a los movimientos de una escritura y las teorías en boga, sino también con respecto a las encrucijadas políticas, sociales, económicas y éticas que problematizaron el siglo XX y se extienden hasta nuestros días.

Tanto los escritores como las escritoras de Voces íntimas hablan sobre su formación y sus preferencias literarias, sobre los ángeles tutelares y la gestación de sus obras. Revelan lo que puede ser la clave de su escritura, mientras dilucidan estrategias y estructuras poéticas. Cuentan ideas, viajes, sueños, proyectos secretos. Describen las ciudades, incluso los barrios donde vivieron, y la casa o los lugares donde crearon. Confiesan sus miedos, sus frustraciones, la relación con la crítica y con sus contemporáneos, las marcas del tiempo en que les ha tocado vivir y crear. Muestran su pasión por las palabras y el lenguaje. Plantean la noción de identidad. Opinan sobre las influencias del cine, el psicoanálisis, el folletín y la novela policiaca; también sobre las consecuencias de las dictaduras, los exilios, la marginación, la censura, la discriminación sexual, la imposición de roles, las diferencias genéricas. Polemizan sobre los convencionalismos de los textos eróticos y pornográficos. Pasan revista a las manifestaciones del deseo y, en algunos casos, arman su árbol genealógico, narran historias que no han escrito nunca, aportan reflexiones que son vigas maestras de los grandes debates actuales.

En todo momento, procuré que me hablaran no de un libro en particular, la aparición en el mercado de tal novela o tal ensayo, que muchas veces ha originado la entrevista, sino del conjunto de su obra en el espacio de tiempo que me concedieron. A veces, formulé las mismas preguntas a unos y otros sobre asuntos puntuales que se habían constituido en temas de análisis: el efecto de las nuevas tecnologías; los conflictos entre cultura de masas y alta cultura; sobre el libro de consumo y el de creación; si se podía escribir en un mundo que había decretado la muerte de las utopías; y acerca de la figura del lector. También intenté sorprenderlos con preguntas en apariencia sencillas, incluso ingenuas, pero que son las más difíciles de responder, al mismo tiempo que indagaba aspectos que todos quieren saber de un escritor —cómo y dónde escribe— y sobre asuntos de interés para un lector especializado —críticos, profesores y talleristas de escritura creativa—, pero guardando las formas de una conversación que fuera lo más amena posible.

Elena Poniatowska, que se inició como entrevistadora, se refiere a este género, y dice:

Hay entrevistas diversas. Algunas se realizan con la finalidad de obtener noticias, pero están las que sirven para hacer perfiles literarios, para retratar personajes a través de sus respuestas y también a través de narrar su entorno. Captar la esencia de una voz y la verdad más íntima de un personaje, ya sea público o anónimo, es hacer literatura más que periodismo.

Para otros, como Ricardo Piglia, «la entrevista es el género que con mayor precisión capta la experiencia fragmentada de la modernidad. Una forma abierta que recuerda la tradición del diario personal y que ha sido definida por Norman Mailer como el periodismo privado del escritor».

Para el Borges ya anciano, responder las preguntas de sus entrevistadores era una manera de prolongar su escritura, de decir aquello que ya no podría registrar en su obra y, a la vez, había en su actitud un componente afectivo, una pulsión de acercamiento a los demás. Buscaba interlocución, diálogo, quizá movido por la necesidad de sentir amistad, como él señalaba, «esa íntima pasión de los argentinos, pasión redentora».

Siempre me gustó leer entrevistas y, obviamente, hacerlas. Un género periodístico que tiene por virtud elaborar piezas que se convierten en breves biografías o semblanzas, en memorias contra el olvido, en ensayos espontáneos, en fragmentos que emanan de lo más privado de cada uno. Testimonios de primera mano sobre la experiencia de una vida, de una vocación y, en estas páginas, acerca de las tensiones que genera el acto de escribir.

Ojalá que las que componen Voces íntimas resulten válidas, al menos, en alguno de estos sentidos y viertan atisbos de la literatura que se realiza en América Latina.

Alguna vez el ensayista Blas Matamoro hizo notar con acierto que los textos normalmente se leen. Las entrevistas, en cambio, también se oyen:

Tienen la palpitación de la palabra inmediata, incorregida, incorregible (…). El escritor puede protegerse de su escritura, pero está indefenso ante su habla. De ahí el encanto peculiar que ostentan los libros de carácter coloquial. No vienen del silencio donde surge la palabra memorable, sino del murmullo incesante (…), del infinito discurrir a voces que es la historia humana.

Reina Roffé

Sueño de sueños

Jorge Luis Borges

Esta entrevista es la versión completa de dos conversaciones

que mantuve con el autor argentino en el año 1982. Una de ellas

tuvo lugar en la ciudad de Chicago y la otra en Nueva York.

Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-Suiza, 1986)

Desde su comienzo como poeta, con Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), Jorge Luis Borges fue objeto de panegiristas y detractores, produciendo siempre un fuerte impacto en el ambiente cultural argentino. La etapa de lúcido ensayista, que propició títulos como Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932), Historia de la eternidad (1936), entre otros, revela las preocupaciones que son eje fundamental en su obra: la angustia metafísica; el sentido del tiempo, de la vida y del universo; el difuso límite entre realidad e irrealidad. Maestro del cuento fantástico, dio en Ficciones (1944), El Aleph (1949), El Hacedor (1960), El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975) una nueva concepción del género, una lógica distinta en cuanto a lenguaje y forma. Tanto en su poesía como en su prosa supo combinar lo universal y lo auténticamente criollo, la fantasía y sus conocimientos excepcionales.

Yo preferiría pensar que, a pesar de tanto horror, hay un fin ético en el universo, que el universo propende al bien, y en ese argumento pongo mis esperanzas.

Jorge Luis Borges

Cierta vez usted dijo que sus cuentos preferidos eran «La intrusa», «El Aleph», «El Sur». ¿Sigue creyendo lo mismo?

No, ahora mi cuento preferido es «Ulrica». Ulrica es una muchacha noruega que está en un lugar muy culto, en York, lugar del todo distinto; en cambio, «La intrusa» transcurre en los arrabales de Buenos Aires, en Adrogué, en Turdera, y todo ocurre hacia 1890 y tantos; son incomparables ambos cuentos, yo creo que es mejor «Ulrica». Pero hay gente que dice que el mejor cuento mío, o quizás el único, es «Funes, el memorioso», que es un lindo relato que nació de una larga experiencia del insomnio. Yo vivía en el hotel de Adrogué, que ha sido demolido, trataba de dormir y me imaginaba ese vasto hotel, sus muchos patios, las muchas ventanas, los distintos pisos, y no podía dormir. Entonces surgió el cuento: un hombre abrumado por una memoria infinita. Ese hombre no puede olvidar nada y cada día le deja literalmente miles de imágenes; él no puede librarse de ellas y muere muy joven abrumado por su memoria infinita. Es el mismo argumento de otros cuentos míos; yo presento cosas que parecen regalos, que parecen dones, y luego se descubre que son terribles. Por ejemplo, un objeto inolvidable en «El Zahir»; la enciclopedia de un mundo fantástico en «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»; en «El Aleph» hay un punto donde se concentran todos los puntos del espacio cósmico. Esas cosas resultan terribles. Y he escrito un cuento, «La memoria de Shakespeare», que me fue dado por un sueño. Estaba en Europa, nos contábamos sueños María Kodama y yo. Ella me preguntó qué había soñado. Yo le dije: un sueño muy confuso del cual recuerdo una frase. La frase era en inglés: «I sell you Shakespeare’s memory». Después sentí que lo de vender estaba mal, ese trabajo comercial me desagradó, entonces pensé en una persona que le da a otra la memoria de Shakespeare o la que él tuvo unos días antes de morir. Ese cuento está hecho para ser un cuento terrible, un hombre que está abrumado por la memoria de Shakespeare, que casi enloquece y no puede comunicárselo a nadie porque Shakespeare lo ha comunicado mejor en su obra escrita, en las tragedias, en los dramas históricos, en las comedias y en los sonetos.

¿Entonces «Ulrica» es para usted su mejor cuento?

Según algunos amigos, es el único cuento que yo escribí; los otros se pueden considerar borradores de ese cuento, pero creo que es una exageración, vamos a admitir uno o dos más.

Ulrica da la impresión de ser una mujer irreal. Por otra parte, es autosuficiente y hasta parece que desdeña a los hombres.

¿Sí?

Usted, una vez, me dijo que el matrimonio era un destino pobre para la mujer. ¿Qué destino piensa que sería el apropiado?

Yo diría, en principio, que el matrimonio enriquecido con la infidelidad.

Volvamos a ponernos serios. ¿«El Golem» y «Límites» son sus poemas preferidos?

Bioy Casares me dijo que «El Golem» era el mejor poema mío, porque hay humor y en otros no. «Límites» corresponde a una experiencia que todo el mundo ha tenido y que quizás algunos poetas no la hayan expresado: el hecho de que cuando uno llega a cierta edad ejecuta muchos actos por última vez. Yo llegué a sentir eso. Ya era un hombre viejo y mirando la biblioteca pensé: cuántos libros hay aquí que he leído y no volveré a leer; y también la idea de que cuando uno se encuentra con una persona equivale a una despedida posible, ya que uno puede no verla más. Es decir, que estamos diciéndole adiós a las personas y a las cosas continuamente, y esto no lo sabemos.

¿Y a sí mismo también? El final de «Límites» es muy elocuente en este sentido.

Dice: «...espacio y tiempo y Borges ya me dejan», creo, ¿no? A mí se me ocurrió ese argumento hace como cuarenta años, entonces lo atribuí a un poeta imaginario montevideano que se llamaba Julio Gatero Haedo; en un principio el poema era de seis líneas, luego me di cuenta de que tenía mayores posibilidades y surgió «Límites», que contiene la misma idea: «Para siempre cerraste alguna puerta / y hay un espejo que te aguarda en vano; / la encrucijada te parece abierta / y la vigilia, cuadriforme Jano».

¿Los escritores desarrollan las mismas ideas a lo largo de su obra y las que toman de otros autores?

Yo tengo muy pocas ideas, de modo que estoy siempre escribiendo el mismo poema con ligeras variaciones y con la esperanza de enmendarlo, de mejorarlo. Por otra parte, lo que uno lee es algo muy importante. Esto se nota mucho en la obra de Leopoldo Lugones; detrás de cada libro de Lugones hay un autor que es una especie de ángel tutelar. Detrás de Lunario sentimental está Julio Laforgue, detrás de toda su obra está Hugo, que para Lugones era uno de los grandes cuatro poetas. Lugones los enumera. Cronológicamente vendrían a ser: Homero, Dante, Hugo y Whitman. Pero se abstiene de Whitman cuando publica Lunario sentimental, porque creía que la rima es esencial y como Whitman es uno de los padres del verso libre, ya no era un poeta ejemplar para él.

Antes usted pensaba que Whitman era toda la poesía.

Sí, pero es un error suponer que alguien sea toda la poesía, siempre queda mal.

¿Qué me puede referir sobre el suicidio de Lugones?

Se cuenta que para darse valor pidió un vaso de whisky, que él no había bebido nunca. Después, tomó cianuro que había traído de Buenos Aires, porque se mató en una isla del Tigre. Parece que si uno toma cianuro, el dolor es terrible, pero si se toma con alcohol, es peor todavía. Sin embargo, su muerte fue rápida. Me dijeron que no tuvo tiempo de reponer el vaso de agua en la mesa.

Lugones fue muy famoso en su tiempo, ¿tanto como usted?

¡Mucho más!

¿Recuerda ese poema suyo, «La fama»?

Tiene una serie de circunstancias que son insignificantes y cuya suma no creo que diga que yo soy famoso.

Acaba de mencionar a los ángeles tutelares de Lugones. ¿Cuáles son los suyos?

Yo querría ser digno de Stevenson o de Chesterton, pero no sé si lo soy. En todo caso, los he leído con mucho placer, aunque mi escritura sea torpe. No sé si soy un buen escritor, pero un buen lector sí, lo cual es más importante. Soy un lector agradecido y ecléctico, un lector católico, digamos. He estudiado algunos idiomas tratando de conocer toda la literatura, lo cual es imposible. En fin, yo siento gratitud por tantos idiomas, por tantos autores, por tantos países. América ha sido muy generosa con el mundo, sobre todo New England. En New England, Poe, Melville, Thoreau, Emily Dickinson, Henry James...

En «La busca de Averroes», usted crea una atmósfera donde todo parece inalcanzable, inútil. Usted mismo dice que es el proceso de una derrota.

Ese es un tema bastante complejo. El tema de «La busca de Averroes» es este: si yo elijo a Averroes como protagonista de un cuento, ese Averroes no es realmente Averroes, soy yo. Por ejemplo, escribo un poema a Heráclito y digo: Heráclito no sabe griego. ¡Claro!, porque Heráclito no es realmente el Heráclito histórico, sino yo jugando a ser Heráclito. Por eso, voy evocando a Averroes y al final, al final del relato, comprendo que ese Averroes es simplemente una proyección mía; entonces hago que se mire en el espejo, se mira en el espejo y él no ve a nadie, porque yo no sé qué cara tenía Averroes, y así el cuento se diluye. Todo esto salió de la lectura de un libro de Ernest Renan sobre Averroes.

En «El milagro secreto» hay un relato dentro del relato.

Es el juego que encontramos en Las mil y una noches continuamente y que también empleó Cervantes. En la primera parte de El Quijote, está la novela de El curioso impertinente, por ejemplo; y el escenario en el escenario en la tragedia Hamlet.

En su cuento «El jardín de los senderos que se bifurcan», hay laberintos en el espacio y en el tiempo. ¿De dónde proviene su idea del laberinto?

Proviene de un grabado que había en un libro francés en el que se encontraban las siete maravillas del mundo y, entre ellas, estaba el laberinto, que era como una gran plaza de toros, pero muy alta. Se veía que era muy alta, porque había un pino que no llegaba a la altura del techo y había hendijas. Pensé, siendo chico, que si yo miraba bien podía ver al minotauro que estaba adentro. En realidad, jugué con esa idea y me gusta pensar ahora que juego con ella. La palabra es tan linda, laberinto.

En sus textos, la realidad se borra con la idea del infinito, pero a la vez usted crea una irrealidad, a mi parecer, que produce angustia.

Bueno, ojalá, usted está siendo muy generosa conmigo.

Esto aparece de manera muy clara en «La muerte y la brújula».

Sí, pero voy a tener que reescribir ese cuento, porque lo escribí de un modo muy torpe. Creo que debería señalar de forma más enfática que el detective sabe que van a matarlo, porque si no parece un tonto, mejor que sea un suicida. Además, como los dos personajes se parecen mucho, el criminal se llama Red Scharlach y el detective se llama Lönrot (rot es «rojo» en alemán), y razonan del mismo modo, sería mejor modificarle un poco el final, quitarle el elemento de sorpresa que puede haber. Claro, cuando yo escribí ese cuento lo escribí como un cuento policial, pero ahora creo que ese cuento puede tener algo distinto, puede ser una especie de metáfora del suicidio, es decir, que puede enriquecerse mediante cuatro o cinco líneas más. Para eso tendría que hacerme leer el cuento en voz alta, tendría que fijarme en los pasajes, pero soy tan haragán.

Bien puede tomarse como una metáfora del suicidio, porque el personaje va a buscar su muerte.

Pero creo que en el texto no se entiende bien eso o yo mismo no lo entendí. Aunque algo debí de haber entendido, ya que uno se llama Red Scharlach, scharlach es «escarlata» en alemán y red es «rojo»; y el otro es Erik, que hace pensar en Federico el Rojo, que descubrió América; luego Lönrot, rot es «rojo», es decir, yo los he visto como si fueran el mismo personaje. Sí, sería mejor que ese cuento fuera leído como un cuento fantástico o como una metáfora del suicidio, digamos.

¿Usted acostumbra a reescribir sus cuentos?

No lo he hecho hasta ahora; solo con los poemas. El gran poeta William Butler Yeats hacía lo mismo. Por eso, sus amigos le dijeron que no tenía derecho a modificar sus older poems, y él les respondió: «It is myself that I remake», es decir, al modificarlos yo mismo me estoy rehaciendo. Cuando escribo un cuento, es porque he recibido una suerte de revelación, digamos, y lo digo con toda humildad. Es decir, he entrevisto algo, generalmente el principio y el fin de la fábula y, luego, tengo que suplir lo que falta, lo que está entre el principio y el final. De modo que pienso reescribir «La muerte y la brújula» para quitarle todo elemento de sorpresa y para que el lector sienta que el detective es un voluntario suicida.

En cierta oportunidad, usted dijo que la literatura está hecha de artificios y conviene que el lector no los note.

Desde luego, si el lector nota un artificio, se perjudica el texto.

¿Cuáles son los artificios, los secretos, sus claves para escribir?

Yo no tengo ninguno. Creo que cada cuento impone su técnica. A mí se me ocurre algo de un modo vago y después voy averiguando si eso debo escribirlo en prosa o en verso, si conviene el verso libre o la forma del soneto. Todo me es revelado o yo lo busco, y no siempre lo encuentro. Creo que hay dos elementos en la creación literaria: uno, de carácter psicológico o mágico, puede ser la musa, el espíritu, podría ser lo que los psicólogos llaman la subconsciencia; y el otro es donde ya trabaja la inteligencia. Conviene usar de los dos. Poe creía que la poesía era una obra puramente intelectual, yo pienso que no. Se necesita, ante todo, emoción. Yo no concibo una sola página escrita sin emoción, sería un mero juego de palabras en el sentido más triste.

En el poema «La noche cíclica» usted parece descreer de toda filosofía.

Sí, pero tiendo a ser idealista. Se supone que todo es un sueño, tiendo a suponer eso, a imaginar eso. Es decir, yo puedo descreer del mundo material, pero no del mundo de la mente. Puedo descreer del espacio, pero no del tiempo.

En otro de sus cuentos, «Los teólogos», se plantea el tema de la identidad personal, ¿lo recuerda?

Tiene razón, ese cuento es la historia de dos enemigos; al final se encuentran, creo, en el cielo y descubren que para Dios son la misma persona, las diferencias que los separaban eran mínimas y uno hace quemar al otro. Qué raro, usted es la primera persona del mundo que me habla de ese cuento.

Han hablado muchas otras personas.

Pero a mí no me han dicho nada. Yo he encontrado dos referencias en la poesía que tienen que ver con la identidad. Una, en Walt Whitman y está al principio de Leaves of Grass, dice: «I know little or nothing concerning myself». Otra, en Hugo, que dice con una hermosa metáfora: «Je suis voilé pour moi même. Je ne sais pas mon vrai nom». Estoy velado para mí mismo, no sé mi verdadero nombre. Esa imagen del hombre velado para sí mismo es muy linda. Los dos sintieron lo mismo, los dos grandes poetas, Whitman y Hugo, sintieron que no sabían quiénes eran.

¿La visión del mundo como un caos en «La biblioteca de Babel» representa su mirada personal?

Por desgracia, es lo que siento. Pero quizá sea secretamente un cosmos, tal vez haya un orden que no podemos percibir. En todo caso, debemos pensar eso para seguir viviendo. Yo preferiría pensar que, a pesar de tanto horror, hay un fin ético en el universo, que el universo propende al bien, y en ese argumento pongo mis esperanzas.

¿Pero para usted el universo es absurdo?

Creo que tendemos a sentirlo así. No es una cuestión de inteligencia, sino de sentimientos. No sé, yo tengo la impresión de que uno vive entre gente insensata. Bernard Shaw decía que en Occidente no había adultos, la prueba de ello está en un hombre de noventa años que muere con un palo de golf entre las manos. En otras palabras, hay personas a quienes los años no le traen sabiduría, sino golf. Yo tengo un poco esa impresión también, pero no sé si soy siempre adulto, en todo caso trato de serlo, de no dejarme llevar por pasiones, por prejuicios; es muy difícil, ya que, de algún modo, todos somos víctimas y quizá cómplices, dada la sociedad actual que es indefendible.

En otro de sus cuentos, que aparece en El libro de arena, y que se titula «El Congreso»...

Ah, sí, ese cuento es el más ambicioso mío.

¿Es autobiográfico?

No, ese cuento empieza siendo un cuento de Kafka y concluye siendo un cuento de Chesterton. Es una vasta empresa, esa empresa va confundiéndose con el universo, pero cuando los personajes descubren eso, no se sienten defraudados, sino muy felices. Hay una especie de apoteosis al final, creo recordar. Bueno, he pensado que convendría reescribirlo y arreglarlo, habría que acentuar más los caracteres, porque como yo lo he escrito son simplemente nombres, habría que soñar bien esos personajes, habría que inventar episodios que no figuran allí y podría ser una novela breve, ya que yo soy incapaz de trabajos largos.

En una de las primeras páginas de este cuento se dice: «Me he afiliado al partido conservador y a un club de ajedrez». ¿Usted es conservador, Borges?

Yo no sé si todavía queda algo que conservar.

¿Tal vez el club de ajedrez?

Sí, salvo que soy pésimo ajedrecista. Mi padre me enseñó el ajedrez y me derrotaba siempre; él jugaba bien y yo nunca aprendí. El ajedrez es una hermosa invención árabe o de la India, no se sabe. En Las mil y una noches se habla del ajedrez. Hay un cuento de un príncipe que había sido convertido en mono y para demostrar que es un hombre juega al ajedrez. Las mil y una noches, ese libro espléndido en el cual hay también sueños dentro de sueños y sueños dentro de esos otros sueños.

El gaucho Martín Fierro, la obra emblemática de la literatura argentina, ¿es para usted un mal sueño? ¿Qué opinión le merece?

Creo que es estéticamente admirable, pero éticamente horrible. La obra, desde luego, es espléndida. Uno cree en el personaje del todo, además resulta imposible que no haya existido, pero no es un personaje, digamos, ejemplar. Además, quería pasarse al enemigo, que entonces eran los indios. Yo no creo que la historia de Martín Fierro pueda ser, como se ha supuesto, la historia del típico general de los gauchos, ya que si todos hubieran desertado no se hubiera conquistado el desierto. Tenía un tipo distinto. Martín Fierro corresponde, digamos, al gaucho malo de Sarmiento, al tipo del matrero que no fue muy común. Una prueba de ello es que aún recordamos a Hormiga Negra, a Juan Moreira; en Entre Ríos a Calandria, es decir, ese tipo fue excepcional, los gauchos, en general, no eran matreros. Yo profeso la mayor admiración por el Martín Fierro, podría recitarle a usted páginas y páginas de memoria, pero no creo que el personaje sea ejemplar ni que José Hernández lo haya pensado como ejemplar. Eso lo inventó Lugones cuando escribió El Payador en el año 1916. Él propone el Martín Fierro como una epopeya argentina y al personaje como un personaje ejemplar, como un héroe, como un paladín, lo cual es evidentemente falso.

¿Recuerda algún payador?

Sí, yo fui muy amigo de Luis García, que era un señor, no un compadrito. Un hombre con modales suaves, hablaba como un señor.

¿En qué radica la diferencia entre un señor y un compadrito?

Por lo pronto, en una indumentaria distinta. El señor llevaba cuello y corbata; el compadrito, pañuelo al cuello y zapatos de taco alto, saco cruzado. Sobretodo, nunca.

¿Los compadritos vestían de negro?

Todo el mundo en esa época vestía de negro. Y todavía hoy, en muchos lugares. En los pueblos de España, las mujeres visten de negro.

¿Los criollos tenían un lenguaje muy austero, muy económico comparado con el que se utiliza en España?

Ah, sí.

¿Usted fue amigo de Arturo Capdevila, él hablaba de una forma muy castiza, no?

Capdevila, no sé por qué, había tomado como modelo a los personajes del teatro español del siglo XIX. Decía cosas que nadie decía. Una vez fui a su casa, estaban por servir el té. Capdevila dijo: «Viva Dios, pronta está (o lista está) la merienda». Recuerdo una frase muy linda de él. Un día, yo estaba solo en la confitería Saint James tomando un vaso de leche. Pasó Capdevila y, al verme, me dijo: «Mi querido Borges (no tenía acento cordobés, tenía tonada española), usted está bebiendo su lepra». Qué linda frase, ¿no?: Borges, usted está bebiendo su lepra. Parece una frase bíblica. Según su teoría, la leche y el pescado podían producir lepra. Porque, en algún momento, desde San Pedro hasta Punta Lara, el bajo Saavedra, el bajo de San Isidro, parece que abundaba la lepra.

¿Y usted comía pescado?

En ocasiones. Pero antes, en la Argentina, se comía carne tres veces al día. Todas las mañanas había caldo, después puchero (el puchero era muy copioso); había arroz, tocino, choclo, zapallo, batata, tomate y carne. Y después de eso, solía servirse un bife. De noche, sobre todo si venían visitas, la comida era terrible. Se servía primero sopa, después cuatro platos; podía haber milanesas y después churrasco. Luego, el postre, que era muy rico: dulce de batata, dulce de zapallo, dulce de tomate, dulce de leche, también fruta. Y no se servía una tacita, un pocillo de café, como ahora, sino un tazón de café con leche. En Estado Unidos, hacen unas mezclas increíbles con las comidas. Por ejemplo, sirven puré (muy mal hecho) y lechuga y, a veces, pasta. ¿A quién se le ocurre una combinación así?, no tiene nada que ver. Y si uno quiere que en un restaurante le sirvan otra cosa, es muy difícil, son de menú fijo. En cambio, en Buenos Aires, uno puede pedir lo que quiera. Yo pido tortilla a la española y la preparan especialmente y en el momento. En fin, no hay por qué consultar la carta, le preparan lo que uno pide. Qué raro, uno piensa que Estados Unidos es un país organizado, pero los restaurantes no. Cuando yo le cuento a los norteamericanos que en Buenos Aires o en Montevideo no es necesario ir a un restaurante italiano para comer pastas, se asombran. ¿Se fijó que ahora Buenos Aires está lleno de restaurantes chinos? Son muy buenos. Hay uno enfrente de mi casa, en la calle Maipú, entre Charcas y Paraguay. Cantina china, se llama. Japoneses, existen varios. Hay uno excelente en la calle Independencia. Pero en Buenos Aires prefieren la comida china. En los chinos sirven diez, quince platos distintos, un poquito de cada cosa. Son una antología de sabores.

A propósito, ¿cuál es su plato preferido?

Hoy estoy a favor del pastel de carne.

Volviendo a Capdevila, él decía que el idioma se estaba deformando en la Argentina. ¿No le gustaba el uso del «vos»?

Es posible que el uso del «vos» desaparezca. En la República Oriental, yo tengo muchos parientes, más que en Buenos Aires, que ya casi no tengo ninguno, a excepción de una hermana. En Montevideo, tengo a los Lafinur, a los Haedo y a otros. En Montevideo, como le decía, se usan formas del verbo que corresponden al «vos», pero se dice «tú». De modo que la gente, dice: «Mirá tú, vení tú». Usar el «vos» es hablar en malevo. Ellos no dicen «lunfardo», dicen «hablar en malevo».

¿El lunfardo es una jerigonza carcelaria?

Se supone que sí. ¿Yo le conté sobre Roberto Arlt? Roberto Arlt, Olivari, González Tuñón, gente del centro, digamos, conocían bien el lunfardo. Aunque Roberto Arlt, que era fácilmente iracundo, dijo: «Bueno, yo me he criado en Ciudadela, entre gente pobre, entre malevos y no he tenido tiempo de estudiar esas cosas», dando a entender que el lunfardo era una invención exclusivamente porteña.

Evaristo Carriego sí que apreciaba el lunfardo, ¿verdad?

Escribió algunas composiciones en lunfardo publicadas en una revista policial que se llamaba L.C., lo cual quiere decir ladrón conocido. Carriego era un muchacho de familia distinguida entrerriana, que se volvió pobre. La casita de él era muy modesta, la casita donde escribió El alma del suburbio estaba en Honduras y Coronel Díaz. Esos fueron los barrios de Muraña, de Jorge Chileno, de Paredes y de otro tipo de gente como Alfredo Palacios y mi primo Lafinur.

¿Conoció a Alfredo Palacios?

Sí, venía todos los domingos a comer a mi casa.

¿Güiraldes también iba a su casa?

Bueno, eso fue mucho después. Lo que le digo de Alfredo Palacios corresponde a 1910; a Güiraldes lo conocí en 1925, quince años después.

¿Le gusta el tango?

Prefiero la milonga antigua y algunos tangos viejos como «El choclo», «El entrerriano», «Don Juan», «La Unión Cívica». Carlos Gardel era conservador. La mayoría de los cuchilleros que yo conocí eran conservadores. Por lo general, habían sido guardaespaldas de los caudillos conservadores.

¿Ricardo Güiraldes era buen guitarrista?

Sí.

¿Y Macedonio Fernández?

Macedonio creía saber tocar la guitarra; tenía el hábito de la guitarra, como tenía el hábito del mate y del cigarrillo. Pero yo nunca lo oí tocar nada. Se hizo retratar con una guitarra.

Macedonio tenía una tertulia. ¿Usted la frecuentaba?

La tertulia era los sábados en la esquina de Jujuy y Rivadavia.

En la cafetería La Perla del Once. Yo viví un tiempo en esa zona de Buenos Aires. Ahora la calle Jujuy es una avenida.

Es ancha, sí, claro... Cuando mi madre era chica, la edificación concluía en Jujuy o en Pueyrredón. Después había quintas, hornos de ladrillo, la laguna Guadalupe, donde ahora está la Iglesia de Guadalupe. Pero cuando yo era chico la edificación concluía en lo que hoy es la Juan B. Justo, y lo que antes era el famoso Arroyo Maldonado. ¿De qué estábamos hablando?

De Macedonio.

Ah, sí... en la tertulia de Macedonio nos reuníamos Santiago Dabove, César Dabove, Carlos Pérez Ruiz, un amigo mío que se llamaba Guillermo Juan, Manuel Peyrou, Enrique Fernández Latour...

Dicen que Macedonio tenía un gran sentido del humor.

Cierto. Decía, por ejemplo: «Los gauchos son una diversión que tienen las estancias para los caballos». Además, le gustaba hacer bromas. Una vez le preguntaron qué pensaba de Góngora, contestó: «Yo no duermo de ese lado, Quevedo y Mark Twain me mantienen despierto». Mejor, más redondo, hubiera quedado: «¿Qué le parece Góngora? No duermo de ese lado». Y punto, para qué agregar otros nombres.

¿Y usted, Borges, de qué lado duerme con respecto a la literatura española?

Diría que del lado de Cervantes y Quevedo. Le cuento algo: conocí a Gerardo Diego en 1920. Él hablaba de Góngora y yo de Quevedo. Lo volví a ver muchos años después y seguía hablando de Góngora. Bueno, no teníamos por qué cambiar de tema, así que retomamos la misma conversación. Me acuerdo de que coincidimos en una reunión y él me mandó de obsequio un verso de Quevedo sobre el Duque de Osuna. Me lo envió como si fuese un dulce, un bombón. El último verso es este: «Murió en prisión, muerto estuvo preso». Pensándolo bien, imposible que sea un verso más chato, ¿no? Porque una persona que muere está libre de todo. La idea de que el muerto está preso es una idea rarísima. Se supone que si está muerto...

¿Macedonio Fernández le temía a la muerte?

Sí, pero al mismo tiempo decía que era insignificante.

¿Fue a raíz de la revista Proa que usted conoció a Güiraldes?

Esa revista la fundó Brandán Caraffa que, para fundarla, se valió de un truco. El truco fue este: yo había vuelto de Europa, ya había escrito algo; Brandán me dijo: «Quiero fundar una revista que represente a la nueva generación literaria. Ya nos hemos reunido con Güiraldes, Rojas Paz y pensamos que la revista sería imperfecta si usted no fuera uno de los directores». Entonces, yo me sentí muy halagado. Qué bien, me dije, han pensado en mí y yo no soy nadie. Luego, Brandán Caraffa y yo nos encontramos con Güiraldes en un hotel de la calle San Martín y Córdoba. Ahí, Güiraldes, mientras esperábamos a Rojas Paz, comentó: «Ustedes son más jóvenes y yo un hombre mayor, me sentí muy halagado cuando Caraffa me dijo que pensaron en mí para fundar la revista, porque una revista de jóvenes no podía prescindir de mí». Llegó Rojas Paz, y yo le dije: «Brandán le habrá contado que nos reunimos Güiraldes, él y yo y resolvimos que una revista de jóvenes no podía prescindir de usted». Lo miré a Brandán y se rio. Cada uno de nosotros puso cincuenta pesos, a mí me los dio mi padre. Reunimos doscientos pesos y con ese dinero sacamos el primer número de Proa, de trescientos ejemplares. La revista tenía ciento veinte páginas en papel pluma. Doscientos pesos, aún entonces tenía que haber costado más de esa cantidad. ¿Qué hace ahora con doscientos pesos en Buenos Aires?

¿Usted también escribió en el periódico literario Martín Fierro?

Sí, pero muy poco. Habré colaborado un par de veces. Yo no pertenecía a ese grupo. Era una revista de Evar Méndez, Oliverio Girondo, Jacobo Fijman...

¿También estuvo vinculado a la revista mural Prisma?

A esa, sí. La concebimos mural por razones económicas, no teníamos dinero. Yo me fijé en los avisos que había en las paredes de las calles y pensé: «¿Cuánto puede costar una hoja impresa de este modo?». Fuimos a una imprenta en la calle Balcarce, cerca de Plaza de Mayo, y nos dijeron que quinientas páginas salían unos noventa pesos. Así que reunimos el dinero necesario y la sacamos.

Duró poco, nada más que dos números.

Sí, porque Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros, leyó Prisma, le gustó y nos invitó a colaborar en su publicación. De modo que ya no precisamos una revista propia para escribir.

Leopoldo Marechal también colaboraba en Martín Fierro y en la revista Proa. ¿Usted lo conoció a Marechal?

No, no lo conocí. Pero sé que tenía el orgullo de ser de Villa Crespo, donde la gente era singularmente valiente. Marechal debe ser un apellido francés, él no sabía francés, tiene que ser de la Martinica, porque era mulato.

¿Alguna vez recorrió el barrio porteño de Villa Crespo?

Naturalmente, si yo me crie en Palermo, que está al lado. Es muy extraño lo que pasó con Villa Crespo. Primero fue un barrio criollo, después italiano, luego judío y, actualmente, creo que es árabe. Pasó por curiosas etapas. Pero cuando yo lo conocí, era un barrio judío. Fui muy amigo de un librero, Gleiser, que vivía en la esquina de Triunvirato y Caning (antes Corrientes se llamaba Triunvirato).

¿La polémica Boedo-Florida fue una broma tramada por Mariani, creo que usted dijo una vez?

Fue una ficción, sí, una broma tramada por Mariani y por Ernesto Palacios. Ellos pensaron que en París había cenáculos, polémicas literarias y que todo eso faltaba en Buenos Aires. Por lo tanto, crearon esos dos grupos, de Boedo y de Florida, e inventaron polémicas. Fue un truco publicitario, digamos, porque no existieron nunca esas escuelas. Por ejemplo, ahí tiene el caso de Arlt, a él se lo relaciona con los de Boedo. Sin embargo, era secretario de Güiraldes, a quien se lo vincula con los de Florida. Yo hubiera querido ser de Boedo y me dijeron que no, que ya estaba hecha la repartición y a mí me había tocado ser de Florida. Aquello fue una broma tomada en serio por los historiadores de la literatura que son bastante ingenuos.

Y de la revista Sur, ¿qué me puede decir?

Bueno, como usted sabe, la fundó Victoria Ocampo. Yo le hice una broma a Victoria, le dije por qué le había puesto Sur si ella vivía en San Isidro, que no tenía derecho a emplear esa palabra. En cambio, yo sí, porque me había criado en Adrogué.

Se cuenta que fue el poeta norteamericano Waldo Frank quien sugirió el nombre de Sur.

Puede ser, porque él estuvo en Buenos Aires. Aunque algunos dicen que fue Eugenio d’Ors, otros Ortega y Gasset. Pero creo que se atribuye el nombre a Waldo Frank. Es un lindo nombre, Sur, ¿eh?

Sí, además, ubica, sitúa.

Drieu La Rochelle mandó una desaprobación diciendo que Sudáfrica no estaba representada y Australia tampoco en la revista. Pero, en fin, no se había pensado en eso. Tampoco habíamos recibido colaboraciones de Sudáfrica o de Australia.

¿Qué recuerda de Victoria Ocampo?

Que me ayudó mucho. Me protegió en un momento en el que yo era un desconocido y ella muy conocida. Ahora es una persona famosa, más famosa por sus actos que por su obra escrita.

¿Es cierto que usted le regaló un ejemplar de Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes al cuchillero Nicolás Paredes?

Sí, se sintió muy defraudado. Me dijo: «¿Este criollo a qué hora pelea?». Le voy a contar algo de Don Segundo, porque voy a escribir sobre esto alguna vez, pero si usted quiere adelantarlo, mejor. Bueno, la vejez de Don Segundo Sombra fue muy rara. Él era el capataz de la estancia La porteña de Güiraldes en San Antonio de Areco, que está al norte de la provincia de Buenos Aires. Güiraldes lo tomó como modelo para el libro. Don Segundo era santafecino, es decir, un poco extranjero para la provincia de Buenos Aires. Se llamaba Segundo Ramírez Sombra. Güiraldes, con buen sentido literario, omitió el Ramírez que no dice nada y así quedó Don Segundo Sombra. Que está muy bien, porque Segundo presupone un primero y Sombra presupone una forma que la proyecta. Don Segundo se hizo famoso. Güiraldes llevó a su estancia a personas como Ortega y Gasset, Waldo Frank, Victoria Ocampo, La Rochelle para que lo conocieran. En el pueblo, en San Antonio, vivían cuchilleros que habían sido guardaespaldas del padre de Güiraldes, que fue intendente de San Antonio. Estos cuchilleros estaban furiosos. Decían por qué el niño Ricardo había escrito un libro sobre este viejo infeliz que no sabía cómo se agarraba un cuchillo, entonces lo provocaban. De modo que la vida del viejo Don Segundo, que era un hombre tranquilo, pasó a ser una vida muy cambiante. Pasó de ser un personaje legendario a ser un viejo santafecino a quien provocaban los otros. Los nombres de quienes lo desafiaban muestran que eran gente brava, debían muchas muertes. Había uno que se llamaba el Toro Negro y al hijo de él le decían el Torito. Y estaba Soto, que era muy famoso. Cuando Don Segundo estaba en el almacén y veía entrar por la puerta a uno de estos malevos, huía inmediatamente. Soto era un hombre bastante bravo. Figúrese, cierto día llegó un circo al pueblo. En el circo había un domador de leones que había despertado el asombro de la gente, pero tenía la desgracia de llamarse Soto. A Soto, el cuchillero, no le gustó nada que la gente hablara con admiración del otro Soto. De modo que, una tarde, en el despacho de bebidas, el cuchillero se le acercó al domador y le dijo: «Quiero saber su gracia, su nombre». Y el otro le respondió: «Soto, para servirlo». Entonces el cuchillero le dijo: «Aquí el único Soto soy yo, de modo que no se apure, elija el arma, que yo lo espero afuera». Nunca se peleaba bajo techo, porque era ofender la casa, aunque la casa fuese un prostíbulo. El domador no sabía qué hacer, pero alguien le alcanzó un puñal. Salió a la calle, pero como no sabía manejar el puñal, el cuchillero lo mató. Luego, los testigos, creo que entre ellos también había un vigilante, dijeron que el domador había provocado a Soto y, como este era el héroe local y el otro un forastero, todo quedó como si nada hubiera pasado. Así que, si uno tiene como enemigos a gente como Soto, el Toro Negro o el Torito, es mejor cuidarse, ¿no? Efectivamente, Don Segundo Sombra se cuidó. Murió de muerte natural no sé en qué fecha. Mis amigos y yo le hicimos una broma a Güiraldes publicando una nota en el diario desmintiendo el rumor de que el cadáver de Don Segundo iba a ser repatriado a un lugar de Italia, tratándolo como si fuese un gringo.

En el exterior, a la Argentina, en el mejor de los casos, se la sigue asociando con los gauchos, el mate...

Ahí tiene, el tipo del gaucho es un tipo que ha desaparecido. Yo vi gauchos por primera vez en Montevideo, eran troperos que traían hacienda. Actualmente, creo que este tipo se da al sur del Brasil, al norte del Uruguay, en la provincia argentina de Corrientes también. En la provincia de Buenos Aires ya no se da.

En algunos de sus cuentos los personajes toman mate. ¿Qué simboliza el mate para el argentino?

Supongo, más bien, que un hábito, un modo de poblar el tiempo o de perderlo. Yo no soy matero.

Usted representa el espíritu cosmopolita, habla desde una cultura universal...

Tanto como universal no sé, hago lo que puedo.

¿De dónde provienen sus primeras lecturas, su formación?

Le debo mucho a la literatura inglesa, incluyendo a la americana, desde luego. En casa, la mayoría de los libros eran en inglés; la Biblia era King James Bible; Las mil y una noches, la de Lane o la de Burton. Mi padre me dio los libros ingleses de su biblioteca. Hablábamos indistintamente inglés y castellano. Hablaba español con mi abuela materna que se llamaba Leonor Suárez de Acevedo y en inglés con mi abuela paterna, Frances Ann Haslam de Borges, que se casó con ese coronel Borges que se hizo matar.

Aunque se lo conoce por sus conocimientos de otras culturas, en sus cuentos aparecen compadritos y cuchilleros. ¿Cómo eran los compadritos de antes?

Bueno, no sé cómo eran realmente, porque los que yo alcancé ya eran malevos jubilados ¿no?

¿Siempre estaban debiendo una muerte?

Sí, en todo caso se suponía eso y, a veces, más de una muerte. Recuerdo a un amigo, el cuchillero Paredes de Palermo, que decía: «¡Quién no debía una muerte en mi tiempo, hasta el más infeliz!». Paredes había sido uno de los guardaespaldas de Juan Muraña.

¿Eran hombres de mucho coraje?

Sí, coraje individual, ya que no tenían ideales de ninguna especie.

¿Usted es un cultor del coraje?

Bueno, digamos que sí. Quizá porque soy físicamente muy cobarde admiro lo que me falta. Coraje cívico, tengo; físico, ninguno. Mi dentista lo sabe muy bien.

¿Su abuelo y también su padre se dejaron matar?

Mi abuelo se dejó matar, mi padre se dejó morir. Lo de mi padre fue un acto de mayor valentía. En cambio, lo de mi abuelo, el coronel Borges, es caso aparte, ya que morir en una batalla debe ser bastante fácil. Pero renunciar, como mi padre, a todo medicamento, rehusar inyecciones, no comer durante sesenta días, tomar solo un vaso de agua cuando lo quemaba la sed, no permitir que lo atendieran es muy difícil. Me parece una muerte más heroica. Tenía una enfermedad incurable y estaba postrado. Por eso, ayunaba, rechazaba todo remedio. Un día, me dijo: «No te voy a pedir que me pegues un tiro, porque sé que no lo vas a hacer; pero no te aflijas, yo me las voy a arreglar». Al cabo de dos o tres semanas no quiso ya ni beber agua y se murió. Fue como un suicidio.

¿Cómo era el Buenos Aires de antes, el que usted conoció, cómo es ahora?

No sé cómo es ahora, ya no lo conozco. El que yo alcancé era un Buenos Aires pequeño en el espacio, pero creciente, lleno de esperanza y ahora somos una ciudad muy grande y bastante triste, bastante descorazonada por hechos que son de dominio público. Creo que esa es la diferencia, algo pequeño, creciente y algo grande, que se desmorona.

¿Solo Buenos Aires o es el país entero el que está en crisis, en decadencia?

Creo que sí, pero, bueno, tal vez los jóvenes, de ellos depende el porvenir, no piensen como yo. Sinceramente, me siento incapaz de una esperanza lógica, pero quién sabe si las cosas son realmente lógicas, por qué no creer en milagros.

Recuerdo una nota, que desató una gran polémica en 1971, titulada «Leyenda y realidad», en la que usted manifestaba su posición en contra del peronismo.

Claro, por razones éticas, nada más. Yo no soy político ni estoy afiliado a ningún partido.

¿Usted fue perseguido durante la primera etapa del peronismo?

Más o menos. Me amenazaron de muerte, pero después se olvidaron. Mi madre, en cambio, estuvo un mes presa; mi hermana y un sobrino mío también. Conmigo se limitaron a amenazas telefónicas. Por eso, me di cuenta de que estaba perfectamente seguro; si alguien va a matar a otro, no se lo comunica por teléfono, ¿no?, por tonto que sea.

Recuerdo otro de sus textos, «El simulacro», donde usted presenta a Perón como el dictador y a Eva Duarte como una muñeca rubia, y dice que crearon una crasa mitología.

El hecho que yo refiero ahí, que no recuerdo muy bien ahora, era ese: el hecho de pasear una muñeca que simulaba ser el cadáver de Eva y un señor que simulaba ser Perón. Y ganaron bastante dinero haciendo eso. Esta historia me la habían contado dos personas que no se conocían entre sí, de modo que ocurrió en El Chaco, yo no la inventé, además no es una hermosa invención tampoco, es bastante torpe, bastante desagradable ver a alguien que se pasea con un ataúd, con una figura de cera, que está jugando a ser un cadáver; es una idea terrible y que se pague para ver eso y que la gente rece. Sí, crasa mitología viene a ser lo justo. Me había olvidado totalmente de esa página, pero tiene razón, yo la escribí y la escribí porque me había llamado tanto la atención.

Usted descree de la democracia. ¿Cuál sería el gobierno ideal para Borges?

Diría que las palabras gobierno e ideal se contradicen. Yo preferiría que fuéramos dignos de un mundo sin gobiernos, pero tendremos que esperar unos siglos. Habría que llegar a un estado universal, se ahorrarían los países, eso sería una ventaja y luego no habría necesidad de un Estado si todos los ciudadanos fuesen justos, las riquezas fueran bien repartidas, no como ahora que hay gente que dispone de muchos bienes espirituales y materiales y gente que no dispone de nada. Todo eso tiene que corregirse, pero quizá tengamos que esperar unos siglos para que se modifiquen las cosas.

¿Macedonio Fernández era anarquista?

Yo le debo tanto a Macedonio... Sí, en ese sentido era spencereano. Creo que hablaba de un máximo de individuo y un mínimo de Estado.

¿Usted piensa lo mismo?

Sí, claro. Ahora estamos over-ridden, estamos haunted por el Estado, el Estado se mete en todo. Cuando fuimos a Europa en el año 14, viajamos de Buenos Aires hasta Bremen sin pasaportes, no había pasaportes; estos vinieron después de la Primera Guerra Mundial, la época de la desconfianza. Antes se recorría el mundo como una gran casa con muchas habitaciones. Ahora usted no puede dar un paso sin demostrar quién es. El Estado está constantemente abrumándonos.

Usted ha recibido muchos premios y ha sido postulado para el Premio Nobel varias veces...

Sí, pero los suecos son muy sensatos, yo no merezco ese premio.

¿Cuál sería el premio que usted desearía recibir?

El Premio Nobel, desde luego, pero sé que no lo recibiré, lo cual lo hace aún más codiciable.

Vivir de glamour

Manuel Mujica Lainez

Esta entrevista es la versión completa del diálogo mantenido

con el autor argentino en 1977, en la casa que tenía

en Buenos Aires, en el barrio de Belgrano.

Manuel Mujica Lainez (Argentina, 1910-1984)

Dotado de un ingenio mordaz y de una prosa rica en inflexiones clásicas, casticismos y voces arcaicas que remiten a la escritura de los maestros del Siglo de Oro, Manuel Mujica Lainez, conocido entre sus amigos como Manucho, es el creador de una obra que despunta con biografías, continúa con volúmenes de cuentos y con novelas que revelan una mirada reflexiva y profunda sobre la literatura y el arte. Novelas como Bomarzo (1962) y El unicornio (1965), entre otras, dan cuenta de ello y ponen de manifiesto el conocimiento del historiador en la reconstrucción de ambientes y personajes del Renacimiento y la Edad Media. Dedicó, además, muchas páginas a lo que se dio en llamar su «saga porteña», compuesta por numerosos volúmenes entre los cuales destacan dos de sus obras capitales: el libro de relatos Misteriosa Buenos Aires (1950) y La casa (1954), novela de inspiración fantástica.

Detrás de cada cuadro veo muchos otros cuadros de los que he visto en galerías y museos, detrás de cada ser humano reconozco a muchos otros que he visto en libros de Balzac, Dickens, Shakespeare, Mark Twain.

Manuel Mujica Lainez

En la Argentina, usted es más conocido por su apodo Manucho que por su nombre.

Cierto, se ha popularizado Manucho; apodo que surgió de un círculo de amigos íntimos.

Manucho es un personaje social provocador, usa chalecos vistosos y monóculos, además le encanta actuar.

Sí, en el gran teatro de la vida. Ese teatro tiene un lado atractivo, vistoso, como usted dice refiriéndose a mis chalecos, que me divierte y también divierte a los demás.

¿No le da miedo que el glamuroso Manucho eclipse al Mujica Lainez escritor?

No, para eso están mis libros. Cuando escribo, Manucho queda de lado.

Hace unos meses atrás, Bioy Casares me dijo que empezó a escribir muy pronto, cuando era un niño, para despertar la admiración de sus primas y conquistar a una de ellas. ¿Cómo fue en su caso?

En mi caso también existió, dentro del grupo familiar, alguien que tuvo mucho que ver con mi iniciación literaria. Esa persona fue mi madre, aunque mi vocación viene de más lejos, porque en mi familia hay toda una tradición literaria.

¿Cómo era Lucía Lainez Varela, su madre?

Mi mamá era una mujer bonita; pero más que bonita, tenía mucho encanto. Yo siempre le decía, por las fotos de cuando era muy joven, que se parecía a la protagonista de una novela rusa. Usaba el pelo con raya al medio como las bailarinas, y unas blusas con mangas anchas y faldas tableadas. Su encanto consistía, además, en que sabía narrar, contar historias con mucha imaginación. Murió hace dos años, a los 91; y lo sorprendente fue que, mientras las viejitas se mueven entre recuerdos y repiten siempre lo mismo, ella continuaba inventando historias. Hablaba siempre en imágenes, decía: «Es como tal cosa, se parece a tal otra». Pertenecía a una familia que, por el lado de Cané —mi abuelo Lainez era primo hermano de Miguel Cané padre, el escritor romántico—, era muy imaginativa, y por el lado de los Varela, frondosos, gente de estudio. Todo eso entró en mi sangre a través de mamá. En verdad, fueron esas mujeres las que me formaron.

¿Esas mujeres, quiénes?

Mis tías, sobre todo tres de ellas; las otras murieron cuando yo era muy chico. Y mi abuela, que fue una mujer espectacular, sensacional. Traté de hacer un retrato de ella en Bomarzo, en la novela aparece como Diana Orsini, la abuela del Duque de Bomarzo, Pier Francesco, que es el protagonista. Mi abuela era una mujer que imponía distancia y, al mismo tiempo, acercaba, nucleaba a los demás. Sabía manejar esos dos elementos.

Circulan muchas anécdotas sobre su abuela.

Sí, y le voy a contar una que a mí me hace mucha gracia. Sucedió allá por 1900. Mi abuela viajaba en tren, frente a ella había un hombre. El señor le preguntó si le incomodaba que fumara y ella le respondió: «No lo sé, porque delante de mí no han fumado nunca». Este tipo de cosas era muy de ella, tenía una gran ironía.

¿También vestía de un modo particular?

Dentro de la casa andaba totalmente vestida de blanco. Usaba encajes en la cabeza y zapatos blancos. Había sido espléndida, mucho más linda que mi madre. Todos los hombres de su época han hablado de ella, Lucio Mansilla y muchos otros. Era una especie de reina. Manejaba el abanico con estilo. Señalaba cada frase con un golpe de abanico.

En su novela Los viajeros hay un personaje que se viste de blanco.

Posiblemente lo habré tomado de mi abuela, una señora muy culta para su época, ¿qué mujer de entonces hablaba inglés y francés con tanta perfección?

¿Su abuela materna, Justa Varela de Lainez, estaba emparentada directamente con los prohombres del 80?

En efecto.

¿Y sus abuelos, Mujica y Covarrubias y Bernabé Lainez Cané, qué le transmitieron?

Mi abuelo paterno me transmitió el sentimiento de lo criollo, el amor que siento por esta tierra en la que nací. Y el abuelo materno la pasión por el arte y la literatura.

¿Su madre escribía?

Sí, teatro. Me acuerdo de ella leyendo escenas, no tengo muy claro a quién, pero puede ser que fuera, entre otros, a Gregorio de Laferrère, eran muy amigos. Cuando yo tenía seis, siete años, espiaba a mamá y siempre la veía leyendo sus fragmentos teatrales.

¿Cuándo mostró por primera vez sus escritos y a quién?

Tenía poco menos de seis años cuando escribí una pieza de teatro, a imitación, precisamente, de mi madre. Eso se sabe porque vivíamos en una casa en la calle Maipú que se vendió en el momento en que yo andaba por los seis años de edad. Esas fueron las cuatro, cinco páginas mías que mi madre leyó por primera vez. Siempre me estimuló.

¿Y su padre Manuel Mujica Farías?

Papá era muy divertido, pero, claro, tenía la seriedad propia de todo abogado. Estaba mucho fuera de casa, era lo que se llama un clubman, vivía prácticamente en el Círculo de Armas. Tenía sus roperos allá, ni siquiera se vestía en casa. Por supuesto, quería que yo fuera abogado como él. Y estudié abogacía por darle el gusto, pero a los dos años de iniciar los estudios ya no podía más, me parecía espantosa la idea de que, si en realidad conseguía ser abogado, iba a pasarme toda la vida en los Tribunales con un maletín de cuero debajo del brazo. Probablemente, mi padre murió con la impresión de que yo iba a ser un fracasado, porque no me recibí de abogado. Pero, de todos modos, mi familia siempre pensó que yo iba a ser escritor y me impulsó mucho para que lo fuera. Querían un abogado escritor, para conciliar ambos deseos.

¿En qué momento decidió ser escritor?

Cuando estaba estudiando en París, a los 14 años, allí me di cuenta de que la literatura podía ser un medio de vida. Yo estaba pupilo en un colegio, se me ocurrió escribir en francés un poema, por supuesto, en broma, porque en castigo a nuestra falta de disciplina no nos dejaban salir. El poema iba dirigido al que cuidaba la penitencia, que era el jefe de celadores, un húngaro de mal carácter, y en él le pedía que nos indultara, que no tenía sentido en un día tan lindo estar encerrados. Se lo entregué y volví a sentarme para escribir mi penitencia. Vi cómo el hombre se sonreía leyendo mi poema. Y cuando, finalmente, nos dejó salir gracias a esas estrofas mías, me di cuenta, entonces, de que la literatura tenía una finalidad práctica, que se podía vivir de la literatura y, gracias a ella, uno podía salvarse de las penitencias, salir adelante, ser otra cosa en la vida. En consecuencia, me apliqué a la literatura que ya sería, además de mi vocación, mi profesión.

¿Cuánto tiempo vivió en Europa y por qué regreso a la Argentina?

Viví en Francia desde los trece hasta cerca de los diecisiete años. En casa hablaban muy bien francés y, además, yo tenía una gran facilidad para los idiomas. Por eso, cuando fui a Francia a estudiar, a los quince días hablaba francés perfectamente; tanto es así que también aprendí a escribir en esta lengua muy pronto. Al año de estar en el colegio, obtuve el primer premio de mi curso por un trabajo sobre Voltaire como historiador. Recuerdo la furia del viejito francés cuando tuvo que informar a los otros alumnos de que un argentino había ganado el premio. Así que al poco tiempo sabía escribir francés mejor que el castellano. Cuando iba a cumplir diecisiete años, mi padre nos reunió a mi hermano, dos años menor que yo, y a mí para pedirnos que decidiéramos sobre nuestro futuro: ya habíamos estudiado y vivido en París, podíamos quedarnos allí para siempre o regresar a la Argentina. Yo, el mayor, le dije que era mejor quedarnos en París, que quería ser escritor y que para eso era fundamental vivir en el ambiente cultural y artístico de Francia. Pero mi hermano quiso regresar. Tanto insistió que volvimos a la Argentina. Lo gracioso del caso es que mi hermano hace veintiséis años que vive en los Estados Unidos, antes residió en el Japón y en otras partes. En fin, y yo he vivido siempre acá, pero el que me trajo fue él.

¿Usted ha podido vivir de lo que escribe?

Bueno, no y sí (no hay que decir «bueno»). En realidad, sí, porque mis treinta y cinco años de periodismo fueron años de vivir de lo que escribía. Además, los libros, herencias, dinero de mi mujer. Pero durante una larga parte de mi vida, viví exclusivamente de escribir. Y ahora mismo, con mis últimos libros, gano muchísimo dinero. Estoy asombrado.

Sobre todo con su novela Sergio y en este momento con Los cisnes, que es el best seller del año.

Cuando regresé de Europa, hace poco, de acuerdo con lo que había arreglado con la editorial antes de irme hace cuatro meses, debía presentar mi nuevo libro, Los cisnes. Recibí una muy buena sorpresa, porque la edición ya estaba vendida. Así que está en marcha otra edición.

Usted tiene un público lector que lo sigue desde hace muchos años. ¿Escribe para ellos?

Si alguien se atreviese a hojear mis veinte libros, se daría cuenta de que son totalmente distintos unos de otros. Empecé, digamos, haciendo biografías; esos libros se leían con interés, los dejé. Después, continué con los cuentos y las novelas de Buenos Aires, ese ciclo de La casa, eran libros que a la gente le encantaban, pero seguí con otra cosa. Entonces, escribí Bomarzo, que es un libro del Renacimiento y no tiene nada que ver con los demás; después, vino El unicornio, un libro de la Edad Media que escribí con mucho trabajo y mientras lo hacía comprendí que no lo podía asociar con este país ni con la gente de este país y que se iba a caer, como se cayó, y que ahora me lo piden los españoles para publicar allá, porque es una de mis obras que ellos más sienten. Luego, incursioné en otros temas, hice libros de historias en broma y ahora he vuelto al tipo de obra que se podría ubicar dentro de la serie de Buenos Aires.

Bomarzo ha dado lugar a una ópera con libreto suyo y música de Alberto Ginastera.

También ha dado lugar a cierto escándalo, porque acá fue prohibida su representación teatral. Un funcionario hizo que excluyeran la ópera del repertorio del teatro Colón, de esto hace unos diez años. Curioso, porque antes de que la prohibieran acá, se había estrenado en Washington con gran éxito, en 1967; y al año siguiente, en Nueva York. En Buenos Aires se dio, finalmente, en 1972.

¿La novela es producto de sus viajes?

Sí, de varios que hice a Italia. Cuando visité el Parque de los Monstruos en Bomarzo, quedé fascinado. Sentí que cada uno de esos monstruos representaba simbólicamente un momento de la vida del Duque de Orsini que los había mandado esculpir. Intenté, entonces, la reconstrucción novelada de su vida a través de esos monstruos.

Usted hace que Orsini tenga vida ilimitada, sea inmortal.

Inmortal por efecto de una extraña conjunción del Sol y la Luna en el momento de nacer.

Bomarzo, El unicornio y El laberinto son novelas en las que se percibe el trabajo de un historiador.

En cierto sentido, porque surgieron de una exhaustiva documentación. Antes de redactarlas, escribí numerosos cuadernos en los que consigné el resultado de muchas lecturas, de muchas indagaciones y de documentos de todo tipo. Ahí funcionó, desde luego, más que el novelista, el historiador. Luego, entró el novelista que trabaja con la imaginación para crear sucesos que se despegan de la realidad, de la historia, con el propósito de presentar criaturas fantasmales, más o menos fantasmales y terribles.

¿Podríamos decir que es a partir de La casa —publicada en 1954, novela que inicia lo que se dio en llamar más tarde su saga porteña— que usted empieza a ser conocido como el novelista de las letras argentinas en relación, por ejemplo, con Borges, que es el poeta y el cuentista de mayor predicamento?

Como novelista puede ser. Pero no hay que olvidarse de que yo también soy poeta, biógrafo, cuentista, periodista, traductor, y lo digo sin ánimo de compararme con nadie.

Creo que muchos lectores recuerdan sus cuentos de Aquí vivieron o Misteriosa Buenos Aires y las biografías que usted escribió, entre otras, Miguel Cané (padre). Sin embargo, hay que decirlo, a usted se lo asocia con la novela.

Quizá porque he escrito ya muchas. Por otra parte, parece que se me dan bien los trabajos de largo aliento. Además, últimamente, la gente se ha aficionado a la novela; la novela fagocita a los otros géneros.

¿Qué tienen en común Los ídolos, La casa, Los viajeros, Invitados en El Paraíso, novelas que tanto éxito le han deparado?

El recurso de la memoria, diría. Son libros en los que se reconstruye el pasado de la sociedad porteña, la decadencia de la clase alta.

El Paraíso, por cierto, es el nombre de la finca en la que usted vive en la provincia de Córdoba.

Cuando me jubilé como periodista, en 1969, me instalé en El Paraíso, que está en Cruz Chica, una localidad cordobesa enclavada en la sierra, precioso lugar. Pero conservo mi casa de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, porque suelo venir mucho a Buenos Aires.

Dicen que El Paraíso es una suerte de museo donde se aglutinan muchos recuerdos relacionados con sus viajes y su actividad profesional.

Es cierto, guardo manuscritos de Proust, conservo cartas de Enrique Banchs, libros dedicados de Alfonsina Storni, de García Lorca, fotos de muchas épocas de mi vida.

Libros, recuerdos, hijos, ¿también tiene nietos?

Tengo cinco nietos. Ana Victoria es la más grandecita, no sé si me leerá, supongo que sí. Me queda poco y nada de tiempo para estar con los chicos. Con la que tengo una espléndida relación es con mi hija Ana. También es escritora. Pronto aparecerá un relato de ella en una antología de literatura femenina. Y no es una criatura. Esta será su primera publicación. Recuerdo que de chica escribía unos cuentos muy imaginativos sobre animales; luego, nunca vi nada más de ella.

Por lo visto, hay mucha afinidad espiritual entre las mujeres de su familia y usted.

Mi hija me comprende muy pero muy bien. Se parece a mi madre en cosas de su carácter. Ana es tímida, muy observadora; a veces, irónica.

¿Como su abuela?

Mi abuela no era nada tímida; donde entraba, reinaba. Ana, en cambio, es más bien como mi madre, se difumina, pero termina por atraer a todos. Allí donde llegara mi madre, toda la rueda de gente, al ratito, giraba a su alrededor. Y mi hija también es una especie de centro, un ser fascinante.

¿Registra su vida en un diario íntimo?

No, y lo lamento, porque me sería útil. Tengo mala memoria y confundo y embarullo todo, y esto me ha obligado a inventar tantas anécdotas que yo mismo ya no sé cuáles son las verdaderas y cuáles las inventadas.

¿Es por la dificultad que tienen los hombres de vivir una sola historia?

Sí, claro... y la otra que no cuentan.

¿Le gustaría contar esa otra suya?

Ahora mismo, por cierto, no. Será póstuma.

¿Entonces piensa dejar escritas sus memorias?

Antes me dejaría cortar los cinco dedos de una mano. No, sobre mí van a escribir otros y van a encontrar cosas que les servirán. En casa hay paquetes de cartas y unos álbumes curiosísimos en los que pego cosas, cosas sobre mí y los otros, hago retratos de personas y pongo lo que pienso sobre ellos. Ya tengo ocho tomos gordos. Pero no es específicamente un diario, sino una especie de memorias gráficas. Algo bastante moderno, porque ahora se lleva lo visual. Los empecé hace unos doce años y resultó de esta forma.

¿Qué está escribiendo ahora?

Estoy terminando un libro que puedo elogiar ampliamente, porque es una obra hecha en colaboración. Se titula Letra e imagen de Buenos Aires. La letra la pongo yo, la imagen la pone Aldo Sessa que es un joven pintor que, además, es un notabilísimo fotógrafo. Participó también en el proyecto el arquitecto José María Peña, que actualmente es el director del Museo de la Ciudad de Buenos Aires. Sale en dos tomos, el primero en noviembre. Es un libro carísimo y, sin embargo, ha tenido gran repercusión; un importante banco de la capital ya compró mil ejemplares para regalar a fin de año. Y cuando esté instalado en El Paraíso, mi casa en Córdoba, voy a comenzar una novela que la tengo toda armada, que transcurre en una noche en el Teatro Colón en tiempos de la guerra.

¿Frecuenta la amistad de los escritores de su generación?

Silvina Ocampo es la señora escritora de mi época. Me gustan mucho las cosas que escribe. Siempre que vengo a Buenos Aires la voy a visitar. Comparto con ella una amistad que viene del fondo del tiempo. Tenemos en común muchas cosas. Por ejemplo, nos hace reír lo mismo, porque Silvina y yo tenemos una misma formación y pertenecemos a un mundo muy parecido. A propósito, tengo una estatua muy linda, de Aquiles, de la época de Luis XIV. Anteriormente estaba en el jardín de la casa de mi suegro, Federico de Alvear, en la calle Ocampo. Cuando se repartieron los bienes, le tocó a mi mujer, Ana de Alvear. Yo, contentísimo, porque me encantaba. Silvina siempre había admirado esa estatua y una vez quiso comprarla. Escribió un poema muy hermoso dedicado a esa estatua. Ahora, en la base, hay una plancha de piedra que tiene un fragmento de Oscar Monesterolo, que es el joven poeta cordobés que me acompañó en mi último viaje a Europa.

¿Fue por invitación de la televisión española para participar en un programa?

Sí, los españoles fueron muy generosos. Me enviaron dos pasajes de ida y vuelta con estadía en Madrid en un hotel elegantísimo. Entonces, le propuse al joven poeta cordobés que me acompañase, cosa que me fue muy útil. Como tengo una salud indecisa, él me tomaba la presión todos los días, me cuidaba para que no comiera con sal... y gracias a este joven, todo el mundo me dice ahora lo bien que estoy. Incluso engordé varios kilos en el viaje.

Usted ha dado la imagen de ser un hombre mundano, frívolo, despreocupado por todo lo que no fuera su entorno social y cultural; alguien, además, que parece sentir placer aterrorizando a la gente con ironías y sarcasmos. ¿Cómo es realmente?

Creo que soy un hombre esencialmente bueno, pero dotado de un tipo de ingenio innato que, a veces, me obliga a decir cosas que parecen impropias de un hombre bueno. Pero esas cosas si las digo, son, también, por bondad, porque las digo para divertir a los que están a mi alrededor. Y soy un artista en el sentido de que veo todo con ojos de artista, desde el punto de vista del arte y, más aún, desde el punto de vista de la historia del arte. Detrás de cada cuadro veo muchos otros cuadros de los que he visto en galerías y museos, detrás de cada ser humano reconozco a muchos otros que he visto en libros de Balzac, Dickens, Shakespeare, Mark Twain. Siempre fue así. Por eso, no he sido, por cierto, gran hombre de familia, porque tenía que ocuparme de tantas otras cosas...

¿Eso le ha creado remordimientos?

No, porque nunca tuve la impresión de haber hecho voluntariamente nada que pudiera lastimar.

Tal vez su familia lo justifique por ser, precisamente, un artista.

Ojalá sea así.

¿Qué representa para usted escribir?

Un alivio que tiene maravillosos instantes de exaltación.

¿Cómo se siente cuando termina de escribir un libro?

Como despojado. El vacío lo supero cuando surge una nueva idea, otra historia, otros personajes a los que sospecho les dedicaré la siguiente novela.

Viajar por los días

Adolfo Bioy Casares

Esta entrevista es la versión completa de una conversación

mantenida con el autor argentino en el mes de julio de 1977,

en su casa de la calle Posadas, en Buenos Aires.

Adolfo Bioy Casares (argentina, 1914-1999)

Detrás del seudónimo H. Bustos Domecq, autor hipotético de memorables obras policiales, estaban dos grandes amigos y escritores, Borges y Adolfo Bioy Casares, cuyas vidas transitaron por caminos bastante paralelos. En principio, ambos compartían el gusto por la literatura fantástica. La invención de Morel (1940), novela que afianza de manera independiente el nombre de Bioy Casares, da prueba de esta predilección y de una voz propia para explorar el mundo real y las relaciones interpersonales más allá de lo visible y obvio. Por eso, se la considera hoy como un clásico de las letras latinoamericanas. Entre sus otras novelas, destacan El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). La prosa conversada que caracteriza las narraciones de este autor cobra aún mayor fluidez estilística en sus libros de cuentos La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959) y El héroe de las mujeres (1978).

Se admira a la gente por prodigios no logrados,porque los libros están llenos de defectos, aunque uno intente siempre escribir obras maestras.

Adolfo Bioy Casares

Se dice de usted que ha sido precoz como escritor y como amante.

En cierto sentido, sí, porque empecé a escribir desde chico. Cuando aprendí las primeras letras, ya quise hacer un cuento. Lo primero que escribí (tenía yo, por entonces, unos diez años) fue para despertar la admiración de mis primas y, sobre todo, para conquistar a una de ellas. Recuerdo que plagié a uno de sus autores favoritos: Gyp, seudónimo de Sibylle-Marie-Antoinette de Riquetti de Mirabeau; pero, de todos modos, logré una narración muy mala. Tenía el nombre de dos mujeres como título, ahora no lo recuerdo.

Es un comienzo que tiene la resonancia de unos versos de Francisco López Merino, ese poeta de La Plata que tuvo una muerte trágica, se suicidó a los 24 años, en 1928.

Usted se refiere al poema «Mis primas, los domingos», ¿verdad?

Sí. Creo que dice: «Mis primas, los domingos, vienen a cortar rosas / y a pedirme algún libro de versos en francés. / Caminan sobre el césped del jardín, cortan flores / y se van de la mano de Musset o Samain».

Tiene razón, algo parecido hay entre lo que sugiere este poema y los motivos que me llevaron a escribir, ahora recuerdo, esa mala novela de amor que llamé Iris y Margarita, tratando de imitar Petit Bob de Gyp.

López Merino también escribió un poema, llamado «Estampa», que parece un anticipo, por su similitud, del «Poema 15» de Pablo Neruda. Es curioso, pero «Estampa» comienza así: «Siempre estás como ausente de la tarde ¿qué lago / invisible y lejano recogerá tu imagen?».

Yo ya no recordaba esos versos de «Estampa». Recuerdo, sin embargo, que Borges le dedicó un poema a López Merino.

Un poema que concluye: «...es ligera tu muerte, / como los versos en que siempre están esperándonos, / entonces no profanarán tu tiniebla / estas amistades que invocan». Me estoy poniendo muy poética. Creo que es mejor retomar el tema de sus inicios, ¿qué pasó después de aquel relato fallido que escribió para una de sus primas?

Cuatro años después, como a los 14 o 15, escribí un cuento fantástico y de corte policial.

¿Fantástico o de corte policial?

Bueno, yo pienso que hay una relación estrecha entre lo fantástico y lo policial. Ambos géneros presentan situaciones, digamos, bastante inverosímiles. Además, tanto el uno como el otro requieren de un argumento muy preciso que se atenga a una estructura también muy precisa. Son géneros, el fantástico como el policial, que se ajustan a las reglas clásicas de la narración y, por lo tanto, enseñan mucho a desarrollar las aptitudes de un escritor joven, porque le sirven de aprendizaje para abordar, más tarde, otras iniciativas.

¿Y llevó a buen término el cuento fantástico y policial?

Más o menos. Mi intención era castigarme, porque pensaba que yo era muy presumido. Por eso, escribí ese cuento, que titulé «Vanidad o una aventura terrorífica» y en el que hacía una especie de autocrítica por mi comportamiento.

Hay, en su estudio, libros que no solo desbordan las estanterías de la biblioteca, sino que están sobre las sillas, las mesas, incluso sobre el sofá. También hay un gran número de fotografías y de objetos curiosos, que dan lugar a imaginar que provienen de sitios lejanos y exóticos.

Muchos de estos libros pertenecían a mis padres. Eran grandes lectores. Me dejaron una extraordinaria colección de libros franceses.

¿Cómo eran ellos? Empecemos por su madre, Marta Casares.

Mi madre murió con la duda de si yo había elegido bien mi vocación. Cuando dejé la carrera de Derecho, supongo que se llevó un disgusto. Claro que, después, entré en la Facultad de Filosofía y Letras, pero también abandoné pronto esos estudios, porque quería dedicarme nada más que a escribir. Escribir, en aquella época como en la actual, no garantiza nada. Por otra parte, mi madre siempre me decía que me cuidara de las mujeres. Temía que me devoraran. Benjamín Constant, el autor de Adolfo, (yo me llamo Adolfo), había padecido terriblemente su relación amorosa con Madame de Staël. Creo que mi madre relacionaba la historia de Constant con ciertos aspectos de la mía, y quería evitarme todo dolor. La idea que ella tenía de la vida era que debía ser como una obra de arte hermosa. Sin embargo, había leído a Marco Aurelio, y su concepción de la vida estaba basada en la filosofía estoica. Siempre ponía como ejemplo a su hermano, es decir, a mi tío. Una vez, mi tío se había quemado la mano con un enchufe, produciéndose una quemadura de segundo grado. Como en la casa había gente, él disimuló el dolor. La gente que estaba reunida le pidió que tocara el piano; luego, el órgano. Y así lo hizo, incansablemente, con su mano quemada. Había que sobreponerse a todo. Ese era un poco el lema. Por eso, cuando estoy mal, pienso en mi madre y me repongo.

¿Y su padre?

Mi padre recitaba versos, lo hacía muy bien. Recitaba el Martín Fierro, El ombú de Luis Domínguez, el Fausto de Estanislao del Campo y a muchos otros autores criollos. Gracias a él tengo el oído acostumbrado a la musicalidad de la poesía y puedo reconocer de inmediato su métrica. Él siempre quiso ser escritor, pero fue abogado. Escribió dos libros de memorias, Antes del Novecientos y Años de Mocedad, y tenía un tercero que no pudo acabar antes de morir.

¿Cuáles fueron sus lecturas?

He leído un poco de todo. La Biblia, El Quijote, a los dramaturgos españoles del Siglo de Oro, La Divina Comedia. He leído, desde luego, la obra de Shakespeare, de Giovanni Papini, de Apollinaire, de Montaigne, de Pascal y de Descartes. También a Proust, a Wells, a Conrad, a Chesterton, a Shaw, a Kipling. Y, por consejo de mi madre, a Epicteto, a Marco Aurelio y a Séneca. Pero dicho así, parecen solo nombres. En realidad, cada período de mi vida está marcado por obras y escritores diversos. Kafka, en un momento, ocupó muchas de mis horas de lectura, igual que Joyce.

En pocas palabras, ¿qué es la literatura para usted?

Lo más intenso de la vida.

¿Ha escrito todo lo que se ha propuesto?

No, yo he abandonado varios proyectos de novelas y cuentos porque nunca he querido forzar lo que no sale. También es cierto que algunos de esos proyectos los retomé años más tarde y llegaron a su fin. Caminando un día con Borges, en 1932 o 1933, le conté el argumento de «El perjurio de la nieve», pero muy por el aire. La narración, lo que yo había imaginado, tenía enormes baches no resueltos. La cosa quedó ahí y, por supuesto, el cuento no avanzó. Después de diez años de relatarle a Borges estas ideas vagas mientras paseábamos, pude, al fin, en una noche, redondear mentalmente la historia de «El perjurio de la nieve» y, a la mañana siguiente, lo escribí.

¿Cuándo conoció a Jorge Luis Borges?

A finales de 1931, en la casa de Victoria Ocampo.

¿Paseaban juntos con frecuencia?

Lo que hacíamos era caminar por barrios de Buenos Aires y entre casitas y quintas de Adrogué. Grandes caminatas para conversar sobre autores, obras y tramas posibles de futuros libros.

¿Dónde y cómo escribe?

En cualquier sitio, a condición de estar solo. No soy de los que pueden hacerlo en un café. Escribo a mano y luego lo paso a máquina. Hago muchas correcciones. Pero, con más frecuencia de la que me gustaría, me hago trampas para no escribir. Pienso, por ejemplo, la fruta que hay en casa no es suficiente para el almuerzo de hoy. Entonces, dejo todo y salgo corriendo a la frutería.

A pesar de las trampas, usted tiene mucha obra escrita.

No, por favor, comparado con los escritores europeos, no tengo nada.

Hace años que usted está casado con Silvina Ocampo.

Sí, a Silvina le debo mucho. En primer lugar, el hecho de ser escritor. Ella me convenció de que debía dedicarme a escribir.

¿Cómo se las arregla una pareja de escritores?

La buena educación indica que no se debe molestar al otro con lo de uno todo el tiempo, consultándole palabras o el título de un cuento, de una novela. Especialmente, consultándole los títulos de los libros, que son tan difíciles de lograr. Aunque, desde luego, siempre se consulta algo, se muestra alguna página o se charla sobre el final de un texto.

¿Y a sus amigos usted les lee lo que escribe antes de mandarlo a la editorial o a la imprenta?

Nunca he sometido a mis amigos a que me oigan. En 1940, con Borges, pensamos en hacer un Club de Escritores para leernos unos a otros. Por suerte, esta idea no prosperó. Comprendimos, a tiempo, el suplicio que podía llegar a ser esto. También pensamos en crear un Club de Cuentistas. Este Club consistía en elegir, por votación, al presidente, el cual estaba obligado a realizar una antología anual con los cuentos de los miembros del grupo y, además, con narradores que estaban fuera del grupo, quienes, al ser publicados en la antología, pasaban, inmediatamente, a formar parte del Club de Cuentistas. Lo teníamos bastante organizado, y muy democráticamente, pues cada año, por sorteo, íbamos a elegir a un nuevo presidente. Bueno, cuando todo ya estaba en marcha, nos citó la policía para que le informáramos en qué consistía el Club. La idea que se hicieron fue que era algo así como el Club del Cuento del Tío. En consecuencia, nos asustamos y la cosa concluyó ahí.

¿Está de acuerdo con quienes dicen que La invención de Morel es su libro más conocido, más leído?

En realidad, empezó a ser leído cuando un director de cine francés se entusiasmó con esta novela y realizó un film basado en el argumento. El film se estrenó en 1967. A raíz de la película, el libro se vendió mucho en Francia, todo lo que no se había vendido desde que apareció, en 1940, hasta bien entrada la década del sesenta. Tanto es así que yo pensaba que había estafado a mis pobres editores, porque cuando me pasaban la liquidación de las ventas, veía que solo se vendían siete ejemplares por año o una cifra similar.

¿Es, de sus novelas, la que gusta más?

Posiblemente. Bueno, al director de cine le había gustado tanto La invención de Morel que le regaló un ejemplar del libro a su novia, como demostración del gran cariño que sentía por ella. Poco después, la muchacha, por descuido, perdió la novela. Durante un tiempo, trató de ocultarle al novio que la había extraviado, pero vivía esto con muchísima angustia, porque creía que él no se iba a casar nunca con ella si descubría lo que le había sucedido. Pero, finalmente, la joven le confió su secreto a Ginebra Bompiani y le pidió que, por favor, le consiguiera otro ejemplar de La invención de Morel. Como nadie tenía ejemplares, Ginebra, a su vez, recurrió a Juan Rodolfo Wilcock, y este le hizo llegar un ejemplar.

¿Cómo siguió la historia, qué pasó con la joven?

Felizmente, pudo continuar su relación sentimental y también casarse con el director de cine.

Mencionó a Wilcock, el escritor argentino que reside en Italia.

Sí, claro. Wilcock es una de las personas más inteligentes que he conocido y por la que siento un gran afecto. Wilcock era un ingeniero que trabajaba dentro de su profesión y que, por disidencias políticas (en la primera época peronista), tuvo que irse del país. Tenía un aspecto sumiso y una vocecita muy suave, pero era capaz de decir las cosas más irónicas y terribles. En Italia, se convirtió en un escritor de méritos. Una vez, Alberto Moravia dijo: «Yo soy un escritor de fama, pero Wilcock es un escritor respetado».

¿El respeto de los lectores es la máxima aspiración de un escritor?

Desde luego.

¿Qué otras aspiraciones tiene usted?

Escribir para los lectores, precisamente, y no para mí o para un grupo de amigos. Esto requiere que los seres que uno crea sean personajes literarios y no proyecciones del autor. Hay tantos que hoy en día escriben para lucirse, para mostrar lo que saben. Yo aspiro a contar historias con la mayor sencillez, sin subestimar, por supuesto, la ambigüedad inteligente, a veces necesaria para la elaboración de un cuento. Además, tiendo, con mayor frecuencia que en mis comienzos, a utilizar el diálogo, porque es muy vital y facilita la lectura. Y prefiero, en este último tiempo, escribir relatos que no presenten situaciones demasiado inverosímiles, violentas o extrañas.

Además de cuentos y novelas, también escribió teatro. ¿Qué resultados obtuvo de esta experiencia?

No fue muy positiva que digamos. Tengo dos piezas: la comedia Una cueva de vidrio y Un viaje al oeste, que abandoné en el segundo acto. La primera intentaba ser una obra política; y como yo odio la política, los personajes resultaron ser cualquier cosa. Pero me consuelo pensando que a Flaubert le pasó lo mismo con El candidato. Todos los personajes eran fantoches; los míos también. Lo que ocurre es que, aunque me gusta mucho el teatro, no soy un espectador asiduo y, a pesar de que no creo en los géneros, o en la rigidez de los géneros, porque la creación es una, hay ciertas técnicas, propias de cada género, que el artista debe conocer profundamente. De lo contrario, tiene asegurado su fracaso.

Usted ha viajado mucho. Primero, con sus padres; después, con Silvina Ocampo y con amigos. Ha realizado viajes de placer y viajes profesionales. ¿Qué repercusión tienen los viajes en un escritor?

La importancia que tiene viajar no es para el escritor, sino para su vida. Los días, uno mismo, tienden a repetirse. Y cuando se está de viaje suceden muchas cosas fuera de lo habitual. Constant pensaba que cada día debía acabar con una propuesta consumada, con algún pequeño logro personal. En su diario íntimo, registraba sus propuestas, también sus logros y sus fracasos. La lista de sus propuestas era, más o menos, la siguiente: uno, amor físico; dos, trabajar; tres, romper con Madame de Staël. Luego, anotaba el resultado: uno, regular; dos, regular; tres, trestrestres.

¿En sus viajes habrá conocido gente de renombre?

En 1949 conocí, en París, a Octavio Paz y a Elena Garro. Paz me presentó a André Breton. Le aclaro que Breton y el surrealismo me parecen una estupidez, a pesar de que, en mis comienzos, fui un tanto surrealista. Recuerdo que Breton fingía estar entusiasmado con unos jeroglíficos que, según decía, contenían mensajes escandalosos, pero como no podía dibujar ninguno, y ante mi cara de escéptico, mandó a una hermosa muchacha, que lo acompañaba, que fuera a buscarlos a su casa. Le indicó que estaban sobre el piano, debajo de una calavera. Por supuesto, la muchacha regresó sin encontrarlos. Pienso que André Breton tuvo mucha voluntad y poca representación, igual que el surrealismo, del que fue su principal progenitor. En aquella ocasión, en aquel viaje, de quien me hice muy amigo fue del chef de un restaurante del sur de Francia. Me interesan más las personas que los personajes públicos.

¿No todos son lo que parecen?

Claro, en varios sentidos. Por ejemplo, Hardy, el escritor inglés, tenía el aspecto de un contable y, sin embargo, era excelente. Fue el último escritor que mandó sus manuscritos a la imprenta redactados de su puño y letra, y con una caligrafía impecable.

¿Cómo es usted?

Soy un hombre de gustos sencillos. Siempre estoy tratando de engordar. Un poquito demasiado basta para mí. Puedo llegar a tomar de tres a cuatro tazas de té con cuatro o cinco miñones o felipes. Me gusta mucho el pan y soy muy exigente en esto. Después, solo las comidas esenciales: papa, carne, agua y, desde luego, pan.

¿Qué me puede decir de su vida pública?

Que es prácticamente nula. No se imagina lo que sufro cuando me piden que dé una charla o una conferencia. Si algunas veces acepto, después de muchos retaceos, es porque pienso en mi madre. Pienso en ella y, entonces, me sobrepongo y hablo en público. Pero siempre tengo la sensación de que los demás reciben poco de mí. Qué les puedo dar yo, que digo tantas estupideces. Lo que reciben, suma cero. Es mejor evitarme este sufrimiento y que yo les ahorre el tener que oírme. El escritor no tiene por qué ser un orador. Su campo de acción es la palabra escrita. Por otra parte, las apariciones públicas no redundan en un mayor aprecio. Y, para los que ya te aprecian, las actuaciones públicas no añaden nada. Incluso, como dice Hardy, uno es un pensamiento pasajero en la mente de la gente que más nos quiere.

¿Cómo se llega a ser Bioy Casares huyendo de la publicidad?

Mis defectos me salvaron de la promoción. Tengo poca facilidad de palabra y nunca pude convertirme en difusor propio. Antes existía un editor, un distribuidor y un librero; ahora quieren que el escritor sea todo eso.

¿Qué significa para usted la fama?

Una situación falsa. Se admira a la gente por prodigios no logrados, porque los libros están llenos de defectos, aunque uno intente siempre escribir obras maestras.

¿Aborrece usted de los escritores demasiado profesionales?

A veces es más decoroso el escritor profesional que el genio vanidoso. También puedo decirle que, como miembro de varios jurados en concursos literarios, los originales más malos son los que llevan el sello del registro de la propiedad intelectual.

Casi todo es otra cosa

Álvaro Mutis

Entrevista realizada en Madrid el 29 de enero del año 2002.

Álvaro Mutis (Colombia, 1923-México, 2013)

No resulta azaroso que el ensayista Blas Matamoro calificara a Alvaro Mutis como «el gran impertinente» de los escritores latinoamericanos que surgieron en la segunda mitad del siglo XX por estar a contracorriente en materia literaria y política. Si en la poesía de los 50 se ejercita «un coloquialismo sembrado de experimentos verbales a la sombra de un maestro: César Vallejo», señala, o, por el contrario, se sigue la propuesta nerudiana de «americanismo telúrico», Mutis se decanta por una «poesía versicular», con atisbos cultos y cierta exuberancia contenida y trabajada hasta el paroxismo. Más tarde, a la hora de narrar, y cuando el boom impone una línea de experimentación formal y la mirada atenta a la especificidad geopolítica, el autor colombiano prefiere afianzase en la tradición y componer «una larga saga en clave de aventura caballeresca» presentando a su héroe, Maqroll, como un personaje errático y desencantado, una especie de exiliado natural que vaga por el mundo. Su lento viraje hacia la prosa culminó en siete novelas reunidas bajo el título genérico de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero.

Siempre he dicho que todo poeta debe ser un visionario. De lo contrario, no es poeta. La condición es revelar un mundo distinto al de la realidad y, al mismo tiempo, tan real como la realidad; aquello que tenemos generalmente escondido y revuelto en el alma.

Álvaro Mutis

Las voces de Proust, Conrad, Faulkner, Joyce, Eliot, Saint-John Perse resuenan en su escritura. ¿Estos autores son sus interlocutores cuando escribe?

Nunca pienso en ellos cuando escribo. Proust, ciertamente, es uno de los autores que más quiero y más leo. Y a Conrad lo disfruté mucho, sobre todo de joven. La presencia de estas voces en mi escritura corre por parte del lector. Yo escribo lo que va saliendo, de una forma un tanto sonámbula, y no veo esas presencias que usted menciona.

Algunos escritores dialogan con otros escritores cuando escriben, ¿usted no?

Yo solo dialogo con mis fantasmas y no me acuerdo de Faulkner cuando lo hago. Pero se lo digo con mucha sinceridad, no estoy tratando de defenderme de nada.

¿Los ríos son sus patronos tutelares, sus protectores como se deja intuir en el poema V de su libro Un homenaje y siete nocturnos?

Sí, lo digo allí. Y hablo de una visión que tuve cuando llegué a Nueva Orleans y me subieron a la habitación de un hotel que daba sobre el Mississippi y no pude dormir, me quedé en el balcón, puse una silla y ahí pasé toda la noche. Y después escribí el poema. Nuestros ríos son las vidas que van a dar a la mar, que es el morir, ya sabemos todos ese poema maravilloso, las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Nuestras vidas son los ríos... Para mí es una imagen maravillosa del destino humano, fuera de la voz de la naturaleza, que me dice tantas cosas, que me acompaña siempre.

En su obra, tanto poética como narrativa, usted ha descrito enfermedad, muerte, cárcel, corrupción, deslealtad, exilio. Hay una suerte de percepción onettiana del mundo. ¿Estoy equivocada?

No, para nada. Es decir, no tengo nada que ver con Onetti, pero en verdad yo veo así el mundo. Veo el mundo y a la especie humana como un desastre. Escribí un artículo cuyo título es «Fallamos como especie». Es lo que siento. Estamos destruyendo el mundo, el mal es uno de los deportes favoritos del hombre, pero hay que dejar que sea así y no tratar de arreglarlo ni ponerse de salvador ni de apóstol, porque eso es perfectamente inútil.

¿Es un descreído como lo fue Borges?

Yo nunca he participado en política, no he votado jamás y no me interesa la política. Y no sé si soy un descreído como Borges, pero estoy totalmente de acuerdo con él cuando decía que la política es una de las formas de la superficialidad.

Sin embargo, usted fue amigo de gente a quien le preocupaba mucho la cuestión política. Por ejemplo, Luis Buñuel.

La amistad con Luis fue muy valiosa para mí y muy llena de gratificaciones magníficas, sentimentales y también gustativas, porque preparábamos cócteles y discutíamos largamente sobre surrealismo, sobre ciertos escritores que a él le interesaban y sobre la novela gótica inglesa. Además, cuando yo estuve en la cárcel de Lecumberri, en México, encerrado durante quince meses, él me iba a visitar a la cárcel, iba todos los domingos a verme, y lo quise mucho. Una amistad, pues, una amistad lo es todo.

En la colección de poemas narrativos que aparece bajo el título Summa de Maqroll el Gaviero, usted nos habla de su antigua pasión por la historia. Vuelve, digamos, a Homero, a Virgilio.

En todo caso, retorno a mis obsesiones y mis intereses de siempre. Desde niño, fui un aficionado a leer libros de historia. Casi le puedo decir que leo más historia que literatura. Me interesa mucho ver el destino del hombre a través de la historia. En Crónica regia y alabanza del reino también aparece lo histórico; y de vez en cuando surge Bizancio, que es otra de mis obsesiones.

¿Como la infancia, que tanto emerge en sus escritos?

Desde luego, porque yo sostengo que se debe mantener vivo al niño que fuimos, y no tratar de matarlo para convertirlo en esa cosa tan oscura, tan indefinida que es un adulto. Los niños son visionarios como los poetas. Por eso, hay que conservar al niño intacto en nosotros. El niño que fuimos nos va a decir todo.

Simbólicamente, ¿Maqroll, el personaje principal de las siete novelas que ha publicado, vendría a constituirse en esa figura salvadora que lo preservó a usted de romper definitivamente con su infancia?

Sí, podría ser. Estoy de acuerdo.

Pero, no obstante, Maqroll se presenta casi siempre como un viejo desencantado. ¿Por qué?

Nació cuando escribía mi primera línea poética. Yo me di cuenta de que mi poesía era bastante desencantada, bastante desesperanzada. Era la poesía de alguien que ha pasado por experiencias fuertes, tremendas. Entonces, dije: mejor pongo en voz de Maqroll mi poesía, porque detrás de sus experiencias tiene más sustancia, más solidez, más consistencia lo que estoy mostrando, y así me ha funcionado.

Además, encarna al hombre errático, al exiliado permanente.

Claro, exactamente. Un hombre que no tiene adónde regresar ni quiere regresar ni le interesa regresar ni tampoco anda buscando aventuras. Deja que las cosas sucedan y se le vengan encima.

Hay quienes dicen que, si hay en su obra poética una escuela regente, esa le rinde tributo al romanticismo. ¿Está de acuerdo?

A mí no me preocupan ni me ocupan mucho las escuelas, pero digamos que cierto ambiente, cierto aire que viene del romanticismo me interesa enormemente. Y bueno, sí, esas ráfagas, esas rachas pasan por alguien que está escribiendo poesía desde los diecisiete años. Escribí solamente poesía durante cuarenta años.

¿Cuándo usted empezó a escribir, quiso ponerse premeditadamente, digamos, en la otra vereda de los modernistas?

No, no, no.

En su poesía, ¿la naturaleza es más lenguaje que paisaje?

Sí, pero mire: no pensé nunca en Darío o en Nervo o en Lugones cuando escribía poesía. Me salía del alma dejar esos paisajes y esas impresiones que me inspiraban los paisajes. Nunca pensé en estilos ni en escuelas.

Su primer volumen de poesía, La balanza, desapareció incinerado en el Bogotazo del 9 de abril de 1948, tras el asesinato del líder del Partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán.

Se imprimieron doscientos ejemplares de ese libro que escribí con Carlos Patiño Rossell. Acababa de salir de imprenta y estaba en tres librerías del centro de Bogotá, que ardieron en los incendios que se produjeron a raíz de la protesta por el asesinato de Gaitán. Así que fue un best seller por cremación.

Dicen que usted escandalizó, de joven, con sus diatribas en contra del modernismo.

Nunca tuve en mente ese propósito. Hay poetas del modernismo que, ya entonces, yo admiraba intensamente, como José Asunción Silva.

Usted descubre su continente y después celebra las culturas del mundo europeo.

No.

¿Y cuando celebra a Felipe II, cuando habla de El Escorial?

Bueno, pero esos han sido intereses míos desde niño. Crónica regia, que es el libro que dedico a Felipe II, es porque desde niño me apasionó este personaje, este rey; y El Escorial, desde luego, es un sitio alucinante que me acompaña también desde muy joven. Yo viví primero en Europa y entonces me quedaron todas esas imágenes muy presentes.

También aparece en su obra la nostalgia que produce el exilio.

Desde México, donde vivo, en hora y media puedo ir a lugares fascinantes, sitios que amo. Y con respecto al exilio, yo creo que somos unos eternos exilados. En primer lugar, de nuestra infancia, y eso es muy grave. Todo se va perdiendo y, al mismo tiempo, se va tratando de rescatar como sea, ¿no?, con la escritura, con la vida.

¿Luis Cardoza y Aragón, a quien usted dedicó su primer poema, «Tres imágenes» (1947), fue una figura importante para esos siempre necesarios nuevos aires en la poesía de aquellos años?

Fue mi amigo. Sí, muchísimo para esos aires nuevos en la poesía. Fue embajador de Guatemala en Colombia. Nos acogió a todos los de mi generación. Nos recomendaba muchas lecturas importantes, el Abate Bremond, por ejemplo, libros de Baudelaire y sobre Baudelaire. Nos orientó mucho y, además, era un amigo extraordinario, inolvidable. Yo no me conformo con la ausencia de Luis. Después estuve con él en México y seguimos siendo muy amigos.

¿Coincide con algunos críticos que dicen que el trópico, la tierra caliente o la tierra baja son, en todos los poemas afines suyos, «patrias metafísicas» que usted trata de recuperar, y que son «lugares sin fortuna»?

Sí, en verdad es eso. De ahí que trate de rescatar algo, de hablar de ellos, de escribir sobre ellos.

¿Y por qué lugares sin fortuna?

Hay que ir para conocerlos, son lugares que no poseen, digamos, esa posición que puede tener la llanura castellana o el sur de Francia, que están vinculados a la historia, a la literatura, a la aparición de una civilización, sino que están como marginados. Y eso, me encanta.

¿Lleva unos cuarenta y cuatro años en México, es ya su país de residencia?

Relativamente, porque me muevo mucho. Viajo a Europa todos los años.

¿Y va a Colombia seguido?

De vez en cuando.

Decía usted en una entrevista que todo poema válido es un poema finalmente suspendido; es decir, el poema que ya no se puede corregir más. ¿Corrige mucho?

Horriblemente. Sufro de la maldición de la autocrítica, pero es una autocrítica que no tiene tanto que ver con el estilo, como con qué tanto queda aquí de lo que yo quería decir, qué tanto hay. Por eso, he quemado dos novelas completas y bastantes poemas, porque siento: aquí no, aquí no pasó, no pasó a la página lo que, de veras, yo quería que pasara. Y esa es una obsesión que me hace a mí el escribir un trabajo muy duro, muy difícil. Pero, bueno, me enfrento y lo hago.

En 1953 se publica su libro de poemas Los elementos del desastre en la editorial Losada de Buenos Aires. ¿Cuándo visitó la Argentina por primera vez?

La primera vez que estuve en la Argentina fue en el año 1954 y después en múltiples ocasiones, cuando yo trabajaba para compañías de cine como Twenty Century Fox o Columbia Pictures. Era gerente para América Latina de estas compañías en el ramo de televisión y llegué a conocer muy bien Buenos Aires y Rosario. Es un país que me gusta mucho.

Бесплатный фрагмент закончился.

900,76 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
Объем:
311 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788418322501
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги