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Глава
SEPTIEMBRE EN VALDEMORA
Una historia romántica para estudiantes de español
Jules Honing
Nivel A2-B1
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Capítulo 1. Mi vida cabe en seis cajas
Mudanza • objetos personales • empezar de nuevo

En el piso quedaba olor a café frío y a cartón. Cada vez que Lucía movía una caja, la cinta adhesiva crujía en el silencio.
A las ocho y doce de la mañana, Lucía estaba sentada en el suelo de su salón, rodeada de seis cajas de cartón, tres bolsas de basura y catorce tazas. Catorce. Las había contado dos veces porque no podía creerlo.
-¿Por qué tengo catorce tazas? -preguntó en voz alta. Nadie respondió. Vivía sola y, por desgracia, las tazas tampoco hablaban. Lucía tomó una taza blanca con letras doradas: «Hoy será un gran día». La había comprado hacía cuatro años, durante una semana en la que todos los días habían sido bastante malos. La miró unos segundos.
-Tú vienes conmigo. La puso dentro de la caja número tres.
Lucía llevaba tres días intentando hacer las maletas para mudarse de Madrid a Valdemora. En teoría, no era complicado. Había visto varios vídeos sobre cómo organizar una mudanza y todos decían lo mismo: conservar solo las cosas útiles o importantes. El problema era decidir qué significaba «importante». ¿Necesitaba siete jerséis negros casi iguales? Probablemente no. ¿Necesitaba una lámpara que no funcionaba desde 2023? Claramente no. ¿Necesitaba catorce tazas? Se fijó en la caja.
-No vamos a hablar de eso. Su móvil sonó. Era su madre.
-Buenos días -dijo Lucía.
-¿Ya has cambiado de idea?
-Buenos días a ti también, mamá.
-Solo pregunto.
-Y yo ya sé lo que estás preguntando. Lucía puso el teléfono sobre una caja y siguió doblando ropa.
-No he cambiado de idea. Me voy mañana. Hubo un pequeño silencio.
-Lucía, cariño, la gente normalmente se muda de un pueblo pequeño a Madrid. No al revés.
-Pues yo soy innovadora.
-Tú eres muchas cosas. No sé si innovadora es una de ellas. Lucía sonrió. Su madre llevaba dos semanas intentando convencerla de que no fuera a Valdemora. Lo hacía con cariño, pero también con una energía impresionante.
Valdemora era el pueblo donde su madre había nacido. Había vivido allí hasta los diecinueve años y después se había ido a Madrid para estudiar. Según ella, salir de Valdemora había sido una de las mejores decisiones de su vida. «Allí no pasa nada», repetía. Lucía esperaba exactamente eso. Nada. Durante los últimos diez años, en su vida habían pasado demasiadas cosas y, al mismo tiempo, ninguna que realmente le importara. Había estudiado una carrera que parecía práctica. Después había encontrado un trabajo que parecía bueno. Luego otro trabajo que parecía mejor. Había empezado un curso de fotografía, clases de italiano, yoga, cerámica y, durante exactamente once días, running. Nada había durado.
Dos semanas antes había dejado su trabajo. Su jefe había dicho:
-¿Estás segura? Lucía había respondido:
-No. Él había esperado unos segundos.
-¿Y aun así te vas?
-Sí. Aquella conversación resumía bastante bien su situación actual. No sabía qué quería hacer con su vida. Solo sabía que no quería seguir haciendo lo mismo. Por eso había comprado una casa vieja en Valdemora. «Vieja» era una palabra amable. La agencia inmobiliaria la describía como «una casa tradicional con mucho potencial». Lucía había aprendido rápidamente que «con mucho potencial» significaba «vas a gastar muchísimo dinero».
-¿Y si no te gusta? -preguntó su madre por teléfono. Lucía abrió otra caja.
-La vendo.
-¿Y si no puedes venderla?
-La alquilo.
-¿Y si nadie quiere alquilarla? Lucía dejó de doblar una camiseta.
-Mamá.
-¿Qué?
-¿Tienes preparada una lista de catástrofes?
-No necesito una lista. Soy tu madre.
-Eso explica muchas cosas. Su madre suspiró.
-Solo quiero que estés bien. La expresión de Lucía cambió. Miró alrededor: las paredes blancas, el sofá gris, la mesa pequeña junto a la ventana. Durante cinco años aquel piso había sido su casa. Ahora parecía un lugar donde otra persona podía empezar a vivir mañana.
-Yo también -dijo Lucía-. Por eso necesito irme. Su madre no respondió inmediatamente.
-Vale. Pero llámame cuando llegues.
-Te llamaré.
-Y no intentes reparar nada tú sola.
-¿Por qué dices eso?
-Porque te conozco.
-Sé usar herramientas.
-Lucía, una vez intentaste abrir una botella con un destornillador.
-Y la abrí.
-Rompiste el destornillador.
-Detalles. Su madre se rio por fin.
-Hasta mañana, hija.
-Hasta mañana, mamá. Lucía terminó la llamada y miró la habitación. Todavía tenía mucho trabajo.
La primera regla de su sistema era sencilla: guardar lo necesario, tirar lo inútil y regalar lo que todavía podía usar otra persona. La regla funcionó durante aproximadamente nueve minutos. Encontró una camiseta de un concierto al que había ido con su mejor amiga a los veintitrés años. Ya no se la ponía. Tenía un pequeño agujero. La puso en la bolsa de basura. La sacó treinta segundos después.
-Es un recuerdo -se explicó. Después encontró unos zapatos preciosos que no llevaba desde hacía seis años porque le hacían daño.
-Estos sí se van. Los puso en una bolsa para donar. Los volvió a sacar.
-Pero son preciosos. Cinco minutos después seguían en el suelo mientras Lucía negociaba consigo misma como si estuviera comprando una empresa.
A mediodía llegó su amiga Sara con dos bocadillos y una expresión de preocupación.
-¿Por qué hay una tostadora en la caja de la ropa? Lucía miró la caja.
-No sé.
-¿Y por qué has escrito «IMPORTANTE» en cuatro cajas?
-Porque son importantes. Sara abrió una.
-Aquí hay velas, tres novelas, una manta y... ¿una piedra? Lucía se la quitó de la mano.
-Es de Portugal.
-Es una piedra.
-Es un recuerdo de Portugal.
-Lucía, Portugal tiene más piedras.
-Pero esta es mía. Sara levantó las manos.
-De acuerdo. La piedra se queda contigo.
Sara se sentó en el sofá y abrió su bocadillo.
-Entonces, mañana te vas de verdad.
-Sí.
-A un pueblo de dos mil habitantes.
-Creo que son tres mil.
-Ah, perdón. Una metrópolis. Lucía le lanzó un calcetín. Sara se rio.
-¿Qué vas a hacer allí? Era la pregunta que todo el mundo hacía. Lucía ya tenía una respuesta preparada.
-Voy a arreglar la casa y venderla.
-Eso no es lo que te he preguntado. Lucía la miró.
-¿Qué quieres decir?
-¿Qué vas a hacer tú? Lucía bajó la vista hacia el bocadillo.
-No lo sé. Sara asintió.
-Bien.
-¿Bien?
-Sí. Llevas años diciendo que tienes que saber exactamente qué quieres hacer. Quizá puedes pasar unos meses sin saberlo.
Aquello sonaba demasiado razonable, así que Lucía decidió cambiar de tema.
-Ayúdame con las cajas.
-¿Cuántas vas a llevarte?
-Seis. Sara miró el salón.
-Tienes cosas para dieciséis.
-Por eso estás aquí. Durante las siguientes dos horas trabajaron juntas. Sara era mucho mejor tomando decisiones.
-¿Esto te hace falta?
-Quizá.
-Eso significa que no.
-Pero...
-No.
-Eres muy agresiva.
-Y tú tienes cuatro abrelatas.
-Uno puede romperse.
-¿Los cuatro el mismo día? Lucía pensó un momento.
-Sería un día muy malo.
Al final consiguieron llenar seis cajas. La primera estaba llena de ropa. La segunda, de libros y documentos. La tercera contenía cosas de cocina, incluidas nueve de las catorce tazas. Sara había impuesto un límite. La cuarta tenía objetos personales y fotografías. La quinta estaba llena de cosas que Lucía aseguraba que le hacían falta para trabajar, aunque todavía no sabía en qué iba a trabajar. La sexta era un misterio.
-¿Qué hay aquí? -preguntó Sara. Lucía miró la etiqueta. «VARIOS».
-Varias cosas.
-Gracias por la información.
-Para eso estoy. Cuando terminaron, el piso parecía enorme. Los armarios estaban casi vacíos y las paredes desnudas. Lucía caminó lentamente de una habitación a otra.
Por primera vez sintió algo extraño. No era tristeza exactamente. Tampoco alegría. Era la sensación de que algo estaba terminando. Se acercó a la ventana. Abajo, Madrid seguía igual: coches, autobuses, gente caminando deprisa, una moto tocando el claxon porque un taxi bloqueaba la calle. Durante años había pensado que quería vivir allí para siempre. Ahora estaba preparada para dejar atrás aquella vida. O al menos intentarlo.
-¿Estás bien? -preguntó Sara.
-Sí.
-Mientes fatal. Lucía sonrió.
-Estoy un poco asustada.
-Eso tiene más sentido.
-¿Y si mi madre tiene razón?
-¿Sobre cuál de las cuarenta catástrofes?
-Sobre Valdemora. ¿Y si odio vivir allí? Sara se acercó a la ventana.
-Entonces vuelves.
-¿Así de fácil?
-Sí. Lucía la miró con desconfianza.
-Las cosas nunca son así de fáciles.
-A veces sí. No estás firmando un contrato con el pueblo para los próximos cincuenta años. Vas a probar algo diferente.
-He comprado una casa.
-Bueno, eso sí ha sido un poco dramático. Las dos se echaron a reír.
-Siempre puedo venderla -dijo Lucía.
-Exacto.
-Después de repararla.
-Exacto.
-Yo misma puedo hacer muchas cosas. Sara dejó de reír.
-No.
-¿Qué?
-No hagas eso.
-He visto vídeos.
-Eso me preocupa más. Lucía cogió un cojín y se lo lanzó.
Por la tarde llevaron varias bolsas a una tienda de segunda mano. Lucía decidió tirar finalmente la lámpara rota y quedarse con los zapatos incómodos.
-No has aprendido nada hoy -dijo Sara.
-He aprendido que los zapatos son importantes.
-No puedes caminar con ellos.
-No todo tiene que ser práctico.
-Esa frase explica tu piedra portuguesa. Cuando volvieron, quedaba solo una tarea: limpiar. A las nueve de la noche estaban agotadas. Sara se puso la chaqueta.
-Mañana voy contigo a la estación.
-No hace falta. Mi tren sale temprano.
-Voy contigo. Lucía no discutió. En la puerta, Sara la abrazó.
-Vas a estar bien.
-¿Cómo lo sabes?
-No lo sé. Pero suena mejor que «probablemente tendrás problemas».
-Gracias. Muy útil.
-Para eso están las amigas.
Después de despedirse de Sara, Lucía cerró la puerta y volvió al salón. Ahora sí estaba sola. Se sentó en el suelo entre las seis cajas. No quedaban sillas: el hombre que había comprado la mesa y cuatro sillas había venido por la tarde. Abrió la caja número tres y sacó una taza. La blanca. «Hoy será un gran día».
-Espero que tengas razón -le dijo. Fue a la cocina, preparó té y regresó al salón. Bebió despacio mientras miraba las cajas. Seis cajas. Eso era todo lo que iba a llevarse. Le parecía extraño que una vida pudiera entrar en tan poco espacio.
Aunque, pensándolo bien, no era toda su vida. Los domingos con su madre no estaban allí. Las noches hablando con Sara tampoco. No podía meter en una caja sus errores, sus planes abandonados, los trabajos que había odiado ni las veces que había pensado: «Tiene que haber algo más». Los objetos podían guardarse, regalarse o tirarse. El resto era más complicado. Lucía apoyó la cabeza contra la pared. Quizá por eso necesitaba cambiar de vida. No para convertirse en otra persona. No para encontrar una respuesta mágica en un pueblo pequeño. Solo quería tener espacio para escuchar sus propios pensamientos. Y, por primera vez en mucho tiempo, quería empezar de nuevo.
A la mañana siguiente, a las seis y veinte, Lucía bajó la última caja al portal. El conductor que había contratado para llevar sus cosas a Valdemora miró las seis cajas, después la maleta y finalmente a Lucía.
-¿Eso es todo?
-Sí. Él pareció sorprendido.
-Para una mudanza no es mucho. Lucía sonrió.
-He tenido que tomar decisiones difíciles. En ese momento, la caja número tres hizo un ruido extraño. El conductor levantó una ceja.
-¿Qué lleva ahí?
-Tazas.
-¿Cuántas? Lucía abrió la boca.
-Las necesarias. El hombre decidió no hacer más preguntas.
Antes de subir al taxi que la llevaría a la estación, Lucía miró una última vez hacia las ventanas de su piso. Podía ponerse triste. Podía arrepentirse. Podía llamar al conductor y decirle que volviera a subir las cajas. En lugar de eso, respiró profundamente.
-Bueno -murmuró-. Vamos a Valdemora. Su teléfono vibró. Un mensaje de su madre: «¿Has salido?» Lucía escribió: «Sí.» Tres segundos después llegó otro: «¿Has comprobado que llevas los documentos?» Lucía abrió el bolso. Nada. Miró las cajas dentro de la furgoneta. La caja número dos. Documentos.
-¡Espere! -gritó al conductor. Diez minutos después, con el pasaporte y los papeles de la casa finalmente en el bolso, Lucía subió al taxi. Su nueva vida había empezado hacía menos de cinco minutos y ya había perdido sus documentos. Sonrió. Valdemora no sabía lo que le esperaba.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona las palabras con su significado.
1. mudarse
2. guardar
3. tirar
4. un recuerdo
5. dejar atrás
6. hacer falta
7. despedirse de
8. empezar de nuevo
a. necesitar algo
b. irse a vivir a otro lugar
c. decir adiós a una persona
d. poner algo en un lugar para conservarlo
e. comenzar otra vez
f. una cosa que te hace pensar en un momento del pasado
g. no llevar algo contigo y continuar sin ello
h. poner algo en la basura
2. Completa las frases con la forma correcta.
caja • hacer las maletas • quedarse con • llevarse • vacío • estar lleno de • cambiar de vida • hacer falta
1. Mañana salimos temprano, así que esta noche tenemos que __________.
2. Después de sacar todos los muebles, el salón está casi __________.
3. No quiero tirar esta foto. Voy a __________ ella.
4. ¿Cuántas __________ necesitas para guardar todos esos libros?
5. La mochila está __________ cosas que no necesito.
6. Si vas a cocinar allí, te va a __________ una sartén.
7. Cuando se mudó a otra ciudad, decidió __________ por completo.
8. No puedes __________ todo. El coche es demasiado pequeño.
3. Elige la opción correcta.
1. Lucía decide mudarse / despedirse a Valdemora.
2. Una caja vacía / llena no tiene nada dentro.
3. Si un objeto no sirve y no lo quieres, puedes guardarlo / tirarlo.
4. Una fotografía de un viaje puede ser un recuerdo / una mudanza.
5. Cuando necesitas algo, te hace falta / lo dejas atrás.
6. Antes de un viaje largo normalmente haces las maletas / cambias una caja.
4. Responde usando el vocabulario del capítulo.
1. Si tuvieras que mudarte mañana, ¿qué tres cosas te llevarías?
2. ¿Te cuesta tirar objetos que tienen recuerdos?
3. ¿Qué cosas no te hacen falta pero guardas de todos modos?
4. ¿Alguna vez has querido cambiar de vida o empezar de nuevo?
Respuestas
1. 1-b, 2-d, 3-h, 4-f, 5-g, 6-a, 7-c, 8-e.
2. 1) hacer las maletas; 2) vacío; 3) quedarme con; 4) cajas; 5) llena de; 6) hacer falta; 7) cambiar de vida; 8) llevarte.
3. 1) mudarse; 2) vacía; 3) tirarlo; 4) un recuerdo; 5) te hace falta; 6) haces las maletas.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Me llevaría el móvil, mis documentos y algunas fotos. 2) Sí, me cuesta tirar objetos con recuerdos. 3) Guardo libros y ropa que no me hacen falta. 4) Sí, a veces quiero empezar de nuevo en otra ciudad.
Capítulo 2. Bienvenida al fin del mundo
Transporte • camino • pueblo y ciudad

Al bajar del autobús, el aire era más frío que en Madrid. Olía a tierra húmeda y a leña, y las ruedas de la maleta sonaban demasiado fuerte sobre las piedras.
A las siete y diez de la mañana, Lucía estaba en la estación de Atocha con una maleta, una mochila, un café demasiado caro y la sensación de haber olvidado algo importante. Había comprobado los documentos cuatro veces. El móvil estaba en el bolso. La cartera también. El billete estaba en el móvil.
-Perfecto -murmuró-. Soy una adulta responsable. En ese momento vio que estaba esperando en el andén equivocado.
-Una adulta responsable en el andén equivocado. Cogió la maleta y empezó a caminar deprisa.
El tren salía a las siete y veinticinco. Lucía llegó al andén correcto a las siete y veinte, con el café en una mano y la maleta golpeándole una pierna. Cuando consiguió subir al tren, encontró su asiento junto a la ventana y dejó caer la mochila a sus pies.
-Buenos días -dijo una señora mayor sentada a su lado.
-Buenos días.
-¿Va de vacaciones? Lucía pensó en la casa vieja, las cajas y la lista de reparaciones.
-Más o menos. La señora sonrió como si aquella respuesta confirmara algo muy interesante.
La primera parte del trayecto fue tranquila. Madrid desapareció poco a poco detrás de la ventana. Los edificios altos dieron paso a barrios más bajos, después a polígonos industriales y finalmente a campos. Lucía abrió el móvil. Sara: «¿Sigues viva?» Lucía: «Todavía.» Sara: «¿Has perdido algo?» Lucía: «Mi dignidad en Atocha.» Sara: «Eso no cuenta. Ya la habías perdido antes.» Lucía sonrió. El plan era sencillo: tren, hacer transbordo en una ciudad pequeña y después coger un autobús hasta Valdemora. Sencillo. Lucía ya debería haber aprendido a desconfiar de esa palabra.
El tren llegó con ocho minutos de retraso. Su autobús salía doce minutos después. Lucía se bajó del tren y corrió por la estación buscando la salida.
-¿Autobuses? -preguntó a un empleado.
-Fuera, a la derecha.
-Gracias. Salió. Giró a la derecha. Encontró un aparcamiento. Volvió.
-Perdone. No veo la estación de autobuses.
-No hay estación. Es una parada.
-Ah.
-Al lado de la farmacia.
-¿Qué farmacia? El hombre señaló hacia una calle.
-Siga recto y luego gire a la izquierda. Comprobó la hora. Le quedaban seis minutos.
Cinco minutos después estaba completamente perdida. Había encontrado dos bares, una panadería, una tienda de teléfonos y una señora paseando un perro muy pequeño. No había encontrado ninguna farmacia.
-Perdone -dijo a la señora-. ¿La parada del autobús está cerca de aquí?
-Sí, sí. Muy cerca. Lucía respiró aliviada.
-¿Dónde?
-Vuelve por donde has venido, sigue recto, pasa la plaza y gira después del banco.
-¿El banco de dinero?
-No, un banco para sentarse. Lucía cerró los ojos un segundo.
-Claro. Naturalmente.
Llegó a la parada exactamente cuando un autobús azul doblaba la esquina.
-¡Espere! Corrió. El conductor la vio. Lucía levantó una mano. El autobús siguió.
-¡NO! Una mujer que esperaba en la parada la miró.
-Ese no es el suyo. Durante un instante no se movió.
-¿No?
-No. Ese va a San Martín. Lucía intentó recuperar la respiración.
-Ah. Entonces todo estaba bajo control. La mujer asintió lentamente.
-Claro. Su autobús apareció cuatro minutos después y, contra todo pronóstico, Lucía consiguió llegar a tiempo.
El autobús era pequeño y tenía unas cortinas azules que parecían tener aproximadamente la misma edad que Lucía. Había seis pasajeros. Lucía eligió un asiento junto a la ventana.
-¿Va a Valdemora? -preguntó al conductor antes de sentarse.
-Sí.
-¿Seguro? El hombre la miró.
-Bastante. Lucía decidió no explicar por qué necesitaba confirmación. El segundo trayecto empezó por una carretera ancha. Después la carretera se hizo más estrecha. Y más estrecha. A ambos lados aparecieron árboles, campos y pequeñas casas.
Revisó el móvil. Una raya de cobertura. Después ninguna. Volvió una raya.
-Interesante -murmuró. La mujer del asiento de delante se giró.
-En Valdemora hay cobertura.
-Qué bien.
-En casi todo el pueblo. Lucía parpadeó.
-¿Casi?
-En mi cocina no.
-¿Y qué hace?
-Salgo al salón. La mujer volvió a mirar hacia delante. Lucía abrió el chat con Sara. «Creo que estoy entrando en otra dimensión.» El mensaje no salió.
Media hora después, el paisaje era completamente diferente al de Madrid. Había montañas al fondo y árboles que empezaban a cambiar de color. Algunas hojas ya eran amarillas y naranjas. Era principios de septiembre, pero allí el otoño parecía estar esperando detrás de cada curva. El autobús pasó por un cartel: VALDEMORA - 6 KM Lucía se incorporó. El pueblo estaba lejos de Madrid en todos los sentidos posibles. No solo por los kilómetros. No había edificios enormes, tráfico ni gente corriendo para llegar a algún sitio. Lucía todavía no sabía si aquello le parecía maravilloso o aterrador.
El autobús entró primero por las afueras de Valdemora. Lucía vio casas bajas con jardines, pequeños talleres y un supermercado que parecía bastante normal.
-Bien -susurró-. Tienen supermercado. Civilización. Después llegaron las primeras calles del centro. Las casas eran de piedra o estaban pintadas en colores claros. Había balcones pequeños, macetas con flores y árboles a ambos lados de la calle. Algunas fachadas estaban cubiertas de plantas. Lucía pegó un poco la cara a la ventana. No quería admitirlo todavía, pero era bonito. Muy bonito.
El autobús se detuvo en una pequeña plaza.
-Valdemora -anunció el conductor. Lucía esperó. Nadie se movió.
-¿Aquí?
-Aquí.
-¿No hay estación?
-No. Por supuesto. Lucía se bajó del autobús y el conductor sacó su maleta.
-Gracias. ¿Sabe dónde está la calle del Olmo?
-Sí. Siga recto hasta la iglesia, gire a la derecha y después a la izquierda. Lucía lo miró con preocupación.
-¿Hay algún banco?
-Dos.
-¿De dinero o para sentarse? El conductor se quedó en silencio.
-Es una historia larga -dijo Lucía.
El autobús se fue y Lucía quedó sola en la plaza. Bueno, casi sola. Un hombre estaba sentado en un banco leyendo el periódico. Dos mujeres hablaban delante de una frutería. Un gato dormía debajo de una mesa. Eso era todo. Lucía sacó el móvil. Cobertura completa.
-Excelente. Abrió el mapa. La aplicación tardó unos segundos y finalmente mostró su posición. Su nueva casa estaba a diecisiete minutos andando.
-Diecisiete minutos no es nada. Empezó a caminar arrastrando la maleta por las piedras de la plaza. Después de cuarenta metros cambió de opinión.
Las ruedas de la maleta hacían un ruido terrible. Tac-tac-tac-tac. Las dos mujeres de la frutería dejaron de hablar y la miraron. Lucía sonrió.
-Buenos días.
-Buenos días -respondieron las dos al mismo tiempo. Siguió caminando. Tac-tac-tac-tac. Cuando llegó a la iglesia, ya estaba sudando. Miró el mapa. Giró a la derecha. El mapa cambió. «Recalculando ruta.»
-No. La flecha le indicó que volviera.
-No, no, no. Había vuelto a perderse. En un pueblo con aproximadamente cuatro calles.
-¿Necesitas ayuda? Lucía se giró. Una mujer de unos sesenta años estaba regando flores delante de una casa.
-Busco la calle del Olmo.
-¿Qué número?
-Diecisiete. La mujer dejó la regadera.
-La casa de Pilar. Lucía no sabía quién era Pilar.
-Supongo.
-La han vendido.
-Sí. A mí. La mujer la observó de arriba abajo con enorme interés.
-¿Tú eres Lucía? Lucía tardó un segundo en responder.
-Sí.
-Soy Carmen. Lo dijo como si eso tuviera que explicar algo. No lo explicaba. Todavía.
-Tu madre es Elena, ¿verdad? -continuó Carmen.
-Sí.
-Yo conocía a tu abuela.
-Ah.
-Y a tu madre, claro. Se fue a Madrid.
-Sí.
-Decía que no volvería nunca. Lucía sonrió.
-Sigue diciendo cosas parecidas. Carmen también sonrió.
-La calle del Olmo está por allí. Has girado demasiado pronto.
-Gracias.
-Tu casa está cerca de la panadería vieja.
-Perfecto.
-Aunque ahora está cerrada.
-Ah.
-Pero hay otra panadería en la plaza.
-Bien.
-Y un supermercado en las afueras.
-Lo he visto.
-Los martes hay mercado. Lucía empezó a sospechar que Carmen podía seguir hablando hasta octubre.
-Muchas gracias -dijo, intentando despedirse.
-¿Vas a vivir aquí?
-Unos meses. Carmen levantó ligeramente las cejas.
-¿Solo unos meses?
-Voy a reparar la casa y después probablemente la venderé. Hubo una pausa. Lucía no sabía por qué, pero tuvo la sensación de haber dicho algo importante.
-Ya veremos -respondió Carmen.
-¿Perdón?
-Nada. Bienvenida a Valdemora. Lucía sonrió.
-Gracias. Continuó caminando. Detrás de ella oyó una puerta abrirse.
-¡Marisa! -llamó Carmen-. ¡Ha llegado la hija de Elena! Se paró a mitad del movimiento. Ni siquiera había llegado a su casa y ya había noticias sobre ella.
La calle del Olmo estaba cerca de la plaza, pero era mucho más tranquila. Había árboles altos y casas antiguas con pequeños jardines. Lucía encontró el número diecisiete. Se quedó inmóvil. La casa era de dos plantas, con paredes de piedra clara y ventanas verdes. Una planta trepadora cubría parte de la fachada. En el jardín había un árbol enorme. En las fotos de internet parecía pequeña. En persona parecía...
-Mía -dijo Lucía. Sacó las llaves. Por primera vez desde que había salido de Madrid, dejó de pensar en trenes, autobuses, mapas y maletas. Solo miró la casa.
Entonces oyó un sonido. Meeee. Lucía miró hacia la izquierda. Nada. Meeee. Miró hacia la derecha. Un animal blanco y marrón la observaba desde el jardín de la casa vecina.
-Hola. La cabra siguió mirándola.
-Tú no eres un perro. Meeee.
-Sí, eso confirma mi teoría. Lucía sonrió y abrió la verja de su jardín. Quizá tendría que acostumbrarse a algunas cosas.
Subió los tres escalones de la entrada y puso la llave en la cerradura. No giró. Probó otra llave. Tampoco.
-Perfecto. Miró las cinco llaves del llavero. La tercera abrió la puerta. Lucía entró. El recibidor olía a madera, polvo y casa cerrada. Había muebles cubiertos con telas blancas y una caja vieja junto a la pared. Cerró la puerta detrás de ella. Silencio. Un silencio enorme. En Madrid siempre había ruido: coches, vecinos, ascensores, música, sirenas. Allí no se oía nada. Lucía sonrió. Entonces algo cayó en la planta de arriba. PUM. Lucía dejó de sonreír.
-No. Esperó. Nada.
-No voy a morir el primer día. Cogió el móvil y encendió la linterna, aunque todavía había luz. Subió lentamente las escaleras.
-Hola -dijo. Silencio.
-Si hay alguien aquí, quiero informar de que no tengo dinero. Otro pequeño ruido. Lucía llegó al pasillo. Una ventana estaba abierta. El viento movía una cortina y había tirado un marco de fotos al suelo. Lucía soltó el aire.
-Claro. Una ventana. Todo bien. Se acercó para cerrarla. La ventana no cerraba.
-Todo... relativamente bien.
Volvió abajo y abrió las puertas de las habitaciones. Salón. Comedor. Cocina. Cuando entró en la cocina, se quedó parada. Era grande. Mucho más grande de lo que recordaba de las fotos. Había muebles antiguos, una mesa de madera y un horno enorme. Lucía pasó la mano por la mesa cubierta de polvo.
-Bueno -dijo-. Tú sí tienes potencial. Su móvil vibró. El mensaje de Sara finalmente había salido. Sara: «¿Has llegado al fin del mundo?» Lucía hizo una foto de la cocina y respondió: «Sí. Tienen supermercado.» Sara: «Entonces sobrevivirás.»
Lucía abrió una de las ventanas de la cocina. Desde allí veía parte del jardín, los tejados del pueblo y las montañas al fondo. El aire olía diferente. Más fresco. Pensó en Madrid, que ahora estaba lejos de allí. Muy lejos. Su madre había necesitado años para acostumbrarse a la gran ciudad cuando era joven. Lucía tendría que hacer el camino contrario. No sabía si podía acostumbrarse al silencio. A que todo estuviera cerca de todo. A no tener metro. A una señora llamada Carmen que conocía su historia familiar antes de conocerla a ella. Y aparentemente a las cabras.
Sacó una botella de agua de la mochila y se sentó en el suelo de la cocina. Había llegado. Había conseguido hacer transbordo, no había perdido el autobús y solo se había perdido dos veces. Para Lucía, aquello era prácticamente un éxito. Miró el horno antiguo. Después miró las paredes. Después el techo. Una pequeña mancha oscura ocupaba una esquina.
-Eso no me gusta. Se levantó y tocó la pared. Estaba seca.
-Seguro que no es nada. Su teléfono sonó. Mamá.
-Hola.
-¿Has llegado?
-Sí.
-¿Cómo es la casa? A su alrededor, todo seguía igual.
-Tiene mucho potencial.
Su madre guardó silencio.
-Eso suena mal.
-No. Está bien. Es bonita.
-¿Funciona la electricidad? Lucía miró el interruptor de la cocina.
-Supongo. Lo pulsó. Nada ocurrió. Volvió a pulsarlo. Nada.
-Lucía.
-Un momento. Probó otro interruptor. Una lámpara del pasillo se encendió. La de la cocina no.
-Funciona aproximadamente el cincuenta por ciento.
-Te dije que no repararas nada tú sola.
-Ni siquiera he sacado las herramientas.
-Prométemelo. Lucía miró el horno, la lámpara y la mancha del techo.
-Lo prometo. En aquel momento todavía pensaba cumplirlo.
Después de hablar con su madre, Lucía salió al jardín. El sol empezaba a bajar detrás de las montañas y la luz era dorada. Algunas hojas secas se movían por el camino. Valdemora era pequeño. Tranquilo. Muy diferente de todo lo que conocía. Tal vez demasiado diferente. Oyó voces al otro lado de la calle. Carmen estaba hablando con otra mujer. Las dos miraron hacia Lucía. Lucía levantó una mano. Ellas saludaron.
-Perfecto -murmuró-. Ya soy una atracción turística. Entró de nuevo en casa. Mañana tendría que comprar comida, limpiar y empezar a revisar todo lo que necesitaba reparar. Pero esa noche solo quería una ducha y dormir.
Subió la maleta al dormitorio, encontró una toalla y entró en el baño. Abrió el grifo de la ducha. Nada. Lo cerró. Lo volvió a abrir. Una gota cayó. Después otra. Lucía miró el grifo.
-No. Una tercera gota.
-No me hagas esto. Desde el jardín llegó un sonido. Meeee. Lucía cerró los ojos. Madrid estaba a cientos de kilómetros. El supermercado estaba en las afueras. La ducha no funcionaba. Una cabra se reía de ella. Sacó el móvil y escribió a Sara: «Corrección: quizá no sobreviva.» Sara respondió inmediatamente: «Bienvenida al fin del mundo » Se quedó leyendo la pantalla. Luego miró la ducha. Y empezó a reírse.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona.
1. un andén
2. hacer transbordo
3. perderse
4. las afueras
5. un trayecto
6. llegar a tiempo
7. girar
8. acostumbrarse a
a. cambiar de dirección
b. llegar antes o en el momento necesario
c. cambiar de un transporte a otro
d. la parte exterior de una ciudad o pueblo
e. no saber dónde estás
f. el lugar donde esperas un tren
g. empezar a sentir algo como normal
h. el recorrido de un lugar a otro
2. Completa las frases.
carretera • cerca de • lejos de • bajarse de • subir a • seguir recto • pueblo • perderse
1. Valdemora es un __________ pequeño, no una gran ciudad.
2. Para llegar a la plaza tienes que __________ y después girar a la derecha.
3. Lucía tiene que __________ el tren y coger un autobús.
4. Madrid está muy __________ Valdemora.
5. La panadería está __________ la casa de Lucía.
6. Es fácil __________ cuando no conoces una ciudad.
7. El autobús circula por una __________ estrecha entre las montañas.
8. Cuando llega el tren, Lucía tiene que __________ rápidamente.
3. Elige la opción correcta.
1. Si cambias de tren durante un viaje, haces transbordo / giras.
2. Si llegas después de que salga el autobús, no has llegado a tiempo / no estás en las afueras.
3. Un trayecto es una persona / un recorrido.
4. Para ir en tren primero tienes que subir al / bajarte del tren.
5. Si una tienda está a dos minutos de tu casa, está cerca / lejos.
6. Si vives muchos años en un lugar nuevo, normalmente te acostumbras / te pierdes.
4. Responde con el vocabulario del capítulo.
1. ¿Prefieres vivir en una gran ciudad o en un pueblo? ¿Por qué?
2. ¿Te pierdes fácilmente cuando visitas un lugar nuevo?
3. ¿Cómo es normalmente tu trayecto al trabajo o a clase?
4. ¿A qué cosas sería difícil acostumbrarte si te mudaras a un pueblo pequeño?
Respuestas
1. 1-f, 2-c, 3-e, 4-d, 5-h, 6-b, 7-a, 8-g.
2. 1) pueblo; 2) seguir recto; 3) bajarse del; 4) lejos de; 5) cerca de; 6) perderse; 7) carretera; 8) subir al.
3. 1) haces transbordo; 2) no has llegado a tiempo; 3) un recorrido; 4) subir al; 5) cerca; 6) te acostumbras.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Prefiero vivir en una ciudad porque todo está cerca. 2) Sí, a veces me pierdo en lugares nuevos. 3) Mi trayecto dura unos treinta minutos. 4) Sería difícil acostumbrarme a no tener metro.
Capítulo 3. La casa de mis sueños (más o menos)
La casa • las habitaciones • los muebles

Por la mañana, la casa olía a madera vieja y a polvo. El suelo estaba frío bajo sus calcetines y, desde el jardín, llegaba el ruido de los pájaros.
Lucía se despertó a las siete y cuarto porque algo golpeaba la ventana de su dormitorio. Tac. Tac. Tac. Abrió los ojos. Tac. Tac. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Después vio las cajas, las cortinas antiguas y una grieta pequeña en la pared. Valdemora. Su nueva casa. Tac. Lucía se levantó y abrió la cortina. Una rama del árbol tocaba el cristal.
-Buenos días a ti también. Miró el móvil. Tenía tres mensajes de su madre, dos de Sara y uno de un número desconocido. «Buenos días, Lucía. Soy Carmen. ¿Has dormido bien?» Se quedó leyendo la pantalla.
-¿Cómo tiene mi número?
Decidió no investigar todavía. La noche anterior había llegado cansada y solo había visto una parte de la casa. Aquella mañana tenía una misión: descubrir exactamente qué había comprado. Se puso unos vaqueros, una sudadera y zapatillas. Después bajó por la escalera con el móvil en una mano y una libreta en la otra. En la primera página escribió: CASA
- COSAS QUE HACER. Debajo añadió: 1. Ducha. Pensó un momento. 2. Luz de la cocina. 3. Ventana del dormitorio. Miró la lista.
-Tres cosas. No está mal. Todavía era muy optimista.
Empezó por la planta baja. El recibidor era pequeño y oscuro. Desde allí se entraba en un pasillo que llevaba al salón, al comedor y a la cocina. Lucía abrió las ventanas del salón. La habitación era bastante espaciosa, con dos ventanas grandes y una chimenea de piedra. Había un sofá antiguo, dos sillones y una mesa baja. Todos los muebles estaban cubiertos de telas blancas. Lucía tiró de una. Una nube de polvo salió directamente hacia su cara.
-¡Achís! Estornudó tres veces.
-Muy romántico. Debajo de la tela apareció un sofá verde oscuro. Lucía lo observó.
-Tú y yo vamos a tener una conversación sobre 1984.
Se acercó a una de las ventanas. El salón daba a la calle y desde allí podía ver las casas de enfrente. Carmen estaba delante de su casa hablando con otra mujer. Carmen levantó la cabeza. Vio a Lucía. Sonrió y saludó con la mano. Lucía saludó también. La otra mujer miró inmediatamente hacia la ventana.
-Fantástico -murmuró Lucía-. Primera emisión del día. Cerró un poco la cortina. El salón podía quedar bonito. Las paredes eran claras y el suelo de madera parecía estar en buen estado. Entonces miró hacia arriba. Había una mancha en el techo. Sacó la libreta. 4. Mancha del techo. La lista empezaba a crecer.
El comedor estaba al lado. Era más pequeño, pero tenía una puerta de cristal que daba al jardín. Había una mesa grande y seis sillas. Lucía pasó un dedo por la mesa. Polvo. Mucho polvo.
-Necesito productos de limpieza. Lo escribió. 5. Comprar productos de limpieza. Abrió un cajón del aparador. Dentro había cucharas viejas, servilletas, dos velas y una llave. Lucía cogió la llave.
-¿Y tú qué abres? Probó el siguiente cajón. Estaba vacío. El tercero no se abría.
-Claro. El único interesante. Tiró un poco más. Nada.
-Volveré. No sabía por qué estaba amenazando a un cajón, pero la casa parecía provocar ese tipo de conversaciones.
La cocina seguía siendo su habitación favorita. Era realmente espaciosa. Había una mesa de madera en el centro, varios armarios, un fregadero grande y el horno antiguo que había visto el día anterior. Una ventana daba al jardín. La otra tenía vistas a las montañas. Lucía se quedó unos segundos mirando fuera. El cielo estaba gris claro y había una fina capa de niebla sobre las montañas. Algunas hojas amarillas cubrían el jardín.
-Vale -dijo-. Esto sí estaba en las fotos. Por primera vez entendió por qué había comprado la casa tan rápido. La cocina tenía algo especial. Todavía no era acogedora, pero podía serlo.
Abrió el primer armario. Platos. El segundo. Vasos. El tercero. Una colección impresionante de recipientes de plástico sin tapa.
-Perfecto. Esto sí es universal. Abrió otro. Vacío. Otro. Más platos. En el último encontró una pequeña tetera amarilla. La sacó y sonrió.
-Tú te quedas. La puso sobre la mesa. Después abrió el horno. Dentro había dos bandejas viejas y un molde redondo. Lucía las sacó. No sabía todavía para qué iba a usar aquel horno, pero le gustaba. Añadió otra línea a la libreta: 6. Limpiar la cocina. Después escribió: 7. Mucho. Y subrayó «mucho» dos veces.
Detrás de la cocina había una puerta pequeña. Lucía la abrió y encontró una despensa. Las estanterías estaban cubiertas de polvo, pero la habitación era más grande de lo esperado.
-Aquí caben muchas cosas. Imaginó comida, cajas, botellas, quizá una pequeña estantería para café y té. Después vio una telaraña enorme.
-Y actualmente cabe una familia de arañas. Cerró la puerta. La familia podía quedarse allí unas horas más. Volvió al pasillo y abrió la última puerta de la planta baja. Era un baño pequeño. Lucía abrió el grifo. Salió agua.
-¡Sí! Abrió el agua caliente. Nada.
-Ah. 8. Agua caliente.
Subió al primer piso. La escalera crujía con cada paso.
-Eso es normal en una casa antigua -se dijo. Criiic.
-Completamente normal. CRAC. Durante un instante no se movió.
-Menos normal. Miró el escalón. Parecía entero. Subió con más cuidado. En el primer piso había tres dormitorios y otro baño. El pasillo era estrecho, con varias fotografías antiguas en las paredes. Lucía se acercó a una. Una mujer joven estaba delante de la casa, sonriendo. Detrás de ella aparecía el mismo árbol que ahora ocupaba medio jardín. Lucía no sabía quién era. Decidió no tirar las fotos.
Su dormitorio era el más grande. Tenía una cama de madera, un armario enorme y una cómoda con cuatro cajones. La ventana tenía vistas a las montañas.
-Esto es peligroso -dijo Lucía. La casa empezaba a gustarle demasiado. Abrió el armario. Una puerta hizo un ruido largo. Ñiiiiiiic.
-Tú también necesitas ayuda. Dentro encontró dos mantas y una caja pequeña. La abrió. Botones. Cientos de botones. Rojos, blancos, negros, azules. Lucía miró la caja.
-¿Por qué? No había respuesta. La guardó otra vez. Aquella casa tenía demasiadas preguntas.
El segundo dormitorio era más pequeño y daba al jardín. Lucía decidió que podía convertirlo en despacho.
-Aquí pondré un escritorio. Miró la pared.
-Una estantería allí. Miró el suelo.
-Una alfombra. Durante unos minutos empezó a imaginar la habitación terminada. Una lámpara bonita. Libros. Plantas. Después recordó que solo pensaba quedarse unos meses.
-No necesitamos plantas. La habitación guardó silencio.
-Ni una alfombra cara. Silencio.
-Quizá una pequeña. Lucía escribió: 9. Alfombra. La casa estaba ganando.
El tercer dormitorio era pequeño, pero sorprendentemente acogedor. Había una cama individual, una mesita y una ventana pequeña. Lucía abrió las cortinas. La habitación tenía vistas a los tejados del pueblo.
-Habitación de invitados. Pensó en Sara. Después imaginó la reacción de Sara al descubrir que el agua caliente no funcionaba.
-Habitación de invitados cuando tengamos ducha. Abrió un cajón de la mesita. Dentro había un libro viejo, una moneda y una nota doblada. Lucía abrió la nota. Solo decía: «Comprar azúcar, harina, mantequilla, huevos.»
-Una lista de la compra. La dejó donde estaba. No sabía que aquella pequeña lista tenía más relación con su futuro de lo que podía imaginar.
El baño del primer piso era el lugar menos romántico de toda la casa. Los azulejos eran marrones. El lavabo era amarillo. La bañera era de un color que Lucía no podía identificar.
-¿Verde? ¿Gris? ¿Tristeza? Abrió el grifo. Una gota. La misma ducha de la noche anterior seguía sin colaborar. Lucía sacó la libreta. 10. BAÑO. Lo escribió en mayúsculas. Luego añadió tres signos de exclamación. 10. BAÑO!!!
-Prioridades. Se miró en el espejo.
-La casa de mis sueños. Una parte del espejo estaba rota.
-Más o menos.
A media mañana, Lucía ya tenía diecisiete puntos en la lista. Había descubierto otra mancha en el techo, una puerta que no cerraba, dos enchufes que parecían demasiado antiguos y una tabla del suelo que hacía un ruido sospechoso. También había encontrado cosas buenas. Las habitaciones eran espaciosas. Había mucha luz. La cocina era preciosa. Las vistas eran increíbles. Y, debajo del polvo y de los muebles antiguos, la casa tenía personalidad. Lucía bajó a la cocina y preparó café con una pequeña cafetera que había traído de Madrid. Se sentó junto a la ventana. Entonces llamaron a la puerta.
Era Carmen. Por supuesto. Llevaba una cesta.
-Buenos días.
-Buenos días.
-Te he traído tomates, pan y huevos. Lucía miró la cesta.
-No hacía falta.
-Ya lo sé. Carmen entró antes de que Lucía pudiera decidir si la había invitado. Miró alrededor.
-No ha cambiado mucho.
-¿Conocía la casa?
-Claro. Pilar vivió aquí cuarenta años.
-¿Pilar era la propietaria?
-Sí. Y era muy amiga de tu abuela. Tu madre pasó muchas tardes en esta casa cuando era niña y adolescente. Carmen pasó la mano por la mesa.
-Cocinaba muy bien. Lucía recordó la lista de harina, azúcar, mantequilla y huevos.
-He encontrado algunas cosas suyas.
-Hay muchas. Pilar guardaba todo. Lucía pensó en sus catorce tazas.
-La entiendo.
Carmen miró hacia el techo.
-Eso tendrás que arreglarlo.
-Sí.
-Y las ventanas.
-Sí.
-Y la instalación eléctrica es antigua.
-También lo he notado.
-Necesitas a Mateo. Lucía levantó la vista.
-¿Quién es Mateo? Carmen pareció sorprendida de que existiera una persona en el mundo que no supiera quién era Mateo.
-El electricista.
-Ah.
-Vive aquí.
-Eso suele ser práctico para un electricista local. Carmen ignoró el comentario.
-Es muy bueno. Puede mirar los enchufes y las luces.
-Perfecto. ¿Tiene teléfono? Carmen sonrió de una forma que Lucía no entendió.
-Sí.
Cinco minutos después, Lucía tenía el número de Mateo guardado en el móvil. Carmen también había conseguido explicarle dónde comprar pintura, qué supermercado era más barato, qué días abría la ferretería y qué vecino tenía una escalera grande.
-Muchas gracias -dijo Lucía.
-Para eso estamos. Carmen caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró el salón.
-Puede quedar muy acogedor. Lucía miró los muebles cubiertos de telas, la mancha del techo y las cajas.
-Sí. Algún día.
-Antes de lo que piensas. Otra frase misteriosa. Carmen salió. Lucía esperó diez segundos y miró por la ventana. Carmen ya estaba hablando con la mujer de enfrente.
Lucía cogió el móvil. Nuevo contacto: Mateo - electricista. Escribió: «Hola. Soy Lucía. Acabo de comprar la casa de la calle del Olmo, 17. Tengo algunos problemas con la electricidad.» Miró la lámpara de la cocina. Añadió: «Bueno, varios.» Estuvo a punto de enviar el mensaje. Entonces miró el interruptor. Quizá era una bombilla. Eso sí podía cambiarlo ella. No necesitaba llamar a un profesional para cambiar una bombilla.
-Parece fácil -dijo. Dejó el móvil sobre la mesa.
Encontró una silla y la puso debajo de la lámpara. La silla se movió un poco. Lucía bajó. Buscó otra. La segunda parecía más estable. Subió. Intentó quitar la pantalla de la lámpara. No se movía.
-Vamos. Giró. Nada. Giró más fuerte. La pantalla se soltó de repente. Lucía perdió el equilibrio. Saltó de la silla. La pantalla cayó al suelo. CLONC. No se rompió. Lucía respiró.
-Todo controlado. En ese momento, la luz del pasillo se apagó. Lucía miró hacia la puerta.
-Yo no he hecho eso.
Probó el interruptor. Nada. Probó el del salón. Nada. La electricidad de toda la planta baja había desaparecido. Lucía se quedó quieta en medio de la cocina con la pantalla de la lámpara en las manos. Miró el móvil. Mateo - electricista. Terminó el mensaje: «Ahora tengo muchos problemas con la electricidad.» Enviar. La respuesta llegó menos de un minuto después. «Puedo pasar esta tarde.» Lucía escribió: «Perfecto. Gracias.» Después añadió: «Creo que la casa me odia.» Vio los tres puntos que indicaban que Mateo estaba escribiendo. «Las casas no odian a nadie.» Pausa. «Normalmente.»
Lucía soltó una carcajada. Guardó el móvil y miró alrededor. La cocina seguía siendo bonita incluso sin luz. La ventana daba al jardín y las montañas se veían detrás de los árboles. En la mesa estaban los tomates y los huevos de Carmen. Sobre una silla descansaba la pantalla de la lámpara. En el suelo, su libreta estaba abierta por la página de la lista. Lucía añadió: 18. Electricidad. Pensó un momento y escribió debajo: 19. NO TOCAR NADA. Lo rodeó con un círculo.
-Muy bien. Desde fuera llegó un conocido: Meeee. Lucía se acercó a la ventana. La cabra estaba otra vez junto a la verja.
-Tú no vives aquí -le dijo. La cabra mordió una hoja.
-Yo sí. Meeee.
-Bueno, estoy intentando vivir aquí. La cabra siguió comiendo. Lucía apoyó los brazos en la ventana. La casa necesitaba muchísimo trabajo. Quizá más del que había imaginado. Pero la cocina tenía vistas a las montañas. El salón podía ser acogedor. Había espacio. Había silencio. Y aquella mañana, mientras caminaba por las habitaciones, Lucía había empezado a imaginar dónde pondría sus cosas. Eso no formaba parte del plan. El plan era reparar, vender y marcharse. Miró la casa.
-No te emociones. Nuestra relación es temporal. Una tabla del suelo crujió. Lucía levantó una ceja.
-Exacto. Yo tampoco confío en ti.
A las doce recibió otro mensaje. Mateo: «Llegaré sobre las cuatro.» Lucía respondió con un pulgar arriba. Luego abrió la puerta de la despensa. La telaraña seguía allí.
-Tenemos cuatro horas. Cogió una escoba. La casa podía tener un techo problemático, un suelo ruidoso, una ducha inútil, muebles de otra época y una instalación eléctrica que acababa de perder una batalla contra Lucía. Pero también tenía una cocina enorme, habitaciones espaciosas y unas vistas que no se podían comprar en Madrid. Bueno. Técnicamente sí se podían comprar. Ella acababa de hacerlo. Lucía sonrió y levantó la escoba.
-Vamos a trabajar. Desde el jardín: Meeee.
-Tú no estás invitada.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona.
1. el pasillo
2. el techo
3. un cajón
4. acogedor
5. el suelo
6. un armario
7. espacioso
8. tener vistas a
a. cómodo y agradable
b. la parte de una habitación sobre tu cabeza
c. tener una ventana desde la que se ve un lugar
d. lugar que conecta varias habitaciones
e. grande y con bastante espacio
f. parte de un mueble que se abre para guardar cosas
g. mueble donde se guarda ropa u otros objetos
h. parte de una habitación sobre la que caminamos
2. Completa las frases.
pared • planta baja • primer piso • muebles • cubierto de • dar a • escalera • armario
1. El salón está en la __________ y los dormitorios están arriba.
2. Para subir al __________, Lucía usa una __________.
3. El sofá está __________ polvo.
4. Lucía quiere pintar la __________ del despacho.
5. La ventana de la cocina __________ jardín.
6. En el dormitorio hay un gran __________ para guardar la ropa.
7. El sofá, la mesa y las sillas son __________.
3. Elige la opción correcta.
1. Si una habitación tiene mucho espacio, es espaciosa / cubierta.
2. Guardamos ropa normalmente en un armario / techo.
3. Una ventana puede dar al jardín / dar un cajón.
4. Si una casa es cómoda y agradable, puede ser acogedora / vacía.
5. Caminamos sobre el suelo / pasillo de una habitación.
6. Un cajón forma parte normalmente de un mueble / una vista.
4. Responde usando el vocabulario.
1. ¿Cómo es tu habitación más acogedora?
2. ¿Qué muebles tienes en tu dormitorio?
3. ¿A qué dan las ventanas de tu casa?
4. Si pudieras elegir, ¿a qué te gustaría tener vistas desde tu cocina?
Respuestas
1. 1-d, 2-b, 3-f, 4-a, 5-h, 6-g, 7-e, 8-c.
2. 1) planta baja; 2) primer piso, escalera; 3) cubierto de; 4) pared; 5) da al; 6) armario; 7) muebles.
3. 1) espaciosa; 2) armario; 3) dar al jardín; 4) acogedora; 5) suelo; 6) mueble.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Mi salón es acogedor porque tiene un sofá cómodo y mucha luz. 2) Tengo una cama, un armario y una mesita. 3) Mis ventanas dan a la calle. 4) Me gustaría tener vistas a las montañas.
Capítulo 4. Aquí no funciona nada
Averías • reparaciones • herramientas

El metal de las herramientas estaba frío. Cada golpe contra la pared hacía caer un poco de polvo, y Lucía podía sentirlo en las manos y en el pelo.
A las tres y cincuenta de la tarde, Lucía estaba en la cocina mirando su lista. Ya tenía veintitrés puntos. A las ocho de la mañana había pensado que la casa necesitaba «algunas reparaciones». A las tres y cincuenta había cambiado de opinión. La casa necesitaba ayuda profesional. Probablemente varios profesionales. Quizá un sacerdote. Lucía añadió una nueva línea: 24. La puerta del jardín hace un ruido horrible. La abrió. ÑIIIIIC.
-Sí. Horrible. La cerró. ÑIIIIIC. Desde fuera, la cabra respondió: Meeee.
-Gracias por tu opinión.
Mateo llegaría a las cuatro para mirar la electricidad. Hasta entonces, Lucía había decidido comprobar el resto de la casa. No iba a reparar nada. Se lo había prometido a su madre. Solo iba a mirar. Aquella diferencia le parecía importante. Empezó por el baño de la planta baja. Abrió el grifo. El agua salió normalmente.
-Muy bien. Lo cerró. Una gota cayó. Después otra. Y otra. El grifo empezó a gotear. Lucía lo observó durante diez segundos.
-No. Gota.
-No. Gota. Sacó la libreta. 25. Grifo.
Debajo del lavabo había una pequeña puerta. Lucía la abrió y vio una tubería. Parecía una tubería normal. No sabía exactamente cómo debía parecer una tubería problemática. Tocó una parte metálica. Estaba húmeda.
-Eso probablemente no es bueno. Buscó en internet: «tubería húmeda debajo del lavabo». Los resultados incluían palabras como fuga, reparación urgente y daños por agua. Lucía cerró internet.
-Internet es demasiado negativo. Puso una toalla debajo de la tubería. No era una reparación, decidió. Era decoración práctica.
Después fue al salón. Uno de los enchufes estaba torcido. Lucía se acercó.
-No te voy a tocar. El enchufe no respondió.
-Porque tengo sentido común. En aquel momento recordó la lámpara de la cocina y añadió:
-Ahora. Otro enchufe parecía normal, pero Lucía decidió no comprobarlo. Había aprendido algo aquella mañana. No mucho. Pero algo. Encendió la chimenea eléctrica decorativa que estaba junto a la pared. Nada.
-Tú tampoco funcionas. Miró la casa.
-¿Hay algo aquí que funcione? Desde la cocina, la cafetera hizo un pequeño sonido.
-Gracias. Al menos te tengo a ti.
En el pasillo encontró un pequeño armario. Dentro había varias herramientas antiguas. Un martillo. Dos llaves. Un metro. Tres destornilladores. Lucía sonrió.
-Interesante. Cogió uno de los destornilladores. Entonces recordó a su madre: «No intentes reparar nada tú sola.» Volvió a dejarlo. Esperó dos segundos. Lo cogió otra vez.
-Solo voy a mirar. Fue hasta la puerta del jardín. El ruido podía venir de una pieza suelta. Eso era fácil. Demasiado fácil. Se paró a mitad del movimiento.
-No voy a decirlo. Había empezado a sospechar que las palabras «parece fácil» estaban malditas.
Se agachó junto a la puerta y comprobó los tornillos. Uno estaba suelto.
-Ajá. Usó el destornillador para apretarlo. Abrió la puerta. ÑIIIIIC.
-Vale. Apretó otro. ÑIIIIIC.
-¿En serio? Miró las bisagras. Quizá necesitaban aceite. Buscó en la cocina y encontró una botella. Cinco minutos después abrió la puerta otra vez. Silencio. Lucía abrió mucho los ojos.
-¡Lo he arreglado! La cerró. Silencio.
-¡JA! Levantó los brazos como si acabara de ganar una competición internacional. Entonces el pomo se cayó al suelo.
Lucía miró el pomo. Después miró la puerta. Después volvió a mirar el pomo.
-No. Intentó colocarlo. No se quedaba.
-No, no, no. Desde el jardín: Meeee.
-No necesito comentarios. Cogió el martillo. Lo miró.
-No sé para qué te necesito. Volvió a dejarlo. Al menos había aprendido una segunda cosa. No todas las herramientas servían para todos los problemas. Escribió en la lista: 26. Pomo puerta jardín. Y debajo: 27. No celebrar demasiado pronto.
Poco después, botas, una camiseta gris y una caja de herramientas. Tenía el pelo oscuro y una expresión tranquila.
-¿Lucía?
-Sí.
-Soy Mateo. Ah. El electricista. Lucía no sabía exactamente qué había imaginado cuando Carmen había dicho «Mateo». Probablemente un señor de cincuenta años con bigote. Mateo no tenía cincuenta años. Ni bigote. Eso era información completamente irrelevante.
-Pasa -dijo ella.
Mateo entró y dejó su caja de herramientas en el suelo.
-Carmen me ha dicho que acabas de llegar. Lucía cerró la puerta.
-¿Carmen también te ha contado qué he desayunado? Mateo la miró.
-No. Lucía respiró.
-Todavía. Mateo sonrió por primera vez.
-Dale tiempo. Lucía decidió inmediatamente que aquel hombre entendía perfectamente cómo funcionaba Valdemora.
-La electricidad de la planta baja ha dejado de funcionar -explicó-. Bueno, algunas cosas funcionan y otras no.
-¿Qué pasó antes? Lucía guardó silencio. Mateo esperó.
-Cambié una bombilla.
-¿Solo eso?
-Técnicamente, todavía no llegué a cambiarla.
Mateo miró la lámpara. Después miró la silla debajo de ella. Después a Lucía.
-¿Qué hiciste?
-Nada grave.
-Eso no responde a mi pregunta.
-Intenté quitar la pantalla.
-¿Y?
-Se cayó.
-¿La lámpara?
-Yo. Mateo bajó la mirada hacia sus botas durante un segundo. Lucía entrecerró los ojos.
-¿Te estás riendo?
-No.
-Sí.
-Estoy trabajando.
-Todavía no has empezado.
-Entonces estoy preparándome mentalmente. Lucía cruzó los brazos.
-Muy profesional.
Mateo abrió la caja y sacó varias herramientas.
-Primero voy a comprobar el cuadro eléctrico.
-Está allí. Lucía señaló una pequeña puerta junto a la entrada. Mateo la abrió.
-Esto es antiguo.
-La casa también.
-¿Sabes cuándo cambiaron la instalación por última vez?
-No.
-¿Tienes los documentos?
-Sí.
-¿Sabes dónde? Lucía pensó en las seis cajas.
-Más o menos. Mateo levantó una ceja.
-Eso significa que no.
-Significa que están en una caja perfectamente identificada.
-¿Cuál? -«Documentos».
-Eso es sorprendentemente lógico.
-Gracias. Estoy creciendo como persona.
Mientras Mateo comprobaba el cuadro, Lucía fue a buscar la caja. Volvió con una carpeta.
-Aquí. Mateo revisó algunos papeles.
-Hace bastante tiempo.
-¿Cuánto es «bastante»?
-La instalación necesita una revisión completa. Lucía miró la lista de reparaciones.
-¿Es caro? Mateo volvió a mirar los papeles.
-Depende.
-Odio esa palabra.
-Primero tengo que ver qué está roto y qué todavía funciona.
-Tengo una lista. Le enseñó la libreta. Mateo leyó los primeros puntos. -«Ducha. Luz. Ventana. Mucho.» -«Mucho» es una categoría técnica.
-Ya veo.
Empezaron por la cocina. Mateo comprobó la lámpara y después uno de los enchufes.
-No uses este.
-¿Por qué?
-Porque está roto. Lucía dio un paso atrás.
-He usado la cafetera ahí esta mañana. Mateo la miró.
-No lo hagas otra vez.
-Entendido. Sacó un pequeño aparato de su caja. Lucía observó cómo trabajaba.
-¿Qué es eso?
-Un comprobador.
-¿Y qué comprueba? Mateo la miró.
-La electricidad.
-Muy descriptivo.
-Intento no complicar las cosas.
-Qué forma tan diferente de vivir.
Mateo revisó otro enchufe.
-Este está bien.
-¡Uno!
-No celebres todavía. Lucía lo señaló.
-Eso mismo he escrito hoy.
-¿En serio? Le enseñó el punto 27. Mateo lo leyó.
-¿Qué pasó? Lucía señaló la puerta del jardín.
-La arreglé. Mateo abrió la puerta. Silencio.
-No hace ruido.
-Exacto. Intentó cerrarla. El pomo quedó en su mano. Mateo miró el pomo. Lucía se volvió hacia Mateo.
-Es una victoria parcial. Mateo empezó a reírse. Esta vez ni siquiera intentó ocultarlo.
-Puedo arreglarlo luego -dijo él.
-No. Eso lo puedo hacer yo. Mateo dejó de reír.
-¿Seguro?
-Sí.
-Vale. Su respuesta fue demasiado rápida.
-No confías en mí.
-No te conozco.
-Exacto.
-Pero he visto la puerta. Lucía abrió la boca. La cerró.
-Punto para ti. Mateo volvió a la cocina.
-Con la electricidad, sí tienes que tener cuidado.
-Tengo cuidado. Mateo señaló la pantalla de la lámpara en la silla.
-Muchísimo.
-Fue un accidente.
-Claro.
-Y no he tocado ningún cable.
-Eso sí me alegra.
Después de media hora, Mateo había encontrado dos enchufes rotos, una lámpara con un problema y varios cables demasiado antiguos.
-¿Se puede arreglar?
-Sí.
-¿Todo?
-La electricidad, sí.
-¿Y la casa? Mateo miró alrededor.
-No soy mago. Lucía soltó una carcajada.
-Carmen habló de ti como si lo fueras.
-Carmen exagera.
-¿Carmen?
-A veces.
-No me lo creo. Mateo guardó un destornillador y sacó otro.
-Voy a cambiar este enchufe hoy. El resto necesita más tiempo.
-¿Cuánto?
-Unos días para revisar todo y hacerte un presupuesto. Lucía asintió. Eso sonaba razonable.
Mientras Mateo trabajaba, Lucía oyó un sonido en el baño. Ploc. Ploc. Ploc.
-Un momento. Entró. La toalla debajo de la tubería estaba mojada.
-Mateo.
-¿Sí?
-Pregunta hipotética.
-Eso nunca empieza bien.
-Si una tubería está mojada... Mateo apareció en la puerta. Miró el lavabo.
-Eso no es hipotético.
-Vale. Pregunta real. Se agachó.
-Está goteando.
-Ya lo había notado.
-¿Desde cuándo?
-Desde esta mañana. Mateo levantó la cabeza.
-¿Y qué hiciste? Lucía señaló la toalla.
-Solución temporal.
-Eso no es una solución.
-La palabra importante es «temporal».
Mateo tocó la tubería.
-Necesitas un fontanero. Lucía añadió otro punto a su lista. 28. Fontanero.
-¿Conoces uno?
-Sí.
-¿Carmen también?
-Carmen conoce a todo el mundo.
-Eso me da miedo.
-Te acostumbrarás. Mateo se levantó.
-Mientras tanto, ten cuidado y no guardes nada debajo del lavabo.
-¿Puedes encargarte de llamar al fontanero?
-Sí, si quieres.
-Por favor.
-Se llama Andrés. Lucía escribió: 29. Andrés - tubería. Mateo miró la lista.
-¿Siempre haces listas?
-Solo cuando mi vida está fuera de control.
-Entonces esta es bastante larga.
-Exactamente.
Volvieron a la cocina. Mateo terminó de cambiar el enchufe y después reparó la lámpara.
-Prueba. Lucía pulsó el interruptor. La luz se encendió.
-¡Funciona!
-Sí.
-¿Puedo celebrar esto?
-Con moderación. Lucía encendió y apagó la luz dos veces.
-Mira. Luz.
-Conozco el concepto.
-Llevo casi un día sin ella en esta habitación. Ahora la respeto más. Mateo recogió sus herramientas.
-Mañana puedo volver para seguir comprobando la instalación.
-Perfecto.
-Y no toques nada. Lucía puso cara de inocencia.
-¿Yo? Mateo miró hacia la puerta sin pomo.
-Especialmente tú.
-Qué poca confianza.
-Lucía.
-Vale. No tocaré nada eléctrico. Mateo se quedó quieto.
-Nada.
-Eso es demasiado general.
-Nada que pueda romperse. A su alrededor, todo seguía igual.
-Eso incluye toda la casa.
-Exactamente. Ella se rio. Mateo cogió la caja de herramientas. Antes de salir, señaló la libreta.
-Añade otra cosa.
-¿Qué?
-La ventana del salón. No cierra bien. Lucía lo miró.
-¿Cómo lo sabes?
-La he visto al entrar. Escribió: 30. Ventana salón.
-Te odio un poco.
-Nos conocemos desde hace una hora.
-Has sido muy eficiente.
Mateo abrió la puerta principal.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana.
-Y llama si hay una avería seria.
-¿Cómo sé si es seria? Mateo pensó un segundo.
-Si ves humo, agua donde no debería haber agua o algo deja de funcionar de repente. Pasó el dedo por la lista.
-Eso describe aproximadamente mi día. Mateo sonrió.
-Entonces llama. Salió. Lucía cerró la puerta y se apoyó contra ella. La casa estaba en silencio. Luego oyó: Ploc. Ploc. La tubería. Ñic. La puerta del jardín, ahora sin pomo. Criiic. La escalera. Lucía levantó la vista.
-Aquí no funciona nada.
Su móvil vibró. Sara. «¿Cómo va la casa de tus sueños?» Lucía hizo una foto de la lista con treinta puntos. Sara respondió: «JAJAJAJAJA.» Lucía: «No veo qué tiene de gracioso.» Sara: «Punto 27: NO CELEBRAR DEMASIADO PRONTO.» Lucía: «He aprendido mucho.» Sara: «¿Y el electricista?» Lucía frunció el ceño. «¿Cómo sabes que ha venido un electricista?» La respuesta tardó cinco segundos. «Tu madre.» Lucía llamó inmediatamente a su madre.
-Mamá.
-Hola, cariño.
-¿Cómo sabes lo de Mateo? Silencio.
-Carmen me ha escrito. Lucía cerró los ojos.
-¿Tú también tienes el número de Carmen?
-Claro.
Lucía se acercó a la ventana. Al otro lado de la calle, Carmen estaba regando flores. Como si sintiera que alguien la observaba, levantó la cabeza. Saludó. Lucía saludó lentamente.
-Esto es una conspiración.
-¿Qué dices? -preguntó su madre.
-Nada.
-¿Mateo ha podido arreglar la luz?
-Sí.
-¿Y tú has tocado algo? Se fijó en la puerta sin pomo.
-Nada eléctrico.
-Lucía.
-Tengo que irme. Te quiero. Terminó la llamada antes de que empezara el interrogatorio.
Fue a la cocina y preparó café. Ahora podía encender la luz. Pequeñas victorias. Se sentó junto a la ventana con su libreta. Treinta puntos. Algunos eran pequeños. Otros podían costar mucho dinero. La casa tenía averías, cosas rotas, una tubería que goteaba y demasiados enchufes que necesitaban atención. Pero por primera vez desde que había llegado, Lucía no sintió miedo. Los problemas tenían nombres. Y algunos tenían soluciones. Electricidad: Mateo. Tubería: Andrés. Puerta: probablemente Mateo, aunque Lucía todavía quería demostrar que podía arreglarla sola.
Cogió el destornillador que había dejado sobre la mesa. Lo miró. Mateo había dicho que no tocara nada. Pero la puerta no era eléctrica. Técnicamente. Lucía caminó hacia el jardín. Se agachó junto al pomo.
-Solo voy a comprobar una cosa. Desde el otro lado de la verja, la cabra la observó. Lucía señaló al animal con el destornillador.
-Ni una palabra. Meeee.
-Traición. Diez minutos después, el pomo seguía sin estar colocado y Lucía tenía un tornillo de más. Miró el tornillo.
-¿De dónde has salido tú?
El móvil vibró. Un mensaje de Mateo: «Una cosa más: no intentes arreglar la puerta.» Lucía se quedó inmóvil. Miró hacia la calle. No había nadie. Miró la ventana de Carmen. La cortina se movió. Lucía escribió: «Demasiado tarde.» Mateo respondió: «¿Qué has hecho?» Lucía miró el pomo, el destornillador y el tornillo misterioso. «Nada.» Tres puntos aparecieron en la pantalla. «Lucía.» Ella sonrió. «Hasta mañana, Mateo.» Guardó el móvil. La casa necesitaba reparaciones. Muchas. Pero Valdemora empezaba a resultar bastante entretenido.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona.
1. arreglar
2. una avería
3. gotear
4. un enchufe
5. una herramienta
6. una tubería
7. comprobar
8. tener cuidado
a. revisar si algo está bien o funciona
b. objeto que usamos para hacer o reparar algo
c. problema o fallo en una máquina o instalación
d. reparar algo que no funciona
e. pieza de la pared donde conectamos aparatos eléctricos
f. dejar caer líquido poco a poco
g. actuar con atención para evitar un problema
h. conducto por donde pasa agua u otro líquido
2. Completa las frases.
martillo • destornillador • roto • funcionar • cambiar • hacer ruido • encargarse de • gotear
1. Este grifo no para de __________. Necesitamos un fontanero.
2. La lámpara no puede __________ porque el cable está __________.
3. Necesito un __________ para apretar este tornillo.
4. Para poner un clavo en la pared normalmente usamos un __________.
5. Mateo va a __________ el enchufe antiguo por uno nuevo.
6. La puerta empieza a __________ cada vez que Lucía la abre.
7. Mateo puede __________ llamar al fontanero.
3. Elige la opción correcta.
1. Si algo está roto, normalmente necesitamos arreglarlo / perderlo.
2. Para conectar una cafetera usamos un enchufe / martillo.
3. Una tubería normalmente transporta agua / electricidad.
4. Antes de usar una instalación antigua conviene comprobarla / tirarla.
5. Si trabajas con electricidad, debes tener cuidado / hacer ruido.
6. Un destornillador es una avería / herramienta.
4. Responde usando el vocabulario.
1. ¿Qué cosas sabes arreglar tú solo/a?
2. ¿Qué herramientas tienes en casa?
3. ¿Qué haces cuando un aparato deja de funcionar?
4. ¿Qué averías de casa prefieres dejar a un profesional?
Respuestas
1. 1-d, 2-c, 3-f, 4-e, 5-b, 6-h, 7-a, 8-g.
2. 1) gotear; 2) funcionar, roto; 3) destornillador; 4) martillo; 5) cambiar; 6) hacer ruido; 7) encargarse de.
3. 1) arreglarlo; 2) enchufe; 3) agua; 4) comprobarla; 5) tener cuidado; 6) herramienta.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Sé arreglar cosas pequeñas, como una puerta. 2) Tengo un martillo y varios destornilladores. 3) Primero compruebo si puedo solucionar el problema. 4) Prefiero dejar las averías eléctricas a un profesional.
Capítulo 5. Mateo, el hombre de la electricidad
Electricidad • aparatos • problemas domésticos

Cuando volvió la electricidad, la cocina se llenó del sonido de la cafetera. El primer olor a café caliente hizo que la casa pareciera un poco menos extraña.
A las nueve y tres de la mañana, Lucía estaba delante de la cafetera. Pulsó el botón. Nada. Lo pulsó otra vez. Nada.
-No. Miró el cable. La cafetera estaba enchufada. Probó el interruptor de la cocina. La lámpara se encendió.
-Tenemos luz. Tú tienes electricidad. ¿Cuál es tu problema? La cafetera guardó silencio. Lucía la desenchufó, esperó cinco segundos y volvió a conectarla. Nada.
-No puedes abandonarme ahora. Eres el único aparato eléctrico de esta casa en el que confío.
Cogió el móvil para buscar una solución. Antes de escribir nada, oyó una furgoneta fuera. Se acercó a la ventana. Una furgoneta blanca acababa de parar delante de la casa. En un lateral decía: MATEO ELECTRICIDAD Lucía miró la cafetera.
-Ha llegado tu médico. Mateo bajó de la furgoneta con una caja de herramientas y otra caja más pequeña. Lucía abrió la puerta antes de que llamara.
-Buenos días.
-Buenos días.
-Tenemos una emergencia. Mateo miró la casa.
-¿Humo?
-Peor.
-¿Agua?
-La cafetera no funciona. Mateo la miró durante dos segundos.
-Voy a intentar mantener la calma.
Entraron en la cocina. Mateo dejó las herramientas en el suelo.
-¿Qué ha pasado?
-Ayer funcionaba. Hoy no.
-¿Has tocado algo? Lucía puso una mano sobre el pecho.
-Me ofende que esa sea tu primera pregunta.
-¿Has tocado algo?
-No. Mateo esperó.
-Bueno, he encendido la luz.
-Eso está permitido.
-Gracias. Mateo miró la cafetera.
-¿Está enchufada? Lucía señaló el cable.
-Sí.
-¿Has probado otro enchufe? Lucía guardó silencio.
-No. Mateo conectó la cafetera a otro enchufe. La máquina se encendió. Lucía la miró. Después miró a Mateo.
-No me gusta esta solución.
-El enchufe tiene un problema -dijo Mateo.
-Prefiero pensar que la cafetera estaba enfadada.
-Eso sería más caro. Mateo abrió la caja de herramientas.
-Hoy voy a revisar toda la instalación de la planta baja.
-Perfecto.
-Y tú no vas a tocar nada.
-Ya hemos hablado de esto.
-Y ayer terminaste con un tornillo de más. Lucía lo miró.
-¿Cómo sabes lo del tornillo? Mateo sonrió.
-Carmen.
-Esa mujer necesita un hobby.
-Tú eres su hobby esta semana. Lucía abrió la boca. Después empezó a reírse.
-Eso es terrible.
-Pero probablemente cierto.
Mateo fue hasta el cuadro eléctrico. Lucía lo siguió.
-¿Qué haces?
-Voy a cortar la corriente.
-¿Toda?
-Sí.
-¿Durante cuánto tiempo?
-Un rato. Lucía miró la cafetera, que acababa de empezar a preparar café.
-Espera. Mateo levantó una ceja. Lucía puso una taza debajo de la máquina.
-Ahora. Mateo apagó la electricidad. La cafetera se detuvo a mitad. Lucía miró la taza. Había aproximadamente dos centímetros de café.
-Mateo.
-¿Sí?
-Dijiste que esperabas.
-Esperé.
-Eso no es un café.
-Técnicamente sí.
-Técnicamente somos enemigos.
Mateo abrió el cuadro eléctrico.
-Tienes fusibles antiguos.
-¿Eso es malo?
-No necesariamente, pero hay que revisarlos. Sacó una linterna. Lucía observó.
-¿Y si un fusible está mal?
-Lo cambiamos.
-¿Y si todos están mal?
-Los cambiamos todos.
-¿Y si toda la casa está mal? Mateo giró la cabeza.
-¿Quieres que responda como electricista o como persona?
-Como persona.
-Vendes la casa y huyes. Lucía se rio.
-Mi madre estaría encantada. Mateo volvió al cuadro.
-Como electricista, casi todo tiene solución.
Lucía se apoyó en la pared.
-¿Siempre quisiste ser electricista? Mateo la miró brevemente.
-No.
-¿Qué querías ser?
-Futbolista.
-Claro.
-Tenía nueve años.
-Eso mejora la respuesta.
-Después quería trabajar con coches.
-¿Y acabaste con cables?
-Mi tío era electricista. Empecé a ayudarle los veranos. Me gustó. Lucía señaló el cuadro eléctrico.
-¿Te gusta esto?
-Sí.
-¿De verdad?
-Sí. Lucía parecía sinceramente sorprendida. Mateo sonrió.
-Hay gente a la que le gusta su trabajo.
-He oído hablar de ellos. Pensaba que eran una leyenda.
Mateo terminó de revisar el cuadro y volvió a encender la corriente.
-Prueba la luz del salón. Lucía pulsó el interruptor. La lámpara se encendió.
-Bien.
-Ahora apágala. Lucía la apagó.
-Esto parece un examen muy fácil.
-Espera. Fueron al comedor. Mateo revisó varios cables y enchufes. Después señaló una lámpara.
-Esa bombilla está fundida.
-Eso sí sé arreglarlo.
-Cambiar una bombilla.
-Exacto.
-¿Quieres una medalla?
-Después de estos dos días, sí. Mateo le dio una bombilla nueva.
-Adelante.
Lucía colocó una silla debajo de la lámpara. Mateo la miró.
-¿Esa es la misma silla de ayer?
-Sí.
-La que se mueve. Lucía bajó.
-Qué memoria. Cogió otra. Subió y empezó a cambiar la bombilla.
-Ten cuidado -dijo Mateo.
-Sé cambiar una bombilla.
-No he dicho que no sepas.
-Lo has pensado.
-Estoy pensando muchas cosas. Lucía terminó y bajó.
-Ya está. Pulsó el interruptor. La luz se encendió. Lucía levantó los brazos.
-¡Victoria! Mateo miró la lámpara.
-Sí. Has cambiado una bombilla.
-Déjame disfrutar.
Continuaron por la casa. Mateo explicó que algunos cables eran demasiado viejos y que sería mejor cambiarlos.
-¿Hay peligro de cortocircuito? -preguntó Lucía.
-En algunos puntos, podría haberlo.
-¿Y qué pasa si hay un cortocircuito?
-Puede saltar un fusible y puedes quedarte sin luz.
-Eso ya lo he hecho sin ayuda.
-Lo sé.
-¿Carmen?
-No. Tú me escribiste. No respondió enseguida.
-Ah. Cierto. Mateo señaló un enchufe.
-No conectes muchos aparatos eléctricos al mismo enchufe.
-¿Por qué?
-Porque puede calentarse demasiado.
-Entendido. Lucía lo escribió en la libreta.
-¿También apuntas mis instrucciones?
-Apunto todo.
-¿Por qué?
-Porque mi cerebro ha decidido tomarse unas vacaciones. Mateo miró la lista. -«No usar enchufe cocina. No tocar cables. Comprar bombillas. No morir.»
-El último es un objetivo general.
-Me parece razonable. Lucía añadió: «No conectar demasiados aparatos.»
-¿Algo más?
-Sí. Si un aparato no funciona, primero comprueba si está enchufado. Lucía levantó la vista.
-Eso ha sido personal.
-Ha sido educativo.
-Mi cafetera estaba enchufada.
-En un enchufe roto.
-Detalles. Mateo negó con la cabeza, sonriendo.
A media mañana empezó a llover. No era una tormenta. Solo una lluvia fina y tranquila que golpeaba las ventanas. Lucía preparó dos cafés.
-¿Tomas café?
-Sí.
-Bien. Necesito demostrar que mi cafetera sirve para algo. Mateo aceptó la taza. Se sentaron en la cocina mientras fuera las hojas se movían con el viento.
-¿Siempre llueve tanto aquí? -preguntó Lucía.
-En otoño, bastante.
-Mi techo tiene una mancha.
-La vi.
-¿Tú ves todos los problemas de mi casa sin que te los enseñe?
-Es una habilidad profesional.
-Muy incómoda. Mateo bebió café.
-También he visto la ventana del dormitorio.
-No quiero saberlo.
Durante unos minutos hablaron de la casa. Mateo conocía a la antigua propietaria.
-Pilar hacía unas galletas increíbles -dijo. Lucía levantó la vista.
-Carmen dijo que cocinaba bien.
-Todo el pueblo lo sabía.
-Naturalmente. Todo el pueblo sabe todo.
-Eso también.
-He encontrado cosas suyas en la cocina.
-Seguro. Vivió aquí muchos años. Lucía miró el horno antiguo.
-¿Ese horno funciona? Mateo siguió su mirada.
-No sé.
-¿Puedes comprobarlo?
-Es eléctrico.
-Entonces eres oficialmente el hombre de la electricidad. Mateo casi se atragantó con el café.
-Por favor, no me llames así.
-Demasiado tarde.
Mateo se levantó y examinó el horno.
-Primero hay que desenchufarlo.
-¿Por qué?
-Porque voy a mirar el cable.
-Ah. Mateo lo desenchufó y movió el horno ligeramente.
-El cable parece bien.
-¿Eso significa que funciona?
-No.
-¿Puedes decir alguna vez algo completamente positivo?
-Sí.
-Dime algo positivo. Mateo miró el horno.
-Es bonito. Lucía lo señaló.
-Eso no cuenta.
-La cocina es grande.
-Estamos hablando del horno.
-Tiene una puerta. Lucía empezó a reírse.
-Eres terrible dando buenas noticias.
Mateo volvió a enchufar el horno. Giró un botón. Nada. Otro. Se encendió una pequeña luz naranja.
-¡Está vivo! -dijo Lucía.
-Parece. El horno empezó a calentarse.
-¿Cuánto gasta de electricidad?
-Probablemente bastante. Es antiguo.
-¿Más que uno nuevo?
-Sí.
-Entonces algún día tendré que cambiarlo. Lucía dijo la frase y se quedó pensando. «Algún día». No «antes de vender la casa». Mateo no pareció notarlo. O quizá sí.
-Primero comprueba si te gusta cocinar con él -dijo.
-No cocino mucho.
-Entonces no necesitas un horno nuevo.
-Qué lógico eres.
-Intento.
Un sonido seco llegó del pasillo. CLAC. Todas las luces se apagaron. Lucía dejó la taza.
-Yo no he hecho nada.
-No he dicho nada.
-Pero lo estabas pensando. Mateo fue al cuadro eléctrico.
-Ha saltado un fusible.
-¿Por el horno?
-Probablemente. Lucía miró el aparato.
-Traidor. Mateo cambió el fusible y volvió a encender la corriente.
-El horno necesita una revisión antes de usarlo. Lucía escribió: «NO USAR HORNO.»
-Mi lista se está convirtiendo en un libro.
-Puedes publicarla.
-Título: Cosas que no funcionan en mi casa.
-Va a ser una saga.
Después Mateo revisó el resto de la instalación. En uno de los dormitorios encontró un cable extraño detrás de un mueble.
-No lo toques.
-No pensaba hacerlo.
-Bien.
-¿Puede dar calambre?
-Sí. Lucía dio dos pasos atrás.
-Ahora estamos de acuerdo. Mateo desenchufó una lámpara vieja y retiró el cable.
-¿Alguna vez te ha dado calambre trabajando?
-Sí.
-¿Mucho?
-Alguna vez.
-¿Y sigues haciendo esto?
-Con más cuidado. Lucía lo miró.
-Eso no me tranquiliza.
-Por eso te digo que no toques cables.
-Mensaje recibido.
A la una, Mateo había terminado la primera revisión.
-Tengo que cambiar varios enchufes, algunos cables y parte del cuadro. Lucía respiró profundamente.
-Dime una cifra. Mateo se la dijo. Lucía permaneció en silencio.
-¿Sigues respirando? -preguntó él.
-Estoy calculando cuántas tazas de café puedo dejar de comprar durante los próximos diez años.
-No es tan grave.
-Hablas como alguien que no acaba de comprar una casa con treinta problemas.
-Treinta y uno.
-¿Qué? Mateo señaló una lámpara exterior.
-No funciona. Lucía lo miró.
-Vete de mi casa.
Mateo se rio.
-Puedo empezar mañana.
-Sí, por favor.
-Tardaré un par de días.
-Perfecto.
-Mientras tanto, si te quedas sin luz, no intentes arreglar el cuadro.
-Ya sé.
-Y si notas olor a quemado, desenchufa los aparatos y llámame.
-Vale.
-Y no uses el horno.
-Vale.
-Y...
-Mateo.
-¿Sí?
-Tengo treinta y tres años.
-¿Seguro? Lucía cogió un paño de cocina y se lo lanzó. Mateo lo atrapó.
-Eso confirma mi duda.
Él guardó sus herramientas. Lucía abrió la puerta. La lluvia había parado y el aire olía a tierra mojada.
-Hasta mañana -dijo Mateo.
-Hasta mañana, hombre de la electricidad. Mateo cerró los ojos.
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