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FRONTERAS DE LA SEMIÓTICA

Homenaje a Desiderio Blanco



Colección Biblioteca Universidad de Lima

Fronteras de la semiótica. Homenaje a Desiderio Blanco

Primera edición digital, noviembre de 2016

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN versión electrónica: 978-9972-45-376-2

Índice

Presentación

Umbrales epistemológicos

La caída de Lucifer: El fin de las evidencias y el advenimiento de la retórica

Jacques Fontanille

La aspectualidad entre lingüística y semiótica

Roberto Flores

Tiempo: De la lengua al discurso

José Luiz Fiorin

Del afecto al valor

Claude Zilberberg

Sobre semiótica poscolonial

Eero Tarasti

Pistas estésicas

La voz humana: Entre el ángel y la máquina

Herman Parret

Artes de la mirada

Raúl Dorra

La semiótica en la gravitación de los sentidos

Ana Claudia de Oliveira

Ver y creer: Desde la mutación de los materiales hasta el objeto en potencia

Giulia Ceriani

Perfiles sociosemióticos

Diana, in vivo

Eric Landowski

Discurso e historia: Los héroes nacionales

Diana Luz Pessoa de Barros

El diagnóstico semiótico en la planificación estratégica de comunicaciones de marketing

Raúl Bendezú Untiveros

De lo nítido a lo borroso: La representación del Perú en

7 ensayos de interpretación de la realidad peruana Santiago López Maguiña

La pasión de la conservación: Poder y medio ambiente

Óscar Quezada Macchiavello

Linderos estéticos

Los acrósticos de Vallejo

Enrique Ballón Aguirre

Pintura y crítica de arte: Un caso de pasión

Lucia Teixeira

L’horrible, de Maupassant

Stefano Montes

Operaciones semióticas en el análisis de las historietas

Juan A. Magariños de Morentín

El significante imperfecto de la fotografía

Eduardo Peñuela Cañizal

La salvación por el cuerpo: Sentido de la poesía de Desiderio Blanco

Raúl Bueno

Presentación

Fronteras de la semiótica es un libro que, desde la perspectiva académica, se fundamenta básicamente de dos maneras: en función de sus características intrínsecas, como una puesta al día de las más relevantes corrientes de investigación de esta ciencia, y en función de su oportunidad, como homenaje a Desiderio Blanco, maestro y pionero de la semiótica en el Perú (quien celebra en 1999 sus setenta años de edad).

Como se ve, dos vertientes de fundamentación íntimamente unidas, puesto que a través de sus cátedras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Universidad de Lima, de su labor como crítico de cine y de sus publicaciones, Desiderio Blanco no sólo ha impulsado y difundido los estudios semióticos con especial rigor teórico y eficacia didáctica sino que, además, ha sabido mantener permanentemente actualizada esta disciplina entre nosotros. De esta forma, muchas veces en nuestro medio, antes que en otros ámbitos aparentemente mejor informados, gracias a la labor intelectual de Desiderio Blanco, hemos tenido noticias de las últimas propuestas y debates epistemológicos de la semiótica.

Estos antecedentes explican la respuesta a la convocatoria que, como editor responsable, realicé hace aproximadamente un año. En efecto, contamos con colaboraciones de investigadores que laboran en diferentes universidades de Europa y América. Así, se hacen presentes en este homenaje: Jacques Fontanille, Eric Landowski y Claude Zilberberg, de Francia; Herman Parret, de Bélgica; Giulia Ceriani y Stefano Montes, de Italia; Eero Tarasti, de Finlandia; José Luiz Fiorin, Ana Claudia de Oliveira, Diana Luz Pessoa de Barros, Lucia Teixeira y Eduardo Peñuela, de Brasil; Raúl Dorra y Roberto Flores, de México; Juan Magariños, de Argentina; Enrique Ballón y Raúl Bueno, de los Estados Unidos; Raúl Bendezú, de Chile; Santiago López y Oscar Quezada, de Perú.

Las llamadas Fronteras, que venimos considerando, se presentan de distintos modos en los diferentes trabajos que componen este libro, lo cual nos permite organizarlo por secciones.

Bajo la denominación Umbrales epistemológicos, estamos agrupando trabajos que analizan los axiomas, las hipótesis y los procedimientos que especifican la ciencia semiótica. Tenemos aquí, en efecto, textos como los de Fontanille, Flores, Fiorin, Zilberberg y Tarasti, que examinan la organización y el funcionamiento de las consideraciones científicas de la semiótica con relación a los regímenes de creencia y fiducia (Fontanille), a la problemática de la aspectualidad (Flores), al papel del tiempo en la discursivización de la lengua (Fiorin), a la tensividad axiológica del afecto (Zilberberg) y a la irrupción de lo poscolonial como concepto crítico (Tarasti).

En el texto titulado “La caída de Lucifer: El fin de las evidencias y el advenimiento de la retórica”, Jacques Fontanille examina tres tipos de discursos que separan lo visible y lo creíble: el discurso religioso, el discurso histórico y el discurso del psicoanálisis. Así, la “caída de Lucifer” resulta enigmática ya que, en la Edad Media, una vez invertida su axiología, el dios de la luz, de lo visible y de las verdades evidentes fue confundido con Satanás, el “adversario” y con el Diablo, el “calumniador”. Este asunto permite al autor plantear dos hipótesis generales. La primera se refiere a la inversión de la correlación entre ver y creer: en el paso del Lucifer griego y latino al Satanás Diablo de los cristianos, dicha correlación se transforma, de ser directa y convergente pasa a ser indirecta y divergente. La segunda se refiere a las relaciones entre la percepción visual, la argumentación, el hacer persuasivo y el hacer interpretativo. En suma, estamos frente a dos tipos de correlación entre el ver y el creer: una, directa y convergente, conduce a la evidencia; la otra, indirecta y divergente, conduce a la confianza. Estos dos regímenes de creencia son desarrollados en sus características y conexiones. El viraje hacia el psicoanálisis permite dar cuenta de cómo en esta práctica la cuestión de la sinceridad se halla en la encrucijada entre los dos regímenes. Ofrecen particular interés epistemológico los esquemas de formalización de estos regímenes: ambos obedecerían al principio general de la correlación tensiva. Se parte de atribuir al “ver” la propiedad de evaluar la extensión de una información sensible, y al “creer” la de indicar la intensidad de la adhesión a esta información. Entre las gradaciones de extensión e intensidad la correlación conversa (convergente) es aquélla en la que el predicado modal que asocia “ver” y “creer” es implicativo, mientras que la correlación inversa (divergente) es aquella otra en la que dicho predicado modal es concesivo. Esta formalización permite estudiar la retórica de la inversión analógica en Heródoto, retornar a la elucidación psicoanalítica y culminar el trabajo con un cuadro de la sintaxis de correlaciones entre el ver y el creer.

En el texto titulado “Del afecto al valor”, Claude Zilberberg plantea pasar de una “fonologización” de la semiótica, actitud dominante en las décadas de los sesenta y setenta, a una “prosodización” de la semiótica. En esta propuesta, Zilberberg hace hincapié en la fuerza fundante del afecto, es decir, en las correlaciones de la tensividad, cuyas valencias son la intensidad y la extensidad. A partir de tales premisas, logra establecer algunos modelos heurísticos para una descripción e interpretación del valor, es decir, del sentido producido en el discurso. Entre los aportes más destacados de este trabajo podemos señalar el modelo que da origen a los valores de absoluto, que tienden a la exclusión, y a los valores de universo, que se orientan a la participación. A ellos se oponen, por correlación conversa, los valores de apogeo y los valores de abismo, que pueden dar cuenta de los discursos de culminación, en los que los valores más intensos son los más difundidos, y de los discursos de aniquilación, en los que los valores quedan reducidos a la mínima expresión, como los valores que propone el Nirvana. Para Zilberberg, el campo discursivo está siempre trabajado por la afectividad, la cual procura al esquematismo tensivo su término ab quo.

En el trabajo de José Luiz Fiorin, “Tiempo: De la lengua al discurso”, el autor profundiza de modo exhaustivo dos grandes paradigmas teóricos sin descuidar el examen de otras propuestas. Los paradigmas en mención son los de Benveniste y de Greimas/Courtés sobre el sistema y el proceso del tiempo, esto es, sobre el tiempo de la lengua y su discursivización. Se trata de un análisis detallado, minucioso, que nos conduce hasta las más sutiles distinciones de la construcción temporal en las lenguas romances y, en especial, en el portugués. En realidad, asistimos a una eficaz puesta en orden de las correlaciones entre lo que Benveniste llamó sistema del discurso y sistema de la historia y de lo que, a su vez, Greimas/Courtés denominaron instancia enunciativa e instancia enunciva. En estas dos instancias o sistemas, Fiorin introduce, respectivamente, el momento de la enunciación, eje fundamental de ordenación temporal de la lengua, y los momentos de referencia relacionados con él. Luego, añade el momento de los acontecimientos ordenado con relación a los diferentes momentos de referencia. De este modo, con notable acierto, Fiorin da cuenta de tres momentos estructuralmente relevantes en la constitución del sistema temporal: el momento de la enunciación, el momento de referencia y el momento del acontecimiento. En un sistema temporal enunciativo, el momento de referencia es concomitante al momento de enunciación, y en un sistema temporal enuncivo, se articulan dos subsistemas: uno regido por un momento de referencia pretérito, y otro, por un momento de referencia futuro. A su vez, aplicando la categoría topológica concomitancia versus no concomitancia (anterioridad versus posterioridad), tanto al momento de enunciación como a la puesta en orden del momento de los acontecimientos en relación a los momentos de referencia, el autor termina construyendo un cuadro de nueve tiempos generados tanto en el sistema enunciativo como en los subsistemas enuncivos del pretérito y del futuro. Este cuadro opera como guía para un aleccionador recorrido analítico a través de diversos textos.

Tal como lo indica en el título: “La aspectualidad entre lingüística y semiótica”, Roberto Flores emprende aquí un acucioso balance epistemológico de las perspectivas de aproximación a la categoría del aspecto. Cuestiona, así, el tipo de unidades pertinentes y ciertos modelos de análisis empleados por teorías lingüísticas, pragmáticas y semióticas. Asistimos de este modo, en primer término, a un trazo del perfil retórico de las gramáticas narrativas en el cual se hace hincapié en la ingenuidad con la que ciertos acercamientos complementan, implícita o explícitamente, las teorías semánticas de frase con las teorías narratológicas y, además, las beligerancias interdisciplinarias que, en posiciones extremas, o niegan la validez de la frase como unidad pertinente de análisis semántico, o niegan la existencia misma de estructuras narrativas. Ante este panorama, el examen de la narratividad, como dispositio y como inventio, permite criticar la excesiva independencia del modelo greimasiano respecto de la lingüística y plantear el problema de la integración de sucesos en esquemas narrativos o, en otros términos, el problema del tránsito entre las macrounidades del relato y su organización frástica. Resulta clave, al respecto, el reconocimiento de la estructura composicional de los enunciados y de los relatos, procedimiento que Zilberberg denomina selección y que Flores emplea para analizar la integración del contexto inmediato de la frase con vistas a su interpretación. Esto permite, ya en un tercer momento, atendiendo a la composicionalidad de las cláusulas que conforman una progresión narrativa, distinguir formalmente algunos modos de manifestación de secuencias de acontecimientos en relatos y proponer una combinatoria de contrastes semánticos para obtener distintos tipos de sucesos.

Eero Tarasti, en su ensayo “Sobre semiótica poscolonial”, amplía la relación significante/significado y la lee en términos de colonizante/colonizado. En este contexto, el análisis del llamado signo poscolonial coincide, de un modo u otro, con la rebelión del significado colonialisé contra el significante colonialisant. A través de la memoria colectiva, histórica, se plasma la omnipresencia del discurso colonizante. Así, cualquier mensaje puede ser parte del acto colonizante de la significación. Cada acto semiótico no sólo determina y define la relación significante/significado sino que incluye en sí mismo la relación dominante/dominado. A partir de esta consideración, Tarasti se aproxima a discusiones propias de la teoría poscolonial: migración, represión, resistencia, representación, diferencia, raza, género, lugar, imperialismos de pensamiento y de experiencia; en fin, situaciones en las que se dan los caldos de cultivo de lo poscolonial, restringido en este caso a toda la problemática que emerge bajo el dominio del poder imperial europeo. La liberación de las relaciones dominante/dominado convoca a una semiótica existencial, semiótica de la resistencia que depende de la creación de un espacio vacío en el que los signos puedan ser separados de sus relaciones primitivas y generar espacios nuevos y trascendentales.

Hemos llamado Pistas estésicas al conjunto de trabajos que inciden en la exploración de las bases perceptivas de la semiótica. Estamos ante artículos como los de Parret, Dorra, De Oliveira y Ceriani, que tratan de responder a la inquietud en torno al modo como se desprenden de la percepción el sentido sentido y después la significación, atendiendo a la especificidad de la voz humana entre el ángel y la máquina (Parret), a las artes de la mirada (Dorra), a la gravitación de los sentidos (De Oliveira) y a la problemática de la mutación de los materiales (Ceriani).

“La voz humana: Entre el ángel y la máquina” es el sugerente título que Herman Parret da a un armónico trabajo pleno de ricas referencias a tradiciones culturales y epistemológicas. Sobre la base de una sólida crítica semiótica, pragmática y retórica, informada, además, por apuntes musicológicos, propone la fono-estética como teoría de la cualidad de la voz, de su aisthesis, plena de subjetividad, en la que se funda el sentimiento de comunidad o, en otros términos, del ser-conjunto en la comunicación. En efecto, Parret sustenta la tesis de la esencial continuidad e imbricación de tres esferas sonoras de la voz: la voz anterior al lenguaje, la voz-palabra y la voz posterior al lenguaje. La continuidad e imbricación de estas tres esferas exige explorar la voz hecha cuerpo, el cuerpo mismo hecho voz. No se trata, pues, de una voz “liberada” del cuerpo que la profiere sino de la voz como lo indecible del cuerpo o, si se quiere, del cuerpo que hace voz sin expresarse por la voz. Las tres esferas, dispuestas en sucesión acumulativa y semantizadas de acuerdo con un sustrato sonoro específico, participan, entonces, de la corporeidad generalizada de la voz y demandan una fenomenología que las reconstruya. Parret se limita a examinar someramente, pero con notable riqueza expresiva, tres manifestaciones de la primera esfera: la tos, la risa y el balbuceo; para dar de ahí un salto al otro extremo del continuo: la voz cantada.

“Artes de la mirada” es el título que Raúl Dorra da a una amena disquisición en la que retoma la polémica ancestral, actualizada en nuestra época por autores como Ong y McLuhan, en torno a las relaciones entre estesis auditiva y estesis visual. Con afanes proféticos, muchos vaticinan que la cultura de la electricidad acabará con el predominio de lo visual reintroduciendo la actividad del oído e incluso de los otros sentidos en pro de una percepción globalizante de lo real. Dorra adopta una postura suspicaz frente a estas aseveraciones y, al detenerse en su examen, aprovecha para revisar varios temas conexos. En primer término, la crítica a la concepción meramente visual de la lectura. En íntima conexión con esta cuestión, Dorra despliega una reflexión sobre el ejercicio de la visualidad como expresión de la inteligencia analítica frente a la Escritura de Dios, esto es, frente al Libro (de la Naturaleza, de la Experiencia, del Mundo, del Universo). Esta reflexión da pie para una aproximación a la analogía, a la semejanza y a la antítesis como figuras orientadas al establecimiento de una hermenéutica (v.gr. en los bestiarios). En segundo término, Dorra demuestra exhaustivamente el rol preponderante de la mirada en todas las fases de la retórica ayuda memoria, mas esto no es óbice para comprender que toda operación perceptiva hace intervenir un mayor o menor grado de sinestesia. A final de cuentas, estas especulaciones, que no dejan de lado un análisis detallado de los juegos de la mirada en las formas paradigmáticas y entimemáticas de la argumentación, llevan a suponer, con poderosas razones, que la imprenta fue obra de la mirada y no la mirada obra de la imprenta.

“La semiótica en la gravitación de los sentidos” es un enunciado que, además de denominar el texto presentado por Ana Claudia de Oliveira, expresa de modo certero su preocupación central: la presentificación del cuerpo del texto en el cuerpo del sujeto. Recogiendo postulados de Greimas en las distintas etapas de su desarrollo teórico, aunque se siente más próximo el impacto de De l'Imperfection, de Oliveira articula un acercamiento apasionado al hacer sentir y al sentir mismo en la pintura, sin perder de vista ni las estesias de otras artes ni las cotidianas, propias del texto de lo vivido. Trata, así, de dilucidar esa trayectoria de los sentidos convocados por el enunciador-creador para producir en el discurso el efecto de presentidad, de experimentación de lo enunciado. En este sentido, la perspectiva tímica recoloca al sujeto en presencia del mundo en el que vive, de sus seres, de sus objetos. Se ofrecen, así, las dimensiones estésicas, estéticas y éticas del accidente, esto es, sus peculiaridades como manifestación textual en su ocurrencia, como convocatoria a la sensorialidad y como resemantización de la vida. En este contexto, ofrece particular interés el rol atribuido al formante matérico al lado de los ya conocidos formantes eidéticos, cromáticos y topológicos. Los análisis de las pinturas de Yves Klein y de Jean Dubuffet presentifican la teoría de modo impresionante y elocuente y lanzan, a su vez, el desafío de desarrollar nuevos procedimientos metodológicos para analizar el discurso de la percepción en toda su complejidad.

“Ver y creer: Desde la mutación de los materiales hasta el objeto en potencia” es el último ensayo de esta sección. En él, Giulia Ceriani hace que tomemos conciencia de cómo los nuevos materiales (metales, maderas, fibras, plástico, telas) imponen una nueva organización de la percepción, garantizan ambigüedades interpretativas y posibilidades expresivas, inéditas hasta ahora en el lenguaje de la materia. Para comprender esta nueva semiosis, o mejor intersemiosis, la autora profundiza el concepto de mutación y lo aplica a la invención de nuevos materiales y al análisis de sus consecuencias estésicas. Se perfila así otro concepto sobre la identidad de los materiales: lo que entra en crisis es la noción de autenticidad, de sinceridad perceptiva del material, ya que si la ambigüedad siempre es posible, estaremos inmersos en una incesante remisión a otras identidades producto de otras performances. En los nuevos lenguajes, los materiales, estados juntivos de cosas, se adaptan a los proyectos, estados modales de ánimo. De ahí su carácter mutante abierto a procesos enunciativos complejos, que invita a plantear una fenomenología del cambio en la continuidad, esto es, del devenir. Así, la construcción de un recorrido generativo de la significación de discursos en forma de materiales mutantes, conduce a Ceriani a proponer un método de análisis de las nuevas fibras textiles que ponga en evidencia el pasaje desde sus apariencias visivas hasta la intersemiosis operada por sus potencialidades de performance.

Si en la actualidad la tarea de la semiótica ya no es sólo describir y clasificar los signos es porque se ha fijado un objetivo más ambicioso, o temerario como diría Barthes, pero sobre todo más movilizador en la medida en que entra a un terreno de encuentro posible con otras ciencias y técnicas sociales (historia, antropología, politología, sociología, derecho, economía, marketing). Precisamente la sección de Perfiles sociosemióticos junta investigaciones que, al constatar que el sentido está en todas partes, operan convencidas de que nada de lo que interesa desde otros ámbitos de lo humano puede serles indiferente. En efecto, textos como los de Landowski, Pessoa de Barros, Bendezú, López y Quezada construyen objetos empíricos de análisis discursivo atendiendo a fenómenos que podrían interesar a otras disciplinas tales como la política (Landowski), la historia (Pessoa de Barros), el marketing (Bendezú), la ideología política (López) y la ecología (Quezada).

Eric Landowski en “Diana, in vivo”, intenta llevar a cabo una lectura semiótica de La princesa que bajaba la mirada. La situación suscitada por la súbita muerte de Diana de Gales hizo que una colectividad entera experimentase en sí misma, en bloque, a través de lo vivido por cada uno, un nosotros. Esta circunstancia permite entender que la política tiene significación para quienes se encuentran en ella mientras que lo político hace sentido de golpe. El tránsito de la política a lo político corresponde a un cambio de régimen de sentido. Landowski da cuenta, pues, de la crisis de estos regímenes analizando la actuación que tuvo que cumplir en esta ocasión la reina para reconciliarlos. El estudio de los desdoblamientos de Diana y de la seducción de su mirada sincera se entrama con reflexiones teóricas, como la del necesario balance entre lo inteligible y lo sensible, y con admoniciones, como la que llama la atención sobre los cultos de la hiperrealidad y de sus virtuales totalitarismos. Afrontar las ambivalencias inherentes a una semiótica in vivo, esto es, a una semiótica de la situación, asumiendo epistemológicamente una posición “compleja” que postula la interpenetración de sujeto y objeto, parece ser la tarea del sociosemiótico. Este ajuste de la mirada al “objeto” se abstiene de juzgar, a la usanza positivista, a la semiótica como “ciencia” y la entiende, precisamente, como una cierta mirada que aspira a ser rigurosa en la medida en que el que mira sabe que sus objetos “hacen sentido”, pues reconoce en ellos sujetos que lo miran.

Tomando en consideración dos niveles de organización: estructuras narrativas y estructuras discursivas, el objetivo del estudio titulado “Discurso e historia: Los héroes nacionales”, tal como lo señala Diana Luz Pessoa de Barros, es el análisis de la construcción discursiva de tres héroes brasileños: Tiradentes, Pedro I y el bandeirante. El análisis narrativo destaca que son sujetos de la acción, no destinadores y que, en algún momento, son reconocidos como héroes. No obstante, los dos primeros encarnan a su vez dos tipos de héroes: los santos o locos, como Tiradentes, de competencia virtual; aspectualizados en la continuidad o iteratividad de la acción rutinaria; pasionalizados en la benevolencia, generosidad, desprendimiento, resignación y conformidad; caracterizados por sus acciones verbales, no por frases de efecto, y por la violenta sanción negativa que los hace merecedores del reconocimiento de la historia; los fuertes y los poderosos, como Pedro I, de competencia actual, aspectualizados por la discontinuidad puntual de su acción extraordinaria; inscritos en pasiones tensas de malevolencia, rebelión y venganza; caracterizados por la producción de frases de efecto y de actos ilocucionales y por obtener la recompensa en su época y conservar históricamente ese reconocimiento. El análisis discursivo complementa este cuadro, trabajando un conjunto de oposiciones temáticas y figurativas (relativas, estas últimas, a lo espacial). En contraposición a estos héroes individuales, el bandeirante aparece como actante colectivo que se define por la actualidad de su competencia y por el rasgo aspectual del exceso, que toca, incluso, lo pasional. Este actante colectivo es polémico, puesto que puede aparecer como héroe o traidor.

Raúl Bendezú incursiona en “El diagnóstico semiótico en la planificación estratégica de comunicaciones de marketing” y formula criterios de medición de la eficacia publicitaria a partir de una descripción de los universos significantes propuestos mediáticamente y entretejidos en un sociodiscurso. Además, es importante establecer una correlación con los parámetros estratégicos de comunicaciones de marketing. En este sentido, propugna una visión estratégica de la comunicación y algunos conceptos semióticos para la instrumentación estratégica, en especial, el mapping semiótico, que permite plantear una estrategia conceptualizadora, y la factitividad que propicia una estrategia proactiva. En líneas generales, el trabajo promueve la investigación semiótica de la comunicación con vistas a una eficaz planificación estratégica del marketing.

Santiago López formula en “De lo nítido a lo borroso: La representación del Perú en 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, un interesante examen sobre el régimen de visibilidad del Perú en esta paradigmática obra de José Carlos Mariátegui. Da cuenta de cómo el Perú se hace visible a través de dos escalas: una natural, que gradúa la intensidad del vínculo existente entre sujeto y naturaleza, comprendiendo así la atracción que ésta ejerce sobre aquél y el apego de aquél por ésta; otra política o histórica relativa a las medidas de extensión. De este modo, al postular Mariátegui que lo único bien definido en nuestro país es la naturaleza, las llamadas regiones naturales (costa, sierra y montaña) aparecen como valores posicionales situados en los diversos puntos de intersección de estas escalas que, además, permiten notar cómo los grados de intensidad manifiestan la mayor o menor nitidez de lo visible a la vez que de los grados de extensión emergen los niveles de lo borroso. A partir de estas condiciones teóricas, López formula un perspicaz análisis de la representación por regiones y va presentando una serie de cuestiones relativas, por ejemplo, a la no necesaria oposición de natura y cultura en el discurso de Mariátegui y a la tematización cognoscitiva de este autor como observador agudo que enuncia un programa de restauración semejante al del socialismo utópico.

En “La pasión de la conservación: Poder y medio ambiente”, Oscar Quezada aborda la creación de opinión pública apelando a una dramaturgia de base, sugerida por Landowski, y desplegando un acucioso análisis orientado a describir la perspectiva axiológica y narrativa del sujeto apasionado por la conservación del medio ambiente natural. En este trajín se va configurando una semiótica de la situación conflictiva: sujeto y anti-sujeto no sólo se enfrentan en una dimensión pragmática de las “acciones” sino también en una cognoscitiva, correspondiente a las “declaraciones”. La complejidad de la situación se manifiesta discursivamente al asumir una gran variedad de actores las mencionadas posiciones actanciales. En este contexto, el análisis da cuenta sucesivamente de la ambigüedad de la autoridad y del permanente cuestionamiento de los procedimientos y de las competencias que derivan en una escisión temática en la posición del sujeto: junto a los portavoces moderados se dan aquellos otros radicales. La pasión de la conservación no es otra que el celo, pasión ésta colectivizante, comunitaria e identificadora esquematizada en el despliegue desde su constitución, pasando por la fase de sensibilización en la que se articula propiamente el simulacro pasional, hasta su moralización. Este recorrido da lugar a varios microsistemas patémicos en los que se identifican las posiciones de los actantes y se explican sus correlaciones.

La teoría semiótica se aplica al estudio de los efectos estéticos entendidos como efectos de sentido particulares que, inscritos en el nivel axiológico, dependen de investimientos semánticos de los que resultan objetos de valor, sujetos pasionales y juicios estéticos. Así, la sección denominada Linderos estéticos, cuyos bordes son difíciles de precisar, pues caben en ella tanto los discursos literarios como aquellos otros que se construyen con códigos tan diversos como los de la pintura y los de la historieta, se configura como la estancia en la cual tenemos estudios como los de Ballón, Teixeira, Montes, Magariños, Peñuela y Bueno, preocupados por desmenuzar efectos de sentido de la poesía (Ballón y Bueno), de la narrativa (Montes), de la pintura (Teixeira), de las historietas (Magariños) y de la fotografía (Peñuela).

En el ensayo titulado “Los acrósticos de Vallejo”, Enrique Ballón constata que la poesía del vate de Santiago de Chuco es ajena a una serie de recursos formales más o menos canónicos de su tiempo. En este sentido, los textos de Vallejo son un espacio de frecuente ostentación del nombre propio, mencionado directa, concreta y deliberadamente, bien sea para inscribir reminiscencias, personalizar un panegírico, poetizar una epístola, etc. La identificación de éstos (y de cualesquiera) signos resulta de recorridos interpretativos. Así, Vallejo, no el personaje biográfico sino el sujeto enunciador inscrito en una textualidad, no refunde el nombre propio, lo “muestra”, lo destaca, hace resaltar valores semánticos seleccionados, haces de predicados que definen sujetos de estado poético intransferibles. Ésa es precisamente la función atribuida al acróstico que, en sentido restringido, es un poema donde se puede leer el nombre de cierto sujeto en una o varias palabras formadas por las iniciales de cada verso. Ballón toma más bien el término acróstico en un sentido amplio; su funcionamiento llega a comprender toda inclusión de un nombre propio en el texto poético. Así, el nombre propio genera el texto o, a la inversa, la combinatoria del texto produce el nombre propio. Liberando al texto de las tenazas de la veridicción y de la sanción, el acróstico, por el realismo de su referencia interna, presenta al sujeto del discurso otorgándole un determinado volumen semántico. A partir de aquí, Ballón nos entrega un exhaustivo análisis del acróstico en un grupo de los más representativos poemas de Vallejo en los que, bajo diversas estrategias expresivas, asistimos a la transformación del nombre en pancarta poético-política.

“Pintura y crítica de arte: Un caso de pasión” es un ensayo en el que Lucia Teixeira reflexiona sobre las maneras de mirar el mundo; para esto toma como referencia concreta las relaciones intersemióticas que vinculan un objeto plástico —la pintura de Anita Malfatti— y un objeto verbal —el texto crítico de Monteiro Lobato—, y trabaja el término visión en sus dos acepciones (relación sensorial y punto de vista). En lo que concierne a la mirada innovadora de la mencionada pintora, Teixeira atiende las ideas de problematización y de desobediencia como signos de una ruptura que no es propiamente un rechazo de los modelos estéticos anteriores, sino su reconcepción con vistas a construir nuevas formas y a acoger nuevos patrones estéticos de resignificación de la historia del arte. La crítica de Monteiro Lobato no ve las cosas así. Sitúa a Anita como cultora de una mixtificación decadente frente al arte “puro” y alude a la “sugerencia estrábica de escuelas rebeldes”. Esta última mención da pie a Teixeira para desmenuzar el adjetivo como condensación de un programa de sanción en el que, sintomáticamente, el crítico desvía la mirada hacia otro pintor —el norteamericano Bolynson— para simular indulgencia con su compatriota y para no dirigirse a ella “en línea recta”. Teixeira captura, pues, dos figurativizaciones visuales de las complejas relaciones entre lo no verbal y lo verbal: la línea indirecta de la crítica a... la estrábica mirada moderna; además, añade la línea oblicua como figura de análisis para relacionar la pintura de Anita y la crítica de Lobato. En ese momento, desarrolla la lectura de dos pinturas de motivo semejante (O homem amarelo) y, luego de un estudio de la composición configurativa de ambas, da cuenta de la “línea de una mirada que no se dirige directamente al objeto”, como criterio de aproximación de los sujetos apasionados de las narrativas y discursos puestos en confrontación.

Stefano Montes, en “ L´horrible de Maupassant. Para una poética de las pasiones”, efectúa un acercamiento minucioso al complejo mecanismo textual del mencionado cuento. Aborda así las formas de condensación y de expansión en virtud de las cuales se operan referencias a magnitudes textuales variables que contraen relaciones sintagmáticas y paradigmáticas y que, por lo tanto, generan transformaciones opositivas a distintos niveles. Así, por ejemplo, el mecanismo de mise en abyme del relato en el relato instala, en el plano semántico, concepciones del “horror” articuladas por grupos de significación molar, interrelacionados a través de un complejo modelo de narración y de enunciación que comprime, en ciertos casos, unas historias y expande otras, gradualizando la modalidad tímica y constituyendo una escala de valores de pertenencia de una pasión. La dicotomía entre un enunciador testigo y un narrador adicto a la repetición permite a Montes dar cuenta de un recorrido desde el eje de la apariencia, polo persuasivo, al del ser, polo interpretativo. Este recorrido hace pensar el texto literario como un simulacro de veridicción de constitución semiótica. A partir de aquí se abren una serie de perspectivas de análisis; por citar algunas, las relativas a la semántica intratextual, a la tensión narrativa para catalizar lo horrible, a la función de ciertos segmentos narrativos como operadores de intensificación (v. gr. “la retirada”) y al modo como los textos de Maupassant tienden a “crear sistema”.

En el breve trabajo titulado “Operaciones semióticas en el análisis de las historietas”, Juan Magariños hace sentir la necesidad de disponer de una metasemiótica que utilice los recursos de la imaginería para rescatar los aspectos inherentes a las semióticas visuales. En este sentido, las operaciones fundamentales de tal metasemiótica son la identificación, el reconocimiento y la interpretación. Magariños explora críticamente diversos paradigmas teóricos (Grupo µ, Biederman, Hoffman y Richards, Peirce, Eco) y procede a construir conceptualmente las definiciones de las dos primeras operaciones, ya que son las que se cumplen mediante relaciones exclusivamente visuales o gráficas. La operación de interpretación, que es la que logra hacernos sonreír, es el resultado de una compleja intersemioticidad que no es del caso desarrollar; por ello, el análisis que a continuación ofrece Magariños en torno a historietas de Quino y de Caloi se concentra en la identificación y el reconocimiento de las imágenes retóricamente transformadas, basándose fundamentalmente en los conceptos de marca y de atractor.

En el trabajo titulado “El significante imperfecto de la fotografía”, Eduardo Peñuela, tomando como “pretexto” una fotografía sin título de Flávio Frederico y apelando a un encuadre teórico muy amplio, formula un conjunto de tesis relativas a la semiosis de la fotografía. Atiende así a la puntualidad imprevisible, que marca la suspensión del tiempo y del espacio en la presencia que no se deja ver; a la instantánea, comprometida con lo que precede y sucede y en la que se localiza la ambigüedad; a la polisemia tensiva entre luz y sombra; al sistema arquitectónico y al código perceptivo como condicionantes de concentraciones y difusiones de luminosidad y como demarcadores de puntos de emergencia en los que anclan sensaciones a ser semiotizadas. Así, por ejemplo, el área oscura de la foto evoca porciones de significado adherido al programa narrativo, sugerido por la menor sensibilidad del ojo a las ondas cortas, y sufre, ya en el campo tensivo de la percepción, el efecto de una disjunción; en otros términos, la disminución de la luminosidad hace que el sujeto tenga que soportar el daño o la nostalgia de una pérdida. Todo esto trae a colación las íntimas correlaciones de la fotografía con algunos mitos, tema tratado especialmente por Dubois y desarrollado aquí por Peñuela, con especial énfasis en el mito de Orfeo: esas configuraciones en las que el tiempo se paraliza y los personajes se petrifican en un gesto, creadas por Virgilio, poseen un valor metasemiótico en el que, de algún modo, se define el carácter indicial de lo fotográfico. Para atender a espacios estructurales del lenguaje fotográfico, Peñuela completa el análisis con la articulación de oposiciones (tales como luz/presencia::oscuridad/ausencia), que permiten dar cuenta de los juegos de la permutación, y con una aproximación al modelo de Tomas (sobre las estrategias de producción y de visión de la fotografía), que da pie para vincular las concepciones freudianas del narcisismo primario y secundario con aspectos semánticos y narrativos de la semiosis fotográfica.

Cierra nuestro libro, last but not least, un análisis de Raúl Bueno, “La salvación por el cuerpo. Sentido de la poesía de Desiderio Blanco”. En efecto, tal como lo indica el título, Bueno (quien, no olvidemos, coescribió con Desiderio Blanco la Metodología del análisis semiótico), emprende aquí una lectura semiótica del poemario titulado Oh dulces prendas, en el que se revela el hacer poético de Desiderio Blanco. En principio, Bueno se percata de un hilo conductor del poemario: la milenaria polémica que opone cuerpo y alma, pero para hacer notar que el enunciador diluye la mencionada oposición y acerca los términos de tal modo que formula una nueva visión del amor terreno. En las dos grandes partes del poemario (Ascética y Corporalia), Bueno lee un relato: el paso de un estado narrativo de vida religiosa y célibe a un estado narrativo de fruición de los sentidos y de cultivo del amor carnal.

A pesar de su apariencia simple, el mencionado relato ofrece una densidad narrativa en la que se despliegan distintos roles del sujeto poético: la tensión entre deber y querer, que deja insatisfecho al cuerpo y dolido al espíritu, da paso al alma que se salva por el cuerpo. Bueno presenta la inversión narrativa de contenido que este cambio conlleva y delinea el recorrido semiótico del cuerpo. Luego, acogiendo un rico conjunto de referencias intertextuales, se aproxima a los motivos centrales de la poesía analizada y desarrolla una detallada exploración figurativa en la que se manifiesta el triunfo de lo propioceptivo, epifanía del lenguaje que eleva lo estésico a lo estético. En este sentido, el efecto de belleza reside, para el autor, en la operación que consiste en hacer del objeto de deseo un sujeto deseante: de un régimen en el que sólo el Yo está marcado, se pasa, en la segunda parte del poemario, a un régimen en el que incursiona un Tú revestido fuertemente de humanidad, tan deseante como deseado. Éste es, por lo demás, el único trabajo de este libro que trata sobre una producción de Desiderio Blanco, no de teoría semiótica precisamente, y cierra así como adecuado colofón el presente volumen de homenaje.

En resumen: cuatro líneas de fuerza cruzan las páginas de este libro. Por un lado, la reflexión teórica nos acerca a las fronteras de la semiótica tensiva, línea inaugurada por C. Zilberberg en 1982 con sus Essais sur les modalités tensives, y asumida decididamente por A.J. Greimas y J. Fontanille en Semiótica de las pasiones (1991). En segundo lugar, la puesta en primer plano del mundo sensible y de la percepción estésica, inaugurada esta vez por el mismo Greimas con su obra fundante, titulada De la imperfección (1987), a partir de cuyas propuestas, se ha venido desarrollando una intensa investigación sobre el plano sensible del discurso. Una tercera línea demuestra la vigencia de sendas de investigación como la sociosemiótica, iniciada hace ya algunos años por E. Landowski, y que avanza sólidamente hacia una semiótica de la situación y de la presencia. Y, finalmente, la asunción del aspecto estético del discurso, sobre el que se viene trabajando también desde hace años, pero que encuentra ahora nuevos elementos heurísticos en las reflexiones teóricas sobre la tensividad y sobre el mundo sensible, al mismo tiempo.

Y por lo que podemos inferir del corpus de estudios recogidos en este libro de homenaje a Desiderio Blanco, en la nueva semiótica reina la dimensión del afecto.

Óscar Quezada Macchiavello

UMBRALES EPISTEMOLÓGICOS

JACQUES FONTANILLE

Universidad de Limoges, Francia

La caída de Lucifer: El fin de las evidencias y el advenimiento de la retórica
INTRODUCCIÓN

La semiótica de inspiración hjelmsleviana y greimasiana examina desde hace unos diez años su “base perceptiva”, y especialmente el grado y la forma de correlación entre la calidad sensible de las percepciones y la actualización de los valores en el discurso. La cuestión del ver y del creer puede ser planteada, por supuesto, dentro de una semiótica de lo visible, incluso dentro de una semiótica visual en el sentido más corriente y restringido del término: así pues, podemos preguntarnos por qué creemos o no lo que vemos, si la creencia en las artes visuales posee una naturaleza distinta a la de los discursos verbales, etc. Sin embargo, este problema es también el de los fundamentos de la fiducia discursiva en general, cualquiera que sea, en la percepción y sobre todo en la percepción visual.

Éste es el motivo por el que me propongo evocar ciertos aspectos de la relación entre ver, percibir, significar y creer, dentro de una problemática de naturaleza epistemológica que aborda, para ser más precisos, la dimensión epistemológica de los discursos, la forma en que estos discursos fundamentan los saberes que manipulan. Me limitaré a tres tipos de discursos en los que el problema se plantea inmediatamente, tres tipos de discursos cuyo fundamento es, en cierta medida, la separación entre lo visible y lo creíble: el discurso religioso, el discurso histórico y el discurso del psicoanálisis.

LA CAÍDA DE LUCIFER

La “caída de Lucifer” fue para mí el enigma a partir del cual el problema de las relaciones entre lo visible y lo creíble en su conjunto se fue poniendo de manifiesto. Lucifer, o Fósforo, es el dios “portador de la luz”, el dios de las mitologías griega y romana encargado de abrir la puerta cada mañana a la diosa Eos. ¿Por qué motivo el dios de la luz, de lo visible y de las verdades evidentes (en las mitologías griega y latina) fue confundido, una vez invertida su axiología, a partir de la Edad Media con Satanás (en hebreo “el adversario”) y con el Diablo (en griego “el calumniador”)?

¿Por qué se convirtió en el máximo representante de los demonios portadores de la mentira y de la falsedad, en el prototipo de ángel de las tinieblas, en ocasiones disfrazado de ángel de la luz? Por supuesto, la simbología cristiana se prestaba a este tipo de inversión; pero esta misma simbología ya estaba presente en las mitologías griega y latina, en las que era asociada al saber y a la verdad, aunque no apareciera tan claramente relacionada con el bien y el mal, como en el cristianismo. La inversión, si es que existe, afectaría el conjunto de la dimensión cognitiva y fiduciaria, puesto que también el conocimiento, sobre todo para Adán y Eva, mal aconsejados por Satanás, se vio afectado por esta inversión cultural. No puedo dar una respuesta histórica ni tampoco muy precisa sobre este tema por el momento; sin embargo, intuitivamente, un cierto número de hechos y de atributos permiten formular dos hipótesis generales.

La primera se refiere a las relaciones generales entre ver y creer. En el caso del Lucifer griego y latino, la extensión de la visión y la intensidad de la creencia se encuentran en correlación directa y convergente: la verdad se manifiesta en forma evidente ante los ojos del que se dispone a creer.

Por el contrario, en el Satanás-Lucifer de los cristianos, la correlación se invierte: no se debe creer lo que se ve que puede resultar engañoso; lo evidente no puede ser más que obra del ángel de la mentira; el conocimiento, una trampa que este ángel habría tendido a nuestra curiosidad; de manera global, para la Biblia, sólo Dios es Luz y Verdad y hay que creer primero para, eventualmente, ver después. En resumen, la percepción visual no puede ser el fundamento de la creencia, sino todo lo contrario: cuanto menos se ve, más firmemente se cree.

La segunda hipótesis se refiere a las relaciones entre la percepción visual, la argumentación, el hacer persuasivo y el hacer interpretativo. Satanás, “adversario” o “calumniador”, representa siempre en el Antiguo Testamento, y especialmente en el Libro de Job, el papel de acusador, de “abogado del Diablo”: situado a la derecha de Job, el acusado, Satanás pone en duda la evidencia de la fe de éste, y deja sospechar que bajo esta fe se esconden otros intereses1; Dios acepta entonces que Satanás ponga a prueba a Job, quitándole poco a poco todo lo que podría inducirle a creer por interés: bienes materiales, salud, etc... Así pues, mostrar la fe de Job es separarlo primero de todos los objetos que demuestran para él la existencia de la benevolencia divina, para, en cierto sentido, aislar un creer puramente interactancial, una pura confianza.

El propio Job, a lo largo de una extensa conversación con sus amigos, intenta comprender el sentido de las pruebas a las que se ve sometido, de lo que puede ver y constatar: en su intervención final, Dios le reprochará el haber querido ocupar su lugar al querer enjuiciar el misterioso problema del mal. Y para ello empieza recordándole detenidamente quién es el Señor de la Luz: “¿Has mandado una vez en tu vida, a la mañana, has asignado a la aurora su lugar...?”2.

Se trata pues, en primer lugar, de una cuestión de actantes: a Dios le corresponde ser el garante de la verdad, al hombre creer sin ver, a Satanás seguir persuadiendo mediante pruebas, hechos y cosas visibles. Lucifer se había transformado en Satanás al seguir simplemente siendo él mismo en un universo epistemológico que se habría transformado por completo: siendo dios o ángel de la luz, de lo visible y de lo evidente, sólo podía convertirse en “adversario”, en un oponente fiduciario dentro de un universo gobernado por la confianza intersubjetiva.

De hecho, se dice que Lucifer se convirtió en Satanás por orgullo: el orgullo será pues la pasión directiva de la búsqueda autónoma de las evidencias, es decir la pasión que emana del dispositivo modal en el que el ver y el creer se encuentran en correlación convergente, y en el que el individuo se esfuerza, por así decirlo, por creer sin Dios; una pasión en cuyas redes Job estuvo a punto de caer. Finalmente, Job concluye su conversación con Dios de este modo:

Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. (Escucha, deja que yo hable: voy a interrogarte y tú me instruirás). Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza3.

Lo visible recupera, pues, todos sus derechos, pero después de la prueba fiduciaria; se trata, entonces, del reconocimiento visual del destinator y no de la búsqueda visual de las evidencias: entre ambos se encuentra la fe, cuyo régimen de creencia ha sido transformado gracias a la retórica de Satanás.

La hipótesis general que se esconde bajo el enigma de la caída de Lucifer sería la siguiente: estaríamos frente a dos tipos de correlación diferente entre el ver y el creer: una, directa y convergente, conduce a la evidencia; la otra, indirecta y divergente, conduce a la confianza. Cada una de estas correlaciones fundamenta un régimen de creencia, y actualiza un universo axiológico a la par que virtualiza y desvaloriza el otro régimen. Como en todo universo axiológico, sea cual fuere, el discurso tiene siempre la capacidad de presentar mediante los efectos de “punto de vista” el régimen excluido dentro del régimen admitido; la cuestión sería: ¿cómo aparece caracterizado el régimen B desde el punto de vista del régimen A y viceversa?

Desde el punto de vista del régimen de la evidencia, la confianza está basada únicamente en las palabras, como por ejemplo el “oír hablar” evocado por Job; por esto puede levantar sospechas y se considera, en cierto modo, como mera estrategia de una argumentación falaz. Pero, al mismo tiempo, condenar el régimen de la confianza equivale a reconocer parcialmente su eficiencia: la argumentación es falaz, sí, pero por eso mismo es eficaz; Satanás es por supuesto un calumniador, pero Dios admite la verosimilitud de sus acusaciones. Desde el punto de vista del régimen de la confianza, el de la evidencia visible conduce a la mentira y, sobre todo, al orgullo a través del cual el sujeto pretende igualarse con su destinador; en cambio, la confianza en Dios implica la existencia de una humildad previa: éste es el sentido de la lección dada por Job. Pero, además, desde el punto de vista de la confianza, la creencia en los objetos debe ser reconsiderada: cuando Satanás-Lucifer se esfuerza por reducir la relación intersubjetiva de la confianza a simple interés por los objetos concretos y visibles, obliga a sus interlocutores a reconocer, desde el interior del otro régimen, el poder del “interés” y la eficiencia que caracteriza la presencia visible de los objetos: sin renunciar al régimen que representa, Dios acepta este punto de vista, puesto que deja que Satanás ponga a prueba a Job. Por supuesto, al final será el régimen de la confianza el que triunfe.

En resumen, Satanás-Lucifer juega un papel doble: como Lucifer, representa el punto de vista de la evidencia y trata al régimen de la confianza de régimen de la eficacia pragmática del lenguaje; como Satanás, adopta el punto de vista de la confianza, y pone, por así decirlo, “en evidencia” el interés que despierta lo visible.

En cierta medida, la retórica nace en la encrucijada entre los dos regímenes: se trata de producir, a través de la eficacia pragmática del discurso, objetos de lenguaje que susciten el “interés” del receptor, es decir, de conjugar la eficiencia de la palabra y el interés producido por los objetos sensibles. Lucifer-Satanás, ¿demonio de la retórica? Exactamente así consideraban Sócrates y Platón a los sofistas.

Así pues, según esta primera etapa de exploración, la correlación convergente entre ver y creer se basaría en una creencia autodestinada, en un mano a mano orgulloso entre el sujeto y sus objetos de valor; se trata de “creer en algo” (en francés croire à quelque chose). La correlación divergente, por el contrario, descansa sobre una creencia heterodestinada, sobre la humildad de un mano a mano entre el sujeto y su Destinator; se trata en este caso de “creer en alguien” (en francés croire en quelqu’un). Analizaré ahora, de forma paralela, dos tipos de discurso en los que las figuras del “ver para creer” y del “creer sin ver”, al igual que las del “oír hablar” y las de la confianza, se imponen epistemológicamente: el discurso de la historia y el discurso del psicoanálisis; ambos me parecen sufrir del síndrome de Lucifer, y buscar el remedio de Job.

PSICOANÁLISIS E HISTORIA: LA ESCENA PRIMITIVA Y SU ULTERIOR RELATO

Al comienzo del capítulo “Los actos fallidos” de la Introducción al psicoanálisis, Freud insiste, entre otras cosas, en los obstáculos que dificultan la formación de un juicio personal sobre el valor del psicoanálisis. Comienza por caracterizar la práctica de la medicina clásica como una práctica en la que el “creer” se basa en lo “visible”; para ello, despliega una especie de semiótica de dos planos en la que aparecen, por un lado, los “significados” médicos y, por otro, sus respectivos “significantes visibles”. Por ejemplo:


las reacciones químicas lo precipitado
la anatomía la preparación anatómica
la excitación de los nervios el encogimiento del músculo
la enfermedad los síntomas, incluso del germen
el proceso mórbido los productos visibles
la psique la fisionomía y el comportamiento.

El estudiante de medicina se deja convencer, de alguna manera, por la percepción visual directa de manifestaciones concretas: “... creéis adquirir por la propia percepción personal; la convicción de la existencia de nuevos hechos”4.

Se trata, pues, de la correlación convergente, según la cual cuanto más y mejor vemos, más convencidos estamos. Esta correlación supone ciertamente un enfrentamiento directo con los objetos, de manera que al profesor de medicina le resta únicamente realizar una labor: “de guía y de intérprete que os acompaña como a través de un museo, mientras vosotros entráis en contacto directo con los objetos...”5.

Desde el punto de vista del régimen de la “evidencia”, la práctica del psicoanálisis será inevitablemente despreciada, por poco seria y creíble, puesto que se basa exclusivamente en el intercambio de palabras. Además,

Las personas que rodean a los enfermos y a las cuales sólo lo groseramente visible logra convencer de la bondad de un tratamiento, al que considerarán inmejorable si trae consigo efectos teatrales semejantes a los que tanto éxito logran al desarrollarse en la pantalla cinematográfica, no prescinden nunca de expresar sus dudas de que por medio de una simple conversación entre el médico y el enfermo pueda conseguirse algún resultado6.

Pero antes de imponer su punto de vista, que será el del otro régimen, Freud insiste sobre la eficacia pragmática del lenguaje. En efecto, desde el interior mismo del régimen de la evidencia y valiéndose del otro régimen, Freud esboza la crítica del primero para mostrarnos sus límites. Para ser más precisos considera, desde el punto de vista de la evidencia, que es “poco acertado e ilógico” ignorar el poder de las palabras. Así pues, se abre paso una nueva semiótica: una semiótica que no será ya una semiótica del signo, de la presencia visible, sino una semiótica de la eficacia asociada al discurso; se evocan esta vez tres tipos de dimensiones: la dimensión del discurso, la de los actos realizados y la de sus consecuencias. Por ejemplo:


decir que se está enfermo: padecer estar enfermo
imaginar los síntomas: percibir síntomas
con palabras... estar desesperado
con palabras... hacer feliz
pronunciar palabras: conducir a la creencia
pronunciar palabras: provocar emociones

Incluso, si desde el punto de vista de la evidencia, las “palabras” y el discurso sólo pueden ser despreciados en comparación con la percepción visual directa, su eficacia no puede ser negada por ello. Esta eficacia es tratada de mera “influencia”, eventualmente nefasta: “Las palabras, primitivamente, formaban parte de la magia, (...) y constituyen el medio general para la influencia recíproca de los hombres”7.

Freud no propone sin embargo asimilar el discurso del psicoanálisis al de la magia: sólo se trata de la forma en que la “evidencia” considera la “confianza”. ¿Qué ocurre con el régimen de la confianza en sí mismo?

Es presentado como una frustración: “Así pues, no podréis asistir como oyentes a un tratamiento psicoanalítico”8.

El psicoanálisis no puede descubrirse únicamente “de oídas”, en el sentido estricto de esta locución, ya que podemos “oír hablar de él” y no recoger más que “informaciones de segunda mano”. Se actualiza por lo tanto el otro régimen de creencia: “... el juicio sobre nuestra disciplina (...) habrá de depender del grado de confianza que os merezca aquél que os informa”9.

Freud utilizará a continuación una comparación con la historia para demostrar que, desde su punto de vista, las dificultades propias de la enseñanza del psicoanálisis dependen por una parte de la epistemología general de las ciencias humanas y no sólo de las particularidades del inconsciente.

La creencia en la historia depende, según él, de infinidad de “garantes” que permiten remontar hasta posibles testigos oculares, incluso hasta objetos o documentos-testigos; al no tratarse ya de una visión directa de los personajes y de los hechos, esta visión se convierte entonces en creencia. Como precisa el propio Freud: “Claro es que todos estos documentos no demuestran, estrictamente considerados, sino que ya generaciones anteriores creyeron en la existencia de Alejandro y en la realidad de sus hechos heroicos...”10.

En resumidas cuentas, basta con que el conferenciante sea “digno de fe”. Es aquí cuando aparece, dentro del propio régimen de la confianza, el otro régimen, el de la “evidencia”, régimen que aparece deformado, casi irreconocible, puesto que es captado desde el punto de vista de la “confianza”. En efecto, el otro régimen sale a la luz para hacer la crítica interna del mecanismo de la confianza. Antes encontramos el caso contrario: para criticar el carácter exclusivo en demasía de la evidencia sensible, y para fijar sus límites, Freud recurría al poder de las palabras, a la magia pragmática del discurso; ahora, para criticar el régimen de la confianza, para fijar sus límites, recurre al interés o, como el acusador satánico, a los “móviles”:

... el conferenciante no tiene motivo alguno para haceros admitir como real algo que él mismo no considera así (...). Si a continuación emprendéis el examen de las fuentes históricas más antiguas, deberéis tener en cuenta idénticos factores; esto es, los móviles que han podido guiar a los autores en su exposición y la concordancia de sus testimonios11.

Antes de depositar nuestra confianza, al igual que ocurría en el Libro de Job, nos planteamos una pregunta que emana del otro régimen de creencia: ¿Qué interés puede tener en engañarme? O lo que es lo mismo, ¿en qué medida su interés por los objetos en cuestión podría influir en su discurso? El problema gira, pues, en torno a la sinceridad de la persona en la que depositamos nuestra confianza, y esta sinceridad, como ocurría con Satanás, el mentiroso, se sitúa en la encrucijada entre los dos regímenes; es como un término complejo que reposa sobre la tensión interna producida por la intervención crítica de los criterios de la evidencia, dentro de un régimen basado en la confianza.

LOS DOS REGÍMENES DE CREENCIA: LA EVIDENCIA Y LA CONFIANZA

En este punto de nuestro recorrido, se pueden adelantar algunos elementos de formalización: si atribuimos al “ver” la propiedad de evaluar la amplitud de una información sensible, y al “creer” la de indicar la intensidad de la adhesión a esta información, entonces los dos regímenes obedecerían al principio general de la correlación de toda tensión, es decir de la correlación conversa (convergente) o inversa (divergente) entre las respectivas gradaciones de la intensidad y de la extensión. En el caso de la correlación conversa (convergente), el predicado modal que asocia “ver” y “creer” es de naturaleza implicativa, es decir, sigue el modelo:

Si veo A, entonces creo en B;

Si no veo A, entonces no creo en B.

Por el contrario, en el caso de la correlación inversa (divergente), el predicado modal es de tipo concesivo y sigue el modelo:

A pesar de no ver A, creo en B;

A pesar de ver A, no creo en B.



Recordemos que la intervención crítica del régimen de la confianza en el régimen de la evidencia se hacía en nombre del poder pragmático del discurso, mientras que la intervención crítica del régimen de la evidencia en el régimen de la confianza se lleva a cabo por el poder de atracción de los objetos. En resumen, la eficacia del deseo marcaría el límite crítico de la confianza, al igual que la eficacia de la confianza intersubjetiva marcaría el de la evidencia sensible. Es la razón por la cual debemos buscar los “móviles” y los “intereses” que se esconden bajo la fe (régimen de la confianza), y el orgullo y un sentimiento de superioridad con respecto a los demás bajo la convicción adquirida por medio de la vista (régimen de la evidencia).

Es primordial recordar a la vez la definición-base de cada régimen de creencia y la presentación deformada que nos da de él el otro régimen, puesto que, a partir de ahora, los encontraremos a menudo, tanto el uno como el otro, bajo este aspecto desfigurado. En efecto, el régimen de la evidencia se presenta la mayoría de las veces peyorativamente como el régimen del interés por los objetos, como un régimen basado en el deseo que despiertan estos objetos; a su vez, el régimen de la confianza se presenta como el régimen del discurso, de la eficacia pragmática y retórica de la palabra, un régimen que oscila entre la sumisión y la sublevación orgullosa.

VER Y OÍR EN EL MUNDO INDOEUROPEO

El destino quería que le ocurriese una desgracia a Cándalo que se dirigió de esta forma a Giges: “Giges, creo que no me crees cuando te hablo de la belleza de mi mujer; puesto que el oído es más incrédulo que los ojos, arréglatelas entonces para verla desnuda”12.

Esta anécdota relatada por Heródoto caracteriza su concepción de la historia: lo mejor es siempre convencerse por sus propios ojos, antes que dejarse convencer más o menos por las palabras. Para ser más precisos, en el texto griego “no me crees” es una reformulación de la traducción literal “no soy digno de fe” (apistos, teniendo en cuenta que pistis es el término que designa tradicionalmente las razones por las que se cree, las pruebas jurídicas, las garantías que despiertan la confianza).

La distribución de los dos regímenes de creencia es el mismo: Giges parece adoptar el régimen de la evidencia y, desde este régimen, considerar el régimen de la confianza como un régimen de “palabras” vacías y falaces. Del mismo modo, desde el punto de vista del régimen de la confianza, la búsqueda de la evidencia visual podría, visto el caso, ser reinterpretada sin dificultad bajo el signo del interés y del deseo (deseo de la mujer desnuda); pero esta inversión no es aquí más que potencial; aparece evocada por la alusión a una “desgracia” y sólo será explotada en la continuación de la historia.

No obstante, la oposición adquiere aquí un cariz diferente: ya no se trata simplemente de ver o de “creer bajo palabra”, sino de ver o de oír. De hecho, la distinción entre los dos regímenes de creencia se reduce a la diferencia superficial entre los dos órganos sensoriales. Un breve análisis demostrará que esta distinción se integra fácilmente en la primera. Benveniste ya señaló, a propósito de la formulación del juramento13, que los griegos y los latinos eligen dos opciones diferentes. Para los griegos, el criterio de validez de un juramento es la visión: “Que Júpiter, la Tierra, el Sol sean testigos (=lo sepan)”14.

A esto hay que añadir, desde un punto de vista filológico, que la base isto, que significa tanto “ver” como “saber”, es la raíz de la construcción de istor/histor’ “el que sabe por haber visto”, o el testigo ocular, “el que es convocado para asistir, para ver un juicio”; de aquí: historéo, “investigar por medio de la vista”. En paralelo, la raíz indoeuropea wid/weid (videre, ver), aunque de distinta naturaleza morfológica, presenta el mismo funcionamiento semántico: oída es, al igual que ista, “saber por haber visto”.

Benveniste cita a este respecto un texto sánscrito que tendería a demostrar que los hindúes comparten el punto de vista de los griegos: “Si dos hombres discuten diciendo, el uno “yo he visto” y el otro “yo he oído” debemos creer al que dice “yo he visto”15.

Por el contrario, el juramento latino se basa en el oído: “Escucha, Júpiter, escucha... Escucha a tu pueblo albano”16.

Sin embargo, nada en estos ejemplos nos permite afirmar que “escuchar” debe ser tomado literalmente como “lo que se transmite por el oído”; “escuchar”, en este caso, no es ver, es siempre oír palabras, y las palabras poseen una eficacia pragmática que les es propia, distinta de la eficacia de la presencia visible.

Dos observaciones, sin embargo:

• No es seguro que el oído como tal no entre dentro de estas consideraciones: si partimos de la distinción entre los dos regímenes de creencia, y de la cobertura figurativa asignada a cada uno de ellos en la cultura indoeuropea, ver y oír, es posible que hubiera habido una generalización y que cualquier información transmitida por el oído, la música y el ruido incluidos, fuera tratada bajo el mismo régimen que la palabra; esto explicaría, entre otras cosas, la preeminencia de lo visual sobre los otros sentidos en nuestras culturas. Sin embargo, esto no es más que una hipótesis.

• El funcionamiento de los dos regímenes de creencia, y por consiguiente, de lo visible y de lo audible, recibe un determinado estatuto jurídico: las pruebas visibles tienen más valor que las audibles, e incluso un testigo ocular tiene valor de verdad legal. Lo que equivale a decir que la cuestión de lo visible y de lo audible guarda una estrecha relación con la argumentación jurídica, punto de partida de la retórica en nuestras culturas.

LA RETÓRICA DE LA INVERSIÓN ANALÓGICA EN HERÓDOTO

Como acabamos de sugerir, Heródoto adopta en Historias el régimen de la evidencia, por lo menos en lo que a principios y a axiología se refiere. Claude Calame apunta que en el texto de Heródoto el “yo” de la enunciación aparece, principalmente, en dos tipos de enunciado: a) cuando el responsable de la enunciación funda la veracidad de un hecho en su propia visión: lo he visto, por lo tanto es verdad: se trata del “yo” de la “autopsia”; y b) cuando el responsable de la enunciación modaliza su enunciado para mostrar sus reticencias ya que no lo ha visto con sus propios ojos sino que simplemente ha oído hablar de ello: “En cuanto a mí, es mi obligación transmitir lo que se me ha contado, pero, en ningún caso estoy obligado a creer en ello; aplíquese este principio a todo mi relato”17.

Estas dos utilizaciones de la intervención subjetiva, demuestran que el reparto entre los dos regímenes de creencia es, para el historiador antiguo, un reparto crítico. Por otro lado, se presenta con claridad el punto de vista adoptado: el de la evidencia. Desde este punto de vista, la confianza en la palabra del otro no implica ningún compromiso; en consecuencia el hablante, simple vehículo de las palabras de otro, se contentará con reproducir lo audible, es decir una cadena de significantes, sin atribuirles significados. Como esta exigencia limita considerablemente las posibilidades del historiador, sea o no contemporáneo de los acontecimientos que relata, éste debe utilizar estrategias de compensación, estrategias que François Hartog ha puesto particularmente de relieve en Le miroir d’Hérodote. Teniendo en cuenta que Heródoto debe, a pesar de todo, relatar hechos que ni él ni su lector han visto, y que no puede “apartarse” continuamente de su relato, puesto que correría el riesgo de no convencer a nadie, el historiador adoptará estrategias para hacer que estos hechos “sean” visibles. Las tácticas más empleadas, según Hartog, conforme al principio general del “espejo”, serán la analogía figurativa y el paralelismo narrativo: “Mostrar algo así, pero precisamente mostrando otra cosa. (...) La figura del relato paralelo es una ficción que, mostrándonos otra cosa, nos hace ver algo como si estuviésemos presentes”18.

Así, por ejemplo, cuando Heródoto evoca la posición de Táuride con respecto al Ática, propone una comparación con la de otro país: “Para aquél que no haya viajado por esta región del Ática lo mostraré de otro modo; es como si en Lapigia (Apulia), un pueblo distinto al pueblo de los lapigios ocupara, por separado, el saliente que se extiende desde el puerto de Brindisi hasta Tarento”19.

La analogía es perfectamente conforme al principio aristotélico de la proporción: en el Ática, Táuride es a Escitia lo que en Apulia, el territorio de los lapigios es al de otro pueblo (en el tacón de la bota italiana). Es decir, de forma general: a (R) b = x (R) y. Para hacer creer en “y”, que no se ve, muestra “b” con respecto a “a”, en la medida en que la relación visible “a (R) B” equivale exactamente a la relación invisible “x (R) y”. Ahora bien, la proporción aristotélica constituye el fundamento de la teoría de la metáfora del filósofo: muestro “x” cuya relación con “y” no se ve, mostrando “a” cuya relación con “b” se ve. La retórica de la inversión y de la analogía de Heródoto estaría basada, en resumidas cuentas, en una operación de equivalencia aplicada a dos relaciones, siendo cada una de estas relaciones respectivamente, muestra de los dos regímenes de creencia evocados. Para hablar de un hecho que sólo puede corresponder al régimen de la confianza (correlación inversa entre ver y creer), establezco, sirviéndome de la proporción analógica, una conexión con otra relación que corresponde, esta vez, al régimen de la evidencia (correlación conversa entre ver y creer).

Otro ejemplo confirmará este análisis: “Mucha gente conoce el río Istro pues recorre países habitados, mientras que nadie puede hablar de las fuentes del Nilo porque la región de Libia, que atraviesa este río, está inhabitada, desierta”20.

En el caso del Nilo, cuyas fuentes no son visibles, hay que creer sin ver; pero la analogía con el Istro, cuyo recorrido es conocido y visible, permite introducir de nuevo el régimen de la evidencia dentro de una configuración en la que sólo podría tener cabida el régimen de la confianza. Esta operación se realiza mediante una figura retórica.

Para demostrar que el régimen en vigor en este ejemplo es, sin lugar a dudas, el de la confianza y que éste se actualiza por medio de palabras más o menos fidedignas, basta con remitirse al comentario de Heródoto:

Nadie sabe con exactitud cómo son los desiertos de Libia en los que nace el Nilo. Sin embargo, he oído contar cosas a los Cireneos, que a su vez las habían oído contar a los Amimoneos, que a su vez las sabían gracias a los Nasamones, que a su vez repetían lo que decían haber visto unos “jóvenes locos” que se habían aventurado por esas tierras21.

Estas fuentes “no visibles” sólo son accesibles a través de la confianza depositada en las palabras de otra persona, confianza reforzada por una multitud de garantes y de enunciados que conducen, por etapas, hasta el último estrato fiduciario, el que corresponde a “los que han visto”, pero aquí intervienen dos restricciones: a) este último estrato interviene en contexto al final de una cadena formada por discursos ajenos: el testimonio ocular no puede entonces probar nada; b) el régimen de la evidencia sólo es, por definición, eficaz cuando no existe intermediario, cuando los hechos son del orden del “yo-verdad” y no de lo “impersonal-verdad” o del “él-verdad”22 puesto que estos dos últimos suponen la mediación de la palabra. Así pues, a partir de aquí, los testigos oculares serán paradójicamente despreciados, poco creíbles: “jóvenes locos”, precisa el historiador.

LA ELUCIDACIÓN ANALÍTICA

Ya hemos señalado que Freud asimilaba la verdad en psicoanálisis a la verdad en la historia, en el sentido de que tanto la una como la otra presuponen que se “cree sin ver”. Sin embargo, el análisis de la posición de Heródoto nos obliga a matizar esta afirmación. El historiador no ensalza, como hacía Freud, el régimen de la confianza, de la correlación inversa entre ver y creer, sino que se ve obligado a avenirse a él. Esto significa que el régimen elegido por Heródoto, desde un punto de vista axiológico, es el régimen de la evidencia, dentro del cual debe dejar sitio al de la confianza, al de la eficacia pragmática del discurso, concesión que compensa a su vez recurriendo a las figuras de la analogía entre lo visible y lo invisible.

Por el contrario, el psicoanalista, a pesar de ser capaz, como Freud al comienzo de su demostración, de adoptar el punto de vista de la evidencia, se sitúa de entrada bajo el signo de la confianza, de la relación intersubjetiva, de la correlación inversa entre el ver y el creer: literalmente es justo en lo que no se deja ver (ni tan siquiera oír) en lo que hay que creer, poniéndose totalmente en manos del analista.

Michel de Certeau ha examinado, en L’écriture de l’histoire, las relaciones entre Freud y el discurso histórico, y ha puesto de manifiesto, a propósito de un caso de neurosis demoniaca estudiada por Freud, el papel que juega la analogía:

El contenido constante es una relación entre términos cambiantes, uno de los cuales era, en el pasado, una expresión diabólica, y hoy en día es una jaqueca, una úlcera, una enfermedad orgánica (...). La “huella” de la humillación del padre era ayer más visible que en la actualidad23.

La proporción es en este caso: la relación visible en el siglo XVII entre la humillación del padre y la posesión demoniaca, equivale en el siglo XX a la relación invisible entre la humillación del padre y los trastornos somáticos.

Pero existen otras operaciones que complican el asunto: la relación neurótica visible no se considera hoy en día en el ambiente médico, puesto que el peso, a lo largo de los siglos, del discurso partidario del cientifismo, considerado como autoridad en la materia, la ha despojado de toda credibilidad, de manera que hoy en día ya nadie puede “de buena fe” expresar la humillación del padre bajo la forma de una posesión demoniaca. Una vez más la cadena de “garantes” y la cantidad de enunciaciones acumuladas impiden creer en una manifestación visible anclada en el pasado.

Por el contrario, para el psicoanalista, la relación invisible se actualiza, aunque no por ello se vuelva visible. Hasta ahora, el funcionamiento es comparable al observado en Heródoto, puesto que la relación invisible se actualiza en el discurso (es de lo que se habla), mientras que la relación visible es sólo potencial, incluso virtual: es de lo que no se habla pero a lo que recurriremos para hacer visible lo primero por analogía; en otras palabras, la relación invisible debe ser sacada de su estado latente para aclarar la relación manifiesta. Según M. de Certeau, Freud propone aquí un corte epistemológico: ya no se trata de seguir acumulando discursos y, por consiguiente, de volver opaco lo visible, sino de dilucidar lo escondido, de ofrecer de nuevo un campo a lo visible explotando para ello, entre otras cosas, la analogía.

Si examinamos por ejemplo L’interprétation des rêves24, veremos que se utilizan los mismos procedimientos con un grado más de sofisticación. En primer lugar, la distinción entre “contenido latente” y “contenido manifiesto” es de orden modal, siendo el primero potencial y el segundo real; entre ambos hay un /deberser/: “Un pensamiento que existía como mera opción es reemplazado por una imagen actual”25.

Aparece además un tercer término, la “relación” entre ambos: “Entre el carácter confuso e incomprensible del sueño y la resistencia que encontramos a desarrollar su contenido latente, existe una relación secreta y necesaria”26.

Lo visible, lo perceptible, es pues inteligible, mientras que lo creíble sigue siendo lo invisible: Freud nos recuerda que entre estos dos fenómenos existe una correlación necesaria. Así pues, no se trata simplemente de dos tipos de contenidos, el uno latente (potencial) y el otro manifiesto (real), sino de dos estados diferentes de la correlación entre lo visible y lo creíble: en uno de ellos domina lo visible y la creencia es mínima; en el otro domina lo creíble, pero no existe ya la percepción directa: nos encontramos pues frente a la correlación inversa entre ver y creer, típica del régimen de la confianza. Por otro lado, como señala Freud, lo que era importante en el contenido manifiesto resulta accesorio para el contenido latente y viceversa; junto a la potencialización de los dos tipos de contenidos accesorios, habría que situar la virtualización de los contenidos accesorios, que serán actualizados por su valor explicativo en el momento de la elucidación. Freud explica este desplazamiento: a) como el resultado de una condensación de la superficie (extensión) del material onírico, y b) como un desplazamiento de intensidad. Estas consideraciones confirmarían nuestro primer análisis de las categorías que intervienen en la correlación entre ver (extensión) y creer (intensidad), y precisarían la naturaleza semiótica de los cambios de modo de existencia:

Mientras que se lleva a cabo el trabajo del sueño, la intensidad psíquica de las ideas y de sus representaciones se traslada a otras, precisamente a aquéllas que no esperábamos en absoluto ver acentuadas de esta forma. Es este traspaso psíquico el que contribuye en mayor medida a oscurecer el sentido del sueño y a hacer que las relaciones entre el sueño manifiesto y el sueño “despierto” sean irreconocibles27.

Dicho de otra forma, es el desplazamientos del acento de intensidad de un contenido a otro el que modifica la relación entre lo visible y lo creíble; el que hace que, en un primer momento, lo visible no sea creíble y que luego lo creíble ya no sea visible28. Por ejemplo, en uno de los sueños analizados, la “mesa redonda” es la figura en torno a la cual se organiza el sueño, pero: “En el contenido latente del sueño, es el amor desinteresado el que se encuentra en primer plano”29.

Un pequeño detalle nos ayudará a precisar el mecanismo de este desplazamiento de acento: Freud precisa que la figura acentuada del contenido manifiesto debe ser asociada directamente con una situación vivida la víspera; dicho de otro modo, la figura destacada, la clave del sueño, fue visible en su momento y sigue manifestándose, con respecto a la enunciación del sueño y a su sujeto, dentro de una relación de referencia deíctica. Por el contrario, la figura que posee la carga afectiva en el contenido latente no está sometida a esta consideración: el contenido manifiesto se incluye por consiguiente en el régimen de la evidencia y de una semiosis fundada en la referencia directa y deíctica, dentro de una situación discursiva que corresponde, como hemos visto, al régimen fiduciario.

La inserción de un régimen de evidencias —algo deformado y apenas reconocible— dentro de un régimen de confianza, resulta, según Freud, del “trabajo del sueño”, es el resultado del desembrague que él analiza como “condensación” de figuras y “desplazamiento” del acento (empleo aquí los términos utilizados por Freud).

Pero justamente, este “trabajo” subyacente actúa como figura del contenido manifiesto del sueño. Freud analiza con gran precisión cómo se encadenan las operaciones: a) la condensación (producida por una “presión”) se aplica en un primer momento al conjunto de los elementos heterogéneos del contenido latente; b) la fragmentación afecta estos elementos condensados para prepararlos para una nueva selección; c) la selección eliminará de este material “todo lo que es impropio de la representación concreta”30; para terminar c) una reconfiguración procurará al resultado obtenido el aspecto de una escena dotada de una única deixis. Al final del proceso, las asociaciones de ideas características del contenido latente son irreconocibles, y el acento de intensidad recae sobre la figura que organiza la nueva escena. Este “trabajo” se parece mucho al “bricolage” de Lévi-Strauss, utilizado por J-M. Floch para dar cuenta de lo que llamamos la “praxis enunciativa”31.

Esta “praxis” se presenta globalmente aquí como una serie de transformaciones llevadas a cabo entre términos tomados dos a dos. Lo visible, obtenido al final del recorrido, se funda pues en las correlaciones analógicas, en inversiones en un espejo, al igual que ocurría en Heródoto, en esto es de tipo retórico; la deixis alrededor de la cual se organiza, es una deixis simulada, obtenida por reembrague, y ésta es la razón por la que Freud, y muchos otros después, comparará el trabajo del sueño con la escritura metafórica o metonímica. La elucidación analítica, partiendo del supuesto de que uno o varios hechos concretos y observables han existido realmente (régimen de la evidencia), pero que son ahora inaccesibles en la mente del sujeto, en cuyo interior las creencias no están bajo el control de lo visible, consiste también en restablecer lo visible, en producir, gracias a un conjunto de operaciones que desembocan en tropos, una “representación sensorial”.

Nos queda sólo evocar rápidamente el proceso por el que el discurso analítico realiza el recorrido en sentido contrario, para encontrar el contenido latente bajo el contenido manifiesto: lo que equivale, partiendo de un régimen que se presenta globalmente como fiduciario (puesto que lo “visible” en cuestión no es ni inteligible ni creíble, y es precisamente por esto, según explica Freud, por lo que favorece el sueño), a encontrar un régimen de evidencia más profundo.

Freud afirma que lo que manifiesta esta evidencia profunda del sueño es el deseo:

Pero el sueño nos da algo más que este modo optativo; nos muestra el deseo realizado, nos ofrece esta realización bajo una forma real y actual, valiéndose para presentárnosla, la mayoría de las veces, de situaciones, de imágenes sensoriales, casi siempre visuales32.

Las operaciones que ponen de relieve el régimen de la evidencia dentro del régimen de la confianza conducen aquí, como habíamos supuesto a propósito de Job, a la reconstitución del interés y del deseo, bajo la sumisión a los dictados de la evidencia sensible: Satanás está en su lugar.

LA SINTAXIS DE LAS CORRELACIONES ENTRE EL VER Y EL CREER

Llegados a este punto del análisis, se dibuja una sintaxis de las relaciones entre el ver y el creer, que justifica el advenimiento de la figura retórica. La primera fase es la del régimen de la evidencia, en el que el ver y el creer están en relación convergente (conversa), en el que la imagen reprimida del padre se ve, según Freud, casi como la del diablo, en el que los hechos históricos, según Heródoto, serían directamente accesibles, en “autopsia”. Es, en resumen, el orden del cosmos, el orden de las cosas que son accesibles a los testigos humanos que están sumergidos en ellas y que forman, por tanto, parte de ellas; si una semiosis se desarrolla, no podrá ser más que referencial y deíctica. Su figura característica sería, desde el punto de vista de la argumentación jurídica, el “delito flagrante”.

La segunda fase es la del régimen de la confianza, que resulta de la inversión de la correlación de la fase anterior: el ver y el creer están en relación divergente (inversa), la imagen reprimida del padre es una hipótesis que no puede ser comprobada considerando las manifestaciones visibles observadas, es más, según Heródoto, el testimonio ocular, en la práctica y en último caso, pierde todo crédito. Esta vez, el régimen dominante recurre a una estratificación de enunciaciones, de discursos de peso que reivindican la verdad, de testimonios o comentarios verbales que nos enseñan, sobre todo, a no fiarnos de lo visible. Estamos entonces en el orden del logos, en el que se desarrolla una semiosis del desembrague. Su figura característica, de nuevo desde el punto de vista de la argumentación jurídica, sería el “juramento”.

La tercera fase es la de la simulación de la restauración del régimen de la evidencia: restauración, puesto que se basa en una correlación convergente (conversa) entre el ver y el creer; simulación, puesto que tiene lugar dentro del propio discurso, de sus figuras, y en el contexto de un régimen fiduciario de base. La analogía y la inversión en el espejo en Heródoto, la elucidación de lo escondido en Freud, representan, tanto la una como la otra, esta fase del advenimiento de la retórica, en el sentido de que ahora es el poder pragmático del discurso el que, dentro de un régimen fiduciario, debe contribuir a la simulación de los efectos de evidencia recurriendo, entre otras cosas, a las figuras de la analogía. Hemos llegado al orden del ethos, cuyos fundamentos serán una semiosis del simulacro, del embrague, y todas las operaciones de la praxis enunciativa. La figura característica, desde el punto de vista de la argumentación jurídica, será el tropo.

Así pues, se trata de una secuencia que guarda el recuerdo de las fases atravesadas y en la que el status de lo visible varía (lo visible no puede tener en la tercera fase el mismo status que en la primera): en este sentido, la figura-tropo es un poco la nostalgia del paraíso de las evidencias perdidas, al igual que el dios Lucifer, siendo al mismo tiempo ángel de la luz, pudo convertirse en Satanás.

El esquema que sigue sintetiza estas consideraciones:


Una rápida mirada hacia atrás puede aclarar la “visión” final de Job: no tiene nada que ver con una “evidencia” en el sentido en que acabamos de definirla. Job se vio confrontado en un principio a la necesidad de creer sin ver: una vez separado de sus objetos de valor visibles, testigos de la benevolencia de Dios para con él, se ve obligado a abandonar el régimen de la evidencia y a adoptar el régimen de la confianza. Se produce entonces un “apilamiento” enunciativo de razonamientos y de vanas búsquedas discursivas, fase durante la cual Dios sólo existe para él por “oír hablar”. El “ver” final (“te han visto mis ojos”), tendrá por tanto el status de figura retórica; se trata de una hipotiposis ligada directamente al carácter hiper-figurativo, hiper-metafórico, en una palabra hiper-retórico, del discurso a través del cual Dios se presenta y reprende a Job.

CONCLUSIÓN

Esta secuencia:

Evidencia → confianza → restauración de la evidencia

no es la única posible; podemos considerar también:

Confianza → evidencia → restauración de la confianza.

Es precisamente en este segundo caso cuando, dentro del régimen de la evidencia, en el que uno no cree más que en lo que ve y en lo que se vuelve visible, nuevamente se introduce el régimen fiduciario bajo la forma de la “eficacia pragmática” del discurso.

En resumen, cuando dos secuencias concurrentes se enlazan, encontramos toda una dimensión de la historia, de las ideas lingüísticas y de las filosofías del lenguaje:

• El lenguaje es, sin lugar a dudas, la referencia de las cosas vistas, pero puede también actuar y transformar de forma visible nuestras relaciones con los demás: es la conversión “pragmática”; el paso de una teoría de la referencia a una teoría de la “eficiencia”.

• La eficacia del discurso depende, sin lugar a dudas, de la confianza que acordamos al que lo pronuncia, pero puede también mostrar y simular nuestra aprehensión sensible del mundo natural: es la conversión retórica, el paso de una teoría de la intersubjetividad a una teoría de la simulación semiótica y pasional.

ROBERTO FLORES

Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, México.

La aspectualidad entre lingüística y semiótica
INTRODUCCIÓN

La integración de secuencias de acciones en relatos ha dado lugar a tratamientos divergentes en distintas ciencias del lenguaje, como son, entre otras, la lingüística, la pragmática o la semiótica. Por un lado tenemos modelos de análisis que privilegian el reconocimiento de marcadores de cohesión en el discurso, como pueden ser los conectores; por el otro, modelos que introducen un componente argumentativo que asigna una organización discursiva a las frases y modelos que postulan la existencia de estructuras narrativas independientes del nivel de frase. Dichos modelos divergen unos de otros, no sólo en términos del modelo de análisis que proponen, sino incluso con respecto al tipo de dato sobre el cual trabajan.

En consecuencia, intentar un acercamiento entre algunas de estas disciplinas no sólo supone una confrontación de dichas teorías en el ámbito conceptual, sino que también exige cuestionar el tipo de unidades del lenguaje que privilegian. Es así como, a partir de una noción básica preteórica de progresión o secuencialidad narrativa, es posible examinar tanto el modo en que la lingüística abordaría el encadenamiento de frases en el discurso, así como la manera en que las estructuras narrativas propuestas por la semiótica se reflejarían en el nivel de frase. Este doble acercamiento permitiría el establecimiento de algunos problemas comunes a ambas disciplinas, entre ellos el que aquí será abordado se refiere al reconocimiento de formas de progresión narrativa a partir de la categoría del aspecto.

En este trabajo se abordarán sucesivamente: algunas características generales que debe tener una gramática narrativa para abordar la categoría del aspecto; el modo en que distintos sucesos se articulan para constituir relatos; y, algunas formas elementales de organización narrativa propuestas a partir de distinciones aspectuales. A través de ejemplos concretos, examinaré el concepto de esquema narrativo, para sustituir su análisis semiótico tradicional en términos de presuposición sintagmática, por un análisis en términos de composicionalidad, más cercano a los análisis de la lingüística cognitiva. Este cambio de enfoque permite tender puentes entre las unidades semióticas de análisis, las secuencias narrativas, y las frases, que son unidades de análisis de la lingüística.

EL PERFIL RETÓRICO DE LAS GRAMÁTICAS NARRATIVAS

Desde la perspectiva semiótica, el problema a plantear sería si, al dividir un relato en secuencias narrativas cada vez de menor dimensión, al final de este proceso nos encontramos con una unidad lingüística, sea ésta una cláusula o una oración, susceptible de ser analizada por una semántica de frase. Consideremos el siguiente ejemplo:

(1) Hubo una vez un hombre / que tenía diez hijos, / pero era tanta su pobreza, / que para mantenerlos veíase obligado a trabajar sin descanso durante el día y la noche...

Se trata de la secuencia inicial de un cuento, en la cual se plantea lo que en los análisis de Propp corresponde a la función de carencia. Idealmente, un análisis que conjugara lingüística y semiótica debería mostrar el modo en que la estructura semántica de cada una de las cláusulas conduce sin ambigüedad a identificar el contenido de esta unidad narrativa. Pero, podemos decir, que el tránsito del análisis de la secuencia a su estructura de frase todavía requiere ser aclarado.

Evidentemente, desde la perspectiva lingüística, el problema se enuncia en sentido inverso: ¿mediante un proceso de agrupación de cláusulas u oraciones, será posible obtener unidades analizables en términos de la semiótica? Algunos autores (Halliday y Hasan) han optado por dar una respuesta afirmativa a esta pregunta, sobre todo al analizar la cohesión en el relato apoyándose fundamentalmente en conectores, anáforas y repeticiones. El problema a resolver en el ejemplo citado sería asignar un valor semántico tanto a los relativos (que) como al adversativo (pero) que permitiera el reconocimiento de la función proppiana de carencia. Ahora bien, dado el caso que esto fuera factible aún habría que resolver casos extremos de yuxtaposición, en los que el relato descansa en la enunciación de simples verbos, como en el ejemplo siguiente:

(2) Vine. Ví. Vencí.

Desde la perspectiva de estos autores, la opción en este caso sería remitirse al potencial cohesivo de las relaciones de sucesividad en el tiempo. Sin embargo, esto no permitiría postular, como lo haría el semiotista, a partir de los tres sucesos enunciados, una estructura narrativa englobante, no enunciada explícitamente, que corresponde a lo que podría ser llamado un macrosuceso de /conquista/, susceptible de ser integrado en alguna de las fases del esquema proppiano o en algún otro esquema narrativo canónico.

Bajo cualquiera de los dos puntos de vista señalados, es claro que, si la agrupación de oraciones o de cláusulas y la descomposición de relatos fueran puntos de vista complementarios, hace largo rato que se hubiera logrado la “gran unificación” entre teorías semánticas de frase y teorías narratológicas (entre las que se cuenta la semiótica narrativa). Al no existir una transición clara entre unidades lingüísticas y unidades narrativas, sería lógico suponer que existe un salto cualitativo entre ambos tipos de unidad, que ninguna de las disciplinas en cuestión ha sabido resolver. Dicho de otro modo, tal parece que cada tipo de unidad —frase o secuencia narrativa— es de naturaleza distinta. Pero, como comprenderán, una solución en estos términos es altamente insatisfactoria, no sólo porque exigiría una definición clara y distinta de sus naturalezas diferenciales, sino que también supondría introducir una discontinuidad en la naturaleza misma del lenguaje: en consecuencia, tendríamos que asumir que el lenguaje es por esencia heterogéneo.

Este problema se complica a su vez por el grado distinto de desarrollo de las disciplinas lingüísticas y narratológicas. Cierto es que la retórica constituye un venerable antepasado, del cual las narratologías pueden enorgullecerse; sin embargo, basta contrastar la escasez de modelos narratológicos con la gran diversidad de corrientes de análisis lingüístico, y sus numerosas publicaciones, para constatar esas diferencias de desarrollo. Las mismas pugnas interdisciplinarias se encargan de subrayar esas diferencias: negando unas la validez de la frase como unidad pertinente de análisis semántico e ignorando, las otras, la existencia misma de estructuras narrativas o, al menos, afirmando su carácter relativo impropio para la constitución de gramáticas narrativas y haciendo de la estructura de los relatos un compuesto de efectos sintácticos, semánticos y pragmáticos.

La narratividad como dispositio

Al revisar algunos de los modelos de narración, de conversación oral y de argumentación, que han sido propuestos desde la lingüística, se observa que dichos modelos hacen de las estructuras de los relatos un modelo que responde en mayor o menor medida a las grandes divisiones del antiguo arte retórico: inventio, dispositio y elocutio, en especial a la segunda de ellas, con su organización interna en exordio, narración, confirmación y epílogo. De entre estos cuatro componentes del modelo retórico de la dispositio tenemos que aparentemente únicamente uno de ellos (la narración) da cuenta propiamente del contenido de lo narrado, mientras que los otros tres (exordio, confirmación y epílogo) se inscriben en un orden propiamente argumentativo, orientado hacia el acto de narración. De manera que sólo la narración parece abordar el contenido de los relatos en términos de progresión de acciones o de acontecimientos. Sin embargo, incluso esta delimitación se revela excesiva, como lo señala R. Barthes al afirmar, en su célebre artículo sobre la antigua retórica (p. 216), que “la narración era concebida únicamente desde el punto de vista de la prueba (...) no (era) pues un relato (en el sentido novelesco y hasta cierto punto desinteresado del término), sino una prótasis argumentativa”. En consecuencia, atendiendo a lo señalado por este autor, podemos asumir que tampoco el componente narrativo de la retórica clásica responde a una narratividad entendida en términos de contenido accional o, para emplear un galicismo, una narratividad “evenemencial”. Algunas propuestas hasta cierto punto comparables, en las que la estructura de la narración es propiamente retórica o argumentativa y no accional, las encontramos en modelos narratológicos actuales, de los cuales me limitaré a mencionar uno de ellos.

Es así como reconozco, en las propuestas de Labov (1972), muy extendidas como modelo de análisis, un ejemplo de lo que aquí llamo un modelo retórico de la progresión o secuencialidad narrativas. Este modelo reconoce la existencia de siete componentes de los relatos que responden a las preguntas siguientes:

– resumen: ¿de qué trata?

– orientación: ¿quién, qué, cuándo y dónde?

– desarrollo de la acción: ¿entonces, qué sucedió?

– clímax narrativo: ¿cuál fue el punto culminante?

– evaluación: ¿qué sentido tiene esta historia?

– resolución: ¿qué sucedió finalmente?

– coda: ¿qué relación tiene con el presente contexto?

Veamos algunas características de este modelo, para demostrar su carácter retórico. Partiré de una cita del mismo Labov (p. 369): “Un relato completo comienza con una orientación, prosigue con el desarrollo de la acción, se suspende en el foco de evaluación antes de la resolución, concluye con la resolución y, con la coda, regresa al oyente al tiempo presente”. Aunque es preciso reconocer que efectivamente existen algunos elementos de secuencialidad en este modelo, como son los que ligan el desarrollo de la acción al clímax y, en menor grado, a la resolución, podemos decir, contra lo que esta cita afirma, que no se trata de un modelo lineal, puesto que los componentes no se suceden unos a otros a lo largo de los relatos: en especial, la evaluación puede encontrarse en momentos muy distintos de los relatos. La no linealidad aparece de modo más claro en este componente puesto que es aquél mediante el cual el enunciador indica lo que es el caso en el relato (what is the point) y el cual “se concentra en la sección de evaluación, pero que también se le encuentra bajo formas variadas a lo largo del relato” (Labov: 371).

En segundo lugar, es un modelo que conjuga tanto contenidos semánticos ligados al acto de enunciación como contenidos ligados al enunciado (que aquí llamo contenido evenemencial). En algunos casos la estructura del relato se orienta claramente hacia la instancia de enunciación (resumen y coda) y en otros con respecto al relato (orientación, desarrollo de la acción, clímax y resolución). Dentro de esta bipartición el papel de la evaluación resulta problemático, lo que nos lleva a una tercera característica.

En el modelo la progresión narrativa se produce como efecto de la función evaluadora del enunciador, que es “lo que transforma una simple crónica de sucesos en un relato” (Fleischmann, 1990: 144) y la que señala “hacia dónde va el narrador” (Labov: 366). Se trata de lo que en semiótica narrativa es identificado como embragues enunciativos, es decir, el modo como la instancia de enunciación se hace presente en el enunciado, la enunciación enunciada. Las evaluaciones las encontramos tanto en intervenciones explícitas de un narrador, sea éste intra o extradiegético, pero también en todo elemento que califique el contenido de los sucesos, por lo que podría decirse, por ejemplo, que cualquier adjetivo puede ser manifestación de esta función en la medida en que no sea atribuido a un personaje en especial. Por ejemplo en la frase (3), tomada de un cuento popular, podemos preguntarnos quién califica al asno de “pobre”, en contraste con la frase (4) en donde el calificativo “agradable” de la voz del mismo asno es claramente obra suya:

(3) No pensaba el pobre asno que también lejos de su primer dueño había de correr riesgos.

(4) Tal vez después de escuchar mi agradable voz de bajo se mostrarán conformes conmigo.

En última instancia, la elección misma de un léxico sería muestra de evaluación, con lo cual este componente se vuelve análogo a una función ideológica del lenguaje.

Como última característica que destacaremos aquí mencionaré que, dado el papel que juega la evaluación en el relato, es curioso que el factor de dinamicidad del relato no sea asignado al contenido del enunciado, a través, por ejemplo, de la dinamicidad inherente al significado de verbos de acción —como sucede en el ejemplo (2)—, sino que es atribuido a un componente que forma parte de la enunciación. El modelo exacerba el papel que juegan los modos de manifestación de la enunciación enunciada, en detrimento del desarrollo narrativo. En términos jakobsonianos, subordina la función referencial a la función emotiva, la que se vuelve la medida del relato: es decir subordina la dinamicidad propia del lenguaje a la dinamicidad que el enunciador introduce a través del lenguaje; con lo que la progresión narrativa se torna en un efecto del acto de narración y no de lo narrado.

Es cierto que la narración de los acontecimientos —en términos de Labov, la función referencial—, se concentra en el desarrollo de la acción y en el clímax, pero esta narración es desligada de la secuencialidad propiamente dicha, es decir del factor que permite la dinámica narrativa, la cual, como ya dije, está a cargo de la evaluación. La función referencial se ve así vaciada de contenido para reducirlo a una información escueta, una “mera crónica de sucesos” —como dice S. Fleischmann— incapaz de hacer del relato un relato (volveremos sobre este punto en el apartado sobre los tipos de secuencialidad narrativa).

En consecuencia, tal parece que el enunciado juega únicamente el papel de medio por el cual se establece la comunicación. Con ello, el relato así concebido pierde su autonomía semántica, puesto que la dinamicidad narrativa no descansa en la naturaleza de los acontecimientos, sino en la intervención de la instancia de enunciación. Dicho en otros términos y con respecto a los objetivos de la discusión aquí planteada, que busca reconocer las relaciones entre micro y macroestructuras narrativas (frases y secuencias narrativas), se trata de un modelo fundamentalmente heterogéneo que pone énfasis en lo que Barthes llamaba el contenido argumentativo del componente retórico de la narración.

Como consecuencia de su contenido argumentativo, este modelo de narratividad parece no enfrentar grandes dificultades en correlacionar el nivel de las estructuras narrativas con el nivel de frase. En este último nivel la narratividad laboviana se refleja principalmente a través de la subordinación, recursividad, encastramiento y coordinación de cláusulas “narrativas”. Sin embargo, al menos dos problemas pueden ser planteados a esta teoría: por una parte, la organización de las cláusulas entre ellas es considerada a priori como una imagen icónica de la progresión narrativa del relato; por la otra, la segmentación de un relato en secuencias y subsecuencias es considerada como conducente ineluctablemente a la organización de las cláusulas. En cuanto a la primera, es posible considerar que esto sucede así únicamente en relatos lineales, en los cuales la organización temporal de las acciones y los acontecimientos se ve reflejada en la secuencialidad de las frases que componen el relato: por poco que se complique la narración, pensemos en el Nouveau Roman o en los constantes juegos temporales en Rulfo o en Proust, la asignación de una secuencialidad narrativa a partir del encadenamiento de cláusulas se vuelve altamente problemática. En cuanto a la segunda, la existencia de secuencias truncas (la elipsis) cuestiona severamente la posibilidad de pasar del nivel de las estructuras narrativas al nivel de las cláusulas, como comenta Greimas: “Pienso en los Dos amigos de Maupassant. El cuento termina antes de que se agoten las estructuras narrativas. Existe una especie de enlace con lo no dicho del texto: es ahí de donde nace la posibilidad de diferentes interpretaciones” (1976: 326). Por lo tanto, es necesario asumir que, si bien la teoría de Labov puede dar cuenta de relatos con una estructura temporal secuencializada, encuentra dificultades para describir relatos un tanto más complejos (véanse al respecto las críticas a los esquemas narrativos de la psicología cognoscitiva señaladas por L. Diguer, 1993: 110).

Es posible postular modelos más o menos esquemáticos1; en grado extremo nada impide vaciar todavía más las estructuras narrativas de su componente evenemencial y reducirlas a secuencias tales como inicio de un proceso (argumentativo, accional o evenemencial), desarrollo del proceso y fin o cierre de la secuencia una vez alcanzado el resultado. Con respecto a estas propuestas, no podemos sino hacer nuestro el comentario de Brown y Yule (1983: 120): “El analista del discurso encontrará que no le dice mucho una investigación que concluye con que un ‘relato’ se compone de un escenario más un tema, más una intriga, más una resolución”.

La narratividad como inventio

Independientemente de que estos modelos tienen, ciertamente, su propia operatividad y utilidad para los fines que los análisis plantean (por ejemplo, analizar la estructura argumentativa en análisis conversacional2), es posible contrastarlos con la articulación narrativa canónica propuesta por Greimas originalmente para los relatos en general, pero ulteriormente restringida para los relatos de búsqueda, la cual reconoce un componente inicial de reconocimiento de la carencia de un bien, la prueba decisiva que consiste en la superación de esa carencia y la etapa final de sanción mediante la cual se reconoce que la carencia ha sido subsanada. Como se puede ver, los componentes narrativos en esta otra teoría son más densos semánticamente: es así como podemos encontrar relatos de pérdida o adquisición de valores, relatos organizados alrededor de la figura del don o de la prueba, relatos de permanencia o de transformación de estados, relatos de manipulación, de sanción o de acción. Actualmente, se considera que todos estos tipos de relato configuran modelos canónicos de narratividad susceptibles de ser encontrados en áreas culturales muy diversas.

Sin embargo, una crítica a este modelo, señalada por Rastier (1989: 69), reside justamente en su pretensión a la transculturalidad, cuando afirma: “su ambición teórica se ve obstaculizada por su debilidad descriptiva: impedida por su universalismo de discernir la especificidad de los textos, la semiótica narrativa proyecta sobre todos ellos una misma rejilla a priori, y se congratula de encontrarla por todas partes”. Esta crítica ha sido asumida en los más recientes trabajos de los semiotistas y los ha llevado a restringir la validez universal de los esquemas narrativos de la semiótica de los años sesenta y setenta en provecho de una mayor atención puesta en la variabilidad de los relatos (J. Fontanille, 1993-1994: 145): “La semiótica narrativa, elaborada a partir de los relatos míticos y folklóricos, particularmente los estudiados por C. Lévi-Strauss y V. Propp, descansa, en lo esencial, sobre el esquema de la búsqueda...”. Otros esquemas narrativos pueden ser considerados, y en particular aquéllos que dan cuenta de la fobia, en el seno de un universo de valores inestables o en descomposición. La pregunta que se plantean, podría resumirse rápidamente así: ¿el absurdo tiene un sentido y produce una forma reconocible en el discurso? Y, asimismo, la pregunta corolaria: ¿la huida está organizada, como la búsqueda, en un esquema canónico? Al plantear interrogantes como éstas, la semiótica abre una nueva orientación en los estudios narratológicos de capital importancia, puesto que conducen a un examen de la variabilidad cultural y tipológica de los relatos. Tal variabilidad multiplica y relativiza el valor de los esquemas narrativos con los que opera, pero, al mismo tiempo, refuerza el análisis en términos del contenido evenemencial de los relatos: es decir, justifica con mayor énfasis un análisis centrado, más que en una estructura retórica de la dispositio3, en una tipología de acciones del orden de la inventio, es decir, en una tópica.

Las propuestas de Greimas suponen que los contenidos evenemenciales no son expresados forzosamente mediante cláusulas, sino que algunos de ellos son expresados léxicamente. Por ejemplo, el contenido accional en una frase puede ser expresado mediante un sustantivo y no necesariamente un verbo: utilizando un ejemplo muchas veces examinado por Greimas, es posible decir que al identificar a un personaje como un pescador, el relato asume por ese hecho desarrollos narrativos alrededor de la acción de pescar, sin que forzosamente encontremos en un relato frases explícitas que se refieran a esa actividad mediante el verbo conjugado. Esto quiere decir, que es posible postular una unidad esquemática subyacente a ambos tipos de manifestación —nominal o verbal—, con su correspondiente estructura actancial.


Cabe señalar que, por el hecho de reconocer estas otras formas de manifestación lingüística de los contenidos narrativos, para Greimas basta con un enunciado para que pueda, en casos extremos existir un relato, lo cual contrasta con otras propuestas (Labov) que reconocen la narratividad únicamente a partir de la copresencia de al menos dos cláusulas.

En el ejemplo (5) vemos que la elasticidad del discurso se erige en un fenómeno semántico que la semiótica considera de vital importancia para el análisis de la narratividad, un fenómeno que es sistemáticamente ignorado por los modelos argumentativos del relato. Podemos reconocer, en el interés por la elasticidad discursiva, las raíces lexicográficas del modelo greimasiano, su origen en el análisis componencial tal como es planteado en Semántica estructural (1966), que establece un vínculo entre el análisis microsemántico de los lexemas (manifestaciones condensadas) y la organización macrosemántica de los relatos en unidades narrativas (manifestaciones expandidas). De manera que es necesario reconocer que la manifestación lingüística de nivel de frase no constituye un criterio que permite juzgar el valor narrativo de una cláusula. Pero al reconocer lo anterior no es posible dejar de señalar una limitación inherente al modelo greimasiano: su independencia con respecto a la lingüística.

LA INTEGRACIÓN DE SUCESOS EN ESQUEMAS NARRATIVOS

¿Cómo resolver el tránsito entre las macrounidades del relato y su organización frástica? Atendiendo a todo lo expresado anteriormente, es posible plantear el dilema en los siguientes términos: si el tránsito privilegiado en semiótica narrativa postula fundamentalmente como método de análisis la descomposición de los relatos mediante procesos de demarcación y segmentación (Zilberberg, 1994-95: 162 y Flores: 1991), esto equivale a postular la estructura global de los relatos como una invariante, cuyas unidades constitutivas, dada la elasticidad del discurso, son consideradas variables; es decir, las dimensiones de las partes no se encuentran determinadas a priori, ni a fortiori se encuentran restringidas a un tipo de unidad lingüística. Por lo tanto se requiere de un procedimiento inverso que permita el tránsito de las partes variables al todo invariante.

Como Zilberberg señala, el procedimiento inverso, el paso de las partes al todo que permite la agrupación de componentes mínimos para obtener secuencias de relato es problemático en semiótica. La razón de ello la encuentra justamente en la ausencia de un nivel y de un procedimiento de análisis que trabajen las unidades intermedias: en términos de este autor, la semiótica trabaja lexicográficamente las más pequeñas magnitudes (semas o figuras en sentido hjelmsleviano) y narrativamente las magnitudes más grandes (secuencias), pero encuentra dificultad en abordar las magnitudes intermedias en donde es posible encontrar las unidades frásticas del análisis lingüístico. Dicho de otro modo, el problema reside en asignar un lugar dentro de la semiótica al análisis de este tipo de unidades medianas en el cual sea posible examinar el proceso de composición4 de estas unidades de manera que se integren en totalidades, como un complemento al proceso de descomposición de las totalidades en partes.

Podemos plantear el proceso de composición reconociendo unidades narrativas esquemáticas a partir de secuencias de enunciados de acción. Volviendo a tomar el ejemplo (2), los tres verbos que componen una unidad narrativa se integran de modo tal que semánticamente dan lugar al esquema narrativo de la conquista, esquema que no es explícitamente manifestado y que por lo tanto indicamos encerrado entre barras y ligado a lo manifestado mediante línea punteada:


En el caso de enunciados cuyo contenido corresponda a sucesos o acciones representados por un enunciado simple, es decir que, en el relato, no aparecen descompuestos en varios enunciados, el proceso de composición equivale a una resemantización del enunciado como producto del contexto. Consideremos las dos frases siguientes, en donde la adjunción de un complemento en una de ellas conlleva un cambio de unidad narrativa subyacente:

(7) a. Juan pesca truchas en el río.

b. Juan pesca truchas en el refrigerador.

En estas frases podemos reconocer respectivamente la presencia de ya sea una unidad narrativa subyacente del tipo /actividad deportiva/, ya sea una unidad del tipo /obtención de alimentos/. De hecho la primera frase es vaga con respecto a esta alternativa, aunque no deja de contrastar con la segunda, en la que difícilmente podemos sostener la idea de que el refrigerador de Juan es el campo de sus proezas deportivas. El reconocimiento de este tipo de fenómenos semánticos no es nuevo, sin embargo no deja de tener importantes consecuencias para la teoría semiótica de la narratividad, en la medida en que exige una revisión de algunos postulados básicos del análisis, en especial el del análisis por presuposición.

Para efectuar esta revisión, es posible partir de una serie de verbos como salir > tardar > llegar, susceptible de ser analizada como componentes de un proceso global que puede ser denominado específicamente de varias maneras, ya sea como una migración, un viaje o esquemáticamente como un desplazamiento. En términos del análisis por presuposición, la existencia del esquema narrativo /desplazamiento/ se postula a partir de la identificación del último componente, la llegada, que permite interpretar a los dos anteriores: si alguien llega a un lugar quiere decir que salió de algún sitio y que tardó en llegar a su destino. Sin embargo, al aplicar como principio de análisis la fórmula Post hoc, ergo propter hoc, característica del análisis presuposicional, se olvida el proceso subyacente de lectura, el cual sólo aparece con un análisis composicional. Es decir, si tomamos únicamente el verbo salir, éste es susceptible de ser interpretado composicionalmente como un incoativo (es decir, como ir de un lugar a otro) tanto como un terminativo pp (dejar un sitio), puesto que en otras circunstancias tendríamos que el significado del verbo correspondería al fin de un estado de permanencia en un lugar: sólo con la adjunción de un contexto el verbo se vuelve interpretable. Otro tanto sucede con el ejemplo (2), en donde el componente Vencí, con el que se cierra la serie, es aquél que permite la identificación del esquema de /conquista/. En consecuencia, en ambos casos, la composicionalidad es la que permite precisar el o los significados actualizados por el contexto dentro de un conjunto de significados posibles: a este procedimiento, Zilberberg lo denomina selección.

Mediante la selección se analiza la integración del contexto inmediato de una frase para permitir su interpretación, lo que equivale a elegir o precisar el o los significados pertinentes en contexto dentro del conjunto de significados posibles. Este procedimiento de lectura se basa en la existencia de una estructura composicional de los enunciados y de los relatos. Sin embargo, a diferencia del procedimiento contrario, el de presuposición, que exige el reconocimiento de las fronteras externas de las unidades semánticas — llegar o vencer en los ejemplos mencionados— su alcance sólo es local y no global. Ahí reside la revisión a la que queremos someter el análisis semiótico: en la complementación del análisis tradicional por presuposición mediante un análisis composicional que permite la selección de interpretaciones.

Este análisis complementario permite, por otra parte, resolver un problema planteado antaño en los análisis semánticos, el de la descomposición ilimitada de los sucesos. Por ejemplo, analizado en términos de descomposición un proceso como cenar podrá ser representado discursivamente mediante componentes tales como sentarse a la mesa > llevar los alimentos a la boca > masticar > deglutir, etc. Sin embargo, como caso general, se plantea el problema de la descomposicionalidad ilimitada (butchering): dado que los componentes pueden ser a su vez segmentados, ¿dónde detener el proceso de descomposición? ¿Existe la posibilidad de una descomposición ilimitada? Intuitivamente no, pero al responder así se obliga a postular apriorísticamente la existencia de acciones atómicas, es decir acciones indivisibles por ser simples y básicas (cf. Danto, Basic actions; Fillmore, Frame Semantics; la noción de base en Langacker), lo cual no deja de presentar dificultades análogas al reconocimiento de primitivos semánticos (¿qué tan primitivo es un primitivo?). En contraste, el análisis complementario, por selección y composición, permite evadir este dilema, puesto que parte de la ambigüedad y vaguedad inherente a los lexemas, lo que no postula una analizabilidad ilimitada.

EL ASPECTO EN LA PROGRESIÓN NARRATIVA

Atendiendo a la composicionalidad de las cláusulas que conforman una progresión narrativa, es posible distinguir ahora algunos de los modos de manifestación de las secuencias de acontecimientos en los relatos. Una distinción de carácter aspectual permitirá reconocer dos tipos fundamentales de secuencialidad e indicar algunas vías para su análisis. Para ello partiré de un esquema elemental de progresión narrativa.

La fórmula más esquemática para representar las cadenas de acontecimientos es la siguiente:


Con ella se indica que un acontecimiento A puede tener como antecedente un acontecimiento anterior A-1 y como consecuente un acontecimiento posterior A+1. El hecho de que se encuentren entre paréntesis indica que estos antecedentes y consecuentes son opcionales y la flecha no representa un orden temporal sino lógico, del tipo antecedente necesario (A-1) de una consecuencia (A). La fórmula general indica lo que podría constituir una molécula o un eslabón elemental en una cadena de acontecimientos constitutivos de una progresión narrativa.

La fórmula original genera dos tipos básicos de secuencialidad narrativa: la secuencialidad abierta y la secuencialidad cerrada, que se distinguen de acuerdo a si existe un número de acontecimientos finito o potencialmente infinito (distinción análoga a la de Dahl [1981: 84] entre procesos con puntos potencialmente terminales y procesos con puntos actualmente terminales):

a. ]... A ...[

b. [... A ...]

El encadenamiento de procesos autónomos es típica del discurso historiográfico que S. Fleischman llama “una mera crónica” mientras que el encadenamiento de procesos dependientes es más típica del discurso llamado “historia” (cf. Danto).

Un ejemplo de crónica en lengua náhuatl:

(8) A:catl, 4 tecpatl, nica:n tla:lo:li:n cencâ tòtocac moch tzàtzayan in tla:lli. Icuac no quimpe:uhquê Na:huallantlacâ. 5 calli nica:n poliuhquê Xo:chitlantla:câ, i:hua:n Amoxtlantla:câ. 6 to:chtli, nica:n poliuhquê Chi:llantla:câ. 7 a:catl i:pan quipe: uhquê Te:qua:ntepectla:câ. 8 tecpatl nica:n huetzico in A: cue: cuexatl nica:n pachiuh Me:xìco.

[Caña, 4 pedernal, aquí tembló la tierra, mucho hizo estragos, toda la tierra se rompió.

Fue también cuando vencieron a los de Nahuallan. 5 casa, aquí perdieron la gente de Xochitlan y la de Amoxtlan. 6 conejo, aquí perdieron los de Chillan. 7 caña, en él vencieron a los de Tehuantepec. 8 pedernal, aquí vino a caer Acuecuexatl, aquí se asentó/gobernó Mexico.]

Un ejemplo de historia:

(9) Auh in o:mpa hua:llàquê in Mexìcâ in i:to:ca:yòca:n Aztla:n ca a:nepantlâ, in o:mpa hua:le:huaquê ca chico: ncal po:ltin. In Aztla:n hue:huemexìcâ in a:xca:n quito:ca:yòtiâ yancui:c Mexìco. In o:mpa tlàtoa:ni catca i:to:ca Mote:uczo:ma: inin tlàtoa: ni oncatcâ o:mentin i:pilhua: Auh in ìcua:c ye miquiz niman ye ic quintlàtòca:tla:li:ti:uh in o:mote:ne:uhquê i: pilhua:n, in te:tia:chca:uh àmo huel momati in i:to:ca: yèhua:tl i:ntlàtòcauh yez in Cuexte:câ; auh in te:te:icca:uh in Mexìcatl zan mìtoa Mexî i:to:ca: Cha:lchiuhtlato:nac yèhua:tl ye quimmaca in Mexìtin i:ntlàtòca yez in o:mote:ne:uh in Cha:lchiuhtlato:nac.

[Desde allá vinieron los mexicanos, del lugar cuyo nombre era Aztlan, que está en medio del agua. Allá salieron (se levantaron) siete calpullis, del Aztlan de los antiguos mexicanos, ahora se le llama Nuevo México. El tlatoani de allá su nombre fue Moctezuma. Este tlatoani tenía dos hijos, y cuando ya iba a morir, luego he aquí que ya los pone como señores a los nombrados hijos suyos: el hermano mayor, no se sabe bien su nombre, será señor de los cuextecas, y el hermano menor, el mexicano, sólo se dice Mexi, de nombre Chalchiutlatonac, a él ya les da a los mexicanos, su señor será el que mencionado Chalchiutlatonac].

Con respecto a estos ejemplos, cabe señalar, en primer lugar, que en una secuencialidad abierta, los acontecimientos constitutivos son autónomos mientras que en el cerrado son dependientes. Dependencia y autonomía debe ser entendidas de la siguiente manera. Considérense los siguientes ejemplos tomados de Langacker:

(10) a. frasco

b. tapa (del frasco)

c. cercano

d. tío

Excepto para el primero (a), el significado de cada uno de los lexemas supone la existencia de dos términos relacionados: relación entre una tapa y aquello que tapa (b); entre dos entidades en relación de proximidad (c); entre dos individuos unidos por una relación de parentesco (d). De igual manera, léxicamente, los verbos con los que se expresan los acontecimientos históricos pueden manifestar la existencia de dos términos relacionados: así por ejemplo, salir, tardar y llegar son verbos que expresan procesos dependientes de un proceso más vasto como es un desplazamiento, mientras que comer es un verbo que expresa un proceso autónomo (su existencia no depende de ningún otro proceso).

Ambos tipos de discurso también contrastan por la forma en que se da el encadenamiento: cuando los procesos son autónomos la forma es composicional y la suma de los procesos constitutivos equivale a la unidad que ellos constituyen; mientras que, cuando los procesos son dependientes, la forma es parcialmente composicional y el proceso resultante siempre será más que la suma de las partes. En términos de Langacker (1987: capítulo 12): la forma composicional es un colapso entre el proceso resultante y la suma de las partes; mientras que en la forma parcialmente composicional no hay tal colapso. La composicionalidad parcial constituye una limitante para la capacidad de predecir el significado global de una secuencia narrativa o de todo un relato a partir de los procesos que lo constituyen. Esta limitación de alguna manera se ve acompañada por un efecto de clausura: el todo que constituyen es un todo cerrado, finito, delimitado; mientras que el todo formado por procesos autónomos es un todo abierto, potencialmente infinito. De ahí que una historia posea claramente una estructura narrativa mientras que las crónicas no la poseen (por lo menos no poseen una del mismo tipo).

La distinción entre secuencialidades abiertas y cerradas permite el reconocimiento de unidades narrativas discretas y no-discretas. A partir de estas unidades es posible reconocer los tipos de sucesos (event types) reconocidos, entre otros, por Z. Vendler, A. Kenny y Mourelatos y que aquí se consideran como efectos de sentido producidos por el discurso y no por el léxico o por la frase.

Tres contrastes semánticos permiten el análisis aspectual de la progresión narrativa, análisis efectuable a partir de la noción de tipos de sucesos: estados, actividades, ejecuciones y logros (states, activities, accomplishments, achievements):

a. transformación: la existencia o no de un cambio en el estado de cosas;

b. intensidad/extensidad: el carácter gradual o abrupto de dicha transformación;

c. discreción: la existencia de fronteras externas (demarcación).

Como primera parte de un análisis, estos tres contrastes permiten el reconocimiento del tipo de eventos y, una vez identificado, da pie a la segunda parte que consiste en examinar los procesos de resemantización a que dan lugar las interacciones entre los distintos eventos al interior de un relato. El examen de la resemantización como producto de la interacción se efectúa a nivel de los contrastes involucrados y mediante un análisis composicional (vs. presuposicional). Una combinatoria de estos contrastes permite obtener los distintos tipos de sucesos:


Las imposibilidades son el resultado de incompatibilidades a nivel de los rasgos semánticos:

* II transformación vs. no discreción

* VI intensidad vs. no discreción

* VII intensidad vs. no transformación

En cuanto al tipo VIII, marcado con signo de interrogación: pudiera corresponder al semelfactivo (toser, brincar) reconocido por C. Smith (1991: 55-58) en su modelo y caracterizado por ser atélico, es decir, análogo a las actividades, las cuales no implican una transformación. Dicho postulado me parece cuestionable, por lo que no lo incluyo en la presente clasificación.

Parece claro que si se quiere establecer una relación de analogía entre los tipos de sucesos y la estructura de los relatos, las llamadas ejecuciones son el candidato viable para establecer esta relación: así como una ejecución tiene sus fronteras delimitadas, en ella se opera un cambio del estado de cosas y esa transformación se realiza en extenso. El relato posee como rasgos definitorios el ser extenso, discreto y el contener una transformación, características que derivo del análisis de mitos de Lévi-Strauss, de la morfología del cuento ruso de V. Propp y del esquema canónico de la narratividad de A.J. Greimas. Lo anterior no quiere decir que los demás tipos de suceso no aparezcan en los relatos, sino que ellos se integran como partes constitutivas en una forma básica análoga a las ejecuciones: dicho de otro modo, los relatos poseen una estructura interna, lo que permite reconocer la presencia de un cuarto contraste, la homogeneidad o heterogeneidad constitutiva del suceso (segmentación), que también es propia de las ejecuciones. Al ser heterogéneas, las ejecuciones poseen una estructura interna que permite la presencia, en su interior, de los otros tipos de sucesos. Dentro del relato, esta característica es puesta en relieve mediante el procedimiento de segmentación, con el cual se reconocen las secuencias, que son las unidades narrativas. Por otra parte, como algunos autores han señalado (Dahl, 1981), las ejecuciones pueden ser tanto perfectivas como imperfectivas, con lo cual podemos establecer una segunda distinción básica: la que se establece entre relatos imperfectivos y perfectivos.

Relatos imperfectivos

Se trata de una secuencialidad aditiva entre acontecimientos autónomos, es decir, de una forma de narratividad, la sucesividad, en que cada proceso sigue a otro y en cierta manera se “substituye” a él; en ella, los procesos son independientes unos de otros y corresponde al observador la tarea de agruparlos cardinalmente (vs. agrupación ordinal) en una totalidad narrativa por composición total como si fueran bloques; el acontecimiento resultante es el producto de la yuxtaposición paratáctica de procesos que, en grados extremos —por ejemplo en las crónicas o en las cronologías— no comparten otras características más que las de aparecer en el mismo contexto y de ser sustituibles unos por otros (no hay traslapes): así por ejemplo, el relato histórico típico está conformado por verbos de acción en pretérito perfecto.

En el ejemplo siguiente, la unidad narrativa de todo el enunciado se encuentra dada por el contenido semántico de los verbos asociado a convenciones culturales: sólo una convención nos sugiere un orden entre el ir al restaurante, ver una película y visitar amigos:

(11) Ayer, FUI al restaurante, VI una película y VISITÉ a algunos amigos.

En cambio en el ejemplo (2) tenemos un caso híbrido: aun cuando el tiempo verbal sugiera una agrupación cardinal y cada verbo sea autónomo con respecto a los demás, el último verbo (vencí) es semánticamente un logro y, por lo tanto, adquiere un valor terminativo que resemantiza a los verbos que le anteceden y los integra en una agrupación cerrada de carácter ordinal.

Aunque algunas reglas del lenguaje, como la elipsis, pueden jugar un papel en la secuencialización —entre venir, ver y vencer se presupone una unidad de tiempo y espacio que el discurso no manifiesta abiertamente más que por el orden de aparición de los verbos— la unidad entre las acciones puede seguir otros criterios, como en el ejemplo siguiente en donde se sigue un orden aparentemente lógico:

(12) Tardaron en llegar más de ochenta años por las grandes pausas y demoras que venía haciendo. Conviene a saber: edificando pueblos, poblando sitios, viendo ser aquellos lugares apacibles y frescos y, también, creyendo ser aquello lo mejor.

Este orden supone que se acepte que el acto de percepción (viendo) siempre antecede al acto de creencia (creyendo) y que el acto de poblar es anterior al de edificar porque el primero se refiere a una ocupación más o menos prolongada del sitio, asentamiento que da inicio con el acto mismo de llegar, mientras que edificar es un acto que supone una llegada anterior (es decir, edificar no da inicio con la llegada). Pero esta lectura no es la única posible: en otra de sus acepciones se puede considerar que poblar es el acto resultativo de llegar y edificar: sólo se puede decir que se ha poblado un sitio si se ha edificado en él, la edificación se convierte en la marca del asentamiento prolongado. Como se ve, aunque aparentemente lógico, el orden de los acontecimientos se encuentra determinado culturalmente y responde a lecturas particulares. De hecho el empleo del gerundio puede ser incluido entre las formas extremas de narratividad, porque, al tratarse de una forma atemporal, corresponde a una forma narrativa definida como una serie acumulativa de estados, como también sucede con series basadas en participios:

(13) Vino comido, bañado, bien vestido...

Nótese que en los cuatro ejemplos anteriores no hay alternancia de tiempos verbales —todos ellos se encuentran en pretérito perfecto, en gerundio o en participio— y que el orden de los dos primeros es básicamente el de su presentación lineal (no así el de los dos últimos), además de que constituyen series abiertas.

Si utilizamos un esquema arbóreo para mostrar la estructura composicional del ejemplo (13), análogo al análisis del ejemplo (2) obtenemos la representación siguiente:


En todos estos ejemplos, si existe un cierre, éste no se da a nivel del encadenamiento de las cláusulas sino a nivel de la existencia de un esquema narrativo que los articule: por ejemplo, o salida de viernes en la noche en (11) conquistar en (2), poblamiento en (12) o visita social en (13). Al respecto, nótese que el esquema narrativo no se asigna de manera rígida, sino que una misma serie de sucesos puede formar parte de distintos esquemas narrativos.

Para la comprensión de la progresión narrativa abierta tenemos dos estrategias de procesamiento, la primera de ellas, correspondiente a una integración de acciones de carácter inductivo, llamada bottom-up; la segunda estrategia, que subraya la existencia eventual de un esquema narrativo que subsume a las acciones componentes, llamada top-down. En el primer caso partimos de un conjunto de acciones que después integramos en una totalidad; en el segundo partimos de la totalidad que descomponemos luego en sus elementos constitutivos. Estas dos estrategias no son equivalentes puesto que, si en el primer caso, tenemos los componentes como dato inicial, la apertura de la serie viene del número ilimitado de sucesos potencialmente constitutivos (una ida al cine, una cena, una visita constituyen una salida de fin de semana); mientras que, en el segundo caso, la apertura viene de la posibilidad de descomponer una totalidad en un número indeterminado de partes (¿De qué se compone una salida de fin de semana? De una ida al cine, de una cena, de una visita, etc.). Es decir, en un caso operamos sobre los sucesos, en el segundo sobre la totalidad del acontecimiento.

En resumen, los procesos agrupados cardinalmente son representados mediante verbos que poseen autonomía semántica, completud de sentido como entidades singulares; cada uno de ellos representa un todo y se agrupan en un conjunto abierto de totalidades integrales, [Ti1 > Ti2 > ... > Tin], (vs. dependencia, contextualidad, incompletud, discursividad, partitividad); es decir, el conjunto no constituye una entidad discreta, por lo menos no en este nivel de análisis—, puesto que la existencia de esquemas narrativos introduce un orden y una clausura pero de otro nivel: por ejemplo, el esquema narrativo proppiano centrado en la sintaxis de la reapropriación y en el combate como elemento climático. Considerado como un agrupamiento de oraciones, un relato constituido así es un relato imperfectivo, es decir, un encadenamiento indefinido y potencialmente infinito de procesos.

Relato perfectivo

Se trata de una secuencialidad acumulativa entre sucesos no-autónomos aunque individualizados, es decir, de una forma de narratividad que aparece en acciones que forman parte de una totalidad pero que preservan su individualidad:

(14) Salieron aquellas naciones indianas de aquellas siete cuevas en el año del Señor de ochocientos y veintes. Tardaron en llegar más de ochenta de años... Y así llegaron a este lugar de la Nueva España el año novecientos y dos.

Esta forma de narratividad supone que la totalidad formada por los acontecimientos relatados es postulada previamente. A diferencia de la narratividad cardinal, en donde los acontecimientos se adicionan unos a otros en una serie virtualmente infinita, en este caso una serie indefinida y potencialmente infinita de acontecimientos no se adicionan sino que la acumulación de sucesos es finita y tiende a agotar la totalidad postulada con anterioridad, por lo cual su composicionalidad es parcial.

En la progresión ordinal tenemos como dato la totalidad de un acontecimiento perfectivo (marcado con los corchetes cerrados). Para dar cuenta de lo que podría corresponder a la descomposición ilimitada de un suceso, es posible incluir, en su interior un campo (scope, marcado con la línea punteada) que da lugar a la realización de otros sucesos; el número de estos sucesos es ilimitado (corchetes abiertos) y potencialmente infinito, la única restricción es que la duración de ellos no rebase el espacio limitado que se les ha asignado dentro de la totalidad del acontecimiento.


Los procesos agrupados de esta manera (i.e. ordinalmente) son procesos que no poseen completud semántica, dependen de una totalidad más vasta, son Unidades partitivas (Up). Un relato constituido no puede ser comprendido adicionando simplemente el significado de los verbos, sino que se requiere tener una caracterización de un acontecimiento global (una historia) previa a la integración de los procesos (Ti = Up1... Upn). Para reconocer si existe o se requiere esta caracterización previa en un relato particular se debe examinar el semantismo de cada verbo para ver si éste depende de un significado más amplio (existe traslape: tardar es una fracción de un proceso más amplio; brincar no, al menos en sus usos más típicos). En última instancia la frontera que separa este tipo de progresión narrativa de la progresión cardinal es tenue, dado que no todas las acepciones de un verbo tendrán el mismo grado de autonomía: por ejemplo, deglutir, es una fase del acto de comer, pero también puede ser un acto autónomo:

(15) Cuando se tiene la garganta irritada cuesta trabajo deglutir.

Lo anterior quiere decir que no hay una previsibilidad absoluta del comportamiento semántico de un verbo, los tipos de sucesos son efectos del discurso y no efectos léxicos, aunque sí existe la posibilidad de distinguir tipos diferenciales de funcionamiento discursivo siguiendo este parámetro. Por lo tanto, para poder efectuar el reconocimiento de tipos de narratividad siguiendo el parámetro del aspecto, es necesario tomar en consideración tanto el semantismo del verbo, en especial el llamado modo de acción, como semantismos del nivel de frase y del discurso.

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JOSÉ LUIZ FIORIN

Universidad de Sâo Paulo, Brasil

Tiempo: De la lengua al discurso

Quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare uelim, nescio.

San Agustín, Confessiones 14:17

Benveniste señala que una cosa es situar un acontecimiento en el tiempo crónico, otra cosa es insertarlo en el tiempo de la lengua. Para él, el tiempo lingüístico es irreductible ya sea con relación al tiempo cronológico o al tiempo físico. Y así, el lingüista francés considera que hay un tiempo específico de la lengua (1974: 73).

¿Qué distingue el tiempo lingüístico de las demás nociones de tiempo? “Lo singular en el tiempo lingüístico es que está orgánicamente vinculado al ejercicio del habla, y que se define y se ordena como función del discurso. Ese tiempo tiene su centro —un centro, al mismo tiempo generador y axial— en el presente de la instancia del habla” (Benveniste, 1974: 73). El discurso instaura un ahora, que es el momento de la enunciación. En contraposición al ahora, se crea un entonces. Y ese ahora es el fundamento de las oposiciones temporales de la lengua.

El tiempo presente indica la contemporaneidad entre el evento narrado y el momento de la narración. Pero, como lo observa Benveniste, ese presente, en tanto que función del discurso, no puede localizarse en ninguna división particular del tiempo crónico, ya que él las admite todas y, al mismo tiempo, no requiere ninguna. Efectivamente, el ahora se reinventa cada vez que el enunciador enuncia, cada acto de habla es un tiempo nuevo, que todavía no se ha vivido (1974: 74).

Si el acto de lenguaje genera el ahora, se desplaza a lo largo del hilo del discurso y sigue siendo siempre ahora. Se convierte, así, en un eje que ordena la categoría topológica concomitancia vs. no concomitancia. El último término, a su vez, se articula en anterioridad vs. posterioridad (Greimas y Courtés, l979: 216). Así, todos los tiempos están intrínsecamente relacionados con la enunciación. El eje ordenador del tiempo es siempre el momento de la enunciación. Como lo advierte Benveniste, ésa parece ser la experiencia fundamental del tiempo que todas las lenguas reflejan a su manera. Ella da forma a los sistemas lingüísticos particulares y notablemente a su organización formal (1974: 75).

Como el ahora es un tiempo en que un yo toma la palabra, la organización lingüística del tiempo, como la de las demás categorías de la enunciación, es, para recobrar una expresión de Bühler (Cf. Parret, 1988: 146), egocéntrica. Pero conviene recordar que el enunciatario acepta como suya la temporalidad del enunciador. El ahora del enunciador es el ahora del enunciatario. La condición de inteligibilidad del habla supone que el enunciatario identifica la temporalidad del enunciador —aunque le sea literalmente extraña e inaccesible— con la temporalidad que transmite mediante su propia habla cuando él, a su vez, se convierte en enunciador. Por eso el tiempo del discurso no se reporta a las divisiones del tiempo crónico y tampoco se cierra en una subjetividad solipsista. La interacción lingüística, que presupone un cambio intersubjetivo, transforma el tiempo lingüístico unipersonal en omnipersonal (Benveniste, 1974: 76-77).

El tiempo lingüístico comporta sus propias divisiones, en su propio orden, independiente del tiempo crónico. Sin embargo, ocurren dos problemas. El primero aparece cuando la recepción no es simultánea a la producción (por ejemplo, una carta). En este caso, un adverbio como hoy deja de ser signo del presente lingüístico en sentido estricto, porque el lector no puede precisar con exactitud cuándo fue pronunciado: no importa qué día del calendario se diga, se podrá aplicar a cualquier día, indistintamente. Así, el medio para que sean inteligibles los marcadores del tiempo lingüístico es el anclaje a una división del tiempo crónico, por ejemplo, la fecha. Lo mismo ocurre con la persona y el espacio, o sea que sólo quienes interactúan lingüísticamente pueden identificar las categorías de la enunciación. De otra forma, deberán anclarse en un punto determinado de un conjunto de coordenadas actanciales o espacio-temporales para que sean inteligibles. En el caso del tiempo, el anclaje se hace en la unión entre tiempo lingüístico y tiempo crónico (Benveniste, 1974: 77). Por otra parte, la temporalidad lingüística está muy bien demarcada en sus tres articulaciones y muy limitada en cada una de ellas. Tomemos el ejemplo del hoy. El tiempo lingüístico centrado en el hoy sólo se puede desplazar hacia atrás y hacia adelante en dos distancias-día: ayer y anteayer y mañana y pasado mañana. Una tercera gradación —trasanteayer o traspasado mañana — es excepcional; ni siquiera la segunda distancia tiene expresión lexical independiente, está constituida de ayer y mañana llevados a un grado más lejano. Quedan ayer y mañana, definidos desde el hoy, como términos originales para marcar las distancias temporales a partir del presente lingüístico. Cuando, por razones pragmáticas, el enunciador debe impulsar la temporalidad más allá de los límites enunciados por ayer y mañana, el discurso sale de su plano propio y utiliza la gradación del tiempo crónico, con la enumeración de las unidades: hace diez días, en dos semanas (Benveniste, 1974: 77-78).

La temporalidad lingüística concierne a las relaciones de sucesión entre estados y transformaciones representados en el texto. Ordena su progresión, muestra cuáles son anteriores y cuáles son posteriores. Ello supone que hay un sistema temporal lingüístico ordenado con relación a marcos temporales instalados en el texto, y también un sistema temporal organizado en función del presente implícito de la enunciación. En ambos casos, los sistemas temporales sirven para organizar la sucesión de estados y transformaciones presentes en el discurso. Benveniste (1976: 261-262) notó la presencia de dos sistemas temporales en la lengua. Los llamó sistema del discurso y sistema de la historia. En efecto, dependiendo del marco temporal al que se refiere, una relación de anterioridad se puede expresar en portugués con el pretérito perfeito (en lo sucesivo, pretérito indefinido), con el préterito mais que perfeito (en lo sucesivo, pretérito pluscuamperfecto) o con el futuro anterior (en lo sucesivo, futuro perfecto).

Se establecieron dos puntos para marcar la singularidad del tiempo lingüístico:

a. su eje ordenador y generador es el momento de la enunciación;

b. está relacionado a la ordenación de los estados y transformaciones narrados en el texto.

Profundicemos un poco más esta cuestión. Existen en la lengua dos sistemas temporales: uno directamente relacionado al momento de la enunciación y otro ordenado en función de momentos de referencia instalados en el enunciado. Así, tenemos un sistema enunciativo en el primer caso y otro, enuncivo, en el segundo. Pero ocurre que el momento de referencia está relacionado al momento de la enunciación, ya que éste es el eje fundamental de ordenación temporal en la lengua. Por eso, al momento de la enunciación aplicamos la categoría topológica concomitancia vs. no concomitancia (anterioridad vs. posterioridad) y obtenemos tres momentos de referencia: concomitante, anterior y posterior al momento de la enunciación.


Si el momento de referencia es concomitante al momento de enunciación, utilizamos el sistema enunciativo, ya que todo estará referido al momento de la enunciación. Vale recordar que ese momento de referencia sólo se explicita en casos excepcionales (como ya lo señalamos, esto sucede cuando la recepción no es simultánea a la producción, como por ejemplo, en una carta).

Si el momento de referencia es anterior o posterior al momento de la enunciación siempre deberá quedar explicitado. Por lo tanto, son dos momentos de referencia los que quedan explícitos: uno pretérito y otro futuro, que ordenan dos subsistemas temporales enuncivos1.

El momento de los acontecimientos (estados y transformaciones) se ordena con relación a los diferentes momentos de referencia. Esa ordenación se hace aplicando la categoría topológica concomitancia vs. no concomitancia (anterioridad vs. posterioridad) a los diferentes momentos de referencia. O sea que son tres los momentos estructuralmente relevantes en la constitución del sistema temporal: momento de la enunciación (ME), momento de la referencia (MR) y momento del acontecimiento (MA).

Así pues, en la lengua tenemos un sistema temporal enunciativo, cuando el momento de referencia es concomitante al momento de la enunciación, y un sistema enuncivo, que contiene dos subsistemas: uno comandado por un momento de referencia pretérito y otro, por un momento de referencia futuro. Por ello, si no tenemos en cuenta la morfología de la lengua, sino las relaciones constitutivas de la categoría del tiempo, tendremos nueve tiempos en el sistema:

a. sistema enunciativo (momento de referencia concomitante al momento de enunciación): concomitancia al momento de referencia (presente); anterior a él (pretérito indefinido 1); posterior a él futuro do presente (en adelante, futuro imperfecto).


b. subsistema enuncivo del pretérito (momento de referencia anterior al momento de enunciación): concomitancia acabada con relación al momento de referencia (pretérito indefinido 2); concomitancia no acabada con relación al momento de referencia pretérito imperfeito (en adelante, pretérito imperfecto); anterioridad a él (pretérito pluscuamperfecto); osterioridad imperfectiva a él (condicional simple); posterioridad perfectiva a él (condicional compuesto).


c. subsistema enuncivo del futuro (momento de referencia posterior al momento de enunciación): concomitancia al momento de referencia (presente del futuro); anterioridad a él (futuro perfecto); posterior a él (futuro del futuro).


Como este cuadro de tiempos verbales no se basa en la morfología, sino en relaciones semánticas, puede parecer algo raro. Por eso se requieren algunas observaciones acerca de él:

1) El presente marca una coincidencia entre el momento del acontecimiento y el momento de referencia presente. En el presente debe ocurrir una triple coincidencia: MA = MR = ME2. Sin embargo hay que precisar en qué consiste dicha coincidencia, ya que es difícil delimitar el momento de la enunciación, porque se escapa sin cesar. En realidad, el presente es una abstracción del espíritu, como lo señala Guillaume, porque se reorganiza con instantes que acaban de pasar y con instantes que todavía van a pasar (1968: 51). Por eso, la porción de tiempo del momento de referencia relacionada al momento de la enunciación puede variar en extensión. Así, la coincidencia antes mencionada no debe entenderse tan sólo como identidad de duración entre dos momentos, sino también como no identidad entre ellos, desde que el momento de referencia, que tiene una duración mayor que el momento de la enunciación, sea en algún punto simultáneo a este último. Podríamos decir que lo que marca la coincidencia, en este caso, es que el momento de referencia engloba el momento de la enunciación. Pero siempre hay una coincidencia entre momento del acontecimiento y momento de referencia.

Se pueden consignar tres relaciones entre momento de referencia y momento de enunciación:

• Presente puntual: cuando existe coincidencia entre MR y ME3. Um pássaro de plumagem azul risca o quadro num rápido vôo diagonal e fere como um dardo a fronde da acácia (VGP, 180). [Un pájaro de plumas azules raya el cuadro en rápido vuelo diagonal y hiere como un dardo la fronda de la acacia]4.

Los verbos en cursiva indican acontecimientos que ocurren en el momento de referencia presente, un ahora, que tiene lugar a las 6 horas del día 8 de junio. Como el momento de referencia es un punto preciso, hay coincidencia entre él y el momento de la enunciación.

• Presente durativo: cuando el momento de referencia es más largo que el momento de enunciación5. La duración es variable, puede ser corta o muy larga. Asimismo, puede ser continua o discontinua. Si es discontinua, tenemos el presente iterativo; si es continua, tenemos el llamado presente de continuidad.

Neste milênio, a humanidade progride muito materialmente.[En este milenio la humanidad progresa mucho en lo material].

El momento de referencia es un milenio y el tiempo del acontecimiento, progresa, coincide con él.

Aos sábados e aos domingos estudantes e professores organizam uma soirée literária e musical. E no jardim espanhol lêem sob as estrelas Racine e Molière (VGP, 205). [Los sábados y los domingos estudiantes y profesores organizan una soirée literaria y musical. Y en el jardín español leen a Racine y a Molière bajo las estrellas].

El momento de referencia (sábados y domingos) se repite. Por consiguiente, lo mismo pasa con el momento del acontecimiento (organizar y leer). Hay, por lo tanto, una coincidencia entre ellos. Sin embargo, el momento de la enunciación no se reitera. Es único, y sólo coincide en determinado punto con el momento de referencia: en el presente de la enunciación ocurre la reiteración enunciada. Tenemos aquí el presente iterativo.

Seguindo um hábito americano, neste campus estudantes e professores começam a confraternizar desde o primeiro dia (VGP, 205). [Siguiendo una costumbre americana, en este campus estudiantes y profesores empiezan a confraternizar desde el primer día].

Aquí, el momento de referencia empieza en un momento dado del tiempo (primer día) y se prolonga hasta el momento de la enunciación. El tiempo del acontecimiento (empiezan a confraternizar) coincide con la continuidad del momento de referencia. Este último coincide, en el momento actual, con el momento de la enunciación. En este caso tenemos un presente de continuidad.

• Presente omnitemporal o gnómico: cuando el momento de referencia es ilimitado y por lo tanto, también lo es el momento del acontecimiento. Es el presente utilizado para enunciar verdades eternas o que pretenden serlo. Por eso es la forma verbal más utilizada por la ciencia, la religión, la sabiduría popular (máximas y proverbios).

O quadrado da hipotenusa é igual à soma do quadrado dos catetos. [El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos].

El momento de referencia es un siempre implícito. Como el momento del estado (es) coincide con él, el presente omnitemporal indica que el cuadrado de la hipotenusa es siempre igual a la suma del cuadrado de los catetos.

Estas diferencias de duración permiten crear oposiciones entre los presentes. Por ejemplo:

Itamar é um homem impulsivo, agora está mais contido. [Itamar es un hombre impulsivo, ahora está más comedido].

O Edmundo joga bem, hoje está jogando mal. [Edmundo juega bien, hoy está jugando mal].

La oposición ser/estar manifiesta una dicotomía entre estados no limitados en el tiempo y estados temporalmente limitados.

En portugués de Brasil por lo general se usa, sobre todo en el lenguaje oral, el presente progresivo (presente indicativo del verbo auxiliar estar + gerundio) para expresar el presente actual.

É o que estou dizendo. [Es lo que estoy diciendo].

Así, una de las formas de oponer el presente actual al presente genérico (de duración u omnitemporal) es valerse del contraste entre las formas del presente simple y del presente progresivo.

Ele não briga, mas agora está brigando. [El no se pelea, pero ahora se está peleando].

2) El pretérito indefinido 1 señala una relación de anterioridad entre el momento del acontecimiento y el momento de referencia presente.

20 de junho (...) Sou muito sensível às relações humanas, e habituei-me a ver pelo menos três vezes por semana estes jovens que aqui tenho diante de mim. Com muitos deles andei a caminhar pelo campus ou almocei nesses cafés boêmios dos arredores da Universidade. Muitas dessas moças foram ao meu escritório e me levaram seus “casos”, alguns dos quais o romancista escutou com delícia e o homem com embaraço (VGP, 197). [20 de junio (...) Soy muy sensible a las relaciones humanas, y me acostumbré a ver por lo menos tres veces a la semana a estos jóvenes que tengo aquí delante de mí. Con muchos de ellos salí a caminar por el campus o almorcé en esos cafés bohemios en los alrededores de la Universidad. Muchas de esas chicas fueron a mi oficina y me contaron sus “líos”, algunos de los cuales el novelista escuchó encantado y el hombre con turbación].

El momento de referencia presente es un ahora que ocurre el 20 de junio. Con relación a él, el momento de los acontecimientos (habituarse, salir a caminar, almorzar, ir, contar, escuchar) es anterior.

Hay que registrar una diferencia existente entre el portugués y otras lenguas romances, por ejemplo, el francés, el italiano y el rumano, por lo que concierne al uso del pretérito perfeito (pretérito indefinido). Benveniste ya había mostrado (1974, 238-245) que en francés, la diferencia central entre el passé composé y el passé simple es que éste es un tiempo de la historia, y aquél es un tiempo del discurso. El passé composé indica una anterioridad con relación al presente; el simple, una concomitancia con relación a un momento de referencia pretérito. En rumano, en la literatura, el pasado simple y el pasado compuesto tienen los mismos valores antes explicados (Gramatica Acadmiei, 1963, I, 239; Avram, 1986, 177). En italiano, a pesar de que dichos tiempos se llaman passato remoto y passato prossimo, terminología inadecuada, ya que se dice due anni fa andammo in Scozia y Dio ha creato il mondo (Hace dos años anduvimos por Escocia y Dios ha creado el mundo) (Serianni, 1989: 471-473), el uso es idéntico al del francés y del rumano. Ahora bien, en portugués el pretérito perfeito simples (pretérito indefinido) conserva toda su vitalidad, porque el pretérito perfeito composto (pretérito perfecto) no tiene propiamente una función temporal, sino aspectual. En efecto, si se dice João tem lido até tarde neste mês6, tem lido (viene leyendo o lee) ubica el inicio del acontecimiento en un momento anterior al momento de referencia presente y al mismo tiempo, indica su continuidad en el momento presente. De esa forma, tiene un valor aspectual durativo (continuativo o iterativo) e inacabado. Por eso, el pretérito indefinido acumula en portugués dos funciones: anterioridad con relación a un momento de referencia presente y concomitancia con relación a un momento de referencia pretérito. Por consiguiente, desde el punto de vista funcional tenemos dos pretéritos indefinidos: el 1, que es un tiempo del sistema enunciativo y el 2, que pertenece al sistema enuncivo. El pasado compuesto sólo conserva su valor de anterioridad en casos muy estrictos, para expresar un hecho que acaba de suceder. Por ejemplo, un orador termina su discurso diciendo Tenho dito (He dicho). En portugués arcaico, los pretéritos indefinido y perfecto tenían valores similares a los de otras lenguas romances.

3) El futuro imperfecto indica posterioridad del momento del acontecimiento con relación a un momento de referencia presente.

Pergunto-lhes agora que pretendem fazer no segundo semestre de 1944. Alguns permanecerão na Universidade para terminar o curso (VGP, 198). [Ahora les pregunto qué pretenden hacer en el segundo semestre de 1944. Algunos permanecerán en la Universidad para terminar el curso].

El momento de referencia ahora es el 20 de junio de 1944. Con relación a él, permanecerán indica posterioridad del momento del acontecimiento.

Se suele decir que existe una oposición pasado/futuro, que permite evocar el futuro a la luz del pasado.

Ela foi muito gentil comigo, serei eternamente grato a ela. [Ella fue muy amable conmigo, le estaré eternamente agradecido].

En este caso, en realidad, no hay una oposición pasado/futuro, sino una oposición presente/futuro. En efecto, el enunciado en pasado implica una enunciación presente del tipo afirmo que ella fue muy amable conmigo. Esa presupuesta enunciación constituye el momento de referencia y es con relación a él que se utiliza el futuro imperfecto.

Este valor temporal del futuro, a menos que la proposición exprese una verdad atemporal, determina que él no puede expresar una modalidad factual, pues su valor de verdad no se puede establecer en el momento de la enunciación. Por consiguiente, la única posibilidad de hacer asertivas en futuro depende de la evaluación que haga el enunciador acerca de la necesidad, la probabilidad, la posibilidad o imposibilidad de que ocurra determinado estado de cosas. El futuro, en portugués, indica el efecto de una causa de cuya verificación depende su ocurrencia.

Se a inflação não for debelada, haverá uma explosão social. [Si no se controla la inflación, habrá una explosión social].

Señala que la oración en que ocurre, es el contenido proposicional de un acto ilocutorio realizado.

Juro que este crime não ficará impune. [Juro que este crimen no quedará impune].

Muestra como contingente el estado de cosas descrito.

Com esse trânsito, chegaremos atrasados. [Con tanto tráfico, llegaremos atrasados].

El futuro indica también que se considera necesaria, imposible o altamente probable la ocurrencia de un acontecimiento dado en un momento posterior al presente, aunque en estos casos el portugués prefiera el presente del indicativo. La no factualidad de los acontecimientos que se expresan en futuro le imprime siempre un valor modal acoplado al valor temporal (Mateus y otros, 1983: 118-123).

Se dice normalmente que el futuro puede ocupar el lugar del imperativo al expresar órdenes. En el decálogo, por ejemplo, tenemos: No matarás. Ese valor deriva del alcance temporal del futuro, no de su alcance modal. Como la orden incide sobre acontecimientos posteriores con relación al momento presente, el futuro puede reemplazar al imperativo.

4) La concomitancia del momento del acontecimiento con relación a un momento de referencia pretérito se puede expresar tanto con el pretérito indefinido 2 como con el pretérito imperfecto. O sea que hace falta establecer otro eje para distinguir el valor de estos dos tiempos verbales. La diferencia entre ellos radica en que cada uno tiene un valor aspectual distinto: el pretérito indefinido 2 señala un aspecto limitado y, por ende, acabado, dinámico; mientras que el pretérito imperfecto expresa un aspecto no limitado y por lo tanto, inacabado, estático. Por eso Bakhtin acepta la tesis de Lorck sobre estos dos tiempos, y añade que con el indefinido, “nuestra mirada se orienta hacia el exterior, hacia el mundo de los objetos y contenidos que el pensamiento ya asimiló” (y, por esa razón, los ve como acabados); con el imperfecto, “hacia el interior, hacia el mundo del pensamiento en devenir y en proceso de constitución” (y por ese motivo ve en curso, a lo largo de un espacio de tiempo, los estados y transformaciones indicados por ese tiempo (1979: 170-171). Si tomamos dos frases tales como:

No dia 29 de dezembro, o Senado condenou o Presidente Collor à pena de inabilitação política por oito anos [El día 29 de diciembre, el Senado condenó al presidente Collor a la pena de inhabilitación política por ocho años], y

No dia 29 de dezembro o Senado condenava o Presidente Collor à pena de inabilitação política por oito anos [El día 29 de diciembre, el Senado condenaba al presidente Collor a la pena de inhabilitación política por ocho años],

veremos que tanto condenó como condenaba indican concomitancia con relación a un momento de referencia pretérito (el 29 de diciembre de 1992). Sin embargo, en el primer caso, se considera la acción como algo acabado, como una discontinuidad (un punto) en la continuidad del momento de referencia y, por consiguiente, como algo dinámico, visto desde el exterior; en el segundo caso, la acción se considera inacabada, continua dentro de la continuidad del momento de referencia, como algo estático, visto desde el interior, durante su transcurso.

Como el imperfecto tiene un valor durativo y la duración puede ser continua o discontinua (iteratividad), el imperfecto igual puede expresar un hecho que se repite en el pasado como un hecho continuo en el pasado (el llamado imperfecto descriptivo).

Quando a criança via o sol irisando a água do lago, batia as mãos de contentamento. [Cuando el niño veía el sol irisando el agua del lago, aplaudía de contento].

En este caso, el momento de referencia pretérito, que está implícito, es “todas las veces que había sol”. Con relación a él, que se repite, el imperfecto denota acciones repetidas.

Sete horas da manhã haviam de ser. A luz de um sol esplêndido fluía no éter que a trovoada da véspera tinha acendrado. (T,11). [Debían de ser las siete de la mañana. La luz de un sol espléndido fluía en el éter que la tormenta de la víspera había acendrado].

Con relación al momento de referencia (las siete de la mañana), el verbo fluir indica una continuidad, una duración.

Al pretérito imperfecto se le atribuyen muchos valores particulares, que son aplicaciones de su valor temporal básico o bien concretizaciones contextuales.

El pretérito indefinido 2 acompañado de expresiones tales como siempre, nunca, muchas veces, puede expresar una verdad general. Es el pasado de hábito o gnómico. Hay que notar la diferencia entre este pretérito indefinido y el presente, ambos con valor gnómico. Éste se presenta como una evidencia que salta a la vista al momento de la enunciación; aquél, como una verdad a que se ha llegado por inducción a partir de experiencias particulares, en un tiempo enuncivo.

Cuando se presentan múltiples estados o transformaciones, el pretérito indefinido los presenta como sucesivos, mejor dicho, como concomitantes con relación a diferentes momentos de referencia pretéritos, que en las narrativas orales se reconocen por el uso de después, enseguida, y entonces, y ahí, etc. Por eso, el pretérito indefinido es el tiempo por excelencia de la narración. El imperfecto, al contrario, presenta los hechos como simultáneos, como formando un cuadro continuo, es decir, como si estuvieran vinculados al mismo momento de referencia pretérito. Por ello, es el tiempo que mejor cumple con los propósitos de la descripción.

5) El pretérito pluscuamperfecto indica una relación de anterioridad entre el momento del acontecimiento y el momento de referencia pretérito. Como el pluscuamperfecto expresa esta relación, su aspecto es siempre perfectivo. En portugués este tiempo verbal asume dos formas: la simple y la compuesta.

Está terminado o terrível ano de 1992. Sob a regência do presidente da República, uma quadrilha assumira o controle da máquina do Estado (VEJ, 30/12/1992, 1268: 32). [Transposición: Está terminado el terrible año de 1992. Bajo el mando del presidente de la República, una camarilla asumiera el control de la máquina del Estado. Traducción: Ha terminado el terrible año de 1992. Bajo el mando del presidente de la República, una camarilla había asumido el control de la máquina del Estado].

El momento de referencia, ya tomado como pretérito, es el año 1992. El pretérito pluscuamperfecto asumiera indica que el hecho sucedió antes de ese momento de referencia.

Quando me separei parecia uma senhora clássica, com saia e blusa excessivamente comportadas. Tinha deixado de ser sedutora (VEJ, 10/10/1995: 62). [Cuando me separé, parecía una señora clásica, con falda y blusa excesivamente bien portada. Había dejado de ser seductora].

Con relación al momento de referencia pretérito cuando me separé, había dejado es anterior.

Conviene señalar que la forma analítica poco a poco reemplaza la forma sintética en la lengua hablada. Eso se debe a que las lenguas romances reformularon la oposición latina infectum vs. perfectum mediante formas compuestas paralelas a las de los tiempos del infectum (a excepción del pretérito indefinido 1 del portugués por las razones ya explicadas). Así, siguiendo una tendencia romance, la forma analítica del pretérito pluscuamperfecto tiene la posibilidad de expresar, al mismo tiempo, la relación de anterioridad y el aspecto perfectivo, mientras que la forma sintética presenta sólo la relación de anterioridad. Como en el pretérito pluscuamperfecto los dos significados están asociados, es natural que la forma sintética se use cada vez menos.

6) El condicional expresa una relación de posterioridad del momento del acontecimiento con relación a un momento de referencia pretérito.

ACM disse que Collor seria inapelavelmente derrotado no Senado (VEJ, 30/12/1992: 1268, 21). [Antonio Carlos Magalhães (ACM) dijo que Collor sería indefectiblemente derrotado en el Senado].

El momento de referencia pretérito es el instante en que ACM dijo algo a alguien. La derrota es un hecho que se dará en momento posterior al momento de referencia. Por ello se expresa usando el condicional.

El condicional tiene casi siempre el carácter de una anticipación imaginaria. Si el futuro imperfecto no expresa una modalidad factual, sino más bien una expectativa, el condicional tiene un valor hipotético.

La forma compuesta, al igual que la simple, enuncia un hecho posterior con relación a un momento de referencia pretérito. Sin embargo, ella indica un hecho anterior a otro acontecimiento en el futuro. En otras palabras, el condicional compuesto supone dos momentos de referencia: es posterior a uno y anterior a otro. Por eso, se le podría llamar condicional del pretérito. La distinción entre las dos formas del condicional podría considerarse aspectual: la forma simple es imperfectiva y la forma compuesta es perfectiva. Claro está que estos aspectos se deben considerar con relación a la perspectiva temporal en que tales tiempos se colocan.

Todos supunham que, quando o inverno chegasse, a guerra na Bósnia teria terminado. [Todos suponían que cuando llegase el invierno, la guerra en Bosnia habría terminado].

Ontem de manhã, eu sabia que, às dez horas, o avião já teria chegado. [Ayer por la mañana, yo sabía que a las diez horas, el avión ya habría llegado].

En la primera proposición, el momento de referencia pretérito es el momento de la suposición. Con relación a él, la llegada del invierno es posterior. Con relación a ese momento, el final de la guerra en Bosnia es anterior. En la segunda, el momento de referencia pretérito es ayer por la mañana. El momento las diez (dez horas) es posterior a él, y la llegada del avión ocurrirá antes de las diez.

7) El presente del futuro no tiene en portugués una forma específica; se expresa con un futuro imperfecto simple o un futuro imperfecto progresivo (futuro imperfecto del auxiliar estar + gerundio) relativo a un futuro del subjuntivo explícito o implícito, por ejemplo:

No momento em que eu lhe der um sinal, voce soltará os rojões [Traducción literal: El momento en que yo te diere la señal, soltarás los cohetes. Traducción semântica: El momento en que yo te dé la señal, soltarás los cohetes].

8) La anterioridad con relación a un momento de referencia futuro está indicada por el futuro anterior, que en la nomenclatura gramatical brasileña, se llama futuro do presente composto (futuro perfecto). Por ejemplo:

Quando você chegar, já terei terminado o trabalho. [Transposición: Cuando llegares, ya habré terminado el trabajo. Traducción: Cuando llegues, ya habré terminado el trabajo).

9) La posterioridad con relación a un momento de referencia futuro (futuro del futuro) está indicada por el futuro imperfecto simple correlativo a otro futuro imperfecto simple; la ulterioridad de uno con respecto al otro estará dada, explícita o implícitamente, por la palabra después o un parasinónimo. Por ejemplo:

Depois de tomar banho você poderá ver televisão. [Después de bañarte, podrás ver televisión].

Los adverbios y las locuciones adverbiales de tiempo también se articulan en un sistema enunciativo y en otro enuncivo. Aquél se centra en un momento de referencia presente, idéntico al momento de la enunciación; éste se organiza alrededor de un momento de referencia (pretérito o futuro) manifiesto en el enunciado; eso significa que para los adverbios no existe un subsistema relacionado a un momento de referencia pretérito y otro vinculado a un momento de referencia futuro. A cada uno de los momentos de referencia (enunciativo y enuncivo) se aplica la categoría topológica concomitancia vs. no concomitancia (anterioridad vs. posterioridad). Veamos sólo un ejemplo. Para expresar los términos de la categoría topológica, tenemos en el sistema enunciativo hoy, ayer y mañana. En el sistema enuncivo ellos corresponden a ese día o ese mismo día, la víspera, al día siguiente. Las locuciones con próximo pertenecen al sistema enunciativo; las locuciones con siguiente, al sistema enuncivo. Muchas veces se confunde el uso de ambas. Veamos un ejemplo:

Mas a decisão de contra-atacar só foi tomada há duas semanas, quando The Sun, o trablóide sensacionalista mais lido do país, transcreveu 23 minutos de uma suposta conversação telefônica entre Diana e um amigo, às vesperas do Ano-Novo de 1989. (...) Ela queixa-se da “tortura” de seu casamento e marca um encontro para a próxima terça-feira quando sairia a pretexto de ir a um acupunturista (VEJ, 9/9/1992, 1251: 38-39). [Pero la decisión de contraatacar sólo fue adoptada hace dos semanas, cuando The Sun, el diario sensacionalista más leído del país, transcribió 23 minutos de una supuesta comunicación telefónica entre Diana y un amigo, en vísperas del Año Nuevo de 1989. (...) Ella se queja de la “tortura” de su casamiento y se cita para el próximo martes, cuando saldría so pretexto de ir a un acupunturista].

Como el momento de referencia es pretérito (víspera del Año Nuevo de 1989), el martes de la cita sería el martes siguiente, ya que el próximo martes es el primer martes después del 9/9/1992.

¿Cómo se proyectan los tiempos en el discurso? (Cf. Greimas y Courtés, 1979: 79-81) Al procedimiento de proyección de los tiempos del sistema enunciativo en el enunciado se le llamará desembrague temporal enunciativo. El desembrague será enuncivo, cuando se establezcan en el enunciado los tiempos del sistema enuncivo. El desembrague temporal puede ser de primero o de segundo grado. El primer caso ocurrirá cuando los tiempos estén relacionados a la voz del narrador; el segundo, cuando resulten de una delegación de voz operada por el narrador, y queden vinculados al yo interlocutor. Por consiguiente, el discurso directo se caracteriza por contener un desembrague de segundo grado. En los textos que contienen discursos directos, hay un desembrague de primer grado, que instala un narrador en el enunciado y éste, a su vez, realiza un nuevo desembrague: delega la voz a algún personaje, el cual se instaura como interlocutor. Como en el discurso directo hay dos actos de enunciación enunciados, por lo que se refiere a la temporalización, hay dos momentos distintos de referencia, ya sean enunciativos o enuncivos. Desde el punto de vista de la organización temporal, tenemos dos momentos, aún cuando el narrador se instaura como interlocutor, dando voz a sí mismo. Si tenemos dos momentos de referencia, los tiempos de cada enunciación se organizan según el momento de referencia al que remiten. En el discurso indirecto no tenemos un desembrague de segundo grado, y por ende, al pasar del discurso directo al indirecto, el cambio de dos momentos de referencia a uno solo puede acarrear transformaciones en las marcas temporales, ya que ellas, a veces (y no siempre, como al parecer sugieren nuestras gramáticas), tienen que cambiar del sistema enunciativo al enuncivo pretérito. Con ese paso, los tiempos del sistema enunciativo (presente, pretérito indefinido 1 y futuro imperfecto), sólo se modifican cuando el momento de referencia del discurso citante es pretérito y el del discurso citado es presente. En ese caso, los tiempos del sistema enunciativo se transforman en el tiempo correspondiente del subsistema enuncivo pretérito (por ejemplo, el pretérito indefinido 1 pasa a pretérito pluscuamperfecto, si se está usando el subsistema pretérito).

Al contrario del desembrague, que es la proyección hacia afuera de la instancia de enunciación de los tiempos que sirven para constituir el enunciado, ya sea un enunciado que sea un simulacro de la enunciación, o bien un enunciado que no represente la enunciación, el embrague temporal es “el efecto de regreso a la instancia de la enunciación, producido por la suspensión de la oposición entre ciertos términos de la categoría de tiempo” (Greimas y Courtés, 1979: 119). De hecho, el desembrague crea una enunciación enunciada, en que los tiempos del enunciado simulan los tiempos de la enunciación, o un enunciado enunciado, en el que se tiene la ilusión de estar ante la temporalidad de los acontecimientos. Se tiene la impresión de estar siempre en presencia de una temporalidad no lingüística: tiempo del acto de decir, en el primer caso; tiempos de los eventos, en el segundo. Ahora bien, cuando se neutralizan términos de la categoría del tiempo, el efecto de sentido que se produce es que el tiempo es mera construcción del enunciador, que hace presente el pasado, convierte el futuro en presente, etc. Así, con ese procedimiento, se pasa de la ilusión enunciativa de la naturalidad de los tiempos del decir y de lo dicho, de la quimera de que el tiempo lingüístico es el tiempo del mundo, a la seguridad de que el tiempo es efecto de sentido producido en la y por la enunciación.

En el discurso indirecto libre se mezclan dos voces: la del narrador y la del personaje. Sin embargo, el narrador no delega la voz como en el discurso directo, y tampoco se vincula el habla del personaje a la enunciación del narrador por medio de un verbum dicendi como en el discurso indirecto. Lo que ocurre, igual que en la categoría de persona, es un embrague en los tiempos verbales del habla del personaje. Así, los tiempos verbales del discurso indirecto se usan con el valor que tienen los tiempos del discurso directo.

En el caso de los tiempos verbales, se pueden neutralizar:

• un tiempo enunciativo y uno enuncivo correspondiente;

• un término de la categoría topológica concomitancia, anterioridad y posterioridad y otro, dentro del mismo sistema o subsistema temporal;

• un término de la categoría topológica con otro de un sistema o subsistema temporal distinto.

Tenemos el primer caso, cuando se neutralizan, por ejemplo, el pretérito indefinido 2 (concomitancia limitada a un momento de referencia pretérito) y el presente (concomitancia con un momento de referencia presente), realizando el llamado presente histórico, o el presente y el pretérito imperfecto, en beneficio del segundo tiempo del par.

Em 1858, a Companhia das Índias é suprimida, o Império Mongol igualmente, e um vice-reinado é instaurado (Delta, VIII, verbete Índia). [En 1858, la Compañía de Indias es suprimida, el imperio mongol igualmente, y un virreinato es instaurado].

João e Maria

Agora eu era herói

E o meu cavalo só falava inglês

A noiva do cowboy era você,

Além das outras três.

Eu enfrentava os batalhões,

os alemães e seus canhões,

Guardava o meu bodoque

E ensaiava o rock para as matinés

(Chico Buarque de Holanda)

[Juan y María

Ahora yo era héroe

Y mi caballo sólo hablaba inglés

La novia del vaquero eras tú,

Además de otras tres.

Yo enfrentaba los batallones,

Los alemanes y sus cañones.

Guardaba mi tirachinas

Y ensayaba el rock para la matinée].

Los pretéritos imperfectos expresan concomitancia no con relación a un marco temporal pretérito, sino con el ahora. Estos imperfectos pertenecen al indicativo, modo que el hablante usa para situar la acción en la realidad. Sin embargo, como el imperfecto expresa el imperfectivo, es decir, presenta el proceso sin fijar sus límites inicial y final, la lengua lo emplea con valor de presente para crear un efecto de sentido de irrealidad, o sea, para manifestar hechos hipotéticos. Además, como el imperfecto sitúa los hechos en el pasado, ese embrague usa el tiempo que separa los hechos del presente para expresar los acontecimientos separados de la realidad (Cf. Chevalier et alii, 1964: 343).

Veamos otro ejemplo más: anterioridad del futuro por anterioridad del pretérito (futuro perfecto por el pretérito pluscuamperfecto).

Desta (preocupação) é fácil possuirmo-nos, e nella terei eu caído mais de uma vez (Herculano, apud Dias, 1970: 194). [De esta (preocupación) es fácil imbuirnos, y en ella habré caído yo más de una vez].

Caer es anterior al marco temporal pretérito más de una vez en mi vida anterior a este momento. Lo expresa el futuro perfecto para dar a la frase un matiz de duda.

Tenemos la segunda posibilidad, cuando se suspende, por ejemplo, la oposición entre concomitancia (presente) y posterioridad (futuro imperfecto) del sistema enunciativo o los mismos términos de la categoría topológica (pretérito imperfecto y condicional) del subsistema enuncivo del pretérito.

Daqui a um mês estou de volta. Vou amanhã; não quero que ele pressinta a minha saída (MA, I, 650). [Vuelvo en un mes. Me voy mañana; no quiero que él intuya mi salida].

Ai, palavras, ai, palavras,

que estranha potência, a vossa!

Perdão podíeis ter sido!

—sois madeira que se corta (CM, 493-494) [¡Ay, palabras, ay, palabras,

qué extraño poder el vuestro!

Perdón podíais haber sido!

—sois madera que se corta].

El poema compara dos tiempos: un entonces, tiempo de la vida, de las promesas de libertad y un ahora, tiempo de la prisión, de la tortura, de la muerte. La concomitancia del pretérito está indicada por el imperfecto íais. Con relación a ese momento, en tiempo posterior, tales promesas podrían haberse realizado. Esta probabilidad se expresa con el pretérito imperfecto podíais y no con el condicional, para crear un efecto de sentido de seguridad. Indica que era inevitable que ocurriera lo que estaba previsto para el futuro. Esa seguridad, sin embargo, se vio cortada por la brutalidad de la represión portuguesa y el presente del indicativo manifiesta que la muerte tomó el lugar de lo que era seguro para quien pregonaba la independencia de la colonia. Aquí, el pretérito imperfecto con valor de condicional expresa una consecuencia de un hecho pretérito, que el enunciador consideraba inevitable, pero que no se realizó.

Hay un caso que merece una discusión más detallada: concomitancia del presente por la anterioridad del presente (presente por pretérito indefinido 1).

O Consulado da França em São Paulo nega que tenha solicitado abertura de inquérito contra pessoas que enviaram cartas de protesto contra os testes nucleares franceses no pacífico Sul (ESP, 12/10/1995: A9). [El Consulado de Francia en São Paulo niega que haya instado averiguación judicial respecto de las personas que enviaron cartas de protesta en contra de los ensayos nucleares franceses en el Pacífico Sur].

El verbo negar indica una anterioridad con relación al momento de la enunciación. Esta anterioridad no se manifiesta con el pretérito indefinido 1, sino con el presente. Se trae al presente un acontecimiento anterior para mostrar que tiene resonancia en el presente, que pesa más que el pasado de la acción. Esa neutralización presente vs. pretérito indefinido 1 conlleva una ampliación del presente hacia el pasado. El presente se entiende como una continuidad lógica o psicológica del pasado. La correlación temporal, que se realiza cuando el verbo de la subordinada está en subjuntivo, sirve para mostrar si se trata de un pretérito indefinido 1 o de un pretérito indefinido 2, pues cuando el verbo de la oración principal está en pretérito indefinido 1 y el verbo de la subordinada indica anterioridad con relación al de la principal, aquí se usa el pretérito perfeito do subjuntivo (en adelante, pretérito perfecto de subjuntivo), como consta del ejemplo antes presentado; en las mismas condiciones, si el verbo de la principal es el pretérito indefinido 2, se ha de emplear el pretérito mais que perfeito (pretérito pluscuamperfecto) del subjuntivo.

No dia 11 de setembro, o Consulado da França em São Paulo negou que tivesse solicitado abertura de inquérito contra pessoas que enviaram cartas de protesto contra os testes nucleares franceses no pacífico Sul. [El Consulado de Francia en São Paulo negó que hubiese instado averiguación judicial respecto de las personas que enviaron cartas de protesta en contra de los ensayos nucleares franceses en el Pacífico Sur].

Vamos a dar un último ejemplo: anterioridad del pretérito por posterioridad del pretérito (pretérito pluscuamperfecto por el condicional).

Começa a servir outros sete anos,

Dizendo: —Mais servira se não fora

Para tão longo amor tão curta a vida (LI, 108).

[Empieza a servir otros siete años,

Diciendo: —Más sirviera si no fuera

Para tan largo amor tan corta la vida].

El hecho está narrado en pretérito. Después que Labán se negó a concederle a Jacob la mano de Raquel, el pastor empezó (la concomitancia con relación al pretérito aquí se expresa en presente) a servir otros siete años. Con relación a su decir, que también es pretérito, la acción de servir es ulterior. Esa posterioridad no se pone en condicional, sino en pretérito pluscuamperfecto, para crear un sentido de inevitabilidad de la acción futura, ya que presenta como terminado lo que ni siquiera se está realizando.

El tercer caso de embrague ocurre cuando se neutralizan, por ejemplo, la concomitancia con relación al momento de referencia presente (presente) con la posterioridad a un momento de referencia pretérito (condicional).

Felizmente, ele reagiu depressa. Um passo a mais e o carro o esmaga. [Felizmente reaccionó rápido. Un paso más y el coche lo aplasta].

Aplasta indica posterioridad con relación al marco temporal pretérito en aquel momento. La finalidad de la construcción es subrayar la fatalidad de la consecuencia con respecto a la causa expresa. La consecuencia se presenta como real, aunque sea hipotética.

El resultado de la neutralización se manifiesta siempre por medio de uno de los tiempos cuya oposición quedó suspensa. Desde luego, en este caso, se usará un tiempo en lugar de otro, porque de lo contrario, no se notaría la neutralización. Un embrague se considera enunciativo cuando el resultado de la neutralización sea un tiempo enunciativo: esto ocurre cuando se suspenden las oposiciones de tiempos del sistema enunciativo, o bien cuando se neutralizan tiempos de los sistemas enunciativo y enuncivo en beneficio de los primeros; será enuncivo cuando la neutralización se manifiesta con un tiempo enuncivo: esto sucede cuando se neutralizan tiempos del sistema enuncivo y enunciativo en beneficio de los primeros o cuando se suspenden oposiciones entre tiempos de cada uno de los sistemas enuncivos.

Lo que se dijo acerca de los tiempos verbales sirve también para los adverbios de tiempo. Conviene señalar, sin embargo, que sólo se neutralizan los que de hecho manifiestan el tiempo lingüístico, no las precisiones cronológicas referidas a ellos. Por ejemplo, el adverbio ahora, que indica concomitancia con relación al momento de la enunciación, puede emplearse en lugar de hace poco tiempo y en un rato, respectivamente, anterioridad y posterioridad con relación al momento de la enunciación, para marcar un pasado reciente y un futuro inminente, o sea, para mostrar la proximidad del pasado y del futuro con relación al momento de la enunciación. En portugués, se usa agorinha, para intensificar el carácter reciente o inminente del pasado o del futuro, respectivamente.

Saiu inda agorinha (PEM).

Vamos começar a liçao agorinha mesmo (CR).

Estou fora dessa, cheguei agora (=há pouco)

[Salió ahoritita (PEM).

Vamos a empezar la lección ahorita mismo (CR).

No estoy en eso, llegué ahora (= hace poco)].

Observando las neutralizaciones efectivamente realizadas en portugués, se constata que ocurren cuando sólo un rasgo distintivo del sistema temporal está en juego (neutralización de términos de la categoría topológica dentro del mismo sistema o subsistema temporal o neutralización de tiempos que manifiestan el mismo término de la categoría topológica en sistemas o subsistemas distintos). Si hay que neutralizar dos puntos (términos diferentes de la categoría topológica de sistemas o subsistemas distintos), la neutralización sólo se hará en situaciones muy particulares:

a. Cuando se modifica la situación enunciativa. En el caso que sigue, hay una neutralización de la concomitancia durativa del pretérito y de la anterioridad del presente (pretérito imperfecto por pretérito indefinido 1).

“Eram jogados 37 minutos do primeiro tempo”, completou o mais folclórico Sílvio Luiz, na Bandeirantes (FSP, 13/6/1993, 5-5). [Transposición: “ Eran jugados 37 minutos del primer tiempo”, completó el más folclórico Sílvio Luiz, en TV Bandeirantes]. [“ Habían transcurrido 37 minutos del primer tiempo”, completó Sílvio Luiz, el más folclórico en TV Bandeirantes].

Los minutos jugados son anteriores al momento de la enunciación. Sin embargo esa anterioridad se expresa mediante la concomitancia durativa con relación al pretérito, lo que establece una distancia entre las instancias de la narración y de lo narrado.

b. Cuando hay identidad, desde el punto de vista mórfico, con un tiempo que admita la neutralización con el otro tiempo implicado. Por ejemplo, posterioridad del pretérito por concomitancia del futuro (condicional por presente del futuro).

Existe aí uma pergunta capaz de tirar o sono de muita gente. Quando PC resolver abrir a boca, as instituições resistiriam? (FSP, 26/10/1993: 4-7). [Aquí hay una pregunta capaz de quitarle el sueño a mucha gente. Cuando Paulo César Farías (PC) se disponga a abrir la boca, ¿las instituciones resistirán?].

Resistir es concomitante al marco temporal futuro cuando PC se disponga a abrir la boca. Esa concomitancia se expresa en condicional para resaltar la duda del enunciador con respecto al hecho. Esa neutralización es idéntica, desde el punto de vista mórfico, a la neutralización condicional y futuro imperfecto.

c. Cuando uno de los tiempos de la oposición es el presente. Ese embrague ocurre, sin duda, porque el presente es el más “plástico” de los tiempos, dado que indica presente, pasado, futuro, puntualidad, duración, atemporalidad. Por ejemplo, posterioridad del pretérito por la concomitancia del presente (condicional por presente), que sucede, entre otros casos, cuando se pretende transmitir una información no confirmada sobre un acontecimiento que está en curso o una información que el enunciador pone en duda:

Para a frente, os russos se dividem em “atlantistas” e “eurosasiáticos”. Os primeiros defenderiam a aproximação da Rússia com o Ocidente e seriam traidores das “tradições”. Os militantes da frente que se julgam “euroasiáticos” misturam a adoração a Stalin e ao czar Nicolau II (FSP, 25/9/1993, 2-14). [Según el frente, los rusos se dividen en “atlantistas” y “euroasiáticos”. Los primeros defenderían un acercamiento de Rusia al Occidente y serían traidores de las “tradiciones”. Los activistas del frente, que se dicen “euroasiáticos” mezclan la adoración por Stalin y por el zar Nicolás II].

Aquí aflora una cuestión: ¿por qué se puede decir que en un caso tenemos un error en el uso de marcas de temporalidad, y en otro tenemos un embrague? Por ejemplo, en el primer texto que sigue podría-mos decir que hay un error; en el segundo, un embrague. ¿Qué los distingue?

a. No dia 13, terçafeira, freqüentei uma única sessão, cujas comunicações versaram sobre morfossintaxe; às 9h.00, Características formales y funcionales del sintagma en el sistema de la lengua española, de M. Dominguez, da Espanha; não houve a próxima (= seguinte) comunicação por ausência do pesquisador (X, Relatório Científico encaminhado à FAPESP, 24/4/1993, 13). [El día 13, martes, concurrí a una sola sesión, cuyas ponencias enfocaron la morfosintaxis; a las 9hs, “Características formales y funcionales del sintagma en el sistema de la lengua española”, por M. Domínguez, de España; no hubo la próxima (= siguiente) ponencia por ausencia del investigador (X Informe Científico dirigido a FAPESP, 24/4/1993: 13)].

b. Vá jantar logo comigo em Santa Tereza, disse Palha ao despedirse. Não tem que hesitar, lá o espero (= esperarei) (MA, I, XXIII). [Ven a cenar conmigo en Santa Tereza, dijo Palha al despedirse. No vaciles, allí te espero (=esperaré)].

En primer lugar, cabe hacer una consideración más amplia sobre la violación de los parámetros gramaticales. La transgresión puede ser por error o por proyecto. Esta última está destinada a producir determinado efecto de sentido; la otra infracción no genera ningún efecto de sentido, sino más bien da la impresión de alguna cosa fuera de lugar en el texto. En efecto, en el primer texto, no se justifica el uso de próxima por siguiente. El enunciador estaba utilizando el sistema enuncivo, indicado mediante el marco temporal pretérito el día 13, y pasó al sistema enunciativo con lo cual no produjo ningún efecto de sentido. Al contrario, en el segundo texto, el uso del presente en lugar del futuro imperfecto manifiesta que, para el interlocutor, la presencia del interlocutario en Santa Tereza no es algo posible, sino algo más bien seguro.

Aparece ahora la cuestión de cómo se nota el embrague temporal en el hilo del discurso. Si, como dicen Greimas y Courtés, el embrague presupone un desembrague anterior, ya que no existe neutralización si no hay oposición, el “embrague debe dejar alguna marca discursiva del desembrague anterior” (1979, 119). Cuando ocurre un embrague temporal, por lo tanto, debe haber en el contexto alguna señal temporal que permita decir que un tiempo verbal o un adverbio se está usando con el valor de otro. Por ejemplo, en:

Daqui a um mês estou de volta. Vou amanhã (MA, I, VIII), [Vuelvo en un mes. Me voy mañana],

se nota que el presente tiene valor de futuro imperfecto y que, por lo tanto, hay un embrague, porque en un mes y mañana indican que el verbo expresa un evento posterior al momento de la enunciación.

El sistema de tiempos se organiza en la lengua de manera absolutamente simétrica. El discurso, sin embargo, mezcla las perspectivas, confunde los términos de la categoría topológica, subvierte oposiciones, y por eso produce un “vértigo temporal”, del que se vale para crear efectos de sentido. Pero éstos no se fragmentan en una multiplicidad incontrolable de significaciones, porque están subordinados a la categoría semántica:

aproximación vs. alejamiento.

En un primer nivel de concretización, esta categoría produce otras tres: una para los efectos de sentido temporales stricto sensu:

conjunción vs. desplazamiento;

otra para los efectos de sentido modales:

realidad vs. virtualidad;

otra para los efectos de sentido aspectuales:

inacabado vs. no comenzado.

De esa forma, tenemos un efecto de sentido básico para cada una de las categorías que inciden sobre el evento expresado por el verbo.

Si consideramos conjunción, realidad, inacabado como el término a de una oposición semántica y desplazamiento, virtualidad, no comenzado como el término b y aplicamos una operación de negación a esta categoría, tendremos no conjunción, no realidad y acabado como término no a y no desplazamiento, no virtualidad y acabado como término no b. La concomitancia expresará efectos de sentido que abarca el lugar a; la posterioridad, los del lugar b; la anterioridad, los del lugar no b, cuando se neutraliza con un tiempo de la posterioridad; los del lugar no a, cuando esté en el lugar de un término de la concomitancia.

Los efectos de sentido operan en dos niveles:

a. dentro de un mismo subsistema, cuando se usa, por ejemplo, una posterioridad con valor de concomitancia;

b. en subsistemas distintos (por ejemplo, la utilización del condicional con valor de futuro imperfecto es el paso de la concomitancia, ya que el futuro imperfecto pertenece al sistema que tiene como marco de referencia el momento de la enunciación, a la anterioridad, ya que el condicional forma parte del subsistema cuyo momento de referencia es pretérito; por eso, tal embrague produce el efecto de sentido de irrealidad).

Para determinar los efectos de sentido, el momento de referencia predomina sobre los términos de la categoría topológica.

La conjunción puede concretizarse como resonancia en el momento de referencia; el desplazamiento, como separación total del momento de referencia; el no desplazamiento, como proximidad y la no conjunción, como distancia.

Tinha vindo do Zaire muito novo, lá nascera. Os pais se tinham exilado no Zaire durante a guerra de independência de Angola e ele nasceu em Kinshasa. Voltou com a independência, aprendeu o portugués, esqueceu o lingala, e se integrou (L, 122). [Había venido del Zaire muy pequeño, había nacido allá. Los padres se habían exiliado en el Zaire durante la guerra de independencia de Angola y él nació en Kinshasa. Volvió tras la independencia, aprendió el portugués, olvidó el lingala, y se integró].

La novela Lueji, de Pepetela, está narrada en pretérito. Con relación a un momento de referencia (el año de 1989), la llegada desde el Zaire, el nacimiento del personaje y el exilio de sus padres son anteriores, por eso van narrados en pretérito pluscuamperfecto. Sin embargo, también son anteriores el regreso, el aprender el portugués, el olvidarse el lingala y la integración. Pero estos hechos se relatan usando el pretérito indefinido 2 (concomitancia puntual con relación al momento de referencia), porque ellos tienen resonancia en el momento de la narrativa, ya que, como lo explica el narrador, a los “regresados” se los veía con desconfianza en Angola después de la independencia.

La realidad puede manifestarse como certeza de acciones futuras, como inevitabilidad, como necesidad; la virtualidad, como suposición, duda, hipótesis, incertidumbre, probabilidad, atenuación de los hechos; la no virtualidad, como ineluctabilidad de la acción futura; la no realidad, como atenuación de la acción presente y evasión de la realidad.

– Ele não quer que eu fique solteira a vida toda, não?

– Não tem poder para isso, mas bem que queria, acho. Ou não sabes, maninha?

[— Él no quiere que yo me quede soltera toda la vida, ¿no?

– No tiene poder para eso. Pero más bien que lo quería, me parece. ¿O no lo sabes, manita?].

El diálogo está anclado en el momento de referencia presente. En lugar de decir Pero más bien que lo quiere, me parece, que indica realidad, dice Pero más bien que lo quería, me parece, que apunta a la no realidad, que se manifiesta como atenuación, ya que quería es un tiempo del subsistema de la anterioridad.

Lo inacabado manifiesta la inevitabilidad de la acción futura, porque la muestra ya comenzada, y la imperfectividad del evento pasado; lo no comenzado, el carácter eventual del acontecimiento; lo comenzado, la inminencia del evento futuro y la perfectividad de la resolución tomada; lo acabado, el efecto inevitable de lo que está ocurriendo y la rapidez con que sucede.

– Devem agradecer é a Ndumba uo Tembo, ele é o grande caçador que fez tudo.

Além de corajosa, como poucos, também era modesta, como deve ser um eleito pelos espíritos, assim diziam os velhos, e os mais novos concordavam. Ndumba estava com um sorriso contrafeito, pois a vitória lhe escapava (l, 134-5).

[— Deben agradecer a Ndumba uo Tembo, es él el gran cazador que lo hizo todo.

Además de valiente como pocos, era también modesto, como debe ser un elegido de los espíritus, así decían los viejos, y los más jóvenes asentían. Ndumba tenía una sonrisa disgustada, pues la victoria se le escapaba].

Todo el pueblo estaba festejando a la reina porque ella habría matado al león que iba a devorar a Ndumba uo Tembo. Pero en realidad, el que había matado el león era él. Así, cuando el pueblo se puso a alabar a la reina, la victoria ya se le había escapado. Al utilizar el imperfecto (concomitancia durativa) en lugar del pretérito pluscuamperfecto, el narrador crea un efecto de sentido de imperfectividad del hecho pasado, de un largo desenredo, con el cual señala que todo hería lentamente el orgullo del guerrero.

En el discurso, los tiempos escapan a las rígidas convenciones del sistema, se mezclan, se sobreponen, persiguen los unos a los otros, hacen de contrapunto los unos a los otros, se alejan, se acercan, se combinan, se suceden en un enmarañado de articulaciones y efectos de sentido. Sin embargo, como contrapunto, obedecen a las reglas las coerciones semánticas. El discurso crea el cosmos y abomina el caos.

Cuando se trabaja la temporalidad en el texto, hace falta distinguir también el tiempo de la narración y el tiempo de lo narrado. El tiempo de la narración siempre es el presente, que es el momento en que se habla. Es posterior a la historia contada, la cual, por consiguiente, es anterior a él. Si el pretérito es el tiempo por excelencia de lo narrado, el narrador también puede crear una narración en la que haya concomitancia entre el tiempo de la narración y de lo narrado (narrativas en presente) y una llamada narrativa profética, en que el tiempo de lo narrado resulta posterior al de la narración. O sea que hay tres relaciones entre el tiempo de la narración y el tiempo de lo narrado. Este último puede ser concomitante, anterior o posterior al primero. Por otra parte, como con respecto a cada momento de referencia hay una concomitancia, una anterioridad y una posterioridad, los tiempos de la narración, para el caso de que esa instancia se haga narrativa, son el presente, el pretérito indefinido 1 y el futuro imperfecto. Ahora bien, los tiempos de lo narrado son el presente, el pretérito indefinido 1 y el futuro imperfecto, en narrativas en las que hay concomitancia entre la narración y lo narrado; pretérito indefinido 2, pretérito imperfecto, pretérito pluscuamperfecto y condicional, en narrativas en que la narración es posterior a lo narrado; presente del futuro, futuro perfecto y futuro del futuro, para las narrativas en que la narración es anterior a lo narrado.

Hemos hablado de embrague como utilización de un tiempo por otro adentro del texto. Tenemos también un macroembrague, que rige la relación entre instancia de la narración e instancia de lo narrado. Tomemos como ejemplo el poema “Profundamente”, de Manuel Bandeira:

Quando ontem adormeci

Na noite de São João

Havia alegria e rumor

Estrondos de bombas luzes de Bengala

Vozes cantigas e risos

Ao pé das fogueiras acesas.

No meio da noite despertei

Não ouvi mais vozes nem riso

Apenas balões

Passavam errantes

Silenciosamente

Apenas de vez em quando

O ruído de um bonde

Cortava o silêncio

Como um túnel

Onde estavam os que há pouco

Dançavam

Cantavam

E riam

Ao pé das fogueiras acesas?

— Estavam todos dormindo

Estavam todos deitados

Dormindo

Profundamente

***

Quando eu tinha seis anos

Não pude ver o fim da festa de São João

Porque adormeci

Hoje não ouço mais as vozes daquele tempo

Minha avó

Meu avô

Totônio Rodrigues

Tomásia

Rosa

Onde estão todos eles?

— Estão todos dormindo

Estão todos deitados

Dormindo

Profundamente (MB, 217-218).

[Cuando ayer me dormí

En la noche de San Juan

Había alegría y bullicio

Estruendos de bombas luces de Bengala

Voces cantares y risas

Al pie de las fogatas encendidas.

En la mitad de la noche me desperté

No oí más voces ni risas

Unos pocos globos

Pasaban errantes

Silenciosamente

Y de vez en cuando

El ruido de un tranvía

Cortaba el silencio

Como un túnel.

¿Dónde estaban los que hace poco

Bailaban

Cantaban

Y se reían

Al pie de las fogatas encendidas?

— Estaban todos durmiendo

Estaban todos acostados

Durmiendo

Profundamente

***

Cuando yo tenía seis años

No pude ver el final de la fiesta de San Juan

Porque me dormí

Hoy no escucho más las voces de ese tiempo Mi abuela

Mi abuelo

Totônio Rodrigues

Tomásia

Rosa

¿Dónde están todos ellos?

— Están todos durmiendo

Están todos acostados

Durmiendo

Profundamente].

El narrador, tras relatar la fiesta de San Juan en una perspectiva temporal enunciativa (Cuando ayer me dormí), la traspone a una temporalización enunciva (Cuando yo tenía seis años/ No pude ver...) de ese modo, el ayer se transforma en la víspera. La anterioridad con relación al presente se transforma en concomitancia al marco temporal pretérito. Así, el enunciado relatado en el sistema enunciativo se metamorfosea en enunciado con temporalización enunciva. El enunciador lo acercó con el recuerdo y luego lo alejó, colocando los acontecimientos recordados en la categoría de hechos pasados.

El discurso, por medio de un juego complejo entre las temporalidades de la narración y de lo narrado, entre simultaneidades, anterioridades y posterioridades, crea un tiempo que simula la experiencia temporal del hombre. Si la narrativa es un simulacro de la acción del hombre en el mundo, su temporalidad es una simulación de la experiencia del tiempo, que se constituye a partir del momento en que el yo toma la palabra, en que, como señala Agustín en el libro XI de las Confesiones, el presente es el transcurso, el pasado es la memoria y el futuro es la espera. La fugacidad del tiempo es el fulcro de la narrativa y de la experiencia vivida.

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CLAUDE ZILBERBERG

Centro Nacional de Investigación Científica, París, Francia

Del afecto al valor

Ce qui fait problème, c’est moins le contenu de la mythologie que l’intensité avec laquelle il est vécu…*

E. Cassirer

¿Qu’est-ce que doit être un sujet, si ses prédicats sont des événements?**

G. Deleuze

La reflexión sobre los valores no es patrimonio de nadie, ya que todos estamos directamente interesados en ella, aunque sólo sea a causa de la pluralidad de las formas de vida que nos solicitan y de la plétora de juicios de valor que estamos obligados a formular o a escuchar, o incluso en ocasiones a soportar. Es, pues, deseable elegir un punto de vista y en función de éste, operar una selección entre las diversas problemáticas. Nuestro punto de vista es el de la semiótica, lo que significa una continuidad, es decir, una serie de conocimientos asentados, y una actualidad, es decir, un devenir.

UNA MIRADA RETROSPECTIVA

La reflexión sobre la noción de valor, impuesta por el importante lugar que Saussure le reserva en el CLG, presenta varias dificultades ligadas al propio empleo del término. Distinguiremos al menos seis: a) la primera está ligada al hecho de que Saussure sostiene la centralidad y la negatividad del valor mientras que Hjelmslev —quien reconocía en el lingüista suizo a su único precursor— evita el término de valor, el cual no entra en el corpus de definiciones que constituyen los Prolegómenos a una teoría del lenguaje; b) el término de valor recubre al inicio una divergencia entre los “valores algebraicos”1 del saussurismo y los valores existenciales —descriptivos y modales— de la semiótica greimasiana, divergencia que Greimas2, y más tarde J. Petitot3 han intentado resolver; c) una ambigüedad inherente a una expresión del gusto de los semióticos: el “valor del valor”: el sentido no podría ser el mismo en ambas posiciones, puesto que, en caso contrario, la necesaria separación entre lo definido en posición de genitivo y el definidor, no se mantendría; ¿remite el propio genitivo a los valores “opositivos, relativos y negativos” de Saussure o, más bien, a esos valores existenciales, algunos de los cuales, como la privación y la recuperación, ritman el esquema narrativo canónico? d) de la misma manera, ¿el plural en los sintagmas tales como “tipología de valores” o “jerarquía de valores” se limita o no a repetir el singular? e) la relación de la noción de valor con las principales decisiones epistemológicas de la semiótica europea: la diferencia según Saussure, la complejidad según Brøndal, la dependencia para Hjemslev, la oposición para Jakobson y Lévi-Strauss; a nuestro parecer, la actitud de Greimas ha consistido en buscar una conciliación entre estas diferentes opciones; f) finalmente, la naturaleza del vínculo entre el valor y lo que en principio constituye la preocupación de la semiótica, a saber, una teoría de los discursos verbales y no verbales; es lícito, en efecto, considerar que los términos heredados, “sentido” y “significación”, son criticables en el sentido de que evitan pronunciarse con la claridad deseable sobre los límites y sobre las extensiones que el “sentido” y la “significación” controlan, sobre todo cuando la delimitación es, junto con la conmutación, una de las vías del conocimiento semiótico.

POR UNA ESQUEMATIZACIÓN DEL AFECTO

En los eufóricos años setenta, marcados por los avances de la fonología, muchos fueron los que creyeron que la salvación de todas las disciplinas que se ocupan del contenido vendría de la imitación inmediata de la fonología.

Semiótica y fonología

Desde esta perspectiva, el analista, provisto de una veintena —por dar un número— de pares de rasgos semánticos, estaría en condiciones de describir las culturas y los microuniversos. Naturalmente, esta empresa no llegó a su término, aunque bien es cierto que algunos resultados, como por ejemplo la oposición [crudo vs. cocido] en la obra de Cl. Lévi-Strauss, sean considerados “indispensables”, y que ciertas tensiones manifiestas del tipo [puro vs. impuro] y [prohibido vs. permitido] sean operativas para las prácticas sociales. Es verdad que Hjelmslev ya había denunciado la tentación de “fonologización de la semántica”4 pero, como una nueva Casandra, no fue escuchado.

A nuestro parecer, este fracaso no ha sido tratado en sí mismo. La semiótica greimasiana ha mantenido un enfoque “fonologizante” para las estructuras profundas, pero en cierta medida se ha liberado de este enfoque procediendo a una “narrativización” de la semiótica y, sobre todo, al identificar la búsqueda del sentido con el esquema narrativo canónico. Dado que los individuos son más o menos iguales en méritos, el fracaso debe atribuirse al método, o más exactamente a lo que el método decidió ignorar, es decir, a la consistencia del campo discursivo que declaraba. Lo que no fue objeto de reflexión fue la mediación en virtud de la cual la fonología daría lugar a un inventario cerrado. Esta reducción siguió dos caminos: a) el paso obligado por la estructura silábica para Saussure y Hjelmslev; b) la categorización que instala estas dimensiones, en cuya “intersección” se inscriben los fonemas. Así, en los Principios de fonología, Saussure estima que los “sonidos” deben ser clasificados según el “lugar de su articulación” pero también por su “grado de apertura”; R. Jakobson, en Fonología y fonética, opone los “rasgos prosódicos” a los “rasgos intrínsecos”; en los primeros, hay que distinguir el “tono, la fuerza y la cantidad”; en los rasgos intrínsecos, los “rasgos de sonoridad” y los “rasgos de tonalidad”. Es cierto que los análisis del contenido han propuesto distinciones, como por ejemplo las distinciones entre semas y clasemas, pero la dependencia entre estas categorías y los semas era infinitamente más débil que la que colocaba, por ejemplo, el fonema /m/ bajo el control estricto de la labialidad y de la nasalidad.

Precedencia de lo sintagmático

Una de las características de la semiótica de los años setenta es la deferencia hacia lo paradigmático. Es éste el “genio” y el guardián del sentido, y lo sintagmático está a su servicio; toda su dignidad consiste en desarrollar y delinear “bien” lo paradigmático, es decir, en temporalizar estructuras tenidas por acrónicas.

Está claro que no se llegará al discurso si se evita el discurso. Nosotros abordamos este último como un campo discursivo definido en el instante t por el resultado de las entradas y de las salidas. Estas entradas y estas salidas son tanto padecidas como deliberadas. Nos colocaremos en el caso más favorable, aquél en el que una magnitud S penetra por infracción en el campo discursivo que el sujeto creía controlar. El tenor de S es, en primer lugar, sintagmático, y según la acepción discursiva del término, “maravilloso”; es ese no-sé-qué que sobreviene, lo que quiere decir que en primer lugar es exclamativo y rítmico, siempre que veamos en la exclamación una predicación acentual, reducida en el plano de la expresión, extensa en el plano del contenido. Fontanier, en Las figuras del discurso, observa claramente que la violencia del afecto perturba en primer lugar el discurso: “La exclamación tiene lugar cuando repentinamente se abandona el discurso ordinario para librarse a los impulsos de un sentimiento intenso y repentino del alma”5.

Este enfoque también debe mucho a Brøndal y a Valéry, por otra parte admirado por Brøndal. Según este último, la significación es esfuerzo, devenir, y está dividida entre dos reclamos, el del sistema y el de la sintaxis: “... Sistema y ritmo, lengua y habla, son los aspectos complementarios del lenguaje”6.

Más concretamente, a partir de las “especies de relación”, esto es, la simetría (o “dirección reversible o irreversible”), la transitividad (o “continuidad”) y la conexión (aserción de un “dominio coherente o campo”)7, Brøndal funda la dinámica de la frase y del discurso:

Mientras que las relaciones positivas (simétrico, transitivo, conexo…) colocan la relación (r) bajo su forma propia o equilibrada, autónoma o inmanente, todas las relaciones negativas indican el punto final de la frase y, más allá de éste, un objeto trascendente independiente de la misma frase un objeto creado precisamente por la síntesis de todas las relaciones negativas: por deixis (asimetría), por fijación (intransitividad), por aislamiento (inconexión)8.

Pero, a la pregunta ingenua: ¿de “dónde”, de qué región del sentido proviene esta subversión de todas las relaciones positivas?, existiría una sola respuesta posible para el sujeto: del acontecimiento, visto como sincretismo de lo extremo desde el punto de vista tímico, de lo inconcebible desde el punto de vista cognitivo, de la imposibilidad desde el punto de vista pragmático: “Todo lo que existe, de no existir, sería altamente improbable”9. La relación del sujeto con la fulguración del acontecimiento es efectivamente asimétrica; lo vivido es la fijación, la interrupción, la suspensión de la duración y la contracción del espacio, y, finalmente, la disgregación del campo discursivo por el abandono de la conexión de Brøndal, disgregación solidaria de la virtualización del sentimiento “monárquico” del yo con respecto a su entorno. Proponemos la hipótesis de que, si por una parte las estructuras profundas de la significación contienen en su raíz, según Greimas, una polemización del sentido que la narratividad proppiana realiza, por otra parte, las “especies de relación” de Brøndal indican una patemización del sentido que los afectos del sujeto transforman en discurso. En resumen, si como escribe Valéry: “La idea es un edificio-acontecimiento”10, la semiótica ha privilegiado el “edificio” en detrimento del “acontecimiento”, el “ sistema” a expensas del “ritmo”, en términos de Brøndal.

Tentativa de análisis del acontecimiento

Otra dificultad propia de la semiótica en vías de constitución concernía al hecho de que las nociones estructurales de complejidad, de categoría y de dependencia eran recibidas separadamente, sin estar coordinadas entre ellas. Faltaban dos paralelismos: a) la complejidad de una magnitud S que integra los constituyentes x e y debe ser puesta en relación con la correlación de las categorías X e Y, de las cuales x e y constituyen, según la terminología tradicional, valores:


b) la complejidad constitutiva de S es gramatical, es decir, sometida a la conmutación, y por lo tanto a una regla, a menos que una segunda regla venga a obstaculizar la eficacia de la primera.

En otros términos, afirmar que x e y son “propiedades” flagrantes de S nos parece cuando menos arriesgado; proponemos la hipótesis de que existe, que preexiste un espacio, es decir, una estructura según la definición luminosa de Hjelmslev, a saber, “una entidad autónoma de dependencias internas”11, que rige las dimensiones que entran en el campo discursivo; por otra parte, la doble afirmación según la cual el todo depende de las partes y las partes del todo que las comprende, debe ser reformulada: una magnitud, del orden del acto, del acontecimiento, en este caso S, entra en la dependencia del espacio tensivo que la acoge, y en la medida en que tarde o temprano S es localizable en ese espacio, recibe las partes-propiedades x e y que lo componen. Así, la magnitud S está delimitada, por un lado, por la pareja de categorías [X-Y] y por otro, por la pareja [x-y]; de no ser así, las categorías no tendrían ninguna incidencia local y las partes ningún elemento de envergadura que les responda. Añadamos que en estas condiciones, S es la manifestante, mientras que X e Y se presentan como las manifestadas. Se da, pues, como un temblor del sentido entre “ausencia y presencia”12, en cuyo defecto el sentido, tal vez reducido a su búsqueda y a su reflexividad, no tendría lugar. En este sentido, consideramos que la relación entre la presencia y la ausencia es en primer lugar sintagmática, y no paradigmática.

De todos modos, la identificación de x y de y, y por inducción, la de X y la de Y, conllevan dos consecuencias importantes. La primera, relativa al estatuto del valor. La magnitud S está caracterizada, según Fontanier, por su “impetuosidad”, es decir por una intensificación, lo que significa que una de las dimensiones es la sensibilidad, hasta tal punto que lo vivido por el sujeto es un desplazamiento de xa a xb tal, que la diferencia [xa→xb] es definida por el sujeto como enfática. Esta conmoción no es semiótica: un sentido aparece porque xa es solidario de ya, de modo tal que la conexión [xb→ya] está por el momento prohibida, puesto que xb es solidaria de yb:


Dicho de otro modo, el valor no es del orden del punto, xa o xb, ya o yb, sino de la fase, ingenuamente ascendente aquí: [xa→xb] e [ya→yb]. Sin embargo, lo esencial, la “impetuosidad”, no se deja ver: aunque, en efecto, el diagrama muestre un intervalo, oculta no obstante la velocidad extrema a la cual este intervalo es recorrido. Preveamos la objeción: esta “impetuosidad”, este “repentino” (Greimas), ¿no es del orden de la instantaneidad? En efecto; pero, ¿no es la instantaneidad la manifestante de la velocidad más elevada? La formulación menos discutible consiste en afirmar que [xa→xb] es: a) desde el punto de vista semántico: un intervalo; b) desde el punto de vista sintáctico: un vector; desde el punto de vista fórico: un ímpetu.

La complejidad X-Y es una complejidad reglada: si la categoría X es la de la intensidad, la categoría Y debe ser al mismo tiempo asociada y distinta; en la medida en que la categoría X concierne al acontecimiento, la categoría Y debe estar en relación con el “edificio”: admitiremos entonces que la segunda categoría es la de la extensidad, entendida como resultado de las operaciones de selecciones y de combinaciones que el discurso realiza constantemente, o más exactamente, combinando selecciones y seleccionando combinaciones: en la medida en que la intensidad da cuenta del afecto-acontecimiento, la percepción está a la espera de una decisión relativa a la extensidad y a la multiplicidad heteróclita del mundo. El sujeto está obligado por un lado a enumerar y por otro a medir, a formular una regla que asocie este número y esta medida, y a controlar la ejecución de esta regla. El crisol del sentido será siempre el diálogo entre intensidad y extensidad, aunque la conjunción “y” no sea sino una conciliación, en la medida en que la relación entre estas dos dimensiones compone una continuidad, pero también una desigualdad que favorece lo que Cassirer llama el “fenómeno de expresión”: “La ‘comprensión de expresión’ es básicamente más precoz que el ‘saber sobre cosas’”13.

La sintaxis como anterioridad

Brøndal insiste en el hecho de que las relaciones deben ser independientes de sus objetos, lo que conduce, en continuidad con Descartes según él, a distinguir entre una lógica predicativa, tributaria del objeto, y una lógica relacional general. ¿Pero qué es un objeto sino un orden de dimensión, una escala? De hecho, Brøndal demuestra que las “especies de relaciones”, de la misma manera que permiten ordenar el inventario de preposiciones en las lenguas, también pueden servir para “cualquier otra cosa”: a) para la relación asimétrica:

designa siempre una dirección o una orientación, una irreversibilidad. Puede tratarse de un movimiento en el espacio, de una tendencia psíquica, de una serie matemática o lógica irreversible14;

b) para la relación intransitiva:

designa constantemente el punto no rebasado, lo que es dado de modo definitivo; es por eso que es utilizada a propósito de los puntos en el espacio, en el tiempo o en una serie, a propósito de una posibilidad o de una potencialidad, de una perfectividad; entre otras, una cierta forma de futuro: el futuro predestinado o esperado…15;

c) para la relación inconexa:

designa siempre el aislamiento o la independencia, la exclusión de un dominio, la liberación de una influencia. Utilizada a propósito del espacio, indica el alejamiento como el lugar elevado (en relación a la influencia de la pesantez). Aplicada al tiempo, indica el pasado (es decir, aquél cuyo sentimiento inmediato está definitivamente excluido). (…) La relación conexo-inconexo (…) reúne el aislamiento y la dependencia; con eso expresa el origen, la herencia o el recuerdo, es decir, la separación de un objeto al cual, sin embargo, se está ligado por el pensamiento16.

Nos limitaremos a dos breves observaciones: a) no es necesario preguntarse por qué las categorías “pesadas” de la semiótica aparecen aquí “en desorden”; b) permiten pasar —puesto que tal es el sentido accesible de la esquematización según Kant y Cassirer— de un espacio relacional y figural a un espacio centrado y figurativo, habitado por un sujeto.

Brøndal exige que las “especies de relaciones” funden el concepto de “serie”17, pero también lo que habría que denominar el sintagma fundamental que va “de” la negatividad, de la depresión solidaria de un sobrevenir “hacia” lo que no es tanto una positividad como su resolución, su reabsorción diferida y por lo tanto esperada. Efectivamente, para Brøndal el “objeto R” es una magnitud inconexa, es decir una singularidad, pero que no se constituye en concordancia con el sujeto, sino en discordancia con él; la volición no parece primera, como estamos habituados a escuchar, sino segunda: la volición aparece como la respuesta a una pregunta precedente , que es indudablemente del orden de la provocación. La respuesta y la pregunta son desde luego dependientes una de otra, pero una tercera magnitud está en juego, a saber, el intervalo de tiempo [t] que toma cuerpo entre la pregunta y la respuesta, la cual sólo vale si es apropiada; el retraso de la respuesta mide este trabajo de ajuste:


Pero por introspección y catálisis, la pregunta está precedida de una “no-pregunta”, del mismo modo que la respuesta pone fin a una secuencia de “no-respuesta”:


El acontecimiento S, al estallar y al penetrar súbitamente en el campo discursivo del sujeto, provoca al sujeto y al mismo tiempo lo sensibiliza, ocupa un espacio hasta ahora vacante en el espacio figural u ocasiona un obstáculo, una redundancia, abre y disimula el tiempo suscitando “cualidades” del tiempo. El enigma del valor, es decir la tensión entre su inmanencia —los valores son solamente relativos unos a otros— y su trascendencia —los valores por definición importan— recibe así un principio de resolución: los valores existenciales obtienen su eficacia, es decir, el imperio que les pertenece, de las cuerdas íntimas que hacen vibrar la precipitación o la “majestad”, en el caso del tempo; el ambiente tónico o átono, tratándose de la intensidad; la elasticidad potencial, en el caso de la temporalidad; la disposición, tratándose del espacio, es decir, del equilibrio entre apertura y cierre. Las “especies de relación” de Brøndal proponen una mediación razonable entre dos requisitos tan legítimos y urgentes el uno como el otro, la inmanencia y la trascendencia, pero bajo una condición problemática, a saber, que la inconexidad sería no tanto antecedente sino consecuente. Señalemos de paso que la inteligencia de las prácticas significantes supone una moderación de la separación admitida entre diacronía y sincronía, pero el análisis de este punto excede los límites de este trabajo. Esta incidencia no es la única: las separaciones admitidas entre “modelo constitucional” y “modelo transformacional”, entre “semántica” y “sintaxis”, son artificiales si se desconoce que el segundo término de cada par es del orden del acento:

[la percepción] no se resuelve nunca en un simple complejo de cualidades sensibles —como claro u oscuro, frío o caliente—, sino que concuerda cada vez con una tonalidad de expresión determinada y específica; no está nunca reglamentada exclusivamente sobre el “qué” del objeto, sino que aprehende el modo de su aparición global, el carácter de lo sugerente o de lo amenazador, de lo familiar o de lo inquietante, de lo tranquilizador o de lo horroroso que reside en ese fenómeno, tomado simplemente como tal e independientemente de su interpretación objetiva18.

De esta manera, deberíamos estar agradecidos a Brøndal por permitirnos pensar la discursividad, la propioceptividad (Greimas) y la “expresión” (Cassirer) únicamente como puntos de vista, que ofrecen —en función de su propio “focal”— la vista más favorable para aprehender tal extensión o tal singularidad discursivas.

Lo que siempre será difícil pensar es la correlación entre el grado, la intermitencia y la alteridad de la presencia. Al aceptar el término de existencia como eje semántico, admitimos que la presencia es la forma fuerte de la existencia porque es solidaria de las relaciones negativas que dan lugar a la “deixis”, a la “fijación” y al “aislamiento”, según el siguiente posible orden: “aislamiento”, “deixis”, “fijación”. La transformación de las relaciones negativas en relaciones positivas —algo que al parecer Brøndal no prevé— desemboca en lo que llamaremos la subsistencia.


La tensión entre la presencia y la subsistencia sería análoga en el orden subjetal a la tensión que se siente en el orden objetal entre el acontecimiento y el estado, el cual es definido por el diccionario del siguiente modo: “Manera de ser (de una persona o de una cosa), considerada en lo que tiene de durable (opuesta a devenir)”. En última instancia, y dentro de una perspectiva de prosodización del contenido, la distinción es relativa a la modalidad del acento: cuando el “improbable” acento “golpea” la existencia, ésta accede a la presencia; y si el acento repentina e inexplicablemente desaparece, la existencia ya no es más que la átona, triste y ética subsistencia:

Toda la riqueza y todo el dinamismo de las formas míticas de la vida son debidos al hecho de que el proceso de “acentuación” de la existencia que se expresa en la noción de sagrado se realiza integralmente y no cesa de abarcar nuevos dominios y nuevos contenidos de conciencia19.

TIPOLOGÍA DE LOS VALORES

Las variaciones y las intermitencias del afecto no constituyen por ellas solas una estructura: es necesario que unas y otras estén en correlación, en virtud de una regla, con las mutaciones de otra dimensión. Ni el conocimiento ni la espera pueden tener lugar sin la mediación y el control de esta regla. Esta otra dimensión es la extensidad, es decir la distribución de lo diverso y de lo heteróclito en clases. Los funtivos de cada una de las dimensiones pueden de este modo ser precisados: a) para la intensidad, se trata del intervalo [estallante/débil] que designamos como director; b) para la extensidad, se trata del intervalo [concentrado/difuso]. El paradigma propio de la regla es el que proponen toda orientación y todo desplazamiento “en el interior” de un intervalo, esto es: a) para el recorrido [estallante⇔débil], hemos seleccionado la denominación de decadencia tensiva; b) para el recorrido [débil⇔estallante], la de ascendencia tensiva.

A partir de este dispositivo, que asocia una coexistencia, [x⇔y] —estipulando que x no podría presentarse nunca sin y —, y una alternancia para la orientación, [x→y] o [y→x], el paradigma tensivo puede ser desplegado.

Valores, valencias y bivalencia

En el caso de la decadencia tensiva, el estallido es solidario de la concentración, y, correlativamente, la debilidad está orgánicamente ligada a la difusión; lo que significa que el estallido se encuentra concentrado en una magnitud considerada como exclusiva, y que la difusión, esto es, la distribución sobre un número abierto de magnitudes, tiene como contrapartida un fraccionamiento y un debilitamiento de la intensidad. La entrada en juego de la decadencia tensiva procura una primera pareja de valores interdefinidos: a) valores de absoluto, que integran —indefectiblemente en los universos de discurso que los promueven— el estallido y la concentración; b) valores de universo, que integran la debilidad y la difusión:


Los valores de absoluto son describibles como estallantes y concentrados, mientras que los valores de universo aparecen como débiles y difusos. La predicación es una exigencia en el sentido en que un valor remite, en este momento del recorrido, a dos valencias reunidas, esto es, a la bivalencia. Esta doble proyección, del valor sobre las valencias y de las valencias sobre la bivalencia, desde el punto de vista epistemológico es necesaria:

… En realidad, si no hubiese inventarios limitados, la teoría lingüística no podría abrigar la esperanza de alcanzar su meta, que consiste en hacer posible una descripción simple y exhaustiva del sistema subyacente en el texto20.

Por lo que se refiere a la terminología, un valor V situado en uno de los dos arcos de esquematización posible —en este caso, el de la decadencia tensiva—, es definible en tales condiciones como intersección de dos valencias, una intensiva v’, la otra extensiva v’’:


Dos tipos de consideración “crean estructura”: la conmutación y la manifestación. En principio, la variación de v’ supone, debido a la pertenencia al espacio tensivo, una variación de v’’, de modo que V deja sitio a un valor emergente: V es potencializado como V1 frente al valor V2 instalado en el centro del campo discursivo:


La conmutación, que sustituye —con un tempo particular—V1 por V2, salvaguarda la relatividad de los valores, aunque esta relatividad ya no esté “vacía”; al contrario, posee un contenido, la porción del arco de esquematización comprendida entre V1 y V2. Es interesante constatar que los modos de presencia reciben su legitimidad de las propiedades del espacio tensivo. ¿Cuál es, en efecto, la significación del recorrido valuador [V1→V2]? Es doble: a) para la dimensión intensiva: un debilitamiento; b) para la dimensión extensiva: un “beneficio” de difusión. Si se trata del debilitamiento [v’1→v’2], éste hace aparecer v’1 como excesivo, o bien v’’1 como insuficiente; referidas a un campo discursivo que hasta ese momento tiene por centro V1, las valencias v’2 y v’’2 están actualizadas. Si se efectúa el desplazamiento [V1→V2], si el campo discursivo está centrado en lo sucesivo en V2, entonces V1 está potencializado y se instala en la memoria, sino “en memoria”, con el matiz propio del pesar o del remordimiento. Por lo que se refiere a la manifestación, la intensidad y la extensidad no tienen el mismo estatuto semiótico: la intensidad afectiva, la “expresión” según Cassirer, depende de la manifestada, y la extensidad de la manifestante, y naturalmente la manifestante traiciona a la manifestada; la manifestante evita a la manifestada la tentación de lo indecible, de lo “interjectivo” según Cassirer21, y para Valéry, del “cualquiera”, dependiente de la extensidad:

Se puede dividir la existencia mental de un hombre cultivado en dos partes: La primera es común a la del resto de los hombres, durante la cual reduce sus percepciones y las combina a fines de utilidad directa. La segunda, particular y en ocasiones singular, durante la cual intenta re-percibir las cosas abolidas —y dar con el caos primitivo—, la totalidad de su sensibilidad —las sensaciones subjetivas—, las faltas —los “errores” de los sentidos, es decir, las sensaciones no corroboradas por los demás— las coincidencias, etc., lo cualquiera”22.

De la bivalencia a la prevalencia

Nuestro dispositivo pone por el momento unos frente a otros los valores de absoluto y los valores de universo. Lo propio de un valor o de un sistema de valores es exigir la prioridad, sin que a menudo esta pretensión esté motivada. Así, un lector atento de Tocqueville reconocerá fácilmente que para el autor de De la democracia en América, los democráticos valores de universo tienden a triunfar de facto sobre los aristocráticos valores de absoluto, aunque en el discurso de Tocqueville éstos sean superiores y preferibles a aquéllos. Un valor es, en sentido estricto, una magnitud virtual en tanto que realizable, dotado de una posición en un “sistema sublógico” (Hjelmslev) de realizables interdefinidos. La actualización de un valor —por ejemplo la universalidad apreciada por la Ilustración— puede ser considerada como una intrusión del sistema en el proceso: el sujeto del discurso es invitado a elegir o a tematizar la elección implícita que le corresponde.

Comparados los unos con los otros, los sistemas de valores crean una ambivalencia que intentan resolver estableciendo una prevalencia. Los análisis de Tocqueville lo demuestran claramente: los “miembros de un cuerpo aristocrático” hacen prevalecer el estallido en detrimento de la extensión, mientras que los “pueblos democráticos” aprecian la extensión y “desacentúan” el estallido. La prevalencia se presenta de la siguiente manera: cada sistema de valores busca, dentro de su dimensión de predilección, la valencia más alta: el estallido más vivo, para los valores de absoluto; la máxima dimensión, para los valores de universo. Según Tocqueville, la democrática “confusión de rangos” termina con un empobrecimiento del estallido, esto es, con lo que él llama la “mediocridad”, e identifica la tara de la sociedad americana con esta difusión sin precedentes de la “mediocridad”; lo que, para Tocqueville, constituye una auténtica gangrena:

Busco una pasión que sea natural a los hombres, que la oscuridad de su origen o la mediocridad de su fortuna excitan y limitan, y no encuentro nada más apropiado que el gusto por el bienestar. La pasión del bienestar material es esencialmente una pasión de clase media; crece, se difunde y llega a ser preponderante con esta clase. Desde ahí conquista los rangos superiores de la sociedad y desciende hasta el pueblo23.

Y el apego al estallido es tal que, para los “miembros de un cuerpo aristocrático”, la salvación reside únicamente en la ruina: “Cuanto más fuerte, gloriosa y libre haya sido una aristocracia, tanto más depravada se mostrará, y cualquiera que haya sido el esplendor de sus virtudes, me atrevo a pronosticar que se verá superado por el escándalo de sus vicios”24. La prevalencia se define por la exclusividad de la valencia de referencia.

La animadversión recíproca de los sistemas de valores y su incomprensión “cuando todo va bien”, no radican en el contenido propiamente dicho, sino en su doble modalización tensiva: a) desde el punto de vista de la intensidad afectiva, el “gusto por el bienestar” deja paso a la “pasión por el bienestar”; b) desde el punto de vista de la extensidad, la disforia tiene su origen en la “confusión de rangos”, y desde el punto de vista veridictorio, el “pobre” y el “rico”, en vez de oponerse, sólo constituyen “variantes” (Hjelmslev): el “pobre” y el “rico”, en el fondo, piensan de la misma manera; sin ser consciente de ello, el “rico” se parece al “pobre”, que desprecia en la misma medida en que el “pobre” se parece al “rico”, que envidia:

… del mismo modo que el deseo de alcanzar el bienestar se abre camino en la imaginación del pobre, el “rico” teme perderlo. Aparecen así una multitud de fortunas mediocres. Los que las poseen disfrutan de suficientes satisfacciones como para que en ellos nazca el gusto por éstas, pero no de tantas como para contentarse. Se las procuran a costa de grandes esfuerzos y se entregan a ellas con aprensión. Se afanan sin descanso en perseguir o en conservar estas satisfacciones tan preciosas, tan incompletas, tan fugitivas25.

Bivalencia y ambivalencia

Sin alternancia, sin lo que Hjelmslev denomina la función “o…o”, la cuestión del sentido seguramente no se plantearía. Esta observación es sin embargo demasiado corta como para que cuente. ¿Son entonces equivalentes los valores? Sí y no, pero desde puntos de vista diferentes. De todas formas, todos los tipos de valores combinan un más y un menos:


De tal modo que un observador no prevenido pensaría en una especie de justicia inmanente, en una sabiduría indispensable, es decir, en una moderación de las demandas. Sería desconocer que lo propio de la mente es la invención. La ambivalencia interviene mucho antes de la composición de las dimensiones: toda dimensión incluye, en cuanto gradiente, una ambivalencia delicada. Examinemos la dimensión de la intensidad: ésta tiene como intervalo de referencia la pareja [estallante⇔débil], cuyos miembros están modalizados respectivamente por más y menos, dado que lo estallante es, según el diccionario, “lo que se manifiesta de la manera más contundente”26. Sin embargo —y el adverbio concesivo no es fortuito—, es posible superar este enfoque elemental planteándonos la siguiente cuestión: ¿gracias a qué medios el discurso puede producir el estallido? Admitamos que el estallido incluya únicamente varios más y algún menos, de modo que esta posición tensiva sea reconocida como el resultado de una doble dinámica: a) la intensificación por la intervención del más de más; b) la reanimación gracias al menos de menos; la debilidad reposa también en una dinámica doble pero inversa, dado que recurre: a) a la atenuación producto del menos de más; b) a la depreciación, por el más de menos27.

Lo propio de una forma de vida —en el caso de la obra de Tocqueville, las formas de vida aristocrática y democrática— consiste en superar esta ambivalencia decretando la “bondad” fundamental de su dimensión creciente. Así pues, la forma de vida aristocrática aprecia mucho más la intensidad que la extensidad y considera la valencia suprema en su orden; la forma de vida democrática hace otro tanto en su propio orden, esto es, el de la extensidad; ambas presentan un principio —evidentemente fiduciario— de excelencia, pero el punto de aplicación, esto es, la dimensión de referencia, es diferente en cada una de ellas. Por eso hemos afirmado en otro texto que el budismo, el cual privilegia lo que Freud denominó “principio de Nirvana”28, aprehende una tonicidad decreciente y mira29 (vise) hacia una atonía creciente. Sin embargo, lo que produce sentido no es tanto el contenido, la atonía, como su modalidad, en este caso, aspectual: el crecimiento. La hipótesis del esquematismo activo, es decir, la hipótesis de una transacción ininterrumpida entre la intensidad y la extensidad, entre lo sensible y lo inteligible, previene el equívoco que confunde un contenido y su modalidad tensiva, lo que en última instancia sería su prosodia íntima. Aun a riesgo de exagerar, nos gustaría señalar que las pasiones de la nada no son menos intensas que las pasiones del todo.

Este principio de excelencia no es una simple argucia o un artificio y aún menos una novedad. Más bien vemos en dicho principio de excelencia el principio de autoridad según la etimología generalmente aceptada, dado que la autoridad remite al verbo augere, siendo el autor el que aumenta, el que hace avanzar, según el Robert; el que acrecienta, según el Littré. En su estudio ¿Qué es la autoridad?, H. Arendt sitúa la tensión entre la invariabilidad del acontecimiento y la variabilidad del intervalo situado entre el acontecimiento y el sujeto del discurso:

Es en este contexto en el que originariamente aparecieron la palabra y el concepto de autoridad. El vocablo auctoritas deriva del verbo augere, “aumentar”, y es la difusión lo que la autoridad, o los que mandan, aumentan constantemente. (…) En este contexto esencialmente político, el pasado era santificado por la tradición. La tradición preservaba el pasado transmitiendo de una generación a la siguiente el testimonio de los ancestros, los cuales fueron los primeros testigos y creadores de la fundación sagrada y posteriormente la aumentaron gracias a su autoridad a través de los siglos30.

Desmontar las correlaciones tensivas permite comprender la tensión que los romanos veían entre la autoridad y el poder:

La característica más sorprendente de aquéllos que poseen autoridad es que no tienen poder. (…) Y como la “autoridad”, ese algo más que el Senado debe añadir a las decisiones políticas, no es el poder, aquélla se nos aparece entonces inaprehensible e intangible. En este sentido, la “autoridad” se parece de modo sorprendente a la rama jurídica del gobierno de Montesquieu, quien afirmaba que el poder de ésta es “en cierto modo inexistente, aunque constituya la más alta autoridad en los gobiernos constitucionales31.

Este texto da a entender que las magnitudes del plano del contenido no están regidas simplemente por la contrariedad, sino por la inversión y la concesión, por el adverbio “aunque” en el texto de H. Arendt. Pero para aclarar definitivamente este punto debemos profundizar nuestro análisis.

Hasta este momento, hemos aceptado que un valor V está definido por la intersección de una valencia intensiva v’ y por una valencia extensiva v’’. Para una semiótica del intervalo y de la medida, para una semiótica estésica, esta definición sólo puede ser provisional. Admitamos que: a) cada dimensión depende del intervalo [0→1] si la dirección es creciente, del intervalo [1→0] si la dirección es decreciente; b) v’ y v’’ se encuentran en alguna parte entre las valencias 1 y 0; todas las valencias pueden ser descritas, a partir del diagrama que reproduce las convenciones adoptadas, de la siguiente manera:


La valencia v’ es segmental, es decir, divide el intervalo [1→0] en dos segmentos [1→v’] y [v’→0], pero cada fragmento es objeto de una identificación dinámica. Consideremos primero el intervalo [1→0]: en 1, solamente hay más; en 0, hay sólo menos. Si se produce un desplazamiento desde 1 hacia 0, aparece, primero, una disminución de más [1→v’]: estamos entonces ante la atenuación, es decir, ante la operación sintagmática que instala el menos de más; y seguidamente, el aumento de menos [v’→0]: nos encontramos ahora ante la depreciación, es decir, ante la operación sintagmática que instala el “más de menos”. Las dos operaciones son simultáneas y únicamente las distingue el acento (de sentido): algo deviene primero menos fuerte (=menos de más), y enseguida eso mismo se hace más débil (=más de menos). Otro tanto ocurre con la valencia v’’ en la segunda dimensión: la valencia v’’ divide el intervalo [0→1] en dos segmentos [0→v’’] y [v’’→1], al primero de los cuales —[0→v’’]— corresponde la reanimación, esto es, el menos de menos, mientras que al intervalo [v’’→1] corresponde la intensificación, el más de más. Del mismo modo que las dimensiones a y b, las operaciones tensivas son igualmente interdependientes, lo que significa que la atenuación y la depreciación, las cuales operan en la dimensión a, están en sincronía con la reanimación y con la intensificación, que actúan en la dimensión b. Las dos direcciones posibles, el crecimiento y el decrecimiento, acceden al análisis en la medida en que el mínimo epistemológico exige que dos magnitudes, además de oponerse entre ellas, puedan ser opuestas a sí mismas.

En estas condiciones —difíciles, desde luego— la concesión puede entrar en el paradigma de las relaciones estructurantes. Dentro del paradigma de la decadencia tensiva, y de manera más general de la complejidad, el decrecimiento no es lo contrario del crecimiento, sino su condición. Comprendemos el porqué del adverbio “aunque”, o de cualquier otro adverbio concesivo, en el razonamiento de H. Arendt: para que una magnitud del plano del contenido tenga tal valencia en tal dimensión, en este caso la autoridad, es necesario que muestre al mismo tiempo la inexistencia de la dimensión correlativa, esto es la del poder.

Un universo de discurso está, pues, dirigido por la prevalencia que selecciona, aunque el orden de sucesión en el tiempo no deje de tener consecuencias: la prevalencia de tal discurso anterior es necesariamente paradójica, y por lo tanto, inconcebible en un discurso posterior si éste no prorroga la misma prevalencia: ¿no es completamente absurdo separar la autoridad del poder?; lo que significa que nos encontramos ante la pregunta definitiva de Montesquieu en las Cartas persas: “¿Cómo se puede ser persa?”. Los juntivos realizables son del tipo alternativo, “o…o…”, o bien del tipo copulativo, “y…y…”. Es posible reconocer en esta bifurcación la continuación de lo arbitrario saussuriano, pero en el discurso. Naturalmente, tal discurso singular plantea la relación que ha elegido como necesaria y que autoriza el porqué. Si los discursos no tuvieran recíprocamente conciencia de su existencia, si no comunicaran de un modo o de otro entre ellos, no existiría ningún porqué. Pero como no es ese el caso, la concesión, el aunque, permite a un discurso D2 reducir el desmentido pronunciado por un discurso D1, como si la moraleja del asunto pudiera ser resumida con el siguiente enunciado directo: ¡aunque ustedes separen a de b, nosotros las reuniremos!

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17 октября 2024
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690 стр. 84 иллюстрации
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9789972453762
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