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BALANCE Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

JOSÉ FÉLIX TEZANOS

Y JAVIER GARCÍA FERNÁNDEZ (EDS.)

BALANCE Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

MINERVA

Diseño de cubierta: Malpaso Holdings, S. L.

© Para la edición, José Félix Tezanos y Javier García Fernández, 2021

© Los autores, 2021

© Biblioteca Nueva, 2021

Colección Minerva. Monografías.

© Malpaso Holdings, S. L., 2021

C/ Diputació, 327, principal 1.ª

08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

ISBN 978-84-18236-88-4

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ÍNDICE

CUBIERTA

BALANCE Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

VIRTUDES Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

PRIMERA PARTE: BALANCE HISTÓRICO

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN PERSPECTIVA HISTÓRICA. VISIONES INTERNACIONALES

ESPAÑA EN DEMOCRACIA: LA VISIÓN DESDE ALEMANIA

1. VISIÓN ALEMANA DE ESPAÑA EN LOS AÑOS SETENTA DEL SIGLO XX

2. LA VISIÓN ALEMANA DE LA ESPAÑA DEMOCRATIZADA Y CONSOLIDADA

LA PRENSA FRANCESA ANTE LAS TRANSFORMACIONES DE ESPAÑA (1975-2019)

1. PESO DE LA HISTORIA Y PERMANENCIA DE LOS TÓPICOS (1975-1978)

2. DE LA CONSTITUCIÓN AL INGRESO EN LA CEE (1978-1986): CAMBIO DE IMAGEN

3. 1992, AÑO TRIUNFAL: EXPOSICIÓN DE SEVILLA, JUEGOS OLÍMPICOS, MADRID CAPITAL CULTURAL EUROPEA

4. UN PAÍS TRIUNFADOR… A PESAR DE TODO

5. LAS PERSPECTIVAS HOY

LA CONSTITUCIÓN DE ESPAÑA DE 1978 Y LAS CIENCIAS SOCIALES FRANCESAS

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN PERSPECTIVA HISTÓRICA. VISIONES DESDE ESPAÑA

SIGNIFICADO, IMPACTO Y BALANCE DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN NUESTRA HISTORIA. UNA VISIÓN DESDE ESPAÑA

INTRODUCCIÓN

1. EL SISTEMA DEL 78

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

UNA REFORMA CONSTITUCIONAL FRUSTRADA: LA DE LA CONSTITUCIÓN DE 1876

1. UN CONTINUO TEJER Y DESTEJER

2. LA CONSTITUCIÓN DE 1876

3. LA GRAN GUERRA Y LA REFORMA CONSTITUCIONAL

4. FRAGMENTACIÓN DEL PARLAMENTO Y GOBIERNOS QUE NO DURAN

5. EL DESENLACE

TRANSICIÓN Y CONSTITUCIÓN: SEIS PROPOSICIONES HISTORIOGRÁFICAS PARA EL DEBATE

1. PRIMERA PROPOSICIÓN

2. SEGUNDA PROPOSICIÓN

3. TERCERA PROPOSICIÓN

4. CUARTA PROPOSICIÓN

5. QUINTA PROPOSICIÓN

6. SEXTA PROPOSICIÓN

DOS MARCOS CONSTITUCIONALES. FRACASO RÁPIDO Y ÉXITO CONTROVERTIDO

REFERENCIAS

SEGUNDA PARTE: PERSPECTIVAS DE FUTURO

OPINIÓN PÚBLICA, TENDENCIAS POLÍTICAS Y DEMANDAS DE REFORMA CONSTITUCIONAL

OPINIÓN PÚBLICA Y REFORMA CONSTITUCIONAL

1. DICTADURA Y DEMOCRACIA

2. LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA ANTE LA CONSTITUCIÓN DE 1978

3. TIPOS DE REFORMAS CONSTITUCIONALES

4. NUEVAS CUESTIONES DE DEBATE

5. OPINIÓN PÚBLICA Y LIDERAZGOS

6. TENDENCIAS NUCLEARES

LAS TRIBULACIONES DE UNA CONSTITUCIÓN RÍGIDA EN UNA SOCIEDAD FLEXIBLE

INTRODUCCIÓN

1. LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA Y LA REFORMA CONSTITUCIONAL

2. LOS CONTENIDOS DE LA REFORMA

LA CONSTITUCIÓN EN LA ERA DE LA REVOLUCIÓN DE GÉNERO

1. DE LA ESPAÑA DE 1978 A LA DE 2018

1.1. Los cambios demográficos

1.2. Género y educación

1.3. El empleo

2. CUARENTA AÑOS DESPUÉS: LIMITACIONES, DESDE LA PERSPECTIVA DE LAS MUJERES, DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978

3. LIMITACIONES DE LAS PRÁCTICAS POLÍTICAS Y SOCIALES QUE ENTORPECEN LA APLICACIÓN REAL DE LOS MANDATOS CONSTITUCIONALES EN RELACIÓN CON EL FENÓMENO SOCIAL DEL GÉNERO

3.1. Cuidados

3.2. Confianza en sí misma

3.3. Cultura política

3.4. Club cerrado

EL CAMBIO CONSTITUCIONAL COMO HORIZONTE ASPIRACIONAL DE LAS GRANDES MAYORÍAS SOCIALES ESPAÑOLAS

1. EL CAMBIO CONSTITUCIONAL COMO ASPIRACIÓN

2. GRANDES ACUERDOS SOCIALES SOBRE EL CAMBIO CONSTITUCIONAL

3. ENTONCES, ¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

PERSPECTIVAS DE REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978 LA FORMACIÓN DE GOBIERNOS

LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN SOBRE LOS AFORAMIENTOS Y LA FORMACIÓN DE GOBIERNOS

1. LA REFORMA DE LOS AFORAMIENTOS PREVISTOS EN LOS ARTÍCULOS 71 Y 102 DE LA CONSTITUCIÓN

2. ¿ES NECESARIA LA REFORMA DEL SISTEMA DE FORMACIÓN DEL GOBIERNO EN ESPAÑA?

EXPERIENCIAS COMPARADAS DE LA FORMACIÓN DE GOBIERNOS

1. EXPERIENCIAS CONSTITUCIONALES HISTÓRICAS

1.1. 1860, Perú

1.2. 1873, España

1.3. 1910, Portugal

1.4. 1919, Finlandia

1.5. 1919, Alemania

1.6. 1940, Cuba

2. EXPERIENCIAS CONSTITUCIONALES CONTEMPORÁNEAS

2.1. Estados Unidos

2.2. Gran Bretaña

2.3. Israel

2.4. Italia

CONCLUSIÓN

LA GOBERNABILIDAD EN ESPAÑA: EL CAMBIO DE CICLO TRAS LAS ELECCIONES GENERALES DE 2015

INTRODUCCIÓN

1. DE LA ESTABILIDAD A LA INESTABILIDAD PARLAMENTARIA

2. EL DEBILITAMIENTO DE LOS EFECTOS «IMPERFECTOS» DEL SISTEMA DE PARTIDOS

3. LAS TRANSFORMACIONES SURGIDAS EN EL PERÍODO 2015-2019

4. ¿QUÉ LECCIONES EXTRAER Y APLICAR EN EL FUTURO?

PROBLEMAS Y SOLUCIONES EN LA ELECCIÓN DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO

1. EL DESGOBIERNO

2. LAS REGLAS CONSTITUCIONALES

3. LA RESPONSABILIDAD DEL DESGOBIERNO

SINGULARIDADES EN LA FORMACIÓN DE GOBIERNOS AUTONÓMICOS: LA INCIDENCIA DEL PARLAMENTARISMO NEGATIVO

INTRODUCCIÓN

1. LAS SINGULARIDADES DE LOS MODELOS DE DESIGNACIÓN DEL PRESIDENTE EN LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS

1.1. La regulación de la formación parlamentaria del Gobierno en las comunidades autónomas

1.2. La designación por elección del Presidente en las Comunidades Autónomas vasca y asturiana

2. EL MARCO CONCEPTUAL DEL MODELO DE ELECCIÓN DEL PRESIDENTE EN LA CONFIGURACIÓN DE LA FORMA DE GOBIERNO AUTONÓMICA: EL PARLAMENTARISMO NEGATIVO

CONCLUSIÓN

LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL DEL ESTADO

LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL DEL ESTADO. REFLEXIONES SOBRE LA EXPERIENCIA PASADA Y SOBRE SU POSIBLE REFORMA

INTRODUCCIÓN

1. LOS CONFLICTOS INICIALES

2. LOS PACTOS QUE CENTRARON EL MODELO TERRITORIAL EN EL SIGLO XX Y LA PÉRDIDA DEL ESPÍRITU PACTISTA EN EL SIGLO XXI

3. EL NUEVO SIGLO: EL FRACASO DE LOS PACTOS

4. COMPLEJIDAD TÉCNICO-JURÍDICA DEL TÍTULO OCTAVO DE LA CONSTITUCIÓN

5. EL ALCANCE Y LA SEDE DE LAS REFORMAS DE CONTENIDO AUTONÓMICO

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

Introducción

1. Los conflictos iniciales

2. Los pactos que centraron el modelo

3. La primera década del nuevo siglo: el fracaso de los pactos

4. Complejidad técnico-jurídica del título octavo de la Constitución

LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL DEL ESTADO EN LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

INTRODUCCIÓN

1. EL DERECHO AUTONÓMICO EN LA JURISPRUDENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

2. LA LEGITIMACIÓN ACTIVA Y SU DETERMINACIÓN POR LA LEY ORGÁNICA 2/1979, DE 3 DE OCTUBRE, DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

2.1. Jurisprudencia del Tribunal Constitucional respecto de la legitimación activa de las comunidades autónomas en relación con los recursos de inconstitucionalidad

2.2. La legitimación activa de los órganos colegiados colegiados ejecutivos para la interposición de los recursos de inconstitucionalidad frente sus propias asambleas parlamentarias

3. LA NECESARIA DELIMITACIÓN COMPETENCIAL ENTRE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS Y EL ESTADO. EL PROBLEMA DE LOS TÍTULOS COMPETENCIALES TRANSVERSALES

4. POSIBILIDADES DE RELACIÓN INSTITUCIONAL ENTRE EL ESTADO Y LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS

5. PROPUESTAS DE REFORMA CONSTITUCIONAL

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

BALANCE Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. LA REFORMA TERRITORIAL DEL ESTADO EN CLAVE EUROPEA

1. LOS CONDICIONANTES EUROPEOS DE LA REFORMA: PLANTEAMIENTO GENERAL

2. PRINCIPIOS BÁSICOS DE LA REFORMA CONSTITUCIONAL EN ESPAÑA Y EL RESTO DE LOS ESTADOS MIEMBROS DE LA UNIÓN EUROPEA

2.1. La «doble cámara»

2.2. El referéndum

2.3. Las cláusulas de intangibilidad

3. LAS REFORMAS DE LA CONSTITUCIÓN DERIVADAS DE LA INTEGRACIÓN EN LA UE

3.1. «Repensar» sobre la configuración de los instrumentos de colaboración entre los órganos centrales y los órganos autonómicos y europeos

3.2. «Repensar» sobre la regulación del principio de subsidiariedad y la colaboración entre parlamentos

3.3. «Repensar» acerca del diálogo entre tribunales

3.4. «Repensar» en materia de derechos y obligaciones

3.5. «Repensar» acerca del significado jurídico y de la eficacia de los valores

RETORNO A LA CONSTITUCIONALIDAD

1

2

VALORES, DERECHOS Y LIBERTADES

REFLEXIONES SOBRE LA POSIBLE REFORMA DEL TÍTULO I DE LA CONSTITUCIÓN

1. INTRODUCCIÓN. ¿ES NECESARIA LA REFORMA CONSTITUCIONAL?

2. ÁMBITO DE LA REFORMA: ¿UNA REVISIÓN TOTAL O LA REFORMA DE ASPECTOS CONCRETOS?

3. EL ÁMBITO DE LA REFORMA: ESTRUCTURA Y CONTENIDO DEL TÍTULO I

3.1. Unificación de los actuales capítulos primero y segundo del título I

4. EL LENGUAJE INCLUSIVO

5. LA REFORMA DE LA IGUALDAD

ENCARNAR LOS VALORES DE UNA DEMOCRACIA LIBERAL-SOCIAL

1. HACE MÁS DE CUARENTA AÑOS

2. EL CAMBIO DE SIGLO

3. ¿QUÉ HACER?

4. UNA DEMOCRACIA LIBERAL Y SOCIAL

LA INDEPENDENCIA JUDICIAL COMO VALOR CONSTITUCIONAL

I

2

3

4

¿QUÉ HACEMOS CON LOS DERECHOS? A PROPÓSITO DE LA REFORMA CONSTITUCIONAL

1. ALGUNOS PRESUPUESTOS

2. CUESTIONES POR REFORMULAR

2.1. Generales, de concepto y garantía

2.2. Derechos concretos

2.3. Personas y colectivos

3. NUEVAS TECNOLOGÍAS

4. DISCAPACIDAD

5. EPÍLOGO

TERCERA PARTE: BALANCE HISTÓRICO

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 Y SUS PROTAGONISTAS: MIRANDO AL FUTURO

MIRANDO AL FUTURO

CONSTITUCIÓN Y GOBERNABILIDAD EN TIEMPOS DE FRAGMENTACIÓN POLÍTICA

1. ETAPA DE CAMBIOS

1.1. El alcance de la crisis

1.2. La fragmentación y sus consecuencias

1.3. Diagnósticos y salidas

2. LA CULTURA DEL PACTO

3. REFORMAS EN EL SISTEMA ELECTORAL

3.1. Sistema proporcional o sistema mayoritario

3.2. Prima de diputados para el partido ganador

3.3. Tamaño de las circunscripciones y umbral de acceso a la representación

3.4. Sistemas matemáticos de asignación de escaños

3.5. Voto de los españoles residentes en el exterior

3.6. Subcomisión parlamentaria para la reforma del sistema electoral

4. EL PROCEDIMIENTO DE INVESTIDURA

4.1. Reglamento del Parlamento Vasco

4.2. Reglamento de la Junta General del Principado de Asturias

4.3. Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha

4.4. Propuesta de aplicación del procedimiento «automático» en el artículo 99 de la CE

4.5. Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid y Reglamento de la Asamblea de Madrid

CONCLUSIONES

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 Y SUS PROTAGONISTAS. MIRANDO AL FUTURO

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 Y SUS PROTAGONISTAS. MIRANDO AL FUTURO

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 Y SUS PROTAGONISTAS. MIRANDO AL FUTURO

BIBLIOGRAFÍA CITADA

UN NUEVO CONSENSO PARA OTROS CUARENTA AÑOS DE PROSPERIDAD Y ESTABILIDAD

INTRODUCCIÓN

PRESENTACIÓN
BALANCE Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

Este libro tiene su origen en las jornadas sobre Balance y Perspectivas de la Constitución Española de 1978, que tuvieron lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid los días 13, 14, 15 y 16 de marzo de 2019. Las jornadas fueron promovidas por ocho importantes instituciones; algo poco frecuente en países como el nuestro, en el que pocas veces tantas instituciones, culturales y económicas de diverso signo se ponen de acuerdo en la realización de tal tipo de eventos.

En este caso las entidades que colaboraron fueron el Centro de Estudios Constitucionales, el Colegio de Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, la Asociación Nacional de Parlamentarios Pensionados, el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas), la ONCE, la Fundación Liberbank, la Fundación UNICAJA y la Fundación Sistema, que organizó el evento.

Cuando empezamos a preparar las jornadas, bastantes meses antes, todos entendimos que un tipo de debate de esta naturaleza era oportuno y necesario en la sociedad española. Especialmente en momentos y condiciones como las que se daban —y se dan— después de transcurridos cuarenta años de vida de la Constitución de 1978.

Durante el año del cuarenta aniversario de la Constitución de 1978, tuvieron lugar bastantes actos solemnes, algunos importantes, y muchas iniciativas de recordatorio. Pero a algunos nos parecía que habían faltado debates de mayor entidad con académicos y especialistas con distintas orientaciones, junto a políticos destacados de diferentes partidos, que desde el sosiego de unas jornadas académicas de varios días pudiéramos aportar y contrastar diversos matices y valoraciones sobre una Constitución que, contemplada con cierta perspectiva histórica, desde una óptica nacional e internacional, es evidente que ha aportado mucho al funcionamiento coherente y positivo de la sociedad española y al propio acervo del constitucionalismo internacional. De hecho, en aquellas jornadas contamos también con la presencia de prestigiosos historiadores, algunos venidos de universidades internacionales importantes, así como hispanistas reputados, que hicieron el esfuerzo de trasladarse a Madrid para acompañarnos durante los debates.

No sé si en España valoramos suficientemente lo que ha significado la Constitución del 1978 en la larga historia de nuestro país. Se trata de una conquista que ha dado lugar no solo a uno de los períodos más dilatados —y fructíferos— de estabilidad política y de progreso social y económico de la historia reciente de España, sino que también ha inaugurado un horizonte —muchos pensamos que irreversible— en el que ha sido posible poner de acuerdo a esas dos Españas, a esos dos grandes sectores de la sociedad española que tanto han pugnado entre sí, de manera casi irreconciliable, a lo largo de nuestra historia. Sectores que en aquella ocasión fueron —fuimos— capaces de entendernos para aprobar por consenso un texto constitucional que permitiera a la sociedad española y a la inmensa mayoría de los españoles no solo vivir en paz y con seguridad, sino obtener las mejores posibilidades de todos, como fruto de una convivencia pacífica y democrática en un país como el nuestro.

Se trata de una constitución que ha superado —estaba a punto de superar cuando esto se escribe— en duración a la de 1876, que prolongó su funcionalidad política hasta el golpe de Estado del general Primo de Rivera en 1923. Es decir, durante cuarenta y siete años. Sin duda un largo período de la historia de España.

Sin embargo, la Constitución de 1876 no incluyó en el texto que se aprobó en su día unas previsiones razonables y factibles de reforma que impidieran su envejecimiento y facilitaran su puesta al día.

Las constituciones, como casi todo en la vida, son instrumentos que cumplen un papel, y su valor está acotado históricamente. Se trata de instrumentos jurídicos que organizan la convivencia y que, por lo tanto, debido a su carácter histórico, tienen que cambiar y ser capaces de evolucionar a la par que evoluciona la sociedad.

No se trata de cambiar una constitución por otra continuamente y volver a repetir el curso de ciertos ciclos temporales confrontados como alternativas diferentes sucesivas —como ha pasado en la historia de España—, sino que lo que se precisa es que en cada momento pertinente —cuando así se considere necesario— se tenga capacidad para adaptarse a las nuevas realidades y a las demandas que vayan surgiendo al hilo de la cotidianidad social y de la propia evolución generacional.

En este sentido, hay que tener en cuenta que en estos momentos en España hay una amplia mayoría de población que no votó en el referéndum para la Constitución —prácticamente todos los que a principios de 2010 tenían menos de sesenta años—, siendo varias las generaciones que toda su vida han tenido la suerte de vivir en el régimen democrático pleno inaugurado por la Constitución de 1978, sin grandes crisis, inestabilidades ni rupturas. El hecho de que la gran mayoría de la población española en el momento actual se encuentre en esas condiciones es algo que debe ser especialmente considerado a la hora de valorar las demandas actuales de posibles reformas constitucionales.

Al cambio demográfico natural, en nuestro caso se añade la presencia de nuevas e importantes circunstancias de carácter sociológico, económico, internacional e, incluso, tecnológico, entre las que se encuentra la evolución de la propia Unión Europea y nuestro papel en ella, y la importante revolución científico-tecnológica que está teniendo lugar en una época enormemente influenciada por internet, la robótica, la genómica, etc. Nada de lo cual estaba presente, y en algunos casos ni siquiera se imaginaba, en sociedades como la española en el horizonte temporal de 1978.

Por ello, los que organizamos las jornadas, desde un punto de vista más académico y de análisis de contexto, pensamos que, además de celebrar el aniversario de la Constitución de 1978, debíamos contribuir al debate necesario sobre sus perspectivas futuras. En este caso, lo que pretendíamos era propiciar un encuentro útil, sabiendo que los debates sobre cuestiones constitucionales son fruto no solo de la necesidad —o de la coincidencia en su identificación—, sino también de los esfuerzos de diálogo y debate, a partir de los estados de opinión que existen en una sociedad en un momento dado.

En el período en el que se cumplió el cuarenta aniversario de la Constitución de 1978 era muy frecuente escuchar ponderaciones y valoraciones positivas del clima político que se vivió durante los años de la Transición democrática. Años que en realidad no resultaron fáciles, ni estuvieron exentos de peligros y tensiones, pero en los que predominó la voluntad de dialogar, reflexionar y entenderse. En este sentido, hay que tener en cuenta que la opinión pública entonces tenía muy claro que había que intentar superar un ciclo especialmente conflictivo y antagonizado de la historia de España. Fue en aquellos años cuando la voluntad de los españoles de vivir en paz y en democracia, como los países de nuestro entorno, fue muy fuerte, muy sólida. La inmensa mayoría queríamos vivir en paz y de manera civilizada, mirando al futuro, y no regodeándonos en nuestros conflictos, problemas y desencuentros del pasado.

Sinceramente, yo creo que también actualmente hay una gran mayoría de la población que piensa que la Constitución de 1978 ha sido y es muy positiva para España, y que este período de nuestra historia ha sido especialmente fructífero. Al mismo tiempo, bastantes españoles entienden que la Constitución de 1978 hay que reformarla y ponerla al día en algunos aspectos. Por lo tanto, tendríamos que ser capaces de ponernos de acuerdo para emprender ciertas reformas de interés y utilidad común, aunque no resulten fáciles.

De ahí la pertinencia de jornadas como las que han dado lugar a este libro, en las que participamos personas que tenemos distintas trayectorias, tanto profesionales y académicas como políticas, pero que demostramos que éramos capaces de dialogar, de pensar y aportar puntos de posible encuentro, de formular valoraciones sensatas y de estar dispuestos a llegar a acuerdos. Sobre todo, teniendo muy presente lo que decía el gran Machado sobre dialogar, en el sentido de reconocer que dialogar significa también preguntar y escuchar, es decir, hacer esfuerzos de empatía y de puesta en común.

En la presentación de este libro yo quisiera hacer una mención especial a dos personas. Si bien en las jornadas celebradas tuvimos la fortuna de contar con dos de los padres de la Constitución —Miquel Roca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón—, con los que todos tenemos una deuda política y moral importante, no pudimos contar con otros. Precisamente, una de las personas con las que primero hablé, cuando pusimos en marcha estas jornadas, fue José Pedro Pérez Llorca, que, con una voz ya muy tenue, me dijo de manera resuelta: «si estoy bien, iré seguro». Posibilidad que se mantuvo abierta hasta pocos días antes de celebrar las jornadas, cuando nos comunicaron que era imposible, porque había fallecido. José Pedro Pérez Llorca, como todos sabemos, era una persona entrañable y un gran profesional, por lo que fue una auténtica pena que no le pudiéramos escuchar en los debates. Otra persona muy especial para la Fundación Sistema y para algunos de los que participamos en las jornadas fue el Profesor Gregorio Peces-Barba, uno de los padres de la Constitución que, con su esfuerzo y sabiduría, hizo posible dicho texto. Gregorio Peces-Barba fue un gran académico, un gran político y, para muchos de los que desde Cuadernos para el Diálogo y desde la Universidad le conocimos siendo aún muy jóvenes, fue un maestro y un referente.

Desde la estela de estos referentes y desde el recuerdo de su ejemplo y el esfuerzo realizado por aquellos hombres —y pocas mujeres—, en un libro como este hay que empezar con un recuerdo y un reconocimiento especial.

Madrid, enero de 2020

JOSÉ FÉLIX TEZANOS

INTRODUCCIÓN
VIRTUDES Y PERSPECTIVAS DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

MIQUEL ROCA

Abogado. Ponente de la Constitución de 1978

Sin rodeos: estoy dispuesto a reconocer a la Constitución de 1978 todas las virtudes, incluso, cuando sea necesario, a aquellas en las que no crea tanto. Le voy a reconocer todas las virtudes, y, a partir de aquí, discutamos lo que hay que cambiar, lo que hay que hacer. Pero, en definitiva, creo que mi obligación personal es defender lo que en aquel momento se hizo, sobre todo, cuando con lo que tengo que enfrentarme es con la ignorancia supina de la acusación sobre el «régimen del 78».

Esta acusación no tiene ningún sentido. Me refiero a aquellos que van diciendo por ahí «el régimen del 78». El «régimen del 78» es una expresión construida desde la voluntad despectiva y ofensiva, cuando en realidad fue, simplemente, la recuperación de la libertad para el conjunto de todos los ciudadanos españoles. A esto le llaman «régimen del 78». Pues bien, pues yo me constituyo en defensor de la Constitución como símbolo de este «régimen del 78», que devolvió la libertad a todos los ciudadanos.

Aquello no fue fácil. Pero no lo magnifiquemos, porque no fue fácil, en todo caso, para la sociedad. Los que nos tocó participar en diversas formas en aquel momento teníamos un mandato muy claro de la ciudadanía: la sociedad quería que nos pusiéramos de acuerdo. Lo que nos hubiera afeado era que no fuéramos capaces de ponernos de acuerdo.

Lo que había era una voluntad unánime, muy importante, de que las fuerzas políticas fueran capaces no solo de poner punto final al franquismo, sino a mucho más. En el año 1977, para nosotros, se trataba no solo de asumir los cuarenta años de la dictadura franquista, sino una guerra civil traumática y la incapacidad demostrada por la sociedad española a lo largo de, como mínimo, ciento cincuenta años de encontrar espacios de convivencia, de tolerancia y de respeto. Queríamos establecer unas bases que asegurasen una capacidad de convivir en paz y en libertad durante el máximo tiempo posible. No teníamos previsiones, lo que queríamos era sobrevivir.

Cuando alguno de los de la acusación del «régimen del 78» dice «fue un pacto de cobardes» es simplemente un ignorante. Cuando la Pasionaria y Rafael Alberti bajaron de su escaño para ocupar la presidencia de la mesa de edad que iba a constituir el Parlamento de 1977 —momento que nosotros vivimos con emoción—, ¿alguien se hubiera atrevido entonces, desde fuera, a decir: «mira, por ahí bajan los cobardes»? ¿Alguien hubiera podido decirle a Jorge Semprún que era un cobarde? La ignorancia mata la inteligencia. Ruego a los que dicen esto que no lo hagan, porque acabarán mal, porque negar lo que aquello representó es propio del género de lo absurdo.

Por primera vez en la historia de España, se hacía una Constitución desde el consenso. No lo habíamos hecho nunca. Y el consenso requiere coraje. ¿Por qué, si no, sentarse aquí delante con Fraga, que toda la vida me había perseguido? Y saludarle e, incluso, terminar una ponencia siendo amigos. Con él, construimos unas bases sobre las que asegurarnos una convivencia. ¿Era cobarde Santiago Carrillo cuando se hacía presentar por Fraga en el Club Siglo XXI?

Por primera vez hicimos una constitución desde el consenso y sometida al referéndum popular. Jamás en España la habíamos tenido. Y no únicamente en España, sino que en muchos países europeos de nuestro entorno tienen constituciones no sometidas al referéndum popular. No está nada mal. Y la votó casi el noventa por ciento. En Cataluña, en particular, el 91,5 por ciento.

Los ponentes, los que estuvimos allí, somos los que estamos en deuda con toda la sociedad. ¿Qué mayor lujo que permitirte participar en la redacción de una constitución que el noventa por ciento de tus ciudadanos dice que sí, que está de acuerdo con ella? Esto es impresionante.

Teníamos que resolver muchos problemas y, evidentemente, ahora es el momento de hablar y pensar si debe reformarse o no. He dicho que para entendernos en el debate —y estoy dispuesto a sentarme en el lado de la defensa— existe una defensa, digamos, en bloque por una razón: la Constitución es un paquete en su conjunto, no sirve decir: «yo acepto todo menos el artículo 23». La Constitución es un bloque. Me gusta a veces decir que es mucho más una música que una letra.

La democracia es fácil de ganar. Los libros dicen cómo hay que hacerlo. Es muy difícil vivir en ella y practicarla cada día. Esta es la lectura y la lección más importante. Decía el profesor que no se enseña la Constitución, que no enseñan la Constitución, pero que, sin embargo, pueden hablar contra el «régimen del 78». Saben tan poco de la Constitución que incluso la pueden criticar. Esto es un mérito democrático enorme. Evidentemente, la cuenta de resultados de la Constitución es buena, es muy buena. También negar la transformación espectacular que ha tenido España en estos últimos tiempos —existen pasiones desordenadas que pueden conducir hacia donde se quiera— y negar la evidencia me parece absurdo.

Se puede decir que tenemos una crisis. ¿Es culpa de la Constitución la crisis de Lehman Brothers? Ello es una ambición de extraterritorialidad enorme. No sé hasta dónde influimos en Estados Unidos en la crisis económica —seamos serios—. Tenemos un problema con las pensiones. ¿Es culpa de la Constitución el tema de las pensiones? En este país se han normalizado temas como el matrimonio homosexual, en el que, para aplicarlo en determinados países de nuestro entorno, han tenido que hacer referéndums. Desde el año 1978, esto ha podido funcionar en nuestro país. ¿De dónde hemos de aprender? Es decir, ¿hay cosas que no funcionan? Seguro. Que no sea la reforma una excusa para no acometerlas. Que no se diga: «como la Constitución dice eso, no podemos resolver este problema». Falso. Actualmente ninguno de los problemas más acuciantes y más graves de la sociedad española tiene su origen o su causa en la Constitución. Y me dirán: «¿este no es catalán?» Y, digo: el problema que se está planteando en Cataluña no se da por culpa de la Constitución ni tiene su origen en ella. En todo caso, se da por otras ambiciones, no constitucionalmente previsibles ni amparables. No es por la Constitución. Por tanto, me siento muy responsable de intentar transmitir a la sociedad un cierto orgullo por lo que se hizo colectivamente. No un cierto perdón por lo que hicimos, sino un cierto orgullo por ello.

España es el país más descentralizado territorialmente que existe en Europa. El más cercano a nosotros es Alemania, con una diferencia muy notable. En Alemania la descentralización la hicieron los tanques aliados. Aquí la hicimos nosotros sin tanques.

En Alemania se hizo de tal manera porque lo único que les preocupaba está en la frase de Miterrand: «nos gusta tanto Alemania que preferimos dos a una sola». Todo lo que fuera dividir Alemania y trocearla, —los Länder, etc—, estaba muy bien, porque así se evitaba que volviera a resurgir el nacionalsocialismo.

En España no fue así, aquí ocurrió otra cosa. Por lo tanto, tenemos suficiente historia de un buen hacer como para que cuando surja el debate de la reforma tengamos confianza en que la podemos llevar a cabo. Porque en un momento determinado hicimos algo que teóricamente tenía que ser mucho más difícil. Porque hoy algunos están con el tema de la memoria histórica, pero en aquel momento la memoria histórica no era histórica, era la memoria de antes de ayer.

Por tanto, si en aquel momento hicimos esto, ello nos debería dar a todos mucha confianza para decir: podemos acometer otras ambiciones, otras reivindicaciones, lo podemos acometer porque en algún momento determinado hicimos aquello; por lo tanto, al revés, deberíamos generar en el pasado un reconocimiento que nos diese a nosotros mismos más confianza sobre lo que podemos hacer a partir de aquí.

Lógicamente, no voy a decir todo lo que la Constitución representó, pero sí que hay algunas cosas que me gustaría destacar de ella y que van a resultar incluso anecdóticas.

Por primera vez, una constitución consagra la expresión del pluralismo, y una sociedad plural requiere del pacto. No hay democracia que reconozca la pluralidad —que quiere decir diversidad— sin que exista el pacto como instrumento de cohesión de esta pluralidad. En el año 1978 decíamos en la Constitución una cosa muy sencilla: democracia es pacto, democracia no es únicamente tolerar la diferencia, sino hacerla posible. Algunos hoy lo tendrían que aprender de nuevo porque la diversidad es nada más que la base de cualquier sistema democrático. Sin esto, no funciona. Y aquella constitución lo decía, aquella constitución lo decía por primera vez.

Segundo punto. Hay un artículo que siempre pasa desapercibido, y en el que reconozco la especial autoría, insistencia, tenacidad y tozudería de Gregorio Peces Barba —que sabemos que tenía muchas cualidades pero entre las más destacadas la tozudez—. Se trata del artículo 9, en el que, no únicamente se dice que «todos los poderes públicos están obligados a respetar los derechos», sino que se establece la obligación de «remover los obstáculos que impidan su libre ejercicio». Esta es una actitud, no de garantía, sino de actuación, de proactividad. Y esto es fundamental. Este valor de la Constitución que no lo toque la reforma. Hay algunos artículos de la Constitución en el campo de los derechos y libertades que podrían ser ahora redactados de manera distinta, pero no le falta imaginación a la Administración de Justicia para leerlos como se quiere. Hay imaginación suficiente para poderlo hacer.

El servicio militar —lo recuerdo siempre— es obligatorio, pero dijimos que era obligatorio para cuando fuere necesario; mientras tanto, no. Y la Constitución lo permite. No ha pasado nada, pero sigue diciendo que el servicio militar es obligatorio y, sin embargo, no se hace. Tendrá que recordarse a los jóvenes que había un momento determinado en el que los jóvenes de este país fueron objetores de conciencia. Ya no hay servicio militar obligatorio, y no hemos reformado la Constitución. Por tanto, hay unos valores que son fundamentales.

Sí que debo decir que, seguramente, lo que en este momento nos corresponde es asumir una tesis —que yo creo que la Fundación Sistema comparte— en base a la cual el Senado no sirve para lo que se pensó y convendría ahora. El Senado es una cámara de corrección que subsana los errores que se hacen en el Congreso. No es una auténtica cámara territorial, y en este sentido lo que llamaríamos «las lecturas federalizantes de la Constitución a través de una reforma del Senado» tiene auténticamente un sentido de mejora y de perfección del sistema en el que no podemos tener un Estado descentralizado que no tenga un escenario de esta descentralización.

El Congreso es una cámara ideológica. Si en el Senado reproducimos otra cámara ideológica, esto no tiene ningún sentido. Por tanto, nosotros necesitaríamos realmente una revisión, una reforma de la Constitución en el tema del Senado —que creo que daría muchas posibilidades de superación de conflictos—, el tener un escenario donde diariamente estos representantes se vean, se conozcan, pacten, y acuerden. Creo que esto sería realmente muy útil para la estabilidad institucional.

¿Qué era, en definitiva, lo que la Constitución perseguía? Perseguíamos sentar unas bases institucionales de un Estado democrático y social de derecho, respecto del que no teníamos ni experiencia ni, en los antecedentes, buenos recuerdos. Por tanto, el tema era complicado. Por ello quisimos hacer algunas cosas.

Una de ellas era potenciar el papel de los partidos y de los sindicatos. La debilidad del ciudadano solo frente al poder del Estado es enorme. Necesita de partidos fuertes y de sindicatos fuertes. Cuando esto se sustituye por lo que llamaríamos «movimientos populares» o por «personalismos «excesivos», siempre acaba teniendo un regusto totalitario que pasa factura, siempre. No hay ningún ejemplo en contra. Por lo tanto, hay que reforzar este papel de sindicatos y partidos.

Segunda cuestión: ¿Puede modificarse la ley electoral? Sí, puede modificarse. Pero no hay ningún ápice de falta de democracia en nuestro sistema electoral. ¿Puede haber otro sistema? Sí. ¿Puede mejorarse por aquí o por allá? Sí. Nuestro sistema electoral es, hoy, de una corrección democrática total y absoluta. Los equilibrios entre territorios y poblaciones siempre son muy complicados en cualquier sistema electoral. Existen en los países de nuestro entorno fantásticos especialistas en geografía electoral.

En las circunscripciones de París, entre los distritos hay unas variaciones muy sutiles. De esta calle, de repente, se pasa a este otro distrito, porque por este sistema resulta que los que ganaron en una anterior ocasión consolidan su victoria si les incorporamos un par de calles más. Pero nuestro sistema electoral no tiene nada que no sea democrático. ¿Puede reformarse? Puede ser. Pero no es porque revista de algún ápice no democrático. Podríamos pensar en las figuras francesas de ballotage, etc. Con toda sinceridad, me he leído bastantes veces la Constitución sobre este punto y no veo que nada lo impidiese, es decir, que una ley electoral introdujese en España la figura de ballotage en segunda instancia.

Tercer punto. Sí que existe en nuestra Constitución algún vacío que se ha experimentado recientemente a través de los debates de investidura. ¿A partir de cuándo debe contarse la fecha de inicio en que se hace la primera votación? ¿Debe ser desde la primera votación o tres meses desde las elecciones? No lo sé. Es realmente un vacío que creo que es malo por una razón: porque estoy convencido de que desgasta a la institución e, incluso, desgasta a la figura del jefe del Estado cuando tiene que ejercer determinadas funciones interpretativas que son muy incómodas y que no las debería tener. La monarquía en España es un centro de imputación formal.

Y por último, todas las instituciones pueden ser retocadas. Se habla mucho del Tribunal Constitucional. Este tema es, en algunos casos, mucho más un problema de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional que de la Constitución, propiamente dicha. Con esto quiero decir que se puede aceptar el tema de una posible reforma y entiendo la reforma.

Voy a decir una última cosa, que es la más antipática. Es muy bueno que la Academia debata sobre la Constitución, siempre que entienda que no la tiene que hacer. La Constitución la hace el pueblo y sus representantes. Los académicos tienen que criticar, sugerir, etc. —y se agradece—, pero no han de tener la pretensión de hacer un proyecto académico de la Constitución, porque ello no es adecuado. Precisamente, lo que puede tener de motivador la Comisión que en el Congreso se constituyó fue que los propios parlamentarios asumieron la responsabilidad —asesorándose, incorporando ideas, aceptando sugerencias—. Pero, lo importante es que sean los parlamentarios los responsables. De la misma manera que en el año 1977 lo más importante fue que se trasladó la responsabilidad del proyecto de la Constitución a las Cortes, no al Gobierno de la UCD. El propio Congreso de los Diputados constituye su Comisión, su ponencia para elaborar una Constitución que sea así asumida y aceptada como un patrimonio colectivo de toda la representación del pueblo.

Y luego dicen que académicamente esto no funciona. Lo importante es que solo tienen derecho a equivocarse los ciudadanos, nadie más. Los demás no podemos equivocarnos. Siempre digo que, si tuviera que hacer en otro momento otra constitución, lo que sí que consideraría es el derecho al error. Sin error no hay libertad. Si usted tiene libertad pero no puede equivocarse, entonces la hemos fastidiado. Yo elaboro un dogma y usted lo acepta y ya está —esto ya lo hemos vivido.

PRIMERA PARTE: BALANCE HISTÓRICO

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN PERSPECTIVA HISTÓRICA. VISIONES INTERNACIONALES

ESPAÑA EN DEMOCRACIA: LA VISIÓN DESDE ALEMANIA

WALTHER L. BERNECKER

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Erlangen-Nürnberg, Alemania

La transición de la dictadura franquista al sistema democrático instituido en la Constitución de 1978 fue un proceso plural en el que confluyeron iniciativas, propósitos y agentes de muy distinto signo y orientación. Analizada generalmente dentro de un ámbito nacional como escenario único, la Transición también tuvo una proyección exterior de primer orden, no solo por su repercusión en lo que Samuel Huntington denominó «tercera ola democratizadora», sino fundamentalmente por la trascendencia que las cancillerías de otros países percibieron que tendría en la recomposición geopolítica de una Europa sacudida en aquellos años por la grave crisis del petróleo y en busca de una ampliación hacia el sur, todo ello insertado en un clima de Guerra Fría.

En este escenario, las transiciones ibéricas no podían dejar de concertar el interés, cuando no la inquietud, de los grandes países europeos, también y ante todo de Alemania, que estaba comenzando a erigirse en uno de los líderes comunitarios. Dado que estuvieron muy mediatizados los instrumentos de cooperación institucionales hasta la plena democratización, fueron los partidos y las fundaciones políticas los primeros encargados de apoyar el proceso, aconsejar orientaciones y respaldar movimientos y personalidades afines. El interés de todos los partidos alemanes en la Transición española era el mismo: consolidar el proceso democratizador e impedir que se basculara de un extremo ideológico al otro, como la Revolución de los Claveles portuguesa parecía estar haciendo.

A la muerte de Franco (1975), la República Federal de Alemania ayudó a España de forma intensa a salir del régimen dictatorial en el que estaba inmersa desde hacía cuarenta años, siendo su objetivo esencial que el país pudiera convertirse en una democracia capaz de integrarse en los dos principales organismos internacionales del bloque occidental: la Alianza Atlántica y la Comunidades Europeas. Pretendía con ello el fortalecimiento de la línea de actuación que desde su creación había mantenido en política exterior —«más Europa»—, a la vez que por su propio interés buscaba conservar el equilibrio de fuerzas entre el Este y el Oeste, impidiendo que el comunismo pudiera avanzar por el sur de Europa a través de países políticamente inestables aprovechando el final de sus dictaduras. En la consecución de estos propósitos, el Gobierno federal, en la fase decisiva de la Transición española, estaba compuesto por socialdemócratas y liberales; estos, al igual que los demócratas cristianos, se implicaron de forma directa, pero también indirectamente, a través de sus partidos y fundaciones, en la construcción de un sistema democrático.

1. VISIÓN ALEMANA DE ESPAÑA EN LOS AÑOS SETENTA DEL SIGLO XX

Para la política alemana, desde comienzos de los años setenta estaba claro que había que observar agudamente el desarrollo en España para identificar tempranamente a aquellas fuerzas que dirigirían el país después de la muerte de Franco. Como en esa fase gobernaba en Alemania una coalición de socialdemócratas (SPD) y liberales (FDP), con Willy Brandt como canciller, el interés se centraba ante todo en las diferentes tendencias políticas en España y en la pregunta cuál de estas tendencias estaría mejor en condiciones de imponerse frente a las otras y liderar el futuro del país.1 En un informe de la embajada alemana en Madrid, del 10 de abril de 1970, sobre la oposición española se podía leer que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) «debe ser considerado como el verdadero representante del socialismo en España, ya que al grupo de Tierno no puede otorgársele la denominación de partido». Y si bien el PSOE defendía la república, el informe diplomático auguraba que el partido «se adaptaría a una monarquía en el caso de que en unas elecciones así se decidiese».2 Aunque el informe presentaba a un PSOE bien organizado y activo, lo que en aquel entonces distaba bastante de la realidad, muestra, por otro lado, el apoyo de la embajada a los socialistas españoles, lo que cobraría una importancia decisiva en los próximos años. Otro informe de la embajada, de 1972, era bastante lúcido en cuanto a Juan Carlos de Borbón y la esperada transición. Decía que el futuro rey se apoyaría primero en las fuerzas del régimen, sin llevar a cambio ningún cambio importante, y que después debería aflojar las estructuras políticas, a lo que seguiría un período de reformas democráticas.3

El PSOE, dirigido por Felipe González, se convirtió en el único interlocutor válido de los socialdemócratas alemanes, una política propagada por el parlamentario Hans Matthöfer y el sindicato IG Metall, así como por el propio Brandt. A lo largo del año 1975, se sucederían las visitas de representantes del PSOE «renovado» a la SPD, de la que esperaban ayuda económica y logística. Ya en abril de 1975, Brandt garantizó a Nicolás Redondo y a Felipe González que no les faltaría el apoyo político y financiero de su partido. El socialdemócrata alemán hizo esta promesa a los compañeros españoles después de que estos le contaran que los comunistas del grupo de Santiago Carrillo estaban siendo subvencionados masivamente por la República Democrática Alemana, y que la decisiva lucha política tras la muerte de Franco entre comunistas y socialistas solo podría ser ganada por estos últimos si lograban igualar en recursos al PCE.4

En la decisiva fase de los meses en torno a la muerte de Franco, el apoyo de la Internacional Socialista al PSOE fue tajante. En una reunión del Comité de la Internacional Socialista para España, los días 16 al 20 de noviembre de 1975 en Ámsterdam, se formularon recomendaciones a los partidos socialdemócratas afiliados, entre otras, aludir a la relación existente entre democratización y entrada de España en la Comunidad Económica Europea.5 La socialdemocracia alemana insistió en la idea de que se debía apoyar solo a un único partido en España, y este curso arrojó finalmente los resultados esperados.

El primer discurso de la Corona ante las Cortes Generales en noviembre de 1975 causó una honda impresión en el entonces canciller alemán Helmut Schmidt. En sus Memorias, escribiría más tarde: «Tenemos que apoyar estas tendencias de Juan Carlos. No debemos en ningún caso presionar, pues esto podría desencadenar movimientos como en Portugal, pero tampoco debemos dudar de nuestras firmes expectativas de que en España va hacia un Estado democrático de derecho y a una sociedad abierta […]».6 El socialdemócrata Schmidt se alineaba, pues, con la posición de las demás potencias occidentales al apoyar a Juan Carlos como factor de estabilidad. En estas palabras ya se percibía claramente el temor que en aquellos meses recorría todas las cancillerías occidentales: que España podría correr la misma suerte que la vecina Portugal después de la Revolución de los Claveles e inclinarse hacia una posición izquierdista y antiatlantista. Había que impedirlo a toda costa. En cierta manera, la intención de impedir una «portugalización» de la situación española era el hilo conductor de la política alemana frente a España durante la Transición.

La socialdemocrática Fundación Friedrich Ebert perseguía, en el momento de empezar su labor en España en 1976, dos objetivos: «preparar al PSOE para alcanzar un buen resultado en las primeras elecciones democráticas y promover dentro del partido la hegemonía del grupo dirigente en torno a Felipe González, por ser este el garante de que la organización mantendría su línea moderada y no sucumbiría a ninguna aventura frentepopulista con los comunistas».7 La socialdemocracia alemana consideraba estas metas esenciales para contribuir a una transición pacífica en España.

La presencia de fundaciones y partidos extranjeros y de organizaciones internacionales en el proceso de transición española contribuyó indudablemente a proteger y fortalecer a la oposición democrática, tanto en los últimos años del franquismo como en los primeros de la transición. En algunos casos, dicho apoyo jugaría un papel determinante. Los pocos autores que se ocupan del papel de Alemania en la Transición española concuerdan en que la República Federal de Alemania fue un actor clave que desarrolló la acción más amplia en el tiempo, diversificada en cuanto a los que intervinieron y recibieron su apoyo, y condicionante por los resultados alcanzados.8 Entre los actores no gubernamentales merece destacarse el papel de la Internacional Socialista, ya que fue la institución que intervino de una forma más directa y con mejores resultados en el proceso de transición, siendo de especial interés que el presidente de dicha Internacional en los años que se discuten en este contexto fuera el ex canciller alemán Willy Brandt, cuyo partido, la SPD, seguía en el Gobierno en Bonn.9

La influencia alemana en la democratización del régimen franquista fue «la más importante de las potencias europeas».10 En sus Memorias, el canciller Helmut Schmidt relata que la RFA apoyó a los partidos y sindicatos en España para lograr rápidamente la democracia,11 fomentando ante todo la creación de un partido socialista de amplia base capaz de frenar a los comunistas. Durante mucho tiempo, los socialdemócratas alemanes temieron un papel hegemónico del Partido Comunista de España tras la muerte de Franco.

En la fase final de la dictadura, el Gobierno alemán mantenía excelentes contactos con el español, aprovechándolos para promocionar al PSOE y presentarlo como un elemento valioso para una transición pacífica y sin sobresaltos. En la cumbre de la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa de Helsinki, en julio de 1975, el canciller Helmut Schmidt tuvo una entrevista con el presidente del Gobierno español Carlos Arias Navarro, en la que este dejó entrever que el régimen franquista estaba en camino de poder vivir con una oposición oficial, ante todo con los socialistas moderados del interior. Según Arias, el único partido que estaba fuera de la ley era el comunista.12 La SPD llevó, en todo momento, su relación con España y el PSOE de manera reservada, manteniendo formas cordiales con el Gobierno español; según los socialdemócratas alemanes, esa era la mejor forma de influir en el proceso de transición.

Willy Brandt, que en octubre de 1974 había visitado por primera vez el Portugal de la Revolución de los Claveles, resultó convencido de que la política alemana debía comprometerse con la moderación del proceso revolucionario en el país luso y, más allá, de que la democratización del sur de Europa era una labor común que se debía encauzar preferentemente mediante el apoyo intenso a los socialistas.13 En ese viaje, Brandt se encontró por primera vez con Felipe González, quien pocos meses antes había sido elegido, en el Congreso de Suresnes, secretario general del PSOE; este encuentro sentaría las bases para una sólida y fructífera relación entre los dos políticos y sus respectivos países.

En abril de 1975, una delegación española formada por Felipe González y Nicolás Redondo se encontró con la dirección de la SPD, a la que pidieron apoyo de todo tipo: «desde contactos para lograr un acercamiento al resto de los partidos socialistas europeos hasta ayuda material, formación de cuadros, presencia de políticos alemanes en España, y en general toda colaboración que hiciera más efectiva la política de presencia en el país para ganar en importancia frente al Gobierno y entre las fuerzas de la oposición».14 Desde este encuentro, quedaron establecidas sólidas bases de una relación que se intensificaría gradualmente a partir de entonces, siendo la SPD el gran valedor del PSOE.

Las relaciones entre Felipe González y Willy Brandt llegaron a ser tan intensas que al líder socialista se le apodó «el hijo de Willy», lo que en 1981 relativizaba el secretario general del PSOE al decir que sus relaciones con Olof Palme o Bruno Kreisky eran igual de intensas.15 Por otro lado, siendo ya presidente de Gobierno, dijo en un congreso de la SPD en Essen en 1984: «También sé una cosa: que hoy no estaría aquí y que en este duro trabajo no habríamos logrado tanto si no hubiera podido contar con Willy Brandt. Incluso quisiera decir: se debe mayoritariamente a sus ideas que yo hoy pueda estar aquí».16 El interés alemán iba dirigido a una evolución política controlada desde el poder, pacífica y sin ningún tipo de radicalismo, y este interés concordaba con la estrategia política del PSOE, que se mostraba muy pragmático, apostando por una evolución pacífica liderada por el futuro rey.17

El PSOE se había hecho, a lo largo de 1975, elemento imprescindible de la política española en un momento trascendental de la historia del país. A lo largo de ese año, el PSOE desarrolló una clara visión del proceso de transición que habría de tener lugar después de la muerte de Franco: control de todo el proceso desde el Gobierno, debilitamiento de los comunistas (PCE) y fortalecimiento de las fuerzas de la izquierda moderada (PSOE). Los socialdemócratas alemanes hicieron suyo este análisis, dirigiendo una rápida e intensa operación de promoción del PSOE tanto frente al Gobierno español como a nivel europeo.

Con dinero aportado por la Fundación Friedrich Ebert, empezaron a funcionar las fundaciones socialistas españolas: Pablo Iglesias y Francisco Largo Caballero. «Es importante resaltar el hecho de que, ya desde 1976, el dinero aportado para la reconstrucción del PSOE no llegó únicamente de las aportaciones del Estado alemán, sino que muchas empresas alemanas realizaron donaciones a la Fundación Friedrich Ebert para que fuesen expresamente canalizadas al PSOE. El director de la Fundación destacó el hecho de que estas donaciones se producían porque las empresas en cuestión confiaban en la moderación del partido que la Fundación apoyaba».18

Desde el comienzo de sus actividades en 1976 hasta 1984, la Fundación Ebert organizó en España más de 1.500 encuentros —cursos, seminarios, coloquios— sobre temas de organización para partidos y sindicatos.19 El director de la Fundación en Madrid, Dieter Koniecki, trató de evitar desde un principio la sensación de una tutela paternalista, si bien, por otro lado, en la prensa de la transición se hablaba continuamente del «oro del Rin», refiriéndose a la masiva ayuda financiera del PSOE proveniente de Alemania.

Un grupo de trabajo del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores enfatizó en febrero de 1976 que el fomento, por parte alemana, de un desarrollo democrático en España era elemental para los intereses de seguridad de la República Federal de Alemania. «Para crear estructuras democráticas en España y fortalecerlas, hay que fomentar en el mayor número posible de sectores el ingreso de España en la Comunidad Europea y la OTAN […] Hay que evitar exigencias exageradas con respecto al desarrollo temporal de la democratización, ya que esto podría tener consecuencias contraproductivas. Hay que utilizar plenamente las posibilidades de una utilización cada vez mejor para los intereses políticos y de seguridad de Occidente».20

Siguiendo los consejos del PSOE, el Gobierno alemán no hizo, en 1976, ningún gesto de apoyo explícito al Gobierno de Carlos Arias Navarro. Pero, entre bastidores, Bonn en cierta manera era una especie de representante de España ante los aliados europeos. Mientras que el canciller Schmidt, por ejemplo, insistía en la idea de que había que estimular a España a seguir en el camino emprendido, ofreciéndole convenios comerciales, el presidente francés Giscard d’Estaing era de la opinión de que una asociación de España a la Comunidad Europea por aquel entonces no era un tema «actual».21

En septiembre de 1978, el vicepresidente del Gobierno español y ministro de Defensa, general Manuel Gutiérrez Mellado, visitó la República Federal de Alemania y se entrevistó, entre otros, con el canciller Schmidt y el ministro de Asuntos Exteriores, Genscher.22 Un gran tema debatido era la posible entrada de España en la Comunidad Europea. El canciller Schmidt resaltó que se había esforzado en múltiples encuentros con sus colegas europeos por eliminar las reticencias y los obstáculos que todavía existían frente a la adhesión de España al Mercado Común. Schmidt insistió en que su país haría todo lo posible por allanar a España el camino a la Comunidad Europea. Gutiérrez Mellado era consciente de la ayuda prestada por Alemania, a la que agradeció sus esfuerzos. Los europeos esperaban de España, en palabras del ministro Genscher, que abandonara su posición al margen de Europa, dejara su papel pasivo y pusiera a disposición de la Comunidad Europea sus buenas relaciones con América Latina y África.

En términos generales, se puede decir que el papel desempeñado por el Gobierno socialdemócrata-liberal alemán y la Internacional Socialista en la Transición española fue de gran importancia para el advenimiento de la democracia y, en particular, para el ascenso del PSOE y de UGT.23 Los socialistas españoles no olvidarían este apoyo de sus homólogos alemanes.

Indudablemente, de los partidos alemanes que ejercieron influencia en el proceso de transición española en los años setenta del siglo XX, los socialdemócratas fueron los más importantes. Pero también partidos e instituciones de otras tendencias ideológicas trataron de orientar a los partidos y sindicatos que surgieron en esos años en España. En este contexto hay que mencionar ante todo a los cristianodemócratas de la CDU. La cooperación de la democracia cristiana alemana se materializó fundamentalmente a través de las actuaciones de la Fundación Konrad Adenauer y abarcó diferentes campos, como formación política o financiación de múltiples actividades. Pero la fragmentación de la democracia cristiana española y su incapacidad de llegar a acuerdos unitarios fueron los ejes vertebrales que explican, a pesar de las ayudas alemanas, su decepcionante papel en la transición.

Después de las primeras elecciones generales, de 1977, y en vista de la derrota electoral de la mayoría de los partidos del Equipo Demócrata Cristiano, la inversión estratégica de los democristianos alemanes cambió de forma significativa. Ahora, la política española de la CDU perseguía otra meta: secundar la gran aspiración de Adolfo Suárez de fusionar todas las fuerzas que conformaban la Unión de Centro Democrático (UCD), creando un sólido partido de centro derecha. Desde entonces, la democracia cristiana alemana mantuvo su relación cooperativa exclusivamente con la UCD, hasta la extinción de esta.

A diferencia de la SPD, que encontró pronto y apoyó decididamente a un partido hermano, la CDU tuvo problemas muy serios en determinar cuál debía ser su interlocutor hispano. En los primeros años setenta hubo un claro incremento de las relaciones entre la CDU y los grupos democristianos españoles que antes habían sido poco fluidas. Desde mediados de 1975, la democracia cristiana alemana comenzó a estrechar su relación con el Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español, si bien pronto surgieron dudas respecto a si era necesario y prudente mantener la relación de exclusividad con el Equipo, cuando este no estaba dispuesto a unirse con el resto de grupos democristianos y formar un único partido de centro.24

2. LA VISIÓN ALEMANA DE LA ESPAÑA DEMOCRATIZADA Y CONSOLIDADA

Finalizada exitosamente la transición que cambió sustancialmente y de manera muy positiva la visión alemana sobre España, llovieron reportajes en la prensa germana sobre la nueva España europea, pionera en derechos y libertades, floreciente en lo cultural y en el sector deportivo, próspera en lo económico. Alemania no dudaría, en los años ochenta, en apoyar a Madrid a ingresar en las Comunidades Europeas. Incluso se puede decir que el apoyo de Alemania —concretamente del canciller Helmut Kohl a partir de 1982— a la integración de España en las Comunidades Europeas fue un elemento clave de la política internacional europea en aquella década. En el Consejo Europeo de Stattgart, en junio de 1983, quedó vinculada la ampliación comunitaria y su reforma interna al incremento de los recursos comunitarios, especialmente alemanes.25 La ayuda alemana fue vital para el ingreso de España en las Comunidades Europeas, «a cambio de contrapartidas económicas y apoyo español a la política alemana en Europa.»26 Pocos años más tarde, entre 1989 y 1990, España estaría en condiciones de mostrar su apoyo a Alemania, cuando cayó el Muro de Berlín y se presentó la situación histórica de una posible reunificación alemana.27

La postura de España frente a la unificación alemana era más libre que la de otros países europeos, debido a que España no tenía ningún contencioso histórico con Alemania. Muy al contrario: el Gobierno español desde hacía años había intensificado sus relaciones con Alemania y era consciente del papel positivo que los alemanes habían jugado en la Transición española. El primer viaje al extranjero del Ministro de Asuntos Exteriores de la Transición, José María de Areilza, había sido a Bonn; y el primer viaje que había hecho Felipe González, como Jefe de Gobierno, a un país europeo, fue a Alemania. Además, desde hace años, se celebraban regularmente cumbres hispano-alemanas.

A finales del siglo XX, el Instituto Elcano realizó un estudio acerca de la opinión que tenía la sociedad española sobre las distintas naciones extranjeras. Este estudio arrojó como resultado que los alemanes se encontraban en los puestos más altos de la escala de simpatía. La percepción del español medio era una mezcla de admiración y de confianza hacia los alemanes.

Por otro lado, en Alemania la opinión pública en aquellos años finiseculares venía mostrando una simpatía y admiración similares hacia España, basadas en un profundo y reiterado aplauso tanto por la Transición democrática y la Constitución de 1978, como por el espectacular desarrollo económico que había experimentado España en las décadas pasadas, ante todo desde su entrada en las Comunidades Europeas. Ambas dimensiones se atribuían a la vitalidad y pluralidad de la sociedad española. Con frecuencia, en los medios alemanes se ponía a España como ejemplo: en unos casos, ante los países entonces candidatos para la ampliación europea hacia el este, como punto de referencia de la transformación de unas estructuras políticas y sociales arcaicas; en otros casos, ante la propia sociedad alemana, para mostrar la necesidad y capacidad de liberalizar y flexibilizar unas estructuras económicas, necesarias de ser modernizadas.28

Pocos años más tarde, en 2003, cuando las negociaciones entre la Unión Europea y los países del Este europeo para la adhesión de estos a la Unión llegaron a su recta final, la opinión pública alemana fue mucho más crítica con España, a la que se le echaba en cara entonces que el país era «insolidario y egoísta» porque se aferraba a los fondos europeos de cohesión y no estaba dispuesto a renunciar a parte de ellos a favor de los países candidatos a la ampliación. Los argumentos utilizados al respecto rezaban que Alemania había sido especialmente generosa con España en la fase de la transición democrática, así como con ocasión de la integración en las Comunidades Europeas; por eso, se decía, ahora le tocaba a España asumir una responsabilidad similar hacia los países del Este, sobre todo en una fase en que Alemania tenía que seguir cargando con el ingente coste de la reconstrucción de los Länder federados de su parte oriental.

Con estos argumentos se hacía patente un cierto descontento alemán con España: porque el país no era suficientemente agradecido por ese esfuerzo alemán y, al mismo tiempo, porque, si bien el Gobierno español siempre había apoyado en lo político la reunificación alemana, parecía que la sociedad española no se había querido dar por enterada de las implicaciones presupuestarias que ello llevaba consigo más allá de las fronteras alemanas. Es decir, se pensaba que el esfuerzo económico alemán, por la construcción de Europa y por la reunificación, había alcanzado unos límites y, consecuentemente, los que se habían beneficiado en el pasado eran los que ahora debían aportar un mayor sacrificio para el proceso europeo. En España, por su parte, se criticaba entonces de Alemania lo que se consideraba como un cierto enfriamiento de su «generosidad europea». Se pensaba que los alemanes concentraban sus esfuerzos en sacar adelante la ampliación, de la que serían sus primeros y primordiales beneficiarios en términos geoestratégicos y económicos. 29

A pesar de estas reticencias se puede decir que —por lo menos hasta comienzos de la gran crisis económico-financiera comenzada en 2008— la imagen que los alemanes tenían de los españoles era mucho más positiva que crítica. Los españoles eran el quinto país que les venía a la cabeza a los alemanes cuando pensaban en Europa y el cuarto país por el que los alemanes decían sentir más simpatía. Una y otra vez se insistía —se sigue insistiendo— en cómo la transición a la democracia y el buen funcionamiento de la Constitución de 1978 habían cambiado para bien la visión de España desde Alemania. Los españoles eran considerados positivamente como un pueblo europeo maduro y moderno, que sabía compaginar el éxito económico con el gozo de disfrutar de la vida.

Las recíprocas imágenes positivas que tenían alemanes y españoles del otro, respectivamente, empeoraron sensiblemente con el comienzo de la crisis financiera en el año 2008.30 Algunos españoles, que no todos, responsabilizaron a Alemania, y en concreto a la canciller Angela Merkel, con su política de austeridad, de las desgracias españolas.31 Según estudios de Metroscopia, la imagen favorable que los españoles tenían de Alemania descendió, entre 2010 y 2012, del 78 por ciento al 68 por ciento. Un 74 por ciento de españoles creía en esos años que la postura de Alemania no era la adecuada en esa crisis. Y Angela Merkel pasó de ser la segunda figura política mundial más valorada a ocupar un sexto puesto.32

En situaciones de crisis crece la tentación de reavivar viejos prejuicios. Se busca a culpables, y casi siempre son los «otros», preferentemente los que se diferencian de «nosotros» y son de alguna manera distintos. También en esa crisis resurgieron todos los clichés y prejuicios sobre el «otro». Una multitud de alemanes parecía opinar que España estaba pagando las consecuencias del despilfarro, el pelotazo inmobiliario y la falta de previsión, mientras que una mayoría de españoles consideraba que Alemania estaba más preocupada por defender su economía que por los intereses europeos.

Afortunadamente, este empeoramiento de las percepciones mutuas no logró imponerse. No surgió una nueva leyenda negra orquestada por una conjura infame o, como diría un general del pasado, por una conjuración judeo-masónica. En absoluto: en Alemania y en los demás países europeos la hispanofilia seguía predominando; España seguía siendo el destino predilecto tanto de los turistas como de los estudiantes europeos; el fútbol español tenía y tiene seguidores en cualquier rincón del planeta, al igual que la cultura de este país ibérico.

Para superar definitivamente la crisis de percepción surgida en la segunda década del siglo XXI y evitar el surgimiento de nuevos prejuicios, sería bueno —en lo que atañe a las relaciones entre los dos países— convertir la necesidad en virtud, situando el debate en términos del papel de Europa en el mundo y no de rivalidad entre países europeos y menos de victimario y víctima, respectivamente. Las empresas punteras siguen contando con gran prestigio en el otro país, y la afinidad entre las élites políticas y económicas de ambos países sigue siendo elevada. En la actualidad, el desafío de las relaciones entre Alemania y España está en combinar realismo y una decidida voluntad de construir Europa para que las percepciones mutuas de una amistad de tiempos pasados, a veces difícil de justificar racionalmente, siga impregnando las relaciones actuales. Será a través de un esfuerzo continuo de identificar y de potenciar la convergencia de intereses mutuos como se debe enfocar y, consiguientemente, valorar esa relación. Lo que sí se está empezando a discutir seria y responsablemente en círculos académicos es si lo que está viviendo España en estos últimos años son signos de que el ciclo español iniciado con la muerte de Franco en 1975 ha llegado a su fin. Es posible que así sea, y esta nueva situación requiere mucha paciencia, realismo y sentido común por parte de todos. Justamente los alemanes y españoles de la sociedad civil que desde hace muchos años estamos involucrados en mantener y desarrollar las relaciones entre los dos países tenemos una responsabilidad especial porque estas relaciones no se deterioren.

NOTAS

1 Cf. Antonio Muñoz Sánchez, «La Fundación Ebert y el socialismo español de la dictadura a la democracia», Cuadernos de Historia Contemporánea, 29, 2007, Madrid, págs. 271-273.

2 Ap. Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, El final de la Dictadura. La conquista de la democracia en España (noviembre de 1975-junio de 1977), Madrid, Temas de hoy, 2007, pág. 651.

3 Ibid., pág. 652.

4 Idem, Antonio Muñoz Sánchez.

5 Ibid., Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, págs. 659 y sigs.

6 Helmut Schmidt, Weggefährten. Erinnerungen und Reflexionen, Berlín, Siedler, 1996, pág. 96.

7 Ibid., Antonio Muñoz Sánchez, pág. 275.

8 Juan Carlos Pereira Castañares, «El factor internacional en la Transición española: la influencia del contexto internacional y el papel de las potencias centrales», Studia Historica, Universidad de Salamanca, 22, 2004, págs. 185-224.

9 Ibid., Juan Carlos Pereira Castañares, pág. 213. Cf. Pilar Ortuño, Los socialistas europeos y la transición española, Madrid, Marcial Pons, 2005.

10 Ibid., Juan Carlos Pereira Castañares.

11 Helmut Schmidt, Menschen und Mächte, Goldmann, Múnich, 1991.

12 Antonio Muñoz Sánchez, Relaciones entre el SPD y el PSOE durante la Transición política española. Memoria de investigación del tercer ciclo, presentada en la universidad de Oviedo, 1997, pág. 116. Idem, El amigo alemán. El SPD y el PSOE de la dictadura a la democracia, Barcelona, RBA, 2012. Idem, Von der Franco-Diktatur zur Demokratie. Die Tätigkeit der Friedrich-Ebert-Stiftung in Spanien, Verlag J. H. W. Dietz, Bonn, 2013. Cf. también el resumen de la conversación entre Schmidt, Arias Navarro y el ministro español de Exteriores el 30 de julio de 1975 en Akten zur Auswärtigen Politik der Bundesrepublik Deutschland 1975, tomo II, Oldenbourg, Múnich, 2006, págs. 1136-1141 (doc. 242).

13 Antonio Muñoz Sánchez, Relaciones entre el SPD y el PSOE, núm. 12, pág. 105.

14 Ibid., pág. 108.

15 Felipe González, Un estilo ético. Conversaciones con Víctor Márquez Reviriego, Barcelona, Argos Vergara, 1982, pág. 89.

16 Ap. Daniel Baczyk, Die Zusammenarbeit von SPD und PSOE in der Phase der Demokratisierung Spaniens. Transnationale Parteibeziehungen im Demokratisierungsprozeß, manuscrito no publicado, Darmstadt, 1989, págs. 63 y sigs. Cf. Francisco Villar, La transición exterior de España. Del aislamiento a la influencia (1976-1996), Madrid, Marcial Pons, 2016, y Lorenzo Delgado et al. (eds.), La apertura internacional de España. Entre el franquismo y la democracia, 1953-1986, Madrid, Silex, 2016.

17 Cuando el presidente estadounidense Ford le dijo al canciller Schmidt que Estados Unidos se encontraba en plena renegociación del acuerdo de bases, añadiendo que la pérdida de las bases militares supondría un duro golpe para Occidente, Schmidt replicó que «para que puedan ustedes estar seguros de sus bases y sus vínculos estratégicos con España pasado mañana, también deberían hablar sobre ello con quienes estarán en el poder en el futuro». Ap. Charles T. Powell, «La dimensión exterior de la Transición española», Afers Internacionals, 26, 1993, pág. 41.

18 Antonio Muñoz Sánchez, Relaciones entre el SPD y el PSOE durante la transición política española, núm. 12, pág. 131

19 «Durch die Seitentür», Der Spiegel 27, 1984, pág. 39.

20 «Aufzeichnung der Arbeitsgruppe Auswärtiges Amt / Bundesministerium der Verteidigung» (10 de febrero de 1976), Akten zur Auswärtigen Politik der Bundesrepublik Deutschland 1976, tomo I, Oldenbourg, Múnich, 2007, págs. 196-212, cita pág. 204.

21 «Aufzeichnung des Bundeskanzlers Schmidt» (13 de julio de 1976), Akten zur Auswärtigen Politik der Bundesrepublik Deutschland 1976, tomo II, Oldenbourg, Múnich, 2007, págs. 1051-1058.

22 «Gespräch des Bundeskanzlers Schmidt mit dem stellvertretenden spanischen Ministerpräsidenten und Verteidigungsminister Gutiérrez Mellado» (13 de septiembre de 1978); «Gespräch des Bundesministers Genscher mit dem stellvertretenden spanischen Ministerpräsidenten Verteidigungsminister Gutiérrez Mellado» (14 de septiembre de 1978), Akten zur Auswärtigen Politik der Bundesrepublik Deutschland 1978, tomo II, Oldenbourg, Múnich, 2009, págs. 1326-1334.

23 Desde una perspectiva marxista, Ellen Harnisch interpreta la política de la SPD frente a España y el PSOE como intento de estabilizar un parlamentarismo burgués, debilitando en todo lo posible la posición comunista y apoyando a la «burguesía monopolística». El resultado de la Transición, logrado con el apoyo de la socialdemocracia alemana, fue el afianzamiento del «sistema de dominio monopolista-estatal» y de la «dominación política de clase de la burguesía monopolística». La SPD fue exitosa en su pretensión de estabilizar a la socialdemocracia española, el PSOE, y en el «ejercicio del poder capitalista», logrando imponer en España la concepción de la «tercera vía» —entre capitalismo y socialismo—. Cf. Ellen Harnisch, Die Politik der SPD zur Sicherung bürgerlich-parlamentarischer Herrschaftssysteme in Portugal und Spanien (unter besonderer Berücksichtigung des revolutionären Prozesses in Portugal), tesis doctoral inédita, Berlín (Este), 1984, ante todo págs. 110-115.

24 En los últimos años, el papel de la democracia cristiana alemana en la Transición española ha suscitado un gran interés por parte de varios historiadores españoles. Cf. ante todo los estudios de Natalia Urigüen, «Los partidos demócrata cristianos alemanes en el proceso de transición democrática española», en Juan Carlos Colomer et al. (eds.), Ayer y hoy. Debates, historiografía y didáctica de la historia, Universitat de València, Valencia, 2015, págs. 174-177; idem, A imagen y semejanza. La democracia cristiana alemana y su aportación a la transición española, CSIC, Madrid, 2018. Sobre la formación de la UCD y la influencia alemana en ese proceso cf. también el temprano trabajo de Stefan Jost, Die politische Mitte Spaniens, Peter Lang, Fráncfort del Meno, 1994.

25 Cf. Fernando Morán, España en su sitio, Barcelona, Plaza & Janés, 1990, págs. 164-166.

26 Cf. Juan Carlos Pereira Castañares, núm. 8, pag. 216.

27 Sobre la postura española frente a la reunificación alemana, cf. Walther L. Bernecker, «España y la unificación alemana», en idem (ed.), España y Alemania en la Edad Contemporánea, Vervuert, Fráncfort del Meno, 1992, págs. 257-274.

28 José-Pedro Sebastián de Erice, «La agenda política», en Miguel Ángel Vega Cernuda y Henning Wegener (eds.), España y Alemania. Percepciones mutuas de cinco siglos de historia, Madrid, Editorial Complutense, 2002, págs. 261-266.

29 Ibid., págs. 261-263.

30 Antonio Muñoz Molina, «Auf Distanz. Über die Entfremdung von Spaniern und Deutschen in der Wirtschaftskrise», Der Spiegel, 31, 2013, págs. 52 y sig.

31 Uno de los críticos más enconados de la política de la canciller Merkel en esos años fue Vicenç Navarro, quien publicó asiduamente artículos críticos en su blog del periódico Público. Cf. Vicenç Navarro, «Las responsabilidades del establishment alemán en la crisis española», Público, 7-II-2013; idem, «La relación imperial del establishment alemán», Público, 4-IV-2013, en los que acusaba a los bancos y al Gobierno alemanes de dictar e imponer a los países periféricos de la eurozona una serie de políticas públicas que supuestamente estaban dañando el nivel de vida y bienestar social de las clases populares de los países del sur europeo.

32 Cf. «Alemania-España, recelos mutuos», El País, 16-IX-2012, pág. 24.

LA PRENSA FRANCESA ANTE LAS TRANSFORMACIONES DE ESPAÑA (1975-2019)

MARIE-CLAUDE CHAPUT

Catedrática Emérita de Civilización de la Universidad de Paris-Nanterre

El 5 de agosto de 1992, con el título «Point. Les relations franco-espagnoles. Naissance d’une solidarité européenne» («Balance. Las relaciones franco-españolas. Nacimiento de una solidaridad europea») Le Monde citaba dos declaraciones contradictorias, la del presidente François Mitterrand, que declaraba que las relaciones entre ambos países eran «las más armoniosas de su historia», y la de la actriz «franco-española» María Casares (1922-1996):

¡Encuentro tanta incomprensión entre españoles y franceses! Y cuando quieren comprenderse, al ser pueblos inteligentes, solo lo hacen con la cabeza. Somos como dos líneas paralelas que no consiguen encontrarse.33

El articulista lo atribuía a los numerosos malentendidos que habían marcado la historia de las relaciones franco-españolas y a la dificultad de liberarse de las herencias del pasado. Es lo que mostraba también Ramón-Luis Acuña (1938-2015), que fue corresponsal de la Agencia EFE en Francia, en su libro Como dientes de una sierra (Francia-España de 1975 a 1985, una década),34 un título que remite a los altibajos en las relaciones entre ambos países, en el que estudia un nuevo desencuentro en un momento en el que España necesitaba el apoyo de Francia. No cambió la percepción con la muerte de Franco. Fue solo a partir de la década de los ochenta cuando España pasó de ser vista como un país atrasado para convertirse en un ejemplo de modernidad, una imagen que se proyecta hasta hoy, lo que no es incompatible con la permanencia de ciertos estereotipos. Se pueden explicar quizás por la coexistencia en la península de unas fiestas tradicionales y de un alto nivel tecnológico. El documental Un jour en Espagne (Un día en España), de Timothée Janssen, difundido en el canal franco-alemán ARTE el 2 de junio de 2019, destacaba este contraste con el ejemplo de las fiestas de San Fermín en Pamplona y la central solar de GemaSolar35 en Andalucía, cerca de Sevilla. A propósito de esta proeza tecnológica, Le Figaro escribía el 26 de septiembre de 2011, unos días antes de su inauguración: «À Séville, le Soleil éclaire même la nuit» («En Sevilla, el sol alumbra incluso de noche»).

Los años de la emigración y del turismo masivos coincidieron con el desarrollo de los «treinta gloriosos» en los países del norte de Europa, donde se necesitaba mano de obra. Al mismo tiempo, una nueva clase social tenía acceso al turismo y, para ella, España, a pesar de su proximidad, parecía un país exótico, una imagen que el entonces Ministerio de Información y Turismo había contribuido a difundir imponiendo nuevos tópicos: sol, playa, flamenco. El turismo y la llegada de la inmigración española contribuyeron a reforzar una cierta tendencia de los franceses a la autocomplacencia, una actitud que ha dejado lugar a la duda y al pesimismo en el siglo XXI, mientras España se transformaba en modelo de modernidad y dinamismo. Es lo que es lo que quisiera mostrar para este período reciente en el que presenciamos un giro.36

Si la prensa refleja un estado de opinión en un momento dado, también contribuye a crear imágenes, a cambiarlas o a mantenerlas. Sin embargo, hablar de representaciones de España en la prensa francesa podría dar una impresión de homogeneidad que ocultaría la diversidad de puntos de vista. Por otra parte, hay que tener en cuenta las miradas cruzadas entre los periódicos de ambos países que suelen citarse unos a otros.

Cuando iniciamos una reflexión sobre la Transición en el primer encuentro sobre «La Transición española. Nuevas perspectivas», en 2008, en el Colegio de España de París,37 mi contribución fue analizar el papel de los medios de comunicación en la construcción de la imagen de una transición «modélica». Desde entonces, he tratado puntualmente cómo los medios y políticos franceses, tras mirar casi siempre con condescendencia a su vecino del sur, han acabado viéndolo en un modelo a partir de los años ochenta hasta hoy.38

Me he basado en varios periódicos: Le Monde, el periódico de referencia del centroizquierda, Le Figaro, conservador, Libération, izquierdista, etc. y en varios semanarios. Hay que tener en cuenta, primero, que la prensa refleja la sociedad al mismo tiempo que influye en la opinión pública, y, segundo, el efecto de lupa que produce el estudio de un tema. En España, la prensa ha sido un componente esencial en la democratización del país antes del auge de un periodismo de investigación y de afrontar la competencia de otros medios y la dependencia del capitalismo en un mundo globalizado.39

1. PESO DE LA HISTORIA Y PERMANENCIA DE LOS TÓPICOS (1975-1978)

La proximidad geográfica y la presencia de numerosos exiliados de la Guerra de 1936, o del franquismo, explican el papel específico que tuvieron entonces algunos periódicos franceses gracias a sus colaboradores. El más conocido, José Antonio Nováis (1925-1993), era considerado como el mejor informado durante la última década del régimen de Franco. Corresponsal de Le Monde40 en Madrid, sus crónicas contribuyeron a la lucha por la democracia y le ocasionaron duras represalias. El 28 de marzo de 1993, cuando murió, Le Monde expresó su admiración citando un artículo en El País que permite entender la evolución de las relaciones entre los dos países, mostrando que «la clave para las actividades de la oposición democrática al franquismo era la prensa extranjera, y fundamentalmente Le Monde de José Antonio Nováis». Y continuaba Le Monde:

Todos le informaban, y él era su abogado. Algunas líneas de José-Antonio Nováis en Le Monde podían salvar a un preso político o proteger a una organización. «Todo lo que debemos a Nováis», escribe con razón, en El País del 26 de marzo, Miguel-Ángel Aguilar, que añade: «Si te mencionaba en sus crónicas te protegía de las torturas».41

Estas citas remiten al papel que tuvo la prensa en la lucha antifranquista y a los estrechos vínculos entre ambos países reforzados por la presencia de numerosos exiliados42 y de antifranquistas militantes, como José Martínez, fundador en París de la editorial Ruedo Ibérico43 y de los Cuadernos de Ruedo Ibérico, o Antonio Soriano, el fundador de la Librería Española, en la Rue de Seine en París, que era mucho más que una librería.

Hice estudios hispánicos en la Sorbona en París en los años sesenta, cuando los programas no incluían a la España contemporánea. Entre mis compañeros había hijos de republicanos exiliados en 1939, pero la memoria de la historia de nuestros padres no estaba a la orden del día. En esta época de fuertes ideologías, era por nuestra militancia en el sindicato estudiantil UNEF (Union Nationale des Étudiants de France) por lo que prestábamos una gran atención a lo que pasaba en España, con una fuerte movilización en momentos tensos en la península. El filme Mourir à Madrid (1963), del documentalista Frédéric Rossif, se proyectaba entonces en los establecimientos escolares y en la televisión, que empezaba a instalarse en muchos hogares. Los medios de comunicación y la enseñanza contribuían a mantener la imagen de la «España negra», ignorando los cambios que había producido el desarrollo económico provocado por el turismo y de la emigración, fenómenos que, en una lectura superficial, habían reforzado, sin embargo, la imagen de un país pobre. En la enseñanza secundaria en los años setenta, entre los alumnos, había hijos e hijas de inmigrantes que no reconocían la presentación que hacían los libros de clase del país donde pasaban sus vacaciones. Su contenido seguía trasmitiendo la imagen de un país rural, pobre y violento, con textos sacados de novelas que remitían a los oscuros años treinta, como Réquiem por un campesino español,44 de Ramón J. Sender.

A nivel político la dictadura era un obstáculo para el ingreso en la CEE (Comunidad Económica Europea), y la muerte de Franco no hizo desaparecer el temor de que siguiera el franquismo sin él, con un rey que el propio dictador había designado y con un jefe del Gobierno —Arias Navarro— que él mismo había confirmado. Su sustitución, en junio de 1976, por Adolfo Suárez, que había hecho carrera en la administración franquista, reforzó la desconfianza. En este contexto, la promulgación de la Constitución no fue suficiente para cambiar la actitud del Gobierno francés, que consideraba al nuevo Gobierno español condescendiente con la herencia de la dictadura.

Algunos hechos parecían avalar la visión de un país estancado en el pasado. El 7 de agosto de 1975, Le Monde no escapaba a los tópicos y comparaba a España con Portugal, del que decía que era un «país atlántico», «suave», «romántico», unas características que explicarían la pacífica Revolución de los Claveles.45 Lo oponía a España, a la que identificaba con la meseta castellana, «árida, radical, siempre al borde del abismo», fascinada por el apocalipsis. Esta violencia siempre a punto de estallar explicaría los asesinatos de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) y del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). La violencia estatal tampoco cedía. Con las cinco ejecuciones de militantes del FRAP y de ETA, el 27 de septiembre, Franco, el último superviviente de los regímenes fascistas de los años treinta, parecía volver a la represión dura de la postguerra. El porvenir estaba lleno de incertidumbres. El 20 de septiembre, el periódico denunciaba una represión loca («Folle répression») y un régimen anacrónico en Europa, más animado por la venganza que por la justicia:

Diez condenas a muerte en menos de tres semanas. Se anuncian otras. Tanto horror no ocurre en una exótica región lejana, sino en un país cercano al nuestro: España, donde un dictador, que sigue envejeciendo sin fin, pretende mantener contra viento y marea, aunque haya que pagar con sangre, unas estructuras políticas y sociales heredadas de otros tiempos.46

Tampoco disculpaba a la extrema izquierda y a los nacionalistas radicales, que practicaban la peligrosa política de «cuanto peor, mejor». El mismo día, relataba la movilización en París para protestar contra estas condenas.47

Parecía alejarse «la perspectiva de una Transición suave», comentaba, el 29 de septiembre de 1975, el periodista Marcel Niedergang, corresponsal en Madrid, gran conocedor de España y de América Latina, quien recapitulaba en «La logique du bunker» («La lógica del bunker») el trágico balance de las últimas décadas con la ejecución de varios militantes que habían estado exiliados en Francia. El 20 de abril de 1963 fue ejecutado el comunista Julián Grimau —a pesar de unas protestas multitudinarias en Francia, donde el Partido Comunista era poderoso—, y, en agosto, lo fueron los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado, con escaso eco. Muchos de los que en abril habían protestado en Francia estaban en ese mes de vacaciones en las playas españolas cuando estos dos militantes antifranquistas fueron acusados sin pruebas de un atentado y ejecutados mediante garrote vil, rápidamente, para evitar nuevas protestas internacionales. Por otra parte, los anarquistas no tenían en Francia la capacidad de movilización del Partido Comunista. Hubo que esperar a la ola memorística para que, con la difusión en 1996 del documental franco-español Granados y Delgado, un crimen legal, de Eulàlia Gomà Presas, en colaboración con el periodista de investigación Xavier Montanyà, difundido en el canal alemán-francés ARTE, los verdaderos autores del atentado reconocieran su autoría de los hechos, permitiendo que se iniciara una campaña de rehabilitación. En 1974, Puig Antich, militante del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) fue ejecutado también mediante garrote vil, y el 27 de septiembre de 1975 hubo otras cinco ejecuciones. Tales datos explicaban que se siguiera asociando a España con una violencia «histórica» que había culminado con la Guerra Civil, una «España negra» que coexistía con los tópicos del «sol y el flamenco». El príncipe Juan Carlos no tenía entonces una buena imagen. El PCE lo apodaba, a través de su portavoz Santiago Carrillo, como «Juanito, el Breve» —una expresión que también empleaba la prensa francesa, como el semanario izquierdista Le Nouvel Observateur—. El 3 de julio de 1976, el nombramiento de Adolfo Suárez, tildado por la prensa francesa como «falangista reconvertido a la democracia», desconcertó aún más, y se interpretó como una maniobra para que siguiera el franquismo sin Franco.

La Constitución de 1978 concretó la evolución de España: una democracia parecida a sus vecinos europeos. Pero, a los cuarenta años de la Constitución, hay que notar que, si los periodistas la consideran la pieza clave de la democracia, solo se refieren a ella en momentos críticos, como el 23F de 1981, o la consulta sobre la independencia de Cataluña en 2017. Las relaciones con Francia tardaron en normalizarse. La oposición al ingreso en la CEE se interpretó como una traición, tanto más cuando venía de sectores, como los comunistas, que habían apoyado la lucha antifranquista. Los titulares de un artículo de Juan Pedro Quiñonero en Cuadernos para el diálogo (1963-1978), semanario progresista como Triunfo (1962-1982), el 2 de agosto de 1978 anunciaban el tono amargo del artículo:

El PC francés contra los agricultores españoles. «No pasarán»

«No importemos miseria», comentaba L’Humanité, órgano de expresión diario del Comité Central del Partido Comunista Francés, para subrayar un «no» rotundo al ingreso de España en la Comunidad Económica Europea (CEE).48

2. DE LA CONSTITUCIÓN AL INGRESO EN LA CEE (1978-1986): CAMBIO DE IMAGEN

A pesar de una primera impresión negativa, el rey Juan Carlos supo imponer pronto una nueva imagen: atlético, alegre, jovial, conocía bien los dosieres y parecía capaz de modernizar el país. Por otra parte, el PCE se fue derrumbando, y Santiago Carrillo, a quien se seguía asociando con la Guerra Civil que se quería olvidar, no tuvo más remedio que dejar en diciembre de 1982 su puesto de secretario general del partido a Gerardo Iglesias, de 37 años, 30 menos que él, tras el hundimiento del partido en las elecciones generales del 28 de octubre.

El 13 de noviembre, en Le Nouvel Observateur, la periodista Elisabeth Schemla lamentaba este derrumbe, que le parecía injusto, ya que el PCE había desempeñado un papel fundamental en la lucha antifranquista, en particular con Comisiones Obreras, y Santiago Carrillo había contribuido a una transición pacífica con su postura conciliadora.49 Destacaba que, en las elecciones de 1982, salvo Fraga Iribarne, solo había hombres nuevos y el PSOE resultaba más atractivo que un PCE en crisis. Elisabeth Schemla firmaba dos artículos, uno acompañado de una fotografía de Carrillo e Iglesias con este titular: «Santiago Carrillo: la guerre est finie» («Santiago Carrillo: la guerra ha terminado») —eco del filme de Alain Resnais, de 1966, con guión de Jorge Semprún… y del último parte de guerra de Franco—. En un recuadro, un titular parecía una respuesta: «Basques: la guerre continue» («Vascos: la guerra continúa»). La periodista comentaba el reciente apoyo de Francia a España en la lucha antiterrorista con la detención de cuatro destacados responsables de ETA-militar el 6 de noviembre en Saint Jean de Luz. Se preguntaba si esta colaboración tenía que ver con la reciente llegada al poder de Felipe González, un socialista como Mitterrand. Por supuesto, no era un motivo suficiente para dos políticos de este talante —François Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl reconocieron en él un líder a su altura y, en un momento en el que España seguía en una situación aún débil, lo trataron como a un igual50—, y a Mitterrand se le acogió muy fríamente en su primera visita a Madrid, en junio de 1982. Si evolucionó su postura es porque era consciente de que no se podía aplazar más el ingreso de España en la CEE y de que, si Francia perdía en algunos sectores económicos, ganaba en otros. Sin embargo, esta larga espera contribuyó al deterioro de las relaciones entre ambos países, así como la falta de cooperación policial. Recordaba que España acusaba a Francia de dejar actuar a los terroristas de ETA libremente en su territorio sin tener en cuenta las informaciones transmitidas por Madrid, una actitud que envenenó sus relaciones. Es cierto que la proximidad geográfica, los vínculos familiares de ambos lados de la frontera y la permanencia de una confusión entre la lucha antifranquista y la memoria de la Resistencia contribuyeron a esta escasa voluntad de colaborar.

El 27 de mayo de 1983, en Le Nouvel Observateur, Jacques Julliard, comentaba este cambio de imagen de España en Francia con este título: «Lumières madrilènes» («Luces madrileñas»). Traía de la capital española un sentimiento de agradecimiento, ya que en un país que afrontaba las mismas dificultades que Francia había visto «los corazones llenos de esperanza».

La condición previa al ingreso de España exigida por los países miembros de la Comunidad Económica Europea (CEE) era que fuera una democracia. Sin embargo, tuvo que esperar varios años, por la oposición de Francia, en gran parte por las protestas de los agricultores del sur, que temían la competencia y que presionaban a unos políticos temerosos de perder votos. Jacques Julliard notaba la ambigüedad de las relaciones entre ambos países: durante el franquismo, en Francia, en unos mítines llenos de pasión, se aplaudía la resistencia de los españoles con la presencia de viejos refugiados, puño en alto, mientras que la Transición pacífica de la dictadura a la democracia había provocado poco entusiasmo. Lo explicaba por la dificultad de los franceses para comprender que España existía ahora fuera de sus fantasmas. Insistía sobre la oportunidad que suponía para España tener a Juan Carlos I y a Felipe González, «dos políticos de este talante y tan complementarios». La prensa francesa ha participado, desde 1977 con Adolfo Suárez, en la personalización de la Transición, asociando unos artículos elogiosos a fotografías de estos políticos jóvenes y atractivos que daban al país una imagen de modernidad.

Si embargo, la falta de apoyo de Francia remitía a 1936 y a la no intervención. Culminaron las tensiones entre ambos países tras el ametrallamiento, el 7 de marzo de 1984, de dos pesqueros españoles que faenaban en aguas consideradas francesas por decisión de la CEE, lo que provocó en España una violenta reacción antifrancesa. Thierry Maliniak, corresponsal de Le Monde, calificó el encuentro en Madrid, el día 13, de los dos primeros ministros, Pierre Mauroy, en visita privada invitado por el alcalde Tierno Galván, y Felipe González, de un «diálogo de sordos». Añadía que los barcos procedían del puerto de Ondarroa, un baluarte del nacionalismo, donde la emoción y la indignación eran muy fuertes, ya que uno de los heridos había tenido que ser amputado. El corresponsal en Madrid destacaba la postura difícil de Felipe González ante una opinión pública y una prensa tradicionalmente propensas a la francofobia. Y no solo la prensa derechista instrumentalizaba los hechos, incluso en El País se expresaban rencores.

Ya había empezado el socialismo su transformación en un contexto difícil. Como en Francia, les tocó a los gobernantes socialistas llevar a cabo la reconversión industrial y afrontar las huelgas y el paro. La transformación social fue sin duda la que más llamó la atención: después de la imagen anacrónica de un país rural y atrasado, se impuso en Francia la de un país que había superado todos los tabúes. Tal imagen culminó con la movida. A partir de entonces se consideró fuera que España había conseguido liberarse de todas las trabas, cuando muchas permanecían en los países vecinos. Daba la impresión de haber pasado de la represión sexual impuesta por la moral católica a una permisividad total. El peligro del creciente consumo de drogas, asociado a la violencia, no pareció llamar entonces la atención de unos reporteros fascinados por esta repentina libertad, que pronto simbolizó el cine de Pedro Almodóvar. En Francia, después de Luis Buñuel, Carlos Saura había sido el cineasta español más exitoso, con sus películas que reflejaban la España de finales del franquismo, lastrada por el peso de la Iglesia y del Ejército. Pedro Almodóvar vino a encarnar la metamorfosis del país, simbolizada en la pantalla por el color rojo —que contrasta con el fantasma de la España negra. Hasta hoy no se ha desmentido su éxito en el hexágono debido a una originalidad rupturista que muchos españoles interpretaban como un reciclaje oportunista de los tópicos del franquismo.

Si los franceses tardaron en superar una imagen negativa de España, a finales de los ochenta periodistas y políticos hicieron de los españoles un modelo para sus conciudadanos pesimistas ante el porvenir. La pertenencia de España a Europa, además de ser obvia,51 era ya una realidad a nivel económico antes de la muerte de Franco; tenía fuertes vínculos con Francia, su primer cliente y su cuarto abastecedor; y el francés era el idioma más aprendido en la península.

Ramón-Luis Acuña, en su libro ya citado, insistía sobre el hecho de que hasta el inicio de los años ochenta, fecha en la que se invierte la tendencia, el interés de España por Francia era mucho mayor que el interés de Francia por España. Desde entonces será lo contrario. En el siglo XXI, la presencia de unos dosieres especiales en los medios muestra una curiosidad que no se desmiente, aunque los tópicos sobreviven. Esta visión está relacionada con la idea de la transición modélica que Charles Powell,52 entre otros, ha contribuido a difundir. El 9 de junio de 1990, Le Monde publicaba un artículo suyo, «Les leçons de la démocratie espagnole» («Las lecciones de la democracia española»), que presentaba a España como un ejemplo para los países del Este, una visión idealizada que culminó en 1992.

3. 1992, AÑO TRIUNFAL: EXPOSICIÓN DE SEVILLA, JUEGOS OLÍMPICOS, MADRID CAPITAL CULTURAL EUROPEA

Con estos tres eventos, España se afirmó como una de las grandes democracias europeas: un país moderno, democrático, dinámico, una imagen que ha permanecido hasta hoy, a pesar de la alta tasa de paro y de los escándalos en el mundo político.

El 9 de febrero de 1992, en el semanario Le Point, de centro-derecha, el periodista y escritor, Philippe Nourry53 asociaba en la portada la imagen de la andaluza con peineta y mantilla y un chico con corbata y traje en una moto con el título «Aujourd’hui/L’Espagne» («Hoy/España») con este largo subtítulo: «España ha pasado de la dictadura a la democracia, del aislamiento peninsular al Gran Mercado europeo. Sin ruido, 1992 será el año de su consagración: Exposición Universal en Sevilla y Juegos Olímpicos en Barcelona. ¡Vaya recorrido!54». España había pasado de ser «el cuerpo enfermo del mundo occidental» a convertirse en un modelo para sus vecinos.

Otros artículos corregían esta visión optimista. El 2 de junio de 1993, poco antes de las elecciones anticipadas, Michel Bôle-Richard proponía en Le Monde una encuesta en cuatro partes sobre «L’Espagne désenchantée. I: Entre la fête et le doute» («La España desencantada. I: Entre la fiesta y la duda»). Tras la euforia de 1992, los españoles parecían desconcertados ante una situación de crisis económica, cuando el país parecía haber superado con creces todos los problemas acumulados. La fiesta seguía todas las noches en los bares después del intento fallido de obligarles a cerrar a las tres, pero el periodista destacaba los riesgos de la mezcla explosiva de alcohol y drogas, dos plagas que afectaban entonces duramente al país. Citaba la expresión de «cultura de los cafés», empleada por el especialista franco-español de los medios, Gérard Imbert.55 Sin embargo, los españoles, acostumbrados a vivir en la calle, estarían cambiando, citaba una encuesta del sociólogo Amando de Miguel, que interpretaba estos fenómenos como el resultado de la europeización… aunque hoy la vida nocturna sigue siendo un rasgo específico de España.

Señalar cierto desencanto no excluía otros comentarios elogiosos. El 3 de junio, Jean-Louis Andreani comentaba las transformaciones de algunas regiones a raíz de las autonomías y dedicaba su artículo a Extremadura en «L’Espagne désenchantée. II: La revanche de l’Estrémadure» («La España desencantada. II: La revancha de Extremadura»), una zona periférica olvidada —con 42.000 kilómetros cuadrados, el tamaño de los Países Bajos, y con apenas un millón de habitantes— y que no había tenido hasta entonces sentimiento regionalista. Había conocido la gloria con los conquistadores, y el periodista recordaba que se descubrió su miseria en la década de 1930 con el documental Tierra sin pan, de Luis Buñuel (1933). Atribuía el cambio a la autonomía, ya que, desde entonces, la región había mostrado un dinamismo inesperado. La situación estaba cambiando, como advertía el vicepresidente socialista de la comunidad autónoma, Ramón Rojero: esta tierra abandonada, exportadora de hombres donde nadie invertía, seguía siendo agrícola, pero los inconvenientes se estaban convirtiendo en bazas para el porvenir. En una Europa urbanizada, Extremadura aparecía como una «reserva ecológica de Europa», un lugar atractivo gracias a una naturaleza protegida que podía desarrollar un turismo de calidad, como efectivamente lo ha hecho. A Cataluña y sus aspiraciones independentistas —«III: Revanches catalanes» («Revanchas catalanas»)— y al País Vasco —«IV: Les Basques debout dans la tempête» («Los vascos firmes en la tormenta»)—, en plena reestructuración, se dedicaban los otros dos estudios, pero el interés por estas comunidades fronterizas era habitual en la prensa francesa, mientras que el interés por Extremadura revelaba una toma de consciencia de la diversidad del país y de las transformaciones experimentadas por algunas regiones.

Con el viaje de los reyes a Francia en octubre de 1993, culminó la consagración de España, cuyo momento clave fue la visita de Juan Carlos I al Palais Bourbon, donde dos siglos antes se había condenado a muerte a su antepasado. El 8, los titulares en la prensa eran entusiastas: «Le roi séduit Paris» («El rey seduce a París»), en Le Parisien, periódico nacional popular; «Juan-Carlos: des relations “meilleures que jamais”» («Juan-Carlos: unas relaciones “mejores que nunca”»), en L’Humanité; «Juan Carlos en el Palacio Borbón y Borbón», en Libération, donde se recordaba que, tras el presidente Woodrow Wilson, en 1919, era el segundo jefe de Estado invitado directamente por su presidente, Philippe Séguin, a venir a la Asamblea Nacional. En el público, al lado de políticos, había destacadas figuras en la vida pública, exiliados de la guerra, como el modisto Paco Rabanne o Jorge Semprún —que había sido ministro de Cultura en España entre 1988 y 1991—, o exiliados del franquismo, como José Luis de Vilallonga, los tres muy presentes en la televisión francesa y considerados como «franceses». Acuña ha destacado la costumbre francesa de «anexar» a los famosos españoles que viven en su tierra, creo que es sobre todo porque algunos han formado parte de la vida francesa, como los tres citados, o Picasso o María Casares, que participó activamente en la aventura del Teatro Nacional Popular (TNP, 1951-1963) con Jean Vilar y Gérard Philipe. Dominique Talès en La Montagne, diario regional del centro de Francia creado hace un siglo, en 1919, comentaba:

Este monarca de talante republicano y de espíritu profundamente democrático es, en efecto, el artífice de la España contemporánea, que ha vuelto a ser un «grande» de Europa, totalmente comprometida en la Comunidad, un foco artístico e intelectual de una creatividad asombrosa, sin duda el país del viejo continente que más ha cambiado desde hace veinte años.56

«Republicano» sonaba a democrático… Philippe Nourry publicó en 1986 un libro titulado Juan Carlos, un roi pour les républicains (Juan Carlos, un rey para los republicanos)… su sencillez contrastaba con la tendencia monárquica de varios presidentes, de Giscard a Mitterrand.

4. UN PAÍS TRIUNFADOR… A PESAR DE TODO

La semana del 27 de julio al 2 de agosto de 2000, Le Nouvel Observateur publicó un nuevo dosier sobre España y su éxito económico. Philippe Boulet-Gercourt, enviado especial en Miami, destacaba la implantación de las empresas españolas en América Latina, aprovechando una cultura y un idioma comunes, con el título siguiente: «¿Habla español?/Les pionniers de la reconquista». Señalaba que, si los empresarios no eran todos españoles, trabajaban para empresas ibéricas que tenían el viento en popa; citaba al Banco de Bilbao y al Banco Santander, Telefónica, grupos hoteleros en Cuba, etc. España se había convertido en el primer inversor en América Latina, y se preguntaba: «¿Cómo un pequeño país europeo ha podido suplantar al gran gigante del norte, Estados Unidos?».57 Notaba que muchos hombres de negocios españoles se habían instalado en Miami, atractiva por su importante presencia latinoamericana.

En el mismo número, Hervé Algalarrondo, enviado especial del semanario en el País Vasco, daba en «Le vrai visage de l’Euskadi» («La verdadera cara de Euskadi») otra imagen, distinta de la que los medios sensacionalistas ofrecían habitualmente en relación con los atentados terroristas: la violencia, desencadenada de nuevo en toda España por ETA después de una tregua, ocultaba el dinamismo de San Sebastián y de Bilbao. Lo comentaba Enrique Cote Villar, delegado de Turismo, miembro del PP y blanco número uno para ETA, que había sucedido a Gregorio Ordóñez, asesinado de un tiro en la nuca en 1995 en un restaurante de la ciudad vieja de San Sebastián. Ibon Areso Mendiguren, primer teniente de alcalde, señalaba en otra entrevista que con el museo Guggenheim se habían creado 3.816 puestos de trabajo en Bilbao, que había pasado de ser una ciudad siderúrgica sin atractivo a una ciudad turística de primer orden. San Sebastián, que tenía un brillante pasado de elegante ciudad balneario veraniega, también había mejorado. Citaba las grandes obras llevadas a cabo en ambas ciudades, donde habían acudido unos famosos arquitectos internacionales, y atribuía estas transformaciones al espíritu de empresa de los vascos. Ambos responsables querían acabar con la visión que se tenía fuera de un País Vasco devastado a sangre y fuego; la amenaza terrorista seguía pesando, pero no había impedido una vitalidad económica excepcional. El periodista notaba que ninguna ciudad francesa de tamaño medio podía enarbolar un balance semejante.

La imagen ejemplar persistió; por ejemplo, el nuevo partido derechista francés la Union pour un Mouvement Populaire (UMP) hizo del Gobierno de José María Aznar un modelo antes de que los atentados del 11 de marzo de 2004 pusieran fin a esta visión idílica. El editorial de Le Monde del 17 de marzo anunciaba en el título su rechazo de «Une thèse méprisante» («Una tesis despectiva»): una parte de políticos y periodistas anglosajones e italianos atribuían el voto masivo a Zapatero al miedo al terrorismo que la firmeza de José María Aznar hubiera podido desencadenar. Recordaba que era su obstinación y la de su ministro del Interior, Ángel Acebes, afirmando que ETA era la pista privilegiada, lo que había contribuido a la victoria socialista, que interpretaba como «una lección de democracia».

En su número del 22-28 de junio de 2006, en vísperas de la crisis, Le Nouvel Observateur anunciaba en la portada, con fondo rojo y un retrato de una impactante Penélope Cruz vestida de negro y rojo, un dosier «Spécial Espagne» con tres temas: la revolución de las mujeres, los secretos del método Zapatero y la California de Europa. El título del primer artículo, «La nouvelle Movida» («La nueva movida»), citaba las palabras del director del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Juan Barja, quien hablaba de «nueva movida». Los periodistas Claude Weill y Sylvain Courage insistían sobre el hecho de que fuera se veía a España como un país triunfador y daban una larga lista de personajes de éxito con sus fotografías: Rafael Nadal en el tenis, Fernando Alonso en la Fórmula 1, Penélope Cruz y las actrices de Volver, que habían arrasado en el Festival de Cannes, un ritmo de crecimiento de un tres por ciento, un excedente en las cuentas públicas, una disminución del paro, la llegada masiva de inmigrantes hacia un país que representaba un nuevo El Dorado, multinacionales y altos directivos que se exportaban, el boom de la gastronomía ibérica simbolizada por el catalán Ferran Adrià, el de la arquitectura y de las artes plásticas… Sin embargo, la pregunta que seguía a esta enumeración invitaba a matizar: «España, ¿un país de ensueño?».58 Al viajar por el país, habían descubierto «una nación presa de sus viejos demonios, de la división y la intolerancia»,59 los excesos del debate político y la violencia de la prensa derechista contra el poder socialista y en las regiones periféricas, un particularismo que calificaban de «obsesionante». Habían observado también la otra cara del éxito: la locura inmobiliaria y sus escándalos, la emergencia de un discurso xenófobo conforme iba aumentando la inseguridad, las dificultades de los jóvenes, etc. La conclusión de los periodistas era interesante, con una implícita comparación con una Francia pesimista:

¿Y si el verdadero milagro español fuera este?: la voluntad de los españoles de creer, a pesar de todo, en el porvenir. Su convicción de que el país tiene la capacidad de superar sus dificultades. Que España va a más.60

Explicaría la facilidad con la que había digerido e incluso empujado la política reformista de un PSOE llegado al poder por sorpresa en 2004 y duramente atacado por el Partido Popular, que no había reconocido su derrota. Destacaban que los herederos de Aznar no sabían lo que era una cultura de oposición, solo conocían la revancha. Vemos que los fantasmas del pasado no han desaparecido, recordaban en los dos últimos siglos el choque entre dos Españas: una abierta a las nuevas ideas, otra estancada en el nacional-catolicismo que no se había rendido, como se había podido observar en la segunda legislatura de José María Aznar.

El primer reportaje de Claude Weill sobre un país en plena transformación se interesaba por las mujeres: «Elles ne veulent plus du vieux modèle “cuisine, gosses, curé”/La révolution des femmes» («Ya no quieren el viejo modelo “cocina, críos, cura”/La revolución de las mujeres». Las cifras revelaban el cambio: más del 55 por ciento de los bachilleres eran chicas; en la universidad representaban entre un sesenta y un setenta por ciento, salvo en las disciplinas técnicas; estaban cada vez más presentes en el mundo del trabajo, pero más afectadas por el paro, más numerosas en los trabajos a tiempo parcial, la diferencia salarial era de entre un veinte a un treinta por ciento, y eran poco numerosas como directivas… Una situación que no era específica de España, pero el Gobierno de Zapatero estaba preparando una Ley de Igualdad concebida como una «verdadera maquinaria antimachista» para luchar contra las discriminaciones. En el Gobierno se había respetado la paridad y la número dos era una mujer, María Teresa Fernández de la Vega, presentada de una manera muy elogiosa. Remarcaba que España, comparada con sus vecinos, estaba a la vanguardia en la representación política, con un 36 por ciento de mujeres diputadas y un 25 por ciento de senadoras, y también en la lucha contra la violencia de género. A pesar de las resistencias, le parecía difícil que España pudiera volver atrás, dada la importancia de las mujeres en la cúpula del PP. Concluía que el país que había inventado la palabra «machismo» se había convertido en una especie de «laboratorio del feminismo». Hoy, en 2019, cuando la violencia de género sigue creciendo en Francia, repetidas veces se ha invitado a seguir el ejemplo español. El 26 de noviembre de 2009, un titular de Le Point «Violences contre les femmes: l’Espagne, un pays précurseur, des résultats décevants» («Violencia de género: España, un país precursor, unos resultados decepcionantes»), del periodista Cyriel Martin, advertía de que el Gobierno francés se interesaba en las medidas tomadas por su vecino en 2005 —brazalete electrónico y móvil especifico— y que, si hasta entonces los resultados habían sido decepcionantes, la situación era peor en Francia, con el doble de víctimas en 2008. El 11 de marzo de 2019, Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde en Madrid, en «L’Espagne, pionnière de la lutte contre les violences faites aux femmes» («España pionera de la lucha contra la violencia de género»), daba las últimas cifras: gracias a la protección de las víctimas en 2018 murieron 47 mujeres, cuando en 2003 eran 71. Remitía, como otros medios franceses, a la muerte, el 7 de diciembre de 1997, de Ana Orantes, de sesenta años, divorciada, madre de ocho hijos, quemada viva por su ex marido tras contar en televisión el infierno vivido durante cuarenta años y la falta de apoyo institucional. Tras lo que calificaba de «trauma nacional», valoraba que los políticos hubieran tomado medidas y que los medios de comunicación hubieran apoyado la campaña denunciando cada nuevo crimen e intentando provocar una toma de consciencia de la población y su colaboración. En otro artículo del mismo día, «Les féminicides conjugaux, ce fléau qui ne faiblit pas» («Los feminicidios conyugales, esta plaga no cesa»), se señalaba que, entre enero y marzo, nueve mujeres habían sido asesinadas en España, mientras que en Francia fueron unas treinta.

Sylvain Courage, en el mismo reportaje del 22-28 de junio de 2006, destacaba la voluntad del Gobierno, consciente de la fragilidad de los dos pilares del crecimiento —el turismo y la construcción— de apostar por la «economía del conocimiento» para transformar el país en una nueva California.61 Daba como ejemplo el Parque de Investigación Biomédica de Barcelona (PRBB), con 55.000 metros cuadrados de oficinas y laboratorios, junto a la fotografía del edificio, muy futurista. Su director, Jordi Camí, comentaba que el proyecto tenía como cometido hacer del lugar un «centro neurálgico en genética, medicina regenerativa y biología molecular». Construido cerca de un hospital y asociado a la prestigiosa universidad Pompeu Fabra, esperaba atraer a investigadores del mundo entero. Erigido a orillas del mar, ofrecía unas condiciones de trabajo y de vida insuperables. Coincidía con el ambicioso proyecto de José Luis Rodríguez Zapatero de recuperar el retraso científico acumulado, por haber invertido solo un uno por ciento del PIB en el sector, cuando la media europea era de un dos. Advertía que al viajar por España saltaba a la vista que, tras los últimos treinta años de construcción continua y de turismo masivo, no se podía seguir el mismo ritmo, la burbuja inmobiliaria estaba a punto de estallar y dentro de poco se acabarían los fondos europeos, ya no era posible seguir únicamente la vía de Florida. Recapacitaba las bazas del país: 73 universidades, de las cuales 22 eran privadas, que formaban a un millón y medio de estudiantes, cuando en 1960 solo contaban con cien mil. Como otros países europeos, sufría la «fuga de cerebros», pero, al proponer unos posdoctorados de cuatro años, esperaba retener a los mejores estudiantes. A nivel científico, la legislación permitía utilizar embriones humanos y células madres en la investigación médica; cada año miles de francesas acuden a clínicas españolas para congelar embriones o porque la donación de óvulos es posible. A nivel de las tecnologías del medio ambiente, se desarrollan programas pilotos en sectores estratégicos, como la energía eólica, la desalinización del agua del mar, la energía solar, etc. Sin hablar de las numerosas start-ups constituidas en las comunidades autónomas, como el Parque Tecnológico de Andalucía (PTA), en Málaga, con la voluntad de acercar universidades e inversores. Pero el país tenía todavía retraso, solo llegaría al nivel francés en 2050, y al de Alemania en 2059. El periodista concluía destacando que, ante la competencia de los países emergentes, como China, India o Brasil, que invertían masivamente en investigación y nuevas tecnologías, la única vía era la colaboración europea: ni España, ni Francia, ni Alemania podían competir solas. En un recuadro, se señalaba que numerosos estudiantes del programa Erasmus escogían España, como lo ha mostrado, en 2002, la película de Cédric Klapisch L’auberge espagnole (Una casa de locos).

Las otras temáticas del dosier eran la inmigración, una oleada sin fin en un país que había pasado de país de emigración a país receptor de inmigrantes, con el problema añadido de los dos enclaves en territorio africano, Ceuta y Melilla, que constituyen una entrada directa a Europa y que demandan encontrar otras soluciones que la vigilancia fronteriza como lo esta haciendo España con unos programas de cooperación de España con los países africanos.

La aprobación del matrimonio gay solo parecía una etapa para Zapatero, que quería reconocer los derechos de los transexuales. Otra periodista, Marie Lemonnier, concluía su artículo con un «Sigue la revolución…». Dos fotografías ilustraban esta normalización: una, del consejero de Zapatero, Pedro Zerolo, militante gay, sonriente con su pareja, quienes se habían casado el 1 de octubre de 2005. Y otra, la del juez antiterrorista Grande-Marlaska en la portada de El País Semanal del 11 de junio 2006, en la que revelaba su homosexualidad. En Francia hubo que esperar al 17 de mayo de 2013 para que se legalizara el matrimonio gay después de tensas manifestaciones.

Las negociaciones con vascos y catalanes eran otro tema polémico tratado. Zapatero había prometido apoyar la reforma del estatuto catalán, pero el Parlamento catalán preparaba un estatuto casi secesionista. El presidente del Gobierno había conseguido que se aprobara una nueva versión y se habían iniciado las negociaciones con ETA, pero se notaba que eran apuestas arriesgadas y que contaban con la oposición frontal del PP.

El 5 de marzo de 2008, cuando la crisis amenazaba, Libération publicó un nuevo número extra titulado «Made in Espagne», con motivo de las próximas elecciones, en las que los electores tenían que elegir entre el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero y el PP de Mariano Rajoy. Proponía una inmersión en una sociedad en efervescencia, indicio de su dinamismo. En la portada se veía una sala de fiestas en Madrid y una chica atractiva en primer plano con este título en español «¡Viva España!». Debajo de la fotografía se anunciaban tres reportajes: «Saragosse prépare son expo en changeant de visage» («Zaragoza prepara su expo cambiando de aspecto»), Zapatero 1er, le modernisateur fase aux urnes» «Zapatero I, modernizador ante las urnas» y «(Presque) tout est permis: fumer dans les cafés, boire dans la rue…» («[Casi] todo está permitido: fumar en los cafés, beber en la calle…»). Pero en otros reportajes se advertía que la realidad era más compleja, los cuatro años de prosperidad económica y de reformas profundas de la sociedad, como el matrimonio gay o el nuevo protagonismo de las mujeres, provocaban la ira de la Iglesia.62 En su editorial, titulado «Modèle» («Modelo»), François Sergent, daba una visión más matizada. Comparaba la España de antes y la de 2008, preguntándose:

¿Y si existiera una verdad más allá de los Pirineos? España, mucho tiempo pobre y aislada, a lo sumo destino de vacaciones baratas, se ha transformado en un imán para la juventud europea. El hombre enfermo con políticas reaccionarias, costumbres retrógradas y economía subdesarrollada se ha transformado en un país próspero y moderno.63

Incluso se había convertido en un espejo invertido de Francia. Una gran parte de la plantilla de Libération se había desplazado para observar este nuevo modelo de sociedad made in Espagne, a pesar de la fragilidad de una economía basada en la construcción y la dificultad de hacer vivir juntas a las naciones que la formaban.

En otro artículo, François Musseau, corresponsal de Libération en Madrid, analizaba «Le nouveau visage de la droite dure» («La nueva cara de la derecha dura») y «Un État à la carte, tiraillé par les nationalismes» («Un Estado a la carta, desgarrado por los nacionalismos»). Después de que en Francia se tomase a la España de las autonomías como modelo para una Europa de las regiones, las reivindicaciones crecientes de algunas Comunidades Autónomas que, por otra parte, comentaba, gestionaban la mayor parte del presupuesto del Estado, un 68 por ciento de los gastos públicos, le parecían inquietantes.

Con un título llamativo, «Las Vegas gay au coeur de la Castille» («Las Vegas gay en el corazón de Castilla»), Charlotte Rotman, enviada especial en Campillo de Ranas, recordaba que el matrimonio gay se había legalizado en España en 2005, así como la posibilidad de adoptar, y que el alcalde del pueblo, Francisco Maroto, apicultor socialista, ya había casado a unas treinta parejas homosexuales, mientras otros alcaldes se negaban a hacerlo. La normalización rápida contrastaba de nuevo de manera implícita con la situación conflictiva en Francia.

Un ejemplo de inmigración enfocada positivamente había retenido la atención de los periodistas en Aguaviva, una pequeña aldea aragonesa de 750 habitantes, donde los rumanos habían reactivado el pueblo, desertificado por el éxodo rural, gracias a los trámites de su alcalde Luis Bricio. Este se había desplazado a Rumanía —después de fracasar con argentinos—, y la mayor parte de los nuevos habitantes venían del mismo pueblo, Unirea, situado a unos 500 kilómetros de Bucarest, con características parecidas a las de Aguaviva. Con su instalación había conseguido salvar la escuela primaria y abrir dos clases más. La vida había reaparecido con la apertura de comercios en un pueblo que ya no tenía casas abandonadas. Un auténtico ejemplo para los pueblos que se mueren en Europa. Todas las iniciativas en temas de sociedad muestran una actitud menos cautelosa que en Francia. A nivel político también España provocaba envidia: en «Socialistes espagnols: la gauche rêvée» («Socialistas españoles: la izquierda soñada»), el periodista Alain Duhamel explicaba que España tenía lo que Francia no había conseguido: un líder popular con una línea clara capaz de atraer a los electores.

Suelen insistir en los reportajes sobre el antiguo desfase con los otros países europeos, al constatar que en unos veinte años se había invertido la situación: de país retrógrado, se consideraba ahora a España como uno de los más adelantados en muchos sectores.

En cuanto a las costumbres, otros aspectos habían interesado a los reporteros. Un artículo sobre el botellón, de François Musseau, daba el ejemplo de Granada, que había previsto un lugar fuera de la ciudad —el Botellódromo— para que pudieran reunirse los jóvenes y llevar bebidas, evitando el impacto en la ciudad, donde ahora está prohibido beber en la calle. Un problema que se plantea también en el centro de otras ciudades europeas, aunque de manera menos aguda.

Arnaud Vaulerin, enviado especial en Barcelona, trataba el coalquiler practicado por los jóvenes asalariados de Barcelona como consecuencia del boom de los alquileres.

Otro artículo, titulado «Internet», en la sección de economía, estaba dedicado a Jun, un pueblo de 3.200 habitantes, situado cerca de Granada, un «pueblo internet», cuyo alcalde, José Antonio Rodríguez, era partidario de la «teledemocracia», comentaba el enviado especial, François Musseau. Otra pista válida para sus vecinos europeos para reactivar los pueblos y evitar la emigración, en vez de considerarla como una fatalidad.

Este dosier de Libération del 5 de marzo de 2008 intentaba ofrecer un balance completo de una sociedad en plena transformación, con resistencias en las áreas económica y social. Quedaba todavía la esperanza de que el país superara la crisis y de que no estallara la burbuja inmobiliaria. Se esperaba un mero efecto de corrección, pero la caída del sector de la construcción y de las obras (un 25 por ciento del PIB) afectó a otros sectores y aumentó el paro, haciendo bajar el consumo de las familias.

El 9 de marzo de 2008, en Le Monde, en una entrevista con Cécile Chambraud, Sylvia Desazars de Montgailhard,64 franco-española, politóloga, profesora en Sciences Po (el Instituto de Ciencias Políticas) en París, advertía del fin del ciclo de prosperidad que la crisis mundial iba a acelerar, anunciando en el título «Les “trente glorieuses” de l’Espagne s’achèvent» («Los “treinta gloriosos” de España se están terminando»). Destacaba en la entrevista el contraste entre la percepción muy positiva desde fuera y la percepción negativa desde dentro:

Vista desde el extranjero, España parece cada vez más abierta y dinámica. Vista desde el interior, al contrario, parece fragilizada por las tensiones entre el Estado central y los nacionalismos vasco y catalán.65

Explicaba la inquietud por el riesgo de desmembramiento del Estado como consecuencia de la ausencia de una definición clara del modelo territorial en la Constitución española de 1978, que dejaba la puerta abierta a redefiniciones. Algo que la prensa francesa tardó en ver, lo que explica las numerosas emisiones en televisión cuando se produjo el intento independentista catalán, difícil de entender para el centralismo francés.

Superada la crisis o en vía de superación, España se cita también como modelo en otros ámbitos, como su trabajo en el terreno de la transformación de la policía, con el ejemplo de una ciudad de las afueras de Madrid, que dio lugar, el 6 de abril de 2017, a otro reportaje de François Musseau en Libération: «A Fuenlabrada, la fin de la police “machiste, catholique et blanche”» («En Fuenlabrada, el fin de la policía “machista, católica y blanca”). En esta ciudad industrial de 200.000 habitantes, al suroeste de Madrid, sus 250 agentes se habían convertido en un modelo más allá de las fronteras del país por su respeto a los derechos del hombre, su profesionalidad y su gestión de la diversidad étnica, sexual y religiosa. Los habitantes, y los jóvenes en particular, hablaban de la Policía con respeto, incluso a veces con agradecimiento. Se había invitado a la policía del lugar a dar conferencias en Europa, desde La Rochelle hasta Bruselas, y la habían visitado, para inspirarse, representantes de Naciones Unidas, de la Autoridad Palestina y responsables israelíes. Fue en 2006 cuando Manuel Robles, quien dirigía el municipio, decidió humanizar la policía para luchar contra la discriminación que afectaba a muchos jóvenes, al proceder de fuera un treinta por ciento de ella. Desde entonces, cualquier control da lugar a un informe escrito y se da un recibo al controlado, en el que aparece su nacionalidad, pero no su origen, como es el caso a menudo en Francia, con controles realizados según los «perfiles raciales» (délit au faciès). Hay la mitad de controles que antes y la eficacia se ha triplicado. Describe el funcionamiento: existe una brigada de Diversidad, con seis agentes formados en el conocimiento de diversas culturas que hacen una visita mensual a los barrios para abordar temas conflictivos. Han integrado en ella a agentes de origen extranjero. El programa «Borrar el odio» obliga a los agentes a hacer desaparecer cualquier pintada de insulto en menos de 24 horas. Un trabajo de integración envidiable visto desde Francia, donde no se han conseguido resolver en ciertos barrios las violentas tensiones entre los jóvenes y la policía.66 Me pareció interesante, como otro elemento de una España ejemplar, pero tiene un escaso eco en la prensa española y en la francesa, más preocupadas por los aspectos más negativos de la inmigración. El 17 de agosto de 2107, la redacción del canal francés LCI anunciaba un reportaje sobre la eficacia de la policía de proximidad,67 un debate recurrente en Francia, y se refería a Fuenlabrada y a sus resultados, que «harían palidecer de envidia a muchos alcaldes».68 Hay artículos puntuales para lo que sigue siendo una experiencia limitada, pero que va a seguir adelante. La Vanguardia señalaba el de abril de 2019: «Fuenlabrada se suma al proyecto europeo Clara para prevenir delitos de odio», que se desarrollará a través del servicio de Policía Local de Fuenlabrada, en colaboración con la Policía Local de Madrid y la Universidad de Salamanca.

Tal visión no es incompatible con otra más crítica. El 2 de septiembre de 2016, François Musseau recordaba en Libération los escándalos que contribuyeron a agravar la crisis de los bancos. Iniciaba su artículo con una fotografía de Rodrigo Rato, recordando que fue el presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI, 2004-2007), ministro de Aznar (1996-2004) y llamado por los medios el «arquitecto del milagro español», acusado, con otros 64 colaboradores, de apropiarse, mediante tarjetas de crédito, de doce millones de euros de la caja de ahorros Bankia, salvada de la bancarrota en 2012 gracias al dinero público. Esas tarjetas blacks, opacas al fisco, servían para pagar clubes privados con prostitutas, hoteles de lujo, etc., en el peor momento de la crisis y de los desahucios. No había más comentarios, como si los datos fueran suficientes y quizás porque los escándalos en el mundo político son un tema sensible.

5. LAS PERSPECTIVAS HOY

Otro momento en el que el interés culminó fue el auge fulgurante del nuevo partido Podemos, en un momento en que Francia se hundía en un pesimismo creciente. François Musseau, el 17 de octubre de 2014, en Libération, no dudaba en hablar de «la saga de una success-story», evocando el aspecto «mesiánico» de su dirigente, su homonimia con el fundador del Partido Socialista y sus orígenes familiares, nieto de republicanos víctimas de los franquistas, pero, en mayo del 2018, la compra de su lujoso chalet cerca de Madrid se ha interpretado como el inicio de su caída. Citaban las duras críticas que había hecho antes el dirigente de Podemos a la «casta» política, alejada del pueblo, y las reacciones de sus oponentes políticos, a los que había dirigido sus lecciones de moral. Los resultados electorales confirman la tendencia a la baja.

Pese a todo, España ha conservado la imagen de un país dinámico, que se ha forjado en la Transición: ni el tema de las fosas de la Guerra Civil, ni la corrupción, ni la crisis han conseguido acabar con ella. Si se comentó el fin del reinado poco glorioso de Juan Carlos I, se recordó también su papel en la transformación de España e, inmediatamente, los medios se interesaron por la nueva imagen del país, encarnada ahora en la joven pareja real, Felipe y Letizia, símbolo de modernidad, como lo habían sido antes Juan Carlos y la reina Sofía. No olvidaban el papel trascendental del rey en la Transición, como lo indicaba otro artículo de François Musseau, corresponsal en Madrid, ahora de Le Point, el 2 de junio de 2014: «Espagne: Juan Carlos, héros de la démocratie».69 Con la abdicación de Juan Carlos, la prensa se hizo eco brevemente de las aspiraciones republicanas de los que pedían un referéndum sobre la monarquía, pero pronto reconoció que los españoles habían acogido bien la decisión de Juan Carlos después de los múltiples escándalos, y tenían confianza en el rey Felipe, que parecía honrado. El 2 de junio, con el título «Espagne. Don Felipe, ou le sans faute d’un héritier ambitieux» («Don Felipe, o el recorrido sin falta de un heredero ambicioso»), Serge Raffy, en L’Obs —nuevo nombre de Le Nouvel Observateur desde 2014—, explicaba cómo su acceso al trono era vital para la monarquía después del deterioro que había marcado el final de reinado de su padre. Recordaba que este descendiente de Luis XIV lo era también «por su madre de Ernst August de Hannover y que, más que un temperamento latino, tenía más bien alma prusiana. Era disciplinado y riguroso, una baza para los españoles que aspiran al orden y que, como los franceses, observan con envidia el modelo económico alemán».70 En junio de 2015, la prensa francesa se interesó unánimemente por la visita de Felipe VI y de la reina Letizia, que inauguraron con la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, el «Jardín de los Combatientes de la Nueve», los voluntarios españoles de la 2.ª División blindada del general Leclerc, quienes fueron los primeros en entrar en París el 24 de agosto de 1944, y a reunirse con los veteranos de la Nueve en el ayuntamiento. El 3 de junio, L’Express titulaba: «Paris: le couple royal espagnol et Hidalgo inaugurent un jardin de mémoire» («París: la pareja real española e Hidalgo inauguran un jardín de la memoria»). El mismo día, el editorial de Le Parisien, «Hommage de Felipe VI aux libérateurs espagnols de Paris» («Homenaje de Felipe VI a los liberadores de París») reconocía el papel de la División Dronne, nombre de su capitán. Hubo que esperar hasta 2009 para que se pusieran doce placas en la capital para recordar su itinerario. El origen español de Anne Hidalgo y el homenaje del rey a unos españoles que habían combatido contra el fascismo parecía mostrar que este pasado ya era historia.

A través de una selección de ejemplos, he querido mostrar el papel de los medios franceses en la construcción de una España modélica más allá de la Transición, pero que tiene sus raíces en esta idea de un cambio total a partir de ella. Solo he evocado puntualmente el caso de las autonomías y del independentismo, que interesa e inquieta por los riesgos de desequilibrio que pueden provocar a nivel europeo. Otros temas, como El Valle de los Caídos y el traslado de Franco, son difíciles de entender para los franceses y, a menudo, son objeto de reportajes meramente informativos o de comentarios de especialistas.

No se trataba en este estudio de dar a conocer las representaciones de los españoles para el ciudadano de a pie francés —una figura bastante abstracta que necesitaría unas amplias encuestas sociológicas—, sino de seguir la reflexión de Ramón Luis Acuña en un período más amplio, en el que se han invertido las miradas entre los dos países vecinos, y ahora con una parte de la población procedente del otro. En España se han instalado franceses y en Francia llegaron españoles en diferentes olas, y algunos ahora ocupan destacados puestos: en un tiempo en que Europa ha de hacer frente a importantes desafíos, debería ser una baza para reforzarla.

NOTAS

33 «Je rencontre tellement d’incompréhension entre les Espagnols et les Français! Et quand ils veulent se comprendre, parce que ce sont des peuples intelligents, ils le font seulement avec la tête. Nous sommes comme deux lignes parallèles qui n’arrivent pas à se rencontrer…». Las traducciones son personales.

34 Barcelona, Plaza & Janés, 1986.

35 http://torresolenergy.com/gemasolar/ Ha dado lugar a numerosos artículos en la prensa francesa.

36 Agradezco a Fernando Martínez, entonces director general para la Memoria Histórica, la oportunidad que me ha dado de volver sobre este tema, importante a la hora de reforzar Europa.

37 En colaboración con el Colegio de España de París, las universidades de Cádiz (GEHA), de Paris Nanterre (GREX-GRISOR, LIRE19-21) y, desde 2018, Paris Créteil (IMAGER). Ver: La Transición española. Nuevos enfoques para un viejo debate, Marie-Claude Chaput, Julio Pérez Serrano (eds.), Madrid, Biblioteca Nueva, 2015.

38 Al ser imposible en este marco proponer una bibliografía y un estudio exhaustivo, he seleccionado unos artículos o dosieres significativos en fechas puntuales para mostrar esta evolución.

39 Inmaculada Zaragoza García y Jesús A. Martínez Martín (coords.), Cuatro siglos de noticias en cien años/Hemeroteca Municipal/Una historia de la prensa, Ayuntamiento de Madrid y Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos de Madrid (eds.), 2018.

40 Emplearé el nombre del periódico cuando los artículos no estén firmados.

41 «Espagne: Ancien correspondant du «Monde», José-Antonio Novais est mort. Un homme de foi et de courage» («España: Excorresponsal de Le Monde, José-Antonio Novais ha muerto. Un hombre de fe y de valor»). «Tous l’informaient, et lui était leur avocat. Quelques lignes de José-Antonio Novais dans Le Monde, et un prisonnier politique pouvait être sauvé, une organisation protégée». «Tout ce que nous devons à Novais.», écrit justement, dans El País du 26 mars, Miguel-Ángel Aguilar, qui ajoute: «Être mentionné dans ses chroniques vous protégeait des tortures».

42 Sobre los exilios ver: París, ciudad de acogida: el exilio español durante los siglos XIX y XX, Fernando Martínez López, Jordi Canal, Encarnación Lemus López (coords.), Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC), Madrid, Marcial Pons, 2010.

43 http://www.ruedoiberico.org

44 1960. Se había publicado primero en 1953 con el título de Mosén Millán.

45 «Le dernier pilier franquiste» («El último pilar franquista»), Le Monde, 7 de agosto de 1975.

46 «Dix condamnations à mort en moins de trois semaines. Et d’autres se préparent. Cette horreur n’a pas pour théâtre une lointaine contrée exotique, mais un grand pays proche de nous: cette Espagne où un dictateur qui n’en finit pas de vieillir entend maintenir, contre vents et marées, et fût-ce au prix du sang, des structures politiques et sociales héritées d’un autre âge.»

47 «Un défilé de protestation samedi à Paris» («Un desfile de protesta el sábado en París»), 20 de septiembre de 1975.

48 Págs. 20-21.

49 «Santiago Carrillo: la guerre est finie/ Ce que les Espagnols n’ont pas pardonné à leur leader historique». («Lo que los españoles no han perdonado a su líder histórico»).

50 Lo declaraba Alain Minc, presentado como un «consejero escuchado en el Elíseo», en Le Monde en 2009, cuando José Luis Rodríguez Zapatero afrontaba la crisis y las críticas: «Une Espagne affaiblie par la crise prend la présidence tournante de l’Europe» («Una España debilitada por la crisis toma la presidencia rotatoria de Europa»), Jean-Jacques Bozonnet, 30 de diciembre de 2009.

51 Remito a la polémica desencadenada por el artículo de Nicolás Masson de Morvilliers: «Pero ¿qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿qué ha hecho esta por Europa?». En Encyclopédie méthodique, Géographie moderne, vol. I. París, Charles-Joseph Panckoucke, 1782, págs. 554-568.

52 Director del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos (Madrid) desde 2012, y Profesor de Historia Contemporánea de España en la Universidad CEU San Pablo (Madrid) desde 2001.

53 Autor de Franco, la conquête du pouvoir, Denoël, París, 1975; Roman de Madrid, Éditions du Rocher, 2008; Juan Carlos, Tallandier, París, 2011, e Histoire de l’Espagne, Tallandier, París, 2015.

54 «[…] L’Espagne est passée de la dictature à la démocratie, de l’isolationnisme péninsulaire au Grand Marché européen. Sans bruit. 1992 sera l’année de son sacre: Exposition universelle à Séville et Jeux olympiques à Barcelone. Quel parcours!», «D’une arène à l’autre».

55 Su blog: http://gerardimbert.blogspot.com/p/bio-gerard-imbert.html

56 «Ce monarque d’allure très républicaine et d’esprit profondément démocrate est en effet l’artisan de l’Espagne contemporaine , redevenue un “grand” d’Europe, totalement engagée dans la Communauté, un foyer artistique et intellectuel étonnamment créatif, certainement le pays du vieux continent qui a le plus changé depuis vingt ans».

57 «Comment un petit país européen a-t-il pu supplanter le grand géant du Nord: les Étas Unis».

58 «Un pays de cocagne, l’Espagne?»

59 «[…] une nation en proie aux vieux démons de la division et de l’intransigeance».

60 «Et si le vrai miracle espagnol était là: dans al volonté des Espagnols de croire, malgré toutn, en l’avenir. Leur conviction que le pays a la capacité de surmonter ses difficultés. Que l’Espagne va a más (vers plus, vers mieux)».

61 «Le gouvernement double les crédits de la recherche/¡Florida no, California sí!» («El Gobierno duplica los créditos para la investigación/Florida no, ¡California sí!»).

62 «Comment l’Église tente d’excommunier la gauche» («Cómo la Iglesia intenta excomulgar a la izquierda»), François Meurisse.

63 «Et si il y avait une vérité au-delà des Pyrénées. L’Espagne longtemps pauvre et isolée, tout juste une destination de vacances bon marché est devenu un aimant pour la jeunesse européenne. L’homme malade à la politique réactionnaire, aux mœurs rétrogrades et à l’économie sous-développée est devenu un pays prospère et moderne.»

64 Autora de Madrid et le monde, París, CERI-Autrement, 2007.

65 «Vue de l’étranger, l’Espagne paraît de plus en plus ouverte et dynamique. Vue de l’intérieur, au contraire, elle paraît fragilisée par les tensions entre l’État central et les nationalismes basque et catalán.»

66 Fue primero una iniciativa de la fundación americana del millonario húngaro Geoge Soros. Se encuentran datos en informes oficiales en Francia sobre la relación entre Policía y ciudadanos.

67 https://www.lci.fr/societe/video-police-de-proximite-a-fuenlabrada-en-espagne-ca-marche-tres-bien-2061546.html

68 «Avec des résultats qui feraient pâlir d’envie beaucoup de maires».

69 Le Parisien proponía un título parecido: «Juan Carlos, héros de la Transition démocratique à la mort de Franco» («Juan Carlos, héroe de la Transicion democrática a la muerte de Franco»), Sébastien Lernould, 2 de junio de 2014.

70 «Ce descendant de Louis XIV, mais aussi, par sa mère, de Ernest August de Hanovre, n’a pas un tempérament latin, mais plutôt l’âme prussienne. Il est discipliné et rigoureux. Un atout pour les Espagnols qui rêvent d’ordre et qui, comme les Français, observent avec jalousie le modèle économique allemand».

LA CONSTITUCIÓN DE ESPAÑA DE 1978 Y LAS CIENCIAS SOCIALES FRANCESAS

BERNARD VINCENT

Historiador. Director Emérito de Estudios de l’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris

En una carta dirigida a José Antonio Maravall, el hispanista francés Robert Ricard se queja el 16 de marzo de 1965 de su aislamiento intelectual y físico. Y precisa: «a ello se añade […] la indiferencia del público francés por todo lo español y portugués, con la excepción, en cierta medida, de la llamada América latina, que está de moda, aunque la gente la entiende solo a medias. En Francia el hispanista debe tener la abnegación de aceptar de antemano la postergación y la oscuridad».71 Se puede suscribir a las palabras del insigne catedrático y considerar que su afirmación quedó válida al menos hasta la muerte de Franco. Pocos franceses aprendían español, y la inmensa mayoría de los que cruzaban la frontera pirenaica lo hacían para una estancia veraniega en alguna playa. Yo estaba personalmente rodeado de amigos que habían jurado no ver el sol español mientras vivía el dictador y que no entendían mi interés por el país vecino. La prensa dedicaba poco espacio a la situación española, y me acuerdo de un periodista muy conocido que en 1973 vino a verme para pedir consejo para la preparación de un reportaje en España. Leyendo unas semanas más tarde su artículo me enteré de que mi ejemplar del libro de Gerald Brenan El laberinto español, cuya lectura le había recomendado y que él había llevado a Madrid a pesar de mis advertencias, había sido confiscado por la policía.72

Casi medio siglo después, el panorama ha cambiado sustancialmente. La España aislada, olvidada, diferente, como se decía a menudo, ha dejado sitio a la España dinámica, abierta y plenamente europea. Hoy la lengua española es el segundo idioma impartido en la enseñanza secundaria francesa, después de superar al alemán. Más de dos millones de alumnos están estudiándola, alrededor del setenta por ciento del total del alumnado, gracias a la obligación del aprendizaje de una segunda lengua a partir del tercer año de bachillerato. España es un destino preferente de los turistas franceses, naturalmente por las playas, pero también por los museos de Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valladolid, etc., o por el camino de Santiago o el del Quijote. La cultura y el deporte atraen mucho público, desde Almudena Grandes a Fernando Aramburu, desde Pedro Almodóvar a Plácido Domingo, desde Rafael Nadal al Real de Madrid o el Barça. Y a la gran exposición de Velázquez en París en 2015 le sucedió una igualmente importante dedicada al Greco.

No todo está perfecto. Hemos podido escuchar, atónitos, en 1993 a una periodista anunciar en un telediario que el señor Henri (Enrique) Batasuna había conseguido un escaño de diputado. Hoy la información dada por los medios de comunicación es escasa, salvo en casos de acontecimientos espectaculares o de crisis profunda. Sin embargo, en estas últimas circunstancias la cobertura ofrecida por la prensa —que casi nunca tiene corresponsales permanentes en España, con la notable excepción del periódico Le Monde— es un claro ejemplo del pobre nivel medio de conocimientos sobre el país que tiene la mayor parte de la sociedad francesa. El tratamiento de la actual crisis de Cataluña constituye un excelente ejemplo de esta realidad. De pronto, entre septiembre y noviembre de 2017, abundaron artículos de prensa y debates televisivos sobre el tema —con lagunas y errores—, pero aquel intenso tiempo fue seguido por un gran silencio apenas interrumpido por el anuncio de la apertura del procés el 12 de febrero de 2019. En estas circunstancias, 41 senadores franceses poco informados, pertenecientes a casi todas las formaciones políticas, han firmado un texto denunciando la represión de la cual serían víctimas los líderes catalanes independentistas. Dentro de este panorama, dos fases de la historia de España han suscitado un enorme interés y hasta un gran entusiasmo. Son el período de la Transición, por una parte, y el año 1992, por otra. Este, con la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la de la Exposición Universal de Sevilla, reveló al mundo en general y a los franceses en particular el potencial y el dinamismo de un gran país. El reconocimiento de esta realidad fue claramente expresado en París con un acto inédito el 7 de octubre de 1993, cuando el rey Juan Carlos I pronunció un discurso en la Asamblea Nacional, siendo el primer jefe de estado invitado en hacerlo. La Transición tuvo todavía más impacto, porque su desarrollo sorprendió a todos e hizo caer muchos prejuicios. Para muchísimos ciudadanos de distintos estados, y entre ellos Francia, la Transición se convirtió progresivamente en un modelo. Dos semanarios, l’Express y Le Point, designaron en 1979 a Adolfo Suárez como el hombre del año. Y a menudo hemos olvidado que después de la caída del muro de Berlín, cuando por todas partes se preguntaba cómo salir del comunismo en la Europa del Este, se impuso el proceso de la democracia española como ejemplo a seguir. En el proceso de la Transición obviamente la Constitución de 1978 es un elemento clave, que ha sido objeto de muchos comentarios desde su elaboración hasta hoy.

Historiadores, politólogos y juristas franceses le han dedicado libros y artículos. Así disponemos de siete historias de España contemporánea publicadas en Francia: la de Emile Témime, Albert Broder y Gérard Chastagnaret en 1979; la de Guy Hermet en 1986; la de Alino Angoustures en 1993; la de Guy Lemeunier y María Teresa Pérez Picazo en 1994; la dirigida por Jordi Canal en 2009; la de Benoît Pellistrandi en 2015 y la de Marie-Claude Chaput y Julio Pérez Serrano en 2018.73 La distribución cronológica de estas obras alargadas en el tiempo constituye, más allá del contenido de cada una, un elemento suplementario de interés. A ellas podemos añadir los capítulos dedicados a la época contemporánea en las historias de España, una dirigida por Bartolomé Bennassar, que data de 1985, y otra escrita por Joseph Pérez en 1997.74 Varios de estos libros han tenido un notable eco en la opinión pública.

El primero de todos, el de Témime, Broder et Chastagnaret, llamó particularmente la atención porque estuvo redactado inmediatamente después del referéndum que aprobó la Constitución, el 6 de diciembre de 1978. La última frase de la introducción es significativa: «España parece entrar en una era nueva, bajo el símbolo del «consenso» político, fenómeno inédito e importante cuyo impacto no se puede todavía apreciar».75 Los autores resumen dos veces el contenido de la Constitución: «el consenso facilita, a pesar de algunas discrepancias, la redacción de una constitución democrática, admitiendo el principio de las autonomías regionales, condenando la tortura y aboliendo la pena de muerte», y luego: «en muchos aspectos, la nueva Constitución —quizás algo demasiado larga y detallada— es un modelo democrático: confirmación parlamentaria del primer ministro, abolición de la pena de muerte, condena constitucional de la violencia y de la tortura, reconocimiento del a diversidad regional en la unidad nacional».76 A este corto balance positivo se añade la enumeración de los problemas que la joven democracia debe afrontar, los de tipo económico y los de tipo político —resistencia de los medios de extrema derecha—, pero también otros que, a ojos de los tres historiadores, han sido contemplados por la Constitución sin estar resueltos. Se trata de la cuestión de la laicidad y de las autonomías. En el primer caso, se alude a las presiones de la Iglesia católica y, en el segundo, a la ambigüedad del texto constitucional, que hace pensar a un «vago estatuto a la italiana».77

Unos años más tarde, tanto Bartolomé Bennassar como Guy Hermet insisten en los mismos temas. Subrayan la importancia del consenso que conduce a una constitución moderna, realmente democrática, con dos cámaras. Guy Hermet precisa que, más allá de su contenido democrático y favorable a los particularismos regionales, la Constitución contiene un alto numero de disposiciones que pueden disgustar a los sectores conservadores, como la abolición de la pena de muerte o el principio de laicidad del Estado, a pesar de las reticencias de la Iglesia.78 Bartolomé Bennassar cita la condena de la tortura y la abolición de la pena de muerte, y da más detalles sobre el régimen de las autonomías y sobre la libertad religiosa. Por una parte, indica que cada región puede dotarse de un estatuto particular, de un Gobierno regional y, eventualmente, de una segunda lengua oficial. Por otra, pone énfasis en el artículo 16, subrayando que, si ninguna confesión tuviera carácter estatal, el Estado tomaría en cuenta las creencias de la sociedad, manteniendo relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones.79

Las obras de la última década del siglo XX (Angoustures; Lemeunier-Pérez, Pérez) coinciden en lo esencial del análisis de la Constitución con las anteriores: Estado de derecho democrático y social; abandono de la confesionalidad; reconocimiento del particularismo regional y abolición de la pena de muerte. La atención prestada por todos los autores a estas cuatro materias es reveladora de la lectura de la Constitución y del examen de su contexto por los franceses, tanto por los expertos como por la opinión pública. La primera, el establecimiento de un Estado de derecho democrático, es evidentemente la base de todo el dispositivo constitucional. Pero es interesante constatar la poca referencia en los textos aquí citados a la forma monárquica de Estado, como si no se entendiera la concesión hecha por los republicanos españoles. Es verdad que corrían por el mundo, y en particular por Francia, muchos chistes sobre «Juan el breve».

Luego son muy significativos los largos comentarios a los artículos 15 y 16 que figuran en el título I, el de los derechos y deberes fundamentales. El artículo 15, sobre el derecho a la vida y a la integridad física y moral, es el de la abolición de la pena de muerte, salvo en lo que pueden disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra. Esta restricción ha sido abolida por una ley de 1995, con la cual las referencias legales a la pena de muerte han desaparecido definitivamente del ordenamiento jurídico español. Es necesario subrayar que cuando se adoptó la Constitución española de 1978 seis condenados a muerte estaban en Francia esperando el día de su ejecución. La pena fue abolida por iniciativa del presidente de la República François Mitterrand el 29 de octubre de 1981, a pesar de la opinión pública mayormente contraria a la medida. Y entre 1984 y 1995, fueron presentadas en el Parlamento francés 27 propuestas de ley a favor de su restablecimiento. En estas condiciones, la insistencia de los historiadores resaltando el contenido del artículo 15 traduce el asombro de la sociedad francesa ante una decisión de esta índole cuando España estaba sufriendo varias formas de terrorismo. De esta manera, la sociedad española se revelaba más progresista que la francesa.

La atención al artículo 16 subraya también la distancia existente entre las dos naciones. Este artículo asegura la libertad ideológica, religiosa y de culto, amparada por la aconfesionalidad del estado. Pero ya hemos visto que, si todos los historiadores y politólogos franceses lo destacan como un elemento clave de la Constitución, y reflejo de la búsqueda de los redactores para expresar el consenso, las interpretaciones que dan del texto difieren netamente. Mientras Guy Hermet no vacila en afirmar la existencia en la Constitución de la laicidad del Estado, a pesar de la oposición de la iglesia, y Guy Lemeunier y María Teresa Pérez Picazo hablan sin el menor reparo del abandono de la confesionalidad, Emilie Témime, Albert Broder y Gérard Chastagnaret emplean la misma palabra: «abandono», pero para ellos se trata del abandono del reconocimiento de la laicidad.80

El mismo artículo se estudió en 2003 en un trabajo preciso de la politóloga Claude Proeschel. Ella subraya que la mención explícita de la iglesia católica en el párrafo 3 del artículo 16 fue el resultado de la toma en cuenta de la realidad histórica y sociológica de España, y permitió pasar pacíficamente a un estado no confesional. Concluye que, si en este asunto, como en muchos otros contemplados en la Constitución, nadie estuvo satisfecho por la redacción definitiva, esta fue, sin embargo, aceptable por casi todos los sectores de la sociedad.81 Comparando las relaciones entre Estado e Iglesia en Francia y en España, en un libro de 2005, la misma autora desarrolla la idea de aplicaciones distintas de la laicidad a partir de las identidades y tradiciones nacionales y religiosas, ya apuntada en el texto publicado en 2003.82

Pero en el momento de la adopción de la Constitución, buena parte de la opinión pública francesa pensaba que la fórmula original del aconfesionalismo adoptada abría la puerta a intervenciones de la Iglesia católica, invocando principios morales en asuntos relativos a los derechos individuales. Hubo desde luego presiones, pero, en términos generales, no tuvieron mucho efecto, por dos principales razones: el funcionamiento satisfactorio de la democracia, con alternancia de mayorías políticas, y la progresiva laicización de la sociedad española. Entre 1978 y 2018 se han aprobado y aplicado la Ley orgánica sobre la libertad religiosa y la ley que permite el divorcio en 1980, la Ley Orgánica Reguladora del Derecho a la Educación (LODE) y la legalización limitada de aborto en 1985, los acuerdos de cooperación con el islam, el judaísmo y el protestantismo en 1992, la ley sobre las violencias conyugales en 2004, la del matrimonio homosexual en 2005, la de la reproducción asistida en 2006 y las leyes de 2010 y 2015 sobre el aborto. Podemos decir que buena parte de este cuerpo legislativo es hijo de la Constitución de 1978. Así, en el preámbulo de la LODE se puede leer: «Es por fin una norma de convivencia basada en los principios de libertad, tolerancia y pluralismo, y que se ofrece como fiel prolongación de la letra y el espíritu del acuerdo alcanzado en la redacción de la Constitución para el ámbito de la educación». El conjunto hace de España un país entre los más adelantados del mundo en materia de derechos y libertades. El contraste con el caso francés es elocuente. Conocemos todos el clima muy tenso en el cual se adoptó, después de cuatro años de debates parlamentarios y de muchas presiones adversas, la ley del matrimonio homosexual, en 2013. La relativa a la reproducción asistida se presentó en el parlamento en el año 2019. La opinión pública francesa ha constatado —y la prensa se ha hecho eco varias veces de ello— que el compromiso representado por la Constitución española de 1978 no ha frenado en muchos campos una importante y continua evolución.

El último gran tema de los comentarios de los expertos franceses es el que corresponde al título 8 de la Constitución. Pero, si bien cada uno reconoce su importancia, se limitan generalmente a señalar el espíritu general del texto, sin entrar en detalles y sin aventurarse en valoraciones. Se limitan, generalmente, a indicar que el funcionamiento fue progresivo entre 1977 —es decir, antes de la aprobación de la Constitución— y la promulgación de la Ley orgánica de financiación de las comunidades autónomas (LOFCA), el 23 de septiembre de 1983, y que el régimen autonómico no es el mismo para todas las regiones, siendo especial o general. La cautela de los autores me parece que se debe a dos razones. Por una parte, la España «de las autonomías» es un modelo tan alejado del centralismo francés que hace cuestionar a muchos observadores la eficacia de su funcionamiento. Por otra, las diferencias de régimen, de tamaño, de población, de recursos, etc., sorprenden e inquietan. Se habla de un sistema ambiguo. No obstante, Bartolomé Bennassar, en 1985, después de haber enumerado los posibles inconvenientes, atomización del Estado y elevado coste, concluye que la instauración de comunidades autónomas provoca el desarrollo de la conciencia regional y permite reaccionar contra los abandonos que sufren varias regiones.83

Los juristas franceses que han estudiado la Constitución, principalmente Pierre Bon y Franck Moderne, autores de un libro sobre las autonomías regionales, son evidentemente más precisos. Insisten en la diferencia entre estatutos que rigen las regiones y una constitución que rige el Estado unitario.84 Pierre Bon ha vuelto varias veces en sus análisis del régimen autonómico español, primero en 1994 y después en 2008, en la introducción de un coloquio que él organizó en Pau para celebrar el 30 aniversario del texto —titulado la Constitution espagnole face à ses défis—, en la cual participaron doce juristas españoles.85 Cuatro temas habían sido elegidos: derechos fundamentales, categorías de normas, instituciones nacionales e instituciones autonómicas. El estudio de estas últimas estuvo confiado a Juan Luis Requeno Pagès, que examinó la evolución general del Estado de las autonomías, y a Enoch Alberti, que lo hizo sobre los nuevos estatutos de autonomía. Los trabajos de Pierre Bon han nutrido para el caso español la reflexión de Gérard Marcou, autor en 1999 de un informe sobre la regionalización en Europa destinado al Parlamento Europeo. Estableciendo una tipología de las modalidades europeas de la regionalización, desde la descentralización regional francesa hasta el régimen de las unidades directivas de Bélgica, pasando por la regionalización por las colectividades existentes y la regionalización administrativa, destaca la originalidad del modelo español, calificado de regionalización política.86 En 2013, Benoît Pellistrandi llega a la misma conclusión. Escribe que definir el Estado español es una apuesta intelectual. «No es un Estado federal ni un Estado regional», sino un «Estado de autonomías». Politólogos e historiadores no vacilan en hablar sin embargo de Estado semifederal. Otros evocan una «nación de naciones» o un «Estado plurinacional». Esta noción de autonomías como entidad regional dotada de competencias propias es pues una invención española.87

Si bien el modelo está considerado como original e inventivo, suscita a la vez inquietudes entre los expertos franceses. «El dispositivo», dice Marcou en 1999, «ha conducido a una muy grande heterogeneidad de situaciones, además acentuada en evoluciones posteriores, sobre todo por las opciones en materia de competencias y de financiamiento de las comunidades autónomas». Y termina apuntando el riesgo representado por las reivindicaciones de tipo étnico u identitario que conducen a estructuras asimétricas.88 Y es significativo que el blog DDJ Doc du Juriste, muy consultado, haya afirmado en febrero de 2012 que el título VIII de la Constitución, el refererido a la organización del territorio y a las comunidades autónomas, parece a menudo poco satisfactorio. «Imprecisión», «ambigüedad», «heterogeneidad» son las palabras que una y otra vez utilizan los observadores franceses.89

Hacer estas reservas, presentar estas preguntas conduce a interrogarse sobre los limites del consenso que precedieron a la redacción de la Constitución de 1978. De ahí a cuestionar lo que fue la realidad de la Transición hay un paso que ha sido efectuado por varios investigadores. En 2002, Bénédicte André-Bazzana presentó una tesis dirigida por Guy Hermet y publicada en 2006 en español con el título de Mitos y mentiras de la Transición.90 En ella considera el discurso sobre la reconciliación entre vencedores y vencidos de la Guerra Civil como el establecimiento de una memoria oficial construida para y por el poder. La autora examina los mecanismos de selección de esta construcción que ha sido instrumentalizada durante tres décadas.

Otros expertos, como Matthieu Trouvé, politólogos, como Bénédicte André-Bazzana, e historiadores, como Sophie Baby, han seguido esta vía. El título del libro —sacado también de una tesis— de esta última está claro, se trata de analizar «el mito de la transición pacífica». La memoria promocionada omite totalmente la existencia de una violencia de muchos movimientos —y no solamente de ETA— y también del Estado de transición a través, por ejemplo, de la acción de los grupos antiterroristas de la liberación (GAL). Sophie Baby cuenta hasta 3.200 actos de violencia y 714 individuos muertos por razones políticas entre noviembre 1975 y octubre 1982. Para estos autores la ley de amnistía del 15 de octubre de 1977 tenía valor de ley de impunidad.91

Todos estos datos son ciertos. Y la interpretación también. De hecho, muchas heridas sufridas por los vencidos no fueron cicatrizadas. Sus descendientes han sido los principales artífices de la Ley de Memoria Histórica. Pero la pregunta fundamental se puede formular sencillamente. En 1978, ¿era una necesidad histórica el consenso? Con varias décadas de diferencia, se puede inferir la respuesta. Los «padres de la Constitución», de tendencias políticas distintas, lo tenían muy claro. Hicieron concesiones y sacrificios, dejando a sus sucesores el arreglo de problemas coyunturalmente insuperables. La puesta en cuestión del consenso es, como lo apunta Benoît Pellistrandi, «un efecto de moda consecuencia del olvido de las condiciones concretas del contexto del momento».92 Llama la atención el diferencial de percepción entre las generaciones, en Francia como en España. Los autores que enfatizan el mito del consenso no han vivido el período de la Transición.

Como historiador, querría terminar insistiendo sobre la importancia de tomar en cuenta el contexto. A los fundamentales elementos de política interna de la España de los años 1975-1982, es necesario añadir los de la política internacional. Insistiré aquí sobre las múltiples dificultadas afrontadas por la joven democracia y, más particularmente, en el de las relaciones hispano-francesas. El gran objetivo de la joven democracia española era ser miembro de la Comunidad Económica Europea. Pero el camino fue largo hasta su consecución, el 1 de enero de 1986. Se expresaron pronto reticencias, sobre todo en los Países Bajos, en Italia y en Francia, provocando muchas quejas españolas. La actitud francesa procedía de tres elementos. Primero, la existencia de los prejuicios tradicionales: la España que salía de más de 35 años de dictadura no podía convertirse de la noche a la mañana en una democracia adulta. La arrogancia francesa estaba personificada, por ejemplo, en el presidente Valéry Giscard D’Estaing, que pretendía ser el protector del nuevo régimen y dar consejos, o por el muy mediatizado Bernard Henry Levy, que vino a Madrid para dar una lección de prácticas democráticas. Luego, si las policías española y francesa cooperaban para combatir las acciones de ETA, Francia justificaba su negativa de extradición de terroristas invocando, hasta mediados de 1984, el estatuto de refugiado político. Y la posible adhesión de España a la Comunidad Económica Europea provocaba la ira de campesinos de distintos países, entre ellos de los agricultores del sur de Francia, amenazados por la competencia de los productos españoles. El 25 de abril de 1976, el presidente de la federación nacional de los productores de legumbres declaraba: «Sí a Europa, no a España y a Grecia». A ellos se sumaban los pescadores, preocupados por la potencia pesquera española. Los años de la década de 1980 fueron marcados por un sinfín de incidentes, como quemas de camiones —nueve tan solo el mes de mayo de 1983— o el tiroteo contra un barco pesquero de Ondarroa en 1984. El partido comunista francés era muy hostil a la entrada de España en la CEE; Jacques Chirac, líder del Rassemblement pour la République (RPR), fue muy ambiguo en sus declaraciones; el partido socialista se mostró favorable, con bastantes matices.93 La tensión entre gobiernos alimentaba una violenta campaña de la prensa española denunciando lo que parecía ser una traición francesa. Cambio 16 llegó a publicar un número con una portada en la cual estaba escrito en diagonal en letras mayúsculas «MERDE». En la primavera de 1980 circuló en España un libelo anónimo, impreso en Valencia, titulado Contra los franceses, donde se dice. por ejemplo: «No fueron por desgracia los Pirineos barrera infranqueable ni cordón sanitario tan eficaz para los españoles como lo fue el Canal para los ingleses».94 Los viajes oficiales de Valéry Giscard d’Estaing en 1978 y de François Mitterrand en 1982 se desarrollaron en un clima singularmente frío. Sin embargo, a consecuencia del segundo y de la llegada de Felipe González al poder, las relaciones mejoraron progresivamente. Cambio 16 publicó en julio de 1984 un dosier cuyo título, España-Francia, la guerra ha terminado, figuraba debajo de una foto de Felipe González y François Mitterrand, muy sonrientes.

A principios de 1985, los reparos franceses se habían desvanecido. El 12 de febrero, François Mitterrand podía confesar «que la decisión de la entrada de España había sido una responsabilidad difícil de tomar». El acuerdo de entrada en la CEE fue obtenido durante el verano de 1985. Se ha podido escribir que esta entrada en la CEE significaba una integración plena y entera de España en el concierto internacional después de un aislamiento casi secular.

El 1 de enero de 1986 comenzó una nueva era. La relevancia de este hecho me parece que no ha sido suficientemente subrayada. Es una de las mayores consecuencias del espíritu que ha reinado en la redacción y la promulgación de la Constitución. Por eso tengo, desde una perspectiva francesa, una visión peculiar del tiempo de la Transición. Unos consideran que ocurrió entre el verano de 1976 —desmantelamiento de las instituciones franquistas— y la adopción de la Constitución en diciembre de 1978; otros, entre el 17 de noviembre de 1975 —muerte de Franco— y octubre de 1982 —llegada al poder de Felipe González—. Propondría para definir la Transición abarcar un período más largo, del 17 de noviembre de 1975 al 1de enero de 1986, porque permite reunir los desafíos internacionales y los desafíos internos y medir mejor tanto el camino hecho desde el aislamiento hasta la participación en la construcción europea como la complejidad de la labor realizada en aquellos diez años.

NOTAS

71 Biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Castilla la Mancha, Ciudad Real, fondo Maravall.

72 Gerald Brenan, Le labyrinthe espagnol. Origines sociales et politiques de la Guerre Civile, París, Ruedo Ibérico, 1962. La versión en inglés, The Spanish Labyrinth: An Account of the Social and Political Background of the Civil War, fue publicada por Cambridge University Press en 1943.

73 Emile Témime, Albert Broder y Gérard Chastagnaret, Histoire de l’Espagne contemporaine, Aubier, París, 1979; Guy Hermet, L’Espagne au XXe siècle, París, PUF, 1986; Aline Angoustures, Histoire de l’Espagne au XXe siècle, Editions Complexe, Bruselas, 1993; María Teresa Perez Picazo y Guy Lemeunier, L’Espagne au XXe siècle, Armand Colin, París, 1994; Benoit Pellistrandi, Histoire de l’Espagne, des guerres napoléoniennes à nos jours, Perrin, París, 2013; Jordi Canal, Stéphane Michonneau, Sophie Baby, Jean-Philippe Luis y Mercedes Yusta, Histoire de l’Espagne contemporaine, Armand Colin, París, 2014; Marie-Claude Chaput y Julio Pérez Serrano, Civilisation espagnole contemporaine (1868-2018), París, PUF, 2018.

74 Bartolomé Bennassar (dir.), Histoire des Espagnols, VIe-XXe siècle, Armand Colin, París, 1985; Joseph Pérez, Histoire de l’Espagne, París, Fayard, 1997.

75 Emile Témime, Albert Broder y Gérard Chastagnaret, op. cit., pág. 12.

76 Ibid., pág. 305.

77 Ibid., pág. 303.

78 Guy Hermet, op. cit. pág. 281.

79 Bartolomé Bennassar (dir.), op. cit., pág. 975, París, Robert Laffont, 1992, 2.ª ed.

80 Guy Hermet, op. cit., pág. 281; María Teresa Pérez Picazo, Guy Lemeunier, op. cit., pág. 119; Emile Témime, Albert Broder, Gérard Chastagnaret, op. cit., pág. 303.

81 Claude Proeschel, «Les relations Eglise-Etat dans la Constitution espagnole de 1978», Pôle Sud, 18, mayo de 2003, pág. 133-149.

82 Claude Proeschel, L’idée de la laïcité. Une comparaison franco-espagnole, París, L’Harmattan, 2005.

83 Bartolomé Bennassar, op.cit., pág. 966, Robert Laffont, 1992, 2.ª ed.

84 Pierre Bon y Franck Moderne, Les autonomies régionales dans la Constitution espagnole, París, Economica, 1981.

85 Pierre Bon, Espagne, «L’Etat des autonomies», en Christian Bidégaray (dir.), L’Etat autonomique: forme nouvelle ou transition en Europe, París, Economica, 1994. El coloquio ha sido publicado: Pierre Bon ed., Trente ans d’application de la Constitution espagnole, Dalloz, Ginebra, 2009. La introducción escrita por Pierre Bon tiene por título «La Constitution espagnole face à ses défis».

86 Gérard Marcou, La régionalisation en Europe, informe para el Parlamento Europeo, Bruselas, 1999, pág. 29.

87 Benoît Pellistrandi, op. cit., pág. 504.

88 Gérard Marcou, op. cit., pág. 57.

89 El termino ambigüedad aparece también en un texto de otra jurista, Annie Garissou, «Démocratie et régime local ou les hypothèses d’une transition», Mélanges de la Casa de Velázquez, 1982, tome 18/1, págs. 381-417.

90 Bénédicte André-Bazzana Mitos y mentiras de la Transición, El viejo topo, Madrid, 2006. La tesis francesa tenía por título «Le modèle espagnol de transition à la démocratie».

91 Sophie Baby, Le mythe de la transition pacifique : violence et politique en Espagne (1975-1982), Madrid, Casa de Velázquez, 2012

92 Benoît Pellistrandi, op.cit, pág. 498

93 Matthieu Trouvé, «Une querelle agricole, le Midi de la France et l’adhésion de l’Espagne à la CEE «, Annales du Midi, 2005, pág. 203-227

94 Contra los Franceses. Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos y especialmente en España.

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN PERSPECTIVA HISTÓRICA. VISIONES DESDE ESPAÑA

SIGNIFICADO, IMPACTO Y BALANCE DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978 EN NUESTRA HISTORIA. UNA VISIÓN DESDE ESPAÑA

CÉSAR LUENA

Doctor en Historia

INTRODUCCIÓN

El significado, impacto y balance de la Constitución de 1978 en nuestra historia, en la explicación del pasado reciente y en la configuración del presente son, a pesar de los aspectos negativos y de los problemas todavía existentes, extraordinariamente positivos. La historiografía que abarca este período así lo atestigua.

Es por eso por lo que incorporamos las reflexiones de varios de los grandes historiadores españoles que nos aportan su visión desde España al esquema teórico que aportamos en el presente trabajo.

Precisamente, uno de los principales historiadores de la España contemporánea, Juan Pablo Fusi, fija en el texto constitucional los siguientes avances: las libertades democráticas, los partidos políticos y los sindicatos, la abolición de la pena de muerte, la mayoría de edad en dieciocho años, el estado aconfesional, la legalización del divorcio, la libertad de empresa y la economía de mercado. «España se redefinía, en suma, como un estado social y democrático de derecho, como una democracia plena y avanzada».95

En efecto, España ha alcanzado el grado de democracia plena durante este período histórico. Nunca antes lo había conseguido. Y lo más importante, según los principales indicadores de análisis sobre el estado de las democracias, como The Economist, todavía lo sigue siendo hoy en día.

Entre la muerte de Franco y la elaboración, aprobación y votación en referéndum de la Constitución, en España se dieron las condiciones para que se pudiera llevar a cabo con éxito lo que en este texto denominamos como una reforma constituyente pragmática y moderada.

A ello se llegaba gracias a la concepción que había en España entre los opositores a la dictadura acerca de la reconciliación desde los años cuarenta y cincuenta.96 Porque «la transición no era nueva, sino vieja de treinta años, en su exigencia básica: fin del discurso de la guerra, reconciliación, amnistía y renuncia a la revancha: eso estaba dicho y repetido desde los años cuarenta».97

No en vano, Javier Tusell ya dijo que «lo que llama la atención en el proceso de transición español es, al mismo tiempo, lo claro que estuvo el objetivo final y lo imaginativo que resultó el proceso hasta llegar a él», porque, seguiría diciendo, «como ha escrito uno de los ponentes de la Constitución —Miquel Roca— esta fue redactada no solo “desde el consenso, sino también para el consenso”, en el sentido de que necesita para funcionar una voluntad coincidente superior a la de la mayoría parlamentaria». Para el gran historiador barcelonés, «el modo de llegar a este consenso final fue la consecuencia de un proceso diario en el que no quedaba más remedio que imaginar soluciones, por la sencilla razón de que no existían las referencias históricas o políticas en las que basarse. Es, simplemente, falso que alguno de los grandes protagonistas tuviera un plan detallado al margen de sus buenos deseos. Fue necesario, por tanto, recurrir a la innovación, y esta dio resultado y convirtió al caso español en modélico».98

Es, por tanto, evidente que en su construcción o proceso de elaboración imperó un espíritu netamente constituyente y consciente de que se debía construir algo nuevo en el marco de una oportunidad única e irrepetible que no se podía desaprovechar.

Esa democracia comenzó a andar con la mejor aportación que podía recibir por parte de los ciudadanos, de los partidos políticos y de los medios de comunicación: moderación y pragmatismo, que fueron los grandes factores conductuales estabilizadores de la etapa de redacción y negociación del texto. Ni ruptura, ni revolución, ni reacción. Una reforma constituyente pragmática y moderada.99

La Constitución, como explica Santos Juliá, fue el «resultado de una transacción entre diferentes proyectos, no de la imposición de una mayoría sobre la minoría, el texto promulgado constituye una novedad en la historia constitucional de España. Basado en los principios de igualdad, libertad y pluralismo político, el Estado se define como democrático y social de derecho, se organiza como monarquía parlamentaria y “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones” dentro de “la indivisible unidad de la patria”».

Por otro lado, sigue Juliá, «con los llamados «poderes fácticos», la Constitución mantiene una relación no carente de ambigüedad: no reconoce religión oficial alguna, pero menciona expresamente a la Iglesia católica; la primera referencia a las Fuerzas Armadas, a las que se asigna la misión de «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», se encuentran en el título preliminar que, en contrapartida, constitucionaliza también la existencia de partidos políticos, sindicatos y agrupaciones patronales. En la larga relación de derechos y deberes que ocupa el título I se abre la vía al divorcio y se constitucionaliza el derecho de huelga, aunque no el de objeción de conciencia. El Estado debe promover el bienestar en un orden de economía mixta y reconocimiento de la propiedad privada y del mercado libre, aunque con un sector público y con la intervención por medio de la planificación económica y hasta de la incautación de la propiedad en caso necesario. En fin, la Constitución limita los poderes de la Corona, consagra el bicameralismo, con criterios de representación proporcional para el Congreso, mientras opta para el Senado por un sistema mayoritario y por una representación igual por provincia. Como muestra de una arraigada desconfianza al parlamentarismo y con objeto de garantizar la estabilidad de Gobierno, introduce el voto de censura constructiva, con presentación de un candidato a la presidencia y la imposibilidad de volver a plantearlo en el mismo período de sesiones».100

Es precisamente por toda esta relación de características, que tan bien recoge en su trabajo Santos Juliá, por lo que estamos ante una constitución mayoritaria y de consenso; un nuevo consenso histórico, que, según Fusi, «se configuró como una monarquía democrática y como un estado autonómico que confería un alto grado de autogobierno a regiones y nacionalidades —esto es: Cataluña, País Vasco y Galicia—; y, a pesar del terrorismo de la organización vasca ETA —unos ochocientos muertos entre 1975 y 2000—, la democracia española cristalizó en un régimen estable y plural y en una de las economías más dinámicas de Europa».101

Una democracia que se instauró sobre una forma política del Estado pactada entre las distintas fuerzas políticas y asumida después por una gran mayoría de los ciudadanos: la monarquía democrática, parlamentaria y constitucional. En este punto, se hace obligado destacar que el papel de la institución monárquica y de la Corona ha sido, de manera constante, una clave de bóveda para que el proyecto democrático se desarrollase. Cuestión que de por sí sola ya constituye toda una «novedad» a la hora de hacer balance. Esto es así porque en los dos últimos siglos la forma política del Estado ha sido motivo no solo de disputa política, sino de abiertos enfrentamientos. Primero, monarquía absolutista contra monarquía liberal y, después, monarquía liberal contra democracia, reflejada esta en la República. La monarquía parlamentaria y democrática es así una especie de síntesis eficaz en su funcionamiento, útil en su misión y legítima en su apoyo social.

Para Tusell, «la monarquía española, surgida en aquellos años, está íntimamente vinculada a la democracia. Ello no quiere decir, en sentido estricto, que la institución monárquica legitimara la transición. Lo correcto sería afirmar lo contrario: fue la democracia la que finalmente legitimaría a la monarquía». Para, acto seguido, reconocer —sigue Tusell— que «la transición española tuvo precisamente en la monarquía un instrumento para evitar la quiebra de la legitimidad».102

Resuelta la voluntad mayoritaria de alcanzar una democracia plena y siendo firme el consenso en torno a la forma política del Estado, la política puso en marcha el que podemos denominar como sistema del 78 a través de un desarrollo legal e institucional en cuatro grandes bloques.

Un sistema institucional que se basa en la preponderancia del Estado de derecho y la separación de poderes, un sistema de cohesión social integrador y garantista como el Estado del bienestar, un sistema territorial que ha permitido la mayor descentralización de poder político conocida en cualquier país occidental y un sistema político estable, con una ley electoral adecuada y un sistema de partidos fuerte y flexible a un tiempo.

1. EL SISTEMA DEL 78

Toda democracia necesita un sistema institucional estable y garantista. El balance también es positivo en ese sentido. El sistema, tanto el electoral como el institucional, funcionan de acuerdo a los parámetros de una democracia occidental y liberal. Para llegar a la democracia se necesitaba espíritu, el llamado consenso, y también cierto sentido de la historia para no repetir los errores del siglo XIX y de buena parte del XX.

En su última obra, Santos Juliá lo ha referido de la siguiente forma: «la historia de la transición a la democracia y de su consolidación pudo narrarse como un logro, bien lejos del fracaso que habían heredado como una fatal herencia los españoles nacidos poco antes o poco después de la Guerra Civil, los hijos de la guerra, como fueron llamados: no más retrocesos, no más pronunciamientos, no más golpes de Estado, no más rebeliones ni cruzadas, no más caudillos, en nombre de la patria o de la religión. No más España como excepción».103

Para desarrollar la democracia y que funcionase, había que alcanzar pactos concretos, y que fueran fuertes y, por tanto, duraderos. Y se hizo. Tras la Constitución, llegó la ubicación de los militares a las órdenes del poder civil, por fin, una política exterior exitosa —la OTAN, la UE, el euro—, el despegue del Estado del bienestar —zaherido hoy con la gran recesión, pero imposible de eliminar—, el Estado de las Autonomías o la lucha antiterrorista.

En torno al ejército, la primera reforma militar para ajustar su dimensión y funciones a la realidad del momento hace cuarenta años abrió el camino a la posterior incorporación a los cuerpos militares europeos e internacionales y a su profesionalización más adelante.

Contar con un ejército democrático a las órdenes del poder político y lejos de las conspiraciones contra la democracia, ha sido una conquista que no se obtuvo de buenas a primeras, sino que costó conseguir varios años, y que solo se asentó ya con la Constitución en pleno desarrollo y con un Gobierno socialista elegido en las urnas y por mayoría absoluta.

Pero antes, con la legalización del PCE, los militares resistentes al cambio democrático habían recibido el primer mensaje, pues, como bien señala Santos Juliá, la legalización del PCE «fue la primera decisión política de importancia tomada en España desde la Guerra Civil sin contar con la aprobación del ejército y contra su parecer mayoritario».104

Javier Tusell lo ha dicho con bastante claridad: «la reforma militar se llevó a cabo a través de un número muy elevado de disposiciones, a las que no es necesario hacer referencia detallada. Lo principal fue que establecieron, de forma decidida e irreversible, la primacía del poder civil sobre el militar».105

A esta rápida transformación, Fusi la ha llamado «transición militar», que se compone de «la unificación de los ministerios militares del franquismo —Aire, Marina y Ejército— en un único Ministerio de Defensa», la institucionalización de «la figura de los jefes de estado mayor de las distintas armas», la primera ley de bases de la defensa nacional, la reforma de las plantillas de los tres ejércitos, la reforma del código penal militar, el nuevo Plan Estratégico Conjunto, la reforma de las leyes del régimen del personal militar y del servicio militar y la nueva Directiva de Defensa Nacional.106

En todo caso, lo relevante en esta materia, también, era que las propuestas reformistas coincidían en que el ejército estaba mal e ineficazmente organizado. Por ello, la necesidad de construir un nuevo modelo estaba ligado a otra necesidad, la de «apartar a los militares del intervencionismo político». De esta forma, su cometido quedaría limitado a «funciones estrictamente defensivas, y la universalización del servicio militar, para terminar con la redención a cambio de una cantidad de dinero, e incluso la profesionalización de la tropa y consiguiente supresión del servicio obligatorio».107

Los resultados no tardaron en llegar. Se redujeron las plantillas de oficiales, la profesionalización se alcanzó con bastante celeridad y se produjo una renovación profunda del material bélico. En 1992, el número de oficiales y suboficiales ascendía a 58.000, y el de soldados a 200.000.108

El caso de la política exterior109 quizá sea el más paradigmático de la etapa de los grandes pactos y acuerdos que, por ser una materia tradicionalmente de Estado, más se benefició del espíritu de consenso, truncado en la década de los noventa, y que suministró una serie de éxitos a la democracia española, éxitos que todavía son celebrados, pues forman parte de nuestra integración en la comunidad de naciones por un lado, y que también han permitido que tengamos un papel en el mundo adecuado a nuestro tamaño, población y riqueza.

Como bien han señalado los profesores Lemus y Pereira, «al tratar de la política exterior en la etapa de la Transición, debemos ser plenamente conscientes del doble valor que encierra ese período: se trata tanto de la construcción de una política exterior democrática, definidora de un Estado democrático, como de mirar al exterior en la búsqueda de la homologación de la joven democracia española».110

Lo que los autores llaman «cierre formal del cambio en política exterior» supuso la superación de «los obstáculos iniciales. España conseguía una homologación exterior, una legitimidad internacional, un prestigio y el logro de unos objetivos precisos y en su mayor parte consensuados, que ayudaron, sin ninguna duda, a hacer de la transición española hacia la democracia un modelo, un referente, también de la política exterior».111

Por tanto, la participación en la política de seguridad y defensa de la OTAN, nuestra pertenencia a la UE y a la zona común de la moneda única, el euro, y nuestra constante proyección en América Latina y en la comunidad iberoamericana de naciones como principal referencia constituyen el sistema de política exterior, que, como bien señala Fusi, se benefició del impulso recibido durante los gobiernos de Felipe González, cuando «se trataron de definir los principios permanentes de la política exterior española, fijar el «sitio» internacional de España, materializar el nuevo sistema exterior español. La política exterior global española definida a partir de 1982 supuso, de esa forma, la integración en Europa y en la OTAN, la universalización de las relaciones exteriores del país, relaciones especiales con Marruecos y Portugal, cooperación también especial y privilegiada con América Latina, atención particular al área mediterránea, relación equilibrada de ayuda económica y defensa mutua con los Estados Unidos, y replanteamiento del tema de Gibraltar negociando con Gran Bretaña».112

Por último, debemos mencionar en este apartado a la política de cooperación internacional para el desarrollo, que se ha convertido en una de las principales líneas de acción exterior de los distintos Gobiernos. Nuestra presencia y protagonismo en los organismos multilaterales de desarrollo, así como la contribución presupuestaria a los principales fondos internacionales de ayuda al desarrollo ha convertido a nuestro país, con altibajos, en uno de los principales actores y donantes en una política global que persigue trabajar en la lucha contra la pobreza.

El Estado del bienestar es, con rotundidad lo afirmamos, el gran despliegue institucional de estos cuarenta años. Y aun siendo todavía insuficiente el nivel de desarrollo y articulación del sistema, en perspectiva nos ofrece una de las mayores empresas conseguidas por la democracia española.

Paradójicamente, el pacto entre la socialdemocracia y el capitalismo moderado de los conservadores llegó a España justo cuando comenzaba su desmontaje en buena parte de países avanzados, después de que el consenso de Washington inspirado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan sustituyera al pacto social europeo de posguerra como paradigma conformador del orden mundial en el terreno de lo social.

Con todo, el sistema de prestaciones sociales y de bienestar, sostenido a través del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), el Impuesto sobre la Renta de las Sociedades y el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) conocería un aumento muy alto de los gastos destinados a transportes, educación, vivienda e industria. Según señala Matés Barco, «en 1958 el Estado del Bienestar suponía el 4,3 por ciento de la Renta Nacional, mientras que en 1986 representaba el 37,4 por ciento».113

Fusi lo explica en términos clásicos de redistribución de la riqueza, porque «la ola de prosperidad permitió, además, extender considerablemente las prestaciones sociales. Entre 1982 y 1992, el gasto público en pensiones, sanidad y educación aumentó en 4,1 puntos del PIB y, asimismo, aumentaron notablemente el subsidio de desempleo y las pensiones de jubilación».114

Por su parte, el Estado de las Autonomías como tal ha sido muy útil para esta parte del camino, pero es obvio que debe someterse a evaluación y reforma. En todo caso, no sería justo dejar de señalar que la descentralización del poder político fue una decisión imprescindible para completar el mapa de grandes decisiones pendientes en una España en la que desde fines del siglo XIX había proliferado un sentimiento regional, particular, nacional que, en el fondo, demandaba poder de decisión, intervención decisiva y autónoma en el Gobierno propio e influencia en el Gobierno del conjunto.

Muchos autores han defendido que el Estado de las Autonomías, en cuanto a nueva fórmula de vertebración territorial del Estado era el aspecto más original del texto constitucional. Javier Paredes recuerda que «dada la disparidad de criterios que se mantuvieron en torno a la cuestión autonómica, hubo de llegarse a un frágil equilibrio de consenso por el que todas las partes, tanto los sectores más nacionalistas como los reacios a estos, hubieron de ceder algo».115

Fue durante la etapa socialista cuando el título VIII de la Constitución se convirtió en una realidad. Este proceso de descentralización y de igualación de competencias es el momento en el que, como recoge Javier Tusell, «los dos partidos más importantes acabaron por no mostrar inconveniente en establecer acuerdos destinados a elevar el techo competencial de las comunidades autónomas a niveles semejantes para todas ellas».116

El giro hacia lo local, regional o nacional, como ya advirtió Santos Juliá, estaba servido. A ese proceso se le llamó «recuperación de las señas de identidad», y a través del mismo «las instituciones culturales propias de cada región y nacionalidad recibieron sustanciales apoyos oficiales, y las lenguas catalana, gallega y vasca se consolidaron y extendieron gracias a la ayuda de sus respectivos gobiernos autónomos. Fruto también de la aparición de élites de poder local y regional fue la multiplicación de universidades, museos, auditorios, televisiones y demás equipamientos culturales», según Juliá.

Los problemas vendrían después, como anticipo claro de la situación que se vive en la actualidad. Jordi Pujol comenzó a hablar del «encaje de los hechos diferenciales en el Estado español». En este punto, Santos Juliá advirtió ya en su momento de la enorme deslealtad que se estaba fraguando contra el pacto de 1978. Según él, «la consolidación de la democracia no ha ido acompañada de una mayor lealtad a la Constitución de los partidos nacionalistas que han ejercido responsabilidades de Gobierno en sus Comunidades Autónomas o han influido en el Gobierno del Estado por medio de pactos de legislatura con el Partido Socialista en 1993 y con el Partido Popular en 1996. Contrariamente a lo que podía esperarse, ni la aprobación de los Estatutos de Autonomía, que ha permitido a los partidos nacionalistas gobernar ininterrumpidamente en sus respectivas Comunidades Autónomas, ni los pactos de legislatura alcanzados con los partidos de ámbito estatal han servido para incrementar su lealtad al sistema creado en 1978».117

En relación con el sistema de partidos, hay que señalar, en primer lugar, que la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), de 1985, ha dotado de estabilidad y garantías a los procesos electorales, y lo que es más importante, ha conseguido llegar a ser la menos mala de las normas a la hora de configurar un espacio lo suficientemente flexible como para que la evolución y la representatividad de los distintos proyectos políticos hayan encontrado cabida y encaje en las instituciones.

Para Santos Juliá, «el derrumbe de viejas legitimidades e instituciones redundó en el florecimiento de decenas de grupos políticos con aspiraciones a ocupar un lugar en el nuevo sistema que habría de sustituir al régimen en trance de desaparecer. La sopa de siglas revelaba la naturaleza y los límites de la oposición a la dictadura y daba pábulo a quienes auguraban un período de confusión y caos».118

Sin embargo, esos temores, que venían fundados principalmente por la experiencia vivida durante la Segunda República, pronto se disiparon, y «quedaba así configurado un primer sistema de partidos que en nada recordaba al surgido de las elecciones de 1931. Si entonces el Gobierno provisional obtuvo una aplastante mayoría parlamentaria que dejó en posición marginal a un considerable sector de la sociedad, ahora la divisoria izquierda/derecha resultó muy equilibrada. Lo importante, sin embargo, fue que tanto en la derecha como en la izquierda aparecieran, en la zona más cercana al centro, sendos partidos hegemónicos y, hacia los extremos, otros minoritarios, lo que permitió definir el modelo resultante como de bipartidismo imperfecto».119

Para terminar este breve repaso de los temas referidos como claves para el desarrollo sistémico del proyecto democrático señalamos una materia tan sensible como relevante en la conformación del acervo democrático de España: la lucha antiterrorista contra ETA.

Una tarea en la que el Estado y la sociedad española han aportado mucho sacrificio en forma de vidas humanas, pero que, al fin, ha posibilitado que un problema heredado de los últimos años del franquismo, no hiciese sucumbir a la democracia, como pretende siempre todo terrorismo.

CONCLUSIONES

Cuarenta años después de promulgada la Constitución española, el balance es enormemente positivo. España es una democracia plena, con un sistema institucional sólido y estable y una sociedad moderna, cohesionada y próspera. Pero con aspectos amenazantes para la estabilidad del sistema del 78 provenientes de esta vertiente institucional: el ser de las Españas o el encaje de las otras formas de ser español siendo también andaluz, vasco, catalán o gallego por un lado,120 el ineficiente funcionamiento administrativo de la justicia y también en lo que se refiere a su organización y gobierno como poder independiente, sin olvidarnos de los problemas que encuentra el tribunal de garantías —Tribunal Constitucional— para renovarse de forma lógica y racional. Por último, señalamos que la corrupción es en verdad el gran problema que acecha al normal funcionamiento de las instituciones.

Si la democracia es el gran punto del balance, impacto y significación de estas cuatro décadas de hegemonía del sistema del 78, y la estabilidad institucional, con amenazas severas como las señaladas, su desarrollo más inmediato, el progreso económico y social colectivo es el gran avance de este período.

En concreto fue en el período 1985-1991 cuando España «pareció convertirse en una de las economías y de las sociedades más dinámicas de Europa». El PIB crecía a una media del 4,5 por ciento anual, llegaron hasta sesenta billones de dólares en inversión extranjera, «la red de autopistas y autovías cuadruplicó su extensión en siete años; el parque de automóviles pasó de 9,2 millones en 1985 a casi catorce millones en 1994». En 1992 se inauguraba el AVE entre Madrid y Sevilla, y de los 43 millones de turistas de 1985 se pasó a 52 millones en 1990.121

Las libertades, los derechos, la cohesión social, la secularización de la sociedad española a través de la fórmula de la aconfesionalidad, la extensión de los valores del respeto, la tolerancia, la sintonía, en algunas momentos, entre sociedad y clase política o el avance realmente con alcance histórico de la mujer y del feminismo nos dan la idea del gran salto social en términos de nivelación y de modernidad que ha alcanzado España cuarenta años después de ponerse en marcha la Constitución de 1978.

Ese avance histórico de la mujer en términos de igualdad real pudo verse en España desde los primeros años de la democracia, cuando en los años ochenta eran más mujeres las matriculadas en las universidades del país, mientras la tasa de ocupación femenina se duplicaba —en 2008 las mujeres ya eran la mitad de la fuerza laboral— y el número de empresarias crecía un 37 por ciento entre 2000 y 2007, y en el año 2000 el 64 por ciento de la judicatura eran mujeres juezas, y ya había en el ejército 12.205 mujeres de un total de 119.698 efectivos.122

Al amparo de la Constitución de 1978, España ha conquistado grandes logros y avances en el seno de esa dinámica de cambio del pragmatismo reformista y moderado que inspiró la elaboración y el contenido de la Carta Magna.

Antonio Domínguez Ortiz lo dejó dicho con las siguientes palabras: «la Transición, una de las más originales e interesantes etapas de nuestra historia, ha suscitado estudios numerosos, muchos testimonios de admiración y se la ha considerado como modelo a imitar por los países que quieren realizar de modo pacífico el difícil paso de una situación dictatorial a otra de normalidad democrática. No todas la imitaciones han sido felices; España se benefició de unas circunstancias internacionales favorables y de un deseo muy extendido de evitar los errores y tragedias del pasado, porque “de los escarmentados salen los avisados”».123

Por su parte, Juan Pablo Fusi afirma que el cambio es «profundo, una transformación radical, una ruptura histórica […] nada menos que una refundación de España como nación».124

Un pragmatismo que no hemos de olvidar, que fue capaz de incluir y desarrollar en el texto los cuatro grandes valores constitucionales —la democracia como sistema de valores además de como sistema de Gobierno, como gustaba decir a José Luis López Aranguren— que deberán preservarse en cualquier reforma parcial o global que se aborde en el futuro más próximo. Estamos hablando de la libertad125 (artículo 9), la justicia (título VI), la igualdad (de todos los españoles ante la ley, la no discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo o religión, etc.) y el pluralismo político, que, como bien recuerda Javier Paredes, se introdujo a propuesta de los comunistas, y que, a la postre, «reseña una peculiaridad de este texto, como es que la Constitución de 1978, a la que se ha llamado Constitución del consenso, ordena la convivencia como posibilidad de disentir».126

Consenso, dicho sea de paso, que fue una fórmula utilizada gracias a la ambivalencia por la que se optó desde el primer momento. Santos Juliá lo recalca de la siguiente forma: «el consenso fue posible gracias a una buscada ambigüedad en las fórmulas aprobadas para evitar el triunfo de una posición y la derrota de la contraria: una Constitución abierta se llamó al resultado».127

Buenos ejemplos de ello son la aconfesionalidad del Estado, la exitosa política exterior, la lucha antiterrorista o la convergencia social que ha alcanzado España en estas cuatro décadas.

Pero persisten grandes problemas y amenazas también, tales como el separatismo, la corrupción, el deficiente funcionamiento de la justicia y del poder judicial, la desigualdad social generada durante la reciente crisis económica o la incapacidad de renovar las estructuras del sistema institucional a través de grandes acuerdos sociales y políticos.

En todo caso, nuestro país hoy es una potencia media que debe renovar pactos y estructuras y afrontar amenazas como las señaladas anteriormente para contribuir al impulso que demanda la gran democracia y el gran sistema institucional operativo hoy en el mundo occidental: la UE.

En suma, las condiciones en las que se encuentra España hoy para continuar su historia son, en comparación con el pasado más reciente, las necesarias para afrontar el futuro con optimismo y confianza.

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

95 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 242.

96 Para el concepto de reconciliación y los orígenes de la Transición ver Santos Juliá, Transición. Historia de una política española (1937-2017), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017.

97 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 235.

98 Javier Tusell, Juan Carlos I, Madrid, Arlanza Ediciones, 2002, pág. 131.

99 «La Transición fue menos excitante que una revolución o que una fiesta, pero fue mucho más eficaz y duradera en su capacidad de integración y en la solidez de sus resultados». Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 236.

100 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 244.

101 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 239.

102 Javier Tusell, Juan Carlos I, Madrid, Arlanza Ediciones, 2002, pág. 134.

103 Santos Juliá, Demasiados retrocesos. España 1898-2018, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019, pág. 351.

104 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 225.

105 Javier Tusell, Dictadura franquista y democracia. 1939-2004, Barcelona, Crítica, 2010, pág. 344.

106 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, págs. 248-249.

107 José Luis Rodríguez Jiménez, «El Ejército español en la edad contemporánea», Mundos de ayer: investigaciones históricas contemporáneas del IX Congreso de la AHC, núm. 0, 2009, pág. 82.

108 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 249.

109 Ver Juan Carlos Pereira, La política exterior de España. De 1800 hasta hoy, Barcelona, Ariel, 2010.

110 E. Lemus y J. C. Pereira, «Transición y política exterior (1975-1986)». En Juan Carlos Pereira, La política exterior de España. De 1800 hasta hoy, Barcelona, Ariel, 2010, pág. 663.

111 Juan Carlos Pereira, La política exterior de España. De 1800 hasta hoy, Barcelona, Ariel, 2010, pág. 683.

112 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 248.

113 Javier Paredes (dir.) Historia de España Contemporánea, Barcelona, Sello Editorial, 2009, pág. 1059.

114 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 250.

115 Javier Paredes (dir.) Historia de España Contemporánea, Barcelona, Sello Editorial, 2009, pág. 954.

116 Javier Tusell, Dictadura franquista y democracia. 1939-2004, Barcelona, Crítica, 2010, pág. 367.

117 Santos Juliá en Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá, Historia de España, Madrid, Espasa, 2003, págs. 539-541.

118 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 225.

119 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 231.

120 En este punto nos encontramos con textos históricos que ya eran en su momento bastante pesimistas. «Al punto a que ha llegado este proceso, las regiones se encuentran a gusto reconocidas como Comunidades Autónomas, pero los partidos nacionalistas muestran abiertamente su rechazo por no ver reconocidas las nacionalidades como naciones políticas, es decir, como Estados. Estos son los hechos y bajo las sombras proyectadas por la confrontación en torno a la vigencia de la Constitución y del modelo de Estado construido a partir de su título VIII se cierra por el momento esta historia». Santos Juliá en Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá, Historia de España, Madrid, Espasa, 2003, págs. 543-544.

121 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 250.

122 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 258.

123 Antonio Domínguez Ortiz, España. Tres milenios de historia, Marcial Pons, Barcelona, 2009, pág. 364.

124 Juan Pablo Fusi, Historia mínima de España, Madrid, Turner, 2012, pág. 267.

125 «La Constitución ordena al legislador que remueva todos aquellos obstáculos para que esa libertad pueda ser efectiva». En Javier Paredes (dir.), Historia de España Contemporánea, Barcelona, Sello Editorial, 2009, págs. 939-941.

126 Ibid.

127 Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pág. 243.

UNA REFORMA CONSTITUCIONAL FRUSTRADA: LA DE LA CONSTITUCIÓN DE 1876

MERCEDES CABRERA

Catedrática de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense de Madrid

1. UN CONTINUO TEJER Y DESTEJER

En su libro Luz tras las tinieblas, Roberto Blanco Valdés celebraba el cuarenta aniversario de la Constitución con una vindicación de la España constitucional, tal como subtituló el libro. Decidió hacerlo, según explica, en respuesta a la «lluvia fina» que venía cayendo sobre lo que algunos daban en llamar «régimen del 78», poniendo en cuestión las virtudes de la transición a la democracia y apelando a la necesidad de abrir no ya una reforma de la Constitución, sino un verdadero proceso constituyente.128

En sus conclusiones, Blanco Valdés afirma que la larga experiencia democrática de los últimos decenios ha permitido un aprendizaje muy profundo de los problemas constitucionales, así como del grado en que una reforma de la Constitución permitiría hacer frente a los problemas políticos planteados. Sostiene que las constituciones no se reforman para ponerlas al día, sino para resolver problemas que, en caso de no hacerlo, sería difícil o imposible afrontar; que no debería abrirse el proceso sin precisar de antemano los cambios concretos, y que antes de ponerse a ello habría que alcanzar los acuerdos políticos necesarios. Una reforma constitucional debería ser siempre política de Estado y nunca política de partido.

Blanco Valdés no es solo un excelente conocedor de la Constitución de 1978, sino también de nuestra historia constitucional y, más allá, de la historia comparada del constitucionalismo y de lo complejo de los procesos históricos de la construcción de la libertad a lo largo de los siglos XIX y XX, tal como tituló uno de su libros anteriores.129 En su libro Luz tras las tinieblas, las conclusiones llegan después de un rápido recorrido por la historia constitucional española, que considera un péndulo, un constante avanzar y recular, un tejer y destejer de Constituciones que se crearon y destruyeron, pero que jamás se transformaron. Quienes alcanzaban el poder, habitualmente tras un pronunciamiento militar acompañado de un levantamiento popular, en lugar de reformar la constitución vigente, la derogaban. Se sucedieron así en nuestra historia seis constituciones —nueve si añadimos el Estatuto Real de 1834, y las que no llegaron a aplicarse, como las de 1856 y 1873—; 62 años de negación radical del constitucionalismo —el reinado de Fernando VII, la dictadura de Primo de Rivera y de Franco—, y 68 de «constitucionalismo excluyente y oligárquico» —los de vigencia de las constituciones de 1845 y de 1876—. Apenas hubo tres décadas de «constitucionalismo progresista y democrático», las de vigencia de las constituciones de 1812, 1837, 1868 y 1931. Como colofón de semejante balance, Blanco Valdés admite, sin embargo, que entre 1834 y 1923 el país vivió ininterrumpidamente noventa años de régimen liberal, y que aquella centuria pendular, conflictiva y oligárquica no fue a la postre tan distinta de la de muchos de los países de nuestro entorno. La del siglo XX resultó, por el contrario, completamente diferente.

No es poca cosa reconocer que, pese a la agitada vida política del siglo XIX, España tuvo un régimen liberal desde muy temprano, como tituló hace ya tiempo uno de sus artículos Santos Juliá, y que, pese al continuo tejer y destejer, existió una cultura liberal constitucional arraigada, que voló por lo aires en 1923: en lugar de encaminarse hacia un proceso de parlamentarización y democratización de la monarquía, que estaba abierto incluso con propuestas de reforma constitucional, un golpe de Estado militar aceptado por el rey Alfonso XIII desvió la trayectoria y condujo a España por derroteros que acabaron rompiendo definitivamente con aquella larga experiencia constitucional. Hace ya muchos años que Raymond Carr llamó la atención sobre las consecuencias de aquella quiebra, la de 1923, sobre cuya trascendencia no siempre se ha insistido lo suficiente, quizás porque, en contraste con la que vendría más tarde, en 1936, aquella primera no suscitó apenas oposición ni desencadenó ningún proceso violento. Nadie parecía muy dispuesto a romper una lanza por aquel régimen liberal constitucional, que había acumulado críticas casi unánimes por su carácter oligárquico y caciquil, tal como lo había calificada Joaquín Costa. Apenas algunos de los políticos monárquicos se permitieron advertir al rey de las previsibles consecuencias para la monarquía de su «aceptación» del golpe y de su convivencia con un régimen dictatorial.130

Dado que la Constitución de 1876 fue la de más larga vigencia hasta la de 1978, dado también que hubo propuestas de reformarla para hacer frente a los problemas políticos del momento, y dado que dichos intentos fracasaron, me ha parecido oportuno recordarlo en estos encuentros sobre el cuarenta aniversario de la Constitución de 1978, consciente, por supuesto, de las profundas diferencias entre aquella monarquía —doctrinaria— y la actual —democrática—, entre aquel momento histórico y el actual.

2. LA CONSTITUCIÓN DE 1876

La llamada monarquía de la Restauración y su constitución fueron la desembocadura de más de medio siglo de guerras civiles y de pugna entre las dos corrientes del liberalismo español, moderados y progresistas; de «exclusivismo» de la Corona, la reina Isabel II, y de la persistente presencia de los «espadones»; y, por último, del fracaso de la experiencia democrática del Sexenio, primero con la monarquía de Amadeo de Saboya, y después con una Primera República, proclamada por unas Cortes de mayoría monárquica.

Con dos guerras abiertas, una nueva carlista y otra en Cuba, un pronunciamiento militar restauró la monarquía, no en la figura de Isabel II, sino de su hijo, el joven Alfonso XII, que se había educado en Inglaterra. En mayo de 1875, Antonio Cánovas del Castillo, principal valedor del nuevo rey, se impuso frente a quienes querían restablecer la Constitución de 1845 y quienes defendían la de 1869. De la Asamblea de Notables convocada por Cánovas en mayo de 1876, que reunió a parlamentarios de los treinta años anteriores que estuvieran dispuestos a sentar las bases de una «legalidad común», surgió la comisión encargada de redactar una nueva constitución, que llevó el sello de Manuel Alonso Martínez y que fue debatida y sancionada por unas Cortes elegidas por sufragio universal, aunque una nueva ley electoral volvió pronto al sufragio censitario.

En concordancia con la convergencia de las dos grandes corrientes doctrinales, la Constitución de 1876 quiso ser una síntesis de las de 1845 y 1869. De la primera tomó el principio de la soberanía compartida de las Cortes con el rey; de la de 1869 se incorporó una amplia declaración de derechos individuales y la «tolerancia» —que no la libertad— religiosa, cuestión esta, la del artículo 11, que suscitó grandes discusiones. Los derechos incluidos en la declaración inicial, como otros aspectos del ordenamiento jurídico, quedaron pendientes de su regulación por futuras leyes. La llegada al poder del partido liberal entre 1885 y 1890 permitió la regulación de algunos de aquellos derechos, que culminó con el restablecimiento del sufragio universal. A diferencia de la Constitución de 1869, sin embargo, el Gobierno podía suspender las garantías constitucionales sin sanción parlamentaria. Era un retroceso, aunque también es cierto que durante el Sexenio Revolucionario, en 1870, una orden autorizó al Gobierno a declarar el estado de guerra sin aprobación parlamentaria. En la práctica, fue esa indeterminación inicial de la Constitución de 1876 lo que permitió que cada uno de los partidos pudiera gobernar según sus principios, sin necesidad de alterarla. Historiadores como Carlos Dardé han visto en ello una de las razones de su «extraordinaria longevidad en la historia constitucional española».131

La estabilidad del sistema se sustentaba en el consenso entre las fuerzas monárquico-constitucionales, conseguido no sin dificultades. Para evitar desencuentros y bloqueos entre los partidos y líderes políticos como los que habían ocurrido en los reinados de Isabel II y Amadeo de Saboya y para evitar también la intervención recurrente de los militares en la escena política eran necesarios dos requisitos: que las dos grandes fuerzas políticas se comprometieran a turnarse pacíficamente en el poder, respetando el partido gobernante una presencia importante en el Parlamento del partido de la oposición, así como reservando un espacio a otras fuerzas políticas menores —tradicionalismo, republicanismo—, y que la Corona, en tanto que poder moderador y árbitro en el turno, debía ocupar una posición central que había que salvaguardar. De ahí que, en el debate de la Constitución, los títulos correspondientes al rey y a la sucesión de la Corona se incluyeran en un dictamen especial que se sustrajo a la discusión, y que fue aprobado en bloque por conservadores y liberales, con el único voto en contra del republicano Castelar. En adelante, las referencias a la monarquía quedaron fuera de la discusión parlamentaria, como se encargaron de asegurar los sucesivos presidentes de las dos cámaras, Congreso y Senado, aunque en algunos momentos, sobre todo en los años finales, resultó imposible evitarlo.

La Constitución de 1876 no desentonaba con la realidad constitucional de la época, marcada por las reacciones conservadoras tras la Comuna de París. Portugal, Italia y Prusia eran monarquías constitucionales en las que la soberanía recaía sobre la Corona y el Parlamento, y el rey elegía libremente a su Gobierno, que no era responsable ante el Parlamento. Sus parlamentos, como el español, eran bicamerales y, también como en España, la cámara alta, el Senado, contaba con un número determinado de senadores no elegidos. La Constitución del recientemente constituido Imperio alemán, otorgaba mayores atribuciones al Parlamento, que era elegido por sufragio universal, pero el canciller, elegido por el emperador, no era responsable ante él. Además, el peso del Estado prusiano marcaba el devenir político. La Tercera República francesa, tras la accidentada vida política del país vecino en el siglo XIX, sí consiguió poner en pie un sistema parlamentario y democrático, no exento de crisis e inestabilidad, mientras la monarquía inglesa, por su parte, asentaba también un régimen parlamentario, mucho más estable en relación con la duración de los gobiernos, aunque todavía alejado del sufragio universal.132

La monarquía española de la Restauración fue un delicado juego de pesos y contrapesos que sobrevivió durante décadas, pero que, entrado el siglo XX, tuvo que hacer frente a complejos procesos de cambio político, marcados por algunas fechas clave. La primera fue la crisis del 98 y sus secuelas: la crítica regeneracionista que lo denunció, con gran éxito, como un régimen de «oligarquía y caciquismo»; la llegada al trono en 1902 de un nuevo monarca, Alfonso XIII, de talante muy diferente al de su padre; el relevo en la dirección de los dos partidos turnantes y la pugna por dotarlos de proyectos reformadores —la «revolución desde arriba» de Antonio Maura, primero, y el «nuevo liberalismo» de José Canalejas, después—, que suscitaron disensiones y rupturas internas, así como el mayor protagonismo de algunas fuerzas de la oposición —el nuevo republicanismo radical de Alejandro Lerroux y más tarde el Partido reformista de Melquíades Álvarez, el socialismo de Pablo Iglesias, el regionalismo catalán de Francesc Cambó, etc.— y la voz amplificada de los intelectuales —de la generación del 98, primero, y la del 14, más tarde— fueron todos ellos factores que pusieron a prueba los mimbres constitucionales y abrieron la espita a la demanda de una reforma de la Constitución.

Aunque habría que detenerse con detalle en todo ello, vamos a irnos al segundo momento relevante en esta historia, el que desencadenó la Gran Guerra que, pese a la neutralidad española, alimentó los movimientos que venían anunciándose desde antes.133

3. LA GRAN GUERRA Y LA REFORMA CONSTITUCIONAL

Ninguna fuerza política se opuso a la declaración de neutralidad que declaró el Gobierno conservador español, en aquel momento presidido por Eduardo Dato. Esa neutralidad se mantuvo a lo largo de todo el conflicto, si bien hubo momentos en los que muchas voces exigieron actitudes más firmes, proclives al acercamiento a Francia e Inglaterra. La neutralidad, sin embargo, no impidió que la opinión pública, y también las fuerzas políticas e instituciones poderosas como el Ejército o la Iglesia, se decantaran por unos u otros contendientes. La polémica entre «aliadófilos» y «germanófilos» saltó a la prensa, en la que no ya los políticos sino muchos intelectuales marcaron el debate. En mayo de 1914, meses antes del comienzo de la Gran Guerra, el joven filósofo José Ortega y Gasset había pronunciado en el teatro de la Comedia de Madrid su conferencia «Vieja y nueva política» en nombre de la Liga de Educación Política, una asociación, dijo Ortega, que representaba a toda una generación a medio camino de su vida, que contemplaba el creciente alejamiento de la «España oficial» y la «España vital». El Parlamento y los partidos políticos se habían situado «fuera y aparte de las corrientes centrales del alma española actual». La Restauración había «detenido», según Ortega, la vida nacional, frente al despliegue de «coraje, esfuerzo y dinamismo» de la primera mitad del siglo XIX. La estabilidad que había traído la Restauración palidecía frente a la efervescencia anterior. No había procurado sino «un panorama de fantasmas», con Cánovas como «el gran empresario de la fantasmagoría», por su renuncia a la lucha. Las virtudes de consenso inicial que pudieran atribuirse a la Constitución de 1876 se habían convertido en su mayor defecto, al lastrar cualquier posible evolución.

El discurso de Ortega, su condena sin paliativos de aquel sistema político tuvo un gran eco. La agitación que poco más tarde acompañó al inicio de la Gran Guerra y la conmoción que más allá de la tragedia parecía alumbrar una nueva época, se coló también en España. La neutralidad propició, además, una coyuntura excepcionalmente favorable para la economía española, que vio multiplicarse el número de empresas y de puestos de trabajo, acumuló beneficios extraordinarios para los empresarios y fortaleció la presencia de los dos grandes sindicatos, la UGT y la CNT. Pero también produjo inflación y crisis de subsistencias. La sociedad española se modernizaba, la población crecía y también los flujos del campo a unas ciudades que mudaban su estructuras, se pavimentaban, instalaban la iluminación eléctrica, abrían grandes vías, inauguraban hoteles de lujo, teatros y cafés de tertulianos, marcando cada vez con más claridad la distancia con un mundo rural estancado.

En aquel choque entre lo viejo y lo nuevo, en el año 1917 se desencadenó una triple crisis, buen reflejo de aquel contraste. Por un lado, los militares volvieron a escena, aunque en realidad no la habían abandonado nunca. Lo hicieron esta vez mediante las Juntas de Defensa, un trasunto de «sindicato» de oficiales afectados por la pérdida de poder adquisitivo de sus salarios y la pugna con los militares africanistas por el sistema de ascenso, y lanzaron una proclama con grandes críticas a los partidos turnantes. El intento de disolver las Juntas se llevó por delante al Gobierno liberal que presidía entonces García Prieto, y a finales del mes de junio, entre regionalistas, republicanos y socialistas cundió la idea de que quizás los militares, como había ocurrido repetidamente en el siglo anterior, podían facilitar un cambio político.

Detrás de los militares llegaron los diputados, exasperados por el prolongado cierre del Parlamento. Fueron los regionalistas catalanes quienes tomaron la iniciativa, como parte de su estrategia para poner fin al control del Gobierno por parte de conservadores y liberales, y, al mismo tiempo, abrir paso a su reivindicación de autonomía, al calor de los vientos favorables al autogobierno que soplaban en los países aliados. Habían ejercido una obstrucción parlamentaria, muy fácil en aquel parlamento con un reglamento tan abierto, para demostrar, como dijo Francesc Cambó, que sin contar con ellos en España no se podía gobernar. Con las Cortes ahora cerradas, optaron por promover la reunión en Barcelona de una Asamblea de Parlamentarios para exigir un régimen de autonomía para Cataluña y, además, la convocatoria de Cortes constituyentes. Pese a la advertencia del Gobierno de que según la Constitución le correspondía al rey, es decir al Gobierno, convocar, suspender y disolver las Cortes, y que por tanto aquella reunión era ilegal, el 19 de julio se reunieron en la capital condal parlamentarios regionalistas y republicanos, pero también un puñado de liberales a los que el partido había dejado libertad de acción. Creían contar con el apoyo, o al menos la neutralidad, de las Juntas de Defensa. Enseguida volveremos sobre el contenido y las consecuencias de esta asamblea, que fue disuelta sin violencia.

El tercer episodio de aquella crisis fue la convocatoria de una huelga general por parte de los dos sindicatos, UGT y CNT, que ya habían hecho, con éxito, un ensayo de huelga conjunta en el mes de diciembre anterior en protesta por la carestía y la escasez de productos de primera necesidad. Ahora apuntaron más alto, y por eso mismo hubo más voces disconformes: esta vez sería una huelga indefinida, revolucionaria, que no cesaría, según se decía en la proclama, «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». Los firmantes de la convocatoria mencionaban a las Juntas Militares, en cuyo apoyo confiaban, y a la Asamblea de Parlamentarios, como precedentes de un objetivo común: «Pedimos un Gobierno provisional que asuma los poderes ejecutivo y moderador y prepare, previas las modificaciones imprescindibles en una legislación viciada, la celebración de elecciones sinceras de unas Cortes constituyentes». El inicio de la huelga se adelantó, según algunos, por maniobras del propio Gobierno para frustrarla, el seguimiento fue muy desigual y finalmente fue un fracaso. El Gobierno declaró el estado de guerra y los militares acudieron a reprimirla. El comité de huelga fue detenido y encarcelado.134

La crisis de 1917 puso sobre la mesa la reforma de la Constitución en la Asamblea de Parlamentarios, pero también apostó por un cambio más radical: un Gobierno provisional y Cortes constituyentes. El Gobierno logró evitar la crisis, pero la herencia iba a ser de digestión difícil. No era la primera vez que se hablaba de una posible reforma de la Constitución. De hecho, en 1902, cuando se anunciaba la llegada al trono del nuevo rey, Alfonso XIII, en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas hubo un cierto debate sobre el papel de la Corona, tan central en aquel sistema, y cuyo desempeño por quien llegaba al trono abría cierta incertidumbre. Adolfo Posada, parafraseando a Bagehot, afirmó que un «rey prudente y cuerdo» no debería desear otros derechos que los de opinar, animar y advertir; que debía consumar felizmente la sustitución progresiva de sus funciones eficientes por las dignificadas. En tiempos de normalidad, el rey debía actuar como quien no hace nada, con tacto y prudencia, respetando la autonomía de los ministros, que no eran secretarios de despacho, sino miembros de un Gobierno que era el que hacía la política.135

En 1917 habían pasado quince años desde que Posada señalara el camino hacia la parlamentarización de la monarquía. Alfonso XIII se había mantenido fiel a su convicción de que sus deberes constitucionales iban más allá, y la evolución y creciente fragmentación de los dos partidos turnantes había ensanchado su margen de actuación. El ejercicio de la prerrogativa regia de nombrar y separar libremente a sus ministros y de conceder el decreto de disolución del parlamento eran piezas decisivas del funcionamiento de aquel régimen constitucional. El propio partido liberal, bajo el liderazgo de Canalejas, había confiado en que el rey pilotara la renovación política, y en los años previos a la Gran Guerra Alfonso XIII pareció convertirse en la clave de una evolución política posible. Así lo creyeron incluso los miembros del Partido Reformista, un partido republicano moderado fundado en 1912 por Melquíades Álvarez y muy vinculado al liberalismo institucionista. Tras la comentada visita al rey de tres de sus miembros más destacados, Gumersindo de Azcárate, Manuel Bartolome Cossío y Santiago Ramón y Cajal, se creyeron salvados los «obstáculos tradicionales», y el Partido Reformista se declaró «accidentalista», ofreciendo a la Corona un proyecto reformador y democratizador.136

La Asamblea de Parlamentarios celebrada en Barcelona, a la que acudieron los reformistas junto a destacados miembros del partido liberal, los regionalistas catalanes de la Lliga y el único diputado socialista, Pablo Iglesias, pretendía poner fin al carácter doctrinario de la Constitución afirmando la plena soberanía nacional, la autentificación de la representación parlamentaria mediante la reforma del Senado, el establecimiento de garantías para que los derechos y libertades recogidos en la Constitución no fueran suspendidos reiteradamente y la apertura de un proceso para el reconocimiento de la autonomía catalana. Tras ser disuelta en Barcelona, y pasada ya la huelga general, los parlamentarios se reunieron en Madrid el 30 de octubre. De cómo funcionaba aquella monarquía fue muestra el hecho de que Francesc Cambó, que pronunció un discurso en medio de gran expectación, salió de allí para ser recibido por Alfonso XIII al que, según declaró después el líder regionalista catalán, explicó que había quebrado definitivamente el sistema de alternancia entre los dos grandes partidos y que urgía encaminar la política por otros derroteros, hacia un ministerio de «amplísima y sincera concentración», que convocara elecciones con todas las garantías.

Efectivamente, se formó un Gobierno presidido por el liberal García Prieto, del que formaban parte las distintas corrientes y líderes del partido conservador y del partido liberal, y también de la Lliga regionalista, que contó con dos ministros. Aquel Gobierno, que fue llamado el «monstruo de Horacio» por romper la tradición de gobiernos de un solo partido, anunció la voluntad de convocar unas elecciones en las que el Ministerio de la Gobernación se abstendría de intervenir, mientras los dos ministros catalanes hacían pública su intención de defender en el Gobierno los objetivos de la Asamblea de Parlamentarios.

Las llamadas elecciones de la «renovación» se celebraron en febrero de 1918 y arrojaron como resultado una cámara tan fragmentada que se hizo imposible formar Gobierno, hasta que el rey, aconsejado al parecer por el conde de Romanones, decidió convocar en palacio a los diferentes líderes de los partidos conservador, liberal y regionalista y, tras amenazar con abandonar su puesto, les conminó a que hallaran una salida. De madrugada se anunció la formación de un Gobierno nacional presidido por el viejo líder conservador, Antonio Maura. La noticia fue recibida con alivio por la opinión pública, y el 22 de marzo, miles de curiosos se agolparon en la Puerta del Sol y en la Plaza de Oriente para ver a los ministros acudiendo a la jura de sus cargos. El más aplaudido fue Alfonso XIII. La expectación se repitió cuando el Gobierno se presentó primero ante el Senado y después ante el Congreso de los Diputados, ante el cual Maura anunció un programa de mínimos que había recibido el apoyo unánime. Entre ellos no estaba la reforma de la Constitución, aunque sí la del reglamento del Congreso y del Senado.

4. FRAGMENTACIÓN DEL PARLAMENTO Y GOBIERNOS QUE NO DURAN

No cabe hacer aquí un relato detallado de lo que ocurrió a partir de entonces. La posguerra fue, salvando las distancias, tan difícil en España como lo fue en los países que habían protagonizado el conflicto. Conservadores y liberales podían seguir sumando mayorías, pero estaban profundamente divididos en distintas facciones con sus respectivos líderes al frente, y la elaboración del «encasillado» resultaba cada vez más complicada, con más participantes en el reparto de escaños: republicanos y reformistas; regionalistas catalanes y nacionalistas vascos, que se incorporaron en 1918; socialistas que consiguieron superar su único escaño para colocar seis o siete diputados en las elecciones que siguieron. No sumaban más de una cuarta parte de la cámara, pero el funcionamiento del turno se dislocó y se repitieron elecciones en 1919, 1920 y 1923.

Los gobiernos no duraban: el «nacional» de Maura, al que se había incorporado Cambó como ministro de Fomento junto con todos los jefes de las facciones dinásticas, cayó al intentar aprobar unos presupuestos que venían prorrogándose desde hacía cuatro años. Cambó y la Lliga reemprendieron la batalla de un proyecto de estatuto de autonomía, que provocó la caída del Gobierno del liberal García Prieto y su sustitución por otro liberal, presidido esta vez por el conde de Romanones, que trató de encauzar el problema mientras se sucedían las reacciones anticatalanas en tierras castellanas. La intervención de Maura en el debate parlamentario provocó la retirada de los representantes catalanes en el Congreso, anunciada por Cambó en una carta al rey. Fue entonces cuando Cambó dijo aquello de «¿Monarquía? ¿República? ¡Catalunya!». A pesar de ello, Romanones formó una comisión extraparlamentaria que elaboró otro proyecto de estatuto, redactado por Maura e inaceptable para Cambó, que pidió la celebración de un plebiscito.

Aquel conflicto solo se disolvió como consecuencia de la radicalización del conflicto social en Cataluña, con el estallido de la violencia del pistolerismo sindical y patronal, que llevó a la Lliga a renunciar de momento a sus reclamaciones autonómicas. La guerra social en Cataluña, a la que se sumó el «trienio bolchevique» en Andalucía, se llevó por delante al Gobierno de Romanones y, tras aquellos gobiernos liberales, se produjo un giro hacia la opción conservadora, que, sin embargo, tampoco fue capaz de afianzar un Gobierno. Primero le tocó a Antonio Maura, que recibió el decreto de disolución de las Cortes, pero no consiguió en las elecciones la mayoría suficiente para mantenerse. Se sucedieron otros breves gobiernos conservadores, presididos por Joaquín Sánchez de Toca y Manuel Allendesalazar, para terminar en un tercero presidido por Eduardo Dato, que volvió a disolver las Cortes y a convocar elecciones. El líder conservador fue asesinado por tres pistoleros anarquistas el 8 de marzo de 1921.

El nuevo Gobierno conservador, presidido otra vez por Manuel Allendesalazar, tuvo que hacer frente al discurso del rey en el Casino de la Amistad de Córdoba el 23 de mayo, en el que, tras criticar las «maquinaciones y mezquindades políticas» y la sucesión de crisis que hacían imposible sacar adelante ningún proyecto, apeló a las «provincias» para un movimiento de apoyo a su rey, y afirmó: «Algunos dirán que me estoy saliendo de mis deberes constitucionales, pero llevo diecinueve años de rey constitucional y me he jugado la vida muchas veces para que me vengan ahora a coger en una falta constitucional». 137

Cuatro días más tarde, en el Congreso, los socialistas Julián Besteiro e Indalecio Prieto criticaron el «desprecio» hacia el Parlamento en boca del rey. Pocas semanas más tarde llegaba la noticia del desastre militar en Annual, que llevó a la formación de un nuevo Gobierno de concentración, presidido con Maura, y se abrió el llamado expediente Picasso para dirimir las responsabilidades por lo sucedido. Las noticias que se desprendían de la posible exigencia de dichas responsabilidades terminaron con el Gobierno en ocho meses, siendo sustituido por un nuevo Gobierno conservador, presidido esta vez por José Sánchez Guerra.

Alfonso XIII volvió a hablar en público, esta vez en Barcelona, aunque ahora lo hizo en respuesta al desafío de las Juntas de Defensa, convertidas en «comisiones informativas». El rey las llamó a la disciplina militar, recordándoles el juramento que habían hecho ante su rey, al igual que él había jurado ante las Cortes el cumplimiento de las leyes y de la Constitución. A su vuelta a Madrid, fue recibido multitudinariamente con gritos de «¡Viva el rey valiente!», lo que no impidió un nuevo debate en el Congreso, donde diputados independientes, como Augusto Barcia o el propio Melquiades Álvarez, criticaron la intervención del rey que, en su opinión, excedía de sus atribuciones constitucionales, invadiendo competencias del Gobierno. El republicano Alejandro Lerroux aprovechó para señalar que la intromisión del poder moderador abundaba en el descrédito de los políticos. Sin embargo, el presidente del Gobierno, el conservador Sánchez Guerra, zanjó la discusión afirmando que el Gobierno coincidía con el rey, y que también lo había demostrado la opinión pública; de no haber sido así, él habría dimitido. Lo cierto es que Sánchez Guerra, además de conseguir un reagrupamiento de las distintas facciones conservadoras, había puesto todo su empeño en la afirmación del poder civil frente a las juntas militares, que, finalmente, consiguió disolver. Fueron sus dos grandes empeños.138

El desastre de Annual y el debate sobre el llamado expediente Picasso tensaron las relaciones entre las distintas fuerzas políticas, y entre el poder militar y el poder civil. El 5 de diciembre de 1922 tuvo lugar una de las escenas más escandalosas de la historia parlamentaria, con diputados de uno y otro signo puestos en pie, amenazantes. El fondo de la discusión giraba en torno a las atribuciones del Congreso y del Senado en la exigencia de unas responsabilidades que apuntaban a algunos militares, pero también a ministros y Gobiernos en aquella fecha y, tal y como se traslucía en intervenciones del diputado socialista, Indalecio Prieto, al propio rey. Hubo que apagar la luz para desalojar el hemiciclo, y provocó la dimisión de Sánchez Guerra, que aconsejó a Alfonso XIII el nombramiento de un Gobierno liberal, que resultó ser de concentración, presidido por García Prieto y con la incorporación del partido reformista, que desde 1918 había incorporado la reforma de la Constitución a su programa. También en el lado liberal se adivinaba un reagrupamiento de facciones, a las que se sumaban ahora los reformistas.

Aquel parlamento era otra cosa desde el final de la Gran Guerra. Aunque los graves conflictos y la fragmentación del sistema de partidos parecían haberlo sumido en el caos y la ineficiencia, lo cierto es que también debe señalarse su protagonismo creciente. En 1918 se había llevado a cabo una reforma del reglamento que, en respuesta a la nueva realidad política y a la creciente complejidad de los asuntos públicos, reguló la formación de las comisiones permanentes, amén de introducir la «guillotina» para evitar las obstrucciones. Quizás una reforma de ese tipo sonaba a poco, frente a la «autentificación» de la soberanía nacional de la que se había hablado en la Asamblea de Parlamentarios, pero no dejaba de tener su relevancia. También hubo propuestas de reforma electoral. La fiebre de la proporcionalidad en las nuevas leyes electorales de posguerra en distintos países tuvo su eco en España en 1919 con una proposición de liberales, reformistas, radicales y socialistas, acogida favorablemente por el ministro de Gobernación, el conservador Burgos y Mazo, paralizada por la crisis de aquel Gobierno. Volvió a ocurrir lo mismo cuando volvió a plantearse en 1921.

5. EL DESENLACE

La Constitución de 1876 era muy flexible y no imponía obstáculos a su modificación. Los dos grandes partidos no habían propuesto nunca su reforma, aunque tampoco se cerraron a modificaciones que pudieran hacerse por ley. En una reunión en noviembre de 1918, varios ex ministros conservadores sostuvieron que la Constitución no requería un cambio porque había sido consecuencia de la transacción entre «los hombres de la Revolución y de la República con las figuras más prestigiosas de la Restauración». La Constitución no era obstáculo para que tuvieran cabida en ella cuantos avances impusieran las exigencias del tiempo.

Los liberales, salvo la izquierda liberal en algún momento, tampoco lo habían considerado un asunto prioritario. La asumieron con el Gobierno de concentración liberal que llegó al poder en 1922, como consecuencia de la presencia del partido reformista, con Manuel Pedregal en el Ministerio de Hacienda, que exigió la inclusión de la reforma constitucional en el programa. Sin embargo, presionado por la movilización católica, García Prieto abandonó en su discurso programático la mención a la libertad religiosa y la reforma del artículo 11 de la Constitución. Eso fue suficiente para que Pedregal presentara su dimisión, pese a que el presidente del Gobierno mantuvo otros aspectos sustanciales de la reforma de la Constitución, como la regulación de la suspensión de garantías constitucionales, la reforma del Senado, la obligatoriedad de la reunión anual de las Cortes, y la introducción del criterio de proporcionalidad en la ley electoral.

Ni conservadores ni liberales, cuyo acuerdo había hecho posible la Constitución de 1876, consideraban prioritaria la reforma. Pesaba, sin duda, el temor a perder el monopolio del poder que habían venido ejerciendo, pero también el miedo a volver a la inestabilidad política anterior a aquel gran pacto. Hacía mucho tiempo que habían muerto quienes lo protagonizaron, y las circunstancias políticas, dentro y fuera de España, eran muy distintas. Lo que algunos veían peligrar ahora no era solo el pacto fundacional del régimen, sino la misma supervivencia del parlamentarismo liberal. Aquellos políticos miraban hacia el pasado, pero no dejaban de reconocer lo que estaba pasando en otros países, en los que la democracia triunfante en la Gran Guerra se veía amenazada por nuevos enemigos, situados tanto a la derecha como a la izquierda. España no había participado en la guerra y no sufría las consecuencias de su impacto con la misma intensidad, pero los años de la posguerra vieron acumularse una serie de conflictos, como hemos visto, que dificultaron cualquier posible evolución, y el contexto europeo no ayudaba.139

Si volviéramos a la cita inicial acerca de los requisitos que Blanco Valdés considera necesarios para una reforma constitucional, faltarían algunos fundamentales. Quizás existía un acuerdo amplio sobre la necesidad de abordar cambios sustanciales en el funcionamiento del sistema, que procuraran encaje a los que se habían producido en la realidad, pero no lo había sobre cómo hacerlo, ni si esos cambios exigían una reforma constitucional que podía hacer peligrar la continuidad del régimen constitucional. La Constitución de 1876 permitía la incorporación por ley de reformas democratizadoras, como las condiciones para la elección de senadores, según se encargó de apuntar el conde de Romanones cuando tomó posesión de la presidencia de la Cámara Alta en junio de 1923. El núcleo de la duda giraba en torno a la sustitución del poder moderador del monarca como elemento clave, y el tránsito hacia una monarquía efectivamente parlamentaria. Eso solo podía hacerse confiando en la existencia de un cuerpo electoral que los sustentara. La presencia de regionalistas, reformistas, republicanos y socialistas en el parlamento había crecido, y sus voces tenían un eco importante. Algunos de ellos habían llegado a formar parte de los gobiernos de la monarquía, como los regionalistas y los reformistas. Pero no contaban con la capacidad movilizadora y el apoyo electoral suficiente, una limitación que gran parte de la historiografía ha atribuido al control asfixiante del clientelismo de conservadores y liberales, aunque ese control se había roto, sobre todo en las circunscripciones urbanas. Tampoco el Partido Socialista español había conseguido formar un grupo parlamentario numeroso, aunque en esos años se rompiera la soledad de Pablo Iglesias y se llegara a obtener seis diputados en 1918 y 1919 y siete en las últimas elecciones de 1923. Alguno de ellos, por ejemplo el escaño de Indalecio Prieto, llegó en aplicación del denigrado artículo 29. La debilidad parlamentaria del PSOE era consecuencia de las dificultades derivadas del clientelismo, pero también de la persistencia entre los socialistas de su desconfianza hacia la política, demostrada en su permanente polémica sobre la alianza con los republicanos.140

Por el hueco de esas desavenencias, dudas e incapacidades se coló de nuevo la prerrogativa regia. Ante el temor público y manifiesto por parte de Alfonso XIII de que sus políticos fueran capaces de defender la monarquía y de que la Corona cayera, como había ocurrido en otros países, el rey optó en septiembre de 1923 por aceptar el golpe del general Primo de Rivera. La Constitución se lo permitía, dada su atribución constitucional de nombrar y separar libremente al presidente de Gobierno, pero su comportamiento rompió abiertamente con la Constitución cuando no cumplió con el precepto de que en un plazo máximo de tres meses a partir de la disolución de la Cortes debían convocarse otras nuevas y, de no hacerse así, la disolución quedaría sin efecto jurídico y debían restablecerse la anteriores. Los presidentes de ambas cámaras, el conde de Romanones, del Senado, y Melquíades Álvarez, del Congreso, que conocían bien la Constitución, advirtieron personalmente de ello al rey, que los despachó sin mayores contemplaciones. El presidente del Directorio Militar, el general Primo de Rivera, contestó a la advertencia con un decreto en el que declaraba que no existía el «propósito de convocar nuevas elecciones mientras no se saneen y purifiquen las costumbres políticas y electorales».

No hubo en los primeros tiempos de la dictadura ninguna oposición a Primo de Rivera, que llegó, según él decía, para sacar a España de la anarquía en que se hallaba y librarla de los «profesionales de la política», causantes de ello. Quizás por esto último, muchos permanecieron a la espera de ver qué pasaba. La dictadura se anunció provisional, pero después quiso convertirse en definitiva, incluso proponiendo una nueva Constitución de corte corporativo y antiparlamentario, con un partido único creado desde el poder. Que Alfonso XIII terminara retirando su apoyo a Primo de Rivera fue causa última de la dimisión de este, pero no redimió la culpa de su convivencia con la dictadura durante siete años. El retorno a la «normalidad» constitucional anterior, como algunos pretendieron, o la posibilidad de una reforma constitucional, resultaban ya, a todas luces, imposibles.

«¿Quién puede imaginarse cómo habría evolucionado el régimen político en los últimos quince o veinte años si al “desaparecer los obstáculos tradicionales” se hubiera reformado parcialmente, y con oportunidad, la Constitución de 1876?», se preguntaba Adolfo Posada en su libro El régimen Constitucional. Esencia y forma. Principios y técnica, publicado en 1930. No hubo lugar y, en opinión de Posada, la dictadura había abierto de modo irremediable el período constituyente, al romper el pacto político fundamental que había servido de argumento histórico para dar legitimidad al régimen de la Restauración.141

NOTAS

128 Roberto L. Blanco Valdés, Luz tras las tinieblas. Vindicación de la España constitucional, Madrid, Alianza Editorial, 2018.

129 Roberto L. Blanco Valdés, La construcción de la libertad, Madrid, Alianza Editorial, 2010.

130 Santos Juliá, «Liberalismo temprano, democracia tardía», en John Dunn (ed.), Democracia: el viaje inacabado (508 a.C-1993), Barcelona, Tusquets, 1995, págs. 253-291. Raymon Carr, España 1808-1975, Barcelona, Ariel 1979.

131 Carlos Dardé Morales, Alfonso XII, Madrid, Arlanza Ediciones, 2001 pág. 148.

132 Mercedes Cabrera y Miguel Martorell, «EL Parlamento en el orden constitucional de la Restauración», en Mercedes Cabrera (dir,.), Con luz y taquígrafos. El Parlamento en la Restauración (1913-1923), Madrid, Taurus, 2017, 2.ª ed., pág. 23 y sigs.

133 Para las relaciones del rey Alfonso XIII con los partidos turnantes, véase María Jesús González, «El rey de los conservadores» y Javier Moreno Luzón, «El rey de los liberales», en Javier Moreno Luzón (ed.), Alfonso XIII. Un político en el Trono, Madrid, Marcial Pons, 2003, págs. 113-149 y 153-186.

134 El libro clásico sobre la triple crisis de 1917 es el de José Antonio Lacomba, La crisis española de 1917, Madrid, Ciencia Nueva, 1970. Véase el resumen de Miguel Martorell y Santos Juliá, Manual de historia política y social de España (1808-2011), Barcelona, RBA, 2012, págs. 217-225.

135 Mercedes Cabrera, «El rey constitucional», en Javier Moreno (ed.), Alfonso XIII. Un político en el trono, op. cit., págs. 83-110.

136 La trayectoria de Melquíades Álvarez y del Partido reformista puede seguirse en las obras de Manuel Suárez Cortina, «Melquíades Álvarez y la democracia liberal en España» y en Javier moreno Luzón (ed.), Progresistas, Madrid, Taurus, 2005, págs. 237-270

137 Mercedes Cabrera, «El rey constitucional», op. cit., págs. 102ss.

138 Miguel Martorell Linares, José Sánchez Guerra. Un hombre de honor (1859-1935), Madrid, Marcial Pons, 2011, págs. 279-302.

139 Mirar más al pasado que al futuro como explicación de la crisis final de la Restauración, en Santos Juliá, Demasiados retrocesos. España 1898-2018, págs. 271-73.

140 José Varela Ortega (dir.), El poder de la influencia. Geografía del caciquismo en España (1875-1923), Madrid, Marcial Pons-Centro de Estudios Constitucionales, 2001.

141 Adolfo Posada, El Régimen Constitucional. La Reforma Constitucional, Madrid, 1930.

TRANSICIÓN Y CONSTITUCIÓN: SEIS PROPOSICIONES HISTORIOGRÁFICAS PARA EL DEBATE

ENRIQUE MORADIELLOS

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura

La pretensión básica de este texto es ofrecer unas consideraciones generales de orden historiográfico, a modo de elementos de juicio y debate, sobre esos dos términos del sintagma que conforman el título del texto: «Transición» y «Constitución». Y tomará por eso mismo el formato de cinco propuestas de tesis o, si se quiere, de hipótesis o proposiciones debatibles, en la medida en que sus enunciados están abiertos a discusión razonada y comprobación académica, aunque muchos de ellos parecen estar debidamente fundamentados por la investigación histórica y social especializada.

En esencia, el texto escrito aquí presentado refleja de manera sustancial, con los debidos ajustes formales y apoyaturas bibliográficas y documentales, el contenido de la intervención oral de su autor en las jornadas Balance y Perspectivas de la Constitución Española de 1978, celebradas en Madrid del 13 al 16 de marzo de 2019 bajo el patrocinio de la Fundación Sistema. Vaya por delante la reiteración de nuestra doble gratitud a los organizadores de aquel magno evento por su amabilidad al permitirnos participar en el mismo, entonces, y por asumir, ahora, la publicación y difusión impresa de estas proposiciones historiográficas. Y procede también reiterar algo ya dicho entonces y nunca suficientemente repetido: todas esas proposiciones historiográficas se articulan y cobran sentido en un espacio público siempre dialógico, de contraste y cotejo de ideas, conceptos y razonamientos, sencillamente porque, como dijo bien Benedetto Croce hace mucho tiempo, para los seres humanos «pensar es pensar contra alguien» o contra algo.

En el caso que nos ocupa, el estudio y comprensión del proceso de la transición política desde la dictadura franquista hasta el actual sistema democrático-parlamentario plantea sustanciales interrogantes y no pocos problemas correlativos, cuyas alternativas de resolución han dado origen a buen número de polémicas y desacuerdos entre los analistas interesados en la cuestión, ya sean historiadores, sociólogos, juristas, politólogos o filósofos, por ejemplo. En cierta medida, muchos de esos debates y desencuentros son resultado de las propias dificultades de la investigación histórica en general —y de la científico-social por extensión—: falta de fuentes documentales informativas suficientes y solventes para establecer los «hechos» irrefutables —datos precisos, fechas exactas, nombres propios responsables, magnitudes depuradas—; carácter contradictorio de los testimonios disponibles sobre determinados aspectos del proceso —sean de procedencia individual, oral o escrita, o de extracción periodística o institucional—; naturaleza indeterminada o inconmensurable de algunos factores operantes en la coyuntura —influencia de la memoria histórica personal o colectiva, peso de los condicionantes macroeconómicos o diplomáticos—, etc.

A estas limitaciones habituales en toda investigación académica habría que añadir, en el caso del análisis de la transición política española, su condición de pretérito imperfecto, casi inmediato y reciente, por ser la coyuntura histórica de génesis de nuestra propia dimensión temporal presente. No en vano, ese período histórico es el tiempo biográfico de referencia principal para muchas de las generaciones activas que todavía hoy dominan la vida política, económica, social y cultural de España. Esas generaciones —declinadas en plural, necesariamente— vivieron esa época de cambio decisivo como una auténtica escuela formativa, como punto nodal de sus biografías personales, que afectó irremisiblemente a sus experiencias prácticas, ideas, concepciones, valores, principios y pautas de conducta pública y privada en casi todos los órdenes de su vida individual y societaria —al modo como la Guerra Civil afectó irrevocablemente a los contemporáneos de las generaciones activas españolas de los años treinta del siglo XX, por ejemplo—. Dicho de otro modo: no es lo mismo abordar el período de la transición política que tratar de la Guerra de Independencia de 1808-1814, aun cuando solo fuera porque está por ver su resultado histórico final en una perspectiva de «larga duración» o meramente secular —razón por la que sigue hablándose recurrentemente, a veces sin sentido alguno, de «cerrar la transición» o, incluso, de proceder a una «segunda transición», con mayor o menor propiedad.

1. PRIMERA PROPOSICIÓN

La llamada «transición política española a la democracia» comienza con la muerte, por fallecimiento natural, del más que octogenario general Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975 y tiene su conclusión efectiva, su cierre categorial como fenómeno y proceso histórico, con la aprobación hace ahora ya más de cuarenta años de la vigente Constitución española, que fue sometida a referéndum el 6 de diciembre de 1978 y entró en vigor el 29 de diciembre de 1978, con su preceptiva publicación en el Boletín Oficial del Estado.

Por supuesto, como ya hemos advertido, las implicaciones conceptuales de esta primera proposición son bastante claras y en absoluto compartidas por todos los analistas del fenómeno. Y las facetas de impugnación del contenido de esa afirmación son igualmente variadas y no siempre concordantes entre sí. Como suele suceder en las disciplinas socio-humanísticas. Por eso procede justificar mínimamente el perfil y contenido de la proposición avanzada para responder a las críticas existentes.

Ante todo, cabe señalar algo tan simple como lo siguiente: si el sintagma «transición política» tiene algún valor semántico preciso y definido, como corresponde a los conceptos —y no a las metáforas poético-literarias o a la ficción mitológica—, hay que entender su sentido como un proceso histórico de cambio gradual, de tiempo de tránsito y mudanza, predicado sobre la estructura política y régimen institucional vigente en el período ante quem y transformado en la fase post quem. Dicho en otras palabras, quizá más certeras: quien dice «transición política» no está hablando de un fenómeno similar a la «transición del Antiguo Régimen a la sociedad liberal» o de la «transición del feudalismo al capitalismo», mutaciones históricas de largo alcance, medidas en una escala temporal mucho más amplia, que se predican sobre el conjunto de un modelo de sociedad —en sentido lato— y no solo sobre su estructura política e institucional —en sentido estricto— integrada en ese modelo envolvente.

Cabe sostener que en España hubo una «transición política»: un proceso de reemplazo y sustitución de una legalidad y un sistema de dominación institucional. Y el correspondiente tiempo de cambio en el que se operó esa metamorfosis se llevó a cabo desde el mes de noviembre de 1975 —tras la muerte de un Caudillo con poderes soberanos virtualmente ilimitados y no heredables en su totalidad— y concluyó con la aprobación del nuevo marco constitucional generatriz de un nuevo modelo de sistema político e institucional no ya diferente del anterior, sino plenamente contradistinto y antagónico. En consecuencia, si aplicamos el necesario arte de la distinción conceptual que nos evita naufragar en la estéril confusión terminológica, concluiremos que la llamada transición política española denota el lapso cronológico existente entre la vigencia de una y otra legalidad y sistema institucional. Parafraseando a Aristóteles, cabría decir que la transición es precisamente ese proceso de movimiento temporal desde un término a quo hasta un término ad quem: el cambio que brota de un punto del espacio-tiempo y termina en otro punto del espacio-tiempo —que será distinto siempre, a menos que se trate de un movimiento circular.

Bajo estas coordenadas, por tanto, sería inexacto, por mera incoherencia conceptual, afirmar que los términos temporales de arranque y final del proceso transitorio son otros distintos a los ya apuntados: 1975 y 1978. En consecuencia, yerran quienes tienden a situar el inicio de la transición política en vida «útil» del propio general Franco, sea aludiendo al año 1969 —cuando don Juan Carlos de Borbón fue nombrado sucesor del Jefe del Estado a título de rey—, sea mencionando al año 1973 —cuando el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, eliminó al previsto guardián de la ortodoxia franquista tras la muerte de Franco—. Esa ampliación cronológica inicial del proceso es claramente abusiva y carece de justificación histórica, puesto que no hubo cambio ni inicio de cambio (ni mucho menos transición) en la legalidad y sistema político-institucional vigente con anterioridad a noviembre de 1975. Además, esa significativa alteración temporal apenas oculta la pretensión política de hacer al propio Caudillo, o a sus más acreditados consejeros y asesores, responsables clarividentes y más o menos conscientes de todo lo que habría de venir después. Tal es el caso, a título de mera muestra notable, de las sustanciosas memorias de Laureano López Rodó, que conciben la sucesión monárquica de Franco —«la operación política más delicada, más intrincada, y más laboriosa»— como una pacífica «transición» política previa de la homóloga posterior y su condición necesaria y casi suficiente:

La sucesión se produjo sin traumas ni convulsiones. El mecanismo sucesorio funcionó como un aparato de relojería y la transición del régimen de Franco a la monarquía de don Juan Carlos I ha sido pacífica.142

Por lo que respecta al término final, es patente que muchos analistas consideran que interpretar la aprobación mediante referéndum de la Constitución en 1978 como cierre temporal de la transición política es el producto de una miopía excesivamente jurídico-legalista y ofrecen como alternativa otros referentes de supuesto mayor calado histórico. Por ejemplo, hay quienes prefieren señalar la segunda consulta electoral de marzo de 1979, en la medida en que dichas elecciones fueron ya realizadas bajo un Gobierno surgido de las urnas, con indiscutible legitimidad democrática y con plena vigencia del marco constitucional. Otros se inclinan a considerar que el final de la transición se produjo a raíz del fracaso de la intentona militar golpista protagonizada por el teniente coronel Tejero el 23 de febrero de 1981, habida cuenta de que con ese fracaso quedó enterrada la alternativa de una involución violenta del proceso transitorio por iniciativa de las Fuerzas Armadas. Finalmente, también se ha apuntado como término de la transición la victoria electoral del PSOE en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982, dado que ese triunfo demostraba la plena consolidación del sistema democrático al consagrar la pacífica alternancia en el Gobierno entre fuerzas políticas de signo distinto.143

No cabe desconocer la fuerza respectiva de los argumentos a favor de esos límites cronológicos terminales alternativos: las elecciones de 1979 sí fueron las primeras celebradas bajo el nuevo marco constitucional y presididas por un Gobierno cuya legitimidad derivaba de una victoria electoral democrática; el fracaso de la intentona de Tejero sí supuso la desarticulación del golpismo militar como amenaza operativa y real factor involucionista; y el triunfo electoral socialista y su acceso pacífico al poder sí constituyeron una demostración de estabilidad y consolidación del nuevo sistema democrático. Sin embargo, por razones de rigor conceptual y precisión semántica, debemos seguir considerando que la transición política, stricto sensu, termina con la aprobación de la Constitución de 1978 y la vigencia plena de un nuevo sistema político-institucional democrático. Entre otras cosas, porque todas esas alternativas apuntadas aluden esencialmente a fenómenos y peligros inherentes a la plena consolidación del nuevo sistema político democrático. Y, por consiguiente, es preciso entenderlos como parte de la historia de la restablecida democracia española, más que como parte de la «transición política» hacia esa misma democracia.

2. SEGUNDA PROPOSICIÓN

Si la transición política cubre ese período histórico —y no otro— es porque su contenido material y su sentido histórico general se presenta bajo una morfología muy precisa: fue una compleja operación política —en el sentido fuerte de la filosofía política que contempla en su campo tanto las relaciones entre agentes como las operaciones resultantes de esas relaciones— y consistió, por eso mismo, en una verdadera obra de ingeniería política para desmantelar el obsoleto régimen dictatorial franquista configurado desde 1936 a fin de reemplazarlo sin solución de continuidad —sin hiatos de vacío de poder o disolución del Estado— por un sistema democrático-parlamentario homologado internacionalmente y congruente con las demandas de participación ciudadana surgidas en la propia sociedad española.

Dicho en otras palabras: la transición política fue, en esencia, el proceso de desmantelamiento de una dictadura y su paralela sustitución por una democracia. Y tuvo su plasmación espacio-temporal en ese lapso cronológico que transcurre —transita— desde la proclamación de don Juan Carlos I como sucesor en la Jefatura del Estado a título de rey —a los dos días de la muerte de Franco— y hasta la aprobación mediante referéndum, tres años y un mes después, de una nueva Constitución previamente elaborada por unas Cortes democráticas y constituyentes —que habían sido elegidas por sufragio universal el 15 de junio de 1977—. El hito temporal decisivo, casi el justo medio crucial, en este proceso transitorio habría de ser, a su vez, el referéndum celebrado el 15 de diciembre de 1976 para la aprobación de la llamada Ley para la Reforma Política —ley previamente votada y sancionada por las últimas Cortes franquistas antes de su propia autodisolución.

Esta consideración de la Transición española como una operación política de derribo y construcción simultánea y paralela permite comprender mejor tanto la forma como el contenido del proceso transitorio. Atendiendo a su morfología externa, la Transición fue un proceso negociado y básicamente pacífico, fruto de una serie de pactos y compromisos sellados entre el Gobierno surgido de la legalidad franquista y las fuerzas de la oposición antifranquista, bajo el imperativo del «consenso» entre las fuerzas políticas enfrentadas y con el apoyo latente o expreso de la práctica totalidad de la población española. Estas características formales y materiales del proceso llevaban implícito un corolario lógico de enorme transcendencia: la Transición significó tanto una reforma pactada de la entonces vigente legalidad franquista como una ruptura pactada de la misma en beneficio de una nueva legalidad democrática plena.

No en vano, en cuanto a la forma, el proceso transitorio se llevó a cabo con notorio respeto procesal a la legalidad e instituciones de la dictadura franquista. Se hizo la reforma «de la ley a la ley», como anotaría Torcuato Fernández-Miranda, jurista y tutor del entonces príncipe de España, vicepresidente del Gobierno con el almirante Carrero Blanco, último presidente de las Cortes franquistas y supuesto «guionista» omnisciente del programa de reforma finalmente aplicado.144 Y sin embargo, en cuanto al contenido material y resultado final, el proceso transitorio condujo a un régimen democrático que suponía una destrucción plena del antiguo sistema político imperante, que fue totalmente desmantelado en el tránsito y no solamente reformado o renovado. De hecho, como se lamentaría con posterioridad uno de los más distinguidos opositores franquistas a la reforma, el general Carlos Iniesta Cano —ex director general de la Guardia Civil—, los pequeños e inevitables cambios que todos esperaban tras la muerte de Franco se convirtieron «en la brutal ruptura con todo lo anterior».145

Esta ambivalencia esencial del cambio político operado en España entre 1975 y 1978 permite subrayar su carácter procesal de reforma interna o enfatizar su sentido rupturista último. Y en este ámbito, las discusiones entre los diversos analistas sobre la preponderancia del carácter reformista o rupturista de la Transición son intensas y, probablemente, insolubles a la postre. También cabe señalar que, en gran medida, esos debates obedecen a un exceso de focalización de los analistas en uno u otro momento o faceta del proceso que necesariamente lo segmenta y fracciona como fenómeno histórico unitario pero complejo y dialéctico, olvidando algo bien evidente y conocido por la historiografía: las características y naturaleza de la génesis de un proceso histórico no prejuzga ni limita la estructura y naturaleza de su resultado final —el eterno problema del ser y el cambio o devenir del ser—. Y por eso puede darse un proceso reformista que concluya en un final rupturista con plena propiedad y efectividad histórica, siendo el caso de la transición política española uno más de otros fenómenos análogos registrados en el siglo XX europeo.

Sin ir más lejos o mucho después: los procesos reformistas que permitieron «transitar» desde las viejas dictaduras comunistas o soviéticas de economía colectivista hasta los posteriores regímenes democrático-parlamentarios y capitalistas del este del continente entre 1989 y 1991, sin asomo de compañía de crueles guerras civiles, insurrecciones armadas populares o ejercicios de violencia generalizada e indiscriminada, para sorpresa de casi todo el mundo, incluyendo a los protagonistas del proceso. Como ha recordado muy recientemente Ricardo Martín de la Guardia, en ese caso, el proceso transitorio fue más intenso y completo por afectar a todo el modelo social y, sin embargo, fue también negociado, pacífico y producto de una reforma intensa que acabó en ruptura completa de manera gradual y sin graves violencias —salvo parcialmente en el caso rumano—:

En todos los países de Europa central y oriental se produjo una secuencia parecida desde el inicio de la desintegración del sistema: una crisis en la gerontocracia que lo controlaba, con la destitución de los dirigentes históricos —Kadar, Honecker, Ceaucescu—; otra crisis simultánea que afectó a los respectivos partidos comunistas, cada vez más rechazados por la población; y en tercer lugar, la aceptación del pluripartidismo y la consiguiente legalización de las fuerzas opositoras, todo lo cual condujo a la celebración de elecciones libres. Como consecuencia del cambio de legitimidad y de las variaciones legales, los diferentes Estados fueron aprobando constituciones nuevas o reformando en lo sustancial las antiguas de tal forma que se generalizaron los derechos civiles. […] La transición en la Europa sovietizada afectó al sistema de organización política, económica y social, así como a sus valores y principios informantes considerados en conjunto; como alternativa global a la democracia liberal y al capitalismo, el proceso de toma de decisiones, el desarrollo institucional y la planificación económica revistieron un carácter distintivo e interrelacionado de tal forma que la aplicación de políticas de sustitución no sirvió al ser estas parciales o sectoriales. En efecto, la transición afectó al modelo en sí, a todo el modelo, y en consecuencia su reemplazo debía ser completo.146

En todo caso, volviendo al proceso español, parece evidente que esta naturaleza dioscúrica no excluye, sino todo lo contrario, «la importancia del acuerdo, el consenso o el compromiso durante el momento político de sustitución de un régimen por otro».147 Dicho en otras palabras: la transición pacífica tuvo como condición necesaria, si bien no única ni suficiente, el llamado «consenso» —entendido como acuerdo tácito sobre límites admisibles para la conducta política respectiva— entre los actores y sujetos, individuales y colectivos, que protagonizaron la operación política de tránsito.

3. TERCERA PROPOSICIÓN

El carácter conjugado y ambivalente de la Transición como proceso de reforma pactada que concluye en una ruptura pacífica es el resultado histórico, por tanto contingente, del propio agotamiento y crisis del modelo institucional franquista, cada vez más desfasado en su estructura política respecto del desarrollo socio-económico y cultural experimentado por España durante los años sesenta y primer lustro de la década de los setenta. Y ese transfondo contextual obliga a tener en cuenta, al menos, estos tres elementos condicionantes para entender el perfil general de todo el proceso y el papel del llamado «consenso» en su seno.

1. Antes de la muerte de Franco, la sociedad española había experimentado una profunda mutación y cambio en el orden sociográfico y cultural, al compás de la intensa modernización económica y productiva operada en el país desde la puesta en marcha del Plan de Estabilización de 1959 y a lo largo del decenio de 1960 y primera mitad de 1970.

Como resultado, en 1975 la sociedad española era ya casi plenamente homologable a las de su entorno europeo occidental en casi todos los órdenes: a) Por su grado de industrialización y terciarización económica —el sector agrícola en el PIB cayó desde el 22,6 por ciento al 11,6 por ciento entre 1960 y 1973, al tiempo que la industria y los servicios saltaron desde el 36,6 y el 40,8 por ciento hasta el 38,9 y el 49,5 por ciento, respectivamente—; b) Por sus índices de urbanización —entre 1960 y 1970 la población urbana pasó del 46 al 55 por ciento del total demográfico, con un notable aumento de las grandes ciudades de más de cien mil habitantes: pasaron de 26 a 38 en un decenio—; c) Por sus niveles de alfabetización y consumo cultural —entre 1960 y 1970 la tasa de analfabetos descendió del 13,7 al 8,8 por ciento, en tanto que la tasa de escolarización primaria saltó desde el 35,6 al 88,3 por ciento en la población infantil—; d) Por la entidad de su diversificación ocupacional —la clase obrera industrial y de servicios pasó de ser el 35 por ciento en 1950 a más del 50 por ciento en 1970, mientras que las clases medias pasaban del 14 al 33,4 por ciento en el mismo ventenio—; e) Por la expansión de las funciones estatales a cargo de una burocracia meritocrática y racionalizadora —en 1970 había más de 600.000 funcionarios públicos y el gasto social superaba ya el 50 por ciento del presupuesto del Estado—; y f) Por el creciente grado de bienestar material y secularización práctica —entre 1960 y 1971 el porcentaje de hogares españoles con televisión pasó del 1 al 56 por ciento, en tanto que el uso de anticonceptivos se duplicó en solo dos años: medio millón de unidades en 1966 y más de 1,1 millones en 1967.148

2. En noviembre de 1975, cuando se produce la muerte del general Franco, la dictadura franquista estaba ya inmersa en una profunda e irreversible crisis de legitimidad, de estabilidad y de efectividad —las tres funciones que debe mantener un sistema político para preservar la eutaxia socio-política y garantizar así su continuidad dinámica—. En otras palabras: la persistencia del Franquismo sin Franco era sencillamente imposible, y esta verdad era patente para buena parte del personal político franquista —desde 1969 en alto grado y desde 1973 con práctica generalidad.

Significativamente, una de las primeras encuestas fidedignas sobre preferencias políticas de la opinión pública española, realizada en 1966, ofreció un resultado notoriamente indicativo de ese desajuste entre la España oficial y la España real: solo un 11 por ciento de los españoles que expresaron su opinión estaba de acuerdo con el principio de «Gobierno de uno solo», frente a un 35 por ciento favorable al principio de «Representación democrática».149 Por consiguiente, cabe decir que la profunda mutación de la estructura social española en casi todos sus órdenes constitutivos tuvo un efecto letal en el plano político: dejó patente la disfuncional naturaleza anacrónica del régimen franquista y su creciente inadecuación con respecto a la nueva sociedad española modernizada, secularizada, alfabetizada y crecientemente consumista. A la altura de 1975 la sociedad española ya solo era muy diferente de sus homólogas europeas por la peculiar y desfasada estructura autoritaria y dictatorial de su sistema político, en el que casi todos los poderes estatales dependían de la voluntad vacilante de un anciano octogenario anclado en una mentalidad de guerra civil y primera postguerra. Y ante ese anacronismo, sencillamente, el régimen carecía de solución porque el régimen mismo era el problema.

3. Por eso mismo, antes y después de la muerte de Franco, se habían ido configurando los tres grandes proyectos para afrontar el futuro que estarían en liza y competencia en los años de transición con mayor o menor intensidad: continuismo remozado, reforma abierta pero controlada y ruptura democrática. En el primer caso, se trataba de un programa de continuidad adaptativa que ya había cobrado fuerza durante el año 1974 y que sería la opción que acabaría alentando con poca fortuna el primer Gobierno de la monarquía con Arias Navarro —noviembre de 1975 a julio de 1976—. En el segundo caso tomó la forma de una tentativa de reforma abierta pero controlada del sistema para homologarse al contexto europeo occidental sin romper todos los lazos con el pasado: sería la opción que pondría en marcha el segundo Gobierno de la monarquía con Adolfo Suárez —julio de 1976 a junio de 1977—. Y en el tercer caso consistía en la alternativa de la ruptura democrática, alentada por la oposición antifranquista y que la Junta Democrática promovida por el PCE ya en el verano de 1974 había definido en sus manifiestos como un programa para «garantizar el proceso constituyente de la democracia política en España», lo que requeriría expresamente «el desmantelamiento pacífico de la legalidad y de las instituciones franquistas y la creación de un nuevo ordenamiento democrático».150

Y todos esos proyectos se conformaban en un contexto de creciente quiebra de «la paz de Franco» ante un cuádruple desafío: una conflictividad laboral intensísima que la mera represión policial no era capaz de contener; una contestación estudiantil y universitaria generalizada que demostraba la hostilidad de las nuevas generaciones procedentes de sectores de clases medias y pudientes; la defección de la Iglesia católica a tono con las directivas del Concilio Vaticano II, que apostaba por un nuevo régimen democrático respetuoso de los derechos humanos; y la aparición de una actividad terrorista recurrente, esencialmente asociada a ETA, que socavaba el mito de la invulnerabilidad de la dictadura.

4. CUARTA PROPOSICIÓN

En ese marco estructural de profunda crisis interna del franquismo, la agonía y muerte del propio Franco eliminó el último obstáculo —y el principal— para la puesta en marcha del proceso de transición política. A partir de entonces, entre noviembre de 1975 y diciembre de 1978 fue comprobándose la insuficiencia de cada una de las tres alternativas de futuro disponibles para imponerse de manera indiscutida y llevar a cabo su propio programa de manera autónoma e incondicionada.

En el caso del proyecto de continuismo remozado, representado por la figura de Arias Navarro y su equipo ministerial de la primera mitad de 1976, sus carencias se manifestarían muy pronto, porque no tenía apoyos suficientes, ni en la nueva persona que estaba a cargo de la Jefatura del Estado —el ya rey Juan Carlos I—, ni en las instituciones que quería preservar —el Movimiento Nacional y las Cortes—, al margen de su agotamiento como programa político demostrado una y otra vez.151 Basta recordar que la intensidad de la fuerte recesión internacional iniciada en 1973 generó tres años después una gravísima situación económica que redobló la agitación socio-laboral y acentuó el desconcierto gubernamental —oscilante entre la receta de la negociación tácita o la represión intensa—. Es significativo, al respecto, el contraste entre la conflictividad registrada en 1975 y la de 1976: de las 3.156 huelgas con 647.100 huelguistas y 14,5 millones de horas perdidas que el Ministerio de Trabajo registró en el último año de vida de Franco, se pasó un año después a la impresionante cifra de 40.179 huelgas con 2.519.000 huelguistas y más de 106 millones de horas perdidas.152

Esa amplia movilización obrera y popular, inicialmente solo económica y sindical, pero también respaldada por la oposición política, sería la «clave del proceso de democratización», porque consagró la quiebra del Gobierno de Arias Navarro —cesado en el verano de 1976— y seguiría presente como factor condicionante para la conducta de sus sucesores.153

En el caso del reformismo renovador, encarnado en el primer Gobierno de Adolfo Suárez —junio de 1976—, sus insuficiencias eran en gran medida el resultado de las dificultades para lograr la cuadratura del círculo: mantener en lo esencial la estructura básica heredada de la dictadura, pero reformar con mayor o menor profundidad sus formas y organismos para lograr la homologación internacional democrática mediante una fórmula de transacción —con elecciones libres, pero no necesariamente con presencia legalizada de toda la oposición política: se mantendría la prohibición del comunismo y de las fórmulas republicanas—.154 El carácter reformista abierto del programa quedó bien definido con su decisión de someter a referéndum popular un proyecto de Ley para la Reforma Política, cuyo objetivo último era el «establecimiento» de un sistema democrático-parlamentario mediante elecciones libres, pero controladas por el Gobierno antes del término del verano de 1977.

Sin embargo, entre el último trimestre de 1976 y la primavera de 1977, el impacto de la crisis económica, la persistencia de la intensa movilización socio-laboral y la propia desconfianza en sus propias fuerzas fueron obligando al Gobierno de Suárez —y a su propio presidente, en singular— a traspasar las líneas rojas inicialmente planteadas en su propio programa.

En el caso del rupturismo de la oposición antifranquista, sus limitaciones fueron poniéndose de manifiesto porque su capacidad de movilización en algunas zonas —Cataluña, Madrid, Asturias y el País Vasco— y sectores sociales —empleados de industrias obreras de gran escala y mano de obra concentrada—, si bien era muy grande, tampoco revelaba la intensidad y generalidad que hubiera requerido para forzar otra crisis similar a la de abril de 1931.155 Sin contar que su debilidad organizativa en términos de militancia partidista y afiliación sindical limitaba grandemente su capacidad de presión rupturista: el PCE, el más eficaz partido de la oposición clandestina, a la muerte de Franco solo encuadraba a unos quince mil militantes, en tanto que el PSOE, un año antes, apenas sumaba cuatro mil entre los del exilio y del interior; la UGT, en 1976, incorporaba a poco más de siete mil afiliados, en tanto que las CC. OO., a pesar de su gran presencia pública y poder de convocatoria, estaba lastrada por debilidades organizativas y fracturas políticas.

Esas graves limitaciones a la capacidad de acción y presión de la oposición antifranquista se apreciaron en las cartas jugadas ante la decisión de Suárez de someter a referéndum su proyecto político: si bien se negaron a oponerse frontalmente y optaron por la abstención ante la consulta, tampoco dudaron en demostrar su fuerza en la calle, con menos éxito del esperado. La huelga general del 12 de noviembre de 1976 convocada por las organizaciones sindicales opositoras —apenas siete días antes del referéndum— solo tuvo seguimiento masivo en las zonas clásicas de implantación sindical y obrera, pero no consiguió paralizar al país en su conjunto ni en sus infraestructuras básicas.156 Ese limitado triunfo huelguístico fue casi de inmediato eclipsado por el paralelo éxito plebiscitario de Suárez: la Ley de Reforma Política fue aprobada por el 94 por ciento de los consultados con una participación del 77 por ciento del censo: 15,5 de los 22,6 millones de censados. Por tanto, los líderes de la oposición comprendieron que cabía presionar al Gobierno de Suárez para ir más allá de sus planteamientos iniciales, pero no había fuerza para derribarlo como en abril de 1931, sin violencia general e indiscriminada —es decir: insurrección y guerra.

5. QUINTA PROPOSICIÓN

A partir de la aprobación de la Ley de Reforma Política, el 15 de diciembre de 1976, el Gobierno de Suárez emprendió una vía de reforma del régimen postfranquista, que fue profundizándose gradualmente, en gran medida bajo el impulso de la movilización socio-laboral en la calle y de la presión política de una oposición reorganizada en torno a la Comisión Negociadora nombrada por Coordinación Democrática —el organismo creado en marzo de 1976 para fusionar la oposición aglutinada por el PCE en la Junta Democrática y la oposición vertebrada por el PSOE en la Plataforma de Convergencia Democrática.

Durante todo el primer semestre de 1977, las negociaciones entre el Gobierno de Suárez y la Comisión Negociadora —nueve integrantes, entre ellos Santiago Carrillo, Felipe González, Jordi Pujol y Julio Jáuregui— fueron desbrozando fatigosamente el camino hacia la primera consulta electoral libre en España desde hacía más de cuarenta años. Y esas negociaciones tuvieron lugar en un contexto inestable y sometido a la presión derivada de las amenazas de un golpismo militar espoleado tanto por los continuistas del llamado «búnker» como por la creciente actividad terrorista, de perfil mayormente izquierdista —básicamente ETA.157

Un momento crítico de todo el proceso fue precisamente el atentado terrorista de extrema derecha del 24 de febrero de 1977, que provocó la muerte de nueve víctimas de un despacho de abogados laboralistas del PCE y las CC. OO., con sede en la calle madrileña de Atocha. La sobrecogedora y medida manifestación de repulsa contra esa violencia organizada por el PCE proporcionó a ese partido y a su discutido secretario general, Santiago Carrillo, un capital político de legitimidad democrática que acabó por socavar las reservas reformistas contra su legalización. De hecho, la opinión pública española sufrió un vuelco espectacular: si en octubre de 1976 solo se declaraba a favor de la legalización del PCE un 25 por ciento de encuestados —frente a un 35 por ciento de contrarios—, en abril de 1977 era ya un 55 por ciento el que se manifestaba a favor —contra solo un 12 por ciento refractario—. En ese contexto, el 9 de abril de 1977, en plenas vacaciones de Semana Santa, Suárez decidió la legalización del PCE y, a cambio, Carrillo rebajó sus exigencias para participar en la reforma en tres puntos cruciales: descartar la demanda de un Gobierno neutro para presidir la consulta electoral, renunciar a pedir responsabilidades políticas por el pasado dictatorial y asumir la permanencia de la monarquía al reconocer la bandera rojigualda como enseña nacional.158

La legalización del PCE fue el verdadero punto de no retorno en el proceso de transición de una reforma que enfilaba hacia una ruptura gradual con la legalidad e instituciones franquistas. Prueba de ello fue la urgente y crítica reunión del Consejo Superior del Ejército del 12 de abril, que discutió la medida post factum y emitió una durísima nota crítica que no dejaba duda del desagrado militar y de su acatamiento de la decisión por mera obediencia a su máximo superior jerárquico que la avalaba —el rey, no el presidente Suárez—.159 Superado el crucial obstáculo militar a la presencia legal del PCE en la oferta electoral, el Gobierno de Suárez procedió a cumplir sus contrapartidas con celeridad: ampliación de las medidas de amnistía política ya tomadas el 17 de marzo, disolución del Movimiento Nacional el 1 de abril, aprobación de la libertad sindical el 28 de abril y convocatoria de elecciones generales fijadas para el día 15 de junio de 1977.

En las previsiones del Gobierno de Suárez y de sus asesores, las elecciones de junio de 1977 debían ser el remate de su proyecto de reforma gradual y negociada para iniciar una etapa postfranquista de perfil democrático pero sin graves rupturas con el pasado previo y con estricto control del proceso de cambio. En otras palabras: no eran ni tenían el carácter de elecciones constituyentes, con plena puesta en cuestión del futuro político del país y de todas sus instituciones previas. Y por eso mismo el Gobierno de Suárez tenía preparado un proyecto de nueva constitución elaborado por un grupo técnico del Ministerio de Justicia para su aprobación en caso de previsible victoria absoluta en las urnas de las candidaturas gubernamentales encuadradas en el nuevo partido recién creado: la Unión de Centro Democrático, una gran coalición de grupos reformistas del franquismo creada el 3 de mayo con la ausencia del otro gran grupo de este perfil liderado por Manuel Fraga y constituido el 4 de mayo —Alianza Popular—.160 En efecto, todas las previsiones del Gobierno de Suárez apuntaban a la revalidación del triunfo logrado en el referéndum de diciembre de 1976, con una victoria absoluta de la UCD, superior a los 200 escaños —sobre los 350 que compondría el nuevo Congreso de Diputados.

Pero no sucedió como preveían los reformistas del postfranquismo liderados por Suárez —mucho menos por los seguidores escindidos de Fraga—. Para su sorpresa —y la de otros muchos—, los resultados electorales del 15 de junio de 1977, con una participación abrumadora cercana al 79 por ciento del censo —18,3 millones de electores— forzaron la apertura de un proceso constituyente plenamente abierto, y por eso mismo incierto y nada previsible en sus resultados finales. No en vano, la UCD fue el partido ganador y junto con AP lograba una mayoría suficiente en términos de escaños en el Congreso: 165 y 16 diputados, respectivamente, sobre el total de 350, frente a 103 diputados del PSOE, 12 del PCE, 15 del PSC-PSOE, 8 del PSUC, 6 del PSP… Y consiguió una victoria todavía más marcada en el Senado, en virtud de su sistema electoral mayoritario: 106 senadores de UCD frente a 35 del PSOE. Sin embargo, en términos de votos populares las cosas estaban mucho más equilibradas: UCD y AP sumaban un 42,7 por ciento de los votos emitidos —34,4 por ciento y 8,3 por ciento respectivamente—, pero los principales partidos de la oposición de izquierda sumaban más del 43 por ciento —el PSOE un 29,3 por ciento, el PCE el 9,3 por ciento, el PSP un 4,4 por ciento…161

En definitiva, los resultados electorales de junio de 1977, la primera consulta electoral libre en España después de poco más de cuarenta años desde las últimas —1936—, arruinaron las expectativas del Gobierno de Suárez y configuraron un nuevo escenario político que habría de obligar a todos los actores a repensar sus programas. Por una simple razón: habida cuenta del virtual «empate» entre izquierdas y derechas y de la gran fragmentación de cada uno de esos polos, tanto la gestión de Gobierno como la configuración de un nuevo orden institucional requeriría de acuerdos negociados entre fuerzas políticas muy diversas y hasta enfrentadas en sus ideologías y proyectos. Por consiguiente, la negociación y el acuerdo fueron necesidades imperiosas por inevitables, que, una vez logrados sus resultados, parecieron posteriormente virtudes repartidas y compartidas desde el inicio. Ese contexto de forzada negociación se basaba en la realidad palmaria de que nadie tenía la fuerza suficiente para imponerse en todo y para todo y, por tanto, solo cabía una alternativa: negociar para acordar o romper la baraja e intentar el asalto por la fuerza. Pero esta última opción era imposible, por debilidad material de cada parte y por la presencia subyacente de un condicionante moral público: el peso del recuerdo histórico —para no decir la «memoria histórica»— entre la ciudadanía española de aquellos años y coyuntura. Dicho en otras palabras: el legado de la Guerra Civil y la voluntad implícita y explícita de no repetir dicha tragedia —el reiterado «Nunca más 1936»— operó como un persistente elemento moderador y disuasorio de todo radicalismo y maximalismo.162

En ese contexto inesperado de equilibrios inestables, se procedió a elaborar una Constitución para España, en un proceso muy complejo por abierto y debidamente publicitado en los medios, anulándose así la posibilidad de que el texto constitucional fuera resultado de un diktat militar —no hubo militares en la comisión constitucional ni en el nuevo parlamento— o fruto de pactos ocultos y secretos de comités selectos y antidemocráticos. De hecho, contra la voluntad del Gobierno de constituir un comité de expertos para considerar su propuesta de Constitución previamente elaborada, la negativa de la oposición forzó la formación de una ponencia parlamentaria para elaborar un nuevo proyecto ab initio y solo con representantes de la soberanía nacional recientemente expresada en las urnas.163 La ponencia de siete miembros —con representación de UCD, PSOE, PCE, AP y nacionalistas catalanes y vascos— comenzó su labor en agosto y concluyó en diciembre de 1977, con jornadas intensivas de trabajo que combinaron las sesiones públicas con las negociaciones entre bastidores, como era y es habitual en cualquier régimen democrático. A continuación, durante otros cuatro meses, se debatieron los más de 160 votos particulares de los ponentes y las más de tres mil enmiendas presentadas por los distintos grupos parlamentarios. Durante esos nueve meses de elaboración y revisión del anteproyecto, contra lo que muchas veces se ha dicho, todo estuvo en discusión y todo fue discutido, desde la concepción de la nación española y la denominación de sus partes integrantes —nacionalidades y regiones—, hasta la forma de Estado —monarquía o república—, el papel de la Iglesia, las funciones del Ejército y el derecho de propiedad y sus condicionantes.164

En mayo de 1978 el anteproyecto finalmente aprobado pasó a debate en la Comisión de Asuntos Constitucionales, donde tuvieron lugar de nuevo los debates más importantes sobre el perfil del texto —a lo largo de 24 sesiones—.165 Unos debates intensos y públicos, intensamente divulgados por los medios de comunicación, que no hurtaron temas cruciales y polémicos, como a veces parece creerse en la actualidad. Por ejemplo, fue allí donde se debatió por tres veces a mediados del mes de mayo el párrafo 3 del artículo 1 del anteproyecto que establecía «la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado español». Un primer voto particular del grupo del PSOE a favor de «la república como forma de Gobierno», que fue rechazado por 22 votos en contra —UCD, AP, PCE y minoría catalana—, 13 a favor —PSOE— y una abstención —PNV—. Y dos enmiendas en el mismo sentido: una del diputado de Esquerra Republicana de Cataluña y otra del diputado de Euskadiko Ezkerra —que también proponía el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades del Estado español—. Ambas fueron rechazadas por 22 votos en contra —UCD, AP, PCE y minoría catalana—, catorce abstenciones —PSOE y PNV— y ningún voto a favor.166 Ese apoyo a la democracia con corona era resultado no solo de un amplio respaldo parlamentario, sino también cívico y social, como demostraban las encuestas previas encargadas por el Gobierno y publicadas en abril de 1978: el 44 por ciento de los españoles eran «partidarios de la Monarquía», un 20 por ciento eran «partidarios de la fórmula republicana» y un 30 por ciento «no muestra preferencia por ningún sistema».167 De hecho, una mera consulta a la prensa de la época y a las actas parlamentarias revela que las discusiones constitucionales más importantes se focalizaron en la nueva estructura «autonómica» del Estado, en el papel de la Iglesia en el texto y en las disposiciones económicas relativas a derechos sociales y límites del derecho de propiedad por interés público.

El debate en el Pleno del Congreso —iniciado en julio, durante doce sesiones— y posteriormente en el Senado —entre septiembre y octubre, durante diez sesiones—, acabó el 31 de octubre de 1978 con la aprobación del proyecto por una mayoría abrumadora. En el Congreso, recibió el apoyo de más del 92 por ciento de los parlamentarios: 325 diputados a favor —UCD, PSOE, PCE, minoría catalana…—, catorce abstenciones —PNV, ERC y algunos diputados de AP y UCD— y seis en contra —cinco de dieciséis diputados de AP y el diputado de Euskadiko Ezkerra—. En el Senado, su apoyo fue incluso mayor —del 94 por ciento—: 226 a favor, ocho abstenciones y cinco en contra. Pese a que ese amplísimo respaldo parlamentario ya hubiera sido suficiente para su entrada en vigor, según la tradición constitucional de las democracias occidentales, el texto fue sometido a referéndum público de la ciudadanía, algo que nunca se había hecho con otras constituciones españolas precedentes. Y el apoyo popular en el plebiscito celebrado el 6 de diciembre de 1978, con una participación superior al 67 por ciento del censo global —26 millones de personas— fue igualmente abrumador, recibiendo el apoyo del 87,7 por ciento de la ciudadanía, solo un 7,8 por ciento de votos contrarios y apenas un 4,2 votos en blanco o nulos.

Con la aprobación mediante plebiscito de la Constitución de 1978 quedó enterrado el régimen franquista porque el proceso reformista iniciado tras el agotamiento del continuismo desembocó en una ruptura neta con la etapa dictatorial. El desbordamiento del proyecto gubernamental fue posible gracias a los resultados electorales de la consulta del 15 de junio de 1977, que forzó la apertura de un proceso constituyente abierto e incierto, como declararía el representante socialista en el debate sobre el voto particular a favor de la república:

La ruptura de estas Cortes con el anterior régimen político de la dictadura se manifiesta precisamente en el hecho de proceder a elaborar una nueva Constitución para España, edificando un Estado de nueva planta bajo la inspiración de principios totalmente distintos y tomando como fuente de legitimación para ello el mandato recibido del pueblo el 15 de junio de 1977. Ahora bien, al asumir este Parlamento la expresión de la soberanía del pueblo […], asumimos la obligación de replantear todas las instituciones básicas de nuestro sistema político, sin excepción alguna. Incluso la forma política del Estado y la figura del jefe del Estado, porque sería de todo punto incompatible con la soberanía que, por delegación del pueblo, ostentan las Cortes Constituyentes, que ninguna institución se hurtara a sus facultades.168

A modo de refrendo de la amplitud y entidad de ese proceso constituyente que terminaba en ruptura pactada pero inequívoca, cabe señalar un último dato revelador. La Constitución publicada en el Boletín Oficial del Estado el día 29 de diciembre de 1978 incluyó una disposición final que declaraba «derogadas» todas las leyes fundamentales del régimen franquista, enumerándolas una a una sin excepción: Fuero del Trabajo de 1938, Ley de Cortes de 1942, Fuero de los Españoles de 1945, Ley de Referéndum de 1945, Ley de Sucesión de 1947, Ley de Principios del Movimiento de 1958, Ley Orgánica del Estado de 1967 y Ley de Reforma Política de 1976.

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13 ноября 2024
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814 стр. 8 иллюстраций
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9788418236884
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