Читать книгу: «El hipogeo escarlata»
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ISBN: 978-84-1114-178-9
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A Miranda, por enseñarme a querer con el alma.
Y a Isabel, por ser mi compañera de viaje.
Agradecimientos:
«Nunca dejes que nadie te robe tus sueños. Sigue luchando por tu novela».
Gracias, Ana García de Polavieja. Gracias por ir de mi mano en este sorprendente proceso de creación de mi novela. Gracias por tus consejos, por tus ánimos, pero, sobre todo, gracias por el gran trabajo de corrección que has hecho con El hipogeo escarlata.
Gracias, Diego González, por tu paciencia infinita.
Capítulo 1
Han pasado ya varias horas desde que me he dado cuenta de que estoy encerrado y de que, por culpa de mi dejadez, estoy cumpliendo arresto domiciliario sin previo aviso. Ya me imagino a Antonio recordándome todas las veces que me ha advertido sobre lo mal que funciona esta vieja cerradura y que, antes o después, me jugaría una mala pasada. Por supuesto, una vez más, el tiempo acaba por darle la razón.
Llevo un buen rato asomado a la reja de la ventana y no veo a nadie a quien poder pedir ayuda. El olor a tierra mojada y a humo de las chimeneas hace que la espera sea más amena, aunque las frías gotas de lluvia salpicando mi cara no son tan agradables. Pasan diez minutos de las nueve y, con la que está cayendo, no creo que vaya a pasar nadie por aquí. Para colmo, se acaba de ir la luz en todo el vecindario y toda la calle está a oscuras.
A lo lejos puedo ver la puerta de la casa de Antonio, una casa vieja y humilde que conserva el mismo aspecto desde que tengo uso de razón, con desconchones y pidiendo una mano de pintura a gritos, pero con un encanto único. Miles de recuerdos me invaden cuando pienso en los buenos ratos que hemos pasado en esa casita. En su interior, los muebles siempre cubiertos de polvo están abarrotados de libros, pergaminos y mapas. En la cocina nunca faltan una buena sobrasada, pan y alguna botella de vino payés. En la parte de atrás, junto al almacén, mi amigo tiene su taller de alfarería, donde guarda miles de piezas de barro, unas hechas por él mismo y otras encontradas en las excavaciones arqueológicas de la necrópolis.
En mi desesperación por salir de casa, he pensado en llamar a gritos a Antonio, pero con la estruendosa tormenta es imposible que desde aquí me oiga. Además, ahora que me fijo, no veo luz alguna en el interior de su casa. Si mal no recuerdo, me dijo que esta tarde estaría en el horno cociendo las últimas vajillas que hace unos días le habían encargado.
Parece que alguien se acerca, distingo la luz de un farol a lo lejos. Por fin viene hacia aquí. La luz se dirige en esta dirección, seguramente es Antonio. Un momento. No, no es él. Lleva un cigarrillo en los labios y Antonio no fuma. Además, no es tan alto. Se trata de alguien con una pronunciada cojera en la pierna derecha. El problema es que está tan oscuro que no puedo ver con exactitud de quién se trata. No recuerdo a ningún vecino de por aquí con estas características. Lleva puesta una prenda larga y oscura. A primera vista, parece uno de esos chubasqueros que usan los pescadores cuando salen a faenar en invierno. Va muy rápido y decidido hacia la casa de mi amigo, supongo que será algún conocido suyo. Intentaré pedirle ayuda, aunque está demasiado lejos y no creo que me escuche. En todo momento está mirando a ambos lados de la calle, como si tuviera miedo de que lo viesen. Esa forma de actuar me ha dejado desconcertado por completo, no me gusta esa actitud, me hace pensar en lo peor. Me fijo con más detenimiento y puedo ver que, en la otra mano, lleva una especie de palo, pero por lo corto que es no parece un bastón. Se para delante de la puerta y, tras intentar abrirla sin éxito, sigue adelante. ¡Dios mío!, se ha detenido frente a una de las ventanas y creo que está forzando la persiana; por lo que parece, quiere entrar por la fuerza.
—¡Oiga! ¿Qué está haciendo? —le grito en vano.
Ha conseguido romper el pestillo de la persiana y, después de golpear el cristal con el palo que lleva en la mano, se dispone a entrar. Le vuelvo a gritar, pero es inútil. Tengo que salir de aquí ya, antes de que sea demasiado tarde. No tengo más remedio que forzar la puerta de mi casa, aunque tenga que romperla. No sé con qué demonios puedo intentar abrirla. Los nervios no me dejan pensar. Cojo un taburete de los que tengo en el salón y golpeo la puerta hasta que el taburete se rompe en dos. Cuando me doy por vencido, apoyado al lado de la butaca, encuentro el pico que utilizo en las excavaciones. La última vez que lo usé tenía un poco de holgura y lo traje a casa para repararlo. Creo que me servirá para intentar abrir la puerta. Debo darme prisa, tengo que poder salir de aquí antes de que el intruso consiga escapar. Golpeo una y otra vez la maldita puerta con todas mis fuerzas, pero es más resistente de lo que yo pensaba. Entre los nervios del momento y el esfuerzo, estoy empezando a sudar y el pico se me resbala de las manos. Sigo dando golpes hasta que empiezan a saltar astillas. Continúo golpeando; los crujidos que emite la puerta delatan que la madera ya se está doblegando. Ya falta menos. Por fin ha cedido y puedo salir. Espero que quien ha entrado en casa de mi amigo siga aún allí y no haya huido con lo que sea que ha ido a buscar.
Voy en su busca todo lo rápido que puedo. Llego a la ventana por la que se ha colado y me asomo con mucho cuidado. Efectivamente, la persiana está reventada y el cristal está roto por completo. En el suelo, junto a los trozos de madera y de vidrio, veo gotas de lo que parece ser sangre. Al salpicar, ha dejado manchas tanto en el marco de la ventana como en la pared. No hay duda de que el individuo del chubasquero se ha cortado con los cristales al saltar al interior de la casa. Me dispongo a entrar sin cortarme e intentando no hacer ruido, algo difícil teniendo en cuenta que mis piernas parecen un flan. A ciento ochenta pulsaciones por minuto, parece que el corazón se me va a salir del pecho. Mi respiración acelerada hace que con cada exhalación una gran nube de vapor salga por la boca. Una vez dentro, un fuerte olor a aceite de farol me embriaga, casi me marea. Todo está muy oscuro y, aunque no lleve nada con lo que alumbrarme, prefiero no usar ninguna luz para evitar ser visto. Ahora que estoy dentro y de pie en medio del salón, a oscuras y sin oír nada que no sea la tormenta, me asalta la incertidumbre y empiezo a pensar que tal vez no ha sido tan buena idea venir a enfrentarme a un desconocido sin ninguna ayuda y sin haber avisado a las autoridades. No se oye ruido alguno aparte del de los truenos y las gotas de agua golpeando contra el suelo. Gracias a la luz que con cada rayo se cuela por la ventana, descubro unas huellas de botas. No hay duda de que el intruso ha pasado por aquí.
Avanzo poco a poco mientras intento controlar mis nervios y puedo sentir mi corazón latiendo como un redoble de tambores. Paso a paso, comparo mis pies con los suyos. Se trata de alguien bastante más grande que yo. Confieso que empiezo a sentir algo de miedo; podría tratarse de alguien peligroso, pero ya es demasiado tarde para pedir ayuda. Otra opción es volver atrás, pero una parte de mí no quiere dejar escapar al intruso. En caso de que aún siga aquí, espero que sea alguien que decida salir corriendo antes que luchar y enfrentarse a mí. Voy mirando en cada habitación, pero no consigo encontrarlo por ningún lugar y no me quedan muchas más estancias en las que seguir buscando. Espero que no esté escondido, al acecho, para atacarme a traición. Por culpa de mi maldita puerta me ha sacado demasiada ventaja y tal vez ni siquiera siga aquí. Su rastro se pierde a lo largo del oscuro pasillo y se dirige al final de la casa. Continúo adelante siguiendo ese olor que ha ido dejando el combustible de su candil. Con cada rayo y cada trueno, aprovecho la luz y el estruendo para poder ver y avanzar al mismo tiempo que el ruido camufla mis pasos. Cada vez estoy más cerca, ya percibo claridad al final del pasillo, que procede del taller de alfarería. Cuando estoy lo suficientemente cerca, oigo el abrir y cerrar de cajones. Quienquiera que sea está manipulando documentos sin ningún tipo de delicadeza. Está buscando algo desesperadamente.
Me asomo lentamente y con sigilo desde la puerta, y ahí está, al otro lado del gran almacén, registrando todos los cajones habidos y por haber sin el más mínimo cuidado por dejarlo todo como lo ha encontrado. Ahora que no lleva la capucha, y gracias a la luz de su farol, puedo verlo con algo más de detalle. Tiene el pelo largo, canoso y descuidado, y lleva una barba de varios días. Lo he pillado por los pelos; tras haberse guardado varios documentos en los bolsillos, se está cerrando el chubasquero y se ha vuelto a colocar la capucha. No sé si ha conseguido encontrar lo que buscaba, pero se dirige hacia la puerta de atrás. Debo detenerlo antes de que se percate de lo fácil que será escapar por ahí. Antonio siempre deja la llave puesta por dentro.
—¿Qué hace usted aquí? —le pregunto a gritos.
Rápidamente, al verme, estalla el farol contra la cajonera, haciendo que el combustible se esparza por todo el mueble y se prenda fuego de inmediato. Sale corriendo hacia la puerta del patio trasero; a pesar de su cojera, es muy rápido, pero sobre todo muy listo. Ha prendido fuego al mueble que estaba registrando, obligándome a apagarlo y asegurándose así su huida. O, lo que es peor aún, intentando destruir el resto de documentos para que nunca sepamos qué ha venido a buscar exactamente. Por un momento, trato de seguirlo, pero a medio camino, tal y como él ha planeado, las llamas me hacen volver atrás. No me queda más remedio que elegir apagar el fuego antes de que la casa se queme por completo. De inmediato, cojo uno de los cubos de agua que Antonio usa para humedecer la arcilla y lo vuelco encima de las llamas, extinguiendo el fuego antes de que se extienda por el resto de las pertenencias de mi amigo.
Cuando estoy apagando el incendio, oigo ruido procedente de la puerta principal. Parece que Antonio está de vuelta. ¡Menos mal!, es él y no viene solo. Lo acompañan dos agentes de la Guardia Civil.
—¡Vicente! —grita Antonio al verme con las manos manchadas de hollín frente al escritorio humeante.
Esa expresión, esa cara de espanto, no la había visto nunca. Creo que soy la última persona a la que esperaba encontrarse aquí. Antes de poder mediar palabra, los dos agentes se abalanzan sobre mí.
—Ya puede tener una buena explicación para justificar lo sucedido —me dice uno de ellos mientras me sujeta por las muñecas.
Por lo visto, un vecino me ha visto entrar por la ventana y ha dado aviso a las autoridades. Antonio les pide con cara de decepción que me suelten, ya que seguramente tendré una buena excusa para todo lo sucedido. Él es quien me ha cuidado desde que mis padres desaparecieron. Se podría decir que es mi única familia.
—Lo conozco, ha vivido conmigo desde pequeño hasta hace un par años. Ahora tiene su propia casa ahí enfrente. Prácticamente, desde que sus padres fallecieron, ha sido como mi hijo adoptivo —les aclara.
Mientras les cuento, con el más mínimo detalle, todo lo sucedido, la cara de Antonio ha ido cambiando de expresión como si de una montaña rusa se tratase. Cuando he podido demostrar, gracias a las huellas y la sangre del suelo, que yo no he sido el causante de los destrozos, he visto cómo mi amigo se ha sentido aliviado, pero esta expresión ha durado tan solo unos segundos. Al describir al intruso, su ánimo ha ido poco a poco viniéndose abajo y he notado cómo ha empezado a ponerse muy nervioso. Conforme avanzo con la descripción, cada vez parece más asustado, con el rostro empalidecido y la mirada perdida, apenas sin mediar palabra. Lo más extraño es que, a pesar de que los agentes no dejan de insistirle una y otra vez en que debería interponer una denuncia, él hace caso omiso y descarta esa opción en todo momento. Le informan sobre la importancia que tiene, en estos casos, una vez valorados los desperfectos y los objetos robados, el dejar constancia de lo sucedido mediante algún documento oficial, pero él no hace más que insistir en que no es necesario y que pueden marcharse. Con la mirada fija en el mueble quemado, no hace más que decir que no había nada de valor, pero lo cierto es que he notado cómo ha entrado en shock al describir al intruso, como si alguien ya olvidado hubiera regresado a saldar alguna cuenta pendiente. Los agentes, extrañados, deciden irse después de tanta insistencia por parte del afectado, pero el miedo en su cara me hace sospechar que no se trata de un robo normal y corriente; hay algo en ese hombre que lo ha dejado perplejo, como si alguien, de repente y sin avisar, le hubiera desenterrado recuerdos ya olvidados en lo más profundo de su alma.
—Este es el teléfono del cuartel. Si cambian de idea, llamen y pregunten por mí. Soy el brigada Rafael —nos dice uno de los agentes antes de marcharse.
No entiendo nada de lo que ha pasado y mucho menos la reacción de Antonio al oír la descripción del supuesto ladrón, pero lo que sí tengo muy claro es que quien ha irrumpido esta noche en su casa sabía muy bien lo que venía a buscar y, por lo que parece, se trata de algo de lo que él prefiere no informar a la Guardia Civil.
Capítulo 2
Al marcharse los dos agentes y quedarnos a solas, mi viejo amigo enciende la chimenea, me trae ropa seca y un vaso de caldo de pollo para que entre en calor. No es la primera vez que veo esa expresión en su cara, con la mirada perdida y sin enfocar nada en concreto. Lo conozco perfectamente y esos gestos revelan cómo intenta asimilar algo que ya creía olvidado. Algo que, después de muchos años intentando borrar de sus recuerdos, en tan solo cuestión de segundos ha vuelto con tanta fuerza que parece que hubiera sucedido ayer mismo.
Sentados frente al fuego, mirándome fijamente, me cuenta una historia que jamás olvidaré.
—Vicente, ¿recuerdas el día que me preguntaste por las marcas y cicatrices que tengo por todo el cuerpo? Te dije que algún día hablaríamos acerca de todo lo que me sucedió en aquella época de mi vida. Aunque he intentado olvidarlo, hay algunas heridas, las que llevo en lo más profundo de mi alma, que nunca se acabarán de curar. Durante todos estos años, en repetidas ocasiones, me has hecho muchas preguntas sobre lo que les sucedió a tus padres. Siempre he intentado contarte lo mínimo respecto a lo que ocurrió por miedo a que no lo pudieras entender, te daba las explicaciones justas para que te conformases, pero creo que ya ha llegado el momento. Ya eres lo suficientemente mayor para saber todas las historias que estas cicatrices encierran.
»Corría el año cincuenta y dos, lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo, pero ya han pasado más de veinte años. Como tú bien sabes, desde que mi padre me enseñó el oficio, siempre me he ganado la vida con la alfarería, pero fue por culpa de mi gran pasión, la arqueología, por lo que un día me encontré en el lugar y el momento equivocados. Llevaba tiempo traduciendo una inscripción tallada en una losa que había encontrado en la entrada de uno de los hipogeos. En ella se describía una ruta de acceso a unos pasadizos subterráneos que había en el interior de la necrópolis. Lo que ese texto decía era algo tan insólito y extraño que al principio hasta llegué a pensar que había transcrito mal la grabación de la piedra. Volví a repasarla una y otra vez, pero el resultado seguía siendo el mismo, y entonces decidí seguir al pie de la letra todo lo que allí había escrito, así que me puse en marcha y, por insólito que me pareciese, hice todo lo que la piedra grabada decía.
»Tuve que usar un pequeño bote para llegar a la ubicación descrita, ya que se trataba de una cueva con acceso desde el mar, desde la cual, según los escritos, a través de una combinación de túneles, se atravesaba toda la montaña donde se encuentra la necrópolis. La entrada principal al pasadizo estaba dentro de la gran cueva, pero tardé varias horas en encontrarla. Estaba medio derrumbada. Con ayuda de varias cuerdas que llevaba en la mochila, pude desplazar algunas rocas para poder acceder. Una vez dentro del entramado de túneles, encendí el farol para poder ver. Me aseguré de que toda la estructura estuviera bien conservada y, poco a poco, seguí adelante, recorriendo cada una de las distintas salas a las que me llevaba el laberinto. Tras varias horas allí dentro, me di cuenta de que todos los pasadizos acababan de la misma forma, eran túneles sin salida. Así, fui examinándolos uno por uno, intentando ver si alguno me llevaba a otro lugar que no fuera un camino sin salida. Para no perderme, fui dibujando con un palo una línea en la tierra para marcar por dónde había pasado. Recuerdo que en algunas zonas incluso era difícil respirar, el aire estaba viciado y el fuerte olor a humedad de la tierra me producía náuseas. Había tramos en los que el techo aún conservaba el color negro del humo de las antorchas que en su día alguien usó para poder ver en la oscuridad. Las paredes eran totalmente irregulares. Sin duda, esos túneles habían sido picados a mano, pero no había ninguna inscripción o resto que me revelase en qué época se habían construido.
»Tras varias horas andando entre túneles sin salida, llegué a un pasadizo que era diferente a los demás. Conforme avanzaba, se iba haciendo más amplio y con el techo más alto. En él se podía apreciar cómo la piedra de sus paredes estaba trabajada con mucho más esmero. Caminando por este último túnel, que parecía el más importante, llegué a una enorme losa de mármol rojo con seis agujeros repartidos por toda su superficie. Todos eran de un tamaño similar, pero cada uno con una forma diferente. Esa gigantesca puerta me cortaba el paso y no me dejaba seguir avanzando. Era la primera vez que veía ese tipo de material en la necrópolis y enseguida supe que algo excepcional debía haber al otro lado. Había encontrado algo nuevo y diferente a lo que estaba acostumbrado a ver en este yacimiento. Entonces me di cuenta de que solo me quedaba combustible en el farol para unos pocos minutos de luz, así que, al ver que por el momento no podía seguir, volví sobre mis pasos hasta regresar al principio del laberinto.
»Fue entonces, al llegar de nuevo a la cueva en donde estaba la entrada al laberinto, cuando me vi en una situación que cambiaría mi vida para el resto de mis días. En ese mismo instante la cueva estaba siendo utilizada por piratas y contrabandistas como muelle de descarga. Había varios barcos anclados en el interior de la gruta y un grupo de unos veinte individuos estaba desembarcando barriles de lo que parecía algún tipo de bebida alcohólica y fardos que seguramente eran de tabaco. En esa época los contrabandistas y piratas eran mercenarios e intentaban ganarse la vida con cualquier cosa que pudiera venderse. Recuerdo que, en muchas ocasiones, también habían sido sorprendidos en la necrópolis intentando saquear las tumbas en busca de monedas y restos de gran valor para luego venderlos a coleccionistas en el mercado negro. Me entró el pánico y, para que no supieran de ese acceso al yacimiento, decidí quedarme escondido en el túnel y esperar a que se marchasen. Cuando parecía que ya habían vaciado las bodegas y que al fin podría volver a casa, llegó una pareja de la Guardia Civil y los pilló a todos in fraganti. Sin pensármelo dos veces, creí que era el momento adecuado y decidí salir de mi escondite para identificarme ante las autoridades, pero fue un gran error. Los agentes no solo estaban al tanto de esta actividad ilegal, sino que además estaban compinchados con los piratas y participaban en el reparto de beneficios a cambio de no dar parte a sus superiores. Nada más salir de mi escondite y confesar que yo no tenía nada que ver con lo que allí estaba sucediendo, se hizo un gran silencio y, acto seguido, tanto los contrabandistas como los guardias civiles empezaron a reírse a carcajadas. El agente que estaba al mando hizo caso omiso a todo lo que le conté para identificarme y poder justificar por qué estaba allí. Me encerraron en el cuartelillo, donde me sometieron a torturas y palizas durante horas hasta que, por miedo a morir, acabé confesando lo que ellos me obligaron a decir. Varios días más tarde, fui juzgado por contrabando y poco después me llevaron a la cárcel. Recuerdo como si fuera hoy cómo el alférez Moreno se quedó toda mi documentación y los escritos en los que yo había traducido los textos de los grabados originales. Esos documentos eran una coartada perfecta, pero en lugar de usarlo como prueba de mi inocencia, tal y como yo conté en mi versión, los sustrajo y los hizo desaparecer junto con varias piedras que ese día llevaba en mi mochila. Encerrándome y haciéndome confesar que yo era un delincuente, mataba dos pájaros de un tiro; por un lado, se aseguraba de que no pudiera contar lo que aquel día había visto en esa cueva y, por otro, se anotaba un punto a su favor en la lucha contra el tráfico ilegal de alcohol y tabaco. El alférez era un hombre rudo, maleducado, sin escrúpulos y sin el más mínimo aprecio hacia cualquier persona que no fuera él. Le recuerdo fumando a todas horas y con un fuerte y desagradable olor a sudor rancio de varios días. Con el pelo sucio y grasiento y la barba larga y muy descuidada. Sus cejas estaban tan pobladas que no había separación entre una y otra. Siempre con saliva blanca y pegajosa en la comisura de los labios, formando hebras al hablar. Disfrutaba con su trabajo porque, debido a su alto cargo, todas sus acciones se basaban en un abuso de poder constante para conseguir a toda costa su dosis diaria de sufrimiento ajeno.
»A los pocos meses de estar encerrado, el celador de la cárcel y yo nos hicimos buenos amigos. Él tampoco estaba muy contento de cómo el alférez trataba a todo el mundo. Según contaba, con sus subordinados también cometía todo tipo de abusos e injusticias. Recuerdo que, en una de tantas conversaciones que tuvimos, me contó que el alférez Moreno había estado muchos años trabajando en Cádiz, concretamente en la zona del Parque Natural de Doñana, cerca de su lugar de nacimiento. Pero debido a las extrañas circunstancias en las que murió el hijo de un poderoso terrateniente, destinaron al alférez a nuestra isla para quitarlo de en medio y así hacerle creer al padre del muchacho que había sido expulsado del cuerpo. Por lo que me contó, el chico era aficionado a la caza furtiva y en varias ocasiones había sido sorprendido cazando en zonas protegidas del parque, pero, al pertenecer a una familia rica, el dinero de las multas no suponía ningún problema. Hasta que una tarde lo volvieron a sorprender cazando donde no debía. Esta vez el alférez esposó al muchacho y se lo llevó a dar un paseo en coche. A las pocas horas, el chico apareció muerto en medio del parque natural con todo el cuerpo repleto de moretones. Conociendo el modus operandi del alférez, estoy seguro de que, en su afán por convencerlo para que no volviese a cazar en las zonas prohibidas, se le fue la mano y mató al pobre chico.
—¿Y nadie era capaz de pararle los pies a ese indeseable? Tratando así a todo el mundo, debía de tener muchos enemigos.
—No, Vicente, en esa época, justo al acabar la guerra, tenía mucho poder. Rara vez alguien se rebelaba contra la autoridad, y los que lo hacían acababan con un tiro en la cabeza. Estuve cumpliendo condena por contrabando más de cinco años. Con el paso de los meses, descubrí que el alférez Moreno tenía una tercera intención, y eso fue, sin duda, lo peor de mi estancia en la cárcel. Noche tras noche, venía, con su peculiar sadismo y su aliento fétido, a sacarme información sobre un tesoro que, según él, estaba enterrado en la necrópolis. No sé de dónde narices había sacado esa idea, pero seguramente llegó a esa conclusión después de intentar descifrar los escritos que me quitó el día que me detuvo. Él decía que, al trabajar yo en el yacimiento como arqueólogo, debía saber dónde se hallaban enterradas esas riquezas. Me golpeaba la espalda con una especie de fusta hecha con el miembro de un toro. Entre muchos otros, recuerdo que uno de sus pasatiempos favoritos era apagarme cigarrillos en cualquier parte del cuerpo y, si se me ocurría moverme para evitar la quemadura, me golpeaba con la fusta hasta dejarme exhausto. Estaba convencido de que yo sabía dónde estaban enterrados esos restos de incalculable valor, y el hacerme cumplir condena, a pesar de mi inocencia, le aseguraba el poder interrogarme cada vez que le venía en gana. Disfrutaba viéndome sufrir con cada una de sus torturas. Por fortuna, gracias a que soy un hombre bastante poco agraciado, conmigo sus sesiones de tortura se limitaban al cigarro y la porra, pero recuerdo que mi compañero de celda no corrió la misma suerte. Manuel era un muchacho muy guapo, rubio y con ojos claros. Tenía un cuerpo escultural, digno del mismísimo Discóbolo de Mirón. Fue sometido a violaciones casi cada día y algunas noches incluso por varios agentes. Nunca olvidaré las gotas de sangre en el inodoro cada vez que Manuel, hasta varios días después de los abusos, intentaba hacer de vientre, y de cómo el alférez se mofaba al escuchar sus lamentos mientras mi compañero se retorcía de dolor siempre que se sentaba en la taza del váter.
—¿Mis padres intentaron hacer algo por demostrar tu inocencia?
—Durante los dos primeros años, tus padres venían a verme a la cárcel muy a menudo, pero les pedí que no se involucrasen. No quería que relacionarse conmigo en aquellas circunstancias les fuera a generar problemas. Tú ya habías nacido, tenías unos tres añitos y ellos seguían haciendo vida normal. Además de continuar con su trabajo en la necrópolis, intentaron echarme una mano con el taller de alfarería, con la intención de que no se fuera al garete y, para que cuando yo saliera de la cárcel, siguiera en funcionamiento. Poco antes de que tus padres desaparecieran, me comentaron que el alférez había estado olismeando por la zona de los hipogeos. Me consta que había conseguido acceder a la trama de túneles que descubrí el día que me detuvo, y que su intención era volar con explosivos la losa de mármol rojo para acceder a lo que había al otro lado. Pocos días después, el carcelero me contó que, cuando el alférez intentó despejar el túnel principal del laberinto haciendo explotar la losa de mármol, se produjo un gran derrumbamiento, haciendo que el pasadizo desapareciera bajo toneladas de tierra. En el lugar del derrumbamiento, según el informe del alférez, se encontraron los cuerpos de dos saqueadores de tumbas, pero lo único que yo sé es que de tus padres nunca más se supo nada. Como comprenderás, de lo que se contó en el diario no me creí lo más mínimo, pues el informe de todo lo sucedido fue redactado por el mismo alférez. Cuando salí de la cárcel, las únicas pertenencias que me devolvieron fueron mi mochila y las seis piedras que encontré sobre las planchas de piedra de las que hice las transcripciones. De la documentación nunca más supe nada, aunque, por suerte, eran textos hechos por mí a partir de escritos grabados en varias piedras. Investigué adónde fueron a parar los cuerpos encontrados tras el derrumbamiento, pero ni siquiera en el registro fueron capaces de darme algún tipo de información. Estoy más que seguro de que tus padres fallecieron en el derrumbamiento. Desaparecieron sin dejar rastro, o al menos eso fue lo que el alférez quiso hacer ver con sus artimañas. Como siempre, en sus informes, él creaba una historia donde resaltaba su mérito y su buen hacer, sin importarle lo más mínimo la verdad de los hechos y la inocencia de los que se veían envueltos en su fatídico desenlace.
»Vicente, si me lo permites, te daré un consejo. Ahora que ya sabes lo que sucedió, lo mejor es que asumas que tus padres murieron aquel día a causa del derrumbamiento. Sé que es complicado, no es una noticia fácil de digerir, pero después de tantos años barajando distintas hipótesis, ahora que ya eres lo suficientemente maduro, es la mejor conclusión a la que podemos llegar. Para mí es la única explicación lógica para justificar su desaparición repentina.
»Tras salir en libertad, estuve varios años tratando de limpiar mi imagen, intentando quitarme esa fama de contrabandista que me pusieron en la isla gracias a esas falsas acusaciones por las que cumplí condena, pero sobre todo he intentado, día tras día, olvidar todo el daño, tanto físico como psicológico, que el alférez Moreno me causó durante todo ese tiempo. Lo último que supe de él es que, hace unos años, después de que le hubieran expulsado del cuerpo, tuvo un accidente de moto por culpa de su mal beber y que, debido al golpe, se había quedado cojo. ¿Entiendes ahora mi reacción cuando has descrito a quien ha entrado en mi casa?
»Por eso, Vicente, en cierto modo, las cicatrices de mi espalda fueron causadas por el mismo hombre que para mí es el responsable de la muerte de tus padres. Y ese es el motivo por el cual, durante unos meses, estuviste viviendo en casa de Margarita hasta que yo salí en libertad y me pude hacer cargo de ti. Margarita, a pesar de lo pobre que era, no dudó ni un momento en acogerte en su casa junto con sus cuatro hijos.
—Después de tantos años, aún lo recuerdo con mucho cariño, Antonio. Aunque fue uno de los momentos más duros de mi vida, nunca olvidaré ese verano en casa de nuestra vecina Margarita. Sus hijos me trataban como uno más y, siempre que lloraba y preguntaba por mis padres, intentaban distraerme y consolarme de la mejor forma que podían. Esa familia me acogió durante unos meses cuando ni siquiera tenían suficientes recursos para sobrevivir. A pesar de todo, esos meses me sentí muy querido. Su marido y ella hacían mil filigranas para poder alimentar a los cinco niños que ese verano vivíamos en su casa. Recuerdo situaciones que ahora, con el paso de los años, he acabado entendiendo a la perfección. Como, por ejemplo, por qué Margarita siempre añadía un dedo de agua a la poca leche que tenía, con la intención de que todos los niños pudiéramos desayunar aunque fuera un poco de leche aguada. En ocasiones, su marido, el señor Francisco, salía a media noche y volvía a las pocas horas con higos, almendras o algún melón. En el mejor de los casos, regresaba con un par de huevos que nos repartíamos entre todos. En una ocasión, después de haber estado todo el día ayudando a descargar un enorme barco de pesca, al señor Francisco no le pagaron, y a cambio de toda una jornada de trabajo le dieron varios kilos de gamba roja. El pobre hombre, en lugar de malvenderlas para sacar algo de dinero, al llegar a casa nos llamó a todos y nos las cocinó para que, por primera vez, supiéramos lo que era degustar unas buenas gambas a la plancha.
—Bueno, creo que es hora de irnos a dormir —me dice mi viejo amigo con los ojos llorosos mientras me da un abrazo.
—Antonio, ¿quieres que pase la noche aquí contigo? Puede que el alférez haya pensado en volver —le ofrezco antes de levantarme.
—No te preocupes, Vicente, vete a casa a descansar. No creo que ese indeseable vuelva, al menos esta noche —me dice tras acompañarme a la salida y cerrar la puerta con llave.
Tumbado en mi cama, no puedo dejar de pensar en todo lo que mi amigo me acaba de contar. Mil preguntas sin respuesta invaden mi cabeza. ¿Sufrieron mis padres antes de morir o fue una muerte rápida e indolora? Una extraña mezcla de sensaciones me ha bloqueado por completo. Incertidumbre, soledad, desamparo e impotencia al mismo tiempo hacen que no me pueda ni mover. Mi mente no deja de crear mil hipótesis sobre qué les sucedió realmente a mis padres y cómo fue su último aliento. Aunque lo lógico sería asumir la pérdida, tal y como me ha aconsejado mi amigo, hay una parte de mí que no es capaz de hacerse a la idea de que nunca más podré volver a verlos. A lo largo de los años he aprendido a gestionar ese dolor, esa pena que no desaparece ni se supera, por mucho que algunos piensen que sí. Simplemente aprendes a vivir con ella en el día a día, como una compañera de viaje. Ni la vida, ni las personas que te rodean te piden permiso para continuar. Tampoco puedes pedir tiempo muerto y que todo se detenga hasta estar recuperado. Todo avanza hacia delante como un tren de alta velocidad del que no te puedes bajar por mucho que a veces lo desees.
Capítulo 3
Paralizado, sin saber cómo empezar el día, hoy la pena me pesa más que nunca y no me deja levantarme. No dejo de mirar fijamente la última foto que nos hicimos los tres juntos antes de que mis padres desaparecieran, cuando yo aún no tenía ni uso de razón. Son más de las siete y pronto amanecerá. El despertador debe de estar a punto de sonar. Llevo horas dando vueltas en la cama y no he podido apenas pegar ojo, intentando asimilar todo lo que Antonio me contó ayer noche. Aún tengo las manos frías como el hielo y la boca amarga como la hiel.
Alguien llama a mi puerta o, mejor dicho, lo que queda de ella después de la paliza que le di ayer. Llevo toda la noche despierto y no tengo ánimos ni para ponerme en pie.
—¡Vicente! ¿Estás despierto? Venga, arriba, que tenemos que ir a la plaza —grita Antonio desde la calle.
—Dame unos minutos. Aún estoy en la cama. Hoy no me encuentro muy bien.
—No me seas remolón. Levanta, que te vendrá bien que te dé un poco el sol.
La verdad es que no me acordaba de que hoy iríamos a comprar a la plaza. Con las pocas ganas que tengo, había pensado quedarme todo el día en casa, pero, bueno, sé que Antonio lo hace con buena intención, así que haré el esfuerzo y le acompañaré. Tal vez no me venga mal tomar un poco el aire. Pasear por la plaza y hablar con gente siempre me distrae y me ayuda a desconectar la mente. Además, hace ya días que no hay nada de comer en casa y estaría bien comprar algunas cosas para tener en la despensa. Creo que ya va siendo hora de dejar de abusar de la hospitalidad de mi buen amigo. Con la excusa de que la despensa está bajo mínimos, hace semanas que tengo pensión completa en su casa. Me aseo y me preparo lo más rápido que puedo para no hacerle esperar.
—Buenos días, Vicente, veo que tú tampoco has podido dormir —me dice al comprobar la cara que llevo.
Bostezo y asiento con la cabeza, dándole la razón sin mediar palabra. Mis ojeras ya se han encargado de confirmar que no he podido pegar ojo.
La verdad es que hace muy buen día y, aunque mi alma esté hecha jirones, se agradece sentir la caricia de los cálidos rayos de sol después de tantos días de lluvia. Nada más acercarnos a la plaza, nos llegan agradables aromas que nos deleitan a través del sentido del olfato. Pan recién hecho, embutidos y quesos...
Nos dirigimos al puesto de la señora Catalina, donde solemos comprar la que, para nosotros, es la mejor sobrasada de toda la isla. Todo lo que suele vender en su puesto es tan bueno que siempre hay una enorme cola de clientes. Vengas a la hora que vengas, lo tiene a reventar de gente. Como de costumbre, pido la vez y me pongo a esperar mi turno, pero, de repente, justo cuando me toca a mí, de forma involuntaria pierdo por completo la percepción de la realidad. Inconscientemente, dejo de percibir cualquier sonido o imagen que no esté relacionado con una chica que, a pocos metros de mí, acabo de ver por primera vez. A escasos cinco metros, en el puesto de al lado, compra una cesta de las que hacen Matilde y su marido, me mira y me sonríe, y, como si se tratase de la mismísima Medusa, me deja petrificado y sin poder dejar de observarla. Nunca me había sucedido algo así. No puedo apartar la mirada, y lo peor de todo es que he tardado casi un minuto en darme cuenta de que he perdido la noción de todo lo que me rodea. Su pelo castaño y ondulado no deja de brillar cada vez que lo roza el sol, sus ojos color miel son profundos y desprenden una luz que me ha atrapado por completo. Por unos segundos, todo a nuestro alrededor ha desaparecido, como si de repente ambos estuviéramos dentro de una burbuja, solos, sin nadie más, sin sonidos, sin imágenes. Es algo totalmente incontrolable. Al verme embobado, sin mediar palabra, me vuelve a regalar otra sonrisa con la que me ha dejado más alelado aún si cabe. Me he sentido tan hechizado que todo lo demás ha pasado a ser un lienzo en blanco.
—¡Vicente, te toca! ¿Qué vas a querer? —me dice la señora Catalina, haciendo que la burbuja que nos une a esa chica y a mí explote como un globo al chocar contra el fuego.
—Creo que hay algo en el puesto de al lado que lo ha dejado encandilado —dice Antonio, haciendo un gesto con la cabeza hacia donde está la chica.
—¿Quieres comprar una cesta, Vicente? —me pregunta la señora Catalina con tono sarcástico, a la vez que suelta una carcajada—. Esa chica tan guapa es María y tiene tu edad. Es la hija del nuevo maestro de francés. Llegaron hace un par de semanas y viven en la casita de enfrente del Monte Sol, la que tiene esa gran buganvilla magenta que cubre casi toda la fachada —nos informa la señora Catalina, a quien no hay información que se le escape.
Mientras volvemos a casa, no puedo dejar de pensar en María y en su sonrisa. De repente, siento un nerviosismo en mi estómago muy parecido a cuando abrimos un nuevo hipogeo en la necrópolis. Estoy deseando volver a coincidir con ella para verla de nuevo, no sé qué hacer para que nos volvamos a encontrar. ¿Se habrá fijado en mí también? Al menos me ha sonreído.
Bueno, ahora esto ya parece otra cosa. He colocado todo lo que he comprado en la despensa y, debido a que ayer llovió a cántaros, hoy no tenemos que ir a trabajar a la necrópolis, así que para aprovechar este día tan soleado me daré un paseo por la zona del puerto y la Marina. Creo que iré al astillero para ver si ya han acabado ese enorme llaut y por fin puedo ver cómo lo botan. Por supuesto, voy a hacer uso de la valiosa información que me ha facilitado la señora Catalina y, de camino al puerto, pasaré por delante de la casa donde, según mis fuentes, vive María. A ver si tengo suerte y me la vuelvo a encontrar.
Las calles están llenas de gente; todo el mundo tiene ganas de salir tras varios días de lluvia. El buen tiempo acompaña y se percibe en la cara y en la actitud de los vecinos con tan solo mirarlos a los ojos y escuchar sus conversaciones. Disimuladamente, paso por delante de la casa de María y, en ese mismo instante, observo cómo una mujer sale por la puerta principal. Con el mismo color de pelo y la misma belleza natural, pero con algunos años más; debe tratarse de su madre. Mientras sigo caminando, oigo una canción de los Beatles procedente del interior de la casa. Creo que es I’ve Got a Feeling. De repente, alguien abre una de las persianas, haciendo que tenga que frenar en seco si no quiero darme de bruces. Conforme consigo esquivar la contraventana, advierto que ahí está ella de nuevo, recordándole a su madre que debe comprar dos carretes para la cámara de fotos. Acto seguido, me mira con esa sonrisa que me deja flojo como un muñeco de trapo, y me saluda haciendo un gesto con la mano.
—Hola. Tú estabas esta mañana en la plaza, ¿verdad? ¿Cómo te llamas? —me pregunta.
Esta vez me he puesto tan nervioso que solo he sabido decirle mi nombre y que tenía mucha prisa, sin ni siquiera dejar de caminar. Aún no he dejado de oler las flores de su casa y ya estoy arrepentido de no haber sabido darle conversación y, para colmo, en mi apresurada huida, al mirar hacia atrás, he tropezado con una jardinera y he podido oír cómo María se reía de mí al ver que casi salgo rodando. Si tenía alguna duda de si soy tonto, se lo acabo de confirmar.
Qué le vamos a hacer, creo que conquistar a las chicas no es lo mío. Voy a ver cómo hacen los barcos y así me distraigo un poco para dejar de pensar en el fatídico relato que Antonio me contó anoche.
Camino por el borde del puerto para ir viendo cómo las lisas y las salpas se apelotonan dando saltos alrededor de un trozo de pan que alguien les debe haber echado. Cuando estoy llegando a la zona donde los pescadores extienden sus redes para repararlas, oigo que una bicicleta se me acerca a toda velocidad por la espalda. Cuando está a mi altura, frena a escasos centímetros de mí, haciendo que la rueda derrape. Una voz con tono risueño me pregunta:
—Vicente, ¿a dónde vas?, ¿puedo ir contigo?
Es María. El destino me da una segunda oportunidad. Esta vez espero saber controlar los nervios y no desaprovecharla. Me cierra el paso con la bici y, sin tener escapatoria, solo he podido decir que sí a su propuesta de acompañarme. Se baja de la bici y, mientras la empuja a mi lado, le voy explicando todo lo que vamos viendo por el camino. Poco a poco, voy cogiendo confianza y me siento más cómodo, aunque sigo tan intimidado que aún no puedo mantener la mirada fija en sus ojos más de un segundo. En lugar de ir al astillero, ahora que ella se ha unido a mi paseo, decido que vayamos por la zona de la Marina, donde seguramente se sentirá más a gusto. Creo que la llevaré al faro.
De camino, ella va contándome todas las cosas que yo quería saber sin ni siquiera tener que preguntarle. Me gusta su forma de expresarse. Es muy extrovertida y no siente vergüenza de mostrarse tal y como es. Entre muchas otras cosas, me cuenta que su padre es el nuevo profesor de francés del colegio Blat y que su madre es profesora de filosofía en el mismo centro. Tal y como la señora Catalina nos ha contado hace unas horas, no han pasado ni dos semanas desde que vinieron de Valencia. Me está relatando infinidad de anécdotas. Cuanto más la conozco, más me gusta. Cuando la miro, su sonrisa me embelesa y hace que todo se detenga a nuestro alrededor. Estaría todo el día escuchado su voz y viendo cómo sus labios se mueven al hablar y al sonreír.
Poco antes de llegar al faro, un olor a pasteles recién hechos hace que, de golpe, ambos nos miremos y digamos al mismo tiempo: «¡Qué bien huele!».
—Viene de la pastelería de Juanita. ¿Has desayunado? Ven conmigo, vas a probar el mejor pastel que has probado nunca —le digo mientras la cojo de la mano.
Nada más entrar en el establecimiento, María se queda asombrada al ver la vitrina repleta de todo tipo de pasteles, cocas y panes. El olor hace que la tripa me suene como si no hubiera comido hace días. María me sonríe al oírlo mientras se toca la barriga haciéndome entender que ella también está hambrienta.
—Hola, Vicente. ¿Qué quieres que te ponga? —me pregunta la dependienta.
—Dos ensaimadas de nata, por favor.
Salimos de la pastelería y seguimos caminando hasta llegar al final del espigón, donde nos sentamos junto al faro; mientras vemos pasar los barcos, nos acabamos las ensaimadas. Charlamos largo y tendido para seguir conociéndonos el uno al otro.
Hablando y hablando se nos ha hecho tarde y decidimos volver a casa. Me despido de María y, mientras se sube a la bicicleta, me hace prometerle que un día iremos juntos a una de esas calas tan bonitas de las que le he contado maravillas.
—Vicente, ¿qué hora crees que es? Mis padres me van a matar. Está oscureciendo y ni siquiera he ido a casa a comer —me dice María, asustada antes de salir a toda velocidad.
—No tengo ni idea, hoy no llevo reloj, pero, por la poca luz que hay, ya deben de ser cerca de las seis.
—¡Nos vemos otro día!, ¡gracias por la ensaimada! —me grita a lo lejos.
Antes de irme a casa, voy a hacerle una visita a Antonio. Después del desagradable episodio de ayer, prefiero que no pase mucho tiempo solo. Nada más llegar, lo veo en el taller de alfarería, trabajando en el último encargo que le hicieron hace unos días.
—Buenas tardes, Antonio, ¿has podido adelantar mucho trabajo?
—¡Hombre!, buenas tardes, desaparecido. Me ha comentado un vecino que has estado por el puerto y que ibas muy bien acompañado —me dice con una sonrisa.
En ese mismo instante, cuando iba a contarle que la chica con la que he paseado por el puerto es la misma que hemos visto hoy en la plaza, llaman a la puerta. Abro y me encuentro con nuestro compañero Jordi, uno de los guardas de la necrópolis. Viene a informar de algo muy importante a Antonio.
Reunidos los tres, nos cuenta que hace un par de días que, debido al mal tiempo, los arqueólogos no han podido trabajar en la necrópolis. Nos dice que ayer por la tarde, al cesar las lluvias y volver los arqueólogos, se dieron cuenta de que, por culpa de la gran tromba de agua, se habían producido algunos corrimientos de tierra que han dejado al descubierto nuevos hipogeos.
—Antonio, ¿recuerdas que, al poco tiempo de estar trabajando en la necrópolis, me contaste una historia sobre una gran piedra de mármol rojo?
—Claro que lo recuerdo, ¿qué me quieres decir, Jordi?
—Ayer por la tarde, después de que los arqueólogos se marchasen, cuando me disponía a hacer mi última ronda antes de volver a casa, vi sobresalir del suelo una gran placa de piedra roja en la zona este del yacimiento. A primera vista me pareció una gran viga de madera, como las que se suelen poner en el techo de los túneles para evitar derrumbamientos, pero, cuando la enfoqué con la linterna y le pasé la mano por encima para quitarle los restos de barro, supe que era de mármol, y por eso he venido hasta aquí en cuanto he podido —nos explica Jordi.
—Por favor, Jordi, hasta que no sepamos seguro si se trata de la gran puerta de mármol rojo de la que te hablé, te pido que no cuentes nada ni al supervisor ni a los arqueólogos —le pide Antonio.
Capítulo 4
Esta mañana nos hemos despertado muy temprano; antes de ir a la necrópolis, Antonio ha pasado por casa para que desayunásemos juntos. Quiere enseñarme algo que, según él, necesitaremos para seguir adelante con el descubrimiento de la placa de mármol rojo. Con una sonrisa de oreja a oreja, viene con una vieja carpeta de cuero bajo el brazo. De ella saca varios documentos antiguos y casi descompuestos. El olor característico del papel envejecido y la pátina acumulada después de décadas revela que son de hace mucho tiempo. Son varios escritos y seis piedras rojas con diferentes formas que en principio no entiendo muy bien para qué sirven. Uno de los documentos se ve claramente que es una transcripción; y el otro, no estoy seguro, pero a simple vista parece un mapa.
—Por favor, hazme sitio en la mesa, Vicente. Voy a enseñarte algo que hace muchos años que guardo y que, hasta ayer, al recibir la visita de Jordi, pensé que nunca volvería a necesitar.
»Afortunadamente, estos documentos los escribí más de diez veces, ya que, como te comenté, al principio el resultado de la transcripción me parecía tan extraño que la hice una y otra vez hasta que al final decidí hacer caso a lo que esa piedra decía, por raro que pareciese. Por suerte, guardé la mayoría de los documentos que utilicé para descifrar ese grabado. Cuando fui en busca de esa cueva, solo me llevé una copia y, después del derrumbamiento provocado por el alférez, pensé que jamás los volvería a necesitar. Sobre todo, lo fundamental es que tenemos las llaves de piedra roja que me devolvieron cuando salí de la cárcel. Son lo más importante porque no se pueden reemplazar. Estas seis piedras estaban junto a la plancha grabada de donde transcribí el texto para encontrar la entrada de la cueva. En la litografía se referían a ellas como «llaves de piedra». Durante muchos años, he guardado copias de todos estos documentos en un escondite en el falso techo del salón de casa. Mi mayor miedo era que me los volviesen a quitar de la misma forma que hizo el alférez Moreno con los que llevaba el día que me encontró en la cueva. Estoy seguro de que, en su día, el alférez pensó que las llaves eran simples trozos de piedra sin ningún valor ni ninguna utilidad. No las relacionó con los escritos y, sin prestarles atención, las dejó con el resto de mis pertenencias para, años más tarde, entregármelas tras acabar mi condena. El alférez nunca llegó a pensar que estas piedras eran las llaves a las que se referían los escritos. Según el grabado original, sabemos que solo hay una forma de pasar al otro lado de esa gran puerta de mármol y es usando estas seis llaves de piedra. Cuando supe que todo se había derrumbado, perdí por completo la esperanza de volver a encontrar algún otro acceso, pero ahora, después de tantos años, gracias a los corrimientos de tierra que ha producido la lluvia, hemos vuelto a localizar la cueva y al fin podremos ver qué hay al otro lado.
»He solicitado que en la excavación estemos tú y yo solos, nadie excepto Jordi sabe nada de lo excepcional que es esa piedra, así que nadie sospecha que hayamos encontrado nada fuera de lo normal, y por eso no me han puesto pega alguna a lo que les he pedido. Con la excusa de que estos días puede volver a llover, usaremos una tienda de lona, ocultando así todo el socavón que haremos para poder llegar hasta nuestro objetivo. Lo haremos a la antigua usanza, con pico y pala. No necesitaremos ayuda de más operarios. Así no llamaremos la atención de los arqueólogos. Ya sabes que, si se enteran de lo que nos traemos entre manos, nos apartarán de la excavación para seguir ellos mismos con el descubrimiento.
Tras llevar varias jornadas de trabajo metidos dentro de lo que ha acabado siendo un enorme agujero, las ranuras donde han de introducirse las llaves de piedra han ido apareciendo. Después de tres días, la mayor parte de esa preciosa plancha de mármol rojo con vetas blancas y doradas está ya al descubierto, pero seguimos sin encontrar todas las ranuras para poder introducir las llaves que nos darían acceso al otro lado de la puerta de piedra. Antonio no hace más que decir que debemos seguir excavando hasta que todas estén al descubierto. En el mármol ya se pueden ver cinco de los agujeros, todos ellos con el mismo tamaño, pero con una forma distinta. Yo únicamente me limito a sacar carretillas y carretillas de tierra desde el interior del socavón para que él pueda trabajar con la mayor comodidad posible. Solo es cuestión de tiempo que aparezca la última ranura. Los arqueólogos no dejan de hacernos bromas sobre la cantidad de tierra que estamos sacando de aquí abajo. «Vais a salir por el otro lado de la isla», nos comentan a diario. «Se pensarán que van a encontrar algo nuevo», dicen algunos al vernos allí dentro tantos días.
Observando la distancia que hay entre una ranura y otra, sabemos que no falta mucho para desenterrar la última cerradura. Al cuarto día de estar sacando tierra, cuando más desmotivados estamos, en uno de esos viajes de vuelta con la carretilla vacía, entro en el agujero y por fin distingo desenterrada la última ranura. Ahí están todas: las seis cerraduras. Sin mediar palabra y, pidiéndome guardar silencio colocando su dedo índice sobre los labios, Antonio presenta cada una de las piedras en su agujero correspondiente y, en voz baja, me dice al oído:
—Esta noche vendremos cuando el resto de operarios no estén y pasaremos al otro lado de la puerta. Hasta que no sepamos exactamente qué hemos descubierto, es mejor que nadie lo sepa. Ahora nos iremos como si ya hubiéramos acabado nuestro trabajo por hoy y, al caer la noche, nos encontraremos en la parte de atrás del yacimiento para que no nos vean juntos hasta que no estemos allí. Si no hay nadie por los alrededores, saltamos la valla de la necrópolis. Por cierto, será mejor que te traigas algo de comida y agua porque no sabemos cuánto tiempo estaremos ahí dentro.
Llego a casa y me doy una ducha para quitarme todo el polvo que llevo encima. Estoy deseando entrar en la necrópolis por la noche. Ya tengo todo preparado y solo me queda esperar a que sea la hora acordada para ponerme en camino.
Pronto serán las once, así que me dirijo al yacimiento. En esta época del año no hay gente por la calle a estas horas y la ciudad parece un pueblo fantasma. Las luces en el interior de las casas confirman que la gran mayoría de los vecinos están cenando al calor de las chimeneas. Un agradable olor a madera quemada hace que mi paseo sea más placentero. Noto que estoy algo más nervioso de lo habitual. Me estoy inquietando por segundos y no sé bien por qué. Tengo una extraña sensación. Hace ya un buen rato que me siento observado y me estoy empezando a sentir incómodo. Por más que miro en todas direcciones, no veo a nadie. Por un momento, me lo tomo con humor y pienso que mi desasosiego puede deberse a la ilusión de hacer mi primera excursión nocturna. Intento tranquilizarme, pero después de caminar varias calles con esta especie de manía persecutoria, la brisa me trae un desagradable olor, algo que ya he olido antes en algún momento, demostrándome que mi paranoia no es producto de mi imaginación. Una mezcla de tabaco negro y sudor rancio de varios días me abofetea la cara, poniendo en guardia todos mis sentidos. En menos de un segundo, todos ellos se coordinan para que en mi mente solo aparezca un nombre. Automáticamente, la adrenalina invade todo mi cuerpo. En lo primero que pienso es en echar a correr para ver si mi amigo está bien, pero decido no huir sin antes descubrir la posición de quien me observa a hurtadillas. Me paro en seco, doy un giro de trescientos sesenta grados y observo minuciosamente todo lo que mi vista alcanza, intentando localizar desde dónde me está espiando tan indeseable individuo. Al mirar en la dirección del viento, cuando intento convencerme de que todo es fruto de mi imaginación, consigo localizarlo. Me observa sobre la muralla, alejado del alcance de las farolas y dejando que únicamente se vea su silueta y la luz procedente de su cigarrillo. Va ataviado con el mismo chubasquero negro que llevaba la última vez que nos encontramos. Cada vez que da una calada, la ceniza incandescente aumenta la intensidad, iluminando parte de su rostro. Con cada exhalación, una nube de humo sale de su boca y se disipa con el suave viento. En un primer momento, pienso en disimular y hacer como que no lo he visto para poder aproximarme, subir por las escaleras que hay donde su visión no alcanza y sorprenderlo, pero, como si me hubiera leído el pensamiento, al volver a mirar hacia su posición, se desvanece, dejando únicamente pinceladas de humo dispersas en el aire. Inmediatamente, me apresuro a donde he quedado con Antonio para comprobar si el alférez Moreno lo ha atacado. Al llegar, lo veo sentado en una piedra, otra vez con la mirada perdida. Como si ya supiera lo que le vengo a contar. Antes de que mediase palabra, cuando faltaban aún algunos metros para llegar a su lado, con la misma expresión de espanto que hace unos días, me dice:
—¿A ti también te ha seguido?
—Sí, Antonio, también lo he visto. ¿Tú estás bien?
—Sí, estoy bien, pero debemos ser prudentes. Si, por lo que sea, se entera de que tenemos todo lo necesario para abrir la puerta, se encargará de hacer todo lo posible por borrarnos del mapa. No podemos permitirle que, una vez más, se interponga en nuestro camino. Por hoy abortaremos la misión, nos volvemos a casa y trazaremos un nuevo plan que nos permita seguir adelante sin que nadie sospeche nada, pero sobre todo sin que el alférez Moreno pueda inmiscuirse lo más mínimo.
—Hay algo que no entiendo. ¿Por qué se ha dejado ver, pero sin llegar a atacarnos a ninguno de los dos? —pregunto intrigado.
—Creo que lo de hoy solo ha sido una advertencia. Una forma de demostrarnos que tiene controlados todos nuestros movimientos.
De vuelta a casa, mi amigo no deja de mirar a un lado y a otro cada vez que pasamos por algún cruce, con miedo de volver a encontrarse con el alférez. No es necesario que me diga nada; con su forma de actuar, su respiración entrecortada y su voz temblorosa, sé que está asustado. Para no transmitirme ese miedo, intenta darme conversación, normalizando la situación como si estuviéramos dando un paseo de vuelta a casa, pero lo conozco a la perfección y esos gestos delatan que está aterrorizado.
Una vez en mi salón, más tranquilos, establecemos un modus operandi para poder seguir adelante con nuestro descubrimiento. Mañana puede ser un buen día para intentarlo. Iremos a echar una mano al yacimiento de la necrópolis como normalmente hacemos, pero, cuando sea la hora del descanso y todos los compañeros se vayan a almorzar, aprovecharemos para colocar cada llave de piedra en su ranura correspondiente e intentaremos abrir la puerta para pasar al otro lado. De una vez por todas, y después de tantos años de espera, podremos ver qué es lo que esa puerta esconde. Tenemos la incertidumbre de no saber qué sucederá cuando coloquemos las llaves, por eso es mejor ser precavidos. Tal vez el mecanismo que activa la puerta no funcione después de tanto tiempo, o puede que, al activarse, haga tanto ruido que nos acaben descubriendo.
Abrir la puerta a esas horas puede ser más arriesgado a la hora de ser descubiertos por los arqueólogos, pero, por otro lado, nos proporciona cierta seguridad, ya que es bastante improbable que el alférez sea capaz de aparecer a plena luz del día. A pesar de que hubo una época en la que fue una persona muy poderosa y sin miedo a nadie, ahora que está jubilado y que, además, tiene varias deudas pendientes con la justicia, prefiere actuar bajo el anonimato y con la oscuridad de la noche como aliada.
Tras mi encuentro con el alférez, una gran duda me vuelve a asaltar. No entiendo por qué mi amigo no informa a las autoridades de todo lo que está sucediendo con este impresentable individuo para que nos deje de molestar de una vez por todas. Para mí, y hasta que no se demuestre lo contrario y según me ha contado Antonio, él es el causante de la muerte de mis padres. Por otro lado, no quiero hacerle más preguntas incómodas a mi amigo para no abrir antiguas heridas. En el fondo, quiero pensar que prefiere no denunciar por miedo. Entiendo que, después de tantos años cumpliendo condena sin razón alguna, no se acabe de fiar de los agentes de la Benemérita, aunque las cosas hayan cambiado.
Hemos quedado en que mañana a las siete de la mañana, tal y como solemos hacer cada día, iremos a la necrópolis. Me recogerá en casa para ir juntos. Dado que llevaremos más documentos y herramientas de lo habitual, iremos en su coche, un Renault 4L color amarillo que siempre ha sido nuestro fiel compañero en todas las excursiones arqueológicas que hemos hecho por toda la isla.
Capítulo 5
Hace más de veinte minutos que Antonio debería haber pasado a recogerme con el coche. Creo que iré hasta su casa para asegurarme de que no se haya quedado dormido.
Qué extraño, llamo a la puerta, pero tras insistir varias veces no me contesta y reparo en que, además, la llave no está echada. Me resulta muy extraño que después del incidente de la otra noche no cierre la puerta. Le insistí varias veces en que debía tener la puerta cerrada con llave, tanto si estaba en casa como si no. Entro hasta el almacén para asegurarme de que no está recogiendo herramientas para el trabajo de hoy, pero nada, tampoco está aquí. Después de recorrer toda la casa y seguir sin encontrarlo, decido ir a donde guarda el coche. Echaré un vistazo en la cochera donde siempre lo guarece como oro en paño para ver si ha tenido algún problema mecánico. Está a dos calles de aquí.
A unos cien metros, observo que el portón está bajado. Me aproximo y, cuando me asomo dentro de la cochera, advierto que el coche está intacto, tal y como lo dejó la última vez que lo usó, con la lona que lo protege del polvo. Si tampoco está aquí, ¿dónde narices se habrá metido? No sé qué pensar, pero esto no me da buena espina. Creo recordar que anoche lo dejamos muy claro, aunque tal vez entendí mal y debíamos ir cada uno por su cuenta para encontrarnos en la necrópolis. Lo que no me cuadra es que el coche siga aquí aparcado y no lo haya usado para transportar todo el material y herramientas que hoy vamos a necesitar. Es prácticamente imposible que se lo haya podido llevar todo sin la ayuda del vehículo. De lo que sí estoy seguro es que hoy es cuando vamos a intentar abrir la puerta de acceso al laberinto, así que, si todo sigue según lo planeado, ese material nos será más que imprescindible.
Me dirijo hacia la necrópolis para ver si está allí; de camino, voy pensando en qué es lo que ha podido pasar, pero varios metros antes de llegar al yacimiento, Jordi, nuestro amigo y compañero, se interpone en mi camino y me obliga a quedarme fuera. Me dice que, por orden de la Guardia Civil, no puede dejar pasar a nadie sin que ellos lo autoricen. A lo lejos hay una pareja de la Benemérita, pero lo que más nerviosismo me está generando es que también hay una ambulancia aparcada en la entrada del yacimiento y varios sanitarios bajando al hipogeo donde mi amigo y yo llevamos semanas trabajando.
—Jordi, ¿qué demonios ha pasado? Por favor, dime qué están haciendo los sanitarios en nuestro hipogeo.
—Vicente, siento decirte que Antonio ha tenido un accidente. Lo han encontrado esta mañana tirado en el socavón. Según han dicho los médicos, solo está inconsciente. Lo más seguro es que se haya resbalado y, tras caer desde varios metros de altura, se haya dado un fuerte golpe en la cabeza. Los sanitarios están preparando la camilla para llevárselo al hospital lo antes posible y poder valorar la gravedad de las lesiones. Llevan un buen rato ahí abajo. Los agentes están investigando los hechos, pero esta mañana, cuando han llegado los primeros arqueólogos, se lo han encontrado boca abajo en el agujero y no respondía. Ellos han sido los que han avisado a la ambulancia. Lo más raro es que nadie sabe cuánto tiempo llevaba ahí, ni los arqueólogos ni el resto de guardias lo hemos visto llegar. Es como si él hubiera entrado en el yacimiento antes de que yo abriese la puerta esta mañana. Los agentes están interrogando a todo el mundo y también han preguntado por ti. Les he dicho que estarías al llegar.
—Por favor, Jordi, déjame pasar, necesita que esté a su lado —digo intentando convencer al guardia de seguridad.
—No se puede pasar. Lo siento mucho, Vicente. Ahora debemos dejarlos trabajar tranquilos. Cuando lo traigan a la ambulancia, podrás ir con él para hacerle compañía de camino al hospital.
Los sanitarios se llevan a Antonio al hospital. Según dicen, está muy débil, pero hasta que no le hagan una serie de pruebas no sabrán qué es lo que tiene exactamente. Me ha impactado mucho verlo en ese estado. Siempre está como un rabo de lagartija, no para de moverse, ni siquiera cuando está dormido. Pálido e inmóvil, tumbado en la camilla, no tiene buen aspecto. Postrado parece aún más delgado y huesudo de lo normal. Mientras lo suben a la ambulancia, percibo cómo uno de los guardias civiles me mira en repetidas ocasiones mientras interroga a uno de los arqueólogos. Su cara me resulta familiar, creo que es uno de los agentes que nos tomó declaración el día que entraron a robar en casa de Antonio. Apuesto a que él también me ha reconocido. Me vuelve a mirar una vez más antes de dirigirse hacia aquí.
—Buenos días, señor Rafael.
—Buenos días. Su nombre era Vicente, ¿verdad?
—Sí, señor, nos conocimos hace unos días cuando vinieron a casa la noche que tuvimos el incidente con el ladrón.
—Vicente, ahora puede usted irse al hospital con su amigo, pero, en cuanto acabe de hablar con el resto de sus compañeros, iré para allá para hacerle varias preguntas. Es importante que me espere allí para poder tener toda la información que necesitamos lo antes posible. Después de haber hablado con sus compañeros, hay un par de cosas que no me cuadran, no parece que esto se trate de algo accidental. Le aconsejo que no se separe de su amigo. Espero equivocarme, pero me da la sensación de que lo que le ha sucedido está relacionado con el allanamiento de morada que sufrieron ustedes la semana pasada.
—Entonces, ¿cree usted que ambos sucesos pueden tener relación?
—De momento solo son suposiciones, pero hace varios meses que estamos detrás de un sospechoso que concuerda con la descripción que usted nos dio la otra noche y, por lo que sé, se trata de alguien muy peligroso.
De camino al hospital, metidos en la parte trasera de la ambulancia, mientras acompaño a mi amigo moribundo, no hago más que pensar en qué es lo que ha podido pasar. Antonio jamás me apartaría de este descubrimiento por voluntad propia, no es su forma de actuar, y mucho menos sabiendo lo que significa para mí. Una de las hipótesis de la Guardia Civil es que no se trate de un accidente y que esto tenga que ver con el incidente de la otra noche y con el desagradable alférez Moreno. Si eso es cierto, entonces él es el culpable de que mi amigo se encuentre entre la vida y la muerte, pero para averiguar eso ya está la Guardia Civil. Ahora debo centrarme y entender que lo más importante es la salud de Antonio. Espero que solamente esté inconsciente a causa del golpe y que no haya secuelas más allá de las superficiales.
La ambulancia se detiene en la puerta del hospital y bajan a mi amigo lo más rápido que pueden para llevárselo al interior de las instalaciones.
—¿Es usted su nieto? —me pregunta una enfermera nada más verme llegar.
—Sí, más o menos.
—Esperaremos a ver qué nos dice el médico, pero, al tratarse de una persona de avanzada edad, no quiero darle falsas esperanzas —me dice la enfermera mientras esperamos al doctor.
Mientras aguardo los resultados de las pruebas para saber el diagnóstico, sentado a solas en la recepción del hospital, un sentimiento de indefensión se apodera de mí por completo. En estos momentos, mi estado anímico es como una montaña rusa y mis sentimientos van cambiando según lo que me va pasando por la cabeza. Siento rabia y sed de venganza cuando pienso en que el alférez Moreno ha podido ser el causante de su estado, pero casi, al mismo tiempo, tan solo unos segundos después, la soledad y la tristeza me atrapan cuando pienso que ese pobre anciano al borde de la muerte es lo único que tengo y que tal vez lo pierda y me quede más solo aún de lo que estoy.
Casi una hora después, el médico viene con los resultados de las pruebas. El golpe le ha ocasionado un edema bastante grave. Me comunica que deben dejarlo en observación para ver cómo evoluciona. Parece que es una situación complicada por tratarse de un hombre de su edad, pero en estos casos todo depende de cómo reaccione su cuerpo al tratamiento. Solo podemos esperar y, pasados unos días, volverán a repetir todas las pruebas. Aunque es cierto que en la radiografía no se observa ninguna fractura ósea, el doctor dice que es posible que el fuerte golpe haya afectado al cerebro.
Cuando acabo de hablar con el médico, llega el agente con el que he hablado hace unas horas en la necrópolis. Me tranquiliza pensar que con él no tendremos problemas de atención. Se le ve muy volcado en el caso y eso hace que me sienta bastante cómodo. A priori, su intención con nosotros, tanto la noche del robo como hace un rato en el yacimiento, es la de ayudarnos e intentar esclarecer todo lo que está sucediendo. Se trata de un chico joven y muy delgado, pero con mucha energía. Con el pelo oscuro, endeble y con entradas pronunciadas, a pesar de su corta edad. De piel muy blanca y con los ojos claros. Educado y atento en todo momento, se ve claramente que intenta aparentar más edad de la que tiene. Por su aspecto, y por cómo se dirige a las personas mayores, calculo que no es mucho mayor que yo, dos o tres años tal vez. Se puede apreciar ese impulso característico que tienen los novatos que han alcanzado el puesto de trabajo de sus sueños, dedicado a su profesión en cuerpo y alma veinticuatro horas al día, rebosante de esa ilusión que caracteriza a los principiantes que aún no se han encontrado con un alto cargo que les abra los ojos y les muestre el lado oscuro de su oficio.
El director del hospital nos ha habilitado una sala para que se lleve a cabo el interrogatorio. Cuando le confieso nuestras sospechas sobre el alférez Moreno, y le comento que por miedo a represalias mi amigo no quiso denunciar lo sucedido en su casa, el agente me confirma que ellos estaban ya al tanto hacía varios meses de que esta persona andaba rondando por la zona. Me comunica que hace años que están intentando atraparlo. Me dice que el alférez fue expulsado del cuerpo después de recibir infinidad de acusaciones por parte de presos que habían estado en la prisión que él dirigía. Después de que lo echaran, estuvo usando un viejo uniforme de la Guardia Civil y documentos falsos durante varios años para llevar a cabo delitos de todo tipo. Se trata de una persona muy peligrosa, y les consta que tiene varias armas de fuego en su poder. No deja de insistirme en que no intente nada para localizarlo o detenerlo. Me advierte que, si me enfrento a él o hago lo más mínimo para que se sienta en peligro, tendré todas las de perder. Lo describe como alguien sin ningún tipo de miramientos a la hora de conseguir cualquier objetivo que se proponga.
Su consejo, por nuestro bien, es que me quede en el hospital con Antonio y, que si recuerdo o veo algo que piense que le pueda ser de ayuda, le llame urgentemente al cuartel, sea la hora que sea. La recepcionista del hospital está al tanto y, en caso de querer ponerme en contacto con él, estoy autorizado a usar el teléfono.
Cada vez tengo más claro que el accidente de Antonio no ha sido una mera coincidencia. Ahora sé perfectamente que Antonio estaba en lo cierto, lo que el alférez pretendía con su forma de actuar ayer noche, al dejarse ver en la muralla, a pocos metros de mí, pero sin que pudiera alcanzarlo, era demostrar que nos tenía localizados en todo momento, esperando al acecho a que se dieran las condiciones idóneas para poder atacar y conseguir así lo que sea que haya venido a buscar.
Con todo este revuelo, me he olvidado de la carpeta de cuero donde están todos los documentos y las seis llaves de piedras. Al recoger las pertenencias de mi amigo en la necrópolis, no había ni rastro de ella. Lo mejor será que vaya a su casa lo antes posible para ver si todo está en el escondite. Si la encuentra la persona equivocada, no podremos seguir adelante con el descubrimiento. Si, por lo que sea, la carpeta ha desaparecido, sé que solo hay una persona, además de nosotros, que pueda valorar su importancia a la hora de abrir la puerta del laberinto. Cuando mi amigo despierte, no me gustaría tener que darle la noticia de que la carpeta ha desaparecido.
Capítulo 6
Salgo del hospital para ir a comprobar que la carpeta sigue donde la habíamos escondido. Al llegar, la puerta sigue abierta, al igual que esta mañana. Las rejas que mi amigo instaló en las ventanas después de que se colase el alférez no valen de nada si continúa dejando la puerta abierta de par en par. Antes de marcharme, aprovechando que ahora tengo la llave, la dejaré cerrada.
Voy con mucho cuidado después de las advertencias del brigada Rafael y, ahora que sé cómo se las gasta el alférez, tengo que reconocer que me da cierto respeto encontrarme con él. Viendo la facilidad con la que nos ha localizado cada vez que se lo ha propuesto, podría sorprenderme en cualquier lugar. Aunque nunca se ha dejado ver a la luz del día, iré con cautela, por si acaso. Me dirijo al salón y, con ayuda de una silla, me coloco debajo del escondite y abro la trampilla del falso techo para asegurarme de que la carpeta está bien escondida. Introduzco la mano, la alcanzo y la arrastro hacia mí. Nada más verla, la saco de su escondite para comprobar que todo está en su interior, tanto los documentos como las seis piedras. Ahora que la tengo en mis manos, y pensando que posiblemente tengamos que estar en el hospital hasta Dios sabe cuándo, creo que no es seguro que la vuelva a dejar aquí. Lo mejor será que me la lleve y así estará a buen recaudo en todo momento. Creo que a nuestro lado la tendremos más controlada que aquí; además, tal y como me ha aconsejado el brigada Rafael, lo mejor será que procure no salir del hospital. Así evitaré tener que venir cada día para revisar si sigue estando donde la dejamos.
—¡Hola, buenos días! ¿Hay alguien ahí? —gritan desde la puerta.
Salgo a su encuentro. Es el brigada Rafael. Ni siquiera ha pasado una hora desde que me ha interrogado. Por la cara que pone al verme intuyo que no le hace mucha gracia encontrarme aquí.
—Hola de nuevo, Vicente. ¿Se pude saber qué hace usted aquí? Creo que le he dejado bastante claro que no debía salir del hospital hasta que no encontrásemos al sospechoso.
—Solo he salido un momento para coger algo de ropa limpia y asegurarme de dejar la puerta de la entrada bien cerrada.
—Hemos ido a buscarle al hospital para que nos diese una llave de la casa de su amigo. La recepcionista nos ha informado de que hacía menos de media hora que usted había salido, así que me he imaginado que había venido hasta aquí. Mi equipo y yo vamos a inspeccionar la vivienda para ver si encontramos alguna pista que nos ayude con el caso. Como antes me ha comentado, aquí fue la última vez que usted vio a su amigo antes del accidente.
En esta ocasión, el brigada Rafael no viene solo. Le acompaña un equipo de tres agentes que, nada más entrar en la casa, empiezan a examinar todas y cada una de las estancias.
Antes de salir para volver al hospital, percibo cómo el brigada no deja de mirar mi mochila. Cuando creo que me va a pedir que le enseñe el contenido, uno de los agentes le llama y le enseña una colilla que ha encontrado en una de las habitaciones haciendo que, por suerte, se olvide de mi mochila. Me he salvado por los pelos de tener que abrirla y que viera que lo que llevo no es ropa, sino una vieja carpeta.
—¿Su amigo fuma Celtas? —me pregunta uno de los guardias mientras sujeta la colilla con unas pinzas.
—No, agente, Antonio ni siquiera fuma —le contesto.
—Sabemos que el sospechoso fuma esta marca de cigarrillos. Teniendo en cuenta que su amigo no fuma, esta prueba demuestra que el alférez ha estado aquí y, aunque aún no podemos determinar con exactitud en qué momento, si confirmamos que es posterior al allanamiento de morada de la otra noche, tendremos indicios para poder acusarlo del lamentable estado en el que en estos momentos se encuentra su amigo.
—No creo que esa colilla lleve aquí tantos días, Antonio la hubiera visto al barrer —le aclaro al equipo de investigadores.
—Por favor, ahora márchese al hospital para que podamos trabajar correctamente. Cuando tengamos alguna novedad, se lo haremos saber. Como ya le he dicho en varias ocasiones, es preferible que ambos permanezcan allí hasta que demos con el sospechoso. Eso nos ahorrará tener que estar pendientes de su seguridad y podremos centrarnos en esclarecer lo sucedido lo antes posible. Por favor, le pido que me entregue la llave de la puerta principal para que, cuando acabemos nuestro trabajo, cerremos como es debido. Después de examinar toda la vivienda, iré al hospital y le devolveré la llave personalmente.
De vuelta al hospital, sabiendo que voy a estar varios días allí encerrado, he decidido pasar por casa de María. Me gustaría explicarle todo lo que nos ha pasado en los últimos días y, sobre todo, que sepa el motivo por el que he estado tanto tiempo sin poder quedar con ella.
Golpeo con la aldaba varias veces y espero unos segundos hasta volver a hacerlo. Al tercer intento, cuando desisto de esperar y decido marcharme, alguien abre la puerta. Me recibe un señor muy alto y corpulento, con el pelo canoso y un gran bigote. Supongo que se trata del padre de mi amiga. Lleva puesta una boina y una especie de blusa blanca. Tanto sus manos como su ropa están cubiertas de manchas de colores de lo que parece ser pintura.
—Buenos días, señor. ¿Está María en casa?
—Buenos días, ¿cuál es su nombre, caballero? —me pregunta con cierta ironía.
—Soy Vicente, me gustaría hablar con ella.
—Encantando, Vicente. Mi nombre es Alfredo. Lamento comunicarle que no se encuentra en casa en estos momentos, ha ido a la panadería. Pero, ya que está usted aquí, si me lo permite, le pediré un favor.
—Usted dirá.
Me hace un gesto con la mano indicándome que entre en su casa. Una vez en el interior de la vivienda, un delicioso aroma procedente de la cocina hace que empiece a salivar. En el aire se pueden identificar diferentes tipos de especias, la que más resalta es el curry. Me lleva hasta un patio trasero donde advierto que tiene montado un caballete con un lienzo junto a una mesa repleta de todo tipo de tubitos de pintura y pinceles. Coge la paleta llena de colores y, seguidamente, me hace retroceder hasta encontrarnos a varios metros de distancia de lo que parece ser su creación. Los rojos y morados predominan en el cuadro. Ha plasmado perfectamente todos los detalles, incluso en la parte inferior se pueden apreciar varios flamencos.
—Bueno, Vicente, ¿me podría usted decir qué es lo que ve en este lienzo?
—Ha reflejado usted a la perfección una de las imágenes más bonitas e identificativas de nuestra isla. Una puesta de sol en Ses Salines. Sinceramente, parece una fotografía. Teniendo en cuenta lo difícil que es pintar al óleo, diría que es usted todo un experto —le contesto regalándole el oído.
—¡Bravo, Vicente!, es usted un excelente crítico. Me ha caído usted muy bien. Bueno, no le hago perder más tiempo —me dice mientras me acompaña a la salida a la vez que me pone la mano en la espalda para hacer el camino lo más rápido posible.
Su reacción me ha dejado totalmente descolocado. No sé si mi comentario le ha gustado o no. Aunque me ha dicho que le he caído bien, la forma en la que me ha invitado a marcharme tras describir su cuadro me hace pensar todo lo contrario. Seguramente tendrá cosas que hacer y no quiere que me quede más tiempo del necesario.
—Au revoir, monsieur Vicente. Si quiere, cuando vuelva María, le diré que usted ha venido —me dice antes de cerrar la puerta.
No he entendido las primeras palabras que me ha dicho, pero creo que me ha hablado en francés.
—Gracias, señor, pero no es necesario. Voy en esa dirección. Seguramente la encontraré por el camino. Hasta la próxima, ha sido un placer poder ver su obra.
Me acerco hasta la panadería para ver si coincido con María. Conforme llego al establecimiento, veo que ya ha terminado de comprar y se dispone a pagar. De espaldas a la puerta, ese pelo y esa silueta son inconfundibles. Hace varios días que no la veo y no me acordaba de lo temblón que me pongo cuando la tengo tan cerca. Mientras espera a que le devuelvan el cambio, me acerco por detrás y le tapo los ojos sin mediar palabra. Acto seguido, ella pone su mano derecha sobre las mías y nada más tocarme dice mi nombre con un tono dubitativo.
—Hace días que pienso en ti —me recrimina con una media sonrisa.
—He venido a contarte todo lo que nos ha pasado estos últimos días, ha sido de locos. Hemos tenido varios problemas y me ha sido imposible venir a verte. ¿Te apetece dar un paseo y te lo cuento?
—Está bien, pero me están esperando en casa y les he dicho que volvería pronto.
—He conocido a quien creo que es tu padre. Me ha parecido un hombre muy simpático. Nada más verme, me ha invitado a pasar hasta su taller de pintura para que le diera mi opinión sobre el cuadro que está terminando.
—¿En serio? Es muy pesado. No es mal pintor, pero solo quiere que le digan lo bien que lo hace y no le interesa ningún tipo de crítica, por constructiva que sea —me dice María sonrojada.
Paseamos tranquilamente mientras le cuento todo lo que nos ha sucedido a Antonio y a mí. Por su cara, creo que algunas cosas ni siquiera llega a creérselas, pero me basta con que me disculpe y podamos seguir viéndonos. Caminando y caminando, llegamos al baluarte de Santa Lucía, donde nos sentamos durante un buen rato viendo el mar y contemplando cómo llegan algunos barcos de pesca perseguidos por una gran nube de gaviotas graznando para conseguir algún bocado fácil sin tener que mojarse las plumas. Desde aquí arriba se ve todo tan pequeño que parece de juguete. Antes de marcharnos, he notado cómo, poco a poco, María ha ido acortando distancia entre nosotros. En una de esas veces en las que le he podido aguantar la mirada más de lo habitual, ha puesto su mano sobre la mía y me ha besado en los labios. A pesar de que estaba viendo cómo se ha ido acercando, no me lo esperaba, pero me ha encantado. El pulso se me ha acelerado y he sentido cómo el corazón se me quería salir del pecho. Es la primera vez que beso a una chica y no sabía bien cómo actuar. Aunque me ha gustado mucho, me ha sabido a poco y me he quedado con ganas de más.
Antes de irme de vuelta al hospital, he acompañado a María hasta su casa. Me muero de ganas de volver a besarla, aunque después de haber conocido a su padre, creo que justo delante de la puerta de su casa no es el lugar más adecuado.
Después de estar más de cinco minutos sin que ninguno de los dos se despidiera, como era de esperar, ha salido su madre.
—María, ya era hora de que volvieses con el pan, ¿dónde has ido a comprarlo, hija mía?
—Bueno, María, yo me tengo que marchar. Nos vemos otro día. Buenas tardes —me despido y me voy sin mi beso.
—Sí, nos vemos pronto, Vicente —me dice de espaldas a su madre mientras me guiña un ojo y me tira un beso.
Camino a toda prisa para llegar al hospital. Se me ha ido el santo al cielo y he estado demasiado tiempo fuera. Espero que el brigada Rafael y sus compañeros hayan estado trabajando hasta tarde en casa de Antonio y no se hayan percatado de que llevo varias horas desaparecido.
Nada más llegar, la recepcionista me comunica que el doctor quiere hablar conmigo sobre el estado de Antonio. Me dice que lo espere en la habitación y que lo avisará de mi regreso para que pase por allí para informarme sobre la evolución de mi amigo.
—Por cierto, tengo algo para usted. Lo ha dejado un señor hace ya un buen rato —me dice la recepcionista mientras me entrega un sobre.
De camino a la habitación, abro el sobre que me acaban de entregar. En su interior está la llave de la casa de Antonio junto con una nota del brigada Rafael donde me vuelve a recordar, una vez más, que por nuestra seguridad es mejor que no me aleje del hospital.
—Buenas noches, Vicente —me saluda el doctor a los pocos minutos de estar en la habitación.
—Buenas noches, doctor.
—Tengo novedades sobre la evolución del señor Torres. A pesar de ser un hombre de avanzada edad, es una persona muy fuerte. En poco tiempo ha evolucionado favorablemente, así que es solo cuestión de días que vuelva a despertar. El edema está desapareciendo y, aunque aún quedan restos, hemos comparado las primeras radiografías con las que le hemos hecho hace unas horas y se puede ver que ha habido una gran mejoría.
—Muchas gracias, doctor —le contesto emocionado.
—Le mantendré informado. Buenas noches.
El doctor ha sido escueto, pero preciso, y me tranquiliza saber que mi amigo se está recuperando. Espero que, cuando vuelva en sí, recuerde lo que le sucedió y pueda contarnos si solamente fue un accidente o si el alférez Moreno tuvo algo que ver, tal y como sospechamos.
Tan pronto como me pongo cómodo, me saco del bolsillo una empanada de gató1 que compré ayer. Por lo que parece, esta será mi cena. Las noches aquí me resultan eternas; cuando apagan las luces y todos se acuestan, solo se oyen sollozos y quejidos de los enfermos en la oscuridad. Para mí, que normalmente duermo solo, me resulta una odisea conciliar el sueño entre tantos ruidos estremecedores, junto con el olor a medicamentos que se me mete en la faringe y se me incrusta como un parásito, sin dejarme casi respirar. Para colmo, la butaca donde duermo es digna de un faquir y los muelles se me clavan hasta tal punto que, en ocasiones, pienso que me van a atravesar de un lado a otro. A todo esto hay que sumarle que la enfermera de guardia va dando vueltas por las habitaciones con la brillante iniciativa de despertarme cada dos horas para preguntarme si todo va bien.
Capítulo 7
Antonio continúa inconsciente y no pasa ni un solo día sin que deje de buscar una relación entre la colilla que encontraron los agentes y el supuesto accidente en el yacimiento. Después de varias semanas aquí metido, con tanto tiempo para pensar, me he dado cuenta de que la Guardia Civil no avanza. No encuentran ninguna pista o indicio y, por lo que tengo entendido, ni siquiera saben dónde localizar al supuesto culpable. Con tantas noches en vela, he podido elaborar un plan para ayudar a capturar al alférez Moreno. Aunque sé que sería hacer caso omiso a lo que me recomendó el brigada Rafael, creo que es la única forma de poner en jaque a un criminal de su calaña. Ya lo tengo decidido, esta misma noche me vestiré con la ropa de Antonio y me dirigiré a su casa. Una vez allí, dejaré la puerta abierta y la luz encendida. Volveré a salir, pero esta vez vestido con mi ropa, haciéndole creer al alférez que Antonio ya está recuperado del accidente y que, además, se ha quedado solo en casa. Mientras aparece, me esconderé en mi casa y desde la ventana veré cómo cae en la trampa. Seguramente pensará que mi amigo está vivo y volverá para terminar lo que no acabó en la necrópolis. Una vez esté dentro, cerraré la puerta de la casa de Antonio para dejarlo atrapado y así poder avisar a la Guardia Civil desde la cabina telefónica más cercana.
Ya son las diez de la noche, he podido salir del hospital por la ventana del baño para que, esta vez, la recepcionista no se percate de mi salida. Con la ropa de mi amigo dentro de la mochila, me dirijo hacia su casa. De camino, el café La Estrella está abierto, así que entraré a tomarme un café; creo que me vendrá bien para aguantar despierto toda la noche. De paso, aprovecharé para cambiarme de ropa en el servicio y así saldré de aquí ya disfrazado.
Me acabo el café y vuelvo a ponerme en marcha, esta vez vestido con la ropa de mi amigo. He de confesar que estoy bastante asustado, me da pánico pensar que, al girar en alguna esquina, pueda encontrarme de frente con el alférez Moreno y me sorprenda in fraganti creyendo que soy Antonio. Tal es el miedo que siento que acelero el ritmo y llego a mi destino en un tiempo récord. Ya he dado el paso y no hay lugar para arrepentimientos, la decisión ya está tomada. Esta noche intentaré encerrar al alférez para que la Guardia Civil lo detenga de una vez por todas.
Nada más entrar, confirmo que la casa está tal cual la dejé la última vez que vine. Recuerdo que los agentes me dijeron que intentarían volver a dejar todo como estaba para que el sospechoso, en caso de que decidiera volver a la escena del crimen, no viera que habían estado buscando pistas. Me dispongo a llevar a cabo mi plan: enciendo la chimenea y la luz del salón. Relleno la ropa de mi amigo con varios cojines y la coloco en su mecedora, frente al hogar, para simular que está sentado al calor del fuego. Luego, desde la puerta, con un pie en la calle, finjo, con un tono más alto del habitual, que me despido de Antonio. Me voy a mi casa y, después de un rato, apago todas las luces para hacer ver que me he ido a dormir. Agazapado en la ventana, desde donde se ve la entrada de la casa de Antonio, espero a que el pez muerda el anzuelo.
Ya son muchos días los que llevo durmiendo en esa indomable butaca y la falta de sueño acumulada me está pasando factura. Estoy tan cansado que el café no me ha hecho ni el más mínimo efecto, hace ya un buen rato que se me están cerrando los ojos. En mi reloj son más de las dos, esperaré veinte minutos más y, si no aparece mi presa, me marcharé de vuelta al hospital. He debido de fallar en algo, tal vez precisamente hoy el alférez no ha estado vigilándonos en todo momento y he montado este numerito para nada. Vaya decepción, la verdad, pensé que sería más fácil.
Cuando se me está agotando la paciencia, a lo lejos distingo que alguien se dirige hacia la casa de mi amigo. Al pasar por debajo de una farola, la luz me ayuda a reconocer que no es quien yo esperaba. Por su silueta y su forma de andar diría que es el brigada Rafael. ¿Qué demonios hace aquí a esta hora? Va a ver que la luz está encendida y que la puerta está abierta. Una vez más, sabrá que he vuelto a salir del hospital. Cuando vea toda la parafernalia que he preparado, sabrá que he vuelto a casa de mi amigo a pesar de sus repetidas advertencias. Antes de ir hacia la entrada, se asoma cuidadosamente por la ventana, luego empuja la puerta, la abre lentamente y traspasa el umbral. Una vez dentro, cuando pierdo el contacto visual, las luces se apagan de repente y oigo dos disparos procedentes del interior de la casa. El corazón se me acelera de repente y el miedo me congela por completo. ¿Qué está pasando ahí dentro?, ¿a quién le está disparando? Me he quedado paralizado y los nervios no me dejan reaccionar. Cuando más asustado estoy, y tras oír un tercer disparo, sale por la puerta como una exhalación el alférez Moreno. Con el mismo atuendo de siempre, mira a ambos lados de la calle y echa a correr con esa cojera que lo caracteriza, como si lo persiguiera el diablo. ¿Por dónde narices ha entrado? He estado varias horas vigilando la puerta y solo he visto al brigada. No entiendo nada. Se han oído tres disparos y ha sido el alférez quien ha salido sin heridas aparentes. Me temo lo peor. No sé qué hacer, si aproximarme hasta la casa de mi amigo o avisar a las autoridades.
Me armo de valor y decido ir hasta el lugar del tiroteo. Mientras empuño una barra de hierro, empujo la puerta con la punta del pie. Gracias a la luz de la chimenea, se intuye un cuerpo tumbado en el suelo del salón. Cojo aire y, tras pensármelo un par de segundos, enciendo la luz. Tirado en el suelo, sobre un gran charco de sangre, yace el brigada Rafael con dos disparos en el pecho y otro más en toda la cara. Hay restos de su cabeza por todo el techo de la sala. No puedo soportar la dantesca escena y, después de apagar la luz, echo a correr todo lo rápido que puedo.
Decido volver al hospital para llamar al cuartel y contarles lo que acaba de suceder. El camino de vuelta, por mucho que corro, se me hace eterno. Al llegar, llamo al cuartel, pero la línea está comunicando. Tras seguir intentándolo varias veces, decido volver a probar más tarde.
A los pocos minutos de llegar al hospital, dos agentes de la Guardia Civil vienen a buscarme a la habitación de Antonio y, sin dejarme mediar palabra, uno de ellos me coloca unas esposas mientras me dice que estoy detenido por ser sospechoso de asesinato. No me dejan ni siquiera explicar lo que acabo de presenciar desde mi ventana hace menos de media hora.
Me meten en un furgón y me llevan al cuartel. Esta vez no me tratan con la misma amabilidad con la que me solía tratar el brigada Rafael. Sin quitarme los grilletes, me analizan las manos para ver si tengo restos de pólvora. Como era de esperar, tras el resultado negativo, me toman las huellas dactilares y me meten en una sala donde empiezan a interrogarme.
—Nos consta que usted ha salido del hospital sobre las diez de la noche, ¿nos puede decir adónde se ha dirigido y qué ha estado haciendo? La recepcionista del hospital tenía orden de avisar al brigada Rafael si usted volvía a salir del hospital más tiempo del habitual. La enfermera de guardia, cuando ha visto que usted no estaba en la habitación con su amigo, se lo ha comunicado a su compañera de recepción.
—Yo no he sido. Les juro que ni siquiera sé disparar un arma.
—Nuestro compañero ha sido encontrado muerto en la casa de su amigo. Le han pegado dos tiros en el pecho y uno en la cara. Ha fallecido en el acto, y lo último que sabemos es que iba en su busca. Un vecino de la zona nos ha avisado poco después de escuchar los disparos. ¡Vamos, conteste dónde ha estado desde las diez hasta que ha vuelto al hospital! —me grita uno de los agentes, dando un puñetazo sobre la mesa.
Ahora entiendo por qué el brigada fue a casa de Antonio. Iba a buscarme y se ha llevado tres disparos por mi culpa. Esta vez sí que me he metido en un buen lío. No sé cómo narices saldré de esta. Me limitaré a contar lo que he visto y espero que los agentes que me están interrogando estén al tanto de todo lo relacionado con el caso del alférez Moreno.
Les cuento con pelos y señales todo lo que había planeado y lo que ha sucedido esta noche desde que salí del hospital, desde mi paso por el café La Estrella hasta el tiroteo y mi vuelta al hospital. Me dicen que tienen que hacer varias comprobaciones sobre mi versión, pero creo que al menos me he librado de ser juzgado por asesinato, aunque, por no acatar las órdenes que me dieron, ha muerto un agente de la autoridad y me temo que eso puede ser motivo suficiente como para que me encierren en el cuartelillo hasta que se demuestre mi versión de los hechos.
Estoy entre rejas y no dejo de pensar en esa sucia rata y en cómo ha matado al brigada Rafael sin temblarle el pulso lo más mínimo. Lo peor de todo es que estoy seguro de que esos disparos llevaban el nombre de mi amigo o, lo que es peor, el mío. Ahora me doy cuenta de que en todo momento ha estado jugando conmigo, haciéndome creer que yo era quien tendía la trampa, pero siempre ha estado un paso por delante. El muy rastrero ha dejado que me confíe y que pensara que yo tenía todo bajo control. En estos momentos podría ser yo el que estuviera muerto. He sido un idiota insensato; a pesar de todo lo que me han advertido sobre él, tanto Antonio como el brigada Rafael, no he hecho caso a ninguno de los dos y he ignorado sus consejos. Ahora uno está muerto y el otro no lo está por los pelos. Admito que estaba asustado, pero siempre he pensado que exageraban y que no sería para tanto y que ahora, con los tiempos que corren, el alférez Moreno no sería capaz de llegar tan lejos, pero he podido ver de cerca hasta dónde llega su maldad. No me puedo quitar de la cabeza que han asesinado a un chico prácticamente de mi misma edad por mi culpa.
Pasadas unas horas, los agentes vuelven de mi casa y de casa de Antonio, me vuelven a llevar a la sala donde me han interrogado y me confirman que mi coartada es válida. Han encontrado la ropa de mi amigo y además el camarero del café La Estrella les ha dicho que me recuerda perfectamente, sobre todo porque le llamó mucho la atención que entré al lavabo con una vestimenta y salí con otra totalmente distinta.
Aunque estoy libre y me puedo marchar con mi amigo al hospital, el sentimiento de culpabilidad que llevo en mi interior es tan grande que no quiero salir de esta celda. Cuando los guardias me quitan las esposas, me acuerdo del brigada Rafael, me derrumbo y rompo a llorar, víctima de la rabia y la impotencia, pero sobre todo por su injusta muerte. Él solo intentaba protegerme.
Los agentes me acompañan hasta la puerta del hospital; ya son más de las ocho de la mañana. Al entrar, una enfermera me comunica que el médico quiere hablar conmigo. Espero que sean buenas noticias; por hoy ya he tenido suficientes disgustos. Me dirijo a la habitación de mi amigo. Al doctor de siempre le acompaña otro señor, también con bata blanca. Se presenta como el neurólogo y ambos me saludan sonrientes; eso me tranquiliza y me hace pensar que tienen algo bueno que contarme. Están situados justo en medio del pasillo que hay entre la cama y la puerta y me impiden poder ver a Antonio. Al darse cuenta de que no veo a mi amigo, se retiran, permitiéndome que yo mismo pueda comprobar que Antonio ha despertado.
—¡Buenos días, amigo!, ¡vaya siestecita te has pegado! —le digo lleno de alegría.
—Por ahora no es aconsejable forzarlo a hablar. Poco a poco irá recuperando todas sus funciones y podrá hacer todo lo que antes hacía con total normalidad. Que se haya despertado es muy buena señal —me dice el neurólogo mientras pone su mano en mi hombro.
Estoy destrozado tanto física como emocionalmente. Llevar más de veinticuatro horas sin dormir no es nada comparado con el trauma que me ha supuesto presenciar cómo el alférez ha asesinado a sangre fría al brigada Rafael, prácticamente delante de mis narices. A pesar de seguir con el estómago encogido, intentaré comer algo en la cafetería del hospital.
Al entrar en el establecimiento, no le he prestado mucha atención, pero a los pocos minutos de estar sentado, percibo que alguien me mira desde el fondo de la sala de forma muy descarada, sin disimular lo más mínimo. A pesar de no llevar uniforme, la prepotencia con la que actúa y la soberbia con la que habla al camarero hacen que detecte a la legua que se trata de un agente de la autoridad. Tal vez me equivoque, pero incluso me atrevería a decir que ocupa un alto cargo. Le devuelvo la mirada, se acerca y, sin pedir permiso, se sienta frente a mí. Pone sobre la mesa lo que parece un whisky y se presenta como el inspector Vargas, del Cuerpo General de la Policía. El humo de su puro hace que prácticamente sea imposible permanecer a una distancia tan corta, el olor es insoportable. Aunque viendo la camisa blanca que lleva, con rodales amarillos de sudor en la zona de las axilas, pienso que tal vez el olor a tabaco es preferible al que él desprende. Sus dientes amarillos, sobre todo los de abajo, completamente cubiertos de sarro, me están levantando el estómago hasta tal punto que no me terminaré el desayuno que acabo de pedir. En su brazo derecho lleva una chaqueta que deja encima de la silla, en la cual se puede ver una capa de caspa que cubre toda la zona de los hombros.
—Le voy a ser claro y conciso, Vicente. Desde esta misma mañana la Guardia Civil nos ha pasado el caso. He venido para comunicarle que nuestro objetivo principal es atrapar al alférez Moreno, pero le confieso que tanto la seguridad de su amigo como la suya me importan una mierda. Lo único que quiero es atrapar a esa basura y me da igual que sea vivo o muerto, pero le juro que no me iré de esta maldita isla sin conseguirlo.
Acto seguido, nada más acabar la frase, sin ni siquiera dejarme hablar, se levanta, apaga su asqueroso puro repleto de babas en mi plato y se marcha. Su actitud arrogante no me ha gustado lo más mínimo. Espero equivocarme, pero a primera vista me ha parecido la versión actualizada del mismísimo alférez Moreno.
Capítulo 8
A las pocas semanas de despertar, Antonio se recuperó por completo, y a día de hoy ya goza de todas sus facultades al cien por cien. Cuando recobró la memoria, una de las primeras conversaciones que tuvo fue con el inspector Vargas para contarle todo lo que sucedió la madrugada del accidente. Esa noche, el alférez Moreno entró en casa de mi amigo por la puerta del almacén. Al parecer, el día que se coló por la ventana encontró un manojo de llaves en el mueble del taller de alfarería y se lo guardó en el bolsillo junto con todos los documentos que se llevó. Una vez en el interior de la casa, fue sigilosamente hasta la habitación de mi amigo y lo despertó apuntándole en la sien con un revólver. El alférez lo llevó a punta de pistola hasta la necrópolis y, una vez allí, tras amenazarlo y golpearlo, consiguió que lo llevase frente a la gran puerta de mármol. Cuando se percató de que mi amigo era incapaz de abrirla, le dio una paliza y luego, medio a rastras, le hizo volver a salir del socavón hasta colocarlo justo en el borde del mismo. Una vez en el filo, con la culata del revólver, lo golpeó en la nuca, haciendo que cayera hasta el fondo del agujero. Antonio dice que jamás olvidará cómo, antes de darle el último golpe, se le acercó al oído y le susurró:
—Qué lástima que no seas tu amigo Manuel para poder pasar un buen rato antes de matarte.
En la actualidad, Antonio sigue trabajando en su taller de alfarería y, además, ambos continuamos como voluntarios en la necrópolis. El socavón está tal y como lo dejamos para que, cuando se encuentre lo suficientemente capacitado, podamos continuar. Hace un par de días que lo veo con esa vieja carpeta para arriba y para abajo, y eso es señal de que pronto querrá volver a intentarlo. Del alférez Moreno no hemos vuelto a saber nada desde el día que asesinó al brigada Rafael. Al parecer, ni siquiera el inspector Vargas es capaz de dar con él; es como si la tierra se lo hubiese tragado. Yo creo que, al enterarse de que había matado a un agente, huyó de la isla.
Aprovechando que hoy es el cumpleaños de María, quiero llevarla a un sitio que sé que le encantará. La señora Catalina me ha prestado las llaves de una pequeña casita que tiene en Es Broll para darle una sorpresa a mi amiga. Conozco muchos parajes únicos en la isla, pero para mí, sin duda alguna, este es uno de los más especiales. En plena naturaleza, el agua procedente de todas las montañas que lo rodean emana desde un manantial subterráneo y se abre camino hacia todos y cada uno de los pequeños huertos de todas las casitas que hay allí. Esta es la mejor época para ir de excursión, en otoño, después de las primeras lluvias. Esa gran cantidad de agua hace que el manantial y los pequeños acuíferos se desborden y que, de forma natural, se cree un riachuelo de agua fría y cristalina, creando un ambiente único. Los días posteriores a las lluvias suelo ir a disfrutar del sol. Sentado al borde del riachuelo, con los pies metidos en el agua, cierro los ojos y oigo el agua correr. Mientras, el tiempo pasa lentamente, sin prisas y sin agobios de ningún tipo. En este lugar fue donde mis padres y yo nos hicimos una de las pocas fotografías que conservo de ellos. En la instantánea aparecemos los tres al borde del riachuelo. La cara de felicidad de ambos hace que me sienta más triste aún si cabe por el hecho de que no supieran que pocos meses después morirían. Aunque por mi corta edad no recuerde nada de ese día, cada vez que voy a ese lugar hace que me sienta más cerca de ellos.
He pasado por la plaza para que la señora Catalina me diese las llaves y, de paso, he aprovechado para comprar algo de comida, ya que María y yo estaremos de excursión prácticamente todo el día. Lo mejor de todo es que Antonio me ha prestado el coche para que vayamos hasta allí. Estoy deseando ver la cara que pondrá María cuando me vea aparecer con el 4L.
Tras hacer la compra, voy hacia su casa para recogerla. Nada más llegar, aparco enfrente de su puerta. Al ver que aún no ha salido, toco el claxon varias veces para que se asome, pero es su madre quien sale a ver de quién se trata.
—Buenos días, Vicente. No sabía que tenías coche.
—Buenos días, señora Laura. No es mío, me lo ha prestado Antonio para la ocasión.
—Ya podéis ir con cuidado, y, por favor, volved antes de la hora de cenar. Mi marido no sabe nada de la excursión, y mucho menos que vais a ir en coche —me advierte la señora Laura.
En ese mismo instante, María sale por la puerta, y su sonrisa al ver que he venido a buscarla en coche no tiene precio. Con un vestido de flores y el pelo recogido está preciosa. No sé qué perfume lleva, pero al sentarse a mi lado me vuelvo loco. Nada más perder de vista la puerta de su casa, me besa emocionada.
—Muchas felicidades, María. Qué guapa estás —le digo sin atreverme a mirarla a los ojos.
—Muchas gracias, tú tampoco estás mal —me contesta sarcástica. Suelta una carcajada—. ¿A dónde me vas a llevar?
—Es una sorpresa, no seas impaciente. Disfruta de las vistas y déjate llevar.
—Veo que, además de comida, has traído una botella de vino. No pretenderás emborracharme, ¿verdad? —me pregunta mientras se ríe, haciendo que me ponga colorado de vergüenza.
Conforme nos vamos acercando a nuestro destino, María se va quedando más y más embelesada con todo el paisaje. Según me contó, antes de venir a la isla vivían en una ciudad y no está acostumbrada a ver tanta naturaleza. Espero que la sorpresa le guste, aunque creo que pueden pasar dos cosas: que se muera de miedo nada más ver la primera lagartija y que no salga de la casita en todo el día, o que le encante el lugar y disfrute, tal y como espero que haga.
Cuando llegamos a nuestro destino, aparco el coche en la puerta de la casita y saco del maletero todo lo que he preparado para la ocasión.
—¿Aquí vas a dejar el coche? Estamos justo delante de la puerta de una casa —me dice María, sin saber aún que ese es nuestro destino.
En cuanto me ve entrar en la casita y le digo que este va a ser nuestro nidito de amor por un día, se vuelve loca de alegría y empieza a darme besos y abrazos.
Hecha de piedra viva, se trata de una pequeña construcción con un solo espacio diáfano y una cocina de leña. Una gran mesa de madera de sabina, rodeada por más de diez sillas, preside el centro del salón. La señora Catalina la tiene preparada para pasar en familia los fines de semana. Según me ha contado esta mañana cuando me ha dado las llaves, la ha reformado hace poco, ya que antes de que sus padres se la dejasen en herencia la usaban para guardar herramientas de labranza.
Nada más ver el bucólico paraje, María no duda ni un segundo en cogerme de la mano para irnos a pasear por la orilla del riachuelo. No andamos ni media hora cuando llegamos a un pequeño embalse y ella tiene la maravillosa idea de que debemos bañarnos.
—María, el agua debe de estar congelada y además no he traído bañador.
—Yo tampoco he traído. ¡Anda, ven aquí, no me seas remilgado! —me dice mientras se quita toda la ropa y se tira al agua totalmente desnuda.
Es la primera vez que estoy frente a una chica desnuda desde tan cerca y parece que hay una parte de mi cuerpo a la que le gusta más que a las demás.
—¡Vamos, Vicente!, ¡no seas gallina!, ¡el agua está buenísima!
Me armo de valor y me quito casi toda la ropa. Rápidamente, me tiro al agua en calzoncillos intentando disimular el repentino aumento de tamaño de mi atributo masculino. Nada más saltar al agua, María se me sube encima y empieza a besarme y acariciar como nunca hasta ahora lo había hecho. No solo no le importa mi erección, sino que, además, una vez que la ha notado, no se despega de mí. De repente, se sumerge y me baja los calzoncillos hasta quitármelos para luego lanzarlos fuera del estanque junto al resto de la ropa.
En menos de un minuto, el aumento de temperatura corporal producido por la explosión hormonal hace que nos olvidemos por completo de lo fría que está el agua, pero todo se queda en eso, en un simple quiero y no puedo, ya que cuando más inmersos estamos el uno en el otro, un señor con sus ovejas pasa a escasos metros de la alberca, dándonos un susto de muerte que interrumpe nuestro calentón. El hombre se ríe mientras nos dice que nos vamos a resfriar. Por la cara que pone al vernos, creo que está pasando más vergüenza él que nosotros.
Tras el sobresalto, nos secamos como podemos y volvemos a la casita.
Una vez aquí, enciendo la chimenea y, sentados frente al fuego, volvemos a entrar en calor. Después del segundo vaso de vino, pierdo la vergüenza por completo y esta vez soy yo el que se abalanza sobre María. Tras quitarnos mutuamente lo poco que nos queda de ropa, nos fundimos el uno con el otro fascinados por la sensación única de la piel con piel. En menos de un minuto, estoy besando, acariciando y lamiendo partes de su cuerpo que jamás imaginé. Mi excitación es tal que incluso tengo que obligarme a parar para no terminar yo solo. En medio de todo este fervor, María me agarra por el cuello, me da la vuelta y, tras ponerme boca arriba, se me sienta encima. Estremeciéndonos de placer, cubiertos de sudor por completo y, frotándonos el uno con el otro, no podemos contenernos y acabamos, sin aliento, jadeando y empapados por completo, sin pensar en nada más que en el momento presente.
Después de quedar extenuados, nos quedamos dormidos junto al fuego prácticamente hasta la hora de marcharnos.
—¿No podemos quedarnos aquí una semana entera? —me pregunta María mientras la estoy despertando.
—Sabes que no, María. ¡Date prisa y vístete, que le prometí a tu madre que estarías de vuelta antes de la hora de cenar!
—¿Podremos volver otro día?
—Espero que sí, me lo he pasado muy bien contigo —le contesto mientras la beso.
De regreso a casa, María no deja de abrazarme todo el camino. Tras estar unos minutos frente a su puerta, nos despedimos intentando que sus padres no nos vean. Al arrancar para volver a casa, recuerdo que tengo que pasar a ver a Antonio para devolverle el coche.
Nada más llegar, empujo la puerta y confirmo que, finalmente, mi amigo ha aprendido la lección. Tiene la puerta cerrada con llave. Llamo varias veces y, al ver que no me abre, decido ir por detrás, por la puerta del taller de alfarería. Esta vez abre a la primera, ataviado con su delantal de trabajo y con las manos totalmente cubiertas de arcilla. Sigue trabajando a pesar de lo tarde que es.
—Buenas tardes, amigo, ¿cómo va el negocio de la cerámica? Cada vez tienes más encargos.
—Buenas tardes, donjuán. La verdad es que no me va mal, pero creo que no me va tan bien como a ti con el negocio de las excursiones —me contesta riéndose.
—Hace días que quiero decirte algo, Antonio, pero no sé si es el momento adecuado.
—Miedo me das. Conociéndote, me temo lo peor. A ver, cuenta —me dice con cara de espanto.
—No sé cómo te encuentras, pero creo que, ahora que estás recuperado del todo, deberíamos ir pensando en retomar algo que tú y yo tenemos pendiente. Ya sabes que no quiero presionarte, pero, en cuanto estés preparado, me gustaría que volviéramos a intentar abrir esa maldita puerta de una vez por todas —le digo con la intención de motivarlo.
—La verdad es que hace días que te veo muy encariñado con esa amiguita tuya y por eso no te he dicho nada, pero tengo que admitir que también tengo ganas de volver a ese agujero. Ahora que lo dices, aprovechando que mañana es domingo y que los arqueólogos no estarán, podemos darnos un paseo por allí —me contesta Antonio con una sonrisa de complicidad.
—Entonces no se hable más. A mí me parece perfecto. Bueno, Antonio, creo que ya está bien por hoy, ¿no? Ya va siendo hora de dejar de trabajar.
—Lo cierto es que estoy muy cansado.
—Pues venga, mientras te aseas un poco, voy a preparar algo de cena —le digo, autoinvitándome con la excusa de ayudar a hacer algo de comer.
Capítulo 9
Hemos quedado a primera hora; todavía no ha amanecido y ya estamos bajando al socavón que hace meses excavamos. Aún se pueden ver algunas gotas de sangre seca de cuando Antonio fue golpeado por el alférez Moreno.
—No hace falta que borres la sangre que queda, no me resulta incómodo —me dice al verme arrastrar los pies para eliminar los goterones.
Nos colocamos frente a la majestuosa roca de color rojizo y le alumbro con la linterna, mientras, con la precisión de un relojero suizo, él coloca una por una las llaves de piedra con un pulso digno de un cirujano. Tras encajar cada una de las piezas en su ranura correspondiente, todas ellas se quedan a ras del mármol, excepto una, a la que en las litografías se la denomina como «llave final», que sobresale considerablemente. La cara de Antonio refleja que está muy entusiasmado. El brillo en sus ojos delata la gran emoción que siente en este instante. Sé de buena tinta que ha pasado por muy malos momentos antes de poder llegar hasta aquí. Como alguien que degusta su plato preferido después de años sin probarlo, está saboreando todos y cada uno de los pasos que va dando, está disfrutando del proceso como solo alguien con su paciencia, fruto de años de experiencia, puede llegar a hacer. Siento una gran intriga, junto con algo de miedo al mismo tiempo. Mi respiración y mi pulso se aceleran por segundos cuando entiendo que pronto podremos ver qué hay al otro lado de esta misteriosa roca. No sabemos con qué nos vamos a encontrar, y eso me genera cierta incertidumbre. Cualquier ruido hace que me ponga en guardia y me replantee que sigamos adelante.
—Date prisa, Antonio, a ver si nos van a descubrir —le digo, presa del pánico.
—Tranquilo, no seas impaciente. Nadie va a venir a la necrópolis a estas horas, y menos a este hipogeo. Disfruta el momento, hace muchos años que espero esto. ¿Estás preparado, Vicente? Vamos a ser los primeros que entremos aquí en mucho tiempo —me dice mientras coge la llave final con su mano derecha.
—Adelante, Antonio, estoy listo —le contesto impaciente por saber qué pasará.
Tras girar esa última llave, se empieza a oír una serie de crujidos procedentes del interior de la puerta: los engranajes de algún tipo de mecanismo se han activado y, poco a poco, la gran plancha de mármol va girando sobre uno de sus lados, abriéndose por completo y dejándonos pasar hacia uno de los pasillos del laberinto que hace años descubrió mi amigo. Una gran nube de polvo hace que tengamos que esperar unos minutos antes de seguir adelante.
A medida que avanzamos por el túnel, notamos un fuerte olor a podrido, como si en su interior hubiera un animal muerto en descomposición. Caminamos con cuidado por un único pasadizo con bastante inclinación.
—Estamos yendo cuesta arriba —digo mientras dejo rodar una moneda para comprobarlo.
—Creo que este túnel nos llevará dentro de la muralla —afirma Antonio al observar su brújula.
Vamos analizando con detenimiento toda la estructura del túnel, pero no encontramos resto alguno que nos permita determinar en qué época fue excavado. Tras caminar durante más de media hora, llegamos a una pared donde encontramos un agujero. Desde fuera podemos ver cómo, al otro lado, hay una sala más amplia que el pasadizo y con el techo más alto. El suelo está empedrado y las paredes enlucidas; parece que se ha restaurado recientemente. Una vez dentro, podemos ver una mesa de metal con correas de cuero. Junto a uno de los laterales de la mesa hay un carrito auxiliar repleto de utensilios que no sabría decir si son para uso quirúrgico o más bien para practicar torturas de lo más enrevesadas. En una de las esquinas de la habitación hay un baúl de madera con la tapa abierta, repleto de trapos manchados de lo que parece ser sangre ya seca. El olor de la sala me está revolviendo el estómago por completo, tanto que incluso tengo que concentrarme para controlar las náuseas.
—Vicente, no sé dónde estamos, pero creo que esta sala se ha usado recientemente. Me temo que no hemos hecho ningún descubrimiento arqueológico. Alguien se nos adelantó hace años y ahora está usando lo que antes era una especie de mausoleo como quirófano improvisado —comenta Antonio con cara de terror—. Por la distancia recorrida y la dirección en la que hemos avanzado, creo que estamos bajo las catacumbas de la muralla.
Tanto mi viejo amigo como yo esperábamos encontrar restos con algún valor histórico, y esto, después de tantos años de espera, traduciendo inscripciones que prometían algo insólito, nos ha decepcionado por completo. Aun así, continuamos examinando todo lo que hay en la sala para ver si al menos hay algo de nuestro interés.
—¡Antonio, mira esto! ¡Parecen los restos de un parto! —grito al encontrar un cubo de metal donde hay una placenta y varios trozos de tela empapados en sangre.
—¡Vicente, suelta ese cubo ahora mismo, por favor! —me ordena mientras se acerca a mí tapándose la nariz y la boca.
Le obedezco y, con ayuda de mi navaja, vuelvo a introducir todos esos restos en el interior del cubo para dejarlo como estaba. A pesar de usar el jersey para taparme la nariz y la boca, me resulta imposible que no me vengan varias arcadas al descubrir algo tan nauseabundo.
En la pared del fondo, colocados en paralelo, hay dos armarios metálicos cerrados con candados. A su derecha, unas escaleras de madera incrustadas en la pared conducen hasta una trampilla con una puerta de chapa por la que se cuela un hilo de luz.
—Vicente, tenemos que marcharnos de aquí ahora mismo. No sabemos dónde estamos exactamente, ni quién ha estado usando todo esto. No tengo un buen presentimiento, así que nos iremos por donde hemos venido.
—¿Después de tantos años no vamos a seguir adelante? Por favor, ya que hemos llegado hasta aquí, al menos vamos a ver a dónde dan a parar estas escaleras.
—¡No me vengas con tonterías! Esto no es ni mucho menos lo que estábamos buscando. Coño, Vicente, estamos en un quirófano para hacer Dios sabe qué. No quiero meterme donde no me llaman, pero creo que estamos muy cerca del convento y esto no me da buena espina. Deja todo como estaba y salgamos de aquí echando leches.
—Está bien, pero, por favor, antes de irnos, déjame subir hasta la puerta de metal para mirar por la cerradura, a ver si puedo averiguar dónde nos encontramos —intento convencerle mientras empiezo a subir los primeros peldaños.
—Pero si ya estás subiendo, desgraciado. Por favor, Vicente, date prisa y no intentes abrir, solamente mira por el ojo de la cerradura y nos vamos.
Lentamente, para que los peldaños no crujan con mi peso, voy acercándome a la puerta de chapa. Conforme voy recortando la distancia, siento una corriente de aire frío procedente de la ranura que hay entre la puerta y la pared. Me llega un olor a incienso y flores que me resulta más que familiar. Me inclino para mirar a través del ojo de la cerradura, cuando de repente:
—¡Vicente, vámonos ya de aquí!, ¡rápido!, ¡baja inmediatamente de ahí! —Antonio da un grito que me hace parar de golpe al mismo tiempo que da un portazo en uno de los armarios que creía cerrados.
—Pero ¿qué pasa?, ¿qué había ahí dentro? —le pregunto mientras echamos a correr volviendo por donde hemos venido.
A la vuelta, vamos tan rápido que recorremos el pasadizo en la mitad de tiempo. Tan pronto como cerramos la puerta de mármol y recuperamos las llaves de piedra, salimos a toda prisa del socavón. Empapados en sudor y con la respiración aún acelerada, volvemos al lugar donde hace unas horas hemos aparcado el coche; mi amigo arranca y nos vamos a casa.
—¿Me vas a contar de una vez qué es lo que has visto dentro de esos armarios para que te hayas asustado de esa forma?
—No sé qué habría en el otro, pero en el que yo he podido abrir había dos estantes. El primero estaba repleto de botes de cristal con fetos de distintos tamaños en su interior y cada uno de esos botes tenía escrito el nombre de una mujer y una fecha.
—Pero ¿qué demonios es lo que hacen ahí abajo?
—En el segundo estante he encontrado un montón de carpetas: eran expedientes. En las dos que me ha dado tiempo a mirar he visto partidas de nacimiento. Tal vez me equivoque, pero creo que quienquiera que sea, además de estar practicando abortos, también está traficando con niños y falsificando documentos. Lo peor de todo es que en uno de los expedientes he encontrado una especie de recibo con un importe bastante alto, lo que quiere decir que seguramente están haciendo negocio con esas pobres criaturas.
—¿Y por qué te has puesto tan nervioso?
—Porque, muy a mi pesar, uno de los nombres que he leído me resulta más que familiar.
—Bueno, ¿me vas a decir el nombre o no? —le pregunto intrigado.
—Remedios García Pérez —me dice mientras se marcha hacia su casa cabizbajo.
Conozco a Remedios desde hace muchos años, es una señora que ejerce la prostitución. Me consta que vive en un estudio de mala muerte en la zona de la Marina y sé que, de vez en cuando, prestaba sus servicios a Antonio. Según me contó él, hubo una época en la que estuvieron enamorados y, tras quedarse embarazada, incluso se plantearon irse a vivir juntos y formar una familia, pero debido a su adicción a la bebida y a su forma de ganarse la vida, la relación no llegó a buen puerto. Mi amigo me contó la historia de cuando Remedios llegó a la isla. De joven era muy guapa y tenía mucho éxito con los hombres, llamaba la atención por donde fuera; con su melena rubia y sus ojos azules, dejaba encandilado a todo aquel con el que se cruzaba. Cuando vino por primera vez, hace muchos años, Remedios estaba casada con un pescador valenciano, y ambos estuvieron viviendo en un pequeño apartamento cerca del puerto. Aparentemente eran felices, hasta que un buen día el pescador salió a faenar y, sin motivo alguno, prefirió no regresar nunca más. Los primeros días la mujer pensó que su marido no volvía porque su barco se habría averiado en alta mar, hasta que a las pocas semanas recibió una carta donde le pedía el divorcio. Meses después se supo que se había quedado en Valencia con su amante, abandonando así a Remedios para siempre. La pobre despechada hizo todo lo posible para recuperar a su marido. Cuentan las malas lenguas que incluso le pidió a una bruja que ronda por la calle Soledad que la ayudase con un conjuro para que su marido dejase a su actual mujer y volviese a su lado. Por supuesto, el hechizo no funcionó, y aún a día de hoy, las noches en las que se le va la mano con el vino, la suelen encontrar en el espigón del puerto, gritando y maldiciendo el nombre de su marido, inmersa en un mar de lágrimas.
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