Читать книгу: «Relatos de vida, conceptos de nación»

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HISTÒRIA / 195

DIRECCIÓN

Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)

Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)

M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)

CONSEJO EDITORIAL

Pedro Barceló (Universität Postdam)

Peter Burke (University of Cambridge)

Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)

Roger Chartier (EHESS)

Rosa Congost (Universitat de Girona)

Mercedes García Arenal (CSIC)

Sabina Loriga (EHESS)

Antonella Romano (CNRS)

Adeline Rucquoi (EHESS)

Jean-Claude Schmitt (EHESS)

Françoise Thébaud (Université d’Avignon)


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Raúl Moreno Almendral, 2021

© De esta edición: Universitat de València, 2021

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero

Ilustración de la cubierta: Alegoría del regreso de Fernando VII. Biblioteca Digital Hispánica. Biblioteca Nacional de España.

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: David Lluch

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-786-6 (ePub)

ISBN: 978-84-9134-787-3 (PDF)

Edición digital

ÍNDICE

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

ABREVIATURAS, SIGLAS Y SÍMBOLOS

1. MARCOS E INSTRUMENTOS ANALÍTICOS

La historia de los fenómenos nacionales y sus problemas

La nación desde el individuo: identidad, experiencia y memoria

Los relatos de vida como fuentes

Un corpus de relatos de vida para la era de las revoluciones

Un modelo teórico

2. BRITÁNICOS

Británicos e ingleses en un mundo de naciones

Escocia, Gales, Irlanda y la estructura del Reino Unido

Britannia abroad, caracteres morales y el honor nacional

El pueblo más libre del mundo en la isla más envidiable bajo el cielo

3. FRANCESES

Nación civilizada, nación soberana

Entre la patria en peligro y la Francia universal

Las guerras franco-francesas en un crisol de países

4. ESPAÑOLES

Divisas de españolidad, rasgos de nacionalidad

La nación por su independencia y su constitución

La territorialización del patriotismo y la naturaleza de las Españas

«Españoles de ambos hemisferios»: la cuestión americana

5. PORTUGUESES

El reino de las llagas de Cristo

Recuperar las libertades, honrar las glorias, restaurar Portugal

Una nación lusobrasileña

6. PROCESOS COMPARADOS

Conceptos y categorías de pertenencia grupal

Líneas de fractura: conflictos, uniformización y diversidad

Nacionalización, indiferencia y transnacionalidad

7. CONCLUSIONES

8. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

Fuentes

No editadas

Editadas

Bibliografía

PRÓLOGO

No hace aún demasiado tiempo, cuando los estudios sobre los nacionalismos se estaban convirtiendo en uno de los ejes fundamentales de la producción historiográfica en España, los balances sobre dicha producción encontraban a menudo en ella al menos dos inconvenientes. El primero, la historiografía española sobre la materia, como en tantos otros campos, estaba demasiado ensimismada en la contemplación de nuestro propio pasado, sin ampliar la mirada a otras realidades territoriales, ni siquiera para comprender mejor la más cercana. El segundo, quienes observaban con alguna reticencia la abrumadora hegemonía alcanzada en España por el paradigma modernista, que subrayaba el carácter estrictamente contemporáneo de las naciones, añadían a esa primera crítica la incapacidad de este modelo interpretativo para integrar en una explicación coherente las relaciones entre naciones premodernas (o precontemporáneas) y modernas (o contemporáneas), relaciones despachadas demasiado apresuradamente al terreno de los «precedentes» en el primer caso frente al de las «realidades» en el segundo. Este es «hoy, seguramente, el debate más importante entre los teóricos del nacionalismo: la antigüedad de las naciones», escribía Antonio Morales Moya todavía en 2011, desde una comprensión de las naciones no como meras «construcciones», «invenciones» o «comunidades imaginadas», sino, en términos de Anthony Smith, «comunidades inmemoriales o evolutivas que hunden sus raíces en una larga historia de vínculos y cultura compartida». Morales sostenía que no podía «excluirse a priori la existencia de naciones premodernas, no soberanas».1

El panorama ha cambiado mucho en los últimos años y no solo a partir de una acumulación empírica de trabajos incrementada exponencialmente. El autor de este libro, Raúl Moreno Almendral (2018b), ha hablado en alguna ocasión de las diferentes generaciones académicas que han conformado el ya muy considerable corpus de estudios españoles sobre la materia: la que lo introdujo hacia los años ochenta del siglo pasado, educada en los sesenta y setenta; la de los formados en los ochenta, que en gran parte llegaron a los estudios sobre nacionalismo desde otros temas; la de los años noventa y primeros dos mil, que por lo general ya hizo sus tesis en estudios sobre nacionalismo, y la perteneciente plenamente al siglo XXI. Cada una de ellas ha actuado en contextos diferentes, se ha planteado problemas distintos y ha ofrecido respuestas propias a dichos interrogantes. La más joven de esas generaciones, a la que Moreno Almendral pertenece, ha heredado –y vuelvo a utilizar sus palabras– «la ventaja y el desafío de un campo ya labrado». Pero quizá haya hecho más que eso: superando aquellas deficiencias indicadas más arriba, creo que puede afirmarse que ha conseguido por fin la institucionalización definitiva de un ámbito de estudios que hoy ya presenta perfiles muy similares al de otras historiografías.

El libro que prologamos tiene su origen en una tesis doctoral impensable en su planteamiento y resolución en otros tiempos, significativa de la maduración de esta tradición historiográfica y homologable a las más ambiciosas que hayan podido plantearse en otras comunidades académicas. No es un trabajo de historia de España, aunque se ocupe parcialmente de España, ni al ampliar su mirada a otros contextos territoriales (Reino Unido, Francia, Portugal) está intentando responder exclusiva o preferentemente a interrogantes surgidos de la historia de España; por el contrario, se trata propiamente de un trabajo de historia comparada, de esos que hace años se reclamaban como indispensables en nuestra historiografía. Por otro lado, es una investigación que centra su atención en uno de los elementos y etapas claves de toda la reflexión académica sobre los nacionalismos: el problema de la relación entre los conceptos de nación moderna y premoderna, en el decisivo momento bisagra de la «era de las revoluciones», entre finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Este tema majeur se aborda aquí con las herramientas teóricas y metodológicas que se han ido imponiendo en su generación, las que en este momento están demostrando ser más fructíferas: las surgidas del «giro hacia el individuo», las del estudio de los lenguajes y las experiencias de nación, que arranca de la consideración de las naciones no como algo que «es», sino no como algo «que pasa» u «ocurre», es decir, como «fenómenos» sociales que dependen de las experiencias, percepciones y prácticas de los individuos que las conforman en cada momento. Este enfoque –ocioso es decirlo– sintoniza con las corrientes historiográficas más interesadas en dar cuenta de la «experiencia humana», lo que hace inevitable el recurso a fuentes que constituyan «relatos de vida», formas de discurso autobiográfico en las que los individuos consignan sus trayectorias vitales.

Pero toda investigación se justifica por sus resultados y los que esta ha obtenido son, me atrevo a afirmarlo abiertamente, de gran relevancia. A partir tanto de la literatura disponible como de las fuentes estudiadas (un impresionante corpus documental procedente de los cuatro grandes ámbitos territoriales considerados en la investigación), Moreno Almendral sostiene que en aquel tiempo convivieron cinco conceptos distintos de nación: el «genético» (en su acepción genealógica de relativo a la génesis u origen de las cosas, es decir, entendido como lugar o estirpe de nacimiento, un concepto de origen muy antiguo), el «etnotípico no politizado» (que parte de lo anterior y lo supera para vincularse fundamentalmente a la existencia de un carácter atribuible a la nación en su conjunto), el «etnotípico politizado» (que suma a la idea de los caracteres nacionales una idea de comunidad política formada por el rey y las corporaciones del reino), el «liberal» (que sostiene el principio de soberanía nacional, inicialmente entendido en términos revolucionarios) y el «romántico» (que ya en el siglo XIX convierte el carácter nacional en un espíritu metafísico particular y superador de cualquier voluntad general que identificaría personas y territorios). Estamos desde luego ante una tipología de mucha mayor carga analítica que la vieja dicotomía entre nación premoderna y nación moderna. Y, en particular, al demostrar la extensión de usos politizados de la idea de nación anteriores a la aparición del nacionalismo liberal revolucionario, así como su pervivencia posterior, nos encontramos ante una impugnación abierta de propuestas ortodoxamente modernistas que siguen contando entre nosotros con apasionados seguidores.

Prologar este libro, fruto de una investigación apasionante que tuve el honor de dirigir y el placer de acompañar en su desarrollo, constituye un comprensible motivo de orgullo para quien firma estas líneas. Y al felicitar calurosamente a su autor no puedo dejar de felicitarme a mí mismo y a una comunidad académica capaz de generar obras de este nivel de excelencia.

Mariano Esteban de Vega Universidad de Salamanca

1 En versión más extensa, Morales Moya (2013).

INTRODUCCIÓN

La capacidad de la idea de nación para moldear la comprensión del mundo de tantos seres humanos en circunstancias tan diferentes y formas tan diversas aún sigue fascinando a los especialistas. Como tema de investigación, también lo hace su capacidad para interactuar con otros asuntos y justificar nuevos estudios, a pesar de la enorme cantidad de publicaciones producidas en las últimas décadas.

Esto es algo particularmente visible para cualquier historiador formado en España y que por lo tanto esté al corriente del estado de una historiografía influida por la preocupación por la «anormalidad» de la trayectoria histórica del país. En el caso del nacionalismo, la tesis de la débil nacionalización española, la crítica al concepto de «Guerra de la Independencia» y la afirmación categórica de que no hay identidad nacional antes de ese momento fueron ideas que marcaron mi primera aproximación a este tema y a la vez sirvieron de base a una insatisfacción intelectual. Esta condujo a un interés por el periodo estudiado, así como una fascinación por su a veces poco reconocida complejidad interna y el peso específico de sus problemas en épocas posteriores.

Volviendo a la supuesta singularidad española, con frecuencia se insistía en la necesidad de comparar, de conocer otros casos desde la investigación para poder valorar adecuadamente la experiencia española en contexto (Townson, 2010), pero sistemáticamente se seguía haciendo historia de España; cierto es que ya mejor conectada con los estándares y las corrientes de las historiografías más punteras, hasta el punto de la equiparación efectiva en algunos casos. Sin embargo, en muchos otros, «España» sigue siendo el sujeto colectivo, y la atención hacia realidades «externas» se hace en virtud de sus conexiones con ella.

Irónicamente, esto no es ninguna singularidad de la historiografía española, pero lo que en los historiadores dedicados a Francia, Estados Unidos o Inglaterra apenas genera problemas, en España se sufre como una prueba de excepcionalidad negativa. La historia como relato nacional puede haber caído en desgracia en la historiografía occidental, o al menos eso es lo que se proclama en público. Sin embargo, la nacionalización de los instrumentos analíticos del historiador es un problema que todavía no hemos logrado resolver del todo. En realidad, y salvo los departamentos de historia de América, el interés genuino dentro de la Universidad española por conocer «otras historias» es todavía infrecuente.

Consecuentemente, el trabajo que aquí se presenta no es exclusivamente una investigación sobre historia de España y, más en concreto, sobre historia de la identidad nacional española y del proceso de construcción nacional español. Cuando comenzó a finales de 2014 con el propósito de integrarse en la discusión sobre las problemáticas señaladas, una de las partes más claras del diseño era su carácter comparativo, y esto implicaba considerar el caso español como uno más, no partir de un «problema español» y espigar referencias en otros espacios, culturas y estructuras políticas de una manera completamente condicionada por unas preguntas fabricadas desde unas coordenadas concretas. En su lugar, se parte de una problemática más general, en la que el caso español es una experiencia relevante, pero analizado en igualdad de condiciones con los del Reino Unido, Francia y Portugal.

Dadas la importancia del debate sobre los orígenes del nacionalismo contemporáneo y la mencionada insatisfacción ante sus respuestas, el planteamiento general de la investigación se compuso a través de una combinación de la historiografía existente y la literatura teórica sobre naciones y nacionalismo. Pronto se perfiló la realización de un estudio de lenguajes y experiencias de nación, según los había definido Ferran Archilés (2013), en el marco de los procesos de las revoluciones liberales y las reacciones que estas desataron a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Posteriormente se desarrolló una metodología caracterizada por la voluntad de hacer una historia sintonizada con esas corrientes historiográficas interesadas en dar cuenta de la «experiencia humana», en un tema donde la clave es precisamente esa; una historia que, por debajo de la documentación oficial y administrativa, de los ensayos de teoría política y de la prensa, consiguiera abordar de forma mucho más directa y personal cómo hombres y mujeres de carne y hueso vivieron su nación (o no) en un pasado tan lejano y tan cercano a la vez.

Para ello, las fuentes de esta investigación son «relatos de vida»,1 diversas formas de discurso autobiográfico en el que los individuos consignan sus trayectorias vitales. Estas proporcionan al historiador de las identidades un material particularmente fértil para su propósito, a la par que poco explorado hasta la fecha. Creemos que dichas fuentes no solo permiten observar cómo los grandes problemas ya señalados por la historiografía funcionan a una escala micro, a veces completamente circunscrita al ámbito privado, también pueden revelar nuevas dimensiones, cuestionar modelos asentados y redefinir los problemas generales.

De esta forma, el trabajo tiene un interés específico por la historia de la era de las revoluciones como momento bisagra, pero a la vez se ve interpelado por la repetida llamada a la innovación teórico-metodológica en el campo de los estudios sobre nación y nacionalismo. En cierto modo, toda su construcción ha estado dominada por el espíritu de que la propuesta resultara objeto de reflexión útil a otros nationalism scholars en general y no solo a historiadores.

El libro se organiza en seis capítulos. En el primero exploro la situación actual en la historia de la construcción de naciones y me pregunto por una manera de abordar en una misma investigación dos problemas paralelos: por un lado, el de la modernidad y, por otro, el de la creación y reproducción. Adoptando un enfoque fenomenológico a través de los conceptos de «identidad», «experiencia» y «memoria», asumo que lo importante es reconstruir la historia de cómo la nación como concepto era empleada por los individuos de cada momento, o sea, una verdadera historia de las semánticas y los usos de la nación como categoría de práctica.2 Después trato las potencialidades y posibles complicaciones que tiene la utilización de un corpus de relatos de vida para llevar a cabo esa tarea, concreto los rasgos específicos de las ciento setenta narrativas utilizadas y c ontextualizo la era de las revoluciones como el momento histórico en el que fueron producidas. Finalmente, adelanto la propuesta teórico-conceptual que preside el trabajo, elaborada a partir de la literatura disponible y de las fuentes estudiadas. El objetivo de ofrecerla en este punto y no esperar al capítulo de comparaciones es facilitar al lector la valoración propia en la interpretación de las fuentes.

Los cuatro capítulos siguientes (del 2 al 5) conforman ese núcleo empírico. En ellos desarrollo cada uno de los casos dentro de sus particularidades y con sus preguntas específicas, utilizando una selección de materiales extraída del corpus. Dado que toda traducción es una interpretación y que los cinco idiomas de las fuentes aquí manejadas –inglés, francés, castellano, catalán y portugués– no resultan extraños al lector culto castellanoparlante, he optado por mantener las citas originales, sin perjuicio de aclaraciones puntuales y de algunos cambios cuando la mejora de la comprensión era sustancial. También he intentado mantener la extensión del trabajo en unos límites razonables. Este esfuerzo ha sido particularmente complejo en esos capítulos empíricos, pues la inclusión de todos los materiales del corpus probablemente habría triplicado el número de páginas que ocupan. Cada estudio de caso comienza con una breve introducción histórica particular y una consideración de la historiografía disponible en cada uno.

Respecto a los casos en sí, no cabe duda de su relevancia. La monarquía británica, la francesa, la hispánica y la portuguesa eran las más importantes de Europa occidental en la era de las revoluciones, con una dimensión transoceánica innegable en cada una de ellas. Junto con las Provincias Unidas de los Países Bajos, habían sido los principales poderes europeos en la primera fase de la globalización. En su carácter atlántico, fueron el epicentro de las primeras grandes revoluciones liberales y también, en algunos casos, de las primeras grandes contrarrevoluciones. Además, el interés de su consideración comparativa se ve justificado por otros elementos, como el nivel de interacción de los procesos desarrollados en los espacios que estas monarquías controlaban, las conexiones entre sus culturas y trayectorias institucionales, las migraciones y los intercambios de ideas, la participación e influencia mutua en los ciclos políticos particulares y la implicación conjunta en guerras y otras operaciones militares.

Es importante señalar que la organización de las unidades de la comparación en casos refleja las propias tendencias individuales de los sujetos y las estructuras políticas contemporáneas bajo las cuales vivían. Como se indica en otros lugares, no supone ningún apriorismo en la asignación de sentimientos o pensamientos, ni tampoco es un anacronismo contradictorio con la voluntad de desnacionalización de los marcos analíticos. En los casos en los que un sujeto no expresa ninguna identificación nacional o lo hace con una nación diferente a la hegemónica en el contexto en el que vive, se indica convenientemente.

El primer estudio de caso es el británico, correspondiente al segundo capítulo. En él se aborda la flexibilidad y fuerte presencia de los conceptos «nación» y «carácter nacional» ya en el siglo XVIII. Con ello se estudia la ambigüedad «inglés/británico», así como el papel de lo escocés, lo galés y lo irlandés. Se analiza también la reacción producida ante el advenimiento de la Revolución francesa y la conformación de una idea de superioridad civilizacional basada en las ideas de libertad y excepcionalidad política positiva.

El tercer capítulo trata el caso francés. Se estudia cómo la conciencia de superioridad de la «civilización francesa» existente en el siglo XVIII convivió con el universalismo liberal surgido en el periodo revolucionario. También se trata el efecto de la vivencia de la «patria en peligro», el papel del Imperio Napoleónico, y el de las resistencias a las transformaciones revolucionarias, donde se pusieron de manifiesto formas alternativas de nación francesa.

El cuarto capítulo está dedicado al mundo hispánico. En él se tratan los usos de «nación española» antes de 1808, el papel de la guerra de 1808-1814, las líneas de fractura territorializadas bajo una misma españolidad común (donde se presta especial atención a narrativas de catalanes) y la cuestión americana como parte inicialmente integrante del proceso de construcción nacional español.

En quinto lugar, se estudia el caso portugués, condicionado por su peculiar historia política de revolución y contrarrevolución. Se exploran los usos de las ideas de «reino» y «restauración» así como el lugar asignado a Brasil dentro del imaginario nacional portugués. Como en el caso de los hispanoamericanos, se utilizan relatos producidos a uno y otro lado del Atlántico.

El capítulo sexto es un ejercicio de comparación que desarrolla lo ya avanzado en el primero y amplía otras cuestiones. Apoyado en las singularidades detalladas en cada uno de los estudios anteriores, privilegia las similitudes y los patrones comunes. El objetivo es responder a las preocupaciones planteadas en el primer capítulo de una manera más holística y efectiva. De esta forma, desarrolla el interés por la historia conceptual en términos más abstractos y completa la formulación del modelo teórico; también pone en valor el papel esencial del conflicto político como motor de la construcción nacional y considera los conceptos de nacionalización y transnacionalidad desde la evidencia empírica de los relatos personales.

Confío en que las limitaciones que toda investigación tiene resulten en este caso posibles vías de profundización y ampliación futura, más que deficiencias que puedan minar el resultado final. La utilización de narrativas personales puede combinarse con el uso de otros egodocumentos para ampliar el panorama. Pueden hacerse más observaciones o combinar el estudio de los lenguajes de nación aquí practicado con otras fuentes más convencionales. Igualmente, se podría aducir que la era de las revoluciones no está completamente cubierta, ni espacial ni cronológicamente. Valga como descargo que incluir la Guerra de Independencia de los Estados Unidos o las revoluciones europeas de 1848 añadiría casi tres décadas más a una horquilla cronológica que ya era por su extensión casi inmanejable. Igualmente, no creo que la ausencia de narrativas de australianos, haitianos, filipinos, macaenses, amerindios o afrodescendientes, entre otros, impida la extracción de conclusiones significativas sobre los problemas principales, que se refieren a procesos de construcción nacional eminentemente europeos. Por supuesto, tal ampliación enriquecería las partes relativas a la nación imperial y debería entenderse sin perjuicio de lo sucedido en otras sociedades no occidentales, de las cuales este trabajo nada puede afirmar. También soy consciente de que la experiencia histórica del mundo germánico y sus interacciones con el ámbito eslavo participa completamente de muchas de las problemáticas aquí planteadas (especialmente en lo referente al modelo teórico). Una incursión en sus fuentes, empero, con seguridad habría acabado por desbordar las posibilidades materiales del estudio.

Esta monografía está basada en algunos trabajos ya publicados (Moreno Almendral 2013, 2016, 2017a, 2017b y 2018a) y, sobre todo, en una tesis doctoral leída en el año 2018.3

Sin duda, la primera persona destinataria de mi agradecimiento debe ser su director, Mariano Esteban de Vega, por su apoyo durante todo el proceso. Además de ayudarme por encima de lo exigible a la responsabilidad académica, ha estimulado en mí una forma de ser historiador libre, crítica y comprometida con un espíritu epistémico cuyos beneficios me acompañarán siempre.

Gracias a todos los profesores de la Universidad de Salamanca con los que he aprendido, y a los compañeros que han estado conmigo en el camino. Gracias a aquellos que me permitieron vivir experiencias tan necesarias para el desarrollo de la tesis como transformadoras para mi vida. Gracias a John Hutchinson por acogerme en el verdaderamente interdisciplinar Department of Government de la London School of Economics, y por toda la ayuda posterior. La agradable sensación de familiaridad que Londres despierta en mí se apuntaló durante aquellos meses y creo que no me abandonará nunca. Gracias a Jordi Canal por la estancia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en la que pude disfrutar por primera vez del Colegio de España de París. Espero que no sea la última. Gracias también a José Manuel Sobral, que hizo posible que mejorara mi portugués en el Instituto de Ciências Sociais y aceptó ser uno de los informantes de la tesis. En Lisboa confirmé mi intuición de que los (historiadores) españoles tenemos que atender más a Portugal de lo que lo hacemos. Gracias a Thierry Lentz, quien me recibió en la Fondation Napoléon, y a Sérgio Campos Matos. Asimismo, tengo que dar las gracias al personal de administración y servicios, archivos y bibliotecas que ha facilitado mi labor, en especial a Yolanda López Bermejo y a la sección de Reservados de la BNP.

Me siento igualmente agradecido de los colegas con los que pude hacer evolucionar mi idea en congresos, seminarios o meras conversaciones. En muchos de ellos la admiración intelectual fue previa al aprecio personal. Por supuesto, agradezco especialmente los comentarios y las críticas de los miembros del tribunal de tesis, María Dolores de la Calle Velasco, Alejandro Quiroga y Fernando Molina, quienes fueron los primeros en contribuir a la mejora del manuscrito original. Mil gracias a Ferran Archilés, que, con enorme generosidad, me permitió exponer mi proyecto en Valencia cuando todavía se encontraba en estado germinal. Gracias a José María Faraldo y a Xosé Manoel Núñez Seixas. Gracias a Manuel Alcántara por la oportunidad en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, así como a Patricia Marenghi y a Fernando López-Alves por su ayuda. Gracias a Alvin Jackson y a Roy Foster, por cosas que superan una tesis doctoral. Gracias también a Gregorio Alonso y a Tomás Pérez Vejo, que con enorme amabilidad aceptaron informarla. Gracias al Seminario de Historia Santos Juliá del Instituto Universitario Ortega y Gasset, particularmente a Javier Moreno Luzón y a José Álvarez Junco. Gracias también a María Cruz Romeo y al equipo editorial de Publicacions de la Universitat de València, así como a los informantes anónimos por sus observaciones de fondo y forma. La transformación de la tesis primigenia en este libro también participa de su trabajo. Gracias finalmente a Tamar Herzog por su supervisión posdoctoral en Harvard, estancia que se benefició del apoyo de la Comisión Fulbright España y en la que llevé a cabo la última revisión.

El grueso de la financiación que ha hecho posible la investigación fue proporcionado por un contrato predoctoral del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, en el marco del Programa para la Formación del Profesorado Universitario (FPU13/00339). La Escuela de Doctorado de la Universidad de Salamanca y la dotación económica del Premio Nacional de Fin de Carrera también contribuyeron a financiar las estancias internacionales y las diferentes visitas a archivos y bibliotecas en España, Francia, Reino Unido y Portugal. Además, la investigación forma parte del proyecto I+D con referencia HAR2017-87557-P, perteneciente al Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia, así como del proyecto HAR2015-65760-P.

Suelen terminar estas secciones de agradecimientos con una mención a familia y amigos (debo confesar, muchos de estos últimos también colegas). En mi caso no podría tener más claro que lo que soy hoy es gracias al amor, dedicación y esfuerzo que mis padres han proyectado siempre sobre mí. Gracias a mi madre, María Jesús, y a mi padre, Carlos, quien me inculcó la pasión por la historia y al que una prematura y terrible enfermedad le impidió ver culminado un proyecto a cuyo inicio contribuyó y que tanta ilusión le producía. A ambos va dedicado este trabajo.

1 En este trabajo utilizo «relato de vida», «relato personal» y «narrativa personal» como sinónimos pertenecientes al campo del discurso autobiográfico. Igualmente, «narrativa personal» se emplea en el sentido de «narración autobiográfica», por su contenido y/o su perspectiva.

2 En este trabajo tomamos una distinción que suele utilizar Rogers Brubaker (2012), supuestamente elaborada a partir de la obra de Pierre Bourdieu, entre categorías de práctica y de análisis. Las «categorías de práctica» son las utilizadas por los sujetos que estudiamos en el mundo social. Las «categorías de análisis» son las que los analistas emplean para aprehender cognitivamente la realidad humana. En el ámbito de las Ciencias Naturales, el hecho de que en el lenguaje cotidiano hablemos de «lobo» o «sal» no condiciona sustancialmente al zoólogo o al químico para la categorización de «Canis lupus» o «cloruro de sodio». En el ámbito de las Ciencias Sociales y las Humanidades, estas categorías no pueden ser independientes, sino que se solapan, lo que genera gran cantidad de problemas. La nación es una de ellas.

3 Como en la primera versión del texto, mantengo la elección de los autores al manejar los términos «tomos» y «volúmenes», pese a las diferencias que hay entre ellos stricto sensu. Los corchetes con contenido indican añadidos. Los autores con título nobiliario se han citado, como norma general, por el nombre que utilizan en sus obras. También me gustaría indicar un uso del masculino genérico en el trabajo, por lo que, salvo indicación contraria, al decir «mis profesores» incluyo también a «mis profesoras», «mis compañeros» a «mis compañeras», etc.

ABREVIATURAS, SIGLAS Y SÍMBOLOS


ANFArchives Nationales de France, Pierrefitte-sur-Seine, París
BHUVBiblioteca Històrica, Universitat de València
BLBritish Library, Londres
BNPBiblioteca Nacional de Portugal, Lisboa
BRITbritánico
BUZBiblioteca Universitaria, Universidad de Zaragoza
Eélites
Fmujeres
FRAfrancés
HISPespañol
LSEALondon School of Economics and Political Science, Archives
LUSportugués
Mmilitares
ms./MS.manuscrito
NAThe National Archives, Kew
NCárea no central
NLWThe National Library of Wales, Aberystwyth
s. f.sin fecha

1. MARCOS E INSTRUMENTOS ANALÍTICOS

LA HISTORIA DE LOS FENÓMENOS NACIONALES

Y SUS PROBLEMAS

La pregunta por los orígenes ha venido marcando los estudios sobre nación y nacionalismo desde su consolidación académica en la segunda mitad del siglo XX. Averiguar desde cuándo hay naciones y cómo surgieron se consideraba, en un ejercicio más o menos discreto de teleología historicista, la mejor manera de entender su naturaleza. Esta forma de encarar el problema ha condicionado profundamente el trabajo de los historiadores de los fenómenos nacionales hasta que nuevos intereses y enfoques, desarrollados mayoritariamente en los años noventa del siglo pasado en el ámbito de las Ciencias Sociales, iniciaron un proceso de renovación.1 Con todo, no es de extrañar que, en un campo tradicionalmente tan plagado de creyentes, quizás equiparable a la historia religiosa o a la clásica historia del movimiento obrero, el interés por las «raíces» o «la larga historia de la nación» que tanto atrae a los nacionalistas haya resultado tan absorbente.

Si consideramos a todos aquellos que emiten asertos sobre los fenómenos nacionales con pretensión de cientificidad, una buena forma de agrupación es la combinación de dos criterios y dos asunciones. Los criterios son claros; de las asunciones, a semejanza de una condición de verdad foucaultiana, apenas se habla explícitamente.

Los dos criterios que podríamos distinguir son la actitud del investigador hacia el objeto de estudio y la postura que toma respecto al «problema de los orígenes». Como indica José Álvarez Junco (2016: 1-52), el paso durante el siglo XX de una actitud «esencialista», frecuente en los nacionalistas y que asume la existencia de elementos inmanentes ajenos al devenir humano concreto y por lo tanto inalterables, a otra más histórica, en la que las naciones se conciben como construcciones humanas resultado de procesos potencialmente descifrables por las Ciencias Sociales, supuso una auténtica «revolución científica» en la academia.

La posición respecto a los orígenes admite numerosas clasificaciones, pero no resulta una simplificación excesiva identificar una dualidad básica. Por un lado, están aquellos para los que los fenómenos nacionales se definen por unos rasgos concretos asociados a la modernidad como tipo específico de desarrollo humano y, por lo tanto, no existen antes de ella (modernismo). Los momentos en los que colocar la separación entre lo premoderno y lo moderno varían, pero la mayoría de los autores señalan el conjunto de revoluciones que tuvieron lugar a finales del siglo XVIII y principios del XIX como momento de surgimiento o, si se quiere, de transición desde lo que ellos llaman «protonacionalismo» (Hobsbawm, 1991: 23-88) o «patriotismo étnico» (Álvarez Junco, 2001a: 31 y ss.) al «nacionalismo moderno». Este último se distinguiría por la afirmación de la comunidad nacional como soberana.2

Por otro lado, están los que de una manera más o menos frontal muestran una insatisfacción ante esta dicotomía. Los críticos del modernismo evitan el criterio de soberanía y llaman la atención sobre las continuidades, aminorando el significado de los momentos de ruptura. Así, la distinción entre una nación premoderna y otra moderna no implicaría un cambio conceptual estructural que requiriera otro término diferente, sino sería más bien una cuestión cualitativa de intensidad y transformación gradual.3

Los primeros suelen tener dificultades en dar cuenta de la evidencia empírica previa al siglo XIX y los usos de la idea de nación que hay en ella, acusando la normatividad inherente a la idea de nación soberana como única forma de nación relevante. Los segundos, frecuentemente tachados de (cripto)nacionalistas y carentes de rigor, con frecuencia son incapaces de resolver la diferenciación entre etnia y nación dado su concepto de nación tan flexible y expansivo, a la vez que suelen ser víctimas de una «ilusión de continuidad» que los lleva a proyectar la permanencia de significantes sobre los significados.

Las asunciones se alimentan de un lugar común: la primera historia de las naciones fue la historia de los nacionalistas. Imbuidos de lo mismo sobre lo que escribían, sus producciones acababan formando parte de la nación en lugar de pensarla críticamente. Ante ello hubo una reacción que expulsó a los márgenes de lo aceptable la instrumentalización política que se hacía anteriormente. Por lo tanto, que haya nacionalistas haciendo la historia del nacionalismo dentro de la academia es algo que parecería darse por superado. No obstante, la realidad es diferente y el nacionalismo académico sigue siendo un tabú. En los casos más innegables, la defensa tiende a ser acusar al interlocutor de ser otro nacionalista, solo que encubierto. El coste de esta situación es enorme; la solución resulta casi imposible, dada la naturaleza de los sistemas universitarios y el peso de los factores políticos y sentimentales.

Como derivación de esto, y de una manera deontológicamente menos espuria, con demasiada frecuencia se minusvalora la influencia del mundo privado del investigador (su educación, sus creencias e ideología, sus circunstancias personales, etc.) en sus categorías de análisis y la manera en que las utiliza. Desde luego, no se suele explicitar, pese a las continuas llamadas a la reflexividad que siempre se hacen. Esto no tiene por qué derivar automáticamente en una manipulación (tener una idea y después intentar que la realidad encaje en ella), pero es innegable que las preguntas de investigación suponen un condicionamiento en la búsqueda y ordenación de la evidencia empírica. Actuar como si en la formulación de esas preguntas hubieran operado factores exclusivamente académicos resulta ingenuo. En último término, el lector acaba aventurando una deducción de ambos elementos desde el propio texto y la información extratextual disponible.

Al final, resulta un tanto contradictorio cómo se afirma la historicidad de las naciones para desmontar el argumento «esencialista» de los nacionalistas y después se utilizan instrumentos de la filosofía o la teoría política para construir una definición de «nación» tácitamente normativa y, por lo tanto, a su manera, igualmente esencialista. Aceptar la naturaleza de los fenómenos nacionales implica asumir que tal cosa no existe sino en plural y a lo largo del tiempo. Por lo tanto, creemos que es la historia en sus diferentes subdisciplinas (historia intelectual, historia de los conceptos, historia del pensamiento político, etc.) la que mejor nos permitirá evaluar en qué medida los conceptos «nación» y «nacional» experimentaron en su utilización durante la era de las revoluciones un Sattelzeit, utilizando el concepto koselleckiano, que transformó radicalmente sus significados pese a la continuidad en los significantes.

En el sentido de esta problemática puede leerse la aportación de Philip Gorski (2000: 1450-1452), quien sostiene, a partir del caso de los Países Bajos, la posibilidad de un nacionalismo (protestante) moderno en el siglo XVII. Tal conclusión sería posible incluso aplicando los propios criterios modernistas en su análisis del concepto «nación»: un nacionalista piensa que el mundo está compuesto de naciones esencialmente distintas entre sí, que la nación de uno tiene un carácter o misión especiales y que debe ser soberana para su realización, tendiendo a equiparar las categorías nación, pueblo y Estado. Además, el nacionalismo puede encontrarse de manera trasversal en términos sociales y se caracteriza por la movilización política frente a otros fenómenos identitarios. Gorski (2000: 1460-1462) señala que más que una única historia del nacionalismo, se deberían explorar las genealogías de cada caso y cómo se invoca la nación en cada uno. Esto puede revelar situaciones muy antiguas de nacionalismo y otras que tienen menos de un siglo, comparando el discurso nacionalista como un lienzo en el que cada hilo puede tener su historia particular.

A nationalist discourse, in this schema, is simply a discourse that invokes «the nation» or its kindred categories, and what distinguishes nationalist discourses from one another is the narratives they employ (the «fibers») and the specific way in which they spin them together (into «threads»). The scholar’s job is to describe and explain the results of this process, to show how and why a particular fabric, thread, or fiber looks the way it does.

Ante este tipo de argumento, Breuilly intenta una acomodación en el esquema modernista de la evidencia que aporta Gorski. Flexibiliza la existencia de identidades nacionales y sociedades en proceso de modernización antes de finales del siglo XVIII, sociedades como la holandesa hacia 1600-1650, en las que, debido a los inicios de esa modernización temprana, habrían comenzado a darse las condiciones para el nacionalismo. Sin embargo, de existir, las identidades nacionales premodernas estarían socialmente circunscritas a las élites e ideológicamente no definidas en términos conflictuales o por una función política específica. Breuilly (2005: 83-85) añade como factor determinante que la nación, entendida como «una sociedad», se convierta en la fuente de legitimidad del poder (principio de soberanía nacional), y no sea solo un simple instrumento empleado por una autoridad ya legitimada por otras vías.

Para este autor, «perennialists have jumped from apparent national identity processes identified in fragmented discourses to construct an over-coherent idea of the nation. I will stress the need to establish processes of producing national identity which go beyond demonstrating that “nation” and cognate terms are found in texts» (Breuilly, 2005: 69). De esta forma, «the recurrence of particular words in pre-modern and modern discourses does not establish significant similarities or continuities between those sources. Similarities in the functions of the words are what matter». Breuilly no entiende «funciones» solo de manera intratextual, sino también en términos sociopolíticos. Hacer esto, el estudio de los usos de la nación y sus significados, siguiendo los criterios anteriores y pese a todos los elementos de continuidad que se quieran ver, vendría a confirmar para Breuilly (2005: 93) la tesis de la modernidad de las naciones.

Una cara diferente de este debate lo proporciona la polémica entre Joep Leerssen y Caspar Hirschi a tenor de una monografía de este último. Hirschi (2012: 47) afirma la existencia de nacionalismo (alemán) en la Baja Edad Media y el Renacimiento, derivado de la gestión intelectual de la descomposición política del Imperio romano y sus remedos en el ámbito del Sacro Imperio. Para él, una nación es una «abstract community formed by a multipolar and equal relationship to other communities of the same category (i.e. other nations) from which it separates itself by claiming singular qualities, a distinct territory, political and cultural independence and an exclusive honour».

Este autor argumenta que la intensa presencia en la documentación en alemán de los términos «nación», «nacional» y «amor a la patria» constituye la prueba del nacionalismo de sus autores. Hirschi define el nacionalismo como «the discourse that creates and preserves the nation as an autonomous value, “autonomous” meaning not subordinate (but neither necessarily superior) to any other community». Leerssen (2014a) critica esta posición y señala que Hirschi cae en un anacronismo retrospectivo, definiciones demasiado amplias y una interpretación sesgada de las fuentes, además de una escasa preocupación por todas las transformaciones posteriores y una confusión entre «tradición» y «recuperación».4

La propuesta de Leerssen coincide con Hirschi, Gorski y otros críticos del modernismo en que los procesos que dieron lugar al nacionalismo no comienzan abruptamente con la modernización política y económica de las revoluciones liberales y el industrialismo. Sin embargo, para este autor no todo discurso de exaltación o fidelidad a la nación es nacionalismo. En la línea de un etnosimbolismo matizado, Leerssen (2006: 25-81) defiende que el nacionalismo es un fenómeno propio del mundo contemporáneo, pero que se alimenta de representaciones colectivas y materiales identitarios previos, que él llama «source traditions». A través de los instrumentos de la historia cultural y los estudios literarios, en especial de la imagología (cf. Leerssen, 2007), distingue entre «pensamiento nacional» y «nacionalismo». Lo primero sería condición para lo segundo, no una manifestación inequívoca.

La base del «pensamiento nacional» está en la tendencia de los sujetos a imaginarse las colectividades a partir del contraste, de las diferencias con un «otro», con independencia de la existencia efectiva o coherencia real que tenga esa comunidad imaginada. Durante la Edad Moderna y de forma paralela a la expansión del Estado monárquico europeo, aparecen sistematizaciones de etnotipos, ya existentes de forma más o menos aislada en la Edad Media e incluso el mundo antiguo.5

La taxonomía de inspiración aristotélica evoluciona hacia una mayor densificación y complejidad de los «rasgos colectivos» de los diferentes «pueblos», «razas» o «naciones» que componen la humanidad. Así, las características que darían sentido a estas divisiones comienzan a llamarse también «caracteres nacionales». Al principio se referían al aspecto y al comportamiento, pero después se ampliaron hacia una suerte de «psicología o temperamento de los grupos», que algunos filósofos como Montesquieu vinculaban con el clima y la configuración institucional. Incluso se llegó a generar un auténtico debate intelectual sobre la relación entre los caracteres nacionales y la modernidad de las sociedades, tanto en un eje Norte/Sur dentro de Europa como Europa/resto del mundo.

La Ilustración supone la culminación de todo este proceso de ordenación y clasificación de la diversidad humana en naciones, que en Europa occidental tendían a asociarse a los Estados existentes. Este fue el primer momento en el que se superpuso comunidad política y comunidad nacional. No obstante, Leerssen (1986: 346) señala que los parámetros en los que esto se produjo responden más bien a una interpretación contemporánea del republicanismo clásico y el tribalismo primitivo. Según él, este patriotismo no es nacionalismo (por mucho que invoque una nación diferente al significado original de natio), sino una forma de «filantropía política» (amor patriae, virtus, defensa del bien público o res publica, etc.).6

El nacionalismo surgió cuando este pensamiento nacional preexistente se vio sometido a la presión de las revoluciones liberales y la expansión napoleónica. Para este autor, fue entonces cuando convergieron en una misma ideología política tres elementos: a) la soberanía popular, sobre todo en su definición rousseauniana; b) la territorialización modular de la cultura, por la que las fronteras estatales se ven también como las demarcaciones naturales y primordiales de diferenciación cultural, y c) el historicismo trascendental, que convierte los etnotipos nacionales disponibles en comunidades radicalmente discretas de esencias íntimas, precipitados de tradiciones históricas conformadas de abajo arriba (Leerssen, 2014b: 38; 2006: 71-136).

Aunque se podría decir que los tres elementos ya habían sido formulados previamente por pensadores ilustrados, para Leerssen (2013: 427) fueron algunos románticos, concretamente nacionalistas alemanes, los que, en respuesta a la invasión napoleónica, llevaron a cabo la transformación del patriotismo ilustrado al nuevo nacionalismo, de la nación como una mera colectividad de rasgos singulares o méritos alabables a la nación como esencia trascendental dotada de un «alma» o «espíritu».7

Desde la consolidación del modernismo clásico alrededor de los años ochenta, este debate sigue vivo y ha quedado configurado como una referencia común a todos los estudios sobre nación y nacionalismo. Cada especialista lo aplicaba a los casos sobre los que trabajaba, pudiendo incluso hacer aportaciones a las teorías generales desde el conocimiento local. Todas las historiografías sobre la construcción nacional del periodo que aquí consideramos están de una u otra manera influidas por él. Sin embargo, en los últimos años nuevos intereses han desplazado de la centralidad este debate y han abogado por algunos cambios de enfoque y unas alternativas metodológicas que, indirectamente, podrían permitirle salir del punto muerto en el que se halla.

LA NACIÓN DESDE EL INDIVIDUO: IDENTIDAD, EXPERIENCIA Y MEMORIA

Los cambios han venido del campo de los estudios sobre la identidad y sus conflictos. La renovación se ha fundamentado en enfoques tanto cualitativos como cuantitativos. Las investigaciones demoscópicas y el análisis cuantitativo a partir de estadísticas o discursos, el mapeo cognitivo e incluso los experimentos sociales se han asentado como opciones disponibles (Abdelal et al., 2009). Estas metodologías permiten la recolección y el procesamiento de cantidades enormes de datos y han alcanzado altos niveles de sofisticación, pero sus practicantes tienden a dar por hecho que su objeto de estudio puede formalizarse y que, de alguna manera, pueden controlar todas las variables significativas de acuerdo con su propio sistema.

Por la parte de los aparentemente menos ambiciosos enfoques cualitativos, también pueden encontrarse progresos. Basándose en la antropología, la sociología y la psicología, las entrevistas, los grupos de discusión y la observación etnográfica se están empleando con buenos resultados, pero son de escasa utilidad para historiadores cuyo periodo y objeto de estudio están más allá de las generaciones que les son contemporáneas.8 Por lo tanto, para el estudio de esos pasados más lejanos será necesario el desarrollo de vías alternativas.

Cualquiera que sea el enfoque, la situación actual parte de la consolidación de dos innovaciones teóricas. Llamaremos a la primera «giro de la acción» y la segunda, «giro cognitivista» o «cognitivo». Ninguna de ellas puede entenderse de forma ajena a los cambios intelectuales más generales ocurridos en la historia del pensamiento durante las últimas décadas (cf. Gunn, 2011).

El «giro de la acción» tiene varios orígenes, pero fundamentalmente procede de la voluntad de algunos autores marxistas, como E. P. Thompson, y algunos académicos ligados a las nuevas historias política y sociocultural, de devolver al primer plano a los sujetos históricos como entes dotados de «agency» o capacidad para actuar. Aunque originalmente esta idea se orientó más hacia la historia social de las clases «populares» (Breuilly, 2012), al final acabó significando el retorno a la habilidad de los individuos para actuar significativamente dentro de estructuras, e incluso de transformarlas a través de sus interacciones. De esta forma, las rutinas, la vida privada o el ámbito doméstico de los sujetos se convirtieron en un objeto de estudio y abrieron un espacio para la recepción y reproducción de las ideas nacionales diferente a la tradicional esfera pública (Billig, 1995; Edensor, 2002; Skey, 2011).

Desafiando o matizando la concepción «desde arriba» de los procesos de construcción nacional, basada en las élites y el Estado, se ha vuelto común hablar de «nacionalismo personal» (Cohen, 1996), «nacionalismo cotidiano» (Fox y Miller-Idriss, 2008; Goode y Stroup, 2015), «experiencias de nación» (Archilés, 2007 y 2013) y «nación desde abajo» (Molina Aparicio, 2013).9 Sería justo decir que al final el interés por las dimensiones «populares» y «ordinarias» de los procesos de construcción nacional ha evolucionado hacia una idea más amplia de «exploración de la experiencia concreta», lo cual tiene importantes implicaciones teóricas y metodológicas para el propio concepto de construcción nacional (Van Ginderachter y Beyen, 2012: 10).

Por su parte, el «giro cognitivista» se imbrica fundamentalmente en las tradiciones del análisis lingüístico, la filosofía posmoderna y secciones de la llamada «teoría crítica».10 Esencialmente, consiste en tratar el discurso y los marcos conceptuales no como medios neutrales de transmisión, sino como factores que moldean la realidad e incluso pueden crearla a través de su poder performativo. Por lo tanto, no pueden ser presupuestos, sino objetos de la investigación. En este ámbito destacan dos autores. La visión de Craig Calhoun (1997 y 2007) del nacionalismo como una «formación discursiva», «not just a doctrine, but a more basic way of talking, thinking, and acting», ha ayudado a construir la idea de que las naciones no son nada fuera de las mentes y prácticas de la gente que las encarna.

El trabajo más general de Rogers Brubaker sobre los grupos y la categorización es esencial para una crítica profunda del nacionalismo metodológico y el esencialismo implícito en la academia. Para este autor, el científico social debería ser más consciente de su posible «grupismo», que él define como «to take discrete, bounded groups as basic constituents of social life, chief protagonists of social conflicts, and fundamental units of social analysis» (Brubaker, 2004: 8). Haciendo esto, el investigador está confundiendo las «categorías de práctica» con las «categorías de análisis». Dicho de otra manera, en lugar de descomponer realmente el relato está siendo fagocitado por él.

Teniendo en cuenta todo esto, se puede decir que el desarrollo de un abordaje que dé cuenta de cómo la nación se presenta en las vidas de las personas y cómo sirve de categoría significativa para la comprensión y organización del mundo es ahora más posible que nunca. Para llevar a cabo ese «enfoque personal» de la construcción de naciones, parafraseando una expresión de Anthony Cohen, proponemos una reflexión analítico-conceptual centrada en las categorías de «identidad», «experiencia» y «memoria».

A pesar de no ser una posición unánime (Malešević, 2013: 155-179; Brubaker y Cooper, 2000), sostenemos que «identidad» es una categoría útil para el análisis de fenómenos colectivos, incluyendo los nacionales. Es cierto que también es una categoría de práctica y que «presenta una carga teórica multivalente e incluso contradictoria», lo cual le ha valido una cierta censura. Sin embargo, las alternativas propuestas en Brubaker y Cooper (2000: 5-8) –identificación y categorización, autocomprensión (self-understanding) y localización social, comunidad (commonality), colectividad y grupalidad (groupness)– parecen más explicaciones parciales internas que sustitutos completos que puedan tener éxito.

Este problema ocurre porque «identidad» incluye fenómenos diferenciados que ocurren a la vez, creando un único macrofenómeno, pero que deben ser entendidos en su carácter compuesto y múltiple a la par que interrelacionado. Como escribe Richard Jenkins (2014: 1-16) en su defensa del concepto, «saber quién es quién» incluye procesos tanto individuales («¿quién soy yo?») como colectivos («¿quiénes son ellos?», «quiénes somos nosotros»?); procesos cuyos resultados alimentan recíprocamente su propia reproducción. «Identidad» implica unos paralelismos múltiples de conjunciones entre dimensiones personales e intersubjetivas, estabilidad y dinamismo, pasado y presente, cooperación y conflicto, inclusión y exclusión.

Por supuesto, un fenómeno tan complejo tenía necesariamente que resistirse a una conceptualización clara y rápida. No obstante, cuando uno investiga el mundo social, obviamente formado por seres humanos, las simplificaciones conceptuales no resultan tan exentas de costo como hacer lo propio con expresiones matemáticas. La mayoría de las veces, la mejor opción no es el rechazo de la complejidad, sino intentar encararla tal y como se presenta. Así, para numerosos autores (Jenkins, 2014; Lawler, 2014; Grimson, 2010; McCrone y Bechhofer, 2015) «identidad» sigue siendo un concepto válido para llevar a cabo esto, pese a admitir que no siempre se maneja adecuadamente, dado su claro atractivo de «sentido común».

Aquí proponemos llamar «identidad» al conjunto de instrumentos culturales que los individuos tienen para y desarrollan en sus interacciones sociales. Aunque íntimamente relacionadas, «identidad» no es ni «cultura» ni «ideología». Ciertamente, la identidad necesita de marcos intelectuales, repertorios simbólicos e instituciones materiales y no materiales. No obstante, se refiere específicamente a cómo los individuos usan todo ello para presentarse a sí mismos y categorizar a los demás, creando un sentimiento de pertenencia como subproducto (Grimson, 2010). Por la parte de la ideología, es cierto que las identidades requieren una «visión del mundo», pero siempre como una precondición para una «visión en el mundo», donde el sujeto no es un punto de vista invisible o una voz moral que afirma cómo deberían ser las cosas, sino una pieza intrínseca y autoconsciente que filtra significados, posiciones e intenciones.

La principal herramienta identitaria son las categorías colectivas puesto que, dada la naturaleza intrínsecamente social de la interacción, el mundo humano siempre estará compuesto por grupos (Jenkins, 2014: 104-119). Huelga decir que, aunque con frecuencia estos grupos se perciben como naturales y estables, en realidad son dinámicos, conflictivos y a menudo se superponen y/o entran en contradicción debido a que los sujetos proyectan en los otros supuestos miembros del grupo sus propias expectativas. El mapa cognitivo de cada individuo, así como su utilización, cambian a través de las interacciones sociales y durante estas. La entropía es continua por el simple hecho de que cada «yo» que opera en el mundo social lleva a cabo sus propios procesos de creación simbólica de fronteras y definición dialéctica de contenidos para unas mismas categorías grupales (cf. Cohen, 2015; Bakhtin, 1981).

Evidentemente, las naciones pueden ser uno de estos grupos. Es importante insistir en que, como categorías de práctica, su naturaleza es discursiva y su elemento decisivo es (inter)subjetivo (Seton-Watson, 1977: 5; Ting, 2008). En términos de definición de trabajo podemos afirmar que los grupos nacionales se suelen entender actualmente como una combinación específica de tres factores: población, territorio e historia. En otras palabras, la imaginación nacional combina a) una demarcación espacial, b) una supuesta trayectoria colectiva y c) un conjunto de otredades estereotipadas acompañadas de la creencia moral en unos lazos de cohesión interna entre los miembros de ese colectivo.

La naturaleza de estos vínculos rara vez se discute explícitamente. Siempre se dejan grandes espacios a la ambigüedad, pero hay una tendencia clara hacia la naturalización, o sea, la presentación de sus referentes como algo real, objetivo y natural (Özkirimli, 2017: 208-209; Calhoun, 1997: 4-5). Sin embargo, sin la voluntad explícita de la afirmación como «nación», estos criterios no consiguen diferenciar completamente una nación de una etnia o cualquier otra imaginación grupal asociada a un territorio.

La identidad nacional sería aquel tipo de «yoidad» o selfhood basada en una cosmovisión nacionalizada. Al contrario que las naciones, es empíricamente estudiable a través de los individuos y sus interacciones. El nacionalismo, por su parte, consistiría en la agenda política más o menos explícita que surge cuando la nación se convierte en un eje fundamental en la vida de las personas, tan importante que incluso merecería la pena morir y/o matar por ella. No solo conceptualiza el despligue de su mundo, sino que orienta significativamente su acción de una manera proactiva y expansiva. Es en este caso cuando hablamos de «nacionalistas» y también por ello que, dado el cambio desde una mera percepción personal hacia un programa de acción estructurada, también decimos que el nacionalismo es una ideología.11 El nacionalismo no es una cultura política, sino una actitud hacia las consecuencias políticas de la forma de imaginar grupos nacionales que puede interseccionarse con cualquier cultura política contemporánea.

Por supuesto, la maleabilidad conceptual, sin estudios empíricos que pongan a prueba las propuestas, puede aguantarlo prácticamente todo. Siniša Malešević (2013: 176, 158, 168 y 167) utiliza el término «ideología» para el «relatively universal and complex social process through which human actors articulate their actions and beliefs». Este autor argumenta que «there is little empirical evidence to attest the existence of national identity either before or after modernity». Además, propone «solidaridad», «organización social» e «ideología nacional» en lugar de «identidad nacional». Esta última le resulta una «monstruosidad conceptual», atribuyéndole confusión lingüística y reificación. Para este sociólogo, «the fact that more individuals believe in the existence of something does not make it any more real than when this belief was shared by a very small minority».

Por intuitiva que parezca la propuesta de Malešević y dejando a un lado la continua confusión entre nación y Estado-nación en la que cae, su utilidad analítica es bastante dudosa. Como muy bien definieron otros dos colegas sociólogos hace poco menos de un siglo, «if men define situations as real, they are real in their consequences» (Thomas y Thomas, 1928: 572). Si descartamos asunciones normativas en virtud de las cuales un «experto» le explica a los demás si tienen razón o no en creer lo que creen, entonces deberíamos admitir que, si millones de personas piensan en una nación como real, y se comportan en consecuencia, la situación es completamente diferente a si la nación es imaginada por miles, cientos o apenas un puñado de individuos. Lo relevante está en lo que ocurre a partir de y a través de la creencia, con independencia de si las bases son reales o no.

Por otra parte, la utilización del término «identidad nacional» no implica necesariamente aceptar su carácter de «dado, normal y aproblemático», mientras que centrarse en «las organizaciones sociales y los discursos ideológicos que transforman las microsolidaridades en identidades nacionales “virtuosas”» no es ninguna vacuna contra la reificación y la confusión lingüística, pues estos problemas pueden surgir igualmente, pero ahora a partir de esos nuevos conceptos (Malešević, 2013: 175).

En este trabajo argumentamos que la ideología puede formar parte de la identidad de cada uno, pero que su equiparación o la sustitución de una por la otra no es buena opción. También partimos del supuesto, esbozado anteriormente, de que las instituciones y los discursos no tienen capacidad de acción o estatus ontológico autónomo, sino que dependen de los seres humanos que los producen y los utilizan. De esta manera, consideramos que debería ser el individuo, y no las organizaciones o los discursos, lo que debería entenderse por unidad básica en los procesos de construcción nacional.12 Esto no impide que los elementos anteriores puedan proporcionar datos sobre el funcionamiento de los nacionalismos y las identidades nacionales, pero si los separamos de los agentes reales, esto es, personas de carne y hueso, entonces acabaremos cayendo en una trampa esencialista.

Es cierto que aplicar el aserto anterior puede llevar a un peligroso individualismo metodológico si se toma una idea estable y monolítica de «individuo» y se asume un vínculo automático entre el mundo de categorías y significados de cada persona y su despliegue y desarrollo en los fenómenos sociales en los que esta participa. Es evidente que los individuos presentan cierta continuidad y unidad en términos biológicos (aunque alguien podría preguntarse si la paradoja de Teseo o paradoja del reemplazo no podría aplicarse también a sus células). Como categoría de análisis, empero, «individuo» debe ser abordado críticamente como un ente profundamente histórico de acción y conciencia, con frecuencia contradictorio.

Igualmente, poner el foco en esos «mundos personales» en relación no puede ocultar que la interacción es siempre asimétrica. Nunca se realiza con independencia de factores preexistentes e incontrolados por el individuo. Así, se puede decir que hay tantas ideas de nación como personas nacionalizadas, pero es cuando los individuos interaccionan cuando se pone de manifiesto la compatibilidad entre ellas y surgen los consensos y disensos sobre la colectividad. A veces se producen reajustes; otras, imposiciones. Por muy exitosas que sean, las interacciones nacionalizadoras nunca alcanzan la homogeneidad ni la ubicuidad. Los resultados no se separan nunca del proceso que los produce porque este nunca termina (salvo con la desaparición de la nación).

Los modelos que contemplen la identidad nacional como «algo que se tiene», una especie de jarrón que puede estar muy lleno (nacionalización exitosa/intensa), poco lleno (débil nacionalización) o vacío (nacionalización fracasada), no dejan de caer en una reificación en su sentido etimológicamente más puro. Convierten en «cosas» realidades que son procesos de continua actualización y redefinición cuya existencia se demuestra por el mero hecho de acontecer y su intensidad no tiene por qué ser inversamente proporcional a sus conflictos y tensiones internas (véase el capítulo dedicado al caso español para la formulación de la tesis de la débil nacionalización).

Si aceptamos todo lo anterior y concluimos que, de acuerdo con los mencionados «giro de la acción» y «giro cognitivista», el objetivo debería ser estudiar cuándo y cómo la nación juega un papel en esos «yoes en el mundo», entonces las experiencias vitales y su permanencia en el tiempo a través de la memoria parecen realidades más susceptibles de una verificación y abordaje empíricos. Sin embargo, veremos que tanto la experiencia como la memoria carecen de consistencia fenomenológica sin un tercer elemento, que es la articulación narrativa.

La «experiencia» entendida como «lo vivido por una conciencia» no es desde luego una noción aproblemática. LaCapra (2004: 38-39) la describe como una «caja negra», un residuo indefinido que muestra una cara objetiva y otra subjetiva. Algunos autores han disertado sobre la existencia de una experiencia pura no segmentada, completamente independiente de la acción de los individuos que la viven, y han reflexionado sobre sus relaciones con las representaciones del pasado (Ankersmit, 2012). No obstante, la posición dominante en la actualidad rechaza con claridad cualquier posible naturalización y reificación de la experiencia, e incide en que es el procesamiento cognitivo que realizan los sujetos lo que transforma los eventos/acontecimientos en experiencias (Scott, 1991; Maftei, 2013: 61).

Destacando esto y visto desde fuera de la discusión, el problema real es la posibilidad de afirmar una línea permanente de conciencia que garantice una entidad fenoménica al «yo en el mundo» (self); algo que una tiempo, mente y cuerpo; algo que garantice una continuidad mínima sin la cual el «yo consciente» y la «identidad», tal y como aquí los hemos definido, son imposibles (Dainton, 2008). Sea como fuere, «tener una experiencia» siempre significará la colocación de unos agentes, una temporalidad y unos contextos en una red de significados e intencionalidades, así como la fabricación de unas historias que, al final, constituyen el verdadero medio de creación y reproducción de la identidad (Lawler, 2014: 23-44).

Los materiales a partir de los cuales esto se realiza los aporta la experiencia procesada, restos de un pasado siempre desvanecido que constituyen la memoria. Los estudios sobre memoria tienen una larga tradición, especialmente en Francia (Halbwachs, 1994; Namer, 1987). Sabemos desde hace tiempo que la memoria no es nada parecido a una caja fuerte que almacena recuerdos, percepciones y sentimientos. La memoria es un proceso activo, continuamente llevado a cabo desde el presente de cada individuo. Incluye el recuerdo dinámico, el olvido y la transformación.

Los agentes de la memoria son los individuos, pero esta se halla imbricada en marcos colectivos de dos maneras. Primero, «gran parte de la memoria está sujeta a membresías de grupos sociales de un tipo u otro» (Fentress y Wickham, 1992: IX). De hecho, la socialización y la educación pueden transmitirnos recuerdos de cosas que no hemos vivido. Este proceso transgeneracional proporciona identidad tanto como la propia experiencia vivida.

Asumir el carácter diferencial y transformativo de la memoria lleva a la segunda forma de imbricación colectiva. En tanto que la grupalidad es inherente a los instrumentos simbólicos de interacción de los individuos –lo que aquí hemos llamado «identidad»–, cualquier procesamiento intelectual constructor de «experiencias», siquiera la más temprana y simultánea percepción, se realizará siempre desde las categorías grupales del sujeto, las cuales este no ha producido «desde cero» (Brubaker, Loveman y Stamatov, 2004).

Diferentes académicos, desde historiadores hasta psicólogos sociales, han señalado los solapamientos entre memoria, experiencia e identidad, especialmente en su dimensión colectiva y en su importancia para las representaciones del pasado (Fulbrook, 2014; Berger y Niven, 2014; Rosa Rivero, Bellelli y Bakhurst, 2000; Reicher y Hopkins, 2001). Diversos trabajos empíricos en el campo de la psicología cognitiva y la neurociencia también parecen confirmar que la manera en que el cerebro humano funciona favorece la narratividad y la grupalidad (Hirst, Cuc y Wohl, 2012).

Igualmente, la estructura interna de las memorias autobiográficas se relaciona con factores contextuales y sociales, pero esa relación no es ni mecánica ni proporcional. Así, alguno de estos estudios sugiere que los periodos vitales autobiográficamente definidos se ven más afectados por los grandes acontecimientos públicos cuando estos últimos «producen un cambio marcado y duradero en la estructura de la vida diaria» (Brown et al., 2012).

Entre las diferentes posibilidades de gestionar las historias de vida y su temporalidad, la organización de la experiencia a través de categorías nacionalizadas no puede llevarnos a tomar el atajo de hablar simplemente de «memorias nacionales». De nuevo, los peligros de reificación y nacionalismo metodológico aparecen y en algún caso, como en Nora (1993), se consuman.

Con todo, las nociones más o menos implícitas de experiencia y memoria no son algo nuevo en la reflexión intelectual sobre los fenómenos nacionales; están presentes en el «riche legs de souvenirs» de Renan (1991: 41), la «imagined community» de Benedict Anderson (1983) y los «ethnosymbolic resources of the nation» de Anthony Smith (2009), entre los cuales se halla la necesidad de unas memorias colectivas preexistentes a la nación. Incluso dentro de las posiciones clásicas del modernismo, la memoria desempeña un papel importante en cómo las élites políticas moldean el proceso de construcción nacional, puesto que estas constituirían los agentes que articulan esa memoria nacional (Fentress y Wickham, 1992: 127-137). Sin embargo, la aplicación sistemática de estas intuiciones en estrategias metodológicas específicas está aún por hacer.

Teniendo en cuenta lo anterior, de una manera u otra, las naciones serían «comunidades de recuerdo» (Erinnerungsgemeinchaften), construidas sobre «comunidades de identificación» previas, que provienen a su vez de «comunidades de experiencia» (Fulbrook, 2014: 73-83). Así, de acuerdo con lo expuesto, los vínculos entre las personas que permiten la existencia de estas «comunidades» proceden precisamente de la intersección de identidad nacional, experiencia de interacciones y memorias de esa conexión entre mundo individual y colectividad. De ello surge una «sensación de familiaridad» (Familienähnlichkeit) basada en el pasado, la cual orienta las diferentes conciencias y comportamientos en el presente, y los aproxima o separa para interacciones futuras (Bernecker, 2008: 92-93).

Nótese que el asunto importante aquí es la percepción de una estructuración lingüística de conexiones compartidas a lo largo de un tiempo –sean «alemán», «el pueblo estadounidense» o «la nación francesa»–. No lo son tanto los contenidos o temas, usualmente compuestos de mitos y estereotipos, que se utilizan para dar cuerpo a las ideas particulares de nación –«para ser verdaderamente alemán hay que hablar alemán como lengua materna», «los auténticos estadounidenses (o más bien, se diría, Americans) son gente amante de la libertad y hecha a sí misma», «ser un patriota francés implica ser laicista y republicano», etc.–. Esta dualidad entre la continuidad de las categorías y la diversidad en sus significados, entre el presente y las categorías que se utilizan para entender el pasado, es clave para entender tanto la flexibilidad como el carácter conflictivo de la nación (Hutchinson, 2005). Conviene recordar, no obstante, que los rasgos básicos de este proceso se dan también en otras «comunidades imaginadas» diferentes de la nación, como puedan ser «mujeres», «proletarios» o «afroamericanos». La única diferencia es la identidad empleada en cada caso, sea género, clase o raza.

El primer momento clave en un proceso de construcción nacional es precisamente el punto en que un número suficiente de individuos comienzan a usar la nación como categoría efectiva para sus interacciones, y por lo tanto esta empieza a ser «real en sus consecuencias» a nivel macro. Este momento crítico de la nacionalización de las categorías que utilizamos para codificar la experiencia es muy difícil de concretar empíricamente. Aunque vemos sus efectos y podemos reconstruir una cierta cronología, los sentidos de la causalidad y las vicisitudes internas no están claros. Tener en cuenta los sesgos implícitos de la «búsqueda del origen» (con su trasfondo teleológico) y que los inicios no determinan la evolución no es óbice para reconocer que los primeros momentos son importantes.

Una vez que el proceso ha comenzado, es el estudio de su supervivencia, reproducción y/o expansión a un nivel microhistórico y «desde abajo» lo que nos permite entender cómo funciona realmente. Si esto es posible, deberá pasar necesariamente por el pilar fenomenológico básico y común a la identidad, la experiencia y la memoria. Como ya hemos mencionado, los tres elementos operan conjuntamente a través de narrativas, elaboradas por los individuos desde el presente y dirigidas a ellos mismos y a aquellos con los que interaccionan, sea este contacto real o potencial (véase King, 2000).

LOS RELATOS DE VIDA COMO FUENTES

La narración, especialmente en su forma más estructurada de relato, es la forma por la que podemos acceder a la identidad de los individuos de una manera empírica. Por supuesto, no todos los sujetos producen «narrativas» ajustadas a cánones literarios. Muchos relatos personales no tienen estructura coherente, utilizan registros lingüísticos no estandarizados y en algunos casos no superan la mera acumulación de anécdotas o comentarios; sin embargo, aun así, resultan útiles como fuentes para el historiador de las identidades.

En la actualidad disponemos de metodologías cualitativas basadas en cómo hablan y qué dicen las personas cuando cuentan o escriben sobre sus vidas o sobre el mundo que han vivido (Plummer, 2001; Bertaux, 2010; Pujadas Muñoz, 1992).13 Como alternativa, las inferencias indirectas pueden ser válidas en algunos contextos (Van Ginderachter y Beyen, 2012: 10). Apelar al inconsciente o derogar lo que el sujeto dice porque «está mintiendo» o «en realidad quiere decir otra cosa» puede no ser siempre incorrecto, pero desde luego nos puede conducir a un peligroso vórtice de especulación o capciosidad.

Es cierto que algunas tradiciones de la teoría literaria no son precisamente optimistas acerca de la calificación de las narrativas personales como fuentes para la investigación histórica. La «muerte del autor» y la noción de «discurso independiente», sintonizadas con el deconstructivismo, posestructuralismo y posmodernismo, contrastan con la ingenuidad neopositivista de algunos historiadores al lidiar con estos relatos.14 Ciertamente, los historiadores de las identidades –y, en realidad, los de todo lo demás– deberían dedicarse a otro asunto si aceptan que no existe ninguna conexión entre los seres humanos y sus producciones escritas.

Contrariamente a esto, hay todo un espectro de trabajos (Marcus, 1994; Eakin, 2008; Maftei, 2013; Maynes, Pierce y Laslett, 2008; Durán López, 2002; Smith y Watson, 2010: 38-42; Rich, 2014) que, incluso criticando el «pacto autobiográfico» de Lejeune, defensor del carácter íntimo y verdadero de la auténtica autobiografía, aceptan y promueven la utilización de estas fuentes para el estudio de las identidades y sus contextos. La escritura autobiográfica es siempre la de un «yo desdoblado» que genera una «experiencia narrativa equívoca», en la que el lector no accede a quien la escribió, sino a lo evocado desde su propio «yo». Sin embargo, esto no impide que haya marcas de intencionalidad y performatividad que permanezcan, ni tampoco que la desconexión entre el contexto y el acto lingüístico sea total (Pozuelo Yvancos, 2006; cf. también el monográfico de Loureiro, 1991).

Visto en perspectiva, la utilización de historias de vida, escritas u orales, para el estudio de las naciones y el nacionalismo no es una idea nueva, especialmente cuando la nación –y sobre todo el nacionalismo– aparece en un contexto más amplio. Es el caso de la escuela sociológica polaca de Florian Znaniecki, autor, junto al estadounidense William Thomas, de The Polish Peasant in Europe and America. Esta obra, publicada entre 1918 y 1920, fue pionera en el estudio de la identidad de los migrantes a través de, entre otras cosas, su correspondencia.

En el ámbito de los estudios sobre nacionalismo ha habido algunas utilizaciones en combinación con otras fuentes y alguna incursión esporádica específica,15 pero la concretización en estudios monográficos ha venido más bien del campo de los estudios literarios.16 La mayoría de estas obras privilegian el siglo XX, se mantienen en un único contexto político, estudian un número reducido de relatos (normalmente no más de diez) y se interesan más por cómo la preocupación nacional moldea las producciones literarias –gran parte de sus sujetos son literatos e intelectuales– que por la nación en sí. En este sentido, se verá que difieren de nuestra propuesta, pero a la vez la enmarcan en un sendero que, si bien poco recorrido, ya ha sido parcialmente desbrozado.

La conceptualización de estas fuentes sigue siendo problemática. La mayoría de los trabajos citados tienden a centrarse en la «autobiografía», que normalmente definen como un género literario cuya mayor particularidad es su naturaleza híbrida entre realidad y ficción. «Memoria(s)» también se ha utilizado para escritos autobiográficos que cubren una parte específica de la vida del autor.

El más amplio de todos los términos es el de egodocumento, que ha sido definido como «a source or “document” –understood in the widest sense– providing an account of, or revealing privileged information about, the “self” who produced it» (Fulbrook y Rublak, 2010: 263). Dejando aparte la discusión sobre qué significa «información privilegiada», este concepto incluiría correspondencia, testamentos, peticiones personales a las autoridades o declaraciones judiciales.

En este trabajo utilizaremos los términos «relatos de vida», «relatos personales» o «narrativas personales» para referirnos a los egodocumentos más extensos, estructurados y elaborados (autobiografías, diarios, memorias y libros de viaje). Dejamos fuera la correspondencia, que permite una mejor reconstrucción diacrónica para un solo individuo, pero corre un mayor peligro de fragmentación y permite ofrecer menos sujetos observados para el mismo tiempo de trabajo.

A pesar de su diversidad, las narrativas personales presentan dos elementos comunes: primero, son narraciones, lo cual implica la existencia de personajes, argumento(s), tiempo(s) y espacio(s); segundo, en algún momento, en algún lugar, hubo uno o más sujetos que las elaboraron y que se presentan en una relación de identidad con el narrador, que es usualmente uno de los personajes principales. Estos dos elementos están presentes en las principales limitaciones hermenéutico-epistémicas de estos relatos: las relativas a la veracidad y autenticidad, así como la unidad, continuidad y consistencia. Posteriormente trataremos las cuestiones de representatividad e interseccionalidad.

En primer lugar, la preocupación clásica es la identificación autor-narrador. Desde luego, no se pueden descartar nombres falsos o inventados. Tampoco narraciones de eventos que nunca ocurrieron o alteraciones de cualquier elemento de la narración, de acuerdo con distintos intereses o motivaciones (o, más bien, aquello que se percibe como tales). Sin embargo, por mucho que esto ocurra, el resultado no deja de ser un producto cultural real. Los historiadores de los fenómenos nacionales pueden no necesitar esta «veracidad» entendida como «correspondencia» entre autor real, nominal y narrador, entre el mundo representado y el mundo vivido, entre lo que el autor «quería escribir» y lo que el investigador encuentra en su texto editado o manuscrito. Si fuera posible controlar la cuestión de las modificaciones a posteriori no identificables, se podría decir que, para lo que aquí buscamos, la propia representación de la realidad es ya una posición auténtica en el mundo representado, una huella de ese «filtro codificador» que nos interesa y que pone de manifiesto que las narrativas personales nunca son actos puramente individuales (Malena, 2012; Maynes, Pierce y Laslett, 2008).17 En este sentido, la preocupación por la separación existente entre lo que los sujetos piensan y sienten, por un lado, y lo que dicen o escriben, por otro, no supone realmente una destrucción de las potencialidades de las fuentes, sino más bien lo contrario.

Ciertamente, la mayoría de las veces, el nombre del productor real es menos importante que otras referencias contextuales relativas al autor y que permiten entender el relato: nacimiento y crianza, educación, condiciones materiales de vida, ideología política, etc. Algunos datos pueden deducirse (no sin riesgos) de la propia narrativa, pero otros necesitan de información externa que no siempre está disponible o es sólida. Además, la audiencia esperada tiene una influencia significativa. Obviamente, escribir una narrativa personal para publicarla y vender copias, obtener un premio o prestigio social no es lo mismo que elaborar un diario familiar para los descendientes. Las reivindicaciones de patriotismo más abundantes y declamatorias son más probables en el primer caso, mientras que el material más íntimo y privado normalmente muestra la nación de una manera más sutil y tácita, en el caso de que muestre algún tipo de identificación nacional.

Las narrativas personales tampoco son un reflejo completo, unitario y consistente de un «yo» igualmente completo, unitario y consistente, a partir del cual podamos inferir identidades directa y completamente. Está claro que los individuos siempre están «en proceso» (in the making). La vida humana es un devenir experiencial, no una situación estática. Así, nuestros recuerdos evolucionan y cambian, a la par que nuestras identidades (incluso cuando tendemos a pensar lo contrario). Como parte de este proceso, pueden producirse narrativas escritas que, en cierto modo, son fotos fijas de algo dinámico. Este contraste entre un «yo» cambiante y un texto supuestamente cerrado y permanente, entre las cronologías internas y externas, genera también un problema metodológico en la fase de reconstrucción interpretativa.

No obstante, por el momento la cuestión principal es si podemos confiar en la unidad empírica tanto del «yo» como de la narrativa. La respuesta es negativa en ambos casos, pero la clave es que esto no anula sus potencialidades gnoseológicas. Incluso dejando aparte la no menor cuestión de la autoría, es cierto que nuevas experiencias pueden acontecer, quizá produciendo nuevos cambios en nuestras identidades. Así, una narración escrita justo después de la vivencia nunca puede ser lo mismo que treinta años más tarde, cuando las líneas de fractura de la memoria, preexistentes o nuevas, han tenido más tiempo para actuar. Algo originalmente carente de sentido nacional puede nacionalizarse tiempo después. Los eventos sentidos e interpretados en términos nacionales en ese momento pueden perder esos significados y adquirir otros. Precisamente, las narrativas se utilizan para reflexionar sobre y disputar el «¿qué ocurrió?», pudiendo combinarse la nación con otras respuestas de una manera más o menos conflictiva. El problema para el investigador es que estos elementos intermedios de transformación son con frecuencia imposibles de encontrar y controlar completamente. Como indicador general, se puede decir que, cuanto mayor sea el tiempo transcurrido entre vivencia y escritura, más difícil será manejar la narrativa en este sentido.

Tal aislamiento de factores es más fácil de formular que de aplicar en casos concretos. La materialidad clásica del texto puede transmitir una idea de «cierre» o «finalización», pero la elaboración de la narrativa es un proceso en sí con múltiples variables. Los llamados «momento de la experiencia» y «momento de la escritura» no son estadios claramente delimitados, toda vez que la búsqueda de una suerte de realidad primordial, original y escondida detrás del texto no tiene sentido una vez que hemos descartado la existencia de unas nociones prístinas e inmanentes de «experiencia» e «individuo», independientes de un procesamiento intelectual consciente.18

El «momento de escritura» no tiene por qué coincidir con el fechado, si es que hay alguna manera de fechar el documento. De hecho, puede ser que ni siquiera sea «un momento», ya que el texto puede haber sido escrito por varias manos y/o en varias fases, quizás el autor lo haya revisado, los editores lo hayan «enmendado» o «corregido» para la primera edición o para ediciones posteriores, etc. Careciendo del manuscrito original, lo cual para los siglos XVIII y XIX no es raro, todos estos cambios son imposibles de contrastar con seguridad; incluso disponiendo de un original hológrafo, de un autor verificado y con fecha, no hay ninguna garantía de que no haya habido versiones previas y/o alternativas.

Por lo tanto, es mucho más importante y plausible conseguir información sobre el mundo personal y social en el que se produjo ese documento y qué modificaciones posteriores ha habido, que obsesionarse con ese tipo de detalles. Cuanto más impreciso sea nuestro control de esos factores, más arriesgada será la interpretación y más probable será la necesidad de descartar esa fuente. Dos elementos clave, aparte de la localización espacio-temporal de la escritura, son la instrucción del autor y si la narrativa se concibió para publicarse o no. En función de esto, podemos encontrar añadidos al texto puramente narrativo, como recortes de periódico, cartas, panfletos, fragmentos de discursos e incluso fotografías, estadísticas o información enciclopédica, según las épocas.

Dados estos problemas, creemos que el arreglo metodológico óptimo para el trabajo con narrativas personales lo conforma una adaptación del análisis del discurso y de la historia conceptual. El análisis del discurso cuantitativo y cualitativo utilizado en prensa o en declaraciones políticas no es directamente aplicable debido a los factores aquí expuestos, desde la imposibilidad de establecer frecuencias hasta la inseguridad sobre las dimensiones ilocutivas y perlocutivas.19 Por su parte, la historia conceptual, en sus diferentes tendencias (Begriffsgeschichte, Cambridge School, etc.), proporciona buenos instrumentos para un análisis en profundidad del significado de las palabras en su contexto e historicidad, así como una buena base para la comparación más allá de los textos canónicos de la alta cultura (véanse Müller, 2014; Fernández Sebastián y Capellán de Miguel, 2011 y 2013; Fernández Sebastián y Fuentes, 2002). Esto no la exime de problemas en la extrapolación e idealismo en sus conclusiones.

De esta manera, las categorías «nación» y «nacional» (o sus equivalentes en cada idioma) serán los objetos de análisis fundamentales en cada una de las narrativas, pero también es necesario explorar la estructura cognitiva de grupalidades en la cual están insertas. Ya Michael Billig observó cómo las estrategias deícticas, como el uso de pronombres («nosotros», «ellos»), posesivos («nuestro», «suyo») u otras expresiones («en este país», «toda la sociedad», etc.), manifiestan sistemas de pertenencia subyacentes. Por supuesto, gentilicios y etnónimos como «español», «francés» o «inglés» deben estudiarse también. Todo esto puede ayudarnos a analizar la estructura y los límites cognitivos de los entes imaginados con los que se construyen las narrativas. No obstante, también es necesario conocer los significados de las categorías colectivas, que con frecuencia son fuente de conflicto y diferenciación tanto o más que la antinomia «fuera/dentro». Estos significados están profundamente imbricados en los contextos de producción, y pueden proporcionar excelentes materiales para la historia política y sociocultural de cada periodo.

Por todo lo anterior, es evidente que el estudio de la construcción de naciones desde un «enfoque personal» a través de fuentes personales pasa por la reconstrucción historiográfica, en la medida de lo posible, de tres elementos: a) el papel de la nación en la trayectoria vital de los individuos y cómo estos la «personalizan» e inciden en el proceso general de construcción nacional (Molina Aparicio, 2013); b) la naturaleza de las «experiencias de nación», tal y como vienen definidas en Archilés (2013), así como su relación con las identidades de cada uno y los consensos y disensos en la definición de la nación, y c) la existencia o no de patrones comunes y variaciones significativas en las formas de describir la vivencia de la nación que puedan iluminar la historia política y cultural de cualquier periodo donde la imaginación nacional haya sido relevante.

Para ello existen dos polos metodológicos entre los que cada investigador puede trazar su propia estrategia: por un lado, el enfoque personal puede convertirse en biográfico: tomar uno o unos pocos individuos y reconstruir su trayectoria vital (frecuentemente usando también sus relatos de vida), con el objetivo último de conocer el papel de la nación en esa trayectoria (Núñez Seixas y Molina Aparicio, 2011; Forti, 2014; Molina Aparicio, 2015). Por otro lado, y con un espíritu más prosopográfico, el foco puede desplazarse hacia las narrativas en sí, perdiendo la profundidad y el dinamismo de la biografía, pero ganando la posibilidad de realizar muchas más observaciones y la capacidad de establecer tendencias. Este enfoque más estructural es el que asumimos en este trabajo.

La necesidad de explorar estas tendencias introduce el tercer problema hermenéutico, cuya naturaleza es más básica y común a toda metodología cualitativa: ¿cómo pueden producciones individuales dar cuenta de fenómenos colectivos y cómo las identidades nacionales interaccionan con otros elementos dentro de esas narrativas? Dado el número limitado de observaciones posibles incluso optando por un enfoque no biográfico, está claro que nuestros resultados serán siempre provisionales y falsables. Teóricamente, el número potencial de narrativas sería igual o mayor que el número de individuos de un universo. Como afirma Ferran Archilés (2013: 114):

Al final, en lo que es un ejercicio de imposibilidad histórica, si pudiéramos conocer la manera como todos los individuos de un espacio y tiempo concreto narraron y se narraron a sí mismos su identidad nacional tendríamos el perfil exacto de la nacionalización, y conoceríamos cómo funcionaron todas las experiencias disponibles. Pero, en realidad, tendríamos algo parecido a una cacofonía de voces. Algunas más potentes que otras, eso sí. Sería una suerte de mapa borgiano del territorio de la nación, excesivo e inútil. Con certeza, lo único que podremos llegar a trazar son algunos de los marcos en los cuales los sujetos pudieron experimentar los procesos de nacionalización, así como algunos de los lenguajes de nación, las narrativas que elaboraron para dotarlos de sentido.

Por su parte, los sesgos derivados de la interseccionalidad –en este caso, buscar la identidad nacional por encima de todo y como si fuera un ente autónomo o siempre predominante sobre otras formas de pertenencia– constituyen un problema básico al que normalmente se dedica menos atención que a la representatividad.

Evidentemente, aquí nos encontramos con el techo de la especialización: es comprensible que un estudioso de los fenómenos nacionales busque eso y no otra cosa. El problema viene cuando no se es sensible a las relaciones que los propios individuos establecen entre sus pertenencias, entre las cuales la nación no siempre es la dominante. Lo que en realidad es ambiguo se presenta como claramente nacional y las palabras se extraen de manera descontextualizada para hacer que digan lo que conviene al investigador. Igualmente, sabemos que la multiplicidad de identidades no es acumulativa sino interseccional. «To speak autobiographically as a black woman is not to speak as a “woman” and as a “black”. It is to speak as a black woman» (Smith y Watson, 2010: 41). Dejando aparte la manipulación política, un manejo deficiente de esto puede llevar a las situaciones mencionadas. El desafío para los nationalism scholars consiste, de este modo, en analizar su tema con la profundidad y los matices necesarios, pero sin diluirlo, y evitando la desnaturalización y la sobreinterpretación.

UN CORPUS DE RELATOS DE VIDA PARA LA ERA DE LAS REVOLUCIONES

Todos los sujetos de nuestro corpus pueden adscribirse, de alguna u otra manera, a uno de los cuatro procesos de construcción nacional considerados: el británico, el francés, el español y el portugués. Cada vez que aparece un nuevo autor en el cuerpo del texto, se incluye a pie de página información biográfica y de la(s) fuente(s) asociada(s), así como las marcas estadísticas correspondientes a los grupos en los que se le ha clasificado (véase la tabla 1). Como ya se ha indicado, sus narrativas fueron elaboradas entre los años ochenta del siglo XVIII y los años treinta del siglo XIX. Se han descartado muchas memorias publicadas a partir de los años cincuenta por los ya ancianos protagonistas de la revolución liberal. Por lo tanto, en términos de procesos de memoria, el contexto no deja de ser el de la propia era de las revoluciones.

Aparte de los manuscritos, sí nos hemos servido de ediciones y transcripciones posteriores. Los casos de clara manipulación, entendiendo esta como modificaciones sustanciales realizadas por otra persona diferente al autor original, han sido sacados del corpus. Por supuesto, en muchas narrativas la seguridad sobre una modificación a posteriori no es completa, en cuyo caso se ofrecen las oportunas indicaciones.

En la práctica, no todos los sujetos son productores de narrativas escritas. Las diferencias de alfabetización, acceso a la movilidad y a los medios de comunicación, discriminación de género o clase social se han manifestado en la búsqueda de fuentes y se reflejan en las frecuencias del corpus. La representación directa de los individuos «mudos» es imposible. Respecto al resto, que va constituyendo la mayoría de la sociedad según nos acercamos al presente, la limitación en las observaciones posibles mantiene el problema.

De esta forma y en el espíritu del fragmento citado de Archilés, un corpus de narrativas nunca podrá ser completamente representativo, como no lo es ningún método de análisis social. No obstante, podemos paliar esto en la composición de una muestra que asegure la diversidad sin caer en nuevos sesgos de observación y que tienda a la distribución normal.

Teniendo en cuenta lo señalado anteriormente sobre la naturaleza y las complicaciones de otras fuentes, el hacer explícitos los criterios de composición responde más a la necesaria información que debe tener el lector sobre los posibles sesgos que a cualquier pretensión de desarrollar un tratamiento cuantitativo. En la tabla 1 puede verse un resumen de la composición de nuestro corpus, organizado por casos y después según las cuatro categorías de control fundamentales que hemos empleado.

Tabla 1.

Estructura del corpus (frecuencias absolutas y porcentajes)


Dada nuestra defensa de una perspectiva fenomenológica de la nacionalización, tendría poco sentido incluir un criterio de «intensidad de nacionalización» (dejando aparte la imposibilidad de formalizar eso). Sí nos siguen pareciendo relevantes, de acuerdo con nuestra finalidad y con lo que la historiografía ha venido tradicionalmente manejando, la pertenencia a las élites, la experiencia militar, la variable de género y la diversidad cultural territorializada.

No obstante, estos criterios tampoco son incuestionables. Pertenecer a las «élites» o a los «grupos gobernantes», conceptos que los modernistas más clásicos (Gellner, 2008; Hobsbawm, 1991) consideran el motor de los procesos de construcción nacional, es más contextual y variable de lo que parece. Un párroco de un pequeño pueblo, un recaudador de impuestos o el comandante de una guarnición fronteriza podrían considerarse «élites» («minoría selecta o rectora» según la Real Academia Española) en el marco de las poblaciones locales en las que están radicados. Sin embargo, nadie los consideraría tales en el marco del clero, la hacienda o el ejército, respectivamente. Un literato, un músico o un pintor pueden formar parte de la élite intelectual y a la vez vivir en unas condiciones materiales miserables. Los procesos de ascenso y descenso social que un individuo puede experimentar a lo largo de su vida también introducen un factor de complicación, incluso en una etapa previa a la sociedad de masas como es la era de las revoluciones.

Clasificar a alguien como «militar» es algo más simple por la necesidad de una vinculación profesional en algún momento de la vida, aunque muchos individuos de esta época tuvieron «experiencias militares» sin ser parte de un ejército durante la mayoría de su trayectoria vital. En el caso de las mujeres, el mayor problema ha sido precisamente el de encontrar narrativas, sobre todo en España y Portugal, donde el analfabetismo femenino era muy superior a las tasas del norte de Europa. Por último, la importancia que se le suele otorgar a las tensiones «centro-periferia» justifica la pregunta por el lugar de nacimiento, educación y/o socialización del individuo. En el caso del Reino Unido, se ha calificado de «área no central» todo lo que no fuera Inglaterra (pese a que esta, a su vez, tenga áreas claramente centrales y otras periféricas). En Francia, todo lo que no fuera la Île-de-France y sus aledaños. Lo mismo pasa con Portugal y Lisboa y, en España, con el centro de la península ibérica (los territorios litorales de la Corona de Castilla también se han considerado como «periféricos»).

Obviamente, otro corpus habría sido posible, incluso con los mismos criterios. Ciento setenta narrativas pueden parecer suficientes o no. Algunas no son más largas que una decena de páginas, otras ocupan miles en varios volúmenes. Algunas no cubren más de un año, otras cubren casi toda una vida. Algunas fueron redactadas el mismo día que refieren, otras relatan acontecimientos ocurridos años antes.

Las memorias y las autobiografías suelen tener un grado de reflexividad compatible con el desarrollo de un «régimen de agencia» o acción individual de tipo «moderno», si por esto identificamos a un individuo dotado de una conciencia íntima diferenciada y una capacidad de acción en el mundo autónoma. Los diarios y, en menor medida, los libros de viaje suelen proporcionar una imagen más pasiva y contextual, supuestamente asociada a un «régimen de agencia» premoderno. Aun admitiendo esta distinción, en la que podríamos reproducir gran parte de la discusión sobre el modernismo, los usos y significados de las categorías nacionales no parecen verse directamente moldeados por ella. Como veremos, de existir algún factor significativo sería el del nivel educativo y el grado de politización, lo cual está ciertamente relacionado con los procesos de modernización, pero de manera indirecta.

A menos que se indique la fuente concreta, la información bio-bibliográfica se ha extraído de los estudios introductorios de las ediciones que se citan, de los repertorios biográficos y genealógicos disponibles, así como de los diccionarios al uso, como el Diccionario biográfico español, el Dictionary of National Biography o el Gil Novales (2010). También se ha acudido a algunas obras de referencia en literatura autobiográfica en cada uno de los casos o a estudios literarios sectoriales dedicados a esta, como los trabajos de Burnett, Vincent y Mayall (1989), Palma-Ferreira (1981), Rocha (1992), Aristizábal (2012), Durán López (1997 y 2005), Tulard (1971), Lejeune (1985), Weerdt-Pilorge (2012), Petiteau (2012), Rossi (1998), Bertier de Sauvigny y Fierro (1988), Amelang (1998), Daly (2013) o Hagist (2012).

Los autores de las narrativas que se analizan en este trabajo vivieron en un mundo marcado por la revolución y la reacción, a partir del cual surgieron las condiciones definitorias de la contemporaneidad. La mezcla de los cambios más o menos radicales con numerosas continuidades, reales o recreadas, ha sido frecuentemente resumida a través de los conceptos «crisis del Antiguo Régimen» y «era de las revoluciones».20

El concepto de Ancien Régime fue, como el de Edad Media, ajeno a las personas que vivieron en aquella época. Fue una caracterización a posteriori, muy querida por aquellos que querían destruirlo y que enlaza con la influencia de los esquemas «premoderno/moderno» en el pensamiento historiográfico. Además, facilita la distorsión en la comprensión de la Europa posrevolucionaria, según la cual lo que querían y llevaron a cabo los enemigos de la Revolución habría sido simplemente «volver al Antiguo Régimen» (véase Caiani, 2017).

Por su parte, «era de las revoluciones» es muy efectivo para captar esa idea de «momento bisagra» entre la época moderna o Early Modern Times y la época contemporánea o Modern Times; sin embargo, al centrarse tanto en lo que cambia, se corre el riesgo de subestimar las continuidades respecto al mundo anterior (Mayer, 2010). Además del problema metahistórico sobre «los orígenes de la modernidad» que se le atribuye al periodo, tenemos la simple dificultad de marcar fechas de inicio y de final. Aun circunscribiéndonos a revoluciones políticas afines a la tradición liberal, no habría consenso en señalar cuál fue la primera: ¿la inglesa de 1642 o la de 1688? ¿La americana de 1776? ¿La francesa de 1789? Igualmente, ¿cuándo termina el ciclo revolucionario, que en Europa se prolonga en las oleadas de 1820, 1830 y 1848? ¿En el momento en que llega el liberalismo al poder en cada lugar? ¿Qué tipo de liberalismo? Todas las maneras de conceptualizar esta época y de sintetizarla se han enfrentado al desafío de definir lo que con diversas cronologías según los lugares llevó a las transformaciones en todos los ámbitos de la realidad humana propias del contexto temporal que sirve de marco a nuestro análisis.

Entre los siglos XVIII y XIX se produjo una intensificación sin precedentes de la globalización y la presencia europea en el mundo con diversos grados de violencia y negociación. Esto se llevó a cabo en un periodo en el que la relación entre Estados, regida hasta entonces por un principio dieciochesco de equilibrio y ciertos códigos de comportamiento militar, se vio alterada por una etapa de auténtica guerra total, iniciada por las guerras revolucionarias. Las transformaciones intelectuales vinieron marcadas por las rugosidades, eclecticismos, contradicciones y limitaciones del pensamiento ilustrado en sus vertientes radical y conservadora.21

Además, se señala que hubo cambios en la propiedad agraria encaminados a su explotación capitalista, la maduración en algunos lugares de sistemas sociales propios del mundo industrial, el cuestionamiento y después la caída del derecho divino de los monarcas como principio fundamental e incuestionable en la legitimación del poder político. También observamos la extensión de principios representativos que, en medio de amplios debates de carácter transnacional, generarían, por un lado, diversas formas de liberalismo más o menos inclusivas (entre ellos, el democrático) y, por otro, una redefinición reactiva del conservadurismo y tradicionalismo. Asimismo, se observa la pervivencia de culturas populares de raíces paganizantes, medievales y barrocas, a la par que el cosmopolitismo ilustrado daba paso a las diversas sensibilidades románticas.

Conviene tener en cuenta que todos estos cambios a nivel macro se produjeron con ritmos variables, no siempre de manera lineal y, desde luego, no progresiva. A ras de suelo, diferentes generaciones convivieron en cada momento y encararon los acontecimientos desde etapas de desarrollo vital diferentes. De forma general, se podría distinguir una primera cohorte de aquellos que ya eran ancianos o adultos maduros en el momento de las sacudidas revolucionarias. Otra generación la compondrían los adultos jóvenes y la última sería la de aquellos nacidos durante o después de la revolución, educados ya en el nuevo mundo. En conjunto, las tres generaciones cubrirían las seis o siete décadas que van desde el último tercio del siglo XVIII hasta el primero del XIX. Un vistazo al corpus revelará la inclusión de individuos de las tres. Evidentemente, las cronologías dependen de la historia política de cada espacio, las interrelaciones entre ellos y el grado de participación de cada individuo en los problemas de cada época. Por ello, cada uno de los capítulos correspondientes a los estudios de caso se iniciarán con una breve contextualización histórica, seguida de un estado de la cuestión historiográfico.

UN MODELO TEÓRICO

El modelo teórico que aquí se maneja para analizar la historia de los lenguajes de nación durante el periodo se ha elaborado a partir de dos fuentes. Por un lado, del trabajo general de Joep Leerssen (2006) y de otros autores cuyas propuestas conceptuales presentan una superación de la dicotomía moderno/premoderno (como Fernández Sebastián, 1994; Wilson, 2003; Matos, 2002). Por otro lado, de la inducción comparativa a partir de los usos en la documentación del término «nación» y sus equivalentes (véase el sexto capítulo para una profundización de la comparación). De esta forma, conviene señalar que a lo largo de la obra se alternan dos modalidades diferentes de «concepto»: la primaria responde al sentido koseckelliano de concepto como un significante, al que acompañan sus distintos significados (Koselleck, 2002: 4-6). Sin embargo, una vez recolectada la evidencia, se intenta reconstruir los conceptos en tanto que «estructuras cognitivas» que no pueden disociarse completamente de intenciones y contextos de utilización (Skinner, 1969: 48-49).

En este sentido, es importante partir de la consideración de que los regímenes semánticos no deben entenderse como marcos totalizantes que puedan etiquetar a sujetos e identificarse completamente con periodos específicos. Si en este trabajo nos hemos posicionado en contra de una práctica académica que conforma sus categorías de análisis de espaldas al mundo de categorías de práctica que analiza, encontrar una forma satisfactoria de imbricar ambos planos, o sea, dar cuenta de la complejidad sin verse atrapado en ella, no está exento de peligros.

Dado que nuestra apuesta para lidiar con esta cuestión consiste en el estudio de los usos de la categoría «nación» y sus términos equivalentes y asociados, no puede extrañar que este criterio también se utilice a la hora de interpretar las continuidades y transformaciones conceptuales comunes a los cuatro casos. Y estas permiten a su vez formular, en diálogo con la historiografía citada, una serie de tipologías conceptuales que den cuenta de la problemática sobre la modernidad de las naciones que ha sido expuesta en este capítulo.

De esta forma, en lo que concierne a la historia de la era de las revoluciones y a la transición que nos interesa explicar, distinguimos cinco conceptos de nación: el genético, el etnotípico no politizado, el etnotípico politizado, el liberal y el romántico.22 Huelga decir que estos dos últimos son los que darán lugar a las tradiciones nacionalistas que han sobrevivido hasta nuestros días. Aunque puedan coexistir sincrónicamente, se podría decir que unos tipos se construyen a partir de otros; no obstante, afirmar una linealidad causal en la evolución es problemático. Los dos primeros son claramente dieciochescos, el cuarto y el quinto pertenecen al mundo revolucionario y posrevolucionario, mientras que el tercero está en una posición intermedia. Además, hay algunos espacios semánticos de superposición entre ellos en los que se observan más variaciones y la aparición de otros significantes.

Lo que hemos llamado concepto genético de nación, entendido en su acepción de «perteneciente o relativo a la génesis u origen de las cosas» (segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española), es uno de los más antiguos, desde luego claramente anterior al siglo XVIII. Los sujetos del corpus lo utilizan en sentido genealógico/natalicio. Es asistemático y usualmente carente de un conjunto de rasgos derivados del encuadramiento en esa entidad colectiva. Cuando el «lugar» es stricto sensu, puede acercarse a una de las ideas continentales de «patria» (así, podemos encontrar «Milán, mi patria» o «milanés de nación»). Una variante de esto, muy querida por las corrientes clasicistas, es la proyección recreada de las antiguas provincias romanas (Hispania, Britania, Galia, Germania, Italia) como una suerte de horizonte común de pertenencia en el que nación y patria se superponían. Parece que este uso estaba muy fijado para la era de las revoluciones, pues aún entrado el siglo XIX se pueden encontrar utilizaciones que bien podrían datarse de siglos antes.

Cuando no se trata de un lugar específico (normalmente una ciudad), sino de una estirpe, el sujeto está pensando en una supuesta gens en su sentido más preciso (como en «era judío de nación» o «pertenecía a la nación de los sioux»). Es posible, y en el siglo XVIII se hacía con frecuencia, que esta idea acabe derivando en la de una nación como una gran tribu, un conjunto de personas con un supuesto antecesor común y con frecuencia racialmente diferenciadas de su entorno. Por ejemplo, la aristocracia francesa prerrevolucionaria concibiéndose como descendiente de los «francos» frente a la masa «gala» del Tercer Estado. En virtud de esto, el propio rey se proclamaba descendiente del linaje de Clodoveo pese a la práctica imposibilidad de una consanguinidad directa.

De la sistematización y concretización de esta última acepción surgió lo que llamamos el concepto «etnotípico no politizado». El papel de la Ilustración aquí fue clave. La idea de una filiación común persiste, pero el vínculo fundamental es la existencia de un «carácter nacional» atribuible a la nación en su conjunto. Con frecuencia estos caracteres son objeto de investigación u «observación científica» y, por lo tanto, potencialmente racionalizables. Como el genético, el etnotípico no politizado abunda en usos exonímicos, o sea, que el hablante está categorizando grupos «desde fuera», distintos del suyo. El concepto etnotípico introduce un factor de «agencia» (los rasgos e inclinaciones del agregado de los miembros de la nación), si bien no necesariamente dependiente de la existencia de un individuo «moderno» dotado de voluntad y personalidad diferenciadas.

El concepto etnotípico politizado surge de la intersección de los caracteres nacionales con una idea de Estado y monarquía procedente de la continua recreación del republicanismo clásico y de la teoría política medieval. Esta última alimentaba una idea de comunidad política formada por el cuerpo de los vasallos, que en puridad es jurídicamente independiente del rey, pero está funcionalmente anclado a la figura del monarca. Tal conjunto conformaría una suerte de corporación de todas las corporaciones del reino.

Cuando la nación entendida como «espíritu público», usualmente asociada a un Estado monárquico, se superpone con la soberanía popular, surge el concepto de nación propio del primer liberalismo. La nación es ahora un cuerpo de ciudadanos con derechos y deberes dotado de una «voluntad general», expresada a través de un sistema representativo y teóricamente depositario de la decisión última sobre los «asuntos públicos» (principio de soberanía nacional). Frente a esto, la nación romántica convierte al carácter nacional en un espíritu metafísico que atraviesa personas y territorios, alcanzando un estatuto de entidad y diferenciación esencial particular y genuino. Sabemos que, a medida que avance el siglo XIX, el liberalismo conservador disolverá el contenido democrático del primer nacionalismo liberal y por lo tanto empezará a desarrollarse una nación liberal «moderada» (por ejemplo, como la descrita para España en Garrido Muro, 2013, y Gómez Ochoa, 2019). De esta manera, la defensa de la nación como un sujeto independiente y propietario del Estado comenzará a expresarse de una manera mucho más restringida en términos de participación política, acercándose en la práctica a esas formas etnotípicas politizadas que los reaccionarios esgrimían ante los revolucionarios. Sin embargo, dar cuenta de los orígenes del enfrentamiento entre conservadores y demócratas durante el resto del siglo XIX queda fuera de este estudio. Por lo tanto, el «concepto liberal» de nación aquí utilizado será de forma primaria y, salvo indicación contraria, el correspondiente a su inicial desarrollo revolucionario.

1 A lo largo del desarrollo del debate clásico, la clasificación cuatripartita de Anthony Smith (modernismo, etnosimbolismo, perennialismo y primordialismo) ha tenido un enorme éxito. De entre las muchas obras de este autor, un resumen propio puede encontrarse en Smith (2009). Es también imprescindible la síntesis de Özkirimli (2017), donde se tratan los principales tipos de modernismo, desde las versiones más asociadas a las teorías de la modernización, como la de Gellner (2008), hasta las más independientes de esos modelos, como Anderson (1983). Un problema de este tipo de obras es su frecuente desconocimiento de las producciones de tradiciones no angloparlantes, como Hermet (1996), Thiesse (2001), Álvarez Junco, Beramendi y Requejo (2005), Dieckhoff y Jaffrelot (2006), Langewiesche (2012) o Mira (2005).

2 El modernismo es claramente dominante en la historiografía española. Uno de sus defensores ha sido Álvarez Junco, para quien «Ni Smith ni Llobera rechazan, por tanto, frontalmente las tesis “modernistas”. Lo que hacen es distinguir entre nacionalismos modernos y fenómenos mucho más antiguos, como las “etnias” –Smith–, las “tradiciones culturales” o los “patriotismos” –Llobera–. Vistas así, sus posiciones son compatibles con la nueva visión modernista. La principal diferencia sería que lo que ellos llaman nacionalismos no son sino patriotismos étnicos, pues no se apoyan en la afirmación de la soberanía colectiva de esas etnias sobre un cierto territorio, fenómeno característico y exclusivo del nacionalismo moderno» (Álvarez Junco, 2016: 19). Contrástese esta postura con el propio Smith (2009: 44): «if nations are formed over long periods, we might expect to be able to trace the origins of some nations, at least, well before the advent of modernity. Unless we equate the concept of the nation with the ‘modern nation’ tout court, we could entertain the idea of nations existing in the Middle Ages», o Llobera (1994: 219-220): «Nations are the precipitate of a long historical period starting in the Middle Ages», «nations pre-date modern classes» y «Nationalism stricto sensu is a relatively recent phenomenon, but a rudimentary and restricted national identity existed already in the medieval period». En esta línea, véanse también Hutchinson (2017) y Ballester Rodríguez (2018).

3 Así sería para el etnosimbolismo del mencionado Smith (2009) y los autores que este último llama perennialistas y primordialistas, como Hastings (1997) o, en un caso mucho más claro de deformación conceptual, Gat (2013). Para la crítica de este último, Álvarez Junco (2016: 20-22). Sobre las insatisfacciones ante el modernismo y la necesidad de una fase «premoderna» en la historia de los fenómenos nacionales, véase también Jensen (2016). Ideas medievales de nación en Reynolds (2005) y Hoppenbrouwers (2007).

4 La respuesta en Hirschi (2014), que fue a su vez contestada en Leerssen (2014b).

5 La definición que formula Leerssen (2006: 17) de etnotipos es «commonplaces and stereotypes of how we identify, view and characterize others as opposed to ourselves».

6 El término patria procede de la palabra latina pater (padre). La terra patria es entonces la tierra «del padre» o de los antepasados. Por lo tanto, equivale al sentido clásico de la familia o el clan, pero ya con una prefiguración territorial de límites difusos. Los ilustrados recrearán el sentido clásico-romano del término, en tanto que las élites de la República romana se consideraban descendientes de una agrupación de tribus. El pensamiento escolástico también lo utilizará, pero esta vez como una extensión del cuarto mandamiento (cf. Catroga, 2010, y Leerssen, 2006: 13-102).

7 Martin Thom (1995) elabora un argumento de transición en torno a estas mismas cuestiones, destacando el contraste entre las libertades antiguas de los ilustrados, muy inspiradas en las ciudades grecorromanas, y las libertades primitivas de las tribus germánicas, que tanto gustaban a los románticos. Sin embargo, Thom se centra más en la Francia revolucionaria como escenario del cambio que en los intelectuales alemanes después de la invasión napoleónica.

8 Hay una tradición interesante de estudios sobre nación y nacionalismo que emplea las entrevistas como fuente y comparte buena parte de los fundamentos teóricos de este trabajo. Ejemplos en Karakasidou (1997), Burell (2006), Uzun (2015) y, en otro orden de cosas, Knott (2015).

9 De forma paralela, la literatura académica sobre el Estado ha dado también un giro cultural, antropológico y experiencial: Bevir y Rhodes (2010), Bratsis (2006) y Mitchell (1991).

10 Sobre todo, el pensamiento poscolonial y el feminista, que han sido pioneros en señalar cómo las narrativas personales pueden ser espacios de negociación y resistencia (véase Bhabha, 1990).

11 No hay consenso en la distinción teórica entre identidad nacional y nacionalismo: contrástense Smith (2009), Özkirimli (2017), Calhoun (1997) y Billig (1995). Es cierto que la diferencia cualitativa que proponemos aquí es inestable y un tanto arbitraria, pero con todo consideramos que es una diferenciación que merece la pena. Una buena crítica a esta opción la plantea Malešević (2013: 176) a través de una discusión paralela sobre el concepto de «raza»: «The then-dominant view [se refiere a finales del s. XIX] that the “white race” was unique, authentic and superior to other “races” was at that time understood to be a self-evident reality. However, with the hindsight of a century or more it is commonplace to describe such views not as natural reflections of “racial identity” but simply as “racism”». No obstante, también se podrían considerar al respecto los casos de la «clase social» y el «género». ¿Acaso es lo mismo tener una identidad de clase que ser un clasista? ¿No son cosas diferentes el pensarse a sí mismo como hombre y el ser un machista?

12 Aquí tomamos «construcción nacional» o nation-building como sinónimo de formación de naciones o nation formation, pese a que hay algunos autores que emplean este último término como concepto general y reservan el primero para incidir en el papel del Estado y otras instituciones (véase Lawrence, 2005).

13 Este trabajo solo manejará material escrito en cuya creación el investigador no ha tenido ninguna participación. Sin embargo, gran parte de estas historias de vida se producen como resultado de una respuesta a una pregunta o requerimiento. Evidentemente, esto genera unas implicaciones epistémicas diferentes.

14 Por otra parte, estas fuentes tampoco se pueden descartar completamente alegando que «no son fiables» y son «demasiado subjetivas», al contrario que otras fuentes supuestamente más «objetivables». Como indicamos más adelante, para un historiador de las percepciones y las representaciones culturales, los relatos de vida son valiosos precisamente por esa naturaleza profundamente subjetiva.

15 En el espacio anglosajón, véase la reclamación de Greenfeld (1992: 23) y de Wilson (2003); en el hispánico, Andreu Miralles (2016b). Desde la historiografía italiana, también es interesante el trabajo de Rovinello (2013) sobre las «historias de familia» que fabricaban los candidatos a la naturalización en el Nápoles de principios del XIX. La obra de Maurer (1996) es impresionante por la extensión de su base empírica, pero su objeto de estudio no es exactamente el nacionalismo sino el desarrollo de los «valores burgueses» en el espacio germánico durante el siglo XVIII.

16 Steven Hunsaker (1999) y Raj Kumar (2012) se interesan por la nación desde los márgenes en América y la India respectivamente. Claire Lynch (2009) utiliza autobiografías en gaélico e inglés de escritores irlandeses para revisitar la narrativa nacional previa y posterior a la creación de la Irlanda independiente, mientras Watson (2000) hace lo propio con Indonesia y la gestión de la (pos)colonialidad.

17 Matilda Greig (2018) ha estudiado las memorias producidas por militares británicos, franceses y españoles que participaron en las guerras napoleónicas, incluyendo sus procesos editoriales. En ellos destaca el contraste del tópico del «autor accidental», ajeno al oficio literario, con la implicación efectiva que muchos de los soldados (con frecuencia oficiales) tenían en la publicación de sus obras, así como la frecuente intervención de los editores. Los veteranos de guerra constituyen un grupo bastante específico en la producción de egodocumentos que no puede generalizarse automáticamente al conjunto social. Sin embargo, sí que proporcionan una buena cantidad de evidencia empírica sobre las relaciones entre individuos y estructuras que se exploran en este capítulo.

18 A tenor de esto, se podría argumentar que no hay que confundir la narratividad como cualidad intrínseca de la memoria y de la identidad, con las narrativas personales, que son sus productos. También puede haber narrativas mudas, que nos contamos a nosotros mismos pero que no escribimos o decimos. No obstante, una aproximación histórica empírica a estas es casi (si no completamente) imposible.

19 La referencia seminal en esto es Austin (1962). Una adaptación a nuestro tema en el citado Abdelal et al. (2009). El análisis del discurso es ya una metodología clásica en este campo, especialmente aplicado a los partidos e intelectuales nacionalistas.

20 Cf. las síntesis de Bayly (2010) y Osterhammel (2015), que intentan romper los modelos clásicos y eurocéntricos. Sobre el factor militar y el aspecto de la «guerra total», Bell (2007). El autor que difundió esta idea de la Age of Revolution como momento inicial de su «largo siglo XIX» es Eric Hobsbawm (2003). Una visión general clásica en Bergeron, Furet y Koselleck (1994). Otro concepto comprensivo interesante para los casos que manejamos es el de las «revoluciones atlánticas», cultivado primero en el contexto del atlantismo durante la Guerra Fría y luego renovado por Bailyn (2005). Un estudio comparado de las revoluciones en Estados Unidos, Francia, Haití y la América Hispana en Klooster (2009). Aunque el título parezca indicar lo contrario, el libro de Fradera (2015) es más una obra de historia imperial de la ciudadanía que una historia de los fenómenos nacionales, aunque en todo caso se ha convertido en imprescindible para el conocimiento del siglo XIX.

21 Sobre este tema, Sánchez-Blanco (2013), Israel (2003 y 2011) y Munck (2013).

22 Adicionalmente y ya colocados fuera de los límites cronológicos de nuestro trabajo empírico, podrían señalarse otros conceptos: el republicano, que convive con el genético durante la Edad Antigua y la Edad Media, el democrático, el cultural y el biológico. Lo que podríamos llamar «concepto republicano» corresponde al espacio semántico de la civitas romana y la polis griega. No se ha incluido en el modelo porque en la época esta idea de colectividad no solía expresarse con el significante «nación». Además, estaba muy limitada a las experiencias de las ciudades-Estado (que luego se proyectarán hacia grupos más amplios para conformar la nación liberal) y a algunos contenidos de las corporaciones medievales y del Antiguo Régimen, muy tamizados por el desarrollo de las monarquías (por lo tanto, realidades incluidas en el concepto etnotípico politizado). El concepto democrático sería una evolución de la nación liberal, definido por la búsqueda de derechos iguales y efectivos para todos los ciudadanos. El concepto cultural, muy influido por el romántico, se correspondería con los usos que encontramos en la «cuestión de las nacionalidades» del siglo XX. El concepto biológico es el que equipara la nación a la raza en un sentido sanguíneo (por ejemplo, como en el caso del nazismo alemán). Véanse de nuevo el propio Leerssen (2006), así como Kramer (2011) y Hastings (2018).

2. BRITÁNICOS

No es extraño señalar que, pese a la agresión a las convenciones de periodización historiográfica que supone, las guerras civiles, golpes de estado y revoluciones parlamentarias que sacudieron las islas británicas durante el siglo XVII constituyan el primer episodio en la historia de la implantación del liberalismo. En el siglo XVIII se creó un verdadero Estado británico bajo el signo del parlamentarismo. La revolución e independencia de las trece colonias de Norteamérica que formarían los actuales Estados Unidos, reconocida en 1783, supuso una auténtica crisis interna en la que los colonos, angloamericanos en su mayoría, se sirvieron de la cultura política británica para volverla contra la metrópoli y elaboraron unos argumentos de «defensa contra la tiranía» que no estuvieron carentes de apoyo o al menos simpatía en la «mother country».

Señalada Inglaterra como cuna de la primera Revolución Industrial, los gobiernos británicos posteriores a 1789, mayoritariamente tories, tuvieron que manejar los problemas internos y las dimensiones europeas y globales de las guerras contra la Francia, primero revolucionaria y después napoleónica. La divisa era contención y equilibrio en Europa, consolidación estratégica y desarrollo fuera de ella. Es recurrente la observación del miedo a una invasión, que se materializó varias veces en Irlanda. La Irish Question supuso un verdadero quebranto en la política británica, con una insurrección a finales de siglo y una unión más o menos forzada en 1801. Las tensiones entre una mayoría de población católica y una élite de cultura angloprotestante (the Protestant Ascendancy) continuarán, y el conflicto pasará por varias fases durante todo el siglo XIX hasta la secesión final de la Irishness del horizonte de la britanidad (salvo parcialmente en Irlanda del Norte).

Mucho más divisivas dentro de Inglaterra fueron las tensiones internas desarrolladas en torno a los Reform movements. La reforma política se asoció al radicalismo democrático y posteriormente a las primeras organizaciones obreras. Culminó en las legislaciones whig de la cuarta década del XIX, especialmente las muy limitadas Reform Acts de 1832. Entre otras cosas, estas leyes contribuyeron a la ampliación del sufragio e iniciarían el largo y lento camino hacia la conversión del parlamentarismo británico en un sistema democrático. Para los radicales demócratas esto se presentaba como el cumplimiento del espíritu de 1688. Los reformadores sociales incidían más en nuevos abordajes del Poor Relief. Con frecuencia las protestas de raíz socioeconómica se solapaban con la lucha por la ampliación y mejora de la representación parlamentaria (cf. Masacre de Peterloo en 1819).

Los reformadores religiosos desarrollaban una larga tradición de fuerte contenido moral y no solo teológico. Especialmente importante es la vigencia en el periodo de la polémica del Non-conformism, por la que algunos cristianos protestantes rehusaban someterse a todos los preceptos de la Iglesia anglicana. Evangélicos y metodistas fueron particularmente activos a nivel social. Por supuesto, en el ámbito religioso y conectada con la cuestión de Irlanda está la «emancipación católica», o sea, la movilización efectuada por nacionalistas irlandeses, pero no solo, para el desmantelamiento de las múltiples restricciones que tenían los católicos desde el siglo XVI en las islas británicas. En algunos círculos la emancipación se presentó como una condición necesaria para la democratización general. Hubo numerosos debates y divisiones. Estos culminaron en una campaña liderada por Daniel O’Connell para poder ocupar un escaño ganado en las elecciones de 1828, lo cual pudo hacer tras el levantamiento del bloqueo regio y la publicación de la Roman Catholic Relief Act de 1829.1

Desde un punto de vista historiográfico, las islas británicas han sido utilizadas como ejemplo de identidades nacionales premodernas y de conflictos en la integración territorial, con una tensión constante en la frecuente equiparación de English y British.2 Además, son la sede de importantes centros de investigación sobre nacionalismo que han acogido a algunos de los más destacados autores (por ejemplo, Gellner, Hobsbawm, Smith o Breuilly).

La historia política del Reino Unido, con una conformación a través de la unión de reinos bajo el claro predominio de Inglaterra y un desarrollo de nacionalismos no estatales muy fuerte en los últimos años, hizo que la construcción de naciones en el mundo anglosajón pasara de ser un objeto de investigación casi ignorado a recibir una enorme atención, especialmente desde la última década del siglo XX3

Ante la problematización de la existencia de una nación británica, algunos historiadores han asumido el llamado «four nations approach»,4 calificando de «nacionales» las identidades inglesa, galesa, escocesa e irlandesa, y asumiendo el carácter plurinacional del Estado británico o proponiendo una suerte de «nación de naciones» o «nación plurinacional». En otros casos, y manteniendo un paralelismo con lo sucedido en España, se habla de identidades concéntricas, duales, o de Estado-nación compuesto.5

El acuerdo no existe ni en las cronologías más básicas: si ignorando los argumentos del epígrafe anterior asumimos el mantra gellneriano de que los nacionalismos crean las naciones y no al revés, entonces la identidad nacional irlandesa no existiría antes de la movilización del nacionalismo irlandés en la segunda mitad del XVIII. Lo mismo se aplicaría para los nacionalismos galeses, escoceses e ingleses en la segunda mitad del XIX. Por supuesto, la británica no existiría antes de las Acts of Union de 1707.6 En cambio, en otros relatos la britanidad es posterior y no previa a unas identidades nacionales que ya existirían desde la Edad Media.7

Para Liah Greenfeld es durante el periodo Tudor cuando comienza un proceso de transformación semántica que llevará a la aparición de «la primera nación del mundo», Inglaterra, y a la creación de un modelo que copiarán todos los demás. En este proceso la palabra nation, según Greenfeld antes reservada a las élites, se equiparó a people como conjunto de gobernados, lo que producía una sensación de elevación social y una suerte de significación democrática.

El correlato que supone la consideración de la colectividad como un conjunto horizontal de individuos racionales igualmente dotados de dignidad eclosionó durante la época de la «revolución inglesa» del siglo XVII, que para esta autora «was the act of political self-assertion by the nation […] and it focused on the issue of sovereignty. […] The Revolution made it clear that nationalism was about the right of participation in the government of the polity –it was about liberty, and not monarchy o religion».8

El anglocentrismo de los argumentos de Greenfeld es manifiesto y el contexto británico está ausente, pero su tesis es importante en tanto que refleja la existencia en las historiografías sobre la Inglaterra del Early Modern Period de una definición de nación según una idea más o menos implícita de la soberanía.9 Como se ha indicado anteriormente, para un modernista el caso inglés sería un ejemplo precoz de nación soberana y, por lo tanto, moderna; para un perennialista, la prueba de que los fenómenos nacionales no son producto necesario o acompasado con los procesos de modernización que han conducido al mundo actual.

Una vez producida la creación del Reino Unido, la separación entre los estudios sobre la britanidad y los de las culturas (sub)nacionales es llamativa en su escasa o incluso nula interacción.10 Linda Colley (2009) es la autora de la obra de referencia en el campo de la britanidad. Según ella, durante el periodo que va desde la unión política del Reino de Inglaterra con el de Escocia en 1707 hasta el acceso al trono de la reina Victoria en 1837, se produjo un proceso de convergencia que dio lugar a una conciencia nacional británica.11 Colley se afana en afirmar que las identidades anteriores no desaparecieron, sino que se vieron subsumidas e incluso impulsadas por el proceso, si bien no sin tensiones ni conflictos.

Grosso modo, los factores de dicho proceso fueron los siguientes. En primer lugar, la idea de que los británicos son una nación protestante formada por hombres libres, que se erige en el gendarme universal contra la servidumbre y la tiranía, incluyendo la «esclavitud papista» de los católicos. La importancia de las libertades civiles como rasgo político distintivo es recurrente en las fuentes a través de diversos medios. Un ejemplo es la letra de la canción patriótica más popular de los siglos XVIII y XIX: «Rule Britannia». Su origen está en un poema del escocés James Thomson que fue musicalizado en 1740 por el inglés Thomas Arne. La parte más conocida está en plena sintonía con algunos de los contenidos centrales del patriotismo británico del momento y reza: «Rule, Britannia! / Britannia rule the waves / Britons never never never shall be slaves». Evidentemente, del orgullo derivado de la condición de ejemplo para todas las demás naciones nace el fortalecimiento de una narrativa nacional muy construida «hacia fuera», con fuertes dosis de francofobia antes y después de la Revolución.

Segundo y como derivación del primer factor, la presentación de Gran Bretaña como una nación imperial y próspera, sin aduanas internas, luz de la civilización que muestra el camino del desarrollo.12 Para pueblos cuya incapacidad o debilidad les ha impedido librarse de los déspotas y los reyes absolutos, es potencialmente el legítimo tutor y árbitro de disputas, en virtud de esa superioridad moral, económica y/o militar. El British Army y la Royal Navy, completamente alejados de veleidades intervencionistas en la política, consiguieron convertirse en un símbolo nacional per se en el cual se integraban componentes de todas partes del país y del imperio.

Tercero, la conformación de una nueva clase gobernante realmente «británica», asociada a un único British Parliament, y en virtud de lo cual escoceses, galeses e irlandeses desempeñaban destacados cargos en la Administración imperial. En cuarto y último lugar, la conversión de la dinastía hannoveriana de origen germánico en una monarquía-símbolo unificadora, sustanciada en la familia real y la figura del rey patriota. Esto es especialmente visible en la figura de Jorge III, pero responde a una tendencia más duradera (véase Armitage, 1997).

El apogeo de estos factores durante el siglo XIX habría llevado a un periodo de auge del nacionalismo británico, potenciado por el desarrollo local del romanticismo (cf. Crocco, 2014). Su erosión o incluso desaparición en el siglo XX habría conducido a una crisis de la britanidad, agravada por la conversión en nacionalismos alternativos de esas Scottishness, Welshness y Irishness.

En lo que toca a la Englishness, para Gerald Newman (1997: 52-53 y 227) hubo un poderoso movimiento que él califica de «nacionalismo inglés». Durante el siglo XVIII tomó cuerpo por encima del patriotismo anterior, que era un mero sentimiento de lealtad hacia la tierra y sus gentes, una vaga vinculación colectiva «for King and Country» (expresión equiparable al «por el rey y la patria» del ámbito hispánico). A partir de ello cultivó contenidos importantes los años siguientes, como la Ancient Constitution de ingleses nacidos libres (free-born Englishmen), un sistema que el despotismo importado de Francia con la «invasión» del 1066 intentó eliminar («el yugo normando») y contra el que se produjo una legítima reacción en el siglo XVII. Para este autor, «la creación del nacionalismo inglés había terminado hacia 1789».

La conclusión contrasta con las tesis de Kumar (2003: 176-179), que detecta la difícil conciliación entre Colley y Newman. Según este autor, Newman confunde continuamente inglés y británico, yerra en su argumento y presenta un nacionalismo inglés dieciochesco que nunca existió. Pese al solapamiento de contenidos (por ejemplo, en la idea de libertad) y a la necesidad de resolver esta brecha de alguna manera, la distancia continúa y las relaciones entre «inglés» y «británico» siguen despertando confusión, tanto en los analistas como en el mundo analizado (Langlands, 1999).

Paralelamente a esta discusión, se hallan las historiografías sobre las identidades escocesa, galesa e irlandesa. Tampoco están exentas de nacionalismo metodológico, pero esto no les impide desarrollar sólidos argumentos contra el uso de la Britishness como marco omnicomprensivo, siempre «nacional» y armónicamente compatible con lo escocés y galés, dentro del cual estas identidades carecerían de cualquier tipo de subordinación.13

El caso irlandés, por su parte, presenta dos diferencias: por un lado, el nacionalismo irlandés fue relativamente temprano y durante el siglo XX es ya un nacionalismo de Estado, lo cual desde luego afecta a los relatos historiográficos;14 por otro lado, el llamado «conflicto de Irlanda del Norte» ha atraído enorme atención como tal, a veces perdiendo la perspectiva de sus orígenes en el periodo en el que Irlanda formaba parte del Reino Unido y la barrera simbólica entre «irlandés» y «británico» no estaba tan marcada.15

Tanto desde el problema «English/British» como desde la «Outer Britain», está claro que la dimensión identitaria de la integración territorial del Reino Unido, incluyendo los «otros internos», se ha analizado de forma paralela a los contenidos políticos de la britanidad (sobre todo, las «libertades inglesas») y a las ideas de «empire», «race» y «national character». La historiografía procedente de la «British History» analiza la britanidad como identidad nacional de una forma débilmente integrada en los debates sobre la modernidad de las naciones, pese a que desde este campo las islas británicas constituyen un recurrente ejemplo que conforma un claro objeto de discusión.

De esta forma, se ha señalado que las ideas sobre el «carácter nacional» o los «manners» colectivos de los ingleses aparecen ya en el siglo XVI, lo cual serviría de apoyo a la tesis de una identidad nacional inglesa a partir de la Reforma protestante.16 Igualmente, los observadores externos también parecen haber participado en esto, contribuyendo a pasar de una imagen de «bárbaros fanáticos regicidas» a la de un pueblo civilizado distinguido por su carácter industrioso, reservado y amante de la decencia y la domesticidad, entre otras cosas (Langford, 2002).

Dicha afirmación de la colectividad y sus características habría venido acompañada de lo que Dror Wahrman (2004) llama «the making of the modern self» (la construcción del yo moderno). Según este autor, en la Inglaterra del siglo XVIII se produjo la transformación del «antiguo régimen de la identidad», en el que los individuos se definían según su adscripción externa y corporativa, hacia un «yo moderno» dependiente de los propios sujetos de forma interna.

En ese contexto, los estudios de Kathleen Wilson sobre el papel del imperio, la raza y el género en la definición de la nación para la Inglaterra del siglo XVIII contribuyen, junto con la obra de Colley, a dibujar el panorama de fondo en el que operarán los sujetos británicos de nuestro corpus. Wilson (2003: 7-8) afirma, en la línea de nuestro concepto etnotípico, que en el siglo XVIII ya existía una idea de nación como entidad político-territorial y que esa concepción se estaba expandiendo. Sin embargo, la idea de nación como «breed, stock or race», muchas veces de inspiración bíblica, todavía estaba presente en las utilizaciones de los términos nation y national. De esta manera, «nación» podía equivaler a «raza», pero entendida como unidad básica de organización de la diversidad humana con un sentido primordialmente más cultural que biológico, diferente del racismo dominante en la segunda mitad del siglo XIX.17

La nación como instrumento taxonómico de las culturas del mundo, cada vez más entendido en términos de topografía y cronología lineales, convive e interacciona con lo que la autora llama «nociones absolutistas» de nación, esencias culturales heredadas y difíciles o imposibles de adquirir a través del contacto. Para Wilson, el segundo concepto iría tomando fuerza en los momentos de crisis política e intelectual.

Desde luego, el mundo de revoluciones liberales que comenzó en la Filadelfia de 1776, con su instrumentalización del concepto de «people» y los «derechos y libertades de los ingleses nacidos libres» (y blancos), proporcionaría una buena cantidad de oportunidades para su expansión en las mentes y las conductas de los británicos de la época.

BRITÁNICOS E INGLESES EN UN MUNDO DE NACIONES

Las narrativas británicas del corpus muestran una clara y extendida integración en los modelos de imaginación nacional del siglo XVIII, que se irán transformando durante la era de las revoluciones pero no completamente diluyendo.

Pese a que se percibe más tensión que enfrentamiento, los relatos aquí estudiados apuntan a consensos, aunque también a espacios de conflicto y heterodoxia: la definición de lo británico como un ente nacional frente a una abundante y reconocida diversidad interna, las consecuencias de creer en una relación entre el comportamiento moral y las instituciones políticas de la nación, así como los límites prácticos de una imaginación nacional tan saturada de proclamas sobre los derechos y libertades de sus nacionales, en claro contraste con las prácticas políticas en el Reino Unido de la época.

Como se ha expuesto en la revisión historiográfica, la delimitación y estructura de categorías grupales calificadas de «nación» es más compleja en el caso británico. En el Reino Unido, la tendencia a la identificación nacional exclusiva con la entidad política y a la desaparición del calificativo de «nacional» para entes colectivos interiores no se da con la intensidad de otros lugares. Los gentilicios y los macrotopónimos presentan una utilización diversa que, siguiendo los patrones generales, oscila entre la mera seña geográfica y la asociación con el término «nación» o «nacional», implicando entonces colectividades humanas entendidas como sujetos colectivos.

La existencia de lo que comúnmente conocemos como una imaginación nacional requiere no solo una idea de grupalidad. El sujeto debe operar desde una cosmovisión nacionalizada, esto es, que crea que la humanidad está dividida en naciones, y que maneje un concepto de nación como grupo de personas unidas por unas características concretas trasversales y prevalentes. A la hora de determinarlas, se observa la existencia de criterios de clara vigencia dieciochesca y a la vez elementos compatibles con el nacionalismo racista e imperialista de la era victoriana.

Así, la nación puede ser el conjunto de vasallos del rey (idea de loyalty) o habitantes de un lugar (the people of…), pero también, un «pueblo» o una «raza» con unos rasgos morales y/o psicológicos que serían aplicables a la mayoría o a todos sus miembros (lo que nosotros hemos llamado «concepto etnotípico»).18 Las naciones son entes presentes y a la vez profundamente históricos, colectividades vivas para quien habla de ellas, cada vez más indistinguibles de su esqueleto político. Ello desembocará en la idea de nación como «sociedad», dotada de una esfera pública y un Estado (nuestro concepto «etnotípico politizado»). Así, la deuda de la monarquía se califica de «national debt» y se utiliza la expresión «law of nations» para contraponerla a la «law of nature» (derecho positivo frente a derecho natural) o bien para referirse al ius gentium y a lo que hoy se llamaría derecho internacional (Fox,19 1908: 164, 199 y 252, y 1909: 207).20

Este tipo de idea del mundo como un mundo de naciones, en sus diferentes variantes, se observa en la mayoría de los relatos británicos, tanto en los escritos de finales del siglo XVIII como en los decimonónicos, aunque es verdad que el abordaje es más rico en las plumas más educadas. Es el caso del ilustrado Joseph Townsend21 (1790: 90), quien en su relato de los viajes que hizo en 1786-1787 ya muestra la típica simbiosis entre territorio, población y estructura política en las naciones estatales, los countries o nations of Europe.22 Alaba el Tratado de los Pirineos por haber establecido «the most natural of all boundaries, the ocean alone excepted, between two great commercial nations». En el pasado, los límites entre los imperios eran establecidos por los ríos, pero cuando una sociedad está «in a state of civilization», los ríos cambian su naturaleza y son considerados «by all nations as the most valuable parts of their possessions». Las montañas, en cambio, son menos cultivables y por tanto «leave a convenient space between the profitable possessions of the two adjoining nations».

Lo nacional como diferenciación humana, más próximo a los conceptos genético y etnotípico no politizado, aparece en el relato de Radcliffe23 (1795: 3, 40 y 257) sobre los Países Bajos y Alemania, en ese momento entendida como Sacro Imperio, o como difuso concepto geográfico de las zonas donde se hablaba alemán. La autora señala que todos los marinos holandeses con los que se encuentra «retain the national dress», pero que los otros hombres de Hellevoetsluis, un municipio portuario en la Holanda meridional, «differ from Englishmen in their appearance chiefly by wearing coarser clothes, and by bringing their pipes with them into the street». Para esta viajera inglesa, el hecho de que haya un tribunal en La Haya hace que la apariencia de sus habitantes sea «less national and characteristic than elsewhere».24

Algunas entradas del diario de Joseph Farington25 (1979a: 1197-1198 y 1251) nos pueden ayudar a perfilar la polisemia del concepto de nación pues, junto a esta unidad básica de división de la humanidad, se revelan variaciones más suavizadas26 y significados más graduales e introspectivos, relacionados con el patriotismo entendido como lealtad, apego, interés y/o participación en los asuntos públicos.27 El 12 de abril de 1799 recoge una conversación de la cena del día, a la que posteriormente añadirá otra, y en la que el sentimiento nacional se equipara con patriotismo:

Sir Francis Duvernois spoke of the wretched state of France. But He said under all circumstances the French are a very national people, – so He said are the English. There are now no other Countries that can be considered so. – A German is not National. The Swiss were mentioned as eminently so, He replied they had been, but that He considered as lost, – before they were conquered by the French they considered themselves as invincible from what they had formerly done, – now that pride is done away.

The most national people in Europe, said Sir Francis, are the English, – next to them the French, –and thirdly the Swiss. – The Germans, the Italians have no national feeling, – Prussians, Austrians &c only feel for those they are associated with, viz. for their neighbours, – they do not feel for the Country, – like Englishmen & Frenchmen.28

Este esquema continúa en el siglo XIX, profundizándose la idea de un mundo de naciones como grandes sujetos colectivos, importantes para la definición de los individuos y frecuentemente, aunque no siempre, dotadas de una estructura política y un brazo ejecutor, que es el Ejército y/o el Gobierno.29 En otras palabras, los conceptos etnotípicos (politizado y no politizado) continúan, pero la diferencia que se observa en estas narrativas es que la presencia de conflictos políticos de tipo interno es cada vez más intensa y su asociación con lenguajes nacionales, también.

Por el momento, conviene constatar que los relatos de soldados en las guerras napoleónicas son particularmente abundantes en la utilización del término nation para la identificación de bandos y, por tanto, la fijación de grupalidades. Los viajeros fuera de las islas británicas también tienen claro que las realidades humanas con las que entran en contacto son naciones, si bien con frecuencia no suele haber nada que nos indique un abandono de la situación dieciochesca estudiada por Wilson. En todo caso, estas experiencias sirven para significar comparativamente la propia grupalidad, casi siempre en términos positivos y de superioridad.

En el marco de su viaje por la Europa del sur de 1806, el mercader Robert Semple30 (1807, vol. 1: 6), nacido en Boston de familia lealista de origen escocés y después trasladado a Inglaterra, publica sobre sus supuestas impresiones cuando desembarca en Lisboa. Para él, los portugueses tienen «generalmente» una piel oscura y delgada, pelo negro, temperamento irascible y vengativo, son entusiastas en sus gestos en situaciones triviales. Se dice que también son indolentes, engañosos y cobardes; pero son moderados en la dieta, lo cual «may be classed at the head of their virtues, if indeed they have many more to add to it». Les gusta hablar con desprecio de los españoles, quienes Semple considera la siguiente nación más despreciable dentro de aquellas con las que estos se relacionan. Pese a estas tendencias que les atribuye, concluye que «they have no public spirit and consequently no national character. An Englishman or Frenchman may be distinguished in foreign countries by an air and manners peculiar to his nation, and which he would attempt in vain to disguise, but any meagre swarthy man may pass for a Portuguese». Por supuesto, Semple no opone una exposición similar sobre esos «modales peculiares» que distinguirían a un inglés o francés.

Otros individuos, dentro y fuera del Ejército, receptores de una educación superior o no, también utilizan en sus relatos la idea de nación como grupo humano con algún tipo de distinción o especificidad, pero sin una gran elaboración conceptual.31 Apartando por un momento el significado del propio término nation, desde luego lo más llamativo es que el empleo de los gentilicios British-English, Briton-Englishman y los macrotopónimos Britain-England, secunda el carácter ambiguo y ambivalente en su utilización que la historiografía ha señalado y debatido tanto.

Estas categorías aparecen en la inmensa mayoría de los relatos británicos. En el caso de los autores de procedencia inglesa, la tónica es el intercambio continuo entre los etnónimos (británico/inglés), especialmente en situaciones de contacto con un «otro» extranjero. La dificultad está en saber si con el cambio de término el significado también cambia (y por lo tanto hay una diferenciación consciente entre ingleses y británicos) o si se mantiene (y entonces se puede hablar de confusión). Con frecuencia, cuando estos ingleses hablan de la «nación» o del «país» no queda claro si se refieren a Inglaterra o a Gran Bretaña. Los sustantivos Briton/s y Englishman/en/ woman/en tienen una semántica más cargada, que va más allá de la mera delimitación, pero concretarla no siempre es fácil y la mayoría de las veces parece haber más alternancia que una clara diferenciación.

Recordando su experiencia en la Peninsular War, el inglés Benjamin Harris32 (1848: 149) es un ejemplo de lo anteriormente indicado. A tenor de las decisiones del mando anglo-irlandés Beresford en Lisboa, presenta una oposición entre los oficiales británicos, que tenían «a noble bearing», y los franceses, que carecían de él. Harris se muestra convencido de que el soldado inglés está mucho más contento de ser dirigido «by some man of rank in his own country» que por alguien que ha ascendido «from his own station». «They are a strange set, the English!», añade, «so determined and unconquerable, that they will have their way if they can».

Más adelante, la reflexividad memorística se hace más patente, así como la alternancia English/British (en otras partes de la memoria usa «British soldiers»). Harris comenta los enormes avances realizados bajo el mando de Craufurd y las victorias conseguidas con Moore, ambos oficiales escoceses. Los «camaradas en la adversidad» dirigidos por este último, «shewed the enemy that the English soldier is not to be beaten under the most adverse circumstances». Sin embargo, recuerda desde su tienda de Richmond Street en el Soho las experiencias que tuvo en el campo de batalla y los espacios de la vida militar con nostalgia y reconoce que le marcaron para el resto de su vida. En ese contexto, usa otro gentilicio: «I have had some opportunities of judging them in all these situations, and I should say that the British are amongst the most splendid soldiers in the world. Give them fair play, and they are unconquerable» (Harris, 1848: 236-237).

Por su parte, el marino James Choyce33 (1973: 57-58), que utiliza continuamente «Englishman», cambia de término al narrar una anécdota mientras su tripulación se encuentra prisionera de las autoridades españolas en el valle de Tarma después de haber sido apresada a finales de 1797. El siguiente 4 de junio, «being our king’s birthday, we resolved to celebrate that festivity with as much splendour as possible, although we were in this distant country so many miles from home». De esta forma, ahorraron todo lo que pudieron «to keep up this day like true Britons». Por lo visto, esto significaba adquirir un estado de embriaguez generalizado que hizo que algunos (de entre los cuales el autor insiste en desmarcarse) comenzaran a desfilar armados con ramas y palos por todo el pueblo donde estaban, cantando «God Save the King» y «Rule Britannia», «and giving three cheers at every grog-shop they came to».

Ejemplos similares de este problema pueden encontrarse en Tomkinson34 (1895: 319-320): «The wounded of a British army generally receive more attention than those of other nations. […] The inflammation to be contended with in a gun-shot wound, on such a habit of body as a London alderman’s, or indeed of any Englishman in his own country, would endanger his life, or, at all events, retard his recovery», o en Hunt35 (1822: 154), al recordar la retirada napoleónica de Rusia y criticar la coalición formada contra el emperador: «Russia, Prussia, and Sweden now all leagued together, and supported by the treasures of England, the wealth of the British nation, wrung from the sweat of John Gull’s brow, was lavished to maintain the armies of the Northern hordes, which were advancing against France».36

Si «la riqueza de la nación británica» es lo mismo que los «tesoros de Inglaterra», entonces Hunt nos está diciendo que ambos entes son equiparables. En cambio, si «la riqueza de la nación británica» está compuesta de más cosas que «los tesoros de Inglaterra», se podría entender la diferenciación (por un lado, existe la nación británica, cuya riqueza principal son los tesoros de Inglaterra). Nuestra interpretación es la tesis de la equiparación, pero como se ve, el debate sobre los usos de British/English no está cerrado. Es más, cuando se trata de hablar de la estructura interna del Reino Unido, de la cual trataremos más adelante, hay casos claros de ingleses que identifican Inglaterra como su nación. Por ejemplo, Elizabeth Spence37 (1809, vol. 1: 56-57), en su viaje por el condado de Monmouth, originariamente galés y después parcialmente integrado en Inglaterra, señala que sus habitantes raramente se consideran a sí mismos galeses, «and are as tenacious on the subject as the Englishman who is placed on the banks of the Tweed is offended at being called Scotchman».38 Sin embargo, sí que preservan «one trait of nationality» (se entiende que refiriéndose a los galeses), que es la aversión por los extranjeros. «For the Welsh, with all their native hospitality and courtesy to them, do not wish the English to encroach on their territories». Para la autora, esto es lo contrario que ocurría en la época: «from the perpetual influx of travellers, they seem afraid the luxurious extravagance of our nation will gradually tend to introduce expenses that they cannot well afford». Spence percibe de esta manera mucha similitud en las características de los escoceses y los galeses: «neither possess the unbounded wealth of the English, but they have pride of ancestry, and a frank hospitality, which, I am sorry to remark, although with more ability, is less common amongst our nation».

La tesis de la equiparación puede verse reforzada cuando individuos no ingleses también usan «English» e «England», aunque la claridad con la que ellos mismos se incluyen es variable. Con todo, es necesario indicar que el uso de «British» y «British nation» tiende a ser muy superior.39 Es el caso del escocés John Moore40 (1904, vol. 1: 43), quien, sin embargo, en su diario describe de esta manera su llegada en 1794 a uno de los pueblos de Córcega y la reacción de sus habitantes: «They expressed much pleasure at seeing us, and great love for the English nation, who, they hoped, would deliver them from the French». En este otro caso, esta vez un soldado irlandés, Robert Blakeney41 (1899: 63), afirma tras la batalla de Cacabelos que es bien conocido «that Britons will fight to the last, that is, while they can stand». Según él, Napoleón había dicho en Waterloo que «los ingleses» podían ser derrotados de acuerdo con las reglas de la guerra, pero que ellos no lo sabían. «¡Que permanezcan en esta especie de ignorancia por mucho tiempo, y que, sea en la abundancia, la excitación o el hambre, continúen manteniendo su verdadero carácter nacional, muestra del cual dieron en Cacabelos!», comenta el irlandés.42

Esta autoinclusión en el término inglés por parte de no ingleses también se observa en la reflexión sobre lenguas y colonialismo que realiza el marino edimburgués Basil Hall43 (1832, vol. 3: 35) a partir de una estancia en Bombay. Pensando en la conquista española y portuguesa de América, confiesa «with shame, that the course adopted by the English, French, and other nations in North America, was really not much better». «However we may now try to gloss over our doings in that country formerly», afirma, «there can be no doubt of the fact, that we did extirpate the Indians as fast as we could, without thinking much, or even pretending to care much, about their souls».44

En un contexto no bélico o violento, sino de reflexión sobre comercio y economía política, el también escocés James Alexander45 (1835: 203-204) escribe sobre los productos que Inglaterra vende «a otras naciones», y su capacidad para conquistar mercados. En su relato, las unidades de producción de los bienes, intercambio y consumo son las naciones, antes que los individuos o las empresas.

No obstante la frecuente presencia de la nación en las narrativas británicas, sería engañoso afirmar que en todos los casos esto se produce y que, de hacerlo, se da con la misma intensidad, riqueza o claridad. Así, en lugar de «nation», no es raro encontrar expresiones como «the kingdom», «the three kingdoms», «this country» o «my/our country» (Lackington, 1794: 132, 272, 282; Choyce, 1973: 107, 149).46 Los diaries y journals, especialmente los que no fueron publicados por los autores y los más breves, muestran una menor presencia de lo político, y con ello, de la utilización de categorías grupales asociadas.

Entre las narrativas británicas del corpus, en algo más de una décima parte hay una indiferencia absoluta hacia los términos nation o national, aunque no hacia otras formas de identificación. Las únicas categorías reseñables en la obra de Gifford47 (1827: 5 y 20-21) que pueden implicar algún tipo de identificación son su autocategorización como «native of Devonshire» y su afirmación: «I scarcely know a single school-book, of which I did not render some portion into English verse». Joshua Dodgson48 hace referencia a un «Scotchman» que le engaña en el trabajo y añade dos notas: «… Soon after, a panic set in such a one as has not been experienced in this country since» y «Who has not heard of the year 1826 when nearly all the banks in the kingdom failed?».49

Rogerson50 menciona la guerra «between this country and America», «our trade», «our Government», «our men», «our King» y «the birth of our saviour» (Crump, 1931: 80, 78, 100, 108). En la entrada de diciembre de 1813 escribe: «This year taking it altogether has been a very lucky one for us (tho’ it has been in the midst of Wars) & I think I may say it has been a very good one for the Country at large». Le da las gracias a Dios por ello, a lo que acompaña: «I am sure we have great reason to be thankful in regard to the things of this world; our property keeps increasing more & more every year» (Crump, 1931: 159). Por su parte, William Burke51 (1837: 26) no emplea ninguna identificación nacional, más allá de referir «I was as well beloved as in my own country», sin especificar a qué país se refiere.52

Pese a todo lo anterior, incluso en la escasez podemos encontrar menciones interesantes, aunque en ese contexto siempre es más difícil valorar sus significados y el grado de politización que tienen. Las entradas del diario de James Oakes,53 pequeño oligarca de Suffolk, suelen contener notas sobre sus actividades económicas y su vida social, nada que ver con los largos y frecuentes comentarios sobre la situación política que incluyen otros autores. Sin embargo, esto no impide la aparición de claves importantes de una manera más banalizada. El 5 de junio de 1786 escribe: «The King’s Birth Day kept. We summond the Corporation to drink his Majesty’s Health but not 1/2 Doz of the Corporation attended» (Fiske, 1990: 242). El 17 de mayo de 1797, sobre los motines de Nore y Spithead, recoge en otra entrada los comentarios en la cena acerca de las negociaciones con los amotinados. «It is generally allowd this Business to be miserably settled for the Nation & yet there was no Alternative» (Fiske, 1990: 350). En este contexto, la nación es un agente colectivo de intereses y, por lo tanto, estaríamos ante una variable compatible con el uso etnotípico politizado.

Por supuesto, también es observable la alternancia con country adoptando el significado anterior. El 9 de abril de 1798, Oakes registra una reunión de unos cincuenta habitantes de su pueblo «desirous of forming Themselves into a Company of Infantry for [the] Defence of the Country», y el 29 de noviembre de ese año señala que celebró un «General Thanksgiving Day for our glorious Naval Victories, more particularly that obtaind by Admiral Nelson by Destroying the French Fleet at Alexandrea». En varios registros declara haber cantado el God Save the King y el Rule Britannia (además, conjuntamente). El 21 de noviembre de 1813, escribe: «A Flagg of Truce arriv[e]d Yesterday at Yarmo[uth] from Holland advising a general Insurrection & requesting the aid of this Nation», y el 8 de agosto de 1827: «This Morning at 4 o’clock died after a few Day’s Illness our first Minister of State to the irreparable loss of the Nation» (Fiske, 1990: 362 y 371; 1991: 14, 181, 174 y 320).

ESCOCIA, GALES, IRLANDA Y LA ESTRUCTURA DEL REINO UNIDO

La existencia de identidades escocesa, galesa e irlandesa, su calificación o no de «nacionales» y el lugar en el que deja esto a la identidad británica es forzosamente la contraparte de la discusión sobre la aparición de Inglaterra como nación. Aquí el principal problema es evaluar el grado de «composición» en términos de estructura, evitando dar por hecha la existencia de una grupalidad británica superior y de una coherencia o adhesión automática de sus posibles formantes.54 Si aceptamos que la idea de «Gran Bretaña» es deconstruible, también lo deberían ser las de «Inglaterra», «Escocia», «Irlanda» o «Gales».

Pese a la cuestión de la proyección de lo inglés sobre lo británico, hay que señalar que, en las narrativas de ingleses, especialmente las más largas y detalladas, hay un cierto reconocimiento más o menos claro o informado de la diversidad cultural en clave de diferenciación conceptual a través de las categorías de la Scottishness, Welshness e Irishness. Incluso se pueden leer calificaciones de «nación» para estas colectividades, incluyendo o no el firmamento integrador de la britanidad y casi siempre en el ámbito de nociones etnotípicas o genéticas.55

De esta forma, es interesante observar cómo esta percepción de las diferencias internas no se agota en las cuatro categorías clásicas (inglés, escocés, galés, irlandés), ni tampoco se aplica exclusivamente al Reino Unido.56 La inglesa Elizabeth Spence (1809, vol. 2: 86), para quien la bahía de Swansea resulta «the finest in England», deja claro que para ella existe una nación galesa con un carácter nacional particular, pero añade que «the people» en el distrito de Gower, «considering themselves Flemings, disdain the Welsh language, and speak a rude sort of English; neither do they intermarry with the Welsh». La autora afirma que la mayoría de los historiadores piensan «that there certainly is a colony of that nation which inhabit the little territory called Gwyr, or, by the English entitled “Little England beyond Wales”, and that their features, deportment, and manners, retain the national character of the Flemings. It is, however a matter of controversy». Una teoría alternativa es que fueran «of Cornish origin and possibly may have settled there, when a communication of trade took place between the two countries». Spence (1809, vol. 2: 113-114) contrasta esto con sus lecturas de la «civil history of the people of Britain», de lo que concluye la solidez de la identificación sobre la base de algo tan razonable como el parecido que encuentra en los botones y broches de las capas.

Por su parte, en su extenso diario, Farington registra numerosas experiencias y conversaciones que muestran grandes diferencias entre los ingleses y los escoceses e irlandeses. En varias entradas de 1801, este autor considera Escocia como el «sister country» que constituye la «North Britain», en contraposición a la «South Britain» de la que él procede (Farington, 1979b: 1698 y 1664). También distingue «highlanders» de «lowlanders» dentro del «pueblo escocés», al que atribuye grandes diferencias de carácter respecto al pueblo inglés (Farington, 1979b: 1657, 1663 y 1687). En un viaje a Cornualles en 1810, tampoco tiene problemas en comentar «some of the peculiarities of the Cornish people I before & did now notice», especialmente en la forma de hablar (Farington, 1982b: 3733).

No obstante, suele ocurrir que el principal lugar en el que se percibe la diversidad es lo más cercano, lo que se conoce mejor. La fuerza e imprecisión del estereotipo van aumentando con la lejanía. Por supuesto, sabemos que esto es una percepción distorsionada, pero también necesaria para la simplificación de alguien que cree en «espíritus colectivos» y «caracteres nacionales». En una entrada de 1796, Farington (1978: 618) escribe que Inglaterra es el país donde es posible encontrar mayor «variedad de carácter»: «A thousand Frenchmen smile, & bow, & think & talk alike; but Englishmen vary as much in mind as a person. Here is a Seward, a Pennant, a Dalrymple, a Cambridge, and every name that is followed is attached to a distinct character».

Los viajes que realiza y las conversaciones que tiene sobre la situación de Escocia e Irlanda proporcionan la mayor parte de las referencias sobre la estructura interna del Reino Unido. El 19 de agosto de 1798 escribe que las informaciones sobre una unión entre Inglaterra e Irlanda son infundadas. «There is no such intention». Uno de sus contertulios desaprueba la idea, como improductiva a largo plazo y «ofensiva con la dignidad de Irlanda». Otro de ellos, en cambio, la aprueba. El problema de los irlandeses es que son ociosos, volubles y poco organizados. «He does not think the Irish Character well calculated for Commerce –they are the opposite extreme to the Scotch –impatient, impetuous and not industrious. –The English, are the exact medium between the two extremes of character» (Farington, 1979a: 1047-1048).57

Lackington58 (1794: 441-442) parte de una diferenciación de caracteres similar, que en este caso son explícitamente «nacionales» pero manteniendo un cierto sentido de unión. A partir del recuerdo de su estancia en la casa de un médico de Edimburgo, reflexiona sobre las limitaciones del estereotipo de ambos «caracteres nacionales», pero sin acabar de rechazar la estructura en sí. «I would say, that if we in England excel [the Scottish] in some virtues, they no less shine in others; and if the North-Britons possess some peculiar frailties and prejudices, we of the South are not entirely free from ours». Su asunción de la estructura cognitiva etnotípica se comprueba en la utilización de la metáfora de una gigantesca báscula de virtudes y vicios «of a certain number of each country». «I believe it very difficult to prognosticate which of the two would preponderate». La jerarquización de las naciones se difumina en una mente en la que la experiencia se ha transformado en escepticismo sobre unos pueblos globalmente superiores a otros: «It is true, I have met with one very great villain in Scotland, in Mr. S., which only tends to prove there are probably scoundrels to be found every where, and that without taking the trouble which Diogenes did, in search of an honest man; and I am much afraid, were I to enquire of some North Britons, they could without any great difficulty point out to me some of my own countrymen as bad». El pensamiento nacionalizado, sin embargo, persiste.

Por supuesto, el juego de virtudes y defectos en el carácter colectivo no es exclusivo de los ingleses. Blakeney proporciona dos pasajes que lo ejemplifican. En el primero, después de su alistamiento en 1804, su regimiento es desplazado a Kinsale para combatir la invasión francesa. Cuando comenta la situación después de una batalla, señala la impresión producida por la sangre que gotea de la mano de uno de los soldados, que se había herido al fijar un pedernal. «I eyed each precious drop that fell with glowing sensations such as would blaze in the breast of a Napoleon on beholding an old dynasty diadem, or inflame the heart of a Scot in contemplating a new place in the Treasury» (Blakeney, 1899: 1-2).

Pero si los escoceses son ambiciosos, los ingleses son arrogantes, despreciativos e impositivos, al menos según el diálogo supuestamente presenciado por el autor entre el «Sergeant Turnbull of the Guards» y el «Sergeant O’Brien, of the 87TH Regiment». Teniendo cada uno «a bigoted attachment to his own country», comienza el inglés burlándose del sistema de los patronímicos irlandeses: «O, O, O! You are all ‘O’s’ in Ireland!». O’Brien afirma que su apellido le hace descender de «Bryan Boro, the Great Boro».59 Turnbull responde: «And surely ‘Boro’ must be a corruption of the Spanish word ‘Burro’». Entonces se inicia una disputa por los antepasados que acaba en un pleito historicista entre dos naciones expresado en términos de moralidad, civilización y capacidad para no dejarse conquistar por invasores extranjeros. En cierto momento, Turnbull califica Inglaterra de «your mother-country». «I don’t understand how you make out England to be our mother-country», replica el irlandés, «step-mother is the proper term to give her; and, faith! A true step-mother she has proved herself to be!» (Blakeney, 1899: 172-174).

El fragmento anterior pone de manifiesto que la evaluación de la actitud hacia una grupalidad común en las narrativas de no ingleses puede verse interferida por la actitud hacia lo inglés. La disposición hacia «lo británico» va de la más entusiasta integración hasta la ambigüedad o la indiferencia. En ningún caso se observa rechazo, pero está claro que en algunas narrativas la referencia fundamental es la «nación constituyente», como se diría actualmente, mientras que en otras hay una conciencia diferencial que el individuo debe resolver al definir la diversidad dentro de la nación británica.

La presencia de la britanidad como referente nacional implícito y único puede detectarse en los escoceses Moore (1904) y Kincaid60 (1830), así como en el irlandés Browne61 (Buckley, 1987), todos ellos militares. El autor del Journal of a Soldier of the Seventy-first Glasgow Regiment narra la trayectoria de un soldado escocés en América y Europa. En el relato se emociona al escuchar canciones escocesas y señala la similitud positiva entre españoles y escoceses «in their manner of treating children» (Anónimo, 1819: 45, 142 y 170-171).62 Sin embargo, también se incluye bajo el término British y, en uno de los retornos a Britain como isla, apunta:

We anchored that same day at Plymouth, but were not allowed to land; our Colonel kept us on board until we got new clothing. Upon our landing, the people came round us, showing all manner of kindness, carrying the lame and leading the blind. We were received into every house as if we had been their own relations. How proud did I feel to belong to such a people! (Anónimo, 1819: 98).

No hay nada en el relato que indique que ese «people» exprese una identidad de clase (refiriéndose a las clases bajas o populares de todos los lugares), lo cual sería además un tanto anacrónico. Entonces, la mejor interpretación de la ambigüedad parece llevar a explicar esta identificación en virtud de una britanidad compartida, que se sustancia en el orgullo de pertenencia probablemente amplificado por el factor de la audiencia.63

Esta conciencia común puede expresarse a la par que la extrapolación de casos concretos lleva a la diferenciación interna. El lowlander Joseph Donaldson64 realiza en sus memorias sobre su periodo en Irlanda una fuerte crítica a la vestimenta y arrogancia de los regimientos de highlanders y su voluntad de distinción por una suerte de supuesto valor extraordinario y «pedigrí céltico». Ante esto, él afirma:

I have never seen any difference worth observing, between the courage of English, Irish, or Scotch; and in a race like ours, where the natives of the three kingdoms are so intimately mixed, any comparison of bravery of either country must be artificial in extreme, however, as a specimen of the mode in which the gallant Highland watch acted towards us (Donaldson, 1826: 85).

Por contra, Robertson65 (1982: 141) destaca en una entrada datada a finales de las guerras napoleónicas los lazos en común entre los soldados del regimiento y por extensión entre los escoceses en general, mientras que la britanidad parece un elemento más burocrático que emocional, en tanto que parte del British Army. El componente literario y la elaboración post facto son manifiestos en su relato. Después de narrar la asignación de alojamientos, indica que otros regimientos escoceses, «our brethren and countrymen in arms» se unieron a ellos: «a happier junction could not have taken place than that of meeting so many Scotchmen, and more especially those brave fellows with whom we had fought side by side». Todos ellos estaban «ready to do battle for the honour of our common country». Con unos sorprendentes ecos a las «comunidades imaginadas» de Anderson, el autor describe los sentimientos colectivos generados en el microcosmos del campamento a través de lenguajes nacionales: «only think of thousands of men meeting together, without perhaps knowing one another, but banded together by the feeling that they are fighting in the same cause, each individual doing his best to sustain the ancient reputation of his country –a reputation gained by his ancestors in many a hard fought battle».

Como se ve, las narrativas en contextos bélicos son más ricas en nacionalización y categorías grupales, pero esto resulta claramente influido por la audiencia ante la que se espera ganar el marchamo de héroe o al menos participante en la gesta nacional. Un claro ejemplo es la literaria oda a la nación británica como nación compuesta de tres pueblos que el anglo-irlandés Blakeney (1899: 320-321) inserta en la narración de la participación de su regimiento en lo que parece ser la batalla del Bidasoa, el 7 de octubre de 1813. La batalla es descrita de manera épica. «The British legions impetuously rushed forward on the native soil of France, resolved to uphold till death the honour and glory of their country». Los franceses estaban resueltos a oponer toda la resistencia posible a los británicos. Sin embargo,

What foe could resist their united attack or penetrate the shield formed of the Rose, Shamrock and Thistle when closely bound together in a union strong as lasting? What foe could triumph over Wellington, who, born in Ireland, with the keen policy of Scotland, adopting England and combining the genius of all three, was the one appropriate chief to wield their united strength in the field? A force constituted of such moral and physical strength, and led by such a man could not long be withstood. The star of the three united nations shone victorious on the summits of the lofty Pyrenees, gilding the tall pines which capped their heads for miles and foreboding downfall to Imperial France, since it was the star of true liberty and national independence (Blakeney, 1899: 320-321).66

En lo que tiene que ver con las líneas de diferenciación, un ámbito interesante es la cuestión lingüística. Los acentos del inglés, el escocés germánico o Scots, y los diferentes idiomas gaélicos nos proporcionan varios ejemplos. El soldado galés Thomas Jeremiah67 incluye en sus memorias un pasaje sobre este tema. Describe el desarrollo de un castigo militar, en el que dos soldados, «countrymen of my own», fueron llevados al medio del campo para ser atados a un árbol y flagelados en presencia del resto. El primero de ellos era uno de esos «hardy Welsh mountaineers who generally have more courage than judgement, received 3 hundred lashes in the usu[a]l manner. As terrible as this punishment was it could not as much as extract one sigh from this hardy Briton». El siguiente galés era todo lo contrario. Según Jeremiah comenzó a gritar antes de que el látigo le tocara y lo peor es que «he cried out in Welch, which caused us all to blush to think that the Irish and English should ridicule us because that wee Welsh could not stand the lash». Esto resultó inaceptable para el primer castigado, quien «to prove them wrong» se prestó voluntario para recibir los latigazos del segundo «so he should not disgrace the hardy Welsh by cringeing from the lash». Entonces, «wisely observing the effect this fellow’s conduct had on all the young Welsh lads», el coronel del regimiento «caused him to be taken down and took him by the ear and gave him such a kick, as became a coward who could not stand his punishment without disgracing his country» (NLW, MS 22102A, 39r-40v).

Aparte de lo que este relato nos revela sobre masculinidad y cultura militar, la britanidad de Jeremiah está clara, pero se expresa en términos no solo compatibles con su identidad galesa, sino fundamentados en la grupalidad de esta, en la cual el idioma se acepta como un elemento a la vez particular y subordinado. Las diferencias lingüísticas resultan un vehículo de conflicto más claro en un pasaje de Donaldson (1845: 104-105) en el que describe cómo el general de su brigada tenía aversión hacia todo lo escocés, incluyendo su regimiento. Aprovechaba cualquier ocasión para humillarlos y castigarlos, pensando, quizá, como muchos ingleses, «that the Scots run wild about their native hills, eating raw oats like horses, with nothing but a kilt to cover their nakedness, and that they had no right to receive any other treatment» diferente al dispensado a un animal enjaulado. Los insultos eran frecuentes: «“Scottish savages–stupid–barbarous,” &c.». Fingía que no podía entender «a word that any of us said – that we spoke Gaelic; and his aide-de-camp was called to interpret, although he had no right to understand what was said better than himself, for I believe he was also an Englishman».

Una situación menos violenta pero igualmente significativa para la utilización de la lengua como factor de diferenciación se halla en la exposición del escocés Basil Hall (1831, vol. 1: 80-81) sobre sus primeras experiencias en el mar. Consciente de su «hideous patois of Edinburgh, with the delectable accompaniment of the burr of Berwick», señala sus mareos y su dolor de muelas. «In the midst of these mortifications, I reckoned with confidence on the support of my own countrymen, of whom there were several amongst the elder mids– an error into which I was led by having often heard of the way in which Scotchmen hang together in foreign parts». En cierto momento se da cuenta de que ha perdido dinero y empieza a preguntar empleando una palabra no estándar: «I have tint a half guinea». No le entienden. En ese momento uno de sus «quizzing countrymen» explica que «tint» equivale a «lost», «adding, “none but Sawney from the north” would have used such a barbarous word, unknown in England».68 A partir de entonces es objeto de burla sistemática por su acento: «“Eh, Saunders, where are ye gawin?” and many other taunting expressions to the disparagement of my country, which will hardly bear the press, were flung at me from the English portion of the circle now assembled to hear this confusion of tongues». Hall acaba realmente molesto –«If the Scotch, in its purity, be bad enough, it is truly savage in the mouth of a pretender; and I was doubly provoked to hear its Doric beauties marred by southern lips»– y concluye que quien se burló de él fue quien le robó el dinero.

Si Escocia y Gales plantean una relación desigual con lo inglés y la britanidad en las narrativas de escoceses y galeses, pero bajo una tónica de integración, la conflictiva cuestión de Irlanda comparte lo dicho anteriormente, pero en un contexto más complicado. Nuestro corpus tiene la limitación de que todas las narrativas de irlandeses son en realidad de anglo-irlandeses. El caso más claro es el del obispo anglicano Joseph Stock69 y su narración de la invasión francesa de Killala, combinada con una insurrección local. En ella, el autor, pese a haber nacido y estudiado en Irlanda, no se identifica como irlandés y utiliza «English» con frecuencia. Dedica varios pasajes a censurar a los «aborígenes» y los «popish inhabitants» que «became mad with apprehensions from their Protestant brethren, on whom they seemed every moment on the very point of laying violent hands» y con su levantamiento demostraron ser unos «infamous betrayers of their King and Country» (Stock, 1800: 46 y 81).

La diferencia religiosa (exclusión de los católicos en Irlanda pero también en Gran Bretaña) y las dudas sobre la «lealtad» de los irlandeses ejemplifican el punto de vista que define la cuestión irlandesa como un crónico problema de integración.70 «It would be well for you to bear in mind, that in this country protestant and catholic is not so much the distinguishing name of a religious sect as it is the shibboleth of a political faction», afirma el escocés Donaldson (1826: 128) en sus Sketches of Ireland. Por su parte, y desde un punto de vista londinense, Farington (1983: 4360) recoge una idea que habría sido imposible siglos antes, pero que tampoco es tan extraña al mundo católico (cf. expulsiones de jesuitas en el siglo XVIII):

31 may. 1813. Much conversation took place respecting Catholic emancipation. Westall & J. Aytoun were advocates for it. Westall saw no reason why the Roman Catholic religion should not be the established religion of Ireland, as the professors of that religion formed the greater proportion of the people, and he added that the Calvinistic religion was allowed in Scotland to be the established religion though it differed from that of England. –Liddel replied to Him that the King is the Head of the Church of Scotland, but the Roman Catholics refuse to acknowledge Him to be the Head of their Church, the Pope, a foreigner, is their head. This said He makes all possible difference.

BRITANNIA ABROAD, CARACTERES MORALES Y EL HONOR NACIONAL

Pese a la multipolaridad de todas estas problemáticas internas, no hay que olvidar el carácter transoceánico e imperial del Reino Unido, a la vez una de las principales «naciones imperiales». «Britain and the Sea are two words which cannot be disunited. The sea and home appeared one and the same» (Anónimo, 1819: 88). Obviamente, este rasgo presenta implicaciones en lo que tiene que ver con cómo los individuos –no todos, ciertamente– definen la nación, y cómo la exposición a la diversidad se traduce en mayores diferenciaciones o las difumina.

En este sentido, la manera que tengan los actores de entender el imperio es clave, bien como un apéndice colonial de la metrópoli claramente diferenciado, bien como una parte constitutiva de la nación, al igual que lo puede ser cualquier parte de Gran Bretaña. Las visiones sobre la integración de Irlanda podrían entenderse en este marco analítico, debatiéndose continuamente entre una cosa o la otra, entre una nación oprimida y un miembro más de la britanidad. Sin embargo, algunas trayectorias proporcionan casos más claros. El escritor inglés F. W. N. Bayley71 nos narra su juventud en Barbados. En su relato describe una escena típica en torno a la oficina de correos a la llegada de paquetes desde Inglaterra. Los abogados, militares, marinos, plantadores, «all flock thither, and wait, with the greatest impatience and anxiety, to hear the news in the mother country, and to receive their letters from home. […] before ten minutes have passed away every one is acquainted with what is going on at home». La palabra home le resulta al autor una expresión común de los colonos de las Indias Occidentales. «England, Scotland, or Ireland is still their home». Según Bayley, al contrario que los habitantes de las colonias francesas, miran la isla en la que residen como un lugar en el que están, de alguna manera, exiliados por un cierto periodo de tiempo; como un lugar que contiene sus propiedades y, por lo tanto, de gran importancia para ellos, pero muy pocos esperan morir allí. Aquellos que pueden permitírselo suelen hacer viajes cada tres o cuatro años al Reino Unido, «and nearly all look forward to spending their last days in the land of their birth» (Bayley, 1830: 291-292).

Esta clara separación entre uno y otro ámbito no debería conducir a una conclusión precipitada. Se suele decir que toda idea moderna de nación conlleva un territorio nacional, pero para muchos individuos de este momento lo intuitivo es que el espacio sea nacional porque alberga la nación (o al menos a una mayoría de sus miembros), no lo contrario. En esa línea puede interpretarse el texto de Hall (1833, vol. 3: 168-169) en el que considera la estabilidad de las cualidades de los marineros y que «our national position is insular at head quarters, but our dependencies, spread over the whole globe, are kept in communication by the broad high way of the ocean». A partir de esto afirma que «la preservación de nuestro carácter nacional, por no decir nuestra existencia» está en mantener la flota y las colonias que son «partes integrales del imperio».

La expresión «preservar nuestro carácter nacional» se fundamenta, desde luego, en la creencia en caracteres nacionales (lo cual es el fundamento de nuestra nación etnotípica no politizada), pero también en la existencia de un honor nacional que está ligado al buen comportamiento de los miembros de la nación y al orgullo por los logros nacionales. En el caso británico, la dimensión imperial de dicho orgullo es indiscutible, aunque por supuesto aparece más en las narrativas de soldados y viajeros. Al comenzar el volumen tercero del relato de su viaje por España, el inglés Townsend (1792b: 2) describe sus sensaciones al pasar navegando frente a Gibraltar, entonces cercado por las armas de la monarquía católica: «[we] had the satisfaction to view the proud rock, at the sight of which every British heart should triumph in the recollection, not so much of the courage of its brave defender, as of his generous compassion for his besiegers in the hour of their distress».

Sorprende el paralelismo con lo que apunta el escocés James Alexander (1835: 8-9) más de tres décadas después, esta vez con motivo de la intervención británica en la guerra civil portuguesa. Pasando frente a la costa de Portugal, a la altura de Viana, una «fragata británica» se les aproxima para hablar con ellos. «If there is a spark of patriotism in the breast of a Briton, it must be elicited on seeing a British frigate on a foreign sea; there is nothing in the world so calculated to warm one’s heart and cause it to exult in our country’s greatness as this». Afirma que la Armada está en un estado excelente: «we must feel highly gratified and proud of our nation’s maritime superiority», ante lo cual desea que el Ejército siga sus pasos.

Las narrativas del corpus que recogen trayectorias «de contacto», más o menos imperialistas, están llenas de pasajes sobre las emociones suscitadas por el mantenimiento del «honor nacional» y las vicisitudes de la competencia entre naciones. Algunos casos están más relacionados con el presente del sujeto, otros revelan interesantes nociones de profundidad histórica de la propia imaginación nacional en línea con los modelos vigentes en el periodo, primero (post)ilustrados y después románticos.72 Semple (1807, vol. 2: 223) comenta sus diferentes sensaciones ante «el estado degradado» de Grecia en comparación con el de Roma. Atribuye esto «a los mismos principios que nos inducen a admirar a los conquistadores, pero a lamentar a los desaparecidos benefactores de la humanidad». «The modern German, or Gaul, or Briton, ascends the Capitol with a kind of triumph; or at least views the wide-spread ruins with a quiet melancholy».

Estos sentimientos encontrados de triunfo y melancolía proceden de la difícil hibridación entre la herencia grecorromana y la de pueblos germánicos con la que se dotaba de «raíces históricas» a la cultura nacional. Si algunos sujetos imaginan explícitamente el mundo de naciones a través de esa profundidad temporal, no es extraño que la dimensión espacial, la noción de que las naciones poseen territorios, puertos y ciudades, así como la competición por ocupar el mundo siquiera simbólicamente, esté también presente. Con fecha de 14 de mayo de 1805, Matthew Flinders73 escribe desde su cautiverio francés en Mauricio sobre la pena y el dolor que le causa la posibilidad de que sus «descubrimientos» acaben «either wholly lost, or appearing, unknowledged, in the works of a rival navigator and nation».

So little purpose has the shipwreck spared the body of papers relating to our voyage, for them to have fallen into the hands of a man [el comandante francés], for whom science has no charms–, who will sacrifice national faith to an unfounded suspicion,– whom humanity cannot soften, nor good offices done to ships of his nation at the port from whence we came, obtain even mitigation of severity (NA, ADM 55-76: 37v).

Como puede intuirse del trato que el capitán británico espera recibir del gobernador francés y no consigue, los logros nacionales también pueden expresarse en una dimensión asociada a la moralidad y el carácter. El valor y la honestidad de los soldados, además de su competencia técnica frente a españoles, portugueses u otros, es recurrente en las narrativas de militares.74 Siguiendo la misma lógica, los actos reprobables o deshonrosos, en tanto que fuente de contradicción entre la identidad y la experiencia, son censurados.

Tras el saqueo de una aldea portuguesa, el general Picton, galés, se dirige al regimiento escocés de Donaldson con una fuerte reprimenda:

He wound up the particular part of his speech addressed to us with, «You are a disgrace to your moral country, Scotland». That had more weight than all his speech. It sunk deep in our hearts. To separate a Scotchman from his country –to tell him he is unworthy of it– is next to taking away his life (Donaldson, 1845: 103).75

El futuro parlamentario radical Richard Potter76 alaba en junio de 1797 (mismo mes que el motín de los marineros de Nore) el comportamiento del Ejército y su abstención de cualquier intervención política, alejando el riesgo de una guerra civil. Señala que se intentó sublevar a los soldados distribuyendo libelos, «but the soldiers no sooner met with them, than they with a Spirit truly British consider’d them as an Insult offer’d to their Honour & subscrib’d Sums amongst themselves for finding out & persecuting the Authors of such diabolical measures». También menciona que el Gobierno había abonado sus sueldos recientemente. «Had such vile incendiries [sic] succeeded according to their Wishes & the Mutiny [h]appening at same time, our Country might have been involv’d in all the Horrors of contending Factions however some of us may wish for Reform. I trust none of us ever think of going further» (LSEA Special Coll Misc 156, vol. 1: 78-79).77

Mientras en algunos ejemplos los sujetos no están a la altura de la nación, en otros casos puede ocurrir lo contrario. A partir de los contenidos que se predican de la nación o de la simple pertenencia compartida, los individuos nacionalizados pueden derivar expectativas de solidaridad de sus connacionales a través de ayuda económica, apoyo moral o asistencia práctica en los propios propósitos. Es el caso de la nota de Choyce (1973: 161 y 172) sobre su cautiverio en Francia, antes de que, «tired of loyalty and sick of prison», se alistara, haciéndose pasar por español, en la marina francesa. Él cuenta cómo «Mr. Hewitson an English gentleman living at Orleans, who was commissary for English prisoner» los visitó en la prisión junto con Lord Elgin y les comunicó la asistencia que iban a recibir, consistente en unos pocos sous al día. Choyce la consideró insuficiente hasta el punto de humillante. «Blush Britons! Sorry I am to say that an English should have so little feeling for a dozen or so of his poor, miserable, half-starved countrymen». Esta indignación se focalizó en esos compatriotas que entran en una prisión y ven «some of the men who had fought the battles of and suffered for his country» sin apiadarse de ellos ni atender sus necesidades adecuadamente. «Believe me, Englishmen, though I have seen many impious acts of my countrymen in various climes, this act of the noble lord made such an impression on my heart that time will only blot it out by death».

En asuntos civiles, los rasgos nacionales pueden ser elementos prosaicos pero igualmente superiores respecto a otros pueblos menos civilizados, como la ilustración, la laboriosidad o el gusto por el orden y la limpieza: «A Dutchman of the labouring class is, indeed, seldom seen unemployed; but we never observed one man working hard, according to the English notion of the term» (Radcliffe, 1795: 47); «She was a true genuine Englishwoman: natural, frank, open…» (Farington, 1984a: 5102); «An Englishman accustomed to the neatness, & convenience of the Inns in his own Country, and to the civility which is universally found, will require a little time to reconcile himself to those He will find abroad» (Farington, 1978: 22); «… this disgusting un-Englishlike and mean abuse of power» (Wilson,78 1825: 689), etc.

No todas las discusiones sobre la dimensión moral de la identidad se plantean desde la afirmación más o menos ufana de superioridad. La diferencia entre las experiencias concretas y las identidades individuales genera conflictos que no pasan desapercibidos a la conciencia. Thomas Howard79 escribe en su diario haitiano sobre la desesperada situación del cuerpo expedicionario británico. Las brigadas irlandesas que habían llegado hacía diez meses con mil cuatrocientos soldados ya no tenían ni cien hombres listos para el combate. «¿Acaso no ve el gobierno lo que está ocurriendo?», escribe. «Englishmen in all Ages have been renowned for sensible & humane Hearts, & I cannot conceive were they perfectly informed of the work of Death that is so rapidly going on here, that they would any longer permit a Soldier of theirs to stay in such an Accursed Country». Howard escribe que es incapaz de concebir otra reacción, pues si a pesar de los desastrosos resultados la decisión fuera no evacuar a las tropas, entonces «the great Characteristick of the Nation no longer exists & a System of the most unheard of cruelty & Inhumanity has arisen in its place» (Buckley, 1985: 118).

Más clara aun es Radcliffe (1795: 377), que señala al final del relato de su viaje del verano de 1794, ya en Inglaterra, que Mánchester debe ser objeto de admiración no solo por sí misma, sino por contraste con un «lugar vecino», a todas luces Liverpool, «immersed in the dreadful guilt of the Slave Trade». Para ella el problema reside en que los esclavistas creen que la «prosperidad nacional» es compatible con su actividad y que, sobre todo, «the actions of nations pass unseen before the Almighty». Por el contrario, sus pecados individuales contra «the eternal laws of right and truth» no van a disolverse en la «accumulated and comprehensive guilt of a national participation in robbery, cruelty and murder».80

Esta preocupación por la degradación moral de la nación es importante no solo por la dimensión ética que puede tener cualquier concepción comunitaria. Muchas de las narrativas revelan la creencia en una relación recíproca entre todo lo anteriormente indicado y las instituciones políticas del país.81 Las conclusiones que Farington (1979b: 1914-1915) apunta en su diario sobre su viaje por Francia en 1802, permitido por la Paz de Amiens, son reveladoras en este sentido. «I felt on my return a difference the most striking; it was expressed in everything; and may be explained by saying that it was coming from disorder to order; from confusion, to convenience; from Subjection to freedom». Al volver, todo hombre «… seemed respectable because his distinct & proper Character was consistently maintained». Farington se pregunta cuál debe ser la naturaleza de un hombre que no agradezca ser inglés de estirpe («that it was his Lot to be an Englishman»), «a Man entitled from Birth to participate in such advantages as in no other Country can be found». Lo interesante de la entrada es que el sujeto nos explica en qué consiste esa relación entre el estatus político y los «manners of the people»:

It certainly was manifest to me that the difference in the deportment of the English when compared with the French, is as great as the Causes which produced it. I could not be insensible to that air of independence bordering upon haughtiness, which is manifested in the English Character, but is little seen among the people I had left. Wealth, and Security, and the pride of equal freedom, together habituate the mind to a conscious feeling of self importance that distinguishes the people of England from those of other Countries. – But if this effect is produced, if there is less of what is called the Amiable, it is amply made up by a quality of a much higher kind, which is integrity, that is a word which the English may apply to their Character by the consent of the whole world more universally than any other Nation that exists in it.82

Afortunados son los ingleses de serlo, pero no lo son por cualquier azar del destino o bendición divina, sino por una combinación específica de logros y características colectivas resultado de la acción humana. Esto lleva un mérito superior implícito y el reconocimiento tácito de la relación entre las instituciones del liberalismo y el comportamiento de la nación según criterios liberales. «Le caractère national des François me parait depuis la Revolution d’être altéré», escribe Richard Potter en 1803, «c’est à dire, d’un peuple volatile et soumis à leur Gouverneurs, ils ont commencé d’être un nation jaloux de leur Libertés, mais à present le Gouvernement Français est aussi absolut que dans le tem[p]s de leur Rois» (LSEA Special Coll Misc 156, vol. 3: 130).

Desde un supuesto similar pero más restringido opera Semple (1809: 255), que, en su segundo viaje a la península ibérica, visita además Tánger, posesión de la Corona inglesa de 1661 a 1684. Habiendo colocado al lector ante las ruinas de su fortaleza, utiliza una pequeña historia, inventada o no, para transmitir unos contenidos que bien podrían formar parte del posterior imperialismo victoriano. Un supuesto inmigrante francés de alta cuna visita Canadá. «He acknowledges the many virtues of the nation which had afforded him shelter», pero le resulta incómodo encontrarse entre «Frenchmen in language, manners and descent, but in peaceful obedience to a foreign power», o sea, Inglaterra. Para Semple no debería sentirse ofendido. «The French had been supplanted by a nation not very greatly inferior to his own in any respect, except that of numbers». Sí le ocurre al autor en la ciudad norteafricana que le evoca el contraste canadiense. En ella debe contemplar «English ruins upon a barbarous coast, once belonging to the most enlightened nation of Europe, but now held by an ignorant and bigotted race of Africans. The ground formerly trod by the freest people on the face of the globe, is now contaminated by a vile race of slaves».83

EL PUEBLO MÁS LIBRE DEL MUNDO EN LA ISLA MÁS ENVIDIABLE BAJO EL CIELO

Las palabras de Semple, «el pueblo más libre sobre la faz de la tierra», pueden parecer una expresión exagerada, pero los mitos nacionales nunca se caracterizaron por su realismo o precisión, sino por su capacidad de permear conciencias y lenguajes. Lo expuesto hasta ahora ha cubierto gran parte de esos mitos para el caso británico y algunas de sus zonas de ambigüedad y contradicción. No obstante, todavía no se han abordado sistemáticamente las dimensiones más políticas de los lenguajes de nación observables en las fuentes británicas del corpus.84

Algunos sectores de la historiografía han argumentado que la idea de que el gobierno debe depender de los gobernados observable en la cultura del parlamentarismo salida de las revoluciones del siglo XVII es una especie de noción implícita de soberanía nacional propia del nacionalismo moderno (Greenfeld, 1992: 29-87). A este respecto, mi propuesta interpretativa parte de que los autores de las narrativas británicas aquí analizadas no operan desde un concepto de soberanía nacional como el que podría tener un liberal francés, español o portugués después de sus respectivas revoluciones. No obstante, esto no quiere decir que no tuvieran ninguna idea política de su comunidad más allá del Estado monárquico existente (el cual, téngase siempre en cuenta, era una monarquía parlamentaria).

De esta forma, cuando revelan información al respecto, la inmensa mayoría de estos individuos inciden en un rasgo político particular y articulador de su comunidad ya anunciado en las anteriores citas de Farington y Semple. Este rasgo, anclado en la concepción moralizada de los caracteres nacionales que hemos visto anteriormente (la nación etnotípica), no es otro que las libertades y los derechos de los que disfrutan los miembros de la nación.85 Así, el concepto etnotípico politizado tuvo unos frenos de transición hacia el liberal mayores que en otros lugares, pero acabó desempeñando unas funciones parecidas en lo que a lenguajes de nación se refiere. Como cabría esperar, diferencias en la realidad política conllevan diferencias en el vocabulario que se utiliza para concebirla y manejarla.

Además de proporcionar a los británicos una clara bandera de identificación, sostiene el debate sobre un modelo institucional –la British/English Constitution– que se predica como una isla contra la tiranía en términos político-morales, de forma paralela al hecho geográfico.86 Por supuesto, el advenimiento de la Revolución francesa y los conflictos internos en torno a los movimientos de reforma del siglo XIX infligen una tensión particular al sistema. No obstante, esta idea del free-born Englishman goza de solidez durante todo el periodo. Lo interesante es que parece haber un componente universalista subyacente en esta consideración, en tanto que la libertad se coloca para estos sujetos como un horizonte cuyo alcance no solo es posible, sino deseable para el resto de los pueblos del mundo.

De esta forma, la «sacred cause of liberty» (Blakeney, 1899: 114) o el «natural and legitimate right of every man to enjoy political freedom» (Hunt, 1821: 100) constituyen también un nexo transnacional que les permite hablar de «patriotas» en la Francia (pos)revolucionaria, en la España de 1808-1814, en la América hispana de 1810-1825 o incluso en los Estados Unidos de 1776-1783, de forma paralela al lenguaje utilizado por los propios colonos insurgentes.87 Por ejemplo, al estallar la guerra anglo-estadounidense de 1812, Hunt escribe que todo amante real de la libertad en Inglaterra desaprobaba esa guerra «injusta» librada contra «our brethren of America» y apoyada por los enemigos de la libertad que querían destruir los principios del republicanismo en todo el mundo. Aunque dice lamentar la destrucción de vidas humanas y del derramamiento de sangre, «and particularly that of my own countrymen», afirma haber deseado siempre el éxito a los americanos, «who were fighting for their rights and liberties against an invader, who would gladly have reduced them to that state of slavery from which they had emancipated themselves by a glorious and successful struggle» (Hunt, 1821: 174; la Guerra de la Independencia en 485).88

De acuerdo con esta lógica, lo que deben hacer los pueblos sin libertad es, aparte de librar sus propias guerras de independencia, aprender a preservarla imitando el ejemplo de los ganadores en la competición por las mejores instituciones, con la consiguiente ganancia en sus calidades morales. Por ejemplo, Alexander (1835: 275) escribe que, si hubiera cualquier peculiaridad inherente a «la presente raza de los portugueses» que los incapacitara para los beneficios de esas «instituciones liberales e ilustradas» «by means of which alone, we ourselves have attained our high rank as men and as a nation», toda su esperanza de regeneración estaría condenada al fracaso. Wakefield (1792: 404-405) es mucho menos generoso con el estado de las instituciones británicas de su época («I […] shall take shelter from the caprice of man and the vicissitudes of fortune beneath the calm contemplations of a private life»). No obstante, tiene clara la potencialidad que tendría la depuración de los déspotas en el poder, que son «unworthy to breathe the genial air of that region, which has dispensed freedom to the universe, and produced the great political saviours of mankind». Y si esta consideración corriera el riesgo de parecer exagerada, el sujeto se reafirma con una reformulación más explícita: «Yes; that Sun of liberty, which has shot his beans even into the extremities of the western hemisphere, and is invigorating European nations with meridian rays, first rose from the bosom of OUR ISLAND; and may he never set, till every vestige of slavery and superstition be effaced from it and from the earth; till freedom have established in the hearts of men UNIVERSAL EMPIRE!».

Separados por casi cuarenta años, el fragmento de Wakefield89 coincide con el de Alexander en lo antes señalado, pero introduce otro factor también importante: la denuncia de la arbitrariedad del poder. Si el contenido político de la nación se nuclea en torno a un asunto tan potencialmente conflictivo como los derechos y las libertades, cabe esperar que no todos entiendan la traducción concreta de estas proclamas de la misma manera. Así, los conflictos por la definición de la nación en el caso británico tienen su dimensión política central no tanto en la discusión sobre la legitimidad del poder, sino en qué medida la perfección moral de la constitución política real está a la altura de lo que se predica de ella y, por extensión, de la comunidad nacional que la articula. Aquí el peso de lo que está sucediendo en Francia es significativo y continuo, pero no es ubicuo, no tiene el mismo sentido para todos los actores ni siempre es explícito.

Prueba de todo ello es la manera en la que termina el relato del campesino y poeta inglés John Clare,90 uno de los pocos casos de narrativa personal producidos por individuos claramente clasificables en lo que se ha dado en llamar «clases populares». Afirma que nunca intentó entender la política completamente y que le bastaba con «the old dish that was served to my forefathers», pero luego se posiciona claramente contra los regicidas franceses y sobre todo contra «un tal Robespierre», «a most indefatigable butcher in the cause of the French levellers».91 Alegrándose de su destino final, termina: «may the foes of my country ever find their hopes blasted by disappointments and the silent prayers of the honest man to a power that governs with justice for their destruction meet always with success» (Robinson, 1983: 26).

El contraste del tradicionalismo de Clarke con el político radical Henry Hunt no podía ser mayor. Para el uno la máxima política es combatir a «los enemigos de mi país» y evitar que en él sucedan las atrocidades de «los niveladores franceses», que es como llama él a los jacobinos proyectando la memoria histórica que pudiera tener de los conflictos del siglo XVII. Para el otro, el caciquismo, la corrupción política y la desigualdad social constituyen una perversión continua del patriotismo y los valores nacionales bombásticamente predicados por los poderosos.

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