Читать книгу: «Ejecutores, víctimas y testigos»

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© del texto: Raul Hilberg, 1992

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: Marzo de 2022

ISBN: 978-84-18741-43-2

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: Tomasz Wiśniewski, (c) Album/Forum

Maquetación: Nèlia Creixell

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

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Para Gwendolyn

ÍNDICE


PREFACIO
PARTE I. EJECUTORES
I. Adolf Hitler
II. El engranaje burocrático
III. El viejo funcionariado
IV. Carne nueva
V. Fanáticos, codiciosos y compungidos
VI. Médicos y abogados
VII. Gobiernos no alemanes
VIII. Voluntarios no alemanes
PARTE II. VÍCTIMAS
IX. Los líderes judíos
X. Los refugiados
XI. Hombres y mujeres
XII. Matrimonios mixtos
XIII. Los niños
XIV. Los judíos cristianos
XV. Privilegiados, luchadores y despojados
XVI. Los inadaptados
XVII. Los supervivientes
PARTE III. TESTIGOS
XVIII. Países en la Europa de Hitler
XIX. Los que ayudaron, los que se lucraron y los que se quedaron mirando
XX. Mensajeros
XXI. Los salvadores judíos
XXII. Los aliados
XXIII. Países neutrales
XXIV. Las iglesias
NOTAS

PREFACIO

La catástrofe judía acontecida entre 1933 y 1945 alcanzó proporciones colosales. La mancha empezó en Alemania y se fue extendiendo hasta engullir a la mayor parte del continente europeo. También fue un suceso que concernió a un conjunto muy diverso de culpables, a un sinfín de víctimas y a una infinidad de cómplices. Esos tres grupos diferían entre sí y no se alteraron en el decurso de sus vidas. Cada grupo presenció los hechos desde un punto de vista personal y único, mostrando una actitud y reacción propias.

Los culpables desempeñaron un papel específico formulando o aplicando medidas contra los judíos. En la mayoría de los casos, un participante recibía su cometido y lo atribuía a su puesto y a sus obligaciones. Lo que hacía era impersonal. Le habían autorizado o dado instrucciones para llevar a cabo esa misión. Es más, ningún hombre ni organización fueron exclusivamente responsables de la destrucción de los judíos. No se reservó ningún presupuesto concreto para tal fin. La labor se difuminó entre una gran hueste de burócratas; cada hombre tenía la sensación de que su aportación no era más que un granito de arena en ese inmenso proyecto. Por estos motivos, un edil o secretario municipal, o un guardia uniformado, nunca se consideraba a sí mismo culpable. No obstante, sabía que el proceso de destrucción era deliberado y que, una vez inmerso en esa vorágine, sus actos serían indelebles. En este sentido, seguiría siendo siempre aquello que había sido, por muy reacio que fuera a admitir o comentar lo que había hecho.

El primer y gran culpable fue el propio Adolf Hitler. Fue el arquitecto supremo de toda la operación, que habría sido inconcebible sin él. Hitler siempre fue el centro de atención, pero la mayor parte del trabajo se llevó a cabo en las sombras y corrió a cargo de una vasta red de funcionarios de confianza y arribistas. En este conglomerado, algunos hombres se mostraron entusiasmados, mientras que otros tuvieron sus dudas. Entre los líderes había muchos profesionales altamente cualificados, como los omnipresentes abogados o los indispensables médicos. Cuando el proceso se amplió hasta sumir a toda Europa, la maquinaria de la destrucción se internacionalizó, pues los alemanes engrosaron sus filas con Gobiernos de Estados satélite y colaboradores puntuales de los países ocupados.

A diferencia de los culpables, las víctimas estuvieron siempre expuestas. Eran inequívocamente identificables y contables. Para ser declaradas judías, solo tenían que tener padres o abuelos que también lo fueran. Las leyes y reglas discriminatorias preveían con gran detalle los problemas con los matrimonios mixtos, las personas de linaje mixto y las empresas de propiedad compartida. Con cada paso que se daba, el abismo se ahondaba más y más. Los judíos fueron marcados con la estrella de David y sus contactos con los no judíos menguaron, hasta acabar limitándose a la pura formalidad o siendo directamente prohibidos. Confinados en casas, guetos y campos de trabajos forzados, se les recluyó y concentró geográficamente. Aparte de estas barreras, la guerra también contribuyó a aislar el judaísmo del continen- te europeo de las comunidades judías y los Gobiernos aliados del resto del mundo.

Las víctimas tenían líderes. Y esas personas, que ocupaban cargos en cientos de consejos judíos, han atraído la atención de muchos analistas. No obstante, las víctimas en general han sido siempre una masa amorfa. Millones sufrieron un mismo destino delante de tumbas ya cavadas o en cámaras de gas oscuras y selladas. La muerte de esos judíos se ha convertido en su atributo más reconocido. Se les recuerda sobre todo por lo que les sucedió, y por eso ha habido ciertos recelos a la hora de dividirlos en categorías. Con todo, la mella de la destrucción no fue la misma para todos. Primero, hubo personas que se marcharon a tiempo: los refugiados. La inmensa mayoría que no se fue o que quedó atrapada fueron hombres y mujeres adultos, y sus respectivos encuentros con la adversidad no fueron idénticos. Algunos judíos casados forman una categoría especial, pues sus cónyuges no eran judíos. La vida y las aflicciones de los niños también constituyen una categoría de pleno derecho. El dilema que afrontaron los cristianos de ascendencia judía merece un aparte. Y la comunidad en su conjunto estaba estratificada de pies a cabeza según la riqueza y los ingresos, y en muchas situaciones esas distinciones materiales fueron cruciales. Aún más significativas fueron las diferencias en cuanto a la personalidad de cada uno. Aunque la mayoría de las víctimas se aclimataron poco a poco a la creciente agonía por la necesidad y la pérdida, hubo una minúscula minoría que no compartió este conformismo general. La incapacidad o la negativa a aceptar el agravio dio pie a diferentes reacciones, desde el suicidio a la rebelión sin cuartel. Al final, unas pocas personas que se empecinaron en no morir, resistiendo contra viento y marea, fueron halladas vivas en los campos y en los bosques liberados: son los supervivientes.

Pero la mayoría de los contemporáneos de la catástrofe judía no fueron ni culpables ni víctimas. Muchas personas vieron u oyeron algo de lo sucedido. Los que vivían en la Europa de Adolf Hitler se habrían descrito a sí mismos, con contadas excepciones, como cómplices o testigos. No participaron activamente porque no querían hacer daño a las víctimas, pero tampoco querían ser blanco de la ira de los culpables. Aun así, la realidad no era siempre tan meridiana; dependía mucho de las relaciones de los diversos países de la Europa continental con los alemanes y los judíos. Estos vínculos o rencillas podían impulsar o frenar la acción en una u otra dirección. Además, muchos actos venían determinados por el carácter de cada persona, en particular si dicho carácter era insólito o extraordinario. En algunas zonas, los cómplices se convirtieron en culpables. En muchas regiones se aprovecharon de las desgracias judías y sacaron rédito de la situación, pero también hubo aquellos que ayudaron a los perseguidos. De vez en cuando aparecía un mensajero que difundía las noticias.

Fuera del escenario de la propia destrucción, hubo un grupo importante al que se enviaron mensajes de socorro: los judíos de Estados Unidos, Reino Unido y Palestina. Los líderes judíos de esos países no eran indiferentes ni se veían en absoluto como cómplices. Pero sí creían que estaban indefensos, y tanto fue así que acabaron cayendo realmente en la impotencia. Los Gobiernos aliados a los que apelaron los judíos norteamericanos y británicos no eran impotentes, pero tampoco iban a jugarse el todo por el todo por las víctimas. Y los países neutrales del continente europeo adoptaron la política de no incurrir públicamente en acciones que pudieran colocarlos en uno u otro bando. Esta postura atenazante contribuyó a que tampoco asumieran un papel activo en el sufrimiento judío. Las diferentes confesiones cristianas, en cambio, aceptaban a toda la humanidad, pero les costó extender su mano del mismo modo en todas direcciones. Para el Papa, este ejercicio fue especialmente difícil, y en los años que han transcurrido desde el fin de la guerra se le ha tildado a veces de cómplice por antonomasia. Aunque hay que admitir que los eclesiásticos, tanto católicos como protestantes, estaban marcados a fuego por su nacionalidad y temperamento, como casi todos los habitantes de Europa.

En este texto, culpables, víctimas y cómplices aparecerán por separado. Cada uno de los veinticuatro capítulos versa sobre un segmento de los tres grupos y está escrito como unidad suelta. En principio son independientes y se pueden leer en el orden que se desee. Este volumen no pretende cubrir todas las personas y cuestiones. Es más bien un libro con descripciones breves y retratos concisos sobre individuos, conocidos y desconocidos, que en su día fueron parte de esta historia.

He invertido varios años en investigar y escribir. Habría tardado aún más de no haber sido por el apoyo que he recibido de mi amigo y colega Alan Wertheimer, que cuando inicié este proyecto dirigía el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Vermont. Gracias a sus gestiones conseguí una beca de investigación de la John M. Olin Foundation con la que pude hacer frente a los gastos de material y desplazamiento. Y, por encima de todo, pude disponer de tiempo. La fundación fue paciente con las sucesivas interrupciones, ampliaciones y extensiones de la obra. Estoy profundamente agradecido por su contribución. John G. Jewett, decano de la Facultad de Artes y Ciencias, me facilitó la tarea de documentación concediéndome un permiso muy oportuno y bienvenido. Y, por último, estoy en deuda con los archiveros y bibliotecarios de tres continentes por su inestimable ayuda. Sin ellos, las fuentes esparcidas por todo el globo se habrían perdido y los nombres, así como los hechos, seguirían en el tintero.

PARTE I
EJECUTORES

«Yo nunca fui cruel».

HERMANN GÖRING al psicólogo penitenciario

G. M. Gilbert en Núremberg, 1946

CAPÍTULO I
ADOLF HITLER

Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889. Su padre Alois era funcionario de aduanas del Imperio austrohúngaro en Braunau, en la frontera con Alemania, y se había quedado viudo dos veces antes de casarse con Klara, una mujer mucho más joven. Adolf fue uno de los seis hijos que tuvo Klara y uno de los dos que sobrevivieron. La vida de la hermana de Adolf, Paula, está rodeada de tinieblas y secretismo.

La familia no era pobre. Alois había ido escalando socialmente pese a su humilde origen, y, cuando murió, la familia no pasaba hambre. Klara, con quien Adolf estaba muy unido, murió de cáncer a los cuarenta y siete años. Su médico era judío.

De adolescente, Adolf Hitler estudió en las ciudades de provincias de Linz y Steyr, pero no era buen estudiante. Sacaba malas notas en matemáticas, física y alemán, era más bien mediocre en religión y protocolo, y solo destacaba en arte y gimnasia. Aun así, la duración y calidad de su escolarización fueron adecuadas y, para los estándares de la época, más o menos normales.1

Atraído por el arte, en 1907 llegó a la capital austriaca: Viena. Viviría allí los siguientes seis años. Un amigo íntimo interesado por la música le introdujo en las óperas de Richard Wagner, en las que abundan las deidades precristianas, los sordos y lentos redobles y las poderosísimas arias, con el característico crescendo controlado de la voz que se alza por encima de una gran orquesta. Hitler no consiguió entrar en la prestigiosa Academia de Arte de Viena. No le recriminaron el estilo, como sí habían hecho el Salón de París con los impresionistas o las clases dirigentes vienesas con los secesionistas. Hitler era tradicional. Dibujaba y pintaba edificios y paisajes. Su evidente defecto eran las caras. Aun así, hizo un esbozo de su propio rostro en un dibujo un tanto caricaturesco.

Pese al rechazo, Hitler no cayó en la indigencia. Vivía en el vigésimo distrito, donde residían muchos obreros y pequeños comerciantes. Su aposento se encontraba en una casa para hombres solteros y era de lo más ordinario. A veces podía faltarle dinero para un abrigo o alguna otra cosa, pero iba tirando con el patrimonio que le había dejado la familia y con lo que obtenía por vender sus cuadros a marchantes de arte. Parece que dos de esos marchantes eran judíos.2

En la Europa de 1907-1913 campaban doctrinas que a finales del siglo XX habían perdido gran parte de su atractivo: el imperialismo, el racismo y el antisemitismo. Austria-Hungría no tenía colonias en otros continentes. Su población era cien por cien blanca, aunque sí tenía una considerable minoría judía. Solo en Viena vivía una comunidad judía de unas doscientas mil personas, muchas de ellas recién llegadas de las provincias del este, sobre todo de Galitzia. En Viena también había un movimiento antisemita que publicaba textos en los que se atribuía una conducta destructiva a los judíos, afirmando que eran una raza que no podía ni iba a cambiar. Durante su estancia en Viena, Hitler se impregnó de estas ideas.

También fue donde cumplió la edad mínima para alistarse en el ejército. Igual que otros países de la Europa continental, Austria-Hungría aplicaba el reclutamiento de tiempos de paz. Obligaba a hacer el servicio militar a hombres en buenas condiciones físicas, brindándoles una instrucción simple y enviándolos a la reserva para poder movilizarlos enseguida en caso de estallar una guerra. De hecho, entre 1907 y 1913 los países se fueron preparando cada vez más e iniciaron una carrera armamentística que enfrentaba principalmente a Alemania y Austria-Hungría con Francia y Rusia. Pero Hitler eludió el servicio militar.

En 1913 se fue a Múnich y desde allí firmó la paz con las autoridades austriacas. Le hicieron un examen y lo declararon demasiado débil para servir. No obstante, cuando Alemania declaró la guerra en agosto de 1914, Hitler se presentó voluntario en el ejército alemán. Estuvo los siguientes cuatro años en el frente occidental, donde resultó herido. No lo ascendieron porque pensaban que no tenía dotes de mando. Le denegaron varias veces la codiciada condecoración de la Cruz de Hierro de primera clase, aunque la recibió finalmente en agosto de 1918 después de otra recomendación. El valedor que intercedió a su favor fue el teniente de la reserva Gutmann, aparentemente judío.

Poco antes del fin de las hostilidades, Hitler fue víctima de un ataque con gas. El día del armisticio seguía hospitalizado y no se quitó el uniforme ni siquiera durante su recuperación. Destinado en Baviera, presenció algunos de los levantamientos políticos en la Alemania de posguerra, incluido un fugaz régimen comunista local que fue aplastado por el ejército alemán. Un efecto colateral de la democratización fue que el viejo mando militar ya no podía silenciar los debates políticos, aunque sí organizarlos y supervisarlos. En la unidad a la que pertenecía Hitler, un soldado quiso saber por qué Alemania había perdido la guerra. El comandante de la compañía ordenó a Hitler que le escribiera una respuesta.

La réplica de Hitler lleva la fecha del 16 de septiembre de 1919 y es su primer texto explícito sobre los judíos. En esa larga misiva, afirmó que los judíos estaban explotando a los países, minando su fuerza e infectándolos con una tuberculosis racial. También habló de su antisemitismo, distinguiendo entre un antisemitismo emocional, que solo podía dar lugar a raptos pasajeros o pogromos, sin aportar una solución al problema judío, y un antisemitismo racional, que resultaría en una serie de medidas legales consagradas a la eliminación final de los judíos.3

La diferenciación entre clases de antisemitismo no era muy común y bien podría ser fruto de sus propias reflexiones. Tildaba la emoción (Gefühl) de pasajera, mientras que la razón, o Vernunft, era constante. Él quería constancia en la consecución de su objetivo: la extirpación, desaparición o eliminación ambigua pero total de los judíos, expresada con el término alemán Entfernung.

Cuando Hitler escribió la carta tenía treinta años. Su contenido no podía deducirse naturalmente de nada de lo que hubiera dicho o escrito en el pasado. En su trato previo con judíos no hay nada que justifique esa hostilidad. Como Eduard Bloch, el médico que había tratado a su madre, era judío, se ha especulado un poco con que Hitler pensara que los médicos judíos eran un peligro para la salud del pueblo alemán. Pero lo cierto es que esta imagen apareció más tarde en la descarnada propaganda nazi. Es verdad que, como Führer, Hitler se mostró contrario a que los médicos judíos trataran a pacientes alemanes. Pero su razón era el estatus de los doctores en la sociedad, pues eran modelos (Vorbilder) para todo el mundo y no quería que los judíos formaran parte de esa élite.4 Sus contactos con marchantes de arte judíos también sugieren la posibilidad de que Hitler tuviera la sospecha de estar siendo explotado o engañado. También en este caso hay que decir que Hitler ordenó la liquidación de las empresas judías, pero nunca se le oyó quejarse de sus propias transacciones con ellos. Un hombre al que sí recriminó Hitler fue su amigo gentil Reinhold Hanisch, que vendió sus cuadros por el 50 % del precio estipulado y que, en una ocasión, se embolsó la suma entera. A ese hombre, Hitler sí le acusó de haberlo estafado.5 Por último, si uno busca las claves del interés de Hitler por la cuestión judía, su vida en el frente o en el seno del ejército entre 1914 y 1918 tampoco da mucho de sí. Es cierto que no quiso que entraran judíos en el ejército alemán una vez que llegó al poder, pero en agosto de 1938 seguía señalando a su séquito que «no importaba lo que la gente decía», que en la Primera Guerra Mundial había habido valientes soldados judíos e incluso oficiales.6

La fijación de Hitler nació en Viena, donde leyó tratados antijudíos y donde, según afirmó más tarde, empezó a odiar cada vez más a los judíos. Aquellas palabras impresas, o las imágenes de las calles vienesas repletas de migrantes judíos llegados del este, no distorsionaron su imagen de los judíos concretos que había conocido en Litz, en Viena o en el ejército. Más bien contrajo una obsesión con ellos en general. Eran intrusos en la nación alemana y los culpaba como grupo por nada más y nada menos que la mayor pérdida de todas: la derrota de Alemania. Seguramente estuvo barajando esta conclusión durante un tiempo, porque su afirmación de 1919 no refleja duda ni vacilación. Es el producto final de un hombre convencido de su hipótesis.

Después de 1919 Hitler tuvo que abandonar el ejército, pues el tratado de paz obligó a desmovilizar gran parte del mismo. Sin embargo, empezó una nueva actividad. Durante el tiempo restante de servicio militar, le habían ordenado investigar a un grupo político autodenominado Partido Obrero Alemán, sospechoso de tender en exceso hacia la izquierda, aunque solo fuera por el nombre. Hitler se afilió al partido y se convirtió en su miembro número 555, y el séptimo del comité ejecutivo.7 Enseguida fue elegido máximo dirigente gracias a su extraordinario talento para hablar en público. La formación se convirtió en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, popularmente llamado Partido Nazi. Su programa del 20 de febrero de 1920 hacía varias referencias a los judíos. Destacaban las propuestas para revocar sus derechos como ciudadanos, excluirlos de la función pública y deportar a aquellos que habían entrado en Alemania tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero el programa no hacía prever en absoluto lo que depararía el futuro.

En 1923 Hitler decidió acceder al poder dando un golpe de Estado. La idea no era original. En noviembre de 1917 los comunistas se habían hecho con el control de Rusia; en octubre de 1922 Benito Mussolini había ascendido al poder tras su marcha sobre Roma; y en la propia Alemania había habido intentos golpistas que, sin éxito, pudieron servir de inspiración. El putsch, el nombre con que los alemanes conocen el golpe de Estado, no se produjo en Berlín sino en Múnich, donde contaba con el apoyo de importantes oficiales del ejército. Hitler marchó con el general Erich Ludendorff, la policía abrió fuego y la tentativa fracasó. El incidente tuvo lugar el 9 de noviembre de 1923. Se había programado para hacer coincidir la victoria nazi con el 11 de noviembre, el día que se cumplían cinco años del armisticio.

Hitler fue juzgado por traición y estuvo poco más de un año en la cárcel, donde empezó a escribir Mein Kampf, su polémica autobiografía. Según Hitler, su padre Alois no había sido antisemita y había considerado los mensajes antijudíos como un signo de reaccionarismo. Ni siquiera el joven Adolf había reparado en los judíos en Linz, ya que no parecían tan diferentes de los propios alemanes. Cuando llegó a Viena, seguía sin poder reconocerlos. Solo al cabo de un tiempo se percató de su patético aspecto, se fijó en el hedor que desprendían y tomó nota de su teatral forma de hablar. A partir de entonces empezó a darse cuenta de lo que eran los judíos. Eran intermediarios que no producían nada, marxistas que se adue- ñaban de los sindicatos, comerciantes que controlaban la bolsa y escritores de tres al cuarto que contaminaban la cultura alemana. Profanaban las mujeres alemanas con su sangre. Claramente, la mera visión de los judíos ofendía a Hitler; eran la encarnación de la fealdad, la decadencia, la repulsión y la sífilis.

Tras salir de prisión, Hitler decidió reconducir su vida. Se instaló en un modesto apartamento donde siguió trabajando en Mein Kampf,8 renunció a la ciudadanía austriaca e hizo los trámites para convertirse en un alemán de iure, aunque su situación no fue regularizada por completo hasta 1932.9

Aun así, su vida política no tenía nada de estable. El partido exigía una dedicación completa y él no tenía un trabajo en el que apoyarse, pero lo apostó todo a la ínfima posibilidad de victoria. Iba a ser un todo o nada, pero a finales de 1928 el partido seguía siendo pequeño y solo contaba con 108.717 miembros.10

La economía privada de Hitler era otro problema importante. Tuvo que pedir dinero prestado. Su único lujo, un Mercedes que adoraba, pero que también necesitaba para su creciente labor política, atrajo la atención de los inspectores de hacienda, que cuestionaron que se hubieran declarado todos los ingresos y pusieron en duda el tamaño de las deducciones.11

En 1929 los ingresos de Hitler eran sustanciales y vivía ya con cierta holgura en unos aposentos mucho más grandes y mejor equipados. Lo conocían en toda Alemania y cada vez atraía a más público a sus mítines. Cuando la depresión económica azotó Alemania con toda su fuerza, tanto los nazis como los comunistas empezaron a sumar más apoyos, y tras diversos comicios Adolf Hitler acabó siendo nombrado canciller del Reich el 30 de enero de 1933.

La cosa había cambiado. En 1933 ya no llegaba al pueblo alemán solo a través de la imprenta y de los grandes mítines, sino que disponía de un poderoso nuevo medio: la radio. La oratoria pasó a identificarse con su persona. Antes de hablar solía aguardar en silencio, inmóvil, y empezaba poco a poco con la voz de bajo-barítono, profiriendo las palabras «Volksgenossen, Volksgenossinen!», un apelativo nazi que significaba literalmente «hombres y mujeres compatriotas que pertenecen al mismo pueblo». El tono iba paulatinamente in crescendo hasta que el público enloquecía gritando «Sieg Heil!», la proclama nazi que ensalzaba la victoria alemana. El rostro de Hitler estaba por todas partes; mostraba a un hombre cuarentón frío y de mirada penetrante. Sus acólitos lo describían como hipnótico.

Entendía al pueblo alemán y dominaba su idioma a la perfección. El historiador alemán de la posguerra que más ha estudiado la vida de Hitler, Eberhard Jäckel, dice que el pueblo lo amaba, lo consideraba intocable y lo eximía de cualquier responsabilidad por los «excesos» que, según ellos, se cometieron a sus espaldas y sin su conocimiento.12

El aspecto de Hitler era paradigma de simplicidad. Vestía un uniforme austero sin ninguna medalla inmerecida, pero con su Cruz de Hierro. Hablaba de su paso por el ejército con modestia, como el de un soldado cualquiera. Tras la muerte del presidente Hindenburg, rehusó heredar el título de este y acabó renunciando al rango de canciller del Reich, de modo que se quedó solo con el cargo de líder: Führer. De este modo transmitía esencia y totalidad.

En sus palabras se respiraba poco sarcasmo, sutileza o comedimiento y no se andaba con contemplaciones. Tampoco es que en alemán se emplearan mucho esos recursos... Ahora bien, Hitler sí usaba las dicotomías. Jugaba con las antítesis, sobre todo con las extremas. Todo lo que decía en público estaba pensado para consolidar el sí y el no y para negar las excepciones, reservas o concesiones.

Anhelaba una Alemania unida. El popular eslogan era «Ein Volk, ein Reich, ein Führer», que significa «un pueblo, un imperio, un líder». El partido era un «movimiento» y Alemania marchaba al ritmo de los latidos «precedentes, aledaños y posteriores».

Su mentalidad, forjada de las semillas de su juventud en Linz y Viena, era arquitectónica. No fue casual que ascendiera al joven arquitecto Albert Speer hasta acabar encomendándole la planificación de Berlín y, después, la producción armamentística. Los edificios públicos estaban diseñados para ser monumentales, no modernos ni de techo plano; se iba a ampliar su espacio cerrado como en el vestíbulo del Führerbau de Múnich o en el campo Zeppelin de Núremberg, donde se celebró el mitin del partido en 1935. Pero la arquitectura no se reducía solo a espacios y estructuras. Todo el Reich tenía que estar unido visualmente por superautopistas, las reichsautobahnen, y la gente iba a tener un coche aerodinámico similar a un escarabajo: el Volkswagen del Partido Nazi. Al margen de los proyectos de ingeniería, la filosofía arquitectónica impregnaba el pensamiento administrativo. Los equivalentes de los planes arquitectónicos eran los organigramas de las nuevas estructuras burocráticas. Iban a crearse nuevas oficinas del partido, nuevas formaciones como las SS y la Policía y nuevos ministerios con nuevas funciones. Y en la cima, solo y presidiendo todos los centros de poder nuevos y antiguos, se alzaría el propio Adolf Hitler, el arquitecto supremo del Tercer Reich.13

Adolf Hitler y sus adeptos no eran misioneros en busca de potenciales adeptos al nazismo. Hitler no adoptó ni empleó ninguna teoría política. Ni siquiera definía objetivos a largo plazo. Nunca hubo un mapa que mostrara cómo sería la Europa alemana después de ganar la guerra, ni había un proyecto que perfilara la destrucción de los judíos europeos. Lo que sí existía era la agitación nacional, la movilización de su poder y la resucitación de las amenazas. Alemania recorría inexorable un camino dictado por su lógica interna, cada vez con menos vacilación y con más aplomo, directa hacia los «enemigos».

Para Hitler, los judíos eran el principal adversario de Alemania. La batalla con ellos era «defensiva». Simplemente estaba rindiendo cuentas por todo lo que había hecho el judaísmo. Era una respuesta a sus risas. De Hitler no se reía nadie, nadie le podía menospreciar ni burlarse de él. Creía que los judíos ridiculizaban todo lo que era sagrado para un alemán. En su discurso del 30 de septiembre de 1942, dijo abiertamente que los judíos se iban a dejar de reír en todas partes. Hasta eso consiguió profetizar.14

Durante los doce años que estuvo al timón, su figura pública fue la de un líder solitario, incuestionable e intocable. Pronunciaba las palabras que reverberaban en los oídos alemanes y firmaba los decretos del boletín oficial del Reich. Todo lo demás era secreto: sus enfermedades, su compañía femenina, momentos de tolerancia y modestia.

Hitler era el típico pequeñoburgués que invertía en acciones de Mercedes y guardaba los viejos recibos del alquiler.15 No dejaba que lo retrataran con gafas. Justo antes de alzarse con el poder empezó a sufrir del estómago después de comer, a veces incluso cuando aún estaba comiendo. Para él, que alguien pudiera advertir esa dolencia era tan penoso como el propio dolor. A partir de entonces renunciaría a la carne, e incluso a los dulces, que eran su perdición.16 Igual de desconocidos que esos achaques eran sus placeres privados. Eva Braun fue su compañera de vida y al final, antes de suicidarse juntos, se casó con él. Nadie fuera de su círculo interno supo de su existencia hasta después de la guerra. Su ayudante militar, Gerhard Engel, que pudo observarlo de cerca entre 1938 y 1943, documentó una serie de pequeños incidentes inusuales de la vida de Hitler. Por ejemplo, cuando se divorció el comandante de las Fuerzas Armadas, el coronel general Walter von Brauchitsch, el liberal Hitler fue «magnánimo». Ofreció apoyo económico para satisfacer las peticiones de la señora Von Brauchitsch y resaltó que no se podía consentir de ningún modo que el comandante fuera castigado «con una losa espiritual» después de su tormento. En otra ocasión, Hitler quiso ir a una cafetería y la Gestapo estuvo a punto de desalojar a un humorista, porque su mero oficio ya resultaba sospechoso. Hitler les paró los pies y explicó a la policía que un humorista tenía que hacer bromas. Con Engel, Hitler también hizo una visita nocturna a una galería de arte para comprar cuadros.17 Uno de sus favoritos, que permitió que fotografiaran, era La última granada de mano.18 Sin embargo, su propio arte lo avergonzaba. En 1942 dio órdenes a la Gestapo para que recuperaran y destruyeran tres cuadros suyos en manos de un propietario privado de Viena.19

Hitler había revelado sus penurias en Viena, pero no quería que se hiciera publicidad de su vida privada como Führer en Berlín. Tenía miedo de que el público conociera esos aspectos de su existencia, precisamente porque eran los más normales. La imagen que cultivaba era la de un hombre que consagraba todo su tiempo al pueblo alemán y al que había que seguir ciegamente. Lo cierto es que a veces Hitler dormía hasta el mediodía, aunque en general sí dedicaba el día entero al trabajo. Para estar alerta empezó a tomar anfetaminas. Al principio tomaba pequeñas dosis, pero fue aumentándolas a medida que adquiría tolerancia a la droga. Poco a poco se volvió dependiente de las inyecciones y, a partir de mediados de 1942, su conducta comenzó a cambiar. Perdió el interés en la gente y las ciudades y se recluyó en el cuartel general. En las conferencias, trataba a fondo menudencias y se repetía sin cesar.20 Ya no era tan eficiente, pero seguía siendo igual de absolutista.

Hitler no lo decidía todo él mismo, pero sí tenía el poder de dar órdenes a voluntad. Sus decisiones abarcaban una esfera muy amplia. Muchas veces se preocupaba de pormenores, también de los asuntos judíos, pero Hitler es Hitler debido a la enorme cadena de acontecimientos que puso en marcha. No siempre llegaba enseguida a una conclusión, y cuando la anunciaba a alguien, no tenía por qué tener pleno sentido. Aun así, esos pronunciamientos internos eran directrices y fuentes de inspiración, de forma que se podían deducir cosas aunque sus pensamientos no estuvieran del todo hilados. Como Hitler estaba en la cúspide de la burocracia, no escribía de su puño y letra las leyes o directivas que firmaba, y casi nunca las retocaba. El aparato administrativo, de hecho, era un flujo continuo de ideas e iniciativas. Se tomaron medidas de mucho peso sin su consentimiento expreso, y a veces sin que se le informara. A veces tuvo que arbitrar entre potentados o facciones enfrentados. En este sentido, Hitler era como todos los gobernantes de una sociedad compleja, pero nunca renunció a la prerrogativa de intervenir, fuera para vetar una acción o, con toda su pompa, llevarla a cabo. Por último, hay que decir que Hitler no podría haber matado a los judíos con ambas manos ni podría haber logrado nada sin los hombres que formaban la extensa máquina organizativa que desempeñaba funciones especializadas de todo tipo. Con todo, para esos hombres habría sido inconcebible el ataque al judaísmo de no haber sido por él. Como afirmaron en repetidas ocasiones, fue indispensable.

Todos los rasgos de su toma de decisiones se observan en las operaciones antijudías practicadas entre 1933 y 1945. Su primera intervención fue mientras se elaboraba el borrador de una ley dos meses después de convertirse en canciller. En la cargadísima atmósfera de esos primeros meses, el Partido Nazi organizó un boicot a las tiendas judías y expulsó a los jueces judíos de los tribunales. Trabajando en una ley sobre la función pública, los ministerios valoraron el despido de jueces y fiscales que no fueran cristianos. En ese momento, Hitler exigió la expulsión de todos los funcionarios judíos.21 El anciano mariscal de campo Paul von Hindenburg, todavía presidente de Alemania, se quejó a Hitler de los métodos intimidantes que usaba el partido contra los jueces judíos que habían sufrido una invalidez tras luchar en la Primera Guerra Mundial, y Hitler prometió excepciones en varias categorías, incluidos los veteranos de combate.22 Por otra parte, la ley era lo bastante amplia para englobar a todos los «no arios», es decir, a cualquier persona de cualquier religión que tuviera al menos un abuelo judío. Hitler también firmó una serie de leyes que se seguían lógicamente del discurso original, prohibiendo a los abogados judíos ejercer y expulsando a los agentes de patentes y asesores fiscales.23

La ley de la función pública afectó a los profesionales de las universidades y los institutos. La consiguiente pérdida de físicos y químicos judíos altamente cualificados alarmó a los círculos académicos alemanes y, en 1933, el físico Max Planck habló con Hitler del problema. Planck mencionó a Fritz Haber, el judío que había sintetizado el amoniaco extrayendo nitrógeno del aire. Esa hazaña, lograda justo antes de empezar la Primera Guerra Mundial, había eximido a Alemania de la necesidad de importar nitratos naturales de Chile para fabricar explosivos. Sin ese descubrimiento, explicó Planck, Alemania habría perdido la guerra nada más empezar. Hitler contestó que no estaba en contra de los judíos per se, sino de los judíos partidarios del comunismo. Cuando Planck intentó alegar que, en verdad, había judíos de bien así como otros que no valían nada, Hitler contestó que un judío era un judío, que los propios judíos no hacían distinciones entre uno y otro, y que pensaba actuar contra todos ellos. Planck argumentó que prescindir de los judíos necesarios en la ciencia era como automutilarse y Hitler lo negó, presentándose como un hombre de acero, golpeándose en la rodilla y revolviéndose con vehemencia.24

Transcurrieron más de dos años hasta que Hitler volvió a atizar el fuego antijudío. A comienzos de 1935, la condición judía en Alemania se había estabilizado y la situación estaba casi en reposo. Los funcionarios, maestros, abogados, artistas, escritores y otros profesionales judíos estaban perdiendo el trabajo y las empresas alemanas estaban intentando absorber las judías. Aun así, la mayoría de los autónomos y empleados del sector privado seguían ganándose la vida. La emigración de los judíos estaba disminuyendo y no habían dejado de ser alemanes. Pero Hitler estaba a punto de hablar en un mitin del partido en Núremberg. Quería un cambio. Por eso pidió un borrador rápido para una ley que privara a los judíos de su condición de ciudadanos, y otra ley que prohibiera la celebración de matrimonios entre personas judías y gentiles. La ley ciudadana era en gran medida simbólica, dado que los judíos seguían necesitando pasaportes alemanes para emigrar. La prohibición del matrimonio entre personas de diferente religión no iba a afectar a las parejas que ya hubieran oficializado su unión con una ceremonia, pero el uso del término «judío» en el texto forzó al Ministerio del Interior a definir la palabra. En lo sucesivo, serían judías las personas con al menos dos abuelos judíos; y si eran judíos mixtos, se les incluía solo si profesaban la religión o si estaban casadas con un cónyuge que sí lo era. Esta formulación era más restrictiva que el término «no ario», pero precisamente por eso podían tomarse medidas más duras contra los judíos sin toparse con tanta reticencia o dificultad.25

Desde dicho decreto a las incontables medidas contra los judíos en materia económica y social, casi todo lo consumado en los siguientes años fue la labor de subordinados, funcionarios o personas con iniciativa. Hitler fue un agente pasivo. Recibía sugerencias y respondía a ellas. Este patrón se acentuó muchísimo durante los sucesos del 9 y el 10 de noviembre de 1938.

En ciudades de toda Alemania se desató un furor antijudío como reacción a un suceso de París en el que un diplomático alemán acababa de morir por las heridas infligidas por un joven judío polaco. La noche de los cristales rotos fue todo idea del partido, ocurrencia del ministro de Propaganda Josef Goebbels, y su primera manifestación fueron las ventanas rotas de las tiendas judías y la quema de sinagogas. Esta buena coordinación sin apenas margen de aviso solo fue posible porque los líderes locales del partido se habían reunido en sus pueblos de origen para celebrar el aniversario del golpe de Estado frustrado de 1923. La principal celebración tuvo lugar en Múnich, pero no todos los altos mandos estaban presentes. Las fiestas y la cena no se interrumpieron con la noticia llegada de París, pero Goebbels tuvo ocasión de hablar con Hitler durante unos treinta minutos y este último dio su visto bueno.26

Al día siguiente, las repercusiones en el extranjero y en Alemania fueron cristalinas. Hermann Göring, comandante en jefe económico y segundo en la jerarquía nazi, solo por debajo de Hitler, reprendió a Goebbels y colocó a Hitler en la incómoda posición de tener que coincidir con uno y defender al otro.27 Los daños y los incendios habían sido la vía del partido para expresar el descontento popular contra los peligrosos judíos, pero era justo el tipo de arrebato contra el que Hitler había advertido cuando escribió su primera carta antisemita en 1919.

Corrigiendo el rumbo, Hitler decretó la liquidación de los comercios judíos y la obligación de transferir los bienes industriales a los alemanes. Además, aceptó la propuesta de cobrar a los judíos una elevada «multa» en forma de impuesto sobre la propiedad. El impuesto sería recaudado por el Estado, no por el partido, tal como había deseado Goebbels. Y lo más importante es que Hitler tuvo tanto miedo a que volviera a aparecer la violencia que, en aquel momento, vetó la propuesta de marcar a los judíos con una estrella.28

El objetivo de la emigración en masa, que se persiguió e intensificó en 1938 y 1939, solo era factible para Alemania y la recién anexionada Austria. En la Polonia occidental ocupada, donde residía una comunidad judía mucho mayor, este propósito dejó de ser realista tras el estallido de la guerra. Cuando Francia cayó, la Oficina de Asuntos Exteriores y otros organismos barajaron brevemente un gran plan de reasentamiento. La idea era trasladar a todos los judíos europeos a la isla colonial francesa de Madagascar, pero eso no se podría materializar mientras Reino Unido siguiera en guerra con Alemania. Así pues, los dos años transcurridos desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial suponen un periodo de incertidumbre en cuanto a qué medidas más había que adoptar contra los judíos en la Europa dominada por Alemania, aparte de la guetización de Polonia. Ahora bien, solo había una idea vaga del fin último de esas medidas cada vez más coercitivas. Los guetos en sí no eran atractivos ni rentables. Esos distritos densamente poblados en sectores empobrecidos de las ciudades y los pueblos polacos estaban abarrotados de judíos en paro, hambrientos y enfermos. Los ideólogos alemanes de este sistema lo consideraron temporal desde el principio. Por tanto, la inercia se unió al nerviosismo y aumentó la presión para definir claramente cuál era la verdadera solución «final».

Entre 1939 y 1941 Hitler tomó una serie de decisiones cruciales en materia de política exterior. Inició una guerra, planeó campañas y en 1940 ordenó que se preparara la invasión de la Unión Soviética. En cuanto a los asuntos domésticos, en septiembre de 1939 firmó una directiva que ordenaba la ejecución de pacientes con enfermedades mentales incurables.29 El articulado inauguraba el programa de eutanasia, aunque no mencionaba la palabra «mental». Fue fruto de los argumentos de algunos médicos y fieles del partido que aducían que las instituciones mentales eran lugares donde la gente sufría eternamente sin la esperanza de que su vida mejorara. Los sanatorios eran caros de mantener. La administración de algún tipo de agente letal e indoloro a los internos que no podían acometer ni las tareas más simples pretendía ser un alivio para los pacientes y para el pueblo alemán.

A principios de febrero de 1941, durante un encuentro de viejos camaradas del partido, alguien preguntó qué tenía pensado Hitler para los judíos. «Madagascar», contestó tras reflexionar. Cuando le recordaron que la isla estaba demasiado lejos, admitió que el proyecto no era viable. Dijo que se podía embarcar a los judíos y enviarlos lejos —al fin y al cabo, no había tantos—, pero no podía arriesgarse a exponer navíos alemanes a los torpedos británicos. Y que se le ocurrían otras opciones «menos caritativas».30

Los siguientes meses fueron cruciales. Christopher Browning los llamó los «meses fatídicos», el intervalo en que todas las piezas encajaron y se cruzó un umbral.31 El embate fue la culminación de un proceso que, visto en retrospectiva, había nacido de la lógica interna y que no había sido reconocible ni siquiera para sus autores. Fue algo primario, más allá de lo racional y lo irracional. Igual que la invasión de la Unión Soviética, caracterizada por ser un ataque sin cuartel, fue un «ajuste de cuentas». Debido a esa invasión, parecía posible y cada vez más imperioso. Si los alemanes iban a morir en ese conflicto, también morirían los judíos, los adversarios de antaño que habían sobrevivido a todas las guerras y los destierros del pasado.

Pero la decisión no fue sencilla. No se anotó ni se firmó como la orden de la eutanasia o la directiva de invadir la URSS. No hay ningún momento ni día concreto que se pueda identificar como punto de inflexión en el baile entre los funcionarios maquinadores y las propias declaraciones de Hitler. Podríamos asumir que fue un periodo de indecisión, seguido por las crípticas insinuaciones y predicciones del Führer. También podríamos deducir que al final articuló las palabras inconfundibles que el mismísimo Heinrich Himmler, comandante de las SS y de la Policía, había tildado de espantosas.32 No se registraron las palabras, pero se aludía o refería a ellas continuamente. Se repetían hasta la saciedad para rebatir los argumentos de las autoridades alemanas y no alemanas para justificar las excepciones o demoras. La solución final era ineludible; era el deseo del Führer.

Hitler fue el arquitecto supremo de la catástrofe judía. Fue quien transformó las ideas incorpóreas de 1940 en la pura realidad de 1941. Hitler convirtió este último paso en el resultado inexorable de todas las medidas antisemitas tomadas durante años, y fundió el aparato diversificado y descentralizado de Alemania en una red de organizaciones que operaban al unísono con el fin de permitir la aplicación simultánea de ejecuciones, deportaciones y homicidios en las cámaras de gas.

El germen de la solución final se podría remontar hasta los primeros días de marzo de 1941, cuando Hitler expresó un deseo. Quiso modificar el borrador de una directiva sobre el trato que se dispensaba a los civiles en los territorios ocupados de la URSS. Deseaba que la intelligentsia judío-bolchevique fuera eliminada y que se «castrara» a los caudillos y comisarios bolcheviques. Para este fin, exigió que se destinaran equipos especiales de las SS y de la Policía.33 Estos comandos, conocidos como Einsatzgruppen, habían sido formados por la Policía de Seguridad justo antes de la invasión y entraron en batalla poco después de iniciarse las hostilidades el 22 de junio, junto con otras unidades de las SS y la Policía. Las órdenes se transmitieron de boca en boca. Tras la guerra, varios comandantes de la Policía de Seguridad recalcaron que les habían ordenado matar a todos los judíos que encontraran a su paso. Sin embargo, los judíos eran millones y los asesinos, apenas unos miles. Para fusilar a unos cuantos comisarios, los Einsatzgruppen eran demasiados; para aniquilar totalmente y sin ayuda a los judíos soviéticos, les faltaba fuerza. ¿Qué significaba la frase «intelligentsia judío-bolchevique»? ¿Esa orden abarcaba a todos los judíos? En junio, julio y agosto de 1941, es cierto que solo se ejecutó a hombres judíos y a un puñado de comunistas. Pero pronto quedó claro que los hombres judíos muertos dejaban atrás mujeres y niños que no podían valerse por sí mismos. Asesinar a esas personas dependientes y totalmente indefensas era algo nuevo, otro hito que imponía una pesada losa mental. Al llegar agosto y septiembre, esta ecuación había cobrado todo su sentido. La evolución del proceso se había completado y las ejecuciones se volvieron rutinarias.

Los judíos europeos al oeste de la línea cruzada el 22 de junio de 1941 no recibirían misericordia. El 25 de marzo de 1941 Hitler ya había prometido al general y gobernador Hans Frank, su cabecilla en la zona central de la Polonia ocupada, que el territorio que este administraba sería el primero en ser purificado de judíos.34 El 7 de junio Hitler informó al jefe de la Cancillería del Reich, Heinrich Lammers, que no iba a ser necesario ningún otro decreto para definir el estatus de los judíos en Alemania, ya que después de la guerra no quedaría ninguno en Alemania.35 Estos comentarios denotaban una acción física contra los judíos de Europa, pero no definían su destino final. Los burócratas continuaron trabajando casi en las sombras. Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, que había mandado al este a los Einsatzgruppen, ahora intentaba concentrar poder. El 31 de julio de 1941 recibió la autorización de Göring para preparar la solución final de la cuestión judía en Europa.36 Pero ¿qué clase de solución exactamente? El especialista que asesoraba a Heydrich en materia judía, Adolf Eichmann, señaló en sus memorias tras la guerra que Heydrich había oído a su superior, Himmler, hablar de la decisión de Hitler de aniquilar físicamente a los judíos. Eichmann, al que Heydrich había llamado para darle esta noticia, creía que ni siquiera su superior era capaz de medir su calibre.37

¿Hemos de dar credibilidad a estos rumores? En sus memorias, Eichmann menciona el incidente varias veces. Es un instante destacado y prominente de sus anales. Y lo más determinante es que resulta plausible. Durante el impasse de primavera y principios de verano de 1941, la espera de una aclaración se volvió cada vez más acuciante. Pero en otoño las cosas se estaban moviendo en todas partes: había trenes que trasladaban judíos desde Alemania hasta regiones de la Polonia ocupada y ciudades de la URSS invadida; se estaban proyectando campos de exterminio en suelo polaco; y estaban surgiendo voces que proponían deportar judíos desde lugares remotos como Tesalónica y París. Ni Himmler, ni Heydrich, ni nadie podría haber avanzado solo con tanta rapidez.38 Es más, cuando Heydrich explicó las medidas antijudías que se habían ido tomando a un grupo de burócratas de alto rango, dijo que la «evacuación de los judíos hacia el este» requería la debida autorización previa del Führer.39

Aunque Hitler no reflexionó mucho sobre lo que había hecho, parece que el 30 de noviembre de 1941 vetó el exterminio de mil judíos en un transporte que cubría el trayecto entre Berlín y Riga.40 Lo curioso es que su intervención vespertina no llegó a tiempo. Los judíos fueron asesinados a su llegada y no hay constancia de ninguna reacción subsiguiente del Führer. Evidentemente, fue algo circunstancial, no la norma general.41

Más tarde Hitler recalcó su decisión en varias ocasiones. En 1943 dijo al líder húngaro Miklós Horthy, sin dejar lugar a dudas, que quería que se deportara a los judíos húngaros.42 En 1944 urgió a Jozef Tiso, presidente de Eslovaquia, para que actuara contra los judíos que quedaban en su país.43

Se esmeró mucho por intentar acabar con cualquier vestigio judío en Alemania. En abril de 1940 echó del ejército a los medio judíos, con algunas excepciones, para que no pudieran declararse exentos de cualquier discriminación en ra- zón de su historial militar.44 Prohibió a los soldados alemanes casarse con las viudas de judíos.45 A finales de 1944 intentó expulsar de la función pública a todo aquel que tuviera ascendencia judía o esposas judías. Se suponía que la medida tenía que entrar en vigor antes del 1 de mayo de 1945.46 Hitler se suicidó ese día tras escribir un testamento en el que señalaba sin ambages que había sido él quien había profetizado el fin del judaísmo y que los judíos habían acabado expiando sus pecados.47

CAPÍTULO II
EL ENGRANAJE BUROCRÁTICO

La destrucción de los judíos no estuvo centralizada. No se creó ningún organismo para gestionar la cuestión judía ni se asignaron fondos al proceso de destrucción. La labor antijudía corrió a cargo del funcionariado, el ejército, la patronal y el partido. Todos los componentes de la vida organizada de Alemania se vieron arrastrados a esta empresa. Todos los organismos sumaban, se utilizaba cualquier recurso especializado, y todos los estratos de la sociedad estaban representados en el acorralamiento de las víctimas.

El proceso de destrucción se basaba en tres principios. El primero era la importancia de no eximir a ningún segmento judío de la aplicación de las medidas antisemitas. No podía escapar nadie. Por tanto, se dedicaron muchos y denodados esfuerzos a la segregación y guetización, a las negociaciones diplomáticas con los Estados satélite para que entregaran a sus comunidades judías, al recuento y el control constantes de los judíos hacinados y a la búsqueda incansable de los fugados. Segundo, había que seccionar las complejas relaciones entre judíos y gentiles con el menor daño posible para los alemanes y para la economía en general. De esta máxima se sigue la gran atención prestada a problemas como los matrimonios mixtos y sus hijos, a los negocios con inversores o patrones judíos o gentiles, o a las deudas y los créditos que corrían entre ambas partes. Y la tercera premisa fue que las ejecuciones tenían que intentar limitar las repercusiones psicológicas para los culpables. Debían prevenir el desasosiego entre las víctimas y no despertar ansiedad ni protestas entre la población no judía. Para ello, se utilizaron bastantes colaboradores autóctonos para las ejecuciones en Europa del Este. También se diseñó un elaborado sistema de deportaciones para transportar a los judíos en trenes sellados desde regiones de la Europa occidental y central hasta apartados campos de la Polonia ocupada, equipados con cámaras de gas.

En todos estos preparativos tuvieron que participar funcionarios de oficinas muy diversas. A continuación, hay una lista de las principales organizaciones y sus funciones específicas en el proceso de destrucción. Aparecen más o menos en el orden en que se integraron en el proceso. Así se demuestra cómo se fue concretando la operación en cada escalón.


Cancillería del Reich Coordinación de leyes y decretos.
Ministerio del Interior Definición del término «judío». Prohibición de matrimonios mixtos. Decretos para el cambio obligado de nombre. Expulsiones de la función pública. Privación del derecho a la propiedad.
Iglesias Demostración del linaje no judío.
Ministerio de Justicia Eliminación de abogados judíos. Herencias. Divorcios. Regulación de los nombres de las empresas.
Comité de Boicot del Partido Boicot a las empresas judías.
Cancillería del Partido Implicación en las decisiones sobre el estatus de los judíos.
Cámara de Cultura del Reich Expulsión de músicos, artistas y periodistas y veto a los escritores.
Ministerio de Educación Expulsión de alumnos, profesores e investigadores judíos.
Ministerio de Propaganda Sugerencias a la prensa.
Ministerio de Economía Reglamentos para la adquisición de empresas judías.
Banco Dresdner y otros asuntos bancarios Intermediarios en la absorción de empresas judías.
Varias firmas del sector minorista y mayorista, fabril y constructivo Adquisiciones de empresas judías. Despido de empleados judíos. Uso de trabajadores forzados en ciudades, guetos y campos. Prestación de los servicios necesarios para la destrucción, como el suministro de gas venenoso.
Ministerio de Finanzas Impuestos discriminatorios. Bloqueo de fondos. Confiscación de pertenencias. Asignaciones presupuestarias especiales; por ejemplo, para despejar las ruinas del gueto de Varsovia.
Oficina de Asuntos Exteriores Negociaciones para la deportación de judíos en países extranjeros y de judíos extranjeros en el Reich.
Ministerio de Transporte Transporte a los guetos y campos. Uso de trabajo forzado judío. Adquisición de bienes privados judíos.
Fuerzas Armadas Apoyo logístico para las operaciones de asesinato en la URSS ocupada. Asesinatos directos en Serbia y en la URSS ocupada. Guetización de la URSS ocupada. Medidas discriminatorias y deportaciones de Francia, Bélgica y Grecia. Regulación de trabajos forzados de judíos en fábricas armamentísticas. Empleo de judíos para trabajos forzados en los cuarteles del ejército. Transporte.
Autoridades municipales en el Gran Reich Alemán Restricciones de movilidad y vivienda.
Administración del Protectorado de Bohemia y Moravia Medidas antijudías diseñadas a imagen y semejanza de las que tomaba el Reich.
Gobierno General de los territorios polacos ocupados Confiscaciones. Guetización. Trabajos forzados. Tácticas de hambruna. Preparativos para las deportaciones.
Ministerio para los Territorios Ocupados del Este Medidas antijudías diseñadas a imagen y semejanza de las que tomaba el Reich.
Reichskommissariat de los Países Bajos Medidas antijudías diseñadas a imagen y semejanza de las que tomaba el Reich.
Cancillería del Führer Dotación de personal para los campos de exterminio de Bełżec, Sobibor y Treblinka.
Oficina Central de Seguridad del Reich Marcado de los judíos en el Reich. Vigilancia de las comunidades judías en el Reich y en el Protectorado. Asesinatos de los Einsatzgruppen en la URSS ocupada. Preparativos para la deportación paneuropea.
Oficina Central de la Policía del Orden Custodia de guetos, trenes y campos. Participación en redadas y ejecuciones.
Oficina Central Económica y Administrativa Administración de Auschwitz y Majdanek (Lublin).
Jefes superiores de las SS y de la Policía en la Polonia ocupada Deportaciones a los campos de exterminio. Administración de los campos de exterminio de Chełmno (Kulmhof), Bełżec, Sobibor y Treblinka.
Jefes superiores de las SS y de la Policía en la URSS ocupada Ejecuciones.

Como se puede ver, cada organización era responsable de una fase específica del proceso de destrucción. Dados los requisitos de exhaustividad, economía y seguridad psicológica, cada una de estas contribuciones resultaba esencial. No obstante, la labor antijudía solo representaba un fragmento de la gestión administrativa de estas agencias. El burócrata que trataba con judíos lo hacía en un contexto que englobaba todas las áreas de su competencia y jurisdicción. Por tanto, un oficial responsable de armamento habría estado a cargo del sabotaje, la escasez de materiales y el despido de mano de obra judía. Habría mencionado todas estas cuestiones en su informe mensual. No es inconcebible que en una sola conferencia de funcionarios ferroviarios se departiera sobre los trenes para las Juventudes Hitlerianas, la reubicación de alemanes étnicos, el transporte de trabajadores rusos y el envío de judíos a los campos de exterminio. En consecuencia, la destrucción de los judíos representaba una extensión; siempre suponía una carga añadida, pero a veces también era un nuevo reto y un incremento del poder.

En varios organismos, la labor antijudía era tan inmensa que justificaba la asignación de uno o más funcionarios especialistas en la materia. Había representantes de ese tipo en el Ministerio del Interior, en el de Economía, el de Finanzas, el de Asuntos Exteriores, el de Transporte, el de Territorios Ocupados del Este y en la Oficina Central de Seguridad del Reich. Solo uno de ellos, Adolf Eichmann, que trabajaba en la Oficina Central de Seguridad del Reich, se convirtió en un símbolo archiconocido de casi todos los culpables debido a su juicio en Jerusalén tiempo después de la guerra. Eichmann disponía de representantes en varios países títere que «asesoraban» a esos Gobiernos extranjeros en legislación antijudía. Su oficina supervisaba las comunidades judías en el Reich, Austria y Bohemia-Moravia, y sus hombres negociaban con el Ministerio de Transporte para conseguir trenes para las deportaciones. Arrestado por agentes israelíes en Argentina, se le juzgó y ahorcó en Israel. No todos los especialistas tuvieron una trayectoria tan épica. En el Ministerio del Interior, Hans Globke redactó el borrador de numerosos decretos sobre cuestiones como los nombres judíos (uno de ellos obligaba a añadir al nombre un segundo ape- lativo: Israel o Sara), así como decretos técnicos para la implementación de medidas antisemitas en las regiones recién anexionadas. Después de la guerra, Globke fue ascendido a la Oficina de la Cancillería Federal, que encabezó hasta 1963, momento en el que se jubiló con honores y se dedicó a su afición por la numismática, en concreto, a la colección de monedas de Axium y de Armenia.1

La labor destructiva se vertebraba mayormente en una serie de rutinas administrativas. Aun así, un burócrata tenía que hacer mucho más que limitarse a aplicar como un autómata las medidas. Sin las oportunas propuestas e iniciativas, el proceso habría trastabillado. Habría sido inevitable que algunos pasos enrevesados se hubieran aplazado, disipado o abortado. Y la innovación tampoco era función exclusiva de los niveles altos del aparato. Mientras un funcionario del Ministerio de Justicia sopesaba el problema de las herencias dejadas por judíos fallecidos sin testamento, un suboficial de las SS de Auschwitz intentaba descubrir la forma de quemar cuerpos más deprisa. La tarea unió a hombres de variada procedencia, con diferentes funciones y con diversa predisposición mental. Por muy divididos que hubieran estado al principio, acabaron armando una máquina enorme y bien engrasada.

El hecho de que cada función del proceso de destrucción fuera indispensable, así como la conexión entre todos los actos de los responsables, no es un fenómeno oscuro u opaco. La naturaleza del proceso era reconocible y comprensible para los brazos ejecutores de menor rango. Werner Dubois es el paradigma ideal. Fue guardia del campo de exterminio de Sobibor, donde murieron en las cámaras de gas unos doscientos mil judíos. Era un hombre normal y corriente que leía el Der Stürmer, el virulento panfleto antisemita del partido. Pero tampoco estaba consumido por el discurso. Dubois estaba en el campo cuando estalló una revuelta judía en octubre de 1943. Le golpearon con un hacha y una bala le atravesó los pulmones. En el juicio ante un tribunal alemán a principios de los sesenta, declaró lo siguiente acerca del papel administrativo del funcionariado:

Tengo claro que los campos de aniquilación se usaban para el exterminio. Lo que yo hacía era ayudar. Si me condenaran, lo consideraría correcto. El asesinato es el asesinato. A la hora de sopesar la culpa, en mi opinión no cabría distinguir entre las diversas funciones del campo. Fuera cual fuera la función que nos hubieran asignado allí, todos éramos igual de culpables. El campo funcionaba como un engranaje. Si fallaba aunque fuera un solo eslabón de la cadena, todo el proceso se detenía.2

CAPÍTULO III
EL VIEJO FUNCIONARIADO

La maquinaria de la destrucción estaba formada tanto por organizaciones longevas como por otras de nuevo cuño. La mayoría eran antiguas. El sector tradicional era cuna de la mayoría de los altos funcionarios, del personal ordinario y, en general, de los culpables del genocidio. A ese sector pertenecían los ministerios preexistentes, ocupados por funcionarios y compuestos de sistemas colosales, como la Policía del Orden, que de manera conspicua vigilaban las calles urbanas y las zonas rurales, o el ferrocarril alemán, con su densa red de estaciones por toda Alemania. Los nazis no hicieron una purga general en esos ministerios; los chupatintas continuaron en su puesto y siguieron con su labor diaria. También a esta clase pertenecía el ejército. Las tropas se estaban expandiendo febrilmente en preparación para la guerra, mientras que los oficiales escalaban en rango para comandar unidades cada vez mayores. Y, por último, el viejo aparato también incluía las empresas, que eran más bien autónomas y fueron creciendo en tamaño a medida que pasaron de la infrautilización hasta la máxima producción, dejando atrás el paro generalizado hasta sufrir una severa escasez de mano de obra.

Los funcionarios de todas estas jerarquías también aceleraron e intensificaron su actividad contra los judíos. A veces lo hacían en Berlín, puliendo decretos, redactando contratos discriminatorios o acordando la deportación sucesiva de diversos grupos de víctimas. Y a veces operaban sobre el terreno, donde se realizaban las ejecuciones. Es el caso de los miembros de la Policía del Orden que participaban en los fusilamientos, o los ferroviarios que conducían los trenes llenos de judíos hasta las puertas de cada campo. Estuvieran al mando o en un cargo subalterno, en una oficina o al aire libre, cuando llegaba la hora todos cumplían su deber con la máxima eficiencia de la que podían hacer acopio.

Lutz Graf Schwerin von Krosigk fue uno de ellos. Nacido en 1887, estudió Derecho en varias universidades, incluida la de Oxford, donde recibió la beca Rhodes. Durante la Primera Guerra Mundial, en la que perdió a dos hermanos, sirvió en el frente y se ganó la Cruz de Hierro de primera clase. Después de la contienda fue escalando dentro del Ministerio de Finanzas. Llegó a ministro en 1932 con el canciller Franz von Papen y conservó el cargo con los sucesores de este: Kurt von Schleicher y Adolf Hitler. Su vida privada era la de un hombre sencillo, con un matrimonio estable y nueve hijos. Como ministro, tenía a su cargo una máquina burocrática financiera de ciento cincuenta mil personas. Sin asamblea legislativa, su Ministerio fijaba e imponía impuestos, tomaba dinero prestado en nombre del Reich y asignaba los fondos públicos a organizaciones civiles y a las fuerzas armadas. El Ministerio también recaudaba impuestos adicionales de los judíos, incluido el gravamen impuesto en 1938, y confiscaba los bienes que dejaban los emigrados y deportados, en virtud de decretos cofirmados por Von Krosigk. Una vez concluida la guerra, fue juzgado por un tribunal norteamericano en Núremberg, donde explicó que nunca se había considerado a sí mismo un político, sino un funcionario, y que, como tal, ten- dría que trabajar siempre por Alemania. El tribunal lo condenó a diez años de cárcel, pero el Alto Comisionado de Estados Unidos ordenó su liberación el 31 de enero de 1951. Von Krosigk se retiró para escribir varios libros y murió veintiséis años más tarde, en 1977.1

Franz Schlegelberger era uno de los funcionarios de mayor edad. Nació en 1875, se licenció en Derecho en 1899, aprobó una oposición de grado superior y trabajó como juez en tribunales locales de Prusia Oriental, de donde era oriundo. Luego trabajó como juez auxiliar en un tribunal de apelaciones de Berlín y entró en el Ministerio de Justicia, donde escribió tratados sobre derecho y fue escalando en la jerarquía hasta convertirse en secretario de Estado, el cargo justo por debajo del de Franz Gürtner, ministro de Justicia. En 1938 se le informó que Hitler esperaba su ingreso en el Partido Nazi, al que se afilió sin dudas aparentes. Cuando Gürtner murió en 1941, Schlegelberger se convirtió en ministro de Justicia en funciones.

El Ministerio de Justicia expulsó a los judíos de la abogacía y procuró reducir sus derechos en los juzgados. Cuando Schlegelberger llegó a la cumbre, se estaba estudiando la «solución final a la cuestión judía». Participó en debates sobre la engorrosa cuestión de los matrimonios mixtos, oponiéndose a la disolución forzada de los mismos como hizo el Ministerio de Propaganda, cuyos representantes eran expertos en cuestiones de delicadeza. En cuanto al debate similar sobre los medio judíos no practicantes ni casados con judíos, sugirió un pacto entre los partidarios de la deportación y aquellos que abogaban por el statu quo, según el cual esas personas solo tendrían que recibir una serie limitada de restricciones. Schlegelberger proponía esterilizar a los medio judíos que siguieran solteros y no fueran practicantes. Al final no se optó ni por los divorcios ni por la esterilización, y no se hizo nada más.

Como ministro en funciones, Schlegelberger también tuvo que lidiar con un caso de un judío de setenta y cuatro años de la región polaca anexionada de la Alta Silesia que había sido condenado a dos años y medio de cárcel por acopiar sesenta y cinco mil huevos en un calero. Ya se habían echado a perder unos quince mil. Cuando Hitler leyó la noticia en el Berliner Illustrierte, informó a Schlegelberger a través de la Cancillería del Reich de que quería que se ejecutara al culpable: Markus Luftglas. La intervención del Führer no era la primera de esta clase, y tres días después de la comunicación de la Cancillería del Reich, Schlegelberger comunicó que se había entregado a Luftglas a la Gestapo para su ejecución.

Schlegelberger se retiró cuando llevaba un año y medio como ministro de Justicia en funciones y recibió un obsequio de cien mil marcos imperiales de Hitler. En 1944 le dieron permiso para comprar una finca. Era un favor especial, porque no era agricultor de profesión.

Igual que Schwerin von Krosigk, Schlegelberger fue acusado por un tribunal norteamericano en Núremberg. En su alegato final, dijo sentir tristeza por que se le hubiera recompensado por sus denodados esfuerzos en favor de la justicia por ese momento de vergüenza y miseria. Los jueces norteamericanos lo condenaron a cadena perpetua, pues empatizaban con los acusados que también habían sido jueces y que se habían mancillado con la administración de la ley. Schlegelberger salió con la condicional por motivos de salud en 1951. Murió en 1970.2

Herbert Kuhnemann, nacido en 1899, fue otro abogado y joven juez. Se incorporó al Ministerio de Justicia en 1932 como ministerialrat, un cargo relativamente alto para su edad. El 29 de mayo de 1941, presidió una conferencia de representantes del sector público e industrial para hablar de la eliminación de los nombres de empresas judías adquiridas por alemanes. Kuhnemann quería que también se sustituyeran los nombres para que la antigua presencia de los judíos en la economía cayera en el olvido. Los representantes de las empresas no querían renunciar a los viejos nombres, porque los logos y membretes eran un valioso intangible. Solo la Cancillería del Partido estaba a favor de la idea. Kuhnemann perdió esta batalla, pero se ganó una puerta giratoria en la posguerra: en los cincuenta y los sesenta presidió la oficina de patentes alemana.3

El teniente general Adolf Herrgott comandaba los campos de prisioneros de guerra del Gobierno General. Su puesto estaba reservado para oficiales de mayor edad, y no cabe duda de que Herrgott ya no estaba en la flor de la vida. Nacido en 1872, había sido teniente coronel en la Primera Guerra Mundial y había ganado la medalla alemana de mayor valor que por entonces se entregaba a los oficiales: la condecoración Pour le Mérite. Su camino y el del ejército se separaron en 1923, pero fue llamado a filas otra vez en 1939. Durante la campaña contra la URSS iniciada en 1941 se tomaron presos a millones de soviéticos. Muchos de ellos pasaron por los campos de Herrgott, donde la cifra de fallecidos debió de alcanzar los seis dígitos. Los presos judíos no sobrevivían bajo ninguna circunstancia; los que eran identificados como tales eran fusilados por los miembros de las SS y de la Policía. Herrgott vivió hasta superar con creces los ochenta. Murió en el olvido en 1957.4

Mucho más destacado fue el rol en las actividades antijudías del general de infantería Otto von Stülpnagel. Igual que Herrgott, era un oficial de avanzada edad. Nacido en 1878, se retiró dos veces antes de la Segunda Guerra Mundial y se reincorporó al ejército en 1939. Primero fue subcomandante de una unidad. Luego, entre octubre de 1940 y febrero de 1942, sirvió como comandante militar en Francia. En París aprobó ordenanzas para incorporar fideicomisarios gentiles a las empresas judías, confiscar radios en posesión judía e imponer multas. En los albores de la solución final, el 13 de octubre de 1941, el ministro para los Territorios Ocupados (Soviéticos) del Este, Alfred Rosenberg, mencionó en una conversación con el gobernador general de Polonia, Hans Frank, que la administración militar de Francia ya se había puesto en contacto con él para expresar su deseo de trasladar la población judía de la Francia ocupada a las regiones recién conquistadas de la URSS. Apenas dos meses más tarde, en el momento en que se imponía la multa, Von Stülpnagel escribió al intendente general Eduard Wagner para pedirle permiso para deportar a mil judíos hacia el este. Hitler lo aceptó y así quedó inaugurado el programa de deportaciones en Francia. Tras la guerra, Von Stülpnagel estuvo preso en una cárcel de París hasta que se suicidó.5

Una de las mayores empresas de Alemania era el conglomerado químico I. G. Farben, que fabricaba fármacos, equipamiento fotográfico y otros muchos productos, incluido caucho artificial. Tenía docenas de plantas, una de ellas en Leuna. El ingeniero jefe de esa planta en 1932 era el doctor Walter Durrfeld, un hombre ambicioso y consumido por su trabajo que se afilió al partido en 1937. En 1941, cuando I. G. Farben estaba buscando un emplazamiento para erigir una nueva planta cerca del lugar de extracción de materias primas y de la mano de obra, se encargó a Durrfeld la construcción de la estructura. La ubicación elegida fue Auschwitz, dentro del recinto industrial del campo de concentración. Durrfeld dirigió durante varios años la fábrica. Los presos que trabajaban en la construcción y en las minas de I. G. Auschwitz morían a millares. Cuando se juzgó a Durrfeld en Núremberg después de la guerra, dijo al tribunal que había supervisado la labor de treinta mil personas, incluyendo empleados y presos, en una planta de veinticinco kilómetros cuadrados. No podía estar en todas partes a la vez. Sin embargo, el tribunal lo condenó a ocho años, reconociendo que, estuviera donde estuviera dentro de la planta, toda ella seguía siendo Auschwitz.6

La empresa familiar J. A. Topf und Söhne, fabricante de hornos, era mucho más pequeña que I. G. Farben. Solo tenía unos mil empleados. Uno de ellos era Kurt Prüfer, jefe de la división de incineración. La trayectoria de Prüfer salió a la luz gracias al investigador francés Jean-Paul Pressac y a su proyecto de investigación sobre la historia de la construcción de las cámaras de incineración y de gas en Auschwitz. Nacido en 1891, Prüfer recibió una educación técnica y estudió algo de ingeniería civil. Llegó a Topf en 1911. Entonces se fue a combatir en la Primera Guerra Mundial como sargento, se formó durante un año más como ingeniero y se reincorporó a la empresa en 1920. Pese al riesgo de perder el trabajo cuando la depresión económica de 1930 acabó con buena parte del negocio de Topf, salió adelante y acabó siendo reconocido como un ingeniero muy ducho en materia de incineración. Cuando Hitler llegó al poder, se construyeron crematorios Topf en los campos de concentración de Buchenwald, Mauthausen-Gusen y Auschwitz. Prüfer viajó a Auschwitz en repetidas ocasiones. Allí tuvo contacto con la oficina a cargo de las construcciones de las SS y entabló una estrecha relación comercial con su cliente. Cuando hizo su primera visita en octubre de 1941, por la que Prüfer recibió una comisión, los crematorios solo eran para los presos que morían de enfermedad, frío o hambre. Pero a partir de agosto de 1942 Prüfer estuvo consultando con las SS en Auschwitz para construir cuatro crematorios equipados con cámaras de gas. Durante esas conversaciones hizo varias sugerencias para mejorar la eficiencia del exterminio. En enero, febrero y marzo de 1943 volvió a Auschwitz, en esa ocasión para comentar algún problema, pues las instalaciones estaban terminadas. La sede central de Topf en Erfurt cayó en manos de las tropas estadounidenses el 8 de mayo de 1945. Prüfer fue arrestado y uno de los propietarios, Ludwig Topf Jr., se suicidó el 31 de mayo. Pero Prüfer fue puesto en libertad y siguió trabajando incluso después de que los soviéticos se apoderaran de Erfurt, pues estaba en su zona de la partición. Al final, las autoridades soviéticas lo detuvieron en marzo de 1946 y, a partir de ese momento, su pista se desvanece.7

Max Montua era agente de policía e hijo de un granjero. Nació en 1886 y luchó en el frente en la Primera Guerra Mundial, labrándose luego un futuro en la Policía del Orden. Allí le fue tan bien que se convirtió en general de brigada en 1943. Ese año también se le consideró brevemente para comandar formaciones alemanas antipartisanas tras las líneas del sector central del frente oriental, aunque se le descartó solo por motivos de edad. Montua había comandado el regimiento de la Policía del Orden asignado al Grupo de Ejércitos Centro desde el comienzo de la invasión de la URSS. Su regimento actuaba como refuerzo, o bien de unidades militares que combatieran contra focos de tropas soviéticas o partisanas, o bien de destacamentos de los Einsatzgruppen de la Policía de Seguridad que estaban ejecutando judíos.

El 11 de julio de 1941, apenas tres semanas después del inicio de la campaña, cuando la misión de los Einsatzgruppen aún no se había definido del todo, Montua informó a sus comandantes de batallón de una orden del máximo responsable de las SS y de la Policía. La instrucción, remitida desde la retaguardia del Grupo de Ejércitos Centro, ordenaba ejecutar de inmediato a todos los hombres judíos de diecisiete a cuarenta y cinco años por «saqueadores». Montua también especificó que los fusilamientos debían tener lugar en lugares apartados y las fosas se debían tapar de modo que no pudieran ser lugares de peregrinaje. Prohibió fotografiar las ejecuciones y ordenó a su batallón y a los comandantes de la compañía que tuvieran especial cuidado con las necesidades psíquicas de los hombres consagrados a esas acciones. Se tenían que organi- zar veladas de camaradería para que lo visto durante el día no hiciera mella. Además, la necesidad política de esas medidas se tenía que recalcar continuamente a los hombres.8

Pero el teniente de la Policía del Orden Alois Häfele no precisaba explicaciones. Nacido en 1893 e hijo de un trabajador agrícola, Häfele solo se sacó la primaria. Su madre había muerto y la situación económica de la familia era precaria. En 1913 se unió a la marina y durante la Primera Guerra Mundial tomó parte en la batalla naval de Skagerrak a bordo de un crucero. Cuando la guerra terminó, se le dio de baja del ejército galardonándole con la Cruz de Hierro de segunda clase. Tras un breve periodo como aprendiz de panadero, se incorporó a la policía de delitos económicos. Su vida se volvió más estable. Se casó en 1922 y tuvo dos hijas. Durante muchos años estuvo destinado a una comisaría de Karlsruhe, donde fue ascendiendo poco a poco de rango hasta su traslado a Friburgo en 1937. Al año siguiente participó en la marcha a Austria y en 1939 fue a la ciudad polaca de Łódź, situada en territorio anexionado. En esa ciudad se creó un gueto importante, igual que se crearon muchos más en pequeñas ciudades de los alrededores.

A finales de 1941, el máximo responsable de las SS y de la Policía en la región de Wartheland creó un campo de exterminio en el pueblo de Kulmhof (Chełmno), donde se acabaría con la vida de más de ciento cincuenta mil víctimas judías y varios miles de gitanos. El campo estuvo operativo desde diciembre de ese año hasta finales de verano de 1942. Luego reabrió sus puertas brevemente en 1944. Entre 1941 y 1942 los judíos eran llevados a un «castillo» al que llegaban furgones para gasearlos.

Häfele llegó a Kulmhof desde Łódź con un destacamento de la Policía del Orden el 22 de enero de 1942, poco después de que el campo hubiera empezado a funcionar. En total, gestionaban Kulmhof entre diez y quince miembros de la Policía de Seguridad y unos ochenta de la Policía del Orden. Los hombres de la Policía del Orden trabajaban en un punto de reunión al que llegaban los judíos, en el castillo, y también como guardias de los trenes. En el castillo solía haber entre nueve y doce efectivos de la Policía del Orden, la mitad de los cuales servían durante un turno de veinticuatro horas y, luego, disfrutaban de veinticuatro horas de permiso. También había siete presos polacos y sesenta judíos, si no más, que descargaban los cadáveres de los furgones. Y había otros veinte en el castillo con los tobillos amarrados. A los polacos se les permitía tomar mujeres judías durante la noche; los alemanes recibían una buena paga y extraoficialmente podían apropiarse de algunos bienes judíos. En el castillo, Häfele se hizo con un par de relojes.

El trabajo de Häfele consistía en recibir a los judíos en el castillo y llevarlos hasta uno de los furgones. Solía sonreír con afabilidad y en ocasiones ayudaba a los mayores y los niños. Cuando alguien se demoraba, gritaba desde la planta baja a la bodega para que se dieran prisa reuniendo a las víctimas. Según algunos testimonios, mató con sus propias manos a unos cuantos. Aunque trabajaba con ganas, e incluso con ahínco, pidió el traslado en otoño de 1942. Como le denegaron la solicitud, se quedó mientras se liquidaba la primera fase y se borraba todo rastro de la operación. En 1943 tuvo que irse a Karlsruhe, donde habló con un viejo superior al que le dijo que uno terminaba por habituarse a Kulmhof. Jovencitos o jovencitas, eran todos iguales... era como pisar un escarabajo. Al decirlo, parece que Häfele hizo un movimiento con el pie raspando el suelo.9

Quizás sea propio de hombres menos instruidos como Alois Häfele expresar la verdad con mayor franqueza que los intelectuales. Se había acostumbrado a su deber, como se habían acostumbrado los otros ochenta policías en Kulmhof a los que se había traído desde las comisarías de ciudades alemanas. Y como se habían acostumbrado Montua, Prüfer, Dürrfeld, Otto von Stülpnagel, Herrgott, Kuhnemann, Schlegelberger y Schwerin von Krosigk. Cada uno seguía su camino, la mayoría tenían familia. Y tanto si su labor contra los judíos fue transitoria como si fue prolongada, periférica o drástica, no se inhibieron.

Con el fin del régimen nazi el 8 de mayo de 1945, llegó la ansiedad. Pero para la mayoría de estos burócratas fue una crisis pasajera. Los funcionarios no estaban seguros de que pudieran seguir trabajando en su puesto bajo la ocupación aliada o de que pudieran seguir en la función pública. No sabían ni si se descubrirían sus crímenes. La mayoría de ellos sobrevivió a esa etapa vital sin grandes contratiempos. A fin de cuentas, no habían asesinado gratuitamente. Fuera lo que fuera lo que hubieran hecho, para la mayoría de ellos no era más que una pequeña parte de su actividad diaria. Para unos pocos que reconstruyeron e impulsaron su trayectoria profesional o empresarial, la guerra fue un paréntesis relativamente menor, aunque significativo, de su papel en la historia de Alemania. No era algo para comentar en público, ni mucho menos algo que hubiera que transmitir a los hijos. Al fin y al cabo, la nueva generación tampoco habría entendido aquella época.

CAPÍTULO IV
CARNE NUEVA

Con el nazismo aparecieron dos tipos de hombres nuevos: los del partido y los nuevos alemanes. Y todos querían su pedazo del pastel. De las dos categorías, los miembros del Partido Nazi partían con ventaja, sobre todo los que se habían afiliado antes de 1933. Los nuevos alemanes eran los austriacos, los alemanes de los Sudetes y los alemanes étnicos que pasaron a formar parte del Reich de resultas de anexiones, conquistas y migraciones posteriores a la llegada de Hitler al poder.

El partido empezó siendo pequeño, pero siempre fue muy heterogéneo. De los quince hombres que marcharon con Hitler en el frustrado golpe de Estado muniqués del 9 de noviembre de 1923 y que murieron en la reyerta, cuatro eran empresarios; tres, cajeros; dos, ingenieros; y el resto eran un juez, un capitán retirado, un herrero, un fabricante de sombreros, un maître y un criado.1

Para financiarse, el partido dependía de las cuotas de sus miembros, la mayoría de los cuales vivían modestamente, y de las donaciones de afiliados y simpatizantes pudientes. El partido también contaba con algunos negocios propios, pero los ingresos no bastaban para mantener un gran aparato. A principios de los treinta, cuando la formación ya se había expandido y había fundado múltiples oficinas, seguía sin poder reemplazar, y menos aún duplicar, la prevalente estructura de poder. La penetración de los organismos estatales era limitada, incluso después de 1933. Las purgas en la administración pública fueron demasiado simbólicas como para crear muchas vacantes. Como es obvio, algunos de los más altos cargos estaban copados por hombres del NSDAP. El Ministerio del Interior se puso en manos de Wilhelm Frick, el Ministerio de Economía se concedió algo más tarde a Walter Funk y Asuntos Exteriores acabó bajo la tutela de Joachim von Ribbentrop. Pero relativamente pocos de los cargos que solían ocupar los altos funcionarios podían acabar en manos de hombres del partido, incluso cuando se abrían ventanas de oportunidad a raíz del desgaste. A fin de cuentas, los hombres de los escalones inferiores y medios de la burocracia también tenían que poder aspirar al ascenso. Así pues, la Policía del Orden era encabezada por Kurt Daluege, que pertenecía al partido, pero todos los demás generales del cuerpo habían hecho carrera. Los sectores militar y empresarial eran especialmente inhóspitos para los protegidos del partido que no poseían preparación ni experiencia alguna. En consecuencia, el NSDAP tuvo que crear nuevas organizaciones que pudiera financiar el Reich.

Se crearon diversos ministerios: el de Propaganda, que se otorgó a Goebbels; el de Armamento, a Albert Speer; y el de Territorios Ocupados del Este, que manejaba las zonas arrebatadas a la Unión Soviética, a Alfred Rosenberg. En su pugna con el ejército, Himmler fundó las SS y las fusionó con la policía. Hermann Göring disponía de su Oficina del Plan Cuatrienal y de la Reichswarke Hermann Göring, un conglomerado industrial que pertenecía al Reich. Una porción considerable de los territorios conquistados se colocó bajo el mando de viejos hombres del partido. Algunos ejemplos son Hans Frank, que comandó el Gobierno General de Polonia central; Josef Terboven, que se puso al timón de Noruega; y Reinhard Heydrich, que se convirtió en reichsprotektor en funciones de Bohemia y Moravia.

En la propia Austria hubo una continuidad en la burocracia regional. Cuando el pequeño ejército austriaco se integró en el alemán, los austriacos subieron de rango y algunos obtuvieron importantes mandos militares. Sus empresas aumentaron su influencia en los Balcanes. Los austriacos también consiguieron dominios territoriales en varias zonas de Europa. En los Países Bajos, el reichskommissar Arthur Seyss-Inquart y buena parte de su séquito eran austriacos. La administración y la guarnición militar en Serbia albergaban muchos austriacos. En el distrito de Galitzia del Gobierno Central, el gobernador era el nazi austriaco Otto Wächter, que más adelante dirigió la administración militar en Italia. Otro nazi austriaco, Odilo Globocnik, fue responsable de las SS y de la Policía del distrito de Lublin. Organizó las deportaciones de ese distrito, así como de los guetos de Varsovia y Białystok, y dirigió campos de exterminio. Gran parte de sus oficiales más destacados también eran austriacos. Y, por último, el austriaco Ernst Kaltenbrunner fue el último jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, conformada por la Policía de Seguridad (con la Gestapo y la Policía Criminal) y el Servicio de Seguridad.

Los alemanes étnicos que migraron a Alemania desde regiones ocupadas de la Unión Soviética en 1939 y 1940, o que cayeron bajo el paraguas de las autoridades alemanas cuando la Wehrmacht invadió Europa del Este y los Balcanes, no llegaron con tanta facilidad a puestos dirigentes. Sin embargo, sí estuvieron activos en los territorios ocupados. En Yugoslavia, empresarios de etnia alemana se apoderaron de varios negocios judíos pequeños. En Polonia y la URSS, varios emprendedores de etnia alemana explotaron a trabajadores forzados judíos. Y no eran pocos los miembros de esa etnia en las SS. Un destacamento de ese cuerpo, formado por habitantes de etnia alemana de la región administrada por Rumanía entre el Dniéster y el Bug, ejecutó a miles de judíos soviéticos de la zona.2 Y en Auschwitz, un porcentaje nada desdeñable de los guardias eran de etnia alemana.3

Como era inevitable, surgieron muchas rencillas entre los veteranos instalados desde antes de la época nazi y los recién llegados (como los austriacos y alemanes étnicos) que habían conseguido adjudicaciones y ascensos por la gracia del régimen. Para los diestros burócratas, los hombres del partido eran inexpertos, oportunistas y corruptos. Para Hitler y sus prosélitos, la antigua estructura estaba infestada de juristas anquilosados, diplomáticos vanidosos y generales pasmarotes. La vieja guardia creía en la tradición y en el prestigio. Los nuevos hombres se consideraban la vanguardia, profetas de la nueva Alemania.

Una diferencia entre ambos grupos resultaba obvia para cualquiera. Los recién incorporados solían ser más jóvenes que sus rivales más consagrados. Todos los hombres en los núcleos de poder que se acababan de crear habían nacido en el siglo XX. En la cima estaban el gobernador general, Frank, el reichsführer de las SS y jefe de la Policía, Himmler, y el jefe de la Cancillería del Partido, Martin Bormann, todos ellos nacidos en el año 1900. El ministro de Producción de Guerra, Albert Speer, nació en 1905. El primer jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, nació en 1904. En el aparato del Gobierno General, competencia de Frank, la juventud era un atributo valorado. Así, el secretario de Estado de Frank, Josef Bühler, nació en 1904, y los directores sucesivos de la División Central de Interior fueron: Eberhard Westerkamp, nacido en 1903, Friedrich Siebert, en 1903, y Ludwig Losacker, en 1906. En la División Central de Interior, el encargado de Población y Bienestar, que se ocupaba de las deportaciones, Lothar Weirauch, nació en 1908. El primer director de la División Central de Agricultura de Frank, Hellmut Korner, nació en 1904, y su sucesor, Karl Naumann, en 1905. La División Central de Trabajo estaba en manos de Max Frauendorfer, nacido en 1909. Entre los gobernadores regionales del Gobierno General, Otto Wächter (primero en Cracovia y luego en Galitzia) nació en 1901; Karl Lasch (de Radom), en 1904; y Ludwig Fischer (de Varsovia), en 1905. El jefe de gabinete de Fischer, Herbert Hummel, nació en 1907; y el kommissar del gueto de Varsovia, Heinz Auerswald, en 1908. Esas cohortes demográficas no eran extrañas en los organismos recién formados, ni en Alemania ni en los territorios conquistados.4 En las regiones ocupadas, los jóvenes arribistas diferían especialmente de sus homólogos de mayor edad del ejército y la policía. Al mismo tiempo, la joven edad cohesionaba tanto a esos hombres como la edad madura que unía al viejo statu quo.

Los que entraban en la nueva estructura de poder podían tener tres motivaciones diferentes. Para algunos, sobre todo los más flexibles y ambiciosos, un cargo en el nuevo sector constituía una carrera alternativa y prometedora nacida de las circunstancias. Otros habían fracasado en su oficio y habían hallado en el partido, o en las organizaciones dominadas por este, una materialización concreta de sus talentos ocultos. Y otros eran hombres expertos que renunciaron a una prerrogativa o profesión a cambio de una oportunidad en el nuevo movimiento, pues el nazismo se había convertido en un elemento devorador de sus vidas.

En la primera categoría había arribistas casi indistinguibles de sus colegas en los cargos tradicionales. Un ejemplo es el jurista Friedrich Vialon, nacido en 1905. Fue fiscal antes de que Hitler llegara al poder y ocupó varios puestos del aparato judicial y del Ministerio de Finanzas. Cuando la jurisdicción sobre una parte del territorio arrebatado a la Unión Soviética se transfirió al Ministerio para los Territorios Ocupados del Este, Vialon obtuvo un cargo en las llamadas Tierras del Este, formadas por la región báltica y la Bielorrusia occidental. Allí se dedicó a escribir un sinfín de cartas y a firmar directivas para confiscar bienes judíos. Después de la guerra prosiguió su carrera en Bonn, donde llegó al escalón de secretario de Estado, o segundo al mando, del ministro de Cooperación Económica.5

En la División Central de Interior del Gobierno General, Westerkamp había sido regierungsrat del Ministerio de Estado prusiano en 1932 y, posteriormente, funcionario local. No se afilió al partido hasta 1937. El director de la División Central de Economía del Gobierno General, Walter Emmerich, venía del sector empresarial y del Ministerio de Economía y también se afilió al partido en 1937. El caso más interesante de un funcionario llegado a un nuevo hábitat fue el de Heinrich Müller. Nacido en el año 1900, fue piloto durante la Primera Guerra Mundial y luego se incorporó a la policía de Múnich, donde trabajó en la División de la Policía Política. Esa unidad investigaba tanto a comunistas como a nazis, pero Müller se especializó en la izquierda. Su pericia fue reconocida por Himmler y Heydrich, que lo utilizaron para crear la organización con la que más se ha acabado identificando el régimen nazi: la Gestapo. Müller se unió al Reich en 1939 y siguió como dirigente de la Gestapo hasta el final. Luego desapareció y nunca se le encontró.6

La segunda categoría es la que formaban simpatizantes del partido que habían dado pasos en falso en la vida y que habían empezado fracasando o titubeando en términos laborales. Las SS, en concreto, eran un auténtico hervidero de personas así. Ahí no solo encontraban seguridad, sino que, si tenían la suerte de llevar suficiente tiempo en la organización, podían subir de rango y acumular poder con presteza. El propio Himmler es el arquetipo de esos profesionales. Aunque estudió en un gimnasio e hizo algunas asignaturas en una escuela técnica y en la Universidad de Múnich, a los veintipocos se encontró ante un dilema personal. Tenía encima de la mesa diversas opciones, como dedicarse a la agricultura o emigrar. Acabó optando por el nazismo para ganarse la vida y se consagró a la causa en cuerpo y alma. Pese a su nulo aspecto de militar, por no hablar de su falta de experiencia en el combate, era amo y señor de todas las unidades de las SS, la Policía de Seguridad, la Policía del Orden y los campos de concentración. Se veía a sí mismo como brazo ejecutor de la misión más difícil de todas: la aniquilación de los judíos. Los prerrequisitos para liderar ese cometido eran tener mucha fuerza de voluntad, perseverar y ser implacable, además de mostrar una lealtad inquebrantable a Adolf Hitler y una deferencia condescendiente por sus comandantes y subordinados de las SS. De esas cualidades sí iba bien servido.7

Adolf Eichmann solo llegó al rango de obersturmbannführer de las SS. Sirvió con Müller en la Oficina Central de Seguridad del Reich de Heydrich y Kaltenbrunner como especialista de la Gestapo en materia judía, y es otro ejemplo de un hombre que encontró refugio dentro del aparato del partido. Nacido en Solingen en 1906, se trasladó con su familia a Austria, donde trabajó para una petrolera. Después perdió su trabajó y fue a parar al movimiento nazi austriaco. En 1934, tras un intento fallido de golpe de Estado para derrocar al Gobierno austriaco, huyó con otros nazis a Alemania e inició su andadura en el aparato de seguridad de Heydrich, que estaba en pleno auge. Allí daba curso a las solicitudes de emigración de judíos conforme a la política de 1938 y 1939, y luego coordinó las deportaciones a nivel europeo para posibilitar la solución final. Aunque había hecho intentos de estudiar a su enemigo, visitando Palestina antes de la guerra y dando clases de hebreo, no era un especialista en el judaísmo. Sus dones yacían en la aplicación de políticas antijudías. Eichmann sabía organizar, manipular, acelerar las cosas y supervisarlas, y fue adqui- riendo la misteriosa habilidad de convertir a los líderes judíos en sus ayudantes. En plena primavera de 1944, logró convencer a los representantes judíos de Budapest de que los judíos húngaros no sufrirían ningún daño si seguían sus instrucciones. Eichmann se hizo un hueco en este proceso de destrucción. Tanto en sus negociaciones con otros órganos como en la colocación de representantes en las legaciones alemanas, en el desvío de fondos de recursos judíos a las deportaciones y en la provisión de transportes ferroviarios, consiguió triunfar una y otra vez. Tocaba el violín y jugaba un poco al ajedrez, y también bebía de vez en cuando. En resumen, se podría decir que su vida privada era normal. Eso sí, en el laberinto del aparato burocrático Eichmann se movía como pez en el agua y fue un ejecutor sublime de la destrucción.8

Es innegable que no todos los miembros de las SS eran genios. Fritz Katzmann, hijo de un minero, había nacido en 1906 y había estudiado para ser carpintero. Se hizo nazi en 1927, se afilió a los camisas pardas de las SA ese mismo año y entró en las SS en 1930. Era un buscarruidos que fue escalando en la jerarquía hasta comandar un destacamento de las SS formado principalmente por mineros. En los treinta se le evaluó con adjetivos como «bueno» y «satisfactorio» y se le consideró una persona con mucha fuerza de voluntad, energía y maña pese a lo poco que había estudiado. Se casó y su economía privada era disciplinada e intachable. A principios de febrero de 1941, Katzmann era responsable de las SS y de la Policía en el distrito de Radom con el rango de oberführer, un peldaño por encima del de coronel. En aquel momento se le consideró demasiado joven para su promoción a brigadeführer, pues se habría convertido en un oficial de alto rango, pero unos meses más tarde sí consiguió el ascenso. Como responsable de las SS y de la Policía en Galitzia, arrebatada a la URSS en junio de 1941, estuvo al mando de la deportación o la ejecución de cientos de miles de judíos. Dicha operación seguía a pleno rendimiento cuando Katzmann, entonces ya gruppenführer, codiciaba otro ascenso a obergruppenführer y aspiraba a ser nombrado máximo responsable de las SS y de la Policía en Gdansk. El jefe de personal de las SS Maximilian von Herff albergaba ciertas dudas acerca de este paso. Creía que Katzmann era un buen hombre para la institución, pero se solía perder en los detalles. Era un buen hombre de organización cuando podía imponer sus propias normas, pero no se le daba especialmente bien la diplomacia ni la táctica. Von Herff pensaba que Katzmann no prosperaría en Gdansk, pero se le ascendió igualmente y, después de la guerra, vivió en la clandestinidad sin que nadie lo detectara.9

El ascenso de Katzmann fue meteórico porque tenía un perfil casi ideal. Pese a sus defectos y hándicaps, conseguía cosas, aunque fuera a su modo. Carl Oberg, nacido en 1897, era un poco diferente. Era hijo de un médico y recibió algo más de educación que Katzmann. Luchó en la Primera Guerra Mundial y desde los primeros años de la posguerra fue combatiente de los Freikorps y simpatizó con las causas de la derecha. Trabajó para una empresa platanera, pasó a un negocio de importación de fruta y abrió una tienda de cigarros. En las SS su trayectoria fue mucho más lineal. En un examen de 1938, se dijo de él que tenía presentes sus objetivos, que tenía un porte seguro y que sabía usar el tono «correcto» con los subordinados. Era de personalidad «abierta», aunque era propenso a buscar el centro de atención. Oberg sustituyó a Katzmann como responsable de las SS y de la Policía en Radom y fue ascendido a máximo responsable de las SS y de la Policía en Francia, donde logró la deportación de setenta y cinco mil judíos. Mientras que Katzmann había barrido a los judíos de Galitzia, Oberg solo había detenido a un cuarto de los judíos franceses. Es cierto que las condiciones eran totalmente diferentes, pues en el segundo caso había que tratar con la burocracia francesa y las fuerzas de las SS y de la Policía eran escasas. Himmler no culpaba a Oberg del lento avance de la solución final en Francia, pero en enero de 1943 le escribió una carta incisiva sobre dos cuestiones menores: cuatro tanques y un coronel de la policía al que no se había concedido un cargo oportuno bajo la jurisdicción militar en Marsella. Oberg, dijo Himmler, vivía a cuerpo de rey en París y dedicaba demasiado tiempo a actos sociales. No quería que prolongara sus vacaciones navideñas. Aun así, Himmler no lo hizo volver; Oberg se quedó en Francia hasta el final y pasó unos cuantos años en prisión después de la guerra.10

Eugen Kogon, periodista alemán y expreso político de Buchenwald, aludió una vez al personal de los campos de concentración como «élite perniciosa». Eran despojos que no sabían hacer nada más que custodiar a presos indefensos. Hermann Dolp, nacido en 1909, se convirtió en 1939 en schutzhaftlagerführer, o sea, el oficial de las SS a cargo de todos los prisioneros de un campo. Su campo era el de Sachsenhausen. El inspector de campos de concentración Theodor Eicke se puso hecho una furia con la designación de Dolp y acusó a la Oficina Central de Personal de las SS de perpetuar la imagen de que los líderes más estúpidos de las SS eran justo los hombres que dirigían los campos de concentración, con su complicada maquinaria administrativa, con responsabilidad. Un mes más tarde, Eicke escribió otra nota para señalar que conocía muy bien a Dolp y que ya había expresado sus reservas al principio. Dolp era voluntarioso y trabajador. No era culpa suya que ostentara el alto rango de standartenführer sin las capacidades intelectuales necesarias. Pero los «criminales» de Sachsenhausen no le tenían miedo; se apoyaban sobre las palas para admirar el entorno mientras Dolp, con su cara de bonachón, por no decir de zoquete, perdía toda la autoridad. Eicke consiguió al fin librarse de él y transferir a Dolp a la Polonia ocupada. Pero entonces surgieron los problemas de verdad. Se produjeron altercados relacionados con el alcohol, con una mujer polaca y con unas supuestas palabras de Dolp de que él era el amo de la vida y la muerte. Lo bajaron de rango a sturmbannführer y le prohibieron tocar el alcohol durante dos años, pero era imposible prescindir de sus servicios. El sucesor de Eicke, Richard Glucks, tuvo que construir nuevos campos y se vio obligado a emplear a líderes experimentados de las SS, incluyendo a los menos dignos de elogio. Así, se envió a Dolp a supervisar un complejo de trabajadores forzados judíos en el distrito de Lublin, donde se estaban alzando puestos defensivos en la línea que separaba alemanes y rusos. Subordinado al responsable de las SS y de la Policía Globocnik, al fin perseveró. En condiciones deplorables, dijo Globocnik, sin un número adecuado de guardias y con mano de obra inferior formada por judíos y gitanos, edificó las fortificaciones durante los primeros compases de 1941. Mucho después, en 1944, se volvió a elogiar a Dolp. En esa ocasión se le felicitó por haber liderado un batallón de construcción de la 19.ª División de Granaderos de las SS con una energía casi «brutal».11

En comparación con Dolp y otros hombres de las SS de los campos, los líderes de la Oficina Central de Seguridad del Reich, sus secciones regionales y las unidades móviles (los Einsatzgruppen) eran intelectuales. Muchos gozaban de estatus y buenas perspectivas de futuro en la sociedad, pero eligieron trabajar en la Policía de Seguridad por pura convicción. Al hacerlo, varios de ellos renunciaron a sus profesiones e intentaron labrarse un futuro en dos sectores diferentes. Entre los oficiales de los Einsatzgruppen que entraron en los territorios de la Unión Soviética había un buen puñado de abogados y otros intelectuales. Otto Ohlendorf, jefe de inteligencia doméstica de la Oficina Central de Seguridad del Reich, comandó el Einsatzgruppe D en el sur de Ucrania y el Cáucaso. Había estudiado en varias universidades, era economista y, de hecho, después de servir en la URSS prosiguió su carrera en el Ministerio de Economía.12 Otros totalmente entregados a la Policía de Seguridad eran los hermanos Ernst y Erwin Weinmann. Su padre había fallecido en la Primera Guerra Mundial, pero no eran huérfanos abandonados. Ernst había nacido en 1907 y era dentista. A los treinta y dos años cerró su consulta cuando fue elegido alcalde de Tübingen. «Nacionalsocialista hasta la médula», pasó varios años en Belgrado hasta convertirse en comandante de la Policía de Seguridad en Serbia.13 Su hermano menor Erwin, nacido en 1909, era médico y terminó entrando en el Servicio de Seguridad. Progresó más deprisa que Ernst y acabó liderando un comando del Einsatzgruppe C que ejecutaba a judíos. Luego volvió a la Oficina Central de Seguridad del Reich y, al acabar 1943, lo nombraron comandante de la Policía de Seguridad en Praga. Su cargo era el de standartenführer y hacia el final de la guerra lo recomendaron para otro ascenso, esta vez a oberführer.14

Max Thomas también era médico. Había nacido en 1891 y había obtenido la Cruz de Hierro de primera clase tras combatir en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, cerró su rentable consulta para consagrarse de pleno a las SS y a la Policía. Era un hombre muy erudito. Había estudiado griego, latín, francés e inglés y había barajado el derecho antes de optar por la medicina. Así y todo, su primer amor iba a ser el contraespionaje. Su expediente indica que era un trabajador de seguridad entusiasta y que sufrió numerosos percances: en julio de 1943 quedó maltrecho por una mina; en diciembre de 1943 su avión se estrelló; y en marzo de 1945 tuvo un accidente de tráfico. Himmler, que velaba por él, le escribió en enero de 1944 instándole a guardar cama. Siempre es mala idea, le dijo Himmler a Thomas, que un enfermo se levante antes de hora del lecho. Por su parte, Thomas le escribió a Himmler en noviembre de 1944 para confortarlo, adjuntándole dos cartas de su hijo Dietrich, que era oficial de las SS en el frente oriental. Le aseguró a Himmler que con hombres como Dietrich era imposible perder la guerra.15 Cuando Alemania no cumplió su pronóstico, Thomas se suicidó.

Thomas había sido comandante del Einsatzgruppe C y comandante de la Policía de Seguridad y del Servicio de Seguridad en Ucrania desde octubre de 1941 a agosto de 1943. El asesinato en masa de judíos había empezado con su predecesor, pero aún había fusilamientos por hacer y algunos de ellos corrieron a cargo de uno de sus líderes de comando: Ernst Weinmann.

Muchos de los nuevos funcionarios expresaron su idealismo solo desde la mesa de su oficina. Ese es precisamente el caso de un joven llamado Edinger Ancker, nacido en 1909 en una familia de clase media. Su padre tenía una fábrica y su madre descendía de una familia sajona de funcionarios. Ancker estudió Derecho y se preparó para trabajar en el gobierno local. En 1930 ya se había afiliado al partido, momento en el que se convirtió en abogado, burócrata y miembro honorario del Servicio de Seguridad. También fue soldado, pero en 1940 fue dado de baja del ejército para incorporarse al servicio del reichskommissar Seyss-Inquart en los Países Bajos. Ancker fue designado subdirector de personal gracias a los comentarios favorables que figuraban en su expediente del partido: «inteligente», «franco», «resuelto», «cumple con lo decidido de manera implacable» o «no se plantea ceder». En los Países Bajos se casó con una mujer neerlandesa, Eleanora Walraven. El matrimonio no supuso un grave riesgo para la carrera de Ancker, pese a que Hitler había decretado en 1942 que los hombres casados con mujeres de una nacionalidad enemiga no podían asumir cargos de responsabilidad. Eleanora Walraven había estudiado, hablaba alemán y provenía de una familia progermana. En 1941, su padre, Cornelis-Christian Walraven, era el subdirector de la policía neerlandesa en La Haya y los superiores de Ancker no tuvieron reparos en aceptar la unión. La pareja tuvo hijos, uno de los cuales murió en 1942.

Ese mismo año Ancker había sido transferido a la Cancillería del Partido, donde trabajaba con cuestiones judías. Precisamente el 6 de marzo asistió a una reunión con otro funcionario de la Cancillería. El encuentro, presidido por Adolf Eichmann, abordó un nudo gordiano: qué hacer con los medio judíos que no eran practicantes ni estaban casados con un judío. ¿Había que dejarlos en paz? ¿Se les tenía que esterilizar? ¿Tenían que ser considerados judíos a todos los efectos, siempre y cuando no se hubieran casado con un alemán ni hubieran tenido un hijo con otra persona alemana? Los representantes de la Cancillería del Partido apoyaban la solución radical, que habría dado pie a la deportación de todos los medio judíos solteros que no tuvieran un hijo con un 75 % de sangre alemana. Pero al final no se impuso esta idea.

Ancker, que aún era joven, recaló en el brazo armado de las SS en 1944 y se convirtió en oficial. Justo antes de la caída de Alemania, su esposa le escribió una carta rebosante de desesperación desde un pueblo muniqués: «Edinger, Edinger, ¿por qué me has abandonado?». El enemigo estaba avanzando hacia Núremberg. Los bombarderos surcaban el cielo. Su padre, que estaba con ella, quería suicidarse.16 Ancker sobrevivió a la guerra. Los fiscales norteamericanos lo interrogaron en Núremberg, pero sus antecedentes eran demasiado insustanciales para acusarlo.

El barón austriaco Otto Gustav von Wächter ocupó un lugar más destacado que Ancker. Nacido en 1901, era hijo del general y barón Josef von Wächter, ministro austriaco del Ejército. El joven Otto era muy deportista: esquiaba, escalaba montañas y era un fantástico remero. Estudió italiano, se hizo abogado y ejerció en Viena. También se unió a los nazis austriacos y tuvo un papel clave en el fallido intento nazi de tomar el poder en Austria en julio de 1934. Perseguido por el Gobierno austriaco, huyó a Alemania, donde renunció a su título nobiliario y se convirtió en ciudadano alemán. Tras la anexión de Austria, sirvió fugazmente en Viena y luego fue gobernador del distrito de Cracovia en Polonia. Cuando Galitzia se incorporó como distrito del Gobierno General, se trasladó junto con su séquito austriaco a Lviv, donde permaneció en calidad de gobernador hasta que el Ejército Rojo expulsó a los alemanes de la región en 1944. Pero Wächter no se quedó de brazos cruzados, pues fue nombrado jefe de la administración militar en Italia, ocupada en aquellos momentos por los alemanes. Wächter supervisó la guetización de los judíos en los distritos de Cracovia y Galitzia, así como las deportaciones desde Galitzia e Italia. Tenía claro cuánto se había involucrado en la causa, y al caer Alemania volvió a huir. Se escondió en el país transalpino, alejado de su mujer y de sus cinco hijos, y murió ahí en 1949.17

Los nuevos organismos tenían mucha sed de poder, y en el decurso de su expansión llegaron a chocar unos con otros. Uno de estos conflictos jurisdiccionales surgió entre dos líderes nazis que habían estado ligados al movimiento desde sus albores: Himmler y Frank. En este pulso Frank partía con desventaja. Himmler, con base en Berlín, iba sumando prerrogativas y estaba llevando a las SS y a la Policía hasta los confines más remotos de Europa. Frank, en su capital, estaba ceñido por las fronteras de su Gobierno General, que solo cambiaron una vez para incorporar Galitzia. Himmler había apostado su personal de las SS y de la Policía en el territorio de Frank y había creado muchos campos de trabajo, además de campos de exterminio. Frank defendía su propio concepto de absolutismo contra cualquier incursión y recalcaba que era el único señor de su plaza. Por eso exigía que el máximo responsable de las SS y de la Policía, Friedrich Krüger, estuviera totalmente subordinado a él. Pero lo cierto es que Krüger y sus vicarios se veían con la potestad de decidir sobre una serie de cuestiones, incluida la determinante solución final. Y suya acabó siendo la victoria. La resolución final in- virtió el organigrama, por así decirlo, pues Frank se quedó solo con un derecho de veto dentro de su subdivisión de Población y Bienestar: podía disolver los guetos y deportar a sus integrantes.18 Pero no hay rastro de veto alguno. Las SS y la Policía tomaron la iniciativa y embistieron con toda la ayuda que pudo prestar la burocracia de Frank.

Sin embargo, ambas facciones se habían dado muchas estocadas durante ese enfrentamiento. En una reunión del 30 de mayo de 1940 en la que la policía quiso hacerse enseguida con el control de las comunidades judías, Frank hizo prevalecer el principio de la unidad administrativa y declaró sin ambages que la policía era un brazo ejecutor del Gobierno, que no tenía un propósito independiente.19 Unos días más tarde, Krüger escribió una carta a Himmler en la que se quejaba de que se hubiera ascendido a Bühler a secretario de Estado. Según él, Bühler, que había sido jefe de personal de Frank en la Academia de Derecho alemana, solo tenía treinta y cinco o treinta y seis años y el ascenso a mano derecha de Frank le colocaba en una posición en la que podía dar órdenes al máximo responsable de las SS y de la Policía. Eso era una verdadera degradación para Krüger y una situación intolerable. (Krüger tenía cuarenta y cuatro años).20 Así pues, las SS recuperaron terreno y Krüger también fue nombrado secretario de Estado.

En 1942 Himmler pasó al ataque, denunciando la corrupción en el Gobierno General y apuntando directamente a la hermana del gobernador general, la señorita Frank, y también al gobernador Lasch de Radom.21 Poco después, Lasch fue ejecutado por vía sumaria.22

Frank consiguió alguna que otra victoria. En 1940 logró detener la entrada de polacos y judíos expulsados de los territorios anexionados al Gobierno General, y al final consiguió que sustituyeran al pelma de Krüger. Pero no pudo evitar ir ganándose poco a poco la imagen de perro faldero, más que de líder. Convenía y transigía, subrayando incesantemente que la suya era la última palabra. Los residentes alemanes de Galitzia parecían ver en él a un prohombre eclipsado. Como se señala en un informe del Servicio de Seguridad, lo llamaban «rey Frank» y «Stanisław el Tardío».23

La broma no carecía de cierto fundamento. Frank actuaba como un monarca en su castillo. Recibía en audiencia a compositores y ajedrecistas. Pero durante más de dos años había llevado la batuta de la campaña contra los judíos; los había perseguido y acosado, refiriéndose a ellos como «judíos y piojos» y expulsándolos de su ciudad alemana (según él, lo era) de Cracovia. Los encerró en guetos, los mató de hambre y provocó la muerte de cientos de miles sin hacer absolutamente nada para aliviar su pesar. Luego indagó en su deportación rápida hacia el este. En un discurso a sus subordinados el 16 de diciembre de 1941, señaló que en Berlín se había enterado de que los territorios soviéticos recién ocupados no podrían absorber a los judíos. Desde Berlín le habían dicho que los liquidaran ellos mismos. A continuación, Frank dijo que había que aniquilar a los judíos: «Tan pronto como los encontremos y siempre que nos sea mínimamente posible». No sabía cómo. «No los podemos fusilar ni los podemos envenenar», dijo, pero había que hacer algo para exterminarlos.24

Para Frank no era concebible usar balas o gas, pero sabía que había quemado las naves. En enero de 1943, anunció en un encuentro que todos los reunidos estaban en la lista de criminales de guerra de Roosevelt y que él tenía el honor de ocupar el primer lugar.25

Entre tanto, sus rivales de las SS le habían obligado a ponerse a la defensiva y le estaban arrinconando. En un momento de desánimo, el 1 de septiembre de 1942, dejó por escrito que una pandilla le estaba tratando de destituir y «eliminar». Sin paños calientes, habló del nuevo rumbo que había adoptado Hitler, que había desembocado en la destrucción total de la seguridad jurídica, los campos de concentración y la arbitrariedad de la policía. Había ofrecido su dimisión al Führer, pero este no la había aceptado.26

En 1944, cuando una repentina ofensiva soviética expulsó a los alemanes de Lublin, Frank se enteró de la existencia del campo de exterminio del lugar, cuyo nombre polaco era Majdanek. En ese momento, Bühler afirmó que la administración pública del Gobierno General no estaba al tanto de la existencia de ningún campo.27 En su juicio de Núremberg, Frank aseguró que había plantado cara al sucesor de Krüger, Wilhelm Koppe, diciéndole: «Ahora lo sabemos».28 Ante el tribunal, también reconoció la culpa de Alemania en lo que había pasado. Una culpa, dijo, que no se podría borrar ni en mil años.29

A diferencia de la vieja guardia, para los jóvenes no fue tan fácil librarse del pasado. Las fuerzas de ocupación aliadas tendían a verlos como criminales, mientras que los viejos burócratas de la jerarquía tradicional respiraron aliviados al ver que la acusación se centraba en el antiguo Partido Nazi y las SS. A su vez, los jóvenes argumentaron, no sin algo de razón, que no lo habían hecho solos, que los habían elegido, que las distinciones entre el papel del ejército y de las SS eran a menudo arbitrarias, que, como había expresado Hans Frank, era culpa de Alemania. Algunos hombres como Himmler, Globocnik y Krüger vieron los indicios y se suicidaron para evitar el juicio. Algunos, como Müller y Katzmann, desaparecieron; en el caso del segundo, con un nombre falso. Otros, como el máximo responsable de las SS y de la Policía Koppe, que vivió de incógnito fabricando chocolate, fueron detenidos a una edad bastante avanzada, con lo que eludieron la justicia. Muy pocos dejaron mensajes póstumos para la familia. El alemán étnico Hugo Wittrock, alcalde de Riga y creador de un gueto, no habla de ello en el texto que se publicó tras su muerte. En vez de eso, explica con una mezcla de autocomplacencia y autojustificación que en aquella época Alemania había alcanzado todo su potencial. Aunque también admite que se cometieron excesos, como la masacre de decenas de miles de judíos del gueto a cargo del máximo responsable de las SS y de la Policía, Friedrich Jeckeln, que había actuado al margen de Wittrock.30

CAPÍTULO V
FANÁTICOS, CODICIOSOS
Y COMPUNGIDOS

La personalidad de los culpables no era siempre igual. Quienes llevaron a cabo la labor destructiva diferían no solo en su origen, sino también en sus atributos psicológicos. Cuando la dominación alemana de los judíos se acentuó y diversificó, cada culpable asumió su rol de forma muy diferente. Algunos de ellos mostraron fervor; otros, «exceso»; y otros afrontaron su misión con reservas y recelos.

El puro entusiasmo englobaba diferentes categorías. Para empezar, estaban los promotores, convencidos de que todo dependía de ellos. También había voluntarios que buscaban formas de participar en las actividades contra los judíos. Y por último estaban los perfeccionistas, que definían ejemplos y criterios para todos.

El prototipo del azacán resuelto e incansable es Adolf Eichmann, que escribía informes, viajaba y provocaba a la gente sin cesar. El austriaco Hanns Rauter, máximo responsable de las SS y de la Policía en los Países Bajos y autor de informes repletos de estadísticas, fue otro de los triunfadores. Convencido de su destreza, logró deportar a más de cien mil de los ciento cuarenta mil judíos del país, el porcentaje más alto de Europa occidental.1 En la Oficina de Asuntos Exteriores, un hombre de partido ebrio de poder, Martin Luther, se consagró en cuerpo y alma a la estrategia y la táctica de las deportaciones.2 El experto del partido en materia racial, Walter Gross, estaba consumido por una idea: aparear a personas solteras con un 25 % de sangre judía con la esperanza de que algunos descendientes de esas uniones reunieran los suficientes rasgos judíos para justificar su exterminio.3 El sector ferroviario también tuvo a sus idealistas. Otto Stange era un amtsrat de sesenta años que trabajaba solo en su despacho, chillándole al teléfono, mientras la sección de Eichmann le enviaba solicitudes para que gestionara plazas en los transportes.4 Bruno Klemm fue un funcionario del Generalbetriebsleitung Ost que organizaba programas de transportes hacia el este. Parece que recalcaba constante y persistentemente la necesidad de encontrar vagones y tiempo para enviar a los judíos a los campos de exterminio.5

Algunos fanáticos eran entusiastas que buscaban oportunidades de intervenir en el proceso. El teniente general Otto Kohl, que controlaba todos los desplazamientos ferroviarios en los territorios ocupados de Bélgica y Francia, recibió en una ocasión a un representante de bajo rango de Eichmann en París. Describiéndose a sí mismo como un enemigo acérrimo del judaísmo y un creyente en la solución racial, instó al representante de las SS a pedir más trenes, fuera para diez mil judíos o para veinte mil. Kohl proporcionaría el equipo, aun a riesgo de que algunas personas lo tildaran de «desalmado».6

En los Einsatzgruppen, el sturmbannführer de las SS Bruno Müller comandaba el Sonderkommando 11b, que en 1941 operaba en la zona más meridional como parte del ejército rumano. Cuando los rumanos capturaron el puerto de Odesa en el mar Negro, iniciaron la matanza de decenas de miles de judíos de la ciudad. En esta vorágine, obra de numerosas unidades del Ejército y de la Gendarmería Rumana, Müller y su destacamento fueron una presencia simbólica, pero no pudie- ron resistir a la tentación de poner su granito de arena. Durante la noche del 22 de octubre de 1941, cuando supo que los rumanos habían empezado a ejecutar a gente, Müller negoció con ellos para que les cedieran a trescientos judíos ya arrestados. Luego llevó a las víctimas a un pozo seco y ordenó que se las fusilara. Arrojaron los cuerpos desnudos o medio desnudos de los hombres, las mujeres y los niños al pozo, y luego lanzaron granadas de mano para rematar a los malheridos.7

En la ciudad alemana de Darmstadt, un oficial de rango relativamente bajo, el kriminalsekretär Georg Dengler, tomó los mandos de la sección de asuntos judíos en la sede local de la Gestapo el 15 de enero de 1943. Por entonces ya se había deportado a la mayoría de residentes judíos y apenas quedaban los cónyuges de matrimonios mixtos. Dengler recibió una directiva según la cual también podía solicitar la deportación de esas personas, pero necesitaba otros motivos aparte de la condición de judío. Interpretó esa autorización como una oportunidad para deportar a unas cuantas ancianas, algunas de ellas viudas especialmente vulnerables. Una mujer de sesenta y nueve años, cuyo marido alemán seguía vivo, no se había inscrito con el nombre obligatorio adicional de Sara. Además, había usado un cupón para jabón de su hija, que tenía el mismo nombre de pila que ella. Murió en Auschwitz, aunque sus cenizas se ofrecieron a la familia gentil. Otra mujer viuda de setenta y seis años con una hija también se olvidó de añadir el nombre de Sara a la cartilla de racionamiento. Dengler se volvió a su ayudante y dijo: «Con eso basta».8

El sturmbannführer Müller y el kriminalsekretär Dengler tuvieron roles relativamente pequeños en una operación de gigantescas proporciones. Los resultados de sus actos no estuvieron a la altura de su fervor; habrían hecho más de buena gana. Los perfeccionistas, en cambio, sí tenían suficiente trabajo. En el día a día, esos fanáticos eran los auténticos pilares del aparato administrativo. Su reto era cualquier cosa que quedara por definir o por resolver. Su lema era la precisión y la minuciosidad. Esos burócratas pululaban por todas partes, en cualquier organismo. En el Ministerio de Alimentación y Agricultura se encargaban de cuestiones como la distribución de leche desnatada a los trabajadores judíos expuestos a sustancias tóxicas. En el Ministerio de Finanzas trataban de recaudar los pagos de las pensiones privadas que se habían hecho a los deportados. En la red de ferrocarriles contaban los deportados y los kilómetros, a fin de cobrar a la Policía de Seguridad el transporte de los judíos hasta los centros de exterminio. En Auschwitz iniciaban procedimientos de expropiación para ensanchar el perímetro del campo.

A diferencia de los fanáticos, cuya labor era siempre funcional, hubo hombres que se encarnizaron adrede con las víctimas, que las torturaron o que se alegraron o divirtieron al ver su destino. Esta clase de conducta no se fomentaba, es cierto, pero tampoco se perseguía estrictamente hablando.

Por lo común, el abuso era síntoma de la impaciencia. Se podía detectar entre los veteranos de las ejecuciones, para quienes las continuas redadas, los fusilamientos y los gaseamientos se habían convertido en el pan de cada día. En agosto de 1942, un miembro alemán del Gobierno General manifestó que se había visto a personal de las SS y de la Policía propinar golpes con la culata del fusil a mujeres embarazadas.9 Los guardias a las puertas de las cámaras de gas usaban látigos o bayonetas para hacer entrar a las víctimas. Proliferaban los testimonios que afirmaban haber visto a niños pequeños siendo arrojados por la ventana, o metidos en camiones como si fueran sacos, o lanzados contra la pared, o echados vivos a hogueras de cadáveres en llamas.

En algunos casos, el sadismo era puro. Este patrón de conducta aparecía en los contactos cara a cara con los hombres que querían mostrar su dominio sobre los judíos. Básicamen- te, lo que hacían era jugar con las víctimas. Al principio les daban cepillos de dientes para que limpiaran las aceras. En los poblados recién ocupados de Polonia, les cortaban la barba a los judíos devotos o los montaban como caballos. En el permisivo ecosistema del campo, utilizaban a los judíos para hacer puntería o escogían a las mujeres como esclavas sexuales. En Auschwitz, el gran sádico Otto Moll prometió a un prisionero que le perdonaría la vida si podía cruzar descalzo dos veces un foso de cuerpos en llamas sin caerse.10 El síndrome del amo de la vida y la muerte también funcionaba en el otro sentido: en Auschwitz, se azotó a un prisionero por haber intentado suicidarse.11

Los sádicos no eran especialmente innovadores. No tenían la imaginación que habían tenido en siglos anteriores, ni la que tenían sus coetáneos rumanos o croatas. El sadismo alemán imperante era un tanto predecible y casi institucionalizado. Incluso tenía un nombre: «hacer deporte». A menudo se plasmaba en luchas «de gladiadores» entre los presos, o en la instrucción vana de llevar pesadas piedras de un lugar a otro por la mera gracia de hacerlo. Eso no significa que el juego fuera inofensivo. Los gladiadores y las personas que cargaban piedras morían, se lastimaban y se cansaban.

Algunos de los culpables gozaban riéndose de los judíos. Las bromas, a veces con tonos crueles, podían consistir en vestir a un prisionero con ropas ridículas y colocarlo delante de una letrina de Auschwitz, ordenándole que solo concediera un minuto a los prisioneros para hacer sus necesidades. Otra broma fue pegar la estrella de David a un edificio de gas de Treblinka. Y en los círculos más refinados de los ferrocarriles alemanes, se podían enviar transportes a los campos de exterminio con la consigna de que pronto se enviaría más jabón.

La ordinariez fue una secuela del carácter cada vez más destructivo de las operaciones. Los problemas morales fueron otra. Era evidente que en el proceso de destrucción no cabían las preguntas ni las dudas. Aun así, hubo personas a las que no les resultó fácil afrontar las situaciones imprevistas que hacían aflorar la muerte inminente de las víctimas. Los que albergaban dudas no estaban tan seguros de sí mismos como los fanáticos acérrimos de despacho ni los eficientes y bárbaros asesinos de campo abierto. En las entrañas burocráticas se percibieron enseguida diferencias de convicción. Los funcionarios decididos eran tildados de «fuertes» y los demás, de «blandos». Los objetores, conscientes de cómo se les caracterizaba, intentaban no estar presentes o expresaban su discrepancia con pretextos vacuos: esta unidad no, aquí no, ahora no, o así no. Pero pocas veces insistieron o perseveraron. La mayoría de los más débiles incluso fueron capaces de actuar.

El oberregierungsrat Hermann Keuter, por ejemplo, sí tenía escrúpulos. Como consta en una investigación de la Policía de Seguridad de 1942, Keuter había nacido en 1899 y era un veterano de la Primera Guerra Mundial, en la que había servido como teniente. Desde 1922 trabajaba como funcionario de Hacienda en Düsseldorf. Hasta enero de 1933, cuando Hitler se hizo con el poder, Keuter había trabajado en recursos humanos, pero como había pertenecido durante mucho tiempo al católico Partido de Centro y era manifiestamente religioso, se le asignó un cargo menos conflictivo. Sin embargo, en mayo de 1933 se afilió al Partido Nazi y en 1937 se le transfirió a la oficina del principal director regional de hacienda, el oberfinanzpräsident. Tomó las riendas de la sección de bienes inmuebles en 1940. En agosto de 1941 se le ascendió y se le pidió que gestionara las propiedades judías mientras se evacuaba a sus dueños. Con «grandes recelos» fue a ver al oberfinanzpräsident y pidió que se le eximiera de esa labor. «Solo» cuando su superior le recordó su juramento y sus obligaciones, llevó a cabo la tarea.12

Ludwig Fischer no era para nada un hombre de quien hubiera cabido esperar reticencias respecto a cualquier política antijudía. Era abogado y en 1931, cuando tenía veintiséis años, había alcanzado el puesto de subdirector de la división jurídica del partido. Alto cargo de los camisas pardas y protegido de Hans Frank, fue gobernador del distrito de Varsovia entre octubre de 1939 y enero de 1945.13

En ese distrito estaba el gueto nazi más grande de Europa: el de Varsovia. Más de cuatrocientos mil judíos, muchos de ellos despojados de sus pertenencias y la mayoría sin trabajo, sobrevivían a base de ridículas cartillas de racionamiento, complementadas con insuficientes provisiones del mercado negro y algunos paquetes con comida que mandaban familiares u organizaciones judías extranjeras. Seis meses después de la formación del gueto, Fischer, ataviado con ropa de paisano y botas, recibió al líder judío Adam Czerniaków. Le dijo que privar a los judíos de comida no era su objetivo y que tal vez se pudiera aumentar la distribución oficial de comida. Al mismo tiempo, pidió la retirada de los cadáveres que yacían en las calles del gueto porque, según dijo, daban una imagen pésima.14

Pese a las palabras vagamente consoladoras de Fischer, el ahogo alimentario continuó y, a lo largo de los siguientes meses de verano, la tasa de mortalidad subió a un 1,5 % mensual. Fischer, que no podía enviar comida al gueto sin el beneplácito de la División Central de Alimentación y Agricultura del Gobierno General, estaba inquieto con las cifras de mortalidad. Cuando el mismísimo gobernador general Frank participó en una conferencia de tres días para departir sobre los problemas del distrito de Varsovia, Fischer habló mucho rato, mencionando también a los judíos. En concreto, Fischer propuso garantizar las siguientes raciones para cada habitante del gueto: mil cincuenta gramos de pan a la semana, trescientos gramos de azúcar al mes, un huevo al mes, cien gramos de mermelada al mes, cincuenta gramos de manteca al mes, una docena de patatas al año y pescado y verduras cuando de ello se dispusiera. Incluso esas provisiones, dijo, eran insuficientes para la subsistencia y las muertes aumentarían indudablemente al llegar el invierno. Luego añadió que la contienda bélica era con el judaísmo en su conjunto, y lo que cabía esperar en caso de una victoria judía, dijo, se podía inferir directamente de una publicación del «judío norteamericano Kaufmann». El libro al que aludía Fischer era la obra de un autor poco conocido, Theodore Kaufmann, publicado ese mismo año por Argyle Press en Newark (Nueva Jersey). En efecto, Kaufmann había propuesto desmembrar territorialmente Alemania y esterilizar a los alemanes. Ante tamaña prueba de los designios judíos, Fischer dijo que quizás estuviera justificado «atacar despiadadamente a la manada» del gueto de Varsovia. No obstante, no contento con la provisión existente de alimentos, recitó al detalle las raciones superiores que se distribuían a los judíos con empleo o sin empleo del gueto de Łódź.15

Fischer había propuesto reducir el hambre en el gueto aludiendo a las preceptivas convicciones nazis. No hay constancia de que el gobernador interviniera. Y parece que las deportaciones en masa de los judíos del gueto de Varsovia durante el verano de 1942 se produjeron sin que Fischer expresara reparo alguno. Total, los judíos deportados no estaban tirados por la calle. No se les veía. Con todo, sus palabras de octubre de 1941 no carecen de importancia. El proceso de destrucción en sus dominios no le dejaba indiferente y habló cuando podría haber guardado silencio. Obviamente, su solicitud fue denegada.

Una de las razones por las que se usaron guetos cerrados, vagones sellados y campos de exterminio secretos fue que así se ocultaba a las víctimas de miradas sensibles. Sin embargo, estas precauciones no podían ampliarse hasta las fronteras de la acción, donde el encontronazo físico entre culpable y víctima era inevitable. El ejecutor debía tener los ojos bien abiertos, y la experiencia podía dejarlo a uno muy tocado.

La siguiente historia se descubrió en el diario de un residente del gueto de Varsovia. Un policía de cincuenta a sesenta años había disparado a una joven en una calle del gueto, quizás porque le había visto cometer alguna infracción. La calle se vació de inmediato, pero hubo una mujer que no logró huir a tiempo. El policía, con rostro pálido y cadavérico, la agarró del brazo y señaló al cadáver de la chica, ordenándole que limpiara la sangre. Repetía sin parar que no había sido culpa suya y le enseñaba a la mujer un trozo de papel que, según él, contenía sus órdenes.16

Las barreras psicológicas eran más patentes para los soldados sin experiencia, algunos de los cuales temblaban delante de sus víctimas y, a veces, erraban el tiro. Las explicaciones ideológicas de los comandantes y los métodos marciales de ejecución no eran de gran ayuda.17 Los hombres necesitaban práctica.

Al principio, en junio y julio de 1941, antes de que las órdenes estuvieran tan claras, los Einsatzkommandos, los batallones de policía y las brigadas de las SS detenían sobre todo a hombres judíos de entre quince y sesenta años. Pero el 1 de agosto, el propio Heinrich Himmler abolió esta limitación que habían entendido e impuesto motu proprio los soldados. En esa fecha, el batallón del 2.º Regimiento de la Brigada de Caballería de las SS recibió las siguientes instrucciones:

Orden directa del RF-SS [Himmler]

Fusilar a todos los judíos

Ahogar a las mujeres judías en los pantanos18

Al comandante del batallón, el sturmbannführer Franz Magill, le costó cumplir esta orden. «Ahogar a las mujeres y a los niños en los pantanos no ha acabado de salir bien, porque los pantanos no son lo bastante hondos para sumergir los cuerpos por completo».19

En agosto de 1941 los asesinos aún no habían resuelto el problema. Una ciudad donde las dificultades afloraron visiblemente fue Bila Tserkva, situada unos ochenta kilómetros al sur de Kiev. La localidad se había tomado tras una ofensiva fugaz del Sexto Ejército, cuyo comandante en esos momentos era el mariscal de campo Walter von Reichenau. A mediados de agosto la 295.ª División de Infantería, subordinada directamente al Grupo de Ejércitos Sur como reserva, estaba apostada en la ciudad. Se había creado un régimen militar: un Feldkommandantur regional y un Ortskommandantur local. En Bila Tserkva también había grupos del Sonderkommando 4a, dirigido por el standartenführer Paul Blobel, un arquitecto. El subordinado local de Blobel era el obersturmführer August Häfner. Como señaló un candidato a oficial del ejército, el destacamento estaba fusilando a ochocientos o novecientos judíos adultos en pequeños grupos de nueve personas. Dos hombres apuntaban a cada víctima desde una distancia de unos seis metros. A veces, la parte superior del cráneo salía despedida y salpicaba de sangre a los hombres.

El 2 de agosto por la mañana, varios soldados llamaron a dos capellanes castrenses de un hospital de campaña y los llevaron hasta un edificio donde había unos noventa niños judíos, con edades que oscilaban desde la más tierna infancia hasta los cinco, seis y siete años. También había unos cuantos adultos judíos en un par o tres de habitaciones, custodiados por un ucraniano. Los niños llevaban toda la noche llorando y no habían comido ni bebido nada en al menos un día, y estaban rodeados por sus propias heces. Algunos estaban lamiendo las paredes y los más pequeños parecían estar en coma. Los dos clérigos, sospechando que los ucranianos habían actuado sin seguir órdenes alemanas, alertaron del descubrimiento a los capellanes católicos y protestantes de la división, y esos oficiales corrieron a notificárselo al primer oficial del Estado Mayor: el teniente coronel Helmut Groscurth.

Groscurth era un oficial corpulento de cuarenta y dos años, hijo de un pastor luterano. Antes de que le asignaran la 295.ª División, había servido en el Alto Mando de las Fuerzas Armadas a las órdenes del jefe de inteligencia, el almirante Wilhelm Canaris. Veterano de la Primera Guerra Mundial, donde había sido herido y capturado, Groscurth era un pesimista empedernido. Era crítico con los generales superiores, no creía en el régimen nazi y despreciaba las SS. Fue un prolífico escritor de diarios, cartas e informes. Media hora después de la visita de los dos capellanes castrenses a Bila Tserkva, Groscurth fue a la casa a inspeccionar por sí mismo el edificio. Al día siguiente resumió lo que había visto y lo que había hecho en un lúcido informe rico en detalles.

El hedor era insufrible. Un miembro del Sonderkommando le había dicho que ya habían ejecutado a las familias de los niños y que estos también morirían pronto. Groscurth exigió una explicación al ortskommandant, que se declaró incompetente en ese asunto y le instó a hablar con el feldkommandant, el teniente coronel Riedl. Este afirmó que la acción estaba en manos de un teniente de las SS que seguía órdenes de las más altas esferas. Según Riedl, no cabía duda de que las órdenes eran correctas y necesarias. Groscurth pidió que se anulara la instrucción hasta que se conociera la decisión del Grupo de Ejércitos Sur. El oficial del Estado Mayor del grupo de ejércitos remitió a Groscurth al Sexto Ejército. A las ocho de la tarde, Groscurth consiguió una demora del mariscal de campo Reichenau y el Feldkommandantur envió agua y pan a los niños.

A las once de la mañana del día siguiente, Groscurth, acompañado de un subordinado, se reunió con Riedl, con el capitán y oficial de contrainteligencia Luley, con el obersturmführer Häfner y con Blobel. Como resumía el informe de Groscurth, Luley declaró que él mismo era un cristiano evangélico (luterano), pero habría preferido que los clérigos se hubieran limitado a las almas de los soldados. Riedl se puso filosófico. Dijo que el «exterminio» de las mujeres y los niños judíos era una necesidad urgente. Daba igual cuál fuera la forma en que se decidiera hacerlo. La división había demorado la eliminación de los pequeños absurdamente durante veinticuatro horas. Blobel estuvo de acuerdo y explicó que Reichenau comprendía la necesidad de actuar, sugiriendo que fueran los mismos soldados que habían fisgoneado donde no debían quienes apretaran el gatillo.

La mayoría era aplastante. El oficial de inteligencia ya había informado a Groscurth que Blobel había descrito fielmente la actitud de Reichenau. Groscurth dio marcha atrás el clero tenía que asumir una iniciativa inapropiada por parte de la milicia ucraniana. En cuanto a la división, solo había intervenido por la forma en que se había llevado a término la acción. En la conclusión de su informe, Groscurth no se cortó a la hora de expresar su postura y afirmó que se estaban tomando medidas contra mujeres y niños que no distaban en absoluto «de las atrocidades del enemigo». Añadió que el teniente coronel Riedl parecía haber instigado toda la acción. El feldkommandant había declarado en repetidas ocasiones que había que exterminar a los animales judíos y que, una vez fusilados los adultos, se tenía que eliminar sin dilación a los niños, sobre todo a los más pequeños.

El mariscal de campo Von Reichenau tenía la última palabra y el 28 de agosto de 1941 culpó a la división de haber «interrumpido» la acción y, en particular, rechazó el argumento de que la medida fuera comparable a las atrocidades del enemigo. Esas afirmaciones erróneas no tenían lugar en un informe que pasara por tantas manos. El informe en sí mismo, dijo, ya no se tendría que haber elaborado.

Así pues, los niños fueron fusilados. No lo hizo el personal alemán del Sonderkommando, sino una milicia ucraniana del ejército. Los ucranianos, dijo el obersturmführer Häfner después de la guerra, habían temblado. También Häfner pasó un calvario, pues una niña pequeña le había asido de la mano antes de ser asesinada.20

El Sonderkommando de Blobel fue venciendo poco a poco las barreras mentales. Cuando Blobel llegó a Kiev al mes siguiente, asesinó a más de treinta y tres mil judíos de la ciudad. Pero para cada culpable siempre hubo una primera vez, y no tuvo por qué ser un momento durante la fase inicial de la solución final. En octubre de 1941 le llegó la hora al mayor Franz Lechthaler, un agente de policía de cincuenta y un años.21

Lechthaler no tenía un expediente sobresaliente y el 11.º Batallón de la Policía de Reserva que comandaba no era precisamente una fuerza de élite de la policía. Pero había razones para su modesto éxito. Antes de la Primera Guerra Mundial, en la que había servido como sargento, Lechthaler iba a ser pintor de casas. Cuando Alemania firmó la derrota en 1918, él estaba apostado en Kiev, donde se le eligió para presidir un consejo de soldados recién formado de su regimiento. Los consejos eran una institución semirrevolucionaria creada siguiendo el modelo de los sóviets rusos. Allí, Lechthaler se opuso a las palabras de un oficial que animaba a «perseverar». Cuando el Tratado de Versalles redujo drásticamente el tamaño del ejército alemán, Lechthaler puso fin a su etapa como combatiente. En 1920 se unió a la policía alemana y llegó al grado de capitán en 1932. Receloso de Hitler, al que llamaba desdeñosamente «austriaco», les dijo a sus hombres que esperaba que votaran a Hindenburg, y no a Hitler, en las elecciones presidenciales de aquel año. Con esos antecedentes, es normal que su progresión en el régimen nazi fuera lenta. Fue el último de su clase en convertirse en mayor y su solicitud de afiliación al Partido Nazi se bloqueó durante varios años.

Cuando las fuerzas alemanas echaron al Ejército Rojo del Báltico en verano de 1941, Lechthaler y su batallón quedaron apostados en la capital lituana de Kaunas. Solo contaba con tres compañías, una de las cuales estaba destacada en el gueto. A principios de octubre, le ordenaron avanzar inmediatamente con su batallón hasta la capital bielorrusa de Minsk, para lo cual se llevó las dos compañías no asignadas al gueto y las tres de la policía auxiliar lituana.

En Minsk, la recién formada 707.ª División de Infantería era responsable de la seguridad militar en un área que comprendía la región occidental de la R. S. S. de Bielorrusia ocupada, incluidos los territorios que habían pertenecido a Polonia antes de la guerra. La división estaba a las órdenes del barón y general de brigada Gustav von Mauchenheim genannt Bechtolsheim, un oficial de cincuenta y dos años, hijo de un general de brigada y recientemente ascendido. La división de Bechtolsheim no estaba llamada a lograr grandes hazañas en el campo de batalla. Solo tenía dos regimientos formados por veinticuatro compañías de infantería y algunas tropas de apoyo.22 Los soldados eran algo mayores y su equipamiento tampoco era de primera calidad. Bechtolsheim también disponía de cierto apoyo bielorruso: un Servicio del Orden que ejercía funciones de policía y guardias auxiliares para varias instalaciones.

En septiembre los partisanos ya estaban activos en el área que ocupaba la división. El 2 de octubre Bechtolsheim informó que judíos armados habían incendiado una fábrica de alquitrán y dijo que tenía que transferir su Servicio del Orden al mando de las SS y de la Policía en Bielorrusia occidental.23 Dos días más tarde, su propia compañía de inteligencia y reconocimiento, la Policía Militar Secreta, arrestó y ejecutó a dieciséis judíos que habían hecho descarrilar un tren de combustible.24

En ese punto, con sus fuerzas totalmente esparcidas por Bielorrusia, Bechtolsheim pidió refuerzos. El tribunal que juzgó a Lechthaler después de la guerra dedujo que el superior directo de Bechtolsheim en el territorio de Riga, el teniente general Walter Braemer, que tenía buenas relaciones con las SS, había pedido ayuda al máximo responsable de las SS y de la Policía, y que el batallón de Lechthaler era la unidad que se había enviado para ello.

Después de la guerra, Lechthaler tuvo que deponer ante las autoridades judiciales alemanas. Dijo que, mientras avanzaba hacia el cuartel general de la división en Minsk, se le dio la bienvenida con un ahorcamiento público de dos hombres muy jóvenes y una mujer que, como rehenes, estaban pagando con su vida un intento de asesinato contra el propio Bechtolsheim. El oficial de operaciones, el teniente coronel Fritz-Wedig von der Osten, tenía un mapa en el que había pegadas pequeñas banderas rojas. Cada una representaba un ataque de los partisanos. Lechthaler tuvo que hacer dos redadas contra ellos. Una vez finalizadas esas misiones, recuerda haberse reunido de nuevo con el mismo oficial de operaciones. Pero esa vez le dijeron que masacrara a los judíos del pueblo de Smolevichi, justo al sur de la carretera entre Minsk y Borísov. El oficial de operaciones explicó que judíos y partisanos estaban compinchados y que no habría paz hasta que se hubiera eliminado a los primeros. Cuando Lechthaler rebatió que, ciertamente, no podía realizar esa operación solo porque hubiera sospechas, el oficial de operaciones se mostró inflexible. Lechthaler asegura que entonces fue a buscar a Bechtolsheim, quien le dijo que el batallón policial estaba subordinado a la división y que, por tanto, Lechthaler tenía que cumplir las órdenes que le daban a esta.25

Las órdenes que redactó el oficial de operaciones de la 707.ª División y que llevan la firma manuscrita de Bechtolsheim revelan una política nítidamente articulada. La orden del 10 de octubre mandaba fusilar in situ a los gitanos que se hallaran durante una patrulla. La orden del 16 de octubre reiteraba las instrucciones previas: había que abatir en el acto a los soldados soviéticos, incluso si estaban desarmados al ser capturados, y a los prisioneros de guerra fugados. En la orden del día 16, Bechtolsheim especificaba que había que sacar de los poblados a todos los judíos sin excepción. Creía que eran los únicos refugios donde los partisanos podían aspirar a sobrevivir durante el invierno. Por tanto, decía, la aniquilación de los judíos debía llevarse a cabo de manera implacable. En la zona del 727.º Regimiento, que abarcaba la parte occidental del territorio de la división, la misión contra los judíos tenía que recaer en primera instancia en las compañías lituanas.26

Las órdenes también describían algunas de las actividades del batallón policial y sus auxiliares lituanos. El 8 de octubre, en la zona de Uzliany-Rudensk, la Policía Militar Secreta y la unidad de Lechthaler abatieron a 641 personas: un integrante del Ejército Rojo, un politruk (un comisario político del Ejército Rojo), nueve partisanos y seiscientos treinta sospechosos, entre ellos comunistas y judíos.27 A lo largo de los tres días siguientes, esas mismas fuerzas, a las que se sumaron ingenieros de la división, acabaron con ochocientos partisanos, comunistas, «piltrafas» y judíos en Rudensk. El 13 y 14 de octubre, el batallón policial estuvo en Kliniki, donde asesinó a 1.341 comunistas, partisanos y judíos.28

En el juicio, Lechthaler no mencionó Uzliany, Rudensk ni Kliniki, pero sí relató lo que había pasado en Smolevichi. Allí, dijo, había procurado que solo los lituanos se encargaran de las ejecuciones. Instaron al líder del poblado (starosta) a convocar a los judíos, pero solo se presentaron los «necios». No acudió ningún anciano ni niño.

Pero Smolevichi no fue el fin. El 26 de octubre, Lechthaler dijo que volvía a estar en el cuartel general de la división. Aquel día, el oficial de operaciones recalcó que no habría calma hasta que se hubiera eliminado a todos los judíos, así que ordenó a Lechthaler avanzar hacia Slutsk. Refiriéndose otra vez al mapa, dijo que la división no estaba consiguiendo contener la amenaza partisana y señaló todos los sitios donde habían matado o mutilado a soldados alemanes. Cuando Lechthaler se opuso diciendo que no podía permitir que policías alemanes participaran en esas ejecuciones, el oficial de operaciones sugirió que se encargaran los lituanos. Lechthaler dice que volvió a departir con Bechtolsheim, pero que en aquella ocasión el general no quiso escuchar. Un día más tarde, Lechthaler fue a Slutsk, pero no se quedó hasta el final de los disparos. Uno de los comandantes de su compañía, Willy Papenkort, sí se quedó.

La masacre de Slutsk se cobró la vida de hombres judíos y sus familias. Su brutalidad y sus consecuencias sobre la mano de obra judía fueron tales que el gebietskommissar civil local, Heinrich Carl, un viejo hombre del partido, escribió una apasionada carta de protesta al generalkommissar en Minsk. Según uno de los policías, Papenkort había comentado que los lituanos eran ruines.

Lechthaler quería abandonar la operación por la angustia que sentía, pero sus remordimientos no fueron tan intensos como para obligarlo a rebelarse. Llevó a cabo la misión, dejando tras de sí un reguero de llamas y cadáveres, e incluso niños. Más tarde fue ascendido y tomó las riendas de un regimiento policial.29

CAPÍTULO VI
MÉDICOS Y ABOGADOS

La maquinaria de la destrucción tuvo representantes de todos los oficios y profesiones. Muchos de esos hombres aportaron su pericia en alguna fase de la operación, como una parte más de su labor diaria. Algunos contables, por ejemplo, trabajaron en contratos suscritos gracias a la coacción a la que se sometió a propietarios judíos para vender sus bienes. No tuvieron ni siquiera que sopesar la moralidad de esas transacciones. Ingenieros, arquitectos y constructores erigieron campos y cámaras de gas sin sufrir ni un ápice por la naturaleza de esos proyectos. Los contables siempre podían convencerse a sí mismos de que una adquisición es una adquisición; y los constructores podían decirse que un edificio es un edificio. Pero en algunas profesiones la participación en el proceso de destrucción no fue tan simple. ¿El envenenamiento o el asesinato directo o indirecto son compatibles con el cometido médico básico de reducir el dolor y prolongar la vida? Un médico no podía eludir este dilema... Tenía que reconciliar estos objetivos contradictorios convenciéndose de que seguía ejerciendo la medicina en su nuevo papel. Robert Lifton llamó a esta transformación «asesinato medicalizado».1 De igual modo, un abogado tenía que afrontar constantemente una cuestión crítica: cómo armonizar las medidas autoritarias contra los judíos con el derecho. De hecho, esta conciliación fue su misión principal en la obra antisemita. Pero los abogados, bien así como los médicos, terminaron por rematar sendas piruetas mentales.

Desde los albores del régimen nazi, los miembros del estamento médico y jurídico tuvieron que presenciar la expulsión de sus colegas judíos. En 1933 había muchos judíos trabajando en esos sectores y todos los indicios apuntan a que su expulsión, que empezó casi de inmediato, contó con el apoyo férreo de los círculos médicos y jurídicos alemanes.

En términos de afiliación al partido, los médicos alemanes estaban mucho más nazificados que los representantes de otras profesiones. La idea prevalente de que había un exceso de médicos allanó el camino a la expulsión de los judíos, aunque fuera por fases, desde 1933 hasta 1938.2 Los abogados judíos también eran vulnerables, y a algunos les prohibieron ejercer ya en 1933.3 Los amnistiados fueron los que ya estaban en activo el 1 de agosto de 1914 o los que habían luchado en el frente durante la guerra. Su permanencia fastidió a los demás juristas, que exigían su expulsión.4 En 1938 los médicos y letrados judíos solo podían atender a pacientes y clientes judíos. Sus títulos también habían perdido caché: los médicos judíos pasaron a llamarse «cuidadores de enfermos»; y los abogados, «asesores jurídicos». Se había abierto la veda para las siguientes medidas.

La destrucción «medicalizada» fue, en esencia, una destrucción de la medicina. Solo unos pocos médicos, como Max Thomas, cerraron las puertas de su consulta para enfundarse un uniforme de las SS y convertirse en estrictos asesinos. Fueron más los que se involucraron en actividades como la clasificación «racial», la esterilización, la eutanasia, los experimentos médicos, el triaje para las cámaras de gas y ejecuciones y la guetización. Según el programa, había víctimas judías y gentiles, y también alemanas. El genetista alemán de la posguerra Bruno Müller-Hill señala que, en principio, se iba a dividir el trabajo: los antropólogos tratarían con los judíos, gitanos, eslavos o negros, y los psiquiatras se encargarían de los alemanes diagnosticados con esquizofrenia, epilepsia, deficiencias o psicopatías. Pero los médicos se situaron enseguida en primera línea de todas estas campañas. El psiquiatra y psicólogo Robert Ritter recabó información sobre veinte mil gitanos y llegó a la conclusión de que el 90 % de ellos eran fruto de la unión entre gitanos y alemanes «asociales». Si no estaban casadas con alemanes de sangre pura, estas víctimas gitanas se subían a los trenes rumbo a los campos de exterminio. Un médico, el barón Otmar von Verschuer, tomó las riendas del instituto antropológico, sucediendo al anciano decano de los antropólogos nazis Eugen Fischer, y se puso a investigar sobre la raza. También trató de determinar si había que atribuir el estatus de ario o de no ario a personas cuyos antecedentes no eran concluyentes en lo que a su linaje se refería.5 Sus veredictos debían casar estrictamente con los postulados nazis acerca de la raza, ya que estaba en juego su carrera, o incluso su vida.6

Las esterilizaciones forzadas germinaron en buena parte de Europa y Estados Unidos. El programa alemán se puso en práctica principalmente antes de que estallara la guerra y afectó casi a cuatrocientas mil personas, la mayoría de las cuales se catalogaron como deficientes, esquizofrénicas, epilépticas o alcohólicas. Los dictámenes recaían en tribunales encargados de determinar la concurrencia de enfermedades hereditarias. Las esterilizaciones en sí precisaban de ginecólogos y otros especialistas en medicina, además de psicólogos y empresas de equipamiento médico.7 Una vez consumado el programa, se abrió otra posibilidad: había quienes soñaban con extinguir los pueblos eslavos en la Europa ocupada por medio de las esterilizaciones en masa. Con este fin se esterilizó a miles de mujeres y hombres judíos en Auschwitz, acometiendo experimentos médicos que buscaban un método eficaz para realizar el procedimiento con presteza y sin que las víctimas lo supieran.8

El proyecto de la eutanasia se implementó al principio de la guerra y se cobró la vida de unas cien mil personas. La mayoría fueron alemanas, pero también hubo algunos judíos, polacos y otros eslavos de más al este. El criterio fundamental para la mayor parte de esos asesinatos era la incurabilidad. Aunque Hitler, que firmó la orden, no especificó que se refería a las enfermedades mentales, pensaba en los pacientes incurables de los hospitales psiquiátricos. Los pacientes con una afección mental ocupaban un porcentaje desproporcionado —tal vez la mitad— de todas las plazas en hospitales, clínicas y manicomios. Había que descongestionar la sanidad. Después del análisis psiquiátrico, entre el inicio del programa y su conclusión el 1 de septiembre de 1941 se «desinfectó» a 70.273 pacientes adolescentes y adultos. Otros 258.108 permanecieron bajo tutela de los hospitales alemanes. A diez años vista, el ahorro sería de 885.439.800 marcos imperiales.9 Pero el factor económico no fue el único que se tuvo en cuenta. Desde el principio, se pensó que, si los hombres y mujeres enfermos pudieran entender lo miserables e inservibles que eran sus vidas, no querrían vivir. Sin embargo, la eutanasia como favor solo se aplicaba a los alemanes; los judíos, polacos o rusos de cualquier institución psiquiátrica no eran elegidos. Fuera cual fuera su condición, a estos últimos se les asesinaba y punto.

El programa de la eutanasia también fue el precursor administrativo de los gaseamientos en la red de campos de Bełżec, Sobibor y Treblinka, campos donde se ejecutó a un millón y medio de judíos con monóxido de carbono. Precisamente, el gas fue administrado por una dotación de personal alemán sacado de los centros de eutanasia donde se había asesinado a los pacientes mentales alemanes incurables. El primer comandante de Treblinka, Irmfried Eberl, había trabajado como médico en el programa de eutanasia.

En los campos de concentración se realizaron un sinnúmero de experimentos médicos. Era el entorno ideal para esas actividades. Por norma, los presos no tenían derecho a la salud ni a la vida. Si eran judíos, su vida en el campo solo se prolongaba para exprimir su fuerza de trabajo. Con todo, a veces los médicos que solicitaban seres humanos para sus experimentos especificaban que querían «criminales» judíos o personas condenadas a muerte, a fin de protegerse de algún modo de los escrúpulos morales. Los experimentos en sí podían ser farmacológicos, para probar alguna sustancia, o quirúrgicos, para mejorar las técnicas, pero algunos procedimientos se diseñaban con vistas a las futuras esterilizaciones en cadena. Robert Jay Lifton investigó sobre la vida y las vivencias de algunos de los médicos que ejercieron en Auschwitz y descubrió diferentes tipos de personas. Carl Clauberg era un déspota de metro y medio de altura con varios antecedentes de violencia contra las mujeres. Su deseo era perfeccionar las esterilizaciones con inyecciones. Como ginecólogo, antes de la guerra Clauberg había hecho aportaciones notables al tratamiento de la infertilidad y en Auschwitz tuvo infinitas oportunidades de seguir investigando, si bien en la dirección contraria. No obstante, sus investigaciones en el campo no culminaron en ningún avance. Tras la guerra fue capturado por los soviéticos y devuelto a Alemania, aparentemente sin dar señales de arrepentimiento. Murió en una cárcel alemana en 1957. Horst Schumann fue un veterano del proyecto de la eutanasia que también indagó en las técnicas de esterilización. Su método consistía en someter a los pacientes a rayos X y extirparles quirúrgicamente los órganos reproductivos para comprobar los daños. Schumann no fue totalmente indiferente a lo que había hecho; después de la guerra estuvo años ejerciendo desinteresadamente la medicina en Jartum (Sudán) y Acra (Ghana). Lifton lo describe como una especie de buen samaritano, al menos en ese periodo posterior de su vida. El joven ginecólogo Eduard Wirths fue el médico jefe del campo de Auschwitz. Hizo experimentos para estudiar las condiciones precancerosas del cuello uterino, utilizando reclusas sanas para su investigación. Wirths se granjeó una reputación de afabilidad con los presos médicos y otros reclusos de su confianza. Pero también era quien organizaba el triaje en el andén, donde se clasificaba a los judíos que llegaban mediante un examen rápido. O bien se les apartaba para utilizarlos como mano de obra, o bien se les mandaba a las cámaras de gas. Para Wirths, dice Lifton, «la conciencia dio paso a la diligencia». Lo atraparon después de la guerra y se suicidó enseguida.10

En Auschwitz, la selección corría a cargo de varios médicos. Parece que cada uno se adaptó a esta tarea a su manera. Un superviviente explicó a Lifton que, así como Josef Mengele dividía las columnas de víctimas recién llegadas al andén con «movimientos gráciles y rápidos», otro (Franz Lucas) lo hacía con una reticencia patente, con cuidado y lentitud.11 Pero al fin y al cabo, estaban todos allí.

Auschwitz estuvo bajo la lupa de todo el mundo tras la guerra, pero no fue el único campo en la Europa nazi donde los médicos decidieron qué personas debían morir. En noviembre de 1941 la Policía de Seguridad de la URSS ocupada notificó que el médico de un campo de prisioneros de guerra en Borýspil había enviado al Sonderkommando 4a sesenta y seis prisioneros judíos para su ejecución.12 En el informe se mencionaba el incidente de forma tan natural como debió de ser el acto de aquel médico sin nombre.

El papel que desempeñaron los médicos alemanes en el proceso de guetización de Polonia fue menos directo que en el caso de las esterilizaciones, la eutanasia, los experimentos o los triajes, pero en las ciudades polacas su rol tuvo consecuencias gravísimas. Christopher Browning ha demostrado hasta qué punto la formación de los guetos, sobre todo en Varsovia, se proyectó como una medida sanitaria para proteger no tanto a la población polaca, sino más bien a la burocracia y al ejército alemán que estaban allí apostados.13 El peligro oficialmente era el tifus, una enfermedad transmitida por los piojos y asociada a los judíos.

La vinculación del tifus con los judíos no era nueva. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando Varsovia estuvo ocupada por Alemania, los alemanes detectaron un auge excepcional del tifus entre la población judía de la urbe. En 1918, el Gobierno alemán ya había prohibido la circulación de trabajadores judíos del territorio oriental ocupado hacia el Reich.14 Mucho después, en 1973, el epidemiólogo Wilhelm Hagen, que había ejercido como médico en Varsovia durante el gobierno alemán de la ciudad en la Segunda Guerra Mundial, recuperó las estadísticas de 1917-1918 y señaló la acentuada diferencia en la incidencia de la tuberculosis y el tifus entre polacos y judíos. Los judíos, dijo, habían adquirido una resistencia mucho mayor a la tuberculosis gracias a la «rigurosa» selección en los guetos medievales, pero era evidente que eran más propensos a contraer el tifus.15

Obviamente, los guetos eran parte del proyecto general de las SS para los judíos polacos. Se idearon en 1939 como medida provisional de concentración a la espera de una solución permanente. Pero para los médicos alemanes, los guetos eran esencialmente lazaretos. En la ciudad de Varsovia, en otoño de 1939 ya se creó una «zona recluida para infectados». El área era un mero barrio judío donde también vivían polacos. Los residentes podían entrar y salir, pero el personal alemán, sobre todo el militar, no debía entrar.16 El gueto amurallado de Varsovia, creado un año más tarde, fue en cierto sentido una materialización final de la idea de la cuarentena.

El tifus no se propagó por todos los guetos. Si en Łódź y Radom su aparición fue relativamente testimonial, en Varsovia alcanzó proporciones epidémicas en 1941. El doctor Hagen, de ideología socialdemócrata, hizo lo que pudo por ayudar. Se sumó a las reclamaciones judías para que aumentaran las raciones de comida, una petición que reiteró de forma infructuosa el propio gobernador Fischer, y en una ocasión, cuando los alemanes encargados de los planes urbanísticos propusieron cerrar la mitad sur del gueto (que tenía forma de T), Hagen tildó el proyecto de «despropósito».17 Luego libró un pulso con el encargado de Población y Bienestar del Gobierno General, Lothar Weirauch, sospechando que había planeado el asesinato de numerosos polacos del distrito de Lublin.18 Pero Hagen también fue un alemán de su tiempo. Nunca abandonó la tesis de que los polacos eran más propensos a padecer tuberculosis y los judíos, tifus. El 7 de julio de 1941 propuso a Fischer la siguiente medida de desinfección, entre otras varias:

A cualquier persona que salga del barrio judío debe imponérsele un castigo físico y, si cuenta con medios para abonarla, una multa considerable. Los judíos que se queden sin hogar deben ser ejecutados.19

Precisamente, el 15 de octubre de 1941 el Gobierno General aprobó un decreto en el que se preveía la pena de muerte para los judíos atrapados fuera del gueto.20 En 1973 Hagen defendió su propuesta de fusilar a los judíos como una concesión inevitable que carecía de significado real, pues los que huían ya estaban siendo ejecutados antes del decreto. Después de la guerra, continuó su carrera como presidente de la Oficina Federal de Salud. Su antagonista, Lothar Weirauch, también recibió su premio y se puso al frente del Ministerio Federal para Asuntos Intraalemanes.

Los médicos ejercieron en diferentes organismos, y los programas en los que participaron contribuyeron de forma crucial en el proceso de destrucción, pero los abogados también eran incontables y su influencia, omnipresente. La necesidad de justificaciones jurídicas era constante. A finales de 1938, el número dos nazi, Hermann Göring, sugirió en pleno debate que los viajantes alemanes siempre tenían que poder echar a patadas a los pasajeros judíos de un vagón abarrotado. El ministro de Propaganda, Josef Goebbels, contestó: «Yo no diría eso. No lo creo. Tiene que haber una ley».21

El mecanismo original para engastar el proceso de destrucción en un marco legal fue la ley o el decreto. Es decir, un organismo público empezaba esbozando una medida coordinándose con los demás órganos competentes y luego se publicaba la norma en el boletín oficial. Siempre que el organismo principal actuara dentro de sus funciones, no había tope en lo que podía hacer. En resumen, el Gobierno no tenía límites. Pero muchas veces los decretos se redactaban sin una idea clara de sus múltiples aplicaciones. Fue entonces cuando empezaron a nacer interpretaciones ingeniosas.

Un ejemplo de un dilema imprevisto fue la deportación de los judíos de las ciudades alemanas al gueto de Łódź, ubicado en un territorio polaco anexionado. Según el Undécimo Reglamento de la Ley de Ciudadanía del Reich, los judíos que «abandonaban» el país entregaban sus bienes al Reich, pero como Łódź estaba dentro del Reich, esos judíos no habían abandonado el país. El staatssekretär del Ministerio del Interior, Wilhelm Stuckart, se dio cuenta de que el Undécimo Reglamento no se podía utilizar en esa situación, aunque había una salida. A fin de cuentas, la idea general era que los judíos eran «enemigos del Reich», aunque esos deportados no fueran miembros de un Estado enemigo. Por tanto, el Reich podía confiscar sus posesiones en virtud de otra ley que previera la disposición de los bienes enemigos.22

Podemos hallar un perfecto ejemplo de cómo se amplió el sentido de una ley a partir de una serie de fallos judiciales que interpretaron la llamada Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes, una norma que prohibía a los alemanes casarse y mantener relaciones extramatrimoniales con judíos. Los tribunales decretaron que no había que consumar el coito para activar el curso penal de la ley. Bastaba con el placer sexual de una de las partes en presencia de la otra. Tocarse, o incluso mirarse, podía ser suficiente. El razonamiento en estos casos era que la ley no abarcaba solo la sangre, sino también el honor, y un ciudadano alemán, sobre todo una mujer, perdía su honor si un judío se le insinuaba o la explotaba sexualmente de cualquier forma. Cuando un checo del Protectorado de Bohemia y Moravia fue acusado, se tumbó su alegato de que en realidad no era alemán, pues Checoslovaquia había dejado de existir y el estatus de Bohemia y Moravia como protectorado lo convertía en «protegido» del Reich, comparable a un ciudadano alemán. Cuando un acusado judío alegó que no sabía que su pareja era alemana y que, por tanto, no había pretendido infringir la ley, el tribunal subrayó que un judío que fuera a tener relaciones con una mujer alemana no podía contentarse con lo que ella dijera. Debía esmerarse por conseguir pruebas documentales fehacientes de que la mujer tenía sangre judía.23

Esta interpretación extensiva de la ley también se aplicaba a la hora de romper todo tipo de obligaciones contractuales. Por ejemplo, se podía despedir a un empleado por razón de incapacidad solo por ser judío. Podía echarse a cualquier inquilino de una casa porque el alquiler era un instrumento para una comunidad de arrendatarios a la que un judío no podía pertenecer. Y así iba todo, caso a caso.24

Si una norma no preveía la resolución de un problema, siempre se podía recurrir al principio de analogía. Por ejemplo, se podía privar a cualquier estudiante judío de una beca estatal igual que se podía expulsar a un funcionario judío de la administración pública.25 Del mismo modo, tras la publicación del decreto que señalaba la pena de muerte para los judíos que huían de los guetos, surgió la duda de si se podía aplicar este castigo a los que escaparan de las brigadas de trabajo fuera de los guetos. El capitán del distrito de Tomaszów, Karl Wilhelm Glehn, propuso que, en esos casos, la ruta hacia el lugar de trabajo y el propio lugar de trabajo se definieran como gueto.26

Como último recurso, la ley podía emplearse como tapadera. Poco a poco, los títulos de los decretos fueron perdiendo su vinculación con el contenido de las disposiciones. Como señala el historiador alemán Uwe Adam, existía la tendencia de publicar decretos supuestamente para dar curso a leyes contra los judíos, pero esos decretos no aplicaban ninguna ley.27 Así, los decretos que ponían en práctica la Ley de Ciudadanía del Reich no solo definían conceptos como «judío» o «empresa judía», sino que versaban sobre cuestiones como el despido de abogados, el reconocimiento de una organización a la que tenían que pertenecer todos los judíos y la confiscación de bienes de personas emigradas o deportadas.

En relación con las confiscaciones, era común el término «fideicomiso». Los fideicomisarios no conservaban los bienes para los judíos o sus beneficiarios; simplemente tramitaban la cesión de los bienes o activos a las arcas del Reich. Había una Oficina Fideicomisaria del Este en los territorios anexionados de Polonia, una oficina en el Gobierno General y oficinas en las zonas controladas por el Ministerio para los Territorios Ocupados del Este. Pero ninguna de ellas actuaba como un fideicomisario de verdad. Otro mantra en el proceso de confiscación era la expresión «patrimonio judío». Se usaba para hacer referencia a la eliminación o trámite de los efectos personales de los judíos asesinados en Bielorrusia.28

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