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RAÚL GARCÍA-DURÁNCAMINANTESHacia una sociedad ético-ecológica

© del texto: Raúl García-Durán, 2020.

© de esta edición: RBA Libros S.A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2020.

REF.: ODBO694

ISBN: 978-84-9187-639-7

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DEDICATORIA

Este libro está dedicado a todos aquellos caminantes que han luchado, luchan y lucharán por la fraternidad y la libertad y la igualdad. Porque pretende ser una ayuda en el camino, ayuda necesaria porque, como dice Machado:

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

A lo que añadía Unamuno:

Y no quiero elegirlo, sino hacérmelo por la intricada selva, por lo intransitable; camino al infinito, lo inaccesible.

El análisis se remonta a muy antiguo, hasta la prehistoria, porque de esta podemos extraer indicaciones de hacia dónde dirigirnos, pero está orientado básicamente hacia el futuro, el sentido del caminar es ir a alguna parte, aunque esta sea inaccesible o nos perdamos varias veces. Asimismo, siempre habrá que andar, no hay punto final, meta, aunque sí objetivo.

Pretende, por tanto, ser un libro brújula, o más bien alimento, pan y vino para el camino.

Agradezco a José A. García-Durán, economista, y a Dolors Gubau, profesora, que me hicieron ricos comentarios; a Pascual, ayudante en el estilo, y a Emilio Montserrat, médico, sin cuyo apoyo el libro no hubiera sido posible; los cuatro son caminantes hacia ese tipo de sociedad y sus aportaciones han ayudado y enriquecido el manuscrito.

INTRODUCCIÓN

La motivación de este libro es ser una pequeña gota de agua que, junto a muchas otras, acabará agujereando la piedra que nos oprime, de forma que, a través de ese agujero, podamos avanzar hacia una sociedad en la que las personas podamos ser fraternas, libres e iguales.

Se trata de un libro de historia, pero no de historia clásica, sino crítica, no fanática, no de consuelo, no negativa ni falsa, que ha de tener en cuenta las diferentes circunstancias, que no predice el futuro, lo sueña o intenta mejorarlo. Hay una historia negativa desde el neolítico, pero también conductas solidarias, lo que es falso es la idea de progreso lineal, espero dejarlo claro en el libro.

No puede ser que la historia solo tenga una función negativa, opresora y degradadora en la existencia humana. Casi como si fuera una iluminación se me apareció la importancia decisiva de la ambigüedad no solo en relación con la historia, sino en relación con todo en lo que incide en el pensamiento, el sentimiento y el comportamiento del mismo ser humano. La historia no es, no puede ser como una reiteración afirmativa, simplemente el lugar, la geografía, donde se materializa el mal. Tampoco puede ser, como de una manera u otra proponen, por una parte, los partidarios cristianos de la historia salutis y, por otra, las corrientes de inspiración marxista, tan numerosas, simplemente el bien.1

Con ambigüedad, pero:

No hemos de aprender historia para intentar predecir o cambiar el presente y futuro a costa de saber qué pasó en el pasado; no sirve, es falso, son siempre circunstancias y entornos diferentes. Hemos de saber historia. No para predecir el futuro, sino para liberarnos del pasado e imaginarnos destinos alternativos.2

Viva la imaginación y la creación a partir de ella:

Desconfía de la historia. Suéñala, recházala.3

Y vivan los sueños si sabemos despertar.

Si hay una lección determinante de la historia mundial de los últimos tres siglos es que el progreso humano no es lineal, y que estaríamos equivocados en suponer que todo será siempre mejor.4

Pero sí que hemos de intentar que sea mejor, si no, no lo será.

Para entender este libro hemos de considerar lo siguiente:

Cada observación se resiente de los rasgos personales del observador, es decir, que harto a menudo refleja más su estado psicológico que el de la realidad sometida a observación; sugiero, pues, que lo que digo sea tratado con la debida dosis de escepticismo, si no de total incredulidad. Lo único que el observador puede alegar, a guisa de justificación, es que también él posee una medida métrica de realidad, inferior en amplitud quizás, pero que nada cede en calidad al sujeto sometido a escrutinio.5

Todos observamos la realidad de forma subjetiva porque somos sujetos, no objetos, de forma que el fanatismo oscurece la visión. No escribo para el lector fanático, sino para el que pretende iluminar, que es lo que yo pretendo.

Además,

[l]as ideas falsas suelen ofrecer un consuelo frágil y falso. En la vida es importante antes que ninguna otra cosa perfeccionar el entendimiento o razón. En esto consiste la felicidad más alta; de hecho, la bienaventuranza no es nada más que la satisfacción del espíritu que surge del conocimiento intuitivo de Dios.6

Viva la razón, pero también el sentimiento.

Y para acabar:

Si mi libro ayuda a alguien, todo habrsupá tenido sentido.7

PRIMERA PARTE

PASADO

1
LA HISTORIA

Resulta que cada hombre se encuentra formando parte de su circunstancia con el sistema de creencias, la concepción o interpretación del mundo vigente a la sazón en aquella sociedad. Dejándose penetrar de ella o combatiéndola y oponiéndole otra original, el hombre no tiene más remedio que contar con las creencias de su tiempo, y esta dimensión de su circunstancia es lo que hace del hombre un ente esencialmente histórico, o, dicho de otra forma, el hombre no es nunca un primer hombre, sino siempre un sucesor, un heredero, un hijo del pasado humano. Le toca siempre vivir en un instante determinado de un proceso anterior a él, se ve obligado a entrar en escena en un preciso momento del amplísimo drama humano que llamamos «historia» [...]. Yo soy yo y mi circunstancia.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET,

Historia como sistema

CRÍTICA A LA IDEA DE PROGRESO

La historia no tiene fin, por más que les pese a los partidarios del Consenso de Washington, porque no tiene finalidad (Lefebvre, 1970). No tiene un objetivo que cumplir. Es un devenir, un proceso, no un progreso. Infinito si consideramos el universo, aún en expansión, y que puede serlo también (al menos con una existencia tan duradera como lo sea la del sol que nos alimenta) en cuanto al devenir humano, aunque solo si somos capaces de lograr un desarrollo sustentable. La historia no es una línea, o, si la queremos dibujar como tal, será una línea quebrada, con marchas adelante y atrás, avances y retrocesos, consecuencia de la evolución natural y de la acción (muchas veces contradictoria y en conflicto) de los agentes históricos.

La idea de progreso es una idea tramposa porque mezcla tres conceptos diferentes: a) la defensa, desde la Ilustración, de la racionalidad económica capitalista, disfrazada de única razón posible, lo cual significa la imposición del desarrollo de la cultura occidental a todo el mundo y el sometimiento humano a la economía; b) su reducción al progreso científico-técnico, que lleva a afirmar barbaridades, como el que todo avance científico-técnico debe ser hecho aunque sea moralmente negativo, sometimiento también a la técnica; c) la continua aspiración a la realización de la libertad humana (individual y social). Solo en este tercer sentido me considero «progresista». La historia, insisto, funciona a base de avances y retrocesos y un mismo hecho histórico tiene aspectos positivos y negativos. Un ejemplo basta: nadie puede negar los inmensos avances que significó el descubrimiento de la escritura y luego de la imprenta, pero al mismo tiempo la primera se convirtió en factor de dominación burocrático (los que sabían escribir), mientras que la segunda convirtió el analfabetismo en marginación social.

Las contemporáneas teorías del caos reafirman claramente la crítica a la idea de progreso y de linealidad. En gran parte porque la historia la hacemos los individuos, de comportamiento libre, aunque no independiente, condicionado natural y socialmente.

La historia es pasado, de él venimos y él nos ha hecho; presente, que es también cambio, construcción del futuro (de hecho, el presente desaparece rápido), y futuro, que unos y otros hacemos en el presente. La historia no está predeterminada, depende de lo que hagamos individual y colectivamente, es cambio, aunque no progreso lineal. Sí que existe, sin embargo, una historia potencial, aquella por la que actuamos los diferentes agentes históricos.

LOS AGENTES HISTÓRICOS

¿Cuáles son estas fuerzas, agentes históricos, que hacen la historia? En primer lugar, insisto, los individuos humanos, individuos que somos al mismo tiempo individuales y sociales, condicionados por la sociedad en que vivimos.

¿Cuál es la circunstancia de que nos habla Ortega? Los restantes agentes históricos en los que está inserto el individuo. Principalmente, por su mayor efecto histórico, las clases: la historia es la historia de la lucha de clases tal como ha mostrado el materialismo histórico, aunque muchas veces deformando y dogmatizando esta idea. En otras ocasiones me he ocupado del tema, de forma que a ellas me remito (García-Durán, 1975, 2000 y 2009). La base para no caer en su deformación es la distinción clases «en sí» y clases «para sí». Las clases no son un concepto meramente económico ni un conjunto de individuos, sino:

Las clases son determinados intereses históricos objetivos enfrentados entre sí, fruto de las relaciones de producción (clases en sí), las cuales se concretan (o no) en fuerzas sociales activas (clases para sí) a través de la lucha de clases, cuyo resultado forma las relaciones de producción, formación social, de la cual las clases son resultado (estructura de clases) y agente (lucha de clases). (García-Durán, 1975).

Pero los individuos no se agrupan solo en clases, sino también en clanes que luego (a través de las culturas) formarán tribus y pueblos, pueblos que crean civilizaciones (y civilizaciones que crean pueblos) a través de distintas generaciones. Definamos estos conceptos:

Cultura es un conjunto integral constituido por los utensilios y bienes de los consumidores, por el cuerpo de normas que rigen los diversos grupos sociales, por las ideas y artesanías, ciencias y costumbres. (Malinowski, 1970).

Es un amplio aparato material, humano y espiritual de base biológica que crea las instituciones con las que satisfacer las necesidades.

Dinámica es:

Un conjunto dado de valores puede explicar por qué una cultura funciona, posiblemente sin apenas cambios, durante mucho tiempo; pero ninguna cultura se mantiene en un equilibrio permanente [...]. Las contingencias características de una cultura pueden no ser adecuadamente transmitidas, de tal modo que la tendencia a ser reforzadas por un conjunto dado de valores no se mantenga. El margen de seguridad al producirse emergencias puede, por consiguiente, aumentar o disminuir. En resumen, la cultura puede vigorizarse o debilitarse [...]. Una cultura es un conjunto de prácticas. Pero este conjunto es susceptible de mezclarse con otros conjuntos de prácticas de otras culturas. (Skinner, 1973).

Dando lugar a pueblos:

Y lo mismo el espíritu de un pueblo. Su actividad consiste en hacerse un mundo real, que existe también en el espacio. Su religión, su culto, sus costumbres, sus usos, su arte, su constitución, sus leyes políticas, el orbe entero de sus instituciones, sus acontecimientos y actos, todo esto es su obra, todo esto es ese pueblo. (Hegel, 1985).

A través de generaciones:

1933 parece un tiempo único, pero en 1933 vive un muchacho, un hombre maduro y un anciano [...]. Todos somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo y atmósfera —en el mismo mundo—, pero contribuimos a formarlo de forma diferente. Solo se coincide con los coetáneos. Los contemporáneos no son coetáneos [...]. Pero ese mundo cambia con cada generación porque la anterior ha hecho algo en el mundo, lo ha dejado más o menos distinto de cómo lo encontró. (Ortega, ob. cit.).

Todo ello dentro, y sometido a, la generosidad de la naturaleza, aunque actuemos como si estuviéramos por encima de ella. Destruyéndola a través de un desarrollo económico que pretendemos infinito, pero que entra en contradicción con las leyes de la termodinámica que gobiernan el comportamiento de la materia y la energía. Primera ley: la materia y la energía no pueden destruirse ni crearse, simplemente se transforman, de modo que la utilización de recursos significa, además de producción de bienes, creación de residuos. Degradándose, como nos explica la segunda ley. Con su uso, la materia y la energía crean entropía, desorden o falta de disponibilidad.

HACIA UNA VISIÓN ¿CUATRIPARTITA? DE LA HISTORIA

Resumamos: la historia de la humanidad se desarrolla, en el marco de la generosidad de la naturaleza, a partir de la acción de los individuos, convertida en fuerza social desde los clanes, los pueblos y las civilizaciones, con diversas generaciones y dando lugar a una compleja estructura de clases en conflicto que configuran una formación social que dará lugar a diferentes modos de explotación o formas de producción y apropiación del excedente (o parte de la riqueza que no se consume, sino que se destina a crear más riqueza). Se cuentan tres modos a lo largo de la historia, aunque quizás estemos empezando un cuarto...

Si hemos comprendido bien el concepto de clase, llegaremos a la formación de la historia a partir de la base material en que descansa la sociedad, que no es, aunque lo confundamos, lo mismo que base económica; por paradójico que parezca, incluye también los aspectos espirituales, ya que se refiere a la vida real:

Según la concepción materialista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto; por consiguiente, si alguien lo tergiversa transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda. (Engels, 1969).

Hasta hoy ha habido tres bases materiales de organización de la sociedad: una base material biológica que se concreta en los lazos de parentesco, una base material territorial que se concreta en el Estado y una base material económica que se concreta en el capital. De hecho, tres modos de explotación (o formas de apropiación del excedente). Bases materiales separadas, creadas, por las dos grandes revoluciones que han existido en la historia, cambio de la base material de organización de la sociedad: la neolítica y la burguesa.

a) Primero, mientras subsiste la comunidad, no hay división social del trabajo ni Estado, no hay clases sociales, la sociedad está regida (como en cualquier otra especie) por la base biológica, por los lazos de sangre, por las leyes de parentesco, con una organización comunista que es lo que hace precisamente que el comunismo patriarcal sea el modo de explotación de los recursos que más se mantenga a lo largo de la historia: más del 90 % de la historia de la humanidad. Su viabilidad y permanencia también se explican por ser un modelo facilitado por una población numéricamente reducida. El trabajo es colectivo, igual que la apropiación del excedente, aunque no es una realidad totalmente igualitaria, transformándose las claras diferencias biológicas, principalmente el sexo (por su distinto papel en la reproducción, tan importante como la producción), en importantes diferencias sociales que justifican el nombre de patriarcal. Hasta la primera gran revolución, la neolítica...

b) Revolución que culmina en la aparición del Estado como gestor del territorio, en la creación de una base política, base de formación y poder de una clase dominante aristocrática que se va a apropiar, gracias a su poder político, de parte de la riqueza social, del excedente, a partir de un tributo a la clase dominante. Es el modo de explotación tributario, que se desarrolla bajo muy diferentes formaciones sociales (asiática, antigua y feudal). De la confluencia de la Antigüedad (Grecia y Roma) —ya excepcional en el sentido de no habitual— con la también excepcional superación de la comunidad a través de la formación social germánica (véase más adelante), surge la apropiación privada feudal que dará lugar al actual capitalismo. La mayoría de la humanidad sigue la formación social asiática (autoridad central a la que pagan tributo las diferentes comunidades conquistadas), salvo Europa, «accidente histórico» a partir de la creación de la formación social antigua en Grecia, seguida por Roma, que luego se impondrá, sin embargo, como modelo «universal» basado en la propiedad privada. No existe un modelo único de historia a seguir (la occidental), y hasta que se produce la conquista colonial de ninguna manera este modelo era universal. La colonización impidió a las otras culturas seguir su propia evolución (¿hacia dónde se habrían dirigido?). Es el principal robo de la colonización, más importante aún que el de las materias primas.

c) El accidente histórico europeo empieza a generalizarse a partir de la segunda gran revolución, la burguesa, con su creación —el capitalismo— también excepcional, que significará la aparición, ahora sí, de la base económica, la organización de la sociedad a partir de la racionalidad económica, de la máxima rentabilidad privada, único lazo de unión ya entre los hombres, convertidos en individuos aislados, sin comunidad.

En los próximos capítulos de esta parte veremos con más detalle cada una de estas fases de la historia para poder comprender la posibilidad o no de una cuarta base material y sus características.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

ENGELS, F., «Carta a Bloch» en Escritos, Barcelona, Edicions 62, 1969.

GARCÍA-DURÁN, R., El concepto de clase social, Barcelona, Avance, 1975.

—, Mercancías, androides o personas, Madrid, Tecnos, 2000.

—, De porque históricamente otro mundo mejor es posible, Madrid, Iepala, 2009.

HEGEL, G. W. F., Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, Alianza, 2004.

LEFEBVRE, H., La fin de l’histoire, París, Minuit, 1970.

MALINOWSKI, B., Una teoría científica de la cultura, Barcelona, Edhasa, 1970.

ORTEGA Y GASSET, J., Historia como sistema, Madrid, Espasa-Calpe, 1971.

SKINNER, B. F., Más allá de la libertad y la dignidad, Barcelona, Fontanella, 1973.

2
LA COMUNIDAD CONTRA LA ECONOMÍA Y EL ESTADO

A nuestros ojos, un individuo, por complejo que sea, tiene por carácter primordial y esencial el de ser uno. Si no lo fuera, ya no sería un individuo, sería un compuesto de diversos. Pero, en el primitivo, el sentimiento vivo interno de su persona no va acompañado de un concepto riguroso de la individualidad. Y no solamente las fronteras de esta permanecen vagas e imprecisas, ya que las pertenencias del individuo son él, puesto que su doble, su imagen, su reflejo son también él; aún hay más: la churinga del australiano, el kra del ewe, el ntoro del aixanti, el homónimo de los baila, etc., sin confundirse enteramente con el individuo, tampoco se distinguen de él. Si falta este elemento que fundamenta la individualidad, al mismo tiempo que la une a los antepasados de los que proviene, esta no podría existir. El individuo solo es el mismo a condición de ser igualmente otro que él mismo. Bajo este nuevo aspecto, lejos de ser uno, como nosotros lo concebimos, es también uno y diversos al mismo tiempo. Es, pues, por decirlo así, un verdadero «lugar de participaciones» [...]. El ser viviente verdadero es el grupo: los individuos solo existen por él.

LUCIEN LÉVY-BRUHL,

El alma primitiva

LA COMUNIDAD

El hombre nace en comunidad. Es, ya de origen, a la vez social e individual, lo cual es importante porque en la prehistoria se forma el fondo básico de nuestro ser, que no puede ser erradicado, se forma la historia positiva de la humanidad, los momentos «progresistas» (en el sentido aceptado) de esa historia, la que nos puede llevar al mejor mundo posible por el que algunos luchamos y al que quiere contribuir este libro.

De todo ello sabemos poco, pero sí algo. Sabemos que lo básico es el componente social. Podría multiplicar los ejemplos, me conformaré con una sola visión global:

Los hombres primitivos, hasta tal punto identifican su vida con la vida de la tribu, que cada uno de sus actos, por más insignificante que sea en sí mismo, se considera un asunto de toda la tribu. Toda su conducta está regulada por una serie completa de reglas verbales de decoro, que son fruto de su experiencia general, con respecto a lo que debe considerarse bueno y malo; es decir, beneficioso o pernicioso para su propia tribu. Naturalmente, los razonamientos en que están basadas estas reglas de decencia suelen ser, a veces, absurdos en extremo. Muchos de ellos tienen su principio en las supersticiones [...]. El derecho común del salvaje es su religión; es el carácter mismo de su vida. La idea del clan está siempre presente en su mente; y por eso las autolimitaciones y el sacrificio en interés del clan es el fenómeno más cotidiano. Si el salvaje ha infringido algunas de las reglas menores establecidas por su tribu, las mujeres lo persiguen con sus burlas. Si la infracción tiene carácter más serio, lo atormenta entonces, día y noche, el miedo de haber atraído la desgracia sobre toda su tribu, hasta que la tribu lo absuelve de su culpa. Si el salvaje accidentalmente ha herido a alguien de su propio clan, y de tal modo ha cometido el mayor de los delitos, se convierte en hombre totalmente desdichado: huye al bosque y está dispuesto a terminar consigo si la tribu no lo absuelve de la culpa, provocándole algún dolor físico o vertiendo cierta cantidad de su propia sangre. Dentro de la tribu todo es distribuido en común; cada trozo de alimento se reparte entre los presentes. (Kropotkin, 1989).

No hemos de caer en el mito del «buen salvaje»,8 pero, dentro de la múltiple diversidad de las tribus, hemos de recordar (y aprender de) las virtudes de la comunidad.

CONTRA LA ECONOMÍA Y EL ESTADO

Principalmente hemos de aprender la no separación entre los distintos componentes de la actividad social, la economía, la política y la ideología. De hecho, las comunidades existentes los tienen unidos, como explica Clastres (1978), contra el dominio de la economía y contra el Estado:

¿Qué hace en una sociedad primitiva que la economía no sea política? Como vemos, se debe a que la economía no funciona allí de modo autónomo. Se podría decir que en este sentido las sociedades primitivas son sociedades sin economía por rechazo de la economía [...]. No hay pues un rey en la tribu, sino un jefe que no es un jefe de Estado. ¿Qué significa eso? Simplemente que el jefe no dispone de ninguna autoridad, de ningún poder de coerción, de ningún medio de dar una orden. El jefe no es un comandante, la gente de la tribu no tiene ningún deber de obediencia. El espacio del liderazgo no es el lugar del poder, y la figura (muy mal llamada) del «jefe» salvaje no prefigura en nada a la de un futuro déspota [...]. ¿En qué estima la tribu que un hombre es digno de ser jefe? Solo en su competencia técnica, al fin de cuentas: dones oratorios, pericia como cazador, capacidad de coordinar las actividades guerreras, ofensivas y defensivas. Y de ninguna manera deja la sociedad al jefe pasar más allá de ese límite técnico, nunca deja convertirse una superioridad técnica en autoridad política. El jefe está al servicio de la sociedad, es la sociedad misma (verdadero lugar del poder) quien ejerce como tal su autoridad sobre el jefe [...]. Lo que nos muestran los salvajes es el esfuerzo permanente para impedir a los jefes ser jefes, es el rechazo a la unificación, es el trabajo de conjuración del Uno, del Estado. La historia de los pueblos que tienen una historia es, se dice, la historia de la lucha de clases. La historia de los pueblos sin historia es, diremos por lo menos con igual grado de verdad, la historia de su lucha contra el Estado.

Aunque no todo es positivo. He iniciado ya el tema usando la expresión comunismo patriarcal en vez de la habitual de comunismo primitivo.

Es comunismo porque no existe división social del trabajo (solo sexual); el trabajo es colectivo y lo es también la apropiación de este trabajo, incluido el excedente. De hecho, se cumplen en él las tres condiciones que Marx (1968) exigía al Partido Socialdemócrata alemán como características a construir con el socialismo: no escasez, «politecnismo» (que cada cual pueda hacer cualquier trabajo) y trabajo voluntario.

Pero es patriarcal: la antropología (Meillasoux, 1977) y el movimiento feminista han demostrado que son comunitarias, pero no igualitarias. Su base material, que es biológica y se rige por las relaciones de parentesco y la necesidad básica de supervivencia, exige no solo producción sino también reproducción, no teniendo, evidentemente, en esta todos los individuos el mismo papel, lo cual convierte a la mujer en edad de reproducir en el bien más apreciado, en un bien material de hecho. Participa, como todos, en el reparto de los bienes producidos (recogidos o cazados), pero al mismo tiempo es ella misma una mercancía con la que la jerarquía de parentesco (principalmente los ancianos) negocia con los otros. Los jóvenes están además menos considerados por su menor conocimiento, salvo los muy buenos cazadores.

Comunismo patriarcal, pues, surgiendo, ya en el origen de la especie (por razones sociales, no por naturaleza), el patriarcado. Que se mantendrá hasta hoy, en gran parte porque el matrimonio por «linajes», negociado por los padres por razones políticas o económicas, se prolongará prácticamente hasta el Renacimiento. Luego el capitalismo, en la cultura occidental, usará a la mujer como trabajadora, ama de casa y objeto sexual. El modelo anterior se mantiene, sin embargo, en gran parte, en las otras culturas.

Pese a todas sus limitaciones antropológicas, Engels (1972) llega a decir:

En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: la primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino.

Lévi-Strauss (1985) señala que la desigualdad hombremujer tiene una base objetiva, la distinta capacidad para el trabajo: el hombre sería más cultural y apto para la caza, mientras que la mujer sería más natural y apta para el trabajo doméstico. Olvida, sin embargo, que el hombre es más «cultural» porque se apropia de la «cultura» existente: las armas (caza, pero también guerra: la mujer no participa para no poner en peligro a los niños que cuida), las técnicas y las magias superiores.

DON-CONTRADÓN: LA RECIPROCIDAD

La marginación de la mujer es, pues, una constante en nuestra historia y volveremos al tema sucesivas veces; pero ahora sigamos abordando la actividad económica, que no está aislada, pero existe. ¿Cómo? A través de lo que la antropología conoce como el don-contradón y la reciprocidad. Lo que uno tiene no es suyo, es de todos, y debe obligatoriamente dárselo a todos (don), aunque sabe que a quien se lo ha dado le dará a su vez, también obligatoriamente, algo, el contradón, que la comunidad considere equivalente, aunque no a nivel económico, pues, insisto, no existe economía separada. No existe actividad comercial, ni tan siquiera trueque, y mucho menos dinero.

Polanyi (1989) muestra como el objetivo de la reciprocidad no es el crecimiento económico, sino satisfacer las necesidades no materiales, maximizar el placer de dar y recibir, minimizar los conflictos, fortalecer las relaciones sociales, garantizar la autosubsistencia (no el beneficio) y también la consideración social de cada uno de los individuos. Si alguien no cumple con la reciprocidad, será despreciado por el conjunto, pudiendo llegar a ser expulsado de la comunidad.9

Temple (1989) muestra, por otra parte, como la valoración de un hombre no se da entonces por su acopio de bienes materiales, sino por su comportamiento, su cumplimiento de las normas de la comunidad y su generosidad, lo que es importante tener en cuenta para nuestro presente y futuro.10

Para Lefort (1978), el objetivo fundamental del don es el reconocimiento de la individualidad en una comunidad en que predomina el componente social. Se da el don para demostrar la propia valía personal, la generosidad, y no para recibir el contradón, sino para que el otro lo dé a su vez y muestre su valía. El don es la «solución que los hombres elaboran para situarse los unos en relación con los otros, establecer o restablecer su estatus haciéndolo reconocer».

El teórico más citado del tema es Mauss (1985). Así explica el don a Mauss un informante maorí:

Voy a hablaros del «hau»... El «hau» no es el viento que sopla. Nada de esto. Suponga que posee un artículo determinado (taonga) y que me da este artículo; me lo da sin fijar un precio. No hacemos pues mercado. Entonces yo doy este artículo a una tercera persona que después de un cierto tiempo decide darme algo en pago (uta), me regala alguna cosa (taonga). Entonces este taonga que me da es el espíritu (hau) del taonga que yo he recibido de usted y que le he dado a él. El taonga que yo he recibido por este taonga (venido de usted) es preciso que se lo devuelva. No sería justo por mi parte (tika) guardarme estos taongas para mí tanto si son agradables (rane) como desagradables (kino). Tengo que darlos, pues son un hau del taonga que me habéis dado. Si yo conservase este segundo taonga para mí, podría venirme algún mal, en serio, incluso la muerte. Tal es el hau, el hau de la propiedad personal, el hau de los taonga, el hau de la selva.

Mauss aclara:

Se comprende clara y lógicamente, en este sistema de ideas, que es necesario dar al otro lo que es en realidad parcela de su naturaleza y sustancia; pues, aceptar alguna cosa de alguien, es aceptar alguna cosa de su esencia espiritual, de su alma; el conservar esta cosa sería peligroso y mortal y ello no solo porque sería ilícito, sino también porque este cosa que viene de la persona, no solo moralmente, sino también física y espiritualmente, esta esencia, este alimento, estos bienes, muebles e inmuebles, estas mujeres o descendientes, estos ritos o comuniones, toman fuerza mágica y religiosa sobre nosotros. En fin, esta cosa dada, no es una cosa inerte.

Shalins (1970) señala como Mauss está excesivamente influenciado por la espiritualidad de los maoríes, pero quizás sea esta la mejor forma de explicar el concepto porque así lo veían ellos y su reciprocidad estricta se debía precisamente a cómo lo veían. De forma religiosa, porque la religión era su ética.

La aclaración de Mauss ya nos hace pensar que, aunque a nosotros nos lo parezca, el don no es un regalo.

Service (1983) nos lo aclara aún más:

Debido a la índole de nuestra economía estamos acostumbrados a creer que los seres humanos tienen «una tendencia natural al trueque y la permuta» y que las relaciones económicas entre individuos o grupos se caracterizan por el «economizar», el «aprovechar al máximo» el resultado de nuestro esfuerzo, el «vender caro y comprar barato». Los pueblos primitivos empero no hacían nada de esto, y de hecho, muchas veces parece que hicieran lo contrario. «Tiran cosas», admiran la generosidad, cuentan con la hospitalidad y castigan la tacañería por egoísta [...]. Una vez entregó a Peter Freuchen un poco de carne un cazador esquimal y él respondió agradeciéndoselo sentidamente. El cazador se manifestó deprimido y un viejo corrigió pronto a Freuchen: «No tienes que darle las gracias por tu carne; es derecho tuyo recibir una parte. En este país, nadie desea depender de los demás. Por eso, nadie da ni recibe regalos, porque con eso uno se hace dependiente».

El don no es un regalo, sino dar alguna cosa que es también del otro. Es parte indisociable de la comunidad, aún no sociedad. Comunidad que funcionaba, económicamente, a través de la reciprocidad. Reciprocidad que es, de hecho, la unión del nosotros. Que a veces es hostilidad respecto al ellos, pero también muchas veces «tratado de paz» con ellos: hay «comercio» recíproco incluso entre comunidades enemigas, que así dejan de serlo.

Demi dijo: «Lo peor es no dar regalos. Si las personas no simpatizan entre sí, pero una ofrece un regalo y la otra ha de aceptarlo, el acto hace nacer la paz entre ellas. Damos siempre unos a otros. Damos lo que tenemos. Es la forma de convivir». (Marshall, 1961).

LOS PRIMEROS JEFES Y SU TRANSFORMACIÓN

Progresivamente el don se va convirtiendo en regalo y ello es, junto con la apropiación del conocimiento, la forma de descomposición de la comunidad a lo largo de un dilatado proceso: hogar > linaje > pueblo > subtribu > tribu (Shalins, ob. cit.).

Surgirán con ello los jefes, aunque primero al servicio de la comunidad y por el consenso de esta.

Terray (1971) explica los primeros jefes como la expresión de la democracia directa, la forma de cumplir las funciones comunitarias, lograr la cohesión social y garantizar la necesaria circulación económica, sin necesidad de un poder separado, abstracto, estatal. Los jefes son elegidos y revocables, de forma que es lógico que se escoja a los mejores, a los más capacitados para cada una de las funciones. De hecho, el jefe se identifica, dada la falta de individualidad, totalmente con el poblado:

Hay un ligamen místico entre el jefe y el organismo social que está bajo él. El jefe es la tierra, es el gallo, es el toro; sin él las vacas serían estériles. Es el marido: el país, sin él, sería como una mujer sin esposo. Es el hombre del poblado. Un clan sin jefe ha perdido su razón de ser. Está muerto. El jefe es nuestro gran guerrero, es nuestro bosque donde nos escondemos. Es a él a quien pedimos leyes. El jefe es un ser mágico. Posee medicinas especiales con las que se unta o traga, de manera que su cuerpo es tabú. (Junod, 1962).

Pero luego el jefe aprovecha su potencia transformándola en poder. Potencia es la capacidad de hacer y poder es la reducción de la potencia a uno mismo, a que solo la tengan algunos. A través del mismo regalo y también de la apropiación del conocimiento (Mafessoli, 1982).

Godelier (1998) da una explicación religiosa a cómo el mismo don suprime al don a través de la representación de los dioses, con los que siempre se está en deuda en el contradón, y los dioses están representados por aquellos que controlan los «objetos sagrados», los jefes y brujos. Balandier (1969) explica que quien aspira a ser jefe empieza a hacer «regalos» (don) a determinados parientes y allegados pidiéndoles a cambio, como contradón, no otros bienes, sino amistad y, por tanto, apoyo en sus aspiraciones, formándose así una «clientela» que le confirmará como «gran hombre» y después como jefe, constituyéndose entonces la «clientela» en burocracia política pagada con el excedente del que ya se ha apropiado el jefe-Estado.

Surge así el potlacth, que es, de hecho, un proceso hacia las clases que parte de la solidaridad comunitaria: el rico da al pobre cuando este lo necesita, aunque sepa que no va a recibir lo mismo a cambio. Es la influencia occidental, tras la conquista, lo que convierte el potlatch (fiesta con regalos) en competencia entre los ricos para ver quién es más generoso.

Se introduce la avidez en vez de la generosidad, y para ello se aprovecha la apropiación del conocimiento:

Todo el mundo conoce remedios, y cuando menos en ciertas tribus todo el mundo sabe más o menos hacer magia, pero los especialistas son más sabios y más expertos y tienen fórmulas solo conocidas por ellos. Por otra parte, estos especialistas no viven solo de su arte. Tienen que cazar y pescar. Es por esto por lo que se les denomina «especialistas rudimentarios». De cualquier modo, su ideal estriba en escapar al trabajo manual y convertirse en especialistas completos. Por esto se ven impulsados a ejercer la brujería y a explotar a los demás por el temor. Teniendo el poder de curar, se atribuyen el de comunicar enfermedades, es decir, el de matar. Se ven por esto llevados a establecer pujas para monopolizar los medios de aniquilar los maleficios de la gente común y de descubrir a los criminales [...] por medios ocultos. Esto les permite, en caso de fracaso, acusar a alguien y vivir del chantaje. (Decamps en AA. VV., 1978).

Malinowski (1977) dirá, refiriéndose a los trobiandeses, que «el jefe superior es el que posee magias más poderosas». Y Balandier (ob. cit.) afirma sobre los dopuan que el «jefe “en germen” se define por su posición en el linaje, su fuerte personalidad, su dominio de los ritos y la magia y por su excelencia en el dominio de las técnicas del embrujamiento [...] La magia es, como la guerra privada (feud) y la “guerra exterior”, uno de los principales reveladores de la dinámica social y política de las sociedades de linaje». En lengua esquimal, o inuit, el jefe será el Isomatag, «el que piensa», «el que sabe lo que es mejor».

Aparecerán así la institucionalización y sucesión dinástica de los jefes y, con ello, la burocracia, las clases:

Cuando una forma de poder personal consigue finalmente establecerse e institucionalizarse, con el tiempo aparecerán diversos cargos subsidiarios que formarán una jerarquía. Esta jerarquía de cargos era hereditaria en términos de sucesión en todas las sociedades de jefatura, y así surgieron los estratos sociales permanentes. (Service, ob. cit.).

Vendrá entonces la revolución neolítica...

BIBLIOGRAFÍA CITADA

AA. VV., Primeras sociedades de clase y modo de producción asiático, Madrid, Akal, 1978.

BALANDIER, G., Antropología política, Barcelona, Península, 1969.

CLASTRES, J. P., La sociedad contra el Estado, Venezuela, Monte Ávila, 1978.

ENGELS, F., El origen de la familia, la propiedad y el Estado, Madrid, Ayuso, 1972.

FRAZER, J. G., La rama dorada, México, FCE, 1989.

GODELIER, M., El enigma del don, Barcelona, Paidós, 1998.

JUNOD, H. A., The life of a South-African tribe, Nueva York, University Books Inc., 1962.

KROPOTKIN, P., El apoyo mutuo, Madrid, Madre Tierra, 1989.

LEFORT, C., Les formes de l’histoire, París, Gallimard, 1978.

LÉVI-STRAUSS, C., Las estructuras fundamentales del parentesco, Barcelona, Planeta-DeAgostini, 1985.

LÉVY-BRUHL, L., El alma primitiva, Barcelona, Península, 2003.

MAFFESOLI, M., La violencia totalitaria, Barcelona, Herder, 1982.

MALINOWSKI, B., El cultivo de la tierra y los ritos agrícolas en las islas Trobriand, Barcelona, Labor, 1977.

MARX, K., Crítica al programa de Ghota, Madrid, R. Aguilera, 1968.

MAUSS, M., Essai sur le don, en Sociologie et anthropologie, París, PUF, 1985.

MEILLASSOUX, C., Mujeres, graneros y capitales, México, Siglo XXI, 1977.

POLANYI, K., La gran transformación, Madrid, La Piqueta, 1989.

RADCLIFFE-BROWN, A. R., The Aderman Islanders, Nueva York, The Free Press, 1948.

SERVICE, E. R., Los cazadores, Barcelona, Labor, 1973.

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TEMPLE, D., Estructura comunitaria y reciprocidad, La Paz-Bolivia, Hisbol, 1989.

TERRAY, E., El marxismo ante las sociedades primitivas, Buenos Aires, Losada, 1971.

3
LA REVOLUCIÓN NEOLÍTICA Y LOS GRANDES IMPERIOS

A un modo de subsistencia en simbiosis con la naturaleza le sucede un sistema de relaciones sociales determinadas por la apropiación de un territorio, el cultivo de la tierra y el intercambio de productos o mercancías [...]. Es la historia de la separación entre el individuo y la sociedad, entre el individuo y él mismo.

RAOUL VANEIGEM,

Aviso a los vivos sobre la muerte

que traen los gobiernos y la oportunidad

de deshacerse de ella

EL ESTADO Y EL TRABAJO OBLIGATORIO

Bien usado aquí el término revolución, ya que es, como ya he adelantado, el cambio de la base material de la sociedad, que pasa de base biológica a base territorial, de los lazos de parentesco a la gestión del territorio por el Estado. De múltiples formas, pero a través fundamentalmente del descubrimiento de la agricultura, que implica el paso del nomadismo al asentamiento en un territorio que configura las ciudades-Estado. Principalmente en la zona de los grandes ríos (la primera civilización es Mesopotamia, que significa en griego «entre ríos»), siendo su control y canalización la primera gran tarea del Estado. Se trata de un proceso de 7.000 años, entre el 10.000 a. C. y el 3.000 a. C., cuando se da ya por asentada la «civilización»: las revoluciones no son cosa de un día.

Childe (1950) nos proporciona una lista de las principales características de la sociedad superadora de la comunidad: centros urbanos; una clase dominante formada por sacerdotes, funcionarios superiores y líderes civiles y militares (una clase de especialistas a plena dedicación: artesanos, comerciantes, funcionarios); un «excedente social» producido por los campesinos y del que se apropia el gobierno (edificios públicos monumentales que permiten y simbolizan esa apropiación del excedente); escritura y otros conocimientos rudimentarios también apropiados; y, finalmente, creación del Estado. Solo le falta la aparición de la esclavitud.

Mann (1991) nos detalla con bastante rigor el proceso en Mesopotamia. El comunismo patriarcal da lugar, con la agricultura, a diversas ciudades-Estado ya jerarquizadas; en primer lugar, entre la misma ciudad y su periferia, y, en segundo lugar, entre grupos sociales diferenciados y jerarquizados a partir del distinto poder de los clanes. Ciudades dominadas, por tanto, por una oligarquía y con los siguientes grupos: oligarquía, personas libres, trabajadores dependientes y esclavos. Hacia el año 3.000 a. C. se impone, sin embargo, el imperio, dominado por ciudades situadas en el curso alto de los ríos, por la religión y por la conquista militar.11 Esta última fue básica en el período revolucionario y también bajo el imperio, que no es de ninguna manera estático, sino con claras oscilaciones, luchas dinásticas, revueltas, etc. La dinámica militar será básica además en el proceso tecnológico...

Un buen resumen de lo sucedido lo encontramos en Munford (1962):

Pero en el punto en que la historia, en forma de dato escrito, se hace visible, esa economía centrada en la vida, una auténtica politécnica, se vio retada y en parte desplazada en una serie de radicales innovaciones técnicas y sociales. Hace unos 5.000 años, hizo su aparición una monotécnica dedicada al incremento del poder y la riqueza mediante la sistemática organización de actividades de tarea cotidiana en una pauta rígida mecánica. En este momento surgió una nueva concepción de la naturaleza del hombre y con ella un nuevo énfasis en la explotación de las energías físicas, cósmicas y humanas, aparte de los procesos de crecimiento y reproducción. [...]

La principal señal de este cambio fue la construcción de las primeras máquinas complicadas y poderosas, y a continuación el comienzo de un nuevo régimen, aceptado por todas las sociedades civilizadas posteriores —aunque a regañadientes por las culturas más arcaicas— en el que el trabajo individual especializado, segregado de las demás actividades biológicas y sociales, no solo ocupaba el día entero, sino que, además, absorbía crecientemente la vida entera [...]. Con el montaje de las primeras máquinas colectivas, el trabajo, debido a su disociación sistemática respecto al resto de la vida, convirtiose en una maldición, en una carga, en un sacrificio y en una forma de castigo, y por reacción este nuevo régimen pronto suscitó sueños compensadores de opulencia sin esfuerzo, no solo emancipados de la esclavitud sino del propio trabajo.

La máquina a que me refiero nunca ha sido descubierta en las excavaciones arqueológicas por una razón muy sencilla: estaba compuesta, casi por completo, de partes humanas. Estas partes están reunidas en organización jerárquica bajo el mando de un monarca absoluto cuyas órdenes, apoyadas por una coalición de los sacerdotes, la nobleza armada y la burocracia, aseguraban una obediencia automática por parte de todos los componentes de la máquina.

Es la división social del trabajo, la «megamáquina» la llamará Munford (léase también su extraordinario texto de 1969). Con la megamáquina surgen la aristocracia como clase dominante y el excedente que permite ese dominio.

En definitiva, la revolución neolítica significa:

a) Las primeras personas que dejan de trabajar.12

b) El inicio de la historia negativa de sometimiento a la economía, dirigida por quienes no trabajan.13

c) Las guerras: con el excedente hay algo físico de que apropiarse, sin una moneda común con que comerciar. La lógica interna de una sociedad basada en el territorio y en el aumento del excedente para no trabajar es precisamente la expansión territorial, el quitar territorio al otro. Se aprovecha para ello el instinto violento que ha creado la caza.

En todas partes el proceso es similar y a la vez distinto, puesto que surgieron diferentes tipos de aristocracia:

– Los brujos y sacerdotes que, a través de su apropiación del conocimiento, son los encargados de aprovechar el miedo a lo desconocido como medio de dominación (represión y legitimación). Con la «civilización» surge la religión como poder.

– La aristocracia armada encargada de la represión y la conquista de territorio, de la guerra.

– La burocracia política de apoyo al jefe (Estado).

A partir en gran parte de la escritura, que no es un progreso general como el lenguaje, sino que:

Se trataba de una cuestión técnica en la que intervenía la posición de un especialista, el escriba. No difundió la alfabetización, ni siquiera al estrato dominante como un todo. De hecho, el carácter cada vez más abstracto de la escritura puede haber hecho que fuera menos inteligible para cualquiera que no fuera un escriba [...] En toda esta evolución, aproximadamente desde el 3.500 hasta el 2.000 a. C., la inmensa mayoría de las más de 100.000 inscripciones supervivientes son listas de bienes. [...] Las listas registran relaciones de producción y de redistribución, y derechos y obligaciones sociales, especialmente en torno a la propiedad. Las listas más complicadas también registran los valores de intercambio de los diferentes bienes. Al no haber monedas, esos bienes coexistían con metales preciosos como medios generalmente reconocidos de valor. Los almacenes parecen haber ocupado el centro de la organización sumeria del poder. Quizás los dioses fueran fundamentalmente los custodios de los almacenes. (Mann, ob. cit.).

En sus inicios, la escritura recoge casi únicamente listas de bienes que solo entendían los escribanos, de aquí su poder.

Es el paso a la segunda fase de la historia de la humanidad, que podemos resumir con el concepto, ya citado, de modo de explotación tributario de Amin (1973). Dado el papel central que juega el poder político, el Estado, como representación de la comunidad, es él quien domina fundamentalmente la producción y apropiación del excedente mediante la conquista y los tributos que obliga a pagar a los conquistados. Incluso en el feudalismo, cuando la influencia de las tribus «bárbaras» sin Estado sobre la sociedad estatal romana en descomposición lleva a un poder político descentralizado, «privado», el señor feudal, de forma que el tributo es entregado a este por sus siervos (prólogo de Hobsbawm a Marx, 1979). Resulta muy recomendable leer este excelente prólogo, que describe las tres formas distintas de descomposición de la comunidad primitiva:

– La mayoritaria, la formación de los grandes imperios, que Godelier (1977) teorizará siguiendo la expresión de Marx modo de producción asiático, pero profundizando mucho más en ella.

– La gran excepción mediterránea, que da lugar en Grecia y Roma al modo de producción antiguo, que combina el control de la economía por el Estado con el desarrollo de la propiedad privada (Finley, 1975).

– El modo de producción germánico, sin Estado, aunque ya con agricultura, pero sin saber regenerar el suelo, de forma que, cuando este se agota, se deben invadir nuevas tierras, para lo cual se elige a un jefe guerrero temporal.14

Es del largo contacto entre Roma y los germanos de donde surgirá el feudalismo, germen del capitalismo...

LOS GRANDES IMPERIOS

Iniciaré el epígrafe con dos leyendas, habida cuenta de que las leyendas son también una fuente de información histórica:

La primera la cuentan los indios de Chiapas (México) y se refiere a lo que tenía que hacer alguien que aspirara a ser jefe cuando este puesto estaba vacante. Encendían una buena hoguera que hiciera buena brasa, y el aspirante a jefe tenía que bajarse los pantalones, sentarse sobre las brasas y permanecer allí, sin levantarse, mientras el resto de los miembros de la tribu le planteaban preguntas sobre lo que pensaba hacer si se convertía en jefe. Solo al acabarse las preguntas podía levantarse.

La segunda es también de México, de la época de la conquista española. Se narra que Hernán Cortés, tras conquistar una gran extensión de terreno sin librar ni una sola batalla, no encontró ni un solo gramo de oro, su objetivo principal. En cambio, sí que consiguió apresar al jefe azteca, quien, una vez en prisión, al darse cuenta del interés real de los españoles, pregunta a Cortés si le dejaría libre a cambio de llenar de oro la habitación en la que estaba recluido. Cortés dice que sí y le permite enviar a un mensajero para que pida a los indígenas que envíen todo el oro de que dispongan. ¡Y ellos lo hacen! Sin embargo, cuando el jefe azteca se da cuenta de que Cortés no cumplirá su promesa, vuelve a enviar al mensajero para que diga a sus súbditos que se entierren con todas sus posesiones. ¡Y también lo hacen! Así, pese a que Cortés avanza, lo hace sin encontrar ni a un solo enemigo ni la riqueza buscada.

Las dos leyendas son significativas en cuanto al origen, significado y evolución del poder de los jefes. En primer lugar, se trata de una entrega total al clan, a la tribu, hasta el sacrificio. En segundo lugar, como el poder logrado es encarnación, representación, del conjunto de la colectividad y, por tanto, sagrado, todos están dispuestos a entregarle sus riquezas e incluso su propia vida. Porque la entregan a la colectividad y, por tanto, a sí mismos. Evidentemente, este poder podrá luego (tras el neolítico, los aztecas eran ya un gran imperio) ser aprovechado para sí por los jefes (máxime cuando con la aparición de la monogamia el poder se hace hereditario) y en contra de las otras tribus cuando se van ampliando los imperios. Lo muestran los mismos aztecas, particularmente crueles con los pueblos conquistados.

Con la aparición del Estado, los hombres comunes que intentaban utilizar la generosidad de la naturaleza tuvieron que conseguir el permiso de otro y pagarlo con impuestos, tributos o trabajo extra. Fueron despojados de las armas y de las técnicas de la guerra y la agresión organizada y estas fueron entregadas a soldados-especialistas y policías controlados por burócratas militares, religiosos y civiles. Por primera vez aparecieron sobre la tierra reyes, dictadores, sumos sacerdotes, emperadores, primeros ministros, presidentes, gobernadores, alcaldes, generales, almirantes, jefes de policía, jueces, abogados y carceleros, junto con mazmorras, cárceles, penitenciarías y campos de concentración. Bajo la tutela del Estado, los seres humanos aprendieron por primera vez a hacer reverencias, a humillarse, a saludar humildemente. La aparición del Estado significó, en muchos sentidos, el descenso del mundo de la libertad a la esclavitud. (Harris, 1987).

Marx, como ya he dicho, habla, a partir del estudio de China, de modo de producción asiático y lo define como «esclavitud generalizada»: todos los súbditos son, de hecho, esclavos de la autoridad, pero porque lo son de lo que queda de comunidad. Se mantienen las comunidades, pero sometidas a una autoridad central, bien un clan que consolida su jefatura por herencia (los lazos de parentesco se mantienen largo tiempo), bien una determinada tribu por conquista, etc.; la dinámica es variada.

Perduran también los conflictos, las guerras, ya sea entre clanes o entre tribus, pero se trata de una formación social muy estable porque aúna dos características: a) la posibilidad de crecimiento económico, pues la autoridad central reúne el excedente y lo utiliza en gran parte para el bien de toda la comunidad —un ejemplo de ello sería la canalización del Nilo en el Egipcio faraónico—, y b) el escaso conflicto social derivado del mantenimiento de las comunidades, por lo que la población (salvo los esclavos de otras tribus) acepta totalmente la autoridad central porque es la representación de la comunidad, es en parte ella misma. De aquí que esta sea la tónica general de desarrollo de la humanidad en casi todas partes (Godelier, 1971). Sin duda, la aristocracia también dedica gran parte del excedente a mantener su poder, como muestra, de nuevo, el Egipto faraónico y la construcción de las pirámides como tumba de los faraones porque estos van a encontrarse con sus padres, los dioses: el poder ya no es solo representación de la comunidad, sino también mito de superioridad sobrenatural que justifica la entrega del excedente.

A nivel de sistema económico, de la reciprocidad se pasa a la redistribución: la autoridad central decide la producción, recoge la riqueza producida por todos y luego la redistribuye en función de las necesidades: las propias, las colectivas y las de cada individuo, posiblemente por este orden. Es el Estado, convertido en imperio, quien decide, aunque en nombre de todos, qué, cómo y para quién se produce. Por esto también se le ha llamado economía de palacio.

El sometimiento de la mujer continúa claramente pese a los cambios en la división del trabajo (surgió el trabajo obligatorio). No varió su utilización para la política matrimonial. Este sometimiento, malos tratos incluidos, fue una buena escuela de obediencia y acatamiento de la autoridad. La mujer trabaja, pero se mantiene su especialización en el ámbito doméstico:

Así pues, a medida que se desarrolla el intercambio y aparecen nuevas divisiones de trabajo y la especialización de individuos en torno a estas actividades económicas, se degrada el lugar que ocupa la mujer en la «producción social». Las nuevas divisiones del trabajo que se instauran se apoyan en la inicial del trabajo por sexos, para especializar poco a poco a la mujer en el trabajo doméstico, en ciertas labores que se convierten en trabajo doméstico. (Artois, 1982).

El primer gran imperio, la primera «civilización» se da, como ya he dicho, en Mesopotamia, el actual e invadido Irak, en el «creciente fértil», que, entre otras cosas, nos legó el primer código escrito, elaborado por el rey unificador de la zona: Hammurabi. En su inicio podemos leer cuál es el papel de la religión y de la política respecto al conocimiento, y el poder (apropiado) de la época:

Cuando el sublime Anum, rey de los Anunnaku [dioses de las fuentes, de los lugares subterráneos] y Enlil, señor de los cielos y de la tierra [...] determinaron para Marduk la divina soberanía sobre la totalidad del género humano [...], entonces Anum y Enlil me señalaron a mí, Hammurabi, príncipe piadoso, temeroso de mi dios, para proclamar el derecho en el país, para destruir al malo y al perverso, para impedir que el fuerte oprimiera al débil, para que me elevara e iluminara el país y para asegurar el bienestar de las gentes [...]. Soy el que conoce la sabiduría, el que extiende los cultivos, el que llena los silos.

Egipto mantuvo la misma concepción y despreció el conocimiento práctico, el cual, sin embargo, es capaz de crear obras como las pirámides. E igual sucedió con los imperios precolombinos en Latinoamérica.

En gran parte, como ya he esbozado, es la escritura la base de la apropiación del conocimiento, conocimiento que desarrollará la clase dominante de acuerdo con sus intereses: astronomía para el conocimiento de las lluvias, medicina a partir de los sacrificios de animales a los dioses (poder mágico-religioso), matemáticas para la contabilidad de los tributos. El conocimiento queda así dividido en saber intelectual, teórico y superior (propio de la clase dominante), y trabajo práctico (servil), aunque ello frena el propio desarrollo del conocimiento.

En el próximo capítulo veremos las formaciones sociales que más han influido en la historia posterior...

BIBLIOGRAFÍA CITADA

AMIN, S., El desarrollo desigual, Barcelona, Fontanella, 1973.

ARTOUS, A., Los orígenes de la opresión de la mujer, México, Fontamara, 1982.

CHILDE, G., «The urban revolution», Town Planing Review, n.º 21, 1950.

FINLEY, M., La economía de la antigüedad, México, FCE, 1975.

GODELIER, M., Esquema de la evolución de las sociedades, Madrid, Castellote, 1971.

HARRIS, M., Caníbales y reyes, Madrid, Alianza, 1987.

MANN, M., Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, 1991.

MARX, K., Formaciones económicas precapitalistas, Madrid, Ciencia Nueva, 1967.

MUNFORD, L., en M. KRANSBURG y J. RANDAS, Tecnología y cultura, Barcelona, Gustavo Gili, 1962.

—, El mito de la máquina, Buenos Aires, Emecé, 1969.

VANEIGEM, R., Aviso a los vivos sobre la muerte que traen los gobiernos y la oportunidad de deshacerse de ella, Madrid, Tierra de Nadie, 2002.

4
LA EXCEPCIÓN MEDITERRÁNEA

El famoso y popular arte de la mecánica, dice Plutarco, fue creado primero por Eudoxo y Arquitas, contemporáneos y amigos de Platón. Estos hombres enfrentados con problemas teóricos que desafiaban su capacidad de análisis mediante el razonamiento y la geometría, recurrieron a ingeniosas construcciones mecánicas que resolvieron sus problemas de forma práctica. Platón se afligió por ello y los acusó de «destruir todo lo bueno de la geometría», que por su culpa había escapado como un esclavo fugitivo de lo incorpóreo e inteligible a lo sensible, recurriendo al uso de cuerpos materiales que exigían una manipulación práctica vulgar. De este modo, continúa Plutarco, la mecánica fue abandonada, se separó completamente de la geometría, sufrió persistente desprecio por parte de los filósofos y se rebajó al nivel del arte militar [...]. Esta pasión por la ciencia pura y el tan comentado fracaso de la misma para producir una civilización más mecanizada parecen deberse en cierta medida a la estructura de la sociedad griega. Sus esclavos eran sus máquinas [...]. Prevaleció la cómoda creencia de que la naturaleza había dividido a los hombres en dos categorías, la de pensadores y la de los trabajadores manuales, división en que se basó la sociedad. Los trabajadores fueron considerados indignos del derecho de ciudadanía por algunos autores como Aristóteles, que lo limitó a la clase dirigente y a los soldados. Para excluir a los trabajadores de tal derecho, ofrece un razonamiento sorprendente. Los trabajadores, dice, son necesarios al Estado, pero no forman parte de él, lo mismo que un campo es necesario para mantener a una vaca, pero no es parte de la vaca. En una sociedad en la que pesaban tales argumentos, la ciencia fue un privilegio de los económicamente independientes y no se pensó que tuviera una función social, sino que interesaba principalmente como disciplina para el alma individual de los escogidos por la naturaleza para ser pensadores.

BENJAMIN FARRINGTON,

Ciencia y política en el mundo antiguo

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