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RAÚL ARIEL VICTORIANO
AZUL PROFUNDO
CUENTOS


Victoriano, Raúl Ariel

Azul profundo / Raúl Ariel Victoriano. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2121-7

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Raúl Ariel Victoriano

Buenos Aires, Argentina.

http://hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com.ar/ betweenbrackets293@gmail.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A Liliana: Por la paciencia, por las lecturas, por la luz…

MORFINA

Andaba a grandes trancos para llegar rápido al almacén que don Luna tenía en la orilla del río, pero un poco antes de ver el cartel de Las Casuarinas, un sonido lo detuvo. Algo se había movido entre los manchones de pastos amarillados por la escarcha del otoño. Ahí, al costado del sendero, un pájaro grande de color gris yacía malherido.

El muchacho se agachó y con la punta del bichero separó con suavidad una de las alas. El ave, demasiado quieta, alejada del nido, no daba la impresión de hallarse dormida, sino lastimada o enferma, pero aún debería contar con un hilo de vida. Ante la presión del palo abrió apenas el pico y doblando la cabeza mostró el ojo derecho. Era un círculo blanco y opaco: el pájaro parecía ciego.

Antonio se irguió retomando su camino. «Juana, no te vayas», alcanzó a pensar, en tanto veía cómo las nubes avanzaban por encima del río, un río que lo sentía suyo, un río que más abajo, al final de la barranca, se llevaba al arroyo y tiraba con fuerza hacia la desembocadura. Del cielo, como esquirlas heladas, sintió caer de improviso las primeras gotas de lluvia y se subió el cierre de la campera. Apuró el paso, pisó los tres escalones de lapacho del almacén y, guarecido bajo el alero, empujó la puerta y entró.

El local tenía un mostrador largo. De las vigas bajas del techo colgaban todo tipo de artículos de pesca y al fondo había cinco mesas con cuatro sillas cada una, todas vacías. Con botas altas de goma, un anciano acodado en la barra le hablaba a don Luna, quien mientras lo escuchaba con desgano, repasaba los vasos con un trapo rejilla. En el ambiente pesado flotaba un suave aroma a resina, un tubo de luz hacía menos densa la penumbra y una banda de jazz sonaba en el parlante de un antiguo tocadiscos, escondido en el escaparate atestado de licores, a espaldas del dueño.

Don Luna dejó de secar las tazas apartando el repasador y, cuando el muchacho recién llegado se acercó a la barra, se movió a su encuentro.

—Hola, Antonio, ¿qué querés tomar? —dijo a modo de saludo e invitación.

—Estoy de paso, don Luna. Un poco apurado. Me voy de viaje.

—No me digas. ¿Te vas de las islas?

—Algo así.

—¿Con Juana?

—Sí…, ella ya se siente mejor —balbuceó, mintiendo.

—Bueno, a la vuelta me contás.

—Por supuesto…, ahora deme una botella de vodka.

—Qué lindo irse de viaje. Yo jamás pude conocer otro país, fijate vos. Nunca salí de acá, siempre estancado en los humedales de las islas.

Y se quedó mirando hacia afuera como si allá, detrás de los vidrios sucios de la ventana, pasara revista a las escenas de su vida entera.

Sobre el mostrador pasaron de un lado a otro el dinero y la bebida. Cruzaron alguna palabra más y se despidieron.

—Mandale saludos a Juana de mi parte —acotó don Luna, finalmente, suspirando.

Antonio hizo una seña vaga. Ubicó la botella en un lugar seguro dentro de la mochila, tomó el palo largo del bichero con la mano y con el hombro empujó la puerta.

Al salir se fijó en el cielo: la llovizna caía con pena. Después de caminar un trecho miró al costado: el pájaro, abandonado a su propias fuerzas, agonizaba. Con la punta del garfio le cambió la posición de la nuca a fin de aliviarle el trabajo de abrir y cerrar el pico. Quizás para protegerlo lo tapó con unos mechones de pastos altos y se alejó.

El agua le mojaba la frente y Antonio se cubrió la cabeza con la capucha de la campera. En el ademán de ajustar el pelo por dentro de la tela pudo ver el río, y ese río, quien con mansedumbre recibía el picoteo de la lluvia, le pareció intensamente suyo, y también de su mujer, porque sin ella se iría el paisaje, el amanecer se pondría turbio, no habría una voz dulce en la cocina estrecha ni aroma a mermelada y pan tostado, el invierno se estancaría como un sapo oscuro entre los juncos, y el bote, desorientado, boyaría a la deriva tironeado por el arroyo para alejarse del hueco triste.

No quiso seguir mirando y siguió su camino.

Antes de que él saliera a comprar la botella de vodka, Juana le había pedido: «Antonio, dame otra pastilla…, pero de las rojas…, las más fuertes».

A cada paso, las suelas de las botas se le hundían en el barro de la senda, al acercarse, poco a poco, a la cabaña ubicada doscientos metros adelante, sobre esa orilla temible, interminable, filosa e infinita.

Recitó por lo bajo…, de nuevo: «Juana, no te vayas».

Al llegar apelaría al razonamiento. Le iba a decir que no tenía sentido seguir tosiendo con ese sonido ronco en el pecho, y si no, se pondría de rodillas, en la intimidad de ese jueves gris con el objeto de recordarle la promesa de un hijo, buscando despertar su compasión hacia él, hacerla sonreír y colocar algo de color en los pómulos demacrados. Pero ahora, a escasos segundos del silencio del dormitorio, un puño golpeaba con vigor en la garganta de Antonio, la saliva le soldaba la lengua y los músculos de las mandíbulas le apretaban con nervio la dentadura.

Llegó a la cabaña por el lado de la barranca y subió por la escalera. Juana permanecía acostada, quizá soñando, o quizás aliviada ya de todos los dolores de la agonía. Si él hubiera entrado a la pieza la habría visto inmóvil, con el rostro hinchado y redondo como la luna llena. No entró y además evitó observar por la puerta abierta dirigiéndose rápidamente a la cocina.

Destapó la botella y tomó un sorbo y luego otro y después del tercero perdió la cuenta. Su mujer se iría pronto —cuarenta y ocho horas había calculado el médico—; Antonio lo sabía y deseó vagamente, por un instante, ser menos cobarde para descubrir el modo de irse con ella. Abrió las tres cajas alargadas y una por una sacó las pastillas de cada blíster. Eran chiquitas como confites y las fue tragando sin masticar. Una pastilla, un trago de vodka, una pastilla, un trago de vodka... «Juana, no te vayas», pensó, y bajó al muelle.

Descendió escalón por escalón con la paciencia de los inválidos completando los dos tramos y el amplio descanso de la escalera. No bien estuvo sobre el entablonado del modesto embarcadero se acercó al bolardo donde aguardaba amarrado el bote.

No habría sabido calcular cuánto tiempo pasó así, tomado de la baranda, cuando una turbulencia de locos comenzó el ascenso desde el estómago hasta el cerebro. El recuerdo de los colores de las pastillas giraba en el laberinto de la mente: amarillas, verdes, rojas. El corazón latía con desesperación y golpeaba los pulmones haciendo difícil meter el aire por la laringe.

Distraído en una ensoñación el bote se hamacaba en medio de la llovizna; la llovizna arreciaba al capricho de las nubes; las nubes del otoño llevaban al suicidio a los enormes pájaros de alas grises.

«Juana, no te vayas», murmuró. La frase rumiada durante el día pudo haber tenido el poder de persuasión de las palabras de un monje o un mago, pero no, algo en él había fallado al enunciarlas, empeñado en elevar el ruego interior ante la fatalidad de la muerte. Antonio miró con desolación cómo aumentaba la velocidad del agua, arrastrando amplias manchas de camalotes, y no entendió qué hacía él ahí mojándose como un idiota.

Quitó la soga de amarre dejando al bote a merced de la corriente. Y luego, solo, parado firme encima de las tablas de la plataforma, fundió los pensamientos, puestos en Juana y en el espíritu del río, armando un alboroto de recuerdos que le sacudieron el alma.

Por momentos saltaba, eufórico, y por momentos los músculos perdían tonicidad. Los brazos rotaban flojos colgados desde los hombros y en un instante de alucinación fantaseó: los tarascones del cáncer habían detenido la locura de las células exánimes de su mujer. Imaginó el rostro sin vida sonriendo con alivio sobre la almohada. Sintió la gratificación en ese pensamiento de consuelo y eso le bastó para notarse pleno.

Se sentó en el borde del muelle con las piernas colgando y las suelas de las botas casi rozando el agua. La correntada se deslizaba con rapidez, como si tuviese que llegar a un sitio preciso y a una hora exacta. El aire acechaba en calma. Con un mínimo balanceo los álamos de la costa se mantenían verticales mientras Juana se liberaba del suplicio de la carne. Entonces Antonio, sin demora, se inclinó al modo de quien se dispone a rezar, y dejó caer el cuerpo en lenta rotación hacia adelante buscando en lo profundo la completa intimidad del río.

EL BAILE DE LOS DEMONIOS

Cuando internaron por última vez a la madre de Julieta, alguien de la familia aventuró un dictamen improvisado acerca de la evidente similitud de carácter entre ambas: la mirada hacia la nada, la tendencia a la soledad, la reducción de atenciones al propio cuerpo llevadas al límite de lo esencial, por ejemplo, el aseo cotidiano. A los oídos de pocos o de casi nadie llegó ese comentario y es seguro que la misma Julieta no olvidó jamás el sonido de las palabras humillantes en el aire de la mañana clara.

Comenzó, con la rutina de cortarse, a escondidas y en el baño. En ocasiones, ese acto privado caía en el olvido y ella descubría con sorpresa las heridas que no podría justificar si su hermana la veía desnuda. Rasgaba líneas en su piel a la altura de las axilas, al inicio de la curvatura de los senos. Al terminar se ponía en cuclillas y con un paño húmedo borraba, primero las salpicaduras en la tabla del inodoro, y luego los trazos de sangre dibujados con los dedos sobre el vidrio del botiquín. Por la noche, al recordar el denigrante rito de los tajos, las lágrimas le caían por el cuello hasta mojarle el corpiño.

Los días de Julieta flotaban.

Al fregar las baldosas, al vigilar la cocción de las verduras, al repasar las tareas de la facultad, inevitablemente los pensamientos rotaban en un torbellino empecinado en conducirla a la evaporación de la memoria.

Lamentaba barrer el dormitorio. En una ocasión, sin dejar de sostener el vaivén del palo de la escoba, desvió la mirada al cruzar por delante de la fotografía de una mamá con el bebé en brazos. Le costó recordarse a sí misma como esa beba feliz. Con tenacidad, el retrato triplicó su peso en el soporte, las maderas del mueble de roble se combaron, una de las patas vencidas se hincó en el piso y el aserrín de los años cayó en las rendijas de los cajones.

El espíritu de su madre aún vagaba por la habitación, en los aromas de los frascos de perfumes a medio usar, en los estuches de la cómoda, en el aire tembloroso de recuerdos. Julieta no se animaba a revolver. Pero atraída por lo extraño, ese día perdió el temor de abrir el ropero y en un impulso irracional se adueñó de la blusa de su madre —se podría decir que tuvo la sensación de cometer nada menos que un robo— y mantuvo la prenda escondida durante una semana debajo de la almohada y envuelta en una funda blanca.

Sintió algo turbador en la posesión; la conmovió el roce áspero al deslizar la mejilla contra los bordados verdes del escote; se deslumbró al ver de cerca los pétalos de las flores amarillas estampadas en la tela; percibió un detalle raro o alguna señal irreconocible, misteriosa. Estas sensaciones, quien sabe por qué, la llevaron a pensar en la internación de su madre en el psiquiátrico, en los motivos del horrendo disimulo con el cual su padre evitaba echar luz acerca del asunto.

A solas en la casa, Julieta vio las aureolas del tiempo en las vigas del techo y prefirió salir. El terreno en el cual se alzaba la vivienda era largo y el fondo daba al río. Aspiró con alivio. Al llegar allí recibió con extremo agrado el golpe de los colores de la claridad otoñal, escuchó con atención el chapoteo en los pilotes del muelle y se afligió por la brisa atascada en las copas de los árboles, en la pena de la enramada susurrante.

Observó su imagen en el agua y lo que el río le devolvió fue la forma del rostro, un rostro de rasgos agudos y labios afinados. Le habló al río y de la superficie plana regresó una voz cascada, una voz de nueces golpeándose entre sí dentro de una canasta, o de hojas crujiendo. Fue un diálogo incierto. La voz retornó desde el espejo líquido a ofrecerle una caricia marchita con la humedad del aliento.

Llevaba puesta la blusa «robada». Con la vista inmóvil en la postura incómoda de los brazos en ángulo recto vio arrugas en la zona de los codos —plegados por debajo de la tela—, reparó en las mangas tapando las muñecas y entonces pensó en cintas de raso, en hilvanes y costuras, pues el talle era demasiado holgado. Lo sabía desde antes de fijar la atención en la blusa ajena, la blusa de su madre, y lo corroboró en la floja imagen reflejada en el río. Y se irritó. Imaginó troncos muertos y a pesar del desaliento desplegó una defensa de murallas silenciosas y no pudo detener la furia del arrebato interno.

Por eso tiró con disgusto piedras al agua.

Y después, una vez sosegado el movimiento, bajo la melancólica inclinación de los rayos del sol, en la superficie plateada se compuso la armonía de su propia figura de huesos magros, esa que la hacía asemejarse a ella, a su madre, tan menuda, tan distante, tan loca.

Julieta se puso seria.

Sin separarse mucho de la orilla se tumbó boca arriba en la hierba, a pensar en lo interminable de ese día, si alguien no la llamaba desde la puerta trasera de la casa para darle un abrazo.

No bien se casó, su hermana se fue a vivir a un pueblo del sur del país, pegado a la cordillera. Quizás la distancia influyó y el vínculo se redujo al mínimo: ella, desde tan lejos, demostraba poco interés por los asuntos de la familia y dejaba pasar, sin preocuparse, períodos demasiado prolongados entre contacto y contacto.

Mientras tanto, con trabajo a doble jornada a fin de solventar los gastos, la hosquedad del padre crecía. En la frente se le notaba la oscuridad de una tormenta. Atribulado y débil de espíritu, llegaba tarde al hogar y prestaba poca atención a la hija. Comía apurado y luego se retiraba al dormitorio.

Al estar siempre ocupado, las ausencias se extendían, se alargaban, deambulando de residencia en residencia, de médico en médico, y, además, su ánimo mermaba ante la creciente virulencia de la enfermedad de su esposa. En una oportunidad ella se escapó del instituto en donde permanecía internada y debieron recurrir a la policía para encontrarla.

El estado emocional del padre era una luz cansada, un lugar carente de sentido y esperanza. Dentro de la casa, los pasos se asfixiaban en el ambiente mortecino del cuarto: opaco, extraño, sin días ni noches. Convertido en un hombre de presencia incierta su voz era un solfeo de registro bajo y el alma un dolor rígido, casi en ruinas.

Por otra parte, poco a poco, se afirmaba en el interior de Julieta la frecuencia con la cual le parecía ver con alguna nitidez a personas que no eran y objetos que no existían.

Empezó a comer menos.

Le daba repulsión la comida y se esmeraba en esfuerzos por camuflar ese rechazo delante de su padre. Y él tampoco se dio cuenta y por eso no le preguntó, cuando estuvieron a solas, qué le pasaba, por qué no comía con regularidad, ni insistió en hacerle notar lo flaca que se estaba poniendo.

Despreocupada ante la pérdida de peso, ella encontró la fascinación de contemplarse a sí misma en la rada tranquila, en el fondo de la vivienda. Por entonces la temperatura de los músculos, en apariencia, había descendido. Eso la condujo a soñar con convertirse en pez y reparó en la forma chata de su cuerpo y en las aletas ventrales ya crecidas y pudo concebir la seducción del silencio en la profundidad del agua. Llegada a ese punto se sentó sobre el pasto de la barranca suave, con las piernas apretadas contra el pecho, a fin de suspender la tentación de sumergirse en el río.

Con el correr del tiempo la nitidez de los recuerdos se diluía en una palidez sofocante: equivocaba los nombres de las personas con facilidad; confundía las fechas de los calendarios; dejaba papelitos escritos con la lista de compras de la verdulería adheridos en la heladera o enganchados en el crucifijo, colgado en la pared de la pieza, torcido, por encima del respaldo de la cama.

Por esa época fue cuando dejó de concurrir a las clases de la universidad. Desganada por completo, en las hojas de los exámenes de Literatura armaba párrafos incomprensibles para el ayudante de trabajos prácticos. La carpeta de apuntes de Gramática lucía repleta de jeroglíficos y tenía notas bajas en todas las materias.

Se encerró en la pieza y se acostó.

Pasaba días sin comer ni bañarse. A veces retiraba las cobijas impregnadas por el olor insoportable de su mismo cuerpo y, aplastada contra el suelo, reptaba haciendo un circuito ovalado en la alfombra hasta arrancarle sangre a las rodillas. Sufría y callaba.

Un día, al comienzo de los cielos azules de octubre, en la penumbra del cuarto, adoptó la rutina de quitarse la ropa. Y se acostumbró. Posaba desnuda frente al espejo. Con el abultado tomo de la Biblia arriba de la cabeza hacía equilibrio desplegando los brazos, disfrutando de la delgadez andrógina. No bien se hartaba del baile, con una pinza de depilar tiraba de los pezones rosados y se arrancaba el vello dorado del pubis. Y cuando también se hastiaba de eso, se pasaba el peine de acero por la melena sucia hasta hacerse daño.

Y todo lo ejecutaba a puertas cerradas. Después de trabar las fallebas de las persianas, apagando y encendiendo la lámpara del velador en arrebatos frenéticos, quedaba absorta ante los juegos ópticos de las partículas de polvo iluminadas por las filtraciones diurnas del sol, en una absoluta, infinita, y dolorosa soledad. Por otra parte, sin saberlo ella, en el silencio del cerebro se comenzaba a organizar la fase aguda de los síntomas de la perversa enfermedad procedente de la rama materna de la familia.

Julieta se desbarrancaba.

Podría haber seguido así, inventando actividades extrañas, pero se entregó a la farsa de la imitación siguiendo el comportamiento pulcro de la gente normal. Sin embargo, fue una etapa fugaz: sus ojos la desmentían en la rígida impostura. El habla se le acotó en una especie de huelga verbal. Los únicos susurros para quienes estuvo dispuesta de ahí en adelante se los ofreció a sí misma y al río, a escondidas, entre los arbustos, a la orilla del agua, donde se reflejaba un rostro comprensivo de rasgos agudos y labios afinados, con quien podía dialogar como si de ella misma se tratase.

En ocasiones, presentía el acecho de alguien a sus espaldas.

Pero… ¿Quién?

Su padre no se atrevía a ver más allá de la realidad de las cosas, no deseaba conocer el maravilloso mundo en el cual había personas que no eran y objetos que no existían. Si su madre estuviera con ella, entonces sí, hubiesen podido compartir el instante mágico de la fractura de los planos, cuando a través del clivaje de la atmósfera púrpura del crepúsculo salen los demonios a bailar sobre el río.

Una noche sin luna, al lado del entablonado de la rada, bajo el tremendo silencio de los ceibos, en la profunda oscuridad del corazón vegetal, en el hueco atrapado dentro del follaje húmedo, se hicieron presentes las sombras de unas grandes plantas trepadoras que se aferraron a las ramas, exprimiendo la última gota de rocío en un desesperado apretón de ternura.

En lo alto, por el espacio abierto, encima de la corriente serena del agua, pasó rasante el lúgubre presagio del vuelo ciego de los murciélagos desordenando el aire.

Adentro de la vivienda, en cambio, las cosas esperaban quietas: una gran lámpara de pie, el aparador de algarrobo, el florero triste, los tomos callados de la biblioteca, las cortinas mudas tocando el piso, la fuente de mimbre colmada de manzanas y limones, los tirantes vencidos del techo. La demora pesaba más con la iluminación tenue. Los objetos íntimos aguardaban en la intrascendencia.

Una liviana esponja de humo remoloneaba alrededor de la comida servida en cada plato cuando el padre se sentó en la cabecera.

Julieta le habló adelantando los hombros, alzando los párpados:

—¡Qué sorpresa! La trajiste a mamá.

La bruma densa en la frente del padre se difuminó, los labios apenas se despegaron:

—¿Cómo?... No te entiendo, Juli.

Julieta apuntó con el índice hacia un punto indefinido por encima de la cabeza del padre y repitió la afirmación:

—La trajiste a mamá… Está detrás tuyo.

El hombre no se levantó, se puso tenso y dejó la cuchara al lado de la servilleta.

Giró.

Miró a un lado.

Y a otro.

Luego se volvió.

Balbuceando.

Aterrado.

—¿Dónde, Juli?... ¿Dónde?

AZUL PROFUNDO

Los vagabundos, quienes duermen a la luz de la luna sin otro resguardo encima, tendidos sobre un soporte de hojas de otoño a descansar los huesos, por lo común, no abrigan la dicha de algún sueño por cumplir, ni tampoco aspiran a una larga existencia. A pesar de no ser mi caso me faltaba una meta auténtica, un entusiasmo. No podía seguir así, de ciudad en ciudad, en ocupaciones estériles, de paso por lugares tristes, tan semejantes.

Al principio a vos te gustó la idea de irte conmigo y salir de este barrio del demonio, pero fui demasiado sincero al responderte. Yo no podría asegurar el sustento de ambos. Cuando dije esto te cambió la cara y ahí empezó el fin de nuestra relación. Las paredes azules se alejaron henchidas por un suspiro precavido, el techo de la sala se sostuvo en suspenso.

—Andate —dijiste—, es mejor si no volvemos a vernos.

Estábamos en pleno desayuno y tu aliento olía a café.

Por la tarde junté la ropa, las fotos, los documentos, la billetera. Al partir quise darte un beso, pero tu postura me impedía acercarme: de brazos cruzados, apoyada en la pared, casi interrumpiéndome el paso, fría como una espiga de hielo. Entonces salí esquivándote, y con el temor a tropezar con tus ojos pasé de costado por el resquicio de la puerta entornada de la casa, acarreando mis escasas pertenencias embrolladas dentro de la valija.

De pie, en medio de la vereda, con la vista puesta en cualquier lado, no supe muy bien a dónde ir ni qué hacer después de la separación y sin querer desplegué una enumeración apresurada de los mejores momentos: tus dedos flacos dibujando en la humedad del vidrio desde la cama revuelta; restos de infancia en las pupilas claras, desafiantes; el rostro lúcido y atento, eliminando la mueca triste cargada de pasado; el placer de vestir tu cuerpo desnudo con mi camisa de hombre; el largo peinado hacia atrás sujeto en la nuca por un rodete interminable. Debía ordenar las ideas, ideas rotas por evocaciones pesarosas.

Me puse a pensar en eso y comencé a caminar.

En nuestro primer encuentro me había impresionado tu silueta esbelta, de hombros rotos en suave pendiente, cortados por los reflejos de la lámpara del bar. Parecías una estatua frágil a punto de hacerse trizas con un codazo de aire, necesitada de apoyarse en algo, algo similar a mi mirada firme.

Sin embargo, luego de un tiempo compartiendo tus días, el perfil ingenuo se tornó ilusorio, pues observándote mejor, incluso de lejos, descubrí el duro sesgo trazado con piedad en tus sienes, y los huesos filosos de tu mano al juntar las migas del mantel, al revolver las motas de polvo en el cono de luz del dormitorio.

Entretanto pasaron muchas cosas. Por momentos, en la intimidad yo metía la cabeza en mi callada respiración y me aislaba en la vanidad de mi mundo. Pero en las noches de los altares del sexo al otro lado de la sábana asomaba el deseo en las estrellas de tu mirada. Yo saltaba el cerco, la cama se volvía angosta, tu excitación se alzaba a punto de volar y gritabas y suplicabas como si te estuviesen colocando agujas debajo de las uñas. Sobre todo, pasó eso, jamás dejaste de ofrecerme, despojada de deshonra, tu fecunda limosna de mujer.

¿Y ahora?

Y ahora, a pesar del esfuerzo por no mentirme, se me hacía difícil olvidar los reproches y las exigencias, las locuras y los desplantes. Saciada el hambre vulgar de la carne, al menos a mí, me dolía rememorar las horas de mirarnos a los ojos, día y noche, para terminar en este final triste. No hallaba la forma de eclipsar esta verdad tan amarga.

En eso pensaba.

Con el sistema nervioso alterado caminaba por impulsos, me detenía de repente, me sentía desamparado: un perro idiota mordiéndose la cola por la falta de tu abrazo en medio de la ausencia. El enamoramiento es el veneno de los imbéciles. Yo había bebido ese líquido tramposo en busca de consuelo y deformaba las emociones con la lupa miope de los tontos. Por eso traté de serenarme alineando la acción con pensamientos serios, y a partir de ahí recuperé el umbral de coherencia a fin de tomar decisiones acertadas, sacar conclusiones, darme tiempo, planificar la sanación, no perder el norte de la rosa de los vientos ni la orientación de mis propósitos.

Respiré profundamente.

La verdad es que no deseaba perderte.

¿Pero, podía regresar a tu casa, tras el rotundo fracaso? No. ¿Por qué, entonces, me aferraba a esa ilusión tan débil? ¿Dónde había fallado? ¿Y si la ruptura había sido simplemente un impulso equivocado de tu parte? Quizás podrías revisar tus sentimientos y arrepentirte, aunque pensándolo bien, era improbable porque en tu corazón crecía una montaña de reclamos. Y yo, por supuesto, no me iba a arrastrar, ni a ponerme de rodillas, ni rogarte una miseria de cariño.

En medio de estas cavilaciones llegué a la avenida principal: despoblada, penosa, un franja enferma echada en el hastío.

Delante de mí apareció la pensión de mala muerte que no iba a olvidar jamás. Un gran ventanal sucio y un letrero apenas iluminado colgando por encima de la entrada. Sin dinero para lujos y dado el precio conveniente de la renta me apresuré a pagar la noche por adelantado. No había traído reloj y la encargada lo solucionó con eficiencia: me llamarían a las ocho a la habitación. Ni siquiera me desvestí. Caí desplomado sobre la frazada rota vencido por el tremendo cansancio.

A la madrugada me desperté envuelto en una pesadilla de monstruos pegajosos. En vano me empeñaba en quitar de mi piel las huellas viscosas de los caracoles gigantes: no tenía conciencia, se trataba de mi propia transpiración debida al miedo y a la angustia. Con un susto terrible y la lengua seca opté por abandonar el calor de las cobijas aprovechando lo único decente del albergue precario. Giré la llave de la ducha y, luego de un siglo, un chorro generoso de agua caliente salió del caño empotrado en la pared cubierta de moho. Pasé un tiempo interminable enjabonándome con la esponja. Después me sequé con parsimonia mirando con desconfianza la toalla desteñida. Por fin, ya recuperado, y a pesar de ser muy temprano, me vestí con la misma ropa usada el día previo y bajé.

En un rincón del recibidor de entrada dejé la valija y salí con una consigna: a las diez volvería a buscarla y me iría de este lugar. Mudar de escenario suele ser útil para inhumar los insensatos sueños de amor. Una vez afuera pensé con desgano en sacar un pasaje en micro, pero no lo hice. Sin claridad, en mi cabeza se entremezclaban imágenes difusas y no conseguía limpiar las dudas por ningún lado, desgastándome en vacilaciones.

Un viejo se detuvo en la esquina. En un gesto confuso miró a ambos lados. Pareció dudar. Le temblaban las rodillas en las piernas encorvadas. Quizás a su edad la tontería de cruzar la calle fuese una decisión compleja. Para colmo lo hizo tambalear una ráfaga helada que golpeó contra el cordón del asfalto, pasó por arriba de los charcos acumulados e hizo temblar el reflejo invertido de la escalera de incendio sobre la superficie del agua. El anciano apretó el sombrero para que no se le volara y a medias se animó a adelantar la pierna. Se ayudó con el bastón negro, como apoyo adicional a fin de aumentar el equilibrio de su estructura frágil.

Me demoré observándolo con curiosidad.

Después alcé la frente al cielo y vi las nubes corriendo y alejándose por los tejados del pasaje hediondo donde se refugiaban los cirujas. El hueco celeste se agrandaba a tientas, poco a poco, apuntando al sur por encima de las azoteas de las casas bajas. Se iba a despejar en cualquier momento y el sol derretiría pronto las pocas manchas de nieve colgadas de los frisos o presas en los zócalos de los negocios, incluso el montículo acumulado en el alfeizar de tu ventana, la de tu pieza —donde habíamos pasado la noche juntos—, y se diluirían en chorreaduras más o menos verticales.

Me faltaba abrigo en un día tan duro.

Entonces, en busca de algo caliente crucé en diagonal hacia el bar y por no esquivar los charcos de barro me manché los pantalones y me ensucié las botas, pero mi estado de ánimo no alcanzó a darle importancia. El viento no cesaba de soplar con ese aliento maligno, raro, por acá no había bosques oscuros donde el aire pudiese descansar, sólo silencios de escarcha, tierra fangosa, capas de hielo, huidas súbitas, postigos golpeando con todas sus fuerzas a un minuto de romperse.

Cerré las solapas de la campera de un tirón y entré sin preocuparme por entornar la puerta. Adentro había poca gente y hacía tanto frío como afuera. En mesas separadas, una en cada extremo del local, dos hombres callados rompían el encierro con la mirada turbia. Solitarios, trasnochados, vagabundos hartos o campesinos brutos. Un cortado fuerte con un vaso chico de ginebra me despabilaría un poco.

Con las manos en los bolsillos, ya sentado, estiré las piernas y seguí pensando en vos. Un mantra pegajoso giraba dentro mío y tu imagen marrón se replicó en cascada al infinito. No era la lejanía de tu cuerpo el motivo de mi angustia, sino la privación de la nitidez de tu semblante puro en la penumbra del cuarto, y también, tu actitud en medio de la última noche cuando luego de quitar la música apagaste el velador y me dijiste hasta mañana y te tapaste con el borde de la manta. ¿Cuál fue la expresión de tu rostro, por qué no me lo quisiste mostrar?

El mozo dejó todo en la mesa y puso el ticket debajo del vaso; un rulo efímero se desprendió del pocillo; detrás del vidrio mojado el pasaje era un hoyo rancio, desnudo. Tomé el sobre de azúcar con las uñas y lo sacudí sin abrirlo y revolví y revolví y revolví antes de tragar el sorbo caliente. Con el sabor dulce en el paladar, en la atmósfera destemplada del recinto nuevamente me atrapó el espiral de tu recuerdo, y me clavó su astilla, por eso bebí de un golpe la primera ginebra. Más tarde siguieron otras. De nada valió la pena tanta bebida, de nada pensar en estúpidas ideas trágicas, de nada romperme los sesos engañando a la amargura con alguna artimaña. Y terminé mal: me sacaron del bar a los empujones, casi borracho. Apoyé una mano contra la pared, llegué a la esquina y cuando escarbé en los bolsillos me di cuenta: no tenía dinero.

Recordé el trozo de niebla púrpura flotando en la banqueta del rincón agradable de tu dormitorio, mientras la cantante de blues, en lo alto, soltaba la rapiña de su ave negra. La melodía repetida sofocaba. El aire se puso pegajoso con la voz grave surgida de las profundidades, entonando la letra tonta de la historia absurda, y el sonido del bajo no paraba golpear en la membrana del parlante. ¿Por qué anoche te levantabas a poner una y otra vez esa canción? y luego volvías a colocar la cabeza en la almohada dándome la espalda con los labios en blanco. Y yo debía tolerar el estúpido martilleo de la frase del estribillo repetido por el aliento de la mujer desenfadada, el tipo de mujer capaz de avivar los nervios de un hombre débil —un infeliz cualquiera— y jugar con él, como si se tratara de un trapo inútil, sin que a ella se le quebrara una uña.

Pensé en la valija. ¿Dónde estaba? Ah…, sí, en el recibidor mugriento del hotel. Traté de componerme a fin de caminar derecho disimulando los efectos del alcohol. Desde la puerta, a través del vidrio, hice un gesto a la encargada y pude hacerme de la valija, dejé la pensión y me fui a fumar enfrente, cerca de la ochava, para que la insistencia de la brisa terminara de restaurarme.

Y, entonces, te vi.

Cruzaste hasta el extremo del vestíbulo miserable donde te esperaba un tipo con cara de amargado, barbudo y desprolijo, seguramente soltero, uno de esos habitantes rústicos de las casas de chapa arrinconadas contra el riachuelo pestilente. Casi sin conversar se fueron juntos hacia las habitaciones, por el pasillo, y los perdí de vista, pero la curiosidad me hizo esperar en mi posición de privilegio. Pasada media hora repetiste la operación con un gordo vestido de gris, con pinta de camionero. De la duda pasé a la sospecha. La presunción me irritó y apreté las mandíbulas. El barrigón tardó otro tanto en dejar el lugar y no bien su figura bamboleante se volvió borrosa perdiéndose por el fondo oxidado de la avenida, vos saliste cambiada de ropa, más informal.

Y, entonces, vi al viejo.

De inmediato tuve un presentimiento: ¿Se trataba de alguien parecido? Me pregunté si esta no sería una copia mejorada de quien andaba por el pueblo con la peculiaridad de detenerse temblando antes de cruzar la calle. O si aquel podría ser su hermano gemelo, bajo y deforme. Pero no, sin duda este sujeto era el anciano enclenque de nariz ganchuda. Aquí, despojado del disfraz, lucía alto, erguido, irreconocible, sabía mostrar su traje con elegancia, agitar los brazos, soltar el humo del habano.

Se podía intuir, además, cómo te ponía a prueba con el sometimiento de su mirada muerta, fingiendo opulencia, hasta que vos le cedías el último centavo y de golpe la plata caía en el bolsillo de su saco, tan profundo como un lago de goma. Encima, bostezaba con indiferencia ante tu balbuceo, al confesar tus culpas de novia cautiva.

Sí, era él.

Se trataba del mismo tipo raquítico, a quien por la mañana yo había visto cruzar la calle y ahora, en la antesala, se había acercado a conversar animadamente con vos. Si no fuera por el bastón no lo habría reconocido. ¿Qué hacían juntos? ¿Se conocían? Los vi: le entregaste el sobre y el viejo desapareció por una de las puertas laterales.

Después cruzaste algunas palabras con la encargada y saliste del maldito hotel. Yo miraba el escaparate de la tienda semejando a un terrorista previendo un atentado, de espaldas, ante la inminencia de la explosión. Y desde el reflejo del vidrio analicé el andar de tu silueta. Recatado y furibundo, atento e infame, cauteloso, un cuervo negro, un lobo reteniendo el aullido. Cuando ya te habías alejado lo suficiente te seguí y no lo notaste. A cada pisada el cuero de mis botas crujía soltando cascabeles; yo le rogaba a Dios pidiendo algodones.

El barrio es minúsculo: un botón, un tarro de azafrán, una moneda.

Del centro a la periferia hay un trecho corto: se puede hacer a pie; el tendido de los cables telefónicos se vuelve caótico; los postes de alumbrado pierden la vertical; la basura pudre el aire y pica en la nariz. Los márgenes son abyectos, las calzadas se estrechan, en las baldosas se mezclan los orines, se mira a los desconocidos con desprecio. Yo no sobresalgo, tengo el aspecto de estar hecho de una madera similar, con un olor parecido al de los canallas.

Las fieras suelen otear el peligro en los sudores extraños, por eso en el camino me deshice de la valija con mi ropa limpia, en un recoveco o en un baldío desolado, no me acuerdo bien. Después, con las manos libres, me pude mover con agilidad hasta alcanzarte. Te tomé del brazo y en uno de esos vericuetos escondidos te obligué a confesar tu relación con esa gente —los que entraban y salían de la pensión— y logré saber cuál era tu vínculo con el viejo:

—El oficio de las pecadoras —dijiste con ironía, casi burlándote de mí—. Él me «cuida». En esta cloaca se necesita un hombre protector para trabajar con seguridad.

Mirá vos que interesante. Pero las circunstancias de la vida son imprevisibles: vos, acorralada, elegiste la franqueza; yo, luego de oír tus excusas, no tuve alternativa. Te abrí la panza con la navaja —de la ingle al esternón— y escondí tu cuerpo entre los pastos, con las tripas afuera de modo que, despacito, se lo comieran las ratas, empezando justamente por ahí, por el relleno blando.

Desde el principio debiste haber sido sincera conmigo. Así como la mentira puede esconderse en el silencio, la periferia tiene su lado discreto. Si se comete un crimen nadie ve, nadie oye, nadie habla. Azul profundo, le dicen. Eso sí, a la larga, uno pasa a ser un integrante del cosmos de remeras agujereadas y oficios indecentes. Por eso me tuve que cargar también al viejo. Debía ganarme el respeto. Ahora yo uso el bastón negro y tengo mi propio harén de prostitutas. Vivo aquí y no quiero pensar en sacar un pasaje en micro e irme a cualquier parte como cuando estaba tan confundido, tan enamorado de vos.

EL BOLO

Dado su carácter de hijo único, el Bolo, cumplidos ya los trece años, permanecía durante el día en la vivienda precaria, construida con lonas y palos, en medio del descampado, con el objeto de impedir con su presencia la ocupación del predio por otras personas.

No está claro si en su ya avanzada niñez había tomado conciencia de haber nacido en un asentamiento de los suburbios de Buenos Aires. Conocía, eso sí, la actividad de sus padres: eran cartoneros.

Ambos salían de madrugada rumbo a la Capital a revolver los tachos de basura en busca de cajas de cartón corrugado. Mientras transitaban las calles no faltaba ocasión en la cual solía acercarse al carro algún perro perdido, y a veces se le sumaban otros. Entonces, se ocupaban de agradarles el olfato con huesos o sobras de comida, para tentarlos a seguir el recorrido. De esa forma, al regreso de la jornada, traían al suburbio una riestra de animales, grandes y chicos, de razas mezcladas, negros, blancos, de todo pelaje, con la lengua afuera, como si arribaran contentos a una fiesta.

La madre se ponía a juntar los broches y a ordenar la ropa.

El padre estacionaba el carro y luego preparaba mate o se tiraba a descansar a fin de recuperar la energía consumida por el esfuerzo. Después, al languidecer el sol, organizaba la cena. Por lo general era necesario colocar en los guisos algo de carne. Entonces, en la plenitud de la tarde, partía hacia el arroyo. Adelante iba él, los perros perdidos detrás, y a una distancia prudencial los seguía el Bolo. Llegaban a la orilla despoblada, donde nadie podía verlos, y el padre hacía el trabajo: con certeros golpes de maza mataba a los animales y con paciencia encendía el fuego. Cuando las presas cocidas estaban a punto, con el cuchillo trozaba las partes buenas y lanzaba los restos al agua. Para no llamar la atención regresaba con la «vianda» adentro de la bolsa de arpillera colgada al hombro.

Al poco tiempo delegó en su hijo la responsabilidad de conducir a los perros y la tarea de cargar con la carne asada, pero el sacrificio de los animales siguió en sus manos: el chico se angustiaba hasta el llanto en el momento de la matanza y se tiraba al piso en medio de las convulsiones, lo cual complicaba todo.

Comprometido en su nueva labor, el Bolo se esmeró en aplicar en ella la poca inteligencia con la que la naturaleza lo había dotado, y por su notable cualidad de pocas luces, se aplicó en mejorar, ante la gente, la habilidad natural del disimulo; en especial se cuidaba de mantener con reserva los desplazamientos cerca del arroyo, deseaba ajustarse a las tablas de la moral de los vecinos, quienes sostenían, en alto grado, el derecho a la ocupación de terrenos y el derecho a la vida de las mascotas, pues siendo consideradas integrantes esenciales de sus hogares les daban tanta importancia como a su propia descendencia. Eran pobres, pero no desalmados.

Por eso los padres procedían con cautela. Se esmeraban en no proporcionar indicios acerca de la vinculación entre el muchacho y los perros perdidos. Los animales llegaban detrás del carro cartonero y al final del día desaparecían naturalmente, quizá de regreso a sus lugares de pertenencia, quién podría saberlo.

El Bolo fue creciendo con la misma parsimonia con la cual crecía el asentamiento hasta transformarse en un barrio modesto, pero respetable.

Con los beneficios de la reciente alimentación alta en proteínas, su familia fue espaciando el cartoneo. Ya no iban todos los días a recorrer el centro de la ciudad, elegían las comunas con contenedores de más posibilidades y se habían vuelto selectivos debido al desahogo que le daba la flamante provisión de alimentos. Por ese entonces se animaron incluso a clavar estacas en el terreno y comenzaron a tender piolines entre ellas y a cavar las zanjas de los cimientos de la futura vivienda de mampostería.

Un grupo de vecinos parecía sospechar de la prosperidad de los cartoneros. El Bolo lo alcanzó a percibir a pesar de no contar con el atributo del juicio de la gente común. Fue advirtiendo cierta animosidad hacia él y la consideró infundada. Se sentía orgulloso de los valores adquiridos de la educación de su padre y del afecto de su madre. Por eso no alcanzaba a comprender por qué lo empezaron a mirar raro en el vecindario.

Por esa época, Antonio Cruz, el delegado del matadero y frigorífico La Loma, se enteró, no se sabe cómo, de la actividad del muchacho ignoto, y también de su torpe ingenuidad combinada con su escaso entendimiento. Y una mañana cualquiera se cruzaron sus caminos y trabaron un vínculo que terminó por incluir a la familia y los cuatro se convirtieron en socios de un secreto jamás develado.

Cuando Antonio estaba de guardia, el Bolo entregaba con cautela la «mercadería» en la puerta trasera del matadero. Se sentía satisfecho por su trabajo. El producido de esa transacción engrosaba el pesaje de las balanzas dedicadas a los «envasados especiales de exportación». Se trataba de un pacto basado en un convenio implícito no plasmado en ningún asiento contable, un trato entre dos partes sin relación formal alguna —el dueño de la empresa y unos vecinos del barrio— y un eslabón misterioso y hermético —el delegado—.

El negocio funcionaba sobre carriles. El chico llevaba la «hacienda» viva a las puertas abiertas por Antonio y regresaba a su casa, complacido, con un dinero en los bolsillos para entregar a su madre. En ese instante íntimo la sensibilidad del muchacho se inflaba casi hasta reventar, y su madre lo abrazaba: nadie lo había abrazado como ella; nadie, nunca, lo habría de hacer.

El padre en cambio, alejado de esos momentos de ternura, se inclinaba a observar con cierto recelo el quehacer de su hijo. Quizás asombrado por la inconsistencia entre la buena ganancia y la ausencia del esfuerzo físico en la novedosa tarea. Quizá desconcertado por la naturalidad con la cual él y su esposa habían aceptado siempre una paga miserable en retribución del sacrificio de los madrugones tremendos, la energía consumida en escarbar la basura y la fuerza bruta empujando las varas del carro.

El Bolo había pasado de ser el débil mental del barrio al mimado del hogar e iba camino a convertirse en un hombre de bien con un trabajo digno —aunque no lo pudiera revelar para no romper el acuerdo sellado con Antonio— según mandaban las buenas costumbres de cualquier comunidad feliz. Mientras tanto, un sinnúmero de personas, paseando por lugares exóticos, disfrutaba de los fiambres exquisitos proporcionados a sus paladares por el «ganado en pie» facilitado por un desconocido a la faena de la industria de embutidos La Loma.

El barrio creció y se formalizaron los datos de catastro; en las esquinas se irguieron los faroles de las columnas de la Compañía Eléctrica; la policía desplegó las patrullas de vigilancia; las viviendas se convirtieron en construcciones de material. Los avances edilicios de esos días lo ponían contento, pero el Bolo, quien ya contaba con mayoría de edad y mostraba marcadas evidencias de sus dificultades mentales, habría de transitar una tragedia inesperada y de allí en adelante su vida resbalaría por un declive irreversible.

Una noche, cuando se dirigía hacia los portones traseros del frigorífico, seguido por los perros, vio a un anciano vigilando atentamente sus movimientos desde la ventana iluminada de un altillo, al otro lado del pasaje opaco. Tonto como era, había aprendido de su padre que el acto de espiar, cualquiera fuese su carácter aparente, se manifestaba en las personas casi siempre por motivos censurables. Por eso eludió la circunstancia rodeando la manzana con toda espontaneidad.

Por otra parte, las instrucciones de Antonio fueron precisas: ante algún problema de ese tipo debía presentarse por el acceso privado de la entrada lateral, el lugar más seguro de todos. Y así lo hizo. Los animales obedecieron y entraron silenciosos, la puerta se cerró sin ruido y el muchacho se retiró en sentido opuesto al de llegada por temor a evitar otro incidente similar.

Al regreso, a pocas cuadras de su vivienda, lo sorprendió la estridencia de las sirenas. El cielo azul oscuro lucía un chichón escarlata apoyado en los techos desparejos del vecindario. Intentó condensar la información procurada por los oídos y la vista bajo un mismo concepto y no logró conseguirlo.

Al Bolo le encantaba pasar horas y horas mirando las estrellas, babeándose de la emoción al observar el espectáculo nocturno, pero no recordaba haber visto un fenómeno estelar tan cercano, ni tan luminoso. Ni las lámparas del alumbrado público tenían la intensidad ni el fulgor suficiente para echar luz por encima de las torres reticuladas de las antenas.

Ya cerca pudo ver mejor: su casa estaba convertida en un montón de ladrillos, tirantes, vidrios rotos, hierros y cacerolas, quemada por completo. Por los huecos de las ventanas salían densas columnas de humo negro y el techo partido yacía derrumbado. El olor a madera carbonizada le picaba en las fosas nasales. Los bomberos apenas terminaban de extinguir los últimos focos del incendio. Una ambulancia aguardaba con las puertas abiertas, tres vehículos de seguridad habían estacionado con las balizas encendidas y varias cuadrillas de efectivos rodeaban la zona.

Quiso pasar por debajo de la cinta amarilla del vallado y dos policías lo detuvieron. Se resistió tirando golpes de puño en forma desordenada, pero los agentes lo tumbaron en el piso, lo obligaron a pasar las manos por detrás de la espalda y le sujetaron las muñecas con un par de esposas. El calabozo de la comisaría le dio albergue a la noche más larga de su existencia. Antes de liberarlo, a la mañana siguiente, el comisario le entregó unos papeles y le dio el informe del caso: sus padres habían muerto y no se conocían las causas del siniestro. El Bolo se descontroló, se puso muy mal y no pudo articular una frase coherente por lo cual lo derivaron a un hospital-colonia de la provincia destinado a la atención de pacientes con problemas psíquicos.

Ahí pasó casi diez años.

Después de esa larga estancia, al despuntar los calores de una nueva primavera, abandonó el neuropsiquiátrico y llegó al centro de Buenos Aires. A pesar del tiempo transcurrido, no fue capaz de regresar a su barrio por temor a los vecinos, por la actitud hostil demostrada hacia él y hacia su familia.

Por un instante pensó en las enseñanzas acerca de la moral inculcadas por su padre y en el cariño brindado por su madre para impulsarlo a ser un hombre de bien al servicio de la patria. Su corta inteligencia analizaba con tenacidad los hechos de su pasado, pero con resultados inciertos al momento de evaluar las circunstancias de su vida. Una bruma densa le impedía a su cerebro procesar los datos complejos de la realidad y se conformaba con la simple evocación de la época en la cual se ocupaba con tanta honra de los perros perdidos.

Sin parientes, se dedicó a vagar por las avenidas porteñas haciéndose de alguna manta, pidiendo comida en los bares del Bajo, durmiendo en sitios malolientes, sentado a contemplar durante horas el cielo estrellado de las noches de abril. Y se detenía si la baba le pegoteaba demasiado la camisa y lloraba, sosegado, recordando el arroyo y la honrosa tarea de su padre, la de proveer de alimento a los suyos, tratando de no pensar en el doloroso acto del sacrificio. Y a veces, muchas veces, pensaba en los abrazos de su madre agradeciendo el puñado de billetes ganados con el trabajo realizado para Antonio. Y eso era suficiente para calentarle el pecho, sin saber en absoluto de sentimientos, ignorando el nombre de esa sensación tan placentera.

El Bolo solía dormir tirado sobre un colchón en uno de los extremos de la escalinata de la parroquia. Adulto, cargado de hombros y obeso, hundido ya en la oligofrenia, con el rostro deforme y el párpado izquierdo caído, se babeaba, por la comisura del labio del mismo lado, mirando hacia la nada.

Recordó con orgullo un exacto período de su infancia, cuando su padre había confiado en él, a fin de asegurar la cena digna de su familia honesta. Y ese recuerdo lo hizo reflexionar, en silencio, hasta donde se lo permitía la limitada posibilidad de elaborar una idea sencilla. Un dejo de nostalgia le tocó el alma. Se restregó la manga del saco pringoso limpiándose la saliva de la cara, enfocando sus pensamientos en otra cosa.

Algo lo distrajo: un bulto marrón tironeaba de la punta de la frazada. Era un cachorro. Se alejaba y volvía en forma reiterada, quizás con temor a ser agredido. Sin duda no tenía dueño. Quería seguir su camino, pero no se decidía por la dirección a tomar, si por aquí o por allá.

Optó por la hilera de canteros menos iluminada y se fue moviendo la cola.

El Bolo, rengueando un poco, lo siguió. Trató de hacerlo con cuidado: el sonido de la suela no debía asustar al animalito. Y cuando lo pudo alcanzar lo tomó con firmeza de una de las patas y lo levantó. Con benevolencia deslizó la mano enorme por encima del lomo y el cachorro estiró las orejas hacia atrás: le gustaba sentir el contacto de la piel humana. Le acarició el hocico y el perrito en vez de morderlo se mantuvo quieto, pero sin dejar de temblar. La persecución había sido de sólo una cuadra y el Bolo estaba terriblemente cansado.

Agitado por el trajín de sus piernas ulcerosas, se sentó en el cordón de la vereda. El perro se echó a su lado y le pasó la lengua húmeda por los dedos.

Parecían dos cirujas esperando que una limosna cayera del cielo.

Y no caía.

Sin embargo, ya habían recibido el envío divino sin darse cuenta. Se trataba de simples regalos espirituales.

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