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LA TORRE INVISIBLE

RAMÓN DE LA SERNA Y ESPINA, AÑOS VEINTE
RAMÓN DE LA SERNA Y ESPINA
LA TORRE INVISIBLE
ANTOLOGÍA ESENCIAL
Selección y prólogo de
Daniela Agrillo

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito Lorenzo
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Cuidado de la edición: Antonia Castaño
Conversión a libro electrónico: CYAN, Proyectos Editoriales, S.A.
© De esta edición: Fundación Banco Santander, 2020
© Del prólogo: Daniela Agrillo, 2020
© Herederos de Ramón de la Serna y Espina, 2020
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-17264-19-2
ÍNDICE
Un gigante mutilado. Vida y obra de Ramón de la Serna y Espina (1894-1969), por Daniela Agrillo
UNA NOVELA: CHAO
UN DRAMA: BOVES
UN CUENTO: PUENTE ROJO
ALGUNOS ARTÍCULOS
Sagitario
La torre invisible
Cautivo de la esperanza
Coloquio nocturno
El valor práctico de la poesía
Descrédito de lo sublime
García Lorca y Neruda
En torno al suicidio
Elogio de lo convencional
El concepto de superioridad y su contrario
El profeta y su tierra
La mano airada
Metamorfosis del norteamericano
Temor del pasado
NOTAS Y UN POEMA PARA EVA
Daniela Agrillo
Un gigante mutilado.
Vida y obra de Ramón de la Serna y Espina
(1894-1969)
Hay escritores que nunca se han atrevido a luchar contra los cánones impuestos por la época en la que les tocó vivir; autores que han sucumbido, que han seguido viviendo con la ansiedad de decir, de expresarse, de ser reconocidos, de ser escuchados, pero han fracasado en este intento. Hablamos de escritores que han sobrevivido a tragedias humanas indecibles y han salido de estas envilecidos, enflaquecidos, con un sufrimiento enorme por dentro. A pesar de todo, han seguido escribiendo, porque esta era la única manera de salvarse del abismo. La escritura se ha convertido para ellos en el alivio de sus penas, en instrumento a través del cual reconocerse, construir su propia identidad, reafirmarse.
Hay muchos, muchísimos. Autores olvidados o ignorados porque no quisieron insertarse en el contexto histórico y literario en el que, a su pesar, vivieron; porque no se sometieron a los dictámenes que querían imponerles. Algunos de ellos, antes o después, tienen la fortuna de ser rescatados del olvido, de ser abordados por estudiosos o curiosos que, gracias a estas vidas y obras desamparadas, descubren mundos recónditos y sensibilidades desbordantes. Esta es la fortuna que he tenido con Ramón.
Ramón de la Serna y Espina nació en Valparaíso, Chile, el 13 de noviembre de 1894. Era el primer hijo de la conocida escritora Concha Espina y Tagle, que se encontraba entonces en aquel país para liquidar un testamento familiar tras la muerte de José María de la Serna y Haces, padre de su marido, Ramón de la Serna y Cueto, a quien Concha Espina había conocido algunos meses antes de casarse en la localidad cántabra de Mazcuerras durante las vacaciones que la familia solía pasar allí. (Un paréntesis para recordar que Mazcuerras acabaría adoptando la denominación cooficial de Luzmela —topónimo que usamos en adelante— en honor a la novela La niña de Luzmela, que la escritora ambientó en un lugar inspirado en esta localidad.)
Los años en Chile fueron muy difíciles para Concha Espina. Su marido —que, en palabras de sus hijos, era un hombre orgulloso, poco activo y emprendedor, encerrado en sí mismo y falto de sentido realista— gastó la fortuna heredada, lo que provocó el desánimo de la futura escritora. Empezó así Concha Espina a trabajar en el periódico El Porteño, a cuyo director había conocido casualmente. No obstante, no consiguió aclimatarse y su deseo era regresar a España. Ante el temperamento indolente y perezoso de su marido, ella se veía obligada a enfrentarse a muchas situaciones incómodas sola. El empeoramiento de la relación matrimonial condujo, así, a una situación insostenible que le hacía necesitar la ayuda y el calor de su familia, por lo que, cuando Ramón tenía solo cuatro años y su hermano Víctor dos, decidió regresar a Luzmela.
Instalada allí la familia, Concha Espina percibía que la realidad de aquella pequeña ciudad no brindaba muchas posibilidades a sus hijos, sobre todo a Ramón, que expresaba ya el deseo de estudiar idiomas, conocer otras culturas, abrirse al mundo. Luzmela era un lugar apartado donde resultaba difícil hallar demasiados estímulos. En la biografía que consagró a su madre, Josefina de la Maza, hermana de Ramón, lo describía como un lugar entre nubes y montes, maravilloso pero solitario; Concha Espina creía que allí sus vástagos solo verían pastores, y a ella le habría gustado proporcionarles la opción de estudiar y formarse para el futuro, ofrecerles la oportunidad de desarrollar las grandes capacidades que apreciaba en ambos —de los que estaría siempre muy orgullosa—. Los hermanos crecían y daban muestra de una poderosa inteligencia.
Ramón y Víctor han demostrado ser, mundo adelante, vida adelante, hombres extraordinarios. Era Víctor el reflexivo y tierno por excelencia. Y Ramón el exaltado, gracioso y muy gentil. No consintió mi madre que ninguno de los dos fuesen «niños prodigios», aunque eran de verdad prodigiosos niños. Ramón aprendía un inglés selecto: «En cuanto al francés —decía el hermano José a mi madre—, no hace falta que lo aprenda; lo sabe porque sí, yo no comprendo de qué manera…».
Le brillaban las pupilas verdes a Ramón, con una luz ambiciosa de otros horizontes. Temía mi madre: aquel niño le inquietaba; una imaginación poderosa gobernada por un gran talento: apasionado, vehemente, todo se podía esperar de Ramón.[1]
Cuenta Josefina que, encontrándose Ramón en la casa de su abuelo en el pueblo asturiano de Ujo, con tan solo ocho años, le hizo pasar más de un buen susto a la familia. Un día escapó, no le encontraban por ningún sitio. La familia, horrorizada y viendo que allí existían dos grandes peligros para un niño, el río y el tren, pidió la ayuda de todo el pueblo; el cura tocó a rebato; se juntó una brigada de obreros que salieron a buscarle; la Guardia Civil inspeccionó los montes. Por fin, los mineros llegaron con él. «Regresaba Ramón muy serio, con la cabeza erguida y los ojos flameantes»; Ramón —afirma Josefina—, que en su vida solo hizo caso a las palabras del abuelo Víctor, afirmó con orgullo que había desobedecido y se había escapado por un «motivo divino»; pensaba, de ahí en adelante, hacer «vida santa» de ermitaño. [2]
Ya iba delineándose su carácter: no aceptaba imposiciones, era un niño inteligente, perspicaz y, sobre todo, independiente; características que le acompañarían siempre y que se convertirían en determinación e incluso en cierta testarudez.
Cinco años después, la familia se trasladó a Cabezón de la Sal, a casa de los abuelos paternos, pero Ramón permaneció muy poco allí. Con el objetivo de aprender inglés, pidió y obtuvo el permiso para viajar a Inglaterra con un matrimonio andaluz amigo de familia. Sabemos —guiados de nuevo por las palabras de Josefina de la Maza en la biografía dedicada a su madre— que el niño insistió mucho, que luchó firmemente por obtener el consentimiento materno. Temerosa, pues era un chico de tan solo trece años, su madre se negó inicialmente, pero al final cedió, brindándole la posibilidad que marcaría de manera decisiva la vida del futuro literato. Su natural predisposición para aprender idiomas fácil y rápidamente le llevaría a ser uno de los traductores más importantes y preparados del momento.
«Déjame, déjame marchar a Londres, mamá; esos amigos tuyos son muy simpáticos, y ya son amigos míos desde aquel día que vinieron a verte; con ellos estaré muy bien, ya verás. Quiero irme a Londres, mamá.» Ramón tenía trece años. Adoraba mi madre a sus hijos y le espantaba separarse de ellos; pero soñaba, por otra parte, que salieran del círculo agobiador de las montañas. […]. Y Ramón, con mil recomendaciones maternas, una medalla de la Virgen al cuello y muchos besos, se embarcó para Londres, con un matrimonio andaluz muy amigo de Concha Espina. Tardaría diez años en volver a España.[3]
Ramón partió así para Inglaterra iniciando una etapa en la que pasó asimismo una temporada en México con su padre —del que Concha Espina, mientras tanto, había obtenido el divorcio— y también en Cuba. A pesar de que, lamentablemente, no tenemos apenas noticias de este período, sí podemos afirmar que, ya en esta primera fase de su vida, se va perfilando en Ramón esa personalidad fuerte, firme, decidida, no dispuesta a someterse a compromisos externos. Durante este período, el escritor dio muy pocas noticias a su familia, no envió cartas, cortó las comunicaciones. De hecho, Josefina de la Maza cuenta, en la biografía ya mencionada, que la ausencia de aquel hijo era la obsesión de su madre. Muy conmovedor es el relato que hace la querida hermana del momento en que Ramón regresa, diez años después, a casa; volvió a Madrid, donde se había trasladado la familia por motivos de trabajo de Concha Espina, una de las primeras mujeres que consiguió sola, sin marido, dar sustento a sus hijos con su propia escritura.
De pronto un día sonó el timbre de la puerta a hora desacostumbrada en un hogar tan ordenado como el nuestro. Y a la puerta, con una límpida sonrisa de sus dientes deslumbrados, y con una maleta posada a su lado, estaba un muchacho muy joven. Cuando Julia abrió, aquel joven señor se quitó el sombrero con respetuosa violencia, y casi no podía hablar:
—¿No me conoces?
En lugar de responder, Julia le fue mirando despacio, y de repente echó a correr hacia las habitaciones de mi madre; apenas podía decir:
—¡Es Ramón…, es Ramoncito!
Apenas lo pudo decir, porque ya el hijo estaba abrazando a su madre, besándole las manos y la cara con enorme emoción. Todos sus hermanos le rodeábamos y le mirábamos con un poco de asombro.
Concha Espina, con aquella serenidad augusta, solo decía:
—Te esperaba siempre… Vendrás cansado; ¿dónde está tu equipaje?
Los ojos verdes nos abarcaban en una ancha, fluida mirada, húmedos y alegres. Con donaire, Ramón respondía:
—No creas, mamá, que traigo solo esta maleta… Soy el hijo pródigo que viene con un baúl tremendo. Ahora lo subirán. Deja que te mire… ¡qué guapa estás, madre! Y vosotros…
Nos fue mirando con detenimiento y hacía un comentario, entre emocionado y gracioso, de cada uno. Para Víctor fue el abrazo de los dos hermanos mayores; dos hombres muy jóvenes y muy audaces.
El baúl de Ramón estaba lleno de libros, naturalmente. Libros espléndidos que yo no entendía. Él me regaló aquellos que estaban a mi alcance. [4]
Concha Espina se tranquilizó: tenía a su lado a los dos hijos mayores, sus confidentes, sus puntos de referencia. Los dos se querían mucho, pero no salían juntos, no tenían los mismos amigos. Se querían, sí, pero eran muy diferentes. «La sobremesa se hace muy larga y lo que sale es la voluntad de la madre de enderezar la conversación, Ramón y Víctor quieren y deben seguir su voluntad», escribe Josefina en su libro.
Ramón permaneció en Madrid muy poco tiempo. Acompañó a su madre a Huelva y Riotinto, cuando ella empezó a pensar en una novela sobre las condiciones de vida de los mineros en aquellas explotaciones; pasarían juntos una temporada allí y Concha Espina, con la ayuda de su hijo, escribiría la novela El metal de los muertos, éxito literario de los años veinte.
El estudioso francés Gérard Lavergne afirmó que, en una entrevista a Eva Cargher, esposa de Ramón, esta insistió en la presencia de su marido junto a Concha Espina redactando El metal de los muertos. Además, le enseñó a Lavergne la siguiente dedicatoria de la escritora a su hijo: «A mi queridísimo compañero y colaborador nervense, Ramoncito, con el mayor abrazo». Lavergne continúa diciendo: «La obra en que estaba se estropeó y la dedicatoria fue recortada y pegada en un ejemplar de El metal de los muertos». [5]
Al regreso, Ramón se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Central, pero era un ambiente en el que no se encontraba muy cómodo. No aguantaba las reglas impuestas; mal soportaba la sociedad machista, las jerarquías, las formalidades y la rigidez, que no formaban parte de su forma mentis. En el invierno de 1919, el escritor empezó a quejarse; quería ir a Berlín:
Madre, quiero irme a Berlín. En Alemania tengo que aprender muchas cosas. ¿Me voy? Hablo el alemán estupendamente. Quiero estudiar allí mucho. ¿Te parece a ti bien? Me voy, ¿quieres?[6]
Además, un incidente le dificultaba continuar en la facultad: había increpado a Cejador, el profesor de latín. Estudiaban entonces muy pocas chicas, y el docente se complacía en ponerlas en un brete. Así que un día, para defender a una compañera de curso, Ramón levantó la voz y abandonó el aula hecho una furia:
Ramón salió como una centella y dio un portazo de miedo en la puerta del aula. Después se quedó en la calle, en la acera de la Facultad, de repente tranquilo, esperando a sus compañeros. Le rodearon en triunfo.[7]
Dadas las circunstancias, decidió abandonar Madrid para proseguir sus estudios en Alemania, país que amaría siempre. Daba comienzo así un período muy importante en su vida, a lo largo del cual recorrería media Europa. Ramón representa el espíritu de la Generación del 14: hombre culto, abierto, cosmopolita.
Alemania es un país que ama, una nación en la que se siente cómodo. Cortó, como solía hacer, las comunicaciones con su familia; era como si solo soltando el hilo que le conectaba a ellos —y a pesar del amor que sentía— tuviera la capacidad de emerger. Otra vez empezó la que Josefina define como la eterna canción de su madre: «No sé nada de Ramón». Atormentada, preocupada, Concha Espina, mujer cuyo ánimo jamás flaqueaba, decidió ir a visitar a su hijo. Dispuso los pasaportes y con Luis, el hermano menor, y Josefina, viajó a Alemania.
En Berlín, Ramón se estableció en Charlottenburg y allí empezó a frecuentar un estimulante ambiente bohemio; entró en contacto con Paul Klee y Vasili Kandinski, con quienes acudía al teatro o a visitar exposiciones.
Empezó asimismo a trabajar como corresponsal extranjero para el periódico español La Libertad, publicando sus artículos bajo el epígrafe «Desde Berlín» y firmándolos como Ramón de Luzmela. Los artículos de esta primera etapa comienzan a desvelar el hondo espíritu crítico del escritor, su capacidad de captar hasta los pequeños detalles de la realidad circundante, que descomponía en minúsculos pedazos para después analizarlos con lupa, y finalmente, reunirlos otra vez, ofreciendo una imagen totalmente nueva y sorprendente.
En Berlín transcurrió una temporada feliz con su madre, que estaba, no obstante, preocupada porque su hijo se lamentaba de fuertes dolores de cabeza. Lo llevó entonces —según afirma Concha de la Serna, hija del hermano menor de Ramón, Luis— al célebre doctor Freud, que se encontraba en aquel momento en Hamburgo y que, tras la visita de Ramón, concluyó: «Nada que hacer: un temperamento tremendo»:
—¿Es usted español?
—Sí, doctor.
—¡Si yo pudiese hipnotizarle a usted…, dormirle!
—A sus órdenes, doctor.
Aquel hombre de ciencia, famosísimo en el mundo, que no contaba fracasos en sus consultas, fracasó con Ramón de la Serna y Espina.[8]
Este primer contacto con la hipnosis y el psicoanálisis dejó una honda impresión en Ramón, hasta el punto de que marcaría su vida. Pidió la opinión de su madre, pero Concha Espina, una mujer pragmática, además de muy religiosa, entendía esta práctica como una suerte de hechicería. Ramón no insistió, pero, desde entonces, la hipnosis se convirtió en uno de sus mayores intereses, al que dedicaría no pocos artículos.
Concha Espina y sus hijos Luis y Josefina regresaron a España. Ramón se casó mientras tanto con Eva Cargher, una mujer rumana de origen judío. Celebraron su boda en Charlottenburg y del matrimonio nació una hija que vivió muy poco, pues a temprana edad murió de tuberculosis en París. No tenemos datos sobre la niña; en el archivo no se encuentran sus documentos, ni fotos, ni una huella. Es como si no hubiera existido; como si los padres, golpeados por tamaño dolor, hubieran querido borrar hasta los pocos recuerdos que les quedaban. Para un maniático como Ramón, que guardaba todo, hasta las notitas más insignificantes, la ausencia de cualquier cosa que hable de su hija es un silencio de gran elocuencia; habla de un enorme dolor, tan hondo que no se podía nombrar y que le impulsó a volver a España y refugiarse en el seno de su familia en Madrid. Llegados a la capital, el matrimonio se alojó en el piso familiar de la calle Goya.
En este período, Ramón fue contratado para la traducción de un importante libro que marcaría para siempre su reputación: Lope de Vega y su tiempo, de Karl Vossler, obra que sería publicada en 1933 bajo el sello de Revista de Occidente.
Asimismo, emprendió un proyecto para la redacción de las biografías de varios personajes. La primera de esta serie, que llevaría, de hecho, a término, sería la de Antonio Ruiz, primer boxeador de origen español que llegó a ser campeón de Europa en la categoría peso pluma. Ramón consiguió publicar la novela, que se tituló Antonio Ruiz. La vida extraordinaria del campeón de Europa, en la Editorial Rivadeneyra en 1927. El siguiente título de la serie habría sido Anita Delgado, princesa de Oriente; el tercero, El duque de Montemar, Grande de España, y el último, Antonio Vargas, domador de leones, pero Ramón abandonó el proyecto.
La novela dedicada a Antonio Ruiz tuvo muy buena acogida. Elogiosas fueron las palabras del propio Vossler, a quien Ramón había enviado el libro; entre los dos había nacido una profunda amistad basada en la recíproca admiración. Vossler escribe a Ramón:
He leído Antonio Ruiz con gran placer y admiración. Ha sabido fundir muy felizmente la antigua tradición española con el espíritu moderno. Y en todo se advierte, no solo hasta qué punto considera las fuerzas naturales y físicas como algo espiritual, sino también cómo, por percepción inmediata, usted mismo lo siente así. De modo que la vida aparentemente miserable del héroe cobra una profundidad y una nobleza no impuestas desde fuera, sino que viven en su intimidad.[9]
De hecho, Antonio Ruiz es una obra que mira atrás, hacia la literatura española clásica, y mira hacia delante, a la literatura de vanguardia. Se puede definir como una novela picaresca de su tiempo. A Ramón le interesa contar la historia previa de Antonio Ruiz, no sus triunfos; de hecho, la narración termina cuando el boxeador logra sus primeras victorias. El escritor cuenta la trayectoria marcada por padecimientos, sacrificios y privaciones que han llevado al pequeño Antonio al éxito. El protagonista es todavía un niño cuando empieza a trabajar, pues su familia no puede ocuparse de él. En su periplo le acompaña el Venegas, un compañero suyo que, como un moderno Sancho, le sigue en sus desventuras sin motivo alguno, solo porque le quiere. Es un moderno Lazarillo que al final consigue el objetivo que se había marcado desde el principio: mejorar su condición económica y social. Sin duda, este es el elemento que vincula la novela a la literatura española clásica; sin embargo, el deporte nos permite encontrar en la obra huellas de la literatura de vanguardia. Además, el boxeo era uno de los deportes más importantes del momento: se trataba de la actividad del «rescate» para quien pertenecía a las clases sociales más bajas; solo gracias a la fuerza física, sin otros instrumentos, el boxeador consigue su victoria; puede ascender así en la escala social, dibujando la misma trayectoria ascendente del puñetazo.
Una buena reseña de esta novela apareció firmada por el periodista José María Salaverría en ABC:
Sobre mi mesa se han unido ahora, en un extraño consorcio, tres volúmenes dispares: Los hermanos Karamazov de Dostoievski, el cuarto tomo de La decadencia de Occidente de Spengler y una novelita que se titula Antonio Ruiz. La vida extraordinaria del campeón de Europa. Hay algo más en Antonio Ruiz: algo más que el elogio del boxeador, y lo que le diferencia de las habituales obras deportistas, lo esencial en el libro de De la Serna (evítese la confusión con Ramón Gómez) estriba en el realce que se da al hombre, y en cómo lo importante no es el púgil o el héroe de anfiteatro, sino el «arribista», el hombre de aventura y lucha, el ejemplar humano típico que, en el moderno exisistismo [existencialismo], sensualismo, violencia, dinero a toda costa, se abre dramáticamente camino desde el bajo fondo de la miseria hasta el renombre y el bienestar. Tal es la historia de Antonio Ruiz que Ramón nos relata con estilo fuerte y pintoresco, ágil y consumado.[10]
Sin embargo, después del auge, la obra cayó en el olvido, y en una nota que encontramos en el archivo de Ramón, leemos:
Este primer libro tuvo la suerte de su héroe. Después de un triunfo internacional y rápido y brillante, se hunde en la oscuridad con la misma rapidez. Cuánta cosa hay detrás de él. Ruiz quitándose los guantes con lágrimas. Yo pugnando en la sombra.[11]
Muy probablemente, después de escribir Antonio Ruiz, Ramón colaboró con su madre en la redacción de algunos cuentos que fueron incluidos por la escritora en la antología Copa de horizontes. La decepción del escritor al no ser tomado en consideración cuando se publicaron dichos cuentos en 1930 bajo la autoría de su madre empezó a abrir una brecha entre los dos. Una brecha que fue haciéndose más profunda año tras año, pero que pugnaba con el amor que el hijo profesaba a su madre, por lo que renunciar a la relación con ella le fue muy difícil.
A comienzos de los años treinta, Ramón inició su colaboración con la Revista de Occidente; era muy estimado por José Ortega y Gasset, que recurría a él para traducciones difíciles del alemán al español. El gran filósofo español siempre se lo agradeció al literato y, en más de una ocasión, le envió cartas y postales comentando su traducción impecable y su amplio conocimiento de la lengua y de la cultura alemana. Entre ellas, destaca, sobre todo, la valoración que hace de dos de sus trabajos: las traducciones de Tipos psicológicos, de Carl Gustav Jung, y la del mencionado Lope de Vega y su tiempo, de Vossler. Respecto a este último, leemos en una de las cartas:
Madrid 13 marzo 1934
Sr. D. Ramón de la Serna
Mi querido amigo:
No había podido hasta estos días leer el libro de Vossler pero una vez que he podido tener el solaz, en algunos rincones del día, de entrar en su lectura no quiero que pase uno más sin comunicarle mi entusiasmo por la maravillosa traducción que ha hecho usted. Creo que es la mejor traducción de un libro alemán hecha en los últimos veinte años. […]. Me considero pues obligado a enviarle mi más entusiasta aplauso y mi gratitud como español. […].
Con un saludo afectuoso de su amigo
José Ortega y Gasset.[12]
La segunda novela que publicó Ramón fue Chao, en la editorial Araluce de Barcelona. Con gran confianza depositada en esta obra, emprendió una larga correspondencia con el sacerdote Félix García, que colaboraba con la revista Cultura y Religión, fundada en 1928 por los padres Agustinos. El «Padre Félix», como cariñosamente firmaba las numerosas cartas enviadas a Ramón, hacía de intermediario con la editorial; el sacerdote había conseguido publicar con Araluce varios trabajos y además, como puede constatarse a través de las cartas, contó con la ayuda de Ramón para traducir algunos textos del alemán al español. De este modo, aprovechando las buenas relaciones del padre con la editorial catalana, Ramón consiguió tras algunos meses publicar la novela. Fue un proyecto que le ocupó bastante tiempo; de hecho, tal como refleja la correspondencia, el escritor ya se había puesto manos a la obra en 1931. En 1932 se intensifica considerablemente el intercambio epistolar entre ambos, pues Ramón tenía urgencia en publicar su escrito, al esperar que aquello fuese su rescate literario. El padre Félix le escribió: «¡A ver si para Navidad levantamos una copa de champán por Chao, conquistador». Y pasados algunos meses le informa del paso dado:
Querido Ramón: ayer recibí carta de Araluce, en la que me decía que había recibido Chao y lo estaba leyendo con verdadero interés. Me decía también que daría las 1000 pesetas para la traducción de Jaspers. […]. Ahora espero impaciente la contestación respecto de Chao. Ya sabéis el interés que tengo en verle por esos mundos cuanto antes […].[13]
La correspondencia entre ambos se extendió largamente durante la redacción de Chao, que finalmente fue impresa en marzo de 1933. La novela fue erróneamente atribuida a Ramón Gómez de la Serna, quien le envió una postal a su tocayo para felicitarle.
Fueron años muy tormentosos. Ramón era una persona inteligente, curiosa. Manejaba perfectamente siete idiomas: español —su lengua materna—, alemán, inglés, francés, hebreo, ruso y árabe. Leía muchísimo; la literatura y la filosofía eran su fuente de inspiración. Sin embargo, no consiguió cultivar relaciones, no logró insertarse en el ambiente al que, por sus aptitudes intelectuales y creativas, habría podido tener fácil acceso. Su madre organizaba en su domicilio de la calle Goya «Los miércoles de Concha Espina», tertulias a las que acudían los intelectuales más señalados del momento, entre ellos Federico García Lorca. Luis Araujo-Costa, uno de los asistentes más asiduos, hablaba de esta convocatoria como uno de los últimos salones de Madrid: «algo muy especial, que no era “salón literario” ni “salón social”, sino todo junto o quién sabe si ninguna de las dos cosas»[14]. Ramón nunca participó en estas reuniones; su vida seguía un curso propio, una trayectoria casi paralela que compartía muy poco con su familia; recluido en su habitación, no quería ver a nadie. Era una persona muy aislada, callada, pero con una alta consideración de sí mismo y de su valor; era consciente de que merecería más. Pensaba, de hecho, que el éxito que seguía teniendo Concha Espina era inmerecido, al igual que ocurría con el de su hermano Víctor.
Gérard Lavergne, que tuvo la fortuna de conversar con Luis de la Serna, el hermano menor del escritor, así como con Gerardo Diego, afirma que Ramón era muy apreciado tanto por los intelectuales españoles como por los alemanes, dada su enorme cultura; y sigue escribiendo:
Sin embargo, no llegaba nunca a terminar sus trabajos, ni a publicarlos, ni a darse a conocer al gran público, porque llevaba al extremo su deseo de perfeccionar todo lo que emprendía. Esto hace que tal vez no sea imposible que entre madre e hijo naciera una cierta envidia de autores. […]. Gerardo Diego nos dijo que, en una entrevista que concedió Ramón, este se pasó todo el tiempo criticándoles. Sus familiares explicaban esta actitud diciendo que estaba ligeramente desequilibrado. [15]
Cuando estalló la Guerra Civil, la familia se refugió en Luzmela. Ramón, en cambio, prefirió quedarse en Madrid, con su mujer y su perro, sumergido en sus libros, en sus estudios, casi ajeno a la tragedia que se estaba desatando a su alrededor. Esta decisión preocupó mucho a su madre, que no quería que su hijo permaneciese en la capital, pero él no cedió, se quedó en la calle Goya durante toda la guerra. Su madre solo consiguió ponerse en contacto con él a través de la Cruz Roja; en el libro de Lavergne sobre Concha Espina leemos:
Comienza el calvario de la escritora. […]. Busca por todos los medios, especialmente a través de la Cruz Roja, obtener noticias de Ramón, que permanece en Madrid protegido por un pasaporte chileno. Cuando las tuvo y consiguió preguntarle si necesitaba algo, él contestó que «galletas para el perro y polvos antiparasitarios para él». Parece que no quiso aceptar nada de ella. [16]
Ramón se sumergió en la redacción de ¡Viva Asturias!, manuscrito sobre la revolución de Asturias de 1934, escrito en papel biblia y a lápiz, que permaneció inédito y guardado en el archivo personal. Le dedicó palabras de eterno agradecimiento a su mujer, que hizo una copia de la obra para que no se perdiera durante la guerra y la depositó, para recuperarla después, en la biblioteca de la Columbia University de Nueva York, según leemos en una nota encontrada en el archivo del escritor (véase p. 513 del presente volumen). Él se encerró aún más en sí mismo y adoptó con su familia una actitud bastante fría. Lavergne recoge en su libro el siguiente episodio ocurrido una vez acabada la contienda:
28 de marzo de 1939. Madrid se rinde a las tropas franquistas y don Luis se apresura a buscar a su hermano Ramón. No sabe lo que habrá sido de él. A pesar del largo tiempo que habían pasado sin verse, Ramón se limita a contestar a su «¡Hola!» y se pone a echar pestes contra... el panadero que no había traído pan para su perro. [17]
Terminada la guerra, Ramón tomó una decisión muy importante que marcaría para siempre su vida y la de su esposa, así como su futuro como escritor: en agosto de 1939 decidió abandonar España para trasladarse a Chile. Sería el hermano menor, Luis, quien le ayudaría a reanudar sus asuntos y a preparar los papeles necesarios para viajar a aquel país con su mujer, Eva, la única persona que permanecería siempre a su lado y que le animaría a seguir adelante. Aunque después se estableció en Santiago, durante largas temporadas se refugiaba en Cartagena de Chile, lugar muy apartado y solitario. Hombre decepcionado, insatisfecho, se sentía traicionado por su madre patria, que no le había brindado las oportunidades que merecía, y decidió encerrarse en un nido inaccesible a los demás.
Concha Espina definía aquel lugar como un desierto; estaba muy agradecida a Eva, que aceptaba muy sumisamente, pero sin sufrimiento, todas las decisiones de su marido, permaneciendo siempre a su lado, soportando incluso sus malos momentos. En una carta que le escribió a su nuera leemos:
Sé que el panorama es magnífico pero tan solitario que me da miedo desde aquí. Te incluyo para Ramón un recorte del diario falangista Arriba donde lo nombran, dando importancia de memoración y documento a su precioso libro Antonio Ruiz. Nada te digo de mis impaciencias por la salud del querido autor y la esperanza con que espero sus noticias.[18]
Claro está que después de la Guerra Civil, durante el período de la dictadura, si Ramón se hubiese quedado en Madrid, la novela sobre el boxeador habría podido tener éxito; la historia de un deportista español que había alcanzado altas cumbres ganando numerosos premios bien se habría podido insertar en el proyecto franquista de exaltación de la patria orgullosa de sus hijos. Pero el escritor ya no pensaba en proyectos antiguos; había cortado todos los lazos, quería olvidar todo lo que le recordaba a Madrid, España y su familia, incluso sus novelas. Aquello habría significado poner el dedo en una llaga abierta y aún sangrante; de hecho, fue una herida que nunca sanó.
Incluso Josefina de la Maza describía el nuevo enclave elegido para vivir por Ramón como un lugar que reflejaba la personalidad de su hermano: ella, que era, entre los hijos de Concha Espina, la de temperamento más suave y que sentía la angustia de no poder compartir la vida de cada día con el hermano mayor, al escribir la biografía de la madre, adoptó estas melancólicas palabras:
Por avatares de la suerte, mi hermano ocupa en su tierra natal, y en la misma ciudad de Santiago de Chile, un puesto único como él, extraordinario como él. Y nos cuenta que tiene una casa sin ruidos, rodeada de un jardín maravilloso, cuidado por uno de los jardineros mejores de América. [19]
A los pocos meses de establecerse en Chile, Ramón empezó a colaborar con la editorial Losada de Buenos Aires dedicándose a importantes traducciones: La poesía de la soledad en España, de Vossler; Cervantes, Goethe, Freud, de Thomas Mann. Publicó, además, dos interesantes artículos en la revista Occidente: «Lo inasible en Goethe», en 1949, y «Cautivo de la esperanza», que apareció en 1957 en el número homenaje a Juan Ramón Jiménez.
Durante diez años dejó sus proyectos propios; tan fuerte había sido la decepción y la desilusión por la falta de éxito en España que en ese lapso abandonó la idea de dedicarse a la escritura creativa.
En 1951 ingresó como profesor en la Universidad de Santiago de Chile. Además, gracias al éxito de sus traducciones, el Instituto de Extensión y Relaciones Universitarias le contrató para un Curso de Teoría y Práctica de la Traducción, que tenía por objeto establecer los fundamentos teóricos de esta práctica y llevar a cabo simultáneamente ejercicios prácticos. Nadie mejor que Ramón para impartirlo.
Un año más tarde, en 1952, la misma Universidad de Santiago, en colaboración con el Instituto de Investigaciones Histórico-Culturales, le contrató como traductor, con el estatus de funcionario de planta, una labor que habría debido cubrir hasta enero de 1954 pero que finalizó antes al ser suprimido el cargo. El carácter nada fácil de Ramón obstaculizó e, incluso, impidió muchas relaciones tanto profesionales como personales. De su obstinación nos enteramos a través de la carta que envió al director del mencionado instituto, el señor Mario de Góngora. Las cartas nos informan del temperamento de Ramón, de la decepción profunda que le provocan las situaciones y las personas que no comprenden el trabajo que hace, la pasión con la que responde a cada cometido. Ramón se dedicaba plenamente a sus proyectos, invertía energías y toda su alma, llegaba a consumirse, trabajaba durante la noche, incansablemente, pero la verdad es que se trataba de un trabajo sumergido, escondido, que nadie veía, del que nadie se daba cuenta; y es un deber desvelarlo. Tal es la finalidad de este libro.
Porque Ramón era realmente un trabajador incansable; leía mucho, escribía muchísimo. En su archivo se guarda un gran número de artículos que no llegó a publicar; y no porque periódicos, revistas o diarios los rechazasen, sino porque no los enviaba. La perfección era su obsesión. Corrobora esta afirmación el hecho de que entre sus papeles encontramos centenares de artículos y de borradores. La escritura llegó a consumirlo; adelgazó mucho, tanto que la gente no lo reconocía; algo que percibió su amigo el periodista Gery —al que había conocido durante su etapa en Madrid—, quien, cuando volvió a verle en Chile después de algunos años, se quedó tan asombrado que escribió un artículo contando lo mucho que había cambiado.
El escritor siguió, mientras tanto, su colaboración con el periódico chileno El Mercurio, en el que aparecieron muchos artículos interesantes. Asimismo, empezó a colaborar también en el diario ABC de Madrid, un vínculo profesional que mantendría hasta 1957.
En este período, después de muchos años de estancamiento, Ramón retomó su dedicación a la escritura creativa. Pero fue otro el género que decidió abordar en esta etapa en Chile: el teatro. Llegó a escribir tres obras teatrales que, aunque tratan temas diferentes, están conectadas por la complejidad de sus controvertidos protagonistas.
El primer drama es Boves, protagonizado por el militar asturiano José Tomás Boves, quien se opuso a Simón Bolívar durante las luchas de la guerra de independencia venezolana. Boves es un personaje complejo, de múltiples facetas, que se mueve entre los dos mundos: España y América Latina. ¿No son estas también algunas de las peculiaridades de Ramón? El autor fija su atención en un personaje que hasta aquel momento había sido ignorado, cuya importancia no había sido reconocida, del que solo se señalaban los aspectos negativos; nadie se había preocupado en abordar el episodio de la independencia de Venezuela intentando llevar a cabo un análisis profundo, desde una mirada objetiva, sobre los protagonistas de esta guerra, sin dividirlos simplemente en buenos y malos; la realidad es siempre mucho más compleja.
Boves es el drama en el que Ramón más trabajó; creía mucho en sus posibilidades, y sobre todo creía obstinadamente que podía constituir la ocasión de ver su obra rescatada del olvido. Entabló correspondencia hasta con las autoridades españolas para que se estrenara (véase el apéndice), lo cual finalmente no sucedió; y ello principalmente por una razón: las dificultades de representación derivadas de los numerosos personajes que aparecían en escena y del monólogo final del protagonista, muy interesante, denso, pero demasiado largo para que un actor pudiese interpretarlo. Las largas reflexiones a las que se abandonaban los personajes dejaban perplejos a los empresarios. Vanos fueron los intentos de convencer a José Tamayo, director del Teatro Español. Sin embargo, Boves, como afirmó la hermana del autor en una carta que le envió, «es un portento»; el drama recibió palabras halagadoras, pero no llegó a estrenarse mientras Ramón vivía. Solo en 1971, en el teatro Nuestra Señora de Guadalupe de Madrid, se representarían los primeros dos actos gracias a un grupo de jóvenes actores bajo la dirección del empresario argentino Julio Vier.
El proyecto al que Ramón se dedicó después de Boves fue un ciclo de conferencias radiofónicas que tenían como hilo conductor la cultura alemana. Animado, invirtió todas sus energías en estas conferencias, que le brindaban además la posibilidad de mostrar el amplio conocimiento que tenía de ese país. Después de la lectura de las primeras cinco, surgieron algunos problemas; Ramón se quejó enérgicamente, primero ante el director del Instituto Chileno-Alemán, el conde de Raczynski, y después ante el embajador alemán, Günter Diehl, porque, según él, la última conferencia no fue tan bien promovida como las primeras; asimismo, pretendía que se respetase el orden en el que habían sido escritas, argumentando que solo así tenían sentido. Ramón no admitía réplicas, no quería someter su voluntad a exigencias ajenas, y esto hacía que siempre adoptase una actitud bastante firme e intransigente con sus interlocutores. Los textos de las conferencias muestran una cultura profunda, una mirada progresista y visionaria; al leerlos entendemos la enorme sensibilidad de su autor, su capacidad crítica, su escritura precisa e incisiva.
Explicando aquellas contrariedades, Ramón envió una carta un tanto brusca al director del Instituto:
Mi querido amigo:
No me ha llegado su carta (siempre está a tiempo de enviarme una copia). Estas líneas se refieren al caso insólito de la quinta audición («Un gigante llama a la puerta»), sobre el que nunca creí que fuera necesario volver. Y ello —en primer lugar— por ser sencillamente absurdo y total negación de la finalidad de estas audiciones que una pieza de ese calibre se haya pasado poco menos que de contrabando, sin que se haya enterado absolutamente nadie, y —en segundo lugar— por tratar del documento, no solo para la cultura alemana, sino para todos los pueblos de lenguas portuguesas y españolas, de América y Europa, a los que van dirigidas estas audiciones.
Como, en realidad, se trata de una modalidad estética nueva en el género, el orden de transmisión de las audiciones, para que no se pierda el hilo de la idea que les presta unidad, ni el ritmo de la Steigerung, tiene que ser, naturalmente, el orden en que han sido grabadas. […]
Perdone, pues, la insistencia innecesaria de este sincero y claro amigo, que de veras le admira, le respeta y le quiere, en quien usted, desde la elevación de su cultura, como alemán de estirpe, y sobre todo como hombre inteligente, puede ver un colaborador más o menos valioso, pero jamás un competidor, ni un intruso. ¡Todavía soy de los que se comportan mos maiorum, gran Raczynski!
Un cordial saludo de su muy devoto
P. S. Después de lo retrasados que estamos y después de pasar semanas en que ha sobrado espacio, me dice Eva que acaso no se transmitan seguidas las audiciones, que, encima, puede haber interrupciones en la transmisión. ¡Pero Eva debe haber entendido mal![20]
Se dedicó entonces a otro drama, Olga Chéjova, cuya protagonista era esta actriz rusa que él había conocido personalmente en el Berlín de los años veinte. Empezó a trabajar en esta obra entre 1959 y 1960. De hecho, en una carta que envió a Günter Diehl en 1960 ya hablaba de las peculiaridades de la obra: «excepto los artículos y “cosas narrativas”», como él las nombra, siente el impulso de «llevar la obra a la cinta magnetofónica». Ramón quería experimentar; la suya era una inteligencia viva, ferviente. Siempre estaba pensando en algún proyecto; su fantasía trabajaba día y noche, sin descanso; inquieto y diligente. Sus obras, por diferentes que sean, revelan su pluma y su ingenio; una escritura culta que busca constantemente la palabra más adecuada para alcanzar la perfección.
También en este caso se trata de un personaje controvertido, de doble cara. Olga Chéjova era la actriz amada por Hitler y fue en muchas ocasiones fotografiada a su lado; años después se desveló su verdadera identidad: era una espía rusa. En el drama que escribe Ramón se percibe la influencia de los expresionistas alemanes: la importancia que adquieren las luces y los contrastes de los colores, la obsesión que tiene el autor por marcar los tiempos con precisión, los cambios repentinos de escenas, las historias que se entrelazan, aunque sin ninguna relación aparente; son muchos, en definitiva, los rasgos que muestran la huella de los años alemanes.
En unas notas que Ramón guardó, casi como si fuera un diario de páginas esparcidas, afirmó ese hecho de que había conocido a la actriz rusa en la capital alemana:
Trabajaba como actriz, muy estimada por su cultura y considerada como rusa blanca; durante la segunda guerra era la amiga de más confianza de Hitler, en las grandes fiestas estaba siempre sentada a su derecha, según las fotografías de las revistas; por desgracia se ha perdido un recorte que teníamos.
Al entrar los rusos en Berlín, lo primero que hacían era buscar a Olga Chéjova, la encontraron en un refugio antiaéreo en Berlín toda sucia, la sacaron en triunfo por sus grandes servicios a Rusia como espía.
Olga Chéjova pertenece a las grandes figuras en la historia del espionaje de la última guerra. [21]
En este drama también sobresale la importancia de la relación entre madre e hija. Se trata de una mujer que no es capaz de alimentar a su hija ni cuidar de ella, una madre que abandona a su retoño; a ello se añade, además, la total ausencia del padre. Esto nos lleva a encontrar rasgos autobiográficos también en esta obra. Ramón y sus hermanos se criaron y vivieron sin la presencia de la figura paterna. Su único punto de referencia siempre había sido la madre; una mujer muy fuerte, cuya voluntad dominaba a sus hijos, que no eran capaces de rebelarse, sometidos bajo el peso de sus alas, protectoras pero asfixiantes al mismo tiempo. Para Ramón, la situación había acabado convirtiéndose en algo insoportable que le obligó a alejarse para intentar liberarse de estas circunstancias.
Al mismo tiempo, la madre que rechaza a sus hijos podría representar también a España, la patria que no le había dado al autor lo que deseaba y merecía: el éxito literario. En varias ocasiones, Ramón afirmó ser chileno en dos sentidos: por nacimiento y por elección. Al sentirse rechazado, se refugió en su patria adoptiva, Chile.
Ramón siguió escribiendo, pero ya lo hizo exclusivamente por sí mismo y por Eva, no para obtener la aclamación del público. Sus condiciones de salud empeoraron progresivamente, así como su estado mental y psicológico. De este período son algunas notas que escribió a Eva y a través de las cuales conocemos que no dormía bien y que tenía en ocasiones dificultades para escribir: a veces le era fácil, otras no, y esto le afectaba, ya fuera para levantar su ánimo o para hundirle en la depresión más profunda.
La última obra teatral que escribió fue La noche inclinada, drama sobre la independencia de Chile cuyos protagonistas son los hermanos Carrera. Ramón se documentó muchísimos sobre ellos; entre sus papeles encontramos centenares de artículos y apuntes, y estamos seguros de que consultó muchos libros. Consiguió leer la obra en el Centro Cultural Brasileño, ante un público que llenaba la sala:
Sr. D. Pedro Orthaus, Director del Instituto de Teatro.
Querido y admirado amigo, no por llegarte con tanto retraso, por motivos de salud, es menos cordial y entusiasmada mi felicitación. ¡No imagina mi alegría!
Le envío mi obra La noche inclinada, con José Miguel Carrera como protagonista.
La reacción de la gente ha sido probada ante el público más heterogéneo, provocando una verdadera irrupción tumultuosa. Además, hubo que cerrar las puertas porque no cabía la gente. De todo ello fue testigo Orlando Rodríguez, que tuvo la generosa debilidad, en su crítica, de definir la obra «con acción genial y diálogo impresionante».
Excepto en el primer período —en el que hay viva acción, pero fue claro que tiene que ser hasta cierto punto expositivo en una obra de fundamento histórico—, tal vez se ha tenido demasiado en cuenta a las masas en algunas escenas, pero esto es inevitable hoy (y acaso siempre lo fue de modo distinto). En algunas escenas (en la montanera sobre todo) posiblemente es excesivo cierto «vocabulario» muy en boga en estos momentos.[22]
A pesar de las cartas que, como la anterior, siguió enviando al director del Instituto de Teatro, Pedro Orthaus, Ramón no consiguió estrenar este drama. Sus obras son demasiado intelectuales y, por mucho que procurase bajar el tono de su expresión, no lo conseguía; intentaba poner límites a su escritura, simplificarla y adaptarla para conectar con las exigencias del público, pero ella latía, no era posible contenerla, y estallaba. Hombre culto y refinado, no pudo cambiar su forma de ser, que no fue comprendida por sus contemporáneos.
Con La noche inclinada se apagaron tanto su vena creativa como su voluntad. Cansado, consumido en alma y cuerpo, casi irreconocible, había ido negándose toda clase de nutrición, tanto en el sentido literal como metafórico. Era un hombre que suscitaba envidia por la honda cultura que poseía, pero se hallaba totalmente aislado, solo acompañado por su mujer y sus libros. Y ni quiso ni pudo seguir adelante.
Pocos años antes de su muerte, consciente del deterioro de su salud, acudió a un notario para hacer testamento; le dejó todo a la mujer que siempre había estado a su lado. Un testamento privado nos muestra la poca confianza que tenía en el mundo que le rodeaba, lo poco que creía en la escritura a la que había dedicado toda su vida: ordenó que se destruyeran todos sus papeles, pero su esposa, Eva Cargher, no lo haría. Ramón de la Serna y Espina murió el 5 de julio de 1969. El crítico y escritor chileno Raúl Silva Castro le dedicó unas bellas palabras en las páginas de El Mercurio:
[…] En su charla hacíase notoria su cultura excepcional. ¡Cuánto más habría de lucir ella en los ensayos, en los discursos críticos, en las semblanzas que pudo acendrar! Pero el haber vivido por años tras los nombres de los insignes y enmarañados tratadistas de que se hacía versión española para la Revista de Occidente desarrolló en él uno que podríamos llamar el complejo del biombo. Se acostumbró a vivir oculto, en sordina, en la sombra, solo para servir de eco al pensar ajeno.
Delgado, pequeño, ingrávido, blanco, de finas facciones, con algo de torero por la levedad corporal, en su fisionomía sobresalían los ojos grandes, apagados por una secreta melancolía, la frente amplia, despejada, demasiado extensa para tan poco cuerpo, y la boca, provista de infinitas variaciones para expresar el asombro, la sonrisa, la duda, la curiosidad, la fe. Y así, con paso fantasmal y abstraído, discurrió por la literatura chilena, a la cual se había incorporado ya maduro, después de largos años de ausencia en España, a la vera de su madre novelista.
En El Mercurio quedan casi todos los artículos que escribió en este período final de su existencia. No muchos: no se prodigaba. Era sumamente severo en la selección de los temas, y quería poner tal precisión y sutileza en la prosa que no le era fácil completar las carillas de un escrito capaz de albergarse en la prensa. Le agradaba contemplar las cosas por todos lados, morosamente, como si el tiempo tuviese para él márgenes infinitos. Parece como que cada hombre llega a la tierra con un ritmo predeterminado, del cual es imposible —o casi— evadirse.
Y si esto es así, el ritmo de Ramón de la Serna habría sido de una lentitud increíble, como el ralentí del cine o el galopar de la pesadilla, en donde los remos del caballo se hunden en el algodonoso vacío y el jinete no avanza aunque se agite.[23]
El artículo capta la esencia de Ramón y el malestar que le había afectado durante toda su vida. Sin embargo, hay cosas imposibles de percibir para la mirada ajena; lo que la gente veía era la punta del iceberg; debajo había muchas cosas, las más importantes: su trabajo incansable, sus lecturas incesantes, el hambre nunca satisfecha de conocimiento que le devoraba y le devoró de verdad, que le consumió, dejando una cara desolada y triste en la que lucían dos grandes ojos que expresaban su sufrimiento.
De esa exigente, constante e intensa labor de escritura es testimonio el presente volumen, que hemos querido llamar, como homenaje a la personalidad del autor, La torre invisible —título de uno de los artículos aquí recogidos—. En él incluimos los ejemplos más relevantes de los distintos géneros que Ramón cultivó a lo largo de su trayectoria: Chao, su más interesante novela y podríamos decir que la única propiamente tal —pues la dedicada a Antonio Ruiz tiene, más bien, el carácter de un cuento largo—; Boves, la obra teatral en la que más confiaba y en la que más empeño puso para que fuera llevada a escena; Puente Rojo, el único cuento que escribió, si excluimos los que redactó junto a su madre, y una selección de catorce artículos periodísticos. Se trata de material en su mayor parte inédito, a excepción de la novela Chao —para la que partimos de la edición publicada por Araluce en 1933— y de algunos de los artículos. Cierra el volumen una muestra de las notas encontradas en el archivo del escritor que atestiguan la importante presencia en su vida de su mujer, Eva Cargher; notas entre las que se encuentra el único poema hallado entre sus papeles y a ella dirigido.
Este colofón quiere ser un reconocimiento a la labor de esta mujer que, tras la muerte de Ramón, regresó a España llevando consigo todos los papeles de su marido; todos: los centenares de escritos que había ido acumulando a lo largo de los años. Eva, con ocasión del estreno de Boves arriba mencionado, consignó el archivo a Alfredo Pérez de Armiñán, movida por la esperanza de que, antes o después, alguien sacara del olvido la obra de este gigante mutilado. Por fin, esperamos haber cumplido su deseo.
UNA NOVELA: CHAO
La que aquí se edita es la segunda novela escrita por Ramón de la Serna y Espina, Chao, que fue publicada en 1933 por la editorial Araluce de Barcelona.
Aunque aparente serlo, pocos rasgos tiene de una novela policíaca; es, insertándose plenamente en su tiempo, una novela intelectual. Su protagonista es un bandido, José Chao, que roba la diadema de una dama argentina, quien, para recuperarla, acude a un detective bastante notorio, Justo Peralta. Sin embargo, la intriga que debe conducir a recobrar la joya y, sobre todo, el descubrimiento de la identidad del bandido Chao se yuxtaponen a una larga serie de digresiones y observaciones cuyo contenido, altamente filosófico, y cuya perspectiva, progresista y detallada, captan la atención del lector haciéndole olvidar el supuesto asunto principal de la trama.
Resulta pertinente centrar nuestra atención en el estilo: para dar cuerpo a sus pensamientos, a sus inquietudes y a sus observaciones, Ramón recurre a atrevidas metáforas, bellamente construidas, que en un primer momento desorientan al lector. Este tiene que esforzarse, debe colaborar para acceder al sentido de lo que el autor está diciendo; a través de este juego, pues, se establece una íntima relación entre el escritor y el lector, de forma que, cuando el segundo consigue captar la esencia del mensaje del autor, se siente satisfecho.
Es como si Ramón quisiera comunicarse solo con quienes estén dispuestos a hacer ese esfuerzo; no quiere ser fácilmente accesible. Quien consiga llegar al meollo del asunto gana; la recompensa es entrar en la psicología de Ramón, acercarse más a esta criatura a la que, como a su Chao, nadie conoce de veras.
Una lectura más atenta y profunda nos permite identificar rasgos autobiográficos en el protagonista: hombre entre dos mundos, España y América Latina; individuo con el que nadie consigue entrar en contacto, nadie lo ha visto de cerca, nadie conoce su verdadera identidad. Chao es una sombra. El desamparo y la soledad que progresivamente se van apoderando de la vida de Ramón son delatados a través de la construcción de este personaje que, como él, se queda solo y aislado.
La novela fue valorada de manera positiva por muchos contemporáneos del escritor, lo que confirma que el olvido en el que cayó el autor no depende de la calidad de sus obras, que, de hecho, nada tenían que envidiar a los éxitos literarios de aquel momento.
Benjamín Jarnés escribe:
Biografía libre, bien nutrida de hallazgos expresivos. Diálogos donde se incrustan ágiles pensamientos, ideas cogidas al vuelo. Al vuelo del espíritu, siempre presente en este libro donde tanto se exalta el músculo. Una prosa cuajada de paradojas sorprendentes, de metáforas bellamente atrevidas por la novedad de las conexiones que descubren, van llenando de luz los escenarios por donde transita la acción, penetrando aguda y profundamente en las reconditeces de su contenido espiritual, con hábil y certera disección analizadora. [24]
Del mismo modo, halagadoras son las palabras de López Prudencio en su reseña de la obra publicada en ABC:
Deja a la imaginación del lector ancho campo para llenar los vacíos, espoleada por el acicate sugeridor de las hondas huellas impresas, con rico y abundante contenido. Tiene, además, este procedimiento otra ventaja para el escritor observador, filósofo y comentarista de la vida. Reducida la narración a breves, sugerentes y esquemáticas cifras indicadoras de su rumbo y desarrollo, se analiza y estudia hondamente la psicología de la vida individual y social que se describe […].[25]
Chao es una novela densa, comprimida; pero, en cuanto el lector deshace los nudos, se abren pistas de reflexión y sugerencias tan actuales que a veces parece increíble que fuera escrita en los años treinta. Tal vez la gran sensibilidad de Ramón, su enorme capacidad de observación, de captación de los problemas que afectaban a la sociedad en que vivió, hizo que sus contemporáneos no lo comprendieran y que pasara más bien por un visionario.
[D. A.]
CHAO
Y en todo se advierte, no solo hasta qué punto
considera las fuerzas naturales y físicas como algo espiritual,
sino también cómo, por percepción inmediata,
usted mismo lo siente así.
[Und überall spürt man, wie sehr Sie die natürlichen
und Körperlichen Kräfte als etwas Geistiges nicht nur
erkennen, sondern unmittelbar empfinden.]
De Karl Vossler al autor
I
Tong tang, hora del té a bordo. El ritmo de los hábitos adquiridos en ese paréntesis interminable que aún es una travesía no se altera ni un instante por la visión cercana de las dunas béticas, ni por el arribo próximo al puerto andaluz. Cádiz no interesa. El pasaje que aquí cuenta —el de lujo, naturalmente— acude al salón del gran paquebote italiano y se congrega en torno de las mesitas olorosas. Los conocidos de ayer se dirían ya viejos amigos. Hay argentinos de elegancia tan extremada que no parecen millonarios; y hay muchachas chilenas incomparables.
Tong tang, repostería británica, odor di femina. Saludos, ademanes que deben ser pausados, sonrisas que han de ser discretas. Y un aire de pasividad efusiva.
La onda suave y cordial se tiende, se atenúa, se apaga casi unos segundos; la curiosidad vuelve sus cien cabezas: en el salón ha penetrado un hombre, un desconocido, mas no un intruso, a juzgar por la prestancia de su relieve humano y por la holgura negligente de su andar. Pero se oscurece el ámbito, se anima la pantalla del fondo, ya suena y tiembla la película transparente. El desconocido, entrevisto apenas como en aparición, se esfumó al pie de la pantalla, ante la mesa reservada siempre al convidado espectral.
Noticiario sonoro, Manhattan en el lienzo, allí ronca la leona de Asur. (Caen los martillos como acentos, como fustas sobre la rotación de los caballos de fuerza; si apretaran sus mandíbulas en minutos de silencio y de escucha todos los frenos de la calle y de las almenas taylorizadas, se alzaría de las máquinas de escribir ese grilleo bíblico de plaga que oscurece el cielo.)
Aún rodaba el film con sus visiones de la urbe máxima —disonante en tan mansas suavidades su giro de grúa titán— cuando el desconocido se irguió sobre el gran cuadro, quedando su silueta aventajada inscrita en Nueva York. Salió con pasos tácitos de entre el aire de sombra para dar, elástico, el brinco de salvación en la luz violenta y larga de aquella tarde. Saltó atrás: del terno inglés al monte de Andalucía.
El misterio en lo claro.
•
—No es un hombre.
—Es un hombre y pierde fuerzas por momentos. Está nadando tan despacio que casi no se mueve —repuso el patrón del pesquero de Huelva, cerrando el timón para virar redondo, al mismo tiempo que ordenaba—: ¡Todo el motor! ¡Aviar un cabo!
Cuando el barquito se aproximó al «náufrago», vio la tripulación, con sorpresa, a un hombre desnudo que nadaba rítmicamente, sin prisa y, a lo que parecía, sin la menor señal de cansancio. Se asió al cabo que le lanzaron y se dejó izar a bordo. Mojado allí, sobre cubierta, anduvo unos pasos de gimnasta, se sacudió, se aplastó el cabello negrísimo para escurrir el agua y, volviéndose a sus «salvadores», dijo:
—Gracias. Buenas tardes.
Contestadas con brevedad las preguntas de los marineros, vestido con una camisa blanca —que tuvo que rasgar para que entrase en ella su amplio tronco pigmentado— y con unos pantalones azules, tan cortos para su talla que parecían calzones de púgil; atusado el pelo, remangado y descalzo, se mueve, con ademán ausente, el extraño personaje, entre la indiferencia de los serios pescadores de Huelva, que le contemplan sin la más tenue sombra de estupor.
—¿Quiere café? —le preguntó un muchacho.
—Sí —respondió—, pero tráeme además un jarro de agua.
Cuando le sirvieron, mezcló el café con el agua y apuró, con gran lentitud, hasta la última gota. Sabía el peligro que le amenazaba. «Bebo como un dromedario», pensó, sonriendo levísimamente. También sabía por qué había reservado antes sus fuerzas al nadar. ¿No estaba allí, como una dócil jauría de terranovas inocentes, toda la flota pesquera de Huelva y Ayamonte? Y del paquebote no necesitaba alejarse: ya se alejaba él con sus cuatro hélices. Allá iba, muda la sirena y firme la derrota, con su modesta carga de españoles e italianos, con su orgullosa carga de chilenos y argentinos. Tal vez arden aún las lamparitas encima de las mesas, difundiendo su palidez blanda por el salón con fantasmagoría inocua de tenida mundana, mientras se superproyecta un film de gran metraje, que tiene la obligación de estimular la fantasía hasta el deliquio, allí, frente al rugido muerto de Tartéside. O acaso se deshilacha un tango entre el aroma de las mermeladas y las confituras. Al pasaje de cámara se le ocultó la alarma como se oculta la muerte de un huésped en los hoteles de lujo. Los agentes de a bordo tardaron más de lo conveniente en darse cuenta de la falta del fogonero vigilado y ya a la vista de Cádiz terminó la rebusca por todos los escondrijos del barco, llegándose al convencimiento absoluto de la inaudita desaparición.
Mientras tanto sucedió algo inusitado en el pesquero: la pequeña estación de radio del barquito había dejado de funcionar, fracasando todos los intentos de reparación. El patrón decidió aprovechar la marea para llegar a Bonanza y hacer allí noche.
El mismo muchacho del equipaje que antes había ofrecido café al atlético huésped surgido de las olas se brindó para buscarle alojamiento:
—En Bonanza irá usted a tierra; allí hay buena posada, yo le enseñaré —dijo. Una clara sonrisa fue la respuesta. Y estas palabras:
—Gracias, gracias, no es necesario... me esperan en el muelle.
Cuando el barquito enfiló la boca del río y recaló frente a Sanlúcar, bien alto el sol todavía, avanzó a su encuentro con premura la canoa que estaba al costado de un pesquero sanluqueño. Llevaba un cabo de mar y cuatro hombres armados: interrogatorio, requisa a bordo...
El extraño personaje había desaparecido misteriosamente en la luz.
•
Salió a la superficie después de pasar bajo la quilla del barco ruso que esperaba autorización para seguir a Sevilla y estaba fondeado en el río, vigilado por un torpedero español. Cubierta la retirada por su sombra, emergió de lo profundo el busto del fugitivo para mostrarse en temple, cortando, veloz, la anchura de esa cosa boba y enorme que es un estuario. Respondieron magníficamente sus pulmones, pero, cuando calculó que la cabeza (sumergida casi al nadar) y el golpe de sus brazos señalarían un blanco ya difícil en caso de persecución, atenuó el brío de sus movimientos: cien segundos, mentalmente contados, para recobrarse. Y si antes había probado su monstruosa resistencia buceando igual que una morsa, le vemos ahora, nadador prodigioso, lanzándose a un forcing frenético, como un corredor en el sprint final. Tira la marea y se hincha el seno libre ya y marino en la margen opuesta de duna y bosque. Allá el mar grande y enfrente el desierto y el ataque del hombre en el agua pirata. Una onda de mito anciano y respiro curvo deposita al fugitivo con blandura en la riba sola. Sin erguirse, se arrastra, busca una trinchera que le oculte, desnuda sus hombros suaves, pone a secar en la arena su andrajo blanco, su andrajo azul, se tiende él mismo para reposar, resuella con anhelo todavía, palpita, yacente. Su piel oscura y mojada tiene ahora, en la radiación de un gran sol que declina, bruñidos fabulosos de arroaz.
•
—He situado a mis agentes donde serán más necesarios —dijo el hombre ancho de la voz ronca y los dedos brutales.
—¿Y dónde cree usted que serán más necesarios sus agentes? —replicó el señor joven y elegante, con su leve acento argentino.
—En el portalón y en la escala, que es donde habrá aglomeración de pasajeros, y en la banda libre, a estribor.
—¡Ah!...
—He hecho también indicaciones a la Guardia Civil y está dispuesta la lancha de la compañía de mar.
—Veo, amigo García, que dispone usted de fuerzas de mar y tierra... Es usted hombre de recursos y para mí un auxiliar incomparable —añadió el señor elegante con ecuánime sonrisa de hombre tranquilo. Encendió, como es de rigor, un habano oloroso y, apartándose del costado negro del espléndido liner italiano, fue hasta la orilla libre del malecón, andando con aire de negligencia y paseo, como si nada le interesara. Y, de momento, nada interesaba, efectivamente, en aquel sitio, a Justo Peralta, el temido detective bonaerense.
Empezó el desembarque de pasajeros. García desplegó una increíble actividad. Con su cuerpo macizo, su ademán enérgico y su grito cavernoso, estaba en todas partes. Mandaba como un sargento y sudaba como un coronel obeso en maniobras. Cuando terminó el desembarque de los pasajeros que rendían viaje en Cádiz, obligó a presentarse a los tripulantes españoles y —acompañado de un oficial italiano— empezó el examen de la documentación. Después encerró a la gente en el fumador de segunda clase y puso dos hombres a la puerta:
—¡De aquí no sale ni una rata! —vociferó.
Pronto advirtió el pasaje de cámara que algo anormal sucedía y eso era inconveniente. La oficialidad del barco empezaba a inquietarse cuando Peralta subió la escala con lentitud, se informó brevemente y aconsejó, imperioso y afable, al celoso conmilitón:
—Está bien, García, está bien ya. Usted ha terminado, ¿no? Ahora tengo yo alguna cosita que hacer por ahí dentro.
•
Cuando el fugitivo despertó, desnudo en la arena caliente, sus ojos, de rasa dureza negra, tenían esa ojera que pinta el carbón en la cara lavada de los muchachos mineros. Limpio sobre todo: en la pupila y en la uña, en la mejilla, en el mordisco blanquísimo de su boca, limpio con color de lienzo planchado. Limpio.
Tumbado como un río él mismo, contempla un instante lo amplio del mar abierto: sube de un lado humo de nubes, más allá fuerte luz, mitad sombrío de siluetas de barcos, mitad delicado en su claror. Atardece. ¿Cuánto tiempo habrá reposado? Siguiendo su hábito de economía, se concentró para dormir unos minutos. «No más de veinte, esta vez», calcula mirando al sol.
Con una flexión rápida está en pie. Se siente ágil y nuevo, frescos los labios; sin sed. Están en la arena secos sus andrajos. De la camisa rasga un jirón que humedece en el río, con él ciñe su frente: venda blanca de futbolista o bandido de trabuco, atada en nudo grueso, igual que una moña, sobre su nuca prieta de extremeño. Se ríe, divertido, al introducirse en aquel pantalón de hombre, que para él es de niño; viste los restos de la camisa y se va al bosque.
Le separan metros de los primeros pinos y kilómetros de los últimos. Más allá, los manchones de monte, el más salvaje cubil de Europa. Y al sur y el este —a su izquierda y a su derecha según avanza en la umbría—, leguas de duna inhóspita, leguas de marisma desierta.
El bosque le acoge propicio, a su diestra vuela una corneja gangosa. Penumbra y silencio, espesuras de la noche que llega; en los claros tiende la congestión crepuscular sus haces de vidriera traspasada, ascuas de rescoldo que se van enfriando. Toda esta visión, aceptada escasamente, queda externa, intacta casi y pura, en la preconciencia del fugitivo. Cautela humana e instinto animal le guían y su recelo pausado mira detrás de las cosas. De la aventura inmediata le separan un sueño y un río; solo vive lo mediato, íntegro y presente, en su conciencia: los últimos minutos a bordo del paquebote, las voces discretas del salón, las lamparitas sobre las mesas, el clamor desdoblado de una urbe fantasma... Existencia en clímax de intensión la suya, estruja la acción extensa, contrae la fluencia temporal, tiene dimensiones verticales de raíz errabunda, emergencias de brote, desvelos de intimidad simple, rica de sabor. Su mano, que ahora engarra, montés, el ramo áspero de un leño, sentía, no hace más de tres horas, en los dedos sensibles, la porcelana tibia de una taza de té.
Se interna el fugitivo, con el mudo andar de sus pies descalzos. Se detiene de pronto: ¿qué ha visto? Su mano se abre y deja caer el leño que apretaba. Distante y súbito entre los árboles, aparece un jinete. Al mismo tiempo empieza a oírse, lejano, el gruñido de un motor.
Retrocede hasta un árbol para cubrirse y desde allí avizora unos segundos: el jinete es un guarda y lleva además otro caballo. El grupo se mueve en la dirección del río. El fugitivo se lanza bosque adentro en carrera rapidísima y extraña: de un tranco va de un árbol a otro, de tal manera que puede detenerse, protegido y oculto, en cualquier momento. Sus pies desnudos le llevan al encuentro del jinete incauto con sigilo de agua. Cuando tuvo cercana la figura tosca del montero, se desvió a su izquierda para flanquearle a su paso. Pero la margen del río estaba próxima y descubierta, con su mayor claridad. Además aumentaba, acercándose tempestuoso, el ronquido del motor. El fugitivo se dio minutos de plazo para terminar allí. Se encorvó, acortando distancia con celeridad pasmosa, sin cubrirse ya. Un grito delgado y un salto de mono: el guarda quedó desmontado como un pelele. Antes de que pudiera hablar —en realidad, la sorpresa y el susto no se lo permitían—, el salteador puso el índice de su diestra en los labios, ordenando silencio, mientras con la mano izquierda tenía el arzón de la jaca. Desenfundó la carabina y, alejándose unos pasos del guarda estupefacto, fue a sujetar el otro caballo, que se encabritaba, nervioso. Era un animal hermosísimo, arreado con lujo. El lustre de sus ancas tenía reflejos de chistera.
—¡Ea, cuaco! —le habló, con cariño.
Sujeto al sillín colgaba un par de botas inglesas, armadas de macizas espuelas de plata. Se las probó. Se veía que estaban destinadas a un hombre de gran corpulencia, pues llegaban, exactas, a sus rodillas. Pero dentro bailaba su pie. Unos puñados de hierba blanda remediaron este defecto. Como volaban los minutos, trajo el caballo hasta el sitio donde esperaba el montero, sin salir de su pasmo ante la tremenda despreocupación del raro personaje, que se detuvo junto a él, dejó resbalar por el brazo la rienda y examinó un instante la tercerola, que no había dejado de la mano. «Esto solo ha de servirme para hacer salvas a los ojeadores», pensó. Y al mismo tiempo que arrancaba de la jaca del guarda la menuda alforja, devolvió a este la carabina, invitándole con un gesto a montar.
—¡Eh! —oyó el cuitado con susto, apenas había cabalgado unos metros. Cuando volvió la cabeza vio a su asaltador que, con ese ademán de los matadores, lanzaba su sombrero andaluz, se lo devolvía trazando en el aire un giro de fiesta. Como autómata sumiso extendió el guarda su brazo para recogerlo... Y picando la jaca, galopó hacia el río sin mirar atrás.
A su vez, nuestro atleta harapiento se convierte de nadador en jinete. De un salto está en la silla, sujeta la alforja, prueba los estribos. ¡Cómo se tiene en el caballo! Le hace levantar las manos, le dobla a derecha e izquierda con alegría y le pone al trote bonito.
Cerraba la noche y no tenía prisa. Pero el zumbido del motor no solo había aumentado: era ya un trueno en el bosque. Se detuvo a escuchar y, volviendo grupas, cabalgó con precaución hacia la ribera, que mandaba desde el agua un palor tardío. Vio algo brillar en el suelo: era la bandolera del guarda, con su placa de latón pulido. Sin detenerse y sin esfuerzo, antes con gracia, la recogió desde el caballo mismo y su erguirse tuvo esa manera propia de quien es un jinete fenomenal.
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Cortó gas y cedió el volante al mecánico.
—Atracaremos sobre el motor porque tira mucho la corriente en este sitio. Yo le avisaré —advirtió, saltando a la pequeña cubierta de proa. Allí, alto y mecido, con la mano en visera sobre los ojos, oteaba la orilla cercana Juanito Bohorques. Había cesado el bramar del poderoso motor de la canoa, especialmente construido por Venturi.
En el embarcadero particular, nadie. Bohorques dio unas zancadas impacientes y ruidosas sobre los tablones carcomidos y ya pedía al mecánico que conectase el potente faro cuando salió de la sombra una voz y, tras ella, medrosa, una figura:
—Don Juanito, por Dios, no alumbre aquí ni con una cerilla.
—¿Qué haces aquí?, ¿qué dices?
—Que estamos en peligro... Me acaban de asaltar y me han robado el caballo, Tragabuches...
Bohorques se encendió de cólera: ¡su mejor caballo! Se fue al guarda, le sujetó por los hombros, le injurió, desatado, zarandeándole con brutalidad. Excitada su hombría insolente, ciego de enojo, habituado a mandar el señor, no admitía réplica. Era uno de esos tipos sanguíneos de los que se dice que tienen una gran vitalidad.
—¿Para qué quieres esto?... ¡cobarde! —vociferó, arrebatando al guarda la tercerola y arrojándola al río con hercúlea violencia. Estaba herido en lo más sensible de su orgullo de ganadero señorial. El preclaro Tragabuches, de estampa rutilante y alzada preciosa, era un animal de fama, mejor entre los mejores caballos de pelea. Le tenía en mayor aprecio que su balandro más veloz.
Con las orejas gachas, sumisa igual que un perro castigado, se acercó la jaca del guarda. Bohorques la tomó de la rienda e hizo ademán de montar. Se volvió aún.
—¿Cuántos eran ellos? —preguntó.
El guarda contó el trance a su amo de esa manera tan salada y ridícula propia del andaluz de tipo inferior. Bohorques volvió sobre sus pasos y le dio la espalda sin dejarle concluir el relato espeluznante. Ya en el borde del embarcadero, le gritó:
—La jaca encontrará su camino. Tú vienes con nosotros.
La ciudad se había iluminado en la margen opuesta, los barcos habían encendido sus lantías y el faro mandaba su relámpago mudo sobre la marisma, cuando Juanito Bohorques y Liniers, el mozo guapo y riquísimo, elegante y bruto, atravesaba como un endemoniado la calma paciente del estero, envuelto en estruendo y fantasía.
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En las cercanías de la ribera había esperado el fugitivo a que subiese la luna. Y ahora cruza con lentitud el bosque, velado por un sordo blancor, al paso de su caballo antiguo. Olían ramas y raíces y olía la bestia crinada en la noche caliente. El jinete se había dado cuenta en seguida de las condiciones del animal: para la fatiga delicado, vistoso y bueno en la carrera tendida, duro de boca para el regate —de los que hacen trabajar la muñeca—, pero un huracán en corto trecho. Por eso le reservaba. Además sabe que le han de buscar lejos de allí, que han de querer madrugarle y taparle la salida.
Se deja llevar, la rienda suelta y en ánfora los dos brazos, las manos apoyadas en el talle escurrido. Ha hecho con la bandolera del guarda un cincho apretado, un ancho cinturón que le faja y le sostiene y le decora con la placa de azófar pulido sobre el vientre musculoso. Así, con el jirón en la frente, el tronco semidesnudo bajo la camisa desgarrada, las botas suntuosas de caballero y las espuelas brillantes, hace un visaje de grotesca belleza, que contrasta muy graciosamente con la intensidad curva del caballo, recordando a esas torres que han asimilado, incorporándolo a su esencia radical, un pináculo extraño, airón de conquista o de dádiva. Para un encuentro de encrucijada o camino, tiene este nocturno jinete reposado la más sorprendente y curiosa catadura.
El recuerdo desplaza la propia imagen, el tiempo es inerme contra él, igual que en los sueños; distrayéndose del contorno, se traslada, ecuestre, por levitación, evoca sus cabalgadas de América entre los grandes ríos como látigos y avernos blancos de volcanes. Raro espejismo: se veía de espaldas en aquel tordo poblano más fiero que un coyote, tan bien arrendado que se revolvía en un metro; se veía compitiendo con la charriada en San Bartolo Naucalpan, floreando, muy limpia, la reata y rematando la bestia con primor.
Un grito y un extraño de Tragabuches le hicieron volver a su viejo bosque marismeño, tierra indolente y fácil, buen sitio del mundo. Pero no le inquietan los bichos peludos que se asesinan maullando en la espesura. Al sentir el resuello del poderoso animal que cabalga, piensa que de las dehesas contiguas salieron para América los caballos padres. Requiere la rienda y aprovechando el claro del bosque prueba un galope en el claro de luna. A la excitación obedece el animal, fino de nervios, haciendo un fragor de cólera. Y no se atreve a aguijarle en el terreno difícil, que azota con la furia de sus cascos, sonoras las entrañas y obstinada la crin. Se sirve de la palabra más que de la rienda para contenerle y amansarle, como el conjuro aplaca al meteoro.
Entre las voces del monte, oye una lejana, para él preciosa: el ladrido de un perro. «Los carboneritos —piensa, en soliloquio—; pronto veré fuego y pronto encontraré agua.» No le preocupa que el animal no coma en algunas horas. Pero quiere abrevarlo de amanecida.
Se detiene en un calvero gredoso para registrar la alforja y entonces la tierra, en declive muy suave, que hace reverberos azogados al globo de la luna, destaca la silueta bizarra del solitario jinete, su fantasma dulce y terrible. El tipo humano que materializa, de profunda raigambre hispánica, es, en realidad, una consecución, un ápice. Y una emergencia al mismo tiempo.
La alforja contenía por todo viático un cuchillo de monte y una caja de fósforos. Desenvainó el acero blanco, lleno de palidez, y probó el filo en una uña, igual que los barberos.
—¡Solingen! —exclamó, riéndose. Después avanzó hasta el árbol más próximo y, empuñando el cuchillo por la hoja, lo mandó, sin pararse, de un tiro exacto y agudo como un silbo. El dardo improvisado se hundió en el tronco hasta la guarnición. Lo extrajo con tino y cuidado y lo examinó aún—: Bueno... Esto es hambre para mañana, pero res segura para esta noche.
Juzgó que se había internado lo suficiente. Además no quería aventurarse en la ciénaga de noche, aunque conocía el vado. Una espina de luz clavada en la espesura respondió, tardía, al ladrido del perro que antes oyera profundo, casi celeste: la detonación invertida precediendo a la chispa y anunciándola. No precisaba norte ni guía por aquellos parajes, mas el candil remoto le evidenciaba el amparo de un caño para guarecerse y la posibilidad de encender fuego en su depresión. El terral, con su hálito de calmas, arrastraría el humo en dirección opuesta a la choza de los carboneros. En la mata puede ocultar el caballo, lejos de la hoguera y de su yacija, con táctica de guerrillero.
Desmonta, sujeta la rienda tibia en la horca de una rama y se embosca en acecho, ventea una presa, empuñado el hierro del sacrificio. Es dueño del fuego también: hará su festín cruento en el bosque y ganará el reposo yerto del sueño.
Por integración, había quedado inserto en el país y componía maravillosamente con su realidad, tan peregrina para el extraño. Sede primaria de opulencia y finura, hoy es un nido inmenso, nevado y negro de plumajes —invernadero de Europa—, campo de ferial desierto, con manchas de hurañía intacta y guaridas hirsutas de salvajada; tiene floresta oscura y duna clara y yermo de romería bronca, ruta de caravana en su linde, una vez todos los años. Edén no ameno, albergó a una falsa pastora de sonetillo erótico y sonsonete canalla y a un genio cincuentón y ensañado. Tiene un bisel nauta de mar y un río viejo y mercader, con dos hombres augustos de cántico, arranque y atalaya de continentes; tiene alcornoques cervantinos y toros navarros; en su aledaño se extinguen, incógnitos, los últimos indios neblíes y esquivos y lentos como cisnes, vagan por su páramo los últimos camellos cimarrones de la marisma.
Ahí queda el fugitivo. Ondas de jaripeo radian su apodo en la brisa, sobre la Sierra Morena; le gritan en Buenos Aires y en Berlín, máquinas y hombres le acosan. Mas ha podido hurtar el documento vivo de su retrato a la codicia de sus perseguidores. Le conocen todos, pero nadie podrá reconocer en él más que una sombra.
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Cuando la monstruosidad se ha hecho habitual, se pierde la medida de sus proporciones. La indignación de Juanito Bohorques era como una válvula de estrépito para la fuerza estéril de aquella vida ociosa de señorito. ¡Su mejor caballo!
Había telegrafiado (con tuteo) al ministro de la gobernación y al director de la Guardia Civil. No le parecía excesivo poner en movimiento un tercio de la Benemérita, levantar una polvareda de alarma y conmover el planeta con los hilos y antenas acechantes de todas las agencias united y associated. ¡Su mejor caballo!
En los espejos enormes del casino, lujoso intolerablemente, de la ciudad, se han bañado las dos Andalucías: la fea y tosca del ceceo rural, de las burguesas jaraneras y fondonas, de los borrachones libertinos, muy devotos, eso sí; y la otra, la ruda y linda de los mozos delgados y de las muchachitas que son muy serias. Como un hito de frontera tendía Bohorques los dos brazos entre el humo fuerte de los cigarrillos y el aroma del café servido a los socios de su tertulia, derribados en gigantescos butacones de club:
—Esta misma noche salgo en la canoa río arriba para atajar a ese cañí. Me esperan los mayorales y antes del mediodía de mañana habré recuperado mi caballo.
El ingenioso de la peña saltó, puntual, recurriendo a la brega de juego doble. Se empinó para alcanzar con su cigarro el mechero que Bohorques —rubio como un flamenco— acababa de encender:
—Dame lumbre, moreno —dijo. Y después de una pausa—: No es que dude de ti ni de tus mayorales..., ni siquiera de tus monteros, armados con aquellas carabinas estupendas que encargaste el año pasado... Vamos, estoy seguro de que tú solo eres capaz de recobrar el caballo que te birlaron con tan inconcebible frescura..., pero hazme caso: no te reduzcas a los monteros y a los mayorales, y avisa a la Guardia Civil.
Bohorques reaccionó tardo, con inocencia:
—Ya lo creo que he avisado. Lo hice inmediatamente y no me contenté con eso: he telegrafiado también a Madrid. Por cierto que han tomado el asunto con gran interés, pues el ministro me ha llamado a conferencia telefónica para pedirme detalles y algo me ha dicho de una gestión diplomática.
—Se deberá a la intervención de ese policía argentino —apuntó uno de los contertulios.
El golpe, célebre ya, de Buenos Aires y la teatral fuga del barco donde Peralta, con ardid genial, consiguió encajonarle igual que a una res de lidia habían prestado a la personalidad enigmática del fugitivo de la marisma desierta una gran resonancia periodística y popular. Y las informaciones, por doble motivo, seguían rezumando sensación. En primer lugar, nadie acertaba a explicar satisfactoriamente el robo de una prodigiosa tiara de platino y monstruosos brillantes —un portento de moderna joyería— que por su rareza y por el inmenso valor de sus elementos era verdaderamente inalienable y, por otra parte, resultaba incompresible que la dama despojada —la mujer más rica de Suramérica, esposa de un prócer inglés— no pusiera el menor empeño en aclarar las circunstancias, muy singulares, en que desapareció la rutilante diadema. Solo recuperar la joya parecía interesarle: que volviera la preciosa lumbre a poner fuegos de pureza extraña en sus sienes audaces de amazona, que entrara nuevamente el ascua de viril sagrado a ocultarse en la bóveda de su tesoro frío, hecha de acero impenetrable como el ánima de los cañones; su tesoro cavado en tierra de pampa, rondado en vigilancia fiel por dos gauchos tigreros. Cuando se celebraban en el Buenos Aires hermético de la fastuosa plutocracia argentina esas fiestas que son un absurdo y un asombro, acudía siempre Justo Peralta, con su propio coche, por él personalmente conducido, a la aislada mansión que la falta de espíritu y la sobra de buen gusto características del patricio inglés habían hecho surgir magníficamente sobre un gran llano de tierras americanas. La célebre tiara de la adusta belleza, castellana rebelde en aquel baluarte pampero, tenía, naturalmente, su aureola de falsa pedrería literaria y su leyenda mundana de chismografía truculenta. Incluso epigramas de aliño pícaro se colgaron en las puntas de su resplandor. Con Peralta —guardando las distancias debidas a quien tenía fama de ser el detective más caro del mundo— solían llegar, en patrulla, los reporters de los grandes diarios, preludiando su maquinal información la divina labor poética de los señores cronistas. Tenía algo de entrada procesional —con sus ya está ahí, ya llega, ahí viene— la aparición mayestática de la gran dama coronada de destellos. Una ausencia, prolongada extraordinariamente, precedió al robo sensacional de la tiara prodigiosa. Peralta, contra su costumbre de hombre discreto pero explícito, se negó, al ser interrogado, a hacer la menor alusión a lo que entonces era el suceso candente de actualidad. Se dijo que fue interceptado un apremiante aviso suyo, que no se escucharon sus advertencias o que fueron ignoradas deliberadamente. Su prestigio profesional no quedó por este contratiempo en absoluto mermado. Antes al contrario: salió fortalecido al conocerse la noticia, oficialmente divulgada por los diarios, de que la multimillonaria argentina había confiado exclusivamente a Peralta, abriéndole un crédito —material y moral— ilimitado, la gestión policíaca conducente a la recuperación de la diadema. Mientras tanto, con su mundana media voz, el escándalo había hecho carne en la reputación de la fuerte amazona envidiada:
—Ha abdicado para coronar a su marido...
Por otra parte, el formidable detective bonaerense, ahora tan reservado, había hecho una declaración impresionante al embarcar, a pleno sol, rumbo a Europa:
—Volveré con la diadema a Buenos Aires —dijo.
Por eso, cuando a la noticia de la fuga del espectral pasajero del barco italiano y de la intervención de Peralta en el asunto se añadió la del asalto al montero del bosque marismeño y, sobre todo, cuando se supo que al omnipotente prócer andaluz que era Juanito Bohorques le habían robado su famoso y soberbio Tragabuches, la emoción y la curiosidad de las gentes alcanzó un punto agudo de tensión.
El montero, con locuacidad ridícula, había lanzado una versión dantesca del asalto, que en dos horas escasas se propagó por la ciudad. Al saberse que Bohorques estaba en el casino, acudieron conocidos y amigos deseosos de noticias, funcionó el teléfono y hasta un «enviado especial» del pequeño diario provinciano hizo acto de presencia. Juanito se sentía rodeado de un rumor de marea que empezaba a aturdirle. Paco Díaz, el ingenioso implacable de toda reunión, que antes le zahirió con poca fortuna, volvió a su faena. Como le conocía, lo primero que hizo fue pedir vino:
—Vino, señores: hay que entonar los nervios.
Se descorchan unas botellas de abolengo y su líquido esencial esparce ese aroma chillón de los vinos andaluces.
Un estruendo súbito desemboca en la calle; se pueblan los balcones, los socios del casino se agolpan en la terraza: Guardia Civil de caballería. Pasan al trote largo las parejas en dirección del río, levantando ecos de inquietud con su martilleo, que no acaba de extinguirse. Varado en la arena aguarda el gabarrón que ha de llevarlas a la margen opuesta, con los guías y los barqueros.
Paco Díaz esperó a que las espaldas indolentes refluyeran a los butacones, a que el encrespado comentario atenuase el burdo manoteo hiperbólico. Y aprovechando una calma en que las palabras dejaron de ser gritos, escupió, apuró su caña, y dijo con estridencia:
—Ten cuidado, Juanito: anda la voz de que es Chao quien corre la marisma.
—¿Ese bandido americano de que hablan los periódicos?
—No es americano.
—Pues de América nos llega: vendrá huyendo de la crisis.
—En todo caso se ha emboscado en tu coto. ¡Buena pieza para una puntería como la tuya! Con esa prestancia que tienes de tirador de copa de concurso... Pero no hay sabueso que eche a ese jabato del monte.
—Ya le echará el hambre.
Juanito era un hombre maravilloso de juego, un muchacho espléndido para el salón y para el estadio: su cultura social podía calificarse de excelente. De sus dos preceptores, solo el inglés obtuvo éxito; al preceptor alemán hubo de renunciar pronto... Así lucía una ignorancia de todas las cosas y una carencia de curiosidad solo concebibles en un inglés que además de inglés fuera señorito andaluz. Esto agrada a algunos de aquellos provincianos importantes, muy resabidos y enterados. Ahora mismo Juanito no acierta bien a anudar la referencia, un poco legendaria a sus oídos, del Chao popularizado últimamente por las informaciones periodísticas con la resonancia palpitante y cálida del suceso vivo que le agita y le atañe. Y esta incapacidad patente de conciliar lo tangible y próximo con lo extraño y remoto abre un tajo en su vida que la duplica, la merma y la hace, más acá, grosera y torpe, más allá, falsamente ingenua, ficticia, purely imaginary. Al hombre falto de pulimento espiritual, la realidad inmediata le parece siempre mentira. Como tiene tan ignorantes los ojos y tan horra de inquietud la curiosidad, necesita que le inventen leyendas. Pero la manzanilla, además, en este caso de Juanito Bohorques y Liniers... Tenía el vino autoritario y la «autoridad», para imponerse, enzarza siempre su raíz en una negación. Bohorques empezaba a engallarse a medida que se iba dando cuenta, lo que siempre tardaba un poco en suceder. Una vez enconado su humor, sostenía con indomable tenacidad su empeño, por disparatado que fuese. Entonces era temible.
Paco Díaz vuelve a la carga con insolencia:
—Si te atreves a mantener el propósito de esperar a Chao, puedes encontrarte con que sea él quien te espere a ti, sin que los mayorales te sirvan de mucho. El terreno es extraño para la Guardia Civil y en cambio Chao lo conoce, según dicen, tan bien como tú mismo. Si te decides, tendrás que fajarte, querido: el mozo es todo un señor.
La brusca reacción de Juanito fue prueba de que había conseguido irritarle.
—¡Es un cuatrero sinvergüenza! —gritó. El desdén de su gesto alcanzó en pleno rostro al malévolo bromista, que, como tal, era muy puntilloso y susceptible. En su frente hubo un entrecejo de rabia y en sus manos ese temblor del que se domina.
Bohorques balanceaba desde sus hombros altos aquellos brazos de púgil que en cierta ocasión memorable vaciaron una taberna llena de hombres y jipíos, de vino y de navajas. Y cuentan aún que después obligó al dueño a cerrar la puerta y que se llevó a casa la llave.
Paco Díaz roe su impotencia rebelde ante aquel paroxismo de virilidad que era Juanito. Ríe con aparente campechanía y hace un viraje de actitud; sigue hablando con gran naturalidad, sin ironía en la palabra ni en el ademán. Pero se dirige a todos, habla en general, substrae muy hábilmente la persona de Juanito a la atención de los reunidos y es tanto su arte que incluso la misma presencia física del mocetón parece borrarse y desmaterializarse, para ser sustituida por el raro aporte de otra imagen, muy acusada y fuerte de color: la del feroz bandido que corre de noche la marisma. No, a Paco Díaz no se le confunde, así, no más... Lo sorprendente, sin embargo, fue la unanimidad con que le siguieron el juego todos, como por un previo acuerdo. Bohorques se sintió disminuido, ignorado, cuando unos minutos antes era el señuelo de la nutrida reunión.
La España del bromazo siniestro. Por derecho de conquista tiene en ella Juanito su lugar como víctima de rango. Mas los pequeños hierofantes de este culto sombrío adoran, naturalmente, a sus propias víctimas. Se contaban las barbaridades de Juanito Bohorques, por sus amigos, con hipérbole llena de entusiasmo, con admiración expresa o tácita. Y entre sus amigos había médicos y abogados, arquitectos y poetas.
Un cuchicheo breve bastó para que la atención de los circunstantes envolviera nuevamente a Bohorques. Y esta vez fue con visaje preocupado, con demostración de afecto leal, casi con desvelo. Se trajeron más botellas.
•
Cuando, dos horas más tarde, la mayoría de los concurrentes a la peña del casino, cumpliendo religiosamente —en sentido estricto— su palabra, se reunía en el embarcadero, Paco Díaz, el mezquino idiota, exclamó con solemnidad:
—¡Nosotros, muy serios!
Fuerte gemación lunar sobre el río. Los buenos amigos que le habían «organizado» la despedida rodearon en silencio el Rolls de Bohorques. Mientras el montero y el mecánico trasladaban a la canoa las armas y el equipaje, se cambiaron unas frases cortadas que fingían emoción. ¡Pero no la fingían! Juanito —vestido de campo, al hombro la zamarra gris, sobre las piernas largas y robustas los amplios zahones que al andar tenían un ludir señorial, en la arbolada cabeza el sombrero andaluz de ala oscura, que sujetaba el barboquejo— mostraba en su cara infantil una contenida expresión de dolor y era de una soñada hermosura, allí, de clara noche, a la ribera del agua. En su decisión había nobleza: era el actor, pero también el héroe mismo. Y su valiente verdad de hombre, su acto dinámico de vida viva, la ausencia de arte en su conducta y de doblez en su carácter hirsuto impresionaron sinceramente a aquellos histriones desangrados. Hubo un movimiento fallido de rectificación por parte de alguno de estos, cobarde ante un movimiento de responsabilidad. La tímida finta fracasó apenas iniciada, pues además de inoportuna y tardía, hubiera sido contraproducente. Bohorques, amparado en su orgullo, ni se dio cuenta siquiera. El trabajo estaba hecho, la faena cumplida y bien lograda. Ya lo sabía su muñidor solapado: era propicia la ocasión y estaba andado la mitad del camino cuando su intervención vino a colmar lo somero de la medida. Además, se había hecho honor a esa costumbre, arraigada en sañudos atavismos, que consiste en suscitar la pendencia excitando, atizando, azuzando, complaciéndose en ello como en el martirio de un animal.
Juanito se despide bruscamente, estrecha la mano de todos, repitiendo, cada vez, un corto «adió». Deja el volante al mecánico, se sienta a popa, pone el chaquetón sobre las rodillas y, al reclinarse mientras arranca la canoa, vuelve la mirada inexpresiva y levanta un brazo en saludo.
Cuando el grupo emprende, con paseo lento y silencioso, el retorno a la ciudad, parece su actitud de ceremonia, y en realidad lo es. Se encienden los detestables cigarrillos españoles, se llenan de acritud los pulmones y las gargantas, alientan las bocas peste de tabacalera. Humo y tos rituales. Paco Díaz escupe y avanza, decidido, unos pasos. Suya es la teoría de la miseria nacional: «del garbanzo nos viene el agarbanzamiento y del estanco... el estancamiento». Para confirmarlo, se advierte ahora en él, bien clara, la acción deletérea que pregona. A las primeras chupadas se rehace bravamente. Se vuelve hacia la pandilla que capitanea y empieza a remedar a Bohorques. Lo hace de modo admirable: se pone de puntillas para aproximarse a la estatura de Juanito, enronquece la voz, adopta un aire deportivo y señoril en los movimientos, grotescamente desmesurados con insuperable propiedad... Qué feo de alma, qué vil. Su magia diabólica produjo el efecto que esperaba. La risa tuvo rugidos en aquellos hombres contorsionados que se tambaleaban, como borrachos, de placer, y se retorcían a la luna. En sus ojos había lágrimas.
•
La Guardia Civil había batido los manchones desde la madrugada. Los tricornios echaron por delante liebres y venados, jabalíes, conejos y sencillas codornices. Pero ni un hombre, ni un zorro.
Sol enemigo, grietas en la tierra, azul blanco de sofocación en el cielo de la mañana. Acostumbrado a los pasos conocidos en su experiencia de cazador, Juanito, seguido de sus dos más expertos mayorales, flanquea el bosque por la linde oriental, espiando las salidas posibles y probables, teniendo en cuenta la hora y la dirección en que van convirtiendo su avance las fuerzas destacadas para el duro servicio. Monteros y guardas puntean la marisma en dilatados espacios y más que otra cosa su fin es vigilar salidas inesperadas, pasos desusados y difíciles y dar urgente aviso en caso necesario.
Bohorques lleva un potro cerril casi, delgado y precioso, de gran alzada, que aún tiene tundido el ijar por el talón romo del desbravador. Templa el vistoso cabeceo de la bestia su fuerte brazo de piquero y hace una noble estampa de esplendor evocado el joven señor del yermo limpio, con sus caporales a la zaga, tres tallas ardientes en aquella anchura tendida y allá el monte andaluz oscuro. Consulta Bohorques su reloj de pulsera y, al advertirlo uno de los mayorales, busca el sol con los ojos: mediodía. Juanito se detiene de cara al bosque y aguarda. En los primeros momentos se le había presentado una angustia opresiva en el pecho, como síntoma impreciso. Era miedo, sencillamente, temor a lo incierto, a lo amenazante sin contorno. Pero hubo una reacción afirmativa de su voluntad rebelde, mantenida con fiera pertinacia. Y después, con la fatiga de siete horas de caballo a la furia del sol, sobrevino la indiferencia. Por otra parte, la posibilidad de que la Guardia Civil hubiera trabajado con suerte y, sobre todo, la esperanza de que la persecución fuera inútil produjeron en él un recóndito bienestar soslayado. Ahora contempla el bosque prohibido que albergó festines de Camachos ducales en su asombrado borde y acogió a los reyes extranjeros macerados en Castilla y resonó cien veces, entre murmullos acordados de gran tramoya, clangores sostenidos de halalí. Piensa en el intruso que profana el vedado ámbito, mira desde fuera la inmensa penumbra, imagina la sombra humana errante, acosada, igual que una alimaña, en su aspereza. Una sombra, sí. Y allí él: un hombre nada más.
Se le unieron los mayorales. Uno de ellos, entornando la pestaña del sombrero cordobés, lamentó:
—Hace congoja.
En aquel momento se percibieron detonaciones que parecían lejanas. Se miraron los tres hombres, como si estuvieran seguros de haber oído bien. Bohorques dijo:
—Son tiros.
—Y es cerca —observó un mayoral— porque viene del río el aire. Aquí estamos descubiertos.
—Aquí estamos bien —replicó Juanito cortando el diálogo y haciendo avanzar a su caballo unos pasos.
Silencio de escucha, vaho de silencio. La marisma tiene un aliento abrasado de espera, un callar pávido en sus distancias. Por el norte la lejanía se sumerge en un gran lago de ilusión: espejismo. En la arena radiante dejó su huella equina la sed de las jacas.
Tiznan el cielo por el oeste ceños remotos de nubes y se abre un céfiro enorme que alivia un poco la secura y trae el eco, muy próximo ya, de nuevos disparos.
Bohorques desveló un candor magnífico no disimulando su contrariedad. No volvía, en regresión, de la indiferencia a la angustia: con pena sofrenada, saltaba en su pecho la ira.
—Mis prismáticos —pide, de pronto. Lejos, a su izquierda, se ve un jinete. Instantes después surgen del bosque otros dos, que se dirigen a él.
—Un montero y una de las parejas que sale a su encuentro —dijo, después de haber observado con inquietud.
El grupo de Bohorques y sus hombres había sido visto por los guardias y el montero, que, haciendo un pequeño desvío sin alejarse del bosque, se acercaron lo suficiente para que se oyera bien su alerta:
—¡Ahí va!, ¡ahí va! —gritaron, internándose de nuevo con precaución.
•
No le vieron salir. Sin golpe de aparición y sin relieve de fantasía, con presencia inverosímil de tan natural y suave, Chao estaba allí con sus ojos ávidos. Siguió la orilla del bosque, amparado en el marco sombrío, y cruzó en trote de paseo ante el grupo atónito. ¿Era verdad? Eso pensaban los tres hombres quietos sobre la arena candente. Para Chao, en cambio, sí que era verdad su prestancia dura en el foco del sol. Reconocía bien la silueta de Juanito, atisbada horas antes desde la espesura, en una agonía de claridad.
Pero el aviso de alarma, el pergeño raro del jinete y el testimonio evidente de sus propios ojos forzaron la pasividad de Bohorques y los suyos, venciendo el aturdimiento de la sorpresa. Cuando una previsión azarosa se cumple, se duda de la visión palpitante que supone, de su viva realidad, ahora, como siempre, inesperada. ¿Cómo otorgar fe de vida sensible al viejo cuento pueril de guardias y ladrones? Se ha abierto la cortina sin romance del pinar bético: misterio a la luz de pastores fusileros a caballo, en las cabezas el sombrero redondo y simple o la negra mitra bicorne; guerrilla erizada en descubierta, militar acoso, rodeo en la marisma.
Rehechos los tres jinetes expectantes, se miraron: «¿Qué hacemos aquí?»... Bohorques, súbito, enronqueció para exclamar con arresto, al mismo tiempo que aguijaba a su potro:
—¡Voy allá!
—¡Espere, don Juanito —gritó, imperativo, uno de los mayorales. Y los dos hombres, como por un tácito acuerdo, avanzaron para cerrarle el paso con los caballos. Volvió el suyo Bohorques de un tirón salvaje, le sangró el flanco para hacer un regate rabioso y hurtándose, brusco, galopó solo hacia el bandido.
Los dos hombres, fieles y prudentes, le siguieron a distancia, pero pronto quedaron atrás con su jacas sufridas. Juanito se alejaba de los mayorales. El perseguido —fresco y entero como su caballo— juzgaba a los demás suficientemente cansados...
Grave y distante se oye un trémolo, mientras Bohorques, iracundo, deja en la blanda liza sin palenque el sordo impacto de su carrera. Va ígneo por la lentitud meridiana, está rojo en el aire.
Chao está pálido. Hace galopar al soberbio Tragabuches, sin forzarle, antes bien conteniendo su ímpetu con el engarre de su puño avezado. Y como el monte se encorva hacia el oeste y Bohorques sigue, ciego, al fugitivo, ya están los dos solos en un gran campo de silencio.
Pero ha vuelto a oírse, con proximidad redoblada, el trémolo que antes era preludio lejano. Se precipita, en segundos, sobre las capas tórridas, como derrumbe aparatoso, desgarrón de aquella alta soledad callada: entre el perseguido y su atacante, cruza la arena, igual que un velo arrebatado, la rígida sombra del alcotán. Es un avión de Sevilla que pasa, bajo y sucio, sin ver a los jinetes, naturalmente.
Juanito se enardece al creerse observado y corta terreno con codicia. Pero Chao no le responde y se le escurre sin mucho esfuerzo: parece que se esquiva jugando. Envalentonado al ver que no busca pelea, Bohorques le ataja ya sin cuidarse. Pronto le tiene cerca, ve su perfil descolorido, y diríase un niño que va a hacer una locura. Mas surge la acritud viril del señorito encorajinado, salta, maldiciente, el hábito canalla y Juanito lanza, como una piedra, el bárbaro insulto:
—¡Collón!...
Chao detiene la montura y se planta. Su palidez es ahora de granito, su rostro no tiene expresión de vida. Hostiga a Tragabuches, que se arbola, obligándole con su voz bronceada:
—¡Gira, eh!
Echa el animal de cara y le corre los acicates. Inerme y feroz, transmite su ímpetu sin estridencia al galope convulso del caballo: habían botado todos los resortes de aquel organismo, que se desató con la violencia de una racha. Metido en el sol ahora el talle fino del jinete, hace lumbres de peto la placa del cinturón bizarro y copia la venda blanca de su frente un ampo cortijero de cal viva.
Con su amortiguador de arena suave, sofoca la marisma el avance tendido de los caballos, que atacan de poder a poder. Ni testigos, ni voces: algo lleno de pavor en su mudez tirante. Acción desligada, contra el tiempo del mundo, acto de sueño en una extensión ficticia, como el capricho terrible de muñecos sin venas.
La colisión es inminente. Juanito empuña ya la Colt de corvino azul pulido, pero solo queda vigor en sus dedos. Un aliento de fuerza irrumpe allí, precediendo al fantasma que viene sobre él agrandado por el vértigo: sus piernas aflojan la tensión ecuestre, el trauma de visión le sobrecoge, le desarzona, le derriba.
Con pericia increíble sortea el encuentro Chao para no arrollar al caído. Sienta las ancas el caballo al frenazo durísimo y derrapa igual que un torpedo, surcando la arena blanda. Salta el jinete como un raposo y queda inmóvil, abiertas las manos y los ojos limpios. Pero Bohorques, aterrado, se tapa con su potro, se revuelve con ventaja y dispara a quemarropa cinco veces. Sabe manejar el arma corta. Al hacer fuego mueve el brazo en sacudida como si fustigara y cada tiro fuese un trallazo de cómitre sobre carne de siervo. Chao extiende en cruz los brazos y vacila para caer: cinco balas clavadas en su cuerpo como cinco puñales.
Los brazos mismos le sostienen con su cruz, semejante al balancín de un funámbulo. Despacio, mas sin mirarse —igual que los toreros— va hacia Bohorques, hace por él sin esfuerzo aparente. Ya le tiene preso, ya se han cerrado sus manos pálidas: esposa con ellas las muñecas robustas del señorito, estruja la lisa piel de color de rosa y hace crujir las poderosas articulaciones con la tenaza fiera de sus falanges. Pero la llave de tormento cede en su presión mortífera ante la mueca del vencido inerte. Chao le deja tendido y recoge la pistola, caliente todavía. Saca el cilindro y, entre las cápsulas mordidas por el percutor, ve una intacta: la última. Entonces tira el arma con dejadez y su voz apagada murmura en soledad:
—¡Os falta convencimiento!...
•
Enhiesto el vencido, doblado el vencedor sobre la montura, cabalgan los dos, sin prisa, por el campo de Almonte. Como es domingo por la tarde, están desiertas las anchas dehesas ganaderas y ellos siguen el camino desolado del yermo, rara vez hollado por los pastores. Nadie les ve. Media hora de trote acelerado bastó para que la distancia tragara por el sur los puntos imperceptibles que se movían en el último horizonte de marisma. Roto el cerco y libre la grupa, Chao lleva su presa en demanda de poblado, acecha la salida. No tantea el desenlace: obedece, más bien, a la simplicidad enorme del juego elemental que le sentencia. Ha de huir de los hombres para salvarse y ha de volver a ellos para ganar su parte y su partida, para buscar el centro normal de su acción humana, desciñendo antes, con cauta previsión, los alamares crujientes del episodio.
Enhiesto el vencido: no hay quién doble el espinazo con las muñecas atadas a la espalda. Bohorques va delante, el sombrero encima de los ojos afrentados, va conducido igual que un malhechor, sobre su famoso Tragabuches. Han cambiado los caballos. El corcel bonito de la estampa señorial había dado todo su rendimiento y, desbridado, va gacho y cansino entre los palmitos y los ixtles. Arrancada la rienda, su cuero sirve de ligadura, y en torsión cruel inmoviliza al prisionero, agarrotando el vuelo libre de sus brazos jóvenes.
Doblado el vencedor, transido, flotante la negrura del pelo hermoso en el aire seco, descubierta la frente de ceniza. Quemado de heridas que se van enfriando y le rasgan de ayes lentos, romero de pena ebrio de ojos, «no puede con su alma». Ahora sí, ahora es todo expresión y exorbitancia sin disfraz: se ha desprendido la venda de brigante y está su cinto sangrado y sin reflejos, como una fíbula excavada. Hay en él una lejanía ausente, un estar sin presencia, todo futuro y antiguo. Tiene un frunce de rencor en las cejas melosas y deforma sus labios desteñidos de espectro un visaje de obstinación brutal. Descompuesto de rostro y de actitud, excéntrico, fuera de sí, obedece al instinto y blande la voluntad como los débiles, sacando del odio energía para sostenerse en espera, doblado y sin rendirse. No puede con su cuerpo. Mas hay un tope de frialdad en la desmesura de su ánimo: se entrega, no se abandona. Ya solo con esfuerzo y contorsión mantiene su dominio, pero lo mantiene. Y todo es resistir. El trance es descomunal para el exhausto. Le llegó de costado el enjambre de balas y por eso tiene solo dos heridas profundas, en el muslo izquierdo, que se ha ligado fuertemente con la faja de seda de Bohorques. Las heridas del pecho, de la garganta y del hombro le hacen sufrir más, aunque no sean graves. La venda blanca que tapaba su frente es ahora un pañuelo rojo al cuello.
Se encorva, sucio de sangre, como desmayado, sobre la crin áspera del potro, en ella mete una mano que se agarra. Con la otra oprime el látigo que quitó al prisionero. Este ha perdido el valor de su fuerza prestada, el lujo de su razón y de su moral. Desmoralizado, menoscabado por una exuberancia más potente que la suya, está su voluntad rendida sin condiciones, con íntegra aceptación, no exenta de pánico supersticioso. Como se inclina el sol ya, ve tenderse a su flanco la tremenda silueta de una sombra vigilante y ve la suya propia tumbarse en la vereda que sigue, dócil, su caballo. La fatiga, el calor y el silencio grande que les rodea ejercen sobre el alma infantil de Bohorques su acción soporífera. La palidez de Chao, entrevista apenas en un poco de sol, le pareció terrible: un mudo jinete amarillo le conduce a la muerte por aquel camino de trasgos. Delira y siente impulsos de aliviar su congoja de hombre con rezo y con lloro de niño. No se atreve a volver la cabeza, caída sobre el pecho levantado. La imagen de Chao es para él una visión incierta de pesadilla. El bandido continúa siendo ignoto en la luz.
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A la vista de Almonte, nubes de presagio, en cerrado avance negro, alcanzan con su bandera al sol, que se ha enrojecido de pronto y muestra, horrendo, su congestión de cuello decapitado. Un gavilán de serranía vuela en retorno y hace un reviro sobre los jinetes, quedando inmóvil y sagrado un instante, como el signo de Horus.
Tiene Almonte desgastadas las aristas de piedra de su calle mayor de Jaca y es que afilan sus navajas los almonteños mozos en las esquinas donde descarga el viento. Geranios solos en las ventanas. Hay pueblo danzante en la plaza dominguera, silbo de mirlo en el pito de fresno, ronquido grave en el parche nómada.
Se meten los jinetes fantasmas por una callecita curva y caen sobre la multitud como aparecidos. Chao se para y lanza un grito de auriga:
—¡Guarda!
Al mismo tiempo hace restallar el látigo con un fustazo salvaje en las ancas de Tragabuches, que da un bote y se dispara entre el gentío. Bohorques, igual que un manteado, se tambalea pugnando por sostenerse en la silla. Chillan las mujeres en aquel polvo de capea, pero los mozos no tienen que bajar los brazos de la danza y atajan al caballo suelto con manos arriba de encañonados:
—¡Ho, ho!
A un extraño de la bestia espantada, rueda el jinete indefenso, por tierra, con testarazo brutal de picador. Un aullido bronco de muta clama en la rustiquez de las gargantas renegridas, el polvo hace humo de hoguera sobre las convulsiones del inmolado que se revuelca en tizones de dolor: ligaduras viles de ajusticiado le atenazan, contra él se erizan las cañas de ultraje y las varas de acebo de escarnio. La bárbara conmoción de sus vísceras le oprime con el bloque de arcilla del ahogo y el síncope retrata en sus pupilas dulces la muerte.
•
Cuando remonta Chao el tramo sombrío de la calleja rural, ha recobrado su inexpresión de cera, y su belleza exangüe ya es delicada. Negrea la transparencia de sus mejillas una barba reciente de desvelo que le demacra y aniña, peregrino de cromo, lacerado el cuerpo en los andrajos mendicantes, deslucidas las botas viajeras, sucio el caballo y lento por los collados mustios.
Como un felino cansado, la tormenta opaca llega con su arrastre premioso de truenos. La lluvia, igual, moja la cara del jinete, cala su pelo y le lava el pecho colorado. El hilo postrero de la querencia tira de su vida aferrada y milenios de hambre le empujan hacia los asilos tenebrosos.
Le alivia el frescor de las nubes y se entrega un poco a la lasitud, con la figura triste sobre el corcel mohíno. Anda, anda, lejano. Se pierde. Se borra en la cortina de agua. Su acción sumergida zapa fugitiva de la luz. No se le ve ya.
Pero vino el día claro. Un reguero incierto de excitación lleva la noticia y se para en el telégrafo público de las estaciones. Cuentan las voces que a la madrugada se oyeron los cascos de un caballito por las veredas y que algunos los vieron y que eran de acero brillante, igual que rieles blancos, pero otros dicen que pasó un caballo grande como de metal verde y así airoso, que tenía las manos siempre levantadas, y otros dicen que era un media sangre y que el jinete montaba a la inglesa y el caballo echaba humo de la piel como de rastrojos prendidos, y cuentan otros que el jinete llevaba un impermeable largo con capucha negra, y otros dicen que era un fraile misionero y otros un padre cura.
II
Carretère se acercó al oído de Peralta —que impaciente y amable le escuchaba de pie junto a la puerta de su sección de pasaportes— y, con sigilosa voz conspiradora, le espetó la terrible confidencia:
—¿Sabe usted?: ¡yo fui uno de los que mataron a Prim!
—Sí, sí... ¡ya lo creo!... Quiero decir que lo creo sinceramente. Aún se nota el hombre que ha sido usted...
Peralta, muy divertido, se despidió del viejo, cuya relación cultivaba con cálculo y cuyos «servicios» retribuía con americana esplendidez. Insistente, reiteró todavía, antes de sacudirse el último cumplido del teatral burócrata:
—Le repito que no volveré por aquí en adelante. No olvide que ha de ser usted quien me busque. Ya le he dicho la hora y el sitio adonde debe acudir.
—¡Con el escudo o sobre el escudo irá este servidor! Y con exactitud astronómica.
La fe sin escepticismo conduce entre los hombres a la tosca pugna de lo que solo en apariencia es lucha de una virtud contra otra virtud. Hay la fe que venda con tules ilusionados y la fe con gafas contra la excesiva luminosidad. Pero cuidado con el escéptico que se pasa de listo. Justo Peralta no pretendió nunca ser (parecer) un aquilino detective invulnerable. Era el hombre de las precauciones inverosímiles y de las decisiones fulminantes. No dejaba madurar demasiado el fruto para que cayera en la red del experimento por propia gravitación. Sabía que lo maduro es algo a punto de ser abandonado del espíritu. Mas tampoco precipitaba el salto para arrancar el brote con prematuro desgarrón. Se daba tiempo, esperando la fugacidad del instante que había de llegar. Que había de llegar «por allí», estaba convencido, porque nada llega sin nuncio y por sorpresa para quien sabe esperar su llegada, previniendo su huida. Cuando gentes congregadas callan, se dice que pasa un serafín. Justo Peralta espía en los silencios el paso de un arcángel.
Las circunstancias hicieron que su entrada en Madrid fuera ruidosa, mas ha conseguido recogerse, contraerse de tal manera en su vida de relación que las amistades improvisadas perdieron por completo su laxa capacidad adherente. Y las nuevas que se le brindan son sorteadas con flexibilidad correctísima o aceptadas condicionalmente, una vez ponderado su valor utilitario. Se daba tiempo el argentino, precisamente porque no quería perderlo. Ya se vería obligado más tarde a forzar su actividad social de hombre necesariamente mundano. No era el momento ahora.
—¿Qué habrá de oculto, de callado, detrás de este Carretère tan delicioso? —cavilaba, sin la menor preocupación, mientras avanzaba, con paso lento, por la vieja calle madrileña. Se cruzó con un grupo de cinco personas, al frente una muchacha, en último término un hombre joven, que le sonrió, reconociéndole.
—Un momento —dijo. Y corrió, presuroso, a despedirse de sus acompañantes, que habían continuado sin volver la cabeza—. Adiós, adiós —les dijo, con inocente amabilidad—, yo me quedo... He encontrado a un amigo... Adiós..., hasta mañana.
Fue doloroso aquello. El saludo de despedida les parecía, sin duda, inconveniente y ridículo, excesivo desde luego, a los compañeros del cordial muchacho, inexperto en las maneras del «estilo brusco». Devolvieron —literalmente— el saludo al novato estudiante con la actitud de quien repele: con ademán repulsivo.
—Son condiscípulos, sabes... Hace poco tiempo que nos conocemos —explicó el muchacho a Peralta, después de recibir el cariñoso abrazo del detective, que parecía complacidísimo con el encuentro inesperado.
El padre de Jesús Quintero —y tío de Peralta— había cambiado la Córdoba bética por la Córdoba argentina, pero de fortuna no cambió, ciertamente. Era un fino señor de cortos vuelos y su muerte fue una desgracia para los suyos, mas no fue una catástrofe familiar. Con los modestos ahorros que dejó, pudo su viuda pasar a España acompañada de sus tres hijos, dos hembras y un varón (le acabamos de conocer) y establecerse en Madrid. Gente sufrida y buena. Pero Jesús Quintero no vuelve de América: viene de América.
—Nunca para estudiar es tarde, aunque sea duro llegar con retraso a ciertas experiencias. Tú has trabajado desde que eras niño. Y ahora quieres estudiar, que no es lo mismo exactamente —replicó Peralta, con alusiva amplitud, a las aclaraciones de su joven allegado.
—Puede que tengas razón. Estudiar me parece una cosa muy importante, desde luego, aunque no acabe de convencerme que sea una cosa seria. Sin embargo, tengo mis aficiones y mis ambiciones enredadas por ese camino.
Estaba enterado, cómo no, de la presencia en Madrid de su famoso pariente. Pero, tímido y discreto, había reservado el momento ritual de la visita y del ofrecimiento imprescindible.
—Pensaba ir a saludarte. También en nombre de mi madre y de mis hermanas. Temía ser importuno y por eso he esperado. Ignorarías que estábamos en Madrid. Aquí, mi dirección... —añadió, entregando al detective una tarjeta—. Ya sabes dónde nos tienes...
Quien no sabe bien la oportunidad de su ofrecimiento, ni las extrañas consecuencias que había de traer consigo aquel encuentro providencial en una calleja de Madrid es el ingenuo y bondadoso estudiante hispanoargentino.
Justo Peralta conserva en sus dedos la tarjeta cuidadosamente. No la ha mirado. Contempla, en cambio, al muchacho, absorto y complacido. Se interrumpe bruscamente para consultar la hora: poco más de las seis de la tarde.
—Es necesario que me invite a cenar con vosotros esta misma noche —dice.
•
El otoño suele entrar en Madrid con embate. Su asalto rudo es más bien un movimiento de acomodo, en realidad es el mismo invierno claro que ya hace su apresto y acampa en su sede villana de Castilla central.
Con el abrigo de entretiempo al brazo, avanza, en marcha rápida, el detective argentino. Calcula que un vehículo tardará más en llevarle por la dirección autorizada que sus propios pasos por las estrechas calles que ahora sigue. Además, nada calma tanto los nervios excitados como andar y fumar. Su figura alta y ligeramente gruesa tiene una elegancia particularísima. Hay algo de prematuramente cardenalicio, por reposado, en sus magníficos treinta y ocho años que no representa. Será con el tiempo uno de esos ejemplares humanos que conservan espléndidamente el vigor y la prestancia de la mejor edad. Es más resistente que violento: el hombre que soporta, con dominio increíble, la fatiga y el insomnio, que mantiene la tensión del más agotador trabajo sin que se arruguen su ceño ni su ropa, fresco y entero como si acabara de salir del baño, cepillado y correcto y «a punto»: incansable, invencible. No es bebedor habitual. Pero si hay que beber, acepta, sin límites, con asombrosa inmunidad para el veneno. Cuando la mano amiga o el propósito avieso escancian en su copa, es su frase cortés la misma siempre: «Gracias, bebo mucho...». Pero no definamos su persona considerando el perfil engañoso. Veámosle de frente: la cara rasurada, fuerte y blanca, en la que azulea la barba, de tan negra, es toda inteligencia y finura. Utiliza la poderosa naturaleza a su servicio solo como instrumento humilde, con dignidad y sin complicaciones que intenten justificar lo que es simplemente un oficio y nunca una misión. Es el secreto de la simpatía. No habrá jamás que restarle el tanto de histrionismo a la noble figura de Justo Peralta.
La falta de fe es en él exceso de inteligencia. No teme el castigo de los dioses como el héroe o el genio —rara vez inteligentes— ni pide víctimas como el santón, invocando su sombra tutelar. Nada le esclaviza bajo el sol y las estrellas fuera de lo suficiente, lo cotidiano y honesto. Ni juez, ni censor: «agente». Busca el provecho material y sabe encontrarlo con la labor de cada día. La fama será una nube ingrávida y fugaz sobre su cabeza, no un duro pedestal inmóvil bajo sus pies. Su acción es la réplica exacta de la acción ajena, su táctica de púgil, la contra. Recibe el poder que la sociedad resigna en su brazo de hombre como recibe el niño el agua bautismal: sin íntima adhesión imposible, innecesaria. La rebelión frente a la norma es pecado angélico y él es de carne y de dolor muy humanos. Con inminencia regular de orto, se entrevera por los atajos del crimen disipando tinieblas de mito, la linterna eléctrica en su mano segura de policía.
A medida que el momento se acerca, su indignación le coacciona con mayor tenacidad. Se detiene a encender un cigarro, continúa con paso más acelerado cada vez. No... ¿Cómo va a dejarse ganar por el impulso de venganza, aunque él crea que solo es de justicia? Apresura el paso todavía, se lleva el puro nerviosamente a los labios, menudea las chupadas profundas. Consulta el reloj. Dobla una esquina: una plaza pequeña que tiene como fondo una ancha calle de tráfico moderado. Tira Peralta su cigarro con violencia, levantando en el pavimento un haz pequeñito de chispas. Está menos inquieto...
Se detiene a la puerta iluminada de un hotel distinguido, que no es un hotel de lujo. Junto a la acera, un fastuoso coche cerrado. Al lado del chófer se sienta un hombre vestido de negro, que se toca con un sombrero hongo y se envuelve en amplia bufanda de viaje. A la mirada inquiridora de Peralta, responde con un imperceptible ademán de asentimiento.
El detective empuja, decidido, la puerta giratoria, penetra en el vestíbulo del hotel, se dirige al bureau, da un nombre y pregunta un número. Detiene el movimiento del empleado que se inclina sobre el teléfono:
—Estoy citado, no es necesario que me anuncie...
El ascensor le deja en una encrucijada de pasillos alfombrados que tiene algo de panóptico.
—Por aquí, a la izquierda —le indica, servicial, el botones.
Un solo golpe enérgico con el dorso de la mano, un golpe autoritario que, más que preguntar si «se puede», avisa que se entra. Ya en el interior, de espaldas a la puerta cerrada —permanece así, sin avanzar, un momento—, la figura de Peralta se yergue un poco teatral por la fuerza de la situación. A lo que contribuye, con fatalidad irremediable, el que la dama, que palidece hasta los labios sin pintar, sea una mujer soberbia. Su vestido es de un color y está cerrado en el cuello y en las muñecas. Pero desnuda hasta las sienes la frente dinárica, que recobra, con el ritmo normal de los pulsos, la blancura de sal fulgente de quien vuelve la cabeza y encara los ojos a la hoguera maldita de la ajena culpa, que es siempre la culpa máxima nuestra. Ni una alhaja descompone la simplicidad deliberada del atavío. Únicamente la riqueza del abrigo de pieles suntuosas denuncia sobre el diván un lujo desplazado allí.
—Me perdona usted la desconsideración, aparente nada más.
—Excesivo... —replica la dama sin mirarle, ya por completo rehecha.
—Imagino que no me esperaba —prosigue el detective dando unos pasos.
—No... Es decir: no tan pronto...
—Me consta que su pasaporte está en regla.
—No comprendo su celo en averiguarlo... Excesivo...
Las aristas cortantes de su voz metálica entre las pausas no suponen ironía. Su voz, como su temperamento, carece de gradaciones intermedias perceptibles. Ahora, inmóvil, mira al intruso y espera.
Peralta huye de la gravedad enfadosa de las formalidades y busca la daga eficaz de la fórmula. Al cabo de un silencio, dice:
—El hotel es de una modestia inconveniente para usted. No puede permanecer aquí. —Después añade, ya con decisión que no admite réplica—: Hay que mandar recoger este equipaje.
Como si no le interesara conocer el efecto de sus palabras, se aproxima al espejo de la chimenea de mármol y toma en sus manos el anticuado teléfono de mesa. Podría contarse por segundos el lapso de lo que entonces sucedió.
Peralta, en tensión de acecho todos los músculos —hasta el extremo de que se ha levantado sobre las puntas de los pies— vuelve, con gran lentitud y sin hacer el menor ruido, a colocar el teléfono, que no ha utilizado, sobre el mármol de la chimenea. Sus ojos están clavados en el espejo, que refleja la puerta de entrada. La empuñadura del pasador gira muy despacio, con un leve crujido. Hay una presión... inútil: la puerta está cerrada por dentro. Peralta había tomado sus precauciones, naturalmente. De puntillas, con muelle salto de bailarín, sorprendente en su pesada contextura, está él mismo junto a la puerta.
Una tabla de ley ciega separa dos impulsos: ¿qué fuerza incógnita pugna del otro lado, qué rebeldía abate su cólera enjaulada y resbala su picotazo mudo sobre una burla frágil; qué vida se represa allí, detenida con trampa de chiquero como el derrote fluido de un caudal; qué embestida cautelosa mella sus navajas, rematando sin pompa en aquella barrera; qué aliento se contiene en la angustia oscura de aquel instante? Peralta va a desvelar el sospechoso enigma con un tirón de su mano firme, buena manopla de cetrero.
De pronto, un cerrojazo. Es indudable: han introducido una llave y han cerrado por fuera, obturando la cerradura de modo que no sea posible utilizar otra llave desde dentro. Sí, efectivamente... Peralta ni siquiera intenta abrir. No se oye una pisada. Ni un eco.
El detective, entre interrogante y amenazador, se vuelve a la mujer, replegada en su margen de indiferencia sumisa, y se le enfrenta largamente con su fijo mirar. No hay palabras. Sabe que a ningún mandato suyo ha de oponerse. Porque nadie mejor que él conoce la magnitud de lo que allí se juega. Además, su manera rechaza el apóstrofe de guante blanco y palor truculento, dos veces repugnante en aquella ocasión y en aquel sitio. Va al teléfono con presteza y avisa para que suban a abrir:
—Alguien ha cerrado impensadamente desde fuera... También habrá que recoger el equipaje de mano... La señora abandona el hotel... Sí, ahora mismo... No, gracias: el coche espera ya...
Pasó la cuadriga del silencio extraño. Peralta «lo siente» con respiro de desenlace. Se oyen ahora pasos duros que se acercan. Pero... ¿qué sucede?
Han dado vuelta a la llave y los pasos se alejan, presurosos. Entonces algo se aclara con rapidez fulmínea, algo que se formula en esta exclamación mental del detective:
—¡No han tenido tiempo de subir!
El lienzo profundo del espejo registra en la frialdad de su pozo de olvido la evasión de una imagen. Abierta con violenta mano la puerta de la estancia, el muro se ha hecho mágico y transparente sobre el corredor iluminado en ocre. Por su tránsito aletea colado un golpe de aire que estremece las cortinas apagadas y hace timbrar la vieja araña de prismas.
Peralta se lanza en persecución igual que un perro. Ve por la espalda al hombre delgado que alcanza ya el cruce de pasillos, pateando la alfombra con prisa y brutalidad. Lleva en la mano el sombrero flexible y, al doblar la esquina por la derecha, recibe su perfil la claridad suficiente para que el detective fije su instantánea con avidez: nariz merovingia, barbilla en punta, pelo muy rubio.
Tuvo Peralta que renunciar. Algo más urgente y comprometido le ata y le retiene dentro del hotel, y dividirse, a veces —en esta ocasión, por ejemplo—, es debilitarse. Se conforma con haber captado la seña personal del «hombre del pasillo», la base mínima para llegar al documento y a la ficha. Esto es bastante: es mucho. Ahora, más que reducir la libertad ajena, le interesa recobrar plenamente la propia.
Cuando llega, portador de la llave, el empleado, Peralta tiene en sus manos el abrigo de pieles de la dama y le abre, acercándose a ella con lentitud en la sonrisa y en el gesto galante. Ademanes y palabras tienen un ritmo distinto de expansión, han sufrido un ralentissement, han recuperado la fisionomía habitual de la segunda naturaleza.
•
Dos testimonios vagos —del empleado del comptoir y de la señorita del guardarropa— y uno preciso —del agente vestido de negro que esperaba en el coche de la millonaria argentina— confirman al detective en su fugaz visión del hombre rubio. El coche rueda ya por la carretera de Aragón, señalando una falsa ruta.
El detective insiste con la señorita del guardarropa:
—Dice usted que dejó aquí el sombrero y el sobretodo y que los recogió al salir.
—Sí, señor.
—¿Cómo es posible que en el comptoir no se advirtiera su entrada?
—Vendría aquí directamente.
—¿Y está usted segura de que recogió aquí mismo su sombrero, de que no traía un sombrero flexible en la mano?
—Segurísima.
—¿Era su actitud de prisa, de impaciencia?
—No, al contrario...
—¿Tenía acento extranjero?
—No habló una palabra. Ya le he dicho que tipo extranjero, sí... Parecía un alemán.
También el empleado del bureau —que le vio salir aunque no le viera entrar— repite que el hombre rubio no daba señales de apresuramiento.
Peralta piensa que si acudió al guardarropa en primer lugar, fue para eludir el control y que si, cuando él le sorprendió, fugitivo, llevaba en la mano un sombrero flexible, fácilmente ocultable, era para evitar la detención en el guardarropa si se veía obligado a salir con apuro. Dada la cruda temperatura otoñal, habría de sorprender la salida precipitada de un hombre, ya no joven, sin sombrero... Como no se vio perseguido, se presentó en el guardarropa tranquilamente, con toda calma: «con flema», se dijo Peralta (sonriendo) en voz alta casi... Por otra parte, la duplicidad que posiblemente se derivaría del trick de los dos sombreros... Quedaba, con todo, un peligro sin cubrir: la pista del sombrerero y del sastre en las prendas hipotéticamente abandonadas. Pero en semejante inocencia no había que pensar...
No ocuparon mucho tiempo al detective estas conjeturas. Se encuentra en la calle de nuevo entre gentes que salen de su trabajo, grupos de desocupados gesticulantes, mujeres agobiadas por el aburrimiento, voceadores de periódicos. Un reloj, rabiosamente consistorial, da la hora en una torre que pone rejas dobles sin claveles a la altisonancia de las campanas. Sumergido Peralta en el tumulto callejero, abriría una pantalla protectora de su sensibilidad auditiva como abre, el que se deslumbra, las manos en visera sobre los ojos. Acaba de ganar su partida de hoy y..., sin embargo, le dura un malestar insistente y minúsculo, algo así como si le hubiesen arañado sacándole una línea ardiente de sangre.
(Verdaderamente que Peralta corre un peligro con el que no cuenta. Se merece que desde una de esas bocacalles de vieja cultura le aceche un genio feo, de abolengo acumulado, y que eche sobre él uno de esos personajes horribles que amagan con el índice ideológico en alto y dicen, «en representación del autor», verdades crueles que castigan y enseñan con mordacidad de disciplinas:
—Vamos a ver: ¿por qué era de modestia «inconveniente» el hotel para esa... seeeñora? ¿Por qué...?
Estamos viendo a Peralta volviéndose con americana despreocupación y argentina suavidad al literario espectro para decirle:
—Bien, amigo: pero lávese.)
Los móviles de una acción suelen ser, para el detective, de competencia secundaria. Por eso no insiste, por ahora, Peralta, sobre el único punto que, tal vez, opone franca dificultad a una inmediata elucidación: el motivo que indujo al hombre rubio a abrir la puerta cerrada por otra mano. Porque esto era de evidencia indubitable para el expertísimo policía: que andaban en el juego dos personajes distintos. El último —de bien inferior calibre— apenas le preocupa. Su rutina profesional sin secreto le salvó de pagar cara una intervención que más que generosidad fue alarde. Tal vez... Para Peralta, en todo caso, la figura del hombre rubio queda provisionalmente eliminada del campo de su atención.
Aunque, por ser puntual, va despacio, le aguija con impaciencia un verdadero anhelo de distracción y reposo mientras se dirige a casa de sus deudos para sentarse a su mesa y compartir palabras amigas. Le mueve el deseo de olvidar profundamente, fecundamente, con lasitud querida en doble sentido, la tirantez de forzado que le retuvo, en su esfera prescrita, de seis y media a nueve.
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Carretère es uno de esos tipos de los que todavía se dice que han sido una «gran» figura y han ocupado una «gran» posición y han «arrastrado un gran tren». La historia indecente, apestosa a colillas y escupideras: el juego, las mujeres, el vino... Ha sido él mismo quien ha contribuido no poco a que se forme la pobre leyenda de sus grandezas de fantasmón caído. Se llama Lucio Carretera. Pero como habla, por defecto, con la «eggue» y como tiene la manía de salpicar de galicismos y expresiones francesas su conversación castellana, sus compañeros de oficina empezaron a llamarle Carretère y el remoquete hizo fortuna. Era hombre que se había batido en duelo, pero tan cortés como valiente. Y más que amable, melifluo. Excepto cuando se encontraba en una plaza de toros o cuando tenía que hablar por teléfono. Contestaba con rugidos a las llamadas telefónicas y en su tendido bramaba como un león de Etiopía. El pobre majadero también era temible con los dados en la mano. Casi representaba los setenta y seis inviernos cumplidos que tenía, pero estaba duro y terne y era de extraordinaria vivacidad. «¡A mí no me jubila nadie!», solía decir. Efectivamente, hacía años que desempeñaba con carácter provisional lo que sus mañas y habilidades habían convertido en un cargo vitalicio. ¡Y bien sustancioso!
Peralta no creía mucho en la vida de crápula que Carretère se achacaba a sí mismo: ¡el viejo bebía ferozmente café!... Por otra parte, pensaba que, como suele suceder en cierto tipo de mentiroso, extraño a la patología, eran realidades palpables y no fantásticas lo que procuraba tapar con sus mentiras o con la desmesura de sus exageraciones. Además: no mentía siempre, ni mucho menos... Peralta sabía muy bien eliminar sus hipérboles; y sus «verdades» le eran, en ocasiones, muy útiles. Ah, si siempre dijera todas las que sabía...
Carretère tiene delante el tercer café negro cuando el detective, que le ha hecho esperar contra su costumbre, penetra en el local apacible y poco frecuentado.
—¿Se han enterado en la Embajada británica? —pregunta, con voz discreta, ofreciendo un habano al viejo, que se apodera de él vorazmente.
—No queriendo yo, nadie se entera.
—Bien, bien, pero... ¿ha querido usted? —replica Peralta, un poco impaciente.
El silencio de Carretère, vulgarísimo en su elocuencia, confirma al detective sus temores. No busca rodeos, ni espera más. Saca de la cartera el cheque preparado y lo pone sobre la mesa sin el menor disimulo.
—Conformes. El asunto «es» perfecto —dice, muy amable, Carretère. Y con un cambio brusco de tema—: Me ha dicho García que pronto colaborará con usted.
Peralta, muy tranquilo ahora, acepta complacido el viraje de la conversación.
—De eso se trata.
—Algo susceptible es. Y con aquello de Cádiz...
—Yo acepto con gusto su colaboración, porque es hombre experimentado que conoce bien esta latitud —responde el argentino, eludiendo.
Carretère junta los puños sobre el pecho, levanta los codos simulando una gran amplitud de espaldas y añade, aludiendo plásticamente a García con una risa bonachona:
—Bajo y trapu: ¡buen cogneur!
—Y de una acometividad imprescindible en determinadas ocasiones.
—Famoso bárbaro... ¡ah, qué García! Frenándole puede dar rendimiento, ça va sans dire... Además es incansable y está siempre en la brecha con diligencia excepcional, estoy por decir que con verdadera saña. —Carretère oculta la mirada y recalca acerbamente la expresión. Pero la atenúa en seguida—: Es que ese es policía por instinto carnicero... ¡Yo le quiero mucho!...
Peralta se ríe francamente al replicarle:
—Su afecto está compensado por parte de García en moneda legítima... ¡le quiere a usted mucho!
—¡Oh, de siempre!... —exclama el viejo, ponderativo. Su amabilidad, llena de gradaciones y matices solapados, con explosiones repentinas, producía una repulsión invencible. Parecía remedar, a veces, la olvidada sombra del señorón que se inclinaba sobre un flácido escote de palco de ópera. Especialmente cuando la entrevista había sido para él de resultado positivo, la despedida era temible. Nada le arredraba. Una noche de éxito, remató así a Peralta, sin inmutarse: «Cher maître: ¡a los pies de usted!». Pero esta vez la despedida quedó frustrada trágicamente.
El detective, con su aguante portentoso, resistía, impertérrito, las inútiles tarascadas del histrión glacial. Pensaba de él que aquella elasticidad íntima de espada, al permitirle doblarse tan eficazmente, le permitiría también vivir cien años tomando café. Sabe que con un listo no vale la listeza. Que solo el golpe o la paciencia de quien puede imponerse le reducen. Por eso se armó de paciencia desde el primer momento y con tal arma descarga, secamente, alguna vez, sus golpes.
—Usted nació en un pueblo de Ávila y ha sido recaudador en Extremadura —dice, de improviso, sorprendiendo a Carretère, que no se deja sorprender, como el payo cauteloso no se deja asombrar por el sonámbulo de circo.
—Yo me considero madrileño... Ah, pardon, antes de que se me olvide, digo, si no soy indiscreto: después de tanto revuelo, ¿no le extraña este silencio en torno de Chao? ¿Est-ce que ha hecho usted alguna visita por las gerencias de los periódicos? ¿O la ha hecho otra persona?
—Aquí no hay esa costumbre. Usted sabe muy bien que suele bastar una súplica justificada y atenta a las direcciones.
—¡Sobre todo cuando es don Justo Peralta quien la hace!
El argentino apenas le escucha. Le contempla, como abstraído, un instante. La sobrehaz de su pensamiento tácito, transcrito en exclamación expresa, con toda su banalidad aparente, podría formularse así: «¡Debe haber sido un hombre guapo, este canalla!».
Es indudable que Carretère chochea ya un poco. ¡Y cómo sabe servirse alevemente de esta flaqueza! Por ejemplo: para no enterarse de determinadas preguntas.
Peralta, que ha vuelto, súbito, de su cavilación, le requiere con suavidad:
—Diga, don Lucio, usted tiene un hijo, ¿no?
El viejo no se entera. Lleva a los labios el vaso de café: su mano tiembla más que de costumbre.
—Hace frío... —murmura. Y mira hacia la puerta, que se abre.
Ha entrado en el local un hombre muy alto, joven todavía. Un hombre elegante... ¿Elegante?...
Hay algo de insensible, de violentado, en la impasibilidad inglesa, que es una falsa virtud. Pero en lo que se refiere al punto de negligencia y descuido, estudiadísimos, en cosa tan importante como es la indumentaria, son admirables, son inimitables los ingleses. El más hermoso muchacho egipcio, bien vestido a la inglesa, parecerá siempre que viene de retratarse. Un egipcio no debe nunca vestirse así.
El hombre que ha entrado en el café se detiene, un instante, aislado, enfocado bajo una luz. Su cara es de un moreno frío que presta exaltación metálica a la regularidad excesiva de las facciones. Su gabán es impecable y todo su atavío recuerda el lujo de algunos matadores de toros que son señoritos modernos y no usan alhajas ni perfumes y sí tienen lleno de reflejos el cabello oscuro y los finos zapatos lustrados. Mas también podría ser el desconocido un levantino; o el hombre que Alfonso Reyes definiría como «un tropical», un secretario de la Legación de Venezuela en París, por ejemplo. Es evidente, pues, que no se viste a la inglesa, pero sí es elegante, cómo no.
—¡Hola! —dice, saludando familiarmente a Carretère. Y se dirige a la mesa que este y Peralta ocupan—: ¿Ustedes permiten? —Tiende la mano a Peralta y hace él mismo su presentación—: Ramón Castañer...
El argentino no tiene tiempo de contestar. Carretère, presa de un ataque de tos convulsiva, oculta el rostro en un descomunal pañuelo de seda cruda que sostiene con las manos temblonas.
—Me siento mal —dice, cuando se calma un poco. Y levantándose—: Estoy algo congestionado. Ya pasará... Un momento, soy con ustedes en seguida... Agua fría en las sienes me hará bien...
No espera réplica ni ayuda y se dirige, con insospechada rapidez, al lavabo. Cuando furtivamente vuelve la cabeza hacia el grupo de los dos hombres, en su cara hay una auténtica, una incontenible expresión de terror.
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Si se consigue captar lo típico del individuo, se sabe, con aproximación prácticamente útil, cómo ha de reaccionar en circunstancias determinadas. Porque se aprende, pero no se cambia: queda siempre una última intimidad radicalmente inalterable. A Peralta le desconcierta, por eso mismo, un poco, la extraña conducta de Carretère. Hay algo allí que falla inesperada, inexplicablemente. Sin embargo, juzga razonable estar alerta.
Cortada su réplica a la autopresentación del llegado —que se ha sentado a su derecha—, el detective, que tenía en la mano la petaca de piel marroquí, le ofrece, con movimiento maquinal, un cigarro.
—Gracias, fumo solo cigarrillos. Dicen que a los que fuman puro les engañan sus mujeres. Yo no tengo mujer, pero tengo esa preocupación. Una tontería... una tontería más... —Le interrumpe el mozo preguntándole su deseo. Su deseo es—: Una copa de aguardiente de Cazalla.
Peralta no reprime (no vale la pena) un gesto de leve sorpresa, de desagrado. Se ha dejado sugestionar por la torpe rusticidad de las palabras. Y su interlocutor, que lo ha advertido, comenta, con antipática desenvoltura:
—Raspa un poquito. Pero es la más espiritual de las bebidas espirituosas. A pesar del clavel en la botella, su esencia, más que jacarandosa y rural, es mosqueteril y romántica. Agua ardiente, corrosiva y dulce. Algo que abrasa las entrañas, intolerable para los señores de la hiperclorhidria y el bicarbonato.
—Y el más activo cordial para los desfallecimientos repentinos —ataja con crueldad Peralta, guillotinando en frío la ensortijada testa de la viciosa argumentación.
—Incuestionablemente —asiente Ramón Castañer sin evidenciarse. Enciende un cigarrillo y olvida su copa.
Hay un silencio que interrumpe el argentino:
—Es curioso que viviéramos en París en la misma calle, aunque solo breves días, y que viva usted ahora igualmente en Madrid en la misma calle en que yo vivo, número...
—Treinta y cuatro... No le digo que en esa dirección «tiene usted su casa» porque, como habrá advertido, soy algo receloso y desde este mismo momento ha dejado de ser ese mi domicilio.
Peralta se levantó rápidamente:
—Dispense: me ofende esa luz. Prefiero sentarme de espaldas a la puerta.
—Como guste, señor Peralta...
—Sí, perdone el olvido: Justo Peralta... Sabrá usted, desde luego, mi dirección actual... y la anterior también, ¿no?
El sedicente Castañer, sin suavizar para nada su ademán de impertinencia, replica:
—Eso lo sabe cualquiera.
Y Peralta, con naturalidad:
—Sí, cualquiera: usted, por ejemplo.
El detective lanzó el plomo del agravio como una sonda de exploración en la tersura engañosa de aquel engreimiento intolerable.
Una contracción de tristeza, de dolor casi, ennobleció, con parvo reflejo de conmoción profunda, la belleza agresiva del semblante hostil. Castañer levantó la mirada joven y la puso, abierta y tibia, en quien ya era declaradamente su adversario.
La sonrisa buena de Peralta veló la desnudez de la pausa embarazosa y su voz la cerró, tranquila y firme:
—Diga: ¿usted recibe The Times?
—Sí.
—Algunos días, como ayer, con cierto retraso.
—Sí...
—Pues vea usted cómo, por una casualidad inocente y nada extraña, he venido a averiguar, sin proponérmelo, sus domicilios o paraderos últimos de París y Madrid. Tenemos el mismo cartero, correspondiente a la misma estafeta, y los dos estamos suscritos a The Times. Un bordecito de goma de la faja de su paquete de ayer se adhirió al que venía dirigido a mi nombre y el cartero los entregó juntos. Se devolvió el suyo aprovechando el segundo reparto de correspondencia y usted recibiría, por lo tanto, su paquete, con unas horas de retraso. Ahora bien, el ejemplar venía reexpedido de su dirección de París, que, pensando lógicamente, sería la última. Parece que no me he equivocado, pero créame que tiene sus quiebras grotescas este sistema de deducción, quiero decir este procedimiento, y que aludí solo por broma a lo que para mí no han dejado de ser sus direcciones privadas... privadísimas. No me crea capaz de jugar despistadamente a Holmes y Watson. En cambio hay alarde y... enigma en su conocimiento de mis domicilios privados. Supongo que no pretenderá usted jugar a Lupin...
—No... ¡cuitado!
La incoherencia, la dulzura y el exotismo prosódico de la exclamación lograron lo que la anterior actitud del soberbio mozo no había conseguido: desconcertar un segundo a Peralta. No por lo que se le ocultaba, no, al contrario: por el abigarramiento, por la frondosidad de lo que se le descubría.
Todavía no sabe el detective si el hombre que se sienta allí, del otro lado de la mesa de café, «puede irse». Pero claro que él mantiene en aquel momento lo que considera su obligación mantener y que puede expresarse con una palabra única: dominio. Por eso se ha «situado» previamente con sabia precaución. No quiere ser el primero en aludir a la ausencia, ya con exceso prolongada, de Carretère, ni quiere delatar inquietud mandando al camarero que averigüe. Por desgracia hay que poner, a veces, la habilidad al servicio del talento. Una fuga inopinada del viejo por el escotillón de la puerta de servicio no le preocupa. Sabe que ha de volver, si puede, que carece de valor para enmascararse. Y sobre todo: que a su edad se es necesariamente fiel a las traiciones. Lo que exige ahora extrema vigilancia, dado lo insólito de su conducta, es una posible proximidad acechante. Peralta comprueba al tacto que no falta la potente linterna en su bolsillo. Después, aprovechando la taza de té que se lleva a los labios, examina —como esos présbitas que miran por encima de las gafas—, con mirada fugaz de experto, la instalación eléctrica del local.
Todo previsto y cerrada la salida, el detective acude a su petaca y espera.
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Replegado en buen orden, en apariencia indemne, ileso, Ramón Castañer se estira nuevamente guarecido en su soberbia. También él pasea la mirada inquiridora en torno, pero con lentitud detallada. Al cabo dice:
—Se está bien aquí. —Y reclinado sobre esta insospechada aseveración, empieza a hablar de arquitectura moderna con raro acento impreciso y segura sintaxis. Parece que está muy enterado.
He aquí un tipo humano peligroso en su brega para otro que no fuese Peralta. No se deja el argentino sacar de sus casillas, ni acepta otro papel que el contundente de delegado de la autoridad que callando otorga o interviniendo prohíbe. No hace una conversión de frente para maniobrar con flexibilidad de estratega: mantiene, irreductible, sus posiciones, es decir, su dominio ganado con sabia previsión. Deja contonearse a su adversario sin tomar parte en el contoneo. Sabe muy bien que con las conversiones de actitud puede suceder lo que con algunas conversiones de credo: que, además de lo que no son nunca, son siempre la equivocación a que aludía Fouché (el archiapóstata, equivocado a la postre, que, como no sabía reírse, no le importó —después de lo bailado que nadie pudo quitarle— no reírse él último).
Es Castañer «muy largo» en todos sentidos, como esos toreros que, sin culminar excelentemente, son eficaces y completos. Por eso perderá en el parangón y en la contienda quien, sin disponer de dotes excepcionales —o singulares por lo menos— se deje atraer por su destreza y seducir por su reto demostrativo. Los discretos y los callados que no lo sean genialmente (Peralta lo es), los artífices y los cortos, harán bien en mantener su reserva razonable. Si se tiran al ruedo de la lidia, se arriesgan a que les empitone el ridículo sin piedad.
No, no es lo mismo la pugna en el gabinete que la esgrima de justa en grande y a campo abierto. En grande y con esa forma de grandiosidad entonada que es la grandeza. Lo grande, que no es necesariamente lo voluminoso, puede ser terriblemente esquivo. Esquivez: pasividad candente. Lo raro es menos condición de lo precioso que lo esquivo. Lo esquivo es difícil y puede ser, no solo monumental, sino copioso, uránico, magno y puro como un monte sin accesos. Pero el discreto y corto, no singular, se encuentra desplazado en la plaza y hace mala figura. Se le ve más la cojera a un veragua tremebundo que a un grillo canoro.
Lo grande no solo exige valer más, tener más valor, exige también exactitud y agilidad y precisión mayores, más delicada gracia y más delgada finura. Además puede el fuerte gladiador agitado —si no lidia desnudo— desceñir la guerrera sudada y rutilante y bañarse... si hace falta, en agua de rosas. Y metido ya en el batín de casa, buscar la poltrona y requerir la lente y el filtro y el estilete premeditado que usa como plegadera.
Sin embargo, pocos son los llamados y menos los elegidos: la siniestra faena portentosa y la diestra capacidad, primorosa y menuda, suelen excluirse. El discreto, el corto, debe, pues, taparse y no aceptar el terreno cambiado que se le brinda, tal vez por un hombre «largo» y mediocre. Cuando el púgil de mucha escuela y escaso punch se atreve a fajarse y a «cambiar golpes» con el fighter, está perdido. El más tosco golpeador acabará holgadamente con él. Por eso un manager inteligente no pondrá nunca a su pupilo en semejante trance. Y por eso no debe tirarse al ruedo de la lidia y sí atenerse al manager de la prudencia el discreto que no quiera dejar de serlo. Que Peralta no se encuentra en este caso es evidente. Pero conviene poner de relieve el peligro que un hombre como Castañer supone para quien no sea Peralta.
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A Carretère le había dolido bien poco la enfermedad de la vejez. En el enfermo se transparentan, agudizándose, virtudes y miserias. Miserias casi siempre y nada más. De estas cosas quien menos suele saber es el médico, que viene a ser el marido ignorante de la adúltera. El enfermo, en cambio, sabe hacer su comedia ante el doctor.
Carretère aparece con salida tabernaria: poco le falta para dar traspiés igual que un ebrio. El rostro de Peralta se ha endurecido al verle. Si siempre es de medalla su corte véstico, doblemente ahora que se acusa con inmovilidad increíble.
El viejo se detiene, se apoya en el respaldo de una silla, se curva demudado por la cara blanca del morir. Castañer acude con presteza y disimulo a sostenerle. El busto del detective se duplica, duro, dentro de los párpados del desmayado. Aunque se rehace en seguida, la mueca de su expresión afilada le deforma sin transformarle, le exprime y exalta la caricatura o la parodia: es más que nunca él mismo, al descarnarse.
Llega hasta la mesa fácilmente y se sienta junto a Peralta, que parece no participar en lo que allí está sucediendo. Castañer, moreno cobre, queda de pie, alto detrás del viejo doblado; se yergue, masculino, como el trasplante letal de la saga hiperbórea. Qué, ¿es la muerte ya con su ballesta?
Pero también se sienta Ramón Castañer.
—Está muy mal —dice, bajito, inclinándose hacia Peralta, que replica:
—Está muy viejo. —Y añade, alzando la voz—: Don Lucio: su amigo le acompañará.
Se levantan los dos hombres jóvenes. Castañer se adelanta a poner dos monedas encima de la mesa. Y —tomándole del brazo— se lleva, casi en vilo, a Carretère. Afuera está su auto. Peralta, que les ha seguido, apresura la despedida, sin fórmulas. Aún se ve a Castañer izar al viejo como a un niño en sus brazos de gigante y depositarlo con suavidad en el interior del coche.
Dentro del café recoge el mozo las monedas que quedaron sobre la mesa, las examina: son dos duros sevillanos. Pero los embolsa naturalmente, con esa resignación del español para aceptar la moneda falsa, digo, con esa satisfacción reincidente con que se aferra a ella, prefiriéndola a la legítima. De los duros sevillanos se dice, se exclama: «¡Son mejores que los otros!».
Ahí queda el aguardiente cazallero en la copita colmada, que se agranda con orfandad en un primer término atravesado y se descompone y se quiebra. Es algo intacto, sin apurar en su naturaleza, propicia a la transmutación noble de Pablo Ruiz, el de la capa monzónica y el quite constante (siempre con su ambiciosa mano de jabegote liberto coleando cometas igual que novillos, en un cielo de horóscopo). Es algo que efluye y se adapta y vaga por los arrabales y los aledaños más comprometidos. Motores en la playa de Sanlúcar, el penal y la mina y el camino de hierro, Cartagena, Huelva y Alcázar de San Juan, la muleta grana de los guardagujas.
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El crema y rosa de Salvation Army o de sociedad protectora de animales esconde apenas, bajo el reblandecimiento de su envoltura, una dureza de hueso malo de roer. A Jesús Quintero le repelían igualmente las asociaciones de beneficencia y las casas de baños públicos (es decir, la moral en común y el baño en manada), pero, aunque le repugnase compartir estas cosas, no podía poner a su sensibilidad compartimentos estancos y decir hasta aquí me conmuevo —para mantener la obra muerta de lo ecuánime a flote— como dice esta y no más el señor que no se ha emborrachado nunca. Le sublevaba sobre todo el que se pretendiera enarbolar, con sucio alarde humanitario, contra la protección de animales, el argumento de los niños abandonados, y precisamente por los que aborrecen tanto a los niños como a los animales que no son de su propiedad. Así, Jesús Quintero, que fuera de España había sido ingenuo defensor de las corridas de toros (con las reservas de decencia elemental), paga puntualmente en Madrid su cuota de miembro de la sociedad protectora de animales y aporta su granito de proselitismo persuasivo, a veces con entusiasmo sincero de neófito.
Había querido descansar, estudiando, en un pueblo rico de la costa santanderina. Era su primer veraneo de España y fue memorable: dejó en sus noches la marca del espanto sobre el sumidero de las pesadillas angustiosas. Hay algo desde entonces que rastrea y se crispa en sus horas de sueño, minando la equilibrada economía de su reposo. Pero no se trata de horrores fuera de la común norma, vigente aún entre hombres pensantes. No, al contrario: se trata de algo regular y cotidiano en uno de los lugares más civilizados de España, donde no hay analfabetos y sí hay personas que «han leído mucho», que han viajado y saben inglés. Se trata, en fin, de algo que a nadie indigna ni sorprende.
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—Has de caer.
—No sabe usted la verdad que dice: he de caer con lentitud, tendiéndome por voluntad resignada, después de haberme apartado del camino. Así he de caer.
—Y... ¿por qué he de apartarme yo si nadie viene?
—Claro, usted no ve venir a nadie —replica vivamente Jesús Quintero, un poco dolido, pero, al mismo tiempo, con una fuerte ironía desacostumbrada. Aún añade, enérgico—: Hay que andar «con la barba sobre el hombro», igual que los soldados de Cortés. Pero como sea ello: si usted no conoce y no reconoce, porque no quiere o porque no puede... ¡defiéndase!
Al mismo Quintero le extraña la violencia nueva y excesiva de sus palabras, que caen sobre el terco viejo agruesado como un argayo que se desprende. Decididamente, el muchacho se desmanda. ¡Él tan comedido! Inexplicable... ¿Será porque le hablan de tú? Su actitud resuelta es la de aquí hay un jaque y ¡rece el Credo! Inexplicable, inexplicable. Además, le parece haber oído lo que va decir. ¿Lo había dicho ya él mismo? ¿O va a repetir como un catedrático de liceo? Porque no solo sabe lo que va a decir: sabe también lo que le pueden contestar, con psicología de parlamentario curtido. Repetición, repetición. Desde luego, tiene el convencimiento de que no defiende nada y de que ataca, que no es la misma cosa. Y sin motivo evidente ni subterráneo y en nombre de algo que no es suyo. Siempre se combate por lo ajeno, por lo que no es nuestro y necesitamos o por lo que nos hemos apropiado y no queremos soltar. ¿Siempre?... Ahora le hablan de tú a Jesús Quintero. Y él se descoyunta todo como un tanque laminador.
El auténtico energúmeno ibérico es jaro y de Valencia. Pero hay múltiples aproximaciones, más o menos mixtificadas y eficaces. Este plantígrado, flojo de garra, que tiene ante sí Quintero es de injerto y recría y, tras un proceso de estabulación pirenaica, olvidó nada menos que su Roma y su Jerusalén originarias, como olvidó su Asia desértica el caballo inglés de Hyde Park.
No se había sentando el estudiante. Tenía la sospecha de que el viejo no estaba tan solo allí, en su butacón de pana. Al llegar por el pasillo, iluminado pobremente con una lámpara de bayoneta y filamento de carbón, se percibían voces y luces violentas a través de la puerta a medio abrir. Cerraron desde dentro con un portazo, apagándose la rabia de las luces como por un golpe de aire y atenuándose la estridencia de la peroración, que empezó a tener eco de vecindad a través de un tabique medianero y con ese tono bélico de consejo de horda que adquieren en esta latitud las disputas familiares entre amigos. Dos golpes decididos a la puerta hicieron el milagro de ahogar toda la resonancia verbal, como si se hubiera desconectado un altavoz. Mas, cuando hubo entrado, vio el muchacho los ceniceros llenos de colillas y vio poso negro y amargo en las tazas cafeteras del velador. Pero no había humo. Extraño. Quintero permaneció de pie en la estancia llena de luz eléctrica y de fría transparencia inmóvil. Rastreaba con disimulo la huella hirsuta de las voces idas: estaba en guardia. Pero él había hablado también. ¿O es que iba a hablar?
De pronto se oyó un siseo, como de metales al rojo blanco. El muchacho se volvió con desconfianza interrogante:
—Es el brasero que se enfría —dijo, riéndose, el viejo.
Jesús Quintero no se dominó ya. Habló con tal vehemencia que a él mismo le parecía que estaban gritándole al oído.
El viejo se encogió en un repeluzno de indiferencia y de a mí qué y dejó caer sobre las rodillas una mano que abrió su rugosa palma bajo la radiación de las luces. Quintero leyó mentalmente en sus rayas sinuosas. Y resumió su lectura en una totalización caracterológica y quiromántica que a él mismo le dejó estupefacto: «¡Pero si esto lo sabe todo el mundo y él mejor que nadie!», se dijo. A pesar del desconcertante descubrimiento, repitió Quintero la lectura tácita, para convencerse, acaso, de que algo tan evidente puede ser verdadero. Como un rezo de liturgia anquilosada y hueca, reiteró:
—Es maldiciente, solapado, ingenioso, tozudo, socarrón, sentimental, maniaco y un poco tonto. Y le agrada que se lo digan.
Abrió un balcón para respirar: le angustiaba aquel aire de gruta. Se encontró asomado a la escalinata de un entresuelo que daba al semipatio de recurso, con su solar descampado y su calle a medio abrir, posterior y nocturna. Lámparas y llamitas cerca y lejos, arriba y enfrente. Muy próxima, una hoguera de resplandor sin incendio, ofuscadora su lengua resollante de gas corrosivo. Hacían este fragor y esta luz unos obreros —engafados y hundidos en una trinchera— que soldaban el hierro negro de un tubo. Abierto, casi al pie de la escalinata, se sume un pozo de atarjea y sobre él hay una cabria inmóvil con su trinca de garrote patibulario y hay una estaca que sostiene, como un grito suspenso, la linterna roja de la precaución.
La desmesura imprecisa de lo pequeño, cuando se trata de algo vacío y no deliberado (lo grotesco menudo e inconsciente), es lo que digiere con mayor tortura el filtro sensible de la inteligencia. Ni en más amplia escala se justifican ciertos fenómenos por una razón de ser. Pues, si concebimos la expansión exacta del tornado que aniquila, no nos explicamos el anticiclón incierto, ululante y desmedido, que no va a ninguna parte. Siendo esto así, ¡qué suplicio será para un espíritu de noble inteligencia esa cosa literalmente acerba y monstruosa y nimia que es una tempestad en un vaso de café! Jesús Quintero desorbitó los ojos incrédulos y se llevó las uñas a la cabeza destocada y su rostro formó el visaje de la desventura. Ingenuo y pueril, interrogó al reaparecido, le preguntó si era su visión verdadera:
—Ah... ¿pero está usted ahí?
No le oyó el viejo implacable, ahogada su exclamación por el estruendo de los soldadores. Le había jugado la vuelta y llegaba transfigurado. Forzada metamorfosis. Sus pasos querían ser enérgicos y empuñaban sus dedos anchos el bastón de estoque de la represalia. Andaba suelto el ogro, al viento la bufanda gris, fugitivo de la espelunca, trifauce para amedrentar a los niños. Su naturaleza, hecha de fea obstinación, al salir despedida por la puerta se acercaba, fatal, a la ventana.
Recibió en la cara el vómito resplandeciente, que le enmascaró con su baño violeta, quimérico viejo extraño. Se llevó una mano a los ojos, ciegos de luz, mientras con la otra blandía el bastón igual que un puntero de castigo, señalando al muchacho atónito, al mismo tiempo que le apostrofaba con su voz poderosa:
—Aquí estoy: ¡no me aparto!
Reprimió su réplica Quintero, calculando el alcance de sus pulmones antes de disparar la voz. El clamor de los sopletes inflamados le imponía el tono de esos diálogos bárbaros de tendido a tendido. En cuanto fue posible hacerse oír, hinchó el cuello y desató sus palabras, excitadas por un matiz de súplica:
—Si no quiere apartarse, ¿cómo puedo, entonces, tenerle compasión?
—¡No quiero compasión!
—Tampoco es apto para el amor.
—¡No quiero amor! Quiero acabar como todos... como casi todos. ¡No me aparto! No quiero confirmar ninguna regla con la presunción imbécil de la originalidad. No me aparto. Pruebe el topetazo generador: lo prefiero así.
Quintero advirtió que el viejo le hablaba de usted, como esos papás que se ponen serios con sus hijos. Pero cambió súbitamente de actitud y empezó a reírse con una de esas abominables carcajadas de trémolo que fingen los cómicos. Después se aproximó. Y con tal renqueo de premura y con un aire tan persuasivo y confidencial que el muchacho descendió la escalinata a su encuentro. Desde el último escalón se dobló, heroico, para escuchar, iniciándose entre ambos un desafinado cuchicheo mantenido en voz alta.
—Lo que aquí sucede no es que usted llega: lo que en realidad ocurre es que yo sigo, que llego también. Este alivio verbal es solo un alto en mis errancias y por eso me ve usted plantado sobre un falso poniente.
—¿Y si es falso poniente resulta un amanecer verdadero?
—El sol sale por todos los caminos y este choque de cruce no quiere decir que yo me ponga en el suyo. Espere y déjeme pasar.
—No puedo: es mi ocasión..., mi coyuntura.
—Piense que pasado mañana volverá a ser la mía.
—Me asombra que usted crea, como yo, en el resurgimiento de la carne. Cuando el actor chino muere, caído en escena, se yergue de nuevo: su cuerpo resucita encarnando su alma. Vaya del camino y échese a morir. Téngase después recto en su efigie, ni delante, ni atrás: al margen. Situado en el eje de su sistema liliput en movimiento, signo de equidistancias.
El viejo —que confundía el límite con la limitación— se sintió gratuitamente humillado en su soberbia rústica. Interrumpió a Quintero con impaciencia:
—¡Por ese lado está franco el portillo!
—Gracias: su rumbo de vuelta no es mi rumbo de ida —replicó el muchacho.
La factura decida y cortante de estas palabras impresionó, en apariencia, a su interlocutor obstinado, que hizo una mueca de conciliación acogedora como una tenaza que se abre. Violentando la sonrisa, impulsó nuevamente el diálogo:
—No domina quien más lejos llega sino quien más alto sube.
—Pero... hay quien sabe tirar por elevación y quien dispone del percutor sutilísimo de lo radiante que penetra los cuerpos.
Algo tenía el viejo de hombrón heráldico, rampante sin nobleza. Era de piedra tenaz su insistencia indomable y el muchacho no tenía más defensa que un revólver de calibre infantil, un arma de torneo entre sedas, como el puñalito de un paje. Pero desconfiaba el cazurro de sus articulaciones oxidadas.
Pesadez de pesadilla. Jesús Quintero no sabía cómo librarse de aquella opresión. Rezó unas palabras de jaculatoria:
—¿Por qué me hizo llamar? Nuestro encuentro es ficticio. Aunque no soy luchador, acepto, si es necesario, la lucha. Pero otra. ¡Más dura! Esta pugna de patio me invalida. Déjeme, déjeme. ¿Por qué no me deja?
—Sería tan fácil... ¡sería tan cómodo! Pues será lo más difícil. Ahí es nada, que le dejen... Pero yo no le voy a entretener mucho: ¿no ve que ya me han gritado el mándese cambiar, como usted diría, no ve que estoy retirado, que sufro de gota? A usted, que tiene piernas y agilidad, le sobran facultades para saltar a la torera sobre mi boina fronteriza.
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Vuelve Quintero como de una momentánea abstracción desdoblada, interpuesta un instante como una adarga de primer sueño plácido frente a la pica angustiosa de íncubo que le amaga allí, entre el artificio plutónico de los fontaneros. Una sofocación repentina, como eruptiva, le enroja la nuca y arrebola de sangre el pabellón fino de sus orejas: le medida se colma y la ira se enciende, al cabo, y se desenfrena en aquel temperamento sufrido. Los suaves dedos buscan el mango de nácar tan sin violencia que su exasperación irremediable parece disimulo.
El viejo tiene ahora con las dos manos su bastón, igual que una lanza partida, y su voz increpa y se descompone al forzarse y se arranca inflexiones corajudas de virago:
—Engañará con el tiempo a la gente. Siempre creerá el vulgo que usted es el fantasmón que lleve a su vera. ¡Pero a mí no me engaña! Ya lo he dicho y lo vuelvo a decir: prefiero la embestida en los riñones y quedar en la cuneta, listo para el arrastre. Oiré, sin ojos ya, triscar la tralla de los chulos y tocar a vísperas quién sabe dónde.
Entre el contenido de los apóstrofes y lo estentóreo de su emisión hay tal desajuste y hay un tan inconcebible desvarío en la acción expeditiva de final de acto, con bajas seguras, a que los dos se lanzan que Jesús Quintero no podrá recordar nunca si esta frase postrera se anticipó en segundos apreciables a los tañidos o si fue con ellos simultánea. Tres martillazos funerales en un riel anuncian la soldada de los soldadores: alto el fuego. Se apagan los sopletes gimiendo igual que hachas inmersas y cesa la luz como un molino que se para. El viejo desenvaina el estoque de su bastón. Pero no es un estoque. Ni es un bastón lo que empuña. Es una estilográfica disforme que más bien parece un arma de panoplia, o una muestra de reclamo, o un obsequio de distrito. Descubre el artilugio en su extremidad una lanceta de médico cerril, sucia de tinta y de sangre. Su punta se ensañó con los desgraciados y se refociló, procaz, con los muertos.
Desguarecido en el silencio súbito, desamparado sin los parches del estruendo, el viejo, torpe, vaciló sobre el pozo de la atarjea. Había retrocedido por falta de apoyo, no porque él fuera capaz de ceder sin ser arrastrado. Basculó, ciego, un instante, crispó una horrible mano fría en el tambor inasible de la cabria y desapareció por el escotillón hediondo, feneciendo allí con todo su siglo diecinueve y su Madrid galdosiano. Pobre señor.
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Cuando el muchacho le vio sumirse, hundido sin salvación en aquel Taygetos suburbano, lanzó un agudo ay de ahogo, anheloso de estertor y fatiga, que le produjo esa tos desesperada de quien pide auxilio tosiendo con locura y que acabó por despertarle.
Tintos de oscuridad los dedos, se llevó la mano a los ojos, ciegos de sombra. Se sentó en el lecho suave con el vértigo de quien no se encuentra y tentó la espalda tibia del muro sin alcanzar el interruptor. Tenía sudado el pijama y arrebatados los pulsos. ¿Tendría fiebre también?
Como un recién nacido dotado de conciencia y privado de visión o como el narcotizado que vuelve de su desmayo violento en las tenebrosas profundidades de una mazmorra, formuló Quintero mentalmente el «¿dónde estoy?» de rigor y se preguntó con ansia de mareo dónde tenía la cabeza y dónde los pies. No fue tan sencillo fijar la propia situación. Al fin, poco a poco, refluyó el recuerdo y al muchacho se le escapó tan hondo suspiro de alivio que no pudo menos de reírse.
—Para una mazmorra —se dijo— la calefacción es excelente... ¡Como que es demasiada calefacción!
Le llegó una sensación olfativa remota y romántica. La misma que en otra ocasión le llegara —por la transferencia undívaga de un Chopin radiado— como gas de lluvia y hojas y vaho joven de lloro cristalino: despertar sin luz en el hotel extranjero tras la arribada nocturna a la ciudad desconocida; extravío de nuevo huésped de Kurhaus suiza a quien sorprende un apagón de medianoche y, sin saber cómo, se encuentra, con sus pasos forasteros y sus fósforos cobardes, en medio de un bosque de pinos, o al borde medroso de un torrente, o a la orilla de un lago, perdido sin remedio.
Recurre al pedernal de su encendedor de bencina y con él busca la huraña llavecita de la luz eléctrica. Allí estaba, servicial y accesible junto al amplio y muelle diván que le sirve de cama, pero a contraria mano. Enciende la lámpara de cabecera, que ilumina con parquedad el aposento magnífico.
—¡Aquí se ahoga uno! —dice, ponderativo y como muy satisfecho de semejante exuberancia de confort. Pero cierra las llaves de los radiadores, entreabre la ventana y apaga nuevamente para intentar dormir.
Al cabo de las semanas transcurridas desde su encuentro con Peralta, es esta la primera noche que se queda en su domicilio. En breves días se trasladará el resto de la familia, según lo acordado con la complacencia de todos. El detective ha abandonado, pues, su hotel, instalándose privadamente. Su tarea inmediata y sus planes a seguir así lo exigen. Y también necesita en torno suyo a personas de todo punto adictas y leales. Es obvio que nadie podía inspirarle confianza más profunda que sus deudos y amigos de tantos años, por rara fortuna dignos de ella.
«El patio de mi sueño disparatado —piensa, aproximadamente, Quintero, que ha cerrado los ojos, pero no duerme— es, sin duda, el lujoso patio-jardín, deformado por la pesadilla, de esta lujosa casa en que tan mala noche estoy pasando. Con este calor de invernadero no es posible un reposo natural. ¡Qué malos sueños me acosan hace una temporada! Y con más modesta calefacción. Son las huellas del veraneo maldito, con su cortejo de animales torturados. No acabo de reponerme de este desequilibrio nervioso...» Etc., etc.
Pronto deja de pensar en monólogo, abriendo un acceso más holgado a la fluencia imaginativa. El malestar, no vencido, le perturba con el tóxico de una excitación desorientada. Se desconoce en su soñar hirsuto, tan claro y preciso de contornos que su despertar incierto y el golpe de visiones que asaltan ahora el rojo envés de sus párpados antes le parecen ensueño que vigilia. Descifrado íncubo y fantasmas en vela rondadores, todo es vivir acaso. En batido romance o en prosa vil. La interpretación, meridiana y simple, de la pesadilla inconexa le desentona y deprime y altera como el ensueño torpe a la cándida novicia. Un diantre bujarrón le burla y afrenta desde algún entresijo incógnito de su propia intimidad. ¡Si hasta en el mismo sueño se encontraba extraño!
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Quintero sentía el horror ineludible de lo inmenso que sienten frente al mar los amigos de tertulia y sentía el mareo de la sangre ante lo terrible sin freno: confusión y náusea, vértigo, invalidez. Cualquiera diría que contaba entre sus antepasados en línea directa un inquisidor famoso. Amaba la disciplina de los astros conocidos y odiaba con mansedumbre lo que le parecían «irregularidades» cósmicas. Le estremecía la disolución, lo relajado y undoso, lo infinito, lo desquiciado: lo sin quicios ni fronteras. Pero la pugna de la vida le había curtido suficientemente de cara a todos los vientos probables y él se gobernaba con sus asideros y sus puntos de mira. Por eso el dislocado torbellino de aquel sueño sin tiempo, al precipitarse con espuma de recuerdo claro en su presente, le anonadaba, enturbiando el paciente camino de arroyo de su modo vital. Se desconocía: no era él quien hablaba soñando. Un redomado traspunte le dictó palabras de desahogo que no eran suyas: había declamado «en nombre de otro», como en las novelas de tesis y en los aborrecibles poemas didácticos y en las epístolas morales y en los prólogos de algunos dramas.
Él era humilde con los grandes, que esto es lo auténtico y valioso. La humildad con los humildes no es humildad: es regodeo. Como era inteligente también, sabía dónde estaba la grandeza para orientar su acatamiento. El servil suele serlo por ignorancia, cuando no por idiotez; por falso conocimiento, por servir a un mal señor.
Dura humildad de piedrecitas limpias, la suya delicada. Pero atención: nadie más lejos del cuitado que Jesús Quintero. Armoniosa ternura en la palabra e insistente puericia en la expresión sin sombra... ¿es poquedad esto? No confundamos. Sería tanto como confundir la placidez con la bondad. Y... ¡qué bondad en sus tácitos porqués! Bondad relativa y humana en su escala mísera, claro. ¡Mísera! A lo bueno sabroso y a lo bello tierno en castellano se le dice rico. Las bellísimas personas suelen tener una pequeña renta cuando menos, o un decoroso destinillo en el peor de los casos. Nuestro noble muchacho es, sencilla y elementalmente, bueno. Mas sin llegar al sacrificio, así, ligero y fácil. El sacrificio es algo que normalmente se nos impone desde fuera, aunque creamos que somos nosotros quienes nos lo imponemos. Se nos impone a la manera de esa arma cargada de normas —o patrones, como los alemanes llaman a los cartuchos— que se ofrece a los culpables de alta traición por sus camaradas de milicia imperial, para que se hagan justicia por sí mismos, con el más calderoniano y teológico de los pistoletazos. Y aun más calderoniano si cabe, aunque menos teológico desde luego, es el tiro limpio, amañado según idéntico protocolo, que se usa en los dramas de honor conyugal austrohúngaro.
En nombre del buen gusto (de una superstición, pues) se dejaba Quintero cohibir por ciertas supersticiones. Y es que —no parece serio decirlo— no le sobraba salud. Pero no nos alarmemos excesivamente: ahora no le falta, por otra parte, ese mínimum de tranquilidad económica indispensable para que un personaje no parezca hoy aburrido en demasía. Clase media, hijo de familia, poca salud... ¡ya está bien! No le exijamos pobreza de solemnidad, y por añadidura vergonzante, al infeliz chico.
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No acaba de dormir, ni acaba de despertar y de sacudirse el polvo de la somnolencia. El recuerdo en la nube. El recuerdo en la nube aterrada pilotea con su brochazo perplejo, se cierne, indeciso. Como un azor proyectado se cala entre nieblas sutiles y se abate —rayo al fin— sobre una figura yerta. Su propio cuerpo yacente sufre la conmoción de una caída.
Reminiscencia que se reitera, obstinada, de aquel viaje por Europa, del obligado itinerario al regreso de América. Veinte días en Londres, pensión de Russell Square, el hermanito muerto; «la guerra y la paz»: dos y dos.
«La guerra», marido y mujer: dos que no se entienden. Vecinos de cuarto. Feo él y fea ella, matrimonio inglés mal avenido. Segundas nupcias. El marido tiene, de la primera coyunda, un hijo mozo, que llega por las tardes, se sienta, toma el té y calla. La mujer tiene un faldero mimado que consume cakes finos y acapara su afectividad. Marido y mujer se insultan, sin pausa, durante todas las horas del día. También dedican a esta faena algunas horas de la noche. La guerra, la guerra.
«La paz», marido y mujer: dos que se entienden. Enhiestos, educados, amables. Son los criados de la pensión que se ocupan de la limpieza. Altos los dos, su corrección no les dobla servilmente nunca. Están bien: dos ingleses de acuerdo. Quintero, en americano, les daba propinas espléndidas, que aceptaban a pesar y además del tanto por ciento para el servicio, adicionado a la nota semanal. Oficialmente no había propina. Quintero se excedía con su esplendidez. Era que le complacía la exactitud de aquellos brazos diligentes, los pasos sin ruido, las palabras cortas y la voz serena, los ojos tímidos y veraces. ¡Estos ingleses! Ellos solos, sin ayuda, puntuales y próvidos, se bastaban para mantener el brillo pulquérrimo de la casa enorme. A las siete de la mañana (en Madrid ocultaba Quintero, como un delito, que se levantaba a las siete de la mañana), con el minutero clavado en la cifra, dos golpecitos a la puerta:
—Come in!
—Good morning, sir.
Allí estaban el desayuno y los periódicos, encargados para esa hora: ni un minuto antes, ni un minuto después. ¡Estos ingleses!
Y se dijo —poco más o menos— el muchacho, el psicólogo listo que abandona ya el devoir y la composition, como los andadores, y se aplica a las circunstancias, proponiendo su ejercicio práctico, de petulancia sin hiel: esta «guerra» de vecinos machacones —sus vecinos de cuarto— viene a ser una bronca de vaqueros con traumatismos menos graves. Unos desgraciados. Que «están ahí» llenando sitio, haciendo ruido y estorbando. No me importa ahora por qué. Carecen de trascendencia. Pero esta «paz» silente del matrimonio encargado del servicio doméstico «está ahí» para que yo me dé el tropezón y la costalada de incauto y caiga de bruces en la emboscada tenebrosa. Para que me ponga en guardia y prepare la guerra contra una paz tremendamente diplomática, para que gaste en vano los tiros y en salvas la pólvora. Bajo la cautela de estos falsos personajes, se advierte algo de convenido y de convencional, un aparente acuerdo de conjura que me parece sospechoso. Me parece sospechoso... ¡luego no es temible! Es la pareja —suele ser una pareja— que sirve de gancho en el enredo de las novelas «policíacas» y motiva esa falsa pista ineludible para que pique el intrigado pez bobo de la curiosidad. Cuando los policías de uniforme, que andan desorientados siempre —así lo exige la técnica de murder party—, aprehenden a la mujer, acorralan al supuesto asesino y enderezan ya, exactos, la boca de las pistolas justicieras al fementido corazón de child killer, surge el detective de paisano —si no tiene a bien reservarse— y lo aclara todo con estupenda tranquilidad. No es «por ahí», naturalmente. El autor (nos referimos al autor del otro crimen, al que se gana su yate de recreo a punta de estilográfica) deja que trascienda, rastreando hasta las narices lúbricas de sus millones de habituales, un olor agrio: pingüe unto de infantes pungidos, mujeres destripadas como caballos de picador... No necesita imprescindiblemente descorrer la cortina del melodrama carnicero: sería excesivo y honrado, y con el olor basta y sobra. No es simulación y finta, es disimulo canalla. La emoción, el llanto, el miedo y el misterio no tienen aquí más alta virtud que la cebolla, el cambiazo, el coco y el cuarto oscuro. Los «malos» no son malos... o lo son menos de lo que parecen. Se les hace inspirar desconfianza para engañar con su interposición. Y así, los criados sospechosos —pensaba el Jesús Quintero de la pensión londinense— son de todo punto inofensivos. Unos desgraciados también.
Efectivamente... El procedimiento falló esta vez en el ejercicio práctico del bisoño. Inesperada y repentina, ocurrió la muerte del hermanito. No hay como la muerte y el triunfo para contrastar las humanas aleaciones. Aunque sea un triunfo modesto, desvirtuado, tal vez. Aunque sea una muerte humilde o inapreciada en su magnitud y potencia infausta..., aunque no se trate de una muerte física y de plañido cárdeno. El dolor de su madre y de sus hermanas y su propia desolación como único hombre de la familia en casa y tierra extranjeras experimentaron claro alivio en la ternura pudorosa, en la participación espontánea y conmovida de los enfadosos vecinos de cuarto de Quintero. En cambio, los criados, recompensados con esplendidez, inofensivos en teoría... No, ni entre sueños puede acordarse de ellos el muchacho. Si no fueron «los asesinos» precisamente, se portaron como tales. Era indudable que en la práctica tenía el procedimiento sus quiebras.
«¡Lo mejor es renunciar a los procedimientos!», exclama Quintero, de quien no se sabe si es que no acaba de dormir o es que no acaba de despertar. Esta exclamación fue lo único diáfanamente enunciado. De nuevo quedó la cadena sin fin de sus pensamientos cubierta por vellones translúcidos, como una tropa velada en parte por el humo, pero rígida y sin perder la formación.
Una evocación detenida, que pide ser aceptada, puede, al cabo, filtrarse por las paredes maestras de la hostilidad. Y allí está de golpe. Quintero siente desde la seca cisterna en que le sumieron, oculto, sus ojos cerrados, esa sensación primaria que el ya hombre retiene, atávico, del todavía niño en él y para la que algunos organismos hipersensibles conservan una aptitud vivacísima. Consiste en registrar, en sentir, prescindiendo de los sentidos oficiales, una presencia insólita. Recordó muy bien Quintero que en la ocasión aquella le despertaron unas detonaciones. Un tiroteo madrugador desde la calle. En el acto sintió que en la habitación había otra persona. Se volvió en el lecho, incorporándose a medias: allí mismo, junto a la cama, estaba sentado un hombre. Su inmovilidad era absoluta y era tan quieta la mirada que el miedo que se apoderó del muchacho fue definitivo. Pero aquel estupor evidente no hizo abandonar su impasibilidad de escalofrío al espectral personaje. Había fijeza hipnótica en el caliente negror de sus ojos extraños que le miraban tan cerca, hundidos en una amarillez de máscara inerte, sobre el muñón asiático de las mejillas. Tenían el párpado superior velado a la manera de los mongoles y se mostraban pequeños y fulgentes en la inexpresión letal del rostro. El muchacho se estremeció hasta la médula al advertir cómo la mano tibia del sopor se apretaba contra su frente. Ya sabía Quintero entonces que el sueño hipnótico es una burda ficción de inocentes y de truhanes, un simulacro de milicianos eruditos, con venerables calvas de Academia los más y con postizas y doctorales gafas de concha los menos y atrincherados todos en ingentes montañas de bibliografía metapsíquica. Pero lo que nos han hecho creer alguna vez deja siempre una huella de fosforescencia supersticiosa en nosotros, que se adueñará de nuestra voluntad precisamente cuando más inermes e inválidos nos encontremos. Pugnaba el muchacho, hasta la crispatura, por sostenerse. Parecía «la víctima» de una ilustración de folletín por entregas, allí en la cama del hotel sombrío, blancas las facciones por la demudación intensísima, crespo el cabello y un pasmo indecible en el mirar exoftálmico. Con una convulsión pudo arrancarse, al fin, esta pregunta rápida:
—¿Qué hace usted ahí?
Lenta —como si llegara de una ausencia, con tardo impulso— la más clara y pueril sonrisa pintó la madera de efigie de aquel rostro, desheló su quietud enorme, se extendió, primero suave y delgada, después ancha, tosca y chillona, de oreja a oreja. Y una voz candorosa entonó, como respuesta, lo que, por mayor comedimiento, adquirió también inflexiones de pregunta:
—¿La lopa?
Era el lavandero chino que esperaba, imperturbable, para llevarse la ropa usada. Quintero acababa de llegar al puerto centroamericano y —como ahora en casa de Peralta— era la primera noche que dormía en el hotel. A pesar de que, tal vez por ser domingo, había revolución (le despertaron a golpe de Winchester), el lavandero chino del establecimiento llegó como de costumbre, y entre las balas de costumbre, a preguntar si había también nuevos huéspedes. Le contestaron que uno, en el cuarto número tantos. Encontró la puerta abierta y al huésped dormido. Y se sentó a esperar.
•
No sabría calcular Quintero el tiempo que transcurrió desde el momento preciso en que el eco de su memoria dejó de reproducir monstruos amansados. Lo mismo pudo haber dormido dos horas que diez minutos. Le despertó, dulcemente, una claridad exangüe, digna de esos verlenianos faroles de gas que son disfrazados reverberos de luna. La luz se colaba por la ventana entreabierta y ponía su hálito fijado en el lomo de libros de un anaquel oscuro, diluyendo tenuidades por la estancia. No recordaba el muchacho haber soñado de nuevo, lo que era tan sorprendente como la desaparición completa del malestar que antes le oprimía. Porque una noche de pesadilla febril suele mantener tercamente su uniformidad de exasperación. Si el sueño se interrumpe es para delirar despierto y si se vuelve a dormir es para volver a soñar. Estas noches crueles dejan un rastro angustioso, que es visible y se hace sentir, a veces, hasta dos días. Sin embargo, él se despierta eufórico y como si abandonara un baño sedante: con una sensación de ingravidez y delicia, casi voluptuosa. Y se despierta por un mudo aviso de reloj de azufre, por un signo puro y largo de selenógrafo: aquella luz de... qué sé yo... de violín húngaro, de fado inasible, de serenata, de romanza en... Pero ¿qué sucede?
Han apagado. Alguien abre una ventana junto a la suya entreabierta. Ahora que escucha, le parece a Quintero el silencio más cóncavo. El globo eléctrico del jardín alcanza apenas las sombras altas del aposento con su radiación difusa. De pronto: ... trac... trac... Ese crujir de élitros que se hace al montar un arma. El muchacho se sienta, tantea con las manos hasta encontrar sus babuchas, mete en ellas los pies y se acerca, sin ruido, a la ventana.
Cuando distingue a Peralta, inmóvil (la lámpara del jardín y la misma iluminación exterior permiten una visión suficiente) a dos metros de donde él se halla, y le ve encuadrado por el marco gris del hueco y apuntando hacia la calle con un rifle, Quintero está a punto de pellizcarse para convencerse de que no sueña todavía. El argentino, apoyado sobre el alféizar, está maravilloso de actitud. En su manera de enarcar el busto se descubre al buen tirador, como el buen automóvil en la bella postura de las líneas eficaces. Contiene la respiración según la regla y hasta diríase que en sus muñecas de cazador se paran los pulsos. Hay una dureza de forja en su afilada rigidez y una tensión potente que incluso se realza cuando, irguiéndose, deshace naturalmente el contorno, sin descomponer el ánima viva del huraño bronce que plasmaba.
El detective ha visto a Quintero. Pone el índice en los labios metálicos y le ordena después, con voz muy baja:
—No enciendas. Vístete como puedas. ¡Aprisa!
El mismo Peralta abre la puerta del pasillo y hace entrar al muchacho, que, intrigado y nervioso, le pregunta:
—¿Qué pasa, hay algún peligro?
El detective no tiene tiempo de dar explicaciones.
—Harás lo que voy a decirte —contesta por toda réplica. Idas su amabilidad y su sonrisa habituales, habla con la corrección y la serenidad de que no sabría prescindir, pero con un nuevo acento cortante y una desusada economía de palabras. De un velador recoge dos llaves —la de la puerta de la escalera y la del portal— y una linterna de bolsillo que entrega a Quintero. Mientras lo hace, no quita los ojos de la ventana.
—Me interesa una descripción, lo más exacta posible, del personaje que ronda por ahí —dice, señalando la calle— en estos momentos. Irás a su encuentro con decisión, pero sin apartarte de la verja del jardín, ni de mi vista. Yo estaré alerta. Si no voy personalmente es porque a mí no me esperaría y de ninguna manera conviene ahuyentarle y mucho menos perder esta ocasión que puede ser única. Das la vuelta por la esquina inmediata, es decir, a la derecha según sales, procurando evitar al sereno. Si es necesario, esperas a que este se aleje. Y te vas al hombre con naturalidad. Lo importante es que él no se te vaya y que fijes bien su fisionomía. Si no te rehúye, haz por atraerle hacia el foco de la puerta del jardín. Así seremos dos a observar. Aquí tengo mis prismáticos...
Quintero ha tomado las llaves y la linterna de manos del detective. Pero, súbito, Peralta le sujeta y le lleva hasta la ventana abierta en la noche:
—¿Le ves? —exclama, con voz velada y áspera.
Fue una visión instantánea. La silueta de sombra de una figura se mostró unos segundos por el borde macizo del muro medianero. Un hombre de talla regular y amplio torso. Y a cuerpo. Vestido con un jersey y tocado con una boina... Eso parecía...
—Recela. Cuando antes encendí luz, pudo escabullirse... Mi prueba no falló... ¡Pronto! Que no se nos escape ahora. No te apartes de mis indicaciones... ni del foco del jardín —dice aún el detective, impulsando, expeditivo, a Quintero.
El muchacho parece dudar, volviendo la mirada como si buscase algo. Peralta le adivina:
—No, no debes llevar armas —añade. Y requiere, brusco, sus Zeiss, sin admitir réplica.
Transcurren unos minutos, más de impaciencia que de ansiedad por parte del detective, que concentra su atención, en centinela desde el lugar que las circunstancias le imponen. Él está en su sitio. Firme y seguro. Como siempre.
¿El hombre del hotel? Su fugaz imagen de celuloide animado, perdida en el túnel de aquel pasillo, fue lo primero que la excitación proyectó, fulgurante, en su recuerdo, cuando antes sorprendió al personaje de la ronda siniestra. No pudo encañonarle con sus prismáticos certeramente. Se le emboscaba en las zonas de penumbra. Entonces, rápido, encendió todas las lámparas de la estancia, que desbordaron, a través de las anchas vidrieras, una claridad escandalosa. El hombre se hundió en la tiniebla y Peralta confirmó, una vez más, que las fieras temen al fuego. La segunda aparición instantánea en el borde, mejor alumbrado, del muro, descartó la más remota posibilidad de su identificación con el hombre del hotel. El sospechoso personaje delataba, en cambio, por lo que pudo entreverse, un extraordinario parecido somático nada menos que con el agente García. Tendría gracia —piensa el detective— que su colaborador trasnochara para madrugarle, quién sabe con qué fines y desde luego con más espíritu de emulación que de compañerismo. Tendría verdaderamente «gracia» de escena de film cómico el que ahora se encontrase...
—Pero ¿qué hace ese muchacho? —exclama Peralta, interrumpiendo, ya con cierta inquietud, su conjetura.
Repentina y próxima, se oye una voz estridente. En seguida aparece Quintero, mas por contrario lado, es decir, viene de la dirección opuesta a la indicada por Peralta. La celeridad con que se sucede todo no permite al detective definir la ansiedad que de él se apodera. El muchacho se detiene bajo el foco de la puerta del jardín y se vuelve, con rapidez, hacia la ventana, no se sabe si en tácita demanda de auxilio. Acaso para dar a entender, al situarse, que no ha olvidado esta medida de precaución. Inmediatamente gira sobre los talones y, en posición de guardia, espera. Como la desgarrada voz oculta es señal indudable de peligro para el indefenso, el detective se echa el arma a la cara y se mantiene clavado igual que un hito. Cuando el hombre del sweater alcanza, vociferante, la arista del muro que le tapa y Quintero, con loca temeridad, se encorva, extiende el brazo izquierdo y se dispone a agredirle, suena un chasquido y el foco eléctrico del jardín salta con estrépito. No ha habido trueno de disparo. Diríase que se ha hecho restallar un knut en la sombra. El hombre del sweater huye. No le ve ya el detective. Pero observa el estupor que denuncia la inmovilidad extraña de Quintero en la incierta claridad de la calle y oye, instantes después, un chillido penetrante de cuadrumano, un grito agudo que se aleja y se ahínca en el aire frígido como un hacha lanzada. En el acto ilumina su habitación, llama con siseo apremiante al muchacho atónito y le hace signos de que suba.
•
Quintero llega con la linterna encendida, que en su mano parece la batuta de un excéntrico. Cuando acciona con ella, todo trémulo y agitado, hace una figura grotesca y lastimosa. Peralta no se ríe. Le quita la linterna, que apaga en silencio, le ofrece un cigarro y le deja que se desahogue y se calme.
El muchacho trae las mejillas arreboladas por el frío y la vehemencia. Se pasea y habla, mientras fuma:
—¡Qué salvaje, qué bárbaro! Vino detrás de mí enfurecido, insultándome de una manera soez. Al principio, cuando pasé a su lado, me miró abiertamente. Se reía con sus ojillos... Sí, sí, estoy seguro de que se reía. Confiado yo entonces, atravesé la calle para volver la cabeza con mayor disimulo y poder observarle mejor mientras cruzaba. Una vez del otro lado, como advertí que no se movía, volví atrás por la misma acera...
Ahora sonríe Peralta. Sin el menor aire de reconvención, interrumpe al inepto aprendiz de esbirro.
—Estaba ya bien. Yo te recomendé naturalidad.
No intenta Quintero defender su inocencia torpe. Ha cometido uno de esos errores de estilo y de tacto que tan frecuentes son en hombres de su tipo mental cuando se enfrentan con la acción viva y tocan su aspereza. Al darse cuenta de la propia ineptitud, un cauto movimiento, que puede llamarse instintivo muy bien, les hace replegarse sobre sí mismos normalmente. Así Jesús Quintero recobra su reconcentrada quietud característica, no erizada por cierto con púas de estúpida soberbia. El formidable prestigio de Peralta, el afecto, la simpatía y la noble admiración que siente hacia él contribuyen también, sin duda, a que dicho movimiento secundario aparezca esta vez acompañado de alivio y sosiego evidentes. El muchacho se tranquiliza por completo. Incluso empieza a divertirle, con nueva excitación de muy distinto género, el lance de rara fantasía que le ha tocado vivir a pesar suyo. Impulso vacilante y sumiso, encauzado por el ajeno imperio, movió, hidráulica, su insegura mano, ese molino azaroso de ruleta que produce el efecto propicio, desesperado ya. El muchacho se siente descargado como de una angustia, de la energía tensa que electrizaba su cuerpo inducido. Ha dejado de ser instrumento. Se ha hurtado, con fatigas, a la motora rabia del salto generador y —atrás el torbellino de las rotaciones— se complace en la débil espuma engañosa del agua pasada.
Quintero se da cuenta de que el detective está cuidadosamente vestido, con su escrúpulo habitual. Y ahora se fija también en una carabina flamante, acostada, igual que un violín, en el mullido raso de un estuche abierto.
—Inofensiva casi, pero de gran precisión. Construida especialmente —aclara Peralta, cerrando el estuche. Se sienta después en el diván junto a la mesa escritorio, toma su petaca y elige, despacio, un puro. Sin prenderlo, mantiene encendida la lámpara del mechero en sus dedos largos. Con muda contemplación mira sobre lo ocurrido —que desconoce en su total magnitud— como sobre un parapeto.
Elegante y brusco, enciende el tabaco fragrante y se encara, decidido, con el muchacho. Le ve calmado, tranquilo y curioso, advierte cómo saborea, pueril, su situación llena de novedad y maravilla. Le interrumpe con cálida voz, que no se preocupa de suavizar:
—Tienes la impetuosidad sobresaltada de los tímidos. Hay que corregir eso. Gracias a que el viejo recurso... Y ¿por qué no atendiste mi recomendación de doblar la esquina de la calle por el lado derecho?
—También me recomendaste que evitara al sereno y por eso di la vuelta en sentido contrario.
—Pues otra vez, si llega el caso..., lo que es difícil, procura seguir minuciosamente mis indicaciones. Te había dicho que, si era necesario, esperases a que se alejara el sereno. Pero dejemos esto ya. Quedamos en que retrocediste por la misma acera donde te encontrabas...
—Sí... Entonces el bárbaro, inesperadamente, se arrancó hacia mí, cruzando la calle. No le esperé y a mi vez crucé, desviándome, casi a la carrera, para ganarle ventaja, consiguiendo llegar hasta la puerta del jardín antes de que pudiera alcanzarme.
—Tuviste dos ocasiones de observarle perfectamente. Dime cómo era.
—De mi estatura, poco más o menos.
—Más bajo que tú.
—Es posible... Los ojos muy pequeños y oblicuos, la cara descolorida y el cuello atlético.
—También dijiste que al principio, cuando pasaste a su lado sin que sospechara de ti, parecía reírse.
—No es que lo parecía: estoy seguro de que se reía infantilmente.
—¿Infantilmente?
—Sí, igual que un niño. Su cólera vino explosiva, sin transición.
—Al apostrofarte, lo haría en castellano.
—Sí.
—La estridencia confusa de sus gritos no me permitió desde aquí entender las palabras, ni precisar su matiz. ¿Con qué acento hablaba español?
El muchacho queda pensativo un momento. Después, sin titubear:
—Con acento gallego.
—¿Con acento gallego?
—Sí... como los mozos que trajeron los muebles.
Al instante surge la imagen de Castañer, como una visión sensible, ante los ojos de Peralta, que no se deja seducir —aunque le impresione— por la coincidencia diabólica. En este aspecto el caso no ofrece la menor dificultad.
—Entonces —asegura el detective— solo puede ser un ruso de humilde extracción..., aunque no sea un eslavo precisamente.
—¿Y el caballo?
—¿Qué caballo?
—¿No oíste gritar al hombre?
—Oí un chillido largo, espeluznante.
—Habrás visto, al final de la calle, en la dirección que siguió él, a mano izquierda, en el lado opuesto a la fachada de esta casa..., me refiero a la fachada posterior —puntualiza Quintero, señalando la ventana sobre el patio jardín—, habrás visto allí unos solares muy extensos que forman una especie de parque rudimentario y que se utilizan también como campo de deportes.
—Sí, donde termina la calle y la parte urbanizada de este sector.
—Exactamente. Por ahí apareció el caballo, acudiendo al grito singular del fugitivo como un can doméstico. No tuvo que correr mucho el hombre, pues el animal, trotando, ligerísimo, vino a su encuentro dócilmente. Era mayor y más robusto que un poney, pero pequeño y muy peludo y sin rienda ni silla. Igual que las amazonas de los circos ecuestres, montó el hombre de un brinco y, al galope, desapareció por el descampado en sombra.
—Naturalmente —explica el detective, pausado—... naturalmente. Aun quedan atajos en las ciudades y en sus aledaños. Y por ellos, no hay piernas de corredor, no hay ciclista, ni moto, ni coche que siga a un jinete. Todavía, en una ciudad, puede ser la salvación un caballo en la noche.
Peralta calla. Continúa, en realidad, hablando consigo mismo. De repente pregunta al muchacho:
—¿Tú nunca te has avergonzado por otro?
—Tal vez... en alguna ocasión... —balbuce Quintero, un poco desconcertado.
—Pues yo he tenido hoy miedo por ti —dice, con semblante frío, el detective—. ¿No viste —añade, sin precisar la persona— «su» anatomía heráclea transparentarse, como un basalto pulido y violento, bajo el sweater ajustado?
•
Suena el gong perezoso del reloj exacto y responden ecos vigilantes por las torres oscuras. Se anuncia el día. Ladra, cerca, un perro de pastor y, caídos en patios hondos, cantan los gallos de las veletas. Se oye la tracción suave del ascensor bruñido: agobiado con el mismo cuerpo y alma de la víspera, un borracho sube al quinto cielo. Antes del día blanco. Casas apagadas igual que nichos, un millón de amortajados en las sábanas negras, unidad aplastante y empedernida, sordidez bajo el gran plomo de la indolencia sin orgullo, diversidad parva de belleza y de anhelos acechantes, fallidos, logrados, inertes. En el monte, los fosos de agua; en el llano, los fosos de tierra, y en medio, ciegas, sin llama, las casas de barro y cristal.
Hora de desvelo y agonía. Va a nacer el día nuevo. Hordas fantásticas de ceniza humana oscurecen el sol y le preceden y le siguen tendidas, con su amenaza eterna, y le plantan, como la tienda rubia de un incendio, en su vivac. Un jañ pálido y celeste, domador de enjambres irritados, hizo estrujar hierro de aerolitos, filo de estrellas para sus yataganes.
Rendido en una de esas sillas de cuero tirante y metal aséptico que electrocutan al exhausto, Quintero guarda silencio ojeroso. Es ahora el detective quien pasea por la amplísima estancia con lentitud de ensimismamiento y expresión a un tiempo exaltada y glacial, marmórea. La tangencia que resbala sanguíneos reflejos oportunos y de circunstancia estricta, sin alterar un punto lo sereno estable, lo inconvulso equilibre, presta un visaje irregular, desacostumbrado y peregrino a la estatua severa de Peralta y entinta su voz con orales rasgos de pluma de ave agorera.
—Son la fuerza —dice, con vago mirar y fijo acento—, son la fuerza, limpia de leyenda propia, con esa fantasía primera, inocente igual que la hermosura cuando aún se desconoce el espejo de los remansos. Y esta fuerza pura tiene la destrucción por fin y este fin se cumple como una ley. Sin ellos no se movería el mundo: son el azote, la espuela de Dios. ¡Que el Señor nos libre de su furor sin mancha!
Es de día. No ha recobrado Peralta su sonrisa, mas acaricia ya la suavidad en sus palabras bondadosas cuando, tomándole del brazo paternalmente, dice al muchacho (que ha encontrado su dulce quietud):
—Debes acostarte. Ese hombre ha sido sorprendido y no me interesa, ni me atañe... de una manera directa. Hemos espantado al pájaro de momento, sin demasiado escándalo. Pero, atiende bien: será preciso que de todo ello no se vuelva a hablar más.
Quintero ya no sabe lo que ha soñado y lo que no ha soñado y, cuando se encuentra nuevamente bajo el edredón, se encuentra también lo que se dice sumido en un mar de confusiones. Es como si le hubiese atrapado el puño de un gran viento para sacarle del mundo aparente donde buscaba efugio y zarandearle, con su chicotazo, a la intemperie de las polvaredas y las celliscas.
Peralta ha encendido el segundo cigarro, ha desenroscado la boca humeante de un termo y sigue midiendo la alfombra con pasos lentos y elásticos. Encima del fichero de metal barnizado hay un revólver que hace de pisapapeles sujetando unas cartas ya contestadas, pero no archivadas todavía. También hay un sobre y un paquete sin abrir. El detective consulta su reloj de pulsera y mira instintivamente al teléfono. Va hasta el fichero después, toma el paquete y el sobre y apaga todas las luces, menos la lámpara de mesa, junto a la que coloca el paquete y bajo cuyo foco —después de sentarse en el mullido butacón— rasga el sobre con una plegadera de marfil. Desdobla la atractiva cubierta azul y descubre el texto pulcramente dactilografiado y cosido a ella. Encabeza la primera página el membrete de esa institución cervantina que es The Anti-Opium Information Bureau, de Ginebra, y cuyas comunicaciones periódicas recibe y estudia Peralta no solo por deber profesional, ya que siente una fuerte simpatía de conmilitón hacia el tenaz caudillo de la nobílisima cruzada.
Esta vez se refiere el informe al tráfico de estupefacientes en Manchuria y en la frontera mongola. Su interés, de imponderable dramatismo, adquiere relieve grandioso en la objetividad documental. El detective, indefenso, no para la sacudida que le estremece todo. Un haz de contactos imprevisibles chispea, hace horas, en torno suyo. Advierte que un peligro le invade y le coacciona y le desplaza: está emocionado, simplemente.
Es lógico, quién lo duda, que a los literatos de diverso jaez y no digamos a los señores periodistas se les haya ido, sin «verla», tamaña información, hecha para ellos; mas no es equiparable su caso al de un minucioso policía sin magia como este argentino del mundo. Pero leamos con él:
«Ginebra, 22, 1, 1932.— En junio de 1931, un oficial nipón que viajaba por Manchuria fue detenido por soldados chinos. Su muerte a manos de estos y la consiguiente protesta del gobierno japonés constituyeron el preludio de la ocupación de la Manchuria. El rapport del general del ejército de Mukden reproduce el siguiente diálogo entre el militar japonés y los soldados que procedieron a su arresto —según la versión francesa del Bureau ginebrino:
—Quel est votre nom?
—Je suis le capitaine Shintaro Nakamura.
—Quel est l’objet de votre arrivée en Chine?
—Surveiller les opérations de restitution et l’état des chemins de fer.
—A quel objet destinez-vous l’héroïne qui est en votre possession?
—Ce n’est qu’une drogue.»
Puntos suspensivos en metralla... continuados muy discretamente por los moderados puntos acústicos del teléfono.
Una persona situada en el otro extremo de la misma estancia oiría con dificultad la voz clarísima del detective, al aparato:
—Hallo... Biarritz?... Hallo... C’est vous, Grimaldo?... Sí, hable... Bien... Bien... Bien... Bien... ¿Cómo?... Hallo... Hallo... ¿Cuándo ha terminado la fiesta en casa de los Monterrey?... Pues nada hay que hacer ya de ese lado de la frontera... Naturalmente... Tiene usted instrucciones precisas, Grimaldo... Eso sí, gracias... ¿Completamente solo?... Sí... Sí... Cabriolet, ¿no?... Ahora no hay para qué hablar de eso... ¿Alguna otra peculiaridad?... ¿Está usted seguro de que no cruzó con ella la palabra?... ¿Nada más que en francés?... ¿Con qué acento?... No hay acento español... Por nada... ¿Con acento gallego? Dirá usted portugués... En efecto... No se ocupe de esto ya... En Madrid sin moverme... Pues va usted a Saint Moritz... Sí, sí, pobre Chaplin... En absoluto... Muy buena hora... Sí, como siempre... Adiós, Grimaldo.
Avanza la mañana vigorosa y el cielo empieza a cobrar intensidad. La triste florescencia de la lámpara matutina cohíbe su palor trasnochado sobre la mesa del detective insomne cuando ya afuera se oye el piar afanoso de los gorriones municipales y se oyen los timbrazos de los tranvías jornaleros y las bocinas cascadas de los taxis que se desvencijan camino de las estaciones ferroviarias y se oye la andanada sorda y telúrica del metro a intervalos constantes y cuando, bajo el tremor alto de las primeras avionetas de aprendizaje, se oye también el galope marcial de los lecheros.
Peralta, que ha vuelto a medir la alfombra con pasos ausentes, se llega, mecánico, a la mesa y hace girar la llave del interruptor como una espita. La lámpara se desangra y seca su halo desvaído, y el detective, que parece recuperarse, retornando del transitorio descentramiento, reanuda el holgado paseo de un extremo a otro de la estancia. Su soliloquio, en momentos susurrado, permite una traducción muy verosímil. Al cabo sonriente, viene a decir ahora, con amargura y sin acritud: «Un menudo avispero... Pobre cockney. Lo mismo que Douglas. Se parecen por los marqueses, estos judíos. Indudable... Se pueden tener ciertos talentos y... ¿No tiene talento poético Giraudoux? Y Proust mismo, ¿no se parecía por los marqueses? Claro que el genio es siempre un poco parvenu, cuando no es un dios lar. Parvenu aunque no quiera y se disfrace de huraño y taciturno».
Lleva la palma de la mano Peralta a su pelo, dócil y brillante, y la deja caer como si se sacudiese algo. Consulta el reloj nuevamente. No es hora del baño todavía. Como no quiere dormir, busca unos minutos de distracción y de descanso.
Abre el paquete que puso antes encima de la mesa. Libros: el Napoleón para señoras de Ludwig y una nueva traducción interesante de la Ilíada. Hojea el epos de los inmortales y pronto le gana su desenfado encantador, su «buen gusto» inconcebible, su inmoral mentira. Se abandona con lasitud, empieza a deleitarse, a gozar...
Pero suspende la lectura, prohibitivo, con una mueca difícil:
—¡Ah!... Ce n’est qu’une drogue! —exclama.
•
Debe ser tardísimo. Está ya el sol muy alto cuando se despierta Quintero. De un brinco se planta en medio de la habitación. Ve la ventana abierta y se asoma, protegiendo los ojos con la mano, tal es la claridad que desborda el patio-jardín, con su cuidado césped, su verja de escasa altura y su gran puerta de hierro, que sirve de entrada a los garajes de los inquilinos. Haciendo visos de blancor silíceo en el día, el globo de alumbrado que remata el arco sobre la puerta luce su integridad oronda. Una doncella, muy mona con su delantalito, cruza, nalgueando, el soleado asfalto de la calle.
Quintero no quiere, ni puede, recordar. La luz todo lo ha borrado. Nada vela y apaga como su polvo radiante que funde las cosas en una realidad de sueño.
Con la esperanza de alcanzar la última clase de la mañana, el estudiante se bañó y afeitó en minutos. La nariz, empolvada con exceso, y una cortadura indiscreta y rebelde, que intenta restañar con el pañuelo, son testimonio elocuente de su premura. Pensando desayunar cualquier cosa, de pie, en cualquier sitio, se dispone a salir. En la puerta misma tropieza con la mujer del portero, encargada provisionalmente de la limpieza y de atender en lo más necesario al nuevo vecino, que, por cierto, recompensa sus servicios con generosidad capaz de ganar la voluntad más hostil. (Las hermanas de Quintero acuden también por las tardes, ayudando en lo urgente, remediando las comprensibles deficiencias, procurando amoldarse a los hábitos de su primo y adaptarse a un género de vida nuevo para ellas.)
El muchacho se lanza ya escaleras abajo. Pero la portera, muy sorprendida, le interpela y le detiene:
—El señorito salió temprano con el coche y me advirtió que cuidara de no despertarle.
—¿No dijo a qué hora volvería?
—Mandó que se avisara al chófer para las seis y media.
—¿Nada más?
—Nada más dijo.
—Bien, hasta luego.
—Vaya con Dios.
La advertencia previa de Peralta, reveladora de sus propósitos —cuando decidió la convivencia con sus parientes—, no había de quedar invalidada por la singular intervención del muchacho en algo que, si por sí mismo no confirmara su carácter de excepcionalidad (confirmando, de paso, lo regular de la ulterior conducta del detective respecto de Quintero), ya reforzado por la elocuencia del mandato que obligaba a olvidar lo sucedido, se convertía en reiteración bien clara y suficiente: «Será preciso que de todo ello no se vuelva a hablar más».
Como nadie sabía Peralta cuándo le sobraba un colaborador y cuándo y hasta dónde era utilizable el que necesitaba en un momento dado. ¿No había de saber que a la fidelidad inapreciable de Quintero no se le podían exigir cosas imposibles?
Además, no había para qué distraer las querencias del estudiante, bajo su Camino de Santiago. Él no dejará de avanzar en su «carrera», aunque no sea corredor de los cien metros. Antes bien, es de explorador su avío, y su viático moral ha de permitirle jornadas penosas y largas. Y así parece más diligente que aplicado y más tenaz que constante. No tiene posaderas de empollón.
La portera gorda y laboriosa y las mismas Amparo y Manolita Quintero —las hermanas de Jesús— conocían ya mejor que el estudiante ciertas costumbres del detective, particularmente las domésticas, como es natural. Por eso, en la madrugada última, se admiró el muchacho de ver a Peralta vestido y correcto, sin que faltara un detalle a su indumentaria, lo mismo que si esperase una visita. La explicación está en el hecho de que este sencillo policía sin actitudes (y con actitud) duerme vestido siempre, como aquellos famosos caballeros de los libros, tan aferrados a su armadura que no se la quitaban jamás. Pero sin el tufillo. Con un poco más de higiene, que no en vano cambian los tiempos. Un argentino más o menos prócer (¡y no digamos una argentina!), si puede humanamente, no se priva por ningún motivo de sus tres o cuatro baños diarios y de sus tres o cuatro cambios diarios e íntegros de ropa y calzado. Tampoco descuida nunca el argentino sus rasuradas de mañana y tarde. Este hábito nacional, cultivado por Peralta con minucia y aun llevado a la exageración, si ella es posible en estas cosas, le permitía meterse, «en forma» y completamente vestido, a última hora de la noche, bajo su manta de viaje, sobre el diván que le servía de lecho, y levantarse, «en condiciones», cuando fuera necesario, siempre a la orden, obediente siempre a la exigencia del momento, igual que un autómata. Cuando las circunstancias le dejaban hacer una vida relativamente normal, se entregaba, tanto al acostarse como al levantarse, a un largo rito higiénico, rigurosamente estudiado. Solo esto y su extraordinaria naturaleza hacían factibles la resistencia sin angustia, la exactitud sin esfuerzo, el ritmo y el equilibrio en toda su persona y hasta un extremo tal que estas virtudes recatadas y de índole nada detonante, por cierto, habían adquirido, a pesar suyo, resonancias de celebridad y ecos de leyenda. Peralta desconocía ese indumento casero y ridículo a base de pijamas preciosos, batines y pantuflas. Igualmente detestaba (y aquí era su delicado gusto lo que decidía sobre toda consideración de utilidad) ese alarde de indumentario deportivismo que —en su exceso tartarinesco— le inspiraba verdadera repugnancia, sobre todo en los países hispánicos, donde suele ser más disfraz que otra cosa.
La madre de Quintero, por cumplir a conciencia el encargo de Peralta, ha ido a Córdoba. El fin de este viaje es traerse a dos mujeres que asistan en las faenas de la casa eficazmente y en cuya fidelidad puedan descansar tanto ella como sus hijas. El detective solo quiere a su lado personas de antiguo conocidas y probadas. En cuanto a la vecindad del piso que habita y la personalidad de los porteros, tiene la garantía inmejorable del agente García (es detective o inspector, en realidad, pero le titulan agente, como a sus subordinados), que fue quien le presentó al administrador de la finca, allanando servicialmente las dificultades que surgieron para el contrato. Era evidente que Peralta se instalaba en Madrid de una manera provisional y transitoria, y no podía llenar todas las condiciones que el documento exigía.
Cuando Amparo y Manolita Quintero llegan al domicilio de su primo, les sorprende que nadie responda a su llamada. Como el día anterior entregaron a su hermano el llavín que Peralta les dio la primera vez que acudieron para ayudar en la instalación del sobrio menaje, requieren al portero, llamándole por el hueco de la escalera. El buen hombre, muy reluciente de librea, sube en el ascensor y les franquea la entrada, con sus ademanes ceremoniosos de diplomático jubilado.
—¿Podría usted dejarnos el llavín? —pregunta Manolita.
—Imposible... Tengo órdenes especiales del señor —replica, con indudable aire de misterio en la voz sentenciosa, el hombre del uniforme.
—Será que como ha estado el piso solo y acaso quede solo también cuando nos vayamos nosotras, Justo le habrá encomendado alguna misión secreta: recoger y subir la correspondencia o los telegramas que lleguen, por ejemplo... —dice Amparo, mientras avanzan las dos por el pasillo con sus pasos ágiles de despreocupación, que se apagan, silenciosos, en la gruesa alfombra.
Empieza su faena por el despacho de Peralta —que se ha reservado, con Jesús, la parte posterior del piso— y consiste en detalles de limpieza y ordenación. Ya hemos adivinado que el detective no usa dormitorio (no nos atrevemos a escribir la palabra «alcoba», símbolo y resumen de la carroña moral de un siglo): sería tan absurdo como usar quinqué petrolero. Porque podemos alumbrarnos con un candil de aceite, con una tea o con un velón, pero no con ese repulsivo artefacto que nadie sabe para qué sirve, ni si ha existido (!). Peralta dormía en un diván de su despacho. Este comunica, por un lado, con uno de los tres cuartos de baño, que a su vez tiene entrada independiente; y por otro lado, con un pasillo, al que se abre, próxima, la puerta del cuarto de Quintero, y más al fondo, la puerta de la cocina. Como el aposento reservado del detective es de grandes proporciones, se comprende que la segunda puerta del cuarto de baño anexo dé a la cocina misma, desde donde se puede entrar para hacer la limpieza y preparar el servicio, sin tener que atravesar el despacho, naturalmente. De modo que esta segunda puerta del cuarto de baño pone en comunicación —cuando se abre la primera— el despacho con la cocina. Pero desde aquel no puede observarse lo que en esta sucede, porque ambas puertas no están una enfrente de la otra. Como detalle interesante, advirtamos que hay en la cocina, además de la puerta que se abre al pasillo y de la mencionada del cuarto de baño, una tercera puerta: la correspondiente a la escalera de servicio. El torno, que debe comunicar con el comedor y que no se ha utilizado todavía, tiene obturado su hueco por la corredera. En el pasillo —que forma ángulo recto con el más amplio de entrada, y a su final— hay también otras dos puertas, de habitaciones, vacías aún, para servidumbre. Todos los balcones y ventanas están cerrados, pues se ha ventilado hace poco tiempo. Hay un tibio ambiente de propicia conductibilidad.
Pero hemos olvidado a las dos muchachas y ni siquiera hemos hecho, en regla, su presentación. Imperdonable. Son muy agradables, muy jóvenes y muy semejantes. Manolita y Amparo. Procuran disimular esta semejanza, que no las enajena, con una indumentaria diversa en lo asequible dentro de los cánones de tiranía que la modernidad les impone. Puede decirse que solo llevan dos prendas iguales, aunque de distinto color: los dos sombreritos minúsculos y graciosos. A nadie, dueño de sí, le agrada ser un doble o tenerlo. Manolita es casi tres años menos joven. Quién lo diría: parece mayor Amparo. No..., no son inteligentes..., ¡cómo podían serlo! ¿Qué falta les hace? Pero tienen ingenio vivaz, que, por ventura, no prodigan. Son deliciosamente serias, y en la meta de su juventud lograda, son criaturas que no encuentran qué aprender ya en el mundo. Viven del recuerdo breve, porque apenas saben sufrir y nada puede aguijar en ellas el avance de una huida. ¿Huida?... Todo lo más una fuga sin agravantes, que termina en boda si no es ingrata la suerte. Esto hay todavía. Nuestra educación lo estimula. ¡No se ve el remedio! Y hasta tiene su encanto, cuando se toman las debidas precauciones. Aprender... ¿para qué? Se evita, con generosidad, el fuego —y el riesgo— de lo mejor, porque retiene gratamente el mimo de lo bueno conocido y su calor amable. El hondo aprendizaje se verifica solo por aquellos que ganan renunciando, tal vez porque a nada tienen que renunciar. En este clima, en este lugar y en este momento, son como tienen que ser, Amparo y Manolita, con sus gorros de legionario y sus bragas infantiles.
Y qué ocurrencia, qué dulce peligro de tentaciones si imaginamos esta coyuntura —más dionisiaca que apolínea— favoreciendo la solución circunstancial, con decoro y conveniencia, del trámite erótico, no desdeñable en un detective como Justo Peralta, desdivinizado y razonable, desconocedor íntimo de todos los iconos y desfacedor práctico de ellos, cuando era posible sin faltar a lo decoroso, ni rozar lo inconveniente. En este arte sabía llegar al prodigio. Figúrense ustedes.
Todo está listo y primoroso en el despacho del policía. Manolita se dirige al cuarto de su hermano. Se dispone a salir ya cuando suena un timbrazo potente, que la asusta un poco. No llega a abrir la puerta del pasillo y vuelve sobre sus pasos, indecisa. Entonces Amparo, que es muy medrosa, dice:
—¡Qué llamada tan fuerte! Me da miedo.
—Debe ser en la escalera de servicio. Ningún otro timbre tiene un sonido así —contesta Manolita. Y añade—: Voy a ver.
Entra en la cocina por el cuarto de baño. Amparo, desde el despacho, donde espera, oye un rumor de cadenas y cerrojos que le parece siniestro. Y un diálogo tan corto y mantenido en tono tan discreto que no puede entender las palabras. Pero en seguida vuelve Manolita, compungidos el rostro y la voz.
—Las pobres tienen que subir ahora por la escalera de servicio: son unas hermanas de la Caridad que piden limosna.
—Pues dásela. Ya sabes lo que Justo dice: «Hay que creer en algo». Lo dice en francés siempre.
—Claro que les doy limosna, pero sin acordarme de lo que Justo dice.
Toma unas monedas de su bolso mexicano y sale con pasos ligeros. Instantes después se oye cerrar la puerta de la escalera de servicio de un solo golpe, sin rumor de cadenas ni cerrojos siniestros. Manolita entra en el despacho seguidamente, dejando abiertas las dos puertas del cuarto de baño.
Amparo insiste —ya tranquilizada— sobre el tema de la limosna y las creencias.
—¿Por qué dijiste que das limosna sin acordarte de Justo, que es tan compasivo? —pregunta.
—A Justo le define su nombre de pila mejor que tú acabas de hacerlo. Es más justo que compasivo, aunque él sostenga que no es ninguna de las dos cosas. Vaya usted a saber... Esto me trae a la memoria los temas de moral que nos ponían en el colegio. ¿Te acuerdas de la infeliz doña Sinforosa, a quien llamábamos doña «Rigorosa»? ¿Y te acuerdas de cómo prodigaba la palabra «empero»? ¿Y de que, en vez de decir se confirmó, le saluda, le hizo, le quiso, decía siempre, como los telegramas, «confirmose», «salúdale», «hízole», «quísole»?... Los telegramas tienen, a veces, un énfasis de capa y espada.
Manolita ha perdido el hilo y no sabe adónde van sus palabras dispersas. Hace esa pausa de la niña que no sabe la lección. En su auxilio acude Amparo, que apunta, sentenciosa:
—... Que nuestro primo es menos compasivo que «justo»... Que dabas limosna sin acordarte de él... Yo te había preguntado por qué razón.
—Sí, eso mismo... —¡Ay, Manolita! Ya dice su mamá que abusa de la fantasía esta niña. Cuando habla de su primo, divaga. Sigue por la tangente—:... Aunque es aventurado suponer lo que Justo piensa... A pesar de su amabilidad tan natural, no se puede hablar en confianza con él. Para Justo es sencillísimo conseguir de la gente lo que otros pretenden imponer, sin conseguirlo, a fuerza de tiesura y empaque: un cierto respeto... ¡Yo se lo tengo!... Pero quería decir que no me convence esa expresión francesa «hay que creer en algo», por mucho que la repita. Al contrario: me hace desconfiar de su religiosidad. Tú eres más burlona y callada que yo y te precias de conocer antes a las personas. En cambio, yo acabo conociéndolas mejor que tú. Y aquí tienes una prueba de que no debo andar muy equivocada en cuanto a las creencias de nuestro primo: Justo no es religioso prácticamente. Pues con los incrédulos sucede lo que con los afeminados: hombre a quien no se le ve practicar es hereje, y muchacho a quien no se le conoce amistad de mujer es afeminado.
—Pero los hay de estos precisamente que frecuentan la amistad de mujeres para despistar y los hay también «epicenos», como diría doña «Rigorosa» —interrumpe, viva de ademán, Amparo.
Se ríen las dos con saludable regocijo. No decimos que tienen de su primo una idea absurda, porque esto ya estaría bien. Mejor es decir que no tienen la menor idea de su personalidad íntegra. Le consideran desde el ángulo doméstico, le ven desde el rincón familiar. ¿Puede pedirse menos?
El peculiar dinamismo de Manolita no se reduce a la divagación verbal. Con su andar de danza se dirige otra vez a la puerta del pasillo. Amparo la detiene:
—Espera a que vuelva Jesús y no toques nada en su cuarto. Sus papeles y sus libros son intangibles y no sabemos aún como habrá adaptado sus manías al nuevo medio.
—¿Y si no vuelve antes de que nos vayamos?
•
Hay postes clavados en una margen de la pista. Al entrar en el pueblo acorta Peralta la velocidad del coche y, guiado por el haz de hilos tirantes en el aire, se detiene ante la centralita local. Instantes después suena el timbre del teléfono dentro de su domicilio. El detective nota que una mano se mueve y el micrófono de su propia mesa de trabajo vibra con el eco de una canción. Espera la voz que ha de contestar y va a reclamarla cuando oye un grito de mujer, un ay corto y penetrante.
—Hallo... hallo... hallo... hallo...
Nadie responde, pero sigue oyéndose la canción extraña. Peralta insiste, en vano. Piensa rectificar. No hay tiempo: sabe de quién es el grito. Rápido, imperioso, pide a la señorita empleada comunicación urgente con la Jefatura de Policía de Madrid.
Apenas ha dado el nombre de García cuando ya está el solicitado personalmente al aparato. Habla Peralta y su locución es, como toda orden, un monólogo:
—En mi casa ocurre algo anormal. Acuda en el acto con dos números y lleven las motos de la Jefatura para que no les detengan los guardias de la circulación. Vayan por la Castellana y haga lo posible por no alarmar a la vecindad. Mande un agente por la escalera de servicio. Aunque el portero le conoce, se debe avisar telefónicamente desde ahí para que le espere. Mientras se da el aviso habrá usted llegado. Y ya sabe que se me ha reiterado por la superioridad autorización para disponer libremente.
El argentino corta sin despedirse ni esperar réplica. Sin admitirla. ¡No tiene más que hacer! Cuando abandona la central de teléfonos, oprime con los dientes blancos un puro, que enciende sin dejar de andar hacia su coche. Este aguarda con belleza y apagado tremor de buen inglés. ¡Qué bien está Peralta, la calzada mano en la rueda flamante!
La arrancada suave y velocísima de su carro nuevo, sobre la pista embetunada, sincroniza con el frenazo de las motos disparadas ante la puerta de su casa de Madrid.
García, que pone la automática obediencia del subordinado perfecto (en este caso no se trata de una establecida subordinación jerárquica) en la ejecución de las órdenes recibidas, manda un agente por la escalera de servicio. Ha tomado el llavín de manos del portero solícito, pero rechaza el ascensor.
—¡Yo llego antes! —dice.
Y seguido del otro agente, que se le queda zaguero, gana la escalera principal con saltos de toro.
—¡Usted espera en la puerta! —grita hacia atrás, ya introducido el llavín en la cerradura. El agente, que machaca, bruto, con sus botazas, la alfombra, no tiene pulmones para asentir. Pronto está arriba, sin embargo. Se detiene junto a la puerta entornada, en los labios el resuello y la indiferencia en los ojos de animal triste. Es uno de esos bigotudos impertérritos, macizos y resignados de la vieja guardia (de seguridad), que han sobrevivido entre los nuevos gladiadores de asalto. Se encoge, zafio, de hombros; enciende un pestilente cigarrillo canario y empieza a fumar a grandes bocanadas. El portero se ha decidido por su parte a hacer acto de presencia y sube en el ascensor con toda comodidad.
Ya dentro, en el pasillo, García oye voces violentas. Como ha encargado Peralta que no se alarme a la vecindad, saca una navaja de gran tamaño, cuyos frenos hace crujir al abrirla, relampagueante, igual que un abanico. Es de las que llaman lengua de vaca.
Avanza de puntillas, doblándose y tapándose con el sombrero en la mano izquierda. Pero retrocede, rapidísimo, para cerrar. Antes hace signo al agente de que pase y, cuando va a hacerlo este, de una manotada le arranca el cigarro de la boca, al mismo tiempo que, cerrando sin ruido, da con la puerta en las narices al señorial portero. En voz baja y amenazante, advierte a su subordinado:
—No haga, por nada, uso del revólver. Un disparo puede costarnos la vida. Sígame y no respire profundamente. Si es posible, no respire.
Guiados por las voces, más arrebatadas a medida que se acercan, se dirigen hacia la parte posterior del piso. Llegan al cruce de pasillos encontrando la puerta de la cocina cerrada, lo mismo que la del despacho de Peralta y la del cuarto de Quintero. García detiene con un ademán al agente y, acercándose él mismo a la puerta del despacho de Peralta, intenta, sin conseguirlo, atisbar por las junturas; después aplica el oído a la madera, hace el gesto de quien comprende al fin, cierra y guarda la navaja y abre la puerta rudamente.
Manolita y Amparo están tendidas en el suelo, casi juntas, y al aparecer sin vida.
—¡No entre! —grita García a su subordinado. Igual que un gorila raptor, se apodera de los cuerpos laxos y calientes de las muchachas, de ligereza infantil para sus brazos, abultados como muslos.
—¡Cierre! —manda, congestionado, mientras sale, hinchadas las venas, frenético y vacilante, y se lanza por el pasillo con carrera de ebrio, en dirección a la parte anterior de la casa.
No espera a que el agente llegue para franquearle la entrada de la habitación, ni tiene tiempo de hacerlo él mismo dejando un instante su frágil carga. Se siente desvanecer por segundos, las energías le abandonan. Se vuelve entonces de espaldas y con un fortísimo empellón hace saltar el pestillo de la puerta, que se abre de par en par. Sin preocuparse de suavidades, deja en la alfombra los cuerpos de las dos muchachas, se llega hasta el balcón y lo abre con violencia. El agente le encuentra apoyado en el muro, restregándose los ojos con el dorso de la mano. Se rehace en el acto y su voz entera de mandón ya está dando órdenes terminantes:
—Desabróchelas..., aquí tiene tijeras. Deje correr el grifo del lavabo, empape bien esas toallas en el agua fría y se las pone sobre el pecho. De momento nada más. Y no cierre el balcón de ninguna manera..., pero esta puerta debe quedar cerrada para que no se establezca corriente y tengamos una explosión. Coloque una silla para sujetarla. Yo estoy aquí ahora mismo.
García vuelve por el corredor de entrada y llega hasta el angosto pasillo donde está la puerta del despacho. Entra decididamente, cerrando tras de sí, y abre las ventanas pero no por completo, pues no conviene que penetre, repentino, el aire. Pasa después a la cocina por el cuarto de baño. Titubea... No están abiertas las llaves de los hornillos, ni siquiera la llave de paso. Ah..., pero ha sido seccionada la cañería, que deja escapar el gas a chorro. ¿Qué hacer? Busca con los ojos, lleno de ansiedad. Como tiene contados momentos de vida en aquel sitio, saca el pañuelo, se envuelve la mano derecha y con un furibundo puñetazo aplasta el plomo de la conducción. No se arriesga a atravesar el despacho nuevamente, ni se atreve a abrir la ventana de la cocina, por cuya puerta —que encaja de modo perfecto, como todas las de la casa, construida sin escatimar detalle— puede salir indemne. Su proximidad le salva.
El guardia no se anduvo con contemplaciones y en el suelo mismo realizó su faena con eficaz brutalidad. El miedo surte efectos admirables a veces y, si García no es hombre que inspire respeto a nadie, sabe, en cambio, hacerse temer. Cumplidas literalmente las instrucciones dadas, las muchachas se reanimaron con el aire fresco y la ducha copiosa. García toma en sus brazos a Amparo, que se ha rehecho antes, y la sienta en una butaca. Tiende después a Manolita en un sofá, libra de las compresas los curvos escotes blancos y trae, del cuarto de baño próximo, dos albornoces. Una fricción ligera y unas palabras tranquilizadoras bastan para que las accidentadas se recobren. Pero su aspecto es lastimoso y se quejan de náusea y malestar intenso.
Visiblemente satisfecho de su maniobra, el guardia se ríe con la malicia del asturiano bigotudo, a nada comparable. García, al ver su actitud, tiene que reprimir su propia hilaridad, para decir, muy serio:
—Salga de aquí. —Él sale también y añade, con su modo autoritario—: Puede irse ya. Que quede abajo una moto. Y reserve el parte hasta que yo llegue.
Se dirige al despacho de Peralta. La ventilación ha surtido efecto y puede abrir de par en par las ventanas. También abre la de la cocina y la puerta de servicio, lo que hace después de comprobar que se ha cortado el escape de gas totalmente. Se asoma a la escalera de servidumbre:
—Qué... ¿nada? —pregunta al agente apostado allí.
—Sin novedad.
—Bien. Continúe en su puesto.
Cierra nuevamente y al volver, con el propósito de seguir atendiendo a las accidentadas, se le ocurre, por fin, colgar el teléfono y desconectar el altavoz magnífico, que sigue desgañitándose con su fantástico perorar, cuya intrusión de desconcierto había enhebrado una absurda confusión de disparate mecánico en la truculencia desorbitada de lo que, merced acaso al tirón preciso de Peralta, no se desbocó en tragedia irreparable.
El agente enviado por García desciende la escalera principal con sus botazas demoledoras y un fementido cigarrillo canario entre los dedos, cuya ceniza deja caer sobre la alfombra con primor. El portero se indigna:
—¡Buena me ha puesto usted la escalera! —exclama, desahogando su contenido celo porteril.
No se inmuta el guardia, impasible. Extiende el brazo de la ley, como el automovilista en un viraje, y manda, sobrio, con su puro acento de Tineo:
—Aparte.
•
El coche de Peralta hace un quejido corto de chirrión de lujo al parar en seco ante la puerta de hierro del jardín, sobre cuyo remate alumbra ya el foco, por orden del detective repuesto. Acude el chófer para hacerse cargo del auto y el argentino salta con premura y penetra en el patio para subir por la escalera de servicio —que tiene de este lado un segundo acceso— buscando el camino más breve. Lleva una pequeña maleta de viaje y de un bolsillo exterior de su chaqueta sobresale un periódico.
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