Читать книгу: «La hija del Ganges»
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© Raluca Mirela Petrescu
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Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-416-2
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Dedico este libro, con todo el cariño, a mis padres y mis abuelos, los que me han inculcado desde pequeña a leer y a escribir y que me han ayudado incondicionalmente en todos los proyectos de mi vida.
Prólogo
La verdad no tiene solamente un rostro. La verdad, en muchas ocasiones, necesita distintas perspectivas para ser apreciada en todo su esplendor. Algo similar nos propone nuestra autora, Raluca Mirela Petrescu, en este viaje a través del Ganges, de la India, del interior de Amelia y de sus raíces familiares.
Amelia quiere encontrar la verdad. Una verdad que se le escapa. La incertidumbre puede con ella hasta el punto de poner patas arriba todo. Porque a nadie le gusta la incertidumbre. Queremos, necesitamos tener el control. Y el control suele comenzar por el principio de todo. El big bang de nuestra protagonista se esconde más allá de las orillas del Ganges, pero ella sola no puede encontrar ni afrontar la verdad. Necesita otros ojos, otras opiniones, otras experiencias para encontrarla. Para encontrarse.
Raluca nos representa colores, olores, sabores, luces y sombras de la India con todo lujo de detalles, algo que nos ayudará a transportarnos a este maravilloso país y que, muy probablemente, nos provoque la necesidad de viajar hasta allí para vivirlo y experimentarlo con todos nuestros sentidos.
Puede que no todos tengamos que buscar nuestros orígenes en la India, pero sí que, quizás, sea allí donde muchos podamos encontrarnos con nosotros mismos, frente a frente, bajando la mirada ante las aguas del Ganges para vernos, contemplarnos en nuestra plenitud.
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Una historia, dos caminos:
oscuridad y luz,
¿cuál eliges?
No vayas por el camino fácil,
no aprenderás nada.
Atrévete a adentrarte en el bosque oscuro,
el silencio de la noche
te contará secretos ocultos.
Los animales nocturnos
te enseñarán un mundo mágico,
que te servirá de guía
para encontrar la luz.
No temas,
todo lo que ves es nada más que tu reflejo
en el espejo del mundo,
donde todo se conecta
y se encuentra.
Buen viaje.
I
A M E L I A
Agosto 2018, pueblo Sawai Madhopur, a 180 km de Jaipur, India
Mis últimos días en Sawai Madhopur los pasé en lo alto de la colina, en las escaleras de una casa abandonada que no tenía techo, con la mirada perdida en los valles que se extendían ante mí. La puerta de madera de la entrada estaba despedazada, a punto de derrumbarse, cansada después de una larga actividad. Las dos piezas de madera putrefactas reposaban apoyándose una a otra, en un último intento de entereza. Estaban atadas en vano con una cadena oxidada que transmitía debilidad y al mismo tiempo lucha.
La vegetación se había apoderado de la casa inhabitada que se convirtió en una manifestación del poder de la naturaleza que me fascinaba. La vida continuaba su curso natural, ajena a nuestras inagotables desgracias.
«¡Me encantan los lugares que nos cuentan historias trepidantes!», me dije a mí misma y a los fantasmas de la segunda planta, que me miraban con asombro.
Bajaba la colina todos los días, siguiendo los pasos de mis padres, abuelos y bisabuelos. Visita obligatoria era la casa de la vieja Uma y el Ashram del pueblo, donde practicaba yoga. Por la noche, volvía solitaria a la cima de la colina, intentando recomponer pieza por pieza el mustio puzle de mi vida.
Ahora recuerdo con lujo de detalles mi última noche en la casa de la colina. Sentía el sudor que se me resbalaba por la espalda; el calor y la oscuridad de la habitación me asfixiaban, respiraba con dificultad. No era consciente si se debía a la alta temperatura o al olor que entraba sutilmente por la comisura de la puerta, como una brisa marina. Una brisa que trajo el olor de la libertad y de la muerte.
Me fue difícil despertarme. Una sensación de arena en los ojos no me dejaba abrirlos.
«Las lentillas de contacto, ¡maldita sea!», dije con un suspiro.
Tenía el vestido pegado a mi cuerpo, un vestido negro con flores rojas, azules y amarillas. Una verdadera sinfonía de colores en antítesis con la penumbra que dominaba la habitación. Una penumbra que se cernía sobre mí y que me hacía compañía prácticamente desde que tenía sentido.
Una frágil luz se filtraba bajo el marco de la puerta donde millones de partículas de polvo jugaban caóticamente. Pasé la mano a través del cabello que todavía estaba mojado, como si hubiera salido de un baño en el mar. Las plantas de mis pies estaban embarradas, al igual que las sábanas de la cama.
«Una ducha y aire, ¡necesito aire!».
Una niebla densa me cubría los ojos y no me dejaba ver con claridad. Toqué con los dedos la mesa de madera caoba de cedro con esculturas angelicales. La mesa se encontraba situada en el centro del salón y dominaba la habitación majestuosamente. Estuve pensando, apoyada al trozo de madera, en el árbol que tuvo que morir hace siglos para que esa mesa tomara forma. Lo sentía presente y pude escuchar sus historias. Un sacrificio en vano, abandonado en las manos de un destino cruel.
Asientos con respaldos altos, tapizados con terciopelo suave de color rojo burdeos, sostenían las paredes quebradizas.
Di tres pasos hacia la ventana que se extendía delante de mí. Tenía una baranda hasta la altura de las caderas, donde la pintura se había levantado y formado una marca de nieve en la alfombra. Debajo de la pintura blanca, una antigua pintura verde oliva había recuperado su vida. Al igual que los símbolos del antiguo papel de las paredes que salía alrededor de las esquinas, susurrando «¡Descúbreme!».
«Las huellas del tiempo. Todo se revela cuando las piezas están en el sitio correcto».
El paisaje verde salvaje del exterior se sentó delante de mí, hipnotizándome. Al mismo tiempo, me atemorizaba. La oscuridad de la habitación me envolvió poco a poco, suavemente, como se fusionan dos colores en la paleta de pintura. Todo y nada parecía nuevo. Todo y nada eran parte de mí.
«¡Verde, el color de la vida!».
Abrí la ventana y respiré hondo. El aire entró en mis pulmones como una caricia. Olía a jungla y a yaca. Había llovido.
Una ligera niebla se elevaba por encima de los pueblos en el horizonte y lo envolvía todo en un escenario dramático.
En mi cabeza, estaba tratando de recordar en qué día estaba.
«¿Por qué sentía el cuerpo como el de una anciana?».
Las secuencias de la noche pasada aparecían ante los ojos de mi mente como una presentación de diapositivas. Bajando la mirada hacia mis pies desnudos y fangosos, la confusión comenzó a disminuir.
Noviembre 2015, Singapur
Dormí toda la noche con las persianas abiertas. Singapur brillaba a mis pies como un collar de esmeraldas. Los alegres colores que resplandecían más allá de la ventana me llamaban a perderme en las bulliciosas calles de la ciudad.
Me quedé en la cama y cerré los ojos. Había viajado con el pensamiento hacia Sungei Road donde comí laksa1, una receta típica de fideos con verduras frescas y carne en salsa de curry. Giré a la derecha hacia la mezquita Masjid Malabar, atraída por la música del Adán2 y contemplé su belleza. Desde allí, crucé Marina Bay hasta llegar a Gardens by the Bay, mi lugar favorito. Transmitía paz.
Abrí los ojos y suspiré cansada, con la mirada fijada en el techo de la opulenta habitación. Otra vez me dejaba llevar. Me sentía demasiado cansada para salir del hotel. Cogí el teléfono y pedí servicio de habitaciones: arroz y pollo, simplemente. La noche siguió bajando el telón sobre el vibrante Singapur.
A la mañana siguiente, a las 05:00, me maquillaba meticulosamente en el baño de mármol gris. La base de maquillaje Lancôme, los polvos faciales de la misma gama y el rímel volumen extremo estaban alineados junto al lavabo en un desorden tremendo que trasmitía PRISA. Apliqué el eyeliner para acentuar mi mirada y estaba ready to go.
A menudo contemplaba mis ojos en el espejo. Ojos de un verde jade oscuro, intenso y cautivador como un bosque virgen. Mirarme a los ojos era como si estuviera buceando en unas aguas tenebrosas.
«Los ojos hablan un lenguaje especial, expresando lo que las palabras no pueden decir», me susurró una voz distante.
El pintalabios de color rojo me lo aplicaba antes de salir por la puerta, después de barrer la habitación con la mirada para asegurarme de que no dejaba nada atrás. Abría el armario, miraba detrás de la puerta y debajo de la cama cada vez.
Mientras caminaba hacia el ascensor, rumiando sobre mi regreso a base, una voz molesta me llamaba por mi nombre. Sara y yo, de repente, atrapadas en la caja metálica del ascensor forzadas a conversar. Sara no era de mi agrado, y ella lo sabía. Yo no era del agrado de Sara, y se lo estaba leyendo en la mirada.
Lo único que no me disgustaba de ella: olía siempre a jazmín como un jardín de verano.
—¡Espero que todos estén en la recepción, no tenemos tiempo que perder, estamos a 50 minutos del aeropuerto!
—Tenemos tiempo… —le contesté con la boca entre abierta.
Al llegar a la recepción, nos dimos cuenta de que John y Karol no habían bajado de sus habitaciones. No me sorprendí.
El nerviosismo que la caracterizaba se había apoderado de Sara, que se movía sin rumbo, enfurecida, paseando el olor a jazmín de un lugar a otro del hall.
Un pequeño detalle picante: John y Sara se separaron hace unos meses atrás. Por lo que nos confesó obviamente irritada, estaba segura de que los había visto la noche anterior en la terraza del hotel en un apartado. Su intuición le decía que estuvieron bebiendo demasiado y que habían acabado compartiendo la misma cama.
—¡Típico, querida! Cabin crew life —añadí con una sonrisa plástica, lanzando gasolina al fuego.
*
Había trabajado como azafata de vuelo para una aerolínea de corta distancia en Inglaterra durante cinco años, hasta que un día me vi obligada a tomar una decisión importante: irme.
No tuve tiempo que perder. Había decidido asistir a una entrevista para la aerolínea Fly Orient un día después de un early Málaga.
Unas semanas más tarde, recibí un correo electrónico con un feedback positivo y felicitaciones. No sabía si alegrarme, no conocía nada sobre la vida en Catar. Al final, acepté la oferta sin pensármelo, simplemente no encontraba otra alternativa.
«Un cambio de escena me hará bien», me engañé a mí misma. La verdad es que no me gustaban en absoluto los cambios. «Una nueva vida, nuevos amigos y por qué no, una nueva ilusión, no sonaba tan mal».
Me enamoré dos veces hasta los 25 años. La primera vez, a la edad de 18 años, de Oleg, un don nadie de barrio, y la segunda vez de Zayd, el devorador de almas. Los dos tenían algo en común: una reputación lamentable.
Cuando recordaba mis dos experiencias amorosas fallidas, me entraban ganas de reír y llorar al mismo tiempo. «¡Qué desastre!».
La adolescencia había pasado como una tormenta por mi vida. «Las hormonas eran las culpables», me decía más adelante Mark.
Repetía, una tras otra, las mismas elecciones equivocadas sin aprender nada, como si estuviera siguiendo un patrón autodestructivo. Sin darme cuenta del tiempo perdido o de las consecuencias que no tardaron en aparecer.
«Con la cabeza en las nubes» era el estado que me caracterizaba. La inconsciencia me lanzó al azar por la vida de otros, que habían dejado una huella macabra en mi ser.
La situación que tenía en casa restaba en lugar de ayudar. Siempre había sentido una pared fría entre mis padres y yo. No podía entender su indiferencia frente a la vida y el estilo de vida que llevaban.
Mama Giselle era la directora de un colegio de élite de Berlín y una brillante maestra, como la describían sus colegas. Mark y mi abuelo eran unos de los arquitectos más talentosos del panorama nacional y más allá. Viajaban por todo el mundo, construyendo edificios sofisticados con tantos pisos como fuera posible.
Ser parte de la familia Weiner era, sin duda, una carga difícil. Siempre estaban preocupados por la imagen, las grandiosas fiestas de los fines de semana, la ropa en la que desfilaban y los titulares de las revistas. En conclusión, la imagen de toda la familia era importante porque nos mantenía el alto nivel de vida.
Yo odiaba toda esa exposición excesiva. Detestaba las extravagancias a las que estaba expuesta sin quererlo. En esas fiestas bebí alcohol y fumé un porro por primera vez. Mientras tanto, Mark y Giselle estaban atados en sus propios universos paralelos. Sus vidas perversas los estrangularon con el paso del tiempo, engañándolos con el deleite del presente placentero.
Tuve una infancia y una educación cuidadosamente supervisada y planeada. Giselle y Mark habían decidido qué escuela secundaria y a qué universidad iba a estudiar como si fuera parte de un majestuoso plan.
Lo que me había marcado, desde que me di cuenta de que tenía sentimientos y opinión propia, había sido el vacío emocional que sentía cada vez más presente en mí. Tenía un enorme abismo en el corazón, que se estaba volviendo más y más aterrador cada día.
A la edad de 10 años, descubrí la verdad por casualidad. Una conversación entre Mark y Giselle me reveló que era una bastarda. ¡Tal cual!
Las discusiones entre mis padres no eran nada nuevo. Mark desaparecía de casa durante semanas. Cuando por fin volvía a mí y a Giselle, los reproches eran inevitables y sus avinagradas voces resonaban por toda la casa, como en un ruidoso partido de fútbol. ¡No me posicionaba de parte de ninguno, estaba hasta las narices de las peleas ordinarias de la familia Weiner!
Ese fue el momento que lo cambió todo y que derrumbó mi universo a los pies de esos dos extraños. Viví toda mi vida en una mentira.
La conversación que siguió con Mark y Giselle unos días más tarde había sido una cuidadosa y afectuosa, un verdadero cambio de actitudes bajo la exigente mirada del psicólogo. En explicaciones escurridas, sonrisas y abrazos de plástico se había resumido todo. El resto había sido dejado en las expertas manos del psicólogo, que debería haber resuelto todo el conflicto interno que sentía.
Al poco tiempo, Mark se fue de casa de nuevo, y Giselle permanecía tan preocupada por su pequeño universo personal como siempre.
Más que nunca, sentía que mi lugar no estaba en las vidas de esas personas con las que sentía que no tenía nada en común.
No me habían contado nunca en detalle el proceso de adopción, o de dónde venía, ¡gracias a Dios! A esa edad, no estaba preparada para semejante detalles tan delicados. Ese tema, con el tiempo, lo había envuelto en una especie de nebulosa a la que no quería acercarme.
La realidad ya no era lo que yo pensaba, se había derrumbado en un abrir y cerrar de ojos. Desearía que fuera un edificio para poder haber sido reconstruido ladrillo a ladrillo, desde cero; que Mark fuera el maestro, el que levantaba mi mano hacia el cielo y me ayudaba a dibujar un maravilloso arcoíris de recuerdos. Yo, Mark y Giselle, una familia feliz.
«¿Qué es la felicidad?», me preguntaba.
Con el tiempo, me volví cada vez más silenciosa e introvertida. Mark había desaparecido por completo del seno familiar y Giselle se escondía todos los días detrás del espejo del baño, impasible. Me encontraba sola, nadando contra corriente, en un mar de preguntas y desilusión.
Aprendí a vivir con el enorme vacío que se extendía dentro de mí, y yo siempre me encontraba al borde del precipicio como una equilibrista.
Aprendí a observar y callar, actuar solo cuando era absolutamente necesario.
Todas las noches, antes de dormirme, buscaba cualquier recuerdo de mis padres biológicos, escondidos en algún lugar lejano de mi ser; sin éxito.
«¿Quién soy? ¿De dónde vengo?», lanzaba las preguntas todas las noches hacia un cielo amargo.
«¡La reflexión introspectiva es de gran importancia!». Eran las palabras del psicólogo.
Había seguido su consejo palabra con palabra y pasaba mucho tiempo en mi habitación del ático, lejos del ruido agotador de la casa.
Cuando la casa en la que vivía todavía estaba en proyecto, le pedí a Mark que el techo del ático sea cristal. Quería que la luz del sol me inunde durante el día, y por la noche, poder observar las estrellas y la luna.
Desde que era una niña, me apasionaba la astronomía. En la pared en el lado sur de la habitación, había pegado un póster inmenso con el mapa del mundo, y en la pared en el lado norte, el póster con el mapa del cielo para la latitud media de Alemania.
Cuando contemplaba el cielo por la noche, instintivamente me posicionaba en el medio de la habitación, entre el mapa del mundo y el mapa del cielo, tratando de mirar más allá de la oscuridad de la noche.
El primer paso era encontrar la Estrella Polar. Había aprendido en la escuela que siempre indicaba el norte, a cualquier hora, día, mes o año. Sin embargo, para llegar a la Estrella Polar, primero tenía que localizar el Carro Mayor, que tenía la forma de un rectángulo, formado por siete estrellas con la forma de un mango.
Con el dedo en el aire seguía las tres estrellas que formaban una línea curva, conectada de las otras cuatro estrellas que formaban el trapecio. Continuaba siguiendo con el dedo las dos últimas estrellas del Carro Mayor desde el más débil hasta el más brillante, hasta que descubría la estrella más poderosa: la Estrella Polar. Cerraba los ojos y me dejaba llevar entre los dos mundos, entre el mapa del mundo y el mapa del cielo. Estaba flotando en un nuevo mundo infinito, sin perder de vista la Estrella Polar, la única que guiaba mi camino.
Más tarde, a la edad de 14 años, descubrí que mama Giselle estaba embarazada. La noticia llegó a mi habitación del ático, de nuevo en forma de voces feroces. ¡Fue una verdadera maravilla, como todos lo llamaban! ¡Mark casi no pasaba por casa!
Cuando Giselle dio a luz, toda la atención había sido canalizada a la recién nacida Martha, la pequeña de ojos negros y cabello castaño. Cuando no estaba en la escuela, me ocupaba de pequeña Martha siguiendo las instrucciones exactas dadas por la mama Giselle. Llevaba a cabo mis tareas sin protestar y sin pedir nada a cambio.
Con el paso del tiempo, sentimientos contradictorios se apoderaron de mí. Tenía momentos en los que estaba agradecida a mis padres adoptivos, y otros en que la frustración y la ira se adueñaban de mí. Había crecido callándome a mí misma, sembrando frustraciones e inseguridades en mi mente, viviendo una vida silenciosa.
Llegando a la adolescencia, las preguntas «¿Quién soy, de dónde vengo?» pesaban cada vez más y se convirtieron en tormenta.
Ciertos pensamientos, actitudes y tensiones se asentaron en mi vida desde una edad demasiado temprana. «¿Cómo iba a manejar con mi mente de niña todo ese tsunami de sentimientos?», me preguntaba abrumada, sin entenderme.
Sintiendo la actitud perversa y desinteresada de los que me rodeaban, inevitablemente había aparecido un distanciamiento entre mí y el resto del mundo. Inconscientemente, buscaba un equilibrio afectivo. Sin embargo, los puntos de apoyo emocional faltaban completamente de nuestro universo familiar.
Más tarde, vagando por el infinito camino del dolor, buscando una seguridad personal, me había topado con Oleg, pero volveré al necio más tarde, todavía no toca su turno.
Los momentos pasados en la soledad de la noche me ofrecían la mejor compañía. La rutina de colocarme en el medio de la habitación con la mirada al cielo y de localizar la Estrella Polar como punto de referencia me liberaba. Lo llamaba desconexión del «basuniverso» de la familia Weiner.
Cerraba los ojos y trataba de centrarme en la luz de la Estrella Polar que siempre guiaba mi camino. Al principio, todo tipo de pensamientos invadían mi mente, y cada ruido rompía mi concentración. Pero, con el tiempo, me las arreglé para romper con esa realidad asfixiante. Estaba siguiendo la luz que me envolvía en una espiral infinita. Me llevaba a un jardín encantado donde los árboles ancestrales ofrecían abrazos cálidos. Aullaban a cualquier dolor y frustración.
Aun sin la capacidad de entender, creaba un puente entre lo visible e invisible, entre lo real y lo irreal, entre mí misma y el universo.
A la edad de 18 años, me había derrumbado. Me encontraba sola y empezaba a asumir esa dura realidad. Amargamente, estaba construyendo poco a poco mi armadura de hierro, que más tarde usaría como escudo en la vida.
Después de una infancia problemática, causada por el trauma de la adopción, siguió una adolescencia rebelde que me había revelado otra faceta mía, hasta entonces desconocida.
Lo que no intuí era que empezaba a destruir mi presente, quizás también mi futuro. Me sorprendió cómo la vida me había dado un giro de 180 grados en un abrir y cerrar de ojos. A veces me miraba desde fuera, cómo, dentro de mí, se daba una feroz batalla entre un ángel y un demonio.
El día que cumplí 18 años, después de mis clases universitarias, no regresé a casa. Había decidido mudarme con Oleg, un colega de segundo año de la facultad de Economía. Yo era estudiante de primer año en la facultad de Arquitectura cuando lo conocí.
Vivía con Oleg en su dormitorio del campus sin ningún tipo de comodidad; teníamos a disposición una cama para una sola persona donde dormíamos abarrotados y un armario comido por la carcoma. Al contrario de las exigencias de vida de mis padres, me encontraba a gusto en la penuria.
Doha, finales de diciembre de 2015
Los días libres en Doha significaban largos paseos por el Corniche, ir de compras en el Village Mall, reuniones con los colegas en el Sook Wakif o viajes nocturnos al desierto para contemplar las estrellas.
Decidí renunciar a celebrar la Navidad desde que vivía en Catar. Me sentía culpable por los árboles de Navidad que Mark traía a casa cada mes de diciembre. Ojalá todos esos árboles estuvieran vivos. Me parecía un gesto indignante que millones de árboles fueran cortados para decorar las casas y las calles navideñas de los «cristianos».
Cuando era una niña, me negué a asistir a las clases de religión de la escuela por innumerables razones: una era que no me sentía identificada con nada que la Biblia contaba. Había comenzado a leer el Corán y la Torá para encontrar similitudes entre las tres escrituras, pero al pasar los días, todo me parecía cada vez más enredado. Ninguna de las tres grandes escrituras respondía a mis rigurosas preguntas.
La astrología y el mapa del cielo se habían convertido en mi religión personal, y aunque para algunos el cielo nocturno significaba solo puntos brillantes que iluminaban desde la oscuridad, para mí significaba otro mundo lleno de misterios; otra dimensión en la que podía escapar y sentirme libre. Podría ser yo misma.
En Doha no se podía beber alcohol en cualquier sitio y estaba absolutamente prohibido introducir alcohol en el edificio donde vivíamos. La empresa enviaba un oficial de vivienda cada mes para inspeccionar nuestros apartamentos. Revisaban nuestras neveras, rebuscando en nuestros armarios y cajones en busca de algo sospechoso. ¡A mí me parecía una violación de la privacidad!
Los lugares donde se podía consumir alcohol en Doha eran las discotecas, los hoteles y algunos restaurantes que eran frecuentados por todos aquellos con «pecado». Lo que era haram3 durante el día, se convertía en halal4 por la noche.
Y ahí estaba yo presente, mientras me encontraba en Doha, donde recordaba los viejos tiempos de la universidad; donde bailaba y disfrutaba de un buen JD on the rocks sin preocuparme por nada.
El baile me liberaba del estrés y de cualquier tensión acumulada. Cerraba los ojos y me dejaba llevar por el ritmo de la música como si de un exorcismo se tratara.
Desde que me mudé a Doha, mi lado amoroso fue abandonado intencionalmente. Me había enamorado, amando y experimentando todo lo que se podía experimentar en asuntos amorosos. Aprendí que todo lo que tenía un comienzo tenía un fin y que el amor era simplemente una trampa.
De lo que estaba realmente orgullosa era del respeto que había recuperado con el tiempo, en mi misma. Y a mí ningún hombre podía impresionarme más.
Una noche, como muchas otras noches de fin de año aburridas, me encontraba en la habitación del piso superior de la discoteca con mis colegas, que me contaban que, en un vuelo a Mumbai de una semana atrás, tuvieron graves turbulencias. Joana se había fracturado el brazo y Cristina, mi compañera de piso, el tobillo. «¡Qué tragedia!», como habría dicho el abuelo. No fue de extrañar que, cruzando el océano Índico, se experimentaran turbulencias.
Entre bla bla y bla bla, Kiran me estaba siguiendo con la mirada.
Hacía demasiado calor, podía sentir mi blusa pegada al cuerpo, necesitaba un poco de aire. Casi tuve que gritar debido a la música alta:
—¿Alguien viene a fumar un pitillo? —pregunté huyendo de la aburrida conversación en la que estaba atrapada.
Yo era la única fumadora del grupo, así que no tenía ningún sentido esperar una respuesta. Me levanté y me dirigí a la puerta de la discoteca que conducía a la terraza. Alguien se había adelantado y me había abierto la puerta para que pasara. Era Kiran. Conocía esa mirada observadora, conquistadora y perseverante. Sin embargo, no me impresionaba para nada.
—Salam5, ¿saliste a tomar aire fresco?
—A fumar… ¿Tienes fuego? Hace demasiado calor allí dentro… sé que estamos en el desierto, pero aun así… —le dije, ofreciéndole una sonrisa generosa.
—Hace calor, la verdad. Te he visto con tus amigas, vienes aquí muy a menudo…
—¡Ah, un observador!
—Tengo esta sensación cada vez que camino por la calle —respondió Kiran con una risa. —¡Estoy seguro de que te pasa a ti también todos los días!
—¡Absolutamente!
—Mi nombre es Kiran, debería haber empezado presentándome…
—Amelia, encantada.
Ese tipo tenía algo en la mirada, el color negro de sus ojos te hipnotizaba, como una canción que te lleva vertiginosa a la pista de baile. Tenía el pelo peinado atentamente hacia atrás sin ningún pelo rebelde se le escapara y la barba recién afeitada. Mostraba una imagen fresca, a pesar de que estábamos a una hora avanzada de la noche. Mis ojeras, en antítesis, habían comenzado a notarse debajo el corrector que ya no podía hacer frente al calor. Me sentía un poco ridícula, estaba sudando y tenía el pelo en todas direcciones.
Terminé el cigarrillo y entré en la discoteca diciendo adiós con un gesto fugaz. Estaba segura de que nos volveríamos a ver.
Septiembre de 2014, Berlín
Giselle, mi madre adoptiva, decidió decirme la verdad en el otoño del 2014.
Todavía vivía en Londres en aquel entonces y me preparaba para un vuelo de noche cuando sonó el teléfono. Era prefijo de Alemania. No contesté.
«Amelia, soy Mark. No quiero preocuparte, Giselle está en el hospital, ¡será mejor que vuelvas a casa pronto! Llámame cuando llegues y te recogeré en el aeropuerto. ¡Tschuss!6», contaba la voz del teléfono.
Junto a las lluvias otoñales, llegó como una tormenta en la vida de Giselle, la noticia de que sufría de cáncer de colon. El cáncer estaba en una etapa avanzada, por lo que los médicos solo le habían dado unos meses de vida. Paradójicamente, ni la fama ni el dinero podían salvarla.
Tal como he mencionado antes, recién cumplidos los 18 años, me mudé con Oleg. Durante dos años había pasado mis noches de bar en bar y drogándome con Oleg en su habitación del campus. Los tabloides me sacaron en las portadas durante semanas en poses incómodas, poniendo de titular: «La vergüenza de los Weiner».
Como era de esperar, mi familia estuvo consternada por la imagen negativa que les estaba provocando. En el mundo de las apariencias, cada detalle negativo importaba porque reducía las ganancias. Y para mí, el dinero o la imagen social me preocupaban bien poco.
Desearía poder dar marcha atrás y pedirle a Giselle que me ayudara, que me escuchara. Habría dado todo para verla frente a mi puerta, pidiéndome que regresara a casa. ¡Necesitaba a Giselle y a Mark, necesitaba su interés en mi persona desesperadamente!
Cualquier locura que hiciera era un grito de dolor. Tal vez su atención habría evitado el accidente de coche que tuve al cumplir los 19 años, conduciendo bajo la influencia del alcohol. Tal vez el amargo tiempo pasado en la clínica de rehabilitación o los ataques de ansiedad no habrían existido si me sintiera amada, si hubieran estado presentes en mi vida.
A mama Giselle le quedaban unos meses de vida.
El momento en que vi a mi madre adoptiva encamada en el hospital fue como un golpe en la nuca que te deja sin palabras. Me acordé de Giselle como la mujer imponente, siempre ordenada y coqueta que era.
¡No reconocí a la Giselle hundida en las sábanas de esa maldita cama! Esperaba que fuera solo un sueño del que todos hubiéramos despertado, retomando nuestras vidas mundanas.
En los últimos años, había hablado muy poco con mis padres. Desde que me mudé a Catar, nos habíamos visto cada vez menos, unas cuantas veces al año, en layover7 cuando volaba a Berlín.
Preferían, sin duda, mi distanciamiento para no causar más escándalos mediáticos y no dañar su imagen. Y yo no podía estar en desacuerdo, la verdad es que era un verdadero desastre.
En la escala pasaba 24 horas en casa como mucho, y aunque echaba de menos la casa donde crecí y a Martha, viendo a mis padres, significaba visualizar el enigma de mi vida. Cada vez que cruzaba su umbral, sentía que el dolor me arrojaba de nuevo al laberinto interminable de las esperanzas desiertas.
Hacía mucho tiempo que les había dejado de torturar con las preguntas habituales sobre mis orígenes, estaba cansada de sus respuestas evasivas.
Hasta el momento que parte de la verdad llegó a mí en forma de una fotografía en blanco y negro que Giselle me había confiado en el hospital.
Y más adelante, en forma de una vieja carta, traída por Zayd.
En la foto, una mujer envuelta en un vestido largo y extraño miraba ausente a la cámara. Una casa y algunas colinas se podían ver en el fondo de la fotografía. No había nada escrito en la parte de atrás.
«¿Tenía Giselle remordimientos de conciencia?», me preguntaba. Probablemente nos hacía un bien a las dos liberarnos de la nebulosa en la que vivíamos. Giselle fue testigo y cómplice de mi dolor, dolor que había ignorado con su mezquino silencio hasta entonces.
—Del egoísmo de hacer mi vida más completa, pensé que, al adoptar un niño, los problemas de la pareja y las crisis existenciales desaparecerían. Más tarde, me di cuenta de que ser madre y ama de casa no era lo que me hacía feliz. Esquivé conscientemente mis deberes como madre, contratando niñeras y maestros privados para llevar a cabo las tareas que recaerían sobre mí. Nunca tuve tiempo para ti, para Mark. Siempre tenía otras cosas más importantes a las que atender. Me amé a mí misma más que a nadie, adoré a mi cuerpo como a un templo, como a una deidad. ¿De qué me fue útil? El resto, tú, todo era extra, decoración, o para hacerme compañía. Ahora… mi templo comienza a colapsarse, como todo lo que está temporalmente vivo. Pensé que era inmortal, y ahora la vida me está sirviendo la dosis de egoísmo. Cuando me enteré de que estaba embarazada, pensé que había descubierto el sentido de la vida, que la superficialidad con la que miraba la maternidad se disiparía. Pensé que lograría ser una madre modelo, una madre devota como todas las madres que conocía. Pensé que tenía la oportunidad de poner fin a todos los males que cometí contigo, pero fracasé, fracasé, perdóname… —me hablaba una Giselle moribunda.
¡No me encontraba preparada para descubrir la verdad, a pesar de que lo había anhelado toda mi vida! La niña escondida en mí tenía miedo de lo desconocido.
Me imaginaba cosas terribles como que mi madre biológica era una drogadicta de las calles de Berlín; que me habían abandonado en una esquina de la calle; que debería haber muerto devorada por los perros callejeros; que ellos, Giselle y Mark, me habían salvado la vida por casualidad; que yo misma era una casualidad, un error de la vida.
—Esta mujer en la foto es tu madre. Se llama Shaina Kumar —habían sido las últimas palabras de Giselle antes de viajar a la tierra de las sombras.
El vacío que había sentido toda mi vida comenzó a llenarse con la imagen de esa mujer de la fotografía. Su rostro me trajo esperanza, mucha esperanza, que había florecido con las palabras de Giselle.
Era una flor de loto que se elevaba del barro, buscando a la luz.
31 de diciembre de 2015, Melbourne
Era verano en el hemisferio sur y Melbourne se tostaba bajo un sol ardiente que no perdonaba a nadie.
Antes de salir del hotel, me unté el cuerpo con protector solar, me puse el sombrero y las gafas de sol y me dirigí a la parada de tranvía del puente de Queens en dirección a Victoria Market.
Cada vez que volaba a Melbourne, visitaba Victoria Market, donde desayunaba y compraba aguacates, muchos aguacates. Parada obligatoria era la farmacia naturista para una crema facial también con aguacate y, desde allí, me dirigía directamente a la encantadora playa de St. Kilda. No estaba muy lejos del hotel Crown Plaza, de esa manera, era mucho más fácil volver al hotel.
No tenía un tranvía directo a la playa de St. Kilda desde Victoria Market, así que tomé el tranvía 58 —14 paradas a Park Street, donde había cambiado al tranvía número 16. Doce minutos más tarde, llegaba a St. Kilda, donde dominaba un ambiente relajado y vacacional. Se respiraba paz.
Delante de mí descansaba el mar tranquilo como un espejo en el que se reflejaba la forma de las nubes. Siempre había tenido miedo del agua, nunca nadaba en el mar. Aprendí a nadar bastante tarde, para las pruebas de natación del curso de aviación, que tenía como prueba obligatoria 100 metros brazos.
El miedo a que me ahogaría siempre estaba presente, que algo me arrastraría hacia el fondo del mar y que no me dejaría subir a la superficie.
Le envié un mensaje de texto a Craig, un tipo que conocí hace unos meses atrás en un bar de Whiteman Street.
Mientras estaba tirada en la arena, recordé la noche que nos conocimos. Junto con Emilia, mi compañera de vuelo, estaba disfrutando de un JD on the rocks en la barra. Las dos nos reíamos y hablábamos erráticamente una encima de la otra. Me había dado cuenta de que un joven nos miraba con curiosidad, pero sabía que era imposible descifrar nuestro alemán de barrio entre las risas estridentes y el tartamudeo.
Craig se unió a la conversación y le había hecho una entrevista completa a Emilia, que no podía aguantarse las ganas de hablar… de cualquier cosa.
—Hablamos lo suficiente de nosotras mismas, pero dejemos algunos detalles para otra ocasión… —dije para que Emilia se callara.
—Tienes razón, mi nombre es Craig, vivo en Melbourne y soy veterinario, para decir algo sobre mí mismo también, si no, no veas…
—Qué lindooo… —intervino Emilia en un tono gatuno, mirándolo embobada desde otro mundo.
En poco tiempo, Emi se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el mostrador del bar, escuchándolo. En su cara tenía dibujada la sonrisa de una niña inocente. Si no la conociera, podría haber jurado que se había enamorado. Le quité el vaso de la mano e intenté despertarla, pero sin éxito.
—Oh, lo siento, Craig, no solemos ser así. Hemos tenido un largo día, parece que la fatiga mezclada con el whisky ha surtido efecto. Creo que es hora de volver al hotel, voy a llamar a un taxi —no pude encontrar mi teléfono, estuve mirando en el bolsillo de mi chaqueta, luego en la bolsa y la mochila de Emilia. No aparecía.
—Estoy llamando… ¿Adónde vais?
—Ah, a Crown Plaza —respondí mientras trataba de despertar a Emilia.
Craig nos acompañó al hotel, pagado el taxi porque no podía encontrar ni mi teléfono ni mi cartera, y nos ayudó a entrar en las habitaciones. Primero a Emilia, a quien habíamos ayudado juntos a quitarse los zapatos y sentarse en la cama. Luego me llevó al cuarto piso, a la habitación número 431.
—Bien, estamos aquí, ¿tienes la tarjeta de la habitación?
—Sí, la tenía, como también tenía mi teléfono celular y mi tarjeta de crédito… pero no puedo encontrar…
No había terminado la frase cuando lo vi asombrada cómo en un segundo, y de un movimiento, puso mi bolso boca abajo. Maquillaje de todos los colores cayeron sobre la alfombra, un cepillo de pelo, alrededor de seis bolígrafos, un rímel, una botella de desmaquillante, un corrector de ojeras, un desodorante, un perfume, una botella de agua de un cuarto de litro y muchos otros objetos que le hicieron echarse las manos a la cabeza. Finalmente, el teléfono y la cartera habían aparecido. «¡Bingo!». Me sentí aliviada, aunque avergonzada por toda la situación.
—¡Qué desastre, me disculpo! —le dije mientras abría la puerta—. Gracias por toda la paciencia que tuviste con nosotras.
—Amelia, este es mi número de teléfono…
—Sí, mantenemos el contacto… cuando vuelva a Melbourne, te avisaré…
Nos miramos como dos adolescentes tímidos y nos abrazamos durante unos segundos eternos. Después nos separamos con un «adiós» fugitivo y entré en la habitación del hotel mordiéndome los labios. «¡Madre del amor hermoso, qué idiota!», me regañé avergonzada.
Volví a la realidad en la vibrante playa. Estuve mirando el teléfono, tenía un mensaje de Craig. Estaba atascado en el tráfico.
Habían pasado 25 minutos desde que llegué a la playa. Cerré de nuevo los ojos relajada, recordando una y otra vez el abrazo de Craig. Cada vez que cerraba los ojos, me dejaba llevar por una ola que me llevaba atrás en el tiempo. Los ángeles y los demonios me rodeaban de todas partes. «¿A qué categoría pertenecía Craig?»
Estaba un poco nerviosa. En nuestra primera cita, tanto Emilia como yo habíamos actuado como dos niñas frívolas, ridículas y estúpidas; y la lista podía continuar…
Me solté el pelo negro que cayó en ondas sobre mi espalda desnuda, y luego lo recogí en una coleta de nuevo. Me miré en el espejo un par de veces, me acosté en la toalla, me levanté, no tenía paradero. Me dirigí finalmente a la orilla y metí los pies en el agua cuando sentí una mano tocándome el hombro.
—Lo siento por el retraso, el tráfico es terrible a esta hora, espero no haberte hecho esperar demasiado.
—No, acabo de llegar. —mentí.
—Es bueno verte de nuevo, ha pasado un tiempo…
Había descubierto que todavía era la misma chica tímida e introvertida del pasado. Recordé que no me fue fácil acostumbrarme la primera vez que empecé a volar como azafata de vuelo en Londres. Fue difícil para mí comunicarme con gente que no conocía, especialmente porque volaba todos los días con un equipo nuevo. Con el tiempo logré superar algunos de los miedos e inseguridades y adaptarme a cualquier persona y situación. Pero dentro de mí siempre hubo una batalla monumental. La introvertida Amelia quería esconderse en su caparazón para escapar del mundo. La nueva Amelia se abría a los que la rodeaban como una flor, pétalo con pétalo.
Mark siempre me dijo que la mejor manera de superar el miedo es enfrentarlo:
«Si le tienes miedo al agua, nada.
Si le tienes miedo a la oscuridad, rodéate de oscuridad.
Si tienes miedo de hablar en público, da un paso adelante y haz un discurso. Cualquier esfuerzo dará resultado».
Mark tenía razón. Tenía que empezar en alguna parte, luchar contra mi propia mente, que levantaba muros espantosos y me aislaba del resto del mundo.
Conseguí escalar los altos muros en algunos lugares, a veces me derrumbé y tuve que levantarme de nuevo, pero todas las experiencias me habían ayudado a superar mis demonios. O al menos algunos de los demonios.
Con el tiempo, logré poder trabajar con otras 24 personas en un Boeing 787 Dreamliner que transportaba 294 pasajeros. Con cada día que pasaba, me convertía en una nueva Amelia más flexible y más sociable.
Para mí, trabajar como azafata de vuelo era un pequeño éxito personal y me sentía victoriosa.
Y ahí me encontraba, con ese extraño, con el que iba a pasar el Año Nuevo.
Una sombra de miedo me atormentaba. El fantasma de Zayd me visitaba como siempre, sin falta, bailando con los demonios dentro de mí.
*
Una de las razones por las que me resultó difícil acercarme a un hombre sin caer presa de un ataque de ansiedad tenía el nombre de Zayd.
Zayd vivia y era el jefe del barrio árabe de Neukolln. Su mirada helada y sus cejas siempre fruncidas le daban un aire temido. El hombre con la mirada de hierro lo llamaban.
Zayd era un joven conflictivo que había estado en problemas con la policía desde una edad temprana. Estuvo en prisión por robo violento apenas cumplidos los 19 años. Es allí donde comenzó a consumir narcóticos y a darse a conocer por su naturaleza violenta. A la edad de 25 años, compraba y vendía drogas de todo tipo en las calles y barrios problemáticos de Berlín.
Tenía un equipo que estaba las 24 horas en las calles de Neukolln gestionando sus negocios. Durante el día, dirigía el negocio desde su apartamento de la calle Sonnenallee. Solo salía de la madriguera cuando tenían problemas para lo que se necesitaba su carácter de hierro. A medida que se acercaba la noche, se dejaba llevar por el ritmo de la música techno en la pista de baile de Berghain. Zayd era, sin duda alguna, un pájaro nocturno.
Había conocido a Zayd cuando tenía 22 años y estaba estudiando en mi tercer año en la facultad de Arquitectura.
La marihuana se podía encontrar fácilmente en la mayoría de los vecindarios, lo que me resultaba más difícil era conseguir el polvo blanco. La razón que me había llevado a las calles de Neukolln un día después de una discusión definitiva con Oleg fue que necesitaba ese dulce veneno para poner un bálsamo de olvido en mis heridas sangrientas.
Oleg fue quien me ofreció el veneno por primera vez. Me prometió que me ayudaría a liberarme de todos los problemas que estaba pasando. Primero los probé por curiosidad, quería volar. Segundo, tercero y el cuarto fue para huir de una familia que tenía los sentidos atrofiados, aniquilados por la opulencia de una vida inventada.
Los fantasmas de mi familia desaparecían con la primera raya, así es como los mantenía a distancia de mi mente ahogada de dolor.
Vivía así en un limbo eterno, entre dos mundos de hielo que se derretían dentro de mí cuando estaba high.
Mi relación con Zayd comenzó sobre las frescas ruinas de la problemática relación con Oleg, a consecuencia de descubrir a Oleg en la cama con una de mis compañeras de la universidad. ¡Mistkerl!8.
Así comenzó mi nueva relación sentimental: por desesperación. Otra relación intoxicada de drogas, salidas nocturnas efervescentes y peleas de celos destructivas. Caí presa de nuevo en el laberinto de los errores repetitivos de los que, desafortunadamente, no aprendía nunca.
El volcán interno de Zayd soplaba lava sin fin todas las noches. Los celos de Zayd culminaban cuando caminaba eufóricamente hacia el ritmo de baile. Muchas veces entraba en la pista de baile y me arrastraba hasta la mesa que tenía reservada donde comenzaban los insultos.
—Du bist eine schlampe! Nuttig!9 —me llamaba colérico. Yo, de algún lugar en un mundo lejano, me reía fuera de control. Y mi risa lo hacía aún más enojado.
Cada vez que pasaba por casa, Mark notaba las marcas y los moretones en mis brazos. Trataba de ocultar los rastros de la ira de Zayd, pero siempre salían a la orilla, delatándolo.
Con cada día que pasaba, me volvía cada vez más cansada y nerviosa. Mi aspecto físico también se había deteriorado considerablemente.
Cuando discutía con Zayd, huía de su ira refugiándome en la casa de Mark y Giselle. Mi ropa yacía sucia en el pequeño armario de Zayd y la verdad era que no estaba prestando atención a mi ropa. Asaltaba sin importarme el armario de Giselle y me vestía con lo que podía encontrar: faldas de cuero, vestidos de terciopelo y pantalones de campana. Al final, fue Giselle quien dio la voz de alarma.
—¿Cómo te atreves a robarme la ropa? —sonó la alarma por toda la casa. Ninoo, ninoo!
Un sábado por la noche, después de cenar, Mark me siguió; estaban preocupados, me gustaba pensar. Había cenado con ellos, como solía hacerlo últimamente, y corría a Zayd a toda prisa por el postre. Mark, sin siquiera saberlo, me estuvo persiguiendo.
Entré en el metro y tomé el tren hasta Gorlitzer Park, donde me cité con Zayd y algunos amigos. A partir de ahí nos dirigimos a la discoteca, como siempre.
Una vez dentro, tan pronto como se había notado la presencia de Mark, uno de los hombres de Zayd estaba detrás de él, observándole cada uno de sus movimientos. Karl, uno de los guardias, me advirtió discretamente que mi padre estaba comprando una cerveza en la barra mientras escaneaba la pista de baile. Me aconsejó deshacerme de él antes de que Zayd se diera cuenta de su presencia. No quería otro escándalo, así que fui echando leches a buscar a Mark. «¿Qué diablos hacía allí?».
Me acerqué al bar y seguí a Mark hasta el primer piso donde se dirigió, tal vez para que pudiera tener una mejor vista de la pista de baile. Seguí sus pasos dando codos a la izquierda y a la derecha a toda prisa. Mark me estaba buscando furiosamente con la mirada entre la multitud.
Cuando me encontré cara a cara con él, se estremeció como si hubiera visto un fantasma. No me anduve con rodeos, le pedí que se fuera, pero no me contestó. Sin embargo, me agarró violentamente de la muñeca y me arrastró tras él hasta la salida, como a un juguete.
Como era de esperar, Zayd no había tardado en aparecer. Su mirada helada se detuvo ante la cara asustada de Mark. Cuando lo alcanzó, se puso detrás de él y le tiró de la manga de la camisa como un perro rabioso. El impulso puso a Mark cara a cara con Zayd y un puñetazo debajo de la barbilla lo lanzó al suelo con fuerza. Luego lo arrastró desde el cuello de su camisa hasta la pista de baile, donde comenzó a lanzarle otra serie de golpes al ritmo caótico de la música.
La cara de Mark estaba cubierta de sangre viscosa saliendo de su nariz a chorros.
—Hor auf! Stop, das ist irrsinn! Zayd, hor auf!10 —le supliqué en vano.
Después de unos minutos que me parecieron interminables, los seguratas finalmente llegaron y los sacaron a ambos de la discoteca, arrastrándolos como si de dos trapos se tratara. Una vez fuera, yacieron durante otros minutos eternos sobre el cemento frío. La ira de Zayd, sin embargo, no se detuvo. Cuando recuperó sus fuerzas, volvió a atrapar a Mark entre sus garras, golpeándolo violentamente en la zona del abdomen. Mark estaba luchando bajo el poderoso cuerpo del hombre con la mirada de hierro.
Sin pensarlo y desesperada, golpeé con todas mis fuerzas a Zayd con una botella vacía que encontré en la acera. La montaña de hombre cayó al suelo.
Lo había abandonado inconscientemente y en un charco de sangre, frente a la discoteca donde los curiosos se acercaron a mirar el show vergonzoso.
Mark no dijo una palabra, pero su mirada lo decía todo. Detuve un taxi y desaparecí con Mark lejos de la ira arrolladora de Zayd.
Al día siguiente, Giselle y Mark decidieron ingresarme en una clínica de rehabilitación. No me había resistido, me sentía culpable por lo que le pasó a Mark. Me di cuenta, en un momento de lucidez, de que mi relación con Zayd había sido enfermiza. Yo también estaba enferma.
Durante ocho meses, estuve ingresada sin tener ningún contacto con mis colegas, amigos o el propio Zayd. Giselle y Mark me organizaron una rutina que estaba siguiendo rigurosamente, lejos del ajetreo y el bullicio del mundo exterior. Leía, hacía ejercicio e iba a terapia de grupo con mis colegas de planta todos los días.
Mark y Giselle me visitaban todos los días en la clínica de rehabilitación, me traían comida, ropa limpia y los libros que pedía. Mi humor oscilaba por momentos, por la noche a menudo me ponía nerviosa y violenta. En mis momentos de agitación, incluso había intentado huir de la clínica un par de veces.
Pasados los ocho meses, logré desintoxicarme. Lo más importante era mantenerse alejada de Zayd y del ambiente nocivo de la vida nocturna en Berlín. Había establecido una rutina organizada y lo suficientemente cargada como para mantener mi mente ocupada, lejos del pensamiento de la tentación.
Mark me llevaba y me traía de la universidad, donde estaba supervisada de cerca por los maestros. Me habían comprado un teléfono con una nueva tarjeta, y aunque conocía el número de teléfono de Zayd de memoria, resistí la tentación de contactarlo, exactamente cuatro meses, tres semanas y dos días.
Llamé a Zayd una noche cuando Giselle y Mark estaban teniendo una conferencia en la escuela secundaria donde Giselle estaba enseñando, seguida de una cena en un restaurante del centro de la ciudad.
Cuando llegaron a casa a medianoche, descubrieron que me había ido.
Todo ese tiempo, Zayd había estado esperando pacientemente que regresara a él. Sabía que pasaría un tiempo en el que no se me permitiera ponerme en contacto con mis viejos séquitos. Conocía exactamente por lo que estaba pasando precisamente porque él también había pasado por las mismas etapas en los innumerables intentos de sus padres de desintoxicarlo. En su caso, todos los intentos de sus padres fueron en vano. Zayd era, sin dudas, un caso perdido.
Tuvo el presentimiento que, tarde o temprano, iba a volver con él, ya sea por una dosis de veneno o por amor.
El momento tan esperado de Zayd llegó en forma de una llamada telefónica imprudente; le pedí que viniera a buscarme lo antes posible.
Una euforia oscura fluía por mis venas mientras esperaba a Zayd en la puerta de la casa. Había desencadenado una avalancha que destruiría todo el esfuerzo de los últimos meses. «Un porro», estaba pensando en un maldito porro, salivando.
En 20 minutos, Zayd llegó a mi puerta, recibiéndome contento en sus brazos como a un trofeo. En el coche, me ofreció la deseada tentación, ansioso por verme culminar y nos dirigimos a una zona periférica donde probamos el amargo placer de las drogas. Dimos una vez más rienda suelta a nuestros instintos más salvajes.
—Te eché de menos —me susurró al oído con media boca, mientras me ofrecía otra dosis y me levantaba encima de él.
Llegamos al apartamento de Zayd por la mañana temprano. Nos quedamos dormidos en el coche y nos despertó el amanecer quemando nuestras pupilas dilatadas. En el camino al apartamento de Zayd, estuvimos rodeados por un silencio sofocante. El amanecer y el comienzo de un nuevo día, aplastaron la euforia de la noche pasada.
Ambos miramos con ojos desnudos de indiferencia por la ventana de visión trasera el mundo normal que nos rodeaba. Un rastro de remordimiento llamó una vez más a la puerta de mi conciencia y pensé: «¡Tiré abajo una montaña de esfuerzos y sacrificios!».
El primer pensamiento que compartió conmigo, en un tono pausado, mientras me miraba con sus ojos helados, era que el deseo de venganza había nublado sus pensamientos; que el monstruo de sus adentros no podía aguantarse cuando se acordaba de Mark. Me hizo prometer que no lo dejaría de nuevo, mientras me apretaba la pierna izquierda con fuerza en un gesto salvaje de pertenencia.
Durante unas semanas, el ambiente estuvo tranquilo. No solía salir del apartamento de Zayd para no arriesgarme a encontrarme a Mark, que estaba segura de que andaba cerca, esperando hasta que saliera de la madriguera.
Mi porción diaria de droga estaba asegurada. Empezaba a fumar hierba y a respirar harina en el desayuno. Entraba en trance, bailaba hasta el agotamiento, tenía sexo y fumaba cigarrillo tras cigarrillo. Así se dibujaba mi nueva rutina, raya tras raya.
Cuatro semanas más tarde, un viernes por la noche, Zayd había organizado una fiesta a la que invitó a algunos de sus amigos íntimos y algunas de mis colegas de la universidad. Música, comida, alcohol y drogas, en ese orden se habían llevado a cabo las cosas.
Zayd no me dejó fuera de su vista en ningún momento, conocía el momento exacto en que empezaba a perder el control si consumía demasiado.
A medianoche, llegué al clímax: bailaba desatada bajo la atenta mirada de sus amigos, ondulando mi cuerpo al ritmo de la música. Lo que le despertó a Zayd de nuevo todos los demonios de su interior que deseaban manifestarse.
—Kommt raus! Die party ist vorbei!11—gritaba Zayd mientras echaba a todos sus invitados.
Los hechos pasaron muy lentos en mi mente borrosa.
—Du bist eine schlampe geworden, meine liebe!12 —me amenazaba Zayd, con la misma mirada aplastante de la noche de Berghain.
Me retiré asustada a una esquina del sofá lleno de bolsas vacías de bocadillos y botellas de alcohol, mirando el blanco sucio del techo. Una mosca volaba de izquierda a derecha y se reía con todas sus ganas. La risa irritante resonaba en la habitación vacía de mi mente compitiendo con la voz de Zayd que se escuchaba en el fondo, colérica.
Alguien tomó mi mano y me llevó al dormitorio; no era la mano de Zayd. Mi mirada descarriada todavía estaba siguiendo la mosca sonriente mientras mis pies flotaban hacia la puerta del dormitorio. La música sonaba más y más fuerte en mi mente, ignorando la risa molesta de la mosca que enseguida olvidé.
Me dejé llevar de nuevo por las notas musicales y comencé a bailar en el medio de la habitación, sin saber que esa noche iba a convertirme en una cierva.
Zayd preparó la última raya fatídica y me la ofreció. Dos de sus amigos se habían unido a nosotros y juntos disfrutamos del veneno embriagador.
Cuando me cansé, me senté en la cama, mareada. La habitación giraba a mi alrededor arrastrándome con fuerza en un torbellino de lluvia y niebla. Mis manos y mis pies se volvieron helados, mi boca apretada, mis ojos nublados. Sentí como Zayd me bajaba los pantalones. Los dos lobos detrás de Zayd estaban mirando mi cuerpo salivando. Zayd me tomó en sus brazos; estaba temblando. La cierva estaba rodeada por los tres lobos salvajes y no tuvo escapatoria; una lágrima de hielo caía sobre mi mejilla petrificada.
Los ojos de Zayd se intercambiaron repentinamente con los ojos azules de un desconocido, luego con los ojos marrones de otro. No podía moverme.
—Lasst mich in ruhe!13 —supliqué sin voz mientras sentía que esas bestias devoraban mi cuerpo. Un dolor repentino recorrió todo mi cuerpo.
Zayd dirigía toda la escena como un director en una película de mal gusto. Quería gritar, pedir ayuda, luchar, pero mi cuerpo no respondía a mis órdenes.
—Hilfeee!14
A la mañana siguiente me desperté sola en el dormitorio. No era consciente si realmente tuve una pesadilla, si había vivido una terrible fantasía en un bosque oscuro o si la cierva herida del sueño era yo.
Mi mente continuaba confusa. Me vestí tan rápido como pude y salí de la habitación, un poco mareada, tratando de no hacer ruido. La puerta había colaborado, abriéndose en silencio; me sentí aliviada. Mis latidos eran ensordecedores, parecían tambores de guerra. «¿Por qué siento este terrible pánico?», me pregunté.
Mientras caminaba a través del pasillo oscuro hasta la sala de estar, pensamientos pacíficos trataban de convencerme de que todo estaba bien. Me apoyé en las paredes frías del pasillo mientras avanzaba hacia la realidad. Podía oír voces al otro lado de la puerta de madera. Empujé la puerta temblando y los ojos de los lobos salvajes penetraron en mí. Me derrumbé, vomité. Un dolor terrible me apretó el estómago. Me levanté usando mis últimas fuerzas y corrí hacia la puerta, cojeando de dolor por las calles abarrotadas de gente.
—Schlampe!15 —me seguía desde la oscuridad la colérica voz de Zayd.
Durante unos días caminé sin rumbo por las calles de Berlín, repitiéndome a mí misma que lo que merecía era dolor, miseria y viceversa.
Me odiaba por la situación en la que había llegado. Odiaba a Zayd y a Oleg, odiaba a mis padres adoptivos por sacarme de ese maldito pueblo de India, y odiaba a mi madre biológica por abandonarme. Me odiaba a mí misma. Mi ignorancia y mi estupidez habían llegado a límites exagerados. Me había convertido en un parásito. «¿Cuántas veces voy a caer en los mismos errores?», me recriminaba a mí misma.
Llegué a casa una noche, acompañada por una patrulla de la policía. Me encontraron vagando en medio de la calle, desorientada.
Esta vez mi recuperación no fue fácil. Semanas y meses de pesadillas comenzaron, cuando me despertaba por la noche sin aire, sintiendo el aliento y el olor de esos animales salvajes en mi nuca.
La oscuridad y los demonios de la noche me devastaron. Cada noche un espíritu sin rostro me perseguía y cada vez me atrapaba en sus brazos de espinas. Caíamos juntos en un abismo sin fin, en una unión fatídica, defectuosa y sucia.
En el sueño, me gustaba pertenecer a esa bestia de la noche. Me estaba devorando y dándome una especie de placer sádico. Alimentaba la oscuridad interior que había crecido como un tumor dentro de mí. Sentía que me estaba alejando de mí misma y que había perdido de vista el camino de regreso. Estaba vagando a través del denso bosque del alma donde las ramas de los árboles desgarraron mi piel. Estuve avanzando hacia la oscuridad de un abismo sin fin donde Zayd me esperaba. Zayd siempre me esperaba con los brazos abiertos.
El mismo sueño me atormentaba todas las noches.
*
Cada vez que me hallaba en presencia de un hombre me entraba pánico.
Con Craig esperaba que fuera diferente, parecía un tipo normal. Me aliviaba el hecho de que llevaba una vida tranquila en su pequeño universo monótono. Empezaba a apreciar lo monótono, proporcionaba seguridad.
En el camino en el coche al apartamento de Craig, no verbalicé ni una palabra. Me preguntaba si él era otro pervertido, otro maníaco. Inconscientemente, los recuerdos cobraron vida y trajeron consigo imágenes repugnantes.
Al mismo tiempo, observaba como cambiaba de marcha y como posicionaba sus manos en el volante. Comparaba sus gestos con los de Zayd y me alegraba de que eran, sin duda, dos personas en antítesis.
A mitad de camino, le pedí de repente que volviera a la playa. No le di ninguna explicación. Craig, como si me hubiera leído la mente, no hizo ninguna pregunta.
Al llegar de vuelta a la playa, nos sentamos no muy lejos de donde estuvimos anteriormente, pero más cerca del agua. La luna se reflejaba en el agua que yacía en silencio ante nosotros.
El Año Nuevo llegó en la orilla del mar y nos envolvió con una brisa cálida. No nos deseamos palabras pomposas.
A veces el silencio vale más que mil palabras.
II
Z A Y D
Londres, enero 2013
Llovía mucho, y aunque eran las 13:00, el cielo estaba oscuro, como si el sol fuera a ponerse. Las nubes negras llenas de agua estaban desahogando su ira sobre Londres. Había llegado al aeropuerto de Heathrow alrededor de las 12:30 con tres amigos. Pasaron cinco años que no supe nada de Amelia.
Desde que Amelia se esfumó de mi miserable vida, permanecí encerrado en casa durante semanas. Llamaba a mis amigos cuando me quedaba sin comida y opioides para abastecerme y continuaba en aislamiento, un aislamiento que merecía. Dormía y comía en el salón enmugrecido, sobre latas de cerveza, botellas de alcohol, jeringas usadas y comida sobrante. Olía a putrefacción y tabaco a mi alrededor, que se mezclaba a la perfección con mi olor de animal herido.
De vez en cuando, me despertaba algún rayo de sol impertinente que entraba por la ventana o el sonido de un ratón rechinando los restos de kebab tirados en la alfombra. «Mein Gott16, ¡odio los ratones!».
Mi única compañía era el fantasma de Amelia y el ratón que me rodeaba cada vez que olía algo de comer. Salía de su escondite por la noche para llevar trozos de pizza y kebab al agujero que había hecho detrás del mueble de la cocina. Traté de atraparlo varias veces sin éxito y le decía que yo mismo me sentía como una rata; que no sabía diferenciar entre él y yo. ¿Acaso no estaba arrastrándome como él, entre basura y lugares oscuros, donde la luz se negaba a entrar? Que se deje coger, le decía, necesitaba un confidente. Uno que no me juzgara.
Cuando estaba high, llegaban las alucinaciones. Veía a Amelia en mi apartamento, bailando en el medio del salón todas las noches. Cuando me acercaba a ella, desaparecía como una quimera. Era entonces cuando empezaba a llamarla y golpear las paredes hasta que me sangraran las manos. «Wrack! Ich bin ein wrack!17».
Amelia me atormentaba y yo mismo la invocaba como a una diosa cada vez que preparaba mi jeringa con el letal líquido. Primero sentía la droga extendiéndose por todo mi cuerpo, cómo viajaba a través de las sinapsis, a través del corazón y pulmones, donde la sangre se llenaba de oxígeno. ¡Desde el corazón, la sangre rica en opioides pasaba al resto del cuerpo, y cuando llegaba al cerebro, era finalmente feliz! Los niveles de dopamina se volvían locos y llegaba la agitación, la paranoia, las alucinaciones y las conversaciones eternas con el fantasma de Amelia comenzaban. Ah, ¡era uno de mis momentos favoritos!
—Sheiss drauf, tut es dir jetzt rid?18—sentenció.
Mis padres me habían encontrado inconsciente sobre el suelo del baño. «Un domingo a las 10:30 para ser más preciso», me había reprochado mi madre desesperada cuando desperté del coma.
—Alá, Alá!!! —se lamentaba levantando las manos hacia el cielo en vano. La verdad era que ni Alá ni Jesús ni Moisés iban a volver sus ojos hacia una basura como yo.
El hecho de que cuando me encontraron tenía la cara desfigurada y los brazos de color púrpura no me sorprendió en absoluto, estaba acostumbrado a mi apariencia lamentable. En mi mano derecha sostenía una jeringa y un hilo de sangre goteaba de mi brazo izquierdo que hizo a mi madre desmayarse, me dijo mi padre. ¡Normal… pobre madre!
Los médicos del hospital de emergencias de Neukolln me conocían muy bien debido a las crecientes visitas que hice al hospital. En el último año, había estado en el hospital varias veces inconsciente o convulsionando. En otra ocasión, tuve un ataque al corazón por una sobredosis.
La última vez que me trataron fue después de que abandonara un intento de rehabilitación demasiado corto. Fallido, naturlich!19.
Lo que pasó fue lo siguiente: empecé a sentir mis manos frías de repente, mi pensamiento se desdibujaba y mi visión estaba borrosa. Como un codicioso, mezclé Fentanil —un opioide muy poderoso, precisamente, 50 veces más fuerte que la heroína— con sedantes, ¡docenas de sedantes! Una peligrosa combinación química cuyo resultado no tardé en sentir. Y ¡bum! Mi respiración se volvió más lenta y lenta hasta el punto en que se había detenido. Debido a los bajos niveles de oxígeno en la sangre, su ritmo anormal había causado el ataque al corazón, fue la explicación de los médicos. Como si me importara…
Lo primero que hice cuando salí del hospital fue ir a casa de Amelia, en contra de las desesperadas demandas de mi madre.
Me presenté convaleciente, frente a la puerta de Amelia, con la esperanza de poder verla. La amplia sonrisa en la cara de Giselle se había marchitado tan pronto como cruzamos nuestras miradas.
—¿Te asusté? —le pregunté en mi mente.
—¿Cómo tienes la poca vergüenza de presentarte en mi casa?
—¡No quiero molestarte, quiero hablar con Amelia, bitte!20. Dos minutos.
—¡Eres un indecente! ¡Vete!
—¡Déjame ver a Amelia! ¡¡Amelia!! ¡¡¡Amelia!!! —vociferaba en vano mientras Giselle me cerraba la puerta en la cara.
No iba a rendirme. Hablé con los amigos y colegas de Amelia en la universidad, intentando encontrar una pista sobre dónde podría estar. Conocía la historia de la adopción, pero no pensaba que Amelia pudiera aventurarse sola en un viaje a la India. Amelia era una persona con poca confianza en sí misma y no era fácil salir de su zona de confort. Al final, todos habíamos cambiado con el tiempo, incluyéndome a mí. Todo era posible…
Me mudé a la casa de mis padres para mantenerme alejado de cualquier tentación. También corté de raíz mis salidas nocturnas. Incluso empecé a ir a la mezquita todos los viernes con mi hermano y mi padre después de mucho tiempo. Con mucho esfuerzo, fue posible rehabilitarme. Y, por supuesto, con la ayuda de Alá, como mi madre solía decirme.
El Corán y las horas en el gimnasio me mantuvieron ocupado y centrado, aunque la pelea que estaba teniendo lugar dentro de mí era colosal.
El deseo de encontrar a Amelia me mantuvo a flote y yo estaba haciendo todo lo que estaba en mi poder para mantenerme limpio. ¡Me lo debía a mí, se lo debía a ella!
En una tarde de enero cualquiera, mirando mi página de Facebook aburrido, entre anuncios, fotos de amigos, ofertas de billetes de avión y vacaciones de ensueño, una foto de grupo de una amiga que trabajaba para una aerolínea inglesa apareció en mi pantalla. ¡A su lado estaba Amelia, en esa foto, en la pantalla de mi maldito teléfono celular! Era una Amelia diferente, tenía el pelo mucho más largo, con un flequillo lateral, y usaba gafas de ver. Una Amelia que transmitía lo contrario de lo que fue hace años.
Durante unos días, pensé sin prisas y cuidadosamente el plan que me traería de vuelta, cara a cara, con Amelia. Descubrí para qué aerolínea trabajaba y dónde, era un buen comienzo.
Dado que la imagen había sido compartida por la página oficial de Facebook de esa aerolínea y comentada sobre todo por la mayoría de los trabajadores que pertenecían a la base de Heathrow, decidí comenzar con el aeropuerto de Londres Heathrow. ¡Así de simple!
El primer paso después de aterrizar en Londres fue buscar en todas las oficinas de Recepción o Ticketing que pertenecían a esa aerolínea.
Observé escondido, entre la multitud, donde pasaba desapercibido, si alguna de las chicas en las ventanillas o la recepción era Amelia.
Junto con los tres amigos con los que había viajado a Londres, nos rotábamos cada cuatro horas para estar seguros que los turnos de mañana, tarde y noche estuvieran controlados.
En las próximas 24 horas, llegué a la conclusión de que Amelia no trabajaba con el personal de tierra. Aunque era posible formar parte del equipo de Air Side donde no teníamos acceso después del arco de seguridad en Salidas ni en las puertas de embarque en las áreas restringidas.
El paso número dos significaba hacer una lista de todos los vuelos que la aerolínea tenía todos los días, este fue sin duda el paso más complicado.
Fue mucho más fácil esperar en el aparcamiento del aeropuerto y vigilar quién llegaba y quién salía. Mis amigos y yo nos turnábamos de nuevo cada cuatro horas y peinábamos todo el estacionamiento, todas las entradas y salidas a todos los niveles. Estábamos tomando fotos y notas sobre todo lo que pensábamos que era relevante.
El uniforme de las azafatas de vuelo era de color azul marino con el dobladillo de color morado en las mangas de las chaquetas, así como en los vestidos, faldas o pantalones, lo que los hacia fáciles de identificar entre la multitud.
Llevamos cinco días sin rastro de Amelia cuando empezábamos a perder la paciencia.
En el séptimo día, mis amigos decidieron regresar a Berlín. Me dijeron decepcionados que había perdido la cabeza. Era verdad, estaba buscando una aguja en un pajar.
Por supuesto que contaba con el abandono de mis amigos. Los entendí precisamente porque ese plan no significaba nada para ellos. Sabía que se guiaban por lo consistente que eran sus ganancias. Si no tuvieran nada que ganar, abandonarían el plan con facilidad. Y había sucedido exactamente como esperaba. Me quedé solo en Londres, haciendo de Sherlock Holmes y buscando desesperadamente una exnovia. Podría haber sido un buen tema para un thriller. Ja!21.
El día que mis amigos regresaron a Berlín, me lo tomé libre. Visité Londres, aunque no era mi ciudad favorita, necesitaba algo de diversión para pensar en el siguiente paso. No era detective, ni siquiera tenía el dinero para contratar a uno, así que todo lo que tenía que hacer era pensar.
Dejé pagadas otras cuatro noches en el mismo hotel cerca del aeropuerto de Londres Heathrow, desde donde continué mi búsqueda. No tenía la intención de abandonar el plan, todavía no.
Los días pasados en el aeropuerto, me di cuenta que una vez en el estacionamiento de Salidas, las azafatas se dirigían al segundo piso a una habitación destinada exclusivamente al personal de la aerolínea. Al segundo piso se podía subir, pero no se podía pasar el control de seguridad que estaba a pocos metros de esa habitación. Todo lo que tenía que hacer era esperar en el segundo piso, lo más cerca posible de la puerta de seguridad frente a la entrada del personal. Dicho y hecho.
Así que pasé toda la mañana en el Starbucks, que se encontraba a unos 20 metros de la zona donde llegaban los empleados.
A mediodía, iba al hotel donde almorzaba, me daba una ducha y alrededor de las 14:00, volvía al aeropuerto donde la guardia continuaba.
Aprendí en pocos días, todas las caras de los camareros de los bares y restaurantes de Salidas, así como los empleados de las estaciones de Atención al cliente y las horas en las que entraban o salían de sus turnos. Pero ninguna señal de Amelia.
Si no hubiera encontrado a Amelia al final de los cuatro días, volvería a Berlín, yo también empezaba a perder la paciencia. La idea de un vaso de whisky o un porro me visitaba obsesivamente en los últimos días. Era consciente que, si cedía a la tentación, lo arruinaría todo.
Las noches las pasaba fumando, pero esta vez había impuesto un límite: no tomar sustancias ilegales. Estaba pensando en Amina, mi madre y todos los sacrificios y el dolor que pasó para que pudiera dejar las drogas e ir a rehabilitación todos los días. Resistí la tentación por mi madre.
Con tristeza, me adentré en el cuarto día de mi búsqueda en solitario. Hice el check-out en el hotel y me dirigí al aeropuerto como siempre, esta vez un poco más tarde de lo habitual, alrededor de las 12. Caminé firmemente hacia la entrada al aeropuerto, hasta el ascensor que estaba a unos diez metros a mano derecha y subí al segundo piso. Luego entré en Starbucks como de costumbre.
—¡Un café con leche, por favor! —le pedí a la camarera que me sonreía en exceso—. ¡Hm, Annaaa!
Me senté en una de las mesas para dos personas, disfrutando resignado de mi último café en Londres. Miraba distraídamente por la ventana, la multitud que pasaba a toda prisa en todas las direcciones. «¡Parece un hormiguero, qué locura!», pensé.
Anna había venido a limpiar mi mesa mientras tanto, aunque estaba limpia y paseó sus pechos a través de mi campo de visión con un aire seductor.
—¡Hm, Anna, no me hagas esto, mujer! —me dije sintiendo un impulso perverso.
No podía quitarme la mirada de sus pechos. Cerré los ojos y bebí un sorbo de café. Mi sucia mente estaba, sin poderlo evitar, en medio de una fantasía sexual.
Había tosido para volver en sí. Al abrir los ojos, finalmente el esfuerzo de esa larga búsqueda encontró recompensa. ¡Era ella! ¡Alá! ¡Por todos los santos, tenía a Amelia a pocos metros de mí!
Sacudí mi cuerpo e intenté alejar avergonzado los pensamientos impuros con la camarera de mi mente perversa. Dejé a Amelia ordenar en la barra y que se sentara tranquila en una de las mesas mientras yo me armaba de valor. «No se había fijado en mí, bien, bien…», mi cabeza no sabía qué hacer. Cuando me puse detrás de ella, la saludé tartamudeando. Ella levantó la cabeza de la taza de café que tenía delante y volvió su mirada hacia mí. No hizo ningún ruido. La taza de café cayó repentinamente sobre el plato de porcelana y respondió a mi saludo con un clin clin bajo la fría mirada de Amelia. Después de unos segundos de contemplación recíproca, me pidió salir de la cafetería.
—¿Qué estás buscando aquí?
—A ti. Escúchame, quiero hablar contigo, tranquilamente, sin discutir…
—¿Crees que puedes permitirte poner condiciones? ¿Qué quieres?
—Hablar…
—¡Jajá! ¡Zayd, sigues siendo el mismo tipo impertinente de siempre!
—¡Escucha! Sé que me equivoqué, no quiero regalarte los oídos con explicaciones. Lo que te hice no tiene ninguna explicación. Me equivoqué. ¡Y me odio por ello!
—Tengo prisa…
—¿Crees que podríamos hablar en otro lugar?
—De ninguna manera, tengo que irme —había añadido mientras pasó como un rayo de mi lado.
—Tengo algo para ti. Cuando estés tranquila, lee esta carta —añadí mientras le agarré la mano y le entregué el sobre—. Me avergüenzo de mi comportamiento en el pasado, pero espero que esta carta te ayude en lo que sea que estés buscando. No soy bueno diciendo palabras bonitas y creo que sería la última persona de la que querrías oír palabras como esas. Yo… sabes, te extraño. Si me necesitas, sabes dónde encontrarme…
Amelia cogió el sobre con sus delicadas manos sin articular palabra y desapareció entre la multitud.
Silencio. Eso fue todo.
III
A M E L I A
Julio 2018, Sawai Madhopur
Contemplaba el bullicio embaucador del pueblo, sentada en un banco de mármol en el centro de la plaza. Miraba la gente pasando en todas direcciones como hormigas en busca de la ración diaria de alimentos y los comerciantes que llevaban frutas y verduras a los chiringuitos.
Las vacas estaban pastando a un lado de la carretera apáticas, a pocos metros de mí, haciéndome compañía. Cuando se pusieron en marcha, los coches les cedieron el paso, pacientes, así que las seguí; era la forma más segura de cruzar la calle.
Las calles estaban llenas de motocicletas conducidas por conductores talentosos que esquivaban a los peatones con una precisión que me impresionaba. En el tumulto de coches, motocicletas y peatones, los pitidos de los vehículos sonaban locos, dirigiendo el agitado tráfico. Todo ese caos me fascinaba. Era parte del encanto de Asia.
Los restaurantes improvisados en las estrechas aceras cuyo cemento estaba destrozado por el paso del tiempo me invitaban adentro con el delicioso olor de las especias.
Los puestos coloridos con frutas y verduras frescas esperaban a sus clientes, que ni siquiera se bajaban de sus motocicletas para abastecerse. Recogían los bultos, los pagaban, los tiraban a las cestas de bambú y continuaban su camino abriéndose paso con una bocina molesta de vuelta al tráfico que fluía en oleadas.
La religión dominante en la zona era el hinduismo, seguido por el islam en un porcentaje bajo, al igual que el cristianismo. Empecé a leer sobre la historia de la zona y a encontrar respuestas entre los lugareños a todas mis preguntas. Intentaba entender la esencia de ese lugar con los ojos de una niña, sin prejuicios.
Temprano en la mañana, disfrutaba de los aromas florales del mercado de las flores. Me encantaba perderme entre los aromas de jazmín, rosas, hortensias y gladiolas y docenas de otras flores maravillosas cuyos nombres no conocía.
Compré una guirnalda y un ramo de flores que elegí de un puesto multicolor, con la idea de dar un aire fresco a la habitación donde me alojaba.
Los puestos de especias estaban al final de la calle arcoiris de colores.
El intenso y dulce olor de las especias inundaron mis fosas nasales, sabores extraños que despertaban mi curiosidad.
Desde el mercado de las flores, continúe por otra calle estrecha igual de concurrida donde me encontré frente a montones de especies en tonalidades rojo oscuro que era azafrán. Transmitía un aroma sutil y elegante. El vibrante color naranja de otro montoncito brillante me hizo hundir los dedos en el polvo dorado. Acaricié mis mejillas con el polvo colorido y habían cogido de inmediato color. Disfrutaba como una niña en plena niñez. Ese carrusel de colores y aromas me daba la vida.
Al final de la calle estrecha con especias, se encontraban los puestos de comida. Las albóndigas momo22 me habían guiñado el ojo. Contenían carne o verduras o una combinación de las dos. Pedí dos trozos de momo vegetal y un papri chaat23, una especie de aperitivo con una textura crujiente parecida a la napolitana, hecha de harina sobre la que me pusieron una mezcla de patatas, garbanzos, chile, yogur y chutney de tamarindo24. ¡Una delicia!
Disfruté de los deliciosos platos, colocados en una de las mesas enanas de plástico de la acera. En lugar de postre, pedí un chai masala, era mi nueva bebida caliente favorita. Estaba superando con creces el café.
Mientras disfrutaba de mi chai, estuve pensando en la página rota del diario de Mark que esperaba escondida en mi bolso.
Las palabras de Mark cobraron vida de nuevo en mi mente. Había tratado una vez más, de leer entre líneas y entender esas palabras que provenían de un pasado incierto.
03/1984
Vuelvo a Vrindavan después de tanto tiempo. Tierras lejanas cuyo aroma me atrae clandestinamente. Otra vez disfrutando de las calles coloridas de los polvos mágicos de la fiesta Holi y de la música de Krishna.
Me he adentrado en un mar negro a la lujuria del corazón donde había un ser maravilloso con el cuerpo del color de las nubes.
Espero verla de nuevo, la llama que se encendió en mí, sigue ardiendo por ella.
Euforia y escapatoria del tumulto agotador de Berlín y el muro de 144 km que roba nuestra libertad.
Aunque había viajado a la India innumerables veces, nunca visité el festival de colores Holi25. Escuché que se celebraba según la luna llena, a finales de febrero y principios de marzo.
Sospechaba que Mark, en su carta, se refería al mismo festival. En cuanto a la cita y el círculo dibujado en la parte inferior de la página, no tenía idea de lo que podría haber significado.
Hice un cálculo mental. En ese momento, Mark tenía 56 años, lo que significaba que en 1984 tenía 22 años. En aquel entonces, todavía estaba estudiando en la facultad de Arquitectura, podría haber estado cursando en el tercer o cuarto año, no sabía apreciarlo con precisión.
Me levanté de la silla de plástico y dejé la terraza improvisada en la acera, envuelta en los mismos pensamientos cada vez más confusos.
Abriéndome paso entre la multitud, me dirigí a un puesto de joyas y suvenires en forma de deidades y símbolos conocidos como OM, Pentagramas, el árbol Banyan o Ganesha.
—Ganesha guía el karma creando y eliminando los obstáculos de nuestro camino. Representa el poder que reside en todo ser humano —carraspeó con voz rota el caballero con turbante detrás del establo, observándome mirando una estatuilla de arcilla del dios Ganesha. Estaba fumando un tipo de tabaco en pipa que soltaba un dulce humo que yo trataba de evitar a toda costa.
—Me interesa un amuleto con Ganesha.
El humo asfixiante se movía en oleadas detrás del establo. Entre las nubes de humo, el anciano se levantó de su silla. Pude ver su silueta moviéndose detrás del establo, buscando algo en unas redes de rafia.
—El talismán con cabeza de elefante del dios Ganesha. ¡Para que ilumine tu mente y que encuentres lo que estás buscando!
Le entregué un billete de 100 rupias y le agradecí, antes de perderme entre la multitud.
La calle en la que me encontraba era como un hormiguero vestido de colores festivos. Me sentí un poco confundida, durante unos segundos no sabía exactamente de qué dirección había venido. Me detuve unos segundos, tratando de concentrarme en la calle interminable que se tendía a mis pies. De repente, reconocí en la multitud una cara familiar. Parecía la cara de Mark, pero un Mark diferente, joven y delgado. Él volvió su cara hacia mí y su pelo dorado flotó en el aire, dejando atrás un rastro de luz. Mark se encontraba a pocos metros de mí, se dirigió a un callejón estrecho mientras me miraba insistentemente, invitándome a girar la esquina en la oscuridad. Me puse en movimiento. Con los ojos en la nuca y el cabello rubio de Mark que atraía toda la luz del sol, giré la esquina del callejón. Me estaba acercando cada vez más al joven Mark que me susurraba algo indescifrable. Sus labios de repente empezaron a sangrar, una sangre coagulada le salía por la boca. Asustada, cerré los ojos. Cuando los abrí, me vi cara a cara con un perro lobo ladrando furiosamente. Estaba luchando salvajemente con la cadena que tenía alrededor de su cuello, advirtiéndome que no violara su territorio. Retrocedí silenciosamente. «¡Qué susto!».
Poco a poco logré volver a la realidad y el estado de desorientación comenzó a desaparecer, junto con el fantasma de Mark. No entendía lo que me había pasado, culpé al cansancio. La verdad era que no descansé lo suficiente en los últimos días. El vuelo a la India había sido largo y agotador y el intercambio de usos horarios alteró mi sueño. «Supongo que será esta la explicación», pensé.
Me dirigí pensativamente al centro de la plaza donde había un pequeño templo dedicado al dios Shiva que estaba representado con tres ojos, el de arriba, mirando a la eternidad. Puse la guirnalda de flores que compré alrededor del cuello de Shiva, me uní las manos e incliné la cabeza ofreciéndole mi respeto.
El día siguiente, lo pasé en las calles llenas de gente de Sawai Madhopur con la fotografía de mi madre biológica en la mano.
Pregunté a todos los que estaban en mi camino si conocían a la mujer de la fotografía. Muy pocos aldeanos hablaban inglés, lo que dificultaba la comunicación con ellos. La mayoría de ellos me ignoraron porque no estaban dispuestos a perder el tiempo con una extraña. El resto estaba disimulando interés solo para que le comprara algo del establo. Un grupo de niños empezaron a bailar a mi alrededor y a tirarme de la ropa para bailar con ellos. No me había desecho de ellos hasta que entré en el baile y contoneé los pies un par de veces. «¡Traviesos!».
Motocicletas, carros y puestos sobre ruedas me esquivaron mientras intentaba torpemente cruzar la calle bajo la atenta mirada de los niños.
Por la noche, después de un largo día de hurgar por todos los rincones del pueblo, descansé mis pies sobre un banco de madera roto, que hacía de guardia a una casa bajita de arcilla pintada de azul. En algunos lugares, la cal había caído de las paredes de la casa y las grietas dibujadas por el paso del tiempo estaban tapadas con líneas serpenteantes de arcilla fresca. La tabla del techo estaba oxidada y en algunos lugares tenía manchas de alquitrán negro. Un fuerte olor a curry salía de la estrecha ventana que estaba entre abierta. El olor de las delicias culinarias que se estaban preparando en la casita me hizo babear. ¡Me moría de hambre!
En algún momento me quedé dormida. Cuando me desperté, dos ojos azules en medio de una cara arrugada me miraban con curiosidad.
La anciana llevaba un sari amarillo mostaza y estaba descalza. Sus manos estaban adornadas con grandes brazaletes que sacaban un cling de metal con cada movimiento que hacía. En su mano izquierda sostenía una toalla de cocina de un blanco impoluto y en su mano derecha una cuchara de madera bien grande.
La anciana había pronunciado algo en hindi que sonaba indescifrable, luego continuó en inglés, observando mi cara de póker.
—¡¿Qué haces aquí?!
—Yo… me senté un momento para descansar las piernas…
—¡Ah! ¡Está bien, está bien! ¿Tienes hambre? —inquirió mientras la miraba con la misma cara de tonta. Dije que sí.
Después de entrar en la casa, me enseñó a poner mi mochila detrás de la puerta. Inmediatamente la anciana colocó dos platos de arroz blanco con una salsa de verduras amarilla en la pequeña mesa de madera.
—¡Come! —me ordenó con voz autoritaria.
La anciana tenía una mirada profunda como el azul del océano y agradable como un refugio durante una tormenta.
Me senté en la mesa junto al horno de hierro donde la anciana cocinaba, tal y como ella me había indicado y comencé a comer. Sus ojos juguetones me miraban, entre los sonidos de las cucharas en el plato. Tenía una sonrisa sarcástica en la esquina de su boca.
—Tenías hambre, ¡no era broma!
Cuando puse la última cucharada de comida en mi boca, la anciana dejó de vigilarme y se levantó de la silla, levantando su brazo derecho con la piel flácida en el aire. Los brazaletes sonaron como campanas y la silla crujía alarmada. Entre todo ese alboroto, le agradecí por la comida y me levanté para ayudarla a recoger.
La anciana no me hizo caso y se dirigió a una pequeña habitación que estaba separada solo por una cortina de la cocina en la que nos encontrábamos. Me había invitado con voz suave a que dejara los platos y entrara en la habitación. Tuve que inclinarme para atravesar la pequeña puerta. En la habitación había una cama individual y una mesita de noche de madera comida por las polillas, en la que se encontraba una vela medio quemada.
Puso su mano sobre mis hombros y me empujó suavemente a sentarme en la cama y desapareció detrás de la cortina, murmurando algo que de nuevo no entendí.
Estaba exhausta, mi cuerpo me pedía que durmiera. Dejé que mi cabeza se cayera sobre la suave almohada y el sueño había tirado de la cortina sobre mis ojos cansados.
Soñé que estaba cruzando el umbral de la casa de la anciana de nuevo, esperando a que me sentara en la pequeña mesa de madera. Pero la anciana no era la misma. Tenía los mismos ojos azules profundos, los mismos pómulos dignos bien definidos y la misma barbilla afilada. Pero era una mujer en una versión mucho más joven, no le daba más de 30 años. Tenía una belleza abrumadora.
Estaba envuelta en un aura naranja alrededor de la cabeza que continuaba bajando hacia el tronco en colores púrpura y rosa. El aura descendía a sus pies en un color azul-celeste que exudaba una luz fascinante que me transmitía paz. Con cada movimiento, iluminaba su rastro, en un baile de colores encantadores. Alrededor de su cuello tenía una serpiente color verde que abría la boca. Sssss! Pude ver sus afilados dientes blancos y la lengua entrando y saliendo de su boca, mientras se acercaba a mi mano. La serpiente se había enrollado en mi muñeca, trepando decidida en mi brazo izquierdo hasta llegar a la zona del hombro. Luego se sentó alrededor de mi cuello como una bufanda viva.
De repente me estremecí como si hubiera caído en un vacío, al sonido de una cuchara en una olla. Abrí mis ojos durante unos segundos y vi a la anciana entre la delgada cortina de la cocina, esta vez en la versión real.
En el transcurso de pocos días, había visto una versión joven de Mark y soñé con otra versión joven de la anciana. «¿Qué significaba?», me pregunté curiosamente mientras levanté mi mirada a un cielo lleno de estrellas.
El sueño me tenía envuelto de nuevo con sus brazos de miel, pero la anciana se había ido, al igual que la serpiente que tenía enrollada alrededor de mi cuello. La Estrella Polar y la constelación Orión comenzaron a iluminar un cielo sin luna. Me encontré flotando en medio de las cinco estrellas brillantes: Rigel, Betelgeuse, Bellatrix, Alnitak y Saiph. Nubes de gas interestelar y polvo me rodearon, arrojándome con fuerza a la nebulosa Cabeza de Caballo, que estaba situada cerca de la estrella de Orión. Allí encontré a Zayd, escondido como un niño con la cabeza puesta en una nube oscura de la que salieron miles de truenos y relámpagos. La oscuridad lo succionaba como un remolino, en movimientos circulares, mientras que el relámpago electrocutaba su cuerpo y lo rompía en miles de pedazos. Su mirada moribunda se había encontrado con la mía y dos lágrimas cayeron por dos mejillas distintas que se habían unido para formar una.
Al día siguiente me desperté como nueva, con el fantástico sueño aún fresco en mi mente. Necesitaba todo ese cuerpo lleno de energía para continuar mi odisea. «¡Ánimos!», me estuve deseando.
Miré el reloj de la pared que mostraba las 10 y 17 minutos y sentí vergüenza, dormí demasiado. Me levanté de la cama de un salto y me vestí deprisa, no quería abusar de la hospitalidad de esa anciana. Como agradecimiento, iba a ofrecerle ayuda con las tareas domésticas. «Estoy segura de que necesita ayuda en la casa», reflexioné.
Cuando salí de la habitación, la anciana me estaba esperando sonriendo en la cocina, sentada en la misma silla de la noche anterior. Tenía un aire fresco, el pelo blanco peinado hacia atrás trenzado en una cola que le caía sobre su espalda torcida.
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