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Nuestro amor

en primicia

Priscila Serrano


Primera edición en papel: Enero 2022

Título Original: Nuestro amor en primicia

©Priscila Serrano, 2022

©Editorial Romantic Ediciones, 2022

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: Olalla Pons - Oindiedesign

ISBN: 978-84-18616-71-6

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.


ÍNDICE

Prólogo

1. Sergio

2. Lucía

3. Lucía

4. Sergio

5. Lucía

6. Lucía

7. Sergio

8. Sergio

9. Sergio

10. Lucía

11. Pablo

12. Lucía

13. Sergio

14. Sergio

15. Lucía

16. Lucía

17. Sergio

18. Sergio

19. Lucía

20. Lucía

21. Sergio

22. Sergio

23. Lucía

24. Sergio

25. Sergio

26. Sergio

27. Lucía

28. Sergio

29. Sergio

30. Lucía

31. Sergio

32. Lucía

33. Sergio

34. Lucía

35. Sergio

36. Sergio

37. Lucía

38. Lucía

39. Sergio

40. Sergio

Epílogo. Sergio

Agradecimientos

El primer amor te puede romper, pero también te puede salvar.

Katie Khan

A ti lector. A mi familia, a mi pequeño, a mi primer amor.

Prólogo

Solo había dos cosas en la vida que podían hacerme ver las cosas diferentes a como las veía ahora. Una: que mis padres se divorciaran. Y dos: que Sergio y yo no estuviéramos juntos. Si os dais cuenta, todo se centraba en que uno u otro, estuvieran juntos.

El problema aquí era que mis padres estaban a punto de firmar esos malditos papeles que los separarían para siempre. Encima tendría que decidir con cuál de los dos vivir. Aún tenía diecisiete años y obligatoriamente tenía que vivir con uno, pero ¿con cuál? A mi madre la adoraba, pero no la soportaba y mi padre... Él era diferente. Prefería darme todo para que no le juzgara. Aunque para eso ya era tarde, claro que lo juzgaba, ha engañado a mi madre con su asistente. En definitiva, la vida no era como la pintaban ni mucho menos, al contrario; era una mierda.

Pero eso no era todo, en este momento estaba delante de mi novio escuchando que tenía que marcharse a Alemania porque su hermano mayor lo llamó diciéndole de que su abuelo estaba enfermo. No era que no me importase, pobre hombre, pero ¿tenía que irse? Joder, en un día tantas malas noticias.

—¿De verdad tienes que irte? Si quieres voy contigo. Mi padre me daría permiso y dinero con tal de que no le odie —ironicé alzando las cejas a la vez que ponía los ojos en blanco.

Sergio me miró con media sonrisa. Ahí estaba esa media sonrisa que no me gustaba nada, solo me traía problemas. Tenía una facilidad de convencerme que ni mi mejor amiga cuando quería que la acompañase al vestuario de chicos para ver cómo se duchaban. Ahí estaban, desnudos, mojados... <<Calla que te pierdes>>, pensé. Negué para borrar todo rastro de esos chicos en mi mente.

—No puedes venir, estás aún con los exámenes y no dejaré que suspendas por mi culpa. Además, en dos semanas como mucho estaré de vuelta, no te darás cuenta de que me he ido. —Puse morritos fingiendo enfado, algo que le gustaba a él demasiado.

Cada uno tenía su talón de Aquiles. Sergio me abrazó fuerte y ya todo daba igual. Ninguna palabra más hacía falta. Yo lo amaba, lo amaba con toda mi alma, pero él se iba y por mucho que me jurase de que volvería, una parte de mí sabía que eso no sería así.

A la mañana siguiente estábamos en el aeropuerto, su vuelo salía en una hora y había llegado el momento que tanto me estaba costando, la despedida. No quería que se fuera, incluso le rogué que no lo hiciera, pero de nada sirvieron mis súplicas porque al final se iría de todos modos. Había sido tan bonito estar entre sus brazos la noche anterior, cómo me hizo el amor por última vez.

—No me iré para siempre Lucía... En dos semanas estaré aquí, te lo prometo —aseguró encerrándome entre sus brazos con tanta fuerza que su corazón y el mío se habían unido mucho más.

Era una estupidez lo que estaba pensando, ni siquiera debería creer que no iba a volver. Sergio volvería en dos semanas, me lo había prometido, él cumplía sus promesas, pero ¿por qué tenía esta sensación de que no volvería a verle nunca más? ¿Por qué creía que todo acababa aquí y ahora? Cogió mis mejillas y besó mis labios con dulzura. Las lágrimas querían salir, querían demostrarle cuan rota estaba por dentro, pero me hice la fuerte, la dura a la que no le importaba nada. Qué estúpida era, igualmente las lágrimas hicieron de las suyas y anegaron todo a su paso. Sergio me secó cada una de ellas con sus dedos y besó cada rastro de tristeza, algo difícil de conseguir.

—¿Me querrás siempre? —Pregunté en un hilo de voz.

—Te querré eternamente —declaró haciéndome más daño aún.

Sus labios volvieron a unirse a los míos y tan solo unos segundos después se alejó, dejándome completamente destrozada, dejando mi boca desnuda, dejando mi corazón paralizado. No quise ver cómo se marchaba, como desaparecía entre la muchedumbre. Prefería quedarme con su última sonrisa, su último beso y su último te quiero.

Ese fue el último día que vi a Sergio, mi primer amor. Es decir, a mi único y verdadero amor.

1
Sergio

Dos semanas después.

La llegada a Alemania fue de lo más caótica. Pensé que sería algo más relajado y no el ajetreo en el que mi hermano Nick me ha tenido metido. Ya había llegado el día de volver y para ser sinceros, estaba deseando pisar Madrid y ver a mi pequeña de ojos azules. Cuánto la echaba de menos. Habíamos hablado casi a diario, cosa que no le había gustado a mi hermano; me lo hizo ver el día que llegué diciendo que tenía novia, pero me dio igual. No podía dejar de hablarle, de decirle lo que sentía por ella a cada instante y mucho menos lo que necesitaba de sus besos y caricias.

Al menos me iba alegre, pues mi abuelo parecía estar un poco más recuperado y así no me sentiría mal por abandonarle en estos momentos. Sabía que sería algo momentáneo, que volvería a recaer, un cáncer de colon no se curaba y era cuestión de tiempo que se fuese de nuestras vidas, pero no por ello iba a parar la mía. Era joven y tenía planes, unos planes en los que Lucía + boda + familia= a vida feliz. Eso era lo que quería y lo que conseguiría.

Mi vuelo salía por la mañana y no he querido decirle nada a ella para darle la sorpresa.

Miré la hora en mi reloj de muñeca y bostecé al tiempo en el que me recostaba en mi cama. Deseaba que amaneciera para salir de este encierro. En todos estos días lo único que me habían obligado a hacer, era ir a la empresa familiar, enseñarme su funcionamiento, cosa en la que no he puesto ningún tipo de interés. Y la verdad, no sabía a qué venía tanta insistencia por parte de mi hermano cuando era él quién debería coger las riendas de la empresa cuando mi abuelo faltara. Aunque, por otro lado, éramos él y yo, nadie más que mi hermano y yo. Mis padres fallecieron en un accidente de avión hacía ya diez años y me crie con mi tío, el hermano de mi madre, por eso viví toda mi vida en Madrid. En cambio, mi hermano prefirió venir a Alemania con mis abuelos y así fue formándose para llevar la empresa algún día. Por eso no entendía nada.

Escuché unos golpes en mi puerta, del susto, casi me caigo de bruces contra el suelo, pues estaba dormido. Me levanté y caminé hasta la puerta donde, al abrir, mi hermano tiró de mí sin decirme nada. Aunque sí me fijé en sus ojos, estaban hinchados y rojos, había llorado y eso me puso en alerta. Me paré y me puse frente a él.

—¿Qué ocurre? —Pregunté aun sabiendo la respuesta.

—El abuelo... Se muere —titubeó al decirlo.

Sabía lo que me iba a decir, pero escucharlo fue como si me arrancasen el corazón, como si una parte de mí se quebrara. Siempre quise a mi abuelo, aunque no lo viese a menudo. Él fue en parte, esa figura paterna que me faltó, aunque me hubiera criado con mi tío. Y también pasaba alguna que otra temporada con él. Además de las visitas que me hacía constantemente. Corrí hasta su habitación y ahí estaba... Sus ojos estaban cerrados, respiraba con dificultad y su semblante era blanquecino, sin un ápice de color en sus mejillas. No era lo mismo escucharlo, que verlo. No era lo mismo verlo, que sentirlo. Era muy, pero que muy triste ver morir a alguien y si encima era alguien de tu misma sangre, mucho peor.

—Abuelo, sé que me escuchas —murmuré en su oído—. Despierta, lucha. Tú eres fuerte, eres el hombre más fuerte que conozco —aseguré sintiendo como unas pequeñas lágrimas comenzaban a mojar mis mejillas.

Mi hermano se puso a mi lado y apretó mi hombro, intentaba darme fuerzas, unas que él mismo ya había perdido. Mi abuelo no respondió al instante, pero sí abrió los ojos unos milímetros. Al menos me había escuchado. Una diminuta sonrisa se dibujó en su arrugado rostro y pensé que haría como siempre. Se levantaría para demostrarnos que sí, que era ese hombre fuerte que yo le había mencionado, que era ese pilar en la familia indestructible. Pero no, no lo hizo y solo le dio tiempo a pedirme algo, una simple cosa me pidió, algo que cambiaría mi vida por completo y con lo que yo no estaba de acuerdo, pero que tampoco podía negarme. No cuando me lo pedía a punto de morir.

—Te necesito en la empresa —dijo con dificultad.

No quería escuchar, no necesitaba saber más sobre lo que estuviese pensando en ese momento. ¿Por qué yo? ¿Por qué cuando siempre me había negado a hacerlo?

—Prométeme que lo harás, que llevarás en mando de Fisher Enterprise. —Lo miré fijamente—, por favor.

Miré a mi hermano que aún seguía con su mano en mi hombro y él asintió, ayudándome o, más bien, obligándome a aceptar algo con lo que no contaba en este viaje que pondría mi relación con Lucía en la cuerda floja, tan floja que se rompería haciendo que ambos cayésemos en diferentes lugares, así como estábamos ahora. Una parte de mí, la parte racional, no podía negarle nada a mi abuelo y la otra, la parte del corazón se negaba... Negaba cualquier cosa que pusiera la relación con Lucía en peligro.

Me quedé callado, pensando en algo que pudiera hacer para no joder ninguna de las dos cosas, pero no había nada que pudiese remediar el caos de mi vida. Mi hermano me miraba suplicante, mi abuelo prácticamente parecía estar esperando mi respuesta para morir en paz y me sentí acorralado. Así que acepté, acepté ese puesto que me jodería la vida por el resto de mis días, que haría que no volviese a ver a Lucía, a no ser que ella aceptara venir conmigo. Era otra opción.

—Está bien abuelo, lo haré —anuncié al fin dejando que diera su último suspiro. Y con una sonrisa se fue, nos dejó para siempre.

Tras eso, las horas pasaron sin parar, sin darme si quiera un mísero respiro, un mísero minuto en el que poder llamar a mi novia para comentarle todo lo que había pasado. Y ya habían pasado tres días, tres días en los que no me había atrevido a llamarla por miedo, miedo a perderla… miedo de saber su opinión acerca de la decisión que había tomado sin haberle dicho nada antes.

Cuando terminamos con el entierro de mi abuelo y tras haber firmado toda la documentación en la que me nombraba presidente de la empresa, comencé a trabajar codo con codo con mi hermano y tenía que aceptar que no se me daba mal, pero tampoco lo estaba disfrutando. Entonces un día tras dos meses en los que no había parado de trabajar, que no podía siquiera hablar con ella, mi hermano me dijo que tenía que llamarla, que debía cortar una relación que lo único que me iba a traer era problemas en mi vida en este momento. Al ser presidente pasaba demasiadas horas en la empresa y en este momento, al menos no en mucho tiempo, mi vida amorosa debía quedar en tercer plano y aunque me jodía, era mi realidad, mi triste y puta realidad.

—No me puedes estar pidiendo eso —le reproché—. ¿Cómo se te ocurre pedirme que la deje? Yo la amo... Es la mujer de mi vida —mascullé cabreado.

—Eso dímelo dentro de cinco años cuando esa adolescente de diecisiete años siga contigo porque te quiere y no por el dinero que tienes y que tendrás en un futuro no muy lejano, hermano —escupió levantándose de la silla.

Estábamos en mi despacho. Sí, mi maldito despacho.

—Ella no es así, Lucía me quiere tanto o más que yo.

—Lo que tú digas —respondió mirándome fijamente—. Pues si estás tan seguro llámala, dile que no puedes volver y que mejor venga ella. A ver si lo deja todo por ti, hermanito.

—No seas hijo de puta. Te encanta hacerme sufrir —bramé levantándome yo ahora.

Nick me miró con una compasión fingida, pues yo sabía muy bien que él no sabía lo que significaba ese sentimiento. Sabía lo que me molestaba que hablase así de ella, que me dijera algo que, por otro lado, ya había pensado yo. Pero como dije, no era lo mismo escucharlo, que verlo por tus propios ojos. Así que decidí hacer algo con lo que tenía la certeza, mi hermano no estaría de acuerdo. Cogí mi chaqueta del traje y me la puse.

—¿Dónde vas? —Frunció el ceño.

—A Madrid.

—No puedes dejar la empresa, Sergio ¿Crees que estás en el instituto y que puedes hacer pellas? No hermano, aquí tienes una responsabilidad muy grande y ninguna cría hormonada va a joder eso.

Caminé hasta él y le pegué un puñetazo que lo tiró al suelo. Nick no se lo esperó, aunque si era sincero, yo tampoco. Sin embargo, no iba a dejar que hablase más de ella y menos de esa manera. Se levantó y me miró decepcionado, cosa que no me dolió ni mucho menos.

—Está bien, tú sabrás lo que haces, pero atente a las consecuencias.

—Yo soy el presidente, no pueden decirme nada. Además, me importa una mierda las consecuencias. Voy a ir igualmente.

Y salí de mi despacho como alma que lleva el diablo. Debía coger un avión, ir a Madrid, verla por última vez, aunque con la esperanza de traerla conmigo y volver el mismo día. Demasiado para tan pocas horas. Menos mal que teníamos avión privado y en unas horas estaría pisando mi tierra.

Cuando llegué, eran las diez de la noche y sabía que era tarde para ir a verla, que sus padres podrían negarse, pero debía correr el riesgo, debía verla sí o sí.

Cogí un taxi que me llevaría desde el aeropuerto hasta el barrio de Salamanca y en unos veinte minutos, ya que el tráfico era incansable, daba igual la hora que fuera, llegué. Le pagué al taxista y bajé de ese coche con el corazón latiendo a mil por hora.

Paró justo al frente del edificio donde vivía. Hacía tantos días que no la veía, tantas horas. Parecía que llevábamos sin vernos años. Caminé despacio, con miedo, con algo de vergüenza por haberla abandonado cuando le prometí que volvería, cuando le dije la última vez que hablamos que faltaban días para vernos. Y no fue así, fallé a mi promesa. Entré al edificio y subí por las escaleras, pues ella vivía en el primer piso. Las manos me sudaban, el corazón se me iba a salir por la boca y el alma, esa, la tenía prácticamente resquebrajada. Deseaba verla, besarla, encerrarla entre mis brazos y secuestrarla para llevármela lejos, pero eso solo era en mi mente y corazón. La realidad era otra, una muy dolorosa que acabaría conmigo.

Cuando llegué a su puerta, mis pies se anclaron al suelo sin dejarme avanzar, incluso creo que mis brazos hicieron lo mismo, pues no podía levantarlos para poder tocar el timbre.

—Vamos, Sergio. Tú puedes —me animé a mí mismo al tiempo en el que negaba y le echaba valor para tocar el dichoso timbre.

Lo hice, claro que lo hice. El padre de Lucía se puso frente a mí y cuando me vio, primeramente, me miró de arriba abajo. La última vez que me vio, era un chico de veinte años despreocupado que vestía con vaqueros rotos y camisas de cuadros y ahora, ahora era un joven adulto con traje y corbata, aunque llevase la camisa con los primeros botones abiertos y la corbata y chaqueta en mi brazo.

—Sergio —anunció sorprendido a la vez que sus ojos me asesinaban.

Lo que me temía. Entonces escuché su voz, escuché esa preciosa y perfecta voz de la chica que robó mi corazón hacía ya dos años. Sin que su padre le respondiera, ella vino hasta la puerta y cuando me vio sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no podía asegurar si eran de alegría al verme por fin o de dolor por presentarme después de todo este tiempo. Sí, todo era por verme, pero también por saber que, tras esta visita, las cosas iban a cambiar. Quise acercarme a ella para abrazarla y jurarle que todo iba a estar bien, pero no, no lo hice. En cambio, su padre intentó cerrarme la puerta en las narices, por supuesto no le dejé y puse un pie para que no lo consiguiera.

—Por favor, señor, déjeme hablar con ella —supliqué.

—No quiero que le hagas más daño, Sergio —expresó duramente.

Me lo tenía merecido y sabía que esto iba a pasar.

—Prometo…

—No, no prometas algo que no vas a cumplir. —Miró a su hija buscando aprobación y ella asintió—. Tienes cinco minutos —afirmó mirándome a mí de nuevo. Asentí.

Lucía salió al rellano y cerró la puerta para que su padre no escuchara lo que íbamos a hablar. Me moría por besarla y borrar cada ápice de tristeza en ella. Me dolía, me desgarraba que estuviera sufriendo tanto y que fuese por mi maldita culpa. Caminé hasta ella con la intención de abrazarla, pero se alejó.

—Cinco minutos —me recordó.

—Lo siento, lo siento. Sé que debí llamarte, que debí explicarte lo que estaba pasando, pero no he podido.

—Aja.

—Por favor, Lucía. Te estoy diciendo la verdad.

—No te creo —anunció—. Dos semanas dijiste ¿lo recuerdas? Ya hace bastante tiempo de eso y aún sigo esperando tu llegada. —Iba a responderle, pero no me dejó—. No quiero escuchar nada, no quiero saber el motivo que hizo que no recordaras una simple promesa. No creo más en tus palabras y puedes irte por dónde has venido y regresar a tu vida lejos de aquí.

Sus palabras traspasaron mi pecho, desgarrándome el alma por completo. No podía dejar que me echara de su lado así, debía conseguir que me escuchara al menos, que supiera todo lo que me había pasado, pero no, se negó y tras echarme una última mirada que terminó por destrozarme, entró en su casa pegando un fuerte portazo que retumbó en mis oídos.

La había perdido para siempre, la cagué y ahora todo estaba perdido. Sin saber que más hacer, me di la vuelta y volví al aeropuerto, donde mi avión, el maldito avión de la estúpida empresa de mi familia, esa estúpida empresa que ahora era mía, me llevaría de vuelta a una realidad aplastante y que tenía que aceptar de una vez por todas.

2
Lucía

Meses después.

Los meses habían pasado demasiado lentos, tanto, que a veces no recordaba si era lunes o martes. No tenía cabeza para nada, solo pensaba y recordaba esa mirada rota, esa profunda mirada que me hacía sentir una mala persona, como si yo fuese la culpable de esta ruptura. Y ahora, después de tantos meses, me encontraba en el hospital a punto de dar a luz a su hijo, al fruto de nuestro amor. Sí, estaba embarazada de Sergio Fisher, el empresario más importante de Alemania. Me preguntarán por qué no le dije nada cuando lo vi, cuando según él, vino a buscarme. Y la verdad era que no lo sabía, podría habérselo dicho, pensé que nada cambiaría, que él igualmente se iría de nuevo y me olvidaría como creía que había hecho. Las revistas lo mostraban todo y cuando decía todo, me refería a que la última que vi, se le veía muy feliz de la mano de una modelo alemana preciosa. ¿Y dónde entraba yo? En ningún lado, mi bebé y yo, nunca seríamos parte de su vida.

De igual manera, solo lo hice por él, porque decirle que iba a ser padre le complicaría la vida, haría que todo por lo que su familia había luchado, generación tras generación, se fuera a la mierda por un escándalo como este. Ya leía los titulares de su propia revista; Sergio Fisher, el soltero más cotizado de Alemania, deja embarazada a una pobretona adolescente. Seguro que no es de él, que solo quiere endosarlo para que le pase una buena pensión y vivir del cuento. No, definitivamente, no quería eso para mi hijo. Y puede que sí, que solo era una adolescente, aunque acabase de cumplir los dieciocho, pero prefería ser lo que era, a ser alguien que no quería. Prefería vivir feliz criando a mi hijo cómo me enseñaron, con valores en la vida, sabiendo que había que luchar para llegar alto a tenerlo todo sin comerlo ni beberlo. No es que pensara eso de Sergio, yo le conocía, o bueno, lo conocía antes... Realmente ya no sabía quién era él, quien era ese hombre de mirada perturbada que solo salía en las portadas de revistas tonteando con una y con otra. Para ser sincera, cada vez que las veía, me destrozaba el alma y sabía que jamás iba a olvidarle, que siempre sería ese amor que me enseñó a amar, el que me enseñó todo lo bueno de estar enamorada, aunque también lo malo.

Mi madre siempre decía que Dios cerraba puertas, pero abría ventanas y cuando ese día le cerré la puerta en las narices, casi la abrí yo misma, pero para tirarme. Era tal el dolor que sentía que estaba rota por dentro. Menos mal que tenía a mis padres, ya que tras conocer que iban a ser abuelos, decidieron no separarse y seguir junto a mí, aunque no tuviesen esa relación de antes, aunque solo fuera para demostrarme que estaban conmigo y enseñarme que había que luchar por lo que uno quería en la vida, por lo que tenía y quería mantener y lo único en lo que pensé fue en mi hijo, en mi único y verdadero amor.

—Cuando cuente tres, empuja —me pidió la matrona.

Miré a mi madre asustada mientras apretaba su mano al escuchar ese maldito tres. Un grito desgarrador salió de mis labios al sentir como mi hijo intentaba salir por ese hueco tan pequeño. No podría estar al otro lado mirándolo, seguramente me haría replantearme el no tener más hijos, aunque ya lo tenía más que pensado.

—Venga Lucía que lo estás haciendo fenomenal, ya casi está fuera —anunció.

Mi frente sudaba, mi cuerpo se contraía y tras un último empujón, el llanto de mi hijo me hizo ver la realidad; soy madre, pensé... Había tenido un hijo joven, demasiado joven y sin padre. La verdad eso no me preocupaba, yo era capaz de sacar a mi príncipe adelante por mí misma. Además, contaba con la ayuda de mis padres que sabía que los tenía ahí.

—Es un niño precioso. —Se acercó a mí con el bebé entre sus brazos y lo colocó con sumo cuidado entre los míos.

Lo observé, miré cada facción rosada de su hermoso rostro y por un momento me di cuenta de que sería duro, que iba a ser demasiado duro para mí criarlo. Incluso había llegado a pensar en darlo en adopción, pero todas esas tonterías se borraron de mi mente en cuanto sus ojitos se abrieron y me miró. Yo sabía que no vislumbraba realmente bien, que más bien veía solo siluetas, pero apretó mi dedo con fuerza y tras darle un beso en la frente, sellé nuestro amor a primera vista, enseñándome y aclarándome todas mis dudas. Sí, me quedaría con él, cuidaría a mi hijo y lo haría inmensamente feliz.

Meses después.

Haber sido madre a los dieciocho y siendo una joven con las cosas tan claras en esta vida, era muy complicado. Había comenzado al fin la universidad y estaba estudiando para ser profesora de secundaria. Sí, puede que el tener un hijo me abriera los ojos para al fin poder decidirme, pues no tenía idea de qué hacer en la vida.

Me desperté por la mañana, muy temprano y mi hijo, mi pequeño Edu ya estaba despierto. Lo llamé así por mi padre y él estaba orgulloso de que su primer y único nieto, de momento, tuviese su nombre. Caminé hasta la cuna donde mi príncipe me miraba con esos ojazos azules que, por suerte, había heredado de mi familia. Lo cogí en brazos con cariño y tras llenarlo de besos, haciéndole cosquillas, arrancándole más de una carcajada, salí de mi habitación para ir a la cocina, donde mi madre ya nos esperaba para desayunar. Ya tenía el biberón de su nieto preparado.

—Buenos días mamá —dije al entrar—. Buenos días abuelita. —Miré a mi hijo y cogí su manita para que saludase a su abuela a la vez que ponía voz de niña pequeña.

—Pero que payasa eres —expresó mi madre caminando hasta nosotros y cogiendo al niño entre sus brazos.

Era muy querido, lo adorábamos con locura y haríamos todo lo que estuviese en nuestra mano para que no le faltase de nada. Había momentos en los que Sergio entraba en mi cabeza, aunque intentara olvidarle, decirle a mi corazón que no lo amara, era algo imposible, siempre lo iba a amar. Y tener un hijo de él no me facilitaba las cosas.

Cuando terminamos de desayunar, fui hasta mi habitación para vestirme y salir corriendo, como cada día para la universidad. Siempre llegaba tarde, pero no podía hacer otra cosa. No me daba el tiempo suficiente para hacer todo, el día debería tener más de veinticuatro horas.

Sobre las diez de la mañana estaba llegando y, aunque debería de haber llegado antes, no pude.

Aparqué el coche de mi madre en el aparcamiento de la universidad y al bajar, me crucé con el mismo chico que llevaba viendo hacía ya un mes, ni si quiera sabía su nombre. Nunca habíamos cruzado más de un saludo, pero sin saber el motivo, me acerqué a él para presentarme. Era un chico muy dulce y la verdad me atraía; tenía los ojos color café, el cabello negro rizado y una barba de tres días que lo hacía ver mucho más atractivo. Había llegado el momento de olvidar, de expulsar de mi mente y corazón a ese hombre que, sin miramientos destrozó mi alma.

—Hola ¿qué tal? Me llamo…

—Lucía, lo sé. Encantado, yo soy Pablo —me interrumpió y presentó a su vez.

Sabía mi nombre, me conocía y nunca se acercó ¿por qué? No lo entendía, pero ya habría momento de averiguarlo. Me miraba intensamente, poniéndome nerviosa. La verdad que después de Sergio, este era el único hombre que había conseguido ponerme nerviosa. Me mordí el labio y él sonrió, mostrándome unos hoyuelos que me habían dejado completamente loca.

—¿Así que ya me conocías? —Asintió rascándose la cabeza. Estaba nervioso—. Mmm ¿por qué nunca te has acercado a mí?

Sí, a veces podía ser demasiado directa.

—No sé, pensé que no querrías conocerme. —Abrí los ojos sorprendida. Él volvió a sonreír.

—¿Y por qué? Va, déjalo. A veces puedo ser demasiado preguntona. Creo que, en vez de estudiar magisterio, debería de haber elegido periodista. —Ambos soltamos una carcajada.

Estuvimos un rato hablando y casi me pierdo la siguiente clase. Eso me hizo pensar, si consiguió hacer que mi tiempo volase, que no me importase nada de lo que pasara a mi alrededor, podría conseguir que olvidara a Sergio ¿no? Al menos podría intentarlo.

Mientras caminábamos para volver cada uno a su clase, me contó que estudiaba ingeniería y que estaba en su último año. Era mayor que yo por cinco años, aunque no me importó. Antes de que nuestros caminos se separaran, él me pidió salir a tomar algo después de la universidad. En un principio le dije que no podía, que debía cuidar de mi hijo. Se sorprendió al saberlo, pero más me sorprendí yo al saber que no le importaba. Entonces quedamos para cenar por la noche, ya hablaría con mis padres para que cuidasen de Edu. Nos despedimos con dos besos en las mejillas, unos besos que provocaron un cosquilleo en mi interior. No lo entendía, la verdad no me entendía a mí misma. ¿Por qué me ponía así con alguien al que acababa de conocer, después de estar enamorada hasta el mismo infinito del padre de mi hijo?

Con una de sus sonrisas, entró y yo seguí mi camino pensando. La noche prometía, la verdad me hacía ilusión tener una cita con alguien que sabía que era madre y que no le importaba. Era muy importante para mí que quien quisiera estar conmigo, me aceptara con todo, de no ser así, nadie entraría en mi vida.

Las horas pasaron rápido, la primera vez en mi vida que el día se me había ido volando. Cuando llegué a mi casa, fui directa a mi madre para contarle que tenía una cita, que era un chico de la universidad.

—Pero cuéntame más —me apremió expectante.

—Se llama Pablo, tiene veintitrés años y es… uf, no sé cómo explicártelo. Mejor lo ves por ti misma cuando venga a recogerme. —Me miró emocionada, creo que más que yo.

—¿Le dijiste lo de Edu? —Se interesó. Yo asentí con una sonrisa.

—Sí, fue lo primero que le dije…

—Pero hija ¿por qué lo has hecho? ¿No crees que eso podrías haberlo dicho más adelante?

En parte tenía razón, podría haberlo omitido hasta saber si llegábamos a algo más que no fuera una simple cita, pero algo en él me hizo confiar, me hizo ver que con él sería diferente. Puede que me equivocara, incluso puede que volviera a sufrir. ¿Qué más daba ya? Yo quería vivir, hacer lo mismo que él estaba haciendo sin miramientos. Olvidarle, así como él hizo conmigo. Sergio me olvidó y cada revista, cada noticia que veía, me lo afirmaba.

Aún recordaba aquel día, ese que vino a verme, el mismo día que supe de que estaba embarazada y que decidí que no lo sabría jamás. ¿Para qué? Su hermano me lo dejó bien claro con su llamada; Sergio no volverá a Madrid y mucho menos contigo. Esas fueron sus palabras, unas que me dolieron como si un cuchillo se clavara en mi pecho, hiriendo cada parte de mi corazón, cada rincón de este corazón que latía con tanta intensidad por él. Sergio fue mi primer amor, ese que iba a amar de por vida, pero también ese que tenía que olvidar de una vez por todas y Pablo, parecía el indicado para conseguirlo.

Sobre las siete de la tarde, ya tenía a mi hijo bañadito y cenado, pues él dormía pronto, como muy tarde a las nueve. Lo dejé en brazos de mi madre mientras yo me puse a buscar qué ponerme. Saqué toda la ropa y no había nada que me pareciera lo mejor para la cita.

—Cariño, ese vestido es precioso —dijo señalándome el de color negro.

Arrugué la nariz y negué. La verdad no quería ponerme vestido en una primera cita y yo era más de pantalones, así que, sin más, cogí el negro ajustando y lo conjunté con una blusa en color verde agua que me llegaba a las caderas, me calcé mis sandalias de tacón y tras maquillarme, cogí mi bolso y caminé hasta mi hijo y le di un beso en el moflete, dejándole marcada la mejilla de color rojo. Sonreí y me di una vuelta para que mi madre me viese bien y cuando me dio su aprobación, aunque no me hiciera falta, salí al salón con ella detrás.

Cuando me iba a despedir de mi padre, el timbre sonó y los nervios entraron en mi cuerpo con tanta intensidad que pensé no abrir y volver a encerrarme en mi habitación. Mi madre me instó con la mano para que abriera y cuando lo hice, mi corazón se paralizó.

3
Lucía

Mis ojos se abrieron con demasía, mi corazón comenzó a latir desbocado y mi semblante cambió de color en cuanto sus ojos se abrieron y me miraron. Sergio estaba frente a mí, mirándome de arriba abajo, haciendo que mi cuerpo temblara con solo eso. No sabía por qué había venido, justo ahora, justo en este momento y el miedo entró en mi cuerpo cuando escuché a mi hijo reírse por algo que había visto o escuchado.

—¿Qué haces aquí? —Titubeé.

Mi padre se acercó y al ver quién era, le hizo una señal a mi madre para que entrase en la habitación para que Sergio no viera al niño.

—¿Podemos hablar? —Negué—. Por favor, Lucía. —Su voz sonó apagada, destrozada.

¿Qué quería? Si seguía haciendo estas cosas, jamás iba a poder rehacer mi vida. Tragué saliva a la vez que miraba a mi padre y se encogió de hombros. Salí de casa y la cerré. Total, en unos minutos me iría, pues Pablo estaba a punto de llegar. Sergio estaba frente a mí, a unos cortos centímetros, provocando que mi cuerpo se erizara con solo tenerle cerca, pues reconocía quién era. Cogió mi mano e intenté soltarla, pero no me dejó y tiró de mí hasta pegarme a su cuerpo y sin que me lo esperara, me besó con brusquedad. No quería, no debía besarle, pero eso me lo decía mi parte racional. Y maldije al saber que escucharía a mi parte emocional. Sergio me apretó con fuerza, intentando meterme en su interior, pero no pudo, porque al final abrí los ojos al recordar que esa boca ya había besado a otra que no era yo, al recordar eso que su hermano me dijo, al entender que eso no iba a volver a pasar. Me solté de su agarre y le di un guantazo con tantas ganas, que hasta la mano me dolió.

—No vuelvas a besarme en tu puta vida —le amenacé.

Sergio me miró incrédulo, por un momento parecía haber pensado que le abriría los brazos y haría como si nada hubiese pasado y no, estaba equivocado. ¿Estaba loco? ¿Cómo se le ocurría venir después de más de un año y besarme? En definitiva, el haber elegido otra vida le afectó el cerebro.

—Lo siento —se disculpó—. Sé que fui un gilipollas que se dejó llevar por unas obligaciones que no me correspondían y por eso te perdí, pero si tú me lo pides lo dejo todo, Lucía.

Sus palabras me arañaban el alma. Venían tan tarde, tan desesperadas. Aun así, no aceptaría nada de lo que me pidiera, ni mucho menos le daría una mísera oportunidad, él no lo hizo conmigo.

Sus ojos estaban clavados en los míos, mirándome de esa manera tan especial que me volvía loca. Un día pensé que, si volvía y me pedía perdón, le iba a perdonar. Ese día había llegado y, aunque pareciera mentira, no sentía más que rencor. Estaba claro que mis sentimientos hacía él siempre iban a estar ahí, pero los había escondido tan profundamente que en este momento no sentía nada.

—No.

—Por favor. —Se arrodilló—. No puedo vivir sin ti. Este tiempo ha sido una tortura... no sabes lo que te he necesitado, lo que te necesito.

—Levántate, Sergio. Estás haciendo el ridículo —espeté reprimiéndome, reprimiendo las ganas de abrazarle y hacer que desapareciera ese dolor en su pecho.

Se levantó y se secó las lágrimas con el puño de su camisa. Me fijé en su rostro. Había cambiado mucho en el tiempo que no lo veía. No era lo mismo verle en revistas que en persona y el Sergio que tenía delante, no era el mismo que un día me prometió amor eterno.

—Te querré eternamente ¿recuerdas? —Suspiré—. Yo no lo he olvidado y el amor que siento por ti es aún más fuerte que antes, mucho más —declaró.

Estuve a punto de flaquear, a punto de aceptar lo que me pedía, de hacerle ver que yo también le quería. Entonces Pablo llegó justo en ese momento y prácticamente me hizo ver que el destino me tenía preparada otra cosa, otra vida, una en la que Sergio no era el protagonista. Sin decirle nada y bajo su atenta mirada, me acerqué a Pablo y le di un beso en los labios. No se lo esperó, claro que no y seguramente cuando estemos a solas, me dirá que estoy loca, pero era eso o caer en las garras de Sergio Fisher.

Al separarnos, Sergio nos miró enfurecido, aunque más bien me miraba a mí. Pablo se quedó perplejo, aunque pronto se dio cuenta de quién estaba frente a nosotros.

—Un momento. ¿Eres Sergio Fisher? —Preguntó. Mas él no respondió—. Sigo todas tus columnas, lo que estás haciendo con la asociación de mujeres maltratadas aquí en España, es algo impresionante.

Fruncí el ceño al escuchar eso, pues no tenía constancia de esa labor, de lo que hacía. Realmente cuando veía la portada de la revista, en donde estaba cada semana con una mujer diferente, la tiraba a la basura sin leer nada más, por eso no me había enterado de nada.

Sergio asintió y se relajó, aunque seguía escrutándome con la mirada, haciéndome sentir culpabilidad.

—Soy Pablo. —Le extendió la mano y Sergio la estrechó—. ¿De qué os conocéis Lucia? —Dijo mirándome.

—Es mi novia —respondió Sergio por mí. Yo me cabreé ante su respuesta.

—¡No somos nada! —Exclamé alzando una ceja.

Estaba aguantando demasiado y lo único que quería era salir de aquí y perderle de vista. De pasar una primera cita preciosa en la que Pablo me traería de nuevo a casa de madrugada y al despedirnos, me daría ese beso que ya le di yo por adelantado.

—Oh. Lucía si quieres quedamos otro día —murmuró Pablo cogiendo mi brazo con delicadeza. Yo comencé a negar eufóricamente.

—No, Sergio ya se iba ¿verdad?

—No, no hasta que me des una respuesta.

—La respuesta en no, Sergio. Fue un no hace más de un año y sigue siendo un ¡NO! —Aseguré alzando la voz.

Ya estaba harta, ya no podía más. No quería verle más, no hasta que mi corazón se diese cuenta de que no volvería a amarle como lo hacía, que no volvería a latir como lo estaba haciendo con su cercanía, con el beso que me robó hacía apenas unos minutos. Quería que se fuera, que desapareciera de una vez por todas de mi vida y esta vez tenía que ser para siempre.

Al ver que lo decía con decisión, que nada ni nadie me haría cambiar de opinión, se dio la vuelta y comenzó a caminar hasta el ascensor, donde, tras echarle una última mirada y decirme esas malditas palabras que tanto me dolían; te querré eternamente, se metió y nos miramos por última vez durante los segundos que tardó en cerrarse las puertas del ascensor.

Respiré con dificultad, mi cabeza no dejaba de pensar, de imaginar lo que pasaría si fuera tras él y le dijera que sí, que le perdonaba y que era padre. Pero no podía, debía mantenerme firme en mi respuesta, en mi decisión. Mi tranquilidad y la de mi hijo dependían de ello.

Pablo seguía mirándome, aunque al llegar vi algo de ilusión en sus ojos, ahora era otra cosa, era como si se sintiera engañado y no tendría por qué sentir eso, ya que ni siquiera conocía mi historia con el Sr. Fisher. Así lo llamaba cuando nadie sabía que había estado en mi vida, que era mi primer amor y que sería el último.

—¿Estás bien? —Preguntó acercándose a mí.

Negué mientras me encogía de hombros y una estúpida lágrima salió de mi ojo derecho, respondiéndole a la pregunta. Pablo se acercó y me abrazó, pasó sus brazos por mi cintura y me pegó a su cuerpo. Podría pensar que el beso lo confundió, pero lo que me hacía sentir era un apoyo, una amistad, una confianza que sabía que no podría tener con nadie más. Pablo se iba a convertir en alguien muy importante en mi vida, lo sabía, lo deducía con solo mirarle.

Esa noche, me llevó a un lugar tranquilo, a un lugar donde me desahogué de una manera que jamás hice con nadie. Le conté toda mi vida, lo que sufrí y lo que Sergio me hacía sentir cuando estábamos juntos. Ciertamente jamás me habría imaginado contándole a Pablo mi pasado, un pasado que parecía querer volver constantemente. Solo una cosa no le conté y era la noche que el hermano de Sergio me llamó.

—Hija, es para ti —anunció mi padre entrando en mi habitación.

Había escuchado el sonido del teléfono, era las once de la noche y la verdad no me preocupé, pues a veces mi tía Sara llamaba a esa hora. Desde las cinco de la tarde me mantuve encerrada, pues fue cuando la prueba de embarazo me afirmaba lo que tanto me estaba costando aceptar. Estaba embarazada de un hombre que no estaba y que no tenía claro si iba a volver. Sergio debía de haber vuelto hacía ya unas largas semanas, pero ni siquiera me llamó para decirme el motivo de su ausencia y ahora, ahora cómo le decía que seríamos padres. Yo solo tenía diecisiete años y no sabía nada de la vida, solo tenía ojos para el amor de mi vida, ese amor que ahora no estaba tan segura de que sintiera lo mismo que yo.

Mi padre me extendió el teléfono y solo su ceño fruncido me preocupó.

—¿Quién es? —Le pregunté.

—Será mejor que lo compruebes tú misma.

La dura voz de mi padre me puso en alerta, aunque, a decir verdad, él estaba un poco enfadado conmigo por haberme quedado embarazada a tan corta edad, pero ¿qué podía hacer ahora? Cogí el teléfono con manos temblorosas y respondí. Una voz que no conocía comenzó a hablarme. Su voz era fría y sus palabras aún lo eran más.

—Tienes que dejar que siga con su vida y en esa vida tú no cabes, Lucía —me pidió Nick, el hermano de Sergio.

Mis lágrimas vinieron con fuerza, con tanta fuerza que, si tuviera a ese tipo frente a mí, no sabía qué haría.

—No sé por qué no me llama él en vez de mandarte a ti.

—Porque prefiere que no sufras, pero créeme, él no te quiere y en este momento está con otra mujer, porque ella sí es una mujer y no una cría como tú.

—No voy a permitirte que me hables así. Dile a Sergio que se ponga, necesito contarle algo muy importante… tiene que saberlo —pedí entre sollozos.

Me estaba muriendo, me estaban arrancando el corazón y tirándolo a la basura de una manera desgarradora. Nick, se negó y me pidió saberlo él mismo. No quería tener que confesarle a una persona que no le importaba nada ni nadie, que sería tío, ¿Y si lo rechazaba? ¿Y si decía que no era de Sergio? Yo jamás estuve con alguien que no fuera él. Sergio fue el primero en todo, en enamorarme, en hacerme el amor y en destrozarme.

—Estoy embarazada —declaré. Las palabras habían salido de mi boca prácticamente solas.

—Pues te recomiendo que abortes, pero mi hermano no puede saberlo. Además, seguramente no es suyo y si lo es, no se hará cargo. Tú verás lo que haces —escupió con asco—. Una última cosa y espero que me hagas caso. Espero que seas lista y le dejes en paz, mi hermano no te necesita y mucho menos te quiere ¿queda claro?

—Más claro que el agua.

Y colgué o él colgó. Ahí se cortó la comunicación y yo, tras tirar el teléfono contra la pared, haciéndolo añicos, me tumbé boca abajo y escondiendo mi rostro en la almohada, lloré como jamás en mi vida lo había hecho.

Los recuerdos eran muy dolorosos, tanto, que, con solo escuchar su nombre, mi corazón latía desbocado, pero no por amor, eso hacía tiempo que sabía que él no sentía, aunque quisiera hacerme ver esta noche que sí. Si no, porque me dolía, sangraba y la herida que prácticamente estaba consiguiendo cerrar, se abrió en canal al escuchar sus malditas palabras, al sentir sus estúpidos labios contra los míos. Comprendí que jamás iba a dejar de amarle, que Sergio sería el primer y último hombre que entraría en mi corazón, en mi organismo, haciéndolo suyo por completo. Por mil hombres que se cruzaran en mi camino, ninguno sería él… Yo, siempre lo recordaré y amaré.

4
Sergio

Un año después.

Podría pasarme la vida entera recordando aquella vez que la vi, como sus labios se pegaron a los de aquel tipo que luego alabó lo que hacía. Encima parecía buen tío, uno que sí sabría valorarla. Ahora me encontraba a las puertas de una iglesia donde ella estaba a punto de darle ese sí quiero que debía ir para mí. ¿Por qué tuve que aceptar esta maldita vida? ¿Por qué dejé que me la arrebataran? ¿Por qué sigo buscándola? Estaba cansado de tanto seguirla, de seguir tratando de acercarme a ella cuando ya me había olvidado. Lucía estaba casándose con el hombre del cual ni siquiera recordaba su nombre.

Y no sabía si podría acercarme e interrumpir algo que a lo mejor lo único que iba a darme, era la realidad de todo. Y eso era que la perdí, que ella ya no era mía y que nunca más la iba a poder tocar, abrazar y mucho menos hacerla mía como tantas noches había soñado.

La amaba con todo mi ser, con todo el maldito corazón que he querido endurecer, pero que con su simple recuerdo se volvía el más débil de este mundo.

—Pablo Alcázar. ¿Aceptas como esposa a Lucía Lago?

La pregunta del Cura fue lo que me hizo despertar de mi trance. Mis ojos no se despegaban de ella, de toda ella. Estaba tan hermosa con ese vestido blanco. Siempre la imaginé caminando hacia el altar, donde yo la esperaba con una amplia sonrisa. Era tan guapa, tan perfecta. Suspiré cuando escuché el sí de ese tal Pablo y como ella sonreía plácidamente, aunque no era la sonrisa que a mí me regalaba, esa que irradiaba felicidad. Parecía contenta, pero no feliz.

—Lucía Lago. ¿Aceptas como esposo a Pablo Alcázar?

Ella se quedó callada, anclada al suelo o eso fue lo que me transmitió. Su cabeza se movió despacio, buscando a alguien con la mirada, hasta que me vio, sus ojos se clavaron en mí. No era a mí a quien quería ver, su gesto me lo demostró, pero tampoco dejó de mirarme. Por un momento pensé que lo dejaría todo y correría hasta mis brazos, pero no, no lo hizo y dejó de mirarme para mirarle a él, a ese tipo que esperaba una respuesta ansioso.

—Sí, quiero… claro que quiero —respondió y mi mundo cayó al suelo.

No volvió a mirarme y lo último que vi, fue como se besaban, sellando con eso su amor. Me di la vuelta y salí de esa iglesia tan grande y pequeña a la vez. A mí me ahogaba estar encerrado ahí mientras los veía felices.

Me subí al coche y conduje hasta el hotel donde me esperaba mi hermano. Teníamos una reunión muy importante con una revista española, aunque el dueño era alemán, pero llevaba en Madrid unos años. En principio ese fue el motivo de mi regreso, pero llamé a casa de Lucía para hablar con ella, para saber de ella y me respondió su padre. Ese hombre me odiaba y no lo culpaba. Él fue quien me dijo que se casaría y el lugar. Creo que lo hizo para hacerme ver que ya la había perdido o puede que con eso pusiera a prueba a su hija si yo le pedía que no se casara. No lo sabía, el caso era que ya se casó y que no había nada que podía hacer.

Cuando llegué al hotel, mi hermano me esperaba en la puerta. Me cabreaba que tuviera que estar tan pendiente de mí y mi vida, cuando la suya era una puta mierda. Claro, por eso no se aguantaba ni él. ¿Quién iba a quererle con ese carácter?

—Hasta que llegaste. ¿Dónde estabas? Seguro que fuiste a buscarla ¿me equivoco? —Se interesó. Lo asesiné con la mirada, sinceramente no estaba para que me tocase los huevos.

—Pues sí, fui a verla, pero tranquilo que se cumplió tu deseo.

—¿A qué te refieres?

—No volveré a buscarla, ya no es mía —anuncié con el corazón estrujado.

—Nunca lo fue, Sergio. Solo era la ilusión de un adolescente, pero creciste y tienes obligaciones que atender, como la reunión con la revista Meyer —ignoró por completo mis sentimientos, como siempre.

—Me importa una mierda esa revista, ya lo sabes. Pero sí, ya he crecido y tengo que sacar adelante la empresa a la que me habéis obligado elevar.

—Vamos, no te quejes tanto.

Comenzamos a caminar y entramos en el restaurante del hotel Villa Manga, donde el Sr. Meyer, nos esperaba junto con una mujer rubia bastante guapa. Aunque ninguna se comparaba con ella; joder, dejar de pensar de una vez en Lucía, pensé. Imposible, jamás iba a olvidar el momento de ese sí quiero, ni mucho menos cuando me miró y aun así se casó. Sus ojos no me miraban de la misma manera, con ese amor que decía que me tenía y que yo mismo jodí.

—Buenas tardes, disculpen la espera —saludé a Jackson Meyer y a su hija Penélope.

Cuando la vi de cerca, sí la reconocí. Era una modelo muy famosa en Alemania y para qué negarlo, era muy guapa. Nos sentamos y noté como ella me miraba y sonreía de una manera extraña, aunque dulce.

—Entonces ¿a qué debo esta reunión? —Preguntó Jackson sin tapujos.

—Vaya, directo al grano —respondí con seguridad.

Eso fue lo que le gustó a mi hermano de mí, la seguridad que siempre desprendía y que aprendí de mi abuelo. Cuando comencé, la empresa estaba casi en banca rota y la elevé como la espuma, llevándola a lo más alto en menos de un año. Siendo sincero, estaba ahí, por mi esfuerzo y trabajo, porque si fuese por mi hermano, no existiría Fisher Enterprise.

—Me gustan las cosas claras desde el principio, Sr. Fisher.

—Por favor, llámame Sergio.

—Bueno, pues entonces nos tutearemos —anunció. Yo asentí—. Quiero presentarte a mi hija Penélope, aunque creo que sabes quién es ¿cierto?

—Sí, la verdad es que una mujer tan bella no se olvida fácilmente. —Ella se ruborizó mostrándome una sonrisa.

Mi hermano pasó a un tercer plano en la conversación y no le importó, siempre era así. Él gestionaba mi vida y luego a la hora de trabajar, no se metía, dejaba que yo hiciera lo que mejor sabía hacer, negocios.

Las horas fueron pasando y la verdad era que el Sr. Meyer era bastante terco y testarudo, pero yo lo era aún más y tras cuatro horas de reunión, enseñándole nuestros balances durante todo el año, me dijo que lo iba a pensar. Al menos, no dijo que no. Comenzamos a cenar, porque había llegado la hora y ni siquiera nos habíamos dado cuenta, así que ya nos quedamos cenando, aunque sin hablar de negocios.

—Bueno, Sergio ¿y estás casado? —Preguntó Jackson sorprendiéndome.

La verdad es que no me esperaba esa pregunta. Miré a su hija, la que seguía sonrojada y que, suspiró cuando su padre me insistió en la pregunta. Mi hermano me dio un codazo y carraspeé para aclararme la garganta. Tomé un sorbo de mi copa de vino y miré de nuevo a Jackson.

—No, no estoy casado. —Sus ojos se abrieron a la vez que su ceja se elevaba—. Pero tampoco quiero compromiso de momento. Estoy muy bien solo, gracias.

—Bueno, pero llegará el momento en el que quieras formar una familia y…

—No, no llegará ese momento. Si me disculpan. —Me levanté y salí del restaurante.

Me cabreó la manera en la que me estaba intentando endosar a su hija, porque para eso me preguntó y no, no pensaba dejar que lo hiciera. Jamás me casaría con esa mujer, con ninguna mujer. Sabía que era una estupidez, que algún día debía olvidarla, pero no podía, no era tan fácil y no sabía si algún día lograría conseguirlo.

Subí a mi habitación y me senté en el balcón con una botella de ron en la mano. Sorbo a sorbo, fui vaciándola, quemando mi garganta cada vez que el líquido pasaba por ella. No me importó, no me dolió en los más mínimo, más me dolía recordarla e imaginarla en los brazos de ese hombre que seguramente en este momento la estaría amando como debería estar haciendo yo en su lugar. Deseché la idea en cuanto su cuerpo desnudo se cruzó en mi mente. Estampé la botella contra el suelo y me levanté enfurecido en busca de otra para volver a beber. Quería perder la conciencia, olvidarme de todo y dormir para siempre o al menos, hasta que mi mente hubiera olvidado todo.

Por la mañana, me desperté desorientado. Mi cabeza comenzó a latir fuertemente a la vez que escuchaba como alguien aporreaba la puerta. Estaba seguro de que era mi hermano. Caminé hasta ella y la abrí, dejándome ver a un Nick muy cabreado, aunque no me importara demasiado.

—Eres el tipo más estúpido que he visto en toda mi vida —dijo nada más cruzar la puerta.

—Buenos días a ti también, hermano —ironicé.

Nick alzó una ceja y bufó cabreado. No sabía exactamente qué era lo que había hecho ahora para que estuviera así y la verdad tampoco tenía intención de preguntarle, de todas maneras, me lo iba a decir igualmente. Caminé hasta la mesa donde me serví un vaso de agua y me senté en el sofá a escuchar lo que tenía que decirme. Siempre era igual. ¿Qué más daba ya?

—Anoche le hiciste el peor desplante que se le puede hacer a Jackson Meyer.

Seguí mirándole sin responder, me daba igual lo que tuviera que decirme y mucho menos lo que pensara, pues haría lo que me diese la gana.

—¿No piensas decir nada? Has dejado escapar a esa pedazo de hembra por gilipollas —escupió levantando las manos.

Al escuchar eso sí que me levanté y lo encaré, me puse ante él y lo empujé fuerte hasta pegarlo a la pared. Nick me miró desafiante, pero eso no hizo que parase y mucho menos que me quitaría el cabreo que con tan solo unas malditas palabras se habían instalado en mi cuerpo.

—No, la pedazo de hembra que he perdido se llama Lucía y fue por tu culpa. ¡Por tu maldita culpa! —Grité cogiéndole por el cuello de la camisa.

El haber escuchado eso, el darme cuenta de que realmente sí había perdido a alguien, a esa persona que sabía que no dejaría de amar fácilmente, hizo que un fuego interior subiera desde mis pies hasta llegar a mi cabeza, nublándome por completo, importándome una mierda que al que estuviese a punto de golpear llevase mi misma sangre. Nick se merecía todo esto, Nick merecía que le partiera la boca de una vez por todas.

—Vamos, pégame —me animó. Yo alcé una ceja mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro—. No tienes los suficientes cojones para hacerlo, así como no los has tenido para impedir esa boda, por qué no lo hiciste ¿eh? ¿Acaso tenías miedo de que te rechazara, de darte cuenta de que ya no te ama?

—Eres un imbécil —murmuré dándole la puta razón.

Fui un cobarde, uno que no luchó lo suficiente por ella y el único culpable de haberla perdido, había sido yo mismo, por no venir cuando tenía que hacerlo, por no llamarla y contarle todo, por dejarla de lado cuando ella me esperaba. Lucía había rehecho su vida porque yo la dejé y ahora no podía pedirle nada y muchos menos exigirle un perdón que no merecía. Solté a mi hermano y caminé hasta el mueble bar, donde, tras sacar una botella de ron, bebí a morro un buen trago, uno tan largo que me haría perder la conciencia en unos pocos minutos. Nick no me dijo nada, me miró de reojo y salió de mi habitación dejándome completamente solo y vacío, aunque así ya me encontraba antes de que viniera a tocarme los huevos.

5
Lucía

Meses antes del enlace.

Hacía unos días que no veía a Pablo y la verdad estaba bastante preocupada, ni siquiera en la Universidad habíamos coincidido. La última noche que nos vimos, fue la primera que decidí entregarme a él, acostándome con él aun habiendo jurado hacía tiempo que ninguno que no fuera Sergio lo haría, pero esa noche no sabía qué me había pasado. No sabía si fue el alcohol o simplemente le necesitaba. El caso era, que llevábamos saliendo cinco meses, unos meses en los que se había convertido en alguien muy especial para mí, alguien que me entendía, que me escuchaba y, sobre todo, que quería a mi hijo por sobre todas las cosas. Y eso, para mí, era mucho más importante que todo lo demás.

El único problema de todo era que, al sentir sus labios en mi piel, fue como si en realidad fueran los de Sergio. Al sentir sus manos, acariciando con mimo cada curvatura de mi cuerpo, fue como la última noche que pasé con él. ¿Estaba loca por pensar en otro al acostarme con mi novio? ¿Era una locura que aún no lo hubiera dejado de amar aun teniendo a un hombre maravilloso conmigo? Era joven, demasiado, pero todo lo que había vivido a corto plazo, me hizo madurar de una manera muy brusca y, realmente, me gustaba.

Salí de mi habitación para buscar a mi madre, pues aún no me había llamado, teníamos que salir a hacer unas compras. Mi padre se había encargado de llevar a mi pequeño terremoto, que recién comenzaba a caminar, a la guardería. Me volvía loca y estando de exámenes, era mucho, pero, aun así, no cambiaría nada de mi vida en este momento.

—Pablo, está desesperada desde que no la llamas. ¿Qué harás?

Escuché la voz de mi madre hablando por teléfono y la persona que estaba al otro lado, era mi novio desaparecido. ¿Tan mal lo hice? Puse un dedo en mi barbilla y unas imágenes fugaces se cruzaron por mi mente.

Los besos, esos besos que en este momento necesitaba, fueron desde mis labios, bajando por mi cuello, donde su lengua saboreó mi piel y bajó hasta mis pechos, donde tras quitarme la blusa y sujetador, se metió uno en la boca. Un gemido salió de mi boca, uno tan potente que Pablo se volvió loco y se separó para cogerme en brazos y obligarme a enroscar las piernas alrededor de sus caderas, haciéndome sentir su gran erección. Estábamos excitados, demasiado para ser nuestra primera vez.

—Te deseo tanto —susurró en mi oído al tiempo en el que devoró mi boca, metiendo su lengua para buscar la mía.

La verdad era que Pablo besaba demasiado bien y tenía un cuerpo de infarto. Caminó hasta la cama, donde me dejó en ella y tras quitarse los pantalones y el slip, se puso encima de mí para hacer lo mismo con mi parte de abajo. Me dejó desnuda ante él, me quedé completamente vulnerable ante una persona que solo conocía hacía unos meses, pero que se estaba convirtiendo en alguien imprescindible en mi vida. No lo amaba, no y tampoco creía hacerlo algún día, pero sí lo necesitaba a mi lado.

Entonces, abrió mis piernas y tras ponerse un preservativo entró en mí, llenándome por completo, haciéndome gritar al sentir su miembro duro y latente ajustarse a mi interior, como si en realidad fuese mi primera vez. Comenzó a moverse a un ritmo pausado, uno que nos haría disfrutar, mientras sus labios besaban los míos. Pablo me hacía el amor y yo no quería eso, pues era hacerme ver que él podría estar sintiéndolo hacia mí.

—Te quiero Lucía —declaró mirándome fijamente.

Mis ojos se abrieron y me quedé estática sin poder moverme, pues escuchar esa declaración me hizo verle a él, hizo que Sergio entrase en mi mente como un maldito huracán, arrasando con todo, con la poca cordura que me quedaba, incluso, con este momento que quería disfrutar, él no me dejaba.

No respondí, no pude… entonces hice lo que creí apropiado, le obligué a girarse, quedando él debajo de mi cuerpo para llevar yo las riendas y no le hice el amor, no podía hacerle el amor a alguien que no estaba en mi corazón de esa manera. Yo le follé, era una palabra que no me gustaba emplear, pero era la realidad. Estaba manteniendo sexo con un amigo, porque eso era él para mí.

—Oh, vamos Pablo. Tienes que venir ya, no puedes dejarla así tantos días.

Al volver a escuchar a mi madre, provocó que volviese al presente y me acerqué a ella, quitándole el teléfono de las manos para hablar yo misma con Pablo. Me lo puse en la oreja y la voz de mi novio me sorprendió, diciendo que me tenía preparada la sorpresa para esta misma noche. Obviamente no sabía que era yo quien estaba escuchando.

—Así que una sorpresa ¿eh? —Puse voz burlona—. ¿Por eso has estado tan distante?

—¿Lucía?

—No, María Teresa de Calcuta, no te jode. Pues claro que soy yo.

Escuché la carcajada de mi madre, provocando que me uniese a ella.

—Lo siento nena, no quería dejarte tantos días sola, pero… —Suspiró—. Estoy preparando algo que lleva su tiempo y creo que para esta noche lo tendré listo. ¿Podrás esperar?

—Si no hay más remedio.

—Perfecto, a las nueve paso a recogerte y ponte guapa.

—Oye… —Me quejé.

—Me refería a más guapa de lo que ya eres. Te quiero Lucía y no veo la hora de tenerte entre mis brazos de nuevo.

Tragué saliva nerviosa y me despedí de él aceptando su propuesta de salida por la noche. La verdad era que me estaba poniendo nerviosa, pues las sorpresas no me gustaban demasiado. Habría que esperar ¿no? Aunque también podía hacerle un tercer grado a mi madre para que me contase lo que supiera. Me giré para mirarle y comenzó a negar riéndose. Alcé una ceja a la vez que ella comenzaba a correr para salir de la cocina, donde aún estábamos metidas.

—¡No huyas cobarde! —Le grité.

—No soy ninguna cobarde, pero tampoco te diré nada —respondió sentándose en el sofá.

Me senté a su lado y la miré fijamente, intentando disuadirla y que soltase todo lo que Pablo tenía planeado, pero su excusa fue la de ir al baño porque tenía que hacer… bueno, mejor no cuento lo que tenía que hacer. Me quedé mirando al techo, pensando en mil cosas y en todas estaba Sergio y Pablo. Pablo y Sergio. ¿Será que algún día pensaré en uno solo?

Las horas pasaban lentas y agonizantes y yo seguía en el sofá tirada, hasta que mi padre llegó con mi pequeño en sus brazos y la calma y, sobre todo, aburrimiento, acabó. Me levanté como un resorte y corrí a su encuentro, como si llevase días sin verle. Amaba a mi hijo y eso era algo que no podía esconder. Lo cogí entre mis brazos, lo besuqueé y apreté tanto que hasta se quejó.

Solté una carcajada, pues aun hablaba muy mal. Tenía poco más de un año y me volvía loca a veces intentando averiguar qué era lo que me había dicho.

La noche llegó y los nervios crecieron. Pablo debía está a punto de llegar y no sabía qué era eso que me tenía preparado ni con qué fin. Dejé a mi hijo dormido y salí en cuanto el timbre del apartamento donde vivía con mis padres, sonó. Salí corriendo, atacada de los nervios, no era solo por saber la sorpresa, sino, porque también tenía ganas de verle, hacía cinco días que no le veía.

—¡Yo abro! —Grité en cuando vi a mi padre acercarse a la puerta.

Me miró con una sonrisa y ¿feliz? Podría decirse que sí, que mi padre en este instante era feliz, por mí y por todo lo que había dejado de sufrir gracias al hombre que estaba a punto de entrar en casa.

—Por fin llegas —dije tirando de él.

Pablo se rio a carcajadas y cogiéndome por la cintura me dio un beso, primero en la frente y luego buscó mis labios, donde con solo un roce, provocó que me sonrojase, mi padre nos miraba y no me gustaba ser el centro de atención.

—Estás preciosa —murmuró en mi oído.

—Gracias, solo es un trapito que encontré por ahí —respondí bajito para que solo lo escuchara él, pero mi madre parecía tener los oídos bien puestos en nosotros.

—¡Mentira! La he tenido que obligar a ponerse ese precioso vestido.

—¡Mamá! —Me quejé.

—Es verdad, si por ti fuera, irías a todas partes en vaqueros.

Soltamos una carcajada. Yo asentí, pues tenía razón.

—Bueno, dejen ya las risas y váyanse —nos apremió mi madre.

—¿Nos estás echando mamá? —Pregunté alzando una ceja.

—No, para nada cariño, pero tenéis que iros ya ¿verdad Pablo? —Lo miró a él.

Mi novio asintió y le guiñó un ojo. Entrecerré los ojos, haciéndola conocedora de lo poco que me gustaban los secretitos y más cuando yo estaba en medio de ellos. Pablo cogió mi mano y salimos del apartamento, pero antes de que entrásemos en el ascensor, me paró y tapó mis ojos con un pañuelo de seda, poniéndome más nerviosa aún.

—¿Esto es necesario? —Expresé.

—Muy necesario. —Me dio un beso en los labios, pero esta vez más profundo—. Quiero que esta noche sea inolvidable.

Me encogí de hombros con los labios apiñados y escuché como se reía. Entramos en el ascensor y luego la brisa otoñal chocó con mi cara, asegurándome de que ya estábamos en la calle, aunque por poco tiempo, pues Pablo me ayudó a entrar en un coche, supuse que era el suyo, pero no, porque él se sentó a mi lado, muy pegado a mí. Su mano derecha se entrelazó con la mía y se la llevó a los labios. Noté su nerviosismo y quise quitarme la venda, pero me lo prohibió.

—No hasta que lleguemos.

—No aguanto más.

—Vamos, solo quedan unos minutos. ¡No seas impaciente! —Exclamó.

No podía verle, pero noté su sonrisa, noté como su cuerpo se tensaba y erizaba. Eso solo podía afirmarme que lo que me tenía preparado, era algo muy importante, demasiado importante y eso solo provocaba que mi impaciencia se incrementase aún más.

Unos minutos después, el coche se paró y esperé a que Pablo me ayudase a salir, pues aun no me dejaba quitarme el pañuelo de los ojos. Entramos a algún lugar, donde olía demasiado bien, se respiraba un ambiente relajado. Caminamos y volvimos a entrar en un ascensor, lo supe por el sonido. Comenzó a subir y subir, sin término alguno.

—¿Piensas llevarme a la luna? —Pregunté divertida.

—Si la quieres, no tienes más que pedirla —respondió bajando su mano que reposaba en mi espalda, hasta mi trasero.

—No me tientes —respondí con la boca seca.

No sabía realmente su juego, pero no me importaría averiguarlo. Cuando por fin y después de unos largos minutos, el ascensor llegó a la planta cincuenta. Sí, así dijo el altavoz del ascensor. Mis ojos se abrieron desorbitadamente, pues había pocos edificios en Madrid con tantas plantas y uno de ellos, era mi favorito. Siempre le había dicho a Pablo que tenía ganas de ver mi ciudad desde lo más alto, por la noche debía de ser una gozada.

—Venga Pablo, déjame ver donde estamos —le pedí con voz suplicante.

—Espera solo unos segundos más, por favor.

Bufé cabreada y me esperé esos malditos segundos que parecían horas, unas eternas horas que me estaban volviendo loca. De nuevo sentí una brisa, aunque esta vez era más fresca, más fuerte y me quitó el pañuelo de los ojos, dejándome ver al fin donde estábamos. Me había traído al Hotel Tower; era uno de los más lujosos de Madrid y con el que yo había soñado tantas y tantas veces.

Miré al frente, clavando mis ojos en las luces encendidas de mi ciudad, enamorándome mucho más de ella. Si algún día me pidieran que dejase mi hogar, no creía que lo hiciera, tendría que ser algo muy importante para alejarme de aquí. Tras unos minutos, en los que no podía apartar los ojos de Madrid, me di la vuelta, encontrándome a Pablo con una rodilla hincada en el suelo y un anillo entre sus dedos. Mi cuerpo se tensó, mis manos comenzaron a sudar y sentí una presión en el pecho tan fuerte, que no me dejaba respirar. No sabía el motivo, no entendía como un hombre que me conocía de unos meses solamente, podría estar pensando en matrimonio, en casarse conmigo. Yo era una muchacha humilde, una muchacha que tenía un hijo que no era suyo y que no sabía si le amaría algún día.

—Sé que te he sorprendido, incluso más de lo que me esperaba —comenzó a hablar—. También sé que esto es una auténtica locura, pero ¿qué sería de nosotros sin algo de locura? ¿Qué sería de mí sin tu locura Lucía? —Me preguntó con la voz entrecortada—. Te has metido aquí. —Se señaló el pecho—. Tan profundamente que no puedo dejarte escapar, por favor ¿te casas conmigo?

Sin decirle nada, me di la vuelta y caminé hasta el interior de la habitación que había alquilado para esta “sorpresa”. Miré todo a mi alrededor; estaba lleno de rosas rojas, de

pétalos en el suelo, velas en las esquinas. Era todo precioso, pero yo no podía aceptar tanto, no podía aceptarle a él, pues no era a quien amaba.

—Maldito Sergio que no me dejas seguir con mi vida —susurré con lágrimas en los ojos.

6
Lucía

Me quedé anclada al suelo, sin poder moverme. No podía irme de la habitación como si fuera una novia a la fuga. Que irónico ¿no? Siempre quise tener una noche de ensueño en este hotel, en donde me pedía matrimonio a la luz de la ciudad y cuando me lo cumplían, quien lo hacía no era el que tenía que hacerlo. Sentí las manos de Pablo en mi cintura, pasándolas delante para después abrazarme fuerte y pegarme a su pecho, el que latía fuerte, muy fuerte. Posó su barbilla en mi hombro y suspiró.

—¿A qué tienes miedo Lucía? —Me preguntó.

¿Miedo? No, yo no tenía miedo. ¿A quién quería engañar? Claro que tenía miedo y mucho, pero no a él, no a lo que venía… mi miedo era a no poder amarle como se merecía, porque merecía tener a una mujer que lo quisiera de verdad, que le diese ese amor tan puro como el que él me regalaba a mí. Mis ojos seguían aguados, dejando salir unas lágrimas que demostraba lo frágil que era. Pablo me obligó a darme la vuelta y con sus dedos, secó cada lágrima que bajó por mis mejillas y luego las besó, siempre hacía eso cuando la visita de Sergio me dolía tanto. Había venido a verme tantas veces que no podría contarlas con los dedos. Siempre conseguía de mí lo mismo, una gran negativa a volver con él, a darle esa oportunidad que tanto me suplicaba, porque fue tan fácil para él dejarme aquí, como lo fue difícil para mí dejarle marchar.

—¿Te he dicho alguna vez lo bonitos que son tus ojos? —Negué sorbiéndome la nariz.

—Son simples.

—Nada de eso —replicó—. Son perfectos, porque reflejan a la persona que eres.

—Soy simple.

—¿Quieres dejar de decir esa palabra? La simpleza es algo que no está a tu alcance, eres mucho más que eso. Tú eres luz, eres una persona espléndida que da amor sin pedir nada a cambio… eres todo lo contrario a simple, Lucía y yo te enseñaré a verlo —expresó con voz ronca.

Había cambiado el temor que tenía para demostrarme lo que me quería, lo que pensaba de mí. Pablo era así, te enseñaba lo bueno de cada persona y eso lo hacía siempre conmigo.

Siempre pensé que nadie podría volver a enamorarse de mí, porque si uno lo hizo y me dejó. ¿Quién lo haría de nuevo? ¿Quién iba a querer a una joven como yo, teniendo un bebé a cargo?

No quería engañarle, no quería que se hiciera ilusiones conmigo, pues, aunque deseara amarle, mi estúpido corazón latía por otro.

—Pablo… —Puso un dedo en mis labios para callarme.

—No digas nada. —Suspiró—. Sé que no me amas, lo sé y, aunque me jode que así sea, esperaré el tiempo que sea necesario, porque estoy seguro de que llegaré a entrar en tu corazón.

—No sé si algún día consiga quererte, Pablo y no quiero que te pierdas toda una vida luchando por conseguir algo que a lo mejor no logras —le dije sinceramente—. Yo te quiero muchísimo, te aseguro que eres un gran hombre que…

Sus labios se pegaron a los míos, callándome de nuevo, pues parecía no querer escuchar nada de lo que le decía. Me dejé llevar, hice todo lo posible por disfrutar ese beso, por disfrutar el momento. Pablo me cogió en brazos y enrosqué las piernas alrededor de su cintura. Sus manos bajaron hasta mi trasero y tras apretarlo, provocando que un gemido se me escapara desde lo más profundo de mi garganta, mordió mi labio inferior con delicadeza, un simple mordisco que te dejaba con ganas de más.

Caminó conmigo hasta la cama y cuando caímos, los pétalos volaron hacía arriba. Era todo precioso, algo que cualquier mujer disfrutaría estando enamorada. En cambio, yo, solo disfrutaba de buen sexo, aunque quisiera darle algo más.

—Solo quiero hacerte feliz —dijo entre beso y beso—. Déjame hacerlo, déjame ser el padre de Edu, déjame que sea algo más que tu amigo, Lucía.

Me perdí, en el momento en el que mencionó a mi hijo, me perdí… Él era más importante que nada en este mundo, que mi propia felicidad y si para que viviese en un hogar feliz, debía casarme con Pablo, darle la oportunidad de entrar en mi corazón, lo haría.

—Acepto, Pablo. Seré tu esposa —respondí y su boca volvió a buscar la mía, besándome con pasión.

Era muy fogoso y me hacía delirar. Cada encuentro con él era diferente, cada momento, cada caricia, cada beso, siempre era diferente. Pablo era un buen hombre, uno de esos a los que no podías dejar escapar, uno que, merecía ser feliz y yo, yo lo haría, haría todo lo que estuviese en mi mano para que lo fuera, lo fuéramos.

El día del enlace.

Estaba demasiado nerviosa, solo habían pasado unos meses hasta este día en el que estaba a punto de darle el sí quiero a Pablo. La verdad era que después de mucho meditarlo, de mucho hablarlo, llegué a la conclusión de que sí, de que podría ser que un día llegase a sentir lo mismo que él sentía por mí. Y estos días atrás, me había dado cuenta de que la boda era algo que no me disgustaba, al contrario, me hacía feliz. Era feliz en este momento y mi familia lo era aún más.

—Hija, estás bellísima —dijo mi madre cuando me di la vuelta.

—No exageres, mamá.

—Siempre menospreciándote cariño. Eres una mujer hermosa y buena… además, tienes a tu lado a un hombre que vale millones —reconoció. Era cierto, lo de Pablo digo.

Asentí y tras darle un fuerte abrazo, salí al salón donde mi padre nos esperaba junto con mi hombrecito. Al verme, soltó una pequeña lágrima y lo abracé con fuerza.

—Estoy muy orgulloso de ti, hija —susurró en mi oído.

—Te quiero, papá —declaré.

Cuando terminamos de prodigarnos todo el amor que sentíamos, salimos del apartamento para ir a la iglesia. Bajamos y en la puerta del edificio nos esperaba una limusina, Pablo había pensado en todo, como aquella noche que me pidió matrimonio. Entramos y en cuanto se puso en marcha, me entró el pánico, provocando en mi interior un miedo enorme. ¿Y si me estaba equivocando? ¿Y si no era adecuado casarse con alguien sin amarle? ¿Y sí? ¿Y sí? Mierda, solo eran puras preguntas estúpidas que no me daban una respuesta coherente. Tenía que ser fuerte, ser la mujer que él necesitaba. Tenía que amar a Pablo de una vez.

Al llegar, las manos me sudaban y mi pecho se apretaba. Estaba muy nerviosa por el paso que iba a dar, pues después de esto, no había marcha atrás.

Mi padre me ayudó a salir y mi madre llevaba a mi pequeño de la mano, ya que caminaba algo mejor. Ellos fueron los primeros en entrar y avisar de mi llegada. No teníamos demasiados invitados, mi familia no era muy grande, solo tenía una tía por parte de madre y una prima a la que no veía desde los quince años. Y la familia de Pablo era más o menos igual, solo tenía a su madre, pues su padre murió cuando él tenía catorce años. A su madre la acompañaba, Elena, mi cuñada a la que conocí hacía apenas dos semanas, la verdad era que nos hicimos buenas amigas. Algún que otro familiar más y varios amigos de la universidad. Yo no era demasiado sociable y apenas tenía amigas, yo las llamaba compañeras nada más.

Comencé a caminar lento y la música nupcial sonaba despacio. Pablo se dio la vuelta para mirarme y me regaló la sonrisa más perfecta que tenía, aunque para mí siempre era la misma. Al llegar, mi padre me entregó a él y le dijo en el oído que como me hiciera daño le cortaría las pelotas, que menos mal que lo dijo bajito, si no, estaba segura de que nos echarían de la iglesia y no nos casarían.

La ceremonia fue preciosa y, aunque no fuese la novia más radiante del planeta, sabía que sería feliz con Pablo. Escuché la voz del cura preguntarle a mi futuro esposo si me aceptaba y él sin pensarlo dijo sí, un sí tan grande que me emocionó. Entonces, cuando me preguntó a mí, sentí una mirada sobre mi cuerpo, clavada en mi espalda. Me giré unos milímetros y lo vi, sus ojos me escrutaban, me decían mil cosas, me pedían que no lo hiciera y por un momento estuve tentada a hacerlo, pero solo por un momento, porque volví a mirar a Pablo.

—Sí, quiero… Claro que quiero.

No volví a mirar, pero sabía que mi respuesta había hecho que se marchara de la iglesia y lo agradecí. Pablo cogió mis mejillas y me besó con dulzura, un beso lleno de promesas, unas promesas que me llenaban en alma en este momento en el que no podía dejar de recordar su maldita mirada pidiéndome volver con él. Esa mirada suplicante que no podría olvidar fácilmente.

—Te quiero —dijo al separarnos.

—Yo te querré, Pablo. Lo prometo.

—Lo sé, preciosa.

Tras esas palabras, salimos de la iglesia para ir a la celebración que, como no, sería el en Hotel Tower. Sí, habíamos tirado la casa por la ventana, más bien, Pablo lo había hecho. Su familia si tenía dinero y, aunque en un principio me negué, ya que no me gustaba ser una mantenida, le dio igual e hizo oídos sordos.

El día se fue rápidamente y pasamos una velada perfecta unidos con nuestros más allegados. Cuando cayó la noche, Pablo me secuestró y me llevó hasta la habitación que esa noche ocuparíamos antes de irnos de luna de miel. No me hacía demasiada ilusión dejar a mi hijo con mis padres durante una semana, pero entre los tres me convencieron, así que Pablo y yo nos iríamos a la costa.

Al entrar en la habitación, me cogió en brazos y me llevó a la cama. Ambos reíamos por ello y él, tras dejar de hacerlo, me besó con delicadeza, intentando con sus labios, llegar a mi alma, esa alma que tan escondida tenía y que, por tonto que pareciera, él estaba a punto de sacar a la luz.

Me hizo el amor como si fuese nuestra primera vez. Me hizo disfrutar de él. Su corazón latía tan fuerte que a veces el mío hacía lo mismo. Pablo era delicado, puro sentimiento y cuando pensé que así sería toda la noche, se volvió loco, cogiéndome en brazos para pegarme a la pared y ahí, hacerme gemir como una loca… provocando que mi vientre se contrajera, mi sexo se apretara y un calambre recorriera toda mi espina dorsal, haciéndome explotar en miles de pedacitos, llegando al orgasmo a la vez. Estábamos sudados y agotados, debíamos descansar para que por la mañana no tuviéramos los ojos llenos de ojeras.

Nos acostamos y él cayó rendido, pero yo, yo no podía conciliar el sueño. Seguía manteniendo sexo con alguien al que aún no era capaz de amar y cuando lo disfrutaba, era porque su rostro se cambiaba por otro, sus manos eran otras y sus labios eran los de Sergio. ¿Me estaba volviendo loca? Lo odiaba con toda mi alma, odiaba tener que seguir recordándole y me odiaba a mí misma por no ser capaz de expulsarlo de una vez de mi vida o, más bien, de mi corazón. Tras muchas vueltas en la cama, me quedé dormida, aunque ya estaba amaneciendo cuando mis ojos comenzaron a cerrarse.

7
Sergio

Dos años después

El sonido del móvil martilleó mi cabeza, tan fuerte como el dolor que tenía. Anoche me pasé de copas, demasiadas copas. Me levanté despacio, evitando marearme, pues aun el alcohol corría por mi organismo como si estuvieran en una carrera. Cogí el teléfono que estaba en el interior del bolsillo de mis pantalones y descolgué sin mirar.

—¿Quién? —Pregunté de mala manera.

—¿No me digas que aún estabas durmiendo?

La voz pesada de mi hermano se clavó en mis oídos, poniéndome de mal humor al instante.

—¿Qué cojones quieres ahora Nick?

—No me jodas, Sergio. Tenemos una reunión importantísima con el Sr. Meyer y sigues vagueando. La empresa te necesita.

Otra vez la maldita frase de la empresa te necesita y yo necesitaba desaparecer. Dos deseos y solo uno se cumplía. Obviamente, desaparecer no era lo que sucedía. Bufé cabreado, cogiendo los pantalones despacio. Estaba seguro de que podría caerme en cualquier momento.

—Sergio ¿estás ahí? Tienes que venir ya.

—Que sí, joder. Que voy ya para allá.

Fue lo último que le dije y colgué, miré a mi alrededor sin saber muy bien dónde estaba. No era mi casa. Entonces miré a la cama y una pelirroja con labios carnosos y unas curvas de infarto, dormía plácidamente en la cama. No recordaba muy bien como había llegado hasta aquí, pero sí la noche de sexo que tuvimos. Sonreí de lado y tras vestirme, salí de allí sin dejar ni número de teléfono ni nada. ¿Para qué? Nunca repetía con las mismas mujeres, no quería tener nada serio con ninguna, así que no merecía la pena saber más nada que su nombre para que al follar, supiera con quién lo estaba haciendo.

En el salón, me fijé que era un apartamento humilde, no tenía nada que ver con la habitación que si tenía una decoración un poco más exquisita. Unas maletas en la puerta

me alertaron, pues no sabía que viviese con alguien o, que estuviese recibiendo alguna visita. Bueno, en realidad, no sabía nada de ella y el alcohol no me dejaba recordar su nombre.

—¡Alisa, ya estoy en casa!

La voz de una mujer desde el interior de la cocina me hizo ver que era una visita. Y me hizo recordar el nombre de la pelirroja. Quise correr y salir del apartamento o volver a la habitación para no ser visto, pero no me dio tiempo a ninguna de las dos cosas.

La puerta de la cocina se abrió y me dejó ver a una mujer de unos cuarenta años; era parecida a la chica, lo que me hizo percatarme de que podría ser su madre. Su cabello rojo me lo confirmó y sus ojos verdes me escrutaron. Me quedé anclado al suelo y sin decir ni media palabra, aunque tampoco sabía qué podría decirle. Seguro que no sabía lo que su hija hacía cuando ella no estaba.

—Hola. ¿Qué hace usted aquí? —Me preguntó alzando una ceja.

—Yo, ya me iba —murmuré nervioso.

—Un momento. ¿Usted es Sergio Fisher?

Abrí los ojos sorprendido, me conocía y eso complicaría mi huida y de verdad que tenía prisa. Asentí a la vez que Alisa salía de la habitación con una bata negra tapando su cuerpo, aunque no demasiado; la bata le llegaba por debajo del trasero y sus pechos eran demasiado grandes como para que poder taparlos. Ella me miró y se sonrojó al comprobar que miraba sus pechos de manera lasciva, recordando la noche de sexo tan intensa que habíamos tenido.

—Mamá ¿no has llegado demasiado pronto? —Miró a su madre y caminó hasta ella para después darle un beso en la mejilla.

—Sí, pero mi vuelo se adelantó. Te envié un mensaje para avisarte —se excusó sin dejar de mirarme a mí—. ¿Qué hace él aquí? —Alzó una ceja—. Por lo que veo conseguiste el trabajo.

Arrugué la frente sin entender muy bien a que se refería.

—Eh, sí —titubeó nerviosa—. Mamá ¿podemos hablar cuando estemos solas? —Se encogió de hombros—. Sr. Fisher, nos veremos más tarde en la oficina ¿de acuerdo? —Dijo haciéndome una señal con la mirada a la vez que apiñaba sus labios.

—Claro, después nos vemos.

Y sin más salí de allí como alma que lleva el diablo.

Ya en la calle, busqué mi coche por todos lados y lo encontré en un callejón que había justo al lado del edificio de Alisa. Me monté en él y arranqué para después pisar a fondo y salir de allí. Tenía una reunión en solo quince minutos y no iba a llegar, de eso estaba seguro.

Media hora después y con el corazón latiéndome fuertemente cada segundo, llegué a las oficinas de Fisher Enterprise y mi hermano me esperaba en la puerta de mi despacho con cara de perro. Iba a hablar, pero lo corté.

—Ni me hables, he tenido una mañana muy rara.

—Me importa una mierda tu mañana, has llegado tarde y el Sr. Meyer está de un humor de perros. Ya sabes que llevamos detrás de este tío dos putos años para que vengas a joder una reunión que nos ha costado tanto conseguir después de tu último desplante —me recordó cogiéndome del hombro con fuerza.

Mi hermano me tenía hasta los cojones con tantas exigencias, como si él fuera el dueño de la empresa. Era yo quién decidía aquí lo que se aceptaba y lo que no. Y era yo quién decía si quería tener una maldita reunión con el Sr. Meyer. Preferí decir todo eso en mi mente y no gritárselo a él porque sabía que acabaríamos matándonos como otras veces. En cambio, me callé y tras soltarme de su agarre de mala manera, caminé hasta la sala de juntas donde el Sr. Meyer y su hija Penélope me esperaban tras la mesa redonda.

Ella me miró de arriba abajo, así como hizo la última vez que nos vimos hacía ya dos años. No había cambiado nada, seguía siendo guapísima y con un cuerpo que podría volver loco a cualquier hombre, menos a mí.

—Por fin llega, Sr. Fisher… llevamos esperándole media hora. —Miró el reloj de su muñeca para comprobarlo.

—Mi empresa lleva dos años esperándole a usted y no me he cabreado —ironicé sin dejar de mirarle.

No iba a dejar que me pisoteara y mucho menos que me manipulara. Con mi hermano tenía suficiente a diario. Tras haberlo dejado mudo, me senté frente a ellos y esperé a que mi hermano llegase con los documentos que, por fin, Jackson, dijo que firmaría, aunque no estaba tan seguro de ello.

Seguíamos esperando a mi hermano con la documentación que el Sr. Meyer tenía que firmar, pero por increíble que pareciera, algo dentro de mí decía que no iba a firmar. Penélope no dejaba de mirar a su padre muy nerviosa y Jackson me miraba a mí con el ceño fruncido. Parecía estar pensando en algo que quería decirme, pero no sabía cómo. Entonces, cuando me disponía a preguntarle, Nick entró en el despacho con una carpeta en sus manos.

—Bueno, pues ya estamos todos —murmuró Penélope.

Ella nunca hablaba y para ser sincero, no recordaba haberla escuchado antes. Mi hermano se sentó a mi lado y abrió la carpeta para luego ponerla frente a mí. La ojeé con cautela, pues Nick a veces era un poco tramposo y debía verlo todo muy bien antes de hacerle firmar a alguien algún documento que no estuviese bien redactado. La fusión de Fisher y Meyer era algo que nos ayudaría a ambos. A ellos en Alemania y a nosotros en España que era donde Jackson fundó la revista, pues aquí no pudo. El que mi familia fundase mi empresa, hizo que algunos empresarios tuvieran que irse a otros países y Meyer, fue uno de ellos.

—Antes de firmar quiero decir algo. Bueno, más bien, es una cláusula nueva —anunció Jackson.

Lo que me temía, tenía algo entre manos y estaba seguro de que no me iba a hacer ni puta gracia.

—Usted dirá, aunque después del tiempo que llevamos esperándole que ahora salga con cláusulas nuevas, me parece una falta de respeto hacia mi empresa. Creo que todo está conforme a lo que en su día ambos queríamos ¿no? —Negó.

Miré a Nick y este no me devolvía la mirada. Lo sabía, él sabía que esto iba a ocurrir y por eso me estaba metiendo tanta prisa. Me puse nervioso, pues con Jackson Meyer nunca se sabía. Cogió la mano de su hija y tragué saliva, pero no iba a dejar que viese que me afectaba algo, al contrario, debía ser lo más frío. Como un témpano de hielo.

—Sergio, es una petición para ti o por así decirlo, una condición para firmar esos contratos. —Me levanté cabreándome.

Comencé a dar vueltas de un lado al otro. Aún no me había dicho nada, pero yo sabía lo que quería y no, mi respuesta sería un no rotundo. No estábamos tan desesperados.

—Hable de una maldita vez —exigí bruscamente.

—Cálmate hermano —me pidió Nick. Yo lo fulminé con la mirada.

—No quiero calmarme…

—Sergio, quiero que te cases con mi hija —me interrumpió.

Sonreí de lado, irónicamente, pues estaba muy cabreado. ¿Cómo tenía los cojones de pedirme eso, de exigirme algo así? Me quité la chaqueta del traje, me estaba asfixiando y la dejé en el respaldo de la silla que estaba ocupando hacía apenas unos minutos. Luego me dirigí a él, a ese hombre que se creía tener libertad para decidir sobre mi vida, sobre quién podía tener a mi lado. Casarse era una decisión que no se tomaba a la ligera y mucho menos podría hacerlo sin querer a su hija. Ni siquiera me gustaba por el amor de dios.

—No.

—Creo que no me has entendido. Si no te casas con mi hija, no firmo y adiós fusión de empresas —afirmó sin apartarme la mirada—. Creo que dada vuestra situación económica…

—Un momento ¿de qué situación me está hablando? —Pregunté, pero esta vez mirando al hijo de puta de mi hermano.

Nick se levantó y caminó hasta la mesa bar que teníamos en la sala de juntas, se sirvió una copa y la bebió de un trago sin responderme a nada. El día no podía ir mejor. Primero me despertaba en una casa que no reconocía e incluso parecía que había contratado a esa chica sin conocerla. Segundo venía este cabrón de Jackson Meyer a ponerme exigencias y para terminar la mañana, me había enterado de que teníamos problemas económicos. ¿De qué coño iba todo esto? ¿Era una maldita cámara oculta? Caminé hasta mi hermano y lo cogí del codo para luego sacarlo de la sala sin decirle nada a él y mucho menos a nuestros visitantes.

—¡Suéltame! —Me gritó soltándose de mi fuerte agarre.

Nick era mayor que yo por cinco años, pero me importaba una mierda. Si tenía que partirle la cara, lo haría sin miramientos.

—Me vas a explicar ahora mismo todo o te juro por nuestros padres que te doy una paliza —amenacé fuera de mí.

Entramos en mi despacho y se sentó tranquilamente en el sillón. Lo veía demasiado tranquilo para el problema que teníamos, algo que, al parecer, era muy grave para la empresa. ¿Qué coño le pasaba? ¿Qué tenía en esa maldita cabeza?

—Estamos en banca rota —dijo de pronto.

Mis ojos se abrieron, tanto, que prácticamente comenzaron a arderme.

—¿Banca rota? No puede ser. Hace un mes le pedí a Edwin que me hiciera un balance y todo estaba bien. Más te vale tener una explicación, porque no me he partido el lomo durante tres años en esta empresa, perdiendo todo para que ahora se vaya a pique…

—¡Esta bien! Te lo contaré todo, pero no podemos perder la fusión con Meyer y si te pide que te cases con su hija, pues lo haces y calladito, cojones.

—No puedo creer lo que estás diciendo. Eres un hijo de puta. ¿Por qué no te casas tú con ella? Siempre tengo que ser yo quien se sacrifique por la empresa —vociferé pegándole una patada a la silla.

Esta cayó de lado, casi encima de mi hermano, pero juro por dios que en este momento me importaba muy poco la sangre. En este momento era cuando miraba atrás, a mi pasado y me daba cuenta de que tenía que haberme quedado en España, que no tenía que aceptar esta maldita vida que lo único que había provocado en mí, era dolor, uno tan fuerte del que no sabría como salir. Y nunca, nunca jamás, haría algo que no quisiera, porque esta vez lo dejaría todo sin importar nada.

8
Sergio

—Sergio. —Nick tocó mi hombro.

Me había quedado en un lado de mi despacho, mirando a la nada, sentado en la silla de mi escritorio y con una copa de ron en mi mano derecha. No quería ni tenía ganas de hablar con él, con nadie. Solo quería largarme, irme de este maldito país, de esta maldita empresa, de volver a Madrid y buscar la manera de que Lucía volviese conmigo; ¿pero que estoy diciendo? Ella no querría verme, hizo su vida y se habrá olvidado de mí. Recordar el momento en el que le dijo sí quiero a Pablo, me hirvió la sangre y tiré el vaso con tanta fuerza, que se hizo añicos contra la pared que tenía frente a mí.

Mi hermano se separó de mi lado, caminando de nuevo hasta el sillón donde se había sentado cuando entramos en el despacho. Aún no me había contado todo, ni cómo se gastó tal cantidad de dinero, pero tampoco había que ser un lince para saber que era un derrochador, un vividor que no daba un palo al agua y que todo lo hacía yo. Estaba harto y deseaba mandarlo a la mierda, despedirlo, pero no podía hacerlo. Mi abuelo hizo un testamento que me obligaba a trabaja con él codo con codo. Entonces una idea se me vino a la cabeza. No podía despedirlo, pero sí cortarle el grifo.

—A partir de hoy, serás un trabajador cualquiera. Tendrás que currar todas tus horas por el sueldo que cobran todos —anuncié sin mirarle, no podía.

—¿Qué estás diciendo? No pienso hacer nada de lo que me pides —se quejó. Cómo no.

—Nick es lo único que puedo ofrecerte. Tú sabrás, pero es eso o despedirte y no tener nada. —Lo miré fijamente, matándolo con la mirada.

Tenía que coger las riendas de mi empresa de una vez por todas. En estos años solo he sido el títere de mi hermano, haciendo todo lo que él creía conveniente, todo lo que a él le salía de los huevos y estaba cansado de ser el gilipollas de turno. Sí, yo era el dueño, el único heredero, pues ahora las cosas se harían a mi manera.

—No puedes despedirme.

—Es cierto, pero sí puedo denunciarte por robar dinero de la empresa de tu hermano y eso conlleva quedarte sin nada y encima puedes ir a la cárcel.

Se levantó con el semblante blanquecino y caminó hasta posicionarse frente a mi mesa. Miré al frente, subí la cabeza y clavé mis ojos en los suyos. Esto iba a ser divertido. Su cara demostraba de todo, menos esa altanería que tanto se gastaba. Estaba cagado, yo había conseguido eso y no me iba a echar atrás. No ahora.

—No eres capaz de hacerlo. Siempre has sido una mierda que se ha dejado llevar por todo lo que yo te he dicho. Si no fuera por mí, ahora no estarías en esta mesa, que te quede claro —escupió creyendo que eso me haría cambiar de opinión. Qué equivocado estaba.

—Yo estoy aquí sentado porque tú no has tenido huevos de llevar adelante esta empresa, así que guárdate esas gilipolleces para quien no te conozca. Yo soy el dueño, tu jefe…

—Y mi hermano —me interrumpió.

—¡Vaya! Ahora te importa nuestro parentesco. Cuando yo te pedía, te rogaba que me dejaras estar con Lucía, que era la mujer que más amaba y amo, porque no creo que pueda dejar de amarla algún día, te importó una mierda que fuéramos hermanos. Es más, me dijiste que la empresa era lo más importante y que aquí era donde debía estar ¿lo recuerdas? —Asintió—. Me alegro de que te tengas buena memoria, porque esto no te lo voy a volver a repetir. Soy el dueño y aquí se hace lo que yo digo. Si quieres seguir aquí, se te hará un contrato de trabajador normal y tendrás el salario mínimo, como todo el mundo.

Estaba disfrutando con esto, la verdad y más ver su cara de pánico. Esto era fácil, algo con lo que podía lidiar. El problema serio, era saber cómo recuperar el dinero sin tener que rebajarme al Sr. Meyer y casarme con su hija. Algo que no quería hacer. Nick seguía mirándome serio, sin decir nada, esperando que yo mismo le dijera que no tenía que hacer nada de eso y que seguiríamos como hasta ahora, pero no, no había vuelta atrás y lo tenía que aceptar.

—Qué dices hermanito ¿aceptas la propuesta? —Insistí.

—Sí, acepto lo que digas. Pero eso no va a evitar que te cases con Penélope Meyer, es la única salida para la empresa.

—Ya veremos.

Dicho eso, salió de mi despacho pegando un portazo que seguro alertó a todo el personal. Cuando me disponía a levantarme para salir de aquí e ir en busca del jefe de contabilidad para que me dijera cómo estaban las cosas, escuché unos toques en la puerta. Tras un; pase por mi parte, Rubi, la jefa de recursos humanos entró en el cubículo junto con la pelirroja de esta mañana. Fruncí el ceño sin entender nada y recordé que me dijo que nos veríamos en la empresa. ¿Qué hice anoche?

—Buenas Sr. Fisher. Disculpe que les moleste a estas horas, sé que está ocupado…

—Al grano Rubi —la interrumpí.

Rubi era una muchacha joven que llevaba en la empresa dos años, prácticamente entró poco después que yo fuera nombrado presidente y era una chica tímida. Pocas veces ha tenido que venir a mi despacho, pero cuando venía siempre le pasaba esto.

Mis ojos se clavaron en la pelirroja y ella agachó la cabeza sin poder mantenerme la mirada. Qué estupidez, si la había visto desnuda, aunque no lo recordaba demasiado bien.

—Eh, sí. Ella es Alisa Nolan, su nueva secretaría. No sabía nada y ella misma me hizo venir aquí para que usted me diese la orden de preparar su contrato —explicó casi tartamudeando.

—Entiendo.

—Yo lo siento, de veras que no sabía que usted había contratado ya a otra secretaría.

—Ni siquiera sabía que necesitaba otra secretaría. Esas cosas las llevaba mi hermano, pero si ella dice que la he contratado debe ser verdad. ¿No, Srta. Nolan? —Me fijé en ella y se ruborizó.

—Sí, anoche en la cena que tuvimos me hizo la entrevista y me aceptó.

Al decirme lo de la cena, me vinieron visiones de lo que pasó anoche… Y era cierto, había cenado con ella y la había contratado, lo que pasó después fue un improvisto. No me gustaba mezclar lo personal con el trabajo y tendría que hablar con ella para dejarlo claro antes de que tuviéramos algún que otro encuentro que nos obligara a llegar a algo más. No podía negar que era una belleza; el cabello rojo como el fuego le caía sobre sus exuberantes pechos. Sus ojos eran de un verde esmeralda que idiotizaba a cualquiera y sus labios eran toda una tentación. Y ni que decir de sus caderas. Será mejor que me callase. Era la primera vez que una mujer me ponía nervioso. Antes solo lo conseguía Lucía.

—Rubi ¿puede dejarnos unos minutos a solas? Luego puede ir con la Srta. Nolan a su oficina para que redacten el contrato.

—Como usted diga Sr. Fisher.

Le echó una última mirada a la pelirroja y salió del despacho. Nos quedamos a solas y no sabía cómo entablar una conversación con ella, como explicarle que lo que ocurrió anoche, aparte de no recordar demasiado, no podía volver a pasar.

—Siéntese. —Le señalé la silla que estaba en el suelo—. Oh, espere. Yo la cojo.

—No, por favor.

Fui hasta la silla y me agaché a la vez que ella, provocando que nos golpeásemos la cabeza entre nosotros. Nos miramos y soltamos una carcajada.

—Lo siento —se disculpó.

—No, no pasa nada.

Nos levantamos y nuestros ojos seguían conectados. Una parte de mí deseaba besarla, dejarla sin aliento y follármela aquí y ahora, encima de la mesa de nogal. Pero la otra parte, me hacía ver las cosas con claridad y debía ser responsable y no tener nada con una empleada. Además, Lucía no salía de mi mente y solo estando borracho había podido acostarme con muchas mujeres, solo para olvidarla. ¿Por qué debía ser ella la excepción?

Suspiramos al unísono y sonreímos de nuevo. Parecíamos tontos y unos desconocidos, aunque en realidad lo fuéramos.

—Eh, yo. Alisa…

—Sí, lo que pasó anoche no volverá a pasar. Lo sé Sr. Fisher. Estábamos bebidos y se nos fue un poco de las manos…

No la dejé hablar, me acerqué a ella la apreté contra mi cuerpo, posando mis manos en sus pronunciadas caderas. Acerqué mi boca a la suya, devorándola con deseo, con un deseo que despertó en mí en cuanto la vi esta mañana. Metí mi lengua para buscar la suya y así profundizar el beso. Un gemido salió de sus labios en cuando bajé una de mis manos y la colé por debajo de la falda negra que llevaba y acaricié su sexo despacio, solo una caricia. Mi polla dio un brinco y ya necesitaba entrar en ella y hacerle todo lo que mi imaginación me mostraba en este momento. Pero cuando iba a hacerlo realidad, volvieron a tocar en la puerta y eso hizo que nos despegáramos.

—Yo, yo. Lo siento —dijo mientras se arreglaba la blusa y salía del despacho, dejándome ver a la persona que estaba al otro lado.

Penélope me miraba con cautela, como si la fuera a echar de mi despacho de mala manera. La hice pasar y me senté en mi silla de nuevo, al menos así podría tapar la erección que Alisa me había provocado. Esa mujer tenía el poder de ponerme cachondo con solo mirarla. En cambio, la Srta. Meyer era todo lo contrario, no era la mujer que a mí me gustaba, no era mi tipo, no me gustaba y no iba a casarme con ella.

—Siento venir a verte y más después del espectáculo que mi padre ha dado hace una hora. —Asentí.

¿Ya había pasado una hora? No me había percatado del tiempo y mucho menos me había acordado de que los había dejado tirados en la sala de juntas.

—Usted dirá.

—Por favor, tutéame.

—Claro, tú a mí también —afirmé y ella asintió con una tierna sonrisa.

Solo en eso destacaba con las demás, el ser dulce. Penélope era una mujer muy dulce que podría enamorar a cualquiera, aunque yo no quisiera estar con ella, no era solo porque no la quisiera, sino, porque me recordaba demasiado a Lucía y lo único que me faltaba ahora era estar con una mujer semejante a ella cuando lo que quería era olvidarla para siempre.

—Dime. ¿Qué querías? —Le pregunté.

La verdad es que quería terminar con esta mierda de día y volver a mi casa para relajarme.

—Quiero que te cases conmigo, Sergio.

Abrí los ojos incrédulos, no podía creer que ella me estuviera pidiendo eso ¿por qué? No lo sabía. Solo una mujer desesperada sería capaz de pedir algo que no quería, porque se le

notaba que ella tampoco era feliz con que nos quisieran casar como si fuéramos unos niños de papá.

—Lo siento, Penélope, pero eso que me pides no podrá ser —sentencié levantándome para volver a servirme una copa—. ¿Quieres una? —Asintió. Sonreí—. Toma. —Le extendí el vaso y se lo tomó de un sorbo. Parecía desesperada.

—Solo quiero cumplir la última voluntad de mi padre. Sergio… se muere ¿sabías? —Negué sorprendido—. Soy la única heredera, pues mi madre no pudo tener más hijos. Mi padre tiene cáncer y le han dado muy poco tiempo de vida, es por eso por lo que quiere casarme a como dé lugar, sin importar que yo no quiera o que, en su defecto, tú tampoco. Es normal que esto sea algo que a ti no te importe, pero te lo pido como favor personal. Después…

—No puedo… lo que me pides es algo rastrero hasta para mi hermano. Casarnos para que tu padre muera feliz ¿en serio? —La interrumpí levantándome.

Caminé hasta la puerta y la abrí para invitarla a salir con toda la educación que me habían enseñado. No iba a dejar que esta mujer me manipulara con sus encantos.

—¿Qué haces? —Preguntó asombrada.

—Te voy a pedir que me dejes solo, tengo mucho trabajo.

—Pero…

—Nada, Penélope. No tenemos nada más que hablar y espero que no vuelvas a mencionarme nada sobre esa absurda boda, porque es un no rotundo ¿queda claro? —Asintió levantándose de su silla y asombrada, mucho, a decir verdad, pasó por mi lado.

—Soy tu única esperanza, Sergio. La boda es la salvación para tu empresa… piénsalo —murmuró mirándome fijamente. Yo en cambio, no podía ni quería mirarla.

Negué con la cabeza gacha, salió de mi despacho y cerré de un portazo. Estaba cansado de que todo el mundo, harto de que todos decidieran lo que era mejor para mi empresa y sobre todo para mí. Yo era el dueño de Fisher Enterprise, el dueño de mi vida y ninguna modelo con aires de grandeza me iba a venir a decirme lo que tenía o no que hacer.

9
Sergio

Cuando me quedé solo, me frustré, me cabreé y cogí la botella de ron para beber de la misma. No podía creer que todo esto estuviese pasando, no ahora cuando mejor estaba yendo la empresa. ¿Qué cojones había hecho mi hermano? ¿Por qué tenía que joderlo todo?

Horas más tarde, recibí la documentación de contabilidad para poder ver las cuentas y los gastos de la empresa. Los balances caían en picado desde hacía cinco meses y yo no tenía constancia de eso. Cogí el teléfono y le pedí a Alisa que llamase a mi hermano y que le dejara un mensaje; tenía que llamarme lo antes posible o las cosas se iban a poner muy feas. No lo hizo, claro que no, yo sabía que no lo haría.

A las once de la noche, estaba cansado y harto de toda esta mierda. Me levanté y salí del despacho para volver a mi apartamento… solo esperaba encontrar una solución lo antes posible o el embargo vendría antes de que pudiese hacer algo. Las cuentas estaban todas a cero, no teníamos dinero para pagarle a los trabajadores. Tendría que recortar plantilla, por no decir que me quedaría sin nada. El patrimonio se iría a pique en dos segundos y todo por su culpa, por su maldita culpa.

Me pasé toda la noche dando vueltas en la cama, sin parar de pensar en la solución al problema. Para ser sincero, en lo único que pensaba, era en las miles de personas que se quedarían sin trabajo, ya que, si yo perdía todo, volvería a Madrid, olvidándome por fin de toda esta vida en la que no quería estar. Entonces la propuesta de Penélope entró en mi mente. ¿Y si aceptaba? ¿Y si era la solución como ella misma me había dicho? Estaba claro que tenía razón, pero para mí era algo rastrero. Engañar a todos, engañarme a mí mismo, porque nunca la iba a amar. No, tenía que haber otro modo.

Me levanté cansado de dar vueltas y salí al salón para servirme una copa. Desde hacía unos meses, estaba bebiendo más de la cuenta y no quería caer en las garras del alcohol. Y ahora era lo único que me ayudaba a pensar y calmarme. Cogí mi móvil y busqué su número, quería llamarla, estuve tentado a hacerlo mil veces… preferí mandarle un mensaje.

Estuve esperando respuesta durante tres horas, hasta que el sueño me venció. Puede que no quisiera responder, incluso puede que estuviese dormida. No lo sabía, el hecho estaba en que no lo hizo y me dolió muchísimo.

Por la mañana, me levanté con el propósito de arreglarlo todo, de hacer lo que era mejor para la empresa y no para mí. Para algo mi abuelo la puso en mis manos, confiando en mí y no en Nick. Sería por algo ¿no?

Lo primero que hice al llegar a mi despacho, fue pedirle a Alisa que llamase a Jackson y Penélope, aunque primero quería hablar con ella a solas.

Durante la mañana y mientras los esperaba, no dejaba de mirar el móvil, pensando de que me llegaría una respuesta de Lucía, pero nunca llegó y fue una de las cosas que me hizo pensar que debía hacer mi vida, que debía olvidarla, aunque dependiera mi felicidad de ello. Tenía que creer en mí, en la capacidad de olvidarla y amar a otra mujer que no fuese ella. Lucía pasaría a la historia en mi corazón.

Sobre las doce de la mañana, Penélope entró en mi despacho y sin dejarle tregua a que me dijera algo que me hiciera retractarme, le dije lo que ella quería escuchar y lo que creí era lo mejor para todos.

—Acepto. —Ella me miró asombrada, mostrándome esas bolas negras que tenía por ojos—. Acepto casarme contigo.

—¿Estás hablando en serio? —Preguntó levantándose eufórica.

Dio un pequeño aplauso a la vez que yo asentía. Penélope se acercó a mí y sin que me lo esperase, me dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. Su olor, un olor a vainilla entró en mis fosas nasales, instalando una calma en mí que hacía tiempo no tenía. ¿Será que ella sí me haría volver a ser el que era? Podría ser la que me ayudara a pasar página de una vez y a tener una estabilidad.

—Lo siento —se disculpó separándose unos largos centímetros de mí.

—Solo tengo algunas condiciones —referí antes de que su padre lo supiera.

—Tú dirás.

—Nos casaremos, uniremos fuerzas. —Asintió—. Y en el momento en el que tu padre no esté, y siento decirlo así, nos separamos… —Me miró con algo de decepción—.

Penélope, no quiero engañarte, pero lo hago por la empresa y tu padre, de no ser así, esta boda no se celebraría.

—Está bien, se hará como tú digas.

Aunque me dijera que era por su padre, algo me decía que a ella no le disgustaba del todo que nos casáramos. Y ahora que lo pensaba bien, podría incluso ser una buena idea casarme con esta mujer, que, después de todo, era hermosa. Aunque Penélope no destacaba por su belleza, sino, por su dulzura. Era una mujer demasiado dulce para ser modelo. Para ser sincero, ella era un caramelito entre tanto empresario que salía con modelos.

Yo me levanté y me acerqué a ella, cogí su mano y la llevé a mis labios. Sentí su nerviosismo, temblaba como una hoja en otoño y me recordó a ella. Cerré los ojos unos largos segundos, unos segundos que necesitaba estabilizar mi mente, borrando a Lucía de alguna manera, aunque fuera una tarea casi imposible.

—¿Estás bien? —Se interesó acariciando mi mejilla.

Sin abrir los ojos, la llevé hasta mi cuerpo, pasando mis brazos por su pequeña cintura y la abracé con fuerza. Necesitaba creer que esta hermosa mujer podría ser mi salvadora, la que me ayudaría a pasar página, terminar de una vez por todas ese libro que no lograba tener su fin. Sin abrir los ojos, fui acercándome a ella y besé sus labios despacio, con dulzura. Ella me recibió gustosa, no le importaba lo más mínimo que mis labios avasallaran los suyos, que la besara sin permiso. Abrió su boca, dándole permiso a mi lengua y profundizar el beso. No la amaba, no la quería y no sabía si algún día podría hacerlo, pero sí necesitaba besarla y descubrir si algún sentimiento afloraba en mí. Sus labios no me disgustaban, al contrario, me gustaban y besarla había sido algo que volvería a hacer.

Cuando nos separamos, ambos estábamos agitados, acelerados. Abrí mis ojos y Penélope se ruborizó.

—Ahora sí podemos decir que somos pareja ¿no? —Sonreí. Ella asintió complacida—. Pues vamos a decirle a tu padre que nos casamos.

Cogí su mano y salí con ella de mi despacho. Al salir, Alisa estaba en su mesa y me miró con el ceño fruncido, pues iba de la mano de mi futura esposa. Las cosas con ella debían cambiar y si para eso tenía que cambiarla de departamento, lo haría. La tentación

en este momento, cuanto más lejos mejor. Seguimos nuestro camino hasta la sala de juntas donde el padre de Penélope la esperaba con amargura. Ahora que me fijaba en él, pues antes no quería ni verlo, era cierto de que tenía unas pronunciadas ojeras que le hacía ver mucho más demacrado que la última vez que lo vi en Madrid.

Jackson miró a su hija con una tierna sonrisa. La verdad era que ese hombre tenía delirio por ella. Luego sus ojos se clavaron en nuestras manos entrelazadas y sonrió complacido. Era lo que él quería y lo había conseguido. Yo lo hacía por ella, pero después de que su padre no estuviera con nosotros, cada uno haría su vida.

Pero ¿hasta qué punto iba a ser así? Tras esa decisión y unos pocos meses después, Penélope y yo nos casamos. Decidimos hacerlo rápido por Jackson, estaba cada vez peor y al menos queríamos que se fuera feliz de ver a su hija con un hombre de verdad. Palabras de él, no mías. No me consideraba un hombre de verdad, pues si lo fuera, no habría sido un cobarde durante tanto tiempo, no habría dejado a la mujer que realmente había amado y amaré toda mi vida, y tampoco me hubiese casado con Penélope solo por darle gusto a un moribundo, sabiendo que, gracias al matrimonio, nuestros bienes se unirían, salvando así la empresa que mi hermano llevó a la ruina.

Mi hermano, qué iba a decir de ese hijo de puta. Echó a perder todo por lo que yo había luchado, gastando el dinero, pidiendo préstamos que no pagaba. Por culpa de eso, casi despedí a más de cien empleados, unas personas que tenían familia a la que alimentar, casas que pagar. Pero a él le daba igual, siempre y cuando no le faltase de nada. La cosa estaba, que desde que le había dicho que lo bajaría de rango en la empresa, desapareció y no vino ni a la boda. De esto hacía más de cinco meses. ¿Dónde estaría? Bah. ¿Qué importancia tenía ya?

Poco tiempo después de la boda, Jackson Meyer, falleció en su domicilio familiar, junto a su hija y el esposo de esta. Eso lo leí en la revista que Fisher Meyer Enterprise había sacado esa semana.

—Gracias por haber hecho que mi padre sea feliz antes de morir, mi amor. —Sollozó mi esposa frente a la lápida de su padre.

—No tienes por qué darlas, cielo —respondí con cariño.

No era mala mujer, más bien me hacía la vida más fácil y eso era de agradecer. Se mantenía siempre en segundo plano en lo que a la empresa refería y así lo preferí.

Penélope no era la mujer de mi vida, de eso estaba segurísimo, pero ¿podría llegar a serlo? Tocaba descubrirlo, pues el que se quedara embarazada, complicaba la separación que ambos teníamos pactada.

Los meses pasaron y llegó el momento del nacimiento de nuestros hijos. Sí, eran dos, niño y niña. La verdad era que estábamos muy felices, aunque esa felicidad, por mi parte, solo era por el hecho de ser padre.

—Mira, Sergio. Estos son Ancel y Erika, tus hijos.

Mis ojos se clavaron en ellos, siendo a partir de este momento lo que me haría luchar para hacerlos felices. Un día dije que mi boda con Penélope solo sería por conveniencia de ambos, pero ahora, después de ver a estos preciosos bebes entre sus brazos, no me hubiera imaginado mi vida sin ellos y eso me lo dio esta mujer a la que no he logrado amar en todo este tiempo.

La empresa a estas alturas volvía a subir como la espuma. La fusión entre ambas familias lo consiguió y eso sí debía agradecerle a Jackson Meyer. Ahora solo tocaba seguir con mi vida, siendo esta la que no esperaba y la que yo mismo decidí tener.

Días después.

Me levanté sobre las siete para ir a la empresa. Desde hacía un par de días mi esposa y mis hijos estaban en casa y la verdad era que no dormíamos demasiado. Eran unos guerreros y solo querían comer. Penélope estaba agotada, porque a fin de cuentas era ella la que tenía que darles el pecho y eran demasiadas horas.

—Buenos días ¿has dormido bien? —Me preguntó con una tierna sonrisa.

Me encogí de hombros y cogí su mano para después depositar un beso en ella. Sabía que prefería que la besara en los labios y era algo que no hacía demasiadas veces, pero ¿qué podía hacer? No era algo que me saliera hacer. Le tenía un cariño inmenso, aunque no el suficiente como para desde la mañana demostrarle lo que la amaba, pues no lo hacía. No la amaba y ella lo sabía.

—¿Y tú? —Me interesé a la vez que el llanto de uno de mis pequeños nos interrumpía. Ella se iba a levantar—. No, ya voy yo. Tú descansa.

—Pero…

—Nada, yo voy. Y esta misma tarde contrato a alguien para que te ayude con ellos. Tienes que descansar —le informé y tras darle un beso en la frente, fui hasta la habitación de mis hijos.

La que había llorado había sido la niña de mis ojos. Erika era tan parecida a mí, como lo era Ancel de su madre. La cogí en brazos y le di un beso en su moflete.

—¿Qué pasa cielo? —Pregunté acunándola.

Me movía despacio para conseguir que se durmiera y casi lo había conseguido hasta que su hermano lloró pidiendo atenciones. Y me vi con los dos llorando y sin saber qué hacer. Escuché los pasos de Penélope y con una sonrisa cogió a Ancel y se sentó en el sillón que había justo al lado de la cuna y comenzó a darle de comer. Yo la admirada, era fuerte, demasiado y no merecía tenerla como esposa.

Sobre las nueve, ya llegaba tarde a la empresa y tuve que irme corriendo para llegar pronto a la reunión que tenía con una nueva revista, pero esta vez de Italia. Cuando llegué a mi despacho, Alisa entró como un vendaval y tras cerrar la puerta, echó el pestillo para después sentarse a horcajadas sobre mí. Sus labios se pegaron a los míos, besándome hambrienta y comenzó a volverme loco en décimas de segundos. Sí, estaba engañando a mi esposa con mi secretaría y realmente no quería hacerlo. Con Penélope hacía tiempo que no me acostaba, pues solo lo hicimos dos veces y se quedó embarazada. No quería hacerla sufrir, no se lo merecía, pero yo tampoco quería y llevaba sufriendo años.

—¿Por qué has tardado tanto? —Preguntó mordiendo el lóbulo de mi oreja.

—Tenía que ayudar a mi esposa con los niños.

Alisa paró de besarme el cuello y me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre? —Le pregunté.

—¿Cuándo la dejaras?

Achiqué los ojos, mirándola fijamente para comprender a qué venía esa pregunta a la vez que la obligaba a levantarse de encima de mí. Alisa se arregló la falda arrugada mientras caminó hasta el sillón de piel que tenía en el despacho. Se sentó con sus ojos clavados en mí. Yo no lo respondí, pues no sabía que decirle, era la primera vez que ella me preguntaba eso y realmente había sido toda una sorpresa.

—¿A qué viene esa pregunta? —Me interesé sentándome a su lado—. Pensé que lo pasábamos bien —afirmé.

—Sí, pero estoy cansada de ser la otra, Sergio.

Abrí mis ojos desorbitadamente, pues me estaba pidiendo ser algo más y yo nunca le prometí amor, nunca le hice ver que la quisiera. ¿Por qué pensó que sí? Estaba claro que las cosas se iban a complicar y que Alisa sería la causante.

—Que yo sepa nunca te he prometido algo más de lo que ya tenemos —afirmé cabreándome. Ella me miró con los ojos muy abiertos—. No me mires así, yo no estoy enamorado de ti, no lo estoy de mi esposa.

—¿Entonces qué cojones haces con las dos? De verdad Sergio que no te entiendo.

—Lo siento, siento si alguna vez te hice pensar que te daría algo más, pero…

—Joder, eres un hijo de puta. ¿Por qué te casaste con ella entonces? ¿Por qué no puedes amarme?

Sus preguntas no me habrían afectado si en ellas no se hablaran de amor.

—Me casé de mutuo acuerdo, así como lo iba a ser mi separación… Y llegaron mis hijos, no podía simplemente darles de lado. Penélope sabe mis sentimientos.

—Y yo ¿en qué punto de tu vida estoy yo? —Insistió.

—Alisa, en ningún punto. Solo puedo darte esto, nada más.

—¿Quién es la afortunada?

—¿De qué hablas?

—¿De quién estás enamorado? Porque no me creo que no ames a nadie si no puedes enamorarte de tu esposa y mucho menos de mí.

La conversación se estaba volviendo pesada y quería cortarla, pero si para eso tenía que decirle la verdad, hacerla conocedora de mi pasado, de Lucía, enseñarle que solo podía amar a una mujer, a una que no me pertenecía y que seguro era feliz con su esposo, lo haría, aunque para eso tuviera que abrirle los ojos y mostrarle al Sergio que le haría daño a cualquier mujer, que ya les hacía daño a tres mujeres. Me senté frustrado y pasé los dedos por el puente de mi nariz mientras un bufido se escapaba de mis labios.

—Hace años que no sé nada de ella. Lucía se llama.

—¿Qué pasó con ella? —Preguntó en un susurro casi audible.

—La dejé… vine aquí creyendo que serían solo unas cortas vacaciones convirtiéndose en mi vida. Volví a por ella, pero ya no quería saber nada de mí. —Mi voz sonó agónica, llena de dolor.

Alisa por un momento me entendió, pero solo fueron unos cortos minutos, pues tras contarle lo sucedido y sabiendo que jamás iba a sentir por ella lo que, supuestamente, ella sentía por mí, salió de mi despacho y por consiguiente de la empresa. Se despidió y no quiso que fuese a buscarla nunca más. Me hizo ver que sufría y que, si se quedaba conmigo, lo haría mucho más y no la culpaba, al contrario, aquí el culpable de todo lo que pasaba, era yo y nadie más que yo.

Pasé el resto del día en la empresa, trabajando sin parar, haciendo tiempo para volver a casa cuando Penélope estuviese dormida. Me sentía un hijo de puta, en realidad lo era, por seguir casado con alguien que no amaba.

Sobre las doce de la noche llegué a mi casa y ya todos estaban dormidos, así que me metí en mi despacho y ahí dejé pasar muchas más horas, bebiendo ron mientras pensaba en ella, en esa chica que dejé atrás hacía tanto tiempo. Por un momento, cogí el móvil y la busqué, así como hice hacía unos meses y no recibí respuesta y volví a enviarle un mensaje, pero este era diferente, pues la necesitaba.

Sergio: Lucía, siento mucho hablarte a esta hora y ni siquiera sé si este sigue siendo tu número, pero… te necesito. Necesito hablar contigo, necesito ayuda.

Dejé el móvil en la mesa y me fui a la cama, sabiendo que no tendría respuesta, sabiendo que era en vano recordarla, pues estaba seguro de que ella ya me había olvidado.

10
Lucía

La vida me sonreía, al fin podía respirar con tranquilidad tras la tortura de los estudios. Había conseguido un trabajo en un instituto cercano a casa. No era un contrato fijo, pero me bastaba para meter la cabeza, como se suele decir y que pudiera quedarme. Le daba clases a los de cuarto de la ESO, siendo esto todo un reto para mí, pues los adolescentes con las hormonas revolucionadas no hacían más que complicar mi día de trabajo. Me había tocado una de las clases más conflictivas, ya que el instituto no era que fuese el mejor de Madrid, pero al menos tenía trabajo ¿no?

Al llegar la hora del recreo, mi compañera Macarena, vino a por mí a la sala de profesores para salir a desayunar fuera. Hoy no nos tocaba vigilar el patio a nosotras, así que nos aprovecharíamos de ello.

—Ey, ¿a qué hora piensas salir de aquí? —Preguntó poniéndose justo delante de mí.

—Ya voy, ya voy. Estaba firmando unos papeles que me ha dejado el director. —Alzó una ceja.

—¿Qué estás firmando? No te fíes de todo lo que te dan. Lo habrás leído antes ¿no? —Asentí divertida.

—Es para una excursión al museo. —Vi como sus labios se curvaban en una sonrisa sarcástica—. Ya sé, es toda una aventura salir con mi clase al museo, pero será una oportunidad para conocernos mejor.

—Si tú lo dices.

Me levanté de la silla y tras dejar los papeles en el cajón para que el director los cogiese, salimos de la sala de profesores y nos encaminamos hasta la salida para ir a la cafetería de la acera de enfrente. Menos mal que no teníamos que ir demasiado lejos. Al cruzar la carretera, Macarena lo primero que hizo fue ir al quiosco para comprar una de esas revistas que tanto asco me daban. A decir verdad, nunca las miraba por el simple hecho de que estaba segura de que Sergio saldría en primera plana.

—Vamos, deja ya esas tonterías de revistas. Solo dicen mentiras y mierdas.

—Cállate ya, que eres muy pesada —respondió mientras sacaba dinero de su cartera—. Tenga. —Le extendió el dinero al quiosquero—. Además, no compro la de tú ya sabes quién —aseguró caminando hasta mí.

No le respondí. ¿Para qué? Seguimos nuestro camino, aunque ella estaba completamente concentrada en la revista Years; esta también era de Alemania. La verdad no sabía qué tenía esta mujer con las noticias de allí. Al llegar a la cafetería, nos sentamos en la mesa de siempre y el camarero ya sabía lo que tenía que traernos. Macarena seguía mirando la prensa rosa y me percaté de que no era la única revista que había comprado, pues tenía otra detrás de la que leía completamente hipnotizada. Me fijé en las primeras palabras que tenía la portada; Sergio Fisher, ha pasado de ser el hombre más deseado, al más detestado. Alcé mis manos hasta quitársela de las manos a mi amiga y al hacerlo, mis ojos se abrieron tanto que ya comenzaban a arderme. Había una foto de Sergio junto con su esposa, pero la noticia no iba de ellos, sino, de mí, hablaban de mí; Lucía Lago, siendo esta una desconocida para las admiradoras de Fisher, incluida para su propia esposa. ¿Quién es ella y que tiene que ver en la vida de nuestro rompe corazones?

—Eh, Lucía ¿Qué ocurre? —La voz de mi amiga me despegó los ojos de esa maldita revista. Se la mostré y abrió los ojos sorprendida—. Sales en primera plana. ¿Cómo es posible?

—Yo que cojones sabré. Está claro de que alguien ha hablado de mí y me han estado observando. ¡Joder! —Solté un gruñido. Estaba demasiado cabreada.

Seguí leyendo y pasando páginas. Había un montón de fotos mías en las que decían que yo era la amante de Sergio, que era su primer amor y que por mi culpa él no había conseguido enamorarse de ninguna otra. Todo eso me importaba una reverenda mierda y más cuando vi que en una de las fotos salía yo con mi hijo mientras lo recogía del colegio. Pero eso no era lo peor, sino, lo que decían al respecto; Lucía recoge a su hijo en el colegio. ¿Será de Sergio Fisher? Y si es así ¿por qué nunca antes lo hemos sabido?

Me puse nerviosa, muy nerviosa y mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Podía aceptar que supiesen de mí, que dijeran mil cosas de mí, pues no me importaba, pero que metieran a mi hijo en todo esto, no lo iba a tolerar y Sergio me iba a escuchar.

—Tranquila Lucía, seguro que hay una explicación para todo esto. —Señaló las imágenes.

—No, no la hay. Sergio va a saber la verdad y querrá llevarse al niño. —Me levanté sin desayunar—. No, no puedo dejar que eso pase.

—¿Qué harás?

—No lo sé, pero necesito que digas en el instituto que me puse enferma, tengo que arreglar este maldito problema antes de tenerle en mi puerta para pedirme explicaciones —pedí con la voz entrecortada y ella asintió.

Yo sabía que ella me ayudaría, que no me dejaría en la estacada. Tras darle un beso, salí corriendo y cogí el primer taxi que me encontré, dejando así mi coche en el aparcamiento del instituto. No tenía tiempo de ir hasta allí, además, me verían y lo que quería era que pensaran que era verdad que estaba enferma.

Le dije al taxista la dirección de mi casa y al llegar, le pagué y salí corriendo hasta la puerta. Pablo y yo vivíamos cerca de mi madre; ella al final se quedó sola, pues cuando yo me casé y me fui a vivir con mi esposo, mi padre decidió que era el momento de irse y que cada uno siguiera su camino. Ella era la que se encargaba algunos días de recoger a Edu del colegio, pero solo era en días puntuales.

Cuando llegué, no había nadie, Pablo no llegaba hasta las siete de la tarde más o menos, así que me dirigí hasta el sofá y tras coger el teléfono, me senté para poder pensar con claridad lo que le diría. Iba a escuchar su voz después de cinco años, cinco largos años en los que lo único que había sabido de él era lo que las revistas decían de él. ¿Cómo sería ahora? ¿Me reconocería? Mi mente divagaba a la vez que yo negaba, pues no quería saber nada de eso, solo quería una explicación.

Estaba nerviosa, así como cuando recibí un mensaje de él hacía ya unos meses. Lo borré sin leerlo, tenía miedo de saber lo que me había puesto y ahora, ahora debía llamarlo, siendo esto un problema.

¿Dónde llamarle? Tenía su antiguo número de móvil y no sabía si lo cambiado o no. Tenía que arriesgarme. Desbloqueé la pantalla y busqué entre mis contactos. Sí, aún tenía su número guardado en mi agenda y no tenía el valor suficiente para borrarlo. ¿Para qué? De igual forma nunca lo llamaba, esta sería la primera vez desde que vino a verme por última vez. Y cuando comencé con Pablo, ni siquiera me atrevía a mirar nada que tuviese que ver con él, por respeto y por mí misma.

Aún tenía la revista conmigo, se la había quitado a mi amiga y es que no podía llamar a Sergio sin ella, pues quería leerle todas las estupideces que se estaban diciendo de ambos. Solté un suspiro casi desgarrador a la vez que le daba a la tecla de llamada. Un tono, dos, tres, cuatro. Suspiré y antes de colgar, su voz sonó al otro lado, paralizando mi corazón casi al instante.

—¿Lucía?

Seguía teniendo mi número, sabía que era yo. ¿Por qué, por qué tenía que ser tan difícil si ya habían pasado cinco años, si ya tenía que haberme olvidado de él? Quería responder, pero no lo hice y colgué antes de poder pronunciar palabra. Una estupidez por mi parte, pues sabía que ahora él me iba a llamar. Y no me equivoqué cuando su nombre se alumbró en la pantalla. Dejé que sonara y casi colgué, pero me armé de valor y descolgué, algún día teníamos que volver a hablar ¿no? Él tenía su vida, yo la mía. ¿Podíamos ser amigos? ¡No! Qué ridiculez.

—Sí.

Fue lo único que pude decir.

—¿Por qué me has llamado si ibas a colgar?

—Lo siento, se me cortó la llamada.

No sabía ni cómo podía hablar, como podía responderle. Su voz entró en mis sentidos, provocando un anhelo que creía olvidado, un amor que pensé que estaba enterrado. Mi corazón latía con fuerza, con una fuerza anormal, una que me destrozaría el pecho partiéndomelo en dos.

—Sé el motivo de tu llamada y déjame decirte que no tengo nada que ver en esto. Además, pensé que me llamabas por el mensaje que te envié hace un par de días.

¿Un mensaje? No había recibido ningún mensaje de él. Me quedé callada unos instantes, pensando en la manera de que tenía siempre de justificarlo todo, qué novedad, pero ¿podría creerle? Después de todo lo único que había recibido de él fueron mentiras, una tras otra.

—Lo dudo… —Respondí sin mencionarle nada sobre el mensaje que no había leído.

Si había recibido algo y no lo vi fue por Pablo, seguro lo vio antes que yo y se encargó de que yo no me enterase, pero ¿por qué? No tenía motivos para hacerme nada de esto.

—Por qué, ¿eh? Me conoces, sabes que no sería capaz de hacerte daño, no de esta manera. Nunca le diría a nadie nada malo de ti y mucho menos de…

Su voz me sacó del trance, estaba cabreado.

—¿De quién? —Pregunté sabiendo la respuesta, pero no dejé que me respondiera—. Déjalo, no me respondas. Lo único que sé es que todo el mundo sabe de mi existencia y yo no le conté a nadie sobre ti, así que has tenido que ser tú —lo acusé.

—Es cierto, sí le hablé a alguien sobre ti, pero no pensé que iría divulgando cosas que no son verdad.

—Dime una de ellas, Sergio.

¿Por qué le tenía que pedir eso? No quería ponerle en bandeja la posibilidad de pensar que Edu es hijo suyo. No quería que lo supiera, aunque eso me convertía en una mala persona por negarle a su hijo. No lo hacía por mí, sino por él, porque sabía que un hijo fuera del matrimonio, fuera de esa vida que tenía y que, según él, lo habían obligado a vivir, sería lo peor.

—¿Es mío? —Me quedé callada—Lucía. —Insistió.

—No.

—¿Segura? Porque concuerdan las fechas, Lucía. Puede ser mío y si es así ¿por qué no me lo dijiste?

—Es de Pablo, Sergio.

Era una mentira de las gordas, lo sabía, pero primero eso antes de que se creyera con derechos. Preferí hacerle creer algo que nunca había pasado a que viniera y tuviera que verle de nuevo. Suficiente con tenerlo en todas las portadas de las revistas del corazón.

—¿Me engañaste con él?

Su voz salió agónica, llena de sufrimiento y me dolió en el alma que así fuera, pero solo miraba por el futuro de mi hijo y Sergio no podía estar en él.

—Sí, te engañé con él mientras estabas en Alemania visitando a tu abuelo. Lamento mucho que tengas que enterarte así, pero es lo que hay.

Estaba siendo muy dura, demasiado y mis lágrimas no tardaron en salir, unas lágrimas tan rotas como lo estaba yo por dentro en este momento. ¿Por qué tenía que seguir doliéndome de esta manera? ¿Por qué tenía que seguir amándole? Podría jurar, incluso, que lo amaba mucho más que antes, que cuando me dejó sola por tener otra vida. Ahora estaba casado y yo también, ahora ambos teníamos hijos y una vida diferente y tendríamos que acostumbrarnos a estar con quién no amábamos, por el bien de todos, de nosotros mismos.

Antes de que me respondiera, le colgué. No quería escuchar nada más. Lo había llamado para pedirle que hiciera lo posible para que retirasen las fotografías y en lo único que pensé fue en pedirle una oportunidad. Soy una cobarde, una estúpida cobarde que había dejado escapar al amor de su vida por escuchar a terceras personas.

Dejé el móvil en la mesa de centro y reposé mi cuerpo en el respaldo del sofá mientras miraba al techo y suspiraba al menos unas cinco veces. De verdad había sido una tonta y no tenía que haberle llamado, no cuando mis sentimientos hacía él no se habían marchado aún y escuchar su voz, lo único que había conseguido, era remover todo mi interior, haciéndome conocedora de lo que todavía sentía por él, siendo esto más fuerte que antes.

Mis párpados pesaban y no dudé un segundo en tumbarme y cerrarlos para dejarme llevar por los brazos de Morfeo, sabiendo que en mis sueños el único que iba a aparecer era él. Sergio aún estaba muy presente en mi vida, aunque ¿cómo no estarlo si tenía un hijo de él, fruto de un amor tan poderoso como lo era su imperio?

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291 стр. 2 иллюстрации
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9788418616716
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