Читать книгу: «Vidas paralelas IV»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 356

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por: HELENA RODRÍGUEZ SOMOLINOS (Aristides - Catón y Filopemén - Flaminio ) y JORGE CANO CUENCA (Pirro - Mario )

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

López de Hoyos, 141, Madrid, 2007

www.editorialgredos.com

Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por J. M. Guzmán Hermida (Aristides. Catón. Filopemén. Flaminino ) y Ó. Martínez García (Pirro, Mario )

REF. GEBO434

ISBN: 9788424937300.

ARISTIDES - CATÓN

INTRODUCCIÓN

I. ARISTIDES

La vida del ateniense Aristides (entre 537 y 467 a. C. aproximadamente) se desarrolló en el momento más brillante de la historia de Grecia: la creación de la democracia en Atenas, la victoria sobre los persas en las Guerras Médicas y el comienzo de la hegemonía ateniense y de uno de los períodos más fecundos intelectual y artísticamente de la humanidad. Contemporáneo de Temístocles, aunque mayor que él (Temístocles nació probablemente en el año 515), la rivalidad entre ellos va a durar casi veinte años, desde la batalla de Maratón (490), hasta el exilio de Temístocles (471/470).

Faltan en esta biografía detalles o anécdotas sobre los primeros años de la vida de Aristides (que sí aparecen, en cambio, en la de Temístocles), así como su caracterización física, tan usada por Plutarco en otras Vidas , como base del retrato moral del personaje. Los ejes en los que el autor se va a apoyar para su relato son la mencionada rivalidad entre Aristides y Temístocles, la voluntaria pobreza del personaje, su estricto sentido de la justicia que le valdrá el sobrenombre con el que fue conocido y que condiciona su irreprochable honestidad, y su destacado papel como jefe militar en las tres batallas principales contra los persas (Maratón, Salamina y, sobre todo, Platea), aunque en este punto Plutarco ha exagerado la importancia de Aristides, según sabemos por otras fuentes.

Las que él menciona corresponden a varios autores, cuyas opiniones acepta o rebate, casi todos ellos de los siglos IV a II a. C.: Demetrio Falereo, Panecio de Rodas, Idomeneo de Lámpsaco, Aristón de Ceos, el atidógrafo Clidemo, Teofrasto de Éreso, Esquines el socrático, Calístenes, sobrino de Aristóteles, Jerónimo de Rodas, Crátero de Macedonia, el músico Aristóxeno y, con dudas del propio Plutarco, el mismo Aristóteles; hay también referencias claras al Gorgias platónico y a Tucídides. Nuestro conocimiento de la mayoría de estos escritores es fragmentario, pero sí tenemos la obra de Heródoto, nuestra fuente fundamental para las Guerras Médicas, al que se cita en dos ocasiones, la primera atribuyendo a Aristides un hecho no recogido por el historiador, la segunda para criticar a éste (es bien conocida la antipatía de Plutarco por Heródoto, expresada por él mismo en su obra Sobre la malevolencia de Heródoto) , aunque ha debido tener su obra a la vista. Hay, con todo, discrepancias, más allá de situar en primer plano a Aristides en momentos en los que Heródoto ni siquiera habla de él, lo que ha llevado a pensar que Plutarco ha seguido a autores que no menciona, quizá Éforo, y, desde luego, Fanias de Éreso, sí citado en cambio en Temístocles .

Aparte de estas fuentes literarias, parece claro que Plutarco ha visto personalmente monumentos, como las tumbas de los muertos en Platea, el altar de Zeus Eleuterio, el templo de Atenea, o la procesión de Platea, cuya descripción minuciosa es la de un testigo presencial. Su interés por los oráculos, por las instituciones atenienses del momento o, incluso, por la astronomía, es evidente.

Igualmente lo es la simpatía que Plutarco siente por Aristides, al que, junto con la justicia como característica fundamental, añade la paciencia, no exenta de pedagogía, cuando soporta con calma su ostracismo, al tranquilizar a los atenienses en su disputa con los tegeatas por el lugar que ocuparían en el frente de batalla, en su calmada relación con el irascible rey Pausanias. Es el suyo el retrato de un hombre cabal, que, con ocasiones sobradas para haberse enriquecido, tuvo que ser enterrado a expensas del Estado.

El esquema seguido por Plutarco es el siguiente:

1) Origen y situación social de Aristides, 1.

2) Comienzos en la política. Su rivalidad con Temístocles, 2-3.

3) Su concepto de la justicia, 4.

4) Maratón, 5.

5) Insistencia en la virtud de Aristides, 6.

6) Ostracismo, 7.

7) El perdón y el regreso a Atenas ante la invasión de Jerjes. Salamina, 8-10.

8) Platea, 11-19.

9) Discrepancias entre los griegos tras la batalla. Institución de los Juegos Eleuterios, 20-21.

10) Regreso a Atenas. Plan de Temístocles frustrado por Aristides, 22.

11) Problemas con el rey espartano Pausanias. Los griegos pasan a Atenas la hegemonía, 23.

12) Aristides establece la cuantía de los impuestos a los aliados, 24.

13) Juicio de Calias, que demuestra la pobreza de Aristides, 25.

14) Muerte y enterramiento de Aristides. Situación en la que quedan sus descendientes, 26-27.

II. CATÓN

Marco Porcio Catón, apodado el Mayor (para diferenciarlo de su biznieto Catón el Joven o el de Útica) o el Censor por el cargo que ocupó, vivió aproximadamente entre los años 234 a 149 a. C. Es la época de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a. C.), en la que Aníbal invadió Italia y estuvo a punto de acabar con Roma, de las victorias romanas sobre Filipo V de Macedonia (Cinoscéfalas, año 197 a. C.), sobre Antíoco III de Siria (Magnesia, 190 a. C.) y, en fin, sobre Perseo de Macedonia (Pidna, 168 a. C.), sin que faltaran tampoco otras luchas en Hispania o en la frontera con la Galia. Todo ello va a suponer el despegue del imperialismo romano en Occidente, fuera de las fronteras de Italia, y la creación de zonas de seguridad en el Mediterráneo Oriental.

Plutarco ha utilizado al comienzo de su obra, esta vez sí, la caracterización física para iniciar el retrato del personaje de Catón, el hombre de cuerpo y espíritu «casi de hierro», según la descripción que de él hace Tito Livio. Así describe sus primeros años en los campos sabinos que heredó de su familia, trabajando con sus propias manos, con una túnica corta en invierno, desnudo en verano, comiendo el mismo pan y bebiendo el mismo vino que sus servidores. Su fuerte constitución, acrecentada con este modo de vida y que mantendrá hasta una muy dilatada ancianidad, pronto va a probarse en los combates, ya que muy pronto (él mismo dirá que tenía 17 años cuando consiguió su primera distinción militar) participará en la lucha contra Aníbal, formando en el ejército que bajo las órdenes de Fabio Máximo recuperará Tarento (año 209 a. C.). Italia, España y Grecia serán los escenarios en los que desarrollará una carrera militar brillante, aunque lejos de los grandes triunfos de sus coetáneos, entre los que se encontraban algunos de los generales más capaces del momento (Fabio Máximo, Paulo Emilio, los Escipiones, etc.)

La actividad oratoria, iniciada también por Catón en su juventud en procesos de poca importancia, le llevará a desarrollar una carrera política en Roma que culminará con el consulado y, poco después, con la censura, en la que su estricta y muchas veces cruel actitud hará que sea conocido con el sobrenombre de Censor que siempre le acompañará. No descuida Plutarco mencionar su obra literaria, de la que su principal referencia, además de breves alusiones al tratado De Agri Cultura , serán los dos capítulos que dedica (8 y 9) a recoger frases memorables de Catón, que proceden de sus Sentencias , muchas de ellas tomadas de los griegos, según nos indica el autor, que las llama con el nombre de Apophthegmata .

Destaca también Plutarco la feliz vida privada de Catón y su elección de una esposa más noble que rica; resulta conmovedor el interés que pone en la crianza de su primer hijo, sin faltar jamás a su baño, salvo que se lo impidera algún negocio público. E, igualmente, su cariñoso cuidado en su educación, escribiendo con grandes caracteres, para que el niño pudiera leer, una Historia que le permitiera conocer las tradiciones de Roma. También fue para su hijo instructor físico, enseñándole todos los ejercicios necesarios para su futura actividad militar y reduciendo, cuando se vio que el muchacho no tenía la misma fortaleza física del padre, la dureza de los entrenamientos.

Y junto a estas buenas cualidades, se mencionan, sin ambages, las negativas: envidioso de la rancia nobleza romana, como típico homo novus , perseguirá sin descanso a los Escipiones; pagado de sí mismo, no vacilará en autoalabarse constantemente; censor implacable, expulsará del senado a un hombre por haber besado a su esposa a pleno día y delante de su hija; avaricioso y mezquino, recomendará librarse de los esclavos y los animales viejos (lo que da ocasión a Plutarco a contrastar esta conducta contando la anécdota, probablemente falsa, del buen trato que dieron los atenienses a las mulas que llevaron los materiales para construir el Partenón) o empleará su dinero, a través de un testaferro, en el préstamo marítimo, considerado el más usurario de todos, o en la compraventa de esclavos; en su casa, ante su hijo recién casado, no tendrá empacho en mantener relaciones con una esclava descarada ni, más tarde, en contraer un matrimonio indigno de su dignidad y edad . Y la que debe haber parecido, sin duda, la peor a Plutarco: su desprecio y odio hacia la cultura griega y hacia uno de sus hombres más ilustres como Sócrates.

Con todo, Plutarco intentará templar estos juicios negativos (al fin y al cabo, está contando, en Roma, la vida de uno de sus grandes hombres). Para ello, a veces deja al juicio del lector si fue grandeza de espíritu o mezquindad, p. ej., el haber dejado en Hispania el caballo del que se sirvió durante toda su campaña allí, con el fin de ahorrar al Estado romano el coste de su transporte. Y, especialmente, utilizará el diálogo Sobre la vejez de Cicerón para presentar una imagen amable del anciano Catón que alaba al joven Escipión Emiliano y le pronostica grandes triunfos ¡con un verso de Homero!

Ha usado, pues, Plutarco, la obra mencionada como una de sus fuentes; otra ha sido, sin duda, Tito Livio, al que menciona y con el que presenta discrepancias, como se indica en las notas correspondientes. Lo mismo cabe decir de Polibio, del que también hace una cita, además de relatarnos la peripecia de los ancianos rehenes de la batalla de Pidna, uno de los cuales era, precisamente, el historiador griego. Se ha pensado que Plutarco ha utilizado también la biografía que de Catón hizo Cornelio Nepote, ya que las primeras líneas de las obras de ambos coinciden tan exactamente que las palabras de Plutarco parecen traducción de las de Nepote, aunque ambos pudieron usar una fuente común perdida para nosotros.

El esquema de la obra es el siguiente:

1) Orígenes de Catón y sus primeros años, 1.

2) Carácter del personaje; comienzo de su carrera militar y de su formación, 2.

3) Amistad con Valerio Flaco que lo llevará a Roma. Empieza la rivalidad con Escipión Africano, del que es cuestor en Sicilia, 3.

4) Rasgos de su carácter: sobriedad o mezquindad, 4-6.

5) Elocuencia de Catón, 7

6) Sentencias y frases memorables, 8-9.

7) Consulado de Catón. La campaña en España. Continúan sus diferencias con Escipión, 10-11.

8) Legado en el Danubio. Tribuno militar en Grecia. La campaña contra Antíoco, 12-14.

9) Actividad judicial: ataques contra Escipión y su hermano Lucio. Censura de Catón, 15-19.

10) Vida privada. Su primer matrimonio y su actividad como hombre de negocios, 20-21.

11) Su hostilidad hacia la cultura griega. Su segundo matrimonio, 22-24.

12) Últimos años. Su embajada a Cartago y su decisión de destruirla. Descendencia de Catón, 25-27.

III. COMPARACIÓN ARISTIDES - CATÓN

Plutarco va a hacer gala en este apartado de un gran equilibrio al enfrentar las cualidades y defectos de los dos hombres. De los seis capítulos dedicados a esta comparación, los tres primeros se dedicarán a destacar la superioridad de Catón, los tres últimos la de Aristides. Además de la actividad pública y militar que ambos desarrollaron, es su ascenso a la notoriedad pública desde unos orígenes humildes el rasgo más parecido de los dos.

Este ascenso fue más difícil para Catón, ya que hubo de sufrir la competencia de contrincantes de familias nobles, acostumbrados a mandar y, además, en Roma, una ciudad de ya considerable importancia, mientras que Aristides rivalizó con políticos de origen más modesto, y cuando Atenas estaba lejos aún de alcanzar su grandeza posterior. Aristides hubo de sufrir el ostracismo, pero Catón siempre resultó victorioso en las querellas judiciales a las que hubo de enfrentarse.

Superior también resultó Catón en sus hazañas militares, ya que fue el jefe supremo en la campaña de España. Y, en la de Grecia, aunque bajo las órdenes del cónsul Manio Acilio, fue su victoria sobre Antíoco en las Termópilas decisiva para el resultado final de la guerra, al abrir Asia para el triunfo posterior de Lucio Escipión. Aristides, en cambio, siempre fue segundo en el mando en Maratón, Salamina y Platea (lo que se contradice con lo que Plutarco afirmó antes sobre Aristides, a saber, que fue general autokrátor en Platea), debiendo competir, además de con otros, con quienes se llevaron la gloria de la victoria: Milcíades, Temístocles y Pausanias.

A continuación se examina el cuidado que mostraron ambos personajes por la economía; al principio se reprocha a Aristides su excesivo desprecio por el dinero al mantenerse en la más completa pobreza y transmitirla a sus hijos y nietos. Frente a eso Catón puso la misma atención en sus asuntos privados que en los públicos y logró una considerable fortuna, que fue la base para que varios de sus descendientes alcanzaran las primeras magistraturas en Roma.

Viene ahora el elogio de Aristides, que Plutarco inicia con habilidad. La pobreza es vergonzosa sólo cuando es producto de la indolencia, y un hombre de Estado no debe distraerse con la administración de sus negocios privados; es más, su desinterés incluso por lo necesario le eleva a un rango divino. Podría plantearse a Catón la pregunta de por qué se ufanaba de conformarse con poco al mismo tiempo que se dedicaba a acumular dinero.

En cuanto a la actuación militar de los dos: las hazañas de Catón, aunque importantes, nada añadieron al imperio de Roma; la actuación bélica de Aristides se produjo en las más brillantes victorias que jamás obtuvieron los griegos. No se puede comparar a Antíoco con Jerjes, ni las ciudades ibéricas conquistas por Catón con los miles de persas muertos en tierra y mar. El excesivo afán de Catón por alabarse contrasta totalmente con la ausencia de ambición de Aristides y con su modestia, dejando la primacía a Temístocles en Salamina, a pesar de su rivalidad. La enemistad de Catón con Escipión Africano, en cambio, casi echó a perder la campaña de África contra Aníbal.

Termina esta comparación con nuevos reproches a Catón por su segundo matrimonio, a una edad impropia y con la hija de un antiguo empleado y cliente suyo.

IV. NUESTRA TRADUCCIÓN

Para el texto hemos seguido la edición de R. Flacelière y E. Chambry, Plutarque. Vies V: Aristide - Caton l’Ancien, Philopoemen - Flamininus , Les Belles Lettres, París, 1969; esta cuidada edición, así como la de D. Sansone, Plutarch, The Lives of Aristeides and Cato , Aris & Phillips, Wiltshire, 1989, han sido la base para nuestras notas, reconociendo también la influencia de las eruditas y cuidadas Introducciones que para los dos tomos ya publicados en la B.C.G. de las Vidas de Plutarco ha realizado el prof. Aurelio Pérez Jiménez.

En cuanto a la traducción, no tiene la característica principal de las ediciones francesa ni inglesa (libre la primera, libérrima la segunda), sino que se ha procurado acercarla más al texto original. La traducción de A. Ranz Romanillos, útil todavía, aún con algunos errores, se ha seguido en la edición de Iberia, Barcelona, 1979.

En la Vida de Catón se han ajustado los términos griegos de instituciones a los correspondientes romanos (así «senado» por asamblea, «foro» por ágora, «lictor» por sirviente), así como los de cargos públicos o militares sin equivalencia en griego: cónsul, cuestor, tribuno militar, pretor, etc., aunque se ha respetado la forma griega de las divinidades: se mantiene, pues, Zeus, y no Júpiter, p. ej.

ARISTIDES

Aristides, hijo de Lisímaco, era de la tribu Antióquide, y [1 ] del demo de Alopece. Sobre su fortuna ha habido opiniones diferentes; una que vivió en extrema pobreza y que, tras su muerte, dejó dos hijas que estuvieron mucho tiempo sin casar por su indigencia. Oponiéndose a esta opinión, sostenida [2] por muchos, Demetrio de Falero 1 , en el Sócrates , afirma que conocía en Falero un terreno propiedad de Aristides, en el que éste fue enterrado, y que pruebas de la buena situación de su casa son, primero, que dirigió la magistratura de arconte epónimo, la cual ejerció tras ser designado por sorteo por medio de las habas entre las familias poseedoras de las mayores fortunas, a los que se llamaba pentacosiomédimnos 2 , y, segundo, su condena al ostracismo; porque a ningún pobre, sino a los de mayores casas y a los envidiados por el esplendor [3] de su familia se les imponía el ostracismo. En tercer y último lugar, que dejó en el santuario de Dioniso trípodes, exvotos de una victoria como corego 3 , los cuales incluso se exponían en nuestros días, y que conservaban esta inscripción: Antióquide vencía, Aristides era el corego, Arquéstrato instruía al coro .

[4] Esto último, aunque parezca el testimonio de más peso, es el más flojo. Pues también Epaminondas, que, como saben todos, se crió y vivió en la mayor pobreza, y Platón, el filósofo, aceptaron coreguías que no dejaban de comportar honores, habiendo actuado el primero como corego de un coro masculino de flautistas, el otro de uno infantil de danza, pero a Platón costeándoselo Dión de Siracusa, y a Epaminondas los [5] amigos de Pelópidas. Porque para los hombres de bien no existe una guerra sin declarar y sin tregua con los regalos de sus amigos, sino que, aunque consideran viles y abyectos los regalos destinados al ahorro y a la usura, no rechazan cuantos comportan una distinción desinteresada y un honor.

En lo referente al trípode, Panecio 4 demuestra que Demetrio [6] se equivocó por la homonimia: pues desde las Guerras Médicas hasta el final de la Guerra del Peloponeso solamente fueron inscritos como coregos vencedores dos Aristides, ninguno de los cuales era el hijo de Lisímaco, sino que uno tenía como padre a Jenófilo, y el otro era de época mucho más reciente, como lo prueban las letras, que son del tipo de escritura posterior a Euclides 5 , y el Arquéstrato nombrado a continuación en el escrito, al que nadie registra como maestro de coros durante las Guerras Médicas, pero sí muchos durante la del Peloponeso. Hay que investigar mejor esta opinión de Panecio.

Y en el ostracismo caía todo aquel considerado superior a [7] la mayoría por reputación, linaje, o fuerza oratoria: por eso precisamente Damón, el maestro de Pericles, fue condenado al ostracismo, porque parecía que era alguien extraordinariamente inteligente. Y que Aristides fue arconte, pero no designado [8] por el sorteo de las habas, sino por elección de los atenienses, lo afirma Idomeneo 6 . Y si ejerció como tal tras la batalla de Platea, según ha escrito el propio Demetrio, es muy verosímil que, tras una reputación tan grande y éxitos tan importantes, fuera considerado digno, por su virtud, de una magistratura que obtenían por su riqueza los que participaban [9] en el sorteo. Pero es evidente que Demetrio no ya a Aristides, sino incluso a Sócrates se esforzaba en arrancarlos de la pobreza, como del mayor mal; porque también afirma que éste tenía no sólo su casa, sino también setenta minas prestadas con interés por Critón 7 .

[2 ] Aristides fue compañero de Clístenes, el que estableció la constitución tras los tiranos, pero por imitar y admirar más de entre los políticos a Licurgo el lacedemonio 8 , tomó el partido aristocrático, y tuvo como antagonista, en el partido popular, [2] a Temístocles, hijo de Neocles. Algunos, por cierto, afirman que, siendo niños los dos y criándose juntos, desde el principio disentían en todo de palabra y obra, tanto en un asunto serio como en el juego, y que sus maneras de ser se descubrían ya desde aquella rivalidad, al ser una de ellas diestra, audaz y astuta, y que se lanzaba fácilmente con intensidad sobre todas las cosas, mientras que la otra, fundada en un firme carácter y fija en lo justo, no aceptaba en modo alguno la mentira, la bufonería y el engaño, ni siquiera en broma. [3] Aristón de Ceos 9 asegura que la enemistad entre ellos, [4] que llegó tan lejos, procedía de una disputa amorosa. Pues, enamorados ambos de Estesíleo, natural de Ceos, el más destacado con mucho de los jóvenes en aspecto y en figura corporal, no soportaron la pasión con medida, ni, incluso al terminar la belleza del muchacho, dejaron de lado su rivalidad, sino que como si se hubieran ejercitado en aquélla, se lanzaron a la política con ardor y manteniendo el desacuerdo. Temístocles, tras entrar en una sociedad política tuvo defensa y fuerza no desdeñables, [5] hasta el punto de que al que dijo que gobernaría bien a los atenienses si fuera igual e imparcial con todos, le contestó: «Nunca me sentaría yo en una silla de magistrado en la que mis amigos no obtuvieran de mí nada más que los extraños». Aristides, en cambio, avanzaba paso a paso por la política a su manera, [6] como por su propio camino; en primer lugar, porque no quería participar en injusticias con sus compañeros o resultar molesto por no hacerles un favor; luego, al ver que la fuerza que procede de los amigos anima a no pocos a ser injustos, se mantenía en guardia, al considerar que el buen ciudadano confía sólo en hacer y decir lo virtuoso y justo.

No obstante, al remover Temístocles muchas cosas con [3 ] audacia y oponerse y romper toda su política, Aristides también se veía forzado, bien para defenderse, bien para frustrar la fuerza de aquél que aumentaba con el favor de la mayoría, a oponerse, en contra de su opinión, a lo que hacía Temístocles, por considerar que dejar a un lado algo de lo que convenía al pueblo era mejor a que aquél se afirmase por dominar en todos los asuntos. Finalmente, una vez, al proponer [2] Temístocles algo necesario, tras oponerse y vencer, no se contuvo, sino que dijo, cuando salía de la asamblea, que no habría salvación para los asuntos atenienses a no ser que lanzaran al báratro 10 a Temístocles y a él mismo. Y, a su vez, [3] tras presentar por escrito al pueblo una propuesta, contra la cual había objeción y rivalidad, se impuso; pero cuando el proedro 11 estaba a punto de preguntar al pueblo, como se dio cuenta por los mismos discursos de que era inconveniente, [4] retiró el decreto. Muchas veces presentaba propuestas a través de otros, para que, por rivalidad hacia él, no fuera Temístocles obstáculo a lo que era conveniente.

Algo de él que parecía admirable, en medio de los cambios políticos, era su firmeza, no exaltándose por los honores y manteniéndose con serenidad y tranquilidad en los días difíciles; pensaba igualmente que del mismo modo debía ponerse a disposición de la patria y dedicarse a la política no ya por dinero, sino también por fama, gratuitamente y sin recompensa. [5] Por eso, según parece, cuando se recitaron en el teatro los yambos compuestos por Esquilo sobre Anfiarao

Pues no quiere parecer justo, sino serlo ,

obteniendo el fruto mediante su espíritu ,

del surco profundo de donde brotan las decisiones nobles 12 ,

todos volvieron los ojos hacia Aristides, como si a aquél conviniera más esa virtud.

[4 ] No sólo contra el afecto y el favor, sino contra la cólera y la enemistad era el más firme en oponerse en defensa de lo [2] justo. Se cuenta, por ejemplo, que una vez, persiguiendo judicialmente a un enemigo en el tribunal, tras la acusación, al no querer los jueces escuchar al acusado, sino a punto de pedir el voto contra él, saltó a suplicar por el acusado, para que fuera oído y obtuviese lo que era conforme a las leyes. Otra vez, juzgando a dos particulares, al decir uno de ellos que su adversario precisamente había molestado muchas veces a Aristides, dijo: «Buen hombre, mejor di si te ha hecho algún perjuicio; pues juzgo tu causa, no la mía». Elegido intendente [3] de los ingresos públicos, demostraba que no sólo sus colegas, sino también los magistrados anteriores a él habían sustraído mucho, especialmente Temístocles:

Hombre sabio, en efecto, pero no dueño de su mano . 13

Por eso Temístocles, tras reunir a muchos contra Aristides, [4 ] acusándole en la rendición de cuentas le puso en aprietos con una condena por robo, según afirma Idomeneo. Pero, indignados los primeros y mejores ciudadanos, no sólo fue librado de la multa, sino que fue designado de nuevo magistrado en el mismo puesto de la administración. Fingiendo [5] arrepentirse de sus actuaciones anteriores y mostrándose más blando, agradaba a los que robaban al Estado al no investigar ni examinar con rigor, de suerte que, colmados de dinero público, alababan exageradamente a Aristides y predisponían al pueblo en su favor, esforzándose en que fuera elegido magistrado de nuevo. Cuando estaban a punto de votar a mano alzada, [6] reprochó a los atenienses: «Cuando ejercí el cargo fiel y honestamente para con vosotros», dijo, «fui insultado con grosería; pero cuando dejo que se pierdan muchos de los fondos públicos para los ladrones, se me considera un ciudadano admirable. Por tanto, yo me avergüenzo con el honor [7] actual más que con la anterior condena, y me aflijo por vosotros que consideráis más normal que salvar el dinero público [8] el agradar a los malvados». Y, tras decir eso y probar los robos, redujo al silencio a los que antes gritaban en su favor y le alababan, pero obtuvo el aplauso sincero y justo de los mejores.

[5 ] Cuando Datis, enviado por Darío con el pretexto de imponer un castigo a los atenienses porque habían incendiado Sardes 14 , pero con la intención real de someter a los griegos, se dirigió a Maratón con toda la flota y saqueaba el país, de los diez estrategos nombrados por los atenienses para conducir la guerra tenía la mayor consideración Milcíades, pero el [2] segundo en fama y capacidad era Aristides 15 . Y entonces, habiéndose adherido a la opinión de Milcíades sobre el combate, tuvo no poca influencia; y como ejercía el mando cada estratego durante un día, cuando le llegó el cargo se lo entregó a Milcíades, enseñando a los colegas 16 que el obedecer y seguir a quienes tienen buen sentido no es vergonzoso, sino [3] digno y seguro. Y al apaciguar así la rivalidad e impulsarles a que aceptaran servirse de un único criterio, el mejor, dio fuerza a Milcíades, que resultó robustecido por la continuidad del mando. Pues cada uno, renunciando ya a mandar durante un día, obedecía a Milcíades.

[4] En la batalla sufrió extraordinariamente el centro de los atenienses, y allí, tras resistir los bárbaros muchísimo tiempo contra la tribu Leóntide y la Antióquide, combatieron con brillantez, formados uno junto al otro, Temístocles y Aristides; pues uno era de la tribu Leóntide y el otro de la Antióquide. Y cuando, después de poner en fuga a los bárbaros, [5] los empujaron hacia las naves y vieron que no navegaban hacia las islas, sino que eran forzados por el viento y el mar hacia el Ática, temiendo no fuera a ser que tomaran la ciudad desprovista de defensores, los atenienses se apresuraron hacia Atenas con nueve tribus y lo realizaron el mismo día 17 . Habiendo sido dejado en Maratón Aristides con su propia [6] tribu como guardián de los prisioneros y del botín de guerra, no desmintió su buena fama, pues aunque había con profusión plata y oro, vestiduras de toda clase y otras incontables riquezas existentes en las tiendas y en las naves capturadas, ni él tuvo el deseo de tocarlas ni lo permitió a nadie, aunque algunos, a escondidas suyas, se aprovecharon, entre ellos Calias, el portador de la antorcha 18 . Pues a éste, a lo que [7] parece, un bárbaro se le echó a los pies, creyendo que era un rey por su cabellera y su banda; y después de postrarse ante él y tomarle de la mano le mostró mucho oro enterrado en una fosa. Y Calias, comportándose como el más cruel e inicuo [8] de los hombres, cogió el oro y mató al hombre para que no lo revelara a otros. Por eso cuentan que también los de su familia son llamados «los ricos de la fosa» por los poetas cómicos, aludiendo burlonamente al lugar en el que Calias encontró el oro 19 .

[9] Y Aristides ejerció como arconte epónimo tras la batalla, aunque Demetrio Falereo sostiene que el hombre fue arconte poco antes de su muerte, después de la batalla de Platea. [10] Pero en los registros, tras Jantípides, en cuyo arcontado Mardonio fue vencido en Platea, no es posible encontrar entre muchísimos nombres a ningún Aristides homónimo, mientras que tras Fenipo, en cuyo arcontado ganaron la batalla de Maratón, está inscrito inmediatamente Aristides como arconte.

[6 ] De todas las virtudes de Aristides la justicia atraía más la atención de la mayoría por ser su uso más perdurable y general. [2] Por eso, siendo un hombre pobre y plebeyo adquirió el título más regio y divino de Justo; lo que ningún rey ni tirano envidió, sino que se complacían en ser denominados Poliorcetes, Ceraunos y Nicátores, y algunos Águilas y Halcones, prefiriendo, según parece, la reputación de la violencia y la [3] fuerza más que la de la virtud 20 . Y en verdad la divinidad, a la que ellos desean vivamente asociarse y asemejarse, parece que se distingue por tres cosas, incorruptibilidad, fuerza y virtud, de las que es la virtud la más venerable y divina. Porque en lo incorruptible hay coincidencia con el vacío y los elementos 21 , y enorme fuerza tienen los terremotos, los rayos y los golpes de vientos y oleajes, pero nada participa de la justicia y la ley, salvo lo que es divino por pensar y reflexionar. Por eso también, siendo tres las cosas que la mayoría [4] siente respecto a la divinidad —envidia, miedo y veneración—, parece que (a los dioses) se les envidia y se les considera felices por lo incorruptible y eterno, y se les teme y respeta por la autoridad y poder, pero se les ama, venera y adora por la justicia. Sin embargo, aun en esta situación, desean [5] la inmortalidad, que no acepta nuestra naturaleza, y la fuerza, que la mayoría de las veces reside en el azar, mientras que a la virtud, el único bien divino que hay en nosotros, la sitúan en último lugar, insensatamente, porque la justicia hace divina la vida en el poder, en la mayor fortuna y en el mando, pero la injusticia la hace bestial.

A Aristides, en efecto, le ocurrió que, amado al principio [7] por su sobrenombre, más tarde fue objeto de envidia, sobre todo al divulgar Temístocles entre el pueblo el rumor de que Aristides estaba haciendo desaparecer los tribunales al juzgar y sentenciar todo, y preparaba en secreto para él mismo una monarquía sin guardia personal. Y ya quizá el pueblo, engreído por la victoria y teniéndose por merecedor para sí mismo de lo más importante, se disgustó con quienes tenían nombre y reputación por encima de la mayoría. Y tras reunirse llegando [2] desde todas partes a la ciudad, votaron el ostracismo para Aristides, poniendo a la envidia de su reputación el nombre de miedo a la tiranía 22 .

Porque la condena al ostracismo no era castigo de una mala acción, sino que se le llamaba por conveniencia humillación y represión del orgullo y del poder más opresivo, pero era realmente un alivio humanitario de la envidia, no dirigido a causar un mal irremediable, sino a convertir la malevolencia [3] tendente a dañar a su víctima en un exilio de diez años. Pero cuando empezaron algunos a someter a este sistema a hombres de baja índole y malvados, tras condenar el último de todos a Hipérbolo 23 , dejaron de utilizarlo. Y se cuenta que Hipérbolo fue condenado al ostracismo por el motivo siguiente. Alcibíades y Nicias, que tenían el mayor [4] poder en la ciudad, estaban enfrentados. Como el pueblo estaba a punto de votar el ostracismo y estaba claro que escribiría el nombre de uno de los dos, tras charlar entre ellos y reunir al unísono las facciones de ambos, procuraron que Hipérbolo fuera condenado al ostracismo. Y a partir de eso el pueblo, como el procedimiento había sido ultrajado e insultado, lo abandonó completamente y lo abolió.

[5] Así era, para decirlo de manera general, lo que pasaba. Cada uno, después de coger un óstrakon 24 y escribir el nombre del ciudadano al que quería desterrar, lo llevaba a un lugar [6] del ágora rodeado con una barrera de vallas en círculo. En primer lugar los magistrados contaban el número total de óstraka que había allí; porque si los que los llevaban eran menos de seis mil, la condena al ostracismo quedaba sin efecto. A continuación, tras colocar por separado cada uno de los nombres, al que había sido escrito por la mayoría lo desterraban mediante proclamación de heraldo durante diez años, conservando el disfrute de sus bienes.

En el momento en el que se estaban escribiendo los óstraka [7] se cuenta que un analfabeto y totalmente rústico, tras entregar su óstrakon a Aristides, que era uno de los que estaban por allí, le pidió que escribiera el nombre de Aristides. Al asombrarse éste y preguntar si Aristides le había causado algún daño, «En absoluto», respondió, «ni conozco a ese hombre, pero me molesta oírle llamar por todas partes el Justo». [8] Y que habiendo oído esto Aristides nada respondió, sino que escribió su nombre en el óstrakon y se lo devolvió. Al abandonar la ciudad, elevó las manos al cielo e hizo un ruego, según parece, contrario al de Aquiles 25 , que ninguna situación les sobreviniera a los atenienses que obligara al pueblo a acordarse de Aristides.

Y durante el tercer año 26 , cuando Jerjes avanzaba a través [8 ] de Beocia y Tesalia contra Atenas, tras abolir la ley, votaron el regreso de los desterrados, sobre todo por miedo de que Aristides, asociado con los enemigos, corrompiese e hiciera pasar al bando de los bárbaros a muchos ciudadanos; no juzgaban con acierto al hombre que, antes incluso de ese decreto, se pasaba la vida exhortando y animando a los griegos a la libertad, y que, tras ese decreto, cuando Temístocles era general con plenos poderes 27 , en todo cooperaba y aconsejaba, haciendo, por la salvación común, famosísimo a su mayor adversario. [2] Porque como, al decidir Euribíades 28 abandonar Salamina, las trirremes bárbaras, conducidas durante la noche y rodeando el estrecho en círculo, ocuparon las islas antes de que nadie lo previese, llegó Aristides desde Egina, navegando audazmente a través de las embarcaciones enemigas. [3] Y, habiendo entrado de noche en la tienda de Temístocles y llamándolo a él solo aparte, dijo: «Nosotros, Temístocles, si actuamos con sensatez, tras abandonar ya nuestra inútil e infantil disputa, hemos de empezar, compitiendo entre nosotros en una rivalidad liberadora y hermosa, a salvar a Grecia, tú como jefe y general, yo ayudando y aconsejando, porque también ahora sé que tú eres el único que adoptas las mejores decisiones al ordenar emprender con [4] la mayor rapidez una batalla naval en los estrechos. Y cuando los aliados obran en tu contra, parece que los enemigos colaboran contigo; porque en círculo y por detrás ya el mar está lleno por completo de naves enemigas, de forma que a los que no quieren la necesidad les ha obligado a ser hombres [5] valerosos y a combatir. Pues no ha quedado camino para la huida». A esas razones respondió Temístocles: «No querría, Aristides, que en eso tú resultaras mejor que yo, e intentaré, esforzándome en la hermosa iniciativa, aventajarte con los hechos». Y, al mismo tiempo, tras contarle el engaño preparado por él contra el bárbaro, le pidió que convenciera a Euribíades y le demostrara que era imposible salvarse sin entablar un combate naval; porque tenía más crédito que él mismo. [6] De ahí que, en la reunión de generales, al decir Cleócrito, el corintio 29 , a Temístocles, que ni a Aristides le parecía bien su plan, porque, aun estando presente, callaba, respondió Aristides que no habría callado si no hubiera dicho Temístocles lo mejor; y que ahora estaba en silencio no por simpatía hacia el hombre, sino porque aprobaba su plan.

Esto hacían los almirantes de los griegos. Y Aristides, al [9 ] ver que Psitalía, una isla no muy grande que se encuentra en el camino delante de Salamina, estaba llena de enemigos, embarcó en navíos auxiliares a los ciudadanos más valientes y belicosos, desembarcó en Psitalía y tras trabar combate con los bárbaros los mató a todos, excepto a los grandes personajes que fueron capturados vivos. Entre ellos había tres hijos [2] de la hermana del rey, de nombre Sandaque, a los que de inmediato envió a Temístocles. Y se cuenta que, según cierto vaticinio, por orden del adivino Eufrántides, fueron sacrificados a Dioniso Omestés antes de la batalla. Y Aristides, habiendo [3] rodeado la islita por todas partes con hoplitas, vigilaba a los que eran arrastrados a ella por las olas, para que no pereciese ningún amigo ni escapara enemigo alguno. Pues [4] la mayor acometida de las naves y lo más duro de la batalla, según parece, se produjo alrededor de aquel lugar. Por eso fue erigido también un trofeo en Psitalía.

Tras la batalla Temístocles, por probar a Aristides, decía [5] que era hermosa la empresa ejecutada por ellos, pero que quedaba lo mejor, el apoderarse de Asia en Europa, navegando muy rápidamente hacia el Helesponto y cortando el puente de barcas. Pero cuando Aristides a voces le aconsejaba [6] dejar a un lado el plan, y examinar y buscar el modo de expulsar de la manera más rápida posible al medo de Grecia, no fuera a ser que encerrado por la imposibilidad de huida con tan enorme fuerza se aplicase a la defensa por necesidad, entonces Temístocles envía en secreto, de nuevo, al eunuco Árnaces, uno de los prisioneros, ordenándole decir al rey que, disponiéndose los griegos a navegar contra los puentes, él lo evitaría, con la intención de salvar al rey 30 .

[10 ] Muy espantado por esto Jerjes se dirigía rápidamente hacia el Helesponto, pero quedaba tras él Mardonio, con los mejores combatientes del ejército, en torno a trescientos mil, y era temible por la firme esperanza en su infantería, amenazando a los griegos y escribiendo así: «Habéis vencido con marinas maderas a hombres de tierra firme que no sabían empuñar el remo; ahora, en cambio, la ancha tierra de Tesalia y la hermosa llanura beocia se prestan para la lucha con buenos [2] jinetes y hoplitas». Y a los atenienses envió aparte cartas y promesas de parte del rey 31 , ofreciendo reedificar su ciudad, dar mucho dinero y establecerlos como señores de los griegos, si quedaban fuera de la guerra.

[3] Tras enterarse de esto los lacedemonios, temerosos, enviaron a Atenas embajadores a pedir que enviaran a Esparta a los niños y a las mujeres, ya que a los ancianos les conseguirían alimentos por su parte; porque era dura la necesidad en el pueblo, al haber perdido tierra y ciudad. Habiendo oído [4] a los embajadores, tras proponer Aristides un decreto, dieron una respuesta admirable, afirmando que perdonaban a los enemigos si creían que todo podía comprarse con riqueza y dinero, pues nada conocían mejor que eso, pero que estaban irritados contra los lacedemonios porque sólo veían la actual pobreza y necesidad de los atenienses, pero se olvidaban de su valor y pundonor cuando pedían que combatieran por alimentos a favor de Grecia. Tras proponer ese decreto [5] Aristides e introducir a los embajadores en la asamblea, mandó que advirtieran a los lacedemonios de que no había suficiente oro ni sobre la tierra ni bajo la tierra que los atenienses pudieran aceptar a cambio de la libertad de los griegos. Y, en [6] cuanto a los de Mardonio, mostrándoles el sol, les dijo: «Mientras ese recorra ese camino, los atenienses combatirán a los persas por la tierra devastada y los templos profanados y quemados». Y además decretó que los sacerdotes pronunciaran maldiciones, si alguno entablaba negociaciones de paz con los medos o abandonaba la alianza de los griegos.

Al invadir Mardonio por segunda vez el Ática, de nuevo [7] hicieron la travesía a Salamina. Y Aristides, enviado a Lacedemonia, les echó en cara su negligencia e indiferencia al abandonar otra vez Atenas a los bárbaros, y les pidió que ayudaran a lo que aún estaba a salvo de Grecia. Tras oír esto, [8] parecía que los éforos por el día se divertían y mantenían su despreocupación celebrando una fiesta; pues eran las Jacintias 32 . Pero, por la noche, después de elegir cinco mil espartiatas, cada uno de los cuales llevaba con él siete hilotas, [9] los enviaron sin que lo supieran los atenienses. Y cuando, de nuevo llegó Aristides a hacerles reproches, ellos, con burla, dijeron que él desvariaba y estaba dormido, porque ya el ejército estaba en Oresteo avanzando contra los extranjeros (pues extranjeros llamaban a los persas), y Aristides dijo que no era el momento de que ellos se burlaran, engañando a los amigos en lugar de a los enemigos. Eso es lo que dice [10] Idomeneo. Pero en el decreto de Aristides no aparece él como embajador, sino Cimón, Jantipo y Mirónides.

[11 ] Elegido por votación general con plenos poderes 33 para la batalla y llevando ocho mil hoplitas atenienses, llegó a [2] Platea. Y allí también Pausanias, que mandaba todo el ejército griego, se unió con los espartiatas, y afluía un gran número de los demás griegos. La totalidad del campamento de los bárbaros, que se extendía a lo largo del río Asopo, no parecía tener límite por su amplitud, pero pusieron un muro alrededor de los bagajes y de sus posesiones más preciadas, cada [3] uno de cuyos lados tenía una extensión de diez estadios 34 . Ciertamente Tisámeno el eleo 35 hizo un vaticinio a Pausanias y a los griegos en conjunto y predijo la victoria si estaban a la defensiva y no atacaban los primeros. A Aristides, que había enviado mensajeros a Delfos, le respondió el dios que los atenienses serían superiores a los adversarios si suplicaban a Zeus, a Hera Citeronia, a Pan y a las ninfas Esfragítides 36 , y hacían sacrificios a los héroes Andrócrates, Leucón, Pisandro, Damócrates, Hipsión, Acteón, Poliído 37 , y si hacían la batalla en su propia tierra, en la llanura de Deméter Eleusinia y de Core. Referido este oráculo, causó perplejidad [4] a Aristides. Porque los héroes a los que ordenaba hacer sacrificios eran fundadores de Platea, y la cueva de las ninfas Esfragítides estaba en una cima del Citerón, orientada hacia la puesta del sol en verano, en la cual también había un oráculo antes, según dicen; y muchos de los del lugar estaban poseídos, a los que llamaban ninfoleptos 38 . Pero en cuanto a [5] la llanura de Deméter Eleusinia y a que se daría la victoria a los atenienses si afrontaban la batalla en su propia tierra, de nuevo emplazaba y trasladaba la guerra al Ática. Entonces Arimnesto 39 , general de los platenses, imaginó en sueños que él, interrogado por Zeus Soter sobre lo que los griegos habían decidido hacer, dijo, «Mañana conduciremos al ejército hacia Eleusis, señor, y pelearemos con energía contra los bárbaros allí, de acuerdo con la predicción pitia». El dios dijo [6] que estaban equivocados por completo; pues tenían lugar allí mismo, en el territorio de Platea, las predicciones pitias y buscando lo descubrirían. Habiéndole parecido esto evidente a Arimnesto, cuando despertó hizo venir a los más expertos y mayores de sus conciudadanos, con los cuales, al dialogar y compartir dudas, descubrió que cerca de Hisias, bajo el Citerón, hay un templo muy antiguo llamado de Deméter Eleusinia y de Core. Por tanto, de inmediato, llevando con él [7] a Aristides lo guió al lugar, que era muy apropiado para colocar en orden de batalla la infantería frente a una caballería superior, porque la pendiente al pie del Citerón hacía impracticables para la caballería los extremos de la llanura contiguos [8] al templo. Allí también se hallaba cerca el recinto del héroe Andrócrates, rodeado por un bosque sagrado de árboles compactos y umbrosos. Para que en nada quedara incompleto el oráculo de la esperanza en la victoria, los platenses decidieron, tras manifestar su opinión Arimnesto, eliminar las lindes de Platea junto al Ática y dar el territorio a los atenienses, para que pelearan por Grecia en su propia tierra, de acuerdo con el oráculo.

[9] Sucedió que esta generosidad de los plateenses llegó a ser tan famosa que, siendo ya Alejandro rey de Asia muchos años después, al levantar las murallas de Platea, proclamó mediante un heraldo en las Olimpiadas que el rey concedía esto a los platenses por su valor y grandeza de alma, porque entregaron su tierra a los griegos en la guerra médica y se mostraron como los más animosos 40 .

[12 ] Los de Tegea creían justo disputar con los atenienses sobre su lugar en la formación; como tenían siempre los lacedemonios el ala derecha, pedían tener ellos la izquierda, ensalzando mucho a sus antepasados 41 . Al enfadarse los atenienses, Aristides, tras adelantarse, dijo: «El momento presente [2] no permite discutir con los tegeatas sobre nobleza de nacimiento y bravura, pero a vosotros, espartiatas, y a los demás griegos decimos que el valor no lo suprime ni lo añade el lugar; en el puesto que vosotros nos deis, intentaremos, organizándolo y defendiéndolo, no deshonrar los combates antes entablados. Venimos, en efecto, no para discutir con los [3] aliados, sino para pelear con los enemigos; no para elogiar a los padres, sino para ofrecernos a nosotros mismos como hombres buenos para Grecia. Así este combate demostrará de cuánto es digna para los griegos la ciudad, el jefe, el soldado». [4] Tras oír esto, los miembros del consejo y los generales comprendieron a los atenienses y les dieron la otra ala.

Estando Grecia en vilo y especialmente en peligro las cosas [13 ] para los atenienses, hombres de familias ilustres y de grandes fortunas, reducidos a pobres por culpa de la guerra y que veían, junto con su dinero, arruinada su influencia en la ciudad y su prestigio, mientras que otros eran honrados y tenían el poder, se reunieron en secreto en una casa de Platea y conspiraron para derribar el estado democrático. Y para, si no se obtenía éxito, perjudicar al gobierno y entregarlo traidoramente a los bárbaros. Como esto ya se había tramado en el [2] campamento y ya muchos estaban corrompidos, al enterarse Aristides y temer la circunstancia actual, decidió no dejar el asunto descuidado ni descubrirlo por completo, porque ignoraba a qué número de personas ascendería la investigación, si buscaba el objetivo de lo justo en lugar de lo conveniente. Y [3] arrestó a ocho de entre muchos; y de ésos, dos a los que el juicio proclamó los primeros, quienes también tenían la mayor responsabilidad, Esquines el lamptreo y Agesias el acarneo, se fueron fugándose del campamento, y a los demás los puso en libertad, permitiendo confiar y cambiar de opinión a los que se creían aún a cubierto, tras sugerir que tenían como el mayor tribunal la guerra, en el caso de que quisieran refutar las acusaciones con sinceridad y justicia para con la patria 42 .

[14 ] Tras esto Mardonio, con lo que le parecía que tenía mayor ventaja, hizo una tentativa contra los griegos, lanzando la caballería de una vez contra los que estaban situados a los pies del Citerón, en lugares fortificados y rocosos, excepto los megarenses. [2] Éstos, en número de tres mil, estaban situados más cerca de las partes llanas. Por eso también lo pasaban mal por la caballería que acometía contra ellos y les atacaba por todas [3] partes. En consecuencia enviaron a toda prisa un mensajero a Pausanias solicitando que les ayudara, porque no podían resistir por sí mismos a la multitud de los bárbaros. Al oír esto [4] Pausanias, que también ya estaba viendo cubierta por una gran cantidad de dardos y flechas la posición de los megarenses y a ellos reducidos a un espacio mínimo, se encontraba él imposibilitado de rechazar a los jinetes con la pesada infantería hoplítica de los espartiatas, y entonces propuso a los demás generales y capitanes de los griegos que se hallaban a su alrededor una emulación de valor y generosidad, si es que algunos aceptaban voluntariamente combatir en primera línea y [5] ayudar a los megarenses. Mientras los otros vacilaban, Aristides, tras aceptar la empresa en nombre de los atenienses 43 , despachó al más animoso de los capitanes, a Olimpiodoro, con los trescientos elegidos que formaban a sus órdenes y con arqueros entremezclados con ellos.

Una vez preparados rápidamente y lanzados a la carrera, Masistio, comandante de la caballería de los bárbaros, hombre asombroso en fuerza y tamaño, así como también notable por su apostura física, tan pronto como los vio, tras hacer volver grupas a su caballo, se lanzó contra ellos. Y como ellos aguantaban [6] y atacaban, se produjo un combate duro, como si comprendieran que en él intentaban todo. Pero cuando, herido por una flecha, el caballo dejó caer a Masistio, y él cayó, por el peso de sus armas, estaba imposibilitado para levantarse; aún así resultaba difícil de herir para los atenienses que le hostigaban y golpeaban, al estar acorazado no sólo su pecho y cabeza, sino también sus miembros con oro, bronce y hierro. A éste uno, golpeando con la contera de la lanza en la parte en la que el casco descubría el ojo, lo mató, y los demás persas huyeron abandonando al muerto. Los griegos se dieron cuenta de la [7] magnitud del éxito no por el número de muertos, pues eran pocos los que cayeron, sino por el duelo de los bárbaros. Porque ellos se afeitaron el pelo en honor de Masistio y afeitaron a los [8] caballos y mulas, llenaron la llanura de lamento y llanto, porque habían perdido al primer hombre con mucho en valor e importancia, al menos tras Mardonio.

Y tras la batalla ecuestre los dos bandos se abstuvieron [15 ] del combate durante mucho tiempo. Porque los adivinos, a partir de las entrañas de las víctimas, predijeron de manera similar, tanto a los persas como a los griegos, la victoria en caso de que se mantuvieran a la defensiva, pero si atacaban, la derrota. Luego Mardonio, como sólo tenía víveres para poeos [2] días, mientras que los griegos aumentaban en número siempre al afluir otros, sin poder contenerse, decidió no aguantar más, sino, tras atravesar el Esopo en el momento del amanecer, atacar a los griegos de improviso. Y dio por la tarde [3] la orden a los generales. Pero, precisamente a mitad de la noche, se acercó en silencio al campamento de los griegos un hombre a caballo; interceptado por los guardias, pidió que le llevaran junto a Aristides el ateniense. Atendido de inmediato, dijo: «Soy Alejandro, el rey de los macedonios, y vengo tomando sobre mí los mayores peligros, por simpatía hacia [4] vosotros, para que lo imprevisto no os afecte y os haga combatir peor. Pues Mardonio luchará mañana contra vosotros, no por buena confianza ni valor, sino por escasez de provisiones, aunque los adivinos ante los funestos sacrificios y respuestas de los oráculos le prohíben la batalla, y al ejército lo posee un enorme desánimo y consternación. Pero por necesidad se arriesga a probar la fortuna en vez de soportar la extrema [5] dificultad permaneciendo inactivo» 44 . Tras avisar esto, Alejandro pidió a Aristides que pensara en ello y lo recordara, pero que no lo dijera a nadie. Y éste contestó que no estaría bien ocultárselo a Pausanias, pues a aquél correspondía la jefatura, pero que para los demás quedaría en secreto antes de la batalla, y que, si Grecia vencía, nadie ignoraría la buena voluntad [6] y el valor de Alejandro. Dicho esto, el rey de los macedonios partió de nuevo, y Aristides, habiéndose acercado a la tienda de Pausanias, expuso en detalle la conversación. Ε hicieron venir a los demás generales y les ordenaron tener en orden al ejército, como para una inminente batalla.

En eso, según relata Heródoto, Pausanias envía un mensaje [16 ] a Aristides pidiéndole que, trasladando a los atenienses al ala derecha, los coloque frente a los persas, pues lucharían mejor al ser expertos en el combate y animosos por haber vencido con anterioridad, y para él mismo se concede el ala izquierda, en donde iban a atacar los griegos que estaban de parte de los medos. Por cierto que los demás generales atenienses [2] consideraban terco e insoportable a Pausanias, porque mientras mantenía a la restante formación en su sitio, sólo a ellos los cambiaba arriba y abajo, como a hilotas, dirigiéndolos contra la parte más belicosa. Pero Aristides les decía [3] que se equivocaban por completo, si muy recientemente rivalizaban con los tegeatas por el ala izquierda y se vanagloriaban al haber sido preferidos, y ahora, en cambio, al cederles los lacedemonios voluntariamente el ala derecha y permitirles de alguna manera el mando, ni amaran la gloria ni consideraran ganancia el no tener que combatir con individuos de la misma raza y parientes, sino con los bárbaros, enemigos por naturaleza 45 . A partir de esto los atenienses [4] cambiaban muy animosamente el puesto con los espartiatas; y un discurso corría entre ellos transmitiéndose de boca en boca, a saber, que «ni los enemigos avanzan con mejores armas ni espíritus mejores a los de Maratón, sino que son iguales los arcos, iguales los adornos del vestido, y el oro sobre cuerpos blandos y almas cobardes. Nosotros, en cambio, tenemos [5] las mismas armas y cuerpos, y mayor valor por las victorias, y el combate no es sólo por la tierra y la ciudad, como para aquéllos, sino por los trofeos de Maratón y Salamina, para que no parezca que aquéllos son de Milcíades o de la suerte, sino de los atenienses». Por tanto, ellos estaban [6] presurosos en el cambio de posiciones; pero, al enterarse los tebanos por medio de desertores 46 , se lo cuentan a Mardonio. Y aquél rápidamente, bien por temor a los atenienses, bien por aspirar al honor de chocar contra los lacedemonios, llevó a los persas al ala derecha, y ordenó a los [7] griegos que estaban con él situarse contra los atenienses. Al producirse el cambio de posición de manera evidente, Pausanias, desviándose de nuevo, ocupó el ala derecha, y Mardonio, como estaba desde el principio, recobró la izquierda, quedando frente a los lacedemonios, y el día acabó [8] sin actividad. Y deliberando los griegos les pareció bien mover el campamento más hacia adelante y ocupar un lugar abundante en agua, porque los manantiales habían sido enturbiados y destruidos por los bárbaros que tenían superioridad en la caballería 47 .

[17 ] Al caer la noche y conducirlas los generales hacia el campamento señalado, las tropas no estaban muy bien dispuestas a seguir y a mantenerse compactas, sino que, según se trasladaron desde sus primeras defensas, la mayoría se lanzó hacia la ciudad de los platenses y allí se produjo una confusión al dispersarse y acampar sin orden. Y a los lacedemonios les ocurría que, sin querer, quedaban atrás de los demás. Pues [2] Amonfáreto 48 , hombre animoso y temerario, que estaba lleno de deseo hacia el combate desde hacía mucho tiempo y soportaba mal los numerosos aplazamientos y dilaciones, entonces, después de aplicar sin dudar el nombre de fuga y deserción al cambio de posiciones, dijo que no abandonaría su puesto de batalla, sino que, quedándose allí mismo con los soldados de su compañía, resistiría a Mardonio. Y como [3] Pausanias, llegándose a él, decía que esto que se hacía estaba votado y resuelto por los griegos, Amonfáreto, tras levantar con las dos manos una gran piedra y arrojarla delante de los pies de Pausanias, dijo que él ponía ésta como su voto respecto a la batalla y que mandaba a paseo las cobardes decisiones y resoluciones de los demás. Apurado Pausanias por [4] la situación, envió a llamar a los atenienses, que ya se alejaban, para que le esperaran, deseando marchar con ellos a la vez, y él guiaba la restante fuerza hacia Platea, con la idea de hacer que Amonfáreto se moviera.

En esto le cogía el día y Mardonio (pues no le pasó desapercibido [5] que los griegos habían abandonado el campamento) con su fuerza dispuesta en orden de batalla se lanzaba contra los lacedemonios, con mucho griterío y estruendo de los bárbaros, no con la intención de entablar combate, sino de tomar por asalto a los griegos que huían. Lo que poco faltó [6] para que ocurriera. Pues, cuando vio Pausanias lo que sucedía, retuvo la marcha y ordenó que cada uno tomara su puesto para el combate, pero se le olvidó, bien por el enfado con Amonfáreto, bien confundido por la rapidez de los enemigos, dar la señal a los griegos. Por eso acudían en ayuda no con [7] rapidez ni compactos, sino en grupos y separadamente. Y como al hacer un sacrificio no obtuviera auspicios favorables, ordenó a los lacedemonios que, tras colocar los escudos ante los pies, se quedaran quietos sin moverse y que pusieran en él su atención sin rechazar a enemigo alguno, mientras que él, de nuevo, sacrificaba. Y los jinetes atacaban; y ya también [8] llegaba un dardo, y algún espartiata había sido alcanzado. Pero en ese momento Calícrates, del que dicen que era en aspecto el más hermoso de los griegos y el de mayor talla corporal en aquel ejército, alcanzado por una flecha y moribundo, decía que no lamentaba la muerte, porque había venido de su casa para morir por Grecia, sino porque moría sin haber [9] utilizado su mano 49 . Era, pues, terrible la situación, pero admirable la contención de los hombres. Porque no rechazaban a los enemigos atacantes, sino que, esperando la ocasión de parte de la divinidad y del general, aguantaban mientras estaban siendo alcanzados y caían en sus puestos.

[10] Algunos afirman 50 que a Pausanias, mientras sacrificaba un poco fuera de la línea de batalla y hacía preces, algunos lidios, tras caer contra él de improviso, le quitaban y tiraban los útiles del sacrificio, y que Pausanias y los que estaban con él, al no tener armas, les golpeaban con bastones y látigos. Por eso incluso ahora, como recuerdo de aquella irrupción, se celebran en Esparta las flagelaciones de los efebos en torno al altar, y, tras eso, la procesión de los lidios.

[18 ] Desgarrado, pues, Pausanias por las circunstancias presentes, mientras abatía el adivino víctimas una tras otra, se dirigió con la vista lloroso hacia el templo de Hera y, alzando las manos, suplicó a Hera Citeronia y a los demás dioses que protegen la tierra de Platea que, si no estaba determinado por el destino que los griegos vencieran, al menos, sufrir tras haber hecho algo y demostrar con obras a los enemigos que marcharon contra hombres valerosos y ansiosos de luchar. [2] Mientras Pausanias hacía esas invocaciones a los dioses, simultáneamente con las súplicas, las víctimas se mostraron favorables, y el adivino anunció la victoria. Y dada a todos la consigna de formar contra los enemigos, la falange tuvo de pronto el aspecto de un animal fiero dispuesto al ataque y erizado, y a los bárbaros les infundió el pensamiento de que tendrían que combatir con hombres que lucharían hasta la muerte. Por ello también, después de poner delante muchos [3] de sus escudos de mimbre, lanzaban flechas contra los lacedemonios. Pero éstos, al tiempo que guardaban su formación con los escudos apretados, se adelantaban y, al atacar, rechazaban los escudos de mimbre, golpeando con las lanzas los rostros y pechos de los persas, derribaban a muchos, que caían no inútilmente ni sin valor. Porque, cogiendo las lanzas con [4] las manos desnudas, rompían muchísimas y corrían hacia las espadas desenvainadas no sin diligencia, sino que, utilizando los puñales y los sables cortos y apartando los escudos y viniendo a las manos, resistían mucho tiempo.

Los atenienses, entretanto, permanecían sin moverse esperando [5] a los lacedemonios, pero cuando se esparcía el enorme griterío de los combatientes y se presentaba, según dicen, un mensajero de parte de Pausanias contando lo que estaba ocurriendo, se pusieron en marcha a toda prisa para ayudar. Y al avanzar a través de la llanura hacia el tumulto se les echaron encima [6] los griegos que estaban de parte de los medos. Tan pronto como los vio Aristides, habiéndose adelantado mucho, gritaba, poniendo por testigos a los dioses griegos, que se apartaran del combate y no fuesen un obstáculo para ellos ni estorbaran a los que ayudaban a quienes corrían peligro en favor de Grecia; pero cuando vio que no le hacían caso y se disponían en orden de batalla para el combate, entonces, tras desistir de la ayuda allí, se lanzó contra ellos, que eran unos cincuenta mil 51 . [7] Pero la mayor parte cedió y se retiró, por haber escapado también los bárbaros, y se dice que el combate más encarnizado fue contra los tebanos, al estar entonces entre ellos los principales y más influyentes ardentísimos partidarios de los medos, y conducían a la masa no de buen grado, sino por estar gobernada por una oligarquía 52 .

[19 ] Trabado de esta forma el combate en dos puntos, primero los lacedemonios rechazaron a los persas. Y un espartiata llamado Arimnesto mató a Mardonio tras pegarle en la cabeza con una piedra 53 , como le había profetizado el oráculo [2] de Anfiarao. Pues Mardonio envió a un lidio allí, y a otro cario a Ptoo. Y a éste el profeta le hizo la predicción en lengua caria, pero el lidio, al quedarse dormido en el santuario de Anfiarao, creyó que un sirviente del dios se acercaba y le ordenaba marcharse, y que, al no querer, le arrojó una gran piedra a la cabeza, de suerte que al hombre le pareció que moría golpeado. Y se dice que eso pasó así. En cuanto a los fugitivos, [3] los encerraron en sus fortificaciones de madera. Un poco después los atenienses pusieron en fuga a los tebanos, tras matar en el mismo combate a trescientos, los más distinguidos y principales. Una vez producida la victoria les llegó un mensajero para que sitiaran al ejército bárbaro encerrado en [4] sus fortificaciones. Así, tras dejar que los griegos se salvaran, corrieron a ayudar ante los parapetos. Y apareciendo de pronto junto a los lacedemonios, que eran totalmente impotentes e inexpertos para el asalto a una fortificación 54 , tomaron el campamento con una enorme mortandad de bárbaros. Pues se dice que de los trescientos mil escaparon cuarenta mil con [5] Artabazo, mientras que de los que combatieron por Grecia cayeron en total unos mil trescientos sesenta 55 . De ellos eran [6] atenienses cincuenta y dos, todos de la tribu Ayántide, según dice Clidemo 56 , que combatió muy bien; por eso los ayántides hacían a las ninfas Esfragítides el sacrificio prescrito por la Pitia en honor a la victoria, costeando el gasto del tesoro público. Y los lacedemonios más de noventa, y los tegeatas dieciséis. Por cierto, es sorprendente lo de Heródoto, cómo [7] sostiene que sólo éstos llegaron a las manos contra los enemigos, y ninguno de los demás griegos. Porque el número de caídos y los monumentos atestiguan que el éxito fue una empresa común. Y no habrían grabado el altar de la siguiente manera, si sólo tres ciudades hubieran combatido y el resto hubiera permanecido inactivo:

Cuando los griegos por la fuerza de la victoria, obra de Ares ,

confiados en la atrevida audacia de su espíritu ,

expulsaron a los persas, erigieron este altar común a Zeus Eleuterio

en honor de una Grecia libre 57 .

[8] Esta batalla tuvo lugar en el cuarto día del mes boedromión según el calendario de los atenienses, y según los beocios en el veintisiete del mes panemo, en el cual, todavía ahora, se reúne el Consejo helénico en Platea y los platenses hacen un sacrificio a Zeus Eleuterio en honor a la victoria. La [9] diferencia de días no debe sorprender, porque incluso actualmente, cuando los conocimientos de astronomía son más exactos, cada uno fija de manera diferente el principio y el final del mes 58 .

[20 ] Después de esto, al no conceder los atenienses el premio de la victoria a los espartiatas ni consentirles levantar un trofeo, por poco casi llegaron a destruirse los asuntos de los griegos enemistados en armas, de no ser porque Aristides, apaciguando y aconsejando a sus colegas en el mando del ejército, sobre todo a Leócrates y Mirónides, los contuvo y persuadió para que confiaran la resolución a los griegos. [2] Deliberando entonces los griegos, Teogitón, megarense, dijo que habría que dar a otra ciudad el premio de la victoria, si no querían provocar una guerra entre compatriotas. Tras éste, cuando se levantó Cleocrito el corintio 59 , produjo la impresión de que solicitaría el premio para los corintios; porque Corinto tenía la mayor consideración tras Esparta y Atenas. Pero pronunció un discurso sorprendente que agradó a todos en favor de los platenses y aconsejó eliminar la rivalidad, dando el premio a aquellos a los que ninguno de los dos se disgustaría en honrar. Pronunciadas estas palabras, Aristides [3] fue el primero que estuvo de acuerdo en nombre de los atenienses, y después Pausanias, en nombre de los lacedemonios. Así reconciliados, separaron ochenta talentos para los platenses, con los cuales reedificaron el santuario de Atenea, erigieron su estatua y adornaron el templo con pinturas, que hasta hoy se mantienen en buen estado 60 , y por su cuenta erigieron un trofeo los lacedemonios y otro, aparte, los atenienses.

Cuando le preguntaron sobre el sacrificio, les respondió [4] el Pitio que construyeran un altar de Zeus Eleuterio, pero que no hicieran sacrificios antes de apagar el fuego en el territorio, porque había sido contaminado por los bárbaros, y de encender un fuego puro traído del común hogar de Delfos. Por [5] consiguiente, los jefes de los griegos, yendo por todas partes, rápidamente obligaban a apagar todos los fuegos a quienes los utilizaban, y un plateense, Euquidas, tras prometer que, tan pronto como fuera posible, uno de Platea traería el fuego del dios, marchó a Delfos. Purificó su cuerpo y después de rociarse, se coronó con laurel. Y tras coger el fuego del altar 61 , de nuevo a la carrera volvió a Platea y antes de la puesta del sol llegó en el mismo día, habiendo recorrido mil [6] estadios 62 . Una vez que saludó a los ciudadanos y entregó el fuego, al punto cayó al suelo y en breve expiró. Por admiración a él los platenses lo enterraron en el santuario de Ártemis Euclea, grabando este tetrámetro:

Euquidas tras correr hacia Pitó regresó en el mismo día .

[7] En cuanto a Euclea, la mayoría llama y considera así a Ártemis 63 , pero algunos afirman que fue hija de Heracles y Mirtó, hija a su vez de Menecio y hermana de Patroclo, que murió virgen [8] y recibe honores entre los beocios y los locrios. Porque tiene erigido un altar y una estatua en toda plaza pública y le hacen un sacrificio las novias y los novios antes de casarse.

[21 ] Después de esto, en la asamblea común de los griegos que se celebró 64 , Aristides propuso un decreto para que se reunieran en Platea cada año diputados y embajadores de Grecia, y que se celebrara cada cuatro años el concurso de los [2] Eleuterios. Y que hubiera un contingente griego de diez mil hoplitas, mil jinetes y cien naves para la guerra contra los bárbaros, y dejar a los platenses inviolables y sagrados, haciendo sacrificios a la divinidad en favor de Grecia. Aprobadas estas propuestas, los de Platea se encargaron de hacer sacrificios cada año en honor de los que cayeron y yacen allí mismo. Y eso lo hacen hasta ahora de la siguiente [3] manera. En el mes de memacterion, que es entre los beocios alalcomenio 65 , el día dieciséis, forman una procesión al amanecer, a la que precede un trompeta tocando la señal de combate, y siguen carros llenos de ramas de mirto y de coronas, un toro blanco, y libaciones de vino y leche en ánforas, y cántaros de aceite y perfume que llevan muchachos libres; pues a ningún esclavo le está permitido unirse a aquella ceremonia, [4] porque los hombres murieron por la libertad. Después de todos, el arconte de los plateenses, al que no le está permitido en ningún otro momento tocar el hierro ni llevar otro vestido que uno blanco, en esa ocasión viste una túnica púrpura 66 y, provisto de una hidria del depósito de los archivos, avanza armado de una espada hacia las tumbas a través de la ciudad. A continuación, tras tomar agua de la [5] fuente, personalmente lava las estelas y las unge con perfume, y, después de inmolar al toro sobre el fuego del altar e invocar a Zeus y a Hermes Ctonio 67 , invita a los hombres valerosos que murieron por Grecia al festín y a la libación de sangre. Luego, una vez que mezcla en una crátera vino y lo derrama, dice: «Bebo a la salud de los hombres que murieron por la libertad de los griegos». Esto es, por tanto, lo que todavía ahora mantienen los platenses.

[22 ] Y cuando volvieron a la ciudad los atenienses, Aristides vio que deseaban recobrar la democracia, y considerando que el pueblo era merecedor de atención por su valor, pero, al mismo tiempo, que no era fácil de contener cuando tenía fuerza por las armas y estaba lleno de soberbia por las victorias, promulgó un decreto para que el gobierno fuese común a todos y los arcontes fueran elegidos de entre todos los atenienses 68 .

[2] Al decir Temístocles ante el pueblo que tenía un proyecto y una propuesta secreta, pero útil y provechosa para la ciudad, mandaron que sólo Aristides la oyera y examinase con [3] él. Cuando Temístocles contó a Aristides que maquinaba incendiar la anclada flota de los griegos, pues así serían los atenienses los más poderosos y señores de todos, Aristides, tras acercarse ante el pueblo, dijo que no había otra acción más útil, pero tampoco más injusta que la que Temístocles pensaba [4] ejecutar. Al oír esto, los atenienses ordenaron que Temístocles desistiese; pues tanto era el pueblo amante de la justicia como Aristides era para el pueblo digno de confianza y fiel 69 .

Cuando, enviado, junto con Cimón, como general para la [23 ] guerra, vio que Pausanias y los demás jefes de los espartiatas eran desagradables y molestos con los aliados, él personalmente, al tratarlos con afabilidad y cortesía y procurar que Cimón estuviera acorde y sociable en las expediciones militares, arrebató a los lacedemonios, sin que lo advirtieran, la hegemonía no con armas, naves o jinetes, sino con la generosidad y la diplomacia 70 . Pues al ser queridos los atenienses [2] por los griegos gracias a la justicia de Aristides y a la moderación de Cimón, la ambición y el carácter desagradable de Pausanias los hacía aún más dignos de ser amados. Porque a los jefes de los aliados siempre los trataba con cólera y severamente, y a muchos los castigaba con azotes, o, poniéndoles encima un ancla de hierro, los obligaba a estar de pie durante todo el día. A nadie le estaba permitido proveerse de paja [3] ni forraje ni acercarse a una fuente para abastecerse de agua antes que los espartiatas, sino que con látigos unos servidores expulsaban a los que se acercaban. Y, en cierta ocasión, al querer Aristides reprochar y aconsejar por estos hechos, Pausanias, frunciendo el ceño, dijo que no tenía tiempo que perder y no le escuchó.

A partir de entonces se acercaron los almirantes y generales [4] de los griegos, especialmente los quiotas, samios y lesbios, y convencieron a Aristides de que aceptara el mando y atrajera bajo sus órdenes a los aliados, que, desde hacía tiempo, deseaban separarse de los espartiatas y pasarse a los atenienses 71 . [5] Al responder aquél a sus razones que advertía su necesidad y justicia, pero que se necesitaba una acción que, logrando la confianza, no dejase a la mayoría cambiar otra vez de opinión, entonces, conjurados Uliades de Samos y Antágoras de Quíos, cerca de Bizancio embistieron la trirreme de Pausanias, que salía del puerto la primera, cogiéndola [6] en medio. Y como al verlo aquél se pusiera fuera de sí y con cólera amenazara que en breve demostraría que los hombres habían atacado no a su nave, sino a sus propias patrias, le ordenaron que se marchase y diera gracias a la Fortuna que había combatido con él en Platea. Pues por sentir respeto ante aquélla no le imponían los griegos un castigo apropiado. Y, finalmente, tras hacer defección, se pasaban a los atenienses. [7] Entonces también brilló el admirable temple de Esparta; porque, cuando se enteraron de que por la extensión de su poder se habían corrompido sus jefes, renunciaron voluntariamente a la hegemonía y dejaron de enviar generales para la guerra, prefiriendo tener ciudadanos sencillos y firmes en sus tradiciones a poseer el mando de toda Grecia 72 .

[24 ] Los griegos pagaban cierto tributo para la guerra mientras mandaban los lacedemonios, y, queriendo que fuera organizado para cada uno por ciudad de modo equitativo, solicitaron de entre los atenienses a Aristides y le encargaron que tras examinar el territorio y los recursos fijase lo de cada uno, de acuerdo con su valor y riqueza 73 . Y aunque llegó a ser dueño [2] de tan enorme poder y, a que, de algún modo, Grecia depositó sobre él solo todos los asuntos, marchó pobre y regresó más pobre, después de realizar el registro de las riquezas no sólo con limpieza y justicia, sino con agrado y acuerdo de todos. Pues igual que los antiguos celebraban cómo era la vida [3] en tiempos de Crono, así los aliados de los atenienses celebraban «el impuesto de Aristides», llamándolo buena fortuna de Grecia, y más cuando en no mucho tiempo se duplicó, y luego se triplicó. Porque lo que Aristides fijó fue una suma de cuatrocientos [4] sesenta talentos 74 ; y a eso Pericles añadió casi un tercio; pues Tucídides afirma que, al empezar la guerra, seiscientos talentos llegaban a los atenienses de parte de los aliados. Y cuando Pericles murió, los demagogos, aumentándolo, [5] elevaron poco a poco el capital hasta mil trescientos talentos 75 , no tanto por la duración de la guerra que produjo vicisitudes de mucho gasto y coste, como porque indujeron al pueblo a los repartos de dinero 76 , a los fondos para espectáculos y a las construcciones de estatuas y santuarios 77 .

[6] Así pues, al gozar Aristides de un gran y admirable renombre por la distribución de los impuestos, Temístocles decía, burlándose, que el elogio no era propio de un hombre, sino de un saco de guardar dinero; se vengaba de manera [7] desigual de la franqueza de Aristides. Porque éste, cuando Temístocles afirmó en cierta ocasión que consideraba la mayor virtud de un general conocer y prever los planes de los enemigos, dijo: «Esto es necesario, Temístocles, pero lo hermoso y realmente propio de un general es el dominio de sus manos» 78 .

[25 ] Aristides hizo jurar a los griegos y juró en nombre de los atenienses, tras arrojar hierros candentes en el mar después de las imprecaciones 79 , pero más tarde, al obligar las circunstancias a gobernar con más dureza, según parece, mandó a los atenienses que hicieran recaer sobre él el perjurio con el [2] que convenía tratar los asuntos. En una palabra, sostiene Teofrasto, este hombre extremadamente justo en su vida privada y con sus conciudadanos, en los asuntos públicos actuó muchas veces de acuerdo con el objetivo de su patria, que requería [3] una injusticia frecuente 80 . Pues afirma que, cuando decidieron transportar a Atenas el tesoro desde Delos, en contra de los tratados, e hicieron los samios la proposición, aquél dijo que eso no era justo, pero sí útil 81 . Y, finalmente, aunque llevó a la ciudad a gobernar sobre tantos hombres, él permaneció en la pobreza y vivió amando la gloria de ser pobre no menos que la de sus trofeos. Y está claro por la historia que [4] sigue: Calias, el portador de la antorcha, era pariente suyo; a él sus enemigos le citaron a juicio en causa capital; y después de acusarle ciñéndose a lo que habían denunciado por escrito, pronunciaron ante los jueces un argumento ajeno a la causa: «Sabéis», dijeron, «que Aristides, hijo de Lisímaco, es [5] admirado entre los griegos. ¿Qué bienes creéis que tiene cuando le veis presentarse ante el público con semejante capa raída? ¿No es acaso verosímil que quien visiblemente tirita de frío también pase hambre en casa y carezca de las demás cosas necesarias? Pues bien, a ése, Calias, su primo, [6] que es el más rico de los atenienses 82 , le permite pasar necesidad junto con sus hijos y esposa, aunque se ha servido mucho del hombre y muchas veces se ha aprovechado de su influencia entre vosotros». Y al ver Calias que por eso se alborotaban [7] los jueces y estaban encolerizados con él, llamó a Aristides pidiéndole que testificara ante los jueces cómo con frecuencia ya ofreciéndole muchas cosas, ya rogándole que las aceptara, no había querido, respondiendo que más le convenía a él enorgullecerse por su pobreza que a Calias por su [8] dinero. Porque es posible ver a muchos que utilizan bien y provechosamente el dinero, pero no es fácil topar con quien soporte noblemente la pobreza: se avergüenzan de la pobreza los que son pobres a su pesar. Y cuando Aristides testificó a favor de Calias, no hubo entre los oyentes quien se marchara sin preferir ser pobre como Aristides a rico como Calias. [9] Y esto es lo que ha registrado Esquines el socrático 83 . Y Platón, de los de gran fama y renombre en Atenas, sólo declara digno de mención a este hombre. Porque Temístocles, Cimón y Pericles llenaron la ciudad de pórticos, riquezas y mucha bagatela, pero Aristides dirigió su política hacia la virtud 84 .

[10] Grandes señales de su equidad son sus relaciones con Temístocles. Porque aunque le trató como enemigo durante casi toda su carrera política, y fue condenado al ostracismo por su culpa, cuando Temístocles ofreció el mismo desquite al haber sido acusado ante la ciudad, no pensó en vengarse, sino que, mientras Alcmeón, Cimón y muchos otros lo maltrataron y acusaron, Aristides fue el único que ni hizo ni dijo nada malo, ni disfrutó con la desgracia de su enemigo, igual que tampoco antes le envidió cuando le iban bien las cosas 85 .

[26 ] Algunos sostienen que Aristides murió en el Ponto, adonde navegó por asuntos públicos, y otros que en Atenas, a causa de la vejez, honrado y admirado por sus conciudadanos. En cambio Crátero el macedonio 86 ha dicho lo siguiente sobre [2] la muerte del hombre. Afirma, en efecto, que tras el exilio de Temístocles, dado que el pueblo estaba lleno de arrogancia hizo crecer una multitud de sicofantas, que, persiguiendo a los hombres mejores y más poderosos, los sometían a la malevolencia de muchos exaltados por su prosperidad e influencia. Entre estos también Aristides fue condenado por [3] un delito de corrupción, acusándole Diofanto de Anfitropé de que, cuando fijaba los impuestos, había recibido dinero de los jonios. Y al no tener el importe de la multa, que era de cincuenta minas 87 , se embarcó y murió en Jonia. De esto [4] Crátero nada ha presentado por escrito como prueba, ni juicio ni decreto, aunque acostumbra a escribir puntualmente cosas así y a citar a los informadores. Todos los demás, para [5] decirlo con brevedad, cuantos exponen con exactitud las ofensas hechas por el pueblo a los generales, recogen y repiten el destierro de Temístocles, la prisión de Milcíades, la multa de Pericles y la muerte de Paques en el tribunal, quien se suicidó sobre el estrado según fue condenado, y muchas cosas semejantes, pero de Aristides refieren la condena al ostracismo, y en ninguna parte mencionan semejante multa.

Ciertamente existe su tumba que se muestra en Falero, la [27 ] que dicen que construyó la ciudad al no dejar él fondos para un servicio fúnebre 88 . En cuanto a sus hijas, informan que [2] desde el Pritaneo fueron dadas en matrimonio a sus esposos, una vez que la ciudad financió la boda con dinero público y votó por decreto una dote de tres mil dracmas para cada una; a Lisímaco, el hijo, el pueblo le dio cien minas de plata y otras tantas fanegas de tierra cultivable, y, además, le asignó otras cuatro dracmas diarias mediante un decreto presentado por Alcibíades. Al dejar Lisímaco una hija, Policrita, según [3] cuenta Calístenes, el pueblo votó también para ella la misma manutención que para los vencedores en Olimpia 89 . Demetrio Falereo, Jerónimo el rodio, Aristóxeno el músico y Aristóteles (si el libro Sobre la nobleza debe ponerse entre los auténticos de Aristóteles) informan que Mirtó, nieta de Aristides por parte de madre, estuvo casada con Sócrates, el sabio, quien, aunque tenía otra mujer, tomó a ésta, que se [4] mantenía viuda por su pobreza y carecía de lo necesario 90 . Pero a estos autores se ha opuesto apropiadamente Panecio en sus obras sobre Sócrates. El de Falero, en el Sócrates , dice que recuerda a un Lisímaco, nieto de Aristides por vía materna, hombre muy pobre, que se ganaba la vida con una tablilla para la interpretación de sueños, sentado junto al templo [5] de Yaco 91 . Tras presentar Demetrio un decreto a favor de la madre y de la hermana de ésta, convenció al pueblo para que diera una pensión alimenticia de tres óbolos diarios. El propio Demetrio afirma que, como legislador 92 , fijó una dracma, en lugar de los tres óbolos, para cada una de estas [6] mujeres. Y no hay que admirarse de que el pueblo se preocupara así de sus conciudadanos, puesto que, al enterarse de que una nieta de Aristogitón 93 vivía modestamente en Lemnos, falta de marido por su pobreza, la llevaron de vuelta a Atenas y, tras casarla con un hombre de buena familia, le [7] dieron como dote un terreno en Pótamo. Por mostrar incluso en nuestros días muchos ejemplos de esta humanidad y misericordia, la ciudad es, con justicia, admirada y envidiada.

1 Demetrio de Palero (ca . 350-280 a. C.), político y filósofo, peripatético, alumno de Aristóteles. Simpatizante de Macedonia, fue nombrado por Casandro gobernador de Atenas entre los años 318/317-307. En ese último año, tras la capitulación de Atenas ante Demetrio I Poliorcetes, huyó a Egipto, donde participó en la fundación del Museo y Biblioteca en Alejandría, en la corte de Tolomeo I, aunque su sucesor, Tolomeo Filadelfo lo expulsó de la corte. De sus obras sabemos de una colección de fábulas esópicas y de sentencias de los Siete Sabios, así como un Homerikós , exégesis de los poemas homéricos, una exposición del gobierno de Atenas, una descripción de las constituciones atenienses, un Registro de los arcontes , etc.; 45 títulos y fragmentos, transmitidos por autores como Diógenes Laercio, el propio Plutarco o Polibio. Aquí precisamente Plutarco nos da el título de un diálogo suyo sobre Sócrates.

2 Aristides fue arconte epónimo durante el año 489/488 a. C. Ahora bien, según ARISTÓTELES (Constitución de los atenienses 22, 5), fue al año siguiente, 487/486, cuando los arcontes pasaron de ser elegidos directamente por el pueblo a serlo por sorteo entre 500 candidatos designados por los demos. El sorteo por medio de habas blancas y negras es uno de los más usados, junto con el de fichas de terracota, para esta selección. Los pentacosiomedimnos son los que cosechan anualmente quinientas medidas de cereal (para obtenerlas debían poseerse unas 16 hectáreas, aproximadamente), a las que se llama médimnos , según el sistema de pesos y medidas eginético; cada medimno equivale a 52 litros de cereal. La clasificación de los ciudadanos según este criterio de posesión de tierra fue creada por Solón; cf. PLUTARCO , Solón 18.

3 La coreguía es un servicio público (leitourgía) , que se impone a un hombre de fortuna, bien ciudadano, bien meteco, que debe sufragar los gastos de un coro. Durante los concursos dionisíacos que se celebraban en Atenas, se designaba a 18 coregos, 10 para los coros de ditirambos, 5 para los coros de comedia y 3 para los de tragedia.

4 Panecio de Rodas (ca . 180-110 a. C.), estoico, fue el primer filósofo griego que escribió para un círculo literario filohelénico de Roma, al que pertenecían, entre otros, P. C. Escipión Emiliano, G. Lelio, Q. Elio Tuberón, P. Rutilio Rufo y Q. Mucio Escévola; preconizaba Panecio el retorno a los antiguos, especialmente a los del s. IV a. C., como Platón o Aristóteles. Durante su estancia en Atenas, que duró más de veinte años, debió consultar los registros oficiales en los que se recogían las tribus vencedoras y los coregos del festival de Dioniso, o la, hoy perdida, obra de Aristóteles Didascalias , en la que el filósofo reunió materiales tomados de los archivos del arcontado, que sirvieron para muchos autores helenísticos.

5 Arconte en 403-402 a. C., año en el que se adoptó en Atenas oficialmente el alfabeto jonio.

6 Idomeneo de Lámpsaco (ca . 325-270 a. C.), discípulo de Epicuro, escribió una historia sobre los antiguos políticos atenienses desde el año 510 a. C.

7 Sócrates afirma que no tenía dinero en PLATÓN , Apología 38b.

8 La admiración aristocrática por la constitución espartana es característica del s. IV a. C., y la conexión entre Aristides y Licurgo parece ser una invención de esa época.

9 Fue director del Liceo tras la muerte de Licón (226 a. C.); escribió monografías analítico-descriptivas, y también son obra suya biografías de Heráclito, Sócrates y Epicuro. Esta historia amorosa, que se cita también en Temístocles 3, 2, pertenecía a una obra suya sobre relatos amorosos, Erolikà hómoia o Erotikaì diatribaí .

10 El báratro era una antigua cantera de mármol situada al oeste de la Acrópolis, no lejos de la casa de Temístocles, desde donde se arrojaba a los condenados a muerte.

11 Error de Plutarco, ya que en la época de Aristides el presidente de la asamblea es el epistátes , elegido por sorteo entre los 50 prítanos; los proedros presidirán la asamblea a partir del año 378/377.

12 ESQUILO , Siete contra Tebas 592-94, pero se ha cambiado el término original áristos «el mejor» del primer verso por díkaios «justo».

13 El verso es de la comedia Los demos de ÉUPOLIS , representada el año 412 a. C., y de la que se conservan algunos fragmentos. La acción se desarrollaba en el Hades, al que se acudía para rescatar y devolver al mundo a los mejores políticos del pasado, como Solón, Milcíades, Aristides y Pericles. Como se ve, es un precedente de la idea que ARISTÓFANES expone en Las ranas , del 405 a. C. (aunque esta vez se trate del regreso de poetas desde el más allá).

14 En el año 498 a. C., cuando se produjo la rebelión de las ciudades jonias contra los persas.

15 En el relato que hace HERÓDOTO (VI 111 ss.) de la batalla de Maratón no hay la menor mención a Aristides ni a Temístocles; por otra parte, el propio PLUTARCO (Temístocles 3, 4), alude al pesar de Temístocles («aún joven», pues había nacido en el 515 a. C.) ante el triunfo de Milcíades.

16 Plutarco da énfasis al papel de educador de Aristides; en el mismo sentido cf. 8, 5; 20, 1; 23, 3.

17 Parece poco probable que, tras la batalla, los combatientes cubrieran la famosa distancia entre Maratón y Atenas (42 km.) en el mismo día. HERÓDOTO (VI 115) recoge el rumor que corría por Atenas de que los persas se dirigieron allí para apoderarse de la ciudad, en connivencia con los Alcmeónidas.

18 El honor de presidir la procesión en los Misterios de Eleusis llevando la antorcha (daidoûchos) era un derecho hereditario de la familia sacerdotal de los Cérices, a la que pertenecía Calias; también llevaban cortado el pelo de una manera particular y unas bandas como símbolo de su rango, según se dice después.

19 El epíteto debe referirse a las explotaciones mineras, origen de la gran fortuna de la familia, anterior a la malvada anécdota aquí recogida.

20 Todos son epítetos de monarcas helenísticos: Demetrio Poliorcetes (el sitiador de ciudades) , Tolomeo Cerauno (el rayo) , Seleuco Nicator (el vencedor) , Pirro Aetos (el águila) , Antíoco Hiérax (el halcón) .

21 Los términos empleados aquí por Plutarco se han puesto en conexión con la filosofía de Epicuro, aunque es dudoso que el término «elementos» (stoicheía) sea equivalente a los «átomos» epicúreos; más bien parece que utiliza unas palabras de aplicación general y no adscritas a una determinada escuela filosófica.

22 Según ARISTÓTELES , Const. de at . 22, 7, al descubrirse las minas de Maronea (cerca de Laurio) en el año 483/2 a. C., de las que Atenas obtuvo cien talentos, Temístocles impidió que se repartiera entre el pueblo esa cantidad, cediendo en préstamo un talento a los cien atenienses más ricos, cantidad con la que cada uno construyó una trirreme; es posible, aunque Aristóteles no lo precisa, que la causa del ostracismo de Aristides fuera su oposición a esta medida.

23 La condena al ostracismo de Hipérbolo fue el año 417 a. C.

24 El nombre del que se quería condenar se escribía en una concha o, con más frecuencia, en un trozo de cerámica lo suficientemente plano como para grabar por incisión en él; no hay término para designar ese material, por lo que transcribimos, en cursiva, el nombre griego óstrakon , plural óstraka . En el pequeño Museo del Ágora de Atenas se conservan algunos de estos óstraka , y en varios está escrito el nombre de Aristides; se ha notado que algunos están escritos por la misma mano, lo que indicaría o un número grande de analfabetos, como en la anécdota que viene a continuación, o, más probablemente, que estos óstraka ya preparados fueran ofrecidos a los votantes por los enemigos de aquél al que se quería condenar.

25 Plutarco hace una referencia a las palabras de Aquiles en Ilíada I 240 «añoranza de Aquiles llegará un día a los hijos de los aqueos», cuando decide retirarse del combate.

26 El ostracismo de Aristides se produjo en la primavera del 482 a. C. En la primavera del 480 a. C., a propuesta de Temístocles, se aprobó el decreto de amnistía (PLUTARCO , Temístocles 11, 1), pero hay discrepancias en ARISTÓTELES , Const. de at . 22, 8, que habla del «cuarto año» y NEPOTE , Aristides 1, 5, que lo sitúa en el «sexto año».

27 Este título de general con plenos poderes, autokrátor (sobre los otros nueve estrategos atenienses) es aquí un anacronismo, pues no se habla de ello hasta la expedición a Sicilia (415 a. C.) durante la Guerra del Peloponeso, y allí aparece (TUCÍDIDES , VI 72) en la propuesta que hace Harmócrates a los sicilianos en una asamblea.

28 Almirante espartano, comandante de la flota griega conjunta, a pesar del escaso número de barcos espartanos (sólo 16 en Salamina).

29 Mencionado también en 20, 2. HERÓDOTO (VIII 59-61) habla de un corintio con el que Temístocles tenía diferencias, pero le llama Adimanto.

30 En HERÓDOTO (VIII 108-10) Temístocles recomienda destruir el puente de barcas en el Helesponto, pero Euribíades es quien se opone, con las mismas razones que da aquí Aristides; entonces Temístocles envía a su esclavo Sicino para advertir a Jerjes de que él se opone al plan griego de destruir el puente. Plutarco, aquí y en Temístocles 16, indica que el propósito de Temístocles es provocar la huida del rey, más que, como en Heródoto, garantizarse el favor persa para el futuro, de lo que será posteriormente acusado por sus enemigos políticos.

31 En HERÓDOTO (VIII 140) es el rey Alejandro I de Macedonia el que lleva a Atenas el mensaje de Mardonio.

32 Las fiestas Jacintias, en honor del héroe Jacinto, amante de Apolo, muerto accidentalmente por éste, se celebraban en todo el territorio dorio, pero el lugar de culto era, en Lacedemonia, Amiclas, a 3 km. de Esparta, ya que Jacinto era hijo del mítico rey de Esparta Amiclas; la devoción por estas fiestas es recogida por JENOFONTE , Helénicas IV 5, y PAUSANIAS , III 10, 1, y IV 19, 4, y sobre ellas informa con pormenor ATENEO , Banquete de los eruditos IV, 139 D; hay también, en el calendario dorio, un mes que lleva el nombre de este héroe. HERÓDOTO (IX 8) dice que los éforos aplazaron su respuesta durante diez días, y explica esta dilación porque, al tener terminado el muro sobre el Istmo, ya no necesitaban a los atenienses.

33 Cf. n. 27. Además, el propio Plutarco se contradice más tarde, en su comparación de Aristides y Catón, cuando afirma que, en Platea, Aristides era solamente uno de los diez generales (29, 1).

34 Unos dos km.

35 Sobre este Tisámeno hace una larga digresión HERÓDOTO en IX 34-36.

36 PAUSANIAS (IX 3, 6) informa de la existencia de una cueva, llamada Esfragidio, en la que las ninfas Citerónides daban oráculos.

37 Todos ellos antepasados míticos (archegétes) de las principales familias de Platea.

38 Literalmente «poseídos por las ninfas».

39 Arimnesto ya había mandado las fuerzas de Platea en Maratón, según nos informan HERÓDOTO , IX 72 y PAUSANIAS , IX 4, 2.

40 Se encuentra otra referencia en Alejandro 34, 2 a este hecho, que se produjo a finales del año 331 a. C., inmediatamente después de la batalla de Gaugamela; pero las Olimpiadas no se celebraron hasta mucho después, en el verano del 328, y, además, los platenses ya se «habían puesto bajo la tutela de los atenienses» (HERÓDOTO , VI 108, 1) en el año 519. Todo ello hace sospechosa la historicidad de esta acción.

41 Plutarco resume mucho la versión de HERÓDOTO (IX 26-28, 1), en la que hay sendos discursos por parte de tegeatas y atenienses, recordando ambos sus antiguos méritos para tener la preeminencia, y con una alusión final ateniense a su triunfo en Maratón.

42 Ésta es la única noticia que se tiene de una conjura aristocrática en ese momento, por lo que algunos estudiosos han cuestionado la autenticidad de todo este capítulo 13. Sin embargo, recientemente se han encontrado en Atenas óstraka con el nombre de Agasias de Lamptras, que se datan hacia el año 480 a. C. Plutarco, pues, habría confundido el lugar de origen de estos hombres, pero se ignora qué fuente utilizó. Todo el capítulo demuestra, por lo demás, que Aristides pone el interés general por delante de la estricta justicia.

43 Esta intervención de Aristides no se menciona en HERÓDOTO (IX 21, 3). Plutarco debe seguir otra fuente (¿acaso Éforo?), también usada por DIODORO (IX 30, 4), que también menciona a Aristides.

44 En el relato de HERÓDOTO (IX 44) Alejandro manifiesta a los centinelas su deseo de entrevistarse con los generales, sin mencionar a Aristides. Este Alejandro I de Macedonia también transmitía, en la narración de Heródoto, las condiciones de Mardonio a los atenienses (cf. n. 31); vasallo del rey persa, Alejandro mantiene una actitud ambigua entre ambos bandos, aunque tanto Heródoto como Plutarco intentan ensalzar a la monarquía macedonia, exculpándola de la acusación de medismo.

45 Este último párrafo no figura en el relato de Heródoto, pero responde a una idea que PLUTARCO expresa con frecuencia: deplorar las luchas fratricidas entre griegos, como hace también en Timoleón 29, 6, y Arato 45, 7.

46 La existencia de desertores tampoco aparece en HERÓDOTO , IX 47.

47 HERÓDOTO (IX 49) nos informa de que la fuente Gargafia fue enturbiada y cegada por la caballería persa, lo que afectó sobre todo a los lacedemonios, que se encontraban cerca de ella, y también al resto, que no podían tomar agua del Asopo al ser hostigados por los persas. Por eso decidieron trasladarse de lugar.

48 Amonfáreto, hijo de Políadas, estaba al frente del batallón de Pitana (HERÓDOTO , IX 53), aunque TUCÍDIDES (I 20, 3) afirma que este batallón jamás existió. Pitana era una de las aldeas que se integraron posteriormente en la ciudad de Esparta.

49 Plutarco cuenta la muerte de Calícrates en el momento en el que ocurrió; su fuente es HERÓDOTO (IX 72) aunque éste incluye el relato al final de la batalla, cuando enumera a los griegos que tuvieron una muerte gloriosa en Platea.

50 No está claro a qué autores se refiere Plutarco. El ritual espartano en honor a Ártemis Ortia es, desde luego, anterior a las Guerras Médicas; sobre la flagelación de los efebos, cf. Licurgo 18, 2.

51 Plutarco reproduce la estimación de HERÓDOTO (IX 32, 2) sobre el número de griegos que servían en el ejército de Mardonio.

52 HERÓDOTO (IX 15 y 38) da los nombres de dos de estos oligarcas, Atagiro y Timegénidas; posteriormente, en el año 427, los tebanos justificaron su anterior alianza con los persas debido al régimen casi tiránico que sufrían (TUCÍDIDES , III 62, 3 y PAUSANIAS , IX 6, 2). Es, con todo, evidente que Plutarco quería justificar la conducta de los tebanos, beocios como él.

53 HERÓDOTO (IX 64) cuenta también la muerte de Mardonio, aunque no explica cómo se produjo; sí menciona que el que lo mató fue Arimnesto, del que nos informa que era un espartiata de cierto prestigio, muerto más tarde, en el año 464 a. C., en Estenesiclero, al frente de trescientos hombres, durante la revuelta hilota conocida como «tercera guerra mesenia».

54 Lo mismo dice HERÓDOTO (IX 70).

55 Se desconoce la fuente que usa Plutarco para dar esta cifra, muy superior a la de 159 que da HERÓDOTO (IX 70), que podría subir hasta 759 si se suman los 600 de Mégara y Fliunte muertos por la caballería tebana. Quizá se trata de Clidemo, cf. nota siguiente.

56 Clidemo, del s. IV a. C., del que sabemos que escribió una obra sobre la historia de Atenas, titulada Atthis o Protogonia , en cuatro libros y un Exegético sobre asuntos de culto.

57 Epigrama atribuido a Simónides, que Plutarco vuelve a repetir en Sobre la malevolencia de Heródoto 873 B, aunque suprimiendo el segundo verso; el epigrama se encuentra también en la Antología Palatina VI 50.

58 El propio PLUTARCO (Camilo 19, 5, y Sobre la gloria de Atenas 349 E) fecha la batalla de Platea el día 3 del mes boedromión (septiembre); el error puede haberse producido al pasar de la fecha beocia a la ateniense. Se sabe, por otra parte, que Plutarco había escrito una obra sobre el calendario, hoy perdida, y que estaba muy interesado en la astronomía.

59 Teogitón era sin duda el jefe de los megarenses; Cleócrito ya fue mencionado en 8, 6; según Heródoto los corintios no combatieron en Platea, pero Plutarco duda de esta afirmación en Sobre la malevolencia de Heródoto 873 A.

60 La enorme suma de ochenta talentos (cada uno valía 6.000 dracmas) había sido obtenida del botín tomado a los persas en Maratón; según la costumbre, se reservaba una décima parte para los dioses. PAUSANIAS (IX 4, 1-2) describe el santuario de Atenea Alea, erigido en Platea, en el que había una estatua de la diosa, obra de Fidias, y unas pinturas de Polignoto y Onasias, así como una estatua retrato de Arimnesto, situada a los pies de la imagen de la diosa.

61 En Delfos, en el templo de Apolo Pitio, ardía sobre un altar un fuego perpetuo (cf. PLUTARCO , Numa 9, 10-12).

62 Unos 200 km., distancia absolutamente imposible de recorrer por un hombre a pie en un solo día. La carrera del hemerodrómos Euquidas, en opinión de FLACELIÈRE , op. cit ., pág. 214, debe ser una leyenda etiológica para explicar el origen de la lampadephoría , la “carrera de antorchas”, una prueba de relevos que se celebraba en honor a Hefesto (HERÓDOTO , VIII 98). Con todo, la anécdota de este corredor se parece demasiado a la de Fidípides, el de Maratón, como para no ser una imitación exagerada de aquélla.

63 El epíteto de culto Euclea («la gloriosa») para Ártemis está atestiguado en Beocia (PAUSANIAS , IX 17, 1).

64 HERÓDOTO no dice nada de esta asamblea (IX 86, 1), sino que los griegos, tras un intercambio de opiniones, decidieron ir contra Tebas. Pero, según DIODORO (XI 29, 1), antes de que la batalla de Platea empezara, los griegos juraron que, si derrotaban a los persas, celebrarían las fiestas Eleuterias en Platea; parece que Diodoro utilizó una fuente del s. IV a. C., quizá Éforo. El papel atribuido a Aristides es, desde luego, una invención de Plutarco o de su fuente. TUCÍDIDES (II 71, 2-4, y III 58, 4-5) da importancia a Pausanias y no a Aristides.

65 Entre noviembre y diciembre, más de dos meses después del sacrificio a Zeus Eleuterio en el día del aniversario de la batalla, el 4 de boedromión (cf. n. 57); esta discrepancia de fechas puede deberse a que existiera un ritual anterior a la batalla que se adaptara para commemorar ésta.

66 El color púrpura del oficiante, así como la espada y la trompeta son, claramente, un reflejo militar; por otra parte, el rojo es un color apropiado para la muerte y los poderes ctónicos. La profusión de detalles que da Plutarco demuestra que vio personalmente la ceremonia.

67 Se trata de Hermes Psicopompo, el que guía al Hades las almas de los muertos.

68 Este cambio de la actitud política de Aristides, desde sus iniciales tendencias aristocráticas (cf. 2, 1) está tomado de ARISTÓTELES (Const. de at . 23, 3), según el cual los “líderes populares” tras las Guerras Médicas fueron Aristides y Temístocles; en cuanto a que se permitiera a todas las clases sociales de Atenas acceder al arcontado es un error de Plutarco, ya que fue sólo en el año 457-456 a. C. (ARISTÓTELES , Const. de at . 23, 3) cuando el arcontado se abrió a los zeugitas, además de a los pentacosiomédimnos y a los caballeros, pero no a los thêtes .

69 Lo mismo dice Plutarco en Temístocles 20, 1-2. La versión es diferente en VALERIO MÁXIMO , VI 5, Ext. 2 y CICERÓN , Sobre los deberes III, 11, 49, ya que, según ellos, Temístocles propone incendiar las naves espartanas en el puerto de Giteo y no las naves griegas que se encuentran en Págasas. La anécdota, a todas luces falsa, parece una invención de las escuelas retóricas para contrastar los caracteres de ambos personajes.

70 Aristides, reelegido estratego, fue enviado, en el año 478-77 a. C., con treinta trirremes para unirse a las veinte comandadas por Pausanias, con la intención de liberar Chipre de los persas y tomar Bizancio. Sobre la actitud despótica de Pausanias ante los aliados, cf. Cimón 6, 2, TUCÍDIDES , I 95 y 120, DIODORO , XI 44.

71 También ARISTÓTELES (Const. de at . 23, 2) y NEPOTE (Aristides 2, 2-3) atribuyen a la justicia de Aristides y a la soberbia de Pausanias el deseo de los griegos de aceptar la hegemonía ateniense en lugar de la de Esparta; sin embargo TUCÍDIDES (I 95 y 130-2), al contar los excesos de Pausanias, no menciona a Aristides.

72 ARISTÓTELES (Const. de at . 23, 2) afirma lo contrario; Plutarco debe apoyarse aquí en TUCÍDIDES , I 95.

73 La Liga del Peloponeso, dirigida por Esparta, no imponía un tributo regular a sus miembros, aunque, en caso de conficto, podían sustituir con dinero los soldados que debían enviar. Tras Salamina, Temístocles había exigido contribuciones a las islas que estaban sometidas a los persas (HERÓDOTO , VIII 111-112).

74 La misma cantidad aparece en TUCÍDIDES (I 96, 2) y NEPOTE (Aristides 3, 1). DIODORO (XI 47, 1) eleva la suma a 560 talentos, aunque en XII 40, 2 da la cifra de 460 para el año 431 a. C., en los inicios de la Guerra del Peloponeso.

75 La cantidad máxima fue de 1.460 talentos en el año 425 a. C. y, según informa ANDÓCIDES (Sobre la paz 9), el tributo ascendía cada año tras la Paz de Nicias (421 a. C.) a más de 1.200 talentos, y este mismo autor dice que en el tesoro de la Acrópolis había más de 7.000 talentos en metálico.

76 La palabra empleada por Plutarco, dianomás , se refiere tanto al reparto de cereales como a las dietas que percibían los ciudadanos por su participación en los tribunales y asambleas.

77 Fue Pericles quien inició esta política de grandes obras públicas financiadas con los impuestos de los aliados; cf. Pericles 12, 1-4.

78 La misma acusación de venalidad que se hace a Temístocles en 4, 3.

79 El mismo rito aparece en HERÓDOTO (I 165) cuando los focenses arrojan un trozo de hierro candente al mar y juran no volver a su patria hasta que esa masa volviera a la superficie. La imposibilidad de que esto ocurra subraya el carácter irrevocable del juramento.

80 Cf. 13, 1-3.

81 El traslado del tesoro de la Liga Marítima desde la isla de Delos a Atenas se hizo, por orden de Pericles, en el año 454 a. C., cuando ya había muerto Aristides.

82 Su fortuna estaba evaluada en 200 talentos, según LISIAS , Sobre los bienes de Aristófanes 48.

83 Esquines de Esfeto, discípulo de Sócrates, fue autor de diálogos en los que aparece su maestro, de los que tenemos títulos como Alcibíades, Aspasia, Calias, Milcíades , etc.

84 Aunque cita de memoria, Plutarco recuerda las palabras de PLATÓN en dos pasajes de Gorgias , 519a y 526b; en el primero Sócrates atempera el entusiasmo de Calicles hacia hombres como Temístocles, Cimón y Pericles que, sin moderación ni justicia, hincharon Atenas con puertos, arsenales, murallas, etc., y, en el segundo, Sócrates alaba a Aristides por mantenerse justo durante toda su vida.

85 Aquí Plutarco confunde dos procesos diferentes contra Temístocles; éste ya había sido condenado al ostracismo en el año 471 o 470 a. C., y se encontraba en Argos cuando fue acusado de alta traición (cf. TUCÍDIDES , I 128-135); aunque aquí se cita a Alcmeón como uno de sus acusadores, en Temístocles 24, 6, aparece en su lugar Leobotes, hijo de Alcmeón.

86 No se sabe si este Crátero es el hijo del famoso general de Alejandro homónimo; sí es seguro que publicó una Colección de decretos , que Plutarco usa con frecuencia. En cualquier caso, su vida se sitúa entre los siglos IV-III a. C.

87 Una mina valía 100 dracmas.

88 Cf. las afirmaciones de Demetrio de Falero en 1, 2-3. Los gastos de un funeral iban desde las diez minas (DEMÓSTENES , Contra Beoto 52) hasta las tres (LISIAS , Contra Filón 21).

89 Los vencedores en Olimpia («olimpiónicos») eran mantenidos a expensas públicas en el Pritaneo.

90 Sobre esta pretendida bigamia de Sócrates cf. DIÓGENES LAERCIO , II 5, 10; y ATENEO , XIII 555d.

91 Tenemos noticia sobre estos interpretadores de sueños, que se sentaban a la entrada del templo de Yaco (Baco), en ALCIFRÓN , Cartas III 23, quien fija en dos dracmas el precio de la consulta, aunque ARISTÓFANES , Avispas 52-3, lo rebaja a dos óbolos.

92 Durante su etapa como gobernador de Atenas, (cf. n. 1).

93 Conocido, junto con Harmodio, como los «tiranicidas», por haber matado al tirano ateniense Hiparco en el año 514 a. C.; celebrado como liberador había una estatua suya en el ágora de Atenas.

MARCO CATÓN

Afirman que la familia de Marco Catón procedía de [1 ] Túsculo, pero que tenía su residencia y medios de vida, antes de su carrera militar y política, en unos campos heredados de sus antepasados en territorio de los sabinos. Parece que sus antepasados fueron totalmente desconocidos, aunque el propio Catón alaba a su padre Marco como hombre bueno y experto militar, y afirma que su bisabuelo Catón obtuvo muchas veces premios al valor y que, al haber perdido cinco caballos de guerra en los combates, cobró su precio del dinero público debido a su bravura. Los romanos acostumbran a llamar hombres [2] nuevos a quienes, sin tener fama por su familia, empiezan a ser conocidos por sí mismos, y así también llamaban a Catón, aunque él decía que era nuevo para el mando y la fama, pero muy antiguo por las hazañas y virtudes de sus antepasados. Al principio [3] tenía como tercer nombre no Catón, sino Prisco, pero después tuvo el sobrenombre de Catón por su capacidad; pues los romanos llaman catus al hombre experimentado 1 .

[4] En su apariencia física era pelirrojo y de ojos claros, como muestra el que hizo el epigrama no con benevolencia:

Al pelirrojo, al siempre presto a morder, al de los ojos claros, a Porcio, ni muerto acepta Perséfone en el Hades 2 .

[5] Y la constitución de su cuerpo, criado desde el principio en el trabajo manual, en una moderada manera de vivir y en las campañas militares, la tenía muy útil, conformada por igual para la fuerza y para la salud. En cuanto a la elocuencia, la preparaba como un segundo cuerpo y como un hermoso instrumento casi imprescindible para un hombre que iba a vivir no de manera humilde ni inactiva, y la ejercitaba en las aldeas y poblados vecinos, defendiendo siempre a quienes lo solicitaban, y al principio se le tenía por un animoso litigante, luego también por un orador capaz 3 .

[6] A partir de eso se hacía evidente a quienes más lo trataban una seriedad y sensatez en su carácter que requería asuntos importantes [7] y un liderazgo político. Porque, según parece, no sólo se mostraba libre de recibir dinero por los juicios y pleitos, sino que ni siquiera se le veía que deseara como lo más importante la fama de tales pleitos, prefiriendo mucho más ser estimado en las batallas contra los enemigos y en las campañas militares; tenía, cuando era aún un muchacho, el cuerpo lleno [8] de heridas recibidas de frente. Porque él mismo cuenta que tenía diecisiete años cuando hizo su primera campaña militar en la época en la que Aníbal, con éxito, incendiaba Italia 4 . En los combates se ofrecía con mano agresiva, pero con pie firme y sólido, y orgulloso en el rostro. Utilizaba ante los enemigos amenaza de palabra y aspereza de voz, pensando con razón y demostrando que muchas veces cosas así espantan a los contrarios más que la espada. Durante las marchas él iba a pie, [9] llevando sus armas, y un único criado le seguía, transportando sus víveres; se dice que con éste jamás se enfadó ni le reprendió cuando le servía el almuerzo o la comida, sino que incluso él mismo ayudaba la mayoría de las veces y la preparaba con él cuando terminaba las tareas militares. En las [10] campañas bebía agua, excepto, cuando por estar muy sediento, pedía vinagre 5 , o, al fallarle las fuerzas, tomaba un poco de vino flojo.

Cerca de sus campos estaba la granja propiedad de Manio [2 ] Curio, quien había celebrado tres veces el triunfo 6 . A ella iba caminando con frecuencia y, al ver el pequeño tamaño del terreno y la sencillez de la residencia, comprendía el talento del hombre que, tras llegar a ser el más grande de los romanos, el que había sometido a los pueblos más belicosos, y el que había expulsado a Pirro de Italia 7 , labraba personalmente este terrenito y vivía en esta granja después de tres triunfos. Allí, sentado junto al hogar para cocer nabos lo encontraron [2] los embajadores sabinos y le ofrecieron mucho oro. Pero él los despachó tras decir que ningún oro le hacía falta a quien se conformaba con semejante comida, y que para él [3] era más hermoso que tener oro vencer a quienes lo tenían 8 . Catón volvió a casa meditando esto, y al pasar revista de nuevo a su casa, campos, sirvientes y modo de vida, aumentó en intensidad el trabajo manual y cortó el despilfarro.

Cuando Fabio Máximo 9 tomó la ciudad de Tarento, ocurrió que Catón servía en el ejército bajo sus órdenes a una edad muy temprana; trabó relación de amistad con Nearco, un [4] pitagórico, y se aplicó a participar de sus enseñanzas 10 . Tras escuchar a este hombre dialogar sobre lo que había tratado también Platón, llamar al placer el mayor cebo del mal, al cuerpo la primera desgracia para el alma, y liberación y purificación a las reflexiones con las que más se separa y se aleja al alma de los sufrimientos del cuerpo, aún más amó la sencillez [5] y la moderación 11 . Además, se dice que estudió tarde la cultura griega y que, cuando ya muy viejo tomó en sus manos libros griegos, utilizó para su oratoria un poco a Tucídides, y [6] más a Demóstenes 12 . Realmente sus discursos escritos están bastante adornados con opiniones y relatos griegos, y hay muchas traducciones literales en sus preceptos y sentencias 13 .

Había un patricio entre los más importantes romanos, y [3 ] persona influyente, ducho en ver un valor en ciernes, y bien dispuesto a formarlo y conducirlo hacia la fama, Valerio Flaco 14 . Éste tenía unos terrenos lindantes con los de Catón, [2] y tras enterarse por sus servidores de su trabajo manual y de su modo de vida y maravillarse cuando le contaban que por la mañana iba a pie al foro y atendía a quienes le requerían, y que regresaba a su campo, en invierno llevando una blusa de trabajo, y, en verano, desnudo, y que, después de trabajar con sus servidores, comía el mismo pan, sentándose con ellos, y bebía el mismo vino, y cuando mencionaban su otra mucha moderación y templanza, así como algunos de sus dichos sentenciosos, ordenó que fuera invitado a comer. A partir [3] de entonces lo trataba y, al observar su manera de ser pacífica y agradable, que necesitaba, como una planta, cultivo y terreno propicio, lo impulsó y alentó a dedicarse a la política en Roma. Así, cuando Catón bajó a Roma, pronto adquirió por sí mismo admiradores y amigos debido a sus defensas judiciales, y, al proporcionarle Valerio prestigio e influencia, obtuvo primero el cargo de tribuno militar, y luego fue cuestor 15 . Desde ese momento, ya ilustre y conocido, [4] concurrió con el mismo Valerio a las máximas magistraturas, y con aquél llegó a ser cónsul, y, a continuación, censor.

Y de entre los ciudadanos de más edad se relacionó con Fabio Máximo, que tenía enorme prestigio y la mayor influencia, pero, sobre todo, prefiriendo su manera de ser y su vida como los más hermosos ejemplos. Por eso también no [5] le importó hacerse rival del gran Escipión que, aunque joven entonces, se enfrentaba a la influencia de Fabio y daba la impresión de envidiarle; por el contrario, cuando fue enviado con él como cuestor a la guerra de África 16 , tan pronto como vio que el hombre practicaba su acostumbrado despilfarro y que gastaba dinero despreocupadamente con el ejército, le hablaba con toda libertad, diciendo que lo más importante no era el gasto, sino que corrompía la frugalidad tradicional de los soldados al dedicarse ellos a unos placeres y lujos que sobrepasaban [6] su necesidad. Y al responder Escipión que para nada necesitaba un cuestor muy severo, cuando dirigía la guerra con las velas desplegadas, porque debía dar razón a la ciudad de sus acciones y no de sus gastos, Catón se fue de Sicilia y, junto con Fabio, proclamando a gritos en el senado la incontable corrupción de Escipión y sus pueriles pérdidas de tiempo en palestras y teatros, como si estuviera no en una campaña, sino celebrando una fiesta, consiguió que fueran enviados tribunos de la plebe junto a él, para conducirle a [7] Roma si las acusaciones parecían ciertas 17 . En todo caso Escipión, tras poner a la vista la victoria en la preparación de la guerra y mostrar que era amable cuando se reunía con los amigos en el tiempo libre, pero en absoluto negligente para lo serio e importante por lo desprendido de su género de vida, zarpó a la guerra.

[4 ] Y aumentó mucho la influencia de Catón por su elocuencia, y la mayoría le llamaba el Demóstenes romano 18 , pero su [2] modo de vivir le hizo más renombrado y famoso. Porque la habilidad en el hablar ofrecía ya a los jóvenes una rivalidad común y muy solicitada, pero uno que aguantase el trabajo manual tradicional, que buscase una comida sencilla, un desayuno frío, una vestidura simple y una vivienda plebeya y que admirase el no necesitar lo superfluo más que el poseerlo, era raro; ya entonces la república, por su tamaño, no conservaba la pureza, sino que, al gobernar muchos asuntos y hombres, había mezclado muchas costumbres y aceptado ejemplos de todo tipo de maneras de vivir. Lógicamente, por [3] tanto, admiraban a Catón cuando veían a los demás debilitados por los trabajos y ablandados por los placeres, y a aquél, en cambio, no vencido por ninguno de los dos, no sólo mientras era aún joven y ambicioso, sino anciano y ya canoso tras el consulado y el triunfo, como un atleta victorioso que se mantiene firme en la serie de entrenamiento y aguanta hasta el final. En cuanto a vestido, sostenía que nunca había usado [4] uno más caro de cien dracmas, que bebía el mismo vino que sus trabajadores, incluso cuando era pretor y cónsul, y que se proveía de carne y pescado para la comida en el mercado por treinta ases 19 , y eso a causa de la ciudad, para fortalecer su cuerpo con vistas a las campañas militares. Al haber adquirido por herencia un cobertor bordado de Babilonia 20 , pronto [5] lo vendió, ninguna de sus granjas estuvo jamás revocada con cal, y nunca compró un esclavo por más de mil quinientas dracmas, porque no los necesitaba delicados ni hermosos, sino trabajadores y robustos, como palafreneros y boyeros; y pensaba que era preciso venderlos cuando se hacían viejos y no alimentar inútiles 21 . En una palabra, que nada de lo superfluo [6] es barato, sino que ha de considerarse caro aquello que no se necesita, aunque se haya comprado por un as; y que hay que adquirir campos de siembra y de pasto mejor que los que hay que regar y barrer.

[5 ] Unos atribuían esto a la mezquindad del hombre, otros en cambio admitían que economizaba en sí mismo más estrictamente con vistas a la corrección y moderación de los demás. Pero echar y vender a los criados como a bestias de carga tras haberlos utilizado hasta la vejez, yo, al menos, lo atribuyo a un carácter excesivamente duro y que cree que no existe entre [2] hombre y hombre más relación que el interés. Por eso vemos que la bondad abarca un espacio más amplio que la justicia; porque estamos por naturaleza inclinados a servirnos de la ley y la justicia sólo con los hombres, pero respecto a la buena conducta y los favores hay ocasiones en que, incluso con los animales irracionales, fluyen de un carácter dulce como de una fuente abundante 22 . Porque es propio del hombre bueno alimentar a los caballos impedidos por la edad y a los perros, no sólo cuando son cachorritos, sino cuando necesitan cuidados por su vejez.

[3] El pueblo ateniense, cuando construía el Hecatómpedon 23 , dejó libres a cuantas mulas supo que se habían mantenido más firmes en los trabajos, para que pastaran libres y sueltas; una de ellas, cuentan, bajando por sí misma a las obras, corría al lado de las acémilas que conducían los carros hacia la acrópolis, e iba delante como animando y empujando al mismo tiempo; por ello votaron por decreto que ésta fuera alimentada con fondos públicos hasta su muerte 24 . Y [4] las tumbas de los caballos de Cimón 25 , con los que venció tres veces en Olimpia, están próximas a su monumento funerario. Así hicieron otros muchos con perros criados en casa y como de la familia, entre ellos Jantipo el Viejo 26 , que dio sepultura en los promontorios que hasta ahora llaman Túmulo del Perro al que nadó junto a su trirreme hacia Salamina, cuando el pueblo abandonó la ciudad.

Porque no hay que servirse de los seres vivos como de zapatos [5] o vestidos, desechándolos cuando están rotos y ajados por el uso, sino que hay que acostumbrar a uno mismo a ser con ellos manso y amable, si no por otra razón, por la práctica de lo humano. Yo, desde luego, no vendería a un buey de [6] labor por su vejez, ni mucho menos a un hombre anciano, apartado de su lugar de crianza y de su modo de vida habitual a cambio de unas pequeñas monedillas, y que será, además, tan inútil para los compradores como para los que lo venden. Pero Catón, del mismo modo que si se comportara [7] como un jovenzuelo en esto, afirma que abandonó en Iberia incluso al caballo que utilizó en las campañas mientras era cónsul, para que el precio de su pasaje no se le incluyera a la ciudad. Si esto ha de atribuirse a magnanimidad o a mezquindad, es posible utilizar argumentos para convencer.

En otros aspectos de su moderación el hombre era extraordinariamente [6 ] admirable, quien, cuando era general, tomaba para sí y los suyos no más de tres medimnos áticos de trigo por mes, y diariamente, para los animales de carga, menos [2] de medimno y medio de cebada 27 . Tras recibir como provincia Cerdeña 28 , mientras que los pretores anteriores a él acostumbraban a utilizar habitaciones, lechos y vestidos pagados con fondos públicos, gravando además con mucho servicio y multitud de amigos, y con gastos y preparativos para [3] banquetes, aquél hizo increíble la diferencia de economía. Porque jamás pidió al tesoro público para gasto alguno, y visitaba las ciudades caminando, sin carruaje, y le acompañaba un único servidor público que le llevaba la ropa y el vaso [4] de libaciones para el sacrificio. Pero mostrándose en eso bien dispuesto y llano con los que estaban bajo su mando, por otra parte ponía en compensación solemnidad y gravedad, al ser inexorable en los juicios y recto y severo en las órdenes de gobierno, de suerte que nunca para aquéllos fue ni más temible ni más amado el dominio romano 29 .

[7 ] La elocuencia del hombre parece que tiene un carácter semejante: porque era al mismo tiempo agradable y temible, suave e impactante, burlona y seria, sentenciosa y polémica, como Platón afirma que Sócrates parecía desde fuera a quienes le trataban vulgar, semejante a un sátiro e insolente 30 , pero que, por dentro, estaba lleno de seriedad y de asuntos que provocaban las lágrimas en los oyentes y conmovían su corazón. [2] Por eso no sé lo que les ha sucedido a los que sostienen que a la elocuencia de Lisias se parece sobre todo la de Catón 31 . No obstante, por otra parte, conviene que eso lo juzguen [3] quienes conocen mejor los procedimientos de la oratoria romana; en cambio nosotros escribiremos unos pocos de los dichos memorables, pues sostenemos que se hace visible la manera de ser de los hombres mucho más que por el rostro, según algunos opinan, por la palabra 32 .

En cierta ocasión, cuando quería disuadir al pueblo romano [8 ] que deseaba inoportunamente raciones de trigo y repartos, comenzó así sus palabras: «Es difícil, ciudadanos, hablar a vientres que no tienen oídos». Denunciando el lujo, dijo que [2] era difícil salvar a una ciudad en la que un pez se vendía más caro que un buey 33 . Dijo que los romanos se parecían a las [3] ovejas, porque aquéllas una por una no obedecen, pero todas juntas siguen a los que las conducen: «así también vosotros», dijo, «individualmente consideráis que no hay que hacer caso a los consejeros, pero, cuando os reunís, os dejáis guiar por ellos» 34 . Hablando sobre el poder de las mujeres, dijo: [4] «Todos los hombres mandan sobre sus mujeres, nosotros, en cambio, sobre todos los hombres, pero somos mandados por nuestras mujeres». Esto está tomado de las sentencias de Temístocles. Pues éste, al imponerle su voluntad su hijo muchas [5] veces por medio de la madre, dijo: «Mujer, los atenienses gobiernan a los griegos; yo, a los atenienses; a mí, tú, y a ti, tu hijo, de forma que evita su poder gracias al cual, aunque no tiene aún juicio, es de los griegos quien tiene la mayor [6] autoridad». 35 Catón dijo que el pueblo romano señalaba los precios no sólo a las púrpuras, sino también a las costumbres. «Pues como los tintoreros», dijo, «tiñen con más frecuencia ese que ven que gusta, así los jóvenes aprenden y buscan esas cosas a las que acompaña elogio por vuestra [7] parte». Les aconsejaba que, si habían llegado a ser grandes por la virtud y la templanza, no cambiaran a peor, y si por la incontinencia y la maldad, que cambiaran a mejor; porque ya se habían hecho grandes gracias a aquéllas. En cuanto [8] a los que aspiraban muchas veces a ejercer magistraturas dijo que, como si no conocieran el camino, siempre procuraban caminar con lictores, para no perderse. Reprochaba a los ciudadanos que eligieran con frecuencia a los mismos [9] como magistrados. «Pues parece», dijo, «que pensáis que ejercer magistraturas no vale mucho, o que no hay muchos [10] dignos de ejercer magistraturas». Al parecerle que uno de sus enemigos llevaba una vida vergonzosa y despreciable, dijo: «Su madre cree que es una maldición, no un ruego, dejar [11] a éste sobre la tierra». Señalando a uno que había vendido los campos heredados situados junto al mar, fingía admirarse de que fuera más fuerte que el mar y decía: «Porque lo que el mar apenas cubría, éste se lo ha bebido [12] fácilmente». Cuando el rey Éumenes estuvo de paso en Roma, el senado lo acogió extraordinariamente y se produjo en torno a él una rivalidad y porfía de los primeros ciudadanos, fue evidente que Catón lo miraba con desconfianza y [13] prevención 36 . Y, cuando uno le dijo, «Pero, no obstante, es un hombre valioso y amigo de los romanos», contestó: «Sea, pero, por naturaleza, este animal es carnívoro». Y dijo que ninguno [14] de los reyes más celebrados era digno de compararse con Epaminondas, Pericles, Temístocles, Manio Curio o Amílcar, de sobrenombre Barca. Decía que sus enemigos lo [15] aborrecían porque cada día se levantaba de noche y, descuidando sus asuntos particulares, se ocupaba de los públicos. Y añadía que prefería verse privado de gratitud por obrar [16] bien a no ser castigado por hacerlo mal. Y dijo que disculpaba [17] a todos los que cometían errores, excepto a él mismo.

Habiendo elegido los romanos tres embajadores para [9 ] Bitinia, de los cuales uno era gotoso, otro tenía la cabeza hundida por una trepanación y corte, y el tercero daba la impresión de ser tonto, Catón, burlándose, dijo que había sido enviada por los romanos una embajada que no tenía pies, ni cabeza, ni corazón 37 . Cuando Escipión, a instancias de [2] Polibio, solicitó que se intercediera en favor de los desterrados aqueos 38 , se produjo una larga discusión en el senado, concediendo unos su regreso, y oponiéndose otros. Entonces Catón se levantó y dijo: «¡Como si no tuviéramos otra cosa que hacer! Estamos en asamblea todo el día, investigando sobre si unos viejecitos griegos 39 van a ser enterrados por sepultureros nuestros o por los de Acaya». Tras ser aprobado [3] por votación el regreso de los hombres, Polibio dejó pasar unos pocos días e intentaba de nuevo comparecer ante el senado, para que los desterrados pudieran recobrar los honores que antes tenían en Acaya, y trataba de conocer la opinión de Catón. Y él sonriendo dijo que Polibio, como Odiseo, quería entrar de nuevo en la cueva del Cíclope, al haberse olvidado [4] allí el gorro y el cinturón. Decía que los juiciosos sacaban más provecho de los insensatos que los insensatos de los juiciosos, porque éstos se guardaban de los errores de aquéllos, [5] pero aquéllos no imitaban los aciertos de éstos. De los jóvenes decía que le gustaban más los que se ponían colorados que los que palidecían, y que no necesitaba a un soldado que moviera las manos al caminar y los pies al luchar, y que roncara [6] más fuerte que al lanzar el grito de guerra. Regañando a un hombre muy gordo dijo: «¿Cómo podría ser útil a la patria un cuerpo así, cuyo espacio entre el cuello y las ingles está [7] todo ocupado por el vientre?» 40 . A un amigo del placer que quería tener trato con él, apartándose le dijo que no podía vivir [8] con un hombre que tenía el paladar más sensible que el [9] corazón. Del que estaba enamorado decía que su alma vivía en un cuerpo ajeno. Y que él se arrepentía en toda su vida de tres cosas: una, haber confiado a su mujer un secreto; otra, haber navegado cuando podía haber ido a pie, y la tercera, que pasó [10] todo un día indispuesto 41 . A un anciano que obraba mal le dijo: «Hombre, ya que la vejez tiene muchas desgracias, no [11] le añadas la vergüenza de la maldad». A un tribuno, incurso en una calumnia por envenenamiento, que proponía una mala ley y presionaba con violencia, dijo: «Jovencito, no sé qué es peor, si beber lo que preparas o ratificar lo que propones por [12] escrito». Insultado por un hombre que había vivido con desenfreno y maldad, dijo: «Desigual es para mí la disputa contigo; porque escuchas sin inmutarte los insultos y los dices con soltura, pero para mí decirlos es insufrible y escucharlos una rareza». En resumen, tal es el tenor de sus dichos memorables.

Designado cónsul con su amigo y confidente Valerio Flaco, [10 ] eligió como provincia la que los romanos llaman Hispania Citerior 42 . Allí, mientras sometía algunos pueblos y ganaba otros por medio del diálogo, le cayó encima un numeroso ejército de bárbaros, y hubo riesgo de que fuera vergonzosamente sometido por la fuerza; por eso pidió la alianza de los cercanos celtíberos. Y al pedir ellos doscientos [2] talentos como pago de la ayuda, mientras todos los demás consideraban intolerable que los romanos acordaran con los bárbaros un pago por su ayuda, Catón, sin embargo, dijo que no era nada indigno, porque, en caso de vencer, pagarían con lo de los enemigos, no con lo suyo, y, vencidos, no habría ni deudores ni acreedores 43 . Esta batalla la venció con autoridad [3] y progresó en las otras con brillantez. Al menos Polibio afirma que, por orden suya, fueron derribadas en un solo día las murallas de las ciudades a este lado del río Betis 44 ; y que éstas eran muchísimas y repletas de hombres belicosos. El propio Catón afirma que conquistó más ciudades que días pasó en Iberia. Y esto no es jactancia, si es verdad que su número era de cuatrocientas 45 .

[4] A los soldados, que ya habían sacado provecho en la campaña, les repartió, además, una libra de plata por hombre 46 , tras decir que sería mejor que muchos romanos volvieran con plata a que unos pocos lo hicieran con oro; en cuanto a él, decía que nada le llegó de lo capturado, excepto lo que había [5] bebido y comido. «Y no censuro», afirmaba, «a los que buscan sacar provecho de eso, sino que prefiero disputar en virtud con los mejores a hacerlo en riqueza con los muy ricos, [6] o con los muy codiciosos en codicia». Y no sólo a él, sino también a los de su entorno preservaba puros de toda ganancia. Le acompañaban cinco servidores durante la campaña. Uno de ellos, llamado Paccio, compró tres muchachos de entre los prisioneros; pero, cuando se enteró Catón, antes de ponerse ante su vista, se ahorcó. Y Catón volvió a vender a los muchachos y reintegró el precio al tesoro público.

Mientras aún permanecía en Iberia, Escipión el grande, [11 ] que era enemigo suyo, quería oponerse a su éxito y recibir los asuntos de Iberia, logró ser designado sucesor de aquella provincia. Y apresurándose cuanto le fue posible, hizo cesar el mando de Catón 47 . Pero éste, tras llevar como escolta cinco [2] cohortes de infantería y quinientos jinetes, sometió al pueblo de los lacetanos 48 , y, al recoger seiscientos desertores, los hizo matar. A Escipión, que se quejaba por esto, le dijo hablando [3] con ironía que así Roma sería más grande, si los famosos y poderosos no cedían los primeros puestos del valor a los más desconocidos, y, a su vez, los plebeyos como él competían en valor con quienes eran los primeros por linaje y fama. Y no obstante el senado decretó que ni se cambiara [4] ni se alterara lo dispuesto por Catón, y el mando de Escipión, estorbando más su propia reputación que la de Catón, transcurrió inútilmente en la inacción y en el ocio; Catón, en cambio, tras obtener el triunfo, no aflojó ni puso fin a la virtud, como hace la mayoría de los que compiten no por la virtud, sino por la fama, y cuando han llegado a los más elevados honores y obtenido consulados y triunfos, preparados ya durante el resto de su vida para el placer y el ocio, se apartan de los asuntos públicos; Catón al contrario, igual que los que tocan por vez primera la política y tienen sed de honor y fama, esforzándose desde otro comienzo se ofrecía a servir a amigos y ciudadanos, sin rehusar ni las defensas judiciales ni las campañas militares.

[12 ] Y así colaboró con el cónsul Tiberio Sempronio como legado en lugares de Tracia y del Danubio 49 , y como tribuno militar fue junto a Manio Acilio a Grecia contra Antíoco el Grande 50 , que inspiraba miedo a los romanos más que ningún otro después [2] de Aníbal. Pues faltó poco para que ganara de nuevo toda Asia, cuanta tenía Seleuco Nicátor 51 , y al hacer súbditos a muchísimos y belicosos pueblos bárbaros, se veía impulsado a caer sobre los romanos, como si fueran los únicos dignos combatir con él. Tras [3] poner como motivo simulado el liberar a los griegos, que nada necesitaban, ya que recientemente habían quedado libres e independientes de Filipo y los macedonios gracias a los romanos 52 , pasó con un ejército. Y de inmediato Grecia estaba agitada y había expectación, alterada por los demagogos por las esperanzas puestas en el rey. Manio enviaba embajadas a las ciudades. Y a [4] la mayoría de los que tramaban sublevarse los contuvo Tito Flaminino sin ruido, y los mantenía tranquilos, como está escrito en la biografía de aquél, mientras que Catón ponía de su lado a los habitantes de Corinto, Patras e incluso Egion 53 .

Pero la mayor parte del tiempo la pasó en Atenas. Y se dice [5] que corre un discurso suyo, que pronunció en griego ante el pueblo, de que admiraba la virtud de los antiguos atenienses, y que con gusto había sido espectador de la ciudad por su hermosura y grandeza. Pero eso no es cierto, sino que trató con los atenienses a través de un intérprete, aunque era capaz de hablar personalmente, y que permanecía fiel a sus costumbres patrias, riéndose de los que admiraban las griegas 54 . Por cierto que se burló de Postumio Albino quien escribió [6] una historia en griego y solicitaba indulgencia, diciendo que había que concederle la indulgencia si emprendió su obra obligado por un decreto de los anfictiones 55 . [7] Afirma que los atenienses admiraron la rapidez e intensidad de su lenguaje. Porque lo que él exponía con brevedad lo refería el intérprete prolijamente y con muchas palabras; y que todos pensaban que a los griegos les salían las palabras de los labios, y a los romanos, en cambio, del corazón.

Cuando Antíoco, tras cerrar los desfiladeros de las [13 ] Termópilas con el ejército y aplicar empalizadas y fortificaciones a las defensas naturales del lugar, se mantenía quieto creyendo que había alejado la guerra, y los romanos desesperaban completamente de forzar por el frente, Catón, sin embargo, al traer a su memoria aquel cerco y envolvimiento persa, [2] partió de noche con una parte del ejército 56 . Después que llegaron arriba, el prisionero que hacía de guía perdió el camino, y, al extraviarse en lugares infranqueables y escarpados, una tremenda angustia y miedo se produjo entre los soldados; al percibir Catón el peligro, ordenó que todos los demás no se movieran y aguardasen, mientras que él tras tomar consigo a un cierto Lucio Malio, hombre experto en caminar por el monte, avanzaba con mucho trabajo y audacia en medio de una noche sin luna y profunda, por olivos silvestres y rocas que alzados producían muchas interrupciones de la visión que era confusa, hasta que después de desembocar en un sendero que, según creían, terminaba abajo sobre el campamento enemigo, pusieron señales en algunas puntas de rocas bien visibles que se levantaban sobre el monte [3] Calídromo. De esta manera volvieron atrás, recogieron el ejército y, avanzando hacia las señales, alcanzaron aquel sendero y reanudaron la marcha, pero, cuando avanzaron un poco, les faltó al interrumpirlo un precipicio. Y de nuevo se produjo incertidumbre y miedo, al no saber ni observar que [4] casualmente habían llegado cerca de los enemigos. Ya brillaba el día y les pareció oír un rumor, y, de inmediato, pudieron observar la empalizada griega y un puesto avanzado bajo lo escarpado. Así, tras apostar allí al ejército, Catón ordenó que se acercaran a él, prescindiendo de los demás, los firmianos 57 , a los que siempre consideró fieles y valerosos. Cuando corrieron [5] y se agruparon a su alrededor, dijo: «Necesito que sea capturado un enemigo vivo, y saber quiénes son esos que guardan las posiciones avanzadas, cuál es su número y, de los demás, cuál es la disposición, emplazamiento y preparación con la que nos aguardan. Es preciso que esta tarea sea una captura rápida y audaz, igual que los leones, sin armas, avanzan confiados contra los animales cobardes». Tras decir eso [6] Catón, los firmianos se lanzaron inmediatamente como estaban, y corrieron desde lo alto de los montes contra los puestos avanzados; y, al caer inesperadamente, desconcertaron a todos y los dispersaron, y después de capturar a uno de ellos con armas, lo entregaron a Catón. Informado por éste de que [7] la fuerza restante estaba situada en los desfiladeros junto al propio rey, y de que los que guardaban los pasos eran seiscientos etolios escogidos, mostró desprecio a la vez por su corto número y por su negligencia, y con rapidez se echó encima, al son de la trompeta y con el grito de guerra, desenvainando la espada el primero. Y éstos, tan pronto como vieron a los que se les venían encima desde las cumbres, puestos en fuga hacia el grueso del ejército, llenaron por completo a todos de confusión 58 .

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30 января 2026
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381 стр. 2 иллюстрации
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9788424937300
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