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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 109
PLUTARCO
OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES
(MORALIA)
IV
CHARLAS DE SOBREMESA
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS POR
FRANCISCO MARTÍN GARCÍA

EDITORIAL GREDOS
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ALBERTO MEDINA GONZÁLEZ.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1987.
REF. GEBO222
ISBN 9788424931513.
CHARLAS DE SOBREMESA
(Quaestiones convivales)
INTRODUCCIÓN
I. Temática y estructuras
De todas las obras relacionadas con el tema simposíaco posteriores a las de Platón y Jenofonte hasta el siglo I d. C., la de Plutarco, con todas las modificaciones que haya podido sufrir el género convival en el transcurso de más de cuatro siglos, es la única que se nos ha transmitido casi completa; pues, si exceptuamos la pérdida de una serie más bien pequeña de cuestiones1, el resto lo conservamos en un estado bastante aceptable.
Muy variado es el repertorio de temas tocados por nuestro autor a lo largo de los nueve libros que componen su obra: casi un tercio corresponde al ámbito de las ciencias naturales y de la medicina, otro tercio a temas gramaticales e históricos, y, además de ello, no faltan los astronómicos, psicológicos, poéticos, mitológicos, filológicos, musicales, los referentes al orden y decoro en los banquetes y algunos otros más2.
Heterogéneo también es el tratamiento formal de las cuestiones: unas se nos presentan en forma dialogada con todo lujo de detalles, como pueden ser la indicación del lugar y fecha en que se celebró el banquete y los nombres del anfitrión y asistentes, a veces bien caracterizados; en tanto que otras añaden a una carencia total de estos datos el carácter de diatribas o de largos monólogos (por ej. I 3, V 1, 2, 9, VI 1, 9, 10, VIII 5, y IX 1, donde el diálogo parece completamente olvidado; monólogos sensu stricto son II 1, III, 9 y IX 15; las demás conservan, al menos, la apariencia de un diálogo).
Sin embargo, a pesar de las referidas diferencias formales, existe algo en lo que casi todas las cuestiones muestran una coincidencia unánime: su estructura3, cuyo estudio emprendemos al objeto de fijar la unidad interna de la obra, el o los modelos que sirven de base a Plutarco en su composición, la finalidad perseguida y, finalmente—y si ello es posible—, determinar en qué medida el autor de las Vidas Paralelas refleja conversaciones auténticamente mantenidas en el círculo de sus amigos y familiares.
Tal tipo de análisis estructural, en lo que al de Queronea se refiere, no es del todo novedoso, pues ya C. Kahle4 lo ensayó a principios de siglo con notable éxito, si bien prestando mayor atención a otros diálogos plutarquianos que a la obra que ahora nos ocupa. De ahí, pues, nuestro interés por completar esta parcela en los estudios de Plutarco.
Un gran número de cuestiones se suelen iniciar con una breve información5 sobre el lugar y fecha correspondientes al coloquio que a poco tendrá lugar. Igualmente, se nos presentan por orden de aparición los personajes que intervienen en él, de los que en bastantes ocasiones se nos indica su profesión o afiliación filosófica. Si muchos interlocutores, a nuestros ojos, no se hallan bien caracterizados, ello se debe a que Plutarco, al igual que Platón, pone en escena a familiares y amigos muy conocidos en su entorno social6. Al lado de los personajes que podríamos calificar de «conocidos», Plutarco recurre al uso de pronombres indefinidos o a la presencia de un forastero en treinta y nueve de las cuestiones que se nos han transmitido7.
En toda esta escenografía, bien montada por lo general, resultan chocantes cuatro casos: el primero y menos relevante se encuentra en VII 10, en cuyo inicio se habla de unas ruidosas conversaciones, sosegadas al fin, cuando en la cuestión anterior todo había transcurrido con absoluta calma. Un despiste por parte del autor supone VI 3, ya que silencia el nombre del anfitrión en un banquete iniciado dos cuestiones antes. Los dos últimos y más graves son VI 5, donde Lamprias, abuelo de Plutarco, acusa a su hijo de haber preparado un banquete sin orden ni concierto, lo que en realidad corresponde a su nieto Timón, el anfitrión en I 2, y, finalmente, II 6, donde se nos dice que, en los jardines de Sóclaro, Plutarco y el cortejo de invitados contemplaron los más insólitos tipos de injertos en árboles frutales, cuando en la actualidad sabemos que dentro de la arboricultura los mencionados injertos son imposibles, y cuesta trabajo admitir la hipótesis de Z. Abramowiczówna8, según la cual se trataría de una broma del jardinero de Sóclaro.
Plutarco, al contrario que Platón, opera con un número muy elevado de personajes, circunstancia ésta que en no pocos casos desorienta al lector. Ello, no obstante, como dentro de una cuestión concreta rara vez emplea más de tres o cuatro, nos permite esbozar en líneas generales la estructuración de las distintas secuencias que se van sucediendo a lo largo de cualquier cuestión.
La primera secuencia se destina, por lo normal, a la exposición de opiniones ingenuas, vulgares o extremistas, y de teorías científicas o filosóficas, o bien defendidas por rétores, gramáticos, médicos y representantes de las escuelas peripatética, estoica o epicúrea, esta última, como es sabido, la más opuesta a Platón9, o bien es el propio autor, o un familiar, o amigo íntimo, con una forma de pensar parecida a la suya, el encargado de presentarnos las tesis de las escuelas rivales, a las que se considera equivocadas. Todo ello, naturalmente, en un ambiente cordial, acorde con el afable carácter de Plutarco10.
Si se considera que otra intervención basta para zanjar el tema discutido, nuestro autor, en una segunda secuencia, saca a escena un nuevo personaje con la misión de rebatir los puntos de vista ya mencionados. A tal fin se nos introducen personas con convicciones filosóficas similares a las de Plutarco, entre las que, lógicamente, se encuentra él también, o individuos de espíritu abierto e inquieto, como su abuelo Lamprias, su hermano, de idéntico nombre, su amigo Filino11, etc.
En el caso de que la cuestión no se cierre con este apartado12, en la segunda secuencia se incluyen opiniones que refuerzan los puntos de vista equivocados, o que, al contrario, los refutan13, pero corrientemente de forma gradual. Su objeto es preparar el camino a la tercera y, por lo normal, última secuencia, reservada a Plutarco y a aquellos que poseen un temperamento más filosófico y original.
Sumamente raro es que una conversación se prolongue en más de tres secuencias, como antes advertimos; pero, cuando ello ocurre, el personaje puesto en escena, o cumple las mismas funciones que en los apartados dos y tres, o su intervención consigue, con sus preguntas al personaje principal14, que no perdamos la sensación de encontrarnos en un diálogo. Su función, por tanto, es simplemente fática.
II. Fuentes de las «Quaestiones convivales» (o «Charlas de sobremesa»)
De todas las tesis que apoyan la dependencia de las Quaestiones de una fuente concreta, la defendida por J. Martin15, a saber, que Plutarco se inspiró en el Banquete de Jenofonte para la confección de su obra, es en la actualidad la que menos credibilidad posee. Sostiene dicho crítico que Plutarco, siguiendo de forma consciente el modelo de Jenofonte, quien sitúa al final su Banquete como colofón de los Recuerdos de Sócrates, ha operado en sus Quaestiones de idéntica forma. Así tendríamos en Plutarco dos grupos de cuatro libros (I-IV y V-VIII), que corresponderían a los cuatro libros de los Recuerdos, y a ellos los coronaría el libro IX de nuestro autor, réplica del Banquete de Jenofonte y homenaje a su maestro Amonio16, como aquél hace con Sócrates.
Sin embargo, como bien ha hecho notar H. Bolkestein en su amplia y matizada crítica17, a la que actualmente se adhieren otros estudiosos del tema18, Plutarco no siguió al autor de la Anábasis, entre otras cosas porque la estructura y el tono de su Banquete difieren esencialmente de los de nuestra obra: el Banquete de Jenofonte no consta de cuestiones, propias del género convival; más bien, nos encontramos con un Sócrates que bromea, como haría un hombre de su época, en esos momentos de solaz y recreo impuestos por un banquete entre amigos19.
En consecuencia, si no arranca de Jenofonte, hay que buscar por otro lado. Que, después de Platón, Plutarco no fue el único en escribir una obra de tal tipo, sino que ese espacio intermedio se vio colmado por toda una literatura simposíaca, lo demuestran nombres de autores como Aristóxeno de Tarento, aristotélico, Perseo, estoico, y el gramático Dídimo20, cuyos escasos fragmentos parecen coincidir algo, tanto por los títulos como por la temática, con algunas cuestiones de Plutarco21. Es, por tanto, probable que nuestro autor, dadas estas afinidades señaladas, conociera sus obras y otras más, según se puede deducir de su prólogo al libro I; pero los fragmentos conservados son tan exiguos, que nos es difícil emitir un juicio definitivo sobre dicha dependencia. Así, pues, no resulta nada sorprendente que Plutarco hubiera manejado diversas fuentes para algunas cuestiones, como ha puesto de manifiesto C. Hubert22, pero la verdad es que en otras muchas las desconocemos por completo23.
En definitiva, nada se puede objetar respecto al manejo, por parte de Plutarco, de todas las obras perdidas o poco conocidas que debían de constituir un género literario bien definido24 y que, por ende, habían de ser imprescindibles para cualquiera que abordara la tarea de escribir una obra de tal índole. Ahora bien, si se considera la estructura analizada en la primera parte de nuestro trabajo, Plutarco, estamos seguros de ello, tuvo en la mente, por encima de todos, un modelo muy bien conocido para él y para nosotros: el Banquete de su divino maestro Platón, a quien siguió tanto formal como conceptualmente.
Desde el punto de vista estructural, Platón establece un clímax muy parecido al adoptado por Plutarco, pues ya de entrada se deja bien claro que los distintos asistentes al banquete van a seguir un turno jerárquico por orden de importancia en la exposición de sus discursos sobre el Amor25. En todos ellos, al igual que en nuestro autor, se establece una gradación, de acuerdo con la cual el que a continuación toma la palabra tratará de recoger y ampliar las opiniones del anterior, como hace Pausanias con Fedro y, a su vez, Erixímaco con Pausanias. Dentro de esta correlación, y aunque sus respectivos discursos supongan doctrinas distintas26, Aristófanes representará un avance mayor, y aún más el poeta Eratón, quien, según sus propias palabras, intentará dar una definición del Amor, no sin antes admitir algunos puntos en los que se basaron sus antecesores en el uso de la palabra27. Y frente a todos ellos y cerrando el ciclo encontramos el discurso de Sócrates, el más conseguido por ser el más original y filosófico y porque, con extrema habilidad, rebate punto por punto las tesis de sus compañeros de mesa, cuyas exposiciones, a pesar de haber deleitado antes a los asistentes por su espíritu retórico, científico y sofístico, se revelan ahora, a la luz del discurso de Sócrates, como vacías, por no haber sabido ahondar, como este último, en la verdad, reservada al filósofo28.
¿Y no es ésta la forma de actuar de Plutarco en sus Quaestiones convivales? Como Sócrates, el auténtico filósofo, se enfrenta a retóricos, médicos y sofistas, así también Plutarco, reservando la última intervención para aquellos que, o bien son filósofos, o llevan impreso en su carácter el sello de la originalidad. Si lo ha conseguido o no, es otro cantar, pero su propósito no es otro que atacar y desenmascarar el saber vulgar, el cientifismo en boga representado por los epicúreos, la pedantería, y esa erudición que se ampara en los libros descuidando la imaginación y la capacidad de inventiva, aunque, naturalmente, él caiga muchas veces en el defecto que pretende criticar, pero todo ello es un mal de su época.
Pero es que, además, Plutarco, que esencialmente es platónico29, se vale, en el estudio de cualquier problema, del mismo tipo de análisis que su augusto maestro en su día pusiera en práctica, y no sólo en aquellos temas en que se defiende a ultranza a Platón, como en VII 1, donde justifica la afirmación platónica de que la bebida pasa por los pulmones30, o que la divinidad no engendra como los mortales (VIII 1), o las tres causas tocadas por Platón con relación al hombre (IX 5)31 y la superioridad de la geometría sobre la aritmética (VIII 2)32, o las distintas partes que componen el universo y las Musas que las rigen (IX 14), o la idea platónico-aristotélica de que el universo, por ser perfectísimo, preexiste a todo y que la primera generación surge de la tierra (II 3), o, por último, las causas que dieron origen al mundo: Dios, materia e idea (VIII 4), sino también porque Plutarco ha hecho suyo, en cualquier problema que aborde, el método platónico, como a continuación veremos desglosándolos por apartados.
A) LENGUA. — En lo que toca a este apartado, la postura de Plutarco, al igual que la de su maestro, es esencialista. Frente a las teorías relativistas, que consideran la realidad como un continuo flujo, Plutarco, siguiendo a Platón, piensa que en el trasfondo de las cosas siempre hay algo inmutable y esencial, aprehensible por la razón. Por ello, también las unidades lingüísticas poseen una entidad autonómica con capacidad, incluso, para la hipóstasis, es decir abstracción o transformación de lo relativo en absoluto, cosa nada sorprendente en un sistema que estima que tras los objetos y personas se esconde algo firme e inmutable.
Los nombres, como afirma Platón en su Crátilo33, poseen unas señales (sḗmata) naturales, y no son, según creían los sofistas, meros signos convencionales. Por ello, en palabras de Crátilo, y de Sócrates también, «quien conoce los nombres de las cosas conoce también las cosas» (Crátilo 435d), porque un nombre es una imitación de un objeto y no una etiqueta arbitraria. Para demostrar dicha teoría, Sócrates no siente reparo alguno en violentar las palabras en una serie interminable de etimologías —casi todas ellas falsas y fantásticas—, que es exactamente la forma de proceder de Plutarco a lo largo de su obra, de una forma tan prolija, que un inventario de ellas resultaría, por demás, fastidioso e innecesario34.
B) EL SABER VULGAR. — Es objeto de crítica, por parte de Plutarco, por no profundizar en los primeros principios que rigen un fenómeno35, cual es la labor de un verdadero filósofo. De esta forma, la causa real de que un barco navegue lentamente no es la rémora, por ejemplo —en realidad, causa concomitante—, sino el progresivo deterioro de su quilla (II 7). Igualmente, los caballos llamados lycospádes (II 8) no son fogosos y valientes por haber escapado a los lobos, sino que escapan a ellos precisamente porque lo son. Las trufas no son producidas por los rayos y truenos que penetran en la tierra, sino por el agua cálida y fecunda que los acompaña (IV 2a). El que un rayo no dañe a una persona dormida no tiene nada de milagroso, como el vulgo cree, sino que se debe a que el cuerpo en ese estado no ofrece resistencia a otro elemento mucho más fuerte que él (IV 2b). A Mitrídates no se le apodó Dioniso por ser un extraordinario bebedor, sino por haber sufrido de pequeño con un rayo una experiencia similar al dios (I 6b). La tribu eántide, si no queda jamás en último lugar en las competiciones en que participa, no es por razones inmediatas, cuales son los personajes famosos nacidos de ella, sino por su héroe epónimo, Ayante, que no soportaba, muy bien que digamos, la derrota (I 10). Y, finalmente, el agua del Nilo, si no se recoge de noche, no es porque no hace calor a esa hora, sino porque en esos momentos se ha remansado ya y no se halla turbia (VIII 57).
C) LAS POSTURAS «EMPÍRICAS». — Defendidas por los científicos, son, igualmente, condenadas por padecer un mal parecido al del saber vulgar. l.°) Los científicos saltan a la primera conclusión que se les viene a la cabeza36 sin haberla sometido a un análisis minucioso, como es el caso de V 3b, donde Lucanio, contra la opinión de un anónimo profesor de retórica, demuestra eruditamente que la corona de pino era antigua; y exactamente lo mismo ocurre, en V 2, con la poesía; en V 3a, con el pino consagrado a Posidón; en VII 9, con la costumbre —griega, por cierto, y antigua— de hablar de temas políticos durante la cena, y en I 6a, respecto al alcoholismo de Alejandro Magno. 2.°) Acuden a explicaciones retorcidas apoyadas en mecanismos y aparatos físicos complicados37, que, en última instancia, sirven para dar razón de casos particulares de un fenómeno, pero no del fenómeno en general, como en IX 3, en que Zopirión acaba demostrando que el número de las letras del alfabeto no se debe a otra razón que al azar, o en IX 5, donde Marcos, basándose en una operación aritmética simple, demuestra por qué dijo Platón que el alma de Ayante llegó la vigésima al Hades, y en IX 2, donde es el propio Plutarco quien, alegando, según dice, las sencillas explicaciones de su abuelo, ataca la manida teoría del gramático Protógenes, que rutinariamente se exponía en las escuelas, de por qué la α era la primera letra del alfabeto.
En consecuencia, la auténtica misión del científico no es otra que la de ofrecer explicaciones generales38, apartar sus ojos del mundo sensible, en continuo devenir, y fijarlos en lo que en realidad es, para así poder construir una ciencia menos empírica39, capacitada en todo momento para aprehender las cualidades de las cosas40, como hace Plutarco con el aceite en VI 9, con el cobre y con el calor de la luna y del sol en III 10, y no destinada a generalizar con casos particulares, que es justamente la forma de actuar de muchos médicos, rétores, gramáticos y, sobre todo, epicúreos.
Por ello, Plutarco, siempre tras las huellas de su maestro, censurará a los defensores de la teoría de los poros, por superficial e innecesaria a la hora de explicar el origen del apetito (VI 2 y 3), oponiéndoles, en cambio, razones esenciales basadas en las cualidades de las cosas y, sobre todo, «teleológicas», todas ellas aprendidas en Platón: la Naturaleza no es una vulgar chapucera que pone remiendos aquí y allá con sus poros y átomos, sino que, por encima de todo, es orden (VIII 9), que empuja a cada ser a completarse con aquello de lo que está falto. Así, de todos nuestros componentes, el calor es el único o el que más precisa del líquido (VI 1), y por esta razón en verano consumimos más de él, mientras que durante el invierno la alimentación sólida es la más necesaria (II 2), y si las personas hambrientas calman su apetito bebiendo, es porque el agua hace que se reparta el alimento, viscoso y duro ya por falta de líquido, a través de todo el cuerpo, y el mismo efecto causan los baños (VI 2), que nos hacen recuperar la humedad perdida, en tanto que los vómitos tienen por misión expulsar los elementos extraños al organismo (VI 2). La propiedad de las almendras no consiste en desgarrar los poros, con lo que se evita la borrachera, sino que más bien el sabor amargo, como el de las almendras y las cremas de las mujeres, por ser desecante, reseca y disipa los líquidos no permitiendo que se dilaten las venas, con cuya hinchazón sobreviene el emborracharse (I 6).
Como principio vital, el calor es la causa de los olores agradables y de la fogosidad en las relaciones sexuales (I 6); de que la higuera ablande la carne de un ave colgada de ella (VI 10); de que el hálito del lobo haga también más sabrosa la carne de las ovejas matadas por él (II 9); de que en el organismo humano triture los alimentos (IV 1 y VI 3); de la bulimia, cuando el calor abandona el cuerpo (VI 8); de que las fiebres impulsen el líquido al interior del cuerpo, donde se concentra, dando lugar a que el resto se seque (VI 2), y de ablandar los granos de trigo (VII 2). Y lo es también de que los ancianos gusten, entre otras impresiones fuertes, del vino puro, porque su naturaleza es ya débil y reseca (I 7 y V 4). Y, a la inversa, es con el frío como se debe explicar la dureza de los granos de trigo (VII 2) y fenómenos similares.
Así, pues, todo en este mundo marcha por los caminos que le traza la sabia Naturaleza, que tiene sus reglas propias, a partir de las cuales nos es posible sentar dos principios básicos:
1.°) Lo semejante no afecta negativamente a lo semejante (IV 1 y VI 3), sino que lo ampara y nutre (III 2), como en el ejemplo del amor (I 5) y de los sabores dulces mezclados con el vino (III 7), a no ser, claro está, que se abuse, cual es el caso de la repleción, el ocio y molicie, pues éstos, al no aportar lo adecuado a las naturalezas, consiguen que los cuerpos adquieran una mezcla distinta en cada caso y con ello sobrevienen las enfermedades, cuyo origen hay que buscarlo aquí en la tierra, no en otros mundos o intermundos (VIII 9). Ni tampoco tiene sentido pensar que el agua de un pozo, fría de por sí, se caldee ante la presión del aire que la rodea, también frío (VI 4), ni que el agua de los pozos o ríos se enfríe por un mecanismo complicado, sino por el aire exterior y más si es retenido en el fondo por objetos fríos y duros, como son las piedras y el plomo (VI 5); ni que los ancianos lean mejor los escritos de lejos por la convergencia de los rayos de luz, sino porque la luz que sale de sus ojos es débil, y si acercan el libro, la intensidad lumínica de éste les afecta, pero no, en cambio, si lo retiran, porque entonces ambas corrientes armonizan (I 8)41; ni que los paños y la paja sean cálidos, sino, más bien, fríos y por comprimir la porosidad de la nieve la aíslan del calor (VI 6); ni, por último, recurrir a esos inoportunos átomos para explicar el sonido, sino una cosa mucho más simple, el aire (VIII 3).
Sin embargo, con la aplicación de unos principios tan apriorísticos se llega a veces a auténticos disparates, como cuando Plutarco nos asegura que la mujer resiste el vino puro mejor que los ancianos por su naturaleza más húmeda y fría que la del hombre, que hace que el vino se amolde mejor a su constitución (III 3).
2.°) Al contrario, una cosa se ve afectada por su opuesto: si la yedra se agostó y secó al ser trasplantada a Babilonia, ello se debe a que la planta es fría y en ese país domina un calor agobiante (III 2). El vino puro causa trastornos en el cuerpo de los ancianos, porque ambos poseen cualidades contrapuestas, el primero es húmedo y los últimos secos (III 4), lo que no se contradice con que les guste, por cumplir con el fin teleológico de la naturaleza. La razón de que el otoño sea funesto para los árboles estriba en la sequedad de esta estación, lo más perjudicial, precisamente, para la humedad y el calor, necesarios en las plantas, y por idéntico motivo hace a nuestros cuerpos proclives a las enfermedades (VIII 10). Si las coníferas no se dejan injertar, hay que achacarlo a su naturaleza que no es tornadiza como la tierra (II 6), y otro tanto ocurre con la palmera (VIII 4), y, finalmente, si el agua del mar no es buena para lavar, como la de río, su causa no está en la fusión de elementos espesos y terrosos, cuya mezcla origina la salobridad del mar, según afirmaba Aristóteles42, sino en ser más grasa y, por ello, producir manchas (I 9).
Y, de nuevo, con su antiempirismo por bandera, Plutarco vuelve a incidir en errores de bulto, como en III 5, donde, para explicar que las personas que beben mucho no son aptas para la procreación, se ve obligado a argüir que el vino es, más bien, frío por naturaleza, en tanto que en VII 3 afirma que la fuerza del vino es el calor, porque en esta última cuestión ha de oponerlo a la cualidad del aire.
D) EN CUANTO A DIVERSIONES, BEBIDAS, BROMAS Y COMPOSTURAS. — En los banquetes, Plutarco estima que el decoro y la moderación siempre deben reinar en ellos, tanto en chanzas (II 1), preguntas (I 4), citas de versos (IX 1) y espectáculos (I 4), como en la mezcla de vino (III 9 y VI 7). A los bailes frenéticos se les condena enérgicamente, pues los placeres que se nos introducen por la vista y oído son los más peligrosos, por afectar, contra la teoría epicúrea, a la parte racional del alma (VII 5), si bien dichos placeres son admisibles cuando resulten inofensivos (VII 7) y adecuados a un banquete (VII 8). Ahora bien, el mayor deleite de un banquete reside en una conversación grata (V 5, 6 y VII 8), de la que no están excluidos los temas filosóficos (I 1, V 5 y VII 8), ni los políticos (VII 10), siempre que sepan adaptarse al tono de la reunión.
Lo que toca a la etiqueta de los banquetes, como es la colocación de los comensales, varía según las circunstancias y, por ello, no están reñidas las opiniones de Plutarco y Lamprias en I 2; y lo mismó cabe decir del número de invitados (V 5) y de los «sombras», a los que no hay inconveniente en admitir, siempre que sean personas agradables y amigos íntimos tanto del anfitrión como de quien los invite (VII 6).
Nuestros sentimientos humanitarios nacidos del trato son los que nos mueven a compasión con los animales terrestres (IV 4), no así con los marinos, aunque no nos hayan hecho daño alguno (VIII 8); y es la utilidad que nos reportan algunas cosas, como la sal (V 10) o el fuego (VII 4), la que ha creado en nosotros el hábito de considerarlas divinas.
En otros terrenos, también, Plutarco se adhiere con fe a la doctrina platónica, como en la explicación que da al hecho de que nos atraigan las imitaciones teatrales43 en V 1, en total contraposición con las teorías epicúreas, y contra ellas, asimismo, defiende en III 6 la consumación del acto amoroso durante la noche. Los repartos de alimento o cualquier otra cosa han de basarse en el mérito particular y no en la pretendida igualdad democrática (II 10), y, finalmente, alma y cuerpo forman una unidad tan estrecha, que lo que afecta a uno de ellos hace lo propio con el otro (III 8 y V 7).
En resumidas cuentas, si se observan con detenimiento las teorías expuestas, se notará que ellas, a pesar de las incongruencias propias de un sistema apriorístico y deductivo, forman un cuerpo homogéneo y coherente, cuya finalidad es explicar, siguiendo siempre el principio teleologico, cualquier faceta del saber humano, frente al saber vulgar, incapaz de distinguir causa real de causa concomitante, y frente a las teorías empíricas, que incurren en un defecto parecido, y, dentro de las últimas, sobre todo, contra la escuela epicúrea, que con sus impertinentes átomos había llegado nada menos que a la negación de la teleología en la Naturaleza y del alma en el hombre.
III. Finalidad de la obra
Los siglos I y II d. C., época en la que vivió Plutarco, conocieron bajo los reinados de Nerva y Trajano un resurgir de las escuelas filosóficas griegas antiguas44. Con el romanticismo característico de un renacimiento se vuelven los ojos al modelo griego y se intenta restaurar un pasado glorioso. Así, vuelven a florecer sistemas filosóficos como la sofística, el estoicismo, el epicureísmo45 y, lógicamente, el platonismo, al que muchos miembros de la Academia intentaron dar un aire moderno46. En este renacer de la filosofía los hombres vuelven a plantearse los problemas que preocuparon a sus ilustres predecesores, y, pertrechados con sus doctrinas, intentan dar una explicación, naturalmente sin la frescura de sus antecesores, del mundo que les rodeaba.
Por supuesto, Plutarco no podía ser menos, como lo revela toda una vida dedicada al estudio y asimilación de la obra de su áureo maestro; y es por esta senda, creemos, por donde se ha de buscar la razón de que Plutarco concibiera la empresa de escribir sus Quaestiones convivales. Este escrito no es una obra de juventud, sino que, muy al contrario, corresponde a su época de madurez y, probablemente, sea una de las últimas de su larga y fecunda vida47, cuando ya se habían asentado en su espíritu las doctrinas de Platón, a quien junto con Amonio, el entrañable maestro que le acompañó en sus primeros pasos por el platonismo, intentará rendir un último homenaje con sus Symposiaká, como trataremos de demostrar a continuación.
Es innegable que Plutarco, en algunos aspectos, se ha inspirado en los problemas de Aristóteles, considerados auténticos por él48, pero no es menos verdad que esta inspiración es más «temática» que de otro tipo. Y lo prueba el que en muchos pasajes de su obra en los que menciona al de Estagira, con todo el afecto que le manifieste, lo hace o bien para ampliarlo49, o bien para rebatirlo50, pero en pocas ocasiones para darle la razón51. Y es que Plutarco, que en lo esencial es platónico52 y profesa esta doctrina no al estilo de los académicos de su tiempo, sino de la forma que él estima más pura y genuina53, se siente un nuevo Sócrates, como ya observara Hirzel54, carente, eso sí, de su kainotomía, porque, en realidad, no abre nuevos caminos, sino que se limita a conservar los ya establecidos55; pero, como su predecesor, tomará la palabra a favor de la filosofía —de lo que él cree auténtica filosofía— contra la retórica y sofística56. En su imitación de Sócrates probará a ser original, aunque, por supuesto, carezca de su talento, y, así como Platón consideró su primer enemigo a Demócrito, por más que calle su nombre57, así también Plutarco se enfrentará a un seguidor del atomisma, Epicuro, a cuyo sistema coherente y vitalista58 opondrá otro, a su juicio, no menos congruente, el de Platón, aún vivo y con brío suficiente para ofrecer una visión global del hombre, en sus aspectos físico y espiritual, mucho más completa que la que descansa en un puro materialismo.
Que éstas son las miras de Plutarco en su obra, se desprende de la Introducción del libro I, donde nos dice que es labor de los más afamados filósofos registrar por escrito las conversaciones mantenidas durante la bebida y que, por consiguiente, él se siente incluido en este grupo59. Ahora bien, desde la época de Platón a la de Plutarco ha llovido mucho y ni el hombre ni el ambiente son los mismos. Por ello, Plutarco habrá de basarse en esa literatura dedicada a los Banquetes60, que fomentaba todo tipo de preguntas y respuestas61, y, casi sin darse cuenta, al criticar posturas eruditas, incurrirá en su mismo defecto, porque ni su época ni él se distinguieron por un espíritu creador62, y Plutarco en esto es hijo de su tiempo. Pero, en el fondo de su alma, se creerá un nuevo Sócratres, que aguijonea a sus conciudadanos con constantes preguntas, preguntas que ahora respiran un aire muy aburguesado y lejano del que animó a los contemporáneos de Sócrates.
Por todo ello, es injustificado afirmar, como lo hace Fuhrmann63, que Plutarco se limitó a tomar notas de aquello que le pareció interesante con vistas a un empleo futuro, sin un fin determinado, porque el de Queronea, según hemos visto, muestra una gran coherencia —con todo lo superficial que se quiera— en este escrito suyo. Ni tampoco creemos acertada la tesis de Bolkestein64, según la cual Plutarco pretendía poner ante el público un libro variado con el fin de enseñar deleitando, ya que, aparte de eso, secundario en nuestra opinión, nuestro autor quería dejar constancia, particularmente en el terreno científico, de la vigencia de unas teorías bien digeridas a lo largo de su dilatada vida. Y también resulta incompleta la postura defendida por Abramowiczówna65: es posible que Plutarco refleje la opinión de los hombres cultos de su época, pero por encima de ello se ha de situar la defensa a ultranza de un sistema filosófico que aún alienta en el corazón y espíritu de un hombre que se siente heredero de Platón. Y, por último, mucho menos sentido tiene acusar a Plutarco de escéptico66 en las soluciones ofrecidas por él en las distintas cuestiones. Podrá pecar de superficial —lo admitimos—, pero nunca de escéptico; pues, a pesar de que el propio Plutarco en alguna ocasión asegure que un problema se ha de investigar, aunque no aporte otra utilidad que la de ejercitarse67, y en reiterados casos —añadimos nosotros— diga que aborda determinados problemas de un modo improvisado68, la verdad es que otras muchas veces arremete contra lo «convincente» sólo y persigue la «verdad»69, y en uno y otro caso ofrece soluciones con una fe ciega en las teorías platónicas. Es cierto, como asegura Dörrie70, que las Quaestiones convivales no tocan el fondo del sistema filosófico de Platón ni tienen la profundidad de su maestro, pero el método de análisis es el mismo, y es perceptible, además, un intento de imitación consciente, como prueba la congruencia plutarquiana en los diversos temas tocados71, si bien, como dijimos antes, sería un grave error confundir el talento de Plutarco con el de Platón, entre los que media todo un abismo, y, por otro lado, las comparaciones, como se sabe, son odiosas.
IV. Autenticidad de su obra
Y llegamos al problema más conflictivo de las Quaestiones convivales, el de saber si responden a conversaciones realmente mantenidas o no. Los que apoyan su historicidad se basan en que las precisas indicaciones ofrecidas por Plutarco sobre sitios, fechas y personajes72 en bastantes de los banquetes muestran que nuestro autor fue tomando notas de dichas conversaciones73 y, posteriormente, con el aditamento de fuentes literarias74 y la precaución de no afirmar nada que no correspondiera al carácter y formación de las personas puestas en escena, confeccionó su obra.
Y, a la inversa, los detractores de la historicidad, apoyándose en la carta de Cicerón75 y en que, al lado de las precisas indicaciones, existen «cuestiones» desprovistas de la más mínima alusión a sitios y personajes76, estiman que Plutarco, para la composición de su escrito recurrió, sobre todo, a las notas tomadas de sus lecturas, lo que, en última instancia, no significa que todas las «cuestiones» sean fingidas77.
Pues bien, tras el análisis interno efectuado por nosotros en estas páginas, tal vez se esperase que aportáramos una solución definitiva al problema, pero lamentablemente no podemos ofrecerla. Contra una historicidad a ultranza parecen abogar el caso ya citado de los jardines de Sóclaro y también la estructura de la obra, que despide olor a libro más que a la propia vida. En su favor parecen hablar las observaciones de la autora polaca Abramowiczówna de que Lamprias, en I 2, expresa su propia opinión y no la de Plutarco78, y el tema relativo a la visión antes estudiado.
Por otro lado, la utilización de fuentes literarias, puesta de manifiesto por Hubert79, no desmiente la historicidad, como bien ha mostrado Ziegler80. Súmese a todo ello que la afirmación de Plutarco, en la Introdución al libro II (629E), de que va a reproducir las conversaciones tal y como le vinieron a la memoria, se ve corroborada por los hechos, pues, aunque algunas cuestiones muestren entre sí una ilación clara, en el resto no se ve hilo conductor que agrupe en modo alguno las cuestiones. Además, que los banquetes eran una ocasión propicia para favorecer todo tipo de conversaciones entre los comensales, según su extracción social, como dice Plutarco en las Introducciones a los libros V (673A), VII (697E) y VIII (717A), no tiene nada de sorprendente en el mundo griego antiguo, ni tenemos por qué dudar de su veracidad.
Nuestra opinión personal es que, en los Symposiaká, hay un poco de todo difícilmente discernible. Se mezclan, creemos, recuerdos con auténticas disputas de escuela, cuyo denominador común es la justificación de una vida dedicada al platonismo y su profunda y sincera devoción a su fundador. La crítica interna, efectuada por nosotros a lo largo de estas cuartillas, muestra los fines y fuentes de la obra y, en último extremo, que las conversaciones —por su rígida estructura-jamás tuvieron lugar como Plutarco las transmite, sino que fueron sometidas a una profunda reelaboración; pero, como Fuhrmann81 lamentara, no puede confirmar si son o no históricas y, con toda honestidad, así lo hemos de reconocer.
V. Historia del texto
El texto de las Quaestiones convivales82 nos ha sido transmitido por trece manuscritos, siendo uno de ellos, el Codex Vindobonensis Graecus 148(T), el arquetipo del que derivan todos los demás. Dicho códice, que data del siglo X o principios del XI, fue comprado en Constantinopla, allá por el año 1562, por Augerio de Busbeck y, en un principio, constaba de treinta y ocho cuadernos, de los cuales se perdió el núm. 35, que comprendía las cuestiones 6-12 del libro IX, salvándose sólo el comienzo de la primera y el final de la última.
Según la hipótesis de Hubert83, la desaparición del cuaderno núm. 35 ha de achacarse a una reorganización de los cuadernos núms. 34, 35 y 36, ordenados durante cierto tiempo a la inversa. Al efectuarse, pues, su correcta distribución, debió de perderse en su totalidad el núm. 35 y, asimismo, desaparecieron las tres primeras hojas del 36.
Además de ello y con anterioridad a que se copiasen de T los manuscritos que nos han llegado, se perdió también el final del libro IV desde la cuestión 6. Sin embargo, el copista abrigaba la esperanza de que con el tiempo se recuperara el texto perdido, como lo muestra el que señaló la laguna dejando sin escribir dieciocho líneas y rematando, con esta parte del libro IV, el cuarderno 16. Animado por el mismo sentimiento, algún bibliotecario cambió la numeración del cuaderno 17 por la del 18, y así sucesivamente hasta el final.
En época posterior, cuando ya se había llevado a cabo la copia de T, desaparecieron, además, los cuadernos 19 (676, C stémma — 680, D historéitai dé), 26 (704, F tṓn alógōn — 709,A skiṓn) y 38, que parecía contener en dos de sus hojas el final de la obra (desde 747,E Hḗrēn te…).
Los manuscritos derivados, que en su mayoría no se limitan al texto de las Quaestiones convivales, como T, sino que incluyen en sus páginas otras obras de Plutarco, se escinden en dos familias:
a) Los que parecen arrancar directamente de T, que son, simplemente, dos:
Parisinus gr. 2074(P), del siglo XIV. Contiene sólo las Quaestiones.
Palatinus gr. 170(g), del siglo XV.
b) Los que proceden del famoso monje bizantino, del siglo XIII, PLANUDES, O de sus sucesores, que no se remontan directamente a T, sino a un manuscrito intermedio perdido, utilizado por el monje:
Vaticanus gr. 139 (γ), un poco posterior al año 1296.
Copias de él son:
Parisinus gr. 1680, del siglo XIV.
Marcianus gr. 248, copiado por JEAN RHOSOS en 1455.
Laurentianus 80, 5, del siglo xv. Contiene sólo los cuatro primeros libros de las Quaestiones.
Cantabrigensis 2601, del siglo xv. Incluye las Quaestiones hasta IX 5 (synáptōn, 740, D).
Toletanus 51, 5, de los siglos XV-XVI, y quizá: Vaticanus gr., 1676 (π), del siglo xv.
Del Laurentianus 80, 5 parte el Urbinas gr. 99 (υ), del siglo XV. Contiene sólo los cuatro primeros libros de las Quaestiones.
Por su gran concordancia con T, el Parisinus gr. 1672 (E), un poco posterior a 1302, parece derivar de un ejemplar común más antiguo que γ. Contiene no sólo los Moralia, sino también las Vidas paralelas.
De menor importancia es el Athous, del siglo XVII, que parece depender de γ sin aportar nada nuevo.
En consecuencia, para el establecimiento del texto el códice realmente imprescindible es el T; pero, en orden a completar los pasajes que se nos han perdido, vale la pena colacionar P, g, γ y E y quizá n.
VI. La tradición indirecta
Entre las obras que, de una forma u otra, se han basado en las Quaestiones convivales cabe destacar, en primer lugar, el libro VII de los Saturnalia de Macrobio, que repite, a menudo, con mayor amplitud que Plutarco, muchas cuestiones suyas sin citar su fuente. Sin embargo, ello no quiere decir que Macrobio haya manejado un ejemplar distinto al nuestro de las Quaestiones, sino que, más bien, se ha de pensar con Fuhrmann84 en una utilización bastante libre de un manuscrito emparentado con T, pero con menos errores que él.
Algo así, también, debió de ocurrir con la obra de Michel Psellus Omnifaria Doctrina; con la de Eustacio, que continuamente alude a nuestra obra; con la Varia Historia de Eliano; el Pedagogo y Stromateis de Clemente de Alejandría; el tratado Sobre la abstinencia de Porfirio, y Los Deipnosofistas de Ateneo85.
VII. Ediciones y traducciones
La editio princeps de los Moralia la llevaron a cabo en Venecia, en 1509, Aldo Manucio y Demetrio Ducas. Posteriormente, con las correcciones efectuadas por diversos eruditos del Renacimiento entre los que hay que destacar a Leonico Tomeo, Froben dio a la luz en Basilea, en 1542, una segunda edición, que, junto con la traducción latina, de Xylander, probablemente, sirvió de fundamento a Amyot para publicar su traducción en 1572, año que vio también la edición grecolatina de Henri Estienne, base de las ediciones modernas.
De un año más tarde data la traducción de Cruserius. En 1574 Xylander publicó una edición y, en 1599, aparece la edición de Francfort, que no es otra cosa que la incorporación de la traducción de Xylander al texto de Estienne. Sin fecha se ha de considerar la edición de Wittenberg, que Hutten estima como obra de Melanchton. El año 1642 conoce una edición de los Moralia de Rualde, y el 1774 la de Reiske, obra postuma.
A D. Wyttenbach (Oxford, 1795-1830; Leipzig, 1796-1834) le corresponde el honor de haber preparado la primera edición crítica, a la que siguen las de Hutten (1798), Duebner (Didot, 1839-1846), Bernardakis (Teubner, I, 1888-1896); y, en lo que respecta a las Quaestiones convivales, la de Hubert (Teubner, II, tomo IV, 1938), y, finalmente, en época más reciente, la de E. L. Minar, F. H. Sandbach, P. A. Clement y H. P. Hoffleit (Loeb Class. Libr., VIII y IX, 1961-1969) y la de F. Fuhrmann (Les Belles Lettres, IX1 y IX2), ambas con traducción. La traducción de Fuhrmann, inmejorable por la riqueza de notas que sus páginas contiene, abarca, por desgracia, solamente los seis primeros libros de las Quaestiones convivales.
VIII. Nuestra traducción
Nuestra traducción que, creemos, es la primera que se publica en castellano, se basa fundamentalmente en la edición de C. Hubert; si bien en ningún momento hemos desatendido la inglesa y la francesa citadas en último lugar. Las variantes elegidas se consignan en las notas, en tanto que las conjeturas personales se indican a continuación.
Antes de cerrar la Introducción deseo mostrar mi agradecimiento a mis amigos Alfredo Róspide, Miguel Ángel Rivera, Francisco Gilabert, Luis Muñoz y Lucio Mora, que en todo momento me han ayudado tan desinteresadamente. Quisiera, por último, aunque no sea costumbre hacerlo en una traducción, dedicársela a mis amigos Antonio Plaza y Conchita Trenado, que cumplen a la perfección con el primer y más importante requisito de un banquete tal como Plutarco lo entendía y que no es otro que el de ser unos extraordinarios anfitriones.
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1 Incompletas están, en el libro IV, la 5 y la 6, y del IX, la 6 y la 7. Conocemos sólo el título de las del resto del libro IV, es decir, desde la cuestión 8 a la 10, y del IX, de la 8 hasta la 12.
2 Véase, al respecto, K. ZIEGLER, «Plutarchos», en PAULY-WISSOWA, RE., XXI, 1, 1951, col. 888.
3 Escapan a esta norma los monólogos de Plutarco (II 1), Aristión (III 9) y Amonio (IX 15).
4 De Plutarchi ratione dialogorum componendorum, tesis doct., Gotinga, 1912.
5 Para más detalles sobre la estructura, véase nuestro artículo «Las Cuestiones Convivales de Plutarco: Estructura, Fuentes y Finalidad de la obra», Revista del Colegio Universitario de Ciudad Real 2 (1983), 109-134.
6 Cf. KAHLE, De Plutarchi ratione…, págs. 5 y 10, en donde señala que el círculo de amigos de Platón es mucho más limitado que el de Plutarco.
7 Éstas son: I 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8; II 3, 8, 9, 10; III 6; IV 4; V 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9; VI 1, 3, 4 y 6 (un forastero), 8, 9, 10; VII 1, 5, 6, 7, 9; VIII 3, 5, 6, y IX 1.
8 «Plutarchs Tischgespräche», Altertum VIII (1962), 80-88, 83-84.
9 Cf. C. GARCÍA GUAL, «Epicuro el liberador», Est. Clás. 61 (1970), 379-408, y B. FARRINGTON, La rebelión de Epicuro, trad. esp., Barcelona, 1968.
10 Cf. ZIEGLER, «Plutarchos», col. 892.
11 Un buen estudio de los amigos y familiares de Plutarco se puede hallar en R. VOLKMANN, Leben, Schriften und Philosophie des Plutarch von Chaeronea, 2 vols., Berlín, 1869, vol. I, págs. 16 y sigs.; mejorado por ZIEGLER, «Plutarchos», cols. 666 y sigs. Cualquier referencia que en lo sucesivo hagamos sobre los amigos y familiares de Plutarco se basará en ambos trabajos.
12 Algunas cuestiones pueden estudiar a la vez dos temas distintos, cada uno con solución independiente. Para evitar confusiones marcamos con a la primera y con b la segunda. Se trata de las siguientes: I 6, II 2, IV 2, V 3 y 8, VII 4, y VIII 7.
13 Cuando en una cuestión se esgrimen diversas razones en pro de una determinada teoría, la réplica se apoya, a su vez, en todos esos puntos al rebatirlos o ampliarlos. Dichas cuestiones son: I 4, II 3 y 10, III 2, 3, 14, 10, IV 1, 7, y VII 1.
14 Denominado «princeps» por C. HUBERT, De Plutarchi Amatorio, tesis doct., Berlín, 1903, pág. 59, y KAHLE, De Plutarchi ratione…, páginas 1-24.
15 Symposion. Die Geschichte einer literarischen Form (Stud. zur Gesch. u. Kult. des Altert. XVII), Paderborn, 1931.
16 Ibid., págs. 176-179, particularmente pág. 178. A nosotros nos da la impresión, más bien, de que incluso en este punto imita a Platón. Lo mismo que Alcibíades, un discípulo de Sócrates, hace el elogio de su maestro al final del Banquete de PLATÓN, así también Plutarco rinde su homenaje particular a su querido maestro Amonio con el libro IX, el último de todos.
17 Adversaria critica et exegetica ad Plutarchi Quaestionum convivalium librum primum et secundum, tesis doct., Amsterdam, 1946, páginas 10-17.
18 F. FUHRMANN, Plutarque, Oeuvres Morales (Les Belles Letres IX), 2 vols. Leipziz, 1972, vol. I, pág. XV, y M.a DOLORES GALLARDO, «Estado actual de los estudios sobre los Simposios de Platón, Jenofonte y Plutarco», Cuad. Filol. Clás. (1972), 127-191, pág. 190.
19 Es cierto que, en algunos puntos concretos (cf. BOLKESTEIN, Adversaria critica…, pág. 16), recuerda a Jenofonte, pero siempre en aspectos puramente formales e irrelevantes.
20 Amplia información sobre ellos se puede encontrar en MARTÍN, Symposion…, págs. 170-177, quien considera que sus pocos fragmentos transmitidos ni eran diálogos ni contaban con la ambientación de un banquete, opinión defendida con anterioridad por FR. ULRICH, Entstehung und Entwicklung der Literaturgattung des Symposions, 2 vols., Würzburgo, 1908/9, vol. II, pág. 37. Contra dicho juicio se pronuncia R. HIRZEL, Der Dialog, 2 vols., Leipzig, 1895, vol. II, pág. 224, n. 3, abogando por una forma dialogada en los dos primeros, en tanto que expresan sus dudas con respecto a Dídimo, FUHRMANN, Plutarche, Oeuvres Morales, págs. XV-XVI, y BOLKESTEIN, Adversaria critica…, págs. y 3 sigs.
21 Cf. BOLKESTEIN, ibid., pág. 9.
22 «Zur Entstehumg der Tischgespräche Plutarchs», Khárites für Leo (Berlín, 1911), 170-187, y «Zur indirekten Überlieferung der Tischgespräche Plutarchs», Hermes 73 (1938), 307-328, concretamente págs. 325 y sigs.
23 Así lo reconoce BOLKESTEIN, Adversaria critica…, pág. 33.
24 Cf. ibid., pág. 18, y FUHRMANN, Plutarche, Oeuvres Morales, página XVI.
25 Véase GALLARDO, «Estado actual…», pág. 129.
26 Cf. ibid., pág. 133.
27 En dicho sentido, cf. L. GIL, Banquete, Guadarrama, Madrid, 1969, pág. 13, donde el autor, acertadamente, observa que el discurso de Fedro, aun dentro de su evidente superficialidad, sienta las bases para ulteriores argumentaciones; y pág. 20, en la que señala que Eratón establece el principio de que, para hablar sobre algo, es fundamental conocer su naturaleza y efectos, si bien incurre en el error de confundir la naturaleza del Amor con el amado.
28 Ya F. RODRÍGUEZ ADRADOS, «El Banquete platónico y la teoría del teatro», Emerita 37 (1969), 1-28, concretamente en pág. 10, reparó en que es importante el orden en que se van durmiendo los distintos asistentes. Para GALLARDO, «Estado actual…», págs. 152-3, la explicación, atinada a nuestro juicio, de que sea Sócrates el único que no se duerma y vea la luz del nuevo día, reside en el hecho de que sólo al filósofo le corresponde la dicha de contemplar la Belleza absoluta.
29 Cf. H. DÖRRIE, «Die Stellung Plutarchs im Platonismus seiner Zeit», en Festschrift Merlan, Berlín, 1970, págs. 36 y sigs., y VOLKMANN, Leben…, vol. II, pág. 52.
30 Cf. VOLKMANN, ibid., pág. 61.
31 Cf. ibid., págs. 63-64.
32 Cf. ibid., pág. 63.
33 Un estudio sobre esta cuestión ha sido llevado a cabo por F. RODRÍGUEZ ADRADOS, «Lengua, ontología y lógica en los sofistas y Platón», Revista de Occidente 96 (marzo 1971), 340-365, y 99 (junio 1971), 285-309, artículo al que remitimos al lector interesado en el tema.
34 La ridiculización de algunas etimologías llevada a cabo por Lamprias, el hermano, en VIII 6, no invalida lo dicho, sino que más bien lo confirma, ya que el hermano está criticando a los que hacen un uso malo y superficial de ellas.
35 Cf. VOLKMANN, Leben…, vol. II, pág. 6.
36 Cf. I. M. CROMBIE, Análisis de las doctrinas de Platón, trad. esp., 2 vols., Madrid, 1979, vol. II, pág. 163.
37 Cf. ibid., págs. 164 y 233.
38 Cf. ibid., pág. 165.
39 Cf. ibid., pág. 171, y VOLKMANN, Leben…, vol. II, pág. 6.
40 Cf. CROMBIE, Análisis…, vol. II, pág. 170.
41 Si Plutarco en esta cuestión no maneja el tercer componente platónico que hace posible la visión, el color de los objetos (República 507d), y sí, en cambio, los otros dos citados (Timeo 45b ss.), no es sólo porque esté improvisando y, por ello, no acuda a sus anotaciones, como piensa ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs», pág. 87, sino también, y sobre todo, porque ese tercer componente le estorba en la armonización que está ensayando.
42 En este punto hay que recordar que Plutarco ignoraba que los Problemata no habían sido escritos por el fundador del Perípato.
43 En tal aspecto véase J. S. LASSO DE LA VEGA, «El diálogo y la filosofía platónica del arte», Est. Clás. 12 (1968), 311-374 y el artículo ya mencionado de RODRÍGUEZ ADRADOS, «El Banquete platónico…».
44 Cf. VOLKMANN, Leben…, vol. I, paǵ. 6.
45 Cf. ibid., págs. 7-9.
46 Cf. ibid., págs. 10-11.
47 Sobre la fecha de su composición, cf. ibid., vol. II, pág. 177; BOLKESTEIN, Adversaria…, pág. 24, y ZIEGLER, «Plutarchos», col. 888.
48 Cf. FUHRMANN, Plutarche…, pág. XXI, y ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», pág. 88.
49 Son: 650A, 652A, 656B-D, 690C y F, 704F, 720D, 734E y 735C; y lo mismo se puede afirmar respecto a Teofrasto.
50 Así en 627A-D, 694D y 724D.
51 Como en 659D, 696D y 702B. En todo caso, si hay algo de Aristóteles en Plutarco en el terreno científico, la causa se debe poner en que el estagirita en este campo opera de forma parecida a Platón, conforme demuestra A. FOUILLÉE, Aristóteles y su polémica contra Platón, trad. esp., Buenos Aires, 1948, pág. 16. Por contra, carece de fundamento la afirmación de ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», pág. 88, de que Plutarco en filosofía sensu stricto sigue a Platón, pero en los temas científicos a Aristóteles y los peripatéticos.
52 Añádase a citas anteriores M. R. FLACELIÈRE, «État présent des études sur Plutarque», en Actes du VIIIe Congrès de l’Association Guillaume Budé, París, 5-10 abril, 1968, pág. 501 y, sobre todo, pág. 505, donde afirma que Plutarco toma a Aristóteles sólo ocasionalmente.
53 Véase, en las Actas citadas en n. ant., la comunicacion de H. DÖRRIE, «Le platonisme de Plutarque», pág. 520, que hace extensiva esta afiliación también a Amonio.
54 Der Dialog, vol. II, pág. 227.
55 Cf. ZIEGLER, «Plutarchos», col. 893.
56 Cf. GALLARDO, «Estado actual…», pág. 153.
57 Cf. GARCÍA GUAL, «Epicuro…», pág. 388.
58 Cf. ibid., pág. 380.
59 Así lo entienden KAHLE, De Plutarchi ratione…, pág. 63, cuando afirma que los que siguieron a Platón escribieron diálogos filosóficos por parecerles la forma más noble de expresar sus doctrinas filosóficas, y de una forma similar BOLKESTEIN, Adversaria…, págs. 2-3.
60 Cf. MARTIN, Symposion…, pág. 179, y ZIEGLER, «Plutarchos», col. 890.
61 Cf. VOLKMANN, Lieben…, vol. I, pág. 55.
62 Cf. ZIEGLER, «Plutarchos», col. 888.
63 Plutarche…, pág. XXIII.
64 Adversaria critica…, pag. 43.
65 «Plutarchs…», pág. 88.
66 Tal es la postura de ZIEGLER, «Plutarchos», col. 891.
67 Así lo dice en 628C y 646A, y en ello se han fundamentado KAHLE, De Plutarchi ratione…, pág. 51; FUHRMAN, Plutarche…, pág. XXIV, y ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», pág. 82, para considerar que Plutarco persigue más «lo verosímil» que «lo verdadero».
68 Para Plutarco, 629E, 639E, 652B, 665E 682C, 723E y 746B; para Lamprias, 635C; para otros, 719C y F. Pero ello apunta a la función que antes hemos llamado «original», representada por él, su hermano y algunos otros más.
69 625A, 641D, 687E, 689B y 691D. KAHLE, De Plutarchi ratione…, pág. 40, reconoce, como nosotros, que en Plutarco una sola es la opinión verdadera en la inmensa mayoría de las cuestiones.
70 DÖRRIE, «Die Stellung…», pág. 522.
71 DÖRRIE, ibid., pág. 525, opina que Plutarco no es un ecléctico, sino que posee un juicio filosófico claro, el de Platón. Por otro lado, es inexacta la opinión de ZIEGLER, «Plutarchos», col. 890, según la cual Plutarco recuerda a Platón sólo en la introducción de amigos y familiares, pues su método de análisis, como se ha podido comprobar en este trabajo, es totalmente platónico. Sobre su platonismo, en lo tocante a los ideales panhelénicos, cf. A. BRAVO GARCÍA, «El pensamiento de Plutarco acerca de la paz y l’a guerra», Cuad. Filol. Clás. V (1973), 141-191, especialmente págs. 159 y sigs. (Resumen de su tesis doct.)
72 E. GRAF, «Plutarchisches», en Commentationes O. Ribbeck oblatae, Leipzig, 1888, págs. 59-61 y 64; HIRZEL, Der Dialog, vol. II, página 224, a quien se suma ZIEGLER, «Plutarchos», col. 887; VOLKMANN, Leben…, vol. I, págs. 24 y 55; W. Kiaulehn, «De scaenico dialogorum apparatu capita tria», Phil. Hal. XXIII, 2 (1913), 195-196; J. J. HARTMAN, De Plutarcho scriptore et philosopho, Leiden, 1916, pág. 388; ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», pág. 85, y Commentarius criticus et exegeticus ad Plutarchi Quaestionum Convivalium I et II (en polaco, con un resumen en latín), Torun, 1960, pág. 229.
73 ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», págs. 85 y 88, y ZIEGLER, «Plutarchos», col. 887.
74 HIRZEL, Der Dialog, vol. II, paǵ. 224, n. 3.
75 Ad fam. IX 8, donde escribe a Varrón diciéndole que no se admire si en el diálogo se encuentra como interlocutor de conversaciones jamás sostenidas, pero esa era la costumbre imperante en su época.
76 U. VON WILAMOWITZ-MOELLENDORFF, Commentariolum grammaticum, Gotinga, 1889, vol. III, pág. 24; MARTIN, Symposion…, págs. 173 y sig.; BOLKESTEIN, Adversaria critica…, págs. 45-6, y FUHRMANN, Plutarche…, págs. VIII y sigs.
77 Cf. FUHRMANN, ibid., pág. XVIII.
78 ABRAMOWICZÓWNA, «Plutarchs…», pág. 86.
79 «Zur Entstehung…», pág. 187.
80 «Plutarchos», col. 887.
81 Plutarche…, pág. XI.
82 En este apartado, como en el siguiente, seguimos a C. HUBERT, en el prólogo a su edición: Plutarchi Moralia (Teubner), vol. IV, 19712, págs. XI-XXIII.
83 Ibid., pág. XII.
84 Plutarque, Propos de Table, vol. IX, París, 1972, pág. XXXI.
85 Véase al respecto el artículo de M.a DOLORES GALLARDO, «LOS Simposios de Luciano, Ateneo, Metodio y Juliano», Cuad. Filol. Clás., 239-296, concretamente pág. 252.
NOTA TEXTUAL

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LIBRO I
INTRODUCCIÓN [612C]
Algunos afirman, Sosio Seneción 1, que el proverbio: «odio al bebedor de buena memoria» 2 se dice de los posaderos 3, por ser un tanto cargantes e incorregibles a la hora de beber. En efecto, los dorios de Sicilia, según parece, [D] llamaban al posadero «el de buena memoria». Otros, en cambio, piensan que el proverbio recomienda olvidarse de lo que se dice y hace durante la bebida 4. De ahí que las tradiciones patrias consagren a la divinidad, juntos, el olvido y la cañaheja 5, por estimar que o no se debe recordar ninguno de los excesos cometidos con el vino o, en última instancia, no requieren más que una leve e infantil reprimenda. Y como tú también opinas que el olvido de las excentricidades es en realidad prudente, según Eurípides 6, pero que olvidar por completo lo que acontezca con el vino es no sólo enfrentarse al reconocido dicho de que la mesa hace amigos, sino también tener en contra como testigos a los más afamados filósofos: Platón, Jenofonte, Aristóteles, Espeusipo, Epicuro, Prítanis, Jerónimo y Dión el [E] de la Academia 7, según los cuales es una labor que merece la pena conservar por escrito las conversaciones mantenidas durante la bebida, y como creíste que debía yo recoger lo esencial de los temas que de un modo informal se trataron tanto en Roma 8 con vosotros, como entre nosotros en Grecia sentados a una mesa y con una copa en las manos 9, puse manos a la obra, y te llevo ya enviados tres libros con diez cuestiones cada uno y te enviaré también enseguida los restantes, si crees que ellas no carecen totalmente del encanto de las Musas y de Dioniso.
CUESTIÓN PRIMERA 10
De si se debe filosofar durante la bebida
Conversan ARISTÓN, PLUTARCO, CRATÓN y SOSIO SENECIÓN
1. De todas, la primera cuestión que se plantea atañe al filosofar durante la bebida. Sin duda recuerdas que, cuando en Atenas se suscitó un debate tras la cena, sobre si habían de mantenerse conversaciones filosóficas con el [F] vino y qué medida deberían observar quienes las mantuvieran, Aristón 10 bis, allí presente, dijo: «¡Por los dioses!, ¿hay, efectivamente, quienes no concedan un sitio a los filósofos mientras se bebe?» Y repliqué yo: «Pues claro que los hay, amigo, y además afirman, en un tono irónico muy respetable, que la filosofía, como el ama de casa 11, [613A] no debe dejarse oír con el vino, y que los persas, rectamente en su opinión, no suelen emborracharse ni bailar con sus esposas, sino con sus concubinas, y nos recomiendan que también nosotros hagamos precisamente lo mismo, que acojamos en los banquetes la música y la comedia, pero que no toquemos la filosofía, puesto que ni ella es apropiada para compartir nuestras bromas, ni nosotros en una situación tal nos comportamos seriamente. Pues arguyen que ni siquiera Isócrates, el sofista, aceptó, a pesar de que se lo pedían, hablar nada durante la bebida, salvo esto sólo: ‘Para lo que yo soy experto, no es el momento oportuno; para lo que es el momento oportuno, no soy yo experto’ 12.»
2. Y Cratón 13 a gritos exclamó: «Y muy bien que hizo, por Dioniso, en jurar que no hablaría, si iba a componer [B] períodos tales con los que fuera a desterrar del banquete a las Gracias 14. Pero pienso que no es lo mismo excluir del banquete la palabra de un rétor que la del filósofo, y que es otra la labor de la filosofía, cuyo arte, por versar sobre la vida 15, es natural que no se desligue de cualquier diversión o placer que entrañe un pasatiempo, sino que esté presente, poniendo en todo mesura y decoro; o, de lo contrario, reconozcamos que no se debe admitir ni la templanza ni la rectitud en los banquetes, por considerar ridicula en ellos la seriedad. Pues si, como los que hospedaron a Orestes 16 en el Tesmotetio, fuéramos a comer y beber en silencio, tendríamos aquí un alivio nada desafortunado de la ignorancia. Y si Dioniso es el Libertador [C] y Liberador de toda preocupación y, en especial, el que quita las bridas de la lengua y otorga plena libertad a la palabra 17, considero necio e insensato privar de los mejores motivos de conversación a una ocasión pródiga en ellos y eliminar de los banquetes mismos la filosofía, como si no pudiera confirmar de hecho lo que enseña de palabra, mientras andamos buscando en nuestras charlas sobre los deberes convivales cuál debe ser la cualidad de un comensal y cómo hay que hacer uso del vino.
3. »Y cuando tú dijiste que no valía la pena discutir sobre esas minucias con Cratón, y sí, en cambio, buscar un límite y tipología de los temas filosóficos tratados durante la bebida que eviten ese acertado dicho humorístico, dirigido no sin gusto a los polemistas y retorcidos:
Y ahora id a cenar, para que trabemos combate 18, [D]
y cuando nos animaste a hablar, dije yo que, en mi opinión, lo primero que había de investigarse era el talante de los asistentes: pues en el caso de que el banquete acoja a una mayoría de aficionados a la dialéctica, como el de Agatón a los Sócrates, Fedros, Pausanias, Erixímacos, y el de Calias a los Cármides, Antístenes, Hermógenes u otros más o menos parecidos a éstos, les permitiremos filosofar, mezclando a Dioniso con las Musas no menos que con las Ninfas 19, ya que éstas nos lo hacen entrar en nuestro cuerpo sereno y tranquilo y aquéllas en nuestras almas en verdad melifluo y alborotador. Pues, aun cuando asistan [E] algunos ignorantes, al estar rodeados, como consonantes en medio de vocales, por muchos hombres instruidos, compartirán un sonido nada inarticulado y una mutua comprensión. Mas, en el caso de que hubiese una multitud de hombres tales que tolerasen el sonido de cualquier pájaro o de cualquier instrumento de cuerda y madera mejor que la voz de un filósofo 20, será provechosa la anécdota de Pisistrato 21. Éste, en efecto, con motivo de cierta desavenencia con sus hijos, al ver a sus enemigos alegrarse, convocando la asamblea dijo que, por su parte, quería convencer a sus hijos, pero que, como se mantenían díscolos, [F] estaba dispuesto a hacerles caso y secundarles. De igual manera también un filósofo entre bebedores que no acogen favorablemente sus palabras, cambiando de rumbo los seguirá y acogerá con cariño la conversación de aquéllos, en tanto no se eche por la borda la decencia, consciente de que los hombres son oradores merced a la palabra, pero que filosofan cuando callan y bromean y, ¡por Zeus!, cuando sufren pullas o las gastan 22. Pues si ‘es de una injusticia [614A] extrema’, según afirma Platón, ‘parecer ser justo cuando no se es’ 23, también es de una inteligencia eminente no parecer filosofar cuando se filosofa y llevar a cabo las tareas de gente seria entre bromas. Pues, como las Ménades en Eurípides 24, desarmadas y sin espadas, hieren golpeando con sus tirsos a quienes les atacan, así las chanzas y las risas de los verdaderos filósofos estimulan y se atraen, en cierto modo, a los que no son del todo invulnerables.»
4. «Por lo que a mí toca, pienso que hay un género de temas convivales, de entre los cuales unos los proporciona la historia, en tanto que otros se pueden tomar de los asuntos que tenemos a mano, que contienen muchos ejemplos [B] varoniles y magnánimos para la filosofía, y muchos también para la piedad, y otros que provocan la emulación de hechos virtuosos y humanitarios. Si alguien consiguiera instruir a los bebedores haciendo uso de ellos sin infundir sospechas, eliminaría de la borrachera sus vicios no menores. Sin duda, los que mezclan las buglosas en el vino y rocían el suelo con infusiones de verbenas y adiantos 25, en la idea de que éstos aportan a los comensales cierta alegría y amabilidad, por pura imitación de la Helena homérica 26 que, a hurtadillas, drogó el vino puro, no comprenden que también aquel mito, tras recorrer un largo [C] camino desde Egipto, acabó por convertirse en tema de conversaciones convenientes y apropiadas, pues mientras bebían Helena les relata de cabo a rabo sobre Odiseo:
Qué acción efectuó y afrontó el vigoroso varón,
después de haberse golpeado a sí mismo con golpes indicorosos 27,
éste, efectivamente, era, según parece, el brebaje ‘analgésico’ y ‘tranquilizante’, un relato oportuno que se ajustaba a los sufrimientos y avatares del momento. Por su parte, las gentes de gusto, aun cuando filosofen de una forma directa, en tales ocasiones guían su discurso más por el camino de la persuasión que por el violento de las demostraciones. Pues sabes que, incluso Platón, cuando en su Banquete dialoga sobre el fin último, el bien primero y [D] trata en general de la divinidad, no estira la demostración ni se enceniza, tratando de hacer, según acostumbra, una presa firme e ineludible 28, sino que se atrae a los hombres con lazos más fluidos, como ejemplos y mitos.
5. »E incluso las indagaciones mismas deben ser más fluidas, las cuestiones comprensibles y las preguntas procedentes y nada atosigantes, para que ni angustien a los menos inteligentes ni los excluyan. Pues, al igual que es norma que los cuerpos de los bebedores se balanceen al son del baile y la danza 29, pero si les obligamos a que, puestos de pie, manejen las armas o lancen el disco, el banquete [E] no sólo será desagradable, sino también nocivo, así las indagaciones ligeras excitan armoniosa y provechosamente las almas, y, por ello, hay que suprimir las conversaciones de ‘pleitistas’ y ‘enredalotodo’, en palabras de Demócrito 30, quienes, al extenderse en temas atosigantes y enrevesados, fastidian a los asistentes. Pues es preciso que, como el vino, la conversación sea también algo común de lo que todos participen. En cambio, los que suscitan tales cuestiones en nada se mostrarían más oportunos para la convivencia que la grulla y la zorra de Esopo 31. Esta última, derramando un graso puré de legumbres sobre una roca lisa, 〈convidó a la grulla, quien no se banqueteó〉, sino que hizo el ridículo, pues por su fluidez escapaba el puré a su largo pico. Por ello, la grulla, a su vez, le devolvió [F] la invitación, ofreciéndole la cena en una redoma de cuello largo y estrecho, de modo que ella podía introducir fácilmente su pico y saborearla, y la zorra, en cambio, como no podía, recibió la invitación merecida. Así, en efecto, cuando los filósofos, zambulléndose en cuestiones sutiles y dialécticas durante la bebida, importunan a la mayoría, incapaz de seguirles, ésta, entonces, se entrega a ciertas [615A] canciones, relatos hueros y conversaciones de tiendas y plazas, y acaba por perderse la finalidad de la reunión convival y Dioniso resulta injuriado. Pues, como a Frínico y Esquilo, al conducir por primera vez la tragedia al terreno de los mitos y lo patético, se les censuró con lo de: ‘¿Qué tiene que ver esto con Dioniso?’ 32, así a mí al menos se me ocurrió a menudo decir a los que arrastran al banquete al 33‘Dominante’ ‘¡Hombre! ¿Qué tiene que ver esto con Dioniso?’ Porque cantar lo que llaman ‘escolios’ 34, puesta en medio la cratera y distribuidas las coronas 35 [B] que el dios nos coloca como si nos hiciera libres, quizá 〈sería razonable; pero, en cambio, servirse de conversaciones atosigantes durante la bebida〉 no es ni hermoso ni propio de los banquetes.
»Puesto que efectivamente, según se dice, los escolios no eran un género de cantos compuestos de forma oscura 36, sino que, en primer lugar, todos en común cantaban una oda al dios entonando un peán al unísono y, en segundo lugar, cada uno por turno, cuando se le pasaba una rama de mirto 37, que llamaban ‘ésaco’ 38, creo, por cantar el que la recibía, y como luego cuando circulaba la lira la cogía el instruido y cantaba a sus acordes, mientras que los ignorantes no la aceptaban, se le llamó escolio en razón de que el canto no era común a todos ni fácil. Otros, en cambio, afirman que la rama de mirto no avanzaba por orden, sino que se pasaba de lecho a lecho, uno por uno, pues el primero, finalizado su canto, se la remitía [C] al primero del segundo lecho y aquél al primero del tercero; luego, igualmente, el segundo al segundo, y, en razón de lo retorcido y sinuoso del itinerario, según parece, se le llamó escolio.»
CUESTIÓN SEGUNDA
De si el que agasaja debe recostar personalmente a los invitados o depende de ellos mismos el hacerlo
Conversan TIMÓN, el PADRE DE PLUTARCO, PLUTARCO, LAMPRIAS y otros
1. Mi hermano Timón 39, con ocasión de dar un banquete a un gran número de personas, rogaba a cada uno de los que entraban que se colocara donde quisiera y se recostara, [D] a causa de que los invitados eran forasteros, conciudadanos, amigos, parientes y, en general, de toda clase. Cuando ya los asistentes, según lo previsto, eran muchos, un forastero como un emperejilado de la comedia 40, más chabacano aún por su atuendo presuntuoso y su comitiva de esclavos 41, llegó hasta las puertas de la sala, dirigió en derredor una mirada a los que estaban echados y no quiso entrar, sino que dándose la vuelta se retiraba. Y como se apresurasen tras él muchos, dijo que no veía digno de él el sitio que quedaba. En vista de ello los que estaban echados pedían con mucha risa,
que le despidieran de la casa con saludos y palabras de
buen agüero 42,
pues, efectivamente, había muchos que se habían pasado [E] un poco en la bebida.
2. Y cuando lo concerniente a la cena tocaba a su fin, mi padre 43 dirigiéndose a mí, que estaba echado más lejos, dijo: «Timón y yo te hemos hecho juez de nuestra disputa; hace rato, en efecto, que le vengo regañando a causa del forastero. Pues si hubiera dispuesto desde el principio, como yo le aconsejaba, los lechos, no hubiéramos estado sometidos a una rendición de cuentas por desorden ante un hombre experto:
en ordenar carros y hombres escudados 44.
»Cuentan también, por cierto, que el general Paulo Emilio, cuando, tras aplastar a Perseo en Macedonia 45, celebraba festines haciendo gala de un orden admirable en todo y de una magnífica disposición, dijo que correspondía [F] al mismo varón darle a la tropa la formación más temible y al banquete la más agradable, pues ambas cosas conciernen a la buena organización. Y el poeta suele denominar ‘ordenadores de pueblos’ 46 a los mejores y más regios. [616A] También vosotros 47, sin duda, afirmáis que el gran dios, gracias a la buena disposición transformó el desorden en orden, sin suprimir nada de lo que existía, ni añadirle nada, sino que, con sólo colocar cada cosa en el lugar conveniente, consiguió, para la naturaleza, de la más informe la más hermosa figura. Pero estas cosas tan respetables e importantes las aprendemos de vosotros. Por nuestra parte, vemos que incluso el dispendio en las cenas no tiene nada de agradable ni de distinguido, si no participa de una organización. Y es, por ello, ridículo que, por un lado, importe tanto a los cocineros 48 y a los que atienden la mesa qué servirán primero o segundo o en medio o al final y que, ¡por Zeus!, haya un lugar y disposición para el perfume, [B] las coronas y la citarista 49, en el caso de que esté presente, y que, por otro, en cambio, tras recostar a los invitados al tuntún y como salga, se les eche de comer, sin conceder ni a la edad ni al cargo ni a cualquier otra prerrogativa el puesto adecuado —en el que es distinguido el de primer rango, se habitúa el de segundo—, ni se ejercita el que organiza en orden a la elección y buen tino de lo conveniente. Pues no hay un asiento ni un puesto preferentes para el mejor, en tanto no hay un lecho en el banquete. Ni el que da el banquete brindará 50 a la salud de uno antes que a la de otro, en tanto mire de lado las diferencias en lo tocante a los lechos, descubriendo ya desde su inicio al banquete como la llamada ‘una sola Mícono’» 51. En resumen, tal era la causa que defendía mi padre.
[C] 3. Por su parte, mi hermano dijo que no era más sabio que Bías 52, de suerte que, mientras aquél rehusó el arbitraje entre dos amigos, se convirtiese él mismo en juez de tantos familiares y, a la vez, de tantos amigos, para decidir no sobre dinero, sino sobre primacías, como si los hubiese invitado no con el fin de testimoniar su amistad a los íntimos, sino con el de importunarlos. «Excéntrico, sin duda, dijo, y proverbial fue Menelao 53, si se convirtió, de hecho, en consejero sin ser invitado; pero es más excéntrico el que, en lugar de anfitrión, se hace juez y árbitro a sí mismo de personas que no se han puesto en sus manos, ni están sujetas al juicio de quién es mejor que quién o peor. Pues no se han presentado a una competición, sino [D] que han venido a una cena. Pero es que ni siquiera es fácil la decisión, ya que unos se diferencian por la edad, otros por su poder, otros por la amistad y otros por el parentesco, sino que es preciso, lo mismo que quien se ejercita en una argumentación comparativa, tener a mano los Tópicos 54 de Aristóteles o los Dominantes 55 de Trasímaco, sin que por ello se obtenga utilidad alguna, sino que se traslada a los banquetes la vana reputación desde el ágora y los teatros, y, mientras se intenta alejar las demás pasiones merced a la convivencia, se vienen a restaurar esos humos y pienso que conviene que, una vez se los hayan lavado por completo del alma, mucho más que el barro de los pies, se comporten entre sí durante la bebida con naturalidad y sencillez. Y he aquí que, mientras intentamos [E] suprimir de los invitados la enemistad procedente de cualquier resentimiento o dificultad, la inflamamos y reavivamos de nuevo mediante la rivalidad, al humillar a unos y ensalzar a otros. Pero es que si a la distribución de lechos 56 acompañan brindis y servicios demasiado continuados, amén de intimidades e interpelaciones, se nos convertirá completamente en un banquete de sátrapas más que de amigos. Y si en lo demás guardamos la igualdad entre los hombres, ¿por qué no, comenzando de una vez por aquí, les acostumbramos a recostarse uno junto a otro sin humos y sin afectación, porque ven ya desde las puertas [F] que la cena es democrática y no posee un sitio privilegiado, cual acrópolis, en el que recostado el rico se envanezca ante los más humildes?»
4. Y cuando también esta opinión se expresó y los presentes reclamaban la sentencia, declaré yo, elegido árbitro, no juez, que caminaría por la vía de en medio. «Efectivamente, dije, cuando se dé un banquete a jóvenes, conciudadanos y amigos, hay que acostumbrarles a que, como [617A] dice Timón, haciendo ellos del buen humor un hermoso viático de la amistad, se asignen el lugar que encuentren sin afectación y sin humos. Pero si filosofamos entre forasteros o magistrados o ancianos, temo que demos la impresión de introducir con una enorme indiferencia los humos por la puerta lateral, mientras tratamos de impedirles la entrada por la principal. En esto se ha de dar su parte a la costumbre y a la norma. O eliminemos los brindis y las interpelaciones, con cuyo uso precisamente honramos no al primero con quien topamos ni indiscriminadamente, sino sobre todo, como es tradición:
con asientos, carnes y más copas 57,
según dice el rey de los griegos, quien pone en destacado [B] honor al orden. Elogiamos también a Alcínoo, por sentar al forastero junto a sí:
levantando a su hijo, al corajudo Laomedonte,
que cerca de él estaba sentado y a quien especialmente
amaba 58.
Pues el sentar al suplicante en el lugar de la persona amada es delicadamente correcto y humanitario. E, incluso, entre los dioses existe una distinción tal. Pues, efectivamente, Poseidón, aun cuando se presentó el último a la asamblea:
tomaba asiento, como es natural, en medio 59,
por ser éste el lugar que le correspondía. Y Atenea aparece ocupando el sitio distinguido, cercano siempre a Zeus. Además, también esto lo deja entrever el poeta, por lo que dice sobre Tetis:
[C] y ésta, como es natural, se sentaba junto al padre Zeus,
y Atenea le hizo sitio 60,
y expresamente Píndaro dice:
Del rayo que respira fuego
ella muy cerca sentada 61.
»Sin embargo Timón dirá que, por asignárselo a uno solo, no hay que quitarle a los demás su honor. Cosa que precisamente parece hacer él más bien. Pues lo quita el que hace común lo privado (y privado es lo de cada uno según su mérito) y otorga a la carrera y a las prisas el premio debido al mérito, al parentesco, al cargo y a prerrogativas tales 62. Y dando la impresión de rehuir el causar molestias a los invitados, más contra sí las concita, pues los molesta al privar a cada uno de su honor habitual. Por lo que a mí respecta, no creo que sea demasiado difícil lo tocante a la selección, porque, en primer lugar, [D] no es fácil que concurran muchos rivales en méritos en una invitación; después, como son numerosos los sitios de honor, si alguien es capaz de tener buen tino, no hay envidias en el reparto, siempre que dé a cada uno de los llamados ‘respetables’ este sitio porque es el primero, ese otro porque es el central, aquél porque está a su lado o junto a un amigo o familiar o su maestro, y a los demás regalos y amabilidad, [un sosiego sin molestias más que el honor]. Pero, en el caso de que los méritos sean indiscernibles y los hombres quisquillosos, mira qué ardid empleo. En tal caso, a mi padre, si estuviera presente, llevándomelo al sitio más distinguido, lo recuesto, y si no, al abuelo o al suegro o al hermano de mi padre o a alguno de los que [E] poseen ante quien los recibe una preeminencia de honor reconocida y peculiar, tomando este precepto de los que están establecidos en Homero. Pues allí también, por cierto, Aquiles, al ver a Menelao y Antíloco disputar por el segundo premio de la carrera de carros 63 y temeroso de que llegaran a más en su enojo y porfía, decide conceder el trofeo a otro, aparentemente por compadecer y honrar a Eumelo, pero de hecho por suprimir el motivo de la disputa de aquéllos.»
5. Y mientras yo hablaba así, Lamprias 64, desde un lecho suplementario en el que estaba sentado, a grandes gritos, [F] como acostumbraba, preguntaba a los presentes si le permitían amonestar a un juez que desbarraba. Y como todos le rogasen que empleara la franqueza y no le compadeciese, dijo: «¿Pero quién podría compadecerse de un filósofo [618A] que distribuye sitios en un banquete, como en un teatro, entre familias, fortunas y cargos o da las proedrías de los decretos anfictiónicos 65, para que ni en la bebida escapemos a los humos? Porque ni los repartos de lechos deben hacerse de acuerdo con lo distinguido, sino con lo agradable, ni considerar la dignidad de cada uno, sino el ajuste y armonía de uno con otro, como cualesquiera otras cosas se agrupan para un solo conjunto. Pues ni el arquitecto antepone la piedra ática o la laconia a la bárbara por su buena índole, ni el pintor concede el lugar preferente al color más caro, ni el constructor de barcos prefiere [B] el pino ítsmico o el ciprés crético, sino que, como cada uno de ellos conjuntados y ensamblados entre sí deban ofrecer una obra de conjunto sólida, hermosa y útil, así los distribuyen. Y ves que la divinidad, a quien nuestro Pindaro denominó ‘el mejor artesano’ 66, no en todas partes ordena el fuego arriba y abajo la tierra, sino según lo reclamen las necesidades de los cuerpos:
Esto en las conchas habitantes del mar, de pesadas espaldas, en especial de caracolas y tortugas de pétrea piel,
dice Empédocles 67,
allí veras la tierra situada en lo más alto de la piel,
ocupando no el lugar ese que la naturaleza le da, sino el [C] que la disposición desea para la obra común. Desde luego, el desorden en todas partes es nocivo, pero cuando surge entre hombres y sobre todo cuando beben, antes que en nada revela su propia perversidad por la insolencia y otros males incontables, cuya observación previa y vigilancia es cosa de un hombre experto en la ordenación y el acoplamiento.»
6. Pues bien, nosotros dijimos que él estaba hablando rectamente y añadimos:
—¿Qué reparo tienes, entonces, en negarnos las normas tácticas y armónicas [de las que hablábamos]?
—Ningún reparo hay, dijo, si estáis dispuestos a aceptar que yo remueva y reorganice el banquete, como Epaminondas la falange 68.
En vista de ello, todos le concedimos que obrara así, [D] y éste, después de ordenar a los esclavos que se quitaran de en medio y tras mirarnos detenidamente a cada uno, dijo: «Oíd cómo os voy a ordenar entre vosotros, pues quiero explicarlo previamente. Por supuesto, me parece que también el tebano Pamenes 69 acusó a Homero, no sin razón, de inexperto en cuestiones amorosas, porque agrupó tribus con tribus, y mezcló fratrías con fratrías, cuando era preciso alinear al amante junto al amado, para que la falange, al tener en toda ella un vínculo vivo, compartiera un solo aliento. Tal también quiero hacer yo nuestro banquete, no recostando con el rico al rico, ni con el joven al joven, ni con el magistrado al magistrado y con el amigo [E] al amigo, pues esta formación es inmóvil e inútil para el aumento o nacimiento de afecto, sino que, ajustando lo apropiado al que haya menester de ello, ruego al amigo de saber que se recueste al lado del instruido, al afable junto al quisquilloso, al joven amigo de oír junto al anciano charlatán, al socarrón junto al presuntuoso y al reservado junto al irascible. Y si en algún sitio observo a un rico munificente, conduciré junto a él, levantándole de cualquier rincón, a un pobre honrado, para que, como de una copa llena a una vacía, se produzca un trasvase 70. Sin embargo, al sofista le prohíbo recostarse con un sofista y al poeta con un poeta:
pues el pobre 〈aborrece〉 al pobre y el aedo al aedo 71, [F]
como en este momento Sosicles y Modesto 72, aquí presentes, por frotar palabra con palabra corren el hermosísimo riesgo de avivar una gran llama. Y separo también a los aviesos, zaheridores y coléricos, interponiéndoles en medio una persona afable, a modo de cojín del intercambio de golpes. Pero reúno a los aficionados a la lucha, caza [619A] y agricultura. Pues de estas similitudes la primera es belicosa, como la de los gallos, la segunda, por el contrario, comedida, como la de los grajos. Y reúno también en el mismo sitio a los aficionados a la bebida y a los enamoradizos, no sólo, como dice Sófocles:
a cuantos sobreviene la mordedura del amor 〈de muchachos〉 73,
sino también a los que la sufren por causa de mujeres y muchachas, pues, caldeados por el mismo fuego, mejor se acogerán unos a otros, lo mismo que el hierro soldado, a no ser que, ¡por Zeus!, casualmente estén enamorados del mismo o de la misma.»
CUESTIÓN TERCERA
[B] De por qué de los sitios el llamado consular obtuvo honor
Conversan los mismos que en cuest. II
Después de esto, recayó la investigación sobre los sitios en el banquete. Efectivamente, distintos son los sitios estimados en los distintos pueblos: para los persas, el más céntrico, sobre el que se recuesta el rey; para los griegos, a su vez, el primero 74; para los romanos, en cambio, el último del lecho central, al que denominan consular 75, y para algunos griegos de los alrededores del Ponto, como los heracleotas, al contrario, el primero del central. Sin embargo, sobre el llamado consular es sobre el que más titubeábamos, pues en nuestra época éste era el que gozaba de [C] mayor preferencia, pero ya no se conocía la razón de ella como en el caso del primero, o del central, y de lo que le es pertinente, unas características no eran propias de éste solo y otras no parecían dignas de estudio alguno. Desde luego, solamente tres de la explicaciones dichas las considerábamos de interés: la primera, porque los cónsules, cuando derribaron a los reyes y transformaron todo en algo más democrático 76, cediendo, desde el lugar central y regio se retiraron abajo, para que ni siquiera este privilegio de su mando y autoridad fuese molesto a sus acompañantes; la segunda, porque al estar reservados dos lechos a los invitados, el tercero y, especialmente, el primer sitio de éste, es del que da el banquete 77. Ya que aquí, como un [D] auriga o timonel, atiende adecuadamente a la supervisión del servicio y no se le priva de mostrar sus atenciones y conversar con los asistentes. Pues bien, de los sitios muy próximos, el que está debajo de él, es el de su mujer o el de sus hijos 78, y el que está por encima de él naturalmente se otorga al más honrado de los invitados, para que esté cerca del que da el banquete. Y la tercera, este sitio parecía tener particularmente algo adecuado para la actividad, dado que no es el cónsul entre los romanos como Arquias 79, el polemarco de los tebanos, de suerte que, si le llegaban mientras cenaba cartas o noticias dignas de [E] consideración, diciendo a voces «para mañana los problemas». hiciera caso omiso del mensaje y tomase la tericlea 80, «sino muy fogoso» 81 y circunspecto en tales oportunidades. Pues no sólo «dolores pare la noche al timonel prudente», según Esquilo 82, sino que también cualquier hora de bebida y sosiego es asunto digno de atención para un general y jefe. Pues bien, para que pueda oír, ordenar y responder por escrito lo que debe, tiene este sitio escogido, en el cual, como el segundo lecho se ajusta al tercero, el ángulo, al hacer un hueco, permite por su curvatura al [F] escriba, al servidor, al guardaespaldas y al mensajero de los del campamento, acercarse, dialogar, recibir instrucciones, sin que nadie le moleste ni ningún comensal sea molestado, y a él, a su vez, tener la mano y las palabras prestas y no impedidas.
CUESTIÓN CUARTA
[620A] De cómo debe ser el simposiarco
Conversan PLUTARCO, CRATÓN y TEÓN
1. Cratón, mi yerno, y Teón 83, mi amigo, como en un banquete dieran comienzo unos excesos debidos al vino, enseguida eliminados, entablaron conversación acerca de la simposiarquía 84, y pensaban que era mi deber, por llevar corona 85, no permitir que una vieja costumbre se eclipsara completamente, sino reclamar y restablecer de nuevo la acostumbrada presidencia del cargo en los banquetes y su etiqueta. Y los demás también estaban de acuerdo en esto, de modo que se produjo un murmullo de aprobación por parte de todos y una invitación a ello. «Pues bien, [B] dije yo, como todos estáis de acuerdo en esto, me elijo a mí mismo vuestro simposiarco y ordeno a los demás beber en este momento como quieran, pero a Cratón y Teón, instigadores y autores del decreto, exponer con brevedad, a modo de esbozo, qué cualidades debe tener el que va a ser elegido simposiarco y qué fin se propondrá el elegido en su mandato y cómo dispondrá lo relativo al banquete, pero les dejo a ellos repartirse por turno el uso de la palabra.»
2. Pues bien, ante la petición se hicieron rogar un poco; pero, como todos les pedían que obedeciesen al presidente e hiciesen lo ordenado, Cratón dijo, el primero, que el [C] jefe de los guardianes debe ser el mejor guardián, según afirma Platón 86, y el de los comensales el mejor comensal. «Y es tal, si no es presa fácil de la embriaguez ni renuente al beber, sino, como Ciro decía en su carta a los lacedemonios, que era más apto para reinar que su hermano, entre otras cosas porque soportaba bien mucho vino puro 87. Pues el que se excede bebiendo, es insolente e incorrecto, pero, a su vez, el que es por completo abstemio, es desagradable y más adecuado para hacer de pedagogo que de simposiarco. Pericles, por su parte, cada vez que era elegido general y volvía a tomar la clámide, ante todo [D] solía decirse a sí mismo a modo de advertencia: ‘Mira, Pericles, a libres gobiernas, a griegos gobiernas, a atenienses gobiernas’ 88. Y que nuestro simposiarco se diga a sí mismo esto: ‘a amigos gobiernas’, para que ni tolere que se actúe incorrectamente ni suprima los placeres. Y también debe ser el que hace de jefe, cuando se bebe, amigo de la seriedad y no ajeno a la diversión, sino una especie de mezcla equilibrada para ambas cosas, pero tirando un poco más por naturaleza, como un vino selecto, a la seriedad, ya que el vino llevará su carácter a un término medio, al hacerlo más suave [E] y rebajarlo; pues como Jenofonte decía de Clearco que su aspecto sombrío y rudo se mostraba en los combates, al contrario, dulce y radiante a causa de su animosidad 89, así el que no es agrio por naturaleza, sino respetable y serio, al relajarse con la bebida, se hace más dulce y amable. Debe además, sin duda, añadírsele el que sea un experto conocedor de cada uno de los bebedores, de qué cambios experimentan con el vino, a qué emociones son propensos y cómo soportan el vino puro, para que no sirva lo mismo por cotila ni por ciatos 90, sino lo apropiado y adecuado a cada uno, de acuerdo con el momento y la [F] resistencia del cuerpo (pues no existe una mezcla distinta de vino con distinta agua, de la que ahora vierten más, ahora menos los escanciadores 91 reales que la conocen, en tanto no existe una fusión particular del hombre con el vino, que a un simposiarco conviene conocer y, conocida, observarla, para que, como un músico, tensando a uno con la bebida, a otro en cambio aflojando y restringiendo, traiga las naturalezas de la discrepancia a la adecuación y armonía).
»Pero si esto, desde luego, es difícil, en todo caso conviene [621A] al simposiarco conocer lo común a las naturalezas y edades: como que los viejos se emborrachan más rápidamente que los jóvenes, los que se excitan más que los sosegados, los melancólicos y meditabundos más que los animosos y alegres, y los que no viven ni desenfrenada ni libertinamente más que los licenciosos, y conociendo esto, uno regiría la compostura y concordia de un banquete mejor que el que lo desconozca. Y que, al menos, el simposiarco debe comportarse familiar y amistosamente con todos y no ser falso ni odioso a ninguno de los convidados, es sin duda evidente para todos, pues ni será soportable cuando dé órdenes, ni ecuánime cuando sirva, ni tampoco irreprochable cuando gaste bromas. Tal te lo entrego yo, [B] Teón, dijo, el presidente del banquete, después de haberlo moldeado como con la cera del discurso» 92.
3. Y Teón dijo: «Bien, acepto al hombre tan bien acabado y convival. Pero si me valdré de él a propósito y no mancillaré tu obra, no lo sé. Sin embargo, me parece que siendo tal nos mantendrá el banquete atemperado y no permitirá que se convierta ahora en una asamblea democrática, ahora en la escuela de un sofista, luego en una timba, después, quizá, en un escenario y estrado. ¿Pues es que no veis a unos actuar como demagogos y sostener procesos [C] durante la cena, a otros estudiar y leer algunos de sus escritos y a otros presidir certámenes de actores y bailarines? Alcibíades y Teodoro hicieron del banquete de Pulición un lugar de iniciación 93 al parodiar las funciones del portaantorcha y del hierofanta; nada de lo cual, pienso, ha de permitir el que actúe como jefe, sino que concederá un sitio sólo a aquellas conversaciones, espectáculos y bromas que cumplan con la finalidad del banquete, y esto sería producir en los presentes, por medio del placer, un robustecimiento o el origen de una amistad; pues el banquete es un entretenimiento con vino que por el encanto acaba [D] en amistad. Y como lo puro es en todas partes empachoso y muchas veces perjudicial, en tanto que la mezcla, a las cosas en las que aparece con oportunidad y mesura, les suprime el exceso con el que daña lo útil y molesta lo agradable, es claro que el presidente presentará también a los que beben un entretenimiento variado.
»En consecuencia, prestando oídos a muchos que dicen que una navegación junto a tierra y un paseo junto al mar son muy agradables, así pondrá la broma al lado de la seriedad, para que los que son bromistas, de algún modo, se las tengan con algo serio, y, a su vez, los que son serios se animen, como los que se marean al ver de cerca la costa 94.
»Pues también es posible servirse de la risa para muchas cosas serias y procurar una seriedad agradable [E]
como entre cardos y la áspera gatuña
nacen flores de delicadas violetas blancas 95.
»Y cuantas bromas sin dignidad irrumpen escandalosamente en los banquetes, exhortará cuidadosamente a los bebedores a evitarlas, no sea que introduzcan, sin darse cuenta, lo mismo que el beleño en el vino, la insolencia entre ellos con esas famosas órdenes insultantes, al mandar [F] cantar a los tartamudos o peinarse a los calvos o bailar a los cojos: así, por vejar a Agamestor 96, el académico, que tenía una pierna flaca y atrofiada, los comensales ordenaron a todos apurar su copa manteniéndose sobre el pie derecho o pagar una multa. Y cuando le llegó a él el turno de mandar, ordenó a todos beber tal como le vieran a él: y, traída una vasija vacía, metiendo en ella su pie lisiado, apuró la copa, en tanto que todos los demás, como a pesar de intentarlo les era evidentemente imposible, pagaron, a su vez, la multa. ¡Oportuno, en efecto, Agamestor!, y hay que hacer así de benévolas y jocosas [622A] las venganzas, y hay que acostumbrarse a servirse de órdenes para placer y provecho, ordenando cosas apropiadas, posibles y decorosas para quien las realice: a los cantantes cantar, a los retóricos hablar, a los filósofos resolver cualquier dificultad, a los poetas ofrecer versos, pues grata y animosamente cada uno se deja llevar allí:
donde él resulte superior a sí mismo 97.
»El rey de los asirios, efectivamente, anunció por un heraldo un premio para quien descubriera un nuevo placer 98. A su vez, el rey de un banquete debería proponer [B] un premio y recompensa distinguidos al que introdujera una broma inofensiva, un goce útil y burla compañera no del desdoro e insolencia, sino del encanto y amabilidad, cosas en las que la mayoría de los banquetes naufragan, cuando no encuentran un maestro adecuado99. Y es de hombres prudentes guardarse de la enemistad y rencor procedentes en el ágora de la ambición, en gimnasios y palestras de la rivalidad, en los cargos y honores de la ambición y en el banquete y durante la bebida de las bromas.»
CUESTIÓN QUINTA [C]
De por qué se dice lo de «Eros hace a uno poeta»
Conversan SOSIO SENECIÓN Y OTROS
1. Por qué se dice lo de
Eros enseña a uno a ser poeta, aunque antes careciese de
musa 100
se investigaba en casa de Sosio, después de haberse cantado unos versos sáficos, donde Filóxeno 101 afirmaba que incluso el Cíclope curaba su amor con musas melodiosas. Se afirmó, por cierto, que el amor es diestro en favorecer la audacia y la innovación en todo, y así Platón lo llamó «lanzado» y «atrevido en todo» 102. Pues, desde luego, hace locuaz al silencioso, solícito al tímido, y atento y [D] laborioso al despreocupado y negligente. Y de lo que uno más se admiraría: un hombre avaro y meticuloso, cuando cae en el amor, lo mismo que el hierro templado y ablandado al fuego, se torna delicado, flexible y más dulce, de suerte que no parece del todo ridículo ese dicho humorístico de que «la bolsa de los enamorados está atada con hoja de puerro» 103.
Y se afirmó también que el enamorarse es semejante al emborracharse, pues hace a los hombres ardientes, alegres y relajados, y cuando se convierten en tales, se dejan dominar por acentos musicales y especialmente rimados. [E] Incluso afirman que Esquilo componía sus tragedias mientras bebía y se entonaba 104. Y mi abuelo Lamprias 105, a la hora de beber, era más ingenioso y elocuente que nunca. Y solía decir que, de modo semejante al incienso, por el calor se elevaba como el humo. Y, realmente, con ser mucho el placer con que miran a sus amados, los encomian con no menos gusto que los miran, y es que el amor, siempre locuaz, lo es mucho más en los elogios. Ya que, al estar ellos tan convencidos, quieren que también todos se convenzan de que están enamorados de hombres hermosos y buenos. Y ésta también fue la razón que impulsó al lidio Candaules a arrastrar hasta su habitación a un sirviente para que contemplara a su propia esposa 106. Pues [F] quieren que otros les sirvan de testigos. Por ello, también, cuando escriben encomios de los hermosos, los adornan con cantos, versos y odas, como si embelleciesen estatuas con oro, a fin de que llegue a oídos de cuantos más mejor y se recuerde. Y, por supuesto, si dan a sus amados un [623A] caballo, un gallo o alguna otra cosa 107, quieren que el regalo sea hermoso y esté adornado exquisita y espléndidamente, y, sobre todo, cuando presentan un discurso lisonjero, desean que parezca agradable, brillante y distinguido, cual es el lenguaje poético.
2. Sosio, sin embargo, tras ensalzarlos, dijo que no se haría un intento fallido si se partiera de lo que Teofrasto dijo en Sobre la música 108, «pues hace poco, añadió, leí su libro y dice que tres son las motivaciones de la música: el dolor, el placer y la exaltación, ya que cada uno de estos sentimientos altera y desvía la voz de su tono habitual: las penas, en efecto, poseen un tono lastimero y quejumbroso propenso al canto, por lo cual a los oradores en [B] los epílogos y a los actores en los lamentos los vemos acercar suavemente su voz al canto y forzarla. Las alegrías extremas del alma de los más excitables por su temperamento, no sólo agitan el cuerpo, sino que también lo invitan a un movimiento rítmico, cuando saltan y aplauden, si es que precisamente no pueden danzar:
delirios y gritos de exaltados con violenta agitación del
cuello,
según Píndaro 109. Los hombres de gusto, en cambio, cuando [C] se encuentran bajo este sentimiento, aprestan sólo su voz para cantar y declamar con rima y musicalidad. Pero especialmente la exaltación aleja y aparta al cuerpo y la voz del tono habitual y acostumbrado. De ahí que los delirios báquicos se sirvan de ritmos, y emitir oráculos en verso 110 sea posible a los inspirados por la divinidad, y a pocos en estado de delirio se les pueda ver hablar sin rima y musicalidad. Y siendo esto así, si tú quisieras examinar y comprender perfectamente al amor desdoblándolo bajo los rayos del sol, «encontrarías que no hay otro sentimiento que contenga penas más punzantes, ni más intensas alegrías 111, ni mayores éxtasis y delirios, sino que, como la ciudad de Sófocles, el alma del hombre enamorado está llena:
[D] A la par de inciensos
y a la par de peanes y gemidos 112.
»Por ello, no es nada extraño ni sorprendente que el amor, que contiene en sí y comprende a todas cuantas son las motivaciones de la música: pena, placer y exaltación, sea, además de ruidoso y locuaz, favorable y propenso, como ningún otro sentimiento, para la composición de cantos y versos.»
CUESTIÓN SEXTA
Sobre los abusos de Alejandro en la bebida
Conversan FILINO, PLUTARCO y otros
1. La conversación trataba sobre el rey Alejandro, en el sentido de que no es que bebiera mucho, sino de que empleaba mucho tiempo en beber y conversar con sus amigos. Pero Filino 113 les demostró que ellos decían tonterías, [E] basándose en las Memorias Reales 114, en las que de modo muy continuo y frecuente aparece escrito: «está durmiendo este día a consecuencia de la bebida», y, a veces, «también el siguiente». Por ello, era más bien perezoso para las relaciones sexuales, pero fogoso y apasionado, lo que precisamente es propio del calor corporal. Y se dice, incluso, que de su piel emanaba un olor muy agradable, hasta el extremo de inundar sus túnicas de una fragancia aromatizante, lo que en sí mismo parece también ser propio del calor. Por ello, igualmente, los lugares más secos y cálidos de la tierra producen la canela y el incienso 115. [F] Teofrasto 116 afirma, por cierto, que la fragancia se origina por cierta cocción de cosas húmedas, cuando por el calor se elimina lo perjudicial y superfluo. Y parece también que Calístenes 117 se granjeó su enemistad, porque le desagradaba compartir su mesa a causa del vino puro, ya que incluso al llegarle la gran copa llamada de Alejandro [624A] la rechazó, afirmando que no quería por beber de Alejandro precisar de Asclepio. Esto, en suma, en lo que toca a los abusos de Alejandro en la bebida.
2. Y afirman de Mitrídates 118, el que guerreó con los romanos, que en los certámenes que celebraba estableció premios para quien más bebiera y comiera, y que él venció en ambos, y que, en definitiva, era el que más bebía de los hombres de su época, por lo que llegó a apodársele Dioniso. Nosotros dijimos que esto, lo referente a la causa del apodo, era una de esas cosas que se creen a la ligera, pues cuando él era niño un rayo quemó sus pañales, pero no tocó su cuerpo; una señal del fuego simplemente le quedó en la frente, que él ocultaba bajo el cabello; y, ya de [B] mayor, al caerle, de nuevo, mientras dormía, un rayo en su habitación, le pasó al lado y atravesó el carcaj colgado encima abrasando las flechas. Por ello, los adivinos revelaron que su fuerza principal radicaría en el ejército de arqueros e infantería ligera, en tanto que la gente lo denominó Dioniso a consecuencia de los rayos recibidos por ambos en circunstancias similares 119.
3. Después de esto, la conversación recayó, de nuevo, sobre los que beben mucho. Entre ellos colocaron al púgil Heraclides, coetáneo de nuestros padres, a quien los alejandrinos llamaban cariñosamente «Heraclidita» 120. Éste, como carecía de un compañero de bebida que le resistiera, invitaba a unos al aperitivo, a otros a la comida, a otros [C] a la cena y a algunos, por último, a una bacanal. Y cuando se retiraban los primeros, los segundos se le unían, y así, sucesivamente, los terceros y cuartos. Y él, sin hacer pausa alguna, se las había con todos y soportaba hasta el fin los cuatro festines.
4. Y a uno de los que vivían con Druso, el hijo del César Tiberio, un médico que doblaba a todos a la hora de beber, se le cogió tomando previamente en cada ocasión, para no emborracharse, cinco o seis almendras amargas. Pero, privado de ellas y vigilado de cerca, no aguantaba [D] ni lo más mínimo 121. Por cierto que algunos creían que las almendritas tienen la cualidad de irritar y purificar la carne, hasta el extremo de que incluso suprimen las pecas de la cara. Por ello, cuando se toman previamente, con su amargor irritan los poros y causan una picazón por la que extraen de la cabeza la humedad evaporada.
A nosotros, en cambio, más bien nos parecía que la capacidad del amargor era desecante y disipadora de los líquidos. Por ello, para el gusto el amargo es el más desagradable de todos los sabores (pues las venillas de la lengua, según afirma Platón 122, como son suaves y más débiles, se tensan contra lo natural por la sequedad al disiparse los líquidos) y las heridas cicatrizan con los fármacos amargos, como el poeta afirma:
[E] Y encima puso una raíz amarga,
analgésica, tras triturarla con las manos, la cual 〈todos los dolores le suprimió; la herida se secaba〉 y cesó la
hemorragia 123.
En efecto, llamó correctamente desecante en poder a lo que es amargo para el gusto. Y parece también que las cremas de las mujeres, con las que eliminan el sudor, como son amargas para el gusto y astringentes, resecan gracias a la intensidad de su aspereza 124.
«En consecuencia, afirmé, siendo esto así, es natural que el amargor de las almendras ayude contra el vino puro al resecar las partes internas del cuerpo y no permitir que se dilaten las venas, con cuya dilatación y alteración, [F] afirman, sobreviene el emborracharse. Y un gran testimonio de mi afirmación es lo que ocurre con las zorras, pues si, tras haber comido almendras amargas, no beben, mueren al abandonarles los líquidos por completo.»
CUESTIÓN SÉPTIMA [625A]
De por qué a los ancianos les gusta más el vino puro
Conversan PLUTARCO y otros
Respecto a los ancianos se indagaba por qué prefieren las bebidas más puras. Sin duda, los que creían que era por poseer una naturaleza reseca y difícil de avivar por lo que se adaptaban a la dureza de la mezcla, expresaban, evidentemente, un punto de vista común y manido 126, mas ni suficiente para su explicación ni verdadero. Pues, en realidad, con las demás sensaciones les sucede lo mismo, ya que son lentos y tardos para percibir las cualidades de las cosas, si no les afectan con violencia e intensidad. Y [B] la causa es el debilitamiento de su naturaleza, pues al aflojarse y debilitarse gusta de impresiones fuertes. Por ello, en relación con el paladar, lo que mejor toleran son los sabores picantes, y su olfato experimenta algo semejante ante los olores, pues son los fuertes e intensos los que mayor placer les provocan. Su tacto es bastante insensible a las heridas, pues a veces reciben golpes sin sufrir mucho. Y de manera semejante ocurre con el oído, ya que los músicos, conforme envejecen, componen en un tono más agudo y duro, como si despertaran su sensibilidad con el impacto de un sonido fuerte. Pues lo que es el temple para [C] el hierro respecto a su filo, eso proporciona aliento al cuerpo respecto a su sensibilidad. Pero, cuando éste cede y se relaja, la sensibilidad queda indolente y terrosa y necesitada de algo que le golpee con violencia, como es el vino puro.
CUESTIÓN OCTAVA
De por qué las personas de edad leen mejor de lejos que de cerca
Conversan LAMPRIAS, PLUTARCO y otros
1. A estas explicaciones descubiertas por nosotros para la cuestión anterior, parecía contraponérsele lo relativo a la vista. Pues las personas de edad leen los escritos apartándolos [D] lejos de sus ojos, mientras que de cerca no pueden.
Y esto lo insinúa Esquilo al afirmar:
Y tú [léelo] de lejos, pues de cerca sin duda no podrías.
Y, aunque viejo, sé un experto escriba 127.
Y más claro afirma Sófocles lo mismo respecto a los ancianos:
Y, en efecto, una lenta comprensión de las palabras con dificultad a través del oído obstruido avanzaba, y, aunque de lejos ve, de cerca, sin embargo, es totalmente
ciego 128.
Así, pues, si precisamente los sentidos de los ancianos responden mejor a la intensidad y brusquedad, ¿cómo es [E] que al leer no soportan la luz de cerca, sino que retirando el libro algo más lejos, atenúan la luminosidad que disminuye al mezclarse con el aire, lo mismo que el vino con el agua?
2. Pues bien, había quienes contestaban a esto, que retiran el libro de los ojos no por hacer la luz más tenue, sino como para recoger y abarcar más luz y llenar de aire radiante el espacio que media entre los ojos y los escritos. Otros, en cambio, se adherían a los que hacen converger los rayos de luz, pues, cuando de cada uno de los ojos se extiende un cono visual que tiene su vértice en el ojo y cuyo asentamiento y base abarcan lo percibido, es natural [F] que cada uno de los conos por separado se extienda hasta cierto punto 129; pero, cuando se encuentran más lejos y convergen el uno con el otro, hacen una sola luz; por ello, también, cada una de las cosas percibidas aparece como una, no como dos, aun cuando se hagan visibles a ambos ojos a la vez; la causa, sin duda, es la convergencia en el mismo lugar y la concentración de los conos, que de dos hacen una la visión. Y siendo esto así, las personas [626A] de edad, al colocar cerca los escritos, como los rayos no están aún fundidos, sino que con cada uno de ellos separadamente los tocan, los perciben con menos fuerza. Mas al retirarlos más lejos, como la luz está ya mezclada y se hace mayor, los distinguen mejor, como los que con las dos manos cogen al tiempo lo que no pueden con una.
3. Y mi hermano Lamprias que, por cierto, no había leído la teoría de Jerónimo 130, pero en la que él mismo por su talento dio, dijo que vemos por las imágenes que nos vienen de los objetos a la vista, que primero salen de gran tamaño y compactas, por lo que molestan de cerca a los ancianos, quienes poseen una visión lenta y rígida; pero, [B] al elevarse hasta el aire y coger distancia, las partes terrosas se rompen y caen, en tanto que las ligeras, aproximándose a la vista, se ajustan a los conductos sin molestia y con suavidad, de modo que alterándose menos las reciben mejor. Pues también los olores de las flores desde lejos nos llegan más perfumados, pero si te pones demasiado cerca, no perfuman tan limpia y puramente. Y la razón es que muchos elementos terrosos y turbios acompañan al olor y destruyen el perfume, si se recibe desde cerca; en cambio, de lejos, los elementos turbios y terrosos se desprenden y caen, pero su pureza y calor, debido a su ligereza, se conservan íntegros para la percepción 131. [C]
4. Nosotros, por nuestra parte, observando el principio platónico 132, decíamos que un flujo luminoso procedente de los ojos se mezcla con la luz que rodea a los cuerpos y adquiere consistencia, hasta el punto de que de dos se hace un solo cuerpo en todo absolutamente compatible; y el uno se mezcla con el otro en razón de su simetría y cantidad; pues no debe el uno, dominado por el otro, quedar suprimido, sino abocar conjuntamente en una sola capacidad, debido a que ambos se juntan en un punto medio con armonía y unión. Pues bien, como lo de las personas de edad avanzada, ya haya que llamarle corriente a lo que pasa a través de la niña del ojo o bien flujo luminoso o rayo 133, es débil y endeble, no se produce una unión con [D] la luz del exterior ni mezcla, sino una disolución y destrucción, a no ser que, retirando a gran distancia los escritos de los ojos, atenúen la excesiva luminosidad de la luz, de forma que no aparezca ante la vista abundante ni pura, sino de la misma naturaleza y proporcionada. Esto, precisamente, es la causa de lo que acontece a los animales nictófagos; pues su visión, que es débil, se ve inundada y dominada por la luz diurna, por no poder mezclarse con una luz abundante y fuerte a consecuencia de su débil y pequeño [E] principio; pero, ante una luz oscura y débil, como la de una estrella, despide un rayo suficiente y proporcionado, de suerte que éste colabora con aquélla y con su ayuda realiza la percepción.
CUESTIÓN NOVENA 134
De por qué se lavan los vestidos con agua potable mejor que con la del mar
Conversan TEÓN, TEMÍSTOCLES y PLUTARCO
1. Teón, el gramático, mientras comíamos invitados en casa de Mestrio Floro 134bis, le expresó a Temístocles 135, el estoico, su extrañeza de por qué Crisipo 136, que en muchas ocasiones hizo mención de afirmaciones ilógicas y extrañas, como es la de que «un pescado en sal, si se humedece con salmuera, se vuelve dulzón» 137, y la de que «los copos de lana responden menos a los que los desenredan por la [F] fuerza, que a los que los deslían con suavidad», y la de que «estando en ayunas se come con menos ganas, que habiendo comido antes» 138, de ninguna de ellas dio una explicación. Y Temístocles, después de decir que Crisipo las proponía simplemente a modo de ejemplo de la facilidad e irracionalidad con que nos dejamos arrastrar por lo verosímil y, a su vez, desconfiamos de lo que va contra [627A] lo verosímil, dirigiéndose a él le pregunto: «Pero, querido, ¿qué empeño tienes en plantearte problemas sobre estos temas? Pues si nos has salido investigador y estudioso de las causas, no acampes tan lejos de lo tuyo, sino di por qué causa Homero puso a Nausícaa lavando en el río 139, no en el mar, aunque estaba cerca. Y eso que, desde luego, éste es más cálido y, evidentemente, más claro y mejor para lavar.
2. Y Teón dijo: «Pero lo que nos has planteado lo resolvió Aristóteles hace tiempo mediante los elementos terrosos. Pues en el mar están diseminados lo espeso y lo [B] terroso y esta mezcla produce su salobridad 140. Por lo cual, también, el mar sostiene mejor a los nadadores y soporta los pesos, en tanto que el agua dulce cede por su ligereza y debilidad, pues es pura y sin mezcla. De ahí que se infiltre por su sutileza y, al atravesar el tejido, quite las manchas mejor que la del mar. ¿O no te parece que Aristóteles dice esto de forma convincente?»
3. «De forma convincente, dije yo, pero no verdadera, pues veo que espesan el agua con ceniza, soda 141 y, si éstos no están al alcance, muchas veces con polvo, ya que consideran que las materias terrosas pueden por su aspereza limpiar mejor la suciedad, en tanto que la propia agua por su sutileza y debilidad no lo realiza de igual modo. [C] Ahora bien, la densidad del agua del mar no impide en absoluto hacer esto ni colabora menos a la acción purificadora por su aspereza. Pues ésta, ensanchando y abriendo los poros, arrastra la suciedad. Pero, como todo lo graso es difícil de lavar y produce manchas, y el mar es graso, ésta sería fundamentalmente la causa de que no lave bien. Y que es graso también lo dice el propio Aristóteles 142. Las sales, en efecto, tienen grasa y a las lámparas las hacen arder mejor, y la propia agua de mar rociada sobre las llamas brilla con ellas, y de las aguas la que más arde es la del mar. Y, según creo yo, por esto es también la más cálida.
[D] »O, si lo queréis, de otro modo. Como el enfriamiento es el fin del lavado y lo que más rápidamente queda seco es lo que más limpio aparece, por tanto el líquido que lava debe irse con la suciedad, como el eléboro 143 con la enfermedad. Así, pues, el sol absorbe fácilmente el agua dulce por su ligereza, en tanto que la salada, retenida en los poros por su aspereza, es más difícil de secar.»
4. Y Teón, interrumpiéndome, dijo:
—Nada de valor dices, pues Aristóteles en el mismo libro 144 afirma que los que se lavan en el mar se secan antes que los que emplean el agua dulce, si se ponen al sol.
—Así lo dice, repliqué, pero pensaba que tú creerías, [E] más bien, a Homero, que afirma lo contrario. Odiseo, en efecto, tras su naufragio, se deja ver ante Nausícaa
horroroso, afeado por el salitre 145,
y a las doncellas dice:
doncellas, teneos a esa distancia, mientras yo mismo me lavo el salitre de los hombros 146,
y, bajando al río, limpiaba de su cabeza la espuma
limpiaba de su cabeza la espuma del mar 147,
con lo que el poeta comprendió extraordinariamente lo ocurrido; pues, cuando salen del mar y se ponen al sol, el calor se lleva por completo lo más fino y ligero de la humedad, mientras que lo salado y áspero es lo que se queda [F] pegado encima y permanece en los cuerpos como una costra salada, hasta que se la limpian con agua potable y dulce.
[628A] CUESTIÓN DÉCIMA
De por qué al coro de la tribu Eántide, de Atenas, nunca lo elegían el último
Conversan MARCOS, MILÓN, FILOPAPO, GLAUCIAS, PLUTARCO y otros
1. En los epinicios de Sarapión 148, cuando dio la victoria a la tribu Leontide 149 dirigiendo su coro, nosotros, que habíamos sido invitados precisamente por ser miembros adoptivos de la tribu, manteníamos una conversación emparentada con el concurso del momento. El certamen, por cierto, cuya dirección desempeñó con brillantez y magnificencia el rey Filopapo 150, quien al tiempo actuó de corego de todas las tribus, mantuvo una fortísima competencia. [B] Y resultaba que el rey, que comía invitado con nosotros, unas veces hablaba de cosas antiguas y otras escuchaba por educación no menos que por su afán de aprender.
2. Y un tema de tal índole fue planteado por Marcos 151, el gramático. Afirmaba que Neantes 152, el ciciceno, relataba en las leyendas referentes a su ciudad que la tribu Eantide tenía el don de que su coro no fuera elegido el último. «Por supuesto, dijo, en la exposición de la historia el que la escribió era un patrañero, pero si al menos esto no lo falsea, quede como una empresa común a todos la investigación de su causa.»
Y al decir su compañero Milón 153: «Bien, ¿y si fuera mentira lo dicho?», contestó Filopapo: «Nada de particular tendría, si sintiéramos lo mismo que el sabio Democrito por la erudición, pues aquél, según parece, al morder [C] un pepino, como su sabor le pareció de miel, preguntó a la sirvienta que dónde lo había comprado; al decirle ella que en un huerto, levantándose le ordenó que lo guiara y le mostrase el lugar; y, como la mujer se extrañara y preguntara qué pretendía, contestó: ‘Debo encontrar la causa de su dulzura, y la encontraré si examino el lugar.’ ‘Siéntate, entonces, contestó la mujer riendo, pues yo sin darme cuenta puse el pepino en un tarro con miel.’ Pero él, como enojado, dijo: ‘¡Me hiciste polvo, pero no por ello [D] dejaré de abordar el tema e indagaré su causa, como si la dulzura estuviera relacionada y emparentada con el pepino’» 154.
»Así, pues, no hagamos nosotros de la superficialidad de Neantes en algunos puntos un pretexto para abandonar, ya que el tema nos proporcionará, si no otra utilidad, la de ejercitarnos.»
3. Pues bien, todos por igual se apresuraron a encomiar a la tribu, haciendo mención de cualquier cosa que redundara en gloria de ella. Y a Maratón, en efecto, por ser un demo de esta tribu, se le ponía como centro de todo y hacían ver que Harmodio 155 y los suyos eran de la tribu Eantide, por ser efectivamente de Afidna, uno de sus demos. [E] Y Glaucias 156, el orador, dijo que en Maratón el ala derecha de la formación se le dio a los Eantides, dando crédito a las elegías de Esquilo 157, que combatió brillantemente en aquella batalla, y señaló, además, que de aquella tribu era el polemarco Calímaco, quien se comportó como un hombre muy valiente y, después de Milcíades, fue el mayor responsable de la batalla, por haber emitido el mismo voto que él 158. Y yo le añadía a Glaucias que también el decreto según el cual hizo salir a los atenienses a combatir se redactó siendo pritana la tribu Eantide y que en la batalla de Platea esta tribu fue la que más fama obtuvo. [F] Por ello, también, los Eantides llevaron a las ninfas Esfragitidas al Citerón el sacrificio por la victoria ordenado por la Pitia, siendo la ciudad la que les aportó la víctima y lo demás 159. «Pero ves, dije, que las demás tribus poseen mucha celebridad y, desde luego, sabéis que la mía, [629A] Leontide, es la primera, porque de ninguna queda rezagada en fama. Considerad, pues, si no es más convincente decir que ésta es una forma de consolar y aplacar al epónimo [B] de la tribu. Pues el Telamonio no era de los que se contentaban con sufrir una derrota 160, sino capaz de despreciar a todos por su cólera y carácter pendenciero. Por tanto, para que no fuera duro e inexorable, se acordó quitarle lo más incómodo de la derrota, no rebajando jamás su tribu hasta el último lugar.»
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1 Sosio Seneción, a quien Plutarco, aparte de la presente obra, dedicó el opúsculo De profectibus in virtute (o Cómo percibir los propios progresos en la virtud [B.C.G. 78]) y, al parecer, las Vidas paralelas, fue amigo íntimo y colaborador del emperador Trajano. Desempeñó el cargo de cónsul en los años 99, 102 y 107, y en el 106 tuvo una brillante actuación como almirante en la batalla contra los dacios. Platónico «modernizado» y enemigo de todo dogmatismo, así como de los estoicos, parece haber ejercido la influencia ética de su amigo Plutarco sobre el propio emperador.
2 Dicho proverbio, poético en opinión de LUCIANO, Banquete III 1, 2, se encuentra, además, en E. DIEHL, Anthologia Lyrica Graeca, Leipzig, 1942, fr. 160 = D. L. PAGE, Poetae Melici Graeci, fr. 1002, ESTOBEO, Eclogarum Physicarum et Ethicarum Libri II, III, 18, 27 (cod. S; om M A) III 520, ed. de HENSE, Leipzig, 1884-1923, y MARCIAL, I 27, 7.
3 El vocablo epístathmos ha planteado y sigue planteando serios problemas de interpretación. Su equivalencia con «simposíarco», como refleja P. A. CLEMENT en su traducción (master of ceremonies), no parece correcta, pues ya H. BOLKESTEIN, Adversaria critica et exegetica ad Plutarchi Quaestionum Convivalium librum primum et secundum, tesis doct., Amsterdam, 1946, págs. 48-48, anota que este término jamás ha significado tal cosa ni en nuestro autor ni en ningún otro, sino «soldados hospedados en una ciudad». Para BOLKESTEIN, ibid., pág. 48, el término es el nombre de cierto magistrado que estaría a cargo de los pesos y al que identifica con un mn
mōn, funcionario al frente del registro entre los dorios. Más problable nos parece la explicación de B. A. VAN GRONINGEN, «Miséō mn
mona sympótān», Mnemosyne XII (1959), 136-7, quien lo traduce por «posaderos», como Amyot, versión seguida por Fuhrmann y que adoptamos nosotros.
4 Así lo entienden Luc., Banqu. III 1, 2; ANTÍPATRO, Antología Palatina XI 31, 4, refiriéndose a los «bebedores de agua»; MARC., I 27, 7 y II 533 (71c) de E. L. LEUTSCH-F. G. SCHNEIDEWIN, Corpus Paremiographorum Graecorum, 2 vols., Gotinga, 1839.
5 Plutarco, como hace notar Fuhrmann, ha fundido en uno los dos significados de nárthēx («férula» y «cañaheja»). Que Dioniso y el «olvido» estaban íntimamente relacionados, lo corroboran los descubrimientos epigráficos. DIODORO, IV 6-7, explica por qué el nárthēx se asocia al dios: cuando el vino se descubrió, los hombres, como aún no conocían su mezcla con el agua, lo bebían puro en gran cantidad hasta el punto de enloquecer y golpearse unos a otros con sus bastones de madera llegando a herirse e, incluso, matarse. Preocupado Dioniso por la situación, les enseñó a usar el nárthex, con lo que, en lo sucesivo, pudieron seguir bebiéndolo puro sin lastimarse. Ello indica que Plutarco arranca de una tradición común a los griegos.
6 Orestes 213: «¡Oh soberano Olvido de los males, qué sabio eres!» (trad. de C. GARCÍA GUAL en B.C.G. 22; sobre el valor de dicha invocación, cf. su n. 9).
7 Los únicos Banquetes bien conocidos son los de Platón y Jenofonte. Del de Epicuro tenemos noticia por el propio PLUTARCO, Quaest. conv. 652A y 653B, y Moralia 1109E, y por otros autores antiguos, y del de Aristóteles por ATENEO, 674F-675A.
ESPEUSIPO (ca. 410-339). Era hijo de Potone, sobrina de Platón, a cuya muerte (347) le sucedió como director de la Academia. Su elección no parece haber sido muy acertada, ya que provocó la retirada de Atenas de Aristóteles y Jenócrates, los miembros más cualificados para desempeñar el cargo. Sus escritos los enumera DIÓGENES LAERCIO en su lib. IV.
PRÍTANIS (S. III a. C.). Según POLIBIO, V 93, 8, Antígono Dosón, rey de Macedonia, encargó a Prítanis, ilustre representante de la escuela peripatética, la nueva legislación de Megalopólis, destruida por Cleómenes IV, rey de Esparta. Sobre la fecha de su nacimiento, cf. el artículo que le dedica K. ZIEGLER, en PAULY-WISSOWA, RE., s.v.
JERÓNIMO DE RODAS (ca. 290-230). Perteneciente a la misma escuela que el anterior e historiador de la literatura, era contemporáneo de Antígono Gonatas, a cuyo círculo literario perteneció en Atenas. Su formación filosófica, más bien ecléctica, lo separó del Perípato, granjeándose la enemistad de su director, Licón. Hombre sabio y ameno en opinión de Cicerón. Los eruditos modernos, sin embargo, lo tildan de embustero y malicioso debido a su afán por los chismes relacionados con la vida amorosa de los grandes personajes, si bien se ha de comprender que estos temas interesaban a los escritores peripatéticos de su época. Respecto a sus escritos, cf, RE., s.v.
DIÓN DE ALEJANDRÍA (S. I. a. C.). Seguidor de la Academia, amigo y discípulo de Antíoco de Ascalón, fue envenenado en Roma en el año 56 por instigación de Tolomeo Auletes durante la embajada que tenía por objeto, precisamente, la destitución de este rey. En ATEN., 34B, Dión admira de los egipcios el que hayan inventado para los pobres el vino de cebada.
8 De los viajes de Plutarco a Roma tenemos noticia por los siguientes pasajes: DEMÓSTENES, II 2, PUBLÍCOLA, XV 4 ss., y Mor. 522D, 727B y 973E.
9 Un banquete griego consta de dos partes: durante la primera, o «primeras mesas», se servía a los comensales en pequeñas mesas adosadas a los triclinios la comida propiamente dicha, mientras que en la segunda, o «segundas mesas», los postres y golosinas, así como el vino que se mezclaba con agua en crateras. Plutarco alude a la segunda parte, el «simposio» en sentido estricto.
10 Cuestión imitada por MACROBIO, Saturnalia VII 1.
10bis Personaje conocido sólo por este pasaje. ZIEGLER, en RE., s. v., lo identifica con el Aristón de Mor. 965C, a quien el padre de Plutarco llama su anepsiós.
11 El ama de casa estaba excluida de los certámenes gimnásticos y del banquete. Asistía únicamente a fiestas de carácter familiar, y comía sentada como los muchachos, a diferencia de los hombres que lo hacían reclinados.
12 Casi textualmente recoge la anécdota PSEUDO-PLUTARCO en la Vida de Isócrates 37. Según este biógrafo, el banquete fue ofrecido por Nicocreonte, tirano de Chipre, en su casa.
13 Yerno de Plutarco, según Quaest. conv. 620A; participa en las conversaciones de este banquete y en las de II 6, en casa de Sóclaro. Asiste sin hablar al banquete de IV 4, donde se nos da a entender que era médico de profesión.
14 Isórates era aficionado a los períodos dilatados, a veces vacíos y tópicos (A. LESKY, Historia de la literatura griega, trad. esp., Madrid, 1968, pág. 621).
15 Tal definición de la filosofía corresponde a la escuela estoica.
16 La historia nos es relatada por Fanodemo (F. JACOBY, Fr. Gr. Hist., III, B, 325, 11 = ATEN., 437C-D), APOLODORO, Il B, 244, 133, y EURIPIDES, Ifigenia entre los tauros 940 ss.: Orestes, después de matar a su madre, es encaminado por Apolo a Atenas. Allí, tras una acogida poco grata, algunos, compadecidos, le permitieron comer y beber en silencio. Lo que no se ajusta bien al relato es la indicación del Tesmotetio, edificio donde se reunían en época clásica los seis arcontes encargados de revisar anualmente las leyes. Según Fuhrmann, Plutarco lo ha confundido con el lugar público que precedió al Pritaneo de la democracia.
17 Dioniso, dios del vino, nos libera de penas y preocupaciones.
18 II. II 381. Un ejemplo de tal aserto es el Banquete de Luciano, donde los filósofos asistentes acaban malheridos a causa de la reyerta suscitada entre ellos. Como es natural, el de Samosata está ridiculizando las distintas escuelas filosóficas.
19 Lugar común que apunta a la conveniencia de compaginar la conversación (Musas; en HELIODORO, Las Etiópicas V 16, 4, se la designa con el nombre de Hermes, dios de la elocuencia e inventor de las lenguas), con el vino, entre los griegos, como se sabe, mezcla de vino puro (Dioniso) y agua (Ninfas, divinidades acuáticas). Expresiones similares utilizan TIMOTEO DE MILETO, en Poet. Mel. Gr. 780; HEL., Etióp. V 16, 1, y FILÓSTRATO, Vida de Apolonio de Tiana II 37.
20 LUCIANO, en El gallo 11, critica la inoportunidad de algunos filósofos en sus conversaciones durante el banquete: el estoico Tesmópolis, hablando de cuestiones relativas a la virtud y de silogismos, no deja disfrutar a su vecino en la mesa, el humilde zapatero Micilo, de citaristas y cantantes.
21 La anécdota se repite en Mor. 189B-D y 480D-E, siendo, por lo demás, completamente desconocida.
22 La idea de que vale la pena registrar lo que los hombres de pro hicieron tanto en serio como en broma, parte de JENOFONTE, Banquete I 1, sin duda el modelo de nuestro pasaje.
23 Reproducción algo libre de República 361a, que PLUTARCO vuelve a hacer en Mor. 50E-F y 854E.
24 Bacantes 734 ss.
25 Esta propiedad de la verbena y buglosa es mencionada también por DIOSCÓRIDES PEDANIO, De materia médica IV 60 y 127, y PLINIO, Hist. nat. XXV 81 y 107.
26 Od. IV 220 ss.
27 Ibid., 242 y 244.
28 Metáfora sacada del ámbito de la lucha. Los luchadores se echaban ceniza para evitar que el cuerpo de su adversario, ungido con aceite, se les escapara en sus presas.
29 Era costumbre en los banquetes que los comensales se entretuvieran bailando. ATEN., 629E, enumera los distintos tipos de danza y LUCIANO, Sobre la danza, 34, califica a la de su época de agradable y útil. Por su parte, PLUT., Quaest. conv. VII 5, como hombre moderado que era, condena en boca de Calístrato el frenético baile emprendido por los jóvenes asistentes al festín.
30 Cf. PLUT. Mor. 80B, y CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromateis I 22.
31 La fábula no se encuentra en la colección esópica, pero la conocemos por FEDRO, I 26, LA FONTAINE, I 18, y SAMANIEGO, I 10.
32 Frase proverbial para señalar que un episodio determinado no tiene nada que ver con Dioniso, patrono de la tragedia y comedia. En nuestro texto se alude a la introducción de escenas patéticas por parte de los autores mencionados, ausentes en trágicos anteriores. Posteriormente se llega a emplear incluso para indicar toda anécdota que se aparta del hilo del relato, como ocurre, por ejemplo, en HEL., Etióp. II 24, 4.
33 Sofisma que tiene por objeto demostrar que de un posible no puede resultar un imposible, ejemplo de rebuscamiento y sutileza.
34 Canciones de índole popular, con tema improvisado por lo común, que se entonaban al final de las comidas. De su dificultad da idea el jocoso pasaje de ARISTÓFANES, en Avispas 1219 ss. Para una información más amplia sobre el tema, cf. F. RODRÍGUEZ ADRADOS, Lírica Griega Arcaica, Madrid, 1981, págs. 100 y sigs.
35 Al empezar la bebida los comensales se adornaban con coronas, normalmente de yedra o laurel, si bien existían otros tipos, como la de apio de ANACREONTE, Poet. Mel. Gr. 410, o de violetas (coronado de ellas y yedra se presenta Alcibíades en el banquete de Agatón: PLATÓN, Banquete 212e), y una variada gama, como PLUTARCO, en Quaest. conv. III 1, indica. Según PLUT., ibid., 647a, y ATEN., 675C-D, con su empleo se aliviaban los dolores de cabeza producidos por el vino; y DIOD., IV 4, afirma que el propio Dioniso lleva diadema con el fin de evitar el dolor de cabeza propio de los que beben mucho.
36 Precisamente el significado secundario del adjetivo skoliós. El primario, «sinuoso», se reseña al final de esta cuestión.
37 Para dicha función, aparte del mirto, el comensal que designaba a su sucesor en el canto podía servirse también de una rama de laurel, siendo lo más antiguo el paso de la lira de un comensal a otro (cf. F. RODRÍGUEZ ADRADOS, Orígenes de la lírica griega, Madrid, 1976, pág. 102).
38 Una de las diversas acepciones de este término. Un resumen de ellos se encuentra en Z. ABRAMOWICZÓWNA, Commentarius criticus et exegeticus ad Plutarchi Quaestionun convivalium I et II, Torun, 1960, págs. 32-37 = 232-233. Según P. CHANTRAINE, Dict. Etymol., s. v., la etimología de aísakos, que parece ser un préstamo, es desconocida.
39 Uno de los dos hermanos de Plutarco, que cuenta con una actuación más bien pobre en esta obra, dado que es conocido simplemente por esta cuestión y por la II 5; pero en De sera numinis vindicta (Sobre el retraso de la venganza divina) lleva, junto con Plutarco, el peso de la conversación, y en el diálogo perdido Sobre el alma, a juzgar por el fragmento conservado en ESTOB., VII 21-27, parece haber sido el personaje central. Del cariño de Plutarco hacia sus hermanos dan idea las afectuosas palabras que les dedica en De fraterno amore (Sobre el amor fraterno).
40 El adjetivo eupáryphos (literalmente «con ribetes de púrpura»), como prueban el testimonio de ATEN., 230D, en los dos versos recogidos de Nicostrato, comediógrafo del que sólo poseemos fragmentos (cf. T. KOCK, Comicorum Atticorum Fragmenta, Leipzig, 1884, vol. II, página 222, y vol. III, pág. 428), y el testimonio de PÓLUX, VII 46, alude en la comedia al personaje presuntuoso y chabacano.
41 Características comunes de estos nuevos ricos y de su notorio mal gusto son los lujosos y estrafalarios vestidos teñidos de púrpura y recargados con oro, el uso de llamativas diademas, suntuosas carrozas precedidas y seguidas de numeroso séquito de esclavos, dedos cargados de anillos de oro, el empleo de copas de oro y mesas con pata de marfil en los banquetes para deslumbrar a sus invitados, su forma de andar afeminada, y por lo general su carácter de forasteros en las ciudades donde se lucen. A este respecto, cf. los siguientes pasajes: ARISTÓF, Avispas 1168 ss.; HEL., Etióp II 25, 1 (refiriéndose a una mujer tracia, Rodopis), y V 18, 6; y LUCIANO, Nigrino 13 y 21, El gallo 12, 14 y 24, y Timón 20.
42 Trímetro yámbico procedente de la obra perdida de EURÍPIDES, Cresfontes (A. NAUCK, Tragicorum Graecorum Fragmenta, 2.a ed., Leipzig, 1889, fr. 449).
43 El padre de Plutarco asiste a este banquete y al de II 8, donde se muestra un experto en materia hípica; en III 7, habla sobre el mosto; en III 8, exhibe su conocimiento de los Problemata pseudo-aristotélicos, y en III 9 interviene con humor. Junto a estos pasajes, en los que el padre se nos manifiesta como un hombre práctico, en los Praecepta gerendae rei publicae (Consejos políticos) Plutarco nos lo presenta como persona seria y buen consejero respecto a los defectos de presunción y envidia. Curiosamente su nombre no lo menciona Plutarco en lugar alguno, pero Mohl y Hartmann (cf. el art. de ZIEGLER, «Plutarchos», en PAULY-WISSOWA, RE., col. 644) basándose en la relación familiar de nombres propios, llegan a la conclusión de que debía de llamarse Autobulo.
44 Il. II 554.
45 Batalla de Pidna (168 a. C.), cf. APIANO, Historia romana: Sobre Macedonia 19, Sobre Siria 29, Sobre Iliria 9-10. Una exposición minuciosa de ella se puede leer en PLUTARCO, Paulo Emilio XIX ss.
46 Il. I 16, 375, etc.
47 Posiblemente, el padre se refiere a Plutarco y a su hermano Lamprias, platónico y peripatético respectivamente.
48 La Comedia Nueva es nuestro mejor informador en lo tocante a la importancia que en Grecia se concedía a los cocineros: solían ser asalariados de quienes dependía el resto del personal destinado a la cocina, esclavos normalmente, eran fanfarrones y se jactaban de su trabajo, al que consideraban un arte y una ciencia, así como madre de toda cultura. Por el lenguaje poético y mitológico que a veces empleaban, parece que eran algo instruidos, razón por la cual menospreciaban y trataban groseramente a sus subalternos.
49 Indispensables en un banquete eran las coronas y perfumes con que se adornaban y ungían los comensales (ARISTÓFANES, Las asambleístas 1117, y Acarnienses 1085 ss.). Los encargados del reparto de coronas y de las unciones de perfume eran o bien mujeres (ARISTÓF., ibid., 834) o mozos (FILÓXENO DE LÉUCADE, PMG 836b). En la plaza de cualquier ciudad se establecían gran número de vendedoras de coronas para banquetes y fiestas en general, según el testimonio de ARISTÓFANES, Tesmoforiantes 443-458. En lo relativo a las citaristas consúltense los pasajes de PLATÓN, Protágoras 347d, donde conceptúa de gente sin conversación a los que las utilizan en los banquetes, y de ARISTÓTELES, Constitución de los atenienses 50, 2, quien habla de su remuneración.
50 Cuando la copa circulaba (Luc., Banqu. 15), era costumbre que se brindase ya sea por los amigos (CARITÓN DE AFRODISIAS, Quéreas y Calírroe I 13, 2), ya por el amado (PMG 407) o por la amada (LUCIANO, Historias Verdaderas 25). Al brindis acompañaba el regalo de la copa.
51 Una de las islas Cícladas, no lejos de Delos y Paros. Según ATEN., 8A; EUSTACIO, 1828, 8, en FOCIO, y JULIANO, XII 20, sus habitantes eran motejados de tacaños, ignorantes y estúpidos. Si la conjetura de Hemsterhuys es válida, el proverbio se halla en LUCIANO, Diálogo de los muertos I 3. El sentido exacto de esta frase varía según los autores: ESTRABÓN, X 5, 9, alega que se aplica a los que engloban en un solo título incluso lo que por naturaleza se encuentra separado; ZENOBIO (en LEUTSCH-SCHNEÍDEWIN, Corp. Parem. Gr., vol. I, pág. 122) considera el proverbio la respuesta del oráculo a los hijos de Neleo, Hegetor e Hipocles, sobre cuáles eran las islas de Hegetor, quien sólo se había apoderado de Micono. ABRAMOWICZÓWNA, Commentarius…, pág. 42 = pág. 233, estima que su sentido arranca del propio nombre de la isla que, según Hesiquio, equivaldría a «pila», «montón».
52 Uno de los siete sabios. La anécdota nos la transmite también DIÓG. LAER., I 5, 87.
53 Il. II 408.
54 Obra de Aristóteles cuya meta es intentar conseguir en cualquier cuestión afirmaciones verosímiles sin incurrir en contradicciones.
55 Obra desconocida.
56 Sobre la colocación de los invitados conforme a su dignidad, cf. LUC., Banqu. 8.
57 Il. VIII 162, y XII 311.
58 Od. VII 169-70.
59 Il. XX 15.
60 Ibid., XXIV 100.
61 Fragmento de una poesía desconocida (ÁDĒLA IV 28, PUECH, 146 SNELL, 133 BOWRA, citado por ARÍSTIDES, Il 305, 21, KEIL).
62 Plutarco está reproduciendo ideas que su maestro Platón repite frecuentemente a lo largo de su obra. Cf., por ejemplo, Rep. 496a.
63 Il. XXIII 534 ss.
64 El otro hermano de Plutarco, muy apreciado por él, como se desprende por la cantidad de banquetes en los que toma parte (cf. nuestro Índice de nombres) Interviene también con un importante papel en De E apud Delphos (Sobre la E de Delfos), De defectu oraculorum (Sobre la falta de oráculos), De facie in orbe lunae (Sobre la cara de la luna), y De communibus notitiis adversus stoicos (Sobre las nociones comunes, contra los estoicos). Al igual que su hermano perteneció al círculo de Amonio. De genio vivo, improvisa muchas veces, y posee, además, un gran sentido del humor, amplia formación y brillante talento, lo que no es obstáculo para que sea un excelente bailarín de la danza pírrica. Perteneció al Peripato y desempeñó el cargo de sacerdote en el oráculo de Lebadea y el de arconte en Delfos en época de Trajano.
65 El origen del Consejo Anfictiónico, cuya misión consistía en velar por el templo de Apolo en Delfos y organizar los juegos píticos, parece deberse a asociaciones de estirpes que aseguraban el acceso a los oráculos más importantes, así como su neutralidad. Constaba de un delegado por cada ciudad adscrita a la Liga y, en primavera y en otoño, se reunía en Delfos, en Antela, cerca de las Termópilas.
66 Pasaje desconocido citado por DIÓN CRISÓSTOMO, Discursos XII 81, 2, y PLUT., Mor. 550A, 807C y 1065E.
67 Cf. H. DIELS-W. KRANZ, Die fragmente der Vorsokratiker, Berlín, 19546, vol. I, pág. 339, fr. 76.
68 Sobre el orden oblicuo inventado por Epaminondas, cf. DIOD., XV 56.
69 Pamenes, uno de los más prestigiosos generales tebanos, amigo de Epaminondas y del rey Filipo, no tomó parte en la empresa liberadora de su país, si bien apoyó a su amigo desde el principio y, posteriormente, destacó por sus brillantes gestas militares. Según PLUTARCO, Pelópidas XVIII, y POLIENO, Estratagemas II 5, 1, el inventor del «Batallón Sagrado», compuesto por amantes y amados, fue Gorgidas. Esta anécdota de Pamenes se repite en el pasaje antes mencionado de Plutarco y en Amatorius 761B.
70 Reminiscencias platónicas (Banqu. 175b).
71 HESÍODO, Trabajos y Días 26.
72 Sosicles de Coronea, al parecer amigo íntimo de Plutarco, interviene sólo en Quaest. conv. I 4 y V 4, y Aufidio Modesto nada más que aquí, sin que, por lo demás, sepamos algo de sus vidas.
73 Verso de una obra desconocida (NAUCK, Trag. Gr. Frag., fr. 757).
74 Se trata del primero del primer lecho. Junto a él gustaban de sentarse, en opinión de TEOFRASTO, Caracteres XXI, los vanidosos. Que en época clásica no existía una etiqueta tan estricta a la hora de reclinarse, lo muestra el que Agatón (PLAT., Banqu. 175c) se halle recostado solo en el último lugar. Los romanos, en cambio, impusieron la colocación por jerarquías. Cf., a este respecto, J. BURCKHARDT, Historia de la cultura griega, trad. esp., Barcelona, 1963-1966, vol. IV, pág. 216.
75 El llamado por los romanos imus in medio, al que seguía en importancia el del lado opuesto, denominado summus in medio.
76 Según Livio, la caída de la monarquía tuvo lugar en el año 510 a. C., en tanto que, para Catón y Polibio, sucedió en el 507.
77 Conocido con el nombre de summus in imo, justo al lado del «consular», donde se recostaba el dueño de la casa o el anfitrión, al objeto de estar junto al invitado más distinguido.
78 En el medius in imo e imus in imo. Además de la mujer e hijos del dueño de la casa, se colocaba, a veces, un servidor importante.
79 Junto con Leontíades y Filipo, uno de los oligarcas más importantes de Tebas, asesinados mientras cenaban por Pelópidas y otros jóvenes adictos a su causa, que lograron introducirse en la sala gracias a ir disfrazados de mujeres. Los hechos son relatados prolijamente por el propio PLUTARCO en Pelóp. X.
80 Copa inventada por Tericles de Corinto, contemporáneo de Aristófanes. ATEN., 470E ss., la describe como una copa honda de asas pequeñas.
81 Il. XX 468.
82 Suplicantes 770.
83 Junto con su hermano Lamprias es el interlocutor que más frecuentemente aparece y la personalidad más fuertemente acusada. Además de en las Quaestiones convivales, lo encontramos en los siguientes diálogos: De E apud Delphos, De Pythiae oracutis (Sobre los oráculos de la Pitia), De facie in orbe lunae y Non posse suaviter vivi secundum Epicurum (Sobre que no es posible vivir dulcemente de acuerdo con Epicuro).
84 Presidente de un banquete, elegido por los demás comensales mediante cualquier procedimiento, incluido el sorteo por habas. Entre sus funciones se incluía la de fijar la cantidad de vino que se debía beber, así como las partes de agua que habían de mezclarse con él.
85 Parece ser que Plutarco no lleva la corona habitual en los banquetes, sino la específica de los cargos de arconte o sacerdote que desempeñó en su patria.
86 Rep. 412c.
87 PLUTARCO, Artajerjes VI, y Mor. 173E.
88 PLUT., Mor. 186C y 813E.
89 Ibid., 69A y además, JENOFONTE, Anabasis II 6, 11 ss.
90 La «cotila» es una medida de 1/4 de litro aproximadamente. y el «ciato» la duodécima parte de 0,473 litros, unas seis cucharadas.
91 Sobre la importancia de los coperos y escanciadores reales, cf. HEL., Etióp. VII 23, 4, y sobre el arte de escanciar, ibid., 24, 6 y 27, 3.
92 Imagen platónica muy repetida. Los pasajes en que se encuentra se pueden ver en F. FUHRMANN, Les images de Plutarque, París, 1964, pág. 161, n. 6.
93 Informan sobre estos personajes, así como de su supuesta actuación impía en los días anteriores a la expedición a Sicilia, PLUTARCO, Alcibíades XIX 1 ss.; [PLATÓN,] Erixias 394b y 400b; ISÓCRATES, XVI 6, y ANDÓCIDES, Sobre los misterios I 35.
94 La lectura paidián no da mucho sentido al texto, sí, en cambio, paralían, propuesta por nosotros.
95 Versos de un poeta desconocido citados también en Mor. 44E y 485A, y ATEN., 97D.
96 Parece tratarse del filósofo mencionado por Filodemo y recogido por JACOBY, Frag. Gr. Hist., II B, pág. 1033.
97 El verso corresponde a EuRÍPIDES, Antíope (NAUCK, Trag. Gr. Frag., 183). En un contexto similar, sólo que con un verso más, lo cita también ARISTÓTELES, Retórica 1371b.
98 Otros escritores, como Ateneo, Teofrasto, Aristóxeno, etc. (la lista completa se halla en la edición de FUHRMANN), atribuyen la proclama a un rey persa, Darío o Jerjes.
99 Las personas educadas eludían cualquier broma ofensiva y grosera, como se puede ver en Pap. Berol. 270, donde el presidente del banquete recomienda que se gasten bromas que causen risa, pero adecuadas a la situación. Por su parte, FIL., en su Vida de Apol. I 17, dice de su personaje que jamás nadie le oyó hablar irónicamente ni discutir con sus interlocutores.
100 Fragmento de la obra perdida de EuRÍPIDES, Estenebea. PLUTARCO hace mención de él también en Mor. 405F y 762B. Para la aparición de los versos en otros autores, cf. NAUCK, Trag. Gr. Frag., fr. 663.
101 Filóxeno de Citera (435/4-380/79) llevó una vida muy azarosa; ya de niño, pasó como esclavo, de su isla natal a Esparta, donde con el tiempo se hizo cargo de él Melanípides, quien, precisamente, fue su maestro. Vivió en la corte de Dionisio I de Siracusa. Parece que el tirano lo condenó a las temibles canteras, ya fuera por criticar sus poesías o bien por celos respecto a una hetera. Autor de ditirambos, su obra más importante es El Cíclope. El fragmento lo recoge PAGE, Poet. Mel. Gr., fr. 822.
102 Banqu. 203d, Timeo 69d.
103 Cf. LEUTSCH-SCHNEIDEWIN, Corp. Parem. Gr., vol. I, pág. 447 (60).
104 La anécdota procede, según ATEN., 22A y 428F-429A (en 473a, dice lo mismo de otro poeta, Socles), de Cameleonte; LUCIANO, Elogio de Demóstenes 15, la recoge también, señalando como su fuente al historiador Calístenes.
105 Personaje muy querido por Plutarco, a juzgar por la cantidad de conversaciones en que participa. Hombre culto, cargado de ideas y de ingenio, supone la voz de la experiencia frente al tono erudito y diletante que sus nietos Lamprias y Plutarco imprimen, a veces, a la charla.
106 HERÓDOTO, I 8 ss.
107 A la persona amada se le solían regalar aves, como codornices, pollas de agua, ánades o gallos (ARISTÓFANES, Aves 705 ss.), o bien coronas, frutas, mechoncitos de cabellos (ID., Tesmof. 400-401). ARISTÓF., Pluto 157 (cf., además, JENOFONTE DE ÉFESO, Efesíacas I 2, 4, y FIL., Vida de Apol. VII 42), se queja de que a algunos amados les movía el interés cuando solicitaban de sus amantes perros de caza y caballos.
108 Obra desconocida.
109 Ditirambos, fr. 2, PUECH = SNELL, II 13. En esta parte seguimos el cambio en el orden del texto propuesto por Abramowiczówna y aceptado por Fuhrmann en su edición.
110 Véase, sobre este punto, el diálogo de PLUT., De E ap. Delph.
111 Entre los poetas griegos el Amor es calificado, a tenor de los sentimientos que suscita, de «agridulce» (SAFO), «cruel» (ALCEO DE MESENIA, en Ant. Pal. V 10), o «dulce» (NÓSIDE, ibid., V 170).
112 Adaptación un tanto libre de Edipo Rey 4-5.
113 Íntimo amigo de Plutarco, y probablemente también de Queronea. Lo ha acompañado a algún viaje a Roma. Vegetariano, según se deduce de otras conversaciones de las Quaestiones convivales, defiende esta dieta hasta el extremo de haber educado a sus hijos en sus costumbres. Hombre polifacético y muy interesado por la teología, interviene activamente en De Pyth. orac.
114 Memorias recogidas por Éumenes de Cardia y Diódoto de Eritras. Sobre la forma de beber de Alejandro, nos informan ATEN., 434B; ELLANO, Varia historia III 23, y PLUTARCO, Alejandro XXIII.
115 Las mismas ideas las expone PLUT. en Alej. IV, señalando como su fuente Los comentarios de Aristóxeno, filósofo y músico griego natural de Tarento (ca. 350 a. C.), discípulo de Aristóteles y contemporáneo de Alejandro.
116 De causis plantarum VI 16-8.
117 Calístenes de Olinto, sobrino y discípulo de Aristóteles, fue historiador y filósofo (DIOD., XIV 117, 8). Acompañó a Alejandro en su campaña asiática, de la que escribió un relato y, asimismo, una Historia de Grecia en diez libros, de la que sólo nos quedan fragmentos. Su oposición a la costumbre de prosternarse ante el rey acabó costándole la vida (ARRIANO, IV 10-14). La anécdota referida en esta cuestión se encuentra, además, en Mor. 454E, y en ATEN., 434D.
118 Mitrídates VI Eupátor (ca. 120-63), rey del Ponto, de gigantesca estatura, extraordinaria fuerza e insaciable apetito, jinete y arquero insuperable, hablaba las veintidós lenguas y dialectos de su reino. Fue un gran admirador de los griegos y cruel y maquiavélico con sus enemigos. Con el calificativo de Dioniso lo conocen también APIANO, Mitrídates 10; ATEN., 212D, y CICERÓN, Pro Fiacco 60. De la cita de Ateneo parece desprenderse que el apodo se debía, más bien, a que fue el liberador de Asia.
119 Su madre, Sémele, fue fulminada por un rayo de Zeus, mientras tenía a su hijo en las entrañas.
120 ELIANO, Var. hist. XII 26, cita a un púgil del mismo nombre. Sobre el apelativo «Heraclidita», típicamente femenino, cf. H. BOLKESTEIN, Adversaria critica…, pág. 90.
121 Anécdota recogida por ATEN., 52D-E, quien cita a Plutarco como su fuente. Sobre la propiedad de las almendras, cf. DIOSCÓRIDES, I 33, 2, y PLIN., His. nat. XXIII 145.
122 Parece referirse Plutarco al Tim. 65c ss.
123 Il. XI 846-8.
124 Respecto al uso de cremas y polvos por parte de las mujeres, cf. BOLKESTEIN, Adversaria critica…, págs. 91-92, que aporta un buen número de pasajes relativos al tema.
125 Cf., al respecto, TH. WEIDLICH, Die Sympathie der antiken Literatur, págs. 53-58.
126 Así lo plantean ARISTÓTELES, Probl, Ined. II 36, y PSEUDO-ARISTÓTELES, Problemata 953b30.
127 NAUCK, Trag. Gr. Frag., fr. 358.
128 Ibid., fr. 774.
129 En Mor. 901B, esta teoría se remonta a Hiparco.
130 Jeronimo de Rodas. En el texto existen pequeñas lagunas, que oscilan entre una y dos letras hasta las cinco o seis, sumando un total aproximado de dieciocho letras. Sin embargo, como Lamprias parece exponer el punto de vista epicúreo, cuando se esperaba el de Aristóteles, su maestro. ABRAMOWICZÓWNA, Commentarius…, pág. 97 = pág. 238, ha supuesto que existe una laguna mayor correspondiente a las palabras del hermano de Plutarco. Lo que se nos ha conservado sería la intervención de otro personaje que contestaría a Lamprias.
131 Véanse, al respecto, PS.-ARIST., Probl. 906a23, b37, 907a24; ARIST., Probl. Ined. II 102; TEOFR., De caus. plant. VI 17, 1, y Ps.-ALEJANDRO DE AFRODISIA (C. IDELER, Phys, et med. gr. mim., I 73, 16; II 64),
132 Tim. 45e; Rep. 507d-e, 508d; Menón 76d; Teeteto 156d; y PLUT., Mor. 390B, 433D, 436C-D, y 921D-E.
133 Platón, en el Timeo, la denomina rhéuma; en Menón, aporreē, y en la República, epírryton; pero no pneÛma ni augēn, como Plutarco.
134 Cuestión imitada por MACROBIO, Saturnalia VII 13, 18-27.
134bis Amigo íntimo, por cuya mediación consiguió Plutarco la ciudadanía romana. Además de en las Quaestiones convivales se le menciona en la Vida de Oto XIV, donde se refiere su participación en la batalla de Betriaco. Personaje de gran prestigio en la corte de Vespasiano, desempeñó los cargos de cónsul y procónsul. Posteriormente vivió mucho tiempo en Grecia y, al parecer, gran parte de él en Queronea, donde entró en contacto con Plutarco y su círculo de amigos. Hombre polifacético y de grandes inquietudes, buen conocedor de Platón, Aristóteles y otros filósofos, aparece en las conversaciones como una persona de edad madura.
135 Natural de Atenas y descendiente del famoso Temístocles. Fue compañero de estudios de Plutarco con Amonio, si bien luego se cambió a la Estoa.
136 Crisipo de Solos (ca. 281/77-208/04) perteneció, primero, a la Academia, pasándose posteriormente a la escuela estoica, de la que fue director desde el año 232 hasta su muerte. Según se dice (SVF 2, 1), escribió más de 705 obras.
137 El mismo problema lo plantea ATENEO en 121D.
138 Cf. H. vON ARNIM, Stoicorum Veterum Fragmenta, 3 vols., Stutgart, 1964 (= 1938), vol. III, pág. 146 (fr. 546).
139 Od. VI 59.
140 Cf. Mor. 911D, y ARIST., Meteorologica 359d5, y PS.-ARIST., Probl. 933a9-17.
141 Con nítron, Plutarco se refiere a las sales alcalinas, como el carbonato sódico, procedente de Calastra, en el golfo Termaico.
142 PS.-ARBT., Probl 432b4-18; 933a19.
143 Planta de sabor muy amargo, de la que se servían los antiguos como purgante, vomitivo e, incluso, para enfermedades mentales. Respecto a su relación con la locura, cf. ARISTÓF., Avispas 1489 ss.; FIL., Vida de Apol. V 7, y LUC., Hist. verd. II 7.
144 Probl. 932B25.
145 Od. VI 137.
146 Ibid., 218 s.
147 Ibid., 226.
148 Poeta estoico, residente en Atenas. Compuso poemas filosófico-protrépticos de tendencia moral. Plutarco le dedica su obra De E ap. Delph. y aparece como interlocutor en De Pyth. orac.
149 Una de las tribus del Ática.
150 Príncipe sirio que ocupó importantes cargos tanto en Roma como en Grecia, a quien Plutarco dedicó De adulatore et amico (Cómo distinguir a un adulador de un amigo [B.C.G. 78]).
151 Antiguo compañero de estudios de Plutarco, al que volveremos a encontrar en Quaest. conv. IX 5.
152 Escritor del siglo III a. C. (ca. 240), del que, aparte de los títulos de algunas de sus obras, apenas sabemos nada más.
153 Conocido sólo por este pasaje.
154 Anécdota desconocida, que, según DK, II, pág. 87 (17a), parece una parodia del método etiológico de Demócrito.
155 Junto con Aristogitón, uno de los famosos tiranicidas.
156 Personaje que aparece varias veces con aportaciones eruditas y reflexivas.
157 Pasaje un tanto corrupto, cuyo sentido, sin embargo, es fácil de comprender.
158 Los pormenores de esta batalla, así como la heroica muerte de Calímaco, se pueden leer en HERÓD., VI 106 ss.
159 Sobre este punto, véase también Vida de Aristides XIX 6.
160 Respecto al rencor que Áyax guardaba a Odiseo por habérsele concedido al último las armas de Aquiles, véase Od. XI 543 ss.
LIBRO II
INTRODUCCIÓN
1. De las cosas que se preparan para las cenas y banquetes, [629C] Sosio Seneción, unas tienen el rango de necesarias, como el vino, el pan, los manjares, los lechos, claro, y las mesas. En cambio, las accesorias surgen por placer, sin que la utilidad las acompañe, como audiciones, espectáculos y un bufón —Filipo en el de Calias 161— con cuya presencia la gente se alegra; pero si no están presentes, no las añora demasiado, ni acusa a la reunión de ser, por ello, más incompleta. Aśí también, en efecto, las personas comedidas acogen unas conversaciones por la utilidad que reportan a los banquetes, en tanto que otras las aceptan [D] por poseer un tema sugestivo y que se adecua a la ocasión mejor que la flauta y la lira. De ellas ya nuestro primer libro contenía ejemplos mezclados: del primer género, lo referente al filosofar durante la bebida y a que el propio anfitrión asigne los asientos o los deje al criterio de los comensales, y temas semejantes; y del segundo, lo de que los enamorados son dados a la poesía y lo de la tribu Eantide. A estas últimas, personalmente, las llamo «charlas de bebedores» en un sentido particular, y a las otras «charlas de banquete» en general *** 162, pero están escritas de manera dispersa, y no por separado, sino como cada una me vino a la memoria. Y no deben los lectores admirarse [E] de que, aunque te las hayamos dedicado a ti, reunamos algunas de las conversaciones mantenidas a veces también por ti. Pues, aunque la facultad de aprender no conlleve la de recordar, muchas veces el recordar se sitúa en el mismo plano que el aprender.
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