Читать книгу: «Carta a mi hijo adoptado»
© Pilar Rahola, 2012
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF: OEBO226
ISBN: 978-84-9006-435-1
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dedicatoria
ONCE AÑOS DESPUÉS
PEQUEÑO PREFACIO, CON EXCUSAS
PRIMERA PARTE
EL PRIMER DÍA Y... ¿QUIÉN ERES?
SEGUNDA PARTE
YA ESTÁS EN CASA Y... ¿CÓMO SE HACE?
TERCERA PARTE
LA PRIMERA PREGUNTA Y... ¿CUÁL ES LA RESPUESTA?
Y, A PESAR DE TODO, HEMOS REESCRITO LA VIDA
NOÉ Y SUS FRASES
CUARTA PARTE
TODO, AFORTUNADAMENTE, SE HA COMPLICADO
LA ADOPCIÓN, AÑOS DESPUÉS
Nota
A Sira, Noé y Ada, que han escrito
las mejores páginas del libro de mi vida.
A Robert, que completa el círculo.
Y al amor intenso y punzante
que los cinco nos tenemos.
ONCE AÑOS DESPUÉS
La primera idea ha sido toquetear el libro, tal vez porque soy una insegura impenitente que si nunca vuelve a los textos que escribió un día es porque está convencida de que lo cambiaría todo. Al pensarlo, me siento como una niña pequeña delante de un baúl perdido en el desván, deseosa de revolver entre los trastos que encuentro, las ropas, las fotos, las viejas cartas... ¡Y qué es un libro sino un cajón de sastre! Miro las páginas y pienso que si fuera ahora, no pondría aquella frase, o no diría eso de aquella manera, o no explicaría eso otro... La vida, además, reconstruye una y otra vez las emociones, y es probable que las que ahora siento, siendo las mismas, las percibo de manera muy diferente. Los recuerdos no son inmutables y una y otra vez son reescritos por la pluma del tiempo.
Cuando escribí esta carta a Noé, Ada todavía no estaba. De hecho, empezó a formar parte de nuestra familia en este libro, mientras lo escribía, adquiriendo cuerpo un anhelo, una idea maravillosa, un proyecto de vida que finalmente nos iluminaría a todos. Pero aún tardaría en llegar. Los demás —Sira, Robert, el propio Noé, yo misma—, todos teníamos menos vida acumulada, menos vida compartida. Éramos lo que somos, pero un poquito menos. Si ahora la escribiera, pues, tal vez todo sería diferente, igualmente intenso de emociones, igualmente sincero, pero... diferente. Y este libro sería otro libro.
Pero no. No quiero que sea otro libro. Quiero que sea exactamente aquel que escribí hace once años, cuando me enfrenté al reto de expresar, con palabras, la historia de amor entre un hijo, el mío, y su madre, que era yo. Una auténtica conquista de la felicidad. Los sentimientos que entonces percibí estaban muy cerca de la experiencia vivida, aunque no estaban demasiado elaborados por el tiempo y la convivencia. Eran emociones en estado casi primitivo, primigenio. Y así han de continuar.
Respecto al viejo libro, pues, solo dos modificaciones, aparte de retocar la dedicatoria con el fin de completarla. La primera modificación, este pequeño preámbulo que os escribo. Y la segunda, al final del libro, para explicaros cómo se ve todo once años después. Otra hija, Ada, otra experiencia adoptiva; unos viajes al fin del mundo; un padre que se siente padre al minuto de tener un frágil cuerpo entre sus brazos, perdidos en un hospital de la Siberia Central; los otros hijos que viven la experiencia; la vida que pasa y ellos que crecen... Las preguntas, las respuestas.
Al final del libro me reencontraré con el lector en este tiempo presente. Pero justo en medio de estas palabras y las últimas, este es el texto que escribí hace once años, cuando apenas sabía nada de la adopción y solo me veía con ánimo de expresar, en voz alta, los temores que me habían atenazado, las dudas que me habían torturado, las ilusiones que me habían empujado. Una madre y un hijo, una historia de amor cuya gramática fuimos inventando a medida que íbamos compartiendo la vida. Al llegar Ada, ya todo sería diferente. Pero este es un capítulo que todavía tardará en llegar.
He aquí, pues, el libro de un tiempo en el cual todavía palpitaban los viejos temores, pero donde se iniciaba el momento de dominarlos.
PEQUEÑO PREFACIO, CON EXCUSAS
Me dijeron que sería un acto de amor. ¿Sabes el tiempo que he tardado en decidirme? ¿Asumía o no este encargo editorial tan peculiar, tan delicado? No era un libro cualquiera ni un encargo cualquiera, y yo, que tiendo a conocer poco el miedo, reconozco haberme asustado. Los retos, esos grandes aliados míos, y sin embargo este reto me producía una zozobra extraña, un extraño recelo. ¿Miedo? ¡Y qué miedo! ¡Qué miedo, amor mío, dulce mío, qué miedo a escribir lo que no debo, lo que quizás no tendría que haber pensado, miedo a recordar lo que pensé! ¡Qué miedo a que te hagas mayor y leas este libro, y me pidas explicaciones! Quizás, miedo a que me veas de manera distinta. Miedo a la palabra escrita, con la pluma mojada en la tinta del alma, abriendo en canal esas dudas, esas preguntas que anidan en los sentimientos. Parásitos de nuestra felicidad, vampiros de la seguridad que depositamos en nuestros actos. Miedo, amor, de pensar más allá de la vida que vamos tejiendo, con la mirada arriesgándose a traspasar el lado oculto del espejo.
Te harás mayor y leerás este libro que he escrito para ti, trabajado en el interior mismo de nuestra intimidad, pero con salida al exterior. Lo leerás y lo leerán. ¿Habré sabido escribir para ti, y escribir para los demás? ¿Habré sabido poner el bisturí a los sentimientos?
Pero me dijeron que sería un acto de amor. Y justo en el corazón mismo de mis dudas, en aquel departamento estanco de la memoria donde guardamos los miedos que ya no nos decimos, que ya no tenemos, encontré un eco amigo, una señal de confianza. Hemos sido tan de verdad el uno para el otro que... ¿de qué puedo tener miedo? Somos tan verdad, amor, que... ¿qué te puedo esconder?
Así que tómalo como un beso, como la canción que nunca te escribiré porque no sé escribir canciones, como el abrazo que cada mañana nos damos sin pensar que la felicidad tiene justamente nombre de abrazo. Tómalo como el acto de amor que es. Los miedos que he tenido, los recelos que me he creado, las ilusiones, las dudas, las contradicciones, ¿qué eran sino los sentimientos traspasados, revolucionados por ese vendaval de intensas emociones que ha sido tu llegada? Hijo mío, dulce mío. Amigo. Todo forma parte del amor inmenso que te tengo. También el miedo.
De manera que, si lo crees necesario, perdóname.
PRIMERA PARTE
EL MIEDO AL PASADO
(Claroscuros de una decisión)
EL PRIMER DÍA Y... ¿QUIÉN ERES?
Non non
vine, son!
Dorm petit, la mare et bressa,
cal que creixis ben de pressa...
PERE QUART
«Duerme pequeño, tu madre te arropa, tienes que crecer de prisa...». La primera noche ya te la canté, a pesar de no ser para nada consciente de que, pronto, acabaría convirtiéndose en nuestro lenguaje particular. Mucho más que una canción, una gramática. Siempre me había gustado ese viejo y sarcástico poema del poeta catalán Pere Quart que el mítico Raimon cantaba desde hacía tanto. Pausadamente, rítmicamente, como hay que cantar las nanas, acurrucando. Después vendrían tantas noches... Todas las noches de esa nuestra nueva vida en común, abrazados a media luz, repitiendo tozudamente un ritual que nos ataría para siempre. Cuando un día, muchos años después, me dijiste que si te encontrabas solo en la oscuridad, en casa de un amigo, o en las colonias..., te la cantabas en silencio, me sentí extraordinariamente feliz. Como si hubiera culminado un proceso de complicidad que creaba un mundo específicamente nuestro. Acotado. Enigmático. Único.
Pero ¿sabes, Noé, que antes de esa primera noche y de esa primera nana hubo muchas noches de preguntas, de miedos inconfesados, muchos pensamientos dedicados a ti, pensamientos densos, cargados, sin que tú fueras nada más que un deseo? No. No fueron las mismas preguntas que me hice cuando esperaba a tu hermana Sira, cómodamente instalada en un embarazo estándar, casi inconsciente. Por supuesto que las mujeres embarazadas tenemos miedos primitivos y nos hacemos preguntas aún más primitivas: ¿nacerá con todas sus articulaciones, con los dedos de los pies al completo, con los brazos, con las piernas? ¿Nacerá bien, con los niveles de inteligencia que según nuestra sociedad son los «normales»? ¿Poseerá algún gen escondido que convierta a nuestro bebito en un ser más frágil si cabe: una válvula del corazón, los pulmones que no aspiran bien, vete tú a saber qué extraña enfermedad que nunca antes habríamos encontrado en nuestro particular diccionario de bolsillo? No sabría muy bien cómo explicártelo, pero las mujeres embarazadas vivimos en una especie de esquizofrenia de sentimientos que nos hace sentir a la vez eufóricas y depresivas, en un incontrolable vaivén que nos lleva del absurdo a la lucidez, de la preocupación a la ilusión. Creo que en este estado, las mujeres somos muy fuertes pero también muy muy vulnerables... De hecho es como si aquel sentimiento de protección y a la vez miedo hacia nuestros hijos que nos acompañará toda la vida lo quisiéramos sentir antes de tiempo, incluso antes de parir. Como si fuera un aprendizaje emocional previo al máster que inevitablemente tendremos que aprobar... No te extrañe. Las mujeres tenemos una tendencia irreprimible a sentirnos culpables de alguna cosa, no en vano hemos sido durante siglos las culpables del pecado original y, con él, de los males de la humanidad.
¡Si supieras, hijo mío, cuánto sentimiento de culpa puede acarrear inconscientemente una mujer!
Pero no, Noé, no sentía para nada lo que sentimos durante un embarazo. Hacia ti no sentía las tradicionales y un poco infantiles paranoias de madre novata, sino algo más profundo, más inconfesable, bastante más hiriente. Y te diré que ese sentimiento se me hizo especialmente visible al final de la espera, después de haber recorrido el largo camino de las decisiones, la burocracia, los problemas, justo cuando ya estabas casi conmigo, justo entonces, en ese día en que me llamaron para avisarme de tu existencia, cuando quedamos para conocerte al día siguiente, entonces... Fue entonces y no antes. No recuerdo haberlo sentido cuando, tres años atrás, empezamos a rellenar papeles y más papeles para iniciar una adopción. Ni tampoco cuando nos sometimos a las entrevistas y a las preguntas y a los pesados trámites que tenían como único fin hacerte posible. Nunca antes había temido tu existencia, ni nunca antes me había planteado las incógnitas que traerías en tu equipaje de mano. «Ligero de equipaje», dice el poeta...
Pero ¡qué pesado equipaje! Durante los tres años que duró el proceso, tú solo fuiste el deseo fuerte, persistente y tozudo de tenerte. Fuiste una voluntad. Sin embargo, amor, casi de golpe, cuando después de meses de no pensar en ti, un día nos llamaron y nos dijeron que estábamos a punto de conocer a nuestro hijo... ¡qué miedo aterrador, pequeño, qué miedo paralizante, incomprensible! No sabría explicarte cómo se puede sentir una alegría desbordada, una especie de frenética felicidad, casi infantil, y a la vez un profundo temor, pero así fue. Mi primer sentimiento hacia ti cuando aún no tenías forma, pero ya estabas en mi vida, cambiándomela definitivamente, fue este: el miedo a saber cómo serías. El miedo a ti, en definitiva.
Pero déjame que empiece por donde hay que empezar, por los motivos:
¿POR QUÉ ADOPTAMOS UN NIÑO?
Motivos los hay, sin duda, tan variados como variada es la vida de cada cual que toma la decisión de adoptar, y no creo que exista una respuesta ni remotamente universal. Pero, sin embargo, me atrevería a asegurar que todos partimos de un motivo común: el deseo de ser padres. Unos porque no tienen hijos, otros porque quieren añadir la experiencia adoptiva a la ya conocida experiencia biológica, otros porque se encuentran en circunstancias vitales que les abren esta perspectiva. ¡Vete tú a saber a través de qué extraños vericuetos llegamos al hecho común de adoptar un niño! Supongo que tiene mucho que ver con el sentimiento dual del amor, generoso y a la vez egoísta, tan inclinado a dar como ávido de recibir. La adopción, ¿un acto de amor? Sí, ante todo de amor a uno mismo...
Los caminos, pues, que nos llevan a la decisión son muchos. Hay padres que se autoconvencen de ser auténticos dadores de amor, de poseer sobrecarga de sentimientos y no tener dónde depositarla. Otros abiertamente se plantean la adopción como un bálsamo a la soledad, como una bella manera de compartir la vida. ¿No hay algo de eso, también, en la decisión de tener un hijo biológico? Los hay, ¿cómo no?, que plantean su posible paternidad/maternidad como la solución mágica a sus problemas de pareja. Padres que, sencillamente, quieren llenar la vida; padres que se sienten implicados en un fuerte compromiso social, de donde nace también el deseo de adoptar: como si se tratara de una especie de ONG filial, si me permites la broma. Y en la immensa mayoría de los casos hay un poco de todo. Un mucho de casi todo. Compromiso social, capacidad de amor, voluntad de compartir, soledad... La vida, en definitiva.
¿Cómo naciste tú en mi deseo de tenerte? Pertenezco a esa raza extraña de gente que siempre se había planteado la adopción, incluso antes de pensar en la maternidad. Como una pose, quizás. Recuerdo, por ejemplo, que en mi adolescencia (en esa adolescencia sobrecargada de temperatura pasional, en absoluto controlada, que fue mi juventud), la adopción era un tema recurrente cuando hablábamos del futuro. Como muchos rebeldes con causa más o menos descifrada, menos que más definida, yo era, por supuesto, de las que no querían casarse, no me interesaba la idea de una única pareja de por vida, especialmente me repelía la idea de estar ligada a un hombre. Corría por la vida al galope, me gustaba sentirme como un caballo salvaje, sin control, sin paradas, a la carrera hacia no se sabe dónde. Y sin embargo, amor, tú ya estabas. Ahí en medio, formando parte del galope salvaje, en algún punto de la aventura que era para mí la visualización de la vida. ¿El futuro? Incierto, impensado, despreocupado, solo con la certeza de que lo viviría también deprisa, con puntas extremas, como si la vida, para vivirla, fuera un limón que necesariamente teníamos que exprimir. No creo que te sorprenda que te diga que siempre había afirmado que lo de los hijos no iba conmigo, que ni hablar de parir más desgraciados en estos mundos de Dios...; en fin, todas esas cosas tan recurrentes que una y otra generación repetimos con muy escasa originalidad. De hecho, Noé, ¿qué me decías tú mismo el otro día sobre tener novias e hijos, etcétera? Lo de siempre, chaval, que somos un plagio permanente.
No quería hijos biológicos. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de mis amigas de entonces, siempre había tenido claro el deseo de ser madre. Es decir, y con la esperanza de que tu hermana Sira entienda bien lo que te digo, tú formaste parte de mi vida antes que ella, por mucho que ella naciera tantos años antes que tú. Al principio de todo, pues, antes de tener amores, y un presente denso, organizado, antes de tener casa y trabajo y futuro, tú ya fuiste un deseo de adolescencia. Estuviste desde el principio de los tiempos, de mis tiempos. Casi fuera del tiempo.
Pero después me enamoré como dice Mastreta que se enamoran las mujeres teóricamente libres, como una auténtica imbécil, y me casé casi salida del huevo, quizás porque formaba parte de la rebelión el comenzar a vivir en pareja sin pensarlo mucho, con la carrera a medias, con el trabajo más a medias aún, con nada para llenar la nevera... ¡La de neveras que me llenó tu abuela para que yo pudiera culminar mi revolución particular! De hecho, lo mío no fue muy distinto de lo de esos amigos okupas de tu hermana, que todos son de buena familia, estómago lleno, libros en casa, viajes de Visa Oro y un poco de antisistema para los fines de semana. ¡Cuánto rico aburrido y un poco leído había en las reuniones antifranquistas de entonces y en las revoluciones de bolsillo que perpetramos! Recuerdo, por ejemplo, que un día fui a casa de un referente del antifranquismo catalán, quien durante años fue presidente del PSUC y después de Iniciativa per Catalunya: el cineasta Pere Portabella. Heredero del clan Danone, Portabella me recibió en una magnífica casa salpicada de cuadros de firma. Vestía impecablemente moderno, impecablemente intelectual, impecablemente dejado. Cuando le pregunté por su papel en la transición, elevó su mirada trascendente, inspeccionó su memoria histórica y me dijo, solemne: «¡Era tan higiénico manifestarse con los obreros!».
Ya ves, Noé, papel higiénico...
Me casé, pues, cuando no tocaba, antes de tiempo, sin trabajo, sin carrera acabada, sin nada..., pero con madre, ¡que madre solo hay una cuando cada semana te llena la nevera! Y yo, que abogaba por hacer la guerra al exceso demográfico, me quedé preñada con solo oler unos calzoncillos, y fui madre tan deprisa que ni casi lo escogí, ni casi lo pensé. Evidentemente tú desapareciste, tragado por el frenético ritmo al que fueron esos mis primeros años de loca emancipación. No tenías sitio en mi agenda cotidiana —¡uauau, qué agenda!—, pero, sobre todo, no eras necesario en mi tejido sentimental, tan sobrecargado de emociones; un hombre que amaba, una hija que amaba, el amor vivido en primera línea, sin complejos, sin concesiones. Sin preguntas.
¿Te imaginas cuándo volviste a formar parte de mi listado íntimo de deseos? Cuando hice un viaje por Etiopía, en la época en que trabajaba como periodista para la televisión catalana, para TV3. Fui a hacer un reportaje sobre la guerra entre Etiopía y Eritrea, y sobre la terrible hambruna que estaban pasando en esa zona. ¡El hambre! El hambre de verdad era hambre de pelearse por la almendra que ofrece un cooperante o un periodista cualquiera que visita la zona. El hambre del estómago pegado, del alma vendida por un vaso de leche, el hambre que desorbita los ojos, que hincha las barrigas, que juega codo a codo con la muerte. Esa hambre que no es ni palabra, sino grito, puñetazo en la conciencia, arañazo en el alma. Y enfermé. Enfermé de dolor interior, de necesidad de solidarizarme, casi enfermé de humanidad. ¡Un niño huérfano! Uno solo de esos más de dos mil niños huérfanos que corrían entre las minas y las batallas, en medio mismo del Tigré, o en la zona fronteriza de Eritrea, solo ayudados por esos santos varones que en nombre de un Dios habían decidido dedicar su vida a los nombres sin nombre de la miseria. Yo, que tan crítica puedo ser con las barbaridades que, apelando a los dioses, ha hecho la humanidad, también puedo maravillarme de las grandezas que esos mismos dioses motivan a veces. El mismo Dios cristiano que ha bendecido los tanques de Mussolini o las desapariciones de Pinochet o la vergüenza franquista, ese mismo Dios ha motivado la grandeza de un Casaldáliga o de una Teresa de Calcuta. Y si en nombre de un Dios terrible se mutilan la libertad y la dignidad de millones de mujeres en el mundo, también en nombre de ese Dios se construyó la Alhambra. Extraña dualidad la humana, tan cercana al bien y al mal, al horror y a la grandeza...
¡Llevarme un niño huérfano a casa!: casi se convirtió en una necesidad vital, en una especie de obligación moral, como si de golpe tuviera en mis manos la salvación de la humanidad, como si la redimiera. Y es que, amor, ¿qué haces con dos mil niños huérfanos en una sola zona de guerra?
¿Qué haces cuando no es una noticia lejana y ajena, sino una mirada directa, que te implica, que te sacude, que te irrita?
¿Qué haces, amor?
De manera que, después de años de no pensar en ello, volvía a pensar en la adopción. En ti, en definitiva. Primero fuiste ese instinto ingenuo preñado de idealismo no menos ingenuo. Quizás incluso arrogante, como arrogante es la adolescencia. Después tuviste la cara del hambre, una cara que me hiperresponsabilizaba, nacida con seguridad de un egocentrismo no del todo consciente. ¿Qué es eso de querer salvar la humanidad sino una patología del ego? ¿Qué son, al fin y al cabo, los grandes héroes de la historia sino grandes egocentrismos que, por suerte, canalizan sus excesos hacia el servicio a los otros? Sinceramente, no creo ser mejor por el hecho de haber sentido una punzada en el alma, por haber notado ese «necesito hacer algo» apremiante e histérico que me dejó muchas noches sin dormir. Tengo, al contrario, la impresión de que focalizar un drama colectivo en primera persona tiene mucho de ingenuo, bastante de perverso y, sobre todo, lo tiene todo de egocéntrico. No somos mejores por lo que necesitamos hacer en un momento de pulsión emotiva. Somos mejores por la densidad emotiva de nuestra vida cotidiana.
Pero fue así. Volviste a mi vida en la maleta de ese viaje a Etiopía, fruto de aquellas vivencias extremas, y ya no te fuiste. Como bien sabes, no eres ningún huérfano de Etiopía; de hecho, no eres ni huérfano ni perteneces al Tercer Mundo. Eres hijo del Tercer Mundo que malvive en las cloacas del Primero, habitante de la frontera opaca y silenciosa, esa frontera donde nunca llegan las luces de nuestra opulencia. De Etiopía a las calles de la Barceloneta, hijo mío, la única diferencia es que en Etiopía aún se puede morir peor.
Y resumo. Retorno del viaje, y... primeras conversaciones: Sira se negó. Dijo con una rotundidad no exenta de madurez (como mínimo me pareció muy segura de sus sentimientos) que ella no quería un hermano. Bajo ningún concepto. Rotundamente no. ¡Y qué mal rollo, Noé, el de tu hermana! Tardaste más de un año en ser un deseo de tu hermana —ella, que justamente tanto se deshace por ti—, y tardaste aún más tiempo en ser el deseo de los tres. ¡Qué conversaciones con tu padre!, entonces mi marido, las dudas racionales, la dificultad de acuerdo, las consecuencias; costó, amor, costó decidirte... Recuerdo con precisión una discusión en un parque de París donde tu padre me aseguraba, cargado de buena intención y seguramente de más sentido común que yo, que no podíamos plantearnos otro niño. No era el momento, no teníamos las condiciones, nuestra vida estaba ya bastante complicada, nuestra economía no era una maravilla.
No sé cómo debe producirse el «acuerdo» de pareja —o el acuerdo de familia, en nuestro caso— para llegar finalmente a la decisión. Pero estoy segura de que todas las parejas deben de hacer un largo recorrido de preguntas donde se mezclan los miedos, las dudas, los deseos, balances vitales, cómo estamos de números, cómo de sentimientos, cómo de convivencia... Porque, hijo mío, déjame que te lo repita: no es lo mismo. El embarazo puede ser fruto de una decisión largamente pensada, pero tiene mucho de natural, mucho de sobrevenido, como nos sobrevienen las cosas en la vida, con normalidad, casi con inconsciencia, escritura ritual de la cotidianidad. La adopción, en cambio, es más fría, más racional, repasa mucho más los prólogos, los preámbulos, da tiempo y, al darlo, hace más denso el tiempo. Como si ser padre o madre por vía adoptiva fuese una carga de responsabilidad más alta, quizás una decisión más delicada. De hecho, alta tensión, amor.
Y fuimos andando por nuestras dudas, arriba y abajo. Pero el tiempo y la insistencia, aliados naturales de la voluntad, si esta es sólida, consiguieron que tomáramos la decisión que cambiaría radicalmente nuestras vidas: rellenamos un papel de una demanda de adopción. Aquel día creo que no éramos demasiado conscientes de lo que estábamos haciendo. Yo, en todo caso, sé ahora que no era plenamente consciente.
Aquel día, pues, nacías incluso antes de haber nacido.
Y aquel día nacía una dimensión distinta de mi dimensión como madre... No te diré que me has hecho mejor, porque ya lo sabes, me has hecho mejor. Te diré que me has hecho más completa.
Puesto que la intención de esta carta no es la de explicarte la logística del proceso, te ahorro la narración de los detalles: reuniones con los expertos, papeles, espera, papeles, espera, papeles... Como nos habían avisado de que la espera sería larga, casi eterna, te diré que en un momento determinado nos planteamos la adopción internacional. Por supuesto que desconozco si mi experiencia se parece poco o mucho a la de otros padres, pero en mi caso me quedé altamente preocupada. Un país de Hispanoamérica, todo oficial, todo del gobierno, abogado vinculado a la embajada de Madrid incluido, todo gratuito a pesar de ese milloncito y pico que costaban los trámites... para el papeleo. Pero ya se sabe que el dinero no es obstáculo cuando en el horizonte hay una maternidad deseada..., todo bien, pues. Todo bien si no hubiese sido por el horror que sentimos y que literalmente nos hizo huir de allí cuando nos hablaron del «catálogo» de niños para ofrecer. ¿De qué edad exactamente lo queríamos? ¿Queríamos un solo niño o nos planteábamos adoptar hermanos? ¿Lo queríamos rubio, moreno, negro? «¡Pero si en esta zona no debe de haber ni un rubio!». «Para usted lo encontraremos, señora. Quizás resulte más caro..., los trámites, sabe...». ¡Estaba en el supermercado, en el supermercado de la miseria, comprando niños por catálogo, búsquenme un rubito del Caribe, a tanto la pieza! La sola idea de poder «escoger» a mi hijo me hizo tanto daño, me hirió tan profundamente que no quise saber nada más de todo aquello. Por supuesto, te hablo de hace mucho tiempo y sé que, por suerte, la adopción internacional ha cambiado mucho, que hay un control más eficaz. Sin embargo, de vez en cuando nos encontramos con un Joan Lluís Bozzo, el dramaturgo catalán, que denuncia todo el lío de Brasil, o con el escándalo de una asociación privada de adopción en Rusia, o... Nunca va a resultar fácil conseguir que el proceso de adopción de un niño del Tercer Mundo esté libre de los mercaderes de la miseria, de los traficantes del horror.
Metimos, pues, la patita en la adopción internacional, Noé, y como ves nos la quemamos. Así que volvimos a casa.
Hacia la DGAI (la Dirección General de Atención a la Infancia, el organismo de la Generalitat de Cataluña que se encargaba antes de los trámites de adopción en esa zona; ahora se encarga otro organismo oficial). Al fin y al cabo, cuando nosotros hicimos los trámites aún había niños en Cataluña que podían ser adoptados. Ahora me consta que la lista de demandas está cerrada porque, por suerte, no queda ninguno. Y cada vez que aparece un niño nuevo es dado inmediatamente a los padres que hace años que están apuntados. Para que te hagas una idea, conozco una pareja que hizo hace diez años los trámites y que acaban de adoptar un niño suramericano. Pues bien, a los seis meses de tenerlo, después de superar todos los trámites internacionales, los llaman de la Generalitat para ofrecerles un niño de aquí. De manera que en seis meses, y después de diez años de embarazo, han sido padres dos veces. Ya pasan estas cosas en el mundo de la adopción. Y, por supuesto, ellos encantados.
A esperar, pues. Y esperamos. Tres años y medio de espera.
¿Dónde introduzco, en esta secuencia más o menos lógica que me ha conducido hasta ti, el capítulo de los miedos? ¿Y a qué tipo de miedos me refiero, más allá de las dudas razonables que toda decisión trascendente comporta? Yo, que ya era madre y sabía, por lo tanto, que la cosa tenía su complejidad, ¿a qué temía? A nada mientras duró la espera. Pero un día, Noé, sonó el teléfono, y nos dieron una cita, un día y una hora concretos para conocerte; nos introdujeron tu nombre en nuestra agenda insconsciente. Y de golpe, ahí estabas, ya estabas aquí, y no sabíamos quién eras, ni cómo eras, ni de dónde venías; ya eras tú, hijo mío, y no sabíamos qué significaba eso. Y tuve miedo. Y cabalgaron las dudas por el interior del sentimiento:
MIEDO A LO DESCONOCIDO. MIEDO A LA GENÉTICA. MIEDO A LA HERENCIA.
Miedo a mí misma, de no saber estar contigo, a la altura de unas circunstancias que desconocía, que había escogido y que, sin embargo, no dominaba. Y sí, ya sé que la maternidad siempre es una caja de Pandora de la que no controlamos los mecanismos internos, los secretos, quizás los enigmas, esos enigmas inquietantes que anidan en el desconcierto. Pero, hijo, la maternidad adoptiva te acelera las inquietudes de ese descontrol. Te lo hace evidente. Te hace vulnerable.
Y sonó el teléfono. ¿Sabes cuánto tardamos desde la llamada telefónica hasta conocerte? Miles, millones de días, todo el tiempo del universo embutido en una especie de instante único, clavado, que no se movía, como si fuera una metáfora hiriente de su famosa relatividad. ¡Sí! Puede hacerse muy denso el tiempo cuando esperas. Muy denso cuando no sabes exactamente qué esperas. Claro que en casos como estos tienes tantas cosas por hacer que parece que estás muy ocupado: preparar la habitación que ni de lejos tenías preparada por mucho que hace años que la tienes preparada; preparar a la familia, que hace millones de años que lo sabe y de golpe le parece la novedad del siglo; hablar con la escuela y preparar los papeles; hablar con el médico, por si acaso; hablar y hablar y hablar con la pareja —que qué hemos hecho, que ya lo tenemos encima, que qué bien, que qué miedo, que cómo nos hemos metido en este lío, que qué ilusión, que ¡ay la que nos espera!—; llamadas, compras, arriba y abajo, un mundo de actividades frenéticas a cuál más acelerada, y, sin embargo, ¡qué lento pasó el tiempo en aquellos dos días de espera hasta encontrarte! ¡Qué lento pasó tu tiempo!
Y empezamos a saber cosas de ti. Tus antecedentes —¡Dios, qué antecedentes!—, los padres biológicos —¡Dios, qué padres!—, el proceso que te había llevado a tu año y medio de vida en un centro de acogida, lejos de las palizas y la desnutrición que habían padecido tus hermanos, pero lejos también de cualquier tipo de calor humano. El lugar donde naciste —durante años, y aún, le has llamado «la escuela» al sitio donde naciste—, algunos datos familiares relevantes, pocos datos, y, sin embargo, ¡tantos datos! La diferencia, como mínimo en mi experiencia personal, entre el hijo que se va gestando en tu interior y el hijo que llega desde «la escuela», con un trozo del camino ya hecho, con vida vivida, es la diferencia que separa el miedo controlado del miedo sin control. Ese trozo de camino. Como si el nexo sanguíneo nos aportara algún aval vitalicio, alguna especie de control de garantía, tan ficticio por otro lado, pero útil para acallar atavismos. De hecho podríamos decir que el hijo gestado es un hijo con un nivel «apto» de sorpresas. Después la vida se encarga de añadir emoción a lo previsible, de desmentir rotundamente los esquemas, pero eso es el futuro, tan lejano... El hijo adoptivo, en cambio, nos abre el paquete entero de incógnitas de un solo golpe, y nos hace digerir, en un único bocado, toda la ilusión y todo el miedo.
¿Qué sabíamos de ti? Y, sobre aquello que ya sabíamos, ¿hace falta que te diga que sabíamos lo suficiente como para no estar definitivamente tranquilos? Pero a la vez, extraña ambivalencia emocional, aún más ilusionados. Por un lado eras el baúl de sorpresas mágico, por estrenar, sin duda, tan extraordinariamente enriquecedor que, amor, nos preparábamos para lo mejor. Para vivir nuestro momento único. Nuestro mejor momento. Por el otro, eras una caja de sorpresas arriesgada. No sé cómo confesarte, sin avergonzarme más de la cuenta, que pasó de todo por mi cabeza febril. ¿Tendrías algún tipo de problema genético, con esos padres que te habían engendrado? ¿Tendrías alguna especie de agujero negro mental, en el abismo más profundo de tu memoria, uno de esos agujeros que te harían volver a la oscuridad de donde habías venido? ¿Serías capaz de asumir la herencia con la normalidad con que queríamos que asumieras la segunda vida que te planteábamos? Que te planteábamos sin tu permiso.
Eras nuestro hijo, pero ya habías andado una parte del camino sin nosotros, y esa pequeña parte andada nos pesaba como una losa. Nos pesaba y... nos hería.
Recoser, recoser rápidamente la herida abierta, entre aquel instante en que naciste y el momento en que nacías con nosotros. A este pensamiento dediqué buena parte de mis energías y casi todos mis recursos mentales, emocionales, pasionales. A este pensamiento dediqué los días eternos en que ya estabas y no estabas. Eras, pero aún no eras.
¡Sí! Estábamos dispuestos y encantados de sobreponer la alegría de tu llegada a los miedos y a las preguntas. Pero no sabíamos qué significaba todo ello, ni sabíamos cómo lo haríamos.
No quiero entretenerme mucho más explicándote, Noé, todo aquello que me pasó por la cabeza mientras te esperaba. Pero quería que supieras, hijo mío, que por la cabeza pasa casi de todo. Estoy segura de que cualquier persona que afronta la decisión de adoptar un niño siente, en algún momento del proceso, esta especie de miedos primitivos, extrañamente poderosos y persistentes, miedos que nos vuelven un poco salvajes, justamente nosotros que nos considerábamos gente tan elaborada. «Civilizados, sin embargo», que diría con socarronería el escritor Carles Soldevila.
¿Y te extraña? ¿Qué me dijiste el otro día cuando un amigo tuyo aseguró que no leías demasiado bien? «No leo bien porque nací en un hospital», nos lanzaste con tranquilo convencimiento. Nunca habías oído en casa nada semejante, y nunca nadie había vinculado una dificultad cualquiera —leer, sumar, las típicas dificultades de la escuela— con tu condición adoptiva. Pero el mecanismo de relación —injusto, hiriente, indecente, estúpido— funciona con precisión matemática desde el interior mismo de nuestra mente. Yo, antes de conocerte, relacionaba mis miedos de madre con tus orígenes incontrolados. Tú, sin saberlo, repetías el esquema con tus miedos de niño. Los dos, pues, nos traicionábamos de la misma manera.
Quizás solo es el temor intenso y a la vez fascinante que genera siempre la diferencia. El ser distinto.
Todo este lío duró lo que duró tu indefinición. El día en que fuiste finalmente un rostro, y una mirada inquieta y penetrante, y unos cabellos de rizo grueso y caído. El día en que tu nombre tuvo forma, Noé, ningún miedo habría podido parar mi furia por ser tu madre. Mi deseo. Mi pasión. Hijo mío desde el instante mismo en que cruzamos la mirada. Hijo mío desde el instante en que encuadraste tu curiosidad en el ámbito de la ventana y solo nos mostraste medio rostro, rechazándonos y llamándonos, queriéndonos y negándonos... Déjame que te hable.
Comenzaré por el punto álgido del sentimiento: agudo, punzón, escarpado. Si tuviera que resumir mi vida en una docena de instantes de pulsión emocional extrema, ese género de instantes que son la vida misma —«momentos de intensa felicidad», como dice el poeta Joan Vinyoli—, sin duda ese instante preciso, nítido, transparente, ese instante en que cruzamos la mirada sería uno de ellos. El corazón latía con furia compulsiva y a la vez nada se movía en la habitación donde todo era silencio opaco. Pesante. Silencio de trazo grueso. Estabas allí, como en el centro de un huracán que nos atraía hacia ti y nos conmocionaba para siempre. Toda la inquietud en tu mirada. Toda la desconfianza en tu mirada. ¡Estabas tan inmensamente solo! ¡Pero tenías tanto miedo a estar mal acompañado! que no nos quisiste, abrazado a la responsable del centro donde habías vivido tu año y medio de media vida...
Abrazado a lo conocido.
Te habíamos comprado una pequeña moto, motorista incluido, que te enseñamos como reclamo. Fue nuestro primer lenguaje, el primer beso, el primer abrazo antes de abrazarnos tanto, ese juguete que te cabía entero en la manita y que, durante tres días enteros, no dejaste ni un momento.
Te hablaba de las puntas extremas de sentimiento. Hay muchas en un proceso de adopción, momentos de vida al límite, casi rebelándote el alma. Puntas que son difíciles de expresar aunque fuéramos maestros de la palabra. Por ejemplo, recuerdo a tu padre y a mí misma, nerviosos, atravesando el patio del centro donde estabas para ir hacia la cita que teníamos con los responsables. Y contigo. Una niña de cara redonda, que tenía los ojos más ansiosos que he visto nunca, me cogió de la mano y me dijo: «Eres una madre, ¿verdad? Llévame contigo. ¿Por qué no quieres ser mi madre?». Y me estalló la seguridad.
También fue una punta de emoción el pequeño motorista. No tenías juguetes propios y, además, puesto que eras de los pequeños del centro, tenías más bien pocas oportunidades de poder «tocar» los juguetes comunes. De manera que tu juguete era Clara, una niña rubita de tu edad cuya madre estaba enferma de sida ya en estado muy avanzado y que estaba pendiente de ser acogida por sus abuelos. Erais una parejita tan delicada...: ibais cogidos de la mano y os defendíais del mundo juntos, un mundo adulto, ordenado y vacío de toda ternura. Clara corría por allí mientras tú te acercabas con recelo hacia el juguete que te estábamos ofreciendo, y vivió a cámara lenta todos los fragmentos de tus movimientos asustados. Estirando un brazo que de golpe te había crecido miles de centímetros, cogiste lo que sería tu primer regalo, tu primera propiedad; de hecho, el primer espacio que iba a ser propiamente tuyo. ¡Tres días! No dejaste aquel motorista ni de día ni de noche, ni cuando te ducharon, ni mientras te ponían la ropa de domingo en aquella tu vida sin domingos. Y así llegaste a casa, cogido a tu primer regalo.
Años después, y reconozco que no entonces sino ahora, he pensado en Clara. Estaba tan llena de ti, amor, que tiempo tenía para ver escasamente el trozo de mundo donde estábamos viviéndonos. No cabía nadie más. Pero ahora lo pienso y, fíjate, me duele con una especie de dolor lejano. ¿Cómo debía de sentir tu ausencia, ella que solo te tenía a ti? ¡¡Ay!!
Sí, entre el primer instante y tu llegada a casa pasaron muchas cosas. Una primera merienda después de negarte, pataleta incluida, a subir al coche. Nunca antes habías subido a un coche, y casi luchaste contra él con el lenguaje que sabías. Ese lenguaje que sería, durante tiempo, nuestro único lenguaje: a gritos y lloros. Una ida a casa con retorno al centro de acogida. Lloros, silencios, miradas, lloros..., y un día que fue el día en que finalmente todo empezó.
¡Qué desconocidos éramos el uno para el otro! No llegabas a casa como llegan los niños biológicos, llenos de escritura sanguínea más o menos reconocible, más o menos propia: los pómulos de la abuela, los ojos de la madre, los labios de la tía Carolina, el mal genio de... Permíteme una maldad, pero llega a ser bien curiosa esa confianza infinita que depositamos en nuestros pobres genes; es como un exceso de vanidad ampliamente permitido, y sin embargo bien estúpido.
Decía lo de los hijos biológicos. Tienen dos ventajas claras respecto a vosotros: por un lado son ya conocidos, trabados a nuestra raíz profunda por ese frágil nexo llamado «código genético». Pero al mismo tiempo están por escribir: tenemos que moldear su barro iniciático, son pura plastilina. Son «nuestros», pues, dos veces: a través de la sangre, y a través de la escritura que depositamos en el libro blanco de su vida. Pero tú, Noé, amor, negabas las dos fuentes de tranquilidad, el doble control de seguridad: nada sabíamos de tu escritura genética y ya venías con mucha escritura de vida en tu libro particular: un doble desconcierto. Una doble zona oscura donde anidar los miedos inconscientes.
Y los anidamos.
Y nada controlamos.
Ni el nombre. Recuerdo que mientras duró el proceso de decisión me entretenía, cuando pensaba en ti, en resolver qué nombre te pondríamos. Si eras una niña tenía especial deseo de que te llamaras Puig, como la Virgen de Puig, una de las grandes vírgenes valencianas. Me encantaba ese nombre, y me pellizcaba la felicidad cuando pensaba en ti, carita sin definición. Un nombre, una música. Casi tú. Si eras niño, otra fascinación particular, el nombre de Lluc, santo venerado en Mallorca. Ya ves, de Valencia a Mallorca... ¿Te extraña? De hecho, y con la firme decisión contraria de tu abuela, que lo encontraba horrible, habíamos hablado de ponerte Lluc en cualquiera de los casos: o Lluc Maria, si eras un niño, o Maria de Lluc, si eras una niña. Pero TÚ YA TENÍAS NOMBRE, un pequeño detalle sin importancia que no se nos había ni ocurrido. Recuerdo perfectamente la frase de la psicóloga que nos ayudó en todo el proceso. Era un chica dulce, con una cadencia suramericana que la hacía aún más tierna, aunque también extrañamente resolutiva, dura incluso, rigurosa respecto a su profesión. Y su profesión no radicaba en «mimar» a los padres que queríamos adoptar un niño. Su trabajo consistía en cuidar con meticulosidad el proceso para que los niños tuvieran los padres adecuados:
«AQUÍ NO ESTAMOS PARA GARANTIZAR LOS DERECHOS DE LOS PADRES. RECUERDEN QUE AQUÍ ESTAMOS PARA GARANTIZAR LOS DERECHOS DE LOS NIÑOS».
Cuando supo que ya habíamos pensado en varios nombres, nos dijo con un deje no exento de ironía: «Su hijo no viene vacío de equipaje a la vida que va a vivir con ustedes. Ya lleva una maleta con cuatro cosas. Y una de las pocas cosas que ya sabe que tiene es su nombre. Sabe muy bien cuál es su nombre, y quizás es lo único que tiene realmente seguro». La adopción no es un nacimiento, sino una continuidad: este principio básico es, quizás, aquello que más nos gusta ignorar cuando nos enfrentamos a la experiencia adoptiva. Y, sin embargo, es evidente que no podemos permitirnos el lujo de olvidarlo. Camino ya andado. Vida ya vivida. Un nombre para resumirla. Quizás solo un nombre.
De manera que ya tenías nombre. Ni Puig, ni Lluc, ni ninguna otra opción nacida de nuestra imaginación fértil. Tu nombre era NOÉ. Te llamabas así porque, según parece, tu padre biológico, animado por un extraño sentimiento religioso (que desgraciadamente no le había impedido maltratar a muchos de sus hijos), ponía nombres «bíblicos» a los hijos que iba teniendo. Y mira que tenía unos cuantos... ¡Noé, qué curiosa coincidencia! ¡Qué oportuna! Como sabes bien, en casa somos una especie de zoo ambulante cargado de animales abandonados que vamos recogiendo. Y la expresión «vamos recogiendo» es literal. Mira el lío que tenemos ahora mismo, justo mientras estoy escribiendo la versión castellana de tu libro. Tuvimos un problema con las cañerías del sótano y vinieron a repararlas. Al ver el montón de gatos deambulando con felicidad evidente por la casa, el hombre de la reparación me habló de sus dos gatas persas, que «pronto van a ir a vivir a la montaña». «Que los animales tienen que vivir salvajes, que mi mujer les tiene alergia, que tampoco pasa nada, que no tienen sentimientos como nosotros, que...». ¡Tenemos dos nuevas huéspedes! Y las pobres, ¡qué proceso de adaptación! Guapa ha estado dos semanas escondida y aún no sé qué ha comido y qué ha bebido durante este tiempo. Por suerte, ahora ya dormita feliz ¡sobre mi mismísima falda! mientras estoy escribiendo este libro tuyo. Y Fea aún está histérica, no se deja tocar, come con miedo y se pasa la mayor parte del tiempo escondida. ¡Y ya llevamos un mes! Pero tiempo al tiempo, amor, que ya sabes que en cuestión de animales no hay ni uno que se me resista. Acabará siendo una gata mimada y confiada como todos en nuestra casa.
Así pues, cuando llegaste a casa ya teníamos ocho gatos perfectamente situados entre camas y sofás, y dos magníficos y enormes perros que forman parte inequívoca de nuestra poblada familia. Entre todos ellos, destacando en orgullo casi racial, nuestra gata Pantoja, que tardó bastante en dejar que la tocaras. No somos el arca pero está claro que hemos hecho méritos sobrados de emulación. El otro día, desde ese mirador privilegiado que es el sofá del comedor, mientras estábamos mirando la televisión, conté diez corazones palpitando en ese mismo espacio: estábamos los cuatro (tú, Sira, yo y Roberto, ese tu otro padre, tu colega), más la perra, más cinco de los gatos, todos amontonados en los múltiples cojines del sofá. ¡Diez corazones! Y eso sin contar al perro, que dormitaba en el suelo, ni al resto de los gatos... Sí, Noé, tenía su guasa que justamente te llamaras Noé. Tenía bastante guasa...
Y después nuestro buen amigo y poeta Joan Argenté aún le dio más sentido a tu nombre, añadiéndole el toquecillo «intelectual». «Noé es el inventor del vino —cosa altamente notable—, pero además es el patrón de los aseguradores, y lo es por un doble motivo: por un lado, se aseguró de perpetuar la especie con la incorporación, en su arca, de machos y hembras de cada animal existente. Pero, por otro lado, aceptó un cierto riesgo, puesto que solo había un macho y una hembra de cada uno de ellos. Así es el mundo de los seguros: seguridad desde un riesgo controlado».
¿Era eso lo que tú representabas: el riesgo controlado?
Y llegaste a casa. Con una maleta en la que ponía tu nombre, un año y medio de vida cargada de ausencias, y unas circunstancias tan tristes como, a pesar de todo, soportables. ¿Soportables? Solo si aceptamos que la miseria tiene rankings de soportabilidad.
Las circunstancias:
TODOS LOS NIÑOS QUE VENÍS DE LA MISERIA, VENÍS DE LA MISMA MISERIA.
Es así de abrupto, de duro, de agrio. Tu miseria seguramente fue menor que la de muchos otros niños que llegan a su segunda oportunidad cuando la vida prácticamente ya les ha agotado la primera. ¡Puede haber tantos grados de infelicidad en la pendiente de infelicidad de un niño que es infeliz! Conozco casos tan terribles que no sabría ni cómo explicártelos, y solo la constatación de que la crueldad humana puede llegar más lejos incluso que la capacidad de sufrimiento, solo eso los hace creíbles. Te explicaré, por ejemplo, el caso de una niña que conozco que fue adoptada con nueve meses. Solo nueve meses, amor, y ¡ya tantos! Era una niña aparentemente normal, sana, incluso bien desarrollada. Y digo incluso porque sabes bien que la mayoría de los niños de la miseria no están precisamente bien desarrollados. Ella era una niña sana. El primer día de estancia en su nueva casa lo pasó tranquila hasta que llegó la noche. Cuando todo estaba ya en silencio y completamente a oscuras, sus nuevos padres empezaron a oír unos golpes secos que provenían de la cuna del bebé. Se acercaron alarmados y pudieron comprobar que la niña se golpeaba la cabeza contra los barrotes de su cuna. Uno tras otro, toc, toc, toc, hasta que la cogieron en brazos. Esbozó una sonrisa, y se durmió plácidamente. Pasó lo mismo noche tras noche, hasta que al final sus padres fueron a ver al médico, por si acaso su hija tenía algún tumor cerebral o alguna lesión que ellos no conocieran, o... Solo tenía falta de afecto. Estaba tan necesitada de cariño que cuando la dejaban sola se daba golpes para sentirse «tocada», sencillamente «tocada». Un mes de abrazarla con normalidad resolvió el problema para siempre.
Toc, toc, toc, hacerse daño para sentirse amada...
Conozco tantos... La psicóloga nos avisó de que podía pasar: que los niños que habían sido muy infelices se volvían tremendamente desconfiados y adustos cuando empezaban a bordear la felicidad. Se autoprotegían. En este caso era un niño que tenía pasión por el fútbol, y por ello el primer fin de semana que estuvo en su nueva casa sus padres lo llevaron al campo del Barça. Ya sabes, con lo enorme e impresionante que es cuando está lleno de gente. ¿Te acuerdas de tu primer Camp Nou? Llovía a cántaros y tú mojándote y hablando por los codos, feliz, feliz, feliz. Aquel niño también debió de sentirse feliz. Imagínate. De la miseria más dura al campo del Barça: su día más grande y, por la noche, su noche de rechazo. Gritaba, lo tiraba todo por el suelo, negaba a sus padres, quería volver al lugar de donde venía. Se había sentido tan bien que se había autoconvencido de que ahora llegaría el batacazo, el peor de su vida, él que tanto sabía de recibir golpes. Ser feliz no le correspondía. Y, además, tampoco no sabía serlo, no tenía el hábito, no... Parece extraño decirlo, pero los niños como tú, Noé, y los niños como estos de los que te hablo, que son como tú..., a vosotros OS TENEMOS QUE ENSEÑAR QUÉ QUIERE DECIR SER FELIZ. Porque no sabéis serlo.
La felicidad, seguramente, es una forma de relacionarse con la vida; es más una gramática cotidiana que un instante de plenitud. Si es así, si se trata de relacionarse bien con la vida, es evidente, amor, que a vuestra vida no le han presentado nunca la felicidad, no sabéis cómo hablarle, cómo tutearos con ella.
Ahora que pienso en ello, se me acumulan en el recuerdo muchos casos parecidos a estos que te he explicado. ¡Conozco tantos! No es extraño, amor; cuando se inicia un proceso de adopción se entra, de una manera más o menos consciente, en una especie de familia transversal, con preocupaciones e ilusiones comunes, y, sobre todo, con experiencias muy parecidas. Yo no había conocido nunca a otros padres con niños adoptados, y ya ves, cuando llegaste a casa aparecían padres adoptivos por todas las esquinas. Conocidos, amigos lejanos... El caso de aquella niña de Polonia que hace poquito que ha llegado a la casa de unos conocidos. Tres añitos. Cuando le ponen el plato en la mesa se cuadra, saluda al plato a la manera militar y después come. Así lo había aprendido en el orfanato. O la niña que durante un tiempo tuvo que ir al psicólogo porque necesitaba tocarse compulsivamente su sexo: descubrieron que casi era ese el único contacto físico que había tenido con su padre biológico.
Tú, que traías también tu maletita tan llena...
No siempre, amor, llegáis mal. Mi amigo y auténtico cerebro de la compañía de teatro Dagoll Dagom, Joan Lluís Bozzo, hace poco que ha adoptado un niño de Ucrania. Por cierto, después de ser, según parece, estafado en un proceso de adopción en Brasil, estafado por los responsables catalanes del proceso..., él y cien familias más. (Han llevado el tema a los tribunales.) Te decía que él se ha traído un niño de Ucrania que no presenta ningún problema tipo. Es alegre, extravertido, confiado y se ha adaptado con una rapidez asombrosa a su nueva situación. Me decía Joan Lluís que el único problemilla ha sido el hambre atroz que ha pasado en sus dos primeros años de vida. Fíjate qué me explicaba: «Durante un mes estuvimos visitándolo mañana y tarde en el orfanato. Cuando llegábamos se nos abalanzaban todos los niños que había allí, y las cuidadoras, uno tras otro, los iban separando hasta dejar al nuestro. Era terrible. Como no había lácteos nos acostumbramos a llevar una bolsa de plástico cargada de yogures, que repartíamos entre todos. Nuestro hijo se transformaba con el yogur. Tanto que aún hoy, cuando vamos paseando por la calle y alguien lleva una bolsa de plástico blanca, se tira literalmente hacia la persona pidiendo yogur. Un día en que nos descuidamos se comió ocho Petit-suisse. Y es feliz, siempre ha sido feliz, pero ha pasado tanta hambre...».
Tu maleta, Noé...
En tu maleta no había hambre de yogur. Ni manchas de sangre. El maltrato, tan connatural a la marginación extrema, había sido el lenguaje natural de tus hermanos mayores, alguno de ellos tan dañado psicológicamente que no ha podido ser adoptado. Por eso, cuando naciste, los de la Dirección General de Atención a la Infancia de la Generalitat te protegieron y nunca conviviste con tus padres biológicos. Del hospital —aquel hospital que no sé muy bien por qué identificas como tu lugar de origen— al centro de acogida, un camino directo sin ninguna convivencia traumática de por medio. Ni la desnutrición que habían padecido todos tus hermanos, ni el abandono —el de seis años, según me explicaron, había llegado a cuidar al de tres, los dos durmiendo en la calle, hasta que avisaron a la policía—, ni la violencia de un padre a un hijo, nada de ello formó parte de tus miserias. ¡Pero había tantas ausencias presentes en tu maleta de un año y medio! ¡Tantas!
Las circunstancias. Déjame que te cuente la biografía estándar de un niño adoptado, más allá, por supuesto, de las notables diferencias entre unos y otros. Añado que se trata de una simple reflexión, una especie de pensamiento a la intemperie, sin pretensiones de cuadro sociológico o de estudio social, pero con la convicción de hacer diana. ¿Podemos hablar de elementos comunes entre una niña china salida de un orfanato donde habría muerto con seguridad antes de llegar a los cinco años, y un niño de Colombia condenado al tráfico de drogas, o una niña de las favelas de Brasil, obligada a ser carne de turismo sexual? ¿Sois iguales los niños marginados de la marginación que palpita bajo la opulencia de las ciudades del Primer Mundo y los niños surgidos de la marginación paupérrima del Tercer Mundo? ¡Sí! Tú, Noé, nacido en un barrio de Barcelona, hijo de la desestructuración social que sustenta la diferencia de clases, eres el mismo niño que nació bajo el techo de uralita de aquel barrio que sobresalía, casi como un vómito, por detrás de los barrios lujosos de São Paulo. Aquel niño que conocí, y que muy bien podría ser ahora mi hijo. ¡Sí! Tú, Noé, nacido de la marginación, la delincuencia y la miseria, eres el mismo niño que vi con la barriga hinchada en un centro de refugiados de Etiopía, cuando el gusano de la adopción me mordió el alma que aún me duele. Y eres el mismo niño o la misma niña que vi por los alrededores de la plaza Roja de Moscú, ese, sí, ese que me pedía «dólares». «Dólares», me decía la niña cerca del Taj Mahal, mientras me tiraba del vestido. «Dólares», me decían en Santo Domingo, y también en Cuba, y hace poquito, ¿te acuerdas?, nos pedían «dólares» a ti y a mí en Marruecos. Tú convertido ya en mi hijo pequeño burgués con vacaciones de Primer Mundo en el Tercero. ¡Qué frágil frontera la que había, amor, entre ese niño y tú! Ese niño que habías sido tú, pero ya no eras.
«Dólares», podrías estar pidiéndome un día de estos, en cualquier plaza del mundo, si el azar... Yo paseando mi opulencia; tú mostrándome, desnudo y apelante, tus tantas miserias.
Tú, Noé, mi hijo, eres él y eres ella, y eres todos los niños que han hecho el mismo camino, del desierto de sentimientos a la segunda oportunidad de amar; del abismo de la crueldad a la vida renovada, extraña y casualmente renovada. ¿Cuál es tu biografía, la tuya, que es la de todos, hijo mío?:
—Nacer, en vuestro caso, no implica vivir, sino aprender muy pronto a no morir.
—La ternura no pertenece a vuestra gramática de la vida. No está en vuestro diccionario. Y siempre aprendéis antes, mucho antes, infinitamente antes, a esquivar un golpe que a dar un abrazo. Muy a menudo EL LENGUAJE DE LA VIOLENCIA LO APRENDÉIS ANTES DE APRENDER CUALQUIER OTRO LENGUAJE.
—Sois esquivos y recelosos, y desconfiáis de cualquier muestra de cariño, generalmente antesala de algún trocito de infierno que os tocará como merienda del día. Ese chico que os da un caramelo para luego endosaros un paquete de droga. Ese hombre rico y barrigón que os da unos dólares para luego pediros una felación. Esa señora buena buena que os acaba vendiendo a un prostíbulo. No. No aprendéis fácilmente a amar.
—Si habéis sido amados, lo habéis sido casi de rebote, con el amor «colándose» por los agujeritos que, a pesar de todo, da la vida. Como si fueran respiraderos en el ahogo. Una vecina afable, un amigo mayor, un buen colega, un gesto huidizo e inesperado de la madre que bebe, algo que llega como sin llegar, sin ser esperado. PERO NUNCA VIVÍS EN UN PAISAJE DE AMOR.
—Sois supervivientes y estáis obligados a sobrevivir. A veces en medio de la pura mierda, entre basuras de otros, en las cloacas del mundo. Y sí, podéis llegar a ser muy listos, expertos en la inteligencia que da el hambre.
—Tenéis memoria, una memoria infinita, hecha de cada trazo de dolor que lleváis en la piel, escrita en los repliegues del cerebro con una tinta inmortal, grabada a fuego para que nunca olvidéis que fuisteis infelices. Perdóname el símil, pero ya que tanto te gusta jugar con el ordenador, te diré que es como si hubiésemos reprogramado el disco duro, y sin embargo, tozudamente, vosotros mantuvierais intactos los viejos programas... Hijo mío, ¡qué memoria vuestra memoria! Incluso cuando no sabéis muy bien qué recordáis, sabéis perfectamente que recordáis.
—Cuando aprendéis a amar, sencillamente sois insaciables. Nadie llega nunca a amar con tanto delirio como ama alguien que antes nunca había sido amado. Amor vampírico. Amor esponja. Amor locura. Amor hambre. Pero antes..., antes tenéis que hacer el aprendizaje del amor...
Ya sé que, a partir de este tronco común, cada niño es un mundo, circunstancias, culturas, idiomas, situaciones distintas, contradicciones y dramas genuinos, personalizados, cada uno protagonista de su propio Dickens... Pero, mi niño, me atrevo a decir que sois EL MISMO NIÑO TODOS LOS NIÑOS QUE LLEGÁIS A NOSOTROS POR EL CAMINO TORCIDO.
¿Qué había, pues, en tu maleta? Un barrio marginal de Barcelona, un montón de hermanos repartidos entre adopciones y centros de acogida, un padre que no sabía cómo trataros si no era maltratándoos, pero que no renunciaba a ninguno de sus hijos, ¡el derecho medieval de sangre!, y que alargaba las situaciones, y las alargaba, y las complicaba. Y si el padre no sabía qué hacer en el mundo, la madre literalmente no sabía que estaba en él, con el cerebro plano de vida, casi vacío de impulsos. Niños, solo niños expulsados del vientre, como una autómata. Había más cosas en la maleta: un centro de acogida desde que habías nacido, un trato correcto pero distante de los que te cuidaban, la frialdad del orden establecido, la ausencia de una figura paterna, la multiplicidad de figuras maternas, ninguna de ellas, sin embargo, lo suficientemente definida como para parecer cercana, propia, real. Tantas madres pero tan atareadas que ninguna te hacía de madre, con todo ese montón de niños por atender. Y ningún padre. En un año y medio de vida. ¿El amor? Debía de ser algo parecido al besito que, con buena intención y rigurosa profesionalidad, te tocaba al día. No, no debía de ser un beso frío, pero, extrañamente, tampoco era un beso cálido.
Y nunca fuiste el centro de atención, ese punto gravitatorio que es tan necesario en la autoestima de un niño pequeño, esa centralidad que le forja la seguridad y que, de tan fuerte que lo hace, lo convierte en inmortal. Quizás es este punto concreto el que marca la diferencia entre los hijos biológicos (por supuesto, me refiero a los hijos biológicos queridos, nunca maltratados) y los hijos adoptados, el cenit de la diferencia: los primeros llegan a tocar la inmortalidad cuando son pequeños; vosotros tocáis de cerca, y desde el primer día, la mortalidad.
Sentirse inmortal de pequeño, ¡qué gran cosa para aprender a ser mortal!
Ni eso, desde el primer día. Ni eso.
Y llegaste a casa. Y a pesar de que sabía, con bastante precisión, lo que llevabas en la maleta —tenía tus datos biográficos, los cuatro comentarios apresurados de las chicas que te habían cuidado, tu ficha médica—, a pesar de todo lo que sabía, nada sabía de ti. Eras un universo de interrogantes, con tu carácter ya hecho, tu nombre en el bolsillo y cinco fotos, exactamente cinco fotos, todo tu álbum fotográfico de ese año y medio de vida sin mí. Eras eso, Noé: un nombre, cinco fotos, un montón de consejos psicológicos, una ficha médica y unos orígenes inciertos y desconcertantes. Eras una ilusión inmensa, y un miedo también inmenso, todo mezclado en el corazón mismo de mi deseo de tenerte.
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