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Título original inglés: Prague fatale

© thynKER Ltd, 2011.

© Traducción de Alberto Coscarelli, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO500

ISBN: 978-84-9056-009-9

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Prólogo

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Nota del autor

Una vez más, para Jane

Prólogo

Lunes-martes, 8-9 de junio de 1942

Era un día cálido cuando llegué de regreso de Praga a la estación Anhalter de Berlín junto con el SS-Obergruppenführer Reinhard Tristan Eugen Heydrich, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Ambos llevábamos uniformes de la SD pero, a diferencia del general, yo sentía que andaba con el paso ligero, música en la cabeza y una sonrisa en mi corazón. Estaba contento de encontrarme de nuevo en la ciudad donde nací. Esperaba disfrutar de una velada tranquila con una buena botella de Mackenstedter y unos cuantos puros que había cogido de la reserva personal de Heydrich en su despacho del castillo de Hradschin. No me preocupaba en absoluto que él pudiese descubrir este pequeño hurto. No me preocupaba absolutamente nada. Yo era todo lo que Heydrich no podía ser ya. Estaba vivo.

Los periódicos de Berlín publicaban la noticia de que el desafortunado Reichsprotektor había sido asesinado por un grupo de terroristas provenientes de Inglaterra que se habían infiltrado en Bohemia lanzándose en paracaídas. La verdad era un poco más complicada, solo que yo no iba a decir nada al respecto. Todavía no. Al menos durante mucho tiempo. Quizá nunca.

Resulta difícil explicar qué le ha pasado al alma de Heydrich, suponiendo que alguna vez haya tenido una. Esperaba que Dante Alighieri pudiese indicarme una dirección aproximada si alguna vez sentía la inclinación de ir a buscarla, en algún lugar del Inframundo. Por otro lado, tenía una idea muy clara de lo que había sucedido con su cadáver.

Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de un buen funeral, y los nazis desde luego no iban a ser menos. Obsequiaron a Heydrich con la mejor despedida que cualquier asesino psicópata pudiese desear. Montaron el acontecimiento a una escala tan gigantesca que daba la impresión de que algún sátrapa del Imperio persa hubiera muerto después de ganar una gran batalla; de hecho, parecía que no se hubieran dejado nada salvo el sacrificio ritual de unos centenares de esclavos, pero, tal como resultaron las cosas para un pequeño pueblo minero checo llamado Lidice, ni siquiera habían olvidado ese detalle.

Desde la estación de Anhalter, llevaron a Heydrich a la sala de actos del Cuartel General de la Gestapo, donde seis guardias de honor vestidos con uniformes negros vigilaban junto al féretro abierto. Para muchos berlineses era la oportunidad de cantar aquello de «¡Ding dong! ¡La bruja se murió!» mientras se acercaban de puntillas para echar una ojeada con desconfianza al interior del palacio de Prinz Albrecht. De la misma forma que otras actividades un tanto arriesgadas, como trepar a lo alto de la vieja torre de emisiones en Charlottenburg, o conducir por el arcén de la autopista Avus, resultaba gratificante poder decir «yo lo he hecho».

Aquella noche en la radio el Líder elogió al difunto Heydrich, describiéndolo como «un hombre con el corazón de hierro», una frase que supuse que él decía como cumplido. Claro que también es posible que nuestro malvado Mago de Oz simplemente hubiese confundido al Hombre de Hojalata con el León Cobarde.

Al día siguiente, vestido de paisano y sintiéndome mucho más humano, me uní a los miles de berlineses que habían acudido a la cancillería del nuevo Reich e intenté parecer adecuadamente triste mientras todo el hormiguero de los esbirros de Hitler salían de la Sala de los Mosaicos, para seguir a la resplandeciente cureña que transportaba el ataúd de Heydrich, cubierto apropiadamente con la bandera nazi. Avanzaron en dirección este a lo largo de Voss Strasse, y luego hacia el norte por Wilhelmstrasse, camino del último lugar de reposo del general en el cementerio de los Inválidos, junto a otros verdaderos héroes alemanes, como Von Scharnhorst, Ernst Udet y Manfred von Richthofen.

No cabía ninguna duda del valor de Heydrich: su impetuoso servicio activo en determinadas misiones de la Luftwaffe, mientras la mayoría de los jefazos estaban a resguardo como lobos en sus guaridas, en sus búnkeres forrados en piel, era el ejemplo más patente de ese coraje. Supongo que Hegel hubiera reconocido el heroísmo de Heydrich como la encarnación del espíritu de nuestros tiempos despóticos. Pero, en pro de mi bolsillo, los héroes necesitan tener una estrecha relación con los dioses, no con las fuerzas titánicas de la oscuridad y el caos. Sobre todo en Alemania. Por lo tanto, no lamentaba lo más mínimo verlo muerto. A causa de Heydrich, yo era un oficial de la SD. E impresos en la insignia de plata deslustrada de mi gorra, que era el símbolo detestable de mi larga relación con Heydrich, estaban los distintivos del odio, el miedo y, después de mi regreso de Minsk, también la culpa.

De aquello hacía nueve meses. Por lo general intentaba no pensar en ello pero, como había comentado una vez otro famoso lunático alemán, es difícil mirar por encima del borde del abismo sin que el abismo te mire a ti.

1

Septiembre de 1941

Pensar en el suicidio es para mí un verdadero alivio: algunas veces es la única manera en que puedo sobrellevar las noches de insomnio.

En esas noches —y eran muchas— solía desmontar mi pistola automática Walther y engrasaba meticulosamente ese rompecabezas de metal. He visto demasiados errores en el uso de armas por la falta de aceite, y demasiados suicidios fallidos porque la bala perforó el cráneo de un hombre en un ángulo demasiado pronunciado. Incluso vaciaba el cargador y pulía cada bala, una a una, para después alinearlas en fila como si fueran soldaditos de latón antes de seleccionar la más limpia, brillante y más dispuesta a complacerme y colocarla la primera de todas. Quería que solo la mejor de ellas abriese un agujero en la pared de la celda que era mi grueso cráneo, y luego taladrara un túnel a través de la espiral de desconsuelo de mi cerebro.

Bien mirado, todo esto podría aclarar por qué tantos suicidios se notifican erróneamente a la policía. «Estaba limpiando el arma y se disparó», decía la esposa del difunto.

Por supuesto las armas se disparan continuamente y algunas veces incluso matan a la persona que las sujeta; pero primero tienes que apoyar el cañón frío contra tu cabeza —la nuca es lo mejor— y apretar el maldito gatillo.

Una o dos veces incluso llegué a colocar un par de toallas dobladas debajo de la almohada y me acosté con la firme intención de hacerlo. Sale mucha sangre de una cabeza, incluso con un agujero tan diminuto. Me acostaba y observaba fijamente la nota de suicidio que había escrito en el mejor papel —comprado en París— y colocado con esmero en la repisa de la chimenea, dirigida a nadie en particular.

Nadie en particular y yo teníamos una relación muy cercana a finales del verano de 1941.

Después de un rato, algunas veces me dormía. Pero los sueños que tenía eran inadecuados para cualquier persona menor de veintiún años. Probablemente eran inadecuados incluso para Conrad Veidt o Max Schreck. Una vez me desperté de una de esas horribles y vívidas pesadillas que te paralizan el corazón, y llegué a disparar la pistola mientras me incorporaba en la cama. El reloj del dormitorio —el viejo reloj de pared vienés de mi madre— nunca volvió a ser el mismo.

Otras noches me quedaba acostado y esperaba a que la luz gris aumentase de intensidad en los bordes de las cortinas polvorientas y alumbrase el vacío total de otro día más.

Ni el coraje ni el esfuerzo servían ya de nada. El interminable interrogatorio de mi triste ser no producía arrepentimiento sino más desprecio por mí mismo. A los ojos de cualquier persona, yo seguía siendo el mismo hombre que siempre había sido: Bernie Gunther, comisario de homicidios del Alex; y sin embargo solo era una sombra de lo que fui. Un impostor. Un nudo de sentimientos experimentado con los dientes apretados, una presión en la garganta y un gran vacío retumbando en la boca de mi estómago.

Pero después de mi regreso de Ucrania, no era solo yo quien se sentía diferente, también Berlín. Estábamos a casi dos mil kilómetros del frente, pero la guerra se dejaba notar, y mucho, en el ambiente. Nada que ver con la Real Fuerza Aérea británica (RAF), que, a pesar de las promesas vacías del gordo Hermann de que ninguna bomba inglesa caería jamás sobre la capital alemana, había conseguido llevar a cabo irregulares pero muy destructivas apariciones en nuestros cielos nocturnos. Pero para el verano de 1941 apenas si nos visitaban. No, era Rusia la que ahora determinaba todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas, desde lo que había en las tiendas hasta cómo ocupabas tu tiempo libre —durante una época habían prohibido bailar— o hasta cómo te movías por la ciudad.

«Los judíos son nuestra desgracia», proclamaban los periódicos nazis. Pero para el otoño de 1941 nadie se creía de verdad el eslogan de Von Treitschke; y menos aún cuando existía un desastre mucho más obvio y autoinfligido con el que compararlo como el de Rusia. La campaña en el Este ya empezaba a perder impulso, y a causa de Rusia y de las imperantes necesidades de nuestro ejército, Berlín tenía todo el aspecto de ser la capital de una república bananera que se había quedado sin bananas, o de casi cualquier otra cosa que se te pudiera ocurrir.

Escaseaba la cerveza, y a menudo se acababan las existencias. Las tabernas y los bares empezaron a cerrar un día a la semana, luego dos, en ocasiones toda la semana, y después de un tiempo solo había cuatro bares en la ciudad donde pudieras conseguir de forma regular una jarra. Además, cuando conseguías dar con algo de beber distaba mucho de parecerse al conocido sabor de la cerveza. El agua agria, marrón y salobre que te servían en el vaso me recordaba sobre todo a los agujeros de los obuses llenos de agua y las charcas inmóviles de la tierra de nadie donde, algunas veces, nos habíamos visto obligados a buscar refugio. Para un berlinés aquello era una auténtica desgracia. Era imposible encontrar bebidas alcohólicas, y todo eso significaba que era casi imposible emborracharse y escapar de uno mismo, cosa que, al llegar la madrugada, me obligaba a menudo a limpiar mi pistola.

El racionamiento de la carne no era menos decepcionante para una población para quien las salchichas, en todas sus variadas formas, eran una forma de vivir. Se suponía que todos teníamos derecho a quinientos gramos a la semana, pero incluso cuando había carne, lo más probable era que recibieses solo cincuenta gramos por un cupón de cien.

Después de una mala cosecha, las patatas habían desaparecido. Y también los caballos que tiraban de los carros lecheros, aunque no es que eso importase mucho porque no había leche en las lecherías. Solo había leche y huevos en polvo, y ambos tenían el sabor de la polvareda de yeso que caía de los techos por culpa de las bombas de la RAF. El pan tenía gusto a serrín y muchos juraban que no era otra cosa. Los cupones de ropa servían para pagar unas pocas prendas y poco más. No podías comprar un par de zapatos nuevos y era casi imposible encontrar un zapatero que te reparase los viejos. Como casi todos los artesanos, la mayoría de los zapateros de Berlín estaban en el ejército.

Los productos de menor calidad o sucedáneos estaban por todas partes. El cordel se partía cuando intentabas apretarlo. Los botones nuevos se te quebraban en los dedos cuando intentabas coserlos. La pasta dentífrica era solo yeso y agua con un poco de sabor a menta, y de poco valía la diminuta pastilla de jabón del tamaño de una galletita que te suministraban, porque ni siquiera daba para limpiar toda la suciedad que cogías haciendo la cola para obtenerla. Y era para todo un mes. Incluso aquellos que no éramos miembros del Partido comenzábamos a oler un poco.

Con todos los técnicos en el ejército, no había nadie que se ocupara del mantenimiento de los tranvías y autobuses; el resultado era que líneas enteras —como la número uno, que recorría Unter den Linden— habían sido suprimidas sin más, mientras que la mitad de los trenes de Berlín se los habían llevado para colaborar en la campaña rusa transportando al frente los suministros de carne, patatas, cerveza, jabón y pasta de dientes que nos faltaban en casa.

No era solo la maquinaria la que se descuidaba. Allí donde mirases, la pintura se desconchaba de las paredes y la madera. Los pomos de las puertas se te quedaban en las manos. Las tuberías y las calefacciones se rompían. Los andamios en los edificios dañados por las bombas no se retiraban nunca porque no quedaban albañiles para terminar las reparaciones. Por supuesto, las balas funcionaban a la perfección, como siempre habían hecho. La munición alemana siempre era buena: soy testigo de la continuada excelencia de la munición y las armas que la disparaban. Pero todo lo demás estaba roto, era de baja calidad o un mero sucedáneo, estaba cerrado, o no disponible, o la oferta era insuficiente. Y la paciencia, al igual que las raciones, iba muy escasa. El oso negro de mirada amenazadora del escudo de armas de la ciudad comenzaba a parecerse de verdad al típico berlinés, que gruñía a los otros pasajeros en el metro, que rugía al carnicero indiferente que te servía solo la mitad del beicon al que tenías derecho según la cartilla de racionamiento, o que amenazaba a los vecinos de su edificio con traer a algún jefazo del Partido para ponerlos en su sitio.

Pero posiblemente era en las colas para comprar tabaco, cada vez más largas, donde encontrabas los temperamentos más exaltados. La ración era solo de tres cigarrillos al día, pero cuando eras lo bastante extravagante como para fumarte uno resultaba fácil comprender por qué Hitler no fumaba: tenían el sabor de las tostadas quemadas. En ocasiones la gente fumaba té, siempre que pudieran conseguirlo, pero si era el caso, siempre resultaba mejor echarle agua hirviendo y bebértelo.

En la jefatura de policía de Alexanderplatz —zona que se había convertido en el centro del mercado negro de Berlín, que, a pesar de las severas penas que aplicaban a los que pillaban, era la única cosa en la ciudad que se podía describir como próspera—, la escasez de gasolina nos afectó a todos tanto como la escasez de tabaco y alcohol. Íbamos en tren y autobús a las escenas del crimen, y cuando estos no funcionaban, caminábamos, a menudo durante los largos períodos de apagón general debidos a los bombardeos, lo cual no dejaba de tener su riesgo. Casi una tercera parte de las muertes accidentales en Berlín eran resultado de esa oscuridad. Ninguno de mis colegas en la Kripo estaba interesado en ir a los escenarios de los crímenes, sino más bien en resolver el constante problema de dónde encontrar una nueva fuente de salchichas, cerveza y cigarrillos. Algunas veces bromeábamos sobre el hecho de que el crimen estaba disminuyendo: nadie robaba dinero por la simple razón de que no había nada en las tiendas donde gastarlo. Como la mayoría de los chistes que corrían en Berlín en otoño de 1941, eran más divertidos cuando describían la realidad.

Por supuesto, aún había muchos robos: cupones, ropa, gasolina, muebles —los ladrones los convertían en leña—, cortinas —la gente las utilizaba para hacerse prendas—, conejos y cobayas que la gente criaba en los balcones para tener carne fresca; lo que fuese, los berlineses robaban todo lo que podían. Con esa total oscuridad había crímenes de verdad, crímenes violentos, si estabas dispuesto a buscarlos. La falta de luz es fantástica si eres un violador.

Durante un tiempo regresé a Homicidios. Los berlineses aún continuaban matándose los unos a los otros, y no pasaba un día que yo no encontrara ridículo el hecho de seguir preocupándome de estas cosas, sabiendo como sabía lo que estaba pasando en el Este. No había día que no recordase la visión de los hombres y mujeres judíos que eran llevados hacia las fosas de ejecución, donde eran despachados por pelotones de fusilamiento de SS borrachos que se reían. Sin embargo, seguía actuando como un detective de verdad, si bien a menudo tenía la sensación de estar apagando un fuego en un cenicero cuando, un poco más allá, toda la ciudad era el escenario de un incendio gigantesco.

Fue mientras investigaba varios homicidios a principios de septiembre de 1941 cuando descubrí algunos nuevos móviles para el asesinato que no figuraban en los libros de jurisprudencia. Eran móviles que surgían de las curiosas nuevas realidades de la vida en Berlín. Un pequeño propietario en Weissensee que se volvía loco por beber vodka casero y después mataba al cartero con un hacha. Un carnicero en Wilmersdorf apuñalado con su propio cuchillo por el vigilante de bombardeos aéreos del barrio durante una discusión por una ración de beicon escasa. La joven enfermera del hospital Rudolph Virchow que, debido a la gran escasez de alojamientos en la ciudad, envenenó a una solterona de sesenta y cinco años en Plotzensee para quedarse con la habitación de la víctima. Un sargento de las SS que venía con licencia desde Riga y que, habituado a los asesinatos en masa que tenían lugar en Letonia, mató a sus padres porque no veía ninguna razón para no hacerlo. Pero la mayoría de los soldados que volvían a casa desde el Frente Oriental y no estaban de humor para matar a nadie, salvo a sí mismos.

Podría haber hecho lo mismo de no haber sido por la certidumbre de que nadie me echaría de menos y por el claro conocimiento de que había muchos otros —judíos sobre todo— que parecían seguir adelante con su vida con mucho menos de lo que yo tenía. Sí, a finales del verano de 1941 fueron los judíos, y lo que les estaba pasando, los que me ayudaron a convencerme de no acabar con mi vida.

Por supuesto, los crímenes berlineses de toda la vida —los que solían vender periódicos— se continuaban cometiendo. Los maridos continuaban asesinando a sus esposas como antes. En ocasiones las esposas asesinaban a sus maridos. En mi opinión, la mayoría de los maridos que acababan asesinados —matones que abusaban de las críticas y los puños— se lo tenían merecido. Nunca le he pegado a una mujer, a menos que hubiésemos hablado de ello antes. A las prostitutas las degollaban o las mataban a golpes, como antes. Y no solo a las prostitutas. En el verano anterior a mi regreso de Ucrania un asesino libidinoso llamado Paul Ogorzow se declaró culpable de la violación y asesinato de ocho mujeres y del intento de asesinato de por lo menos otras ocho. La prensa sensacionalista lo bautizó como el asesino del tren de cercanías, porque la mayoría de sus ataques los realizaba en trenes o cerca de las estaciones de la red de cercanías.

Es por eso que el nombre de Paul Ogorzow acudió a mi mente cuando, más tarde, una noche en la segunda semana de septiembre de 1941, me llamaron para que le echase un vistazo a un cuerpo que habían encontrado cerca de las vías entre las estaciones del tren de cercanías del puente Jannowitz y Schlesischer. De noche nadie estaba seguro de si el cuerpo era de un hombre o una mujer, algo comprensible si tenías en cuenta además que lo había atropellado un tren y le faltaba la cabeza. La muerte repentina pocas veces es agradable. Si lo fuese, no se necesitarían detectives. Pero esta era tan desagradable como cualquiera que hubiese presenciado durante la Gran Guerra, causada por una mina o un obús, que podía reducir a un hombre a un amasijo de ropas ensangrentadas y huesos partidos. Posiblemente por eso pude presenciarlo con tanto distanciamiento. Al menos eso quiero pensar. La alternativa —mi reciente experiencia en los guetos asesinos de Minsk me había dejado indiferente a la visión del sufrimiento humano— era demasiado terrible para aceptarla.

Los otros investigadores eran Wilhelm Wurth, un sargento que era toda una figura dentro del circuito deportivo de la policía, y Gottfried Lehnhoff, un inspector que había vuelto al Alex después de haberse retirado.

Wurth estaba en el equipo de esgrima, y el invierno anterior había participado en la competición de esquí de Heydrich para la policía alemana y había ganado una medalla. Wurth tendría que haber estado en el ejército, pero lamentablemente era un año o dos demasiado mayor. Sin embargo, era un elemento muy útil con el que contar en una investigación de asesinato, siempre que se tratase de una víctima que se había ensartado la punta de una espada mientras esquiaba. Era un hombre delgado y tranquilo con orejas como badajos y un labio superior tan grueso como un bigote de morsa. Resultaba un rostro de lo más adecuado para un detective en la actual fuerza policial de Berlín, pero no era tan estúpido como parecía. Vestía un traje cruzado gris, llevaba un bastón grueso y masticaba la boquilla de una pipa de cerezo que casi siempre estaba vacía pero que de alguna manera conseguía que oliese a tabaco.

Lehnhoff tenía el cuello y la cabeza en forma de pera, pero no era verde. Como muchos otros polis había estado viviendo de la pensión, pero como ahora la mayoría de policías jóvenes servían en los batallones de la policía en el Frente Oriental, había vuelto al cuerpo para buscarse un rincón cómodo en el Alex. La pequeña insignia del Partido que llevaba en la solapa de su traje barato le servía para que su trabajo como policía fuese lo más relajado posible.

Caminamos hacia el sur por Dircksen Strasse hasta el puente Jannowitz y luego a lo largo de la vía con el río debajo de nuestros pies. Había luna y la mayor parte del tiempo no necesitábamos las linternas que habíamos llevado, pero nos sentimos más seguros con ellas cuando la vía giró en Holtmarkt Strasse hacia la fábrica de gas y la vieja central eléctrica de Julius Pintsch; no había ninguna valla y hubiese sido muy fácil apartarse de la vía y sufrir una mala caída.

En la fábrica de gas nos encontramos con un grupo de agentes y trabajadores del ferrocarril. Un poco más adelante alcanzaba a ver la silueta de un tren en la estación de Schlesischer.

—Soy el comisario Gunther, del Alex —dije. No había ninguna necesidad de enseñar la placa—. Ellos son el inspector Lehnhoff y el sargento Wurth. ¿Quién ha llamado?

—Yo, señor. —Uno de los polis se acercó hacia mí y saludó—. El sargento Stumm.

—Espero que no sea pariente del otro Stumm —dijo Lehnhoff.

El gordo Hermann había expulsado de la policía política a un tal Johannes Stumm porque no era nazi.

—No, señor. —El sargento Stumm sonrió paciente.

—Dígame, sargento —dije—. ¿Por qué cree que puede tratarse de un asesinato y no de un suicidio o un accidente?

—Es verdad que ponerse delante de un tren es la forma más popular de matarse en estos días —respondió el sargento Stumm—. Sobre todo entre las mujeres. Yo utilizaría un arma de fuego si quisiese matarme. Pero las mujeres no se sienten cómodas con las armas. La víctima tiene todos los bolsillos del revés, señor. No es algo que haces si piensas matarte. Tampoco es algo que un tren se tome la molestia de hacer habitualmente. Por lo tanto, descarto que se trate de un accidente, ¿está de acuerdo?

—Quizás alguien lo encontró antes que usted —sugerí—. Y le robó.

—Quizás un poli —dijo Wurth.

El sargento Stumm, con la máxima prudencia, hizo caso omiso de la sugerencia.

—Eso es poco probable, señor. Estoy seguro de que fui el primero en llegar a la escena. El maquinista vio algo en la vía cuando comenzaba a acelerar a la salida de Jannowitz. Pisó los frenos, pero cuando el tren se detuvo ya era demasiado tarde.

—Muy bien. Vamos a echarle una ojeada.

—No es un espectáculo muy agradable, señor. Ni siquiera en la oscuridad.

—Créame, he visto cosas peores.

—Le creo, señor.

El sargento uniformado nos guió a lo largo de la vía y se detuvo por un momento para encender la linterna e iluminar una mano amputada que yacía en el suelo. La miré durante un par de minutos antes de continuar caminando hacia donde otro agente esperaba paciente junto a un cúmulo de ropas destrozadas y restos que una vez habían sido un ser humano. Por un momento podría haber estado mirándome a mí mismo.

—Alumbre con la linterna mientras echamos un vistazo.

Parecía como si el cuerpo hubiese sido masticado y escupido por un monstruo prehistórico. Las piernas apenas si se sujetaban a una pelvis aplastada. El sujeto vestía un mono azul de trabajo con unos grandes bolsillos, que desde luego estaban vueltos del revés como había descrito el sargento; también lo estaban los bolsillos en el amasijo grasiento que era su chaqueta de franela. Donde había estado la cabeza había ahora un resplandeciente y cerrado arpón de huesos y tendones ensangrentados. Había un fuerte olor a mierda de los intestinos que habían sido aplastados y vaciados debajo de la enorme presión de las ruedas de la locomotora.

—No puedo imaginar que haya visto algo peor que este pobre tipo —dijo el sargento Stumm.

—Yo tampoco —manifestó Wurth, que se volvió asqueado.

—Yo diría que todos veremos algunas imágenes interesantes antes de que esta guerra acabe —comenté—. ¿Alguien ha buscado la cabeza?

—Tengo a un par de hombres rastreando la zona ahora mismo —respondió el sargento—. Uno en las vías y el otro abajo, por si acaso rodó hacia la fábrica de gas o al patio de la fábrica.

—Creo que tiene usted razón —manifesté—. Parece un asesinato. Aparte de los bolsillos, que están del revés, está la mano que vimos.

—¿La mano? —preguntó Lehnhoff—. ¿Qué pasa con ella?

Les llevé de vuelta a lo largo de la vía para echar otra mirada a la mano amputada, que recogí e hice girar en mis manos como si fuese un artefacto histórico o quizás un recuerdo que una vez perteneció al profeta Daniel.

—Estos cortes en los dedos me parecen defensivos —expliqué—. Como si hubiese intentado sujetar el cuchillo de alguien que trataba de apuñalarlo.

—No sé cómo puedes apreciar eso después de que lo haya arrollado un tren —protestó Lehnhoff.

—Porque estos cortes son demasiado finos para que los haya causado el tren. Mira dónde están. A lo largo de la carne de la parte interior de los dedos y en la mano entre el pulgar y el índice. Es una herida defensiva de manual, Gottfried.

—De acuerdo —asintió Lehnhoff casi a regañadientes—. Supongo que eres el experto. En asesinatos.

—Puede ser. Solo que últimamente me ha salido mucha competencia. Hay muchos polis en el Este, polis jóvenes que saben mucho más de asesinatos que yo.

—No tengo noticia de ello —dijo Lehnhoff.

—Créeme, sé lo que digo. Allí hay toda una nueva generación de policías expertos. —Dejé que el comentario hiciese su efecto por un momento antes de seguir hablando, con sumo cuidado, por el bien de las apariencias—. Algunas veces me parece muy alentador que haya tantos hombres buenos preparados para ocupar mi lugar. ¿Eh, sargento Stumm?

—Sí, señor.

Pero percibí la duda en la voz del sargento uniformado.

—Acompáñenos —lo invité con aprecio. En un país donde el mal genio y la petulancia estaban a la orden del día, donde Hitler y Goebbels estaban siempre protestando furiosos por cualquier cosa, la imperturbabilidad del sargento resultaba alentadora—. Volvamos al puente. Otro par de ojos podrían ser útiles.

—Sí, señor.

—¿Qué estamos buscando?

Había un deje de cansancio en la voz de Lehnhoff, como si no encontrase sentido a seguir investigando el caso.

—Un elefante.

—¿Qué?

—Algo. Pruebas. Desde luego sabrás que lo son cuando las veas —dije.

De nuevo en las vías encontramos algunas gotas de sangre en una traviesa, y luego un poco más en el borde de la plataforma fuera del edificio de cristal de la estación del puente Jannowitz.

Abajo, alguien a bordo de una barcaza que avanzaba tranquilamente bajo los arcos de ladrillo rojo del puente nos gritó que apagásemos las luces. Esa fue la oportunidad para que Lehnhoff demostrase su poder. Era casi como si hubiese estado esperando el momento de emplearse con dureza con alguien, con quien fuera.

—Somos policías —le gritó al de la barcaza. Lehnhoff era solo otro alemán furioso—. Aquí arriba estamos investigando un asesinato. Así que ocúpese de sus asuntos si no quiere que acabe subiendo a bordo y comience a investigar en su barca.

—Ya, ya, pero será asunto de todos si los bombarderos ingleses ven sus luces —dijo la voz razonablemente.

Wurth arrugó la nariz en una muestra de incredulidad.

—Yo no diría que eso sea muy probable. ¿Tú qué crees? Hace tiempo que la RAF no se adentra tan al este.

—Es probable que ellos tampoco tengan gasolina —dije.

Apunté mi linterna al suelo y seguí el rastro de sangre hasta el lugar donde parecía empezar.

—Por la cantidad de sangre que hay en el suelo es probable que lo apuñalasen aquí. Luego avanzó tambaleante por el andén antes de caer sobre las vías. Se levantó. Caminó un poco más y entonces fue arrollado por el tren que se dirigía a Friedrichshagen.

—Era el último —dijo el sargento Stumm—. El de la una.

—Es una suerte que no lo perdiese —se burló Lehnhoff.

No le hice caso y consulté mi reloj. Eran las tres de la madrugada.

—Eso nos da una hora aproximada de la muerte.

Comencé a caminar a lo largo de las vías delante del andén y al cabo de un rato encontré en el suelo un libro gris verdoso del tamaño de un pasaporte. Era un documento de identificación laboral muy parecido al mío, pero el que tenía en las manos era para extranjeros. Dentro estaba toda la información del muerto que yo necesitaba: su nombre, nacionalidad, dirección, fotografía y empresa para la que trabajaba.

—¿Es la documentación de un trabajador extranjero? —preguntó Lehnhoff por encima de mi hombro mientras yo estudiaba los detalles de la víctima a la luz de la linterna.

Asentí. El muerto era Geert Vranken, de treinta y nueve años de edad, nacido en Dordrecht, en Holanda, un trabajador ferroviario voluntario; vivía en un hostal en Wuhlheide. El rostro de la foto mostraba una expresión de desconfianza, con una barbilla partida mal afeitada. Las cejas eran cortas y el pelo ralo en un lateral. Parecía vestir la misma chaqueta de franela gruesa que había visto en el cuerpo, y una camisa sin cuello abrochada hasta arriba. Mientras leíamos los hechos de la corta vida de Geert Vranken, otro policía subía las escaleras de la estación Jannowitz sosteniendo lo que, en la oscuridad, parecía una pequeña bolsa redonda.

—He encontrado la cabeza, señor —informó el agente—. Estaba en el tejado de la fábrica Pintsch. —La sujetaba por la oreja, lo que, dada la ausencia de pelo, parecía una manera tan buena como cualquier otra para llevar una cabeza cortada—. No me ha parecido buena idea dejarla ahí arriba, señor.

—No, ha hecho bien en traerla, muchacho —dijo el sargento Stumm, y sujetándola por la otra oreja, depositó la cabeza del muerto en el andén para que nos mirase.

—No es una visión que se tenga cada día —dijo Wurth y desvió la mirada.

—Tendría que ir a la prisión de Plotzensee —comenté—. He oído decir que allí la guillotina anda muy ocupada estos días.

—Es él, desde luego —afirmó Lehnhoff—. El hombre de la documentación. ¿Tú qué dices?

—Estoy de acuerdo —asentí—. Y supongo que alguien pudo haber intentado robarle. ¿Por qué si no revisarle los bolsillos?

—Entonces, ¿insistes en la teoría de que esto es un asesinato y no un accidente? —preguntó Lehnhoff.

—Así es. Por esa razón.

El sargento Stumm carraspeó y luego se rascó la barbilla, que sonó casi igual de fuerte.

—Mala suerte para él. Pero también mala suerte para el asesino.

—¿A qué se refiere? —pregunté.

—Si era un trabajador extranjero, no puedo imaginar que hubiese algo más que pelusa en sus bolsillos. Es algo muy decepcionante matar a un hombre con la intención de robarle y luego descubrir que no tiene nada que valga la pena. Me refiero a que estos pobres tipos no cobran demasiado, ¿verdad?

—Es un trabajo —protestó Lehnhoff—. Mejor un trabajo en Alemania que estar desocupado en Holanda.

—¿Y de quién es la culpa? —señaló el sargento Stumm.

—Creo que no me gusta su insinuación, sargento —dijo Lehnhoff.

—Déjalo ya, Lehnhoff —intervine—. Este no es el momento ni el lugar para una discusión política. Después de todo ha muerto un hombre.

Lehnhoff gruñó y tocó la cabeza con la puntera de su zapato, cosa que fue suficiente para hacerme desear echarlo a puntapiés del andén.

—Si alguien lo asesinó, como usted dice, comisario, tuvo que ser otro de esos trabajadores extranjeros. Verá como estoy en lo cierto. En esos hostales en los que viven se devoran como perros los unos a los otros.

—No lo descarto —dije—. Los perros saben la importancia de llenarse el estómago de vez en cuando. Y por lo que a mí respecta, si tengo que escoger entre cincuenta gramos de perro y cien gramos de nada, puedes apostar que escogeré el perro.

—Yo no —manifestó Lehnhoff—. Puse mi límite en las cobayas. Así que de ninguna manera comeré perro.

—Una cosa es decirlo, señor —dijo el sargento Stumm—. Pero otra cosa muy diferente es intentar adivinar la diferencia. Quizá no lo sepa, pero los polis del parque zoológico están haciendo vigilancias nocturnas, debido a que los cazadores furtivos entran y roban los animales. Al parecer acaban de robarles un tapir.

—¿Qué es un tapir? —preguntó Wurth.

—Algo parecido a un cerdo —contesté—. Supongo que es como lo estará llamando ahora algún carnicero sin escrúpulos.

—Buena suerte para él —dijo el sargento Stumm.

—No lo dirá en serio —manifestó Lehnhoff.

—Un hombre necesita algo más que un elegante discurso del Mahatma Propangandi para llenar el estómago —dije.

—Amén —asintió el sargento Stumm.

—¿Así que mirarías para otro lado aunque supieses lo que era?

—No lo sé —respondí, y de nuevo tuve cuidado. Podía ser suicida pero no estúpido: Lehnhoff era la clase de tipo que denunciaría a alguien a la Gestapo por quedarse sus zapatos ingleses; y yo no deseaba en absoluto pasar una semana en la cárcel lejos del consuelo de mi pistola cálida y nocturna—. Pero esto es Berlín, Gottfried. Mirar hacia otro lado es lo que mejor se nos da.

Señalé la cabeza decapitada que yacía a nuestros pies.

—Dime si estoy equivocado.

2

Hay un montón de cosas en las que nunca acierto. Pero en lo que se refiere a los nazis pocas veces me equivoco.

Geert Vranken era un trabajador voluntario y había venido a Berlín en busca de un trabajo mejor del que tenía en Holanda. El ferrocarril de Berlín, en plena fase de crisis por las dificultades a la hora de reclutar personal de mantenimiento, se había alegrado de contar con un ingeniero ferroviario experimentado; sin embargo, la policía no se alegraba de tener que investigar su asesinato. De hecho, hubieran preferido no investigar el caso. Pero no había ninguna duda de que aquel hombre había sido asesinado. Cuando el viejo médico por fin examinó el cuerpo a regañadientes, dado que se había visto obligado a abandonar su retiro para ocuparse de la patología forense en la policía de Berlín, identificó las heridas de seis puñaladas en lo que quedaba del torso.

El comisario principal Friedrich-Wilhelm Lüdtke, quien estaba ahora a cargo de la policía criminal de Berlín, no era mal detective. Era precisamente Lüdtke quien había dirigido con éxito la investigación de los asesinatos acaecidos en la red de cercanías que había conducido al arresto y ejecución de Paul Ogorzow. Pero tal como él mismo me explicó en su despacho acabado de enmoquetar en el último piso del Alex, se había aprobado una importante ley en Wilhelmstrasse, y el jefe de Lüdtke, Wilhelm Frick, ministro de Interior, le había ordenado priorizar el cumplimiento de la ley a expensas de cualquier otra investigación. Lüdtke, un abogado, casi sintió vergüenza al explicarme en qué consistía esa nueva ley tan importante.

—A partir del 19 de septiembre —dijo—, todos los judíos de Alemania y el protectorado de Bohemia y Moravia estarán obligados a llevar una estrella amarilla con la palabra «judío» en sus prendas exteriores.

—¿Quieres decir como en la Edad Media?

—Sí, como en la Edad Media.

—Será más fácil distinguirlos. Una gran idea. Hasta hace poco me resultaba difícil reconocer quién era judío y quién no. Desde hace un tiempo se les ve más delgados y hambrientos que el resto de nosotros. Pero es lo que hay. Con toda sinceridad, aún no he visto a ninguno que se parezca a aquellos estúpidos dibujos que aparecieron en Der Stürmer. —Asentí con un falso entusiasmo—. Sí, no cabe duda de que eso evitará que se parezcan a nosotros.

Lüdtke, visiblemente incómodo, se ajustó los puños y el cuello bien almidonados. Era un hombre corpulento con una abundante cabellera oscura peinada sobre una frente ancha y bronceada. Vestía un traje azul marino y una corbata oscura con un nudo tan pequeño como la insignia del Partido que lucía en la solapa; es probable que la notase igual de apretada en el cuello cuando se trataba de decir la verdad. En una esquina de su mesa había dejado un bombín a juego, como si ocultase algo debajo. Tal vez el almuerzo. O quizá solo su conciencia. Me pregunté qué aspecto tendría aquel sombrero con una estrella amarilla en la copa. Como el casco de un Keystone Kop, pensé. De todas maneras, algo idiota.

—No me gusta esto más que a ti —dijo, y se rascó nervioso el dorso de las dos manos. No era difícil ver que estaba ansioso por fumar. Ambos lo estábamos. Sin cigarrillos, el Alex era como un cenicero en una sala para no fumadores.

—Creo que aún me gustaría muchísimo menos si fuese judío —dije.

—Sí, pero ¿sabes qué lo hace casi imperdonable? —Abrió una caja de cerillas y se llevó una a la boca—. Ahora mismo hay una tremenda escasez de tela.

—Tela amarilla.

Lüdtke asintió.

—Debería haberlo adivinado. ¿Te importa si cojo una de esas?

—Tú mismo. —Arrojó la caja de cerillas a través de la mesa y me observó mientras yo sacaba una y me la ponía en un extremo de la boca—. Dicen que son buenas para la garganta.

—¿Estás preocupado por tu salud, Wilhelm?

—¿No lo estamos todos? Por eso hacemos lo que nos dicen. No fuéramos a necesitar una dosis de Gestapo.

—¿Te refieres a asegurarnos de que los judíos lleven las estrellas amarillas?

—Correcto.

—Sí, claro, por supuesto. Y mientras intento descubrir la obvia importancia de una ley como esa, aún tenemos entre manos el asunto del holandés asesinado. Por si lo habías olvidado, lo apuñalaron seis veces.

Lüdtke se encogió de hombros.

—Si fuese alemán sería diferente, Bernie. Pero el caso Ogorzow fue una investigación muy cara para este departamento. Nos pasamos mucho en el presupuesto. No tienes ni idea de cuánto costó pillar a ese cabrón. Policías de paisano, entrevistas a la mitad de los trabajadores del ferrocarril, aumento de la presencia policial en las estaciones; las horas extraordinarias que tuvimos que pagar fueron muchísimas. En realidad fue un momento muy difícil para la Kripo. Por no hablar de la presión que recibimos del Ministerio de Propaganda. Es difícil cazar a alguien cuando los periódicos no están autorizados a escribir sobre el caso.

—Geert Vranken era un trabajador ferroviario —dije.

—¿Tú crees que el ministerio se alegrará de saber que hay otro asesino suelto en el metro?

—Este asesino es diferente. Hasta donde yo sé nadie lo violó. Y aparte del tren que lo arrolló, nadie intentó mutilarlo.

—Pero un asesinato es un asesinato, y con toda franqueza sé muy bien lo que dirán. Que ya hay suficientes malas noticias circulando por ahí. Por si no te has dado cuenta, Bernie, la moral de la ciudad está más baja que el culo de una puta. Además, necesitamos a los trabajadores extranjeros. Es lo que nos dirán. La última cosa que queremos es que los alemanes crean que existe algún problema con nuestros trabajadores invitados. Ya tuvimos suficiente de eso durante el caso Ogorzow. Todos en Berlín estaban convencidos de que un alemán no podría haber asesinado a todas aquellas mujeres. Muchos trabajadores extranjeros fueron acosados y golpeados por berlineses furiosos que creían que alguno de ellos lo había hecho. No desearás que eso ocurra de nuevo, ¿verdad? Ya hay problemas de sobra con los trenes y el metro tal como están las cosas. He tardado casi una hora en llegar al trabajo esta mañana.

—Me pregunto por qué nos molestamos en venir, dado que el Ministerio de Propaganda ahora decide qué podemos y qué no podemos investigar. ¿De verdad se supone que debemos dedicarnos a comprobar si los judíos llevan la estrella correcta? Es ridículo.

—Me temo que así están las cosas. Quizá si hubiese más apuñalamientos como este entonces podríamos dedicar algunos recursos a la investigación, pero ahora preferiría que dejases a ese holandés en paz.

—De acuerdo; si es lo que quieres, así será, Wilhelm. —Mordí con fuerza mi cerilla—. Pero comienzo a comprender tu excesiva afición a las cerillas. Supongo que resulta más fácil no gritar cuando estás mascando una.

En el momento de levantarme para irme miré la foto colgada en la pared. El Líder me miraba triunfal, pero, por una vez, no decía gran cosa. Si alguien necesitaba una estrella amarilla era él; y cosida encima de su corazón, suponiendo que tuviese uno; una diana para el pelotón de fusilamiento.

El mapa de la ciudad de Berlín en la pared de Lüdtke tampoco me dijo nada. Cuando Bernhard Weiss, uno de los predecesores de Lüdtke, estuvo al mando de la Kripo de Berlín, el mapa estaba cubierto con banderitas que marcaban los sucesos criminales que tenían lugar en la ciudad. Ahora estaba vacío. Al parecer se habían acabado los crímenes. Otra gran victoria para el Nacionalsocialismo.

—Ah, por cierto. ¿No habría que informar a la familia Vranken en Holanda de que su principal sustento detuvo un tren con la cara?

—Hablaré con el Servicio Estatal de Trabajo —dijo Lüdtke—. Puedes estar seguro de que ellos se encargarán.

Exhalé un suspiro y moví la cabeza en círculos sobre mis hombros; la notaba pesada y espesa, como una vieja pelota de ejercicios.

—Ya me siento más animado.

—No lo pareces —dijo él—. ¿Qué pasa contigo estos días, Bernie? Antes eras un verdadero tocacojones, ¿lo sabías? Cada vez que entrabas aquí eras como un huracán. Es como si te hubieses rendido.

—Quizá lo haya hecho.

—Pues regresa. Te ordeno que te animes.

Me encogí de hombros.

—Si supiese nadar, Wilhelm, lo primero que haría sería quitarme el yunque que tengo atado a los tobillos.

3

Prusia siempre ha sido un lugar interesante donde vivir, sobre todo si eres judío. Incluso antes de los nazis, los judíos siempre se habían destacado por recibir un tratamiento especial por parte de sus vecinos. En 1881 y 1900, incendiaron las sinagogas en Neustettin y Konitz, y probablemente también en otras ciudades prusianas. Más tarde, en 1923, cuando se produjeron disturbios por la comida y yo era un joven policía de uniforme, muchas tiendas judías de Scheuenviertel —uno de los barrios más duros de Berlín— recibieron un tratamiento especial porque los judíos eran sospechosos de especulación o acaparamiento, o de ambas cosas, no importaba: los judíos eran judíos y no se podía confiar en ellos.

Obviamente, en noviembre de 1938 la mayoría de las sinagogas de la ciudad fueron destruidas. Al final de la Fasanenstrasse, donde yo tenía en propiedad un pequeño apartamento, una enorme sinagoga en ruinas aún permanecía en pie; parecía como si el futuro emperador romano Tito hubiese acabado de darle una lección a la ciudad de Jerusalén. Al parecer nada había cambiado mucho desde el año 70 d.C.; desde luego no en Berlín. Solo era cuestión de tiempo que comenzásemos a crucificar judíos en las calles.

Yo nunca pasaba por delante de las ruinas sin una leve sensación de vergüenza. Pero pasó un tiempo antes de que me diera cuenta de que había judíos viviendo en mi propio edificio. Durante mucho tiempo no me había percatado de su presencia tan cerca de mí. Sin embargo, ahora esos judíos se habían vuelto fáciles de reconocer para cualquiera que tuviese ojos. A pesar de lo que le había dicho al comisario principal Lüdtke, no necesitabas una estrella amarilla o un metro con el que medir la longitud de la nariz de alguien para saber que era judío. Privados de cualquier comodidad, sujetos a toque de queda a las nueve de la noche, privados de «lujos» como la fruta, el tabaco o el alcohol y permitiéndoseles solo hacer las compras durante una hora al final del día, cuando las tiendas por lo general estaban vacías, los judíos tenían una vida más miserable, y eso pasaba factura en sus rostros. Cada vez que veía a uno pensaba en una rata, solo que la rata tenía un escudo de la Kripo en el bolsillo de la chaqueta con mi nombre y número escrito en ella. Admiraba su resistencia, como también los admiraban muchos otros berlineses, incluso algunos nazis.

Pensaba menos en odiarme o incluso en matarme cuando consideraba lo que tenían que aguantar los judíos. Para sobrevivir siendo judío en Berlín en otoño de 1941 se necesitaba mucho coraje y fuerza. Incluso así costaba creer que las dos hermanas Fridmann, que ocupaban el apartamento debajo del mío, fueran a sobrevivir durante mucho tiempo. Una de ellas, Raisa, estaba casada y tenía un hijo, Efim, pero él y el marido de Raisa, Mijail, detenidos en 1938, todavía estaban en la cárcel. La hija, Sara, escapó a Francia en 1934 y no se había vuelto a saber nada de ella. Las dos hermanas —la mayor se llamaba Tsilia— sabían que yo era policía y con toda razón desconfiaban de mí. Pocas veces intercambiábamos algo más que un gesto o un saludo de buenos días. Además, el contacto entre los judíos y los arios estaba estrictamente prohibido y, dado que el presidente de la escalera estaba obligado a informar de eso a la Gestapo, consideré mejor, por el bien de ellas, mantener la distancia.

Después de Minsk no tendría que haberme sentido tan horrorizado por la estrella amarilla, pero lo estaba. Quizás esta nueva ley me parecía peor porque sabía lo que les esperaba a los judíos deportados al Este, pero después de mi conversación con el comisario principal Lüdtke decidí hacer algo, aunque pasaron un día o dos antes de que se me ocurriera qué podía hacer.

Mi esposa había muerto hacía veinte años y yo aún conservaba algunos de sus vestidos, y algunas veces, cuando conseguía superar la escasez y tomarme una copa o dos y sentir lástima de mí mismo y, más en particular, por ella, sacaba uno de sus viejos vestidos del armario, apretaba la tela contra la nariz y la boca y aspiraba su memoria. Durante mucho tiempo después de su muerte aquella era mi vida hogareña. Cuando ella vivía teníamos jabón, así que mis recuerdos siempre eran agradables. En estos días las cosas son menos fragantes, y si eres sensato subes al metro con una naranja con clavos, como un papa medieval que se mezcla con el populacho. Sobre todo en verano. Incluso la muchacha más bonita olía como un estibador en los terribles días de 1941.

Primero pensé en darle a las hermanas Fridmann el vestido amarillo para que pudieran confeccionar las estrellas, solo que había algo que no me gustaba. Supongo que me hacía sentir cómplice de la horrible orden policial. Sobre todo teniendo en cuenta que yo era policía. Así que mientras bajaba las escaleras con el vestido amarillo bajo el brazo decidí volver a mi apartamento y recogí todos los vestidos que conservaba en el armario. Incluso eso me pareció inadecuado y, mientras les daba los vestidos de mi esposa a esas mujeres inocentes, decidí hacer algo más.

No es lo que se dice una página de un relato heroico escrito por Winckelmann o Hölderlin, pero es así como comenzó todo este asunto: de no haber sido por la decisión de ayudar a las hermanas Fridmann, nunca habría conocido a Arianne Tauber ni habría sucedido todo lo que vino después.

De nuevo en mi apartamento me fumé el último cigarrillo y pensé en meter la nariz en algunos expedientes del Alex, solo para saber si Mijail y Efim Fridmann aún vivían. Bueno, eso sí podía hacerlo, aunque a alguien con una jota roja en su cartilla de racionamiento aquello no iba a servirle de mucha ayuda a la hora de comer. Dos mujeres tan delgadas como las hermanas Fridmann iban a necesitar algo más sustancial que mera información sobre sus seres queridos.

Al cabo de un rato tuve lo que consideré una buena idea y busqué una bolsa del ejército alemán en mi armario. En ella guardaba un kilo de granos de café argelino que había traído de París y que tenía pensado cambiar por unos cuantos cigarrillos. Dejé mi piso y cogí el tranvía en dirección este hasta la estación de Potsdamer.

Era un atardecer cálido y aún no había oscurecido. Las parejas paseaban cogidas del brazo por el Tiergarten y parecía casi imposible que a dos mil kilómetros al este el ejército alemán estuviese rodeando Kiev y estrechando poco a poco el círculo alrededor de Leningrado. Caminé hasta Pariser Platz. Iba camino del hotel Adlon para ver al maître, con el propósito de cambiar el café por algunos alimentos que pudiese darles a las dos hermanas.

Aquel año el maître del Adlon era Willy Thummel, un alemán gordo de los Sudetes que siempre estaba atareado y era tan ágil de movimientos que me preguntaba cómo podía haber engordado. Con las mejillas sonrosadas, la sonrisa fácil y un atuendo impecable siempre me recordaba a Herman Göring. Sin duda ambos hombres disfrutaban de la comida, aunque el Reichsmarschall siempre me daba la impresión de que podía comerme a mí también, si tenía hambre. A Willy le gustaba la comida; pero le gustaban más las personas.

No había clientes en el restaurante —todavía no— y Willy estaba comprobando que las cortinas no dejasen escapar ninguna luz cuando asomé mi nariz por la puerta. Como cualquier buen maître me vio de inmediato y se apresuró a venir hacia mí con sus patines invisibles.

—Bernie. Pareces preocupado. ¿Estás bien?

—¿Qué sentido tiene quejarse, Willy?

—No lo sé; en estos tiempos la rueda que chirría más fuerte en Alemania es la que consigue más grasa. ¿Qué te trae por aquí?

—Un asunto privado, Willy.

Bajamos un tramo de escaleras hasta un despacho. Willy cerró la puerta y sirvió dos copitas de jerez. Sabía que pocas veces se alejaba del restaurante durante más tiempo del que necesitaba para hacerle una visita a la porcelana en el baño de caballeros, así que fui directamente al grano.

—Cuando estuve en París me hice con un poco de café —dije—, café de verdad, no la mierda que tomamos en Alemania. En grano. Grano argelino. Un kilo.

Coloqué la bolsa en la mesa de Willy y dejé que inspeccionara el contenido.

Él cerró los ojos e inhaló el aroma; después emitió un gemido que pocas veces había oído fuera de un dormitorio.

—Desde luego te has ganado esa copa. Había olvidado cómo huele el café de verdad.

Me castigué las amígdalas con el jerez.

—¿Dices un kilo? Valía cien marcos en el mercado negro la última vez que lo intenté comprar. Dado que no hay café en ninguna parte, ahora sin duda vale más. No me extraña que invadiésemos Francia. Por un café como este incluso sería capaz de ir a gatas hasta Leningrado.

—Allí tampoco tienen café. —Dejé que me llenase la copa de nuevo. El jerez no era del mejor, pero ya nada lo era, ni siquiera en el Adlon. Ya no—. Pensaba que quizá quisieses ofrecérselo a alguno de tus huéspedes especiales.

—Sí, podría hacerlo. —Frunció el entrecejo—. Pero supongo que no esperarás dinero a cambio, ¿no? No por algo tan valioso como esto, Bernie. Incluso el diablo tiene que beber barro con leche en polvo estos días.

Aspiró de nuevo el aroma y sacudió la cabeza.

—¿Qué quieres? El Adlon está a tu disposición.

—No quiero gran cosa. Solo un poco de comida.

—Me desilusionas. No hay nada en nuestras cocinas que valga un café como este. No te engañes con lo que aparece en el menú. —Cogió una carta de la mesa y me la dio—. Hay dos platos de carne cuando la cocina en realidad no puede servir más que uno. Ponemos dos solo por las apariencias. ¿Qué vamos a hacer, sino? Tenemos que mantener la reputación.

—Supón que alguien pide un plato que no tienes... —le insinué.

—Imposible. —Willy sacudió la cabeza—. En cuanto entra el primer cliente, tachamos el segundo plato. Es la elección de Hitler. Lo que equivale a decir que no hay elección posible.

Hizo una pausa.

—¿Quieres comida por este café? ¿Qué clase de comida?

—Comida en lata.

—Vaya.

—La calidad no es importante mientras sea comestible: carne en lata, fruta envasada, leche, verduras. Lo que tengas. Lo suficiente para que dure un tiempo.

—Sabes que la comida enlatada está estrictamente prohibida, ¿no? Es la ley. Toda la comida envasada es para el frente de guerra. Si te detienen en la calle con comida envasada te verás metido en un buen lío. El metal escasea. Creerán que vas a vendérselo a la RAF.

—Lo sé. Pero necesito comida que dure y este es el mejor lugar donde encontrarla.

—No pareces un hombre que no pueda ir a las tiendas, Bernie.

—No es para mí, Willy.

—Lo suponía. En cuyo caso no es asunto mío para qué la quieres. Pero, señor comisario, por un café como este estoy dispuesto a cometer un crimen contra el Estado. Siempre y cuando no se lo digas a nadie. Ahora ven conmigo. Creo que tenemos comida enlatada de antes de la guerra.

Fuimos a la despensa del hotel. Era tan grande como los calabozos de los sótanos del Alex, pero más agradable para el oído y la nariz. La puerta estaba cerrada con más candados que el Banco Nacional Alemán. Allí llenó la bolsa con todas las latas que podía llevarme.

—Cuando estas latas se acaben vuelve a por más, si todavía sigues en libertad. Si no lo estás, entonces, por favor, olvida que me has conocido.

—Gracias, Willy.

—Ahora tengo que pedirte un pequeño favor, Bernie. Puede que incluso sea una ventaja para ti. Hay un periodista americano alojado en el hotel. Uno de tantos. Su nombre es Paul Dickson y trabaja para la Mutual Broadcasting System. Le gustaría mucho visitar el frente de guerra pero al parecer está prohibido. Ahora todo está prohibido. La única manera de saber lo que está permitido y lo que no es hacerlo y ver si acabas en la cárcel.

»Sé que has vuelto hace poco del frente. Ya has visto que no te he preguntado cómo están las cosas por allí. En el este. Solo ver una brújula en estos días me pone enfermo. No pregunto porque no quiero saberlo. Incluso podrías decir que es la razón por la que me metí en el negocio de los hoteles: porque el mundo exterior no me preocupa. Los huéspedes de este hotel son mi mundo y es todo el mundo que necesito conocer. Su felicidad y satisfacción es todo lo que me interesa.

»Por lo tanto, para la felicidad y satisfacción del señor Dickson te pido que te encuentres con él. No aquí en el hotel. Aquí no. No es seguro hablar en el Adlon. Hay varias habitaciones en la planta superior ocupadas por funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y esas personas están vigiladas por soldados alemanes con casco de acero. ¿Te lo puedes imaginar? Soldados aquí, en el Adlon. Intolerable. Vuelve a ser como en 1919, pero sin las barricadas.

—¿Qué hacen aquí los funcionarios de Asuntos Exteriores que no puedan hacer en el ministerio?

—Algunos están destinados a la nueva Oficina de Viajes al Extranjero, cuando empiece a funcionar. Pero el resto escribe a máquina. Mecanografían mañana, tarde y noche. Es como si fuese un discurso para el Mahatma.

—¿Qué mecanografían?

—Escriben comunicados para la prensa americana; la mayoría de los corresponsales también se alojan aquí. Eso significa que hay Gestapo en el bar. Es probable que haya incluso micrófonos secretos. No lo sé a ciencia cierta, pero es lo que he oído. Cosa que es otra fuente de malestar para nosotros.

—Ese tipo, Dickson. ¿Está ahora en el hotel?

Willy pensó un momento.

—Creo que sí.

—No menciones mi nombre. Solo pregúntale si está interesado en un fragmento de «De mi vida. Poesía y verdad». Estaré junto a la estatua de Goethe en el Tiergarten.

—Sé dónde está. Un poco más allá de Hermann Göring Strasse.

—Lo esperaré quince minutos. Si viene debe hacerlo solo. Sin amigos. Solo él, yo y Goethe. No quiero ningún testigo cuando hable con él. En estos días hay muchos americanos que trabajan para la Gestapo. No me fío ni de Goethe.

Me cargué la bolsa al hombro y salí a la Pariser Platz, donde ya comenzaba a oscurecer. Una de las pocas cosas buenas de la falta forzosa de luz era que no veías las banderas nazis, pero los brutales contornos del edificio de la Oficina de Viajes al Extranjero diseñado por Speer, a medio construir todavía, eran visibles a lo lejos contra el cielo púrpura, dominando el paisaje al oeste de la puerta de Brandenburgo. El rumor era que el arquitecto favorito de Hitler, Albert Speer, utilizaba a prisioneros de guerra rusos para acabar un edificio que nadie más aparte del Führer parecía querer. El rumor también decía que había una nueva red de túneles bajo la construcción que conectaban los edificios gubernamentales en Wilhelmstrasse con búnkeres secretos que se extendían bajo la Hermann Göring Strasse hasta el Tiergarten. Nunca era bueno prestar demasiada atención a los rumores en Berlín por la sencilla razón de que, por lo general, eran verdad. Me detuve junto a la estatua de Goethe y esperé. Al cabo de un rato oí a un 109 que volaba muy bajo con rumbo sudeste hacia el aeropuerto de Tempelhof; y al poco pasó otro. Para cualquiera que hubiera estado en Rusia, era un sonido reconocible al instante y consolador, como si un enorme pero amistoso león bostezara en una cueva vacía, muy diferente del sonido de los Whitleys de la RAF, mucho más lentos, que de vez en cuando atravesaban el cielo de Berlín como tractores de muerte y destrucción.

—Buenas noches —dijo el hombre que caminaba hacia mí—. Soy Paul Dickson. El americano del Adlon.

Apenas si necesitaba presentarse. Le precedía el aroma de la colonia Old Spice y del tabaco de Virginia, era como un motorista con un banderín en el guardabarros. Pisaba firme, con unos zapatos tan recios que le hubieran podido servir de embarcación para venir desde Delaware. La mano que estrechó la mía era parte de un cuerpo que todavía consumía comida nutritiva. Su dulce aliento mentolado olía a pasta de dientes auténtica y daba testimonio de tener acceso a un dentista que sabía hacer su trabajo y al que aún le faltaba una década para la jubilación. Si bien estaba oscuro, casi percibía su bronceado. Mientras intercambiábamos cigarrillos y trivialidades, me pregunté si la verdadera razón por la que los berlineses detestaban a los americanos tenía menos que ver con Roosevelt y su retórica antialemana, y más con su mejor salud, su mejor cabellera, sus mejores ropas y en general sus vidas mejores.

—Willy me ha contado que acaba de volver del frente —dijo en un alemán que también era mejor de lo que me esperaba.

—Sí, así es.

—¿Le importaría hablarme de ello?

—Hablar de ello es la única manera de cometer un suicidio para el que no creo tener valor —confesé.

—Le aseguro, señor, que no tengo nada que ver con la Gestapo. Si es lo que insinúa. Entiendo que es exactamente lo que diría alguien que fuese informador de la Gestapo. Pero para ser del todo sincero con usted no hay nada de lo que ellos tengan que yo desee. Excepto quizás una buena historia. Mataría por una buena historia.

—¿Ha matado a alguien?

—Para serle sincero, no veo cómo podría hacerlo. Tan pronto como se enteran de que soy americano la mayoría de los berlineses parecen tener ganas de pegarme. Por lo visto me consideran responsable de todos los barcos que les estamos dando a los británicos.

—No se preocupe; a los berlineses nunca les ha interesado mucho tener una fuerza naval —dije—. Esa clase de cosas interesan más en Hamburgo y Bremen. En Berlín, puede considerarse afortunado de que Roosevelt nunca les haya dado cerveza o salchichas a los ingleses. Si lo hubiera hecho, ya estaría usted muerto. —Señalé hacia Potsdamer Platz—. Venga. Caminemos.

—Por supuesto.

Me siguió hacia el sur, fuera del parque.

—¿Algún lugar en particular?

—No. Pero necesito unos minutos para estudiar el golpe de salida.

—Es aficionado al golf, ¿eh?

—Solía jugar de vez en cuando. Antes de los nazis. Pero ese juego ha perdido popularidad desde la llegada de Hitler. Es muy fácil ser malo en el golf, y eso es algo que los nazis no pueden soportar.

—Aprecio que me hable de esta manera.

—Todavía no le he dicho nada. Ahora mismo todavía me estoy preguntando cuánto le puedo decir sin sentirme como un... ¿cómo se llamaba? Traidor. ¿Benedict...?

—¿Benedict Arnold?

—Eso es.

Cruzamos Potsdamer para ir a Leipziger Platz.

—Confío en que no vayamos al club de prensa —dijo Dickson—. Me sentiría como un idiota si me llevara allí para contarme su historia. —Señaló una puerta al otro lado de la plaza donde estaban aparcados varios coches oficiales—. Escucho toda clase de tonterías en ese lugar.

—No me diga.

—El doctor Froehlich, el oficial de relaciones con la prensa americana del Ministerio de Propaganda, siempre nos está citando allí para conferencias de prensa especiales donde anuncia otra victoria decisiva de las fuerzas alemanas contra el Ejército Rojo. Él o cualquiera de los otros doctores. Brauweiler o Dietrich. Nosotros los llamamos los doctores del engaño.

—Sin olvidar al mayor mentiroso de todos ellos —manifesté—. El doctor Goebbels.

Dickson se rio con amargura.

—Las cosas están tan mal que, cuando mi propio doctor me dice que no me pasa nada, no le creo.

—Puede creerle. Usted es americano. Siempre que no hagan nada estúpido como declararle la guerra a Rusia, la mayoría de ustedes vivirá para siempre.

Dickson me siguió hasta los grandes almacenes Wertheim’s. A la luz de la luna se veía el enorme mapa de la Unión Soviética que habían dispuesto en el escaparate principal para que cualquier patriota alemán pudiese mirarlo y seguir el heroico avance de nuestras valientes fuerzas armadas. Claro que tampoco es que hubiese nada más en la tienda para poner en el escaparate. Cuando el lugar era propiedad de los judíos y estaba dirigido por ellos había sido la mejor tienda de Alemania. Ahora era poco más que un gran depósito, y encima vacío. Los empleados pasaban la mayor parte del tiempo chismorreando y sin hacer caso de los espectadores —apenas si se les podía llamar clientes— que caminaban por la tienda en busca de unas mercancías inexistentes. Ni siquiera funcionaban los ascensores.

No había nadie en la acera delante del escaparate y parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para hablarle al periodista radiofónico americano de la verdad sobre nuestra gran guerra patriótica contra los rusos y los judíos.

—Deme otro de sus cigarrillos. Si voy a escupirle toda la historia quiero algo que me estimule por dentro.

Me dio un paquete de cigarrillos americanos casi lleno y me dijo que me lo quedara. Me apresuré a encender uno y dejé que la nicotina hiciese su efecto en mi cerebro. Por un momento me sentí mareado, con la cabeza un poco ida, como si fuese la primera vez que fumaba. Pero era como debía ser. No hubiese sido justo hablarle a Dickson de los batallones de policía, de los reasentamientos, las acciones especiales, el gueto de Minsk y las fosas llenas de judíos muertos sin sentir un poco de asco.

Porque eso fue exactamente lo que le conté.

—¿Usted ha visto todo eso?

Ahora era Dickson quien parecía estar a punto de vomitar.

—Soy capitán de la SD —respondí—. Lo he visto todo.

—Dios. Es difícil de creer.

—Usted quería saber. Ya le avisé. Así es como es. Peor de lo que usted podría imaginar. Cuando no le dejan ir a alguna parte es porque no se pueden vanagloriar de lo que están haciendo. Podría haberlo deducido por sí mismo. Yo estaría allí ahora de no ser porque soy un tanto particular respecto a quién le disparo. Me enviaron de vuelta a casa por conducta deshonrosa. Tengo suerte de que no me hayan enviado a un pabellón de castigo.

—¿Usted estaba en la SD? —preguntó Dickson nervioso.

—Correcto.

—Es como la Gestapo, ¿no?

—No del todo. Es la rama de inteligencia de las SS. La hermana fea de la Abwehr. Como muchos hombres en la SD, entré por una puerta lateral con el cartel de «Sin puta elección». Era policía en el Alex antes de ir a parar a la SD. Un policía de verdad. De los que comenzamos ayudando a las viejecitas a cruzar la calle. No todos nosotros hacemos que los judíos limpien la calle con un cepillo de dientes. Téngalo presente. Yo soy un poco como el monstruo de Frankenstein cuando está con la niña del lago. Hay una parte de mí que de verdad quiere hacer amigos y ser bueno.

Dickson permaneció callado un momento.

—Nadie en mi país se lo creerá —acabó por decir—. Y tampoco creo que consiga pasarlo por el censor de prensa local. Es el problema con la radio. Primero tienen que autorizar tu guion.

—Entonces deje el país. Váyase a casa y compre una máquina de escribir. Escríbalo en los periódicos y dígaselo al mundo.

—Me pregunto si alguien lo creería.

—Es lo que hay. Yo apenas si consigo creerlo y he estado allí. Lo vi. Cada noche me voy a la cama con la ilusión de que me despertaré y descubriré que me lo había imaginado todo.

—Quizá si se lo cuenta a otro americano aparte de mí... Haría la historia más creíble.

—No. Ese es su problema, no el mío.

—Mire —dijo Dickson—, el hombre con el que debería hablar es Guido Enderis. Es el corresponsal jefe del New York Times en Berlín. Creo que debería explicarle a él lo que me acaba de contar.

—Creo que ya he hablado suficiente por esta noche. Es curioso pero me hace sentir culpable de una manera del todo desconocida para mí. Antes me sentía como un asesino. Ahora además me siento como un traidor.

—Por favor.

—Todos tenemos un límite ante la culpabilidad antes de querer vomitar o saltar delante de un tren.

—No lo haga, capitán, sea cual sea su nombre. Todo el mundo necesita saber lo que está ocurriendo en el Frente Oriental. La única manera es que las personas como usted estén dispuestas a hablar de ello.

—¿Y después qué? ¿Cree que eso supondrá alguna diferencia? Si Estados Unidos no está preparado para entrar en la guerra en apoyo de los ingleses, me cuesta creer que lo vayan a hacer por el bien de los judíos rusos.

—Tal vez, tal vez no. Pero ya sabe, algunas veces una cosa lleva a la otra.

—¿Sí? Recuerde lo que pasó en Múnich en 1938. No creo que una cosa llevara a otra entonces. De hecho, ustedes ni siquiera estaban en la mesa de negociaciones. Estaban en casa, fingiendo que aquello no tenía nada que ver con Estados Unidos.

Dickson se había quedado sin argumentos.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto con usted, capitán?

—No puede. Le dejaré un mensaje a Willy si decido que estoy dispuesto a vomitar la bola de pelo.

—Si es cuestión de dinero...

—No lo es.

De forma instintiva ambos miramos al cielo cuando otro 109 apareció por el noroeste y vi la luna iluminando la ansiedad en el rostro suave de Dickson. Cuando el sonido no era más que un rumor en el horizonte le oí soltar un suspiro.

—No consigo acostumbrarme —empezó—. Esa manera de volar tan bajo. Siempre estoy esperando a que algo estalle en el suelo delante de mí.

—Algunas veces desearía que así fuese, pero créame: los cazas tienden a zumbar un poco más fuerte cuando se deciden a picar.

—Hablando de cosas que estallan —dijo él—. Los Tres Reyes. ¿Ha oído algo? Los doctores del engaño han estado mareando la perdiz. En mayo dijeron que habían arrestado a dos de los jefes y que solo era cuestión de tiempo que le echaran el guante al tercero. Desde entonces no hemos oído nada más. Continuamos preguntando, pero nadie suelta prenda. Por lo tanto, creemos que el número tres todavía está en libertad. ¿Cree que hay algo de verdad en eso?

—En realidad no lo puedo decir.

—¿No puede o no quiere?

Una nube pasó por delante de la luna y me oscureció el alma.

—Venga, capitán. Debe de saber algo.

—Acabo de regresar de Ucrania y estoy un poco atrasado con lo que está ocurriendo aquí en Berlín. Pero si hubiesen detenido a Melchor, creo que ya lo sabrían todos, ¿no cree? Lo hubieran proclamado por megáfono.

—¿Melchor?

—Yo que creía que solo los alemanes eran una raza sin Dios.

Me alejé.

—Eh —dijo Dickson—. Vi la película. Frankenstein. Ahora recuerdo la escena. ¿El monstruo no arroja a la niña al agua?

—Sí. Triste, ¿verdad?

Caminé al sur, por Bülowstrasse, donde giré al oeste. Podría haber caminado todo el trayecto hasta casa pero advertí que tenía un agujero en la suela del zapato y en Nolli decidí coger un tren de cercanías. Normalmente hubiese tomado el tranvía, pero el 33 ya no funcionaba; y como eran más de las nueve los únicos taxis que circulaban eran aquellos que llamaba la policía para atender a los enfermos, los cojos, los viejos, o los viajeros de las estaciones de ferrocarril con maletas pesadas. Y a los miembros superiores del Partido Nazi, por supuesto. Nunca tenían problema para conseguir un taxi después de las nueve.

Nolli estaba casi desierta, algo que no tenía nada de particular durante el período de apagón. Lo único que se veía era la lumbre de los cigarrillos moviéndose en la oscuridad como luciérnagas, o a veces la insignia fosforescente en la solapa de alguien que quería evitar el choque con otro peatón; lo único que se oía eran los trenes mientras, invisibles, salían y entraban de la cúpula de cristal Art Nouveau de la estación por encima de la cabeza, o las voces incorpóreas, fragmentos de conversaciones como si Berlín fuese un gran escenario al aire libre, un efecto fantasmal a veces aumentado por los pocos chispazos eléctricos de las vías del ferrocarril. Era como si algún Moisés moderno —y quién podría haberle culpado— hubiese estirado su fuerte mano hacia el cielo para extender una oscuridad impenetrable sobre la tierra de Alemania. Sin duda era el momento de dejar marchar a los israelitas, o al menos de liberarlos de su cautiverio.

Ya estaba casi en las escaleras cuando, de debajo de los arcos, oí el sonido de alguien que peleaba. Me detuve un momento, miré alrededor y en el instante en que una nube dejó aparecer la luna, tuve luz suficiente para ver que un hombre estaba atacando a una mujer. Ella estaba tumbada en el suelo intentando apartarlo mientras él le tapaba la boca con una mano, y con la otra buscaba debajo de su falda. Oí una maldición, un grito ahogado, y luego mis propias pisadas mientras bajaba las escaleras.

—Eh, déjela en paz —grité.

El hombre le dio un puñetazo a la mujer y cuando se levantó para enfrentarse a mí oí un chasquido y atisbé la navaja que había aparecido en su mano. De haber estado de servicio probablemente hubiera llevado un arma, pero no lo estaba y el hombre vino hacia mí. Cogí la bolsa con las latas de comida que llevaba al hombro y la moví como si se tratase de una maza medieval cuando se me puso a tiro. La bolsa le pegó en el brazo y le arrancó la navaja de la mano. Se dio la vuelta y escapó, y yo lo seguí sin mucho entusiasmo. La luz de la luna desapareció por un momento y lo perdí de vista del todo. Unos momentos más tarde oí el chirrido de unos neumáticos en la esquina de Motz Strasse y, al llegar delante de la iglesia americana, encontré a un taxi con la puerta abierta y al conductor mirando el parachoques delantero.

—Se puso delante de mí —dijo el taxista.

—¿Le ha atropellado?

—No lo pude evitar.

—Pues ahora no está aquí.

—Echó a correr.

—¿Hacia adónde?

—Hacia el cine.

—Quédese aquí: soy oficial de policía —le dije al taxista y crucé la calle; sin embargo, era como mirar en el interior de la chistera de un mago. No había rastro de él. Así que volví al taxi.

—¿Lo ha encontrado?

—No. ¿Le dio fuerte?

—No iba muy rápido, si es a eso a lo que se refiere. Diez o quince kilómetros por hora, como se supone que debemos hacer. Pero así y todo, creo que le di un buen golpe. Voló por encima del capó y aterrizó de cabeza, como si uno de aquellos caballos en Hoppegarten le hubiese tirado de la silla.

—Aparque junto al bordillo y espéreme allí —le dije al taxista.

—Oiga —protestó—. ¿Cómo sé que es poli? ¿Dónde está su placa?

—Está en mi despacho en el Alex. Podemos ir allí si quiere y se pasará las próximas dos horas cumplimentando una denuncia. O puede hacer lo que le digo. El tipo al que golpeó acababa de atacar a una mujer allí abajo. Por eso estaba intentando huir. Porque le perseguía. Pensaba que usted sería tan amable de llevar a la señora a casa.

—Sí, de acuerdo.

Volví a la estación en Nollendorfplatz.

La muchacha a quien habían atacado se había sentado y se frotaba la barbilla mientras se arreglaba la ropa y buscaba su bolso.

—¿Está bien?

—Eso creo. Mi bolso. Lo ha tirado en algún lugar en el suelo.

Eché un vistazo.

—Ha escapado. Si le sirve de consuelo un taxi lo ha atropellado.

Continué buscando su bolso pero no lo encontré. En cambio encontré la navaja.

—Aquí está —dijo ella—. Lo encontré.

—¿Está bien?

—Me siento un poco mareada —respondió, y se sujetó la barbilla dolorida.

Yo tampoco me encontraba muy bien. No tenía mi placa y llevaba una bolsa llena de comida enlatada que, para las escasas luces de un poli de uniforme, me hubiese señalado como un traficante del mercado negro, para quienes las penas eran muy severas. No era algo poco frecuente que los Schmarotzers fuesen condenados a muerte, sobre todo si se trataba de personas que debían servir de ejemplo, como es el caso de los policías. Por lo tanto, estaba ansioso por marcharme de allí; tampoco deseaba acompañarla a la comisaría para denunciar el incidente. No mientras llevase conmigo la bolsa.

—El taxi la está esperando. ¿Dónde vive? La llevaré a casa.

—Un poco más allá de la Kurfürstendamm. Pasado el Centro Teatral.

—Bien. Me cae cerca.

La ayudé a llegar al taxi, que estaba esperando donde le había dicho al taxista, en la esquina de Motz Strasse, y le di al hombre la dirección. Luego fuimos al oeste por Kleist Strasse mientras el conductor me relataba hasta el último detalle de lo que había sucedido, que no era culpa suya y que no podía creer que el tipo al que había atropellado no hubiese resultado herido de gravedad.

—¿Cómo sabe que no lo estaba?

—Se escapó, ¿no? No se puede correr con una pierna rota. Créame, lo sé. Estuve en la última guerra y lo intenté.

Cuando llegamos a Kurfürstendamm ayudé a la muchacha a salir del coche y ella se apresuró a vomitar en la alcantarilla.

—Debe de ser mi noche de suerte —comentó el taxista.

—Tiene una idea muy curiosa de la fortuna, amigo.

—Es lo único que funciona en estos días. —Se asomó por la ventanilla y cerró la puerta detrás de nosotros—. Me refiero a que podría haber vomitado en el coche, o podría haber matado al tipo que atropellé.

—¿Cuánto es? —pregunté.

—Todo depende de si usted lo va a denunciar o no.

—No sé lo que querrá hacer la señora —respondí—. Pero yo en su lugar me marcharía antes de que ella tome una decisión.

—¿Lo ve? —Puso el taxi en marcha—. Tenía razón. Es mi noche de suerte.

En el interior del edificio ayudé a la muchacha a subir las escaleras. Entonces pude observarla mejor.

Llevaba un vestido de lino azul marino con una blusa de encaje. La blusa estaba rasgada y una media colgaba sobre uno de sus zapatos. Eran de color ciruela, como su bolso y la marca en uno de sus ojos, donde había recibido el puñetazo. Se desprendía un fuerte olor a perfume en sus prendas, que reconocí como Shalimar de Guerlain. En el momento en que llegamos a su puerta ya había calculado que tendría unos treinta años. Tenía una larga melena rubia hasta los hombros y la frente despejada, una nariz ancha, pómulos altos y una boca malhumorada. Aunque claro, tenía razones para sentirse de malhumor. Medía un metro setenta y cinco de estatura, y contra mi brazo se notaba fuerte y musculosa: lo bastante para plantar cara cuando la atacaron, pero no lo suficiente para salir airosa sin ayuda. Me alegré. Era bien parecida, al estilo de los gatos con ojos almendrados, y tenía un culo que parecía poseer vida propia y que me hacía desear tenerla sentada en mis rodillas durante un rato para poder acariciárselo.

Encontró la llave de la puerta y estuvo tratando en vano de abrir hasta que le sujeté la mano, guié la llave hasta la cerradura y la giré por ella.

—Gracias —dijo—. Creo que a partir de aquí estaré bien.

De no ser porque comenzó a deslizarse para acabar sentada en el suelo, la historia habría acabado ahí. En cambio, la cogí en brazos y crucé la puerta con ella como un novio agotado.

Al avanzar por el vestíbulo casi sin muebles me encontré con el perro guardián: una mujer apenas vestida, de unos cincuenta años, con el pelo corto teñido y más maquillaje del que parecía estrictamente necesario fuera de la carpa de un circo. Casi de inmediato, y con una voz como la del barón Ochs, comenzó a reñir a la muchacha semiinconsciente que llevaba en mis brazos por traer la deshonra a su casa, pero por el repaso que la patrona me estaba dando, el discurso parecía estar destinado a mí. No me importaba. Durante un rato me hizo sentir nostalgia de mis días en el ejército, cuando algún sargento mal encarado me abroncaba sin ningún motivo más que el placer de hacerlo.

—¿Qué clase de casa cree que dirijo aquí, Fräulein Tauber? Debería darle vergüenza venir aquí en ese estado, y con un extraño. Soy una mujer respetable. Se lo he dicho antes, Fräulein Tauber. Tengo mis reglas. Tengo mis normas. Esto no se puede tolerar.

Todo esto me informó de dos cosas: una, que la mujer que llevaba en mis brazos era Fräulein Tauber. La otra, que yo apenas si había empezado a protegerla de los ataques.

—Alguien intentó violarla —dije—. Por tanto, puede ayudar o ir a maquillarse un poco más. A la punta de su nariz podría venirle bien un poco de pintura roja.

—Vaya —exclamó la patrona—. Tampoco hay necesidad de ser grosero. Violada, dice usted. Sí, por supuesto que la ayudaré. Su habitación está por aquí.

Me llevó por el pasillo, seleccionó una llave del puñado que llevaba en el bolsillo de la bata, abrió la puerta y, al encender la luz del techo, iluminó una habitación limpia y bien arreglada que parecía tan cómoda como un guante de cuero forrado de cachemir, y del mismo tamaño.

Dejé a Fräulein Tauber en un sofá del tipo que solo era cómodo si vestías un corsé de ballena, y arrodillado a sus pies comencé a abofetear suavemente sus manos y su rostro.

—Cuando comenzó a trabajar en el Golden Horseshoe le dije que podría sucederle algo como esto —dijo la vieja.

Era uno de los pocos clubs nocturnos que quedaban en Berlín y con toda probabilidad el menos ofensivo, así que la cadena de causas que se estaban generando apenas era obvia para mí; no obstante, a fin de evitar cualquier discusión porque ya había sido muy grosero con la mujer, le pedí con toda cortesía si podía traer una compresa fría y una taza de café bien cargado. El té o el café era un disparo a ciegas, pero en una emergencia nunca se sabe qué pueden traer las berlinesas.

Fräulein Tauber comenzó a recuperarse de nuevo y la ayudé a sentarse. Al verme insinuó una sonrisa.

—¿Todavía sigue aquí?

La sonrisa debió de dolerle porque movió la mandíbula y después hizo una mueca.

—Con calma. Ha sido un gancho de izquierda. Una cosa sí puedo decirle, Fräulein Tauber, sabe cómo encajar un puñetazo.

—¿Sí? Quizá debería ser mi mánager. Me vendría bien ganar una buena bolsa. Por cierto, ¿cómo sabe mi nombre, Parsifal?

—Su casera. Ha ido a buscar una compresa fría para el ojo y una bebida caliente. Tal vez estemos a tiempo de evitar que se ponga morado.

Fräulein Tauber miró hacia la puerta y sacudió la cabeza.

—Si ha ido a buscarme una bebida caliente ha debido usted de decirle que me estoy muriendo.

La casera volvió con una compresa fría y me la dio. La coloqué con cuidado en el ojo de Fräulein Tauber, cogí su mano y la apoyé encima de la compresa.

—Manténgala apretada —le dije.

—El té está en el fuego —anunció la casera—. Me quedaba suficiente para una tetera pequeña.

Se encogió de hombros y se cerró la bata sobre un pecho que era más grande que los cojines del sofá.

Me levanté, mostré una sonrisa y le ofrecí a la casera uno de mis cigarrillos norteamericanos.

—¿Fuma?

Los ojos de la vieja se encendieron como si estuviese mirando el diamante Koh-i-Noor.

—Gracias.

Ella cogió uno titubeante, casi como si creyese que fuera a apartarle el paquete en el último momento.

—Es un cambio justo por una taza de té —dije y le encendí el cigarrillo.

Yo no encendí uno. No quería que ninguna de las dos creyese que era Gustav Krupp.

La vieja dio una calada extasiada al cigarrillo, sonrió y se fue a la cocina.

—Y yo que creía que solo era Parsifal. Al parecer tiene el toque mágico. Curar a los leprosos es más fácil que hacer que ella sonría.

—Tengo la sensación de que esa mujer le está demasiado encima, Fräulein Tauber.

—Tal como lo dice, suena incluso bondadoso. Como mi vieja maestra. —Fräulein Tauber se rio con amargura—. Frau Lippert, así es como se llama, me odia. No podría odiarme más si fuese judía.

—¿Y cuál es su nombre? No puedo seguir llamándola Fräulein Tauber.

—¿Por qué no? Todos lo hacen.

—El hombre que la atacó. ¿Consiguió verlo bien?

—Era más o menos de su estatura. Prendas oscuras, ojos oscuros, pelo oscuro, tez oscura. De hecho todo en él era oscuro debido a que estaba oscuro, ¿comprende? Si le hiciese un dibujo parecería exactamente como su sombra.

—¿Es todo lo que recuerda de él?

—Ahora que lo pienso tenía un agradable aliento frutal. Como si hubiera comido gominolas.

—No hay mucho con lo que seguir adelante.

—Depende de adónde quiera ir.

—Ese hombre intentaba violarla.

—¿Ah, sí? Supongo que sí.

Me encogí de hombros.

—Quizá quiera usted denunciarlo. No lo sé.

—¿A la policía?

—Desde luego que no me refería a los periódicos.

—A las mujeres en esta ciudad las atacan a todas horas, Parsifal. ¿Por qué cree que la policía se sentiría interesada en mi caso?

—Tenía una navaja. Podía haberla utilizado contra usted.

—Escuche, señor, gracias por ayudarme. No crea que no le estoy agradecida, porque lo estoy. Pero no me gusta mucho la policía.

Me encogí de hombros.

—Solo son personas.

—¿De dónde ha sacado esa idea? De acuerdo, Parsifal, se lo deletrearé. Trabajo en el Golden Horseshoe. Y algunas veces en el New World, cuando no está cerrado por falta de cerveza. Me gano la vida de una forma decente, pero eso no impide que los polis piensen lo contrario. Puedo imaginarme perfectamente la conversación. Como si fuera una película. Dejó el Horseshoe acompañada de un hombre, ¿verdad? Él le pagó para tener sexo con usted. Solo que usted cogió su dinero e intentó escaparse en la oscuridad. ¿No es eso lo que pasó en realidad, Fräulein Tauber? Largo de aquí. Tiene suerte de que no la encerremos en Ravensbrück por prostitución.

Admití que tenía razón. Los policías de Berlín habían dejado de ser personas cuando se casaron con la Oficina Principal de Seguridad del Reich —la RSHA— y se unieron a una familia de aspecto gótico que incluía a la Gestapo, las SS y la SD.

—En cualquier caso —añadió ella—, no creo que quiera que la policía se meta en sus asuntos. No con sus cigarrillos americanos y todas las latas que lleva en esa bolsa. No, yo diría que tal vez le harían algunas preguntas muy incómodas, que usted no parece capaz de responder.

—Supongo que en eso tiene razón.

—Sobre todo vistiendo un traje como ese.

Su ojo sano me estaba dando un buen repaso.

—¿Qué pasa con mi traje?

—Nada. Es un traje bonito. Esa es la cuestión. No parece que lo haya utilizado mucho en los últimos tiempos. Algo que es poco habitual en Berlín para un hombre con su acento. Eso me lleva a creer que ha estado vistiendo alguna otra cosa. Probablemente un uniforme. Eso explicaría los cigarrillos y sus curiosas opiniones sobre la policía. Y también, hasta donde puedo saber, las latas. Apostaría que estuvo en el ejército. Y que ha estado en París, si esa corbata es como creo que es: de seda. Hace juego con sus modales de antes de la guerra, Parsifal. Los modales son otra cosa que ya no se encuentran en Berlín. Pero todo oficial alemán se comporta como un auténtico caballero cuando ha estado de servicio en París. Es al menos lo que he oído. Por lo tanto, no es usted un traficante profesional. Solo un traficante aficionado ganándose un dinero mientras está en casa de permiso. Es la única razón por la que habla con tanta ingenuidad de la policía y de denunciar lo que me ha ocurrido esta noche.

—Usted tendría que haber sido policía —sonreí.

—No. Yo no. Me gusta dormir por la noche. Pero tal como van las cosas no pasará mucho antes de que todos seamos polis, nos guste o no, y nos espiemos los unos a los otros, e informemos de todo. —Hizo un gesto significativo hacia la puerta—. Ya sabe a qué me refiero.

No dije nada cuando Frau Lippert volvió con una bandeja y dos tazas de té.

—A eso me refería —añadió Fräulein Tauber por si acaso yo era tan tonto de no haberla entendido la primera vez.

—Bébase el té —dije—. Le ayudará a que no se le hinche el ojo.

—No veo cómo.

—Es un buen té —le dije a Frau Lippert.

—Gracias, Herr...

—No veo cómo puede impedir que se me ponga el ojo morado.

Asentí agradeciendo la interrupción: era el turno de Fräulein Tauber de ayudarme. No era una buena idea decirle a Frau Lippert mi nombre. Ahora lo veía. La vieja no solo era la perra guardiana de la casa, también era el sabueso de la Gestapo en el edificio.

—La cafeína —dije—. Hace que los vasos sanguíneos se contraigan. Eso puede reducir la cantidad de sangre que llega a su ojo. Cuanta más sangre salga de los capilares dañados en ese rostro tan bonito que tiene, más morado se pondrá su ojo. Un momento, déjeme ver.

Aparté la compresa fría un momento y luego asentí.

—Ya no está tan azul —dije.

—No, cuando lo mira usted, no lo está.

—Humm.

—Sabe, suena como un doctor, Parsifal.

—¿Lo ha deducido de un humm?

—Claro que sí. Los doctores lo dicen continuamente. A mí al menos.

Frau Lippert había permanecido fuera de la conversación desde el principio y debía de considerar que faltaba su aportación.

—Ella tiene razón —dijo la vieja—. Es lo que dicen.

Seguí mirando a la chica con la compresa fría en la mano.

—Se equivoca, Fräulein. No es el humm que dice su doctor. Es más corto, sencillo y más directo. Es solo hum.

Me acabé la taza de té y la dejé de nuevo en la bandeja.

—Hum, gracias.

—Me alegro de que le haya gustado —dijo Frau Lippert.

—Mucho.

Le dediqué una sonrisa y recogí la bolsa con la comida enlatada que estaba en el suelo. Era agradable ver que me devolvía la sonrisa.

—Será mejor que me vaya. Volveré a verla en algún momento para saber si está bien.

—No es necesario, Parsifal. Ahora estoy muy bien.

—Me gusta saber cómo evolucionan todos mis pacientes, Fräulein. Sobre todo aquellos que usan Shalimar de Guerlain.

4

El Instituto Patológico estaba en el hospital Charité, apenas cruzado el canal de la estación Lehrter. Con la fachada de ladrillo rojo, los tejados de madera estilo alpino, el reloj y la torre esquinera, el viejo hospital universitario de la ciudad se parecía mucho a lo que siempre había sido. En el interior, sin embargo, las cosas eran diferentes. Dentro del edificio administrativo principal, los retratos de muchos de los famosos médicos y científicos del Charité habían sido retirados. Después de todo, los judíos eran la desgracia de Alemania. Ahora eran los únicos espacios libres en el hospital y si hubiesen podido poner algunas camas en las paredes lo hubiesen hecho. Los pabellones y pasillos —incluso los rellanos delante de los ascensores— estaban atestados de hombres que habían sido mutilados o heridos en el frente.

El depósito de cadáveres del instituto estaba lleno a rebosar de soldados muertos y de víctimas civiles todavía no identificadas de los bombardeos de la RAF y los accidentes provocados por la falta de luz. No es que sus problemas se hubiesen acabado. El centro de información del ejército no siempre era tan eficaz en notificar a las familias los fallecimientos en acto de servicio; y en muchos casos el ejército consideraba que la responsabilidad le correspondía al Ministerio de Sanidad. Pero cualquiera que fuese la causa de las muertes, el Ministerio de Sanidad creía que la responsabilidad de tratar con los muertos en Berlín recaía en el Ministerio de Interior, que, por supuesto, estaba muy dispuesto a dejar tal asunto en manos de las autoridades de la ciudad, las cuales a su vez estaban inclinadas a traspasarle este cometido a la policía. Por consiguiente, se podía decir que la crisis en la morgue —y era a eso exactamente lo que olía— era culpa mía. Mía y de otros como yo.

Sin embargo, fui allí en busca del cadáver de Geert Vranken con la esperanza de aprovecharme precisamente de esa incompetencia burocrática. Encontré los restos que quedaban compartiendo un cajón en el frigorífico con una prostituta muerta en Lichterfelde y un hombre de Wedding que había muerto en una explosión de gas, probablemente un suicidio. Hice que el ayudante del depósito colocase los restos del holandés en una mesa que olía peor de lo acostumbrado, aunque no era de extrañar: dada la extrema escasez de antisépticos en el hospital —por no mencionar la falta de lejía— a los muertos se les asignaban cada vez menos recursos.

—Es una pena —murmuró el ayudante.

—¿Qué es una pena?

—Que no sea usted del Servicio Estatal de Trabajo para poder librarme de él.

—No sabía que ese hombre estuviese buscando un trabajo.

—Era un trabajador extranjero, por lo tanto estoy esperando la documentación que me permita enviar sus restos al incinerador.

—Soy del Alex, como le he dicho. Estoy seguro de que allí hay trabajos que los muertos harían muy bien. Por ejemplo, el mío.

Por un momento parecía que el ayudante iba a sonreír, pero se lo pensó mejor.

—Solo tardaré un minuto —dije, y saqué la navaja que había encontrado en el suelo de la estación de Nolli.

Al ver la larga hoja en mi mano, el ayudante se apartó nervioso.

—Eh, ¿a qué juega?

—No pasa nada. Intento establecer si esta navaja concuerda con las puñaladas de la víctima.

Un poco más relajado, señaló los restos de Vranken con un gesto.

—Las puñaladas fueron el menor de sus problemas.

—Eso cree, ¿verdad? Antes de que el tren lo arrollase...

—Eso explicaría muchas cosas.

—Alguien le apuñaló varias veces.

—Obviamente no era su día de suerte.

Deslicé la hoja por una de las heridas visibles en el torso pálido del muerto.

—Antes de la guerra podías conseguir un informe de laboratorio como Dios manda, con fotografías y descripciones para no tener que hacer este tipo de cosas.

—Antes de la guerra la cerveza sabía a cerveza. —Al recordar quién y mejor dicho qué era, se apresuró a añadir—: No es que la cerveza ahora tenga nada de malo, por supuesto.

No dije nada. Me alegré de que se hubiese ido de la lengua. Significaba que con toda probabilidad me evitaría rellenar el papeleo del depósito —después de todo, el comisario principal Lüdtke me había dicho que dejase el caso— a cambio de obviar el comentario poco patriótico del ayudante sobre la cerveza alemana. Además estaba concentrado en la navaja dentro de la herida. No podía afirmar a ciencia cierta que se tratara del arma homicida, pero bien podría haberlo sido. Era lo bastante larga y lo bastante afilada, de un solo filo y con el borde superior romo; encajaba en la herida casi a la perfección.

Retiré la hoja y busqué algo con que limpiarla. Como soy un tipo quisquilloso, tengo mis manías respecto a las navajas que guardo en mis bolsillos. Ya me había encontrado con suficientes gérmenes y bacterias al pasearme por el hospital y no tenía necesidad de llevarme una carga extra en el bolsillo.

—¿Tiene algo con que limpiarla?

—Deme —dijo el ayudante, que cogió la navaja y la limpió con el dobladillo de la bata.

—Gracias.

Me di cuenta de que no veía la hora de librarse de mí y cuando le sugerí que probablemente no había necesidad de preocuparse por el papeleo, asintió satisfecho.

—No creo que él se vaya a quejar, ¿verdad? —comentó el ayudante—. Además, no tengo una estilográfica que funcione.

Salí. Hacía un día bonito, así que decidí volver caminando al Alex y comer en un quiosco que conocía en Karl Strasse, pero estaba cerrado debido a la falta de salchichas. Así que comí en uno de Oranienburger Strasse. Por fin conseguí un bocadillo y un periódico en un lugar cerca de la Bolsa. El bocadillo era tan poco interesante como lo que había en el periódico, y probablemente también en la Bolsa. Pero es una tontería dejar de comer pan solo porque no tengas salchichas para ponerle dentro. Al menos tenía la libertad de creer que el pan era un bocadillo.

Claro que después de todo soy un berlinés típico, y por eso quizá soy difícil de complacer.

Cuando volví al Alex pedí que me enviasen a mi despacho los expedientes de todos los asesinatos cometidos en la red de cercanías durante el verano. Supongo que quería asegurarme a fondo de que Paul Ogorzow era el verdadero asesino y no alguien convertido en un culpable a medida. No sería la primera vez que la Kripo, dirigida por los nazis, hacía algo así. La única sorpresa era que no hubiesen intentado atribuir los asesinatos de Wallenstein, Baldur, Siegfried y Cock Robin a algún pobre judío.

Resultó que no era yo el primero en revisar los expedientes Ogorzow. El registro de consultas mostraba que la Abwehr —la inteligencia militar— también había consultado los archivos, y en fecha reciente. Me pregunté por qué. Al menos lo hice hasta que recordé que todos los trabajadores extranjeros fueron entrevistados durante el curso de la investigación. Pero Paul Ogorzow era un ferroviario alemán: sus motivos habían sido la violación y un tremendo odio hacia las mujeres; no había apuñalado a ninguna de sus víctimas, las había matado a golpes. No había manera de saber si el atacante de Fräulein Tauber la hubiese aporreado o apuñalado después de violarla, pero por el golpe que le había dado en la cara no cabía duda de que detestaba a las mujeres. Por supuesto, los asesinatos por lujuria eran bastante comunes en Berlín. Antes de Paul Ogorzow, habían existido otros criminales violentos, algunas veces caníbales; y sin duda habría otros después de él.

Para mi sorpresa me sentí impresionado por la concienzuda investigación del comisario principal Lüdtke. Se habían realizado miles de entrevistas y traído casi un centenar de sospechosos para ser interrogados; incluso hubo agentes de policía que se vistieron de mujer y viajaron en tren por la noche con la esperanza de incitar al asesino a atacarlos. Se había ofrecido una recompensa de diez mil marcos y, al final, uno de los colegas de Paul Ogorzow —otro empleado ferroviario— le había señalado como el asesino en lugar de uno de los muchos trabajadores extranjeros. Entre los trabajadores extranjeros interrogados estaba Geert Vranken. No me tendría que haber sorprendido al descubrir su nombre en la lista de los interrogados; y no obstante lo estaba. Leí la transcripción con interés.

Licenciado en ciencias en la Universidad de La Haya, Vranken había sido descartado de la lista de Lüdtke cuando comprobaron su coartada; pero, poco dispuestos a confiar solo en eso —después de todo, su coartada se la facilitaban otros trabajadores extranjeros—, se habían tomado el trabajo de ofrecer pruebas de su buena conducta, y para este fin habían ofrecido el nombre de un alemán que había conocido antes de la guerra, en La Haya. El equipo de detectives de Lüdtke, varios conocidos míos, apenas se habían molestado en investigar esta referencia porque, una semana o poco más después de la entrevista con Vranken, habían detenido a Paul Ogorzow. La certeza —por mi parte— de que por una vez habían enviado al hombre correcto a la guillotina en Plotzensee, en julio de 1941, poco a poco dio paso a un sentimiento de piedad hacia Geert Vranken y, en particular, hacia su esposa y el bebé que había dejado en Holanda. Me pregunté cuántas otras familias serían destruidas de la misma manera antes de que acabase la guerra.

Por supuesto, esto era poco habitual en mí. Había visto multitud de víctimas de asesinatos en mis años en el Alex, muchas de ellas en circunstancias incluso más trágicas que esta. Después de Minsk supongo que mi conciencia se turbaba con facilidad. Fueran cuales fuesen las razones, decidí averiguar, tal como el comisario principal Lüdtke había dicho que haría, si el Servicio Estatal de Trabajo había informado a la familia Vranken de que había muerto en un accidente. Así fue como malgasté una hora al teléfono, saltando de un burócrata a otro hasta que renuncié y yo mismo escribí una carta a una dirección de La Haya que figuraba en la cartilla de empleo de Vranken y que correspondía al lugar donde había trabajado antes de venir a Alemania. En mi carta no mencionaba el hecho de que Geert Vranken había sido asesinado, solo que un tren lo había atropellado. Que lo hubiesen apuñalado seis veces no era algo que necesitase saber ninguna familia.

5

Tenía un despacho en el tercer piso de la jefatura. Una habitación pequeña en la esquina, debajo de la torre, que daba a la estación del metro en Alexanderplatz. La vista a través de la ventana a finales de un anochecer de verano era lo mejor que tenía. La vida no parecía tan gris desde esa altura. No olías a las personas, ni veías sus pálidos rostros, mal alimentados y algunas veces totalmente desesperanzados. Todas las calles se unían en un gran cuadrado de la misma manera como lo habían hecho antes de la guerra, con los tranvías haciendo sonar sus timbres y los taxis las bocinas, y el rumor de la ciudad a lo lejos, como siempre lo había hecho. Sentado en el alféizar con el rostro hacia el sol, era fácil fingir que no existía la guerra, ni el frente, ni Hitler y que nada de todo aquello tenía que ver conmigo. En el exterior no había ninguna esvástica a la vista, solo las muchas variedades de chicas que observaba en el ejercicio de mi deporte favorito. Era un deporte que siempre me apasionaba y en el que era insuperable. Me gustaba la manera en que me ayudaba a sintonizar con el mundo natural, y como las chicas de Berlín son visibles de una manera en que no lo es ninguna otra forma de la vida salvaje de la ciudad, nunca me cansaba. Hay tantas chicas diferentes ahí afuera. Sobre todo estaba atento a las variedades más raras: rubias exóticas que no se veían desde 1938 y fabulosas pelirrojas vestidas con el plumaje de verano, casi transparente. Había pensado en poner un reclamo en el alféizar pero sabía que era inútil. Volar hasta el tercer piso era demasiado para ellas.

Las únicas criaturas que alguna vez llegaban a mi despacho eran las ratas. Nunca se quedaban sin energía, y cuando me volvía para mirar la habitación con su horrible retrato del Líder y el uniforme de la SD colgado en un armario abierto, como un terrible recordatorio del otro hombre que fui durante gran parte del verano, había dos que entraban por la puerta de vidrio. Ninguno de los dos dijo nada hasta que se sentaron con los sombreros en la mano y me miraron durante varios segundos con una calma sobrenatural, como si yo fuese un ser menor, lo que por supuesto era, porque las ratas en cuestión eran de la Gestapo.

Uno de los hombres vestía un traje cruzado azul marino con raya diplomática, y el otro, un traje oscuro de tres piezas con una cadena de reloj que brillaba tanto como sus ojos. El que vestía raya diplomática tenía el pelo rubio corto, peinado como las rayas en una hoja de papel; el otro era todavía más rubio, pero el cabello se le volvía más claro por delante y la línea de su frente parecía depilada, al estilo de aquellas damas medievales retratadas en óleos insulsos. En sus rostros se dibujaba una sonrisa insolente, satisfecha o cínica, posiblemente las tres cosas a la vez; observaban mi presencia, mi despacho y probablemente también mi propia existencia con una cierta diversión. Pero no pasaba nada, porque yo me sentía de la misma manera.

—¿Es usted Bernhard Gunther?

Asentí.

El hombre de la raya diplomática se arregló el pelo impoluto como si acabase de salir del sillón del peluquero en el KaDeWe. Un corte de pelo decente era una de las pocas cosas que no escaseaba en Berlín.

—Con una reputación como la suya esperaba un par de zapatillas persas y una pipa —sonrió—. A lo Sherlock Holmes.

Me senté a mi mesa, miré a la pareja y sonreí.

—En estos días no importa si un caso requiere tres pipas o tan solo una. No encuentro tabaco para fumar en ella. Por lo tanto, la guardo en el cajón junto con mi jeringuilla bañada en oro y algunas semillas de naranja.

Continuaron mirándome, sin decir nada, solo evaluándome.

—Tendrían que haber traído una cachiporra si esperaban que hablase primero.

—¿Es lo que piensa de nosotros?

—No soy yo el único al que precede su reputación.

—Es verdad.

—¿Están aquí para hacer preguntas o para pedir un favor?

—No necesitamos pedir favores —respondió el que tenía el cráneo de basílica diseñado por Brunelleschi—. Por lo general recibimos toda la cooperación que necesitamos sin necesidad de pedir favores a nadie. —Miró a su colega y sonrió un poco más—. ¿No es así?

—Sí, así es. —El tipo del peinado impecable parecía una versión más gruesa de Von Ribbentrop. Casi no tenía cejas pero sí los hombros grandes: creo que no es el tipo de hombre al que quieres ver quitándose la chaqueta y enrollándose las mangas en busca de respuestas—. La mayoría de la gente está más que dispuesta a ayudarnos y son contadas las ocasiones en que nos vemos obligados a pedir algo tan pintoresco como un favor.

—¿En serio? —Me puse una cerilla en la boca y comencé a masticarla sin prisa. Me dije que mientras no intentara inhalarla, mis pulmones continuarían sanos—. Muy bien. Les escucho. —Me incliné hacia delante y alcé las manos en una ansiosa reverencia que rayaba en lo sarcástico—. Espero que mi actitud les convenza para ir rápidamente al grano. Como ven, estoy muy dispuesto a ayudar a la Gestapo de la manera que mejor convenga. Pero dejen de hacerme sentir tan pequeño o comenzaré a cuestionarme la sensatez de permitirles sentarse en mi oficina con los sombreros en las manos.

El de la raya diplomática acomodó la copa de su sombrero y miró el forro. Por un momento pensé que incluso podía estar consultando su nombre y rango escrito allí solo por si los olvidaba.

—Conocen mi nombre. ¿Por qué no se presentan?

—Soy el comisario Sachse. Él es el inspector Wandel.

Asentí cortésmente.

—Encantado.

—¿Cuánto sabe de los Tres Reyes? Y por favor no mencione la Biblia o llegaré a la conclusión de que definitivamente no me cae bien.

—Habla de los tres hombres que vinieron a Berlín desde Checoslovaquia a principios de 1938, ¿verdad? Lo siento, Bohemia y Moravia, aunque nunca estoy seguro de la diferencia y en cualquier caso, ¿a quién le importa? Los Tres Reyes son nacionalistas checos y oficiales del ejército checo derrotado, quienes, después de realizar una serie de ataques terroristas en Praga... todavía se llama Praga, ¿no? En ese caso, después de haber orquestado una campaña de sabotaje allí decidieron traer la guerra hasta aquí, a las calles de Berlín. Hasta donde yo sé, durante un tiempo tuvieron éxito. Colocaron una bomba en el Ministerio de Aeronáutica en septiembre de 1939. Por no mencionar una en el portal de este mismo edificio, en el Alex. Sí, aquello fue bastante humillante para nosotros, ¿no les parece? No es de extrañar que la prensa y la radio no lo mencionaran. Luego trataron de atentar contra la vida de Himmler, en la estación de ferrocarril de Anhalter en febrero de este año. Supongo que aquello fue todavía más embarazoso, por lo menos para la Gestapo. Creo que la bomba fue colocada en el compartimento de equipajes, un lugar obvio y que tendría que haber sido revisado antes de la llegada del Reichsführer-SS a la estación. Apuesto a que alguien tuvo que dar muchas explicaciones después de aquello.

Sus sonrisas comenzaban a esfumarse un poco y sus sillas parecían ser incómodas; mientras los dos hombres de la Gestapo acomodaban los traseros, los respaldos crujieron como una casa endemoniada. El tipo de la raya diplomática se tocó el pelo de nuevo como si hubiese dejado la fuente de su capacidad para intimidarme en la barbería. El otro hombre, Wandel, se mordió el labio inferior intentando mantener la sonrisa de cabeza de polilla muerta fija en su rostro de delincuente. Podría haber dejado mi pequeña historia allí, por miedo a lo que su organización era capaz de hacer, pero estaba disfrutando demasiado.

Hasta ese momento, no había considerado la Gestapo como método de suicidio, pero empezaba a ver sus ventajas. Al menos disfrutaría del proceso un poco más que volándome los sesos. De todas maneras, no estaba dispuesto a desperdiciar mi vida con dos mequetrefes como aquellos; si alguna vez decidía lanzarle todo a la cara a algún nazi supremo, me aseguraría de liarla bien gorda. Además, ahora ya veía claro que en realidad venían a pedir un favor.

—El rumor que corre por la Kripo es que los Tres Reyes se divierten avergonzando a la Gestapo. Circula una historia en particular que afirma que uno de ellos incluso le robó el abrigo a Oscar Fleischer.

Fleischer era el jefe de la Sección de Contrainteligencia de la Gestapo en Praga.

—Y el mismo tipo atrevido ganó la apuesta de que podía conseguir encender su cigarrillo con el puro de Fleischer.

—Siempre corren muchos rumores en lugares como este —comentó Sachse.

—Claro que sí. Pero es así como trabajan los polis, Herr comisario. Un indicio aquí. Un guiño allá. Un susurro en un bar. Un tipo te dice que algún otro ha oído que su amigo oyó esto o aquello. Personalmente siempre he valorado más un rumor vago que un razonamiento deductivo de tres pipas de duración. Es elemental, mi querido Sachse. Oh, sí, ¿y estos Tres Reyes no le enviaron a la Gestapo un ejemplar gratuito de su propio periódico clandestino? Ese es el rumor.

—Dado que parece usted tan bien informado...

Sacudí la cabeza.

—Es de conocimiento público aquí en la tercera planta.

—Entonces yo diría que también sabrá que dos de los Tres Reyes —Josef Balaban y Josef Masin— ya han sido detenidos. Como también muchos de sus colaboradores. En Praga. Y aquí en Berlín. Solo es cuestión de tiempo que pillemos a Melchor.

—No lo entiendo —dije—. Detuvieron a Josef A en abril; y a Josef B en mayo. O quizá fue al revés. Pero ya estamos en septiembre y todavía no han conseguido sacarse al tercer rey de la manga. Se deben de estar volviendo unos blandos.

Por supuesto sabía que no era verdad. La Gestapo había removido cielo y tierra en busca del tercer hombre, e incluso habían recorrido a una ayuda mucho más infernal. Porque también corría el rumor en el Alex de que la Gestapo de Praga había solicitado los servicios del más notorio torturador de Bohemia, un sádico llamado Paul Soppa, que era el comandante de la prisión Pankrac en Praga, para que se ocupase de la custodia de los dos checos. No apostaría por sus posibilidades pero, a la luz de la prolongada libertad de Melchor, la certeza de que ninguno de los dos hombres había hablado era una prueba positiva de su enorme coraje y bravura.

—Hay diferentes maneras de abordar un problema —dijo Wandel—. Y ahora mismo nos gustaría que nos ayudase con este. El coronel Schellenberg habla muy bien de usted.

Walter Schellenberg era íntimo del general Heydrich, el jefe de toda la RSHA, de la cual la Kripo había pasado a formar parte.

—Sé quién es Schellenberg —dije—. Al menos, recuerdo haberlo conocido. Pero no sé de qué se ocupa ahora, en estos días.

—Es el jefe de la Inteligencia Internacional dentro de la RSHA —respondió Sachse.

—¿Este problema es un asunto de la Inteligencia Internacional?

—Podría serlo. Pero ahora mismo es un homicidio. Y ahí es donde entra usted.

—Cualquier cosa con tal de ayudar al coronel Schellenberg, faltaría más —dije, voluntarioso.

—¿Conoce el parque Heinrich von Kleist?

—Por supuesto. Era el jardín botánico de Berlín antes de que se construyesen los jardines botánicos de Steglitz.

—Esta mañana encontraron allí un cadáver.

—Vaya. Me pregunto por qué todavía no me he enterado.

—Ahora ya lo sabe. Queremos que venga y le eche una ojeada, Gunther.

Me encogí de hombros.

—¿Tienen gasolina?

Sachse frunció el entrecejo.

—Para el coche —añadí—. No estaba proponiendo que quemásemos el cadáver.

—Sí, por supuesto que tenemos gasolina.

—Entonces me encantará ir al parque con ustedes, comisario Sachse.

El parque Kleist, en Schöneberg, tiene algo que ver con un famoso escritor romántico alemán. Puede que con un tal Kleist. Había muchísimos árboles, una estatua de la diosa Diana y, en el límite occidental del parque, el Tribunal de Apelaciones. No es que en la Alemania de Hitler un tribunal de apelaciones sirviese para mucho. Aquellos que eran convictos y condenados en un tribunal de primera instancia nazi por lo general no perdían esa condición.

En el extremo sur había un edificio que si mal no recordaba había sido una vez la Escuela de Bellas Artes del estado prusiano, pero dado que ahora la Gestapo se había instalado en la vieja Escuela de Arte Industrial en Prinz Albrechtstrasse, parecían escasas las posibilidades de que alguien aprendiese cómo pintar un retrato en la Escuela de Bellas Artes del Estado prusiano; no cuando podían aprender algo mucho más útil, como torturar a las personas. Era conocido que la Gestapo siempre se había apropiado de los mejores edificios públicos de la ciudad. Era de esperar. Pero últimamente habían comenzado a confiscar locales de tiendas y empresas que habían sido abandonadas como resultado de la escasez. Un amigo mío había entrado en el local de Singer Sewing Machine en Wittenberg Platz a buscar una polea nueva y se topó con que el lugar estaba siendo utilizado como arsenal por las SS. La tienda de vinos de Meyer, en Olivaer Platz, de la cual yo había sido en tiempos cliente habitual, era ahora una «oficina de información» de las SS. Fuese lo que fuese eso.

En el centro del parque había un paseo curvo donde podías caminar o sentarte, pero solo en la hierba, porque todos los bancos de madera de la ciudad habían sido requisados para las necesidades de la guerra; algunas veces me imaginaba a un gordo general de la Wehrmacht dirigiendo el sitio de Leningrado mientras se calentaba las manos en un brasero alimentado con uno de estos bancos. En el lado oriental del paseo, muy cerca de Potsdamer Strasse, había una zona de arbustos y árboles que varios policías de uniforme habían cerrado al público. El cadáver de un hombre yacía debajo de un gran rododendro que se encontraba en su última floración, aunque ya en su fase final, porque el cadáver estaba cubierto de pétalos rojos que parecían ser múltiples puñaladas. Vestía una chaqueta tipo blusón oscura, unos pantalones de franela marrón claro y un par de botas marrones muy gastadas. No podía verle el rostro porque uno de mis nuevos amigos de la Gestapo tapaba el sol, como era su costumbre, así que le pedí que se desplazara y, cuando se apartó, me puse en cuclillas para mirarlo de cerca.

Era una típica foto fúnebre: la boca muy abierta, como si esperase la atención de un dentista, aunque sus dientes estaban en muy buen estado y desde luego mejor que los míos; los ojos muy abiertos mirando hacia delante daban la impresión, al fin y al cabo, de que estaba más sorprendido de verme a mí que yo a él. Tenía unos veinticinco años, un fino bigote, y en el lado izquierdo de la frente, debajo de la línea del pelo oscuro, una contusión con la forma y el color de una amatista grande que, con toda probabilidad, era la causa de su muerte.

—¿Quién encontró el cuerpo? —le pregunté a Sachse—. ¿Y cuándo?

—Un policía que hacía la ronda. De la comisaría de Potsdamer Platz. Aproximadamente a las seis de esta mañana.

—¿Cómo es que usted decidió encargarse del caso?

—Nos llamó el detective de guardia de la Kripo. Un tipo llamado Lehnhoff.

—Muy inteligente por su parte. Lehnhoff por lo general no suele ser muy brillante. ¿Qué tenía este tipo en el bolsillo que lo marcaba como carne de su propiedad? ¿Un pasaporte checo?

—No. Esto.

Sachse metió la mano en el bolsillo y luego me entregó un arma. Era una pequeña Walther modelo 9, una automática de calibre 25 milímetros del tamaño de la palma de una mano. Más pequeña que la Baby Browning que yo tenía en casa para cuando no esperaba visitas, pero igual de precisa.

—Un poco más letal que un llavero, ¿no? —dijo Sachse.

—Eso podría abrirle cualquier puerta —opiné.

—Tenga cuidado. Todavía está cargada.

Asentí y le devolví el arma.

—Esto lo pone bajo la jurisdicción de la Gestapo.

—De forma automática —admití—. Ya lo veo. Pero sigo sin ver la conexión con los Tres Reyes.

—Uno de nuestros oficiales de la Sección de Documentación examinó sus papeles y encontró algunas discrepancias.

Wandel me entregó una tarjeta amarilla con la fotografía del muerto en la esquina superior izquierda. Era su certificado de empleo.

—¿Ve algo raro en él? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—Las grapas en la foto están oxidadas. Por lo demás a mí me parece correcto. A nombre de Victor Keil. No me suena de nada.

—El sello en la esquina de la foto apenas si se ve —dijo Wandel—. Ningún oficial alemán lo permitiría. —Luego me entregó el carné de identidad del muerto—. ¿Y esto? ¿Qué me dice de esto, Herr comisario?

Froté el documento con los dedos, cosa que consiguió un gesto de aprobación de Sachse.

—Hace bien al comprobarlo primero de esa manera —comentó—. Las falsificaciones carecen del tacto adecuado. Como si estuviesen hechos de lino. Pero no es eso lo que delata esta falsificación.

Lo abrí y observé detenidamente el contenido. La fotografía del carné de identidad tenía dos sellos en las esquinas, las dos huellas dactilares eran muy claras, al igual que el sello de la comisaría. Sacudí la cabeza.

—No veo el problema. A mí me parece del todo correcta.

—La calidad en realidad es muy buena —admitió Sachse—. Excepto por una cosa. Quien lo escribió no sabe escribir «índice».

—Dios mío, sí, tiene razón.

Sachse comenzaba de nuevo a parecer satisfecho consigo mismo.

—Todo esto nos animó a seguir investigando —dijo—. Al parecer el verdadero Victor Keil murió durante un bombardeo en Hamburgo el año pasado. Ahora sabemos, o al menos sospechamos, que este hombre no es alemán en absoluto, sino un terrorista checo llamado Franz Koci. Nuestras fuentes en Praga nos han informado de que era uno de los últimos agentes checos que operaban aquí en Berlín. Desde luego encaja con la última descripción que tenemos de él. Hasta octubre de 1938 era teniente en un regimiento de artillería checo desplegado en los Sudetes. Después de la capitulación del gobierno de Benes en Múnich desapareció, junto con otros muchos que pasaron a trabajar para los Tres Reyes.

Me encogí de hombros.

—No puedo imaginar por qué me necesita para que le mire las uñas.

—No sabemos quién lo mató —respondió Wandel—. Ni por qué, ni siquiera cómo.

Asentí.

—Para el cómo necesitará un médico. Preferentemente un doctor en medicina. —Sonreí mi propio chiste, pensando en el norteamericano, Dickson, y su aversión a los doctores del engaño en el Ministerio de Propaganda. Pero no era un chiste que pudiera compartir, en especial con la Gestapo—. En cuanto a quién y por qué, quizá podría investigarlo más a fondo. —Señalé el cadáver—. ¿Le importa?

—Adelante —dijo Sachse.

Saqué mi pañuelo y lo desplegué junto al cuerpo.

—Un lugar donde poner cualquier prueba que encuentre. Tengo la intención de revisar los bolsillos del muerto.

—Usted mismo. Pero todas las pruebas útiles ya han sido recogidas.

—Ya, no lo dudo. Si hubiera algo de valor que los de uniforme y el inspector Lehnhoff hubieran dejado atrás, sería toda una sorpresa.

Sachse frunció el entrecejo.

—No estará insinuando...

—Los policías de esta ciudad son tan chorizos como todos los demás. Algunas veces son más ladrones que los propios ladrones. En estos días la mayoría de ellos se hacen policías solo para robar un reloj sin que los pillen.

Levanté el brazo izquierdo del muerto para ilustrar mi perorata. Había una marca marrón en la muñeca, solo que el reloj que debía haber estado allí ya no estaba.

—Sí, ya veo a lo que se refiere —dijo Sachse.

—El cuerpo está un poco rígido, y eso significa que el rígor mortis está apareciendo o desapareciendo. Tarda unas doce horas en establecerse, dura otras doce y tarda otras doce en desaparecer por completo. —Pellizqué la mejilla del cadáver—. Sin embargo, comienza en la cara y la cara de este tipo es blanda al tacto, lo cual significa que el rigor está desapareciendo. Comprenderá que todo esto es muy burdo, pero diría que su hombre lleva muerto por lo menos un día o algo más. Por supuesto, podría estar equivocado, pero he visto a muchos hombres muertos que probablemente me darían la razón.

Desabroché los botones del blusón y luego le abrí la camisa para inspeccionar el torso.

—Sufrió una caída fuerte. O recibió un impacto potente. Hay muchos morados en el lado izquierdo del cuerpo. —Presioné fuerte sobre los morados y la parte inferior de las costillas—. Al parecer una de las costillas se ha separado de la pared torácica. En otras palabras, está rota.

Saqué la navaja que siempre llevo en el bolsillo, la abrí con cuidado y comencé por el dobladillo a cortar la pernera del pantalón del muerto, pero solo para no tener que desabrocharle la bragueta. Como norma general, prefiero conocer a un hombre un poco mejor antes de hacerlo. En el muslo izquierdo se apreciaba otro gran morado que coincidía con la costilla rota y la contusión en la cabeza. Intentaba no mostrarme nervioso, pero para acompañar la mala sensación que llevaba siempre conmigo, ahora sentía una mala vibración respecto al muerto. La distancia entre el parque Kleist y Nollendorfplatz era de un kilómetro, e incluso un hombre que hubiera chocado con un taxi en la esquina de Motz Strasse podía haber llegado tambaleante al parque en menos de treinta minutos. Ese no sería el primer accidente de tráfico de aquella noche en Berlín, pero desde luego sería el único que seguramente nadie había denunciado.

—¿Quiere saber lo que pienso?

—Por supuesto.

—Este hombre ha estado involucrado en un accidente de tráfico. Aunque eso no tiene nada de particular dada la falta de luz eléctrica y la destreza de los conductores de Berlín.

A esas alturas ya estaba totalmente seguro de que me encontraba ante el hombre que había atacado a Fräulein Tauber y que había colisionado con el taxi. Un centenar de pensamientos diferentes comenzaron a circular por mi cabeza. ¿La Gestapo estaba al corriente? ¿Se trataba de eso? ¿De ver cómo reaccionaría cuando me encontrase con el cadáver, igual como la traición que Hagen descubrió cuando estaba junto al féretro de Siegfried? No. ¿Cómo podían saberlo? Ninguna de las otras personas involucradas —Fräulein Tauber, Frau Lippert, el taxista— sabían que yo era policía, y mucho menos mi nombre. Por un momento mi mano comenzó a temblar. Cerré la navaja y la devolví al bolsillo de mi abrigo.

—¿Algo va mal, Gunther?

—No, es todo un placer trabajar con los muertos. La mayoría de las noches, cuando no estoy pensando en degollarme, me puede encontrar en el cementerio local con mi buen amigo, el conde Orlok.

Me mordí el labio inferior para prepararme a revisar los bolsillos del muerto.

—Ya hemos revisado sus bolsillos —dijo Sachse—. No quedaba nada importante en ellos.

Del bolsillo del muerto saqué un paquete de gominolas y se lo mostré a los dos oficiales de la Gestapo.

—No sé qué nos dice eso —protestó Wandel.

—Nos dice que el hombre era aficionado a las gominolas —respondí, aunque a mí me decía mucho más.

Cualquier duda acerca de que fuera el hombre que había atacado a Fräulein Tauber había desaparecido. ¿No había mencionado el olor a gominolas en su aliento?

—Aparte de la documentación falsa —dijo Sachse—, y del arma, por supuesto, lo único que encontramos era un clip para sujetar billetes, la llave de una puerta y un diario de bolsillo.

—¿Puedo verlos?

Me levanté. El clip era de plata y sujetaba unos cincuenta marcos en billetes de veinte y de uno, pero no apretaba los billetes con firmeza, y eso me llevó a pensar que había contenido más dinero; era muy fácil suponer que los policías que habían robado el reloj de Franz Koci también se habían llevado por lo menos la mitad del dinero. Era lo típico. La llave estaba en una cadena de acero que debía de haber estado sujeta a su cinturón: era una llave para una vieja cerradura hecha por la compañía de cerraduras Ferdinand Garbe de Berlín. El diario era el objeto más interesante. Era un diario de bolsillo del ejército, de cuero rojo, del año 1941, que entregaban a los oficiales alemanes: había un bolsillo pequeño en la tapa y en la parte de atrás una guía para reconocer los rangos e insignias del ejército alemán. En mi niñez había tenido un diario con una guía similar para reconocer las pisadas de los animales, muy útil en una gran ciudad como Berlín. Busqué la semana actual y leí la única entrada para las últimas cuarenta y ocho horas: «N.P. 9.15». Habían sido las nueve y media cuando interrumpí el ataque de Franz Koci a Fräulein Tauber, tiempo suficiente para que ellos se encontrasen en Nolli a las nueve y cuarto.

¿Por qué un terrorista checo, al que no interesaba llamar la atención de la policía, se arriesgaba a realizar un ataque sexual a alguien en una estación de tren? Alguien con quien había concertado una cita allí. A menos que la persona con la que iba a reunirse no se hubiese presentado y, frustrado, hubiera atacado a la muchacha. Pero eso no tenía mucho sentido.

Le devolví el diario a Sachse.

—Estos diarios son incluso más útiles a los espías de lo que lo son para nuestros hombres, ¿no cree? Le dicen al enemigo a quién vale la pena matar y a quién no.

—Imagino que debe de haberlo robado —señaló Wandel, sin necesidad—. Nuestros informes apuntan que algunos de estos checos son unos carteristas muy buenos.

Asentí. A mí eso me parecía muy justo considerando que acabábamos de robarles su país.

Tenía mucho en lo que pensar y decidí hacerlo en el Golden Horseshoe. Con toda probabilidad iba en contra de las reglas. Cualquiera mínimamente sensato no pisaría jamás el Golden Horseshoe, así que pensé que un hombre con mi variopinto historial podía saltarse un poco las reglas.

Era un gran salón circular con mesas redondas pequeñas alrededor de una gran pista de baile redonda. El centro de la pista lo ocupaba un caballo mecánico que las muchachas del club y las clientas femeninas eran invitadas a montar para hacer un show musical y, durante el proceso, mostrar la parte más alta de una media o algo más íntimo incluso. Cuando te habías bebido unas cuantas cervezas posiblemente resultaba muy divertido, pero en mitad de la sequía de Berlín, una tranquila partida de damas tampoco estaba mal.

Una de las muchachas era negra, posiblemente la última de Berlín. Se llamaba Ella. Estaba sentada a una mesa jugando un solitario con una baraja ilustrada con los retratos de nuestros amados líderes nazis. Me uní a ella y la miré un rato y cuando me comentó que su suerte mejoraba la invité a una limonada y hablamos de las mejores jugadas. Le di uno de mis preciosos cigarrillos americanos y, deshecha en sonrisas y halagos, se ofreció a cabalgar en el caballo en mi honor.

—Por cincuenta peniques puedes ver mis muslos. Por setenta y cinco puedes verme el conejo y toda la mata. No llevo ropa interior.

—En realidad esperaba ver a Fräulein Tauber.

—Ya no trabaja aquí. Desde hace mucho tiempo.

—¿Dónde trabaja ahora?

Ella dio una calada a su cigarrillo y permaneció en silencio.

Puse un billete sobre la mesa. No tenía ninguna foto como las que había en el dorso de las cartas pero a ella no le importaba. Dejé que tendiese la mano y luego apoyé mi dedo en la pequeña águila negra de la esquina.

—¿Está en el New World?

—¿En aquel antro? Diría que no. ¿Te dijo que trabajaba allí? —Se rio—. Eso significa que no quiere verte de nuevo, cariño. Por lo tanto, ¿por qué no te olvidas de ella y miras cómo cabalgo?

La negra hacía repicar la otra punta del billete como si escriviera en Morse. Lo solté y vi cómo desaparecía dentro de un sostén tan grande como un dirigible.

—¿Entonces dónde trabaja?

—¿Arianne? Lleva el guardarropa del Jockey Bar. Lo lleva desde hace tiempo. Una muchacha como ella puede ganar mucho dinero en el Jockey.

—¿En el guardarropa?

—Puedes ganar mucho más en un guardarropa que solo colgando un abrigo, cariño.

—Supongo.

—Aquí tenemos un guardarropa, Fritz. Es agradable y está oscuro. Por cinco marcos, podría cuidar con mucho interés todos tus valores. Los dejaría en mi boca, si quieres.

—Pierdes el tiempo, Ella. La única razón por la que me dejaron volver del frente es porque ya no me quedan valores. Ya no.

—Lo siento. Eso es una verdadera pena. Un tipo tan guapo como tú.

Su rostro se entristeció un poco y, durante un momento, al ver su compasión, me sentí mal por haberle mentido de esa manera. Tenía el aspecto de ser una persona bondadosa.

Cambié de tema.

—El Jockey —dije—. Claro que lo conozco. Es aquel lugar cerca de Wittenberg Platz, en Luther Strasse. Solía ser un lugar ruso llamado Yar.

La negra asintió.

—Solo lo he visto por fuera. ¿Cómo es?

—Caro. Lleno de yanquis y jefazos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Allí todavía tocan jazz americano. El auténtico. Iría allí si no fuese por una desventaja un tanto obvia. La gente de color no es bienvenida.

Fruncí el entrecejo.

—A los nazis no les gusta nadie excepto los alemanes. Eso ya lo tendrías que saber, bonita.

Ella sonrió.

—Oh, no hablaba de ellos. Son los yanquis los que no quieren ver a gente de color por allí.

Desde el exterior, el Jockey Bar se parecía al viejo Berlín de antes de la guerra, con su moral relajada y sus encantos vulgares. Otros también pensaban lo mismo. Una pequeña multitud de aficionados al jazz estaban en la acera en la oscuridad, disfrutando de la música pero poco dispuestos a pagar el coste prohibitivo de la entrada. Para evitarme pagar mostré la chapa de cerveza que lucía en la gabardina: un pequeño óvalo de latón que decía que era poli. A diferencia de la mayoría de los policías de Berlín no me gusta aprovecharme de un negocio honesto, pero el Jockey Bar no lo era. Cinco marcos solo por bajar las escaleras era casi un robo. No es que hubiese muchas personas allí abajo que pareciesen muy dispuestos a ser estafados. La mayoría eran tipos elegantes, unos cuantos con trajes de noche e insignias del Partido. Dicen que el crimen no compensa. No tanto como trabajar en el Ministerio de Asuntos Exteriores o en el Ministerio de Propaganda. También había muchos americanos, tal como había dicho Ella. Los reconocías por las corbatas chillonas y las voces todavía más estridentes. El Jockey Bar era probablemente el único lugar de Berlín donde podías hablar en inglés sin que algún idiota de uniforme intentase recordarte que Roosevelt era un gángster, un maníaco negroide, un buscapeleas en una silla de ruedas, y un depravado rufián judío; y los alemanes que de verdad lo detestaban podían añadir algunas cosas todavía más desagradables.

Al pie de las escaleras había un guardarropa donde una muchacha se limaba las uñas o leía una revista y algunas veces conseguía hacer las dos cosas a la vez. Se veía que era lista. Tenía una cabellera negra abundante pero la llevaba recogida como una cortina de terciopelo en la nuca. Era delgada y lucía un vestido negro; supongo que era guapa de una manera un tanto obvia, carente de toda sutileza, vamos, la manera como a mí me gustan las mujeres, pero no era Arianne Tauber.

Esperé por si la muchacha acababa de limarse las uñas o de mirar la revista y me veía, pero eso pareció llevar más tiempo de lo que debía, ya que estaba a oscuras.

—¿Este es el guardarropa, no?

Ella alzó la vista, me miró de arriba abajo y luego, con una mano muy bien cuidada, guió mis ojos hacia los abrigos, algunos de piel, que colgaban en un riel detrás de ella.

—¿Qué cree que son? ¿Carámbanos?

—Por lo visto, me he equivocado. A lo mejor usted también, por lo que veo. Tenía la extraña sensación de que usted debía ser la primera en dar la bienvenida a este antro de clase alta.

Me quité el abrigo y lo dejé sobre el mostrador y ella lo miró con desagrado por un momento antes de arrastrarlo como si pensase matarlo y luego darme un recibo.

—¿Arianne está aquí esta noche?

—¿Arianne?

—Arianne Tauber. Tauber como Richard Tauber, solo que no me gustaría tenerle a él sentado en mi regazo.

—Ahora mismo no está aquí.

—¿No está aquí como si ya no trabajase, o no está aquí como si se hubiese tomado unos minutos de descanso?

—¿Quién quiere saberlo?

—Solo dígale que Parsifal está aquí. Parsifal como en el Santo Grial. Y hablando de eso, estaré en el bar si aparece.

—Usted y todos los demás, supongo. Está el bar y luego está el bar, ¿lo capta? Si se aburre allí siempre puede probar el bar. Bar como en Jockey Bar.

—Veo que después de todo me estaba escuchando.

Entré en el bar. El lugar necesitaba una mano de pintura y una moqueta nueva, pero no tanto como yo necesitaba una copa y unos tapones para los oídos. Me gusta la música cuando bebo. Incluso me gusta el jazz algunas veces, siempre y cuando recuerden dónde dejaron la melodía. La orquesta que estaba actuando en el Jockey era un trío, y si bien conocían todas las notas de Avalon no estaban puestas en ningún orden en particular. Me senté a una mesa y cogí la carta de bebidas. Los precios fueron como gas mostaza en mis ojos y cuando me rehíce, pedí una cerveza. La camarera volvió casi de inmediato con una bandeja en la que había una copa alta llena de oro, que era lo más cerca que había visto el Santo Grial desde la última vez que había comprado un sello de cuarenta céntimos. La probé y me encontré a mí mismo sonriendo como un idiota. Sabía a cerveza.

—Debo de estar muerto.

—Eso se puede arreglar —dijo una voz.

—¿Sí?

—Eche una mirada, Parsifal. Esta casa está llena de nazis importantes. Cualquiera de esos cuellos duros podría coger el teléfono y conseguirle un asiento en el expreso de los partisanos de mañana.

Me levanté y le ofrecí una silla.

—Estoy impresionado. Sabe usted lo del tren de los partisanos.

El tren de los partisanos era como los soldados alemanes llamaban al tren de transporte de tropas que viajaba entre Berlín y el Frente Oriental.

—Tengo un hermano en el ejército —explicó ella.

—Eso no es lo que se dice un club exclusivo. Ya no.

—Tampoco lo es este lugar. Supongo que debe de ser por eso que lo han dejado entrar. —Arianne Tauber sonrió y tomó asiento—. Pero puede pagarme una copa si quiere.

—¿A estos precios? Sería más barato comprarle un Mercedes Benz.

—¿De qué serviría? No puede conseguir gasolina. Por lo tanto, un trago no estaría mal.

Llamé a la camarera y dejé que Arianne pidiese una cerveza.

—¿Le queda alguno de esos cigarrillos americanos?

—No —mentí.

Pagarle una cerveza ya era lo bastante extravagante; no quería perder el juicio y darle también un cigarrillo.

La muchacha se encogió de hombros.

—No pasa nada. Tengo unos cuantos Luckies.

Arianne fue a buscar su bolso, y eso me dio tiempo para echarle otra mirada. Llevaba un sencillo vestido azul marino de manga corta. En la cintura lucía un cinturón de cuero rojo con unas lentejuelas negras o trocitos azules dispuestos como las joyas de una corona. En el hombro llevaba un interesante broche de bronce de la diosa hindú Kali. Su bolso rojo era redondo, con una correa larga. Se parecía un poco a una cantimplora, y de él sacó una pitillera de plata con tres trocitos de turquesa incrustados, grandes como huevos de codorniz. A un lado había un compartimento a juego para el mechero pero contenía un rollo de billetes, y por un momento la imaginé encendiendo el cigarrillo con un billete de cinco marcos. Una manera de desperdiciar el dinero menos cara que invitar a una muchacha a una copa en el Jockey Bar.

Cuando abrió la pitillera saqué uno y lo hice rodar entre mis dedos por un momento, y luego lo pasé por debajo de mi nariz para recordarme a mí mismo que era mejor tener a América como amiga que como enemiga antes de meterlo entre mis labios y agachar la cabeza hasta una cerilla que ella sostenía en su mano perfumada.

—Shalimar de Guerlain —dije y di una calada al cigarrillo antes de añadir—: Lo llevaba la última vez que la vi.

—Regalo de un admirador. Al parecer todos los Fritz que vuelven de permiso desde París les traen perfumes a las chicas. Es la única cosa que no escasea aquí en Berlín. Juro que podría abrir una tienda con la cantidad de perfumes que me han regalado desde que comenzó la guerra. Hombres. ¿Por qué no traen algo útil como cordones de zapatos o papel higiénico? —Sacudió la cabeza—. Aceite. ¿Alguna vez ha intentado comprar aceite? Olvídelo.

—Quizá creen que olerá mejor si usa perfume.

Ella sonrió.

—Debe de creer que soy una desagradecida.

—La próxima vez que vaya a París compraré unos cuantos clips y la pondré a prueba.

—No, de verdad. La otra noche no tuve la oportunidad de darle las gracias debidamente, Parsifal.

—Olvídelo. No estaba en estado de ofrecerme un cóctel. —Le sujeté la barbilla y volví su cara hacia mí—. El ojo se ve bien. Quizás está un poco azulado en los bordes. Claro que yo siempre me vuelvo loco por los ojos azules.

Por un momento pareció tímida. Luego se endureció de nuevo.

—No quiero que sea amable conmigo.

—No pasa nada. No le he traído perfume.

—No hasta haberme disculpado. Por no ser sincera.

—Es un hábito nacional.

Bebió un sorbo de cerveza y luego le dio una calada al cigarrillo. La mano le temblaba un poco.

—De verdad. No hay nada de que disculparse.

—De todas maneras, querría explicarle algo.

Me encogí de hombros.

—Si insiste. Tómese su tiempo. No hay nadie que me espere en casa.

Ella asintió y luego esbozó otra sonrisa. Ahora de chica avergonzada.

—En primer lugar quiero que sepa que no soy una chica de vida alegre. Algunas veces, cuando estoy aquí, dejo que un hombre me pague una copa o me haga un regalo. Como estos cigarrillos. Pero es a lo máximo que llego; bueno, somos humanos, ¿no?

—Desde luego era algo que solía creer.

—Es la verdad, Parsifal. En cualquier caso, ser la encargada del guardarropa en un lugar como este es un buen trabajo. Los americanos, incluso unos cuantos alemanes, dan buenas propinas. No hay mucho en que gastarlo pero me dije que siempre es bueno guardar algo para los malos tiempos. Tengo la desagradable sensación de que hay muchos todavía por venir. Me refiero a peores que ahora. Eso dice mi hermano. Dice...

Decidió que era mejor no contarme lo que hubiese dicho su hermano. Muchos berlineses se olvidan. Comienzan a hablar y luego recuerdan una cosita llamada Gestapo y se detienen en mitad de la frase y miran a la distancia durante un minuto y luego sueltan algo como lo que ella dijo después.

—Olvídelo. Lo que decía. No era nada importante.

—Claro.

—Lo que quiero decir es que no estoy a la venta, Parsifal.

—Lo comprendo —dije, sin importarme si se vendía o no. Pero estaba interesado en oírla, aunque todavía me preguntaba por qué ella se sentía obligada a explicarse.

—Eso espero. —Se quitó un trocito de tabaco de la lengua y sus dedos se mancharon de rojo carmín—. De acuerdo. Esto es lo que ocurrió aquella noche. De cabo a rabo, todo, porque necesito decírselo a alguien y tengo la sensación de que usted podría estar interesado. Dígame que no y me callaré. Pero ha tenido el interés suficiente como para venir hasta aquí abajo a buscarme, ¿no?

Asentí.

—Es más, la historia comienza aquí. Fue durante un descanso. Magda es la chica que ha conocido en el guardarropa. Ella estaba detrás del mostrador y yo en el bar. Cuando tenemos la pausa se supone que debemos venir aquí y tomar una copa con los clientes. Como estamos haciendo ahora usted y yo.

Ella intentó otra sonrisa. Ahora parecía irónica.

—Vaya descanso. Con toda franqueza, no se descansa lo más mínimo. Los tipos aquí son generosos con las copas y los cigarrillos, y por lo general me alegra volver al guardarropa para relajarme y aclararme la cabeza. —Se encogió de hombros—. Nunca fui bebedora, pero esa clase de excusa aquí no funciona.

—Me lo imagino.

Miré alrededor e intenté no hacer una mueca. Hay algo obsceno en un club nocturno en tiempos de guerra. Todas estas personas divirtiéndose mientras nuestros muchachos están luchando contra los Popovs, o en una misión sobrevolando Inglaterra. De alguna manera no parecía muy correcto tener una foto de Leslie Howard, la estrella de cine británica, en la pared del Jockey Bar. Durante un tiempo, después del estallido de la guerra, los nazis habían tenido la sensibilidad suficiente para prohibir el baile público, pero después de nuestras primeras victorias aquella prohibición había sido levantada y ahora las cosas le iban tan maravillosamente bien al ejército alemán que se creía que no había nada malo en que los hombres y las mujeres se soltasen un poco el pelo y se metiesen en una pista de baile. Pero a mí aquello no me interesaba. Me gustaba todavía menos cuando pensaba en las hermanas Fridmann en el piso debajo del mío.

—Algunas veces cuando vuelvo a casa apenas si puedo caminar debido a tanta bebida.

—Veo que voy a tener que volver aquí de nuevo. Este debe de ser el único bar en Berlín donde la cerveza todavía sabe a cerveza.

—Pero vaya precios. En cualquier caso, iba a hablarle de un tipo llamado Gustav y de cómo la otra noche fui a parar a Nollendorfplatz en medio de la oscuridad.

—¿Dónde estaba?

—Venga, Parsifal, preste atención. Hace unas pocas noches cuando estaba aquí comencé a hablar con ese tipo. Dijo que se llamaba Gustav, pero tengo mis dudas al respecto. También que era funcionario en Wilhelmstrasse. Y supongo que eso parecía. Un tipo con mucha labia. Un acento pijo. Un pájaro de oro en la solapa. Pañuelo de seda y polainas. Oh, sí, y también tenía aquella pequeña boquilla de oro que sacaba de una cajita de terciopelo cada vez que quería fumar. Solo mirarlo ya era algo fascinante, de una manera un tanto molesta. Le pregunté si hacía eso también por las mañanas, me refiero a si utilizaba la boquilla de oro, y contestó que sí. ¿Se lo puede imaginar?

—Lo intentaré. —Negué con la cabeza—. No, no puedo. Es un gran fanfarrón.

—Y además guapo. —Arianne sonrió—. Y rico. Llevaba un reloj de pulsera y otro de bolsillo y ambos eran de oro, como los gemelos y la traba de la camisa y el alfiler de corbata.

—Muy observadora por su parte.

Ella se encogió de hombros.

—¿Qué le puedo decir? Me gustan los hombres que usan oro. Me motiva. Es como un trapo rojo para un toro. Pero no es el movimiento. Es el color. Y por supuesto el valor. Los hombres que llevan muchas cosas de oro son más generosos, supongo.

—¿Lo era?

—¿Gustav? Claro. Me dio una propina solo por encenderle el cigarrillo. Y otra por sentarme con él. Al final de la noche me preguntó si podíamos encontrarnos a la noche siguiente en el café Romanisches.

—Apenas a unos pasos de Wittenberg Platz.

—Sí. A las ocho. En cualquier caso llegó tarde y por unos momentos creí que no vendría. Eran casi las ocho y veinticinco cuando se presentó. Sudaba y estaba nervioso. No se parecía en nada al tipo suave como una seda que había estado aquí la noche anterior. Hablamos durante un rato pero no me escuchaba. Cuando le pregunté por qué parecía tan inquieto, fue al grano. Me había pedido que viniese al café porque tenía un trabajo para mí. Un trabajo fácil, añadió, pero me iba a pagar cien marcos. Cien. En ese momento yo negué con la cabeza y le dije que ya no me dedicaba a hacer la carrera, pero no, me aclaró, no era nada por el estilo, ¿y por quién lo tomaba? Lo único que debía hacer era ir a la estación del metro en Nolli a las nueve y cuarto y darle un sobre a un hombre que estaría entonando una canción.

—Eso es bonito. ¿Cuál era la tonada?

—No digas adiós, solo di adieu.

—Zarah Leander. Me gusta.

—Incluso la tarareó para mí para asegurarse de que la reconocería. Tenía que pedirle fuego al hombre y después debía preguntarle su nombre. Si respondía que se llamaba Paul, debía darle el sobre y alejarme. Intuía que había algo extraño en todo eso, y por lo tanto le pregunté por el contenido del sobre y él dijo que era mejor que no lo supiese, lo que por supuesto no me hizo sentir mejor al respecto. Pero entonces puso cinco figuras de Alberto Durero sobre la mesa y me aseguró que serían los cien marcos más fáciles que habría ganado. Sobre todo durante la oscuridad total. Sea como fuere, acepté. Cien marcos son cien marcos.

—Humm.

—Así que viajé en el tren hasta una parada al este de Nolli y esperé dentro de la estación tal como me había dicho Gustav que hiciera. Había llegado temprano. Estaba asustada, pero los cinco Albertos me producían una agradable sensación en la media. Tuve tiempo para pensar. Quizá demasiado tiempo porque me volví codiciosa. Es un mal hábito que tengo.

—Usted y todos los demás.

—Continué pensando que si había recibido cien de Gustav por presentarme con el sobre, entonces podría ganar otros diez o veinte de Paul por dárselo. Cuando él por fin apareció, se lo sugerí. Pero a Paul no le gustó la idea y comenzó a ponerse duro conmigo. Buscó el sobre en los bolsillos de mi abrigo. En mi bolso. Incluso en mi ropa interior. Cogió mis cien marcos. Entonces apareció usted, Parsifal. Ya lo ve: no intentaba violarme. Buscaba el maldito sobre.

—¿Dónde estaba el sobre?

—No lo tenía conmigo cuando intenté liarle. Hubiese sido una tontería. Lo había escondido entre unos arbustos cerca de la parada de taxis.

—Muy astuta.

—Yo también lo creía. Hasta el momento en que me dio un puñetazo.

—¿Dónde está ahora?

—¿El sobre? Cuando volví a buscarlo el día siguiente, había desaparecido.

—Vaya.

Ella se encogió de hombros.

—Ahora en realidad no sé qué hacer. Me da miedo ir a la poli y contarlo. Como es natural estoy preocupada por el contenido de aquel sobre. Me preocupa que me haya metido en algo peligroso. —Cerró los ojos—. Parecía tan fácil cuando estábamos en el café Romanisches. Entregarlo durante el apagón y marcharme. ¡Si me hubiera limitado a eso!

—El tal Gustav. ¿Lo ha vuelto a ver por aquí desde entonces?

—No.

—¿Alguien más le conoce?

—No. Resultó que Magda creía que su nombre era Josef, eso es todo lo que recuerda. ¿Estoy metida en un lío, Parsifal?

—Podría ser. Si fuera a la policía y lo contase, sí, yo creo que estaría metida en un buen lío.

—Por lo tanto, no cree que deba contarlo.

—Con una historia como esa, Arianne, la policía, la policía de verdad, es el menor de sus problemas. Tiene que pensar en la Gestapo.

Ella exhaló un suspiro.

—Yo pensaba lo mismo.

—¿Le ha contado la historia a alguien más?

—Dios, no.

—Entonces no lo haga. Sencillamente nunca ha ocurrido. Nunca se ha encontrado con nadie llamado Gustav o Josef en ese lugar. Y nadie le ha pedido que actuase de intermediaria entre ellos en la estación de Nollendorfplatz.

—¿De intermediaria?

—Es como se llama cuando alguien quiere darle algo a otro sin llegar a encontrarse con él. Pero eso también está bien, porque en realidad no hubo nada. Ningún sobre. Y usted ni siquiera tiene los cien marcos, ¿es así?

Ella asintió.

Bebí un sorbo de cerveza y me pregunté cómo la bebida y el cigarrillo podían tener tan buen sabor y cuánto de verdad había en lo que Arianne Tauber me había contado. Era posible que Franz Koci le hubiese cogido los cien marcos de la ropa interior, aunque solo llevaba la mitad cuando los polis lo encontraron en el parque Kleist. Por supuesto, ellos podrían haberse quedado con la mitad. También cabía la posibilidad de que algún tipo de Asuntos Exteriores que tuviese un sobre para un agente de los Tres Reyes se hubiese asustado del encuentro y subcontratase el trabajo a una chica necesitada de dinero del Jockey Bar. Cosas más curiosas se han visto.

—Tengo una pregunta para usted, preciosa. ¿Por qué me cuenta todo esto?

—Por si acaso no lo sabe, Parsifal no es un nombre muy común por aquí. —Se mordió la uña del pulgar—. A pesar de lo que le he explicado sobre los perfumes, no soy la chica más popular de la ciudad. Hay un montón de personas a las cuales no les caigo muy bien.

—Por lo visto tenemos mucho en común, preciosa.

Ella lo dejó correr. Estaba demasiado ocupada hablando de sí misma. Eso también estaba bien. Ella me parecía un tema mucho más interesante que yo.

—Claro que soy atractiva. Lo sé. Hay muchos hombres que quieren que les dé eso que los hombres suelen buscar en las mujeres, pero, más allá de un cigarrillo, una copa y una propina, y quizás algún regalo, no quiero nada de nadie. Eso debería saberlo. Quizá ya lo haya deducido. Parece lo bastante listo. Pero lo que intento decir es que no tengo muchos amigos y desde luego ninguno que posea lo que usted llamaría sabiduría y madurez. A Otto, Otto Schulze, el tipo que dirige este lugar, no se lo puedo decir. No le puedo decir nada. Se lo diría a la Gestapo. Le gusta estar a buenas con la Gestapo. Estoy casi segura de que les paga con información, lo mismo que Magda. Usted ya conoció a Frau Lippert. Por lo tanto, no queda nadie más. Mi madre es anciana y vive en Dresde. Mi hermano está en el servicio activo. Con toda franqueza, él no sabría qué decir o hacer. Es mi hermano menor y acude a mí cuando necesita consejo. Pero usted, Parsifal, me parece un tipo que siempre sabe qué decir o hacer. En consecuencia, si está interesado, tiene trabajo a tiempo parcial como mi consejero especial. No pago mucho pero quizá pueda pensar en mí como alguien que está en deuda con usted.

—De pronto siento cada uno de mis cuarenta y tres años.

—No es usted tan viejo. No en estos días. Mire a su alrededor, Parsifal. ¿Dónde están los jóvenes? No hay ninguno. No en Berlín. No recuerdo la última vez que hablé con alguien que tuviera menos de treinta. Cualquiera de mi edad está en el servicio activo o en un campo de concentración. La juventud ya no se desperdicia en los jóvenes porque se desperdicia en la guerra. —Hizo una mueca—. Olvide lo que acabo de decir. No tendría que haberlo dicho. Están luchando por su país, ¿no?

—Están luchando por el país de otro —dije—. Ese es el problema.

Durante un instante, Arianne pareció astuta, como si me hubiese aventajado en una partida de cartas.

—No es recomendable poner la cabeza debajo del hacha, Parsifal. Podría meterse en problemas.

—No me importan los problemas, cuando se parecen a usted, preciosa.

—Es lo que dice ahora. Pero no me ha visto arrojando platos.

—Es de sangre caliente, ¿eh?

—Como si el punto de ebullición estuviese en la luna.

—Y lista, además. No estoy muy seguro de estar cualificado para ser su consejero privado, Fräulein Tauber. No distingo entre el punto de ebullición en la luna y mi número de zapato.

Ella miró mis pies.

—Diría que es un cuarenta y seis, ¿no?

—Ajá.

—Entonces, para muchos líquidos con grandes presiones de vapor, el punto de ebullición y su número de zapato probablemente son el mismo.

—Si es verdad, estoy impresionado.

—Antes de la guerra estudiaba química.

—¿Por qué lo dejó?

—Falta de dinero. Falta de oportunidades. A los nazis les gustan las mujeres educadas casi tan poco como los judíos educados. Prefieren que nos quedemos en casa puliendo los fogones y ocupándonos de la cocina.

—Yo no.

Ella tiró de mi muñeca y miró la hora en mi reloj.

—Tengo que volver al guardarropa dentro de un minuto.

—Podría esperarla, pero quizá tenga que llamar por teléfono al Banco Central para pedir un préstamo.

—Podría valer la pena, Parsifal. Acabo a las dos. Podría acompañarme a casa si quiere. Mejor aún, llevarme en coche si es que tiene uno.

—Tengo un coche. Lo que no tengo es gasolina. Y con mucho gusto la acompañaré a casa. Pero no creo que Frau Lippert lo apruebe, ¿no?

—Dije que podría acompañarme a casa, no subir las escaleras. Pero si alguna vez quiere subir conmigo las escaleras, no es asunto de ella. Frau Lippert también lo sabe. La otra noche solo hablaba por hablar. De no haber recibido aquel puñetazo en la mandíbula podría haberle dicho que se callase y se ocupase de sus asuntos, y ella lo hubiese aceptado. Hasta cierto punto. No hay nada en nuestro acuerdo que diga que no puedo recibir a caballeros amigos en mi habitación para un poco de charla. Es difícil mantener una conversación en un lugar como este. Hay que hablar muy alto. Soy un poco sorda.

—Y me lo dice ahora.

—Es porque el año pasado estaba cerca de Kottbusser Strasse cuando estalló un Tommy dócil.

«Tommy dócil» era como los berlineses llamaban a las bombas inglesas que no habían estallado al impactar.

—Me lanzó por los aires. Por fortuna aterricé sobre unos arbustos que mitigaron la caída. Pero, durante unos momentos gloriosos, creí que estaba muerta.

—¿Por qué gloriosos?

—¿Nunca ha querido estar muerto? Yo sí. Algunas veces la vida es demasiado complicada. ¿No le parece?

Asentí.

—Sí, también me ha ocurrido. En realidad, no hace mucho. Me voy a la cama deseando volarme los sesos y me despierto preguntándome por qué no lo habré hecho. Supongo que por eso estoy aquí. Usted es una alternativa mucho mejor que la idea de inmolarme.

—Me alegro de que así sea, Parsifal. Eh, ni siquiera sé su nombre. Debería saber algo sobre usted si voy a permitir que me acompañe a casa, ¿no le parece?

—Mi nombre es Bernhard Gunther.

Ella asintió y cerró los ojos como si intentase visualizar mi nombre en su mente.

—Bernhard Gunther. Sí.

—¿Eso qué significa?

—Chist. Estoy tratando de conectar con él. Soy un poco psíquica.

—Mientras está en ello, intente visualizar dónde dejé mi cartilla de ahorros. Hay quinientos marcos que me vendrían muy bien.

Ella abrió los ojos.

—Bernhard Gunther es un buen nombre. Fiable. Honesto. Y también rico. Podría hacer muchas cosas con quinientos marcos. Esto pinta muy bien. Dígame, ¿qué clase de trabajo hace Bernie Gunther? —Unió las manos como en una súplica—. No, espere. Deje que adivine.

—Será mejor que se lo diga yo mismo.

—¿No cree que pueda adivinarlo? Estoy segura de que estuvo en el ejército. Pero ahora posiblemente ya no. Demasiado prolongado para ser un permiso. Por lo tanto quizá lo han herido. Aunque no tiene aspecto de un hombre herido. Claro que también pudieron herirle en la cabeza. Podría ser ese el motivo de las tendencias suicidas. Muchos chicos las tienen en estos días. Muchos. Solo que no publican esa clase de cosas en los periódicos, porque es malo para la moral. Frau Lippert tenía otro inquilino que era cabo en un batallón de policía y se ahorcó en el puente del canal de Moabit. Era un buen chico. Podría aventurarme a decir que es usted funcionario, aunque es un poco demasiado musculoso. Y el traje; bueno, ningún funcionario vestiría nunca un traje así.

—Arianne. Escúcheme.

—Usted no es nada divertido, Gunther.

—No quiero que se haga una idea falsa de por qué estoy aquí.

—¿Eso qué significa?

—Significa que soy policía. De la jefatura de Alexanderplatz.

La sonrisa se secó en su rostro como si le hubiese vertido veneno en los oídos. Permaneció allí por un momento, atónita, inmóvil, como si el médico le hubiese anunciado que le quedaban seis meses de vida.

Estaba habituado a esa reacción y no la culpé por ello. No había nadie en Berlín que no tuviese un miedo profundo a la policía, incluida la propia policía, porque cuando decías policía todo el mundo pensaba en la Gestapo y cuando comenzabas a pensar en la Gestapo, era muy difícil pensar en nada más.

—Podría haberlo mencionado antes —dijo ella, nerviosa—. ¿O es así como funciona? Deja que alguien hable hasta meterse en líos. Les dan cuerda suficiente hasta que se ahorcan a sí mismos, como mi amigo.

—Se equivoca. Soy detective. No de la Gestapo.

—¿Cuál es la diferencia?

—La diferencia es que odio a los nazis. La diferencia es que no me importa si dice que Hitler es el hijo de Belcebú. La diferencia es que si yo fuese de la Gestapo usted ya estaría en una furgoneta camino del número ocho.

—¿El número ocho? ¿Qué es eso?

—Usted no es de Berlín, ¿verdad? No de origen.

Ella sacudió la cabeza.

—El número ocho de Prinz Albrechtstrasse. El Cuartel General de la Gestapo.

Yo no estaba exagerando. En lo más mínimo. Si Sachse y Wandel hubiesen escuchado la mitad de su historia, Arianne Tauber estaría ahora sentada en una silla con la falda alzada y un cigarrillo encendido en las bragas. Sabía cómo interrogaban aquellos cabrones a las personas y no estaba dispuesto a condenarla a ella a eso. No sin estar bien seguro de que era culpable. Tal como estaban las cosas, me había creído por lo menos la mitad de su historia, y eso ya era suficiente para impedir que la entregase a la Gestapo. Me dije que quizás era prostituta. Una ocasional. Para llegar a fin de mes, como hacían muchas mujeres solteras. No podía culparlas por ello. Era muy difícil ganarse la vida en Berlín. Pero no creía que fuese una espía de los checos. Ningún espía hubiese ofrecido tanta información a un hombre al que apenas conocía en un club nocturno.

—¿Qué pasará ahora? ¿Va a detenerme?

—¿No le he dicho ya que se olvidase de todo lo sucedido? Ya se lo he dicho. Nunca ha habido ningún sobre. Ningún Gustav.

Ella asintió en silencio, pero vi que aún tenía dificultades para comprender lo que le decía.

—Escúcheme, Arianne, siempre que siga mi consejo, estará a salvo. Bueno, casi. Solo hay tres personas que podrían relacionarla con lo que ocurrió. Uno de ellos es ese tipo, Gustav. Otro es Paul. El tipo que la atacó. Pero él está muerto.

—¿Qué? Eso no me lo había dicho. ¿Cómo ha pasado?

—Su cuerpo apareció en el parque Kleist un día o dos después de que el taxi lo atropellase en Nolli. Supongo que se arrastró hasta allí durante el apagón y murió. La tercera persona que está al corriente de esto soy yo. Y yo no se lo voy a decir a nadie.

—Ya, lo pillo. Supongo que querrá acostarse conmigo. Antes de entregarme a sus amigos de la Gestapo quiere echar un polvo conmigo. ¿Es eso?

—No. Las cosas no son así.

—¿Y entonces cómo son? No me diga que es porque cree que soy especial, Parsifal. Porque no le creeré.

—Voy a decirle por qué, preciosa. Pero no aquí. Ahora no. Hasta que haya pensado bien en todo lo que le he dicho y luego se pregunte a sí misma por qué se lo he dicho. Estaré esperándola afuera a las dos. Todavía puedo acompañarla a casa si quiere. O puede irse a sola y le doy mi palabra de que no la despertarán a las cinco unos hombres con abrigo de cuero. No me volverá a ver nunca más. ¿De acuerdo?

6

Volví al Alex durante un rato, me senté a mi mesa y me pregunté si habría alguna manera de encontrar a Gustav sin involucrar a Arianne Tauber. Ella y solo ella podía identificarlo, y, solo por esa razón, parecía poco probable que él volviese alguna vez al Jockey Bar y se arriesgase a verla de nuevo. Sobre todo si era lo que parecía: casi sin ninguna duda un espía. Lo más probable era que se hubiese acobardado ante la idea de ir a reunirse con su contacto checo en Nolli. Tal vez creía que la Gestapo iba tras sus pasos, pero si ellos lo hubiesen estado siguiendo, la habrían detenido a ella cuando se encontró con Gustav en el café Romanisches, de eso no cabía duda. Si él estaba bajo vigilancia, la Gestapo nunca se hubiese arriesgado a permitirle que le pasase información. Parecía más probable la hipótesis de que Gustav se hubiese acobardado. En cuyo caso, ¿quién mejor que una chica de vida alegre para entregarle algo a su contacto checo? La mayoría de las prostitutas que conocía eran valientes, llenas de recursos y, por encima de todo, codiciosas. Por cien marcos no había una sola prostituta en Berlín que no hubiese aceptado lo que Gustav le había pedido. Entregar un sobre en plena oscuridad era muchísimo más fácil, rápido y, por supuesto, mucho más seguro que chuparle la polla a alguien.

—¿Trabajando fuera de horas?

Era Lehnhoff.

—Victor Keil, también conocido como Franz Koci —respondí.

—El caso del parque. Sí. ¿Qué pasa con él?

—El hada uniformada que lo encontró entre los arbustos. El sargento Otto Macher. ¿Lo conoces bien?

—Bastante bien.

—¿Crees que es honesto?

—¿Eso qué significa?

—Es una pregunta clara, Gottfried. ¿Es honesto?

—Hasta donde se puede ser en estos días sí.

—En mi libro eso significa llegar hasta el altar.

—Estamos en guerra. Así que quizá no llega tan lejos.

—Mira, Gottfried. Ambos estamos en el grupo de edad del retrete. Desde luego no quiero crearos ningún problema ni a ti ni al sargento Macher. Pero necesito saber si el muerto llevaba encima más de los cincuenta marcos que le encontramos.

Todos los retretes en el Alex tenían tres números en la puerta, de los cuales dos eran siempre 00 y «grupo de edad del retrete» solía indicar a cualquiera nacido antes de 1900 y por lo tanto por encima de los cuarenta años.

—Si me dices que tienes la próstata jodida te creo —señaló Lehnhoff—. Pero por lo que he oído por ahí tú no estás aquí precisamente esperando cumplir la edad para jubilarte, sino porque tienes enchufe.

Se refería a que yo tenía vínculos con altos cargos nazis que me mantendrían mejor alimentado que a otros hombres.

—Con Heydrich —añadió.

—¿Quién te lo ha dicho?

—¿Acaso importa? En los urinarios de caballeros siempre hay salpicaduras.

—El reloj del checo había desaparecido. No estaba en su apartamento cuando lo revisamos, y no había ningún resguardo de empeño. Pero eso en realidad no me importa en absoluto. Creo que llevaba al menos cinco Albertos consigo cuando lo encontraron en el parque. Pero solo había cincuenta en el momento en que lo conocí. Necesito saber si estoy en lo cierto. No tienes que decir nada. Solo asiente o sacude la cabeza y no diremos nada más al respecto.

La cabeza de Lehnhoff permaneció inmóvil. Luego sonrió.

—No te puedo ayudar. No lo sé. Y aunque lo supiese, ¿qué te hace pensar que te lo diría?

Me levanté y di la vuelta a la mesa.

—No me gusta amenazar a otros hombres con mi enchufe. Prefiero que las personas me presten atención por mi autoridad natural. Por ser un comisario y todo eso.

—Eso tampoco funcionará. Señor.

Lehnhoff sonreía cuando dejó mi oficina.

Cogí mi abrigo y lo seguí al rellano. El aire frío subía por el enorme hueco de la escalera. En la planta baja sonaban voces airadas, pero era algo normal en el Alex. Incluso en el mejor de los tiempos, el lugar era como un zoológico lleno de toda clase de animales salvajes y ruidosos. Pero en el tercer piso las cosas eran mucho más tranquilas. Las cortinas estaban echadas para no dejar pasar la luz y la mayoría de las luces estaban apagadas. Al otro extremo del rellano había una fregona abandonada. Se parecía mucho a mí. Luego las voces airadas de la planta baja se hicieron un poco más urgentes y se oyó un grito de dolor. Alguien estaba haciendo horas extraordinarias y eso me dio una idea.

—Eh, Gottfried —dije, cuando lo alcancé—. ¿Sabes lo que solían decir de este lugar?

Lehnhoff se detuvo al borde de las escaleras y me miró con un claro desprecio.

—¿Qué decían?

—Ten cuidado con las escaleras.

Le golpeé en el estómago lo bastante fuerte para que se doblase por la mitad y lo coloqué sobre la baranda para que pudiese vaciar su tripa gorda en el hueco. Con un poco de suerte algún nazi resbalaría en el vómito de Lehnhoff y se partiría el cuello. Lo sujeté por el gaznate y lo empujé hacia abajo para que sus pies resbalasen en el suelo encerado. Luego le descargué un golpe sobre los riñones. Gritó por el dolor, pero no importaba porque en el Alex nadie prestaba mucha atención a esos sonidos. Era otro de los ruidos de fondo, como el sonido de una máquina de escribir o de un teléfono sonando en una habitación vacía. Podría haber golpeado a Lehnhoff toda la noche hasta que me suplicase de rodillas y, a oídos de los demás, hubiese sido una noche cualquiera en la jefatura.

—Ahora —dije, inclinado cerca de la oreja grasienta de Lehnhoff—, ¿crees que obtendré una respuesta a mi pregunta o quieres caer hasta abajo? ¿Tres pisos de una tacada?

—Sí, sí, sí. Basta. Dios. Por favor. —Sus respuestas eran como un grito de ayuda—. Le quitamos cien marcos. Macher y yo. Sesenta para mí, cuarenta para él. Por favor.

—¿En billetes de veinte?

—Sí. Sí. En billetes de veinte. Sí. Levántame, por el amor de Dios.

Lo aparté de la barandilla y lo arrojé sobre el linóleo, donde permaneció acurrucado, tembloroso y sollozante como si su madre acabase de parirlo en el suelo del Alex. Jadeó:

—¿Qué diablos...?

—¿Eh? ¿Qué has dicho?

—De todas maneras, ¿qué demonios te importa a ti? No eran más que cien putos marcos.

—No es el dinero. No me importa una mierda. Pero no tengo ni tiempo ni ganas para esperar hasta que tú estés dispuesto a responder mis preguntas. ¿Sabes algo? Creo que me ha alterado mucho tener que trabajar en un entorno donde la violencia forma parte habitual de los interrogatorios.

—Me las pagarás por esto, Gunther. Presentaré una puta queja. Ya lo verás.

—Humm. Si yo fuese tú, no me daría mucha prisa en hacerlo. Recuerda que tengo enchufe, Gottfried. —Le retorcí el pelo y le golpeé la nuca contra la barandilla—. Puedo ver en la oscuridad. Y puedo oír cualquier cosa que digas desde cien kilómetros de distancia.

Los amantes del jazz reunidos delante del Jockey Bar habían dado por concluida la noche y varios Mercedes estaban aparcados con chóferes que esperaban impacientes para llevar a sus amos a la seguridad y comodidad de sus casas; o todo lo seguro que podías estar con la mayoría de los faros apagados. Se oían zumbidos en el cielo, pero no era la RAF. Notaba una brisa en el aire que traía algo de humedad, presagiando algo más pesado. Minutos más tarde comenzó a llover. Me desplacé hasta un portal precario y me abroché el abrigo hasta el cuello, pero no pasó mucho antes de que comenzase a llover hasta formar una cortina y maldije mi estupidez por no haber llevado conmigo el cepillo de uñas y un trozo de jabón que guardaba en el cajón del escritorio. No obstante, un paraguas sin duda hubiese sido mejor. De pronto, acompañar a una prostituta a casa, por más guapa que fuese, parecía una pésima idea sacada de una novela llena de ideas miserables escrita por algún desgraciado escritor francés. La clase de novela que acaba convertida en una película todavía más despreciable, una de esas en las que aparecen Charles Laughton y Fredric March. Al recordarme a mí mismo por qué estaba allí —ella era la única persona que había encontrado a Franz Koci, cuyo homicidio se suponía que yo debía investigar— me encasqueté el sombrero sobre las orejas y me guarecí todo cuanto pude en el portal.

Pasaron diez minutos. La mayoría de los coches se marcharon con sus pasajeros. Eran las dos y cuarto. Un kilómetro al oeste de donde yo estaba, el Führer, que según decían era algo así como un búho, se estaría poniendo el pijama, peinándose el bigote y cepillándose los dientes antes de sentarse a escribir su diario. Alrededor de las dos y veinte se abrió la puerta del Jockey Bar y, por un breve momento, un triángulo obtuso de luz débil cayó sobre la acera brillante; el tiempo suficiente para que viese a una mujer que llevaba un impermeable, un sombrero y un paraguas de hombre. Miró a un lado y a otro antes de consultar su reloj. Era Arianne Tauber.

Abandoné mi precario refugio y caminé deprisa para presentarme ante ella.

—Parece usted el pañuelo de una viuda —comentó Arianne.

—Solo ocurre cuando el aire se convierte en agua. Usted es química. Tendría que saberlo.

—Y usted tendría que saber que he cambiado de opinión respecto a que me acompañe a casa.

—Al parecer me he empapado en vano.

—Por eso he decidido acompañarle a usted a casa, señor policía. Con toda esa agua que cae de su sombrero, si movemos su cabeza de la manera adecuada es probable que llenemos un par de vasos. Por lo tanto, quizá sea una suerte que haya conseguido robar media botella de Johnny Walker con que acompañarla. Es la única razón por la que me he retrasado un poco. Tenía que esperar el momento correcto antes de asaltar el bar de Otto.

—Con una oferta así quizá le permita que me acompañe a casa y luego escaleras arriba.

—Me alegro, porque veo difícil que podamos quedarnos a beber en la calle.

Era un trayecto bastante largo desde Luther Strasse a Fasanenstrasse y tuvimos la suerte de que la lluvia disminuyese apenas iniciada la caminata; incluso así, nos vimos obligados a detenernos un par de veces y darle un lingotazo a la botella. Amundsen sin duda no hubiese aprobado que utilizásemos nuestros suministros tan pronto después de dejar el campamento base, pero él tenía perros de trineo y nosotros solo los zapatos empapados. Para el momento en que llegamos a mi apartamento, la media botella de Johnny Walker se había reducido a un tercio, por lo que nos quitamos la ropa y, como en tiempos de guerra estas cosas suelen ir un poco más rápido que antaño, nos fuimos sin más a la cama. Después de unos minutos de magia animal para recordarnos que habían existido tiempos más felices antes de que Dios se enfadase con las personas que habían robado el fruto de su árbol favorito, reanudamos nuestra conversación anterior con unas copitas en nuestras manos y, quizás, un poco menos de fachada. Es inútil intentar mantener oculta al mundo la verdadera naturaleza de tu persona cuando tus prendas mojadas están amontonadas en el suelo.

—Nunca me había acostado con un poli.

—¿Cómo es eso?

—Ahora sé por qué los polis tienen los pies grandes.

—Odio sentirme como un poli justo después...

—¿Vas a arrestarme?

—No, no.

—No me entregaré tan fácilmente.

—Ya me he fijado. No, Arianne, he estado pensando en tu trabajo en el Jockey Bar y preguntándome si deberías abandonarlo o no. Por si acaso Gustav aparece en tu busca.

—¿A qué conclusión has llegado, comisario?

—A que si la Gestapo lo ha arrestado y lo lleva de nuevo al bar para buscarte, entonces tendrías problemas serios.

—Es verdad. Pero aunque dejara el club, no tendrían problemas para encontrarme. Otto tiene todos mis datos. Mi número laboral, mi dirección, todo. No, si me marcho, también tendría que dejar mi habitación y pasar a la clandestinidad. Algo que es imposible. Hacer algo así requiere dinero y contactos.

—Es la misma conclusión a la que he llegado yo. Tal como lo veo, hay otras dos posibilidades. Una, que suponga que entregaste el sobre, como habíais acordado, y no vuelva. Él te dio el sobre para que se lo entregaras a Paul porque tenía miedo de hacerlo en persona; y eso podría significar que también está demasiado asustado para volver al club y preguntarte algo al respecto. La otra posibilidad es que vuelva, y si lo hace, entonces deberías encontrar una excusa para llamarme al Alex para que yo pudiera ir a detenerlo.

—Mientras a mí me dejas tranquilamente al margen, ¿correcto?

Asentí y bebí un poco más de whisky. Era el primer licor de verdad que había probado desde mi regreso de Ucrania. Por lo general no bebo whisky. Pero este era de los buenos, tan bueno como un ardiente néctar de los dioses recogido de una colmena de abejas inmortales. Mi propio aguijón había desaparecido, al menos por un momento. Pero después de esos pecados carnales, comenzaba a sentirme de nuevo divino.

—Dejándote a ti al margen de todo.

—Dijiste que a Paul lo encontraron muerto en el parque Kleist. Pero no me has dicho nada más.

—No, no lo he hecho.

—¿Cómo sabes que era él? Yo estuve tan cerca de él como estoy ahora de ti y no estoy segura de que pudiera reconocerle de nuevo.

—Seguro que era él. Sus heridas eran las de un hombre que ha sido atropellado por un coche. Es muy improbable que hubiese más accidentes de tráfico no denunciados en aquella zona durante la noche.

—Entonces, ¿quién era?

—¿De verdad quieres saberlo?

—No estoy segura. Quizá sí, quizá no. Quizá tendrías que decidirlo tú, Gunther.

Me pregunté a mí mismo cuánto debería explicarle, y lo que le dije fue sobre todo porque quería ver cómo reaccionaba. A pesar de habernos acostado juntos —o quizá por esa razón—, aún no estaba del todo satisfecho con la idea de que ella fuese tan inocente como quería hacerme creer. Pero incluso si resultaba ser más culpable de lo que yo había supuesto, no podía imaginarme a mí mismo entregándola a la Gestapo.

—El hombre con el que te debías encontrar en Nolli era en realidad un checo llamado Franz Koci que trabajaba para los Tres Reyes.

—¿Te refieres a aquellos terroristas que aparecieron en los periódicos a principios de año?

—Sí.

—Ahora sí que estoy asustada. —Cerró los ojos y se echó hacia atrás sobre la almohada, y luego se sentó bruscamente y me miró con los ojos muy abiertos—. Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Significa que Gustav debe de ser algo así como un espía. Para los checos.

—Yo diría que esa es una muy buena suposición.

—¿Qué voy a hacer?

—Podrías intentar recordar algo más sobre Gustav. Si eso no ocurre, podría atarte a una mesa y sacártelo a golpes. Como la Gestapo.

—¿De verdad que hacen eso? He oído historias.

—Todas son verdaderas.

—Después de todo, quizá sí que debería pasar a la clandestinidad. —Sacudió la cabeza y tembló—. Ya es grave que alguien te pegue para sonsacarte algo que sabes; pero que alguien te pegue cuando no tienes nada que decir... No lo podría soportar.

—Por eso quiero que me cuentes de nuevo todo lo relacionado con Gustav. Todo. Desde el principio. Todo lo que recuerdes y todo lo que puedas haber olvidado. Tu mejor posibilidad de desaparecer de la escena es pintar otra: la de él.

Hay una pequeña tarjeta roja de aviso con un agujero en el medio que el Ministerio de Propaganda quiere que coloques sobre el dial de tu radio. Dice: «¡Camaradas raciales! ¡Sois alemanes! Es vuestro deber no escuchar las emisoras extranjeras. ¡Aquellos que lo hagan serán castigados sin piedad!». Soy muy buen oyente. Algo muy importante para ser un buen detective es saber cuándo callarse y dejar que sea otro quien hable. A Arianne le gustaba hablar —era obvio— y mientras me contaba lo mismo sobre Gustav que había dicho antes, también me contó mucho sobre sí misma, lo que, por supuesto, era el objetivo principal del ejercicio.

Era de Dresde, donde había ido a la universidad. Su marido, Karl, también era estudiante de Dresde. Se había incorporado a la Marina alemana en el verano de 1938 y había muerto en un submarino en febrero de 1940. Dos meses más tarde, su padre, un viajante de comercio, había muerto durante un bombardeo mientras estaba de viaje de negocios en Hamburgo.

Como es natural lo comprobé todo más tarde. Tal como había dicho Arianne, el submarino de su marido, un U-33, había sido hundido por las cargas de profundidad de un dragaminas británico en el río Clyde, en Escocia. Veinticinco hombres, entre ellos Karl y el comandante del submarino, habían muerto. Su hermano menor, Albrecht, se había incorporado al ejército en 1939 pero ahora estaba con la policía militar. Su padre había trabajado para una empresa farmacéutica en Dresde y a menudo hacía negocios con E. H. Worlée, otra compañía química en Hamburgo. Poco después de la muerte de Herr Tauber, Arianne había venido a Berlín para trabajar para la BVG —la compañía de transportes de Berlín— como secretaria del director de la estación de Anhalter. Pero había renunciado a ese trabajo —un buen trabajo— porque, dijo, él era incapaz de quitarle las manos de encima.

Ese impulso lo podía entender perfectamente. Yo tampoco podía quitarle las manos de encima.

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30 июня 2025
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9788490560099
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