Читать книгу: «Laberinto griego»

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Título original inglés: Greeks Bearing Gifts.

Autor: Philip Kerr.

© Thynker Ltd, 2018.

© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2019.

REF.: OBFI256

ISBN: 978-84-9187-278-8

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Todos los derechos reservados.

ÍNDICE

Dedicatoria

Cita

Prólogo

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Nota del autor

Philip Kerr. Bernie Gunther

Philip Kerr. Scott Manson

ESTE LIBRO ES PARA CHRIS ANDERSON Y LISA PICKERING,

A LOS QUE ESTOY MUY AGRADECIDO.

Son los saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su devastación sistemática. [...] Si el enemigo es rico, se muestran codiciosos; si es pobre, ambiciosos. [...] A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz a sembrar la desolación.

TÁCITO, Diálogo sobre los oradores

PRÓLOGO

ENERO DE 1957

Esta parecería la peor historia jamás contada si no hubiera sucedido, toda ella, hasta el último detalle, exactamente como la he descrito.

Es lo que tiene la vida real: todo parece inverosímil hasta el momento en el que empieza a ocurrir. Mi experiencia como inspector de policía y los acontecimientos de mi propia historia personal confirman esta observación. Mi vida no ha tenido nada de probable. Pero tengo la firme sensación de que a todo el mundo le pasa lo mismo. La suma de las historias que nos convierten a todos en quienes somos solo parece exagerada o ficticia hasta que nos encontramos viviendo entre sus páginas manoseadas y manchadas.

Por supuesto, los griegos tienen una palabra para definir eso: «mitología». La mitología lo explica todo, desde los fenómenos naturales hasta lo que ocurre cuando mueres y vas allá abajo, o cuando cometes la imprudencia de robarle una caja de cerillas a Zeus. Da la casualidad de que los griegos tienen mucho que ver con esta historia en concreto. Quizá lo tienen con todas las historias, si te paras a pensarlo. Al fin y al cabo, fue un griego llamado Homero quien inventó la narrativa moderna, entre que perdió la vista y que lo más probable es que en realidad no existiera.

Como muchas historias, lo más seguro es que esta mejore de manera considerable con un par de copas de por medio. Así pues, adelante. Ponte cómodo. Tómate una a mi salud. Desde luego, a mí me gusta echar un trago, pero la verdad es que no soy un caso perdido. Ni mucho menos. Yo espero sinceramente que alguna noche salga a tomar algo y despierte amnésico en un buque rumbo a algún sitio del que no haya oído hablar.

Es el romántico que llevo dentro, supongo. Siempre me ha gustado viajar, incluso cuando era bastante feliz en casa. Podría decirse que sencillamente quería escapar. De las autoridades, sobre todo. Y todavía quiero, a decir verdad, cosa que rara vez se hace. No en Alemania. No en mi caso y en los de muchos otros como yo. Para nosotros el pasado es como el muro exterior del patio de una cárcel: lo más probable es que nunca logremos trasponerlo. Y no deberían dejarnos trasponerlo, claro, si se tiene en cuenta quiénes fuimos y todo lo que hicimos.

Pero ¿cómo explicar lo que ocurrió? Solía ver esa pregunta en las miradas de algunos huéspedes americanos del Grand Hôtel Cap Ferrat, del que hasta hace poco era conserje, cuando caían en la cuenta de que era alemán: «¿Cómo es posible que sus compatriotas asesinaran a tantos otros?». Bueno, así es la cosa: cuando paseas por una gran lonja de pescado, aprecias hasta qué punto resulta extraña y diversa la vida; cuesta imaginar que existan siquiera las siniestras criaturas fantásticas de aspecto escurridizo que ves sobre los expositores de mármol, y a veces, cuando contemplo a mis congéneres, tengo justo esa sensación.

Yo soy un poco como una ostra. Hace años —en enero de 1933, para ser exactos— se me metió en la concha un poco de arena y empezó a buscarme las cosquillas. Pero si hay una perla en mi interior, lo más seguro es que sea negra. A fuer de ser sincero, durante la guerra hice unas cuantas cosas de las que no me siento muy orgulloso que digamos. No hice nada fuera de lo normal. De eso va la guerra. Consigue que todos los que participamos en ella nos sintamos como criminales, como que hemos hecho algo malo. Aparte de los auténticos criminales, claro; aún no se ha inventado la manera de lograr que se sientan mal por nada. Con una excepción, quizá: el verdugo de Landsberg. Cuando se le da la oportunidad, es capaz de provocarle una crisis de conciencia prácticamente a cualquiera.

Oficialmente, dejamos todo eso atrás. Nuestra revolución nacionalsocialista y la devastadora guerra que provocó han terminado y la paz que hemos disfrutado desde entonces ha sido, gracias a los americanos por lo menos, cualquier cosa menos cartaginesa. Dejamos de ahorcar a gente hace mucho tiempo, y todos salvo cuatro de los cientos de criminales de guerra que fueron atrapados y encerrados de por vida en Landsberg han sido puestos en libertad. Estoy convencido de que esta nueva República Federal Alemana puede ser un país tremendo cuando hayamos terminado de apañarlo. Toda Alemania Occidental huele a recién pintado, y todos y cada uno de los edificios públicos se encuentran en un proceso de remodelación fundamental. Las águilas y las esvásticas desaparecieron hace tiempo, pero se están borrando hasta sus vestigios, como a León Trotski de una vieja fotografía del Partido Comunista. En la tristemente famosa Hofbräuhaus de Múnich —allí más que en cualquier otra parte, quizá— se había hecho todo lo posible por tapar con pintura las esvásticas en el techo abovedado de color crema, aunque aún se entreveía dónde habían estado. De no ser por eso —las huellas del fascismo—, sería fácil creer que los nazis no existieron nunca y que los trece años de vida bajo Adolf Hitler fueron una especie de horrenda pesadilla gótica.

Ojalá las marcas y señales del nazismo en el alma bivalva y emponzoñada de Bernie Gunther se hubieran podido borrar con la misma facilidad. Por estas y otras complicadas razones en las que no entraré ahora, hoy en día solo soy yo mismo de verdad cuando, por necesidad, estoy solo. El resto del tiempo, me veo obligado a ser otro.

Así pues. «Hola. Dios te dé la bienvenida», como decimos aquí en Baviera. Me llamo Christof Ganz.

1

Bramaba un viento feroz por las calles de Múnich cuando fui a trabajar esa noche. Era uno de esos vientos bávaros fríos y secos que soplan de los Alpes, cortantes como una navaja nueva, que hacen que desees vivir en algún sitio más cálido, o tener un abrigo mejor, o por lo menos un trabajo en el que no hubiera que fichar a las seis de la tarde. Había hecho turnos de noche más que suficientes cuando era poli en la Comisión de Homicidios de Berlín, por lo que tendría que haber estado acostumbrado a los dedos azulados y los pies fríos, por no hablar de la falta de sueño y el sueldo irrisorio. En noches así, un concurrido hospital de ciudad no es el mejor sitio para que uno se vea condenado a trabajar como portero de un tirón hasta el amanecer. Tendría que estar sentado junto al fuego en una cervecería acogedora con una jarra de cerveza blanca coronada de espuma delante, mientras su mujer espera en casa, la viva imagen de la fidelidad conyugal, tejiendo una mortaja y tramando endulzarle el café con algo un poco más letal que otra cucharadita de azúcar.

Por supuesto, cuando digo que era portero de noche, habría sido más preciso decir que era celador en el depósito de cadáveres, pero ser portero de noche suena mejor en una conversación educada. «Celador en el depósito de cadáveres» incomoda a muchos. A los vivos, sobre todo. Pero cuando has visto tantos cadáveres como yo, al final ni siquiera pestañeas ante la cercanía de la muerte. Puedes sobrellevar toda la que te echen después de cuatro años en el matadero de Flandes. Además, era un empleo y con lo escasos que van estos hoy en día no se le mira el dentado al caballo regalado, ni siquiera al jamelgo renqueante que los antiguos camaradas de Paderborn me habían comprado, sin verlo siquiera, ante las puertas de la fábrica de pegamento local; me aviaron el trabajo en el hospital después de haberme dado una identidad nueva y cincuenta marcos. Así pues, hasta que encontrara algo mejor, tenía que conformarme y mis clientes tenían que conformarse conmigo. Desde luego, ninguno se quejaba de que me anduviera con poco tacto.

Cualquiera diría que los muertos son capaces de cuidarse solos, pero, como es lógico, siempre hay alguien que muere en un hospital y, cuando ocurre, suelen necesitar un poco de ayuda para apañárselas. Por lo visto, los tiempos en los que se defenestraba a los pacientes han terminado. Mi trabajo consistía en ir a buscar los cadáveres a los pabellones y bajarlos al templo de la muerte y, una vez allí, lavarlos antes de sacarlos para que los recogieran los de la funeraria. En invierno no nos molestábamos en mantener los cadáveres en lugar frío ni echar espray contra las pulgas. No era necesario; el depósito de cadáveres estaba a pocos grados sobre cero. Buena parte del tiempo trabajaba solo y, después de un mes en el hospital de Schwabing, supongo que casi estaba acostumbrado: al frío, al olor y a la sensación de estar solo y no estar solo del todo, si sabes a qué me refiero. De vez en cuando, algún cadáver se movía por su cuenta —lo hacen en ocasiones; suele ser por los gases—, cosa que, lo reconozco, era un tanto desconcertante. Aunque quizá no sorprendente. Llevaba tanto tiempo solo que había empezado a hablar con la radio. Por lo menos, daba por sentado que las voces procedían de allí. En el país que dio a luz a Lutero, Nietzsche y Adolf Hitler, nunca se puede estar seguro del todo de esas cosas.

Esa noche en particular tuve que subir a la sala de urgencias y recoger un cadáver que le habría dado que pensar a Dante. Una bomba sin detonar —se calcula que hay decenas de miles enterradas por todo Múnich, lo que a menudo hace que el trabajo de reconstrucción sea peligroso— había estallado en la cercana zona de Moosach; había matado al menos a una persona y herido a varias más en una cervecería local que se había llevado la peor parte de la explosión. La oí detonar justo antes de empezar mi turno. Sonó como una ovación cerrada en el reino de Asgard. Si el vidrio de la ventana de mi cuarto no hubiera estado asegurado con cinta adhesiva para que no entrara corriente, sin duda se habría hecho añicos. Así que no hubo mayores consecuencias. ¿Qué importancia tiene un alemán más muerto por efecto de la bomba de una fortaleza volante norteamericana después de tantos años?

Parecía como si le hubieran dado al tipo un asiento de primera fila en algún círculo reservado del infierno donde lo hubiera machacado un minotauro muy pero que muy furioso antes de que lo hicieran pedazos. Sus tiempos de bailoteo habían terminado, teniendo en cuenta que las piernas se le acababan en las rodillas y que además sufría graves quemaduras; emanaba del cadáver un olorcillo como a barbacoa que era más aterrador incluso porque de algún modo leve e inexplicable resultaba apetecible. Solo los zapatos estaban intactos; todo lo demás —la ropa, la piel, el pelo— daba pena verlo. Lo lavé con cuidado —el torso era una piñata de astillas de vidrio y metal— e hice todo lo posible por adecentarlo un poquito. Metí los lustrosos Salamander en una caja de zapatos, por si algún familiar del fallecido acudía a identificar al pobre diablo. Se puede deducir mucho de un par de zapatos; pero no habría sido una tarea más desesperada aunque hubiera pasado los últimos doce días siendo arrastrado por el polvo atado al carro preferido de alguien. La mayor parte de su cara se asemejaba a medio kilo de carne de perro recién troceada, y la muerte súbita parecía haberle hecho un favor al tipo, aunque yo no hubiera reconocido nunca tal cosa. La eutanasia sigue siendo un tema delicado en la larga lista de temas delicados de la Alemania actual.

No es de extrañar que haya tantos espectros en esta ciudad. Hay quienes se pasan la vida entera sin ver un solo fantasma; yo los veo constantemente. Fantasmas que, además, reconozco en cierto modo. Doce años después de la guerra era como vivir en el castillo de Frankenstein, y cada vez que miraba alrededor me parecía ver una cara meditabunda y quejumbrosa que recordaba a medias de antes. A menudo se parecían a antiguos camaradas, pero de vez en cuando se asemejaban a mi pobre madre. La echo mucho de menos. A veces, los otros espectros me tomaban a mí por un fantasma, cosa que tampoco era muy sorprendente; solo ha cambiado mi nombre, no mi cara, lo que es una pena. Además, el corazón me daba un poco la lata, igual que un niño difícil, solo que no era tan joven. De cuando en cuando me daba un vuelco sencillamente porque sí, como para demostrarme que podía hacerlo y lo que podía ocurrirme si decidía dejar de cuidar de un Fritz latoso como yo.

Después de volver a casa al terminar mi turno tuve sumo cuidado de cerrar la llave del gas en la cocina de dos quemadores tras hervir agua para preparar el café que solía tomarme con el schnapps a primera hora de la mañana. El gas es tan explosivo como la dinamita, incluso la sustancia desleída que llega rechinando por las tuberías alemanas. Delante de mi sombría ventana amarillenta había un montículo de dos metros y medio de alto de escombros cubiertos de malas hierbas, otro legado de los bombardeos de la guerra: el setenta por ciento de los edificios de Schwabing habían sido destruidos, lo que ya me iba bien, porque abarataba el alquiler de habitaciones en la zona. El mío era un edificio que iba a ser demolido y tenía en la fachada una larga grieta tan ancha que se podría haber ocultado en ella una antigua ciudad del desierto. Pero a mí me gustaba el montón de escombros. Me servía de recordatorio de lo que era mi vida hasta hacía poco. Incluso me gustaba que hubiera un guía local que llevaba a los visitantes hasta la cima del montículo, como parte del tour de Múnich que anunciaba. Había una cruz conmemorativa en la cumbre y una bonita vista de la ciudad. El ingenio del tipo era admirable. Cuando yo era pequeño subía a lo más alto de la catedral de Berlín —264 peldaños, nada menos— y me paseaba por el perímetro de la cúpula con las palomas por toda compañía; pero nunca se me había ocurrido hacer carrera con ello.

Múnich nunca me había gustado mucho, con su aprecio por los trajes típicos tradicionales y las alegres bandas de viento, el devoto catolicismo romano y los nazis. Berlín me iba mucho más y no solo porque fuera mi ciudad natal. Múnich siempre fue una ciudad más sumisa, gobernable y conservadora que la vieja capital prusiana. Tuve ocasión de conocerla a fondo en los primeros años de la posguerra, cuando mi segunda esposa, Kirsten, y yo intentábamos regentar un hotel pésimamente ubicado en un barrio de Múnich llamado Dachau, ahora de triste fama por el campo de concentración que tenían allí los nazis. No me gustaba mucho más por aquel entonces. Kirsten murió, cosa que no fue de ayuda, y poco después me marché, pensando que no volvería nunca, y bueno, aquí estaba otra vez, sin auténticos planes de futuro, al menos ninguno que pudiera manifestar de viva voz, por si acaso Dios está a la escucha. No me parece que sea ni remotamente tan misericordioso como tienden a creer muchos bávaros. Sobre todo, un domingo por la noche. Y desde luego, no después de Dachau. Pero allí estaba, y procuraba ser optimista pese a que no había absolutamente ningún margen para ello —no en un alojamiento tan estrecho como el mío— y hacer todo lo posible por ver el lado bueno de la vida aunque tuviera la sensación de que quedaba al otro lado de una verja muy alta de alambre de espino.

Por todo ello, me satisfacía en cierta medida hacer lo que hacía para ganarme la vida; limpiar mierda y lavar cadáveres parecía una condena adecuada por lo que había hecho con anterioridad. Era poli, no un poli como es debido, sino un sicario en el Servicio de Seguridad de gente como Heydrich, Nebe y Goebbels. Ni siquiera era una auténtica condena como la que se le había impuesto al antiguo rey alemán Enrique IV, quien, como bien señalan las crónicas, fue de rodillas hasta el castillo de Canossa para pedir el perdón del papa, aunque quizá ya me fuera bien. Además, al igual que mi corazón, mis rodillas ya no son lo que eran. Modestamente, como la propia Alemania, intentaba recuperar poco a poco la respetabilidad moral. Después de todo, es innegable que yendo poco a poco puedes llegar muy lejos, incluso si vas de rodillas.

A decir verdad, ese proceso le estaba yendo algo mejor a Alemania que a mí, y todo gracias al Anciano. Así llamábamos a Konrad Adenauer, porque tenía setenta y tres años cuando se convirtió en el primer canciller de Alemania Occidental después de la guerra. Seguía ocupando el cargo a los ochenta y un años, a la cabeza de los cristianodemócratas y, a menos que formaras parte de un grupo judío radical como Irgun, que había intentado asesinarlo en más de una ocasión, era justo reconocer que había hecho un trabajo bastante bueno. La gente ya hablaba del «Milagro del Rin», y no se referían a san Albano de Maguncia. Gracias a la combinación del Plan Marshall, la baja inflación, el rápido desarrollo industrial y el trabajo duro sin más, ahora a Alemania le iba mejor económicamente que a Inglaterra. Eso tampoco me sorprendía mucho; los Tommies siempre eran demasiado rebeldes para su propio bien. Después de ganar dos guerras mundiales habían cometido el error de pensar que el mundo les debía su sustento. Quizá el auténtico milagro era cómo el resto del mundo parecía haber perdonado a Alemania por empezar una guerra que les había costado las vidas a cuarenta millones de personas; y eso a pesar de que el Anciano había abrogado todo el proceso de desnazificación y declarado una amnistía para todos nuestros criminales de guerra, lo que sin duda explicaba que hubiera sospechas generalizadas y persistentes de que muchos antiguos nazis volvían a formar parte del gobierno. El Anciano también tenía una explicación útil para eso: decía que había que cerciorarse de tener un buen suministro de agua limpia antes de deshacerse del agua sucia.

Dado que me ganaba la vida lavando los cuerpos de alemanes muertos, no podía mostrarme en desacuerdo.

Como es natural, yo tenía más agua sucia en mi cubo que la mayoría, y por encima de todo apreciaba mi anonimato recién hallado. Como Garbo en Gran Hotel, solo quería estar a solas y la idea de ser un desconocido me gustaba más que la barbita que, a tal efecto, me había dejado crecer. La barba era de un gris tirando a rubio ligeramente metálico; me hacía parecer más inteligente de lo que soy. Nuestras vidas están conformadas por las decisiones que tomamos, claro, y eso se nota más en el caso de las equivocaciones. Pero la idea de que tanto la poli como los organismos de seguridad e inteligencia más importantes del mundo se habían olvidado de mí era agradable, como mínimo. La vida me iba bien sobre el papel; de hecho, era el único sitio donde daba la impresión de que la había aprovechado, cosa que, y esto lo digo como el policía que fui durante muchos años, era sospechosa en sí misma. Así pues, para que la vida como Christof Ganz resultase más fácil, consagraba parte del tiempo libre a repasar los escuetos datos de su vida y me inventaba algunos de sus hechos y logros. Lugares donde había estado, trabajos que había desempeñado y, sobre todo, los servicios prestados durante la guerra en nombre del Tercer Reich. Más o menos tal como todos los demás habían hecho en la nueva Alemania. Sí, todos nos habíamos vuelto muy creativos con nuestro currículum. Incluidos, por lo visto, muchos miembros del Partido Cristianodemócrata.

Eché otro trago con el desayuno, solo para conciliar el sueño, claro, y me fui a la cama, donde soñé con tiempos más felices, aunque quizá no habría sido más que una plegaria al dios de los nubarrones que moraba en las alturas. Como las plegarias rara vez son atendidas, es difícil apreciar la diferencia.

2

Cuando fui a trabajar la noche siguiente, la víctima de la bomba de Moosach seguía allí, tendida sobre el mármol como el festín que un buitre hubiera dejado a medio comer. Alguien le había anudado una etiqueta al dedo gordo del pie, cosa que, teniendo en cuenta que la pierna ya no seguía unida al cuerpo, parecía imprudente como mínimo. Se llamaba Johann Bernbach, y solo tenía veinticinco años. Ahora sabía un poco más sobre la bomba por lo que se decía en el Süddeutsche Zeitung. Un proyectil de doscientos cincuenta kilos había explotado en un solar al lado de una cervecería en Dachauerstrasse, a menos de cincuenta metros de la fábrica de gas municipal. El gasómetro contenía más de doscientos mil metros cúbicos de gas, por lo que el periódico transmitía la idea de que la ciudad había salido muy bien parada con solo dos muertos y seis heridos. Así se lo dije a Bernbach cuando lo vi.

—Espero que llevaras unas cuantas cervezas entre pecho y espalda cuando te tocó el turno, amigo mío. Las suficientes para no notar las aristas de la metralla. Mira, ahora no te importará mucho, pero tu muerte inesperada no se está tratando con todo el respeto que merece. Para decirlo sin ambages, Johann, parece que todo el mundo se alegra de que solo te chamuscaras tú. Había un gasómetro cerca de donde se produjo el pepinazo. Y además estaba lleno de gas. Habría bastado para que mi pequeño sector de hospital se pasara días colapsado. En cierto modo es apropiado que acabaras aquí, teniendo en cuenta que te mató una bomba de los Amis. Hasta el año pasado, este era un hospital americano. Sea como sea, he hecho todo lo posible por ti. Te he sacado la mayor parte del vidrio del cuerpo. Te he adecentado las piernas un poco. Ahora es cosa de los de la funeraria.

—¿Siempre habla así con sus clientes?

Me di la vuelta para ver a Herr Schumacher, uno de los gerentes del hospital, plantado en el umbral. Era austriaco, de Braunau am Inn, una pequeña población en la frontera con Alemania, y, aunque no era médico, llevaba bata blanca de todos modos, acaso para parecer más importante.

—¿Por qué no? Rara vez contestan. Además, tengo que hablar con alguien que no sea yo mismo. De lo contrario, me volvería loco.

—Dios mío. Virgen santa. No tenía ni idea de que se encontrara en un estado tan lamentable.

—No diga eso. Herirá sus sentimientos.

—Es que hay un hombre arriba, en el pabellón Diez, preparado para identificar oficialmente a este pobre desgraciado antes de que se lo lleven esta noche. Es otra de las personas que se vieron implicadas en la explosión de ayer. Ahora es paciente del hospital. Va en silla de ruedas, pero no le pasa nada en los ojos. Esperaba que lo bajara aquí y ayudara a ocuparse del asunto. Pero ahora que he visto el cadáver; bueno, no estoy seguro de que no vaya a desmayarse. Dios bendito, yo he estado a punto.

—Si va en silla de ruedas, quizá no importe mucho. Ya lo llevaría yo a alguna parte para que se recupere. Como a otro hospital, quizá. —Encendí un cigarrillo y expulsé el humo por mis agradecidas fosas nasales—. O, por lo menos, a algún sitio donde tengan ropa de cama limpia.

—Ya sabe que no debería fumar aquí.

—Lo sé. Y he recibido quejas. Pero el caso es que fumo por razones médicas de peso.

—Dígame una.

—El olor.

—Ah. Eso. Sí, no le falta razón. —Schumacher sacó uno del paquete que le pasé por debajo de la nariz y me dejó que le diera fuego—. ¿No los suelen tapar con algo? ¿Una sábana o así?

—No esperábamos visitas. Pero mientras los de la lavandería sigan en huelga, las sábanas limpias se reservan a los vivos. Eso me han dicho, por lo menos.

—De acuerdo. Pero ¿no puede hacer algo con la cara?

—¿Qué sugiere? ¿Una máscara de hierro? De todos modos, eso no ayudaría con el proceso de identificación. Dudo que ni la mismísima madre de este pobre Fritz lo reconociera. Desde luego, esperemos que no se vea en la tesitura de intentarlo. Pero teniendo en cuenta su más que evidente falta de similitud con nada que se pueda expresar con palabras que no tomen el nombre del Señor en vano, me parece que seguramente nos hallamos en el ámbito más hermético de otras marcas características, ¿no cree?

—¿Tiene alguna?

—Tiene una. Lleva un tatuaje en el antebrazo.

—Bueno, eso debería ser útil.

—Quizá. Quizá no. Es un número.

—¿Quién se tatúa un número?

—Tatuaban a los judíos, en los campos de concentración. Para identificarlos.

—¿Eso hacían?

—No, lo cierto es que lo hacíamos, nosotros los alemanes. Los compatriotas de Beethoven y Goethe. Era como un billete de lotería, pero no muy afortunado. Este tipo debió de estar en Auschwitz cuando era niño.

—¿Dónde queda eso?

Schumacher era de esos austriacos estúpidos que preferían creer que su país era la primera nación libre que había sido víctima de los nazis y por lo tanto no era responsable de lo que había ocurrido, pero resultaba difícil dar crédito a algo así en el caso de Braunau am Inn, famosa por ser la ciudad natal de Adolf Hitler, y el motivo más que probable de que Schumacher la hubiera abandonado ya para empezar. ¿Cómo reprochárselo? Pero tampoco estaba dispuesto a poner en tela de juicio ninguna de sus convicciones. Después de todo, era mi jefe.

—En Polonia, creo. Pero no importa. Ya no.

—Bueno, mire, a ver qué puede hacer con respecto a la cara, Herr Ganz. Y luego vaya a buscar al testigo, ¿de acuerdo?

Una vez se hubo ido Schumacher, rebusqué una toalla limpia y en un armario encontré una que debían de haberse dejado los Amis. Era una toalla del Club de Mickey Mouse, que no era lo que se dice ideal, pero presentaba mucho mejor aspecto que el hombre encima del mármol. Así pues, le cubrí con cuidado la cabeza y subí en busca del paciente.

Estaba vestido y esperándome. Aunque lo esperaba a él no esperaba encontrarme a los dos polis que lo acompañaban. Tendría que habérmelos esperado, pues él había accedido a identificar un cadáver, y a eso se dedican los polis cuando no están dirigiendo el tráfico o robando relojes. El más bajo de los agentes iba de uniforme, y el otro, vestido de civil; peor aún, reconocí vagamente al Fritz más grande con ropa de calle y, supongo, él me reconoció vagamente a mí, lo que fue una pena porque esperaba eludir a los polis de Múnich hasta que la barba me hubiera crecido un poco más, pero ya era muy tarde para eso. Así pues, gruñí el saludo genérico, que consistía en un par de consonantes rayanas en lo huraño, agarré la silla de ruedas y empujé al paciente hacia el ascensor con los dos polis siguiéndome los pasos. No me preocupaba que mis modales no les gustaran, porque a fin de cuentas no era más que un portero de noche, y no tenía por qué caerles bien: bastaba con que me siguieran hasta el depósito de cadáveres. No era una buena silla de ruedas porque escoraba claramente hacia la izquierda, pero no era de extrañar, teniendo en cuenta la corpulencia del herido. Lo más sorprendente era el mero hecho de que la silla se moviese. El paciente era un tipo más bien gordo y casi cuarentón, y la tripa cervecera le caía sobre el regazo como si contuviera todas sus posesiones terrenales. Sabía que era una tripa cervecera porque yo también pensaba trabajarme la mía, en cuanto me subieran el sueldo. Además, su ropa apestaba a cerveza, como si hubiera tenido una jarra de dos litros de Pschorr delante cuando estalló la bomba.

—¿Hasta qué punto conocía al fallecido, Herr Dorpmüller? —preguntó el inspector mientras nos seguía por el pasillo.

—Bastante bien —respondió el hombre de la silla de ruedas—. Durante los últimos tres años fue mi pianista en el Apollo. Es el cabaret que regento en el hotel Múnich, en la misma calle que la cervecería. Johann era capaz de interpretar cualquier cosa. Jazz o música clásica. En cierta medida, mi esposa y yo éramos la única familia que le quedaba, teniendo en cuenta lo que le había ocurrido. Es una pena que sea Johann quien haya muerto así, precisamente él, después de todo lo que sufrió en los campos de niño; de todas las cosas a las que sobrevivió.

—¿Recuerda algo, lo que sea?

—La verdad es que no. Sucedió cuando estábamos a punto de salir para abrir el cabaret esa noche. ¿Se sabe exactamente lo que pasó? Con la bomba, quiero decir.

—Al parecer, uno de los que trabajaban en el solar contiguo a la cervecería donde estaban bebiendo debió de golpear la bomba con un pico. Lo que pasa es que aún tenemos que encontrar sus restos para preguntárselo. Lo más probable es que no los hallemos nunca. Yo diría que los fumadores locales se pasarán los próximos días inhalando sus átomos. Es usted un hombre afortunado. Un metro más cerca de la puerta y sin duda habría muerto.

Mientras empujaba la silla de ruedas no pude por menos de coincidir con el inspector. Si bajaba la mirada veía dos orejas quemadas que parecían los pétalos de una flor de pascua, y una larga hilera de puntos de sutura en el cuello que me hizo pensar en el ferrocarril Transiberiano. Llevaba el brazo escayolado y tenía pequeños cortes por todas partes. A todas luces, Herr Dorpmüller había escapado por muy, pero que muy poco.

Bajamos en ascensor al sótano donde, delante de la puerta del depósito de cadáveres, encendí otro Eckstein y, al estilo de Orson Welles, pronuncié unas breves y sombrías palabras de advertencia antes de llevarlos adentro para ver la atracción principal. Si me importaban sus estómagos era porque a buen seguro me encargaría de limpiar su contenido del suelo.

—Bien, caballeros. Aquí estamos. Pero antes de entrar, debo advertirles de que el fallecido no ofrece el mejor aspecto posible. Por un lado, vamos escasos de ropa de cama limpia en el hospital, por lo que el cadáver no está cubierto. Por otro, las piernas ya no están unidas al cuerpo, que sufre graves quemaduras. He hecho todo lo posible por adecentarlo un poco, pero el caso es que no van a poder identificar a este hombre mediante el procedimiento habitual, es decir, por la cara. No tiene cara. Ya no. Al parecer, su rostro quedó hecho jirones a causa del vidrio que salió despedido, por lo que no guarda más relación con la foto de su pasaporte de la que guardaría un plato de col lombarda. Por eso le cubre la cabeza una toalla.

—Y me lo dice ahora —comentó el inspector.

Sonreí con paciencia.

—Hay otras maneras de identificar a un hombre, me parece a mí. Marcas distintivas. Viejas cicatrices. Incluso he oído hablar de una cosa que hay ahora llamada huellas dactilares.

—Johann tenía un tatuaje en el antebrazo —repuso el de la silla de ruedas—. Un número de identificación de seis dígitos del campo en el que estuvo. Birkenau, me parece. Solo me lo enseñó un par de veces, pero estoy más o menos seguro de que los primeros tres números eran uno, cuatro y cero. Acababa de comprarse un par de zapatos nuevos Salamander.

Mientras él inspeccionaba el tatuaje, busqué los zapatos y le dejé que les echara un vistazo. Mientras tanto, me quedé junto al poli de uniforme y asentí cuando preguntó si podía fumar.

—Es por el olor —confesó—. Formaldehído, ¿verdad?

Asentí de nuevo.

—Siempre me pone nervioso.

—Bueno, ¿es él? —preguntó el inspector.

—Eso parece —respondió Dorpmüller.

—¿Seguro?

—Bueno, supongo que tanto como puedo estarlo sin verle la cara.

El inspector miró la toalla de Mickey Mouse que le tapaba la cabeza al muerto y luego, con cara acusadora, me miró a mí.

—¿Tan mal la tiene? —preguntó—. La cara.

—Muy mal —dije—. Deja al Hombre Lobo a la altura de cualquier hijo de vecino.

—Seguro que exagera.

—No, ni por asomo. Pero desoiga mi consejo cuanto le venga en gana. Aquí abajo nadie me hace caso, o sea que ¿por qué iba a hacérmelo usted?

—Maldita sea —rezongó—, ¿cómo esperan que identifique con seguridad un cadáver que no tiene cara?

—Es un problema, desde luego —repuse—. No hay nada como un depósito de cadáveres para recordarle a uno la fragilidad de la carne humana.

Por algún motivo dio la impresión de que el inspector me reprochaba el inconveniente, como si yo intentara malograr su investigación.

—Pero ¿qué demonios les pasa aquí? ¿Es que no podían haber buscado alguna otra cosa para taparle la cara? ¿Por no hablar del resto del cuerpo? He oído hablar de la cultura nudista en este país, pero esto es ridículo.

Me encogí de hombros a modo de respuesta, cosa que no pareció satisfacerle, pero eso no era problema mío. Nunca me había importado mucho decepcionar a los polis. Ni siquiera cuando lo era.

—Esa estúpida toalla es una falta de respeto —insistió el inspector—. Y lo que es peor, usted lo sabe.

—Este era el hospital americano —repliqué a modo de explicación—. Y la toalla era lo único que tenía a mano.

—Mickey Mouse. Debería informar acerca de usted, amigo.

—Tiene razón —reconocí—. Es una falta de respeto. Lo siento.

Le quité la toalla de la cabeza al muerto de un zarpazo y la tiré al cubo de la ropa sucia, con la esperanza de hacer callar al inspector. Y casi funcionó, solo que los tres gruñeron o silbaron al unísono y de pronto aquello sonó como el Polo Sur. El poli de uniforme giró sobre los talones para ponerse de cara a la pared y su colega vestido de calle se llevó una manaza a la boca más grande aún. Solo el Fritz herido en la silla de ruedas se quedó mirando, con una fascinación nacida del horror, como el conejo que mira de hito en hito la serpiente que está a punto de matarlo, reconociendo quizá por primera vez la microscópica posibilidad de emprender la huida.

—Esto es lo que hace una bomba —dije—. Ya pueden levantar todos los monumentos y estatuas que quieran. Pero son estampas como la de este pobre hombre las que mejor conmemoran la futilidad y el desperdicio de la guerra.

—Llamaré a la funeraria —susurró el de la silla de ruedas, casi como si, hasta ese preciso instante, no se hubiera creído del todo que Johann Bernbach estaba muerto de veras—. En cuanto vuelva a casa. —Y luego añadió—: ¿Conoce alguna funeraria?

—Esperaba que me lo preguntara. —Le di una tarjeta de visita—. Si le dice a Herr Urban que va de parte de Christof Ganz, le hará un descuento especial.

El descuento no era gran cosa, pero sí lo suficiente para cubrir la propinilla que me daría Herr Urban si el cliente acudía a él. Suponía que la única manera que tenía de salir de ese depósito de cadáveres era buscándome yo el porvenir.

3

Eran las diez en punto de la noche cuando Adolf Urban, el director de la funeraria local, apareció para llevarse a Johann Bernbach a su nuevo domicilio, más permanente. Urban rara vez decía gran cosa, pero en esta ocasión —conmovido por el aspecto de la cara del muerto, la perspectiva del nuevo negocio y quizá unos tragos que había disfrutado antes de venir al hospital de Schwabing— estaba locuaz, al menos para un enterrador.

—Gracias por mandármelo —dijo, y me dio un par de marcos.

—No sé si ha sido muy buen encargo. Este va a dar trabajo más que de sobra.

—No. Yo creo que el funeral será con el ataúd cerrado. Sería una pérdida de tiempo intentar dejar a este tipo como Cary Grant. Pero es su cara la que me interesa más, Herr Ganz.

Casi me estremecí, y deseé con todas mis fuerzas que no me hubieran reconocido. Sabía por conversaciones anteriores que Urban había incinerado a algunos de los nazis menos importantes que ahorcaron los Amis en Landsberg en 1949. Ninguno de ellos parecía dispuesto a irse de la lengua, pero según mi experiencia nunca se es demasiado precavido cuando se trata de un pasado que intentas quitarte de encima como un fuerte resfriado.

—El caso es que me falta un portador de féretro. Estaba pensando que, ya que está aquí por las noches y tal, podría venir y sacarse un dinerillo extra trabajando para mí de día. Venga. ¿Qué más va a hacer durante el día? ¿Dormir? Eso no da dinero. Además, me parece que tiene el rostro adecuado, Herr Ganz. El mío es un negocio que requiere cara de póker, y la suya parece salida de bajo el tapete de una mesa de cartas. No deja entrever nada. Igual que su boca. Un hombre que se dedica a mi oficio tiene que saber cuándo morderse la lengua. Que casi siempre es... siempre.

Él tenía el rostro torcido, casi obsceno, como un pedazo de plástico fundido, con una nariz permanentemente enrojecida que parecía una pequeña polla muy roja con los cojones debajo, y los ojos casi tan inertes como los de sus clientes.

—Me lo voy a tomar como un cumplido.

—Lo es en Alemania.

—Pero, aunque quizá mi cara cumpla sus requisitos, no tengo la ropa adecuada. No, ni siquiera una corbata.

—Eso no es problema. Puedo equiparlo: traje, abrigo y corbata, siempre y cuando le guste el negro. Igual le convendría deshacerse de esa barbita rala. Le da un aspecto como de Durero. Aunque, ahora que lo pienso, mejor no se la afeite. Sin ella estaría demasiado pálido. Eso no es bueno cuando se trabaja en una funeraria. No conviene tener aspecto de que podría volver después de que anochezca y darse un atracón con uno de los cadáveres. Sobra gente así en Alemania. Bueno. ¿Qué me dice?

Dije que sí. Tenía razón, claro; aparte de haberme convertido en un ser casi nocturno, me hacía falta el dinero y no iba a ganarlo estando en la cama todo el día. No con una figura como la mía. Así pues, cosa de una semana después me encontraba ataviado con frac y corbata negros, un sombrero de copa en la cabeza y una expresión en el rostro levemente arreglado que en teoría debía transmitir sobriedad y seriedad. La sobriedad era discutible: el schnapps de primera hora de la mañana era una costumbre que me resultaba difícil de controlar. Por suerte para mí era la misma expresión que adoptaba para mostrar insolencia muda y escepticismo y todas las demás cualidades tan irresistibles que poseo, por lo que no me hacía falta ser Lionel Barrymore para clavarla. Tampoco es que atribuya mucha importancia a mis cualidades: todo hombre se conduce de acuerdo con ese comportamiento que ha recibido la aprobación silenciosa de un número muy reducido de mujeres.

Nevaba con fuerza cuando me monté en un coche en el cementerio de Ostfriedhof como uno de los cuatro hombres encargados de llevar el ataúd de Bernbach al crematorio donde, según Urban, los Amis habían incinerado en secreto a los doce nazis de alto rango a quienes ahorcaron en Núremberg en 1946. No era tan conocido el hecho de que las cenizas de mi segunda esposa, Kirsten, también se encontraban en Ostfriedhof. Cuando todo hubo terminado y Urban acudió a darme el pago y la propina, no dije nada al respecto, sobre todo porque me daba vergüenza no haber visitado el lugar del cementerio donde estaba la urna con sus restos; ni una sola vez desde su muerte. Pero ahora que estaba allí tenía intención de ponerle remedio. De pronto me sentía perdidamente enamorado del recuerdo de mi mujer.

—Pensaba que el fallecido era judío —le comenté a Urban mientras veíamos a los deudos salir en fila de la iglesia neogótica de la Santa Cruz donde acabábamos de arrojar su cadáver a las llamas. Entre ellos estaban la mayoría de los empleados del cabaret Apollo, así como el inspector grande e irritable al que había reconocido en el depósito de cadáveres del hospital.

—No practicante.

—¿Acaso hay alguna diferencia si eres judío?

—Qué sé yo. Pero hoy en día no es tan fácil encontrar a alguien que oficie un puñetero funeral judío en esta ciudad. La última vez que me encargué de uno la familia tuvo que ir a Augsburgo a buscar un rabino. Cabe añadir que los judíos prefieren que los entierren, no que los incineren. Y con lo dura que está la tierra, esa tarea es doblemente difícil. Por no hablar de que sigue habiendo muchos explosivos sin detonar en el antiguo cementerio judío de Pfersee. Es imposible saber qué hay enterrado allí, sobre todo con tanta nieve. Así que convencí a sus amigos, que lo han pagado todo con suma generosidad, que a todos los efectos de este funeral, el fallecido debía ser enterrado como cristiano. Después de todo, sería una pena que una vieja bomba americana hiciera saltar a alguien más por los aires, ¿no cree? —Se encogió de hombros—. Además, ¿qué importa lo que le ocurra a uno después de muerto?

—Vaya enterrador está hecho.

—Esto es un negocio, no una vocación.

—A mí desde luego me trae sin cuidado lo que me ocurra.

Urban miró alrededor.

—Además, bastantes judíos hay ya en Ostfriedhof. A muchos prisioneros de Dachau los incineraron y sus cenizas se esparcieron aquí.

—¿Junto con esos nazis de alto rango que mencionaba?

—Junto con esos nazis de alto rango. —Volvió a encogerse de hombros—. Seguro que podemos confiar en que el Señor distinga a unos de otros. —Me entregó un sobre—. ¿Puedo contar mañana con usted? A la misma hora. En el mismo sitio.

—Si sigo vivo, no me lo perdería por nada del mundo.

—Lo estará. Seguro. Cuando uno lleva en este oficio tanto tiempo como yo, desarrolla un sentido para esa clase de cosas. Es posible que no lo crea, pero aún le quedan unos cuantos años por delante, amigo mío.

—Debería regentar una clínica en Suiza. Hay quien pagaría espléndidamente por un diagnóstico tan positivo. —Encendí un pitillo y levanté la vista hacia el cielo—. La verdad es que me gusta este sitio. Puede que algún día me mude aquí para siempre.

—Seguro que sí.

—¿Me necesita para algo?

—No. Ha terminado por hoy. Vaya a casa, métase en su ataúd y duerma un poco.

—Eso haré. Pero antes tengo que ir a ver a alguien. Ya sabe que antaño Drácula tenía una novia.

Me marché con el sobre en el bolsillo y, al cabo de un buen rato de búsqueda —parte de ella en el interior de mi alma—, encontré los estoicos restos de Kirsten. Estuve allí un rato, deshaciéndome en disculpas por no haber ido antes —así como por muchas otras cosas— y di un paseo sin rumbo por el muelle desvencijado y probablemente inestable del recuerdo. Me habría quedado más tiempo, pero en la lápida delante de la urna estaba cincelada la frase QUERIDA ESPOSA DE BERNHARD GUNTHER, y por el rabillo del ojo vi que el corpulento inspector del hospital acudía a mi encuentro. A esas alturas ya había recordado su nombre, pero mantenía la esperanza de evitar que él descubriera el mío. Así pues, me alejé en diagonal, me demoré delante de otra lápida conmemorativa en un patético intento de despistarlo, y luego me dirigí hacia la verja de salida, solo que él se había escondido detrás de la tumba del gran duque Luis Guillermo de Baviera para tenderme una emboscada. Era apenas lo bastante voluminosa para ello. El poli grandullón era más corpulento incluso de lo que recordaba.

—Eh, usted. Quiero hablar con usted.

—Bueno, como puede ver, estoy de luto.

—Bobadas. Era uno de los portadores del féretro, nada más. Pregunté por usted. En el hospital.

—Qué amable. Pero ya me encuentro mucho mejor, gracias.

—Me dijeron que se llama Ganz.

—Así es.

—Solo que no se llama así. El apellido de soltera de mi esposa era Ganz. Y lo habría recordado la primera vez que coincidimos. Hace mucho tiempo. Antes de que Hitler llegara al poder. Antes de que se dejara esa barba.

Me vi tentado de hacer algún comentario sobre su esposa cuando era soltera, pero me lo pensé mejor; no es solo la conciencia lo que nos acobarda a todos, sino también los nombres falsos, así como las historias secretas.

—Igual tiene usted mejor memoria que yo, Herr...

—Pues no. Por lo menos, no todavía. Porque aún no he recordado su auténtico nombre. Pero estoy casi seguro de que era poli.

—¿Yo, poli? Qué ridiculez.

—Sí. Recuerdo que pensé eso mismo, porque era usted un poli de Berlín amigo de los judíos que buscaba a un inspector a quien yo conocía en la jefatura de policía local. Mi antiguo jefe.

—¿Cómo se llamaba? ¿Charlie Chan?

—No. Paul Herzefelde. Lo asesinaron. Pero según recuerdo, tuvimos que encerrarlo a usted toda la noche porque tenía el noble convencimiento de que no estábamos haciendo todo lo posible por averiguar quién lo había asesinado.

Era cierto, claro. Hasta la última palabra. Nunca olvido una cara, sobre todo una cara como la suya, hecha para denunciar a herejes y quemar libros, y con toda probabilidad ambas cosas a la vez, una encima de la otra. Tenía unas marcadas líneas de expresión tan duras e inexpresivas como una percha de alambre a los lados de una nariz que parecía el peto de una alabarda. Encima de la nariz ganchuda estaban los ojillos hieráticos y azules de una anguila morena gigante. Tenía la mandíbula de una anchura inverosímil y la tez vagamente purpúrea, quizá debido al frío. La altura y la constitución del hombre, así como sus canas, eran las de un boxeador de los pesos pesados retirado. Me dio la sensación de que en cualquier momento me iba a lanzar un golpe rápido o a encajar aquel puño derecho tan grande en lo que me quedaba de plexo solar. Recordé que se llamaba Schramma y había sido secretario de la Sección Criminal en el Praesidium de Múnich, y aunque no recordaba mucho más sobre él, sí que me acordaba de la noche que pasé en los calabozos.

—Eso es lo gracioso, ¿sabe? Paul Herzefelde no le caía bien a nadie. Y no solo porque era judío tal como usted pensaba. Además, la gente lo consideraba un corrupto. Aceptaba sobornos. Se veía con solo fijarse en su ropa. Había fundadas sospechas de que uno de los defraudadores más importantes de Múnich, un tipo llamado Kohl, lo había sobornado para que hiciera la vista gorda. La gente pensó que a Herzefelde lo mataron los nazis, pero lo más probable es que no fuera así. Yo diría que, no satisfecho con el soborno, Herzefelde intentó sacarle más pasta a Kohl y a este no le hizo gracia.

—Creo que me confunde con otro. Nunca he conocido a nadie con ese nombre. Y nunca fui policía en Berlín. Detesto a los polis. —Pensé en el currículum que me había pergeñado y me maldije por haber descuidado los años de la República de Weimar—. Sí que trabajé en Berlín una temporada. Pero era portero del hotel Adlon. Así que quizá es allí donde me vio. ¿Herr...?

—Schramma, secretario de la Sección Criminal Schramma. Mire, amigo, a mí me trae sin cuidado si se ha buscado una nueva identidad como Fritz Schmidt. Mucha gente lo ha hecho en los últimos tiempos, y por toda suerte de motivos inteligentes. Créame, un poli que vive en esta ciudad necesita dos guías telefónicas simultáneas para saber con quién demonios está hablando. Pero en el caso de que estuviera buscando trabajo, quizá podría ayudarlo. Por los viejos tiempos.

—No creo que de verdad quiera ayudarme, ¿sabe? Tengo la impresión de que intenta zarandearme con la esperanza de que caiga algo de mis bolsillos. Pero soy un hombre con dos empleos, lo que significa que estoy sin blanca, ¿lo ve? Debería ser evidente. Y si de mis ramas cuelga alguna manzana, lo más probable es que a estas alturas esté medio comida o podrida.

Schramma esbozó una sonrisa avergonzada.

—El conocimiento es poder, ¿verdad? No sé quién lo dijo, pero apuesto a que era alemán.

No lo contradije. Tampoco se percató de la ironía que entrañaba su propio comentario.

—Bueno, ¿qué demonios le importa quién sea? Voy tan de capa caída que hay casinos que me quieren contratar gafando a sus jugadores más afortunados. Se lo voy a repetir, soy un don nadie, pedazo de gorila. Está perdiendo el tiempo. Hay encargados de borrar la pizarra en las aulas de los colegios que son más importantes que yo.

—Quizá. O quizá no. Pero le prometo una cosa. En cuanto descubra quién es en realidad, Ganz, lo tendré en mis manos. Al igual que usted, he hecho un par de trabajillos para llegar a fin de mes. Tareas de seguridad. Investigaciones privadas. La mayor parte resultan tediosos y requieren mucho tiempo, pero a veces también conllevan peligro. Lo que significa que me vendría bien un expoli como usted en toda suerte de situaciones que no le costará ningún esfuerzo imaginar.

Me di cuenta de que era verdad. No estaba seguro de lo que pasaba por su cabeza, pero yo había intimidado a suficientes canallas cuando era policía en Berlín como para saber que lo más probable era que nada de aquello fuera a redundar en mi propio beneficio.

—Y no se le ocurra desaparecer. Si lo hace, tendré que sacar a relucir el nombre de Christof Ganz como sospechoso en algún viejo caso que no le importe a nadie. Ya sabe que puedo hacerlo encajar en cualquier clase de descripción. Seguramente usted haya hecho algún chanchullo parecido.

Lancé la colilla de un capirotazo contra el terso culo verde del ángel que velaba por el alma del gran duque y proferí un suspiro exasperado que sonó mucho menos exasperado de lo que en realidad me sentía.

—Adelante, haga lo peor que se le ocurra, poli, pero yo me voy ahora mismo. Llego tarde a una cita con mi barman preferido.

Era un farol, claro. Quizá tuviera cara de póker, pero no llevaba ninguna jugada en la mano.

4

Había acabado mi turno en el hospital. Fui al servicio situado junto al depósito de cadáveres para limpiarme, pero mientras estaba allí me examiné la cara sin mucho entusiasmo. Me desagradaban su aire de decepción y su aspecto maleado, los furtivos ojos rojos y la expresión recelosa, como si siempre estuviera esperando un toque en el hombro que fuera a llevar a su propietario a un coche y luego a la celda de una prisión para los siguientes diez años.

Salí por la verja principal y crucé por entre dos columnas de hormigón con serpientes enroscadas en torno a los inmensos incensarios que las coronaban; quedaban demasiado altas para preguntarles qué hacían allí, pero estaba vagamente al tanto de que para los antiguos griegos las serpientes eran sagradas, y su veneno, reparador, y quizá veían su mudar de piel como símbolo del renacimiento y la renovación; como idea, a mí desde luego me convencía. Quizá fuera primera hora de la mañana, pero todavía quedaba por ahí alguna que otra serpiente real, y una de ellas estaba sentada en un BMW tirando a nuevo delante del hospital. Cuando llegué a la entrada del edificio, se corrió hacia el asiento del pasajero y, con el puro todavía en la boca, gritó por la ventanilla abierta del acompañante.

—Gunther. Bernhard Gunther. Ver para creer. Acabo de visitar a un viejo amigo en el hospital y ahora aparece usted. ¿Cómo está, Gunther? ¿Cuántos años hace de la última vez que nos vimos? ¿Veinte? ¿Veinticinco? Creía que había muerto.

Me detuve en la acera y miré hacia el interior del vehículo, sopesando qué posibilidades tenía de descubrir lo evidente: que, en realidad, no tenía ninguna. Schramma gritaba de modo que lo oyeran otros transeúntes y yo me sintiera más incómodo aún. Lanzaba una sonrisa maliciosa mientras lo hacía, además, como si hubiera acudido a cobrar una apuesta que él había ganado y yo había perdido. De haber llevado pistola, lo más seguro es que le habría pegado un tiro, o quizá me lo habría pegado yo mismo. Antes me daba miedo morir; pero ahora, por lo general, lo espero con ilusión, para así alejarme lo más posible de Bernie Gunther y todo lo relacionado con él, de su enmarañada historia y su manera de pensar tan incómoda, de su incapacidad para adaptarse al mundo moderno; pero, sobre todo, espero con ilusión alejarme de todos los que lo conocieron, o aseguran que lo conocieron, como el secretario de la Sección Criminal Schramma. He intentado ser algún otro varias veces, pero ese que soy siempre vuelve a darme en los morros.

—Ya le dije que averiguaría quién es. Anda, venga. No tenga tan mal perder. Aún no lo sabe, pero he venido a hacerle un favor, Gunther. En serio. Me agradecerá lo que voy a contarle. Así que dese prisa y monte en el coche antes de que alguien caiga en la cuenta de que no es quien dice ser. Además, hace mucho frío para estar aquí con la ventanilla abierta. Se me están helando las pelotas.

Entré en el vehículo, cerré la portezuela y accioné la manivela para subir la ventanilla sin decir una sola palabra. Casi de inmediato deseé no haber tocado la ventanilla. El puro de Schramma olía como una hoguera en una fosa común para víctimas de la peste.

—¿Quiere saber cómo he descubierto quién es?

—Adelante, sorpréndame.

—El Praesidium de Múnich salió de la guerra prácticamente intacto. Los archivos, también. Como le dije, sabía que nos conocimos en algún momento antes de Hitler. Y eso suponía que fue también antes de Heydrich. Heydrich fue jefe de policía en Múnich durante una temporada y cambió el sistema de archivos. Era muy eficiente, como seguramente sepa. Todo eso de las referencias cruzadas que estableció sigue resultando útil a veces. Así que fue relativamente sencillo buscar el nombre de un inspector de la famosa Alex, en Berlín, que pasó una noche como invitado en nuestros calabozos por agredir a nuestro sargento de turno.

—Por lo que recuerdo del incidente, él me pegó primero.

—Seguro que sí. Recuerdo a aquel sargento. Menudo cabrón. Fue en 1932. Hace veinticinco años. ¿Qué le parece? Dios mío. El tiempo vuela, ¿eh?

—En este preciso instante, no.

—Como le dije, me trae sin cuidado lo que hizo durante la guerra. El Anciano dice que ahora todo eso es agua pasada, incluso en la RDA. Pero de vez en cuando los comunistas aún se sienten obligados a dar ejemplo con alguien, para ser capaces de distinguir su propia tiranía de la fascista que había antes. Quizá les gustaría echarle el guante a usted. Quizá se podría arreglar para que se lo echaran. Los antiguos nazis son prácticamente la única clase de criminales que Alemania Occidental está dispuesta a enviar al otro lado de la frontera hoy en día.

—No hay nada de eso —repuse—. No soy un criminal de guerra. Yo no maté a nadie.

—Sí, claro. Christof Ganz no es más que su pseudónimo de poeta. Su nom de plume, por así decir. Lo entiendo. A mí también me gusta moverme fuera del alcance del radar, a veces. Como poli, quiero decir. Luego está la Interpol. No me he puesto en contacto con ellos aún, pero me apostaría lo que fuese a que tienen algún expediente sobre usted. Como es natural, no puedo indagar sin levantar sospechas. Una vez haya preguntado, querrán saber a qué se debe mi interés y quizá quieran llevar el asunto un paso más allá. Así que a partir de ahora la decisión es suya, Gunther. Solo que más vale tomar la correcta, por su propio bien.

—Ya lo ha dejado claro, Schramma. Ha encontrado el modo de acorralarme y cuenta con mi cooperación. Pero pase ya a la parte esa de que quiere hacerme un favor, ¿vale? Estoy cansado y quiero irme a casa. He pasado toda la noche trasladando cadáveres y si me quedo aquí mucho más rato es posible que meta la mano en esa fea bocaza suya en busca de alguna moneda.

No pilló el comentario. Tampoco me importó. Hoy en día hablo sobre todo para mí mismo. Y el ingenio solo parece ingenio cuando hay alguien cerca para apreciarlo. La mayor parte del tiempo, la gente como Schramma simplemente hablaba demasiado. En Alemania había demasiada charla, demasiada opinión, demasiada conversación, y nada de ello era muy bueno. La televisión y la radio no eran más que ruido. Para ser efectivas, las palabras tienen que destilarse como si antes de emitirlas hubieran pasado por un filtro y un receptor impolutos.

—¿Ha oído hablar de un político local llamado Max Merten? Es oriundo de Berlín, pero ahora vive en Múnich.

—Vagamente. Cuando estaba en la Alex había un Max Merten que era un joven letrado del tribunal de distrito en el Ministerio de Justicia.

—Debe de ser el mismo Fritz. Se ha buscado la vida muy bien, además. Tiene una bonita casa en Nymphenburg. Un elegante bufete en Kardinal-Faulhaberstrasse. Es uno de los cofundadores del Partido Popular Panalemán, el PPP, que está estrechamente asociado con el Partido Socialista Unificado de Alemania, el PSU. El otro fundador es Gustav Heinemann, que fue miembro destacado de la Unión Demócrata Cristiana y ministro de Interior hasta que se enemistó con el Anciano. Pero ahora mismo no hay muchos fondos para la política. Los fondos para los partidos nuevos escasean. Bueno, ¿quién quiere librarse de Konrad Adenauer, que es capaz de obrar milagros, aparte de Heinemann, claro, y algún que otro judío hipersensible?

»Así pues, hace unas semanas Max Merten me contrató, en privado, para que investigara la buena fe de un donante en potencia del nuevo partido, el general Heinrich Heinkel, que se ha ofrecido a financiar el PPP. Pero Merten tiene la sospecha, no del todo infundada, de que Heinkel sigue siendo nazi. Y no quiere que el PPP acepte dinero sucio. Sea como sea, resulta que Merten estaba en lo cierto, aunque no tal como sospechaba. Los diez mil de Heinkel provienen en realidad de la RDA. Resulta que el socio empresarial de Merten es un destacado político alemán llamado Walter Hallstein, que es el ministro de Exteriores del Anciano en la sombra, y el tipo que ha estado llevando nuestras negociaciones para establecer esa nueva Comunidad Económica Europea. La RDA detesta la idea de una CEE, y más en concreto la Comunidad Europea de Defensa, de la que Alemania Occidental será un miembro importante, y tiene planeada una compleja operación encubierta para desacreditar al PPP y a Merten con la esperanza de que algo del barro que sacarán le salpique al profesor Hallstein. Ahora bien, quizá se pregunte por qué un antiguo nazi aporta dinero de la RDA. Bueno, el hijo mayor de Heinkel se las ingenió para dejarse detener en Leipzig, donde ahora se pudre en una celda como garante de la cooperación de su padre. Si hace exactamente lo que se le diga, se pondrá en libertad a su hijo. A eso aspira.

»Dentro de unas noches, Heinkel le abonará el dinero en efectivo a Merten en el domicilio del general en Bogenhausen. En la casa de Heinkel hay una habitación debidamente decorada con esvásticas y demás pruebas de que el general todavía le profesa lealtad al nazismo. Mientras esté allí Merten aparecerá la policía para detener a Heinkel por delitos diversos, incluida la venta de recuerdos nazis. Y para salvar el cuello, Heinkel le dirá a la policía que el dinero era en realidad un soborno para el profesor Hallstein.

—¿Y cómo ha averiguado todo eso? —pregunté.

—Soy poli, Gunther. A eso nos dedicamos los polis. Averiguamos cosas que en teoría no deberíamos saber. Unos días hago el crucigrama en veinte minutos. Otros, aireo los trapos sucios de gente como usted y Heinkel.

—Entonces, ¿por qué me cuenta todo esto a mí, y no a Max Merten?

Schramma le dio una chupada al puro en silencio y cuando entornó sus curiosos ojos azules empecé a entrever toda la perversa intriga, que es una de mis malas costumbres: siempre me ha poseído la incómoda e inquietante sensación de que, debajo de cualquier indicio en sentido contrario, en realidad soy un mal tipo, lo que me da ventaja a la hora de intuir las intenciones de otros malos tipos. Quizá es lo que hace falta para ser un buen policía.

—Porque le ha dicho a Max Merten que el general Heinkel es de fiar, ¿verdad? Es eso, ¿no? La poli no va a acudir por la sencilla razón de que usted planea embolsarse el dinero de la RDA. Va a presentarse una o dos horas antes que Max Merten y a robarle a ese general.

—Algo por el estilo. Y usted me va a ayudar, Gunther. Después de todo, es muy posible que Heinkel vaya acompañado. Un hombre que roba solo es un hombre que acaba entre rejas.

—Solo hay una cosa peor que un maleante, y es un poli corrupto.

—Es usted quien tiene una identidad falsa, Gunther, no yo. Con arreglo a mi experiencia, eso indica que no es trigo limpio. Así que ahórrese el sermón sobre la honradez. Si no me queda otra, me ocuparé del asunto yo mismo. Como es natural, eso querrá decir que habrá ido a parar a la cárcel o, como mínimo, que habrá emprendido la huida. Pero preferiría con mucho que siguiera aquí, respaldándome.

—Empiezo a entender un poco mejor lo que le pasó a Paul Herzefelde allá por 1932 —dije—. Era usted quien le estaba sacando dinero a aquel defraudador, ¿verdad? A Kohl, ¿no? ¿Herzefelde lo averiguó? Sí, eso encajaría. Fue usted quien lo mató. Y dejó que los nazis cargaran con el muerto porque era judío. Qué listo. Lo he juzgado mal, Schramma. Debe de dársele de maravilla fingir que es un poli honrado para seguir impune después de tantos años.

—Lo cierto es que no es tan difícil hoy en día. La policía anda como todo el mundo en Alemania. Un poco escasa de personal después de la guerra. No pueden permitirse ser muy quisquillosos con quien reingresa en el cuerpo. Ahora bien, usted sí que es un tipo listo, a juzgar por cómo ha deducido todo eso en apenas unos minutos.

—Si fuera tan listo no estaría sentado en este coche hablando con un cabrón como usted, Schramma.

—Se menosprecia, Gunther. No todos los días se resuelve un asesinato ocurrido hace veinticinco años. Lo crea o no, esa faceta suya me gusta. Y es otro de los motivos por los que quiero que me acompañe en este asunto. Usted no piensa como una persona normal. Si ha sobrevivido tanto tiempo haciéndose pasar por otro, seguro que es porque ve las cosas venir. Ve cómo se van a desarrollar las situaciones. Esa clase de experiencia me vendría muy bien. Ahora, y en el futuro. En Múnich ya no me queda nadie en quien pueda confiar de verdad. La mayoría de mis colegas de Ettstrasse, más jóvenes, son demasiado honrados para su propio bien, y lo que es más importante, para el mío.

—Me alegra oírlo. No me haría ninguna gracia pensar que perdimos una guerra solo para que escoria como usted siguiera de uniforme.

—Siga hablando sin pelos en la lengua si eso lo ayuda. Pero seguro que un poco de dinero le callará la boca. Me aseguraré de que le salga a cuenta, Gunther. Le daré el diez por ciento. Eso son mil marcos. No me diga que no le vendrían bien mil marcos. Me da la impresión de que el destino lleva ya mucho tiempo siguiéndole los pasos con un pedazo de tubería de plomo en la mano.

Como para demostrar a qué se refería, ahora tenía en su manaza una pistola automática que me estaba clavando en el hígado, del que difícilmente podía prescindir a pesar de los daños que ya había sufrido tras años de empinar el codo.

—Pero no se pase de listo conmigo, Gunther —dijo, a la vez que indicaba la entrada del hospital con un gesto de la cabeza—. O será su cadáver el que acabe sin rostro en ese apestoso depósito.

5

Un cielo de color peltre comprimía el paisaje frío y uniforme; para ser una ciudad bávara, Múnich es más lisa que un colchón e igual de cómoda, y ninguna zona de Múnich es tan cómoda como Bogenhausen, en la ribera este del río Isar. La casa del general Heinkel era una villa blanca de tres plantas con contraventanas de listones verdes, unas treinta ventanas y una quietud que se daba un leve aire a cuento de hadas. Se alcanzaba a oír el río en los sumideros y, en la pequeña iglesia enfrente de donde había aparcado Schramma el BMW, la melodía de un organista que ensayaba una cantata de Bach que bien podía ser Oh, feliz día, oh, momento ansiado, aunque yo no lo veía así precisamente. Una cerca verde descendía con suavidad hasta una hilera no muy recta de árboles de hoja caduca que bordeaban el Isar. Al otro lado de la calle de adoquines vacía había un hospital militar para soldados a quienes la guerra había dejado tullidos u horriblemente desfigurados. Lo sabía porque mientras estábamos en el coche vimos en un silencio incómodo cómo un grupo de quizá diez o quince de ellos salía en tropel por la puerta para dar su paseo vespertino por Bogenhausen. Un hombre miró por nuestra ventanilla al pasar, aunque, a decir verdad, costaba creer que esa hubiera sido su intención, pues tenía buena parte de la cara vuelta en dirección contraria. El hombre que iba detrás de él parecía llevar un par de gruesas gafas o anteojos de carne rosada, de resultas quizá de la cirugía plástica a la que lo habían sometido para paliar graves quemaduras faciales. Un tercer hombre con un ojo, una pierna, un brazo y dos muletas parecía estar al mando, y pensando en un famoso cuadro de Pieter Bruegel el Viejo, La parábola de los ciegos, me estremecí al caer en la cuenta de la buena suerte que me había acompañado por comparación. Es cierto eso que dice Homero de que a veces los más plenamente afortunados son los muertos.

—Dios bendito —exclamó Schramma, mientras volvía a encender el puro—. ¿Ha visto a esa puñetera pandilla? Y yo que creía que era usted feo, Gunther.

Sacó una petaca de bolsillo plateada y apuró buena parte del contenido.

—Oiga, un poco de respeto —advertí.

—¿Por quién? ¿Por esa reata de desgraciados? Mejor esos infelices patituertos que yo, eso es lo que digo.

—En este caso en concreto, me veo obligado a darle la razón. Son mejores que usted, Schramma. Y siempre lo serán. —Meneé la cabeza. Empezaba a hartarme de su compañía—. De todos modos, ¿qué estamos esperando? Aún no me lo ha dicho.

—Estamos esperando a que llegue el dinero, eso estamos esperando. En cuanto aparezca, entraremos en acción, pero ni un minuto antes. Así que deje de darle a la lengua y tome un lingotazo de esto.

Me pasó la petaca, que llevaba grabada la dedicatoria «Gracias, Christian Schramma, por ser nuestro testigo de boda, 25-11-1947. Pieter y Johanna». Casi me hizo reír la idea de que una sabandija como Schramma fuera padrino en la boda de alguien; pero también era cierto que no solo la policía alemana iba escasa de hombres buenos, sino también todos los demás hoy en día. Pieter y Johanna incluidos. Eché un trago de la petaca; era schnapps barato; aun así, lo agradecí. El alcohol es el mejor cómplice para cualquier crimen que se le ocurra a uno.

—Lo único que digo —matizó— es que resulta un poco chocante. Ver a hombres así caminando por la calle, asustando a los caballos. Deberían llevar una bandera roja o algo así, como se hacía antes cuando venía un tren.

—El mar siempre es bonito hasta que baja la marea —repuse—, y entonces se ve toda la fealdad que oculta. Alemania es un poco así, me parece. Bueno, tenemos más de eso que la mayoría. Lo normal sería que no nos sorprendiera encontrarnos con lo que hay en realidad. Eso es lo único que digo yo.

—Yo soy más darwinista, supongo. Tiendo a creer en una Alemania donde solo sobrevivirán los fuertes.

—Vaya novedad.

—Ah, no quiero decir desde el punto de vista político. La política se ha ido al garete en este país. Me refiero a la supervivencia no de los más fuertes, sino también de los mejores. Los mejores que hagan los mejores coches y las mejores lavadoras y las mejores aspiradoras. Me parece tan evidente que me extraña que a Hitler no se le ocurriera. Alemania, centro neurálgico de fabricación y locomotora económica de Europa. Y con ello, un nuevo realismo. Claro, los valores humanos tendrán importancia, pero durante mucho tiempo las cifras puras y duras habrán de ser prioritarias si vamos a recuperar el lugar privilegiado que nos corresponde.

Eché otro trago y le devolví la petaca.

—¿Ese es el discurso que pronunció en la boda o en los acuerdos de Bretton Woods?

—Que le den, Gunther. —Schramma tomó un lingotazo de la petaca y lo removió por la boca como si fuera elixir bucal. Buena falta le hacía, con el puro que estaba fumando—. En cuanto saque dinero suficiente de todo este asunto, pienso agenciarme una porción del milagro económico. Yo también voy a dedicarme a los negocios.

—Pero, entonces, ¿este asuntillo qué es? ¿Pro bono publico?

—Me refiero a que me voy a hacer empresario. Voy a comprar una bonita fábrica que conozco en la que se hacen cubiertos.

—¿Qué sabe de fabricación?

—Nada. Pero sé usar cuchillo y tenedor.

—Eso sí que me sorprende.

—No, en serio. Eso es lo que dará ventaja a Alemania sobre Inglaterra, por ejemplo. El balance final en la hoja de resultados. Los Tommies creen, y se equivocan, que su victoria les ha valido el derecho a acceder a esos valores humanos primero. Por eso crearon su estado del bienestar, pero la historia demostrará que no se lo pueden permitir. Ya verá cómo no me equivoco.

Siguió haciendo comentarios de ese tenor; quizá Schramma se veía como el nuevo Paul Samuelson, aunque tampoco es que importara demasiado, porque unos minutos después dejé de escucharlo. Tal vez sea un consejo digno de tener en cuenta con todos los economistas. Transcurridos varios minutos más, un hombre que llevaba un abrigo Gannex y un sombrero Karakul llegó pendiente arriba desde la zona del río y cruzó la verja de entrada a la casa blanca.

—Allá vamos —dijo Schramma.

Ya me había dado un pañuelo con el que taparme la cara, pero ahora sacó una Walther PPK, accionó la corredera, la aseguró bajando el gatillo y me la tendió, pero luego retuvo la pistola un momento para poder pronunciar una breve charla.

—Para que lo sepa, tengo que pagarle a otra persona parte de mi tajada, y esa persona sabe quién es usted.

—Ah, ¿sí? ¿Quién es?

—Lo único que debe saber es que, si me la juega, también se la jugará a él. Así que más vale que no se le ocurra ninguna idea brillante, Gunther. Quiero que me cubra la espalda, no que me pegue un tiro en ella. ¿Está claro?

—Claro.

Pero evidentemente no lo estaba, ni de lejos. Sabía que había una bala en la recámara —era imposible accionar la corredera de una automática sin meter un proyectil—, pero no tenía ni idea de si era munición real o de fogueo. Tal como veía yo el asunto, darme un arma cargada era correr un riesgo. ¿Por qué lo hacía, entonces? ¿Qué iba a impedirme arrebatarle los diez mil después de que él se los hubiera robado al general?

Supuse que una bala de fogueo cumpliría su propósito tan bien como una real; nadie iba a discutir con una pistola, y si tenía que disparar, causar un estruendo sería casi tan efectivo como meterle un balazo a alguien. Y, claro está, no tan peligroso para esa persona. Como es natural, podría haber accionado la corredera y dejado caer la bala en la palma de la mano para averiguar si era una cosa u otra, pero, curiosamente, a los dos nos convenía que yo me condujera como si el arma estuviera cargada, incluso si no lo estaba. Por supuesto, se me había pasado por la cabeza que el auténtico fin de que me pidiera que lo acompañase no fuera protegerlo sino comprobar que podía confiar de veras en mí o incluso ser el que cargara con las consecuencias. Supuse que tenía más probabilidades de salir bien parado si le hacía creer a Schramma que estaba seguro de ir armado como era debido.

Soltó el arma y me la guardé enseguida en el bolsillo del abrigo.

Nos apeamos del coche y lo seguí a través de la cerca. Rodeamos el lateral de la casa y fuimos hasta la puerta de atrás. El organista había empezado a tocar otra cantata, que los grajos y cuervos parecían disfrutar más que yo, a juzgar por cómo se habían unido al coro. A esas alturas había alguna luz encendida en la casa, pero solamente en el segundo piso.

Schramma se detuvo junto a una carretilla apoyada contra la pared y miró por la ventana de la puerta trasera, que no estaba cerrada con llave. Unos momentos después habíamos entrado en la casa. Había un fuerte olor a manzanas y canela en el ambiente, como si alguien hubiera estado preparando strudel, pero no me abrió el apetito. De hecho, sentí unas leves náuseas; no pude por menos de reparar en que la empuñadura del calibre 38 que llevaba Schramma en la mano estaba recubierta de cinta adhesiva, como si planeara dejarlo en el escenario, lo que no auguraba nada bueno para nadie, y menos aún para mí. Uno no planea deshacerse de un arma a menos que la haya utilizado. Así pues, me atemorizaba no tener claro en qué me había metido. Pero ¿qué otra opción tenía? Christof Ganz apenas estaba comenzando su vida y tampoco es que tuviera ninguna otra nueva identidad a mi disposición. Ni siquiera en Alemania. De momento, por lo menos, tenía el pie bien atrapado entre las fauces dentadas de acero del cepo de Schramma.

Schramma dejó en equilibrio el puro medio mascado en el extremo de la mesa de la cocina, se cubrió la nariz y la boca con el pañuelo en plan forajido y luego me indicó con un gesto de cabeza que hiciera lo propio. Enfilamos con sigilo un pasillo apenas iluminado hacia una habitación de la que llegaban voces en la parte anterior de la casa.

6

En el interior de la habitación todo marchaba según lo previsto: el general, un hombre bajo con bigote encerado al estilo del káiser Guillermo y un chaleco de cuero verde, estaba de pie en el comedor, frente a un individuo con un abrigo Gannex que era más joven de lo que había supuesto y lucía una de esas barbitas rubias que tanto les gustaban a los aspirantes a leninistas. El dinero, diez mil marcos contantes y sonantes, estaba encima del mantel a cuadros rojos bajo la mirada de un retrato del Renacimiento nórdico de una joven con una carta de papel vitela doblada en la mano. Era una buena noticia que su expresión no revelase nada. Aunque también es verdad que estaba perdiendo pelo en la coronilla, por lo que no tenía mucho de lo que alegrarse.

—¿Quién demonios son ustedes? —espetó el general—. ¿Qué es esto?

—El arma y el pañuelo deberían darle alguna pista, general —contestó Schramma—. Vengo con la intención de robar ese dinero. Pero si hace exactamente lo que le diga, no sufrirá ningún daño. —Se hizo a un lado y señaló la puerta con un golpe de pistola—. Abajo. Ahora mismo.

El general se encaminó hacia la puerta, pero el otro hombre se quedó plantado como si Schramma no se hubiera dirigido a él.

—Usted también —añadió Schramma.

El hombre del abrigo Gannex frunció el ceño como si le cogiera por sorpresa.

—¿Yo?

Schramma apoyó la pistola en la cabeza del individuo y le levantó el Karakul, que le quedó sobre la coronilla rubia como el solideo de un eclesiástico. Lo cacheó rápidamente en busca de un arma. Al no encontrarla, dijo:

—¿Qué quiere, una orden por escrito? Sí, usted también.

El del sombrero lanzó a Schramma una mirada entre furiosa y amarga, casi como si se conocieran, y quizá habría dicho algo más de no ser por el arma que empuñaba el policía. Nunca es buena idea hacerse el valiente cuando te apuntan con un calibre 38. Hay quien ha recibido un tiro por menos. Supongo que el general lo sabía. Y quizá se había fijado, como yo, en que la empuñadura estaba recubierta de cinta adhesiva, y lo más probable era que también el gatillo. Así pues, se mordió el labio, con buen juicio a mi modo de ver, y echó a andar delante de nosotros. Yo cerraba la comitiva como un estúpido postillón que parecía estar de más.

Seguí a los tres hombres escaleras abajo entre crujidos de peldaños. Al final de un largo pasillo embaldosado había una puerta metálica grande y gris con dos cerraduras. Debajo de una mirilla se leía la palabra PANZERLIT. Era un refugio antiaéreo.

—Ábrala —le dijo Schramma al general.

—¿Qué van a hacer? —preguntó este, al tiempo que movía la manilla. Abrió la puerta y encendió la luz para revelar una bodega bastante amplia. Un intenso aroma a botellas cubiertas de moho y humedad saturó el aire. No sabía gran cosa de vino, pero calculé que allí debía de haber por lo menos un millar de botellas. Era el refugio antiaéreo mejor equipado que había visto.

—Voy a encerrarlos aquí para que no puedan llamar a la policía —expuso Schramma, quien volvió a señalar con un golpe de pistola—. Adentro. Los dos.

—No se saldrá con la suya —replicó el hombre del sombrero, que se lo arrancó de la cabeza y lo sostuvo entre las manos como si se fuera a poner a rezar.

—¿No?

—No. Cometen ustedes un grave error. ¿Saben de quién es este dinero? De la división de inteligencia exterior del Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania Oriental. De ellos es.

—Calle y entre en el sótano —insistió Schramma.

—Los del MSE irán a por ustedes. Lo saben, ¿verdad? Este dinero solo le granjeará un montón de noches en blanco.

—No pasa nada. De todos modos, no duermo mucho.

Los dos hombres entraron en la bodega y se volvieron para encararse con Schramma, quien los había seguido unos pasos hacia el interior. Entonces se metió el índice en un oído, y eso, sumado a la cinta adhesiva que recubría la empuñadura del arma, me llevó al convencimiento de que iba a matarlos a los dos. Retrocedí un paso por instinto al tiempo que él daba uno hacia delante —para no errar el tiro, supongo— y, al cabo de un momento, le disparó al general y luego le disparó también al del sombrero. En el atronador instante que separó un tiro del siguiente, decidí que yo bien podía ser su tercera víctima y, reculando velozmente, cerré la puerta de acero a mi espalda y la atranqué con un mango de hacha de buen tamaño que alguien había dejado tirado en el suelo.

Me arranqué el pañuelo de la cara y me llené los pulmones de aire que olía a quemado. Los oídos me pitaban por efecto de los disparos y transcurrieron unos segundos antes de que oyera a Schramma golpeando la puerta y gritando. A través de la mirilla vi uno de sus brillantes ojos fijo en mí como un trozo de topacio azul. Entretanto, me las había arreglado para obstruir la manilla de la otra cerradura con medio ladrillo. El aroma a strudel de la casa había desaparecido; ahora solo alcanzaba a oler a pólvora y muerte.

—¿Qué demonios cree que está haciendo, Gunther? —gritó sin alzar demasiado la voz—. Déjeme salir de aquí.

—Me parece que no —repuse.

—No sea idiota. No hay tiempo para esto. Tenemos que salir de aquí por si alguien ha informado de los disparos.

—Me alegra que lo mencione. —Le quité el cargador a la Walther e inspeccioné rápidamente la munición. Balas de fogueo. Lo que había pensado—. ¿Por qué los ha matado? No tenía por qué hacerlo.

—¿Para qué correr el riesgo de que nos identificaran? Así lo veo yo.

—Ah, ya lo entiendo. Solo que me da la impresión de que también iba a matarme a mí. ¿Por qué no? Ahora mismo soy más prescindible que un tallo de apio.

—¿Por qué lo dice?

—Bueno, por un lado, es un poli corrupto que sabe cómo manipular un escenario del crimen. Y por otro, esta pistola que me ha dado lleva munición de fogueo.

—Claro. Quería ver si podía confiar en usted. Oiga, escúcheme. Déjeme que le hable de estos dos Fritzes a quienes acabo de matar. El del sombrero era de la Stasi. El otro era un criminal de guerra nazi. Permaneció impune durante años. Nadie va a llorar por estos dos. Se lo tenían merecido.

—Yo también he apretado el gatillo un par de veces contra gente que se lo merecía. Por lo menos, eso me dije en su momento. Ahora me doy cuenta de que todos nos lo tenemos merecido. Yo, probablemente. Usted, en especial.

—Olvídelo. Ya están muertos. Mire, igual el diez por ciento del botín no era justo por mi parte. Lo entiendo. ¿Qué le parece la mitad? Le daré la mitad del dinero. Pero no me deje aquí. ¿Qué dice, Gunther?

—Digo que no hay trato.

—Hasta le daré un empleo en mi nueva fábrica de cubertería.

—No tiene nada que me interese, Schramma.

El ojo azul detrás de la mirilla se amusgó y luego desapareció.

—Si mira por la mirilla me verá descargar el revólver antes de abrir la puerta. ¿Qué le parece?

—Dudo que vaya a dar resultado. Seguro que lleva una tercera arma en el bolsillo del abrigo. La que iba a usar contra mí y luego a dejar en la mano del tipo muerto de la Stasi.

El ojo volvió a la mirilla.

—Piénselo, Gunther. No se lo puede contar a la policía, porque ¿a quién le parece que creerían? ¿A mí, un poli local con treinta años de servicio? ¿O a usted, un hombre que vive bajo un nombre falso? Ahora mismo, los dos podemos largarnos de aquí como si nunca hubiéramos estado.

—No le falta razón. Y como es natural no voy a llamar a la policía. ¿Quién ha dicho que fuera a llamar a la policía?

—Entonces, ¿qué va a hacer? No puede dejarme aquí sin más.

—Claro que puedo. Ya aparecerá alguien. Quizá.

—El general vive solo.

—Entonces, más le vale que haya un sacacorchos por ahí en alguna parte. Con tanto vino... Sería una pena desperdiciarlo. Puede pasar una buena temporada antes de que aparezca alguien y le abra la puerta.

—Y a usted. —El único ojo azul se entornó de nuevo—. ¡A usted más le vale que no salga nunca de aquí! —gritó—. Porque si salgo, lo mato, Gunther.

Los oídos me pitaban todavía como un timbre de alarma; un timbre de alarma que me alertaba de que cuanto más me quedara allí más posibilidades tenía de meterme en un serio aprieto; aunque largarme de allí tampoco es que fuera a solucionarlo por completo. Tenía los rudimentos de un plan a medio formar en la cabeza, pero iba en contra de todo lo que me dictaba el instinto.

—Esto es una mala idea, lo sé. Pero ha sido usted quien me ha acorralado en este rincón. Además, los dos sabemos que iba a matarme de todos modos. Para eso ha recubierto la empuñadura de la pistola con cinta adhesiva. Para dejarla aquí y crear la impresión de que me pegaron un tiro mientras intentaba robar a estos dos. Creo que he ganado un poco de libertad de movimiento por ahora. Con diez mil marcos puedo irme muy lejos de Múnich. Para cuando alguien lo encuentre aquí estaré muy lejos de esta ciudad. Quizá fuera del país. Usted preocúpese por lo que ocurra si se presenta aquí la poli y lo encuentra con un arma homicida y dos cadáveres. Ni siquiera los polis de Múnich son tan idiotas como para no resolver este caso. Lo que tenemos aquí es un misterio a puerta cerrada en el que la única incógnita es cómo ha sido tan estúpido como para dejarse atrapar a las primeras de cambio.

—No esté tan seguro, Gunther. A pesar de las pruebas en sentido contrario, se me da bien mi trabajo. Me prestarán oídos.

—Es usted bueno, caballero. Muy convincente. Apuesto a que sería capaz de venderle un filete a un carnicero. Pero correré el riesgo. Que da la casualidad de que es lo que se me da bien a mí.

7

Me guardé el arma en la cinturilla del pantalón, subí corriendo, me llené los bolsillos con el dinero y salí con cautela de la casa blanca. No había nadie en las inmediaciones y, según mis oídos, el organista seguía interpretando a Bach como si no hubiera ocurrido nada. Tal vez por eso le guste su música a la gente. No volví al coche. No era mío. En cambio, fui pendiente abajo a través de los árboles y luego calle arriba hasta el puente de Max-Joseph para cruzar el Isar. Me detuve a la mitad para contemplar las turbulentas aguas de color café en un esfuerzo por quitarme de la cabeza parte de lo que acababa de ocurrir. No hay nada como el sonido y la imagen de un río crecido para aliviar el espíritu humano de lo que le angustia, y, si eso no funciona, siempre te puedes ahogar. Cuando tuve la seguridad de que no había nadie cerca del puente, tiré la Walther al río y luego fui en dirección oeste hasta el Jardín Inglés. No estaba seguro de por qué se llamaba así. A mi modo de ver, no tenía nada especialmente inglés, salvo tal vez la cantidad de gente de aire engreído que cabalgaba en imponentes caballos o paseaba grandes perros; por otra parte, quizá fuera la presencia de una inmensa pagoda china. Tengo entendido que ningún jardín inglés está completo sin una de esas. Al lado de la pagoda había una cervecería con terraza donde eché un trago rápido para calmarme los nervios. Se acercaba la hora de presentarme a trabajar en el hospital de Schwabing, pero con diez mil marcos en el bolsillo del abrigo y un par de cadáveres dejados a mi paso supuse que tenía cosas más urgentes que hacer si no quería ir a parar a la cárcel. Así que fui hasta una pequeña fila de taxis y le pedí al primer taxista que me llevara a Kardinal-Faulhaberstrasse, en el centro de la ciudad. Una vez allí, deambulé de aquí para allá un rato, mirando los nombres en las lustrosas placas de latón de los portales hasta que, al lado de un banco, encontré la que buscaba: aquella sobre la que Schramma había tenido detalle de informarme, la del «Doctor Max Merten, abogado». Confiar en un abogado no parecía muy buen plan e iba en contra de mi instinto —algunos de los peores criminales de guerra que había conocido eran abogados y jueces—, pero no veía otra alternativa. Además, este abogado tenía un interés especial en mi caso.

Había un ascensor, pero no funcionaba, de modo que subí por la amplia escalera de mármol hasta la tercera planta, donde me detuve un momento para recuperar el aliento antes de entrar. Tenía que parecer y, más importante aún, sonar tranquilo —aunque no lo estuviera— antes de decirle a un abogado a quien no veía desde antes de la guerra que los dos estábamos vinculados con un doble asesinato. Una mujer que supuse que era la secretaria de Merten se estaba preparando para irse a casa. Al verme, hizo una leve mueca de dolor como si supiera que iba a entretenerla. Llevaba el cabello de color amarillo intenso que podría haberle peinado toda una colmena de abejas y parecía servirle de contrapeso crucial a su pecho, que era extraordinario y apetecible al mismo tiempo. Acaso me tachen de cínico, pero se me pasó por la cabeza que sus aptitudes para la taquigrafía y la mecanografía quizá no fueran las principales razones por las que la habían contratado.

—¿Puedo ayudarlo?

—Quiero ver al doctor Merten.

—Me temo que está a punto de irse a casa por hoy.

—Seguro que querrá verme. Soy un viejo amigo.

No llevaba mi ropa más elegante, así que me di cuenta de que ella lo ponía en tela de juicio.

—¿Puede decirme su nombre?

Era reacio a usar mi nombre auténtico y no creía que tuviera ningún sentido dar el nuevo. A Merten no le habría dicho nada. Tampoco quería mencionar el nombre de Schramma, por la sencilla razón de que ahora era un asesino. Hasta a la secretaria más leal le puede superar un poco algo así.

—Dígale solo que soy de la Alex, en Berlín. Él sabrá a qué me refiero.

—¿La Alex?

—Ya que lo pregunta, era el Praesidium de Alexanderplatz. Como el que tienen aquí en Múnich, pero más grande y más bonito. O por lo menos lo era hasta que llegó Karl Marx a la ciudad. Yo era policía. Por eso nos conocemos.

Un poco más tranquila ahora que sabía que antes era policía, la secretaria de Merten fue a buscar a su jefe. Entró en un despacho al fondo, dejándome con la elegante vista desde la ventana del rincón. El bufete de Merten estaba delante de la iglesia ortodoxa griega de Salvatorstrasse. Construida con ladrillo rojo al estilo gótico, la iglesia parecía curiosamente ajena a todo el resto de la calle, por lo demás de un uniforme estilo barroco. Seguía contemplándola cuando volvió la secretaria y me informó de que su jefe podía recibirme. Me indicó que pasara al despacho y luego cerró la puerta a nuestra espalda, al tiempo que Max Merten rodeaba la mesa para saludarme.

—Dios mío, no esperaba volver a verlo. Bernie Gunther. ¿Cuánto hace? ¿Quince años?

—Por lo menos.

—Pero me parece que no es poli. Ya no. No, no tiene aspecto de policía. No con esa barba.

—Hace tiempo que no llevo placa.

—Siéntese, Bernie. Coja un cigarrillo. Tómese una copa. ¿Quiere una copa? —Miró el reloj—. Sí, creo que ya es hora. —Fue hasta un enorme aparador Biedermeier y cogió una licorera del tamaño de una farola—. ¿Schnapps? Me temo que es eso o nada. Es lo único que bebo. Eso y cualquier otra cosa que lleve alcohol.

—Schnapps.

Era mucho más grande de lo que recordaba, casi en todos los sentidos: más alto, más escandaloso, más ancho, más gordo; su cabeza cubierta de cabello plateado era inmensa y parecía más propia de un león de piedra. Solo tenía pequeñas las manos. No aparentaba ser más joven que yo, pero lo era; por lo menos, una década. Vestía un grueso traje de tweed de buena calidad, ideal para el invierno en Múnich, y aunque no le sentaba bien —llevaba la cinturilla de los pantalones justo debajo del pecho, como un flotador—, le urgía más un dentista que un sastre; uno de sus incisivos era de oro, pero los demás no tenían tan buen aspecto, quizá por la enorme cantidad de tabaco que fumaba. El despacho despedía un olor acre a cigarrillos egipcios. Yo también fumaba mucho, pero Max Merten podría haber formado parte de la selección oficial de fumadores de Alemania Occidental. Sus cigarrillos llegaban hasta sus carnosos labios rosas de un paquete de Fina encima de la mesa, uno detrás de otro, en una estrecha línea blanca casi ininterrumpida, pasando cada cual una llama diminuta al siguiente, como un testigo en una carrera de relevos sin fin. Me tendió una copa y luego me indicó unos cómodos sillones junto a la ventana, donde descorrió las gruesas cortinas y se sentó frente a mí.

—Bueno, ¿qué ha estado haciendo últimamente?

—He procurado no meterme en líos.

—Sin conseguirlo, por lo que lo conozco.

—Por eso estoy aquí, Max. Necesito un abogado. Es posible que lo necesitemos los dos.

—Ay, Dios. Eso no augura nada bueno.

—Contrató a un poli para que hiciera un trabajo por cuenta propia. Christian Schramma.

—Así es.

—Quería que comprobara los antecedentes de un posible donante de ese partido político que ha fundado. El CPP.

—PPP. Así es. El general Heinkel. Quería averiguar de dónde procedía el dinero para la campaña.

—Bueno, Schramma me contrató a mí. Bueno, quizá no me contrató, sino que no tuve opción de negarme.

—¿Para verificar la procedencia del dinero?

—Eso creía, pero luego resultó que quería que lo ayudara a robarlo. Tampoco tuve opción de negarme a eso. Vivo aquí en Múnich bajo un nombre falso. Por razones evidentes.

—La guerra.

—Eso es.

—Entonces, ¿qué ocurrió exactamente? Usted no es un ladrón.

Le conté todo lo que había ocurrido dentro de la casa del general. Y luego dejé el dinero encima de la mesa, hasta el último de los diez mil marcos.

—El general Heinkel ha muerto.

Asentí.

—Pero ¿quién es el otro muerto?

—No sé cómo se llama. Pero creo que trabajaba para el servicio de inteligencia exterior de Alemania del Este. El MSE.

—¿Qué tiene que ver con esto la RDA?

—Usted iba a ir a casa del general mañana por la mañana a recoger el dinero para el PPP, ¿verdad?

—Sí.

—Los del MSE planeaban avisar a la policía local de modo que fueran a detener al general quien, para quedar libre de culpa, alegaría entonces que el dinero era un soborno para usted y su amigo el profesor Hallstein.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa el general?

—Porque, según Schramma, la Stasi tiene a su hijo en una celda de la cárcel de Leipzig. Yo diría que el tipo del MSE estaba conchabado con Schramma. Pero que este lo traicionó.

—Ya veo. Qué inquietante es todo esto.

—También lo es para mí.

—No tenía idea de que Christian Schramma fuera un tipo tan peligroso.

—Los polis tienen armas. Y alternan con toda suerte de gentuza. Eso hace que sean peligrosos.

—¿Y Schramma sigue allí? ¿Encerrado en la bodega del general con los dos cadáveres?

—Eso es. —Tomé un sorbo de schnapps y cogí un cigarrillo—. Teniendo en cuenta que fue usted quien lo contrató, he pensado que igual tiene idea de qué hacer ahora. Si no fuera porque vivo bajo un nombre falso y que su amigo es un poli con un montón de años de servicio, habría llamado a la policía yo mismo y les habría dejado que se ocuparan ellos. Esperaba que lo hiciera usted en mi lugar.

—Ha hecho lo correcto al acudir a mí, Bernie. Bueno, por lo que ha dicho, parece un caso más que claro: dos cadáveres y el asesino y el arma homicida, todos en una habitación cerrada. Pero sé por experiencia que incluso los casos que parecen abiertos y cerrados tienen la manía de no encajar como es debido, desde el punto de vista de las pruebas. Y luego hay que tener en cuenta a la policía de Múnich, claro. Si Schramma es un poli corrupto, hay muchas posibilidades de que también haya otros agentes corruptos. Fingirán creer su versión y lo dejarán en libertad sin más. No, hay que plantearse con sumo detenimiento a quién llamar, y cuándo. Es posible que tenga que dar parte al Ministerio de Justicia del Estado de Baviera.

—Eso es cosa suya, claro. Pero, al margen de a quién se lo diga, haga el favor de tener en cuenta que, si yo tuviera necesidad de un abogado, no puedo costearme uno como usted. Espero que haber venido a ponerlo sobre aviso de todo lo que ha ocurrido sea suficiente para que me acepte como cliente de manera gratuita.

—Ah, desde luego. Y se lo agradezco. Mucho. Después de todo, podría haber desaparecido con el dinero y yo no me habría enterado de la misa la media.

—Me alegra que lo vea así, Max.

—Por cierto, ¿qué espera que haga yo con todo este dinero en efectivo?

—Eso es cosa suya. Nadie aparte de mí sabe que lo tiene.

—¿Cuánto hay, por cierto?

—Diez mil.

—Supongo que tendré que entregárselo a la policía.

Le di una larga calada al cigarrillo y entorné los ojos para que no me entrara humo. Si el gesto me confería un aspecto cauteloso y pensativo, esa era siempre mi intención.

—Me da la impresión de que tiene alguna que otra idea de su cosecha acerca de qué hacer con el dinero —comentó Merten.

—Si se lo da a la policía, tendrá que decir de dónde lo sacó. O quién se lo dio. Lo primero sería incómodo para usted. Lo segundo me perjudicaría a mí. Yo le aconsejaría que lo use para el PPP de todos modos. Como era su intención desde el principio. Tampoco es que se lo pueda devolver a la RDA.

—Pero si me quedo el dinero para el PPP, eso nos deja con la incógnita de qué hacer con Christian Schramma. No podemos dejarlo allí dentro sin más, ¿verdad? Con esos hombres muertos y Schramma encerrado en la bodega es muy posible que la policía no vaya a presentarse mañana en casa del general dispuesta a efectuar una detención. Sin Schramma o alguien que dé la alarma, podría pasar allí una buena temporada. El general llevaba una vida bastante solitaria. No sé si tenía ama de llaves siquiera.

—También he pensado qué hacer con Schramma.

—A ver.

—Lo contrató usted. Puede librarse de él. Y no, no me refiero a eso.

—Entonces, ¿a qué?

—Volvemos allí y lo convencemos de que tenga la boca cerrada.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Lleva razón, claro. No tiene sentido demorarlo y esperar que se arregle solo. El mueble preferido del diablo es la tumbona. Y ¿de verdad cree que debemos dejarlo ir?

—Pues más o menos sí.

—Pero ha matado a dos personas a sangre fría.

—Dar parte a la policía no les devolverá la vida. Y solo nos daría quebraderos de cabeza a nosotros. Una vez acuda a comisaría, es imposible saber lo que dirá. A hombres que son amigos suyos. No querrán creernos a nosotros.

—Cierto. Aun así, no me gusta. Ha dicho que todavía está armado, ¿no?

—Ajá.

—¿Y si le dejamos salir de la bodega y dispara contra nosotros? ¿Y si nos mete allí dentro, se queda el dinero como era su intención y luego nos mata a los dos?

—Creo que sé cómo evitar que lo haga.

—¿Cómo?

—¿Tiene una cámara?

—Sí.

—De acuerdo. Creo que debemos hacer lo siguiente.

8

Enfilamos Maximilianstrasse en dirección este en el Mercedes de Merten y cruzamos el Isar por el puente de Maximiliano, antes de doblar a la izquierda y hacia el norte Möhlstrasse arriba. Merten no había estado nunca en la casa del general muerto, por lo que yo le daba indicaciones. Volvía a nevar y ante los faros del coche los copos parecían burbujas en un vaso de cerveza blanca.

—Le estoy muy agradecido —reconoció Merten.

—No hay de qué, Max.

—Mire, me trae sin cuidado lo que hizo en la guerra. De verdad, eso no es asunto mío. Pero se supone que soy funcionario del tribunal de Baviera. Así que más me vale saber un par de cosas acerca de su situación actual. Si voy a ser su abogado, tiene que decirme si lo busca la justicia por algo en concreto. Más allá de lo evidente.

—¿Qué es lo evidente?

—Me refiero a su pasado en el Servicio de Inteligencia, el SD.

—En realidad, no hay nada. Ya sé lo que parece, por lo de que me oculto bajo un nombre falso y tal, pero tengo la conciencia tranquila. —No estaba tan convencido, pero, al menos de momento, no tenía intención de contarle toda la historia de mi vida—. El caso es que soy un prisionero de guerra huido de un campo ruso. Maté a un hombre en la RDA cuando huía. Un alemán. Si me descubren, me cortarían la cabeza. Pero lo más probable es que la Stasi quisiera asesinarme con discreción.

Eso, al menos, sí era cierto.

—Entonces no hay problema. Por un momento pensé..., bueno, ya puede imaginar lo que pensaba. Siempre corrían por la Alex muchos rumores sobre el famoso Bernie Gunther. Que Himmler le dio una patada una vez. Que cumplía órdenes de gente como Goebbels y Göring, pero que sobre todo trabajaba para el general Heydrich.

—A regañadientes.

—¿Cabía siquiera esa posibilidad?

—Sí, si Heydrich lo decidía así.

—Supongo. Lo último que supe de usted fue que lo habían enviado a Rusia como miembro de un batallón de policía, a las órdenes de aquel otro asesino, Arthur Nebe, con el Grupo Operativo B.

—Así es. Solo que no asesiné a nadie.

—Sí, claro, claro, pero ¿a cuántos mató él? ¿Cincuenta mil?

—Algo por el estilo.

—Cuesta creer que dos o tres años después formara parte de la trama de Stauffenberg para asesinar a Hitler.

—De hecho, a mí me cuesta más aún creer que asesinara a cincuenta mil personas —dije—. Pero lo hizo. Nebe estaba lleno de contradicciones. Sobre todo, era un cínico oportunista. A principios de los años treinta, un nazi a ultranza; para 1938, integrante de una de las primeras tentativas para librarse de Hitler. Después de la milagrosa caída de Francia, un nazi comprometido dispuesto a hacer cualquier cosa para medrar, incluido el genocidio; y para 1944, cuando vio hacia dónde soplaba el viento, parte de la incompetente trama de Stauffenberg. Si fuera el personaje de un libro, nadie se lo creería. —No, supongo que no. En cualquier caso, quien esté libre de pecado... De no ser por sus buenos consejos, quizá yo me encontraría en su misma situación, Bernie.

—¿Por qué lo dice?

—Me refiero a que fue usted quien me disuadió de entrar a formar parte del Partido y las SS. ¿Lo recuerda? Justo antes de la guerra era un ambicioso abogado sin apenas experiencia en el Ministerio de Justicia, ansioso por hacer carrera. Por aquel entonces ingresar en las SS y el Partido Nazi era la forma más rápida de abrirse camino. En cambio, yo me quedé en el ministerio, por fortuna. Si no me hubiera quitado esa idea de la cabeza, Bernie, lo más probable es que hubiera acabado en el SD y al mando de algún grupo de operaciones especiales de las SS en los estados bálticos encargado de matar mujeres y niños judíos, como muchos otros abogados que conocía, y ahora estaría en busca y captura, como usted, o algo peor: podría haber corrido la misma suerte que esos otros hombres que acabaron en la cárcel, o ahorcados en Landsberg. —Meneó la cabeza y frunció el ceño—. A menudo me pregunto cómo habría afrontado ese dilema en particular. Ya sabe, el asesinato en masa. Qué habría hecho. Si hubiera sido capaz de hacer... eso. Prefiero creer que me habría negado a cumplir esas órdenes, pero si he de ser sincero, no sé la respuesta. Creo que mi deseo de seguir vivo me habría convencido de hacer lo que se me ordenaba, como cualquier otro abogado. Porque hay algo en mi profesión que a veces me horroriza. Me parece que los abogados pueden justificar casi cualquier cosa ante sí mismos, siempre y cuando sea legal. Pero cualquier cosa puede hacerse legal si se apunta a la cabeza con un arma a un parlamento entero. Incluso el genocidio.

—Doble a la derecha ahí delante y luego continúe dejando el río a la izquierda.

—De acuerdo.

—Bueno, ¿cómo le fue la guerra, Max?

—Por suerte, sin incidentes. Me reclutó la Luftwaffe cuando empezó la guerra y serví un tiempo en una batería antiaérea en Bremen y luego en Stettin. Era muy tranquilo. Demasiado tranquilo, en realidad. Quiero decir que me aburría mucho. Así que en 1942 fui al Comité de Guerra y me presenté voluntario al ejército. Pasé por la escuela de formación de oficiales, llegué a capitán y conseguí un destino tranquilo en un sitio cálido y soleado. De hecho, lo pasé bastante bien, teniendo en cuenta la situación.

—Gire a la izquierda por Neuberghauserstrasse y luego aparque. No queda muy lejos de aquí, pero más nos vale asegurarnos de que no esté la poli antes de entrar. Y no se olvide de la cámara.

Prendió otro cigarrillo con la colilla del anterior y la tiró.

—Buena idea.

Estacionó el Mercedes un poco más allá de la casa blanca y luego permanecimos unos minutos junto al coche antes de asegurarnos de que aún no se habían descubierto los asesinatos.

—Voy a entrar yo primero, solo —dije—. Por si acaso. Espere un par de minutos. Subiré a la segunda planta y haré parpadear una luz para indicarle que todo está bien antes de que me siga. No tiene sentido que nos detengan a los dos. Pero si me trincan, no olvide ir a verme al Praesidium en cuanto pueda. Ya pasé allí una noche y no me gustó nada.

—Gracias, Bernie. Se lo agradezco.

Fui hacia la casa blanca, dejé atrás la iglesia y crucé la cancela de la cerca. La puerta de atrás seguía sin cerrar, y unos minutos después Max Merten y yo estábamos en la cocina. El puro de Schramma continuaba en equilibrio en el borde de la mesa de la cocina donde lo dejó.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó—. ¿Lo oye?

—Supongo que es Christian Schramma pidiendo ayuda a gritos.

Bajamos y me encontré su ojo azul escudriñando por la mirilla, igual que antes.

—Déjeme salir de aquí —gritó a través de la puerta de acero.

Me acerqué a la mirilla y le sostuve la mirada. Él golpeó la puerta como si deseara que hubiera sido mi cara y luego retrocedió varios pasos. Estaba claro que había encontrado un sacacorchos; había por lo menos dos botellas abiertas que no lo estaban la última vez.

—Estoy dispuesto a dejarle salir —grité—. Pero con tres condiciones.

—¿Cuáles?

—La primera es que escriba una confesión completa en su libreta. Sé que tiene una porque la vi en el bolsillo del abrigo cuando sacó ese calibre treinta y ocho. Puedo leer lo que escriba por la mirilla. La segunda es que lo vea quitar la cinta adhesiva de la empuñadura del revólver y vaciar el cargador. Calculo que le quedan cuatro balas. Puede meterlas todas en una botella de vino. Cuando el arma esté cubierta de sus huellas dactilares, puede dejarla encima de la mesa donde yo la vea.

—¿Y la tercera condición?

—Esta va a llevar algo más de tiempo. Quiero verle beber el contenido de varias botellas. Solo cuando esté seguro de que está borracho como una cuba abriré la puerta. Si hace todo lo que le digo a mi entera satisfacción, el doctor Merten y yo lo llevaremos en carretilla a su coche y lo conduciremos hasta el Jardín Inglés, donde lo dejaremos para que duerma la mona toda la noche.

—Y luego, ¿qué?

—El trato es el siguiente: nos olvidaremos de que tuvo nada que ver con estos asesinatos si usted se olvida de mí. Y del dinero. El dinero va a ir a parar al PPP de todos modos. Yo volveré a mi trabajo de mierda en el depósito de cadáveres del hospital y usted puede volver al suyo, velando por la ley en esta hermosa ciudad. Siempre y cuando tenga la boca cerrada acerca de todo, nadie se enterará jamás de que mató a estos dos hombres. Pero si un poli con gorra absurda me reprende, aunque solo sea por silbar en la calle, deduciré que el trato se ha roto y la policía descubrirá esa pistola con sus huellas y su confesión.

No mencioné la cámara. Quería que la existencia de fotografías de Schramma junto a dos cadáveres fuera un elemento extra de persuasión amistosa, llegado el caso.

—Que le den, Gunther. A usted también, Merten. Que les den a los dos. Seguro que acabará por aparecer alguien aquí dentro de poco y me dejará salir; y cuando eso ocurra...

—No va a venir nadie. El general vivía solo, como usted dijo.

—Alguien vendrá. Vendrá la policía. Mañana. Eso es. Vendrán porque les avisé para que vinieran a detener al general y a Merten. Tal como le dije.

—No. Me parece que eso es lo que pensaban que iba a ocurrir esos dos hombres a los que asesinó. Pero no. Creo que usted quería que sus cadáveres siguieran ahí, sin que los descubrieran, durante tanto tiempo como fuera posible. El tiempo suficiente para ponerse a salvo, por lo menos.

—Puede creer lo que le venga en gana. Pero le aseguro que se presentarán aquí mañana. Y cuando vengan les diré que me tendió una encerrona. La situación no me favorece, claro. Pero ¿a quién le parece que creerán? ¿A mí, un poli con placa desde hace veinticinco años, o a usted, un hombre con falsa identidad.

—Muy bien. No le falta razón. Pero piénselo bien. Aunque podría haberlo dejado morir de hambre aquí, no lo he hecho. He vuelto a por usted. Sin embargo, veo que no quiere entrar en razón. Así que no volveré. No puedo correr ese riesgo. Y esta vez tendré buen cuidado de apagar todas las luces y cerrar la puerta al salir. Bogenhausen es una zona muy retirada. La gente no se mete en los asuntos del prójimo. Podrían tardar meses en encontrarlo. La inanición es una manera horrible de morir. Pero quizá si bebe suficiente vino de ese, no note tanto dolor. Eso espero, por su bien. Hay un pequeño cementerio ahí al lado. Me da la impresión de que enterrado vivo en esta bodega ya está más o menos igual que allí.

Apagué la luz del sótano, que también controlaba la luz en el interior de la bodega, y empujé a Max Merten hacia las escaleras, como si fuéramos a irnos de verdad.

—¡Vale, vale! —grito Schramma—. Usted gana, Gunther. Lo haré a su manera, so cabrón.

Volví a encender la luz y regresé hasta la mirilla, dispuesto a supervisar todo el laborioso proceso de cerciorarme de que tendría algo remotamente parecido a un futuro.

9

Todo discurrió según lo planeado, o casi. Incluso con cuatro botellas de Spätburgunder del bueno entre pecho y espalda, Schramma se las ingenió para sacar un arma del bolsillo e intentar dispararme —era la que había tenido previsto usar contra mí desde el primer momento, después de que en teoría yo hubiera abatido a los otros dos con el calibre 38— y me vi obligado a dejarlo inconsciente por completo de un gancho rápido a la cara. Después de haberlo fotografiado con los muertos, los arrastramos arriba y lo sacamos al jardín, donde lo cargamos en la carretilla y lo llevamos de regreso a su coche. Estaba oscuro y caía una fuerte nevada, pero no nos vio nadie. En Bogenhausen seguramente lo habríamos podido sacar de la casa en mitad de un día de verano y nadie se habría percatado.

Con Merten siguiéndome, conduje el BMW a través del puente hasta el Jardín Inglés y lo abandoné allí con Schramma en un lugar tranquilo cerca del monóptero, que es una especie de templo griego en la cima de una colina dedicado a Apolo, uno de los dioses que gozan de mayor popularidad en Múnich. Después de todo es el dios de la profecía, y a los bávaros eso les gusta. Desde luego, Hitler así lo creía.

—¿Y si se muere congelado? —dijo Merten.

—Mire que lo dudo.

—No me gustaría cargar con ninguna muerte sobre mi conciencia.

—No se preocupe por eso. Estará bien. Cuando era un poli que hacía la ronda en Berlín me topé con muchos borrachos que habían sobrevivido a noches más frías que la que pasará Schramma en ese BMW. Además, esto ha sido idea mía, no suya. Así pues, aunque muriera, usted no tendría nada que reprocharse. Yo puedo vivir con ello después de lo que él tenía pensado hacer conmigo.

—Necesito un trago.

—Yo también.

—Mejor en algún sitio alegre. Tengo a esos dos muertos grabados en las retinas. Venga. Invito yo.

Merten condujo en dirección sur hasta la Hofbräuhaus de Platzl, una cervecería de tres plantas que se remonta al siglo XVI en cuya planta de arriba Hitler pronunció en cierta ocasión un importante discurso, solo que nadie menciona eso ahora. Hoy en día la gente agradece más una pequeña banda de viento. Ocupamos una mesa apartada que hacía esquina con un alféizar de ventana de la anchura de la tapa de un ataúd y pedimos cervezas tan altas como paragüeros. Intenté llevar la cuenta de los cigarrillos que fumaba el abogado, no por insulsa curiosidad sino llevado por el deseo de sentirme mejor con respecto a mi propia adicción. Sentado junto a Merten me sentía mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo. Hasta me las apañé para convencerme de que me encontraba en un estado óptimo de salud. El tipo echaba más humo que el valle del Ruhr. Durante un rato nos limitamos a beber y fumar y no hablamos en absoluto, pero poco a poco la música y la cerveza nos dieron alcance y al final dijo:

—Hablando como berlinés, Múnich deja mucho que desear en ciertos aspectos, pero desde luego que la cerveza no es uno de ellos. No hay cerveza como esta en ningún lugar del mundo. Ni siquiera en Asgard. En un momento u otro habré probado todas y cada una de las cervezas de esta zona. No es una gran afición, lo sé, pero desde luego es mejor que coleccionar sellos. También deja mejor sabor.

—¿Alguna vez echa de menos Berlín, Bernie?

—Claro. Pero ahora mismo Berlín anda como Amelia Earhart, ¿no? Perdido en una isla desierta en mitad de un inmenso mar rojo y hostil. Así que no tiene sentido desear encontrarse allí.

—Sí, pero Múnich tiene algo que no es tan bueno como Berlín. Solo que no sé lo que es.

—Si Berlín es Amelia Earhart, entonces Múnich es Charles Lindbergh: rico, reservado, vano y con una historia más que cuestionable.

Merten sonrió hacia el interior de una cerveza del color de una buena noche ya disfrutada y a punto de desaparecer sumidero abajo.

—Estoy en deuda con usted —aseguró.

—Ya me lo dijo. Y no hace falta que lo repita. Basta con que siga invitándome a cervezas.

—No, en serio, me gustaría ayudarlo, Bernie. Por los viejos tiempos. Dijo que es celador en el depósito de cadáveres del hospital de Schwabing, ¿no?

—Ah, ¿sí?

—Un hombre con sus aptitudes está desaprovechado en un lugar así.

—¿A qué aptitudes se refiere, Max? ¿Manipular un escenario del crimen? ¿Dejar a un hombre sin sentido? ¿Apañármelas para que no me peguen un tiro?

—Ser poli, claro, cosa que hizo durante un montón de años.

—Por eso ahora disfruto de una pensión tan generosa de la policía.

—Casualmente estoy al tanto de que hay un puesto vacante aquí en Múnich. Se le daría muy bien.

—Tengo un empleo que se me da muy bien. Cuidar de los muertos. De momento, no he tenido quejas. Ellos no me molestan y yo no los molesto a ellos.

—Me refiero a un empleo como es debido. Un empleo con perspectivas.

—De repente, todo el mundo me ofrece trabajo. Oiga, Max, los polis no somos buena gente. Dedicamos nuestras mejores cualidades al trabajo, y a la vida solo le tocan las sobras. No me tome nunca por un tipo decente. Nadie más lo hace.

—A ver, haga el favor de escucharme, ¿quiere?

—De acuerdo. Lo escucho.

—Un trabajo respetable.

—Ah. Entonces quedo descartado. Hace muchos años que no soy respetable. Lo más probable es que no vuelva a serlo nunca.

—Le hablo de un trabajo en seguros.

—Seguros. Eso es cuando la gente apoquina dinero a cambio de tranquilidad. No me importaría gozar de un poco de tranquilidad. Solo que dudo de que pueda permitirme la prima.

—Múnich RE es la empresa más importante de Alemania. Un amigo mío, Philipp Dietrich, es director del departamento de tasación de daños. Resulta que está buscando un nuevo investigador de demandas por daños y perjuicios. Un tasador de pérdidas. Y me da la impresión de que a usted se le daría de maravilla.

—Es cierto que de riesgos sé mucho, los he corrido toda mi vida, pero no tengo ni idea de seguros, aparte de que no tengo ninguno.

—«Investigador de demandas» no es más que una manera educada de describir a uno que cobra por averiguar si alguien miente. Corríjame si me equivoco, pero ¿no es eso lo que hacía en la Alex? Se dedicaba a buscar la verdad, ¿no? Además, se le daba estupendamente, si mal no recuerdo.

—Es mejor dejar de lado esos recuerdos, si no le importa. Eran los de un hombre que se llamaba de otra manera.

—Lo que se decía en la Alex era que durante un tiempo fue usted el mejor inspector de la Comisión de Homicidios. Todo un experto.

—Sin duda vi muchos asesinatos. Pero hágame caso: si busca la verdad, no le pregunte a un experto en nada. Lo que obtendrá es una opinión, que es algo muy distinto. Además, los polis y los inspectores no son expertos, Max, son apostadores. Se manejan con probabilidades, igual que ese tipo francés, Pascal. Lo más probable es que este sea inocente y lo más probable es que ese sea culpable, y luego lo dejamos en manos de los abogados. Los únicos que siempre aseguran decir la verdad son los sacerdotes y los testigos en los juicios, lo que permite hacerse una idea bastante aproximada del valor que tiene la verdad.

—Trabajar para MRE tiene más futuro que trabajar en un depósito de cadáveres, diría yo.

—No estaría tan seguro, Max. Todos acabaremos allí tarde o temprano.

—Hablo en serio. Mire, deme unos días para que le hable de usted a Dietrich. Y déjeme agenciarle un traje nuevo. Sí, ¿por qué no? Para una entrevista. Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que ha hecho por mí. Dígame que se lo planteará. Y deme una respuesta por la mañana. Pero no lo deje correr más tiempo. Como se suele decir, la mañana amanece con oro en la boca.

—De acuerdo, de acuerdo. Siempre y cuando deje de mostrarse tan rematadamente agradecido. Es posible que la bondad parezca la cadena dorada que mantiene unida la sociedad, pero a mí me destroza. No la soporto. Ya no. Cuando la gente es cruel o indiferente, sé a qué atenerme. Eso nunca defrauda. Pero, por el amor de Dios, no sea amable conmigo. No sin un paracaídas.

10

Ubicada a un breve trecho a pie del Jardín Inglés, Múnich RE tenía su sede en Königinstrasse, cerca del Club Automovilístico Alemán, en un edificio de cuatro plantas de color ocre relativamente antiguo que tenía el tamaño y la forma de una universidad pequeña, con una columnata jónica y abundantes trampantojos estucados. Las puertas de madera rústica y las altas rejas de hierro parecían el sueño de un agente de seguros con todos los riesgos cubiertos: ni siquiera un campamento entero de gitanos podría haber entrado allí. Una de las dos alas situadas a ambos lados de un patio enlosado estaba en proceso de renovación y varios jardineros retiraban la nieve de la entrada principal, probablemente para evitar que alguien resbalara, cayera y pusiera una demanda. La mayoría de los coches aparcados delante eran Mercedes-Benz o BMW nuevos sin un solo arañazo. Saltaba a la vista que había conductores muy cautelosos en esa parte de Múnich, a diferencia del resto de la ciudad, y todos asegurados. Si me hubieran dicho que el edificio era la jefatura de policía o el tribunal penal central o incluso el palacio arzobispal, lo habría creído. A juzgar por el aire tan lujoso del lugar, deduje que llevaban tiempo sin abonar ninguna póliza de seguro hasta que no hubiera quedado fuera de toda sospecha.

Me dirigí a la entrada lateral de Thiemstrasse. Encima de otra puerta de aspecto robusto había una cabeza de mujer de piedra gravemente desfigurada por la metralla, como otras muchas en Múnich. Del otro lado de la puerta había un área de recepción donde se daba la bienvenida a los proveedores, lo que casi era cierto: la ocupaban dos mujeres de rostro tan pétreo como la de fuera. Detrás de ellas había dos extintores, un cubo de arena, una manguera y una alarma contra incendios de tamaño considerable. El mero hecho de entrar en ese edificio me transmitió la sensación de que iba a vivir por lo menos un año más.

Herr Dietrich bajó y me mostró el camino a su despacho del segundo piso en persona, un detalle muy amable por su parte. Era alto y tenía un sobrepeso considerable y, como todos los demás allí presentes —yo incluido, gracias a Max Merten—, vestía un traje gris granito que, no tardé en averiguar, reflejaba su actitud ante quienes formulaban reclamaciones a la aseguradora. Tenía las orejas muy grandes y caminaba de un modo pulcro y afeminado, con las muñecas hacia el suelo como si estuviera en equilibrio sobre la cuerda floja o —lo que era más probable— como si le hubieran dicho que caminara y no corriera para que su corpulencia gris no provocase un accidente. En su moderno despacho con vistas a los amplios jardines de atrás, me invitó a sentarme y luego me ofreció su manera de ver el mundo al completo junto con una taza de buen café y un vaso de agua en una bandejita de acero.

—Los seguros giran en torno a las estadísticas —dijo—. Y en este departamento, esas estadísticas son, en la mayoría de los casos, poco más que datos relacionados con el crimen, debido a que un elevado número de clientes son maleantes. Aunque a Herr Alzheimer no le hace ninguna gracia que yo vaya diciéndolo por ahí. Herr Alzheimer es presidente de Múnich RE y diplomático, por no decir otra cosa. No es bueno para el negocio mencionar a todos los ladrones a los que aseguramos. Pero mi trabajo es llamar al pan, pan y al vino, vino incluso cuando la mayoría de la gente diría que son queso y agua. No parecen darse cuenta de que al presentar una reclamación falsa a la aseguradora cometen un grave delito. Pero es justo eso. Y ocurre a diario. Si le contara la mitad de las estrambóticas mentiras que algunos ciudadanos sumamente respetables esperan que nos creamos, diría que exagero.

—No, ni siquiera si lo creyera. El caso es que yo también soy un tanto cínico, Herr Dietrich.

—El cinismo es una escuela filosófica muy respetable. Para los antiguos griegos no tenía nada de vergonzoso decir que uno era cínico. En mi humilde opinión, no hay nada de malo en una buena dosis de cinismo, Herr Ganz, y no tardará en descubrir que Diógenes es el santo patrono del negocio de la investigación de demandas. Siempre y cuando mi departamento siga pensando así, esta empresa seguirá siendo rentable. Pero no crea que tenemos el corazón de piedra, por favor. No es así. Lo cierto es que estamos llevando a cabo un valioso servicio público. Así lo veo yo. Al no atender solicitudes fraudulentas, las primas de nuestros clientes honrados son más bajas. Pero ahora mismo ando escaso de hombres con buen olfato para la falsedad. Necesito un tasador de daños capaz de pensar del mismo modo que yo.

»Seguro que ya se habrá fijado en mis prominentes orejas, Herr Ganz —prosigió Dietrich—. Por estas oficinas se me apoda Dumbo. Ya sabe, como el elefantito de los dibujos animados de Walt Disney. La mayoría de la gente cree que mis orejas son graciosas. Y a mí no me parece mal porque, como en el caso del elefantito, estas orejotas me han valido mi fortuna. Son el motivo por el que dirijo este departamento. Desde luego no puedo volar, pero sí que cuento con los consejos del ratón Timothy, que susurra cosas que solo alcanzan a oír estas orejotas; ideas que van directas a mi subconsciente. El caso es que Timothy me dice cuándo cree que una solicitud en particular huele a chamusquina. El doctor Merten me ha asegurado que fue usted un excelente inspector. En lo que ahora es Berlín Oriental. Y que por ese motivo no puede presentar referencias por escrito.

—Pues sí, más o menos, Herr Dietrich.

—En tal caso es una suerte que el doctor Merten esté dispuesto a responder de usted en persona. En mi opinión, eso hace de usted un muy buen riesgo. Un riesgo pero que muy bueno.

—Agradezco la confianza que ha depositado en mí.

—¿Le gustaba trabajar de policía?

—Casi siempre.

—Hábleme de lo que no le gustaba.

—El horario. El sueldo.

—¿No era suficiente?

—Ni de lejos, para trabajar tantas horas. Pero ya sabía que sería así cuando empecé, de modo que estaba preparado para sobrellevarlo. La mayor parte del tiempo. Esperar que una mujer viviera con ello era harina de otro costal.

—¿Diría que es usted un hombre confiado, Herr Ganz?

—Bueno, lo que se debe tener en cuenta sobre la confianza es lo siguiente. No tiene mayor secreto. Confiar en la gente se reduce a hacer caso omiso de lo que te dice el instinto y toda la experiencia y dejar en suspenso la incredulidad. El caso es que la única manera de estar seguro de si puedes confiar en alguien o no es lanzarte y fiarte de ellos. Pero no siempre da muy buen resultado. La gente suele portarse como gente y dejarte en la estacada, y no hay más. Como es natural, si uno sabe que van a dejarlo en la estacada, entonces no se lleva decepciones.

Sonrió y profirió un ruido desde lo más profundo de su enorme barriga que supuse que era algo parecido a aprobación.

—Dígame, Herr Ganz, ¿está en buena forma?

—Claro —mentí—. Siempre que no me pida que baile alrededor de una farola con un paraguas.

—Son utensilios peligrosos —dijo—. En Alemania Occidental cada año resultan gravemente heridas más de cien personas como resultado de la imprudencia de alguien con un paraguas.

De pronto entreví el peligroso mundo en el que Dietrich vivía, en el que todo lo que hacía un ser humano conllevaba un riesgo inherente. Era como tener una conversación con un físico nuclear: nada era demasiado pequeño para considerarse insignificante.

—¿Es un hecho?

—No, es estadística —matizó—. Hay diferencia. A un hecho no siempre se le puede poner precio. Bueno. Tengo otra pregunta. ¿Hasta qué punto es usted cínico, Herr Ganz?

—Tengo veinticinco años de experiencia viviendo en un barril en las calles de Berlín. ¿A eso se refiere?

Sonrió.

—No exactamente. Lo que quiero es que me ponga un ejemplo de cómo piensa.

—¿Sobre qué, pongamos por caso?

—No sé. Dígame algo sobre política. La Alemania moderna. El gobierno. Cualquier cosa.

—El caso es que podría resultar que soy demasiado cínico para su gusto, Herr Dietrich. Con la boca que tengo, igual consigo quedarme sin trabajo.

—Puede hablar con toda libertad. Lo que me interesa es cómo piensa, no lo que piensa.

—De acuerdo. A ver qué le parece, señor. Vivimos en una era de amnesia internacional. ¿Quiénes éramos y qué hicimos? Nada de eso importa ahora que estamos en el bando de la verdad, la justicia y el estilo de vida americano. Lo único que importa en Alemania hoy en día es que los americanos disponen de un canario en la mina europea que les permitirá disponer de tiempo suficiente para escapar si los rusos deciden cruzar la frontera. Y ese canario somos nosotros. Pío, pío.

—¿No cree que los americanos vayan a defendernos?

—¿Después de lo que hicimos? ¿Lo haría usted?

Herr Dietrich rio entre dientes.

—Es usted el hombre que necesito, Herr Ganz. Me gusta cómo piensa. El escepticismo, sí. Esa es la esencia de la oficina de investigación de reclamaciones. No crea lo que le hayan dicho que crea. Hay que esperar lo inesperado. Ese es nuestro lema. Me enorgullezco de ser un excelente juez de la naturaleza humana. Y opino que es usted la clase de hombre que busco. ¿Cuándo puede empezar a trabajar?

—¿Tiene algo de malo el 1 de febrero?

—Muy bien. Así me gusta. Pero antes tengo que pedirle a Herr Alzheimer que apruebe su contratación. Es el presidente de la junta, pero se interesa especialmente por mi departamento, así que querrá conocerlo en persona. ¿Le parece bien, Herr Ganz? ¿Está preparado para someterse un momento al riguroso examen de Alois Alzheimer en su despacho?

Estaba decidido a comportarme lo mejor posible, de modo que dije que sería un honor y Dietrich debió de creerme porque levantó el auricular e hizo una llamada. Al cabo de unos minutos subíamos hacia una atmósfera más enrarecida. Desde luego, las moquetas grises eran más gruesas. Había también muchos paneles de madera en las paredes, lo que, si bien era bonito, me pareció que planteaba un posible riesgo de incendio. Habría señalado incluso que no había red de seguridad en el hueco de la escalera; alguien podría haber caído fácilmente por la barandilla del rellano del cuarto piso, sobre todo si algún otro le golpeaba primero, o lo encañonaba con un arma. Ya empezaba a calcular riesgos sin pensarlo.

Según Max Merten, Múnich RE había asegurado todos los campos de concentración nazis contra incendios, robos y demás riesgos. También había tenido tratos con las SS. Yo desde luego no iba a buscar ninguna actitud de superioridad moral en ese sentido. Además, de hecho, creía en lo que le había dicho a Dietrich sobre la amnesia internacional. A nadie iba a quitarle el sueño lo que hizo Alemania en la guerra. A nadie salvo a mí, quizá.

El despacho del presidente era una aguilera propia de un ave de rapiña gigantesca. El hombrecillo delgado que lo ocupaba tenía la mirada tan penetrante como un halcón o águila míticos. Alzheimer era un bávaro elegante de aspecto acomodado con traje gris hecho a medida, un leve bronceado, pelo oscuro, cejas más oscuras y semblante tan perspicaz como las estadísticas de esperanza de vida en un actuario de seguros. Si Josef Goebbels siguiera vivo, quizá hubiese tenido el aspecto de Alois Alzheimer. Mientras Dietrich pasaba por el trámite de recomendarme, el presidente me dirigió una mirada valorativa como calculando cuánto me quedaba de vida y cuál debería ser la prima de mi póliza. Pero hasta Pollyanna se habría dado cuenta de que yo suponía un riesgo excesivo. A pesar de todo, el presidente de Múnich RE aprobó mi nombramiento. Ahora era un tasador de daños con un sueldo de veinticinco marcos alemanes a la semana, más incentivos. No era una fortuna, pero superaba con creces lo que cobraba en el depósito de cadáveres. Como decía mi madre, está bien poder llegar a fin de mes, pero a veces se agradece tener suficiente para darse un capricho. Y se lo debía todo a Max Merten. Salí del edificio sintiéndome casi satisfecho conmigo mismo. El mundo de los seguros no parecía menos oscuro que lo que hacía en el hospital, y por lo tanto resultaba igual de atrayente. Más aún, quizá. Incluso la palabra «seguros» parecía conllevar un elemento deseable de protección. Costaba imaginar a un solicitante descontento apuntándome al oído con un arma mientras discutía los detalles más sutiles de la letra pequeña de su póliza. En eso me equivocaba.

11

—¿Sabe dónde está la Gliptoteca, Christof?

—Sé dónde está —le dije a Dietrich—. Aunque no estoy seguro de lo que es.

—Es el museo público más antiguo de Múnich y el único en el mundo dedicado exclusivamente a la escultura antigua. Se produjo un allanamiento anoche y quiero que vaya a ver qué robaron. O, dicho de otro modo, quiero que averigüe si van a presentar una demanda. De ser así, compruebe si hay alguna negligencia de contribución, ese tipo de cosas. Algo que pueda afectar a la indemnización. ¿Se dejó alguien una puerta sin cerrar o una ventana abierta? Ya sabe.

—Ya sé.

Y lo sabía. Antes de ingresar en la Comisión de Homicidios de Berlín había investigado robos suficientes como para abordar ese encargo en nombre de Múnich RE con seguridad e incluso con cierta nostalgia.

Había una media hora a pie en dirección suroeste hasta el museo en el lado norte de Königsplatz. La Gliptoteca había sufrido daños de consideración en 1943 y 1944, y la restauración estaba a punto de terminar pero aún había andamios en el lateral del ala oeste. Me pregunté si el allanamiento habría tenido lugar allí. Detrás de un pórtico de columnas jónicas con dos alas provistas de nichos ornamentados quedaban las salas de exposición a las que entraba luz desde un patio central. En cierto modo, el lugar me recordó a las oficinas de Múnich RE, lo que decía mucho más sobre el negocio de los seguros que sobre las artes plásticas, al menos en Alemania. El conjunto de mármol del frontón representaba a una Atenea manca que impartía órdenes a un grupo de obreros que no podrían haber parecido más indiferentes a la protección de la diosa, lo que me hizo pensar que ya eran miembros de un sindicato, y muy probablemente ingleses, pues ninguno parecía estar haciendo gran cosa. Frente a la entrada había un coche de policía, y en el interior, un montón de esculturas de mármol griegas y romanas, la mayoría demasiado grandes para robarlas o ya muy dañadas para saber si habían resultado dañadas, por así decirlo. Un poli de uniforme me preguntó quién era y le tendí una de mis nuevas tarjetas de visita, que pareció satisfacerlo. A mí sin duda me satisfacían; hacía años que no disponía de tarjetas de visita, y aquella era más rígida que un cuello de puntas bien almidonado.

El poli me explicó que el allanamiento se había producido en el piso superior y, fijándome en que había un timbre de alarma del tamaño de un gong para anunciar las comidas y una escalera de mano bajo las escaleras, subí siguiendo el sonido de unas voces hasta una suite de despachos en la segunda planta del ala oeste. Un inspector de policía examinaba una ventana rota que parecía haber sido forzada, mientras otro prestaba oídos a un hombre con gafas y perilla, que supuse era alguien del museo.

—Es muy raro —dijo el del museo—, pero hasta donde alcanzo a ver, no se llevaron apenas nada. Solo unas pocas piezas muy pequeñas, me parece. Cuando pienso en todos los tesoros que podrían haber robado, o destrozado, se me hiela la sangre. La Medusa de Rondanini o el Fauno de Barberini, por ejemplo. Ahora bien, no les habría resultado nada fácil trasladar algo del tamaño de nuestro preciado Fauno. Pesa cientos de kilos.

—¿Resultó dañado algo? —preguntó el inspector.

—Solo la mesa de mi despacho. Alguien la forzó y hurgó a fondo en los cajones.

—Chavales, lo más probable —comentó el inspector—, en busca de pasta fácil.

Fue más o menos entonces cuando repararon en que yo estaba allí, de modo que me adelanté con la tarjeta de visita y me presenté. El agente de policía era un inspector llamado Seehofer y el Fritz del museo era el doctor Schmidt, subdirector adjunto.

—Me da la impresión de que ha hecho el viaje en balde, Herr Ganz —observó Seehofer—. Parece que no se ha dañado ni ha desaparecido nada recientemente.

Yo no estaba tan convencido.

—¿Entraron por ahí? Los chavales, digo.

—Sí, parece ser que treparon por el andamio.

Me acerqué a la ventana.

—¿Le importa si echo un vistazo? —le pregunté al inspector.

—Como en su casa.

Asomé la cabeza por la ventana. Había huellas de aspecto reciente en unos tablones amontonados allí cerca. Quizá fueran las pisadas de un obrero, pero ya había visto otra parecida en una alfombra junto a la puerta del despacho. No parecía de ningún chaval, pensé, sino más bien de un tipo grandullón. Pero no contradije al inspector de la policía. Decidí que era mejor congraciarme con él por el momento.

—¿Vienen muchos visitantes al museo? —le pregunté al doctor Schmidt.

—Es febrero —señaló—. La cosa siempre va un poco lenta en febrero.

—¿Y la alarma? —indagué—. ¿Cómo es que no sonó?

—¿Qué alarma? —se interesó Seehofer—. ¿Hay una alarma?

—No lo sé —repuso el doctor Schmidt, como si se le acabara de ocurrir en ese momento, y saltó a la vista que no se lo había mencionado al inspector, a quien pareció irritarle levemente descubrir un hecho semejante a esas alturas.

—¿Le importa mostrarme dónde está la alarma, señor? —le rogó Seehofer, un poco tarde ya para colmar de confianza el corazón de un investigador de reclamaciones.

Volvimos abajo, cruzamos el pasillo y levantamos la vista hacia el timbre colocado en la pared un metro o así por encima de nuestras cabezas. Desde donde estábamos no iba a revelarnos mucho, y poco después me sentí obligado a acelerar las cosas y cogí la escalera de mano que había bajo los peldaños.

—Eso debería hacerlo yo, oiga —dijo Seehofer cuando me subía a la escalera, que, ahora que trabajaba para una compañía de seguros, me pareció un poco menos firme sobre el suelo de mármol pulido.

Asentí y volví a bajar sin pronunciar palabra, contento de no tener que correr el riesgo. No iba a cobrar mis veinticinco marcos a la semana si me caía de una escalera.

Seehofer subió la escalera, miró hacia abajo con aire de precariedad varias veces y al final se las arregló para llegar a la altura de la alarma, donde empezó a emplear de veras sus aptitudes detectivescas.

—Esto lo explica —dijo—. Hay un trozo de cartón doblado entre la campanilla y el badajo.

—Pues no lo saque, por el amor de Dios —advertí.

—¿Cómo dice? —preguntó, y lo sacó. El timbre empezó a sonar, con un estruendo, lo que casi hizo que Seehofer se cayese de la escalera. Perdido el valor para permanecer en las alturas, se apresuró a bajar enseguida.

—¿Puede desconectarla? —le grité al doctor Schmidt.

—No estoy seguro de saber cómo —reconoció.

—¿Quién lo sabe?

—El vigilante de seguridad.

—¿Dónde está?

—Esto... Lo despedí cuando descubrí que habían entrado. Supongo que se ha ido a casa.

Dado que no podíamos oírnos pensar, y mucho menos hablar, me sentí obligado a coger el trozo de cartón de los dedos nerviosos de Seehofer, subir la escalera y meterlo de nuevo entre la campanilla y el badajo, pero no sin antes desplegarlo para comprobar que en realidad era un paquete vacío de tabaco Lucky Strike.

Una vez abajo, pregunté:

—¿Para qué está aquí esta escalera de mano?

—Ayer estuvo puesta todo el día —respondió Schmidt—. Uno de los obreros la usó para cambiar bombillas en los apliques del techo.

—Así pues, debió de estar largos ratos desatendida.

—Sí.

—Entonces, yo diría que quien irrumpió aquí anoche vino al museo como visitante ayer y, al ver la oportunidad, se subió a la escalera e inutilizó la alarma con un paquete de tabaco vacío.

—Lucky Strike... Un golpe de suerte, aunque no para algunos —murmuró Seehofer, lo que no le ganó la simpatía del doctor Schmidt, cuyo sentido del humor, como era comprensible, brillaba por su ausencia esa mañana.

—Parece muy oportunista —observé—. Como que nuestro sospechoso vio la ocasión de inutilizar la alarma en un momento dado y usó el primer objeto que tenía a mano.

—Lo que hace más sorprendente si cabe el hecho de que no robaran nada —dijo Schmidt—. Bueno, esto fue planeado. No creo que unos chicos se tomaran tantas molestias. Ni que actuaran con semejante previsión. ¿No les parece?

—¿Puedo echar un vistazo dentro de los cajones de la mesa? —le pregunté—. Si no le importa.

—Desde luego, pero no hay nada que ver. Solo artículos de escritorio del museo y unas guías. Quizá se guardaban algunas piezas muy pequeñas en uno de los cajones. No sabría decirlo a ciencia cierta. No es mi mesa, sino la del subdirector.

—Tal vez podamos preguntarle a él qué falta, si es que falta algo.

—Me temo que no. Lleva enfermo una temporada. De hecho, dudo que vaya a volver.

—Entiendo.

Volvimos por el pasillo, y fue entonces cuando vimos una sola gran estatua de mármol en una sala como un panteón, y si nos llamó la atención no fue porque hubiera resultado dañada sino por lo que era: la estatua a tamaño real de un fauno romano o sátiro griego, con las piernas cruzadas —una en ángulo recto con la piedra sobre la que estaba sentado— que parecía sufrir una resaca después de haber estado hasta las tantas en la Hofbräuhaus. La indecorosa estatua era sumamente fiel a la realidad y no dejaba nada a la imaginación.

—Dios —exclamó Seehofer—. Por un momento me ha parecido que era de verdad. Es muy..., muy realista, ¿no creen?

—Es el Fauno de Barberini del que les hablaba —dijo Schmidt—. Griego. Posiblemente restaurado por Bernini después de sufrir graves desperfectos durante un ataque de los godos casi un millar de años antes.

—Parece que la historia se repite una y otra vez —comenté, y me imaginé fugazmente a aquellos antiguos germanos en una desesperada lucha a muerte.

De nuevo en el despacho, eché un vistazo al interior de la mesa.

—¿Robaron algo de aquí? —pregunté—. ¿Alguna caja con dinero, quizá?

—No, ni siquiera un rollo de entradas.

—Entonces, ¿por qué lo tiene cerrado?

—La costumbre. A veces dejo aquí mis objetos de valor. Una pluma de oro. Un buen mechero. El billetero. Pero esta vez no. No cuando me voy a casa. En realidad. Es increíble. Todo parece en su lugar.

Quizá hubiera coincidido con él de no ser por algo que había visto en la mesa y que a juzgar por su aspecto habría sido más lógico que estuviera en un cenicero. Era un puro medio mascado que formaba un ángulo recto con el borde de la mesa, igual que la pierna del Fauno de Barberini.

12

¿Qué debería haber hecho? ¿Decirle al inspector Seehofer que un poli a quien yo conocía había asesinado a dos personas, había entrado por la fuerza en el museo más antiguo de Múnich y no había robado nada? ¿Un poli a quien lo más seguro sería que él también lo conociese? Así pues, no dije nada. La mayoría de las veces, lo mejor que se puede decir es nada. Sobre todo, en un trabajo nuevo cuando todavía tratas de causar buena impresión. Tener relación con asesinos y policías corruptos no inspira la confianza de ninguna aseguradora. Aun así, me pregunté qué habría estado haciendo el inspector Schramma. Por supuesto, cabía la posibilidad de que el auténtico culpable fuera otro. Pero en lo más profundo de mi ser sabía que era él quien había irrumpido en la Gliptoteca, como había sabido sin el menor asomo de dudas que el Fauno de Barberini era hombre. Si yo hubiera sido inspector de policía y no tasador de daños, quizá hubiera cogido la colilla de puro para analizarla y comprobar si coincidía con la hallada en casa del general muerto en Bogenhausen: los polis habían encontrado ya aquellos cadáveres y, según la prensa, no decían gran cosa, lo que equivalía a decir que no tenían la menor idea de quién era el responsable. Lo que ya me iba bien. Lo último que quería era ver otra vez a Schramma. Lo que se trajera ahora entre manos, fuera lo que fuese, no era asunto de mi incumbencia. Y ayudar a la policía no formaba parte de mis nuevas funciones.

Sin embargo, a decir verdad, el trabajo era muy aburrido y conllevaba pasar muchos ratos mirando por la ventana. La mayor parte de los días me dedicaba a eso. Sinceramente, no me habría aburrido más en Múnich RE aunque hubiera dedicado un par de horas a calcular la velocidad de crecimiento de la hierba en el jardín trasero de las oficinas.

Transcurrieron así una o dos semanas. Empezó a acumularse en mi mesa un montón de reclamaciones. En teoría debía leerlas, rastreando cualquier indicio de sospecha, antes de pasárselas a Dietrich con mis recomendaciones. Vehículos quemados que pudieran ser incendios premeditados, tuberías reventadas que habrían sido sabotajes deliberados —hay mucho de eso a principios de primavera—, reliquias de familia extraviadas o dañadas a propósito, lesiones personales fingidas, reclamaciones fraudulentas de pérdida de ingresos. Pero, en realidad, no había nada que me hiciese arquear la ceja siquiera. Después de la exposición de Dietrich sobre lo que pensaba de algunos clientes nuestros, me sentí defraudado como mínimo. Recé para ver si lograba dar con algo sospechoso que aliviara un poco el aburrimiento. Y entonces Ares, el dios griego de la guerra, la violencia, el derramamiento de sangre y la industria de los seguros, respondió a mis plegarias con una jugosa reclamación de indemnización por fallecimiento.

Ahora bien, los seguros de vida funcionaban del siguiente modo: la compañía de seguros y el asegurado establecían un sencillo contrato por el que, a cambio de una prima anual, la aseguradora se comprometía a abonarle a un beneficiario designado cierta suma de dinero por la muerte y las lesiones graves de la persona asegurada. Pero después de tantos años con la Kripo en Berlín, la idea de que una persona sacara provecho de la muerte de otra simplemente me parecía sospechosa. En realidad, era ignorancia por mi parte —los seguros de vida eran una de las divisiones más rentables del negocio de Múnich RE—, pero no es fácil renunciar a las viejas costumbres. Supongo que es verdad eso que se dice: los investigadores no son más que gente normal que insiste en plantear preguntas evidentes o incluso estúpidas, pero supuse que para eso me pagaban y, como decía, estaba muy aburrido. Además, había en juego una suma considerable de dinero.

Los hechos eran que un hombre de treinta y nueve años había fallecido arrollado por el tren a Rosenheim en la estación de Holzkirchen. Tenía una póliza de tres estrellas con MRE desde el mes de julio del año anterior por la que pagaba cuatro marcos al mes: deceso, daños personales y lucro cesante. La viuda se llamaba Ursula Dorpmüller, de treinta y un años, y era quien presentaba la reclamación; vivía en Nymphenburg, en el número 11 de Loristrasse, en el último piso. El marido era Theo Dorpmüller, propietario de un cabaret en Dachauerstrasse, y la policía aseguraba que se había caído del andén de la estación porque iba borracho. En otras palabras, no les cabía la menor duda de que su muerte había sido accidental. También es verdad que no se enfrentaban a una cuantiosa demanda de seguro. El fallecido llevaba en el bolsillo del abrigo la cuenta de cinco marcos de una cena para dos en el Walterspiel, lo que a mi modo de ver descartaba el suicidio. Por lo general, uno no come y bebe tan bien cuando planea quitarse la vida. A decir verdad, las únicas razones por las que la policía pensaba que estaba borracho eran las tres botellas, dos de champán y una del mejor borgoña, que figuraban en la cuenta. Quizá estaba borracho, no lo sé, pero si se abonaba la póliza, Ursula Dorpmüller iba a cobrar veinte mil marcos alemanes, lo que la convertiría en la viuda alegre por antonomasia. Con veinte mil marcos se pueden comprar un montón de pañuelos y todo un océano de la más honda compasión. Ursula era azafata de la TWA en Briennerstrasse y cobraba un sueldo excelente. Antes había sido enfermera. Estaba en América, visitando a su madre enferma, cuando su marido, Theo, falleció. Tocaba el órgano todos los domingos en la iglesia de St. Benno, en la misma calle donde estaba su apartamento, y formaba parte del comité del Baile de la Magnolia, un acto benéfico organizado por el Club de Mujeres Germanoamericanas. También colaboraba mucho con otra entidad benéfica que ayudaba a los refugiados de Alemania del Este y Hungría, y parecía muy buena persona. Tal vez nunca habría llamado la atención de Dietrich sobre su caso de no haberme acordado de que ya había oído el apellido Dorpmüller, y además hacía poco. Le di vueltas durante varios días antes de recordar dónde. Al final me vino a la memoria. Y cuando ocurrió, fui directo a ver a Dietrich.

—El ratón Timothy y yo tenemos que decirle unas palabras al oído a Dumbo —anuncié.

—¿Sobre qué?

—La reclamación de Dorpmüller —dije—. No me da buena espina.

—Parece bastante buena mujer.

—Sí, lo parece, ¿verdad? Y eso es precisamente lo que no me gusta de ella. Es una santa. Es nada menos que Hildegarda de Bingen, y déjeme que le diga que los santos no acostumbran a cobrar veinte mil marcos libres de impuestos.

—Imagino que cuenta con algo más sólido que una corazonada para decirlo.

—Como bien sabe, antes de entrar a trabajar aquí lo hice en el hospital de Schwabing.

—Ya suponía que fue allí donde desarrolló semejante preocupación por sus congéneres.

—Un día nos llevaron a unos que habían resultado heridos de gravedad tras la explosión de una bomba que no había detonado en su momento.

—Leí algo al respecto. Por suerte, no era de las nuestras. La póliza, quiero decir. No la bomba.

—De hecho, se equivoca. Uno de los heridos era el Fritz que acabó debajo del tren. Theo Dorpmüller.

—Ah, ¿sí? ¿Herido de gravedad?

Recordé al hombre a quien había llevado en la silla de ruedas al depósito de cadáveres con Schramma para que identificase a Johann Bernbach.

—No fueron heridas muy graves. Tan solo algunas quemaduras. Pero sin duda lo suficiente para estar una semana de baja.

—Empiezan a aletearme las orejas. Y Timothy le envía saludos.

—A lo que quiero ir a parar es a que no presentó una reclamación por lucro cesante. Ese hombre tiene una póliza de tres estrellas por fallecimiento y lesiones personales y no reclamó ni cinco. ¿Por qué?

—Timothy le vuelve a saludar y pregunta: «¿Está seguro de que era el mismo Fritz?».

—Seguro. También estoy seguro de que eso solo puede significar una cosa.

—Que no sabía que tenía una póliza de tres estrellas con Múnich RE. No había manera de que lo supiera. Porque de haberlo sabido, sin duda habría presentado una reclamación por lucro cesante.

—Exacto.

—Buen trabajo, Christof.

—Creo que usted y Timothy tienen que investigar a Ursula Dorpmüller.

—No caerá esa breva. Mire cómo tengo la mesa. Es el problema de este negocio: el exceso de papeleo. Estoy encadenado a este despacho como el tipo ese del hígado y el águila. Sencillamente no dispongo de tiempo para investigarla. En cambio, usted, Diógenes, podría ocuparse del asunto. Acaba de exponerme el caso y ahora tiene que encargarse de investigarlo.

—De acuerdo. Pero ¿cómo debo abordarlo?

—Del siguiente modo. Haga creer a esa mujer que vamos a abonarle la póliza sin ningún problema. Que ha quedado satisfecho con su reclamación, pero quiere comprobar unos detalles irrelevantes. Hágale firmar algún que otro documento que no sirva para nada. Necesita una copia de su pasaporte. Su carné de conducir, si lo tiene. La partida de nacimiento. El certificado de matrimonio. Y dele largas. Nuestro departamento de contabilidad extenderá el cheque en cualquier momento y, en cuanto lo hagan, asegúrele que se lo entregará usted en persona. No es más que una formalidad, de veras. Es como si ya tuviera los veinte mil en el banco. Si está llevando tanto tiempo es porque se trata de una cifra muy elevada. Sea tan amable con ella como si fuese su propia madre, si es que la tiene. Dele jabón a base de bien. Cortéjela si es necesario. Pero en privado, quiero que la trate como si fuera Irma Grese. Y vea qué lleva Irma en el bolso.

Irma Grese había sido una supervisora de prisioneros de las SS a la que los británicos ahorcaron por crímenes de guerra en 1945; a decir de todos se la había conocido como la Bella Bestia, y también como la Perra de Belsen.

—Ya me hago una idea. Es una idea desagradable, pero veo exactamente cómo llevarla a la práctica. Poli bueno, poli malo. Jekyll y Hyde.

—Quizá. Pero al ratón Timothy le gusta más el Fritz ese de Shakespeare. El que toma a Otelo por idiota.

—Yago.

—Sí, ese. A su lado, pero no de su parte. Gánese su confianza y aguarde el momento de ponerle la zancadilla.

—De acuerdo. —Fruncí el ceño—. Si es lo que quiere. Usted manda.

—¿Qué le pasa? No parece muy convencido de mi estrategia.

—No, no es eso. Solo estaba pensando.

—¿En qué?

—Para empezar, estamos hablando de asesinato con premeditación. Y de una conspiración. Alguien tuvo que empujar a Dorpmüller del andén de la estación. Yo diría que la persona con quien cenó. Un amigo. Un buen amigo, a juzgar por lo que costó la cena.

—Según el informe policial, fue a las tantas de la noche, en la oscuridad, y Dorpmüller era la única persona que había en el andén.

—Así pues, hay alguien que ya está convencido de que salió impune.

—¿La viuda?

—La viuda tiene una coartada inmejorable. Estaba en América cuando murió su esposo.

—Sí, es verdad. Lo que significa que debía de tener un cómplice. Otro conspirador.

—Exacto.

—Salta a la vista que le ronda mucho más por esa cabeza suya tan retorcida, Christof.

—Mire, Herr Dietrich, no llevo ni cinco minutos en Múnich RE, por lo que no quiero pisarle los callos a nadie.

—No se preocupe, lo más probable es que los tenga asegurados.

—No contra algo así. Nadie está asegurado contra la posibilidad de que se escape algún comentario peligroso de la boca de otra persona.

—Suéltelo, sea lo que sea. Lo lleva bastante bien hasta el momento.

—De acuerdo. ¿Hasta qué punto conoce al agente que le vendió la póliza de seguros a Dorpmüller?

Dietrich abrió el expediente y consultó los nombres del certificado de seguro.

—Friedrich Jauch —dijo—. Lo conozco desde que entró a trabajar hace unos dos años. Un tipo listo. Atractivo, también. Era subastador en Karl & Faber antes de ingresar en MRE. De hecho, solicitó el puesto que ocupa usted.

—¿De tasador de daños?

—Eso es. Solo que es demasiado listo como para que el departamento de ventas lo deje escapar. Les hace ganar mucho dinero. Así que los de arriba me obligaron a rechazar su solicitud.

—¿Cuándo fue eso?

—Hará un par de meses.

—Entonces, mucho después de que le vendiera la póliza a Dorpmüller, ¿no?

—Sí, supongo.

—Qué interesante.

—¿Cree que puede estar implicado?

—Si Dorpmüller no estaba al tanto de que tenía esa póliza, ¿quién cree que firmó los formularios? Eso me gustaría saber a mí. Yo diría que fue Frau Dorpmüller. Quizá en connivencia con Friedrich Jauch.

—Y tal vez algo más que eso.

—Podría ser. Podría ser que alguien empujara a Dorpmüller del andén de la estación. Podría ser que ese alguien fuera Friedrich Jauch. Podría ser que por eso solicitara un puesto en reclamaciones. Solo para echar por tierra una posible investigación de este departamento. Piense en ello un momento. Sería una buena intriga, investigar la reclamación de una póliza que vendió él mismo.

—Qué imaginación tan retorcida tiene, ¿eh? Ahora que lo pienso, me sorprendió un poco que solicitara el puesto. No solo MRE gana dinero gracias a las buenas aptitudes como vendedor de Friedrich Jauch, sino que él también lo gana. Con las comisiones que obtiene, pasar a ser tasador de daños le habría supuesto un recorte de sueldo considerable.

—¿No se lo preguntó?

—Sí. Adujo que se estaba cansando de estrechar manos y sonreír todo el día. Que pensaba que un puesto en reclamaciones le iría mejor.

—¿Cómo se lo tomó cuando rechazó usted su solicitud?

—Bien. Le mejoraron el contrato como agente de seguros. Le dieron un coche de empresa y le subieron un punto el porcentaje de comisión. Difícilmente podía despreciar algo así.

—No sin llamar la atención.

—Claro que hay otra posibilidad. Podría ser que Dorpmüller no tuviera ocasión de reclamar una indemnización por el tiempo que estuvo de baja. Que estuviera demasiado ocupado como para hacerlo.

—Dudo que usted lo crea así. Y el ratón Timothy, tampoco.

—Pero quiero creerlo —aseguró Dietrich—. Hay una sutil diferencia. Friedrich Jauch es casi amigo mío.

—Mire, tampoco es que la prima de Dorpmüller hubiera subido en el caso de que hubiese pedido una indemnización. También estaba cubierto en ese sentido.

—¿También ha reparado en eso? Aprende rápido, Christof.

—He aprendido a no hacer afirmaciones así sin tener indicios. Y los indicios están por escrito en ese expediente que tiene en la mano. Lo he leído de cabo a rabo. Y aún tengo la sensación de que me voy con algo chungo pegado a la suela del zapato.

—Entonces, ¿qué sugiere?

—Es la viuda quien esperará que la traten como Irma Grese. Al fin y al cabo, es ella quien está a la espera de que le caiga una pasta gansa. No Friedrich Jauch. Así pues, ¿por qué no lo sigue a él un par de días? A ver qué averigua. Si están juntos en esto, seguro que de momento procurará pasar inadvertido. Si tienen dos dedos de frente, habrán acordado no ponerse en contacto hasta que el cheque se haya hecho efectivo. Así que quien tiene que confiar es él. Sobre todo, después de que ella haya recibido el dinero. Lo que significa que igual podemos sacarlo de su madriguera igual que a un conejo. —Mientras hablaba con Dietrich ya tenía la sensación de estar afilando mis embotados conocimientos forenses igual que el filo de una navaja contra un asentador de cuero—. Sí. Eso podría funcionar. Me gustaría que se plantee lo siguiente.

—Soy todo oídos.

—Quiero que hable con el departamento de contabilidad y les haga extender un cheque certificado por veinte mil marcos, a favor de Ursula Dorpmüller.

—¿Después de todo lo que ha dicho? Me decepciona usted.

—Pero lo que debe hacer es indicarles que pongan en el cheque fecha de hace una semana. Y que le faciliten una copia fotostática.

—¿Qué planea?

—Poner a prueba la antiquísima teoría de que cree el ladrón que todos son de su condición, y el asesino también.

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14 ноября 2024
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470 стр. 1 иллюстрация
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9788491872788
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