Читать книгу: «El otro lado del silencio»
Título original: The Other Side of Silence
© Philip Kerr, 2017.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO132
ISBN: 9788490568958
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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Nota del autor
Philip Kerr. Bernie Gunther
Philip Kerr. Scott Manson
A JANE, POR TANTOS AÑOS DE FELICIDAD
Me redujo a ruinas, y heme aquí reengendrado,
de ausencia, sombra y muerte, cosas que nada son.
JOHN DONNE,
«Nocturno sobre la festividad de Santa Lucía»
(trad. de José Ángel Valente)
1
RIVIERA FRANCESA, 1956
Ayer intenté acabar con mi vida.
No fue tanto que quisiese morir como que quisiera que se acabara el dolor. Elisabeth, mi mujer, me había dejado hacía poco, y la echaba mucho de menos. Ese era un motivo de dolor, y uno bastante importante, he de reconocerlo. Incluso después de una guerra en la que murieron más de cuatro millones de soldados alemanes, es difícil encontrar una esposa alemana. Pero otra fuente grande de dolor en mi vida fue la guerra en sí, claro, y lo que me ocurrió en aquel entonces y en los campos soviéticos de prisioneros de guerra. Algo que quizá haga que mi decisión de suicidarme parezca un tanto extraña, teniendo en cuenta lo difícil que fue no morir en Rusia. Sin embargo, en mi caso, seguir con vida fue siempre más un hábito que una elección consciente. Durante años, bajo el dominio de los nazis seguí vivo por puro empecinamiento. Así que una mañana de primavera, temprano, me pregunté, ¿por qué no te matas? Para un prusiano que adora a Goethe como yo, el mero hecho de que me hiciera una pregunta semejante me ofrecía ya una razón irrefutable. Además, la vida tampoco era ya tan estupenda, aunque a decir verdad no estoy seguro de que lo fuera nunca. El mañana y los largos y largos años vacíos que vendrán después no me interesan demasiado, sobre todo aquí, en la Riviera francesa. Estaba solo, camino de los sesenta y desempeñando un trabajo en un hotel que podía hacer dormido, aunque no es que duerma mucho últimamente. Casi todo el tiempo me sentía desgraciado. Vivía en un lugar donde no encajaba y que se me antojaba un rincón inhóspito del infierno, así que no creía precisamente que cualquiera que disfrute de un día soleado fuera a echar en falta el nubarrón oscuro de mi rostro.
Tenía todas esas razones para desear la muerte, y a ellas vino a sumarse la llegada de un huésped al hotel. Un huésped al que reconocí, y al que preferiría no haber reconocido. Pero a eso llegaré en un momento. Antes tengo que explicar por qué sigo aquí.
Fui al garaje que hay debajo de mi apartamentito, en Villefranche, cerré la puerta y esperé en el coche con el motor en marcha. La intoxicación por monóxido de carbono no es tan mala. Uno cierra los ojos y se duerme sin más. De hecho, si el coche no se hubiera calado o quizá simplemente quedado sin gasolina, no estaría aquí ahora. Pensé que tal vez lo intentaría más adelante, si las cosas no mejoraban y si me compraba un coche más fiable. Por otro lado, podría haber vuelto a Berlín, como mi pobre esposa, lo que probablemente acabaría deparándome el mismo resultado. Todavía sigue siendo bastante fácil que te maten allí, y si volviera a la antigua capital alemana creo que no pasaría mucho tiempo antes de que alguien tuviese la amabilidad de organizar mi muerte repentina. Casi todos los bandos me la tienen jurada, y con razón. Cuando vivía en Berlín y era poli o expoli, me las arreglé para ofender prácticamente a todo el mundo, con la posible excepción de los británicos. Echo en falta ser poli —al menos cuando ser policía en Berlín todavía significaba algo bueno—, pero sobre todo echo de menos a la gente, que estaba tan avinagrada como yo. Ni siquiera los alemanes aprecian a los berlineses, y por lo general es un sentimiento mutuo. Los berlineses no aprecian mucho a nadie, y las mujeres berlinesas aún menos, lo que, de alguna manera, solo las hace aún más atractivas para un majadero como yo. No hay nada más atractivo para un hombre que una mujer hermosa a la que le trae sin cuidado si vive o muere. Echo en falta a las mujeres por encima de todo. Había muchísimas mujeres en Berlín. Pienso en las buenas mujeres que he conocido —también en unas cuantas malas—, a las que no volveré a ver nunca, y rompo a llorar; y de ahí no hay más que un paso al garaje y a la asfixia, sobre todo si he estado bebiendo. Cosa que, si estoy en casa, hago casi siempre.
Cuando no me estoy compadeciendo de mí mismo; juego al bridge o leo libros sobre jugar al bridge, lo que a mucha gente le parecería ya de por sí una buena razón para acabar con su vida. Pero el bridge es un juego que me resulta estimulante. Me ayuda a tener el cerebro activo y ocupado en algo que me aparte de los recuerdos de mi hogar... Y del recuerdo de todas aquellas mujeres, claro. Al volver la vista atrás, tengo la sensación de que muchas de ellas debían de haber sido rubias, y no solo porque eran alemanas o andaban cerca de ser alemanas. En un momento más bien avanzado de mi vida, he entendido que hay un tipo de mujer por el que me siento atraído, que es el tipo equivocado, y a menudo incluye cierto tono de cabello que anuncia a gritos problemas para un hombre como yo. La búsqueda arriesgada de pareja y el canibalismo sexual son mucho más comunes de lo que uno podría suponer, aunque sin duda es más habitual entre las arañas. Por lo visto, las hembras calculan el valor alimenticio de un macho en lugar de su valía como compañero. Lo que más o menos resume la historia de toda mi vida íntima. Me han devorado vivo tantas veces que parece que tenga ocho patas, aunque a estas alturas probablemente solo me queden tres o cuatro. No es una reflexión muy perspicaz, ya lo sé, y como decía, ahora ya no tiene mucha importancia, pero incluso si llega en un momento tardío de la vida, tener cierto grado de conocimiento sobre uno mismo debe de ser mejor que no conocerse en absoluto. Por lo menos, eso me decía mi esposa.
Está claro que, en su caso, conocerse a sí misma le dio resultado. Despertó una mañana y se dio cuenta de lo aburrida y decepcionada que estaba conmigo y nuestra nueva vida en Francia, así que se volvió a casa al día siguiente. De hecho, no puedo reprochárselo. No consiguió aprender francés ni apreciar la comida o disfrutar mucho del sol siquiera, y eso es lo único que hay aquí gratis y en abundancia. Al menos en Berlín uno siempre sabe por qué es desdichado. En eso consiste el luft de Berlín: es un intento de evadirse de la melancolía como quien silba. Aquí, en la Riviera, cualquiera diría que hay motivos más que de sobra para silbar y ninguna razón en absoluto para estar alicaído, pero de algún modo yo me las arreglaba para estarlo y ella no pudo seguir soportándolo.
Supongo que era infeliz sobre todo porque estoy aburrido a más no poder. Echo de menos mi antigua vida de detective, y daría lo que fuera por cruzar las puertas de la Jefatura de Policía de Alexanderplatz —según tengo entendido, ha sido derruida por los denominados «alemanes del este», o lo que es lo mismo, los comunistas— y subir hasta mi mesa en la Sección de Homicidios. Hoy en día soy conserje en el Grand Hôtel du Saint-JeanCap-Ferrat. Se asemeja un poco a ser policía si la idea que tienes de ser policía es dirigir el tráfico, y sé de lo que hablo. La primera vez que me vestí de uniforme, hace exactamente treinta y cinco años, fue como agente de tráfico en la Potsdamer Platz. Sea como sea, estoy familiarizado con la hostelería desde hace mucho; durante una temporada, después de que los nazis llegaran al poder, fui detective de la casa en el famoso hotel Adlon de Berlín. Aun así, ser conserje es algo muy distinto de aquello. Sobre todo tiene que ver con hacer reservas para el restaurante, pedir taxis y embarcaciones, coordinar el servicio de porteros, ahuyentar a prostitutas —algo que no es tan fácil como puede parecer, porque hoy en día solo las americanas pueden permitirse el lujo de lucir como prostitutas— y dar indicaciones a turistas ineptos que no saben interpretar un mapa ni hablar francés. Solo muy de vez en cuando hay algún huésped díscolo o un robo, y sueño con tener que ayudar a la Sûreté local a resolver una serie de audaces robos de joyas, como los que vi en Atrapa a un ladrón, de Alfred Hitchcock. Naturalmente, no es más que eso: un sueño. No me prestaría nunca a ayudar a la policía local, y no porque sean franceses —aunque esa sería una buena razón para no ayudarles—, sino porque vivo con un pasaporte falso. Además, es un pasaporte falso bastante especial, porque llegó a mis manos gracias nada menos que a Erich Mielke, en la actualidad director adjunto de la Stasi, la Policía Secreta de Alemania Oriental. Es la clase de favor que suele obtenerse a un alto precio; un precio que algún día, me temo, Mielke vendrá a reclamarme. Probablemente será el día que tenga que emprender algún viaje de nuevo. En comparación conmigo, aquel barco fantasma, El holandés errante, era el peñón de Gibraltar. Sospecho que mi mujer lo sabía, puesto que también conocía a Mielke, y mejor que yo.
No tengo ni idea de adónde iría si tuviera que viajar de nuevo, aunque me parece que el norte de África es bastante acomodadizo cuando se trata de alemanes en búsqueda y captura. Hay un barco de la naviera Fabre Line que zarpa de Marsella rumbo al Magreb cada dos días. Es la clase de información que se supone que debe conocer un conserje, aunque en nuestro hotel hay más huéspedes ricachos que han huido de Argelia de los que quieren ir allí. Desde la masacre de civiles pieds-noirs en Philippeville el año pasado, la guerra contra el FLN en Argelia no les va muy bien a los franceses, y, según se dice, la colonia está bajo un régimen mucho más severo incluso que cuando los nazis la dejaron a merced del gobierno de Vichy.
No estoy seguro de que el hombre moreno y despreocupadamente guapo al que vi registrarse en una de las mejores suites del hotel la víspera del día que intenté asfixiarme estuviera en ninguna clase de lista de fugitivos, pero desde luego era alemán y delincuente. Su aspecto, por supuesto, podía equipararse al de un acaudalado banquero o productor de Hollywood, y hablaba un francés tan excelente que seguramente solo yo me di cuenta de que era alemán. Utilizaba el nombre de Harold Heinz Hebel y facilitó una dirección de Bonn, pero en realidad se llamaba Hennig, Harold Hennig, y durante los últimos meses de la guerra había sido capitán del SD, el servicio de inteligencia de las SS. Ahora, con poco más de cuarenta años, vestía un elegante traje liviano de color gris que le habían confeccionado a medida y unos zapatos negros hechos a mano más lustrosos que un céntimo nuevo. Uno tiende a fijarse en cosas así cuando trabaja en un establecimiento como el Grand Hôtel. Hoy en día soy capaz de distinguir un traje de Savile Row desde la otra punta del vestíbulo. Mostraba unos modales tan delicados como la corbata Hermès de seda que llevaba al cuello y que le sentaba mejor que el nudo corredizo que tanto se merecía. Dio a todos los porteros generosas propinas de un fajo de billetes nuevos tan grueso como una rebanada de pan, y a partir de ese momento los chicos lo trataron tanto a él como a su equipaje Louis Vuitton con más diligencia que a una caja de porcelana Meissen. Curiosamente, la última vez que lo había visto también llevaba un equipaje valioso, lleno de objetos preciados que él y su superior, el Gauleiter prusiano oriental Erich Koch, rapiñaron de la ciudad. Eso fue en enero de 1945, en algún momento durante la terrible batalla de Königsberg. Estaba subiendo a bordo del buque de pasajeros alemán Wilhelm Gustloff, que poco después sería torpedeado por un submarino ruso, provocando la muerte de más de nueve mil civiles. Él había sido una de las pocas ratas que se las ingenió para huir de aquel particular barco a punto de hundirse, lo que fue una auténtica lástima, porque él mismo había contribuido a provocar su destrucción.
Si Harold Hennig me reconoció, no dio señal de ello. Con nuestros chaqués negros de día, el personal de la recepción del hotel tendemos a tener todos el mismo aspecto, claro. Eso por una parte, y por otra el hecho de que peso un poco más que por aquel entonces y seguramente tengo menos pelo, por no hablar de un leve bronceado que, según decía mi esposa, me favorecía. Para ser un hombre que acaba de fracasar en su intento de quitarse la vida, me encuentro en un estado excelente, aunque esté mal que sea yo mismo quien lo diga. Alice, una de las camareras por las que siento cierta simpatía desde que se marchó Elisabeth, dice que bien podría pasar por un hombre diez años más joven. Menos mal, porque tengo la sensación de que mi alma pasa de los quinientos años. Ha contemplado el abismo tantas veces que parece el bastón de Dante.
Harold Hennig me miró directamente y, aunque no me sostuvo la mirada más de un par de segundos, me bastó con ello: como expoli que soy, nunca olvido una cara, sobre todo si es la del autor de una masacre. Nueve mil personas —hombres, mujeres y un elevado número de niños— son muchas razones para recordar un rostro como el de Harold Heinz Hennig.
Aun así, debo reconocer que verlo de nuevo, con un aspecto tan próspero y más sano que un roble, me dejó muy deprimido. Una cosa es saber que gente como Eichmann y Mengele salieron impunes de los crímenes más pavorosos, y otra muy distinta es ser consciente de que el responsable de la muerte de amigos tuyos sigue vivo y coleando. Hubo un tiempo en que podría haber intentado hacer alguna clase de justicia rudimentaria, pero de eso hace ya mucho. Hoy en día, la venganza es algo de lo que mi pareja de bridge y yo hablamos en tono de broma al final o quizá al principio de una partida en La Voile d’Or, que es el otro único buen hotel de Cap Ferrat. Ni siquiera tengo un arma, y si la tuviera desde luego no estaría aquí ahora. Soy mucho mejor tirador que conductor.
2
Situado entre Niza y Mónaco, Cap Ferrat es un espolón que se proyecta hacia el mar como los órganos sexuales resecos y casi inservibles de algún viejo calavera francés, una comparación del todo apropiada, teniendo en cuenta la reputación que tiene la Riviera de ser un lugar en el que la belleza precoz va cogida de la arrugada mano de la edad avanzada, por lo general a la playa, de tiendas, al banco y luego a la cama, aunque no siempre en un orden tan decoroso. La Riviera me recuerda muchas veces al Berlín de después de la guerra, solo que la compañía femenina sale por un precio muy superior a una chocolatina o unos cigarrillos. Aquí es el dinero el que lleva la voz cantante, aunque no tenga mucho más que decir que voulez vous o s’il vous plaît. La mayoría de las mujeres preferiría pasar el rato con monsieur Gateau que con don Hombre Ideal, aunque no es de extrañar que a menudo resulten ser uno y el mismo. Desde luego, si yo tuviera un poco más de dinero también me buscaría una compañera bonita con la que ponerme en evidencia y a la que mimar en general. Ahora soy lo bastante memo como para saber que no poseo lo que buscan prácticamente todas las mujeres de la Côte d’Azur, a menos que sean indicaciones para llegar a Beaulieausur-Mer o el nombre del mejor restaurante de Cannes (es Da Bouttau), o quizá un par de entradas para la Ópera Municipal de Niza. Vemos a menudo a monsieur Gateau y a la firme y jovencita niña de sus ojos legañosos en el Grand Hôtel, pero tiene a sus confrères en La Voile d’Or, un pequeño y elegante hotel cercano, situado en una península elevada con vistas a la laguna azul que es el pintoresco puerto pesquero de Saint-Jean-Cap-Ferrat. Esta villa francesa de tres plantas —en otro tiempo el hotel Park— fue fundada en 1925 por un campeón de golf inglés llamado Captain Powell, lo que probablemente explique los palos de golf en las paredes; o bien eso o bien tienen un hoyo sumamente complicado en el elegantísimo salón principal del hotel. Es ahí donde, dos veces por semana y sin fallar nunca, voy a beber gimlets y a jugar al bridge con mis tres únicos amigos.
Para ser totalmente sincero, no son lo que la mayoría de la gente llamaría «amigos». Esto es Francia, después de todo, y los amigos de verdad escasean, sobre todo si eres alemán. Además, uno no juega al bridge para hacer amigos ni para conservarlos, y a veces conviene sentir una clara antipatía por los rivales. Mi pareja de bridge, Antimo Spinola, un italiano, es gerente del casino municipal de Niza. Por suerte, juega mucho mejor que yo, lo que es una lástima para él. Nuestros contrincantes suelen ser un matrimonio inglés, el señor y la señora Rose, que tienen una pequeña villa en las colinas, un poco más arriba de Èze. No diría que guardo antipatía a ninguno de los dos, pero son los típicos esposos ingleses, creo yo, en tanto que nunca parecen demostrar mucha emoción, en especial el uno por el otro. He visto peces luchadores de Siam más afectuosos. El señor Rose era un destacado especialista del corazón con consulta en Harley Street, en Londres, e hizo una pequeña fortuna tratando a un millonario griego antes de jubilarse en el sur de Francia. Spinola dice que le gusta jugar con Rose porque, si le da un ataque al corazón, Jack sabrá lo que hacer, pero yo no estoy tan seguro. Rose bebe más que yo y no estoy convencido de que tenga corazón, lo que a mi modo de ver sería un requisito indispensable para su trabajo. Su mujer, Julia, era su enfermera-recepcionista y es, con mucho, la mejor jugadora, con una auténtica percepción de lo que ocurre sobre el tapete y la memoria de un elefante, que es el animal al que más se parece, aunque no por su tamaño. Sería una mujer muy atractiva si no tuviera esas enormes orejas en ángulo recto con respecto a la cabeza. Por supuesto, nunca habla de las manos que acaba de jugar, como si fuera reacia a darnos a Spinola y a mí ninguna pista acerca de cómo enfrentarnos a ellos.
Es asimismo un buen ejemplo cuando se trata de hablar de la guerra. Hasta donde se sabe, Walter Wolf —que es el nombre bajo el que vivo en Francia— fue capitán en la oficina del intendente general en Berlín, responsable del servicio de comidas del ejército. Es lo que cabría esperar de alguien que ha trabajado en buenos hoteles durante una buena parte de su vida. Jack Rose está convencido de que me recuerda de una estancia en el hotel Adlon. A veces me pregunto qué pensarían si supieran que hubo un tiempo en que su oponente vestía el uniforme de las SS y era confidente íntimo de hombres como Heydrich y Goebbels.
No creo que a Spinola le sorprendiera mucho descubrir que tengo un pasado secreto. Habla ruso casi tan bien como yo, y estoy más o menos seguro de que fue oficial del 8.º Ejército italiano en Rusia y de que debió de ser uno de los afortunados que escaparon en 1943, después de la aplastante derrota en la batalla de Nikolajewka. No habla de la guerra, claro. Eso es lo maravilloso del bridge. Nadie habla mucho de nada. Es el juego perfecto para los que tienen algo que ocultar. Intenté que Elisabeth aprendiera a jugar al bridge, pero no tenía paciencia para los ejercicios que quería enseñarle con la intención de que llegara a ser mejor jugadora. Otra razón por la que no se aficionó al juego es que no habla inglés, que es el idioma en el que jugamos al bridge porque es el único que hablan los Rose.
Un día o dos después de la llegada de Hennig al Grand Hôtel, fui a La Voile d’Or a jugar a bridge con Spinola y los Rose. Como siempre, llegaban tarde, y me encontré a Spinola sentado a la barra, mirando con rostro inexpresivo el papel pintado. Parecía un tanto apesadumbrado, fumaba un Gauloises tras otro con su boquilla corta de ébano y bebía Americanos. Con su pelo moreno y rizado, su sonrisa fácil y su atractivo musculoso, siempre me recordaba un poco al actor de cine Cornel Wilde.
—¿Qué haces? —pregunté, hablándole en ruso. Hablar ruso entre nosotros era la manera que teníamos de practicarlo, porque rara vez venían rusos al hotel o al casino.
—Disfruto de la vista.
Me volví y señalé la terraza y, más allá, la vista del puerto.
—La vista está por ahí.
—Ya la conozco. Además, prefiero esta. No me recuerda nada que preferiría no recordar.
—Tenemos un día de esos, ¿eh?
—Aquí todos los días son de esos. ¿No crees?
—Claro. La vida es una mierda. Pero no se lo digas a nadie aquí en Cap Ferrat. La decepción los mataría.
Hizo un leve gesto de asentimiento.
—Yo sé todo lo que hay que saber sobre la decepción, te lo aseguro. He estado viéndome con una mujer. Y ahora no la veo. Lo que es una pena. Pero tenía que ponerle fin, porque estaba casada y el asunto se estaba poniendo difícil. Sea como sea, se lo tomó bastante mal. Amenazó con pegarse un tiro.
—Eso de pegarse un tiro es una reacción muy francesa. De hecho, es la única virtud francesa en la que se puede confiar en caso de apuro.
—Qué alemán eres, Walter.
Me invitó a una copa y luego me miró de hito en hito.
—A veces, te miro a los ojos desde el otro lado de la mesa de bridge y veo mucho más que una mano de cartas.
—¿Me estás diciendo que soy un mal jugador?
—Te estoy diciendo que veo a un hombre que no estuvo nunca en el servicio de intendencia del ejército.
—Salta a la vista que no has probado nunca lo que cocino, Antimo.
—Walter, ¿cuánto hace que nos conocemos?
—No lo sé. Un par de años.
—Pero somos amigos, ¿verdad?
—Eso espero.
—Bien, pues Spinola no es mi auténtico nombre. Tenía otro durante la guerra. A decir verdad, no habría seguido vivo mucho tiempo con un nombre como Spinola. Nunca fui esa clase de italiano. Es un nombre judío italiano.
—A mí me trae sin cuidado lo que seas, Antimo. Yo nunca fui esa clase de alemán.
—Te aprecio, Walter. No dices nunca más de lo necesario, y tengo la sensación de que sabes guardar un secreto.
—No me cuentes nada que no sea estrictamente necesario —repuse—. A estas alturas de la vida, no puedo permitirme perder un amigo.
—Entendido.
—Y si a eso vamos, te diré que tampoco puedo permitirme perder a gente que ni siquiera me aprecia. Entonces me sentiría muy solo.
Encima de la barra, al lado de mi gimlet, había una caja de puros Partagás sobre la que ahora Spinola apoyó la mano.
—Necesito que me hagas un favor —dijo.
—Lo que quieras.
—Aquí dentro hay algo que quiero que tengas a buen recaudo. Solo durante un tiempo.
—De acuerdo.
Busqué al barman con la mirada y, al ver que había salido a la terraza y no había peligro, levanté la caja y eché un vistazo en su interior. Aunque antes incluso de abrir la tapa ya sabía lo que había dentro. No eran puros, por supuesto. Hay algo en el peso de veintitrés onzas de una pistola Walther de la policía que hace que sea capaz de reconocerlo en sueños. La cogí. Estaba cargada y, por el olor que despedía, se había disparado recientemente.
—No es que sea asunto mío —dije, al tiempo que cerraba la caja de puros—, pero huele como si hubiera estado muy atareada. Yo he disparado contra gente y eso tampoco era asunto de nadie. No es más que lo que ocurre a veces cuando hay armas de por medio.
—Es su pistola —explicó.
—Debe de ser una chica de cuidado.
—Lo es. Así que se la quité. Solo para asegurarme de que no iba a cometer ninguna estupidez. Y no quiero guardarla en mi casa, por si regresa. Por lo menos hasta que me devuelva las llaves.
—Te la cuidaré, claro que sí. Es difícil encontrar un buen compañero de bridge. Además, echaba en falta tener un arma cerca. Una casa parece un tanto vacía sin un arma de fuego. La voy a dejar en el coche, ¿de acuerdo?
—Gracias, Walter.
Salí a la calle, dejé la pistola en la guantera y volví al hotel justo cuando llegaban los Rose en su Bentley descapotable de color crema. Esperé un momento e, instintivamente, le abrí la pesada portezuela del coche a la señora Rose para que se apeara. Siempre conducía él cuando iban a La Voile d’Or, pero a la vuelta siempre conducía ella, pues solo se permitía tomar dos gintonics frente a los seis o siete whiskys de él.
—Señora Rose —dije en tono amable, y tuve la galantería de recoger el fular de gasa verde que se le cayó cuando se apeó del coche. Hacía juego con el vestido que llevaba y, aunque el verde tal vez no era el color que más la favorecía, tampoco iba a permitir que eso interfiriera en mis aptitudes para el juego—, cómo me alegro de verla.
Respondió con una sonrisa, pero lo cierto es que no le estaba prestando ya mucha atención; de hecho, seguía pensando en el arma de la novia de Spinola cuando dos hombres que discutían en la otra punta de la terraza del hotel despertaron mi curiosidad. Uno era un inglés de rostro rubicundo que frecuentaba La Voile d’Or. El otro era Harold Hennig. Automáticamente abrí la puerta principal para que pasase la señora Rose antes de atreverme a echar otro vistazo a Hennig y el inglés, y al hacerlo pude ver que tal vez no se tratara tanto de una discusión como de una situación en la que Hennig, sin perder la sonrisa, le estaba diciendo al inglés lo que debía hacer, cosa que al inglés no parecía hacerle mucha gracia. Tenía toda mi solidaridad. A mí tampoco me había gustado nunca recibir órdenes de Harold Hennig. Pero me desentendí enseguida y seguí a Jack y Julia Rose al interior, y por primera vez en una temporada Spinola y yo les ganamos, lo que me alegró la velada hasta que regresé al Grand y supe que debía sustituir a nuestro portero de noche, que había llamado para decir que no podía trabajar porque tenía un resfriado de verano, fuera lo que fuese eso. Yo tuve un resfriado de invierno en un campo soviético de prisioneros de guerra durante unos dos años, y lo cierto es que fue un incordio. Un resfriado de verano suena igual de horrible.
No me importa hacer el turno de noche. Se está fresco y el chirriar de las cigarras al anochecer es tan relajante como la madreselva nocturna que adorna las paredes detrás de las lánguidas estatuas, cerca de la puerta principal. Además, aparecen menos huéspedes con preguntas y problemas que resolver, y dediqué la primera hora del turno a leer el Nice-Matin para perfeccionar mi francés. Hacia la una de la madrugada, tuve que ayudar a un americano muy rico, el señor Biltmore, a subir a su suite de la cuarta planta. Había estado bebiendo coñac toda la noche, y se las había apañado para vaciar una botella y el bar entero con sus odiosos comentarios, relacionados sobre todo con la guerra. Al parecer, había dicho que los franceses no habían arrimado el hombro como era debido, y que el de Vichy había sido un gobierno nazi en todo salvo en el nombre. Yo no hubiera discrepado en nada, a menos que hubiera sido francés. Como bien podría haber dicho Napoleón, aunque no lo dijo: «La historia francesa es la versión de los acontecimientos pasados en la que los franceses se han puesto de acuerdo». Me encontré a Biltmore repantingado en un sillón y apenas consciente, que es como prefiero a los borrachos del hotel, aunque empezó a alterarse y a dar voces en cuanto me acerqué a despertarlo con amabilidad. Luego me lanzó un puñetazo, y después otro, de modo que me vi obligado a darle un golpecito en el mentón con el puño, justo lo bastante fuerte para atontarlo y evitar que ninguno de los dos sufriera mayores daños. Eso me dejó con un problema distinto, porque Biltmore tenía el tamaño de una secuoya y era igual de difícil de cargar sobre el hombro, de modo que me vi obligado a recurrir prácticamente a todas mis energías para llevarlo hasta el ascensor, y luego a las pocas que me quedaban para sacarlo de la jaula y tumbarlo en la cama. No lo desvestí. En tanto que conserje, lo último que quieres es que un americano borracho recupere el conocimiento justo cuando le estás bajando los pantalones. Los yanquis no se toman a la ligera que los desnuden, sobre todo si lo hace otro hombre. En una situación así, uno puede perder no solo algún diente, sino también el empleo. En la Riviera, a un conserje —incluso a uno de los buenos, con la dentadura completa— se le puede sustituir en un abrir y cerrar de ojos, pero ningún hotel quiere prescindir de un huésped como el señor Biltmore, sobre todo teniendo en cuenta que desembolsa más de mil quinientos francos cada noche —unos cuatrocientos dólares— por una suite que ha reservado para tres semanas enteras. Nadie puede permitirse perder treinta mil francos, además de las sumas que gastaba en el bar y las propinas.
Para cuando volví abajo, estaba más acalorado que un chino planchando ropa, de modo que regresé al bar y le pedí al barman que me preparara un gimlet helado con alcohol del bueno —la ginebra Plymouth Navy Strength con una graduación del cincuenta y siete por ciento que les dan a los marineros de los submarinos nucleares—, como remate de los cuatro más flojos que ya me había tomado en La Voile d’Or para aguantar la presión. Me lo bebí con la cena, que consistió en un par de aceitunas y un puñado de galletas saladas.
Acababa de cenar cuando se presentó otra huésped en recepción. Y era toda una presencia: levemente perfumada, sobria, con un vestido negro bien ceñido que permitía hacerse una buena idea de lo que había bajo el envoltorio, y un brochecito de diamantes en forma de lazo en la parte delantera. No sé gran cosa de moda, pero el suyo era una especie de vestido de bailarina con canesú, un hombro al descubierto y, al fijarte bien, no un lacito en la cintura, sino una pequeña flor de diamantes. Con sus guantes y zapatos negros a juego, resultaba tan atractiva como el saldo bancario de Christian Dior. La señora French era una de nuestros clientes habituales, una dama inglesa rica y sumamente atractiva de cuarenta y tantos años, cuyo padre era un artista famoso que en sus tiempos vivía y trabajaba en la Riviera. Según dicen es escritora y alquila una casa local en Villefranche, pero pasa buena parte de su tiempo libre en el Grand Hôtel. Nada mucho en nuestra piscina, lee un libro en el bar, usa el teléfono a menudo y luego cena tarde en el restaurante. Suele estar sola, aunque a veces la acompañan sus amistades. Hace unas semanas, me pareció que la señora French intentaba conquistar al ministro francés de defensa nacional, monsieur Bourgès-Maunoury, que se alojaba aquí, pero la cosa no llegó a ninguna parte. Por lo visto, el ministro tenía otras cosas en la cabeza, como la amenaza islámica que supone el FLN argelino, por no hablar de ese Hitler egipcio de pacotilla, Gamal Abdel Nasser, y quizá la mujer anónima que estaba en la habitación contigua a la suya. No es un tipo mal parecido, supongo; moreno de cabello y ojos, tal vez demasiado zalamero, un poco pequeño, y a decir verdad un par de categorías por debajo de lo que le correspondería a la señora French. A mi modo de ver, una morena guapa como ella podría aspirar a más. Aunque también es verdad que se rumorea que Maurice Bourgès-Maunoury podría ser el próximo primer ministro de Francia.
—Buenas noches, señora French —dije a modo de saludo—. Espero que haya disfrutado de la cena.
—Sí, no estaba mal.
—No suena ni remotamente tan bien como debería.
Suspiró.
—Podría haber estado mejor.
—¿Era la comida? ¿O tal vez el servicio?
—Para ser sincera, ninguna de las dos cosas tenía nada de malo. Y aun así, faltaba algo... Con un libro por toda compañía, me temo que no era nada que pueda remediar fácilmente nadie del Gran Hôtel.
—¿Puedo preguntarle qué está leyendo, señora French? —Mis modales han mejorado mucho desde que volví a introducirme en el mundo de los hoteles. A veces parezco casi un tipo de lo más atento.
Abrió la cartera de piel de cocodrilo y me enseñó el libro: El americano impasible, de Graham Greene. Mis ojos de poli captaron de un vistazo el frasco de Mystikum, un fajo de francos franceses, una polvera de oro y una cajita con tapa de rosca en la que podía haber una borla de maquillaje, aunque era mucho más probable que contuviera su diafragma.
—No lo he leído —reconocí.
—No, pero creo que seguramente usted habrá olvidado más acerca de cómo dejar a un americano aceptablemente impasible de lo que ha aprendido nunca Graham Greene. —Sonrió—. Pobre señor Biltmore. Esperemos que mañana achaque el dolor de cabeza al alcohol y no a su puño.
—Ah, lo ha visto. Lo lamento. Creía que el bar estaba vacío.
—Estaba sentada detrás de una columna. Pero ha manejado la situación muy bien. Como un experto. Yo diría que ya había hecho cosas así. Profesionalmente, quiero decir.
Me encogí de hombros.
—El negocio hotelero siempre presenta una serie de retos interesantes.
—Si usted lo dice...
—Quizá pueda recomendarle alguna otra lectura —me ofrecí, apresurándome a cambiar de tema.
—¿Por qué no? Después de todo, es usted conserje. Aunque, a mi modo de ver, desempeñar el papel de un crítico como Robert Benchley quizá exceda sus obligaciones habituales.
Le mencioné un libro de Albert Camus que me había impresionado.
—No, no me gusta —respondió—. Es demasiado francés para mi gusto. Demasiado político, también. Pero ahora que lo pienso, tal vez podría recomendarme algún libro sobre el bridge. Me gustaría aprender a jugar, y sé que usted lo hace a menudo, señor Wolf.
—Estaré encantado de prestarle alguno de mis libros, señora French. Cualquier título de Terence Reese o S. J. Simon le vendrá bien, creo yo.
—Mejor aún, podría enseñarme usted a jugar. Estaría encantada de pagarle por sus clases privadas.
—Me temo que mis obligaciones en el hotel no me lo permitirían, señora French. Aunque pensándolo mejor, creo que lo más indicado sería que comenzara por el libro de Iain Macleod, El bridge es fácil.
Si se llevó una decepción, no lo demostró.
—Parece bastante adecuado. ¿Me lo traerá mañana?
—Claro. Me temo que no estaré aquí para dárselo en persona, señora French, pero se lo dejaré a algún colega mío.
—¿No trabaja mañana? Qué lástima. Me gusta charlar con usted.
Le ofrecí una sonrisa diplomática e hice una leve reverencia.
—Siempre me alegra serle útil, señora French.
En el bridge eso se llama «Pasar».
3
—¡Vaya, qué sorpresa tan agradable! ¡Qué casualidad encontrarnos aquí!
A unos pocos kilómetros de Cap Ferrat, Villefranche-sur-Mer es una curiosa ciudad antigua de la Riviera llena de turistas que disfrutan de sus escaleras ocultas de estilo Escher, de sus altas casas de vecinos y de sus sinuosas y oscuras calles empedradas. Es un poco como estar en una versión francesa de una película de Fritz Lang, sombría, secreta y llena de extraños ángulos de cámara con objetivo de ojo de pez, perfecta para un hombre desarraigado en búsqueda y captura viviendo con discreción y bajo un nombre falso. Así pues, fue toda una sorpresa tropezar con la señora French delante de un bar, nada menos que en la Rue Obscure, que está totalmente cubierta por una bóveda, igual que una cripta, y me recuerda muchísimo a una parte del antiguo Berlín, razón por la cual suelo frecuentarla. Solo. El bar La Darse es un tugurio de mala muerte, un establecimiento sepulcral con serrín en el suelo y mesas de madera pringosa que tiene aspecto de llevar abierto desde los tiempos de Carlos V, aunque el rosado de la casa que sirven en jarras de loza es casi bebible y a menudo se me puede encontrar allí, si alguien se viera tentado de buscarme. Nadie se había visto tentado de buscarme, así que no pude dejar de sospechar que el encuentro con la señora French en la Rue Obscure no era del todo la feliz casualidad que ella aseguraba. Lucía pantalones pirata de color rosa, un pañuelo a juego en la cabeza, un jersey negro holgado y, en torno al cuello, un collar de perlas y una Leica que parecía más cara incluso. Era la clase de aspecto despreocupado y casual que consiguen clavar las mujeres después de pasar mucho rato delante del espejo.
—¿Vive por aquí, señor Wolf? —preguntó.
—Por así decirlo. Tengo un alojamiento en Quai de la Corderie. En el paseo marítimo. —Me pregunté cuál de mis colegas del Grand Hôtel du Cap Ferrat podía haberle dicho dónde vivía y, ya puestos, quién conocía mis costumbres, y enseguida llegué al nombre de Ueli Leuthard, que era mi jefe y, como bien sabía, amigo de la señora French.
—Sabe que somos casi vecinos, ¿no? Mi casa está en la Avenue des Hespérides.
Sonreí. Mi casa se parecía a la cárcel local. Las casas de Avenue des Hespérides eran grandes villas bien amuebladas de varios pisos, con amplios jardines y vistas al mar lujosamente despejadas. Describirnos como vecinos era como comparar un erizo de mar con un pulpo gigante.
—Supongo que sí —reconocí—. Pero ¿qué la trae por esta calle, señora French? El nombre de «obscure» no es casual.
—Vengo a hacer fotos, como todo el mundo. Cuando no escribo, hago fotos. Incluso he vendido unas cuantas. Y llámame Anne, por favor. Ahora no estamos en el Grand Hôtel.
—Desde Luego. Aun así, yo diría que aquí no hay suficiente luz para hacer fotos.
—Ahí está el quid de una buena fotografía. Se trata de saber aprovechar la luz disponible y jugar con las sombras. Buscar una buena definición en el blanco y negro cuando no resulta evidente que la haya, y quizá desvelar un misterio.
Aquella descripción se parecía a la del trabajo de un detective.
—Bueno, ¿vas a invitarme a una copa? —preguntó.
—¿Ahí?
—¿Por qué no?
—Si hubiera entrado alguna vez por esa puerta, sabría la respuesta a esa pregunta. No, vamos a otro sitio. —Acerqué la cabeza a su oreja un momento y la olí sonoramente, para causar mayor efecto—. Es Mystikum, y preferiría disfrutarlo porque lo lleva usted, no porque disimule el olor a pescado.
—Me impresiona que sepas qué perfume llevo.
—Soy conserje. Mi trabajo consiste en saber cosas así. Además, vi el frasco en su bolso de mano anoche, cuando me enseñó el libro.
—Qué buen ojo.
—Me temo que no me sirve de mucho.
Asintió.
—No voy a discutir lo de ir a algún otro sitio. Sí que huele a pescado por aquí.
—Bien.
—¿Adónde vamos?
—Esto es Villefranche. En esta ciudad hay más bares que buzones, lo que probablemente explica por qué es tan lento el correo.
—Tengo una idea mejor. ¿Por qué no vamos a tu casa y así puedes darme ese libro de bridge?
—Me temo que le he dado una idea equivocada, señora French. Cuando he dicho que era un alojamiento, en realidad me refería a una langostera.
—Y tú eres la langosta, ¿no?
—Desde luego. No hay sitio más que para mí y para la mano de algún pescador de la zona.
—De acuerdo. Entonces, ¿por qué no vas a tu casa, coges el libro y luego lo llevas a la mía? Avenue des Hespérides, número ocho. Podemos tomar una copa allí si te apetece. Hay una bodega muy bien surtida, y apenas la he tocado desde que alquilé la casa.
—¿No había en el Jardín de las Hespérides unas manzanas de oro protegidas por un dragón de cien cabezas que nunca dormía y al que llamaban Ladón?
—Teníamos un perro guardián, pero se murió. Tengo un gato, eso sí. Se llama Robie. No creo que tengas que preocuparte por él. Pero si prefieres no...
—La situación es la siguiente, señora French... Bien podríamos trabar amistad. Pero suponga que luego nos distanciamos. Quiere que le enseñe a jugar al bridge. Hay ejercicios. Deberes. Suponga que digo que no es una alumna diligente. Entonces, ¿qué? Suponga que tengo que ponerme duro con usted por jugar mal una mano. Créame, son cosas que ocurren. —Me encogí de hombros—. El caso es que, como toda langosta, no me apetece sumergirme en agua hirviendo. Se recomienda al personal no confraternizar con los huéspedes del hotel, y no querría perder mi empleo. No es un gran trabajo, pero es el único que tengo ahora mismo. El negocio del cine va un poco lento por aquí desde que se marchó Alfred Hitchcock.
—Bueno, entonces no veo dónde está el problema. Nunca me alojo allí. Detesto alojarme en hoteles. Sobre todo en grandes hoteles. En realidad, son lugares muy solitarios. Todas las habitaciones tienen cerradura en las puertas, y eso me resulta más bien claustrofóbico.
—Es usted muy insistente.
—De ningún modo querría hacerle sentir incómodo, señor Wolf. Por supuesto que no.
Hizo un leve mohín, y me pareció que era yo quien la incomodaba, lo que me supo mal. Es un problema que tengo a veces; no me gusta incomodar a la gente, sobre todo cuando se trata de alguien con el aspecto de Anne French.
—Walter. Haga el favor de llamarme Walter. Y sí, claro, estaré encantado de tomar una copa en su casa. ¿Dentro de una hora, digamos? Así tendré tiempo de ir a por el libro y cambiarme de camisa. Para una langosta, es la manera menos dolorosa de cambiar de color.
—Creo que el rosa te favorecería —dijo.
—Eso pensaba mi madre cuando era pequeño, desde luego. Hasta que se dio cuenta de que era niño.
—Cuesta imaginar que tuvieras padres.
—Tuve dos, de hecho.
—Lo que quiero decir es que pareces un hombre muy serio.
—No se deje engañar por las apariencias, señora French. Soy alemán. Y como a todos los alemanes, es fácil llevarme por el mal camino.
En casa hice mucho más que cambiarme de camisa. Me duché y me peiné. Incluso me eché un poco de Pino Silvestre que se había dejado en la habitación del hotel un cliente. Consigo muchas cosas así. Huele a una mezcla de bolas de naftalina y árbol de Navidad, pero repele los mosquitos, que aquí son un auténtico problema, y es mejor que mi olor corporal natural, que siempre resulta un tanto amargo de un tiempo a esta parte.
La villa de la señora French ocupaba un precioso jardín que consistía en una serie de terraplenes cubiertos de césped suspendidos sobre el borde de los peñascos que había en lo alto de Villefranche, y tenía aspecto de haber sido diseñado por algún babilonio con cabeza para las alturas. La casa semirrústica de estuco rosa tenía una torre circular en una esquina y una elegante terraza con galería en la primera planta. Había también una piscina y una cancha de tenis de tierra batida, así como una villa de invitados y una portería con una caseta de perro vacía apenas más pequeña que el lugar donde vivía yo. Eché un vistazo a la cesta y el cuenco del perro, y me planteé solicitar el puesto vacante. Nos sentamos en la terraza con vistas a la piscina de color aguamarina inundada de luz y Anne me alcanzó una botella de Tavel que hacía juego con el estuco y que me ayudó a ahuyentar el regusto de mi colonia.
Dentro, la casa estaba llena de libros y obras de arte de esas que se tarda una vida entera en coleccionar, o en pintar, dependiendo de si tienes buen gusto o talento, y puesto que yo no tengo ni lo uno ni lo otro, me quedé ahí plantado y asentí, manteniendo la boca cerrada y procurando no reconocer que, a mi modo de ver, era todo un poco parecido a Picasso, cosa que con toda la razón ella podría haber tomado como un cumplido, al ignorar que no soporto a Picasso. Hoy en día todos sus rostros son tan feos como el mío, y me parecía poco probable que mi cara tuviera el menor interés para una mujer que era por lo menos diez años más joven que yo. Lo cierto es que no estaba seguro de lo que se traía entre manos; por lo menos no todavía. Igual quería de verdad que le enseñara a jugar al bridge, aunque para eso hay escuelas, y maestros, incluso en la Riviera. Igual estoy siendo un tanto cínico, pero no mostró ningún interés en el libro cuando se lo di, y permaneció cerrado encima de la mesa durante el rato que nos llevó terminar una botella y abrir otra.
Hablamos de nada en particular, un tema en el que soy todo un experto. Y un rato después fue a la cocina a preparar algo de picar, dejándome solo para que fumara y entrara en la casa a husmear entre sus libros. Saqué uno a la terraza y lo leí mientras la esperaba, y cuando por fin salió, fue al grano.
—Supongo que te preguntas por qué tengo tanto interés en aprender a jugar al bridge —dijo.
—No, ni por un instante. Hoy en día procuro preguntarme tan pocas cosas como puedo. Los huéspedes suelen preferirlo así.
—Ya te dije que soy escritora.
—Sí, ya me he fijado en todos los libros. Deben de venir bien cuando estás pensando en algo que escribir.
—Algunos eran de mi padre. —Cogió un momento el libro que yo había estado leyendo de la mesa y luego lo dejó de golpe—. Incluido este. Russian Glory, de Philip Jordan. ¿De qué va?
—Es una suerte de panegírico sobre Stalin y el pueblo ruso, y sobre los males del capitalismo.
—¿Y qué demonios hacías leyendo eso?
—Es como encontrarse con un viejo amigo más bien ingenuo. Durante una buena temporada, en la guerra fue el único libro que tenía a mi disposición.
—Qué incómodo.
—Lo fue. Pero me estabas diciendo por qué tienes tanto interés en aprender a jugar al bridge.
—¿Qué sabes de William Somerset Maugham, el escritor?
—Lo bastante para saber que no estaría interesado en usted, señora French. Por una parte, no es lo bastante joven. Y por otra, es del sexo equivocado.
—Es verdad. Por eso quiero aprender a jugar al bridge. Estaba pensando que quizá de este modo podría llegar a conocerlo. Por lo que tengo entendido, juega a cartas casi todas las noches.
—¿Por qué quieres conocerlo?
—Soy una gran admiradora de su obra. Hoy por hoy, es quizá el novelista vivo más grande. Desde luego es el más popular, razón por la que puede permitirse vivir aquí con semejante esplendor, en la Villa Mauresque.
—A ti tampoco te va tan mal.
—Yo alquilo esta casa. No es mía. Ojalá lo fuera.
—¿De verdad quieres conocerlo por eso?
—No sé a qué te refieres. Igual no te has fijado, pero tengo toda una colección de primeras ediciones suyas, y me encantaría que me las firmara todas antes..., antes de morir. Ya es un hombre mayor. Eso, naturalmente, las haría mucho más valiosas. Supongo que también cuenta.
—Nos estamos acercando —dije—, pero apuesto a que esa tampoco es la auténtica razón. No tienes aspecto de librera. No con esos pantalones.
Anne French se ofendió un poco.
—Muy bien, es porque un editor americano llamado Victor Weybright me ha hecho una oferta para que escriba su biografía —reconoció—. Cincuenta mil dólares, para ser exactos.
—Esa es una razón mucho mejor. O para ser más precisos, cincuenta mil razones.
—Me gustaría mucho conocerlo, pero, como has observado, soy del sexo equivocado.
—¿Por qué no le escribes y le cuentas lo del libro?
—Porque así no llegaría a ninguna parte. Somerset Maugham es conocido por su carácter reservado. Detesta la idea de que escriban sobre él y, hasta el momento, se ha resistido a todos sus biógrafos. Por eso la oferta económica es tan buena. Nadie lo ha conseguido. Pensaba que, si aprendo a jugar al bridge, quizá pueda acceder a su círculo y espigar conversaciones y un poco de color. Nunca accedería a conocerme si supiera que estoy escribiendo un libro sobre él. No, la única manera de hacerlo es darle una razón para que me invite. Según se dice, antes jugaba con Dorothy Parker. Y más recientemente con la reina de España y lady Doverdale.
—El bridge no es un juego que se aprenda en un santiamén, señora French. Lleva tiempo adquirir destreza. Por lo que tengo entendido, Somerset Maugham lleva jugando toda la vida. No sé si yo mismo estaría a su altura.
—Aun así, me gustaría intentarlo. Y estoy dispuesta a pagarte para que vengas aquí y me enseñes. ¿Qué te parece cien francos por clase?
—Tengo una idea mejor. ¿Qué tal se le da la cocina, señora French?
—Si estoy sola, suelo ir al hotel. Pero sé cocinar. ¿Por qué?
—Voy a proponerte un trato. Mi mujer me dejó hace un tiempo. Echo de menos la cocina casera. Prepárame la cena dos veces a la semana y te enseñaré a jugar al bridge. ¿Qué te parece?
Asintió.
—Trato hecho.
Así pues, había repartido las cartas. Y en el bridge el que reparte es el primero en cantar.
4
Durante un par de semanas, mi acuerdo con Anne French funcionó bastante bien. Era una alumna perspicaz, y se adaptó al juego igual que una baraja nueva y un dispensador de cartas. No era mala cocinera, e incluso me las arreglé para engordar un poco. Pero sobre todo preparaba unos gimlets estupendos, de esos que se saborean y se notan durante horas. Quizá fue por eso por lo que, una o dos veces, tuve la sensación de que quería besarme, pero logré resistirme a la tentación, cosa rara en mí. La tentación no es algo que pueda eludir fácilmente cuando viene llevando Mystikum detrás de sus orejas de pétalo de rosa y alcanzo a ver su ropa interior todavía tendida al otro lado de la puerta de la cocina. No era que no me resultara atractiva o que no me hubiera venido bien un poco de afecto —o que no me gustara su ropa interior—, pero he salido escarmentado tantas veces que soy más cauto aún que los jabalíes que se adentraban entre los árboles a los pies de su jardín después de oscurecer para husmear en busca de algo que comer. Cauto y dispuesto a pensar que alguien podría estar apuntándome a la sien con un rifle. Entretanto, seguí yendo a La Voile d’Or dos veces a la semana para jugar al bridge, y mi vida siguió discurriendo por los mismos senderos monótonos. La vida se aprecia mejor cuando uno tiene un empleo regular y un sueldo tirando a bueno y puede dejar de pensar en nada más importante que lo que está pasando en Egipto. Al menos, eso me decía yo. Pero una noche Spinola se presentó muy borracho —demasiado borracho para jugar al bridge—, y lo cierto es que me alegré, porque así tuve una excusa para llamar a Anne y preguntarle si quería ocupar el lugar del italiano a la mesa. Me llevé un verdadero chasco; primero, porque al intentarlo averigüé que no se encontraba en casa, y después, porque me di cuenta de que estaba más decepcionado de lo que a mi modo de ver habría sido apropiado, teniendo en cuenta todo lo que me había dicho a mí mismo y le había dicho a ella acerca de no liarse con clientes del hotel. Finalmente, los Rose se ofrecieron a llevar a Spinola en su Bentley y me dejaron a solas en la terraza con una última copa y un pitillo, preguntándome si debería presentarme en casa de Anne en Villefranche y buscarla por si no había oído el teléfono, o si había preferido no contestar. Era lo menos indicado, claro, y estaba a punto de hacerlo igualmente cuando un inglés con un perrito se dirigió a mí.
—Veo que viene mucho por aquí —dijo—. A jugar al bridge, dos veces a la semana. ¿No es usted el conserje del Grand Hôtel?
—A veces —respondí—. Cuando no estoy jugando al bridge.
—Es adictivo, ¿verdad?
Probablemente rondaba los cuarenta, aunque parecía mayor. Con sobrepeso y un poco sudoroso, llevaba un blazer cruzado de lino, camisa blanca con puños dobles que asomaban de las mangas y gemelos de oro que hacían pensar en un día modesto en el Klondike, pantalones grises de tela asargada, una corbata de seda con los colores de la piel de un jaguar sudamericano y un pañuelo de seda a juego que se le derramaba del bolsillo superior como si estuviera a punto de sacar un ramo de flores falsas, igual que un mago de tres al cuarto. Era el mismo hombre que había visto discutiendo con Harold Hennig a la entrada del hotel.
—Hola, me llamo Robin Maugham.
—Walter Wolf.
Nos estrechamos la mano e hizo un gesto al camarero para que viniera.
—¿Le invito a una copa?
—Claro.
Pedimos las bebidas y un poco de agua para el perro, encendimos los cigarrillos, nos sentamos a una mesa en la terraza con vistas al puerto y procuramos comportarnos con normalidad en general, o al menos con toda la normalidad que es posible cuando un hombre no es homosexual y sabe que el otro lo es, y este es plenamente consciente de que el primero entiende todo eso. Era un poco incómodo, quizá, pero nada más. Antes creía en un orden moral, pero también lo hacían los nazis, y su idea de orden moral incluía asesinar a homosexuales en campos de concentración, lo que fue más que suficiente para que mis opiniones cambiaran. Después de la orgía de destrucción que infligió Hitler a Alemania, me parece absurdo preocuparse por lo que haga un hombre en el dormitorio de otro.
—Es usted alemán, ¿verdad?
—Sí.
—No pasa nada. No soy un inglés de esos a los que no les caen bien los alemanes. Conocí a muchos de ustedes en la guerra. Hombres cabales, la mayoría. En el cuarenta y dos, estuve en África del Norte con el 4.º Regimiento de Londres Yeomanry, en la división acorazada. Nos enfrentamos al DAK, el Deutsches Afrikakorps, que era la 15.ª División de Panzers allí donde estaba yo destinado. Buenos combatientes, doy testimonio de ello. Sufrí una herida en la cabeza en la batalla de Knightsbridge, lo que puso fin a mi guerra. Al menos así la llamábamos nosotros. Oficialmente, fue la batalla de Gazala, aunque siempre pienso en ella como la batalla de Knightsbridge.
—¿Por qué?
—Ah, bueno, era el nombre en clave de nuestra posición defensiva en el frente de Gazala: Knightsbridge. Pero para ser sincero, conocía a tantos muchachos del 8.º Ejército de Eton, Cambridge y de mi colegio de abogados, que a veces tenía la sensación de estar de compras por Knightsbridge. No es que fuera oficial, nada de eso. Me alisté como soldado raso... Lo cierto es que era un poco rojeras. Y quería pagar yo mismo mis copas, por así decirlo. Nunca me han gustado esas zarandajas de los puñeteros oficiales.
Hablaba de ello como si de una larga jornada en el campo de críquet se tratara.
—¿Y usted, Walter?
—Yo estuve muy por detrás de nuestras líneas, a salvo en Berlín. Un hombre sin honor, me temo. Demasiado mayor para todo eso. Era capitán en la oficina del intendente general. El cuerpo de servicio de comidas del ejército.
—Ah, empiezo a ver la pauta.
Asentí.
—Antes de la guerra, trabajaba en el hotel Adlon.
—Claro. Todo el mundo se aloja en el Adlon. Gran Hotel. Me refiero a la película. De Vicki Baum, ¿no? La escritora austríaca.
—Sí, eso creo.
—Ya me parecía. Yo también soy escritor. Libros, obras de teatro... Ahora mismo estoy escribiendo una obra de teatro. Una comedia basada en El rey Lear, de Shakespeare. Es sobre un hombre que tiene tres hijas...
—Qué coincidencia.
Maugham se echó a reír.
—Desde luego.
—Supongo que ya sería el colmo de la casualidad si usted estuviera emparentado con el otro Maugham que vive por aquí.
—Es mi tío. De hecho, él conoció a Vicki Baum cuando estuvo viviendo en Berlín antes de la primera guerra.
Llegaron las bebidas, y Robin Maugham cogió su copa de vino blanco de la bandeja de estaño del camarero con la impaciencia de un auténtico alcohólico. Bien lo sabía yo: mi copa de tono verdoso había adquirido el aura del santo grial.
—A él también le caen bien los alemanes. A Willie. Así llamamos al anciano. Habla alemán con soltura. Antes de estudiar medicina, pasó un año en la universidad de Heidelberg. A tío Willie le encanta Alemania. Tiene una predilección especial por Goethe. Sigue leyéndolo en alemán. Lo que ya es decir de un inglés, eso se lo aseguro.
—Entonces, ya tenemos algo en común.
—Usted también, ¿eh? Así me gusta.
Saltaba a la vista que Robin Maugham era un autor teatral. Tenía una enorme facilidad de palabra, una suerte de conversación animada y guasona que disimulaba en la misma medida que revelaba, como un personaje que uno sabía que iba a resultar mucho más importante de lo que parecía, aunque solo fuera en virtud de su prominencia en el cartel de la función.
—Bueno, entre el bridge y el alemán, quizá le gustaría echar una partida en la Villa Mauresque alguna noche. A nuestro anciano siempre le apetece conocer a gente interesante. Tiene fama de reservado, claro, pero me atrevería a decir que el conserje del Grand Hôtel... Por no hablar de alguien que trabajó en el famoso Adlon... Está claro que una persona así debe de estar acostumbrada a guardar unas cuantas confidencias, ¿no?
—Me encantaría ir —accedí—. Y no se preocupe por que me vaya de la lengua.
Pensé en Anne French y en lo que diría cuando supiera que me habían invitado a Villa Mauresque. Cabía la posibilidad de que ella percibiera mi invitación como una confirmación de su propia estrategia: aprender a jugar al bridge a fin de conocer a Somerset Maugham. Pero era igualmente posible que lo viera como una especie de traición por mi parte. Y aunque por un breve instante me planteé sencillamente no contárselo para no herir sus sentimientos, me pareció que mi presencia allí no podía sino propiciar que a ella también llegaran a invitarla. Y si eso no llegaba a ocurrir, siempre podría ser su espía e informarla de cómo eran las cosas en realidad en Villa Mauresque, proveyéndola del color que necesitaba para su libro.
—Aunque creo que antes debería leer alguna novela suya —añadí—. No me gustaría verme en el brete de reconocer que no he leído ninguna. ¿Cuál me recomienda?
—Una breve. Mi preferida es La luna y seis peniques, que es sobre la vida de Paul Gauguin. Le puedo prestar mi ejemplar si quiere.
Robin Maugham consultó su reloj.
—El caso es que, ahora que lo pienso, aún podríamos llegar a cenar a la villa, si es que no ha cenado todavía. Willie se asegura de que haya muy buena mesa. Nuestra cocinera italiana, Annette, es maravillosa. Y además mi tío está hoy de muy buen humor. Por ridículo que parezca, una invitación a la próxima boda del príncipe Rainiero con Grace Kelly en Mónaco parece haberle hecho tanta ilusión como si se casara él mismo.
—Yo también recibí una invitación, pero por desgracia me vi obligado a declinarla. Tendría que buscar todas mis condecoraciones y comprarme un traje nuevo, algo que difícilmente puedo permitirme.
Robin sonrió, un tanto inseguro.
Miré mi reloj de pulsera.
—Pero, claro, vamos. No me importa interrumpir el consumo de alcohol con algo de comida.
—Bien. —Robin apuró la copa de vino, cogió el terrier y señaló hacia el fondo de la terraza—. ¿Vamos?
Me subí al coche y seguí el Alfa Romeo rojo del inglés colina arriba, hacia las afueras de la ciudad. Era un cálido y hermoso atardecer, con una leve brisa marina y una pincelada de color rosa coral en el cielo azul como si hubiera entrado en fogosa erupción un Vesubio más cercano. Detrás de nosotros, los esbirros ligeros de ropa de Hermes llenaban los numerosos restaurantes de la orilla y las calles estrechas, mientras que la Troya en miniatura que era el puertecito de Cap Ferrat se veía erizada de innumerables mástiles altos y cientos de blancas embarcaciones invasoras, que se disputaban una ondulante posición sobre el agua cristalina casi invisible, como si no importara en absoluto adónde iba o de dónde venía nadie. Desde luego, a mí no me importaba.
5
La Villa Mauresque, a la que se llegaba por una angosta y sinuosa carretera bordeada de pinos, estaba en la cima misma del Cap y detrás de una gran verja de hierro forjado flanqueada por dos pilares de yeso blanco, en uno de los cuales estaba grabado el nombre de la casa —y en color rojo, lo que me pareció una señal contra el mal de ojo—. Eso no me hizo aflojar la velocidad, y crucé la verja a rebufo de Robin Maugham como si tuviera los ojitos azules más inocentes de toda Francia. El lugar no habría tenido un aire más retirado si hubiera vivido allí el rey Leopoldo II de Bélgica en persona con el pigmeo que tenía por mascota, sus tres amantes y su zoo privado, por no hablar de los muchos millones que se había apañado para robar del Congo. Según se decía, también tenía una colección considerable de manos humanas, arrancadas de los brazos de nativos con la simple intención de instar a los demás a que entraran en la jungla a recoger caucho. Creo que el rey Leopoldo podría haber enseñado a los nazis unas cuantas cosas acerca de la crueldad y de cómo gobernar un imperio. A diferencia de Hitler, había muerto en cama a los setenta y cuatro años. En otros tiempos, había sido propietario de todo Cap Ferrat, y la Villa Mauresque se construyó para uno de sus confidentes, un hombre llamado Charmeton, cuya procedencia argelina le había dejado cierta preferencia por la arquitectura morisca. Lo sabía porque era uno de esos detalles que se supone debe saber un conserje del Grand Hôtel.
Según Robin Maugham, su tío era propietario de la villa desde hacía más de treinta años. Era la clase de lugar en el que uno podía imaginarse con facilidad a un novelista escribiendo, de no ser porque nadie hubiera creído que alguien trabajara allí, pues la casa parecía tener más ornamentación —por dentro y por fuera— de lo que me había imaginado. Anne French alquilaba una villa bonita. Esta era magnífica y ponía de manifiesto la fama internacional de Maugham, su enorme riqueza y su gusto impecable. Estaba pintada de blanco, con contraventanas verdes y altas puertas de doble hoja también verdes, ventanas de herradura, una entrada en forma de pasaje abovedado morisco y una enorme cúpula en el tejado. Había una cancha de tenis, una piscina inmensa y un hermoso jardín lleno de hibiscos, buganvillas y limoneros que impregnaban el aire del anochecer del intenso aroma cítrico de una barbería. En el interior había suelos de ébano, techos altos, pesados muebles españoles, lámparas de araña de madera dorada, figuras de mármol de africanos, alfombras de estilo Savonnerie, y, entre otros muchos cuadros, uno de Gauguin: una de esas tahitianas de extremidades gruesas y nariz ancha con aspecto de poder aguantar tres asaltos con Jersey Joe Walcott. Encima de la chimenea había un águila dorada con las alas extendidas —lo que me recordó a mis antiguos patrones de Berlín—, y todos los libros que descansaban en la pulida superficie de una mesa redonda de estilo Luis XVI eran nuevos y habían sido enviados de un establecimiento de Londres llamado Heywood Hill. El jabón que usé para lavarme las manos en el cuarto de baño de la planta baja tenía aún el envoltorio Floris y las toallas eran más gruesas que los cojines de seda de los sillones del Directoire. El Grand Hôtel parecía una versión barata de lo que uno podía disfrutar en la Villa Mauresque. Era un lugar de esos donde el tiempo y el mundo exterior no eran bienvenidos; un lugar de esos que costaba imaginar que siguieran existiendo en una economía de cartillas de racionamiento que se estaba recuperando de una guerra terrible; un lugar de esos que probablemente se asemejaba a la mente del hombre que lo poseía, un hombre entrado en años con el rostro de un dragón de Komodo y un blazer cruzado de color azul que parecía confeccionada por el mismo sastre de Londres que la de Robin. Se levantó y vino a estrecharme la mano mientras su sobrino hacía las presentaciones, y cuando se pasó la lengua por los labios de su fina, ancha y marchita boca, no me hubiera sorprendido ver que tenía lengua bífida.
—¿Dónde te habías metido, Robin? Hemos retrasado la cena por ti, y ya sabes que detesto hacer eso. Es una falta de consideración hacia Annette.
—Me he pasado por La Voile a tomar una copa y me he encontrado a un amigo. Walter Wolf. Es alemán y un estupendo jugador de bridge, y estaba ocioso, así que he pensado que más valía traérmelo.
—¿Ah, sí? Cómo me alegro. —Maugham se puso un monóculo en el ojo, me miró de hito en hito y me ofreció una sonrisa que parecía más un rictus—. N-no vemos mu-muchos a-alemanes por aquí. Es buena señal que estén volviendo a la Riviera. Es un buen augurio para el futuro que los alemanes puedan permitirse volver a venir por aquí.
—Me temo que se equivoca, señor. No he venido a pasar la temporada. Trabajo en el Grand Hôtel. Soy el conserje.
—Es usted bienvenido igualmente. Así que juega al bridge, ¿eh? Es el juego más entretenido que ha concebido el hombre, ¿verdad?
—Sí, señor. Eso creo, desde luego.
—Robin, más vale que le digas a Annette que tenemos un invitado a cenar.
—Siempre hay comida de sobra, tío.
—No se trata de eso.
—He pensado que, con Alan, ya somos cuatro para echar una partida luego.
—Excelente —dijo Maugham.
Mientras Robin iba a hablar con la cocinera, el propio Maugham me tomó por el brazo y me llevó al salón barroco verde oscuro, donde un mayordomo con librea de lino blanco apareció como salido de la nada y me preparó un gimlet siguiendo mis instrucciones paso a paso; luego le preparó un martini al anciano, con un chorrito de absenta.
—No suelo fiarme de un hombre que no sabe con precisión lo que quiere beber —comentó Maugham—. Uno no puede exponerse a un tipo que se muestra impreciso con respecto a su bebida preferida. Si no es capaz de mostrarse preciso con respecto a algo que va a beber, está claro que no va a serlo con respecto a nada.
Nos sentamos, y Maugham me ofreció un cigarrillo de la caja que había encima de la mesa. Rechacé la invitación, y encendí uno de los míos, lo que me granjeó su aprobación en mayor medida aún, aunque en esta ocasión se dirigió a mí en alemán —con una ligera tartamudez, igual que hablaba inglés—, probablemente solo para demostrarme que lo dominaba, aunque teniendo en cuenta que quizá llevaba bastante tiempo sin hablarlo, me impresionó bastante.
—También me gusta que un hombre prefiera fumar su propio tabaco al mío. Fumar es una actividad que hay que tomarse en serio. No es un asunto con el que uno deba ponerse a experimentar. Yo sería tan incapaz de fumar otra marca de tabaco como de ponerme a correr maratones. Dígame, Herr Wolf, ¿le gusta ser conserje del Grand Hôtel?
—¿Que si me gusta? —Sonreí—. Ese es un lujo que sencillamente no puedo permitirme, Herr Maugham. Es un empleo, nada más. Después de la guerra, no era tan fácil encontrar un empleo en Alemania. El horario está bien y el hotel es un buen sitio. Pero la única razón por la que lo hago es el dinero. El día que dejen de pagarme, me largo.
—En eso también coincido con usted. No tengo tiempo para un hombre que dice no estar interesado en el dinero. Eso significa que no tiene amor propio. Yo solo escribo por dinero hoy en día. Desde luego, no por placer. —Asomó una lágrima a su ojo—. No, eso se esfumó hace mucho tiempo. Sobre todo escribo porque siempre lo he hecho. Porque no se me ocurre qué demonios hacer, si no. Por desgracia, nunca he podido convencerme de que haya nada más interesante. Tengo ochenta y dos años, Herr Wolf. Escribir ha pasado a ser una costumbre, una disciplina, y, hasta cierto punto, una compulsión, pero desde luego no le daría gratis a nadie lo que escribo.
—¿Está trabajando en algo ahora mismo, señor?
—En un volumen de ensayos, o lo que es lo mismo, en nada importante. Los ensayos son como los políticos. Quieren cambiar las cosas, y yo no estoy muy interesado en ningún cambio a mi edad.
Apareció un hombre grande y torpón aquejado de una grave psoriasis y vestido con una camisa de colores chillones, y fue directo a la bandeja de las bebidas, donde se preparó una copa con las maneras de alguien que está demasiado impaciente para esperar a que se la preparase el mayordomo.
—Le presento a mi amigo Alan —dijo Maugham, retomando el inglés—. Alan, ven a saludar a un amigo de Robin. Se llama Walter Wolf. Es alemán, y esperamos que juegue una o dos partidas con nosotros después de cenar.
El hombre torpón se acercó y me estrechó la mano, justo en el momento en que Robin Maugham reaparecía y anunciaba que la cena estaba lista.
—Gracias a Dios —comentó Maugham.
—Ha llamado Ronnie Neame cuando estabas en el baño —le dijo el tipo torpón a Maugham—. Parece ser que MGM va a hacer El velo pintado, pero con un título diferente. Quieren titularla El séptimo pecado.
—Uf —dijo Maugham con una mueca de desagrado—. Vaya título de mierda.
—Es el séptimo mandamiento —señaló Robin.
—Me trae sin cuidado si es el Tratado de Versalles. A nadie le escandaliza ya el adulterio. No desde la guerra. El adulterio es habitual. Después de Auschwitz, el adulterio es un delito menor. Acuérdate de lo que te digo: la película será un fracaso.
Fuimos a cenar.
Robin Maugham no había exagerado; su tío se cuidaba de tener una mesa excelente. Cenamos huevos con gelatina, pollo Maryland, diminutas fresas silvestres y helado de aguacate —que no me gustó mucho—, todo regado con un magnífico Puligny y luego un Sauternes aún mejor. Después, Maugham encendió una pipa, se puso unas gafas con montura de carey sobre la nariz y abrió camino hacia la mesa de cartas, donde me emparejé con Robin y jugamos y perdimos dos partidas. El anciano era un verdadero demonio jugando al bridge.
—No juega usted nada mal, Herr Wolf. Si puedo darle un consejo, le diría lo siguiente: nunca se desprenda de una carta de su mano antes de que su compañero haya sobredeclarado. Se adelanta a su juego. No vaya a por otra carta hasta que sea su turno de jugar.
Asentí.
—Gracias.
—No hay de qué.
Cuando terminamos de jugar, Maugham se sentó a mi lado en el sofá con las piernas recogidas debajo de su cuerpo, dejando a la vista los calcetines de seda y las ligas para calcetines, y empezó a hacerme toda suerte de preguntas personales.
—¿Está casado?
—Tres veces. De hecho, no he sido demasiado afortunado con las mujeres. Y menos aún con las que me casé. Son criaturas extrañas que no saben lo que quieren hasta el momento en que deciden exactamente lo que quieren, y si no se lo das de inmediato, tienden a enfadarse mucho. Por lo demás, con el resto de las mujeres que he conocido todo lo ocurrido fue culpa mía. Mi esposa más reciente me dejó porque ya no me amaba. Al menos eso me dijo cuando se largó con la mayor parte de mi dinero. Pero creo que solo intentaba amortiguar el golpe.
Maugham sonrió.
—Está resentido. Eso me gusta. Bueno, bueno. ¿Le apetece otra copa?
—No, se lo agradezco. Ya he bebido bastante.
Seguimos charlando un rato hasta que, exactamente a las once en punto, W. Somerset Maugham dijo que era su hora de acostarse.
—Me cae usted bien, Herr Wolf —dijo antes de subir—. Vuelva por aquí. Y hágalo pronto.
6
Anne French se mostró encantada cuando, la noche siguiente, en su casa de las colinas más arriba de Villefranche, le conté que había ido a Villa Mauresque a cenar y jugar a las cartas.
—¡Qué emocionante! ¿Cómo es? ¿Es muy camp?
No entendí el término inglés camp, y Anne tuvo que explicármelo.
—Es una palabra muy inglesa —dijo—, aunque su origen es francés, curiosamente. Deriva de la expresión francesa se camper, que significa «posar de un modo amanerado», pero en inglés la utilizamos para describir cualquier cosa exagerada u ostentosamente homosexual.
—Entonces, sí, es muy camp. Aunque el anciano tiene un gusto impecable. Vive muy bien. Todo es de lo mejor. Tiene unas diez personas a su servicio, incluido un mayordomo y varios jardineros. No come mucho y no bebe demasiado. Solo habla y juega a cartas. Aunque procura hablar bien poco cuando jugamos a cartas. Es un jugador feroz. Vamos a tener que aplicarnos mucho si queremos que alcances el nivel suficiente. Solo así podré recomendarte para que ocupes mi lugar.
—Hasta entonces, puedes ser mi espía. La próxima vez que vayas, quiero descripciones detalladas de todo. Sobre todo de la casa y los jardines. ¿Hay estatuas desnudas? ¿Quién se aloja allí habitualmente? Y averigua también qué opina sobre los escritores de hoy. A quién valora. A quién detesta. Y sobre su amigo, claro. Indaga sobre él. Según se dice, el último, Gerald, era un borracho y un sinvergüenza de tomo y lomo. Dime, ¿había muchos chicos? ¿Hubo una orgía?
—No. Fue un verdadero chasco. El amigo y compañero de Maugham es un tipo con psoriasis avanzada que se llama Alan Searle, y al parecer es también su secretario. No es descaradamente marica, a diferencia de su sobrino. Sea como sea, por sorprendente que pueda parecerte me cae bastante bien. Es muy simpático y creo que también es un héroe de guerra, aunque lo lleva con discreción. El ambiente tenía muy poco que ver con Petronio. —Hice un gesto de negación con la cabeza—. Si a eso vamos, el anciano también me cayó bien. Me dio pena. Tiene todo el dinero del mundo, una casa preciosa, amigos famosos, pero no es feliz. Resulta que eso es algo que tenemos en común.
—¿No eres feliz?
Me reí.
—Siguiente pregunta.
—¿Está escribiendo?
—Ensayos.
—¡Bah! Eso no le interesa a nadie. Los ensayos son para críos. ¿Pudiste echar un vistazo a su despacho?
—No, pero me dijo que se puede ver una reproducción exacta en una película para televisión titulada Quartet. Por lo visto, se rodó hace tres o cuatro años.
—¿Cuándo vas a volver?
—No lo sé. Cuando me inviten, supongo. Si es que me invitan de nuevo.
—¿Crees que lo harán?
—Tiene ochenta y dos años. A esa edad, todo es posible.
—No sé si estoy de acuerdo. Seguramente...
—Alguien así no dispone de mucho tiempo. Lo más probable es que me inviten a volver pronto.
Resultó que al día siguiente, por la noche, recibí una llamada en la recepción del hotel para preguntarme si estaba libre esa velada. Lo estaba.
Esta vez el gran hombre se encontraba de ánimo más comunicativo. Me habló del día que conoció a la reina de Inglaterra, y de algunos de los famosos que habían pasado por la villa, incluidos Churchill y H. G. Wells.
—¿Cómo era Churchill? —pregunté en tono amable.
—Parecía una antigua figura de porcelana. Muy rosado. Muy renqueante. Tenía el pelo como una telaraña. Si cree usted que estoy senil, tendría que haberlo visto a él. —Suspiró—. Es muy triste, en realidad. Antes de la guerra, la primera guerra, solíamos ir a jugar al golf juntos. Le hacía reír. Dios santo, eso debió de ser, ¿cuándo?..., ¿en 1910? Dios, cómo vuela el tiempo, ¿eh?
Asentí, y luego, sin que hubiera ninguna razón para ello salvo que quería que Maugham supiera que podía hacerlo, cité a Goethe, en alemán:
—«Lancémonos al vértigo del tiempo, el remolino del devenir; que el dolor y el placer, el éxito y el fracaso, se alternen a voluntad: solo en la acción se reafirma el hombre».
—Eso es de Goethe, ¿verdad? —comentó Maugham.
—Fausto. —Tragué saliva con cierta dificultad—. Siempre se me atraganta un poco.
Maugham asintió.
—Es usted un hombre de aspecto joven, Walter. Todavía tiene veinte años buenos de acción por delante. Pero no la joda, amigo mío.
—No, señor. Procuraré no hacerlo.
—Yo he jodido y la he jodido una buena parte de mi vida. —Suspiró—. A menudo, claro está, las dos cosas vienen a ser la misma. En serio. Sería caballero del reino a estas alturas si no me hubiera dedicado a joder de una manera tan atroz. Pero supongo que debe de estar acostumbrado a esas cosas. Seguro que en el Grand Hôtel ve toda suerte de comportamientos atroces.
—Claro. Aunque no puedo hablar de ello.
—Los ricos tienen tiempo para joder. Pero los pobres solo tienen tiempo de leer al respecto. Están demasiado ocupados intentando ganarse la vida como para ponerse a joder mucho.
—Supongo que está usted en lo cierto.
—Robin me ha contado que, antes de la guerra, era usted detective de la casa en el hotel Adlon de Berlín.
—Así es.
—Por aquel entonces debió de ver comportamientos más atroces aún. Berlín era el lugar donde había que estar en la década de 1920. Sobre todo en el caso de alguien como yo. Mi primera obra de teatro se estrenó en Berlín. Dirigida por Max Reinhardt. En el cabaret Schall und Rauch. Un local diminuto.
—En la Kantstrasse. Lo recuerdo. Por desgracia, me parece que lo recuerdo todo. Hay muchísimas cosas que me gustaría olvidar, pero por mucho que lo intente, no lo consigo. Por lo visto, no soy capaz de recordar cómo hacerlo. No es mucho pedirle a la vida, ¿no cree? Olvidar aquello que le causa dolor a uno. De alguna manera.
—Resentido y sensiblero. Eso también me gusta. —Encendió un cigarrillo del estuche de plata que descansaba encima de la mesa. Estábamos esperando la cena y después la inevitable partida de bridge—. Ahora me acuerdo. Eso es. «Funes el Memorioso» —dijo Maugham—. Es un cuento de Borges precisamente sobre eso. Un hombre que no podía olvidar.
—¿Qué fue de él? —preguntó Robin.
—Lo he olvidado —reconoció Maugham, y se echó a reír estrepitosamente—. Mi querido y viejo Max. Era uno de los afortunados. Me refiero a los judíos. Se marchó en el 38, y se fue a América, donde murió, muy pronto, en 1943. Prácticamente todos mis amigos han desaparecido. Incluido el maravilloso Adlon. Dios mío, qué hotel tan magnífico. ¿Qué fue de la pareja propietaria del hotel, Louis Adlon y su dulce esposa, Hedda?
—Louis fue asesinado por los rusos en 1945. Con las botas de montar y el bigote encerado, lo confundieron con un general alemán. —Le resté importancia al asunto encogiéndome de hombros—. La mayor parte del Ejército Rojo estaba formado por campesinos. ¿Hedda? Bueno, no quiero ni pensar en lo que le ocurrió a ella. Lo mismo que a todas las demás mujeres de Berlín, supongo. La violaron. Y luego la volvieron a violar.
Maugham asintió con tristeza.
—Dígame, Walter, ¿cómo entró a trabajar de detective en el Adlon?
—Hasta 1932, había sido agente de policía en Berlín. Debido a mis opiniones políticas, tuve que dejarlo. Era socialdemócrata, lo que para los nazis equivalía a ser comunista.
—Sí, claro. ¿Y cuánto tiempo fue policía?
—Diez años.
—Santo Dios. Eso es toda una vida.
—Desde luego a mí me lo pareció en aquel entonces.
Después de cenar y jugar un par de partidas, Maugham dijo:
—Quiero hablar con usted en privado.
—De acuerdo.
Me llevó por unas escaleras de madera hasta el espacio donde escribía, que estaba en el interior de una estructura independiente en una de las azoteas. Había una mesa de comedor grande y una chimenea, pero ninguna ventana con vistas que distrajera a un hombre del sencillo asunto de escribir una novela. Una estantería albergaba algunos de sus títulos preferidos y, en una mesita de café, había unos ejemplares de la revista Life. En la pared estaba colgada otra de las sparrings tahitianas de Jersey Joe, pero con el haz de luz del faro en la punta sudoeste del Cap era como estar en la cubierta de un barco del que Maugham era un capitán de la misma madera que Ahab. Nos sentamos en extremos opuestos de un sofá grande, y Maugham fue directo al grano.
—Me parece usted un hombre honrado, Walter.
—Dentro de mis límites.
—Imagino que no estaría trabajando de conserje en el Grand si no lo fuera.
—Es posible. Pero la buena fortuna rara vez te acompaña a la salida y te abre el coche. Por lo menos hoy en día. —Me encogí de hombros—. Lo que quiero decir es que todos procuramos ganarnos la vida, señor Maugham. Y si podemos fingir que lo hacemos honradamente, tanto mejor.
—Es usted más cínico aún que yo, Walter. Me cae cada vez mejor.
—Soy alemán, señor Maugham. He tenido mucha más práctica con el cinismo. Todos la hemos tenido. Son las mil toneladas de peso del cinismo lo que provocó el hundimiento de la República de Weimar y nos trajo el Reich milenario.
—Supongo que es así.
—¿En qué puedo ayudarle, señor? No me ha traído aquí arriba para instarme a confesar mis pecados.
—No, tiene razón. De hecho, lo que pretendo es contarle algunos de los míos. He de decirle, Walter, que me están chantajeando otra vez.
—¿Otra vez?
—Soy un viejo marica rico. Tengo más esqueletos en los armarios que las catacumbas romanas. Para mí, ser chantajeado no es tanto algo propio de mi oficio como una condición existencial. Follo, por tanto estoy sujeto a peticiones de dinero, peticiones que van acompañadas de amenazas.
—Páguele, sea quien sea. Es usted lo bastante rico.
—Este es un profesional.
—Pues acuda a la policía.
Maugham sonrió levemente.
—Los dos sabemos que eso es imposible. Los chantajistas se basan en el mismo principio que la mafia. Se aprovechan de una minoría vulnerable que no puede recurrir a la policía. Su poder estriba en nuestro obligado silencio.
—Lo que quería decir es que por qué me lo cuenta a mí.
—Porque usted fue policía, y porque quiero que me ayude.
—No veo cómo puedo hacerlo, señor Maugham. Soy conserje. Mis tiempos de detective quedan ya muy lejos. Bastante me cuesta ahuyentar a las viudas alegres del hotel como para ocuparme de un chantajista profesional. Además, últimamente ando un poco corto de entendederas. Imagínese, aún sigo intentando descifrar cómo sabe usted que antes era detective.
—Estuvo diez años en la policía de Berlín. Nos lo contó usted mismo.
—Sí, pero fue otra persona quien les dijo que fui el matón de la casa del hotel Adlon. —Asentí—. Pero, ¿quién? Un momento... Fue Hennig, ¿verdad? Harold Heinz Hennig. Lo vi discutiendo con su sobrino delante de La Voile d’Or hace un par de semanas. Así que eso es cosa suya...
—Nunca había oído hablar de él.
—Lo olvidaba. Ya no responde a ese nombre, ¿verdad? Se ha registrado en el Grand Hôtel bajo el nombre de Harold Heinz Hebel. Fue él quien les habló de mí, ¿no?
—Así es. Hebel. Le habló de usted a mi sobrino. De hecho, fue idea suya que intentara contratarlo, Walter.
—¿Idea suya?
—Dijo que lo conocía de la guerra y que era usted digno de confianza. Y honrado. Dentro de sus límites.
—Qué amable por su parte. Aunque dudo que sepa deletrear «confianza» y «honrado». Ese tipo es un criminal.
—Lo sé.
—Bueno, entonces, ¿por qué se fía de su recomendación? ¿Por qué no contrata a alguien de aquí? Un francés.
—Es sencillo. El caso, Walter, es que quien me está chantajeando es Harold Heinz Hebel.
—Ahora sí que no entiendo nada.
—Resulta que Hebel me pide una cantidad muy elevada de dinero por una fotografía comprometedora en la que aparezco con otras personas. Quiere que crea que puedo llegar a un acuerdo con él en la más estricta confianza. Dijo que usted es la clase de hombre capaz de asegurarse de que él mantenga su parte del trato. Y que no es de los que se ponen nerviosos manejando una gran suma de dinero.
—Ahora sí que ya no me queda nada por oír. Chantajistas que recomiendan detectives. O a exdetectives. Es algo así como si un salmón recomendara un buen pescador furtivo.
—Es perfectamente lógico si lo piensa bien. Un buen trato no es tan bueno si una de las dos partes tiene la sensación de haber salido perdiendo. Hebel quiere que me quede convencido de que merece la pena desembolsar tanto dinero.
—No puedo ayudarle, señor Maugham. Me cae usted bien. Me ha gustado la cena. Lo compadezco. Pero, lamentándolo mucho, no está en mi mano ayudarle.
—Hebel dijo que diría exactamente eso.
—Eso dijo, ¿eh?
—Y añadió que, si usted se negaba a ayudarme, lo pusiera en su conocimiento, y que entonces probablemente lo convencería él mismo.
—¿Especificó cómo?
Maugham sonrió.
—Ay, Dios, sí. Es usted un hombre interesante, Walter. ¿O debería decir Herr Gunther? Sí, ha llevado una vida interesante. Una carrera en las SS y el SD. A las órdenes del doctor Goebbels, entre otros. Tiene que hablarme de todo eso alguna vez. Seguro que es fascinante. Me dijo que le comentara que, si la Sûreté francesa se entera de que ha estado viviendo aquí bajo una falsa identidad, perdería su trabajo y sería deportado a Berlín, de inmediato, donde los americanos casi con toda seguridad lo colgarían. No dijo por qué motivo. Pero he de reconocer que parece algo serio.
—Que le jodan —le espeté, al tiempo que me ponía en pie—. Que le jodan a usted, a su amigo marica y a su sobrino marica.
—De hecho, creo que estaremos todos jo-jodidos a menos que se nos ocurra algo, Herr Gunther. Siéntese. Y vamos a hablar de esto con se-sensatez. —Asintió—. Sabe que tengo razón. Así que tranquilícese y piense bien sus palabras.
—Como le decía, Hebel también es un nombre falso. Podría ser deportado, igual que yo. —Me senté y encendí un cigarrillo. Y empecé a fumármelo, además, aunque lo que me hubiera gustado de verdad era metérselo en el ojo enrojecido al anciano.
—Quizá. Pero por lo visto está dispuesto a correr ese riesgo. La pregunta es si está usted dispuesto a correr el mismo riesgo, Herr Gunther. Tiene un buen empleo. Con la posibilidad de ganar un dinerillo extra conmigo. ¿Digamos un cinco por ciento de la suma que manejará? ¿Por qué echarlo a perder solo para perjudicarlo a él?
—Le aseguro que, si conociera a ese hombre como lo conozco yo, sabría la respuesta a esa pregunta.
—Ah, le creo, sin duda. Ese tipo es una verdadera sabandija. Pero, por favor, Herr Gunther, no es necesario que lleguemos a eso. Lo único que tiene que hacer es acceder a ser mi agente en este asunto, y esta situación tan desagradable se solucionará. Podemos ser amigos, ¿no cree?
—¿Es él quien me está chantajeando a mí ahora, o usted, señor Maugham?
—Venga, sabe que me limito a repetir lo que me dijo Hebel.
—¿De veras? Me da la impresión de que ha sido usted víctima de suficientes chantajes como para saber exactamente cómo ejercer un poco de presión.
—Es posible. Y le pido disculpas por ello, señor. Pero estoy desesperado. Eso es una verdad tan sólida que podría llevarla al casino y canjearla por fichas.
—Quizá esté desesperado, pero no puede fiarse de ese tipo. El hecho de que yo haga de intermediario no cambia las cosas. Dios, si por lo que usted sabe incluso yo podría formar parte de esta misma estafa. No tiene la menor idea de quién soy. ¿Cómo puede estar seguro de que no voy a comprar la fotografía y luego hacerle chantaje con ella? No puede. Es lo que tiene el chantaje. Es un asunto rastrero. Todo el mundo es amigo suyo hasta que se da la vuelta y se la clavan.
—No le falta razón, pero no tengo otro remedio que arriesgarme.
—¿Puedo hablarle con franqueza?
—Por supuesto.
—El mundo entero sabe que usted es marica. ¿Y qué? ¿Acaso le afecta en algo? Ha recibido su invitación a la boda real de Mónaco, ¿no? ¿Se le ha pasado por la cabeza que lo que haga usted en su dormitorio ya no le importa gran cosa a la gente?
—Eso es cierto en Francia, quizá. Y en Italia, desde luego. Pero en Inglaterra tiene mucha importancia. La homosexualidad es un delito en mi país, y me llevaría un gran disgusto si eso me impidiera volver a poner los pies allí. Además, la fotografía tiene más implicaciones, va mucho más allá del hecho de que yo sea marica.
Seguí fumando con gesto hosco unos segundos.
—El diez por ciento. Si voy a hacer las veces de agente, quiero una comisión de agente como es debido.
—De acuerdo. El diez por ciento.
—Bien, hábleme de esa fotografía.
7
—Antes de la guerra trabajé para el servicio secreto británico —dijo Somerset Maugham—. Sobre todo tenía mi base en Ginebra, aunque también estuve destinado algún tiempo en lo que era por aquel entonces Petrogrado. No voy a aburrirle con los detalles de mi misión, pero sí le diré que tenía bajo mi mando un equipo bastante amplio de agentes británicos. A decir verdad, el espionaje siempre ha sido una actividad que atrae a los homosexuales. Los maricas están acostumbrados a vivir en secreto, por lo menos en Inglaterra, donde ser homosexual se castiga todavía con una pena de hasta dos años de cárcel, de modo que guardar silencio sobre quién eres y lo que eres es lo más natural para los maricas ingleses. La situación no ha mejorado mucho desde los tiempos de Oscar Wilde. Por eso tantos homosexuales como Isherwood y Auden se fueron a Berlín en los años veinte. Porque era un paraíso para los maricones... De hecho, esa es también una buena razón para que yo viva aquí. Todavía tengo muchos amigos en el servicio secreto de inteligencia. Muchos de ellos, incluido sir John Sinclair, actual director del MI6, fueron agentes míos. Además, no es la clase de oficio de la que uno llegue a retirarse nunca.
Asentí con seriedad.
—A quién se lo dice... Llevo años intentando jubilarme del trabajo de detective, pero sigue persiguiéndome.
—Sí. Lo lamento.
—Lo dudo mucho.
Maugham se quedó pensativo un momento, y luego se ajustó el monóculo.
—En los años transcurridos desde entonces, he hecho algún que otro trabajillo para el servicio secreto de inteligencia —dijo finalmente—. Y he recibido a algunos amigos y conocidos en Villa Mauresque. En 1937, no mucho después de que comprara este lugar, me visitaron una serie de amistades, incluidos dos chicos de la Universidad de Cambridge, que vinieron en el Bugatti de Victor Rothschild: Anthony Blunt y Guy Burgess. Posteriormente, entraron a trabajar en el MI5, el Servicio de Seguridad y Contrainteligencia de Reino Unido. Blunt no es tan conocido, al menos para quienes no pertenecen al mundo de las bellas artes. Pero Guy Burgess es ahora tristemente célebre después de una rueda de prensa celebrada en Moscú hace apenas unos meses, en la que se reveló que él y otro hombre, Donald Maclean, espiaban desde hacía tiempo para la Unión Soviética, donde ahora viven los dos. Quizá lo haya leído en la prensa. Sea como sea, Guy es, y siempre fue, abiertamente homosexual. También lo es Anthony, si a eso vamos. Y hay una fotografía en la que aparecemos nosotros y varios hombres más desnudos al lado de mi piscina. Es la fotografía que tiene en su poder su amigo Harold Hebel, y la que amenaza con enviar a la prensa inglesa. No puede imaginarse el bochorno que me causaría si los periódicos ingleses revelasen que Guy y yo éramos íntimos. No es solo una cuestión de nuestra homosexualidad, como sin duda podrá entender usted, Herr Gunther; también es una cuestión de mi lealtad a mi país. No soy un espía soviético. Nunca lo he sido. Aunque, teniendo en cuenta mi servicio en Petrogrado y mi amistad con Guy, ¿quién sabe los quebraderos de cabeza que podría causarme la prensa? Como podrá imaginar, cuando estuve allí tuve contacto con gente que trabajaba para el VRK en Petrogrado y para la Checa, los precursores del KGB, de modo que ya ve lo vulnerable que soy. Sobre todo en América. El senador McCarthy no solo ha empezado a perseguir a los comunistas, sino también a los homosexuales. El denominado «Terror Lila», por ejemplo. Podrían retirarme el visado para Estados Unidos, rescindir algunos de mis lucrativos contratos cinematográficos... MGM está filmando una película basada en uno de mis libros en estos precisos instantes. Y United Artists planea llevar a la pantalla otro relato mío el año que viene. Bien podría ser el autor de mayor éxito en el mundo, pero no soy inmune a la opinión pública. Por no hablar del bochorno que todo esto supondría para mi pobre hermano, Frederic, en Inglaterra, que casualmente es el antiguo lord canciller. Nunca hemos estado muy unidos, pero me gustaría ahorrarle algo así, si está en mi mano. Es un hombre muy anciano ya. Más todavía que yo.
—¿De dónde sacó Hebel esa fotografía?
—Hay una serie de explicaciones posibles. A esa fiesta en la piscina asistieron varios hombres más que podrían haber sacado fotos: Dadie Rylands, Raymond Mortimer, Godfrey Winn, Paul Hyslop... Pero probablemente fue mi antiguo amigo y compañero, Gerald Haxton. Conocí a Gerald durante la Gran Guerra, y seguimos juntos durante el resto de su vida. Murió en 1944. Gerald era un hombre maravilloso y yo lo amaba profundamente, pero, pese a mi generosidad, gastaba mucho y siempre estaba endeudado: sobre todo con los casinos locales. Para obtener dinero extra, es posible que le vendiera la foto a un tipo que se prostituía llamado Louis Legrand, con el que estaba encaprichado. Loulou vino a menudo por aquí durante la década de los treinta, y muchos huéspedes de Villa Mauresque, yo incluido, fuimos agradecidos clientes suyos. De hecho, él también aparece en la fotografía. Después se fue a vivir a Australia, aunque no sé muy bien con qué intenciones. Aun así, se presentó aquí hace un par de años exigiéndome dinero por unas cartas que le habíamos escrito algunos de mis amigos más ilustres y yo.
—¿Y qué hizo entonces?
—Le pagué. Con un cheque.
—¿Quién se ocupó de esa transacción?
—Un abogado de Niza. Un tal monsieur Gris.
—¿Quedó usted satisfecho?
—Por completo. Pero antes de que me lo pregunte, le diré que ya no puedo recurrir a él. Por desgracia, murió hace no mucho.
—Si Louis Legrand hubiera estado en posesión de esa fotografía, sin duda la habría utilizado en su momento, ¿no le parece?
—Sí, es verdad... Aunque, bien pensado, tal vez no la utilizara porque él también salía en la foto. Sea como fuere, recuerdo que no se contentó con su cheque y amenazó con volver a la carga con algo «más dañino». Mi abogado le escribió una carta informándole de que, si volvía a aparecer con más amenazas y exigiendo dinero, no dudaría un instante en poner el asunto en manos de la policía. Y puesto que Loulou tenía una condena pendiente en Francia por proxenetismo, que es ilegal en este país, bien podría haber sido deportado.
—Así pues, cree posible que decidiera sacar partido de la fotografía a través de terceros y que se la vendiese a Harold Hebel, ¿no es así?
—Sí, eso creo.
—¿Puede enseñarme una copia de esa foto?
Maugham se acercó a la mesa de comedor que tenía en la estancia y abrió un cajón. Sacó una fotografía en blanco y negro más bien grande y me la tendió, sin titubeos ni delicadezas; cualquiera que no hubiera sido él, habría necesitado algo más que una buena dosis de sangre fría para hacerlo. Pero supongo que con ochenta y dos años ya estaba harto de disculparse o avergonzarse de lo que era.
La piscina era bonita; en cada esquina había una piña ornamental de plomo, con un trampolín en un extremo y, en el otro, una máscara de mármol de Neptuno del tamaño de una diana de tiro con arco. La piscina estaba llena de agua. Litros y litros. Procuré mantener la mirada fija en la cristalina superficie, pero era algo bastante difícil. Cualquier sátrapa que se precie habría estado más que satisfecho con el evidente lujo de la piscina, y probablemente con los numerosos hombres y muchachos desnudos en diversos estados de excitación, que se habían arracimado en torno a la máscara de Neptuno, prestando especial atención priápica a la boca abierta del dios. En tanto que fotografía obscena, estaba a la altura de los dibujos más provocativos de Aretino. Había visto cosas peores, aunque no desde los tiempos de la República de Weimar, cuando Berlín era la capital mundial de la pornografía.
—¿Quién es cada cual? —pregunté—. Es un poco difícil identificarlos.
—Este es Guy —señaló Maugham—. Este, Anthony, y, este otro, Loulou.
—Los hombres, ya se sabe, son como niños.
—En efecto.
—¿Le ofrece el negativo?
—Sí.
—¿Cuánto pide por esto?
—Cincuenta mil dólares americanos. En efectivo. Por el negativo y las copias.
—Es mucho dinero por la instantánea de unas simples vacaciones.
—Precisamente por eso quiero que se ocupe del asunto alguien de confianza. Alguien que sepa qué coño tiene entre manos. Y que no vaya a ponerse nervioso ni se vaya a emocionar. Alguien como usted. Por lo menos eso dice Hebel. Me asegura que tiene usted experiencia tratando con chantajistas. ¿Es cierto eso?
—Sí.
—¿En Berlín?
—Sí.
—¿Le importaría darme detalles, quizá? Solo por curiosidad. Si voy a darle una comisión de cinco mil dólares, creo que tengo derecho a saber qué clase de servicio contrato, ¿no cree?
—Es lo que tiene el chantaje —repuse—. No tardará en darse cuenta de que no tiene usted ningún derecho en absoluto. —Me encogí de hombros—. Pero, claro, se lo contaré, aunque he de reconocer que no hay gran cosa que contar. Fue hace unos cuantos años, eso sí, de modo que, por desgracia, y a diferencia de esa fotografía, la historia resulta un poco borrosa a estas alturas. Debió de ser en enero de 1938. Mucho después de que hubiera dejado la policía, y uno o dos años después de irme del Adlon. Cuando trabajaba de detective privado en Berlín y antes..., bueno, eso da igual. Sea como sea, hay un detalle importante que usted ya conoce. La identidad del chantajista. Ya sabe que al leopardo no le cambian las manchas. El chantajista era un tipo llamado Harold Heinz Hennig, aunque me temo que usted lo conoce mucho mejor como Harold Heinz Hebel.
8
BERLÍN, 1938
—Estoy siendo chantajeado
—Lamento mucho oír eso, señor.
—Mi antiguo ayudante me dijo que antes era usted policía y que ahora es detective privado, de modo que he decidido acudir a usted en busca de ayuda, ya que somos antiguos camaradas.
—Me alegra mucho de que lo haya decidido así. Hace mucho tiempo que no nos veíamos, capitán.
—Veinte años.
—Tiene usted buen aspecto, señor.
—Gracias por decirlo, Gunther, pero los dos sabemos que no es verdad.
El capitán Achim von Frisch debía de tener sesenta y tantos años, aunque parecía mucho mayor, marchito incluso; tenía el pelo del color del peltre, y el rostro antaño atractivo se le veía demacrado y mal afeitado. Lucía un abrigo gris oscuro con un grueso cuello de piel, y llevaba monóculo, guantes grises de cabritilla y un bastón con la empuñadura de plata. Pero hasta la cera de su bigote de ala de águila de estilo imperial parecía gastada y reseca, y emanaba de él un intenso olor a naftalina. Sus modales eran los que cabría esperar de un antiguo oficial de caballería prusiano, rígidos y corteses, aunque yo lo recordaba como un militar que se preocupaba profundamente por el bienestar de los hombres que tenía bajo su mando, entre los que me había contado yo en 1918. Quizá hiciera unos veinte años que no lo veía, pero uno no olvida esa clase de camaradería. Habría hecho lo que fuera por mi antiguo capitán del ejército. En una ocasión, en el frente, me agarró por el cuello de la guerrera y me puso a cubierto, justo en el momento en que iba a situarme en el punto de mira de un francotirador australiano. Un instante después, una bala del calibre 303 que iba dirigida a mi cabeza alcanzó la pared de atrás de la trinchera.
Ahora estábamos en mi despacho de la cuarta planta de Alexander Haus. Era un lugar pequeño pero cómodo, y tenía una vista bastante buena de la ventana de mi antiguo despacho en la Jefatura de Policía, en el extremo opuesto de Alexanderplatz, donde había pasado muchos años como detective hasta que mis opiniones políticas me obligaron a presentar la dimisión. Gracias a los nazis, el negocio de la investigación privada iba viento en popa, sobre todo por las personas desaparecidas. En Berlín, bajo los nazis, siempre estaba desapareciendo gente.
Mi socio, Bruno Stahlecker, prendió la pipa ruidosamente y cambió de postura en la silla con incomodidad, aunque no estaba ni remotamente tan incómodo como el pobre capitán Von Frisch.
—Creo que prefería que habláramos solo usted y yo sobre este asunto, Gunther.
—Herr Stahlecker es uno de mis agentes y tiene toda mi confianza. Puede hablar con toda libertad en su presencia. Él lleva a cabo buena parte de mi labor de investigación.
—Se lo agradezco. No obstante, debo insistir. Bastante difícil es ya la situación.
Asentí.
—Bruno, ¿podría dejarnos solos durante una media hora? O mejor aún, ¿puedes ir a comprarme un paquete de Murattis?
—Claro, jefe, lo que usted diga.
Stahlecker cogió el abrigo del perchero y, fumando todavía su apestosa pipa, salió al encuentro del gélido frío de enero.
En cuanto salió del despacho, encendí mi último pitillo, aticé el fuego, ordené los sujetapapeles, me limpié las uñas y esperé pacientemente a que el capitán Von Frisch fuera al grano. La paciencia es la clave con cualquier cliente que está siendo chantajeado. Están tan acostumbrados a pagarle a alguien para mantener su sucio secretito que resulta casi impensable que rompan su silencio sin más y empiecen a hablar de ello, y además con alguien a quien no han visto desde la guerra.
—No tengo empacho en decirle que estos últimos cinco años han sido un infierno —reconoció, y sacó un pañuelo para llevárselo al rabillo del ojo—. Más de una vez he pensado en quitarme la vida, pero mi anciana madre se llevaría un disgusto terrible si hiciese algo semejante. Tiene noventa años. Aun así, mi salud se ha visto tan afectada que he tenido que contratar a una enfermera para que me cuide. Se trata de una dolencia cardíaca. Con el tiempo, la preocupación que me ocasiona todo esto acabará por matarme. Solo espero no morir antes que ella. Le rompería el corazón.
Con su enorme abrigo militar gris, que hasta el momento se había negado a quitarse —la chimenea no era nada del otro mundo, y él había dicho que tenía frío, un frío descomunal—, Von Frisch semejaba un viejo y venerable buque de guerra alemán a punto de ser hundido en Scapa Flow, e incluso con el abrigo profirió un suspiro tan profundo y desesperanzado que fue como si el barco gravemente dañado estuviera sumergiéndose ya hacia su lecho de muerte, en el fondo del helado mar del Norte.
—Debería haber telefoneado, señor. O haberme enviado un telegrama. Habría estado encantado de ir a su casa. ¿Dónde vive ahora? —Cogí la pluma y me dispuse a anotar unos cuantos detalles.
—En el sudoeste de Berlín. En el 26 de Ferdinandstrasse, en Lichterfelde Este. A la vuelta de la esquina de la estación del S-Bahn. Gracias, es muy amable por su parte, pero la enfermera es un encanto de chica, y no me gustaría que averiguara por casualidad ningún detalle de mi sórdido pasado. Es difícil encontrar una buena enfermera en estos días. Aunque me está saliendo bastante cara.
—Seguro que el barón sigue siendo un hombre rico.
—Ya no. Ciertos individuos horribles han estado chupándome la sangre.
—Ya veo. Entonces, más vale que me lo cuente.
Se desabrochó el abrigo y empezó a tranquilizarse un poco.
—No llegué a casarme. Quizá usted ya lo sabía. Y si no lo sabía, tal vez pueda entender por qué no lo hice, Gunther. Cuando un hombre opta por no casarse, le cuenta a su madre que, por toda suerte de motivos, no ha conocido a la chica adecuada, pero sobre todo hay un solo motivo. El más antiguo de todos. Que no podría haber tal chica. Supongo que ya sabe a lo que me refiero —me ofreció una leve sonrisa—, sin duda no es la primera vez que se encuentra con algo así.
—Lo entiendo perfectamente, señor. Durante la República de Weimar, cuando era policía en Alex, creo que vi todas las variedades del comportamiento humano conocidas por el hombre. Y unas cuantas desconocidas también. Se lo aseguro, soy inmune a esas cosas. La indignación moral solo parece aquejar a los nazis hoy en día.
No era verdad, claro, pero los clientes necesitan oír ese tipo de cosas, o no se sincerarían nunca. Yo albergo tanta indignación moral como el que más, siempre y cuando no sea Adolf Hitler. Según el Daily Mail inglés —en la actualidad el periódico más vendido en Berlín porque es el único en el que aparecen este tipo de artículos—, el Führer y la mayor parte del alto mando alemán estaban demostrando una indignación moral considerable con respecto al matrimonio del ministro de Guerra, el mariscal de campo Von Blomberg, con una mujer de baja cuna y moralidad más baja incluso, llamada Erna Gruhn. Todo el mundo en Alex y sus inmediaciones sabía lo bajas que eran, pues Erna Gruhn había sido prostituta y antigua modelo de desnudos. Se rumoreaba que los chicos de la sección de moralidad tenían un expediente sobre ella casi tan grueso como el cráneo de Von Blomberg.
—En noviembre de 1933 —comenzó a explicar Von Frisch—, conocí a un chico en los lavabos de la estación de Potsdamer Platz. Respondía al nombre de Joe el Bávaro y era..., bueno, era...
Asentí.
—Un chico cálido para una noche de frío. Ya me hago una idea, capitán. No es necesario que diga nada más acerca de lo que ocurrió exactamente. Mejor vaya al aprieto en cuestión. A lo del chantaje, quiero decir.
—Después de este encuentro, cuando subía a un tren rumbo al oeste, se montó también otro hombre y me dijo que era agente de policía. Creo que dijo que era el inspector Kröger. No lo era. Ni siquiera era agente de policía, y mucho menos inspector. Sea como sea, aseguró que había sido testigo de todo lo ocurrido, y amenazó con detenerme por ser un «175», es decir, un homosexual. Luego se ofreció a retirar los cargos si le pagaba quinientos marcos en metálico. Llevaba unos doscientos encima en ese momento, de modo que se los entregué y prometí llevarlo al día siguiente a mi banco, donde le abonaría el resto. Y así lo hice.
—¿Qué banco era?
—El Dresdner Bank, en Bismarckstrasse.
Asentí y tomé nota del banco. Aunque aquel detalle no tuviera mayor importancia, a la mayoría de los clientes les gusta ver que uno toma unas cuantas notas.
—Creía que la cosa había terminado ahí, pero, unos días después, Schmidt, que así se llama en realidad, Otto Schmidt, volvió con otro hombre, que resultó ser un auténtico agente de la Gestapo llamado Harold Heinz Hennig, quien trabajaba para el Departamento II-H, creado, según averigüé, para investigar los crímenes por homosexualidad. Me pidieron más dinero; para ser exactos, otros mil marcos. Y una vez más, los pagué. Dijeron que, si me negaba a pagar, se asegurarían de que acabara en un campo de concentración, donde tendría suerte si aguantaba un año con vida.
—¿En metálico?
—Siempre. Y en billetes pequeños.
—Vaya.
—Pero eso no fue más que el principio. Desde entonces les he pagado a ese par de sabandijas mil marcos a la semana, lo que en este preciso momento asciende a casi doscientos cincuenta mil marcos. Me temo que casi no puedo costearme ni el taxi que me ha traído aquí esta mañana.
Lancé un silbido. Doscientos cincuenta mil marcos equivalen a una figura tan atractiva como las que se ven en las clases de pintura con modelos de carne y hueso en la Escuela de Arte de Berlín.
—Eso es mucho dinero.
—Sí, lo es.
—Mire, con todo respeto, señor, este caballo ya ha salido de estampida. No veo cómo puedo ayudarle a estas alturas a cerrar la puerta del establo...
—Estoy aquí por la sencilla razón de que ahora estoy siendo chantajeado por las mismas personas, o al menos por una de ellas, el capitán Hennig, aunque de una manera diferente y por un motivo totalmente distinto. Ya no se trata de dinero. Al menos por el momento. Es mi silencio lo que por lo visto se me exige ahora. De no ser tan trágico, resultaría incluso gracioso. Pero es en esta cuestión donde necesito su ayuda, Gunther. Supongo que la Gestapo tiene un código de conducta. Esa corrupción la ven con malos ojos incluso los nazis. Es de suponer que el capitán Hennig tiene un superior, e imagino que no le haría ninguna gracia enterarse de que, en su propio departamento, se dedican al chantaje.
—¿Cómo es ese tal Hennig?
—Joven, con labia, arrogante. También listo. Va siempre de paisano. Con trajes buenos. Se compra los sombreros en Habig. Lleva un Rolex. Conduce un Opel Kapitän negro, por lo que nunca he podido seguirlo. Siempre nos encontramos en lugares públicos, y nunca dos veces en el mismo sitio.
Asentí lentamente. No me importa meterme en líos. Son gajes del oficio, pero este caso empezaba a tener aspecto de conllevar más líos de los habituales, lo que, en la Alemania nazi, es siempre peligroso.
—Hasta donde alcanzo a recordar —dije—, la II-H está dirigida por dos cabrones repugnantes, Josef Meisinger y Eberhard Schiele. Lo más probable es que se estén llevando una buena tajada de todo lo que le está extorsionando ese tal Hennig. Me sorprendería que no fuera así. Meisinger, sin embargo, tiene un superior ante el que responder. Un hombre que conozco llamado Arthur Nebe, y por lo que sé no carece por completo de principios. Es posible que vea con malos ojos estas actividades tan... sórdidas. Supongo que tal vez podamos convencerlo de que se los quite de encima.
—Eso espero.
—Pero, un momento... Ha dicho que ahora le están chantajeando para que guarde silencio. Si no es muy embarazoso, tal vez podría explicarme el motivo. No me queda del todo claro.
—De hecho, no es embarazoso en absoluto. Otto Schmidt cumplió condena en prisión. Mientras estaba allí, Schmidt informó a otros miembros de la Gestapo de que me había estado chantajeando durante años, y esos idiotas me confundieron con el comandante en jefe del ejército, la mano derecha de Blomberg, el coronel general Freiherr Werner von Fritsch. Fritsch con «t», ya me entiende. Es un oficial a la antigua usanza, y desde luego no es nazi, así que tal vez buscan una excusa para librarse de él. En otras palabras, parece ser que lo han confundido adrede conmigo para arrastrar su nombre por el barro y obligarle a que se retire del ejército. Y ahora me están chantajeando para que tenga la boca cerrada respecto de lo que sé sobre el asunto.
—Lo está chantajeando Hennig.
—Sí, Hennig.
—¿Y quién es el oficial de la Gestapo que intenta colgárselo al general Von Fritsch?
—Un comisario llamado Franz Josef Huber. Y un inspector detective que responde al nombre de Fritz Fehling.
—Pero eso no tiene sentido —objeté—. Ya están intentando librarse de Von Blomberg, y sin duda Von Fritsch es el mejor situado para suceder a Von Blomberg. ¿Por qué librarse también de él?
—¿Sentido? Nada de esto tiene sentido. Hasta donde yo sé, lo único que les importa a los nazis es la estúpida e inquebrantable lealtad a Hitler. El asunto, por lo que a mí me concierne, es el siguiente: ¿hasta qué nivel de la cadena de mando llega esto? Eso es lo que necesito saber. ¿La certeza de que Von Fritsch es inocente llega hasta los escalones más altos, ocupados por Göring y Hitler?
—Y, de ser así, ¿entonces qué, señor?
—Solo esto. Se ha formado un tribunal militar para que juzgue el caso del general Von Fritsch el 10 de marzo en la Preussenhaus. Estará presidido por Göring, Raeder y Brauchitsch, y los cargos estarán relacionados con el Párrafo 175 del Código Penal alemán, el que considera ilegal la homosexualidad. Antes de que eso ocurra, tengo que decidir si, por una cuestión de honor, debería insistir en presentar testimonio y decirle al tribunal que fui yo, y no el general, quien fue objeto del chantaje de la Gestapo. En otras palabras, ¿hasta qué punto me arriesgo enfrentándome a la Gestapo?
—Así, sin pensarlo, yo diría que no es nunca buena idea buscarle las cosquillas a la Gestapo. Los campos de concentración están llenos de gente que pensó que podía razonar con ellos. ¿Está muy enfermo, señor? Lo que quiero decir es: ¿puede viajar? ¿Se ha planteado abandonar el país? No hay nada deshonroso en huir de los nazis. Ya lo han hecho muchos otros.
—Tal vez lo habría hecho —reconoció— de no ser por mi anciana madre. Quizá yo tuviera fuerzas para viajar a alguna parte, pero ella desde luego no. Y sería incapaz de abandonarla. Eso es impensable.
—Veo que está en una situación difícil.
—Por eso he venido.
—¿Y no ha hablado de esto con el general Von Fritsch? Supongo que estaría muy interesado en saber su opinión al respecto.
—No, aún no. Como digo, quiero averiguar hasta qué nivel de la cadena de mando llega esto antes de arriesgarme por el general. De todos modos, llegados a ese punto preferiría ponerme antes en contacto con su abogado. Me temo que tengo pocas energías como para solicitar una entrevista y tener que esperar a verle en Bendlerstrasse. Si incluso tengo intención de acostarme en cuanto vuelva a casa hoy, después de este breve encuentro.
—¿Sabe quién es su abogado? Supongo que se trata de otro oficial superior del ejército.
—El conde Rüdiger von der Goltz. También lo encontrará en Bendlerstrasse.
—De acuerdo. Pero antes hablaré con Nebe. Y quizá también con Franz Gürtner, el ministro de Justicia. Tal vez sepa qué hacer.
—Gracias. —Von Frisch sacó el billetero, lo abrió y dejó dos billetes de color azul de Prusia encima de mi mesa—. Por lo que me dijo antes su colega, debería ser suficiente para contratar sus servicios durante una semana.
—Es más que suficiente, señor.
De hecho, me hubiera encargado del caso gratis. Pero no tenía sentido discutir con el anciano; Achim von Frisch era un prusiano a la antigua usanza con mucho orgullo y, del mismo modo que no se habría ofrecido a limpiar mi oficina ni a ir a comprarme tabaco, nunca habría aceptado mi caridad.
Después de que se marchara me quedé sentado y pronuncié en vano unas cuantas veces el nombre del Señor, lo que no hizo más que subirme la presión sanguínea. Entonces apareció Bruno con mis Murattis y tuve que fumarme uno de inmediato y echar un buen trago de la botella de Korn que guardaba en el cajón de la mesa. Luego le expliqué lo que me había contado Von Frisch, y él lanzó una sarta de maldiciones y echó un trago. Debíamos de parecer un par de curas de vacaciones.
—Esto no es un caso —dijo—, es un escándalo político en ciernes. Lo mejor sería dejarlo correr, jefe. Me parece más fácil buscar a Amelia Earhart que intentar ayudar a este viejo «Fridolin».
—Quizá.
—Ni quizá ni nada. Si quieres saber mi opinión, esto será como meter la cabeza en la boca del león, con muy pocas posibilidades de sacarla con las dos orejas. Se trata de los nazis consolidando su poder, jefe. Primero el incendio del Reichstag, luego la Noche de los Cuchillos Largos, cuando asesinaron a Ernst Röhm y a toda la dirección de la SA, y ahora esto: la emasculación del Ejército. Es la manera que tiene Hitler de hacer saber a la Wehrmacht que tiene la sartén por el mango. No me sorprendería nada que se nombre a sí mismo ministro de la Guerra. Después de todo, ¿quién más queda?
—¿Göring? —murmuré, sin acabar de creérmelo.
—¿Ese lechuguino seboso? Ya tiene demasiado poder para el gusto de Hitler.
Asentí.
—Sí, tienes razón, claro. Tiene demasiado poder y es demasiado popular entre la gente de a pie. —Meneé la cabeza—. Pero tengo que hacer algo. En Turquía, el capitán Von Frisch me salvó la vida. De no ser por él, tendría un agujero bien grande en la cabeza en vez de mi cerebro.
Acababa de servirle en bandeja el remate del chiste, y naturalmente Bruno no me decepcionó; si algo tiene mi compañero es que resulta predecible, lo que, las más de las veces, es una cualidad excelente en un compañero.
—Ya tienes un agujero bien grande en la cabeza donde debería estar tu cerebro. Y lo demostrarás si aceptas al capitán como cliente.
—Ya lo he aceptado. Le he dado mi palabra de que intentaría ayudarle. Como te decía, me salvó el cuello. Lo menos que puedo hacer es intentar salvárselo a él.
—Mira, Bernie, eso es lo que pasa en las guerras. No tiene ninguna importancia. Salvarle la vida a alguien no era más que mera cortesía en las trincheras. Nada distinto a darle lumbre para que encendiera un cigarrillo. Si me hubieran dado diez marcos por cada vez que le salvé la vida a algún cabrón, sería rico. Olvídalo. Él probablemente ya lo ha olvidado. No tiene ninguna relevancia, Bernie.
—No lo dices en serio.
—No. De acuerdo. No lo digo en serio. Entonces, a ver qué te parece esto. Sobrevivir en aquel entonces no era más que una cuestión de suerte, nada más. ¿Por qué darle importancia ahora?
Cogí el sombrero.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—Al cuartel general de la Gestapo en Prinz-Albrecht-Strasse —contesté—. Voy a buscar a ese león.
9
RIVIERA FRANCESA, 1956
Tomé un sorbo del gimlet combinado a la perfección que el mayordomo con cara de palo de Maugham acababa de traer al nido de águila donde escribía el autor, y me estremecí un poco al notar cómo la ginebra con una graduación propia de la Marina fluía por mis arterias cada vez más rígidas, igual que formol del bueno. ¿Para qué, si no, bebe la gente? Luego encendí un cigarrillo, le di una fuerte calada y esperé a que el dulce tabaco de Virginia asestara el coup de grâce a mis sentidos tras el efecto mitigador del alcohol. ¿Para qué, si no, fuma la gente? Mientras tanto, había entrado en la estancia un esbelto gato negro, y algo en sus furtivos y cautos movimientos me llevó a pensar que era un oscuro análogo de mi propia alma, que había venido a asegurarse de que no le contara más de lo debido al anciano escritor inglés. No hay que confiar nunca en un escritor, parecía estar diciéndome el gato; siempre están tomando nota de todo tipo de cosas. Cosas que uno no tenía intención de contarles. Y en especial a este. Ya sabe cómo te llamas; no le des más información. La utilizará en el libro que está escribiendo.
—Le agradecería que esto quedara entre nosotros —dije—. Lo de que soy un antiguo detective de Berlín. No me conviene que se sepa.
—Claro. Le doy mi palabra.
—Sea como sea, no es una historia en la que nadie salga muy bien parado —añadí—. Ni siquiera yo.
—Ese es el quid de una buena historia —replicó Maugham—. Detesto a los héroes incluso en sus mejores momentos, y prefiero con mucho a los hombres con defectos. Eso es lo que vende hoy en día, se lo aseguro.
—Entonces me resulta de lo más sorprendente que yo no haya aparecido en ninguna novela todavía. No, de verdad, hablando en serio, al volver la vista atrás creo que debería haber hecho mucho más. Debería haber insistido hasta disuadir al capitán de que abandonara sus intenciones, pero era mi antiguo oficial y yo estaba acostumbrado a hacer lo que me ordenaba. Ya sé que no es excusa suficiente, pero qué se le va a hacer. No es más que otra de las cosas que lamento en la apología en diez volúmenes que es la historia de mi vida.
—Diez volúmenes, ¿eh? Parece interesante.
—Con un cuerpo de letra grande, eso sí.
—Entonces, ¿qué o-ocurrió? —preguntó Maugham—. En su historia.
—Nada bueno —respondí—. Fue un desastre para el capitán, y con el tiempo también para mí. Aquello hizo que el general Heydrich se acordara de mi existencia. Poco después, ese mismo año, me chantajeó para que regresara a la policía, lo que suponía trabajar para él y, en última instancia, para el SD.
—¿Le chantajeó? ¿Qué información tenía sobre usted?
Sonreí.
—Nada en particular. La amenaza de utilizar una violencia extrema era más que suficiente. Es el chantaje más efectivo que hay. Los nazis tenían tantas formas de amenazar a una persona con violencia que a veces cuesta trabajo recordar que hablamos del gobierno alemán y no de un montón de gánsteres de Chicago. Si me hubiera negado a hacer lo que me pedía, es decir, trabajar para él, habría sido hombre muerto. Sin duda. Heydrich siempre conseguía lo que quería.
El gato parpadeó en dirección a mí con un gesto de pausada incredulidad, como preguntándose qué había de cierto en semejante afirmación. Los gatos suelen darse cuenta de cuándo alguien está mintiendo o, en mi caso, de cuándo uno adorna la verdad para que encaje con su nueva imagen. Probablemente por eso no tengo gato.
—¿Y fue usted al cuartel general de la Gestapo? ¿A meter la cabeza en la boca del león?
—Sí. Me reuní con Huber y Fehling. Eran los dos agentes de la Gestapo a cargo de la investigación del caso Von Fritsch. Me quedó claro de inmediato que poseían la arrogancia de los hombres que tienen trato de plena confianza con individuos de mucho más alto rango que ellos: Himmler, según creo, y probablemente también Heydrich. Como puede imaginar, no fueron de ninguna ayuda; desde luego, no les hizo ninguna gracia que su caso contra el general pudiera irse al garete porque se demostrase que Otto Schmidt era un mentiroso de tomo y lomo. Fue un golpe de suerte que, mientras estaba allí, apareciera su jefe, Arthur Nebe. No me dirigió la palabra, pero después de charlar con Huber decidieron dejarme ir. Nebe siempre había tenido debilidad por mí, de modo que supongo que fue decisión suya. En cualquier caso, me advirtieron claramente que tenía prohibido volver a ponerme en contacto con el capitán Von Frisch o con el abogado del general, el conde Rüdiger von der Goltz. Aun así, como siempre he sido alguien más bien insubordinado, poco después fui al cuartel general del Ejército, donde hablé con otro juez militar, que se llamaba Karl Sack, y le expliqué la situación. Y fue él quien informó al abogado del general de que mi capitán estaba dispuesto a prestar declaración contra el testigo principal de la Gestapo, Otto Schmidt.
»Para entonces, las cosas ya estaban desarrollándose más deprisa de lo que yo podía llegar a imaginar y con mucha más crueldad de la que cabría esperar. El capitán Von Frisch había sido arrestado en su domicilio de Lichterfelde, y estaba en lo que la Gestapo tenía la desfachatez de llamar «detención preventiva», en su cuartel general de Prinz-Albrecht-Strasse. Eso siempre quería decir que algo malo estaba a punto de ocurrir, algo que por supuesto ocurrió. Allí lo sometieron a una terrible paliza de la que nunca llegó a recuperarse del todo. Pero fue inmensamente valiente, y rehusó cambiar su declaración de que el Von Frisch que había cometido un acto de carácter homosexual en los lavabos de la estación de Potsdamer Platz era él, y no el general, de modo que al final se vieron obligados a soltarlo. Hennig nos llamó a mi socio y a mí para que fuéramos a recoger a Von Frisch a los sótanos del cuartel general de la Gestapo, que aún recuerdo en todos sus horribles detalles. No es una cosa de esas que se pueden olvidar.
»Yacía desnudo en el suelo de la celda, en medio de un charco de sangre y orina, y, durante varios minutos, pensamos que estaba muerto. Tenía el cuerpo entero morado como una ciruela madura; de hecho, sangraba por las orejas, y solo cuando me atreví a tocarlo gimió y nos dimos cuenta de que, aunque pareciera increíble, seguía con vida. A la Gestapo se le daba muy bien eso de propinar palizas y dejar a sus víctimas al borde de la muerte, y a veces más cerca incluso. Una exploración superficial de su cuerpo reveló que tenía, con toda probabilidad, varias costillas rotas, la clavícula y la mandíbula fracturadas y contusiones múltiples. Le habían arrancado todas las uñas y varios dientes con unas tenazas, y uno de sus ojos sobresalía de su cuenca de un modo horrible. Había visto a hombres apaleados con anterioridad, pero nunca hasta tal punto y desde luego a ninguno tan mayor. Sin una camilla en la que llevarlo, nos vimos obligados a trasladarlo hasta mi coche en una manta vieja y mugrienta, y solo nos permitieron llevarlo al Hospital de la Caridad a condición de que no dijéramos al personal médico la verdad acerca de cómo se había hecho las heridas, de modo que nos vimos en la obligación de inventarnos un cuento en plan los músicos de Bremen y, una vez en el hospital, contamos que había salido sonámbulo de su casa y lo había atropellado un tranvía. No nos creyeron, eso seguro. Habían visto muchas veces a hombres y mujeres apaleados por la Gestapo y la SA. Nunca entenderé cómo pudo resistir hasta ese punto y aferrarse a su declaración.
»A pesar de todas las lesiones, el capitán se las arregló para recuperarse lo suficiente y presentarse ante el tribunal militar cinco semanas después. El 2 de marzo de 1938, presentó testimonio y contradijo directamente la versión de su primer chantajista, Otto Schmidt. El proceso fue una auténtica farsa. Se celebró en la Preussenhaus, y hasta Hermann Göring parecía avergonzado. Todo el mundo podía ver que se había llevado una paliza de aúpa y todo el mundo sabía quién se la había propinado, pero de algún modo todos hicieron la vista gorda. Gracias al capitán, el general Von Fritsch fue absuelto. Pero el mal ya estaba hecho, y, aunque conservó su rango militar, no fue restituido en su puesto de comandante en jefe. Posteriormente regresó a su regimiento, y un año después, en septiembre de 1939, murió durante la invasión de Polonia. Hay quien considera que optó por una muerte heroica. Algo que sin duda era lo más apropiado en un hombre de su talante.
»Después de su ridículo y poco convincente papel ante el tribunal, oí que volvieron a detener a Otto Schmidt un par de semanas después y que lo llevaron a un campo de concentración, probablemente el de Sachsenhausen, donde supongo que murió luciendo un triángulo rosa. Los judíos estaban obligados a llevar una estrella amarilla en los campos. Los homosexuales llevaban un triángulo rosa, lo que suponía que los guardias podían idear castigos a la altura del delito según su propio parecer. Debió de ser terrible, porque, de los seis millones, se suele olvidar que muchos homosexuales alemanes sufrieron una muerte violenta en los campos de concentración. Por lo visto, los nazis nunca andaban escasos de minorías a las que perseguir.
—¡Qué horror! —exclamó Maugham—. Es una tragedia que tantos homosexuales sean chantajeados. Lo lógico sería que la frecuencia con que ocurre lo hiciera menos trágico de algún modo, y que quienes tenemos la piel más curtida plantásemos cara sin pensárnoslo dos veces. Y, sin embargo, los maricas como yo lo vemos casi como un gaje más del oficio. A menudo me pregunto qué tienen los hombres contra los homosexuales. Creo que es la importancia que le damos a las cosas que la mayoría de los hombres consideran triviales y el cinismo con el que vemos los asuntos que el hombre normal tiene por esenciales para su bienestar espiritual. Eso y un interés fuera de lo normal por las p-pollas de otros hombres.
Me eché a reír.
—Sí, probablemente.
—¿Y el pobre anciano capitán? —preguntó—. ¿Qué fue de él?
—Su salud quedó muy mermada después del tratamiento al que lo sometió la Gestapo. Me mantuve en contacto con él durante un mes o dos después de eso, pero luego se vio obligado a abandonar su domicilio en Lichterfelde por falta de fondos, y lamentablemente terminé por perderle la pista. No sé qué suerte corrió, pero es muy posible que también acabara en un campo de concentración por un motivo u otro. Para entonces, los elegantes amigos militares del capitán no estaban precisamente en situación de evitar que ocurriera algo así. Hitler había alcanzado sus aspiraciones de llegar a ser comandante en jefe y ministro de Guerra en apenas unas pocas semanas. Unos días después de la celebración del proceso contra Von Fritsch, Alemania invadió Austria, y Von Blomberg y el caso Von Fritsch quedaron casi olvidados cuando prácticamente toda Alemania y Austria jaleaban a Adolf Hitler como el nuevo Mesías. En Berlín no tanto como en Viena. En defensa de mi ciudad, me siento obligado a señalar que los berlineses izquierdistas nunca se encariñaron con Hitler como lo hicieron los austríacos. Pero esa es otra historia, y mucho más larga.
»Harold Hennig fue degradado y luego transferido a la policía de seguridad de Königsberg; nos encontramos de nuevo cuando me trasladaron allí desde Berlín, en 1944, pero, una vez más, también eso es otra historia. Este individuo lleva más de veinte años chantajeando a hombres como usted, señor Maugham. Es un profesional y sabe lo que se hace. No podemos esperar que cometa ningún error parecido al modo en que los nazis llevaron el caso contra el general Von Fritsch. No lo cometerá. De hecho, yo diría que tiene intención de apretarme las tuercas a mí, aunque en menor grado que a usted, claro. Después de todo, conoce mi identidad real y buena parte de mi auténtica historia. Yo diría que me chantajeará no porque vaya a sacarme dinero, pues sin duda imaginará que no tengo mucho, sino simplemente porque puede. En su caso, ese modo de proceder es una inclinación, una costumbre. Una manera de demostrar el poder que tiene sobre otra persona.
—Lo siento.
Maugham tomó un sorbo de su dry martini, y alcancé a oler la absenta en su copa. Confería al vermut y al vodka fríos una especie de matiz corrupto, un poco como el que irradiaba el inescrutable anciano.
—¿Puedo hacerle una pregunta personal?
—Puede hacerla, pero igual no la contesto.
—¿Alguna vez ha matado a alguien?
—Matar es legal en tiempos de guerra. O eso nos recordaban a menudo.
—Lo tomaré como un sí. Pero ¿cree que podría volver a hacerlo?
—Es como beber. Resulta difícil parar, después de una sola copa. Aunque matar a alguien es mucho más difícil de lo que suele parecer en las páginas de una novela.
—Ah, sí... ¿Qué sería del arte sin el asesinato?
—Y, sin embargo, al mismo tiempo es mucho más sencillo. Cualquiera capaz de cortar una rebanada de pan puede rebanar un gaznate. Sea como sea, hace mucho tiempo que no aprieto el gatillo contra un hombre. Lo crea o no, vine aquí para alejarme de todo eso.
—Lo que le pregunto es si quizá podría arreglarlo para que Herr Hebel sufra un accidente. Tal vez un coche podría atropellarlo fortuitamente. O alguien podría manipular los frenos de su propio vehículo para que fallen en alguna curva junto a un precipicio. Hay muchas curvas como esas por aquí. Estaría más que dispuesto a pagarle lo que voy a tener que pagarle a él, solo para tener la seguridad de que no vuelva y me pida más. Lo digo en serio. Cincuenta mil dólares si lo quita de en medio. A mi edad, uno se siente inclinado a plantearse cualquier cosa para poder llevar una vida tranquila. Incluso el asesinato. Y a decir verdad, no es un crimen tan tremebundo en estos días, ¿no le parece? No desde la guerra. Mire, lo único que le pido es que lo piense.
—Ya sé lo que me pide, señor Maugham. Y la respuesta es no. Prefería de lejos tener que desaparecer otra vez antes que verme obligado a asesinar a nuestro amigo Harold Hebel. Fiat justitia, et pereat mundus. Que reine la justicia incluso si hubiera de perecer el mundo. Es mi versión de lo del cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en mi interior.
—¿Qué es eso? ¿Kant?
Asentí.
—No es que me importe lo que le ocurra a Hebel. Le deseo todo el mal que pueda acaecerle a un hombre. Y, desde luego, hubo una época en la que lo habría asesinado tranquilamente sin pensármelo dos veces. Lo que pasa es que lo que me ocurra a mí me importa mucho más que lo que le ocurra a él. No tengo el menor deseo de añadir el undécimo volumen a esa apologia pro vita sua de diez tomos de la que le hablaba antes. Además, no tiene usted modo de saber qué elaboradas precauciones puede haber tomado con su vida un individuo de su calaña. Estoy seguro de que casi espera que lo asesinen. Yo diría que incluso ya le habrá enviado a un abogado local un sobre para que se abra en caso de que fallezca súbitamente, mientras está aquí en Cap Ferrat.
—Es una idea inquietante.
—Desde luego, es lo que yo haría de encontrarme en sus zapatos ingleses de cuero calado y hechos a mano.
—Sí, Robin también se fijó en ellos. Es horrible verse chantajeado por un tipo que va al mismo zapatero que uno. Al menos Louis Legrand, el Loulou del que le he hablado, parecía lo que era: un buscón de tres al cuarto. Por lo visto, este individuo tiene aspecto de empresario de éxito.
Maugham encendió un cigarrillo, y su mirada se tornó melancólica.
—Es una pena —comentó, con cierta retranca sardónica—. Que no podamos matarlo, quiero decir. Me gustaría haber ayudado a cometer un acto auténticamente criminal en mi vida. Sobre todo ahora que se me tiene en tan alta estima. Me habría encantado poder asistir a la boda real monegasca mientras planeaba un asesinato.
—Nada le impide a usted matarlo —señalé.
—Ni siquiera cuando estaba de servicio en Rusia y tenía que llevar revólver era muy buen tirador. Y hoy por hoy mi vista no da para mucho. Seguro que fallaría. A menos que disparase contra un crítico. Desde luego sería capaz de acertarle a Harold Hobson, el crítico teatral, sin el menor problema.
—Entonces quizá pueda hacerlo alguno de sus amigos. Su mayordomo, si es tan diestro con un arma como con la ginebra. O Robin, tal vez.
—Si tuviera un revólver, casi estaría tentado de sugerírselo —dijo Maugham—, pero me temo que no sabría dónde agenciarme algo así.
—Es fácil conseguir armas —repuse—. Lo difícil es encontrar a alguien con agallas para usarlas a sangre fría.
—Supongo... —Maugham se quedó pensativo—. Creo que Robin sería perfectamente capaz de hacerlo. Estoy seguro de que mató a más de uno durante la guerra. A más de uno de los de su bando, claro. Alemanes, quiero decir. Se le mencionó en los partes de guerra. Pero, pensándolo mejor, seguro que metería la pata en algo tan complicado como un asesinato. Dejaría alguna prueba crucial: uno de esos gemelos de oro con monograma, quizá. O más probablemente su puta tarjeta de visita. En muchos aspectos, Robin es de lo más ingenuo. Es culpa mía, en realidad. Lo he mantenido aislado del mundo real durante casi toda su vida.
—Entonces es mejor que no se lo pida, por si se siente obligado a aceptar.
—Creo que probablemente tiene usted razón.
—¿Y ahora qué? ¿Le explicó Hebel cómo se supone que debo ponerme en contacto con él? ¿O si se pondrá él en contacto conmigo? ¿Y qué hay del dinero? ¿Lo tiene ya preparado?
—El dinero en efectivo está en mi caja fuerte, abajo. Y dijo que le enviaría a usted una nota explicándole dónde y cuándo quiere que se haga la entrega del dinero. Cuanto antes mejor, imagino.
10
El domingo por la mañana llegó más caliente que una cigarra recocida. Sin embargo, en el vestíbulo de mármol color miel del Grand Hôtel el aire acondicionado funcionaba a tal potencia que me alegré de llevar mi grueso chaqué, pese a que hacía que me pareciera a mi abuelo, que fue funcionario y trabajó toda su vida en la Cámara de Representantes prusiana de Berlín donde, en 1862, oyó a Bismarck pronunciar su famoso discurso sobre «sangre y hierro». Al pensar en él, me di cuenta de cuánto lo echaba de menos, y por un momento recordé cómo me llevaba desde su casa en las inmediaciones de Fischerinsel a ver el recinto de los osos en el zoo cercano. Ahora, sentado detrás del mostrador de recepción, yo también debía de parecer un oso erguido sobre los cuartos traseros cada vez que se acercaba un cliente, con la esperanza de satisfacerlo y ganarme una propina. Los huéspedes del hotel llegaban, se iban, subían, salían a la piscina, accedían al comedor a desayunar, almorzar y cenar en toda suerte de atuendos de vacaciones, algunos tan absurdos e inadecuados como el chaqué de lana negra que lucía el conserje de un gran hotel. Unos cuantos clientes se atrevieron a acercarse incluso a la iglesia de Beaulieu, pero la mayoría se quedaron en el hotel para disfrutar del aire acondicionado. No podía reprochárselo. Hacía demasiado calor para la religión, aunque bien es verdad que yo, como muchos prusianos, siempre fui más bien pagano por inclinación y educación. Para Bismarck había sido la inversión militar —metafóricamente, sangre y hierro— lo que había resultado clave para la importancia de Prusia en Alemania; para mí era siempre el hecho de que Prusia se había mantenido totalmente ajena al cristianismo, hasta que por fin fue conquistada por los caballeros teutones del Papa en 1283. Desde entonces, Dios ha estado castigándonos con saña por tardar tanto en convertirnos a su Iglesia. Eso sí que es ser un pueblo elegido. Y explicaba mucho de la historia alemana. Explicaba la impenetrable selva negra que era mi alma oscura, y desde luego explicaba mi sentido del humor, que nunca andaba muy lejos cuando daba indicaciones a los huéspedes del hotel, compraba entradas para el teatro o me ocupaba de cambiar moneda extranjera, por lo general dólares americanos. Los americanos siempre se quejaban del tipo de cambio, pese a que ese año eran los turistas más ricos en la Riviera. De hecho, los americanos eran los turistas más ricos en la Riviera todos los años, una reputación que, por lo visto, encantaba a la mayoría, pero que tenía el efecto de que pagaran casi el doble que cualquier otro debido a lo que los franceses tenían el descaro de llamar le tax américain. Inflar los precios era una cosa, y difícilmente se podía reprochar a los franceses, escasos de dinero, que cedieran a la tentación de exigirles tanto en restaurantes y taxis. Pero otra muy distinta era exigir dinero por medio de amenazas. A mi modo de ver, el chantaje es uno de los peores delitos que hay, pues puede durar —y a menudo dura— toda una vida; aún recuerdo el inmenso placer que sentí cuando me enteré de que Leopold Gast, el chantajista más famoso de Berlín, había sido condenado a cadena perpetua en 1929, después de que una de sus muchas víctimas, la mayoría mujeres, se hubiera suicidado, aunque no sin antes enviar una carta detallada a la policía: una carta por la que luego fue condenado. A decir verdad, la guillotina habría sido demasiado buena para un tipo tan repugnante como Gast.
Y sentí una repugnancia similar cuando vi ahora a Harold Heinz Hennig, alias Harold Hebel, cruzando el vestíbulo del hotel despreocupadamente hasta donde me encontraba yo. Venía sonriendo, además, como un lobo que acabara de devorar a una abuelita, lo que no hizo sino exacerbar el odio que sentía por aquel hombre atractivo y más joven. Me llegó un intenso olor a colonia, reparé en el caro reloj de oro de Cartier en la muñeca bronceada del brazo apoyado en el mostrador, y me sorprendí deseando cortarle la extremidad para obligarlo a comérsela. De hecho, me entretuve regodeándome en aquella imagen tan agradable mientras hablábamos.
—Herr Hebel —saludé en alemán, mirándolo con la misma frialdad que un perro de porcelana—. ¿En qué le puedo ayudar?
Se llevó una de sus muy cuidadas manos al bolsillo del pecho de su chaqueta de Savile Row y sacó un sobre de color crema que a continuación me entregó.
—Si tiene un poco de tiempo, me preguntaba si podría traducirme esta carta del francés al alemán. No hablo francés ni remotamente tan bien como usted, Herr Wolf, y el texto contiene ciertos tecnicismos que, a decir verdad, se me escapan.
Eran las primeras palabras que me dirigía desde enero de 1945 y tuve que recurrir a toda mi capacidad de autocontrol para no recordárselo al tiempo que le soltaba un puñetazo directo a la nariz. Hebel era consciente de ello, claro, pero fingir que éramos casi desconocidos formaba parte de un cuento minuciosamente preparado. Su voz tenía el áspero matiz de un gruñido, como el de un felino grande, o el de un perro guardián.
—Desde luego, caballero. Ahora mismo.
—Tómese su tiempo, querido amigo —respondió con afabilidad—. No hay prisa. Si me lo entrega esta tarde, ya me va bien.
—Como desee, señor.
—Puede dejar las dos versiones en mi habitación, si es tan amable. Las recogeré mañana.
Y luego se marchó al encuentro del feroz calor y le dio una propina al aparcacoches, que se fue corriendo en busca de su vehículo.
Aproveché las horas de mi descanso matinal para abrir el sobre y leer con atención las instrucciones mecanografiadas de Hebel acerca de cómo, dónde y cuándo se debía abonar el dinero del chantaje. Luego volví al despacho y telefoneé a Somerset Maugham a la Villa Mauresque, y cuando Alan, su amigo y secretario, lo llamó al teléfono, le dije al anciano que tuviera el dinero listo para que fuera a recogerlo esa misma noche.
—Entonces, ¿se ha puesto en contacto? —dijo Maugham en alemán, lo que no me suponía el menor inconveniente; por lo visto, le gustaba hablar en alemán conmigo.
—Sí.
—¿Qué opinión le ha merecido?
—La misma que me merecía hace más de diez años. Que me gustaría verlo muerto.
—La oferta sigue en pie.
—No, gracias. No quiero asesinar a nadie, señor Maugham. Ni siquiera a gente que no me cae muy bien.
—¿Cree que es de fiar?
—No, claro que no. Es una sabandija. Pero hoy va a sacar mucho dinero, y seguro que quiere que todo siga su curso sin problemas. Así pues, en ese sentido, todo debería ir según lo planeado. Al menos esta noche. Después, cualquiera sabe.
—¿Cómo debo prepararlo? El dinero, quiero decir. ¿En un paquete?
—Habría que desenvolver el paquete para contar el dinero. No, hay que evitar cualquier detalle que entorpezca el proceso esta noche. Un bolso iría bien. A ser posible uno que no le importe regalarle a un cabrón como Hebel.
—¿Un bolso de vuelo de Pan American Airlines le parece adecuado?
—No lo sé. ¿Caben cincuenta mil dólares?
—Yo diría que sí.
—Entonces es una elección adecuada. Sea como sea, tenga el dinero preparado para las siete. El encuentro es a las ocho. Llevaré el negativo y la fotografía directamente a Villa Mauresque en cuanto los tenga.
—Cincuenta mil dólares... —rezongó—. Debe de ser la puta fotografía más cara de la historia.
—Una imagen vale más que mil palabras. ¿No se suele decir eso?
—Dios, espero que no. De ser así, me voy a q-quedar sin trabajo, joder.
—Mire, señor Maugham, probablemente lo mejor es que ninguna de las palabras que pueda valer esta imagen en particular resuenen fuera de unos baños turcos o una novela de Marcel Proust. Así pues, más vale que se reconcilie con la idea de apoquinar.
—Para usted es fácil decirlo, señor Wolf. Cincuenta mil dólares son cincuenta mil dólares.
—Tiene razón. Y lo reconozco, cincuenta mil imágenes de Washington son cincuenta mil historias que me encantaría escuchar. En ese caso, no le pague. Dígale que se vaya al infierno y encaje las consecuencias. Eso es cosa suya, señor. Pero, a veces, cuando es absolutamente necesario, todo el mundo tiene que tragarse el sapo.
—¿Y si le doy a usted el dinero y se va directo hacia la frontera italiana? Podría estar en Génova antes de medianoche, y luego a bordo de un barco rumbo a quién coño sabe dónde.
—¿Y dejar mi maravilloso empleo aquí en el Grand Hôtel? Me parece que no. Todo hombre quiere engañarse pensando que posee cierta fibra moral. Durante años estuve diciéndome a mí mismo que era el tipo más honrado que había conocido. Naturalmente, eso era muy fácil en la Alemania nazi. Pero ¿por qué ha de fiarse de mi palabra? Marque unos cuantos billetes. Anote unos cuantos números de serie. No le costaría mucho seguirme la pista. Yo diría que ni siquiera la policía francesa tendría demasiados problemas para dar conmigo o con el dinero... Y ahora que lo pienso, hágalo de todos modos. Nunca se sabe.
El resto del domingo transcurrió lentamente, como suele ocurrir, sobre todo cuando hay que desempeñar una tarea importante al final de la jornada. Hebel volvió al hotel justo después del almuerzo y fue directo a su habitación sin mirarme siquiera de soslayo. Era un tipo con sangre fría, eso he de reconocerlo. Fui a su coche y lo registré de arriba abajo; había un folleto de una fábrica de perfumes de Grasse, y supuse que había estado allí. Entretanto, empezó a dolerme la espalda a la altura de los riñones —algo que suele ocurrirme cuando he pasado de pie buena parte del día—, y me entraron ganas de volver a casa y darme un baño. Pero antes tenía que hacer un trabajo importante. En cuanto Hebel volvió a salir —a eso de las seis—, cogí la llave y subí a registrar la habitación del alemán. Estaba indagando en los márgenes de su viperina personalidad, empeñado en averiguar qué más podía tener entre sus posesiones de calidad superior que fuera potencialmente comprometedor para mi cliente, tan vulnerable y fácil de comprometer. Cartas, tal vez, o quizá otra fotografía. Era la idea que tenía yo del servicio de habitaciones. No había dejado nada que considerase valioso en la caja fuerte del hotel, y tampoco en el coche, lo que dejaba únicamente su suite como última opción y, quizá, como le había sugerido a Maugham, algún abogado local con una cámara acorazada y un anticipo semanal. Lo que encontré fue sorprendente, aunque no en el sentido que había esperado.
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