Читать книгу: «Amor traicionero»

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28001 Madrid
© 1999 Penny Jordan Partnership
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor traicionero, n.º 1124- agosto 2020
Título original: A Treacherous Seduction
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-733-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
BETH dejó escapar un grito de incredulidad mientras observaba, cada vez más pálida, el contenido de la caja que acababa de abrir.
—¡Oh, no! —protestó desesperadamente mientras sacaba una copa de vino que acababa de desenvolver; una de las piezas de la cristalería que había encargado en el viaje que había hecho a Praga para comprar material.
De repente se sintió mareada.
Había invertido tanto en el pedido checo, y no solo estaba pensando en el dinero.
Tres horas después, con el suelo del almacén, situado detrás de la pequeña tienda que regentaba junto a su socia y mejor amiga Kelly Frobister, lleno de paquetes y piezas de la cristalería, su peor pesadilla se había hecho realidad.
Esas horrorosas piezas que tenía delante nada tenían que ver con la preciosa cristalería, reproducción de un modelo antiguo, que había escogido con tanta emoción y placer hacía ya varios meses en la República Checa. Ni pensarlo. El pedido que había recibido pero que jamás había hecho, quizá igualara en número de piezas al que ella había en realidad encargado, pero en el resto no se trataba más que de una horrenda parodia de la exquisita cristalería de la mejor calidad que había escogido y pagado personalmente.
Le resultaría totalmente imposible vender aquella monstruosidad. Sus clientes eran muy exigentes, y a Beth empezó a dolerle la tripa al pensar en el entusiasmo con el que había despertado el interés de algunos de sus mejores clientes al describirles el pedido y prometerles que convertiría sus cenas de Navidad en fabulosas imitaciones de una época pasada; una época de barroco veneciano y belleza bizantina.
¿Por aquel montón de basura era por lo que había puesto su pequeña tienda, sus finanzas y su reputación en peligro? La cristalería que le habían mostrado nada tenía que ver con la que tenía entre sus manos. ¡Nada en absoluto!
Febrilmente examinó otra de las piezas, esperando contra todo pronóstico que se hubiera equivocado al hacerlo. Pero no había habido ninguna equivocación. Todo lo que iba desempaquetando poseía las características de un trabajo mal hecho, de un cristal de calidad inferior y de un colorido burdo.
Debía haber habido un error. Beth se puso de pie. Tendría que llamar a sus proveedores y hacérselo saber.
Beth empezó a ponerse frenética al considerar la magnitud del problema que tenía entre manos. Tras la extrema tardanza que había acusado el pedido, había llegado justo a tiempo para las ventas navideñas.
En realidad, esa misma tarde había planeado vaciar las estanterías de sus existencias y sustituirlas por la cristalería checa.
¿Qué diantres iba a hacer?
Normalmente un problema de esa índole lo habría compartido inmediatamente con Kelly, pero las circunstancias en ese momento no eran normales. En primer lugar, cuando había decidido encargar la cristalería, había viajado sola a Praga. En segundo lugar, Kelly estaba, y con razón, mucho más preocupada con su nuevo marido y la relación que estaban construyendo que con la tienda, y ya se habían puesto de acuerdo para que de momento Kelly se colocara en un segundo plano en el negocio que habían montado juntas en la pequeña población de Rye on Averton, donde las chicas habían decidido trasladarse animadas por Anna Trewayne, la madrina de Beth.
Y en tercer lugar…
Beth cerró los ojos. Sabía que si tuviera que contarles a su madrina, a su mejor amiga, Kelly, o incluso a Dee Lawson, su casera, los problemas financieros y profesionales en los que se encontraba en esos momentos, sabía que las tres correrían en su ayuda, ofreciéndole toda su comprensión. Pero Beth era bien consciente que, de las cuatro, ella era la única que parecía siempre hacer las cosas mal, la que emitía juicios equivocados, la que acababa siempre siendo engañada, traicionada; la que siempre parecía una perdedora, una víctima…
Beth se estremeció con una mezcla de rabia y angustia. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no hacía más que tratar con gente que finalmente le fallaba? Quizá fuera, como otras personas ya le habían dicho, un tanto tranquila y a lo mejor un poco complaciente; pero ello no significaba que no tuviera su amor propio, ni que no mereciera ser tratada con respeto.
Sin embargo, estaba segura que ninguna de las otras tres se habría metido en una situación así. Sabía a ciencia cierta que Dee, por ejemplo, no lo habría hecho. No, le resultaba imposible imaginar que alguien pudiera engañar a Dee, con sus modales confiados y profesionales, o a Kelly, con su personalidad fuerte y positiva, o ni siquiera a Anna, con su serena amabilidad.
No. Ella era la vulnerable, la tonta, la idiota que parecía ir pidiendo a gritos que la engañaran.
Tenía que ser culpa suya. Por poner un ejemplo, solo tenía que recordar cómo se había tragado las mentiras de Julian Cox. Qué inocente había sido al creer que la amaba cuando lo único que le había movido todo el tiempo era el dinero que pensó que ella heredaría.
Se había sentido tremendamente avergonzada cuando Julian la abandonó, diciendo que jamás le había dicho que quisiera casarse con ella, acusándola de ir detrás de él, de imaginar que alguna vez había sentido algo por ella.
Beth se puso colorada. Pero no porque siguiera amándolo, que desde luego no era así, e incluso había llegado a pensar que nunca lo había sido; simplemente se había dejado embaucar por sus constantes halagos, por sus frecuentes declaraciones de amor, por su insistencia en que eran almas gemelas. Bien, desde luego había aprendido esa lección. Nunca jamás volvería a confiar en ningún hombre que la tratara así, y se había aferrado a esa particular promesa incluso cuando… Al menos no había cometido dos veces la misma equivocación. No, se dijo para sus adentros, pero había cometido otras distintas.
Su fallido romance con Julian y la humillación que había sentido al enterarse la gente, a pesar de ser muy doloroso todo ello, al menos solo le había afectado a ella. Pero lo que acababa de ocurrirle podría humillarla no solo a ella, sino también a Kelly.
Se habían ganado una estupenda reputación en la ciudad desde que abrieran la tienda de porcelana y cristal. Y su éxito se basaba en ser un pequeño punto de venta que se centraba en satisfacer las necesidades de los clientes más exigentes y, mientras pudieran, anticiparse a ellas con nuevas ideas.
Kelly ya le había dicho muy contenta que tenían varios buenos clientes, con distintas celebraciones durante esas fechas y también más adelante, a quienes les había comentado que la compra de una cristalería muy especial y original podría ser una idea excelente.
Tan solo la semana anterior, un cliente en particular le había estado explicando a Beth la ilusión que le hacía comprar tres docenas de copas de champán rojas de cristal de Bohemia.
—La víspera de Navidad celebraremos nuestras bodas de plata, nos vamos a reunir toda la familia y sería maravilloso poder disponer de las copas para ese día —le había dicho.
No era posible que Candida Lewis-Benton quisiera comprar lo que Beth acababa de desembalar. De ninguna manera.
Valientemente, Beth se resistió a la tentación de romper a llorar. Era una mujer, no una niña y, tal y como había creído demostrar cuando estaba en Praga, también podía ser una persona decidida e independiente, además de orgullosa. Era capaz de aprender a respetarse a sí misma y no le importaba lo que pensara cierta persona arrogante y mentirosa, que creía haberla conocido mejor de lo que se conocía ella misma. Una persona que había pretendido controlarle la vida, que había pensado que podía mentirle y hacer que consintiera a todo lo que quisiera diciéndole que la amaba. Y se había dado cuenta, por supuesto, de lo que a él le interesaba.
—Beth, sé que quizá sea demasiado pronto para decirte esto pero… me he enamorado de ti —le había dicho esa tarde bajo una lluvia torrencial en el Puente Charles.
—No, eso no es posible —ella le había contestado con dureza.
—¿Si esto no es amor, entonces qué es exactamente? —le había preguntado en otra ocasión, mientras le rozaba los labios con la punta de los dedos, aún inflamados después de besarse apasionadamente.
Ella le había contestado con resolución.
—Simplemente lujuria… sexo; eso es todo —y había seguido demostrándoselo.
—No te dejes engañar por las promesas que te hagan los vendedores ambulantes —la había aconsejado en más de una ocasión—. No son más que títeres al servicio del crimen organizado para engañar a los turistas.
Ella sabía muy bien detrás de qué estaba él. Lo que él pretendía era lo mismo que Julian había pretendido antes… ¡Su dinero! Con la diferencia de que Alex Andrews también había deseado su cuerpo.
Al menos en lo tocante al terreno sexual, Julian se había comportado correctamente.
—No quiero que seamos amantes… hasta que lleves mi anillo de compromiso —Julian le había susurrado apasionadamente la noche en que le había declarado su amor; un amor que no había sentido hacia ella, como más tarde se averiguaría.
En esos momentos, después de haber sufrido tremendamente por culpa de su maldad, le parecía casi gracioso. Quizá el odio exacerbado que había experimentado tras su engaño había estado más relacionado con la humillación que le había hecho sentir que con un corazón roto.
Desde luego, cada vez que pensaba en Julian en el presente, no sentía más que perplejidad por haber podido encontrarle atractivo. Había ido a Praga principalmente para demostrarse a sí misma que no era tan tonta y emotiva como él la había pintado, y además se había prometido a sí misma que jamás se dejaría engañar por las palabras de amor de ningún hombre.
Había vuelto del viaje a Praga sintiéndose extremadamente orgullosa de sí misma, e igualmente orgullosa de la nueva Beth, fría e indiferente. Si los hombres querían mentirle y traicionarla, entonces aprendería su juego. Era una mujer adulta, con todo lo que ello conllevaba. El hecho de no confiar en la sinceridad de los hombres no significaba que tuviera que negarse a sí misma el placer de encontrarles sexualmente atractivos. Eso de que las mujeres tuvieran que negar su sexualidad era cosa del pasado.
Beth se dijo a sí misma que había estado viviendo en la Edad Media, rigiéndose por un conjunto de principios morales anticuados; un conjunto de principios morales anticuados y demasiado idealistas. Pues bien, eso era ya agua pasada. Por fin había despertado al mundo real, a un mundo de crudas realidades. El derecho a disfrutar del sexo por el placer de hacerlo había dejado de ser competencia tan solo de los hombres, y si a Alex Andrews no le gustaba peor para él.
¿Habría creído de verdad que iba a tragarse las mentiras que le había contado? ¿Esa ridícula idea de que se había enamorado de ella nada más verla?
Sorprendentemente, había encontrado en Praga a un montón de personas como él. Británicos y americanos nacidos en el continente, estudiantes en su mayoría, o al menos eso decían ser, que se habían tomado un año sabático para indagar en campos antes prohibidos para ellos. Algunos tenían familiares en la República Checa y otros no, pero todos poseían un matiz en común: todos ellos habían estado viviendo de su ingenio, utilizando sus dotes de oradores para embaucar a los inocentes turistas.
Ciertamente, Alex Andrews le había hablado del muy distinto estilo de vida que decía llevar en Gran Bretaña. Según le había dicho era profesor de Historia Contemporánea en una prestigiosa facultad, que se había tomado un año sabático para pasarlo con sus familiares checos, pero Beth no lo había creído. ¿Por qué hacerlo?
Julian Cox le había dicho que poseía un próspero y respetable imperio financiero y finalmente había resultado ser simplemente un estafador que se las había apañado para burlar continuamente a la justicia. Beth había estado segura desde el primer momento de que Alex Andrews era más o menos el mismo tipo de persona.
Demasiado guapo, demasiado seguro de sí mismo… y demasiado confiado en que iba a lanzarse a sus brazos tan solo porque él le había dicho que eso era lo que deseaba desesperadamente. No era tan tonta. Quizá hubiera caído en ese tipo de trampa una vez, pero desde luego no estaba dispuesta a hacerlo una segunda.
Oh, sí, desde luego había logrado escapar de los embustes de Alex Andrews, pero no había sido capaz de…
Aturdida, Beth examinó la cristalería que tenía delante y experimentó una sensación nauseabunda en la boca del estómago. Tenía que ser un error… Tenía que serlo.
Sencillamente no podía enfrentarse al hecho de contarle a Anna, Dee o Kelly que había cometido otro disparatado error.
Beth se puso de pie con inquietud. Lo primero que debía hacer era llamar a la fábrica. Entonces, cuando estaba a punto de marcar el número que aparecía en la factura, sonó el teléfono. Al descolgarlo oyó la voz de su amiga Kelly.
—Beth, no te va a gustar nada lo que te voy a decir… —Kelly hizo una pausa—. Brough tiene que ir a Singapur en viaje de negocios y quiere que vaya con él. Quizá vayamos a estar fuera más de un mes… Y dice que como está a mitad de camino no sería mala idea si nos fuéramos a Australia a pasar un par de semanas con mi prima y su familia. Me imagino lo que debes estar pensando. El periodo más activo del año está a punto de empezar y, además, últimamente solo he trabajado un par de días a la semana… Si prefieres que no vaya, lo entenderé. Después de todo, el negocio…
Beth pensó con rapidez. Ciertamente le iba a resultar duro bandeárselas ella sola durante cinco o seis semanas, pero si Kelly se marchaba entonces no tendría que contarle lo de la cristalería. Cobardemente Beth pensó que sería mejor solucionarlo todo discretamente, sin inmiscuir a nadie más, incluso si ello significaba tener que contratar a alguien para que la ayudara en la tienda mientras Kelly estaba fuera.
—¿Beth? —oyó el tono ansioso de Kelly.
—Sí. Sigo aquí —Beth le confirmó y después de aspirar profundamente, le dijo a su amiga en el tono más jovial posible—. Por supuesto que debes ir, Kelly. Sería una estupidez perderse una oportunidad así.
—Sí… Además, echaría mucho de menos a Brough. Pero me siento culpable por dejarte sola, Beth, sobre todo en esta época del año. Sé lo ocupada que vas a estar, sobre todo con la nueva cristalería… ¿Por cierto, ha llegado ya? ¿Es tan preciosa como tú la recordabas? ¿Y si voy a…?
—No. No hace falta… —Beth se apresuró a decirle.
—Bueno, si no te importa —Kelly le contestó con agradecimiento—. La verdad es que Brough dijo que podríamos ir a Farrow hoy. Me han dado la dirección de una persona que vive allí que hace unas maravillosas reproducciones de muebles antiguos. Tiene un taller en el Old Hall Stables, que lo han convertido en un mercado de artesanos. Pero si me necesitas en la tienda…
—No. Estoy bien —Beth le aseguró.
—¿Cuándo vas a colocar la cristalería nueva en el escaparate? —Kelly le preguntó con entusiasmo—. Me muero por verla…
Beth se puso tensa.
—Esto… Aún no lo he decidido…
—Ah. Pensé que habías dicho que ibas a hacerlo nada más recibirla —Kelly protestó, muy confusa.
—Sí, es cierto. Pero… pero estoy esperando a ver si se me ocurren otras ideas; todavía faltan dos semanas antes de que empiecen a colocar las decoraciones navideñas por la ciudad, y se me ha ocurrido que no sería mala idea cambiar el escaparate al mismo tiempo…
—Oh, sí, es una idea estupenda —comentó la otra con entusiasmo—. Podríamos incluso hacer una pequeña fiesta de canapés y vinos para nuestros clientes, con bebidas y comida del mismo color que la cristalería…
—Esto… Sí, claro… Estupendo —Beth concedió, esperando aparentar un empeño que no sentía.
—Ay, pero acabo de darme cuenta que como nos vamos a finales de esta semana, voy a perdérmelo —Kelly se quejó—. Aun así, estaremos lo más seguro de vuelta para Navidad; eso es algo en lo que he insistido con Brough y, afortunadamente, él está de acuerdo conque debemos pasar nuestras primeras navidades aquí en casa… juntos… Ah y, por cierto, guárdame un juego de esas maravillosas copas, Beth.
—Esto, claro, lo haré —le confirmó.
Con un poco de suerte, podría conseguir que le corrigieran el pedido y le enviaran la cristalería que ella quería mientras Kelly estaba fuera. ¿Pero llegarían a tiempo para las ventas de Navidad? Cuando había seleccionado las piezas había elegido los colores que le habían parecido más fáciles de vender en esas fechas navideñas: rubí, azul porcelana, verde musgo y oro, todo ello en un estilo muy elaborado. Pero, a pesar de la belleza de las piezas, dudaba que pudiera venderlas con la misma facilidad en los meses de primavera y verano.
Una hora y cinco intentos fallidos de llamada después, Beth empezó a dar vueltas desesperadamente por el caótico almacén.
El horror y la rabia iniciales estaban trasformándose en una turbación y una sospecha frenéticas.
La fábrica que había visitado era muy grande, y el director comercial que la había atendido engolado y muy trajeado. Las vitrinas que forraban las paredes de su lujoso despacho estaban llenas de las cristalerías más bellas que Beth había contemplado en su vida y él la había invitado a que eligiera la que le gustara.
El despacho de su secretaria, por el cual había pasado de camino al del director comercial, estaba atestado de la tecnología más moderna y no era posible que tal organización, durante el horario de oficina, no tuviera todas las lineas de teléfono atendidas ni los faxes en funcionamiento.
Pero cada vez que Beth había marcado el número se había encontrado con un silencio total. Incluso suponiendo que ese día fuera fiesta en la República Checa y la fábrica hubiera estado cerrada, al menos habría obtenido tonalidad.
Las más terribles sospechas empezaron a tomar forma en su pensamiento.
—No te dejes engañar por lo que te enseñen —Alex Andrews la había aconsejado—. Se sabe que hay gitanos que trabajan para el crimen organizado. Su objetivo es vender artículos inexistentes a turistas inocentes para engordar las arcas de su organización con divisas extrajeras.
—No te creo. Solo lo estás diciendo para asustarme —Beth le había dicho muy enojada—. Para asustarme y para asegurarte de que hago el pedido a la fábrica de tus primos —había añadido con aspereza—. Eso es lo que tú quieres, ¿verdad? Diciéndome que te has enamorado de mí… que te importo… Yo sería la inocente si creyera tus embustes, Alex…
Beth no quería ni recordar la reacción de Alex ante tales acusaciones; no quería recordar nada de Alex Andrews; no pensaba permitirse a sí misma recordar nada en relación a él.
¿No? ¿Entonces por qué había soñado con él casi cada noche desde que había vuelto de la República Checa?
Había soñado con él solo por el alivio de saber que se había mantenido en sus trece y que no había caído en sus redes.
Miró su reloj de pulsera. Eran casi las cuatro de la tarde; no tenía sentido seguir intentándolo con la fábrica checa. En vez de ello, se pondría a empaquetar de nuevo el pedido equivocado.
Dee la dueña de la tienda y cómoda vivienda que había en el piso superior, que se había convertido en una buena amiga, la había invitado a cenar esa noche.
Beth se puso a guardar las piezas muy desanimada, estremeciéndose ligeramente mientras lo hacía. Los artículos que tenía en la mano eran más adecuados para tarros de mermelada que para copas, decidió Beth haciendo una mueca de asco.
—No sé si me equivoco —le había dicho Dee unas semanas atrás—, pero creo que he oído que algunos de los procesos de producción de porcelana y cristal son un poco burdos comparados a los nuestros.
—Quizá en un mercado de calidad inferior —Beth había defendido—. Pero la fábrica en la que estuve originariamente se dedicaba a fabricar artículos para la casa real rusa. El director de ventas me mostró unas piezas de lo más exquisito que he visto en mi vida, que habían sido fabricadas para un príncipe rumano. Me recordaron mucho a las vajillas de Sèvres, y la traslucidez de la porcelana era impresionante. Los checos están muy orgullosos de fabricar un cristal de tan alta calidad.
Esa información tenía que agradecérsela a Alex Andrews. Él se lo había comentado muy enojado cuando ella lo había acusado de intentar convencerla para que comprara el cristal a sus primos, y la causa de una disputa entre ellos.
Beth jamás había conocido a nadie que la enfureciera tanto como él. Había provocado en ella una reacción tan rabiosa y apasionada que hasta a ella la había asombrado.
Rápidamente, Beth continuó empaquetando las cajas. «Recuerda», se dijo con vehemencia. «No vas a volver a pensar en él. Ni tampoco en lo que pasó…»
Para desgracia suya, Beth se puso colorada.
—Dios mío, eres estupenda. Tan dulce y amable en la superficie y tan apasionada y alocada en privado, tan apasionada y alocada…
Furiosa consigo misma, Beth pegó un respingo.
—No ibas a pensar en él —se dijo con indignación—. No vas a pensar en él.
Capítulo 2
MÁS café, Beth…?
—Sí…
—Pareces preocupada. ¿Te ocurre algo? —le preguntó Dee con inquietud mientras dejaba la cafetera sobre la mesa.
Habían terminado de cenar y estaban en ese momento sentadas en el salón de la casa de Dee, rodeadas de catálogos y revistas de decoración. Dee tenía pensado decorar su salón y le había estado pidiendo a Beth su opinión sobre la elección que había hecho.
—El brocado color crema me encanta —Beth se apresuró a decirle a Dee—. Y si optas por una alfombra del mismo tono podrás luego poner los cojines en colores más vivos….
—Sí, eso era lo que había pensado. Me he enamorado de una tela preciosa y he conseguido localizar al fabricante, pero es una compañía muy pequeña. Me han dicho que solo aceptaran el pedido si lo pago por adelantado y, por supuesto, estoy un poco reacia a hacerlo, por si acaso no pueden o simplemente no me la sirven. Le he pedido a mi banco que investigue las operaciones financieras de esta empresa y que me den los resultados cuanto antes. Será una lástima si el informe no es favorable, porque la tela es maravillosa y estoy segura de que otra ya no me va a gustar tanto. Pero por supuesto, una debe tener cuidado con estas cosas, ya sabes. Seguro que estuviste rezando mientras esperabas que el banco te verificara que la empresa checa era de fiar para hacer negocios con ellos.
—Esto… Sí, claro…
Beth dio un sorbo de café.
¿Qué diría Dee si Beth le confesara que no había hecho tal cosa, sino que se había sentido tan emocionada al pensar en vender la cristalería que ni siquiera había pensado en un detalle tan importante como el estado de las finanzas de una empresa?
—Kelly me ha llamado hoy. Me ha dicho que ella y Brough esperan poder prolongar el viaje hasta Australia…
—Sí, me lo ha contado también… —concedió Beth.
Debería haberle pedido a su banco que investigara el estado de las finanzas de la empresa checa. No solo para asegurarse de que era bueno, sino para saber si cumplían con los pedidos a tiempo. Incluso recordó que el director de su banco se lo había aconsejado cuando lo llamó para pedirle el crédito. Y, si no hubiera estado a punto de marcharse de vacaciones la misma tarde que ella había llamado, se habría asegurado de que lo hacía.
Pero él se había ido y ella no lo había hecho, y la pequeña e inquietante duda que la inhabilidad para comunicar con la fábrica había sembrado en su mente estaba ya echando raíces de miedo y sospecha.
—¿Cómo te las vas a arreglar en ausencia de Kelly? Tendrás que meter a alguien para que te ayude…
—Sí. Sí, lo haré —Beth contestó distraídamente, preguntándose con histerismo qué diantre diría Dee si le reconociera que su peor pesadilla se había hecho realidad y que realmente no necesitaría a nadie para que le echara una mano puesto que no habría nada que vender.
¿Y si no tenía nada que vender, cómo iba a pagarle el alquiler a Dee?
No tenía absolutamente nada ahorrado, sobre todo después de haber gastado tanto dinero en el cristal checo.
Sus padres siempre podrían echarle una mano, eso lo sabía, y también tenía la certeza de que podría hacerlo Anna, su madrina. ¿Pero cómo podría presentarse ante ninguno de ellos y admitir lo inocente y tonta que había sido?
No. Ella se había metido sola en ese lío y de algún modo tenía que salir de él por su cuenta.
Y el primer paso era localizar al proveedor e insistir en que la fábrica le enviara los artículos que había pedido.
—¿Beth, estás segura de que estás bien…?
De pronto Beth se dio cuenta que la mujer le había estado hablando y que ella no había escuchado ni una sola palabra de lo que le había dicho.
—Esto… Sí, perfectamente…
—Bueno, si te sirve de ayuda, yo podría ir a la tienda algún día para echarte una mano.
—¡Tú! —Beth miró a Dee con perplejidad y la mujer se puso colorada.
—No hace falta que te sorprendas tanto —Dee le dijo un poco a la defensiva—. Debes saber que trabajé en una tienda cuando estaba en la facultad.
¿Habría herido los sentimientos de Dee? Dee siempre se comportaba con mucha serenidad, pero desde luego había una sombra de dolor en su mirada.
—Si me he mostrado sorprendida ha sido porque sé lo ocupada que estás —Beth le aseguró sin mentir.
Tras la muerte de su padre, Dee se había puesto al mando de su gran imperio comercial, controlando no solo las grandes sumas de capital que su padre había amasado mediante hábiles inversiones, sino también administrando las diversas instituciones benéficas que había creado para ayudar a los más necesitados de la ciudad.
El padre de Dee había sido un filántropo a la antigua usanza, muy en consonancia con los valores victorianos, que siempre había querido ayudar a sus vecinos y habitantes de su ciudad.
Había sido un hombre tradicional en muchos aspectos además de, según había oído Beth, un devoto cristiano y un padre cariñoso que había educado él solo a su hija Dee tras la prematura muerte de su esposa.
Dee estaba entregada apasionadamente a preservar la memoria de su querido padre y cada vez que alguien le agradecía el trabajo que hacían las distintas instituciones benéficas que ella ayudaba a financiar, siempre respondía con prontitud que lo único que hacía ella era actuar en representación de su padre.
Cuando Beth y Kelly se fueron a vivir a Rye on Averton se habían preguntado con curiosidad por qué Dee nunca se había casado. Debía de tener alrededor de treinta años y, sorprendentemente, para ser una sagaz mujer de negocios, un gran instinto maternal. Además, era muy atractiva.
—A lo mejor no ha encontrado al hombre adecuado —Beth le había sugerido a Kelly.
—Ya… O quizá, a sus ojos, ningún hombre puede compararse a su padre —había sugerido Kelly con perspicacia.
Fuera lo que fuera, una cosa estaba clara: Dee no era el tipo de persona en cuya vida privada uno pudiera meter la nariz si ella no quería. Y en cambio esa noche parecía más vulnerable; incluso se la veía más joven, quizá porque se había dejado el pelo suelto.
Desde luego sería imposible no reparar en ella, ni siquiera entre una multitud. Tenía un físico y unos modales que inmediatamente atraían la atención de los demás… No cómo ella, Beth decidió con desprecio hacia su persona.
Su suave cabello color rubio ceniza jamás haría que nadie volviera la cabeza para mirarla, ni siquiera cuando el sol le había dejado, como había hecho unos meses atrás, durante el verano, aquellos delicados mechones rubios.
De jovencita había rezado desesperadamente para crecer un poco más. Con su metro cincuenta y cinco centímetros era desde luego bastante baja…
—Menuda —le había dicho Julian en una ocasión.
Menuda y tan exquisitamente delicada como una muñeca de porcelana. Y ella que había pensado que aquellos eran elogios. ¡Qué asco! Era baja, cierto, pero también muy esbelta, y tenía una suavidad y un encanto que le daban un atractivo muy especial.
Impulsivamente, antes de salir de viaje a Praga, se había cortado el pelo, que lo llevaba largo. La melena corta y cuadrada le quedaba bien, incluso si a veces le resultaba algo molesta porque el pelo no dejaba de caérsele en la cara cuando estaba trabajando.
—Eres preciosa —le había dicho Alex Andrews cuando la tuvo entre sus brazos—. La mujer más bella del mundo.
Ella supo que él le había mentido y, por supuesto, la razón para ello. Ni por un momento la había engañado, a pesar del dolor que como un cuchillo la había rasgado por dentro al escucharle decir tales mentiras.
¿Por qué iba a pensar él que era bella? Después de todo, él era un hombre que a cualquier mujer le parecería extraordinariamente apuesto. Alto y fuerte, parecía irradiar un fiero y sensual magnetismo. Incapaz de ignorarlo, o a él, Beth había experimentado a ratos una sensación mareante, como si la privara de su voluntad, como si la fuerza de su sensualidad fuera superior a su resistencia.
También poseía unos hipnóticos ojos color gris plateado; unos ojos que cada vez que pensaba en ellos sentía un extraño calor por dentro…
—¿Beth…?
—Lo siento, Dee —se disculpó, sintiéndose culpable.
—No pasa nada —Dee le aseguró con una inesperada y cálida sonrisa—. Kelly me dijo que habías recogido tu pedido en el aeropuerto y que lo estabas desembalando. Debo confesarte que estoy deseando verlo. Mañana tengo un rato libre. ¿Qué te parece si…?
Beth notó que empezaba a ponerse nerviosa.
—Esto… No quiero que nadie lo vea hasta que las luces de Navidad se enciendan oficialmente —se apresuró a decirle—. No lo he colocado en las estanterías y…
—Quieres darle una sorpresa a todo el mundo con una maravillosa exposición —adivinó Dee, sonriendo de oreja a oreja—. Bueno, hagas lo que hagas, sé que va a quedar precioso. Eres una persona muy creativa y artística —elogió a Beth de corazón—. Cosa que a mí no me pasa —añadió con pesar—. Por eso te necesito para que me ayudes a amueblar el salón.
—Yo creo que tienes muy buen ojo —le aseguró Beth—. Solo necesitas ayuda en los pequeños detalles —Beth echó un vistazo a su reloj de pulsera; era hora de marcharse.
—No lo olvides —le dijo Dee en tono apremiante—. Si de verdad necesitas ayuda en la tienda, por favor dímelo. Sé que Anna a veces os sustituye cuando tú o Kelly no estáis, aun así…
—No creo que Ward permita a Anna que se pase varias horas de pie en estos momentos. Según Anna, a pesar de las veces que le ha dicho que estar embarazada es un estado totalmente normal y que no debe preocuparse por nada, sigue tratándola como si ahora estuviera más débil.
Dee se echó a reír con ganas.
—Desde luego se muestra muy protector con ella. El otro día se enfadó conmigo cuando se enteró de que habíamos estado en el vivero y que le había dejado cargar con una caja de plantas. Pero también sospecho que aún no me ha perdonado por enviarle a freír espárragos cuando vino en busca de Anna antes de casarse.
—Tan solo intentabas protegerla —protestó Beth.
Le gustaba Ward y estaba contenta de que su madrina hubiera encontrado con él la felicidad después de llevar viuda tanto tiempo, pero entendía que dos caracteres tan fuertes como los de Dee y Ward pudieran chocar de vez en cuando.
De ser un hombre de carácter fuerte y lleno de determinación a ser un hombre mandón y dominante, tan solo había un paso. Ward, afortunadamente, sabía controlarse; Alex Andrews no.
Alex Andrews.
Él estaría disfrutando de lo lindo si supiera de su sufrimiento presente, y también se regocijaría aún más recordándole que él la había avisado.
¡Alex Andrews!
Beth aparcó su pequeño vehículo a la puerta de la tienda y entró por una puerta contigua que llevaba a la vivienda del primer piso que originalmente había compartido con Kelly.
Mientras se preparaba una taza de té seguía todavía pensando en Alex Andrews. Alex Andrews o, más exactamente, Alex Charles Andrews.
—Me llamaron así por este puente —le había dicho en voz baja el día en el que habían paseado por el legendario Puente Charles de Praga—. Para recordar siempre, como solía decir mi abuelo, que yo soy medio checo.
—¿Es por eso por lo que estás aquí? —Beth le había preguntado, a pesar de su empeño en mostrarse distante con él.
—Sí —le había contestado—. Mis padres llegaron aquí después de la Revolución del Terciopelo de 1933 —su mirada se había tornado sombría—. Desgraciadamente, mi abuelo murió demasiado pronto para ver libre la ciudad que tanto había amado. Salió de Praga en 1946 con mi abuela y mi madre, que entonces era una niña de dos años. Ella apenas recuerda nada de su vida aquí, pero mi abuelo… —se había callado y sacudido la cabeza, y a Beth se le había formado un nudo en la garganta al ver el brillo de dolor en su mirada—. Deseaba tanto volver aquí. Después de todo, era su hogar y, por muy bien situado que estuviera en Inglaterra o lo feliz que estuviera de haber podido educar a su hija, mi madre, en libertad, siempre llevó a Praga en el corazón.
Recuerdo una ocasión en la que fue a visitarme a Cambridge y salimos a dar un paseo en batea por el río Cam. Me dijo que era precioso, pero que no podía hacerle sombra al hermoso río que fluye por Praga. Hasta que estés sobre el Puente Charles y lo veas con tus propios ojos no entenderás lo que quiero decir… —le había dicho su abuelo.
—¿Y tú? —Beth le había preguntado con delicadeza—. ¿Entendiste lo que quería decir?
—Sí —Alex le contestó en el mismo tono—. Hasta que vine aquí me había tenido a mí mismo como un británico de pies a cabeza. Conocía mi herencia checa, por supuesto, pero tan solo a través de las historias que mi abuelo me había contado. Para mí no eran reales, tan solo historias. Los relatos que me había contado del castillo que su familia había poseído y de la tierra que lo rodeaba, de los bellos tesoros y del exquisito mobiliario…
Alex se encogió de hombros.
—Para mí no era una pérdida personal. ¿Cómo podía sentirlo así? Pero cuando llegué aquí… Entonces sí. Supe que me faltaba una parte de mí mismo. Entonces me di cuenta que subconscientemente había estado buscando esa parte.
—¿Te vas a quedar aquí? —le había preguntado Beth que, muy a su pesar, se vio envuelta en la intensidad emocional de lo que le estaba contando.
—No —le había dicho Alex—. No puedo… Ahora no.
Fue entonces cuando había empezado a llover torrencialmente, con lo que él la agarró del brazo y corrieron a cobijarse bajo un hueco peligrosamente íntimo que había en el arco del puente. Y fue entonces cuando le declaró su amor.
Inmediatamente a Beth le entró el pánico; era demasiado pronto y demasiado imposible de creer. Debía tener algún otro motivo para decirle tal cosa. ¿Cómo podía estar enamorado de ella? ¿Y, además, por qué iba a estarlo?
—¡No! No, eso no es posible. No quiero que me digas eso, Alex —le dijo de modo cortante, apartándose de él y saliendo del amparo del hueco, provocando que él la siguiera.
Beth había conocido a Alex en el hotel donde ella se había hospedado. El personal del establecimiento, al pedir ella los servicios de un intérprete, le había respondido con evasivas y luego informado de que, debido a que en ese momento se estaban celebrando varias convenciones de negocios en la ciudad, todas las agencias de renombre tenían mucho trabajo durante los días siguientes. No podía hacer lo que había ido a hacer a la República Checa sin un intérprete, y eso era lo que le había dicho al joven recepcionista.
—Lo siento mucho —se había disculpado el hombre—, pero no hay intérpretes.
No había intérpretes. Beth había estado a punto de echarse a llorar, sobre todo porque aún estaba muy sensible después del engaño del que había sido víctima por parte de Julian Cox. Mientras Beth luchaba por contener las lágrimas, vio a un hombre que estaba de pie a unos metros de ella apoyado sobre el mostrador y mirándola con curiosidad.
—No he podido evitar escuchar lo que ha estado hablando con el recepcionista —le dijo a Beth mientras se separaba del mostrador—. Y aunque sé que no es demasiado ortodoxo, me preguntaba si quizá yo pudiera resultarle útil de alguna manera…
Su inglés era tan fluido que Beth adivinó al instante que debía ser su lengua materna.
—Es inglés, ¿verdad? —le preguntó.
—De nacimiento sí —concedió inmediatamente, esbozándole una sonrisa que podría haber desarmado hasta una cabeza nuclear.
Beth se recordó a sí misma que estaba hecha de un material muy duro. No pensaba permitir que ningún hombre, aunque fuera uno tan carismático y peligroso como aquel, la engatusara.
—Yo hablo inglés —Beth le dijo con amabilidad y, por supuesto, innecesariamente.
—Desde luego, y noto en su habla un bonito deje de Cornualles, si me permite aventurar —comentó con una sonrisa, sorprendiendo mucho a Beth—. Sin embargo —dijo antes de que ella abriera la boca—, parece que usted no habla checo, mientras que yo sí…
—¿En serio? —Beth le dedicó una sonrisa fría y algo desdeñosa y echó a andar en dirección contraria a él.
Había sido avisada de los peligros de contratar a los falsos guías o intérpretes que ofrecían sus servicios a los turistas en las calles de Praga.
—Bueno… Mi abuelo me enseñó a hablarlo. Él nació y se crió aquí.
Beth se puso tensa al notar que el extraño estaba caminando junto a ella.
—Ah, ya entiendo. Usted no se fía de mí. Muy inteligente —aprobó con sorprendente aplomo—. Una bella joven como usted, sola en una ciudad extraña, siempre debe sospechar de cualquier hombre que se acerque a ella.
Beth lo miró furiosa. ¿Acaso se creía que era tonta?
—No soy… —había estado a punto de decir bella, pero decidió no trasmitirle su enojo—. No me interesa.
—¿No? Pero le dijo al recepcionista que necesitaba un intérprete desesperadamente —le recordó en tono cordial—. El director del hotel, estoy seguro, responderá por mí…
Beth se detuvo.
En una cosa tenía razón: necesitaba un intérprete desesperadamente. Había ido a Praga en parte para recuperarse del daño que Julian Cox le había hecho y, sobre todo, para comprar cristal checo de buena calidad para su tienda.
A través de Dee había obtenido de la Cámara de Comercio Local algunas direcciones y contactos, pero le habían dicho que la mejor manera de encontrar lo que deseaba era haciendo sus propias averiguaciones una vez que llegara a la ciudad, y no iba a poder hacerlo sin ayuda. Se dio cuenta que no solo necesitaba un intérprete sino que también le hacía falta un guía. Alguien que pudiera llevarla hasta las diversas fábricas que tenía que visitar, aparte de traducirle lo que se hablara una vez allí.
—¿Y por qué iba usted a ofrecerme ayuda? —le preguntó en tono sospechoso.
—A lo mejor se trata de que sencillamente no me queda otra alternativa —le respondió con una sonrisa enigmática.
Beth decidió ignorar la sonrisa. En cuanto al comentario, quizá esperaba que se compadeciera de él por insinuar que andaba falto de dinero.
Mientras se preguntaba qué hacer, una mujer morena muy elegante de unos cincuenta y pocos años se apresuró hacia ellos.
—¡Ah, Alex, estás aquí! —exclamó, dirigiéndose al acompañante de Beth—. Si estás listo para salir, el coche está aquí…
Estudió a Beth con la mirada y esta se sintió incómoda al ser consciente de pronto de su informal atuendo frente a la inmaculada elegancia de la mujer. Poseía el estilo de una parisina, desde las uñas cuidadosamente pintadas hasta el brillante y elegante moño. Unas perlas, lo suficientemente gordas como para ser falsas pero que Beth intuyó que no lo eran, adornaban las orejas de la mujer y el collar de oro que llevaba tenía pinta de ser igual de valioso.
Quienquiera que fuera, estaba claro que era una mujer muy rica. Si ese hombre era el intérprete de esa mujer, debía de ser de fiar, Beth razonó, porque después de mirarla a la cara tan solo una vez, Beth se dio cuenta que no era de las que se dejaban engañar por nadie… ni siquiera por un hombre tan apuesto y tan sexy como aquel.
—No tiene que decidirse ahora mismo —el hombre le estaba diciendo a Beth con tranquilidad—. Aquí está mi nombre y un número donde puede localizarme —se metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó un bolígrafo y un papel donde apuntó algo antes de pasárselo a Beth.
—Estaré aquí en el hotel mañana por la mañana. Puede decirme entonces lo que haya decidido.
No iba a aceptar su oferta, por supuesto, Beth se dijo para sus adentros cuando él y la señora se hubieron marchado. Incluso de haber sido un intérprete acreditado de una agencia respetable, habría tenido sus dudas.
Porque era demasiado sexy, demasiado masculino y ella era demasiado vulnerable, oyó que una voz le decía en su interior. Se suponía que era ya inmune a los hombres, que Julian Cox le había curado de volver a enamorarse otra vez.
No. Eso no volvería a ocurrir, se dijo para sus adentros críticamente. Era imposible que ni siquiera corriera el peligro de enamorarse de un hombre como él, un hombre que sin duda tendría un montón de mujeres revoloteando a su alrededor como moscones. ¿Por qué diablos iba a interesarse en alguien como ella?
Quizá por la misma razón por la que se había interesado Julian Cox, pensaba Beth. Tal vez para él no fuera más que una mujer sola, vulnerable. No debía olvidar lo que le habían dicho antes de salir de casa.
Beth estaba decidida a no aceptar la oferta de Alex, pero por la mañana, cuando bajó de nuevo a la recepción del hotel y volvió a insistir en lo del intérprete el hombre volvió a sacudir la cabeza con pesar, repitiendo lo que Beth había escuchado el día anterior.
—Lo siento pero no podemos —le había dicho a Beth—. Como ya le dije ayer, están las convenciones.
A Beth se le ocurrió por un momento que quizá se viera obligada a dejar de lado sus planes de hacer compras y dedicarse a hacer turismo. Pero eso significaría tener que volver a casa y reconocer que había vuelto a fracasar… Había ido a Praga a buscar las cristalerías y no iba a volver a casa con las manos vacías.
Incluso si ello significara aceptar los servicios de un hombre como Alex Andrews.
Había desayunado sola en su habitación; el hotel estaba lleno y, a pesar de las duras advertencias que se había hecho a sí misma, no se sentía lo suficientemente segura para comer en el comedor sola.
En ese momento pidió un café y sacó del bolso la guía que había comprado al llegar a Praga. En realidad ni siquiera sabía si Alex Andrews iba a aparecer o no. Bien, si no lo hacía, había otros muchos estudiantes extranjeros buscando trabajo, se recordó estoicamente para sus adentros.
Se sentó en un rincón del vestíbulo del hotel donde no estaba escondida, pero tampoco demasiado a la vista. ¿Por qué se estaba medio escondiendo? ¿Por qué tenía tan poca confianza en sí misma, por qué era tan vulnerable, tan insegura? No tenía razón de ser así; formaba parte de una familia cariñosa y unida, y sus padres siempre la habían apoyado y protegido. Tal vez se tratara de eso; tal vez la hubieran protegido demasiado, decidió con pesar. Desde luego, su amiga Kelly siempre se lo había dicho.
—El camarero no recordaba lo que había pedido, así que le he traído un capuchino.
Beth estuvo a punto de caerse del asiento al oír la sensual y masculina voz de Alex Andrews. ¿Cómo la había visto en aquel rincón? ¿Y, sobre todo, cómo sabía que había pedido un café? Entonces dejó la bandeja sobre la mesa delante de ella y Beth adivinó lo que había hecho. Había dos tazas de café y dos croissants. ¡Sin duda todo ello cargado a su habitación!
—El café lo pedí negro —le dijo en tono cortante, sin decir la verdad.
—Oh —la miró de reojo, sonriendo—. Qué extraño. Hubiera jurado que era usted una chica de capuchino. La verdad es que me la imagino con un pequeño bigote de leche y chocolate.
Beth lo miró con una mezcla de irritación e incredulidad. Ese hombre se estaba tomando demasiadas libertades, comportándose con demasiada confianza.
—Como mujer —le dijo con frialdad— no me parece un comentario demasiado halagador. Son los hombres los que tienen bigote.
—No del tipo al que yo me refería —le respondió al momento mientras se sentaba a su lado, mirándola con una pícara sonrisa mientras se inclinaba hacia delante; tenía los labios tan cerca de su oreja que sentía el calor de su aliento mientras le susurraba provocativamente—. Los que yo me refiero se retiran con un beso, no se afeitan.
Beth abrió los ojos como platos, indignada. Aquel hombre estaba coqueteando con ella, como si la encontrara atractiva.
Empezó a ponerse de pie, demasiado furiosa incluso como para molestarse en comunicarle que no iba a necesitar de sus servicios, cuando de repente, por el rabillo del ojo vio unas preciosas arañas de cristal que la chica colocaba en los estantes del escaparate de la tienda de regalos del hotel. La luz se reflejaba a través de las lágrimas de cristal, despidiendo delicados destellos; inmediatamente Beth deseó poder comprarlas.
—¿Qué le pasa? —oyó que Alex le preguntaba con curiosidad.
—El cristal… las lámparas —le explicó Beth—. Son tan bellas.
—Mucho, y me temo que también muy caras —le dijo Alex—. ¿Estaba pensando comprarlas para regalo o para usted?
—Para mi tienda —le dijo distraídamente, sin apartar la vista de las lámparas.
—¿Tiene una tienda? ¿Dónde? ¿De qué? —le dijo con menos dulzura; más bien en un tono ciertamente interesado… demasiado interesado como para tratarse de simple curiosidad.
—Tengo una tienda en una pequeña población de la que no habrá oído hablar. Se llama Rye on Averton… Yo, bueno, vendemos porcelana, alfarería y cristalería. Para eso he venido a Praga. Estoy buscando nuevos proveedores aquí, pero la calidad debe ser buena, y los precios…
—Bueno, no creo que encuentre mejor calidad que la de esas lámparas —Alex le dijo con certeza.
Beth lo miró, pero antes de que pudiera contestar nada él empezó a hablar.
—Se le está enfriando el café. Será mejor que se lo beba y creo que yo debo presentarme como es debido. Como sabe, me llamo Alex Andrews.
Le tendió la mano y Beth se la estrechó con cierto recelo. No sabía por qué se sentía tan reacia a tocarlo. Cualquiera otra mujer se habría mostrado más que ansiosa por hacerlo, de eso estaba segura. Pero ella se estaba comportando como un conejillo asustado… ¿Estaría demasiado aterrorizada para tocar a un hombre tan guapo y tan sexy porque temía el efecto que pudiera causarle? No, por supuesto que no.
Le estrechó la mano con rapidez y la retiró del mismo modo, consciente de que se le había acelerado el pulso y que se había puesto colorada.
—Beth Russell —le contestó.
—Sí, lo sé —Alex le confesó—. Lo pregunté en la recepción. ¿De qué es diminutivo?
—De Bethany —le dijo Beth.
—Bethany… Me gusta; creo que le va muy bien. Mi abuela también se llamaba Beth. Su verdadero nombre era Alzbeta, pero ella lo anglicanizó cuando se marchó a Gran Bretaña con mi abuelo. Se murió antes de nacer yo, mi abuelo solía decir que fue de pena, por el país y la familia que había tenido que dejar atrás.
Cuando mis padres finalmente visitaron Praga, después de la Revolución, mi madre dijo que la enterneció mucho oír a su familia hablar de ella. Dijo que fue como una manera de revivir a su madre. Mi abuela murió cuando mi madre tenía ocho años…
Beth soltó una exclamación de angustia involuntaria.
—Sí… —dijo Alex, confirmándole que la había oído y que estaba de acuerdo—. Yo siento lo mismo. Mi madre se perdió tanto… La amorosa presencia de su madre y el consuelo de ser parte de una gran familia, a la que habría conocido de haberse criado aquí en Praga. Pero también, por supuesto, como solía decir mi abuelo, el lado más oscuro de todo eso era que por sus ideas políticas quizá lo hubieran procesado o incluso matado.
El resto de la familia no salió indemne del asunto. El hermano mayor de mi abuelo debería haber heredado tanto las tierras como el título de su padre, pero el Régimen le quitó todo a la familia.
Ahora, por supuesto, todo les ha sido devuelto. Hay muchas familias hoy en día en la República Checa que han recuperado viejos castillos y no saben lo que hacer con ellos.
Afortunadamente, en el caso de mi familia, solo tenemos uno. Te llevaré a que lo veas. Es muy bello, aunque no tan bello como tú.
Beth lo miró, sin saber qué decir. Podría decir que era británico, y su pasaporte así podría probarlo, pero desde luego tenía mucho de checo. Beth había leído bastante antes de viajar a la República Checa; sabía que los checos se enorgullecían de ser artísticos y sensibles, grandes poetas y escritores, idealistas y románticos. Alex desde luego era muy romántico. Pero ella no merecía ser llamada bella y se enfureció al pensar que él la creyera lo suficientemente estúpida como para tragárselo. ¿Por qué lo estaba haciendo?
Estaba a punto de preguntárselo cuando las lámparas le llamaron de nuevo la atención. Alex tenía razón; serían muy caras en un hotel como aquel, pero debía de haber fábricas que no cobraran precios tan altos como los del hotel. Sin embargo, si no llevaba un intérprete, no podría encontrarlas.
Beth se volvió hacia Alex Andrews.
—Sé exactamente cuáles son las tarifas actuales de los intérpretes —lo advirtió con dureza—. Y tendrá que conducir también. Además, tengo la intención de comprobar que el director del hotel está dispuesto a responder por usted…
La forma en que Alex le sonreía hizo que el corazón le hiciera cosas raras y empezara a retumbarle como si tuviera un tambor dentro del pecho.
—¿Qué está haciendo? —protestó, al ver que Alex iba a tomarle de la mano.
—Sellando nuestro trato con un beso —le dijo con delicadeza mientras se llevaba la mano de Beth a los labios—. Aunque, pensándolo mejor… —le dijo antes de rozársela.
Beth se sintió de repente aliviada, pero su alivio no le duró mucho tiempo porque, en cuanto empezó a retirar la mano, Alex se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios.
Beth se quedó inmóvil.
—¡Me ha besado…! —exclamó con un hilo de voz—. Pero…
—Tenía ganas de hacerlo desde que la vi por primera vez —Alex le dijo en tono sensual.
Beth se lo quedó mirando. El sentido común le decía a gritos que no contratara sus servicios como intérprete, sobre todo después de lo que acababa de hacer, pero sus hipnóticos ojos grises la cautivaron de tal modo que le fue imposible decir lo que debería haber dicho.
—Necesitaremos alquilar un coche —le estaba diciendo Alex, como si acabara de hacer la cosa más natural del mundo—. Yo me encargaré.
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