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© Círculo de Tiza
A John le Carré

Todo empezó en Berlín (las fuentes del libro)

Un lluvioso día de octubre de 1979 en Berlín crucé el Checkpoint Charlie, la frontera que separaba dos mundos: el capitalista y el comunista. El aduanero francés me intentó disuadir de pasar al otro lado porque, según me dijo, allí no había nada que ver. Ni siquiera me pidió el pasaporte. Ignoré su consejo y camine menos de 30 metros, donde los guardias de la Alemania comunista me sometieron a un interrogatorio en una caseta, miraron mis papeles y me hicieron cambiar una cantidad de dinero que no recuerdo. Al cabo de más de media hora, me dejaron entrar hasta la medianoche.

En contraste con el bullicio y la efervescencia de Berlín Occidental, las calles estaban vacías, apenas había comercios y los edificios conservaban los impactos de los proyectiles de una guerra que había acabado hacía 34 años. La neblina agrandaba el efecto de irrealidad. Era como un viaje al pasado.

Cuando volví a España, me puse a leer febrilmente libros de historia sobre la Guerra Fría y sobre Berlín, la ciudad en la que, bien como farsa o como drama, todavía se libraba aquella batalla entre dos bandos que tenían en su poder enormes ejércitos y arsenales atómicos. Se hablaba entonces del equilibrio del terror.

Fue en aquel momento cuando descubrí, sobre todo a partir de las novelas de Graham Greene y John le Carré, la existencia del universo de los espías, unos seres que se jugaban la vida por razones misteriosas, rodeados de un aura de romanticismo y asumiendo una vida llena de riesgos.

En las cuatro décadas transcurridas desde aquella experiencia, he leído todo cuanto ha caído en mis manos sobre el espionaje, he visto decenas de películas y he buscado en periódicos reseñas sobre las hazañas de estos personajes. Sin darme cuenta, he acumulado una cantidad ingente de información, que es la base de este libro.

Muchos de los perfiles que aparecen en estas páginas son inéditos e incluso algunos son la reconstrucción de datos dispersos, procedentes de diferentes fuentes. Ha sido una labor ardua y trabajosa, en la que no era fácil distinguir entre la realidad y la ficción. Pongo ahora en manos del lector mi trabajo. Para ser más concreto, diré que Anatomía de la traición se ha nutrido de tres tipos de fuentes: la bibliografía histórica, la prensa de la época y los archivos abiertos al público.

No es necesario aburrir con una larga relación de libros sobre espías. Citaré aquí los que me parecen más accesibles y valiosos. En primer lugar, la historia del KGB, escrita por Christopher Andrew y Oleg Gordievski, una obra donde se cuentan muchos de los secretos de la inteligencia soviética.

Otro libro que merece la pena es Legado de cenizas, de Tim Werner, sobre los éxitos y fracasos de la CIA. Es una narración trepidante que te obliga a leer desde la primera a la última página sin interrupción. Otro texto recomendable es Al servicio de su majestad, de Gordon Thomas, que aporta claves sobre el espionaje británico.

Por último, han ido apareciendo en los últimos años las investigaciones del historiador británico Ben Macintyre, que es hoy la mayor autoridad en la materia. Tiene cuatro o cinco libros excelentes, apasionantes, no ya solo por sus aportaciones, sino también por lo bien que están escritos. Agente Zigzag está dedicado a Eddie Chapman, el triple agente durante la Segunda Guerra Mundial; Un espía entre amigos es una biografía de Kim Philby; Los hombres del SAS cuenta las operaciones encubiertas en los territorios ocupados por Hitler, y Espía y traidor es un magnífico trabajo sobre Oleg Gordievski y su rocambolesca fuga con el KGB pegado a sus talones.

Otra fuente muy importante han sido los periódicos de la época, a los que he podido acceder a través de internet. Como el periodismo es la historia del presente, se pueden encontrar en las crónicas y reportajes de los diarios de hace 50 o 60 años testimonios de las hazañas y desgracias de aquellos hombres que fueron héroes y víctimas de la Guerra Fría. Muchos de ellos pagaron con su vida, como Oleg Penkovski, cruelmente ejecutado tras ser descubierto.

Y, por último, la tercera fuente de este libro han sido los archivos oficiales desclasificados. Hoy es fácil y rápido acceder a la web del Departamento de Estado en la que hay cientos de miles de documentos de extraordinario interés como, por ejemplo, los relativos a la intervención estadounidense en Irán, en Guatemala o en Chile para acabar con regímenes molestos a Washington. Existe también un valioso material y documentos originales en The National Archives del Reino Unido, donde se puede leer la carta que dirigió el espía español Gómez de Lecube al monarca británico tras ser internado en un campo de concentración.

Este libro es, por tanto, fruto de la paciencia, de la curiosidad y del empeño del autor por conocer la vida de estos personajes, muchas veces anónimos. El lector debería ser consciente de que hay decenas de hombres y mujeres que se jugaron la vida entre 1939 y 1945 para ser útiles en la lucha contra el nacionalsocialismo y que, terminado el conflicto, optaron por volver a sus vidas cotidianas. Muchos de ellos sin ningún reconocimiento.

Es una pena que no figure su nombre en estas páginas, pero sí hay muchos ejemplos de heroísmo y abnegación que coexisten con la traición de sujetos tan viles como Aldrich Ames, que entregó la vida de sus compañeros a cambio de dinero.

Por último, he pretendido que este trabajo, además de contar y entretener, sirva de recordatorio de la frágil frontera entre la lealtad y la traición, que a veces es un camino de ida y vuelta. Lean y juzguen.

Anatomía de la traición


En el túnel de las palomas

Quiero confesar al lector que en todas y cada una de las páginas de este libro gravita la presencia de John le Carré, que murió el 12 de diciembre de 2020. Gracias a sus primeras novelas descubrí el mundo del espionaje y me convertí en adicto a su «glamour» o, mejor dicho, a la nostalgia por un universo de buenos y malos, de bloques políticos antagónicos, de fidelidades y traiciones, de un espacio simbólico que ha desaparecido para siempre. El del Muro de Berlín, el de la Guerra Fría, el del Telón de Acero, el del comunismo soviético, el de la oscura sombra del estalinismo. De sus cenizas ha renacido un sentimiento de nostalgia por la estética de esos personajes que tan bien describió Le Carré, atrapados en lealtades contradictorias y en dilemas morales irresolubles.

He sido durante más de 40 años un ávido lector no ya solo de novelas, sino de todo tipo de historias de espionaje, que han nutrido mi imaginación. He ido acumulando en mi biblioteca decenas de libros y biografías sobre el género, de donde han salido la mayor parte de los textos que integran Anatomía de la traición. Algunos de los perfiles, que fueron apareciendo semanalmente en ABC, son prácticamente desconocidos para el gran público y nunca se había publicado nada de ellos en este país.

La Carré, que trabajó en su juventud para el MI6, cuenta en sus memorias que su padre lo llevó cuando era joven a un club de tiro de Montecarlo. Vio en ese lugar cómo soltaban palomas por un túnel para que los tiradores las abatieran cuando levantaban el vuelo. Escapaban pocas, pero volvían por instinto al palomar. Eso significaba su muerte segura, porque eran llevadas de nuevo al túnel.

No sé si este recuerdo biográfico refleja el destino fatal de los espías, que siempre retornan a la escena del crimen a pesar de que el cerco se va estrechando, como le sucedió a Philby, a Blake, a Penkovski, a Sorge, a Adrich Ames y a tantos otros que apuraron su suerte hasta ser descubiertos. Todos ellos podrían haber sido personajes de Le Carré y, de hecho, algunos lo son. Por ejemplo, Kim Philby, que sin duda inspiró el personaje de Bill Haydon en El topo, la obra maestra del escritor inglés.

El protagonista de esta novela es George Smiley, que aparece en nueve trabajos de Le Carré. Smiley es un espía de la vieja escuela, con un oficio contrastado, al que se le encarga buscar al infiltrado que ha delatado a los agentes que operaban más allá del Telón de Acero y ha puesto a la organización en entredicho. Finalmente, llegará a la dolorosa conclusión de que el traidor de Bill Haydon, es su mejor amigo, amante de su mujer y jefe de operaciones del Circus, como le llama al MI6, servicio de espionaje en el exterior.

Smiley se parece mucho a Le Carré en su concepto de la lealtad a los valores británicos, su amor propio y su constancia en el oficio. Pero, sobre todo, se asemeja a él en su capacidad de penetrar en los trasfondos del alma humana. No recurre a los avances técnicos para hacer su trabajo, sino al análisis de las motivaciones. Es un psicólogo más que un espía.

El asunto central de las novelas de Le Carré es el conflicto entre la lealtad y la traición, cuyos límites parecían muy difusos en el mundo de la Guerra Fría, en el que las convicciones ideológicas eran en algunos casos más fuertes que los vínculos con la patria de nacimiento.

La lealtad podía ser una forma de traición y viceversa, porque lo importante, lo único que de verdad contaba, era el valor de ser consecuente con las propias ideas. En un mundo de dobles agentes, mentiras, delaciones e insidias, el espía que permanecía fiel a su causa era un héroe. Y lo era en el sentido de la tragedia griega de que el hombre está marcado por su destino.

Nadie como Le Carré ha narrado esas contradicciones del alma del espía, que solo puede suplir con una fe inquebrantable en la causa su condena a aparentar lo que no es, simulando incluso en su familia y su círculo íntimo. Hay que creer mucho en un ideal para llevar esa doble vida.

Le Carré penetró en todos esos secretos y elevó la novela de espionaje a la condición de tragedia clásica. Media docena de sus novelas están a la altura de lo mejor de Dickens, Thomas Mann o Balzac. Como ellos, sabía muy bien de lo que hablaba.

Pero su desaparición tiene también un valor sentimental para aquellos que cruzamos el Muro de Berlín por el Checkpoint Charlie y vivimos en la era de la Guerra Fría. Le Carré era el último testigo de aquel mundo de buenos y malos en el que existía la impresión de estar siempre al borde de la catástrofe nuclear.

Le Carré mantuvo su lucidez hasta el final. Estuvo escribiendo hasta un año antes de su fallecimiento, dejando tras de sí una extensa obra. En la última, titulada Un hombre decente, me impresionó su sombría lucidez. Cuenta la historia de un espía que se debate entre su lealtad al servicio y el deterioro que está produciendo en las instituciones de su país el brexit y la relación con Donald Trump. En unas de sus últimas declaraciones, además de anunciar que tenía cáncer, afirmaba que su país se hallaba gobernado «por un pequeño grupo de ultras» que habían llevado a los ciudadanos a perder su «brújula moral» en la política.

No puedo estar más de acuerdo con todo lo que apunta este gran escritor que he admirado desde que leí El espía que surgió del frío. Al menos entonces sabíamos distinguir en qué lado estaban el bien y el mal. Ahora es mucho más difícil. Por eso, su pérdida es irreparable. Con él desaparece una brújula para orientarnos en un mundo donde cada vez es más difícil discernir entre la verdad y la mentira.

Le Carré era esencialmente un moralista que se inspiraba en la novela inglesa del siglo xix. No solo tenía una gran habilidad para desarrollar las tramas más complejas, sino que además era un maestro en el dibujo de los caracteres. Su talento le situó a la altura de los más grandes escritores contemporáneos. Creo que lo vamos a echar mucho de menos. Este libro es una evocación del mundo que él recreó y que ya solo existe en el recuerdo de quienes vivieron esa época. Todo eso se lo ha llevado a la tumba.

¿Fieles o traidores?

Muchos espías como Kim Philpy u Oleg Penkovski arriesgaron su vida por unas convicciones que entraban en contradicción con la lealtad a su patria

Cuando John le Carré se encontró con Kim Philby en un hotel de Moscú en los años setenta se negó a estrecharle la mano: «Yo no quiero saber nada de un traidor que ha sido responsable de la muerte de mis compañeros». El escritor inglés había servido en el MI6, el servicio británico de espionaje, y consideraba que Philby había sido desleal a su patria. Pero el doble agente, que había desertado en Beirut y reaparecido en Moscú en enero de 1963, no se consideró nunca un traidor, sino un hombre fiel a sus convicciones. «Mi verdadera patria es la Unión Soviética, para la que siempre he trabajado. No he traicionado a nadie», dijo.

Philby pasó los últimos años de su vida en Moscú, tras ser ascendido a coronel del KGB y condecorado como un héroe. Pero nunca se adaptó a la vida en la capital soviética. Seguía leyendo The Times y mantenía viva su pasión por el cricket y la ginebra inglesa. Murió en 1988, cuando ya era una leyenda.

La huida de Philby levantó sospechas que recayeron sobre sir Roger Hollis, el jefe del contraespionaje, al que se le investigó sin llegar a conclusiones definitivas. Llevaba trabajando casi tres décadas en el servicio, era un hombre extremadamente religioso y tenía una reputación intachable. Años después, Peter Wright, un subordinado suyo, publicó un libro titulado Spycatcher en el que le acusaba de ser un topo soviético y de haber protegido a Philby y a sus cómplices. Su publicación fue prohibida por Margaret Thatcher, a la que los tribunales desautorizaron. Varios expertos han examinado posteriormente decenas de miles de documentos desclasificados que inducen a creer que Hollis era inocente. Hay testimonios de que el KGB estaba asombrado porque su lealtad hubiera sido puesta en entredicho.

Probablemente ningún espía ha hecho tanto daño a su país como Philby, que llegó a ser el responsable de la sección ix del MI6 tras el final de la Segunda Guerra Mundial, desde donde controlaba las operaciones de espionaje en la Unión Soviética. La fe de sus jefes era tal que no dieron crédito a algunas filtraciones que le atribuían estar al servicio de los soviéticos. No solo no lo pusieron en cuarentena, sino que le enviaron como delegado del MI6 a Washington. Logró ganarse la confianza de James Jesus Angleton, el responsable del contraespionaje de la CIA, un paranoico de la seguridad que veía espías en todos los sitios, quien le invitaba a cenar a su casa con frecuencia.

Philby no era el único que trabajaba para el KGB en esa época. Cuatro compañeros y amigos suyos pasaban secretos militares y diplomáticos al espionaje soviético. Eran Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross, llamado «el quinto hombre» porque su identidad no se reveló hasta los años noventa. Todos ellos microfilmaban los documentos a los que tenían acceso en el MI6, en el Foreign Office o en otros ministerios de los que eran altos funcionarios.

Habían sido reclutados cuando estudiaban en Cambridge en los años treinta. Philby había trabajado como corresponsal de The Times en la Guerra Civil española, una tapadera tan perfecta que el propio Franco lo condecoró por sus servicios a la causa nacional. También es curioso el caso de Blunt, un crítico homosexual y experto en pintura del barroco que supervisaba la pinacoteca de la reina. Siguió haciéndolo durante muchos años tras ser descubierto porque el Gobierno británico prefería evitar el escándalo.

Estos cinco espías, que luego se conocieron como «el Círculo de Cambridge», ejemplifican el dilema moral de unos intelectuales que optaron por ser más leales a sus ideas comunistas que a su patria. Todos habían nacido en el seno de familias acomodadas y todos habían recibido una educación de elite. Pero fueron deslumbrados por una ideología que prometía el paraíso en la tierra. Resulta una paradoja que no fueran conscientes de que servían a un régimen como el de Stalin, que no dudó en aplicar una cruel represión para conseguir sus objetivos.

En la década de los treinta, el choque entre el totalitarismo de uno u otro signo y las democracias parlamentarias hacía presagiar un estallido de la violencia. Era evidente, a partir de 1933, que Hitler se estaba preparando para la guerra. Y en ese mundo polarizado, personajes como Philby y sus compañeros se sentían obligados a elegir. Creyeron que el comunismo era el futuro y que las democracias parlamentarias estaban corrompidas por el dinero y los privilegios de la clase dirigente.

La historia ha puesto en evidencia el inmenso error que cometieron, pero en esos años había que optar entre el bien y el mal, entre el blanco y el negro, y no había lugar para la neutralidad. Casi ninguno de ellos hubiera corrido esos enormes riesgos si hubiera sabido entonces que el comunismo desaparecería del mapa, dejando un siniestro balance de represión, miseria y falta de libertad.

Todos los miembros del Círculo de Cambridge arruinaron sus vidas y tuvieron un triste final. Como Philby, Burgess y Maclean, que acabaron sus días en Moscú, donde murieron deprimidos y decepcionados. Pero no fue el caso de George Blake, el último superviviente de la Guerra Fría, que falleció en Moscú 26 de diciembre de 2020. Había sido enrolado en las filas del KGB en su juventud por un tío suyo que era dirigente del Partido Comunista de Egipto, donde pasó sus primeros años de vida. Blake mantuvo su fe intacta en la causa mientras iba ascendiendo peldaños en el MI6. En los años cincuenta, fue destinado a Berlín.

Allí avisó a los soviéticos de que los aliados estaban construyendo un túnel para interceptar sus comunicaciones. Su chivatazo significó el final de un proyecto en el que la CIA había invertido cuantiosos recursos. Fue detenido y condenado a 42 años de cárcel, la mayor pena jamás impuesta en Reino Unido a un espía, pero en 1966 se fugó de la prisión de Wormwood ayudado por militantes del IRA.

Nadie se explica cómo Blake pudo evadirse de una cárcel de alta seguridad, pero el hecho es que logró llegar a la Unión Soviética, donde fue distinguido con la orden de Lenin y se le trató como un héroe. Sobrevivió en Moscú durante más de medio siglo en una confortable dacha, con la que se le reconocieron sus servicios. Nunca albergó dudas de que estaba haciendo lo correcto.

La contrafigura de George Blake podría ser Oleg Penkovski, un coronel del GRU, la inteligencia militar soviética, que pagó un alto precio por espiar para la CIA. Fue detenido en 1962 y torturado durante meses. Finalmente, lo ejecutaron por un método brutal: lo ataron a una tabla y lo fueron introduciendo lentamente en un horno. Tardó muchas horas en morir.

Penkovski nunca traicionó a su país por dinero ni por ambición. Había servido en Ankara y se sentía muy decepcionado por el fariseísmo de la nomenklatura, que gozaba de enormes privilegios mientras los ciudadanos pasaban penalidades. Tras una carrera meteórica, empezó a colaborar con la CIA y el MI6 suministrando valiosa información de los planes militares del Ejército Rojo.

Labró su perdición al pasar decenas de planos y fotografías de los emplazamientos de los misiles soviéticos en Cuba, aportando una prueba irrebatible a la Administración Kennedy. Durante algunos días, Estados Unidos y la Unión Soviética, que se negó a retirarlos, estuvieron al borde de la guerra. Pero, finalmente, Kruschev cedió. El KGB ya sospechaba de él y, poco tiempo después, desapareció sin que nadie volviera a tener noticias. Hoy sabemos por sus excompañeros que la organización decidió castigarle con una muerte terrible para que todos tomaran nota del castigo que esperaba a los traidores.

A Oleg Gordievski le aguardaba un destino similar, si no fuera porque huyó de Moscú en 1985, cuando el KGB había dado orden de detenerle. Era miembro de una familia de chekistas y también había ejercido altas responsabilidades en el KGB. Durante varios años había sido el jefe de operaciones en Gran Bretaña bajo camuflaje diplomático. Y asistía regularmente a las reuniones del co­­mité de dirección, lo que le permitía el acceso a valiosa información interna.

Gordievski había pasado a los Aliados una cantidad ingente de documentos e informes confidenciales. Algunos de ellos demostraban que Andropov estaba convencido de que la OTAN preparaba un ataque nuclear contra la Unión Soviética, lo que alimentaba la paranoia del bloque comunista contra Occidente.

Tuvo mucha suerte porque un día, al volver a su domicilio en Moscú, se dio cuenta de que el pestillo de una puerta interior que él había dejado cerrada estaba desbloqueado. Horas después, Gordievski se fugó de la capital y pudo cruzar la frontera finlandesa en el maletero del coche del embajador británico. Miles de agentes lo perseguían y lo siguieron buscando tras su deserción. El fiasco provocó la destitución de Iván Serov, el jefe del KGB y protegido de Kruschev.

Gordievski fue acogido por el Gobierno británico, que lo ocultó y le dio una nueva identidad. Margaret Thatcher y Ronald Reagan lo recibieron personalmente y le dieron las gracias por sus servicios. Todavía hoy sigue manteniendo una vida sumamente reservada porque teme que el FSB, heredero del KGB, lo tenga en su punto de mira. No hay jamás perdón para quien rompe las reglas en el mundo del espionaje.

El caso más emblemático de hasta dónde llega el largo brazo de los aparatos de seguridad es el de Aleksander Litvinenko, envenenado con polonio cuando residía en Londres. Había trabajado para los servicios secretos rusos como jefe de la lucha contra el crimen organizado. Abandonó la organización para denunciar la corrupción de la oligarquía del Kremlin. Por ello, estaba considerado por Putin ya no solo como un traidor, sino, sobre todo, como un adversario personal.

Litvinenko había huido a Londres, como Gordievski, y gozaba de la protección del MI5, el contraespionaje británico, pero ello no fue óbice para que el FSB mandara a dos sicarios, quienes le administraron ese material radioactivo que lo condenó a una muerte horrible. La justicia abrió una investigación, reconstruyó los hechos e identificó a los culpables del asesinato de Litvinenko. Pero ya estaban fuera del territorio británico, a salvo en su país, que no tiene tratado de extradición con Londres. Nadie duda que, como en el reciente caso del envenenamiento de Aleksei Navalni, las órdenes partieron del propio Putin.

Navalni, sin embargo, logró escapar de milagro de una muerte segura al ser llevado a un hospital en Alemania, que detectó que le habían administrado una sustancia letal que afectaba a su sistema nervioso. Su delito era también haber denunciado la corrupción de Putin. Por eso, acaba de ser condenado a tres años y medio de cárcel por un tribunal de Moscú en un juicio farsa en el que se le acusaba de haber violado la libertad condicional. La periodista Anna Politovskaia corrió peor suerte: fue asesinada de un tiro en la cabeza en el portal de su casa en 2006 por haber investigado los crímenes rusos en la guerra de Chechenia. Ya estaba avisada, en reiteradas ocasiones, de que ese iba a ser su final. Nunca se ha esclarecido quién la mató.

Navalni y Politovskaia nunca fueron espías ni traidores, pero, con toda probabilidad, sí víctimas del aparato de seguridad de Putin, al que nunca le ha importado asumir el coste político de la venganza. Ello le parece un precio aceptable a cambio de que todos los disidentes sepan que cualquiera que ose desafiarle puede pagar con su vida.

La CIA también castiga a los traidores, aunque actúa con los límites que le marcan las leyes y la supervisión del Senado, a los que está sometida. Ello no ha sido obstáculo para que la organización de Langley se implicara en operaciones clandestinas como las llevadas a cabo para derrocar a Jacobo Arbenz en Guatemala, a Mossadeq en Irán o a Salvador Allende en Chile, todos ellos dirigentes de regímenes legítimos que fueron depuestos por la fuerza.

Pero, que se sepa, nunca ha recurrido al asesinato para castigar a los traidores. Aldrich Ames, analista de contrainteligencia de la CIA, fue detenido y encarcelado en 1994 cuando se descubrió que llevaba años revelando secretos al KGB, entre ellos la identidad de decenas de agentes al otro lado del Telón de Acero.

Ames no traicionó a su país por convicciones ideológicas. Lo hizo por dinero y ese era su punto débil. Fue detectado porque se había comprado una lujosa casa y había movido cientos de miles de dólares en sus cuentas. La CIA ató cabos y lo obligó a confesar. El agente reconoció todas sus culpas y explicó que había estado colaborando con el KGB a cambio de dinero. Su esposa le exigía llevar un tren de vida que no podía costear con su sueldo. Fue condenado a cadena perpetua.

Otro traidor legendario fue Robert Hanssen, agente del FBI, que delató a sus compañeros por móviles económicos. Dmitri Poliakov y otros tres agentes dobles fueron ejecutados en Moscú por sus informaciones. Estuvo cobrando elevadas sumas del KGB durante 22 años. Y fue localizado por casualidad. Era una persona religiosa y de ideas muy conservadoras, por lo que nadie sospechó de él.

En contraposición a este espionaje por dinero, hay muchos agentes que arriesgaron y perdieron su vida. El ejemplo más notable es el de Richard Sorge, fusilado por los japoneses en 1944. Era un corresponsal alemán en Tokio con excelentes contactos en la embajada de su país. Gracias a ello, avisó a Stalin con una semana de antelación de la fecha de la invasión de Rusia por el Ejército de Hitler. Pero el caudillo soviético no se lo creyó. Pagó con su vida porque un confidente le delató y fue ejecutado de forma sumaria.

También fueron fusilados decenas de los integrantes de la llamada Orquesta Roja, que suministró información clave a los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Fundada en 1939 por Leopold Trepper, un judío polaco con conexiones con el espionaje soviético, la organización operó en Francia, Bélgica, Holanda y Suiza. Trepper llegó a tener 74 emisoras clandestinas operativas, de las cuales la mayoría fueron desmanteladas por la Gestapo. Los miembros de la red eran conocidos como «los pianistas», dado que usaban un telégrafo operado manualmente. Gracias a los contactos de la Orquesta Roja, los jefes militares estaban avisados de todos los movimientos de las tropas alemanas en Stalingrado. Trepper, que utilizaba de tapadera una empresa comercial belga, logró sobrevivir y murió en Jerusalén en 1982. Pero la gran mayoría de sus agentes fueron localizados y eliminados tras ser torturados.

Otra de las figuras míticas del mundo del espionaje, Mata Hari, una famosa bailarina en París, fue ejecutada en el castillo de Vincennes en 1917. Se la acusó de estar al servicio del espionaje alemán durante la Primera Guerra Mundial, pero antes había trabajado para los franceses. Era una mujer alegre, muy atractiva, de vida disoluta, que confraternizaba con la cúpula militar de uno y otro bando. Pero fue condenada a muerte pese a que la información que vendía era irrelevante, poco más que un rumor. Fue fusilada a los 41 años, mientras lanzaba un beso al pelotón de ejecución, en el lugar donde Napoleón había dado la orden de acabar con el duque de Enghien.

Si Mata Hari no tuvo reparos en servir a ambos bandos, Eddie Chapman elevó el engaño a la categoría de arte. Era un ladrón de poca monta que estaba encarcelado en las islas del Canal cuando los alemanes tomaron el enclave en 1941. Decidieron llevarlo a Alemania y reclutarlo como espía de la Abwehr. Confiando en su lealtad, lo enviaron a Londres con un radiotransmisor y una fuerte suma de dinero para que obtuviera información de las plantas de fabricación de armamento y aviones. Pero Chapman contactó con el servicio secreto británico, que lo utilizó para intoxicar a los alemanes. Su mayor hazaña fue proporcionar una ubicación falsa de la fábrica de motores de cazas en Coventry. Siguiendo sus indicaciones, la Luftwaffe bombardeó una gigantesca maqueta de cartón. La intoxicación surtió efecto y Chapman fue condecorado con la cruz de hierro, felicitado por el Führer y ascendido a oficial.

La técnica de engañar a la aviación alemana con carcasas de cartón piedra fue utilizada en más de una ocasión por los servicios británicos. El maestro de esta práctica fue Jasper Maskelyne, un ilusionista que triunfaba en los teatros de Londres. Construyó una gigantesca maqueta del puerto de Alejandría para despistar a la Luftwaffe, camufló los tanques ingleses en el desierto africano y diseñó un juego de luces para confundir a los aviones alemanes en el canal de Suez.

Con métodos bien distintos, también desempeñó un papel clave en el engaño a Hitler el agente español Joan Pujol, un catalán bautizado como Garbo reclutado por los alemanes en Madrid. Pujol, al servicio de la inteligencia británica en Londres, rindió un gran servicio a los Aliados al engañar a la Abwehr, a la que indujo a creer que la invasión se produciría por Calais, donde se concentraron las tropas de la Wehrmacht.

Otro espía español de la misma época fue Juan Gómez de Lecube, un extremo del Atlético de Madrid en los años veinte. Se alistó en el bando nacional durante la Gue­­rra Civil y, posteriormente, fue reclutado por la Abwehr, que lo envió a Panamá para informar de los movimientos de la Armada británica. Pero jamás llegó a su destino porque fue detenido en la isla de Trinidad. Lo deportaron a Londres, donde fue internado en un campo de prisioneros. Los británicos tenían pruebas concluyentes de que trabajaba para los nazis, pero él siempre lo negó. Desde su cautiverio escribió cartas a Jorge VI en las que reivindicaba su inocencia y denunciada que estaba siendo maltratado. Volvió a España al acabar la contienda y se ganó la vida como entrenador de equipos de fútbol.

Eddie Chapman fue despedido por sus jefes en 1945 sin recompensa económica alguna, como él reclamaba. Garbo emigró a Venezuela, abrió diversos negocios y murió en Caracas en 1988. Los dos se fueron al otro mundo sin que nadie conociera los servicios que habían prestado a la causa británica. Hoy se reconoce que su labor de engaño ahorró miles de vidas de soldados. No hay duda de que tenían un extraordinario talento para la duplicidad. Ambos fueron el perfecto ejemplo del triple agente, siempre obligado a un complicado equilibrio mental para no delatarse. En los dos casos, los alemanes estaban convencidos de que estaban infiltrados en las filas enemigas, mientras que en realidad trabajaban para los británicos, que les facilitaban información verdadera de escasa utilidad para engañarles en lo importante.

Puede incluso que en algunos momentos estos triples agentes dudaran de a quién servían en realidad, lo mismo que seguramente le sucedió a Kim Philby, que, pese a sus palabras, sufría un conflicto de lealtades, ya que era hijo de un militar y sus mejores amigos trabajaban para el MI6. El alma de los espías está llena de secretos, por lo que habría que ser cautos a la hora de formular juicios morales sobre su conducta. Muchos de ellos han pasado a la historia como traidores, pero casos como el Penkovski o el de Philby inducen a pensar que la traición puede ser una forma de fidelidad a las convicciones.

Heterodoxos y románticos


Los orígenes

El alma del espía

Espiar es un hábito —o una necesidad— tan viejo como la humanidad. Disponer de información de lo que piensa tu vecino o tu adversario es una gran ventaja en términos de pura supervivencia. Por eso, ya los persas disponían de espías en Grecia y los romanos se gastaron cuantiosas sumas en sobornar a los aliados de Yugurta para localizar al huidizo caudillo numidio, finalmente traicionado y llevado a la capital del Imperio para ser ejecutado.

Este libro se centra en los espías modernos. Primero, porque existen documentación y testimonios que hacen posible seguir su trayectoria. Segundo, por acotar el tema, que es inmenso, inacabable. Por tanto, la primera figura que aparece en este volumen es la de Mata Hari, fusilada en el castillo de Vincennes en 1917 por pasar secretos al alto mando alemán.

Mata Hari es una especie de mito fundacional del espionaje, una leyenda que ha inspirado novelas y películas, pero lo cierto es que más bien fue una víctima, un útil chivo expiatorio para distraer a una sociedad frustrada por una guerra interminable que devastó el país y que costó la vida a la flor y nata de la juventud francesa.

Mata Hari era holandesa de nacionalidad y no tenía ninguna idea política. Era una cortesana que se metió, por dinero o por pura frivolidad, en un peligroso juego que se le escapó de las manos. Por el contrario, Sidney Reilly sí hizo su trabajo por convicciones ideológicas. Era un aventurero, pero también un ferviente anticomunista. No dudó en correr grandes riegos que provocaron su detención y su ejecución en 1925.

Visto con la perspectiva del tiempo, Reilly era un héroe romántico que utilizaba sus habilidades para el engaño. Tres décadas después, es difícil ver algún romanticismo en espías como Kim Philby, que antepuso su fidelidad ideológica al comunismo a los intereses de su patria. Su traición sigue siendo hoy un enigma.

Muchos más claros están los motivos de Jesús Monzón, un comunista navarro que se había refugiado en Francia tras la derrota republicana. A pesar de sus diferencias con la cúpula del partido y su milagrosa supervivencia en la clandestinidad durante la ocupación nazi, Monzón reclutó miles de exiliados republicanos para invadir la España de Franco en 1945. Era una loca aventura destinada al fracaso.

Las vidas de los personajes que aparecen en este primer capítulo son heterogéneas, no hay una unidad temática ni temporal, pero en cierta forma representan una forma de entender el espionaje como una manera de vivir, con un toque romántico y extravagante.

Esto lo representa muy bien Karin Lannby, la actriz y periodista sueca que vino a España en los años treinta por su admiración por García Lorca. Se listó como espía en las filas republicanas hasta que fue expulsada. Lannby sería después una de las muchas mujeres en la vida de Ingmar Berman, el director sueco, quien se inspiró en ella para hacer Silencio.

Pero también se puede ser espía por accidente o por necesidades vinculadas a la pura supervivencia. Es el caso de Juan Martínez, un bailarín burgalés que estaba actuando con gran éxito en Rusia cuando estalló la Revolución bolchevique en 1917. Tras ejercer distintos oficios, acabó en la Cheka por puro azar. Su increíble historia está contada por Chaves Nogales, que lo rescató del olvido.

Otro de los perfiles que incluye este capítulo es el de Violette Szabo, una joven inglesa que, tras quedarse viuda en la guerra, se alistó en la unidad de operaciones especiales del Ejército británico. Fue lanzada en paracaídas sobre Francia en misiones de alto riego. Finalmente, fue capturada y fusilada.

La historia de Szabo es la de miles de combatientes anónimos que se jugaron la vida en territorio enemigo, sea para proporcionar información de los movimientos de tropas, para participar en acciones de sabotaje o para encubrir a quienes resistían frente a la barbarie. Eran personas corrientes y normales que actuaron por pura decencia y sin esperar ninguna recompensa.

Hay muchos motivos para ser espía, pero probablemente el más elemental es la adhesión a una causa. Es imposible no sentir admiración o empatía por figuras como Szabo o Monzón, que llevaron su compromiso con una causa hasta el límite.

Estamos demasiado acostumbrados a un estereotipo negativo de los espías, a los que generalmente identificamos con la traición, para darnos cuenta del valor que había que tener para hacer ese trabajo. Aquí queda el retrato de algunos de estos personajes que, sin querer cambiar la historia, hicieron algo que dio sentido a su vida y ayudaron a crear un mundo mejor.

En sentido contrario, hay también casos como el de William Joyce, un dirigente que abandonó Inglaterra para convertirse en altavoz de los nazis. Fue ejecutado al final de la guerra sin que nadie sintiera piedad por él. Todavía sigue siendo en la memoria colectiva de los británicos el prototipo de traidor. Ciertamente, Joyce causa repugnancia, pero tuvo la dignidad de reconocer lo que había hecho sin pedir ningún tipo de clemencia. Esto también los ilustra sobre el alma del espía.

Espiar es uno de los trabajos más peligrosos y solitarios porque, además de jugarse la vida en un medio hostil, cada agente está obligado a parecer lo que no es y a tomar decisiones sin contar con la ayuda de nadie. Hay que tener una personalidad muy fuerte para ejercer este oficio.

En un ensayo sobre Anthony Blunt, asesor de la reina y espía comunista, George Steiner expresa su perplejidad por el hecho de que aristócratas e intelectuales británicos, las élites de Cambridge o Harvard, decidieran alistarse como espías al servicio de Stalin. Hoy es difícil de comprender esa elección de una causa que negaba la libertad y justificaba una represión salvaje. Pero en el mundo de los años treinta las cosas estaban mucho menos claras y personas como Philby renegaban de una sociedad decadente e hipócrita y creían que el comunismo representaba la salvación de la humanidad.

También hemos incluido en este apartado la biografía de Isser Harel, el primer jefe del Mosad, el hombre que pilotó la captura de Adolf Eichmann, el oficial de las SS, ejecutado en Israel por su responsabilidad en el Holocausto. Por su interés, este capítulo del libro recoge cómo se produjo la localización, detención y traslado a Jerusalén de Eichmann, efectuada por el Mosad.

Para concluir, digamos que en todo espía hay ciertamente un espejismo, una apuesta en el sentido pascaliano. Uno se lo juega todo a una carta por muy improbable que sea la obtención de un premio. O, mejor dicho, el premio es la pro­­pia apuesta. Este libro no aspira a desvelar los secretos del alma de los espías, pero sí a contar quiénes fueron y qué hicieron. El trabajo ha sido arduo, pero creo que ha merecido la pena. Queda en manos de la benevolencia del lector.

Mata Hari

Fue fusilada en 1917 por espiar para los alemanes, pero todo indica que fue víctima de un montaje. Se hacía pasar por una princesa malaya. Aceptó ser reclutada porque estaba arruinada tras haberse convertido en un sex symbol en los cabarets de París.

El mito de la agente H21

Margaretha Zelle, más conocida por Mata Hari, fue fusilada en Vincennes el 15 de octubre de 1917 por alta traición, en el mismo lugar donde un siglo antes Napoleón había ordenado asesinar al duque de Enghien. Todo lo que rodea a esta mujer es un mito en el que es imposible separar la leyenda de la realidad.

Mata Hari había sido condenada a muerte tras un juicio en el que se le acusaba de haber sido responsable de la muerte de miles de soldados franceses como espía al servicio de los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Pero todo indica que las pruebas eran manipuladas y que su condena fue motivada por la conveniencia de buscar un chivo expiatorio para apaciguar a la opinión pública.

La inteligencia francesa había encontrado un mensaje comprometedor a la agente H21, nombre operativo de Mata Hari, con una clave fácilmente descifrable a la que acompañaba el recibo de una transferencia de 5000 dólares a una cuenta suya en un banco francés. Esa prueba fue determinante en el juicio, pero hoy existen sólidos indicios de que era una trampa para entregar a la espía a los franceses.

En un peligroso doble juego, Mata Hari también había sido reclutada por el capitán Georges Ladoux, al que informaba de los movimientos de las tropas alemanas y de la estrategia del alto mando. Ladoux siempre desconfió de sus informes y vigiló sus actividades. En el otro lado, los prusianos dudaron desde el comienzo de su lealtad.

Mata Hari había nacido en 1876 en Holanda en el seno de una familia de clase media. Su padre era sombrerero. Contrajo matrimonio muy joven con un militar que le llevaba veinte años. Fue un enlace desgraciado, que se rompió definitivamente cuando la servidumbre envenenó a uno de sus hijos en un misterioso episodio, tal vez por venganza o celos de su esposo.

Tras romper con su marido, Margaretha Zelle se instaló en París en 1904 y, poco más tarde, se convirtió en Mata Hari, haciéndose pasar gracias a sus rasgos por una princesa malaya. Mata Hari significa en ese idioma «ojo del día». En esa época empezó a bailar semidesnuda en cabarets con un éxito impresionante. Los hombres se volvían locos por ella y llenaban cada noche su espectáculo para ver las danzas sagradas que ella decía haber aprendido en Java.

Pero cuando comenzó la guerra en 1914 Mata Hari había envejecido y su atractivo había disminuido. En pleno declive y con deudas que no podía saldar, recibió la oferta de espiar para los servicios secretos alemanes a cambio de dinero. Ella aceptó sin titubear y se convirtió en la agente H21.

Durante el conflicto informaba a Eugen Kramer, jefe de la contrainteligencia alemana, al que pasaba cotilleos y datos de escaso valor. Simultáneamente trabajaba para Ladoux, al que intentaba contentar con material de segunda mano.

En 1917, fue detenida en el hotel Elysée Palace por espiar para Alemania. Pidió unos minutos para cambiarse y se presentó totalmente desnuda ante sus captores con un casco militar lleno de bombones. La treta no resultó. Fue fusilada unos meses después por un pelotón de doce soldados. Se negó a que le vendaran los ojos y la ataran a un poste. Solo una bala le acertó en el corazón. Los otros once disparos fallaron. Un misterio más en el mito de esta mujer fatal, hoy convertida en leyenda.

Sidney Reilly

Fue agente británico, ruso y japonés con una biografía llena de peripecias. Trabajó en sus últimos años para desestabilizar el régimen bolchevique. Fue detenido en 1925 y ejecutado en Moscú por orden de Stalin. Adoptaba múltiples personalidades para lograr sus objetivos.

La Pimpinela Escarlata

No hay en la historia del espionaje ninguna figura tan rocambolesca como la de Sidney Reilly, ejecutado en 1925 en Moscú. Su origen familiar es un misterio, aunque parece que nació en Odesa en 1874, en el seno de una familia judía. Fue espía al servicio del Imperio británico, de Japón y de la Rusia zarista.

Por su implicación en la organización y financiación de la resistencia contra el régimen de Lenin fue el hombre más buscado por la Cheka, hasta que lograron atraparlo mediante una trampa. Fue en esa época cuando se ganó el apodo de la Pimpinela escarlata por su habilidad para eludir la persecución comunista.

Durante su vida disfrutó de numerosas identidades, ejerció múltiples oficios y ocupaciones y trabajó para el mejor postor. Durante la Primera Guerra Mundial, residió en Nueva York, desde donde se hizo millonario vendiendo munición a los alemanes y los rusos, a la vez que colaboraba con los servicios británicos.

Ya en 1892 era confidente de la Ojrana, la policía política zarista, con el nombre de Rosenblum, que al parecer era el de su padre biológico, que le abandonó al nacer. Unos años después, emigró a Brasil tras fingir su muerte en Odesa. Allí se ganó la vida como obrero portuario, cocinero y trabajador en las plantaciones.

En 1895 salvó a su patrón Charles Fothergill cuando iba a ser asesinado por unos indígenas. En agradecimiento a su valor, Fothergill lo recompensó con 1500 libras, le compró un pasaje para Londres y le consiguió la nacionalidad británica.

A partir de este momento comienza la leyenda de Reilly, que al parecer emigró a Francia, donde mató a sangre fría a dos anarquistas en un tren para robarles. Tras su vuelta a Londres en 1896, creó una empresa de medicamentos y se casó con la viuda del reverendo Hugh Thomas, que había heredado una ingente fortuna. Hay indicios de que Reilly lo envenenó para desposar a su mujer.

Tres años después, conoció a William Melville, un jefe de Scotland Yard, que lo contrató como espía tras crearle una nueva identidad. Rosenblum pasó a apellidarse Reilly. Melville le envió a San Petersburgo para recabar información sobre la relación rusa con Japón.

Era tan hábil que fue fichado por el general Motogiro, que le pagó elevadas sumas por espiar para los servicios secretos japoneses mientras servía a los británicos. Reilly, fingiendo ser un rico empresario maderero, logró robar los planos de Port Arthur en Manchuria que facilitaron el ataque japonés a los rusos.

Fue el comienzo de una increíble serie de hazañas entre las que figuran la concesión de la compra de petróleo a la Anglo Persian Oil Company, el robo de los planos de unos aviones de la Krupp en Alemania, la falsificación de una carta de Zinoviev en la que figuraba un imaginario plan para derrocar al Gobierno británico y la fabricación de billetes para ayudar a la resistencia contra los bolcheviques.

A partir de 1918, Reilly viajó a Rusia y permaneció allí durante largas temporadas. Planeó el asesinato de Lenin, conspiró con los generales zaristas y les facilitó armamento hasta que fue atrapado, torturado salvajemente y fusilado en Moscú por orden de Stalin.

Juan Martínez

Tras triunfar en París y Constantinopla como bailaor flamenco, inició un periplo que le llevó a la Rusia soviética. Allí vivió los horrores de la guerra civil entre comunistas y blancos. Sobrevivió haciendo de crupier, traficante de joyas y chekista. Escapó desde Odesa en barco en 1922, tras simular que era italiano.

Bailando en la revolución

Nadie sabría hoy de la extraordinaria peripecia de Juan Martínez de no ser por el periodista Manuel Chaves Nogales, que lo conoció en París en los años treinta y escribió una biografía novelada en la que cuenta la dramática y singular historia de este bailaor de flamenco nacido en Burgos.

Martínez llegó a San Petersburgo en 1917, el día de la abdicación del zar Nicolás, y tuvo que sobrevivir durante cinco años en la Rusia soviética, ejerciendo los más diversos oficios y pasando todo tipo de penalidades. Pudo ganarse el sustento con su profesión de bailarín durante un tiempo, pero tuvo que subsistir como crupier de un casino, traficante de joyas, artista de circo e incluso como chekista en Kiev, donde trabajó tanto para los comunistas como para los insurrectos contra la Revolución.

Martínez y su esposa Sole habían logrado una cierta notoriedad en España como pareja flamenca, hasta que optaron por emigrar a París a comienzos de 1914, antes del estallido de la Gran Guerra. Allí triunfaron en los cabarets de Montmartre, gozaron de las mieles de una vida bohemia y lograron el mayor éxito de su carrera: ganar un concurso internacional de tango.

Unas semanas antes del inicio del conflicto, los Martínez decidieron marchar a Constantinopla, donde les habían ofrecido un lucrativo contrato. Pero pronto su estancia se convirtió en una pesadilla al ser acusados por un extravagante comandante de los servicios secretos alemanes, enamorado de Sole, de ejercer de espías.

Lograron huir a Bulgaria, donde un aduanero detuvo al bailaor al ver en su pasaporte que era de Burgos. «Usted es búlgaro porque ha nacido en Burgas». Martínez tuvo problemas para convencerle de que había visto la luz en la villa del Papamoscas y no en Burgas, una ciudad del mar Negro. La pareja logró a pasar a una Rumania en guerra, de la que también Juan y su esposa tuvieron que salir corriendo para escapar de la devastación y la miseria.

Todo parecía irles de maravilla en la Rusia zarista. Llegaron sin un céntimo, pero muy pronto triunfaron con su arte y ganaron una considerable cantidad de dinero, hasta que estalló la Revolución y se quedaron atrapados en el país de los sóviets. Ida y vuelta de Moscú a San Petersburgo, luego a Kiev y, por último, a Gomel.

Los Martínez fueron testigo en esos lugares de las brutalidades de los comunistas y los blancos, que libraban una guerra tomando a la población como rehén: asesinatos, saqueos, violaciones y destrucción a escala masiva. Fue un milagro que pudieran seguir vivos y que lograran escapar en 1922, al conseguir un salvoconducto gracias a fingir que eran de nacionalidad italiana.

Salieron de Odesa en barco y pudieron regresar a España, hasta que decidieron instalarse en París. Aquí se pierde el rastro de los Martínez, cuya tragedia hubiera quedado en el anonimato sin el testimonio de Chaves Nogales, otra víctima de la barbarie y de la intolerancia que falleció prematuramente en su exilio en Londres en 1947.

Jesús Monzón

Organizó la invasión de un ejército de 5000 guerrilleros que entraron por Arán para derrocar a Franco en 1945. Fue expulsado del PCE y condenado a muerte por Carrillo. Tras salir de la cárcel en España, se exilió en México hasta 1967. Acabó sus días como profesor de Alta Dirección en Mallorca.

Nada de lo que arrepentirse

Más de 40 años después de su muerte, la maldición que le persiguió en vida sigue ocultando su memoria. Y ello porque Jesús Monzón fue expulsado del Partido Comunista de España (PCE) en 1944 y acusado de traidor, semanas después de encabezar un ejército que penetró por el valle de Arán para derrocar a Franco.

Monzón era entonces el jefe del aparato clandestino de PCE en París y logró reclutar a más de 5000 guerrilleros republicanos españoles, que cruzaron los Pirineos para iniciar una guerra contra el régimen del yugo y las flechas. El dirigente comunista contaba con un apoyo aliado que no se produjo y fracasó en su intento.

Santiago Carrillo reprochó a Monzón la iniciativa, que no había obtenido la aprobación de la dirección del partido, refugiada en Moscú, y lo expulsó. Desde entonces, quienes osaban romper la disciplina eran tachados de «monzonistas», un adjetivo que durante tres décadas fue sinónimo de entreguismo al enemigo.

Pero Monzón, fundador y líder del PCE en Navarra durante los años treinta, nunca fue un traidor. Fue detenido por la Policía española en Barcelona en 1945 y posteriormente sometido a un juicio militar en el que resultó condenado a 30 años de cárcel. Evitó la pena máxima por la intercesión de sus compañeros de juventud en Pamplona, entre los que destacaba Tomás Garicano Goñi, ministro y prohombre del franquismo.

Esos lazos eran tan fuertes que Monzón salvó la vida al estallar el Movimiento en Pamplona gracias a que un amigo carlista, Francisco Lizarza, lo ocultó en su casa y consiguió pasarlo a Francia disfrazado de fraile capuchino. Por ese gesto Lizarza fue fusilado.

En 1959, Monzón salió de prisión y se marchó a México, donde encontró trabajo en un banco y luego como profesor del Instituto Panamericano de Alta Dirección Empresarial. El joven que había asaltado con armas en 1936 el Palacio de la Diputación y que había liderado el Frente Popular en Navarra empezó a ganarse la vida mediante la formación de los cachorros del capitalismo.

Monzón y Aurora, su mujer, volvieron a España en 1967 y el IESE de Barcelona le encomendó abrir una escuela de negocios en Mallorca. Fundó y dirigió en Palma el Instituto Balear de Dirección de Empresas hasta su defunción en 1973.

El comunista navarro fue un hombre perseguido por el infortunio. Perdió a su único hijo, estuvo en las prisiones franquistas durante 14 años y padeció la ignominia y el exilio. Pero según contó Enrique Lister, la Policía franquista también le salvó la vida al detenerlo, ya que Carrillo había ordenado su ejecución por traidor.

Jesús Monzón se negó en su lecho de muerte a recibir la confesión y le dijo al sacerdote: «No tengo nada de lo que arrepentirme». Ese podría haber sido su epitafio.

Karin Lannby

Actriz y periodista sueca, fue detenida cuando espiaba para la República española en el sur de Francia. Estaba fascinada por Lorca y trabajó en un hospital de Alcoy durante la guerra. Fue amante de Ingmar Bergman e inspiró varias de sus películas. Se refugió en París al final de su vida.

Entre la leyenda y el misterio

La actriz y poeta Karin Lannby murió en París en 2007 tras una larga vida no exenta de misterio. La gran paradoja es que su leyenda, agrandada con el paso del tiempo, no contribuye a esclarecer su poliédrica personalidad. Era una apasionada de Lorca y del teatro, pero también fue periodista, traductora y espía ocasional al servicio de la República española.

Había nacido en Linköping (Suecia) en 1916, en el seno de una familia acomodada. Si padre era el delegado de la Metro Goldwyn Mayer y su madre era una persona vinculada a la aristocracia. Karin ingresó en el Partido Comunista a mediados de los años treinta, cuando cursaba sus estudios universitarios en Estocolmo.

Hay imágenes de ella en el Congreso de Escritores de París en 1935, pero por aquella época ya había visitado España. En un viaje con su madre por nuestra geografía, la actriz sueca estuvo presente en el estreno de Bodas de sangre en Barcelona. Corría el año 1933 y quedó fascinada por el dramaturgo y poeta español. «Fue en el Poliorama, se volvió loca por Lorca y estableció un lazo obsesivo con él», señala el director alicantino Fran Ruvira, que lleva años investigando su vida para un documental.

Ruvira corrobora la falta de fiabilidad de los testimonios y documentos sobre su biografía, llena de incongruencias, porque Karin Lannby navegó siempre «entre la ficción y la realidad». Se sabe con certeza, sin embargo, que trabajó en un hospital de Alcoy durante la Guerra Civil y que también sirvió como traductora al Gobierno republicano.

Dada su simpatía por el comunismo y sus vínculos con el Comintern, fue enviada al sur de Francia, en concreto a Bayona, para intentar infiltrase en el bando nacional e informar sobre sus movimientos de tropas. Pero fracasó y fue detenida durante un corto periodo de tiempo. Cayó en desgracia, por lo que tuvo que volver a su país natal.

En 1940, fue reclutada por el espionaje sueco. Operaba con el nombre clave de Anette y, al parecer, mantenía contactos con los nazis para intentar averiguar si tenían planes para invadir Suecia, clave en los aprovisionamientos de minerales. También hay quien apunta que fue agente del NKVD soviético, pero no hay pruebas de ello.

Fue en esa época cuando mantuvo un turbulento affaire amoroso con Ingmar Bergman, al que inspiró varias películas. El realizador sueco nunca la olvidó pese a que la violencia y las frecuentes disputas marcaron su convivencia. Crisis (1947) y Pasión (1969) están basadas en aquella relación.

Luis Buñuel también la menciona en Mi último suspiro, sus memorias, en las que cuenta que había viajado a Estocolmo por encargo de la República para convencer a Karin de que sirviera como espía. Reconoce que se enamoró de la actriz, pero que nunca se atrevió a dar el paso de intentar entablar relaciones. «No intercambiamos ni siquiera un beso», escribe.

Según cuenta Fran Ruvira, Karin se dedicó al periodismo tras el final de la Segunda Guerra Mundial, disfrutando de una celebridad pasajera al localizar y entrevistar a Salvatore Giuliano, un bandolero independentista siciliano al que se le identificaba con Robin Hood.

Se afincó en París a comienzos de la década de los cincuenta y allí conoció a Cocteau, Malraux, Juliette Gréco y Picasso. Estabilizó su agitada existencia tras casarse con un exsacerdote obrero llamado Louis Bouyer que le dio su apellido, según la investigación de Ruvira. Está enterrada en un cementerio de París.

Violette Szabo

Fue capturada por los alemanes cuando participaba en una misión de sabotaje en el desembarco de Normandía. Fue torturada por la Gestapo, pero no confesó. La ejecutaron en Ravensbrück de un tiro en la nuca. Tenía 23 años. Estaba casada con un suboficial de origen húngaro que murió en El Alamein.

La pequeña inglesa

Nadie sabe dónde descansan sus restos. Pero sí hay constancia de que Violette Szabo fue asesinada en Ravensbrück el 5 de febrero de 1945, unos meses antes de acabar la guerra. La obligaron a arrodillarse y un soldado de las SS le pegó un tiro en la nuca ante la presencia de Fritz Suhren, comandante del campo, que le leyó su condena a pena de muerte.

Szabo es una de esas mujeres que no solo arriesgó su vi­­da, sino que además mostró un legendario valor en su lucha contra los nazis. Jorge VI, rey de Reino Unido, la condecoró a título póstumo, y los franceses le concedieron la Croix de Guerre por su heroísmo. «La pequeña inglesa», como la apodaban por su baja estatura, tenía 23 años cuando fue ejecutada.

Apellidada de soltera Bushell, había nacido en París cuando su padre trabajaba de conductor para el Ejército británico. Vivió su infancia en el norte de Francia, donde fue educada por una tía materna. Volvió a Londres en su adolescencia sin apenas saber inglés. Era muy aficionada al deporte, especialmente a la gimnasia y el ciclismo.

Al estallar la guerra, se alistó en la Women’s Land Army, siendo destinada a una fábrica de armas en Acton. Conoció a Etienne Szabo, un suboficial de origen húngaro. Se casaron y tuvieron una hija mientras su esposo luchaba en el norte de África contra Rommel. Nunca pudo ver su rostro porque perdió la vida en la batalla de El Alamein en 1942.

Violette Szabo fue reclutada en el verano de 1943 por el SOE, la unidad de operaciones encubiertas en territorio enemigo, ideada por el Ejército. Pasó medio año en centros de adiestramiento, en los que le enseñaron manejo de armas, tácticas de ocultamiento, criptografía y uso de explosivos. Estuvo casi tres meses de baja tras romperse el tobillo en un salto en paracaídas.

En abril de 1944, fue lanzada sobre el área de Cherburgo con el nombre clave de «Louise» junto a un compañero. Con una falsa identidad, se desplazó corriendo un enorme riesgo a Rouen. Allí contactó con la Resistencia, que prácticamente había sido desmantelada por la Gestapo. Retornó a Londres para informar del desastre. Pero estuvo a punto de morir porque en el viaje de vuelta su avión fue alcanzado por el fuego antiaéreo alemán, logrando aterrizar en condiciones extremas.

A primeros de junio, volvió a ser lanzada en paracaídas cerca de Limoges con otros tres miembros de su unidad, especialistas en cifrado y sabotaje. A Violette se le encargó ponerse en contacto con los maquis, que tenían como misión hostigar a las fuerzas alemanas mientras se producía el desembarco de Normandía.

Pocos días después, su jefe y amigo Philippe Liewer decidió enviarla a Correze como enlace del Ejército aliado. A pesar de que los franceses no podían circular en coche sin permiso, Violette se subió a un Citroën para recorrer un trayecto de unos 100 kilómetros. Una patrulla detuvo el vehículo en Salon-la-Tour. Iba armada con una pistola y media docena de cargadores. Cogiendo por sorpresa a los soldados alemanes, saltó del coche y se aden­­tró en un huerto donde se parapetó tras un árbol, dando oportunidad de huir a su camarada. Vació toda su munición antes de ser detenida. Al parecer, mató a uno de sus perseguidores, aunque hay versiones del incidente que lo cuestionan.

Fue golpeada y torturada por sus captores, que la llevaron a la sede de la Gestapo en Limoges, donde fue interrogada. No dijo ni una sola palabra. A las pocas semanas fue conducida al campo de Ravensbrück y destinada a trabajos forzados. Allí vio morir a muchas de sus compañeras. Fue ejecutada cuando el Ejército Rojo había cruzado el río Oder y se dirigía a Berlín. Fue una venganza inútil porque la guerra ya estaba perdida.

Marcelle Ninio

Había nacido y crecido en El Cairo cuando fue reclutada por los servicios secretos israelíes. Participó en los atentados de 1954 contra instalaciones británicas y estadounidenses para desacreditar a Nasser. Fue condenada a 15 años de prisión y se refugió en Israel tras un intercambio de prisioneros.

Una sionista en tierra enemiga

Marcelle Ninio había nacido en El Cairo, no sabía hebreo, había estudiado en una escuela católica, destacaba en el baloncesto y nunca había estado en Israel. Pero fue reclutada por el recién nacido Mosad en 1951, cuando se ganaba la vida como secretaria, para actuar como agente en Egipto.

Era hija de un judío de origen búlgaro llamado Yacov y de madre turca. Cuando acabó el bachillerato, se convirtió en una fervorosa sionista y poco después fue reclutada por los servicios secretos israelíes. Se la destinó a una célula en la que era la única mujer.

Tres años más tarde, se vio implicada en unos hechos que cambiaron su vida: los atentados de El Cairo y Alejandría, llevados a cabo por iniciativa de la inteligencia militar israelí para evitar la salida de las tropas británicas del país tras la crisis de Suez. Israel temía que el presidente Nasser nacionalizara el canal y decidió crear un clima que indispusiera al régimen egipcio con Estados Unidos y la comunidad internacional.

Pinchas Lavon, ministro de Defensa, ordenó una operación encubierta para atentar contra instalaciones civiles británicas y estadounidenses con el objeto de responsabilizar de esas acciones a Nasser, que había derrocado al rey Farouk en 1952 y en el que veían una amenaza para los intereses occidentales. El trabajo de sabotaje fue encargado a la célula de Ninio, bautizada como Unidad 131, que entonces tenía 24 años.

En julio de 1954, los agentes israelíes colocaron un artefacto incendiario en una oficina de correos e intentaron poner una bomba que no explotó en un teatro británico de Alejandría. Uno de los autores fue detenido en el acto y al parecer delató a sus compañeros. También hicieron estallar otra bomba de nitroglicerina en una librería estadounidense en El Cairo. Hubo algunos daños materiales, pero ninguna víctima mortal.

Dos de los miembros de la unidad se suicidaron cuando estaban a punto de ser capturados. Ninio y otros compañeros fueron detenidos, torturados y encarcelados. Ella misma confesó años más tarde que había intentado suicidarse en prisión en varias ocasiones.

Más de seis décadas después, todavía hay incógnitas sobre la llamada Operación Susana. Al parecer, el Mosad no estaba de acuerdo con Defensa. Hay indicios sólidos de que el grupo de Ninio fue en realidad traicionado por Avri Elad, un personaje muy turbio que trabajaba para los dos bandos, de suerte que el Gobierno egipcio conocía la intentona.

Los autores de los atentados fueron llevados a juicio en diciembre de 1954. Nasser aprovechó la ocasión para hacer una campaña antijudía y antibritánica, mientras dos miembros de la célula fueron condenados a muerte y ahorcados. A Ninio, tras revelarse que las confesiones de los inculpados habían sido obtenidas bajo tortura, se la condenó a quince años de cárcel por ser mujer. Poco después, Avri Elad fue juzgado y sentenciado a diez años de prisión en Israel por advertir a los egipcios.

La Operación Susana produjo un escándalo político en Israel. El ministro Lavon manifestó que él no sabía nada de los atentados y responsabilizó a Simon Peres, su número dos, pero la investigación efectuada por el Tribunal Supremo concluyó lo contrario. Un oficial de la inteligencia militar declaró que las ordenes habían partido de Lavon, que tuvo que dimitir tras provocar una crisis de Gobierno. Ben Gurion asumió el mando.

Tras cumplir trece años de cárcel, Ninio y otros condenados fueron intercambiados por prisioneros egipcios en 1968 tras la Guerra de los Seis Días. Abandonó su país natal y se fue a vivir a Israel, donde se casó en 1971. Fue recibida como una heroína y la primera ministra Golda Meir asistió a su boda. Ninio se matriculó en la Universidad de Tel Aviv tras haber aprendido hebreo con más de 40 años. Murió en octubre de 2019.

William Joyce

Era un nazi fanático que emitía por radio desde Hamburgo para pedir a los ciudadanos británicos que se rindieran. Fue ahorcado por alta traición en 1946, pese a que no poseía la nacionalidad británica. No se arrepintió ni pidió perdón. Defendió sus ideas hasta el final.

La voz de la traición

William Joyce fue ahorcado en la prisión de Wandsworth el 3 de enero de 1946. Una nota, clavada con chinchetas, anunciaba su ejecución en la puerta de la cárcel, donde se agolparon cientos de curiosos. Su cadáver fue enterrado en una tumba anónima del recinto.

Unas semanas antes, el Tribunal de Apelaciones había confirmado la sentencia a pena de muerte por alta traición, dictada por un juzgado de Londres. El proceso suscitó una enorme expectación porque Joyce era un personaje muy popular, cuya voz era escuchada cada noche por varios millones de británicos durante la guerra.

Pero Joyce no defendía la causa de un país asediado por Hitler, sino que, por el contrario, hablaba desde una radio de Hamburgo para exaltar la superioridad del nazismo y pedir a los británicos que se rindieran. Unos soldados lo capturaron en un bosque de Flensburg en 1945 y fue deportado para ser juzgado.

Joyce, más conocido por lord Haw-Haw, había sido responsable de propaganda del partido fascista de Oswald Mosley, donde había brillado por su cultura y sus cualidades oratorias, pero también por una veta violenta y antisemita. Una gran cicatriz le cruzaba la cara.

Los jueces tuvieron que forzar las leyes para condenarle, ya que Joyce tenía la nacionalidad estadounidense y, por ello, no se le podía acusar técnicamente de traicionar a un país al que no pertenecía. Pero entendieron que era culpable por ser titular de un pasaporte británico, obtenido de forma irregular.

Lo más llamativo del caso Joyce es que él reivindicó su colaboración con Hitler como un acto de patriotismo y se negó a solicitar clemencia con el argumento de que había hecho lo mejor para su país porque, hasta finales de 1943, creyó que la derrota era inevitable.

La biografía de este hombre está llena de paradojas. Nacido en Estados Unidos, de padre irlandés y madre inglesa, siendo joven se alistó en el Partido Fascista británico. Militó en su facción extrema, que no eludía las peleas con sus adversarios. En una de ellas, le rompieron la nariz y, en otra, le dejaron una cicatriz en la cara. Durante su juventud en Irlanda, colaboró con los grupos unionistas y estuvo a punto de ser ejecutado por el IRA. Luego rompió con Mosley, al que consideraba un aristócrata poco comprometido con la causa. Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, decidió marchar a Berlín y ponerse al servicio de Hitler.

Cuando su condena fue dictada, ni un solo ciudadano británico alzó su voz para defenderlo. Era la encarnación popular del traidor, de la mezquindad y del deshonor. Su propio aspecto físico era repugnante. Reunía todas las características para que nadie sintiera clemencia o compasión.

Tras leer El significado de la traición, el libro de Rebbeca West, surgen inquietantes preguntas para las que no hay respuesta porque Joyce no cambió de bando ni de ideas ni de patria. Fue siempre consecuente con lo que pensaba y así lo expuso en la vista que tuvo lugar en la Cámara de los Lores.

No buscó excusas ni justificaciones. Tampoco pidió perdón. Y ni siquiera alegó que no era ciudadano británico. Subió al cadalso tras asumir que era preferible morir a traicionar la ideología criminal a la que se había adherido. Su conducta nos fuerza a reconsiderar el término de traidor, que habitualmente implica una contradicción entre lo que se piensa y lo que se hace. Joyce fue coherente con su propia monstruosidad. Inquietante.

Isser Harel

Fue el fundador y primer director del Mosad. Había emigrado de Letonia a Palestina en los años treinta. Era tan discreto que ni su mujer sabía a lo que se dedicaba. Secuestró a Eichmann en Argentina y lo llevó a Israel para ser juzgado. Tuvo que dimitir por los atentados contra científicos alemanes en Egipto.

El espía que capturó a Eichmann

Era tan discreto que ni su mujer ni su hija sabían cómo se ganaba la vida. Jamás apareció en los medios de comunicación ni en ningún acto público. Ese perfecto desconocido se llamaba Isser Harel y fue el fundador y el director del Mosad desde 1952 hasta 1963.

Ya en 1948, David Ben-Gurion, primer ministro israelí, lo colocó al frente del Shin Bet, la agencia de contraespionaje. Era entonces un joven sionista que había destacado por su osadía y su inteligencia en el Haganá, la organización paramilitar judía. Cuatro años más tarde, le nombró director del Mosad con plenos poderes en materia de seguridad interna y espionaje en el exterior.

El momento más crucial de su carrera se produjo en 1960, cuando un fiscal alemán proporcionó al Gobierno de Ben-Gurion información sobre el paradero de Adolf Eichmann, uno de los jefes de la organización de los campos de exterminio nazis. Eichmann vivía con su mujer y sus hijos en un arrabal de Buenos Aires bajo la identidad de Ricardo Klement, con la protección del general Perón. Harel era escéptico, pero, tras enviar a sus hombres a Argentina, se convenció de que el soplo era cierto.

Ben-Gurion encargó al Mosad la misión de capturar al alto funcionario de las SS. Para ello, Harel seleccionó y adoctrinó a un reducido grupo de hombres. Lograron encontrar a Eichmann y lo secuestraron. Tras mantenerlo narcotizado en un lugar seguro, lo metieron en un avión y lo condujeron a Jerusalén. Allí fue juzgado y ejecutado.

En sus once años al frente del Mosad, alcanzó éxitos que convirtieron al espionaje israelí en una leyenda. Por ejemplo, Harel consiguió a través de un periodista polaco una copia del discurso de Kruschev en el Congreso del partido en 1956. El líder soviético había denunciado los abusos y el culto a la personalidad de Stalin, pero el texto de su alocución había sido declarado secreto. Harel se lo pasó a la CIA.

El jefe del Mosad había nacido en 1912 en Vitebsk (Bielorrusia), en el seno de una familia acomodada. Su padre era propietario de una fábrica de vinagre, pero sus propiedades fueron confiscadas tras la Revolución de 1917. Sus progenitores tuvieron que emigrar a Letonia y allí transcurrió su adolescencia.

Se adhirió a los movimientos sionistas y, a principios de los años treinta, emigró a Palestina con una pistola oculta en una barra de pan. Conoció a Ben-Gurion y se integró en la guerrilla judía. Tras la creación del Estado de Israel, su ascenso de la mano de su protector fue imparable.

Harel tuvo que dimitir en 1963 porque el Mosad atentó contra varios científicos alemanes que trabajan para el régimen egipcio de Nasser en un programa de desarrollo de cohetes. El escándalo que suscitó la operación le obligó a renunciar al cargo tras una severa reprimenda de Ben-Gurion.

Tras este episodio, creó un partido sionista y obtuvo el acta de diputado en la Kneset. En 1973, se retiró de la política y vivió discretamente hasta su muerte en 2003, a los 91 años.

Apéndice

Así fue la captura de eichmann

Tras ser secuestrado en Argentina, el oficial nazi se sentó en el banquillo en abril de 1961 y fue condenado a muerte por sus responsabilidades en el Holocausto.

El 11 de abril de 1961, comenzaba en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann, el oficial de las SS que fue condenado a muerte por su participación en el Holocausto. Se había ocultado en Argentina con una identidad falsa hasta que fue secuestrado en mayo de 1960 por un comando del Mosad, que lo trasladó a Israel. El proceso provocó una gran polémica internacional y la atención de los medios de todo el mundo. Y el libro de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, generó una polémica que dura hasta nuestros días por su tesis sobre la banalidad del mal.

El 23 de mayo de 1960, David Ben-Gurión, primer ministro israelí, interrumpió los trabajos del Knéset para anunciar la captura de Eichmann, al que definió como «uno de los responsables de la Solución Final». Los parlamentarios se abrazaron y lloraron.

Eichmann, que tenía el grado de teniente coronel de las SS, había escapado de Alemania en 1945 tras haber estado internado en un campo de prisioneros. Con un pasaporte de la Cruz Roja, llegó a Buenos Aires, donde se refugió bajo el nombre de Ricardo Klement. Vera, su esposa, pidió a las autoridades alemanas una pensión de viudedad en 1947, que le fue negada. Poco después, viajó a Argentina con sus hijos.

Por esa época, Simon Wiesenthal denunció que Eichmann seguía vivo y que estaba oculto en Latinoamérica, como otros criminales nazis como Mengele. Pero nadie sabía dónde se había escondido. Residía con su familia en una modesta casa sin luz eléctrica a las afueras de Buenos Aires y cogía el autobús cada día para ir a trabajar a una fábrica de Mercedes Benz bajo esa falsa identidad.

Su localización se produjo no como resultado de la búsqueda de cazanazis como Wiesenthal, sino por una casualidad. Un judío medio ciego llamado Lothar Herman, que había huido de Alemania, tenía una hija que empezó a salir con un joven de su edad. Este se jactó de que su padre había sido un jerarca del Tercer Reich. La hija buscó un pretexto para colarse en la vivienda de los Eichmann y comprobó el parecido físico con el mando de las SS.

Lothar escribió una carta a Fritz Bauer, fiscal general de Hesse, que era judío y había sido dirigente del Partido Socialdemócrata. Bauer decidió investigar la denuncia, pero no puso al corriente al Gobierno de Adenauer porque no se fiaba de sus servicios secretos ni del aparato judicial.

Tras llegar a la conclusión de que Klement era Eichmann, trasladó su información al Mosad, que le respondió que estaba equivocado. Bauer protestó al fiscal general de Israel, que presionó a Isser Harel, jefe de la inteligencia, para que volviera a investigar. Harel envió a un subordinado a Buenos Aires, que volvió con fotos y datos que demostraban de forma indiscutible que Bauer tenía razón.

Pocas semanas después, Eichmann fue secuestrado por el Mosad cuando volvía caminando a su casa. Lo metieron en un coche, lo drogaron y lo llevaron a un piso franco. En el interrogatorio facilitó su rango, el número de carné en las SS y su verdadero nombre. Decidieron trasladarlo a Israel en un vuelo privado con destino a Recife, simulando que transportaban a un enfermo. Tras doce horas en el aire, haciendo una escala en Dakar, el aparato aterrizó en Jerusalén.

Las autoridades argentinas protestaron y denunciaron ante la ONU al Gobierno israelí. Pero era un gesto de cara a la galería, ya que conocían la operación y permitieron que Eichmann saliera del país. No querían una propaganda negativa.

Tras el anuncio de Ben-Gurión de que Eichmann sería juzgado por un tribunal en Jerusalén, se desató una polémica que duró meses. El escritor Ernesto Sábato apoyó la iniciativa de Israel como una acción justa y necesaria. Por el contrario, el Washington Post dijo que se había actuado con «la ley de la jungla», mientras que William Buckley, de la National Review, calificó el secuestro como «un acto de venganza». El New York Times habló de «juicio espectáculo».

Hubo voces en todo el mundo, incluyendo a Israel, que abogaron por que el juicio se celebrara en Alemania, el país donde se habían cometido los crímenes. Pero el Gobierno de Jerusalén sabía perfectamente que Adenauer tenía pavor a celebrar el proceso en su país por la sencilla razón de que podían aflorar complicidades y molestos secretos del pasado. Hans Globke, el jefe de su Cancillería, había sido uno de los redactores de las leyes raciales de Núremberg.

Hubo también una reacción negativa de las organizaciones sionistas fuera de Israel, que dudaron de que el juicio pudiera desarrollarse en un clima de imparcialidad. Pero Ben-Gurión y Golda Meir, su ministra de Exteriores, afirmaron que el nuevo Estado judío representaba los intereses de todas las víctimas del Holocausto. «Todos los judíos son ciudadanos de Israel», sentenció el primer ministro.

Ben-Gurión ganó finalmente la batalla legal, ya que el Consejo de Seguridad de la ONU avaló el derecho de Israel de juzgar a Eichmann, asumiendo que no era ciudadano argentino y que había serios indicios de su responsabilidad en el Holocausto.

Antes de comenzar el proceso, surgieron dudas sobre la composición del tribunal. El Parlamento aprobó una ley para establecer los criterios de designación de los tres jueces. Fueron elegidos Moshe Landau, magistrado del Supremo; Benjamin Halevi, que había presidido un juicio contra los judíos alemanes que habían ayudado a los nazis en las deportaciones; y Yitzhak Raveh.

Eichmann eligió como abogado a Robert Servatius, un penalista de Colonia que no había colaborado con el régimen de Hitler. Había sido defensor de Sauckel y Brandt en Núremberg. El Gobierno de Jerusalén no solo aceptó su designación, sino que, además, consintió en pagar sus 30.000 dólares en concepto de honorarios. Ben-Gurión no quería que nadie pudiera deslegitimar el juicio por falta de garantías.

El lugar elegido para celebrar las vistas fue el nuevo centro cultural Beit Ha’am, que contaba con un teatro, que fue totalmente remodelado. Tenía cabida para 600 espectadores, además de los puestos para jueces, fiscales, abogados y periodistas.

El papel de acusador lo ejerció Gideon Hausner, hijo de un rabino judío nacido en Polonia. Era fiscal general del Estado de Israel y había militado en la organización paramilitar Haganá. Estaba obsesionado con la idea de aprovechar el juicio para que el mundo fuera testigo de la maldad de los nazis.

Hausner ordenó a Avner Less, oficial de la Policía, que encabezara el llamado Bureau 06 para recabar documentos y pruebas contra Eichmann. Less hizo un trabajo exhaustivo. Aportó papeles y la identidad de testigos que corroboraban el papel del incriminado en el Holocausto. Y, con la autorización de los jueces, interrogó a Hess de forma minuciosa. Según su testimonio, el oficial nazi temblaba y respondía con vaguedades a las acusaciones.

Eichmann había nacido en 1906 en Renania, pero se había traslado a Austria cuando era niño. Tenía 55 años cuando se celebró el juicio. En su juventud, trabajó en Linz para la Vacuum Oil. Se unió al Partido Nacionalsocialista en 1932, un año antes de la llegada de Hitler al poder. Fue despedido en 1933 y decidió volver a Alemania. No tenía una ideología definida, pero decidió entrar en las filas nazis por recomendación de Ernst Kaltenbrunner, futuro jefe de las SS, al que conocía.

En 1935, se le destinó a la sección judía de la SD, el servicio de inteligencia de las SS, donde su tarea era vigilar a las organizaciones sionistas y recabar información. Leyó las obras de Theodor Herzl, viajó a Palestina y elaboró un descabellado informe en el que sostenía que había una conspiración judía para hacerse con el control de Alemania. Pronto se ganó la confianza de sus jefes y fue ascendido a teniente.

En la primera intervención, Eichmann escuchó la exposición del fiscal Hausner en una cabina acristalada, custodiada por agentes. Le acusó de ordenar el exterminio de la población judía, de saquear sus propiedades, de haber deportado a centenares de miles de víctimas y de ser el planificador y ejecutor de la Solución Final. Hausner lo presentó como el arquitecto del Holocausto, algo que no era cierto porque Eichmann figuraba en el cuarto nivel de las SS tras Himmler, Heydrich y Müller, sus tres jefes directos.

Servatius respondió a Hausner, subrayando que Eichmann había cumplido órdenes y que no había vulnerado las leyes del Reich. Pero, sobre todo, alegó que el tribunal no estaba legitimado para juzgarlo porque carecía de jurisdicción sobre delitos cometidos en Alemania. También sostuvo que su cliente había sido secuestrado de Argentina.

El tribunal deliberó durante cuatro días. Decidió desestimar la argumentación de Servatius y proseguir con el juicio. También rechazó su petición de que no se utilizaran las transcripciones de unas grabaciones en las que Eichmann se enorgullecía de su trabajo en las SS. Era una prueba demoledora porque reconocía haber presenciado ejecuciones en las cámaras de gas, aunque decía que eran «repugnantes».

El primer testigo que declaró fue Salo W. Baron, historiador de Columbia. Aportó una visión general del Holocausto y dio cifras de las matanzas y de los saqueos. Conmovió a los asistentes cuando afirmó que cuando él vivía en Tarnow (Polonia) antes de la guerra había 20.000 judíos y que solo quedaban 20 en 1945.

Franz Meyer centró su declaración en las atrocidades nazis en Viena en 1938. Eichmann había sido enviado para dirigir las expropiaciones y las deportaciones de ciudadanos judíos. Describió con detalle cómo habían sido despojados de todos sus bienes. «Era como un molino que trituraba a los judíos. Entrabas con tu patrimonio y salías sin nada», dijo. El fiscal leyó una carta de Eichmann en la que manifestaba: «Estos caballeros hacen lo que yo quiero». Otro testigo afirmó que el oficial nazi le había llamado «saco de mierda». Hausner aportó pruebas de que el encausado había ordenado personalmente la deportación de 50.000 judíos austriacos.

En octubre de 1939, Heydrich lo envió a Polonia con la orden de hacer una limpieza étnica. Lo había nombrado delegado de la Oficina de Seguridad del Reich para los territorios orientales. Ello lo convertía en el máximo responsable de las SS tras las filas del Ejército.

Ada Lichtmann testificó que había salvado su vida tras el fusilamiento masivo de cientos de ancianos y niños. Cayó ilesa en el foso, quedando cubierta de sangre y cadáveres. Varios ciudadanos polacos describieron cómo Eichmann había traslado a 2000 judíos a Nisco y les había abandonado, sin agua ni víveres, en una zona pantanosa.

Eichmann fue destinado en 1941 a Francia. Los tes­­tigos lo responsabilizaron del internamiento de miles de judíos en el campo de Drancy y de la deportación de 4000 niños a Auschwitz. Ninguno de ellos volvió a ver a sus padres. Lo describieron como un hombre arrogante e implacable.

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