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CUANDO SE CERRARON LAS ALAMEDAS

© Oscar Muñoz Gomá, 2021

Todos los derechos reservados Oscar Muñoz Gomá.

Pehoé ediciones

San Sebastián 2957, Las Condes Santiago de Chile

Registro de Propiedad Intelectual Nº 2020-A-617

ISBN Edición digital: 978-956-6131-10-6

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

La reproducción total o parcial de este libro queda prohibida, salvo que se cuente con la autorización del editor.

Santiago de Chile

NOTA DEL AUTOR

Este relato es una novela de ficción, aunque está inspirada en hechos reales que ocurrieron en Chile en las últimas décadas del siglo XX. Las alusiones a personajes históricos también son ficcionales y no reflejan necesariamente la realidad, aunque estén dentro de lo posible. El relato sobre la isla Dawson se basa en el libro de Sergio Bitar Isla Diez, Pehuén, 1987.

REFERENCIAS BIOGRÁFICAS DEL AUTOR

Nació en 1938. Estudió en el Liceo Alemán de Santiago. Es ingeniero comercial por la Universidad de Chile y doctor en economía por la Universidad de Yale. Fue investigador y Director Ejecutivo de CIEPLAN. Ha publicado numerosos artículos y libros de economía, entre los cuales se pueden mencionar Estrategias de desarrollo en economías emergentes, Edición FLACSO-Universidad de Chile, Santiago, 2001; Más allá del bosque: transformar el modelo exportador, Edición FLACSO, Santiago, (coordinador), 2002; El modelo económico de la Concertación 1990-2005. ¿Reformas o cambio?, FLACSO-Editorial Catalonia, Santiago, 2007; En los ecos del tiempo-Memorias, dos tomos, edición privada, 2015. Ha sido profesor de diversas asignaturas de economía en las universidades de Chile, Católica, Diego Portales y Alberto Hurtado. Ha participado en talleres literarios durante más de treinta años.

PRIMERA PARTE

LAS ALAMEDAS CERRADAS

11 DE SEPTIEMBRE DE 1973

1

A las diez y media de la mañana sonó el teléfono de Margot Lagarrigue, mientras tomaba el desayuno. Ese día se levantó más tarde. Su hijo Sebastián dormía plácidamente. Sus vacaciones de septiembre acababan de empezar. Estaba muy inquieta por la situación del país. Las marchas, contramarchas, manifestaciones, atentados, agresiones, insultos y descalificaciones entre las autoridades habían creado un clima enrarecido, crispado, todos enrabiados. Había mucha presencia policial en las calles y a menudo con gran violencia de uno y otro lado. El aire olía a gases lacrimógenos.

Desde la muerte trágica de su esposo, Rodrigo Darrigrande, estaba muy sensible. En cada víctima veía de nuevo a su esposo muerto y todos sus desgarros. Aún no lograba asentar bien su espíritu, el equilibrio de su personalidad. Se estremecía ante las escenas de violencia que presenciaba a diario en la televisión y en los diarios. Y eran cada vez más frecuentes. En el fondo de su alma anhelaba que todo terminara de una vez y no se atrevía a confesarse que eso significaba sólo una cosa.

La llamaba Juan Pablo Solar, el amigo íntimo de Rodrigo, quien se hizo cargo de los trámites funerarios cuando éste falleció. Tuvo también la dolorosa misión de ir a darle la mala noticia. Pero se convirtió en un buen amigo de ella y se mantuvo muy cerca durante sus primeros meses de viudez. La acompañaba con delicadeza y consciente de su duelo, no como tantos frescos que al poco tiempo se le acercaron con intenciones seductoras. Margot era muy atractiva desde los tiempos universitarios y siempre hubo gente rondándole alrededor.

La voz de Juan Pablo sonó ronca y alterada, nerviosa, apenas podía hablar.

− Margot, se ha producido el golpe que todos temíamos. Se levantaron las tres ramas de las fuerzas armadas y también los carabineros y le piden la renuncia al presidente. Si se niega, le advirtieron que bombardearán La Moneda. La radio Magallanes está informando de todo, pero es probable que dentro de poco la silencien también.

− Me parece terrible, pero esto no daba para más, Juan Pablo. Lo siento por ti, que es tu gobierno. No sé qué pensar, no sé si es bueno o es malo.

− Por el momento se ha desatado la violencia más brutal. Los militares rodearon La Moneda a la espera de que el presidente se entregue. Hay disparos en el centro, enfrentamientos entre soldados y civiles armados. Mira, es muy delicado y si esto va en serio, y yo creo que sí, todos los altos funcionarios del gobierno correremos el riesgo de ser detenidos o ejecutados. Los cabecillas ya hablaron por la televisión. Están liderados por el general Pinochet, que se suponía respaldaba a Allende. Hablaron en un tono muy amenazante y conminaron a la plana mayor del ejecutivo a entregarse.

− ¿Qué vas a hacer Juan Pablo? ¿Corres riesgo tú?

− Por supuesto, soy subsecretario y por lo tanto, estoy entre las primeras autoridades que tienen que ir a entregarse. Pero yo no lo voy a hacer. No les tengo ninguna confianza. Piensa que hasta ayer Pinochet era el general más leal al presidente. Esto viene mal, Margot.

− Juan Pablo, no lo hagas. No te entregues, espera un poco a ver cómo evoluciona todo. ¿Sabes, por qué no te vienes a mi casa? Yo estoy fuera de toda sospecha, no he participado en política, a pesar de que Rodrigo sí lo hacía. Además, mi padre es empresario, es momio y no creo que corra ningún peligro.

− Te lo agradezco, Margot. Y creo que voy a aceptar tu ofrecimiento. Al menos para ganar tiempo y ver cómo se desenvuelve todo. Antes voy a hacer algunos llamados telefónicos porque quiero saber más de mis compañeros del ministerio. Ya hablé con el ministro y él se va a trasladar donde un amigo también. Dio orden de que la gente se quede en sus casas. El presidente lo llamó temprano, porque ya de madrugada le advirtieron que empezaba el golpe. Orlando Letelier fue detenido por el general Arellano Stark a las siete y media de la mañana. No se sabe su paradero. El presidente ha estado hablando con sus colaboradores y pidiéndoles que no vayan a La Moneda. Quiere evitar un derramamiento de sangre.

− Te espero, entonces. A la hora que quieras.

Margot sintió un temblor en todo su cuerpo. Una sensación que no tenía desde que le avisaron que habían asesinado a Rodrigo. Trató de relajarse, tomó agua y fue a ver a su hijo Sebastián. Seguía durmiendo y decidió no despertarlo.

Se sentó para pensar con tranquilidad. En lo personal y familiar, no albergaba temores. Tenía sus propias ideas, nunca le había gustado ese gobierno, a pesar de que su marido llegó a ser un funcionario importante. Su cultura política se había formado en una familia más bien de derecha, moderada y nunca extremista. Su padre criticaba al régimen y pensaba que efectivamente iba a caer por la situación del país. Los sindicatos se tomaban las empresas, los campesinos expulsaban a los patrones de sus campos, los precios de los productos elementales andaban por las nubes, cuando se podían conseguir, la gente reclamaba por todos los medios posibles. Todos los días había enfrentamientos callejeros en el centro de la ciudad, con bombas lacrimógenas que dejaban el aire irrespirable. En cierta ocasión Margot se encontró en el medio de una manifestación contra el gobierno y se aterró cuando el gas lacrimógeno le impidió respirar por varios segundos.

Mientras su esposo Rodrigo vivía, tuvieron largas conversaciones que le hicieron ver otros puntos de vista. Él era militante del Mapu y trataba de explicarle que los cambios importantes en un país nunca ocurren pacíficamente, o al menos, sin conflictos sociales. Se fue apartando de amistades que propiciaban un golpe militar y, en alguna medida, sintió simpatía por gente que se sacrificó para que las cosas funcionaran mejor. Y aunque antes pensaba que cuando cayera el gobierno, tendría que celebrar con champaña, pero ahora ya no sabía qué pensar. Algo en sus entrañas le decía que todo estaba mal, que iban al despeñadero. Cuántas veces conversó de esto con Juan Pablo.

− Mira, estoy medio loco−, le decía su amigo subsecretario−. La descoordinación en el gobierno es imperdonable. A veces participo en las reuniones del comité político y es una olla de grillos. Cada uno tira para su lado. Y el presidente como que perdió la capacidad de mando. Los escucha a todos, pero no se decide por qué vía seguir.

Margot fue a poner la televisión para mirar las noticias. Repetían una y otra vez el primer bando de la Junta Militar que asumió el poder y reiteraba el llamado al presidente Allende a entregarse. Las calles del centro eran una desolación. Los tanques y patrullas militares llenaban el espacio. Algunos soldados se ubicaban detrás de vehículos estacionados para responder el fuego que les llegaba desde algunos edificios. Había francotiradores en los pisos altos y terrazas. Dejó en silencio el televisor y sintonizó la radio Magallanes. Estaba hablando Allende, al final de su discurso y anunciando que más temprano que tarde se abrirían las grandes alamedas para que pase el hombre libre. De pronto la transmisión se interrumpió y la onda radial desapareció.

Sebastián apareció en su pijama y los ojos somnolientos. Tenía cinco años. Margot todavía estaba conmovida con el discurso del presidente. Aunque no le gustaba, no podía evitar una empatía con él, que afloraba contra su voluntad. Su hijo le pidió desayuno y ella le preparó un jugo natural de naranjas y le calentó la leche. El niño se quedó mirando el televisor, atraído por las fuertes escenas que se desplegaban. Margot lo llamó a la cocina para servirle su desayuno y distraerlo de las brutales escenas. No quería exponer a su hijo a esa violencia desatada. Pero tampoco quería mostrarse autoritaria, de manera que buscaba las oportunidades para conducirlo sin frustraciones.

Poco después del mediodía, el teléfono sonó nuevamente. Era Ricardo Schmidt, quien había sido ayudante de su esposo en el ministerio y amigo fiel.

− Margot, supongo que ya estás enterada de todo. ¿Has visto las noticias? ¡Están bombardeando La Moneda!

− ¡No! ¡No he visto nada! Pero, ¿cómo puede ser? ¡Si es el palacio de gobierno! ¿Cómo pueden los propios militares bombardear el edificio más simbólico de nuestra república?

Margot se sintió golpeada pero al mismo tiempo se sorprendió de escuchar palabras que nunca creyó que saldrían de su boca. ¡Símbolo de nuestra república! Sonaban más a una frase de poesía menor. Algo se estaba trastornando en ella. Pero Ricardo seguía hablando.

− Margot, ¡tengo que salir del centro! Me vine sin saber que había orden de no presentarse. Aquí no hay casi nadie. ¡No me puedo quedar y tampoco me quiero ir a mi casa! ¿Me podrías recibir, por algunas horas, hasta que se sepa mejor qué va a pasar?

− Pero, ¡por supuesto Ricardo! Vente inmediatamente para acá. No sé cómo lo vas a hacer, pero vente.

− Tengo mi citroneta estacionada cerca y confío en poder salir del centro. Y ojalá no la hayan bombardeado.

− Ya, te espero. Juan Pablo me avisó que también se viene. Ten mucho cuidado, por favor.

Tomó conciencia Margot de que su casa se estaba convirtiendo en refugio de eventuales perseguidos políticos. Recordó que a pocos metros vivía una pareja joven, muy extremistas en sus ideas, pero con quienes había simpatizado. El barrio de Lo Curro era nuevo, en los extramuros de la ciudad y todavía había muchos sitios eriazos. Se había formado a partir del loteo de un gran fundo cercano a Santiago hacía varias décadas y lindaba con un cerro, cercano al Manquehue, a cuyos pies se formaron pequeñas parcelas rurales, vendidas a bajo precio. En una de ellas, el propietario había construido una pequeña cabaña para acoger a un hijo. Éste se fue del país, la cabaña quedó desocupada y al poco tiempo una pareja joven se instaló a vivir ahí. Habían arrendado la cabaña por una suma muy módica. Simón Araya era sociólogo y enseñaba en la Universidad de Chile y Gloria Gutiérrez practicaba la artesanía en textiles. Vivían modestamente. En más de una oportunidad Margot los acarreó en su auto, ya que el transporte público no funcionaba en ese barrio. Ella había simpatizado con la joven pareja, a pesar de sospechar que Simón participaba en el MIR, porque era muy crítico del gobierno y de todo lo que pasaba en el país, pero no desde la derecha sino desde la ultraizquierda. Tenían dos hijos de cuatro años el mayor y de dos la pequeña. Eran sencillos, esforzados.

− ¡Este gobierno cree que va a hacer la revolución llamando a elecciones!−, se mofaba. No ocultaba su admiración por Cuba.

Decidió ir a buscarlos. No tenían teléfono, ya que en varias oportunidades habían ido a hablar a su casa. Vistió a Sebastián y salieron de la casa en dirección a la cabaña, que no estaba a más de unos cincuenta metros. Los encontró sentados, tomando té, pálidos y tratando de sintonizar noticias en una pequeña radio de mala calidad. Abrieron con cautela cuando Margot les golpeó la puerta. Por una rendija se asomó el rostro de Simón. Cuando la vio su expresión se relajó y la invitó a entrar.

− Simón, vénganse de inmediato a mi casa. No pueden quedarse aquí.

Se miraron Simón y Gloria y sin mayor cuestión ambos asintieron.

− En verdad, estamos asustados−, confesó Gloria−. Nuestra mayor preocupación son los niños.

− Al final pasó lo que tenía que pasar−, Simón exhibió con un dejo de soberbia lo que consideraba su clarividencia−. Era imposible que este gobierno se saliera con la suya. Era obvio que la alta burguesía y la casta militar no le iban a permitir hacer una revolución popular.

− Simón−, le pidió Gloria−. Concentrémonos en lo inmediato. Tú ya estás en lista negra. No podemos quedarnos aquí, al menos por hoy. Tenemos que salir.

− Yo debería ir a reunirme con mis compañeros. Somos muchos los que ya estábamos en lista negra. Y nos hemos preparado para combatir, pero, es cierto, no tengo cómo llegar al punto de encuentro que tenemos fijado. Quizás sea mejor esperar uno o dos días. De acuerdo, gracias Margot, sinceramente te agradezco tu generosidad. Llévate ahora a Gloria y los niños y yo llegaré apenas pueda. Antes tengo que preparar algunas cosas.

− No. No te dejo aquí. ¿Te vas a ir por la calle en este barrio de la alta burguesía, como dices tú? Te esperamos, busca lo que necesites. Pero no te demores mucho, porque espero a otras dos personas que vendrán.

− Tengo que acarrear un equipaje. Voy a buscarlo.

Tardó diez minutos en reaparecer. Portaba una maleta de tamaño mediano, pero, por lo visto, pesaba mucho. Apenas podía con ella. En el otro brazo llevaba un bulto largo, envuelto en frazadas. También parecía pesado. Margot no quiso preguntar, pero le advirtió.

− No, no puedes ir por la calle con esos bultos y menos en este barrio. Esperen aquí. Voy a buscar el auto. No demoraré.

Cuando ya estuvieron en su casa, Margot encendió nuevamente el aparato de televisión. Hubo un anuncio que los dejó helados.

− El depuesto presidente ha muerto−, anunció un locutor con voz lacónica−. No quiso aceptar el ofrecimiento que le hizo la Junta Militar de abandonar la sede de gobierno y ser trasladado a otro lugar. Prefirió el suicidio. Repito, Salvador Allende acaba de cometer suicidio. En estos momentos…

Margot cortó la transmisión. Gloria rompió a llorar, abrazada a Simón. Los niños la miraron en silencio.

2

Hacia la una de la tarde llegó Juan Pablo Solar. Ingresó a la parcela y estacionó su auto frente a la casa. A pesar de ser ya un adulto de treinta y cinco años no podía dejar de sentir un nerviosismo propio de adolescente cuando visitaba a Margot.

Le confesó a un amigo íntimo, con quien se hacían confidencias, que en realidad estaba enamorado de ella.

− Es una mujer extraordinaria−, se la describía−, es bella, sensible, inteligente, de fuerte personalidad. Tiene una energía vital, una capacidad de empatizar con los demás, que cuando está con alguien parece que no hubiera nadie más en el mundo. Cuando habla sus ojos brillan. Fue muy fuerte en sus horas de dolor, cuando perdió a Rodrigo, pensando en primer lugar en su hijo, a quien quiso evitarle todo trauma y todo recuerdo amargo de ese momento tan triste.

− Y, ¿qué esperas?−, lo estimulaba su amigo.

− Mira, me incomoda mucho hablar de esto con ella. Me parece indecoroso. Lo sentiría como un sacrilegio. Ella tiene que vivir su duelo, asumir su vida y la de su hijo, lograr un equilibrio afectivo que, me imagino, debe ser muy difícil. Hemos sido muy buenos amigos, yo era muy cercano a Rodrigo. Y para serte franco, ya tuve un fracaso matrimonial y tengo que pensarlo muy bien antes de adquirir un nuevo compromiso. Pero, quien sabe.

Juan Pablo atraía a las mujeres, tenía buena presencia, con más de un metro ochenta de altura, rostro aceitunado y una voz profunda. Pero en su interior no había lo que pudiera llamarse una pasión. Hasta ahora. Desde la viudez de Margot no pudo evitar la experiencia vital de sentirse su pareja, aunque nunca hubo gestos ni sugerencias en tal sentido. Sin embargo, percibía una cierta reciprocidad de parte de ella. No quiso interpretarla sino como una amistad genuina. Habría sido muy torpe de su parte ir más allá. Pero se preguntó ahora cómo este terremoto político que estaban viviendo iba a afectar sus vidas. Esto podría cambiarlo todo.

Se bajó del auto y tocó el timbre. Apareció Margot y su rostro se veía alterado. Se abrazaron en el antejardín.

− ¡Qué bueno que hayas llegado, Juan Pablo! Estaba preocupada por ti. Es terrible lo que pasa. Acaban de anunciar que el presidente murió.

− Sí, lo supe. Estoy muy conmovido. Lo traté muchas veces, en reuniones oficiales y en más de alguna celebración amistosa, a las que era muy aficionado. Margot, se nos vienen tiempos difíciles. Esto no va a ser fácil. Tenemos que prepararnos.

Entraron a la casa y la anfitriona hizo las presentaciones de sus vecinos, Simón Araya y Gloria Gutiérrez. También había llegado Ricardo Schmidt, a quien Juan Pablo ya conocía, en el ministerio. Todos estaban con rostros sombríos. Los niños se habían retirado a la habitación de Sebastián donde jugaban. En el living-comedor, la televisión mostraba nuevas escenas de lo que ocurría en las calles del centro: detenciones de civiles con los brazos en alto, que iban siendo encerrados en camiones militares.

− Voy a preparar algo para que comamos−, anunció Margot−. No se hagan muchas ilusiones, solo algo liviano para almorzar. No estoy de mucho ánimo para cocinar. Juan Pablo, por favor, saca bebidas y vino de ese armario de la esquina.

Juan Pablo se sintió halagado de cumplir una especie de función de dueño de casa. Descorchó una botella de vino tinto y otra de blanco, sacó vasos y los distribuyó en una mesita de centro. Simón fue el primero en tomar un vaso y servirse un vino tinto. No hizo amago de ofrecerles a los demás. Su rostro, enmarcado por la larga cabellera y una barba negra y profusa, mostraba una sonrisa contenida, sarcástica. Había dejado el bulto largo con que llegó muy cerca de donde estaba y no le perdía mirada. Ricardo Schmidt fue más considerado y sirvió los vasos a Gloria, Margot y Juan Pablo, cuando éstos regresaron de la cocina trayendo sándwiches y frutas, que comenzaron a servirse.

− Vamos a cortar la televisión para que tengamos algo de descanso y podamos servirnos este almuerzo, muy frugal por lo demás−, sugirió Margot y sin esperar respuestas procedió a hacerlo.

Alguien tocó el timbre y todos se miraron. Margot salió a abrir. Oyeron saludos amistosos en el antejardín. Entró con un hombre joven de rostro alegre.

− Les presento a mi hermano Benjamín−, su rostro expresaba cierta aprensión−. Pero háganse el ánimo, aquí llegó un ultra momio.

Lo dijo en un tono de semibroma, palmoteando a su hermano. Se notaba incómoda. Benjamín traía una botella de champaña en la mano.

− Espero no interrumpir, pero quise venir a acompañar a mi hermana. No quería dejarla sola. Puede pasar cualquier cosa. Pero, ¿por qué todos tan compungidos? ¡Hay que celebrar! ¡Aquí traje una botella de champaña!

− Benja, entiende que no todos compartimos tus ideas. Aquí hay gente que está triste por lo que pasa, por la muerte del presidente, porque estamos en un momento muy crítico para el país.

− Bueno, lo lamento si es así como lo ven, pero miremos el lado positivo. Se acaba la incertidumbre, se acaba el caos y la anarquía en que estábamos. Les apuesto a que todo va a ir mejor.

Margot lo tomó de un brazo y se lo llevó a la cocina. Conocía bien a su hermano. Era buena persona, inteligente, muy de derecha, pero no le gustaba complicarse en la vida.

− Por favor, Benjamín, no seas inadecuado. Estos son mis amigos, son partidarios del gobierno de Allende, no es gente violenta y ahora son ellos los que van a enfrentar una enorme incertidumbre. ¿No has visto las noticias? ¿No has visto la violencia con que los militares están tratando a los civiles que eran miembros del gobierno?

− Pero, ¿qué esperabas? ¿Qué los trataran con algodones? ¿No viste que hay gente disparándoles a los militares desde los techos de los edificios?

− Mira, me encanta que me hayas venido a acompañar, pero te voy a pedir que seas prudente, que no provoques. Tratemos de pasar el día con la mayor tranquilidad posible, hasta donde se pueda, porque las cosas no están para celebrar. Así es que, gracias por la champaña, pero la vamos a guardar en el refrigerador para una mejor ocasión. Y ahora, abrázame, porque estoy temblando.

Regresaron al living y se sirvieron algo de lo que había sobre la mesa, mientras los demás hacían lo propio. Simón estaba sentado en un sofá y miraba al suelo, con un rostro amargo. Sostenía un vaso con vino. En algún momento se levantó y se acercó a Margot. Le habló en voz baja.

− Margot, te quiero pedir un favor. Acompáñame a la cocina.

Ella pensó, algo divertida, que su cocina se estaba convirtiendo en un verdadero confesionario de iglesia. Escuchó a Simón.

− En esta maleta que traje tengo documentación muy delicada. Hay papeles con nombres de algunos compañeros, direcciones, teléfonos, instrucciones para casos de emergencia. Son muy comprometedores si caen en otras manos. Tampoco quiero comprometerte a ti. ¿Cómo podríamos deshacernos de ellos?

− Con razón se veía tan pesada. Quememos esos papeles. Vamos a encender la chimenea y echamos todo ahí. Pero antes dime, ¿qué tienes en ese bulto largo que trajiste? Perdona si soy indiscreta, pero en las actuales circunstancias tengo que saber qué está pasando en mi casa.

Simón la miró fijo a sus intensos ojos verdes y vaciló antes de responder.

− Te tengo confianza y estoy agradecido que nos hayas acogido en tu casa. Por eso te voy a contestar bien francamente. Son fierros.

Margot lo miró con cara de pregunta.

− ¿Fierros? ¿Qué quieres decir?

− Nosotros llamamos fierros a unos juguetitos para prepararnos a una larga lucha. Es un arma.

− Pero, ¿estás loco? ¿Cómo se te ocurre traer un arma a esta casa en un día como hoy?

− Margot, yo ya no voy a regresar a mi casa. Tengo que irme a la clandestinidad. Mañana mandaré a Gloria a la casa de sus padres y yo tendré que desaparecer del escenario.

− ¡Ah, no, Simón! Lo siento, pero esa arma tendrá que desaparecer de aquí a la brevedad. Y tampoco tú podrás andar por ahí llevando un bulto de ese tamaño. ¿Por qué es tan grande?

− Es una metralleta AK6. Y no puedo deshacerme de ella. Tengo que ir al combate.

− Estás loco, Simón. Imagínate si llegan militares a esta casa. Hay niños chicos, hay gente inocente. ¿Cómo puedes comprometernos así? No, no lo acepto. Tendrás que deshacerte de ella. Además, te advierto que estás mal de la cabeza si crees que vas a ir a combatir. ¿Un puñado de personas sin orden ni disciplina contra un ejército profesional?

Simón se quedó en silencio y pensativo. Se asomó a una ventana de la cocina y miró el jardín. Luego pareció decidirse.

− ¿Tienes algún lugar para esconderla bien?

− Mira, la vamos a esconder por algunas horas, hasta que anochezca. Pero después la vamos a hacer desaparecer. Anda a buscarla y sígueme.

Simón recogió el bulto y subió con Margot al segundo piso de la casa. Se dirigieron al baño. Margot llevó una pequeña escalera guardada en un closet.

− Mira, ahí arriba hay una tapa que da al entretecho. Se abre fácilmente, empujándola. Pon la escalera, te subes y escondes el bulto. No dejes marcas en la tapa para que no se note que ha sido removida recientemente.

Simón hizo lo indicado y Margot guardó después la escalera en su lugar. Bajaron.

− Ahora vamos a encender la chimenea para quemar tus papeles.

Llamó a Ricardo y le pidió que fueran con Simón a traer leña del patio. Y les anunció a los demás que encendería la chimenea.

− ¿Para qué?- preguntó Benjamín−, si no hace tanto frío.

− No importa, la vamos a encender y tú vas a ayudar también−, le respondió Margot, perentoria. Era su hermana mayor y él siempre respetó sus opiniones.

Simón y Ricardo llegaron con varios leños y un pequeño atado de astillas más finas. Se arrodillaron frente a la chimenea, armaron una base con diarios y astillas y les aplicaron un fósforo encendido. Rápidamente se alzaron las lenguas de fuego. Agregaron algunos leños más grandes.

Benjamín se sacó su chaqueta y se quejó del calor.

− No es un día para chimenea−, se quejó−, pero, en fin. ¿Qué es lo que tenemos que quemar? Porque me imagino que de eso se trata.

Nadie respondió, pero apareció Simón con un alto de papeles que había sacado de su maleta. Los fue arrojando en pequeños montones al fuego. Gloria le ayudó con otro tanto. Revolvieron las brasas con unos instrumentos de fierro.

Alguien había puesto nuevamente las noticias en la televisión. Se reiteraban las escenas de la mañana, los bandos que emitía la Junta, que seguramente habían preparado en los días anteriores. Porque no era un golpe improvisado. Estaba muy bien planificado. Se informó que habría toque de queda a partir de las seis de la tarde. Esto era en tres horas más. Entremedio la televisión exhibía algunos documentales turísticos sobre las bellezas de Chile, los lagos, las montañas nevadas, escenas folklóricas campesinas. De pronto se interrumpían y se anunciaban listas de personas que deberían presentarse ante las nuevas autoridades. Incluían a todos los ministros de Allende, los subsecretarios y algunos altos ejecutivos de empresas públicas. Se oyó el nombre de Juan Pablo Solar. Este se quedó en silencio.

− Lo mejor que puedes hacer−, le dijo Benjamín−, es ir a entregarte. Estarás detenido unos días y te van a soltar. Si no has hecho nada, supongo.

− Lo estoy pensando−, respondió lacónicamente el aludido.

− ¡Nooo! Por ningún motivo−. Se oyeron varias voces, entre ellas la de Margot.

Simón argumentó con más convicción.

− No vayas. Correrías un alto riesgo de ser eliminado. En este momento nadie responde por nada. Lo único que hemos visto es el odio de la Junta. ¿Viste las caras de los cuatro? Si te entregas, no solo vas a ir preso, sino es probable también que te torturen para sacarte información. Y después al paredón.

− Es lo que hacían en Cuba, ¿no?−, Benjamín no pudo contener su sarcasmo.

Simón se levantó y salió al patio de atrás, a fumar, dijo. Gloria lo acompañó.

− Tendré que salir por unos minutos−, anunció Margot−. Voy a hacer algunas compras, aunque no estoy segura si encontraré lo suficiente.

El desabastecimiento de mercadería era general. Pero algo podría hallar. Y aunque su despensa no estaba muy mal provista, preveía que la noche sería larga y quizás qué pasaría al día siguiente. Eran varios los comensales que tendría que atender.

− Te acompañaré−, le dijo Juan Pablo.

− ¡Ni por nada! Eres cara conocida y más de alguien podría denunciarte. No, tú te quedas aquí y no te mueves.

Su hermano Benjamín se ofreció para acompañarla.

− No hay riesgo para mí−, hizo saber con una sonrisa arrogante. Se sentía ahora en el bando de los vencedores.

Se aprontaban para salir cuando apareció Sebastián, el hijo de Margot, que andaba jugando en el jardín con los otros niños.

− Mamá, hay un camión con soldados en la calle.

Se levantaron rápidamente todos y se asomaron a las ventanas de la casa. Se podía escuchar la respiración agitada de varios de los presentes. Efectivamente, en el camino que había a los pies de la parcela un camión con soldados estaba estacionado. Comenzaron a bajar con agilidad. Gloria tembló y se aferró a Simón.

3

Se relajaron cuando vieron que la patrulla se dirigía a otra casa.

− Van donde el ministro de Agricultura−, comentó Margot.

Efectivamente, en esa casa vivía uno de los ministros de Allende, de hecho, uno de los más aborrecidos en la oposición. Era el que había dirigido la reforma agraria.

− Espero que se hayan ido−, le susurró Juan Pablo al oído a Margot, refiriéndose al ministro−. Él sabía que en caso de golpe sería de los primeros en ser detenido.

Los soldados entraron al antejardín y rodearon la casa, agachados y con sus fusiles en ristre. Supuestamente esperaban algún tipo de respuesta armada, lo que por cierto, no sucedió. Poco después, uno que había entrado por atrás, salió por la puerta principal y gritó a sus compañeros que la vía estaba libre.

− ¡No hay nadie!−, les anunció.

Los soldados se irguieron. Un oficial les ordenó hacer guardia en el jardín, mientras revisaban la casa. Él entró con un grupo de cuatro conscriptos. Tardaron unos quince minutos en salir. Un soldado cargaba un televisor y otro, una cantidad de libros.

Margot llamó a su hermano a que mirara.

− ¿Qué te parece? ¿Es la búsqueda de una persona o es un asalto a una casa para robar?

Estaba furiosa. Benjamín la quiso tranquilizar.

− No te enojes, mujer−, le palmoteó la espalda−. ¿Tú crees que al ministro le va a importar que le lleven el televisor mientras él anda arrancando? Esa casa va a quedar sola y es seguro que igual la van a desvalijar.

− Pero ellos no tienen por qué convertirse en unos ladrones vulgares. No están para eso.

El camión militar desapareció y volvió la calma.

Margot estaba inquieta por el arma que se había ocultado en el entretecho de su casa. Ya era de noche y su principal objetivo ahora se centró en que ese artefacto desapareciera. Era demasiado el riesgo si fuera encontrado en un eventual allanamiento militar. Tenía una idea. Llamó a Simón a la cocina y le habló.

− Simón, tu arma no puede permanecer más en mi casa. Hay que eliminarla. Tengo el siguiente plan. A unos doscientos metros de la casa, cerro arriba, corre un canal que después continúa a otras comunas. Existe desde cuando estas tierras eran destinadas a la agricultura. El canal es bastante ancho, de unos dos metros, y profundo. El agua corre con fuerza hacia abajo. Es el lugar ideal para arrojar el arma. Será arrastrado por la corriente y si alguien lo encontrara, ya será un montón de fierros oxidados.

Simón contempló a Margot sin expresión. Ella continuó.

− El problema es cómo llegar a ese canal sin levantar sospechas de nadie que pueda hacer denuncias. Estaríamos violando el toque de queda. Pero la noche nos favorecerá porque está nublado y no hay luna, de modo que la oscuridad es total. Además, en esa parte del barrio vive muy poca gente y abundan los terrenos despoblados. También hay árboles altos, eucaliptus principalmente, entre los cuales nos podremos esconder en caso de que apareciera alguien. La cuestión es quienes vamos, quien me puede acompañar. Yo tendré que ir porque conozco el lugar, pero no me atrevo a ir sola. No quiero comprometer a mi hermano, lo pondría en una situación muy inconfortable, aparte de que él es muy de derecha. Tampoco pueden ser tú ni Juan Pablo, porque lo pasarían muy mal si los detuvieran. Así es que tendrá que ser Ricardo. Y creo que es conveniente que sea una pareja, despertaría menos sospechas que una persona sola.

Lo llamó aparte y le contó. Ricardo no vio ningún inconveniente y, al contrario, pareció alegrarse de poder ayudar a Margot. Y también sintió que la adrenalina aumentaba.

Trataron de que Benjamín no se diera cuenta.

− No provoquemos a mi hermano−, les dijo en voz baja a Simón y a Ricardo.

Simón la miró con ironía. Si alguien se sentía provocado era él.

− Yo te acompañaré−, le dijo decidido a Margot−. Yo soy el responsable de esta arma y yo asumo lo que sea. No le voy a traspasar el riesgo a otra persona. Ya te estoy comprometiendo a ti. De hecho, tampoco deberías ir, Margot. No tienes por qué. Yo creo que puedo encontrar el camino, algunas veces he deambulado por ahí.

− No, señor−, Margot fue perentoria−. Si te llegas a perder es más que seguro que te irá mal. Mira, es de noche, la oscuridad es total, nadie nos va a ver si actuamos con prudencia. Conozco estos senderos como la palma de mi mano. Así es que ya, Ricardo, partamos de una buena vez.

Benjamín se había dado cuenta de que algo extraño sucedía y no tardó mucho en informarse. Se incorporó a la discusión.

− Mira, Simón−, se dirigió al guerrillero con rabia−. Eres un irresponsable y yo no voy a permitir que mi hermana corra peligro por tu culpa. Vas tú solito y asume las consecuencias.

− Por supuesto, yo asumo toda mi responsabilidad−, replicó−. Y ya, no se hable más.

Tomó el bulto y se lo echó al hombro.

− Pero, ¿estás loco? ¿Cómo se te ocurre echarte eso al hombro? −, terció Margot.- Esperen un poco.

Subió a su dormitorio y bajó luego con un impermeable. Era de su difunto esposo.

− Ponte esto−, le ordenó a Simón−. Esconde el arma por dentro del impermeable y apriétalo bien para que no se te deslice. Y ahora, vamos, abrázame con tu brazo libre y simulemos ser una pareja de pololos que aprovechan la noche.

No aceptó más réplicas y salieron. Benjamín, furioso, se quedó mascullando garabatos por la locura de su hermana, haber acogido a un guerrillero. Se retiró a mirar la televisión. Eran pasadas las nueve de la noche. Estaban transmitiendo una vieja película chilena de José Bohr, “Uno que ha sido marino”. Todos los canales estaban en cadena, de modo que no había elección posible. Gloria hizo algunas camas para los niños en el suelo con cojines y frazadas que recogió. Ricardo y Juan Pablo salieron al patio a respirar la noche. Todo estaba muy quieto, pero cada cierto rato el silencio se interrumpía con algunos disparos aislados y lejanos. Había enfrentamientos. Pensaron en los muertos que estarían cayendo en las calles.

Simón y Margot avanzaron con lentitud por un camino que subía cerro arriba hasta que sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Iban en silencio, tratando de no hacer ruido con sus pisadas, abrazados. Estaban violando el toque de queda y ya por ese sólo motivo podrían ser arrestados, sin pensar en lo que ocurriría si los pillaban con una metralleta. Había luces en algunas casas, pero ellos trataron de evitarlas y avanzar más bien por las partes más oscuras. Algunos perros ladraron. En particular el perro de una casa se enfureció y no dejó de ladrar por varios minutos. Aceleraron el paso. Margot le susurraba a Simón la dirección que debían tomar. Éste había llegado hacía poco al barrio. De a poco se acabaron las casas y ya todo fue campo libre, con algunos árboles desperdigados. El camino se hizo más estrecho, luego se convirtió en un sendero y, por último, en una pequeña huella. Simón no veía nada, pero Margot conocía muy bien el lugar y con su instinto y las siluetas de las sombras se acercaron al canal. Se escuchaba el ruido del agua, corriendo con fuerza. De repente sentían deslizarse algún roedor.

− Estamos por llegar−, susurró Margot−. Ahora tenemos que evitar caernos al agua. Sería el colmo que nos pasara eso.

Llevaba una pequeña linterna, que accionó brevemente para ubicar bien el borde del canal. Cuando estuvieron seguros, Simón sacó la metralleta debajo de su impermeable y con mucho cuidado, arrodillado en la orilla, la deslizó hacia el agua, evitando que el bulto sonara al chocar con el líquido. Lo impulsó hacia el centro del canal, esperando que ahí la corriente fuera más intensa y arrastrara el arma lo más lejos posible. Se quedó inmóvil algunos segundos, escuchando por si había algún otro ruido que denotara presencia humana y luego se irguió. Lamentó desprenderse de su arma. Había tenido que gastar algunos ahorros para obtenerla, pero era un compromiso con sus compañeros de célula. Habían practicado tiro durante muchos meses, convencidos de que iba a haber un enfrentamiento final entre las fracciones sediciosas de las fuerzas armadas y los leales al presidente. La guerra civil era el desenlace natural del proceso que estaba en marcha. Y él estaba dispuesto a cerrar filas con la revolución que entonces se desataría. Pero los acontecimientos del día sugerían que no habría tal desenlace. No hubo ninguna señal de división de las fuerzas armadas. Y él perdió toda comunicación con sus compañeros. Tenía que improvisar ahora cuáles serían sus próximos pasos.

− Ya está−, le dijo a Margot−. Se fue el cuerpo del delito. Podemos volver.

− Sí, pero no olvides que estamos con toque de queda. Vamos a seguir las mismas precauciones.

Desanduvieron el camino, ahora más relajados. Margot se apartó un poco de Simón. Le había incomodado esa proximidad física que tuvieron que fingir para no despertar sospechas si alguien los veía a esas horas. Apreciaba a Simón pero era un extraño para ella, un vecino de barrio al que trató de ayudar muchas veces. Y ahora le molestaba mucho más haber comprobado que integraba algún grupo violentista, armado. Esa metralleta estaba destinada a matar gente y todavía tenía muy fresco en su memoria el recuerdo del vil asesinato de su esposo. Y también le molestaba su olor, su aliento, que había tenido que soportar tan cerca de ella. Las luces de las casas les sirvieron de faros para orientarse.

En algún momento Simón tropezó con una piedra y perdió el equilibrio.

− ¡Mierda!−, alcanzó a gritar en voz alta.

Margot quedó paralizada. Se abrió la puerta de una casa y apareció un individuo con linterna.

− ¿Quién anda ahí?−, gritó desde el antejardín, seguro de sí mismo.

Margot y Simón se agacharon y sin hacer ruido se guarecieron detrás de un árbol.

El hombre alumbró hacia la calle y movió la linterna en varias direcciones. Luego regresó a su casa y cerró la puerta.

La pareja respiró con tranquilidad. Margot no le habló a Simón hasta que llegaron. Él tampoco pretendió alguna cercanía. Ya en la casa fueron recibidos con expresiones de alivio por los demás. Eran cerca de las diez de la noche.

− Se ganaron un buen trago−, los invitó Ricardo−. Aquí les tenemos preparados unos pisco-sours o piscolas, para el que quiera.

Gloria abrazó a Simón y lo llevó adentro, a la pieza de Sebastián, donde acostó a sus niños en el suelo, encima de los cojines que ella pudo encontrar. El hijo de Margot dormía plácidamente en su cama. Los niños de la pareja estaban tendidos, pero no dormían.

En el living Benjamín seguía mirando la película, con cara de aburrido. Juan Pablo se acercó a Margot con un vaso de pisco sour, él sostenía otro en su mano y se sentaron en el sofá.

− ¿Todo bien? ¿Tuvieron algún percance?

− No, nada. Todo bien. Silencio total, excepto por los perros del vecindario, los conejos y los ratones que circulan sin inhibiciones por el campo. El agua se llevó la metralleta. Nadie nos vio, espero. ¡Es un bruto este Simón! ¡Cómo se le ocurre andar con una metralleta y en un día como hoy!

− Para eso la tenía, para un día como hoy. Pero supongo que se dio cuenta o recibió alguna instrucción de que no tenía objeto oponer resistencia.

− El creía que iba a haber una división de las fuerzas armadas y muchos enfrentamientos. Pero se desengañó. Mira, voy a preparar algo para que comamos. Deben estar todos muertos de hambre.

− Te acompaño−, y ambos se dirigieron a la cocina.

Margot decidió cocinar unos tallarines. Un puñado cundía mucho y además bastarían unos diez minutos para tenerlos listos, una vez hervida el agua. Juan Pablo hizo de ayudante de cocina. Ricardo se agregó al equipo. Preparó la mesa, sacó platos, servilletas, cubiertos y vasos. Buscó salsa de tomates y queso rallado para los tallarines. Puso un pan fresco que Margot logró conseguir en el almacén, buscó una nueva botella de vino tinto que descorchó y esperaron a que todo estuviera listo. Simón y Gloria habían bajado y conversaban en voz baja en un rincón.

Margot anunció la cena y pidió que alguien reanimara el fuego de la chimenea, del que solo quedaban brasas. Simón se apresuró a hacerlo y aprovechó de quemar otros papeles y libretas que sacó de su maleta. La anfitriona cortó la televisión, lo que no molestó mucho a Benjamín que estaba semi-dormido. En cambio, buscó un disco de música clásica, alguna sonata para piano de Mozart y lo puso en el tocadiscos. Se sentaron todos a la mesa y se repartieron los tallarines, que humeaban.

4

Habían transcurrido varias horas desde que comieron y ya era bien pasada la una de la madrugada. Ricardo dejó los platos y vasos lavados y guardados para que Margot pudiera descansar algo, aunque ella permaneció todavía en el living junto al resto de sus invitados. Gloria se había tendido junto a sus niños, en el segundo piso. Juan Pablo invitó a Margot a salir a tomar el fresco de la noche en el jardín de atrás, que era grande. Benjamín dormitaba en un sillón. Simón permanecía en silencio, sentado en el suelo, rumiando, afirmado contra un muro, con la mirada hosca y taciturna. Tenía un vaso de pisco a su lado. Su rostro denotaba la rabia que tenía. El ceño fruncido, los ojos muy abiertos pero inexpresivos. Los labios apretados. Sentía que el golpe era una lápida sobre las ilusiones que él y sus compañeros más cercanos se habían hecho durante los últimos tres años. Aunque era una posibilidad cierta, eso lo sabían todos, siempre era dejada de lado. Uno no quiere aceptar el peor escenario. Ahora veía claro que solo fueron eso, ilusiones, expectativas que alimentaron, a pesar de las muchas dudas que tenían. Cuando Allende fue elegido creyeron que se les abría el camino con el que habían soñado, el camino heroico, épico, de iniciar la revolución en el cono sur de América. Las condiciones estaban dadas. El pueblo estaba movilizado y eso se intensificaría. Iba a ser un proceso dinámico, crecedor. A medida que el pueblo tomara conciencia de que se podía acabar con la injusticia social, con el escándalo de que unos pocos, un puñado de familias oligárquicas, tuvieran el control del país, del poder económico y del poder político, cuando el pueblo viera que ahora sí, ahora iba en serio y no como en el gobierno anterior, que hizo un simulacro de revolución, nada podría detener la revolución de verdad. No iba a ser fácil, los reaccionarios se defenderían, él lo sabía bien, conocía la historia social del continente. Es lo que enseñaba en la universidad. Pero había que armar al pueblo. Llegaría el momento en que se produciría el enfrentamiento definitivo. Y para entonces el pueblo debería estar preparado.

− ¿En qué piensas, Simón?−, escuchó que alguien lo interpelaba. Levantó la mirada y vio a Benjamín que lo miraba a los ojos, echado en un sillón y su cabeza reclinada en el respaldo. No contestó y volvió a bajar la vista.

− ¿Es que realmente creías que con unas pocas metralletas la ultraizquierda iba a enfrentar y derrotar al ejército, a la aviación y a la marina juntas? ¿En qué mundo viven ustedes?

− Es difícil que la gente de derecha entienda estos procesos−, atinó a contestar, con desgano−. Aquí no se trataba de que un puñado de revolucionarios enfrentáramos al militarismo. Nuestro papel es crear conciencia, es movilizar, es convocar. El pueblo tendría que haberse sumado a un proceso que iría tomando fuerza, que crearía su propia dinámica.

− ¿Dinámica? ¿Para ir adónde? ¿Hacia el desastre al que nos estaba llevando el gobierno?

− Es que tú desconoces los procesos sociales. Cada cambio, cada transformación social que emprendiera el gobierno provocaría conflictos, como lo hemos visto estos tres años. Siempre hay grupos interesados en que los cambios fracasen y, ¡vaya que los ha habido! Eso es obvio. Pero esos conflictos son el método a través del cual el pueblo aprende y toma conciencia. Se avanza en grados de conciencia social y eso es lo que suma más adherentes a la movilización.

− ¿Me quieres decir que los conflictos son un método, una táctica para tomarse el poder? Francamente, me horroriza tu enfoque. Yo lo que veo es que los conflictos han afectado muy negativamente al país entero, incluido el pueblo, todos los hemos sufrido. Mira el desabastecimiento que hay.

− No creo que tú hayas sufrido el desabastecimiento. Estoy seguro que tienes tus reservas guardadas y si no, tampoco debes haber tenido problemas económicos para comprar en el mercado negro. Es el pueblo el que sufre las consecuencias en carne propia y eso es lo que lo hace reaccionar y movilizarse para encontrar sus propias soluciones.

− ¿Cuáles fueron esas soluciones? Ninguna. Al contrario, los problemas fueron cada vez más agudos, la escasez mayor. Y eso ha hecho sufrir a la gente, a los más pobres. Esa dinámica de los conflictos, como tú lo llamas, solo nos fue hundiendo a todos cada vez más en el pantano. Si el pueblo estaba tan comprometido con esos cambios ¿por qué no salió a las calles hoy día a defenderlos? Parece que no estaba tan convencido o movilizado.

− Porque hubo un error fundamental del gobierno popular. Fue un gobierno ambiguo, que no se decidió. Allende creyó que iba a hacer una revolución por la vía constitucional. ¡Y eso no existe! ¡Son ilusiones! ¡La revolución o rompe la institucionalidad o no es revolución! El error fundamental del compañero Allende es que no armó al pueblo. ¡Si incluso hizo aprobar una ley de control de armas que le dio facultades a las fuerzas armadas para estar encima de cualquier sospechoso! ¡Es ahí cuando empezó el golpe!

Benjamín guardó silencio. Desde el punto de vista de Simón había lógica. Pensó unos momentos cómo replicarle.

− El problema con tu razonamiento es que partes de premisas falsas. Para ti el mundo se divide entre buenos y malos. Ustedes son los buenos y el resto son los malos. Para ti la institucionalidad democrática no vale porque la hicieron los malos.

− ¿Qué democracia? ¿De qué institucionalidad democrática me hablas? ¿De una democracia burguesa, manejada al arbitrio de los que controlan el poder económico y el poder imperialista? ¿Qué democracia tiene el desempleado, el trabajador abusado, las familias empobrecidas que apenas tienen para comprar unos mendrugos? ¡Mira, ésta es una mierda de democracia y no importa un carajo que desaparezca!−, terminó gritando Simón.

− Simón, ¡cálmate! Te aseguro que de aquí en adelante tú y tus compañeros van a clamar a gritos para que vuelva esta tan denigrada democracia burguesa que permitió que Allende ganara las elecciones e incluso que la Unidad Popular alcanzara la mayoría en las elecciones senatoriales últimas.

− ¿Y de qué sirvió? Ya ves el resultado. Hoy lo tenemos a la vista. El palacio de La Moneda ardiendo. A esto nos condujo tu bendita democracia.

− ¡Ah, no! Ahí sí que tu argumentación se desmorona. Lo que estamos viviendo en este momento se debe al mal gobierno de tu compañero presidente, al cúmulo de errores que cometió, a la pésima administración de las empresas estatizadas, a esos famosos “resquicios legales” que usó para saltarse la ley y hacer la vista gorda a los abusos y tropelías en los campos y en las industrias. Fue el pueblo el que pidió la intervención militar. Y esto no sucedió en el gobierno anterior, que a mí tampoco me gustó nada.

− ¡El pueblo pidió la intervención militar! ¿Me estás tomando el pelo? ¿Quiénes fueron a golpear a los cuarteles? No fue el pueblo, ¡fueron los ricachones del barrio alto que no querían perder sus privilegios! Y tu comparación con el gobierno de Frei es muy mala, porque ese gobierno no se animó a hacer la verdadera revolución. Se llenaron la boca con la “revolución en libertad”, pero ¿qué logró el pueblo? Te hablo del pueblo proletario, del pueblo abusado, del pueblo que siguió en la pobreza

− Simón, ¿es que no reconoces los progresos que logró el campesinado y los pobres de este país con los avances en la educación, en la construcción de viviendas sociales, en las organizaciones, en el gobierno anterior? −. Terció una nueva voz. Era Ricardo, que había vuelto de la cocina.

− Claro, algo había que cambiar para que todo siguiera igual. Alguien escribió eso hace muchos años, no sé quién. Unos pocos beneficios para tranquilizar al pueblo, pero los gringos siguieron en el cobre, los viejos oligarcas chilenos siguieron controlando los bancos y las grandes industrias, la riqueza siguió concentrada en una elite. ¿A eso lo llaman revolución?

− No, por supuesto que no fue la revolución que tú querías, violenta, rápida, totalitaria−, insistió Ricardo−. Pero las condiciones del campesinado cambiaron radicalmente, subieron los salarios, se empezó una revolución educacional, un mayor control sobre el cobre, se organizaron las juntas de vecinos, tan importantes en las poblaciones. Fueron cambios graduales, de modo que el país los fuera asimilando de a poco.

− Bueno, parece que esta discusión da para largo y ahora no es el momento de seguir, al menos para mí. Me van a disculpar, pero por mi parte, dejo a los revolucionarios que se pongan de acuerdo y yo me voy a dormir un rato, aunque sea en el suelo, con la cabeza en un cojín. ¿Quién me pasa uno?−, era Benjamín que renunció a seguir en un debate que en realidad no le entusiasmaba mucho. Nunca pudo entenderse con la gente de izquierda. Prefirió dejar a un democratacristiano discutiendo con un ultraizquierdista. Pero Simón se encogió de hombros y cerró sus ojos. Al parecer ellos también estaban cansados y optaron por echar la cabeza hacia atrás en sus respectivos sillones.

Entretanto Juan Pablo había salido con Margot al jardín. Estaba muy frío, pero había una tranquilidad total. Una paz que no calzaba con la violencia que probablemente estaba ocurriendo en todo el territorio nacional, a la sombra de la noche. Se sentaron en un banco de madera, bajo un árbol frondoso.

− ¿Qué irá a pasar, Juan Pablo?−, le preguntó Margot, con más retórica que intención, porque nadie tenía la respuesta.

− Es una tragedia, amiga querida. En este mismo momento mucha gente debe estar muriendo en distintas partes del país. Se nos viene una dictadura y no creo que vaya a ser muy blanda. Nunca las dictaduras han sido blandas y menos en el primer tiempo. Mira lo que ha pasado en Brasil con su dictadura militar. Ya llevan casi diez años. Tengo algunos amigos brasileños y lo que cuentan da escalofríos.

− ¿Por qué tenía que pasar esto? ¿Cómo puede ser que el gobierno y la oposición no se hubieran podido poner de acuerdo?

− Cuando los ánimos se caldean y la violencia escala, se llega a un punto sin retorno. Las emociones prevalecen sobre la razón y perdemos la objetividad. Yo escuché que el presidente pensaba llamar a un plebiscito para que la ciudadanía decidiera qué caminos tomar, pero no llegó a concretarse. Y quizás ya era muy tarde. Habría sido muy difícil tener un plebiscito en las condiciones de beligerancia del país. ¿Te imaginas un plebiscito en este ambiente?

− ¿Qué vas a hacer tú, Juan Pablo? No puedes entregarte, por favor, no lo hagas.

− Lo he pensado toda la tarde y creo que tienes razón. No tengo por qué entregarme. No he cometido ningún delito. No he hecho nada ilegal. Todo mi pecado es haber sido un funcionario leal del gobierno. Esta orden de detención en mi contra es totalmente arbitraria. Son ellos los que se han salido de la constitución. No, no lo voy a hacer. Pero entonces tendré que refugiarme. Se ha instalado la ley de la fuerza. No me podré quedar en el país, Margot. No tengo pasta de mártir ni para andar ocultándome en la clandestinidad.

Permanecieron en silencio. Margot se sentía afectada emocionalmente. Juan Pablo era un buen amigo, sentiría mucho que tuviera que irse del país y dejar de verlo. Algo se estaba desgarrando nuevamente en su alma. Ya había sufrido la pérdida de su esposo y aunque el dolor lacerante no había desaparecido, sentía que estaba cicatrizando. Ahora iba a perder a un buen amigo, su mejor amigo, en realidad. ¿Sería algo más?, se preguntó, pero desechó ese pensamiento.

Miró las estrellas. El cielo se había despejado y la falta de luna hacía más brillante el firmamento. Le señaló a Juan Pablo las estrellas que podría identificar.

− Mira, ahí están las Tres Marías, la Cruz del Sur. ¡Qué linda está la noche!

− Diviso la constelación de Orión−, agregó Juan Pablo−. ¿Viste el aereolito que acaba de pasar? Le dicen también estrella fugaz. ¡Cómo puede cambiarle la vida a uno tan repentinamente!−, se quejó y de inmediato se arrepintió recordando la reciente viudez de Margot. Ella guardó silencio.- Margot, te quiero pedir un favor. Te quiero entregar la llave de mi departamento. Supongo que ya no volveré ahí, al menos por un tiempo, no sé cuánto. Se la puedes hacer llegar a mi hermano, quien se encargará de guardar mis cosas, arrendar el departamento y enviarme el dinero. Lo necesitaré. Y que me mande algunos objetos personales, alguna ropa y unos libros. Creo que no hará falta más.

− Por supuesto, no te preocupes. Hablaré con tu hermano y nos organizaremos. Yo puedo ayudar también.

− No tienes por qué molestarte−, sin darse cuenta, Juan Pablo estaba probando los sentimientos de Margot. Los suyos hacia ella, pero también su inseguridad, lo estaban alterando. El tiempo con ella a su lado se acababa y sentía la necesidad de dar algún paso, de manifestarse. Su corazón latió con más fuerza. Margot guardó silencio.

− No es molestia. Lo haré con mucho gusto−, le replicó, lo que aumentó su ansiedad. ¿Por qué algunas mujeres persistían tanto en prolongar la agonía de los enamorados?, pensó él.

− Y tú, ¿qué harás? No deberías quedarte sola aquí con tu hijo. Hay tanta incertidumbre.

De pronto sintieron un ruido que los alarmó. Desde el fondo de la parcela se podía escuchar con nitidez algo como un objeto que se remecía, como ramas que se agitaban.

− ¿Qué hay atrás?−, Juan Pablo se sobresaltó.

− La propiedad termina en una alambrada de púas y un cerco vegetal. El sitio de atrás es eriazo. Será algún perro, en la noche se pasean por todas partes.

Pero escucharon pisadas. Eran los pasos de un hombre. Parecía caminar sin inhibición. Divisaron una sombra avanzando hacia la casa. Se percibía un arma larga en su mano. Margot no pudo evitar tomarse de un brazo de Juan Pablo y se le entró el habla. Pero luego, armándose de valor, gritó fuerte:

− ¿Quién anda ahí?−, se irguió de su asiento y caminó unos pasos.

Nadie respondió, pero la sombra siguió avanzando, con más cautela. Margot repitió la pregunta, ahora con voz más alta y enérgica.

La sombra contestó.

− Señora Margot, ¿es usted? Soy su vecino.

El hombre iluminó a Margot con una linterna y luego se alumbró su propio rostro, como para identificarse.

− ¡Don Vicente! Pero, ¿qué hace usted aquí? ¿Por qué entró a mi jardín y a esta hora de la noche?−, la voz de Margot estaba alterada y molesta.

− Disculpe, señora Margot, pero escuché ruidos en su casa y decidí venir a ver si estaba todo bien, para acompañarla. Como usted vive sola.

− Le agradezco mucho, pero no se preocupe. Estoy bien, no pasa nada y mi hermano me está acompañando. Y, por favor, le voy a pedir que regrese a su casa por donde mismo vino.

− Veo que tiene algunos invitados en su casa−, dijo el intruso, mirando al interior de la casa, en la que se veía gente.

− Sí, tengo muy buenos amigos que vinieron a verme y los pilló el toque de queda.

El hombre no daba señales de irse. Sacó un cigarro y lo encendió.

Margot trató de mantener la calma y no mostrar su nerviosismo:

− ¿Se le ofrece algo más, don Vicente?

− A mí no, pero cualquier cosa que se le ofrezca a usted estoy a su disposición. Mire, si quiere le doy mi teléfono, pero necesito un papel y luz para anotárselo−, y se acercó a la casa.

Juan Pablo se había quedado en la sombra, semi-oculto, dispuesto a intervenir si fuera necesario.

Margot se hizo ánimo y le replicó, firme:

− No se preocupe más, don Vicente. Yo ya tengo su teléfono, que distribuyó la Junta de Vecinos hace un tiempo. ¿Se acuerda?

− Bueno, en ese caso, parece que no tengo más que hacer aquí. Pero, cuídese Margot, mire que anda mucha gente peligrosa por todos lados. Y dele mis saludos a su hermano−, concluyó con un dejo de ironía.

Dio media vuelta y se retiró por donde había entrado. Juan Pablo y Margot se quedaron mirando su sombra que se alejaba. Tomaron nota de que en su despedida se dirigió a ella en forma condescendiente, con algo de sarcasmo.

Se sentaron y ella se tomó del brazo de Juan Pablo. Temblaba de miedo. Él le acarició la espalda para calmarla.

− ¡Qué tipo más sinvergüenza! ¡Este sí que es un terrorista, pero de ultraderecha! Su nombre es Vicente Pérez. No venía a protegerme. Venía a espiarme. Seguro que vio las luces de la casa y los autos estacionados y sospechó que podría pillar gente para denunciar.

− ¿Por qué dices eso?−, quiso saber Juan Pablo.

− Porque es un tipo que conozco, es mi vecino. Desde hace tiempo gente de la ultraderecha bien conocida se reúne en su casa, incluso alguno que en su momento fue sospechoso de participar en el crimen del general Schneider. Es bien sabido en el barrio. Y él conoce toda mi historia. Sabe que Rodrigo fue funcionario del gobierno. Debe creer que yo también soy de izquierda y que estoy acogiendo a fugitivos. Quedé tiritona. Por favor, anda a traerme un vaso de vino, y otro para ti.

− Bueno, de hecho, miró mucho hacia adentro de la casa. Seguro que vio más gente. ¿No quieres entrar? ¿Tienes frío?

− Sí, pero quiero quedarme aquí otro rato. Acompáñame y trae ese par de vasos−. Juan Pablo regresó con los dos vasos de vino tinto.

− ¿Qué piensas hacer?−, le preguntó Margot, con ansiedad.

− Por lo pronto, tendré que desaparecer. Creo que tendré que buscarme alguna embajada que me acoja y después trasladarme al extranjero. Hasta que esto se calme y todos sepamos mejor qué rumbos va a tomar esta dictadura.

− Mira, en este barrio vive la embajadora de Suecia. Me tocó conocerla en algunas de las reuniones de Junta de Vecinos que se hicieron. Es una mujer de mediana edad, muy progresista y agradable. Conversamos varias veces y nos caímos bien las dos. Incluso una vez me invitó a su casa, un fin de semana. Podría tratar de contactarla.

− Sería una buena opción, aunque no me imagino aprendiendo a hablar sueco y a vivir como lapón−, bromeó Juan Pablo, alentado por esa posibilidad.

− Pero tú hablas inglés. Suecia es un país bilingüe. Casi todo el mundo habla inglés. Si no, estarían aislados del resto del mundo. Voy a buscar en mi libreta de teléfonos, creo que tengo el número de ella. Juan Pablo, ése es el camino.

− De acuerdo, pero espera a la madrugada para llamarla. No la vas a despertar a esta hora.

− No sé si estará durmiendo. Es muy política y estoy segura de que debe estar trasnochando, para informar a su gobierno y también para recibir instrucciones. Entiendo que Suecia está unas seis horas más adelante. Allá tiene que ser de mañana. Pero voy a esperar algunas horas.

Juan Pablo quedó en silencio. Lo preocupó la visita de ese vecino, en una de esas podría hacer una denuncia. También pensaba aceleradamente si sería oportuno hablar de sus sentimientos a Margot. Todavía se sentía inhibido, pero las cosas se estaban precipitando.

Ella le propuso que descansaran un poco.

− Instálate donde quieras. Yo voy a tenderme un rato en mi cama. Si necesitas alguna frazada o abrigo, dime.

5

Margot se tendió en su cama y trató de dormir. A pesar del cansancio, el sueño no venía. Se dio vueltas, pero los acontecimientos del día revoloteaban por su mente como insectos zumbones. Pensó en Rodrigo. ¿Qué sería de él en estas circunstancias, si viviera? ¿Qué pensaría? ¿Qué podría hacer? Sin darse cuenta comenzó a revivir ese día trágico, con una lucidez como si hubiera sido el día anterior. De eso hacía poco más de un año, era agosto del 72.

Recordó que dormían plácidamente cuando la campanilla del despertador interrumpió violentamente el sueño de ambos. Rodrigo le comentó que había dormido mal, con desasosiego, con malos sueños. Le dijo que el día no sería fácil, más bien tormentoso, de ahí probablemente su ansiedad.

Él se incorporó en su cama, todavía somnoliento. El cuarto estaba todavía en penumbras, a pesar de ser primavera y apenas se traslucían las luces de la calle a través de los bordes de las cortinas. Había una suave brisa, a juzgar por las sombras vacilantes del árbol de judea del jardín, que ya llegaba a la altura del segundo piso y se percibía a través de las cortinas.

Permaneció algunos minutos semi-incorporado hasta que terminó de despabilarse. Se levantó de la cama y se duchó. Probablemente se quedó más tiempo del acostumbrado disfrutando del agua tibia. Margot ya estaba levantada y le sirvió un desayuno frugal. Un jugo de frutas, café bien cargado, dos tostadas, mantequilla y mermelada.

No tenía mucho apetito y la mermelada de naranja que, usualmente le gustaba mucho, permaneció intocada en el pocillo. Hablaron poco. Rodrigo se mantuvo reservado y silencioso mientras se servía el café y las dos tostadas con mantequilla. La luz de la mañana ya se dejaba ver y comenzó a iluminar el comedor, aunque no había sol. Un auto se detuvo frente a la casa, sonó el timbre y Rodrigo se levantó rápidamente. Corrió las cortinas de la ventana del living y observó a través de los vidrios.

− Me vienen a buscar.

De un maletín sacó unos papeles y se los pasó. Ante la mirada interrogadora de Margot, le explicó.

− Ayer me entregaron en la notaría estos poderes que te hice. Y unos seguros. Guárdalos tú.

− Poderes y seguros… ¿para qué? ¿De qué se trata?

− Es conveniente que tengas poderes míos para girar de la cuenta corriente y para algunas otras cosas. Supón que me enferme, que tenga alguna inhabilidad…Tienes que poder operar. Y los seguros siempre son necesarios, puede haber algún incendio, algún accidente…

− No me habías contado.

Rodrigo no le replicó, pero la atrajo para besarla y despedirse. Ella lo miró con una sonrisa forzada y lo retuvo en sus brazos por unos instantes. Apoyó su cabeza en su pecho.

− Cuídate−, le pidió−. No me gusta nada esto.

− Tranquila, mujer−, le había asegurado Rodrigo−. Está todo previsto. Sabemos que va a haber algún alboroto, pero no podrán impedirlo. Llevo el acta de requisición, firmado por el presidente. Tendremos fuerza pública, por si hay desórdenes.

− Llámame apenas haya terminado todo y estés instalado.

− Lo haré. Dale un beso al Seba, prefiero no despertarlo.

Rodrigo se puso la chaqueta, tomó su maletín y se dirigió a la puerta de calle. Margot le retuvo una mano.

− ¡Por favor, ten prudencia!−, le rogó−. Y no dejes de llamarme.

Ella lo miró subirse al automóvil y permaneció inmóvil por varios segundos después de que el vehículo desapareciera de su vista. Terminó su café, levantó la mesa, ordenó la cocina, hizo su lista de compras y se preparó para llevarle el desayuno a su hijo. Ya eran más de las ocho y media de la mañana. El llamado se produjo poco después, pero fue el timbre de la puerta. Había dos hombres bien vestidos, aunque relativamente informales, en la entrada. Uno de ellos era Juan Pablo Solar, antiguo amigo de la pareja. El otro, de edad madura, calvo. Reconoció al de mayor edad y su sangre se heló. El ministro en persona. No atinó a pronunciar palabra.

− Margot−, le dijo el ministro, que la conocía desde años atrás−. Tenemos que conversar.

Con gestos los hizo pasar y sentarse. Margot tenía la garganta atorada.

− Lamento mucho traerte malas noticias−, le dijo con gravedad. Sus ojos estaban húmedos−. Ha habido un accidente.

− ¿Qué pasó?−, pudo balbucear apenas−. Por favor, dígamelo rápido. ¿Le ocurrió algo a Rodrigo?

El ministro asintió levemente con un movimiento de cabeza.

− Fue atacado durante el acto de requisición. Alguien le disparó desde otro edificio. Rodrigo murió a los pocos minutos en el mismo lugar. Fue imposible hacer nada−. Su voz era grave, pero cálida.

Margot quedó con la mirada perdida, la boca seca, amarga, sin pronunciar palabra. Sebastián, que andaba cerca y escuchó las voces de adultos, se acercó a su madre. Ella lo apretó en sus brazos y lloró en silencio, conteniendo apenas los temblores de su cuerpo. Juan Pablo se levantó de su asiento y se acercó para abrazarla. El ministro buscó la cocina y le llevó un vaso de agua.

− ¿Cómo pudo ser?−, los increpó con rabia, su cara congestionada, los ojos rojos de llanto−. Se suponía que lo protegerían. No lo puedo creer. ¡Díganme qué pasó! −, miró ahora al ministro con expresión de rabia.

− Cuando el equipo del ministerio iba a entrar a las oficinas, se enfrentó a un grupo de manifestantes en la calle. No eran muchos, serían unos quince o veinte, según me informaron. Gritaban y vociferaban en contra de la expropiación. Sin duda estaban preparados para oponer resistencia. Rodrigo iba al frente del equipo, con carabineros que lo flanqueaban. Der pronto se sintieron dos disparos y Rodrigo se desplomó. Fue instantáneo. El tiro le dio directo en la cabeza. No hubo tiempo ni de llamar una ambulancia. Aparentemente fue un francotirador que disparó desde algún edificio del frente. Lo siento mucho, Margot, no sabes cuánto lo siento.

Margot guardó un largo silencio, mientras seguía sollozando, abrazada a su hijo. Juan Pablo, sentado a su lado, los mantuvo rodeados con su abrazo. El ministro observaba de pie. Permanecieron todos en silencio, interrumpido solo por los gemidos de la madre y su hijo.

− Dime si puedo hacer algo ahora-le ofreció Juan Pablo. Sus ojos estaban brillantes.

− No sé, no puedo pensar mucho. Pero, por favor, llama a mis padres y pídeles que vengan. Solo diles que Rodrigo tuvo un accidente y que se vengan a mi casa. El teléfono de mi madre está en esa libreta, por mamá.

Mientras Juan Pablo hablaba, Margot se quedó echada sobre el sofá, sin soltar a su hijo, cerró los ojos y lloró con desolación, con amargura. El ministro permaneció a su lado, abrazándola en silencio. Llevaban ocho años de casados y tenían a Sebastián, de cuatro. Estudiaron ingeniería juntos en la universidad, en distintas especialidades. Rodrigo se fue por el lado industrial, mientras Margot, de espíritu más científico, optó por la ingeniería química. Ella trabajaba ahora en la empresa farmacéutica de su padre, en el laboratorio. Rodrigo, en cambio, después de un tiempo de asesorar a empresas industriales, se dedicó a la política, siguiendo una vocación desde sus tiempos de estudiante. Tenían casi la misma edad, recién cumplidos los treinta años. Margot era una belleza, siempre muy demandada en la universidad. Tenía un rostro muy blanco, alargado, pelo negro, crespo, ojos verdes, grandes.

Rodrigo, muy alto, tenía pelo color castaño, liso, de huesos pronunciados en la cara. Ambos se destacaron por sus dotes académicas, por la simpatía que derrochaban con sus amigos y conocidos. Se diferenciaban en sus preferencias políticas. Rodrigo, vehemente, apasionado, asertivo, convencido de los cambios sociales y económicos que había que hacer en el país, mientras que Margot, sin ser conservadora, lo entendía, pero pensaba que sus ideas eran excesivamente radicales y conflictivas. A Rodrigo se le había encomendado la misión de encabezar la expropiación de una empresa importadora, supuestamente muy importante y hacerse cargo de su gerencia mientras durara el proceso legal. El sintió la excitación del desafío y lo asumió con entusiasmo. No pensó en riesgos personales. Margot nunca entendió mucho por qué esa empresa era tan importante para el gobierno, una importadora de maquinaria agrícola.

Margot no podía creer que Rodrigo no estaría más. Recordó que hacía tan solo poco más de una hora se habían despedido. Él le entregó unos poderes y unos seguros, entre ellos un seguro de vida. Ella se extrañó y sospechó que Rodrigo intuyó que algo le podría pasar, pero nunca esto. Había violencia y odio en el país, los bandos eran irreconciliables. Antes de iniciarse el gobierno un comando de ultra derecha había asesinado al comandante en jefe del Ejército, el general René Schneider. Ahora la violencia destrozaba su hogar, a manos de un asesino. Ella era pacífica por naturaleza, siempre evitó el conflicto, pero sintió un ardor en su sangre. Ese asesino no había actuado solo. Fue algo siniestro lo que acabó con la vida de su esposo.

No supo cuando se quedó dormida, en medio de esos recuerdos tan dolorosos que la acompañarían por el resto de su vida.

6

Con las primeras claridades del alba, Margot se despertó. Eran poco más de las siete de la mañana. Aunque pudo dormir vestida en su cama, lo hizo intranquila, despertando con frecuencia. Y sus remembranzas del asesinato de su esposo le impidieron alcanzar el sueño profundo. También le volvían a su mente los acontecimientos del día anterior y de la noche. Recordó de inmediato que tenía la casa llena de gente. Y estaban Juan Pablo y su hermano, Benjamín, quienes más le importaban. Se quedó tendida, despierta, al no sentir ningún ruido. Esperó otra media hora hasta despertarse bien y se levantó. Fue al dormitorio de los niños. Gloria dormía vestida, plácidamente, en la cama de Sebastián y este en el suelo, sobre cojines y mantas, junto a los niños de Gloria. A su hijo le había gustado la idea de dormir en el suelo para dejarle su cama a Gloria. Era toda una nueva experiencia, aunque más tarde reclamaría que el suelo era muy duro. Gloria abrió los ojos cuando oyó entrar a Margot. Se saludaron en silencio, con una sonrisa. Era morena, bajita, de cara redonda y ojos grandes, oscuros y muy vivos. Se incorporó como para levantarse, pero Margot le hizo un gesto de no hablar, para no despertar a los niños, y que se quedara tranquila.

Margot decidió ducharse y vestirse para ir a preparar un desayuno general, antes que los demás se incorporaran. Prefería estar sola en la cocina y disponer los alimentos a su ritmo. El día por delante era toda una incertidumbre y necesitaba tiempo para pensar y buscar soluciones. Recordó a su padre cuando, de chica y ante las dificultades que a veces enfrentaba ella, le decía “piensa antes de actuar”.

− Papá, ¿y cómo se hace eso? −, le preguntó con ingenuidad, en más de una ocasión.

− Margo, primero tienes que entender bien cuál es el problema. Después tienes que decidir qué vas a hacer. Eso se llamaba solución.

Y le ponía ejemplos a su alcance. A Margot esas conversaciones con su padre se le quedaron grabadas para toda la vida. Ahora el problema era más grave. Ya no era cuestión de no tirarse del pelo con una amiga, como le ocurrió más de una vez en su infancia, sino de salvar unas vidas ante un riesgo muy probable de perderlas. Así es que también correspondía que pensara bien. Había al menos tres personas y dos niños cuya suerte dependería de que ella tomara una buena decisión. Era la dueña de casa, pero también se había convertido en una jefa de tribu. Su deber, como tal, era proteger a sus alojados. Alguna vez leyó que en la antigüedad los jefes de las tribus primitivas tenían la responsabilidad de cuidar y proteger a los miembros de su tribu ante los ataques de rivales. Después fueron los príncipes y señores feudales los que asumieron esa obligación a cambio, por supuesto, de la sumisión y la explotación de su trabajo. Así nacieron los Estados modernos, con la responsabilidad de defender a sus ciudadanos. Pero, ¿qué se podía hacer cuando el propio Estado se convertía en verdugo de sus ciudadanos? No lo tenía nada de claro. Dejó sus cavilaciones filosóficas y recordó que tenía algo que hacer y lo haría de inmediato.

Tomó el teléfono y marcó un número.

− Quisiera hablar con la señora Greta, la embajadora, por favor−. Hubo una pausa y continuó−. Habla Margot Lagarrigue, soy amiga de ella y vecina. Dígale que tengo urgencia de hablarle. Sí, estoy en mi casa. Mi teléfono es…Le agradeceré mucho.

Retornó a la cocina y se puso a abrir las alacenas para sacar café, té, panes, miel. Mantequilla no había y tampoco azúcar. Pero la miel serviría para los que quisieran endulzar su café. Encontró unos huevos, que decidió hacer revueltos. Eso les daría energías a todos. Puso agua a hervir. Sacó la vajilla para el desayuno y cubiertos. Por ahí encontró algunas manzanas. Todo serviría porque había un buen lote de personas. Llevó los platos y tazas a la mesa del comedor, la fruta, los huevos , algunos panes, café y agua caliente en un termo. Con el aroma de los huevos los huéspedes comenzaron a despabilarse y a levantarse de los sillones donde habían descansado algunas horas.

Se reunieron alrededor de la mesa. Simón subió a buscar a Gloria. Todos mostraban rostros demacrados por la falta de suficiente sueño y las incomodidades de la noche. Solo Margot estaba ágil y despejada. Había tenido el privilegio de poder dormir en su cama, aunque poco, ducharse y cambiarse ropa. Sonó el teléfono y la anfitriona se levantó de la mesa para contestar. Habló durante unos diez minutos y regresó. Miró a Juan Pablo y le hizo una seña para que se apartaran. Le habló en voz baja.

− Acabo de conversar con la embajadora de Suecia y está dispuesta a que te vayas a la embajada. Hablaremos más tarde para afinar los detalles.

− Muchas gracias, Margot, pero me resulta todo tan repentino. En verdad estoy muy confuso.

− No te compliques. Ella es una persona muy cálida y lo mismo su familia, a quienes conozco hace tiempo. Por último, te quedas ahí unos pocos días hasta que el panorama esté más claro y puedas tomar una decisión más definitiva. Greta me aseguró que te va a acoger. Ya ha recibido varias solicitudes, pero tú tendrás un lugar asegurado. Y ahí no entrará nadie a buscarte. Te darán una visa de cortesía si es que optas por un exilio en Suecia.

− No sé qué decirte−. Juan Pablo expresaba sus dudas en el rostro, pero quizás no tanto por el hecho de irse del país como porque dejaría de ver a Margot, quizás por cuánto tiempo.

− ¡Nada, hombre! Ya, vamos al desayuno que nos espera.

− Hay otra cosa que me preocupa. Es Simón. ¿Habrá posibilidades de que también se vaya a la embajada sueca? Yo creo que su vida peligra más que la mía.

− ¡Uf, qué complicado! Pero tienes razón. Volveremos a hablar más tarde y le diré.

Se incorporaron a la mesa del desayuno. Ricardo comentaba su sueño de la noche.

− Fue extraño−, dijo−. Me encontraba en una casa de playa con otra gente y de pronto vi un animal muy raro. Tenía el tamaño de un perro ,pero no era perro. Tenía unas especies de crestas puntiagudas sobre el lomo. Los perros verdaderos que había alrededor le ladraban furiosos, con sus pelos erizados de terror.

− Eso es un dragón, un dragón del tamaño de un perro−, comentó Benjamín.

− ¡Eso es!−, exclamó Ricardo−. Precisamente, era un dragón, pero pequeño y no tenía cola. Tampoco echaba fuego.

− El dragón es una de las figuras terribles del Apocalipsis−, aportó Juan Pablo−. Representa al demonio.

− Es un sueño muy realista−, mencionó Simón, que ya había bajado con Gloria y alcanzó a escuchar el relato de Ricardo−. El demonio ya está entre nosotros y tiene un nombre. Ayer lo mostró la televisión, sentado, con anteojos muy oscuros y cara de perro. Y es un demonio que nos ha traído el apocalipsis.

− Ya saliste con la tuya−, se mofó Benjamín−. Andas viendo demonios por todas partes. ¡Si fue un sueño, nada más! Y tú, ¿qué soñaste?−, se dirigió a Simón−. Cuenta, algo habrás soñado.

− Yo no sueño nada−, contestó el aludido, molesto.

− Ya, a relajarse, que tenemos un largo día por delante y muchas cosas en qué pensar−, sugirió Margot que temía un nuevo enfrentamiento verbal entre su hermano y Simón−. Además, no dejemos que estos huevos se enfríen, así es que ¡a servirse lo que más les apetezca!. No hay mucho pan, pero aquí hay unas galletas.

Ricardo propuso encender una radio para conocer las últimas noticias. Transmitían música folklórica chilena de Los Quincheros y Los Cuatro Huasos, el folklore de los dueños de fundos, como le decían los intérpretes de la nueva canción chilena.

− ¡Por favor, corten esa radio!−, pidió Simón−. No estamos para el “agüita de mi tierra, que corre fresca y serena”1. ¿Fresca y serena?

El mal humor se había asentado de nuevo en Simón y contagió el ambiente.

− ¡Estos huevos revueltos están exquisitos!-comentó Juan Pablo, más para tratar de cambiar el tema y alivianar la atmósfera, que amenazaba ponerse densa. Saboreaba una porción sobre su pan mientras se servía un café amargo.

Llegaron los niños y pidieron sus desayunos. Gloria se levantó a prepararles un té con leche. Con su algarabía llenaron el ambiente y relajaron las tensiones que amenazaban reaparecer entre los adultos.

1 Frase de una popular tonada chilena.

7

Tan pronto terminaron el desayuno Margot llamó a Simón aparte. Salieron al jardín.

− Simón, existe una posibilidad de que te asiles en la embajada de Suecia. La representante es amiga mía, vive cerca y Juan Pablo se irá a esa embajada.

− ¡Ah, no! Te lo agradezco, Margot, pero no me voy a asilar. Tengo un compromiso. Yo me quedo aquí, en Chile. De hecho, hablé por teléfono con un compañero que me pasará a buscar al término del toque de queda.

− Pero, ¿qué pasará con tu mujer y tus hijos?

− Ya lo conversamos y está arreglado. Ella se quedará donde su madre. Solo falta ver cómo se puede trasladar. Porque no conviene que se vaya conmigo. Yo tengo que desaparecer.

− ¿Quieres decir que te vas a ir a la clandestinidad?

− Saca tus propias conclusiones. Y, perdona, pero no te puedo decir más. Es definitivo.

Sonó el teléfono nuevamente y Margot se apresuró a cogerlo. Llamaban de parte de la embajadora de Suecia. Era una secretaria que preguntó por Margot y la comunicó con la representante del país nórdico. Ella habló con una correcta pronunciación en castellano y el suave acento y tono de voz que caracteriza a los suecos.

− Margot, como te dije, tenemos muchas solicitudes de gente que quiere asilarse en la embajada. Lo he consultado con mi gobierno y me dieron la autorización para un cierto número de personas. Tendrán que acomodarse en las instalaciones que hay. Por supuesto tu amigo será incluido. Me dijiste que está en tu casa. Creo que lo mejor será que yo pase a buscarlo en mi auto, camino a la embajada, ya que estamos tan cerca. Saldré tan pronto termine el toque de queda.

− No sabes lo que te agradezco, Greta. Estaremos a la expectativa.

En cierto modo, la decisión de Simón alivió a Margot. La complicaba tener que pedir asilo para dos personas aprovechando su amistad con la embajadora. Si no fuera ese el caso, no habría tenido escrúpulo. Pero sentía traicionar una amistad abusando de favores. Y también podía imaginarse que las embajadas se estarían llenando de pedidos de asilo. Con el grado de beligerancia que había en el país hasta la víspera, era probable que la persecución a los partidarios del régimen depuesto fuera implacable.

Se acercó a Juan Pablo a contarle.

− Hablé con la embajadora sueca y ya está todo arreglado. Te pasará a buscar cuando termine el toque de queda. Vendrá ella misma en su auto camino a la embajada.

Juan Pablo se la quedó mirando sin responder. Su rostro reflejó el cúmulo de incertidumbres que veía por delante. Abandonar el país, quizás por cuanto tiempo, insertarse en un país extraño, decidir cómo ganarse la vida, dejar a su madre y hermanos y, por cierto, lo que más le dolía, dejar a Margot y tantas cosas que quedarían sin hablar. Y también algunas cuestiones prácticas. Necesitaría dinero, sus pertenencias más básicas, hasta la escobilla de dientes. Y sus cosas en la oficina, sus documentos personales, en los que había estado trabajando.

Apareció Ricardo que había salido al jardín de adelante. Venía corriendo.

− ¡Margot, viene una patrulla militar! ¡Parece que vienen para acá!

Margot no lo pensó dos veces.

− ¡Simón, Juan Pablo! ¡Suban al entretecho o váyanse para atrás, a los bosques que hay por el costado oriente, Simón, tú sabes a qué me refiero. Y cuidado con meterse a la parcela que está a la izquierda! ¡Rápido, no pierdan tiempo!

Desaparecieron de la vista de Margot y ella se dirigió al acceso de entrada. Se sentían fuertes golpes. Los militares ya estaban en la puerta. Margot les hizo un gesto a Gloria, Ricardo, Benjamín y los niños de que se quedaran tranquilos y no hablaran. Abrió la puerta con su mejor cara de inocencia.

Un teniente y seis soldados con sus metralletas listas estaban parados en la entrada.

− Tenemos orden de investigar esta casa. Ha habido una denuncia de una reunión clandestina durante la noche−. Habló el teniente con voz autoritaria.

− Debe ser un error, aquí no hay nadie más que un familiar, un par de amigos y unos niños−, contestó Margot con una voz vacilante. Se le había secado la boca. Pensó en su vecino y lo odió.

La patrulla entró a la casa y sin más explicación se apresuró a recorrer las habitaciones. Dos soldados salieron al jardín de atrás, otros dos subieron al segundo piso y el resto, con el teniente, husmearon el primer piso. Cuando se convencieron de que no había nadie más el teniente se dirigió nuevamente a los presentes, que esperaban de pie en el living.

− ¡A identificarse cada uno! ¡Deberán mostrar sus carnets de identidad, inmediatamente y cuidado con lo que hacen!

Un soldado recogió los carnets de los adultos y se los entregó al teniente. Éste cotejó cada uno de los nombres con unas listas que llevaba consigo. Lo hizo con detención y al mirar los carnets observaba también los rostros de cada uno de los supuestos sospechosos. Dos soldados hacían guardia en la puerta de entrada. Los que habían salido hacia atrás aun no regresaban.

− ¿Quién es el dueño de casa?−, preguntó el teniente sin dirigirse a nadie en particular.

− Yo soy−, confirmó Margot, con decisión.

− Y, estas otras personas, ¿quiénes son?−, insistió el teniente.

Margot hizo las presentaciones.

− Mi hermano, un amigo de la familia y otra amiga, con sus hijos, ya que su marido anda de viaje. Y éste es mi hijo−, señaló a Sebastián.

− ¿Y su esposo?

− Fallecido hace tiempo.

− Ya.

Por fin, el teniente relajó su rostro y pareció dar por terminada esta especie de entrevista. Pero se sintió un ruido en el entretecho, como el golpe de algún objeto al caer. El teniente volvió a endurecer su expresión. Margot tragó saliva.

− ¿Qué fue eso? ¿Hay alguien más arriba?

− No, mi teniente. Revisé con acuciosidad y no había nadie−, contestó el soldado que había hecho la inspección.

Margot salió al paso de la duda, en un ambiente que comenzaba a pesar una tonelada.

− Teniente, este barrio es rural, hay mucho campo abierto y abundan los ratones. Tenemos que soportarlos cuando andan por los techos.

− ¿Quiere que le ayudemos a eliminarlos, ahora mismo?-el teniente la miró con ironía, estudiándola, aunque impresionado por su belleza y la seguridad de su mirada.

− No hace falta. Después volverían. Son inofensivos−, Margot mantuvo su sangre fría y no se le movió ni un músculo de la cara, mirando fijo a los ojos del teniente.

Este no se dejó convencer y les ordenó a dos de sus soldados:

− Ustedes, suban de nuevo y revisen bien el segundo piso.

A los dos minutos habían bajado.

− Mi teniente, hay un entretecho sospechoso en el baño de arriba. Necesitamos apoyo para revisar.

Subió el teniente con sus dos soldados y dejó a uno al mando del primer piso. Margot y sus invitados contuvieron su respiración. Ella sintió hielo en su rostro. El oficial inspeccionó la tapa del entretecho y le ordenó a su tropa encaramarse, uno sobre los hombros del otro, premunido de su metralleta.

− Está muy oscuro, no se va nada aquí arriba. Necesito linterna, mi teniente.

Éste le alcanzó la que llevaba en su equipo. El hombre en el entretecho iluminó con la linterna y dio pasos en diferentes direcciones.

− ¡No hay nadie, mi teniente, voy a bajar!−, gritó desde arriba.

Bajaron y el teniente se dirigió a los presentes.

− ¡Está bien!−, dijo−. No hay nadie sospechoso. Aquí están sus carnets, señores. Procederemos a retirarnos. Y si observan a cualquier extraño o desconocido en las inmediaciones, tienen la obligación de avisar inmediatamente a la policía.

Antes de retirarse les ordenó a otros dos soldados ir a buscar a sus compañeros que vigilaban la puerta de atrás.

− ¿Qué pasa que no regresa el cabo?

Se escucharon disparos y entonces toda la patrulla corrió hacia el exterior. Lejos, divisaron dos siluetas que huían hacia el oriente, en la parcela del lado. La tropa avanzó en su persecución.

8

Salieron todos a observar la escena. Las dos siluetas que habían alcanzado a divisar corriendo en otra de las parcelas vecinas hacia un bosque desaparecieron. Más atrás, a bastante distancia, corrían cuatro de los integrantes de la patrulla militar con sus metralletas. El resto, con el teniente al mando, subieron a la camioneta del ejército en la que habían llegado y se perdieron por el camino que subía hacia el cerro.

Transcurrió una media hora plena de incertidumbre. Nadie habló mucho. Todavía no se levantaba el toque de queda por lo cual no quisieron desafiar más a la patrulla, pero quedaron atentos al camino principal para ver si reaparecía esa camioneta. Ricardo se instaló al borde de la calle, para observar el desenlace. En cualquier caso, la patrulla tendría que pasar de regreso por el frente de la parcela de Margot. De pronto sintió el ruido de un vehículo y la camioneta apareció veloz. Pasó frente a la parcela sin detenerse. Ricardo miró con ansiedad al interior del vehículo y alcanzó a ver la figura de un civil sentado entre dos soldados. Este movió su cuerpo hacia adelante, de modo de poder ser identificado y Sebastián lo reconoció. ¡Era Juan Pablo, sin duda! El temor que habían albergado desde el día anterior se materializó y ahora Juan Pablo estaba detenido. Quedó demudado. Pero no vio a Simón, a menos que estuviera muy al interior del vehículo. Regresó a la casa a comunicarle la triste noticia a Margot quien, sin duda, sería la más afectada.

− Margot, lamento decírtelo, pero detuvieron a Juan Pablo. Iba en la camioneta, lo alcancé a ver. Pero no vi a Simón.

Margot se quedó en silencio y su rostro contraído. Benjamín la tomó por los hombros. Estaba consciente de que algo pasaba entre su hermana y Juan Pablo, y quiso consolarla.

− No te preocupes mucho, Margo. Seguro que lo van a tener detenido algunos días y luego lo soltarán.

− Ojalá, pero no sabemos.

Salió sola al jardín y se sentó en el banco donde había estado con Juan Pablo la noche anterior. Estaba muy confundida. No quería confesarse su sentimiento más íntimo hacia Juan Pablo. Pero en un momento como este, de extrema incertidumbre, no podía evitar que sus emociones afloraran. Nuevamente se le encogió su espíritu, que luchaba entre la lealtad a su difunto esposo y esta atracción irresistible que le provocaba Juan Pablo.

Entretanto, Gloria se preguntaba qué podría haber pasado con Simón. Se rodeó de sus hijos y trató de entretenerlos. De pronto percibieron una silueta que avanzaba hacia la casa, desde el fondo de la parcela, escondiéndose entre los árboles. Gloria se tapó la boca cuando reconoció a Simón. Corrieron a su encuentro. Venía totalmente empapado y su ropa todavía destilaba agua.

− ¿Qué pasó, Simón? ¡Por el amor de Dios, cuenta, qué pasó!−, lo abordó Margot.

− Por favor, necesito algo caliente, estoy tiritando.

Gloria lo llevó a un baño para que se sacara esa ropa mojada y le pidió algo a Margot para cubrirlo. Ésta le pasó algunas prendas de su marido, que todavía estaban guardadas en la casa. Le preparó también un té muy caliente y se instalaron en la cocina a escuchar su relato.

− Cuando llegó la patrulla corrimos hacia el bosque y nos escondimos entre los árboles. Cuando vimos que dos soldados se acercaban hacia donde estábamos, decidimos correr hacia el interior del bosque. Pero los soldados nos vieron y siguieron a cierta distancia. Nos dimos cuenta de que tarde o temprano nos alcanzarían. No teníamos mucho donde ir por el cerro arriba. En eso estábamos, decidiendo qué hacer, cuando llegamos al canal que pasa por atrás. Le sugerí a Juan Pablo que nos metiéramos al agua en la esperanza de que no nos vieran. Hay una parte con muchos arbustos y zarzamoras por donde corre y pensé que por ahí podríamos mimetizarnos. Pero Juan Pablo se negó. Me propuso que nos separáramos, así se les haría más difícil encontrarnos. Por lo menos, uno tendría más probabilidades de no ser descubierto. Él corrió en dirección contraria a la mía, salió a campo abierto y atrajo la atención de los soldados, yo llegué al canal y me metí. Quedé solo con la cabeza afuera y cuando escuché que se acercaban, me hundí completamente. Lo hice donde están los matorrales, los que me ayudaron a camuflarme. Como el agua trae mucho sedimento, no se ve nada al interior del canal. Mientras esperaba, con el rostro apenas sobre la superficie del agua, escuché que cercaron a Juan Pablo y le ordenaron detenerse. No opuso resistencia y levantó las manos para rendirse. Entonces abandonaron la búsqueda y regresaron a la camioneta que estaba cerca. Esperé todavía un rato para salir, cuando sentí que mi cuerpo ya no aguantaba más el frío.

Lo habían escuchado en silencio. Incluso Benjamín mostró cierta empatía hacia Simón. Pero no pudieron dejar de pensar, sin decirlo en voz alta, que Juan Pablo se había sacrificado para ayudar a Simón a escapar, desviando la atención de la patrulla. Él sabía que Simón estaba en las listas de los más buscados por los militares y, quizás, para matarlo. Margot sintió orgullo por su amigo.

El toque de queda se había levantado ya. Un vehículo entró a la parcela y todos se volvieron a sobresaltar. Se bajó un individuo alto, delgado y rostro blanquecino, que contrastaba con su frente morena y curtida por el sol. Era como si hubiera poseído una barba espesa que de pronto se la había llevado el viento. Se quedó al lado del auto. Cuando lo divisó desde la casa, Simón les informó a los demás.

− Me vienen a buscar. Es un compañero. No se preocupen.

Abrazó a Gloria y a sus dos hijos y se despidió. A Gloria le rodaron lágrimas por su rostro, pero mantuvo la compostura. Al menos ya se había salvado de una detención que podría haber sido fatal. Dios sabía cuándo se volvería a encontrar con su esposo. Simón le dio un apretón de manos a Margot.

− Gracias Margot, eres una buena persona. Te encargo a Gloria y ojalá puedas llevarla a nuestra cabaña a retirar algunas cosas y después donde su madre. No tenemos otra posibilidad. Y tú, cuídate, no te confíes.

− No te preocupes. Creo que me iré por unos días donde mis padres. O Benjamín puede quedarse conmigo también. Le encantará porque él vive en un departamento. No estaré sola. Yo llevaré a Gloria donde su madre. Y tú cuídate también, piensa en tus hijos. Es lo más valioso que tenemos.

− Precisamente por eso me voy a lo que voy. Para que ellos puedan tener un país mejor.

Simón levantó su brazo en señal de despedida a los demás, dio media vuelta y caminó hacia el auto que lo esperaba. Subió, el vehículo giró para salir y se perdió en la calle.

Benjamín había encendido la televisión y miraba un noticiario del mediodía que reiteraba las imágenes de la Junta Militar anunciando las nuevas disposiciones y los enfrentamientos entre civiles y uniformados que seguían ocurriendo. Había mucha repetición de escenas, pero lo que más les impresionó fue ver el palacio de La Moneda en llamas. El día anterior había sido bombardeado por los aviones de guerra de la Fuerza Aérea. Aunque aborrecía al gobierno allendista, el bombardeo de La Moneda le pareció un exceso, una desproporción. ¿Qué objeto tenía? Era un monumento nacional, una reliquia histórica, no le pertenecía a ningún gobierno, solo a la nación. Pero no pudo evitar cuestionarse que en la lógica militar las proporciones y equilibrios están fuera de lugar. La lógica es dominar y vencer con todo el poder que se tenga a mano. Pero, aun así, sus preguntas seguían.

Ricardo leía revistas, que daban cuenta de una realidad que ya no existía. Por lo mismo, recorría las páginas sin detenerse en ellas. Los niños, ausentes de todo el acontecer de las últimas veinticuatro horas, aprovecharon de correr para descargar tantas ansiedades ocultas, producto de sus intuiciones infantiles.

Se escuchó una bocina en las cercanías. Gloria salió de la casa para anunciar que otro auto había ingresado a la propiedad. Margot corrió a verificar de qué se trataba. Era su amiga, la embajadora sueca. Reconoció su vehículo. Venía a buscar a Juan Pablo. Demasiado tarde, pensó. Salió para recibir a la embajadora e invitarla a entrar. Ella le hizo señas de que esperaría en el auto y le mostró su reloj, en señal de que no tenía mucho tiempo. Entonces Margot se acercó y conversaron. Ambas se abrazaron, la embajadora subió a su automóvil y salió de la propiedad.

Margot regresó al jardín a sentarse debajo del árbol donde había estado la noche anterior con Juan Pablo. Más allá, hacia el fondo de la parcela, se divisaban unos cuantos almendros, con sus hojas nuevas y cargados con los incipientes frutos envueltos en su piel verde aterciopelada. Una brisa nostálgica invadía el ambiente. El día estaba despejado y un sol de primavera, todavía algo raquítico, brillaba. Se oía el canto de pájaros y las primeras flores silvestres se asomaban por el campo. No cabía duda. La naturaleza tiene ciclos muy distintos a los de la especie humana.

SEGUNDA PARTE

EXILIO

1

Margot Lagarrigue caminaba por la calle Florida de Buenos Aires cuando observó un tumulto en torno a un kiosco de diarios. Algunos transeúntes discutían con voz airada y se amenazaban mutuamente con irse a las manos. Cuando se acercó leyó el titular a todo lo ancho de la página de un diario de la tarde. “Murió Perón”. Había conmoción en la calle. Era el primero de julio de 1974. El general no alcanzó a estar un año en lo que fue su tercer gobierno en Argentina. Se abriría un panorama político lleno de incertidumbres.

Sintió renacer la desazón que comenzaba a superar tras el golpe militar de Chile. Se había trasladado a Argentina pocas semanas después a instancias de su padre y a pesar de no haber tenido nada que ver con el gobierno de Allende. Un día su padre llegó a su casa para conversar.

− Hija, las cosas están muy difíciles para quienes no apoyan a la Junta Militar. Yo sé que tú nunca te has metido en política, pero Rodrigo fue alto funcionario del gobierno de Allende y es sabido que fue uno de los principales responsables de las expropiaciones de empresas y bancos. He conversado con algunos amigos que tengo en el Ejército, de cuando fui alumno en la Escuela Militar. Me dicen que todos los familiares de los altos funcionarios del gobierno de Allende están en listas de observación y eventualmente podrían ser citados a declarar. Y tú tienes un agravante, tú sabes de qué se trata, ¿no?

Margot suspiró.

− Me imagino que por el hecho de que dos sospechosos hubieran estado en mi casa el día del golpe, me hace a mí sospechosa también.

− Obvio. Y, Margo, no sigas hablando de “golpe”. El lenguaje correcto ahora es “pronunciamiento”. Es una lesera, pero seamos prudentes.

− Papá, perdona que te contradiga, pero las palabras esconden la apreciación que tenemos de los hechos. Hablar de “pronunciamiento” es una forma de darle legitimidad al golpe y a sus consecuencias.

− Pero, ¿tú crees que podría ser de otra manera? Mira, siempre hemos sido muy francos entre nosotros. Yo sé que tuvimos un golpe de fuerza, fue una declaración de guerra al gobierno, que había perdido legitimidad por lo demás, y era inevitable que surgiera un rechazo y una disposición de los partidarios de Allende a usar la violencia, incluso armada. El gobierno militar tiene que precaverse de que incluso lleguemos a una guerra civil. Sería lo peor que podría pasar. Pero, vamos a lo nuestro. Creo que deberías salir del país, por un tiempo breve, hasta que las cosas estén más claras. Lo último que yo querría es que fueras detenida y sometida a interrogatorios. Mira, esta gente no trata con guantes a sus opositores y no entiende de sutilezas del lenguaje.

− ¿Qué me vaya de Chile? ¡Y adónde me voy a ir!

− Tenemos parientes en Buenos Aires. Tú sabes que mi hermana Amalia vive allá desde hace muchos años y te puedes ir donde ella. Esto será por un poco tiempo. Estoy seguro de que antes de un año las cosas se habrán normalizado, se habrá llamado a elecciones y tendremos un gobierno civil moderado. De hecho, uno de los primeros bandos de la Junta Militar afirmó que los militares se quedarán en el poder “solo mientras las circunstancias lo permitan”. Ambigua la palabra, es cierto. Mientras tanto, instálate allá con el niño. Estaremos cerca y te podremos visitar. Yo me haré cargo de guardar tus muebles en una bodega de la empresa y arrendaré tu casa.

− ¿Y tú crees que la tía Amalia va a estar dispuesta a tenernos todo este tiempo?

− Hablé ya con ella, por teléfono. Está encantada y deseosa que llegues. Sus hijos son adultos e independientes, así es que Amalia vive sola con su marido. No deshicieron la casa cuando se fueron los hijos, así es que tienen espacio de sobra. Y yo me encargaré de contribuir a tus gastos, no te preocupes por eso.

Margot abrazó a su padre. La conmovió la ternura con que le habló. Siempre sintió un gran apoyo en él. Un hombre mayor, pero sano de cuerpo y espíritu. De gran porte, medía un metro con ochenta y cinco centímetros y de una personalidad fuerte. Pero podía ser cálido y cariñoso cuando quería. Quienes lo conocían de cerca sentían un enorme respeto por don Sebastián. Su empresa de productos farmacéuticos era de las más exitosas en la industria. Logró sortear las vicisitudes del período de Allende con mucha habilidad, a pesar de las dificultades para importar materias primas y equipos y los conflictos sindicales.

Los primeros meses de Margot en Buenos Aires fueron tristes y nostálgicos. Aunque fue recibida con mucho cariño por la tía y su familia, su vida tuvo un vuelco dramático. Fue invitada a visitar amistades de sus anfitriones, pero ella prefería rehusar y permanecer en su cuarto, tendida en su cama mientras su hijo jugaba. Repasaba mentalmente una y otra vez cómo fue que pasó todo, cómo se desencadenó el drama de su país. Para ella fue una segunda tragedia personal en un año. Justo en agosto del año anterior fue cuando perdió a su esposo. Ahora tenía mucha cercanía con su amigo Juan Pablo Solar y a pesar de la tristeza que experimentaba, sabía que se estaba enamorando de Juan Pablo. No dejaba de recordarlo. No supo más de él después de que fue detenido por la patrulla militar. Pero algunos amigos comunes le confirmaron que lo habían mandado al extremo sur, a la isla Dawson, donde los militares organizaron un campo con detenidos de alto nivel político. Por lo menos estaba con vida, aunque quizás en qué condiciones materiales.

Con los días y las semanas, sus estados de ánimo se debatieron entre la pena y la angustia frente al futuro. Todo era incertidumbre, qué iría a pasar en Chile, si alguna vez podría vivir nuevamente una cierta normalidad, cómo se mantendrían ella y su hijo. Puso a Sebastián en una escuela básica de las cercanías y se dedicó a vagar por las calles para estar consigo misma y matar las horas que se le hicieron eternas. A menudo iba al centro de la ciudad y caminaba mirando el vacío. Recorría Florida de un extremo a otro, Lavalle, la 9 de Julio, Corrientes. Miraba las tiendas, pero no las veía. Caminaba hacia la Recoleta, le contaron de la belleza de ese barrio. Recorría el hermoso cementerio al lado de la iglesia, donde reposan los restos de la alta aristocracia argentina y allí encontraba la paz que se le hizo esquiva.

En cierta ocasión iba por la cercana avenida Alcorta y de repente, se encontró con la embajada chilena. El instinto la hizo alegrarse por un momento, pero luego tomó conciencia y se alejó. Entraba a librerías a hojear libros, a comprar uno que otro. Se instalaba en algún café a leer, aunque se daba cuenta de que sus ojos solo pasaban por encima de las páginas en forma mecánica. No recordaba lo que leía, como si su memoria hubiera dejado de funcionar. Llegaba a plazas y parques y se sentaba por horas a contemplar a la gente. Estaba fuera de ese mundo agitado y febril que deambulaba por las calles y senderos. No faltó algún oportunista que, al verla sola, quiso abordarla. Era joven y hermosa. Pero tenía firmeza para ahuyentar a los moscardones.

Las noticias de Chile eran trágicas. El estado de sitio, los toques de queda interminables, los enfrentamientos de militares con grupos armados, la desaparición de activistas opositores eran el pan de cada día. Cuando podía, porque las comunicaciones eran difíciles, hablaba por teléfono con sus padres. Percibía la inquietud en sus voces. Se notaban muy confundidos. La investigación sobre el asesinato de su esposo quedó en nada. Fue sobreseída por falta de pruebas, pero, sobre todo, porque dejó de tener importancia política y el poder judicial, temeroso de la violencia del régimen, se mostró obsecuente y perdió su independencia. Con los meses, otras noticias alcanzaron más relevancia. La situación de la economía era caótica y aunque el desabastecimiento fue rápidamente superado los precios subían a diario. La cesantía agobió a la gente. El gobierno militar denunció la mala gestión del gobierno anterior y le asignó toda la responsabilidad por los nuevos problemas que emergían.

Conoció a otros chilenos que llegaron a Buenos Aires y participó en reuniones sociales que, en realidad, eran para compartir informaciones y elucubrar sobre los futuros posibles. Al principio la concurrencia era variopinta y de distintos signos políticos. Luego se decantó, a medida que la convivencia de unos y otros se hizo imposible. Los partidarios del nuevo régimen se mostraban eufóricos y descargaron sus miedos pasados con enojos y epítetos. Margot dejó de participar y solo frecuentó pequeños grupos que sabía solidarizaban con el bando de los vencidos y con ella en particular, que había sufrido la violencia en carne propia. Pronto se dio cuenta de que, a pesar de la desconfianza que tenía con el gobierno derrocado, sus simpatías estaban con las víctimas del nuevo régimen. Al fin y al cabo, su situación actual también era consecuencia del clima de violencia instalado.

El país que la acogió también empezó a vivir un ambiente político parecido. Se sucedieron los asesinatos de líderes sindicales y dirigentes políticos. El general Perón estaba viejo, enfermo y cada vez controlaba menos la situación. Los montoneros desafiaron al sistema político por la vía armada. En las altas esferas del poder se libró una lucha soterrada ante la inminencia del fallecimiento del viejo caudillo. En un último acto de voluntarismo, designó a su esposa como vicepresidenta de la República, lo que significó ungirla como su sucesora. Después de su muerte, a mediados de 1974, todo fue inestabilidad e incertidumbre.

2

Margot no puede creer que esté viviendo una vez más un clima similar al que sufrió en Chile. Argentina tiene más historia de golpes y dictaduras militares. Entre los amigos chilenos con los que se reúne cunde la opinión de que es cuestión de tiempo, y probablemente, poco tiempo, de que haya un golpe militar y ahora tendrá características muy parecidas al que ha ocurrido en Chile. En un viaje que hacen sus padres para visitarla, ellos se muestran muy pesimistas tanto con respecto a Chile como Argentina.

− Hija−, le dice su padre−. Siento decirte que el futuro se ve muy negro en toda esta región. Es seguro que Argentina terminará muy luego en otra dictadura militar y creo que lo mejor será que te vayas a Europa. En Chile no hay ninguna señal de que el régimen se vaya a retirar a corto plazo, como creíamos al principio. Y lo de acá puede ser aún más violento. Los argentinos tienen mucha sangre italiana, mucha pasión.

La abraza y le acaricia la cabeza. Ella se deja querer. Revive ternuras de su infancia, cuando su padre era el refugio ante sus miedos e inseguridades. Margot teme ahora por su hijo. No quiere arriesgar su seguridad ni tampoco que crezca en un ambiente de angustia eterna.

− En España tenemos más familia,-prosigue su padre. Tenemos familiares, lejanos, pero hemos intercambiado tarjetas algunas veces y son gente acogedora. Es cierto que ese país también vive una dictadura, pero creo que no va a durar mucho tiempo más. Es terminal. Franco se muere y ya está decidido que Juan Carlos asumirá como rey. Parece un buen hombre, dispuesto a democratizar el país.

Para Margot, entre continuar viviendo en un país extraño y que va por el despeñadero y trasladarse a otro que tiene altas posibilidades de ver la luz al final del túnel, le parece razonable el argumento de su padre. Y le atrae la perspectiva de conocer el viejo mundo, en particular España, país del que vienen sus ancestros, vascos por el lado de su padre y catalanes por su madre. Esos familiares viven en Barcelona, ciudad histórica, bella y muy atractiva, le dicen. Le parece una ironía del destino que sus ancestros hubieran huido de España precisamente a causa de alguna de las tantas guerras civiles en el pasado y ahora ella regresaría a ese país por las mismas causas, por decirlo así.

En poco tiempo se encuentra aterrizando con Sebastián en el aeropuerto El Prat, de Barcelona. La espera una especie de prima, Francesca, hija de ese pariente lejano de su madre. Es abril de 1975 y ya la primavera está en las calles. La reconoce por el cartel que muestra su nombre completo, Margot Lagarrigue Sallarés.

− ¡Hombre! ¡Pero qué alegría conocer a una prima sudamericana!,- la saluda y abraza con fuerza. Margot se sorprende con ese apelativo, pero pronto aprenderá que es parte de la jerga local. Le hace bien sentirse acogida y con tanto afecto. Francesca resulta ser una mujer muy alegre y cordial. Tiene aproximadamente su misma edad, es alta, rubia y lleva el pelo sobre los hombros.-Y este guapo, ¿cómo se llama?- le dice, dirigiéndose a Sebastián.

Esperan el equipaje y se dirigen al auto de Francesca. Las primeras conversaciones giran en torno al viaje, es muy largo, fatigoso. La anfitriona le explica los sectores de la ciudad, a medida que la recorren. A Margot le gusta Francesca. Le levanta el ánimo. Experimenta un calorcito en su espíritu. Por primera vez en mucho tiempo, siente que puede salir de sí misma y reencontrarse con los otros. La casa de Francesca es grande y tiene un enorme jardín, con piscina. Está en las afueras de la ciudad. Le asignan una habitación grande, toda pintada de blanco y con los muebles y cortinas del mismo color, con amplios ventanales y dos camas, para ella y Sebastián.

Invita a Margot al jardín a tomarse un café. Le pregunta de Chile y los dramas que ha vivido el país. Margot le cuenta también de su esposo y de su propia tragedia.

− ¡Mira que aquí no la hemos tenido fácil! ¿eh? Yo no recuerdo los primeros tiempos del franquismo, pero por lo que he oído y aprendido, estos fueron unos brutos. Pero ya no les queda mucho tiempo. El viejo se muere y los cambios no los para ni mi madre, que por agallas no se queda.

Margot le confidencia sus angustias más íntimas. No sabe qué va a ser de su vida y de Sebastián.

− Tengo que empezar a valerme por mí misma, necesito trabajar y tener un ingreso. No quiero ser carga para ustedes. Mi padre podrá financiarme por un tiempo, para arrendar algún pequeño departamento y sobrevivir, pero no puedo depender de eso. Yo en Chile tenía mi trabajo y podía aportar al presupuesto, porque el sueldo de Rodrigo no era muy alto, a pesar de lo que se decía.

− ¡Vamos, mujer! No seas pesimista. ¡Que las has pasado muy duras, es cierto! Pero vas a salir adelante y algo encontraremos. De momento estarás con nosotros y sin apuros, que a mi marido le va muy bien y serás una compañía para mí. Sebastián será un hermano más para los chavales. ¡Y no se hable más!

En los días siguientes Francesca la invita a conocer el centro de la ciudad, sus rincones, las Ramblas. La vida callejera de Barcelona, el barrio gótico, el mar la animan y la hacen olvidar, por momentos, su tristeza. Conversan largo de todo. Hay afinidades recíprocas. Francesca está casada con un abogado y tiene tres niños. Es asertiva.

− Lo primero que haremos será poner a Sebastián en una escuela, aunque ya el año está por terminar. Mira que no es bueno que esté de ocioso. Y luego viene el verano, viajaremos a algunos lugares que te van a gustar y tendremos tiempo para armar tus propios planes, ¿de acuerdo?

Margot tiene la sensación de soñar. Vive una mezcla de tristeza con alegría, de volver a esa edad de la juventud en que la vida está por delante y hay que tomar decisiones sobre qué se quiere hacer. Pero es como una segunda vida, porque ya pasó por eso y vaya como terminó.

Llega el verano, sus calores húmedos y el espíritu estival se instalan. Sus anfitriones la invitan a un viaje en auto por la costa cantábrica. Margot se confunde, se resiste, les dice que no puede aceptar, ya es mucho lo que están haciendo por ella. No quiere interferir con su intimidad familiar. Pero el marido de Francesca, Pere, no admite réplicas. Mira, que no te vamos a dejar sola aquí, que este será un paseo magnífico, no te vas a arrepentir. Él es terminante, tiene un rostro duro, el cabello abundante y negro, pero se revela como una persona generosa. Ya se ha enterado Margot que ha hecho una carrera muy destacada. Es abogado de empresas multinacionales, especialmente de cadenas hoteleras importantes y cada contrato de inversión que maneja le deja unos honorarios suculentos. El viaje los lleva desde Barcelona a Bilbao, donde pernoctan por varios días en un excelente hotel, el Miró. Van en un vehículo grande, con tres corridas de asientos, donde los chavales, como dice Pere, se acomodan a sus anchas en la última corrida. Es un paseo intenso, todos los días una ciudad nueva. Recorren la costa cantábrica, admiran los acantilados y los pequeños pueblos junto al mar. Margot no tiene tiempo para tristezas ni nostalgias. La brisa marina es un refresco para el espíritu. Con Francesca caminan juntas y conversan como si se conocieran desde siempre, los niños corretean por su cuenta y se solazan con las olas. Pere no se despega de los diarios, sobre todo de las noticias financieras y fuma con ansiedad.

Barcelona los recibe de vuelta con los calores de fines del verano de 1975, que se resisten a abandonarlos. A Margot la espera una carta de su padre en que le da noticias de la familia y le informa que le remesará una suma de dinero trimestralmente para que pueda arrendar un pequeño departamento y financiar sus gastos básicos. La carta la trae a la realidad y a las tareas que deberá asumir. Francesca la ayuda en la búsqueda de un arriendo. El corredor de Pere le ofrece alternativas de ubicaciones, espacios, precios. Margot sabe que no puede regodearse, pero le llega una buena posibilidad, no muy lejos del paseo de Gracia y de la Pedrera, excelente ubicación. Es un departamento de un dormitorio, con muebles, con buena vista. Lo toma y se apronta a iniciar su nueva vida.

3

Un día, a fines de septiembre de ese año, la llama Francesca y le cuenta que hay un Centro Latinoamericano donde se reúnen exiliados de distintos países de la región y se organizan actividades culturales, conferencias, películas. Supo que habrá una conferencia sobre la situación chilena en la que habrá un panel con distintos participantes.

− Mujer, vamos, te va a interesar−, le dice Francesca−, te pondrás al día sobre lo que está pasando en tu país. Y conocerás gente interesante, estoy segura.

Margot acepta y deja a Sebastián en casa de un compañero de su colegio. La actividad atrae mucha concurrencia, el golpe en Chile provocó mucho impacto mundial y hay un alto interés en la opinión pública. La conferencia es en un recinto de la Universidad de Barcelona y no queda muy lejos del departamento de Margot. Francesca la pasa a buscar y caminan juntas varias cuadras.

Cuando llegan la sala está casi llena, habrá unas doscientas personas, pero ellas logran ubicar un par de asientos. El panel está formado por dos periodistas españoles de alto prestigio por su conocimiento de América Latina, un comentarista norteamericano y un chileno exiliado, que llegó recientemente a Barcelona. Su nombre es Marcial Moreno. Lo presentan como un alto funcionario del gobierno de Allende. Margot se emociona al pensar que va a encontrar un compatriota quien, quizás, le pueda dar informaciones de primera mano, tanto sobre lo que pasa en su país como respecto de sus conocidos. Piensa en Juan Pablo, de quien no tuvo noticias desde que fue detenido en su casa el día después del golpe. Se le hace un nudo en el estómago y no puede evitar los recuerdos, contradictorios por supuesto. Pero se recupera y pone atención a las presentaciones de los panelistas.

El primero en hablar es precisamente Marcial Moreno. El moderador lo presenta y menciona que fue expulsado de Chile, después de haber estado prisionero en una isla en el sur por más de un año. Margot se estremece porque supo que Juan Pablo también fue detenido en esa isla del sur. Quizás le pueda dar noticias de él. Se anuncia que Moreno está exiliado en España, gracias a una estadía académica que le fue otorgada por la Universidad de Barcelona. Es un individuo bajo, flaco, con grandes entradas en la frente, con bigotes gruesos. Probablemente ya pasó los cuarenta años. Tiene una voz aguda que, inicialmente le molesta a Margot, pero luego se acostumbra. Moreno empieza agradeciendo la invitación a ese acto. Hace un relato muy ordenado de los antecedentes que llevaron al golpe, de la violencia política que se había instalado en el país, las conspiraciones en la derecha, los disensos entre los partidos de gobierno, el deterioro de la economía, la escasez de alimentos, los mercados negros. Tiene un hablar fluido y suena convincente, al menos para Margot. Pero ella observa los rostros del público y nota muchas caras de escepticismo, ceños fruncidos, expresiones de desagrado. Pero no sabe si atribuirlo al rechazo de los hechos mismos o rechazan más bien el punto de vista desde el cual Moreno los presenta. Un joven, probablemente estudiante, se pone de pie y lo interrumpe.

− ¡Señor!−, lo increpa−. Usted está exponiendo una visión reaccionaria del gobierno de Allende. ¿Cómo puede usted haber sido funcionario de ese gobierno, haber sido prisionero de los militares y compartir al mismo tiempo la propaganda que hacen los diarios conservadores y el imperialismo norteamericano?

− ¡Silencio, por favor! - interrumpe el moderador−. Joven, por favor le ruego que espere el término de las presentaciones y después habrá espacio para un debate abierto.

El joven se levanta y se retira de la sala, mascullando algunas palabras de protesta. Moreno toma el desafío y en su respuesta el tono aflautado de su voz se le agudiza.

− Joven, le ruego que no se retire. Estamos aquí para debatir y lo primero que tenemos que hacer es mirar los hechos y no cegarnos. Después cada cual podrá tener su opinión. Efectivamente, fui funcionario del gobierno del presidente Allende y por lo mismo, tengo conocimiento de primera mano acerca de cómo se desencadenaron las circunstancias. Permítame decirle que yo soy víctima del golpe de Estado, estuve detenido en un campo de concentración y no voy a entrar a un relato de las penurias personales que mis compañeros y yo tuvimos que pasar, por dignidad, por pudor. He tenido que exiliarme de mi país, pero eso no me impide analizar la tragedia con algún rigor intelectual, por mucho que me duela. Estoy relatando hechos que analizamos con mucha calma con nuestros compañeros durante el año de nuestra detención. Los errores tenemos que reconocerlos sin perjuicio del repudio a la violencia de la dictadura que se implantó.

El público irrumpió con un fuerte aplauso. El joven molesto se quedó de pie al fondo de la sala. El moderador le pidió a Moreno continuar con su exposición. Margot estaba impresionada. La sobresaltó la interrupción del joven español, pero después se impresionó más por el aplomo y seguridad con que el chileno asumió el desafío. Ella le encontró toda la razón. Aunque su marido también fue parte del gobierno derrocado, muchas veces conversaron sobre los problemas que enfrentaba el gobierno y la incapacidad de éste para abordarlos con eficacia.

Moreno pasó a relatar la situación que vivió el país después del golpe militar. Los chilenos estaban sufriendo por partida doble, la represión política con todas sus atrocidades y víctimas y la grave crisis económica que azotaba al país, afectando especialmente a los más pobres. La escasez acabó, explicó Moreno, pero los precios se fueron a las nubes y los pobres apenas pueden subsistir. El desempleo es altísimo. Han llegado unos jóvenes economistas al gobierno que están aplicando recetas de texto como si el país fuera un laboratorio. Concluye afirmando que Chile vive uno de los momentos más oscuros de su historia, pero que confía en que la nación saldrá adelante y tarde o temprano esta tragedia tendrá su fin.

Recibe una ovación de una parte del público, aunque Margot observa que muchas manos permanecen quietas y los rostros con señales de desaprobación. Claramente la audiencia está dividida ideológicamente. Siguen después los otros panelistas, elegidos cuidadosamente para presentar distintos puntos de vista, aunque ninguno de ellos defiende el golpe de Estado y se muestran dolidos por la ruptura de la democracia en Chile. Más de alguno comenta la ironía de que hubo tantos partidarios de Allende que denostaron la democracia por considerarla burguesa y elitista y ahora están dispuestos a arriesgar sus vidas por recuperarla. El debate que sigue es intenso. No faltan quienes gustan de lucir sus dotes oratorias, pero el moderador limita el tiempo a un máximo de un minuto para argumentar y plantear alguna pregunta concreta.

Margot está inquieta por la hora. Tiene que ir a recoger a su hijo, pero Francesca le sugiere que esperen al término para que tome contacto con Moreno. La tranquiliza diciéndole que en España se cena tarde y que Sebastián estará bien con su amigo.

Cuando termina el debate, Margot y Francesca se acercan a la mesa donde están los panelistas. Mucha gente los ha ido a saludar y tienen que esperar a que se despeje algo el ambiente. Algunas personas se quedan para continuar sus conversaciones. Margot se pone inquieta y se aproxima, abriéndose paso. Quiere saludarlo y felicitarlo por su presentación. Le hace falta la cercanía de algún compatriota. Por fin logra llegar a él y se presenta como la viuda de Rodrigo Darrigrande. Moreno se sorprende y le da toda su atención.

− ¡La esposa de Rodrigo! Por supuesto que me acuerdo de él y de…

No quiere completar la frase que estima podría ser dolorosa para Margot.

− No te preocupes−, Margot lo tutea de inmediato. Siente que no hay tiempo para formalidades y excusas, y le cambia el tema−. Me encantó tu charla. ¡Te felicito! Mira, quiero presentarte a una amiga−, le hace un gesto a Francesca para que se acerque−. Ella es Francesca, una gran amiga y benefactora, que me recibió.

Se saludan, pero hay otra gente que también quiere acercarse a Moreno y conversar con él. Pero ella le insiste que necesita solo un minuto.

− Tú estuviste en la Isla Dawson. ¿Te encontraste con Juan Pablo Solar ahí, otro detenido político? Entiendo que lo relegaron para allá.

− ¿Juan Pablo? ¡Por supuesto! Era del equipo−, bromea.

− ¿Sabes que ha sido de él? Somos muy amigos y me encantaría tomar contacto.

− Antes de salir de Chile hablamos por teléfono. Él también había sido liberado con la condición de salir del país en diez días, como todos a los que nos soltaron. Me parece que se venía a Inglaterra y si la memoria no me falla, creo que a la Universidad de Oxford. Tenía una invitación.

− ¿Y cómo podría conseguir sus referencias?

− Te ofrezco lo siguiente. Yo conozco unos estudiantes de historia, chilenos, que están en Oxford desde hace un par de años. Sé cómo contactarlos y si Juan Pablo está allá es seguro que se han conocido. Dame tu dirección y teléfono para avisarte en caso de que consiga noticias.

− Te lo agradeceré infinitamente. Mira que Juan Pablo fue detenido al salir de mi casa el día siguiente del golpe y me he sentido culpable todo este tiempo por no haber podido hacer más para evitarlo.

− ¡No lo sientas así! Hay que sacarse las culpas. Son otros los que deben asumirlas y yo espero que llegue algún día en que los responsables de todo esto tendrán que rendir cuentas.

Margot sacó un papel de su libreta y anotó sus referencias para Marcial Moreno.

− Ya tengo tus datos. A ver si nos encontramos alguno de estos días y te cuento más lo que fue nuestra experiencia.

− Me encantará.

Se despiden y Francesca y Margot se retiran, buscan un taxi y regresan para recoger a Sebastián en la casa de su amigo.

4

Casi un año después de haber sido detenido y enviado a la isla Dawson en el extremo sur de Chile, Juan Pablo Solar fue liberado en agosto de 1974 a condición de salir del país en el lapso de diez días. De no hacerlo, arriesgaría penas muy severas. Sería arrestado y acusado de violar órdenes militares bajo estado de guerra. Hasta podría ser fusilado. De modo que no era broma, debería salir del país como fuera. Pero no estaba desprotegido. Dos de sus colegas y amigos más cercanos, Dante Aguilera y Alejandro Torrealba, se habían estado movilizando durante varios meses en la expectativa de que finalmente Juan Pablo sería liberado y tendría que irse de Chile. Es lo que había ocurrido con otros detenidos de alto nivel jerárquico en el gobierno de Allende, aunque sin haber tenido cargos de connotación política. Otros, en cambio, como José Tohá, que fue ministro del Interior de Allende y un líder político, fue muy maltratado durante su detención y su salud se debilitó al punto que tuvo que ser enviado al Hospital Militar en Santiago, en calidad de detenido. Misteriosamente un día fue encontrado muerto por ahorcamiento, suicidio según las autoridades del hospital, pero una historia que poca gente creyó.

Aguilera y Torrealba recorrieron varias embajadas averiguando las posibilidades de que Juan Pablo pudiera ser recibido en algún país en calidad de exiliado y tener acceso a un trabajo que le permitiera ganarse la vida. Por supuesto buscaron en embajadas de países que simpatizaran con la izquierda chilena y que sus gobiernos estuvieran abiertos a acoger a los exiliados. Suecia fue el país más amistoso y su embajadora fue muy activa para tramitar solicitudes de acogida. Ella conocía el caso de Juan Pablo por su amiga Margot Lagarrigue, de modo que ese país era el que ofrecía las mejores posibilidades. El único problema era el idioma y aunque el inglés era muy difundido, era un segundo idioma y sería una limitante para tener una buena inserción social. Muchos exiliados chilenos no se regodearon, por supuesto, y aun sin saber ni sueco ni inglés se trasladaron al país nórdico. Las cosas no estaban para regodeos. Además, el gobierno sueco tenía un programa de aprendizaje del idioma nativo para inmigrantes extranjeros.

Para Juan Pablo surgió una segunda posibilidad, que fue Inglaterra. El gobierno era presidido por el Primer Ministro Harold Wilson, del partido Laborista y simpatizante de izquierda. Wilson dio órdenes para dar facilidades de ingreso a los exiliados chilenos que optaran por ese país, especialmente si tenían antecedentes académicos. Había sido estudiante y profesor en la universidad de Oxford, donde había un Centro de Estudios Latinoamericanos. El gobierno asignó fondos para que ese centro pudiera recibir académicos latinoamericanos por al menos un año, considerando que la mayoría de los países de este continente estaban bajo dictaduras militares de extrema derecha.

Cuando Juan Pablo fue finalmente liberado, se instaló en el departamento de su hermano mayor, Nicolás, casado y con tres niños chicos, hombres. Ese sería su centro de operaciones para informarse de las opciones que se le abrían y tomar decisiones. Aguilera y Torrealba lo fueron a ver al segundo día de su liberación y después de que hubiera podido descansar, reponerse algo de la pesadilla que había vivido y alternar con sus familiares más directos.

El encuentro fue emotivo. Se abrazaron con mucho afecto y con fuertes palmoteos. Las palabras no salieron con facilidad y los amigos entendieron que no podían exigirle a Juan Pablo un relato detallado de su odisea. Su cuñada había preparado café, té, pastelillos y galletas y con esas provisiones entraron directamente al tema. Le informaron los resultados de sus gestiones y las posibilidades que tenía en ese momento para ser recibido en el exterior. Juan Pablo guardó unos momentos de silencio y luego de agradecerles sus gestiones, habló como si pensara en voz alta.

− A ver, me emociona saber lo que han hecho ustedes y también me siento privilegiado de tener posibilidades como las que me describen. Pocos las tienen. Pero no es fácil llegar y tomar una decisión que puede ser tan determinante por un período largo, aunque entiendo que no hay mucho tiempo y hay que actuar desde ya. Sospecho que la opción tendrá que ser Inglaterra. Me encantaría visitar Suecia, pienso que es un país amable para vivir, pero es claro que la barrera del idioma es importante. Pasar un año o dos dedicados a aprender sueco no me atrae. Si me voy a instalar en un país extraño al mío, quiero poder socializar, establecer vínculos, moverme con facilidad. Y en eso Inglaterra me resulta mucho más favorable. El inglés no es problema para mí, lo hablo desde niño y he viajado muchas veces a Inglaterra y Estados Unidos, por obligaciones profesionales, de modo que creo que me sentiría muy cómodo. Además, y esto es decisivo, ustedes me dicen que hay una invitación de la universidad de Oxford para un cargo de académico visitante. ¿Qué más podría querer? ¡Me parece fantástico!

Juan Pablo se levantó de su sillón y se acercó a abrazar a sus amigos.

− Vamos a los detalles−, le dijo después Torrealba−. Mañana te llevaremos al consulado británico para que te den la visa. Aquí tienes la carta de invitación del director del Centro de Estudios Latinoamericanos. Esta tienes que guardarla celosamente y desde luego, llevarla al consulado, lo mismo que tu pasaporte.

− Hay otra cosa, Juan Pablo−, agregó Aguilera, pasándole un portadocumentos−. Aquí tienes una serie de documentos, artículos de prensa e informes técnicos sobre la situación del país. Para que te pongas al día. Has pasado un año fuera de circulación y necesitarás tener alguna información mínima sobre la política y la economía chilena en el último año. Vas a llegar a Inglaterra al comienzo del año académico, que es en septiembre, y deberás tener preparado algún plan de trabajo y de seminarios, por lo menos para el primer trimestre. Las universidades inglesas funcionan por trimestres. Tú vas a llegar al Michaelmas Term que dura desde octubre a diciembre.

Dieron cuenta de los pastelillos que había preparado la cuñada de Juan Pablo y los invitados se levantaron para retirarse.

− Te dejaremos descansar. Mañana te recogeremos a las diez de la mañana para ir al consulado británico.

Se abrazaron nuevamente y se retiraron. Juan Pablo se quedó solo, pensando. Acababa de tomar una decisión trascendental para sus próximos años, en realidad no sabía por cuanto tiempo. Pero las cosas no podían habérsele presentado en mejor forma. Y, sin embargo, no sentía alegría. Tranquilidad sí. En el fondo de su alma sabía que iba al destierro. Tantas veces que leyó novelas e historias, cuando estaba en el colegio, en las que se hablaba de personajes que habían sido desterrados. En esas historias el destierro era una sanción casi equivalente a la pena de muerte. Era para delitos muy graves, como la traición, algún crimen, una deslealtad. Provocaba dramas. En su inocencia de estudiante nunca le tomó el peso. Era solo una alternativa que enfrentaban los héroes o los villanos de esas historias, lo que les agregaba condimentos. Y ahora era él mismo quien iba a enfrentar esa pena, una de las más graves aparte del fusilamiento. ¿Y cuál era su crimen? Nunca lo juzgaron. Estuvo un año prisionero en las condiciones más inhóspitas, pasó hambre, frío, humillaciones, golpes y todo por haber ejercido algunas funciones de bien público, sometido a la Constitución y las leyes; y al final fue liberado sin haber recibido ninguna acusación. Bueno, era preferible a que, además de todo lo que pasó, hubiera tenido que enfrentar una justicia sesgada, amañada a los propósitos de la dictadura.

No podía abandonar estas cavilaciones. Solo había otra cosa que le daba vueltas en el fondo de su alma. Margot. ¿Qué sería de ella? Ella lo acogió el día del golpe y conversaron largamente en la intimidad de esa noche trágica. Sintió renacer su emoción, que se convirtió en un imperativo. Tenía poco tiempo para tantas cosas por hacer en los escasos días disponibles, pero una, quizás si prioritaria por encima de todas las demás, sería ubicarla y hablar con ella. No le gustaría irse del país sin verla.

Buscó en la guía telefónica porque ya no tenía su libreta de teléfonos. La había arrojado al canal donde se refugió cuando era perseguido por los militares el día que lo detuvieron. Se emocionó cuando encontró su nombre, dirección y teléfono. Marcó el número y esperó. Cuando contestaron preguntó por Margot.

− Lo siento, está equivocado. Esa señora no vive aquí−, le contestó una voz como de sirvienta.

− Pero es que este es su número y su casa. ¿Hay alguien más con quien pudiera hablar?−, insistió.

− Un momento.

− ¿Quién habla?−, preguntó una nueva voz por el auricular.

− Perdone, pero soy amigo de Margot Lagarrigue y hace mucho tiempo que no sé de ella. Necesito hablarle. Este es el teléfono que aparece en la guía.

− Lo siento, señor. Esa señora es la dueña de la casa pero ya no vive aquí. Nosotros somos arrendatarios desde hace varios meses y yo me entiendo con el padre de ella. Parece que no vive en Chile.

− Bueno, muchas gracias y disculpe.

Juan Pablo colgó con desazón. No podía entender por qué Margot ya no vivía en Chile. ¿Qué pasó? ¿Cómo saber? Volvió a llamar al número que tenía.

− Por favor, acabo de hablar con usted, pregunté por la señora Margot−, la voz era la misma−. ¿Me podría dar alguna información de la familia de ella? ¿De sus padres?

− Lo siento, pero no doy informaciones privadas a personas desconocidas. Tendrá que buscar por otro lado.

Y cortó. Juan Pablo tuvo conciencia de la desconfianza que se estaba instalando en el país. En otros tiempos, nadie habría tenido problema en darle la información que pedía. Apareció su cuñada en la sala y lo sacó de sus cavilaciones y ensimismamiento.

5

El viaje en el avión de Caledonian a Londres fue largo, catorce horas. Después de inmigración tuvo que esperar otra hora más para tomar un bus que lo llevaría a Oxford. Luego debería subir a un taxi. Tenía una dirección adonde dirigirse: el Saint Antony´s College, en la Woodstock Road, presentarse y recibir instrucciones para su alojamiento. Iba agotado, había dormido muy poco y las vueltas del bus a la salida de Londres y después a la entrada de Oxford lo tenían muy fatigado. Se daba fuerzas, recordando que las había tenido mucho peores en Dawson. Nada comparable. Pero el cuerpo tiene sus límites.

Lo recibió un portero correctamente vestido y con un sombrero de hongo. Después de presentarse y mostrar la carta de invitación del college, el hombre miró un listado que tenía, asintió y le informó la dirección de su residencia. Le habían asignado una habitación en una casona a menos de una cuadra del college. No le valía la pena pedir otro taxi. Podría caminar y junto con su cansancio, arrastrar la maleta, que tenía ruedas. Le entregaron las llaves y las indicaciones para llegar. También una carta que guardó en su bolsillo. La casa era una vieja residencia victoriana, de tres pisos y amplios jardines alrededor. Tenía un pequeño muro a la calle, de piedra caliza, de no más de un metro y medio de altura. La avenida era hermosa, con grandes árboles en las veredas. El aire estaba templado; no hacía frío, aunque a esa hora, las cinco de la tarde, estaba bastante oscuro. Su habitación estaba en el segundo piso y tuvo que subir una escalera con su equipaje. No vio a nadie, pero ubicó el número de su habitación, entró y se encontró con una pieza amplia, con bastante espacio libre, una cama de plaza y media, una mesa de trabajo con una silla, un sillón confortable, una lámpara de pie, un pequeño closet y otro cubículo que hacía de pieza de baño. Indudablemente, estos habían sido agregados en alguna remodelación. Este sería su hogar por quien sabe cuánto tiempo. Un palacio al lado de la barraca donde tuvo que dormir en Dawson. Estaba agotado, así es que sin abrir la maleta ni sacar ninguna de sus pertenencias, se echó sobre la cama y sin darse cuenta cayó en un sueño profundo.

Despertó con una luz que entraba por la ventana. Ya era la mañana. Miró su reloj pulsera y constató que su hora eran las dos de la madrugada. Recordó la diferencia de horas entre Londres y Santiago, seis horas le habían dicho. Aunque seguía con sueño, le pareció que lo más prudente sería incorporarse de una vez al horario inglés. Recordó la carta en su bolsillo. Era del director del Centro Latinoamericano, el profesor Harold Templeton. Le daba la bienvenida, le deseaba una grata estadía en Oxford y le informaba su teléfono para que se comunicaran. Esa carta lo reconfortó anímicamente. Desde la llegada a Londres había comenzado a experimentar una sensación de soledad que lo molestaba. En Santiago vivía solo, pero tenía un círculo de amistades, colegas y familiares que le creaban una atmósfera de pertenencia, de afectos, de ansiedades, miedos y esperanzas compartidas. Incluso en Dawson si algo echó de menos fue un poco de privacidad, que fue uno de los bienes más escasos. Mientras estuvo detenido siempre estuvo rodeado de compañeros de infortunio y entre ellos desarrollaron lazos de amistad y solidaridad. Siempre formó parte de un grupo mayor. Ahora era solo él. Sus vínculos se habían cortado, se encontraba en un país extraño, amigo y hospitalario, no cabía duda, pero ajeno. Supuso que de a poco tendría que construir nuevos lazos, nuevas redes de amistad y cooperación, pero no estaba seguro con qué carácter.

Prefirió alejar esas dudas, instalarse, ducharse, cambiarse ropa e iniciar su exploración de este nuevo mundo que tendría que conquistar, el viejo mundo, pensó con ironía. Además, tenía hambre y decidió que lo primero sería buscar donde tomar desayuno y luego haría contacto con el director del centro. Cuando estuvo listo, fue a la portería del college para indagar por posibilidades de desayuno en las cercanías. El portero le indicó que ahí mismo el college tenía un comedor para sus académicos y estudiantes, aunque era pagado. Pero a precios muy convenientes, le agregó. El comedor estaba en un edificio moderno, adjunto a una especie de sala de estar con muchos muebles, y diarios. Le llamó la atención una colección de tapices orientales que colgaban de los muros, bastante altos. En el comedor bullían las conversaciones. En un sector estaban los autoservicios y bandejas para coger las meriendas y en el resto había mesas para unas ocho personas con sus respectivas sillas. Le impresionó la cantidad y variedad de viandas. Como para un almuerzo. Salchichas, tocino, huevos fritos o revueltos, porotos, ensaladas, panes de diversos tipos, mermeladas, mantequilla, café y té, a discreción. Cogió una bandeja y platos y se sirvió salchichas, dos huevos fritos, un par de panes, mermelada y una taza de café con leche. En la caja le calcularon el precio y le pareció irrisorio, convertido a precios chilenos. Le habían dicho que Inglaterra era muy caro, pero ese desayuno era un regalo. Supuso que habría algún subsidio de la universidad. Seguro que en muy poco tiempo recuperaría el peso que tenía antes de haber pasado por la detención en Dawson. Llevó su bandeja a una mesa donde había suficiente espacio y se aprontó a desquitarse de la mucha hambre que pasó durante un año. Les hizo una leve venia a otros comensales que había en la mesa, a manera de saludo y se sentó.

De pronto escuchó hablar en castellano. Puso atención y comprobó que era un castellano chileno. Perfectamente reconocible el idioma criollo, con sus medias palabras, las eses omitidas y mucho garabato entre medio. Percibió un calorcito en el corazón. Se dio vuelta y vio a dos jóvenes que hablaban acaloradamente en la mesa del lado. Se levantó y fue a saludarlos.

− ¡Qué alegría escuchar a unos compatriotas!

Los jóvenes lo miraron sorprendidos. Se presentó y les mencionó su nombre.

− Vengo llegando de Chile, como profesor visitante y estaré un año aquí. Cuéntenme, me imagino que son estudiantes. ¿Quiénes son ustedes, qué hacen?

− ¡Tanto gusto!−, contestaron.-Sí, somos estudiantes de post-grado en historia. Soy Rodrigo Avendaño.

− Carlos Müller−, se presentó el otro.

− ¿Les importa si traigo mi desayuno?

− Pero, ¡por favor!

Iniciaron una conversación que se extendió más allá del desayuno. Los jóvenes no podían creer que estuvieran conversando con uno de los detenidos en la isla Dawson. Juan Pablo había sido franco y les contó la verdad. Era un exiliado que recién salía de la prisión, o del campo de prisioneros mejor dicho y venía a Oxford a realizar un trabajo académico. Los jóvenes estaban gratamente sorprendidos de haber conocido a Juan Pablo. Eran militantes del Mapu y aunque no fueron detenidos, habían postulado y obtenido unas becas para seguir sus estudios de post-grado en historia. Fueron estudiantes en la Universidad Católica y en base a su buen rendimiento académico se beneficiaron con esas becas del British Council. Juan Pablo estaba feliz de sentirse acompañado de estos jóvenes compatriotas. Aunque sus disciplinas eran completamente distintas, había mucho tema de interés común. De hecho, se habían inscrito en su seminario, al cual tenían derecho de asistir. Además, ellos llevaban un año en Oxford y ya conocían los pequeños secretos que podían hacer la vida más placentera, aparte de los trabajos universitarios propiamente tales. Le contaron que había cine arte, le hablaron de la mundialmente famosa librería Blackwell, que era maravillosa, de los hermosos parajes en torno a Oxford, del río, de las regatas, de las tradicionales ciudades cercanas como Stratford-on-Avon, la cuna de Shakespeare, de Reading, donde Oscar Wilde estuvo preso por su homosexualidad, de los infinitos atractivos de Londres, a una hora en tren.

− No tendrá cómo aburrirse−, le dijeron por fin.

− Oigan, por favor, no me traten tan formalmente. Solamente Juan Pablo y siéntanse ya mis amigos.

Se despidieron no sin antes haberse comunicado los respectivos teléfonos y direcciones. Le cambió el ánimo a Juan Pablo. Hacía pocas horas se sentía un solitario náufrago en ese mundo desconocido y ahora ya tenía un par de amigos. A pesar de la diferencia de edades y de venir recién conociéndose, sintió que podían llegar a ser su familia. Le contaron quien era el director del Centro Latinoamericano, cómo era el profesor Templeton y donde estaba su oficina. Tenía una especial predilección por Chile. Un antepasado suyo había vivido en Chile, en Valparaíso más concretamente, y su contribución a la ciudad determinó que le dieran su nombre a una de las calles del puerto. El profesor era historiador también y había escrito algunas obras sobre América Latina. Era feroz opositor a la dictadura de Pinochet en Chile y ciertamente Juan Pablo podría esperar todas sus simpatías.

6

Dos semanas después Margot recibe un llamado telefónico, en la noche. Reconoce la voz de Juan Pablo Solar y su respiración se le agita.

− ¡Juan Pablo! ¿Eres tú?

− Sí, Margot. Te estoy llamando desde Inglaterra.

− Pero, ¡qué alegría oírte! ¡Y qué sorpresa!

Sus frases se atropellan porque hablan al mismo tiempo.

− Unos chilenos que estudian aquí en Oxford me transmitieron tu teléfono. Les llegó el mensaje de Marcial Moreno.

− ¿Cómo estás? ¿Estás bien?−, no atinó a más que frases hechas.

Son muchas las preguntas de Margot, que no sabe por dónde empezar.

− Estoy bien, Margot. Bueno, es un decir. Por lo menos sobreviví, no me pasó nada irreparable y…aquí estoy. ¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Por qué te fuiste de Chile? ¿Qué pasó?

− Nada especial, simplemente mis padres se inquietaron por la intensidad de la represión y por algunos antecedentes que nos llegaron. Me organizó una salida de Chile. Pensaron que sería por poco tiempo, pero después se alarmaron. Estuve primero en Buenos Aires y ahora en Barcelona, en casa de familiares. Y tú, ¿cómo llegaste a Oxford?

− Unos amigos me consiguieron una invitación, por un año, para venir a esta universidad y escribir un libro. Pero, Margot, tenemos tantas cosas que conversar. Tenemos que juntarnos. Me gustaría ir a visitarte. No estamos tan lejos. Podría arreglar un fin de semana, alargado, y nos ponemos al día.

Acuerdan una fecha que les acomoda a ambos para dos semanas después y se despiden. Margot se queda varios minutos pensativa, agitada. Esto le revuelve todos sus planes, que tampoco eran muchos. El día acordado, ella va al aeropuerto a recoger a Juan Pablo. Se impresiona al verlo. Está muy enflaquecido, muchos kilos menos que en su recuerdo de más de un año antes. Muy pálido, ojeroso. Pero se emociona con el encuentro y el abrazo se prolonga. Ella siente la presión de los brazos de su amigo. No se quiere apartar, pero al fin se sueltan y se miran. Ella percibe una tristeza profunda en sus ojos, más allá del brillo que le provoca el encuentro. Se ve golpeado. Le nace un sentimiento maternal de protección y le acaricia la cabeza.

− ¡Mi querido Juan Pablo, qué te han hecho!- exclama, con un nudo en la garganta, más como una afirmación que pregunta.

Él no replica, pero la abraza de nuevo.

− Por lo menos no me mataron, como acaban de hacerlo con el general Prats y su esposa−, agrega después. En efecto, pocos días antes el general Prats, estrecho colaborador del derrocado presidente Allende, fue brutalmente asesinado por una bomba colocada en su automóvil en Buenos Aires, donde se había exiliado. El hecho produjo consternación mundial y reveló hasta donde procedería la maquinaria asesina de la dictadura instalada en Chile. El gobierno negó responsabilidades, pero nadie dudó de que el atentado fue planificado por la policía política.

Buscan un taxi, Juan Pablo carga su equipaje, muy liviano por lo demás, para cuatro días.

− Te arrendé una pieza en un hotelito muy simpático, cerca de mi departamento. Es un hotel familiar, pero muy bien equipado y atendido por los dueños y sus hijas. Te va a gustar. ¿Estás muy cansado?

− No, para nada. No es un viaje largo. Te propongo que dejemos mis cosas en el hotel y vayamos a comer a algún restaurant cercano. Tú tendrás que sugerirme alguno porque es primera vez que vengo a Barcelona. ¡Ah! Perdona, me olvidaba, ¿cómo está Sebastián? ¿Qué es de él? ¿Qué hace?

− Ya lo vas a ver. Ha crecido bastante. Se pegó un estirón. Tiene seis años. Pero está muy bien. Va a un liceo cercano. Esta noche se fue a alojar donde un amigo muy cercano. Se lo pedí para que pudiéramos cenar sin apuros y conversar. ¡Hay tantas cosas que han pasado, Juan Pablo! Es como que nos hubieran dado vuelta el mundo al revés. Parece que fue en otra vida cuando te vi arrancar de la patrulla militar en mi casa y desapareciste, para saber después que te habían detenido. ¿Qué pasó contigo? ¿Cómo te trataron?

− ¡Margot! Vamos con calma. La historia es muy larga, eterna y no sé si quiero recordar todo. Pero ya hablaremos, tendremos mucho tiempo.

Habían llegado al hotel Gaudí, cercano al Paseo de Gracia. Margot buscó donde estacionar y acompañó a Juan Pablo a la recepción. Entregó su información, le dieron su llave y se aprestó a subir.

− No demoraré−, le dijo a Margot−. Dame unos quince minutos y bajaré para que vayamos a cenar.

− De acuerdo. Esperaré por aquí.

No tardó mucho en bajar Juan Pablo. Lucía más fresco, descansado. Caminaron lentamente por el Paseo de Gracia hasta un restaurant que Margot ya conocía. Sencillo, pero acogedor. Pidieron la carta y ella le hizo algunas sugerencias y explicaciones sobre la comida catalana. Juan Pablo se decidió por una sopa de tomillo, la farigola y luego un fricandó, consistente en unos finísimos cortes de ternera con salsas y setas. Ella prefirió solamente un empedrat, una ensalada con tomates y alubias. Ninguno de los dos estaba para comidas pesadas. Tenían mucho de qué hablar. Para el postre, ambos optarían por una crema catalana.

− Cuéntame primero cómo te salió esta invitación a Oxford. Y qué estás haciendo ahí−, le pidió Margot, pensando que era más fácil empezar por la vida reciente de Juan Pablo, más cordial y amable. No estaba segura si sería prudente pedirle que le hablara de su año como prisionero en Dawson

− Tú sabes que yo mantuve mis actividades académicas mientras estuve en el gobierno. No me requerían demasiado tiempo. Aunque antes había estado a jornada completa, después mantuve la docencia, enseñando un curso en la Facultad de Economía. Daba mis clases a primera hora, de modo que poco después de las diez de la mañana ya estaba en la oficina. Estos contactos universitarios fueron muy importantes para obtener esta invitación. Un colega mío de la facultad conocía muy bien al director de la carrera de economía en el Nuffield College, de Oxford. Por su intermedio, el Centro de Estudios Latinoamericanos del Saint Antony´s College, que disponía de financiamiento para invitar a un profesor latinoamericano por un año, decidió extenderme la invitación. En parte, era una forma de ayudar a quienes sufrían la persecución de la dictadura en Chile y también de cumplir uno de los objetivos del centro, que es fomentar el intercambio académico con América Latina. La dictadura chilena ha impactado mucho en Europa, tanto por la violencia que está usando, como por la simpatía, quizás algo condescendiente, con el llamado experimento chileno de transitar al socialismo, por la vía democrática. Tú sabes que Europa tiene una larga experiencia, durante la mayor parte del siglo XX, de debatirse entre el fascismo y la socialdemocracia. A Allende lo consideraron más bien un socialdemócrata avanzado antes que un marxista propiamente tal. Nada comparado con la Cuba de Fidel Castro. Bueno, un tema bastante debatible−, agregó ante la cara de duda de Margot.

Se interrumpió con la llegada de su sopa y la ensalada para Margot. Pidieron un vino tinto liviano y agua mineral.

− Así es que ahí estoy, dedicado a escribir mis propias notas, en base a recuerdos y a leer revistas, periódicos e informes internacionales. No sabes lo espectaculares que son las bibliotecas de esa universidad. Encuentras de todo y si algo falta, lo puedes encargar, y te lo agradecen. También puedo acceder a bibliotecas de otras universidades, en Cambridge, en Londres y en instituciones especializadas.

− ¿Tienes que enseñar?

− Tengo que dar un seminario a la semana, para estudiantes graduados.

− He oído sobre la belleza de esa ciudad.

− ¡Es fantástica! Tendrás que venir a conocerla. Una ciudad pequeña, antiquísima, con una de las universidades más antiguas y prestigiadas de Europa. Tiene un casco antiguo muy gótico, lleno de jardines de la universidad, bosques. Muchas tiendas pequeñas con productos de alta calidad, innovadores. Es una ciudad muy amable. Pero entiendo que Barcelona no lo hace nada de mal, si no me equivoco.

− Me ha resultado una ciudad maravillosa. Llena de rincones, de tradiciones y, por supuesto, su centro totalmente gótico. Es una ciudad con una sabia mezcla de modernidad con antigüedad. Y el gran gurú es Gaudí, en quien todos los catalanes se miran. A mí su estilo de arquitectura todavía no termina de convencerme, es como si se inspirara en los dibujos de los cuentos infantiles que solíamos leer de niños.

Se produjo un silencio mientras comían. En algún momento y venciendo su pudor, Margot se atrevió a poner el tema.

− Juan Pablo, no quiero ser impertinente y si prefieres, no me contestes. Pero, ¿qué te hicieron? ¿Cómo fue tu estadía en esa isla famosa?

Juan Pablo sintió el dedo en la llaga, pero no le molestó. De hecho, esperaba la pregunta y si Margot no se la hubiera hecho se habría sentido frustrado. Renacía su atracción hacia la mujer y no quería tener secretos con ella, excepto los que se prohibía a sí mismo, lo que no quería recordar. Bebió un sorbo de vino y respiró profundo. Ni él mismo sabía a ciencia exacta qué emociones se le despertarían al recordar el año fatídico. Incluso temió quebrarse si entraba en detalles, como las torturas que le infligieron a algunos de sus compañeros que venían de otros lugares, o las muertes que tuvo que presenciar o algunos actos aberrantes a que los sometieron.

− Bueno, no fue un hotel cinco estrellas−, trató de bromear, con un gesto que resultó más bien una mueca que una sonrisa−. No sé si sabes que la isla Dawson está al sur de Punta Arenas, más allá del Estrecho de Magallanes. Paradojalmente, era parte de una estancia que fue expropiada por el gobierno de Allende y entregada a la Armada. Solo hay unas cuantas viviendas para el personal de la Armada con una mínima infraestructura y una más cómoda para el comandante, por supuesto. No había espacios para albergar prisioneros, por lo que uno de los trabajos que nos obligaron a realizar fue construir unas barracas solo suficientes para que cupieran los camarotes donde dormiríamos. Fueron trabajos forzados. Había que excavar, cortar árboles, acarrear troncos por distancias enormes. Lloviera o no lloviera. A veces teníamos que excavar el barro. Para los detenidos que eran personas mayores, el sufrimiento era indecible. Algunos caían desmayados y obligados a levantarse.

− ¡Qué horror!

− Como los espacios en las barracas eran tan pequeños, algunas literas se hicieron con tres camastros para que entraran más prisioneros. Así es que ya te puedes ir imaginando, sin ninguna privacidad ni para las necesidades más básicas, todos amontonados, encerrados con llave durante las noches. Estaba prohibido hablar. En las noches dejaban un tarro adentro para el que no pudiera esperar a hacer sus necesidades. El frío fue algo permanente, a pesar de que estábamos empezando la primavera. Las barracas no tenían aislación, apenas eran unos paneles de madera aglomerada y unas planchas de zinc. En algunas ocasiones nos permitieron encender unas especies de estufas a leña, pero eso dependía mucho de los oficiales a cargo. Los cambiaban cada cierto tiempo.

− Pero, ¿de qué los acusaron? ¿Por qué estaban ahí ustedes?

− Habíamos sido de la alta jerarquía del gobierno. Ministros, subsecretarios, directores de servicios, asesores. Todos teníamos altos cargos públicos. Pero nos acusaron de ser los autores de la destrucción del país, de su economía, de la democracia. ¡Imagínate! ¡Quienes destruyeron la democracia! Ciertamente no fuimos nosotros. Esa acusación es de lo más injusto que he oído en mi vida. Pero ni siquiera fue una acusación formal. Era la amenaza permanente, que al regreso a Santiago seríamos pasados a un tribunal que investigaría nuestros llamados crímenes. Esto les servía de pretexto para darnos el peor de los tratos que se le puede dar a un prisionero. De hecho, apenas llegamos a la isla fuimos instruidos por el comandante de que seríamos considerados “prisioneros de guerra” y por lo tanto, éramos “el enemigo”. Por supuesto, sin los derechos de los prisioneros de guerra, para los cuales hay leyes internacionales. Pero era el argumento para fusilarnos si lo tenían a bien. Nos dejaron bien claro que en cuanto prisioneros de guerra se nos podría aplicar la “ley de la fuga” a quien no obedeciera las órdenes. Es decir, fusilarnos sin más. La humillación y el hostigamiento fueron permanentes, con garabatos, insultos, golpes.

− ¿Y no había nadie que tuviera algo de compasión?

− La compasión no está permitida en lugares así. Además, había oficiales, sobre todo tenientes al mando, que parecían experimentar un verdadero gozo, como si hubiera sido una especie de venganza personal, con el sufrimiento ajeno. Pero no todos fueron así. Las guarniciones eran cambiadas cada cierto tiempo, para evitar que se ablandaran después de convivir algún período con los prisioneros. El conocimiento recíproco crea lazos, por muy enemigas que sean las personas. Y en nuestro caso, siendo la mayoría detenidos con altos niveles de educación, a veces había algún atisbo de conversación con los oficiales, sobre temas de la especialidad de cada uno. Recuerdo un compañero que era ingeniero y si la ocasión se daba, les explicaba a los marinos nociones de cibernética o de física, que despertaban su interés. Eso los ablandaba un poco y cambiaban las formas del trato. Incluso hubo más de uno que se excusó diciendo que ellos cumplían órdenes y que lamentaban la situación en que estábamos. Pero luego venía el cambio de turno, se iban y llegaban otros con la sangre en el ojo.

− ¿Cómo se puede soportar tanto dolor?

− Los sufrimientos físicos, las humillaciones, la sospecha permanente, no eran nada comparado con la ansiedad que teníamos por saber de nuestras familias, por la incertidumbre de si nuestra detención iba a ser cosa de un tiempo corto, largo o permanente, e incluso por la incertidumbre respecto de nuestras vidas. Nadie se sentía seguro. Algunas noches hacían simulacros de fusilamientos o simulacros de combates que nos impedían dormir y descansar. Yo mismo muchas veces pensé que no saldría vivo de la isla. Uno empieza a revisar su vida con la idea de que ya topó fondo, que llegó el final. La tendencia a la depresión era muy grande y nos dimos fuerzas unos a otros para combatirla. Los más fuertes apoyaban a los más débiles. Hubo mucha solidaridad en esto. Se formaron amistades sólidas, en los pocos ratos libres que nos dejaban para conversar un poco. Compartimos confidencias, ilusiones y penas tanto como el escaso pan que nos daban. Dicen que “lo que no te mata te hace más fuerte”. Y, fíjate, algo increíble. También recibimos, cuando fue posible, la solidaridad de los conscriptos que tenían que custodiarnos. En muchas inspecciones de las barracas y de nuestras escasas pertenencias, porque nos revisaban todo el tiempo e incluso de noche, como si pudiéramos conseguir armas para enfrentarlos, algunos soldados nos decían al oído que estaban con nosotros, que habían sido partidarios de Allende y que nos comprendían.

− Debe haber sido emocionante sentir esa solidaridad de tus propios opresores.

− Lo era. Pero pobre del que pillaran hablándonos al oído. Eran castigados severamente e incluso podrían ser metidos a un calabozo.

Se quedaron un rato en silencio. Eran demasiadas las emociones que suscitaba el relato de Juan Pablo y era difícil procesarlo.

− Y pensar que esa gente después vuelve a sus casas, a sus familias y se comportan como los seres más civilizados del mundo−, pudo comentar Margot al fin−. ¡Qué hipocresía! ¡Qué doble moral!

− ¡Qué tentación decirte “bienvenida al mundo real”, pero es un lugar común, demasiado común, así es que no te lo diré!−, le dijo Juan Pablo, con humor, para distender la conversación. Se dio cuenta de que había abusado de la buena voluntad de Margot para que le escuchara sus penas y sufrimientos durante mucho rato. Pero no pudo contenerse y siguió−. Es la vieja pregunta de los filósofos, ¿el mal, está en la naturaleza del hombre, o es la sociedad la que lo convierte al mal? Piensa tú que en los animales no hay ensañamiento. Hay crueldad por necesidad de subsistencia, tienen que cazarse unos a otros, tienen que comer, pero el hostigamiento y la crueldad que se ve entre seres humanos, que no es por necesidad de subsistencia, responde a otros incentivos, a otras necesidades. El poder, por ejemplo.

− Mostrar que se tiene, aunque sea una pequeña cuota de poder. Abusando. Uno puede entender que por el poder se busque dominar a otros, pero, ¿por qué ensañarse? ¿Por qué gozar con la crueldad?

− Aunque no lo justifico, ¡vaya si lo justificaría!, es por método. La crueldad es un instrumento, un método para someter al otro, para quitarle todas las ganas de rebelarse, de desobedecer, de resistir. Y también existe el sadismo, el placer que da ver el sufrimiento del otro. Son aberraciones de los seres humanos. Pero, ¡ya! ¡Basta de hablar de estas cosas tan deprimentes! Cuéntame de ti. Hemos hablado mucho de mí, pero me interesa mucho saber qué pasó contigo. ¿Por qué saliste de Chile?

Margot le contó su historia , las conversaciones con su padre y la conveniencia de salir del país, sobre todo por Sebastián. No quiso exponer a su hijo a ninguna circunstancia de riesgo que pudieran correr, aunque ella no entendía por qué podrían tenerlo. Pero los antecedentes de Rodrigo, su esposo, y el hecho de que ella hubiera albergado a varias personas el día del golpe y que sin duda ya había sido divulgado y denunciado, la hicieron vulnerable. Pensaron que el régimen militar sería breve, hasta que la vida del país se normalizara, pero las señales que mandó la dictadura y la violencia que ejerció desde el comienzo los convencieron de que la cosa iba para largo. Le contó que primero pasó por Buenos Aires y finalmente aterrizó en Barcelona y ahí estaba, sin saber hasta cuándo.

− Me di cuenta de que es preferible no pensar en fechas. Cuando no depende de ti, sería insoportable vivir en función de algún plazo. Y, ¿quieres que te diga la verdad? Esta ciudad me gusta, me acomoda, Sebastián está bien, contento en su colegio. Así es que estamos dispuestos a quedarnos todo el tiempo que sea necesario. Mi padre me envía una mensualidad y yo he empezado a ganar algún dinero también, haciendo consultorías privadas.

La cena había terminado, pero ninguno de los dos tenía interés en levantarse. Margot quiso saber más.

− ¿Cómo fue la liberación de ustedes? ¿Cómo fue que los soltaron?

− Fue gradual. Hacia fines del verano del 74 llegaron algunas órdenes de retorno a Santiago. Eran individuales y muy selectivas. De pronto aparecía el oficial a cargo y llamaba: “Fulano de tal, prepárese para viajar en dos horas. Recoja sus cosas”. Por supuesto, esto comenzó a provocar gran expectación. Aunque tampoco sabíamos si sería para bien o para mal. Pero eso de “recoger las cosas” nos sugirió que era un retorno y quizás una liberación. Si era para ser fusilado no habríamos necesitado nada. Algún tiempo después me llegó la orden a mí y otros dos compañeros. Nos embarcaron en un avión y regresamos a Santiago. ¡Para qué te digo la felicidad que eso nos provocó! Parecía que la pesadilla estaba terminando. Pero nos desilusionamos pronto. Desde Santiago nos mandaron inmediatamente en un vehículo militar al campo de concentración de Ritoque. Tuve unos días de mucho desánimo. Pero al menos ya no hacía el hielo magallánico. Y, algo muy importante, un día recibimos visitas de familiares. Llegó un hermano mío. Nos permitieron conversar una hora y tener algunos momentos de expansión. Ahí estuve tres meses, de nuevo con los malos tratos, la amenaza permanente, los gritos, la humillación y la mala y poca comida. Pero algo me decía que esta vez sería más breve. Así fue. Un día me llamó el comandante del campo y me dio la noticia: “Usted será liberado, pero tendrá una semana para salir del país. No puede quedarse. Y en ese tiempo tendrá arresto domiciliario”. Casi abracé al comandante. Hay que haber perdido la libertad para darse cuenta el valor que le asignamos. Era lo mejor que podía pasarme, aunque tuviera que exiliarme. Pero volvería a ser persona humana, podría recuperar mi dignidad, tanto tiempo atropellada. Esa semana la pasé en la casa de mi hermano y aproveché de ponerme al día. Recibí muchas visitas de amigos y familiares, leí revistas y diarios para saber algo de lo que estaba pasando en el país y, por supuesto, dormí y comí mucho. Lo demás ya lo sabes. Y aquí me tienes.

Salen del restaurant ya bien entrada la noche y caminan lentamente hacia el departamento de Margot. Ninguno de los dos tiene prisa.

− Estoy muy impresionada. No sé qué decirte, porque es tanto lo que tendría que decirte. Pero al menos te aseguro que me hace muy feliz saber que terminó tu pesadilla−. Se quedó pensativa unos momentos y prosiguió.- ¿Cómo se procesa esa experiencia, el trauma? ¿Con odio? ¿Perdón? ¿Cómo se recupera la estabilidad emocional? ¿Y qué pasa con la confianza en el ser humano? ¿Queda algo? ¿Deseos de venganza?

− Al principio sentí mucha rebeldía. Mi reacción espontánea era enfrentar a mis captores y rechazar sus atropellos. Pronto me di cuenta que el costo era demasiado alto. Me golpearon, me castigaron con trabajos adicionales. Y no sacaba nada. Pero sí, hay momentos en que uno acumula odio. En que hubiera querido verlos arder en el infierno. Después, con el tiempo, uno aprende a convivir con la injusticia y el abuso. Es un instinto de sobrevivencia. Y el apoyo de los compañeros ayuda mucho. Fuimos procesando de a poco las experiencias de cada uno, en los momentos en que podíamos conversar y sacamos conclusiones para sobrellevar la experiencia. Nos reforzamos con la idea de que eso no duraría para siempre. No podía ser. Y tratamos de no alimentar deseos de venganza. ¿Qué sacaríamos? De que alguna vez se haga justicia, sí. Pero el futuro dirá.

Llegaron al edificio donde vivía Margot.

− ¿Quieres subir a un café?−, invitó ella.

− Ha sido un día largo y quizás sea mejor irse a descansar. ¿Tienes compromisos mañana?

− Por supuesto que no. Estoy libre, ya te dije que Sebastián se quedará estos días donde un amigo. Mira, te propongo que mañana recorramos algunos lugares de la ciudad que tienes que conocer y pasado mañana podríamos tomar alguna excursión fuera. Hay tantos lugares maravillosos.

− De acuerdo. Te llamaré mañana después del desayuno. No te garantizo la hora porque creo que dormiré mucho.

Se abrazaron y Margot le ofreció su mejilla para un beso de despedida.

A media mañana del día siguiente Juan Pablo llamó a Margot y quedaron en que la recogería dentro de media hora. Ella le propuso recorrer el casco antiguo de la ciudad.

− Tienes que conocerlo. Es para caminarlo, mirar todos los rincones, tomar café o cerveza. Déjate llevar.

Desde el Paseo de Gracia cruzaron la Plaza de Cataluña y siguieron por las Ramblas. Los puestos de flores eran una fiesta de exuberancia. Periódicos de distintos países. Gente que ofrecía echarles el Tarot. Muchos turistas caminando en un sentido y en otro. En algún punto entraron a visitar antiguas ruinas romanas, en un museo vivo, subterráneo, con pasarelas de madera para desplazarse en el interior. Llegaron al mercado de La Boquería y se extasiaron contemplando las frutas, los embutidos, las piernas de jamón colgando, los quesos. No pudieron resistir y compraron medio kilo de queso manchego. Luego siguieron hasta llegar al monolito de Colón, para torcer a la izquierda y seguir por el malecón. Un yate anclado invitaba a subir a merendar, meciéndose con el suave oleaje. Pidieron tapas y cervezas. Juan Pablo se sentía viviendo en plenitud y el recuerdo de su cautiverio parecía esfumarse lentamente.

Después de comer siguieron por el malecón. Divisaron la Basílica de Santa María del Mar y entraron. Margot no la conocía. Quedaron sobrecogidos por la solemnidad del interior. A diferencia de la mayoría de las iglesias católicas, esta basílica destacaba por la escasez de iconografía, lo que acentuaba aún más la belleza de las naves, los arcos góticos y las columnas. Juan Pablo se preguntó cuánta historia habría detrás de esa magnífica construcción medieval, cuánto esfuerzo humano, sufrimientos y también inteligencia, habilidades y destrezas. No podía entender cómo esos arquitectos sin formación pudieron calcular sin instrumentos y con conocimientos mínimos, llegar a una obra que debería durar siglos.

Sin darse cuenta mientras meditaba, se encontró dando gracias a Dios por su vida, por su liberación y haber podido emerger de ese infierno que le tocó sufrir. ¿Debería perdonar a sus verdugos? Le dolía la pregunta porque su instinto le respondía que por ningún motivo podría perdonarlos. Pero ahí estaba delante del Dios en que creía y que lo instaba al perdón. Juan Pablo había tenido educación católica, pero hacía tiempo que no practicaba. Su fe era la del carbonero, como se decía. Una fe simple en un Dios origen de la vida y que a lo largo de todas las generaciones de la humanidad nos entregó códigos de conducta, de ética, de amor entre los seres humanos. Pero sentía rechazo hacia las iglesias. Le parecían burocracias y administradoras de la fe para ejercer un poder sobre los pueblos. Margot, en cambio, se había arrodillado y rezaba con devoción. Recorrieron las naves, los altares y contemplaron los vitrales. Luego salieron, en silencio e impresionados. Una maravilla de la antigüedad.

El cansancio comenzó a apoderarse de ellos. Ya eran más de las dos de la tarde y pensaron que lo mejor sería entrar a algún restaurant y almorzar, o comer, como decían los españoles. No les costó mucho encontrar un buen lugar. Esta vez optaron por un pavo relleno con ciruelas, pasas y piñones, cocido en cazuela de barro. Agregaron un plato de butifarras y tomates. Para el vino, Margot recomendó un Sangre de Toro cabernet sauvignon, aparte de agua mineral gasificada. Para el postre pidieron un mel i mató según decía la carta, que terminó siendo un tipo de queso fresco con miel.

El mozo, al escuchar el acento chileno de sus comensales, les dio conversación y, por supuesto, le parecía terrible lo que se escuchaba de la dictadura de Pinochet. Al terminar el almuerzo y levantarse después de haber pagado, les recomendó visitar el Museo Picasso, que estaba muy cerca.

− No dejen de visitarlo. Todos los turistas van a ese lugar. Es una vieja casa que alberga sus obras. No es que a mí me guste particularmente, ¡vamos! Que no lo entiendo mucho, pero alguna vez en la vida hay que verlo. Sobre todo, sus primeras pinturas. ¡Ésas se las recomiendo!

Efectivamente, el museo estaba muy cerca, a no más de dos cuadras de la Basílica de Santa María del Mar, en la calle Montcada. Se dieron cuenta que necesitarían varias visitas para recorrer todas las obras del pintor malagueño, por lo cual decidieron no quedarse más de una hora, para regresar y descansar, porque nuevamente la fatiga comenzaba a apoderarse de ellos. Llamaron un taxi y Juan Pablo acompañó a Margot a su edificio y él se iría a su hotel. Acordaron salir a cenar a las nueve de la noche.

Juan Pablo Solar estaba nervioso ante su próximo encuentro con Margot Lagarrigue. Habían quedado de cenar esa noche. Se miró fijamente en el espejo del baño y se dijo a sí mismo:

− Juan Pablo Solar. Llegó el momento.

Se sabía tímido por naturaleza, aunque no le costaba definir sus ideas con claridad cuando enfrentaba algún desafío. A lo largo de su vida había ido superando su timidez y había ganado en asertividad. Observó su rostro de hombre joven, de treinta y cinco años. Mostraba las penurias de un año de encierro, en un campo de prisioneros, con el rigor de un clima casi antártico y las huellas de las humillaciones, hambrunas y golpes. Ahora sentía estar en las antípodas y una excitación que no experimentaba desde su adolescencia se había apoderado de él.

Margot. Estaba seguro de quererla, desearla y aunque el futuro tenía muchas incertidumbres, pensó que juntos lo podrían enfrentar con energía y mucho amor. ¡Cómo había cambiado su vida en el último mes! La liberación repentina, el encuentro con su familia por unos pocos días, la llegada a Inglaterra y de pronto, la noticia de que Margot estaba a la vuelta de la esquina. Era como si lo hubieran metido a una coctelera.

Conoció a Margot cuando ella era estudiante, al comienzo de su carrera de ingeniería en la Universidad de Chile. Fue en su proclamación como candidata a reina de la Fech por las facultades de Arquitectura e Ingeniería, las que habían hecho una alianza para competir mejor. Cuando Juan Pablo la conoció, mientras participaba en el comité organizador de la elección, quedó impresionado por su belleza y simpatía. Se acercó con intenciones seductoras, pero ella, muy elegantemente, le advirtió que no perdiera tiempo porque ya estaba comprometida. Había iniciado un pololeo desde fines de su educación media con Rodrigo Darrigrande, quien entonces también estudiaba ingeniería. Se casaron, pero algún tiempo después Rodrigo y Juan Pablo se encontraron trabajando juntos en la Corfo. Se hicieron buenos amigos y frecuentaron sus hogares.

Juan Pablo se casó con Alicia Fuentealba, una mujer a quien conoció en una fiesta. Fue un entusiasmo loco y cargado de erotismo. Alicia era exuberante, le encantaba bailar, hablar fuerte, ser el centro de mesa y coquetear con medio mundo. Estudiaba para secretaria ejecutiva en Manpower. Pero el matrimonio no alcanzó a durar un año. Los coqueteos de Alicia con otros hombres no cesaron y un día Juan Pablo la descubrió acostándose apasionadamente con otro. Tuvieron una escena violenta y ella le lanzó que no estaba dispuesta a sacrificar su libertad y su juventud. Para Alicia la fidelidad era un mito. De común acuerdo anularon el matrimonio. Juan Pablo se dio cuenta, tardíamente, que había hecho una elección muy equivocada y que no estaba interesado en vivir de esa manera. Él se sentía un hombre de familia, quería estabilidad, hijos. Y quedó solo. Aumentó sus visitas a la casa de sus amigos Rodrigo Darrigrande y Margot y aunque la siguió admirando en secreto, tuvo claro que no había espacio para seducciones ni acercamientos románticos. Establecieron una amistad genuina y se sintió correspondido por la pareja. De vez en cuando salían juntos y él invitaba a alguna amiga.

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9789566131106
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