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Oscar Liberman
Los años del mar

A Ana
Noa
Mónica
“No hay una cuestión que no conduzca al mar.
Tan solo así de noche puede uno descansar.”
LUIS ALBERTO SPINETTA, “La bengala perdida”
“—Hasta mañana, tortuga centrífuga.
—Hasta mañana, tortuga centrífugo.”
1. Kanji de Kempen
Desde que recuerdo, el Nocturno en mi bemol de Chopin me estremece. Pienso en ello y llueve copiosamente en mi corazón. Debe ser algo que está dentro de mí, una impronta en las células de mi alma, transmitidas desde no sé dónde, ni hacia qué remoto o cercano lugar, presente como un sello de agua, un kanji personal. Seguramente es eso y no la obra musical en sí misma lo que me conmociona.
Tiene que ser así. Cuando logro escucharla en su totalidad, me pierdo en el camino y olvido la opresión original licuando mi emoción en algo difuso.
Solo retorno a la sensibilidad primigenia cuando los trinos, cuidadosamente ubicados en la partitura, me traen nuevamente a la realidad y todo vuelve a comenzar, como una rueda en mi bemol, como una pena errante que retorna ante su presencia, como la noria de la vida. Todo está ahí, en las notas iniciales. Basta escuchar el “si, sol…” y la angustia se apodera de mí, crece, me paraliza, me eleva y me abandona a la deriva en un océano de tristeza.
Es un secreto, uno de mis secretos.
Observo sus cabellos al viento y creo oír las notas del nocturno en el viento marino frío y salado. Los veo quebrar el paisaje gris de mar y tarde nublada, aunque no terminan de escaparse. En un punto se integran al amarillo, trazos que el otoño dibuja en la espartina, aún visible, antes de la pleamar. Las ondas suaves del mar sincronizan su movimiento con la cabellera al viento.
El velero se hamaca levemente con el viento en la aleta. Las olas, sutilmente más rápidas que el barco, mecen la embarcación. Acunan el momento atemporal sobre el lecho de agua, nodriza de mar. En el gris concentro la mirada. Intento mantener el rumbo correctamente, desenfocándome del amarillo. Sortear las trampas ondeantes y evitar vararme, en la espartina y en ella. Algo logra emocionarme, y ese debe ser un cifrado que no termino de dilucidar. Decido entonces refugiarme en otros secretos y vuelvo al horizonte en busca del viento.
Aspiro profundamente el aire frío y salado. Mis fosas nasales reciben con avidez el flujo intenso, tan puro que adquiere mayor densidad tornándose casi líquido. Me cuesta inspirar con energía pero percibo cómo el cosquilleo del viento del mar se mete en mis pulmones trasladándose hacia las terminales de mis venas, a la yema de mis dedos, a lugares conocidos que no logro recordar.
Ese es otro de mis secretos, el retorno a la permanencia cuando respiro la brisa del mar y percibo el canal que me une a la vida, aún en la tristeza, a la melancolía.
—No voy a poder, me conozco —le escucho decir, sin poder precisar si fue en ese instante o hace ya un rato.
—Vos entendés, creo que entendés —le digo tratando de sostener el vínculo impreciso.
—Sí.
—Si te molesta, me callo… Creo que te estoy molestando diciéndote estas cosas.
—No, no me molesta… —detiene sus palabras. Siempre hace eso, y se queda pensativa, a veces se traga su respuesta, otras las dice—. Para nada… sabés guardar tu lugar.
—¿Guardar mi lugar sería que no me abalanzo encima tuyo? —bromeo a medias.
—Claro.
—Nunca obligué a nadie a nada —trato de continuar con el tono chistoso.
—Estoy segura de eso.
Gira la cabeza y me mira detenidamente. Sus ojos parecen llorar —siempre lo parecen, aun cuando ríe—, esboza una semisonrisa. Sus cabellos ahora flotan en el viento hacia estribor, perpendiculares a las velas. Quiero acercarme y sé que no debo. Necesito imperativamente generar algo con este vínculo pero presiento que no hay solución. Convencerla sería apostar todo y vararme en ella, luego arrastrarla en mi zozobra y estropear lo que queda, también su vida. En el fondo de mi ser subyace la convicción de que no es así, pero no tiene mayor importancia. Creo que ella lo siente así, y eso la hace alejarme. Estoy seguro. Parece leer mis pensamientos y vuelve a orientar su mirada hacia el horizonte. No alcanza a darme totalmente la espalda, veo su nuca y parte del perfil. Como el viento que entra por la aleta al barco, enfoco mi visión hacia todo lo que puedo ver de su figura olvidando el gris, la espartina, el mar. Solo dejo el viento junto a ella, creo que ya son una misma cosa. Desciendo por su perfil observando la curva de su frente, su nariz, sus labios. A la altura del cuello mis deseos de abandonar la rueda del timón y perderme en sus besos resultan incontenibles. Vuelvo a inspirar profundamente, solo el viento del mar puede quitarme de ahí.
Me siento paralizado, se lo he dicho y esto parece alegrarla, o al menos tranquilizarla.
Hay cierta formalidad en el diálogo. Luego silencio y más silencio. Viento.
Viento que se lleva mis pensamientos enredándolos en la espuma de las olas que pasan, introduciéndolos en los picos de las gaviotas cangrejeras que buscan en la restinga su alimento, volviendo a partir a través de sus graznidos, viajando hacia los pensamientos de un mundo sin oídos, sin movimiento en la luz violeta que intenta romper el gris al atardecer.
Viento que se la lleva a ella sin lograr que yo pueda alcanzarla, siendo capaz de tenerla de todas las formas posibles menos de la deseada, llevando a sus oídos el certero secreto de mis palabras no pronunciadas pero por ella conocidas.
Viento que se esparce en gotas horizontales, el agua que pretendo retener en mis manos y se escapa entre mis dedos y la lleva a ella poseedora del secreto. “Nadie jamás me conocerá como vos, lo sé. Por eso digo no.”
Viento que empuja el barco y el mar en un contrapunto que semeja estar a destiempo pero trae a mis oídos dos notas del nocturno, un trino que no es pájaro, una belleza que necesito, por eso se escapa.
Viento que se lleva mi vida al tiempo que trae los secretos no confesados de saber que esto es así y nada más, que es verdad inmodificable: es verdad y no razón.
Viento en todas partes.
Todo es viento.
Alguna vez me escuché decir que paso por la vida de los demás como el viento, y no fue un cumplido. Entonces me integro a él, decido formar parte de sus orígenes mismos, refugiarme en la propia nariz del buscador para evitar que me encuentre. Refugiarme de mí mismo en mis propias manos, que ahora se ocupan de maniobrar.
Siento los cabos deslizarse entre mis dedos. Tenso, cazo, hago firme. En un momento decido dejarle el timón, en espera de que traslade eso al resto de la situación.
—¿Manejaste algún auto?
—Sí, claro… Tengo carnet de conducir… —responde casi vulnerada por mi pregunta bastante estúpida.
—Okay. No lo decía porque dude sino para dejarte el timón.
—Una cosa es tener carnet, pero de ahí a timonear un barco… Nunca timoneé.
—Es lo mismo. Con viento en popa o con motor es igual que un auto. Vení detrás de la rueda —luego continúo bromeando—. No estuve muy astuto, creo que ese era el momento de hacerte venir y abrazarte tramposamente, como cuando se enseña guitarra o golf, o a pescar… “Vení, tontita…” —remato con voz de campo.
Ríe y se afirma a la rueda del timón. Desde un costado —creo que nunca lo hice tan alejado— le indico virar un poco a babor y a estribor para que tantee la sensibilidad al rumbo y le señalo la “cabeza de turco” donde se encuentra el centro de la rueda para alinearlo a crujía. Inmediatamente desaparezco en el interior de la cabina sin siquiera mirar una vez hacia ella.
Me concentro en las tareas previas al retorno al puerto. Cierro exclusas, adujo, limpio el mate, su taza de té. Cuando subo a cubierta la observo. Alcanzo a imaginar su presencia como un viento quieto, fijo en un lugar; un viento que no pasa. Siento en mi interior que ella siempre debió estar ahí, como una presencia que culmina un ergódico rompecabezas. Como alguien capaz de cerrar un punto de Gödel.
Vuelvo a enfocarme en arriar velas y encender el motor. Entonces me cede el timón y esta vez es ella quien se introduce en el interior del barco, saliendo de mí. Llego a puerto solo en la cubierta. Mecánicamente tomo el bichero para recuperar los cabos de amarre en la planchada, amarro, luego nos vamos, pero ella, mi “ella”, queda en el velero.
Vienen días secos, confusos. Seguramente eso venía de antes y ahora reaparece, pero hay una peca en la arena de mi vida, algo microscópico, puntual y a la vez esparcido en mis sentimientos como el polvo de una constelación, que no quiero dejar ir. Me incomoda saber que esa diminuta intención de algo deambula por ahí como un fantasma pero no puedo hacer nada con ello.
Los días secos me llevan a tratar de llenar las horas con algo que, finalmente, parece nunca transcurrir. Busco un libro en la biblioteca, quiero releer “El amenazado” de Borges muchas veces. Retiro un libro del estante y verifico que no era en este en el cual se encontraba el poema. Al intentar retornarlo a su lugar hago caer el libro apilado a su lado. Las enseñanzas de don Juan. Sonrío. Quizás el mensaje es que debo convertirme nuevamente en el guerrero que fui y convocar a mis fuerzas interiores, como Castaneda enseñaba… Pasaron muchos años de todo eso y la sonrisa se me transforma en algo más. Me vienen ideas desordenadas a la cabeza, un galope de especies varias que compiten por llegar en primer lugar. “Si querés ganar una mujer imposible, apuntales a las amigas… es como apretar un granito.” Escucho en mi memoria mi propia voz haciendo comentarios estúpidos y mi sonrisa se congela en un rictus. A lo mejor podría decir, “Si estás buscando algo en un libro y no sabés qué, tomá el que se encuentra al lado del que buscás”. Por lo pronto, de esa línea de pensamiento solo salen dos conexiones. Viajar con espíritu guerrero y movilizar sus labios hacia mi boca; o recordar el concepto de “impecabilidad” utilizado por Castaneda y que en algún momento en el barco vino a mi mente. Vuelvo a colocar el libro en su lugar sin siquiera leer un renglón.
Escucho el viento norte en la ventana, esta vez feroz. “Nortazo”, pienso, se lleva todo durante un par de días. Observo el cielo. Indudablemente es un frente de esos que soplarán fuerte y parejo, más allá de lo deseable, aun para navegar.
Entonces vuelvo al velero, esta vez solo.
Me aferro a la idea del viento que se lleva todo, lucha en mí esa intención diminuta y persistente. Ahora la vislumbro entre las olas y las nubes. Se llama “ganas”. Sentí ganas. Ese día sentí ganas y creo que, aún dentro de mí, la cosquilla fantasmagórica que puja por hacerse presencia es eso. Ganas de algo, de alguien, en medio del páramo delimitado por un infinito “todo da igual”.
El viento trae ahora a mis oídos viejos recuerdos. Amado Nervo, al que leí cuando ella no existía, y ella leyó cuando yo lo había olvidado.
Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!
¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Océano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!
El viento castiga, a veces como la vida cuando las ganas tienen sabor a utopía, a aquello que subsiste donde no existe. Besos no correspondidos, secretos que no encuentran oídos, palabras que mueren sin haber conocido su propio sonido, viento que no encuentra un mar sobre el cual soplar.
Viento que se lleve mis ganas aún sin desearlo, o las deje furiosas, atrapadas en mi interior. Una existencia de anhelo.
Suelto amarras, izo una vela pequeña y me entrego a la ferocidad del “nortazo” en el viento y en las olas.
Que sea navegar o el fin de todo.
Navego.
2. Mar y anhelo
Todo está oscuro, reina una clara oscuridad, una clara y húmeda penumbra. El mundo parece moverse plantado sobre una realidad inestable. Mi estómago se siente cada vez más flojo, al tiempo que los músculos abdominales se contraen hasta el límite. Siento agitarse mi respiración pero, a pesar de tomar conciencia de esa alteración, no tengo control sobre las reacciones involuntarias de mi cuerpo. De pronto, el cabo Ramírez se me abalanza. Estoy arrodillado aunque me siento acostado boca arriba. No logro verle el rostro, hay una potente luz, un reflejo difuso a sus espaldas. Sólo veo su sombra casi encima de mí pero sé que es él.
Transpiro, caliente en el cuerpo, frío en la nuca.
Toma la pistola y la apoya en mi frente. Dice algo como que me despida. No llego a distinguir las palabras, se confunden con la explosión negada, con la voz de mi padre que intenta decirme algo que no comprendo en el momento en que el torbellino de la mañana me absorbe y me hace caer en él arrancándome de la pesadilla.
Mientras asciendo vertiginosamente hacia el despertar, alcanzo a escuchar un grito ahogado, parece ser mi propia voz. Trato de enfocarme, me cuesta salir del angustioso sueño, algunas cosas continúan, a pesar de despertarme, tengo dudas acerca de dónde estoy, y me convierto en un habitante involuntario de ese extraño espacio de intersección entre la percepción racional y el sueño. Mi respiración sigue agitada, reina la humedad, estoy transpirado, el suelo se mueve y hay un resplandor frente a mí. Me encuentro acostado y el cabo Ramírez no está. Mi padre tampoco.
Y estoy vivo.
Estoy en el velero.
A medida que voy haciendo pie en la realidad tangible las cosas comienzan a tener sentido. El resplandor de los rayos del sol del tardío amanecer otoñal me da directamente en el rostro. Hay mucha humedad. No logro erradicar completamente de la cabina los vestigios del sueño. Algunas presencias permanecen invisibles, como trazas de opresión, esperando por mí en el interior del velero. De alguna manera mi inconsciente parece ubicarlas en lugares a los que no me acercaré: la esquina del sillón de enfrente que estoy utilizando como litera, el camarote de proa, el fondo de la conejera de popa. Evito pensar en cuál de ellos se ubica Ramírez, en cuál mi padre, en cuál ella.
Me incorporo, voy hasta el baño, regreso nuevamente a la dinette y observo el mar y el amanecer a través de las ventanas de babor. Luce levemente arrugado. Debe estar helado, se lo percibe suave.
De pronto una oleada de ganas de sumergirme en él me asalta. Trato de enfocarme en la realidad concreta y abandonar finalmente la pesadilla. Comienzo a desandar el camino de mi memoria reciente.
Ayer había tormenta.
Una imagen gris se dibuja ahora en mis ojos mirando la nada. No es el gris original, es gris sobre gris. Gris violento sobre el gris pacífico y triste.
Ayer había olas muy altas. Venían de todas partes mientras la marea, casi en la pleamar, se peleaba con el fuerte nortazo que soplaba, y yo me embarcaba, izando una pequeña vela, al atardecer, en una lucha terminal entre el cese del todo y la navegación. Me estaba escapando de ella. En realidad era ella la que se había escapado de mí, entonces yo me escapaba de mí mismo, de mis ganas. Me escapaba de su escape.
Enciendo la hornalla, lleno la pava y la pongo sobre el fuego a calentar. Cargo el mate con yerba y regreso nuevamente al baño a afeitarme mientras espero que el agua esté a punto. Eso es bueno: afeitarme, desayunar, pararme sobre cosas cotidianas.
Eso haría, tiraría anclas sobre el tiempo real.
Regreso afeitado alertado por el silbido de la pava sobre el fuego. Me siento limpio, paulatinamente más activo. Mis músculos recuperan tensión a medida que salen del adormecimiento y la laxitud de la noche húmeda de pesadilla. El aire caliente del calefactor, la humedad y el suave mecer del barco tiran de mi espalda y frenan mi recuperación. Abro la puerta y subo a cubierta, sin vestirme, con el mate en la mano.
El aire gélido y salado inunda y quema mis pulmones. Chupo de la bombilla la infusión caliente, inspiro nuevamente el aire helado.
La sangre late caliente, el mar impasible invita a sucumbir en el extraño encanto final de la muerte imprevista. La brisa se lleva todo, introduce microscópicos cristales de sal mis huesos, sumerge mi cuerpo completo en un vibrar de súbitos tiritares. Dejo el mate apoyado en una bancada y bajo a vestirme urgido por el precipitado frío que me inunda.
Me recibe el aire caliente. Por un instante dirijo involuntariamente la vista a uno de los rincones prohibidos. Siento que el clima pesado del interior me devuelve a la pesadilla.
Apago el calefactor. Me visto y salgo a cubierta. Llevo en mis manos pan, queso y un puñado de almendras tostadas. Antes de salir abro los tambuchos para ventilar: que la brisa fresca de la mañana se lleve lejos los vestigios de la pesadilla, las presencias y el adormecimiento hipnótico de la huida.
Desayuno despacio, alterno cada bocado con un mate caliente. El mar tiene esas cosas: siempre cala hondo. El frío en las coyunturas de los huesos, los sabores en la multiplicación de la percepción. Todo es lento, intenso, íntimo.
El barco flota aproado al norte. El viento disminuyó considerablemente desde mi partida. No le creo a esta inusual calma que recuerda la pausa de los amantes en medio de una noche de pasión. Sé que vendrá más viento, nuevo viento, el mismo viento renovado. El velero cabecea con levedad, atravesado al canal en el que me encuentro fondeado. La proa apunta a las lomas de la playa de la isla que se encuentra al norte. La popa se orienta a la isla de barrancas y arbustos del sur.
Si se observan ambos paisajes por separado, parecen pertenecer a diferentes geografías. El contraste entre ellos se reproduce en el viento y la corriente. La cadena de fondeo cuelga laxa, mientras el mar intenta llevar al barco hacia el noroeste y el viento, al sudeste.
El barco navega lento y sumamente acotado por los límites del fondeo. Me quedo parado en la popa observando el paisaje. Viento y marea, paisaje del norte y paisaje del sur, ella y yo, pasado y futuro, pesadilla y vigilia. La secuencia de dicotomías origina un leve pero molesto sabor ácido en mi interior. Alejo de mí esas sensaciones y me quedo solo con ella en mis pensamientos. La imagino observando la costa del sur, su mirada transparente, sutilmente llorosa. Fijo mi vista en la orilla hasta que me duelen los ojos, hasta que la brisa fría y salada arranca lágrimas de cansancio en mi visión. En un momento veo a través de sus ojos y de los míos. Percibo la mirada compartida fija en la intensidad del desolado paisaje y por un instante me siento menos solo. Pronto la marea subirá y cubrirá la mayoría de lo que ahora tengo frente a mí. Un temor de otra parte se apodera de mis sensaciones. Me afano en observar todo antes de que desaparezca.
Estoy en un canal lateral del brazo norte en la bifurcación del Tres Brazas. Los navegantes bautizaron a este lugar “El Dormidero” por su comodidad y seguridad para pasar la noche fondeados al borneo. Durante un tiempo, el breve lapso que dura el romance entre navegantes deportivos, pescadores y otras especies del agua, se formó un consejo para desarrollar en las islas alguna actividad recreativa. De esos días quedaron los restos de un refugio de chapa con una parrilla, un mástil que resiste estoicamente los fuertes vientos del sur, un muelle de hierro derruido y el Róbalo: un viejo barco que fue llevado hasta esas costas con la idea de construir una especie de hostería.
El proyecto fracasó y todo se fue oxidando, como los lazos entre esos navegantes, como el romance jamás correspondido entre la costa del norte y la del sur.
Fijo mi vista en la esquina alejada hacia el este, donde se yergue la baliza que señala el acceso desde el brazo norte. El paisaje a partir de allí muta hacia formas tan variadas que parece imposible que pertenezca a la misma isla en sólo una milla de recorrido. Daría la impresión de que alguna fuerza extraña tomó cosas de diferentes épocas y fue arrojándolas sobre la costa.
Comienzo a recorrer con la mirada el paisaje de esa isla desde la baliza clavada en el acceso. La playa es de arena oscura, firme. Tengo poco más de dos años, no dejo dormir a mi hermano mayor, que se queja. Mi padre decide escarmentarme, me encierra en el living a oscuras, pero no termino de atemorizarme. La sombra de su figura tras el vidrio opaco que comunica al pasillo iluminado delata su presencia. Entonces busco un autito de colección y me pongo a jugar, para no claudicar en la derrota de lo que considero un injusto escarmiento.
La playa se extiende por unos cien metros. Los recorro con la vista hasta que el suelo comienza a transformarse en la blanda calidez del barro marino, sutil transformación que el color no delata. Mamá toma mi mano y caminamos todas las siestas hasta la plaza central a comprar un chocolatín Crembar. Mi hermano mayor está en el jardín de infantes, los más pequeños aún no nacieron. Me siento inmensamente feliz en ese breve instante en el que soy hijo único. El pecho se me ensancha en la caminata mientras juego a la libertad y la protección soltando por momentos la mano de mamá y corriendo unos metros para luego esperarla en la esquina, tomar nuevamente su mano y cruzar juntos la calle. No tengo la menor idea de lo que puede significar la felicidad pero la siento como algo infinito, como una bocanada de aire puro al que mis pulmones les resultan pequeños.
En el barro, un poco más al oeste, crece la espartina, siempre presente, mitad del día bajo el mar, mitad del día meciéndose por la brisa bajo el sol. El otoño la pinceló con gruesos trazos amarillos. Seguramente por estar más expuesta al desapacible clima de mar adentro, la espartina que crece en estas islas retiene menos el verde que la del puerto. La felicidad debió encontrar refugio en mis sueños. Soy un chico tímido, demasiado estudioso, demasiado responsable, condenado al montón o a las burlas en la escuela. Por eso sueño, por eso estudio música, imaginando éxitos, riquezas y aceptaciones. Sobre el final de estos días ella, la inalcanzable, me regala un viaje inicial hacia el romance. Comienzo a creer verdaderamente que el futuro puede parecerse a mis sueños.
La espartina encuentra un duro límite que le impide crecer más allá. La costa comienza a tener forma de barranca con la marea baja, y el suelo se vuelve duro, salitroso, todo rajado, como el de los desiertos del norte. Desde lejos, parece un piso embaldosado con lajas blancuzcas. Un nuevo terreno donde hacerse firme. El colegio secundario es todo opresión: desde el brigadier nombrado como rector por el gobierno militar, hasta el clima de prohibición a pensar. Me siento un resistente. La situación económica de mi familia mejora, toco música en una banda, navego en el mar de los romances, la realidad comienza a parecerse al futuro deseado pero yo me endurezco de a poco, extraño al niño torpe y bueno.
La barranca toma altura, más de cinco metros desde la línea de marea baja, sin embargo el suelo casi no es visible, la vegetación cubre todo. Parece irreal ver el monte pampeano desparramado en medio del mar. Chañares, molles, jumes, zampas, palos azules forman un conjunto achaparrado casi sin senderos posibles. Ninguna especie supera los dos metros de altura. La hostilidad del ambiente impide el desarrollo de las plantas más allá de lo mínimo.
La imagen es difícil de procesar: mar, barro, barranca, piso duro y bosque petiso y cerrado de un color verde gastado, como la lona de una carpa de campaña. Todo llegó de golpe, un brutal revés de la vida, sin aviso. El final del primer amor, la música abandonada, las responsabilidades militares y el cabo Ramírez y su pistola. Sobrevivir y reconstruir mi existencia, sentir que eso, seguramente, no será posible.
En medio del monte asoman los restos herrumbrados del refugio y en la costa, fuertemente escorado sobre babor, el Róbalo, varado en el barro, completamente oxidado, perfectamente visible con la marea baja. No ha quedado nada que no sea hierro corroído, a excepción de la cubierta y el techo que rodea y cubre el puente de mando. Ahí se alcanza a ver la madera de teca de un color gris seco. Ni el clima ni los pescadores pudieron quitarla de su lugar, como una piel de supervivencia. Pienso en las concesiones que hice con la vida para sobrevivir al cabo Ramírez, a la tristeza continua, a la sucesión de días iguales.
Alejo mi mirada de ese paisaje y giro mi rostro para observar hasta el final del canal sus playas de barro y arena mezcladas, carentes de vegetación. De vez en cuando algún chulengo o un grupo de guanacos se asoma en ese sector. Sobre el final del canal, ambas costas, las del sur y la del norte, se tornan iguales. Tikún olam, la reparación universal. Vuelvo a perder la vista en una mirada difusa que funde el paisaje con la imagen de ella. Siento que mi escape encuentra un límite.
Pronto la marea cubrirá todo y quedará muy poco a la vista. Es mucho mayor el conjunto de realidad que deberá ser imaginada que la visible. Me aflojo, siento el peso de mi huida sobre los hombros. La presencia de ella perdura en el barco, a las otras las llevó el viento. Es como la marea, se acerca, se aleja, me busca para escaparse. No quiero pensar en eso, que decida la marea si la lleva o no, no puedo hacer nada bien, perturbado por esa ansia. Alcanzo a imaginar la sensación de vacío que deben sentir los cangrejos caminando en la orilla cada vez que el agua se retira. Me concentro en otras cosas. Amarinar el barco, prepararme un almuerzo.
El sol brilla casi arriba, el azimut otoñal reduce su máximo esplendor a un destello bastante lateral que entibia las cosas frías como el agua y la sal y extiende la sensación de calor fuera de mí. Luego de una breve comida me dejo arrastrar por la atracción de la litera de babor. Me recuesto boca arriba, los rayos del sol atraviesan lateralmente mi visión hacia el techo.
Tres farolitos de vela, un par de medallas y un amuleto que penden, se bambolean con un movimiento hipnótico. El fuerte reflejo de la luz solar encandila mi visión acentuando el adormecimiento. Me despego de los restos de la pesadilla reciente. Todo es claro por encima y oscuro debajo de mar. Una oscuridad que no se parece en nada a la noche anterior. Me remite a conexiones primitivas que vinculan ese lugar del mar con otros tantos océanos, con una mano invisible, oscura y cálida que llega hasta donde se quiera; un ancestral monstruo marino que permanece oculto custodiando el puro mar y el amor primigenio.
Me duermo con esa imagen en la cabeza.
—… soy Ramón —la voz se cuela en mis sueños y me arrastra a la repentina vigilia.
Deduzco el mensaje hacia atrás, distingo la voz de Ramón y reconozco que un instante antes, en mis sueños, lo escuché pronunciar mi nombre.
—Adelante, Ramón —carraspeo con voz ronca a través de la radio—, cambio.
—¿Cómo estás?, cambio.
—¡Qué bonito! ¿Aún no aprendiste a comunicarte correctamente por radio? Tenés que nombrar tres veces al barco…
—Hace quince minutos que te estoy llamando, probé con el nombre del barco, el tuyo… creo que me faltó acordarme de tu madre.
—¿Quince minutos…? No puede ser.
Trato de pensar rápidamente. Un temor breve e intenso se apodera de mí. Me precio de ser un buen capitán, de estar siempre en estado de alerta escuchando cualquier cosa importante, aún dormido. Antes de continuar la conversación visualizo brevemente las últimas imágenes de mi sueño: algo puro, delicado, profundo, casi imposible de sujetar con las manos. El viento fresco que ingresa por la puerta abierta se lleva su mirada dulce de mi memoria, veo pasar su larga cabellera dorada que se escapa con los rayos del sol de la tarde.
—Vamos uno arriba —le indico a Ramón refiriéndome a la frecuencia para evitar ocupar el canal público con una conversación que imagino social.
—Okay.
—Acá estoy —me avisa verificando que nos encontramos en la misma frecuencia. Ya abandonamos por completo los protocolos de radiocomunicación.
—Perfecto, ¿pasó algo?
—Nada. Vi que el barco no estaba desde ayer en la amarra, quería saber si andaba todo bien.
—Sí.
—¿Sí? ¿Seguro? —me insiste—. Mirá que vos por allá, en medio de la semana… Salvo que no estés solo… ¿Estás solo?
—Sí, estoy solo —interrumpo—. Está todo bien, necesitaba un poco de paz del mundo —“o furia del mar”, pienso.
—Bueno, no te molesto más —percibe mi pocas ganas de conversar—. Te mando un abrazo, cambio y fuera.
—Chau, Ramón, gracias por comunicarte. Cambio y fuera.
Sintonizo nuevamente la radio en el canal setenta y uno, cuelgo el micrófono y me asomo a cubierta. El sol ha teñido sus destellos de anaranjado, sopla un viento norte intenso que agita el agua marina en pequeñas olas, de las cuales brota una espuma que parece flotar en el aire. Sabía que el nortazo no se iría tan pronto. La conversación con Ramón sirvió para traerme a la realidad otra vez. Salgo a cubierta, doy una vuelta completa, observo el estado de las cosas alrededor. Reflejos iridiscentes no me permiten fijar la vista en la mitad del recorrido. Al llegar mis ojos hacia el Róbalo veo en los restos de su mástil a la hembra de la pareja de jotes que lo habita, posada expectante, a la espera del regreso del macho. No puedo evitar una sonrisa, ingenua a medias, al pensar en esas parejas de zopilotes. Cada uno de los barcos abandonados, embicados en las costas de estas islas, es habitado por una pareja similar.
Después hablan de lo distintos que somos los humanos, que sentimos y pensamos a diferencia de los animales… Imposible no imaginar amor en esas parejitas conviviendo en estos desolados rincones.
Vuelvo a recordar al monstruo marino que ocupaba mi imaginación antes de dormirme mientras observo un ostrero en la costa, caminando apresurado sobre el barro, como si fuese firme, hundiendo de vez en cuando el rojo y largo pico en busca de alimento. Pienso en volver.
Sé que puedo permanecer en esas islas todo el tiempo que quiera. Al menos mientras tenga comida y agua dulce a bordo. Las conozco como si formasen parte de mi cuerpo.
Mi cuerpo, que se prolonga más allá de sus límites y ahora es velero, mar, islas, viento, espuma. Mi cuerpo llega a todas partes siempre y cuando esté navegando.
Pero no puedo llegar a ella si me quedo aquí y permanecer sería escaparme, aun si ella dejara de hacerlo. Observo el horizonte y la fuente del viento y percibo que las mismas cosas se sienten diferente. El viento viene a buscarme, el viento que trae su mirada y sus cabellos, sus labios de algodón y sus manos viajeras. El viento trae todo su recuerdo, funde intenciones. Su escape es una llamada.
Comprendo que hoy debo volver.
Mientras imagino la configuración de velas que izaré para retornar solo hacia el puerto, con el fuerte viento de proa, bajo a preparar mate, con la intención de despabilarme y recobrar mi característica y eficiente concentración a la hora de navegar.
Vuelvo a cubierta y me siento a disfrutar los últimos momentos de ocio antes de las tareas que requerirá la singladura de regreso, que, estimo, será de noche. El mate caliente me anima, traza invisibles hilos que se atan a mis pasiones y son la fuente de mi supervivencia.
Comienzo a incorporar al estado de ánimo, las corrientes de electricidad que genera rascar sobre el núcleo de la pasión que se apodera de mí y que me resulta difícil de domar. En estas circunstancias ni siquiera siento las ganas de intentarlo.
Apenas queda agua en la pava. Observo el cielo, comienza a denotar el degradé típico de los atardeceres de la ría: el horizonte del este anaranjado y el del oeste lila. En el medio, sobre mi cabeza, un celeste intenso. De horizonte a horizonte, los tonos se funden sutilmente sin discontinuidades.
De pronto una sombra cruza rápidamente por encima de mis piernas. Levanto la vista y veo a una gaviota sobrevolar el velero. Algo resulta diferente en el cuadro que mis reflejos esperan. Me quedo quieto y observo. Normalmente, cuando las gaviotas se acercan al barco, no vienen solas y su presencia se relaciona con comida. Huelen carnada o ven restos de alguna fruta sobre el agua. Esta se acerca y se aleja, da vueltas sobre el mástil, confundida. A medida que los intentos se repiten, se vuelve más precisa, apunta siempre al mismo lugar. Por momentos logra flotar en el aire para mantenerse quieta.
Observo la escena con más detenimiento, entonces veo la veleta. La flecha que busca el viento oscila nerviosa por el efecto arrachado y borneante del intenso nortazo. La gaviota busca la veleta. Comprendo su confusión, el velo del amor ciega sus instintos. No logro saber si se ha enamorado de la veleta o del mástil completo con ella incluida, pero me conmueve verla acercarse con denodado esfuerzo una y otra vez y, cuando parece alcanzar la felicidad flotando a la par, el viento la arrastra y todo vuelve a comenzar.
La imagen del monstruo marino regresa a mí pero esta vez la reconozco. El viento trae palabras que caen por su propio peso hacia el mar, las olas las elevan y las sueltan en copos de espuma que alcanzan a mi memoria.
Así es la vida. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.
Observo a la gaviota, cansada, acercarse con más fuerza al mástil. El monstruo de Bradbury, aquel que en “La sirena”, enamorado, destruye el faro por su amor no correspondido. Pienso en ella nuevamente pero no termino de saber si soy el monstruo o el faro, la gaviota o el mástil. Quizás soy Bradbury y puedo escribir la historia.
Se fue. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.
Sí, creo que puedo escribir la historia. Las mareas son las mareas, no se las puede cambiar, pero sí navegarlas. Dirijo por última vez mi mirada a la gaviota que ya muestra violencia en sus gestos. Me resisto a dejar que la historia se repita: si hay amor en su corazón, que no haya destrucción. Debo llevarme el barco de ahí, debo navegar hacia adonde me lleve. Izo dos velas pequeñas y regreso a ella.
3. La forma del horizonte
La lluvia en el mar es agua que va al agua. Furiosa pasión salada licuada en la neutra dulzura líquida del cielo. Es encadenarse a la continuidad trascendente. La balsámica llovizna diluye la ira del mar en la que disuelvo mi soledad, que se desprende de todas las soledades para derretirse sobre mi piel y quedar adherida a mi vida por los días que vendrán.
La lluvia fuera del mar es barro, es algo turbio. Es soledad en multitud, un remolino de tristezas individuales que se mezclan y pegotean entre sí. Es concreto, asfalto, humo de escapes. Algo muy blando y a la vez incómodo.
En la soledad del océano actúo, me refugio en la confortable esperanza de navegar hasta hacerme mar. Esta vez la lluvia me toma en la ciudad, me aprieta en la fatigosa inacción de chocar mi aura desamparada y melancólica con la de infinitos seres que circulan por las calles sintiéndose de la misma forma.
La soledad del mar encierra una conversación que nunca cesa, muta. Las gaviotas vociferan sus búsquedas interminables. El viento recoge sus aladas voces y cuenta sus secretos a los afanosos ostreros que caminan sobre el barro, impulsando a los cangrejos a desandar lentos caminos, la espartina se agita en el rumor y distribuye en las islas las calladas palabras que la brisa silba al pasar; la garza mora permanece parada en un solo pie, oculta a medias por el juncal, imperturbable, ajena a los chismes del devenir cotidiano.
Ayer esa soledad me liberaba de la otra, la de mi propia vida. Me acompañaba en el velero durante la singladura de regreso, con dos pequeñas velas y el viento norte en mi cabeza. Amarré de noche, con las luces del puerto enviando destellos borrosos esfumados por la humedad otoñal. El frío calaba en mis huesos mientras atravesaba el puerto rezumante, con su espeso aroma de cereal y aceites. El poderoso deseo de apurar el trance del pasaje del mar a la ciudad guiaba mis actos. Una sola cosa me mantenía vibrante, deseoso de retornar: la secreta misión de encontrarla, enfrentarla, mirar a través de su mirada que filtra mi existencia en su purificador espejo.
El trayecto al centro de la ciudad fue incómodo, veloz —mi cuerpo habitualmente se resiste a viajar sobre la dureza del asfalto—. La luna jugó a las escondidas entre las nubes que presagiaban la tormenta y completó el cuadro de mis impresiones. Un sentimiento comenzó a subir desde mis entrañas apoderándose de mis extremidades, que se endurecieron en forma refleja. Imágenes de la ciudad, la tormenta en ciernes, un porvenir de espacios secos cubiertos de aire húmedo lejos del mar, me fueron rodeando. De pronto me sentí acorralado.
Cené una rápida comida caliente, me duché y, aún con la copa de tinto en mi mano, fui directo a la cama con la intención de dormir lo más atontado posible. No tenía idea de si ella habría regresado de su viaje, carecía de noticias exactas, apenas un breve y sutil mensaje que me había enviado el fin de semana: “pensando en vos”.
Reconozco que la tecnología ofrece nuevas formas de comunicarse pero, en este punto, creo que mis años se notan tanto como los de ella. Para los jóvenes de su edad escribir una carta de puño y letra puede resultar algo romántico. Imagino imposible que comprendan que para mí eso era una forma de comunicación, no una elección. En definitiva, las formas de las relaciones dependen, en gran medida, de esas tecnologías. Cómo explicarles que en mis años de estudio enviar una carta a mi familia, que la leyeran y me respondieran, insumía todo un mes, y que esa era la forma exclusiva de tener contacto. El sueño me venció meditando sobre estas cosas.
Dormí unas pocas horas, la tormenta me despertó lentamente tejiendo una confusa malla con aquello que venía soñando: su imagen, la comprensión del cambio en el clima y la preocupación sobre la seguridad de la amarra de mi barco. Por más que intenté retornar al sueño, el desvelo se apoderó de mis pensamientos y me dejó en un atento estado de vigilia. Me levanté, enjuagué mi cara con agua fría y me vestí con ropa liviana. Luego fui hasta el escritorio con una botella de whisky en la mano, una variedad de malta simple que termina sus días en barricas de oporto usadas adquiriendo un perfume frutal. Me senté a beber y a escribir. Afuera, la tormenta descargaba viento y agua acompañados de los latigazos de los árboles que me recordó lo inútil que uno termina resultando durante un temporal en tierra. De todas formas, el momento se percibía en mis membranas como limpio, pleno de una excitante electricidad.
Siguieron días en tierra, como si un extraño pudor se hubiera apoderado del velero y lo mantuviera oculto, preservado en la dársena. Días secos de lluvia. Trabajo, espero, escribo, me ahogo en mi propio mundo al revés, el agua en el aire, el piso firme y seco.
No tolero la incertidumbre, me niego a reconocer que la extraño como si la conociera de todas las formas que aún no la conozco. Finalmente le escribo para preguntarle cuándo vendrá. Pausa. Trabajo mecánico que se lleva mi escritura y mis habilidades oníricas. Retorna el insomnio, la tensión, la tristeza de tierra, el espíritu seco. Andar por la ciudad lluviosa esquivando incontables solitarios, nerviosos y tristes como yo.
Me responde, se ríe de mi comentario: “tengo responsabilidades”.
Sonrío. De pronto la vida es caminar por el pasillo de un hospital, atestado de enfermos, hacia el aire puro del exterior. Muero de ganas por tener una conversación que recupere de a poco la intermitente intimidad lograda en nuestra espasmódica relación. En cambio decido darme una tregua y escaparme al atardecer al velero a vigilar que todo esté bien.
El pronóstico anuncia una rotación del viento al sudoeste y un importante aumento de intensidad. En esas condiciones es normal que el barco sufra en la amarra.
Reviso los cabos, refuerzo las tensiones y verifico que el velero se hamaque en proporciones adecuadas de libertad y contención. Desciendo a la cabina a esperar que pase la pleamar, el momento de mayor intensidad en las olas. Preparo un mate y me siento a escribir mientras la luna, aún ausente, hace con la marea su trabajo. Antes de su viaje rompí con mi hermética tradición de no mostrar mis escritos y le facilité una copia de un relato en el que una pareja, demasiado parecida a nosotros, salía al mar. En realidad resultó bastante natural poder plasmarlo pues se refería a la tarde gris en que logré que me acompañara a navegar por unas horas. Sabe que escribo como terapia, que exorcizo mis fantasmas a través de la escritura. No le dije que esa vez sólo logré reafirmar con la solidez y el compromiso de la palabra escrita todo aquello inmenso, universal, que —en forma bastante inexplicable— supera nuestro breve encuentro en un instante perpetuo.
Interrumpo lo que escribo de a ratos para salir a cubierta a ver la evolución del viento. Sobre el límite impreciso entre el atardecer y el anochecer, el cielo al oeste me regala una imagen de una belleza intensa, brasas en el agua que no se apagan: es una lucha de manchas esponjosas de nubarrones grises, negros y blancos teñidos de un escarlata impetuoso, vehemente. No hay sol a la vista. El mar, un espejo negro ondeado por el viento, apenas refleja los colores. Me conmueve tanto la escena que decido inmortalizarla. Apoyo el mate sobre la cubierta y tomo una fotografía.
Me quedo un rato viendo disiparse la fugaz belleza del horizonte aspirando el helado aire marino. Vuelvo a la computadora y descargo la fotografía para verla en la pantalla. El mate se coló en la imagen, es una cálida invitación a compartir el paisaje. Como la luz del atardecer está justo enfrente, se visualiza en primer plano el contorno del mate, el pie y la bombilla, pero el interior de la forma es todo sombras.
Desciendo nuevamente al interior de la cabina, enciendo una luz tenue y el calefactor. Me siento nuevamente a escribir pero no logro retomar el hilo de las palabras, la conmoción del mórbido encanto del fugaz rojo del horizonte perdura en mí. De pronto deseo compartirlo. Siento que es demasiado grande la belleza de esa fotografía. También lo son la tristeza y la soledad.
Tomo el teléfono celular y comienzo a marcar su número. Antes de terminar de pulsar el total de los dígitos abandono la tarea y tiro el teléfono sobre el sillón. Una tenue agitación se mueve en mi pecho, tal vez sea pudor por el llamado trunco. Me dejo estar con los brazos caídos a mis lados. Inspiro profundamente. De a poco me voy serenando, mi respiración recupera la noción de pausa, como si la aprendiera por primera vez. Vuelvo a la escritura.
Los minutos se aceleran con la caída de la helada oscuridad exterior. Mis dedos también parecen aletargarse hipnotizados por la luz que se intensifica en el velador de pared. Una suerte de parálisis comienza a congelar mi capacidad de seguir escribiendo. Recupero la imagen de la fotografía del mate, la observo fijamente hasta que se nubla mi mirada y dejo el foco en un punto impreciso detrás de la pantalla. Mis manos flotan a dos centímetros del teclado. Me recuesto sobre el sillón, tomo el teléfono nuevamente y vuelvo a discar su número.
Una, dos, tres, cuatro… escucho el largo pitido del llamado cinco veces. Cuando me dispongo a cortar ella atiende.
—Hola.
Su voz se escucha ronca, suave y profunda. Me siento intimidado automáticamente.
—Hola, ¿cómo estás? —respondo con muy poca originalidad.
—Bien… llegué hace dos días.
Hace una de sus pausas. Deja las palabras flotando, parece que fuera a continuar y luego calla. La imagino meditando y tragando frases antes de pronunciarlas. Al menos cuando estamos cara a cara y la conversación se pone incómoda tenemos las miradas.
Definitivamente me ahogo en las conversaciones telefónicas. Si no puedo encontrarme personalmente, prefiero las viejas cartas.
—¿Vos cómo estás? —me sorprende interrumpiendo el silencio.
—En el barco.
Apenas respondo me parece escuchar la voz de mi padre gritando “¡Pregunté cómo, no dónde!”.
—¿Navegando?
—No… no. En la dársena. Vine a cuidar el barco de la tormenta.
—Ah… el viento.
—Sí, el sudoeste.
—¿Se hizo algo?
—No. Todo perfecto. Ya pasó la parte mala. Ahora está hermoso. De hecho hace unos minutos salí a tomar mate a cubierta y sacar fotos.
—¿Fotos?
—Sí. En realidad una sola foto.
—Me gustaría verla.
Comienza nuevamente con esas señales acercamiento que luego revierte.
—Vení.
—¿Ahora?
—Sí.
—No puedo. —Ríe con delicadeza. Vuelvo a sentirme muy tonto, fuera de lugar. En algún punto siempre experimento que juega conmigo—. Al menos contame.
—¿Qué cosa?
—La foto… qué hay en la foto. ¿Me la describís?
Giro mi mirada hacia la pantalla. Comienzo con la descripción.
—El mate se metió en un primer plano. Detrás se ve el mar, ahora casi en calma y con los colores del atardecer. El mar está oscuro con leves ondas. Sólo en una parte refleja al cielo rojo, negro, gris y blanco.
—El mismo cielo que veo desde esta ventana.
Nos perdemos en una conversación con las características notas infantiles y casi idiotas de las charlas románticas. Siento que el velo semitransparente comienza a cubrir mis ojos mientras una sonrisa bastante estúpida se instala en mi rostro.
La sangre renovada parece retornar a mi cuerpo luego de los secos días lluviosos en tierra. Las cosas buenas siempre suceden a bordo. Visualizo la conexión entre ambos, amarillo y escarlata: ella ve el amarillo desde lo alto de su edificio y yo el rojo al ras del mar.
La conversación se hace un poco más fluida. Siento ganas de llegar a una definición. Tal vez sea la edad que me juega en contra, pero no termino de sintonizar estas configuraciones juveniles de relaciones que buscan acercarse y mantenerse distante simultáneamente. Pero tengo claro que el contacto que parecemos establecer en los últimos minutos no pasa de ser un hilo de seda. No puedo tirar demasiado. Siempre es así con ella.
Se entusiasma cuando le cuento que estoy escribiendo. Quiere leer. Su interés resulta la excusa que necesito para proponerle encontrarnos sin espantarla.
Finalmente volvemos a caer en otra sección en la que hago agua: coordinar agendas. ¿Tan difícil es decir “sí”, “ya”, “listo”?
—Puedo el viernes y, quizá si me acomodo, el jueves por la tarde.
—Jueves tengo un día extraño. Doy clases. Antes tengo un viaje al pasado: un asado con viejos amigos músicos con los que tocábamos en la adolescencia. Dan un recital esa noche… También puedo mañana —le respondo.
—Viernes es perfecto.
Quedo sentado frente a la computadora en estado de efervescencia. Burbujas amarillas y escarlatas ascienden en el gris de mi interior. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de volver a tierra. Imagino que el mar vendrá conmigo, debajo de las ruedas del auto en la ruta, en la escalera de acceso a casa, sosteniendo mi cama. Olas de espuma en las sábanas salarán mis sueños colándose entre los pensamientos. Llevaré el océano hasta la puerta misma de su casa.
Con ese espíritu cocino algo liviano mientras bebo una gran copa de vino tinto parado frente a la mesada de la cocina. Los ingredientes viajan hacia los recipientes flotando como algas, hojas de espartina o pequeños moluscos en el mar. En la ducha, la humedad del agua dulce me recuerda por un instante que estoy en tierra, pero mientras camino desnudo hacia la cama, soy un cangrejo en busca de la orilla, o quizás una tonina franciscana, como esas que se acercan tímidamente al velero a buscar una transitoria y efímera compañía en la entrada del canal Cabeza de Buey. Me duermo profundamente con esas estimulantes sensaciones en mi piel.
El temporal me despierta, combina voces, sonidos e imágenes de mis sueños con los que suceden en el entorno. La voz de mi padre, la proa del velero sufriendo los embates del temporal en la amarra, ella observándome en silencio con sus ojos profundos y húmedos, el sauce llorando lágrimas amarillas sobre las lajas del patio. Trato de hacer foco en la oscuridad. El aullido del viento sacude las imágenes en mi cabeza. A medida que recobro la conciencia, comienzo a filtrar figuras. Me quedo con su mirada y la proa del barco brincando mientras me ordeno al compás de los golpes de las ramas del sauce contra la ventana.
Tomo un vaso de agua fresca y vuelvo a acostarme. Intento retomar el sueño pero me resulta imposible. Las horas pasan lentamente. Me propongo no volver a mirar el reloj a intervalos menores a media hora. Tiro lejos la almohada. Recostado boca arriba dejo que mi mirada se pierda en la imaginaria fosforescencia del cielorraso mientras respiro lento, profundo. Estoy en el fondo del mar, acostado sobre un lecho de blanda arena blanca observando la vida marina fluir por encima de mí. Continúo despierto.
Comienzo a pensar en los días que vienen, sólo tengo que atravesar el miércoles. El viernes la veré. El jueves se irá en el asado con los viejos amigos músicos. Luego daré clases y más tarde acudiré al concierto. Definitivamente el futuro se reduce al miércoles, que será exclusivamente trabajo, algo que sucederá en unas horas nomás. Giro la cabeza y miro el reloj, ya es miércoles. Está bien olvidar el miércoles y el viernes si pretendo dormir un rato. Me concentro entonces en el jueves y el melancólico reencuentro que nos espera. Encenderé bien temprano el fuego, asaré lento, sabroso. Comienzo a servir una mesa de fantasía enumerando los asistentes.
Desfila en mi imaginación una cascada de fotografías con rostros de amigos en diferentes edades de sus vidas. Sus miradas empujan recuerdos. El jueves llevaría mi guitarra, la vieja guitarra eléctrica italiana que me compró mi padre a los diez años. Por un instante dudo de su paradero, pero inmediatamente recuerdo que está tirada sobre unas cajas en el garaje, llena de polvo. Debería limpiarla, “ponerla linda”. En sus tiempos no era gran cosa, maldecía sus limitaciones, pero hoy es un objeto de culto vintage. Dejo ir mis pensamientos detrás de la vieja Welson. Me costó mucho esfuerzo convencer a mi padre de que, dadas las esforzadas clases en el conservatorio, merecía un guitarra eléctrica además de la criolla que había sido de mi madre. El dinero no sobraba en casa, pero la razón principalmente limitante no fue el costo; resultó difícil persuadirlo de la falta de riesgos: “Te va a dar corriente y vas a quedar seco”, repetía ante mi insistencia. Finalmente, en un viaje a Buenos Aires fuimos hasta una casa de música de la calle Talcahuano a comprar “una guitarra eléctrica”. Creo que mi pobre padre abrigaba la esperanza de evitar la adquisición en cuanto quedara expuesto el peligro de “morirse de una patada”, de modo que apuró a Tony, el empleado del local, para que confesara el trágico destino encerrado en esas seis cuerdas. Entre risas y explicaciones no le quedó otra alternativa que resignarse y darme el gusto. La elección de la guitarra fue surgiendo como resultado de un equilibrio entre presupuesto, gusto y versatilidad. Apareció finalmente el engendro italiano, pintado en degradé desde negro a amarillo pasando por rojo y naranja, con aspecto de hija ilegítima de una Fender Jazzmaster y una Strato, pastillas de antiquísima Gibson de jazz y botones por donde uno pudiera imaginarse.
Finalmente el problema resultó ser el amplificador. Nadie había hablado de un amplificador y el dinero no alcanzaba, de modo que la flamante guitarra sin funda fue a parar al ropero del dormitorio de mis padres. Pesaba sobre mí una prohibición a tocarla cuando no estuvieran ellos en casa por el riesgo de “romperla al tocar sin amplificador”. Durante las tardes comencé con la riesgosa y estimulante aventura de ir a practicar a escondidas al cuarto matrimonial. Abría el ropero y aspiraba el olor a tejidos, naftalina, bolsitas de lavanda y cuero. Extraía con mucho cuidado la guitarra, a la que guardaban parada sobre el fondo, y me sentaba en la cama doble a tocar con esmero. De a poco fui acostumbrando mis sentidos a su presencia. El olor de la madera, el sonido cristalino, casi inaudible, de las cuerdas de acero sobre un cuerpo sin caja. Tocaba con la única púa que tenía, demasiado dura, hasta que las yemas de los dedos de la mano izquierda me dolían, ennegrecidas y marcadas por el metal de las cuerdas. Al final, con el corazón en la boca por la tensión experimentada ante el riesgo de ser descubierto, guardaba el instrumento en su cueva. Dos años más o menos duró esa aventura.
Cierta vez tiré accidentalmente una caja al extraer la guitarra del ropero. La caja se abrió y, para mi maravillada sorpresa, descubrí el escondite secreto de las revistas pornográficas de mi padre. A partir de ahí, las incursiones al ropero tornaron en algo más riesgoso y excitante. Por esos días me compraron el primer amplificador.
Al despertar, la guitarra, las revistas y el ropero desaparecen. Miro el reloj y comprendo que luego de la insomne madrugada dormí un par de horas más. La oscuridad de la mañana temprana siempre ayuda.
Me apuro a llegar al estudio a trabajar. Tengo claro que el total de horas dormidas no significa un ahorro energético importante y debo aprovechar la lucidez y descanso para sacarle rédito. Imagino que la marea de la tarde traerá consigo cansancio, ansiedad y melancolía.
Luego de apurar algunas cuestiones laborales quedo sentado frente a la computadora navegando entre dos aguas: terminar el escrito del que le había hablado a ella o trabajar. Por la ventana, la luz comienza a difuminarse en el reflejo.
Nubarrones negros se acercan inescrupulosos y ahuyentan los cándidos brillos de la mañana incipiente. Aprovecho el trayecto hacia la cocina en busca del mate y me paro un instante junto al ventanal para mirar detenidamente la tormenta en ciernes. Aún sopla el norte. Lluvias alternan con cielos despejados y vientos fuertes, con brisas suaves. “Pronto rotará al sur”, me digo. Tres pisos abajo los peatones apuran el paso perseguidos por los manchones del cielo. Me despego con celeridad de esa visión. Por ahora no quiero dejar que nada triste ni malo pueda adherirse a mi ser, me aguardan dos días largamente esperados.
Llega una estoa de tierra. El tiempo se detiene y parece no transcurrir. Los números y el texto en la computadora no avanzan. Me quedo con el mate en la mano esperando, como en el mar, las olas características del cambio. Llega el sonido de un alerta de mensaje en el teléfono.
Levanta hacia mí tus ojos, tus ojos lentos, y
ciérralos poco a poco conmigo dentro
Reconozco el verso de Gerardo Diego, que me lleva a otro suyo:
La noche ha abierto el piano
y yo les digo adiós con la mano
Le respondo: “Mirá que recordarme a Diego y su Romancero de la novia”. Unos minutos después vuelve a escribirme: “Llamame”.
Disco rápidamente en el teléfono. Esta vez logro romper el hielo de los inicios y voy directo al grano.
—¿Era un mensaje subliminal? —le disparo a quemarropa—, hay novias, romance y ojos que se cierran y abren juntos.
Ríe, esta vez con ganas, distendida.
—Comencé a escribir mi versión de tu escrito. Podríamos hacer un intercambio legítimo.
Me quedo cavilando sobre “versiones escritas”. ¿No sería más incitante un intercambio de pasión mano a mano?
—¿Y qué te agarró de pronto que te pusiste a trabajar en ese escrito?
—No sé —hace un pausa—, soñé con vos. Desperté con la computadora al lado de mi cama, en cuanto salí del sueño me puse a escribir.
La noto entusiasmada, sin reticencias. Comienzo a buscar en mis sentimientos cosas floridas para decirle y lograr que perciba que me siento correspondido.
—¡Qué hermoso! Bueno, yo anoche dormí muy poco, debo haber estado molestándote en sueños. Recuperé un poco de descanso por la mañana y en estos momentos escribía.
—Bueno, te dejo seguir escribiendo entonces, de todas formas tengo que irme a clases.
—Imposible no pensarte mientras preparás tus cosas para ir a clases. Creo que una buena forma de describir tu belleza es lo hermoso que resulta imaginarte en gestos cotidianos.
—Me hacés ruborizar… No sé hasta dónde llega tu imaginación…
Deja flotando esa frase y se despide velozmente.
“No sé hasta dónde llega tu imaginación…” “¡Hasta el centro de la realidad misma!”, deseo gritarle, y expandir todo lo que sucede en mi interior, formar una nube que la alcance, la envuelva y la haga parte misma de mi anhelo. Quedo prendado de ese contacto. Un puñado de hojas amarillas pasan volando frente a mi ventana. Calculo mentalmente la intensidad y dirección del viento que logran llevarlas hasta un tercer piso. De a poco, escribo en mi frente un imaginario cartel luminoso con la leyenda “¡Basta!”. Me impongo una veda de pensamientos y sentimientos hasta el viernes.
Llego a la noche cargado de ansiedades. Una noria en cuyas aspas penden retazos irresueltos conforma la historia de mi vida. El viejo maestro de cábala encuentra sentidos ocultos en expresiones numéricas, y yo, en las partituras. El amor se escapa de mi vida como una exhalación y busco refugio en los pocas zonas felices, sonidos muertos que se amontonan hasta desbordar y convertirse en un viento que se lleva todo y no encuentra asidero. La música jamás escuchada vuela junto a las palabras secretas, junto al Maestro, a Castaneda, a Platón, a los músicos, a ella —la primera ella— y a mi vida misma.
Me despierto sobresaltado, la respiración agitada, el cuerpo transpirado. Una ansiedad inusual y temerosa comienza a entrelazar sucesos del día pasado y las horas por venir.
Van en el rumbo de una preocupación. Repaso mentalmente haber realizado todas las compras para el asado del mediodía y resuelto el trabajo anticipado de modo de liberar el día. Al mismo tiempo escucho el sonido del viento e imagino un lugar alternativo para la reunión si el clima llegara a complicarse.
De alguna manera la estrategia funciona, logro dejarla fuera de mis cavilaciones.
La mañana copia a la marea, a ella y sus escapes. Amanece con un sol brillante que augura buenas momentos para el asado en la terraza, aunque el cielo aborregado del este relativiza las perspectivas. Las siguientes dos horas transcurren en medio de un frío penetrante cuya intensidad fluctúa conforme el cielo se nubla o vuelve a despejarse. La ausencia total de viento me impide concentrarme totalmente en las tareas. De pronto el rumor cotidiano de mi presente parece cesar y abrir de par en par las puertas de mi alma e invitar al pasado y al futuro a incorporarse en dos actos seguidos, en una misma escena.
De alguna forma, sin racionalizar las cosas, hago de la situación algo wu wei. Asumo con naturalidad que las brasas despejarán al cielo y las cosas terminarán sucediendo solas. Resulta un día impecable, con una calidez inusual para la época. Bajo el sol brillante almorzamos, recordamos viejas anécdotas de cuando yo era músico. Nos sacamos un par de fotos con mi vieja guitarra para enviárselas a los ausentes.
Beber el vino rojo bajo la refulgente luz blanca del sol nos hace sentir diáfanos, buenos, oxigenados.
Alcanzo a ducharme rápidamente, llego apenas diez minutos tarde a mi cátedra en la universidad. Tengo por delante dos horas seguidas en el pizarrón, otra de pausa y luego el concierto. Me cuesta hacer pie en la clase, sin embargo defiendo honrosamente los temas.
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