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Leche condensada

Nury Rojas Villarreal



El año 2020 llegó con cambios en el mundo y en mi vida, el tiempo se puso en pausa justo cuando yo había dejado a mis nietos en Santiago y mi corazón nuevamente se había dividido, justo cuando estaba enfrentada a esos cambios personales que tan cansada me tienen, justo cuando era tiempo de tomar decisiones y de entender tantas cosas... de la nada aparece un virus y nos obliga a quedarnos en casa, alejarnos de todo y de todos, pensé que era mucho, que no podría, pero un bendito día me senté frente a la computadora y comencé a escribir.

Así nació "Leche Condensada", mi libro, mis memorias, mi quinto hijo -como le he llamado- porque ha sido difícil sacarlo a la luz, ha costado lágrimas, borradores eternos, sentarme a escribir y borrar, apagar prender la computadora, cuestionarme, ordenar las presencias y ausencias... un parto con dolor. Mi tarro de leche condensada, que en realidad es un tarro de manjar delicioso, viene a rememorar mi infancia, mis vivencias, la simpleza de la vida, la felicidad de una niña herida que en un abrir y cerrar de ojos tuvo que crecer.

Siento que tenido una vida intensa y simplemente quise plasmarla en estas letras que salieron del alma, es sólo mi vida.

Rojas Villarreal, Nury

Leche condensada / Nury Rojas Villarreal. - 1a ed. - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8919-00-3

1. Autobiografías. I. Título.

CDD 808.8035

Edición: Oscar Fortuna.

Correcciones: Silvina Espósito.

Diseño de cubierta: Raquel Chanampa.

© 2021 Nury Rojas Villarreal.

© De esta edición:

2021 - Editorial Imaginante.

www.editorialimaginante.com.ar

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Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.

ISBN 978-987-8919-00-3

Conversión a formato digital: Libresque

Agradecimientos

A mis hijos que me instaron en esta locura linda, a mi amiga Bethzabet que me enseñó a soñar y a Pedro, que con tiempo y paciencia, me ayudó a corregir.

Prólogo

Mi nombre es Nury, me parece que fue un nombre escogido por mi padre, ya que mi abuelita materna quería que me llamase Millaray. Nací el 4 de agosto del año 1958, en una clínica de Viña del Mar. Mi madre hizo un curso para tener un parto sin dolor y contaba siempre con orgullo que lo había logrado, que me recibió semisentada con la ayuda del médico y que ella misma había cortado el cordón umbilical.

Esa parte del curso la reprobó, porque permanecimos unidas casi toda la vida. Este escrito va dedicado a ella, a la mujer que me dio la vida, mi amiga, mi compañera, la mujer más trabajadora, inteligente y bella que he conocido, mi viejita querida, mi madre: Raquel Villarreal Castillo, Q.E.P.D.

Año 2020: comenzó la cuarentena

Llevamos quince días encerrados con Juan Pablo, no sé hasta cuándo durará esto. Estamos enfrentados a una pandemia, todos en sus casas, no se puede salir a la calle, estoy asustada; lejos de mis otros hijos y nietos, rogando para que nadie se enferme y que esto pase pronto.

Me entretiene leer, escribir y disfrutar a mi hijo menor que está conmigo, es un tiempo de introspección, de soledad, de detenerse y ordenar, lo exterior y lo interior, a mis 61 años… Hoy me pienso, me veo, me arrepiento, me río y trato de vivir en paz. Recuerdo y escribo:

El matrimonio de mis padres duró poco, él un hombre veinte años mayor que ella, mujeriego, alto, buen mozo; ella una pequeña soñadora de quince años, de bellos ojos celestes, que solo quería salir de su casa, olvidar la infancia escondida en algún cerro de Valparaíso. Raptada por mi abuelo para hostigar a mi abuela, luego interna desde muy pequeña en un colegio de monjas y una preadolescencia con su madre y sus tres hermanos, escapándose para una tarde de playa con amigos o un baile a escondidas, lo que, generalmente, le costaba una paliza al volver a casa. Contaba que se sintió atraída por ese moreno buen mozo, pero su madre ya había escogido un pretendiente para ella.

El día en que el pretendiente fue citado para que mi madre lo conociera, ella se encerró en la pieza, firme a los barrotes de su cama y ni Cristo pudo sacarla de allí. El novio tuvo que irse y ella no pudo levantarse en días, después de recibir la mayor golpiza de su vida. Tal vez, era el novio ideal, porque claramente el que ella escogió por amor, no fue el hombre de su vida.

Mi padre la sedujo y, en poco tiempo, como todo un caballero, fue a pedir su mano. Con el noviazgo en marcha, los permisos cedieron y en un descuido, mi padre la invitó a su casa para presentarla a su familia. Para sorpresa de ella, la casa estaba vacía, una mesa con un par de copas, unas flores marchitas en un florero «entierrado» y la cama prolijamente ordenada. Esta situación que fue creada a exprofeso por él, no era más que un macabro plan para aprovecharse de ella y violarla sin piedad, dejándola en la más grande desolación. El miedo la invadió y no pudo más que quedarse callada y aceptar todo lo que vino, la boda era inminente.

Mi abuela materna, pobre, pero pomposa, organizó el más lindo de los casamientos, partiendo por el ramo de novia de mi madre, que fueron unos copihues blancos, encargados a sus amigas mapuches Millaray y LLanquiray, especialmente, para ella.

En esa foto se ve tan feliz ella, tan niña, aceptando la vida, así como venía, tan pequeña, asustada y frágil, pero con esa coraza que la caracterizó y la acompañó la vida entera.

Su primer hijo lo parió con dolor, con el mismo dolor con el que había sido despojada de lo más preciado que tenía. Contaba que sufrió días en un hospital, sola, escuchando los retos de las enfermeras que le decían: «Todas gritan, pero cuando los hacen son bien felices», una ironía que no tuvo fuerzas para responder. Finalmente, nació su primogénito, decía que era el bebé más hermoso que había visto en su vida, convirtiéndose en flamante madre, a los dieciséis años.

Mi padre fue un buen proveedor, nada faltaba en el hogar. Solo él que desaparecía con una y otra mujer, mientras ella perdía la paciencia con su pequeño retoño, y sufría por el hombre que, finalmente, había comenzado a amar. Contaba que sus días pasaban en un encierro espantoso y triste, y que, cuando mi padre, rara vez llegaba temprano, ella lo atendía y le hacía cariño para ganar su atención, pero él se encargaba de hacerla a un lado y dejarle bien en claro que «venía satisfecho», además de recordarle que era joven y bella, y podía tener todos los hombres que quisiera.

Seguro en algún momento logró acaparar su atención y yo fui concebida. Entonces, ella tenía dieciocho, más grande y madura, se preocupó de ser atendida por un buen médico. El mismo que años más tarde atendió mis dos primeros partos.

Decidida hizo el curso para no pasar por la experiencia de parir con dolor, además de exigir a mi padre las mínimas garantías de confort y seguridad en una clínica. Así llegué a este mundo, con el cordón umbilical enrollado al cuello, «gorda y fea» (según me contaron), pero con una madre ahí pendiente y enamorada de su hija. La vida no le cambió mucho, ahora los quehaceres aumentaban, con dos hijos y mi abuelita paterna, que por esos días también estaba instalada en casa.

Para mi madre, todo era igual, el hombre que tenía por esposo, solo satisfacía lo económico, nada faltaba en casa, pero él seguía sin estar. Contaba mi madre que, para él, su mayor preocupación era yo, toda su atención era para la niña de sus ojos, y que, en vano ella me enseñaba normas de conducta, pues él rápidamente se encargaba de transgredirlas. Así crecí, viendo por los ojos de mi padre, respirando su aire y amándolo sin límite.

Por esos días, mi madre me escribió un bello poema, hago mención de esto porque en él, vuelca la pena de tener una hija que ama a su padre, pero a la vez, casi mágicamente ve mi futuro junto a ella:

«A mi amada hija Nury:

No llores querida mía, aquí está tu madre para que rías. Qué linda niña que he tenido, que amante niña es de su padre.

Mas no me enojo, pues yo en la vida, seré tu esclava, seré tu amiga. Si en el camino lleno de espinas, que los divinos llaman vida, algo te apena o algo te gusta, no olvides niña que tienes madre, no olvides niña que alguien te ama y que ese alguien se llama madre».

(2 de febrero de 1960)

He conservado este escrito, como mi mayor tesoro, enmarcado ahí siempre en mi velador. El paso de los años lo ha ido borrando, pero permanece intacto en mi memoria.

Dos años más tarde, mi madre en un último, equivocado y desesperado esfuerzo por salvar el matrimonio, se abrió a la posibilidad de tener un tercer hijo y así, en tiempos de desamor, es concebida mi hermana menor.

Ahora la situación era más terrible, porque este hombre, sin escrúpulos, llegaba a casa con una infección venérea que ponía en riesgo la vida de la madre y su hija. Ella lo detestó por eso.

Nueve meses después, nació sana y salva la pequeña de los risos de oro, pero el matrimonio ya había sucumbido.

Nadie entendió los motivos que tuvo mi madre para dejar todo atrás. Un hogar cómodo, estable, sin necesidades económicas y tener el valor de seguir sola adelante. En tiempos en que ser divorciada era casi un pecado y una marca en la frente para enfrentar con vergüenza la vida, pero ella fiel a su carácter y a sus valores, lo hizo y de pasada tuvo que enfrentarse con sus padres y hermanos quienes la criticaron y la dejaron sola.

Su divorcio la dejó en la calle, mi padre en tiempos de machismo y ayudado por sus empleadores, se las ingenió para dejarla sin dinero. Estuvimos un tiempo viviendo en la casa familiar, mi padre nos visitaba los fines de semana y mi madre contaba que, después de esas visitas, yo me colgaba del cuello de mi padre y lloraba sin consuelo cuando él se marchaba. Ella ahogaba mi llanto, se enojaba conmigo, me castigaba y comencé a quedar muda, no hablaba, eso me trajo problemas en la vida. Una tartamudez que recién de adulta he podido superar en parte.

Sola y sin dinero, tuvo que aceptar que mi padre nos llevara a los tres a vivir con él y conformarse con ir a vernos a la escuela, casi a escondidas, coludida con la mejor profesora básica que tuve, la Sra. Rosa Campaña.

Recuerdo ese primer cumpleaños lejos de ella, la profesora me autorizó a salir de la clase y me envió a la oficina de la directora, cuando iba en camino encontré a mi madre en el patio de la escuela, me esperaba con regalos y el más rico de los abrazos, me llevaba una sillita para mi muñeca, un tarro de leche condensada hecho manjar y los dulces más deliciosos que comí en mi vida, qué emoción más grande verla allí, nunca en mi vida olvidaré eso.

La escuela básica a la que asistía me permitió cultivar desde pequeña, amistades que he mantenido hasta el día de hoy. Juanita y Ximena fueron mis amigas inseparables y de ellas, siendo tan pequeñas, recibí apoyo y ayuda con mi tartamudez y mis penas de niña, juntas viviríamos muchas historias.

Mi madre contaba que el día más triste de su vida fue cuando nos arrancaron de su lado, tres hijos de ocho, seis y cuatro años. Ahora que soy madre, puedo dimensionar la injusticia, su pena infinita y su corazón dañado. Contaba que escondió los pocos juguetes que quedaron y que, de vez en cuando, se topaba con uno que no entró en la caja y que casi de castigo lo dejó a la vista, para torturarse y no olvidar la mala persona con la que se había casado.

Mi padre enamorado de su última conquista, se casó con ella en cuanto pudo hacerlo, y allí en un departamento con madrastra y abuelita paterna se formaba un espacio para nosotros, lejos de la mamá, en una nueva vida que nos marcaría para siempre. Teresa era muy joven y bella, sufrió lo indecible con nosotros y su suegra, le hicimos la vida imposible, pero la pobre enamorada, aguantó con estoicismo y años después, tuvo su desquite cuando trajo al mundo a su primera hija.

Lo mejor de esta nueva familia, fue conocer a la madre de mi madrastra. La Nana, una mujer encantadora que nos cuidó como sus nietos, amó a mi hermana menor, tan chiquita hermosa y desvalida. Nos llevaba a su casa seguramente para alivianar el trabajo de su hija, y allí nos mimaba como si fuésemos sus nietos, siempre tenía un dulce en los bolsillos, un cariño y un gesto de ternura, fue una mujer excepcional, lo mejor de aquella época. Nunca la perdí de vista, la hice partícipe de mi vida de adulta, y tuve la dicha y la pena a la vez, de despedirme de ella cuando años después, en su lecho de muerte, el cáncer la consumió. Le pude decir cuánto la quería y le di las gracias por todo. Fue un ángel en la tierra.

La llegada de Marcelita lo cambió todo, me enamoré de esa niña hermosa y se fue creando entre ella y yo un lazo mágico que ha perdurado con los años. La vida nos cambió por completo, mi padre se volvió loco con su hija y pronto pasamos a estorbar en el hogar, así es que decidió enviarnos de vuelta con mi madre y asignar para ella una cantidad de dinero.

Así entonces, volvíamos con maletas a la casa materna, ahora podíamos abrazarla sin temor a que nos vieran y comenzábamos otra etapa con ella.

Para entonces, mi madre había conocido al que sería su compañero por muchos años, con él había alquilado una casa en un cerro de Valparaíso y allí terminamos viviendo los cinco, más nuestra primera mascota, un perrito al que llamamos King.

La casa era antigua y estaba situada de tal forma que, para acceder a ella, había que subir doscientos cincuenta y dos escalones, los contamos mil veces, pasamos allí nuestra niñez y parte de la adolescencia, en una casa que tenía una vista privilegiada a la bahía. Mi madre siempre limpia y ordenada, se encargó de tener nuestra pobreza tapada con el brillo de un piso encerado y una cocina con ollas relucientes. Mi padre le daba el mínimo de dinero y con eso, más el trabajo de su compañero y sus costuras eternas, se «paraba la olla» y teníamos lo básico. Así fuimos creciendo, con una madre muy absorta en su trabajo de costura y lavado de ropa, y un padrastro alcohólico al que, extrañamente, aprendimos a querer, tal vez por su simpatía y humildad, o simplemente porque mi madre lo amaba.

Día 17 de cuarentena

Las noticias no son alentadoras, en Chile ya tenemos más de dos mil casos positivos de la COVID-19 un virus de la familia del coronavirus, que se originó en China y que tiene al mundo rendido a sus pies. Asusta la cantidad de muertos en Europa.

Juan Pablo pasa el día en su computadora estudiando en línea, la Escuela Naval no le da tregua, empieza sus clases a las ocho de la mañana y no para. La escuela le ha dado las herramientas para ser muy disciplinado y me gusta verlo así, tan maduro, entendiendo que aquí en casa debe estar, aprovechar los tiempos para estudiar, leer e informarse. Se ha convertido en un gran hombrecito, en un tremendo compañero de cuarentena y de vida.

Hoy hicimos videoconferencia con mis amigas Betsy y Cecilia, nos reímos de tonteras y escondemos nuestro temor en historias fantásticas, haciendo planes de lo que haremos cuando podamos salir a la calle y juntarnos, eso si es que salimos con vida de esto. Betsy ha sido mi amiga por muchos años, se ha convertido en un gran apoyo y gracias a ella he podido superar y aprender en este tiempo difícil de mi vida. En tanto Cecilia, pertenece al grupo selecto de Cecilias que he conocido en mi vida, con ella y su hermosa familia fui creando un lindo lazo de amistad que ha perdurado en el tiempo.

No puedo ver noticias, más bien cambio de canal, afortunadamente, me gusta escribir y también leer, se me pasa el día entre la cocina, alguna película en la tarde, un libro y mi computadora. Con todo, cuesta abstraerse, sobre todo de las redes sociales en donde llega tanta información.

Hoy se me ocurrió ver unos videos de lo que sucede ahora mismo en Ecuador, cadáveres en las calles, gente muriendo porque el presidente de ese país no tomó medidas a tiempo, es horrible, el solo hecho de pensar en que podría estar allí con mis hijos, me aprieta el corazón, esa es otra historia de mi vida:

Los doscientos cincuenta y dos escalones eran una tortura, muchas veces volvíamos a casa de las compras y mamá nos decía con cara de culpable que se le había olvidado anotar algo más, ahí el más valiente volvía a bajar o el que quería más postre o el que definitivamente tenía algo entretenido que hacer en el camino.

Tiempo después, adiestramos al King, le poníamos una bolsita con una nota y el perrito bajaba solo al negocio, en donde obviamente lo conocían, volvía orgulloso y cansado con alguna de esas cosas pequeñas que no eran de gran peso para él. Defendía la bolsa con sus diminutos colmillos como el más preciado tesoro y se ganó con esto un puesto importante en la familia. Mi padrastro le construyó una pequeña cama y durmió siempre en nuestra pieza, con colchón, sábanas, frazada y almohada.

El King también nos acompañaba a buscar a mi padrastro a los bares de Valparaíso. En realidad, era extraña esta situación, pero se daba normalmente para nosotros, porque cada vez que este hombre llegaba ebrio a casa, mi madre lo retaba mucho y lo trataba mal, nosotros no entendíamos el trasfondo del asunto, solo nos daba pena el pobre cristiano. Entonces, para evitar que siguiera tomando y gastándose el dinero, salíamos a buscarlo.

El plan era simple, en los bares soltábamos al perrito, si este salía, significaba que mi padrastro no estaba allí. No era muy grande el radio de bares en donde él se movía, de tal forma que la búsqueda era rápida.

El perrito se quedaba adentro cuando lo encontraba y ahí, entonces, entrábamos nosotros, generalmente mi hermano y yo.

Mi padrastro se ponía muy contento cuando nos veía y afortunadamente, a pesar de su estado de embriaguez, entendía que «no era lugar para los niños», rápidamente se despedía de sus correligionarios, tomaba al perro y salíamos. El regreso a casa era digno de novela, nos llevaba siempre marchando, él adelante, el perro detrás, yo y mi hermano a lo último de la fila, cuidándome. Siempre era la misma canción: «Sin vacilar marchar, soldado de Jesús» y luego la ansiada parada en la pastelería del barrio en donde terminaba de gastarse la plata, yo tendría unos diez años.

La escasez de dinero hacía nuestra vida difícil, pero mi madre se las ingeniaba para que nada nos faltase. Mi padrastro no ayudaba mucho a aliviar esa carga y mi pobre madre trabajaba sin parar, enamorada de este hombre que poco hacía por ella.

Varias Navidades estuvimos con la angustia de no tener una cena o un árbol de Navidad, pero él, la mayoría de las veces ebrio, se las ingeniaba para llegar con lo que se necesitaba. Cayó de la escalera muchas veces con una torta en la mano o un arbolito que terminaba «destartalado». Al final siempre nos salvamos y tuvimos una Navidad.

Mi madre se encargaba de los regalos, eran maravillosos, cómo olvidar las muñecas de trapo que ella misma confeccionaba o la cajita de zapatos forrada con papel de regalo, llena de ropita para las muñecas, todo confeccionado por ella. ¡Cuántas noches se habrá quedado tejiendo y cosiendo para que tuviésemos nuestros regalos!, nunca lo olvidé, y alguna vez de adulta he pensado que allí con solo eso y con el tarro de leche condensada hecho manjar para mi cumpleaños, era tan feliz y no lo sabía.

En la época de mi niñez, fue importante también mi abuela materna, en su casa, situada en un cerro de Viña del Mar, que en aquel entonces era campo, pasábamos domingos hermosos y algunas Navidades con un árbol de Navidad gigante lleno de regalos para los once nietos que conformamos la familia. Tuvimos hermosos días en familia, con primos y primas con quienes nos mantenemos unidos hasta el día de hoy. Cuando mi abuelita murió, esa casa fue prácticamente desvalijada por la familia. Para entonces yo estaba viviendo mi vida, ya tenía veinticinco años, solo me tocó acompañar a mi madre a recoger del suelo las cosas más preciadas de mi abuela, aquellas sin importancia y de uso personal como sus ondulines del pelo y los palillos con los que tejía. Una lección de vida que engrandecería a mi madre ante mis ojos.

El retorno a la casa materna, si bien me hacía muy feliz, también me producía una tremenda angustia por no poder ver a mi padre y, especialmente, a Marcela, mi hermanita pequeña. En algún momento se nos dio la posibilidad de escoger con quién queríamos vivir y yo, sin dudarlo, escogí a mi padre. Eso fue una puñalada por la espalda a mi madre, pues con uno de sus hijos que se fuera, le bajaban a ella la mensualidad asignada por el Juzgado de Menores. Tenía unos doce años cuando se me dio la posibilidad de tomar tamaña decisión. Fui prácticamente expulsada de la casa materna, degradada y humillada frente a mis hermanos y mi padrastro. Solo recuerdo los ojos azules de mi madre llenos de lágrimas de rabia y dolor, fue horrible. Al descender los doscientos cincuenta y dos escalones estaba mi padre esperándome en su auto.

La vida que me esperaba con él era distinta, mi abuelita paterna ya había fallecido, así es que ocupé su pieza y quedé instalada cómodamente con mi ropa nueva, mi hermanita, mi padre y su cariño y Teresa, con quien me entendía bastante bien.

La pequeñita alegraba mis días. La vi crecer, conmigo dio sus primeros pasos, no nos separamos ni un momento, fueron buenos tiempos. Eso sin contar que nuevamente tenía el amor de mi padre para abrazarlo y compartir mi vida con él cuantas veces quisiera. Para entonces Teresa esperaba a su segunda hija.

Vino la época de la Unidad Popular, Allende presidente, mi paso de niña a mujer, mis primeras incursiones en los besos y los cosquilleos en el estómago al ver al joven que me gustaba. Fue un tiempo en el que extrañé mucho a mi madre, me hizo falta, pero nada se podía hacer.

Teníamos un grupo de amigos en el barrio, nos dejaban salir en las tardes un rato y era el tiempo mejor aprovechado, todo sucedía en ese par de horas. Luego vinieron las filas para comprar todo lo necesario, la escasez de alimentos obligaba a ponerse en cuanta fila uno encontraba en el camino, era la época del boicot internacional contra nuestro país. Había que levantarse muy temprano, para hacer la fila antes del alba y comprar el pan. Me encargué durante mucho tiempo de eso, porque mi madrastra estaba embarazada y, además, era entretenido encontrarme con mis amigos en esas filas de horas.

Unos días antes del golpe de Estado, mi madrastra decidió dejarme descansar y hacer ella la compra del pan al alba. Ese simple hecho cambiaría mi vida para siempre.

Sentí la puerta de calle cuando ella salió, todavía estaba muy oscuro, me acomodé entre mis tibias sábanas para seguir durmiendo. Poco rato después mi padre entró a mi pieza, lo sentí y me puse feliz cuando se acostó a mi lado. Confiada y segura me acurruqué junto a él. Sus manos comenzaron a tocarme y en algún momento que no logro recordar con lucidez, me encontré luchando con un monstruo, con mi llanto y mis gritos ahogados en esa mano que tapaba mi boca, luego dolor y más dolor, físico y del alma…, había sido violada por mi propio padre. Tenía catorce años.

Con su hecho consumado, se escabulló en lo que quedaba de la noche, como el peor de los ladrones, quedé desolada, igual como años antes, seguramente, había quedado mi madre.

Ese día no me levanté, permanecí «enferma» todo el día, no podía, no tenía fuerzas. ¿Qué hacer?, ¿adónde ir?, ¿con quién hablar?, finalmente me lo había ganado, mi madre me castigaría por desleal y traidora. Nadie me creería semejante barbaridad, y además ya estaba grande para darle tantos besos a mi padre, yo había propiciado ese mal desenlace, todo mal, no pensaba bien, no coordinaba, era demasiado espantoso.

Marcelita entraba, por algunos minutos, a mi pieza, me miraba y me secaba las lágrimas que escondida y callada salían de mis ojos: «¿Cómo protegerla?». Teresa me llevaba sopitas calientes para aliviar mi «dolor de estómago» y mi padre un par de veces asomó la cabeza para saber cómo me sentía. Era una pesadilla, la más cruel y horrible pesadilla de la que nunca desperté.

Dos días después de ese «asunto de familia» como lo llamó un psiquiatra que años después tuve que visitar, vino el Golpe Militar en Chile y, entonces, tuve que quedarme conviviendo con mi verdugo por mucho tiempo. Nada se podía hacer, él no volvió a tocarme, yo no lo miraba, ni me acercaba, pero nos topamos muchas veces en la cocina, la parte más segura del departamento, escondidos de las balaceras que se armaban en la calle y también cuando le quitaba a mi hermanita de los brazos y lo miraba con ojos de odio: «No la toques», nunca le hizo nada, ni a ella ni al resto de mis hermanos. Al menos eso es lo que sé.

Un mes después del Golpe Militar, y de aquel «asunto de familia», Teresa comenzó con el trabajo de parto. La llevaron al hospital y afortunadamente la Nana se vino a casa a cuidar a mi hermanita, así es que nunca estuve sola.

Así llegó al mundo Carolina, la más pequeña de la familia, una hermosa niña de grandes ojos, que definitivamente me robó el corazón.

Mis días con ellos estaban contados, estaba decidida a volver con mi madre, pedirle perdón de rodillas si era necesario, solo quería escapar, pero tuve que quedarme un buen par de meses.

La bebé lloraba de noche, yo en mi pieza la sentía y me levantaba a verla, la sacaba de su cuna y la acurrucaba conmigo. Ella se acostumbró a mis brazos, a mi olor, al olor de mi bata de levantar, se quedaba calladita y se dormía. Ese hecho de amor tan simple, me amarró muchos meses en la casa paterna, pero hubo un día en que ya no aguanté más, y con dolor tuve que dejar a mis pequeñas.

Salí temprano rumbo al liceo en donde ya cursaba segundo año de enseñanza media. La noche anterior había preparado a escondidas un pequeño bolso con lo básico. No fui a clases, daba lo mismo, el año ya estaba perdido. Deambulé gran parte de la mañana por las calles, sabía lo que tenía que hacer, solo comenzar a subir los doscientos cincuenta y dos escalones y abrazar a mi madre, pedirle perdón y quedarme ahí acurrucada, ¡qué situación más difícil!

Siguen pasando los días de encierro

Han pasado ya veinticinco días de encierro, los infectados y muertos aumentan y nosotros aquí cumpliendo la cuarentena. Dicen que aquí en Chile, todavía esto no empieza, me asusta, aunque he estado tranquila sin salir de casa y entendiendo que este es un tiempo de estar, mi tiempo de escribir, de meditar en las mañanas, de aprender.

Hoy llamé a Rodrigo, y nos vimos por videollamada, lo extraño mucho, es mi hijo mayor, ha tenido una vida dura como la mía, para él nada ha sido fácil, se ha equivocado muchas veces y ahora poco acepta mis consejos, me dice que es un «hombre grande que sabe lo que hace» como si no supiera yo, que uno nunca termina de aprender. Se acompaña con Scarlet en esta cuarentena obligada, una muchacha muy joven por la que dejó todo. Nadie entendió la locura de dejarlo todo e irse con ella a un departamento en donde solo caben los dos y su amor, pero así no más fue.

Me quedé enfrentada a mis nueras, Carla y Pamela, que son primas entre sí y a toda la familia, con mi mejor cara y así sin más, pasé a ser la suegra del año, tuve que aprender a escuchar las quejas y lo terrible que había resultado esto para la familia y, especialmente, para Carla, su mujer. Ser empática no me costó nada, entendí su dolor y la contuve todas las veces que me llamó por teléfono llorando, pero el matrimonio es un asunto de dos. Rodrigo es mi hijo y lo amo por sobre todas las cosas, yo no voy a juzgarlo, no estoy para eso, solo quiero que sea feliz, que Carla encuentre paz en su corazón y también sea feliz en la vida. Estando ellos bien, podrán darle estabilidad y amor del bueno a Alonsito mi nieto, que es la única víctima de todo esto. Con gran pena en mi corazón he tenido que abrir mi mente para entender a mi hijo y ser justa con Carla:

La escalera que nos llevaba a casa tenía un descanso obligatorio, allí vivían mis amigos, Severina y Luis, en una casa tan pobre y limpia como la de mi madre. En ellos había encontrado alguna vez refugio a penas y muchos días de risa y sana convivencia. Se convertía ahora en el lugar preciso para pasar, antes de continuar mi camino. Podría dedicar páginas para ellos, pero esta vez solo diré que han sido hasta hoy mis amigos queridos, soy la madrina de su hijo. Severina me prestó su hombro mil veces y ella junto a su familia han sido siempre muy importantes en mi vida.

Mi cara de cansada y su cara de asombro al verme, no daban paso a palabras, nos fundimos en el más cálido de los abrazos y me di cuenta de que hasta ese minuto nadie, después del «asunto de familia», me había abrazado. Por primera vez, me sentí contenida y lloré a mares…, Seve gritaba: «Volvió la Nury, traigan agüita» y yo la apretaba y lloraba sin parar. Para ella, solo volvía para estar con mi madre, nunca supo la historia completa, fue mi secreto por muchos años, tampoco lo importante de ese abrazo y la marca que eso dejaría en mi vida.

La puerta de calle tenía una mano de hierro que se golpeaba contra la madera y producía el toc-toc que avisaba que alguien venía, también tenía un cordel atado al picaporte, que se tiraba y la puerta podía abrirse. No había ladrones que subieran doscientos cincuenta y dos escalones a una casa pobre. Preferí tocar la puerta, ya había escuchado la música y al King ladrando, sabía que mi madre a esa hora estaba sola, mis hermanos en clases y mi padrastro trabajando o en algún bar.

La cara de asombro de mi madre no fue distinta a la de Seve, pero no hubo abrazo, solo preguntas y más preguntas, volví a llorar, le pedí perdón y ella entendiendo que me había equivocado, aceptó que volviera a casa, con la condición de que tenía que trabajar en el día y estudiar en un establecimiento nocturno, porque las cosas en casa estaban peores. Así comenzaba otra etapa de mi vida.

Entiendo que mi madre llamó por teléfono a mi padre a su trabajo, y así entonces acordaron que él llevaría mis cosas al día siguiente. No se hicieron preguntas, no se cuestionó nada. Mi madre que nunca supo los verdaderos motivos de mi regreso, al parecer culpó a mi madrastra, no tenía ni una importancia, lo importante es que yo estaba de vuelta, lejos de mi padre.

Creo que, por esa época, también empezaron los conflictos con Mónica, mi hermana menor, llegué a invadir el poco espacio que ella tenía, y, además, seguramente no fui una hermana entretenida, más bien callada, introvertida y lejana. Nunca hablamos de nuestras cosas, ella también tenía su historia que contar, pero ni la una ni la otra se interesó en aquello. Seguimos viviendo, así como la vida se nos fue presentando. Se abría paso a una relación de hermanas confrontadas casi la vida entera, distintas, como dos extrañas.

En cambio, Ricardo mi hermano fue más acogedor, tampoco preguntó mucho, pero me recibió con alegría. A él le habían asignado un dormitorio, en lo que era el lavadero techado de la casa, ese lugar tenía una puerta chica que daba a la escalera.

Por allí se escabullía, salía a escondidas a conocer la vida nocturna de Valparaíso, situación que nos convirtió en cómplices de inmediato, porque por fin, tendría a alguien que le abriera la puerta en la madrugada. Ese hecho comenzó a crear entre nosotros un tremendo lazo de secretos y complicidad, que duraría la vida entera. Por aquel entonces, cuando llegaba de madrugada nos quedábamos conversando hasta muy tarde y me entretenía con sus historias de cabaret; de mujeres que bailaban con trajes brillantes y grandes plumas en la cabeza. Así conoció él a la que sería su primer amor y así también, a la que fue más tarde su esposa y madre de sus hijos. Mi hermano para mí, ha sido tremendamente importante y nos queremos mucho.

La vida se había presentado así para nosotros, cada uno cargaba en la mochila sus propias vivencias, todos teníamos algo que nos motivaba a reír o llorar, como todas las familias, solo que en esta, cada uno lo hacía en soledad. No fuimos capaces de unirnos, ni tampoco mi madre nos enseñó, ella estaba demasiado absorta en sus problemas, en las costuras y lavados de ropa, no veía más allá de eso. La infancia que ella había tratado de hacer bella, había sido corta, ya no podía luchar con una realidad que era inminente.

Mi padre ya era historia, la vida es así, bloqueé mi mente y saqué de mi corazón ese tremendo amor que alguna vez había sentido por él, mi dolor se había desvanecido en ese abrazo con mi amiga Seve, tan sentido, importante y único.

Carolina, llevaba muchos días llorando de noche, ni su madre ni nadie podía consolarla, entonces, mi madrastra se animó a ir a buscarme. No recuerdo muy bien en qué circunstancias se produjo ese encuentro, pero ahí estaba ella a los pies de la escalera con Marcelita en brazos. La pequeña se agarró de mi cuello y no me soltaba, y Teresa solo me pedía que volviera porque la bebé me extrañaba.

Le expliqué que mi decisión no tenía vuelta atrás, que tenía que trabajar para ayudar a mi madre. No sé si ella se daría cuenta de lo que pasaba, nunca lo hablamos, ni tampoco cuestionó con rabia mi determinación de no volver, solo me pidió mi bata para que la pequeña Carolina pudiese sentir mi olor… Así fue, le di mi bata y mi pequeñita pudo dormir.

Nunca perdí contacto con ellas. Después del episodio de la bata, mi madre aceptó a su rival y a las niñas y, en más de una oportunidad, la mayor entró tímidamente a nuestra casa y pasó algún cumpleaños con nosotros.

Cuando estuvieron más grandecitas les enviaba cartas y ellas esperaban al cartero con ansias y cuando entré a trabajar destiné siempre una parte pequeña de mi sueldo para sacarlas a pasear un domingo, siempre con la escondida intención de hacerme su cómplice de secretos y cariño incondicional, para que nunca se sintieran solas y confiaran en mí. Eran unos domingos maravillosos, las tres solas en nuestra burbuja de amor, nunca olvidaron eso.

Todas esas cartas me fueron devueltas hace muy poco, en mi cumpleaños número sesenta, amarradas a una cinta rosada en una cajita. Habían sido guardadas como un gran tesoro.

Mi padrastro tenía los días contados en casa, mi madre en el cumpleaños de una de sus amigas, había conocido al que sería su nuevo compañero por muchos años más.

Claramente, la relación se había desgastado y la separación con mi padrastro, se debía única y exclusivamente a su condición de alcohólico, él no dejaba de beber ni tenía el menor interés en hacerlo, pero en sus épocas sobrias habían formado una linda pareja.

Juntos ganaron muchos campeonatos de cueca, llegando a ser campeones nacionales. Esos habían sido lindos días. Llegaba el 18 de septiembre y ella sacaba su prolijamente guardado y cuidado vestido de «china» y la fiesta comenzaba. La acompañamos siempre hasta tarde en alguna ramada de Valparaíso o Viña del Mar, y ella bailaba como una diosa, una y otra vez, hasta que el jurado, finalmente, les otorgaba siempre el primer lugar, así llegaron a ser los campeones nacionales. Ella jamás dejó de bailar y nosotros también aprendimos de tanto mirarla. Años más tarde en su lecho de enferma en el hospital, me pedía que yo le bailara, y en su funeral hubo que cumplir su último deseo, bailar cueca. Pero ninguno de nosotros fue capaz de hacerlo, Rosita la esposa de mi primo Erik, le regaló ese póstumo deseo y fue muy hermoso, porque además llevó un huaso que bailó alrededor del féretro.

No recuerdo el día en que mi padrastro abandonó la casa, seguramente fue sin lágrimas ni violencia porque simplemente desapareció de nuestras vidas y solo puedo recordarlo con el: «Sin vacilar marchar, soldado de Jesús» y sonreír por su paso en nuestra vida. Años después, supimos que se casó, que tuvo una hija y que nunca más volvió a tomar, no volvimos a verlo.

Don Gilberto llegó dando instrucciones, criticando todo a su paso, el pobre King salía arrancando cuando lo veía, el odio fue mutuo desde un principio, el perro seguramente extrañaba a su amo y a mi nuevo padrastro no le gustaban los «animalitos en casa».

En poco tiempo la despensa estaba con todo lo necesario, y mi madre se veía bastante más tranquila, sus días de costura en esa pieza estrecha y lúgubre quedaron atrás, y ya no la vi en sus afanes de lavandería. Apareció una lavadora y una cocina nueva, y muy de vez en cuando había que sentarse a la mesa con él, en unas cenas familiares que eran verdaderos interrogatorios. Él no vivía con nosotros, era un hombre casado, cuya esposa lo «autorizaba» a salir y a tener otra mujer, una historia rara a decir verdad, que con el tiempo fui conociendo.

De ahí en adelante, las cosas fueron cambiando paulatinamente. Los fines de semana ella se arreglaba, ahora linda con su ropa nueva y él la pasaba a buscar, y salían a bailar tango, con el tiempo también incursionaron en la cueca, pero con él no ganó ni un campeonato.

Fuimos conociendo detalles de su vida, tenía cuatro hijos, y los cuatro sabían de la existencia de mi madre, con uno de ellos cultivé una linda amistad hasta el día de hoy. Ellos contaban que su madre le preparaba la ropa a su marido para que saliera el día sábado con mi mamá. Cuando la conocí muchos años después, supe que eso era cierto, ella era una mujer especial, una gran persona.

Mi primer trabajo como flamante secretaria y asistente de un dentista fue por cuatro años. Antes de eso, cuando volví a la casa de mi madre, trabajé en la cocina de un restaurante y luego en otro de cajera. En ambos tuve que dejar de trabajar porque los dueños se sobrepasaron conmigo. Para esas alturas ya nada me asustaba. Siendo muy niña había tenido que lidiar con un tío pedófilo y con otras situaciones que podrían ser material para otra escritura. Definitivamente, estaba preparada para batallar con todo aquello, había aprendido a defenderme y a curar sola mis heridas.

Empecé a estudiar en el liceo nocturno, casi al mismo tiempo que a trabajar con el dentista. Aquí se tejería otra etapa en mi vida, para entonces yo tenía quince años.

El doctor llegaba a la consulta todos los días a las diez de la mañana, a esa hora yo tenía el aseo hecho, los instrumentos esterilizados y la cafetera lista para su café. Los pacientes eran eternos, seguían su tratamiento año tras año, y los que se iban uniendo igual. En los ratos que él no estaba, yo tomaba mis cuadernos o libros y aprovechaba de buena manera los pocos momentos libres que tenía. Los amigos del dentista frecuentaban el lugar y lo aprovechaban casi como punto de encuentro, algunos masones, y otros tantos, carabineros. Toda esa camaradería hacía que el doctor atendiera prácticamente en las mañanas. Yo igual cumplía mi horario, estudiaba y luego a las siete de la tarde tenía las clases.

Al principio todo transcurría tranquilo, trabajar y estudiar era para valientes y yo lo era, recibía mi sueldo que no era mucho y casi en su totalidad se lo daba a mi madre.

Los sillones «destartalados» que habían pasado años cubiertos con una frazada escocesa, los cambié en esa primera Navidad. Ella emocionada recibió a los pobres hombres de la mueblería que, sudados enteros, subieron los doscientos cincuenta y dos escalones con el juego de sillones, color café, en la espalda. Yo ya había firmado el primer crédito de mi vida, doce eternas cuotas. Le compré ropa y zapatos nuevos, ante sus ojos comencé a ser importante, las traiciones quedaron en el olvido y, poco a poco, me fui ganando un espacio.

Las cosas en casa estaban más tranquilas, salvo por mi hermano que para esas alturas ya había sido descubierto por mi madre en sus andanzas nocturnas y la hoguera ardía, pero sin buenos resultados, porque mi hermano ya se había emancipado, solo quería vivir sus amoríos sin entender razones y mi madre en vano «rayaba la cancha» una y otra vez.

El dentista resultó ser un irresponsable y abandonaba a los pacientes en las tardes, por ese motivo eran tan largos y eternos los tratamientos, pero con su simpatía los envolvía y lo perdonaban mil veces. Aprendí a mentir descaradamente para cubrirle la espalda y, finalmente, me especialicé en «limpieza dental y destartraje», así terminé muchas veces haciendo ese trabajo con su consentimiento. Toda una irresponsabilidad que con los años he podido sopesar, pero en aquel entonces lo importante era mantener el trabajo contra viento y marea.

Seve tuvo a su hijo menor y me pidieron ser la madrina, fue mi primer ahijado. En la vida tuve seis: Harold, Paolita, Patricio, Yanara, Ramiro y Ricardo Jr., este último mi sobrino.

A veces, en la noche después de clases pasaba a ver a mis amigos, hacíamos unas reuniones muy entretenidas en donde cantábamos y organizábamos juegos como niños, eran lindos tiempos. Mi amistad con Seve y Luis ya se había consolidado para toda la vida.

Un triste día desapareció el King. Lo buscamos día y noche durante semanas, pusimos avisos por todos lados y hasta ofrecimos una recompensa que no teníamos, todo por él, pero nunca más lo vimos. Nuestro mayor sospechoso fue don Gilberto, pero nos juró casi con la mano en la Biblia que él no había sido, no obstante, los dardos apuntaban a él, porque cada vez que llegaba a casa le pegaba al pobre perrito con el periódico. Una vez lo había encontrado en la cama de mi mamá y había querido pegarle, pero el perrito lo mordió cuando se vio en peligro y terminó por ganarse un enemigo en potencia. Definitivamente, el odio era mutuo.

Fue nuestro primer duelo como familia, lo lloramos como a un hijo y lo más terrible fue no haber sabido nunca cuál había sido su destino. De haber podido enterrarlo, hubiese sido menos doloroso para todos. Así quedaba cerrada la historia del perrito, blanco y negro, llamado King, y su cunita, sus ropas de invierno y sus compras para ayudar a la familia. Nos dejó un espacio eterno de testamento, sus recuerdos y su paso lleno de ternura por nuestras vidas.

En conclusión, es como si la vida estuviese escrita, todo sucede por algo o será que uno le busca justificación a todo, como para tratar de entender o será que es un continuo aprendizaje y es necesario pasar por todas las pruebas posibles, para crecer y evolucionar…, ¡qué sabe uno! Lo cierto del caso es que, en mi primer día de clases por un error administrativo, quedé en un curso donde había mujeres mayores, casadas, separadas, con hijos.

Ese era mi lugar, para entender que yo no era la única víctima en la vida, que había otras mujeres con historias mucho peores que la mía, como la de Carmen que tenía siete hijos, todos pequeños y solo quería terminar su enseñanza media para poder trabajar, independizarse y dejar de ser golpeada por su esposo; Anita que había sido prisionera política, torturada, violada y sometida a vejámenes espantosos; Mónica que había sido castigada por ser madre soltera y obligada a estudiar de noche y cuidar a su hijo en el día, sin posibilidad de nada más en la vida y Mariana que había sido expulsada de la casa materna por estar embarazada, y obligada a vivir con sus suegros y el padre de la criatura, un espécimen de hombre que la golpeaba y torturaba. Ese era parte de mi curso, muchas otras, todas con historias símiles, lo mío no era nada.

Cuando se dieron cuenta del error quisieron cambiarme al curso donde se encontraban las de quince, pero me rehusé, ese era mi lugar.

El primer día me senté al lado de Mariana, una mujer introvertida, callada y solitaria, al menos esa fue mi impresión. Pero no era nada de eso, era solo una mujer asustada con ganas de triunfar, sacar adelante sus estudios, seguir en la universidad y ser más que el padre de su hija, para, algún día, no tener que depender de él.

En esos tres años terminé de crecer, la vida me introdujo en un mundo de adultos al cual yo no pertenecía, me estaba saltando la mejor época de la vida, pero ya no había vuelta atrás.

El doctor me invitó un par de veces a algún almuerzo con sus amigos y otras tantas trató de cruzar la línea prohibida, me costó defenderme, pero pude lograrlo y conservar el trabajo.

Me producía dolor de estómago cada vez que me quedaba sola con él. En todas, pude salir airosa. Definitivamente, había aprendido a defenderme, usando mi mejor sonrisa y mis encantos, los cuales descubrí que me servían de mucho con el sexo opuesto. No había otra forma de defenderse, mejor con humildad y sonrisas. Podría también, haber roto un florero en su cabeza, pero eso significaba quedarme sin trabajo o terminar detenida, no era para nada fácil, eran tiempos sin justicia para las mujeres.

Finalmente, con todo, resultaba entretenido ese mundo, muchas veces después de clases íbamos al casino de carabineros y escuchábamos al capitán tocar el piano en algún cumpleaños o celebración. Creo que después de un tiempo, el doctor aprendió a conocerme, quererme y respetarme, y también entendió que, para esas alturas, era yo la única persona en la que él podía confiar y la única que pudo, tres años más tarde, mentir por él para que pudiera salir del país, después de estafar a la mayoría de sus amigos y cerrar la puerta del consultorio para siempre.

Con Mariana, especialmente, cultivamos una hermosa amistad, vivimos períodos inolvidables juntas. Ella era una excelente estudiante, muy inteligente, me ayudaba con las matemáticas y leía los libros por las dos, después me los contaba y yo podía dar las pruebas y sacar buenas notas, gracias a la facilidad de comprensión lectora y redacción que siempre tuve.

Su vida era dura, me encariñé con su hijita que tenía la misma edad de mi hermanita pequeña, cada vez que podía la ayudaba con ella y muchas veces tuvimos que ir a clases con la pequeña. A veces la pasaba a buscar después de mi trabajo para irnos a clases, ella abría la puerta con miedo y me decía casi susurrando que no podía ir. Me cerraba la puerta en la nariz para que el padre de su hija no me viera. Muchas veces pude ver, con impotencia y pena, sus ojos morados y su cara golpeada. Todo aquello sucedía a vista y paciencia de sus suegros, nadie la defendía.

Muchas veces me llevé a la niña a casa, mi madre alegaba, que «por qué, me hacía cargo de niños que no eran míos, que mi amiga era una suelta, que no se hacía cargo de su hija, que para qué tienen hijos si nos los cuidan» y bla, bla, bla… Yo que, bajo juramento, le había prometido a Mariana que no diría una palabra de lo que le pasaba, tenía que aguantar callada y buscar siempre un pretexto, el que seguramente mi madre nunca creyó.

Un día no aguantó más, y decidida fue a ver a sus padres, afortunadamente fue acogida y pudo volver a la casa paterna con su hijita, ya habían pasado dos años de liceo, de golpes y de mala vida. Ahí vino el tiempo en que teníamos que escondernos del padre de su hija, salir para ir a clases y cambiar siempre los caminos de ida y vuelta con susto y el estómago apretado. Más de alguna vez nos encontró, pero hacíamos verdaderas fortalezas de guerra para defenderla y el cobarde no se atrevía a hacer nada.

Los padres de Mariana vivían en el centro de la ciudad y tenían una residencia, era una casona antigua con muchas piezas. La tía Carmen, madre de Mariana, era una mujer encantadora y muy trabajadora, me acogió con cariño desde un principio. La casa era entretenida, mucha gente entraba y salía todo el día, allí también había historia. Cada pieza era un mundo, estudiantes, matrimonios jóvenes, mujeres solas y entre todo, un matrimonio encantador, Jaime y Wilma, una pareja que se amaba contra todo evento, los dos de vidas sufridas y trabajadores. Ella limpia y ordenada como mi madre, todo brillaba en esa pieza; nos conocimos y nos quisimos mucho, con los años cultivamos una linda amistad que ha perdurado en el tiempo.

Los años pasaron entre los estudios, el trabajo, las amigas, los paseos dominicales con mis hermanitas y uno que otro amorío que a nada llevaba. El pasado iba quedando atrás, con la indolencia que eso significa, no quedaba tiempo para sufrir ni para recordar, la vida continuaba y no daba tregua. En casa me había ganado un espacio, el hecho de aportar económicamente y permanecer poco, me permitía vivir en paz. Mi hermano estaba trabajando, ya se había ido de casa y mi hermana estudiaba y vivía en lo que se puede llamar una vida normal de adolescente.

Llegó el final de los cuatro años de educación media, todas lindas con nuestros vestidos preciosos para la ocasión. Cuando entré al teatro en donde se efectuó la ceremonia, pude divisar en mi puesto, un hermoso ramo de flores, el primero que recibía en mi vida, la tarjeta decía: «Felicidades y felicitaciones por este gran paso», era del dentista y sus amigos masones y carabineros, firmada al reverso por todos ellos, siete en total. Un gesto hermoso tan simple y de tanta importancia para mí. Seguro nunca supieron que fue esa la única muestra de apoyo y cariño que recibí en un día tan especial e importante.

Uno de ellos me había prometido que cuando terminase mis estudios, me llevaría a trabajar con él a su agencia naviera y me pagaría un curso de secretariado. La universidad estaba vetada para mí. Al año siguiente después de cerrar la puerta del consultorio y de terminar mis estudios, fui a verlo y cumplió su promesa.

Mariana ingresó a la universidad, sus padres la apoyaron, había logrado cruzar la línea. Años después se graduó, se fue con su hijita a Suecia, allí se especializó, hizo cursos y cuando regresó victoriosa muchos años después, ya era más que el padre de su hija. Había logrado su objetivo, pero no pudo darse el gusto de mirar sin miedo a su verdugo a la cara, porque él había asesinado a la que era su esposa, y estaba preso en una cárcel del sur de Chile. Ese hecho me marcó la vida y me hizo pensar en que esa suerte pudo haber corrido mi amiga sin nadie que la defendiera, afortunadamente, había escapado a tiempo.

La vida para mí no cambió mucho, trabajaba en el día en la agencia naviera y por la noche asistía a mi curso de Secretariado Ejecutivo, que duró dos años. Con un sueldo un poco mejor, le propuse a mi madre cambiarnos de casa y una vez que mi hermana terminó sus estudios, dejamos la casa de los doscientos cincuenta y dos escalones para irnos a vivir a Viña del Mar. Allí adquirí más responsabilidades económicas, y pasé definitivamente a ser un soporte importante para la familia, en ese momento tenía recién 19 años. Mi madre seguía su relación con Gilberto. Todo parecía estar en orden, Gilberto la amaba y la valoraba, y ella aprendió a callar y a respetar sus espacios. Con los años llegó a amarlo muchísimo.

En la oficina trabajaban dos gerentes, algunos empleados operativos, un contador, personal de un buque del cual ellos eran los dueños y yo, la secretaria general. Tuve la oportunidad de aprender muchísimo, estudiaba y hacía las prácticas al mismo tiempo. Pero nada era gratis, también tuve que defenderme durante años de los acosos sexuales de los que fui víctima, pero en eso ya era experta, en la selva había aprendido. Afortunadamente, tampoco perdí mi trabajo y también allí, años más tarde, me tocó cerrar la puerta cuando la compañía se declaró en quiebra al hundirse el único buque que tenían.

Trabajé hasta el final en la liquidación de los seguros de la nave y aprendí todo lo que tenía que aprender, cada experiencia era enriquecedora y cada una me permitía tener nuevas ofertas laborales. Esta no fue la excepción, años más tarde esos conocimientos me sirvieron para entrar en una gran compañía naviera. Todo estaba escrito.

En esta época conocí a mi primer amor, él trabajaba también en el ámbito naviero, nos conocimos un día en el que él participó de una reunión en la oficina para ver algunos detalles de la carga del buque. No fue amor a primera vista, al menos no por mi lado, pero él pronto comenzó a llamarme para preguntarme por uno y otro documento, después supe que nada de aquello era necesario, solo se quería acercar a mí. Alfredo era quince años mayor que yo, bastante bien parecido, aunque mis amigas dijeran lo contrario.

Aparecía en la oficina en los momentos más inesperados y me pedía cualquier documento que justificara su visita, así comenzamos a conocernos. Un día me invitó a almorzar y ahí estaba yo, en el mejor restaurante de Valparaíso jugando a ser cándida y coqueteando con el hombre que robaría mi corazón. Para entonces ya vivía en Viña del Mar y el hecho de salir tarde de mis clases de secretariado me complicaba a veces el regreso. Alfredo comenzó a facilitarme la vida, me esperaba por las noches y a veces hasta iba a buscarme en las mañanas. Así comenzaba un amor grande.

Estuvimos juntos cuatro años, nadie podía separarnos, íbamos y veníamos felices por la vida, Alfredo no daba espacio ni a soledad ni a recuerdos malos y mi madre lo adoró desde el principio. Mi vida parecía haber tomado rumbo, todo estaba en perfecto lugar y por fin sentía que los astros se habían alineado, fue un período de mucha felicidad y estabilidad para mí.

Siempre me decía que quería casarse conmigo, y quería tener un hijo, en esos encuentros de amor me lo pidió tanto que, un día decididos, dejamos de cuidarnos para poder quedar embarazada. Podría recordar el día, la hora y todos los detalles del día en que mi Rodrigo fue concebido, lo supe desde un principio y fui la mujer más feliz del mundo cuando el médico confirmó mi embarazo. Estaba en mi justo derecho, tenía estabilidad económica y laboral, y además con 21 años, ya era toda una mujer.

Mi madre puso el «grito en el cielo» yo no estaba casada y no la convencía la idea para nada, quiso que me sometiera a un aborto, me rogó para que la acompañara a un médico a ver qué opinaba el doctor, yo lloraba de impotencia: «¡Cómo iba a permitir semejante barbaridad!», pero seguí sus instrucciones hasta el final solo porque no quería discutir ni alejarme de ella, solo quería que ella reaccionara, porque en definitiva yo a mi hijo lo traería al mundo sí o sí.

Nos levantamos temprano, las dos calladas, tomamos el bus en dirección a la consulta de aquel doctor que alguien le había recomendado. Nos bajamos en la parada y caminamos muchas cuadras siempre en silencio. Casi por magia entró en un negocio en donde vendían ropa de bebé, yo asombrada la seguí y casi muero de impresión cuando ella le dijo a la vendedora: «Quiero que me muestre el traje más lindo que tenga para recién nacido, porque voy a ser abuela y quiero comprarlo ahora mismo».

Así, tal cual, nunca olvidé sus palabras, entonces, la abracé y lloramos juntas y, por primera vez en mi vida, en conciencia, sentí su olor, la textura de su piel, sus lágrimas se fundieron con las mías y sentí sus manos acariciando mi cara y mi pelo, ¡cuánto hubiese dado por recibir ese abrazo años antes! Ahí entonces seguro, Rodrigo se acurrucó tranquilo a esperar los restantes ocho meses y yo fui la mujer más feliz del mundo.

Lo que había pasado es que mi madre el día antes había ido a visitar a la tía María Isabel, y la tía que ya tenía experiencia, porque mi prima poco tiempo atrás había sido madre soltera, le dio los mejores consejos del mundo. Además, la alentó a ponerse la coraza que años antes tanto había usado, para enfrentar ahora a la familia, que seguro hablaría hasta por los codos.

Amé más a mi tía por esto, linda y sabia ella, me había salvado de un drama más en la vida, sin saberlo había sacado espinas y había dejado el camino libre y limpio para mí. También propició ese abrazo con mi madre, que tanto había necesitado en años.

A ella, mi tía María Isabel, que falleció años después víctima del cáncer, dedico este capítulo de mi vida y la maravilla de haber sido madre por primera vez.

Un mes de encierro

Ha pasado ya un mes desde que nos encerramos, ha sido un tiempo muy valioso para mí. Escribir ha sido mi escape, mi regreso a la niñez, retomar la vida y volcarla en letras y papel que a lo mejor quedarán por ahí olvidadas o, tal vez, mis hijos puedan leerlas, no importa cuál sea el destino, para mí ha sido sanador.

Hoy hablé con Carol, el segundo de mis hijos, su padre escogió ese nombre. Carol Andrés es un gran hombre, trabajador, responsable y buen padre, pero lo mejor es que tiene una estrella que lo protege siempre y, además, ilumina su vida. Está casado con Pamela (que es prima de Carla) tienen dos hijos preciosos, mis nietos Martín y Victoria, me cuenta que están colapsados con esto del encierro, los niños demandan atención y ellos igual deben trabajar en línea. Los extraño muchísimo, viví con ellos cuatro años, ayudando en la crianza de los pequeños. Salí de allí con el corazón destrozado, pero como en todo, rápidamente organicé mi vida y dejé de sufrir. La vida definitivamente no da tregua, hay que aprender, secarse las lágrimas y continuar.

Mi tiempo de meditación por las mañanas ha sido maravilloso. Me cuesta concentrarme y dejar la mente en blanco, pero ya a nueve días de haberme incorporado al grupo de meditación guiada por Deepak Chopra, lo estoy logrando. Antes me habían hablado mis amigas, y Betsy había sido la más insistente en enseñarme, la escuché muchas veces con atención, pero nunca incorporé a mi vida esos conocimientos. Luego Alicia, mi amiga y compañera de vida en Santiago, cuando cuidaba a mis nietos, también lo intentó, pero he sido tan terrenal y me ha pasado tanto en la vida, que no logro creer que sea tan dueña de mi vida, que con solo quererme y pedir, el universo me lo dará. Que hay un Dios que me ama y que, tal vez, cuando pequeña también había un ángel de la guarda, que velaba por mí, me cuesta mucho pensar en ello, pero lo estoy intentando y ha sido maravilloso lo que he logrado, tranquilidad y por sobre todo aprender a creer y crear, tal vez, en la recta final del camino lo logre, nunca es tarde.

Así, ya vamos en poco más de un mes de encierro, y yo sigo escribiendo:

Y la panza empezó a crecer, no sé si la familia hablaría hasta por los codos como había dicho mi tía, nunca lo supe, seguro mi madre se encargó del trabajo sucio, porque al poco tiempo mis hermanos, mis abuelos, tíos y primos esperaban a Rodrigo Alfredo con tantas ansias como yo.

Por esa época mi hermana estuvo muy cercana a mí, amó a su sobrino desde antes de nacer. Ella se preocupó de que todo estuviese tranquilo para la madre y el bebé, y estuvimos muy unidas. Fue una linda época. Yo flotaba en la nube del amor, con Alfredo hacíamos planes para estar juntos después de que naciera el bebé. Ser madre significaba mucho para mí, claramente mi vida se dividiría en un antes y un después. Tenía claro que mi única preocupación sería cuidar y defender a mi hijo contra todo, llenarlo de amor y de besos y decirle a cada instante que lo amaba para que nunca se sintiera solo y desamparado. Por lo pronto, lo único que me mantenía ocupada era ordenar una y otra vez los cajones con su ropita y reorganizar cada vez que mi abuelita volvía a tejer otro traje maravilloso, los que por cierto causaron sensación en la clínica cuando el niño nació.

Mi trabajo en la agencia naviera terminó por esos días, literalmente cerré esa puerta. En aquella época no había leyes que protegieran a las embarazadas, así es que salí de allí con mi sueldo del mes, los extras que gané liquidando los seguros y mis dineros que había ahorrado. Alfredo se encargaba de los gastos mayores, de tal forma que todo estaba controlado.

Roberto, el contador auditor de la agencia, me ofreció trabajo en su oficina particular de Viña del Mar. Así llegué a trabajar como secretaria con él y, de paso, aprendí otra profesión en la vida. Roberto, mi amigo hasta el día de hoy, fue muy generoso conmigo y sería muy importante en este proceso.

El embarazo muy pronto comenzó a complicarse. A partir del segundo mes estuve con un trastorno hepático llamado «colestasis», lo cual me obligó a cambiar hábitos alimenticios y estar en cama mucho tiempo. El médico que años antes había ayudado a mi madre en sus partos sin dolor, esta vez perdía las esperanzas conmigo, porque la cesárea sería inminente. Alfredo me visitaba continuamente y se preocupaba de que nada nos faltase.

Llegó septiembre, mi madre y Gilberto salieron a bailar como siempre lo hacían, me quedé sola en casa porque solo quería dormir y descansar. Para esas alturas, ella ya no bailaba con su traje de «china». Con Gilberto la celebración era con más recato, sin tanto aspaviento ni concurso de baile, solo bailar, disfrutar esas cuecas y lucirse en la pista. Ella era muy conocida en el ambiente folclórico y a Gilberto eso le provocaba muchos celos. Muchas veces tuvieron problemas, porque ella llamaba la atención con su baile, le coqueteaba con sus ojos llamativos y eso a él lo superaba. Con todo, él aprendió a bailar cueca y a cambio, ella tuvo que aprender a bailar tango para acompañarlo el resto del año.

Ese 18 de septiembre habían escogido un lugar en Valparaíso, en donde van muchas familias a comer y bailar. Les llamó la atención una mesa muy grande con una gran familia. Mi madre sorprendida notó que en esa mesa estaba Alfredo y en cuanto pudo se acercó con Gilberto a saludarlo. Alfredo más sorprendido que ellos, con la cara desfigurada no tuvo más opción que pararse a saludar y, de paso, presentar a la familia. Su esposa, sus hijos, su madre, su padre, su hermana, su cuñado, sus amigos…

No sentí a mi madre abrir la puerta de mi pieza, ni tampoco la sentí sollozar a los pies de mi cama, solo desperté cuando Gilberto me hablaba muy despacio para no asustarme. Me incorporé en la cama, la luz estaba prendida y podía ver los ojos celestes llorosos de mi madre: «¿Qué pasaba?». Ella me abrazó y comenzó a hablar lentamente, me parecía una pesadilla: «¿Cómo podía estar ocurriendo semejante barbaridad? ¿Cómo podía Alfredo haber mentido tanto?». No podía creer, mi madre se acurrucó junto a mí, me abrazó y en algún momento nos quedamos dormidas con el sollozo ahogado, no podía estar sucediendo aquello.

Abrí los ojos, mi madre ya se había levantado. Tal vez, había sido solo una pesadilla y nada pasaba, me levanté y ahí estaba ella con mi hermana, en el comedor, mirándome con cara de pena. Hablamos mucho de aquello, lloré a mares, me di cuenta de que muchas veces me había dicho que teníamos que hablar y cuando estábamos frente a frente, cambiaba el tema o inventaba algo.

Tiempo después cuando tuvo que explicar, solo dijo que había sido una bola de nieve que terminó en avalancha y que cada día era más difícil que el anterior para decir la verdad, eso sin contar que estaba perdidamente enamorado de mí.

Mi abuela se encargó de hacer justicia, averiguó su dirección, y con mi abuelo y mi madre fueron a su casa. Antes habían sacado de entre mis cosas, un cuaderno en el que yo pegaba las boletas de todos los lugares a los que íbamos y escribía en cada una lo que había sucedido ese día y lo mucho que lo amaba. La historia de nuestro amor, quedaba así completamente al descubierto ante los ojos de su familia.

Él no se defendió, solo dijo que me amaba, que se había enamorado y que no supo decir la verdad. Su mujer lloraba y le rogaba que no la dejara. Entonces, mi abuela y mi madre le dejaron claro que no se acercara más a mí y se olvidara del bebé para siempre, que no queríamos ni su dinero ni su apellido, ni nada.

Todo esto sucedía a mis espaldas, no fui consultada antes de aquel macabro plan, hubiese preferido solo alejarlo para siempre y no dañar a otras personas, finalmente, el resultado sería el mismo, estaba escrito.

Mi madre siempre a mi lado, defendiendo a su hija y a su nieto, con la coraza que de aquí en adelante no volvería a sacarse. Estaba viviendo así, el primer luto de mi vida, la ilusión de casarnos se había desvanecido. No quise verlo nunca más y estaba dispuesta a salir adelante sin su ayuda. Mejor sin padre, que con uno incapaz de enfrentar la vida.

Alfredo durante mucho tiempo insistió en vernos, pero las instrucciones eran claras y mi madre se encargó de hacerlo llegar hasta la puerta. Yo seguía en cama, este incidente afectó y agravó aún más la colestasis, solo me interesaba cuidarme para que mi niño naciera sin problema. Roberto me llevaba trabajo a la casa, así, acortaba las horas y las penas, haciendo los libros de contabilidad y ayudándolo en todo lo que podía, además de seguir recibiendo un sueldo por eso.

Cada cierto tiempo, Alfredo enviaba mensajeros a casa con cartas que nunca leí y de vez en cuando llegaba una camioneta cargada con cosas que pudiésemos necesitar. Finalmente, y tal vez por el cariño que mi madre alguna vez le tuvo, ella le permitió descargar conciencia, aceptando además que se hiciera cargo de los gastos de la clínica. Para mí las cartas ya estaban echadas, él no sería el padre del bebé, ni tampoco había vuelta atrás. Así pasaron los seis meses restantes, mi pena era enorme, pero sentir a mi hijo moviéndose en mi vientre y preparar su llegada, me daba ánimo para enfrentar lo que viniera.

La fecha de mi cesárea había sido fijada para el mes de abril. A principios de ese mes, llegó Roberto a verme con los primeros huevitos de pascua que recibía en mi vida, con la noticia de que cuando naciera mi bebé podría seguir trabajando con él y me ayudaría a hacer los trámites para que pudiese comprar una casa, era otro ángel en mi vida.

Y llegó el gran día, nerviosa con mi bolso a cuestas, con mi madre y Gilberto, ingresé a la clínica la noche anterior al nacimiento de Rodrigo, la vida estaba a punto de cambiar para siempre.

A las seis de la mañana entró una enfermera a buscar la ropa del bebé y otra enfermera a hacer algunos procedimientos. Luego una camilla que me llevaría directo al pabellón. En el camino divisé las caritas de mi madre, de mis hermanos, mis abuelos, la tía María Isabel y Teresa, que también había llegado a verme, tomaban mi mano a la pasada, y así sin más, estaba en manos del doctor viviendo una nueva experiencia.

Dar a luz es lo más maravilloso que puede haber, la «madre de cesárea» debe ser una mujer valiente y yo lo era, no sabía lo que me esperaba, pero ese dolor que me acompañó en el pabellón y luego durante los días y meses posteriores, se soportaba, pues me hacía recordar que había valido la pena donar mi cuerpo para dar vida a mi hijo. Así viviría en el futuro el nacimiento de mis hijos, con la misma convicción y amor.

Durante el procedimiento, el doctor me hablaba mucho y me iba explicando lo que iba pasando. De repente ahí estaba, la más bella de mis creaciones, mi hijo hermoso, el más bello del mundo, llorando primero y mirándome fijamente después, por fin pudimos conocernos y tocarnos, era tan bello.

Rodrigo Alfredo llegaba así al mundo, un 25 de abril de 1981, cuando yo tenía veintidós años.

Mi madre me contó tiempo después, que Alfredo había pagado todos los gastos de la clínica y le había rogado poder conocer a Rodrigo. Mi madre, entonces, en un descuido familiar se lo había permitido y el hombre, había llorado al ver a su hijo. No volví a verlo, sino hasta mucho tiempo después, mi hijo quedó inscrito con mis apellidos, como hijo natural. Así quedaba para siempre, su padre desvinculado de nuestras vidas.

A esas alturas, también le había advertido a mi madre que ya no recibiera más ayuda de él, era la única forma de cerrar el capítulo.

Rodrigo llegó para unirnos, para alegrar ese hogar de tanta tristeza acumulada. Mi vida cambió por completo, lo malo había quedado lejos guardado por ahí, tanto que ahora que escribo a mis 61 años, me ha costado recopilar y tratar de ser clara.

Fue el primer hijo, sobrino, nieto y bisnieto. Antes de él por el lado materno había nacido Lisette, hija de mi prima Ximena y por el lado paterno había nacido Laurita, hija de mi prima Laura. Todo giraba en torno a él. Mi hermana enloqueció de amor y por primera vez nos acercamos mucho. Mi madre volcó en este niño todo su amor, afloró la ternura y la paciencia que nunca tuvo con nosotros y fue capaz de acariciar, besar y abrazar, como tampoco nunca lo hizo con sus hijos. Definitivamente, Rodrigo llegó para sacar lo mejor de todos y pudimos —al menos por bastante tiempo— ser una familia unida y feliz.

Volví a trabajar cuando mi hijo tenía poco más de tres meses. Mi madre asustada tomó el papel de abuela cuidadora, con toda la responsabilidad que significaba hacerse cargo de un bebé. Gilberto la apoyaba en todo, y, además, yo había contratado a una persona para que le ayudara en las tareas de la casa.

Tiempo después me contaba que la noche anterior no había dormido pensando en cómo haría semejante labor, pero el mismo día cuando yo ya había cerrado la puerta, sus miedos se habían disipado. Y se tomó tan a pecho el papel, que parecía la mamá de la criatura. A veces se enojaba conmigo cuando yo no hacía las cosas como ella, y casi no quería salir con Gilberto porque nadie cuidaba al niño como ella. Cuando meses después, se le cayó el niño del andador y quedó con su carita arañada, lloró y sufrió más ella que su nieto, lamentándose de no haberlo cuidado como debía.

La unión y el amor especial que se formó entre ellos fue fuerte, sólida, duradera y recíproca. Estuvieron juntos, hasta el último día de vida de mi madre. Cuando ella murió, lo hizo tomada de la mano de su nieto mayor, el que por esas cosas de la vida —que están escritas— estuvo con ella en el lugar y momento preciso. Su amor por Rodrigo separó en algún momento a la familia, porque nunca escondió ni disimuló su clara predilección.

El trabajo en la oficina me permitía ir todos los días a almorzar a casa y poder estar con Rodrigo unos momentos. Aunque el trabajo era exigente, había aprendido bastante en esos meses de dulce espera, todo funcionaba perfecto y en las tardes terminaba temprano.

Roberto me estaba ayudando a hacer los trámites en el banco para poder comprar mi casa propia, ya la había visto, era una casa a orilla de la quebrada, cerca de donde estábamos actualmente, no era la casa soñada, pero sería mi hogar definitivo.

Mi madre y mi abuela me habían advertido que, de conocer a alguien, no le dijera por nada del mundo que tenía un hijo, porque eso no le daría seriedad a la relación, los hombres pensaban que la mujer soltera con hijo era una cualquiera. Lo que ellas no sabían, era que yo era experta en defensa y que, con hijos o no, los hombres no sabían respetar, pero daba lo mismo, porque con lo vivido nada más lejano que pensar en otra relación, recién había logrado salir de mi duelo. Pero la historia estaba escrita por el otro lado del papel…

La oficina estaba sin luz, pasé la tarde sin poder usar la máquina de escribir eléctrica y la vela casi no me dejaba ver los números que tenía que traspasar a los libros. Roberto aún no llegaba. Sentí los golpes en la puerta y fui a abrir. Allí estaba Patricio, si existe el amor a primera vista, eso fue, alto, buen mozo, la tenue luz dejaba entrever sus ojos verdes, y su voz, todo él era especial. Andaba en busca de su amigo Roberto, le expliqué que estaba sin luz, y su amigo no había llegado y tal vez ni siquiera llegaría, pero insistió en esperarlo.

Entró y al minuto ya sabía que la falla eléctrica era solo de esa oficina, muy pronto arregló los desgastados y antiguos «tapones» y se hizo la luz.

Pasamos el resto de la tarde conversando, cada vez más interesado en mi vida y yo en la suya. Estaba separado ya varios años de su mujer, con la cual había tenido dos hijos y había estado de novio con otra persona. Venía saliendo de un accidente automovilístico que lo había tenido postrado meses. Me contó de su familia, de sus padres, de su amor por su oficio de bombero, de su vida casi completa y yo hice lo propio, por supuesto sin omitir que tenía un bebé de tres meses, información que le sorprendió muchísimo.

Hablamos hasta que llegó la hora de cerrar la oficina. Roberto no llegó, así es que caminamos juntos a tomar el bus. Grande fue nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de que vivíamos a cuadras de distancia, lo cual nos convertía inmediatamente en compañeros de viaje. Al día siguiente, me sorprendí pendiente de la puerta y por supuesto que llegó, y también llegó Roberto, así es que tuvieron su reunión y nuevamente nos fuimos juntos de regreso a casa.

De ahí en adelante no nos separamos, todos los días me iba a buscar al trabajo y conversábamos camino a casa. Eran tiempos entretenidos, comenzaba a sentirme muy atraída por este hombre con sentido del humor, también quince años mayor que yo, lleno de vivencias, sano, divertido, tan correcto, hermoso, cada día me sorprendía más.

Un buen día, me preguntó si era posible conocer a mi hijo, le dije que lo invitaría a almorzar. Mi madre no muy convencida aceptó conocerlo, yo ya le había hablado mucho de él, todos los días le contaba lo que habíamos conversado y lo lindo que me parecía. Cuando le conté que estaba divorciado, no le gustó mucho la idea, tampoco creyó, pero la historia nuevamente estaba escrita.

Patricio entraba a mi casa un día de agosto, mi bebé dormía su siesta y mi madre tenía puesta la mesa para un almuerzo rico, sencillo y sin protocolo, preparado por ella.

Conversamos mucho, nos llamó la atención la personalidad extrovertida de Patricio, sus bromas siempre a flor de piel, como si hubiese conocido a mi madre de toda la vida, y la facilidad para dejarnos sentadas a la mesa y pararse él a buscar algo del refrigerador o buscar en los muebles la sal. Mi madre quedó gratamente sorprendida, pero con miedo de no saber quién era realmente este personaje.

Rodrigo no despertaba y ya teníamos que volver al trabajo, entonces, Patricio me pidió entrar a verlo a la pieza. Mi madre se opuso, alegando que íbamos a despertar al niño y que su siesta aún no debía terminar, pero ante los ruegos tuvo que acceder, rogando a Patricio que lo mirara de lejos.

Esa imagen de Patricio entrando a la pieza, sentándose en mi cama y pasando sus manos a través de los barrotes de la cuna para acariciar la carita de Rodrigo y ver a mi hijo abrir sus ojitos y sonreírle, es la imagen que me ha acompañado la vida entera; me hizo comenzar a enamorarme de este hombre, me hizo creer en lo bella que puede ser la vida y me hizo comenzar a olvidar y a creer, definitivamente nuestra historia de amor estaba comenzando.

Después de esto, me invitó a su casa un día domingo, estarían sus hijos pequeños de visita, y un empleado que vivía con él y que había sido su mayordomo en la casa paterna. Ahí supe que Patricio pertenecía a una familia acomodada de Viña del Mar. Al fallecer sus padres, la familia se había disuelto, su hermano mayor vivía en los Estados Unidos, nunca lo conocí. Tenía otro hermano con el que no se visitaba, y una hermana encantadora que pude conocer tiempo después, él era el menor de la familia.

La casa era como la mía, los tiempos de abundancia ya no existían, pero ellos mantenían la alcurnia. Patricio no tenía un trabajo estable y su situación económica no era buena, pero entrar en esa casa era entrar a otro mundo. También noté la prolijidad con que estaba puesta la mesa para almorzar, muy lejos de la simpleza con que yo me había presentado, agradecí en silencio haber sido yo la primera en llevarlo a casa. Todo perfectamente en su lugar, la vajilla, el servicio, y el mayordomo haciendo lo suyo.

Los niños eran encantadores, Patricio Jr., y Karen deben haber tenido ocho y seis años respectivamente. Con sus padres divorciados tanto tiempo, yo no era una enemiga para ellos y la naturalidad con la que me recibieron a mí y a mi hijo fue maravillosa, se peleaban para estar con el bebé y finalmente el mejor lugar, fue acostar al niño en la cama grande y dejarlos a ellos uno a cada lado para que no se pelearan. Con ellos viví tiempos lindos, eran niños cariñosos, Patricio los amaba.

Pasamos un día maravilloso, Patricio asiduo a la música tenía muchos casetes grabados por él. Cantamos, bailamos, nos reímos mucho, era como si a ellos los conociera la vida entera, me di cuenta de que no bailaba ni me reía ni me divertía tanto en años. Nuestro tiempo juntos comenzó a ser asiduo, todos los días después del trabajo o a la hora del almuerzo y los fines de semana siempre juntos con sus hijos y el mío.

Para esas alturas mi madre en un descuido, ya le había pedido su libreta de matrimonio y Patricio se la había mostrado con la correspondiente acta de divorcio al reverso. Todo en orden, salvo por mi madre que se enojaba porque me llevaba a Rodrigo los domingos y le ponía pañales desechables, los cuales le producían alergia al pequeño, trabajo perdido porque mi tiempo, no daba para lavar pañales, estaba demasiado preocupada viviendo esta nueva etapa que comenzaba, disfrutando a los niños y lo hermoso de la vida.

En ese tiempo, bautizamos a Rodrigo, años antes habíamos hecho un pacto con Mariana, la primera en tener un hijo se lo daba a la otra para ser la madrina. Eduardo un muy amigo de Alfredo y eterno enamorado de Mariana, me había pedido ser el padrino. En realidad, a pesar de todo lo que ocurrió, él nunca se alejó de nosotros, estuvo siempre presente ayudándonos en lo que pudimos necesitar y sobre todo apoyándome en los meses negros que vinieron después de mi separación con Alfredo y, también en mis meses de cama cuidando mi embarazo.

El escenario había cambiado bastante, pero no pude negarme. Eduardo había demostrado su cariño por el niño, no tuve corazón para cambiar los planes. Contra todo evento y caras largas de mis hermanos, se efectuó así el bautismo. Podría haber esperado, pero para esas alturas, Mariana preparaba su viaje a Suecia y era necesario apurar la ceremonia.

Obviamente Alfredo se enteró por su amigo, habló con mi madre y ella intercedió para que pudiera ir a la iglesia. Si hubiese tenido el carácter que tengo hoy, otra hubiese sido mi historia, pero no pude y accedí a su petición, tal vez porque quería verlo, tal vez porque quería que me viese feliz o simplemente porque no tuve carácter, no lo sé.

Pero ahí aparece en la foto del bautismo, Rodrigo en mis brazos con un traje precioso que le regaló su madrina, Alfredo a un lado, Mariana y Eduardo.

Esa era la primera vez que Alfredo veía a su hijo después del nacimiento, y pasarían doce años para que lo viera nuevamente.

Llegó septiembre, justo un año después del macabro encuentro de mi madre con Alfredo, no era tanto tiempo, pero ¡habían pasado tantas cosas! Pareciera ser que la vida corría tan aprisa, no daba tregua. Patricio me invitó a su casa nuevamente, pero esta vez estaba decidido a besarme y a pedirme que tuviésemos una relación formal. Así se dieron las cosas. En un momento que el bebé dormía y los niños veían la televisión en el dormitorio, sentados en el living, me abrazó y me dio el beso más dulce que me dieron en la vida, sin pasión y con toda la ternura y el miedo del mundo a mi respuesta, me dijo que quería tener conmigo una relación seria.

Lo abracé y correspondí su beso, se daba comienzo a un hermoso enlace.

Videollamadas

En Chile ya hay más de tres mil infectados con el virus, converso con mis hijos por teléfono, hacemos videollamadas para ver a mis nietos. Martín y Victoria me hablan del «coronavirus», bailan y hacen sus gracias para la «Mimi». Ese es el apodo que recibo de mis nietos.

Florencia, la segunda de mis nietos no podía decir Nury y lo cambió por Numi, luego con la llegada de Martín, él lo cambió a Mimi y así quedé. Ahora que van al jardín aprendieron el concepto de «abuelos», entonces, pasé a ser «abuela Mimi», son lindos mis pequeños.

Con Carla también hablamos, veo a Alonsito que tiene la misma edad de Victoria, nacieron casi juntos, Alonso es el menor de los hijos de Rodrigo, antes de él está Axl y Florencia. En total tengo cinco bellos nietos.

Alonsito conversa mucho, es un dulce ese niño. Su madre que es educadora se ha encargado este tiempo de encierro, de mantenerlo muy ocupado con juegos y trabajos que son dignos de alabar. Rodrigo en su cuarentena le hace dibujos que se los muestra por videollamada. Alonso tiene tres años y es muy inteligente, puede memorizar todos los nombres de los dinosaurios y los peces, además de haber aprendido colores y letras, es tranquilo como su padre y a veces, disperso como su madre.

A los cinco nietos les he escrito una carta, contándoles de este encierro y de todo lo que ha pasado, de lo que siento y de lo mucho que los extraño, así cuando sean grandes (a excepción de Axl que ya lo es) me leerán y sabrán que su abuela Mimi los recordaba en estos días de soledad y desesperanza.

Con Ricardo mi tercer hijo, nos vemos un poco más porque vive cerca, él tiene su pareja y se emancipó hace poco. Es el encargado oficial de las compras, pasa a verme y me trae lo que necesito, lo miro desde el balcón del departamento que alquilo, al principio me daba pena mi hijo, después fui entendiendo. No pude hacerlo entrar en razón, no pude mostrarle el camino, siento que le fallé y ya no hay más que hacer, aprendí a soltarlo con dolor de mi corazón después que dejó sus estudios de medicina para vivir con Maddy y dedicarse a trabajar. Él me ha hecho recordar las sabias palabras de mi madre: «No sueñes con los hijos porque los porrazos son grandes», he tenido que hacer mi mea culpa y entender además que los hijos son prestados y tienen su vida propia, dos tareas difíciles para una madre que prácticamente ha luchado sola:

Ese día de Año Nuevo, Patricio me había pedido pasar las doce de la noche con él, ir a algún lugar a ver los fuegos artificiales y volver después a casa.

Los tres meses anteriores nunca nos separamos, me iba a buscar todos los días a la oficina, me acompañaba a casa, pasábamos juntos los fines de semana y compartíamos con los niños. A pesar de tener una rutina, cada día era diferente. Él era tan entretenido que hacía que la vida fuese siempre bella. Con Rodrigo era todo un papá, mi madre y mi familia lo querían mucho. Presenté a Patricio a mis amigos, Seve y Luis, quienes también para esas alturas habían salido de la casa de los escalones eternos y se habían comprado un departamento en Viña del Mar. Con ellos hizo una linda amistad. También pudo conocer a Wilma y Jaime, y tan amigos fuimos que poco tiempo después, ambos fuimos los padrinos de Paolita, la segunda hija de ellos. En general, pude presentarlo a toda mi familia y amigos, todos lo amaron. Por otra parte, creo que sus amigos también me quisieron a mí.

En esa época logré adquirir mi casa propia, Roberto me ayudó mucho con las gestiones en el banco. Patricio me ayudó en esa mudanza y, entonces, me convertí en flamante y orgullosa propietaria. Allí pasaríamos muchas alegrías y penas, veríamos la vida cambiar una y otra vez. La casa de la quebrada, sería testigo de todo lo que vendría.

Mi madre me animó a pasar las doce de la noche con Patricio, seguramente lo habían planeado ambos. Era mi primer Año Nuevo de mamá, pero me convencieron de que Rodrigo estaría durmiendo y no podía perderme ese momento romántico con mi amado.

Patricio me pasó a buscar en un auto que le había prestado un amigo, yo me había arreglado para la ocasión y él había hecho lo propio. Fuimos a un lugar en Viña del Mar, un mirador precioso desde donde se podía apreciar en toda su magnitud la bahía de Valparaíso, había mucha gente, pero no nos importaba, era como si estuviésemos solos. La noche era fantástica y pronto empezó a anunciarse el término del año 1981. Cuántas cosas habían sucedido en mi vida y allí estaba yo, en el lugar preciso, con miles de vivencias, con un hombre maravilloso, con ganas de vivir, de amar y ser amada, esperando un nuevo año, para recomenzar.

Vinieron los fuegos artificiales. Todo era locura y alegría, vimos el espectáculo, muy abrazados, y al poco rato me tomó de la mano y caminamos hacia una iglesia, que estaba muy cerca. Allí a los pies de esa iglesia sacó de su bolsillo una cajita con dos anillos y me pidió matrimonio. Lo abracé y lloré, nos pusimos los anillos y sellamos ese romántico momento con un beso.

Volví a casa feliz, mostrando mi dedo con mi anillo, mi madre, hermanos y abuelos estaban en casa, todo fue alegría y felicitaciones para los novios, me sentía como una princesa.

La fecha de nuestro matrimonio se fijó para marzo, pero Patricio estaba sin trabajo y todo se complicó. Por esos días, también le pidieron la casa que alquilaba, su mayordomo de años tuvo que irse y comenzamos a buscar un lugar en donde vivir. Mi casa quedaría para mi madre, para que ella viviera tranquila con mi hermana. Para esas alturas, Gilberto había ayudado a mi mamá para que pusiera su propio negocio de venta de camisas de hombre. Alquilaron un puesto en el Mercado Persa de Valparaíso, y así entonces estaría ocupada cuando yo me llevase a Rodrigo de la casa, y podrían pagar un alquiler que me permitiría cumplir con los dividendos del banco.

Así se hizo, poco tiempo después encontramos un departamento ahí muy cerca de mi casa. Él llevó sus cosas, yo las mías, compramos otras y armamos nuestro nido; y el 30 de julio de 1982 nos casamos.

Conocernos, aprender a querernos, darnos el primer beso, ponernos los anillos y casarnos sucedió en un año, estaba escrito que así debía ser, porque nuestro tiempo juntos sería muy corto.

Para Patricio resultaba extraño que yo no viera a mi padre, mis hermanitas ya habían compartido con nosotros muchos fines de semana, Patricio las adoraba tanto como yo. A Teresa también la conocía, en esas idas a buscar o a dejar a las niñas. Nunca pude contarle lo que había pasado, por vergüenza, tal vez, o porque para mí era historia, no lo sé. Lo cierto del caso es que empezó a hacer muchas preguntas, las niñas lo invitaban constantemente.

Llegó el día en que no pude negarme, y así me vi obligada a cerrar un círculo, volver a la casa paterna, respirar profundo y hacer como si nada hubiese pasado.

Tal vez, yo ya había perdonado a mi padre. En esos años había tenido la oportunidad de conversar mucho con mi tía Elcita, casada con el hermano de mi padre. Ella, una tía hermosa, única y maravillosa, me había contado algunas historias tristes. Mi abuelita paterna había sido madre soltera de sus dos hijos, ambos del mismo padre, un hombre que nunca la valoró, de hecho, ni uno de sus hijos llevaba el apellido del padre.

Desde muy jovencita, sola y con dos niños, había tenido que salir a trabajar dejando a sus hijos con vecinos que los maltrataban. Al parecer mi padre y su hermano habrían sufrido tortura física, mental y sexual, una historia terrible que me había hecho de alguna forma «entender» el comportamiento abusivo de mi padre hacia mí.

Finalmente, la vida a todos nos marca. Claramente esa niñez espantosa e infeliz de mi padre y su hermano, los marcó para la vida. De adultos amaron a su madre, la cuidaron hasta el final y se preocuparon por ella. Mi abuelita Doralisa era una viejita que al parecer se aprovechaba de eso, motivo por el cual sus nueras no la quisieron mucho. El recuerdo que tengo de ella, es que era una viejita gorda redonda y chiquita. Ella me llevó durante mucho tiempo a los médicos que trataban mi tartamudez, en el camino comprábamos un dulce para los ejercicios de la lengua, porque los médicos insistían en afirmar que mi tartamudez se debía a que mi paladar era estrecho. De regreso a casa, pasábamos por un quiosco atestado de libros, viejos y usados, lugar en donde ella intercambiaba libros, que luego en las noches leía. Con ella me inicié en la lectura y escritura, fue una linda abuela, pero la disfruté muy poco. Mi madre decía que yo al nacer era «gorda y fea» porque según ella, me parecía mucho a mi abuela Doralisa.

Los preparativos para la boda fueron lindos. Nuestra situación económica era relativamente buena. Patricio ya había encontrado trabajo en un frigorífico de carnes, y yo trabajaba todavía con Roberto, aun así, no daba como para pensar en banqueteros o un local, o un lindo vestido. La boda se realizaría en mi casa, iríamos al Registro Civil y de allí un almuerzo, con los más cercanos. Contra todo lo que hubiésemos deseado, sería una boda sencilla.

Claudio era uno de los mejores amigos de Patricio, en ese tiempo tenía una relación estable con Vicky, ellos vivían juntos, y hacían una linda pareja. Claudio sería el testigo de matrimonio de Patricio y mi madre el mío.

El traje azul de dos piezas, que me había regalado mi madre para usar el día de mi boda, no me convencía para nada, pero no tuve alternativa, pensar en un vestido más fino y elaborado no estaba a mi alcance.

Pocos días antes del matrimonio, llegó Vicky a la casa con una enorme caja de regalo, grande fue mi sorpresa cuando al abrirlo me encontré con un vestido precioso, tal y como lo hubiese querido, color marfil, hasta la rodilla, todo a mi gusto, además de una fina corona de flores y un ramo precioso. Entonces, para no herir a nadie, usé el traje azul en el civil y al llegar a casa me cambié y me vestí de novia o al menos lo más cercano a eso.

Cuando finalizó la ceremonia en el Registro Civil, vinieron los abrazos y saludos. Patricio se escabulló y volvió al poco rato con nuestra libreta de matrimonio. Había inscrito a Rodrigo con su apellido, nuestro primer hijo en la libreta. Ya éramos una gran familia. No pude más que abrazarlo y llorar de emoción.

Después de la cena, los bailes y las fotografías tomadas por mi primo, nos fuimos en un auto prestado a Maitencillo, allí en un hotel pasamos tres días maravillosos, sin nada más que nuestro amor, nuestra pasión y nuestra felicidad, comenzaba nuestra vida juntos.

Retomar la vida en nuestro hogar fue fácil, Patricio me apoyó para no seguir trabajando. A esas alturas Roberto había entrado a trabajar a un banco y ya poco necesitaba de mi colaboración, así es que comencé una vida de ama de casa, tranquila. Por primera vez tenía mi hogar, así tal y como lo había soñado, podía disfrutar a mi pequeño y vivir un amor de verdad. Patricio hacía nuestra vida hermosa, nunca jamás llegó del trabajo cansado o enojado, todo era tan tranquilo y hermoso con él a mi lado.

En ese tiempo me llevó a conocer a su hermana. María Cristina resultó ser una cuñada encantadora, cinco sobrinos aumentaron mi familia, la mayor casi de mi edad. Jorge, su esposo me aceptó también con gran cariño, toda una prueba que había pasado con temor, después que me habían advertido que él no aceptaba a las personas así de buenas a primeras. Pasamos días lindos con ellos, María Cristina preparaba unos almuerzos deliciosos de día domingo, al calor de un hogar con mucho movimiento de niños y adolescentes que hacían lo suyo. Patricio me había hecho jurar que, para todos los efectos del caso, Rodrigo era su hijo, nada de preguntas ni historias pasadas, así entonces mi pequeño fue acogido como uno más de la familia y querido hasta el día de hoy.

Años más tarde le contaría a María Cristina, la historia verdadera de nuestras vidas. Para entonces, solo era poner las cosas en su justo lugar. Rodrigo fue un sobrino más para ella y lo amó igual que a mis otros hijos. Con ella y su familia cultivamos un cariño grande, por años nos visitamos, en su casa y en la nuestra, y con esos cinco sobrinos he tenido en la vida una relación hermosa y son muy importantes para mí.

Cuando falleció María Cristina, muchos años después, dejó un legado hermoso de amor entre todos los que quedamos, fue muy triste verla partir cuando aún le quedaba tanto por vivir, consumida por una enfermedad que no merecía. Sus hijos han honrado su memoria, son unidos y muy cariñosos, igual como fue su madre. Años después despidieron a su padre con el mismo cariño. Se les extraña en la vida, en lo personal los quise mucho a ambos.

Estaba en casa de mi madre, la visitaba casi todos los días para que no extrañara tanto a su nieto, para entonces yo tenía seis meses de embarazo. Patricio llegó a buscarme en el auto que había comprado, una Citroneta color azul a la que Rodrigo bautizó como la «pep» haciendo alusión a un comercial de pasta dental que se exhibía en la televisión. Venía demacrado y asustado, con mucha pena porque le habían avisado, que la puerta de nuestro departamento había sido descerrajada, y nos habían embargado todos los muebles.

Todo esto sucedía porque años atrás, cuando sufrió su accidente, mucho antes de conocernos, había estado meses hospitalizado y otro tanto en casa recuperándose de la operación en la pelvis, entonces, sin trabajo y sin dinero, no había podido cubrir cheques ni cumplir compromisos. El abogado le había cobrado mucho dinero para evitar embargos y pagar las deudas. Tuvimos que destinar bastante dinero para eso, pero nada fue suficiente, ahora llegaba la cuenta, un juicio en su contra que nos dejó en la calle. Pero nuestro amor era sólido, nuestra familia se había formado para enfrentar todos los temporales que vinieran.

Me dio pena entrar y ver todo desordenado, se habían llevado, entre otras cosas, el refrigerador, el agua corría por el departamento y la comida estaba en el suelo. Los sillones hermosos que habían pertenecido a su familia y parte de nuestros tesoros ya no estaban. No había nada que hacer, nos abrazamos en silencio y ordenamos nuestro nido, mis seis meses de embarazo no daban para llorar, yo era valiente. Al menos el comedor, las camas y la cocina no se los habían llevado, solo teníamos que empezar de nuevo.

Pocos meses después de casarnos, comenzamos a pensar en tener un hijo, planificamos cada detalle y el día de la concepción de Carol Andrés fue estudiado a la perfección.

Patricio me esperó con una cena maravillosa y nuestra cama estaba llena de pétalos de rosas. Así entonces supe exactamente el día, la hora y el momento en que mi segundo hijo sería concebido. Cuando el médico nos confirmó el embarazo, Patricio saltaba de emoción y besaba al doctor, todo era perfecto. Mi embarazo fue el más amado del mundo, todos mis antojos eran de los dos, comíamos tanto que comenzamos a engordar juntos, el médico me retaba, porque con mi antecedente de colestasis se agregaba ahora la retención de líquido y podría terminar en preeclampsia. Pero nada, había que disfrutar cada día y cada mes que pasaba.

En esa armonía, tranquilidad y colmado de amor llegó mi segundo hijo al mundo, un 14 de octubre de 1983.

Esta vez, la cesárea también debía ser programada, había subido mucho de peso y mi médico perdió las esperanzas con nosotros. Así, irresponsablemente hinchada de pies a cabeza, ingresé a la clínica con mi amado de la mano. En la camilla camino al pabellón, mi madre, Gilberto y María Cristina mi cuñada, tomando mi mano, y yo preparada para dar vida nuevamente.

Patricio a mi lado, no se separó ni un momento, juntos recibimos a nuestro bebé, cuya particularidad fue que no lloró, con sus ojitos bien abiertos y su ceño bien fruncido, fue puesto a mi lado, mi bello Carol Andrés, cualquier duda de no poder amarlo tanto como a Rodrigo quedó disipada en ese mismo instante. Mi corazón se dividió en dos, lo abracé y lo besé con todo el amor del mundo.

El milagro de ser madre volvía a repetirse a mis veinticinco años.

Después de hacerle todos los exámenes de rigor, en donde mi bebé soltó el llanto y su padre no se separaba de él, fue llevado a la sala de neonatología para más exámenes, y yo trasladada a otra sala en donde se me explicó que mi presión alta había derivado en una preeclampsia, afortunadamente, leve. Mi médico enojadísimo me castigó sin ver al bebé hasta el día siguiente, fueron horas de angustia en donde por mi mente pasaron miles de malos pensamientos. Después supe que por lo que había sucedido, no podía amamantar al niño hasta el día siguiente y el bebé también debía permanecer en incubadora. Fue una lección para mis futuros embarazos, y para años más tarde dar cátedra a mis nueras.

Así entonces, pasamos a ser cuatro, Patricio jamás hizo diferencias entre los niños, es más, cuando llegamos con el bebé de la clínica, Patricio esperaba a que Rodrigo terminara su día, se durmiera, y recién ahí llenaba de besos a Carol, lo cambiaba y lo revisaba, y solo faltaba que le saliera leche de sus pechos, igual como años más tarde sería Carol con sus hijos. Por las noches, se levantaba apenas el bebé lloraba y calmaba su llanto, fue siempre un padre muy presente.

Cuando Carol tenía tres meses, tuvimos que llevar a Rodrigo de urgencia al hospital de niños porque la fiebre le había causado convulsiones. Cuando ingresó al hospital los médicos dijeron que todo indicaba que el niño tenía leucemia, las manchas en la piel, la fiebre y las convulsiones hacían presagiar ese terrible diagnóstico.

Nunca vi a Patricio más descontrolado, golpeaba las paredes y le pedía a gritos al doctor: «Salve a mi hijo por favor», mi madre que nos había acompañado y que antes había tragado la saliva de su nieto tratando de darle respiración de boca a boca, lloraba abatida en un sillón, mientras yo con Carol en brazos, no podía creer que eso estuviese ocurriendo.

Afortunadamente los exámenes dieron negativo, era una peste que con fiebre alta había agravado el cuadro, Rodrigo igual debía quedarse en el hospital, en observación por tres días. Patricio no lo dejó solo ni un día y permaneció los tres días sentado en el sillón del hospital. En vano fueron los ruegos de mi madre, que le pedía que fuera a acompañarme, porque ella podía quedarse con su nieto.

El resto del tiempo llevamos una vida feliz, los niños crecían en un hogar tranquilo colmado de amor, los hijos de Patricio nos visitaban muy seguido y vivíamos rodeados de amigos. El trabajo de Patricio en el frigorífico nos permitía tener lo que necesitábamos.

En aquel entonces, no había tanto consumismo como ahora, se vivía con lo que había, al menos en mi realidad. Recién la televisión estaba apareciendo para mostrarnos las maravillas que se podían comprar con las recién aparecidas tarjetas de crédito. Existía una especie de ignorancia colectiva, los medios de información estaban absolutamente controlados y nuestras mentes y nuestras voces ya habían sido acalladas mucho tiempo atrás. Como país, estábamos entrando en un sistema capitalista. Afortunadamente, no nos vimos envueltos en eso, aunque a Patricio le costaba más que a mí, prescindir de ciertas cosas y algunas exquisiteces, y muchas veces gastó dineros que no debía, en comprar algo que no era de primera necesidad.

Por esa época bautizamos a Carol Andrés. Sus Padrinos, un matrimonio amigo de Patricio que a la vuelta de los años terminó separándose, eran parte de su grupo de amigos, todos de su edad, hacíamos unos paseos maravillosos a la playa con muchos niños, pasábamos unos días domingos muy entretenidos. Entre esos niños, Patito, de quien nosotros fuimos Padrinos.

Todos esos amigos organizaron el bautismo de Carol Andrés. Su madrina le regaló un traje lindo y todos cooperaron con la celebración. Fue muy hermoso. Armando ha sido el mejor padrino que mi hijo pudo tener, siempre presente y queriéndose tanto el uno al otro hasta el día de hoy. En tanto el padrino de Rodrigo falleció ese año víctima de un cáncer fulminante.

Tal vez, lo único que me costó entender y aceptar de Patricio, fue su oficio de bombero, la bomba estaba siempre por sobre nosotros, cuando el deber lo llamaba no existía nada más que el incendio o la emergencia. Con el tiempo lo fui aceptando y entendiendo, llegando a sentirme muy orgullosa por la noble labor que cumplía. La radio conectada día y noche a la bomba, nos mantenía siempre alertas, los niños vibraban con los bomberos y sus ejercicios y los carrobombas a los que Patricio los llevaba cada vez que podía.

Patricio en el frigorífico se había hecho muy amigo con Eugenio, y él le había comentado que su esposa estaba muy enferma y se quedaba sola en su casa mientras él trabajaba; entonces, quise conocerla. Edda era una mujer muy bella, delgada, joven, solitaria y enferma, pasaba los días en cama, encerrada con su hijita de la misma edad de Rodrigo, tan débil, siempre acostada, me pareció que su vida era muy solitaria y triste. Prontamente nos hicimos amigas, la visitaba muy seguido y los niños llegaron a quererse mucho. Con ellos se tejería una historia de amistad tremenda, y Edda años más tarde, demostraría que no era la mujer débil que todos creíamos.

La vida es increíble, todo ocurre por algo, todo está ligado, cada persona que se cruza en nuestro camino obtiene un sentido en nuestra vida.

Así, enamorada hasta la médula de los huesos de este hombre, pasamos tres años de buen matrimonio, viendo crecer a nuestros hijos, rodeados de amigos, en una vida sana y feliz.

En marzo del año 1985, nos sorprendió el terremoto en el departamento de Luis y Seve, era día domingo, todo era entretenimiento, de repente todo comenzó a moverse, pensé que moriríamos allí, viendo como las cajas de la escalera se separaban de los edificios y estos quedaban en el aire moviéndose e impidiendo que pudiéramos mantenernos en pie. Patricio tomó a Rodrigo y yo a Carol, como pudimos nos abrazamos esperando lo peor.

Era para infartarse, pero en cuanto la tierra se detuvo salimos de allí ante los gritos desesperados de Seve que nos pedía que no nos moviésemos todavía. La «pep» nos esperaba intacta y Patricio esquivando postes, árboles y grietas en el pavimento, logró dejarnos a buen resguardo con mi madre, y partió raudo a cumplir con su deber como bombero.

El terremoto fue el presagio de todo lo que sucedería ese año. Tres meses después de ese evento, Patricio quedaría sin trabajo, y la situación se vendría complicada para nosotros en muchos eventos difíciles y tristes.

Mis hermanos ya se habían casado, después de Carol llegó Ricardo el hijo de mi hermano y Juan Víctor hijo de mi hermana, así la familia comenzaba a crecer. Mi hermana se fue a vivir con su esposo a Valparaíso, así es que, al quedar mi mamá sola en casa, decidimos con Patricio dejar el departamento e irnos a vivir con ella a la casa de la quebrada.

Mi madre trabajaba todo el día en su negocio de venta de camisas y Patricio pronto fue contratado en una empresa para vender vinos, lugar en donde gracias a la personalidad que tenía, pronto empezaron a verse buenos frutos y tuvimos un poco de tranquilidad económica, pero claramente no era suficiente.

En ese tiempo, mi vida era estar en casa cuidando a mis hijos y mi gran entretenimiento era juntarme con mi prima Mónica y sus hijitas. Ella y su esposo Mario serían muy importantes en mi vida más adelante. Además, estaba Amparo que tenía también un hijo de la edad y con quien cultivé una linda amistad, años después ella se casó y partió a Francia, no volví a verla, pero siempre la recuerdo con gran cariño. Todas pasábamos entretenidas tardes de alegría, crianza y tertulia.

El ofrecimiento de mi primo Juan Darío, nos venía como anillo al dedo. Juanito era hijo de mi tía María Isabel, y vivía en Guayaquil, Ecuador, desde hacía años. Allá le ofrecían a Patricio un trabajo como administrador en una granja avícola, un negocio tremendo que abastecía de pollos a gran parte del país, el sueldo era tentador y las garantías eran muy buenas.

Lo conversamos mucho, le dimos una y mil vueltas, la respuesta tenía que ser rápida y ahí en nuestra intimidad decidimos que era lo mejor para nosotros. Mi madre desesperada quiso hacernos entrar en razón, no podía creer que tendríamos que irnos tan lejos, llevarnos a los niños y, especialmente, a su nieto del alma, pero las cartas estaban echadas.

Comenzamos una carrera contra el tiempo, lo primero era vender la «pep» para poder comprar el pasaje de Patricio hasta Ecuador, y comenzar a vender todo lo que se podía, para de esta forma tener dinero en efectivo para el viaje y para los meses que yo estaría sola.

El viaje debería hacerlo por tierra, viajar en avión en esos años era muy costoso. Así, un 15 de octubre del año 1985, un día después que Carol cumpliera dos años, Patricio emprendía un viaje sin retorno. La noche anterior a su viaje, hicimos el amor, ahogados en llanto; quisimos alargar esa noche, pero inevitablemente el sol asomó y nos sorprendió abrazados, nos dimos ánimo para lo que venía y nos juramos que sería por poco tiempo.

El último tiempo Patricio, como siempre, había estado muy cercano con los niños, y ellos no se separaban de su lado, él se encargaba de sus cosas y se bañaban juntos todos los días. Esa noche en el baño, corrí la cortina y les tomé una foto, la última que tendrían con su padre.

La mañana era fría, nos levantamos muy temprano. Gilberto nos pasaría a buscar en su auto para llevarnos hasta Calera, lugar desde donde saldría su bus a Arica. Tomamos el desayuno, callados, siempre tomados de la mano. Cuando llegó la hora, entró a la pieza a besar a sus hijos que dormían, como angelitos ajenos a lo que sucedía, los abrazó llorando, lo vi tomar su maleta y subir la escalera hacia la calle sin mirar atrás. El día anterior habíamos salido a pasear con Patito y Karen, los niños ajenos también a lo que sucedía y entretenidos en un parque de diversiones, no habían notado las lágrimas de su padre. Tuve que contener la emoción y ser su pilar, cuando lo vi abrazar a sus hijos y llorar sin consuelo.

En Calera no sería distinto, nos abrazamos y lloramos juntos, lo último que recuerdo es su mano en el vidrio del bus y la mía del otro lado, sus ojos llenos de lágrimas y sus labios modulando un: «Te amo».

El viaje hasta Arica y después hasta Lima había sido un verdadero suplicio, buses incómodos, mal olientes y un tren atestado de gente con bolsos. Fue una tortura. Todo aquello, lo supe en la primera carta que me envió. En esos años no había Internet para comunicarse ni celulares, solo teníamos un teléfono fijo en casa, pero era impensable hacer llamadas que no fueran dentro de la ciudad. Lo había pasado muy mal durante el viaje.

Años después en mis primeros viajes a Coquimbo pude dimensionar solo en parte, lo que eso había significado para él.

La vida se presenta así para cada uno, y seguramente como todo está escrito nada podemos hacer. Hoy escribiendo estas líneas no puedo dejar de pensar en la seguidilla de errores que cometimos, pudimos habernos quedado tranquilos viviendo en la casa de la quebrada, pude haberme negado a esa locura, me da pena pensar en ello. Patricio estaba muy entusiasmado con la idea y, definitivamente, no había sido posible para nosotros salir a flote en lo económico, prefiero pensar que así debía ser. Finalmente, solo buscábamos estabilidad económica. Quisimos torcerle la mano a la vida, pero a menudo se encuentra el destino, en el camino que se toma para evitarlo.

Cuando Patricio llegó a Lima, exhausto con pena y desanimado, se contactó con sus primos que vivían allí y ellos lo acogieron con mucho cariño. Allí descansó unos días. Nos envió fotos en donde se veía feliz, bañándose en una piscina con sus primos y sobrinos, me alegré tanto por él. Sus primos le regalaron el pasaje aéreo desde Lima a Guayaquil, gracias a ellos la tortura había terminado.

Los días eran eternos sin él, qué tristeza más grande tener que estar separados. Rodrigo preguntaba por su padre todos los días y yo le explicaba con un mapa en dónde se encontraba y lo calmaba contándole que pronto nos iríamos en un avión a verlo. Carol tan pequeñito no se daba cuenta de lo que sucedía.

Patricio llegó a Guayaquil y fue acogido por mi primo Juan Darío y su hermosa familia, pronto entró a trabajar y la vida comenzó a cambiar. Me escribía todas las semanas, unas cartas hermosas en donde volcaba todo su amor hacia nosotros, su preocupación y sus ganas de salir adelante pronto, para poder reunirnos.

Todavía, después de 35 años las leo a veces, y recuerdo esos días. Las cosas resultaron mejor de lo que habíamos planeado. Sus jefes, un matrimonio encantador, lo amaron desde el principio y se preocuparon de que pronto estuviésemos juntos, porque era la única forma de tener a Patricio contento cien por cien concentrado en su trabajo. Así entonces, con la ayuda de ellos, comenzamos apurados a planificar mi viaje con los niños. Finalmente, el 15 de diciembre de ese año, justo dos meses después de su partida, viajaríamos.

Comenzaba así una carrera contra el tiempo, yo vendí todo lo que teníamos, nuestras camas, nuestra ropa de invierno, nuestros muebles, adornos que habían pertenecido a sus padres, algunos cuadros, solo quedaba en esa casa lo que era de mi madre. Terminé durmiendo con los niños, en un colchón en el suelo con el teléfono al lado, eso era todo lo que quedaba de nuestro hogar.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
Объем:
292 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789878919003
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Bookwire
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