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La fantasma

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Nuri Abramowicz

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La fantasma


Abramowicz, NuriLa fantasma / Nuri Abramowicz. - 1a ed revisada. - La Plata : Odelia, 2021.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-47957-1-71. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. TÌtulo.CDD A863

ODELIA EDITORA

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e-mail: odeliaeditora@gmail.com

Diseño gráfico de tapa: che.ca diseño che.ca.dg

Diagramación: Sebastián Cohenes

Digitalización: Proyecto451

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización del editor. El infractor se hará acreedor a las sanciones establecidas en las leyes sobre la materia. Si desea reproducir contenido de la presente obra, escriba a: publica@ibero.mx

ISBN edición digital (ePub): 978-987-47957-1-7

Yo necesito una foto

Para qué

Para subir

Para qué

Para que la gente sepa que existo. Instagram es así.

Es como cuando mi abuela tiene que ir al banco a mostrar que sigue viva,

pero versión Millennial.

Amor del 2000, Instagram

UNO

—Arrancá con lo que quedamos: el respeto.

Hablo por el micrófono en un tono bajísimo, solo puede oírme el que se plante al lado mío y quiera escuchar. El único que da vueltas alrededor es Guido, el productor general. Lo que digo le llega por cucaracha a Daiana Ramallo, a la que veo a través del monitor que tengo adelante. Estoy sentada frente a las imágenes de todos los panelistas que están en el piso. El director molesta a los camarógrafos, les enfoca el culo o el bulto y se ríe junto con el operador de video. Alguien me señala, haciéndoles notar mi presencia. Ahogan sus risas y comentarios y vuelven a sus roles. Me acomodo, apoyo los codos en un escritorio largo y compruebo que haya la suficiente distancia con los otros dos guionistas, que a su vez están atentos a sus respectivos panelistas.

Son seis panelistas. Daiana Ramallo, joven, rubia de pelo planchado, botox en la frente y ortodoncia invisible. Simpática, moderna, conservadora. Yo sigo a Daiana. La otra, Lola, es morocha, de labios rojos, pelo ondulado y cejas esculpidas. Más guarra, no usa guionistas. Las dos están muy producidas y son muy sexys. Los hombres, camisa clara, saco y pantalón oscuros, no son sexys ni jóvenes.

—Para mí, insultar siempre está mal, seas hombre o seas mujer. —Daiana acompaña con gesto de desaprobación—­­­­­­­­­­. El respeto es básico, chicos.

—Decile que el sentido común también.

Facundo, el guionista que está sentado al lado mío habla bien alto, deja claro que él es el cerebro detrás de su panelista, Mariano Marconi.

—El sentido común también es básico, Daiana. —Mariano Marconi es veloz—. Si va vestida así, tiene que saber que va a provocar una reacción.

—Decile que justifica las groserías. Y que son machistas.

Estoy en una lucha cuerpo a cuerpo con Facundo. Me concentro en el monitor que me muestra a Daiana y me acomodo en la silla: se me durmió la pierna.

—A ningún hombre le hubieran dicho esas cosas. — Daiana mira la cámara y pone trompita sensual—. Se equivocaron todos, es un papelón. Estaban en el congreso, no en un boliche.

Los panelistas hombres siguen opinando sobre el vestuario de la diputada. Yo estoy atenta a Daiana. El productor general da la orden de ir cerrando.

—Convengamos en que a la diputada Fernández siempre le gusta asumir una postura provocadora. —Germán, el conductor, asume una falsa neutralidad—. Es el congreso, no un cabaret.

Facundo se acomoda en el respaldo, sonriendo. Guido se para detrás de los guionistas y anuncia el cierre:

—Daiana, Mariano y Germán, en ese orden.

—Bueno, —Daiana, siempre en tono conciliador, comienza a despedirse—: a lo mejor se equivocó al elegir la ropa, pero esa no es razón para que nadie la insulte o la trate de…

—¡Si la diputada quiere salir en los diarios, que se ponga las plumas!

Facundo está exultante: seguramente el panelista Mariano Marconi será levantado en todos los programas de la noche y del día siguiente.

Germán cierra el bloque vendiendo un tratamiento para combatir la celulitis, mientras los tres guionistas nos sacamos los auriculares. Yo salgo del control, me estoy ahogando ahí adentro y me duelen los huesos.

Dejé de fumar hace años, sin embargo, cuando estoy sola, me siento libre de hacerlo sin ningún problema. Para la mayoría de la gente esto puede sonar contradictorio, por eso fumar es una actividad que hago en privado.

Estoy en eso, encendiendo el pucho en el patio sin plantas, cuando Guido sale y se acerca pidiéndome fuego.

—Queda un bloque y terminamos, ¿te quedás, no?

—¿Da lo mismo que me vaya?

Sonrío tranquila mientras disfruto de sacar el humo de a poco.

—Uh, te ofendiste.

Guido me mira, no me doy cuenta si quiere tirarse un lance o está aburrido. O quizás porque está aburrido piensa en sexo. O quizás pensar en sexo cuando no sé en qué otra cosa pensar sea algo que me pasa nada más que a mí.

—¿Vivís sola?

Ah, quiere sexo.

—No, desde hace cuatro años con mi novio. Alquilamos un dos ambientes en un barrio sobrevalorado, como nuestra relación.

La comparación estuvo de más, pero a él le causa gracia.

—Tengo algo para ofrecerte, nada importante, no te ilusiones.

—¿Trabajo?

—¿Querés otra cosa? —Guido se ríe—. Igual no sé si lo que voy a ofrecerte está bueno o es un clavo.

Yo siempre me ilusiono cuando me ofrecen un trabajo nuevo, pienso que puede ser el trabajo que me cambie la vida.

—Aníbal, el gerente del canal, quiere probar algo diferente para el cierre del día. Parece que fue con su mujer, o su mujer es amiga, o hizo un curso…no me quedó claro. La cuestión es que hay un astrólogo. Un tipo que Aníbal piensa que puede pegar bien. Yo todavía no lo conocí, pero bueno, viste cómo son los laburos de verano…

Con este comentario Guido me estaba diciendo varias cosas al mismo tiempo: que había aceptado el trabajo porque no tenía opción, que le parecía un capricho del gerente de programación y que, además de estas dos cosas, estaba con miedo de quemarse, que las cosas salieran mal y ganarse una mancha en su trayectoria.

—¿Y qué pasa con el astrólogo?

Apago el cigarrillo, levanto la colilla y lo sostengo entre el pulgar y el índice para tirarlo dentro de un tacho de basura cuando vuelva al control.

—El tipo habla tres minutos del horóscopo, el tarot, la borra del café, qué sé yo, esas cosas. Después hay una sección de mails o tweets de la gente. Vos tendrías que armar el guión de todo.

Me quedo mirándolo un instante. Pienso. Guido quizás supone que estoy debatiéndome sobre qué contestarle, pero lo que quiero terminar de descubrir es si estoy para fumarme otro o no. Como Guido me sigue mirando me inhibo y decido dejarlo para después.

—¿Qué me decís?

—Que no sé nada de astrología.

Saco el celofán del cartón de cigarrillos y pongo la colilla ahí. Debo tener la mano apestosa de olor. Quiero irme a lavar ya.

—En principio, si vas a aceptar el trabajo, no tenés por qué andar diciéndolo a los cuatro vientos, ¿no? Además, Aníbal quiere encarar todo este tema desde otro lugar, una mirada fresca puede venir muy bien.

—No sé desde dónde podría ser… nunca me tiraron las cartas ni me hicieron el horóscopo. Lo que leo en las revistas me aburre y la gente que cree en esas cosas me deprime.

Guido se ríe, yo también. Nos miramos. Hace tres temporadas que trabajamos juntos. Antes, apenas Francisco fue nombrado Papa, hicimos un programa: Santos y Beatos en América Latina, y antes de eso Crimen a la carta, en donde a partir de causas judiciales abandonadas en los juzgados reconstruíamos la historia previa a los asesinatos. Ahora estábamos con este magazine de actualidad que tenía los días contados: el veinte de diciembre, ya tenían la telenovela turca que lo remplazaría.

—Sos perfecta para el laburo, Mumi.

Es la primera vez que me dice Mumi y no Amanda, se nota que muere de ganas de que le diga que sí y sacarse un problema de encima. No estoy convencida, pero tengo como principio de vida nunca rechazar un trabajo.

—Se te mantiene el sueldo que estás cobrando ahora.

—Quiero cobrar lo mismo que le pagan a Facundo. Lo estoy pidiendo desde hace meses.

—Lo puedo plantear a ver qué me dicen, sabés que no depende de mí.

Guido miente. Sabe que yo sé que tiene el poder suficiente para pelear el sueldo de alguien de su equipo. El problema es que también tiene el poder para darse cuenta de que conmigo la tiene fácil. Va a apelar a los argumentos más básicos para que acepte pronto y el tema del dinero se diluya en el aire.

—Más allá de la guita, te recuerdo que tener trabajo en verano es una gran cosa, vos sabés que el verano es la muerte.

Acá está: lanzó la frase clave.

Vinieron a mi memoria las últimas veces que Ramiro y yo nos tomamos vacaciones. Hace dos años tuvimos un año muy esforzado: trabajamos mucho y decidimos hacer unos arreglos en el departamento. Fue una temporada especialmente húmeda y lo que iba a estar listo a las dos semanas se complicó y terminó llevándonos cuatro meses. Estábamos tan cansados y fastidiados, tan al borde de la separación que, en diciembre, Ramiro me propuso ir a la playa. Tenía ahorros y, antes de irnos, cerré un par de trabajos que me aseguraban un verano con plata, que para mí es el equivalente a tranquilidad emocional. Conseguimos por internet una casita de vidrio y madera en medio de un bosque, en Atlántida. Ramiro no estaba muy convencido, decía que prefería un departamento en el centro, pero yo siempre había soñado con la experiencia de vivir en medio de la naturaleza. La influencia de la corriente de El Niño hizo que ése año lloviera sin parar. La casa se nos llenó de bichos y animales que entraban buscando refugio. Internet nunca funcionó y, para poder trabajar, tenía que irme caminando todas las mañanas bajo la lluvia —porque sacar el auto con la arena empapada era suicida— a uno de los dos bares del pueblo. Me quedaba hasta pasado el mediodía y cuando volvía, siempre bajo la lluvia torrencial, lo encontraba a Ramiro tratando de sacar los pajaritos que habían entrado. Después del cuarto día, directamente lo encontraba fumando porro, viendo por enésima vez los DVD de Friends que había en la casa y con dos o tres pajaritos revoloteando a su alrededor. Al octavo día nos dimos cuenta de que si no volvíamos a nuestro departamento en la ciudad, nos matábamos. Ya en la ruta de regreso, el cielo se abrió y el sol nos mostró su fuerza y esplendor, como si se cagara de risa de las vacaciones de mierda que habíamos tenido.

Instalados de nuevo en la capital y en un intento para olvidar todas las frustraciones, Ramiro apareció un día con una perrita en brazos.

—No es de raza, pero mirá qué simpática.

La perrita se quedó con nosotros y cuidarla nos unió porque se transformó en nuestro objetivo en común. Bishú trajo un espejismo de prosperidad: mi trabajo fluía, cuando Ramiro llegaba a casa y ella iba a recibirlo, él automáticamente sonreía. A veces me convencía de salir los tres, y caminábamos por el barrio hasta algún bar con mesitas en la calle y tomábamos algo. Fueron días en los que recuperé algo de esa fe ciega que se necesita para creer en el amor. Entregados a un renovado optimismo, pero todavía recuperándonos de los golpes de las últimas vacaciones, empezamos a pensar en hacernos una escapada a algún lugar en el verano. Yo hacía un tiempo estaba dándole vueltas a la idea de dejar los anticonceptivos, aunque todavía no había mencionado el tema.

—Sería lindo, —Ramiro estaba entusiasmado—: pensá en la cara de Bishú cuando conozca el mar…

Mis suegros tienen una casita en la playa y Ramiro se las pidió prestada para los últimos diez días de febrero, una época en la que, en general, la costa empieza a vaciarse. Un mes antes de irnos empezamos a mirar el pronóstico del tiempo varias veces por día. Todo indicaba que pasaríamos unos días de sol con un poco de viento, algo bastante común en el mar del sur de Buenos Aires. A los dos nos costaba vencer el miedo de irnos otra vez a la playa. Barajamos las sierras de Córdoba, pero nos venía genial la casita porque podíamos llevar a Bishú sin problemas y nos ahorrábamos el hospedaje. “Vamos a llevarte al mar y te va a encantar”. Como si entendiera lo que Ramiro le decía, Bishú escuchaba la palabra “mar”, ladraba y movía la cola. La semana anterior a irnos hice las compras de provisiones, bajé películas y series para ver a la noche y lavé la ropa que nos llevaríamos. Puse mucha ilusión y esmero en el armado de la valija y cada prenda que guardaba venía acompañada de la fantasía sobre la pasión con la que nos desvestiríamos.

En un bolso metí una asadera, una batidora y un especiero. Yo jamás cocinaba nada más elaborado que fideos o arroz, pero estaba en plena transformación: conseguiría armar deliciosas cenas que compartiríamos a la luz de las velas.

—Es ridículo, Amanda, ese chaleco flotador. Eso es para bebés, no para perros.

—Imaginate que justo la agarra una ola, ella que no sabe nadar. Si tiene el chaleco queda flotando y yo puedo meterme y sacarla.

Por suerte Ramiro no insistió en demostrarme que estaba equivocada y no juzgó mi amor loco y paranoico hacia la perra.

Salimos cuando todavía era de noche, para ver el amanecer en la ruta. Llené el termo de agua y cebaba mates mientras él manejaba. Bishú miraba por la ventana del asiento de atrás. Paramos en Atalaya, comimos medialunas y volvimos a cargar el termo. Estábamos eufóricos, nos reíamos acordándonos de la mala suerte que tuvimos en Atlántida. Cuarenta kilómetros antes de llegar, a Ramiro le entró un mensaje. Como él manejaba, se lo leí yo.

—Es de tu mamá: “Estamos con papá, Romina, Antonio y la gordita. Los esperamos con un asado. ¡Besos!”

Nos miramos estupefactos.

—¿Tus viejos y tu hermana con la familia están ahí y no te avisaron antes?

—Estoy tan sorprendido como vos.

La gente que sufre un accidente, cuando lo cuenta, coincide en lo bestial que es el shock de pasar del estado de bienestar al otro. A nosotros el impacto nos dejó mudos el resto del viaje. Bishú estaba ahora sobre mi regazo y cuando bajé la ventana para dejar que entrara el aire y me ventilara un poco la mente, sacó la cabeza. Ella estaba feliz, yo quería tirarme a la autopista.

Llegamos a media mañana con un sol que lastimaba. La familia de Ramiro nos recibió con sonrisas, abrazos y besos.

—¡Qué suerte que vinieron! Ahora sí estamos todos.

Mi suegra me dio un abrazo, mi suegro me palmeó en la espalda y mi cuñada le hizo una seña a su marido para que trajera un par de sillas y nos uniéramos a la mesa de vermut.

Ramiro y yo intercambiamos miradas, mientras nos traían una lista con turnos para bañarse y cocinar y posibles torneos de póker y Burako.

—Después vemos todo esto, mamá, estamos agotados, arrancamos antes de que amaneciera.

—¡Claro! Acomódense en la habitación amarilla.

La habitación amarilla era la que usaban Ramiro y su hermana cuando eran chicos, antes de construir el altillo que tenía cama matrimonial, la que ahora ocupaban mi cuñada, su marido y la gordita. La habitación amarilla tenía una cama marinera y otra de una plaza.

—Vení, ayudame a poner esta cama al lado de aquella así dormimos juntos.

Ramiro arrastraba la cama de una plaza hacia la marinera mientras yo, petrificada, miraba el acolchado de florcitas naranjas y rosadas.

—¡Dale, Mumi, no puedo solo!

—Vámonos a un hotel, no voy a aguantar diez días acá.

—¿Con qué plata?

Ramiro me miraba como si estuviera delirando.

—Con la que tenemos. Nos alcanza para la mitad del tiempo, pero vale la pena.

—¿En qué hotel nos van a aceptar a la perra?

Bishú estaba rasqueteando la puerta con las patas del lado de afuera para que la dejáramos entrar y yo hablaba en susurros enérgicos.

—No sé, a lo mejor encontramos un apart.

—¿Sabés cuánto cuesta un apart? Ya está, hicimos todo este viaje.

—Justamente. Hicimos todo este viaje para tener unas vacaciones juntos, los tres. Si sabíamos que tu familia se instalaría…

Me abrazó, más para ahogar mi protesta que para demostrarme su afecto.

—Las cosas no salen siempre como las planeamos, pero lo importante es la onda que le pongamos, ¿o no?

No estaba dispuesta a ceder tan fácilmente a todo lo que tenía planeado: unas vacaciones románticas antes de tener un hijo.

—Ellos sabían que nosotros estaríamos acá, ¿no podían venir en otro momento?

—Basta Amanda. —Finalmente le rompí las pelotas—. La casa es de ellos y tienen derecho a usarla cuándo y cómo quieran. Si querés volverte, te acompaño a la terminal. Si te quedás, poné buena onda y cambiá la cara.

Me quedé. Fueron diez días de sol radiante, mate con facturas a la tarde, asados a la noche, películas con Ricardo Darín y Anthony Hopkins, conversaciones sobre fútbol y chismes. Caminé mucho con Bishú por la orilla del mar, no tuve la necesidad de ponerle el chaleco salvavidas porque no se animó a mojarse mucho más que las patas. Eso sí, lo de coger a la luz de las velas quedó pendiente.

—Sí, me interesa el trabajo.

Miré a Guido con total seguridad.

—Perfecto. Armo una reunión con Miseria para el miércoles, ¿te parece?

—¿Miseria?

—El astrólogo. Se llama así.

DOS

Mediados de noviembre y la ciudad ya es un horno, no quiero ni pensar lo que va a ser enero en Buenos Aires. Me bajé del colectivo en Ángel Gallardo y caminé hasta el bar que está en diagonal al monumento al Cid Campeador. Hay pocas esculturas en la ciudad y de las que hay, la mitad, por lo menos, deben ser de tipos montados a caballo. Guido ya estaba sentado cuando llegué. Se puso contento de verme.

—¿Qué tomás? ¿Café, gaseosa o qué?

Ahora, cuando lo pienso, más que contento diría que Guido estaba aliviado de tenerme ahí.

—Agua fría con limón. ¿No llegó el astrólogo?

Guido le hizo una seña al mozo mientras me miraba y negaba con un gesto. Alrededor había solamente otras dos mesas ocupadas. En una, un señor tomaba un café con leche mientras leía el diario, y en la otra, dos jubilados jugaban concentrados al dominó. Guido me miró y tuve la certeza de que quería preguntarme algo que no tenía nada que ver con el trabajo.

—¿Qué tal tu hijito?

Hablé primero para no darle lugar a que me preguntase nada.

—Bien, divino. Duerme, llora, le cambiamos los pañales… ¿qué otra cosa te puedo decir, no?

En ese momento se abrió la puerta del bar y la versión argentina de Iggy Pop entró y miró para todos lados buscándonos. Flaco hasta lo humanamente posible y sin embargo fibroso, pómulos marcados, ojos azules, jeans y musculosa ajustada, una cadena corta con un candado en el cuello y zapatillas. Saludó al tipo de la barra y se acercó a nuestra mesa. Guido y yo nos paramos para saludarlo, pero él nos hizo un pedido, antes de realizar cualquier otro gesto.

—¿Les jode si vamos arriba para que pueda fumarme un pucho?

Miseria ya estaba caminando hacia las escaleras. No escuchó los por supuesto y claro y vamos que le respondimos.

Puse un pie en la terraza y recibí una trompada de viento que hervía. No era un lugar que estuviera preparado para los clientes, pero se ve que a Miseria lo conocían. Había algunas sillas de plástico apiladas y una mesa de hierro despintada que decía Quilmes debajo de un techo de cañas. El astrólogo ya estaba sentado, fumando con las piernas cruzadas en dos vueltas. Estiró el paquete de cigarrillos, al cual le quedaban tres o cuatro, y nos ofreció.

—Muchas gracias.

Con semejante calor, Guido debe haber aceptado más por cordialidad que por ganas.

—No fumo, gracias.

Negué y sonreí cordial. Miseria dejó el paquete sobre la mesa. Guido me miró extrañado, saqué del bolso la computadora y la abrí. Miseria me clavaba los ojos sin reparos.

—¿Cuál es tu cóctel?

Aplastó su cigarrillo en un cenicero de lata plateado que decía Crotta en rojo sin dejar de mirarme.

—Nada, ya tomé una agua con limón.

Le sonreí otra vez; él me miró serio, sin decir nada.

—Sol, Luna y Ascendente te estoy preguntando. —Giró la cabeza y le habló a Guido—. El que pone la jeta en esto soy yo. Si me traés una idiota, no te pongo ni la punta.

Era evidente: yo no estaba preparada para Miseria.

—Bajemos un poco los decibeles. No empecemos así porque todo va a ser mucho más difícil. Amanda es de lo mejor y más responsable que conozco.

—¿Amanda?

El astrólogo lo miró incrédulo y luego me miró a mí.

—Amanda Kohen.

Me presenté con nombre y apellido, como si eso me diera más importancia.

—Me importa un carajo. Yo puse mis condiciones y hablé bien clarito con Aníbal. ¿No te dijo nada? Llamalo a Aníbal.

Sacó su celular del bolsillo del jean y empezó a buscar el número. Lo miré a Guido y amagué con levantarme, pero él me hizo un gesto y volví a sentarme.

—La reunión es entre nosotros, ¿qué es lo que te preocupa?

La mano de Guido se posó en el hombro de Miseria. Esa táctica ya se la había visto en otras oportunidades: buscaba contacto físico para calmarlo y contenerlo. Funcionó. Miseria dejó el teléfono sobre la mesa y mientras encendía otro cigarrillo su tono bajó. Un poco.

—¿Vos sabés quién soy yo? ¿Querés que me pare frente a la cámara y me ponga a decir las pelotudeces que dicen el tarado de Ofiuco o la otra, la yanki que no me acuerdo el nombre? Vas muerto conmigo.

En aquella terraza sofocante, todos interpretábamos una versión de nosotros mismos. Yo, con el vestido pegado al plástico de la silla, era testigo de cómo hablaban de mí como si no estuviera presente. Miseria caminaba nervioso, como si el calor fuera un dato de meteorología y no una verdad aplastante. Guido, en cambio, mantenía la serenidad, como si su interlocutor fuera alguien maduro y centrado.

Respiré hondo y sentí en todo mi cuerpo la certeza de que el verano sería la muerte.

—Miseria, estás acá. Amanda vino de lejos, yo dejé lo que estaba haciendo… ¿Querés cancelar todo? No tengo problema, soy empleado del canal, si no es con vos, habrá otro que quiera hacer el cierre de programación.

Miseria lo miró con odio, pero se sentó. Le dio una honda calada al cigarrillo, que se consumió casi hasta la mitad, y me hizo un gesto para que le pasara la computadora. Lo hice y él se puso al mando.

—Fecha, hora y lugar de nacimiento.

No me miraba, tenía la vista fija en la página que había abierto.

Ahora pienso que lo que siguió a continuación me lo gané por idiota. No se le da información personal a un desconocido. Pero en ese momento no sabía lo que hacía y le pasé los datos. Él se quedó un instante frente la pantalla, entornando los ojos.

Silencio.

Levantó la vista, me miró, hizo una mueca; no sé si fue de asco o era una sonrisa. Aplastó el cigarrillo en el cenicero y me miró de nuevo.

—No, no creo. Guido, busquemos a otra persona.

—¿Qué ves?

Para mí, la astrología, el espiritismo, el tarot y todo lo que se vende en los estantes de autoayuda y terapias alternativas eran respuestas mágicas para personas desorientadas y agobiadas con la realidad. Yo, no cabe dudas, estaba atravesando una especie de crisis existencial, de ahí el interés que tenía en lo que Miseria estaba viendo en ese gráfico.

—¿Es mi carta astral? —Lo miré de reojo entusiasmada e insistí—: ¿Qué ves?

Mi voz sonó despreocupada y ligera. Un tono que jamás volví a usar con él.

Me miró y se tiró para atrás contra el respaldo de la silla de plástico. Puso los ojos en la pantalla y no los levantó hasta que terminó de hablar.

—Sos lo menos. El cero y la nada. Una condena, un fantasma, humo. El grito, el vacío, el horror reprimido, almacenado y abandonado en el fondo del cuerpo. El cáncer dormido. Lo que se intuye pero se desestima. Lo que lastima. Lo negado, lo robado, lo muerto y enterrado, lo putrefacto, lo fermentado. La voluntad amordazada, suprimida, secuestrada, cautiva sin chances de ser rescatada. La sobra, una abandonada. Malamente domesticada, cumplís con lo que se espera que hagas y no hay nada más para dar. Te esfumás, no dejás nada. El olvido es tu presencia más fuerte, te aventaja y te espera en la línea de llegada. Hija no deseada, manoseada, manipulada, sometida. Madre vampira, soreta, ladrona, jodida, envenenada, viciosa, clandestina, tullida. Mentirosa, falsa, cagona, vaga, cobarde, incapaz, cómoda, autocomplaciente, carente de iniciativa, avestruz. En síntesis, una infeliz. Igual viste que esto es subjetivo, por ahí otro agarra tu carta y ve otra cosa…pero lo más probable es que nunca llegues a nada por tu cuenta y te muevas para siempre a la sombra de los demás.

Me devolvió la computadora empujándola con la mano. Guido tragó saliva, mudo. Yo clavé la vista en el Cid Campeador y hablé sin darme cuenta de lo que decía.

—Sí que tengo voluntad propia.

Miseria no me contestó; encendió otro cigarrillo mientras escribía un mensaje. Guido evitó mirarme y empezó a buscar algo en su celular. Yo percibía como se iba acumulando en mi garganta la necesidad de irme de ahí lo antes posible y la impotencia por sentir que estaba obligada a quedarme, dar una imagen profesional y hacer de cuenta que aquí no había pasado nada.

—Entonces, tal como hablamos, —Guido se esforzó por poner un manto de levedad al bajo astral en el que cayó la reunión—, la idea es que Miseria diga unas palabras sobre astrología, signos, esas cosas. Pero claro, con cierta estructura y una vuelta de rosca, porque astrólogos hay miles y apuntamos a diferenciarnos del resto.

De repente tenía frío y sentía la transpiración bañándome las axilas y la espalda. Seguro estaba enfermándome.

—¿Cuándo empezamos a grabar?

El astrólogo estaba impaciente por irse y yo por renunciar antes de empezar.

—En un mes tenemos aire, grabamos en quince. Amanda estaría bien que tuvieras los dos primeros signos para el miércoles o jueves, ¿podrás?

Guido me miraba preocupado, yo permanecí inmóvil. Miseria se puso de pie y me miró.

—¿Tenés mi dirección? Quiero leer lo que mandes antes que los productores.

—No te preocupes. Vas a tener una copia impresa y otra en tu correo, yo personalmente voy a encargarme de que sea así.

Guido podía dejar que Miseria me basureara, pero no iba a permitir que fuera él quien pusiera las condiciones de trabajo.

—Que demuestre que sirve y ahí nos fumamos uno todos juntos. Si me manda una boludez, entonces el que más negra la va a tener vas a ser vos: Aníbal se va a enterar que trajiste a una idiota para guionar.

Miseria sacó el atado de cigarrillos vacío, anotó su dirección de mail ahí y me la pasó.

—Si mandás mierda, recibís mierda. —Miseria me hablaba y yo no era capaz de mirarlo—. Adentro y afuera es lo mismo, ése es el ABC de los pelotudos que estudian astrología, deberías saberlo si querés el trabajo.

Se rió como si hubiera dicho algo gracioso.

—¿Y yo qué mierda hice para que me dijeras todo lo que me dijiste recién?

—Me pediste que te dijera qué veía en tu mapa natal. —El tono de Miseria era genuinamente casual y desapegado—. ¿Paga el canal, no?

Guido asintió. Miseria se puso de pie y luego de hacer un gesto parecido a un saludo empezó a bajar las escaleras.

TRES

Todos los meses le paso plata a mamá. Se la doy en mano, no quiere transferencias bancarias. Mamá está convencida de que la AFIP vigila cada uno de los movimientos de su cuenta para multarla. Ella tiene un par de cocheras y un departamento que le aseguran una renta mensual, yo si no facturo no tengo dónde caer muerta; ella no trabaja desde hace años, yo desde los dieciséis tuve que arreglármelas sola; ella vive en un departamento de cuatro ambientes, aunque aproveche menos de la mitad del espacio, yo alquilo un dos ambientes interno. Así y todo, le paso plata todos los meses. En mano.

Me abrí camino para entrar al cajero automático pasando por encima de un tipo que dormía sobre cartones, justo en la entrada. Retiré diez mil pesos y fui hasta la parada del colectivo tratando de recordar qué fue lo que me dijo Guido. Creo que quedamos en que me llamaba en estos días o yo a él, no sé. Sentí la vibración en la cintura, saqué el teléfono segura de que Guido me llamaba para pedirme perdón de rodillas por el infierno de recién. Era mamá; quise ignorarla pero me di cuenta de eso tarde, cuando la escuché hablar.

—Qué hacés, nena, dónde estás.

Mamá grita cuando habla por teléfono porque dice que con el ruido de fondo no oye.

—Mamá, cómo te va.

—Te llamé dos veces y no me contestabas.

—Acabo de salir de una reunión de trabajo.

—Ah. Oíme, ¿cómo hago para bloquear a alguien de Facebook sin que se dé cuenta?

—Le ponés acceso restringido, pero se va a dar cuenta porque no va a poder ver tus fotos ni lo que posteás.

—No me importa. No quiero tener a Nélida chusmeando mi vida, se la pasa mirando mis fotos para después criticarme. Bastante con tenerla de cuñada. ¿Venís?

La familia política: ese oscuro espejo que nos refleja.

Le corté sin contestarle, pensé que el colectivo que doblaba en la esquina era el mío y tenía que apurarme en subir, pero me equivoqué. De todas maneras mamá no se haría problema. A las personas prepotentes no les molesta que les devuelvan con la misma moneda.

Allí, esperando, la calle seguía siendo un horno, pero a mí ya no me importaba, se me había atrofiado el termostato interno, además del estado de ánimo, la autoestima y la confianza en la vida. La única certeza que tenía era que la ciudad se afeaba a la velocidad de la luz. ¿Cuándo fue que taparon los adoquines centenarios con petróleo en forma de asfalto? ¿Por qué nadie protestó cuando en todos los barrios demolían las casas que ayudaban a que el aire circulara más limpio y fluido y las reemplazaron por estos edificios berretas? ¿En qué momento se nos hizo habitual que familias enteras buscaran comida adentro de tachos de basura? Recordaba que las cosas alguna vez habían sido diferentes, pero el recuerdo se me volvía cada vez más vago. Atardecía, el cielo estaba anaranjado y abajo, en la calle, se sentía clima de incendio.

Abrí la puerta del departamento y el olor a veneno se metió directo en mi garganta. Mamá, obsesionada con los insectos, no deja pasar un día sin rociar algún ambiente. Es metódica y prolija, tiene un calendario pegado con imanes en la heladera: lunes, cucarachas; martes, hormigas; miércoles, ácaros; jueves, pececillos de plata; viernes, polillas; sábado, cucarachas de nuevo; domingo, palo santo en toda la casa para mantener afuera la mala onda.

Mientras caminaba hacia el escritorio, su lugar favorito desde que descubrió las redes sociales, iba apagando las luces del living, el baño, el pasillo y la cocina. Me deprimen las casas oscuras, son de viejo, dice mamá cada vez que le hago notar que está derrochando energía. Si ella pagara la factura de luz, sería capaz de iluminar el departamento con velas y decirme que lo hace porque es más chic. En la cocina, casi como un acto reflejo, abrí la heladera: dos potes de yogur descremado y algunos tomates. Apagué la televisión encendida a un volumen perjudicial para la cordura y ahí mamá se dio cuenta de que no estaba sola.

—¡Nena! Estoy acá.

La encontré tal como imaginé, sentada frente a la computadora, maquillada como si estuviera por salir, comiendo naranjitas disecadas. Me vi a mí misma dentro de treinta años y, con solo pensarlo, el mundo se me volvió un lugar un poco más hostil. Ella giró la cabeza y me señaló la pantalla.

—Mirá la hija de Perla, ganó un premio y se fue a recibirlo a Miami. ¿Podés creer? Ya está, no tiene de qué preocuparse esa, con lo mosquita muerta que fue siempre.

—Son las fotos de las redes, mamá, no va a subir fotos en donde se la vea agobiada con su vida.

—Y menos si vive una vida de reina, ¿no?

Me miró un instante y volvió a mirar la pantalla, moviendo el cursor para seguir viendo imágenes de hoteles de lujo, piletas de natación inmensas y gente brindando.

No tenía sentido contestarle.

—El sábado hay un baby shower en lo de Carina, ¿vas a ir o no te invitó?

—Sí, me invitó, ¿cómo te enteraste?

—Por el instagram de Susana. Subió unas fotos cómicas envolviendo ropita de beba para regalarle. —Su gesto se tiñó de un matiz sufrido—. No creas que no me da envidia que tenga a su segundo nieto y yo acá, en la nada.

Pensé en asesinarla, pero seguro me daría vuelta las cosas y conseguiría usar mi propia fuerza para matarme.

—Te traje diez mil pesos, ¿dónde te los dejo?

—Dámelos. —Estiró la mano con la que no sujetaba el celular—. Diez no me va a durar nada, ¿sabés, no?

Hace años que no escucho a mamá decir la palabra gracias.

—¿Qué pasa con la pensión y jubilación? ¿La estás cobrando, no?

Ahora venía la parte en la que me trataba de tarada.

—¿En qué país vivís? ¿Vos sabés lo que cuesta la vida? ¿O me vas a decir que el vago que tenés al lado hace las compras de supermercado y vos ni te enterás de los precios? Vení que te preparo algo, ¿querés un caldito light, unas galletas de arroz, gelatina?

Caminaba siguiéndola mientras volvía a encender todas las luces que encontraba a su paso. En las paredes estaban los retratos de mi hermano mayor de bebé, de adolescente, del día en el que se recibió, y finalmente una con sus dos hijos rubios y su mujer, que para que entrara en el marco que mamá eligió, optó por dejarle el brazo izquierdo y parte de la pierna afuera. Mi hermano me lleva diez años y vive en Alberta, Canadá. Se fue poco después de la muerte de papá. Mamá viajó algunas veces a visitarlo, pero ya no quiere ir más. “Muchas horas de avión me sacan várices”. Además, dice que allá se siente sola porque sus nietos no hablan castellano. Lo critica a mi hermano por no haberles enseñado y ni se le ocurre la idea de que justamente lo hizo a propósito, para que los lazos con Argentina fueran lo más débiles posibles. Si me obligaran a pensar algún recuerdo feliz con él, algún momento aunque sea breve como una tarde, en el que me haya manifestado afecto, no encuentro ninguno. Ahora que somos dos adultos tenemos una comunicación más fluida: él me deposita todos los meses en mi cuenta su parte para pagar los gastos de mamá que, desde su ACV hace años, evita actividades en las que se sienta presionada. Los médicos no saben qué causó el accidente cerebro vascular, pero sin dudas —coincidieron todos— el factor estrés podría ser de gran influencia. A partir de ahí, mamá se cuidó de no salir nunca más de su zona de confort.

—¿De dónde sacaste estas revistas?

Sobre la mesa de la cocina había varias revistas de decoración, chismes, catálogos de cosméticos naturales, terapias alternativas.

—¿Eh? Ah, me las traje del consultorio de la kinesióloga. La secretaria las estaba tirando y le pedí que me las diera.

Entre mamá y yo hay un pacto tácito, jamás mencionado en voz alta y casi siempre respetado a raja tabla: ella me dice cualquier cosa y yo asiento o callo, pero jamás la contradigo, ni en público ni en privado. Las revistas las fue robando de a una o quizás todas juntas, andá a saber de dónde. Entre los papeles encuentro varios folletos de “Solo por hoy: vivir disfrutando de los límites”.

—Empecé a ir a un grupo para adelgazar.

Metió panza, sacó culo, peló costillas, se arregló el pelo y se esforzó por sonar casual y espontánea.

—¡Me jodés!

Experta en hacerse la sorda cuando le pido algún favor, me escuchó y empezó a contar en voz alta hasta veinte, la técnica que aplicaba desde hace un tiempo cuando decidió que discutir conmigo le dañaba la salud. “Hay que contar para dejar ir la emoción violenta que, como las nubes en el cielo, se disipan sin necesidad de hacer nada”. Luego del conteo, serena como si se hubiera clavado un clonazepam, puso agua en la pava eléctrica y sacó de la alacena dos sobres de sopa instantánea light.

—Tengo derecho a tener mi vida.

Mi cara de desconcierto, lejos de inhibirla, la impulsó a explayarse un poco más.

—Quiero conseguir novio y a mi edad el mejor lugar para encontrar a alguien es en un grupo para adelgazar.

—¿Cómo vas a ir a un grupo para bajar de peso siendo flaca?

—Pasados los sesenta, —usó un tono académico para explicarme su visión del mundo—, a los hombres lo que más les interesa es que los análisis clínicos les den bien. Lo primero que se les pianta es el colesterol. Ahí es cuando los que están solos se asustan, empiezan a pensar en la muerte y buscan un lugar que los ayude con la dieta y lo social. Y bueno, el tema grupal prende fuerte.

La escuchaba hablar y, por rescatar algo positivo del momento, pensé que le envidiaba esa capacidad de ser tan consecuente con su deseo. En mi libreta organizadora, donde anotaba desde las listas de lo que tenía que hacer todos los días, hasta ideas sobre lo que podría haber contestado en vez de lo que respondí en casi todas las situaciones, siempre quedaban pendientes historias que comenzaba a delinear y nunca terminaba de desarrollar. Eso me llevaba al gran pendiente en mi vida: identificar aunque sea un solo deseo propio y no parar hasta concretarlo. Respiré hondo y me sentí conforme: había encontrado un rumbo posible, una dirección a seguir. Ahora sí, estaba lista para irme de lo de mamá.

Mamá me pasó la sopa instantánea bajas calorías. Miré el interior tratando de descubrir cómo haría para tomarme ese brebaje inmundo.

—¿Vas ahí y hablás?

Mientras ella me explicaba, yo buscaba un instante de distracción suya para conseguir tirar el líquido en la pileta sin que se notara.

—Digo que voy a mantener mi peso, que es cierto. Y que quiero aprender a comer más sano, que también es cierto. Vos podrías ir también. Últimamente veo que subiste un par de kilos. No te dije nada para no mortificarte, pero la verdad es que se te nota enseguida acá. —Se tocó el cuello, en la zona de la papada—. Y de paso, quien te dice, encontrás un gordito más consistente que ese novio eterno que tenés.

Esta turra no daba puntada sin hilo.

—Tomá el caldo antes de que se enfríe.

Estiró la mano pasándome una cuchara y mirándome fijo. Quería ver cómo cumplía con su voluntad. En ese pequeño gesto de tomar la sopa estaban encapsuladas generaciones de sometimiento a la autoridad femenina. Mamá era un eslabón más dentro de una extensa cadena de mujeres habituadas a minar, a veces de manera más sutil y otras más evidente, la autoestima de otras mujeres. No tenía nada que ver con ser buena o mala persona, lo suyo era una especie de impulso ciego: la mirada crítica siempre por encima de todo; encontrar el error en la otra para sentirse más segura, para evitar ser juzgada, era una marca de nacimiento, un código en el ADN.

La mezcla del calor, el vapor de la sopa y el olor a veneno me mareaban. Dejé la taza disimuladamente sobre la mesada y fingí interés cuando empezó a mostrarme fotos de Facebook en su celular.

—Esta rubia que está al lado mío bajó treinta y cinco kilos en cuatro meses, ¿podés creer? Y esta de chaleco verde bajó veinte pero le faltan otros veinticinco por lo menos.

Noté que tenía las uñas hechas y se había puesto todos los anillos que le conocía. Estaba seriamente en plan de levante.

—Este de bigotes es el dueño de la inmobiliaria que maneja la venta de todos los departamentos en Villa Devoto, Villa Santa Rita y Monte Castro. Sería un partidazo.

Me miró de reojo: seguro que adivinó que estaba a punto de huir.

—Me voy, tengo mucho trabajo.

—¿Ya?

Le di un beso y, para no esperar el ascensor, bajé los seis pisos por escalera. La razón principal por la que vuelvo siempre a la casa de mamá es la sensación de alivio y libertad que siento cuando estoy en la calle.

CUATRO

Me di cuenta del aturdimiento mental que tenía cuando giré la llave de casa. Apenas puse un pie en el departamento, Bishú se me acercó ladrando y enredándose en mis piernas, me rogaba que la sacara a pasear. Ramiro en camisa, calzoncillos y medias hablaba por teléfono y me hacía señas para que lo esperara. En un mismo movimiento me saqué los zapatos, dejé el bolso con la computadora sobre el sofá y manoteé la botella de agua fría que había en el piso. Ramiro se apuró en terminar la conversación, me miró con una sonrisa inmensa, abrió los brazos y me contó que esa tarde en el estudio cerraron contrato con un cliente que estaban persiguiendo desde principio de año.

—¡Te felicito! —Lo abracé fuerte—. ¿Celebramos afuera o pedimos algo y hacemos cenita acá?

La verdad, no tenía ganas de ninguna de las dos cosas. Lo que más quería era comer un yogur mirando una serie. La sola idea de cambiarme para salir me mataba, pero hubiera sido el colmo pedirle que nos quedáramos y no saliéramos a festejar.

—Podemos ir al peruano o a comer unos tacos y tomar unas cervezas, ¿o preferís otra cosa?

—Ay, cosita, ya arreglé con los de la oficina…después celebramos en privado, total podemos festejar cualquier día, ¿no?

­­—Obvio.

Comprobé, sin alegría, que mi deseo de acostarme y mirar algo en la tele se había cumplido.

—¿Sacaste a la perra a la tarde?

—No tuve cuándo, Mumi. Sacala vos, ¿dale?

Ramiro me hablaba desde el baño mientras se lavaba los dientes y se ponía desodorante. Bishú me miraba con ojos de ruego y yo le pedía que tuviera paciencia, pero se ve que no me entendió porque fue a mear al lado de la heladera.

—¿Tenés algo de efectivo encima? Me quedé sin nada y me da fiaca ir hasta el banco.

—Agarrá lo que necesites.

Estaba agachada limpiando el charco, pero pude ver cómo sacaba los billetes grandes y me dejaba el cambio. Antes de irse me dio un beso rápido cerca de la boca y comprobé que también se había puesto perfume. Cerró la puerta fuerte y yo la miré a Bishú, que estaba más tranquila.

—¿Salimos?

Bishú se puso loca de contenta, yo me puse las ojotas, metí las llaves, algo de plata en la carterita y salimos juntas a ver la noche.

***

Con la luz de la mañana filtrándose a través de las maderas de la persiana, me desperté sintiendo el aliento del alcohol en la cara. Abrí los ojos y lo encontré a Ramiro durmiendo sobre el cubrecamas, vestido y con los zapatos puestos. Me levanté despacio, él se movió para el otro lado. Le saqué el calzado, lo tapé con la parte de cubrecamas que quedaba libre y salí de la habitación.

El sol ya iluminaba la mitad del living, otro día de calor. Abrí la ventana de la cocina y vino un potente olor a formol. Luisa, la peluquera del cuarto D, estaba haciendo un alisado definitivo. Mi casa es como la de mamá, nada de olor a pan o flores frescas, lo nuestro es a puro tóxico. Luisa está en litigio con los vecinos del cuarto, del quinto y algunos del tercero, todo por culpa del formol, aunque el del cuarto C también le endilga ruidos molestos. Los vecinos dicen que durante el verano están obligados a mantener las ventanas cerradas, y que aún así el olor entra por las rejillas del baño y de la cocina. Luisa los trata de exagerados, los efluvios del formol duran, como mucho, quince minutos, dice, y además es un edificio apto profesional y ella está trabajando. El consorcio le declaró una guerra que se libra en los espacios comunes y en batallas cotidianas que encarnan tanto propietarios como inquilinos: le cierran la puerta de entrada en la cara, no la saludan, si ven que ella va a tomar el ascensor se apuran a subir, e incluso han llegado a dejar bolsas de basura en la puerta de su departamento.

A mí Luisa me cae bien. Me gusta que cada dos meses cambie el color de pelo, me gustan los tatuajes elegantes que tiene en el brazo izquierdo y, además, me identifico con ella que trabaja en un medio ambiente que la desprecia. Hace poco me la crucé, venía cargada de bolsas de la verdulería. La esperé, la dejé pasar mientras sostenía la puerta y entramos juntas al ascensor, marqué su piso y le sonreí. A partir de ése momento, sin buscarlo, me gané su confianza y lealtad.

—Yo sé que es una bomba el formol, pero ¿qué querés qué haga? Al principio traté de vivir haciendo tatuajes, pero no llegaba a pagar el alquiler. A las clientas les encanta tener el pelo liso y disciplinado y a mí es lo que más plata me deja.

Asentí y noté que tenía unas pestañas larguísimas.

—Son postizas, se colocan una por una.

La peluquera me leyó la mente.

—Impresionante.

Luisa me sonrió y el ambiente se volvió más cálido.

—Cuando quieras date una vuelta, te hago una iluminación, te pongo pestañas o un shock de keratina. A tu mamá le hice uno el otro día y quedó bárbara.

Esto último me lo dijo mientras cerraba la puerta del ascensor y entraba a su departamento.

Después, cuando le pregunté a mamá si era cierto, me dijo que ya había ido dos veces a lo de Luisa y la había recomendado a muchas amigas y señoras del grupo de dieta.

—Las chicas quedaron fascinadas con tu vecina. Es excelente y cobra menos que la peluquería.

Quise saber por qué nunca me había dicho nada, si después de todo Luisa era mía, quiero decir, mí vecina, pero mamá me contestó que no tenía para qué contarme todo y dio por finalizado el tema.

Rellené una botella de agua y me senté frente a la computadora, asumiendo que había llegado el momento de ponerme a trabajar. Lo primero que hice fue buscar modelos de corte de pelo y color para, en algún momento, ir a lo de Luisa con algo en concreto. No vi nada que me convenciera y enfoqué en el trabajo.

Había cientos de páginas y portales de astrología que ofrecían hacerse la carta astral gratis, elegí una: Tufuturo.com. Me inscribí con el mail que uso cuando sé que van a llenarme la casilla de promociones que no me interesan. Recibí la interpretación de mi carta astral a nombre de Stella Maris Carter, mi alias desde que tengo ocho años. La interpretación no fue despiadada como la de Miseria, pero sí totalmente contradictoria: “La influencia de la luna te hace transitar ámbitos poco convencionales, sintiéndote libre de construir vínculos independientes y creativos. Tu sol hace que te identifiques con los valores tradicionales, aunque parezcan anticuados, pero eso no es un problema: tu carisma hará que todos te sigan. Eres una líder innata”.

Si hay algo que jamás tuve es carisma, y estoy a años luz de ser una líder innata. Pero claro, debe ser porque el horóscopo le habla a Stella Maris Carter y no a mí, aunque las dos nacimos el mismo día, a la misma hora. Todavía faltaba el remate: “Tu Ascendente sugiere un camino de servicio al prójimo. Siempre sensible, dejas de lado tu ego para un bien mayor”. Quien pretenda encontrar orientación en esta sarta de contradicciones seguro se pega un tiro.

Busqué quién era el astrólogo más seguido en la web y me sorprendió encontrarme a Lilith. Casi dos millones de seguidores. Espléndida, positiva, ágil y desenvuelta. Mucho entusiasmo al hablar, mucho entrenamiento en pilates y un brushing envidiable: más parecida a una actriz de comedia yanki que al estereotipo que yo tenía de lo que era una astróloga. El posteo tenía una placa color pastel: Saturno retrógrado: claves para saber qué sentir. Claro, pensé con ironía, quizás mi error siempre fue nunca saber qué sentir de antemano. Miré su informe hasta el final, sin retener una palabra de lo que decía. Lo que más me intrigaba era cuánto tiempo le dedicaba a lograr esos musculosos brazos, cuánto costó su sonrisa blanca que seguro brillaba en la oscuridad y, sobre todo, de dónde sacó esa seguridad personal. Su voz era femenina y al mismo tiempo fuerte y prescriptiva: “Saturno se puso retrógrado en Sagitario y está a punto de tocar a Marte, excelente momento para invocar al Self Control y realizar un work out intenso. Comienza de una vez por todas con tu rutina de running o musculatura que tanto has postergado. Saturno te da la chance de que concretes lo que te propusiste”.

Abajo en la pantalla aparecía la opción de suscribirse a su canal, pagando una módica cuota en dólares o su equivalente en moneda local y un link para tomar nota de las conferencias en distintos lugares de Latinoamérica. Además tiene su libro anual de predicciones según tránsitos planetarios, agendas astrológicas y una línea de accesorios con motivos zodiacales. La astróloga capitalista encontró la veta.

—¿Hay algo para desayunar?

Ramiro me miraba desde la puerta del baño.

Lo vi despeinado, vestido con la ropa de anoche y esa actitud de “soy lo que soy y estoy contento de serlo” y pensé que había llegado el momento de decirle que lo quería mucho pero necesitaba alguien que me quisiera más y que se tuviera mayor amor propio. No podía dejarlo pendiente. Era una oportunidad única, el momento justo de despedirnos en buenos términos.

—¿Querés que salgamos? A mí me vendría bárbaro, estoy muerta de hambre, creo que no como desde ayer al mediodía.

Fuimos a desayunar al bar de la esquina que tenía mesitas afuera. En el camino pasamos por una veterinaria y le compramos una golosina a Bishú, que se entretuvo comiéndola debajo de la mesa. Ramiro me contó del nuevo cliente, yo le conté de mi trabajo y los dos nos pusimos contentos por el otro. Se hizo el silencio que estaba esperando, había llegado el momento de plantearlo. Lo miré a los ojos, él me miró y me sonrió.

—Me querés decir algo, te conozco.

Ramiro me sonreía mirándome fijo.

Me di cuenta de que me transpiraban las manos y se me había secado la boca. Las despedidas nunca fueron mi fuerte.

—Quiero dejar los anticonceptivos. Estamos juntos hace tiempo, ya pasé los treinta, a vos te falta poco para los cuarenta, no tiene sentido seguir esperando. Tengamos un hijo.

No pensé lo que estaba diciendo, simplemente lo dije.

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170 стр. 1 иллюстрация
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9789874795717
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