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DOSTOIEVSKI
EN LAS MAZMORRAS DEL ESPÍRITU
NICOLÁS CAPARRÓS
DOSTOIEVSKI
EN LAS MAZMORRAS DEL ESPÍRITU
BIBLIOTECA NUEVA
Cubierta: Malpaso Holdings, S. L.
© Nicolás Caparrós Sánchez
© Biblioteca Nueva, S.L., Madrid
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ISBN: 978-84-18546-19-8
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ÍNDICE
PRÓLOGO
CAPÍTULO I
LA AGONÍA DE LOS ABSOLUTOS
Logos frente a Hybris
Nihilismo
El nihilismo filosófico
El miedo como origen de las religiones
El nihilismo en acción: la versión eslava
Los socialismos
Bakunin y el anarquismo ruso
Conclusiones provisionales del siglo que termina
La política en la vida de Dostoievski
El decembrismo. La revolución occidentalista fracasada
Crimea. El anuncio del fin del zarismo
La abolición de la servidumbre
CAPÍTULO II
LA EMOCIÓN, EL PENSAMIENTO Y, POR FIN, LA PALABRA
Las letras: odas, elegías y poemas épicos
El relato corto, la novela extensa y, siempre, el poema
Pushkin, el poeta eterno, el autor supremo
CAPÍTULO III
EL SIGLO LITERARIO DE FIÓDOR MIJÁILOVICH DOSTOIEVSKI
Nikolái Vasílievich Gógol (1809-1852)
El cosaco transterrado
Mihaíl Yuriévich Lérmontov (1814-1841)
El poeta que soñaba su propia muerte
Iván Alekxándrovich Gonchárov (1812-1891)
El amable escritor que atisbó el nihilismo
Iván Serguéievich Turguéniev (1818-1883)
El alma rusa revolotea, sin posarse, por Europa
Nikolái Alexéievich Nekrásov (1821-1878).
El sufrimiento interminable
Fiódor Mijáilovich Dostoiévki (1821-1881)
De las profundidades infernales al éxtasis que desafía el tiempo
Lev Nikoláievich Tolstói (1828-1910)
Extenso como la estepa que acogió su cuerpo
Nikolái Semiónovich Léskov (1831-1895)
El «varón justo» de existencia solitaria
CAPÍTULO IV
UN PRECURSOR DE LA PSICOLOGÍA PROFUNDA
Los críticos, la crítica
Su obra y los innumerables relatos
CAPÍTULO V
LA RELIGIÓN EN DOSTOIEVSKI: CREER, CAVILAR, AMAR
La importancia de lo religioso en su vida y en su obra
La iglesia ortodoxa
Creo… creeré
Las creencias
La libertad
La culpa
Dios, el Bien, el Mal y otras cuestiones
El catolicismo y sus desviaciones
El diablo, el ente que dispersa
Amar, amar-se, el amor
CAPÍTULO VI
MEMORIAS DEL SUBSUELO (1864)
Presentación del hombre del subsuelo. Un nuevo homo absconditus
Chernishevski: ¿Qué hacer? O el idílico anuncio del hombre nuevo
El argumento
El romanticismo
Una lejana huella del romanticismo: el drama en Dostoievski
Las siniestras catacumbas de la mente
Memorias del subsuelo, segunda parte. La destrucción del amor
CAPÍTULO VII
CRIMEN Y CASTIGO (1866)
El estallido literario
Una época tormentosa, el sueño de una imposible libertad
La escritura apresurada
La obra y sus personajes
CAPÍTULO VIII
DEMONIOS (1873)
Un siniestro anuncio
El preludio imposible de una nueva Rusia
La novela y el confuso panorama que allí se encuentra
Los antecedentes
El incesante goteo de personajes
Apéndice con Tijon. La confesión de Stavroguin
CAPÍTULO IX
LOS HERMANOS KARAMÁZOV: PARRICIDIO Y NIHILISMO
La luminaria se extingue. El tránsito hacia la inmortalidad
El drama como leitmotiv. La sinfonía comienza
El Gran Inquisidor, un decisivo interludio
Los personajes
Fiódor Pávlovich. El patético y lujurioso bufón
Dimitri, el sensual que se apiada de Dios
Iván, el intelectual atormentado por el mundo de Dios
Aliosha, donde la tempestad se aquieta
Zósima, un hombre para la eternidad
Smerdiákov, el remedo del nihilista
Grúshenka, la inocente que aprendió a sobrevivir
Katia Ivánova, donde la soberbia aumenta y la autoestima disminuye
Los hermanos Karamázov: Parricidio y nihilismo
CAPÍTULO X
A MANERA DE CONCLUSIÓN: DOSTOIEVSKI, NIETZSCHE, FREUD
Más allá del tiempo
Física, Metafísica, religión y el hombre mismo
El Dios de Dostoievski
Nietzsche, el filósofo que ignoraba a las masas
Freud y los subrogados de Dios
Es preciso concluir
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
Conozco solamente a un psicólogo que haya vivido en el mundo en el que el cristianismo es posible, en el que en todo momento puede surgir un Cristo... Y ese es Dostoievski.
NIETZSCHE
I
Dostoievski fue un escritor extraordinario, pero con esa afirmación su humanidad se escapa. El genio es inefable, habita más allá del análisis; se contempla, se admira, se le venera, está. Transciende la razón. No pertenece a la horda humana que busca el consenso. La supervivencia está ahí, pero ¿quién se acuerda de la supervivencia en el espacio multidimensional de la emoción?
Se llamaba Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Hijo segundo de un padre insuficiente y de una madre devota y entregada. Dubitativo como su patria, inmenso como la estepa y tortuoso y oscuro como la kátorga.
Dostoievski exhibe sin pudor su inconsciente a la vista de todos, siempre por mediación de la escritura. Aparece brutal y primario a través de Smerdiákov, encarna el abismo de la identidad que desaparece, que se disuelve, con el funcionario Goliadkin; es un ser-para-el suicidio con Kiríllov, el mundo y sus miserias se desvanece con Aléksei en su interminable diálogo con la ruleta. Es Mishkin, angélico e inhumano, ser que transcurre en un mundo cotidiano sin apenas rozarlo, protegido por el mal sagrado que llamamos epilepsia. Es también Raskólnikov el nihilista que dialoga con el evangelio. Se revela en la pulsión oculta y sublimada de Aliosha. «Todo está permitido», tanto más cuanto su libre pensamiento se angosta en la prosa de sus emociones; es el universo tortuoso de Iván Karamázov.
La virtud oculta bajo la quebradiza lámina de la prostitución en Sonia Marmeládova, que se mantiene pura en medio del fangal de la miseria. ¿Qué decir de Liza?, que se propone amar al hombre del subsuelo. ¿Acaso Grúshenka es la hembra primordial? ¿Qué expresar de Katia, la mujer contenida y orgullosa que se ve rebasada por situaciones que no comprende, pero que ha de respetar? La excéntrica Natasha de El idiota, la amazona Liza, que pereció entre las llamas menos ardientes que la ardentía de Demonios. Una mención también para La mansa.
A modo de contrapunto: ese volcán viviente llamado Fiódor Pávlovich Karamázov, que oculta cualquier atisbo de bondad en la turbamulta de sus pasiones; irreal encarnación del maligno, doble minucioso del transcendente stárets Zósima, el hombre bueno al que el pueblo designa por su propio impulso. El nihilista Stavroguin, el hombre que nació para ser ahorcado y que se ahorca a sí mismo…
Fiódor inviste al ser imposible conocido como el hombre del subsuelo: «soy un hombre enfermo, soy un hombre rabioso». ¿Cómo olvidar a ese perpetuo denunciador de sí mismo que se desangra por su herida narcisista?
De los abismos de lo inconsciente a los instantes románticos de Cinco noches blancas, cuando el narrador —el omnipresente narrador— y Nástenka alimentan un fugaz encuentro donde la ilusión perece y el ensueño cumplido de la joven aniquila el romanticismo.
En las antípodas fermenta la cuestión del nihilismo. En realidad, el nihilismo es un tránsito efímero y vertiginoso donde un vacío imposible, la nada pensable que es por naturaleza inhóspita, ha de dar paso a la destrucción. Dostoievski se abisma con el hombre del subsuelo en la pesadilla que supone esta doctrina, una y otra vez poblada de incontables y aterradores fantasmas; más tarde contempla el mismo paisaje desde la atalaya social que nos trasmiten Raskólnikov, Stavroguin y Kiríllov, alienta la relación entre el nihilismo y el crimen, como consecuencia lógica si nos detenemos a pensar que en la concepción nihilista el otro no existe y el mundo circundante se desvanece.
El designio momentáneo que lleva al crimen presta sentido a la desolación nihilista. Nadie mejor representa el estático narcisismo que el Bazárov de Turguéniev, que concentra su interés en el mundo en las ranas. Ranas-ciencia, rescoldos inhumanos donde todo esta permitido, conocer, saber, atesorar, matar cientos de ranas como hará el Lopújov de Chenishevski. Ancestro cierto de ese «prohIbído prohibir» de Mayo del 68. ¿Qué son los crímenes sino la suprema expresión de la indiferencia oculta tras un tenue velo llamado odio? Stavroguin, y su «deber ideológico», Roghozhin, asesino de Natasha; Raskólnikov, que da muerte a la usurera y también Smerdiákov, el compulsivo instrumento de la pulsión homicida de los Karamázov. Muerte, ¿de qué, de quién?
¿Acaso este rimero de pensamientos y emociones caben en el insuficiente calificativo de genio o de artista del gran escritor?
II
Mi alma es inaccesible al impetuoso entusiasmo de antaño, está en calma, como lo está el corazón de un hombre que esconde un secreto profundo; para estudiar lo que «significa la vida y el hombre». Me siento triunfante, los personajes que puedo estudiar en los escritores con quienes lo mejor de mi vida fluyen libre y gozosamente. Me siento seguro. El hombre es un misterio, que debe esclarecerse y si lo intentamos con insistencia durante toda la vida, no podrá decirse que perdemos el tiempo. Estudio este misterio porque deseo ser un hombre.
DOSTOIEVSKI
La carta que escribe a su hermano Mihaíl el 16 de agosto de 1839, es impropia de un estudiante de la Academia de Ingenieros que por entonces cumplía 18 años. Su inclinación se abría paso con cautela ante la imposición paterna, que le impulsaba a cursar esos estudios conforme a las exigencias de la época. Las armas parecían ser el refugio de la cultura y la única ventana hacia el progreso social.
Dostoievski triunfa de las dificultades y será un escritor que hará crecer su proyecto en el fértil campo de la novela donde, con sus laberínticos vericuetos y acontecimientos inesperados, terminará por abrirse paso. El literato alberga al psicólogo y con el discurrir apresurado que imprime a sus personajes se permite remansos de reflexión que sustentan al filósofo y cimas metafísicas que alcanzan al eterno sentimiento religioso. Y en medio de todo, la constante insistencia del alma rusa, que oscila entre la resignada aceptación de la miseria con sus pequeñas dichas y acontecimientos que escapan a la atención de los señores, como lo atestigua el mínimo Vasia de Un corazón débil.
La penosa penumbra del alma rusa se concentra en la palabra nítchevo, introducción a una nada de la que resulta inconcebible escapar; también en la conciencia delirante y voluptuosa del hombre del subsuelo, que fía su salvación en zambullirse en los abismos del no ser abrumado por el peso de la culpa.
El alma rusa y su deleitosa y doliente contemplación, es una constante en su obra. Con el nihilismo, producto espurio del romanticismo, el espíritu asume un talante demoniaco y enajenado. Dostoievski penetra con decisión en este espacio, tras abandonar la utopía de un mundo mejor que nos acogerá en el trance místico de la idea abstracta que adopta la apariencia de una alucinación. Adiós al círculo Petrashevski y a sus ensueños furieristas.
Al mismo tiempo, se mueve entre la omnipotente y desdeñosa aristocracia rusa, la clase con recursos que recorre, entre asombrada y reticente, Europa, partiendo de los humedales petersburgueses o desde la adormecida ciudadela del Kremlin moscovita hacia la Alemania de Goethe y Schiller o la Francia donde aun brilla el rescoldo abrasador de Napoleón. Es el caso de Pólina, la rica y vaporosa damisela de El jugador, que revolotea aquí y allá rozando la existencia en abierto contraste con el vacuo, pero seductor, De-Grillet o con el negociante en azúcar Astley, conspicuo representante del mercader inglés. El jugador, rodeado de vertiginosas ruletas, ve con entumecida sensibilidad, como su pasión se angosta siguiendo con mirada ávida los saltitos tornadizos de la bola que se desliza, aleve, sobre los incesantes números.
El alma rusa surge una y otra vez y siempre con más insistencia cuanto más nos acercamos a la entraña hosca y sensible del campesino tal y como aparece en El mujik Marey.
La tarea que Dostoievski presintió a sus dieciocho años se concreta en la creación de una serie de personajes, por momentos irreales y desmesurados, pero casi siempre contradictorios en su miserable grandeza que reflejan los conflictos sociales del momento junto con la afanosa búsqueda del mundo interior. El lector se ve invadido por su proximidad irritante que le depara sensaciones inconexas de las que le resulta imposible tomar distancia. Todo ello en un encuentro dialéctico, como lo describe Nicolái Berdiáiev, que no deja reposo a la reflexión, para el que resulta necesario tomar distancia.
Según este autor, «Dostoievski es el campeón de los Humillados y ofendidos, para otros un genio inmisericorde y aún el profeta de un nuevo cristianismo; el descubridor del hombre del subsuelo, pero también el típico representante de la ortodoxia del oriental, el heraldo de la idea mesiánica rusa».1 En la disparidad de juicios que sobre él se emiten reside su riqueza; cierto es que escapa a la comprensión concreta, al veredicto cierto. Apenas creemos tenerlo huye sin que sepamos hacia dónde.
Freud, en su breve ensayo de 1927, Dostoievski y el parricidio, escribe:
En la rica personalidad de Dostoievski se deberían diferenciar cuatro facetas: el escritor, el neurótico, el hombre poseedor de una ética (Ethiker) y el pecador. ¿Cómo desenvolverse en esta complejidad desconcertante?
Para el lector no existen dudas, su lugar no está lejos de Shakespeare: ambos comparten el sitial privilegiado de la dramática.
Los hermanos Karamázov es la novela más grandiosa jamás escrita; el episodio de El Gran Inquisidor constituye una de las mayores realizaciones de la literatura mundial; nunca se estimará lo bastante esta leyenda que se desliza por sorpresa en el encuentro de los dos hermanos.
Freud se rinde ante el artista y se conforma con analizar al neurótico de una manera que hoy nos resulta discutible por lo inconclusa. Más adelante nos ocuparemos de ello.
La indomeñable fuerza de la vocación literaria de Dostoievski se apoya siempre en un trasfondo agónico. Una enfermedad crónica agotadora, una sucesión de olvidos, de lagunas, de necesidades materiales que se hacen críticas por su pasión por el juego, pero causadas en primer lugar por su propia generosidad,
(Dostoievski, Crime et Châtiment. Pascal, 1958, p. XVI)
Esas son las terribles condiciones en que acomete Crimen y castigo, según la descripción de Pierre Pascal.
Desde el punto de vista de una literatura que se pliega a los criterios clásicos, la novelística dostoievskiana nace desprovista de unidad, mal trabada, extrañamente escrita… Opuesta de manera radical a las exigencias filosóficas de claridad y distinción.
(Michel Eltchaninoff)2
Dostoievski es pobre y a la vez generoso, rasgos compatibles en el jugador para quien el dinero adquiere un valor peculiar: es ante todo lo que permite acceder al juego mismo.
El clasicismo, venerado y denostado a un tiempo, efímero y duradero, lugar de la admiración y del hastío representa un pasado. Lomonósov es el clásico, la piedra miliar en el camino de la literatura rusa que se pierde en las sombras de los orígenes. Dostoievski es un presente extenso que oculta un pasado arcano y que balbucea un futuro que no sabe presentir.
III
Memorias del hombre Dostoievski. Su sola enumeración es casi imposible. La atención que ha suscitado y aún suscita ofrece obras de valor dispar y de interés disperso. Todas, incluso las más insignificantes, encierran algo que resaltar. ¿Cómo no recordar la mínima distancia que separa la felicidad de la tragedia en el funcionario de Un corazón débil? ¿Cómo borrar la memoria del sueño imposible de Bobok, la avaricia del señor Projarchin, la insidiosa paranoia de Goliadkin, o la huella leve de la pequeña Nelly? Su número y diversidad confirman lo que venimos diciendo en este prólogo: Dostoievski es inabarcable como totalidad y al tiempo incontable en el detalle.
Si atendemos a las obras que de él se ocupan y que merecen la calificación de mayores y sin la pretensión de ser exhaustivos, hay que citar el monumental trabajo de Joseph Frank, Dostoievski, en cinco tomos, que pretende ser descriptivo y huir de excesivas valoraciones. Posee el indudable valor de lo enciclopédico y adolece, quizás, de ciertas carencias en la vertiente emocional tan presente en Tres maestros, de Stefan Zweig, la obra más interpretativa que se haya escrito sobre este autor.
El texto Vida y obra de Dostoievski de Konstantin Mochulski posee trazos más vigorosos que la obra de Frank, de carácter más académico. El arte de Dostoievski es expresivo, dirá, opuesto al estilo de Tolstói, Gonchárov o el del mismo Turguéniev. Tema que también aborda George Steiner en Tolstói o Dostoievski, donde enfrenta a dos colosos de la literatura.
«Dostoievski y el parricidio», el apunte de Freud, posee el fundamental valor de ser una confrontación directa entre las teorías psicoanalíticas y el universo interior de Dostoievski. De no haber tenido en aquella época otras inquietudes, Freud habría podido producir una obra más rica que la que al final vio la luz. No obstante, sirve indirectamente como vara de medir el nivel de comprensión de los distintos autores que lo mencionan a la hora de valorar la dinámica profunda del mundo de Dostoievski. En este sentido, Frank se muestra remiso mientras que Mochulski y Steiner son más proclives a penetrar en las hipótesis freudianas. La epilepsia, la hístero-epilepsia, tema sobre el que incidirá Sutterman en Dostoievsky y Flaubert, está presente en la obra dostoievskiana sobre todo en los personajes de Mishkin y Smerdiákov; las descripciones de éste resultan más deslumbrantes aún bajo los ojos de un médico.
Pierre Pascal el autor de Dostoievski l´homme et l´ouvre; católico y bolchevique al tiempo, asistió en 1917 a una «explosión de libertad»: la marcha hacia el socialismo, que se le antoja la entraña misma del cristianismo evangélico. El 30 de agosto de 1918 participó en la creación del grupo comunista francés. El texto de Pascal representa un encuentro entre ideologías y creencias dispares con la contradictoria personalidad de Dostoievski y su tiempo como un personaje clave para entenderlas.
En el campo de lo religioso, tan importante en su vida y obra, los trabajos muy numerosos y discordantes, siempre están sesgados por la militancia ideológica de sus autores. Desde la obra de N. Berdiáiev: Dostoievski. An Interpretation, que exclama: «Son tan grandes los merecimientos de Dostoievski, que el haberlo creado es una suficiente justificación para la existencia de los rusos en el mundo». Más ponderado resulta L. Pareyson en su libro Dostoievski: filosofía, novela y experiencia religiosa. A su juicio, el pensamiento de Dostoievski merece ser calificado de filosofía de la libertad.
De especial interés resulta el libro de Jaques Catteau, Dostoievski and the process of literary creation; su objetivo fundamental es analizar en detalle la gestación de sus novelaspara escudriñar el meollo de su creación. Pero, al mismo tiempo expone una visión de conjunto sobre las tendencias generales de los estudios sobre el autor y su obra que clasifica en tres grupos. En el primero, el novelista es sobrepasado por el filósofo, el profeta y el vidente: el Bien y el Mal, Dios y Cristo, el socialismo y la revolución, la libertad y la predestinación, etc. A este grupo pertenecen Merezhovski, Berdiáiev y Camus, entre otros. La segunda tendencia abandona el terreno de lo literario para concentrarse en sus paradojas existenciales y en su carácter: epiléptico, en el inválido, en el hombre traumatizado que enfrentó su propia ejecución, el jugador, el periodista, el renegado político, el apóstol del amor que oscila entre lo sacro y lo profano, y el padre devoto.
La tercera corriente busca analizar en profundidad sus obras literarias a las que hay que añadir la correspondencia, notas y borradores de sus novelas: en especial las de Crimen y castigo, El idiota, Demonios y Los hermanos Karamázov.
Catteau supone que la abundancia de los estudios sobre Dostoievski se debe a la originalidad y riqueza del autor, que se presta a las más diversas lecturas y reflexiones. Además, aborda temas que poseen rasgos intemporales vigentes para la mayoría de los lectores de sucesivas generaciones.
Nosotros hemos dedicado, junto a estas inevitables consideraciones, una atención preferente a la situación sociopolítica rusa del siglo XIX, ya que en Occidente tenemos una visión superficial y prejuiciosa de la historia de este periodo, sin cuyo conocimiento Dostoievski resulta un ser exótico, cuando no incomprensible. ¿Qué peso posee el nihilismo ruso en las revoluciones del siglo XIX? ¿Qué decisivos matices ofrece su religión? ¿Cuál es el peso que debemos otorgar el siervo en todo este proceso? En suma, intentamos situar al escritor en el contexto de su tiempo.
Si comparamos, como a menudo sucede, a Shakespeare con Dostoievski, en el caso del primero analizamos sus obras, la estructura que poseen, el mensaje que deslizan. Nada en referencia a su autor. Se dirá, y con razón, que su existencia resulta un misterio. Con Dostoievski las cosas acontecen muy de otro modo: El jugador se mezcla de manera inextricable con su vida; tras Smerdiákov se oculta el deseo de matar al padre, Mishkin encarna sus anhelos religiosos, Stavroguin el vértigo ante una amenazante nada, etc. ¿Será acaso Shakespeare un Hamlet, un Otelo, un Macbeth, un Falstaff o una inextricable mezcla de todos ellos? No lo sabemos. No sucede lo mismo con nuestro hombre.
Su amor por Pólina Suslova se traduce en varios personajes femeninos de sus novelas: la Aglaya de El idiota, Liza de Demonios y Katia de Los hermanos Karamázov.
Leon Chéstov (1937) caracteriza a Dostoievski, junto a Nietzsche y Kierkegaard, como un «talento cruel».
Este autor divide en dos períodos su actividad literaria: el primero comienza con Pobres gentes y termina con Memorias de la casa muerta; el segundo arranca con Memorias del subsuelo y finaliza con el Discurso sobre Pushkin.
Suya es esta luminosa reflexión:
Lo que Kant nos da no es la crítica, sino la apología de la razón pura. Si se ha escrito alguna vez la crítica de la razón pura hay que buscarla en Dostoievski.
G. Lukács (1949) dirá que fue el primero en describir las deformaciones mentales que deparan las necesidades sociales de la vida en una ciudad moderna. Su genio consiste, precisamente, en su capacidad de reconocer y representar la dinámica de una futura evolución social, moral y psicológica desde los gérmenes de algo que estaba apenas comenzando.
Memorias del subsuelo es el testimonio de una de las crisis más atroces que el alma humana es capaz de soportar y de sufrir.
Mihaíl Bajtín (1979), en su obra Problemas de la poética de Dostoievski, se ocupa de la estructura dialógica de sus novelas, donde expone y enfrenta distintas cosmovisiones representadas por medio de sus personajes. Traigamos como ejemplo el diálogo Shátov-Stavroguin de Demonios o el encuentro final entre Iván y Aliosha en Los hermanos Karamázov.
Besançon (1968) entiende así el fundamento de sus cuatro obras principales: Crimen y castigo es psicológica, El idiota es mística, Demonios política y Los hermanos Karamázov ideológica.
Innumerables son los trabajos destinados a estudiar un aspecto concreto de la vida o de la obra de nuestro autor. Destacaremos el de Leónid Grossman sobre «Dostoievski y el judaísmo», donde se analiza su pretendido antisemitismo con toda profundidad. El judío Grossman huye de la fácil caracterización de Dostoievski y se abisma en la compleja estructura de sus creencias religiosas.
Berdiáiev afirmó que era el más grande y en cierto modo el único filósofo ruso.
Su mundo se disuelve en sus ideas políticas, un caos que le rodea y en el que penetra sin miedo en su protesta contra la falsedad y los efectos deletéreos de la naciente sociedad burguesa.
La resistencia que Dostoievski opone a la categorización subraya su papel fundamental en la articulación del giro histórico desde el universo euclídeo a otro que se acomoda no solo a la teoría general de la relatividad, sino también a los dilemas de la mecánica cuántica. Haciendo de él un difícil aliado de cualquier ortodoxia ya fuese ideológica o religiosa.
(Robert Bird, Fyodor Dostoevsky, 2012)
Quizás fuese esto lo que hizo exclamar a Einstein que no había aprendido tanto de nadie como de él.
Dostoievski es un escritor de importancia capital. Supo, durante la crisis de su país y de la totalidad de la raza humana, plantear cuestiones de manera punzante e imaginativa. Creó seres cuyo destino y vida interior, cuyos conflictos y relaciones con otros personajes, cuya atracción hacia los seres humanos y a sus ideas, dieron luz a los problemas de mayor calado de su época, antes y de manera más profunda que otros lo hicieran. Esta anticipación al desarrollo moral y espiritual del mundo civilizado aseguran el poderoso y perdurable efecto de sus trabajos, que se han convertido, con el paso del tiempo en algo cada vez más actual y duradero.
(G. Lukács, Dostoievski, 1949)
Dostoievski se acerca.
1.Dostoiévski, an interpretation, N. Berdiáyev, 1934. Semantron press, 2009, p. 14
2.Dostoïevski: roman et philosophie (pp. 21-22). Presses Universitaires de France 2013 (Edición de Kindle).
CAPÍTULO I
LA AGONÍA DE LOS ABSOLUTOS
Quien quiera comprender al poeta
tendrá que adentrarse primero en sus dominios.
GOETHE
Le dur désir de durer.1
PAUL ÉLUARD
1. LOGOS FRENTE A HYBRIS
El siglo XIX presagió el ocaso de las leyes universales.
Goethe sostuvo que la realidad no se traduce a esquemas lógicos y la filosofía, en pugna con la religión, concluye que el pensamiento disfruta de un poder cuasi infinito cuando se libera de las limitaciones que imponen los absolutos de cualquier especie.
Las leyes de lo singular concreto y las que se interesan por las grandes poblaciones -ya se trate de moléculas o de seres humanos- son de naturaleza diferente. Las primeras abordan procesos reversibles, las segundas son de naturaleza estadística y de carácter irreversible.
Es la revolucionaria época de Darwin.
Estos años marcan el auge de la ciencia experimental, aunque sería mejor decir de la ciencia positivista, una corriente iniciada por el socialista Henri de Saint Simon (L’Industrie, 1816-1818), desarrollada después por el filósofo Auguste Comte (Curso de filosofía positiva, 1830-1842) y por el utilitarista liberal John Stuart-Mill (Un sistema de lógica inductiva y deductiva, 1843).
Comienzos prometedores: Saint Simon atisbó el porvenir de luces y sombras que aguardaba con la industrialización; Comte describió la ciencia de la medida y el experimento y Stuart-Mill se afanó en profundizar en el espíritu pragmático de la naciente burguesía.
Las doctrinas del siglo anterior procuraron las bases de las futuras revoluciones burguesas; la Revolución Francesa de 1789 será la simiente de otras muchas que están por venir. Mientras tanto, las monarquías se resquebrajan o ven limitados sus poderes por las constituciones ante las que ceden resignadas.
Las sublevaciones liberales de 1848 representaron el auge de los nacionalismos y los inicios del movimiento obrero, de carácter local los primeros y de alcance internacional el segundo, en tenso antagonismo. En Francia provocan la abdicación de Luis Felipe I y acaban con la efímera Restauración.
Rusia se despereza del sempiterno sueño en que la sumieron los boyardos.
2. NIHILISMO
El nihilismo: «Ese huésped inquietante».
NIETZSCHE
Los estudiantes y los jóvenes poseen el derecho de unirse
para guiar sus esfuerzos hacia el fin común y lo van a utilizar.
LOUIS BLANQUI
¡Arriba, parias de la patria!
LA INTERNACIONAL
Todo ruso ilustrado de la época ha de vérselas con el nihilismo. Dostoievski no será una excepción. Su ideario encierra una crítica extrema, política y cultural, de los valores imperantes de la sociedad. Turguéniev lo describe así: nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe. Es la suya la visión del escritor occidentalista que hizo popular este nebuloso concepto.
Si bien, el termino está asociado a Turguéniev, en la práctica es Dostoievski quien se sumerge en él. Baste recordar a su novela Demonios.
2.1 El nihilismo filosófico
El ateísmo despedaza el universo entero
en una miríada de yoes aislados.
JEAN PAUL RICHTER
Caute (¡Ten cuidado!)
SPINOZA
El nihilismo es protesta, rebelión contra lo establecido, adopta la forma de corte generacional, de lucha contra la religión, de iconoclastia. Es la agonía de la razón frente al imperio de las creencias, la concreción temporal de muchos interrogantes que han preocupado al hombre desde sus orígenes. Sentir, actuar y el bucle que la evolución quiebra con el tiempo, se modula con los efectos del pensamiento.
El término nihilismo es polisémico y este hecho no siempre se tiene en cuenta.2
El vocablo no pertenece a Turguéniev, se remonta muchos siglos atrás. Agustín de Hipona llama nihilistas a los no creyentes; una versión teológica y militante del concepto.
La constante pregunta acerca de la esencia y la existencia misma de Dios recibe un nuevo impulso con esta corriente.
Desde los albores de la Edad Moderna, en los aledaños de la res extensa, flotaba la cuestión acerca del lugar que ocupa Dios en el universo, en ese espacio vacío donde la materia es una intrusa.
La eterna confrontación entre el Ser y el Devenir se renueva en el curso del tiempo y despierta ahora con interrogantes nuevos. La quietud del Ser de Parménides se agita y resquebraja con el cambiante Proceso de Heráclito. «Lo mismo es pensar y ser», que decía Parménides. Este claro anticipo del «pienso luego existo» cartesiano, convive con esta otra enigmática sentencia: «En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]».
El Ser de Heráclito es fugaz, una chispa de luz que apenas divisada se destruye. Por entre las grietas que ofrecen ambas sentencias se desliza el nihilismo. Pero el tiempo trascurre, Ser y Proceso evolucionan.
El concepto adquiere un sentido positivo o negativo. En el primero, implica la destrucción de todo supuesto; en el segundo, la desintegración de las certezas y evidencias dictadas por el sentido común por parte de la especulación idealista.
La tradicional percepción (Vernehmen) de Dios como absoluto se diluye y deviene en objeto de argumentación.
Alemania se ocupó del nihilismo desde la óptica filosófica a la luz de la confrontación realismo-idealismo, aunque como noción se remonte mucho más atrás. C. F. Köppen dirá al respecto que el sistema de Schelling «no es realismo ni idealismo y por esta razón, es nihilismo»; una definición negativa que rechaza los absolutos, el sentido del hombre y la existencia de Dios. El vacío que resulta será precariamente cubierto por la evanescente idea de libertad, con el inquietante y filoso poder que depara al ser humano. El hombre tendrá control, acaso, sobre la muerte, pero no sobre la vida. Todo ello lo veremos desarrollado por Dostoievski y Nietzsche.
Spinoza, con un punto de partida religioso, sostiene que desde la abstracción no se pueden deducir los objetos singulares; por consiguiente, lo abstracto y universal, lo absoluto, interrumpe el progreso del entendimiento y previene acerca de la naturaleza de la fantasía tachándola de conocimiento confuso, desordenado y parcial. No obstante, es el primer modo de conocer, aunque si nos quedáramos en el orden de lo imaginario, no sabríamos a fondo de ninguna cosa. Tales son los principios esenciales del realismo spinoziano.
El polifacético Johann Paul Richter (1763-1828), más conocido como Jean Paul, llamó nihilistas poéticos a los románticos, animado quizás por sus prototípicos héroes.
En agosto de 1789, pocos días después de la toma de la Bastilla, mientras gran parte de Occidente veía nacer a la burguesía, Jean Paul bosqueja su conocido Discurso de Cristo muerto. El sueño, que forma el meollo de su proclama, anuncia por medio de un espectro el advenimiento del ateísmo. Más tarde, Jean Paul comunica que el espíritu es en realidad Cristo, quien anuncia «desde lo alto del edificio de mundo» que Dios no existe.
Entonces descendió desde lo alto hasta el altar una figura brillante, noble, elevada, y que arrastraba la impronta de un dolor imperecedero; los muertos exclamaron:
—¡Oh, Cristo!, ¿ya no hay más Dios?
Él respondió:
—No, no hay.
Todas las sombras empezaron a temblar con violencia, y Cristo continuó así:
—He recorrido los mundos, me he elevado en mitad de los soles, y allí tampoco estaba Dios; descendío hasta los límites últimos del universo, miré dentro del abismo y grité: «¡Padre!, ¿dónde estás?», pero no escuché más que la lluvia que caía gota a gota en el abismo.
(Richter, Discurso del Cristo muerto, 1796)
A la sombra del Cristo agonizante se cobija Nietzsche, cuya obra gira alrededor de su inexistencia. ¿Quién se resiste a evocar con estas reflexiones al Gran Inquisidor?
2.2 El miedo como origen de las religiones
En 1880, un año antes del fallecimiento de Dostoievski, Nietzsche emplea el término nihilismo por primera vez a propósito de la muerte de Dios. El filósofo cuenta con antecedentes inmediatos que marcarán su trayectoria; se ve influido por las lecturas de Padres e hijos de Turguéniev y por Memorias del subsuelo de Dostoievski. En su juventud se nutrió de Schopenhauer (1788-1860), primero admirado y más tarde denostado. La voluntad de vivir (Wille von Leben) ante la voluntad de poder (Wille von Macht) los enfrentará después. Nietzsche-Schopenhauer: goce de la libertad frente al sombrío pesimismo.
En Nietzsche se agita también la Metafísica de la entropía de Philipp Mainländer (1841-1876) cuyo mensaje anuncia que el devenir (Werden) del mundo se encamina hacia la nada (Nichts), hacia el no ser, en virtud de una pura voluntad de morir (reiner Wille zun Tode) que mora en el corazón de todo lo existente.3 «Dios ha muerto y su muerte fue la vida del mundo».
La filosofía de la redención (1876), su obra principal, abre la puerta a la ontología de lo negativo, así como indirectamente, a la psicología del mismo nombre: «El no ser es preferible al ser». Afirmación de la que arranca su pensamiento:
Las ideas de Mainländer discurren desde la física a la metafísica, aunque en él la psicología de lo negativo es una metáfora y no el producto emergente que exige el paradigma de la complejidad.
2.3 El nihilismo en acción: la versión eslava
La creación del mundo y la evolución del universo es una suerte de «autocadaverización de Dios».
PHILIPP MAINLÄNDER
Aunque la filosofía y el mundo de las ideas transciende o, si se quiere, se llega a traducir en actos, sabemos también que pensamiento y acción son dos lenguajes diferentes. El paso del primero al segundo, su traducción, implica modificaciones inevitables. La fantasía reflexiva sobre la acción produce el pensamiento y es un refinamiento humano que sucede a la primitiva relación emociónacto.
En Rusia se desarrolla de manera clara el nihilismo en acción, el nihilismo de la desmesura, del impulso.
El editor liberal Katkov, director de la revista El Mensajero Ruso, (Ру́сский ве́стник), que publicaría novelas de Turguéniev y Dostoievski, definirá sucintamente el nihilismo como algo propio de la persona que en nada cree. El nihilismo ruso, a diferencia del alemán, es más emocional, procede de la naciente conciencia política de la juventud desengañada de la época pseudoliberal de Alejandro II.
Contaban con una concepción de un mundo al que aspiraban y buscaban un sentido a su existencia, a veces más con actos que con ideas.
Nietzsche apunta que es «la resultante lógica de nuestros grandes valores»,4 que surge en Rusia tras la desilusión habida en la guerra de Crimea de la que ya hablaremos mas tarde.
En suma, el nihilismo es ante todo «rebelión en contra de los valores aceptados y estandarizados, se sitúa contra el pensamiento abstracto, [que todo lo abarca y nada dice] el control familiar, la poesía; se enfrenta a la religión y a la retórica».5 Como filosofía de lo negativo acecha al Vacío, a la Nada, desvela las catacumbas que la moral se obstina en mantener ocultas y denuncia la verdadera dimensión del hombre.
3. LOS SOCIALISMOS
El socialismo no reside únicamente en la cuestión obrera,
o del llamado cuarto estado, sino que consiste,
ante todo, en la cuestión del ateísmo.
DOSTOIEVSKI
Hasta mediados del siglo XIX el socialismo en todas sus formas fue una doctrina casi exclusiva del Occidente (G. Cole, 1953, T. II, p. 39). Rusia era incapaz de remover los rescoldos de la Revolución Francesa y nutrirse de ellos, excepto para los intelectuales que habían cruzado sus fronteras. El socialismo llegó a este país no como movimiento popular, sino como el culto refinado de ciertos grupos de intelectuales. La pugna entre lo nacional y lo extranjero estaba servida.
El nihilismo había cobrado notoriedad en Europa gracias a los atentados que tuvieron lugar en Rusia, que llevaron a equiparar terrorismo y nihilismo. Nietzsche dirá a este respecto que no es la causa, sino la lógica de la decadencia.
La subida al trono de Alejandro II, junto con la atenuación del estado represivo postdecembrista, significó la entrada de numerosos libros y revistas extranjeros, como la publicación Kolokol (La Campana), editada por Alexandr Herzen y Nicolás Ogárev (1813-1877).
Se agita, inquieta, la figura de Visarión Griegoriévich Belinski, que pasó en poco tiempo de la emoción romántica a la crítica literaria de carácter realista, para terminar en un radicalismo materialista. Solo en los dos últimos años de su vida mostró preocupación por la cuestión social, abrazó entonces su causa con su acostumbrado ardor y, sin llegar al utilitarismo, proclamó que la literatura no podía ser tenida en cuenta sin un contenido social. Los giros ideológicos de Belinski son un buen ejemplo de la efervescencia intelectual del momento, en perpetua búsqueda de un asidero consistente. Todos ellos, con sus inquietudes, representan a la generación de los cuarenta.
Alexandr Ivánovich Herzen, más próximo al socialismo de Fourier que, como fue el caso de Belinski, al hegelianismo, es un claro referente de este período. En 1847, dueño de una apreciable fortuna legada por su padre, se trasladó a París donde asistió a la revolución de 1848 que destituyó a Luis Felipe I de Francia y dio paso a la Segunda República. Esta experiencia marcó su talante antizarista y su adhesión a las ideas occidentales. Al final llegó el desencanto con Occidente, tumba de sus expectativas ideales de ruso ilustrado; a resultas de ello, se enfrentó tanto al reformismo del oeste como a la represión zarista, una empresa a todas luces excesiva, que fue aislándole de manera paulatina.
Las contradicciones de Herzen se hicieron críticas: desilusionado de las prácticas liberales occidentales que conducían al capitalismo, pero a la vez receloso del odio ciego hacia el zarismo que se extendía por momentos en su patria. La esperanza de un levantamiento espontáneo de los campesinos le impulsó a dispensar una favorable acogida al nuevo zar, que llegaba envuelto en promesas reformistas. La amarga realidad se reveló pronto con la insuficiente emancipación de los siervos de 1861, más aparente en sus formas que sólida en sus efectos, lo que significó un nuevo desengaño. Su posición final y por la que ha pasado a la historia, fue asignar a los campesinos rusos la función que los socialistas occidentales reservaban al proletariado. En suma, una vuelta a su inicial fourierismo.
Fue el principal teórico del populismo ruso y desde esta línea se opuso al terrorismo de Necháiev que veremos operar en Demonios. La novela de Dostoievski representa un alegato contra el nihilismo, concebido como producto extremo del ateísmo. Para algunos, Stavroguin es Bakunin, el personaje del que nos ocuparemos a continuación. Kiríllov, otro de los seres que dejan su impronta en la novela, deduce de «la no existencia de Dios» el posible control de la muerte y la suprema potestad sobre el suicidio, en pleno apogeo de la negatividad a la que ya hemos aludido.
4. BAKUNIN Y EL ANARQUISMO RUSO
Ejercer el poder corrompe, someterse a él degrada.
BAKUNIN
En la relación de los personajes principales del momento ocupa un lugar principal el anarquista Mijaíl Alexándrovich Bakunin (1815-1876) de familia ilustrada que, como tantas otras, estuvo muy influida por el liberalismo francés. Según la tradición de la época siguió la carrera militar. Su trayectoria intelectual le llevó a beber de fuentes de distintas nacionalidades: los enciclopedistas franceses, el idealista alemán Fitche (1762-1814) —que le ayudó a descubrir el valor de la toma de conciencia como acto de suprema potestad del sujeto y que la realidad es un producto del sujeto pensante—, y del por entonces omnipresente Hegel, que le abrió las puertas de la dialéctica.
A través de su amistad con Herzen y Ogárev se introduce también en las teorías de H. de Saint-Simón, defensor del industrialismo y por ende de la clase obrera que de él surgiría.
En 1840, durante su viaje a Berlín, residió con el novelista Iván Turguéniev, forzoso es que su filiación primera fuera occidentalista. Hacia 1844, época de su estancia en París cuando ya es conocido por su izquierdismo, traba contacto con Proudhon (1809-1863) quien será considerado padre del anarquismo, junto al ruso Piotr Kropotkin (1842-1921) y el italiano Errico Malatesta (1853-1932). También se relacionó con Marx (1818-1881) y Engels (1820-1895). Esta efervescente mezcla de teorías y tendencias era difícil de asimilar sin provocar graves confusiones.
Son bien conocidas las diferencias que ambos hombres mantuvieron durante la Primera Internacional (1864) estas fricciones, y las reiteradas acusaciones de paneslavismo que recibió, le hicieron contactar en 1869 con Necháiev, quien le instó a concentrarse en Rusia; la relación con este obseso activista solo duró un año.
Bakunin, sintonizaba mejor con el alma eslava, aunque tal vez su país necesitase más de Marx para transformarse.
5. CONCLUSIONES PROVISIONALES DEL SIGLO QUE TERMINA
Quizá sorprenda que de un caldo de cultivo común surjan movimientos de talante tan opuesto. Solo las consideraciones históricas aportan alguna luz sobre este debate. Si bien la Revolución Francesa, en última instancia, es el primun movens de todas las doctrinas que consideramos aquí, el peso de los nacionalismos emergentes y la identificación de un enemigo principal distinto en cada caso explican esta diversidad. El marxismo hará hincapié en la hegemonía del proletariado, en la lucha de clases y, como consecuencia inmediata, en un orden superior y una nueva identidad del hombre. Será el hombre nuevo de ¿Qué hacer?
Las aspiraciones del marxismo son internacionales, si bien subraya que las condiciones previas de la revolución son propias de cada país. Aventura también que un proletariado fuerte será decisivo para tal evento.
Herzen, había vuelto los ojos a Rusia y en una mezcla eslavófila y occidentalista gesta la idea del socialismo campesino.
Belinski no pasará de ser un apasionado precursor de ideas cambiantes donde el sentimiento desempeña un papel principal.
El caso de Bakunin requiere un análisis más complejo porque aparecen con frecuencia grandes contradicciones fruto del hervidero ideológico en el que escogió vivir. Como él mismo se calificó en ciertos momentos, era un socialista instintivo, un pensador y al tiempo, un ser impelido a la acción; internacionalista y eslavófilo. A este respecto, las ideas de H. Arendt (1958)6 sobre la acción, que tan cara le resultaba, son esclarecedoras:
Mientras que todos los aspectos de la condición humana están relacionados con la política, la acción es específicamente la condición —no solo la conditio sine qua non, sino la conditio per quam— de toda la vida política.
(Ibíd., p. 22)
El marxismo supedita el individuo a las condiciones de producción y a la lucha de clases; Bakunin proclama al hombre como objetivo supremo y, en una suerte de naturalismo de nuevo cuño, decreta la abolición del Estado, de las clases sociales y de la desigualdad de los sexos.
Aunque pueda parecer una simplificación excesiva, los extremos se concretan en la subordinación del hombre al orden social, con la esperanza de que unas nuevas condiciones le modifiquen sustancialmente frente a la proclamación de su suprema dignidad, que supone la abolición de toda coerción social y de las tradicionales diferencias y desigualdades.
No cabe duda de que el marxismo es una doctrina más vertebrada que el anarquismo.
Para terminar este bosquejo, brota como subproducto el nacionalismo, que en Rusia adopta la forma de eslavofilia, basado en la comunidad de ancestros, etnias, creencias o religión. Tradición frente a progreso y no el progreso como consecuencia de la tradición.
6. LA POLÍTICA EN LA VIDA DE DOSTOIEVSKI
La política es poder y lleva a la facultad de decidir y a la acción,
Muchos acontecimientos, tanto familiares como sociales, marcarán la existencia del escritor. Cuenta con cuatro años cuando se produce el levantamiento decembrista de 1825 de inspiración liberal, el primer aldabonazo de occidente sobre la vida política rusa hasta entonces encerrada en el sueño milenario de sus estepas. Sus orígenes fueron notorios: el cuerpo de oficiales del Ejército Imperial, victorioso en la batalla de Borodinó contra Napoleón en 1812, contempló con avidez el panorama político liberal de las sociedades occidentales a las que acababan de acceder y sorbió el nuevo espíritu jacobino. Los bárbaros vencedores se entregaban al frenesí que ofrecía el fascinante mundo de los vencidos. Los oficiales aristócratas, aún siendo minoría, se rendían al legado de la Revolución francesa, cuyos ecos alentaban más allá del imperio napoleónico que habían contribuido a derrotar. Nació así la conciencia igualitaria de los derechos humanos, anunciadora de la emancipación de los siervos —que habría de esperar aún hasta 1861— y la ambición romántica de disponer de un gobierno representativo, donde el pueblo concurre en la promulgación de las leyes.
En esta bullente atmósfera se fundó en 1816 la Unión de Salvación (Soyuz spasenia), germen del decembrismo. Uno de sus miembros fue Nikita Muriaviov (1793-1843) inspirado en Robespierre (1758-1794) y muy influido por el masón español Juan van Halen y Sartí (1788-1864).7 Constituyó la Sociedad del Norte, cuyo objetivo era restringir la capacidad de gobernar del zar. Otro de sus dirigentes fue el poeta Kondrati Fiódorovich Ryléyev (1755-1826), de talante más radical, que declaraba estar dispuesto a acabar con el zar si este no abjuraba del absolutismo.
Vino a sumarse también la Sociedad del Sur, bajo el control de Pável Ivánovich Pestel (1893-1826), que participó en la Guerra Patria de 1812. Pestel pretendía la instauración de una república en la que la religión oficial fuese la rusa ortodoxa; los judíos, considerados como aliados de los nobles y los zares,8 serían deportados al Asia menor. Este grupo era afín ideológicamente al del general español Rafael Riego (1784-1823), liberal antiabsolutista, y al de los carbonarios italianos, organizadores en 1820 en Nápoles de los movimientos de tendencia liberal, también inspirados en él.9
Esta breve incursión por Europa permite situar al futuro decembrismo en un contexto occidentalista amplio y dar cuenta de las variadas tendencias que en él se albergaban, así como identificar las peculiaridades propias de su carácter ruso.
6.1. El decembrismo. La revolución occidentalista fracasada
El decembrismo constituyó la prehistoria ideológica y el origen próximo de los conflictos sociales de la época de Dostoievski.
Nuestro hombre vio cruzar por su existencia tres zares: en su primera infancia a Alejandro I, después a Nicolás I, que le llevó al patíbulo y más tarde a la kátorga y, para terminar Alejandro II, en el curso de cuyo zarato escribió lo más importante de su obra.
La muerte del contradictorio Alejandro I (1777-1825) tímido librepensador y autócrata a un tiempo y la sucesión de este por su hermano, el rígido absolutista Nicolás I (1796-1855), fue la coyuntura que los decembristas aprovecharon para su torpe levantamiento. El 26 de diciembre de 1825 tuvo lugar la timorata y engañosa asonada contra el nuevo zar bajo el pretexto de defender los derechos del «legítimo» heredero, su hermano menor Constantino Pávlovich Románov (1779-1831). Tras varias escaramuzas, las tropas leales a Nicolás I dispersaron a los indecisos decembristas, más firmes en sus ideas que con las armas, concluyendo así esta efímera revuelta que, no obstante, tendría sensibles consecuencias en el siglo XIX ruso. Los sublevados demandaban una constitución al estilo del código napoleónico de 1804; eran casi todos miembros de la Guardia Imperial. Su estrepitoso fracaso supuso una durísima represión; unos fueron ejecutados y otros deportados a Siberia. Representó, dado su corte liberal, un inesperado y paradójico impulso para el nihilismo y el incipiente socialismo bolchevique, que habría de llegar de manera plena casi un siglo después.
El poeta Alexandr Pushkin fue incriminado en el levantamiento y colocado bajo vigilancia por el propio zar, aunque no tomó medidas drásticas contra él.
Un año después se pronunciaron cinco penas de muerte contra Pável Pestel, Kondrati Ryléyev, Serguéi Muraviov-Apóstol (1796-1826), Mihaíl Bestúzhev-Ryumin (1801-1926) y Piotr Kajovsky, el oficial que mató de un disparo de pistola al conde zarista Milorádovich.
Más tarde, en tiempos de Alejandro II, fueron amnistiados los supervivientes de aquellos hechos. Lenin comentó a este respecto: «Estrecho es el círculo de estos revolucionarios. Están terriblemente alejados del pueblo».
El decembrismo, de objetivos prematuramente ambiciosos, fue algo más que una algarada, obró de caldo de cultivo político en el que se desenvolvió Dostoievski y con él gran parte de la juventud ilustrada rusa que nació por aquellas fechas. En esta atmósfera de tendencias encontradas, con flujos y reflujos, tuvo lugar la occidentalización política y social de Rusia.
El reinado de Nicolás I abarca la época romántica de la literatura (1830-1850) y coincide con la explosión de brillantes literatos: Pushkin, Lérmontov y Gógol sobre todos ellos. Los últimos años contemplan los inicios de Dostoievski (que en ese periodo escribirá Pobres gentes, El doble, La patrona, Niétochka Nezvánova, Noches blancas), de Turguéniev, el autor de Diario de un hombre superfluo, Dama de provincia, Memorias de un cazador y del primer Tolstói, con Infancia, Adolescencia y Relatos de Sebastopol.
Pushkin será un azote para la conciencia de su tiempo, proclamó que «nuestra libertad política no puede separarse de la liberación de los campesinos»; contra Alejandro I había escrito un demoledor epigrama:
Criado al son de los tambores
Nuestro zar fue un bravo capitán:
Huyó en Austerlitz
Y tembló en 1812.
Pero era en cambio
un maestro en los desfiles.
(Citado por M. de Saint Pierre, 1969, T. II, p. 32)
Nicolás I le hizo volver de su destierro en 1826 y al referirse a los decembristas no tuvo empacho en reconocerle, como buen soldado, que «si hubiera estado allí, ¡me habría puesto de su lado!».
Lérmontov escribe mientras tanto en su célebre y sombría Predicción (1830):
Llegará esa edad, edad negra de Rusia,
y caerá la corona de la cabeza de los zares.
Gógol, menos impulsivo, arremete también contra el régimen en su conocida comedia El inspector (1836). Como sucederá más tarde con Dostoievski, su vida se debate entre el occidentalismo y lo eslavófilo; vencerá este último. Así se verá reflejado en su obra Almas muertas (1842), un buen exponente de esa situación.
Pero para completar de manera cabal esta proteiforme situación política es necesario ampliar la perspectiva, incluyendo el enfrentamiento histórico entre las generaciones de los años cuarenta y sesenta, un abrupto corte generacional. El socialismo de la época engloba a los llamados socialistas utópicos, como Charles Fourier (1772-1837), Louis Blanqui (1805-1881), el revolucionario admirado por Marx, Louis Blanc (1811-1882), también el líder estudiantil Necháiev.
El panorama político ruso se polariza entre los intelectuales: «hombres de las ideas», pagados de la cultura europea, a quienes los nihilistas consideran «hombres superfluos», y, en el otro extremo, los «auténticos rusos», inclinados a la acción, donde figuraron multitud de sociedades secretas. Sirvieron de guía el ya mencionado Catecismo (1868) y la novela ¿Qué hacer?
Herzen, quien para Dostoievski era básicamente un poeta, no aceptará estos argumentos; Lo superfluo y lo bilioso (1860) recoge lo esencial de sus propuestas. Los hombres superfluos se rebelan frente a la bilis de la siguiente generación. Herzen piensa en «aquellos monjes que, por amor al prójimo, han llegado a odiar a todo lo que es humano y que maldicen a todo el mundo, por el deseo de bendecir algo».
En 1846 se conocieron ambos, tres meses antes de que Herzen se marchase de Rusia. La impresión que a este le causó Dostoievski no fue demasiado favorable. En 1862, volvieron a encontrarse en Londres. La figura de Fiódor Mijáilovich se había agigantado, era ya el autor de Memorias de la casa muerta, que había recIbído un veredicto más favorable, dirá entonces: «ingenuo, un poco confuso, pero muy agradable; es un entusiasta creyente en el pueblo ruso»:10
Sin entrar por ahora en la polémica acerca de la naturaleza de las ideas dostoievskianas, comprenderlas resulta clave para entender su posterior trayectoria tanto literaria como filosófica, política y religiosa.
El enfrentamiento entre ambas generaciones alcanzó su punto álgido en 1867 tras el atentado del estudiante Dimitri Karakózov (1840-1866), contra la vida del zar Alejandro II, que mereció la repulsa de Herzen.
6.2. Crimea. El anuncio del fin del zarismo
El Mar Negro, ese inmenso lago ruso.
Durante gran parte del siglo XIX no hubo apenas burguesía en el Imperio, con la excepción de Polonia, que por entonces pertenecía a Rusia. La sociedad disponía de una muy amplia base campesina, una minoría nobiliaria que la controlaba y por encima: el zar. Pero, a mediados del siglo se produjo una verdadera conmoción nacional que supuso un importante cambio: la derrota en la guerra de Crimea, un conflicto que, entre 1853 y 1856, enfrentó al Imperio Ruso contra una liga formada por el Imperio Otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña. En la contienda al menos murieron 750.000 hombres. Fue quizá la última guerra en la que se respetaron las relativas reglas de honor que regían en estas confrontaciones. No solo lucharon el islam y la cristiandad, también hubo pugnas religiosas internas entre los ortodoxos, protegidos por Rusia y los católicos, sostenidos por el segundo imperio francés de Napoleón III. También se dieron cita anglicanos y protestantes, en alianzas contra natura que solo podían tener una justificación política, pero la política es tornadiza. La religión y lo secular se acercaron peligrosamente. Para los turcos la guerra representaba luchar por un imperio que se debilitaba en su sempiterna contienda con los rusos. Este fue, tal vez, el eje fundamental del enfrentamiento. No en vano, estos acostumbran a llamarla Guerra Oriental, haciendo mención exclusa de la intervención de Occidente. A su vez, los ingleses temían la hegemonía eslava en el continente asiático y luchaban por lo que ellos denominaron el libre comercio. Francia, melancólica, pretendía resucitar viejas glorias napoleónicas.11
Los celos entre las diferentes confesiones cristianas fueron en aumento: el papa Pío IX volvió a establecer un patriarca latino residente; el patriarca griego regresó de Constantinopla para controlar mejor a los ortodoxos; los rusos enviaron también una misión eclesiástica. En algunos aspectos estos consideraban a la Tierra Santa como una extensión de su madre patria espiritual, en una peculiar recreación de las cruzadas. Los católicos y los protestantes veían con reticencia todas estas demostraciones de fanatismo, reflejo actual del que ellos exhibieron siglos atrás. En este vórtice de ambiciones, los franceses sentían peligrar su posición de defensores de la Cruz, y lo que de merma de prestigio pudiera significar. Para preservar sus privilegios establecieron en 1843 un consulado en Jerusalén; pero en Occidente el comercio primaba sobre la religión. Los asuntos de la tierra se imponían a las cuitas del cielo.
Las ya delicadas relaciones entre Rusia y el Imperio Otomano se enconaron, la primera deseaba nada menos que la anexión de Constantinopla para acceder al mar Mediterráneo. La negativa turca a estas ambiciones desembocó en la declaración de guerra de estos al Imperio ruso; pronto encuentran aliados en franceses, ingleses y sardos, que ven con gran recelo los sueños del zar.
El comienzo de las hostilidades es favorable a Rusia al destruir la flota turca en Sinope. Pero, el 10 de abril de 1854, la armada franco-británica bombardea Odesa, el puerto mercantil ruso.
La guerra del mar deja paso al desembarco en Crimea para atacar a Sebastopol, a la que ponen sitio en septiembre de 1854. La primera batalla tuvo lugar en el río Almá y se saldó con la derrota rusa. Con la intención de romper el cerco, clave para el dominio del Mar Negro, se produjo el 25 de octubre la batalla de Balaklava, conocida en Rusia como batalla de Kadikoi, donde tuvo lugar la famosa Carga de la Brigada ligera inglesa, que llevó a su casi completa destrucción.
El resultado final fue un triunfo ruso que no sirvió para levantar el sitio.
Con el advenimiento de Alejandro II empezaron las conversaciones de paz que terminaron con el Tratado de París de 1856; el mar Negro se convirtió en territorio neutral desprovisto de fortificaciones. Moldavia y Valaquia seguían en poder de los otomanos; estas medidas supusieron un golpe para la influencia rusa en la región y la derrota del zar.
El infausto desenlace, pese a la desesperada resistencia que opuso Sebastopol, cuya caída significó el final de la guerra, reveló ante todo la nula industrialización y la consecuente debilidad del estado ruso. Puso de manifiesto también que el gigante era muy endeble: inferioridad militar, sin ferrocarriles que facilitasen la comunicación en tan vasto imperio, armamento anticuado y con muchos siervos que se negaron a combatir como soldados.
La guerra de Crimea legó como secuela literaria a ese personaje descrito por Turguéniev en su obra Diario de un hombre superfluo, ejemplar humano que encarna su protagonista Chulkaturin y sobre todo al Bazárov de Padres e hijos.
El héroe romántico que le precede, tan bien descrito por Byron y Pushkin, es un ser individualista, cuyas ideas desembocan siempre en la acción. Por el contrario, el hombre superfluo se perfila, indeciso, en una atmósfera neblinosa, acopiando ideas que guarda para sí y que por momentos le anegan. El tradicional qué hacer se sustituye por un denso y oprimente qué pensar, lejos de la inspiración lírica y más próximo a la extensa y lenta masticación del rumiante.
En Hamlet y Don Quijote (1860) Turguéniev presenta al hombre superfluo desde una nueva perspectiva: ambos forman parte de un continuum que discurre desde el lejano egoísmo del primero al entregado altruismo del segundo. Don Quijote semeja la flecha que busca el horizonte imposible, mientras que Hamlet se engolfa en una ciénaga de autocomplacientes dudas.
El hombre superfluo es disfuncional e ineficaz para cualquier tipo de proceso. Se limita a estar y sus ideas yacen, inertes, con él:
Hamlet es un escéptico condenado a vagar, a zigzaguear perpetuamente en una senda borrosa, acompañado de sí mismo.
Hay que convenir que Don Quijote es ridículo… Don Quijote suscita risa… cuando esta se congela en una lágrima genera sosiego, reconciliación.
Los hamlets son, en efecto, inútiles para la masa, para la multitud ávida de acción, no pueden conducir a parte alguna porque carecen de objetivos…
Hamlet no ama; roza el amor con el fingimiento.
Don Quijote ama a una criatura imaginaria y está dispuesto a morir por ella.
(Turguéniev, Hamlet y Don Quijote, 1860)
Rusia comenzó a cuestionar un modelo social, cuyo ocaso se vivió en Crimea desde varios frentes, siendo el literario uno de los más activos.
7. LA ABOLICIÓN DE LA SERVIDUMBRE
El acontecimiento fundamental del reinado de Alejandro II fue la abolición de la servidumbre, hecho capital en la historia rusa en particular y para la propia condición humana universal. Careció de la efímera grandeza que proporcionó Espartaco a la esclavitud romana y solo sirvió de preludio a revueltas más radicales que protagonizaron los propios oprimidos. La servidumbre, una forma escondida de esclavitud, llevaba consigo el peso de los siglos y chocaba con el doble obstáculo de los pretendidos derechos de los señores y la resignada actitud de los siervos.
La pausa ganada en el escenario exterior dejó las manos libres al zar en la tarea de emancipar a los siervos, que pudo ver cumplida seis años después tras innumerables obstáculos.12
A principios del siglo XIX la sociedad rusa era ante todo campesina. La servidumbre había surgido a finales de la Edad Media y en 1649 fue sancionada por decreto del zar Alejo I (1629-1676), padre de Pedro el Grande, para evitar los frecuentes casos de fuga de campesinos de las tierras de sus amos. Según el ucase, estaban obligados a permanecer para siempre en sus haciendas, estas podían venderse junto con sus habitantes.
Con el paso del tiempo, las obligaciones de los siervos hacia los señores, lejos de disminuir, habían crecido. Existían diversos tipos de servidumbre: siervos domésticos, siervos sometidos al trabajo no remunerado, siervos obligados al pago de una renta, etc. Además de su mala situación económica y de su condición analfabeta, recibían envilecedores castigos corporales y si eran llamados al servicio militar, tenían que servir en él media vida.
La estructura social estaba bien definida. En la cúspide, la nobleza terrateniente y los boyardos, que monopolizaban, a su vez, la oficialidad del ejército y los principales cargos en la compleja administración imperial rusa. Poseían casi toda la tierra, gozando de numerosos privilegios. Era la más poderosa de toda Europa, aunque su poder disminuía a medida que aumentaba el del zar. Este estado de cosas se agudizó con Pedro el Grande. Al omnímodo zar le acechaban dos insidiosos enemigos: la nobleza misma y los siervos; ambos se aliaban contra su poder absoluto.
Tras la institución de la servidumbre en 1597 bajo el reinado de Borís Godúnov (1552-1605), la riqueza del terrateniente se medía por el número de almas, un calificativo espiritual que ocultaba la más grosera y prosaica realidad económica.
Por fin, el 19 de febrero de 1861 llegó la abolición, pero la odisea no había terminado: para conseguir su propia tierra habrían de comprársela a los señores que seguían siendo sus propietarios. A pesar de todo, se emanciparon cerca de veinte millones de almas, aunque el antiguo orden continuó en innumerables aldeas. El gobierno emitió finanzas para compensar a los terratenientes. En suma, la medida, sin el oportuno reparto del suelo, no solucionó los problemas de los campesinos por el alto precio que tuvieron que pagar como indemnización para lograr una precaria libertad. En muchas comunidades de campesinos reinaba un claro descontento hacia el zar y sus tímidas reformas, malestar que se extendió también a la nobleza, que perdía privilegios seculares, significando el caldo de cultivo donde germinó el nacionalismo populista.
Desde el punto de vista económico, la pseudoliberación no trajo consigo una modernización del campo, ya que no introdujo la mecanización en los cultivos.
El protagonismo industrializador corrió a cargo del Estado zarista con la ayuda del capital exterior, se desarrollaron los sectores de la industria pesada y del ferrocarril, pero el atraso económico y social siguió siendo abrumador. De todas formas, hizo su aparición un minúsculo proletariado.
La enorme extensión del imperio ruso, que había significado una gran ventaja contra Napoleón, en forma del «general invierno», ofrecía ahora su lado oscuro lleno de inconvenientes con vistas al desarrollo.
1. El duro deseo de duración.
2. Aquellos que deseen profundizar en esta problemática pueden consultar a F. Volpi, 2007.
3. También influyó en la noción freudiana de Pulsión de Muerte.
4. La voluntad de poder, Madrid, Edaf, 1996, p. 30.
5. Nicolás V. Riazanovsky, A History of Russia, 1960, p. 381. Citado por J. Serrano Martínez, 2006, p. 55.
6. H. Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 1958, p. 116.
7. Este último conspiró contra el anticonstitucionalista Fernando VII. La constitución española de 1812 fue abolida por él.
8. A este respecto véase H. Arendt, Los Orígenes del totalitarismo, 1951.
9. Los llamados Coloraos, por el color de sus uniformes, fueron un grupo de 49 liberales liderados por el antiguo coronel Pablo Iglesias González que embarcaron desde Gibraltar hacia Almería, donde veinticuatro de ellos fueron capturados y fusilados el 24 de agosto de 1824 en la rambla de Belén. Perseguían los mismos ideales que los decembristas.
10. En realidad, ni Herzen ni Dostoievski sabían demasiado del pueblo ruso; pero mientras que Herzen, conocedor de las teorías democráticas occidentales, solía utilizar al pueblo como una contundente cachiporra para fustigar a la autocracia rusa, Dostoievski, cuyo modo de pensar era ruso y no europeo, se estaba acercando rápidamente a la opinión ortodoxa que veía en el campesino idealizado el fundamento de todo el sistema autocrático, bajo la férula de la Iglesia y el Estado (E. Carr, p. 89).
11. La guerra en su conjunto fue presentada por las potencias occidentales como el deseo de frenar el despotismo eslavo. Para Rusia y en particular para Nicolás I, significaba una suerte de cruzada para defender a la cristiandad ortodoxa de los otomanos (Figes, 2010).
12. Rusia contaba por entonces con veintiún millones de siervos de entre una población total de ochenta millones, a los que había que añadir veintiséis millones de campesinos dependientes de la corona. Pero, la tímida reforma no satisfizo a nadie. Los eslavófilos se unieron como compañeros de viaje a los estratos más conservadores y los occidentalistas lamentaron el carácter incompleto de la medida: los siervos liberados no adquirían de facto los mismos derechos que el resto de la población del imperio. Saint Pierre (1969) afirmó que Alejandro II se encontraba atrapado entre una extrema derecha esclavista y una extrema izquierda anarquista. Mezquino para unos y débil para otros.
CAPÍTULO II
LA EMOCIÓN, EL PENSAMIENTO Y, POR FIN, LA PALABRA
El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a
quien nadie puede imitar.
CHATEAUBRIAND
1. LAS LETRAS: ODAS, ELEGÍAS Y POEMAS ÉPICOS
La lengua literaria rusa, tal y como hoy la conocemos, se formó en las postrimerías del siglo XVIII y adquirió identidad con Pushkin, que será considerado como el creador de la literatura nacional. Empleó el ruso popular, con críticas incursiones al francés, y rescató de occidente lo más valioso de su cultura satirizando al tiempo la bobalicona mimesis de lo francés de que hacía gala la nobleza a la que él mismo pertenecía. Estableció las normas de la lengua nacional literaria, aproximando las letras lo más posible al lenguaje del pueblo. Gracias a él, este idioma conquistó el puesto de lengua de comunicación universal que hasta entonces no tenía.
2. EL RELATO CORTO, LA NOVELA EXTENSA
Y, SIEMPRE, EL POEMA
La libertad de la prosa rompe las severas restricciones que impone el verso.
¿Qué condiciones se daban en la Rusia zarista para semejante explosión artística en contraste con las restricciones impuestas a la vida cotidiana? ¿Acaso se trató solo de una de esas asombrosas coincidencias en el tiempo?
Varios factores confluyeron para explicar este singular suceso. Algunos vinieron del exterior, otros del desarrollo interno del país.
Entre los primeros destaca el descubrimiento de la Europa de la Revolución Francesa por la joven oficialidad rusa, que por su educación era la máxima depositaria de la cultura y casi la única que podía captar su importancia; a ello se unió la brusca colisión de las costumbres tradicionales de carácter medieval con el progreso que traía consigo la aparición de la burguesía en el crepúsculo del absolutismo.
De entre los segundos figura, sobre todo, la carga subversiva del anacrónico hecho de la servidumbre, cuando ya en occidente apuntaba el nacimiento del proletariado.
El retorno a la patria de los inquietos oficiales significó, entre otras cosas, la adopción del modelo del poeta rebelde cuyos versos impulsaban a la acción.
Algunos, en fin, contemplan esta época como un producto de las corrientes liberales que se desarrollan en el siglo XIX. Por Liberales se entendía entonces a los partidarios de eliminar las obstinadas cadenas conservadoras que se iniciaron con la nobleza rural, los boyardos, y que apenas se aflojaron con la intervención de los sucesivos zares, significó la expresión política de una burguesía incipiente ante los modos de una nobleza caduca empeñada en ser estática.
El pensamiento, como Nabókov afirma, encontrará mayores espacios de libertad que en el posterior periodo soviético. A despecho de los deseos de los zares, sus instrumentos de control son menos estrictos, aunque ambas etapas sufran serias limitaciones en el plano de la censura.1 «El gobierno y la revolución, el zar y los radicales eran por igual filisteos en materia artística», dirá también Nabókov; todos combaten el arte, pero reconocen su existencia que siempre encuentra en ese desorden intersticios por donde deslizarse.
¿Qué es el arte, para qué sirve?, preguntaría un utilitarista. El arte contiene un plus que no se explica con los argumentos de la razón, ni entra dentro de sus límites. La respuesta es evidente para algunos y desprovista de sentido para otros: es el hijo pródigo de la imaginación, la traducción onírica de la realidad, el deseo liberado de una parte importante de las mordazas manifiestas.
Falta conciencia política plena para ponderar lo que este movimiento en ciernes, cargado de protestas, supone. Lo excepcional se vuelve cotidiano y, como el Che Guevara diría más de un siglo después, cuando esto sucede, llega la revolución. Pero sus pasos son lentos y a veces erráticos.
Existe una importante diferencia entre el absolutismo de los zares y la dictadura de los líderes soviéticos, en especial de los que coinciden con el período estalinista; estos últimos no combaten el arte, lo domestican y se sirven de él hasta llevarlo a su inevitable degeneración.
El citado Nabókov, siempre extremista, en aras del arte puro, ridiculiza el contenido social de Turguéniev, como también el de Dostoievski. Más tarde, expresa la misma opinión a propósito de Tolstói y su Anna Karénina, lamenta «que este no viera que la belleza de los rizos oscuros sobre el tierno cuello de Anna era artísticamente más importante que las ideas de Liovin (que son las de Tolstói) sobre la agricultura».
Las opiniones de Nabókov representan, en muchos casos, la reacción contra el periodo soviético, pero no se acomoda al contenido social de los escritores del siglo XIX, para los cuales la belleza no es un valor ético. Como afirmó el sociólogo Max Weber, la belleza, el bien y la verdad siguen caminos diferentes.
Fue una época al borde del caos y ahí reside, con toda probabilidad, el secreto de su impar riqueza artística, de su insólita creatividad. Este caso no es el único, aunque adopta formas diferentes según los países: la Viena finisecular anuncia el desplome del Imperio Austrohúngaro y disfruta de un gran esplendor artístico e intelectual con Schnitzler, Hofmannsthal, Kokoshka, Schoenberg, Gustav Klimt, Wittgenstein y Freud. Conviven y se enfrentan los políticos antisemitas Georg von Schönerer y Karl Lueger, alcalde de Viena, con el padre del sionismo, Theodor Herzl (Carl E. Schorske, Fin-de-Siècle Vienna: Politics and Culture, 1980).
La construcción de la Ringstrasse, no será el foso medieval que aísle a Viena, sino un puente que la proyecta al mundo. Es la burguesía en pleno desarrollo, el motor de esta efusión cultural.
Siglos antes, la Edad de Oro de las letras españolas preludió el ocaso de su imperio, cuya grandeza era comparable para Quevedo a la de un hoyo: «tanto más grande, cuanta más tierra se saca de él».
Nuestro Quijote representa el ejemplo agónico de glorias pasadas y del porvenir sombrío. Todo Imperio impone respeto, como ocurrió con el apogeo del zarismo y, más tarde, su inevitable decadencia es vivero de creación y búsqueda, de inquietud y protesta.
Para Inglaterra, el convulso periodo isabelino significó el comienzo de su dominio naval y dio paso al esplendor literario, que albergó a William Shakespeare y también a poetas como Edmund Spencer (1552-1599), novelistas como R. Greene (1568-1592) y dramaturgos como Christopher Marlowe (1564-1593).
Con su peculiar estilo, Rusia experimentó a su vez una auténtica explosión literaria durante el siglo XIX. Nunca la pluma había penetrado con tanto vigor en la filosofía, la política y la psicología, ni había profundizado en tan poco tiempo con semejante agudeza en el alma rusa…
El alma rusa, mito que se repite a lo largo de esos años, fruto de una naciente conciencia eslava.
3. PUSHKIN, EL POETA ETERNO, EL AUTOR SUPREMO
Es la hora de Pushkin, breve y fragoroso como El pistoletazo, uno de sus relatos cortos más conocidos.
A partir de 1830 se había iniciado una tímida ruptura entre la rima y la prosa y en ambas está presente nuestro escritor.
La lengua de Moscú y San Petersburgo y la lengua de las Estepas y del Cáucaso, adquieren cadencias inusitadas gracias a él. Llenó con sus obras el tiempo del romanticismo en ese país y más allá. La novela en verso Eugenio Oneguin (1823) será la versión eslava del Don Juan de lord Byron.
Su azarosa y aventurera existencia se entremezcla con la de Nikolái Gógol al que precede. Gógol, el inolvidable creador de Almas muertas (1842), quizá la primera auténtica novela rusa. Ese mismo año vio la luz también la epopeya del nacionalismo romántico Taras Bulba.
El poema de Pushkin El jinete de bronce (1833) servirá de inspiración al joven Mihaíl Lérmontov, autor de la premonitoria elegía La muerte del poeta (1837). «Se hace camino al andar», exclamará Machado un siglo más tarde. Cuatro años después morirá también en duelo; duelos que se afanan, implacables, en segar vidas fecundas. Su novela Un héroe de nuestro tiempo apareció en 1840, apurando su breve andadura por las letras.2
Época lúgubre y sombría. El reinado de Nicolás I, inmortalizado en el realismo atormentado, de acentos vitales, de esperanzas soñadas está muy lejos del posterior realismo soviético con su monotonía carente de alma.
Alexandr Serguéievich Pushkin nació en Moscú en 1799, cuando se iniciaba el insólito siglo. Pertenecía a una familia noble, lo que no impidió a su espíritu inconformista integrarse en la visión liberal que habría de socavar el estricto orden conservador hasta entonces imperante. Sus primeros poemas de contenido político le valieron un destierro en Kishinev, en tierras del Cáucaso. Al influjo de Lord Byron, creó el genero conocido como poema narrativo, que conoció un gran éxito en la literatura romántica. A este periodo pertenecen El prisionero del Cáucaso, Los hermanos bandidos y La fuente de Bachtisarai. La lírica de ecos regionales daba paso a la épica nacionalista.
Su temple rebelde le llevó desde su destino en Odesa, a donde había ido a parar en 1823, al destierro de Miháilovskoie, la aldea de su madre. Allí compuso el drama Borís Godúnov (1825), de acentos shakesperianos y partes de la novela en verso Eugenio (Yevgueni) Oneguin, compuesta entre 1825 y 1832.
En 1831 se casó con Natalia Goncharova y solicitó la reincorporación al ministerio del que había sido separado durante su exilio. A ese periodo pertenece la Historia de Pugachev. El legado del cosaco que se extendió a los años venideros.
Entre sus muchas actividades, Pushkin fundó la revista El Contemporáneo (1836-1866, Sovreménnik), que más tarde dirigiría Nekrásov, lugar privilegiado de las letras en el curso del siglo XIX, donde aparecieron, entre otros textos, La hija del capitán (1836), ¿Qué hacer? (1863) y El sueño de Oblómov (1859).
En enero de 1837, a los 38 años, murió en duelo con un oficial francés, cuñado suyo, de quien sospechan que le engañaba con su mujer. Final acorde con el credo romántico que le tocó vivir.
Si su existencia merece atención, su obra literaria ocupa un espacio aún mas importante. En 1822 había escrito con el impulso de sus veintitrés años:
¿Qué podría decir de nuestros escritores que, considerando una vulgaridad expresar con sencillez las cosas más simples, pretenden animar la prosa infantil con muchas palabras y blandas metáforas?... La precisión y la brevedad son las cualidades más importantes de la prosa.
Magistral pintor de caracteres, es un antecesor de Fiódor Dostoievski. Ambos escritores dibujan figuras repletas de impulsos contradictorios, lejos de esas a las que anima una sola pasión, hechas de un único trazo, tal y como en nuestra literatura representan los personajes de los Autos Sacramentales.
Hermann, el protagonista de La dama de pique (1834), es todo un ejemplo de la novela psicológica de comienzos del siglo XIX.
No obstante, la fuerza incomparable de Pushkin se revela ante todo en la poesía. Sus versos llegan a nosotros minorados por la traducción; esa traducción que hizo exclamar a Flaubert al leer la versión que de sus poemas hizo Prospero Merimée: « Mais il est plat, votre poète!». Claro está, sus versos traducidos se antojaban secos y desprovistos de enjundia para el buscador de le mot juste. La traducción de un Merimée, asombrado por la vitalidad de Pushkin, fue incapaz de trasladar sus profundidades al idioma francés.
De entre toda su poesía destaca Eugenio Oneguin, publicada en 1837, un clásico que sirvió de modelo para diversos héroes posteriores de la literatura rusa. El melancólico bon vivant que vive, indolente, su apático amor por Tatiana y que al final, en un impulso amoroso intempestivo propio del espíritu tímido, le confiesa sus sentimientos y será rechazado por ella que permanece leal a su marido, aunque su amor pertenezca a Oneguin.
El Caballero pobre es un poema que, según recuerda Liuvov Dostoievski (1923), hizo llorar a su padre:
Habiendo formado así un poco nuestro gusto literario, empezó a recitarnos las poesías de Pushkin y de Tolstói, dos poetas nacionales a los que tenía particular afecto. Recitaba admirablemente sus poesías; había una que no podía leer sin lágrimas en los ojos, El caballero pobre, un verdadero poema medieval, la historia de un soñador, de un Don Quijote, profundamente religioso, que pasa su vida por Europa y por Oriente combatiendo por las ideas del Evangelio. En el transcurso de sus viajes tiene una visión: en un momento de exaltación suprema, ve a la Virgen Santísima a los pies de la Cruz. Corre desde entonces una cortina de acero sobre su rostro y, fiel a la Madona, no vuelve a mirar a las mujeres…3
Tras la aventura de La dama de pique asoma un relato donde prima la descripción: La hija del capitán (1836), novela histórica que refleja la revuelta campesina del siglo XVIII, basada de nuevo en la rebelión de Pugachev, que inspirará más tarde al Tolstói de Los cosacos (1863). Es también el tiempo de Fragmentos (1819-1834), evocadores de una atmósfera incomparable.
Los hitos continúan: Los invitados estaban llegando a la dacha, sirvió de inspiración a Lev Tolstói para su Anna Karénina, a partir del personaje de Zinaída Vólskaya, la joven coqueta que seduce a los nobles petersburgueses.
Como se ha dicho con reiteración, toda la futura literatura rusa está contenida en ciernes en Pushkin. El protagonista de La dama de pique sirvió a Dostoievski, según su propia confesión, para crear a Raskólnikov. También sugirió a Gógol la idea de El Inspector y más tarde el tema de Almas muertas.
Dostoievski no escapa al magnetismo que inspira el escritor. En un discurso pronunciado en 1880, un año antes de su muerte, ante la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa dirá de él:
Pushkin es un fenómeno extraordinario tal vez, según confiesa Gógol, un fenómeno único del alma rusa. Añadiré por mi parte que es también un genio profético. Aparece a la hora justa donde empezábamos a tomar conciencia de nosotros mismos, un siglo después de la gran reforma de Pedro, y su venida contribuye a esclarecer nuestro camino…
Al salir del liceo fue adscrito al ministerio de Asuntos Exteriores iniciando así una vida de bon vivant: naipes, mujeres del demi-monde, según la expresión de Dumas, y todo tipo de enredos entre los que habría que contar también a los duelos. De talante liberal y celoso de su independencia, frecuentó círculos políticos y en ellos compuso, entre otros, Oda a la libertad. El pulcro e influyente Karamzin fue uno de sus protectores que impidieron que diera con sus huesos en Siberia.
La represión que sigue a la rebelión decembrista, como era lógico, hirió a muchos escritores del círculo de Pushkin. Pero la fama que mientras tanto se había ganado el poeta hizo que el zar, deseando tenerlo de su parte, le nombrase irónicamente su censor. Escribió por entonces El negro de Pedro el grande, novela histórica, y fue testigo de parte de la guerra ruso-turca.
Vale asomarse a sus descripciones escuetas y precisas.
Una gota del ayer que reverbera:
Su hija tenía diecisiete años. Se quedó sin madre siendo aún una niña. Fue educada a la antigua usanza, es decir, rodeada de amas, nodrizas, amigas y doncellas, bordaba con oro, pero no sabía leer, ni escribir (Ibíd.).
Sobre la políglota existencia de los nobles:
Seguidamente entró el médico alemán con un caftán negro y una peluca de sabio, tomó el pulso a Natasha y anunció primero en latín y luego en ruso que estaba fuera de peligro (Ibíd.).
Indaga en la perpetua ensoñación de la fútil damisela:
María Gavrilovna se había educado en las novelas francesas y en consecuencia estaba enamorada (La nevasca, 1831).
La apoteosis bélica: amor, éxtasis, minutos extensos donde todo se funde en una única pasión:
Nuestros regimientos regresaban del extranjero. El pueblo corría a recibirlos. Los músicos tocaban canciones traídas de la guerra: Vive Henri Quatre, valses tiroleses y arias de Joconde. Los oficiales, que habían marchado a la campaña siendo unos adolescentes, regresaban curtidos por vientos de mil batallas y cubiertos de cruces. Los soldados charlaban entre sí alegremente, mezclando palabras alemanas y francesas. ¡Tiempos inolvidables! ¡Tiempos de entusiasmo y de gloria! ¡Cómo latían los corazones rusos ante la palabra «patria»! ¡Qué dulces eran las lágrimas del encuentro! ¡Con qué unanimidad fundimos los sentimientos de orgullo nacional y de amor al soberano! Y para él, ¡qué momento! (Ibíd.).
La inquietante crítica. La temida subversión de las costumbres:
En realidad, ¿qué sería de nosotros si en lugar de la regla comúnmente aceptada: las jerarquías deben respetarse, se introdujera otra, por ejemplo: la inteligencia debe respetarse? ¡Qué discusiones surgirían entonces! ¿Y a quién empezarían a servir los siervos? (El maestro de postas, 1831).
En La señorita campesina vuelve la eterna cuestión de la verdad y la falsía. También lo natural y el artificioso afeite:
Liza, su Liza de tez morena, estaba cubierta de blanquete hasta las orejas… llevaba unos tirabuzones falsos, de un color mucho más claro que su pelo, cardados como la peluca de Luis XIV; las mangas à l´imbécile se alzaban como el miriñaque de madame de Pompadour; el talle estaba tan ceñido que parecía la letra «x» y todos los brillantes de su madre que todavía no había empeñado, refulgían en sus dedos, cuello y orejas.
Nacerá, desenfadada, La historia de Goriújino, aldea de 63 almas, mecida por brisas de humor.
Al norte linda con Deriújovo y Perkújovo, cuyos vecinos son pobres, flacos y menudos y los altivos señores están dedicados al belicoso ejercicio de la caza de la liebre.
…Los hombres solían casarse a los trece años con mozas de veinte. Las mujeres pegaban a sus maridos durante cuatro o cinco años. Después de lo cual los maridos empezaban a pegar a sus mujeres; con ello ambos sexos gozaban de una época de poder y se conservaba el equilibrio.
Una reflexión que trasciende los estrechos límites del pueblo:
La idea del siglo de oro es común a todos los pueblos y solamente demuestra que los hombres nunca están satisfechos con el presente y, como la experiencia no permite tener puestas esperanzas en el futuro, adornan el irreversible pasado con todos los frutos de su imaginación.
Su estructura social al descubierto:
El mujik, cuanto más rico, más vicioso y cuanto más pobre, más manso. Con lo cual se desveló por la mansedumbre (krotost) de las gentes, considerándola la virtud principal del campesino.
Juguetea, displicente, con la cotidiana tragedia de las innumerables aldeas de la estepa. Humor ácido envuelto en monótona eternidad.
Un año más tarde escribe la inmortal Dama de Pique, anuncio anticipado de El jugador, solo que en este caso su Hermann posee un tinte siniestro del que carecerá Aléksei:
Puede usted asegurar la felicidad de mi vida: sé que puede nombrar tres cartas seguidas… piense que la felicidad de un hombre está en sus manos.
La vieja no decía ni una palabra.
Hermann se puso de pie.
—¡Bruja! —dijo apretando los dientes—. ¡Te haré hablar…!
Sacó del bolsillo una pistola.
Al ver la pistola, la vieja por segunda vez dio muestras de una gran agitación… Luego rodó hacia atrás y quedó inmóvil.
La condesa no contestaba. Hermann vio que estaba muerta.
Como dos ríos, la ciega avaricia del jugador y la agitada y fría determinación del asesino parecen unirse, un lejano preludio de Raskólnikov:
A pesar de no sentir remordimiento alguno, no pudo acallar totalmente la voz de su conciencia, que repetía sin cesar: ¡eres el asesino de la vieja!
Más tarde llega la mesa de juego y al tercer día:
—¡Gana el as! —dijo Hermann descubriendo su carta.
—Su dama pierde —dijo suavemente Chekalinsky.
En lugar del as tenía en la mano una dama de pique. Tuvo la impresión de que la dama de pique le guiñaba un ojo y sonreía.
Hermann perdió el juicio y repite con asombrosa rapidez:
—¡El tres, el siete, el as! ¡El tres, el siete, la dama!
Pushkin reivindica la gloria para el ruso literario:
Pese a que nada nos agradaría más que leer en ruso, nuestra literatura no parece tener más años que Lomonósov y todavía es sumamente limitada… En prosa solo tenemos la Historia de Karamzin… Nos vemos obligados a aprenderlo todo en libros extranjeros; con lo cual también pensamos en un idioma extranjero.
Pólina se inflamaba en sus sueños y no podía dejar de pensar en Charlotte Corday, que se había formado también a través de sus lecturas de Montesquieu y Rousseau. Ahora el objetivo es Napoleón, embriaguez suprema:
Llegó la noticia de la batalla de Borodinó, cada cual conocía la noticia más fidedigna.
Mas ante el incendio de Moscú nos abrazamos y mezclamos nuestras lágrimas de noble alegría con apasionadas oraciones por la patria.
—¿Sabes? —dijo Pólina con aire inspirado—, tu hermano es feliz, no está prisionero, alégrate: ha muerto por la salvación de Rusia.
Di un grito y caí en sus brazos sin sentido.
Y llegó la muerte, con su implacable y fría indiferencia. Nadie merece morir de un pistoletazo.
1. Curso de literatura rusa de Vladímir Nabókov, Barcelona, Ediciones B. S. A., 2016.
2. El tiempo describe innumerables bucles. Años antes y muy lejos de allí, en el distrito 13 de París, hacia las primeras horas del 30 de mayo de 1832, resonó otro disparo; al escucharlo un campesino corrió hacia el lugar de donde provino el sonido. Encontró a un joven retorciéndose en agonía, desangrándose hasta la muerte por la herida recIbída en un desafío, se llamaba Évariste Galois (1811-1832), inmortal matemático de incómodas ideas republicanas, que solo tras su muerte pudo hallar la duradera fama. Triunfó en el abrumador enigma de las ecuaciones, pero fue derrotado por la prosaica y cotidiana intriga.
3. Aimée Dostoievski, Vida de Dostoievski por su hija, Madrid, El buey mudo, 2011, pp. 224- 225.
CAPÍTULO III
EL SIGLO LITERARIO DE FIÓDOR MIJÁILOVICH DOSTOIEVSKI
Los simbolistas descubrieron al Dostoievski filósofo;
los contemporáneos están descubriendo al Dostoievski artista.
K. MOCHULSKY
Mi amor se enardecía con el aislamiento
y se volvía cada vez más doloroso.
PUSHKIN, La hija del capitán
Bajo la sombra de Pushkin se suceden Gógol, Gonchárov, Turguéniev, Tolstói… niños o jóvenes aún cuando el fugaz maestro desaparece. Con ellos Dostoievski.
1. NIKOLÁI VASÍLIEVICH GÓGOL (1809-1852). EL COSACO TRANSTERRADO
No hay peor dolor para un hombre
que querer vengarse y no poder hacerlo.
NIKOLÁI GÓGOL, Terrible venganza
Si la novela ha de servir como guía principal en este recorrido, es preciso presentar primero a este pequeño ruso de origen ucraniano que inaugura la narrativa moderna de su país. Pertenecía a la baja nobleza rutena rural, de fuertes creencias ortodoxas, lo que le convirtió en un nacionalista conservador.
Gran parte de la obra de Gógol se hace eco de las leyendas ucranianas, muchas de ellas aprendidas en su infancia de los relatos del abuelo. Estos recuerdos figuran ante todo en Taras Bulba (1836).
Descendiente de los cosacos zapórogos, de espíritu indómito, celosos de su esteparia independencia contra rusos, polacos o tártaros, deja en sus escritos huellas ciertas de las luchas, que se traducirán en un nacionalismo exacerbado.
En 1828 se trasladó a San Petersburgo y tres años después conoció a Pushkin, del que recibió gran ayuda en su incipiente andadura de escritor. A esta época pertenecen los relatos cortos Diario de un loco y El capote. Este último cuento, publicado en 1842, introduce en la literatura rusa al sempiterno funcionario de baja condición, que veremos reaparecer una y otra vez en las obras de Dostoievski. Akaky Akakiévich necesita, con desmesurado afán, un nuevo capote. Cuando, tras mil peripecias lo consigue, no logra serenarse y seguirá notando el frío desdén de sus semejantes.
Al principio, Gógol hizo gala de un carácter inestable y un talante inquisitivo. Con veinte años descubrió que la gran ciudad nada tenía que ofrecer para calmar sus ansias de novedad; embargado de ese ánimo inquieto, un día recibió de su madre una pequeña suma destinada a liberar la casa paterna de una hipoteca, en lugar de cumplir su encargo se hizo a la mar teniendo como horizonte el vasto mundo. Pronto desembarcó en la ciudad hanseática de Lübeck, vagó tres días por el lugar y retornó a San Petersburgo sin su tesoro, resuelto a soportar las dificultades que su futuro le auguraba. Pasó un año como escribiente de un ministerio y allí conoció de primera mano la existencia de un Akaki Akakiévich, el futuro protagonista de El capote. Nada presagiaba en ese joven impaciente al místico eslavófilo en que habría de convertirse.
El encuentro con Pushkin quedó grabado en su mente. Cuando llegó emocionado a su casa, este aún dormía; el mayordomo le confesó que había estado jugando a las cartas toda la noche. No obstante, fue acogido cordialmente y pronto Gógol se contó entre sus escritores preferidos. Bajo su influjo escribió Las veladas de un caserío (1831), descripción de su infancia en Ucrania. El libro reveló a todos una parte casi desconocida de la Rusia de aquel entonces.
La fama le señaló, cinco años más tarde, con la comedia El inspector. Su llegada definitiva al mundo literario le atrajo admiradores y adversarios, una atmósfera que le resultaba difícil de soportar, a consecuencia de todo lo cual emigró a Roma. En los cinco años que vio transcurrir en Europa produjo sus dos principales obras: Almas muertas (1842) y la ya mencionada Taras Bulba, novela histórica que transcurre en el siglo XVI.
¡Cómo sangra Rusia desde la lejanía de Europa!
Merece la pena que nos detengamos en la primera. Fue publicada en 1842 y parece ser que la idea del texto le fue sugerida por Pushkin. En el curso de la narración aborda con ímpetu la eterna cuestión de la servidumbre, que tanto ocupa por esta época a los escritores rusos, un germen revolucionario de largo alcance. Por aquel entonces, los siervos eran comprados y vendidos, como meros objetos, por sus señores. Para hacer el recuento de estos desgraciados seres se utilizaba la cínica denominación de alma, que otorga el título al libro. Las almas muertas eran siervos inscritos en los descuidados y burocráticos registros de la propiedad.
El cambio se avecina: tras la crisis que se desencadenó en Rusia con la invasión napoleónica, en la sociedad fluyen aires nuevos dimanados de la Revolución Francesa con los que llegan los oportunos pícaros de toda laya. El protagonista, Chichíkov, es un ente sin escrúpulos que compra y vende almas ya fallecidas. La razón de este sórdido negocio estriba en que el cobro de impuestos a los propietarios de la tierra estaba basado en el número de siervos que poseían. Los registros nunca puestos al día, mitad por cálculo, mitad por indiferencia, permitían al Estado cobrar tributos por almas ya inexistentes. El macabro y avaricioso Chichíkov las compra y libera a sus propietarios del peso de los impuestos que aquellas sombras sin cuerpo devengaban.
Las tinieblas de la burocracia afloran en el perezoso discurrir de lo cotidiano.
Desfilan por las páginas del libro toda una galería de personajes donde alienta la ignorancia, la avaricia, la corrupción y la desconfianza, sentimientos unidos todos por una confortable y distante displicencia. La primera parte finaliza cuando Chichíkov escapa del pueblo donde ha adquirido unas 400 almas, con ellas el gobierno le adjudicará tierras en función de esa propiedad fantasmal y se abrirán las puertas a la ansiada riqueza.
La segunda parte quedó inconclusa. Gógol, agitado por sus profundas ideas religiosas, que adquirieron por entonces nueva fuerza, decidió abandonar la literatura, quemando la segunda parte de esta obra poco antes de morir en Moscú. Su propia alma sin tiempo, con raíces en la baja nobleza de la vieja Ucrania, prevaleció al fin, tras su breve paso por los caminos de la Ilustración.
La muerte de Gógol inspiró a Turguéniev un obituario en el que se deja oír un son insistente: «¡Gógol ha muerto! ¿Qué corazón ruso no se conmociona con estas tres palabras? Se ha ido el hombre que ahora tiene el derecho, el amargo derecho, que nos da la muerte, de ser llamado grande».
2. MIHAÍL YÚRIEVICH LÉRMONTOV (1814-1841).
EL POETA QUE SOÑABA SU PROPIA MUERTE
¡Muerto!... Decid, ¿por qué eleváis ahora
un vano coro de alabanzas,
de tardíos elogios?
M. LÉRMONTOV, La muerte del poeta
Tras la desaparición de Pushkin el poeta encargado de sucederle fue Lérmontov. De talante exaltado, como lo demuestra su poema La vela, fue portavoz del sentir estudiantil de aquel tiempo siendo uno de los mayores defensores de la idea romántica de la libertad. Sus emociones se reflejan en los poemas líricos Valérik, Borodinó, o El demonio.
Representa la antesala del realismo ruso. Un héroe de nuestro tiempo (1839), su obra capital, fue escrita bajo las sombras de Byron y de su admirado Pushkin.
Murió a los 25 años en un duelo, como antes le había sucedido al autor de El pistoletazo.
Los sueños son objeto de gran interés en la literatura rusa de la época. Tal es el caso de la obra que aquí nos ocupa. Más tarde lo onírico reaparece con Gonchárov y es utilizado también por Dostoievski, en su antológico El sueño de un hombre ridículo, y Chernishevski. En literatura el ensueño ha representado un lugar privilegiado para crear y esparcir ideas que parecen morar solo en el plano de lo imaginario, aunque tras ellas se oculten candentes realidades.
Lérmontov protestó airadamente por la muerte de Pushkin con un brillante poema dirigido al zar Nicolás I titulado La muerte del poeta, donde exigía venganza por su asesinato en un duelo en el que su pistola había sido alterada para impedirle disparar.
¡Con sed de venganza y plomo en el pecho
cayó difamado del rumor,
inclinó la orgullosa cabeza!
Así rezan los primeros versos que le valieron el exilio en un regimiento del Cáucaso.
Su obra vio la luz mucho después en una traducción alemana en 1852. Herzen lo publicó más tarde en ruso en el año 1856, con el título A la muerte de Pushkin, editada en Londres.
3. IVÁN ALEXÁNDROVICH GONCHARÓV (1812-1891).
EL AMABLE ESCRITOR QUE ATISBÓ EL NIHILISMO
Las ideas se paseaban como aves en libertad por su rostro,
se ocultaban en los pliegues de su frente para desaparecer después.
OBLÓMOV
Nacido en una familia acomodada, recibió una sólida formación de carácter conservador. Políglota, con dominio del inglés, francés y alemán, obtuvo la licenciatura en filología en 1834. Sus andanzas literarias comenzaron en 1846 con su primera novela titulada Una historia ordinaria (1847). Autor poco prolífico, aún seguirían algunas obras más: Oblómov (1858), escrita antes del breve periodo liberal de Rusia y Precipicio (1869), donde se ocupa del corte generacional, tema presente en las obras de Turguéniev, Padres e Hijos y Humo y más tarde en Crimen y castigo y Demonios.
La conocida doctrina del nihilismo, de la que este autor trata, alentaba ya sin ese nombre como respuesta a la opresión desencadenada durante la época de Nicolás I con las revueltas de 1825 y el omnipresente socialismo que se impone a partir de 1840. La Universidad fue el teatro primero de estos debates.
Gonchárov quiso con su novela participar en el hervidero de ideas despertadas por esta corriente en su confrontación con el mundo conservador. El resultado es un universo de contrastes maniqueos. Mark Vólhov encarna a un nihilista de carácter despiadado, la abuela Berezhova representa el universo apacible y tradicional con hondas raíces cristianas. La joven e indecisa Vera, que a su modo es la traducción femenina de Oblómov, se inclinará como él hacia el bando conservador. Es, sin duda, su mejor obra. El héroe, con reminiscencias del autor, es un ser solitario, caviloso, engolfado en sí mismo. Destaca en sus páginas «el sueño de Oblómov», considerado como una de las piezas estilísticas más notables de la literatura rusa; un oasis en medio de un mundo agitado que relata con singular detalle la vida de los pequeños propietarios campesinos que vio transcurrir en su infancia.
Oblómov es un ser apático, indeciso ante los problemas que lo acucian. Su único amigo, Stoltz es el contrapunto, con su vivaz talante y resuelta actividad, que impulsa a la bella y solícita Olga a la tarea de sacar de sus erráticas ensoñaciones a nuestro héroe. Fracasa en el intento y se unirá después en matrimonio a Stoltz. Oblómov, siempre impasible, se sumerge más aún en el pantano neblinoso de la inhibición. La apatía, es decir la ausencia de sentimientos, resulta una rara avis en la literatura rusa del siglo XIX, antítesis de la frecuente efervescencia eslava repleta de vivencias de culpa y sufrimiento (pathos) universales.
Cumple despedirlo recorriendo los trazos de su retrato: «El pensamiento, cuan un pájaro, se paseaba libremente sobre su rostro, revoloteaba en sus ojos, se posaba en sus labios entreabiertos y se ocultaba entre los pliegues de su frente, para desaparecer después».
4. IVÁN SERGUÉIVICH TURGUÉNIEV (1818-1883).
EL ALMA RUSA REVOLOTEA, SIN POSARSE, POR EUROPA
¿Desea ser afortunado? Aprenda a sufrir entonces.
TURGUÉNIEV
Es el primer escritor ruso en ganar fama internacional.
Nacido de una rica familia de terratenientes. Su padre murió cuando Iván contaba con dieciséis años quedando en manos de su estricta y autoritaria madre Várvara Petrovna Lutovínoba. Mientras vivió, su progenitor fue una figura ausente. Tal vez este frío origen familiar ayudó a analizar con lucidez la cuestión del nihilismo, vivido como desarraigo y ausencia, dramatizado en lo que llamamos corte generacional.
Tras cursar estudios en la por entonces insuficiente Universidad de Moscú, se trasladó en 1838 a la Universidad de Berlín donde fue condiscípulo de Bakunin.
Estimulado por la torrentera de ideas que le asaltaban por todas partes, estudió a los alemanes Hegel y Feuerbach, también a Saint-Simon, Fourier y Proudhon. Materialismo e idealismo en cultivo puro, simiente apropiada para el anarquismo utópico de sus futuras obras.
Mientras tanto, en Rusia aparecían la escuela eslavófila (slavianofili), agrupada alrededor de Kiriévski y Karamzin, para la que Rusia era la depositaria del espíritu cristiano y de su misticismo y la escuela liberal (zapadniki), de prietos y apresurados contrastes, abierta a Europa, con amplios horizontes que se extendían desde el ilustrado liberalismo al radicalismo revolucionario.
Los liberales rusos de 1848, el año de la Primavera de los Pueblos que puso fin a la restauración absolutista, prolongaron el espíritu del decembrismo de 1825, como antes hicieran los revolucionarios jacobinos con los pequeñoburgueses girondinos.
Lo absoluto mengua, la religión cede, poco a poco, paso a la ciencia, que representa el deseo de conocer pero que, al tiempo, anuncia nuevos dogmas.
La generación de 1848 cuenta con Dostoievski, Turguéniev y Chernishevski. El hombre del subsuelo dostoievskiano pugna con el hombre superfluo del segundo y con el hombre nuevo del último. Los dos primeros representan sendos aspectos de lo humano que intentan encontrar sentido a la existencia. La visión de Chernishevski se corresponde con la utopía socialista.
Surge en Rusia el círculo liderado por Mijaíl Petrashesvki (1821-1866), también inspirado en Fourier, cuyo propósito declarado era luchar por la liberación de los siervos.
El círculo estuvo integrado, entre otros, por los escritores F. Dostoievski y M. Saltikov-Shchedrin (1826-1889) y los poetas, A. Maikov (1821-1897) y T. Shevchenko (1814-1861), por ceñirnos solo a los literatos.
Mijaíl Vasílievich Petrashesvki, nacido el mismo año que Dostoievski, fue un intelectual petersburgués que extendió por las tierras rusas las ideas del socialismo utópico. Las concepciones revolucionarias que propagó a partir de 1844 eran afines al materialismo y al ya mencionado socialismo. Perseguían la democratización del estado ruso, lo que no podía ser más opuesto a la rígida autocracia del zar. El círculo fue disuelto por la policía en 1849. Diversos miembros del grupo, entre los que se encontraba Dostoievski, fueron condenados a muerte y llevados para su cumplimiento a la explanada Semionóvski en San Petersburgo. A punto de cumplirse la sentencia, esta fue suspendida y sustituida por la kátorga; los trabajos forzados en Siberia eran la parte esencial de esta pena. Las represalias que el gobierno emprendió les arrojaron por largo tiempo a las heladas estepas.
Turguéniev, menos activo, corrió mejor suerte y solo tuvo que exilarse en sus propias tierras.
Los mismos eslavófilos quedaron salpicados por la indiscriminada represión. Fueron los años del llamado «terror de la censura»; entre otras cosas, se prohibieron los viajes a las perversas universidades alemanas. En suma, todo lo que se oponía al dominio omnímodo del zar era sofocado sin distinción alguna.
A su vuelta a Rusia, con el apoyo de Belinski, prosiguió la tarea literaria. Su expresividad crece y gana en agudeza. En 1852, como ya mencionamos, escribió en la Gazeta de San Petersburgo la necrológica de Gógol, en muchos sentidos su maestro; en ella flota la admiración hacia un sentimiento nacional que no posee.
Desde su exilio europeo producirá una serie de novelas cortas: Diario de un hombre superfluo, Fausto, Tregua.
En 1858, ya bajo el reinado del zar Alejandro II, aparece Nido de Hidalgos, o la ambivalente añoranza del tiempo pasado, a esta le seguirán: Primer amor (1860), un agudo análisis de la condición femenina precursor de Ibsen y de su Nora, la protagonista de Casa de muñecas; Padres e hijos (1862) o el corte generacional, y Humo (1867), crítica de los conflictos en que se desenvuelven las buenas gentes, la sociedad respetable de su tiempo.
Diario de un hombre superfluo (1850) en cierto modo anticipa al hombre del subsuelo, aunque en este caso, Turguéniev pone un mayor énfasis en la gratuidad de la existencia, que en su sufriente inutilidad. Dostoievski, que publicó su obra catorce años después, nos sepulta decididamente en el desespero, en la cínica paradoja.
Chulkatúrin, el joven protagonista, sabe que va a morir. El padre ausente y la madre estricta de Turguéniev se convierten ahora en un padre jugador apasionado y en una mujer entregada a su virtud, que solo encontró la paz en el ataúd donde reposó el día después de su muerte. Fue querido porque había que hacerlo. El padre le amaba a escondidas; la madre dulce pero distante. Algo del autor se desliza en la figura de Chulkatúrin. Algo también de Eugenio Oneguin, su ilustre antecesor literario.
Se despide de la existencia: «Quisiera aspirar una vez más el frescor amargo de la artemisa, el dulce olor del alforfón en los campos de mi patria».1
Pero la felicidad nos hace obtusos: «Un hombre feliz es como una mosca al sol».
Como Oblómov o Eugenio Oneguin, es impotente ante el sentimiento. amoroso. Retraído cuando se le requiere y siempre inoportuno, incapaz de intuir las emociones de la amada y presto a ocupar el espacio del amante excluido.
Una historia de amor trunco, malbaratada por el ensimismamiento y la acción de un desmesurado narcisismo.
Padres e hijos merece también atención; testigo del enfrentamiento de la juventud radical de carácter materialista representada por Yevgueni Bazárov con el talante tradicional por los hermanos Kirsánov.
La preocupación que se desliza a lo largo de toda la novela mediante indicios, opiniones inconclusas, comentarios aislados, deshilvanados presagios, versa sobre la naturaleza del nihilismo.
El hombre superfluo será un nihilista en ciernes.
Dejemos hablar a Turguéniev:
—Antes los hegelianos, ahora los nihilistas. Los jóvenes están contentos, antes eran unos asnos, ahora son nihilistas. Y no comparo la opinión de nadie: tengo las mías propias —dijo Bazárov.
—¿Que quién es Bazárov?
—Pues es nihilista.
—Nihilista —profirió Nikolái Petróvich—, viene del latín, nihil; es decir nada…Una persona que no respeta nada…Un nihilista es una persona que no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como un dogma de fe, por mucho respeto que este principio infunda a su alrededor.
(TURGUÉNIEV, Padres e hijos, 1862)
Estos comentarios valen por un tratado de filosofía.
Resulta tentador contemplar en su conjunto el dispar mosaico formado por Apuntes de un cazador; las reflexiones sobre el hombre cuya existencia es gratuita, Diario de un hombre superfluo; el análisis del nihilismo en su vertiente psicológica, Padres e hijos o el costado social, Humo; junto con la permanente preocupación por la desorganización familiar, que ya le tocó vivir en su infancia, con Primer amor.
Iván Turguéniev merece ser visto desde una doble perspectiva: como escritor y así lo hemos hecho desde estas breves líneas, y como ese hombre que mantuvo una actitud dictada por sus circunstancias biográficas que le llevaron a desarrollar una posición caracterizada por un interés distante de su entorno, siempre reservado hacia los autócratas y los revolucionarios, lo que le valió la reticencia, cuando no la enemistad de ambos. Fue un liberal decimonónico que reencontró su condición rusa en la lejanía europea gracias al contacto con nuevas corrientes que impregnaron su espíritu tras su larga y reposada estancia en el extranjero.
Las biografías de Turguéniev y Dostoievski permiten explicar sus profundas disensiones que fueron sustanciadas a través de la forzada indiferencia del primero y la vehemencia del segundo. Humo fue el desencadenante manifiesto de una rivalidad que venía de lejos. «No se pueden escuchar esas injurias contra Rusia», escribió Dostoievski a Maikov, en un arrebato de eslavofilia.
«No goza del pleno uso de sus facultades mentales es una opinión que comparten muchas otras personas», dirá a su vez Turguéniev.
En ambos casos, su condición humana se impuso a su transcendente talla literaria.
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