Читать книгу: «Dulces gritos de ciudad»

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En Dulces gritos de ciudad, la frescura y variedad de sus historias encuentran unidad en el rigor, en la delicada y paciente elaboración de sus textos, que muestran a un escritor dedicado con entereza y profundidad al oficio de escribir. Y no solo de escribir, sino de escribir literatura; de crear y recrear mundos paralelos en lenguajes de ficción que tienen –siempre– un pie sobre la tierra. Al decir del propio autor: ‘Yo no invento nada. Solo narro lo que veo.’ Y sí. De eso se trata. Lo que ocurre es que ‘narrar lo que se ve’ no es solo describir la llana y chata realidad con la técnica de un fotógrafo de primeras comuniones. No. Aquí es preciso aclarar que, por supuesto, cada quien narra lo que ve.

Y ahí radica la diferencia. Cualquiera describe, toma instantáneas automáticas, sin importar los planos, la profundidad de campo, los contrastes, las gamas de grises y de colores; la estética del momento. Sus pobres descripciones no alcanzan a percibir e interpretar los diferentes significados de la atmósfera, el aroma, los ambientes y sus silencios.


Título original: Dulces gritos de ciudad

Dirección editorial: Jaime Fernández Molano

Coordinación: Orlando Peña Rodriguez

Asistentes de producción: Santiago Molina, Esmeralda Rodríguez

Diseño y diagramación: Diego Torres

Diseño portada: Diego Torres, Luis Miguel Ortiz

Ilustración portada: Pared medianera. Alex Cid. Barcelona 2007.

fotosalexcid.blogspot.com

Fotografía del autor: Angélika Ma. Rivera B.

Colección: Árbol Ávido

Primera edición: mayo de 2014

© Nayib Camacho O.

nayigula@hotmail.com

© 1a. edición: Entreletras - Metaediciones, mayo de 2014

Villavicencio, Meta, Colombia S.A.

Contactos: 321 474 2906 - 310 3334801 - (8) 662 1091

Correo: corpoentreletras@yahoo.com

metaediciones@hotmail.com

ISBN: 978-958-58407-2-0

Hecho el depósito legal

Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio posible sin la autorización expresa escrita del autor y del editor.

Preprensa digital, diseño e impresión:

Entreletras

La vida transcurre normalmente

Iván Saldarriaga S.

La ciudad desborda trampas acústicas

Carlos Monsiváis

...toda poesía se escribe en el corazón del grito

André Chenet

...ha de gritar con voz tan desgarrada Hasta que las ciudades tiemblen como niñas

Federico García Lorca

Para la gente dulce

La nube

Aunque el frío parecía colgarse de los vidrios, Lucía se sentía bien bajo techo. Estaba calientica y sin derecho a quejarse. No era costumbre suya pero había cenado una salchicha de cerdo y un café con leche descremada. Esperó un rato y se fue a la cama. Se santiguó y agradeció por lo que le tocaba. Tomó su medicamento y fue quedándose dormida, esperando que una luz sin hilachas derrotara esa nube interior que tanto la hería.

Las voces de la televisión informaban que catorce personas habían sido rescatadas en las playas del norte. Se preveía que Lucía se manifestara con lluvias, provocando inundaciones en todo el país. La esperaban como tornado pero el pronóstico cambió y advertía la presencia de una tormenta que pasaría entre La piedra del indio y el faro de San Carlos, lugares que Lucía y Maximiliano recorrieron en su luna de miel.

Lucía soñaba con una casa entre el bosque y muchos leños cuando sonó la alarma. Se volteó y siguió durmiendo. Quería amodorrar su fantasía pero el reloj volvió a timbrar. Esta vez apagó el despertador. Se restregó los ojos y bostezó. Quiso recuperar el sueño pero había perdido su hilo narrativo. Entonces acomodó la almohada en la espalda y accionó el control del televisor.

Eran las 7.40 a.m. El meteorólogo, puntero en mano, señalaba sobre el mapa virtual una posible ruta de vientos. Sabía que hablar de tormenta significaba anunciar fuertes lluvias e inundaciones, evacuación de poblaciones amenazadas, abandono de hogar y pertenencias, corte en el suministro de energía, avería de muelles y edificios, caída de árboles, destrucción de puertas y ventanas, rotura de techos y pisos, devastación de señalizaciones y carreteras. Por eso prefirió decir que sería un día medianamente soleado, que la luna entraría en cuarto creciente y posiblemente llovería en la tarde. Lucía no estaba del todo despierta y entendió que el día sería cálido y luminoso, no se pondría nublado y triste. Que la temperatura sería agradable. Entonces advirtió una sensación estable y alegre en un día radiante y claro.

Lucía atravesó la sala. Corrió la cortina y se asomó a la ventana. Abrigaba sus pies entre unas medias gruesas. Un rastro de volutas de lana increpaba las bajas temperaturas. El invierno le parecía maravilloso pero esa mañana notó que al sol le costaba trabajo cumplir con su rutina de luz. El astro intentaba convenir una tregua con la neblina en un esfuerzo por complacer al meteorólogo y acertar con su pronóstico.

El fenómeno atmosférico no era nuevo. Hacía varios meses ocurría lo mismo. Una agrisada nube se cruzaba de manera impertinente ante su vista. Al principio Lucía no le prestó mucha atención, pero esa mañana se sentía distinta. Tal vez el sueño la había perturbado y quería hacerle barra al sol.

Al escudriñar la tonalidad mañanera todavía le pesaban los párpados. La niebla de su aliento se disipó sobre las celosías de la cocina. El pequeño susto que la estimulaba fue anulando su parsimonia. Tomó el desayuno. Una prueba de valor la echó a volar hacia su despacho. Encendió la radio del auto. Aunque en la capital se preveía sol, las noticias radiales profundizaban en la concentración de la tormenta Lucía. Le pareció curioso que el Centro de Diagnóstico Climático la hubiera llamado así. Por el camino fue adiestrando otra vez los saludos.

El ascensor se detuvo. Lucía entró a su oficina. Sentía un aire húmedo en el ambiente. Su cuerpo condensaba el vapor de agua de la atmósfera y su temperatura corporal subía. La quimera de un olor a sol la traía doblegada. Dispuso el material de trabajo y guardó el bolso. Sobre su escritorio reposaba un café negro y un vaso de agua. Mientras tomaba su medicamento vio el mundo de afuera a través de la persiana. Trataba de ubicar la nube que opacaba la atmósfera cuando le acercaron una carpeta abierta. El teléfono sonó. Hablaba, firmaba documentos y repartía órdenes con su mano.

La hora del almuerzo no fue diferente. La música del restaurante acompasó el paso plomizo de las nubes a través del cortinaje transparente. Lucía tomó sopa y comió vegetales. Después perdió un poco de tiempo jugando con sus pastillas. Sobre una servilleta escribió: “¿Cómo pacificar el mundo?”. Una suave pereza la invitó a ascender por la escalera eléctrica de regreso a su cubil. En uno de los televisores públicos del centro comercial, el meteorólogo informaba que el ojo de Lucía entraría a tierra a unos 1100 kilómetros al norte de la capital, aproximadamente a las 19:50 horas locales (23:50 GMT).

La tarde se reventó escamoteando una puesta de sol. En medio de una elástica manía laboral Lucía completó sus anotaciones. Antes de regresar a casa, desaguó sus fuerzas mirándose en el espejo. A esa hora el tercer boletín del Centro de Diagnóstico Climático, emitido a las 17:00 horas, avisaba que el vórtice de Lucía se ubicaba a 110 kilómetros de la costa norte y se desplazaba aumentando su velocidad a 32 kilómetros por hora. El sistema de captación de registros indicaba un rastro de copiosas lluvias en gran parte del territorio nacional. Lucía escuchó de nuevo al meteorólogo en el televisor de su oficina pronosticando que una vez la tormenta tocara tierra, sus características se disiparían en 36 o 48 horas.

El regreso de la oficina fue raudo, como si la velocidad de traslación hubiera sufrido un drástico aumento. Lucía encontró el apartamento algo desordenado. Cosas por aquí, cosas por allá, entre una atmósfera muy fría. Por alguna extraña razón el aire acondicionado estaba encendido. La rara circulación de aire y viento que rotaba en sentido opuesto de las agujas del reloj, levantaba en espiral las cortinas y redundaba en los sonidos de los móviles metálicos que guarecían los arcos de las puertas. Lucía pensó en los efectos de esta pequeña tormenta. Si fueran en gran escala, de seguro serían muy destructivos. Pero aquello solo había sido una arremetida repentina y breve, sin daños importantes. Terminó de encender las luces y fue a la cocina.

El marco de la ventana vibró con el pasó de un jet. Era mayo y la lluvia persistía en sus mojados triunfos. El pronóstico fue errado. El sol ni ligeramente se asomó. Llovía y la temperatura seguía bajando. Una solitaria lógica parecía indicarle que al siguiente día tampoco habría sol. De todos modos tendría que prepararse para otro amanecer, a lo mejor se daría la ocasión. Miraba por la ventana. Sirvió un poco de whisky pero no lo probó. Lo dejó sobre el borde de la ventana. Prefirió beber de su taza de café. El paisaje gris de afuera jugaba con el silencio de su apartamento. Se sentía bien al acercarse a la chimenea. Miró la luna a través del vidrio empañado. Estaba detenida en cuarto creciente y parecía esconder una sorpresa en algún jardín.

Hacía varios días que Maximiliano no estaba. En su nuevo apartamento, conectado a internet, el meteorólogo seguía leyendo informes y revisando mapas atmosféricos. Con el paso de las imágenes satelitales sospechaba que el cuadro climático empeoraría. Ante las evidencias le comenzó a entrar un raro temblor. Intuía una desgracia. Era como si algo estuviera en riesgo. Posiblemente probaría su propia medicina.

A comienzos de año creía que solo se trataba de un ligero percance y no le prestó atención a Lucía. Pensaba que el trastorno de su ámbito emotivo era pasajero, como si se trataba de un ciclón, de una tormenta no frontal o de un centro de baja presión. Las cosas pasarían rápidamente y todo volvería a la normalidad. Entonces la pequeña nube le llegó a Maximiliano como un adorno en el paisaje frío. Y llegó para dejar sus estragos. El ciclón se podía predecir con algunos días de antelación, pero aquello resultó ser una tormenta. Lo que se venía era un desastre. Ahora pensaba en Lucía.

Maximiliano no entendía cómo se fueron deteriorando las cosas. Ni siquiera alcanzó a percibir que carecía de instrumentos para medir el estropicio con Lucía. Ahora se sentía damnificado. En detrimento de su atmósfera afectiva, su capacidad para advertir posibles destrozos estaba completamente aniquilada. En menoscabo suyo, pendiente de ciclones y tormentas, Lucía fue dibujando una catástrofe que iba más allá de sus propias dolencias. Cada uno en su clima.

Considerando su capacidad para explorar el estado del tiempo, el clima y sus circunstancias, Maximiliano inspeccionaba futuras líneas de conducta con la intención de predecir un cambio en Lucía. Reconocía que él tampoco seguía el curso de los acontecimientos de acuerdo con las trayectorias afectivas previstas. Aunque era un exitoso investigador y meteorólogo de televisión, era incapaz de controlar los tiempos de llegada a su casa. Tampoco pudo comprobar cómo su aire amoroso fue disipándose.

Eran días difíciles para Lucía. De repente se le apilaban los recuerdos. Sentía que Maximiliano aparecía en la televisión para recordarle que no volvería a casa. Lo veía pasar como una nube repitiéndole que era una mujer sin pasiones.

Al juntársele los días de sol y lluvia, frío y calor, Lucía tenía que arreglárselas para adivinar el clima. Como ahora aprendía de su memoria, se propuso, si no llovía, invitar a Maximiliano a comer al día siguiente. Imaginó que podían pasar un rato quejándose de sus olvidos y de pronto hablar de Lucía.

El frío de la ciudad comenzaba a manifestar una cierta insistencia histórica. Lucía se tumbó en la cama. Luego se deslizó bajo las frazadas y sintió que todo estaba tibio. Estaba abrigada frente a la pantalla del televisor. Al cerrar la cortina de la ventana notó que una pequeña brisa acompañaba el rastro de una nube. Detrás de ella estaba su corazón. Se olvidó de la invitación. Su corazón era un sol. Pensó que ninguna nube podía tapar el sol.

Identidad

Estaba con Fernando tomando gaseosa. Él quería fumarse un Pielroja, pero en la tienda no tenían. Quería seguir contando historias. Entonces atravesó la calle y fue al local de enfrente. Mientras esperaba el cambio se puso a mirar la vitrina. Regresó con una risa nerviosa. Era como si lo hubieran pellizcado por dentro. Llegó extraño, desconcertado, con los cigarrillos brincándole en la mano.

Una imagen atrajo su atención. Le pareció familiar y se detuvo un instante. Suspendió sus ojos en el detalle. Era increíble. En uno de los bordes de la vitrina, junto a los documentos de otras personas, estaba expuesta su cédula. La encontró de chiripa. Sí, era su cédula de ciudadanía original. Completaba casi diez años de haberla extraviado.

Puso el envejecido pedazo de plástico sobre la mesa. Era chistoso ver la foto descolorida por el sol, al lado de un desleído nombre. Mire bien, y con cuidado, lo dijo invitándome a descubrir algo. Me acerqué a lo que quedaba de documento. Fue cuando lo reconocí y me contó lo sucedido. Con el estudio fotográfico pegado a esa tienda y solo había entrado una vez. No le gustaba porque olía a cebolla vieja. Recordó el día que sacó la cédula por primera vez.

Todavía tenía cara de ángel, pero se sentía mayor y ansiaba el documento. Cuando llegó a la Oficina de Registro Civil, la fila parecía interminable. Quedó desanimado. Fue mirando de atrás hacia adelante, tratando de ubicar a su primo. Él vivía cerca del lugar y la noche anterior dijo que madrugaría a guardar puesto. Por fin pudo verlo. Entró en la fila y los de atrás lo abuchearon, pero no les puso cuidado. Se quedó ahí y la gente se calmó. Eran las caricias de la suerte.

Su primo estaba desde las cuatro de la mañana. Hablaron del aguacero y bebían tinto cuando un tipo se les acercó. ¿Traen las fotos? Respondieron que sí y las mostraron. Entonces el hombre comentó que esas no servían, que tenían que ser con un fondo diferente y las orejas descubiertas. Les ofreció el servicio para que no perdieran la fila y el día. A Fernando le preocupaba en dónde les tomarían a esa hora las fotos. Les dijo que el sitio quedaba a tres cuadras, que primero fuera uno mientras el otro cuidaba el puesto. Los primos se miraron. En los ojos de ambos se reflejó el mismo temor. No sabían qué hacer. Tranquilos chinos, no les va a pasar nada. Piénselo. Y el tipo se retiró hacia unos recién llegados.

El primo de Fernando estaba asustado; no iría por allá. ¿Saben qué?, dijo una señora que iba más adelante, vengo por la copia de la cédula; en la oficina les toman la foto. Eso sí, queda horrible, pero qué se puede hacer. No vamos a salir en una revista. La escuchaban cuando pasó otro tipo con una cámara instantánea anunciando: Se toman aquí y se imprimen aquí. Ofrecía su servicio diciendo que en caso de quedar feos, él retocaba la foto ahí mismo. Insistía en que aprovecharan porque después de entrar no había nada que hacer; el retrato de adentro era tan horripilante que lo recordarían por toda la eternidad.

La preocupación de Fernando era quedar bien en la foto de la cédula. Tendría que mostrar el documento por el resto de sus días. No quería repetir lo ocurrido cuando cambió la tarjeta de identidad de los siete años por la de catorce. Cargó todo el bachillerato con una cara de desconcierto espantosa, sacándole fotocopias a su perplejidad.

Llevaba mucho rato esperando a que abrieran. Entonces quiso desencalambrarse, echar un cigarrillo, caminar un poco. Al llegar a la esquina se encontró con un amigo. También venía por la cédula. Conversaron un rato y le mostró sus fotos. Se las tomó en el centro comercial donde Fernando sacó las suyas. Habló de la muchacha que manejaba la cámara. La invitaría a bailar el sábado. Con cédula en mano, podía entrar a la discoteca.

Tres horas después abrieron. La fila empezó a moverse. La gente empujaba como entrando a un estadio. De un momento a otro, las barandas de la puerta principal cedieron. La estampida fue brava y la masa rodó por el suelo. Fernando cayó sobre la reja. Era como si lo hubiera atropellado un tren. Cuando se levantó, su primo no estaba por ahí. Trató de explicarle al celador lo ocurrido, que iba adelante en la fila, que lo dejara entrar, que adentro le guardaban el puesto. No, mijo. Tiene que esperar otra tanda; si lo dejo entrar, la gente se marea. Y póngase mosca, no sea que lo vuelvan a tumbar. Quedó afuera sacudiéndose el barro, apeñuscado, recogiendo papeles arrugados, pisoteados, encharcados.

A las fotografías se les escurría el color. Fernando sintió pena por ellas. Recordó a la muchacha del centro comercial que se las tomó. Era bonita y olía a rico. Enfocó su cara en buen ángulo y sus hombros temblaron con la blandura de sus pechos. Sintió escalofríos. Ella se deshacía en elogios diciéndole que era bien parecido. Le dio instrucciones acerca de cómo debía sentarse, cómo destacar los hombros y qué gesto poner. Se creyó un modelo de calzoncillos. Entonces lo invitó a pasar al cuarto oscuro.

–¿A dónde?

–Allá –dijo ella.

Todo estaba claro, lleno de cámaras y cristales.

–¿Está listo?

–Necesito otra peinada.

–Claro, ahí está el peine y el espejo.

Se alisó una y otra vez el pelo. No le gustó y lo dejó al aire. La muchacha tomó una foto, luego otra y otra más. Le ofreció tres muestras para que escogiera. La demora desesperaba a los de afuera. La mujer cambió y ya no fue amable. Lo acosaba para que eligiera pronto. Mirándolas detenidamente, Fernando parecía comprobar que realmente era muy feo y sospechó que la muchacha solo quería halagar a sus clientes.

–Escójala usted. Cualquiera. No importa.

–¿De qué precio?

–Del más caro.

Entró en el cuarto profesional. Al rato oyó su nombre. La muchacha le entregó el sobre con las fotos. Comentó que no había quedado tan mal, que en el fondo él tenía su gracia. Lo invitó a que volviera otro día para hacerle un estudio.

A través del vidrio, la gente de adentro se veía pasar rápido. Una señora recogía papeles, preguntaba datos y los registraba en una tarjeta. Luego recostaba a sus clientes contra la pared y los medía. Enseguida los mandaba donde un fotógrafo que les ponía a todos el mismo saco y corbata. Después firmaban, les entregaban una contraseña y salían por la puerta trasera. Era como fabricar ciudadanos.

Dos horas después Fernando ingresó al edificio. Había aprendido todo el circuito por la ventana, pero no supo por dónde empezar. El celador le dio una ficha. Vio un lugar desocupado y tomó asiento. A la hora llegó a la ventanilla.

–¿Tarjeta de identidad?

–No.

–Entonces, ¿a qué viene?

–Vengo por la cédula.

–Se equivocó. Lo suyo es al otro lado.

Su dedo señaló un área atestada de jóvenes. Tenía que resignarse y esperar. Pidió otra ficha de turno y se sentó. Era el número sesenta y siete. A su lado se sentó una joven bonita, bien vestida, con gafas. Llevaba el pelo suelto. Sintió otra caricia de la suerte. Comenzaron a hablar. A ella no le preocupaba quedar bien en la foto. No quería ser diferente. Llegó temprano a tomarse la muestra de sangre y quería salir pronto e irse a dormir.

–¿Le dolió el pinchazo?

–Claro, y en un lugar tan feo.

Se quedó mirando la camisa embarrada de Fernando. Entonces él le contó lo sucedido. En sus ojos alumbró un flash de lástima, y siguieron conversando.

Al otro lado de la silletería la gente seguía maquillándose, echándose polvos en la nariz, peinándose con disimulo, riendo alborozados. Parecía un camerino de televisión. Luego pasaban donde el gordo de la cámara y éste les cambiaba el gesto. Decía que se pusieran serios, que no se trataba de un cumpleaños. Luego los fusilaba con su inmenso reflector. De inmediato aparecía la imborrable y horrible mueca de la identidad. Fernando notó que al gordo le molestaban los mechudos. A todos les ponía camisas negras. Si tuviera unas tijeras en las manos, seguro que los dejaba calvos. Los forzaba a recogerse el pelo bien estirado detrás de la orejas. Les mostraba un tarro de gomina que parecía contener todos los escupitajos del mundo. Si quiere úselo, o vuelva mañana peluqueado, decía. El tipo gozaba de su trabajo haciéndolo de mal modo. A las muchachas les indagaba por el número telefónico. Ellas creían que la pregunta era parte del protocolo y escribían el número. El gordo las acomodaba manoseándoles los hombros y les decía que un día las llamaría. Se veían caras de asco, de susto, de criminales, de sorpresa, caras adormiladas. Se veían gestos de repudio, de aburrimiento, gestos hipnotizados. Semblantes que quedarían retratados para siempre.

Fernando llevaba maní en los bolsillos. Le ofreció a su compañera de silla, pero ella no quiso. Tenía la idea de que tumbaba las calzas dentales. Prefería sus barras de chicle. Se había despeinado un poco y no le importaba. Después del disparo fotográfico, la gente se arrimaba a una pared a quitarse la tinta de los dedos. El sitio estaba lleno de manchas alteradas y anónimas.

–Mi problema son las huellas.

–¿Cómo así?

–No tengo. Mire.

La muchacha no tenía un solo surco. Era toda lisa. No tenía líneas en las manos, ni línea de la vida, ni del amor, ni del destino. Solo una palma lisa, sin arrugas.

–¿Entonces?

–Me toca mostrar los pies.

Había nacido con poquitas huellas. Se podían contar. Sus padres lo notaron cuando la llevaron a sacarle la tarjeta de identidad. Tuvieron que recurrir a los pies. Allí sí tenía, pero se le estaban borrando. Le dijo a Fernando que las pocas líneas que conservaba en las manos, las comenzó a perder en el colegio. Cada vez que llegaba triste, se le borraba una. Y así, al poco tiempo casi no tenía surcos, pero tenía identidad. Fue cuando lanzó su teoría.

–La cara no es significativa. Lo importante es la identidad. Ella permanece en los recuerdos.

–¿Cómo así?

–Sí, es lo único realmente importante. Es como un panorama de antes y después.

–¿Antes y después qué?

–De la estrella, de encontrar nuestra estrella.

El lugar estaba repleto. Demasiadas personas y comenzaba a hacer calor. La gente no parecía darse cuenta del ambiente tan pesado. Estaban pasmados, tal vez pensando en el futuro. Fernando había olvidado a su primo. Lo vio venir orgulloso, mostrando su contraseña de identificación, su trofeo. Quiso presentárselo a su compañera, pero ella estaba embobada y no mostró interés.

Hablaba sola, con los ojos cerrados. Después de la fotografía. Lo necesitaba saber. Fernando trataba de comprender lo que decía. Con la mirada camuflada y en detalle, percibió que la suya era una blancura rara. Tampoco tenía pliegues debajo de los ojos. Su cabello brillaba al chuparse la luz que salía de la cámara fotográfica. Hablaba con un tono claro. Movía los labios sin esfuerzo. Parecía que no tuviera RH.

A la derecha de Fernando una señora alimentaba a su bebé. Terminó y comenzó a sacarle los gases. Trataba de concentrarse en el perfil de su compañera cuando el bebé vomitó su cuajo sobre su pantalón. Tuvo que ir al baño. Al regresar, su compañera no estaba. Le preguntó a la señora y no supo darle razón. Buscó por todos los lados y nada. Resignado esperó su turno. Una hora después tenía su documento.

De los recuerdos vagos y los detalles que Fernando me refirió sobre aquel día, pienso en esa muchacha cuando le dijo que si alguien nace sin huellas es porque está predestinado a hacer cosas pequeñas, como hablar con la gente, a iluminar un rincón oscuro, a soltar una risa en un funeral, a bailar un vals en una casa pobre, a tomar una fotografía.

Fernando mostró su nueva cédula. La comparé con la vieja y sigue con la misma cara de desconcierto, sin identificarse con algo. Ahora que se le borran las líneas del recuerdo, sigue creyendo que los ángeles usan gafas. Agregó que extraña la cara de aquella muchacha, una cara que desearía mirar por toda la eternidad, pero que no sabe cómo quedó en la cédula.

En su estudio, Fernando insiste en decirle a la gente que no se ponga tan seria, que solo se trata de una fotografía para la cédula, no para la inmortalidad. Que no son estrellas de cine. Continúa haciendo photoshop. Cuando pronuncia la palabra, se le escucha foto shock. Como también trabaja a la antigua, el ácido de las fotografías le está borrando las huellas digitales y supongo, la identidad.

Arena para la nena

Los bordes de la plazoleta del centro comercial estaban llenos. Una numerosa chiquillada participaba del casting. La fila que se enredaba entre los árboles y las entradas de los almacenes, era larga. Los niños y sus madres llevaban casi seis horas esperando la selección. Algunas criaturas berreaban. A las señoras desmayadas las despachaban en ambulancia. Hacía un calor de los diablos. Botellas y bolsas de agua desocupadas inundaban los botes de basura y algunas caían al piso. Las mamás sudaban ansiedad. Se notaba la incomodidad, pero deseaban que alguno de sus hijos llegará a ser escogido como el payaso principal del programa infantil Pocatil y Tilín.

La selección final de los niños se hará el próximo sábado durante la inauguración del parque ecológico. ¡Coooorteeeen! La presentadora quedó aturdida. Lo dijo bien, en solo doce tomas, no como su compañera, la que estaba haciendo la nota en la playa y que requería mínimo veinte registros de filmación. Estaba confundida. No entendía por qué cortaban.

En medio del pueril desfile, el desgarrador grito de ¡Seeeñoooraaaa!... fue lo que la asustó. Una señora que pasaba quedó atontada. No identificaba de dónde salía el bramido. Por eso miraba hacia todos los lados, sin advertir que desde cada esquina le clamaban lo mismo. ¡Quíteeeessssseeee!... La mujer no entendía que estaba en medio del casting. Que al pasar sin mirar por la plazoleta del centro comercial con sus hijos de la mano, había interrumpido el rodaje. La mujer pensaba que simplemente atravesaba.

¡Señora, quítese!, le rugió otra vez en la oreja el tipo del megáfono. La señora no salía de su sorpresa. No entendía la razón del espantoso grito. Solo atinó a responderle que no la gritara, y menos delante de sus hijos.

La mujer nunca había alternado con gente de cámaras, ni codeado con personas de la televisión. Entonces se apresuró a salir de la plazoleta. Iba muy desconcertada y azorada. Entró a un almacén. Al salir les acomodó las gorras a los niños, se puso el sombrero, guardó en su bolso el bloqueador contra el sol y se fue a la playa.

La ministeria del ámbito visitará la ciudad... ¡Coooorteeeen! La presentadora quedó aturdida. La breve frase escrita en un tablero decía: La Ministra de Medio Ambiente visitará la ciudad el próximo sábado, con el fin de inaugurar el parque ecológico. La presentadora esgrimía su incapacidad lectora con una dosis de simpatía. El cabello rubio volando sobre su cara, por efecto del viento playero, justificaba en el director otra toma.

De nuevo la cámara enfocaba. Los maquilladores retocaban a la presentadora sacudiéndole la arena de su vestido blanco. Volvía a coger el micrófono para informar que La ministra de ambiente regresará el sábado al parque ecológico de la ciudad... ¡Coooorteeeen! Después de escuchar la nueva orden, se agachaba con la respiración agotada por la risa y solo atinaba a decir Perdón, perdón.... Se ponía la mano en la boca y luego inhalaba hondo.

Antes de hacer una nueva toma, el apuntador repitió con ella la compleja frase. Hicieron coro, deletrearon a capela el texto de lectura, repasaron lo que debía leer la bella presentadora. La mi nis tra de me dio am bien te vi si ta rá la ciu dad el pró xi mo sá ba do con el fin de i nau gu rar el par que e co ló gi co. Tres veces leyeron vocalizando despacio, lento, entonando y acentuando. Ahora sí, pronunció aquella silueta estilizada, delgada, atractiva, de vestido largo, de luces y arena en la cara, de maquillaje brillante, y de risa opaca.

Llevaban toda la mañana grabando. El sol comenzaba a descender de su cénit. Las múltiples exposiciones de cámara, con sus respectivos ángulos y fondos, quedaron reducidas a veintiocho cortes. Almorzaron un sánduche con jugo. El apuntador y el del megáfono, la llevaron a estudiar otra vez el breve libreto. Le descifraron el escrito vocablo por vocablo, término por término. La invitaron a no interpretar el contenido, restringiéndose a repasar lo escrito en el tablero, sin analizar nada. Le sugirieron ojear el aviso publicitario de enfrente deletreándolo diez veces como calentamiento visual. Le tonificaron la piel bronceada y la nena volvió a informar. Esta vez parcialmente dijo que la ministra del parque ecológico estaba de mal ambiente por el fin de semana. Otra vez se escuchó el familiar ¡Coooorteeeen! La presentadora comenzó a gimotear. Provocaba ternura entre el equipo del canal. El director del programa la consoló acariciándola como a un bebé. Y así estuvieron hasta que nuevamente se animó a recitar sus líneas.

Cambiaron el aviso y ahora decía: Con el fin de inaugurar el parque ecológico, la Ministra de Medio Ambiente visitará la ciudad el próximo sábado. Lo leyó perfecto. Podría haberse emitido en directo. Lo había podido decir. Todos saltaron de alegría. Pero el del altoparlante volvió a propagar el reiterado ¡Coooorteeeen!... ¡Seeeeñooooraaaaa!...

Una mujer caminaba absorta en la playa. Parecía flotar sobre la arenilla que se levantaba lejos de la marea. Un niño miraba concentrado el borde de la playa. La nena lanzaba arena al aire. De nuevo escuchó el sordo anuncio desde el megáfono que le ordenaba retirarse hacia el fondo, a quitarse del encuadre. El del altavoz se le acercó y le chilló su mandato en el oído. Ella simplemente le dijo: A mí no me grite, y menos delante de mis hijos.

En su casa, la señora y los niños han cenado. Ven televisión en la cama.

–Niños, esa presentadora si sabe anunciar. Miren como informa de bien.

–Sí. Pero no sabe nada de Pocatil y Tilín.

En el puente

Los espectáculos callejeros me gustaban. Veía un gato persiguiendo una lagartija y me olvidaba de todo. Miraba un perro haciéndose el muerto o tocando guitarra con su pata y quedaba alelado, riéndome. Leía avisos curiosos y absurdos. Husmeaba por las ventanas y corría cuando me gritaban: ¡No sea entrometido! Así atravesaba el parque y su olor a hierba, el puente y sus barandas flojas. A veces pasaban cosas buenas y también cosas malas.

Un día, a fines de julio, iba callejeando feliz. Pensaba en cómo hizo el cohete para llegar a la luna, cuando en el puente se me acercó un muchacho con cara de desgraciado. Daba la impresión de vivir por un sector más abajo de mi barrio, un lugar de balaceras y puñaladas. El muchacho tenía un ojo apagado y el otro era inexpresivo. Me dijo: Entrégueme todo o le perforo el alma. Sabía que en ese puente habían ocurrido muchos asesinatos. Vi el metal. No supe si era navaja, puñaleta, mataganados o machete. En todo caso era filoso, gigantesco y chuzaba. Se veía que el tuerto tenía práctica porque cuando la gente pasaba, lo escondía con destreza entre el pantalón y luego me lo volvía a poner en el cuello. Estaba sometido. Las manos me sudaban. Dijo que me desmocharía una si no le entregaba rápido el reloj. Tenía el pulso enredado y eso demoraba las cosas. El muchacho hundió un poquito más la punta del arma. Sentí que reventaba una bombita de sangre. Eso fue la primera vez.

Otra mañana empezaba a lloviznar y pasaba por el mismo lugar. Pensaba en unos bocadillos con queso. Era divertido impregnar el suelo con el labrado de mis zapatos tractor. Lo alcancé a ver a lo lejos, pero no le puse cuidado. Volvió a salirme. En segundos lo tuve casi encima y no pude devolverme. El metal brillante y puntiagudo hipnotizaba. Me esculcó los bolsillos y se llevó el maletín escolar. No había caso contarle a mi mamá. Ella trabajaba todo el día. Mi papá vivía lejos, en su mundo. Tenía que arreglármelas solo. Entonces le conté a Julio lo que me pasaba. ¿Y es que usted no tiene huevos?, me dijo. Yo lo acompaño. Sentí que la suerte se inclinaba a mi favor.

En esos días comenzaron a pintar las barandas del puente y a repavimentarlo. A quitar aquello que se acumulaba debajo. A dejar correr el agua represada por el rastro podrido de lo que fueran colchones, llantas, muebles y cuerpos de animales. A que su hálito inmundo fluyera. Teníamos que dar una vuelta grandísima. Pasaron unas semanas y un jueves reabrieron el puente. Le recordé a Julio lo del pelado del puñal. Tranquilo, cuando vaya a pasar, llámeme.

Terminaron las vacaciones y volvimos a la ruta sobre el puente. Pasaba tranquilo cuando lo vi venir. Con discreción le dije a Julio que el de la camiseta verde de fútbol era el que me jodía. Cogimos por la mitad del puente. Julio lo tenía en la mira, pero resultó que el pelado venía con un colega. El socio llevaba un cuchillo más grande que el del tuerto, y también se le veía una pistola entre el pantalón. Nos pusieron las manos en la nuca y con un falso gesto amistoso repitieron su habitual trabajo con nuestros bolsillos, billeteras y maletas. Como para consolarse, Julio dijo que solo eran un par de hijueputas viciosos. Sentí que el tuerto tenía mucho poder.

Estábamos en recreo, cerca de la cancha, lejos de la gente, olvidando las clases. ¿Sabe qué pasó ayer?, dijo Julio. Iba solo, atravesando el puente y de pronto me salió el tuerto. Le dije que se quedara quieto, que no fuera a joderme, porque mi papá trabajaba con los paramilitares, que preguntara por el Orejón, que si seguía montándola lo iba mandar a quebrar. Julio agregó que el tuerto quedó paralizado y retrocedió. El problema había acabado. Supe que le contó a su papá, pero él tenía que salir de comisión a un trabajo importante por los Llanos. Le pareció que el asunto del puente era chimbo y que Julio podía arreglarlo todo. De paso, agregó, podía enseñarme a no ser tan consentido, a ser hombre. No le creí mucho pero descansé y respiré profundo. Entonces me comunicó con voz apagada y grave el plan que trazó. Yo participaría de algo escalofriante. La señal era llevar las manos metidas en los bolsillos. Cuando el tuerto estuviera cerca, el trabajo ya estaría hecho. Nos respaldarían dos amigos del papá de Julio.

A mí se me retorcían las tripas. Antes de que sonara el timbre tuve que ir dos veces al baño. No hacía calor pero sudaba a baldados. Salimos del colegio. Llevaba las manos heladas. Julio bromeaba mientras chupábamos refrescos.

–Vámonos por otra parte. Olvidemos la cosa –le dije.

–Más bien cambie de color, mijo. Está como un papel –dijo Julio.

Caminábamos a prisa. Miraba a lado y lado tratando de reconocer a los amigos del papá de Julio. En una tienda esquinera, dos hombres que tomaban gaseosa encajaban perfectamente con la profesión de los que nos acompañarían. Más adelante, unos tipos de gafas oscuras, quietos sobre una moto, daban la impresión de ser ellos. Una cuadra abajo, tres jóvenes sentados en una panadería, dándoselas de inocentes, parecían ser los contratados. A todos les veía cara e intenciones criminales. Hasta un par de señoras que bajaban pegadas de sus camándulas y escapularios, podían ser las del trabajo. Sentía las miradas encima. Insistía en decirle a Julio que mejor nos devolviéramos. Que yo no volvería a pasar por allá y listo. Llegábamos al puente y un frío lacerante se atizó. Las piernas casi ni respondían. Estaba petrificado.

Julio me envió un mensaje visual y sin abrir la boca dijo: Allá están. No pude doblar la cabeza. Estaba tieso. Debía sacar una mano del bolsillo pero se me olvidó. Al instante nos cayeron el tuerto y su socio. Tomen chinos y piérdanse de aquí. Y nos dieron un bolso. Caminamos rápido cinco cuadras. Paramos en una tienda y al momentico me llegó el alma. Tomamos agua. En el bolso estaba mi reloj, la plata y otras cosas más. Me sentí incómodo y no quería esas cosas.

Una semana después íbamos temprano rumbo al colegio. De lejos, sobre el puente, se veía un tumulto. Una patrulla regaba su destello de luces en el sector. Cuando nos acercamos vimos todo acordonado. Me asomé a ver qué pasaba, pero Julio siguió derecho. Alcancé a ver dos tipos tumbados, inmóviles y sangrantes. Uno desgonzado contra la baranda y otro de medio lado sobre la acera. Las autoridades tomaban fotos, huellas y escribían. Eran el tuerto y su colega. Un espectáculo asqueroso. Vomité el refresco. Salí rápido de entre la gente. Alcancé a Julio y le conté que eran los tipos del bolso.

–¿Qué pasó? –le pregunté.

–Regresó mi papá, y él no puede dejar de trabajar, trabajar y trabajar...

Al respirar por la boca, Julio exhalaba un torrente de vaho frío y repulsivo. Algo parecido al olor del caño.

Confecciones literarias

Venía leyendo Cien años de soledad. De vez en cuando miraba por la ventanilla. Una puntada de recuerdos resplandecía con los relámpagos. El espesor de una historia hacía ignición en mi memoria y quería escribirla. Se trataba de un brillo fuerte y fugaz.

La lámpara de querosene no iluminaba más la cocina. Estaba vieja y en desuso. Colgaba limpia y apagada. Su bolsa de tela no flameaba. No era ya la lámpara de Aladino. Después de muchos años regresaba a la casa de mi abuela. Estaba de paso en el país y quise consolarla un rato. “Mi santa cruz, ya no está”.

Seguía concentrada en su máquina de coser. Era su forma natural de hablar. Atravesamos la sala y llegamos al balcón que daba al jardín. A un costado de la pared del comedor colgaba la daga española. Una reliquia familiar de más de ciento cincuenta años. Era una hoja de metal, de doble filo, mango tallado con pedrería y algunos metales incrustados, protegida por una cubierta de cuero con el escudo real español. El abuelo decía que la recuperó en uno de sus viajes por la madre patria.

Mi abuela le dijo a su empleada que trajera buen café y cigarrillos. Sobre su liviano saco colgaban hebras e hilachas de distintos colores, en paralelo con su cinta métrica. Se notaba que estaba trabajando, que pensaba en sus confecciones. Poniendo ante mis ojos tres o cuatro moldes en papel mantequilla, me mostró una colección de individuales.

–¿Y eso?

–Son tuyos. Hechos en el taller de costura.

–Lástima. Era mejor dibujar.

–Voy a bordar el escudo.

Me pidió que pasara el amarillo, azul y rojo por el ojo de las agujas. Lo hacía para probar mi visión. Enhebré rápido.

–Como antes.

–No recuerdo una sola vez que fallaras.

Dejó la máquina y caminamos hacia su sillón. Siempre erguida. Llegó la empleada. “Se le ofrece algo más, madrina”. Respondió que no y echando humo, se concentró en el retrato del abuelo. Gordo y sonriente.

–Es igualito a ti. Mira ese porte. Bien vestido.

–¿Te parece?

–Claro. Se nota la estirpe. Aunque tú no has derrochado el dinero.

A mi abuela la obsesionaban los abolengos. Por eso se casó con mi abuelo. Pensaba en su añeja hispanidad. El dinero y la posición eran apenas una consecuencia del apellido. Ella seguía creyendo que las fortunas se hacían, que la casta se heredaba. Cuando mi abuelo quebró, ella se encerró en su casona a reconstruir la economía familiar. Compró máquinas de coser y puso el taller de confección de blusas y tejidos de punto fino. Al abuelo lo dejó que se alcoholizara con sus recuerdos. A las tres hijas les incautó la virginidad; jamás encontró a alguien digno de su linaje. Mi madre escapó de este cautiverio.

–La semana entrante la ahijada se llevará todo esto.

Le molestaban todas esas chucherías regadas. Era una forma de advertirme que mirara todo con cuidado porque todas esas cosas iban a desaparecer. Tal vez era la última vez que las vería.

–¿Qué vas a hacer?

–Se quedará la máquina de coser. Es algo muy personal.

Me gustaba ir a la casa de mi abuela. Me complacían sus objetos. Quedaba alelado. También estaba lo de la lectura y la escritura, pero lo que realmente me entretenía era ver la colección de porcelanas y cosas raras que reposaban en el escaparate debajo de la escalera. Había un huevo azul, pesado, como de cinco centímetros de diámetro. Se abría y de adentro salía un rosario bendecido. Era la imitación de un Faberge imperial.

Me vio atento mirando algo y recordó que siempre me encontraba cosas por ahí. Era un suertudo impresionante. Ella y las tías decían que tenía muy buena suerte. Pero también perdía las cosas fácilmente. Las olvidaba. Una vez encontré una caja de dientes en un rincón de la casa. Me quedé pensando de quién podría ser ese aparato que no reía. La alcurnia de mi abuelo me impedía verlo sin dientes y la dentadura de mi abuela estaba completa. Recordamos el hallazgo y la abuela se rio.

–Era de una de tus tías.

Me resultaba difícil concentrarme e imaginar que una de ellas pudiera estar desdentada. Siempre tan bonitas y sonrientes. Eran diferentes a las operarias.

–¿De cuál?

–Eso no. Hay que ser respetuosos.

Siguió contando historias. Yo había dejado de fumar pero la ocasión lo merecía, entonces la acompañé a fumar. Tal vez nunca volveríamos a tener un encuentro así. Llegamos al comedor para tomar las onces.

–¿Y todavía la tienes?

Allí estaba. La vieja frutera con pie de vidrio prensado y transparente sobrevivía en la mesa. Pasó por nuestra casa y regresó a su origen después de soportar muchos trasteos. La abuela se desprendió temporalmente de ella porque decía que las frutas se veían pálidas. La verdadera razón era que el abuelo la tenía convertida en alcancía. Eso se veía mal.

Seguimos hablando de mis hallazgos. Se acordó de la vez que llegué con un gran paquete. Apareció en mi pupitre. El día anterior habían sido las elecciones. Era un paquete lleno de votos por el mismo candidato. No me invitó a regresarlo. Dijo que la basura nunca se devuelve.

Relató episodios del tiempo del taller de confecciones. Esas tardes productivas que me distraían viendo coser a las obreras de bata blanca, llenas de hilos y casi familiares. Mi aporte al ámbito laboral eran los moldes que trazaba. Al principio calcaba las imágenes de los figurines, pero con cierta disposición natural para el dibujo, y después de adquirir mayor destreza, me los inventaba. A esas figuras neutras les ponía gestos. Mi abuela soñaba con que yo fuera pintor. Insistió mucho hasta cuando la defraudé eligiendo otra actividad.

Mi madre era de las pocas que iban a la universidad. Allí conoció a mi padre y emprendieron sus vueltas por el mundo. Estaba muy pequeño cuando empezaron a dejarme al cuidado de mi abuela. Ella me recibía con cuadernos, lápices, colores y cartillas, objetos que parecían juguetes. Me entretenía y aprendía.

Mi abuela tenía un tablero grande y limpio. Allí les explicaba a las obreras sus ideas de modista. Les representaba las opciones más enriquecedoras y recomendables para confeccionar la base de un cuello de blusa y montarlo dependiendo de su curva y anchor. Entonces sobre el tablero trazaba líneas horizontales, líneas en ligero ascenso, proyectaba del punto A al punto B, medía una semi-curva y unía diagonales. Todo muy didáctico, sin afanes, sin asustar. Sin hacerles sentir que estaban trabajando. Luego, sobre el trazado básico y el molde, cortaba la tela con la destreza de un prestidigitador.

Sobre esa superficie empezó a hacer de profesora conmigo. Escribía en el tablero. Yo dibujaba lo que ella copiaba. Era pequeño y creía que sabía leer y escribir. Cuando borraba, me ponía a llorar. Las trabajadoras se reían. Así pasaron mis primeros años. Entre manufacturas, letras y dibujos me hice parte de un proletariado afectuoso. Mis padres se graduaron y no pude volver. Me llevaron muy lejos. Solo regresaría siendo un adolescente. Durante ese tiempo, mi abuela me escribía cartas contándome que sus trabajadoras preguntaban por mí.

–Tienes razón, era divertido y triste.

–Qué suerte ser tan inestable. Vivir esperando una carta.

Mi abuela mandó por más cigarrillos. Insistió en que su empleada no era una empleada. Dijo que llegó como hija de una doméstica, creció, se quedó y ahora era su ahijada. Alguien muy familiar. Me contó que a ella también le había enseñado a leer y escribir, pero nunca le interesó coser. Mi abuela continuó con sus repasos pedagógicos, de escritura y confecciones. Era de lo único que le gustaba hablar. Y también del destino de algunos familiares.

Sobre la mesa reposaban unas tijeras. Las cogí y me puse a cortar periódico, como en los viejos tiempos. “Madrid. Tarifa especial”. Recortaba vocales, sílabas y palabras completas. Cuando mis padres se volvieron a ir, no me quise ir con ellos.

–Vivían pescando una botella que se les fue al río.

–Si abuela, así era.

Por esos días el abuelo trajo una herradura. Dijo que su caballo había muerto de anemia infecciosa. Me pareció haber visto el hierro entre el escaparate. Una vez me dijo: “Esta herradura fue de Baconao, el caballo de José Martí. La conseguí en Cuba”. Cuando mi abuelo disertaba sobre la herradura lo hacía en serio. “Es un amuleto que protege contra el enemigo y la mala suerte”. Iba a la universidad y le creí todo. Me quedé mirando ese medio círculo oxidado. Al poco tiempo mi abuelo perdió la finca. Una tía murió de infarto y las otras tuvieron que trabajar hasta jubilarse. A pesar de todo, la herradura permanecía ahí, como la abuela, un poco desgastada, como un símbolo, irradiando una rara suerte.

–Me gustaba por su agilidad y rapidez. Era como si entendiera.

–Si abuela. Tú lo montabas.

–Hiciste un dibujo de él. Y escribiste una historia.

Mi abuela me dejaba escribir ocurrencias pero con buena ortografía. En ese tiempo yo tenía cara de conejo, conocía las vocales y las letras. Y dibujaba mucho. Los números los aprendí oyéndolos por ahí, cuando las obreras contaban las piezas por docenas. Mi madre dijo que lo mejor era ingresar al colegio. Allí estaban los profesores de verdad. Que lo de la abuela era un entrenamiento. Ella estaba contenta y un día me mostró una esquina.

–No necesitaba de eso.

–Mentiras, estabas hipnotizado.

Mi abuela no estaba de acuerdo. Intuyó un desplazamiento pedagógico. Sintió un poquito de tristeza y me la pegó. La cosa era en serio. Un día me vi sentado en un pupitre. No podía llevar juguetes. Tenía que levantarme temprano todos los días. No quería ir allí. ¿Para qué? Si de todos modos mi abuela era mi profesora. Y de pronto me vi haciendo extensas planas para mejorar la caligrafía.

En el colegio me enseñaron la letra A, pero ya la sabía. Tenía seis años y estaba trazando bolitas y palitos. La profesora decía que así soltaba la mano. Me asusté al pensar que de pronto se me soltara la mano. Vi un círculo y me dijeron que era la letra o y que un palito con un punto era la letra i. Enseñaba que entre palabra y palabra debía haber cuatro milímetros de separación. La maestra preguntaba, “¿qué quiere decir la m con la a?”. Le respondía que no decía nada, que sólo sonaba. También sabía que no resistiría el año. Sólo quería dibujar y soñar con la historia del caballo del abuelo. Un día la profesora enfermó y la cambiaron. Hubo una epidemia y no volví al colegio. Todo se restableció.

Algunas tardes acompañaba a mi abuela a comprar hilos y agujas, a contratar pedidos de telas, a cambiar partes de las máquinas. Me emocionaba leyendo anuncios y letreros callejeros. Veía una S y sabía que era el símbolo de una Singer. Nadie me dijo que esto podría pasar. Solo mi abuela me salvó. Me dijo que estaba leyendo. Entonces, mientras ella dibujaba sus patrones de moda y diseñaba ropa, yo escribía cosas en sus talonarios. Dibujé las nuevas máquinas industriales que llegaron al taller. Las trabajadoras y yo estábamos deslumbrados con los recientes artefactos. Ellas renovaban su lenguaje y yo aprendía sobre palancas, talones, conos, troncos, ranuras, ojo y punta. Hasta de las placas de transporte me enteré.

Todo fue cierto y todo llegó a su final. Supe que la fábrica cerró por el acoso financiero de los bancos. Las tías y la abuela envejecieron obsequiándose sorpresas, vestidos y prendas nuevas que ellas mismas cosían. Vivían elegantes y estrenando. Hasta diseñaron sus blusas de funeral.

Habíamos pasado una tarde deliciosa. Nuestras manos se apretaron. Le confesé que estaba escribiendo un libro, la historia de un caballo. Algo diferente a El Moro. Sin desventuras. Buen trato. Con una vida apacible, sin obligación de trabajar. Algo parecido al caballo del abuelo. Fui sincero. Le dije que en el fondo tenía dificultades para escribir. Mi abuela se retiró. Fumé y bosquejé muchos paisajes. Hasta dibujé un álbum de láminas de la naturaleza en mi cabeza. Regresó con un pequeño baúl. Extrajo unos cuadernos y me los entregó.

–Te pueden servir. Eran del abuelo.

Vi su letra y sus rasgos me confirmaron el sentido de las cosas. Una letra que me devolvió a un mundo caligráfico, sin afanes, desaparecido. Oloroso a whisky y risas.

–Y ahora... habla por mi santa cruz. Escribe lo que le mandé a callar.

–No es bueno que digas eso.

–Mi amor, insiste en tus confecciones literarias...

Nunca más la vi. De regreso leí los cuadernos completos. Entre el rancio esplendor que ofrecía la ventanilla del avión percibí la nobleza del abuelo. Entendí su silencio y comprendí su ascendencia, todos esos datos, toda esa tristeza oculta tras su risa bonachona. Pensé en Orhan Pamuk y en García Márquez. Pensé en mí mismo y sentí que la estirpe de escritores, no tan buenos pero condenados a escribir, deberíamos tener una segunda oportunidad sobre la tierra si corregíamos mucho y teníamos algo que contar. Sobre todo pensé en mi abuela y su cuidado al confeccionar sus blusas. Sus palabras de nuevo me salvaron: “escribir no es cosa de adultos sino de niños”.

Por eso no crecí y me quedé jugando. Me quedé escribiendo.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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142 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789585840720
Правообладатель:
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