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Soy un gato

Natsume Sōseki
Traducción del japonés a cargo
de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Capítulo 1
Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana. Según pude saber más tarde, se trataba de un ejemplar de lo más perverso, un shoshei, uno de esos estudiantes que suelen realizar pequeñas tareas en las casas a cambio de comida y de alojamiento. En algún sitio he escuchado incluso que, en ocasiones, esos crueles individuos nos dan caza y nos guisan, y luego se nos zampan. Aunque he de decir que, debido quizás a mi ignorancia y a mi poca edad, no sentí nada de miedo cuando lo vi. Simplemente noté que el shoshei en cuestión me levantaba por los aires en la palma de su mano, y que yo me sentía flotar. Una vez me acostumbré a esta novedosa perspectiva, tuve ocasión de estudiar tranquilamente su rostro. El sentimiento de extrañeza todavía permanece en mí hoy en día. En primer lugar hablaré de su cara: por lo que yo sabía, las caras de todo bicho viviente suelen estar cubiertas de pelo. Sin embargo, la suya estaba lisa y pulida como la superficie de una tetera. He conocido a lo largo de mi vida a muchos gatos, de orígenes diferentes, pero ninguno tenía una deformidad como la de ese tipo. Pero no sólo era eso. Había más. El centro de su rostro estaba ocupado por una enorme protuberancia, con dos agujeros en medio por los que, de vez en cuando, emanaban pequeños penachos de humo; algo que consideré ciertamente sofocante y fastidioso. Durante un rato me sentí enfermar por causa de esas asfixiantes exhalaciones. Ha sido sólo recientemente cuando he aprendido que aquel humo era producido por el tabaco, una cosa que, por lo visto, a los humanos les pirra.
Durante un rato estuve bastante cómodo, allí en su mano. Hasta que, de pronto, las cosas empezaron a desarrollarse a una velocidad de vértigo. No sabría decir si era el shoshei quien se movía o si era yo, pero, en cualquier caso, noté que empezaba a marearme sin remedio y que el estómago se me revolvía. Estaba ya convencido de que mis días habían llegado a su fin y que el mareo me mataría sin remisión, cuando, de repente, ¡plaf!, sentí un fuerte golpe y mi visión se nubló con miles de estrellas. Mi discernimiento, claro hasta ese momento, se nubló. A partir de ahí, por muchos esfuerzos que haga, no me acuerdo de nada.
Al volver en mí, el shoshei había desaparecido; tampoco había ni rastro de ninguno de mis numerosos hermanos. Ni de mi madre, que hasta entonces había sido la persona más importante de mi vida. Cuando me desperté del todo, descubrí que estaba en un sitio aterrador. Comparado con mi antigua madriguera, aquel lugar estaba excesivamente iluminado. De hecho era tan cegador que los ojos me dolían, hasta el punto de que apenas podía mantenerlos abiertos. ¿Qué me estaba sucediendo? Comencé a arrastrarme como pude, intentando salir de allí, pero la experiencia fue de lo más dolorosa. Al parecer, me habían sacado súbitamente de la cómoda y caliente cama de paja que compartía con mis hermanos para arrojarme de modo inmisericorde a un pinchoso matojo de bambúes.
Después de muchos esfuerzos, me las arreglé para salir gateando de aquel matorral. Un poco más allá de donde yo estaba, pude divisar un estanque. Me senté al borde del agua, realmente desconsolado. Después de un rato de darle vueltas pensé que, quizás, si empezaba a maullar, el shoshei volvería a rescatarme. Pero por mucho que maullaba, nadie venía en mi ayuda. Pronto empezó a soplar un vientecillo suave, y el cielo comenzó a oscurecerse. Tenía hambre. Por mucho que quisiera seguir maullando, estaba tan débil que la voz no me salía del cuerpo. Decidí que allí estaba perdiendo el tiempo, y que lo que debía hacer era procurarme algo de comida. Comencé a rodear lentamente el estanque, entre grandes dolores y sufrimientos. Tras caminar un rato llegué junto a una valla de bambú. Aquel lugar olía a humano. Tras dar un par de vueltas a la valla, encontré un estrecho agujero por el que me escurrí. Algo me decía que si entraba en aquella propiedad mi vida mejoraría. Ciertamente, el destino me había sonreído: si la valla no hubiera estado rota, podría haberme muerto de hambre y de frío allí mismo, a pocos metros de mi salvación. Descubro ahora lo ajustado que es ese adagio que asegura que lo que tiene que ser será. Hasta hoy, no hay día en que no me escurra por ese agujero para hacerle una visita a mi vecino Mike, el gato tricolor.
Ahora bien, una vez me colé a hurtadillas en la casa, no supe exactamente qué hacer a continuación. Pronto oscureció del todo. Y yo estaba allí, cada vez más hambriento y muerto de frío. Por si fuera poco, comenzó a llover a cántaros. Tenía que decidirme, no podía perder más tiempo. No tenía más alternativa que intentar refugiarme en un lugar más luminoso y cálido. Entonces no lo sabía, pero de hecho ya estaba dentro de la casa, lo cual me brindaba una ocasión inmejorable de observar en su hábitat natural a otros especímenes de la raza humana aparte del shoshei. Así fue como conocí a Osan, la criada. Las criadas, como pronto pude comprobar, constituyen una especie aún más violenta que los mismos shoshei. Tan pronto como me puso los ojos encima me agarró del pescuezo y me lanzó volando por la ventana. Una vez en el jardín de nuevo, decidí aceptar la situación con estoicismo y me encomendé a la providencia. Cerré muy fuerte los ojos, a la espera de que la noche pasase y la lluvia escampase. Pero el hambre y el frío me superaban. Decidí esperar al momento en que la criada bajase la guardia, para así aprovechar y colarme de nuevo en la cocina. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, ella me volvía a coger del pescuezo y me lanzaba fuera de muy malos modos. Puede que el proceso se repitiera cuatro o cinco veces. Ahora que lo pienso, creo que fue entonces cuando comencé a cogerle manía a esta Osan. He de decir, no obstante, que hace unos días pude al fin desquitarme del agravio y ajustar cuentas con ella, cuando le robé la caballa de la cena. En esas estaba, a punto de ser defenestrado por sexta o séptima vez, cuando por la puerta apareció el que debía de ser el señor de la casa. Empezó a discutir con la criada por el ruido que estábamos montando. Osan me levantó del suelo, me plantó justo frente a las narices del recién llegado y exclamó:
—¡Este gato es un auténtico fastidio! Tan pronto como lo echo a la calle, vuelve a colárseme aquí. Y lo peor es que no me deja en paz con sus maullidos.
El señor, entonces, me escrutó brevemente mientras se retorcía con fruición unos pelillos negros que le salían por sus orificios nasales.
—¡Hum…! En ese caso, dejémosle que se quede —dijo.
Entonces dio media vuelta y se marchó de la cocina. Vaya, aquel caballero parecía un tipo de pocas palabras. La criada, rabiosa, me arrojó de nuevo por los aires hasta que aterricé en el suelo de la cocina. Fue así como hice de esta casa mi guarida.
El señor rara vez se encuentra cara a cara conmigo. He oído por ahí que es maestro. Tan pronto como vuelve a casa de la escuela cada tarde, tiene por costumbre encerrarse en su estudio y no salir de allí durante el resto del día. Todo el mundo en la casa cree que es una persona muy trabajadora. Él mismo finge ser el colmo de la laboriosidad. Pero en realidad no trabaja tanto como los demás piensan. A veces me acerco de puntillas a su despacho para echar un vistazo y casi siempre le pillo durmiendo la siesta. En ocasiones babea encima de algún libro que ha empezado a leer, y que tiene abierto encima de la mesa. Tiene el estómago débil y digestiones difíciles. Su piel es de un color pálido amarillento, sin lustre y carente de vitalidad. No obstante, es un gran glotón. Después de ponerse las botas se toma una dosis de bicarbonato y abre un libro. Cuando ha leído dos o tres páginas le entra un sueño terrible y se queda dormido encima del libro abierto, babeando. En eso consiste su rutina de todas las tardes. Hay ocasiones en las que incluso yo, que soy un simple gato, pienso: «Vaya, pues sí que viven bien los maestros. Si fuera humano me gustaría ser como él, maestro de escuela. Uno puede dormirse cuando quiere y, aun así, siguen considerándote un buen maestro. Así que no le veo yo el problema a ser maestro y gato a la vez». Sin embargo, según el amo, no hay cosa más dura en el mundo que ser maestro. De hecho, cada vez que recibe una visita de sus amigos, no para de quejarse amargamente de esa circunstancia.
En mis primeros días en la casa, creo que no le caía bien a nadie. Excepto al amo, claro está. Allí donde iba no era bienvenido. Nadie quería saber nada de mí. De hecho, hasta hoy ni siquiera se han dignado a ponerme un nombre. Resignado, intentaba pasar todo el tiempo que podía con el amo. Él fue la persona que me acogió. Por las mañanas, mientras él leía el periódico, yo saltaba sobre sus rodillas y me hacía un ovillo. Durante la siesta vespertina me sentaba sobre su espalda, no porque sintiera un cariño especial por él, sino porque no me quedaba otra alternativa. Además, tras hacer varios experimentos, decidí que lo mejor sería dormir también por las mañanas encima del recipiente para cocer arroz, por la tarde a los pies del brasero, y fuera, cuando hace buen tiempo, en la galería. Pero lo que más me gustaba era deslizarme entre las sábanas de la cama de las niñas y acurrucarme junto a ellas. El maestro tiene dos niñas; una tiene cinco años y la otra tres. Tienen su propia habitación y comparten cama. Siempre dejan algo de espacio entre sus pequeños cuerpecitos, así que suelo arreglármelas bastante bien para colarme entre ellas con gran sigilo. Aunque si, por desgracia, alguna se despierta en plena noche, entonces empiezan los problemas. Se me ha olvidado decir que ambas son un poquito antipáticas, especialmente la pequeña. En cuanto se les da ocasión, se ponen a chillar sin importarles la hora:
—¡El gato, que ha venido el gato!
Entonces, invariablemente, el dispéptico de la habitación de al lado se despierta y viene a toda prisa, arrastrando los pies y rezongando. A consecuencia de esos incidentes nocturnos, el amo suele ponerse de bastante mal humor, y creo que nuestra relación se resiente cada vez que lo hago venir a reprenderme en plena madrugada. El otro día, sin ir más lejos, me dio unos azotes en el trasero con su regla reglamentaria de madera.
Viviendo como vivo entre humanos, he de decir que cuanto más los observo más obligado me siento a constatar su egoísmo. Eso es cierto especialmente en lo que se refiere a esas niñas maléficas con las que duermo. Cuando se les antoja, me ponen cabeza abajo, me tapan la cara con una bolsa de papel, me lanzan por ahí y a veces hasta me encierran en el fogón de la cocina. Pero, como sea a mí a quien se le ocurra hacer una travesura, por pequeña que ésta sea, no duden que la casa entera se unirá para perseguirme por todas partes hasta darme caza. El otro día, sin ir más lejos, estaba yo afilándome tranquilamente las uñas en el tatami[1] del cuarto de invitados. Entonces entró la señora, y cuando vio lo que estaba haciendo empezó a dar gritos. Estaba tan indignada que creo que mientras siga viva ya no me dejará volver a entrar jamás en la habitación. Aunque me viera tiritando en el suelo de madera de la cocina, ella indiferente. La señorita Shirokun, la gata blanca que vive enfrente y a quien tanto admiro e idolatro, suele decirme cada vez que nos vemos que no hay criatura viviente tan despiadada como el ser humano. El otro día, sin ir más lejos, dio a luz a cuatro preciosos gatitos. Pero no habían pasado ni tres días cuando el shoshei de su casa los agarró a todos y los tiró al estanque que había al lado de su casa. Shirokun me narró toda la escena entre lágrimas, y me aseguró que si queríamos aspirar a disfrutar de algo de vida familiar, era imprescindible que nosotros, los felinos, entabláramos una guerra total y sin cuartel contra los humanos. Nuestra única alternativa era exterminarlos, acabar con ellos y con su raza entera, así de sencillo. Me pareció una propuesta bastante razonable, a la luz de los acontecimientos. Por su parte, Mike, el gato tricolor que vive en la casa de al lado, también está bastante indignado con los humanos, aunque por motivos diferentes a Shirokun. Según él, los humanos vulneran constantemente nuestros derechos de propiedad. Hay que decir que entre los de nuestra especie se da por sentado que el primero que halla algo abandonado, ya sea la cabeza seca de una sardina o las tripas de un mújol, adquiere de inmediato el derecho a zampárselo. Cuando alguno de nosotros hace caso omiso de esa regla y se apropia de lo que no es suyo, entonces es incluso lícito recurrir a la violencia. Sin embargo, éste es un concepto que se les escapa a los humanos. De hecho, tengo comprobado que cada vez que encontramos algo bueno que llevarnos a la boca, invariablemente viene un humano y nos saquea. Confiados en su fuerza bruta, los humanos nos roban sin ningún tipo de pudor las cosas de comer que por derecho nos pertenecen. Shirokun vive en casa de un militar, y Mike en la de un abogado. Pero yo, como vivo en la de un maestro, no me tomo estas cosas tan en serio como ellos. Yo me conformo con vivir el día a día. Cuantos menos sobresaltos, mejor. Pero les juro que los humanos no se saldrán con la suya eternamente. Tenemos que ser pacientes. Llegará un día, y espero que no tarde mucho, en que los gatos dominaremos el mundo.
Y ahora que hablamos de lo egoísta que es la gente, déjenme que les cuente algo que le ocurrió a mi amo. Esta anécdota servirá para demostrar que ni él está libre de ese horrible defecto, por lo demás tan humano. Pero antes permítanme indicarles un hecho que creo que aclarará bastante la situación. Hay que decir que mi amo carece totalmente de talento para superar el aprobado raspado en cualquier actividad que emprenda. A pesar de todo, no puede abstenerse de intentar que las cosas le salgan, sea cual sea el precio que tenga que pagar por ello. De vez en cuando escribe haikus[2] de lo más arcaicos y los envía a la revista Hototogisu;[3] también escribe poesías en estilo moderno y se las manda a Myōjō;[4] hace poco puso punto final a una especie de bodrio literario en prosa, escrito en un inglés macarrónico y salpicado de errores garrafales; es conocida su pasión por el tiro con arco; toma lecciones de canto para representar teatro Nō.[5] Y, en ocasiones, afortunadamente no muchas, se consagra a arrancarle estridentes chirridos a su violín. Siento mucho decir que de ninguna de estas actividades ha conseguido sacar nada en claro. Pero, a pesar de ser dispéptico y estar siempre de mal humor, se entusiasma enormemente cada vez que se embarca en un nuevo proyecto. En una ocasión los vecinos, hartos de sus estentóreos cánticos en el baño, le pusieron el mote de «El Maestro del Retrete». Pero eso a él le trae sin cuidado. De vez en cuando se le puede escuchar por ahí cantando viejas tonadas pasadas de moda, como «Soy Taira no Munemori».[6] Los vecinos, cuando se cruzan con él por la calle, se parten de risa y comentan entre ellos: «Mira, por ahí va Munemori».
Recuerdo que un buen día, aproximadamente un mes después de que yo llegara a casa, el señor entró muy nervioso con un gran paquete bajo el brazo. Yo estaba intrigadísimo por saber qué habría comprado, y rezaba para que fuese un regalo para mí. Pero resultó que lo que traía era una simple caja de acuarelas, un par de pinceles y unas cuantas láminas de un papel especial llamado «Whatman», o al menos eso me pareció entenderle. Me dio la impresión de que por fin abandonaría la escritura de haikus y los cánticos medievales, y se dedicaría a algo serio: la pintura a la acuarela. En efecto, a partir de ese día, y a lo largo de todos los siguientes sin faltar ni uno en un largo período de tiempo, no hizo otra cosa sino encerrarse en su estudio y pintar. Tan entregado estaba a su nueva afición que incluso abandonó su inveterada costumbre de echarse la siesta al mediodía. Sin embargo, una vez daba por concluidas sus obras, a la vista del resultado final, nadie podía decir qué narices era lo que se había propuesto pintar. Aquello no había quien lo entendiera. Probablemente ni él mismo lo sabía. Un día vino a visitarle un amigo suyo, que se decía especialista en Bellas Artes.
—¿Sabes?, pintar es bastante difícil. Cuando lo ves desde fuera parece sencillo. Pero basta que agarres tú mismo los pinceles para darte cuenta de lo complicado que resulta pintar un cuadro —le confesó el maestro. Y a fe que a mi amo no le faltaba razón.
Su amigo, mirando al amo por encima sus gafas de montura dorada, respondió:
—Es natural que te cueste pintar bien, especialmente al principio. Además, es imposible pintar un cuadro sin tener un modelo, sólo con la fuerza de la imaginación. El maestro italiano Andrea del Sarto insistía en que para pintar un cuadro, lo primero que había que hacer era intentar plasmar la naturaleza tal como es. El cielo está plagado de estrellas. En la tierra brilla el rocío mañanero. Los pájaros surcan los cielos. Los animales corretean por las vaguadas. En los lagos nadan los peces de colores. Si uno mira un viejo árbol en invierno, sobre sus ramas verá posados a los cuervos. La naturaleza, amigo mío, es por sí misma un enorme cuadro viviente. ¿Entiendes lo que te quiero decir? Si quieres pintar un cuadro decente, ¿por qué no intentas primero hacer algún boceto?
—¡Oh, vaya! ¿Así que Andrea del Sarto, el gran maestro italiano, dijo eso? No tenía ni idea. Ahora que lo pienso, no le faltaba razón. De hecho, creo que ha dado en el clavo…
El maestro ponía cara de estar muy impresionado. Tras las gafas doradas de Meitei se adivinaba una risita burlona.
Al día siguiente, estaba yo, como de costumbre, echándome una siestecita de lo más agradable en la galería, cuando de repente vi cómo el señor salía disparado de su estudio en dirección a donde yo estaba. Me extrañó verlo tan excitado. Algo venía trajinando. Abrí un ojo somnoliento y me pregunté qué diablos estaría haciendo, y a qué venía tanto trajín y tanto misterio. El maestro me miraba con ojo escrutador, y luego se iba a su bloc y dibujaba algo. De pronto me di cuenta: estaba intentando emular a ese italiano, Andrea del Sarto. No pude evitar echarme a reír: supongo que había empezado a hacer un bosquejo mío animado por el consejo de su amigo. Yo ya había dormido bastante, y tenía unas ganas tremendas de bostezar y de desperezarme; pero como veía al maestro entregado con tanta seriedad a su trabajo, no tuve el valor de moverme. Así que me sumergí en el aburrimiento con gran resignación. Un rato después, una vez terminó de trazar mi silueta, el maestro empezó con mi cabeza. He de reconocer que algunos gatos son auténticas obras de arte. Aun así, no tengo más remedio que confesar que yo no soy lo que se dice una pieza de coleccionista. Sinceramente, no creo que mi cuerpo o mi pelaje o mis facciones sean muy diferentes a los del resto de gatos vulgares y corrientes que en el mundo han sido. Pero, a pesar de todo lo pedestre y prosaico que pudiera ser mi aspecto, pronto comprobé que no existía ni el más mínimo parecido entre mi humilde persona y esa cosa tan extraña que el señor estaba dibujando. En primer lugar, los colores de su cuadro estaban todos equivocados. Mi pelaje, propio de un gato persa, está marcado con manchas en forma de concha sobre un fondo gris pálido amarillento. Eso es un hecho objetivo, por encima de cualquier argumento que se quiera arrojar sobre el asunto. Sin embargo, el color que el maestro había empleado en su cuadro no era ni amarillo, ni negro, ni gris, ni marrón; ni siquiera era una mezcla de esos cuatro colores a la vez. A lo sumo, se puede decir que lo que había utilizado era «una especie de color». Es más, por alguna extraña razón, la cara que él había dibujado representándome a mí carecía de cuencas oculares. Podría pensarse, en su descargo, que estaba pintando a un gato dormido, pero, en cualquier caso, como ni siquiera era posible encontrar en su dibujo ni una pista de dónde estaban localizados mis ojos, no quedaba muy claro si lo que estaba dibujando era un gato durmiendo o más bien un gato ciego de nacimiento. Me dije para mis adentros que algo así no debería permitírsele ni siquiera al mismísimo Andrea del Sarto. Otro asunto diferente era la admiración que sentía por la implacable determinación de mi amo. Me atrevo a decir incluso que si hubiera dependido de mí, habría mantenido mi pose todo el tiempo necesario. Pero lo cierto es que la naturaleza me reclamaba desde hacía ya un buen rato. Los músculos del cuello se me habían dormido y sentía un aguijoneo de lo más desagradable recorriéndome todo el cuerpo. Cuando el hormigueo alcanzó un punto que podría calificar de insoportable, me vi obligado a reclamar mi libertad. Estiré las patas delanteras todo lo que pude, desentumecí el cuello y bostecé abriendo todo lo que pude mi enorme boca. Una vez realizado el ritual completo de desperezamiento, no había ya ningún motivo para seguir allí quieto sin hacer nada. El dibujo del maestro constituía un intento nulo en cualquier caso, así que ahora yo también podía dedicarme a mis propios asuntos en algún rincón del jardín. Movido por estos pensamientos, así como por mi instinto, comencé a alejarme de la galería.
—¡Eh, tú, idiota! —bramó el maestro desde la sala, con una mezcla de lo que parecía ser cólera y decepción. Tenía el hábito de gritar ese «¡Tú, idiota!» sin parar, pues en realidad no se sabía más insultos. Pero creo que su reacción en ese caso fue de lo más impertinente, además de injustificada. Después de todo, yo había sido tremendamente paciente posando allí para él, máxime cuando se constataba el pobre resultado de su experimento. No me suele desagradar recibir los inofensivos insultos de mi amo en otras circunstancias, como cuando me encaramo a su espalda, siempre y cuando, naturalmente, mi amo me vilipendie haciendo gala de su buen talante. Pero llamarme idiota así como así era algo excesivo. Eso sí que no. No comprendía que lo único que yo quería era orinar a gusto. Mi cuerpo era mi único amo en esos momentos. Si hay algo que odio en los humanos es que tiendan a crecerse en virtud de su extrema tendencia a la autocomplacencia, confiados como están en su fuerza bruta. A menos que aparezcan sobre la tierra unas criaturas más poderosas y crueles que ellos, no podremos saber hasta dónde podrán estirar, y estirar, y estirar su estúpida presunción antes de que se les rompa.
Cierto es que la vida, en tales circunstancias, puede hacerse perfectamente soportable. Sin embargo, en una ocasión tuve noticia de algunas indignidades humanas infinitamente más deplorables que las que acabo de describir.
Detrás de mi casa hay una pequeña plantación de té. No es un lugar muy grande, pero sí bastante agradable y soleado. Tengo por costumbre dejarme caer por ese pequeño huerto cuando necesito reafirmarme moralmente, cuando las niñas están haciendo tanto ruido que no puedo dormir a gusto, o cuando el aburrimiento me indispone. Un día, en pleno veranillo de San Martín, a eso de las dos de la tarde, después de una apacible siesta, me desperté y decidí que tocaba hacer un poco de ejercicio. Me entretuve un buen rato olfateando una por una las raíces de las plantas de té, y me llegué hasta la valla de cedro que quedaba en la parte más occidental de la plantación. Había un enorme gato negro dormido sobre una cama de crisantemos. Las flores se doblaban bajo el peso de su cuerpo. No pareció darse cuenta de que me acercaba, o al menos no mostró ningún tipo de reacción. En cualquier caso, allí estaba, acostado todo lo largo que era, roncando ruidosamente. Estaba realmente sorprendido del atrevimiento que mostraba durmiéndose tan despreocupadamente en un jardín ajeno. Era negro como el carbón. El sol del mediodía derramaba sobre él sus más brillantes rayos, y parecía como si de su pelo resplandeciente se desprendiesen llamas invisibles. Tenía un físico imponente. Un físico que uno diría propio del Emperador del País de los Gatos. Fácilmente me duplicaba en tamaño. Absorto y lleno de curiosidad y admiración por aquel soberbio ejemplar, me olvidé completamente de mí mismo. El viento suave y apacible de aquel veranillo movía dulcemente la rama de una paulonia, que asomaba por encima de la valla de cedro, y unas cuantas hojas cayeron sobre los crisantemos. El Emperador de los Gatos abrió de pronto sus grandes y redondos ojos. Todavía lo recuerdo como si fuera hoy. Brillaban más que dos cristales de ámbar, esa joya tan apreciada por los humanos. No movió ni un músculo. Lanzó sobre mi diminuta frente un rayo de luz salido de la enorme sima de sus cristalinos y dijo:
—¿Quién demonios eres tú?
Sus palabras me parecieron poco elegantes para tratarse de un Gran Rey, pero su voz era tan profunda y llena de fuerza que podría haber atemorizado incluso a un perro de presa. Me estremecí de puro miedo, pero pensé que sería poco civilizado no atender a su pregunta, así que respondí con una falsa sangre fría y una voz tan impostada como pude.
—Soy un gato. Todavía no tengo nombre.
Mi corazón latía tan fuerte que parecía que en cualquier momento se me iba a salir del pecho. Con un enorme desdén, el gato negro respondió:
—¿Tú, un gato…? Me sorprende que lo seas. Bien, ¿de dónde diablos has salido?
Vaya un gato mal hablado, pensé yo.
—Vivo aquí al lado, en la casa del maestro…
—Eso me parecía a mí. Por eso estás tan raquítico, ¿no? —Su discurso era vehemente. Se notaba que le gustaba mandar.
A juzgar por su forma de dirigirse a mí, se podía deducir que no era un gato de origen distinguido precisamente. Pero, por su aspecto, parecía próspero y bien alimentado, casi obeso en su grasienta corpulencia. Me vi obligado a preguntarle:
—¿Y tú, quién eres?
—¿Yo? Parece que no me conoces… Yo soy Kuro, el gato del carretero. Mi amo tira de un rickshaw —respondió con altanería. Su voz rezumaba orgullo.
¡Kuro, el del carretero! Este gato era de sobra conocido en el vecindario por ser un matón. Como bien se podía esperar de alguien que ha crecido en el garaje de un carretero, era fuerte pero bastante maleducado. De ahí que pocos de nosotros nos mezclásemos con él. Nuestra política consistía en mantener una prudente distancia. Al oír su nombre me temblaron las patas, pero al mismo tiempo quería mostrarme desdeñoso con él, a fin de que no me perdiera el respeto. Para comprobar hasta qué punto aquel gato era un ignorante y un necio, le pregunté:
—Y hablando de nuestros amos, ¿tú quién crees que es más respetable? ¿El carretero o el maestro?
—Bueno, el carretero tiene más fuerza, naturalmente. Si no, fíjate en el tirillas de tu amo. No es más que pellejo y huesos.
—Tú, como buen gato de carretero que eres, pareces muy fuerte. Compruebo que comes bien en tu casa.
—Bueno, lo cierto es que encuentro comida allá donde voy. Tú podrías hacer lo mismo en lugar de estar todo el día perdiendo el tiempo por ahí. ¿Por qué no te vienes conmigo? En un mes estarás tan gordo y enorme que no te reconocerían ni en tu casa.
—En cuanto se me presente la ocasión no dudes que me iré contigo de aventuras. Pero, dado que insistes en que entremos en comparaciones, a mí me parece que la casa del maestro es más grande que la del carretero, se mire por donde se mire.
—¡Pero mira que eres simple! Por muy grande que sea una casa, eso no ayuda a llenar una barriga vacía.
Parecía bastante molesto, la verdad, por mis apreciaciones. Estiró brutalmente las orejas como si fueran tallos puntiagudos de bambú, pegó un salto y desapareció.
Fue así como tuve conocimiento de la existencia de Kuro, y desde aquel día han sido muchas las ocasiones en las que hemos paseado por ahí juntos. Cada vez que nos encontramos él se expresa igual de bruscamente que aquel primer día. No obstante, qué vas a esperar del gato de un carretero. Fue él, precisamente, quien me contó ese deplorable incidente al que antes hacía referencia.
Un día estábamos Kuro y yo tomando el sol en el huerto del té, como teníamos por costumbre. Hablábamos de esto y de lo otro, y nos contábamos las mismas aventuras de siempre como si fueran nuevas. De repente, Kuro se quedó pensativo y me preguntó:
—Dime, ¿cuántos ratones has cazado en tu vida?
He de decir que, si bien mi entendimiento es más selecto y profundo que el de Kuro, debo admitir que mi fuerza física y mi coraje no son nada comparados con los suyos. O, lo que es lo mismo, esta pregunta, hecha a quemarropa, me dejó, naturalmente, algo anonadado. Sin embargo, un hecho es un hecho, y uno debe afrontar la verdad con valentía. Respondí:
—En realidad, no hago más que pensar en que algún día tendría que decidirme. Pero, a día de hoy, todavía no he tenido oportunidad de cazar ninguno.
Kuro se rio a carcajadas, agitando sus largos bigotes. Como todos los fanfarrones, tenía su punto débil. Si aparentabas escuchar con atención sus historias, automáticamente se mostraba más dócil y manejable. Desde la primera vez que nos cruzamos me di cuenta de esa debilidad suya, y supe cómo había que tratarle. Por eso pensé que no era conveniente seguir defendiéndome. Sería más prudente esquivar simplemente el asunto, induciéndole a vanagloriarse de sus propios logros. Le lancé mi mirada más dócil y le dije:
—Pues me imagino que tú has debido de cazar cientos y cientos de ratones.
No perdió la oportunidad de alardear de sus triunfos:
—Bueno, no tantos. Habrán sido unos treinta o cuarenta. Pero si me dieran la oportunidad, podría hasta con cien o doscientos —contestó triunfante—. Sin embargo, con lo que no puedo es con las comadrejas. Una vez lo pasé fatal con una…
—¿En serio? —respondí con cara de inocente. Kuro parpadeó y siguió con su historia:
—Fue el año pasado. Era día de limpieza general. Mi amo estaba tirado en el suelo, arrastrándose con un saco de cal, cuando de repente vimos aparecer una comadreja enorme y sucia. No sé de dónde diablos pudo salir esa alimaña…
—¿De verdad? —exclamé tratando de hacerme el sorprendido.
—Recuerdo que me dije a mí mismo: al fin y al cabo, ¿qué es una comadreja sino un ratón bien alimentado? Así que me lancé a perseguirla hasta que al final logré arrinconarla en una zanja.
—¡Bien hecho! —exclamé.
—De eso nada, compañero. Yo ya creía que la tenía acorralada. Pero entonces, al ver que no tenía escapatoria, la comadreja levantó la cola, y sin mediar palabra me lanzó un cuesco de lo más fétido. ¡Vaya peste! Se me pusieron los ojos bizcos, y noté que me entraba un mareo. Naturalmente, la muy guarra logró escapar. Desde entonces, basta con que me nombren a una comadreja para que me entren ganas de vomitar.
En ese momento se llevó la zarpa a la punta de la nariz y se la tapó. Lo sentí por él, así que traté de animarle.
—Pero si se trata de ratones, seguro no se te escapa ni uno, ¿no es verdad? Supongo que por eso estás tan gordo y tan hermoso.
Mis palabras sólo pretendían infundirle ánimo y alimentar su ego, pero extrañamente surtieron el efecto contrario. Kuro bajó la mirada y respondió con un semblante abatido:
—Es deprimente. Por muchos ratones que caces, al final te da lo mismo… Te aseguro que no hay criatura peor en el mundo que el ser humano. Cada vez que cazo un ratón, mi amo me lo confisca y lo lleva al puesto de policía más cercano. Le dan un céntimo por pieza cada vez que lleva uno. Meses hay en los que ha llegado a ganarse hasta un yen, y todo gracias a mí. Y luego ni siquiera es capaz de ponerme una comida decente. ¡La verdad, por cruda que suene, es que los hombres son todos unos ladrones!
A pesar de estar convencido de la supina ignorancia de Kuro, aquello me demostró que aquel zopenco también era capaz de razonar. Por momentos pareció enojarse, y se le comenzó a erizar el pelo de la espalda. Preocupado por la historia que acababa de contarme, pero también por su extemporánea reacción, le di una vaga excusa y me volví cabizbajo a casa. Desde ese día me hice el firme propósito de no cazar un solo ratón. No lo haría ni aunque me lo pusiesen delante. Pero esa decisión no me convirtió ni mucho menos en el subordinado de Kuro a la hora de buscar comida. Soy de los que prefieren llevar una vida muelle. Realmente es más cómodo echarse a dormir tranquilamente que estar por ahí dando tumbos a la caza de la sardina. Puede que el hecho de vivir en la casa de un maestro me haya contagiado el indolente carácter de mi amo. Aunque espero no acabar convertido en un dispéptico, como él.
Y, ya que hablamos del maestro, eso me recuerda que recientemente el señorito parece haberse dado cuenta de su ineptitud en lo referido a hacerse un nombre en el sublime arte de la acuarela. He aquí lo que escribió en su diario con fecha de 1 de diciembre:
«En la reunión de hoy he coincidido con un señor cuyo nombre no recuerdo. Nos ha contado que llevaba una vida muy disoluta, y en verdad aparentaba ser un hombre de mundo. Como a las mujeres les gustan los hombres con ese carácter, creo que es más adecuado decir que se había visto “obligado a llevar una vida disoluta”. Escuché que su mujer es una geisha, y es por eso que le envidio. Entre los que critican a los libertinos, muchos carecen de lo necesario para llevar una vida licenciosa. Y muchos que sí lo hacen, no son arrastrados a ello por su propia voluntad. Pues bien, lo mismo me sucede a mí con las acuarelas. Un libertino piensa que sólo hay una persona en el mundo: él mismo. Si admitimos la teoría de que con sólo beber sake en los restaurantes o frecuentando casas de citas uno se convierte en un libertino, también se puede admitir que yo podría llegar a ser un gran pintor a la acuarela con sólo proponérmelo. Pero la sola idea de que mis acuarelas serían mejores con tal de que yo no las pintara, me lleva a concluir que un simple campesino es infinitamente superior a cualquiera de esos hombres de mundo».
Sus observaciones sobre los hombres de mundo me sorprendieron en cierto modo, aunque me parecieron poco convincentes. Confesar que sentía envidia de ese hombre que vivía con una geisha era algo estúpido, e impropio de un maestro. Sin embargo, la apreciación que hacía de sus obras era, ciertamente, justa. En efecto, el maestro era buen juez de su propio carácter, pero mantenía un insoportable aire de vanidad. Tres días más tarde, el 4 de diciembre escribía en su diario:
«Anoche soñé que alguien cogía una de mis acuarelas, dese-chada por mí a causa de su escaso valor artístico. Colocaba la pintura en un fantástico marco y lo colgaba de la pared. Sintiéndome el gran autor de un cuadro enmarcado, de pronto me di cuenta de que me había convertido en un verdadero artista. Me sentía enormemente agraciado. Me pasaba el día ensimismado disfrutando de mi trabajo, y convencido de que constituía una auténtica obra de arte. Pero de pronto amaneció, desperté y todo se desvaneció cuando comprobé con la luz del sol que el cuadro seguía siendo igual de horrible que cuando lo había pintado».
Está visto que el maestro parece arrastrar sus reproches sobre sus acuarelas incluso en sueños. El hombre que acepta la carga de los reproches, sea en lo referente a las acuarelas o a cualquier otra cosa, no está hecho de la misma pasta que los pintores y los hombres de mundo.
El día siguiente vino el esteta de las gafas doradas, en inesperada visita. Hacía tiempo que no aparecía por allí. No bien tomó asiento, preguntó:
—Y bien, ¿cómo van esos ejercicios pictóricos?
El maestro adoptó un aire despreocupado y respondió:
—Bien. Seguí tus consejos y ahora estoy bastante comprometido con mi obra. Debo decir que cuando uno pinta, empieza a tomar conciencia real de las cosas, de los sutiles cambios de color que hasta ese momento habían pasado inadvertidos. Yo creo que en occidente se ha insistido mucho, incluso históricamente, en la necesidad de retratar la naturaleza tal como es, y de ahí su extraordinario desarrollo. Ya lo decía Andrea del Sarto…
Sin aludir a lo que había escrito en su diario el día anterior, el maestro continuó explayándose con su cháchara sobre el pintor italiano. El esteta se rascó la cabeza y dijo entre risas:
—Bueno, en realidad lo de Andrea del Sarto era una historia que me inventé.
—¿Que era qué?
—Todo eso sobre Andrea del Sarto, a quien tanto admiras; era un cuento que me inventé para ti. Nunca pensé que te lo tomarías tan en serio.
Las carcajadas no le dejaron continuar.
Yo escuchaba la conversación desde la galería y me imaginaba la siguiente entrada que el maestro escribiría en su diario aquella noche. Este esteta era el tipo de persona cuya máxima afición era reírse de los demás. Aparentó no darse cuenta del impacto que esta historia de Andrea del Sarto había causado en el maestro, y continuó hablando pretenciosamente:
—A veces me invento pequeñas historias para los amigos, pero a veces os las tomáis demasiado en serio. Las situaciones cómicas que esto provoca me parecen verdaderamente interesantes. El otro día, sin ir más lejos, le dije a un estudiante que Nicholas Nickleby, el héroe de la novela de Dickens, aconsejó a Gibbon no escribir en francés su monumental Historia de la Revolución Francesa,[7] sino hacerlo en inglés y publicarla en ese idioma. Pues bien, ese estudiante, que tiene una memoria prodigiosa, repitió palabra por palabra lo que le dije en una respetable sesión de la Sociedad Literaria Japonesa. Fue todo bastante gracioso, ¿no crees? Pero lo mejor es que en el auditorio habría como unas cien personas y todos le miraban boquiabiertos, absolutamente fascinados por su erudición. Pero escucha, escucha. Todavía tengo una historia mejor. Hace poco estaba en compañía de unos amigos, escritores para más señas, cuando salió el tema de esa novela histórica que acaban de publicar, y que habla sobre los cruzados, ya sabes, Theophano,[8] de Aisnworth. Aproveché la ocasión para decir que era un espectacular relato romántico y que la escena en que la heroína muere era el epítome de lo espectral. El hombre que estaba sentado frente a mí, incapaz de pronunciar las tres simples palabras «no-lo-sé», respondió al instante que ese párrafo en concreto del que yo hablaba estaba excepcionalmente logrado. De lo cual deduje que aquel tipo, al igual que yo, nunca había leído el libro.
Mi pobre y dispéptico maestro, con los ojos como platos, dijo:
—Pero si hubiera leído realmente el libro, ¿qué habrías hecho? —El maestro parecía no preocuparse tanto por lo deshonesto del engaño, como por lo embarazoso de que le pillaran en una mentira. La pregunta dejó a su amigo bastante indiferente.
—Bueno. Si llega a pasar algo así, habría dicho que me había confundido con otro libro. Algo se me habría ocurrido.
Totalmente despreocupado, continuó riéndose a carcajadas.
A pesar de su apariencia refinada y de su atildado rostro adornado con esas gafas de montura de oro, en el espíritu de ese hombre había algo muy parecido al carácter de Kuro. El maestro, mientras tanto, guardaba prudente silencio. Se limitaba a exhalar anillos de humo por sus peludas narices, como si fuera una demostración de su incapacidad para incurrir en las audacias de su amigo. El esteta, por su parte, insinuando con la mirada que no merecía la pena el esfuerzo de seguir pintando, dijo:
—Bromas aparte. La pintura es un arte verdaderamente complicado. Parece que Leonardo da Vinci le dijo en una ocasión a sus alumnos que reprodujeran en sus dibujos las manchas de las paredes de las catedrales. He ahí las palabras de un gran maestro. En un baño, por ejemplo: si observas con detenimiento las señales de la lluvia en las paredes, aparece invariablemente un asombroso diseño, una creación de la Naturaleza misma. Debes mantener los ojos abiertos e intentar aprender de la Naturaleza, querido amigo. Estoy seguro que, si lo intentas, puedes hacer algo interesante.
—¿Ésta es otra de tus bromitas?
—No, te lo aseguro. Es cierto. De hecho, creo que esa mancha que tienes en la pared de tu baño es realmente ingeniosa, ¿no crees? Ésa es la clase de cosas que habría dicho Leonardo da Vinci…
—Sí. Sin duda es una imagen de lo más chocante —afirmó el maestro con cierto reparo. Ahora que lo pienso, sinceramente no creo que hasta ese momento hubiera prestado ninguna atención a la susodicha mancha del baño.
Kuro se ha quedado cojo recientemente. Su brillante pelaje ha perdido fulgor y eso le desluce bastante. Sus ojos, que una vez me parecieron más hermosos que el mismo ámbar, ahora están llenos de legañas. Lo que más llama la atención es su pérdida de vitalidad y lo rápido que se ha deteriorado físicamente. La última vez que le vi en el huerto del té le pregunté qué tal estaba, y su respuesta fue deprimentemente precisa:
—Estoy harto de que me atufen con su hedor las comadrejas, pero más harto estoy de las palizas que me da el pescadero.
Las hojas de otoño, arremolinadas en dos o tres pisos de color escarlata entre los pinos, han caído como sueños antiguos. Las camelias rojas y blancas cerca de la pila ornamental del jardín pierden sus pétalos; ahora uno blanco, ahora uno rojo, hasta quedarse completamente desnudas. El sol de invierno ya no cubre totalmente la galería de unos seis metros de largo orientada al sur, y cada vez las jornadas son más cortas. Raro es el día en que no sopla un viento infernal. Mis horas de siesta se están reduciendo de modo drástico.
El maestro sale para la escuela todas las mañanas y tan pronto como vuelve a casa se encierra en el estudio. Le dice a todos sus visitantes que está harto de su profesión. Rara vez pinta. Dejó de tomar bicarbonato, porque, según él, no sirve para nada. Las niñas, esas encantadoras criaturas, en cuanto regresan del parvulario cantan canciones tontas, juegan a la pelota y, en ocasiones, me levantan por la cola.
No recibo ningún alimento especialmente nutritivo y, por tanto, no engordo especialmente. Pero me mantengo relativamente en forma y, al menos, estoy sano y no cojeo. No cazo ratones y sigo odiando a Osan con toda mi alma. Nadie se ha dignado todavía a ponerme un nombre, pero tampoco es cuestión de pedir tanto. He decidido quedarme el resto de mi vida en la casa del maestro, aunque sea a condición de seguir sin nombre.
[1]Un tatami es una estera rígida de un metro ochenta por noventa centímetros, hecha de paja de arroz, que conforma el piso habitual de una habitación tradicional de estilo japonés. (Todas las notas son de los traductores.)
[2]El haiku consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Es una de las formas más extendidas de poesía tradicional japonesa.
[3]Hototogisu (que en japonés significa «cuclillo») fue una revista literaria creada por el poeta Masaoka Shiki. Sōseki empezó a publicar, como un relato corto, Soy un gato en esta revista, en 1905.
[4]Myōjō (Estrella de la mañana), fue una conocida revista literaria japonesa especializada en poesía.
[5]El Nō es el género teatral japonés por excelencia. Sus orígenes se remontan al siglo xiv. La música tiene una importancia esencial en el desarrollo de las piezas, la mayoría de tema histórico. Cada representación de teatro Nō dura una jornada entera, y consiste en cinco obras entre las que se intercalan breves piezas humorísticas. Los actores son siempre hombres, frecuentemente tocados con máscaras, que representan personajes de ambos sexos.
[6]Taira no Munemori es uno de los personajes de Yuya, una obra de teatro Nō debida a Zeami, uno de los más importantes autores de este género. Históricamente, Taira no Munemori (1147–1185) fue uno de los comandantes en jefe del clan Taira en su enfrentamiento contra el clan Minamoto, en lo que se conoce como las guerras Genpei.
[7]En realidad Edward Gibbon (1737–1794) no es autor siquiera de esa obra, sino de la monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Nicholas Nickleby, de Charles Dickens, fue publicada en 1840.
[8]William Harrison Ainsworth (1805–1882) fue un conocido novelista inglés, que nada tiene que ver con Frederic Harrison (1821–1923), autor, en 1904, de una monografía sobre el siglo x titulada Theophano.
Capítulo 2
Es desde el día de Año Nuevo que he adquirido cierta fama, si bien modesta. Aunque no sea más que un simple gato, me siento muy orgulloso de mi notoriedad.
Aquella mañana de Año Nuevo, el amo recibió una postal de felicitación de un pintor amigo suyo. La parte superior estaba pintada en rojo, la inferior en verde oscuro; y justo en el centro había, pintado a pastel, un animal acurrucado. El amo, sentado en su estudio, miraba el dibujo de arriba abajo una y otra vez:
—¡Qué bonito colorido!
Una vez hubo expresado su opinión de este modo, pensé que ya había dado por concluido el asunto. Pero no. Continuó examinándolo; primero lo miró por arriba, luego por abajo. Para estudiarlo aún mejor retorcía el cuerpo, estiraba los brazos para alejarlo como si fuera un viejo consultando el Libro de las adivinaciones, lo giraba hacia la ventana o se lo acercaba hasta que se lo pegaba a las mismas narices. Estaba deseando que terminase con su actuación, pues de tanta gimnasia ya le temblaban las rodillas y yo empecé a temer por mi propio equilibrio. Cuando el último temblor despareció, le oí susurrar con un hilo de voz:
—Me pregunto qué habrá pintado.
Debido a su ciego entusiasmo por los colores de la postal, era incapaz de identificar al animal que había en el centro. Lo cual explicaba sus extraordinarias payasadas. ¿Era realmente el dibujo tan difícil de interpretar? Con imperturbable calma abrí ligeramente los ojos; para mí no había sombra de duda. ¡Era mi vivo retrato! No creo que el autor de la obra se considerara a sí mismo una especie de Andrea del Sarto, como hacía el maestro, pero ciertamente, lo que el artista había plasmado era, en color y forma, perfectamente armonioso. Cualquier imbécil se daría cuenta de que eso era un gato. Y su factura era tan hábil, que cualquiera con dos ojos en la cara y un mínimo de discernimiento, afirmaría inmediatamente y sin dudarlo que aquel gato no era otro sino yo mismo. ¡Y pensar que alguien necesita realizar tan dolorosas contorsiones para un asunto tan manifiestamente claro…! Sentí lástima por la raza humana. Me hubiera gustado ayudarle a entender a ese pánfilo que el de la postal era yo. En el caso de que fuera demasiado difícil para él comprender ese detalle, al menos me hubiera gustado hacerle ver, simplemente, que lo que había ahí retratado era un gato. Pero como el cielo no ha dotado a los humanos con la habilidad de comprender el lenguaje de los gatos, preferí dejar las cosas como estaban.
Por cierto, me gustaría aprovechar la ocasión para advertir a mis lectores sobre ese hábito que tienen los humanos de referirse a mí con ese desdeñoso tono de voz, como cuando se refieren a mí como «un simple gato». Los humanos deben de pensar que las vacas y los caballos están fabricados de materia humana desechada, y que los gatos estamos hechos de los excrementos de esas vacas y esos caballos. Estos pensamientos, analizados desde un punto de vista objetivo, son de muy mal gusto, y bastante frecuentes entre los profesores que, ignorantes de su propia ignorancia, siguen tan felices transmitiendo a sus alumnos sus anticuadas y arrogantes ideas acerca de cuán importante es la especie humana. Esta idea no puede darse por sentada, ni por ello tratar a los gatos de un modo tan brutal. Quizás a un observador poco atento los gatos le parezcamos todos iguales, como copias los unos de los otros en forma y sustancia, como vulgares guisantes en su vaina; incapaces de afirmar nuestra propia individualidad. Pero una vez admitido en los círculos de la sociedad felina, ese mismo observador se dará cuenta de que las cosas no son tan simples como parecen, y que ese refrán humano que dice «todos iguales, todos diferentes», es aplicable también al mundo de los gatos. Nuestros ojos, nuestro pelo, nuestras narices, nuestras patas… todo en nosotros es diferente. Desde la inclinación de los bigotes o la forma de estirar las orejas, hasta la caída de la cola. Todos estamos claramente diferenciados. En nuestra belleza y en nuestra fealdad, en nuestros gustos y nuestras fobias, en nuestros refinamientos y nuestras groserías; se puede decir con toda justicia que existe una infinita variedad de gatos en el ancho mundo. A pesar de existir entre nosotros unas diferencias tan obvias, los humanos, con su mirada puesta siempre en el cielo en virtud de lo elevado de sus mentes, o de alguna tontería por el estilo, son simplemente incapaces de apreciar esas diferencias externas; así que no hablemos de nuestro carácter, que trasciende con creces su limitada comprensión. Lo cual es una lástima. Entiendo y apoyo la filosofía que se esconde detrás de refranes como «Zapatero a tus zapatos», «Dios los cría y ellos se juntan», o «Cada uno en su casa y Dios en la de todos». Puesto que los gatos, en efecto, son asunto de los propios gatos. Y si alguno de ustedes pretende saber algo sobre nosotros, sólo podrá enseñárselo un gato. Los humanos, a pesar de sus progresos, desconocen todo sobre el tema. Y dado que están menos desarrollados de lo que ellos piensan, les va a resultar difícil llegar a entendernos. En el caso concreto de un individuo tan poco comprensivo como el maestro, mi esperanza en ese sentido es nula. No entiende siquiera que el amor no puede progresar a menos que exista una mutua y completa comprensión entre nosotros. Como una mala ostra, se adhiere a su estudio y nunca abre la boca cuando de lo que se trata es de bregar con el mundo exterior. Verle ahí, fingiendo que es el único destinatario de la iluminación, es motivo suficiente para hacer que los gatos nos partamos de risa. La prueba de que no ha alcanzado nada parecido es que aunque tenga mi retrato delante de sus narices, no se entera, y, no contento con eso, se atreva con comentarios absurdos del tipo:
—Puede que, como estamos en guerra con Rusia, haya pintado un oso.[1]
Estaba yo pensado en todas estas cosas medio adormilado sobre las rodillas del maestro, cuando entró la criada con una nueva postal. Se trataba de una imagen que representaba cuatro gatos europeos puestos en fila, en actitud estudiosa, sosteniendo plumas o, simplemente, leyendo un libro. Uno de ellos había roto filas y aparecía bailando. Sobre la imagen, escrita en grandes letras con tinta japonesa, había una frase: «Soy un gato». Y en la parte inferior derecha aparecía un haiku: «En días de primavera, los gatos leen libros, o bailan». La postal era de un antiguo alumno del profesor y su significado me parecía evidente. Sin embargo, mi amo parecía no entender nada. Estaba allí, con los ojos muy abiertos y cara de pasmado. Miró atentamente la postal y dijo para sí:
—¿Será quizás el año del gato?
No se enteraba de que todas esas postales de felicitación eran debidas a mi creciente fama.
En ese momento la criada trajo una tercera tarjeta. Esta vez no había dibujo, pero el remitente había escrito una felicitación de Año Nuevo, tras la que añadía: «Por favor, le ruego tenga la amabilidad de saludar a su gato». Así que finalmente, y gracias a un mensaje tan inequívoco, el maestro pareció comprender. Miró al techo y musitó pensativo: «¡Hum!» Al contrario de lo que era habitual en él, en su mirada apareció un atisbo de respeto y consideración hacia mi persona. Lo que resultaba bastante oportuno teniendo en cuenta que gracias a mi fama, él, hasta entonces un perfecto don nadie, había empezado a gozar de un cierto renombre y reputación.
Justo en ese momento sonó la tintineante campanilla de la puerta. Probablemente una visita que anunciaría oportunamente la criada. Yo no me apartaba en ningún caso de las rodillas del maestro a no ser que se tratara de Umekou, el chico del pescadero. Noté que el maestro miraba con preocupación hacia la puerta, como si hubieran llegado los acreedores. Me di cuenta de que no le gustaba recibir visitas de Año Nuevo y tener que compartir un trago de sake. ¡Qué carácter tan encantador! ¿Hasta dónde puede llegar el egoísmo? Si no le gustaban las visitas, lo que debería haber hecho es salir a dar una vuelta. Pero mi amo carecía de tamaña determinación. Su carácter, propio de una ostra cobarde, cada vez era más acusado. Un instante después apareció la criada y dijo que el señor Kangetsu acababa de llegar. Ese Kangetsu era un antiguo alumno suyo que, después de graduarse, había prosperado hasta lograr una posición superior a la de su antiguo maestro. No sé muy bien por qué, pero cada cierto tiempo aparecía para endilgarle una pequeña charla. En cada una de sus visitas parloteaba y parloteaba sin parar, afectando un espantoso tono de coquetería, sobre si estaba enamorado de esta o de la otra; sobre lo mucho que disfrutaba de la vida, o sobre lo desesperadamente cansado que estaba de ella. Y acto seguido se marchaba. Lo extraño era que el tipo recurriese a un confidente tan anticuado y mustio como el maestro para tratar esos asuntos. Pero aún más extraño era ver como mi amo, cual ostra esquiva, se veía obligado una y otra vez a salir de su concha para comentar las monótonas correrías de Kangetsu, que siempre eran las mismas.
—Siento no haber pasado por aquí antes, pero desde finales de año estoy pero que muy ocupado y no he encontrado el momento. Y además, por alguna razón mis pies no me han traído hasta aquí… —dijo mientras retorcía un hilo de su haori.[2]
—Bueno, ¿y entonces a dónde diablos te han llevado tus pies? —preguntó el maestro con gesto serio al tiempo que estiraba la manga de su haori negro, en esta ocasión decorado con el emblema de su familia. El haori era de algodón, con las mangas algo cortas. Una parte algo desgastada del forro de seda asomaba por las bocamangas.
—Pues para acá y para allá —respondió Kangetsu riendo.
En ese momento me di cuenta de que le faltaba un diente.
—¿Qué te ha pasado en el diente? —preguntó el maestro cambiando de tema.
—Oh, no me hable. Hace unos días se me ocurrió la extravagante idea de comerme unas setas…
—¿Qué dices que comiste?
—Setas. Al morder una, no sé cómo, se me partió el diente.
—¡Romperse un diente comiendo setas! Vaya. Me parece que te estás haciendo viejo. Es una imagen magnífica para ilustrar un haiku, pero, desde luego, no te servirá para enamorar a una chica —señaló el maestro mientras golpeaba suavemente con su mano en mi cabeza.
—¡Vaya! ¿Ese es el gato? Está bastante gordo. Así de fornido no puede con él ni el mismísimo Kuro. Ciertamente es una bestia esplendida —dijo Kangetsu prodigándose en halagos hacia mi persona.
—Sí, se ha puesto bastante grande últimamente —respondió el maestro atusando con orgullo mi cabeza. Yo me sentía halagado pero la cabeza empezaba ya a dolerme.
—Anteanoche celebramos un pequeño concierto —dijo Kangetsu volviendo a su tema.
—¿Dónde?
—Oh, vaya, no merece la pena que se lo diga. Lo más seguro es que no conozca dónde queda. Pero fue bastante interesante: tres violines, acompañamiento de piano… Aunque no éramos muy virtuosos, gracias a los violines todo sonó bastante bien. Dos de las intérpretes eran unas chicas bastante guapas. Pude colocarme entre ellas. Y creo que lo hice bastante bien…
—¡Ya! ¿Y quiénes eran las mujeres? —preguntó el maestro con un deje de envidia. A primera vista, el maestro parece un tipo frío y duro, pero, a decir verdad, no es en absoluto indiferente a las mujeres. En una ocasión leyó una novela occidental en la que un hombre se enamoraba sin remedio de prácticamente todas las mujeres con las que se cruzaba. Otro personaje del libro observaba sarcásticamente que, según un simple cálculo, ese compañero debía de caer rendido ante siete de cada diez mujeres que pasaban por la calle. Al leerlo, el maestro quedó profundamente impresionado. ¿Por qué un hombre tan impresionable como él llevaría entonces una vida de ostra, siempre tan aislado de todo? Es posible que para un simple gato sea difícil de entender. Algunos hablan de una historia de amor fracasada. Otros aseguran que tiene que ver con su dispepsia y con su falta de osadía y con su pobreza. Sea cual sea la verdad, el asunto tampoco es tan importante. Mi amo no es una persona tan relevante como para resultar determinante en el devenir de este período histórico. Kangetsu parecía divertirse con la situación, así que cogió con los palillos un trozo de kamaboko, una especie de pasta de pescado cocido, y le pegó un gran mordisco con los pocos dientes que le quedaban. Tuve miedo de que en el proceso se le cayera algún otro incisivo, pero en esta ocasión todas sus piezas dentales permanecieron en su sitio.
—Las dos son hijas de buena familia. No creo que las conozca usted… —respondió fríamente el invitado.
—Sí… —titubeó el maestro incapaz de rematar la frase con un «¡claro!».
Kangetsu consideró que había llegado el momento de marcharse.
—¡Qué tiempo más estupendo! Si no tiene nada mejor que hacer podríamos salir a dar un paseo. Las tropas japonesas han tomado Lushun[3] y la gente en la calle está de lo más animada.
El maestro parecía más interesado en seguir hablando de la identidad de las dos mujeres que en la toma de Lushun, y estuvo a punto de rechazar la invitación. Obligado a tomar una decisión, finalmente se levantó y dijo:
—De acuerdo. Vamos.
Salió con la misma ropa que llevaba puesta. El haori era herencia de su hermano mayor, y éste lo había usado al menos durante veinte años. Incluso la seda más resistente es incapaz de aguantar semejante uso. Estaba tan desgastado que a contraluz se le veían las costuras y los parches. El maestro vestía igual en diciembre que en enero, y no seguía la costumbre de cambiarse de ropa para el Año Nuevo. De hecho, no hacía distinción entre la ropa de diario y la del domingo. Cuando salía de casa paseaba por ahí sin importarle lo más mínimo lo que llevaba puesto. No sé si era porque no tenía más ropa, o porque le aburría cambiarse. Sea cual sea el caso, no puedo concebir que esa desidia suya en el vestir tuviera algo que ver con el famoso desengaño sentimental del que todos hablaban.
Cuando los dos hombres se marcharon, me tomé la libertad de comerme los restos de kamaboko que Kangetsu había dejado. Ya no me sentía como un gato corriente. Me consideraba a mí mismo tan bueno, al menos, como el de aquel cuento de Momokawa Joen, el famoso recitador, o como el gato que robó a Thomas Gray sus peces de colores.[4] Los tipos como Kuro ya no me llamaban en absoluto la atención. Suponía que a nadie le iba a importar que cogiese un poco de kamaboko. He de decir que esa costumbre de picar entre horas no es exclusiva de la raza felina. Sé que Osan, la criada, aprovecha la mínima ocasión en la que la señora sale a la calle para glotonear pasteles y otras cositas apetitosas. Y no sólo ella. Las niñas, con esa refinada educación de la que tan orgullosa se siente la señora, muestran la misma tendencia que la criada en cuanto su madre se descuida. Hace sólo unos días la preciosa parejita se despertó a una hora intempestiva mientras sus padres estaban aún en la cama. Se sentaron la una frente a la otra en la mesa de la cocina. El maestro tiene por costumbre desayunarse todas las mañanas con un par de rebanadas de pan y les da un trozo a las niñas para que lo espolvoreen con azúcar. Ese día, alguien había dejado el tarro del azúcar encima de la mesa, e incluso había una cucharilla metida dentro del recipiente. Como no había nadie para impedírselo, la mayor cogió una cucharada rebosante y la vertió en su plato. La pequeña siguió el ejemplo de su hermana y se sirvió otra cucharada. Durante un instante las criaturas se quedaron sentadas y se miraron. Entonces, la mayor volvió a echar otra cucharada en su plato y la menor, para equilibrar la situación, hizo lo propio. La hermana mayor fue a por la tercera cucharada y la pequeña la siguió. Y así continuaron hasta que en sus respectivos platos había sendas montañitas de azúcar, mientras que en el tarro no quedaba ni rastro. En ese momento el maestro salió de la habitación aún medio dormido y procedió a devolver laboriosamente todo el azúcar a su recipiente original. Este incidente me hace pensar que el sentido igualitarista está más desarrollado en los humanos que en los gatos, pero, por contra, creo que nosotros somos criaturas mucho más sabias. Si las chicas me hubieran pedido consejo, les habría dicho que se comieran todo el azúcar, y que dejaran de hacer pirámides con ella, así, sin ton ni son. Pero como no habrían podido entender lo que les decía, me limité a observarlas en silencio desde mi caldeado rincón mañanero, justo encima de la olla del arroz.
Anoche, el maestro debió de volver tarde de su paseo con Kangetsu. Sólo Dios sabe dónde estuvieron, pero ya eran más de las nueve cuando se levantó a desayunar. Desde mi confortable atalaya observé como daba cuenta del zōni, la típica sopa de Año Nuevo.[5] Comía con ganas y picaba de aquí y de allá. En la sopa había varios trozos de mochi, una especie de pastel de arroz pegajoso. Como no eran demasiado grandes, debió de comerse seis o siete. El último trocito se quedó flotando en el tazón. Dejó los palillos encima de la mesa y dijo:
—¡Ya está bien!
Nadie se comportaría de una manera tan caprichosa. Vaya tipo desconsiderado. Pero como le gustaba dar muestras de la autoridad que ejercía en la casa, no pareció preocuparse por el hecho de dejar un triste mochi flotando en un sopa turbia. Cuando su mujer cogió el bicarbonato y lo puso encima de la mesa, el señor dijo:
—No lo quiero. No me hace ningún bien.
—Pero dicen que es muy bueno después de comer alimentos con almidón —insistió su mujer.
—Almidonado o no, esa cosa no es buena —insistió tercamente el maestro.
—Mira que eres caprichoso —murmuró la mujer para sí.
—Yo no soy caprichoso, es que la medicina no funciona.
—Pues hasta hace dos días decías que te iba bien y lo tomabas a todas horas, ¿no?
—Sí. Funcionaba. Hasta el otro día. Pero desde entonces ha dejado de hacerlo.
—Si la tomas un día sí y otro no, nunca vas a lograr que la medicina te haga efecto. Es más, no te hará ningún bien. A menos que seas un poco más paciente, no te curarás de la dispepsia ni de ninguna otra enfermedad que tengas.
Se giró hacia Osan, que estaba sirviendo la mesa.
—Es cierto, señora —afirmó Osan inmediatamente para apoyarla—. A menos que se tome regularmente, no se puede saber si una medicina es buena o mala.
—¡Me da igual! No me la tomo porque no me la tomo. ¿Será posible que las mujeres no podáis entender eso? Será mejor que os calléis de una vez.
—De acuerdo. Pues no soy más que una mujer —dijo acercándole el bicarbonato.
El maestro se puso en pie y sin decir una palabra se encerró en su estudio. Su mujer y la criada se miraron y se rieron. Si en ocasiones como esa, le seguía y saltaba encima de sus rodillas, la experiencia me decía que podía pagarlo caro. Por esta razón preferí dar un rodeo en silencio por el jardín y saltar a la galería que había justo enfrente de su estudio. Miré por una rendija de las puertas correderas y vi que el señor estaba examinado un libro de alguien llamado Epicteto. Si por fortuna entendía lo que estaba leyendo, era realmente algo digno de admiración. Pero en cinco o seis minutos dejó caer el libro encima de la mesa, justo como yo sospechaba. Cuando le estaba mirando, sacó su diario y apuntó lo siguiente:
Di un paseo con Kangetsu por Nezu, Ueno, Ikenōhata y Kanda. En Ikenōhata había unas geishas vestidas con kimono de Año Nuevo jugando al bádminton frente a una casa de citas. Sus vestidos eran preciosos, pero sus caras eran extremadamente desagradables. Se me ocurrió que se parecían al gato.
¡No entiendo por qué me tenía que poner a mí como ejemplo de algo tan desagradable! Si fuese al barbero para pedirle que me arreglara un poco, no sería muy diferente de un ser humano. Son todos unos engreídos. Ése es su problema.
En cuanto doblamos la esquina de Houtan apareció otra geisha. Era delgada, bien formada y sus hombros estaban muy bien proporcionados. La forma en que vestía el kimono morado denotaba su genuina elegancia. «Lo siento por anoche, Kan-chan. Estuve muy ocupada», dijo sonriendo y mostrando unos dientes blanquísimos. Su voz era tan ronca como la de un cuervo. Su encanto se borró de inmediato. Como me parecía comprometedor pararme para averiguar quién era ese tal Gen-chan, continué caminando en dirección a Onarimichi con los brazos cruzados y metidos en las bocamangas. Kangetsu, sin embargo, parecía estar en apuros.
No hay nada más difícil que intentar comprender lo que pasa por la mente de los seres humanos. El estado mental del maestro dista mucho de ser claro en estos momentos. ¿Está enfadado, está alegre, o es que busca consuelo en algún filósofo muerto? No podría decir si se burla de todo el mundo, o si anhela ser aceptado en su frívola compañía; si se pone furioso por alguna insignificancia, o se distancia de las cosas mundanas. Si nos comparamos con tales complejidades, los gatos somos tremendamente simples. Si queremos comer, comemos; si queremos dormir, dormimos. Cuando estamos furiosos, nos enfurecemos de verdad. Cuando maullamos, lo hacemos con toda la desesperación de la que somos capaces en nuestra aflicción. Por eso nunca escribimos nada en un diario. No tiene sentido. No hay duda de que los humanos como el maestro, con dos caras bien diferenciadas, se creen en la necesidad de llevar diarios con el fin de mostrar un carácter que frecuentemente ocultan al resto del mundo. Pero entre los gatos nuestras cuatro ocupaciones principales, a saber, caminar, sentarnos, permanecer en pie o tumbarnos, así como la más ocasional de evacuar, se hacen de un modo abierto. Nuestros diarios los vivimos, y, en consecuencia, no tenemos necesidad de mantener un registro paralelo con el objetivo de mostrar nuestro verdadero carácter. Si tuviera que dedicar tiempo a escribir un diario, preferiría dormir en la galería.
Cenamos en algún lugar de Kanda. Como me permití tomarme un par de copas de sake, que no había probado durante largo tiempo, mi estómago estaba esta mañana extremadamente bien. Concluyo que el mejor remedio para el estómago es, por tanto, el sake de la noche. El bicarbonato es inútil. Digan lo que digan no vale para nada. Y lo que no tiene efecto ahora, no lo tendrá más adelante.
Por lo visto, el amo desautorizaba sin ninguna consideración al bicarbonato. Parecía como si estuviera discutiendo consigo mismo, y era fácil intuir en esa anotación la discusión que había tenido con su mujer aquella misma mañana. Quizás este tipo de anotaciones sean las más características del ser humano cuando lleva un diario.
El otro día un individuo me dijo que no era bueno para el estómago desayunar fuerte, como yo hago. Durante dos o tres días anduve en ayunas, pero lo único que conseguí fue hacer gruñir a mis tripas. Otro individuo me dijo que la culpa de todo la tiene el tsukemono, las verduras en salmuera. Dice que si no tomo tsukemono el problema se cortará de raíz, y la recuperación será inmediata. Durante al menos una semana, ni un pedazo de verdura cruzó mis labios. Pero desde el inicio de la prohibición no aprecié ningún beneficio, así que he vuelto a comerlas regularmente. De acuerdo con otro tipo, el único remedio verdadero para mi mal son los masajes abdominales. Pero un simple masaje no basta. Deben estar de acuerdo con los viejos métodos de la escuela confuciana de Minagawa. Un par de masajes así, y se me curarían todos los males. Por lo visto al escritor Sokuken Yasui le gustaba someterse a ellos, y héroes de la talla de Ryōma Sakamoto no fueron ajenos a sus beneficios. Inmediatamente me fui a Kaminegishi para una sesión.* Pero los métodos que usaban eran extraordinariamente crueles. Me dijeron que no me curaría si no me masajeaban los huesos. Que si no invertían la posición de mis vísceras al menos una vez, nunca me curaría. Todos estos manejos redujeron mi cuerpo a la condición de una bola de algodón y me sentí como si hubiera quedado en estado de coma. Nunca volví, con una vez fue suficiente. Una vez más éste y el otro me dijeron que lo que tenía que hacer era dejar de comer alimentos sólidos. Pasé un día entero bebiendo leche solamente. Pero entonces empecé a sentir unas enormes y ruidosas turbulencias en mi interior que me impidieron dormir. Otra persona me animó a ejercitar los intestinos mediante la respiración diafragmática, lo cual redundaría en un estómago sano. Seguí el consejo con bastante disciplina hasta que el estómago empezó a revolvérseme tanto que yo creía que me iba a morir. Respiraba profundamente para dilatar el diafragma cuando me acordaba, pero a los cinco o seis minutos me olvidaba de disciplinar mis músculos. Y menos mal, porque si no hubiera sido así y hubiera continuado con la atención puesta en el diafragma, no habría podido ni leer ni escribir. En una ocasión vino mi amigo Meitei, el esteta, y me encontró ejercitándome para obtener el tan ansiado estómago sano. De manera bastante descortés, me dijo que terminara con las contracciones. Así fue como la respiración diafragmática se convirtió en algo del pasado. Un doctor me recetó soba, fideos de alforfón. Así que me sometí a la dieta de los fideos, unas veces en sopa, otras veces fríos después de hervir. Pero no sirvieron para nada, excepto para vaciar mis intestinos. ¡He intentado prácticamente todo para remediar mi enfermedad, pero ha sido inútil! Las tres copas de sake que tomé anoche con Kangetsu sí que me hicieron bien. ¡Así que a partir de ahora, antes de irme a dormir cada noche, me tomaré dos o tres copas y arreglado!
Dudaba de si mi amo mantendría este tratamiento a base de sake durante mucho tiempo. El carácter del maestro tiende a ser tan variable como los ojos de los gatos. Carece del más mínimo sentido de la perseverancia y lo deja todo a medias. Peor aún, mientras se dedica a rellenar su diario con lamentaciones sobre sus problemas de estómago, trata de poner su mejor cara frente al resto del mundo. Al mal tiempo buena cara, ése parece ser su lema. El otro día vino a visitarle un tal señor no sé quién, un profesor amigo suyo y expuso la teoría, como poco discutible, de que todas las enfermedades son el resultado directo de los pecados propios y de los de los antepasados. Parecía haber estudiado el asunto profundamente, pues su exposición era clara, consistente y ordenada. En conjunto, se trataba de una teoría ciertamente interesante. Siento decir que el maestro no posee la inteligencia ni la erudición para refutar esta clase de argumentos. Sin embargo, y quizás como consecuencia directa de sufrir él mismo una dolencia del estómago, se vio obligado a poner todo tipo de excusas, y se dedicó a replicar de manera un tanto irrelevante:
—Tu teoría es interesante, pero ¿sabes ya que Carlyle era dispéptico? —como si al argumentar que Carlyle era dispéptico se atribuyera a sí mismo una especie de honor intelectual.
Su amigo replicó:
—Pero que Carlyle fuera dispéptico, no implica necesariamente que todos los dispépticos tengan que ser como Carlyle.
El maestro, tras esta reprimenda, se calló la boca, pero el incidente puso en evidencia su vanidad. Lo más gracioso es que, aunque seguramente mi amo preferiría no ser dispéptico que serlo, esa misma mañana había reiterado, precisamente, en su diario su firme intención de comenzar de una vez con el tratamiento a base de sake, del que había hablado la anoche anterior. Pensándolo bien, su infrecuente y abundante consumo de mochis aquella mañana, parecía ser consecuencia directa de lo que había bebido la noche anterior con Kangetsu. A mí también me gustaría probar el zōni y el mochi.
Aunque soy un gato, como prácticamente de todo. Al contrario de Kuro, me falta la energía para marcharme de expedición hasta los lejanos callejones donde están casi todas las pescaderías. Tampoco mi estatus social me permite disfrutar de los lujos que se da Mikeko, mi vecina la gata, cuya dueña da clases particulares de arpa japonesa a los ricos ociosos. Yo me como los desperdicios de pan dejados por las niñas, y lamo la mermelada de judías de los restos de pastel. El tsukemono, la verdura encurtida, sabe fatal. Pero una vez me atreví con un par de rodajas de nabo en salmuera. Es extraño, pero una vez la pruebo, casi cualquier cosa se vuelve comestible. Creo que decir «esto me gusta» o «esto no me gusta» constituye una extravagancia, y una muestra de obstinación. Se trataría de una actitud impropia de mí. No en vano soy un gato que vive en la casa de un vulgar maestro, y debo rechazar esos remilgos.
Según el maestro Kushami, hubo en Francia un novelista llamado Balzac. Fue un hombre muy extravagante. No quiero decir que fuera extravagante en el comer, sino en lo que se refiere a su escritura. En una ocasión buscaba un nombre para un personaje de una novela que estaba escribiendo y, por alguna razón, no lograba encontrar ninguno a su gusto. En ese momento un amigo suyo llegó de visita y el novelista pensó que sería una buena ocasión para dar un paseo. Este amigo, por supuesto, no tenía ni idea de la razón del paseo, que no era otra que la de encontrar el nombre que Balzac necesitaba. Una vez en la calle, lo único que hizo Balzac fue dar vueltas de acá para allá mirando letreros para ver si al fin daba con el tan ansiado nombre. Caminaba sin descanso mientras su confuso amigo, sin saber el objetivo de esa expedición, le seguía como podía. Exploraron París de la mañana a la noche sin resultado. Pero entonces, en el camino de vuelta a casa, Balzac se topó con el cartel de un sastre que se llamaba Marcus. Empezó a dar palmadas de alegría y a gritar: «Eso es. Este tiene que ser. Marcus es un buen nombre, pero con una Z delante será perfecto. Será Z. Marcus, un nombre estupendo. Los que yo invento no son nada buenos. Aunque están bien construidos no suenan muy reales. Pero ahora, al fin, ya tengo el nombre que quiero». Balzac estaba completamente satisfecho por su hallazgo, y era ajeno a las molestias que había causado a su amigo. Podrá parecer muy chocante que uno se dedique a recorrer las calles de París todo un día sólo para encontrar el nombre del personaje de una novela. Extravagancias de tal enormidad dan un cierto esplendor a quien las protagoniza, pero para tipos como yo, un vulgar gato mantenido por un maestro introvertido y encerrado en sí mismo como una ostra, resulta imposible siquiera imaginar semejante comportamiento. Por eso no debo preocuparme demasiado por lo que como, siempre que sea comestible, pues es el resultado inevitable de mis circunstancias. No creo, por tanto, que decir que quería probar los zōni, constituya una muestra de extravagancia. Simplemente pensé que era mejor aprovechar la situación y entonces recordé que el maestro había dejado en el cuenco de su desayuno algunos zōni y que, probablemente, éstos seguirían en la cocina. Así que decidí hacer una expedición.
Y allí estaba la sopa con el mochi, el pastelito de arroz, como yo recordaba, pegado al fondo del cuenco, y con el mismo color que tenía por la mañana. Debo advertir que nunca antes había probado estos pastelillos. Me gustó su buen aspecto, pero sentí una sombra de duda. Con la pata delantera arañé los vegetales adheridos al pastel. Las uñas, al tocar su parte exterior, se me pusieron todas pegajosas. Las olfateé y reconocí ese olor característico del arroz cuando se ha pegado al fondo de la olla y se cambia a otro recipiente. Miré a mi alrededor y pensé: «¿Debo comérmelo o no debo?». Por suerte o por desgracia, no había nadie alrededor. Osan, la criada, jugaba al bádminton. Tenía la misma cara agriada que el año pasado. El Año Nuevo no parecía haber tenido efecto en ella. Las niñas, en su cuarto, cantaban algo sobre un conejo. Si tenía que comerme esa especialidad del primer día del año, ése era el momento. Si perdía la oportunidad tendría que esperar todo un año completo para conocer el sabor del mochi. En ese momento, a pesar de ser un simple gato, vislumbré una verdad resplandeciente: las oportunidades de oro impulsan a los animales a hacer cosas que en circunstancias normales no harían ni atados. A decir verdad, yo no quería comerme el pastel. De hecho, cuanto más miraba aquella cosa pegajosa y fría en el fondo del cuenco, más nervioso me ponía y más inclinado me sentía a rechazarlo. Si Osan hubiera abierto en ese momento la puerta de la cocina, o si hubiera escuchado los pasos de las niñas acercándose, habría abandonado el cuenco sin dudarlo. Y no sólo eso. Habría eliminado todo tipo de pensamiento sobre el mochi durante lo que quedaba del año. Pero nadie vino. Seguí dudando un rato. Y por allí seguía sin aparecer ni un alma. Sentí como si alguien estuviera forzándome, susurrando a mi oído: «Cómetelo. ¡Deprisa!» Miré dentro del cuenco y recé para que viniera alguien. Después de todo, la voz dentro de mi cabeza me repetía sin parar que tenía que comérmelo. Al final, dejando caer todo el peso de mi cuerpo sobre el fondo del cuenco, mordí no más de un trocito de la esquina del mochi.
La mayor parte de las cosas que muerdo de un modo tan decidido como yo lo hice en esa ocasión entran directas mi gaznate. Pero aquí me llevé una sorpresa. Una vez la densa pasta entró en mi boca, me di cuenta de que, por mucho que intentara abrir la mandíbula, ésta no se movía. Probé a liberarla con todas mis fuerzas, pero nada. Mis dientes estaban pegados. Me di cuenta demasiado tarde de que el mochi es en realidad un alimento del demonio. Imaginaos a un hombre que ha caído en una ciénaga e intenta escapar. Cuanto más luche para sacar las piernas, más profundamente se hundirá en ella. Pues bien. A mí me pasaba exactamente lo mismo. Cuanto más apretaba las mandíbulas más peso sentía en la boca y más se me inmovilizaban los dientes. Podía sentir su resistencia, pero eso era todo. Simplemente no podía disponer de ellos. Meitei, el amigo esteta del maestro, le describió en una ocasión como una persona indivisible, y debo decir que se trataba de una expresión de lo más ajustada. Este pastel, como mi maestro, era prácticamente indivisible. Me parecía que por mucho que intentara morderlo no obtendría ningún resultado. El proceso podía continuar así, eternamente. Era como dividir diez entre tres. Estaba en mitad de esta angustia cuando de repente me vi iluminado por una segunda verdad: que todos los animales son capaces de decidir por instinto lo que es bueno o malo para ellos.
Aunque ahora había descubierto dos grandes verdades, me sentía bastante infeliz por causa de ese pastel de arroz adhesivo. Mis dientes se estaban pegando irremediablemente a la masa, y todo el proceso se iba volviendo cada vez más doloroso. A menos que pudiese completar el mordisco y salir de allí pitando, Osan volvería y me pillaría con las manos en la masa. Parecía que las niñas habían dejado de cantar y seguro que pronto entrarían en la cocina. En un ataque de angustia, di unos cuantos latigazos con la cola sin resultado alguno. Estiré las orejas y las encogí, pero sin ningún efecto. Empecé a pensar que ni la cola ni las orejas tenían nada que ver con todo el asunto. Como me había entregado a una guerra de desgaste a base de levantar orejas y dejar caer orejas, al final abandoné esta táctica. Hasta que se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era forzar al mochi hacia abajo usando mis patas delanteras. En primer lugar levanté la mano derecha y me la acerqué a la boca como pude. Como es natural, este simple movimiento no sirvió en absoluto para mejorar la situación. En segundo lugar, alcé la mano izquierda y la comencé a girar en círculos. Pero estos inútiles giros y piruetas fracasaron en su intento de exorcizar al demonio del mochi. Me di cuenta de que si quería lograr algo era imprescindible que actuara con paciencia, así que rasqué el aire alternativamente con la mano derecha e izquierda, pero los dientes siguieron igual de pegados al pastel. Cada vez más impaciente, comencé a mover ambas patas simultáneamente, como si fuera un molinillo. Fue entonces, y sólo entonces, cuando me di cuenta, para mi sorpresa, de que podía sostenerme con las patas traseras. De alguna manera dejé de sentirme un miembro de la especie gatuna. Pero gato o no, continué arañando como un loco toda mi cara con frenética determinación, hasta lograr que el demonio del mochi fuera expulsado definitivamente. Como el movimiento de las patas traseras era bastante vigoroso, me di cuenta de que ponía en riesgo mi equilibrio y corría el peligro de caerme estrepitosamente. Para mantenerme en pie comencé a marcar el paso con las patas. Empecé a dar brincos por toda la cocina. Me sentí orgulloso de ser capaz de mantener tan diestramente esa compleja posición erecta. Fue entonces cuando la tercera verdad se reveló ante mis ojos: en condiciones de peligro excepcional, uno puede actuar de modo inesperado, y sobrepasar con creces el estándar de sus logros. Este es el verdadero significado de la Providencia.
Sostenido por esa Providencia, seguía yo luchando por mi apreciada vida contra ese demonio que habitaba en el mochi, cuando de pronto escuché unos pasos. Alguien se acercaba. Pensando que sería fatal que me encontrasen en ese trance, redoblé mis esfuerzos y eché a correr alrededor de la cocina. Los pasos cada vez se acercaban más. Oh, Dios mío, empecé a sospechar que la Providencia no duraría para siempre. Eran las niñas. En cuanto me descubrieron se echaron a gritar:
—¡Mirad! ¡El gato se ha comido el mochi y ahora está bailando!
La primera en escuchar el aviso fue Osan. Dejó de lado el bádminton y voló hasta la puerta de la cocina.
—¡Santo Cielo!
Después entró la señora, vestida con un kimono de seda. Me miró con condescendencia y se limitó a apuntar:
—¡Por Dios, que gato más imbécil!
Y el maestro, violentamente expulsado de su estudio a causa del escándalo señaló:
—¡Será idiota!
Pero las que encontraron más graciosa la situación fueron las niñas. Así que después de un rato la casa entera se carcajeaba de mí sin piedad. Era irritante, era doloroso, pero también me era imposible dejar de bailar. ¡Maldición! Al poco, las risas empezaron a calmarse. Pero entonces la encantadora niña de cinco años me señaló con el dedo y dijo:
—¡Qué gato más cómico!
Y toda la familia se empezó a reír de nuevo. Vaya, que se partieron de risa a mi costa. He oído que los seres humanos eran despiadados, pero nunca hasta entonces había encontrado su conducta tan absolutamente detestable. De la Providencia, mientras tanto, no había ni rastro, y yo había vuelto a mi postura habitual sobre las cuatro patas. Estaba al borde de la desesperación y, por causa del mareo, creo que mi semblante era un tanto ridículo. El maestro debió de pensar no era el momento de dejarme morir ante sus ojos. Sería una verdadera lástima. Así que le dijo a Osan:
—Anda, sácale el mochi de la boca…
Osan miró a la señora como diciendo: «¿Y por qué no le dejamos que siga con el bailecito?». A la señora le hubiera encantado verme seguir con el minuet. Pero como tampoco quería verme bailar hasta la extenuación o la muerte, no dijo nada. El maestro se volvió enfadado hacia la criada y le ordenó:
—Date prisa o morirá.
Osan, casi sin ganas y con una mirada torva en sus ojos, como si la hubieran despertado de golpe de un sueño particularmente dulce, me metió los dedos en la boca y me arrancó el mochi. No tengo una dentadura tan débil como la de Kangetsu, pero en ese momento pensé que, en la operación, la criada se llevaría por delante mis muelas. El dolor fue indescriptible. Entended que yo tenía mis pobres dientes empotrados en el pastel, y que Osan lo arrancó de un tirón. Es imposible expresar con palabras la agonía que sentí. En ese momento me alcanzó la Iluminación y se me reveló una cuarta verdad: que todos los placeres están íntimamente emparentados con el dolor. Cuando por fin pude recobrarme, me giré y comprobé como todo había vuelto a la normalidad. El maestro y su familia habían vuelto a sus quehaceres.
Después de ponerme en evidencia, me sentía bastante incapaz de enfrentarme a la creciente inquina de Osan. Aquello suponía un terrible trastorno para mí. A fin de recuperar mi tranquilidad mental, decidí hacer una visita a mi vecina Mikeko, la gata tricolor. Así que salí de la cocina y me dirigí al patio en dirección a la casa del arpa japonesa.
Mikeko tiene fama en el barrio de ser una auténtica belleza. Aunque soy un gato, poseo un conocimiento genérico de lo que significa la compasión, y soy muy sensible a los afectos, a los ánimos cariñosos, a la ternura y al amor. Me quedo muy afectado al contemplar el gesto de amargura del maestro o los desplantes de Osan. En esas ocasiones aprovecho para visitar a mi amiga y nuestra conversación gira en torno a muchos y variados temas. Esas charlas me dejan como nuevo. Olvido mis preocupaciones, mis dificultades, todo. Me siento renacer. La influencia femenina en mí es inmensa. Miré a través de un agujero en la valla de cedro para ver si la veía por ahí. Pronto la divisé, sentada elegantemente en la galería con un collar nuevo, regalo de Año Nuevo. La redondez de su lomo la hacía indescriptiblemente bella. Era aquél el más hermoso de todos sus preciosos perfiles. La curvatura de su cola, la forma de doblar las patas, el movimiento encantador y perezoso de sus orejas, todo estaba por encima de cualquier descripción. Parecía cómoda, sentada en el lugar más soleado de la galería. Su cuerpo desprendía una sensación de tranquilidad y un aura de hermosura. Y su manto de pelo brillante como terciopelo, parecía ondularse aunque el aire estaba quieto. Durante un momento me quedé embelesado mirándola. Entonces, cuando me recobré de la impresión la llamé suavemente:
—¡Mikeko, Mikeko! —y le hice una señal con mi pata.
—Hola, maestro —me saludó mientras bajaba de la galería. Una campanita sujeta a su collar rojo tintineaba ligeramente. Me dije: «Lleva una campanita porque es Año Nuevo». Mientras me admiraba con su cascabel, se plantó junto a mí.
—Feliz Año Nuevo, maestro —dijo mientras movía la cola hacia la izquierda. Entre los gatos, cuando nos saludamos, primero se levanta la cola hacia arriba y luego se gira hacia la izquierda. Mikeko es la única en el vecindario que me llama «maestro». Como ya he dicho antes, todavía no tengo nombre, y es Mikeko, y sólo ella, la única que me muestra respeto otorgando un nombre a este pobre gato que vive en casa de un profesor. De hecho, no me desagrada que se refieran a mí como «maestro», así que respondí de buena gana a su saludo:
—Feliz Año Nuevo para ti también. ¡Vaya! Tienes un collar muy bonito…
—Sí. La señora lo compró para mí. ¿Verdad que es precioso? —y lo hizo tintinear.
—Precioso. Y tiene un sonido muy bonito. Nunca he visto nada tan hermoso en toda mi vida.
—No será para tanto. Todo el mundo tiene uno. —Y comenzó a hacerlo tintinear una y otra vez—. ¿No te parece un sonido increíble? Estoy tan feliz… —Y seguía dando golpecitos con su campana.
—Tu dueña te debe de querer mucho —dije mientras comparaba mi vida con la suya. Sentí cierta envidia.
Mikeko es una criatura inocente. Repuso:
—Sí. Es cierto. Me trata como si fuera su propia hija. —Rio cándidamente. No es cierto que los gatos nunca se rían. Los seres humanos se equivocan al pensar que son las únicas criaturas capaces de hacerlo. Cuando me río, los orificios nasales se me ponen triangulares y la nuez me tiembla. Pero mis amos parecen no darse cuenta.
—¿A qué se dedica tu amo? —le pregunté.
—¿Mi amo? Suena extraño. De hecho es un ama. Una señora. La señora del arpa japonesa.
—Lo sé. Pero quiero decir, ¿qué orígenes y posición social tiene? ¿Es una persona de alta cuna?
—Oh, sí.
La señora, entonces, comenzó a tocar el arpa en el interior de la casa y a cantar:
Mientras te espero,
Junto a un pequeño pino enano…
—¿No crees que tiene una voz increíble? —preguntó Mikeko muy orgullosa.
—Parece preciosa, pero no entiendo lo que está cantando. ¿Cuál es el nombre de la pieza?
—¿Esa? Se llama no sé qué. A la señora le gusta mucho. ¿Sabías que ya tiene sesenta y dos años? Pero se conserva estupendamente, ¿no te parece?
Supongo que debo admitir que se conserva bien. Tras sesenta y dos años ha logrado sobrevivir. Vaya récord. Por eso contesté con un lacónico «sí». Pensé que había dado una respuesta un poco tonta, pero estaba un poco obnubilado y no se me ocurría nada más brillante que decir.
—Quizás no lo parezca, pero era una persona de muy buena posición. Ella siempre está recordándomelo.
—¿A qué se ha dedicado entonces?
—Pues, según tengo entendido, es la decimotercera viuda del secretario privado de la hermana menor de la madre del marido de la sobrina de la hermana de un shogun.
—¿Cómo dices?
—Pues la decimotercera viuda del secretario privado…
—Vale, vale, no tan rápido. La decimotercera viuda del shogun privado de…
—¡No, no, no! La decimotercera viuda del secretario privado…
—La viuda del shogun…
—Eso es.
—Del secretario privado, ¿no?
—Eso es.
—Marido de…
—No, hermana menor del marido.
—Ah, por supuesto. ¿Cómo se me ocurre? Hermana menor del marido.
—Hermana de la madre del sobrino. Eso es.
—¿Hermana de la madre del sobrino?
—Eso es. Lo has entendido.
—No del todo. Es tan enrevesado que todavía no lo entiendo. ¿Cuál es exactamente su relación con la decimotercera viuda del shogun?
—Pero mira que eres estúpido cuando te lo propones. Te lo acabo de decir precisamente. Es la decimotercera viuda del secretario privado de la hermana menor de la madre del marido de la sobrina de la hermana de un shogun.
—Todo eso lo he entendido, pero…
—Entonces ya lo sabes, ¿no?
—Sí —tuve que conceder finalmente. Siempre hay un momento para las mentiras piadosas.
Detrás de las puertas correderas de papel de arroz, el sonido del arpa se detuvo de pronto y la voz de la señora inquirió:
—¡Mikeko, Mikeko! Ya está listo tu almuerzo.
Mikeko se puso contenta y dijo:
—Me está llamando. Tengo que irme. Espero que sepas excusarme. ¿Qué podría decir yo ahora? Ven a verme otro día —dijo. Entonces se dio media vuelta y echó a correr por el jardín haciendo tintinear su campanita. Pero de repente se volvió y trotó hacia mí de nuevo:
—Tienes mala pinta. ¿Te pasa algo? —preguntó.
No podía contarle mi lamentable historia de la danza del mochi, así que le dije:
—No. Nada en especial. Sólo que he estado pensando en cosas que me han dado un terrible dolor de cabeza. Por eso te he llamado antes, porque pensé que hablando contigo se me pasarían todos los males que me aquejan.
—¿En serio? Bueno, cuídate. Hasta luego entonces.
Parecía un poco apenada de dejarme, lo cual me subió la moral y me ayudó a recomponerme de la atroz experiencia del mochi. Me sentí volver a la vida. Ahora estaba recuperado, así que decidí volver a casa pasando por la plantación de té. La escarcha acababa de descongelarse. Metí la cabeza por el agujero de la valla de bambú y allí estaba Kuro, sobre los crisantemos secos, estirándose y elevando su espalda en un gran arco negro. Ya no me sentía acobardado por él pero, como supuse que cualquier conversación podría terminar en problemas, me esforcé por evitarle. En la naturaleza de Kuro no estaba esconder sus sentimientos, y si notaba que alguien le hacía un desaire, inmediatamente le hacía frente:
—¡Eh, tú, el gato sin nombre! Estás de lo más escurridizo últimamente, ¿no te parece? Puede que vivas en la casa de un profesor, pero no te des esos aires. Y ten cuidado, te prevengo. No trates de ignorarme.
Kuro no parecía estar al tanto de que yo ahora era una celebridad. Querría habérselo explicado, pero no parece de esos tipos capaces de entender según qué cosas, así que simplemente desistí y le ofrecí una excusa cortés para escaparme tan rápido como me fuera posible:
—Feliz Año Nuevo, Kuro. Tienes tan buen aspecto como siempre.
Levanté la cola y la giré hacia la izquierda. Kuro, con la suya bien erguida, rechazó mi saludo.
—¡Qué feliz, ni feliz! Si el Año Nuevo es feliz es que entonces debes de estar loco con ese diminuto cerebro que tienes. Y ahora lárgate rapidito, cara de acordeón.
Ese giro de la frase relacionado con la cara de acordeón, parecía bastante insultante, pero el contenido semántico de la expresión se me escapaba.
—¿Qué quieres decir con cara de acordeón? —pregunté.
—Vaya. Te insulto y te quedas ahí pasmado preguntándome por el significado de mi insulto. ¿Sabes qué? ¡Paso de ti! Eres el bobo de Año Nuevo.
¡Un bobo de Año Nuevo! Vaya, suena un tanto poético, pero su sentido profundo se me hacía todavía más oscuro que el de cara de acordeón. Me hubiera gustado preguntarle otra vez por el significado de este nuevo insulto, para incorporarlo a mi vocabulario, pero, como era obvio que no recibiría una respuesta, me quedé parado frente a él sin decir una palabra. La verdad, me estaba sintiendo bastante torpe. Pero entonces, justo en ese momento, se escuchó la voz de su dueña gritando:
—¿Dónde diablos está el trozo de salmón que había dejado encima del estante? ¡Madre mía, ese demonio de gato ha estado aquí otra vez y lo ha robado! ¡Es la criatura más sucia que he visto en mi vida! ¡Se va enterar de lo que es bueno cuando vuelva!
Su voz estridente y vulgar rompió la atmósfera de paz y armonía. Kuro puso cara de desdén como diciendo: «Si quieres gritar, hazlo», y abrió su cuadrada mandíbula en dirección a mí, desafiante: «¿Has visto qué follón?», parecía decirme con su mirada. Hasta ese momento había estado demasiado ocupado hablando con Kuro como para darme cuenta de nada más; pero entonces me fijé, y entre sus patas pude ver los restos de un hueso de la parte más barata del salmón.
—¡Vaya! Así que has vuelto a liarla de nuevo. —Olvidé nuestra reciente discusión y le ofrecí una de mis más amables exclamaciones de admiración, pero eso no pareció suficiente para que su humor cambiara.
—¿Liándola de nuevo, dices? ¿Qué quieres decir con eso, tarugo impertinente? ¿Y a qué te refieres con ese «de nuevo», cuando no se trata más que de la parte más esmirriada de un pez barato? ¿No sabes quién soy yo? Soy Kuro, el gato del carretero, maldita sea. —A pesar de no tener mangas de camisa que enrollarse para la pelea, levantó la pata derecha a la altura del hombro en un gesto agresivo.
—Siempre he sabido quién eras, Kuro el del carretero.
—Si lo sabes, ¿entonces por qué demonios tienes que decir que si la he estado liando de nuevo? —gritó. Su voz sonaba como un tornado.
Si fuéramos hombres, seguro nos habríamos agarrado para darnos una buena tunda. Pero era un gato, y bastante desconcertado. Y me estaba preguntando cómo podría salir de esa situación cuando de repente la voz de la mujer tronó de nuevo:
—Nishikawa-san. ¿Puede oírme? Tráigame un kilo de ternera. ¿Ha oído? Y rapidito. Un kilo de ternera, ¿de acuerdo?
Sus voces al teléfono pidiendo carne rompieron una vez más la paz del vecindario.
—Para una vez que pide carne de ternera, lo tiene que hacer a voces, para que se entere bien todo el mundo. Quiere que todos hablen de su maravilloso kilo de ternera. ¿Qué se puede hacer con una mujer como esa? —exclamó Kuro mientras estiraba sus cuatro patas a la vez.
Como no se me ocurría ninguna respuesta, me mantuve callado y me limité a observar.
—De todos modos, no entiendo cómo encarga sólo un kilo. Pero creo que eso bastará. Si lo agarro luego, me lo zampo entero —dijo Kuro, como si el encargo fuera para él.
—Vaya, esta vez sí que te vas a dar un buen atracón —le dije para ver si conseguía escabullirme de sus ataques. Pero Kuro se volvió hacia mí y me taladró con la mirada:
—Esto no tiene nada que ver contigo. ¡Cierra tu bocaza de una vez! —Y usando sus patas traseras me dio una coz que me lanzó rodando por el barro. Aterricé en un charco que el deshielo de la escarcha había dejado en medio de la plantación. Aquello me pilló completamente desprevenido. Estaba sacudiéndome los restos de barro del cuerpo cuando Kuro desapareció, probablemente para tomar posesión de su kilo de ternera.
Volví a casa cabizbajo y encontré el lugar más concurrido de lo normal. Incluso la risa del maestro sonaba más jovial que de costumbre. Me preguntaba el porqué de aquellas bromas, y salté a la galería. Cuando llegué vi al maestro junto a un invitado desconocido. Tenía una cabellera muy cuidada, y vestía un haori de algodón y un hakama.[6] Parecía un estudiante, además de una persona muy seria. Junto al brasero del maestro, apoyada en una esquina de la pitillera laqueada, había una carta de visita en la que estaba escrito: «Tengo el placer de presentarle al señor Ōchi Toito. De parte de Kangetsu». Como me había perdido el comienzo, la conversación que tenía lugar entre el anfitrión y el huésped sonaba de lo más enigmática. Pero supuse que estaban hablando de Meitei, el esteta de quien ya he hablado en otras ocasiones.
—…y me dijo que fuera con él porque se le había ocurrido una idea bastante ingeniosa —comentaba el invitado tranquilamente.
—¿Quiere decir que hay algo interesante en el hecho de ir a comer a un restaurante occidental? —El maestro sirvió más té para el invitado y empujó levemente la taza hacia él.
—Bueno, en ese momento no entendí qué podía tener de interesante, pero tratándose de «su» idea, pensé que merecía la pena y…
—Le acompañó usted. Ya entiendo.
—Sí. Pero me llevé una sorpresa.
El maestro le miró como si pensara: «lo sabía», y me dio una palmadita en la cabeza como para afirmarse. El coscorrón me dolió un poco.
—Supongo que le haría a usted alguna de sus grotescas jugaditas. Tiene tendencia a reírse de la gente. —Todavía se acordaba del asunto de Andrea del Sarto.
—¿Ah, sí? Bueno, sugirió que podíamos comer algo especial…
—¿El qué?
—Antes de nada, mientras estudiábamos el menú, me dio todo tipo de información sobre la comida.
—¿Antes de pedir nada?
—Sí.
—¿Y entonces?
—Entonces, girándose hacia el camarero dijo: «Parece que no hay nada especial en la carta». El camarero pareció no darse por enterado y sugirió pato asado o ternera en salsa, tras lo cual él dijo que no habíamos ido hasta allí desde tan lejos para comer un simple menú, un menú común y corriente. El camarero pareció no entender qué quería decir con lo de un simple menú, común y corriente, y se alejó algo aturdido.
—Ya. Me puedo imaginar la situación.
—Entonces, volviéndose hacia mí, me dijo que en Francia o en Inglaterra uno podía comer la cantidad de platos que quisiera preparados à la Tenmei o à la Manyōshu,[7] pero que en Japón, fueras donde fueras, la comida estaba tan estereotipada que a uno casi se le quitaban las ganas de entrar en un restaurante occidental. Así siguió un buen rato y cada vez se ponía más desagradable. Pero, ¿este hombre ha estado alguna vez en el extranjero?
—¿Meitei? ¿En el extranjero? Por supuesto que no, aunque no por falta de tiempo o de dinero. Si quisiera, podría viajar a Occidente en cualquier momento. Probablemente estaría transformando su mera intención de hacer un viaje en el futuro, en una especie de amplia experiencia viajera. Le estaría gastando a usted una broma. —El maestro se rio como si hubiera dicho algo ingenioso, pero su invitado le miró como si nada.
—Ya veo. Me preguntaba si había estado en el extranjero. Yo suelo tomarme todo lo que dice bastante en serio. Además, describía la sopa de babosa o el asado de rana con tal precisión, que parecía como si los hubiera visto con sus propios ojos.
—Se lo habrá escuchado a alguien. Le gusta mucho incurrir en ese tipo de inexactitudes. Lo hace a propósito.
—Será eso —afirmó el invitado algo decepcionado mientras fijaba su mirada en el narciso del florero.
—Entonces, ¿era ésa la idea ingeniosa de la que le hablaba? —preguntó el maestro buscando encontrar algo sólido entre tanta incertidumbre.
—No. Eso sólo fue el principio. La parte principal está por llegar.
—¡Ah! —exclamó el maestro con curiosidad.
—Terminada la disertación sobre la gastronomía europea propuso, dado que era imposible comer babosas o ranas a pesar de lo mucho que nos apetecían, que al menos nos trajeran unas cuantas albóndregas. «¿Qué ha pedido usted?», le pregunté. Pero él no me hizo caso y se limitó a responder: «Sí, eso estará bien».
—¡Albóndregas! No había oído hablar de ellas en mi vida. Eso sí que suena raro.
—Sí, rarísimo. Pero como hablaba tan en serio no me di cuenta en ese momento de lo raro que era. —Parecía estar excusándose ante el maestro por su imprudencia.
—¿Y qué pasó después? —preguntó el maestro indiferente al rubor de su invitado, y sin mostrar ninguna consideración por su excusa implícita.
—Bueno. Entonces le pidió al camarero que trajera albóndregas para dos. El camarero se excusó y preguntó: «Disculpe señor, ¿no querrá decir albóndigas?». Pero él con una expresión súbitamente seria le corrigió implacable: «No. Albóndigas no. Albóndregas».
—¿En serio? ¿Pero es qué hay de verdad alguna comida que se llame albóndregas?
—Bueno, yo pensé que sonaba bastante raro, pero como él se mostraba tan serio y tan calmado y demostraba esa gran autoridad en todo lo relacionado con Occidente, y había viajado tanto, me uní a él y también le dije al camarero: «Albóndregas, buen hombre, albóndregas».
—¿Qué hizo el camarero?
—Ahora que lo pienso, la anécdota resultó bastante graciosa. El camarero se quedó petrificado durante unos instantes y respondió: «Lo siento mucho señor. Pero hoy, por desgracia, no nos quedan albóndregas. Pero si se decide por unas buenas albóndigas, le traeré una ración inmediatamente». Meitei con cara de decepción le espetó: «Entonces hemos venido hasta aquí para nada. ¿Está seguro de que no puede conseguir albóndregas?», le preguntó mientras le deslizaba una pequeña propina en el bolsillo. El camarero dijo que preguntaría de nuevo al cocinero y desapareció en la cocina.
—Parece que se moría de ganas de comer albóndregas.
—Al cabo de un rato el camarero volvió y dijo que si queríamos comer algo tan especial como unas albóndregas había que encargarlas y que, en cualquier caso, tardarían un buen rato en prepararlas. Meitei se tranquilizó bastante y dijo: «Bien. Es Año Nuevo y no tenemos ninguna prisa. Esperaremos». Sacó un puro de su traje de corte occidental y lo encendió ceremoniosamente. Me sentí obligado a imitar su compostura, así que saqué el periódico del bolsillo de mi kimono y empecé a leer. El camarero desapareció de nuevo.
—¡Vaya historia! —asintió el maestro tratando de mostrar tanto interés como cuando leía noticias sobre la guerra.
—El camarero volvió con más excusas, y explicó que los ingredientes de las albóndregas escaseaban y que no estaban ni estarían disponibles en la tienda de Kameya, ni tampoco en el decimoquinto almacén de Yokohama. Se disculpó de nuevo y dijo que, según parecía, esos ingredientes no estarían disponibles durante un tiempo. Meitei se giró hacia mí y empezó de nuevo: «Qué lástima, y eso que habíamos venido especialmente para degustar ese plato excepcional». Yo pensé que debía añadir algo, así que dije: «Sí. Una verdadera lástima. Realmente, una pena».
—Es natural —asintió el señor. Se me escapaba el hilo de su razonamiento.
—Estas lamentaciones le debieron hacer sentir mal al camarero. Bajó la cabeza y dijo: «Señor, cuando tengamos los ingredientes necesarios, estaremos encantados de que vuelvan y prueben nuestra especialidad». Pero cuando Meitei le preguntó qué ingredientes usaban exactamente, al camarero le dio un ataque de risa y no supo qué contestar. Entonces Meitei le preguntó si por un casual usaban Tochian (que, como usted sabe, era un maestro de haiku de la Escuela Japonesa), y el camarero dijo: «¡Sí, sí! Y precisamente eso es de lo que no hay ahora en Yokohama. Lo lamento muchísimo, señor».
—¡Ja, ja, ja! ¿Así que ese es el quid de la cuestión? ¡Es bastante gracioso! —Y el maestro, cosa poco frecuente en él, estalló en carcajadas.
Sus rodillas temblaban de tal manera que casi me caigo al suelo. De pronto parecía verdaderamente complacido de no ser el único que había caído en una de las malvadas trampas del inventor de Andrea del Sarto.
—Y entonces, tan pronto como llegamos a la calle, Meitei me dijo: «La hemos liado buena, ¿verdad? Toda esa historia sobre las albóndregas ha estado bastante graciosa, ¿no crees?». Le mostré mi admiración por todo el acontecimiento y, con estas, nos despedimos. Pero la verdad es que ya había pasado la hora de la comida y yo estaba muerto de hambre.
—Eso sí que es grave —repuso el maestro mostrando, por primera vez en toda la velada, una cierta compasión. No puse ninguna objeción a su comportamiento. Durante un momento se produjo una pausa en la conversación, y tanto uno como otro pudieron escuchar mi ronroneo satisfecho.
El invitado apuró de un trago el té de su taza, ya bastante frío, y con una cierta formalidad señaló:
—Pero lo que me ha traído aquí hoy es mi intención de pedirle un favor.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarle? —El maestro ensayó, también, su gesto más formal.
—Como usted sabe, soy un devoto del arte y de la literatura…
—Eso está bien —respondió el maestro animándole a que siguiera.
—Desde hace un tiempo, unos amigos y yo hemos organizado un grupo de lectura. La idea es reunirnos una vez al mes para meditar sobre diversas cuestiones. De hecho, ya hemos celebrado una reunión, a finales del año pasado.
—¿Puedo hacerle una pregunta? Cuándo se refiere usted a un grupo de lectura, ¿qué quiere decir exactamente? ¿Que declaman poesía, leen prosa? ¿Qué es lo que hacen ustedes en esas reuniones?
—Bueno, hemos empezado con textos clásicos, pero tenemos pensado leer también nuestras propias composiciones.
—Cuando dice textos clásicos, ¿se refiere a algo así como La Canción del Laúd, de Pu-Cho?
—No.
—¿Quizás a otras cosas, como la mezcla del haiku y la poesía de Yosa Buson?[8]
—No…
—Bueno, entonces ¿qué clase de textos comentan?
—El otro día leímos uno de los pasajes del suicidio de los amantes, del maestro Chikamatsu.[9]
—Chikamatsu. ¿Se refiere a ese dramaturgo, Chikamatsu, que escribió las piezas jōruri?
No existen dos escritores diferentes llamados Chikamatsu. Cuando alguien habla de Chikamatsu se refiere, en efecto, al dramaturgo, y no puede ser nadie más. Creo que fue bastante necio por parte del maestro hacer una pregunta así. Sin embargo, no tuvo en cuenta mis reacciones naturales y me dio una palmadita en la cabeza. Me calmé y le dejé que siguiera dándome suaves golpecitos de vez en cuando. En un mundo como éste en el que la gente se cree digna de admiración porque un bizco les mira atentamente, el dislate del maestro me pareció, al fin y al cabo, relativamente tolerable.
El invitado respondió:
—Sí —e intentó leer la reacción del maestro en su cara.
—Entonces, ¿lee sólo una persona, o comparten la lectura entre todos ustedes?
—Compartimos. La idea es empatizar con los personajes de la obra y sacarles su verdadera personalidad individual. También gesticulamos. Lo más importante es captar la esencia del carácter de la época de la obra. Por eso, los pasajes los leemos como si los dijera el personaje, es decir con la voz de una mujer joven o la de un chico de los recados, si se tercia.
—Oh, vaya. En ese caso debe de ser más bien como una representación teatral.
—Así es. Las únicas cosas que se echan de menos son el vestuario y el escenario.
—¿Puedo preguntarle si tuvieron éxito en esa reunión?
—Debo decir que, para ser la primera vez, no estuvo mal del todo.
—¿Y qué pasaje de la escena del suicidio de los amantes representaron ustedes exactamente?
—La escena en la que el barquero lleva a alguien al barrio del placer de Yoshiwara.
—Realmente escogieron ustedes uno de los pasajes más extraños de la obra, ¿no cree?
El maestro movió un poco la cabeza con gesto de autoridad. El humo del tabaco salió a borbotones de su nariz, le rodeó las orejas y revoloteó después por encima de su cabeza.
—No. No es tan extraño. Los personajes son un chulo, un matón, el barquero, una prostituta de lujo, una sirvienta, una antigua madame de burdel y, por supuesto, una asistenta de geisha. Pero eso es todo.
El invitado se mostraba imperturbable, pero mi maestro cuando escuchó «prostituta de lujo» puso cara de vinagre, probablemente porque no estaba muy acostumbrado ni a ese tipo de términos, ni a tecnicismos como «sirvienta», «chulo» o «matón».
Intentó aclarar el asunto y preguntó:
—Cuándo dice «sirvienta», ¿se refiere usted quizás a una especie de señorita que ayuda en un burdel?
—A pesar de que todavía no me he enterado bien del todo, creo que más bien se refiere a una sirvienta como las que hay en las casas de té. Por su parte, un chulo es algo así como una especie de asistente en los barrios de mujeres.
Aunque el invitado acababa de decir que en sus representaciones intentaban imitar las voces de los personajes, no parecía haber comprendido exactamente la verdadera naturaleza de las sirvientas y los chulos en aquella obra.
—Ya veo. La sirvienta trabaja en la casa de té, mientras que el chulo vive en un burdel. ¿Y el matón? ¿Es un ser humano o se trata del nombre de un lugar? Y si es humano, ¿se trata de un hombre o de una mujer?
—Yo creo que es un ser humano. De sexo masculino, concretamente.
—¿Y de qué se encarga?
—Todavía no lo sé, pero preguntaré un día de estos a ver si me entero.
A la luz de estas extrañas revelaciones, y del lío que se traían con la terminología, pensé que las lecturas de la obra debían de resultar un tanto absurdas. Miré al maestro y le noté bastante serio:
—Aparte de usted, ¿quiénes más participan en la lectura?
—Hay varios. El señor K., licenciado en Derecho, hace el papel de la prostituta de lujo. Pero confieso que los diálogos un tanto dulzones de esa mujer suenan un poco extraños cuando los pronuncia un hombre como él, con ese gran bigote. Y además hay una escena en la que a la prostituta de lujo le entran espasmos…
—¿Y estas representaciones se llevan hasta el punto de simular los espasmos? —preguntó con impaciencia el maestro.
—Sí, en efecto. Son importantes si queremos que la representación sea tan expresiva como se merece. —El señor Toito se consideraba claramente un artista literario à l’outrance.
—¿Y se le dieron bien los espasmos? —preguntó mi amo con inquina.
—Quizás los espasmos es lo único que falló en esta primera representación —contestó Toito también con cierta cintura.
—Por cierto —preguntó el maestro—: ¿Y qué personaje representa usted?
—Yo hago de barquero.
—¿En serio? ¿De barquero? —La voz del maestro sonaba como si estuviera sugiriendo que si Toito podía hacer de barquero, él bien podría hacer de secretaria de la geisha. Con un tono algo más cándido preguntó:
—¿Y le resultó difícil el personaje?
Toito no se sintió ofendido, y con el mismo calmado tono de voz contestó:
—De hecho, fue por culpa del barquero por lo que nuestra reunión, que estaba alcanzando el clímax, se vino abajo de repente. Resulta que en la pensión justo al lado de nuestro lugar de reunión viven cuatro o cinco chicas. No sé cómo se enteraron, pero de algún modo sabían que haríamos la representación. El caso el que se acercaron hasta la ventana a curiosear. En ese momento yo estaba metido en mi papel imitando la profunda voz del barquero. Y justo cuando por fin había encontrado el tono exacto, las estudiantes, hasta ese momento muy recatadas, estallaron en una carcajada que me desconcentró. Cierto es que estaba acompañando mi parlamento con gestos que quizás fueran algo sobreactuados, pero me quedé petrificado. Y, por supuesto, horriblemente avergonzado. Eso me hundió. No supe cómo continuar y me temo que tuvimos que concluir nuestra reunión de manera algo precipitada.
Si esto se consideraba un éxito tratándose de una primera reunión, ¿cómo sería un fracaso? Me eché a reír sin poder evitarlo. Mi nuez se movía con un ruido sordo. El señor debió de interpretarlo como un ronroneo, y empezó a darme de nuevo golpecitos cada vez más amables en la cabeza. Está bien que te quieran por reírse de alguien, pero en esa ocasión empezaba a sentirme algo incómodo.
—¡Qué mala suerte! —se compadeció el maestro a pesar de que todavía estábamos en la época del año de las felicitaciones y no de las condolencias.
—Para nuestra segunda reunión, nuestra intención es mejorar todos los aspectos posibles. Y ésa es, en realidad, la auténtica razón de mi visita. Profesor, nos gustaría que se uniera a nosotros.
—¡Oh, no! ¡Yo sería totalmente incapaz de tener espasmos!— contestó el maestro rechazando la invitación.
—No, no. No tendría que tener espasmos ni nada parecido. Nada de eso. Aquí tiene una lista de nuestros patrocinadores.
Toito extrajo con cuidado un cuaderno de notas de su envoltorio de tela morada. Lo abrió y se lo plantó delante al maestro:
—¿Le importaría firmar aquí y poner su sello?
Pude ver que el cuaderno contenía una lista de distinguidos doctores en literatura y licenciados en artes; todo en perfecto orden.
—Bueno, no creo que pueda oponer ninguna objeción a convertirme en uno de vuestros patrocinadores. Pero, ¿cuáles serían en realidad mis obligaciones? —Su retraído carácter de ostra huidiza volvió a aflorar a la superficie…
—Esto no implica ninguna obligación. Lo único que le solicitamos es su firma. Para mostrarnos su apoyo, más que nada.
—Bueno. En ese caso me uniré a ustedes.
Cuando vio que no tenía ninguna obligación en realidad, mi amo se sintió aligerado en su ánimo. Su cara asumió el gesto de alguien que firmaría incluso una conspiración secreta para derrocar al gobierno imperial. Dejó claro, eso sí, que esa firma no le supondría ninguna obligación. Además, era perfectamente comprensible que asintiera tan ávidamente a la propuesta de su invitado. Ser incluido, aunque fuera sólo con su nombre, entre tantos otros de próceres universitarios de tan reconocido prestigio, era un honor supremo para alguien que nunca antes había tenido una oportunidad como aquélla.
—Discúlpeme un momento —dijo mientras se levantaba para ir al estudio a buscar su sello.
Caí rodando de un modo ciertamente poco ceremonioso sobre el tatami. Toito aprovechó la ocasión para apañarse en secreto un trozo de bollo. Estaba seco y durante un momento pareció invadirle el pánico mientras masticaba compulsivamente sin poder tragar. Me vino a la memoria mi propia experiencia matutina. El maestro volvió con su sello justo en el momento en el que el bollo era deglutido finalmente por Toito. No pareció darse cuenta de que el contenido del plato había menguado. De todos modos, si lo hubiera hecho, yo me habría convertido inmediatamente en el principal sospechoso.
Una vez se marchó Toito, el maestro volvió a su estudio donde encontró una carta de su amigo Meitei:
—Le deseo un muy feliz Año Nuevo…
Al maestro le pareció que la carta empezaba con un tono excesivamente formal. Las cartas de Meitei raramente eran tan serias. El otro día, sin ir más lejos, escribió: «Últimamente, como no estoy enamorado de ninguna mujer, tampoco recibo cartas de ninguna. Pero no se preocupe por mí. Sigo vivo». Comparado con ésta, la del Año Nuevo parecía excepcionalmente distinta:
Me gustaría mucho ir a visitarte, pero últimamente estoy tan ocupado que me resulta imposible. No seré tan pesimista como tú. He decidido empezar este Nuevo Año, un año que nunca se repetirá en la historia, con la actitud más optimista posible. Espero que lo entiendas…
El maestro entendía bastante bien y pensaba que, de ser él, Meitei habría estado muy ocupado divirtiéndose. Continuó leyendo:
Ayer tuve un rato libre e invité al señor Toito a comer unas albóndregas. Por desgracia, y debido a un sencillo problema de abastecimiento ajeno a mi competencia, finalmente no pude consumar la invitación. Una lástima.
El maestro sonrió y pensó que la carta pronto volvería a tener el tono habitual de siempre:
Mañana asistiré a una fiesta para jugar a las cartas en casa de un cierto barón. Pasado mañana tengo un banquete de Año Nuevo en la Sociedad de los Estetas, y el día después una fiesta de bienvenida organizada para recibir al profesor Toribe. Después…
Lo que contaba era bastante aburrido, así que el maestro se saltó unas cuantas líneas:
Como puedes ver, por causa de todas estas incesantes celebraciones, de esas reuniones en la que se toca música Nō, se recitan haikus, se habla de tanka, y también de Nueva Poesía, estaré absolutamente ocupado durante un tiempo. Esta es la razón por la que me veo en la obligación de enviarte esta felicitación de Año Nuevo en lugar de visitarte personalmente para hacerlo. Espero que sepas perdonarme…
—¡No tienes por qué venir a verme! —le contestó el maestro a voz en grito.
La próxima vez que tenga oportunidad de hacerte una visita, me gustaría invitarte a cenar. Si bien no hay nada especialmente selecto en mi humilde despensa, podríamos ir a algún restaurante a comer unas buenas albóndregas. Espero que la ocasión se presente pronto…
—¡Todavía con el cuento ese de las albóndregas! —murmuró el maestro. Aquella invitación era un insulto en toda regla. Empezaba a sentirse realmente indignado.
Sin embargo, parece que por problemas de suministro no es posible encontrar los ingredientes necesarios para la elaboración de este plato excelso. En ese caso, me gustaría ofrecerte lengua de pavo…
—¡Vaya! Este tipo cada vez tiene más recursos —pensó el maestro. Pero no pudo por menos que seguir leyendo.
Como sabes, la carne aprovechable de cada lengua de pavo es inferior a la mitad de un dedo meñique. Por tanto, y con el fin de satisfacer a tu insaciable estómago…
—Vaya sarta de patrañas —refunfuñó el maestro con resignación.
…creo que al menos sería necesario adquirir veinte o treinta ejemplares para prepararte el plato como mereces. Sin embargo, rara vez puede uno ponerle el ojo encima a un pavo, que yo sepa, salvo quizás a los dos o tres que viven en el zoológico de Asakusa. Y tampoco, me temo, mi pollero dispone actualmente de tales aves para los propósitos que te he comentado. Esto me supone un disgusto, un gran disgusto…
—Si te sientes a disgusto es porque te da la gana. —El maestro no parecía dispuesto a mostrar el más mínimo signo de gratitud ante la desdicha de su amigo.
Este plato a base de lenguas de pavo estuvo muy de moda en la época dorada del Imperio Romano, cuando todo era orgullo y prosperidad. ¡No puedes imaginarte cómo he codiciado probar en alguna ocasión ese producto del lujo gastronómico! El colmo de la elegancia…
—Puedo imaginármelo perfectamente. ¡Qué ridiculez! —El maestro se mostraba muy frío.
Desde aquel tiempo hasta el siglo xvi, las lenguas de pavo eran una exquisitez indispensable en todos los banquetes. Si no me falla la memoria, cuando el conde de Leicester invitó a la reina Isabel de Inglaterra a Kenilworth, la lengua de pavo estaba en el menú. Y en una de las escenas de banquete de Rembrandt, se ve claramente un fastuoso pavo sobre la mesa…
El maestro empezó a pensar que si Meitei había encontrado tiempo suficiente para inventar una historia como ésa, es que, realmente, no debía de estar tan ocupado.
En todo caso, si continúo deleitándome con todas estas comidas como hasta ahora, sin duda terminaré por tener un estómago tan débil como el tuyo…
—¡Decir «como el tuyo» era innecesario! No tiene ningún derecho a ponerme como el prototipo del dispéptico —refunfuñó el maestro.
De acuerdo con los historiadores más serios, los romanos solían ofrecer dos o tres banquetes al día. Así que, si unimos el consumo exagerado de comida al hecho de que aquella gente se veía obligada a sentarse a la mesa dos o tres veces cada jornada, sin solución de continuidad, y honrando a sus anfitriones cada una de las veces, la consecuencia lógica fue que los romanos, en general, se veían aquejados de unos horribles desórdenes gástricos. Iguales, estoy seguro, a los que tú padeces…
—¡Iguales a los que tú padeces! ¡Qué impertinencia!
Pero aquellos hombres, que habían estudiado cómo compaginar el lujo con la salud, consideraban esencial no sólo devorar cantidades desproporcionadas de delicatessen, sino también mantener sus intestinos en perfecto estado de funcionamiento. De acuerdo con esto, dieron con una fórmula secreta…
—¿En serio? —el maestro de pronto pareció entusiasmado.
Después de comer tomaban, invariablemente, un baño. Tras el baño, a través de métodos cuyo secreto se perdió durante mucho tiempo, procedían a vomitar en un cuenco todo lo ingerido previamente. Así lograban mantener sus estómagos perfectamente limpios. Entonces se sentaban de nuevo a la mesa para degustar más exquisiteces y delicadezas. Luego, tomaban otro baño y vomitaban de nuevo. De esta manera, a través de la regurgitación de sus platos favoritos, lograban evitar el más mínimo daño a sus órganos internos, y, en mi humilde opinión, mataban dos pájaros de un tiro.
—¡Vaya que si lo hacían! —La expresión del maestro denotaba una viva envidia por el logro de los romanos.
Hoy en día, en pleno siglo xx, al margen de tanta actividad y tantos banquetes, cuando nuestra nación se encuentra en el segundo año de la guerra contra Rusia, nos vemos desbordados por los acontecimientos y las celebraciones. En consecuencia, creo firmemente que ha llegado el momento para nosotros, para el pueblo de esta victoriosa nación, de cambiar nuestra mentalidad y empezar a estudiar e imitar ese verdadero arte de los romanos, consistente en tomar cada día baños purgantes, por nuestra propia salud. De otra manera, mucho me temo que la gente de esta poderosa nación se convierta en un futuro próximo en totalmente dispéptica, como tú…
—¿Qué? ¡Como yo, otra vez! Vaya un amigo… —exclamó el maestro.
Ahora supón que nosotros, que afortunadamente estamos familiarizados con todo lo occidental, contribuimos a descubrir a través del estudio de la Historia Antigua y las leyendas de nuestros padres, la fórmula secreta que ha estado perdida durante tanto tiempo, y que pondría solución a todos nuestros problemas. Si lo lográsemos y pudiéramos hacer uso de ella en nuestra era Meiji, nuestro descubrimiento constituiría un verdadero acto de virtud. Sería una forma de conjurar las enfermedades en este florecimiento que vivimos actualmente y, más aún, justificaría nuestra vida entera que hasta ahora ha estado gobernada constantemente por la indulgencia y el placer.
Mi amo pensó que toda esta historia parecía una nadería bastante extraña.
De acuerdo con todo esto que te estoy contando, he buceado en diversas obras relevantes de autores de la talla de Gibbon, Mommsen y Goldwin Smith,[10] pero siento reconocer que sin mucho resultado hasta el momento. Sin embargo, como bien sabes, soy un hombre que cuando empieza un proyecto no para hasta alcanzar sus objetivos últimos. Por tanto, creo que el descubrimiento de los fundamentos del método de la purga por baños no se hará esperar mucho tiempo. Te haré saber de mis avances en la materia, estate seguro de ello. Por eso prefiero posponer la degustación de las albóndregas y las lenguas de pavo estofadas hasta no haya puesto el broche de oro a mi descubrimiento. Algo que no sólo conviene a mi investigación, sino también a tu sufrido estómago.
—¡Me ha estado tomando el pelo todo el tiempo! Su escritura es tan sobria que me lo he tomado todo al pie de la letra. Meitei debe de ser un hombre de lo más ocioso para dedicarse a perder el tiempo gastándome una broma así —dijo el maestro entre risas.
Pasaron varios días sin que se produjera ningún acontecimiento especial. Pensándolo bien, fueron tan aburridos que me entretenía incluso contemplando cómo se marchitaba el narciso en su jarrón blanco, o cómo florecía lentamente la rama de ciruelo del jardín. Salí a dar una vuelta un par de veces a ver si me encontraba con Mikeko, sin resultado alguno. La primera vez pensé que estaba fuera, y la segunda me enteré de que en realidad estaba enferma. Escondido tras las aspidistras junto al lavadero, pude escuchar la siguiente conversación entre la señora y la criada a través de las puertas correderas de papel:
—¿Se ha tomado Mikeko su comida?
—No, señora. No ha comido nada desde esta mañana. La he colocado a los pies del brasero, a ver si así se dormía.
No parecía que estuvieran hablando de una gata. La trataban como si fuera un ser humano. Si lo comparaba con mi propia situación, no podía por menos que sentir cierta envidia, pero al mismo tiempo me alegré mucho de que a mi amada gatita la tratasen tan bien.
—Eso no es bueno. Si continúa sin comer, estará cada vez más débil.
—Así es, señora. A mí también me pasa. Si no como un día, soy incapaz de trabajar al día siguiente.
La criada respondía como si reconociese que la gata era un ser superior a ella. Y, en cierto sentido, parecía que, al menos en esa casa, así era.
—¿La ha llevado al doctor?
—Sí, y el doctor se comportó de una manera bastante extraña. Cuando entré en la consulta con Mikeko de los brazos, me preguntó si me había resfriado e intentó tomarme el pulso. Le dije: «No, doctor. Yo no soy la paciente». Y le planté delante a Mikeko. Entonces me dijo que no sabía ni una palabra de las enfermedades de los gatos, y que si la dejaba tal cual, probablemente mejoraría ella sola.
—¡Eso es terrible!
—Me enfadó tanto su actitud que le solté: «Si se pone usted así de impertinente, no hace falta que se moleste en examinarla. Se trata de nuestra preciosa gata». La cogí en brazos de nuevo y me la traje a casa.
—¿De veras?
«De veras» era una de esas elegantes expresiones que nunca se escuchaban en casa de mi amo. Había que ser la decimotercera viuda del shogun, sobrina de no sé quién, para poder pronunciar una frase como ésa. Me quedé totalmente impresionado. Vaya refinamiento.
—Parece que está algo resfriada…
—Sí. Estoy segura de que ha cogido frío y le duele la garganta. Cuando uno coge frío le entra una tos de lo más honorable.
Como era de esperar en la criada de la decimotercera viuda del shogun, sobrina de no sé quién, era muy rápida con los honoríficos.
—Además, desde hace un tiempo vengo escuchando que hay una cosa que llaman tisis…
—En estos tiempos hay que ser muy cuidadoso. Esas enfermedades como la tuberculosis o la peste negra aumentan escandalosamente entre la población.
—Cosas así no existían en la época del shogunato, así que habrá que tener cuidado también con ella.
—¿Habla usted en serio, señora? —preguntó la criada impresionada.
—No sé cómo ha podido resfriarse si casi no sale fuera…
—No. Pero últimamente frecuenta malas compañías —dijo la criada como si estuviera revelando un secreto de Estado.
—¿Mala compañías?
—Sí, señora. Ese gato apestoso de la casa del maestro en la calle principal.
—¿Se refiere a ese profesor que hace esos ruidos horribles por las mañanas?
—El mismo… Ése que cuando se lava la cara por la mañana canta que parece un ganso al que estuvieran estrangulando.
Eso: un ganso ahogándose. Eso es lo que mi amo parecía al levantarse. Hay que decir que cada mañana, cuando mi amo se enjuaga la boca en el cuarto de baño, tiene la fea pero arraigada costumbre de entonar unos extraños gorgoritos, muy desagradables y ciertamente poco ceremoniosos, a la vez que se golpea la garganta con el cepillo de dientes. Si está de mal humor, estoy convencido de que grazna por pura venganza contra el mundo. Si está de buen humor, lo hace incluso más vigorosamente, para mostrar así que su ánimo es exultante. Según su mujer, no fue hasta mudarse a aquella casa cuando adoptó esa costumbre tan molesta. Desde que se instalaron en la casa, no falla un día en que no ensaye sus gorgoritos. Se trata de un hábito exasperante. Nosotros, los gatos, no somos capaces de imaginar qué le lleva a hacer algo así. Pero bueno, lo dejamos pasar. Lo que no pude dejar pasar, desde luego, fue ese calificativo que se me asignó de «gato apestoso». Continué escuchando con disimulo:
—¿Cómo puede hacer algo así? En la época del shogunato incluso un lacayo o un mozo de cuerda sabían cómo comportarse convenientemente. Y es más, en una zona residencial como esta no había nadie a quien se le ocurriera lavarse de esa forma. —La señora estaba un tanto indignada.
—Estoy segura de que a nadie se le ocurría por entonces, señora, tiene razón.
Esta criada era muy influenciable. Y además, tenía tendencia a usar el término «señora» con demasiada discrecionalidad.
—Con un amo como ése, ¿qué se puede esperar del gato? Sólo puede ser un golfo. Así que si se le ocurre volver a meter la nariz por aquí, dele un golpe.
—Tenga por seguro, señora, que le arrearé un buen golpe. Seguro que la pobre Mikeko está enferma por su culpa. No se preocupe, tendrá su escarmiento.
¡Qué falsas eran esas acusaciones! Pero juzgué que de ahora en adelante se volvería realmente peligroso rondar por ahí, así que me marché a casa sin poder ver a Mikeko.
Cuando regresé encontré al maestro en el estudio. Estaba imbuido en algún tipo de escritura con pincel. Si le hubiera dicho lo que se decía de él en la casa de la mujer del arpa japonesa, se habría cogido un enorme berrinche. Pero, como dice la gente, la ignorancia es plácida. Y ahí estaba él, sentado como un poeta místico, gimiendo teatralmente.
En ese preciso momento apareció Meitei, el mismito que un momento antes había declarado en su carta de Año Nuevo que estaría muy ocupado durante una temporada:
—¿Estás componiendo un poema en el Estilo Nuevo, amigo mío? Enséñamelo. Seguramente será interesantísimo.
—Oh, no. Es un fragmento de prosa. Y bastante impresionante, diría yo. Estoy pensando en traducirla —contestó el maestro, imperturbable.
—¿Prosa? ¿Prosa de quién?
—Pues no sé muy bien de quién.
—Ya veo. Umm… Un autor anónimo, eso es. Entre los autores anónimos hay algunos verdaderamente notables. Bien. No hay que despreciarlos. ¿Dónde lo encontraste? Quizás te pueda ayudar.
—El Libro de Lecturas de Segundo… —contestó el maestro haciendo gala de una serenidad imperturbable.
—¿Qué dices del Libro de Lecturas de Segundo? ¿Eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?
—Lo que tiene que ver es que en el Libro de Lecturas de Segundo es donde aparece la pieza tan bella y delicada que estoy traduciendo.
—¡Deja de decir estupideces! Ah, ya sé… Supongo que se trata de una de tus jugadas. Seguro que querrás vengarte del asunto de las lenguas de pavo…
—Yo no soy un fanfarrón, como tú —repuso el maestro mientras se retorcía el bigote guardando perfectamente la compostura.
—En una ocasión alguien le preguntó al maestro Sanyo si últimamente había leído algo interesante en prosa. Entonces, este famoso erudito de los clásicos chinos respondió: «Bueno. He leído una carta de cobro en la que un mozo de caballos reclama una deuda. Ciertamente es la pieza en prosa que más me ha llamado la atención en los últimos tiempos». Su ojo para lo bello, al contrario de lo que yo me imaginaba, era bastante fino. Lee la pieza si te parece, y yo haré la crítica —dijo Meitei como si él mismo fuera el creador de todas las teorías estéticas.
El maestro comenzó a leer con la misma voz con la que un sacerdote Zen leería un testamento en el templo Daitokuji.[11]
—«Gravitación colosal» —entonó.
—¿Qué diablos quiere decir «gravitación colosal»?
—Es el título.
—Un título extraño. No lo entiendo.
—La idea es que hay un coloso que se llama Gravitación…
—Una idea poco razonable, pero como está en el título, lo dejaré pasar. De acuerdo, sigue con el texto. Tienes buena voz, eso lo hace interesante.
—Está bien. Pero no más interrupciones. —Una vez expuso sus condiciones, el maestro retomó la lectura:
Kate miró por la ventana. Los niños estaban jugando a la pelota. Cada vez que la lanzaban al aire, la pelota subía y subía hacia el cielo, y después de un momento, bajaba. La volvieron a lanzar de nuevo: dos, tres veces. Y por muy alto que la lanzaban, la pelota volvía a caer. Kate se preguntó en voz alta por qué la pelota caía en lugar de subir y subir, hasta alcanzar las nubes. «Es porque hay un gigante que vive en la tierra», contestó su madre. Es el gigante Gravitación. Es tremendamente fuerte. Tira de todas las cosas hacia él. Tira de los edificios hacia la tierra. Si no lo hiciera saldrían volando. Los niños también saldrían volando. ¿No has visto las hojas que caen de los árboles? Eso es porque el gigante las está llamando. Así que la próxima vez que se te caiga un libro al suelo, piensa que es porque el gigante te lo reclama para leerlo.
—¿Eso es todo?
—Sí. ¿No te parece bueno?
—De acuerdo, tú ganas. No esperaba un regalito como éste por lo de las albóndregas.
—Qué regalito ni qué niño muerto. No es un regalito ni nada por el estilo. Lo he traducido porque me parece muy bueno. ¿No te parece bueno?
El maestro clavó su mirada en las gafas doradas de Meitei.
—¡Vaya sorpresa! Pensar que tienes ese talento… ¡Bien, bien! Realmente esta vez me has dejado impresionado. Me quito el sombrero. —Sólo Meitei era capaz de entender lo que estaba diciendo, y hablaba para sí. La situación sobrepasaba al maestro.
—No es mi intención que te quites el sombrero. No lo traduje para impresionarte. Simplemente porque me pareció una pieza interesante.
—En efecto, de lo más interesante. Me rindo. ¡Vaya! Me siento insignificante ante tu logro.
—No tienes por qué. Desde que he abandonado la acuarela, hace ya un tiempo, he decidido que lo mío es escribir.
—Y en comparación con tus acuarelas, que, por cierto, no mostraban el más mínimo sentido de la perspectiva, no apreciaban las diferencias de tono, he de decir que tu escritura es sencillamente espléndida. Estoy verdaderamente sorprendido.
—Esas palabras tuyas de alabanza me hacen sentir bien —dijo el maestro.
En ese momento, hizo su entrada Kangetsu, con su parco saludo habitual:
—Buenas.
—Hola. Acabo de escuchar una excelente frase. El espíritu de las albóndregas ha pasado a mejor vida —dijo Meitei obtusamente y de manera incomprensible.
—¿En serio? —respondió Kangetsu de manera igualmente incomprensible. Sólo el maestro parecía no compartir el sentido del humor reinante.
—Vaya, Kangetsu —dijo—. El otro día vino a verme de tu parte un hombre llamado Ōchi Toito.
—¿De verdad? Es una persona honesta, algo infrecuente en estos tiempos. Pero tiene algo raro… Temía que pudiera causarle alguna molestia. Me insistió tanto en que le permitiera venir a verle…
—No me causó ninguna molestia, no has de preocuparte.
—¿Y no intentó darle explicaciones sobre su nombre durante la visita?
—No. No dijo ni una palabra sobre ello.
—¿No? Pues cada vez que visita a alguien por primera vez tiene la costumbre de empezar a explicar por qué se llama así.
—¿Y alguien tendrá la amabilidad de explicarme qué diablos tiene de particular ese nombre? —exclamó Meitei, que había estado esperando una oportunidad de meter baza.
—Ya saben. Se enfada mucho cuando alguien le llama Coito en lugar de Toito. En fin, cuando leen su nombre a la manera japonesa…
—Qué extraño… —dijo Meitei mientras extraía algo de tabaco de su tabaquera de cuero con ribetes dorados.
—Cuando eso sucede invariablemente remarca que no es Coito, a la manera japonesa, sino Toito, a la china.
—Qué extraño… —repitió Meitei inhalando el tabaco hasta lo que parecía ser lo más profundo de su ser.
—Eso proviene de su pasión por la literatura. Le encanta cómo suena su nombre, está inexplicablemente orgulloso de él. Así que cuando alguien le llama de modo incorrecto se molesta mucho, pues no logra el efecto que él pretende.
—Es realmente extraordinario… —Cada vez más interesado, Meitei extrajo el humo de las profundidades e intentó darle salida a través de sus orificios nasales. Sin embargo, en su largo camino el humo se extravió por algún conducto y se quedó atascado en su esófago. Meitei agarró la pipa con la mano y empezó a toser violentamente.
—Cuando estuvo aquí el otro día, Toito me contó que actuaba en el papel de un barquero en una obra representada por su Sociedad de Lectura, y que un grupo de chicas se había mofado de él —contó el maestro entre risas.
—¡Ah, vaya! Así que se trata de eso —Meitei empezó a dar golpecitos a su pipa contra las rodillas. Aquello ciertamente me ponía en una situación realmente peligrosa. Me aparté un poco de él.
—¡La Sociedad de Lectura! Ahora lo entiendo. El otro día, cuando fuimos a comer las albóndregas, me lo mencionó de pasada. Me dijo que celebrarían su segunda gran representación en breve, y que invitarían a literatos bien conocidos. Por cierto, a mí también me invitó. Cuando le pregunté si intentarían representar de nuevo otro drama de Chikamatsu, me dijo que no, que habían decidido empezar con obras modernas, en concreto con El demonio dorado, de Kōyō Ozaki.[12] Le pregunté qué papel haría y me dijo que el de Omiya. ¡El protagonista, nada menos! Desde luego merecerá la pena ver a Toito en el papel de Omiya. Estoy decidido a asistir, necesita nuestro apoyo.
—Tiene pinta de ser interesante —dijo Kangetsu al tiempo que se reía de una forma enigmática.
—Pero es totalmente sincero y eso le honra. No es cuestión de frivolizar sobre él, como por otro lado hace Meitei.
El maestro se estaba tomando la revancha de una sola vez por lo de Andrea del Sarto, por las lenguas de pavo y por lo de las albóndregas. Meitei fingió no enterarse.
—Bueno, será que yo soy un zurrumbático.
—Pues más o menos —observó el maestro, aunque no acababa de ser consciente del sofisticado método que usaba Meitei para dejarle en evidencia como un gran simplón. No en vano había sido maestro de escuela durante años. Era muy hábil dando evasivas, y su amplia experiencia en el mundo de la enseñanza le era de mucha utilidad en los momentos más inoportunos.
—¿Qué es un zurrumbático? —preguntó Kangetsu.
El maestro miró hacia la alcoba y esquivó la pregunta diciendo:
—Esos narcisos de ahí son bonitos. Y mira que están durando. Los traje el otro día, por Año Nuevo, cuando regresaba del baño público.
—Eso me recuerda lo que me pasó a finales de año. A fe que fue una de las más extraordinarias experiencias que he tenido en mi vida —dijo Meitei mientras volteaba la pipa.
—Cuéntala. —El maestro, confiado en que había dejado liquidado el asunto del zurrumbático, hizo una mueca de alivio. Entonces Meitei empezó a narrar esa anécdota que él consideraba tan extraordinaria.
—Si no recuerdo mal ocurrió el 27 de diciembre. Toito me avisó de que le gustaría venir a visitarme para consultarme algunas cuestiones literarias. Le estuve esperando toda la mañana, pero se retrasaba. Almorcé y me senté junto al brasero a leer los textos cómicos de Barry Pain,[13] cuando de pronto llegó una carta de mi madre, que vive en Shizuoka. Como todas las madres, piensa que todavía soy un crío; no para de darme todo tipo de consejos: que si no debo andar por ahí de noche porque hace mucho frío, que si no debo bañarme si la habitación no está caldeada o me moriré de un resfriado… Le debemos tanto a nuestros padres… ¿Quién sino ellos pensaría en nosotros con tal desinterés y entrega? La verdad es que yo me tomo las cosas que me dice bastante a la ligera, pero esta vez la lectura de su carta me afectó profundamente. Me arrepentí de llevar una vida tan irresponsable, y de estar tirándola por la borda. Pensé que mi familia se merecía el honor de que yo escribiera una obra maestra de la literatura, o algo por el estilo. Me propuse lograr, antes de que mi madre muriera, que el nombre de Meitei fuese reconocido como el de uno de los maestros literarios de la época Meiji. Continué con la lectura de la carta: «Eres muy afortunado», me decía. «Mientras tantos jóvenes de tu edad sufren las penalidades de la guerra contra Rusia, tú andas por ahí divirtiéndote lo mismo para el final del año que para el principio del nuevo.» En realidad, queridos amigos, no soy tan dichoso como piensa mi madre. Pero lo cierto es que la carta incluía un listado de los nombres de mis compañeros de clase caídos en combate. Eso me hizo pensar que el mundo era horrible y la vida humana fútil. Mi madre terminaba su carta diciendo: «Como ya estoy muy mayor, es muy posible que este sea mi último Año Nuevo…». Como os podréis imaginar esa afirmación me deprimió profundamente. Estaba ansioso por que Toito llegase cuanto antes, pero no acababa de venir. Y ya era casi la hora de cenar. Pensé en contestar a mi madre, así que rellené un papel con una docena de líneas. Cierto es que la carta de mi madre era mucho más extensa que la mía, pero yo nunca he sido capaz de explayarme por escrito, así que suelo despacharme normalmente con unas pocas frases. Como había estado sentado todo el día, empecé a sentir el estómago revuelto y pesado. Si Toito venía, que me esperase. Salí a dar un paseo, y así de paso me acercaría hasta el buzón.
»Ocurrió que en lugar de ir por Fujimicho, que suele ser mi camino habitual, y embebido como estaba en mis pensamientos, fui sin saberlo por el camino de Dotesanbanchō, ya sabéis, el del tercer dique. Estaba algo nublado y soplaba un fuerte viento. Hacía un frío terrible. Un tren que venía de Kagurazaka pasó pitando por la parte baja de la ribera. Me sentí muy solo. El fin de año, todos esos caídos en el campo de batalla, la vejez, la inseguridad de la vida… Un montón de pensamientos se me agolparon de repente en la cabeza. A veces hablamos de suicidio. Pero es en ocasiones como ésta cuando uno se siente tentado de acabar con su vida realmente. En esas estaba yo, absorto en mis elucubraciones, cuando de repente alcé mi mirada, y lo vi ante mí, en la parte alta de la ribera. Era el pino. El auténtico y genuino pino.
—¿El auténtico y genuino pino? —preguntó el maestro.
—El pino de los ahorcados —explicó Meitei.
—¿No estaba ese pino de los ahorcados en Kōnodai? —preguntó Kangestsu.
—¡El pino de Kōnodai es para colgar campanas! El pino de Dotesanbanchō, al que me refiero yo, ése es para los ahorcados. La razón por la que tiene ese nombre se debe a una antigua leyenda que dice que todos aquellos que se ponen debajo de él, sienten al momento la tentación de colgarse. A pesar de que por allí hay una docena de pinos, es en ése en concreto donde siempre encuentran un cuerpo balanceándose. Os puedo asegurar que todos los años suelen ahorcarse en él dos o tres personas. De hecho, sería impensable ir hasta allí y luego ahorcarse en otro pino. Y en esas estaba, subyugado por la visión del árbol, me di cuenta de que una de las ramas se descolgaba muy convenientemente hacia el pavimento. ¡Qué rama tan tentadora! Sería una lástima dejarla así, sin hacer nada. Un cuerpo debía colgar de ella. Por desgracia no había nadie más en los alrededores. ¿Debía colgarme yo? No, no… Si me colgaba, perdería mi vida. Demasiado peligroso. Una vez escuché una historia que hablaba de los antiguos griegos. Daban banquetes y organizaban demostraciones sobre cómo ahorcarse convenientemente y sin peligro. Un hombre se subía a un taburete y otro le pasaba una cuerda con un nudo corredizo por el cuello. Entonces, venía otro y retiraba el taburete y con el peso del cuerpo, el nudo corredizo se aflojaba sin causarle daño. Si esa historia era cierta, no había motivo para estar asustado. Pensé que podría intentarlo yo mismo, así que posé la mano en la rama y comprobé que se balanceaba de una forma bastante apropiada. En efecto, la manera en que se balanceaba resultaba muy estética. Me sentí muy feliz imaginándome a mí mismo colgando de la rama, y pensé que al menos debía intentarlo. Pero de pronto me di cuenta de que Toito estaría esperándome. Volvería a casa para mantener con Toito la conversación pendiente, y después me acercaría otra vez hasta allí. Así que tomé el camino de vuelta a mi casa.
—¡Ah, vaya! ¿Y ese es el final feliz de tu historia? —preguntó el maestro.
—Muy interesante —dijo Kangetsu sonriendo.
—Cuando llegué a casa, vi que Toito no había venido. En su lugar encontré una nota en la que decía que un suceso inesperado le impedía acudir a nuestra cita. Añadía que intentaría encontrar el momento para venir a visitarme pronto. Me sentí aliviado y feliz. Ahora podía volver al pino y colgarme sin más pronunciamientos. No tenía excusa. Salí corriendo hacia el lugar donde estaba el pino y entonces…
Se detuvo con un aire despreocupado y miró fijamente al maestro y a Kangetsu.
—¿Y entonces qué pasó? —preguntó impaciente el maestro.
—Hemos llegado al clímax de la historia —dijo Kangetsu mientras retorcía los hilos de su abrigo.
—Entonces vi que alguien se me había adelantado y se había colgado antes que yo. Sentí que, por unos segundos, probablemente había perdido mi oportunidad. Ahora veo que en aquellos momentos había estado en manos del dios de la muerte. William James, ese eminente filósofo, no hubiera dudado en explicar que la región de la muerte en mi inconsciente y el mundo real en el que, de hecho, existo, debieron interactuar de acuerdo a algún tipo de ley de causa y efecto. Realmente fue algo extraordinario, ¿no creéis?
El maestro debió de pensar que le habían vuelto a tomar el pelo y se limitó a guardar silencio mientras masticaba incoherentemente un trozo de pastel con mermelada de judías. Kangetsu removía con cuidado las cenizas del brasero con la cabeza inclinada hacia abajo y sonreía. De pronto, comenzó a hablar en un tono muy tranquilo:
—Es una cosa tan rara, que me parece increíble. Sin embargo yo tuve recientemente una experiencia parecida, así que le creo, sin lugar a dudas.
—¿Qué? ¿Tú también tenías ganas de ahorcarte?
—No, mi historia no va sobre ahorcados. Pero es de lo más extraña, porque tuvo lugar a finales de año, en los mismos días en que ocurrió la anécdota que acaba de narrar Meitei.
—Interesante… —respondió éste llevándose un trozo de pastel a la boca.
—Ese día hubo una fiesta de fin de año y con tal motivo se celebró un concierto en la casa de un amigo mío en Mukōjima. Y allí acudí yo con mi violín. Fue una gran fiesta, habría quince o dieciséis mujeres solteras, y también casadas. Estaba todo tan perfectamente organizado que tengo la impresión de que fue la mejor fiesta a la que había asistido en los últimos tiempos. Cuando acabó la cena y el concierto, nos quedamos hablando hasta bien entrada la noche. Me disponía a marcharme cuando se me acercó la mujer de un doctor y me susurró que se había enterado de que una señorita a la que yo conocía había enfermado. El hecho es que unos días antes, cuando vi por última vez a esa señorita, su salud era completamente normal, así que me sorprendió bastante recibir esa mala noticia. Cuando le pedí más detalles me enteré de que la misma tarde que estuvimos juntos se empezó a sentir mal, y cayó en la cama con fiebre. Según parece por causa de su delirio febril, hablaba sin parar y decía cosas sin sentido, y entre todas ellas no paraba de repetir mi nombre.
Ni el maestro ni Meitei se atrevieron a hacer el más mínimo comentario irónico. Escuchaban en silencio.
—Llamaron a un médico para que la examinara y el diagnóstico fue desconcertante: se trataba de una enfermedad desconocida. La fiebre le estaba afectando al cerebro y su vida corría un grave riesgo a menos que los somníferos que le iba a administrar surtieran el efecto deseado. Tan pronto como me enteré de todos los detalles empecé a sentirme muy mal, como si estuviera en medio de una pesadilla, como si el aire que me rodeaba se me hubiera solidificado alrededor del cuerpo. En el camino de vuelta a casa no me podía quitar su imagen de la cabeza: la preciosa señorita, tan sana, tan guapa y esbelta…
—Un momento, por favor. Has mencionado dos veces ya a esa señorita. Si no tienes inconveniente, nos gustaría saber su nombre, ¿es posible? —preguntó Meitei, y luego miró al maestro para confirmar su interés. Pero éste sólo respondió con un evasivo «Humm».
—No. No les diré su nombre puesto que eso podría comprometerla —contestó Kangetsu.
—Entonces, ¿va a seguir contando su historia en unos términos tan vagos, ambiguos y poco comprometedores? —insistió Meitei.
—No deberían burlarse. Es una historia seria. En todo caso, pensar en esa joven sufriendo de esa manera me provocaba mucho dolor y me hacía pensar todo el tiempo en lo efímero de la vida. Me sentía muy abatido como si todo rastro de vitalidad hubiera abandonado mi cuerpo. Fui por ahí dando tumbos hasta que llegué al puente de Azuma. Me apoyé en el pretil y miré hacia abajo, hacia las negras aguas, no sé si de marea baja o alta, que parecían estar coagulándose bajo mis pies, y que apenas se movían. Un rickshaw que venía de Hanakawado pasó junto a mí. Miré su lamparilla y observé como cada vez se hacía más pequeña hasta llegar a desaparecer a la altura de la fábrica de cervezas Sapporo. Miré otra vez al agua. En ese momento escuché una voz que desde la corriente parecía pronunciar mi nombre. Que alguien me estuviera llamando a esas horas de la noche y en ese lugar era algo harto improbable. Me preguntaba quién podría ser. Miré de nuevo en dirección al agua pero no pude ver nada en la oscuridad. Pensaba que había sido mi imaginación y decidí volverme a casa, pero, de pronto, la voz volvió a llamarme por mi nombre. Me quedé quieto como una estatua y agucé el oído. Cuando escuché la voz por tercera vez noté que las piernas me empezaban a temblar a pesar de que estaba bien agarrado al pretil. La voz parecía venir de muy lejos, como del fondo del río y, sin duda, era la voz de la señorita. Le respondí con un «sí» tan fuerte que rebotó contra las aguas y el eco me devolvió mi propia voz. Sorprendido, me di la vuelta y eché un vistazo a mi alrededor. No había nadie, ni un perro vagabundo, ni siquiera había luna en el cielo. En ese preciso momento sentí el impulso de sumergirme en las negras aguas del río. Una vez más la voz de la señorita me taladró los oídos y esta vez sonaba como si estuviera pidiéndome ayuda, en medio de un gran sufrimiento. Grité «voy» desde el pretil y miré hacia las oscuras profundidades. La voz surgía con fuerza del propio seno de las olas. Pensaba que el origen de aquel lamento debía de estar en el agua, justo debajo de mí y trepé hasta ponerme de pie sobre el pretil. Estaba decidido a saltar si la voz me volvía a llamar. Y, efectivamente, una vez más su rumor llegó hasta mis oídos. Ahora es el momento, pensé, y salté cerrando los ojos con fuerza. Me dejé caer a plomo.
—¿Así que finalmente te tiraste? —preguntó el maestro sorprendido.
—Nunca pensé que llegarías tan lejos… —dijo Meitei mientras se rascaba la punta de la nariz.
—Tras el salto me quedé inconsciente y durante unos instantes me pareció estar viviendo en un sueño. Pero de pronto me desperté, sentí frío y me di cuenta de que no estaba mojado ni había tragado agua. Estaba seguro de haberme sumergido. ¡Qué extraño! Me daba cuenta de que algo raro había pasado y al darme la vuelta me llevé una gran sorpresa. Quería saltar al agua, pero extrañamente estaba allí, en medio de la calzada. Me sentí fatal. Por equivocación había saltado hacia atrás en lugar de hacerlo hacia delante. Así que, apesadumbrado, comprendí que había perdido mi ocasión de responder a aquella voz que me convocaba.
Mientra hablaba, Kangetsu jugueteaba sin parar con el cordón de su haori de una manera un tanto irritante.
—¡Ja, ja, ja! Qué cosa tan cómica. ¡Saltaste hacia atrás! Es extraño que tu experiencia se parezca tanto a la mía. Esto también se podría utilizar en apoyo de las teorías de William James. Si, al hilo de estas dos anécdotas, escribieses un artículo titulado «La respuesta humana», todo el mundillo literario se quedaría boquiabierto. Pero dinos, ¿qué pasó finalmente con la señorita? —preguntó Meitei.
—Cuando unos días más tarde pasé por su casa, estaba jugando al bádminton con su criada, así que supongo que se habría recobrado totalmente de su dolencia.
El maestro había permanecido todo el tiempo en silencio, pero finalmente se decidió a hablar. Adoptando un tono de innecesaria rivalidad dijo:
—Yo también tengo una historia.
—¿Qué tienes qué? —replicó Meitei sorprendido por el hecho de que alguien tan insulso como el maestro también tuviera experiencias que relatar.
—También tuvo lugar a finales de año.
—¡Vaya coincidencia! También a finales de año, mira qué casualidad —señaló con sorna Kangetsu. Estaba comiendo pastel de judías y un trozo se le había quedado adherido en el hueco que dejaba su diente roto.
—Y seguro que tuvo lugar el mismo día y en el mismo momento… —añadió Meitei.
—No. La fecha es otra. Debió de ocurrir alrededor del día veinte. Mi mujer me había pedido unos días antes que la llevara al teatro como regalo de Año Nuevo. No podía negarme, naturalmente, y le pregunté por el programa. Miró el periódico y vio que aquel día representaban Unagidani.[14] «Mejor no vamos hoy. No me gusta esa obra», le dije. Así que ese día no fuimos. Al día siguiente mi mujer vino de nuevo con el periódico y dijo: «Hoy representan El hombre mono de Horikawa, esa seguro que te apetece». Pero yo le dije: «Mejor no. Creo que esa obra es muy frívola. Y además, se representa sólo con el shamisen. No me apetece tirarme toda la tarde escuchando una mandolina. Para mí no tiene sentido». Mi mujer se marchó entonces. Se la veía bastante decepcionada. Al día siguiente volvió a insistir: «Querido, en el programa de hoy está prevista la representación de El templo de los treinta y tres pilares. Seguro que te parecerá tan poco conveniente, o tan poco interesante como todas las demás. Pero se trata de mí, así que al menos deberías ser capaz de acompañarme». Le respondí: «Si quieres ir tan desesperadamente, no te preocupes, iremos. Pero como la obra se ha anunciado en todas partes y no hemos reservado con antelación, es probable que el teatro esté lleno y no sea posible entrar. Para empezar, y con el fin de lograr el objetivo deseado, creo que es necesario establecer un procedimiento de actuación. Hay que ir a la sala de té del teatro y negociar la reserva de un par de asientos. Si no lo haces así, es virtualmente imposible ir al teatro en esta ciudad. No puedes saltarte alegremente el método, así de simple. Así que lo siento, querida, pero hoy tampoco podemos ir». Mi mujer me miró iracunda: «Vaya. Así que como sólo soy una mujer, y debo de ser tonta, además, crees que no seré capaz de comprender lo complicado que es adquirir una entrada para el teatro. Pero has de saber que la madre de Ohara y Kimiyo Suzuki han conseguido entrada sin todas esas formalidades de las que tú hablas, y les ha resultado bastante fácil. Tú eres un maestro de escuela y seguro que no tienes que complicar las cosas hasta ese extremo sólo por ir al teatro. ¡Eres sencillamente insoportable…!», y rompió a llorar. Me rendí: «De acuerdo. Iremos al teatro, aunque luego no me eches la culpa cuando no podamos entrar. Cenaremos pronto y cogeremos el tranvía». De pronto, se animó: «De acuerdo, pero si vamos tenemos que llegar antes de las cuatro. No podemos entretenernos». Cuando le pregunté por qué teníamos que estar allí antes de las cuatro, me dijo que así se lo había dicho Kimiyo. Si llegábamos más tarde era muy probable que los asientos estuvieran ya ocupados. Yo insistí: «O sea, que si llegamos después de las cuatro ya no habrá asientos». «No podemos llegar tarde», zanjó ella. Fue entonces cuando empezaron los escalofríos.
—¿Escalofríos? ¿Su mujer empezó a sentir escalofríos? —preguntó Kangestsu, alarmado.
—No, imbécil. Mi mujer no. Ella estaba tremendamente contenta. Fui yo quien empezó a sentirse como un balón hinchado. Casi no podía moverme.
—Una enfermedad súbita —señaló Meitei.
—Es terrible. ¿Qué podía hacer? Quería satisfacer los deseos de mi mujer. Era lo único que me había pedido en todo el año. Yo no hacía más que reprenderla, despreciarla con mis silencios, o enfadarme con ella por los gastos de la casa, o insistirla en que tuviera más cuidado en la educación de las niñas. Hasta ese día nunca la había recompensado por todos sus esfuerzos en la vida doméstica. Pero en ese momento, por suerte, tenía tiempo y dinero para que pudiéramos darnos un capricho. Podía sacarla de vez en cuando por ahí. Quería hacer feliz a mi mujer. Pero cuanto más me convencía de que debíamos salir, más escalofríos me entraban. No podía ni siquiera dar un paso para llegar a la escalera de casa. ¡Como para pensar en subir al tranvía! Cuanta más pena sentía por ella, más aumentaban los escalofríos y peor me encontraba. Pensé que si llamaba al médico y me recetaba algún medicamento, quizás podría recuperarme antes de las cuatro. Lo hablé con mi mujer y mandamos a buscar al doctor Amaki. Por desgracia, había estado de guardia nocturna en el hospital de la universidad y todavía no había vuelto. Sin embargo, nos aseguraron que sobre las dos estaría de vuelta y tan pronto como llegase, vendría a casa a visitarme. ¡Qué molestia! Si al menos hubiera podido tomar algún tipo de sedante, seguramente me habría curado antes de las cuatro. Pero cuando las cosas se ponen feas, nada sale como debería. Y allí estaba yo, postrado, enfermo, justo en el preciso momento en que me había decidido a hacer feliz a mi mujer y compartir con ella mi alegría. Parecía que, lamentablemente, no podría cumplir sus expectativas. Mi mujer me miró con cara de reproche y me preguntó si realmente quería ir al teatro. «Iré. Seguro que iré, no te preocupes. Estoy seguro de que a las cuatro ya estaré bien. Lávate, ponte tus mejores galas y espérame». Los escalofríos se recrudecieron. Cada vez estaba más mareado. Aquello iba de mal en peor. A menos que me recuperase para las cuatro y cumpliese la promesa dada, no sabía qué podía pasar con mi mujer. Ya sabéis el carácter que tiene. Mal asunto. ¿Qué podía hacer? Estaba seguro de que ocurriría lo peor, y empecé a pensar en mi deber de marido para explicar a mi mujer, ahora que todavía estaba en plena posesión de mis facultades mentales, las pavorosas verdades concernientes a la mortalidad y a las vicisitudes de la vida. Por si sucedía lo peor, ella debía estar preparada para superar el trance y sobreponerse a su aflicción. La llamé inmediatamente a mi estudio y le dije: «Querida, a pesar de que seas una mujer, y de que seas tan simple, quiero compartir contigo un refrán que suelen repetir en occidente en situaciones de aflicción como ésta: Many a slip twist the cup and the lip».[15] Se puso furiosa. «¿Cómo pretendes que entienda lo que dices si sabes perfectamente que no hablo ni una palabra de inglés? Tú lo que estás intentando es volverme loca. Vale, no hablo inglés. Pero si tanto te gusta ese idioma, ¿por qué diablos no te has casado con una de esas chicas de la Escuela Cristiana? Nunca he conocido a nadie, a nadie tan cruel como tú». A la vista de aquella reacción tan extemporánea, mis amables sentimientos, mi ansiedad de marido que lo único que quiere es preparar a su esposa para lo peor, se vinieron abajo. Me gustaría que entendieseis que no utilicé el inglés con malicia. Las palabras salieron solas de mis labios, como una muestra de amor a mi mujer. Por tanto, su errónea interpretación de los motivos que me impulsaban a hablarle así, hizo que me embargara un sentimiento de desamparo. Además, tenía la mente confusa por culpa de los escalofríos y del mareo, y estaba destrozado por los esfuerzos de intentar explicarle la verdad sobre la muerte y la naturaleza de las vicisitudes de la vida. Esa fue la razón por la cual, de manera inconsciente y olvidando que mi mujer no hablaba inglés, le solté aquel refrán para darme cuenta, casi inmediatamente, de que me había equivocado. Fue culpa mía, lo reconozco. Como resultado de mi error, los escalofríos intensificaron su violencia y el mareo aumentó de manera vertiginosa. Mi mujer siguió mis indicaciones y fue al cuarto de baño a arreglarse. Se puso su mejor kimono, que tenía guardado primorosamente en el armario. Su actitud evidenciaba que estaba lista para salir, así que sólo quedaba que yo lo estuviese también. Empecé a sudar copiosamente. Miré el reloj deseando que apareciese el doctor Amaki. Vi que eran las tres en punto. Sólo faltaba una hora para que nos tuviéramos que ir. Mi mujer abrió las puertas correderas del estudio y preguntó si nos podíamos ir ya. Puede parecer tonto que uno diga esto de su propia mujer, pero en ese momento me pareció una belleza. Su piel, lavada con jabón, brillaba en maravilloso contraste con la oscuridad de su kimono. Su cara refulgía tanto interna como externamente, debido en parte a la acción del jabón, y en parte a la ilusión que tenía por ver a su compañía teatral favorita. Pensé que debía ir pasara lo que pasara para satisfacerla. «Está bien, quizás deba hacer ese terrible esfuerzo y salir», pensaba mientras encendía un cigarro. En estas llegó el doctor Amaki. ¡Estupendo! Cuando uno se lo propone, las cosas se enderezan. El doctor me hizo un examen en profundidad. Observó mi lengua, me tomó el pulso, golpeó mi pecho y mi espalda, me dio la vuelta a los párpados, me palpó el cráneo y, finalmente, se quedó pensativo durante un instante. Le dije: «Me da la impresión de que es algo malo», pero él contestó: «No creo que sea nada serio». «Imagino que no pasará nada porque salga un rato», sugirió mi mujer. «Déjeme ver…», el doctor Amaki volvió a sumergirse en las profundidades de su pensamiento sólo para volver y decir: «Bueno. Si no se siente mal…». «Pero es que me siento fatal», repliqué. «En ese caso le daré un sedante y un jarabe», dijo. «¡Oh, sí, por favor! Se trata de algo grave, ¿verdad doctor?», insistí. «No, no. Para nada. No hay nada de qué preocuparse. No debe ponerse nervioso». Y dicho esto se marchó. Ya eran las tres y media. Enviamos a la criada a por las medicinas. De acuerdo con las instrucciones de mi mujer no sólo debía correr mientras iba a la farmacia, sino que debía volver a casa volando. Ya eran las cuatro menos cuarto. Eso significaba que sólo quedaban quince minutos para nuestra partida. De pronto empecé a sentirme peor. Sucedió de forma totalmente repentina. Mi mujer disolvió la medicina en una taza y la puso delante de mí, pero tan pronto como pretendía tomarla, noté que algo extraño se revolvía en mis entrañas. «Vamos, bébetelo. Rápido», me urgía mi mujer. En efecto, debía tomármelo rápido y salir igual de rápido. Reuniendo todo mi coraje, me acerqué la taza a los labios e intenté beber, pero de pronto un enorme retortijón separó la medicina de mí. En este proceso de acercarme la taza para beber y verme forzado a desistir una y otra vez, dieron las cuatro en punto. No podía demorarme más y levanté la taza una última vez. Sabéis, en ese momento sucedió algo verdaderamente extraño. Diría que una de las cosas más inexplicables de mi vida. Tan pronto como sonó la cuarta campanada del reloj, la dolencia desapareció y pude al fin tomarme la medicina sin mayor problema. Y alrededor de las cuatro y diez los escalofríos y el mareo desaparecieron. Aquí debo añadir que fue en ese momento cuando me di cuenta del gran científico que tenemos en el doctor Amaki. Hasta ese momento había pensado que la enfermedad duraría días, pero para mi sorpresa me di cuenta de me había curado totalmente.
—¿Y al final fuisteis al teatro? —preguntó Meitei con cara de no pillar del todo el hilo de la historia.
—Queríamos haber ido, pero ya sabéis: mi mujer decía que ya eran las cuatro, y que cualquiera encontraba sitio libre a aquellas horas. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Al final nos quedamos en casa. Si el doctor Amaki hubiese venido sólo quince minutos antes, podría haber mantenido mi promesa. ¡Fue justo por quince minutos! Estaba angustiado. Incluso ahora, cuando pienso en lo estrecho de aquel margen de tiempo, vuelvo a angustiarme sin remisión.
El maestro una vez concluyó su mezquina historia, se las arregló para aparentar ser una persona que había cumplido con su obligación. Me imagino que en el fondo nada le diferenciaba de los otros dos.
—¡Qué lástima! —dijo Kangetsu, sonriendo. Pudimos vislumbrar su diente roto.
Meitei, por su parte, dijo con una falsa ingenuidad:
—Oh, vaya. Tu mujer estará feliz de tener un marido tan considerado y entregado como tú.
Tras las puertas correderas de papel se pudo escuchar a la mujer del maestro como si se estuviera aclarando la garganta.
Escuché tranquilamente las historias sucesivas de estos tres individuos, pero éstas ni me divirtieron ni me entristecieron. Sólo puedo llegar a la conclusión de que los seres humanos no valen para nada, excepto para el uso estruendoso que hacen de su boca con el fin único y exclusivo de matar el tiempo, contando historias sin gracia y riéndose de cosas que no son divertidas. Sé desde hace mucho del egoísmo y de la estrechez de miras del maestro, pero como normalmente tiene bien poco que decir, y la mitad de lo que dice no lo entiendo, tendía a disculparle. Sentía cierta precaución, cierto miedo, incluso algo de respeto hacia él, por su naturaleza inescrutable. Pero una vez escuché su historia, todas mis incertidumbres desaparecieron de golpe para convertirse en simple desprecio. ¿Por qué no podía escuchar las historias de los otros dos en silencio? ¿Qué buen propósito le podía haber llevado a contar una historia tan lamentable como esa sino el único afán de competir con sus invitados? Me pregunto si en sus portentosos escritos, Epicteto abogaba por algún tipo de acción. En resumen, el maestro, Kangetsu y Meitei son más bien como tres eremitas en un reino de paz. Han adoptado una actitud de indiferencia ante la vida, manteniéndose al margen de la gente, apartados de todo como serpientes en su nido, pero en realidad les mueven las mismas ambiciones mundanas que a todo el mundo. La necesidad de competir y la ansiedad por ganar se atisban en sus conversaciones diarias, y sólo un pelo les separa de los Filisteos, que dedicaban sus vidas a denunciar a todo el mundo sin excepción. Son animales del mismo pelaje, reconozcámoslo. Lo que, desde el humilde punto de vista de un felino, es algo de lo más despreciable. Lo único que los redime mínimamente es que su discurso e inventiva son menos aburridos que los de otras criaturas menos sutiles.
Estaba yo meditando sobre la verdadera naturaleza de la raza humana cuando sentí de pronto que la conversación de esos tres especímenes se me hacía insoportablemente aburrida, así que decidí salir a dar una vuelta por el jardín de la señora del arpa japonesa a ver si me enteraba del estado de salud de Mikeko. Era ya el 10 de enero, y habían quitado la decoración de los pinos. Desde lo alto de un cielo límpido brillaba un sol primaveral que iluminaba tierras y mares, y que hacía que incluso los pequeños jardines pareciesen mucho más vivos que tan sólo unos días antes. Había un cojín en la galería de la casa de Mikeko; las puertas correderas estaban cerradas y no se veía a nadie. Probablemente la señora se habría marchado al baño público. No me preocupaba lo más mínimo si la señora había salido o si estaba en casa, pero sí me preocupaba, y mucho, de la salud de Mikeko. Como no se veía un alma, salté a la galería con mis patas llenas de barro y me tumbé en el cojín. Me pareció comodísimo. Me entró una modorra considerable y poco a poco me fui quedando dormido. De pronto escuché unas voces tras las puertas de papel:
—¿Qué tal? ¿Ya está hecho?
La mujer del arpa japonesa había vuelto a casa.
—He tardado un poco. Fui al templo y ya lo tenían listo.
—A ver, déjame verlo. ¡Es precioso y está muy bien terminado! Con esto Mikeko seguro que descansará en paz ¿Estás segura de que el dorado no se echará a perder?
—Sí. Me he asegurado de ello. Me han dicho que como han utilizado materiales de la mejor calidad, durará más que la mayoría de las tablillas funerarias. Dijeron también que darían una última mano para que el ideograma «honor» en el nombre póstumo de Mikeko quedara escrito en cursiva.
—¿De verdad? Bueno. Pues coloquemos la tablilla en el altar familiar y hagamos la ofrenda de incienso.
Me estremecí. ¿Le había pasado algo a Mikeko? Igual había oído algo mal, así que me puse de pie sobre el cojín y escuché un tintineo familiar: ¡Ting! Luego se escuchó una invocación: «Amén Myouyoshinnyo, sálvanos Buda misericordioso y que descanse en paz». ¡Era la voz de la señora!
—Ahora reza tú también por ella.
De nuevo un ¡ting! y un Amén con la voz de la criada. Mi corazón empezó a latir violentamente. En un momento me sentí como un gato de madera; apenas podía ni pestañear.
—Una desgracia… Y pensar que en principio no era más que un resfriado…
—Quizás, si el doctor Amaki le hubiera dado algún medicamento, aún estaría entre nosotros.
—De hecho, es culpa del doctor Amaki. No prestó ninguna atención a Mikeko.
—No debes hablar así de la gente. Después de todo, a cada uno nos llegará la hora en cualquier momento…
Parecía que ese reputado doctor Amaki no sólo atendía humanos, sino que también se había hecho cargo de Mikeko.
—Una vez que todo ha terminado, yo creo que la culpa fue de ese gato callejero, ya sabes, el del maestro. La sacaba a la calle demasiado a menudo.
—Sí, ese bruto no le hizo ningún bien a Mikeko.
Me hubiera gustado excusarme, pero me daba cuenta que en este momento me convenía más ser paciente. Me contuve y seguí escuchando. Se produjo una pausa en la conversación.
—La vida no siempre discurre por donde uno quiere. Una preciosa gata como Mikeko muere en plena juventud, mientras un gato callejero como ése sigue por ahí sano y salvo, y haciendo maldades…
—Así es, en efecto, señora. Si uno buscara una persona tan encantadora como Mikeko no la encontraría ni con lupa.
La criada no dijo «otro gato», dijo «otra persona». Parece que la criada pensaba que gatos y humanos eran de la misma especie, lo cual no me extrañaba en absoluto. No había más que mirar la cara que tenía ella.
—Si en lugar de nuestra preciosa Mikeko…
—…se hubiera muerto ese salvaje gato callejero del profesor… ¡Ay! La vida habría sido más justa, señora.
Si todo hubiera ido tan bien como ellas deseaban, yo me habría encontrado en grandes dificultades, de eso estoy seguro. Como nunca he estado muerto no puedo decir si me habría gustado o no la experiencia. El otro día, por ejemplo, amaneció con un frío bastante desagradable, así que me acurruqué en el recipiente donde se colocan las brasas mientras aún conservaban su calor. La criada no se dio cuenta de que estaba allí y le colocó la tapa al recipiente. Escapé de milagro. Me estremezco sólo de pensar la agonía que habría sufrido. Shirokun, mi amiga la gata blanca, que vive enfrente, asegura que si esa agonía dura apenas unos instantes más, uno muere sin remisión. No me quejaría si hubiera muerto yo, en lugar de Mikeko, pero si para ello es imprescindible pasar por una agonía semejante, honestamente, no me preocupa mucho quedarme como estoy.
—A pesar de ser una gata ha tenido un digno funeral como Dios manda, oficiado por un monje. Y ahora ya tiene su propio nombre póstumo. No creo que ella pudiera esperar nada más por nuestra parte.
—Por supuesto que no, señora. De hecho, ha sido bendecida tres veces. La única pega que yo le pondría es que la lectura de los sutras del funeral no ha sido todo lo solemne que era de esperar.
—En efecto. Y creo que la ceremonia ha sido demasiado corta. Pero cuando se lo dije al monje ese del templo Gekkei, me contestó que había cumplido con los preceptos necesarios para asegurar la entrada de un gato en el paraíso.
—¡Madre mía! ¿Y si el gato en cuestión hubiera sido ese gato callejero que llevó a Mikeko a la tumba?
Ya he señalado en varias ocasiones que aún no tengo un nombre, pero esa mujer sigue refiriéndose a mí como «callejero». Razón de más para pensar que se trata de una criatura de lo más necia.
—Un ser tan pecaminoso, señora, no merece descansar en paz. Sin embargo, cuántos textos edificantes se han leído para salvar almas tan puras como la de Mikeko…
No tengo ni idea de cuántos cientos de veces más fui estigmatizado como gato callejero aquella tarde. Decidí dejar de escuchar aquel parloteo interminable, abandoné el cojín y salté al corredor. Agité mi cuerpo de la cola al hocico, y al tiempo encrespé cada uno de mis ochenta y ocho mil ochocientos ochenta y ocho pelos, todos a la vez. Desde aquel día no he vuelto a aventurarme por la casa de la mujer del arpa japonesa. No hay duda de que el monje del templo de Gekkei leerá ahora sutras de inadecuada solemnidad en ayuda de la señora.
Desde hace algún tiempo he notado que no tengo ni fuerzas para salir a la calle. Por alguna razón la vida me parece en extremo fatigosa. Me he hecho un gato tan indolente como indolente es el maestro, sólo que él es un vulgar humano, y eso juega en su contra a ojos del mundo. Es ahora cuando empiezo a entender que es natural que la gente piense que el maestro se ha recluido en su estudio por razón de algún amor fracasado. Como nunca he cazado ninguna rata, Osan no deja de proponer mi expulsión inmediata de la casa. Pero el maestro sabe que no soy un gato vulgar y corriente, y esa es la razón por la que me permite continuar con mi vida ociosa. Por esa comprensión suya, me siento muy agradecido. Es más, aprovecho cualquier oportunidad para mostrarle mi respeto por su gran perspicacia. Tampoco me enfado especialmente con Osan por lo mal que me trata, pues la pobre es tan corta de raciocinio que no entiende por qué soy como soy. Pero ya veréis cuando llegue el día en que venga a esculpirme para el frontispicio de un templo algún maestro tipo Hidari Jingorō, el autor de la escultura del Gato Durmiente del templo de Nikkō;[16] o bien el equivalente japonés del famoso retratista de gatos francés Steinlen,[17] que venga a inmortalizarme en un lienzo. Será ese día cuando estos pobres seres miopes se arrepientan de su falta de visión y empiecen a confiar en mí de veras.
[1]La Guerra Ruso-Japonesa, que abarcó de febrero de 1904 al 5 de septiembre de 1905, y de cuyos ecos está repleta esta novela, fue un conflicto surgido de las ambiciones imperialistas rivales de la Rusia Imperial y el Japón en Manchuria y Corea. La guerra concluyó con la victoria nipona. El oso simboliza a Rusia.
[2]El haori (abrigo corto) es un tipo de kimono que se suele utilizar desde el otoño hasta principios de primavera. Suele ser de seda y se utiliza para mantener limpio el kimono.
[3]Lushun es el nombre japonés para la ciudad de Port Arthur, situada en el extremo sur de la punta de la península de Liaodong. Objeto del deseo en la Guerra Ruso-Japonesa, cayó en manos niponas el 2 de enero de 1905.
[4]Thomas Gray (1716–1771) fue un erudito inglés, poeta de Cambridge, que publicó el famoso poema «On The Death Of A Favourite Cat, Drowned In A Tub Of Gold Fishes» («Sobre la muerte de mi gato favorito, ahogado en una tina llena de peces de colores»).
[5]El zōni es una sopa que se come con palillos, y que se acompaña con mochi (pasteles de arroz), y en ocasiones verduras y salsa de soja o miso blanco. Su composición varía según las regiones de Japón. Se suele comer en Año Nuevo.
[6]El hakama es un pantalón largo con pliegues creado sobre todo para usar sobre el kimono cuando se cabalgaba para proteger las piernas.
[7]Tenmei es el nombre de una era de la historia japonesa que va de 1781 a 1789. Manyōshu (literalmente «Colección de las Diez mil Hojas») es una recopilación de poesía japonesa, de hecho la más antigua conocida. Fue compilada en el 759 a. C., durante el período Nara.
[8]Yosa Buson (1716–1784), nació cerca de Osaka (Japón) y fue uno de los grandes maestros del haiku en el siglo xviii.
[9] Chikamatsu Monzaemon (1653–1725) fue un dramaturgo japonés especialiado en jōruri, un tipo de teatro de marionetas, antecedente del kabuki. Se le considera el «Shakespeare japonés».
[10]Christian Matthias Theodor Mommsen (1817–1903) fue un jurista, filólogo e historiador alemán que recibió el premio Nobel de Literatura en 1902. Su obra más famosa es una Historia de Roma (1854–1856). Goldwin Smith fue un liberal inglés, historiador, que escribió profusamente sobre la antigüedad clásica así como sobre la guerra colonial hispanoamericana.
[11]El templo Daitokuji es un pequeño edificio localizado en la parte noroeste de Kioto, famoso por su quietud. Fue fundado en el año 1319 a las faldas del monte del mismo nombre.
[12]Kōyō Ozaki (1868–1903) fue un escritor japonés, hijo único del conocido grabador Kokusai. El demonio dorado (1897–1902), aunque inacabada, es probablemente la novela más leída de los últimos años de la era Meiji, y generó multitud de obras teatrales, canciones e incluso películas.
[13]Barry Eric Odell Pain (1864–1928) fue un conocido periodista, poeta y escritor inglés. Colaborador de Punch, se hizo famoso por sus piezas satíricas.
[14]En el antiguo teatro jōruri, en donde un actor hace de narrador oculto y está acompañado por un shamisen, una especie de guitarra de tres cuerdas que se toca con una uñeta llamada bachi, se representaba una obra titulada Sakuratsubauraminosamezaya, que versaba sobre los celos. En una de sus escenas aparece un personaje llamado Unagidani Hachibe.
[15]Se trata de un conocido proverbio inglés, formulado por primera vez en el Pendennis (1850) de William Thackeray (1811–1863). Significa que, entre que decidimos una cosa y la hacemos, es fácil que se eche a perder.
[16]Hidari Jingorō (1596–1644) fue un escultor y ebanista de la era Edo, especializado en deidades budistas. El famoso nemuri-neko el Gato Durmiente, se localiza en el mausoleo Toshogu, en Nikkō.
[17]Théophile Steinlen (1859–1923) fue un pintor y litógrafo modernista francosuizo, autor del famoso cartel del cabaret parisino Le Chat Noir.
Capítulo 3
Mikeko estaba muerta. Y yo no podía acercarme a Kuro, así que me sentía solo. Por suerte me manejaba razonablemente bien entre los seres humanos, por lo que, al menos, no me aburriría. Alguien había escrito recientemente al maestro y le pedía una fotografía mía. A los pocos días otra persona me mandó un paquete lleno de pasteles kibidango, típicos de Okayama. Cuanto más simpatía mostraban hacia mí los humanos, más inclinado me sentía yo a olvidarme de mi condición gatuna. Me sentía más próximo a ellos que a los míos, y la idea de algunos de mis congéneres de lanzar a la raza felina a una guerra sin cuartel para arrebatar la supremacía a los bípedos, ya no tenía sentido alguno. Es más, en los últimos meses había evolucionado de tal manera que a veces pensaba en mí mismo como si fuera un ser humano, lo cual era muy alentador. No es que despreciara a los miembros de mi propia raza, sino que me parecía natural sentirme bien entre quienes tenían unas actitudes similares a las mías. Me ofendería si mi creciente inclinación hacia el género humano se estigmatizara como un capricho, como una frivolidad o una traición. Son precisamente quienes lanzan esos furibundos ataques a los demás, los más intransigentes y los menos dotados. Me había graduado y había pasado de felino a humano, y ya no me sentía capaz de limitar exclusivamente mis intereses al mundo de Mikeko o Kuro. Con una altanería tan orgullosa como la de los humanos, me sentía ya capaz de juzgar sus pensamientos, sus palabras, sus hechos. Es natural. Sin embargo, y a pesar de haber adquirido esa consciencia de mí mismo, el maestro sólo alcanzaba a tratarme como a un gato ligeramente superior a cualquier vulgar minino de jardín. Por eso se comió todos los pasteles kibidango sin la más mínima consideración hacia mí y, por supuesto, sin pedirme permiso, algo muy reprobable. Tampoco se había molestado en preparar mi fotografía y enviarla, como el remitente de los pasteles le pedía. Supongo que esto podría ser motivo de queja, pero como las opiniones del maestro y las mías difieren radicalmente, no puedo hacerme responsable de las consecuencias que traiga su actitud. Desde que intento comportarme con total humanidad, encuentro cada vez más difícil escribir sobre los asuntos de los gatos, con quienes ya no me relaciono apenas. Pido, pues, su indulgencia si a partir de ahora me limito a escribir sobre las actividades de personas tan respetables como Kangetsu o Meitei.
Era domingo y hacía un día precioso. El maestro había salido de su estudio. Alineó frente a él un pincel, tinta china y un soporte para escribir. Se tumbó sobre el vientre y comenzó a gruñir y a rezongar. Yo le miraba asombrado, pensando que quizás esos ruidos tan peculiares resultaban ser en realidad los dolores de un parto literario. Después de un rato, escribió en grandes caracteres negros: «Incienso quemándose». ¿Sería acaso un poema, o un haiku? En el momento en que pensaba que la frase era demasiado ingeniosa para él, la abandonó y comenzó a deslizar su pluma rápidamente por el papel. Escribió una frase completa: «Ahora, después de un cierto tiempo, he estado pensando en escribir un artículo sobre Tennen Koji, el famoso Hombre Santo y Natural…».[1] En ese punto el pincel se detuvo en seco. El maestro, pincel en mano, se estrujaba los sesos, pero de allí no parecía salir nada brillante, así que, distraído, empezó a chupar la cabeza del pincel. Poco a poco sus labios comenzaron a adquirir una extraña coloración. Entonces se sacó el pincel de la boca, y justo debajo de lo que había escrito, dibujó un círculo con dos puntos como si fueran ojos, le añadió una nariz con orificios en el centro y, finalmente una simple línea recta a modo de boca. Desde luego, aquello no era un haiku, pero tampoco era un fragmento de prosa. Incluso el maestro parecía disgustado con su propia obra pues, casi inmediatamente, de varios trazos embadurnó la cara hasta que en el papel sólo había un borrón. En este momento empezó una nueva frase. Parecía tener una vaga noción que barruntaba algo totalmente diferente; algo inspirado en un poema de estilo chino. Tras varios intentos frustrados empezó a escribir bruscamente en estilo coloquial: «Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural, estudia el Infinito, lee los Anales de Confucio, come batatas asadas y tiene una nariz moqueante». Una frase ciertamente confusa. Acto seguido la leyó en voz alta declamando y luego se rio a carcajadas: «¡Ja, ja, ja! Interesante. Pero esa nariz moqueante es una imagen de lo más cruel. La tacharé». Eliminó esa parte. No contento con una sola frase, se lanzó a una segunda, y luego a una tercera. Continuó así sin importarle si se estaba sobrepasando. Cuando había escrito ocho renglones, pareció llegar al límite de su arrebato y se detuvo. Empezó a retorcerse los bigotes como si quisiera sacarles alguna sentencia final. En esas estaba, retorciéndose los bigotes arriba y abajo, cuando llegó su mujer desde el cuarto de estar y se sentó justo frente a sus narices:
—Cariño… —dijo.
—¿Qué pasa? —La voz del maestro sonaba sin brillo, como el golpe de un gong bajo el agua. A la mujer pareció no gustarle el tono de la respuesta. Volvió a insistir:
—Cariño…
—Sí, dime. ¿Qué pasa?
En esta ocasión el maestro se metió el dedo índice y el pulgar en un orificio nasal a fin de arrancarse un pelo que sobresalía.
—Vamos un poco justos este mes…
—No es posible que vayamos justos. Hemos pagado al doctor y la factura de la librería. Así que este mes deberíamos ir incluso algo sobrados —dijo fríamente mientras observaba muy atento los pelos que acababa de arrancarse de la nariz como si fueran maravillas de la naturaleza.
—Es por tu culpa. En lugar de comer simplemente arroz, te empeñas en comer pan con mermelada…
—Bueno, ¿y cuántos botes de mermelada dices que me he comido?
—Este mes has vaciado ocho.
—¿Ocho? Desde luego yo no he comido tanta mermelada.
—No has sido sólo tú. Las niñas también comen.
—Por muy cara que sea la mermelada, no puede costar más de dos o tres céntimos el bote.
El maestro, muy calmado, plantó los pelos de su nariz, uno por uno, en el soporte para escribir. Los pelos se quedaron de pie, pegados sobre el soporte como si fueran agujas en una plantación. Impresionado por este descubrimiento inesperado, pegó un soplido. Pero los pelos estaban tan pegados al soporte que no pudo lograr que levantaran el vuelo.
—Vaya. ¿No te parecen obstinados, estos pelos? —Y entonces se puso a soplar frenéticamente.
—Y no se trata sólo de la mermelada. Hay otras cosas que comprar.
La señora de la casa frunció el ceño.
—Puede ser —dijo, e introdujo de nuevo la pinza dáctil para extraer de un tirón unos cuantos pelos más que asomaban por las narices. En el matojo que logró arrancar había cerdas de diversas tonalidades, rojas y negras, además de un único pelo tipo cana. El maestro con gran sorpresa, mostró el racimo de pelos a su mujer, cogiéndolo entre los dedos y poniéndoselo delante de su cara:
—¡Pero qué haces! —gritó la mujer apartándose con un gesto de profundo desagrado.
—¡Míralo! Tengo una cana nasal —dijo profundamente impresionado por su descubrimiento.
Su mujer, resignada, se refugió de nuevo en el cuarto de estar. Parecía haber dado por perdida cualquier esperanza de recibir ayuda de algún tipo para solucionar sus problemas domésticos. El maestro parecía centrar todos sus esfuerzos en las consideraciones sobre Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural.
Su estrategia para quitarse a su mujer de encima haciendo una exhibición de sus pelos de la nariz había constituido un éxito rotundo, no cabía duda. Parecía bastante aliviado. Así que volvió a consagrarse a sus labores depilatorias mientras retomaba su artículo. Sin embargo, el pincel seguía inmóvil.
—Ese «come batatas asadas» es superfluo. ¡Fuera con él! —y borró la frase.
—Y lo de «incienso quemándose» suena un tanto abrupto. También lo tacharemos.
Su exuberante labor autocrítica tuvo como consecuencia que al final en el papel quedara solamente la frase que había escrito en primer lugar: «Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural es uno de los que estudia el Infinito y lee los Anales de Confucio». Ahora tenía la impresión de que era demasiado simple:
—Bueno, no me molestaré más. —Abandonó la prosa y se conformó con un simple epitafio. Después tomó el pincel transversalmente y se dedicó a garabatear vigorosamente sobre el soporte para la escritura, tal como suelen hacer comúnmente los literatos. El resultado fue un estudio muy pobre a la acuarela de una orquídea. Sus esfuerzos por escribir un artículo se habían quedado en nada. Dio la vuelta a la hoja y escribió algo sin sentido: «Nacido en el Infinito, estudió en el Infinito y murió en el Infinito. Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural. Infinito». En ese momento apareció Meitei vestido con su habitual estilo desenfadado. Parecía no tener muy clara la distinción entre su casa y las de los demás. Solía plantarse en cualquier casa sin anunciarse y sin ningún tipo de ceremonias y, lo que es peor, en ocasiones lo hacía deslizándose subrepticiamente por la puerta de la cocina. Era uno de esos tipos que desde el mismísimo día en que nacen se disculpan a sí mismos de observar normas de conducta como el respeto por sus semejantes, la reserva, los escrúpulos o la propia consideración al prójimo.
—¿Estabas otra vez coqueteando con el Gigante Gravitación? —preguntó todavía de pie.
—¿Es que crees que sólo escribo sobre el Gigante Gravitación? Estoy tratando de componer un epitafio para la lápida de Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural —replicó el maestro exagerando considerablemente.
—¿Qué es eso? ¿Una especie de nombre budista, como «Niño Accidental»? —preguntó Meitei, haciendo gala de su habitual falta de estilo.
—Ah, ¿es que hay alguien llamado «Niño Accidental»?
—No, por supuesto que no lo hay. Pero parecía que trabajabas en algo de ese estilo.
—No creo conocer a nadie con ese nombre, pero Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural sí existe. Es alguien de mi propio círculo, de hecho.
—Imposible. ¿Quién de tus conocidos va a tener un sobrenombre así?
—Sorosaki. Seguro que lo conocerás. Después de licenciarse en la universidad hizo un postgrado sobre el estudio de la «teoría del infinito». Pero trabajó en exceso, sufrió una peritonitis y murió. Sorosaki fue amigo mío. Íntimo, diría yo.
—De acuerdo, fue amigo tuyo. Íntimo. No pretendo cuestionar ese hecho, pero ¿a quién diablos se le ha ocurrido convertir a Sorosaki en «Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural»?
—Yo. Fue a mí a quien se le ocurrió el nombre. No hay nada más filisteo que los nombres budistas que ponen los monjes. —El maestro se jactaba de la ocurrencia como si se tratara de un hallazgo artístico.
—En cualquier caso, veamos el epitafio —dijo Meitei riendo. Cogió el manuscrito del maestro y leyó en voz alta:
—¡Hey! «Nacido en el Infinito, estudió en el Infinito y murió en el Infinito. Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural. Infinito». Ya veo, ya veo. Está bien. Bastante apropiado para el pobre Sorosaki.
—¿Lo dices en serio? —preguntó el maestro evidentemente complacido.
—Deberías grabar el epitafio en una de esas pesadas piedras para moler nabos y dejarla en el jardín de algún templo como si fuera una lápida sepulcral. Es bueno. Es casi artístico: «Señor Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural, puede descansar en paz».
—En realidad eso es, precisamente, lo que pensaba hacer —contestó el maestro con un ademán bastante serio—. Pero te pido que me excuses un instante. No tardaré mucho. Juega con el gato mientras tanto, pero no te vayas —dijo el maestro mientras salía por la puerta.
Y salió como alma que lleva el diablo sin esperar siquiera la respuesta de Meitei.
De pronto y sin haberlo previsto, se esperaba de mí que entretuviera a ese buitre cultural de Meitei. Si tenía que dedicarme a complacerle, ya no podría mantener mi actitud glacial hacia él. Así que maullé y me senté sobre sus rodillas.
—Hola —dijo Meitei—. Has engordado un poquitín, ¿no es cierto? Vamos a echarte un vistazo.
Me cogió sin ninguna consideración del pellejo del cogote y me levantó del suelo hasta dejarme suspendido y con las patas colgando.
—Los gatos como tú, que dejan las patas de atrás oscilando de ese modo, son de los que no cazan ratones… ¡confiesa! —dijo mientras me giraba hacia la habitación de al lado, donde estaba la mujer del maestro.
—¿Ha cazado algo alguna vez?
—En lugar de cazar se dedica a comer pasteles de arroz y a bailar —contestó la señora.
La esposa del maestro había cometido la indiscreción de contar mis intimidades y eso me hizo sonrojar. Especialmente en un momento tan delicado en el que Meitei me tenía suspendido por el aire como si fuera un animal del circo.
—Con una cara como esa no me sorprende que se pase el día bailando. Sabe, este gato tiene una fisonomía auténticamente insidiosa. Parece uno de esos gatos-duende que aparecían en las ilustraciones de los libros antiguos. —Meitei intentaba entablar una conversación con la señora, aun a riesgo de estar parloteando sobre estupideces. La mujer interrumpió su costura de mala gana y entró en la habitación.
—Lo siento. Debe de estar usted aburriéndose sin mi marido. No creo que tarde mucho en volver. —Llenó la taza del invitado con té recién hecho.
—Me pregunto adónde habrá ido.
—Sólo Dios lo sabe. Nunca explica dónde va cuando sale. Probablemente a ver al médico.
—¿Se refiere al doctor Amaki? Qué mala suerte para el doctor Amaki tener que atender a un paciente como su marido.
El comentario sonó algo impertinente, y parecía difícil que la señora pudiera darle una buena réplica. Por eso se limitó a decir:
—Bueno, si usted lo dice…
Meitei no pareció apercibirse de la reacción de la mujer y siguió a la suya:
—¿Cómo se encuentra últimamente? ¿Está mejor de su estómago?
—Es imposible decir si está mejor o no. Por mucho que el doctor Amaki cuide de él, es imposible que su salud mejore si continúa consumiendo tales cantidades de mermelada. —Se resarcía con Meitei de su fracasada conversación con el maestro, un rato antes.
—¿En serio come tanta mermelada? Parece cosa de niños, más bien.
—Y no sólo mermelada. Hace poco le he pillado engullendo un cuenco entero de rábanos rallados. Le ha dado por decir que es un gran remedio contra la dispepsia.
—Me sorprende… —murmuró Meitei.
—Todo empezó cuando se enteró por uno de esos periodicuchos que lee que los rábanos rallados contenían una alta concentración de diastasas.
—Ya veo. Supongo que piensa que comiendo rábanos rallados compensará los empachos de mermelada. Ciertamente se trata de una deducción ingeniosa.
Meitei parecía divertido escuchando el quejicoso recital de la buena mujer.
—El otro día intentó hacérselo comer al bebé.
—¿Intentó que el bebé comiera mermelada?
—No. Rábanos rallados. ¿Puede usted creérselo? Le cogió y le dijo: «Ven aquí, mi tesoro, que papaíto te va a dar una cosa muy rica». Cada vez que muestra el más mínimo interés por las niñas, lo cual sucede de pascuas a ramos, siempre lo hace por cosas igual de absurdas. Hace unos días, sin ir más lejos, cogió a nuestra segunda hija y la subió a lo alto de una cesta.
—¿Intentaba demostrar algo ingenioso? —Meitei no perdía ocasión para indagar en intimidades ajenas.
—De ingenioso nada. Lo único que quería era comprobar si la niña saltaría por su propio pie, cuando es bastante obvio que una niña de tres o de cuatro años es incapaz hacer algo tan estúpido.
—Vaya. Desde luego fue una idea poco afortunada. Pero su marido sigue siendo una buena persona. En su corazón no hay maldad.
—¿Usted cree que le soportaría si encima tuviera una naturaleza malvada? —respondió la señora enérgicamente.
—Seguro que no hay motivo para sospecharlo. Su marido no se preocupa por cosas mundanas, ni derrocha el dinero en vestir a la última. Es un tranquilo hombre de familia.
Meitei se prodigó en alabanzas sobre una vida que desconocía.
—Bien. Eso es lo que usted piensa. Mi marido es justo lo contrario…
—¿Ah sí? ¿Tiene vicios secretos, entonces? Desde luego, hay que tener cuidado con lo que se dice —dijo Meitei en un tono blando e indiferente, típico de él.
—No tiene vicios secretos, que yo sepa. Pero no hace más que comprar un libro detrás de otro y luego nunca lee ni uno. No me preocuparía si utilizase la cabeza y comprase con moderación, pero no. Cada vez que se le antoja se va a la librería más grande de la ciudad y vuelve a casa con todos los libros que le da la gana. Luego, a final de mes, cuando llegan las facturas, se desentiende totalmente del asunto. A finales del año pasado lo pasamos fatal con las facturas acumuladas.
—No importa cuántos libros compre. Cuando vengan de la librería a cobrar, dígales que no se preocupen, que les pagarán más adelante. Ya verá como se van.
—Pero no se pueden aplazar las cosas indefinidamente —dijo la mujer, abatida.
—Entonces debe explicarle el asunto a su marido y decirle que corte el gasto en ese concepto.
—¿Y usted cree realmente que me escuchará? El otro día me dijo: «No pareces la mujer de un profesor. Parece que no entiendes el valor de los libros. Escucha atentamente esta historia de la antigua Roma. Puede que sirva para que en el futuro pienses un poco antes de hablar».
—Suena interesante. ¿Y qué historia era esa?
Meitei se entusiasmó. Ahora parecía más interesado en satisfacer su curiosidad que en mostrar compasión por la señora.
—Según parece en la antigua Roma hubo un rey llamado Tarukin.
—¿Tarukin? Vaya nombre más raro.
—Siempre me confundo con los nombres extranjeros. Son todos tan difíciles. En cualquier caso, creo que era el séptimo rey de Roma.
—El séptimo rey de Roma… Suena extraño. Pero, dígame. ¿Qué pasó con ese séptimo rey, el tal Tarukin?
—No me tome el pelo, por favor. Me avergüenza usted. Si sabe el verdadero nombre de ese rey, dígamelo. Su actitud…— le espetó— es de lo más descortés.
—¿Cree que le tomo el pelo? Ni siquiera soñaría con hacer semejante cosa. Es sólo que el «séptimo rey de Roma» sonaba bien, maravillosamente bien. Veamos… un romano… concretamente el séptimo rey. No estoy totalmente seguro, pero juraría que se trata de Tarquinio el Soberbio. Aunque bueno, tampoco importa mucho quién fuera. ¿Qué es lo que hizo ese rey?
—Por lo que entendí ocurrió que una mujer, una tal Sibila, fue a verle y le llevó nueve libros con la intención de vendérselos.
—Entiendo.
—Cuando el rey le preguntó cuánto pedía por ellos, ella le dio una cifra enorme. Tan grande que el rey pidió un descuento. Tras lo cual la mujer lanzó tres libros al fuego que se transformaron rápidamente en cenizas.
—¡Vaya, qué lástima!
—Parece que los libros contenían profecías, predicciones, que no estaban registradas en ninguna otra parte.
—¿En serio?
—El rey pensaba que los seis libros restantes serían algo más baratos que el lote completo y preguntó su precio. Pero el precio era exactamente el mismo, ni un céntimo menos. Cuando el rey se quejó de este escandaloso aumento, la mujer lanzó otros tres libros al fuego. El rey parecía seguir anhelándolos y preguntó el precio de los tres restantes. La mujer pidió el mismo precio que por los nueve que había traído originalmente. De nueve libros habían pasado a seis, y después a tres, pero el precio seguía siendo el mismo. El rey sospechaba que si intentaba regatear de nuevo con la mujer, ésta los lanzaría de nuevo a las llamas, así que se los quedó por el precio de partida de los nueve. Esa era la moraleja. Mi marido pensó que si me contaba esa historia llegaría a comprender el valor real de los libros. Sin embargo, si le soy sincera, yo no le veo la punta por ninguna parte a esta historia.
Parecía como si estuviera desafiando a Meitei a contarle su opinión sobre la absurda historia que le había contado su marido. Incluso el propio Meitei, hombre de recursos, parecía algo perdido. Sacó un pañuelo de la manga de su kimono y me tentó para jugar con él. Entonces, en voz alta, como si una idea repentina le hubiera golpeado la cabeza dijo:
—¿Sabe, señora? Es precisamente por comprar tantos libros y llenarse la cabeza con todo tipo de ideas por lo que a su marido se le considera un erudito. El otro día, sin ir más lejos, leí un comentario sobre él en una revista literaria.
—¿En serio? —dijo la señora mientras se giraba. Después de todo, es bastante natural que la mujer del maestro sintiera curiosidad por los comentarios que se hacían de su marido—. ¿Y qué es lo que decían? —preguntó.
—Bueno, la verdad es que sólo le dedicaban unas líneas. Decía que la prosa del maestro, el señor Kushami, era como la de una nube que atraviesa el cielo, como el agua que fluye en la corriente.
—¿Eso decía? —preguntó la señora con una sonrisa—. ¿Nada más?
—Bueno, también decía que eso era porque su prosa se borraba tan pronto como aparecía, y que cuando lo hacía era para siempre y sin dejar rastro alguno en la memoria.
La señora de la casa le miró con extrañeza y preguntó:
—Eso era un elogio, ¿no?
—Eh, quizás sí, ya que lo dice… Sí, una especie de elogio —contestó Meitei mientras meneaba su pañuelo frente a mi cara.
—Ya que los libros son tan importantes para su trabajo, supongo que no tengo motivo para quejarme. Pero ese hábito suyo es tan acusado que…
Meitei interpretó que se avecinaba una nueva andanada de reproches y la interrumpió:
—Cierto. Pero en eso es igual a cualquier otro hombre de letras que persiga unos conocimientos tan elevados.
Una respuesta perfectamente ambigua destinada a alabar y a criticar a un tiempo.
—El otro día tenía que ir a algún sitio justo después de volver a casa del colegio, y como cambiarse de ropa le parecía un engorro, pues se puso a comer tal cual, sin quitarse nada, sentado en el suelo frente a la mesa baja, con la bandeja puesta encima del brasero. Yo, mientras tanto, sujetaba la olla del arroz también sentada en el suelo. La escena resultaba de lo más cómica.
—Parece como cuando antiguamente los generales se sentaban en el suelo para identificar las cabezas cortadas de sus enemigos muertos en batalla. Algo muy típico del maestro Kushami. Desde luego no se puede decir de él de ninguna manera que sea una persona aburrida y convencional —dijo Meitei a modo de cumplido un tanto forzado.
—Una mujer no puede decir qué es convencional y qué no lo es, pero yo creo que su conducta resulta en ocasiones de lo más rara.
—En cualquier caso, eso es mejor que ser convencional.
Según aumentaba el apoyo de Meitei al maestro, más crecía el descontento de su esposa.
—La gente siempre anda discutiendo si esto o aquello es convencional. Pero, ¿podría decirme, por favor, qué hace que algo sea realmente convencional?
—Convencional… Bueno, lo que se dice convencional… Es un poco difícil de explicar…
—Si se trata de algo así de impreciso, seguro que entonces no tiene nada de malo. —La señora empezó a arrinconar a Meitei con la típica lógica femenina.
—No, no se trata de algo impreciso. Es algo perfectamente claro y definido. Sólo que es difícil de explicar.
—Entonces usted llama convencional a todo aquello que no le gusta.
Sin saberlo, había dado en el clavo. Meitei, completamente noqueado, no podía seguir esquivando una definición.
—Le daré un ejemplo. Un hombre convencional es el que anhela casarse con una chica de dieciséis o dieciocho años, pero como no lo logra, se conforma y no hace nada al respecto. Un hombre que cada vez que hace buen tiempo sólo se dedica a pasear tranquilamente a la orilla del río Sunida, sin olvidar, eso sí, llevarse con él una botella de sake.
—¿De verdad existe gente así? —Como no podía seguir aguantando las sandeces de Meitei, empezó a perder interés por la conversación—. Lo que usted dice es tan complicado que me supera.
—¿Usted cree que es complicado? Imagínese: cogemos a un dependiente medio de cualquier comercio y lo sumamos a un estudiante cualquiera. El resultado lo divide entre dos y ahí tiene un ejemplo perfecto de hombre convencional.
—¿De verdad lo cree así? —respondió ella extrañada. Se la notaba poco convencida.
—¿Todavía estáis aquí? —preguntó el maestro mientras se sentaba en el suelo al lado de Meitei. Nadie había notado su presencia.
—¿Cómo que si todavía estamos aquí? Dijiste que no tardarías mucho y que te esperase.
—¿Ve? Siempre hace lo mismo —susurró la señora inclinándose hacia Meitei.
—Mientras estabas fuera, tu mujer me ha contado toda clase de historias sobre ti.
—El problema de las mujeres es que hablan demasiado. Mejor le iría si estuviera calladita. Como este gato —dijo dándome unas palmaditas en la cabeza.
—Me ha contado que intentaste endilgarle un plato de rábanos rallados a tu bebé.
—Hum —refunfuñó el maestro, y luego se echó a reír.
—Hablando de bebés. Los de ahora son de lo más inteligentes. Desde el día en que le di los rábanos rallados, si le preguntas: «¿Dónde está el rabanito picante?», saca la lengua y responde: «Aquí». ¿No es extraño?
—Es natural; con lo picante que está. Parece como si hubieras estado adiestrando a un perro y enseñándole trucos. Es muy cruel por tu parte. Por cierto, Kangetsu debe de estar al llegar.
—¿Va a venir Kangetsu? —preguntó el maestro con voz turbada.
—Sí. Le mandé una nota pidiéndole que se pasase por aquí a la una en punto.
—¡Mira tú qué bien! Invitar a la gente a mi casa sin preguntarme si me viene bien o no. ¿Y se puede saber cuál es la razón de la invitación?
—En realidad no fue idea mía, sino que más bien actué a sugerencia suya. Según parece, va a ofrecer una lectura en la Sociedad de Ciencias Físicas. Dijo que necesitaba ensayar su discurso y me pidió que lo escuchara. Pensé que estaría bien que también tú lo oyeras. Por eso le pedí que viniera a tu casa. Eres un hombre ocioso, sin compromisos, y no pensé que opusieras mucha resistencia. Harás bien en escucharle. —Meitei parecía saber perfectamente cómo conducir la situación.
—No sé ni una palabra sobre Ciencias Físicas —replicó el maestro con una voz que delataba su disgusto por las componendas y apreciaciones de su amigo.
—No te creas. El tema no es tan arduo como, por ejemplo, el de los tubos magnéticos. Su discurso versa sobre un asunto extraordinario y trascendental, la «Mecánica del Ahorcamiento». Seguramente merece la pena escucharlo.
—Tú mismo fallaste recientemente en tu intento de suicidarte. Entiendo tu interés en el tema, pero en lo que se refiere a mí…
—Hombre, creo que fue a ti a quien le entraron convulsiones cuanto te tocaba ir al teatro, así que tampoco creo que debas perderte el discurso de Kangetsu.
Meitei soltó una de sus puñaladas habituales y el maestro Kushami lo aceptó con una sonrisa.
La señora de la casa se rio también, malignamente, y tras despedirse del invitado con una inclinación de cabeza abandonó la estancia. Por primera vez en mucho tiempo el maestro me acarició la cabeza con suavidad.
Kangetsu apareció justo siete minutos después. Como tenía que pronunciar su esperado discurso esa misma tarde, no iba vestido con su habitual ropa informal, sino con una elegante levita perfectamente compuesta. Parecía más distinguido de lo habitual.
—Siento llegar tarde —saludó a sus amigos, que estaban sentados haciendo gala de una perfecta compostura.
—Hace siglos que te esperábamos. Nos gustaría que empezases sin más preámbulos, ¿no es así? —preguntó Meitei al tiempo que miraba al maestro para confirmar su petición.
—Humm —respondió el maestro distraídamente. Parecía no tener mucha prisa.
—¿Me podrían dar un vaso de agua? —solicitó el ponente.
—Vaya, parece que no bromeabas con lo de endilgarnos tu conferencia. La próxima petición será de aplausos, supongo. —Meitei empezaba a divertirse.
Kangetsu extrajo un papel de un bolsillo y se lo quedó mirando:
—Como se trata de un ensayo, no duden, por favor, en realizar todas las críticas que consideren oportunas.
Y con esta invitación comenzó finalmente su lectura:
—«La pena de muerte por ahorcamiento parece que tuvo su origen en los pueblos anglosajones. Previamente, en tiempos más antiguos, ahorcarse era el método más común para suicidarse. Se cuenta que entre los hebreos era habitual matar a los criminales mediante la lapidación. Si uno lee el Antiguo Testamento, encontrará que la palabra ahorcamiento sólo se utiliza para referirse al hecho de colgar los cuerpos una vez muertos, a fin de que fueran devorados por las fieras. Según el sabio Herodoto, parece ser que los judíos, antes de su salida de Egipto, aborrecían la idea de dejar por la noche los cuerpos expuestos a la intemperie. Los egipcios, por su parte, decapitaban a los condenados y luego crucificaban sus torsos dejándolos expuestos por la noche. Por lo que se refiere a los persas, también…»
—Alto ahí. Parece que cada vez te alejas más del tema del ahorcamiento, ¿no crees? —interrumpió Meitei.
—Tengan paciencia, tengan paciencia. Enseguida entraré en materia. Ahora con respecto a los persas, «también parece que usaron la crucifixión como método de ejecución de los criminales. Sin embargo, no está claro si lo hacían antes o después de que el reo hubiera muerto. Y este es un tema controvertido y no suficientemente aclarado».
—¿Y a quién le importa lo que hacían los persas? Esos detalles carecen de importancia —se quejó el maestro bostezando. Se le notaba realmente aburrido.
—Hay todavía muchas formas de ejecución de las que me gustaría informarles, pero como parece que mi discurso les aburre…
—Mejor debería decir que efectivamente nos aburre soberanamente, ¿no te parece, Kushami? —intervino Meitei. El maestro respondió fríamente:
—¿Y cuál es la diferencia?
—Ya he llegado al tema principal de mi lectura —les cortó Kangetsu—. Les leeré el resto de mi texto.
—Un locutor lee un texto. Tratándose de un orador, permíteme decirte que deberías usar una expresión algo más elegante —interrumpió de nuevo Meitei.
—Si la expresión «leer el texto» le parece vulgar, ¿qué palabra debería usar entonces? —preguntó Kangetsu empezando a irritarse visiblemente.
—Con Meitei uno nunca sabe si te está escuchando o te está interrumpiendo. No hagas caso a sus impertinencias, Kangetsu. Continúa.
El maestro buscaba la forma de que aquello no se alargase más de lo debido.
—«Al recitar tristemente, supongo que has encontrado un sauce llorón» —dijo Meitei remedando el conocido haiku.
Kangetsu, a pesar de sí mismo, no se contuvo y estalló en una carcajada. Luego continuó con su discurso:
—«Mis investigaciones revelan que la primera prueba documentada del uso del ahorcamiento como método de ejecución aparece en la Odisea, exactamente en el volumen veintidós. Me refiero al pasaje en que Telémaco ordena ahorcar a las doce doncellas de Penélope. Podría leerles el pasaje en el griego original, pero como lo considerarían un acto de afectación, no lo haré. En cualquier caso, lo encontrarán entre los versos 465 y 473.»
—Deberías cortar todo ese rollo de los griegos. Parece como si quisieras mostrar a todo el mundo tu conocimiento del mundo helénico. ¿No te parece, Kushami?
—En eso estoy de acuerdo contigo. Yo sería más modesto y evitaría ese alarde de ostentación. Eso mejoraría el discurso.
Era bastante raro que el maestro se pusiera de parte de Meitei. La razón oculta era, por supuesto, su total desconocimiento del griego.
—Muy bien. Pues omitiré todas esas referencias. Y ahora, continuaré, si no les parece mal: «Consideremos en este punto cómo se llevaron a cabo exactamente los ahorcamientos. Se puede decir que existían dos métodos. El primero es el que empleó Telémaco, ayudado por Eumeo y Filoteo. Tras sujetar un extremo de la cuerda a una columna, hizo nudos corredizos a lo largo de ella para introducir las cabezas de las mujeres en cada uno de los lazos. Una vez estuvieron dentro, tiró del otro extremo y de esa manera quedaron todas colgadas».
—O sea, que quedaron todas colgadas como si fueran camisas en una cuerda de tender la ropa…
—Exactamente. «El segundo método consistía en sujetar firmemente un extremo de la cuerda a una columna, como he indicado anteriormente, y el otro a una viga del techo. De esa cuerda primaria se hacían colgar varias cuerdas secundarias en las que se hacían los correspondientes nudos corredizos. Se colocaba a una mujer por nudo y, cuando estaban todas listas, se les apartaba bruscamente el poyete sobre el que se encontraban.»
—Entonces tendrían el mismo aspecto que cuando se cuelgan farolillos de papel en una cuerda a la entrada de un burdel, ¿no? —preguntó Meitei.
—Eso no lo puedo afirmar —respondió con cautela Kangetsu—. Nunca he visto esos farolillos de papel de los que habla usted, pero si tal cosa existe, debe de ser justamente así. «Bien. Si se analiza cuidadosamente, el primer método de ahorcamiento descrito en la Odisea resulta, mecánicamente, imposible. Y para demostrar mi afirmación debo proceder a argumentarla.»
—¡Qué interesante! —replicó Meitei.
—En efecto. Muy interesante —confirmó el maestro.
—«Supongamos que las mujeres deban ser colgadas a intervalos equidistantes, y que el tramo de cuerda entre dos mujeres más cercano al suelo esté colocado horizontalmente, ¿de acuerdo? Ahora supongamos que α1, α2, y así hasta α6 sean los ángulos entre las cuerdas y el horizonte. Y que T1, T2 y así hasta T6 representen el peso que recibe cada parte de la cuerda. Entonces, T7 = X, siendo éste el peso que recibe la parte más baja de la cuerda. W es, por supuesto, el peso de las mujeres. Hasta ahora todo claro. ¿Me siguen?»
El maestro y Meitei se miraron y contestaron al unísono:
—Bueno, más o menos.
Debo señalar el valor singular que ese «más o menos» tenía en el caso del maestro y Meitei. Imposible afirmar si era muy distinto al de otra gente.
—«Bien. De acuerdo con la conocida teoría de los valores medios aplicada a los polígonos, una teoría de la que estarán al tanto, sin duda, se pueden establecer las siguientes doce ecuaciones:
T1 cos α1 = T2 cos α2…(1)
T2 cos α2 = T3 cos α3…(2)
—Creo que ya tenemos suficiente con esas ecuaciones —le interrumpió el maestro.
—¡Pero estas ecuaciones son la verdadera esencia de mi ponencia! —Kangestsu parecía realmente molesto por la observación de mi amo.
—En ese caso, será mejor dejar esa parte tan verdaderamente esencial para otra ocasión. —Meitei también parecía estar fuera de juego.
—Pero si omito el detalle completo de las ecuaciones, será imposible sustanciar los estudios mecánicos a los que he dedicado tanto esfuerzo…
—No te preocupes por eso. Ahórratelos —contestó el maestro haciendo gala de una total sangre fría.
—Es algo totalmente irracional eso que dicen; pero, ya que insisten, los omitiré.
—¡Bien! —saltó Meitei dando palmas.
—«Ahora llegamos a Inglaterra. Si revisamos el Beowulf, encontraremos la palabra gallows, horca. Es decir, galga. De esto podemos deducir que el ahorcamiento, como pena capital, ya se usaba en el período al que el libro hace referencia. De acuerdo con Blackstone, si un convicto no muere en su primer intento de ahorcamiento, debe ser ahorcado otra vez. En cambio, y eso es bastante extraño, en Pedro el Labrador[2] se asegura que, incluso si eres un asesino, no se te puede condenar dos veces a muerte. No sé cuál es la versión correcta. De cualquier modo, podría referir aquí multitud de casos en los que, tristemente, los condenados no morían a la primera. En 1786 las autoridades trataron de colgar a un villano llamado Fitzgerald, pero cuando le quitaron el apoyo de los pies, por alguna extraña razón la cuerda se rompió. En el siguiente intento, la cuerda era tan larga que sus piernas tocaban el suelo y, de nuevo, sobrevivió. A la tercera, finalmente murió gracias a la ayuda de los espectadores.»
—Bien, bien —dijo Meitei repentinamente animado, como era de esperar.
—Un auténtico tanatófilo, este Kangetsu. —Incluso el maestro, tan soso habitualmente, parecía divertirse de lo lindo.
—Hay otro hecho interesante. Una persona ahorcada crece alrededor de tres centímetros tras su muerte. Eso es perfectamente cierto. Los médicos lo han comprobado.
—¡Ah! Eso es algo que no sabía. ¿Qué te parece Kushami? —preguntó Meitei.
—Podrías mandar que te colgaran. Así crecerías tres centímetros y por fin tendrías el aspecto de una persona normal.
La observación fue admitida con una inesperada seriedad.
—Dime, Kangetsu —apuntó Meitei—. ¿Existe alguna posibilidad de sobrevivir a ese proceso de alargamiento?
—En absoluto. Se trata del estiramiento de la médula espinal. Es más una cuestión de rotura que de otra cosa.
—En ese caso, no cuentes conmigo para experimentar.
El maestro abandonó toda esperanza de ver a su amigo demostrar la teoría de Kangetsu.
El ponente se centró entonces en la controvertida cuestión de las funciones fisiológicas de los ahorcados. Pero como Meitei le interrumpía tan constantemente y de un modo tan caprichoso, y el maestro bostezaba tan ostentosamente, al final Kangetsu abandonó su exposición inopinadamente y se marchó. Y así acabó todo. Lo que no puedo decir es si triunfó cuando finalmente pronunció el discurso, y menos aún los gestos que empleó en su alocución, pues la lectura en sí tuvo lugar a kilómetros de distancia.
Pasaron varios días sin que se produjera ningún acontecimiento destacado. Un buen día, serían las dos de la tarde, Meitei volvió a aparecer, tan inesperadamente como solía, haciendo gala de sus habituales ademanes desenfadados. Tan pronto como tomó asiento preguntó abruptamente:
—¿Has oído lo de Ōchi Toito y el incidente de Takanawa?
Hablaba muy excitado, como si en vez de dar una noticia sobre un amigo común, estuviera anunciando la caída de Port Arthur.
—No. No le he visto últimamente —contestó el maestro. Su ánimo aquella tarde era de lo más sombrío.
—Pues a pesar de todas las cosas que tengo que hacer, y de lo ocupado que estoy, quiero que sepas que he venido expresamente para contarte su última metedura de pata.
—Seguro que es otra de tus exageraciones. Eres insoportable…
—Insoportable, eso nunca. Imprevisible, quizás. Debo pedirte disculpas en ese sentido. Lo que has dicho afecta de un modo imperdonable a mi honor.
—Es lo mismo —contestó el maestro con una aire provocativo y al tiempo indiferente. Cuando estaba así era la viva imagen del Tennen Koji, el Hombre Santo y Natural.
—Bueno. Pues el domingo pasado Ōchi Toito fue al templo de Sengaku, en Takanawa. Y eso que hacía un frío que pelaba. Ir allí con este tiempo parece cosa más propia de un pueblerino que no se entera de nada.
—Pero no me negarás que Toito es muy consciente de lo que hace. No tienes derecho a impedir que vaya si quiere.
—Cierto. No soy quién para juzgarlo, así que dejemos el asunto de lado. El asunto es que en el recinto del templo hay una exposición de reliquias de los cuarenta y siete ronin. ¿Lo sabías?[3]
—No.
—¿No? Pero seguro que ha estado en el templo…
—Pues no.
—Vaya. Me sorprende. No me extraña que defiendas tan ardientemente a Toito. Es vergonzoso que una persona que se ha criado y crecido en Tokio no haya visitado nunca el templo, pero en fin.
—Uno puede ejercer de maestro perfectamente sin necesidad de tener que recorrerse hasta el último rincón de la ciudad.
El maestro, sin duda, cada vez se parecía más a su santificado amigo Tennen Koji.
—De acuerdo. En cualquier caso, Toito estaba visitando el templo cuando vio que un matrimonio alemán entraba en la sala de exposiciones. Le preguntaron un par de cosas en japonés, pero Toito, como usted sabe, no pierde ocasión de intentar ensayar su alemán. Así que se lanzó a tumba abierta, y les soltó unas cuantas palabras en su lengua. Aparentemente lo hizo bastante bien. De hecho, cuando se piensa en todo lo que pasó después, parece ser que fue precisamente su fluidez a la hora de expresarse en la bella lengua germánica lo que constituyó el origen del deplorable incidente que siguió.
—Bueno, ¿y qué pasó?
—Los alemanes señalaron una caja laqueada que perteneció a Ōtaka Gengo, uno de los cuarenta y siete, y dijeron que les gustaría comprarla. Le preguntaron a Toito si estaba a la venta. Él les dijo que eso era imposible, pues los japoneses se caracterizan por ser auténticos caballeros y personas de la mayor integridad, incapaces de vender al mejor postor sus tesoros nacionales. Los alemanes pensaron entonces que habían encontrado un buen intérprete y le asediaron con preguntas de todo tipo.
—¿Sobre qué?
—Ahí es donde reside el problema. Si Toito hubiera entendido las preguntas, no hubiera habido ningún problema. Pero los alemanes empezaron a hablar de un modo cada vez más enrevesado y él, simplemente, no tenía ni la más mínima idea de lo que le estaban diciendo. Cuando, finalmente, entendió algo, creyó que le estaban preguntando sobre algo así como un hacha de bombero, o sobre un mazo, qué se yo, palabras que no sabía traducir. El pobre estaba completamente perdido, y no sabía qué responder.
—Me puedo imaginar perfectamente la escena —contestó el maestro pensando en sus propias dificultades como profesor.
—Entonces hubo un montón de gente que empezó a arremolinarse en torno a ellos, hasta que muy pronto Toito y los alemanes estaban completamente rodeados de ojos inquisidores. Confuso, Toito empezó a sonrojarse. En contraste con su confianza inicial, ahora estaba al borde de la desesperación.
—¿Y qué pasó después?
—Al final no pudo soportarlo más. Gritó algo así como sainara, en japonés, y se marchó corriendo a su casa. Cuando me lo contó, yo le hice ver que sainara no significaba nada, que quizás es que estaba intentando despedirse diciendo sayonara. Le pregunté si en su barrio la gente se despedía diciendo sainara. Me respondió que no, que en su barrio también se decía sayonara, pero que como estaba hablando con unos europeos, decidió que ese sainara ayudaría a mantener la compostura.
—Está bien lo de sainara pero, ¿cómo reaccionaron los europeos?
—Pues cómo se van a quedar: de piedra. —Meitei dio rienda suelta a su risa—. Curioso, ¿no?
—Pues francamente, no me parece nada curioso, y es más, no le veo la gracia a tu historia. Que hayas venido hasta aquí sólo para contármela, eso sí que me parece realmente curioso.
El maestro dio unos golpecitos a su cigarro a fin de que la ceniza cayera en el cenicero. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Se escuchó una penetrante voz de mujer gritando: «Disculpen». El maestro y Meitei se miraron en silencio.
Era bien poco frecuente que el maestro recibiera a mujeres en su casa. La visitante en cuestión no se hizo esperar e hizo su entrada triunfal. Vestía un kimono de crepé japonés de dos capas y aparentaba más de cuarenta años. Sus mechones de pelo se elevaban como torres por encima de la desnuda extensión de su frente, como el muro de un dique, y ocupaban al menos la mitad de la longitud total de su cara. Sus ojos formaban un ángulo como una carretera que corta transversalmente una montaña, rasgados simétricamente en línea recta. Sus ojos, de hecho, eran más estrechos que los de una ballena. Sin embargo su nariz (ay, su nariz), era excesivamente larga en comparación con el resto de sus rasgos. Daba la impresión de que la buena señora le hubiera robado aquel apéndice a alguien extremadamente bien dotado y después se lo hubiera plantado a ciegas en el centro de la cara. Aquel cacho de carne lo llenaba prácticamente todo, como una piedra funeraria colocada en un jardín diminuto. Evidentemente, aquella nariz afirmaba su propia trascendencia, pero aun así parecía fuera de lugar. Tenía forma aguileña y al principio se alargaba desmesuradamente para doblarse después a mitad de camino, como si se avergonzara de sus propias dimensiones. Después perdía parte de su vigor y caía a plomo encima de los labios. Era de tal tamaño que, cuando aquella mujer hablaba, parecía que era la nariz la que entraba en acción, en lugar de hacerlo la boca. De hecho, en honor a semejante enormidad, decidí ponerle a aquella mujer el mote de Madame Hanako, la Nariguda. Una vez acabó de presentarse, la Señora Nariguda miró en derredor y dijo:
—¡Pero qué casa más bonita!
«Será mentirosa», pensó el maestro para sus adentros, mientras se concentraba en su cigarro. Meitei, por su parte, se concentraba en el techo.
—Dígame —preguntó—. Esa extraña mancha, ¿es debida a una gotera o a la textura inherente de la madera?
—A una gotera, naturalmente —contestó el maestro. A lo que Meitei respondió fríamente:
—Maravilloso.
La señora Hanako les miraba y pensaba que eran dos tipos de lo más descorteses. Se sentía incómoda y durante un rato reinó el silencio en la habitación.
—He venido a preguntarle sobre cierta cuestión —empezó de nuevo la señora Hanako.
—Ah —respondió fríamente el maestro.
La señora Hanako, evidentemente insatisfecha con el desarrollo de la conversación, se puso de nuevo manos a la obra:
—Vivo muy cerca, de hecho en la casa que hay cruzando la calle, la que hace esquina.
—¿Esa casa tan grande de estilo europeo con un almacén en la planta baja? Ah, sí, por supuesto. ¿No tiene en la entrada un letrero que pone «Kaneda»?
El maestro por fin cayó en la cuenta de la casa a la que se refería la señora, pero su actitud hacia ella siguió siendo de total indiferencia.
—Debería haber venido mi marido para pedirle consejo pero, lamentablemente, siempre está demasiado ocupado en sus negocios.
Pensó que el comentario les dejaría impresionados, pero el maestro no mostró el más mínimo interés. De hecho, estaba un tanto molesto por la forma en que esa mujer se dirigía a él, máxime cuando era la primera vez que se veían.
—Y no sólo está ocupado con su empresa. Tiene relación con dos o tres de las que también es director, como seguramente ustedes ya sabrán.
Les miraba como diciéndose a sí misma: «Ya verás cómo ahora se sienten insignificantes». Pero lo cierto es que el maestro sólo mostraba respeto hacia los doctores o profesores de universidad, y poco o nada hacia los hombres de negocios. Como en realidad era un inadaptado por naturaleza, se resignaba a no recibir ningún tipo de trato de favor por parte de esas personas. Por eso, en él sólo había indiferencia, sin importarle lo rico o lo influyente que uno pudiera ser. No albergaba esperanza alguna de recibir beneficio de esas relaciones y, consecuentemente, tendía a no prestar la más mínima atención a nadie que no perteneciera a su propia comunidad de profesores. Todo lo relacionado con el mundo de los negocios le traía sin cuidado. No se hacía siquiera una ligera idea de las actividades a las que se dedicaba aquella buena gente, así que tampoco era capaz de sentir la más mínima impresión o respeto por esos seres que él consideraba insondables.
La señora Kaneda, por su parte, jamás podría haber concebido la existencia de un ser tan excéntrico como el maestro. Su vida social era muy intensa y solía tratar con gente de lo más dispar. Tan pronto como proclamaba ser la esposa del señor Kaneda, notaba que a su alrededor el aire se hacía más denso. En cualquier fiesta o reunión, sin importar el nivel social de la gente que allí acudiera, la señora Kaneda era inmediatamente aceptada. ¿Cómo podía entonces fracasar en su intento de impresionar a un tipo como mi amo, un profesor oscuro y de gustos obsoletos? Había supuesto que la sola mención de su residencia de estilo europeo, acompañada del anuncio de quién era su marido, habría bastado para que el maestro cayera a sus pies.
—¿Usted conoce a ese tal Kaneda? —preguntó entonces el maestro a Meitei, con tono despreocupado.
—Por supuesto que le conozco. Es amigo de mi tío. Precisamente el otro día estuvo en la fiesta que dimos en el jardín —respondió Meitei muy serio.
—¿En serio? ¿Y quién es su tío? —preguntó de un modo algo impertinente la Señora Nariguda.
—Oh, bueno, el barón Makiyama —contestó Meitei, afectando la voz.
El maestro estaba a punto de decir algo, pero justo antes de encontrar las palabras adecuadas la señora Kaneda se le adelantó abruptamente y le dirigió a Meitei una mirada penetrante. Meitei, envuelto en su kimono de seda, se mostraba imperturbable.
—¡Oh, vaya! Así que es usted sobrino del barón Makiyama… No lo sabía. Le ruego me disculpe. He escuchado a mi marido hablar tanto del barón Makiyama… Me ha dicho que siempre nos ha ayudado mucho…
La forma de hablar de la Señora Nariguda se había transformado repentinamente. De pronto sonaba hasta educada. Incluso se inclinó en una reverencia.
—Oh, sí —contestó Meitei riéndose para sus adentros.
El maestro, bastante sorprendido, les observaba en silencio.
—Creo que mi marido incluso ha consultado al barón en relación al matrimonio de nuestra hija.
—¿En serio? —exclamó Meitei, sorprendido. Incluso él parecía desconcertado por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Sí. Ha de saber que recibimos una proposición de matrimonio tras otra para nuestra hija. Nos llegan de todas partes. Usted entenderá que, teniendo que considerar seriamente nuestra posición social, no podemos casar a nuestra pequeña con un cualquiera…
—Desde luego. —Meitei parecía aliviado.
—De hecho, precisamente he venido a visitarles en relación a este asunto.
La señora Kaneda se dio media vuelta y se dirigió al maestro en el mismo tono vulgar de antes.
—He oído que hay un tal señor Kangetsu que les visita a menudo. ¿Qué clase de hombre es ese individuo, Kangetsu?
—¿Qué es lo que quiere saber exactamente del individuo Kangetsu? —replicó el maestro con cara de fastidio.
—Quizás sea en relación al matrimonio de su hija por lo que pregunta usted sobre el carácter del individuo llamado Kangetsu —puntualizó Meitei con evidente sentido táctico.
—Si pudieran decirme algo sobre él, para mí sería de gran ayuda.
—Entonces, ¿lo que pretende es casar a su hija con Kangetsu?
—No se trata de lo que yo quiera —cortó inmediatamente la Señora Nariguda al maestro—. Tenemos innumerables candidatos y no nos preocuparía si Kangetsu finalmente no fuera el elegido.
—En ese caso, no necesita ninguna información sobre Kangetsu —contestó el maestro con evidente enojo.
—Pero tampoco hay razón para que se la guarde usted para sí —contestó desafiante la señora Kaneda.
Meitei, sentado entre los dos, sostenía en la mano su pipa de plata como si fuera el árbitro de la situación, y se regocijaba con la escena. Los otros dos parecían dispuestos a continuar con sus intercambios dialécticos.
—Dígame. Por lo que usted sabe, ¿Kangetsu quiere casarse realmente con ella? —atacó el maestro.
—Bueno, él no lo ha dicho nunca de modo expreso, pero…
—Ustedes suponen que sí quiere hacerlo, ¿verdad? —El maestro se daba perfecta cuenta de que para tratar con esa mujer sólo servía atacar de frente.
—El asunto todavía no ha llegado a ese punto… pero no creo que el señor Kangestsu se oponga totalmente a la idea. —La señora Kaneda recuperaba posiciones.
—¿Existe alguna evidencia concreta de que Kangetsu esté enamorado, encaprichado o incluso interesado sentimentalmente en su hija de usted? —El nuevo golpe del maestro parecía decir: «Chúpate esa. Responde si puedes».
—Bueno, más o menos sí. —El ataque no obtuvo el resultado esperado.
Meitei había permanecido hasta ese momento medio oculto en su papel de árbitro y disfrutaba del rifirrafe, pero, de pronto, su curiosidad se desbordó. Dejó la pipa y entró en la batalla:
—¿Le ha escrito Kangetsu alguna carta de amor a su hija? ¡Qué divertido! Por fin algo interesante. No pasaba nada así desde finales de año, por lo menos. Además, se trata de un espléndido tema de debate.
Sólo Meitei parecía divertirse con la situación.
—No. No le ha escrito ninguna carta de amor. Ha sido algo mucho más ardiente que eso. ¿De verdad no están ustedes enterados de nada? —La señora Kaneda se dirigía ahora a ellos con sorna.
—¿Tú sabes algo? —preguntó el maestro a Meitei.
—Yo no sé nada. Si alguien sabe algo, ése deberías ser tú.
—¡Pero si ustedes dos lo saben todo, no me engañen! —exclamó triunfante la señora Kaneda.
—¿Cómo? —exclamaron los dos al unísono.
—Por si lo han olvidado, déjenme que les refresque la memoria. A finales del año pasado el señor Kangetsu acudió a un concierto en la residencia del señor Abe, en Mukojima. Esa noche, mientras volvía a casa, algo sucedió en el puente de Azuma. ¿Se acuerdan? No repetiré los detalles pues eso comprometería a la persona en cuestión, pero lo que les he contado hasta ahora es una prueba más que suficiente de que algo hay.
La señora Kaneda, allí de pie, muy estirada, con sus dedos llenos de diamantes sobre el regazo y su magnífica nariz, lucía más resplandeciente que nunca, hasta tal punto que el maestro y Meitei parecían ir eclipsándose poco a poco.
El maestro y Meitei se quedaron de piedra ante semejante revelación. Estaban allí sentados, aturdidos, como dos pacientes a los que la fiebre hubiera dejado para el arrastre. Pero cuando el impacto de ese golpe cesó, volvieron poco a poco a la normalidad, recuperaron su sentido del humor y estallaron en risitas irreprimibles. Las expectativas de la señora Kaneda se habían frustrado. Como no estaba preparada para semejante reacción, les taladró con la mirada.
—¿Así que era su hija? ¡Que me aspen si no es extraordinario! En efecto, tiene usted toda la razón, señora. Kangetsu debe de estar loquito por ella. Te digo, Kushami, que ya no hay razón para seguir manteniendo el secreto. Vamos a aclararlo todo.
El maestro rezongó un poco.
—Evidentemente, ya no hay razón de mantener un secreto, una vez éste ha sido revelado —dijo la Señora Nariguda.
—Bueno, en efecto, reconozco que hemos estado un poco al margen de todo este asunto. Pero ahora, las circunstancias nos obligan a hacer una declaración en toda regla en lo referente a Kangetsu para información de esta señora. ¡Kushami! Eres el anfitrión, así que para de reírte o no acabaremos nunca. Es extraordinario. Vaya asunto tan misterioso, esto de los secretos. Sin embargo, por mucho que uno se guarde algo para sí, al final acaba descubriéndose todo el pastel. En efecto, cuanto más piensas en ello, más extraordinario resulta. Díganos, señora Kaneda, ¿cómo descubrió usted el secreto? Estoy verdaderamente intrigado.
—Tengo olfato para estas cosas —declaró la señora Kaneda con evidente complacencia.
—Eso no lo dudo, pero ¿quién le ha dado detalles sobre la cuestión?
—La mujer del carretero que vive ahí, justo detrás.
—¿Se refiere a esa que tiene un gato negro? —preguntó el maestro sorprendido.
—Sí. Su amigo Kangetsu me ha costado unos cuantos céntimos. Cada vez que viene aquí quiero saber de qué habla, así que me he arreglado con la mujer del carretero para que se entere y me mantenga informada.
—¡Pero eso es espantoso! —dijo el maestro a voz en grito.
—No se preocupe. No tengo el más mínimo interés en lo que ustedes dos dicen o hacen. El único que me interesa es Kangetsu.
—Kangetsu o el que sea. ¡La mujer de ese carretero es un ser despreciable! —El maestro empezaba a enfadarse de verdad.
—Pero es libre de estar ahí, en su jardín. Si no quieren que escuche sus conversaciones, deberían hablar más bajo o mudarse a una casa más grande. —La señora Kaneda, evidentemente, no estaba ni por asomo avergonzada—. Y esa no es mi única fuente. También me mantiene informada la señora del arpa japonesa.
—¿Quiere decir sobre Kangetsu?
—No sólo sobre Kangetsu…
Aquello sonaba preocupante. El maestro no pareció sentirse avergonzado por nada y replicó:
—Esa mujer se da unos aires… Actúa como si fuera la única que tuviera cierta categoría en el vecindario. Una vanidosa, una idiota, eso es lo que es…
—¡Disculpe! ¡Le recuerdo que está usted hablando de una mujer! ¿Cómo puede referirse a ella en semejantes términos? Creáme, no dicen ustedes más que sandeces.
Las formas de la señora Kaneda dejaban al descubierto cada vez con mayor claridad sus orígenes vulgares. En ese momento parecía que sólo había venido a buscar pelea. Meitei, mientras tanto, seguía tranquilamente sentado como si la lucha se desarrollara única y exclusivamente para su diversión particular. Parecía un sabio chino contemplando una pelea de gallos, sentado allí plácidamente, por encima del bien y del mal.
El maestro, finalmente, se dio cuenta de que nunca podría ganar a la señora Kaneda en lo que se refería a intercambiar barbaridades, y se sumió en un profundo silencio. Pero, de pronto, se le ocurrió una brillante idea.
—Hasta ahora ha estado hablando de Kangetsu como si fuera él quien perseguía a su hija, pero la versión que yo he escuchado es bastante distinta. ¿No es así, Meitei? —preguntó pidiendo ayuda a su amigo.
—Desde luego, desde luego —respondió el otro con gesto circunspecto—. Según oímos, su hija incluso cayó enferma y, según parece, no paraba de murmurar el nombre de nuestro amigo mientras deliraba.
—¡No! ¡Lo han entendido todo mal! —respondió la señora Kaneda, algo alterada.
—Pero eso es lo que nos dijo Kangetsu. Y también nos dijo que a él se lo había contado la mujer del doctor.
—Esa fue la trampa, precisamente. Fui yo la que le pedí a la mujer del doctor que representara ese pequeño engaño con Kangetsu. Me interesaba saber cómo reaccionaba ese fantoche.
—¿Y la mujer del doctor aceptó mantener toda esta historia aun a sabiendas de que era falsa?
—Sí. Pero, como es lógico, no podíamos esperar que nos ayudara simplemente por amor al arte. Como ya les he dicho, me he visto obligada a ir gastando unos cuantos céntimos por aquí y por allí, todo en defensa del honor de mi pequeña.
—Parece usted muy decidida a imponernos su voluntad y sacar toda la información que pueda sobre Kangetsu, ¿no es así? —A juzgar por las frases tan cortantes que soltaba, incluso Meitei estaba empezando a irritarse.
—En fin, Kushami. ¿Qué perdemos si hablamos? Contémosle todo. Ahora, señora, el maestro Kushami y yo mismo le diremos todo lo que quiera saber sobre Kangetsu. Pero sería más conveniente y efectivo si nos planteara usted sus preguntas una a una.
La señora Kaneda se sintió satisfecha con el arreglo. Entonces sus maneras, hasta entonces tan violentas, dieron paso a un cierto tono cívico educado, sobre todo cuando se dirigía al taimado de Meitei.
—Según tengo entendido, el señor Kangetsu es licenciado en Ciencias, ¿no es así? Pero, ¿podrían decirme cuál es la especialidad de su licenciatura?
—En sus cursos de especialización está estudiando el magnetismo terrestre —contestó el maestro secamente.
Por desgracia, la señora Kaneda no entendió la respuesta. Miró dubitativa a su interlocutor y preguntó:
—Si uno estudia eso, ¿puede obtener el título de doctor?
—¿Está usted diciendo en serio que no permitirá a su hija casarse con él a menos que obtenga un doctorado? —El tono de la pregunta del maestro mostraba bien a las claras lo antipática que le parecía esa mujer.
—Exactamente. Después de todo, si uno pega una patada a una piedra, salen doscientos licenciados —respondió la señora Kaneda sin asomo de vergüenza.
El maestro miró a Meitei con profundo disgusto.
—En vista de que no podemos estar seguros de si obtendrá o no el título de doctor, le rogamos que nos haga otras preguntas. —Meitei parecía igualmente disgustado.
—Díganme, ¿todavía está estudiando sobre ese asunto del no sé qué terrestre?
—Hace unos días, precisamente —respondió el maestro inocentemente—, dio una conferencia para presentar los resultados de sus investigaciones. Versaban sobre la mecánica del ahorcamiento.
—¿Del ahorcamiento, dice? ¡Pero qué espanto! Vaya individuo más macabro. No creo que consiga graduarse como doctor si se dedica con tanta devoción a estudiar cosas tales como el ahorcamiento.
—Sería, por supuesto, muy difícil que lo obtuviera si de hecho se ahorcara él mismo, pero quizás lo logre mediante el estudio de la pura mecánica del fenómeno.
—¿No creen que es inconcebible? —respondió ella, intentando leer la expresión del maestro.
Es lamentable, pero como aquella mujer no entendía el significado de «mecánica», no acababa de sentirse tranquila. Probablemente pensaba que preguntar por el significado de una expresión tan rebuscada le haría perder puntos ante sus interlocutores. Como una adivinadora, intentaba ver la verdad en los rostros de sus víctimas. El del maestro expresaba abatimiento.
—¿Y se puede saber si está estudiando algo más? Algo más sencillo de entender, quiero decir.
—Oh, sí, ahora recuerdo. En una ocasión escribió un ensayo titulado: «Una discusión sobre la estabilidad de las bellotas en relación al movimiento de los cuerpos celestes».
—¿Está usted diciéndome que se puede estudiar realmente en la universidad algo relacionado con las bellotas?
—Como no soy miembro de ninguna universidad no puedo responder a su pregunta con absoluta certeza, pero como Kangetsu está estudiando esa materia en concreto, eso quiere decir, sin duda, que el estudio merece la pena desde un punto de vista académico. —Meitei se reía de ella con expresión socarrona.
La Señora Nariguda parecía darse cuenta de que sus preguntas sobre temas académicos la estaban llevando a un callejón sin salida. Así que cambió de tema:
—Por cierto. Oí que se partió dos dientes comiendo setas durante las celebraciones del Año Nuevo.
—Bueno, fue sólo uno en realidad. Y luego se le quedó pegado un trozo de pastel de arroz en la parte rota. —Meitei sintió de pronto que pisaba terreno firme y se iluminó.
—¡Qué poco romántico! Me pregunto por qué no usó un mondadientes.
—La próxima vez que le vea le transmitiré su sabio consejo a este respecto —dijo el maestro con una risita.
—Si se puede partir un diente con una simple seta, es que debe de tener una dentadura muy débil. ¿No les parece?
—Cierto. Uno no podría decir cabalmente que esos dientes suyos sean lo que se dice fuertes y sanos, ¿no crees, Meitei?
—Por supuesto que no, pero le dan un aire gracioso. Es extraño que no se los haya arreglado y que se deje los dientes así. Quizás sea para convertirlos en anclas capaces de atrapar pastelitos de arroz perdidos por el éter.
—¿Insinúan que no tiene dinero para arreglárselos? ¿O es que simplemente es un individuo tan raro que no se preocupa por su aspecto?
—Bueno, no tiene por qué preocuparse. No creo que siga siendo el Señor Desdentado durante mucho tiempo. —Meitei recuperaba poco a poco su sentido del humor.
La Señora Nariguda cambió de nuevo de tema:
—Les agradecería que me mostraran alguna carta suya, o algo que haya escrito.
—Tengo por aquí toneladas de tarjetas escritas por él. Le ruego que les eche un vistazo —dijo el maestro sacando lo menos treinta o cuarenta tarjetas de un cajón de su estudio.
—Vaya, no necesito tantas, me basta con dos o tres…
—Déjeme que elija un par de ellas para usted —dijo Meitei mientras cogía una. La postal en cuestión tenía un dibujo, pintado probablemente por el propio Kangetsu.
—¡Curioso! ¿Así que también pinta? Vaya, pues parece bastante hábil —exclamó. Pero tras examinar detenidamente el dibujo dijo: —¡Pero qué cosa más estúpida! ¡Es nada menos que un tejón! ¿Por qué entre todas las cosas del mundo eligiría, precisamente, dibujar un tejón? —Aunque para mal, parecía que el asunto le había impresionado.
—Lea lo que está escrito por detrás —sugirió el maestro con una sonrisa.
La señora Kaneda empezó a leer obediente en voz alta como una criada descifrando el periódico:
—«En Nochevieja, según el antiguo calendario, los tejones de la montaña hacen una fiesta en la que bailan hasta el amanecer. Esto es lo que dice su canción: “Esta noche, como es Nochevieja, no paseará ningún viajero por este camino”, y bom-bom-bom, se golpean sus barrigas». ¿Pero qué diablos es esto? ¿Se están burlando ustedes de mí? —preguntó la señora Kaneda con inquietud.
—¿Acaso no le gusta a usted ese poemilla? ¡Es divino! —Meitei sacó otra tarjeta, que representaba una especie de angelote con vestimenta celestial que parecía tocar un laúd.
—La naricilla de esta criatura del cielo parece demasiado pequeña.
—Oh, no. Para ser de un ángel, es de tamaño medio. Pero olvide el asunto de las narices por el momento y lea lo que pone —insistió Meitei.
—Dice: «Había una vez un astrónomo. Una noche subió, como tenía por costumbre, hasta lo alto de su observatorio y desde allí miró las estrellas. De pronto una hermosísima doncella apareció surcando el cielo y empezó a tocar una música como nunca antes se había escuchado en la tierra. El astrónomo estaba tan absorto en la muchacha que no se dio cuenta de que la fría noche había llegado. A la mañana siguiente encontraron su cuerpo sin vida cubierto de blanca escarcha. Un hombre viejo, un mentiroso sin duda, me aseguró que esta historia era cierta». ¡Pero qué demonios! ¿De qué está hablando? Nada de esto tiene sentido. ¿Cómo puede ser este hombre un licenciado en Ciencias? Quizás le vendría bien leer de vez en cuando alguna revista literaria. —La Señora Nariguda vapuleaba despiadadamente al indefenso Kangetsu.
Meitei, por pura diversión, seleccionó una tercera tarjeta de entre las del montón.
—Bueno, probemos con esta.
En la tarjeta había pintado un barco y, como en las demás, debajo de la pintura había algo escrito:
La pasada noche una pequeña prostituta de dieciséis años
declaró no tener padres.
Como un chorlito en una costa accidentada,
lloraba mientras caminaba por la mañana temprano.
Sus padres, marineros ambos, yacían en el fondo del mar.
—¡Oh! Ésta, en cambio, sí que es buena. ¡Qué sensibilidad! Trasluce un sentimiento verdadero… —estalló la señora Kaneda.
—¿Sentimiento, dice? —dijo Meitei, desconcertado.
—Sí, sí. Desde luego. Esta pieza iría bien con un acompañamiento de shamisen.
—Vaya. Pues entonces debe de ser lo más de lo más, ¿no cree? Bueno, vayamos ahora con esta otra —dijo Meitei sacando otra tarjeta al azar.
—Gracias, pero ya he tenido bastante. Por el momento, al menos sé que Kangetsu no es lo que se dice un mojigato.
Parecía estar satisfecha en lo que se refería a Kangetsu.
—Siento haberles molestado. Pero por favor, no le digan nada a Kangetsu de mi visita.
La petición demostraba, claramente, que se trataba de una mujer enormemente egoísta. Parecía sentirse con el derecho de llevar a cabo una investigación a fondo sobre quien le viniera en gana, al tiempo que esperaba que no se revelase ninguna de sus actividades inquisitoriales. Meitei y el maestro respondieron con un tímido «sí», muy poco convincente. La mujer, entonces, se puso en pie, y reiteró su petición.
—Por supuesto, en alguna otra ocasión no tendré problemas en compensarles por sus servicios.
Los dos hombres la contemplaron marcharse. Cuando volvieron a sus asientos, Meitei exclamó:
—¿Pero qué diablos ha ocurrido aquí?
El maestro respondió:
—¿A qué ha venido todo esto?
Supongo que la mujer del maestro no podía contener más su risa. De hecho, desde hacía un buen rato se la escuchaba gimotear en la habitación de al lado.
Meitei se dirigió a ella a través de las puertas correderas levantando la voz:
—Eso es, señora Kushami, ríase usted. Con ganas. Pocas veces se ven especímenes así en el mundo. Una mujer de lo más ordinario. Cuando los caracteres primitivos se desarrollan hasta ese punto, el resultado es de lo más grotesco. Vive dios que esta quintaesencia de lo chabacano se acerca incluso al extremo de lo irrepetible. Así que no se reprima y ríase todo lo que quiera.
Se notaba que al maestro aquella mujer le había resultado sencillamente repugnante. Habló con tono esclarecedor:
—¿Te has fijado en qué cara tan espantosa…?
Meitei, para no ser menos, dijo:
—Y esa nariz, ahí plantada en la mitad de la jeta…
—Dios mío, ¿has visto lo torcida que estaba?
—Jorobada, diría yo. Una nariz jorobada. ¡Extraordinario! —y se rio con genuino regocijo.
—Es la cara de una mujer que tiene a su marido debajo de sus posaderas. —La voz del maestro destilaba resentimiento.
—Es una de esas fisonomías que se quedaron sin vender en el siglo xix y que en el xx siguen sin encontrar postor —soltó Meitei.
En ese momento la señora de la casa salió de la habitación contigua. Como mujer que era, conocía bien los hábitos de los miembros de su mismo sexo. Les advirtió en voz baja:
—Si seguís montando este escándalo la mujer del carretero se enterará de todo y le faltará el tiempo para ir corriendo a contárselo a la señora Kaneda.
—Pero señora Kushami, escuchar tales chismes no le hará ningún bien a la señora Kaneda —dijo Meitei.
—Es muy degradante decir cosas tan crueles de la cara de alguien. No es elegante reírse así de las narices ajenas. Además, creo que las cosas han ido ya demasiado lejos. —Su defensa de la nariz de la Señora Kaneda constituía más bien una defensa indirecta de sí misma.
—No somos desagradables. Esa criatura no es una mujer corriente. Es una auténtica zopenca. ¿No es así, Meitei?
—Bueno, le concedo que quizás sea una zopenca. Pero se trata de un personaje formidable en cualquier caso. Te ha dado un buen repaso, ¿no crees?
—¿Cómo puede alguien tratar así a un profesor?
—Para ella un profesor está al mismo nivel que un carretero. Para ganarse el respeto de semejante bruja uno debe tener al menos el grado de doctor, ¿no te has fijado? Te aconsejaron mal cuando te dijeron que no te sacaras el título. ¿No cree, señora Kushami? —preguntó Meitei riéndose.
—¿Un doctorado, éste? Imposible. —Incluso la mujer se desesperaba con la ineptitud de su marido.
—Aunque nunca se sabe —respondió el maestro—. Quizás obtenga el título un día de estos. No deberías dudar por sistema de mi valía. Puede que lo ignores, pero en la antigua Grecia había un hombre, llamado Isócrates, que produjo grandes obras literarias a la edad de noventa y cuatro años. Sófocles, igualmente, era casi centenario cuando sorprendió al mundo con su obra maestra. Simónides, por su parte, escribía maravillosos poemas a los ochenta años. Así que yo también…
—No seas memo. ¿Cómo puedes pensar que vas a vivir tanto tiempo con lo enfermo que estás del estómago? —La señora acortó de repente la expectativa de vida de su marido.
—Qué cosas dices. Vete a hablar con el doctor Amaki y verás. Además, todo esto ha sido culpa tuya, y nada más que tuya. Como me haces llevar este haori arrugado y este kimono remendado, las mujeres como la señora Kaneda me desprecian. Bien, pues a partir de mañana vestiré con la misma elegancia que Meitei.
—Pues «bien», como tú dices. No sé de dónde vas a sacar esa ropa tan elegante. Además, la señora Kaneda sólo le ha prestado atención a Meitei en el momento en que ha mencionado el nombre de su tío. Su actitud no estaba condicionada en absoluto por la apariencia de su kimono. —La señora Kushami se quitó hábilmente la responsabilidad de la vestimenta de su marido de encima.
La mención del tío de Meitei reavivó la memoria del maestro. Se giró hacia él y le espetó:
—Por cierto, es la primera vez que oigo hablar de ese tío tuyo, el barón. Nunca lo habías mencionado. ¿Existe realmente?
Meitei había estado esperando la pregunta, así que se apresuró a contestar:
—Sí. Sí existe. Ese tío mío es un testarudo de cuidado. Es una vieja gloria, una reliquia del siglo pasado.
—Ha dicho cosas de lo más pintorescas de él. ¿Dónde vive, por cierto? —preguntó la señora.
—En Shizuoka. Y no sólo eso. Es de los que todavía llevan un gran moño sobre la cabeza, como si fuera shogun ¿Os lo podéis imaginar? Cuando le decimos que debería ponerse un sombrero, responde con orgullo que nunca hace suficiente frío como para tener que llevar semejantes artefactos. Y cuando le insinuamos que quizás sería buena idea quedarse en cama cuando llega el invierno, replica que cuatro horas de sueño deberían ser suficientes para cualquiera. Está convencido de que dormir más de cuatro horas constituye una extravagancia, y se levanta cuando todavía es noche cerrada. «Cuando era joven», cuenta, «era duro porque a menudo me sentía adormilado, pero ahora al fin he logrado dormir y despertarme donde quiera y a la hora que quiera, según mi propia voluntad». Es natural que un hombre de setenta y siete años tenga menos necesidad de dormir que nosotros, eso es de reconocer. A mi tío le gusta pensar que su estado actual es el resultado de un largo proceso de autodisciplina. Y eso no es todo. Siempre que sale, lleva encima su famoso abanico metálico.
—¿Para qué? —preguntó el maestro.
—No tengo la menor idea. Simplemente lo lleva. Quizás prefiera salir a caminar con su abanico en vez de con un bastón. De hecho el otro día le sucedió una cosa de lo más extraña —dijo Meitei.
—¿Ah, sí? —dijo la señora Kushami.
—La primavera pasada me escribió una carta de lo más extraña, en la que me pedía que le enviase un bombín y una levita. Me quedé verdaderamente sorprendido y le escribí de vuelta para ver si me aclaraba para qué quería toda esa ropa. Cuando me respondió, pasado un tiempo, me dijo que tenía la intención de vestir ambos artículos con ocasión de la celebración en Shizuoka de la victoria en la guerra contra los rusos. Me urgía a que se lo enviase lo más rápido que pudiese. Más que una petición, se trataba de una orden. Pero lo verdaderamente singular era que me conminaba a que, para elegir el sombrero y la levita, que además debían ser «de la talla que yo considerase apropiada», debía buscar en Daimaru.
—¿Y uno se puede comprar un traje así en Daimaru?
—No. Creo que se confundió y en realidad quería decir en Shirokiya.[4]
—Da igual. Lo que no era de mucha ayuda era eso de «la talla que consideres apropiada», ¿no es así? —apuntó el profesor.
—Ése es mi tío.
—¿Y qué hiciste?
—Pues qué iba a hacer. Elegí lo que me pareció más apropiado y se lo mandé.
—¡Qué irresponsabilidad! ¿Y le quedaba bien?
—Al menos, eso fue lo que a mí me pareció. Por lo que pude leer más tarde en el periódico de la ciudad, el venerable señor Makiyama había causado sensación con su levita, que acompañó con su famoso abanico metálico.
—Parece que tu tío es de esos a los que les es difícil separarse de su amuleto.
—Le aseguro que cuando le entierren, le pondrán al lado el dichoso abanico.
—Al menos hubo suerte de que la levita y el bombín le quedaran bien.
—¡Pero es que al final no le quedaban bien! Poco después llegó un paquete procedente de Shizuoka. Lo abrí a la espera de que contuviera una nota de agradecimiento, pero cuál sería mi sorpresa cuando me encontré que dentro sólo estaba el dichoso bombín, acompañado de una escueta nota. Decía: «A pesar de que te has tomado la molestia de comprarme este sombrero, me queda demasiado grande. Por favor, sé tan amable de llevárselo al sombrerero para que lo reduzca. Y pásame la factura».
—Un asunto peculiar, hay que admitirlo. —El maestro parecía complacido de encontrar a alguien todavía más cascarrabias que él mismo—. ¿Y qué hiciste? —preguntó.
—¿Qué hice? Pues nada, qué voy a hacer. Me quedé con el sombrero para mí.
—Así que ese es el famoso sombrero… —señaló el maestro con una sonrisa.
—Y ese tío tuyo, ¿es barón de verdad? —preguntó la señora.
—No, no. Es profesor de clásicos chinos. Cuando era joven estudió a Confucio en el santuario de Yushima, y se quedó tan absorbido por las enseñanzas de Chu-Tzu[5] que por eso le dio por llevar ese moño en la cabeza. Aun hoy, en plena era de la luz eléctrica, sigue llevando el dichoso moño, como si fuera un samurái. —Meitei se frotó la barbilla.
—Pero tuve la impresión, cuando hablabas con esa horrible mujer, de que te referías a tu tío como un barón —señaló el maestro.
—En efecto. Yo también lo escuché desde la habitación de al lado —confirmó la señora.
—¿Ah, sí? ¿Lo hice? Es gracioso, ¿no es cierto? Bueno, no era verdad. Si tuviera un tío barón ahora sería funcionario, como poco. —Meitei no parecía avergonzado de su mentira.
—Me pareció algo raro, la verdad —dijo el maestro mitad complacido, mitad preocupado.
—Es impresionante la naturalidad con la que miente este individuo. Debo decir que es un maestro en ese juego —señaló la señora. Parecía profundamente impresionada.
—Me halagáis. Pero la Señora Nariz es peor que yo.
—No creo.
—Pero, señora Kushami, mis mentiras son simples e inocentes tomaduras de pelo. ¿No se da cuenta de que lo único que me interesaba era reírme de ella? Mis mentiras son mentiras con trampa, mentiras con truco, premeditadas y cargadas de malicia. Por favor, no confunda esas maldades calculadas con las bromas que suelo gastarle de vez en cuando. Si renunciase a sembrar la confusión, al dios de la comedia no le quedaría más remedio que echarse a llorar irremisiblemente por mi falta de perspicacia.
—Me asombras —dijo el maestro entornando los ojos, mientras la señora Kushami se reía de lo absurdo de la situación.
Hasta ese momento rara vez me había aventurado a cruzar la calle para investigar en las casas de enfrente. De hecho, nunca me había fijado en la casa de la esquina, la de los Kaneda, así que no tenía ni idea del aspecto que tenía. De hecho, aquella fue la primera vez que tuve noticia de su existencia. Hasta ese día, nadie en la casa había mencionado nunca a ese hombre de negocios, Kaneda. Así que si mi amo mostraba desinterés por esa gente en especial, imagínense yo, que sólo era el gato. Sin embargo, reconozco que después de escuchar toda esa conversación con la señora Kaneda, después de imaginar la supuesta belleza y encanto de su hija, y haciéndome también una somera idea de su excelente posición y desahogo, yo, insisto, que sólo era un gato, me di cuenta de que no podía perder más tiempo tumbado allí en la galería sin hacer nada. Y no sólo eso. Sentía cierta simpatía por el pobre de Kangetsu. Vivía despreocupado, sin saber que su enemiga más acérrima, la señora Kaneda, había sobornado a la mujer del doctor, a la mujer del carretero e incluso a la estirada mujer del arpa japonesa con tal de averiguar sus secretos, de descubrir sus pensamientos más íntimos. Sus movimientos habían sido espiados de tal modo, que hasta su secreto más indigno, esto es, la anécdota sobre sus dientes y el pastel de arroz, había quedado desvelado. Mientras tanto, él se limitaba a juguetear con los cordones de su haori y, ocasionalmente, a reírse como un estúpido. Era alguien enormemente cándido y eso a pesar de ser un recién licenciado. No era alguien capacitado para bregar con una mujer como la señora Kaneda, especialista en meter sus enormes narices en los asuntos de los demás. El maestro, por su parte, no sólo carecía de talento para tratar estos asuntos, sino que también carecía de los recursos necesarios para enfrentarse a esa bruja. Meitei sí que disponía de dinero, pero era un individuo tan intrascendente que nunca se ocuparía de algo que no fuera él mismo, así que para qué hablar de ayudar a Kangetsu. ¡Qué solo y qué desamparado estaba en realidad ese hombre, cuyo máximo logro había sido dar una conferencia sobre la mecánica del ahorcamiento! Sería justo, por tanto, que yo mismo me aventurara en la fortaleza del enemigo para informarme sobre sus actividades. Aunque sea un gato, no soy tan idiota y estúpido como podría creerse. Soy un gato que vive en la casa de un maestro que cuando lee a Epícteto se da de cabezazos contra la mesa del sueño que le entra. Mi cola muestra bien a las claras un espíritu virtuoso. Podría convertirme si quisiera en caballero andante. Eso no quiere decir que esté en deuda con el pobre Kangetsu, ni que me vaya a comprometer en una alocada expedición en pos del bienestar de ese pobre desdichado. Si tuviera que decir algo en mi favor, simplemente declararía que mi desinteresada acción tenía como objetivo favorecer la imparcialidad y bendecir el término medio. Desde que la señora Kaneda utilizaba sin permiso los incidentes ocurridos en el puente Azuma, desde que reclutaba subordinados para espiarnos, desde que se vanagloriaba con propios y extraños de los resultados de su inquina, desde que empleaba para sus fines a carreteros, mozos, granujas, estudiantes, solteronas, hechiceras, masajistas y hasta a imbéciles, lo que estaba haciendo era buscarle problemas a un honrado hombre de talento. Por todas estas razones, incluso un gato está obligado a hacer todo lo necesario para impedir a una mujer como ella continuar con sus malvados manejos.
El tiempo, afortunadamente, era bueno. El deshielo es siempre algo molesto, pero uno debe prepararse para sacrificar su propia vida en aras de la justicia. Si mis patas se manchaban de barro y dejaba marcas en la galería, Osan se pondría hecha un basilisco, pero eso a mí no me preocupaba en absoluto. Haciendo gala de un supremo coraje, me había decidido firmemente a no dejar para mañana lo que podía hacer hoy. Me lancé hacia la cocina dispuesto a partir en expedición, pero una vez llegué allí, me detuve a reflexionar. «Despacito, despacito», me dije a mí mismo. «Haber alcanzado el nivel más alto de desarrollo que un gato puede lograr, quizás equivalga a tener un cerebro comparable al de un niño en su tercer año de vida. Pero, desgraciadamente, la evolución de mi garganta sigue siendo la de un felino común y corriente, así que soy incapaz de articular palabras humanas. Por tanto, incluso si triunfara en mi incursión en la ciudadela de los Kaneda, sería incapaz de comunicar mis descubrimientos a Kangetsu. Es más, ni siquiera lograría contarle lo que descubriera al maestro o a Meitei. Esta información, no transmisible, sería como un diamante enterrado, sin brillo. Me habría sacrificado y habría corrido grandes peligros para nada. Lo cual sería una estupidez. Quizás lo mejor sería que revisase a fondo mi plan.» Y en esas, me detuve en la puerta.
Pero dejar un plan a medio terminar me parecía tan lamentable como dejar de ir a un sitio por miedo a que se produjera un chubasco repentino que luego las negras nubes se llevaran a otra parte. Insistir en algo cuando uno está equivocado es cosa diferente, pero el hecho de seguir adelante por el bien de la justicia, incluso a riesgo de la propia vida de uno, supondría una gran satisfacción para cualquiera que tuviera conocimiento del concepto del deber. Los esfuerzos sin recompensa y el barro en las patas poco me importaban, pues estaban en mi condición de gato. Es mi desgracia no poder comunicarme con los movimientos de la cola, tal como hago con otros felinos, con gente de la talla de Kangetsu, Meitei o el maestro. Sin embargo, y precisamente por causa de mi esencia gatuna, mi capacidad para colarme sin ser visto es mayor que la de todos estos letrados prohombres. Me parece muy estimulante hacer algo que no está al alcance de los demás. Que yo conociera los secretos de la casa de los Kaneda era mejor que el hecho de que no los conociera nadie. Aunque no pudiese transmitir una información tan suculenta, al menos disfrutaría sabiendo que los Kaneda habían revelado sus miserias a alguien. A la luz de todas las alegrías que me aportaría semejante conocimiento, me decidí a aventurarme fuera de la casa.
Nada más cruzar a la acera de enfrente me encontré con la casa de estilo occidental de la que tanto había oído hablar. Dominaba el cruce, como si todo el barrio fuera suyo. Pensaba que el dueño de semejante mansión tendría el mismo aspecto pretencioso que la casa. Traspasé la verja del jardín y contemplé el edificio. Para ser sincero, la construcción no tenía ningún mérito, en realidad. Parecía hecha para impresionar, más que nada. Supongo que a esto es a lo que se refería Meitei cuando hablaba de la mediocre naturaleza de su propietaria. Me oculté tras unos setos, tomé nota de la entrada situada a la derecha y pronto encontré el camino a la cocina. Como era de esperar, la cocina era grande, al menos diez veces más grande que la de la casa del maestro. Cada cosa estaba perfectamente colocada en su sitio, limpia y brillante, hasta tal punto que en conjunto no desmerecería a la cocina del conde Okuma,[6] descrita recientemente en un artículo del periódico titulado «La Cocina Modelo». «Esto sí que es un modelo de cocina», me dije a mí mismo mientras me deslizaba por la encimera con mis patas llenas de barro. En un entarimado, sentada en el suelo, estaba la mujer del carretero discutiendo animadamente con la criada y un cochero. Me di cuenta de lo peligroso de la situación y me escondí detrás de un cubo de agua.
—¿Y el maestro ese ni siquiera sabe el nombre de nuestro señor? —preguntó la criada.
—Por supuesto que lo sabe. El que no lo sepa en este barrio es que está sordo, o ciego, o inválido —soltó el cochero particular del señor Kaneda.
—Bueno, nunca se sabe. Ese profesor es uno de esos personajes con cara de topo que sólo se entera de lo que pone en los libros. Si supiera algo sobre el señor Kaneda, más le valdría estar muerto de miedo. Pero cómo va estarlo si no se entera de nada, ni siquiera de la edad de esas hijas que tiene, y de las que tan poco se ocupa —apuntó la dueña de Kuro.
—Así que no tiene miedo del señor Kaneda. ¡Menudo zopenco! No tiene las más mínima consideración por su fama. Pues démosle un motivo para asustarse.
—Buena idea. Ha dicho unas cosas tan horribles… No hacía más que hablar de la narizota tan grande que tenía la señora. Como si él mismo fuera una belleza… ¡Pero si tiene cara de uno de esos tejones de terracota que fabrican en Imado.[7] ¿Qué se puede hacer con un animal tan feo como ese?
—Y no sólo se trata de su cara. ¿Os habéis fijado en los aires que se da cuando va al baño público con la toalla en la mano…? Parece como si no hubiera nadie por encima de él.
El maestro Kushami caía bastante mal hasta a las criadas.
—Vayamos al lado de su casa a decir cosas sobre él para que nos oiga.
—Seguro que eso le sacará de quicio…
—Pero no podemos dejar que nos vean. Nos pondremos a gritar y a interrumpir sus lecturas, a ver si se enfada de verdad. De hecho, es lo que nos ha encargado la señora…
—Eso ya lo sabía yo —dijo la mujer del carretero dando a entender que, si la dejaran, ella sola se encargaría con gusto de llevar a cabo el encargo.
«Vaya», me dije a mí mismo, «así que esta banda planea ridiculizar al maestro». Me deslicé con cuidado por detrás del vociferante trío y penetré aún más en el interior de la fortaleza enemiga.
Las patas de los gatos parece como si no existieran. Allá donde pisan, no hacen nunca el más mínimo ruido. Los gatos caminamos como si lo hiciéramos por el aire, como si pisáramos encima de las nubes, tan silenciosamente como una piedra que se hunde en el agua, como una antigua arpa china tocada en lo profundo de una cueva. El caminar de los gatos es la realización instintiva de todo lo más delicado. En lo que a mí me concierne, esa vulgar casa de estilo occidental, simplemente no existía. Tampoco la mujer del carretero, la criada, el cochero, la hija de la señora, la señora misma, sus amigas amantes de la cháchara vulgar, o su horroroso marido. Para mí no existían, sencillamente. Yo voy donde quiero y escucho lo que me parece oportuno escuchar. Luego saco la lengua y refresco mi cola y vuelvo a casa tranquilamente con mis bigotes orgullosamente erguidos. En este asunto concreto, en lo que se refiere a la sagacidad, no creo que haya en todo Japón ningún gato tan dotado como yo. A veces pienso que debo estar emparentado con uno de esos gatos fabulosos que se pueden ver en los antiguos libros ilustrados. Se dice que cada sapo lleva en su frente una gema que brilla en la oscuridad, pero yo, dotado como estoy de mi fabulosa cola, no sólo llevo en mí el poder de Dios, de Buda, de Confucio, del Amor e incluso de la Muerte. Llevo también la panacea para curar todos los males que afectan a la especie humana. Puedo mover mi rabo grácilmente por los horrendos pasillos de la mansión de los Kaneda, igual que un dios gigante de piedra podría aplastar, sin inmutarse, un inmenso flan de leche.
En este punto me quedé tan impresionado de mis propios poderes y fui tan consciente de la reverencia que le debía a mi preciosa cola, que fui incapaz de negarle un inmediato reconocimiento a su divinidad. Me pareció oportuno rezarle a esta Graciosa Deidad de la Gran Cola una oración para triunfar en la batalla, así que baje un poco la cabeza pero me di cuenta de que no miraba en la dirección correcta. Debía girarme de nuevo y volver a reverenciarla con devoción tres veces. Pero cuando giré el cuerpo para cumplir con estos requerimientos, la cola se me había cambiado de sitio. En un esfuerzo para alcanzarla, torcí el cuello. Pero la cola seguía evitándome. Siendo así de sagrada y conteniendo el universo entero, como corresponde, es normal que mi cola de diez centímetros no quiera permanecer mucho tiempo bajo mi control. Me revolví en su persecución al menos siete veces y media, y el ejercicio me dejó exhausto. Me di por vencido. Estaba mareado y por un momento perdí toda noción de dónde estaba y quién era yo realmente. Decidí que mi paradero carecía de importancia y comencé a caminar sin rumbo. En ese momento escuché la voz de la señora Kaneda. Venía de más allá de la ventana de papel. Estiré las orejas en diagonal y las agucé, completamente alerta. Contuve la respiración. Debía dirigirme al lugar de donde provenía la voz.
—Es demasiado engreído para ser sólo un maestrillo —gritaba con su voz de cacatúa.
—Desde luego, es un tipo insoportable —dijo otra voz, que identifiqué como la del señor Kaneda—. Tendríamos que darle una lección. Tengo amigos, dos o tres, de mi misma provincia, que enseñan en su misma escuela.
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