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Pasquines, cartas y enemigos: Cultura del lenguaje infamante en Nueva Granada y otros reinos americanos, siglos XVI y XVII

Resumen

El objetivo de esta obra es sistematizar los significados de las voces y gestos que mediaron los conflictos ocurridos en Hispanoamérica en los siglos XVI y XVII. Aunque aparentan ser resultado de momentos caóticos, expresan en conjunto, el valor dado en aquella época al privilegio, al honor y al prestigio. El estudio de los lenguajes verbales, simbólicos y de representación, pretende comprender mejor a la sociedad en la que se originaron las diversas formas del insulto, así como las estrategias de que la gente se valía para su manifestación y publicación. La aproximación al problema desde la historia cultural permite a la autora hacer visibles las diversas aristas del poder, la ambición, la sexualidad y las expectativas sociopolíticas de los vasallos americanos de la monarquía española: funcionarios, eclesiásticos y gente común. En los nueve capítulos del libro se exploran las formas que podía asumir el lenguaje de la pasión presente en cartas, grafiti, libelos infamatorios, objetos infamantes y muertes atroces.

Palabras clave: comunicación y cultura, comunicación escrita, enemistad capital, arte epistolar, Historia, Colombia, Colonia, 1550-1810.

Lampoons, letters, and enemies: Culture of shameful language in New Granada and other kingdoms of the Americas, 16th and 17th centuries

Abstract

This work aims to systematize the meanings of voices and gestures that mediated in conflicts occurring in Spanish America in the 16th and 17th centuries. Although they appear to be the result of chaotic moments, as a whole, they express the value given to privilege, honor, and prestige at the time. The study of verbal, symbolic, and representational languages seeks to better understand the society in which various forms of insult originated, as well as the strategies used by people for their manifestation and publication. Approaching the problem from cultural history allows the author to make visible diverse angles of power, ambition, sexuality, and socio-political expectations of the vassals of the Spanish monarchy in the Americas: officials, ecclesiastics, and common people. In nine chapters, the book explores different forms the language of passion can take in letters, graffiti, slanderous libels, shameful objects, and heinous deaths.

Keywords: communication and culture, written communication, capital enmity, epistolary art, history, Colombia, Colonia, 1550-1810.

Citación sugerida / Suggested citation

Silva Prada, Natalia. Pasquines, cartas y enemigos: Cultura del lenguaje infamante en Nueva Granada y otros reinos americanos, siglos XVI y XVII. Bogotá, D. C.: Editorial Universidad del Rosario, 2021.

https://doi.org/10.12804/urosario9789587846669

Pasquines, cartas y enemigos

Pasquines, cartas y enemigos

Cultura del lenguaje infamante en Nueva Granada y otros reinos americanos, siglos XVI y XVII

Natalia Silva Prada

Silva Prada, Natalia

Pasquines, cartas y enemigos. Cultura del lenguaje infamante en Nueva Granada y otros reinos americanos, siglos XVI y XVII / Natalia Silva Prada; prólogo Renán Silva Olarte. – Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2021.

Incluye referencias bibliográficas.

1. Comunicación y cultura – América – siglos XVI y XVII. 2. Comunicación escrita – América – Colonia, 1550-1810. 3. Arte epistolar – América – siglos XVI y XVII. 4. América – Historia – Colonia, 1550-1810 – Correspondencia, memorias, etc. 5. Colombia – Historia – Colonia, 1550-1810 – Correspondencia, memorias, etc. I. Silva Prada, Natalia. II. Universidad del Rosario. III. Título.

302.2244098 SCDD 20

Catalogación en la fuente – Universidad del Rosario. CRAI


DJGRAbril 7 de 2021

Hecho el depósito legal que marca el Decreto 460 de 1995


© Editorial Universidad del Rosario

© Universidad del Rosario

© Natalia Silva Prada

© Renán Silva Olarte, por el Prólogo

Editorial Universidad del Rosario

Carrera 7 No. 12B-41, of. 501

Tel: 2970200 Ext. 3112

editorial.urosario.edu.co

Primera edición en español: Bogotá, D. C., 2021

ISBN: 978-958-784-664-5 (impreso)

ISBN: 978-958-784-665-2 (ePub)

ISBN: 978-958-784-666-9 (pdf )

https://doi.org/10.12804/urosario9789587846669

Coordinación editorial: Editorial Universidad del Rosario

Corrección de estilo: Leonardo Holguín Rincón

Diseño de portada: Juan Ramírez

Diagramación: William Yesid Naizaque Ospina

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Los conceptos y opiniones de esta obra son de exclusiva responsabilidad de su autor y no comprometen a la Universidad ni sus políticas institucionales.

El contenido de este libro fue sometido al proceso de evaluación de pares para garantizar los altos estándares académicos. Para conocer las políticas completas visitar: editorial.urosario.edu.co

Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad del Rosario.

Autora

Natalia Silva Prada

Doctora y máster en Historia por El Colegio de México. Licenciada en Historia por la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Fue profesora investigadora titular de la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa, Ciudad de México) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México entre 1997 y 2010. En la actualidad adelanta investigaciones en la Biblioteca del Congreso de Washington y es gestora y editora de los blogs de investigación «Los reinos de las Indias» y «Paleografías americanas» de la plataforma francesa de blogs académicos Hypotheses. Entre sus obras se destacan La política de una rebelión: los indígenas frente al tumulto de 1692 en la ciudad de México; Del arte de las escrituras antiguas: Nuevo manual de paleografía y diplomática hispanoamericana (s. XVI-XVIII) y Los Reinos de las Indias y el lenguaje de denuncia política en el mundo atlántico (s. XVI-XVIII).

Contenido

Lista de figuras

Agradecimientos

Prólogo

Renán Silva Olarte

Introducción

Capítulo 1. Lenguaje, emociones y escritura desde la historia cultural

Historia cultural del lenguaje

La historia de las emociones

La historia de la cultura escrita

Capítulo 2. La enemistad y el enemigo ‘capital’: conceptos para ingresar en el mundo de las pasiones

Emociones y enemistad

La enemistad como estrategia jurídica

La enemistad y los conflictos jurisdiccionales

La enemistad y la literatura subversiva

Capítulo 3. La ‘voz del papel’: quejas enviadas desde América al rey y al papa

Comunicación y súplica política

Formularios y leyes para escribir al rey y al papa

Cultura política antigua en las cartas al rey y al papa

El escándalo como detonante de la opinión pública

Mecanismos de la cultura política antigua en las cartas al rey y al papa

Capítulo 4. La escritura subversiva: el viaje del graffiti y de los ‘masepasquines’ a la América española

Graffiti y pasquines: características generales

¿Quiénes eran los autores de los pasquines?

El uso de graffiti y pasquines: fuentes, lugares y circunstancias

Capítulo 5. Publicación de libelos infamatorios en el Nuevo Reino de Granada y procesos de comunicación sociopolítica

Teoría y práctica de la publicación de pasquines

Pasquines en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI y XVII:fuentes y circunstancias de aparición

Capítulo 6. Una muestra de ‘libelos de vecinos’ del siglo XVI neogranadino

Los libelos de vecinos: definición

Francisco Díaz vs. Francisco Alférez. Anserma, 1565

Libelos contra los hermanos López Ortiz y López de Carvajal. Santafé de Bogotá, 1572

Capítulo 7. El lenguaje visual injurioso y el acto de ‘echar fama de judíos’

Las representaciones gráficas injuriosas en el mundo mediterráneo

Apropiación del lenguaje visual inquisitorial en América

Cuatro casos paradigmáticos

Representaciones a favor y en contra de la Inquisición

Capítulo 8. El lenguaje infamante simbólico y auditivo:cuernos, cencerros e imposiciones

Prácticas simbólicas de injuria

Los usos del cuerno y del cencerro

Prácticas de imposición: otras formas de castigo público popular

El redomazo

De cuernos y ‘putas probadas’: los vestigios de un procesocriminal en Santafé de Bogotá, 1563

Capítulo 9. Los extremos del lenguaje pasional: libelos y muertes atroces en Santafé de Bogotá y en Quito

Acercamiento metodológico al estudio de los delitos atroces

Santafé de Bogotá, 1578-1580

Audiencia de Quito, 1626-1636

Envenenamiento y libelos en el Nuevo Reino de Granada, 1648-1651

Epílogo

Bibliografía

Apéndice 1. Glosario de términos injuriosos y expresionesde los siglos xvi y xvii

Apéndice 2. Datos biográficos de los autores de cartas al rey y al papa

Apéndice 3. Lista de escándalos y agravios en los que estuvo implicado el inquisidor Juan de Mañozca y Zamora en las Indias (1613-1654)

Lista de figuras

Figura 1. Pieter Saenredam. Interior del Buurkerk en Utrecht, 1644 (The National Gallery of London)

Figura 2. Graffiti en la parte alta de una columna de la catedral de Estrasburgo, Francia

Figura 3. Gigante ubicado detrás de la puerta de la terraza del castillo Haut-Koenigsbourg, comuna de Orschwiller, Alsacia, Francia

Figura 4. Graffiti en las catacumbas de San Genaro, Nápoles, Italia

Figura 5. Fechas incisas en los muros de la catedral de Estrasburgo, Francia

Figura 6. Hombre portando el sambenito. Ph. Limborch, 1632

Figura 7. Escudo de la Inquisición. Ph. Limborch, 1632

Figura 8. Bocetos de los pasquines contra Francisco del Pulgar y Catalina de Mora, 1577

Figura 9. Recreación del pasquín

Figura 10. Auto de fe de Pedro Berruguete

Figura 11. Santo Domingo y los albigenses. Pedro Berruguete

Figura 12. Auto de fe. Grabado anónimo

A la memoria de mi padre, un hombre de honor y de palabra

A mi madre, Elsa Prada, gran lectora

A Riccardo, mi apoyo vital

A mi hija, Cami, cultora de las palabras e imágenes del presente

A mis hermanas y hermanos, enlace de mi amada familia

Este es el espacio que nosotros tenemos que investigar; este es el discurso cuyo significado debemos esforzarnos por descubrir. No será una tarea fácil, ya que las palabras se encuentran dispersas en una gran cantidad de fuentes.

Cuando las encontremos, debemos preguntarnos acerca de su historia, sus razones para existir, los motivos por las que fueron proferidas, el cambio en sus inflexiones a medida que pasaban los tiempos y los acontecimientos.

ARLETTE FARGE, Subversive Words

Agradecimientos

Esta obra la he escrito en Estados Unidos y con recursos propios que no me permitían el desplazamiento físico a Colombia, España y México. Por esta razón, debo mencionar explícitamente la gran ayuda que para mí ha representado la fabulosa puesta en marcha de la digitalización de archivos, que en el caso del Archivo General de la Nación de Colombia, de los archivos españoles estatales —en particular el Archivo Histórico Nacional y el Archivo General de Indias— y del Archivo General de la Nación de México, representan las fuentes básicas que nutren esta investigación y sin las cuales este esfuerzo no hubiera podido materializarse a corto plazo.

Por otra parte, ha sido una gran fortuna la oportunidad de haber podido usar de manera continuada y sistemática los magníficos repositorios bibliográficos y manuscritos de la Biblioteca del Congreso en Washington y en especial los servicios que me brindaron en la División Hispánica, a la que siempre estaré inmensamente agradecida.

En el orden personal, quiero hacer explícita mi especial gratitud a la confianza e impulso que me dio la profesora Adriana Alzate Echeverri para que presentara el manuscrito a la Universidad del Rosario y la generosa disponibilidad del profesor Renán Silva para la realización del prólogo de la obra.

Los profesores Luis Miguel Glave de la Universidad Pablo de Olavide, Luis Corteguera de la Universidad de Kansas y Alex Hidalgo de la Texas Christian University me aportaron bibliografía e imágenes importantes que han ayudado a nutrir este libro, de igual manera que las relevantes sugerencias que me hicieron los dos evaluadores anónimos. La historiadora Úrsula Camba Ludlow me regaló generosamente parte de su tiempo ayudándome a dilucidar los problemas pertinentes a un asunto de justicia procesal inquisitorial de cuya discusión aprendí mucho.

Por último, debo dejar constancia explícita de que, sin el apoyo paciente e incondicional, emocional y material de mi amado esposo y colega Riccardo Forte, no hubiera podido dedicar tantas horas de mi vida a este proyecto editorial.

Prólogo

Renán Silva Olarte

Doctor en Historia Moderna, Universidad de París I

De manera breve y sencilla, y tan solo como una invitación a la lectura, quisiera presentar el libro que ofrece al lector Natalia Silva Prada, sin dejar de mencionar que se trata de una historiadora que, como producto de su trabajo de varios años, tiene ya una historia editorial consolidada, bien como autora de libros y artículos, bien como editora de algunos libros en los que ha figurado también como autora. A lo largo de las páginas de esta nueva publicación, el lector encontrará citada buena parte de sus trabajos, lo que nos indica que no se trata de una historiadora que haya desembocado por sorpresivo asalto en un tema, sino que en cierta manera se trata de una evolución predecible, cuando se pone atención al hecho de que la cultura social y política de las sociedades hispanoamericanas de los siglos XVI y XVII ha sido asunto constante en sus investigaciones.

Lo que el lector encontrará aquí representa un intento de profundizar en problemas del análisis histórico que le han sido familiares a Natalia Silva desde hace años, pero es al mismo tiempo un paso adelante. El objeto central me parece ser la cultura escrita, aunque ese objeto ha tenido en años recientes tan importantes evoluciones, que fácilmente se van dibujando consideraciones más generales sobre el lenguaje —imposible separar la cultura escrita de sus manifestaciones visuales y orales— y sobre el fondo social de la cultura en sus registros más difíciles de describir: las pasiones y las emociones que son reflejadas en el lenguaje, y en muchas de sus manifestaciones escritas, trátese de pasquines, de libelos, de correspondencia (de diversa índole y en escalas locales y transatlánticas), lenguaje que es, desde luego, para los estudiosos de las ciencias sociales, un registro preciso, aunque complejo, de las propias formas básicas de las relaciones sociales que caracterizan una sociedad determinada.

Quiero resaltar, para comenzar, algunos méritos del trabajo que Natalia Silva presenta, empezando por dos elementos en apariencia obvios, pero que son verdaderos imperativos de la práctica del análisis histórico. Me refiero, en primer lugar, a la rica y copiosa bibliografía que aporta la autora y que pone de presente cuáles son las canteras historiográficas en las que ha nutrido sus análisis, como también la forma en que conoce la literatura anterior y actual que ha estudiado el problema de la cultura escrita y en general de la circulación del impreso y del manuscrito en las sociedades hispanoamericanas. Me refiero también al importante trabajo de archivo que la autora ha adelantado como parte esencial de su investigación. El lector comprobará que una cantidad notable de fuentes primarias ha sido revisada en esta investigación, y que más allá de las acostumbradas referencias de pie de página, esos documentos soportan la construcción del argumento y dan lugar al despliegue ante el lector de una cantidad grande de ejemplos, lo que hay que agradecer, pues es de esta manera como los lectores sabemos exactamente cuál es la interpretación que se nos presenta y cuáles son los hechos en que se apoya, y qué podemos asumir, objetar o matizar de tal interpretación.

Por fuera de lo anterior creo que otros méritos más, menos obvios, tienen que ver con varios puntos que paso a señalar a continuación. En primer lugar, la idea de presentar un panorama de conjunto de las posesiones de la monarquía española en tierras americanas, admitiendo cierta desigualdad de las informaciones de que se dispone y sin que haya posibilidad por ahora de presentar en sus variantes cada una de las formas singulares de esa cultura escrita, las que aquí son ante todo ilustradas con los casos de Nueva España y del Virreinato del Perú, del cual formó parte durante los siglos XVI y XVII el llamado Nuevo Reino de Granada, que al mismo tiempo, por el camino, fue conformándose como una entidad propia. La estrategia de abordar el problema de la “literatura infamante” y similares, a través de un panorama de conjunto puede ser discutida, pero tiene ventajas innegables, siendo la más visible que evita la mala costumbre de presentar un trabajo que se refiera a una de las unidades políticas de la monarquía —digamos, por ejemplo, Nueva España— como si se tratara del conjunto hispanoamericano, una característica que me parece muy presente a lo largo del siglo XX en la historiografía latinoamericana. Lo que encontramos aquí tiene pues que ver sobre todo con un panorama inicial, que desde luego deberá completarse en el futuro, pero se trata de un paso adelante en una tarea necesaria, si se acepta que la monarquía hispánica fue una condición formadora del conjunto de lo que serán en el siglo XIX sociedades nacionales diferenciadas.

En segundo lugar debe mencionarse como mérito indiscutible el hecho de que el trabajo vuelve a comprobar, aunque no sea este un énfasis que se mencione de manera repetida en estas páginas, la existencia de una innegable cultura euroamericana, en todos los planos de la vida social, sin que ello niegue las creaciones locales, las “apropiaciones singulares”, la existencia de una diversidad étnica y cultural que constituye un contenido preciso y masivo de las formas culturales de Hispanoamérica, aunque, claro, será deseable que en trabajos posteriores de esta investigadora o de otros historiadores las llamadas “repúblicas india y negra”, logren una presencia más significativa, dando extensión a una perspectiva de análisis que hace ya bastantes años ha puesto en marcha la etnohistoriadora Joanne Rappaport, y que se sintetiza en su idea de ir más allá de la ciudad letrada —en la acepción hoy superada de “ciudad letrada” que hizo en otra época circular en alguno de sus trabajos don Ángel Rama, y que pronto adquirió gran popularidad (cf. por ejemplo Joanne Rappaport y Tom Cummins, Más allá de la ciudad Letrada: letramientos indígenas en los Andes [2011]. Bogotá, 2016)—.

A los anteriores méritos se agrega uno más, y es el énfasis de este trabajo en los siglos XVI y XVII, pues es un hecho conocido que la mayor parte de las investigaciones sobre el tema habían tenido como centro de análisis el siglo XVIII, y aun su segunda mitad, lo que podía dejar la impresión de que los pasquines y los libelos, las críticas escritas anónimas a las autoridades, fueran asunto solamente del periodo borbónico, siendo, en cambio, como este trabajo lo deja claro, una práctica de comunicación de uso relativamente generalizado, un uso de la cultura escrita que comprometía un abanico social amplio y “pluricultural”, por así decir, y una práctica que, como es fácil suponer, encontraba su suelo nutricio en las propias formas sociales de esas sociedades en proceso de constitución —la llamada experiencia americana—, una experiencia de vida que innovaba en todos los ámbitos, sociales e institucionales, y que tenía como repertorio de fondo un acervo de tradiciones europeas traídas por los colonizadores, acervo que constituirá el gran “libreto” a partir del cual los grupos sociales realizan sus propias construcciones in situ, dando lugar a la riqueza, variedad y originalidad que especifican una experiencia que no podía ser sino creativa y novedosa.

Queda por precisar en el futuro, aun con mayores cuidados, lo que se puede caracterizar como los efectos sociales de esas escrituras formalmente anónimas, pero presentes en el espacio público y cuyos contenidos, a través del relevo de la palabra y la imagen, llega casi siempre a ser conocido de la mayoría, y que no podían dejar de afectar muchas veces el curso de los acontecimientos políticos de la sociedad, como en general afectaban la vida social colectiva —sobre todo la de las familias y otros grupos de interés, pero no menos las de miembros de instituciones básicas de la sociedad, como el clero y las comunidades religiosas en su vida de grupo e individual—, y que tocaba aspectos no solo del desempeño público, sino que avanzaban con completo desparpajo hacia elementos de honra, honor, moralidad y costumbres, en un intento de producir pérdidas de reputaciones y anulaciones de poder social, lo mismo que volver a alguien o a un grupo particular de la sociedad objeto de escarnio y de vergüenza pública, con las consecuencias sociales que son de suponer.

Hay que desear que este trabajo, su objeto preciso y sus inspiraciones teóricas, encuentren continuidad en muchas otras investigaciones, y que finalmente se logre avanzar a cuadros de conjunto sobre las relaciones entre las culturas escritas, los usos del lenguaje y las diferentes formas de la rica cultura visual a que dio lugar la vida en el Nuevo Mundo, y el núcleo más determinante de la cultura social, es decir el sistema de relaciones sociales, y aún más de interacciones sociales cotidianas, que son la matriz formadora de toda la actividad de lenguaje que aquí se analiza.

El programa de trabajo será largo y difícil, aunque existen desde luego varios mojones importantes de investigación en esa dirección —este trabajo es un ejemplo de ellos—, y existe una pista mayor, que es mencionada y recordada varias veces en este trabajo, pista que permite salir de la generalidad sociológica que enuncia un vínculo entre “cultura y sociedad”. Me parece que ese vínculo de inteligibilidad está enunciado en las primeras páginas de esta investigación en las palabras que se citan de Carmen Bernand y Serge Gruzinski, palabras con las que estos autores caracterizan a manera de síntesis las nuevas formas del vínculo social en suelo americano, al que se refieren como “una arena pulverizada de facciones y clases, de alta turbulencia, y recorrida por redes móviles que se desgarraban a fuerza de escándalos, de dagas, de libelos infamantes y de denuncias a la Inquisición”. Es una pista mayor que asume este trabajo, y sobre la cual habrá que afinar las caracterizaciones y explorar aun con mayores cuidados su contenido, sus variaciones espaciales y sus modificaciones en el tiempo. Pero es una pista básica que nos acerca al núcleo de la historia social del asunto y nos ayuda en la búsqueda de una comprensión de conjunto de la cultura de una época, impidiendo la tentación de cualquier salida en fuga que aísle uno u otro elemento particular —por ejemplo el mundo de la ley y los contratos—, uno u otro sentimiento particular —por ejemplo el honor, considerado por fuera de una estructura particular de valores compartidos—, como los determinantes de una forma de acción social colectiva, que no puede tener sus raíces si no en formas de vida colectiva. El caso es que, de manera precisa en estos usos sociales de la palabra, la imagen y la cultura escrita, todo indica que nos encontramos frente a lo que los antropólogos, o por lo menos una parte de la tradición antropológica desde la época de Marcel Mauss, designan como un hecho social total, lo que quiere decir que su explicación general debe ser compleja y remitir a otros hechos sociales de la misma naturaleza.

Introducción

Pasquines, cartas y enemigos ha sido un proyecto que he concebido con la explícita intención de volver a estudiar de manera más cercana un espacio geográfico y un periodo histórico con los cuales me atan profundas raíces. En pocas palabras, una forma de volver a dedicar mi energía al estudio de la historia de mi país. Pero este libro no trata exclusivamente de la historia del Nuevo Reino de Granada. Aquí se dan cita otros territorios que como el nuestro formaron parte de la monarquía española en los siglos XVI y XVII. Esa pertenencia repercute en la manifestación de prácticas de comportamiento que hacían parte de una cultura euroamericana de la que surgieron comunes actitudes en el orden mental, político, social y económico. Los fundamentos y explicaciones de ese peculiar tipo de cultura común a todos los reinos americanos recorren las páginas de esta investigación y ayudan a dar testimonio de la importancia de estudiar las interconexiones de los diferentes espacios territoriales en la historia.

El origen más remoto de la preocupación por el rastreo y significado de las expresiones de disenso —diversas a la rebelión—1 que caracterizaron a las sociedades hispanoamericanas de los siglos XVI al XVIII surgió de las revisiones bibliográficas que pude hacer en amplios repositorios como los de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en varias estancias desde el año 2004 y de los italianos en la Fondazioni Luigi Einaudi y en la Fondazioni Luigi Firpo de Turín en los años 2008, 2009 y 2011. El acceso a una vasta cantidad de materiales de la historiografía europea y americana me permitió ampliar mi visión de este tipo de problemáticas y apreciar las carencias de nuestras historiografías nacionales, en particular de la mexicana y de la colombiana con las que siempre he mantenido un estrecho contacto.

Otro impulso lejano de este libro fue el proyecto presentado al Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) en el año 2007 titulado “Representaciones políticas en los pasquines neogranadinos de los siglos XVI y XVII”, el cual fue premiado con una beca de historia colonial que finalmente no pude utilizar y al que renuncié debido a las complicaciones burocráticas y financieras que implicaba ponerlo en marcha desde México, en donde vivía en esa época. Pero, de cualquier manera, ese proyecto fue una punta de lanza de mis futuras investigaciones al cual le estoy muy reconocida.

Por otra parte, muchas de las ideas que conforman este libro se han ido depurando a partir de los intercambios que se han generado en diversas reuniones internacionales o invitaciones editoriales en las que se discutieron asuntos relacionados con la opinión y la esfera pública, los procesos de comunicación y el uso del lenguaje crítico. Con Gabriel Torres Puga, profesor de El Colegio de México, hemos encontrado intersecciones en nuestros respectivos trabajos que nos han permitido reunirnos en varias oportunidades alrededor de eventos que están atrás de las páginas de este libro. En el año 2015 él me extendió una invitación para participar en un simposio internacional de estudios inquisitoriales que tuvo lugar en Alcalá de Henares y al que finalmente no pude asistir, pero de donde emergió la inquietud de estudiar la matriz religiosa del escándalo y su transformación en mecanismo político e instrumento de publicidad. Pocos meses después, los profesores brasileños Adriano Comissoli y Murillo Días Winter me invitaron a hacer parte de un interesante proyecto editorial sobre comunicación y política en el mundo atlántico titulado Penas, prelos e vozes: comunicação e política no mundo Atlântico (sécs. xvii-xix) que no pudieron concretar sus directores. De esas dos experiencias surgió el capítulo 3 de esta obra. En el año 2016 propuse un panel sobre los procesos comunicativos y el uso del lenguaje crítico como parte de la reunión internacional Translation and Transmission in the Early Americas organizado por los profesores Ralph Bauer y Allison Bigelow en la Universidad de Maryland. Mi intervención en el panel fue el origen del capítulo 4.

Estos avances, junto al adelanto que tenía de mi investigación particular sobre el Nuevo Reino de Granada y los procesos por injurias y publicación de pasquines, me llevaron a articular el conjunto definitivo de los materiales que conforman los restantes capítulos del libro, al que decidí sumar en última instancia, el resultado de la oportunidad que me brindó el coloquio sobre inquisiciones comparadas al que fui invitada en 2019 por los profesores Gerardo Lara Cisneros de la Universidad Nacional Autónoma de México y Gabriel Torres Puga de El Colegio de México. En estas dos instituciones se llevó a cabo un innovador encuentro organizado por la UNAM, El Colegio de México, la Universidad Católica Lusitana y la Universidad de Lisboa para discutir el tema de los lenguajes inquisitoriales. Una parte de mi colaboración en esa reunión dio lugar al capítulo 7, pensado originalmente solo para estudiar un caso de pasquines dibujados ocurrido en el Nuevo Reino de Granada, pero al que finalmente decidí añadir otros hallazgos hispanoamericanos relacionados con el lenguaje visual y que nutrió aún más los otros lenguajes de injuria tratados en los siguientes capítulos del libro.

El objetivo de esta obra es sistematizar los significados de las voces, imágenes y gestos que mediaron los conflictos ocurridos en Hispanoamérica en los siglos XVI y XVII. Aunque esas voces, imágenes y gestos aparentan ser el resultado de momentos caóticos, expresan en conjunto el valor dado en aquella época al privilegio, al honor y al prestigio.

La posesión y desposesión de esta última triada de valores estaba directamente vinculada a la fama. La fama o reputación definía la posición de una persona en la sociedad de antiguo régimen, era cambiante en el tiempo y podía construirse y reconstruirse por varios de los mecanismos injuriosos que estudiaremos en este libro.2 Sin embargo, debe distinguirse con cuidado la diferencia entre fama e infamia, términos vinculados, pero no idénticos. Según arguye Jeffrey Bowman basado en códigos medievales como el de las Siete Partidas, la mala fama, en cuanto condición social, era permanente —contrariamente a lo que aducía Diana Luz Ceballos Gómez—, mientras que la infamia, en cuanto condición legal, podía ser revocada o anulada. La infamia podía, por otra parte, ser de dos tipos: de hecho y de derecho. En la primera categoría se encontraban oficios o condiciones personales que podían infamar a sus practicantes, como la de usureros, prostitutas, hijos ilegítimos o sodomitas. La segunda se adquiría a través de sentencia judicial por traición, adulterio, robo, fraude o corrupción, entre otras culpas.3 El estudio de los lenguajes verbales, simbólicos y de representación pretende comprender mejor a las sociedades en las que se originaron las diversas formas del insulto, así como las estrategias de las que la gente se valía para su manifestación y publicación. Estos lenguajes también ayudarán a entender los matices y diferencias entre fama e infamia.

La aproximación al problema desde la historia cultural me permite hacer visibles las diversas aristas del poder, la ambición, la sexualidad y las expectativas sociopolíticas de los vasallos americanos de la monarquía española, fueran estos funcionarios de diversos rangos, eclesiásticos regulares y seculares, capitanes de conquista, encomenderos, y un abanico de la llamada ‘gente común’ entre los que podemos mencionar mercaderes de ropa y esclavos, artesanos, criados mulatos e indios de los dos sexos, mujeres casadas nobles, mujeres dueñas de posadas, mujeres mestizas o ‘sin dueño’, mujeres consideradas de ‘mala vida’, viudas ricas y hombres jóvenes sin oficio.

En los nueve capítulos del libro se exploran las formas que podía asumir el lenguaje de las pasiones presente en cartas, graffiti, libelos infamatorios, objetos infamantes y muertes atroces. La investigación se apoya en una gran cantidad de documentación inédita y aunque está dirigida a un público especializado, pretende generar el interés de una audiencia general porque el insulto es una especie de ‘arte’ que se hace reiteradamente muy explícito en la nueva era y cultura digital que compete a todos, así como en las complejas reacciones que ha suscitado el llamado ‘posconflicto’ en Colombia que pueden proyectarse de la misma manera a situaciones similares de otros países latinoamericanos.

El primer capítulo es una introducción teórica, metodológica e historiográfica a los problemas y temáticas que se abordarán a lo largo del libro. Se presenta una reflexión primaria sobre el significado de la historia cultural del lenguaje y de otras dos subdisciplinas de la historia cultural emparentadas con ella: la historia de las emociones y la historia de la cultura escrita.

El segundo capítulo está enmarcado en la subdisciplina de la historia de las emociones como parte de la historia cultural. Aquí me acerco al estudio del odio y de la ira como pasiones desencadenantes de la enemistad. En cuanto emociones y lenguaje están íntimamente vinculados, se proporciona una reflexión del contexto en el que surgen los conceptos de enemistad y enemigo capital, presentes a su vez en los pleitos por injurias, libelos y asesinatos que se estudian en todo el libro. Se exponen tres casos específicos ocurridos en las gobernaciones de Cartagena y de Santa Marta relacionados con el mundo jurídico y epistolar.

El tercer capítulo se enlaza con el anterior a partir del mundo de la cultura escrita epistolar. La ‘voz del papel’ trata sobre la comunicación política a través del intercambio epistolar entre los vasallos y las máximas autoridades de la monarquía y de la Iglesia: el rey y el papa, intercambio intensamente marcado por la transmisión de noticias de extrema gravedad originadas en conflictos jurisdiccionales y personales. En este capítulo se insiste en la estrecha relación existente entre el proceso comunicativo y el derecho de petición y se muestra y afirma que el flujo de noticias entre España y América estaba mediado por la legitimidad de ese derecho y la denuncia de agravios y escándalos.

El cuarto capítulo es una introducción a las escrituras subversivas y un recorrido panorámico por la historia de dos manifestaciones de la historia social de la escritura: los graffiti y los pasquines. Se presenta una diferenciación entre ambas, se explican los soportes materiales, los autores y los contenidos que las emparentan o las diferencian, así como las fuentes para ubicarlos. Como escrituras subversivas sirven para estudiar tanto la práctica social como el acto político que es implícito a ambas. Se analiza tanto para graffiti como para pasquines o libelos infamatorios el origen y la presencia en América desde tiempos remotos, usando ejemplos de toda la geografía americana.

El quinto capítulo, centrado en el Nuevo Reino de Granada, profundiza tanto regional como conceptualmente los aspectos generales tratados en el capítulo anterior. Se analizan las sanciones jurídicas e históricas a esta práctica, los momentos/lugares de aparición y las motivaciones que guiaban a los autores a hacer públicas las denuncias o las burlas. Se explora, igualmente, el vínculo entre ‘movimientos de opinión’ y aparición de pasquines, así como el concepto de ‘publicística’.

El propósito del sexto capítulo es referenciar los casos más tempranos de libelos que no tuvieron una estricta motivación política, al menos en su origen, sino que obedecían a razones personales y que nos permiten ver la cara cotidiana y violenta de la historia en los primeros tiempos de la colonización neogranadina. Los libelos de vecinos nos acercan al mundo de los celos, la infidelidad, la venganza, la violencia doméstica contra mujeres e indios, la destrucción de la fama y un sinfín de pasiones que se agitaban entre los muros de los poblados recién nacidos como Santafé de Antioquia y Santafé de Bogotá.

Con el séptimo capítulo iniciamos una reflexión particular de las diversas formas que asumió el lenguaje injurioso. Para estudiar el lenguaje visual injurioso este capítulo explora en un recorrido histórico las prácticas del fenómeno en Europa y en Hispanoamérica. Se centra, en particular, en cuatro casos paradigmáticos ocurridos en la segunda mitad del siglo XVI americano en los que se utilizan símbolos visuales denigratorios en iglesias, altares y pasquines. Los casos estudiados se apoyan en documentación muy selecta y de difícil ubicación. Su hallazgo nos permite explorar los significados de las imágenes en los que hubo apropiación de símbolos inquisitoriales —para tachar de judíos a los vecinos de los poblados— y las formas en que pudieron haberse difundido.

El octavo capítulo trata tanto del lenguaje visual insultante como del auditivo. Como no eran prácticas escritas son más difíciles de historiar, pero en ocasiones se las encuentra vinculadas a expresiones escritas, lo cual proporciona nuevas posibilidades al conocimiento profundo del lenguaje injurioso. Se referencia el uso de cuernos, matracas o cencerros, cantaletas, apostillas, redomazos y sambenitos en la geografía americana y se estudia en particular un caso de uso de cuernos a partir de un proceso criminal de un suceso ocurrido en Santafé de Bogotá en 1563.

El libro se cierra con un capítulo dedicado al estudio de una expresión extrema del lenguaje emocional, aquella que terminaba no solo en asesinato sino en muertes provocadas siguiendo rituales simbólicos que parecen aumentar el concepto de delito atroz del cual ya formaba parte, dentro de las clasificaciones de la época, el homicidio. Se estudian tres casos ocurridos respectivamente en Santafé de Bogotá y en Quito, el primero en la segunda mitad del siglo XVI y el segundo y tercero en los primeros años y mediados del siglo XVII. En dos de los tres casos existió un estrecho nexo entre la publicación de pasquines y los homicidios referidos.

La historia cultural es una subdisciplina joven de la Historia y por lo tanto tiene aún enormes potencialidades de desarrollo. He escrito este libro consciente de la necesidad de impulsar el conocimiento más profundo de las formas de interacción humana en los siglos XVI y XVII del territorio americano en general y neogranadino en particular. De manera específica, la historia cultural del lenguaje es una perspectiva metodológica que busca articular y resignificar las palabras, acciones y emociones de individuos y colectivos anónimos que otras escuelas historiográficas han pasado por alto o que consideraban dichas palabras, acciones y emociones como constitutivas de un periodo en el que estas se explicaban como parte de conductas erráticas o de sistemas sociales y políticos caóticos y poco estructurados.

Esta investigación es un aporte específico al estudio, conocimiento y contextualización de las expresiones, lugares y circunstancias en las que se manifestaba el lenguaje injurioso, y por lo tanto el conflicto, poniendo en evidencia un amplio conjunto de prácticas en las que estos se explicitaban, tales como los graffiti, los pasquines, las cartas y los homicidios, prácticas que a su vez constituyen fuentes históricas para desentrañar la enorme e impactante riqueza del lenguaje verbal, visual, simbólico e incluso auditivo. En este libro se sistematizan las diversas formas del lenguaje de humillación y se contextualiza desde un nuevo ángulo la importancia que las sociedades de la edad moderna concedían al honor y al prestigio. De manera paralela, el estudio reitera constantemente la existencia de una cultura política que tenía un lenguaje y unas expresiones que le eran propias.

De la que François-Xavier Guerra llamó “política antigua”4 o del antiguo régimen yo derivo la expresión “cultura política antigua/tradicional”,5 la cual entiendo como el conjunto de discursos (escritos y verbales) y prácticas estratégicas (simbólicas y de representación) por los cuales se daba una participación en la vida política, tanto de los sectores cultos de la sociedad como de aquellos que no formaban parte de la esfera política formal. La aproximación a la historia de la cultura política permite estudiar y entender los mecanismos y significados de los reclamos y las formas de participación en la vida política. En mis investigaciones me centro, en particular, en las prácticas de disenso que revelan la existencia de una dinámica esfera pública en los siglos xvi y xvii,6 la cual defino como aquellos espacios nacidos de las tensiones sociopolíticas que generaban un ambiente de discusión en la vida local, regional e incluso imperial. En este estudio me remito en particular a mecanismos generadores de esa esfera pública, como eran los de la suplicación real —un instrumento legítimo— y a su expresión contraria e ilegítima, el uso de escrituras y manifestaciones simbólicas subversivas. François-Xavier Guerra en su texto “De la política antigua a la política moderna” no se refería aún al concepto ‘cultura política’, pero este es homólogo a lo que él consideraba ‘formas de acción’ política, las cuales operaban en la vida política ordinaria como parte del “juego de influencias y relaciones para obtener decisiones favorables o para obstaculizar las adversas”,7 que desencadenaban en una multiplicación de pleitos. A las formas ordinarias de acción política se sumaban las extraordinarias que aparecían en momentos de fuertes tensiones y que en calles y plazas se manifestaban en forma de rumores, pasquines, motines y revueltas.

En las sociedades contemporáneas la injuria sigue siendo un delito de honor castigado con varios años de prisión y multas que pueden ascender a cientos de miles de dólares. Salvadas las diferencias jurídicas, sociales y políticas que median entre los siglos en este libro son estudiados, la defensa del honor es un derecho consagrado en el caso colombiano, en la Constitución Política de 1991. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos estipula que todas las personas tienen derecho a que se les respete su integridad física, psíquica y moral.8 No obstante, a la relatoría especial de la OEA le ha preocupado en fechas recientes la utilización de la figura de “delitos contra el honor” para justificar el desacato y el libre debate de las ideas que utilizan a su favor muchos funcionarios.9

El crecimiento acelerado de las nuevas tecnologías de la comunicación, así como el impresionante incremento de las redes sociales de internet, ha facilitado nuevas formas de intercambio humano, pero también, ha permitido un crecimiento exponencial de expresiones como el insulto, la injuria y la calumnia.

Los fenómenos que estudiaremos en este libro siguen muy vigentes. El uso del anonimato presente en las redes sociales es un fenómeno que podríamos homologar a la publicación de graffiti y pasquines en la era moderna. Lo paradójico del asunto es que las escrituras subversivas eran manifestaciones de una época en la que la libertad de expresión no existía aún y era duramente castigada y censurada. Las exhibiciones contemporáneas de agresión son, por el contrario, producto de una apertura desmesurada de las posibilidades de la comunicación y del crecimiento de la opinión pública. No obstante, con frecuencia se busca poner cortapisas al uso del anonimato, la creación de cuentas falsas e incluso la publicación de informaciones que puedan afectar a personajes de la alta esfera pública. Uno de los casos más recientes y estridentes ha sido el de la demanda por injuria agravada impuesta por la vicepresidenta de Colombia Martha Lucía Ramírez contra el periodista británico Jeremy McDermott quien publicó un informe en el que vinculaba una empresa familiar de la vicepresidenta con un presunto narcotraficante. Al final de julio de 2020 la denuncia penal fue retirada tras presiones del Comité Internacional para la Protección de los Periodistas y el llamado de atención de José Miguel Vivanco, director ejecutivo para las Américas de Human Rights Watch, en el que expresa que el honor de los funcionarios nunca debería protegerse por la vía penal.10 El reclamo del periodista investigativo y la declaración de la vicepresidenta en su cuenta de Twitter convergen en el respeto a la libertad periodística que es la razón que finalmente ha triunfado. Este desenlace nos muestra el abismo que separa a los siglos XVI y XVII del siglo xxi.

En el orden práctico, el libro cuenta con tres apéndices pensados como instrumentos para usar de manera interactiva con el texto. El glosario, en particular, resulta útil para ayudar a puntualizar los significados exactos o más cercanos que tenían las palabras en los siglos XVI y XVII, aunque en algunos casos las definiciones de esos términos no provienen de los léxicos del mismo periodo porque aún no estaban incluidos en ellos. Se ha privilegiado el uso de la terminología relacionada con el lenguaje injurioso, así como algunos conceptos que ayudan a entender la lógica de tipo estamental que marcó el periodo tratado.

1 Tema del que me ocupé en mi investigación doctoral y que derivó en el libro La política de una rebelión. Los indígenas frente al tumulto de 1692 en la ciudad de México (México: Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, 2007).

2 Para un análisis particular de esta mecánica y de las formas en las que se construía la fama de bruja de una mujer, véase Diana Luz Ceballos Gómez, ‘Quyen tal haze que tal pague’. Sociedad y prácticas mágicas en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Ministerio de Cultura, 2002).

3 Jeffrey A. Bowman, “Infamy and Proof in Medieval Spain”. En The Politics of Talk and Reputation in Medieval Europe, editado por Daniel Lord Smail y Thelma Fenster, 103-104 (Ithaca, NY: Cornell University, 2018).

4 Cf. François-Xavier Guerra, “De la política antigua a la política moderna. La revolución de la soberanía”. En Los espacios públicos en Iberoamérica, coordinado por François-Xavier Guerra et ál. (México: FCE-CEMCA, 1998), 109-139.

5 Sobre el uso de este concepto, véase Natalia Silva Prada, “Estrategias culturales en el tumulto de 1692 en la ciudad de México: aportes para la reconstrucción de la historia de la cultura política antigua”. Historia Mexicana 53, n.o 1 209 (2003): 5-63; Natalia Silva Prada, La política de una rebelión, 27-78; Natalia Silva Prada, “El disenso en el siglo XVII hispanoamericano: formas y fuentes de la crítica política”. En Cultura política en América. Variaciones regionales y temporales, coordinado por Riccardo Forte y Natalia Silva Prada (México: Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, 2006), 19-42; Natalia Silva Prada, “Cultura política tradicional y opinión crítica: los rumores y pasquines iberoamericanos de los siglos XVI al XVIII”. En Tradición y modernidad en la historia de la cultura política. España e Hispanoamérica, siglos xvi-xx coordinado por Riccardo Forte y Natalia Silva Prada, 89-143 (México: Juan Pablos-Universidad Autónoma Metropolitana sede Iztapalapa, 2009).

6 Sobre las posibilidades de la documentación histórica para entender la esfera pública de los siglos xvi y xvii en Hispanoamérica véase, en particular, Natalia Silva Prada, “Pasquines contra visitadores reales: opinión pública en las ciudades hispanoamericanas de los siglos XVI, XVII y XVIII”. En Opinión pública y espacio urbano en la Edad Moderna, dirigido por James S. Amelang y Antonio Castillo Gómez y editado por Carmen Serrano (Gijón: Trea, 2010) y Natalia Silva Prada, “El tribunal de la fe censurado: prácticas, rituales, pasquines y rumores contra la Inquisición novohispana (1602-1734). Fronteras de la Historia 21, n.o 1 (2016): 154-166.

7 Guerra, “De la política antigua”, 117.

8 Aura María Franco Reyes, “Las redes sociales y los delitos de injuria y calumnia en Colombia”. Trabajo de grado para optar al título de abogada, Universidad Católica de Colombia, 2017.

9 Sitio web de OEA, capítulo VI, Leyes de desacato y difamación criminal. http://www.oas.org/es/cidh/expresion/showarticle.asp?artID=442&lID=2. Consultado el 3 de agosto de 2020.

10 DW. Made for Minds. “Vicepresidenta de Colombia retira demanda por injuria contra periodista”. https://www.dw.com/es/vicepresidenta-de-colombia-retira-denuncia-porinjuria-contra-periodista/a-54372314. Edición del 30 de julio de 2020.

Capítulo 1 Lenguaje, emociones y escritura desde la historia cultural
Historia cultural del lenguaje

En fray Juan de Dueñas, paradigmático prosista franciscano culto del siglo XVI, puede rastrearse el importante papel y poder de la palabra en la cultura latina occidental, base del escolasticismo medieval y renacentista. En su libro Espejo de consolación de tristes,11 obra didáctica muy leída en el siglo XVI, se refleja la función dicotómica que para él es connatural al lenguaje e íntimamente vinculada a la concepción del mundo cristiano. El bien y el mal aparecen asociados al lenguaje humano desde el principio de la creación. Dueñas asocia el lenguaje del cielo a Dios y el del mundo al demonio. En el primero está implícita la verdad; en el segundo, la mentira y la falsedad.12 La persona paciente y virtuosa pone la otra mejilla, la persona mala y perversa ofende con injurias. Pero también en el lenguaje del demonio se encuentran las palabras aduladoras. Cuando cita a Jesucristo a través de Marcos dice: “La muerte y la vida están en manos de la lengua […] de tus palabras serás justificado, o condenado […] porque tu sin duda alguna eres señor del hablar y del callar”.13 Según san Crisóstomo, “porque tu solo tienes y no otro alguno la llave de tu boca”.14 El escritor franciscano advierte desde su propia concepción del mundo la fuerza e influencia de la palabra en el devenir del hombre.

El lenguaje ha sido definido como el “vehículo por el que el hombre transmite el resultado de sus experiencias de instalación en la naturaleza y en la sociedad”15 o como “una forma más de percibir la realidad histórica”.16 Sin embargo, la historia cultural del lenguaje ha sido poco definida, aunque cultivada desde hace unas décadas por historiadores de renombre como Natalie Zemon Davis,17 Lynn Hunt,18 Carlo Ginzburg,19 Arlette Farge,20 Peter Burke,21 Roger Chartier22 o Robert Darnton,23 quienes a su vez han recibido una importante influencia de científicos sociales como Mijaíl Bajtín,24 Clifford Geertz,25 Pierre Bourdieu,26 Michel de Certeau27 o Michel Foucault.28

En este libro nos aproximaremos al lenguaje como una entidad mixta que puede fungir ya sea como espejo, ya como agente social. Es decir, no exclusivamente a la noción convencional del lenguaje como medio de comunicación (vocabulario o nomenclatura designativa de hechos, cosas e ideas) sino como generador activo de los significados con los que dichos hechos, cosas e ideas son dotados. Se trata de aproximarnos a formas del lenguaje que nos permitan comprender cómo opera el mundo y qué lugar ocupan los actores sociales en él.29

La historia cultural del lenguaje es una historia sensible a “los lenguajes de que se valen los actores sociales para definir sus identidades y para oponerse a quienes los desmienten”.30 Para los historiadores pioneros de la nueva historia cultural o sociocultural, “la instancia llamada cultura es el marco con el que operamos los individuos en el seno de la realidad, el repertorio de códigos que hacemos valer para actuar”.31 De donde se infiere que el historiador cultural es el que “rastrea esos códigos con el fin de interpretar adecuadamente las acciones de los antepasados”32 y, añadiríamos, las palabras específicas, símbolos y gestos con los que se expresaban esas acciones.

En este punto debemos advertir que tomamos distancia de las reflexiones extremas generadas por el llamado linguistic turn popularizado por Richard Rorty33 y las conclusiones expuestas por sus seguidores. Ciertos humanistas posmodernos llegaron a proponer que la realidad no puede existir si no se la nombra, es decir, que ella se encuentra sometida al lenguaje. 34 Para los historiadores, una consecuencia extrema de esta forma de pensamiento fue la formulación de la idea de que no podemos escapar al relativismo que nos imponen los textos con los que escribimos el relato histórico, convirtiéndose así la Historia en una construcción sujeta a las leyes del lenguaje, en un ejercicio retórico y hasta de ficción más que científico.35 Otra consecuencia del giro lingüístico sería la dependencia de los sujetos históricos a los lenguajes impuestos por las instancias de poder. Al contrario de esto, y siguiendo las reflexiones de Roger Chartier, creemos en la posibilidad de los actores sociales de darle sentido tanto a las prácticas como a las palabras y a la capacidad de reaccionar de manera inventiva en los espacios cotidianos, a las coacciones y a las convenciones que tratan de imponer las fuerzas dominantes de las distintas sociedades.36

Este trabajo se centra en el estudio del sentido de las palabras, así como de los gestos, imágenes y símbolos que mediaban los conflictos de la gente que vivió en Hispanoamérica en los siglos XVI y XVII. La reflexión sobre el lenguaje verbal y simbólico ubicado en su contexto nos permite “dar significado a las palabras [pero también símbolos, gestos e imágenes] oscuras de individuos” remotos, imaginando “lo que debieron de sentir, de pensar, aunque admitiendo a la vez la distancia infranqueable [que nos] separa de ellos y que hace imposible restituir el mundo pretérito”.37

En 1987 Peter Burke llamó la atención a historiadores y lingüistas sobre la necesidad de construir una “historia social del lenguaje”. Casi dos décadas después, en el año 2005, él hacía constar la existencia de respuestas a ese llamado desde el campo de la lingüística y de la historia en el prefacio al libro editado por Rocío García Bourrellier y Jesús María Usunáriz, Aportaciones a la historia social del lenguaje.38 En fechas más recientes el impulso de este tipo de estudios se concretó en una obra centrada específicamente en el estudio del improperio en el Siglo de Oro español titulada Los poderes de la palabra39 y en un esfuerzo lexicográfico y documental llevado a cabo por Cristina Tabernero y Jesús María Usunáriz, quienes han dado a la luz un increíble Diccionario de injurias40 de los siglos xvi y xvii. Este diccionario se basa en mil quinientos procesos judiciales del Archivo General de Navarra, el cual contiene más de mil términos que con sus variantes de uso asciende a un total de ocho mil doscientos términos, los cuales dan a conocer los procesos de oralidad de los hablantes del pasado y la extensión del uso de las voces.

La que Peter Burke llama historia cultural del lenguaje, “o cualquiera que sea el nombre que quiera dársele”,41 parece estar creciendo a un ritmo constante. Con este nombre se refiere en particular a una subdisciplina que estudia en su contexto histórico social el uso de las diversas lenguas. Desde la perspectiva histórica no se trata de un ejercicio de lingüística pura sino de aprehender las formas que el lenguaje asumía entre nobles, mercaderes, cortesanos y bandidos o entre otros grupos como los de las mujeres, los moriscos y los judíos. En 1987 Burke expresaba con mucha razón que el estudio del lenguaje no debía ser un campo exclusivo de los lingüistas, destacando la necesidad de estudiarlo como una institución social y como una parte de la cultura. Desde esta misma perspectiva, al lenguaje verbal —escrito u oral— debemos sumar el lenguaje simbólico y el lenguaje visual.

En los años precedentes el debate acerca de la importancia del lenguaje y del discurso sobre la reconstrucción histórica y su posibilidad de ser en sí misma una ciencia ha tenido enormes repercusiones a nivel teórico, pero relativamente pocas a nivel práctico. José María Usunáriz nos recuerda cuáles han sido los diversos recorridos teóricos y los intensos debates que habrían contribuido a despertar entre los historiadores la conciencia de la necesidad de acercarnos al estudio del lenguaje. En ese ámbito, y siguiendo a Michel Foucault, se han desarrollado investigaciones centradas en torno a las relaciones entre el lenguaje y el poder, o siguiendo a Quentin Skinner han analizado las teorías y terminología de los politólogos del Siglo de Oro. La propuesta de Chartier, la de estudiar las formas culturales específicas del lenguaje de cada época, va avanzando en España y tiene todavía un gran terreno de cultivo en América Latina. Uno de los esfuerzos colectivos recientes más notables es la obra Palabras de injuria y expresiones de disenso coordinada por Claudia Carranza Vera y Rafael Castañeda García.42 Este libro es fruto de un proyecto dirigido a estudiar las diversas expresiones y manifestaciones del lenguaje licencioso o atrevido en el periodo colonial desde dos esquinas disciplinarias, la literatura y la historia. El libro está compuesto por dos decenas de ensayos que abordan el universo de la injuria en sus aspectos políticos,43 sociales, judiciales, religiosos y literarios. La injuria, el insulto o la infamia no son cuestiones que se reducen simplemente a denuestos lexicales, sino que podemos encontrarlas en las crónicas y cancioneros, en los tropos del lenguaje como la sátira,44 en las maldiciones, las fórmulas mágicas, los maleficios, las interjecciones, las canciones, la blasfemia,45 la herejía, la burla y los gestos.

Debemos mencionar los importantes esfuerzos que algunas profesoras chilenas han emprendido en la revista Historia y justicia en la que se han publicado investigaciones relacionadas con el tema de la injuria de palabra en el ámbito judicial. María Eugenia Albornoz Velásquez, una de las pioneras de este proyecto, ha publicado numerosos artículos relativos a esta materia desde la presentación de su tesis de maestría “Violencias, género y representaciones: la injuria de palabra en Santiago de Chile. (1672-1822)”.46 Parte de estos esfuerzos se pueden consultar en varios artículos publicados en la revista Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, en la que la injuria de palabra se asume como un delito del lenguaje.47

Otro síntoma del interés que está despertando el estudio del lenguaje en una esfera especializada de estudiosos es el reciente coloquio realizado en México sobre los “lenguajes inquisitoriales”48 que fue abordado tanto desde el ámbito institucional como desde las apropiaciones de él por sectores ajenos al tribunal de la fe. Se exploraron diferentes vocabularios usados por el tribunal a ambos lados del Atlántico, así como símbolos y prácticas.

La historia cultural del lenguaje que proponía Peter Burke era ambiciosa y esperaba él que tomara impulso en el siglo XXI. El lenguaje como “parte de la cultura y de la vida cotidiana”49 debe ser estudiado históricamente en todos sus aspectos. Esta forma de apreciación del lenguaje resulta ser “un componente más de la historia de la cultura”50 y es a la vez “un reflejo de la sociedad”.51 Los historiadores debemos enfrentar la necesidad todavía imperante de dar a conocer “la relación entre el lenguaje y la cultura o la sociedad en la que se habla”.52

¿Con qué tipo de fuentes podemos contar para esta empresa? Los procesos judiciales pueden ser una puerta de entrada. A pesar de que estas fuentes están impregnadas de un lenguaje institucional y mediatizado, es posible extraer de ellas, y a partir de las declaraciones de los testigos y reos, rastros del lenguaje oral no reelaborado.53

Las cartas que son parte de procesos judiciales pueden resultar también textos útiles para el conocimiento de los lenguajes profesionales, para aproximarnos a manifestaciones del lenguaje coloquial, para conocer las diferencias entre niveles sociales y políticos y para comprender mejor las relaciones sociales.54 Este libro parte de este tipo de fuentes con la finalidad de profundizar cada vez más en el lenguaje de denuncia55 y en el tipo de vínculos que establecían los vasallos con sus representantes terrenos y divinos o entre ellos mismos en la esfera cotidiana.

Al lenguaje hablado y escrito podemos sumar los lenguajes simbólicos y de representación.56 Félix Segura nos recuerda que en los últimos años los historiadores han analizado las representaciones mentales de la sociedad que se plasman en imágenes y en símbolos como una forma de ampliar la comprensión de determinadas facetas de su cultura. James Epstein ha hecho estudios pioneros en ese campo, preocupado por estudiar la importancia de los significados de los rituales políticos y simbólicos, menos que por entender las ideologías formalmente articuladas, llegando a hablar de la necesidad de comprender la complejidad de la “etimología visual” a la que haremos referencia en particular en los capítulos 7 y 8.57

Con respecto al insulto como parte del lenguaje verbal y simbólico, Peter Burke había advertido que este no pretendía tanto describir a una persona como “atacarla para destruirla socialmente con las repercusiones que ello tenía en la modificación de las conductas interpersonales”.58 Félix Segura añade que la “palabra deshonesta, escueta y volátil”59 es un arma de fácil manejo que golpea plenamente “la posición inalterable que ocupa el individuo con relación a su grupo”.60 La violencia verbal, pero también simbólica, afectaba los códigos del honor61 forjados y legados en el tiempo y en niveles que dependían de la posición en ese grupo social. De la misma manera, o aun con más fuerza, los insultos simbólicos tenían un fuerte efecto negativo en la concepción del honor de los lastimados en el proceso injurioso.

Este libro es una aproximación histórica a las diversas formas en las que el lenguaje de injuria y de denuncia se insertaba en la sociedad y cobraba significado. Partimos de la importante idea de que “el lenguaje es un reflejo de la sociedad, un indicador sensible de las relaciones sociales (deferencia, familiaridad, solidaridad), de los cambios y de las resistencias al cambio”.62

En los próximos capítulos recuperaremos las diversas formas del lenguaje injurioso y de reclamo presentes en cartas, pasquines, gestos, objetos e imágenes. Bien decían Serge Gruzinski y Carmen Bernard en su Historia del Nuevo Mundo que la sociedad colonial era “una arena pulverizada de facciones y clanes”,63 de “alta turbulencia”64 y recorrida por redes móviles que se desgarraban a fuerza de escándalos, de dagas, de libelos infamantes y de denuncias a la Inquisición. Ciertos delegados de la autoridad real llegaron a captar la esencia de estos elementos desgarradores, caracterizándolos como “un lenguaje tan nuevo”65 en el que se referían a “cartas sin firmas y otras firmadas”,66 las cuales solo podían ser de autoría de “un hombre o por mejor decir demonio salido del infierno”.67 Un irlandés llegado a tierras novohispanas escribió un libelo infamatorio contra los inquisidores, refiriéndose a este acto como “discurso”68 producto de un “agravio” que le llevó a responder de forma iracunda. Nuestra intención es sistematizar todas aquellas palabras y expresiones que parecen producto del caos, para concederles un significado en un tipo de organización social, política y económica que valorizaba, sobre cualquier otro principio o aspiración, el privilegio, el honor y el prestigio antes que la riqueza.69 En estas sociedades fundadas en numerosos tipos de privilegios, cada categoría de vasallo tenía derecho a la defensa del honor arrebatado por la injuria y que, en consecuencia, podía incidir en la pérdida del privilegio, cuestión de mucha monta en aquella época. Como nos lo recuerda Thomas Duve, “el privilegio más allá de ser un instituto del derecho común llegó a ser un modo de pensar, una práctica cultural más allá de la metodología o la teoría del privilegio”.70

En la historiografía contemporánea, la fuerza de la palabra comienza a ser protagónica. Jorge Cañizares-Esguerra ha demostrado recientemente que los procesos de conquista de Hispanoamérica también se libraron en el papel y que a la par con la apertura de fronteras territoriales se libró una importante batalla de contratos. A los acuerdos originales con la corona los rivales interpusieron litigios que ponían en entredicho dichos contratos, se enviaban visitas, se generaban probanzas y miles de páginas de testimonios que llegaron a configurar cartapacios jurídicos de una importante entidad. Incluso, muchas de las llamadas crónicas de Indias no son otra cosa que las narrativas del “mundo del litigio”, el cual “sirvió como dinamo de conquista” y como “origen permanente de conflicto”.71

La agresión verbal, simbólica o visual, en cuanto acto injurioso, tenía circunstancias agravantes dependiendo del lugar y del momento en que se realizaba, de la publicidad o número de quienes escuchaban, percibían o veían el insulto, de la repetición de la injuria y/o de la existencia de violencia asociada. Esas variables pueden modificar el significado de la injuria y la situación social, política y de género de las partes implicadas.72 Por encima de estas variables, la fama pública del injuriado era la principal garantía que tenía un individuo sobre la honestidad de su comportamiento. Esa fama beneficiaba a quien perteneciera a sectores notables como los de los nobles, clérigos, jueces, notarios y oficiales regios, y al contrario, perjudicaba a quien no pudiera demostrar su pertenencia a estamentos privilegiados, tanto si era un ofendido como un ofensor.

Asimismo, el acto de infamar podía ser parte de acciones verbales, acciones simbólicas, así como de actos físicos en sí mismos.73 Un estudio sistemático sobre este tema es el del antropólogo Xavier Theros, quien en su libro Burla, escarnio y otras diversiones74 continúa con la labor iniciada por Mijaíl Bajtín o Julio Caro Baroja, siguiéndole la pista de manera muy seria al mundo de lo cómico, marginado en el mundo occidental a una posición subsidiaria y sin importancia. Theros hace un recorrido cronológico partiendo de la antigüedad romana para mostrar el tránsito de la sociedad medieval del jolgorio a la moderna de la represión de las emociones. Él explica los significados de los gestos obscenos, de los chistes, del travestismo, del carnaval, del charivari, la burla de los minusválidos físicos o mentales, la relación humana con los seres de la naturaleza o las procesiones infamantes, entre muchos otros asuntos, y apunta a una explicación profunda del proceso por el cual todo lo ligado a las necesidades corporales y emocionales se fue identificando con los restos de un pasado incivilizado. Los capítulos 6, 7 y 8 abordan muchas de las temáticas relacionadas con el universo de la burla, el carnaval y el escarnio público.

Entre los signos de humillación que podían acompañar o no a los textos injuriosos, historiadores como Edoardo Grendi, Carlo Ginzburg, Fernando Bouza y Antonio Castillo han recuperado prácticas como el redomazo (acto de manchar con tinta u otras sustancias al infamado), arrojar excrementos de animales a la propiedad de los infamados, colocar figurones ridículos que lo representasen, realizar pinturas alusivas a sus supuestos vicios, marcar casas y propiedades con cuernos o con ajos y adicionar sambenitos75 para acusar de nueva cristiandad al injuriado.76

Otro aspecto muy importante, destaca Félix Segura, es que “cualquier acto de agresión es una variante alterada de comunicación”77 y puede llegar a ser más poderoso que la misma violencia física. Más que hacer catálogos de denuestos, Segura propone entender por qué ciertas injurias causaban tanta preocupación, por cuanto eran capaces de “golpear a la comunidad en lo más profundo de sus convicciones morales y desestabilizar el equilibrio imperante en todo un colectivo”.78 Resulta de gran importancia reflexionar, más que en las consecuencias penales de la injuria (penas pecuniarias, prisión, azotes, galeras), en “el estudio del contenido del mensaje infamante, su vinculación respecto al espectro social”79 y la forma en que se configuraban, para nuestro caso, en los siglos XVI y XVII americanos.

La historia de las emociones

Este estudio, al rescatar las palabras de injuria y de queja, pone en evidencia la estrecha relación entre el lenguaje y las emociones, razón por la que debemos también contemplar con atención el trabajo que ha estado haciendo otra disciplina naciente, la historia de las emociones, a la que nos referiremos en particular en el segundo capítulo. Es muy curioso que, aunque la historia de las emociones nació en parte como crítica a los extremismos en que cayó el linguistic turn, hoy podemos constatar una posibilidad de aproximación entre la historia cultural del lenguaje y la que podríamos llamar historia cultural del lenguaje de las emociones producto del affective turn.

Las emociones pueden estudiarse desde la disciplina histórica en la medida en que se ha mostrado que existían sistemas emocionales diferentes para las diversas dimensiones espacio-temporales. La necesidad de historizar las emociones en la historiografía contemporánea parte de Jacob Burckhardt, Johan Huizinga y Lucien Febvre, pero ellos han formado parte de un conjunto de académicos que desde diversas disciplinas humanísticas han empezado a dar importancia a los sentimientos como un objeto de estudio. En ese recorrido destacan las investigaciones de Wilhelm Dilthey, Marcel Mauss, Norbert Elias, Clifford Geertz, Élisabeth Badinter, Peter y Carol Stearns, Jan Plamper, William Reddy o Barbara Rosenwein, entre otros.80 No obstante, hasta el presente, esta disciplina aún no se ha afirmado ni ha llegado a un acuerdo metodológico sobre cómo abordar históricamente las emociones, sentimientos o sensibilidades, que a su vez no significan exactamente lo mismo. A pesar de esta problemática irresuelta, trataremos de cartografiar la forma de las emociones que emergen del lenguaje violento implícito al uso de pasquines, expresiones de injuria y manifestaciones simbólicas de burla y de disenso. Este mundo de las emociones que, debemos ser conscientes, operan en un plano no lingüístico81 aunque se expresan a través de las palabras o de los símbolos.

En la reciente historiografía colombiana Margarita Garrido ha señalado una importante conexión entre los sentimientos morales y la cultura política del siglo XVIII en los andes centrales. Sentimientos como la indignación, el resentimiento, la venganza y la solidaridad aparecen cuando cierto tipo de valores superiores y considerados sagrados y justos se ven afectados y llegan a intervenir en las decisiones políticas de los individuos, en sus alineaciones y lealtades y en las relaciones entre gobernantes y gobernados, especialmente en lo que respecta a la obediencia y al desacato. El estudio se centra en particular en la relación existente entre el reconocimiento —derivado del peso dado al honor y a la jerarquización social— y los sentimientos morales, analizando las consecuencias de la presencia o ausencia de reconocimiento, la cual podía causar gratitud, resentimiento o indignación dependiendo de la situación.82

Sebastián de Covarrubias definía al sentimiento como el “acto de sentir”83 y algunas veces como “demostración de descontento”.84 Esta segunda definición podría venirnos bien a los objetivos inmediatos de nuestro estudio. También sería sensato dejarnos guiar por la idea de Monique Scheer de las “prácticas emocionales”, es decir, la comprensión de las emociones como prácticas, o los usos prácticos de las emociones en diversas situaciones sociales.85 Ella afirma que, si bien las emociones son parte de una gramática, no todos los seres dentro de un mismo grupo o sociedad se expresan de idéntica forma. Existe también la posibilidad de romper con los patrones culturales impuestos, es decir, con las reacciones esperadas frente a circunstancias y situaciones específicas.86

Sobre estos aspectos trataremos concretamente en el capítulo 2 sobre los enemigos capitales y en el capítulo 9 sobre los crímenes de pasión, pero ellos emergen también de forma incisiva en las comunicaciones escritas a las altas autoridades y en cada uno de los procesos surgidos por la publicación de libelos que recorren todas las páginas de este libro. Las primeras investigaciones amplias87 sobre el último tema mencionado son de Henri D’Almeras (1907),88 Hector Fleischmann (1908)89 y Raoul Vèze (1911).90 En la década de 1940 aparecen otros trabajos como los del portugués Gastao Mello de Mattos (1946)91 y el del español José María Jover (1949).92 A mediados de las décadas de 1960 y 1970, los impulsores de la nueva historia social y de la nueva historia cultural se ocuparán en algún momento del estudio de escrituras dirigidas a influenciar a la opinión pública.93

La historia de la cultura escrita

La historia cultural del lenguaje atañe a otra importante subdisciplina a la que concedemos de igual manera atención en este libro. Valga decir que haremos simultáneamente un ejercicio que se puede enmarcar en lo que hace ya cuatro décadas se ha dado en llamar historia de la cultura escrita y que tuvo entre sus primeros cultores al paleógrafo e historiador italiano Armando Petrucci. Antonio Castillo Gómez afirma en una de las más recientes obras sobre este tema que, aunque es un campo reconocible y reconocido en el que convergen los estudios sobre la lectura y sobre la escritura, este espacio de análisis ha recibido escasa atención en los diferentes espacios historiográficos hasta el año 2015. Esta disciplina estudia la escritura en el espacio social en donde se genera, distribuye y consume. Castillo Gómez, siguiendo a su impulsor más sobresaliente, el mencionado Petrucci, afirma que la historia de la cultura escrita es “una historia de la producción de las características formales y de los usos sociales de la escritura y de los testimonios escritos en una sociedad determinada”.94 A partir de estas pautas, en este libro se estudian también la producción, uso y difusión de escrituras marginales y de escrituras formales, atendiendo a las posibilidades que ellas permitían de generar espacios de creación de esferas de opinión pública y/o su papel en acciones reivindicativas. Los capítulos 3, 4 y 5 se enmarcan de manera específica en la reconstrucción de la historia de la cultura escrita y de la historia de la cultura política, la cual en el periodo estudiado privilegia, en el orden teórico, los conceptos de bien común, justicia y buen gobierno.95 En una dimensión práctica, los conflictos —base material de donde emerge el lenguaje de injuria— nos permiten entender las representaciones culturales de la política y en particular de la vida política.96 El conflicto, en sus varias dimensiones, es expresión a su vez de la capacidad humana o agency, la cual incluye también la acción lingüística.97

El capítulo 3 estudia una vertiente de la cultura escrita, la de la comunicación formal epistolar y legítima entre los vasallos, el rey y el papa, mientras que los capítulos 4 y 5 hacen alusión a expresiones escritas subversivas, es decir, a aquellas que tomaban por asalto el espacio público destinado a usos oficiales. El graffiti y el pasquín se oponían a los edictos, ordenanzas, excomuniones, pregones y toda clase de comunicaciones que eran monopolio de las autoridades civiles y eclesiásticas. En estos tres capítulos daremos cuenta de unas pocas expresiones del inmenso universo escriturario de la edad moderna en el que la escritura se había vuelto cosa cotidiana y se entrelazaba con otras expresiones comunicativas como los “rumores, las coplas y los cantares”98 o los “teatros de imágenes” que “sirvieron para la propaganda y la retórica barrocas”.99 Las tipologías del escrito a las cuales me referiré en varios capítulos del libro, además de los mencionados, buscan individualizar a sus autores y entender las motivaciones que los llevaron a utilizar ciertos tipos de escritura dependiendo de circunstancias específicas como la necesidad de acusar abusos, defenderse o saldar cuentas. Este ejercicio nos permite hacer un pequeño aporte a los “usos sociales de la escritura”100 en la América española de los siglos xvi y xvii vinculados con el tema del conflicto político. Con esta perspectiva se busca trascender la idea de la escritura como un sistema gráfico, postura que habrían privilegiado en otro tiempo los estudios estructuralistas.101 En las cartas de los vasallos veremos la forma en que estos se apropiaban del formulismo retórico y lo modificaban dependiendo de sus propias necesidades, lo cual permite hacer explícitas las variantes de la comunicación en función de la específica posición social y política de quien hacía uso del mecanismo de la súplica a través de cartas, memoriales e informes.

En el caso del uso del graffiti o de los pasquines mostraremos la existencia de una libertad comunicativa mayor que puede explicarse por el uso casi regular del anonimato. Podemos considerar el anonimato como una práctica política estrechamente vinculada a la cultura política de la época moderna y a la relación entre el poder político y el monopolio de la escritura. Este enfoque ayuda a complementar aquel que ha sido tradicionalmente más atendido por los historiadores del libro y de la lectura,102 quienes han centrado sobre todo la atención en los editores, lectores, redes de distribución y economía más que sobre la identificación de escrituras murales, sus anónimos autores y sus posibles intenciones al publicar en los espacios públicos.103 Ya Antonio Petrucci sostuvo a comienzos de la década de 1990 que esta subdisciplina de la historia llamada historia de la escritura debía convertirse en una historia de los actos de escritura, es decir, en la historia de las funciones, usos y prácticas relacionadas con lo escrito.104

11 Las seis partes de este libro fueron publicadas entre 1549 y 1589. Existen diversas ediciones impresas en varias ciudades españolas y en Amberes.

12 El frecuente uso de la sinonimia en la obra de Dueñas es estudiado por José Luis Herrero Ingelmo. Véase Herrero Ingelmo, “‘La ‘amplificatio verborum’. Sinonimia y traducción de un texto renacentista, ‘El espejo del pecador’ (1553), de fray Juan de Dueñas”. En Lingüística para el siglo XXI: III Congreso organizado por el Departamento de Lengua Española, coordinado por Jesús Fernández González et ál., 913-918 (Salamanca: Universidad de Salamanca, 1999).

13 Fray Juan de Dueñas, Espejo de la consolación de tristes (Toledo: Pero Rodríguez, 1587), 47.

14 Ibíd.

15 Emilio Lledó, Lenguaje e Historia (Madrid: Taurus, 1996), 21.

16 Jesús María Usunáriz, “Introducción”. En Aportaciones a la historia social del lenguaje: España siglos xiv-xviii, editado por Rocío García Bourrellier y Jesús María Usunáriz (Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2006), 18.

17 Natalie Zemon Davis, Fiction in the Archives. Pardon tales and their tellers in sixteenthcentury France (Stanford: Stanford University Press, 1987).

18 Lynn Hunt, Politics, Culture and Class in the French Revolution (Berkeley: University of California Press, 1984); New Cultural History. Essays (Berkeley: University of California Press, 1989); The Family Romance of the French Revolution (Berkeley: University of California Press, 1992).

19 Carlo Ginzburg, I benandanti. Stregoneria e culti agrari tra Cincuecento e Seicento (Turín: Einaudi, 1966); Il formaggio e i vermi: il cosmo di un mugnaio del ’500 (Turín: Einaudi, 1976); “El inquisidor como antropólogo”. En Tentativas, 215-227, (Rosario: Prohistoria, 2004).

20 Arlette Farge, Subversive words: Public Opinion in Eighteenth-century France (University Park, PA: Pennsylvania State University Press, 1995).

21 Peter Burke, Popular Culture in Early Modern Europe (Nueva York: Harper & Row, 1978); Hablar y callar. Funciones sociales del lenguaje a través de la historia (Barcelona: Gedisa, 1996).

22 Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación (Barcelona: Gedisa, 1992); El presente del pasado. Escritura de la Historia, historia de lo escrito (México: Universidad Iberoamericana, 2005).

23 Robert Darnton, “Los campesinos cuentan cuentos: el significado de mamá oca”. En La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (México: Fondo de Cultura Económica, 1987).

24 Mijaíl Bajtín, Estética de la creación verbal (México: Siglo XXI editores, 1999) y La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais (Madrid: Alianza, 1993).

25 Clifford Geertz, The interpretation of cultures: selected essays (Nueva York: Basic Books, 1973).

26 Pierre Bordieu, Ce que parler veut dire. L’economie des échanges lingüistiques (París: Librairie Arthème Fayard, 1982).

27 Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano. 1 Artes de Hacer (México: Universidad Iberoamericana, 2000).

28 Michel Foucault, Les mots et les choses. Une archéologie des sciences humaines (París: Gallimard, 1966).

29 Reflexión basada en el texto de Miguel Ángel Cabrera y él a su vez en Carroll Smith-Rosenberg y Joan W. Scott. Miguel Ángel Cabrera, Historia, lenguaje y teoría de la sociedad (Madrid: Cátedra, 2001).

30 Serna y Pons, La historia cultural. Autores, obras, lugares (Madrid: Akal, 2005), 186.

31 Serna y Pons, La historia cultural, 186-187.

32 Serna y Pons, La historia cultural, 186.

33 Richard Rorty, ed., The linguistic turn; recent essays in philosophical method (Chicago: University of Chicago, 1967).

34 Un acercamiento detallado a esta temática puede verse en Adolfo Vásquez Rocca, “La posmodernidad, nuevo régimen de verdad, violencia metafísica y fin de los metarrelatos”. Eikasia. Revista de filosofía, n.o 38 (2011): 63-83. Consultado el 12 de marzo de 2019. http://www.revistadefilosofia.com

35 Hayden White, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica (Barcelona: Paidós Ibérica, 1992).

36 Esta reflexión se basa en Roger Chartier, El presente del pasado, 34.

37 Serna y Pons, La historia cultural, 199.

38 Peter Burke, “Prefacio”. En Aportaciones a la historia social del lenguaje. España siglos xiv-xviii, editado por Rocío García Bourrellier y Jesús María Usunáriz, 9-12 (Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2006).

39 Carmela Pérez-Salazar, Cristina Tabernero y Jesús M. Usunáriz, Los poderes de la palabra. El improperio en la cultura hispánica del Siglo de Oro (Nueva York: Peter Lang Publishing, 2013).

40 Cristina Tabernero y Jesús María Usunáriz, Diccionario de injurias en los siglos XVI y XVII (Kassel, AL: Reichenberger, 2019).

41 En la introducción al libro pionero que editó con Roy Porter entendemos que se refería a la historia social del habla y a la historia social de la comunicación. Peter Burke y Roy Porter, eds., The Social History of Language (Nueva York: University of Cambridge, 1987), 1.

42 Claudia Carranza y Rafael Castañeda García, coords., Palabras de injuria y expresiones de disenso. El lenguaje licencioso en Iberoamérica (San Luis Potosí: El Colegio de San Luis, 2016).

43 Véase mi colaboración, Natalia Silva Prada, “La comunicación política y el animus injuriandi en los Reinos de las Indias: el lenguaje ofensivo como arma de reclamo y desprestigio del enemigo”. En Palabras de injuria, 13-57.

44 Sobre esta temática hay algunos trabajos precedentes relativos a la historia del Nuevo Reino de Granada. Véanse Charles Bruno, (Re) Writing history in Juan Rodríguez Freyle’s “Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada” Myth, Irony, Satire (Tesis doctoral, University of Wisconsin, 1990); Natalia Silva Prada, “La ironía en la historia: un documento del siglo XVII cartagenero expuesto al análisis textual”. Anuario de historia regional y de las fronteras, n.o 7 (2002): 321-354; Carmen de Mora, Escritura e identidad criollas. El Carnero, Cautiverio feliz e Infortunios de Alonso Ramírez, 2.ª ed. (Ámsterdam-Nueva York: Rodopi, 2010); Carmen de Mora, “Sátira social y burla en El Carnero de Rodríguez Freile”. En Palabras de injuria, 59-88.

45 Para un estudio sistemático sobre la blasfemia, véase David Nash, Blasphemy in the Christian World: A History (Oxford; Nueva York: Oxford University Press, 2007). Sobre este tema específico y para el Nuevo Reino de Granada pueden consultarse Andrés Vargas Valdés, Errores, reniegos e irreverencia. Los delitos de palabra y su significado en el tribunal inquisitorial de Cartagena de Indias, 1610-1660 (Bogotá: Universidad del Rosario, 2017); Karla Luzmer Escobar Hernández, “¿Del dicho al hecho hay mucho trecho? El delito de blasfemia en los tribunales de Cartagena y Lima 1570-1700”. Fronteras de la Historia 14, n.o 1 (2009): 13-39; José Enrique Sánchez B., “La herejía: una forma de resistencia del negro contra la estructura social colonial (1610-1683)”. En Inquisición, muerte y sexualidad en la Nueva Granada, editado por Jaime Humberto Borja Gómez (Santafé de Bogotá: Ariel-Ceja, 1996), 41-67.

46 Esta tesis fue defendida en la Universidad de Chile en el año 2003.

47 María Eugenia Albornoz Vásquez, “La Injuria de Palabra en Santiago de Chile, 1672-1822”. Nuevo Mundo Mundos Nuevos (2005). Consultado el 15 de marzo de 2020. DOI: https://doi.org/10.4000/nuevomundo.240

48 Este coloquio tuvo lugar los primeros días de octubre de 2019 en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México y en El Colegio de México.

49 Peter Burke, Hablar y callar, 11.

50 Usunáriz, “Introducción”, 17 y 18.

51 Peter Burke, The historical anthropology of early modern Italy. Essays on perception and communication (Cambridge: Cambridge University Press, 1987), 11.

52 Peter Burke, “Prefacio”. En Aportaciones a la historia, 10.

53 En los testimonios, la expresión “dixo que”, seguida de una frase o una imprecación puede considerarse como parte de ese lenguaje oral no reelaborado. Usunáriz, “Introducción”. En Aportaciones a la historia, 19.

54 Usunáriz, “Introducción”. En Aportaciones a la historia, 20.

55 Sobre este tipo de lenguaje, véase el trabajo precedente de Natalia Silva Prada, ‘Los Reinos de las Indias’ y el lenguaje de denuncia política en el mundo Atlántico (s.xvi-xvii) (Charleston, SC: CreateSpace, 2014).

56 James Epstein, Radical expression: political language, ritual, and symbol in England, 1790-1850 (Nueva York: Oxford University Press, 1994); In practice: studies in the language and culture of popular politics in modern Britain (Stanford: Stanford University Press, 2003).

57 Epstein, Radical expression, 77.

58 Burke, Hablar y callar, 39.

59 Félix Segura Urra, “Verba vituperosa: el papel de la injuria en la sociedad bajomedieval”. En Aportaciones a la historia, 149.

60 Ibíd.

61 Uno de los estudios pioneros sobre la defensa del honor en las sociedades hispanoamericanas del periodo monárquico y en particular sobre su significado en los grupos plebeyos es el editado por Lyman Johnson y Sonya Lipsett-Rivera, The faces of honor: sex, shame, and violence in colonial Latin America (Albuquerque, NM: University of New Mexico Press, 1998). En este mismo libro véase en particular una aproximación desde la historia social al uso de los insultos y de los gestos en la tardía Buenos Aires colonial. Lyman Johnson, “Dangerours Worlds, Provocative Gestures, and Violent Acts”, 127-150.

62 Burke, Hablar y callar, 18.

63 Carmen Bernand y Serge Gruzinski, Historia del Nuevo Mundo. Del descubrimiento a la conquista, la experiencia europea (México: Fondo de Cultura Económica, 1996), 290.

64 Ibíd.

65 Expresión del oidor de la Audiencia de Manila Cristóbal Téllez de Almazán en una carta de 1599. AGI, Filipinas, 18b, r.9, n.126, f.327v.

66 Ibíd.

67 Ibíd.

68 AGNM, Inquisición, v.1497, f.290r.

69 Cf. Beatriz Cárceles de Gea, “La función de defensa del privilegio entre el antiguo y el nuevo régimen”. Mélanges de la Casa de Velázquez 33, n.o 2 (2003). Consultado el 5 de marzo de 2020. http://journals.openedition.org/mcv/204. DOI: 10.4000/mcv.204; Beatriz Rojas, coord., Cuerpo político y pluralidad de derechos. Los privilegios de las corporaciones novohispanas (México: Instituto Mora, 2007).

70 Thomas Duve, “El ‘privilegio’ en el antiguo régimen y en las Indias. Algunas anotaciones sobre su marco teórico legal y la práctica jurídica”. En Cuerpo político, 34.

71 Jorge Cañizares-Esguerra, “La conquista como batalla de contratos”. En Espaços coloniais: domínios, poderes e representaçôes, editado por Carmen Alveal y Thiago Días (Brasil: Alameda, 2019), 281.

72 Segura, “Verba vituperosa”, 150-151.

73 Francisco Domínguez Matito, “Ofende quien puede: observaciones para un catálogo funcional del sentimiento de la injuria en el teatro aúreo”. En Los poderes de la palabra. El improperio en la cultura hispánica del Siglo de Oro, editado por Carmela Pérez-Salazar, Cristina Tabernero y Jesús M. Usunáriz, 89-101 (Nueva York: Peter Lang Publishing, 2013).

74 Xavier Theros, Burla, escarnio y otras diversiones. Historia del humor en la Edad Media (Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 2004).

75 Cf. el glosario del apéndice 1.

76 Antonio Castillo, “Voces, imágenes y textos. La difusión pública del insulto en la sociedad áurea”. En Los poderes de la palabra, 59-73.

77 Segura, “Verba vituperosa”, 152.

78 Segura, “Verba vituperosa”, 153.

79 Segura, “Verba vituperosa”, 157.

80 Jan Plamper, “Historia de las emociones: caminos y retos”. Cuadernos de historia contemporánea, n.o 36 (2014): 17-29; Jan Plamper, The History of Emotions. An Introduction (Oxford: Oxford, University Press, 2015); José Javier Díaz Freire, “Presentación del Dossier Emociones e Historia”. Ayer 98, n.o 2 (2015): 13-20; Leydi Paola Bolaños Florido, “El estudio sociohistórico de las emociones y los sentimientos en las ciencias sociales del siglo XX”. Revista de estudios sociales, Universidad de los Andes, n.o 55 (2016): 178-191. DOI: http://dx.doi.org/10.7440/res55.2016.12; Mariana Labarca Pinto, “Emociones, locura y familia en el siglo XVIII: apuntes sobre un debate historiográfico en curso”. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. Consultado el 5 de marzo de 2020. http://journals.openedition.org/nuevomundo/68648. En octubre de 2020 fue publicado un dossier en Colombia sobre historia de las emociones que incluye artículos de Peter Stern, Margarita Garrido, Jorge Melo entre otros, titulado, Emociones, sentimientos morales y política, siglos xviii-xx. Cf. Revista Historia Crítica, n.o 78 (2020).

81 Jane-Dale Lloyd e Ilán Semo, “Introducción”. En Aproximaciones a la arqueología de las emociones coordinado por Jane-Dale Lloyd e Ilán Semo (México: Universidad Iberoamericana, 2019), 5.

82 Margarita Garrido, “Do Recognition and Moral Sentiments Have a Place in the Analysis of Political Culture? Honor, Contempt, Resentment and Indignation in the late Colonial Andean America”. Storia della Storiografia 67, n.o 1 (2015): 67-85. “Do Recognition and Moral Sentiments Have a Place in the Analysis of Political Culture? Honor, Contempt, Resentment and Indignation in the late Colonial Andean America”. Storia della Storiografia 67, n.o 1 (2015): 67-85.

83 Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid: Luis Sánchez, 1611), 26.

84 Ibíd.

85 Monique Scheer, “Are Emotions a Kind of Practice (and Is That What Makes Them Have a History)? A Bourdieuan Approach to Understanding Emotion”. History and Theory 51, n.o 2 (2012): 193-220.

86 Jan Simon Hutta, Benno Gammerl y Monique Scheer, “Feeling differently: Approaches and their Politics”. Emotion, Space and Society 25 (2017): 87-94.

87 Hay un primer artículo corto del colombiano Eduardo Posada, “El proceso de los pasquines”. Boletín de Historia y Antigüedades 8 (1903): 721-728.

88 Henri D’Almeras, Marie-Antoinette et les pamphlets révolutionnaires: avec une bibliographie de ces pamphlets: les amoureux de la Reine (París: Librairie Mondiale, 1907).

89 Hector Fleischmann, Les Pamphlets libertins contre Marie-Antoinette (París: s.e., 1908).

90 Raoul Vèze, Galanteries à la cour de Louis XVI, d’aprés les mémoires, les rapports de police, les libelles, les pamphlets, les satires, chansons du temps (París: Bibliothèque des curieux, 1911).

91 Gastão Mello de Mattos, Panfletos do século xvii (Lisboa: Academia Portuguesa da História, 1946).

92 José María Jover, 1635 historia de una polémica y semblanza de una generación (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Jerónimo Zurita, 1949).

93 Natalie Zemon Davis, Society and Culture in Early Modern France: Eight Essays (Stanford: Standford University, 1965); Teófanes Egido, Sátiras políticas de la España moderna (Madrid: Alianza, 1973); E.P. Thompson, “The moral economy reviewed”, Past and Present, 1971; Carlo Ginzburg, “La colombara ha aperto gli occhi”, Quaderni storici 13-38(2) (1978): 632-639; Peter Burke, Popular Culture in Early Modern Europe, (Nueva York: Harper & Row, 1978).

94 Antonio Castillo Gómez, “Introducción. ¿Qué escritura para qué historia?”. En Culturas del escrito en el mundo occidental. Del Renacimiento a la contemporaneidad, dirigido por Antonio Castillo Gómez, 1-16, (Madrid: Casa de Velásquez, 2015).

95 Natalia Silva Prada, La política de una rebelión: los indígenas frente al tumulto de 1692 en la ciudad de México (México: El Colegio de México-Centro de Estudios Históricos, 2007), 27-82.

96 Natalia Silva Prada, “El disenso en el siglo XVII hispanoamericano: formas y fuentes de la crítica política”. En Cultura política en América. Variaciones regionales y temporales, coordinado por Riccardo Forte y Natalia Silva Prada (México: Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, 2006), 20.

97 Xavier Gil Pujol, Tiempo de política. Perspectivas historiográficas sobre la Europa moderna (Barcelona: Universidad de Barcelona, 2006), 412.

98 Antonio Castillo Gómez, Entre la pluma y la pared. Una historia social de la escritura en los siglos de oro (Madrid: Akal, 2006), 9.

99 Ibíd.

100 Castillo Gómez, Entre la pluma, 12.

101 Antonio Bolívar Botia, El estructuralismo. De Lévi-Strauss a Derrida (Madrid: Ediciones Pedagógicas, 2001).

102 Una excelente reflexión metodológica e historiográfica sobre los derroteros de la historia de la lectura y de la escritura puede consultarse en Antonio Viñao Frago, “Por una historia de la cultura escrita: observaciones y reflexiones”. Signo. Revista de historia de la cultura escrita 3, Universidad de Alcalá de Henares (1996): 41-68.

103 Natalia Silva Prada, “La escritura anónima: ¿Especie sediciosa o estrategia de comunicación política colonial?”. Andes. Antropología e Historia 16, Universidad Nacional de Salta, Argentina (2005): 223.

104 Antonio Petrucci, “Pratiche di scrittura e pratiche di lettura nell’Europa moderna. Presentazione”. Annali della Scuola Normale Superiore di Pisa. Serie III 23-2 (1993), 382.

Capítulo 2 La enemistad y el enemigo ‘capital’: conceptos para ingresar en el mundo de las pasiones
Emociones y enemistad

La historia de las emociones o de los sentimientos inaugurada por Lucien Febvre105 forma hoy parte de la nueva historia cultural.106 La historia como disciplina, y pese a algunos intentos primigenios, ha llegado más de un siglo tarde al reconocimiento de la posibilidad real de incluir a las emociones en el estudio de los procesos históricos. 107 Es solo en los primeros años del siglo xxi cuando los historiadores han comenzado a apropiarse con mayor seguridad de un concepto cuya definición sigue en discusión,108 pero que, en el conjunto de obras de las ciencias sociales, la neurociencia y la psicología posee ya una abundante gama de trabajos de investigación.109 Antes aún de que surgieran preocupaciones disciplinarias por el tema de las emociones, la conciencia de su importancia ya rondaba entre teólogos como el obispo y profesor decimonónico de la Universidad de Chile, don Justo Donoso. El autor del Manual del párroco americano se preguntaba: “¿Qué es la historia del género humano sino el cuadro de las pasiones humanas desenfrenadas?”.110 A pesar de que, al contrario de los filósofos antiguos, de los escolásticos y neoescolásticos, opinaba que en sí mismas las pasiones no eran buenas ni malas, afirmaba de forma radical que ellas eran la causa de las revoluciones, los asesinatos y las devastaciones. Creía que bien dirigidas podían producir felices efectos, aunque no explicaba cómo esto podía funcionar para pasiones como el odio y la cólera.

En este capítulo vamos a detenernos únicamente en un ángulo mínimo de las posibilidades analíticas que ha abierto la historiografía “emocionológica”111 y es en el tema de las pasiones, específicamente en una manifestación de estas relacionada con el odio y con la ira, que, entre otras, conllevan a la enemistad.

La pasión en cuanto afección es algo que se padece, ya sea desde el dolor o desde el placer. Para Aristóteles, la apetencia, el miedo, la ira, el coraje, la envidia, la alegría, el amor, el odio, el deseo, los celos y la compasión eran parte del espectro de la pasión. La diferencia entre pasión y emoción puede estar relacionada con su permanencia temporal. Mientras que la emoción se experimenta en un tiempo presente, la pasión puede proyectarse al futuro y convertirse en algo grave. Los sentimientos serían algo más duradero y definitivo.112 Sin embargo, los escritores antiguos no establecían diferencias entre la emoción y la pasión, pero sí consideraban categorías presocráticas opuestas como mundo sensible y mundo inteligible que en Tomás de Aquino serán reemplazadas por el apetito sensitivo y el apetito intelectual. Al apetito sensitivo corresponderían las pasiones y al apetito intelectual la voluntad, encargada de doblegar a las pasiones.113 En su obra Itinerario para párrocos de indios, el obispo de Quito, don Alonso de la Peña Montenegro (1596-1687), veía el origen de las pasiones en las potencias sensitivas. A su vez, siguiendo al médico Diógenes de Apolonia, relacionaba las pasiones con causas fisiológicas. La calidad de los humores, según las teorías médicas en boga, influía en la alteración de las pasiones, pero la acción del demonio era la que en última instancia podía ocasionar amor o aborrecimiento hacia el prójimo e interferir con el libre albedrío.114

La aproximación a las pasiones producidas por la enemistad nos interesa en particular, en la medida en que las emociones y el lenguaje están íntimamente vinculados. Aunque la emoción o la pasión no son palabras, se propagan por medio de palabras.115 Vamos a tratar de entender qué tipo de pasiones específicas rodean a los conceptos de enemistad y de enemigo capital y qué uso se hace de esos conceptos jurídicos en la vida cotidiana y en medio de conflictos específicos. También trataremos de entender si en las sociedades americanas de los siglos XVI y XVII los enemigos y enemistades capitales producían similares reacciones y sentimientos en los casos en que se hacían presentes.

Hemos llegado a los conceptos de enemistad y de enemigo capital de la mano de diversos expedientes de tipo criminal e inquisitorial en los que la afluencia de pasiones es un elemento común. El acercamiento a pleitos por injurias, libelos y asesinatos está colmado de la expresión “declaro que es mi enemigo capital” o “declaro que no es mi enemigo capital”, de donde nos parece de suma importancia entender su contenido y relevancia jurídica que al parecer ignoraba Manuel Tejado Fernández cuando se refirió al concepto de “enemigos capitales” como a un “manido apóstrofe”.116 Igualmente, tendremos que discernir si el concepto de enemigo mortal es igual al de capital o no y cuándo se usaba ese término alternativo. El mismo concepto lo encontraremos en el capítulo 3, donde hacemos alusión al “sangriento enemigo”.

Los tratadistas jurídicos españoles parten a menudo de las Leyes de las Siete Partidas para su definición de enemistad capital o de enemigo capital, usando también a juristas reconocidos en la época como Eugenio de Narbona, Prospero Farinacci, Marco Antonio Blanco y Giacomo Menocchio.

En las Siete Partidas, la enemistad capital es definida en términos generales como la “malquerencia con mala voluntad que tiene el hombre contra su enemigo por razón de la deshonra o del tuerto que hizo a él o a los suyos”.117 Esta definición se amplía cuando se trata específicamente del enemigo capital. En el libro 6, título 33, partida 7 eran considerados como parte de esta categoría, a) el que mató al padre, la madre u otro cualquier pariente hasta el grado cuarto de consanguinidad, b) el que lo acusó de algún delito que si se probara merecería la pena de muerte, la pérdida de algún miembro, el destierro o la pérdida de sus bienes o la mayor parte y c) el que desafía a otro. Pero además de estos casos, el licenciado Antonio de Quevedo y Hoyos118 consideraba que la enemistad capital podía contraerse en los casos de obra:

Cuando alguno ofendió e injurió a otra persona dándole bofetada o con algún palo o leño porque si el ofendido fuese persona noble, el que cometió este delito será castigado como traidor y alevoso, aunque la ofensa se hiciese cara a cara y rostro a rostro, según lo dice Narbona; porque la injuria cometida con este instrumento y desta calidad es atrocísima y en España particularmente se tiene por la mayor deshonra.119

A esta observación añadía que la enemistad se contraía también por quitar bienes, echar a alguno de su casa, quitarle a alguno su mujer, echarle en prisiones, entrar a su casa con armas y violencia rompiendo la puerta, el divorcio entre marido y mujer por presumirse que si se solicitaba era por la intención de uno de los cónyuges de buscar la muerte del otro.

Quevedo y Hoyos afirmaba, además, que la enemistad capital por actos de palabra no hacía parte del derecho real, pero que, si se apelaba al derecho común, los casos se contraían por 1) decir palabras graves en ausencia o presencia del implicado tales como judío, moro, cornudo, o a la mujer puta. Si ella estuviere casada la enemistad se contraerá también con su marido. Si la persona es noble la injuria es mayor y similar a si hubiera pérdida de la vida; 2) la amenaza de muerte o de grave daño; 3) el quitar el habla, no saludar o no hacer cortesías, como el gesto de quitarse el sombrero o no dar la paz en la iglesia;120 4) el escribir contra otro, memoriales injuriosos, el fijar carteles llamados por el derecho libelos infamatorios en que contenían palabras injuriosas como las mencionadas antes.

Veamos ahora si el concepto de enemigo capital es sinónimo del de enemigo mortal. La condición de enemigo capital en un juicio era la única razón válida que impedía a alguien ser testigo en un juicio de tipo inquisitorial contra algún otro. Si bien para la Inquisición cualquier testigo era válido y de las más terribles condiciones (infames, criminales, perjuros, excomulgados), el enemigo mortal era el único no aceptado porque alguien que ya hubiera atentado contra la vida del acusado, jurado matarle o haberlo herido, no tendría ningún reparo en levantarle un falso testimonio de herejía. Según la definición que usaba la Inquisición, enemigo capital y enemigo mortal eran equivalentes.

En términos generales, Sebastián de Covarrubias definía al enemigo como el adversario, el mismo demonio121 o el reconciliado.122 Alguien de cuidado que se movilizaba por la venganza, los ardides y las traiciones.123 En Luz del alma cristiana, Felipe de Meneses consideraba al demonio como un enemigo capital “que nunca trata sino de nuestra muerte”124 y lo comparaba con un hombre que aborrece “entrañablemente” a otro, al cual deseaba “matarle y beberle la sangre”.125 Un hombre que no descansaría ni recuperaría la honra hasta no quitarle la vida a ese otro.

La enemistad como estrategia jurídica

El alegato de defensa del portugués descendiente de hebreos por línea materna,126 de 66 años, Luis Gómez Barreto, depositario y regidor de Cartagena en 1636 y varias veces alcalde de la ciudad, sirve para ejemplificar cómo la gente de esa época utilizaba el concepto y cómo lo usaba en su defensa, así como para individualizar las pasiones provocadas por ese tipo de enemistad o que asimismo eran causa de la enemistad. Los enemigos capitales eran sujetos de incriminación y ese caso específico de la acusación de ser judaizante que se le imputaba a Gómez Barreto. Juan Rodríguez Mesa, Francisco Piñero y Blas de Paz Pinto fueron señalados por el acusado como sus “enemigos capitales”. Es muy importante conocer cuáles fueron los altercados y las palabras específicas que los convirtieron en tales.

Un proceso como este nos muestra de qué forma el concepto de “enemigo capital” era en sí mismo una categoría jurídica que servía para invalidar testimonios y podía convertirse a su vez en una estrategia jurídica para evitar testigos y testimonios comprometedores.

Luis Gómez Barreto fue acusado de apóstata de la fe católica por haberse pasado a la “caduca, muerta y reprobada ley de Moisés, pensando salvarse en ella”.127 De todas las acusaciones que se le hicieron como judío judaizante dijo que eran mentiras. A esto agregó que los testigos que depusieron contra él eran “singulares diversificativos”128 porque además de no ser nobles eran todos “ judíos infames, criminosos, perjuros y presos en este Santo Oficio”,129 “demás que me presumo son mis enemigos”130 y “me han levantado este falso testimonio”.131 Después de ello procede a nombrarlos: “Y me temo de Juan Rodríguez Mesa y tacho por mi enemigo capital, que siempre lo fue, desde el año de seiscientos y veinte y siete, en el cual nos quitamos el habla el uno al otro y la comunicación, hasta el de seiscientos y treinta y cuatro, porque teniendo yo embarcados muchos negros para Portobelo, me embargó la fragata en que iban”.132 En 1634 tuvieron que hablar de nuevo por otro negocio, pero aunque volvieron a comunicarse, “siempre fue sobre peine”.133 Después de esto volvieron a litigar porque Rodríguez Mesa no le quiso pagar unas deudas como apoderado de Simón Rodríguez Bueno. Como Gómez Barreto lo cobró “por justicia”,134 volvieron a enojarse, imputándole Rodríguez Mesa que le “quería quitar su crédito y reputación”,135 amenazándole con que, si lo hacía, lo “había de seguir y buscar la vida hasta que me quitase la honra, porque era un embustero”.136

Además de Rodríguez Mesa, tachó a Francisco Piñero de enemigo capital por apoyar a Rodríguez Mesa, reclamándole haberle cobrado con tal rigor la hacienda a su amigo. Lo llamó “hombre de malos términos”.137 Gómez Barreto le contestó otro tal, pidiéndole se moderase en el hablar “porque su lengua cortaba como navaja y que era menester cortársela”.138 Lo amenazó de matarlo y se declaró su enemigo, intimidándole adicionalmente con hacerle “todo el mal que pudiera”.139

El cirujano Blas de Paz Pinto también resultó en la lista de sus enemigos capitales porque este lo presionó para que le pagara una deuda, a lo que Gómez Barreto le dijo “que era un hombrecillo de poca consideración”140 y él a Gómez “que era un hombre de mal trato y que se lo había de pagar y hacer todo el mal que pudiera y otras cosas de amenaza”.141

Según vimos, la calificación de enemigos capitales que aparece en este pleito específico era justa y estaba relacionada con amenazas de graves daños (como quitar la honra y la reputación), quitar el habla, desafiar y tratar de embustero, que según Quevedo y Hoyos hacían parte del derecho común. A estos actos de palabra se sumaron otros vinculados a acciones y deseos como el corte de lengua o desearle un gran mal.

Para Gómez Barreto la acusación que él hacía de sus “enemigos capitales” era razón de sobra para ser absuelto y dado por libre de la acusación y querella de ser judío judaizante.

Los pleitos entre Gómez Barreto y Rodríguez Mesa permiten entender las razones específicas que podían originar una enemistad capital y las formas concretas en las que esas pasiones se expresaban. En el primer grupo tenemos la consideración del otro como judío infame —la suma del sustantivo y del adjetivo implican una doble injuria—,142 el embargo de bienes, en este caso una fragata, y el cobro riguroso de deudas. Esas tres razones fueron el origen de la explosión de pasiones como el quitar el habla o la comunicación, el deseo de quitar la reputación del contrincante, la acusación de persona de “malos términos”, las amenazas de muerte, las amenazas de corte de lengua y las amenazas de provocar todo el mal posible. El conjunto de estas expresiones pasionales podemos asociarlas a deseos negativos y en particular al odio y la aversión. En este caso específico, las pasiones descritas se apegan con bastante exactitud a las definiciones jurídicas del enemigo capital, por lo que es posible que las pasiones descritas por Barreto Gómez buscaban acomodar las razones del derecho a la necesidad de invalidar al testigo que lo acusaba de judío. Una exploración del origen y desarrollo de este caso nos permite afirmar que Gómez Barreto usó certeramente la categoría de enemigo capital para librarse de graves acusaciones, sumado a las amistades íntimas que tenía entre miembros del Santo Oficio. En primer lugar, su caso es parte de la “gran complicidad” que llevó a juicio a un importante número de portugueses residentes en Cartagena. Aunque Gómez Barreto fue uno de los más notables inculpados en este proceso de represión y llegó a ser torturado, resultó absuelto en el año 1638. Once años después, el inquisidor Pedro de Medina Rico demostró que su proceso debía ser revisado luego de revocar la sentencia absolutoria a favor del depositario y regidor de Cartagena debido a la parcialidad que en él mostraron los servidores del oficio y la ausencia de un examen médico que hubiera revelado signos de circuncisión en el acusado. En el proceso que se abrió contra Gómez Barreto en 1652 este fue condenado a abjurar, llevar el sambenito, la confiscación de la mitad de sus bienes y el exilio.143

La enemistad y los conflictos jurisdiccionales

El concepto de enemigo capital no se usaba exclusivamente en la esfera jurídica. Hemos encontrado una carta de un obispo al rey en la que el concepto se usa para describir y contextualizar las profundas desavenencias con un gobernador al que pinta como ese diablo que describía fray Felipe Meneses, aquel que “busca oportunidad para dañarnos”.144

En 1581 el obispo de Cartagena Juan de Montalvo acusaba al gobernador Pedro Fernández de Bustos de intervenir excesivamente en los asuntos relacionados con la Iglesia por una abusiva interpretación del patronato real de 1574. El 25 de enero de 1581, el obispo escribió una extensa misiva al rey que se abría con expresiones emocionales en la que contrastaba dicha y contento con decepción. Lo preparaba para darle noticias malas que en lugar de alegrarlo le informarían de “la corrupción de vicios en los españoles que acá viven”,145 sentimiento contrario al que hubiera deseado manifestarle. Cerrada esta introducción preparatoria pasa a acusar al gobernador de que “ha venido […] a hacerme enemistad tan capital”146 y se reafirma hojas después en que el gobernador “no puede tomar mejor remedio que publicarse mi enemigo”.147

El obispo describirá después detalladamente la forma en que esa enemistad capital se fue configurando, comenzando con molestias en temas personales para pasar a injerencias en delicados temas de administración de la Iglesia que involucraban el Patronato:

Quitándome el servicio de los indios y usando de otras molestias maniosas, como son procurar que no sea bien tratado en las visitas y persiguiendo a los que me tratan bien y a los que me visitan y me hablan, hablando mal de mí, levantándome cosas que no he hecho ni dicho [y] no contento con esto, me ha querido perseguir en las cosas de la Iglesia.148

Uno de los primeros pleitos que relató el obispo al rey fue el intento del gobernador de favorecer a un familiar suyo. El obispo propuso para ocupar la vacante a un sacerdote cantor al que el gobernador prometió ayudar con un sueldo. Pero una vez publicado el edicto no mantuvo su palabra, sino que buscó instalar en el cargo de sacristán a un barbero que cuando era niño había servido en la sacristía de Talavera. La indignación del obispo es tal que en su petición al rey expresa “como la voluntad de Vuestra Majestad se cumpla y la Iglesia no padezca tanto agravio que, pudiendo tener un sacerdote honrado, tenga por sacristán un barbero que no sabe leer una carta de excomunión”.149

Las presiones contra el obispo continuaron y cuando Montalvo le pidió que no “estorbase” a un mayordomo que él quiso introducir para servir al Santísimo Sacramento le contestó que “fuese enhorabuena, más que entendiese que ni en esto ni en otra cosa yo no había de poder nada más de lo que él quisiese”.150 Al poco tiempo amenazó al mayordomo y le impidió servir al Santísimo Sacramento.

En los nombramientos de los doctrineros sucedieron cosas similares y decía el obispo que el gobernador siempre le “trampeaba”151 sus candidatos y era él “más parte en las doctrinas”152 y “ninguna doctrina ha querido proveer ni presentar, diciendo que ya las doctrinas están adjudicadas a las religiones y que cuando vaca alguna, basta que los priores o guardianes envíen el fraile que les pareciere sin tener cuenta conmigo, llevando licencia del gobernador”.153 Esta actitud lleva a decir al obispo que “a mi ver tiene sabor a lo que hacía el Rey Enrique en Inglaterra”.154

Los pleitos entre autoridad eclesiástica y civil alcanzaron tal nivel que ambos se desautorizaban mutuamente hasta el punto de alterar el orden público y de hacer pensar al obispo en excomulgar al gobernador: “Y a esta causa ha alborotado las religiones contra mí y les hace espaldas para que me desacaten en los púlpitos y en las calles y que me presenten escritos que contienen injurias y falsos testimonios”.155

Un fraile franciscano al que Montalvo le dijo que no tenía ni la orden ni el derecho a administrarla porque era vacante aun, le contestó: “Que le picaba, que no me espantase que ellos me picasen en los escritos y peticiones”.156

El obispo dijo, “Padre estáis muy sobrado, y si no os medís, os meteré en una canoa y os enviaré a vuestro prelado”.157 A esto altaneramente dijo el fraile: “Tráteme vuestra señoría bien, porque soy tan bien nacido como vuestra señoría y otra vez lo vuelvo [a decir] que soy tan bueno como vuestra señoría”.158

Este altercado siguió con el intento de pedir que un juez conservador de Santo Domingo dirimiera el caso y no se pudo, pues “no había habido injuria manifiesta”.159 Con todo esto, el gobernador logró que un notario actuara como juez, el cual terminó por excomulgar al obispo y por perjudicar su prestigio y sueldo.

A esa altura de la carta el obispo vuelve a enfatizar en el tema de la enemistad pública entre él y el gobernador, la cual ha logrado que la gente no lo respete, se le extorsione y se le niegue el sueldo que se le había asignado en una cédula real, la cual además le extraviaron.

Después pasa a dar consejos precisos al rey de cómo mejorar el funcionamiento de los nombramientos y se queja de que las doctrinas están en tan miserable estado porque “no traen aquí otros religiosos sino los fugitivos y apóstatas que vienen de otras partes, y entre ellos mismos se trae por lenguaje que Cartagena es la isla de los apóstatas”.160

Pasa después a insistir en los males que han causado los doctrineros, que para los indios se han convertido en algo peor que “los crueles seglares” hasta el punto de que, dice, “tengo por cosa ciertísima que, si hoy Santo Domingo y San Francisco vinieran, se postraran a los pies de Su Santidad y de Vuestra Majestad para que sus religiosos fueran excusados de doctrina”.161

La carta termina con más consejos sobre la forma de mejorar la administración de las parroquias y de evitar abusos tales como el haberse hecho aparecer el gobernador como fundador del hospital real del cual no gastó ni “un real de su bolsa”, y “si Vuestra Majestad es patrón y el hospital es real, han de estar allí las armas de Vuestra Majestad y han de perecer las suyas”.162 El obispo pasa a la fórmula de despedida, reafirmándose en su verdad y expresando que su felicidad sería poder llegar a realizar la voluntad del rey.

En la carta del obispo hay un uso expreso o intencional de las emociones para preparar al rey de las malas noticias que transmitirá con relación a la mala gestión del gobernador. Las acusaciones contra este pueden leerse en el plano individual como una persecución personal y en el gubernativo como un abuso de la autoridad civil sobre la eclesial y como una transgresión al patronato regio. Si bien el caso denunciado por el obispo fue desestimado como una injuria explícita, él tenía razón en usar el concepto de enemistad capital, pues en los actos del gobernador estaban implícitos los deseos de perjudicar a la contraparte (tráfico de influencias, obstrucción del gobierno eclesial), la calumnia, la pérdida de la fama (con injurias y falsos testimonios) y la ambición, al punto que lo comparó con Enrique VIII, el adalid histórico del despotismo, la arrogancia y la infamia. La mala reputación de Enrique VIII creció exponencialmente desde que en los primeros años de su reinado personajes de la talla de Erasmo de Róterdam lo describieron como un rey culto y magnánimo hasta cuando al final de sus días fue considerado como el más nefasto gobernante de Inglaterra.163 La comparación que el obispo Juan de Montalvo hizo del gobernador con Enrique VIII pudo haberse inspirado en los conflictos entre el papa y el rey, los cuales habrían derivado en la proclamación del acta de supremacía de 1534 por la cual Enrique VIII se proclamó como máxima autoridad de la Iglesia de Inglaterra, acto que terminó en la fundación de la Iglesia anglicana. El recurso retórico usado por Montalvo era una incisiva voz de alarma sobre los excesos que el patronato regio podía generar en perjuicio de la autonomía de la Iglesia americana.

La enemistad y la literatura subversiva

En los casos por libelos el tema de la enemistad capital se hace muy explícita. En una petición de febrero de 1624 podemos presenciar una importante cantidad de aspectos relacionados con esta pasión. Se trata de un intenso pleito ocurrido en la ciudad de los Reyes del valle de Upar entre autoridades locales pertenecientes a dos grupos básicos de poder ocurrido el año anterior. Juan Moreno, alcalde ordinario e hijo y nieto de conquistadores, Pedro Ruiz de Tapia Villavicencio, alcalde de la Santa Hermandad, Pedro Zambrano, caballero regidor y capitular perpetuo, así como Juan Navarro de Oñate, vecino de la villa, sus hermanos y parientes, recibieron afrentas de las que se culpó a un grupo de poderosos de la villa: el capitán Gaspar de Mendoza, alguacil mayor de la ciudad, noble y principal, Juan de Montaño, tesorero, Miguel de Valmaceda, alférez real, Diego Daza, contador oficial y el capitán Luis de Nozasdaca, así como sus consortes, parientes y vecinos de estos.

El defensor de Moreno y sus allegados argüía que el grupo encabezado por Mendoza eran hombres ricos y poderosos que se habían “aliado” y “confederado” para injuriar a Moreno y a su grupo porque en el desempeño de sus oficios municipales habían procedido de manera justa y recta. Sin embargo, sus contrincantes “han jurado de destruirle su hacienda y honor”.164 Es el primer momento de la carta petitoria enviada a la Real Audiencia en la que emerge el tema de la enemistad, el cual continúa en las frases de que, con intención “dañada”,

le han llamado por escrito y de palabra perro mulato mal nacido hombre vil y bajo de poca suerte y calidad y reo de fe y que le habían de echar una cadena al cuello como a perro y hacerle guardar sus guerras y continuando su mal intento y luego unos meses después le atribuyeron como autor de unos libelos, no siendo así sino al contrario.165

En estas acusaciones están presentes una gran cantidad de expresiones de la existencia de una enemistad manifiesta: la injuria degradante usando palabras graves, la amenaza de provocarles un gran mal y la acusación de la publicación del libelo infamatorio en contra del grupo del capitán Mendoza. Juan Sánchez, defensor de Moreno, pedía para los ofensores que este “grave y atroz delito”166 fuera digno de “punición y castigo”.167

El libelo infamatorio —del cual no aparece un traslado o transcripción— que había aparecido fijado en “la ceiba de la plaza desta dicha ciudad”168 en el año 1623 fue el detonante de esta “guerra” entre dos facciones de la corporación capitular. El alguacil menor Francisco del Álamo fue quien encontró la injuria pegada al árbol y por ende el primero que lo “vio, leyó y quitó”,169 pero no lo quiso romper a pesar de las advertencias que muchas personas que allí estaban le hicieron. A pesar de esto, Moreno y su grupo se quejaban de que este oficial no había sido ni siquiera llamado a declarar a los tribunales de justicia.170

La Real Audiencia no parecía comprender muy bien lo perjudicial de juzgar este caso a través de autoridades regionales como el gobernador de Santa Marta, Antonio Maldonado de Mendoza, pues los lazos clientelares del grupo ofensor llegaban hasta allá. En el proceso de revocación de esta decisión y a favor de su parte, Sánchez expuso el concepto de enemistad mediante su expresión contraria, la amistad íntima, la cual era perjudicial a su parte:

Demás de que el dicho mi parte tiene por odiosos y sospechosos todas las justicias de aquella ciudad y su distrito por ser íntimos amigos de los dichos acusados y en particular el teniente de la dicha ciudad que es íntimo amigo de los dichos reos y come y bebe continuamente con ellos el cual dicho teniente es así mismo pariente del gobernador de Santa Marta por todo lo cual el dicho mi parte recusó a todos los sobredichos y yo en su nombre.171

El grupo de querellantes había intentado que las partes acusadas renunciaran al pleito, “componiéndose”, pero ante la resistencia fueron hechos presos por más de un mes y les fue enviado un pesquisidor especial. El grupo de Moreno se resistió a ser juzgado por los partidarios del gobernador e incluso por el juez pesquisidor, don Pedro de Silva, y su escribano. En su defensa también argüían que el grupo de Mendoza tenía enemigos más poderosos que ellos. Al final, en mayo de 1623, el juez pesquisidor informaba que soltaba de prisión a Moreno y que las partes habían decido “componerse amigablemente”.172 Menos de un año después el pleito se mantenía vigente, como lo hemos visto en las peticiones de 1624, y los acuerdos amigables seguían contaminados por la enemistad capital de los afectos al gobernador de Santa Marta: “Somos nos los dichos acusados sus enemigos sin dar la causa de la dicha enemiga habiendo otras muchas personas con más fuertes y legítimas causas que les han dado para que lo sean como lo son y han sido”.173 En otra parte del proceso decían de forma similar, “sin que obstase la enemiga que los dichos querellantes dicen que les teníamos”.174

En este capítulo hemos visto aparecer los conceptos de enemigo y enemistad capital (llamada también mortal y ‘enemiga’) en tres espacios y momentos clave: la esfera jurídica, específicamente en la defensa de un reo, el ámbito epistolar propiciado por choques jurisdiccionales entre autoridad civil y autoridad eclesiástica y en las escrituras subversivas, manifestaciones a su vez de pleitos entre dos grupos de poder civil y dirimidos asimismo en ámbito judicial. Estas situaciones nos permiten visualizar que el uso del concepto no estaba reducido al espacio jurídico, sino que hacía también parte de la vida social y de la vida política de diversas realidades territoriales, y en los casos aquí tratados, de las gobernaciones de Cartagena y de Santa Marta. En el próximo capítulo veremos amplificarse las circunstancias en las que la enemistad capital tenía lugar, así como los recursos de los cuales podían valerse los vasallos de la corona para denunciar las consecuencias, sobre todo políticas, del choque de voluntades.

105 Algunos estudiosos coinciden en que el “acto” inaugural de esta subdisciplina es su artículo Lucien Febvre, “La sensibilité et l’histoire: Comment reconstituer la vie affective d’autrefois?”. Annales d’histoire sociale, n.o 3 (1941): 5-20, aunque a este primer llamado le preceden trabajos como los de Jacob Burckhardt, Die Cultur der Ranaissance in Italien (Basel: Schweghauser, 1860) y Johan Huizinga, Herfsttij der Middeleeuwen. Studie over levels en gedachtenvormen der veertiende en vijftiende eew in Frankrijk en de Nederlanden, 1919 (El otoño de la Edad Media fue publicado en español en 1930), en los que se apela a sentimientos/emociones como el amor cortés, la pasión por la fama, la ambición, la maldad o la venganza en el libro de Burckhardt o al miedo, el deseo de venganza, la ira o la crueldad en el de Huizinga. El libro de Lucien Febvre publicado un año después del artículo citado da cuenta ya de las posibilidades del estudio de las emociones en la historia. Véase Lucien Febvre, El problema de la incredulidad en el siglo xvi: la religión de Rabelais. 1.ª ed. 1942 (Madrid: Akal, 1993).

106 Jan Plamper, The History of Emotions. An Introduction (Oxford: University Press, 2015).

107 Philippe Ariès, L’Enfant et la vie familiale sous l’Ancien Régime (París: Plot, 1960); Edward Shorter, The Making of the Modern Family (Nueva York: Basic Books, 1975); Jean-Louis Flandrin, Familles: parenté, maison, sexualité dans l’ancienne societé (París: Hachette, 1976).

108 Investigadores con reconocimiento internacional de la talla de Javier Moscoso incluso han llegado a afirmar que las emociones entendidas como construcciones culturales son ya parte de un programa de investigación parcialmente agotado, tanto desde la teoría como desde la historiografía. Moscoso señala un nuevo camino vinculado a la filosofía de la historia y relacionado con la exploración de las experiencias emocionales. Para Moscoso, el callejón sin salida de la historia de las emociones puede ser superado en la medida en que este tipo de historia se haga de forma explicativa, política y en clave comparada. Véase Javier Moscoso, “La historia de las emociones, ¿de qué es historia?”. Vínculos de historia 4 (2015): 15-27. Consultado el 6 de noviembre de 2019. DOI: 10.18239/vdh.v0i4.147.

109 Existen numerosas reflexiones sobre los recorridos y derroteros de esta subdisciplina histórica. Entre los más recientes y enfocados específicamente en la disciplina histórica se encuentra el de María Bjerg, “Una genealogía de la historia de las emociones”. Quinto Sol 23, n.o 1 (2019): 1-20. En América Latina ya se cuenta con un libro pionero en el área dirigido por María Eugenia Albornoz Velásquez titulado Sentimientos y justicia. Coordenadas emotivas en la factura de experiencias judiciales (Santiago de Chile: Acto Editores, 2016).

110 Justo Donoso, Diccionario teolójico, canónico, jurídico, litúrjico, bíblico, etc., t. 4 (Valparaíso: Imprenta y Librería del Mercurio, 1859). Donoso referencia once pasiones: amor, odio, deseo, aversión, gozo, tristeza, audacia, temor, esperanza, desesperación y cólera.

111 Hago derivar este término del de “emocionología”, acuñado por Peter N. y Carol Sterns en 1985 y que se refiere al conjunto de códigos y reglas que determinaban las experiencias subjetivas o los estándares colectivos emocionales de una sociedad. La definición exacta de emocionología que proporcionan los Stearns es: “Las actitudes o estándares que una sociedad o un grupo dentro de dicha sociedad mantiene hacia las emociones básicas y su adecuada expresión; los modos en los que las instituciones reflejan y estimulan estas actitudes en la conducta humana”. Peter N. Stearns y Carol Z. Stearns, “Emotionology: Clarifying the History of Emotions and Emotional Standards”. The American Historical Review 90, n.o 4 (1985): 813. Académicos como William Reddy se refieren de manera similar al estudio del ‘régimen emocional’ que coincide con la definición de emocionología dada por los Stern. Para una discusión teórica y metodológica más amplia sobre estos conceptos, véase Juan Manuel Zaragoza Bernal, “Historia de las emociones: una corriente historiográfica en expansión”. Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 65, n.o 1 (2013). http://dx.doi.org/10.3989/asclepio.2013.12

112 Alfonso Fernández Tresguerres, “Sobre las pasiones”. Catoblepas. Revista Crítica del Presente 86 (2009): 3. Consultado el 6 de enero de 2020. http://nodulo.org/ec/2009/n086.htm

113 Jorge Brenes Morales, “El diablo en el origen mítico de las pasiones”. Filología y Lingüística 28, n.o 2 (2002): 163-170.

114 Alonso de la Peña Montenegro, Itinerario para párrocos de indios, libro II, edición crítica de C. Baciero et ál. (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995), 486.

115 Susan J. Matt, “Recovering the Invisible. Methods for the Historical Study of Emotions”. En Doing Emotions in History, editado por S. J. Matt y P. N. Stearns (Urbana y Chicago, Illinois University Press, 2014), 43. Citado por Bjerg. “Una genealogía”, 12.

116 Manuel Tejado Fernández, La vida social en Cartagena de Indias (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1954), 174.

117 Título 19, Ley 1, partida 2. Las siete partidas del sabio rey […] (Salamanca: Andrea de Portonaris, 1555), 64.

118 Don Antonio de Quevedo y Hoyos fue abogado de los reales Consejos y de Corte. Natural de Villarreinosa en las montañas de Castilla la Vieja. La información proviene de su Libro de indicios y tormentos que contiene toda la práctica criminal […] (Madrid: Imprenta de Francisco Martínez, 1632).

119 Quevedo, Libro de indicios, 57.

120 Quevedo especifica que Farinacci no estaba de acuerdo con este punto.

121 Lo llama enemigo universal del linaje humano.

122 Usa el proverbio “amigo reconciliado, enemigo doblado”.

123 Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid: Luis Sánchez, 1611), 350.

124 Felipe de Meneses, Luz del alma cristiana contra la ceguedad e ignorancia, 1.ª ed. 1545 (Medina del Campo: Francisco del Canto, 1582). Libro III. De los enemigos, 229. Este fue el texto de doctrina cristiana de Miguel de Cervantes Saavedra. Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995), 478.

125 Ibíd.

126 Dato proporcionado en la acusación del fiscal de la Inquisición Juan Ortiz. AHN, Inquisición, leg.1620, exp. 18. En Manuel Tejado Fernández, Aspectos de la vida social en Cartagena de Indias durante el seiscientos, 1.ª ed. (Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1954), 333.

127 Ibíd.

128 Esto en jurisprudencia significa que los testigos, aunque son singulares, declaran hechos similares.

129 Tejado Fernández, Aspectos de la vida, 337.

130 Tejado Fernández, Aspectos de la vida, 338.

131 Ibíd.

132 Ibíd.

133 Ibíd.

134 Ibíd.

135 Ibíd.

136 Tejado Fernández, Aspectos de la vida, 339.

137 Ibíd.

138 Ibíd.

139 Ibíd.

140 Ibíd.

141 Ibíd.

142 Como decía Quevedo y Hoyos, el tratar a otro de judío podía ser causal de enemistad capital y al agregarle el adjetivo de infame se enfatizaba su condición de hereje o al menos de alguien sin crédito, reputación o muy malvado. En el capítulo 7 se estudian algunos aspectos particulares sobre las implicaciones de tachar a un congénere de judío.

143 AHN, Inquisición, 1620, exp. 18. Los comentarios sobre la parcialidad del Tribunal del Santo Oficio cartagenero en el caso de Gómez Barreto pueden revisarse en Ricardo Escobar Quevedo, Inquisición y judaizantes en América española (siglos xvi-xvii) (Bogotá: Universidad del Rosario, 2008), 197; 377.

144 Meneses, Luz del alma, 229

145 agi, Santa Fe, leg. 228. En Juan Friede, Fuentes documentales para la historia del Nuevo Reino de Granada. Desde la instalación de la Real Audiencia en Santafé, t. 8, 1581-1590 (Bogotá: Biblioteca del Banco Popular), 21.

146 Friede, Fuentes documentales, 21.

147 Friede, Fuentes documentales, 28.

148 Friede, Fuentes documentales, 21.

149 Friede, Fuentes documentales, 23.

150 Ibíd.

151 Friede, Fuentes documentales, 24.

152 Friede, Fuentes documentales, 25

153 Ibíd.

154 Ibíd.

155 Friede, Fuentes documentales, 26.

156 Friede, Fuentes documentales, 27.

157 Ibíd.

158 Ibíd.

159 Ibíd.

160 Friede, Fuentes documentales, 31.

161 Friede, Fuentes documentales, 32.

162 Friede, Fuentes documentales, 35.

163 Keith Dockray y Alan Sutton, Henry VIII: The Evolution of a Reputation (Gran Bretaña-Estados Unidos: Fonthill Media Limited, 2016).

164 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.212r.

165 Ibíd.

166 Ibíd.

167 Ibíd.

168 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.224r.

169 Ibíd.

170 Ibíd.

171 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.213r.

172 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.226r.

173 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.224r.

174 AGN, Colonia, Criminales (Juicios): SC 19, 79, D3, f.219r.

Capítulo 3 La ‘voz del papel’: quejas enviadas desde América al rey y al papa
Comunicación y súplica política

La comunicación política en el mundo moderno era de una gran vivacidad. Como nos lo recuerda el historiador Filippo de Vivo, la comunicación política no era una oposición de categorías abstractas al estilo habermasiano, una oposición entre el poder y el público, sino, muy al contrario, una interacción entre múltiples actores comprometidos con el conflicto político.175 La comunicación política implicaba la circulación de impresos, manuscritos y voces que informaban sobre los diversos acontecimientos políticos que se vivían en el propio territorio o en el exterior.176 Esa comunicación política era ella misma “el terreno del conflicto y del compromiso, de las posibilidades y de las dificultades”.177 Cuando se habla de comunicación se pone “el acento sobre las personas” y se “subraya la interacción humana creada del intercambio de noticias a todos los niveles sociales”.178

El intercambio epistolar será la fuente esencial en la que nos centraremos en este capítulo. Un intercambio caracterizado por la transmisión de noticias de extrema gravedad provocadas por importantes conflictos que afectaron a la gente de la América hispánica en la primera mitad del siglo XVII. En esas comunicaciones podremos constatar que ellas son “los nervios del gobierno”,179 y de gran importancia en los imperios de gran extensión.

Desde la época de Felipe II se ha caracterizado a su imperio como un “imperio de papel”, debido al gran peso que cobró la comunicación escrita. El largo tiempo que les llevaba a las cartas cruzar el Atlántico y la larga espera de una respuesta no cohibieron a los súbditos frente al el recurso de la acción escrituraria y de denuncia. Horas y horas de tinta manuscrita se enviaban en los barcos con la esperanza de informar, sugerir, persuadir y esperar soluciones. El inquisidor Juan de Mañozca en una de sus cartas se refirió a una causa que generó una intensa correspondencia como “la que ha revuelto el mundo y adelgazado las plumas de los comprehendidos contra mí”.180

En este capítulo nos importa insistir en la estrecha relación existente entre el proceso comunicativo y el llamado ‘derecho de petición’. Incluso podemos afirmar que el flujo de noticias entre España y América estaba mediado por la legitimidad de ese derecho, asentado ya en los anales de la historia medieval. Esta práctica puede rastrearse desde el siglo VI, cuando los súbditos de los reinos cristianos se dirigían a sus monarcas en “petición de gracias o reparación de agravios”.181 La posibilidad de que los súbditos se comunicaran con su monarca estaba basada en el “carácter de instancia judicial suprema que encarnaba el rey y en el deber moral y religioso de este de tratar con piedad y condescendencia a sus súbditos”.182 Las peticiones de justicia se extendieron también a las gracias y mercedes que no podían exigirse por vía judicial. En los siglos XVI y XVII esa práctica seguía vigente, tal como pueden atestiguarlo la inmensa cantidad “de cartas y memorándums dirigidos en esta época a monarcas, validos y ministros”.183 Antonio García Cuadrado señala también que el derecho de petición era una práctica inmemorial en el derecho canónico. Las súplicas o consultas que presentaban los fieles y las autoridades eclesiásticas eran respondidas por la Santa Sede en los llamados rescriptos.184

La atención colectiva185 de los historiadores hacia este tipo de documentación se ha acrecentado solo a comienzos del siglo XXI en la historiografía europea186 y podemos decir que se encuentra en ciernes en los territorios ibéricos e iberoamericanos.187

Lex Heerma van Voss expresa con claridad lo que las peticiones representan:

Demandas por un favor o por la corrección de una injusticia, dirigida a alguna autoridad establecida. Como la distribución de la justicia y la generosidad son partes importantes del gobierno, los gobernantes difícilmente pueden negar a sus sujetos el derecho a aproximarse a ellos y a implorarles el ejercicio de la justicia o la concesión de un favor.188

Cecilia Nubola observa de manera certera, que mediante las peticiones es posible verificar formas y modalidades fundamentales de la comunicación entre la sociedad y las instituciones del antiguo régimen. Por medio de ellas se pueden reconstruir los mecanismos de mediación, represión, aceptación y acuerdos implementados por los soberanos como respuesta a las solicitudes de la sociedad.189 La comunicación entre súbditos y monarcas es una vía privilegiada por cuanto en torno de la imagen del rey se gestaron mitos y representaciones específicas. El soberano podía ser considerado padre, juez, legislador, referente de justicia y de equidad. Como estas ideas se encarnaban en el representante supremo de una comunidad, las súplicas estaban dirigidas preferentemente a la autoridad suprema.190 En los casos específicos que trataremos, usaremos una gran parte de misivas dirigidas al rey de España y unos ejemplos de súplicas al papa. Un estudio detallado del contenido y dinámica de las cartas nos permitirá hacer eco de André Holenstein, quien enfatiza el cambio reciente de perspectiva que ha habido en la historiografía con respecto al significado de los memoriales o ‘súplicas’, los cuales muestran la capacidad de los súbditos de opinar y de rebatir la imagen del vasallo obediente y sometido.191

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