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SANGRE ETERNA
SANGRE ENAMORADA #4
NATALIA HATT

Sangre olvidada: Sangre enamorada #4
© 2015 Natalia Hatt
© 2020 Autopublicarte
Todos los derechos reservados.
TABLA DE CONTENIDOS
PREFACIO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
EPÍLOGO
Sobre la autora
Otros títulos de Natalia Hatt
Para ti que me sigues desde otras vidas…
PREFACIO
E
ra un día normal en la Atlántida: los pájaros cantaban, el sol brillaba en todo su esplendor y enormes mariposas multicolores volaban por doquier. Aunque hacía tiempo el Gran Oráculo había profetizado que ese sería el fin para la gran civilización, nadie deseaba creerlo. Es más, consideraban que era un hecho imposible, y decidieron cometer el gran error de desestimar la profecía.
Las personas crecían en armonía con la naturaleza y se amaban los unos a los otros; nada parecía indicar que en breve acaecería una catástrofe inimaginable, sin precedentes, que destruiría la civilización completa y aboliría todo lo logrado hasta entonces.
En el Templo del Tiempo y el Espacio, los nueve guardianes se encontraban reunidos, como de costumbre, con sus manos colocadas en círculo, alrededor de un gran cristal sagrado recubierto en oro. Ese ritual era lo que mantenía el espacio y el tiempo funcionando de la manera en que lo había hecho hasta aquel preciso momento.
Anntera era la suma sacerdotisa; una bella joven de largos cabellos dorados y expresivos ojos azules. El resto del grupo de guardianes estaba constituido por cuatro mujeres y cuatro varones; a todos los consideraba como su familia y todos estaban a cargo de mantener el buen funcionamiento del poderoso cristal.
De pronto, se abrieron las puertas del Templo Sagrado, y doce seres de un aura oscura irrumpieron con la actitud más maligna que los guardianes jamás hubiesen visto. Ellos pudieron entrever las tenebrosas intenciones que emanaban por cada poro esas criaturas, mas no se conocía la maldad en aquel sitio tan perfecto, así que ninguno de los nueve guardianes contaba con las herramientas para defenderse a sí mismos y a su idílico mundo.
Los doce seres tomaron el gran cristal, pese a las urgentes súplicas de sus guardianes. Con un rayo negro, proveniente de los doce, lo desintegraron, convirtiéndolo en nueve llaves doradas, en cuyo interior aún residiría el sagrado cristal del Templo del Espacio y el Tiempo.
La tierra comenzó a temblar. Los oscuros desaparecieron, llevándose las llaves consigo, dejando a los guardianes en tinieblas y confusión absoluta. Nadie tenía idea de qué estaba sucediendo, ni podía inferir lo que los malignos seres harían del tiempo y el espacio que hasta entonces los regía. Excepto tal vez por Anntera, quien poseía una claridad de mente superior y tenía un mayor entendimiento de todo.
La suma sacerdotisa, sabiendo que la profecía de destrucción ahora se cumpliría, y que lo que viniese después sería para desventaja de los pobladores de la Tierra, gritó en voz alta, para que los lóbregos seres la escuchasen.
—¡Volveré! ¡Volveré para lograr que todo se restablezca! ¡Juro que volveré! ¡La maldad no prevalecerá en este planeta!
Lo que aquellos seres no sabían era que, aunque ese día Anntera y los demás guardianes perecerían, para reencarnar sin conciencia de su pasado, esa promesa sería cumplida diez mil años más tarde, cuando las piezas del rompecabezas fueran reunidas.
CAPÍTULO 1
E
n el monumental palacio recubierto en jade, justo en medio del espacio que separaba el mundo de las hadas de los vampiros, crecía la princesa Meredinn. Solo su madre conocía el gran destino que le deparaba a la pequeña belleza de ojos azules, profundos como los de su progenitora, y cabellos dorados, iguales a los de su padre. Solo ella y un tío condenado al exilio en un cuadro, con quien la pequeña recién se encontraría al cumplir sus quince años.
Creció sin conocer enemistad alguna entre las hadas y los vampiros, rodeada de sirvientes de casi todas las razas. No diferenciaba entre ninguno de ellos, a todos adoraba por igual. Amaba más que a nadie en el mundo a su dedicada madre, Alejandra; a sus dos padres, Nikolav y Juliann; a su tía y a la vez madrastra Lilum y a su media hermana Rudith (a quien ella tan solo llamaba Rudi), la cual era solo un año menor que ella.
Al cumplir su primer año de vida, demostró su primer poder: la telepatía. Era capaz de comunicarse mentalmente, en principio, solo con su madre. Esta había pensado que su hija estaba desarrollando la habilidad heredada por su familia, pero pronto la niña sorprendió a todos y demostró que también podía comunicarse de ese modo con quien ella quisiera, incluso con los vampiros. Podía leer mentes y enviar pensamientos; no había nadie que no estuviese impresionado.
A los dos años, demostró su segunda y tercera destreza. Un día hechizó una faeda con su canto, mientras caminaba en el bosque con Juliann, logrando que esta se pusiera a bailar sobre su pequeña mano. Y para sumarle aún más mérito, ella entonaba de manera excelente desde temprana edad, lo cual la convirtió en el orgullo de su padre.
Todos pensaron que allí se estancaría, ya que las hadas no solían tener más de dos poderes, mas ella probaría lo equivocados que estaban al comenzar a volverse invisible antes de cumplir los tres años de edad. Se escondía de su madre y se reía, lo cual a esta no le parecía gracioso. En ese punto, supo que su niña alcanzaría los nueve poderes profetizados por Ildwin.
Ya a los tres años, la niña comenzó a introducirse dentro de los sueños de su madre, demostrando un poder raro en las hadas: el de transitar en los sueños de otras personas. También, a esa misma edad, comenzó a crear escudos a su alrededor, para que no pudieran agarrarla cuando la querían bañar. ¡Esa niña sí que se las amañaba para evadir el baño!
Su sexto poder se descubrió antes de que cumpliera los cuatros años, fue el de la telequinesis. Un poder aún más inusual en su especie, quienes, por lo general, no poseían poderes de ofensiva. La pequeña comenzó a mover objetos con su mente, lo cual le causaba mucha diversión.
Su padrastro teorizó que la niña tenía solo un poder principal, y que este era copiar los de otras personas, lo cual explicaba que tuviera tantos. Sin embargo, lo que nadie podía comprender era su selectividad, ya que había poderes interesantes a los que había estado expuesta y no había copiado y, además, tenía habilidades a las que jamás había estado expuesta. Nadie descartó la teoría de Nikolav, pero la mayoría no hizo más que creer que el poderío de la niña nacía desde ella.
Entre los cuatro y los cinco años, desarrolló tres poderes más. Uno fue el de crear un doble astral, tal como lo hacía su madre; el otro, fue la habilidad de transformar su ya existente doble en cualquier animal que ella desease, al igual que lo había hecho su tía abuela Muriz. Por último, adquirió el de crear portales como su fallecida abuela Anja. Este poder lo desarrolló ni bien aprendió a pintar cuadros de manera casi perfecta, llegando a causar envidia en su madre, para quien aprender a pintar tan bien había resultado mucho más difícil.
A medida que la niña crecía, iba perfeccionando sus talentos. Todos a su alrededor la ayudaban a mejorarlos y sacarles el mayor provecho.
Pronto, Meredinn fue convirtiéndose en una hermosa doncella, y todos los jóvenes que alguna vez escucharon su nombre no podían dejar pasar la oportunidad de visitar el castillo de los reyes de los vampiros y de las hadas, para ver y conocer a la encantadora princesa, quien pronto cumpliría sus quince años.
Ese día hubo una fiesta en su honor en el enorme palacio, a la que diversas criaturas estuvieron invitadas. Todos se divirtieron y bailaron en exceso. Unos cuantos jóvenes prometieron su amor eterno a la princesa, aunque ella no demostró interés por ninguno. Siempre decía que lo sabría ni bien conociera a su príncipe azul, y todo el mundo le creía, porque todo era creíble viniendo de ella.
Luego de la fiesta, la princesa dijo que se acostaría a dormir. Su madre también tenía ganas de hacerlo, aunque las hadas no lo necesitaban. A pesar de eso, ellas dos siempre lo hacían cuando tenían la oportunidad. Lo que nadie sabía era que, muchas veces, ambas se encontraban en sueños, dentro de los mundos contenidos en los cuadros de Anja, o en los de Meredinn, porque era allí donde podían hablar en secreto sobre las cosas que nadie más debía saber.
—Hola, mami —dijo Meredinn al encontrarse con su madre en el cuadro donde habían acordado. Nunca había estado allí, ya que estaba prohibido, pero sabía que en ese lugar estaban guardados una gran cantidad de artefactos mágicos, incluido el legendario sable Stumik, que no le causaba nada de curiosidad, ya que solo había traído muerte cuando había sido utilizado, y un cuadro donde un famoso dragón estaba prisionero. Sobre lo que sí estaba interesada en conocer más era sobre este.
—Hola, Mere —la saludó Alejandra con una amplia sonrisa maternal—. Me alegro mucho de que hayas venido.
—¿Así que hoy iremos a ver a mi tío Ildwin?
—Sí —asintió su madre—. Le prometí que te llevaría con él cuando cumplieras los quince años.
—¡Me muero de ganas de verlo! —exclamó la joven, quien nunca antes había conocido a un dragón. Había escuchado que eran algo traicioneros, pero igual deseaba conversar con uno.
Se encontraban en una vieja ciudad en ruinas. El cielo se veía rojizo y parecía que llovería. Meredinn se quedó mirando a su alrededor.
—Esto es un poco tétrico —dijo. Alejandra le sonrió. Ella también había pensado lo mismo unos años atrás.
—Ven, sígueme —le indicó, mientras comenzaba a atravesar la ciudad.
A lo lejos se podía ver un castillo. Meredinn pudo reconocerlo como una réplica del sitio donde su padrastro Nikolav había vivido. Ahora ese lugar estaba casi deshecho, ya que no se había reparado después de las luchas por el poder de los vampiros, antes de que él fuera rey. Por eso, ahora el verdadero castillo no lucía muy diferente del que se encontraba dentro del cuadro.
Pronto llegaron allí y Alejandra condujo a su hija por un largo pasillo, hasta que bajaron unas escaleras y todo terminó en una monumental pared. Una vez allí, tomó la llave dorada que siempre llevaba consigo y abrió el portal frente a ellas.
Meredinn observó con asombro los tesoros que la gran habitación a la que entró ocultaba. En medio había un árbol añejo, pudo percibir la magia que de él provenía, pero no se atrevió a preguntar qué había dentro de este. No era ese el motivo por el que habían ido, lo único que les importaba en esos momentos era adentrarse en las profundidades del bello cuadro que de una pared colgaba, en soledad, sin adornos ni otros cuadros a su alrededor, como si eso fuera parte del castigo al que su habitante había sido sometido.
La joven sonrió al acercarse a la pintura, después de notar que, en el cielo colorido, se veía un formidable dragón verde en pleno vuelo.
—Está volando a nuestro encuentro —dijo Alejandra con una sonrisa—. Ve, niña, y conoce a tu tío.
—¿Tú no vienes? —preguntó Meredinn, un tanto desilusionada.
—No —replicó su madre—. Irás sola, pero yo te esperaré aquí afuera. No me moveré de este sitio.
—Muy bien. Nos volveremos a encontrar aquí —aceptó, y depositó un beso en la mejilla de su progenitora, antes de marcharse.
Como se encontraba en su cuerpo astral, no tuvo necesidad alguna de abrir el portal que conducía al interior, ni de desdoblarse para entrar en él. Tan solo debió mirarlo y enfocarse en su interior; en cuestión de unos pocos segundos, estaba dentro. Tal como lo había lo visto desde el exterior del cuadro, el dragón estaba volando con gracia y soltura, en dirección a ella, hasta que aterrizó a su lado, con una amplia sonrisa en su magno rostro de bestia.
Se quedó mirándolo con asombro, pues era un ser magnífico. Luego, se distrajo con el paisaje a su alrededor. Era un lugar muy bello: un campo verde con un lago multicolor en el centro y varias montañas a lo lejos, montañas que no sabía si eran reales en ese sitio o mera decoración. Su belleza equiparaba a la del hogar de las hadas. Pensó que su abuela debía de haber sido cuidadosa al construir la prisión para su propio hermano.
—Hola, Meredinn —la saludó el dragón, al captar una vez más su atención—. Te he estado esperando.
Ella sonrió. Le surgieron deseos de abrazarlo o pedirle que le diera un paseo encaramada en su lomo, pero decidió que ya tendría tiempo para esas cosas.
—Hola, dragón. Yo también he sentido muchas ganas de conocerte. —Le sonrió con calidez.
—Ese es el espíritu —respondió él—. Mira, estarás viniendo aquí una vez al mes durante un par de años. Tendremos tiempo para muchas cosas. Tengo mucho que enseñarte y mucho que ayudarte a recordar... Será un largo trabajo. —Se quedó mirándolo con asombro.
—¿Cosas por recordar? Yo tengo una muy buena memoria.
—Pero no de tus vidas pasadas, mi pequeña princesa —dijo él entre risas—. Yo te ayudaré a recordar tus vidas más importantes. —El rostro de la muchacha se iluminó. No había idea que le resultase más atrayente que esa.
Y así fue como el entrenamiento comenzó. Ya en el primer día, Meredinn recordó en parte los tiempos en los que todo era diferente, en los que ella era líder del grupo de Guardianes del Tiempo y del Espacio; también descubrió que conocía en persona a ese grupo de guardianes que la habían acompañado en la Atlántida. No eran más que su madre Alejandra, su abuela Anja, su tía Lilum, su media hermana Rudith, su padre Juliann, su padrastro Nikolav y sus dos tíos, Ildwin y Kevin.
Los recuerdos fluirían en sus sueños o regresarían en otras ocasiones en las que Meredinn visitaría a Ildwin, con quien llegó a formar un fuerte vínculo.
Aprendió rápido todo loque este debía enseñarle. En cuanto llegara a los dieciocho años, ya estaríalista para comenzar la misión por la que había nacido; para cumplir la promesa que había hecho ella misma, en otro cuerpo y bajo otro nombre, diez mil años atrás.
CAPÍTULO 2
M
eredinn se hallaba disfrutando la hermosa vista de la torre Eiffel que le ofrecía una pintoresca plaza, en la que se había sentado hacía cinco minutos. Se encontraba recorriendo el plano humano desde el mes anterior, y aún no tenía ganas de regresar a su hogar.
Le parecía fantástica la diversidad y riqueza cultural de los humanos. Ni siquiera en el místico mundo de las hadas había tanta variedad de cosas para ver y hacer; como ella había crecido allí, ese mundo ya no la maravillaba demasiado, pero el de los humanos sí.
Había visitado desde pequeña el plano de los ángeles y, por supuesto, había pasado mucho tiempo en el plano de los vampiros, mas ninguno era para ella como el mundo en el que ahora se encontraba: tan vasto, tan rico en cultura, con una gran variedad de comidas y artes. Era impresionante como, a pesar de su ignorancia respecto a otras realidades, los humanos podían imaginar semejante belleza plasmada en formas artísticas.
Nadie sabía que había salido de viaje. Ella, en realidad, se encontraba en el palacio real, durmiendo una siesta de una hora o dos. Era la época del año en la que el tiempo corría más lento en el mundo de las hadas. Un par de horas allí equivaldrían alrededor de un mes en el mundo humano. Si hubiese escogido otra época del año para visitarlos, no podría haberse quedado por más de un par de minutos, ya que su cuerpo físico despertaría, arrastrando a su doble astral consigo.
Su habilidad para transportarse en forma astral al lugar que deseara estaba tan desarrollada que no necesitaba ayuda de cuadros, o de ningún otro elemento visual, para poder ir allí. Su sola intención bastaba. Y eso hacía siempre que dormía; iba a los lugares donde quería ir y se entretenía el mayor tiempo posible. En este caso, un mes en el plano humano había equivalido a una sola siesta.
Estaba por levantarse de su lugar, con la intención de dar una vuelta más por la ciudad de París antes de volver a su cuerpo, cuando un chico de cabello oscuro, alto y apuesto, un poco mayor que ella, y poseedor de la sonrisa más encantadora, se sentó a su lado. Meredinn se sorprendió cuando el extraño se dispuso a conversar, dado que no era costumbre de los humanos hablarle a quienes no conocían, pero algo la impulsó a quedarse. De hecho, al intentar leerle la mente al moreno y no poder lograrlo, la curiosidad la invadió, así que decidió averiguar más sobre él.
—Bonsoir, Mademoiselle —la saludó. Sus ojos emitieron un brillo especial al establecer contacto visual con ella.
—Bonsoir —respondió, hablando un francés perfecto, sin poder evitar devolverle la sonrisa.
—¿Le molesta que me siente junto a usted? —preguntó él—. La vista desde aquí es bellísima, aunque más bella es usted. —Meredinn se sonrojó.
—Por favor, no me llames usted —pidió.
—¿Cómo te llamas?
—Meredinn. Me llamo Meredinn. —Se dio cuenta de que haber dicho su nombre real podría causarle graves problemas. Las hadas no debían dar su nombre real a un desconocido, mucho menos sin saber sus verdaderas intenciones. Por lo general, se hacía llamar Meredith, que era similar al suyo.
—Qué nombre extraño —opinó él—. De hecho, nunca lo he escuchado.
—¿Y tú cómo te llamas?
—Louis —contestó.
Sus ojos verdes hablaron más que él al mirarla, pero ella no se atrevió a observarlo mucho. Ildwin le había enseñado varias técnicas para recordar sus vidas anteriores, y una de ellas era mirar a los ojos de una persona para descubrir su relación con esta en el pasado. Al mirar a ese extraño sabía que tendría un recuerdo de la nada si lo contemplaba durante demasiado tiempo. Decidió apartar la vista.
—Tienes los ojos azules más bellos que jamás haya visto —dijo él. Estaba ligando, pero Mere no podía dejar de sentirse halagada. Claro está que él no era el primero en decirle eso, tenía muchísimos pretendientes en todos los planos en los que había puesto pie..., hasta en el de los ángeles.
Meredinn era tal vez la chica más bella que hubiera pisado la Tierra, no tanto por sus atributos físicos, sino por la pureza de su alma. No podía dejar de atraer hombres y mujeres por doquier, gracias al carisma que emanaba. No tenía cómo pasar desapercibida.
—Gracias —le dijo ella—. Tus ojos también son muy bonitos.
Intentó leer sus pensamientos otra vez, pero no lo logró y fue frustrante. ¿Acaso su poder estaba fallando? ¿Por qué no podía hacerlo? ¿Podría ser que él tuviese poderes psíquicos? Había conocido un par de seres con habilidades capaces de bloquear algunas de las suyas, pero ninguno había sido un humano. Ese sería el primero y era razón suficiente para que su curiosidad creciera en forma desproporcionada.
—¿Puedo invitarte a tomar un café? —preguntó él. Ella no pudo resistirse. Aún le quedaban unas horas para pasear por París. No haría daño a nadie si tomaba un café con ese intrigante chico.
Louis se levantó y le ofreció su brazo. Era un caballero. Caminaron juntos hasta una cafetería justo frente a la misma plaza. Se sentaron enfrentados en una mesa en el exterior. Meredinn se sentía nerviosa, era como si grandes mariposas estuvieran revoloteando dentro de su estómago, un sentimiento que ningún chico le había provocado antes. Sin embargo, tenía una misión, y era consciente que no era el momento apropiado para romances
—¿Qué haces de tu vida? —preguntó él, mientras miraba la carta que el mesero le había entregado.
—Viajo por el mundo.
—¿Niña rica, eh?
—Algo así —dijo ella. Le sonrió y no dio mayores explicaciones—. ¿Tú qué haces?
—También viajo, pero no por placer.
—¿Eres hombre de negocios? —Louis sacudió su cabeza.
—No. Soy un mensajero privado. Entrego paquetes en todas partes del mundo. Es un servicio secreto, por lo que debo tener mucha reserva.
—¿Eres de aquí? —preguntó, cada vez más intrigada.
—No, no lo soy.
—¿De dónde, entonces?
—De todas partes y de ninguna.
Meredinn cambió al inglés para probar qué tan bien lo manejaba.
—¿Cómo se entiende aquello?
—Es difícil de explicar —dijo él en un inglés tan perfecto como su francés.
—Inténtalo —insistió ella.
—Lo haré en nuestra próxima cita —prometió con una sonrisa pícara.
—¿Próxima cita, eh? —cambió al español—. No pensé que esto fuera una cita.
—Pues resulta que sí lo es —dijo él en un español, también perfecto. Ella no dejaba de asombrarse.
—¿Qué haces en Francia? —preguntó, luego de pedir un capuchino grande.
—Vine a entregar un mensaje importante.
—¿Y qué te ha hecho detenerte a coquetear con una desconocida? —Él se mantuvo en silencio, con una gran sonrisa en el rostro.
—Eso lo tendrás que descubrir más tarde, preciosa.
Tanta intriga comenzaba a molestarla. Necesitaba más respuestas de parte del chico.
—No sé si habrá un más tarde —contestó ella—. Esta noche me voy de aquí.
—¿A dónde vas?
—A casa.
—¿Dónde es tu casa?
—En un lugar cercano, pero muy lejano a la vez —le dijo, contenta de ser ahora la que causaría intriga.
—Hmm..., suena a algo que deberé descubrir la próxima vez, ¿no? —comentó él, bebiendo el café negro y sin azúcar que el mesero le había entregado. Ella comenzó a degustar su capuchino. Ambos se quedaron en silencio por unos instantes, tan solo mirándose. Algo dentro de Meredinn gritaba que quería tirarse encima de ese chico y besarlo, como nunca había besado a nadie.
Aunque sí había esquivado varios besos indeseados por parte de algunos pretendientes que pensaban que, porque era amable con ellos, también les correspondía. Estaban equivocados. Más de uno se había encontrado con una barrera invisible a centímetros de su boca.
Tener un escudo era una muy buena herramienta.
—No sé si habrá próxima vez —dijo, sabiendo que posiblemente nunca volvería a verlo, lo que le causaba pena. Se estaba encariñando sin habérselo propuesto.
—Yo creo que sí la habrá —dijo él, terminando su café.
Meredinn suspiró.
—Debo irme, Louis.
—Está bien —aceptó él—. Pronto volveremos a encontrarnos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera te he dado un número de teléfono, ni te he pedido el tuyo.
—Porque yo puedo encontrar a quien sea, donde sea. —Se levantó de su silla, igual que ella lo hacía.
—Más intriga —contestó, dispuesta a no aceptar su número de teléfono, por más que deseara hacerlo.
—Hay algo que no te he dicho —habló él, cuando estaba a punto de darle la espalda.
—¿Qué, de entre todas las cosas, no me has dicho? — preguntó, con una mirada un tanto severa.
—Vine a París porque tengo un mensaje especial para ti.
El corazón de Meredinn dio un salto. ¿Cómo podía alguien saber que estaba ahí? Nadie lo sabía, ni siquiera las hadas. Además, ocultaba su apariencia, luciendo como una humana normal.
—¿Un mensaje para mí? ¿De quién?
—Eso lo sabrás cuando lo leas —respondió él, mostrando un sobre de color verde claro de dentro de su saco, para luego entregárselo sin demoras. Ella lo tomó, curiosa por saber qué había allí.
—Gracias, supongo —dijo; después lo guardó en el bolsillo de su pantalón blanco—. Ahora debo irme. Fue un gusto haberte conocido, Louis.
—El gusto ha sido mío —respondió él.
Y sin que se lo esperase, la tomó de sus manos, trayéndola contra su pecho, para luego unir sus labios en un suave beso. Para sorpresa de Meredinn, su escudo no se activó, como lo hacía de forma automática, y ella respondió al gesto, sintiendo cómo todo su ser se derretía ante el contacto con esos suaves labios.
«¡Dios!», pensó, consciente de que solo había estado media hora con ese extraño y que estaba mal comenzar a sentirse de esa forma. Sabía que no podría volver a verlo. Pronto cumpliría los dieciocho años y su misión comenzaría. No debía tener interés romántico alguno; no en esos momentos.
—Nos vemos pronto, princesa —dijo él, guiñándole el ojo antes de irse caminando por el lado contrario.
Ella se apuró a caminar hasta el baño de mujeres más cercano, se metió allí para desaparecer sin ser vista y despertó en su enorme habitación en el palacio real. Como lo había esperado, el sobre verde estaba en su falda, porque Meredinn tenía puesto un simple vestido color violeta. No llevaba bolsillo alguno.
Abrió la carta, encontrando una tarjetita:
«Señorita Meredinn.
Está cordialmente invitada a un baile de gala en tres días, en el palacio del dios Zeus. Vaya en cuerpo físico y lleve el vestido que pronto se le proveerá.
Atentamente,
Los Dioses del Olimpo».
Sintió que estaba a punto de desvanecerse. Había estado en presencia de un mensajero de los dioses, quizá un dios en persona..., y se había encaprichado con él. Lo bueno era que ahora sabía con certeza que sí lo volvería a ver.
***
Estaba segura de tres cosas. Primero, que los dioses ya estaban al tanto de ella, seguramente curiosos por la cantidad de poderes que poseía, y deseaban conocerla. Segundo, que no necesitaría escabullirse dentro de su casi impenetrable mundo para cumplir su misión, que iba a comenzar el mismo día en el que fue invitada al baile de gala. Y tercero, que entonces sentía mucha más curiosidad por Louis, si es que ese era su nombre. Le resultaba irresistible, encantador y enigmático, aunque era un tanto engreído. Anhelaba conocerlo más, aun si entendía que su misión estaba primero que cualquier interés amoroso. A pesar de ese hecho indiscutible, sabía que no podría sacárselo de su mente por más que lo intentara.
Los dioses del Olimpo la habían invitado a un baile... Ellos no representaban a todos los dioses, sino solo a una sección de aquellos, cuya entrada principal por el mundo de los humanos se encontraba en Grecia, en la cumbre del monte Olimpo. Su mundo estaba dividido en diversas secciones, tal como el mundo humano estaba fragmentado en países. En los albores de la humanidad, como se la conoce ahora, cada grupo de dioses se había encargado de dirigir, moldear e influenciar, a los distintos grupos mortales. Por eso cada cultura tenía sus propios dioses, distintos pero similares en ciertos puntos.
En la actualidad los dioses ya casi no se involucraban en asuntos humanos, ya que al encargarse de generar diferentes creencias y religiones, habían cumplido con el propósito principal que los guardianes les habían encomendado: el de crear diferencias sectarias para que las personas se sintiesen disímiles entre sí y tuviesen la necesidad de separarse de quienes considerasen sus opuestos.
Estas falsas religiones llevarían a enemistades y guerras entre los pueblos, cosa que los guardianes querían que sucediera. Lo que deseaban siempre había sido dividir, en vez de unir. El dicho que rezaba «Divide y reinarás» no podía ser más certero. El mundo estaba dividido en nueve dimensiones diferentes, la mayoría de ellas estaban separadas a su vez en diferentes secciones y razas. No había forma de lograr la paz entre todos de esa manera.
Ildwin había sido quien había instruido a Meredinn sobre esos asuntos que casi nadie conocía y quienes sabían preferían callar. Las consecuencias que podría acarrear hablar de ello eran tan grandes como insospechables.
Ella conocía un poco sobre los Dioses Olímpicos; sabía que eran catorce los más conocidos, aunque solo doce de ellos estaban permanentemente en el Olimpo y eran capitanes de otros dioses menos conocidos. Pero los dioses originales se habían seguido reproduciendo, sus números habían ido aumentado, solo que de eso poco se sabía, pues no había registro de lo ocurrido con ellos durante el último par de milenios.
Los dioses preferían evitar el contacto con otras razas, por lo que se recluían en su propio mundo. Amaban la buena música, el arte y la comida, y vivían de fiesta, ya que no necesitaban realizar ningún tipo de trabajo. Existían de manera envidiable en ese paraíso al que solo ellos tenían acceso, aunque no eran inmunes a los conflictos que se desataban entre ellos de forma constante.
Zeus era el líder de los dioses, su padre y firme gobernador. Todos lo respetaban como tal. Era el dios del cielo y del trueno, por lo que su papel principal había sido organizar el clima en el planeta. Él estaba casado con la diosa Hera, aunque había tenido muchas amantes e hijos ilegítimos.
Hera era su esposa legítima, aunque también su hermana. Era la diosa de las mujeres y el matrimonio, y más que nada de la fidelidad. Era muy celosa y vengativa, sobre todo contra las amantes de su esposo y sus hijos, de igual manera con los humanos que la ofendían. Cuando una mujer defraudada le ofrecía sacrificio, ella siempre estaba lista para castigar a su esposo infiel.
Poseidón, hermano de Zeus y Hera, era el dios del mar, de los terremotos y las tormentas. Los marineros debían estar en su favor para que les brindase mares de calma, pero si lo ofendían, tendrían una muerte segura.
Deméter, otra hermana de los anteriores, era la diosa de la agricultura, del ciclo de la vida y protectora del sagrado matrimonio. Ella había sido la encargada de enseñar a la humanidad el arte de la agricultura, de sembrar y cosechar.
Hestia, también hermana de ellos, era la diosa de la cocina, del hogar, de la arquitectura y del fuego que daba calor a los hogares. Ella era la diosa que menos salía del Olimpo, y había decidido permanecer virgen.
Hades, otro hermano más, era el dios de la oscuridad y del inframundo, de la morada de los muertos antes de reencarnarse en otros cuerpos mientras eran juzgados para establecerse su castigo o recompensa.
Ares, hijo de Zeus y Hera, era el dios de la guerra, de la violencia, de la fuerza bruta, del tumulto, la confusión y los errores en las batallas. Incluso sus padres odiaban a este personaje salvaje y sanguinario, uno con el cual Meredinn no deseaba encontrarse jamás.
Hermes, hijo no legítimo de Zeus, era el dios mensajero, de las fronteras y los viajeros que las cruzan, del ingenio, de los inventos y de los poetas, de los ladrones y los mentirosos también. Era un dios astuto, guardián de las puertas, jefe de los sueños y espía nocturno. Había enseñado a los humanos el arte del comercio, los inventos y las relaciones sociales. ¿Era posible que este dios fuera Louis? Meredinn no podía dejar de pensar en esa posibilidad, aunque si era así, no podía evitar sentirse celosa por la enorme descendencia que se le atribuía a ese dios, con diversas diosas y no diosas. Eso no le gustaba nada, esperaba que su dios no fuese ese sino un descendiente.
Hefesto, hijo de Hera, era el dios del fuego y la forja, de los herreros y los artesanos, los escultores, los metales y la metalurgia. Era cojo, lisiado y terriblemente feo. Su temperamento tampoco pronosticaba nada bueno.
Afrodita, nacida del mar, era la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la reproducción. Ella podía hacer que cualquier hombre se enamorase de ella con solo poner sus ojos en él. Se decía que estaba casada con el horrible Hefesto, aunque le era infiel, especialmente con el dios de la guerra, Ares.
Atenea, diosa virgen e hija favorita de Zeus, era la diosa de la guerra, la civilización, la sabiduría, la estrategia y las artes. Ella nunca se casó ni tuvo amantes. Era una guerrera invicta, incluso contra el dios Ares.
Apolo, hijo de Zeus, se conocía como el dios de la luz y del sol, de la verdad y la profecía, de la medicina y la curación, la música, la poesía y las artes. Así también como sanaba, podía causar la enfermedad en las personas.
Artemisa, hermana melliza de Apolo, era la diosa de la caza, del arco y la flecha, de los territorios vírgenes, de los nacimientos, la virginidad y las doncellas.
Por último, pero no menos importante, Dioniso, hijo de Zeus, era el dios del vino, del teatro, de la locura ritual y el éxtasis.
Meredinn se aseguró de tener bien catalogados en su mente a cada uno de los dioses, para así tener claro lo que podía esperar de cada uno de ellos. Conocía algunos dioses más, como Heracles, Perseo, Perséfone y Adonis, pero mucho de lo que se sabía acerca de ellos era mera ficción, o había sido exagerado por los griegos de la época en que los dioses aún se relacionaban con los humanos. Mucho habría cambiado en su mundo durante los últimos tiempos; Meredinn no podía siquiera imaginarse con qué podría llegar a encontrarse allí.
Mientras estaba aún recostada, sumida en sus pensamientos, escuchó un revoloteo en su ventana; sus blancas cortinas se movían y ella sacudió su cabeza.
—Vale. Ya sé que estás allí, Karel. No es gracioso, ¿sabes? Karel comenzó a reírse conforme se materializaba.
—Ya no puedo sorprenderte más, pero no deja de ser gracioso para mí —dijo el joven ángel, acercándose a ella.
Karel era un ángel un tanto inmaduro. Había sido un hada adolescente al morir, por lo que había llevado consigo su inmadurez al convertirse en ángel. Era el mejor amigo de Meredinn, además de su hermana Judith, y lo bueno era que, de sus amigos, era uno de los pocos que no estaba enamorado de ella. Él era bastante apuesto. Aparentaba unos diecisiete años, tenía el cabello del color del trigo y los ojos de un tono miel. Era un muy buen compañero, aunque tenía la costumbre de aparecerse en los momentos y lugares más inapropiados.
—¿No tienes nada que hacer? ¿Qué tal tu humano protegido?
—¡A-bu-rri-do! —dijo él, al tiempo que cruzaba los brazos—. Además, sabes que puedo volver al instante en el que lo dejé, así no daño a nadie si me quedo un rato por aquí a molestarte.
Era cierto, los ángeles podían cambiarse de dimensión a su antojo y luego volver a la anterior al mismo minuto, como si nunca hubieran estado fuera. No podían viajar en el tiempo, ni estar dos veces en el mismo lugar, pero sí podían volver a un lugar en el momento exacto en el que lo habían dejado, lo cual les permitía tomarse algún descanso de tanto en tanto, sin descuidar a sus protegidos humanos.
—¿Qué hacías? —preguntó Karel, sentándose a los pies de Meredinn.
—Hmm, dormía —respondió el hada.
—¿Y qué hacías mientras dormías?
—Pues visitaba Francia —le contó. Además de no poder mentir, no le molestaba que su acompañante lo supiera.
—¿Y eso? —preguntó él, tomando la tarjeta de invitación que aún estaba en la falda de Meredinn. Karel abrió sus ojos bien grandes al leer el mensaje en su interior—. ¡Wow! No puedo creerlo. ¡Los dioses del Olimpo te han invitado a una fiesta! ¿Irás?
—Claro que iré —contestó—. No podría perdérmelo por nada del mundo.
—Oh... Es justo después de tu cumpleaños.
—¿Qué hay con eso? —preguntó ella, fingiendo no saber lo que él estaba pensando.
—Pues eres una princesa hada, y es sabido que al cumplir los dieciocho puedes comenzar a recibir propuestas oficiales de matrimonio, de entre las cuales deberás elegir una.
—¿Y?
—Me parece que uno de los dioses, o más de uno inclusive, está interesado en pedir tu mano. —Meredinn comenzó a reírse a carcajadas.
—¿Un dios enamorado de mí? Estás loco, Karel.
—No te creas. No sería la primera vez que un dios toma una esposa de otra especie. Cada tanto necesitan renovar la sangre. ¿Y qué mejor que una princesa hada con tan bella y con tantos poderes como tú?
—Igual, no lo creo —dijo quitándole importancia al asunto—. No pienso casarme tampoco.
—Pues algún día deberás hacerlo o terminarás siendo causante de una gran guerra. —Meredinn frunció el ceño.
—Cállate. —No le gustaba oír hablar de la palabra guerra.
—Es cierto. Un hada tan bella y poderosa como tú, con tantos pretendientes como ya tienes, no debe demorarse demasiado en elegir a la persona con la que quiere estar. Los pretendientes seguirán sumando hasta que la cuestión se vuelva incontrolable y ellos decidan tomar las cosas por sus propias manos.
Ella sacudió su cabeza.
—Eres demasiado pesimista para ser un ángel.
—Es cierto —dijo él—. Cambiando de tema, ¿puedes llevar compañía al baile?
—No tengo idea. Aquí no dice que pueda o no.
—Yo que tú iría con alguien. —Meredinn soltó una carcajada.
—¿Crees que no puedo protegerme sola?
—Protegerte puedes, pero deberías ir con alguien. Por ejemplo, yo.
—Sigue soñando.
—Por favor, siempre he soñado con conocer el mundo de los dioses.
Dejó salir un suspiro.
—Está bien, Karel. Pero, ¿no se supone que los ángeles no van a fiestas?
—¿Quién dijo que no podemos? Mientras no sea con los humanos, todo está permitido para nosotros. No seas aguafiestas.
—Bueno, está bien, amigo. Te llevaré conmigo.
Karel estaba feliz y no demoró demasiado en volver a irse, seguro a presumir con sus colegas que iría a una fiesta de dioses.
Meredinn se levantó y salió de su habitación. Ese día tocaba dar un recorrido por el reino para invitar a todos los súbditos a su cumpleaños número dieciocho, que sería celebrado en nada más y nada menos que dos días. Sería una fiesta aún mayor que su cumpleaños de quince, y nadie querría perdérsela.
Luego de la fiesta visitaría a Ildwin por una última vez antes de comenzar su misión. No podía creer que ya habían pasado los tres años desde que había comenzado a entrenarse en secreto. Pronto ella se pondría en campaña para lograr el objetivo para el que había nacido. Sabía que nada la detendría.
CAPÍTULO 3
M
ientras Meredinn recorría los pasillos del monumental palacio, se topó con su media hermana, quien caminaba a paso acelerado.
—¡Rudi! —exclamó, un tanto sorprendida de verla ahí, y le dio un fuerte abrazo—. ¿Vas a venir conmigo a recorrer el reino?
—Sí. Mamá no quería dejarme hacerlo, más que nada porque recorreremos parte del territorio vampiro, pero como tú estarás conmigo, papá la convenció de que no me pasará nada malo.
—De cualquier manera, los vampiros se han comportado pacíficos desde que mamá y Nikolav reinan juntos.
—Tienes razón, pero en todo reino nunca falta alguno que no tenga problema en romper las reglas.
Rudith también poseía el poder de comunicarse telepáticamente con miembros de su familia y, como segundo poder, tenía una variación del de la invisibilidad: el poder de camuflarse en un lugar, para pasar desapercibida. Sin embargo, dependiendo de dónde estuviese, eso podía no servirle de mucho.
Meredinn asintió tras oír las últimas palabras de su hermana. Todo vampiro que dañase a un hada moriría. Si ella fuese vampiro, ni siquiera lo intentaría. Además, la mayoría de ellos eran leales a Nikolav y lo respetaban; una sección minoritaria se declaraba rebelde, pero preferían habitar el plano humano, lo más lejos posible del control de su rey. Si Nikolav emitía una orden directa, no podrían desobedecerla.
—Es cierto —estuvo de acuerdo, mientras bajaba las escaleras junto a su hermana—. ¿Sabes algo? ―preguntó.
—¿Qué?
—He recibido una invitación a una fiesta en el mundo de los dioses.
—¡¿Qué?! —exclamó Rudith con alegría, casi brincando—.
¡Eso es fantástico! ¿Cuándo?
—En tres días.
—¡Genial! ¿Irás sola?
—No. Le prometí a Karel que lo llevaría conmigo. —Rudith comenzó a reírse.
—¡Irás a una fiesta con un ángel! Genial.
Era bastante gracioso, ya que estos seres tenían un elevado sentido del deber y no solían ir a fiestas. Pero Karel era un ángel diferente, uno al que le gustaban las celebraciones.
—Sí, él ha insistido.
Pronto ambas estaban en la sala del trono. Necesitaban la bendición de los reyes antes de partir. Alejandra lucía magnífica en su traje de reina, sentada en un trono a la derecha de Nikolav, quien también lucía espléndido. Había varias hadas y vampiros en la sala, esperando su turno para hablar con los reyes.
—Niñas —dijo Alejandra, señalando para que ambas se adelantasen.
Realizaron una reverencia delante de los reyes y sonrieron. Toda la audiencia masculina tenía sus ojos posados en las dos bellezas, en especial sobre Meredinn.
—Solicitamos permiso para iniciar un recorrido por el reino —habló la mayor de las hermanas.
—Permiso concedido, hija —dijo Alejandra con una amplia sonrisa—. Inviten a la gran fiesta a todo aquel que se crucen de camino. Este palacio estará abierto para todos.
Por más que se sentía contenta por la celebración, no podía dejar de pensar en aquella a la que había sido invitada en el mundo de los dioses; y mucho menos podía dejar de pensar en Louis, o como sea que se llamase en realidad.
***
Angell no podía dejar de pensar en ella. Ni bien había posado sus ojos en Meredinn se había quedado prendado. Los dioses del Olimpo solían ser enamoradizos, pero él sabía que lo suyo no era un simple enamoramiento pasajero. El problema era que él solo era el mensajero, cargo que había heredado de su bisabuelo Hermes. No era un dios importante, no se le permitiría pedirle la mano a esa belleza, alguno la ganaría primero. Sumado a eso, era sabido que Zeus la había mandado a llamar para casarla con su nieto favorito, Tamsis, el dios de la confusión.
De todas formas, no perdería las esperanzas. La decisión final sería de ella, ni de Zeus, ni de nadie más.
Resolvió que haría lo posible para que se enamorase de él, y no se comprometiera con otro. Por eso, y como no tenía muchas tareas por hacer, decidió infiltrarse en el mundo de las hadas. Se transportó hasta el lugar donde los unicornios pastaban, convirtiéndose en uno de ellos, en un hermoso y radiante unicornio, esperando pronto captar la atención de la bella princesa.
Las hermanas salieron riendo del palacio. Estaban felices porque podrían recorrer el reino juntas. Si bien eran hijas de distinta madre, jamás había existido competencia alguna entre ellas y ambas habían recibido por igual el afecto incondicional de su padre.
—¿Vamos a recorrer el reino caminando? —preguntó Rudith con entusiasmo. Meredinn se rio.
—Claro que no, no lograríamos volver a tiempo para la fiesta. Iremos en unicornio.
Los unicornios eran animales muy bellos e inteligentes, además de rápidos. Irían a la velocidad de la luz hasta llegar a algún lugar donde hubiese personas para invitar a la fiesta, ya fuesen hadas, elfos, duendes, vampiros o brujas.
Muchas brujas cohabitaban con los vampiros en su reino, junto a las hadas oscuras, y seguían las órdenes de Nikolav. ¿Por qué allí y no con los humanos? Esa era una de las primeras lecciones de historia que Meredinn había aprendido con su tío Ildwin.
En un principio, los guardianes dividieron el planeta en nueve mundos. Ocuparían una dimensión para ellos mismos, y otra para los dioses que habían traído de otro planeta, que eran sus aliados. Los dioses podían vivir su vida sin la interferencia de los guardianes, pero debían asegurarse de crear los cuerpos perfectos para las almas que ahora no tenían envase y que habían quedado atrapadas sin poder moverse a otro lugar.
Los dioses decidieron que en el quinto mundo se crearía la especie básica, la humana, y que, a medida que esta evolucionase, se irían creando otras especies para que el alma evolucionase o involucionase y encarnase en ellas.
Los humanos fueron evolucionando como lo previsto; pronto se crearon dos especies nuevas: las hadas y las brujas. Las hadas iban al sexto mundo y las brujas al cuarto. Pero las brujas, al tener el don de la magia, comenzaron a experimentar y quisieron la inmortalidad. En consecuencia, y como resultado de estos experimentos, surgió la primera vampira, llamada Lilith.
Ella transformó a la mayoría de las brujas y hechiceros restantes en vampiros, y solo unos pocos quedaron ocultos en las montañas. Esa evolución no era la esperada por los dioses, pero la aceptaron. Los dioses también permitieron que algunos humanos desarrollasen poderes psíquicos y que nacieran con alteraciones genéticas que les permitían transformarse en animales, como los hombres lobo y los cambiaformas.
Luego se generaron ángeles, para que fuesen a ese, el séptimo mundo, las hadas más evolucionadas. A ellos se les dio la responsabilidad de cuidar de los humanos, aliviando las tareas de dioses, dándoles más tiempo para descansar y divertirse.
A su vez, surgieron los demonios, para que se encarnasen allí los vampiros y brujas después de su muerte. Finalmente, los dragones y los havors. Una vez que todo estuvo funcionando como lo esperado, en cuanto los humanos habían aprendido todo lo necesario para no salirse de control, los dioses pudieron desentenderse casi del todo, dejando de relacionarse con las especies que habían creado.
Pero esa era una historia que muy pocos conocían, así que Meredinn no podía divulgarla por ningún motivo. Debía callar para que los guardianes no sospechasen que tramaba algo.
—Allí están los unicornios —dijo, señalando a un grupo de siete, los cuales pastaban a orillas del lago azul.
—Elige uno —le dijo Rudith mirándolos. Siempre estaba rodeada de unicornios, pero estos nunca dejaban de maravillarla.
La atención de Meredinn se posó en uno más bello y brillante que los demás.
—Quiero este.
A través de su mente envió una pregunta al animal, que no hablaba, pero con el cual podía usar su telepatía.
—¿Cómo te llamas, hermosura?
—Cowlin —contestó el unicornio.
Meredinn acarició su lomo, esperando que Rudith escogiera el suyo. Luego, ambas montaron sus respectivos animales y emprendieron el viaje.
Los cuatro se sumergieron en el lago azul, el cual era el portal que los llevaría a lo profundo del reino de las hadas. Aparecieron del otro lado, secos, como si nunca hubieran tocado el agua, y cruzaron frente a Crísalis, el palacio donde los virreyes Juliann y Lilum gobernaban. Invitaron a la fiesta a todas las hadas que estaban reunidas junto al lago y a las afueras del palacio.
Después se internaron en el bosque. Allí encontraron un grupo de duendes de todos los colores, quienes jugueteaban con unas faedas. Los invitaron y siguieron su viaje, entonces subiendo la montaña, donde dieron con varios elfos, quienes eran similares a las hadas, aunque rubios y de ojos celestes, con las orejas más puntiagudas. Los elfos eran los más altos de las tres especies, seguidos por las hadas y de último por los duendes, quienes no llegaban a medir mucho más de un metro.
Así siguieron recorriendo el reino, invitando a todo elfo, hada y duende que se encontraban. Pronto llegó el momento de cambiar el rumbo y volver a Crísalis, pero no para quedarse allí, sino para cruzar el portal una vez más e ir al mundo de los vampiros.
Les había ido bien hasta el momento, todos se mostraban alegres cada vez que veían a las dos bellas princesas. Meredinn sabía que muchos de los masculinos, en edad de casarse, pronto demostrarían sus intenciones hacia ella, ya que además de ser muy hermosa era también la heredera del trono.
Aunque todos pensaban que, si no había guerras y todo iba bien, Alejandra reinaría por al menos mil años más, o hasta cansarse y pedir el retiro, sin embargo, Meredinn sabía con certeza que ella jamás sería reina. No habría más reyes una vez que cumpliese su misión y volviese a unir a todos los mundos en uno solo, y a todas las razas en una misma: la originaria.
***
Pronto las princesas estaban atravesando el mundo de los vampiros, que podía ser más peligroso para ellas. Por más que los vampiros no tuviesen más opción que obedecer las reglas de Nikolav, si no querían sufrir un cruel castigo, siempre cabía la posibilidad de que uno rebelde las atacase, aunque Meredinn creía que eso nunca les sucedería. Hasta el momento, todos los que había conocido se comportaban según lo esperado.
En el palacio vivían muchos vampiros: Nikolav, por supuesto, sirvientes y, principalmente, Patrick y su esposa Miriam, quien era como otra tía para ella. Estos vivían en el reino humano, hasta que fueron invitados a vivir en el palacio real. Patrick era ahora la mano derecha de Nikolav, y tercero en el poder, ya que de segunda estaba la virreina Zarahí, quien había sido la esposa del temible Siron.
En el palacio también había varios vampiros de su edad, quienes eran sus amigos. Meredinn amaba tener camaradas de las distintas especies, por eso se relacionaba con todos por igual, sin diferenciarlos por su raza. Ellos la querían, esa era la razón por la cual creía que era imposible ser atacada por un vampiro. Además, confiaba en que sus poderes la ayudarían a defenderse sin problemas en caso de cualquier ataque.
Los unicornios caminaban un poco más lento en ese terreno. No era su hábitat natural, y eso reducía su rendimiento, pero el territorio vampiro era menos extenso que el de las hadas, por lo que tampoco demorarían demasiado en recorrerlo.
Primero, las princesas fueron hasta el palacio de la virreina e invitaron a todos los vampiros que con ella se encontraban. Un par de jóvenes se acercaron a la princesa; uno le dio una rosa roja que se vio obligada a aceptar, para no quedar mal, brindándole a cambio una bonita sonrisa que lo dejó conforme.
Sabía que los vampiros, o al menos la gran mayoría de ellos, querían continuar la alianza con las hadas, por lo que les parecía lógico que la princesa se casase con un príncipe de su especie. Sin embargo, a ella no le resultaban para nada atractivos, en ningún sentido. De hecho, solo había un hombre que alguna vez le había resultado atractivo: el dios que había encontrado en Francia.
En los confines del reino, se encontraron con brujas y hadas oscuras, a las que también invitaron, sabiendo que la mayoría no iría a la fiesta, debido a que preferían no socializar casi en lo absoluto.
Cuando ya estaban por darse la vuelta y volver, sabiendo que no había más por recorrer, se encontraron con un pequeño poblado, casi al final del reino. Meredinn juraba que jamás había visto u oído hablar de ese sitio.
Se bajaron de los unicornios, dejándolos en la entrada del pueblo, seguras de que los animales no se irían sin ellas. El lugar parecía abandonado, pero se podía percibir la presencia de vampiros.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó Meredinn, adentrándose por una calle angosta. El pueblo debía de ser uno de los más antiguos en ese plano, construido tal vez cuando los vampiros aún no existían. Lo extraño era que Nikolav nunca le había mencionado que aún existieran poblados como ese. Le había dicho que todos los originarios habían sido destruidos. ¿Por qué no ese? ¿Y por qué ciertos vampiros habían decidido quedarse allí en vez de mudarse a las nuevas ciudades, ubicadas alrededor del palacio real?
Una señora mayor salió de una de las viejas casas, cuya puerta destartalada parecía a punto de hacerse polvo.
—Váyanse de aquí —dijo en tono hostil—. No son bienvenidas. —Meredinn tragó saliva. No estaba acostumbrada a ser tratada así. ¿Quién se creía esa vieja?
—Seguro no nos conoce —comentó Rudith, también confundida.
—Señora, soy la princesa Meredinn y vengo a invitar a los presentes a una fiesta.
—No estamos interesados —continuó la señora—. Váyanse. Se los advierto una sola vez más.
—No creo que el rey Nikolav tome esta falta de respecto a la ligera —dijo Rudith, ofendida. Meredinn sintió que algo inusual estaba sucediendo en ese lugar, pero ¿qué podía ser?
—Vamos, Rudith —le dijo a su hermana, decidiendo que era mejor emprender la retirada.
En eso, unos cuantos vampiros vestidos con ropas antiguas y polvorientas, comenzaron a salir de las casas. No tuvo tiempo de colocarse en defensa cuando uno de ellos se le arrojó encima, directo a su cuello.
Rudith pegó un grito ensordecedor al presenciar la escena, aun así, no había nada que ella pudiera hacer con sus poderes limitados. Tan solo gritó en su mente por ayuda y esperó a que su tía o su madre la escuchasen y fuesen rápidas como para traer ayuda antes de que el vampiro acabase con la vida de su hermana, quien en vano intentaba usar sus poderes contra el ser maligno que había comenzado a succionarle la vida. Había algo en ese lugar que le impedía defenderse, que no le permitía usar ninguno de sus poderes para quitárselo de encima.
¿Acaso la ciudad estaba hecha a prueba de hadas?
De pronto, el vampiro cayó al suelo y los restantes corrieron hacia adentro de la ciudad. ¿Qué había sucedido? Meredinn estaba confundida y mareada por la pérdida de sangre, aunque pronto se recuperaría.
Cuando levantó la vista, se encontró con su unicornio, Cowlin, quien tenía su cuerno lleno de sangre. El animal la había rescatado, había embestido al vampiro, perforándole el corazón y acabando con su vida.
—Cowlin —dijo Meredinn, agradecida—. Me has salvado.
—Volvamos a casa —respondió en su mente el supuesto animal, agachándose para que ella pudiese subirse con mayor facilidad.
Rudith montó también su propio unicornio, quien se había acercado después de que el otro lo hiciera, y veloces volvieron al palacio de jade. Nikolav y Alejandra se sorprendieron al ver los pálidos rostros de las muchachas.
—¿Ha sucedido algo? —preguntó el rey vampiro. Meredinn se limitó a asentir.
—Llegamos a una antigua ciudad y fuimos atacadas —le contó Rudith—. Grité por auxilio, pero nadie parecía oírme.
—Yo no oí nada —dijo Alejandra preocupada—. ¿Estás bien, mi niña? —preguntó a Meredinn.
—Sí, gracias a mi unicornio. Embistió al vampiro que me mordió y lo mató.
—¿Un unicornio mató a un vampiro? —preguntó Nikolav, incrédulo—. No es posible.
—Lo vi con mis propios ojos —confirmó Rudith.
—Les creo —dijo Alejandra—. Pero ¿por qué no pudiste defenderte?
—No lo sé, madre. Mis poderes no funcionaban allí, estaban como bloqueados.
—No puede ser —dijo Nikolav, emitiendo un resoplido.
—¿Qué no puede ser, cariño? —preguntó Alejandra.
—Si los poderes de Meredinn fueron bloqueados, eso puede significar solo una cosa.
—¿Qué, Nikolav? —quiso saber Meredinn.
—Lilith ha regresado.
—¿Quién es Lilith? —preguntó Rudith, quien nunca la había oído nombrar.
—La vampira más antigua, y la originaria. Tiene casi diez mil años. Y es a su vez una poderosa bruja.
—No lo entiendo —dijo Meredinn—. Pensé que estaba muerta. —Nikolav sacudió la cabeza.
—No. Según dicen, los guardianes la castigaron por romper las reglas miles de años atrás. El castigo consistía en quedar atrapada por cierta cantidad de años que yo nunca entendí con certeza. Unos cuantos miles, supongo. Su ciudad completa sería inaccesible, y ella y sus fieles seguidores no podrían salir de allí. Se disecarían al no tener humanos de los cuales alimentarse, pero podrían volver cuando el tiempo del castigo terminase. Solo que para eso deberían alimentarse.
—No lo puedo creer. Otro problema más... ¿Crees que ella reclamará el trono? —Alejandra suspiró. Nikolav apretó sus labios. Se notaba preocupado.
—No lo sé. Pero si Lilith está de regreso, eso significa que cosas muy malas van a ocurrir. Ahora no nos preocupemos hasta que sepamos con qué estamos lidiando. Vayamos a ver a ese unicornio que te salvó. Quiero recompensarlo.
A pesar de que no hablaban, los unicornios eran muy inteligentes y se alegraban cuando se les recompensaba, ya que los hacía sentirse orgullosos.
Los cuatro salieron del castillo y fueron hasta donde pastaban los animales.
—¿Dónde está el unicornio del que me hablaste? — preguntó Nikolav, observando a los seis que ahí se encontraban, intentando ver si uno de ellos sobresalía sobre los demás. Meredinn lo buscó, pero no lo encontró. Lo llamó, pero no obtuvo respuesta.
—No..., no está —dijo, más confundida que nunca. Nikolav suspiró.
—Eso confirma mi sospecha.
—¿Qué sospecha? —preguntó Meredinn.
—Que, aunque sea difícil de creer, ese unicornio es un dios.
Solo ellos pueden matar un vampiro sin necesitar una estaca.
—¡¿Un dios?! —exclamó Meredinn, sorprendida. Pero luego lo entendió: había sido Louis. Tenía que haber sido él.
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